PRIMERA JORNADA
El día 1° de noviembre
se levantaron a las 10 de la mañana, tal como estaba prescrito
por los reglamentos, de los cuales se habían jurado mutuamente
no apartarse en nada. Los cuatro jodedores que no habían
compartido el lecho de los amigos les llevaron, en cuanto se hubieron
levantado, a Zéphyr a la habitación del duque, Adonis a
la de Curval, Narcisse a la de Durcet y Zélamir a la del obispo.
Los cuatro eran muy tímidos, todavía embarazados, pero,
alentados por sus guías, desempeñaron bastante bien sus
deberes, y el duque eyaculó. Los otro tres, más
reservados y menos pródigos de su semen, se hicieron penetrar
tanto como él, pero no pusieron nada del suyo. A las once se
pasó al aposento de las mujeres, donde las ocho jóvenes
sultanas se presentaron desnudas y sirvieron así el chocolate.
Marte y Louison, que presidían este serrallo, las ayudaban y
dirigían. Se manoseó, se besó mucho, y las ocho
pobres pequeñas y desgraciadas víctimas de la más
insigne lubricidad, se ruborizaban, se tapaban con las manos, tratando
de defender sus encantos, y lo mostraban todo en seguida, al advertir
que su pudor excitaba y molestaba a sus amos. El duque, que pronto
estuvo con el miembro en alto, midió el contorno de su polla con
la cintura delgada y ligera de Michette, y sólo hubo tres
pulgadas de diferencia. Durcet, que estaba de turno, efectuó los
exámenes y las visitas prescritas; a Hébé y
Colombe, culpables de algunas faltas, se les impuso inmediatamente un
castigo que debería ser aplicado el sábado próximo
a la hora de las orgías. Lloraron, pero no conmovieron. De
allí se pasó al de los muchachos. Los cuatro que no
habían aparecido por la mañana, a saber, Cupidon,
Céladon, Hyacinthe y Giton, se quitaron los calzones, de acuerdo
con las órdenes, y se divirtieron unos momentos con lo que sus
ojos contemplaron. Curval besó a los cuatro en la boca y el
chispo les meneó el pito un rato, mientras el duque y Durcet
hacían otra cosa. Las visitas se efectuaron, nadie fue
encontrado en falta. A la una, los amigos se trasladaron a la capilla
donde, como se sabe, se había establecido la sala de los
retretes. Como las necesidades que se preveían para la noche
habían hecho que se negaran muchos permisos, sólo
comparecieron Constance, la Duclos , Augustine, Sophie, Zélamir,
Cupidon y Louison. Los demás la habían pedido, pero se
les había obligado a reservarse para la noche.Nuestros cuatro
amigos, situados alrededor del mismo asiento, construido
apropósito, hicieron colocar sobre dicho asiento a los siete
sujetos, uno tras otro, y se retiraron después de haberse
cansado del espectáculo. Descendieron al salón donde,
mientras las mujeres comían, charlaron entre ellos hasta el
momento en que se les sirvió. Los cuatro amigos se colocaron
entre dos jodedores, siguiendo la regla que se habían impuesto
de no admitir nunca mujeres a su mesa, y las cuatro esposas desnudas
ayudadas por viejas vestidas en hábitos grises, sirvieron la
más magnífica y suculenta comida que se pueda hacer. Nada
más delicado y hábil que las cocineras que habían
llevado consigo, las cuales estaban tan bien pagadas y disponían
de tantos suministros que todo iba a pedir de boca. Aquella comida, que
tenía que ser menos abundante que la cena, se compuso decuatro
servicios soberbios de doce platos cada uno. El vino de Borgoña
fue escanciado con los entremeses, el Burdeos se sirvió con los
primeros platos, el champaña con los asados, el ermitage con los
platos ligeros y el tokay y el madeira durante los postres. Poco a poco
las cabezas se calentaron; los jodedores a los cuales en aquellos
momentos les habían sido concedidos todos los derechos sobre las
esposas, las maltrataron un poco. Constance, incluso, fue empujada y
golpeada además por no haber traído inmediatamente un
plato a Hercule, el cual, advirtiendo que contaba con el favor del
duque, creyó poder llevar la insolencia hasta el punto de
golpear y molestar a su esposa, cosa que sólo hizo reír
al duque. Curval, muy borracho a la hora de los postres, lanzó
un plato al rostro de su mujer, que hubiera resultado descalabrada si no
lo hubiese esquivado. Durcet, advirtiendo que a uno de sus vecinos se
le empalmaba, no se le ocurrió otra ceremonia, aunque estaban en
la mesa, que desabrocharse los calzones y ofrecer su culo. El vecino lo
enfiló y efectuada la operación, continuaron bebiendo
como si nada hubiese sucedido. El duque imitó pronto con
Bande-au-ciel la pequeña infamia de su antiguo amigo y
apostó, aunque el pito era enorme, beberse tres botellas de vino
a sangre fría mientras lo enculaban. ¡Qué
práctica, qué calma, qué sangre fría en el
libertinaje! Ganó la apuesta, pero como antes de aquellas tres
botellas había bebido ya quince, se levantó de
allí un poco aturdido. El primer objeto que se presentó a
sus ojos fue su mujer, que lloraba por los malos tratos de Hercule, y
esta vista lo animó hasta tal punto que se lanzó con ella
a excesos que aún no podemos mencionar. El lector, que se da
cuenta de lo incómodos que nos sentimos en estos comienzos para
poner orden en nuestros materiales, nos perdonará que dejemos
todavía sin desvelar muchos pequeños detalles. Finalmente
se pasó al salón, donde nuevos placeres y nuevas
voluptuosidades esperaban a nuestros campeones. Allí, el
café y los licores les fueron presentados por una cuadrilla
encantadora: estaba compuesta por los guapos muchachos Adonis y
Hyacinthe y por las muchachas Zelmire y Fanny. Thérése,
una de las dueñas, los dirigía, porque era una regla que
allí donde se encontrasen reunidos dos o tres jóvenes los
condujera una dueña. Nuestros cuatro libertinos, medio
borrachos, pero decididos sin embargo a observar sus leyes, se
contentaron con besos y caricias, pero que sus cabezas libertinas
supieron sazonar con todos los refinamientos del desenfreno y la
lubricidad. Durante un momento creyóse que el obispo iba a
perder el semen ante las cosas muy extraordinarias que exigía de
Hyacinthe, mientras Zelmire le meneaba la verga. Ya sus nervios se
estremecían y su crisis de espasmo se apoderaba de todo su
cuerpo, pero se contuvo, rechazó los tentadores objetos que
estaban a punto de triunfar sobre sus sentidos y, sabiendo que
había aún trabajo por hacer, se reservó por lo
menos hasta el final de la jornada. Se bebieron seis clases diferentes
de licores y tres tipos de café, y cuando sonó por fin la
hora, las dos parejas se retiraron para ir a vestirse. Nuestros amigos
hicieron una siesta de un cuarto de hora, y se pasó al
salón del trono. Tal era el nombre dado al aposento destinado a
los relatos. Los amigos se colocaron en sus canapés, teniendo el
duque a sus pies a su querido Hercule, cerca de él, desnuda, a
Adélaïde, mujer de Durcet e hija del presidente, y formando
cuadrilla enfrente de él y unida a su nicho por medio de
guirnaldas, según explicamos antes, estaban Zéphyr,
Giton, Augustine y Sophie, disfrazados de pastores, presididos por
Louison vestida de campesina y representando el papel de madre de
ellos. Curval tenía a sus pies a Bande-au-ciel, en su
canapé a Constance, mujer del duque e hija de Durcet, y por
cuadrilla a cuatro jóvenes españoles, cada sexo vestido
con su traje y lo más elegantemente posible, a saber: Adonis,
Céladon, Fanny y Zelmire, presididos por Fanchon como
dueña. El obispo tenía a sus pies a Antinoüs, su
sobrina Julie en el canapé, y a cuatro salvajes casi desnudos
como cuadrilla. Eran Cupidon y Narcisse como muchachos, y,
Hébé y Rosette como muchachas, presididos por una vieja
amazona representada por Thérèse. Durcet tenía a
Brise-cul por jodedor, cerca de él a Aline, hija del obispo, y
enfrente a cuatro pequeñas sultanas, con la singularidad de que
en este caso los muchachos iban vestidos de muchachas, y este arreglo
contribuía a destacar los encantadores rostros de
Zélamir, Hyacinthe, Colombe y Michette. Una vieja esclava
árabe, representada por Marie, conducía esta cuadrilla.
Las tres narradoras, magníficamente vestidas a la manera de
señoritas distinguidas de París, se sentaron en la parte
baja del trono, en un canapé colocado allí con ese
propósito, y Mme Duclos, narradora del mes, ataviada con una
bata ligera y muy elegante, muy pintada y llena de diamantes,
subió al estrado y empezó así el relato de los
acontecimientos de su vida, en el cual debía introducir
detalladamente las ciento cincuenta primeras pasiones designadas con el
nombre de pasiones simples: No es poca cosa, señores,
presentarse ante un círculo como el vuestro. Acostumbrados a
todo lo que las letras producen de más fino y delicado,
¿cómo podréis soportar el relato informe y burdo
de una desgraciada criatura como yo, que nunca ha recibido otra
educación que la que el libertinaje me ha dado? Pero vuestra
indulgencia me tranquiliza; no exigís más que la
naturalidad y la verdad, y a título de esto me atreveré a
aspirar a vuestros elogios. Mi madre tenía veinticinco
años cuando me trajo al mundo, y era yo su segundo hijo; el
primero era una niña que tenía seis años
más que yo. Su nacimiento no era ilustre. Era huérfana de
padre y madre, lo fue desde muy pequeña, y como sus padres
vivían cerca de los Recoletos de París, cuando se vio
abandonada y sin ningún recurso, obtuvo de esos buenos padres el
permiso de ir a pedir limosna en su iglesia. Pero como era tierna y
joven, pronto fue advertida y, poco a poco, de la iglesia subió
a las habitaciones de donde pronto descendió embarazada. A tales
aventuras debió el ser mi hermana, y es muy verosímil que
mi nacimiento no tuviese otro origen. Sin embargo los buenos padres,
contentos con la docilidad de mi madre y viendo como ella fructificaba
para la comunidad, la recompensaron por sus trabajos
concediéndole el alquiler de las sillas de su iglesia;
colocación que mi madre obtuvo después que, con el
permiso de los padres, se casó con el aguador de la casa, el
cual nos adoptó inmediatamente a mi hermana y a mí y sin
la más leve repugnancia. Nacida en la iglesia, yo vivía,
por decirlo así, más bien en ella que en nuestra casa;
ayudaba a mi madre a colocar las sillas, secundaba a los sacristanes en
sus diferentes faenas, hubiera ayudado a decir misa si hubiese sido
necesario, aunque sólo había cumplido cinco años.
Un día que yo volvía de mis santas ocupaciones, mi
hermana me preguntó si no había encontrado aún al
padre Laurent... -No -le contesté. - ¡Y bien! -me dijo-,
te acecha, lo sé, quiere que veas lo que me ha mostrado. No
huyas de él, míralo sin asustarte, no te tocará,
pero te hará ver algo muy divertido, y si le dejas hacer te
recompensará generosamente. Somos quince, de aquí y de
los alrededores, a quienes él les ha mostrado la cosa. Es su
único placer y nos ha dado regalos a todas. Ya
comprenderéis, señores, que no era necesario más,
no solamente para no huir del padre Laurent, sino incluso para
buscarlo; el pudor habla en voz muy queda a la edad que yo tenía
a la sazón, ¿y su silencio al salir de las manos de la
naturaleza no era una prueba evidente de que ese sentimiento ficticio
se relaciona mucho menos con esta primera madre que con la
educación? Volé al punto hacia la iglesia y al atravesar
un pequeño patio que se encontraba entre el portal de la
iglesia, del lado del convento, y el convento, me topé de
narices con el padre Laurent. Era un religioso de unos cuarenta
años de edad, de hermoso rostro. Me para. -¿A
dónde vas, Françon? -me dice. -A colocar las sillas,
padre. -Bueno, bueno, ya las colocará tu madre. Ven, ven a este
cuarto -me dijo, atrayéndome hacia un lugar retirado-, te
haré ver algo que no has visto nunca. Lo sigo, cierra la puerta
tras nosotros y, colocándome delante de él: -Mira,
Françon -me dice, sacándose de sus calzones un pito
monstruoso que pensé que me haría caer de terror-, mira,
niña -continuó diciendo, meneándosela-,
¿has visto nunca algo semejante a esto.., a esto que se llama un
pito, pequeña, sí, un pito... y sirve para joder, y lo
que verás correr ahora es la simiente con que tú
estás hecha. Se la he mostrado a tu hermana y se la muestro a
todas las chiquillas de tu edad... Tráeme chiquillas,
tráeme, haz como tu hermana que me ha traído más
de veinte... Les mostraré mi pito y les lanzaré mi semen
a la cara... Esta es mi pasión, hija mía, no tengo
otra... y ahora lo verás. Un instante después
me sentí completamente cubierta de un rocío blanco que me
manchó por entero y del cual algunas gotas me saltaron a los
ojos, porque mi cabecita se encontraba justo a la altura de los botones
de su calzón. Sin embargo, Laurent, gesticulando, exclamaba: -
¡Ah, el hermoso semen... el hermoso semen que pierdo! Te he
cubierto con él. Y luego, calmándose poco a poco,
metióse su polla en su lugar, tranquilamente, y se
marchó, después de deslizarme una docena de monedas en la
mano al tiempo que me recomendaba que la trajera a algunas de mis
pequeñas compañeras. Me apresuré, como
podéis imaginar fácilmente, a ir a contar a mi hermana
todo lo ocurrido, que me limpió por todas partes con gran
cuidado para que nadie se diera cuenta de nada y como era ella la que
me habia conseguido esta bonita fortuna, me pidió la mitad de mi
ganancia. Con la enseñanza de este ejemplo, y de la ganancia
compartida, no dejé de buscar todas las niñas
pequeñas que pude para el padre Laurent. Pero habiéndole
traído una que ya conocía la rechazó, tras darme
tresmonedas; para alentarme. -Nunca las veo dos veces, hija mía
-me dijo-. Tráeme niñas que no conozca, nunca las que te
digan que han estado aquí conmigo. Tuve más cuidado; en
tres meses le hice conocer más de veinte chiquillas, con la
cuales el padre Laurent empleó, para su placer, los mismos
procedimientos que había usado conmigo. Con la condición
de escogerlas desconocidas, cumplí otra repecto a su edad que me
había recomendado infinitamente: era necesario que no tuvieran
menos de cuatro años ni más de siete. Y mi pequeña
fortuna iba creciendo, cuando mi hermana, al advertir que marchaba
sobre sus pasos, me amenazó con que se lo contaría todo a
mi madre si no abandonaba mi bonito negocio, y así dejé
al padre Laurent. Sin embargo, como mis funciones me llevaban siempre a
los alrededores del convento, el mismo día de mi séptimo
cumpleaños, me topé con un nuevo amante cuya
manía, aunque muy infantil, era sin embargo un poco más
seria. Este se llamaba el padre Louis, era más viejo que Laurent
y tenía un no sé qué de más libertino. Me
pescó en la puerta de la iglesia y me hizo subir a su
habitación. Al principio, opuse alguna resistencia, pero
habiéndome asegurado que mi hermana, hacía tres
años, había subido a su cuarto, y que todos los
días recibía a muchachitas de mi edad, lo seguí.
