Ana Maria Martin Herrera

                                                                                                                                    18 de Junio 2.005

          Las vacaciones de Téres

                   018

Capitulo I

Cuando Charli me confesó que se había enamorado de la pija de Eugenia y que, además, se iba de vacaciones con ella, aun estando segura de que ese amor no resultaría y de que en septiembre él volvería y me pediría perdón (ya había sucedido otra vez), lo que vino a mi mente fue el recogido tugurio de la calle del Alivio. En mi pensamiento destelló aquella discreta y amarillenta instalación luminosa que recordaba lo mismo a la miel que al sarro y que, sobre un fondo granate, anunciaba en letra redondilla el nombre del local. Decía simplemente: «Doñana». 

Yo había encontrado en Charli una especie de apoyo, alguien con quien ir del brazo por la vida y un asidero del que podría sostenerme en caso de tropiezo. Charli era de esas personas que alardean de tener las ideas muy claras; eso era justamente lo que me hacía falta entonces. Yo, por el contrario, no tenía opiniones contundentes; lo entendía todo. Comprendía las razones de cualquiera y la empatía me llevaba fácilmente a ser solidaria con quien tenía delante. Hay que reconocer que esto ya me había traído alguna que otra consecuencia desastrosa, pues mucha gente quería sacar partido de su relación conmigo. Me pedían cosas imposibles y yo terminaba por angustiarme y salir huyendo. Charli decía que era muy fácil tomarme el pelo porque yo era ingenua y creía cuanto me contaban. No era del todo cierto. Lo que en realidad me ocurría era que me fastidiaba la idea de desairar a alguien.

Aparte de que, como digo, a mí nunca me ha resultado difícil entender los diferentes motivos de cada cual, había en mi personalidad algo, sin duda una debilidad, que me impedía contrariar a mis interlocutores. Era como si tuviera miedo de que me fueran a comer si no me mostraba acorde con lo que ellos decían. No es tan extraño que se guarden esas precauciones; hay mucha gente que en apariencia es encantadora y si alguien discute sus opiniones se siente rechazada y se vuelve muy agresiva. Pues eso debía de ser lo que me ocurría; me daba miedo decir algo que destruyera la confianza y el tono amable que la persona con quien trataba me estaba dedicando. Tras exponerme sus planes para las vacaciones y asegurar que habíamos roto sin remedio, que me quería con locura pero que se había enamorado y que él no podía continuar fingiendo, Charli me abrazó con intención de consolarme. Yo estaba derrumbada, tanto que no podía enfadarme ni recriminarle nada. Además, qué le iba a decir. Quién en sus cabales osaría enfrentarse a los sentimientos. 

—Patri, por favor, no me mires de esa forma —dijo—. Me estás haciendo polvo, no soy un cabrón. 

Me sentí culpable. 

—Claro que no, Charli, claro que no —contesté—. Es que la noticia me ha cogido por sorpresa, creía que lo nuestro funcionaba... 

—Hasta las ocho no tengo prisa —dijo él—. ¿Te apetece que me quede? 

—Si quieres, sí. 

No sabía si a mí me apetecía que se quedara, pero acepté porque comprendí que él no tenía ganas de marcharse todavía. Se sentó en el sofá junto a mí. —¿Preparo café? —pregunté. 

—No. No te levantes, Patri. ¿Sabes? A veces uno se pierde entre dos cariños y resulta duro elegir. Las cosas no son exactas. Que me haya enamorado de Eugenia no significa que haya dejado de quererte. Pero me sentiría como un cerdo si siguiera engañándote. 

Yo le escuchaba mientras un sabor amargo subía desde mi estómago y se instalaba en mi boca. 

—¿Desde cuándo estás con Eugenia? 

—Qué más da, Patri. 

—Pero lleváis tiempo, ¿verdad? 

—Un poco. 

—¿Y a ella no le ha importado que estuvieras conmigo? 

—Es que ella no estaba segura. Al fin se ha dado cuenta de que me quiere. 

Idiota, pensé, idiota. Bien te está tomando el pelo esa pija; justo ahora, con las vacaciones en puertas, decide quererte.

—No me mires así, Patri —volvió a decir. 

Intenté sonreír para aliviar su culpa. Entonces él me estrechó en sus brazos y empezó a besarme en la cara. La rutina sexual de mi novio se había desatado. Yo sabía lo que iba a suceder en los próximos minutos. Me besaría en las mejillas, después, preso de un deseo ascendente lo haría en los labios. Me besaría con cierta suavidad al principio y luego me metería la lengua en la boca tan dentro como se lo permitiera su largura. Rápidamente me manosearía las tetas y en menos de lo que se tarda en describirlo me tumbaría en el sofá y me clavaría la polla; el hermano pequeño como decía su padre cuando se hacía el gracioso; el pene, como decía él cuando se ponía intelectual. El falo, el miembro, el glande como decían los libros de texto; el bálano como decía mi primo el ordenanza. En fin, yo sabía que me metería dentro del cuerpo aquel desabrido tronco carnoso y que me daría unos cuantos empujones hasta que llegara su eyaculación. A mí me escocería al principio y Charli se quejaría en tono cariñoso de lo poco que yo me movía. Después, él terminaría por alcanzar la cumbre del placer, que dice la gente romántica, (es decir, que se correría) y yo apenas si habría conseguido que mi cuerpo expulsara algo que lo lubricara para que aquella desagradable frotación dejara de lastimarme. Finalmente, me daría un beso sonoro y me retendría entre sus brazos, no fuera yo a pensar que él era de los que ignoran a la compañera después de haber desahogado el deseo. Yo sabía, desde que empezó a darme besitos tontos en la cara, que eso era lo que iba a suceder, el número se había repetido infinidad de veces. Y, naturalmente, eso fue lo que sucedió. El caso es que cuando Charli se quedó a gusto, la mueca compungida regresó a su cara y volvió a lamentar el mal rato que me había dado. Después aceptó el café con hielo que le ofrecí y me dijo que ante todo deseaba que siguiéramos siendo amigos. Se marchó antes de que dieran las ocho. Yo me arrojé sobre el sofá desconcertada. Las vacaciones se habían fastidiado. Veinte días antes de coger el coche y marcharnos a los Picos de Europa, según habíamos planeado, me veía condenada a permanecer en Madrid durante el mes de agosto porque mi novio se iba alegremente a Italia a disfrutar de la vida con una pija. Una fuerte desolación me aplastaba. Ni siquiera podía llorar. Tampoco lamentaba la pérdida de Charli, ya digo que desde el primer instante tuve el presentimiento de que volvería conmigo. Lo que más me preocupaba era qué iba a hacer con las vacaciones, dónde me iba a meter hasta que llegara la fecha de regresar a mi trabajo. Todavía reuní valor para llamarle por teléfono horas más tarde. Quería decirle que no se preocupara, que yo me encontraba bien. Pensaba que se marcharía de viaje hecho polvo a causa del disgusto que me había dado y que eso le impediría disfrutar, y me dominaban un desasosiego y una culpa insoportables. Ni que decir tiene que yo estaba imaginando bobadas. A pesar de que ya le conocía y se puede decir que me había fraguado una idea certera de cómo se desenvolvía por la vida, me costaba creer que él no estuviera angustiado porque, en su caso, yo lo habría estado profundamente. Pero Charli y yo éramos muy diferentes. Su voz era alegre cuando descolgó el teléfono, no se imaginaba quién era. Me cortó enseguida, debía de estar esperando otra llamada, quizá de la pija Eugenia. 

Fue esa misma noche cuando decidí que iba a hacer algo gordo. Por un momento hasta pensé en matarme; incluso, llegué a asomarme por la ventana. Al ver la acera y la enorme acacia junto al portal, me di cuenta a tiempo de que no era eso lo que de verdad me apetecía. Lo que yo quería era demostrar algo, hacer algo que me cambiara por completo. Quería ser otra pero no sabía quién. De momento, lo primero era destruirme si tan harta estaba de mí misma. El recuerdo de aquellas letras amarillentas y luminosas del tugurio Doñana volvió a reclamar mi atención; aquella entrada en forma de arco y su puerta de cristal y de madera granate impusieron de nuevo su perfil en mi imaginación. No oculté a los amigos que había roto con Charli pero les dije que no por eso iba a quedarme sin vacaciones, que me marcharía con unas compañeras que pensaban viajar por Europa. Fue un sábado cuando mi decisión se hizo firme. Estuve rumiándola durante todo el día y, al llegar la tarde, comencé mi transformación sin prisa. No era fácil, debía elegir cada detalle con los cinco sentidos, y la precipitación no me ayudaría a convertirme en esa otra mujer que yo ansiaba descubrir dentro de mí. Lo primero que hice fue enfundar mis caderas en una falda de raso negro. No me había decidido a estrenarla porque se ajustaba tanto que ponía en evidencia la línea de las bragas. Después estuve buscando entre las cajas de zapatos hasta que encontré aquellas sandalias de dos tiras que dejaban el pie prácticamente al descubierto. Tampoco las había usado porque tenían el tacón muy alto y me daba apuro sobresalir demasiado. Del fondo del armario saqué la camisa transparente cuyo estampado imitaba la piel de un tigre y le arranqué las etiquetas. En aquel tiempo se amontonaban en mi armario un sinfín de prendas que, después de compradas, nunca llegaba la ocasión de usarlas. Sin embargo, aquella tarde me complació mi imagen cuando me vi en el espejo vestida con aquella ropa. No sólo eso; además, se adueñó de mí una emoción narcisista. Estuve contemplándome largo rato. De frente, de perfil, caminando, hablando. Me hice un reportaje fantástico a mí misma. Dudé acerca de lo que debía hacer con mi pelo. Suelto y descuidado resultaba muy atractivo pero tuve la idea de cortármelo para eliminar cualquier atisbo virginal de mi aspecto. No fui capaz, mi pelo es quizá lo único de mí que siempre me ha gustado, aun en los momentos en que me he sentido fea y sin atractivo. Decidí que lo mejor sería hacerme un elegante moño italiano. Después de peinarme volví a la habitación y, ahora, la imagen que reflejaba el espejo era casi completa, redonda hubiera dicho un artista. Crecida con mi éxito particular me abrí la camisa y me saqué el sujetador. Volví a mirarme comprobando que se transparentaban mis tetas. Ahora sí, la figura buscada de mujer desinhibida y dominadora estaba conseguida. Me pinté la boca de rojo, del mismo color que las uñas. No me maquillé los ojos porque me resultaba más atractiva mi cara resaltando solamente los labios. Ya estaba perfectamente arreglada, ya ofrecía esa imagen de diosa de submundo con la que tantas veces había soñado en secreto. Cogí el bolso y me encaminé despacio a la calle del Alivio. Los hombres me miraban (o así me lo parecía) como si surgiera ante ellos el espectáculo de una mujer que sólo existe para los que pagan mucho, de alguien imposible, de un personaje de película. Recuerdo que yo caminaba con gesto frío y a cada paso que daba se iba apoderando de mí una sensación de supremacía que nunca antes había experimentado.

Capitulo II

La calle del Alivio era corta y estrecha. Tardé en llegar, estaba muy alejada de mi casa. Yo conocía ese barrio porque, a veces, Charli se empeñaba en ir de tapas por aquellos sitios. Sumergida en la noche de verano, moviéndome con paso seguro, disfrazada con aquel provocador atuendo, sentía que ya era esa otra persona que interiormente tanto había deseado ser. Casi en el centro de la calle estaba el local. Desde la esquina se adivinaba su puerta en forma de arco. Según me acercaba iba distinguiendo los cuarterones de cristal, que no permitían ver a su través, enmarcados en aquella madera pintada de color granate. El pomo era de latón. Me resultó elegante y sugestiva aquella entrada. La encontré digna de recibirme. Cuando me dispuse a pasar comprobé que la puerta estaba cerrada. Un timbre a mi derecha invitaba a llamar y eso hice. Abrió una mujer morena de edad indefinida, vestida con un escotadísimo traje de noche, que me sonrió intrigada. Esto va bien, pensé. Me sorprendió la reducida dimensión del local, yo lo había imaginado más grande. Las paredes estaban tapizadas con terciopelo de color fresa y en el centro había una gran lámpara de lágrimas de cristal en la que apenas brillaban media docena de luces. El lugar quedaba en penumbra. A la izquierda se veía una lujosa barra de latón y, esparcidas holgadamente, se distribuían cinco o seis mesas de madera rodeadas de sillones que estaban tapizados igual que las paredes. En aquel momento solamente estaba ocupada una de las mesas. Había tres hombres sentados que se quedaron en silencio mirándome de soslayo mientras la mujer que me había recibido volvía a acomodarse entre ellos. Segura —nunca me había sentido así—, me dirigí a la barra. Tras ella había otra mujer con el pelo muy corto, teñido de rubio platino. Todo era tan sugerente como yo lo había imaginado. La rubia platino me preguntó sin mirarme lo que iba a tomar. 

—¿Dónde puedo localizar al dueño o al encargado de esto? —dije intentando que mi voz sonara suelta. 

—¿Para qué? —preguntó la rubia platino clavándome una mirada precavida. 

—Estoy buscando trabajo —contesté. 

—¿De camarera? 

La pregunta me desconcertó. 

—No, no —dije titubeando. 

—Entonces, ¿de qué? 

—Pues de... de puta —respondí recuperando la confianza en mí misma. 

La rubia me miró y se rascó la mejilla sin cerrar la boca. 

—¡Mánol! —gritó de pronto. 

Uno de los hombres que estaban sentados a la mesa se acercó con lentitud. Sonaba, no demasiado fuerte, la canción de «Amado mío». Mánol era corpulento y tenía una buena tripa. Le calculé cuarenta años. Llevaba una camisa de seda azul desabrochada casi hasta el ombligo. De su cuello colgaba una cadena de oro cuyos eslabones, de un grosor ostentoso, se enredaban en el apretado vello negro de su pecho. Era feo, con mucha carne en la cara, su gesto me resultó muy hostil en aquel momento. 

—La señora —dijo la rubia platino con la típica suficiencia que gastan las bobaliconas protegidas—, que está buscando «clientes». 

—Y eso ¿qué nos importa a nosotros? —contestó Mánol. Luego se dirigió a mí—: ¿Quién te envía? 

—Nadie —contesté intimidada. 

—Vamos a ver, Mari, ¿tú, qué es lo que quieres?

—Necesito dinero —mentí. 

Después de intercambiar una mirada con la rubia, volvió a dirigirse a mí. 

—Vamos a sentarnos tú y yo para charlar un rato —me dijo. 

Me condujo a una mesa que yo no había visto antes porque estaba tras la columna, oculta por un biombo de madera. Cuando iba a sentarme, Mánol me arrebató el bolso. Yo no supe qué hacer. Entonces, con movimientos rápidos me palpó las caderas y la cintura. Después metió las manos en mis axilas y antes de que yo pudiera reaccionar me había examinado la entrepierna. Protesté indecisa y él chistó con los dientes apretados. De un empujón me obligó a sentarme. Debí de quedarme sin aliento. A continuación, desparramó sobre la mesa todo lo que había en mi bolso. Allí cayeron de golpe y en desorden el monedero, la barra de labios, las llaves, los clínex, el móvil recién comprado, la cartera, la agenda, el paquete de chicles, papeles, recibos y hasta el cepillo de dientes que solía llevar. Examinó detenidamente mi carnet de identidad. 

—Tienes veinticinco años —murmuró. 

No me acudían las palabras. Debí de mirarlo entre asustada y molesta.

—No lo tomes a mal —me dijo—, no estoy acostumbrado a que venga la gente dando por supuesto que yo puedo colocar a las chicas. 

Entonces comprendí que Mánol tenía razón y que yo había demostrado mi ignorancia comportándome de una forma tan desenvuelta. No debía haberme ofrecido con esa naturalidad pero ya no era posible dar marcha atrás para repetir la escena. 

—Oye —me preguntó—, ¿tú has trabajado alguna vez en esto? 

—La verdad es que no —dije avergonzada. Estaba segura de que resultaría mejor confesarle la verdad. 

—No me dirás ahora que eres virgen. 

—No, no. Eso no. 

—¿Por qué has venido aquí? 

—No sé decirte, por intuición seguramente. Pero si me he equivocado te pido disculpas, me marcho y ya está. 

En aquel instante estaba tan abochornada que de buena gana hubiera escapado corriendo. 

—Tranquila —Mánol sonrió y por primera vez su gesto fue amable—, lo primero que necesito para ayudarte es que me digas qué es lo que quieres. 

Entonces le conté que estaba en apuros económicos, que disponía del mes de agosto, que yo no tenía prejuicios hipócritas y que había pensado que la prostitución era una forma de conseguir dinero sin hacerle daño a nadie. Estuvimos charlando, incluso, bromeando. A lo largo de aquel rato se disipó la primera impresión de hombre agresivo que me había dado Mánol. Conforme íbamos hablando, él mostraba una personalidad diferente que en algunos momentos llegó a ser encantadora. Me confesó con cierta modestia que su verdadera pasión era coleccionar libros, que tenía muchos a pesar de que no disponía de tiempo para leerlos. Recuerdo también que, por ciertos comentarios que hizo refiriéndose a los perros abandonados, tuve la sensación de que, a pesar de su oficio, Mánol era un hombre sensible. Adivinaba mis ideas antes de que yo las formulara y con una sonrisa comprensiva y una mirada dulce me interrumpía para decir, justamente, lo que yo estaba pensando. Enseguida me recuperé de la sensación de ser una imbécil que me había dejado mi resbalón inicial y empecé a sentirme tan a gusto que le conté con sinceridad los detalles que me preocupaban. Le dije que mi familia era de Palencia pero que yo trabajaba en Madrid. Que había roto con mi novio. Que no quería que nadie supiera lo que iba a hacer ni en lo que iba a emplear mis vacaciones, que necesitaba ocultarme en agosto. La rubia platino nos trajo cerveza. Después de escucharme, Mánol me dijo que yo le había caído bien y que estaba dispuesto a echarme una mano. Que con suerte podría enviarme dos o tres buenos clientes por noche. Él pondría el local y se encargaría de todo. 

—Quizá resultes demasiado alta para algunos tíos, pero estás buena. Eres una tía bonita, Mari. Puedo darte ocho mil por sesión —me dijo. 

Yo pensé que si lo aceptaba sin discutir, volvería a hacer el papel de una inexperta. Si me ofrece ocho mil es porque él piensa quedarse con el doble, supuse. Decidí hacerle una demostración de carácter y, de paso, convencerle de que necesitaba el dinero para que no tuviera dudas de que eso era lo que me había llevado hasta allí. 

—Es poco lo que me ofreces, Mánol —dije contundente. 

—Tienes razón, Mari, pero no encontrarás quien te dé más. 

—Pues yo estoy segura de que valgo casi el doble. 

—No dudarías de mi honradez si me conocieras —su tono se hizo sentido. 

—¡Oh no, Mánol! No lo interpretes así. Yo no dudo de ti. Lo que ocurre es que es mucho lo que se le puede dar a un hombre y parece que una misma no se da a valer si acepta trabajar por tan poco —contesté con la intención de contrarrestar mi suficiencia anterior. 

Tuve la sensación de que a Mánol le brillaban los ojos imperceptiblemente. Carraspeó. 

—Estás hablando con inteligencia y te voy a ser sincero. La verdad es que ya que te metes en esto y teniendo esa cara tan guapa podrías sacar mucho más. Verás, Mari, hay clientes que tienen la imaginación calenturienta y, a cambio de que les dejen hacer alguna tontería, son capaces de desprenderse de cantidades más decentes. 

Lo entendí bien desde el primer momento pero confieso que me dio miedo. A pesar de su encanto y de que había en aquel hombre una chispa de algo indefinido que me inspiraba afecto, lo cierto es que nunca llegué a fiarme de él por completo, aunque yo misma me esforzara en creer lo contrario. 

—¿Qué clase de tonterías serían ésas? —pregunté aparentando indiferencia. 

—Hay hombres a los que les gusta atar a las mujeres para follarlas y otros que se excitan insultando. En fin, hay de todo. Es corriente, por ejemplo, que algunos te pidan que los azotes para empalmarse. 

—¡Dios mío! —no pude contener la exclamación. 

—Aquí no puedes venir con remilgos, ¿eh? Además, te conviene mentalizarte y respetar a cada cual con sus manías, ésta es la ley de oro para trabajar aquí. —Y aceptando esas tonterías, ¿cuánto más ganaría en cada sesión? 

Esta vez los ojos de Mánol refulgieron claramente. 

—¡Uy, Mari! Así te llevarías más. No sé decirte porque yo para el dinero soy un desastre; lo mismo lo gano que me lo quitan. Con decirte que una vez pagué una enciclopedia dos veces... Además, si hablamos de trabajos especiales ya no existen las tarifas fijas. Pero hay diferencia. Desde luego, compensa. Lo más importante es que las sesiones especiales resultan algo más largas y más cansadas, por esa razón sólo harías una por noche. Ganarías mucho y al final trabajarías menos y te divertirías más. 

—¿De verdad merece la pena? 

—Mira, a mí lo que me gusta es ofrecer a mis clientes una mujer y un lugar para que se encuentren a solas con ella, y se comporten de la forma que les apetezca. Mi idea es que hay cosas que no se le pueden hacer a una novia o a una mujer corriente pero no por eso hay que renunciar. Yo, a mis clientes, les ofrezco discreción para que se relajen y ambiente para que actúen como les venga en gana. Ellos son los únicos testigos de sí mismos porque, eso sí, la chica que yo les proporciono no cuenta para nada y ellos saben que pueden fiarse. Claro, como comprenderás eso hay que pagarlo. Pero no sabría decir cuánto, al final, todo dependerá de lo que quiera hacerte cada uno. También te digo otra cosa: yo tengo mis normas. Esto no es un burdel, antes de que pasen contigo yo tengo que saber más o menos lo que pretenden. Según eso, y según las ganas que tengan de la tía, así les cobro. Y, desde luego, si veo que el tipo es un malaje no lo admito. Conmigo las chicas no corren riesgos. 

Las palabras de Mánol y su tono sincero me iban persuadiendo. 

—Con alguien cubriéndote las espaldas, no debe resultar difícil trabajar de esa manera —le dije cándidamente. 

—De todas formas, yo tendría que comprobar si vales —contestó Mánol dudoso. 

—¿Cómo si valgo? 

—Hay que tener seguridad en lo que se hace. Por supuesto, ya te digo que nadie te haría daño, con una marca que te dejaran se las tendrían que ver conmigo. Pero este trabajo es como todos y existen momentos agradables y otros que no lo son tanto. 

Yo creí cuanto dijo. Supuse que sus palabras eran verdaderas y, sobre todo, me complacía pensar que se preocuparía de mí como aseguraba. 

—En realidad, sólo se trata de saber jugar —siguió hablando Mánol—, pero, claro, hay que tener cualidades para hacerlo bien y, la verdad, te veo un poco ñoña. No te molestes, Mari —añadió cabizbajo—, ya me irás conociendo, a mí me gusta hablar con sinceridad. 

—Pues comprueba si valgo —le desafié. 

Más que nada, en aquel momento, deseaba agradarle y convencerle de que no existían motivos para que estuviera reticente. No dudó. Inmediatamente se levantó y me dijo que lo siguiera y yo fui tras él con una excitación parecida a la que podría dar deslizarse por una pendiente dentro de un coche sin frenos.

Capitulo III 

Atravesamos una puerta que yo no había visto al principio porque con la tapicería quedaba disimulada. Tras ella había un pasillo que desembocaba en un patio. Estaba oscuro y esa noche no pude observarlo con detalle. No era demasiado amplio, distinguí unas cuantas macetas. En el extremo del patio había otra puerta por la que entramos. Mánol cerró con llave y dio la luz. Llegamos a una habitación que tenía en el centro una enorme cama con un cabecero de barrotes. El espacio era amplio pero resultaba abigarrado con la mesa, los sillones, la cómoda y la gran alfombra que cubría el suelo. Había un pequeño frigorífico junto al armario y un cuarto de baño que estaba separado por una cortina. 

—Escucha —me dijo—, no me importaría que te quedaras aquí. Si, como dices, tu familia cree que vas a marcharte de vacaciones por Europa y no quieres que nadie te descubra, podrías estar «secuestrada» en este lugar durante el mes de agosto. Si aceptas trabajar de una forma «especial», yo no tengo inconveniente en que uses esta habitación. Al final, te descontaría cien mil por la cama y la comida. Por mi parte no te faltará de nada, ya te digo que sé cuidar de mis chicas. 

Mánol insistía en la misma idea. Debo reconocer que todo eso me acobardaba pero, a la vez, me sentía más complacida a cada rato. Me fijé en la plancha de hierro que estaba en el suelo, justo debajo de una ventana pequeña y rectangular que constituía la única ventilación de aquella alcoba. La plancha a primera vista parecía la puerta de una trampilla, pero observé que estaba atornillada y que de dos de los vértices sobresalían unas argollas. Mánol se dio cuenta de que yo me estaba fijando en aquello. 

—No sé qué es —dijo—, está aquí desde que llegué. Seguramente, antes de que rehabilitaran el edificio lo usaban para llegar a los sótanos y comprobar la humedad de los cimientos. Era cierto, la casa debía de ser muy antigua. Sin embargo, la explicación de Mánol ni la entendí ni me convenció; lo que parecía una trampilla estaba superpuesto en el suelo y no se veían goznes. Pero en aquel tiempo yo, si no entendía algo, silenciaba mis dudas para no dar la impresión de ser torpe. 

—Bueno, Mari —dijo Mánol—, desnúdate. 

Súbitamente, me invadió la vergüenza. Él lo notó y puso los ojos en blanco. Rápidamente obedecí para demostrarle que no era una ñoña y, sobre todo, porque comprendí que aceptar ese principio era fundamental para cumplir lo que me había propuesto. Cuando estuve desnuda me examinó el cuerpo como lo hubiera hecho un médico forense. Luego me desbarató el peinado; lo hizo mecánicamente y esta vez me recordó a la muchacha que estaba de aprendiza en la peluquería a la que yo solía acudir. Al ver mi melena suelta emitió un tenue gruñido que, sin duda, fue de aprobación. Su actitud se volvió brusca de repente y, atrapando mi pelo en su mano, tiró y me medio arrastró hasta tumbarme sobre la cama. Yo le dejé hacer sin resistirme, sin decir nada. Me obsesionaba no mostrar nerviosismo ni miedo y dar la supuesta talla que debía alcanzar para que me diera el trabajo. Pero no hay duda de que estaba confiando en él, mi voluntad ya estaba apresada en la suya; de no ser así, no hubiera podido aceptar como normal ese trato. Siguió examinándome y manoseándome. No sabría describir aquella sensación; tal vez fuera la misma que experimentaría un perro de lanas ante un veterinario que le busca un sarpullido en la piel. Me pellizcó los pezones con saña, no pude evitar un gemido. Luego me separó las piernas y me abrió el sexo con sus manos pequeñas de dedos extrañamente delgados. Lo miró y enseguida empezó a palparlo, como si quisiera aprenderlo de memoria. 

—No lo tienes feo, Mari —me dijo, y su sonrisa era tierna—. Ahora agárrate a los barrotes —me ordenó— y no los sueltes. 

Entonces, me aprisionó el clítoris entre sus dedos y lo frotó. Apretaba lo justo para que sin hacerme daño me embargara un fuerte temor a que me lo arrancara. Tiraba de él y lo aplastaba. 

—Imagina que no puedes moverte —dijo. 

Con una mano lo sujetaba firme y con los nudillos de la otra lo friccionaba suavemente. El placer me dominó. Apretaba cada vez más fuerte y yo deseaba que aún apretara más. El calor se volvió intenso y rompí a sudar. Escuché mi propio jadeo. Cuando quise reaccionar sólo existía para mí el contacto de sus manos. Sentí mi clítoris zarandeado y desvalido como si fuera un cordero a merced de una jauría. No me importaba nada en aquel instante, ni limpiarme la baba que calentaba mi mejilla ni sujetar las ventosidades que se escaparon de mi cuerpo. 

—¿No crees que si estuvieras atada te gustaría más? —me susurró Mánol de pronto. 

Era tan cierto lo que Mánol sospechaba que simplemente al imaginarlo mi cuerpo se vio sacudido por el orgasmo más fuerte que había conocido en mi vida. De mi garganta escapó un gemido largo que acabó en un grito. Aquello fue definitivo para que yo, sin hacerme preguntas, me sometiera a la voluntad de aquel hombre. No fue tan extraño. Se trataba de alguien con apariencia segura y poderosa. Me había tratado con dominio, cosa a la que yo estaba acostumbrada, pero, además, él lo hacía con una ternura protectora que me convertía en una niña. Mánol había destapado un mundo privado de sensaciones delirantes que sin duda ya existía, pero que yo sola jamás me hubiera atrevido a buscarlo dentro mí. Es muy fácil para una persona desamparada, como yo me sentía entonces, dejarse llevar hacia cualquier parte por alguien que parece saber de todo; así se sortea el laberinto de meditar las propias decisiones. Supongo que igual le debe ocurrir a una mosca atolondrada cuando se zambulle en un tazón de leche del que ya no sabrá salir. 

—Tú no necesitas dinero —me dijo Mánol según salíamos—. Lo que te pasa es que eres masoca, Mari. No te cortes, así hay mucha gente. De todas formas, a mí eso me da igual. Ya sabes, si decides seguir adelante, me tienes a tu disposición. ¡Ah!, procura usar sujetador, para quitártelo siempre hay tiempo. Por cierto, se me ha olvidado tu nombre, ¿cómo era? 

—Patricia. 

—Patricia —repitió con ironía—. Pues tienes toda la pinta de llamarte Terés. 

En su tono había un incomprensible tinte de burla. Una vez en casa quise repasar despacio lo ocurrido aquella noche y no me sentía capaz. Yo creo que fue la aparente ternura de Mánol la que, al recordarla, me hizo derrumbarme. Sollocé amargamente durante mucho tiempo. Llamé a Charli. Saltó el contestador. —Charli, coge el teléfono por favor —dije llorando. Estaba segura de que me escuchaba. Pero Charli no contestó. Tal vez la pija Eugenia se encontraba a su lado. A la mañana siguiente se había apoderado de mí una intensa desgana hacia todo. Era la hora de cenar cuando me levanté aquel domingo. Faltaban diez días para que comenzaran mis vacaciones. La idea de sufrir día tras día esa laxitud que me dejaba inútil se me hacía más que tediosa. Me juré a mí misma que iba a cumplir lo que me había propuesto. En aquellos instantes ése era el único aliciente que me ofrecía la vida. Si pensaba en cualquier otra cosa, me sentía atrapada en un túnel sin camino de regreso. No hay nada que perder, me dije una y otra vez. El día 28 de julio volví al tugurio Doñana para decirle a Mánol que contara conmigo.

Capitulo IV

Tres días después, por la tarde, llené una maleta grande con todos aquellos trapos que nunca me había atrevido a lucir y otros cuantos más que había comprado rebajados el día anterior. Antes de salir de casa eché una última ojeada a todo y mi vista se detuvo en la estantería. Tal vez disponga de tiempo libre por la mañana, pensé. Al azar tomé dos libros de canto estrecho y los guardé en el bolso. En la esquina esperé que pasara un taxi libre. Acudí a la dirección que me había dado Mánol, que no era sino la calle paralela a la de la entrada del local. Ambos lugares, la vivienda baja en la que estuvimos el primer día y Doñana, se comunicaban a través del patio. Llegué antes de la hora convenida y Mánol ya me estaba esperando. Cogió mi maleta y mi bolso y me dijo que diera la vuelta y entrara en el pub. Yo no iba bien arreglada. Me había vestido como quien se marcha de vacaciones, con los vaqueros y una camiseta. Me acerqué a la barra y saludé cohibida a la rubia platino. Ella no contestó. Me quedé esperando sin saber qué hacer. 

—Oye, nena —me dijo la rubia con aire despreciativo después de un rato—, intenta cambiar esa expresión. Pareces «Campanilla». 

—Tú déjala —contestó Mánol que llegaba en ese momento—, que Terés se venderá bien con su pinta de boba. Luego me guiñó un ojo y me invitó a sentarme con él junto a una de las mesas. La rubia platino sonrió dócilmente. No trabajé aquella noche, permanecí sentada al lado de Mánol. Él me hacía levantarme a cada rato para recoger las bebidas que la rubia dejaba sobre la barra. Durante horas desfilaron por el local hombres que paraban un rato, tomaban una copa y después se iban. Yo adivinaba que Mánol estaba satisfecho con su nueva mercancía, quiero decir, conmigo. De lo que no hay duda es de que, si no puedo culpar a Charli de aquello, tampoco puedo culpar a Mánol. Hay algo que hasta el día de hoy me he resistido a recordar. Y es que una indiscutible sensación de orgullo me embargaba al saberme deseada. La idea de que alguno de aquellos hombres soltara unos cuantos billetes, tal vez muchos, por pasar un rato conmigo colmaba mi soberbia. Al pensarlo me sentía valorada y crecida. Qué mayor prueba podía existir de que yo era una mujer de las que hacen soñar. Y a qué será debido, pensé, que en la vida cotidiana, la de verdad, siempre creo que soy yo quien debería pagar a la gente que se interesa por mí. Mánol me presentaba a los hombres diciendo que mi nombre era Terés y que yo no conocía las mañas del oficio. «Con ésta habrá que tener cuidado», decía. Su tono se volvía tan socarrón que hacía que me sintiera incómoda, pero yo ya no estaba dispuesta a dar marcha atrás ni a renunciar a que los hombres pagaran por estar conmigo. Al parecer, algunos de los que conocí aquella noche solicitaron después mis servicios; sin embargo, al verlos en la alcoba no conseguí recordarlos.

Aun cuando fingía indiferencia, estaba tan atenta a la forma en que me miraban que el aspecto que presentaba cada cual puede decirse que me pasó desapercibido. Cada uno me estudiaba con un gesto distinto. Se adivinaba un deseo impetuoso en muchos de ellos y mi soberbia iba en aumento. Eran las cinco de la mañana cuando Mánol decidió cerrar y me permitió ir a dormir. 

—De momento, tienes trabajo para las diez próximas noches, Mari. No ha ido mal —dijo— y eso que yo tenía miedo. No lo puedo evitar, actúo movido por los sentimientos y eso no siempre da buenos resultados. 

Lo decía dando a entender el favor que me había hecho, arriesgándose a incluirme en su negocio, sin saber el «tirón» que yo pudiera tener con los hombres. Con las primeras luces del día, el patio me pareció un inmenso pozo atrapado sin remedio entre sus cuatro muros limpios de ventanas. Mirar hacia arriba producía agobio. Los muros tenían la altura de los cinco pisos que alcanzaban los inmuebles. Solo existía, en la pared de la derecha, un ventanuco rectangular protegido con barrotes que quedaba por encima de nuestras cabezas. Me fijé en él porque distraída tropecé con una escalera de mano que estaba al lado. —Este perigallo siempre está donde menos falta hace —comentó Mánol refiriéndose a la escalera. En seguida comprendí que el ventano del patio era el que daba a mi alcoba. Mánol cerró con llave al marcharse. A pesar de la incertidumbre que me producía imaginar que a la noche siguiente yo sería una auténtica puta, me quedé profundamente dormida nada más meterme en la cama. Tal vez fue debido a las cervezas que había tomado.