Apenas llegamos a su celda, cerró la puerta, y vertiendo jarabe
en una taza, me hizo beber tres grandes vasos seguidos. Efectuado este
preparativo, el reverendo, más cariñoso que su cofrade,
se puso a besarme y, bromeando, desató mis faldas y,
levantándome la camisa sobre mi corpiño, a pesar de mi
breve defensa, se apoderó de todas mis partes delanteras que
acababa de poner al descubierto, y tras haberlas manoseado y examinado,
me preguntó si no tenía ganas de orinar. Singularmente
excitada a esta necesidad por la gran dosis de bebida que acababa de
hacerme tragar, le aseguré que sí tenía muchas
ganas, pero que no quería hacerlo delante de él. -
¡Oh, joder, sí bribonzuela! -exclamó el libertino-.
¡Oh, joder sí que lo harás delante de mí, y
lo que es peor, sobre mí! Y sacándose la verga,
añadió: -Mira, éste es el instrumento que
inundarás, tienes que mear encima. Entonces, cogiéndome y
colocándome entre dos sillas, con una pierna sobre una de ellas
y lo más separadas que pudo, me dijo que me agachara. Cuando me
tuvo en esta actitud, colocó un orinal debajo de mí,
sentóse en un pequeño taburete a la altura del orinal,
con su polla en la mano y rozando mi coño. Una de sus manos
sostenía mis caderas y con la otra se la meneaba, y como por
esta postura mi boca se hallaba paralela a la suya, la besaba. -
¡Vamos, pequeña, mea! -me dijo-. Inunda ahora mi pito con
ese bello licor cuya tibia salida tanto poder tiene sobre mis sentidos.
¡Mea corazón, mea y trata de inundar mi semen! Louis se
animaba, se excitaba, era fácil ver que esta operación
singular era la que mejor halagaba sus sentidos; el más dulce
éxtasis vino a coronarlo en el momento en que las aguas con que
había llenado mi estómago surgieron
en abundancia, y llenamos, ambos a la vez, el mismo orinal, él
de esperma y yo de orina. Terminada la operación, Louis me
endilgó casi el mismo discurso que Laurent, quería hacer
una alcahueta de su pequeña puta, y aquella vez,
preocupándome un poco de las menazas de mi hermana,
proporcioné a Louis, audazmente, todas las niñas que
conocía. Hizo hacer la misma cosa a todas, y como las
volvía a ver dos o tres veces sin inconvenientes, y me pagaba
aparte, independientemente de lo que sacaba de mis compañeras,
antes de seis meses me vi en posesión de una pequeña suma
de la que gozaba yo sola, con la única precaución de
ocultarme de mi hermana. -Duclos -interrumpió aquí el
presidente-, ¿no se te ha prevenido que es necesario, en tus
relatos, que proporciones toda clase de detalles, pues no podemos
juzgar sobre la relación que la pasión que narras guarda
con las costumbres y el carácter del hombre a no ser que no
disfraces ninguna circunstancia, ya que los menores detalles sirven
infinitamente a lo que esperamos de tus narraciones para la
irritación de nuestros sentidos? -Sí, monseñor
-contestó la Duclos-, se me ha prevenido que no olvide
ningún detalle y que mencione los más mínimos
pormenores siempre que puedan servir para arrojar luz sobre los
caracteres o la clase social. ¿He cometido alguna omisión
de esta clase? -Sí -dijo el presidente-. No tengo ninguna idea
acerca del pito de tu segundo recoleto, ni ninguna acerca de su
eyaculación. Por otra parte, ¿te acarició el
coño y lo tocó con su pito? Ya ves, ¡cuantos
detalles olvidados! -Perdón -dijo la Duclos-, voy a reparar mis
faltas actuales y a estar más atenta en lo sucesivo. El padre
Louis tenía un pene muy corriente, más largo que grueso
y, en general, sin nada de particular; recuerdo que se empalmaba con
dificultad y que cobraba cierta consistencia sólo en el momento
de la crisis. No me refregó el coño, se contentó
con abrirlo lo más que pudo con sus dedos, para que la orina
saliese más fácilmente. Le acercó su pito dos o
tres veces, y su descarga fue muy cerrada, corta y sin otros
desvaríos que los siguientes: " ¡Ah, joder, mea pues, hija
mía, mea pues, hermosa fuente, mea pues, mea pues... ¿No
ves que ya descargo?" Y entremezclaba todo esto con besos sobre mi boca
que no tenían nada de libertino. -Eso es, Duclos --dijo Durcet-,
el presidente tenía razón; no podía imaginar nada
con el primer relato, pero ahora concibo perfectamente al tipo.
-¡Un momento, Duclos! -dijo el obispo, viendo que ella se
disponía a continuar el relato-. En cuanto a mí, tengo
una necesidad un poco más viva que la de mear, y siento, desde
hace un rato, que esto aprieta y que es necesario que eso salga. Y al
mismo tiempo atrajo hacia él a Narcisse. El fuego salía
de los ojos del prelado, su pito se había pegado a su vientre,
espumaba, era un semen contenido que quería salir y sólo
podía lograrlo por medios violentos. Arrastró a su
sobrina y al muchachito al gabinete. Todo se detuvo. Una descarga
estaba consideraba como algo demasiado importante para que no se
suspendiese todo en el momento en que se quería lograrla, y para
que no ocurriera todo con objeto de que se efectuase deliciosamente.
Pero esta vez la naturaleza no respondió a los deseos del
prelado, y algunos minutos después de haberse encerrado, en el
gabinete, salió de él furioso, en el mismo estado de
erección, y dirigiéndose a Durcet, que estaba de turno:
-Me tendrás a ese bribón castigado el sábado -le
dijo, empujando violentamente al muchacho lejos de sí-, y que el
castigo sea severo, te lo ruego. Se comprendió bien entonces que
el muchacho no había podido satisfacerlo, y Julie fue a contar a
su padre, en voz baja, lo que había ocurrido. - ¡Y!
¡Toma otro, pardiez! -le dijo el duque-. Escoge a uno de nuestras
cuadrillas, si el tuyo no te satisface. - ¡Oh! Mi
satisfacción, ahora, estaría muy alejada de lo que
deseaba hace un rato. --dijo el prelado-. Tú sabes a donde nos
conduce un deseo frustrado; prefiero contenerme, pero que no traten con
miramientos a ese bribón, es
todo lo que recomiendo... - ¡Oh! Te garantizo que será
reprendido -dijo Durcet-. Es bueno que el primero sirva de ejemplo a
los demás. Me molesta verte en este estado; ensaya otra cosa,
hazte joder. -Monseñor -dijo la Martaine-, me siento en
condiciones de satisfaceros, y si su grandeza quisiera... ¡Oh,
no, no, pardiez! -contestó el obispo-. ¿Acaso no
sabéis que hay ocasiones en que no se desea un culo de mujer?
Esperaré, esperaré..., que la Duclos prosiga; ya
descargaré esta noche, con uno que sea de mi gusto. Prosigue,
Duclos. Y una vez que los amigos hubieron reído la franqueza
libertina del obispo, "Hay ocasiones en que no se desea un culo de
mujer", La narradora prosiguió el relato así: Acababa de
cumplir siete años cuando un día en que, siguiendo mi
costumbre, había llevado a Louis una de mis pequeñas
compañeras, encontré en su habitación a otro
religioso, cofrade suyo. Como esto no había sucedido nunca, me
sorprendí y quise retirarme, pero como Louis me
tranquilizó, entramos osadamente mi compañera y yo.
-Mira, padre Geoffroy -dijo Louis a su amigo, empujándome hacia
éste-, ¿no te dije que era bonita? -Sí, en verdad
lo es -contestó Geoffroy haciéndome sentar sobre sus
rodillas y besandome-. ¿Cuantos años tienes,
pequeña? -Siete, padre. -Es decir, cincuenta menos que yo -dijo
el buen padre, besándome otra vez. Y durante este corto
diálogo, se preparaba el jarabe y, como de costumbre, se nos
hizo beber tres grandes vasos a cada una, pero como yo no estaba
acostumbrada a beberlo, cuando llevaba mi caza a Louis, porque
sólo hacía beber a la niña que le llevaba, y por
lo regular yo no me quedaba y me marchaba en seguida, me
sorprendió la precaución esta vez, y en un tono de gran
inocencia, le dije: -¿Por qué me hace usted beber, padre?
¿Quiere usted que orine? -Sí, hija mía -dijo
Geoffroy, que me seguía teniendo entre sus muslos y paseaba ya
sus manos sobre mis partes delanteras-, sí, queremos que orines,
y es conmigo con quien tendrá lugar la aventura, tal vez un poco
diferente de la que te ocurrió una vez aquí. Ven a mi
celda, dejemos al padre Louis con tu pequeña amiga y
ocupémonos de lo nuestro. Cuando hayamos terminado, nos
reuniremos aquí. Salimos; Louis me recomendó en voz baja
que fuera complaciente con su amigo, que no me arrepentiría de
ello. La celda de Geoffroy se encontraba poco alejada de la de Louis, y
llegamos a ella sin ser vistos. Apenas entramos, Geoffroy, tras haber
cerrado bien, me dijo que me quitara las faldas. Obedecí, el
mismo me levantó la camisa hasta el ombligo y, habiéndome
hecho sentar en el borde de la cama, me separó los muslos todo
lo posible y me inclinó hacia atrás, de modo que
presentara todo el vientre y mi cuerpo sólo se sostenía
sobre la rabadilla. Me pidió que permaneciera en esta
posición y que empezara a orinar en cuanto me golpeara
ligeramente con la mano uno de mis muslos. Entonces,
contemplándome en tal posición y abriéndome con
una de sus manos los labios del coño, con la otra se
desabrochó los calzones y empezó a menearse con
movimientos rápidos y violentos un pequeño miembro, negro
y desmedrado que no parecía muy dispuesto a responder a lo que
parecía exigirse de ella. Para determinarlo a ello con
más éxito, nuestro hombre creyó conveniente
proporcionarle un mayor hostigamiento mientras procedía a su
costumbre favorita, y en consecuencia se arrodilló entre mis
piernas, examinó durante unos momentos el interior del
pequeño orificio que yo le ofrecía, aplicó a
él su boca varias veces murmurando entre dientes ciertaspalabras
lujuriosas que no recuerdo porque entonces no las conocía, y
continuó meneándose su polla, que no daba más
señales de vida. Finalmente, sus labios se pegaron
herméticamente sobre los de mi coño, recibí la
señal convenida, y descargando en la boca del buen hombree lo
superfluo de mis entrañas, lo inundé con chorros de una
orina que tragó con la misma rapidez que yo la lanzaba a su
gaznate. De súbito, su miembro se desenvolvió y su fiera
cabeza se lanzó sobre uno de mis muslos. Sentí que lo
regaba orgullosamente
con las estériles marcas de su débil vigor. Todo
había sido tan bien combinado, que tragaba las últimas
gotas en el momento en que su pito, asombrado de su victoria, lloraba
lágrimas de sangre. Geoffroy se levantó, vacilante, y
creí advertir que no tenía por su ídolo, cuando el
incienso se apagaba, un culto tan fervoroso como cuando el delirio,
inflamando su homenaje, sostenía aún el prestigio. Me
entregó doce monedas con bastante brusquedad, me abrió su
puerta, sin pedirme como los otros que le trajera niñas (a buen
seguro que se las proporcionaba en otra parte) y,
señalándome el camino de la celda de su amigo, me dijo
que fuera allá, porque como la hora de su oficio lo apremiaba no
podía acompañarme, y se encerró en su celda sin
darme tiempo a que le contestara. - ¡Y!, Verdaderamente -dijo el
duque-, hay mucha gente que no puede soportar el momento de la
pérdida de la ilusión. Diríase que el orgullo
sufre por el hecho de dejarse ver por una mujer en semejante estado de
debilidad y que la repugnancia nace de la mortificación que
entonces se experimenta. -No --dijo Curval, a quien Adonis,
arrodillado, meneaba la verga, y que dejaba pasear sus manos sobre el
cuerpo de Zelmire-, no, amigo mío, el orgullo no tiene nada que
ver aquí; pero el objeto que básicamente no tiene
más valor que el que le presta nuestra lubricidad, se muestra
absolutamente como es cuando la lubricidad está apagada. Cuanto
más violenta ha sido la excitación, más desmerece
el sujeto cuando esta excitación no lo sostiene, como estamos
más o menos fatigados en razón del mayor o menor
ejercicio que hemos hecho, y esa repugnancia que experimentamos
entonces no es más que el sentimiento de un alma harta a la cual
le disgusta la felicidad porque acaba de fatigarla. -Pero sin embargo,
esta repugnancia -dijo Durcet- suscita a menudo un sentimiento de
venganza del que se han visto funestas consecuencias. -Entonces, es
otra cosa -dijo Curval-, y como la continuación de los relatos
nos ofrecerá tal vez ejemplos de lo que acabáis de decir,
no anticipemos las disertaciones que estos hechos provocarán de
una manera natural. -Presidente, di la verdad --dijo-Durcet-: en
vísperas de extraviarte tú mismo, creo, que en estos
momentos deseas más prepararte para sentir cómo se goza
que disertar acerca de cómo se cansa uno. -Nada de eso... ni una
palabra -dijo Curval-, soy un hombre de gran sangre fría... Es
muy cierto -prosiguió, besando a Adonis en la boca- que este
muchachito es encantador... pero no se puede joderlo; no conozco nada
peor que vuestras leyes... hay que limitarse a cosas... a cosas...