Capitulo V

Llegó el día 1 de agosto. Mi primera experiencia no resultó mal. Fue la adecuada para calentar motores. Así lo pensé entonces. Me anudé a las caderas un largo y vaporoso pañuelo de color turquesa que trajo Mánol. Dijo que ésa era la única ropa que yo debía llevar. Luego quiso que me soltara el pelo y me lo ahuecara. La imagen que yo daba debía de ser parecida a la de alguna venus del mar. El cliente llegó sobre las diez de la noche. Sé que no se pueden sacar conclusiones basándose en el aspecto de una persona, pero a éste lo catalogué, a pesar de su perilla, como trabajador administrativo de algún ministerio. No creo que llegara a los treinta y cinco años. Estaba tan delgado que producía grima mirarlo desnudo. Hablaba en un tono suficiente, yo creo que lo que más le gustaba era sentirse superior a mí. No sé a cuento de qué me explicó las grandes ventajas que él había obtenido en la configuración de su personalidad realizando un curso de psicología encaminado a lograr la seguridad en sí mismo. Después de estas explicaciones se tendió en la cama. Con el vaporoso pañuelo que me cubría el vientre me pidió que lo atara por las muñecas a los barrotes del cabecero. Quería una escena de película. Sin duda la tuvo. Lo comprendí bien y me empeñé en hacerle disfrutar comportándome como una atractiva asesina enloquecida de amor por él. Empezó a suspirar y a gemir desde que le enfundé el condón. Introduje despacio su pene en mi cuerpo y él temblaba preso de una emoción sublime. Cuando se corrió rompió a llorar. Yo nunca había visto algo parecido. Una vez que lo desaté fingió que se estaba recuperando de alguna experiencia feroz. Se frotaba las muñecas como si fuera un héroe reducido y torturado. Aquella primera noche tuve la equivocada impresión de que las cosas iban a resultar fáciles. Nada de lo que sucedió hizo que yo me sintiera manipulada o humillada. No era más que un trabajo extra que me había buscado, algo divertido para entretenerme y sacar dinero. Sencillamente, yo era un vehículo para que aquel hombre pasara un buen rato. Y a cambio él pagaba. Eso era todo. 

Durante los primeros días me repetí con frecuencia estas frases. Lo más probable es que mi intención soterrada fuera adormecer cualquier escrúpulo que pusiera en cuestión la idea que yo me había empeñado en llevar a cabo. Al marcharse aquel hombre tan delgado me dijo con palabras escuetas y formales que se alegraba de haber tomado la decisión de venir a verme, que había pasado un rato estupendo. Me dio la mano, me dijo que se llamaba Eloy. Me aseguró que volvería y así lo hizo. A lo largo del mes tuvimos algunas sesiones más, por cierto, todas iguales y él cada vez se iba más satisfecho. Su hucha debió de quedar vacía aquel verano. Siempre tuve la sensación de que era una persona que no disponía de mucho dinero. La segunda sesión, la del día siguiente, tuvo otros tintes. Mánol me advirtió de que el tipo parecía duro y que no debía dejarme impresionar. 

—Por mucho que parezca que va a matarte, no te hará nada. Es de fiar, Mari, yo sé lo que digo. Sólo quiero prevenirte ya que tú no sabes mucho de esto y no conviene que te asustes. 

Cerca de las nueve, siguiendo las indicaciones de Mánol, elegí un vestido ceñido y escotado de color lila y me senté a esperar en uno de los sillones de mi habitación. Al cabo de un rato se abrió la puerta sin previo aviso. Entró un hombre calvo de unos cincuenta años. Cerró con un fuerte portazo. Me sobresaltó. Llevaba vaqueros y una camisa de marca. Debía de ser uno de los que la primera noche merodearon por el local pero no lo reconocí. Su actitud distaba mucho de ser amable. Se acercó a mí con aire de fastidio, como si el que estuviera trabajando fuera él, y me dijo: 

—¿Qué mierda de perfume te has echado, tía? Me quedé mirándolo atónita. —Que a qué hueles, digo —dijo con una crispación que me atemorizó. 

—A Isla del Sol —contesté asustada. 

—Me están dando unas ganas de cruzarte la cara —dijo levantando la mano. No pude reprimir un grito. 

—Dúchate ahora mismo —dijo cogiéndome del brazo con una brusquedad inusitada. 

Puede decirse que me arrastró hasta la ducha. Una vez allí, abrió el grifo del agua fría a tope sin hacer caso de mis quejas y me estuvo enchufando cuanto quiso por todas partes, sobre todo por la cara. El agua me atragantó en un momento dado y rompí a toser. Él siguió enchufando, yo intentaba protegerme con las manos. Al fin, resbalé y caí al suelo de la bañera. Imagino que mi aspecto se hizo deplorable. En pocos instantes debí quedarme con el pelo pegado a la cara, el vestido empapado y la pintura convertida en chorretes. Cuando por fin cerró el grifo, hice intención de levantarme pero me pisó en la espalda y me dijo: —Tú siempre que estés delante de mí, de rodillas. ¿Te has enterado? Con los demás haces lo que te dé la gana pero conmigo de rodillas si no quieres que me enfade. Y ahora sal de ahí. 

El momento fue más difícil aún que el anterior porque estaba empapada, el vestido se me había ceñido a las piernas y no podía moverme. Casi gateando salí del cuarto de baño. Él se había bajado los pantalones y se había sentado. 

—Chúpamela. 

Me quedé petrificada. 

—Si me haces repetirlo, te arrastro. 

Me acerqué de rodillas y abrí la boca. Por un momento me apeteció sorprenderle con un mordisco desgarrador. Él debió de leerme el pensamiento. 

—Como se te ocurra morderme te doy tal paliza que no te reconoce ni tu madre. 

Aquella polla era repugnante. Era larga y destartalada y tenía un color muy oscuro. Lo natural hubiera sido que yo me encontrara aterrada. Pero no era así. Las palabras de Mánol habían hecho su efecto. Yo sabía por lo que él me había advertido que eso era lo que debía esperar de aquel cliente. También me había dicho que no debía preocuparme nunca por muy enfurecidos que ellos estuvieran, que en el fondo sólo se trataba de una representación. Que el secreto estaba en seguirles el rollo y en ser una buena profesional. Incluso, en comprenderlos. Y eso fue lo que a mi vez me dije a mí misma. Que yo era una mujer fría, que estaba ejerciendo un oficio y que debía tratar de realizar mi cometido de forma aceptable por mucho desprecio que me inspirara aquel energúmeno. En mi pensamiento se afianzó sólidamente la fórmula repetida por Mánol de que aquello sólo era un juego. Simplemente estábamos jugando. Si este tío ha soltado tanto dinero es porque le he gustado y ésa es la única verdad, me dije. Si consigo que vuelva a solicitar mis servicios, pensé, será porque lo he dominado yo.

Convencida con estas ideas, empecé a recorrer aquel desagradable vergajo con la lengua. Lo besé lentamente fingiendo cuanta lascivia fui capaz. Mientras, le acariciaba los muslos y el flácido vientre. Él había enredado las manos en mi pelo empapado y suspiraba. Sí, me dije, es un pobre diablo. Nunca hubiera tenido a sus pies una mujer como yo si el dinero no se lo hubiera permitido. Quizá por eso me maltrata, porque no puede soportar la idea de que en el fondo nunca seré suya. Al final, hasta logré compadecerme de él y por supuesto hacerle feliz. Tras correrse, me apartó de él tirándome con fuerza del pelo. Después me mandó desnudarme y como tardé en hacerlo porque de rodillas me encontraba incómoda y, además, el vestido mojado se me pegaba por todas partes, se acercó a mí y me cogió de la ropa. Me arrastró por el suelo hasta que el vestido se desgarró y pisándome en las nalgas me lo sacó a tiras. Llegó un momento en el que me sentí agotada. Le dije que ya no podía más. Eso lo excitó profundamente. Entonces, se puso el condón y me mandó tenderme a cuatro patas.

—Levanta el culo —dijo. 

Sentí sus manos abriendo mi sexo y después su polla invadiendo mis entrañas. 

—Muévete que pareces una muerta. 

No sé de dónde saqué las fuerzas. Empecé a moverme en todas las direcciones posibles; de atrás adelante y en círculo. Se corrió mucho antes de lo que yo hubiera imaginado. Su cuerpo cayó sin fuerza sobre el mío. A pesar de mi entusiasmo, en aquel momento me sentí aplastada, asqueada, exhausta. Al fin se levantó y se vistió. Él también parecía cansado. Ya se marchaba y yo seguía tendida en el suelo. De pronto se volvió, sacó diez mil pesetas de la cartera y las arrojó a mi lado. 

—Ya he pagado a Mánol, Terés; esto es para que te compres otro vestido. 

Al echarme sobre la cama sentí el cuerpo dolorido. Sin embargo, no podía apartar de mi pensamiento el rasgo generoso que había tenido aquel hombre en el último momento. Ha sido su forma de demostrar ternura, me dije. Y me dormí satisfecha. Entonces no se me ocurrió imaginar que seguramente lo que pretendía el tipo con aquel gesto era darse el gustazo de arrojarle a una puta el dinero al suelo. A la mañana siguiente tuve la precaución de hablarle a Mánol de la propina. Incluso hice intención de dársela. Por un momento pareció que él iba a cogerla pero lo pensó mejor y me dijo: 

—En realidad, eso es tuyo, Mari. Ya te digo que no soy ningún rácano. Quédatelo. No ha ido mal, ¿eh? El tío quiere repetir. 

La satisfacción me impidió sujetar una sonrisa.

Capitulo VI

La noche siguiente resultó más aburrida. Llegó un tipo calvo y delgado de unos cuarenta años que me hizo darme en la cara un maquillaje que él mismo traía y que era de un color muy claro. Luego me hizo peinarme con un moño bajo y vestirme con una camisón blanco muy amplio que también traía guardado en su portafolios. A continuación, me mandó tenderme en la cama boca arriba y juntar las manos. Me dijo que cerrara los ojos y que no hablara ni me moviera. Dios mío, pensé, éste quiere que me haga la muerta. Y así era. Después pasó su brazo bajo mis hombros y me sacó de la cama con sumo cuidado. Me dejó en el suelo. Se le oía musitar sonidos ininteligibles, tal vez estaba rezando. Después, aquel maniático se divirtió arrastrándome de los pies por toda la habitación. Cierto que lo hacía sin violencia pero yo me sentía muy molesta. Abrí ligeramente los ojos y vi que se había desnudado completamente. De pronto se detuvo y, tembloroso como quien hace un sacrilegio, me levantó el camisón hasta las caderas dejando al aire mi sexo. Cogió la almohada y la acopló doblada bajo mis nalgas de forma que mi pelvis se elevó. Me abrió las piernas hasta el límite de lo posible. Luego me soltó el moño y extendió mi pelo cuidadosamente. Hizo una cosa muy extraña, se frotó los pies con él, lo pisó. Tuve la sensación de que le agradaba sentir su roce suave en las plantas. Cuando se cansó de hacer aquello se arrodilló entre mis piernas y me penetró indeciso, como si le diera miedo hacerlo. Seguía musitando algo que no se entendía. Poco a poco sus empujones se hicieron violentos y llegaron a sacudirme con rabia. Gritó al correrse y sus manos se crisparon sobre mi cara. Temí que se atreviera a arañarme pero no lo hizo. Se quedó reposando sobre mí como un saco de tierra. Yo estaba deseando que se largara, aquel rato se me hizo eterno. Al fin se levantó y todavía estuvo desnudo, sentado en el sillón, mirándome durante mucho tiempo. De pronto dijo: 

—Hemos terminado. Levántese y quítese el camisón. 

Obedecí rápidamente mientras él me miraba. Nunca supe si a aquel hombre le gustaba imaginar que follaba con una muerta o con una resucitada porque de pronto, cuando me vio de pie y desnuda, se abalanzó sobre mí, me tiró sobre la cama y volvió a penetrarme con más furor aún que antes. Aquella experiencia no me dejó buen sabor. Cierto que me había tratado sin violencia, pero en este caso tuve la sospecha de que le hubiera dado igual hacérselo a cualquier otra y eso no me gustó. Habían transcurrido los primeros días y yo no me encontraba mal. Incluso pensé en anotar cada una de aquellas experiencias. No lo hice porque ni para eso tenía energía. Lo que sí recuerdo es que yo en ningún momento tuve la intención de dedicarme a aquel negocio más tiempo del que correspondía al mes de agosto. Mánol me hablaba como si yo estuviera empezando a conocer los secretos de mi futura profesión. Yo no le contradecía pero siempre estuve segura de que, finalizadas mis vacaciones, me marcharía de allí para siempre. A la vez, la excitación ante la incertidumbre de lo que podría suceder cada noche no me dejaba pensar absolutamente en nada. Todas las emociones desoladoras que se habían instalado en mi mente los días que precedieron a mi llegada al tugurio Doñana, se habían disuelto en el vértigo que me producía saber que me había atrevido a hacer aquello.

Capitulo VII

Una de esas noches llegó un tipo de cuarenta y tantos años. Ése por fin me ató a los barrotes de la cama. Ensayó varias maneras de colocarme y ninguna parecía satisfacerle. Decidió atarme las manos a la parte más alta del cabecero, con las muñecas juntas y los brazos levantados casi cubriéndome la cara. Por supuesto, me separó las piernas y también me ató por los tobillos. No puedo decir que me dejara marcas pero me agarraba del vello del pubis con mucha fuerza y le gustaba tirar mientras me follaba. Me hacía daño. Tiraba y me metía la polla. De pronto, se levantó y me dijo que él había pagado para estar con una mujer, no con una muñeca. Yo no entendía por qué me decía aquello. 

—¿Qué es lo que usted quiere? —le pregunté como una idiota. 

—Que disfrutes, que me demuestres placer. Para esto, como comprenderás, bastaba cualquier mujer. 

Mientras hablaba encendía un cigarro y fumaba. De pronto me lo arrimó a la cara. 

—Oye —me dijo—, no soy de los que disfrutan jodiéndole el palmito a una tía, pero si no te enrollas te hago una putada. ¿Vale? 

¡Vamos si me enrollé! Ni la puta con más oficio del mundo hubiera demostrado mayor concupiscencia con aquel imbécil. Siguió tirando cuanto quiso del vello de mi pubis y yo estremeciéndome y gimiendo para darle gusto mientras me metía y me sacaba aquella polla corta y regordeta. No pude tomar aquello a mal porque tras ese comportamiento yo adivinaba en ese hombre más inseguridad aún de la que yo padecía. La única diferencia es, me dije, que él ha traspasado una barrera, ha admitido que no sirve para nadie y por eso impone por la fuerza lo que sueña. Qué otra cosa va a hacer, si ha pagado. Sin embargo, pensé convencida, yo todavía espero encontrarme con alguien que me aprecie sin que eso me cueste dinero. No he olvidado aquella reflexión. Esa experiencia en la que había estado atada y que a la vez se me había hecho tediosa, me llevó a pensar con detenimiento en Mánol. Comprendí que era un verdadero maestro excitando mi fantasía. Sabía decir las cosas de tal forma que conseguía el efecto que deseaba. Él pronunciaba la palabra «atada» y mi cuerpo reaccionaba a su voz, se excitaba y hasta llegaba al orgasmo. Pero a la hora de la verdad, estar así, a merced de un tipo cualquiera, resultaba ridículo y además peligroso. Los encuentros que estoy narrando son los que recuerdo claramente. No podría enumerarlos todos porque las imágenes de muchos de aquellos hombres se entremezclan en mi cabeza. En mi memoria han quedado muchos detalles sueltos, inconexos unos de otros, que no me permiten reconstruir en orden la mayoría de las escenas que tuvieron lugar durante aquellas sesiones. Lo que sí recuerdo es que no todos los clientes se comportaban de forma agresiva aun cuando casi todos dejaron claro con su actitud que eran superiores a mí. Algunos, incluso me explicaron con modales correctos lo que esperaban de la sesión. Cuando lo hicieron yo me esforcé mucho más en darles gusto y creo que se fueron satisfechos. Varios me obligaron a arrodillarme y besarles las manos. Muchos exigían que les hiciera una mamada arrodillada y unos cuantos se orinaron encima de mí mientras otros me pidieron que me desahogara sobre su cara. Lo más frecuente era que Mánol me ayudara a vestirme con cordeles para recibirlos. Quiero decir que yo debía tener enrollados por el cuello, la cintura, los muslos, los brazos y hasta por los tobillos, cordeles de algodón. Se ve que a muchos les excitaba esa indumentaria. A mí no me importaba, me resultaba divertida aquella parafernalia y entonces no me detenía a buscar explicaciones. Hoy, al recordarlo, comprendo que, así disfrazada, la imagen que yo ofrecía era la de una esclava. Esos cordeles llevaban a muchos a imaginar por un rato que habían comprado una hembra salvaje. Eso era lo que debían de soñar los que disfrutaban viéndome de esa guisa. En varias ocasiones Mánol me advirtió de que no debía articular palabra. En fin, se trataba de poseer a una hembra animalizada y sometida.

Capitulo VIII

Hasta el 10 de agosto, los días cayeron uno tras otro sin que surgiera ninguna complicación extraordinaria. A mediodía, la rubia platino extendía una mesa plegable en el patio y servía la comida. Mánol, ella y yo comíamos juntos. Luego la rubia platino recogía los platos y yo me quedaba charlando con Mánol mientras tomábamos café. A mí me intrigaba aquella mujer. Estaba segura de que su relación con Mánol iba más allá del negocio. Pensé hasta que pudieran ser hermanos pero luego tuve la idea de que se trataba de una criada que tomó a su servicio siendo ella muy joven. Cuanto más la observaba menos puta me parecía, incluso tenía actitudes que resultaban de monja. En una ocasión él le echó una tremenda regañina porque la vio cargada con una caja de botellas y por lo visto la rubia padecía de dolores de espalda. Me llamó la atención que Mánol, en lugar de arrebatarle la caja, dejó que ella siguiera con el trabajo, obligándola sin embargo, a que repartiera el peso a lo largo de varios viajes. La rubia platino hablaba poco y, siempre que lo hacía, antes le pedía permiso a él con la mirada. No había duda de que sentía por Mánol una fuerte admiración pero, a la vez, lo temía. Yo, al principio, la tenía por una persona apocada porque no veía razón para que le tratara con tanta prudencia. Sin embargo, más tarde observé que, aparte de que la rubia fuera sumisa hasta la exageración, Mánol tenía un carácter muy fuerte y a veces, sin que yo adivinara por qué, se sumía en un estado de crispación capaz de asustar a cualquiera. Sin emplear palabras su gesto se volvía amenazador. Seguramente, ésa era la causa de que nadie se atreviera a contrariarlo. Cuando se enfurruñaba así, la rubia platino bajaba la vista, y procuraba no hacer ruido. Era como si se diluyera y de su persona quedara tan sólo un pellejo transparente. En alguna ocasión, comiendo, yo le pregunté a ella alguna cosa; que si conocía San Sebastián o que si sabía hacer el pollo en pepitoria, y en lugar de la rubia era Mánol quien me contestaba. Cada vez me parecía más rara. Ésta sí que es masoca, pensaba yo. 

Un día, según nos tomábamos la manzana que la rubia nos había puesto de postre, la miré fijamente. Estaba harta de que no hubiera una forma de entablar el mínimo diálogo con ella. 

—Oye —le dije ignorando a Mánol—, estaría bien que al fin legalizaran la prostitución, ¿verdad? 

La rubia se quedó muda. Su gesto se me hizo odioso. Me clavó sus ojos oscuros, grandes y perdidos en algún lugar de su propia simpleza. Abrió la boca y su labio superior se elevó; le debió de producir una seria repugnancia lo que yo había dicho. Cuando recuerdo aquella escena, lo primero que me viene a la cabeza es el conjunto de sus enormes dientes llenos de sarro. Por supuesto, quien contestó fue Mánol. 

—Aquí no hay nada que legalizar —dijo tajante—. Esto es otro mundo y se rige por otras leyes. 

La rubia recuperó la calma. La rubia platino gastaba conmigo una actitud distante y rígida, como si estuviera a la defensiva. Yo entonces no entendía por qué pues mi intención era mostrarme afectuosa, deseaba que hubiera camaradería entre nosotras y, si aquella mujer estaba tan doblegada a los deseos de Mánol y él, según creía yo, me apreciaba, no veía razón para que ella no se mostrara también afable. Este punto se aclaró en mis recuerdos cuando comprendí que Mánol, en realidad, me despreciaba profundamente. Hoy día no tengo dudas, Mánol era un perfecto hipócrita que con su forma de sonreírme y de mirarme y con sus comentarios halagadores me había hecho creer que yo había entrado en su corazón y hasta que me protegería con gusto de cualquier problema. Sabe Dios qué diría de mí cuando estuviera a solas y en confianza con la rubia. Muchas veces he imaginado que Mánol tenía un defecto, tal vez algo congénito, que le impedía ser un hombre. En ocasiones yo me sorprendía a mí misma fantaseando con la idea de que esa deficiencia fuera la causa de su soterrada mala uva. Pero la verdad es que, en aquellos primeros días, ni lo vi tan claro como lo veo ahora, ni me daba cuenta de que dentro de aquel hombre había una manera de ser diferente a la que habitualmente daba a conocer. Yo no hacía nada. Pasaba las horas tumbada o sentada en el patio hojeando las revistas que había en la habitación y tratando de entender y aprender los gestos o las posturas de las mujeres que veía en las fotos. Aquella inactividad no me incomodaba, entonces era lo que me apetecía. A lo largo de nuestras conversaciones, Mánol me repetía que, ante todo, debía estar siempre tranquila. Que lo más importante era transmitir profesionalidad para que los clientes no hicieran más cosas raras de las que pagaban. 

—¿Mánol, tú de dónde eres? —le pregunté un día. 

—Y eso qué te importa —me contestó. 

—No, si lo digo por las palabras tan raras que dices a veces. 

—Yo no digo palabras raras, Mari, otra cosa es que tú no entiendas nada. 

—Bueno, a mí si me hablan en castellano me entero... —osé objetarle. 

—Mira —me dijo—, tú eres como los gorriones, sólo te enteras de cuatro tonterías. 

Tenía la sensación de que era cierto lo que él decía. Estaba segura de que no me enteraba de nada de lo que constituía el profundo engranaje de aquel mundo en el que me encontraba voluntariamente atrapada. 

—Mánol, ¿tú estás casado? 

—Sí. —Y ella ¿no viene por aquí? 

—Oye, Mari, no te hagas más la lista, ¿eh? Como vuelvas a mentar a mi mujer te dejo la cara como ese geranio. 

Empezaba a emplear conmigo un tono ofensivo pero todavía existía algo en su forma de tratarme que me mantenía tranquila. Le hacía caso en todo lo que me aconsejaba, tenía la sensación de que formábamos un buen equipo, de que él estaba satisfecho conmigo y eso me daba seguridad. Yo me preguntaba cómo sería su mujer. La imaginaba de esas que aparentan ser amables y no pueden soportar el bienestar ajeno. Casi seguro que tenía los dientes blancos y jugosos pero tras ellos ocultaba unas repulsivas muelas negras. La imaginaba riendo con los labios curvados hacia abajo. Me dejaba llevar de la fantasía y elaboraba la historia de ambos. ¿Cómo era posible que Mánol, si en el fondo no era hombre, pudiera tener esposa? Me gustaba creer en una respuesta. Su mujer en la juventud estuvo enamorada de un tipo casado. El despecho y el rechazo a las mentiras de los hombres le hicieron refugiarse en Mánol, que no era hombre pero lo parecía. No sé por qué estaba tan segura de que era así. De la misma forma tenía la certeza de que Mánol, en realidad, no amaba a su mujer pero no podía concebir la existencia sin ella. Era natural, si un hombre, que no es hombre, encuentra una mujer que está dispuesta a fingir con él que tiene marido, por muy miserables que esa mujer tenga los sentimientos (porque yo la imaginaba roñosa y de sentimientos miserables) y por muy negras que tenga las muelas, es lógico que se desviva por ella. Este hombre no podría soportar un abandono, pensaba yo muy convencida, le daría miedo que ella se fuera de la lengua y que la gente supiera que no es hombre. Supongo que él también pensaba de mí lo que le daba la gana y lo más probable es que acertara menos que yo. Con las otras dos putas que merodeaban por el local apenas tuve contacto. Una era elegante, alta y rubia, y la otra cuellicorta, morena y de modales varoniles. Ninguna de las dos resultaba fea. Llegaban por la tarde y comenzaban a trabajar sobre las ocho. Se metían en unas habitaciones que había al fondo del pasillo. Ellas hablaban a la rubia platino con familiaridad, se debían de conocer de antiguo. Esporádicamente aparecían otras dos. Una era muy fea, alta y delgada. De aquella mujer lo que recuerdo claramente es que no tenía labios, eran dos rayas que se separaban para pronunciar un «hola» descarnado. Y la otra era rechoncha, de aspecto desaliñado y envuelta en un fuerte olor a sobaco. En más de una ocasión escuché los comentarios despectivos y hasta soeces que hizo Mánol refiriéndose a alguna de ellas mientras la rubia le clavaba en los ojos una mirada de advertencia, supongo que para evitar que siguiera explayando su opinión delante de mí. El caso es que ellas me miraban con gesto huraño. Yo no podía entender a qué era debido pero me hacían sentirme torpe y acobardada. Hoy día con la perspectiva que da el tiempo no me cabe duda de que a mí me dispensó Mánol el mismo trato traidor que a las demás. Me pregunto qué clase de comentarios haría cobardemente a mis espaldas para que sus «protegidas» me trataran con ese desprecio. Lo que desde luego es incuestionable es que el alma pensante de aquel antro, el triste patriarca de aquella secta, bochornosa por lo hipócrita, era Mánol y en su afán por no desagradarle, allí se comportaba todo el mundo, incluida yo misma, como él indicaba con sus veladas insinuaciones.

Capitulo IX

Estábamos a mediados de mes cuando a eso de las ocho entró Mánol para advertirme de que esa noche vendría un tío que, tal vez, resultara algo duro pero que había soltado mucho dinero. Otra de las cosas que ya empezaban a intrigarme era que Mánol, a pesar de que hacía frecuentes referencias a su escaso interés por el dinero, siempre lo tenía presente. Cuando yo protestaba de un cliente, él cortaba mis objeciones en seco aludiendo a la pasta que el «pavo» había soltado. Comprendí que a Mánol le gustaba fingir que no era persona interesada pero que esa ilusión distaba mucho de ser cierta. 

—Y ése, ¿qué es lo va a hacerme? —pregunté alarmada. 

—Nada que tú no puedas aguantar —contestó Mánol con su tierna sonrisa burlona—. ¿Qué te pasa hoy? No te irá a venir la regla, ¿verdad? Anda, recógete el pelo con gusto y ponte lo más guapa que puedas. 

El «pavo» que había soltado tanto dinero era un hombre joven, bastante alto, delgado y moreno. Llevaba el pelo engominado y un traje azul marino. Iba sin corbata con el primer botón de la camisa desabrochado. Tenía la nariz larga. Estaba perfectamente afeitado. Sin haberlo visto antes su aspecto me resultaba familiar. Era una especie de modelo, un prototipo de hombre bien plantado; sin embargo, daba la sensación de no tener alma ni vísceras. Tal vez se parecía a alguno de los comerciales de la empresa en la que yo trabajaba. Su gesto se me hizo desagradable hasta la repugnancia. Eso debió de influir para que, al verle enfrente, por primera vez sintiera el deseo de terminar con aquel juego extravagante y regresar a mi casa. Me sobrepuse de inmediato. Le sonreí. Él no mudó su expresión. Dejó sobre la mesa el manojo de llaves que traía en la mano y se sentó. Luego hizo un gesto con la mano que no entendí. 

—Que te levantes —aclaró con una voz aflautada. Obedecí. 

—Desnúdate, muy des-pa-cio —deletreó las sílabas con una suficiencia fuera de lugar. Su actitud me volvía zafia. Me bajé la cremallera del vestido y cogí el bajo con las manos para sacármelo. De pronto se levantó y me propinó un rodillazo en el culo tan fuerte que me tiró al suelo. 

—He dicho des-pa-cio —volvió a repetir. 

Me había hecho daño. Tanto que hubiera roto a llorar, pero me contuve. Dudé, no sabía si quería que me levantara. Le miré. Él estaba impasible. Me quedé agarrotada. Con una fuerza increíble me levantó tirándome del pelo. Apenas me sujetaban las piernas. Empecé a temblar. 

—Pero, bueno —dijo—. ¿Qué os pasa a todas? Vamos a ver, te llamas Terés, ¿verdad? Asentí. —Bueno, Terés, pues quiero que te desnudes des-pa-cio. ¿Me has entendido? 

Volví a decir que sí. Él se dirigió al frigorífico con parsimonia. Tenía un aire indiferente, como si lo que estuviera haciendo no le resultara placentero, como si se tratara de una misión fastidiosa. Empezó a revolver las latas y las botellas en busca de una bebida que le apeteciera. Aquel tirón tan brutal me había deshecho el peinado y ahora la masa que formaba mi pelo con las horquillas colgaba informe y ridícula de mi cabeza. Los recuerdos de mi casa, mi sofá y mi televisión empezaron a asaltar mi imaginación envueltos en una intensa añoranza. De pronto, pensé que, por mucho dinero que aquel tipo hubiera soltado, de haber sabido que me iba a hacer tanto daño, yo jamás hubiera accedido. Sin duda, Mánol sí se lo había olido. Fue quizá en ese momento cuando las impresiones que yo había percibido a lo largo de los días tomaron forma. Comprendí con amargura que, en realidad, no había razón para que Mánol me cuidara como a mí me había gustado creer. Qué absurdo, me dije, si ni siquiera tiene conmigo las escasas atenciones que tiene con esa medio esclava, la rubia platino. Qué ridículo haber creído que guardaba hacia mí algún tipo de afecto, ¿por qué iba a hacerlo si no es más que un proxeneta, esto es un negocio y apenas si nos conocemos? Comprendí que lo que Mánol quería de mí era que le sirviera de cebo para juntar dinero. Que estaba dispuesto a llegar al límite con tal de coger billetes. Me había dicho que me pagaría a final de mes. Me había hablado de más de medio millón descontando las cien de la pensión. Sabe Dios con cuánto más se quedaría él y, por muy atractiva que yo resultara, el secreto estaba en consentir que aquellos hombres hicieran conmigo lo que una mujer con dignidad jamás les hubiera permitido. Yo creo que en ese momento se definieron mis ideas pero era tal la confusión que sentía que aún necesité tiempo para ordenarlas. Tuve la amarga certeza de que en aquel tugurio me estaba ocurriendo lo de siempre. Desterrada en aquel rincón del mundo se habían reproducido los mismos patrones que ya había conocido con mis amigos, con Charli y hasta con los compañeros de trabajo. Será culpa mía, me dije vencida. Soy una garrapata que intenta nutrirse de la seguridad de los otros. Debo de ser un lastre, por eso se ha cansado Charli igual que se cansaron los novios anteriores, seguí pensando. ¿Por qué he venido aquí?, me pregunté de súbito con una fuerte ansiedad. ¿Por qué estoy sometida a esta porquería si yo no hubiera tenido necesidad de rozar este mundo ni con el pensamiento? La repentina certeza de que mi manera de ser me convertía en carne de cañón para que cualquiera se sirviera de mí empezaba a martillearme. Nunca se había cruzado en mi camino una persona que no estuviera dispuesta a utilizarme tanto como lo hacía Mánol aunque no fuera para sacar dinero. Charli, por ejemplo, presumía de mí frente a su familia. Me utilizaba para demostrar su buen gusto luciendo ante sus hermanos una novia alta y guapa, con estudios y educada. Pero a la hora de la verdad, le importaba muy poco que yo me sintiera a gusto. Charli jamás se esforzó en averiguar lo que yo sentía cuando estaba decaída. Más bien, lo que hacía era reforzar mi inseguridad con su tono suficiente y su forma de tratarme como a una histérica. En cuanto se vaya este tipo me largo de aquí, me juré. En medio de aquella situación desagradable fue como si en mi mente se abriera una ventana que dejara entrar la luz del día. Ahora sí, empezaré una nueva vida, pensé exaltada, lo primero que voy a hacer es dedicar mi tiempo libre a estudiar música. Aprenderé a tocar el arpa. No he conseguido entender qué fue lo que hizo que aquel anhelo olvidado se instalara, precisamente en ese momento, con un brío rotundo en mi voluntad. Desde niña había tenido esa ilusión pero en casa no estaban dispuestos a dejarme perder el tiempo en chorradas. Mi padre quería que yo tuviera estudios universitarios, igual que mis tres hermanos. Él era albañil y trabajaba hasta la extenuación con tal de ganar dinero. Sólo deseaba que sus hijos estudiaran, igual que los de las personas que vivían en aquel barrio que, desde niño, había mirado con resentimiento. Esta ambición era obsesiva para mi padre. En casa nunca les importó nada de mí, salvo que llevara buenas notas y no les diera problemas. Hay que reconocer que ya tenían bastantes con pelear la vida. El caso es que me encontré con un buen trabajo gracias a mis estudios y por eso me vine a Madrid. A los pocos meses de llegar empecé a salir con un chico del que me enamoré ciegamente. Aquella primera relación no duró ni un año. Él me abandonó por una antigua compañera de su infancia que, según dijo, era mucho más fea que yo pero sabía hacerle soñar. Fue entonces cuando debí de meterme por un camino equivocado, un camino de dependencias y de vacilación que no llevaba a ninguna parte. Como para comprarme un arpa y dedicar las tardes a hacer ruidos con ella. A ninguna de las personas que yo conocía le resultaba interesante esa idea y la fui arrinconando. No tenía arrestos para decidirme a hacerlo sin que alguien me animara. En esto, mientras el cliente se bebía el refresco, decidí que había llegado el momento de apartarme de todo aquel que me tratara con suficiencia. No tengo que esperar a que venga nadie a sacarme de ningún sitio ni a indicarme por dónde hay que ir. Soy yo quien debe cuidar de mí misma. En realidad, me dije con la vehemencia que da haber descubierto el secreto del equilibrio, en este momento, «yo» soy lo único que tengo. 

Pensaba estas cosas mientras el cliente me observaba y es probable que mi actitud, sin que yo fuera consciente, resultara distraída. No es extraño, mi deseo no era otro que verle salir por la puerta para recrearme con calma en todas las ideas que me estaban viniendo a la mente. El proyecto de una forma de vivir propia se estaba haciendo sitio en mis pensamientos por muy paradójico que resulte teniendo en cuenta las circunstancias en las que estaba. No hay duda, mi gesto se hizo ausente, incluso despectivo y eso seguramente acabó por enfurecerlo. Como era de suponer, empleó los medios infalibles, los que él conocía, para conseguir que yo olvidara cualquier asunto que no lo tuviera a él por protagonista. Volvió a decirme que me desnudara des-pa-cio. Por supuesto que intenté con toda mi alma darle gusto para que no volviera a maltratarme; ansiaba terminar cuanto antes y que se largara de una vez. Volví a agarrar el bajo de mi vestido con las manos. Intenté hacerlo muy despacio. Antes de que lo hubiera subido hasta las caderas, aquel hombre volvió a acercarse a mí y me volvió a tirar al suelo propinándome otro rodillazo en el culo. 

—¿Pero es que me vas a tener así toda la noche? —dijo gritando—. Por última vez, Terés, hazlo des-pa-cio. 

Perdí el control de mis actos. Me levanté aterrada y corrí hacia la puerta. Antes de alcanzarla me había agarrado de un brazo. Di un traspié pero esta vez no llegué a caerme porque él me sostuvo casi en vilo por el pelo. Me dolían terriblemente los tirones. 

—Pero, ¿esto qué es? ¿Tú de qué vas? —dijo mientras iniciaba otra tanda de rodillazos en mi culo sin soltarme del pelo. Me puso en el centro de la habitación y me obligó a agacharme hasta que mi cara quedó contra el suelo. Implacable, volvió a ordenarme que me desnudara «des-pa-cio», mientras se sentaba en el sillón a mirarme. Ya era imposible contenerme. Llorando me puse en pie y volví a intentarlo con toda la lentitud que pude. 

—Por favor, por favor... —repetía yo entre sollozos. Los golpes salvajes de ese bárbaro me tenían aterrorizada. Al fin me saqué el vestido y él no dijo nada. Entonces me quité el sujetador. 

—Lo que me temía —dijo cuando terminé—, tienes las tetas en forma de pera. 

—¿Qué? ¿Cómo? —me atreví a susurrar. 

—A ver ahora si, al menos, sabes chuparla —dijo poniéndose en pie. 