Vamos, vamos prosigue, Duclos, porque siento que haré una
tontería, y quiero que mi ilusión se mantenga al menos
hasta la hora de ir a acostarme. El presidente, que veía que su
pene empezaba a alborotarse, mandó a los dos muchachitos a su
lugar y, volviendo a tenderse cerca de Constance que, por linda que
fuera sin duda no lo excitaba tanto, ordenó por segunda vez a
Duclos que prosiguiera, la cual bedeció al punto en los
siguientes términos: Fui al encuentro de mi pequeña
compañera. La operación de Louis había sido
realizada y, poco contentas ambas, abandonamos el convento, yo con la
casi resolución de no volver más. El tono de Geoffroy
había humillado mi pequeño amor propio, y sin profundizar
acerca de donde venía la repugnancia, no me gustaban las
repeticiones ni las consecuencias. Sin embargo, estaba escrito en mi
destino que tendría aún algunas aventuras en el convento,
y el ejemplo de mi hermana, que había tenido, me dijo, enredos
con más de catorce, debía convencerme de que no me
hallaba al final de mis líos galantes. Me di cuenta de ello tres
meses después de esta última aventura ante las
solicitudes que me hizo uno de aquellos buenos reverendos, hombre de
unos sesenta años. No hubo astucia que no inventara para
decidirme a ira su habitación. Uno tuvo éxito, tanto que
una hermosa mañana de domingo, sin saber cómo ni por
qué, me encontré en su celda. El viejo disoluto al que
llamaban padre Henri, me encerró con
él en cuanto me vio entrar y me abrazó de todo
corazón. - ¡Ah, bribonzuela! -exclamó, transportado
de alegría-. Ya te tengo, ya te tengo, esta vez no te
escaparás. Hacía mucho frío; mi naricilla estaba
llena de mocos, como sucede a menudo con los niños. Quise
sonarme. - ¡Oh, no, no! -dijo Henri, oponiéndose
seré yo, seré yo el que haga esta operación. Y,
tras tumbarme en la cama con la cabeza un poco inclinada, se
sentó cerca de mí y puso mi cabeza sobre sus rodillas.
Dijérase que de esta manera devoraba con los ojos esta
secreción de mi, cerebro. -¡Oh, la linda mocosa,
cómo la voy a sorber! -decía, medio desmayado.
Inclinándose entonces sobre mi cabeza, y metiendo toda mi nariz
en su boca, no solamente devoró todos los mocos con los que yo
estaba cubierta, sino que también lanzó
lúbricamente la punta de su lengua dentro de los agujeros de mi
nariz alternativamente y con tanto arte que provocó dos o tres
estornudos que redoblaron el chorreo que deseaba y devoraba con tanto
apremio. Pero de éste, señores, no me pidáis
más detalles, pues nada vi, y sea que no hizo nada o se lo hizo
en sus calzones, el caso es que nada advertí, y en la multitud
de sus besos y sus lamidas nada delató un éxtasis
más intenso, cosa que me hace creer que no eyaculó. No
fui arremangada más, ni siquiera sus manos se extraviaron, y os
aseguro que la fantasía de aquel viejo libertino podría
ejercer con la muchacha más honrada y más ignorante sin
que ella pudiera sospechar la menor lubricidad. No ocurría lo
mismo con aquel que la casualidad me ofreció el mismo día
en que cumplí nueve años. El padre Etienne, tal era el
nombre del libertino, había dicho ya a mi hermana varias veces
que me condujera hasta él, y ella había insistido para
que yo fuera a verlo, pero sin querer acompañarme, por miedo de
que nuestra madre, que ya sospechaba algo, no se enterara cuando yo me
hallase cara a cara con él, en un rincón de la iglesia,
cerca de la sacristía. El libertino se lo tomó con tantas
ganas y empleó razones tan persuasivas que no tuvo que
arrastrarme por la oreja. El padre Etienne era un hombre de unos
cuarenta años, de tez fresca, gallardo y vigoroso. Apenas nos
encontramos en su habitación me preguntó si sabía
menear un pito. - ¡Ay! -le contesté,
ruborizándome-. No sé siquiera qué quiere usted
decir. - ¡Y bien!, voy a enseñártelo,
pequeña -me dijo, besándome de todo corazón en la
boca y en los ojos-. Mi único placer consiste en enseñar
a las chiquillas, y las lecciones que les doy son tan excelentes que no
las olvidan nunca. Empieza por aflojarte las faldas, porque si te
enseño cómo hay que dar placer es justo que te
enseñe al mismo tiempo qué debes hacer para recibirlo, y
es necesario que nada nos estorbe para esta lección.
¡Vamos, empezemos por ti! Lo que ves aquí -me dijo,
poniéndome mi mano sobre el pubis-' se llama un coño, y
he aquí lo que debes hacer para proporcionarte unos cosquilleos
deliciosos. Hay que frotar ligeramente con un dedo esta pequeña
elevación que sientes aquí Y que se llama el
clítoris. Y luego, haciéndome actuar: -Es así,
pequeña, mientras una de tus manos trabaja aquí, un dedo
de la otra debe introducirse imperceptiblemente en esta deliciosa
hendidura... Y colocándome la mano: -Eso es, si... ¡Y
bien!, ¿no sientes nada? -continuó mientras hacia que
ejecutase su lección. -No, padre, se lo aseguro -contesté
con inocencia. - ¡Vaya! señorita, es que debes ser
todavía demasiado joven, pero dentro de un par de años ya
verás el placer que te causará esto. - ¡Espere! -le
dije-. Creo que siento algo. Y frotaba tanto como podía en los
lugares que me había dicho... Efectivamente, algunas leves
titilaciones voluptuosas acababan de convencerme de que la receta no
era una quimera, y el gran uso que hice después de este
caritativo método ha acabado de convencerme más de una
vez de la habilidad de mi maestro. -Ahora me toca a mí -me dijo
Etienne-, pues tus placeres excitan mis sentidos, y es preciso que yo
los comparta, angel mío. Toma -me dijo, haciéndome
empuñar un
pollon tan monstruoso que mis dos pequeñas manos apenas
podían rodearlo-, toma, hija mía, esto se llama un pito y
este movimiento -continuó diciendo, al tiempo que hacía
mover mi puño con rápidas sacudidas-, este movimiento se
llama menear. Así, pues, en esos momentos, me estás
meneando el pito. ¡Vamos, hija mía, vamos, menea con todas
tus fuerzas! Cuanto más rápidos y fuertes sean tus
movimientos, más apresurarás el instante de mi
embriaguez. Pero fíjate en una cosa esencial
-añadió, dirigiendo siempre mis sacudidas-, procura que
la cabeza esté siempre descubierta. No la cubras nunca con esta
piel que llamamos el prepucio; si el prepucio recubriera esta parte que
llamamos el glande, todo mi placer desaparecería. ¡Vamos,
pequeña -añadió mi maestro-, deja que yo haga
contigo lo que tú haces conmigo. Y arrimándose a mi pecho
mientras decía esto, en tanto yo seguía
meneándosela, colocó sus dos manos tan hábilmente,
movió sus dedos con tanto arte, que el placer hizo finalmente
presa en mí, y es a él a quien debo en verdad la primera
lección. Entonces, como la cabeza empezó a darme vueltas,
interrumpí mi faena, y el reverendo, que no había
terminado, consintió en renunciar un instante a su placer para
ocuparse sólo del mío; y cuando me lo hubo hecho conocer
completamente, me hizo volver a la tarea que mi éxtasis me
había obligado a interrumpir, y me recomendó
encarecidamente que no me distrajera y que sólo me ocupase de
él. Lo hice con toda mi alma. Era justo: le debía cierto
agradecimiento. Efectuaba yo mi trabajo con tan buena voluntad y
cumplía tan bien todo lo que me ordenaba, que el monstruo
vencido por los meneos vomitó finalmente todo su rabia y me
cubrió con su veneno. Etienne entonces pareció
transportado por el delirio más voluptuoso; besaba mi boca con
ardor, me manoseaba el coño y el extravío de sus frases
anunciaba todavía mejor su desorden. Las "f..." y las "b..."
unidas a las más cariñosas palabras caracterizaban este
delirio que duró mucho tiempo, y del que el galante Etienne, muy
diferente de su cofrade el tragador de orina, sólo salió
para decirme que era encantadora y para rogarme que volviera a verlo, y
que me trataría siempre como iba a hacerlo: deslizándome
un escudo en la mano, me acompañó hasta el lugar donde
nos habíamos encontrado y me dejó, maravillada y
encantada de una nueva buena suerte que, al reconciliarme con el
convento, me hizo tomar la resolución de regresar a menudo desde
entonces, persuadida de que, a medida que creciera, más
agradables aventuras me esperaban. Pero no era ese mi destino;
acontecimientos más importantes me esperaban en un nuevo mundo,
y al regresar a casa me enteré de unas noticias que turbaron
pronto la embriaguez que me había producido mi última
historia. En este momento se oyó sonar una campana en el
salón: la que anunciaba que la cena estaba servida. Por lo
tanto, la Duclos , generalmente aplaudida en los interesantes comienzos
de su historia descendió de la tribuna y, tras haber arreglado
todos un poco el desorden en que se encontraban, se ocuparon de nuevos
placeres dirigiéndose apresuradamente a buscar los que Como
ofrecía. Aquella comida fue servida por las ocho muchachitas
desnudas. En el momento en que se cambió de salón, ya
estaban preparadas, porque habían tenido la precaución de
salir algunos minutos antes. Los invitados debían ser veinte:
los cuatro amigos, los ocho jodedores y los ocho muchachos. Pero el
obispo, siempre furioso contra Narcisse, no quiso permitir que
éste tomase parte en la fiesta, y como se había convenido
que se tendrían mutuas y recíprocas complacencias, nadie
se preocupó de pedir la revocación de la sentencia, y el
muchachito fue encerrado solo en un cuarto oscuro, en espera del
momento de las orgías, en que monseñor tal vez se
reconciliaría con él. Las esposas y las narradoras se
fueron a cenar rápidamente a fin de estar dispuestas para las
orgías, las viejas dirigieron el servicio de las ocho
muchachitas, Y se sentaron a la mesa. Esta cena, mucho más
fuerte que la comida, fue servida con mayor magnificencia, brillo y esplendor.