Saqué fuerzas de flaqueza y me arrodillé frente a él. Al menos ya sabía lo que debía hacer, chupársela. Le bajé la cremallera del pantalón y se lo deslicé con delicadeza por las piernas. Caí en la cuenta de que aún tenía la chaqueta puesta y su aspecto resultaba ridículo. Intenté recuperar la profesionalidad. Me levanté y le saqué la chaqueta, después le desabroché la camisa y se la quité. No tenía vello en el pecho. Yo me esforzaba tanto como podía pero el truco que hasta entonces me había servido, la seductora idea de vender la imagen de una mujer conocedora de los deseos de los hombres, me había abandonado por más que intentara convencerme de que no tenía más remedio que continuar. Amablemente le pedí que se sentara. Le quité los zapatos y después los calcetines. Llevaba un slip pequeño y ajustado que parecía una braga. Él mismo se lo sacó. Tenía una polla delgada que, al empalmarse, se le torcía. Así, desnudo, resultaba aún más desagradable pues su físico era parecido a un armario de un solo cuerpo; recto, sin diferencias, casi tenía la misma medida de hombros que de caderas y eso hacía que de hombros resultara estrecho y de caderas ancho. Me cago en la leche que te han dado, asqueroso, pensaba yo mientras besaba su polla y aparentaba interés por ella. Él no decía nada, me quitaba las horquillas que habían quedado enganchadas entre mi pelo. Lo hacía sin cuidado, con brusquedad. Yo intentaba sobre todo agradarle, hubiera hecho lo mismo con cualquier perro peligroso; se trataba de evitar su mala leche, pues estaba claro que aquel hombre no respetaba las reglas del juego. Su deseo era abusar, obtener más de lo pagado y yo no sabía en qué lugar estaba su límite, ni siquiera si la idea de un freno existía en sus cálculos. Con las manos le acaricié los huevos, que me resultaron excesivamente fríos. Tienes huevos de muerto, pensé vengativa. Se corrió en mi boca y me dio asco, igual me hubiera sucedido con el vómito de un zombi. Escupí sin pensar lo que hacía. Como era de esperar, a él no le gustó que yo mostrara tan poco entusiasmo por retener en la boca su pastiche blanquecino. Estuvo a punto de abofetearme, seguía convencido de que el dinero le daba derecho a todo. Afortunadamente, se contuvo. Luego se quedó tranquilo. Yo continuaba de rodillas sin atreverme a hacer ningún movimiento. Me mandó servirle un whisky. 

—Nunca entenderé —dijo de pronto— de qué están hechas las mujeres de tu clase. Os merecéis cualquier cosa. Porque ¿no irás a decirme que tú no has encontrado otro trabajo, verdad? 

Y tú de qué estarás hecho, pensé muerta de asco y de deseos de verle caer fulminado por el golpe de un rayo justiciero. Después me mandó tenderme en la cama boca arriba y cogerme los pies. Mi sexo quedó completamente expuesto. Me penetró mientras sus manos se crispaban con fuerza en mi cintura. Intenté mover la pelvis con agilidad, sólo deseaba que se corriera cuanto antes y que se marchara. Pero en esa postura me costaba trabajo moverme y eso hacía que mi angustia fuera en aumento, y mi interés por no demostrarla me extenuara. Para qué contar que se me hizo eterno. Cuando se marchó y sentí la puerta cerrada tras él tuve que respirar hondo varias veces. Aquel cliente tenía algo que iba más allá de lo desagradable. Desde que le vi entrar su gesto me inspiró auténtico miedo. Por más que lo intenté, no pude tomar aquella sesión con la ligereza de las demás porque existía algo peligrosamente frío en su cara que no dejaba traslucir ningún pensamiento, ningún sentimiento. Tuve la sensación de que lo que en realidad necesitaba aquel hombre para disfrutar era matarme a golpes. Sus palabras daban vueltas en mi cabeza: «Os merecéis cualquier cosa», y me sentía indefensa frente a la amenaza que adivinaba en ellas.

Capitulo X

Por primera vez desde mi llegada, aquella noche no pude dormir. El verdadero motivo no era que estuviera dolorida ni que el recuerdo de lo que había sufrido apenas poco antes me llenara de rabia. No puedo decir que no me importara, pero el tipo se había marchado y, en el fondo, con no verlo más me daba por satisfecha. Lo que en realidad me estaba ocurriendo era que entre aquella maraña de sórdidos sucesos yo había atrapado un resto de esperanza que me permitía reconocerme. No podía dar por malo nada de lo que había ocurrido en los últimos días, justamente eso era lo que me había llevado a rescatar la confianza en el futuro perdida sabe Dios cuándo. Y lo que seguía destellando en mis ilusiones con la fuerza de un relámpago era la absurda decisión, si se tiene en cuenta las circunstancias en las que me encontraba, de comprarme un arpa. Decidí terminar de inmediato con el siniestro montaje en el que me encontraba. Compraría mi arpa con el dinero que me diera Mánol, el que yo había ganado hasta esa noche. En cuanto terminara el maldito mes de agosto y la ciudad recuperara su ritmo, empezaría a buscar una escuela para matricularme en solfeo. Además, me decía, ya es tiempo de que mande a hacer puñetas a unos cuantos amigos. Me juré largarme de allí en cuanto despuntara el día pero, al llegar la mañana, mi intuición me dio un aviso: debía ser cautelosa. Lo pensé mejor, era preferible mantener con Mánol una actitud razonable. Lo más conveniente sería exponerle mi deseo asegurándole que no quería causarle problemas y que me quedaría unos días más hasta que él encontrara a otra mujer que me sustituyera. Le había oído decir tantas veces que tenía más mujeres de las que podía ocuparse (incluso, me había insinuado que la debilidad que sintió por mí el primer día le había estropeado otros negocios mejores) que me lo había llegado a creer. Suponía que al día siguiente, todo lo más en dos días, él habría encontrado a otra, seguro que a una mejor que yo. Y refugiada en esta idea, me dispuse a esperar la hora de la comida para hablarle. 

—Mánol —le dije con serenidad estudiada en cuanto nos sentamos a la mesa—, no quiero seguir trabajando aquí. 

Él apretó los labios e hizo un gesto por el que comprendí que estaba esperando mis palabras. No había duda de que le fastidiaba lo que estaba oyendo. La rubia platino se levantó y se escondió sigilosamente tras la puerta que llevaba al pub. 

—Oye —me dijo Mánol—, tampoco es para tanto. Por dos tirones de pelo y una patada en el culo no hay que tirar la toalla. Otras veces te lo pasas mejor. Me sorprendió que estuviera tan seguro de lo que había ocurrido. No podía entender cómo lo había averiguado. Suponía que el cliente no se habría detenido a contarle lo que había hecho conmigo. 

—Mánol, es cierto que no me gustó el tío de anoche pero, aparte de eso, quiero marcharme cuanto antes. 

—Pues tú a él sí, Mari. Me ha dicho que volverá. 

—Ni se te ocurra, es un bestia. Escucha, Mánol: yo me quedaré uno o dos días si te hace falta, así tendrás tiempo de buscar a otra. 

—Pues parece una persona fina. ¿Que en lugar de una patada han sido dos? No me vengas ahora con remilgos que el «pavo» bien que suelta los dineros. Mánol hablaba sólo del cliente como si no escuchara lo verdaderamente importante; mi intención de marcharme. Y, sin yo quererlo, su obstinación me arrastraba al convencimiento de que no era posible escapar de allí. 

—Mánol, que no vuelva más ese tío, tengo un dolor que apenas puedo estar sentada. 

—Bueno —dijo condescendiente—, no quiero que tengamos malos rollos. Si no te ha gustado ese «menda», no se hablará más del asunto. 

Entonces me di cuenta de que me estaba llevando a su terreno y el horror a permanecer más tiempo allí me hizo reaccionar bruscamente. 

—No me gusta ni ése ni ninguno. ¡Mánol, quiero marcharme de aquí! ¿Es que no me oyes? —dije casi gritando para que no tuviera otro remedio que escucharme. 

—Sí, sí. Te he oído. 

Su gesto se volvió abatido. Tosió para aclararse la voz y después me acusó de estarle dando una puñalada a traición. Desazonado y cabizbajo, dijo que se había comprometido para los próximos días, que él siempre cumplía y que a estas alturas de agosto no resultaba fácil encontrar a otra mujer. 

—Por otra parte —siguió—, algunos clientes se han encaprichado contigo. Si ahora les presento a otra, aunque las hay por cientos que valen más que tú, perdona mi franqueza Mari, se cabrearán. A mí no me gustan estas cosas, yo soy una persona de palabra. Además —añadió aún más desolado—, yo no soy perfecto pero me he portado bien contigo. Habíamos quedado que estarías aquí durante todo el mes de agosto... 

Parecía sincero. Mánol me hizo creer que realmente tenía en cuenta mi opinión y de nuevo sentí hacia él un velado agradecimiento. Me dije que quizá no era tan interesado como yo había supuesto y volví a mirarlo con la confianza de los primeros días. Pero, a la vez, la crispación se adueñaba de mí al comprender que aún no podía escapar, que debía esperar un poco más para encarar la vida de una manera distinta. Me fastidiaba mucho que se retrasara el momento de llevar a cabo los planes que había concebido la noche anterior. 

—Bueno, Mánol, yo te lo digo para que lo sepas. No quiero causarte ningún problema, si no hay otro remedio me quedaré, pero si existe una posibilidad me lo dices y me largo. ¿Vale? 

Por mucho que yo quisiera convencerme de que era cuestión, todo lo más, de aguantar las dos semanas siguientes, desde aquel momento me sentí encerrada contra mi voluntad. En mi alcoba repasé la conversación y por una parte comprendía las razones de Mánol pero por otra lamentaba haberme dejado llevar por su actitud y sus palabras y no haber sido capaz de imponerme. Las imágenes de mi cocina, mi comedor, mi cuarto de baño se representaban placenteras en mi mente y los deseos de dormir en mi casa eran más contundentes a cada rato.

Capitulo XI

El cincuentón que llegó aquella noche no tenía mala pinta, pero a esas alturas había dejado de intrigarme el aspecto de cualquier hombre que pudiera aparecer en Doñana. Sin entretenerse en florituras, me mandó desnudarme y tenderme sobre la cama y luego me ató las muñecas y los tobillos a los barrotes. Al recordar aquel día después de tanto tiempo, comprendo que en mi cabeza se había movido un resorte. La idea de haber descubierto ese algo indefinido, tal vez una perspectiva nueva de la vida que podía resultarme beneficiosa, iba creciendo dentro de mí por momentos y, a pesar de que todavía no era capaz de concretar mis planes, mi manera de enfrentarme con la situación había variado sin remedio. La obligación de soportar a aquel hombre me enervaba. Sin embargo, algo intuitivo seguía avisándome de que debía contener mi precipitación. Yo me decía a mí misma que debía aguantar para llegar, sin complicarme más la existencia, al final del juego en el que me había metido. Cuando me tuvo desnuda y atada me preguntó dónde había unas tijeras. 

—¿Para qué? —respondí molesta y alarmada. 

—Tienes largos los pelos del coño, a mí me gustan cortos. Tú verás —dijo resuelto—. Si no tienes tijeras te los arranco uno por uno, no tengo prisa. 

Su tono era convincente.

—En el estante del lavabo hay unas —contesté resignada, refiriéndome a mis tijeras de manicura. 

Se puso a caballo sobre mi vientre y me estuvo torturando mucho rato. Pellizcaba dos o tres pelos y tiraba de ellos, luego uno por uno me los cortaba a ras de la piel. Lo hacía con una lentitud agobiante. Yo sentía el tirón que poco a poco se iba haciendo doloroso. Después el frío de las tijeras sobre la piel. Tenía tanto miedo a que me produjera una herida que no me atrevía a moverme. Ya basta, por favor, repetí muchas veces. Él no parecía oírme, estaba entusiasmado con su escrupuloso trabajo. Llegó un momento en el que no pude contener las lágrimas. Cuando me oyó sollozar se dio la vuelta. Entonces, la ceremonia se dilató porque aquel tarado se paraba complacido a mirarme a cada rato. Me dejó el pubis perfectamente rasurado. Después se metió en el lavabo y regresó con el frasco del alcohol. Sentí el chorro frío y a continuación un escozor terrible. Le dije a gritos que me soltara y que se largara de una vez. Él no se inmutaba. 

—Ya terminamos —me dijo. 

Me desató los pies y después las manos. Al verme libre, recuperé la tranquilidad y le dije que yo no me prestaba a esa clase de servicios, que yo no era la persona que él necesitaba y que hiciera el favor de marcharse cuanto antes. 

—Ya —contestó a la vez que me pellizcaba salvajemente los pezones. Entonces me obligó a tenderme de nuevo en la cama pero esta vez a lo ancho. Mi cabeza quedó colgando. 

—Me ha dicho Mánol que si te pones tonta te pegue fuerte en la cabeza. Por darte en la cara hay que pagar demasiado, ¿sabes? Mientras decía esto me agarraba con una mano por la raíz del pelo y me zarandeaba la cabeza. Volvió a atarme. Esta vez en lugar del cabecero usó las patas de la cama. Quedé tendida, atravesada, mi cabeza seguía colgando y apenas si podía apoyarme en las nalgas. 

—Créeme, no tengo intención de hacerte daño —dijo—, pero tienes que portarte bien. 

Mi sexo estaba desprotegido y yo me encontraba al borde de la desesperación. Lo más desazonante era que no podía ver lo que hacía porque ya no era capaz de mantener el cuello erguido en esa postura. Debió de untarse las manos con una crema muy grasienta. Empezó a manosearme las ingles y la parte interior de los muslos. De pronto, se levantó y se acercó a mi cara.

—Terés —dijo—, es preciso que te relajes. ¿Cómo crees que podremos conseguirlo? 

—Suélteme y márchese ya, por Dios —le contesté. 

Volvió a agarrarme del pelo, me levantó la cabeza y me propinó un capón salvaje cerca de la coronilla. Después me retorció con fuerza el mechón de la parte dolorida. Creí que me lo estaba arrancando. 

—¿Vas a relajarte ahora? —preguntó fríamente. 

—Sí —respondí apenas sin aliento. 

Volvió a echarse crema en las manos y a manosearme los muslos. Comprendí que debía dejarme llevar sin voluntad. Cerré los ojos. Sus manos se deslizaban por mis muslos y, cuando parecía que iban a rozar mi sexo, retrocedían. Luego invadieron mi pubis lastimado y debo reconocer que lo hacían con dulzura. Y a pesar de la aversión que me inspiraba aquel hombre, aquella mezcla de escozor y consuelo acabó por excitar mi sexo. Mi clítoris crecía y se suavizaba sin que yo pudiera evitarlo. Deseé con ardor que lo tocara. Sus dedos se acercaban lentamente. Penetraban en mi vagina palpando cada parte. Era como si algo sobrenatural que no fueran manos me acariciara. Y de pronto sentí su tacto justamente donde más lo deseaba. En ese momento me hubiera dejado hacer cualquier cosa. Todo mi cuerpo había quedado atrapado en la sensación. Yo no quería abrir los ojos. Recuerdo que él me acarició el vientre y dijo: 

—Bien, Terés, muy bien. 

Cuando parecía que el placer iba a hacerme estallar, él me tocaba en otra parte y una extraña sensación de agonía, porque se alejaba, y de bienestar, porque aún podía seguir inmersa en aquel éxtasis, me embriagaba. 

—No pares por favor, no me dejes —llegué a pedirle enloquecida. 

Tuve un orgasmo largo y agotador. Debí de gemir como si me estuvieran matando. Cuando me desató yo estaba rota de gozo, ausente. Me puso sobre la cama sin brusquedad y me penetró. Lo recibí con agrado, le dejé hacer sin moverme, sin molestarme en interpretar mi papel. No sabía qué pensar de él. Al marcharse me dijo: 

—Todo es mecánico: sensaciones que se desatan sabiendo tocar, Terés. Bueno —añadió—, me voy satisfecho. Hoy he hecho una buena obra. Ni tu padre te hubiera dado tanto. 

—¿Pero qué dice? —pregunté. 

Cerró la puerta sin contestarme. Era cierto que aquel hombre había hecho una buena obra. Me había enseñado que el cuerpo es algo que puede funcionar con autonomía. Que no es necesario estar en una película para gozar. Y más cosas aún le debo. Con él terminé de comprender que el placer sólo es el resultado que causa sobre el estado de ánimo la adecuada excitación de unas terminaciones nerviosas. Así de fácil y así de tranquilizador.

Capitulo XII

Las experiencias de los días siguientes son de esas que no puedo recordar con exactitud. Hombres que me pidieron insultos y algún azote y otros que parecía que venían de safari. Lo mismo tuve que disfrazarme de princesa de las tinieblas, con velos negros y brazaletes de tachuelas, que llenarme de cuerdas como si fuera un animal reducido. En fin, fueron horas tediosas que, por otra parte, no merece la pena que me esfuerce en revivirlas. Cada hora que pasaba me hacía desear con más vehemencia el momento de verme fuera de aquel lugar y eso se traducía en falta de profesionalidad, de capacidad de seducción. A esos clientes ni se les ocurrió la idea de repetir, mi actitud se había vuelto resueltamente fría. Yo notaba que el trato de Mánol se iba haciendo cada vez más distante y en su mirada se había asentado una abierta hostilidad. Varias veces me reprochó que mi comportamiento con los clientes ya no era el adecuado. 

—Eso no es verdad, Mánol —porfiaba yo—, sigo siendo la misma a pesar de que quiero marcharme. 

—No mientas, Terés —contestaba él resentido—. Me estás haciendo trampas. 

—¿Por qué dices eso? —le preguntaba yo. 

Estaba segura de que los clientes no se detenían a informarle de mi comportamiento una vez que acababa su sesión. Sin embargo, lo que Mánol decía era cierto. Cómo no iba a serlo; resultaba imposible que yo me entregara como en los primeros tiempos porque, para mí, el juego había terminado y no podía mostrar interés, ni esforzarme en agradar a los tipos porque ya no encontraba halagador que hubieran pagado por mí, incluso algunos me parecían auténticos gilipollas y, además, unos mal educados y, sobre todo, por mucho que yo les atrajera, a mí, no me gustaban. Empezaba a sentirme en una cárcel por mucho que intentara tranquilizarme a mí misma repitiéndome que, a fin de cuentas, yo era la única responsable de haberme dejado engullir por aquel mundo. Pero me intrigaba la seguridad que tenía Mánol, pues, era cierto que mi actitud con los clientes se había enfriado. Simplemente lo supone, me dije, y quiere hacerme creer que controla hasta los mínimos detalles. El caso es que uno de esos días, al terminar de comer, Mánol me agarró repentinamente del cuello, su mano me recordó la garra de una gallina rabiosa, y, preso de un ataque de ira, me dijo que quería verme como al principio y que si no me gustaba mi trabajo que lo hubiera pensado antes. Me llamó idiota y engreída y añadió, gritando como un loco, que él no consentía que ninguna guarra le tomara el pelo. 