Hubo primero un servicio de sopa de cangrejo y entremeses compuestos de
más de veinte fuentes. Veinte entradas los sustituyeron, que
pronto lo fueron a su vez por otros veinte principios finos compuestos
únicamente por pechugas de ave de corral y caza, cocinados de
todo tipo de formas. Vino después un servicio de asado donde
apareció todo lo más raro que pueda imaginarse. A
continuación llegó un plato de repostería
fría que pronto dejó sitio a veintiséis dulces de
todos los tipos y formas. Se retiró esto y fue sustituido por
una guarnición completa de pasteles dulces fríos y
calientes. Por último apareció el postre que
ofreció un número prodigioso de frutas a pesar de la
estación, después los helados, el chocolate y los
licores, que se tomaron en la mesa. Por lo que respecta a los vinos,
habían variado en cada servicio; en el primero, borgoña,
en el segundo y tercero, dos clases de vinos de Italia, en el cuarto,
vino del Rin, en el quinto, vinos del Ródano, en el sexto,
champaña espumoso y vinos griegos de dos clases con dos
diferentes servicios. Las cabezas se habían calentado mucho,
tanto en la comida como en la cena, no estaba permitido abusar de las
sirvientas; éstas, siendo la quintaesencia de lo que
ofrecía aquella comunidad, debían ser tratadas con
miramientos, pero, en revancha, se permitieron con ellas toda suerte de
porquerías. El duque, achispado, dijo que sólo
quería beber ya orina de Zelmire, de la que se echó entre
pecho y espalda dos grandes vasos, que ella llenó subida a la
mesa, en cuclillas sobre su plato: "¡Qué gracia tiene
beber meados de virgen! -dijo Curval. Y, llamando a Fanchon,
prosiguió-: Ven, puta, quiero beber de la misma fuente." Y
Curval, colocando su cabeza entre las piernas de la vieja bruja,
tragó golosamente los chorros impuros de la orina envenenada que
ella le soltó en el estómago. Finalmente, las
conversaciones se animaron, se tocaron diferentes puntos sobre las
costumbres y la filosofía, y dejo al lector que considere si la
moral fue muy refinada. El duque inició un elogio del
libertinaje y demostró que se encontraba en la naturaleza y que
cuanto más se multiplicaban sus extravíos, más la
servían. Su opinión fue recibida generalmente con
aplausos, y luego todos se levantaron para ir a poner en
práctica los principios que se acaban de exponer. Todo estaba ya
dispuesto en el salón de las orgías: las mujeres estaban
ya desnudas, acostadas sobre montones de cojines colocados en el suelo,
entremezcladas con los jóvenes putos que se habían
levantado de la mesa con este propósito poco después de
los postres. Nuestros amigos se dirigieron hacia allá
tambaleándose; dos viejas los desnudaron, y nuestros cuatro
compinches cayeron en medio del rebaño como lobos que asaltan un
redil. El obispo, cuyas pasiones se habían excitado cruelmente
ante los obstáculos que habían encontrado durante el
día, se apoderó del culo sublime de Antinoüs,
mientras Hercule lo enfilaba, y, vencido por esta última
sensación y por el servicio importante y tan deseado que
Antinoüs sin duda le hacía, descargó finalmente
chorros de semen tan impetuosos que se desmayó en el
éxtasis. Los vapores de Baco acabaron de encadenar los sentidos
que entorpecía el exceso de lujuria, y nuestro héroe
pasó del desmayo a un sueño tan profundo que tuvo que ser
trasladado a la cama. El duque se despachó por su lado. Curval,
recordando el ofrecimiento que había hecho la Martaine al
obispo, le exigió que lo cumpliera, y descargó mientras
lo enfilaban. Mil otros horrores, mil otras infamias acompañaron
y siguieron a las descritas, y nuestros tres valientes campeones, ya
que el obispo no estaba ya en este mundo, nuestros valerosos atletas,
digo, escoltados por los cuatro jodedores del servicio de noche que no
se encontraban allí pero que vinieron a buscarlos, se retiraron
con las mismas mujeres que habían tenido en los canapés
durante la narración. Infelices víctimas de su brutalidad
a las que es verosímil creer que ultrajaron más que
acariciaron, y a las cuales, sin duda, dieron más repugnancia
que placer. Tal fue la historia de la primera jornada. SEGUNDA JORNADA
Se levantaron a la hora de costumbre. El obispo, completamente repuesto
de sus excesos, y que desde las cuatro de la mañana estaba
escandalizado de que lo hubiesen dejado acostarse solo, había
tocado el timbre para que Julie y el jodedor que le había sido
destinado vinieran a ocupar su puesto. Llegaron inmediatamente, y el
libertino se echó en sus brazos en busca de nuevas obscenidades.
Después de haber tomado el desayuno como de costumbre en el
aposento de las muchachas, Durcet realizó la visita y, a pesar
de lo que pudiera decirse, todavía encontró nuevas
delincuentes. Michette era culpable de un tipo de falta y Augustine, a
quien Curval había hecho decir que se mantuviera durante todo el
día en un determinado estado, se encontraba en el estado
completamente contrario; ella no recordaba nada, y pedía
perdón por ello, y prometía que no volvería a
suceder más, pero el cuadrumvirato fue inexorable, y ambas
fueron inscritas en la lista de castigos del siguiente sábado.
Singularmente descontentos por la torpeza de todas aquellas muchachas
en el arte de la masturbación, impacientes por lo que
habían experimentado sobre esto la víspera, Durcet
propuso establecer una hora por la mañana, durante la cual se
darían lecciones al respecto, y que por turno, cada uno de ellos
se levantaría una hora más temprano, y como el momento
del ejercicio sería establecido desde las nueve hasta las diez,
se levantaría, digo, a las nueve para ir a dedicarse a este
ejercicio. Decidióse que aquel que realizase esta función
se sentaría tranquilamente en medio del serrallo, en un
sillón, y que cada muchacha, conducida y guiada por la Duclos ,
la mejor meneadora que había en el castillo, se acercaría
a sentarse encima de él, que la Duclos dirigiría su mano,
sus movimientos, le enseñaría la mayor o menor rapidez
que hay que imprimir a las sacudidas de acuerdo con el estado del
paciente, que prescribiría sus actitudes, sus posturas durante
la operación, y que se impondrían castigos reglamentados
para aquella que al cabo de la primera quincena no lograra dominar
perfectamente este arte, sin necesidad de más lecciones. Sobre
todo, les fue concretamente recomendado, según los principios
del padre recoleto, mantener el glande siempre descubierto durante la
operación, y que la mano vacante se ocupase sin cesar durante
todo el tiempo en cosquillear los alrededores, según las
diferentes fantasías de los interesados. Este proyecto del
financiero gustó a todos, la Duclos , informada, aceptó
el trabajo, y desde aquel mismo día dispuso en su aposento un
consolador con el que ellas pudiesen ejercitar constantemente sus dedos
y mantenerlos en la agilidad requerida. Se le encargó a Hercule
el mismo trabajo con los muchachos, que más hábiles
siempre en este arte que las muchachas, porque sólo se trata de
hacer a los otros lo que hacen a sí mismos, sólo
necesitaron una semana para convertirse en los más deliciosos
meneadores que fuese posible encontrar. Entre ellos, aquella
mañana, no se encontró a nadie en falta, y como el
ejemplo de Narcisse, la víspera, había tenido como
consecuencia que se negaran casi todos los permisos, sucedió que
en la capilla sólo se encontraron la Duclos , dos jodedores,
Julie, Thérèse, Cupidon y Zelmire. A Curval se le
empalmó mucho, se había enardecido asombrosamente por la
mañana con Adonis, en la visita de los muchachos, y
creyóse que eyacularía al ver las cosas que hacían
Thérése y los jodedores, pero se contuvo. La comida fue
como siempre, pero el querido presidente, que bebió y se
comportó disolutamente durante el ágape, se
inflamó de nuevo a la hora del café, servido por
Augustine y Michette, Zélamir y Cupidon, dirigidos por la vieja
Fanchon, a quien, por capricho, se le había ordenado que
estuviera desnuda como los muchachos. De este contraste surgió
el nuevo furor lúbrico de Curval, quien se entregó a
algunos desenfrenos con la vieja y Zélamir que le valieron por
fin la pérdida de su semen. El duque, con el pito empalmado,
abrazaba a Augustine; rebuznaba, denostaba, deliraba, y la pobre
pequeña, temblando, retrocedía como la paloma
ante el ave de presa que la acecha, dispuesta a capturarla. Sin
embargo, se contentó con algunos besos libertinos y con darle
una primera lección, como anticipo de la que empezaría a
tomar al día siguiente. Y como los otros dos, menos animados,
habían empezado ya sus siestas, nuestros dos campeones los
imitaron. Se despertaron a las seis para pasar al salón de los
relatos. Todas las cuadrillas de la víspera estaban cambiadas,
tanto los individuos como los vestidos, y nuestros amigos tenían
por compañeras de canapé, el duque a Aline, hija del
obispo y por consiguiente, ¡por lo menos, sobrina del duque!, el
obispo a su cuñada Constance, mujer del duque e hija de Durcet;
Durcet a Julie, hija del duque y mujer del presidente, y Curval, para
despertarse y reanimarse un poco, a su hija Adélaïde, mujer
de Durcet, una de las criaturas del mundo a quien más le gustaba
molestar a causa de su virtud y devoción. Empezó con
algunas bromas perversas, y habiéndole ordenado que tomara
durante la sesión una postura adecuada a sus gustos pero muy
incómoda para aquella pobre mujercita, la amenazó con
toda su cólera si la cambiaba un solo momento. Cuando todo
estuvo listo, Duclos subió a su tribuna y reanudó
así el hilo de su relato Hacía tres días que mi
madre no había aparecido por la casa, cuando su marido, inquieto
más por sus efectos y su dinero que por la criatura,
decidió entrar en su habitación, donde tenían la
costumbre de guardar todo lo más precioso, ¡pero
cuál no fue su asombro cuando en vez de encontrar lo que buscaba
halló sólo un billete de mi madre en el que le
decía que se resignara a su pérdida, porque
habiéndose decidido a separarse de él para siempre, y
careciendo de dinero, le había sido necesario coger todo lo que
se llevaba! En cuanto al resto, sólo él y los malos
tratos que le había dado tenían la culpa, si lo
abandonaba, y que le dejaba las dos hijas, que bien valían lo
que se llevaba. Pero el buen hombre estaba lejos de considerar que lo
uno valiese como lo otro, y nos despidió graciosamente,
rogándonos que no durmiéramos en la casa, prueba cierta
de que discrepaba con mi madre. Bastante poco afligidas por una
situación que nos dejaba en plena libertad, a mi hermana y a
mí, para entregarnos tranquilamente a un género de vida
que empezaba a gustamos, sólo pensamos en llevarnos nuestras
escasas pertenencias y en despedirnos de nuestro querido padrastro que
había tenido a bien dárnoslas. Mientras decidíamos
lo que debíamos hacer, nos alojamos mi hermana y yo en una
pequeña habitación de los alrededores. Allí lo
primero que hicimos fue preguntarnos acerca de la suerte de nuestra
madre. Teníamos la seguridad de que se encontraba en el
convento, decidida a vivir secretamente en la celda de algún
padre, o haciéndose mantener en algún rincón de
las cercanías, cosa que no nos preocupaba demasiado, cuando un
hermano del convento nos trajo un billete que hizo cambiar nuestras
conjeturas. Dicho billete decía en sustancia que lo mejor que
nos podía aconsejar era que fuésemos al convento en
cuanto anocheciera, a la celda del padre guardián, el mismo que
escribía el billete; que él nos esperaría en la
iglesia hasta las diez de la noche y nos conduciría al lugar
donde se encontraba nuestra madre, cuya felicidad actual y calma nos
haría compartir gustosamente. Nos exhortaba vivamente a que no
faltásemos a la cita y, sobre todo, a ocultar nuestros
movimientos con gran cuidado; porque era esencial que nuestro padrastro
no se enterase de nada, en bien de nuestra madre y de nosotras mismas.
Mi hermana, que a la sazón había cumplido quince
años y que, por consiguiente, tenía más vivacidad
y razonaba más que yo, que sólo tenía entonces
nueve, después de haber despedido al Portador del billete y
contestado que reflexionaría sobre el asunto arriba, no
dejó de extrañarse de todas aquellas maniobras.
-Françon -me dijo-, no vayamos. Hay gato encerrado en todo esto.
Si esta proposición fuese franca, ¿por qué mi
madre no hubiera escrito ella misma un billete junto a éste o al
menos no lo hubiera firmado? ¿Y con quién podría
estar en el convento, mi madre? El padre Adrien, su mejor amigo, no
está allí desde hace tres años, más o
menos. Desde entonces, ella no va al convento, más que de paso,
y no tiene ningún asunto allí. ¿Por qué
azar hubiera buscado ella este retiro? El padre guardián no es
ni ha sido nunca su amante. Sé que ella lo ha divertido dos o
tres veces, pero no se trata de un hombre capaz de liarse con una mujer
sólo por eso, porque es inconstante y hasta brutal con las
mujeres una vez que se le ha pasado el capricho. Por lo tanto,
¿a qué viene que ahora muestre tanto interés por
nuestra madre? Te digo que hay gato encerrado en este asunto. Nunca me
ha gustado ese viejo guardián; es malo, duro y brutal. Una vez
me atrajo a su habitación, donde estaba con tres más, y
después de lo que me sucedió allí, juré no
volver a poner los pies en su celda. Créeme, dejemos ahí
todos esos monjes bribones. No quiero amiga. Se llama Mme
Guérin, hace dos años que la trato, y desde entonces no
ha transcurrido una semana sin que me hiciese participar en una buena
juerga. Pero no juergas de doce miserables monedas como las del
convento; no hay una sola que no me haya reportado tres escudos por lo
menos. Mira, aquí tienes una prueba de ello - prosiguió
mi hermana mostrándome una bolsa que contenía por lo
menos diez luises-; como puedes advertir, tengo de qué vivir. Y
bien, si quieres seguir mi consejo, haz como yo. La Guérin te
recibirá, no te quepa la menor duda, te
vio hace ocho días, cuando vino a buscarme para una juerga, y me
ha encargado que te lo propusiese también y que por muy joven
que fueses ella siempre hallaría dónde colocarte. Haz
como yo, te digo, y pronto nos veremos libres de apuros. Por lo
demás, es todo lo que puedo decirte, pues, excepto esta noche
que pagaré tus, gastos, no cuentes más conmigo,
pequeña. Cada cual para sí, en estemundo. He ganado esto
con mi cuerpo y mis dedos, haz tú lo mismo. Y si el pudor te lo
impide, vete al diablo, y sobre todo no vengas a buscarme, porque
después de lo que acabo de decirte, si te viera morir de sed, no
te daría un vaso de agua. Por lo que respecta a mi madre, muy
lejos de estar enojada por la suerte que haya corrido, sea cual sea, te
diré que me regocijo de ello, y que mi único deseo es que
la muy puta se encuentre tan lejos que no la vuelva a ver nunca.