—Ten cuidado conmigo —dijo empujándome—. Las listas como tú aparecen secas en los vertederos. 

Estaba segura de que sólo se trataba de una amenaza. Pero eso no impidió que de pronto yo tomara conciencia de que nadie sabía en qué lugar me encontraba ni lo que estaba haciendo. Ni mi familia, ni mis compañeros, ni por supuesto Charli, tenían la más remota idea de dónde localizarme durante aquel mes de agosto. Y lo peor de todo era que Mánol estaba al tanto, yo le había confiado mis circunstancias a lo largo de nuestras charlas. Caí en la cuenta de que si yo aparecía muerta en cualquier sitio lejano, a nadie se le ocurriría buscar la explicación en ese tugurio de la calle del Alivio, jamás se sabría la causa. Ese pensamiento me angustiaba más a medida que comprendía que vivir no era algo tan difícil como me había resultado hasta entonces. Mis deseos de verme libre y de andar por el mundo como una mujer con dignidad se mezclaban con la desazón que me producía haber llegado hasta el punto en el que estaba. Cuando me encontré en la alcoba, instintivamente comencé a buscar mi teléfono móvil dentro del bolso. Lo compré porque me convenció Charli, pero apenas lo había usado. Si me gustaba llevarlo era, tal vez, porque en aquellos años todavía me parecía un signo de mujer entendida. Sin embargo, en esta ocasión, su utilidad práctica se antepuso a cualquier otra. Revolví durante un rato dentro de mi bolso. Estaba segura de haberlo guardado allí, igual que otras cosas. El móvil no estaba. Vacié el bolso sobre la alfombra con violencia, dominada por un ataque de rabia y lo único que apareció, revuelto con las otras cosas, fue el cargador. Ya no tenía duda, Mánol me lo había arrebatado, seguramente, el mismo día que llegué. No me había dado cuenta antes porque no lo había necesitado. Entonces, recordé los libros que también eché en el bolso antes de salir de mi casa. Tampoco estaban. Eso sí que era un robo sin sentido, pero lo relacioné con la afición de Mánol a poseer libros y no me extrañó.

Capitulo XIII

La experiencia de esa noche se mantiene en mi memoria tan nítida que no parece que haya transcurrido el tiempo. Mánol me dijo que me vistiera con sencillez. Sobre las diez entró en mi alcoba un hombre joven, tendría treinta años. Era de mi estatura. Llevaba vaqueros y una camisa de cuadros de color marrón. Me saludó con un «buenas noches» que me sorprendió. Creo que fue el único que utilizó una fórmula convencional para iniciar la sesión. Se sentó frente a mí y sonrió. Tal vez mi gesto fue distante al principio. Me dijo con acento de Sevilla: 

—Ya sé que no está permitido besarla en la boca. 

Esas normas de comportamiento con las que Mánol pretendía insuflar «clase» en su negocio me resultan ahora incluso absurdas. 

—No —contesté—. Es una medida de higiene que también le conviene a usted. 

Sus modales educados me hicieron hablarle igual que si estuviera tratando con uno de los clientes de mi empresa. 

—Llámeme de tú si quiere. Yo a usted le llamaré como prefiera —dije en el mismo tono. 

—Te llamas Terés, ¿verdad? 

—Sí, claro.

—Suena raro. Bueno, llámame de tú, Terés. Ven aquí, siéntate —dijo dándose una palmada en los muslos. 

Me senté sobre él con una actitud que quiso ser provocadora. Con las piernas abiertas me acomodé sobre sus muslos. Él me acarició el pecho suavemente, apenas un roce. De pronto me pasó con delicadeza la yema de sus dedos por la cara. Me avergonzó aquel gesto cariñoso, él se dio cuenta y sonrió. Me desabrochó la camisa con la ternura de un adolescente enamorado. Esos modales me apabullaban porque yo no sabía de qué forma debía responder. Para colmo el muchacho me estaba gustando y eso me volvía tímida, me dejaba torpe. Me besó los pezones y los retuvo entre sus labios. Mientras los lamía sus manos me ceñían la espalda, me oprimían suavemente hacia él. Yo le dejaba hacer pasivamente porque no se me ocurría qué inventar para gustarle y temía que una iniciativa equivocada por mi parte lo interrumpiera. No lo pensé, sólo me dejé llevar de lo que sentía y rodeé su cuello con mis brazos. Le besé en la cara, después en la cabeza y en el cuello. Él frotó su mejilla contra mi pecho. Se comportaba de una manera muy afectuosa y, a la vez, verdaderamente erótica. Todos sus movimientos estaban revestidos de sinceridad, de franqueza. Yo me encontraba demasiado confundida para ponerme cachonda. Por primera vez en todos aquellos días la imagen de Charli me vino a la mente. Pensé con amargura que en los dos años que habíamos estado juntos, y a pesar de lo mucho que habíamos follado, no existía en nuestra relación un momento tan lento, tan delicado como el que estaba viviendo ahora con aquel extraño. 

—En la cama estaremos más cómodos —me susurró al oído. 

Me miraba a la cara mientras yo lo desnudaba. Estábamos tumbados cuando él me soltó el pasador del pelo. Mi cuero cabelludo estaba muy dolorido a consecuencia de tantos tirones un día tras otro y me quejé cuando intentó ahuecarme el pelo. 

—¿Te he hecho daño? —preguntó extrañado. 

—No, claro que no. 

Le sorprendió ver mi pubis afeitado, lo noté a pesar de que no hizo ningún comentario. Me puse encima de él. El sevillano cerró los ojos. Está pensando en otra tía, supuse. Yo me movía despacio. Podía sentir su placer. Él, sin abrir los ojos, apoyó las manos en mis muslos. Creo que en mi vida me he movido de una forma tan seductora, tan incitante. Su bienestar me enorgullecía. Gimió al correrse y me cogió por la cintura enardecido a la vez que apretaba su cuerpo contra el mío. Quedó exhausto, vencido sobre la cama. Yo misma le retiré el condón y le besé en la polla, que ya tenía casi flácida. Deseaba tumbarme junto a él y abrazarlo pero no me parecía lo propio. Fue él quien abrió los ojos y me tendió los brazos. Me aprisionó contra su costado como si fuera su novia. —¿Quieres que te dé un masaje? —le dije. 

—¿Sabes hacerlo? 

—Puedo intentarlo —contesté. 

Le extendí sobre la espalda la crema que yo usaba para la cara. El bienestar le hacía respirar profundamente. 

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dije. 

—Pregunta —contestó amodorrado. 

—A ti no te gusta hacer cosas raras, ¿por qué has venido aquí? 

—Es que a mí me pasa como a las tías, si no me atrae la persona que tengo enfrente, no me pongo —dijo sonriendo levemente. 

—Pero tú no sabías si yo te iba a gustar. 

—No es cierto. Te conocí una noche que entré con un amigo a tomar una copa y estabas con ese chulo. Me apeteció follar contigo. 

—¿Así sin más? —pregunté profundamente halagada. 

—Mira —dijo—, yo cuando era muy joven iba con mi padre a un burdel que había cerca de Triana. Era nuestro secreto de hombres. Ya me pasaba lo de ahora, mi padre se ponía negro y me llamaba tiquismiquis porque sólo me gustaban algunas. Ahora está tan cascado que no puede ni moverse pero a mí me dejó en herencia la costumbre de ir de putas. Nunca he pensado que fuera malo, tal vez es debido a que me enseñó a hacerlo mi propio padre. 

—¿Puedo preguntarte otra cosa? —dije masajeando con fuerza sus hombros. —Puedes preguntar lo que quieras, mientras me hagas esto soy tu esclavo. —¿Estás casado? 

—Tengo novia. 

—¿Y ella sabe que vienes a estos sitios? 

—No, no lo sabe. Sería un desastre si se enterara. De todas formas, no lo hacía desde que la conocí. Ahora está en Holanda, lleva allí seis meses y, ya sabes, se hace cuesta arriba vivir solo. 

—¿Y qué hace en Holanda tanto tiempo? 

—Tiene un contrato de trabajo por dos años. Es una tía inteligente, consiguió el puesto, y eso que lo habían solicitado muchos. 

—¿Y no te jode no estar sin ella? 

—Pues sí, me jode, pero qué le voy a hacer. También ella se aguanta cuando yo estoy de guardia los domingos. 

—¿Tendrás ganas de que pasen estos dos años, verdad? 

—Muchas. Cuando mi niña vuelva nos iremos a vivir a Sevilla y allí compraremos una casa guapa. Incluso hemos pensado en casarnos. Los viejos se llevarían una alegría. 

Me entristecía hasta el ahogo que él no quisiera saber de mí, que no le intrigara mi vida privada, que no me preguntara por lo que yo pintaba allí. Tenía los labios entreabiertos y los ojos cerrados. Le besé en la mejilla como si fuera un crío. 

—Necesito que alguien me haga un favor —susurré de pronto en su oído. Él me miró sorprendido. 

—No hables alto —le pedí—, me buscarías la ruina. 

No me libraba del miedo a que de alguna forma Mánol estuviera oyendo lo que decíamos. 

—¿Qué te sucede? —preguntó en voz muy baja, siguiendo mi juego. 

—Necesito que alguien me envíe una carta desde Palencia. 

—¿Y tiene que ser desde Palencia? —exclamó asombrado. 

Entre besos, caricias y susurros le dije que necesitaba recibir una carta de mi madre anunciando algo que me obligara a viajar de inmediato, a reunirme con mi familia. 

—Lo que sea —le dije—, que ha fallecido un pariente o que alguien está enfermo. Ahora no se me ocurre nada, cualquier cosa de esas que suceden repentinamente. 

Le dije mi nombre y mis apellidos. Él se quedó pensativo durante un rato. Seguramente lo que le impedía comprometerse era que el sobre debía llevar un matasellos de Palencia. 

—Pero, chiquilla —dijo al fin—, yo me marcho el sábado a Sevilla, los viejos me están esperando. Tú dirás cómo lo hago. 

—Claro, tienes razón —contesté. 

Todavía estuvimos un rato abrazados, tendidos en la cama como si fuéramos dos personas normales que se quisieran. Cuando nos despedimos me dijo que había estado muy a gusto. En el último momento le dije que si lo deseaba podía darme un beso en la boca. 

—No es necesario, Terés. Si te lo he preguntado ha sido porque al entrar no se me ha ocurrido otra cosa mejor. No quería ponerte en un compromiso. Te agradezco lo amable que has sido conmigo. Ya se marchaba cuando de pronto dio la vuelta. 

—Oye, niña, tú sales de viaje y vas por ahí, ¿verdad? 

—A veces —contesté confundida. 

—Seguro que cuando llegas a una ciudad visitas su catedral. 

—Sí... algunas veces. 

—Y cuando entras a una catedral ¿por dónde lo haces? ¿por el campanario? 

—No... por la puerta, claro —respondí aún más perpleja. 

—Pues eso, niña. A ti que te entren por la puerta, igual que se entra a las catedrales. ¿Me comprendes? 

—No. 

—Da igual. De todas formas la frase no es mía, se la he copiado a un compañero. 

Después sonrió y se marchó. Y yo me quedé con los labios entreabiertos y el corazón anhelante, hecho papilla. Aquella noche tampoco pude dormir. Seguí haciendo planes, pensando en mi futuro. Decidí, entre otras cosas que, por mucho que me lo rogara, jamás volvería con Charli, y que nunca más me enamoraría de un papanatas. Sólo si en mi vida se cruzaba alguna vez un hombre como ese sevillano, yo me decidiría a vivir una historia de amor. Ni siquiera sabía su nombre. No era especialmente guapo ni era alto pero se estaba muy bien a su lado.

Capitulo XIV

A partir de esa noche cuando me detenía a recapacitar en lo que estaba haciendo me invadía un espantoso calor que me ahogaba. Tranquila, me decía a mí misma, tranquila, yo no le tengo que dar cuentas a nadie, y volvía a recuperar la calma. La obsesión de salir a la calle, de pasear, de ir a la piscina crecía a cada momento. Muchas veces me preguntaba qué era lo que había ido buscando cuando me metí allí y entonces no daba con la respuesta exacta. Ahora estoy segura de que yo padecía una peligrosa necesidad de castigarme. ¿Por qué debía castigarme? Eso es lo que se me escapa. Tal vez por no ser capaz de encontrar el camino de la felicidad. Tal vez porque yo buscaba el equilibrio en una rutina de exigencias y culpas que, en la infancia, había constituido la esencia de mi educación. En fin, todo esto hoy día es agua pasada. Aquella tarde entró Mánol con una bolsa de plástico. 

—Vamos, Terés, desnúdate, tenemos poco tiempo. 

—¿Qué ocurre? —pregunté mientras me quitaba la ropa. 

Mánol sacó de la bolsa unas cadenas de hierro. —Acércate al ventano. Dame las manos. 

Mientras él enrollaba la cadena en mis muñecas y la sujetaba con un candado, la rubia platino llegaba cargada con la escalera que había en el patio. Mánol subió a ella y la rubia platino le dio el extremo de la cadena. Mánol la pasó por los barrotes del ventano. Tiró de ella y me levantó los brazos hasta dejarme completamente estirada. La rubia platino me separó las piernas y me encadenó los tobillos a las argollas de la extraña trampilla. Entonces comprendí para lo que servía realmente aquella plancha de hierro atornillada al suelo. Mánol volvió a tirar de la cadena que aprisionaba mis muñecas hasta que sólo pude apoyarme en la punta de los pies. 

—Mánol, estoy muy incómoda, además me duele. 

—¡Cállate! Verás, al tipo que va a entrar ahora le he dicho que estás castigada. Que te he dado un buen escarmiento porque me has robado. No veas cómo se ha puesto, se le ha hecho el culo cocacola . Me he puesto duro pero al final «he accedido» a que tuviera la sesión contigo. 

—Pero, Mánol... 

—Que te calles, que yo sé lo que hay que darles a éstos. Y a ti también —añadió. 

Mientras la rubia platino sacaba la escalera de la habitación, Mánol empezó a sobarme el coño. La incómoda postura me tenía inmovilizada, si doblaba las piernas me quedaba colgada de las muñecas. Mánol, seguía sobándome. 

—¿A que te gusta estar así? —decía—. Disfrútalo. Terés, tú eres de las que pagarían por que les hicieran esto, no me vengas ahora con hipocresías. 

—¡Ah! ¡El pelo! —dijo de pronto. 

Me soltó la pinza y me revolvió el pelo. Luego cogió el tarro de vaselina y me lo pringó cuanto quiso. 

—Así —dijo—. Con el aspecto un poco sucio parece que llevas más tiempo. 

La rubia platino volvió a entrar con una botella de agua. Mánol me la acercó a los labios. 

—Bebe. 

—No tengo sed. 

Entonces Mánol me dio un fortísimo manotazo en la cabeza. 

—¡Bebe, coño, que no puedo estar aquí toda la noche! 

Bebí el litro y medio de agua en menos de cinco minutos. Antes de salir, Mánol se acercó a mí y me cogió por la cintura. Me apretó con fuerza contra él y volvió a explorarme el coño con sus movimientos expertos. Yo no quería, me asqueaba el contacto de su mano y toda aquella situación se me hacía disparatada. Sin embargo, en aquellas condiciones no podía luchar contra él. Mi sexo me traicionó y empezó a palpitar. 

—¿Ves cómo te gusta esto? Te gusta más que a los que pagan —me susurró al oído. 

Seguía sobándome, tomando mi clítoris entre sus dedos, frotando, pellizcando. 

—Estás encadenada —me susurraba—, estás castigada. Te van a azotar. 

Un orgasmo implacable me sacudió por completo. Tuve la sensación de que una culebrilla de electricidad había reventado dentro de mi cuerpo. Mánol me retuvo en sus brazos hasta que conseguí enderezarme. 

—Ahora quieta y buena chica —dijo alejándose. 

Antes de irse cogió el cabo de cadena que colgaba del ventano y me lo enroscó en el cuello. Después me cubrió con la colcha de la cama. 

—Así estás incluso más atractiva —dijo cerrando la puerta. 

Es posible que transcurriera una hora hasta que la puerta volvió a abrirse. Durante ese rato no dejé de pensar en la maldita facilidad que tenía aquel proxeneta para arrancarme un orgasmo. Lo lograba tan sólo pronunciando sus palabras mágicas. Palabras que parecían tener vida propia y que se estrellaban en mi imaginación como los cristales de aquel caleidoscopio roto que recordaba haber visto de niña. Sin embargo, qué distinto resultaba todo en la realidad. Creo que fue entonces cuando descubrí el secreto. Un novio convencional jamás hubiera pronunciado aquello y de haberlo hecho, yo se lo hubiera reprobado sin dejarme arrastrar por sus palabras. Si el sevillano me hubiera dicho cosas así, no hubiera conseguido conmoverme porque el miedo a que comprobara el efecto que me causaban esas ideas me lo hubiera impedido. Sin embargo, a los ojos de Mánol yo no tenía nada que perder, al contrario. Ése era el truco; la vergüenza a ser descubierta, el miedo a ser despreciada por desear cosas humillantes resultaba ser el arma que se volvía en mi contra sin que yo misma me diera cuenta. Si yo me enamorara tendría que ser de un hombre que respetara mis estúpidas fantasías, me dije, yo haría igual con las suyas. A fin de cuentas sólo se trata de un juego de la imaginación, seguía pensando. Seguro que hay hombres normales que lo entienden; no es preciso que se trate de un asqueroso como Mánol, otros pueden aceptarlo con naturalidad sin que tengan la naturaleza de hiena que tiene este ordinario. Esto me lo repetí profundamente convencida en aquellos instantes. Hoy en día, que sé más de todo, no ha cambiado mi opinión. Tan sólo pediría perdón a las hienas por haberlas comparado con Mánol. Mis ganas de orinar iban en aumento, el agua había hecho su efecto. Además, resultaba terrible soportar esa posición. Yo suponía que eso era lo peor, no imaginaba lo que en realidad me esperaba. 

El cliente de aquella noche era un hombre de voz ronca. No le vi de frente en ningún momento. Sé que era más alto que yo, que llevaba barba, que era moreno y que olía mal. Me retiró la colcha como quien desenvuelve una corbata de regalo. Estuvo mucho rato atusándome el pelo que Mánol había ensuciado con tanto esmero. Al fin habló: 

—Has tenido suerte, seré yo quien te dé tu merecido. Otro cualquiera sabe Dios lo que te hubiera hecho. No quiero hacerte mucho daño, mi intención es más que nada humillarte para que aprendas lo que se puede hacer y lo que no. Tienes que aguantar el castigo con valentía. Piensa que esto te purifica, Terés. 

Yo suponía que el muy gilipollas se tiraría diciendo bobadas un rato, que después se empalmaría, me follaría, tal vez por el culo pues el asunto no estaba fácil, y que al fin se largaría sin más. Otra cosa no podía hacerme ni pedirme, así, inmovilizada como yo estaba. Mis ganas de orinar se hacían insoportables, la postura cada vez me resultaba más incómoda, no estaba segura de aguantar de puntillas pero, todavía, mi auténtica preocupación era que Mánol se acordara de venir a soltarme cuando el tipo se marchara. La cosa cambió de color cuando vi que me rellenaba la boca con un trapo enorme que me quedó colgando por la barbilla y después lo apretó entre mis labios con una cuerda que me ató a la cabeza. 

—No soporto los lamentos de una mujer —dijo con emoción en la voz. 

Ahí fue cuando empecé a atar cabos y a sospechar lo que en realidad me esperaba. Todavía estuvo un rato acariciándome la cabeza, pidiéndome que tuviera serenidad, que pensara que a través del castigo las mujeres comprenden su verdadera misión. Que yo podía limpiar mi alma de impurezas a través del dolor. Luego extendió sobre mis nalgas un producto que me enfrió y me escoció la piel. No sé qué sería, tal vez un desinfectante concentrado. Ya no me quedaban dudas sobre lo que pretendía hacer conmigo. Mi angustia se hizo intensa. El tipo empezó a acariciarme el cuerpo con una vara muy fina. Me la puso delante de los ojos. 

—Mírala bien. Es ella quien va a enseñarte.

Está loco perdido, pensé cada vez más horrorizada. De pronto se agachó y me palpó la entrepierna con insistencia. Después me introdujo, tan hondo como pudo, un consolador enorme por el ano. Sentí un dolor fuerte. Lo que sucedió a continuación fue que me azotó las nalgas causándome un sufrimiento aniquilador. Ya no fui capaz de contenerme y me oriné. Al verlo me sacó el consolador y me dijo: 

—Ten fortaleza, mujer. Se frotó las manos con mis orines, y tal vez algo más, preso de una gran excitación. Luego volvió a meterme el consolador por el ano y siguió azotándome. No me quedaban fuerzas. Mi cuerpo colgaba de las muñecas como una bayeta vieja. Debí de desmayarme. Ignoro si aquel fantoche hizo algo más conmigo, no he conseguido recordarlo. Cuando me recuperé, la rubia platino me estaba humedeciendo la cara con un trapo mojado. Me habían acostado en la cama. Mánol recogía las cadenas y las volvía a meter en la bolsa. Al verme con los ojos abiertos dijo con su sorna característica: 

—Tranquila, Terés, ya se ha marchado. 

—La que va a marcharse ahora mismo soy yo —dije haciendo un esfuerzo por incorporarme. 

A Mánol se le heló la sonrisa. 

—No digas tonterías y procura tranquilizarte.

Capitulo XV

Mánol tenía razón, yo estaba diciendo tonterías; era imposible tenerme en pie. La sordidez de la aventura en la que me había metido se había volcado definitivamente sobre mí como un cubo de agua sucia puesto a traición en lo alto de una puerta que hay que atravesar. Había comprendido ya sin sombra de duda que una cosa es la fantasía y otra la realidad. A la hora de la verdad, los golpes duelen terriblemente, humillan, y no tienen ninguna gracia. Mis muñecas estaban despellejadas, asquerosas, y cuando quise levantarme de la cama, apenas podía ponerme derecha, mi espalda estaba curvada como la de una vieja. Mánol me obligó a tomar una pastilla. Rompí a llorar. Me desperté al día siguiente cuando entró la rubia platino con el desayuno. Cuando la rubia abandonaba mi habitación le dije que pensaba marcharme de inmediato. Ella no contestó. Salió y cerró con llave. Abrí la maleta sobre la cama y arrojé dentro mis cosas sin ningún tipo de orden. Sacaba la ropa del armario y las perchas quedaba desnudas golpeándose unas con otras. Los zapatos revueltos con las camisetas, con los sujetadores y con los vestidos, iban cambiando de sitio y yo empezaba a sentirme mejor. Al terminar cerré la maleta, me puse los vaqueros y me calcé. Me senté en la cama esperando a que alguien viniera. Así llegó la hora de comer. Cuando la rubia platino volvió a abrir la puerta, agarré mi maleta, cogí el bolso y me dispuse a salir. Entonces me topé con Mánol. Con su mano en mi esternón me empujó otra vez dentro de la habitación. Me arrebató la maleta y la tiró al suelo. 

—Mari, déjate de chorradas y vamos a comer. 

—Quiero marcharme de aquí ahora mismo. 

—Oye, a ver si me entiendes; no puedes marcharte. Yo he cobrado ya a algunos clientes y tienes trabajo hasta el día veintiocho. Así que sé razonable y aguanta, que ya queda poco. Y sobre todo, procura no cabrearme. 

—Me da igual que hayas cobrado por adelantado. Dame el dinero que me he ganado hasta ahora porque yo me marcho.

—Vaya con la señorita, no parecías tan chula el primer día —dijo Mánol. 

Fui a coger mi maleta de nuevo y él la apartó de una patada. 

—Oye, no voy a repetirlo. Deja tu maleta tranquila y ven a comer. 

Creí volverme loca. Ya no podía con aquello ni un minuto más. Rompí a dar voces mientras le golpeaba con el bolso. 

—¡Déjame salir! —grité una y otra vez. 

Mánol cerró el puño y con los nudillos me asestó unos golpes brutales en la cabeza. 

—¡Por Dios, no le des tan fuerte! —le oí exclamar a la rubia platino con la voz temblorosa. 

Me dejó tirada en el suelo, aturdida, horrorizada. 

—Y ahora ¿sabes lo que te digo? —gritaba Mánol fuera de sí—, que hoy te quedas sin comer. Ya puedes empezar a colocar otra vez tus cosas. Si cuando vuelva no estás arreglada para recibir «al de esta noche», prepárate porque empiezo otra vez. 

Las marcas de los azotes, al igual que mi sexo rapado, no desanimaron a los clientes que llegaron después. El de esa noche fue un viejo que me hizo andar a cuatro patas, masturbarme y lamerle el cuerpo entero durante no sé cuánto rato. Luego me pidió que se la chupara. Lo hice lo mejor que pude. Lo malo fue que me cogió la cabeza para apretarme la cara contra su polla y sentí tal dolor que estuve a punto de desfallecer. 

—¡No me toque la cabeza, por favor! —le supliqué. 

—Pues sí que estamos buenos —protestó. 

Aquel hombre tenía una polla que no terminaba de enderezarse nunca. Me dijo que quería verme con un sujetador negro y zapatos de tacón alto. Así me tendí en la cama y él, como si fuera Tarzán, se las daba de macho encima de mí hundiendo aquella baba en mis entrañas cuanto podía. La mitad de las veces se le salía la polla al intentar impulsarse y en una de ésas el condón se me quedó dentro. Me cago en tu puta madre, pensé. 

—Lo siento, señor, pero tengo que lavarme —le dije—. Usted puede tomar algo o leer una revista mientras lo hago. 

Y después vuelta a empezar con aquellos empellones hasta que el carcamal tuvo a bien correrse. Creo que fue esa noche cuando tuve la pesadilla. Desperté en un estado muy ansioso del que tardé un buen rato en recuperarme. Iba andando por el campo, yo creo que estaba en el coto de Doñana, y me había empeñado en observar el vuelo de unos pájaros extraños. Al bajar la vista descubrí un rodal cuajado de margaritas y de amapolas. Daban ganas de tumbarse sobre aquella alfombra de flores después de haber dejado lejos las dunas. Pero era una trampa, debajo estaba el vacío. Me di cuenta al pisarlo. Caí dentro de un hoyo y fui a estamparme sobre un nido de alacranes. Se atacaban entre ellos, se clavaban las pinzas y se inmovilizaban unos a otros, a veces se equivocaban y se atacaban a sí mismos. El final del sueño no lo recuerdo pero sé que escapé, eso sí, asqueada por lo que había visto. 

Al día siguiente comí con avidez. Tenía un hambre atroz. Mánol no me dirigió la palabra ni yo a él tampoco. Estuve a punto de recordarle que el día veintiocho sería el último pero me dio miedo exacerbarlo y que empezara otra vez con los golpes. En cualquier caso, me dije buscando un consuelo, me queda un día menos. Afortunadamente durante los días siguientes vinieron hombres que no me hicieron daño; uno fue Eloy el funcionario y otro fue de los que les gustaba recibir castigos. Hice con ellos lo que pude, contenta de que al menos no me torturaran más el cuerpo.

Capitulo XVI

Sucedió el día 25. Me quedaban tres días para marcharme de allí si Mánol mantenía su palabra y no se le antojaba retenerme hasta el día treinta y uno. Esto no calmaba mi ansiedad, el temor a lo que pudiera suceder en esos tres días me llenaba de incertidumbre. Cuando me senté a la mesa para comer, Mánol me clavó una mirada muy agresiva. Intenté ignorarlo pero no me dejó. Me miraba fijamente y yo no era capaz de probar bocado. 

—¿Por qué me has mentido? —dijo al fin entre dientes. 

Yo no podía ni imaginar a lo que se refería. 

—¿Qué dices? ¿En qué te he mentido? —contesté. 

—¡Hija puta —gritó—, has dado la dirección de mi local! Comprendí de pronto lo que ocurría. 

—Pero... sólo a mi madre —respondí temblando. 

—¡A tu madre! —exclamó mientras de un nuevo manotazo en la cabeza casi me tiraba de la silla. 

Después sacó del bolsillo de su pantalón un sobre arrugado y lo arrojó sobre mi plato. La rubia platino estaba lívida. El sobre estaba abierto, llevaba matasellos de Palencia y un papel rojo pegado que ponía «urgente». Saqué del interior una cuartilla escrita con letra temblorosa y leí lo que ponía: 

A mi querida hija: Te esperamos lo antes que puedas llegar. El tío Pepe está muy grave, lo operan a final de mes. En la Telefónica no han localizado el número para llamarte. Manolito quería bajar a Madrid a recogerte, pero le he dicho que espere a que tú nos llames. Tu madre que te quiere 

Sólo pude sonreír. Los ojos se me llenaron de lágrimas y por un momento la imagen del sevillano resurgió en mi imaginación como un día que al clarear barriera las brumas de una noche sin luna. Mi madre nunca hubiera escrito algo tan afectuoso, su carácter siempre ha sido introvertido. El sevillano, sin duda, había redactado la carta como lo hubiera hecho su propia madre. Si algún día tengo hijos, yo también les escribiré así, me dije. Cómo lo habrá conseguido, me pregunté, no es posible que haya viajado a Palencia tan sólo para cumplir mi encargo. 

—Tengo que marcharme —dije sollozando sinceramente aunque por causas muy distintas a las que Mánol suponía—. Todo el mundo sabe que tengo devoción por mi tío Pepe —en eso mentí, por supuesto que mi tío Pepe no existía—. Vendrán a buscarme si no contesto. 

Mánol estaba nervioso. Se había tragado aquel montaje sin preguntarse siquiera por lo absurdo que resultaba, en aquellas circunstancias, enviar una carta en lugar de un telegrama. Como quien tiene una idea genial dijo de pronto: 

—Vas a poner un telegrama. Dile a tu madre que irás mañana. 

Así lo hicimos. Por teléfono puse un telegrama a mi madre en el que decía: «Llegaré mañana. Os quiere, Patricia.» 

Los resultados de la andadura de la vida son imprevisibles. En mi familia no existía la costumbre de utilizar palabras cariñosas ni de decirnos que nos queríamos. Ni mis hermanos ni yo avisábamos a mis padres antes de ir a verlos. Nos presentábamos allí de tarde en tarde, cuando nos daba la gana, sin anunciarnos. Yo redacté ese breve texto forzada por las circunstancias, no era mi forma habitual de dirigirme a ellos. Sin embargo, cuando después de aquello me encontré con mi madre, me dio un abrazo envolvente como nunca antes lo había hecho. Estoy segura de que no fue debido al estado en el que me hallaba, me hubiera abrazado igual en cualquier caso. Fue el hecho de recibir un telegrama mío avisando de que iba y las palabras «os quiere» lo que la llevó a manifestar el cariño a pesar de su carácter recio. No tuve otro remedio que acceder a las pretensiones de Mánol y permanecer allí hasta el día siguiente. Le vi resueltamente decidido a obligarme y la sola idea de que volviera a golpearme me aterrorizaba. Su gesto era muy sombrío, supongo que le preocupaba la idea de que algún hombre de mi familia se presentara en su tugurio. Sin embargo, se ve que la suma que el cliente de esa noche le había prometido por gozar conmigo era sustanciosa y no estaba en sus cálculos echarla a perder. Por otra parte, tras recibir el telegrama, Mánol debía de suponer que mi familia se habría quedado conforme. Yo no estaba tranquila. Sabía que a la mañana siguiente saldría de allí sin remedio pero un miedo indefinido me mantenía tensa y no me dejaba recrearme del todo en la emoción que me había producido la lealtad del sevillano. Nadie, hasta entonces, me había dado gusto hasta ese punto. Nadie antes había jugado a mis juegos. Qué habrá sido de aquel caballero andante, me he preguntado muchas veces. Me gusta llamarlo así y cuando lo hago siento que soy una princesa rescatada de un cuento viejo y agujereado por las polillas. Mi trabajo me obliga a viajar de vez en cuando a varias capitales andaluzas y, al pasear por las callejas de Sevilla, voy fijándome en la gente. A veces me cruzo con alguien que me recuerda a él. En el fondo lo voy buscando. Sé que no me atrevería a saludarlo, que daría lo mismo verlo o no porque lo más probable es que él ni me reconociera. Además, la forma en que nos encontramos llevaba implícita la condena de no volver a tratarnos. La tarde de aquel último día se me hizo eterna. Intentaba imaginarme dentro de mi coche avanzando por la carretera en dirección a Palencia y no conseguía representarme esa escena tan nítida como deseaba. Tenía la sensación de ser un preso que ha finalizado su condena y va a salir. Pero a la vez temía la sesión de aquella noche porque sabía que no me resultaría fácil soportarla. Es el final, me decía, debo ser consecuente, a fin de cuentas yo me lo he buscado y todo va a terminar bien.

Capitulo XVII

Eran las nueve cuando se abrió la puerta y contemplé espantada que por ella entraba aquel tipo con pinta de armario que tanto me había asustado la vez anterior. Me miró de tal forma que tuve la sensación de que había venido a saldar una cuenta pendiente conmigo. No sé cuánto le habría pagado a Mánol pero esta vez no se detuvo en preámbulos. Sin mediar palabra, empezó a darme empujones hasta que perdí el equilibrio y caí al suelo. Logré sobreponerme. Tirada en el suelo, sin intención de levantarme, le dije: 

—Haga el favor de marcharse inmediatamente. Aquí hay un error. Yo no me presto a esta clase de servicios. 

—Pero bueno —contestó—, ¿en qué quedamos? ¿te gusta o no te gusta que te peguen? 

Puede que yo le contestara algo o tal vez no, no lo recuerdo. Mi serenidad se iba resquebrajando. Debió de decirme que me pusiera en pie y que me desnudara pero yo seguía en el suelo sin moverme. Supuse que si permanecía inmóvil sin hablar ni hacer ningún movimiento, él terminaría por marcharse protestando. Me daba igual que Mánol tuviera que devolverle su dinero. Sabía que las consecuencias que eso pudiera acarrearme ya no serían tan graves. Sin embargo, aquel armario no estaba dispuesto a renunciar a su fiesta. De nuevo sentí el brutal tirón de pelo y me vi de pie contra mi voluntad. 

—Hoy lo que quiero es verte bailar —dijo—. A ver si eres capaz de ponerme cachondo. 

—No sé bailar. 

—Mejor —contestó—, más divertido. 

Tampoco puedo recordar si hablamos algo más pero sin duda fue mi pasividad lo que le sacó de quicio. 

—A ver si es que a esta puta no le gusto yo —dijo fuera de sí. 

Empezó a darme unos manotazos furiosos y descontrolados. Tenía una fuerza terrible y yo no podía luchar contra él. Yo tan sólo podía protegerme con los brazos de aquellos golpes absurdos. Volví a caer al suelo. Grité cuanto quise y eso le agradaba, le hacía gracia. Ya no pude más, no calculé las consecuencias. —¡Anormal, asqueroso! Si no te largas inmediatamente, te denunciaré a la policía y se va a enterar hasta tu puñetera madre de que eres un tarado. 

Por un momento conseguí el efecto que buscaba. Se quedó paralizado y entonces me levanté. 

—Márchate de aquí ahora mismo —repetí. 

Aquel hombre volvió a clavarme su mirada vacía de muñeco de cristal. 

—Tú no vas a llamar a nadie, cerda. ¿Qué te crees, imbécil? De las podridas como tú se ríe la policía —gritó de pronto abalanzándose sobre mí. Sentí que mi cuerpo se deshacía bajo una tromba de puñetazos y de patadas. Cuando ya estaba segura de que iba a matarme, se abrió la puerta. Escuché la voz de Mánol. —Bueno ya está bien. ¿Tú qué quieres, buscarme un lío? Debieron de forcejear un rato pero Mánol era muy fuerte. 