Sé hasta qué punto ella me perjudicó en mi oficio,
y todos los hermosos consejos que me daba mientras, la muy ramera se
comportaba tres veces peor. Amiga mía, que el diablo se la lleve
y sobre todo que no la traiga, eso es todo lo que le deseo. No
teniendo, en verdad, el corazón más tierno ni mejor alma
que mi hermana, aprobaba sinceramente todas las invectivas con que ella
llenó a esa excelente madre, y, tras agradecer a mi hermana el
conocimiento que me proporcionaba, le prometí seguirla a casa de
aquella mujer y, una vez adoptada, dejar de serle una carga. Como mi
hermana, me negaba a ir al convento. Si efectivamente ella es feliz,
tanto mejor -dije-; en tal caso, nosotras podremos serlo por nuestro
lado, sin necesidad de compartir su suerte. Y si se trata de una trampa
que se nos tiende, es necesario evitar caer en ella. Después de
eso mi hermana me abrazó. - ¡Vaya! -dijo-. Veo ahora que
eres una buena chica. Bien, bien, ten la seguridad de que haremos
fortuna. Yo soy linda y tú también, ganaremos lo que se
nos antoje, amiga mía. Pero es necesario no atarse, no lo
olvides. Hoy uno, mañana otro, es preciso ser puta, niña
mía, puta en el alma y en el corazón. En cuanto a
mí -continuó diciendo-, lo soy tanto, puedes verlo ahora,
que no hay confesión, sacerdote, consejo ni
representación que puedan apartarme del vicio. Estaría
dispuesta, rediós, a mostrar mi culo en la plaza del mercado con
tanta tranquilidad como me bebo un vaso de vino. Imítame,
Françon, complaciéndolos, una saca todo lo que quiere de
los hombres; el oficio es un poco duro al principio, pero una se hace a
ello. Hay tantos hombres como gustos. Primero, hay que ser capaz de
cualquier cosa, uno quiere una cosa, otro quiere otra. Pero
¿qué importa? Una está allí para obedecer y
someterse, enseguida se acaba, y queda el dinero. Yo me sentía
turbada, lo confieso, al escuchar palabras tan licenciosas en la boca
de una muchacha tan joven y que siempre me había parecido tan
decente. Pero como mi corazón compartía su sentido, no
tardé en decirle que estaba no solamente dispuesta a imitarla en
todo, sino hasta en portarme peor que ella, si era necesario. Encantada
conmigo, mi hermana me abrazó de nuevo, y como empezaba a ser
tarde mandamos a buscar una pularda y buen vino, cenamos y dormimos
juntas, decididas a ir al día siguiente por la mañana a
casa de la Guérin para rogarle que nos recibiera como pupilas.
Fue durante la mencionada cena cuando mi hermana me
enseñó todo lo que yo ignoraba todavía acerca del
libertinaje. Se me exhibió completamente desnuda, y puedo
asegurar que era una de las más bellas criaturas que
había entonces en París. Hermosa Piel, una gordura
agradable y, a pesar de esto, el talle más esbelto e
interesante, los más bellos ojos azules y todo el resto digno de
lo mencionado. Me enteré también del tiempo que
hacía que la Guérin se había fijado en aquellos
atractivos y del placer con que se la ofrecía a sus clientes,
quienes, jamás cansados de ella, la volvían a pedir una y
otra vez. Al meternos en la cama caímos en la cuenta de que nos
habíamos olvidado de dar una respuesta al padre guardián,
quien seguramente se enojaría por nuestra negligencia y a quien
era preciso tratar con miramientos
mientras estuviésemos en el barrio. ¿Pero cómo
reparar aquel olvido? Ya eran más de las once, y decidimos dejar
las cosas tal como estaban. Al parecer, la aventura le interesaba mucho
al guardián, por lo que es de creer que trabajaba más
para él que para la pretendida felicidad de que nos hablaba,
porque apenas dieron las doce llamaron con suavidad a nuestra puerta.
Era el padre guardián en persona; nos esperaba, dijo, desde
hacía dos horas, y por lo menos hubiéramos podido hacerle
llegar una respuesta, y tras haberse sentado en nuestra cama, nos dijo
que nuestra madre había decidido pasar el resto de sus
días en un pequeño aposento secreto que tenían en
el convento y donde le daban la mejor comida del mundo, amenizada con
la compañía de los grandes personajes de la casa que
solían pasar la mitad del día con ella y con otra mujer
joven, compañera de mi madre; que sólo dependía de
nosotras aumentar el número, pero como éramos demasiado
jóvenes para establecernos, él nos tomaría
sólo por tres años, al cabo de los cuales, juraba que nos
devolvería nuestra libertad y mil escudos a cada una; que
nuestra madre le había encargado que nos dijera que le
causaríamos un gran placer si íbamos a compartir su
soledad. -Padre -le contestó descaradamente mi hermana-, le
agradecemos su proposición. Pero a nuestra edad no tenemos
ningún deseo de encerramos en un claustro para convertirnos en
putas de sacerdotes, ya lo hemos sido demasiado. El guardián
insistió en sus proposiciones, y lo hizo con un fuego que
demostraba bien a las claras hasta qué punto deseaba lograr sus
propósitos. Advirtiendo al fin que no se salía con la
suya, dijo lanzándose casi furiosamente, sobre mi hermana. -Y
bien, puta, satisfáceme pues una vez más por lo menos,
antes que me vaya. Y, tras haberse desabrochado sus calzones,
montó encima de mi hermana, quien no opuso ninguna resistencia,
convencida de que si satisfacía su necesidad se
desembarazaría de él más pronto. Y el libertino,
sujetándola debajo de sus rodillas, agitó un pene duro y
bastante grueso a unos centímetros de la cara de mi hermana. -
¡Linda cara -exclamó-, linda carita de puta, cómo
voy a inundarte de leche, ah, rediós! y al cabo de unos
instantes las esclusas se abrieron, el esperma eyaculó y todo el
rostro de mi hermana, principalmente la nariz y la boca se encontraron
cubiertos por las pruebas del libertinaje de nuestro hombre, cuya
pasión no hubiera sido satisfecha de un modo tan barato si su
proyecto hubiese tenido éxito. El religioso, más calmado,
sólo pensó ya en marcharse, y después de habernos
arrojado un escudo sobre la mesa, y encendido de nuevo su linterna,
dijo: -Sois unas pequeñas imbéciles, sois unas
pequeñas tiparracas. Dejáis escapar vuestra fortuna.
¡Que el cielo os castigue haciéndoos caer en la miseria y
tenga yo el placer de veros hundidas en ella como venganza, esos son
mis últimos deseos! Mi hermana, que se limpiaba la cara, le
devolvió todas sus tonterías, y cuando la puerta
volvió a cerrarse para no abrirse ya hasta la mañana
siguiente, pasamos al menos el resto de la noche tranquilas. -Lo que
has visto -me dijo mi hermana- es una de sus pasiones favoritas. Le
gusta con locura descargar sobre la cara de las muchachas. Si se
limitara a ello, bueno..., pero el bribón tiene otros gustos y
tan peligrosos que temo... Pero mi hermana, vencida por el
sueño, se durmió antes de acabar la frase, y como el
día siguiente nos trajo otras aventuras, dejamos de pensar en
aquélla. Por la mañana nos levantamos y, tras habernos
arreglado bien, nos dirigimos a casa de la señora Guérin.
Esta heroína vivía en la calle Soli, en un apartamento
muy limpio del primer piso, que compartía con seis
señoritas entre dieciséis y veintidós años,
todas muy lozanas y lindas. Permitidme, señores, que no os las
describa más que a medida que sea necesario. La Guérin ,
encartada del proyecto que había conducido a mi hermana a su
casa después que hacía tanto que la deseaba, nos
recibió y alojó a ambas con gran placer. -Aunque es muy
joven -le dijo mi hermana,
señalándome-, le servirá bien, se lo aseguro. Es
dulce, gentil, tiene buen carácter y un alma decididamente
inclinada al puterío. Tiene usted muchos disolutos entre sus
amistades que desean niñas, he aquí una que corresponde a
lo que necesitan... empléela. La Guérin ,
volviéndose hacia mí, me preguntó entonces si
estaba decidida a todo. -Sí, señora -le contesté,
en un tono ligeramente descarado que le gustó-, a todo para
ganar dinero. Fuimos presentadas a nuestras nuevas compañeras,
que ya conocían a mi hermana y que por amistad le prometieron
que cuidarían de mí. Luego cenamos todas juntas, y en una
palabra así fue, señores, mi primera instalación
en el burdel. No transcurrió mucho tiempo sin que empezara mi
práctica en él: aquella misma noche llegó un viejo
comerciante envuelto en una capa con quien la Guérin me
emparejó para mi estreno. - ¡Oh! A propósito, -dijo
la Guérin presentándome al viejo libertino-, las
queréis sin pelo, señor Duclos, le aseguro que
ésta no tiene ni uno. -En efecto -contestó el viejo
original, contemplándome-. parece muy niña.
¿Cuantos años tienes, pequeña? -Nueve,
señor. -¡Nueve años!... Bien, bien, señora
Guérin, usted sabe que son así como las quiero. Y
más jóvenes aún, si usted las tuviera. Las
tomaría pardiez, recién destetadas. Y la Guérin ,
tras retirarse, riéndose de la expresión, nos dejó
solos. Entonces el viejo libertino, acercándose, me besó
dos o tres veces en la boca. Acompañando una de mis manos con la
suya, hizo que sacara de su bragueta su verga no muy empalmada y,
actuando constantemente sin hablar demasiado, me desabrochó las
faldas, me acostó en el canapé, me subió la camisa
hasta el pecho y, montando sobre mis dos muslos, que había
abierto completamente, con una mano me entreabría el coño
todo lo que podía, mientras con la otra se la meneaba con todas
sus fuerzas. "El lindo pajarito", decía, agitándose y
suspirando de placer. "Cómo lo domesticaría si aún
pudiera, pero ya no puedo; por más que hiciera, ni en cuatro
años se endurecería este bribón de pito.
Ábrete, ábrete, pequeña, separa bien los muslos."
Y al cabo de un cuarto de hora, por fin, advertí que el hombre
suspiraba más hondamente. Algunos " ¡rediós! "
añadieron cierta energía a sus expresiones y sentí
los bordes de mi coño inundados del esperma cálido y
espumoso que, como el bribón no podía lanzar dentro, se
esforzaba en hacerlo penetrar dentro con los dedos. Hecho esto,
partió como un rayo, y todavía me encontraba ocupada en
limpiarme cuando mi galán abría ya la puerta de la calle.
Este fue el principio, señores, que me valió el nombre de
Duclos. Era costumbre en aquella casa que cada pupila adoptase el
nombre del primer hombre que la ocupaba, y yo me sometía tal
uso. -¡Un momento! -dijo el duque-. No he querido interrumpir
hasta que no hubiese unapausa, pero ya que has hecho una,
explícame un poco dos cosas: primera, si tuviste noticias de tu
madre o si jamás supiste lo que fue de ella; segunda, dime si
las causas de la antipatía que os inspiraba a tu hermana y a ti
eran naturales o tenían una causa. Esto tiene relación
con la historia del corazón humano, a lo que nos dedicamos de
una manera particular. -Monseñor -contestó la Duclos-, ni
mi hermana ni yo tuvimos nunca la menor noticia de esa mujer. -Bien
-dijo el duque-. En ese caso está claro, ¿no es verdad
Durcet? -Sin la menor duda -contestó el financiero-. Y tuvisteis
suerte en no caer en la trampa, porque no hubierais regresado
jamás. - ¡Es inaudito --lijo Curval-, cómo se
propaga esta manía! -Es que es muy deliciosa, a fe mía
--lijo el obispo. -¿Y el segundo punto? -preguntó el
duque, dirigiéndose a la narradora. -El segundo punto,
monseñor, es decir, el motivo de nuestra antipatía,
difícilmente a fe mía sería capaz de explicarla,
pero era tan violenta en nuestros dos corazones que nos confesamos una
a otra que hubiéramos sido capaces de envenenarla en el caso de
no poder llegar -a desembarazarnos de ella de otro modo. Nuestra
aversión era completa, y como ella no daba ningún motivo
para ello, lo más verosímil es pensar que este
sentimiento era obra de la naturaleza. -¿Y quién lo duda?
-dijo el duque-. Cada día vemos que la naturaleza nos inspira la
inclinación más violenta hacia lo que los hombres llaman
crimen, y aunque la hubieseis envenenado veinte veces, esta
acción dentro de vosotras sólo hubiera sido el resultado
de esa inclinación que ella os inspiraba hacia el crimen,
inclinación que cobraba en vosotras la forma de una invencible
antipatía. Es una locura imaginar que debamos nada a nuestras
madres. ¿Y sobre qué se fundaría nuestro
agradecimiento?: ¿Sobre lo que gozaba cuando era jodida?
Seguramente, no es para menos. En cuanto a mí, yo sólo
veo en ello motivos de odio y desprecio. ¿Nos da la felicidad al
darnos la vida?... Lejos de esto. Nos arroja a un mundo lleno de
escollos, y a nosotros nos toca salir de apuros como podamos. Recuerdo
que tuve una madre en otro tiempo que me inspiraba más o menos
los mismos sentimientos que la Duclos sentía por la suya: la
aborrecía. Cuando me fue posible, la mandé al otro mundo,
y nunca he gozado una voluptuosidad más viva que cuando
cerró los ojos para no volverlos a abrir más. En este
momento se escucharon unos sollozos terribles en una de las cuadrillas.
Era en la del duque, sin lugar a dudas. Al investigar, vióse que
la joven Sophie tenía los ojos arrasados en lágrimas.
Dotada de un corazón muy distinto al de aquellos canallas, la
conversación trajo a su espíritu el recuerdo querido de
aquella que le había dado el ser y había muerto
defendiéndola cuando fue raptada. Y esta idea cruel había
venido a su tierna imaginación acompañada sólo de
abundantes lágrimas. ¡Ah, pardiez! -dijo el duque-
¡Buena cosa es ésa! ¿Lloras a tu madre, no es
verdad, pequeña mocosa? Acércate, acércate, para
que te consuele. Y el libertino, enardecido por los preliminares y por
estas palabras y por el efecto que tenían, mostró un
triunfal pito que parecía querer una eyaculación.
Mientras tanto, Marie (era la dueña de la cuadrilla), trajo a la
muchacha. Sus lágrimas corrían abundantemente y el
hábito de novicia que le habían puesto aquel día
prestaba aún más encanto a un dolor que la
embellecía. Era imposible ser más linda. - ¡Jodido
Dios -dijo el duque, levantándose como un frenético-,
qué linda tajada para hincarle el diente! Quiero hacer lo que la
Duclos acaba de contarnos, quiero mojarle el coño con mi
leche... ¡Que la desnuden! Y todo el mundo esperaba en silencio
el desenlace de aquella pequeña escaramuza. -¡Oh,
señor, señor! -exclamó Sophie, lanzándose a
los pies del duque-. Respetad al menos mi dolor, gimo por la muerte de
una madre que me fue muy querida, que murió defendiéndome
y a la que no veré nunca más. ¡Tened piedad de mis
lágrimas y concededme por lo menos una noche de descanso! -
¡Ah! ¡Joder! -exclamó el duque, empuñando su
verga que amenazaba al cielo-. Nunca hubiera creído que esta
escena fuese tan voluptuosa. Desnúdala, desnúdala, pues
-decía a Marie, furioso-; ya debería estar desnuda. Y
Aline, que se encontraba en el sofá del duque, lloraba a
lágrima viva, mientras se oía gemir a la tierna
Adélaïde en el nicho de Curval, quien, lejos de compartir
el dolor de aquella bella criatura, la regañaba violentamente
por haber abandonado la posición en que la había
colocado, y por otra parte, contemplaba con el más vivo
interés el desenlace de aquella deliciosa escena. Mientras
tanto, desnudan a Sophie, sin el menor miramiento por su dolor, la
colocan en la actitud que acababa de relatar la Duclos y el duque
anuncia que va a descargar. Pero ¿cómo hacerlo? Lo que
acababa de relatar Duclos había sido realizado por un hombre con
el miembro mustio y la descarga de su fofo pito podía dirigirse
a voluntad. Pero no era el mismo caso ahora: la amenazadora cabeza del
miembro del duque no quería inclinarse y continuaba amenazando
al cielo; hubiera sido preciso, por decirlo así, colocar a la
muchachita encima. Nadie sabía qué hacer, y sin embargo,
cuantos más obstáculos surgían, más juraba
y blasfemaba el irritado duque. Finalmente,
la Desgranges acudió en su ayuda. Nada de lo que se
refería al libertinaje era desconocido para aquella vieja bruja;
cogió a la niña y la colocó tan hábilmente
sobre sus rodillas que, se colocase como se colocase el duque, la punta
de su pito rozaba la vagina. Dos sirvientas acudieron para sujetar las
piernas de la muchachita, la cual, si hubiese tenido que ser
desvirgada, nunca hubiera podido ofrecer un coño más
hermoso. Pero eso no era todo aún: era necesaria una mano
hábil para hacer desbordar el torrente y dirigirlo justamente a
su destino. Blangis no quería correr el riesgo de utilizar la
mano de un muchacho torpe para una operación tan importante.
-Toma a Julie -dijo Durcet-; quedarás contento de ella. Empieza
a menearla como un ángel. - ¡Oh, joder! -exclamó el
duque-. Esa puta fallará, la conozco. Basta con que yo sea su
padre, tendrá un miedo espantoso. -Te aconsejo un muchacho, a fe
mía -dijo Curval-. Toma a Hercule; tiene una muñeca muy
hábil. -Sólo quiero a la Duclos -dijo el duque-. Es la
mejor de todas las meneadoras, permitidle que deje su puesto unos
momentos y que venga. La Duclos llega, muy orgullosa de una preferencia
tan notable. Se arremanga hasta el codo y empuñando el enorme
pollon de Monseñor, empieza a sacudirlo, con la cabeza siempre
descubierta, a menearlo con tal arte, a agitarlo con sacudidas tan
rápidas y al mismo tiempo tan adecuadas al estado en que
veía al paciente, que finalmente la bomba estalla sobre el mismo
agujero que debe cubrir. Lo inunda, el duque grita, blasfema y se
debate. Duclos no se detiene; sus movimientos están
condicionados al grado del placer que proporcionan. Antinoüs,
colocado allí a propósito, hace penetrar delicadamente el
esperma en la vagina a medida que fluye, y el duque, vencido por las
más deliciosas sensaciones, ve, expirando de voluptuosidad,
cómo se deshincha poco a poco entre los. dedos de su meneadora
el fogoso pene cuyo ardor acaba de inflamarlo tan poderosamente. Se
echa de nuevo sobre el sofá, la Duclos regresa a su lugar, la
muchachita se limpia, se consuela y vuelve a su cuadrilla, y el relato
prosigue, dejando a los espectadores persuadidos de una verdad de la
cual, creo, estaban imbuidos desde hacía tiempo, a saber, que la
idea del crimen supo siempre inflamar los sentidos y conducirnos a la
lubricidad. Quedé muy asombrada -dijo la Duclos , reanudando el
hilo de su discurso- al ver que todas mis compañeras se
reían al encontrarse conmigo, y me preguntaban si me
había limpiado bien y mil otras cosas que demostraban que ellas
sabían muy bien lo que yo acababa de hacer. No me dejaron mucho
rato en la inquietud, y mi hermana, conduciéndome a una
habitación contigua a aquella donde se celebraban
comúnmente las orgías, y donde yo había sido
encerrada, me mostró un agujero a través del cual se
veía el canapé y todo lo que ocurría en el cuarto.
Me dijo que aquellas señoritas se divertían fisgando por
el agujero lo que hacían los hombres a sus compañeras, y
que yo misma era dueña de ir allá cuando quisiera,
siempre que no estuviera ocupado. Porque sucedía a menudo,
decía ella, que aquel respetable agujero sirviese para misterios
acerca de los cuales sería instruida en su momento y lugar. No
transcurrieron ocho días sin que sacase provecho de ese placer,
y una mañana en que habían preguntado por una tal
Rosalie, una de las más bellas rubias que imaginarse pueda, tuve
la curiosidad de observar qué le harían. Me
oculté, y he aquí la escena de que fui testigo. El hombre
que estaba con ella no debía tener más de
veintiséis o treinta años. En cuanto ella entró,
la hizo sentarse en un taburete muy alto y destinado para la ceremonia.
Tan pronto como estuvo sentada, le quitó todas las horquillas
que sostenían su pelo e hizo flotar hasta el suelo un bosque de
cabellos rubios, soberbios, que adornaba la cabeza de aquella hermosa
muchacha. Sacó luego un peine de su bolsillo, los peinó,
los desenredó, los acarició y besó, entremezclando
cada acción con elogios sobre la belleza de aquella cabellera,
que era lo único que le ocupaba.
Finalmente se sacó de la bragueta un pequeño pito seco y
muy tieso que envolvió rápidamente con los cabellos de su
dulcinea, y meneándosela con el moño, eyaculó
ientras pasaba su otra mano alrededor del cuello de Rosalie y la besaba
en la boca. Desenvolvió su verga muerta, vi los cabellos de mi
compañera sucios de semen; ella los limpió se los
volvió a atar, y nuestros amantes se separaron. Al cabo de un
mes, mi hermana fue llamada por un personaje que nuestras
señoritas me dijeron que fuera a contemplar a través del
agujero porque tenía una extravagante fantasía. Se
trataba de un individuo de unos cincuenta años; apenas
había entrado cuando, sin preliminares de ninguna clase, sin
caricias, mostró su trasero a mi hermana, la cual, al tanto de
la ceremonia, hizo que se inclinara sobre la cama, se apodera del fofo
y arrugado culo, hunde sus cinco dedos en el orificio y empieza a
sacudirlo de una manera tan énergica que la cama crujía.
Mientras tanto, nuestro hombre, sin mostrar nada más, se agita,
se menea, sigue los movimientos, se presta a ellos con lubricidad y
grita que descarga y que goza el mayor de los placeres. La
agitación había sido violenta, en verdad, porque mi
hermana estaba cubierta de sudor; ¡pero qué menguados
episodios y qué imaginación tan estéril! Si bien
el hombre que me fue presentado poco después no fue más
caprichoso, por lo menos partía más voluptuoso y su
manía, para mí, tenía más el colorido del
libertinaje. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años bajo y
gordo, pero fresco y alegre. Como todavía no había visto
a ningún hombre con un gusto como el suyo, mi primer movimiento
fue el de arremangarme hasta el ombligo: un perro al que se le muestra
un bastón no hubiera puesto una cara más larga. -
¡Eh! ¡Por tu vida! Dejemos tranquilo el coño,
querida, te lo ruego -me dijo, bajándome las faldas tan
rápidamente como yo las había subido-. Esas putillas
-prosiguió, de buen humor sólo le muestran a uno sus
coños. Serás la causa de que no descargue en toda la
noche.., mientras no me haya quitado de la cabeza tu jodido
coño. Y diciendo esto hizo que me volviera de espaldas y
levantó metódicamente los refajos por detrás. En
esta posición, y conduciéndome él mismo, sin
soltar las faldas levantadas, para ver tos movimientos de mi culo
mientras caminaba, hizo que me acercase a la cama, sobre la que me
acostó de bruces. Entonces examinó mi trasero con la
más escrupulosa atención, ocultando con una mano el
coño, que parecía temer más que al fuego.
Finalmente, tras haberme pedido que disimulara todo lo que pudiera esta
indigna parte (empleo su expresión), con sus dos manos
manoseó durante un buen rato y con lubricidad mi trasero; lo
separaba, lo juntaba, acercaba a él su boca y una vez o dos
hasta sentí que la colocaba sobre el agujero, pero no se
estremecía aparentemente, no había señales de
nada. Sin embargo, cuando se sintió dispuesto, preparóse
para el desenlace de la operación. ieacute;ndete completamente
en el suelo - me dijo, arrojando algunos cojines- allá,
sí, eso es... con las piernas bien separadas, el culo un poco
levantado y el agujero lo más entreabierto que te sea posible
-añadió, al ver mi docilidad. Y entonces, tomando un
taburete, lo colocó entre mis piernas y fue a sentarse en
él de manera que su pito, que finalmente sacó de su
bragueta, pudiese ser meneado a la altura del agujero que incensaba.
Entonces sus movimientos se hicieron más rápidos, con una
mano se meneaba y con la otra separaba mis nalgas, y algunas alabanzas
sazonadas con muchos juramentos componían su discurso. -
¡Oh, santo Dios! ¡Qué hermoso culo!
¡Cómo voy a inundarlo! Y cumplió su palabra. Me
sentí toda mojada; el libertino pareció quedar anonadado
tras su éxtasis. ¡Tan verdad es que el homenaje rendido a
ese templo tiene siempre más ardor que el que se ofrece en el
otro!; y se fue, tras haberme prometido que regresaría porque
había satisfecho muy bien sus deseos. Efectivamente,
regresó al día siguiente, pero su inconstancia le hizo
preferir a mi hermana; fui a observarlos y vi que empleaba
absolutamente los mismos procedimientos, a los que mi hermana se
prestaba con la misma complacencia. -¿Tenía un culo
hermoso tu hermana? –preguntó Durcet. -Podréis
juzgar por un solo detalle, monseñor -dijo la Duclos-. Un famoso
pintor, a quien le habían encargado una Venus de hermosas
nalgas, un año después, le pidió que le irviera de
modelo, porque decía, había estado buscando en todas las
casas de alcahuetas de París sin haber encontrado lo que
necesitaba. -Puesto que ella tenía quince años, y que
aquí hay muchachas de tal edad, compáranos sutrasero
-dijo el financiero- con alguno de los culos que tienes aquí
ante tu vista. Duclos fijó los ojos en Zelmire y dijo que le era
imposible encontrar nada, no solamente respecto al culo si no a la
cara, que pudiera competir con su hermana. -Bueno, Zelmire -dijo el
financiero- ven, pues, a presentarme tus nalgas. Ella pertenecía
precisamente a su cuadrilla. La encantadora muchacha se acercó
temblando. Es colocada al pie del canapé, acostada de bruces;
levantan su grupa con las manos sobre cojines y el pequeño
orificio se ofrece completo. El libertino empalmado besa y manosea lo
que se le presenta. Ordena a Julie que se la menee. Es obedecido, sus
manos se extravían sobre otras partes, la lubricidad lo
embriaga, su pequeño instrumento, bajó las sacudidas
voluptuosas de Julie, parece endurecerse un momento, el canalla
blasfema, la leche fluye y suena la hora de la cena. Como en todas las
comidas, reinaba la misma profusión, haber descrito una es como
haberlas descrito todas. Pero como casi todo el mundo había
eyaculado, en esta cena fue preciso restablecer fuerzas, y por lo
tanto, se bebió mucho. Zelmire, que era llamada la hermana de la
Duclos , fue extraordinariamente festejada en las orgías y todo
el mundo quiso besar su culo. El obispo dejó en él algo
de semen, los otros tres compañeros volvieron a excitarse y se
fueron a acostar como la víspera, es decir, cada cual con las
mujeres que habían tenido en los canapés y cuatro
jodedores que no habían aparecido desde la cena.