—Lárgate de una vez —le oí decir a Mánol. 

Aquel tipo dijo algo del dinero que había pagado, y Mánol le contestó que ya lo había disfrutado con creces. Le recriminó que me hubiera dado en la cara. —Eso no era lo convenido —dijo Mánol—. Se ve que no sabes el precio que tienen las cosas, ¿crees que por ese dinero puedes destrozar a una tía así o qué? —Ella me ha insultado —contestó el otro con su voz aflautada. 

—Para darte marcha, so capullo, es lo normal. Venga, márchate y no vuelvas más por aquí. Yo quiero parroquianos de categoría, no me gustan los que se vuelven locos con las tías buenas. 

Mánol hablaba en un tono profundamente amenazador. Yo no sabía si lo que le decía a aquel hombre lo pensaba en serio. Luego me di cuenta de que no, simplemente sabía manejar las situaciones para salir airoso. Cuando se dirigió a mí, comprendí que su intervención había sido debida al temor a que aquel monstruo me hiciera un daño irreparable y que mi familia lo descubriera. Como yo había supuesto, las cosas no eran igual sabiendo que la dirección de su local se conocía en mi casa. 

—Si no fueras una niñata idiotizada nos habríamos forrado con ese capullo. De buena gana te arrancaba la cabeza, pedazo de estúpida, tú nunca aprenderás —me dijo fuera de sí después de que se marchara el otro. 

Descubrí que la rubia platino estaba en la habitación cuando entre Mánol y ella me levantaron del suelo. 

—Mira lo que te digo —dijo Mánol—: si cuentas lo que ha sucedido aquí te echo ácido en la cara. No lo olvides, yo nunca amenazo en vano. Y ahora atiende: a tu familia, si no tienes más remedio, le dices que has trabajado aquí de camarera o de lo que quieras; tú sabrás lo que se pueden tragar y lo que tienes que explicarles para que no se busquen problemas conmigo, te aseguro que no les conviene. Pero mañana a primera hora te vas a la comisaría y dices que esta noche, cuando te dirigías a tu casa te atracaron unos colombianos. Que al no llevar dinero te dieron una paliza. Que llegaste a tu casa como pudiste. Que no había nadie para ayudarte porque la calle estaba desierta (ahora, en agosto, no resulta extraño). Que anoche estabas indecisa pero esta mañana lo has pensado mejor y por eso has puesto la denuncia. Y asunto concluido. Cuando menos lo esperes te llamarán para que reconozcas a los agresores. Si quieres puedes decir que no estás segura pero que te suena la cara de alguno. Eso ya es cosa tuya. Pero esto es lo que le vas a contar a todo el mundo. ¿Me has entendido? Le contesté que sí, que lo entendía y que contaría las cosas como él decía. Me hizo caminar y moverme para comprobar que no tenía roto ningún hueso y después con un gesto de penoso desprecio y la voz dolida como si yo le hubiera infligido la mayor de las ofensas, me dijo que esperaba no volver a saber de mí en su vida. A continuación, se marchó. Salió por la puerta resoplando y sacudiendo la cabeza. Todavía le oí murmurar para sí mismo: 

—Me está bien empleado, si el que con niños se acuesta... 

No volví a verle. La rubia trajo hielo en una bolsa y me lo dio para que me lo colocara sobre la cara. Envuelto en un sobre acolchado, viejo y medio roto, me entregó un fajo de billetes. Me entretuve en contarlos cuando me quedé a solas. Eran trescientas mil pesetas. Por curiosidad eché cálculos y me percaté de que, incluso teniendo en cuenta que me iba cinco días antes de lo previsto, era menos de lo prometido. Se ve que Mánol no pudo resistir la tentación de robarme dinero, y eso que de antemano se quedaría con una cantidad bastante más sustanciosa de la que me había asignado. Por supuesto, del móvil no volví a saber nada, ni tampoco de los libros. Para qué querría él aquellos textos, me pregunto, si nunca iba a leerlos. Y a pesar del dolor que no me dejaba relajarme y del temblor, la imagen del arpa que me iba a comprar con ese dinero me hizo sonreír. Estoy segura de que en situación normal hubiera tenido que guardar cama durante días a causa de la paliza, pero la idea de salir de allí y empezar a vivir de esa forma nueva, que yo sola había concebido, me daba una fuerza portentosa. 

Debí de anestesiarme con mis propias ilusiones. Una vez más me pregunté cómo averiguaba Mánol lo que sucedía dentro de la habitación. Mi vista se dirigió al ventano que estaba en lo alto. Los cristales eran oscuros, resultaba imposible ver a través de ellos. Sin embargo mi intuición me decía que ahí estaba el secreto. Lo comprendí de pronto. De fuera hacia dentro sí se veía. No me costó trabajo imaginar a Mánol en el patio, subido en la escalera —en el «perigallo» como llamaba al artilugio—, observando. Por eso él sabía siempre lo que sucedía. Tuve la certeza de que aquel hombre que no era hombre pasaba las horas admirando babeante cuanto me hacían los clientes. Efectivamente, no era el dinero lo que más le movía, era mayor su necesidad de observar ciertas escenas a escondidas, por eso regentaba aquel negocio. El filón que encontró conmigo para disfrutar de su vicio aquel verano, desde luego, no fue nada desechable. Por un momento, temí que incluso hubiera hecho grabaciones con un vídeo. Nunca he sabido si mis sospechas tenían fundamento pero pensé que, en cualquier caso, con el cristal por medio, lo más probable era que no se distinguieran los rostros con exactitud. Además, estaba segura de que muchos clientes hubieran sido capaces de matarlo si se enteraban de que Mánol se había atrevido a tanto y eso resultaba ser una garantía de discreción. Nunca volví a pensar en ese aspecto hasta ahora que me he detenido a recordar todo aquello. 

Miré mi reloj, que estaba sobre la mesilla. Era la una de la madrugada. Me levanté haciendo un esfuerzo inenarrable. Se me hizo duro pero necesitaba sentirme la dueña de mi cuerpo. En el cuarto de baño, frente al espejo, comprobé que mi cara se había convertido en el mapa de una selva tropical. Además se me movía una de las paletillas. En cuanto llegue a Palencia visitaré al dentista de mi padre, pensé, ése no suele salir de vacaciones en verano. Me duché, me lavé el pelo con parsimonia, tenía la sensación de que lo estaba rescatando de todas aquellas garras sudadas que lo habían maltratado sin compasión durante las últimas semanas. Luego hice la maleta, esta vez con tranquilidad. Cuando terminé, me puse los vaqueros y la camiseta con la que había llegado veinticinco días antes. Coloqué mi bolso junto a la maleta, al lado de la puerta, y me eché sobre la cama a la espera de que llegara el día siguiente. Mánol no me había consentido escapar aquella noche porque según dijo quería comprobar en qué estado me encontraba después de unas horas. Además, hubiera sido una locura; lo cierto era que yo estaba baldada. Tardé en dormirme pero cuando lo hice mi sueño fue profundo. A las nueve de la mañana entró la rubia platino con la bandeja del desayuno y me incorporé sin problemas a pesar de que cada movimiento se traducía en un dolor considerable. Supongo que la rubia le informaría a Mánol de que yo me encontraba bien, que podía irme. Salí por la puerta del local, la rubia levantó la reja hasta la mitad. Y fue un milagro. Justo cuando me marchaba, a eso de las diez de la mañana, llegó el cartero. Con gesto distraído un muchacho pelirrojo y regordete sacó un par de cartas de su carrito con ruedas. Iba a echarlas bajo la puerta pero al vernos preguntó: 

—¿Comunidad de propietarios? —No —dijo la rubia platino—, es el portal de al lado. 

—¿Patricia Herrera Nieto? —Soy yo —contesté arrebatándole lo que tenía en la mano. 

Era una postal, una foto de la catedral de Palencia. Cuando me cansé de mirarla le di la vuelta y leí la dirección despacio: Alivio 37, local Doñana. 

Y luego el texto. No sé si llegará mi saludo a tiempo. Me hubiera gustado que me enseñaras Palencia pero no puedo quedarme, hay muchos kilómetros hasta Sevilla y, ya sabes, me esperan los viejos. Tu primo, el sevillano. P.D. Deseo con el corazón que salga bien lo de Pepe. 

Ya llegaba el taxi que habíamos llamado unos minutos antes. La rubia platino se puso frente a mí y me dijo con su sonrisa monjil: 

—Siento mucho que haya sucedido esto. 

Supongo que el comentario fue debido a que, al no estar Mánol presente, ella se dejó llevar por un sentimiento propio. 

—¡Quita de en medio, atontada! —fueron las palabras que le escupí en la cara a modo de despedida.

EPILOGO

No presenté denuncia alguna. Si la prostitución hubiera sido legal, la hubiera presentado contra Mánol sin ningún género de dudas por haberme mentido en cuanto a las condiciones de seguridad y por haberme coaccionado con violencia. Tampoco me detuve a observar mi casa tan añorada en los últimos días. Ni siquiera me cambié de ropa. Puse unas cuantas camisetas en la bolsa que solía usar para ir a la piscina, volví a cerrar la puerta con llave y saqué el coche del garaje. Sólo deseaba estar a la hora de comer en la casa de mis padres. Era como si, una vez allí, pudiera empezar a vivir de nuevo. Arrancar otra vez eligiendo el camino correcto. Nunca sabrá aquel muchacho sevillano el efecto que me causó aquella frase «tu madre que te quiere» que él escribió simplemente para hacer más creíble el mensaje. A mi madre le conté que, puesto que me quedaban días de vacaciones, tras haber sufrido el desgraciado contratiempo con esos delincuentes, tuve un deseo repentino de ir a verla. Ella sonrió con los ojos enrojecidos. La historia del atraco se la creyeron tanto los amigos como los compañeros y, por supuesto, también se la creyó mi familia. Lo que no dije fue que se tratara de colombianos, aseguré que los que me habían pegado tenían pinta de pijos. A fin de cuentas los pijos siempre están a salvo de sospechas. A todo el mundo le extrañó que no hubiera puesto una denuncia. Yo no me molesté en dar explicaciones. Algunos quisieron saber detalles pero contesté enérgica que prefería no recordarlo y me dejaron tranquila. No faltó quien insinuó que yo era muy inconsciente y que debía tener más cuidado y fijarme por dónde paseaba. 

Tuve una bronca con mis compañeros el mismo día que me reincorporé al trabajo. Los acusé de asignarme los cometidos más aburridos y de acaparar para ellos los asuntos que servían de lucimiento. Ellos se debieron de figurar que mi cambio de humor era la secuela que había quedado en mi carácter tras el desgraciado suceso. Pero ya no di marcha atrás. A partir de entonces las tareas se repartieron equitativamente y mis ideas sobre ciertos temas acabaron por llegar al director. 

Charli me visitó a mediados de septiembre. Las cosas no le habían ido bien con la pija Eugenia, incluso regresaron de las vacaciones antes de lo previsto. Dijo cariacontecido que me había llamado varias veces a final de agosto sin localizarme. Él no imaginaba que yo estuviera pasando los últimos días con mis padres. No paraba de lamentar a cada rato lo que me había sucedido. Charli quería que hiciéramos las paces y se adivinaba por su actitud que estaba seguro de lograrlo. Me lo pidió con la voz temblorosa. Yo por más que lo miraba con su camisa polo de marca, su cinturón de trencilla de cuero y sus mocasines lustrosos no entendía cómo aquel mamarracho había conseguido enamorarme tiempo atrás. 

—Ya no te quiero, Charli —le dije en el mismo tono que lo hubiera hecho una Carmen de Merimé—. He llegado a la conclusión de que tú y yo no tenemos mucho en común. 

Charli no daba crédito a lo que oía. 

—No digas tonterías —se atrevió a contestarme. 

—No quiero seguir contigo, eres muy autoritario y no tienes sentido del humor —le aclaré cada vez más enervada—. Además, no me gusta como me tratas, me fastidia que no me dejes hablar y estoy harta de que te hagas el listo delante de la gente. 

—Patri —tartamudeó—, no sabes lo que estás diciendo. 

—Ya estamos —contesté con tal crispación que le hice dar un paso atrás—. Pero tú sí lo sabes, ¿verdad? Tú sí sabes lo que yo diría de saber decirlo, ¿verdad? ¿A que sí? ¿A que tú sí lo sabes? 

—Cálmate, Patri... 

—¡Fuera! ¡Fuera, idiota, fuera! —seguí gritando mientras le empujaba hacia la puerta, la abría y volvía a cerrarla a su espalda. 

No he vuelto a hablar con él. En una ocasión con motivo de un viaje volví a verlo, estuvimos a punto de cruzarnos por la calle pero él se cambió de acera. Después de aquella discusión, mi abogado arregló los asuntos y Charli me pagó la parte correspondiente del piso que habíamos comprado a medias. En noviembre me propusieron un ascenso y un traslado a Barcelona que acepté encantada. Los cinco años siguientes puede decirse que los pasé entregada a mi trabajo sin preocuparme de nada más y me aclimaté sin problemas a mi nuevo destino. Tras el primer ascenso vino otro. Tomé la costumbre de reservar siempre unos días de vacaciones para pasarlos junto a mis padres y, por lo demás, me acostumbré a salir de vacaciones por Europa con unas compañeras de trabajo. Me acordaba del sevillano cada vez que atravesaba la puerta de una catedral. Las horas que pasaba por las tardes intentando arrancar sonidos armoniosos del arpa me hacían olvidar cualquier contratiempo, cualquier situación fastidiosa que se hubiera producido a lo largo del día. A raíz de mis clases de solfeo hice un grupo de amigos singular. Cada uno tenía una edad y una condición pero la pasión por la música nos unía y nos hacía sentirnos camaradas y así fue como entre algunos de nosotros surgió una amistad verdadera. A los dos años volvieron a proponerme otro ascenso en el trabajo. No puedo decir que mi estado de ánimo estuviera exultante pero me sentía a gusto. Los éxitos profesionales me halagaban y, por otra parte, a pesar de que yo sabía que nunca conseguiría ser una experta tocando el arpa, mis adelantos musicales me producían una alegría diferente de cualquier otra. Las experiencias de aquel mes de agosto quedaron arrinconadas en algún oscuro lugar de mi memoria en muy pocos días. No quise pensar en ellas. 

Yo sabía que alguna vez tendría que detenerme a recordar con sinceridad todo aquello, sobre todo, los pensamientos y las sensaciones que me habían invadido en aquel lugar, pero me daba pereza. Sabía que mi estabilidad se removería profundamente y no quería que nada alterara la plácida rutina que había alcanzado. Por si alguien descubría aquellas monstruosas vacaciones y me preguntaba, en mi mente elaboré un esquema con el que podía explicar lo que me había sucedido si es que alguna vez lo necesitaba. El esquema era éste: el abandono de Charli me sumió en una locura, la soledad y el calor me llevaron a una especie de depresión que me enajenó y en lugar de suicidarme, decidí que me mataran otros, por eso acudí a aquel lugar. Aquella interpretación fue un montaje «psico-poético» que me sirvió mientras me empeñé en evitar las honduras de mis auténticos sentimientos. Qué duda cabe de que cuando afronté los recuerdos con honradez, aquella explicación se reveló casi engañosa porque las cosas fueron sencillamente como las he contado aquí. Sola y loca estaba ya, pues, de no ser así, jamás me hubiera dejado conquistar por un hombre tan egocéntrico como Charli, y el inclemente calor de Madrid no tuvo culpa alguna. Nadie la tuvo. La verdad fue que aquella tendencia masoquista que hasta entonces había constituido un soterrado componente de mi personalidad, se dejó ver en toda su plenitud. Y eso me permitió enfrentarme a ella y en consecuencia colocarla en su sitio. En ese sitio que existe en la imaginación para los cuentos y las películas. En el íntimo desván de las fantasías y de las leyendas de piratas y sirenas. 

Tuvieron que pasar cinco agostos más para que el ciclo que se abrió en mi historia aquel verano, se cerrara por completo al entender las cosas en su totalidad. Fue unos meses después de cumplir los treinta. Un lunes por la mañana mis colegas y yo decidimos hacer un descanso y subir a la planta quinta a tomarnos un café de la máquina. Al salir del ascensor con la cabeza vuelta hacia uno de los compañeros que me iba hablando, me estrellé contra Vicente, que se disponía a entrar. El vaso de café que yo sujetaba en la mano se volcó por completo sobre su chaqueta y, además de quemarle y hacerle daño, salpicó su camisa. Sin duda, había sido culpa mía. Vicente debía de estar tan tranquilo, llevaba el traje tan limpio y tan planchado, su aspecto debió ser tan pulcro un instante antes de que la fatalidad le hiciera cruzarse conmigo, que me paralizó la vergüenza por haberle ensuciado y molestado así. No me acudían las palabras para disculparme. Entonces lo miré. Él también se había quedado mudo pero no a causa del accidente. Me miraba con un gesto indefinido, seguramente mi confusión lo conmovía. Ya me había fijado antes en él, era de mi edad, algo más bajo que yo y no me habían pasado desapercibidos sus ojos, parecían sonreír siempre. —No tiene importancia, Patricia —me dijo. 

Sabía mi nombre. Yo averigüé el suyo después. 

—Lo siento, lo siento mucho —dije mientras él se quitaba la chaqueta. 

Regresé a la máquina, Vicente me convenció para que fuéramos a sacar otro café. Él echó las monedas. 

—¿Cómo lo quieres, Patricia? 

—Muy dulce. 

Mientras él apretaba el botón y sacaba el vasito de la boca de la máquina me fijé en sus muñecas. Sus manos eran seductoras. Tanto que de buena gana le hubiera levantado las mangas de la camisa para ver sus brazos. Tal vez, me dije, podría contarle todo a este hombre, no era tan disparatado pretender que alguien como él lo comprendiera. Me gustaría, pensé, llorar un rato protegida en sus brazos con un lamento sin estridencias, una queja que terminara por limpiar mi corazón del recuerdo de aquellas angustias que me llevaron a maltratarme con tanta dureza aquel mes de agosto.

FIN