TERCERA JORNADA
El duque se levantó a las
nueve. Era él quien debía comenzar a prestarse a las
lecciones que la Duclos tenía que dar a las muchachas. Se
instaló en un sillón y experimentó durante una
hora los diversos manoseos, masturbaciones, poluciones y posiciones
diversas de cada una de aquellas muchachas, conducidas y guiadas por su
maestra, y, como es fácil imaginar, su temperamento fogoso se
excitó mucho con tal ceremonia. Tuvo que hacer increíbles
esfuerzos para no perder su semen, pero, bastante dueño de
sí mismo, supo contenerse y regresó triunfalmente para
fanfarronear de que había soportado un asalto que mucho dudaba
que sus amigos hubieran podido sostener con la misma flema que
él. Esto dio lugar a algunas apuestas y a una multa de cincuenta
luises que sería impuesta a quien descargase durante las
lecciones. En vez del almuerzo y dulas visitas, aquella mañana
se empleó en disponer el cuadro de las diecisiete orgías
proyectadas para el final de cada semana, así como en la
última fijación de los desvirgamientos que ahora
podían establecer mejor que antes después de haber
conocido mejor a las personas. Como dicho cuadro establecía de
una manera decisiva todas las operaciones de la campaña, hemos
creído necesario ofrecer una copia al lector; nos ha parecido
que, sabiendo, después de haberlo leído, el destino de
las personas, se interesaría más por ellas en el resto de
las operaciones.
CUADRO DE LOS PROYECTOS DEL RESTO DEL VIAJE
El día 7 de noviembre, fin
de la primera semana, se procederá por la mañana al
casamiento de Michette y Giton, y los dos esposos, que por la edad no
pueden unirse, como tampoco las parejas de los tres himeneos
siguientes, serán separados por la moche, sin tener en cuenta la
ceremonia que sólo habrá servido para divertir durante el
día. La misma noche se procederá al castigo de las
personas marcadas en la lista del amigo de turno durante el mes. El
día 14 se procederá al matrimonio de Narcisse y
Hébé, con las mismas cláusulas anteriores. El 21
se efectuará el matrimonio de Colombe y Zélamir. El 21,
igualmente, el de Cupidon y Rosette. El 4 de diciembre (los relatos de
la Champville habrán estimulado las expediciones siguientes), el
duque desvirgará a Fanny. El día 5 de diciembre, dicha
Fanny será casada con Hyacinthe, el cual gozará de su
joven esposa delante de la reunión. Tal será la fiesta de
la quinta semana, y por la noche habrá los castigos ordinarios,
porque los casamientos se celebrarán por la mañana. El
día 8, Curval desvirgará a Michette. El 11, el duque
desvirgará a Sophie. El 12, para celebrar la fiesta de la sexta
semana, Sophie será casada con Céladon, de acuerdo con
las mismas cláusulas anteriores. Lo cual no se repetirá
en los siguientes. El 15, Curval desvirgará a
Hébé. El 18, el duque desvirgará a Zelmire, y el
19, para celebrar la fiesta de la séptima semana, Adonis se
casará con Zelmire. El 20, Curval desvirgará a Colombe.
El 25, día de Navidad, el duque desvirgará a Augustine, y
el 26, fiesta de la octava semana, Zéphyr se casará con
Augustine. El 29, Curval desvirgará a Rosette, y se ha dispuesto
todo para que Curval, que tiene un cipote más pequeño que
el duque, posea a las más jóvenes. El día 1 de
enero, primer día en que los relatos de la Martaine
habrán hecho soñar en nuevos placeres, se
procederá a las desfloraciones sodomitas en el orden siguiente:
El primero de enero, el duque sodomizará a Hébé.
El día 2, para celebrar la novena semana, Hébé,
después de haber sido desvirgada por delante por Curval y por
detrás por el duque, será entregada a Hercule, quien
gozará de ella de la manera que le ordene la reunión. El
día 4, Curval enculará a Zélamir. El día 6,
el duque dará por detrás a Michette, y el 9, para
celebrar la fiesta de la décima semana, esta Michette, que
habrá sido desvirgada por el coño por Curval, y por el
culo por el duque, será entregada a Brise-cul para que goce de
ella, etc. El día 11, el obispo enculará a Cupidon. El
13, Curval enculará a Zelmire. El 15, el obispo enculará
a Colombe. El 16, para la fiesta de la onceava semana, Colombe, que
habrá sido desvirgada por el coño por Curval y por el
culo por el obispo, será entregada a Antinoüs, quien
gozará de ella, etc. El día 17, el duque enculará
a Giton. El día 19, Curval enculará a Sophie. El
día 21, el obispo enculará a Narcisse. El 22, el duque
enculará a Rosette. El 23, en la fiesta de la doceava semana,
Rosette será entregada a Bande-au-ciel. El día 25, Curval
dará por culo a Agustine. El 28, el obispo dará por culo
a Fanny. El día 30, para la fiesta de la treceava semana, el
duque se casará con Hercule como marido y con Zéphyr como
mujer, y el matrimonio se efectuará, así como los tres
otros siguientes, delante de todo el mundo. El 6 de febrero, para la
fiesta de la catorceava semana, Curval se casará con Brise-cul
como marido y con Adonis como mujer. El 13 de febrero, para la fiesta
de la quinceava semana, el obispo se casará con Antinoüs
como marido y con Céladon como mujer. El 20 de febrero, para la
fiesta de la dieciseisava semana, Durcet tendrá a Bande-au-ciel
como marido y a Hyacinthe como mujer. Por lo que respecta a la fiesta
de la diecisieteava semana, que cae el 27 de febrero, víspera
del final de los relatos, se celebrará por medio de sacrificios
para los cuales los señores se reservan in petto la
elección de las víctimas. Mediante estos arreglos, desde
el 30 de enero se habrán efectuado todos los desvirgamientos,
excepto los de los cuatro muchachos que los señores
deberán tomar como mujer, y que se reservan
intactos hasta el final con el objeto de hacer durar la
diversión hasta el fin del viaje. A medida que los sujetos sean
desvirgados, reemplazarán a las esposas en los canapés
durante los relatos, y, por la noche, estarán cerca de los
señores, alternativamente, según su elección, con
los cuatro últimos bardajes que los señores se reservan
como mujeres en el último mes. En el momento en que una muchacha
o un muchacho desvirgado haya reemplazado a una esposa en el
canapé, esta esposa será repudiada. Desde ese momento su
descrédito será general, y sólo tendrá
sitio entre las sirvientas. Respecto a Hébé, de doce
años de edad, de Michette, de doce años de edad, de
Colombe, de trece años y de Rosette, también de trece
años, a medida que sean entregadas a los jodedores y vistas .
por ellos, caerán igualmente en descrédito, sólo
serán admitidas en las voluptuosidades duras y brutales,
tendrán un sitio entre las esposas repudiadas y serán
tratadas con el más extremo rigor. Desde el 24 de enero, las
cuatro se encontrarán en el mismo plano de igualdad. Con este
cuadro se ve que el duque habrá tenido los coños
vírgenes de Fanny, Sophie, Zelmire, Augustine y los culos de
Hébé, Michette, Giton, Rosette y Zéphyr. Que
Curval habrá tenido el desvirgamiento de los coños de
Michette, Hébé, Colombe, Rosette y los de los culos de
Zélamir, Zelmire, Sophie, Augustine y Adonis. Que Durcet que ya
no jode, habrá tenido únicamente el desvirgamiento del
culo de Hyacinthe, con el que se casará como mujer. Y que el
obispo, que sólo jode en el culo, habrá tenido los
desvirgamientos sodomitas de Cupidon, Colombe, Narcisse, .Fanny y
Céladon. Habiendo dedicado todo el día a disponer estos
arreglos y a charlar, y sin que nadie hubiese caído en falta,
todo transcurrió sin acontecimientos hasta la hora del relato,
en que, siendo los arreglos los mismos, aunque siempre variados, la
célebre Duclos subió a su tribuna y prosiguió en
los siguientes términos su relato de la víspera: Un joven
cuya manía, aunque muy poco libertina, en mi opinión, no
por eso era menos singular, se presentó en casa de Mme
Guérin, poco después de la última aventura de que
hablé ayer. Necesitaba una nodriza joven y lozana; la mamaba y
eyaculaba sobre los muslos de aquella buena mujer mientras se
atiborraba con su leche. Su pito me pareció muy mediocre y toda
su persona bastante desmedrada, y su descarga fue tan dulce como su
operación. Al día siguiente se presentó otro en la
misma habitación cuya manía seguramente os
parecerá más divertida. Quería que la mujer
estuviese envuelta con. velo que le ocultara completamente todo el
pecho y la figura; la única parte del cuerpo que deseaba ver, y
que tenía que ser de una calidad superior, era el culo, ya que
todo el resto le era indiferente y se sabía que le hubiera
disgustado contemplarlo. Mme Guérin hizo venir de fuera una
mujer de una gran fealdad y de unos cincuenta años de edad, pero
cuyas nalgas estaban cortadas como las de Venus. Nada más
hermoso podía ofrecerse a la vista. Yo quise ver esta escena; la
vieja dueña, bien envuelta, fue a colocarse en seguida de bruces
sobre el borde de la cama. Nuestro libertino, de unos treinta
años y seguramente hombre de toga, le levanta las faldas hasta
los costados, se extasía ante las bellezas de su gusto que le
son ofrecidas. Manosea, separa las soberbias nalgas, las besa con ardor
y, con la imaginación inflamada más por lo que supone que
por lo que hubiera visto sin duda si la mujer hubiese estado sin velo y
fuese incluso bonita, cree tener trato con la misma Venus, y al cabo de
poco rato, ya con el pollon endurecido a fuerza de sacudidas, lanza una
lluvia benéfica sobre las dos nalgas que están bajo su
mirada. Su descarga fue viva e impetuosa. Estaba sentado delante del
objeto de su culto; una de sus manos lo abría mientras que con
la otra lo machacaba, y gritó diez veces: - ¡Qué
hermoso culo! ¡Ah, qué delicia inundar de semen semejante
culo! En cuanto terminó levantóse y se marchó sin
manifestar el menor deseo de saber con quien había tratado. Un
joven clérigo solicitó a mi hermana, poco tiempo
después. Era joven y guapo, pero casi no podía
distinguirse su pito, tan pequeño y blando era. La tumbó
casi desnuda en un canapé, se colocó de rodillas entre
sus muslos, sosteniéndole las nalgas con las dos manos, y
empezó a cosquillearle el pequeño agujero de su trasero.
Luego su boca se pegó al coño de mi hermana. Le
cosquilleó el clítoris con la lengua, y obró de un
modo tan hábil, hizo un empleo tan acompasado y tan igual de sus
dos movimientos, que en tres minutos la sumergió en el delirio;
vi como su cabeza se inclinaba, su mirada se extraviaba y la bribona
exclamó: "- ¡Oh, mi querido abad, me haces morir de
placer!" El clérigo tenía por costumbre tragar todo el
líquido que su libertinaje hacía fluir. No falló
y, meneándosela, agitándose a su vez mientras obraba
contra el canapé donde estaba mi hermana, le vi esparcir por el
suelo la evidencia de su virilidad. Me tocó al día
siguiente, y os puedo asegurar, señores, que es una de las
más dulces operaciones que he vivido en mi vida: el
bribón del abad tuvo mis primicias, y el primer semen que
perdí en mi vida fue en su boca. Más diligente que mi
hermana en devolverle el placer que me daba, agarré
maquinalmente su pito flotante y mi pequeña mano le
devolvió lo que su boca me hacía experimentar con tanta
delicia. En este punto el duque no pudo impedir interrumpir.
Singularmente excitado por las masturbaciones a las que se había
prestado por la mañana, creyó que ese tipo de lubricidad
ejecutado con la deliciosa Augustine cuyos despiertos y bribones ojos
anunciaban un temperamento muy precoz, le haría perder un semen
que ya picaba excesivamente a sus cojones. Ella pertenecía a su
cuadrilla, le gustaba bastante, había sido destinada a él
para la desfloración, la llamó. Esa noche estaba vestida
de marmota y encantadora bajo este disfraz. La dueña le
remangó las faldas y la colocó en la postura que
había descrito Duclos. El duque se apoderó primero de las
nalgas,, se arrodilló, introdujo un dedo en el ano, que
cosquilleó ligeramente, agarró el clítoris que
esta amable niña tenía ya muy marcado, chupó. Los
de Languedoc tienen temperamento; Augustine fue una prueba de ello: sus
bonitos ojos se animaron, suspiró, sus muslos se levantaron
maquinalmente, y el duque tuvo la suerte de obtener un semen joven que
sin duda corría por primera vez. Pero no se obtienen dos dichas
seguidas.Hay libertinos endurecidos hasta tal punto por el vicio, que
cuanto más simple y delicada es la cosa que hacen, menos se
excita su maldita cabeza. Nuestro querido duque era de estos,
tragó el esperma de esta deliciosa niña sin que el suyo
quisiese correr. Y hasta hubo un momento, pues nada es tan
inconsecuente como un libertino, un momento, digo, en que iba a acusar
por ello a esta pobre desgraciada, que totalmente confundida por haber
cedido a la naturaleza, ocultaba su cabeza entre las manos e
intentó huir de su puesto. - ¡Qué me traigan otra!
-dijo el duque, lanzando furiosas miradas a Augustine-. Las
chuparé todas antes que no perder mi semen. Trajeron a Zelmire,
la segunda muchacha de su cuadrilla, que igualmente le
correspondía por derecho. Tenía la misma edad que
Augustine, pero la pena de su situación encadenaba en ella todas
las facultades de un placer que tal vez sin eso la naturaleza le
hubiese permitido igualmente disfrutar. Le levantan las faldas por
encima de los muslos, más blancos que el alabastro; muestra un
montecito cubierto de una pelusilla que empieza a brotar. Se deja
colocar en la forma requerida, pero por más que haga el duque,
nada logra. Se levanta furioso al cabo de un cuarto de hora y,
corriendo hacia su gabinete con Hercule y Narcisse, dice: - ¡Ah,
joder! Veo que no es la caza que necesito -refiriéndose a las
dos muchachas- y que sólo tendré éxito con
ésta. Se ignoran cuáles fueron los excesos a los que se
entregó, pero al cabo de unos instantes se oyeron gritos y
rugidos que demostraban que había logrado la victoria, y que los
muchachos eran, para una eyaculación, vehículos
más seguros que las más adorables muchachas. Mientras
tanto,
el obispo se había encerrado con Giton, Zélamir y
Bande-au-ciel, y cuando se hubieron escuchado los gritos suscitados por
su descarga, los dos hermanos, que seguramente se habían
entregado a los mismos excesos, regresaron para escuchar más
tranquilamente el relato de nuestra narradora: Transcurrieron casi dos
años sin que se presentasen en casa de la Guérin
más personajes o gente de gustos demasiado comunes, excepto los
que he contado ya, cuando fui avisada de que me arreglara y, sobre
todo, lavase bien mi boca. Obedecí y bajé cuando me lo
ordenaron. Un hombre de unos cincuenta años, gordo y robusto, se
encontraba con la Guérin. -Ahí puede verla usted -dijo-.
Señor, no tiene más que doce años y es limpia como
si saliese del vientre de su madre, puedo responder de ello. El cliente
me examinó, me hizo abrir la boca, inspeccionó mis
dientes, respiró mi aliento y, satisfecho de todo, sin duda,
pasó conmigo al templo destinado a los placeres. Nos sentamos
uno enfrente del otro, y muy cerca. Nada podía imaginarse de
más serio que mi pretendiente, nada más frío ni
flemático. Me miraba de soslayo, me contemplaba con los ojos
medio cerrados y me preguntaba yo a qué conduciría todo
aquello, cuando, rompiendo finalmente el silencio, me dijo que guardara
en la boca la mayor cantidad posible de saliva. Obedecí, y
cuando consideró que mi boca debía estar llena, se lanza
con ardor a mi cuello, pasa su brazo alrededor de mi cabeza con el fin
de sujetarla, y pegando sus labios a los míos, bombea, chupa y
traga con avidez todo el líquido que yo había acumulado,
que parecía colmarlo de éxtasis. Atrae mi lengua con el
mismo furor, y cuando la siente seca y advierte que ya no hay nada en
mi boca, me ordena que vuelva a empezar mi operación. Repite la
suya, vuelvo a efectuar la mía, y así durante ocho o diez
veces seguidas. Chupó mi saliva con tal furor que sentía
una opresión en el pecho. Creí que por lo menos algunas
chispas de placer coronarían su éxtasis, pero me
equivocaba. Su flema, que sólo se desmintió un poco en
los instantes de sus ardientes succiones, volvía a ser la misma
cuando terminaba, y cuando le hube dicho que ya no podía
más, volvió a mirarme de reojo, a fijar sus ojos en
mí como al principio, se levantó sin decir una sola
palabra, pagó a la Guérin y se marchó. -
¡Ah! ¡santo Dios, santo Dios! -dijo Curval-. Yo soy
más feliz que él, porque descargo. Todas las cabezas se
levantaron, y todos vieron al querido presidente haciendo a Julie, su
mujer, que aquel día tenía por compañera en el
canapé, lo mismo que la Duclos acababa de relatar.
Sabíase que esta pasión era bastante de su gusto, junto
con algunos otros episodios que Julie le proporcionaba y que la joven
Duclos no había proporcionado a su cliente, si hay que creer al
menos los refinamientos que aquel exigía y que el presidente
estaba lejos de desear. -Un mes después -dijo la Duclos , a
quien se le había ordenado que prosiguiera-, tuve tratos con un
chupador de un camino completamente contrario. Este era un viejo abad
que, después de haberme previamente besado y acariciado el
trasero durante más de media hora, hundió su lengua en el
agujero, hizo que penetrara con fuerza, la volvió y
revolvió con tanto arte que creía casi sentirla dentro de
mis entrañas. Pero éste, menos flemático, tras
separar mis nalgas con una mano, con la otra se la meneaba muy
voluptuosamente, y descargó atrayendo hacia sí mi ano con
tanta violencia, y cosquilleando tan lúbricamente, que yo
compartí su éxtasis. Cuando terminó,
examinó todavía unos momentos mis nalgas, miró ese
agujero que acababa de ensanchar, no pudo impedir besarlo una vez
más y se marchó, no sin antes haberme asegurado que
regresaría a menudo porque había quedado muy contento de
mi culo. Cumplió la palabra, y durante cerca de seis meses me
visitó tres o cuatro veces por semana para practicar la misma
operación, a la que me había acostumbrado tanto que no la
realizaba sin hacerme experimentar gran placer. Este detalle, por otra
parte, le era bastante indiferente, porque nunca me pareció que
se diese por enterado o que lo desease. Quien sabe incluso, pues los
hombres son muy raros, si no le hubiese quizás disgustado.
Aquí Durcet, a quien este relato acababa de inflamar, quiso,
como el viejo abad, chupar el agujero de un culo, pero no el de una
muchacha. Llamó a Hyacinthe, que era el que le gustaba
más. Lo coloca bien, le besa el culo, se casca el pito, se
agita. Por la vibración de sus nervios, por el espasmo que
precede siempre a su descarga, hubiera podido creerse que su perversa y
pequeña anchoa, que Aline meneaba con fuerza, iba finalmente a
soltar su simiente, pero el financiero no era tan pródigo de su
semen y ni siquiera se empalmó. Se les ocurre cambiarle de
objeto, se le ofrece Céladon, pero nada se gana con ello. La
feliz campana que anunciaba la cena salva el honor del financiero. -No
esculpa mía -dice, riendo, a sus compañeros-. Como
habéis visto, iba a obtener la victoria; pero esta maldita
comida la ha retrasado. Vamos a cambiar de voluptuosidad; cuando Baco
me haya coronado, seré más ardiente en los combates del
amor. La cena, tan suculenta como alegre, y tan lúbrica como
siempre, fue seguida de orgías y se cometieron muchas
pequeñas infamias. Hubo muchas bocas y culos chupados, pero una
de las cosas en que se divirtieron más consistió en el
juego de ocultar el rostro y el pecho de las muchachas y apostar a
reconocerlas examinando sólo sus nalgas. El duque se
equivocó varias veces, pero los otros tres tenían tal
experiencia de los culos que no erraron una sola vez. Luego se
acostaron, y el día siguiente les trajo nuevos placeres y
algunas nuevas reflexiones.
CUARTA JORNADA
Los amigos, con el fin de
distinguir bien en cada instante del día a aquellos
jóvenes o muchachas cuyas virginidades debían
pertenecerles, decidieron hacerles llevar en todos sus diversos
atavíos una cinta en los cabellos, que indicaría a
quienes pertenecían. Por lo tanto, el duque adoptó el
rosa y el verde y todo aquel que llevase una cinta rosa delante le
pertenecía por el coño, del mismo modo que quien llevase
una cinta verde detrás sería de él por el culo.
Desde entonces, Fanny, Zelmire, Sophie y Augustine lucieron un lazo
rosa a un lado de su peinado, y Rosette, Hébé, Michette,
Giton y Zéphyr se prendieron una cinta verde detrás de
sus cabellos, como prueba de los derechos que el duque tenía
sobre sus culos. Curval escogió el negro para la parte delantera
y el amarillo para el trasero, de manera que Michette,
Hébé, Colombe y Rosette llevaron siempre desde entonces
un lazo negro delante, y Sophie, Zelmire, Augustine, Zelamir y Adonis
llevaban un amarillo en el moño. Durcet marcó sólo
por detrás, con una cinta lila, a Hyacinthe, y el obispo, que
sólo tenía para él cinco primicias sodomitas,
ordenó a Cupidon, Narcisse, Céladon, Colombe y Fanny que
llevaran un lazo violeta detrás. Nunca, cualquiera que fuese el
atavío que se llevara, debían quitarse estas cintas, para
que de una ojeada, al ver a aquellas jóvenes personas con un
color por delante y otro por detrás, pudiera distinguirse en
seguida quién tenía derechos sobre su culo o quien los
tenía sobre su coño. Curval, que había pasado la
noche con Constance, por la mañana se quejó vivamente de
ella. No se sabía muy bien cuál era el motivo de sus
quejas; es necesario tan poco para disgustar a un libertino.
Disponíase a hacer que se le incluyera en los castigos para el
sábado próximo, cuando esta hermosa muchacha
declaró que estaba embarazada; y debía estarlo de su
marido, ya que Curval sólo había tenido trato carnal con
ella desde hacía cuatro días. Esta noticia
divirtió mucho a nuestros libertinos, por las voluptuosidades
clandestinas que vieron les proporcionaría. El duque no
salía de su asombro. Sea como fuere, el acontecimiento le
valió a Constance la exección de la pena que hubiera
tenido que sufrir por haber disgustado a Curval. Querían dejar
que la pera madurase, una mujer preñada los divertía, y
el partido que sacarían de ello divertía mucho más
lúbricamente su pérfida imaginación. Fue
dispensada del servicio de la mesa, de los castigos y de algunos otros
pequeños detalles que su estado no hacía ya voluptuoso
vérselos cumplir, pero fue obligada a estar en el canapé
y a compartir hasta nueva orden el lecho de quien quisiera elegirla.
Fue Durcet quien aquella mañana se prestó a los
ejercicios de masturbaciones, y como su pito era extraordinariamente
pequeño, requirió mucho esfuerzo de las alumnas. Sin
embargo, se trabajó; pero el pequeño financiero, que
había hecho durante toda la noche el oficio de mujer, no pudo
soportar el de hombre. Fue duro, intratable, y el arte de aquellas ocho
encantadoras alumnas dirigidas por la más hábil maestra
no logró siquiera hacerle levantar cabeza. Salió de
allí con aire triunfal, y como la impotencia comunica siempre un
poco de ese humor que se llama "rabieta" en libertinaje, sus visitas
fueron asombrosamente severas. Rosette, entre las muchachas, y
Zélamir, entre los jóvenes, fueron las víctimas:
uno de ellos no estaba de la manera en que debía encontrarse
-este enigma se explicará desPués-, y el otro se
había desgraciadamente desprendido de algo que le había
sido ordenado que guardara. Sólo aparecieron en los lugares
públicos la Duclos , Marie, Aline y Fanny, dos jodedores de la
segunda clase y Giton. Curval, que aquel día estaba muy
empalmado, se calentó mucho con la Duclos. La comida, donde hubo
conversaciones muy libertinas, no lo calmó, y el café,
servido por Colombe, Sophie, Zéphyr y su querido amigo Adonis,
acabó de encenderlo. Agarró a este último y
tumbándole sobre un sofá, le colocó, blasfemando,
su enorme polla entre los muslos, por detrás, y como este enorme
polla salía más de seis pulgadas por el otro lado,
ordenó al joven que menease con fuerza lo que sobresalía,
y él, por su parte, se puso a menear al muchacho por encima del
pedazo de carne con que lo tenía enfilado. Mientras esto
sucedía, presentaba a la reunión un culo tan sucio como
grande, cuyo orificio impuro tentó al duque. Viendo que aquel
culo estaba a su alcance hundió en él su nervioso
instrumento, sin dejar de chupar la boca de Zéphyr,
operación que había empezado antes de que se le ocurriera
la idea que ahora ejecutaba. Curval, que no esperaba tal ataque,
blasfemó de alegría. Pateó, se tendió,
prestóse; en aquel momento, el joven semen del encantador
muchacho, cuya verga meneaba, empieza a gotear sobre la enorme cabeza
de su instrumento furioso. Aquel cálido semen con que se siente
mojado, las reiteradas sacudidas del duque que empezaba también
a descargar, todo lo impulsa todo lo determina, y chorros de un esperma
espumoso inundan el culo de Durcet, que había acudido a
colocarse delante para que no hubiera, dijo, nada perdido, y cuyas
nalgasblancas y rollizas fueron dulcemente cubiertas por un licor
precioso que hubiera preferido sentir dentro de sus entrañas.
Mientras tanto, el obispo no estaba ocioso; chupaba por turno los
agujeros de los culos divinos de Colombe y de Sophie, pero fatigado sin
duda por algunos ejercicios nocturnos, no dio señales de vida, y
como todos los libertinos a quienes el capricho y la saciedad vuelven
injustos, se encolerizó contra las dos deliciosas niñas
por faltas cometidas por su débil naturaleza. Luego se
durmió un rato, y, llegada la hora de los relatos, fueron a
escuchar a la amable Duclos, quien prosiguió su narración
de la manera siguiente: Había habido algunos cambios en la casa
de Mme Guérin -dijo nuestra heroína-. Dos de las muy
lindas muchachas, acababan de encontrar a unos cándidos que las
mantenían y a los cuales ellas engañaban, como hacemos
todas. Para reemplazar esta pérdida, nuestra querida mamá
había puesto los ojos en la hija de un tabernero de la calle
Saint-Denis, de trece años de edad, y una de las más
lindas criaturas que es posible imaginar. Pero la pequeña, buena
como piadosa, se resistía a todas las seducciones, cuando la
Guérin , tras haberse servido de un medio muy hábil para
atraerla un día a su casa, la puso en las manos del personaje
singular cuya manía voy a describir. Era un eclesiástico
de cincuenta y cinco a cincuenta y seis años, pero fresco
vigoroso y que no aparentaba más de cuarenta. Ningún otro
ser en el mundo tenía un talento más singular que este
hombre para arrastrar a muchachas al vicio, y como su arte era lo
más sublime, hacía de él su único placer.
Toda su voluptuosidad consistía en desarraigar los prejuicios de
la infancia, lograr que se despreciara la virtud y adornar al vicio con
los más bellos colores. Nada era olvidado: cuadros seductores,
promesas halagüeñas, ejemplos deliciosos, todo era
utilizado, todo era hábilmente
empleado, todo artísticamente adecuado a la edad, al tipo de
espíritu de la niña, y nunca fallaba un golpe. En
sólo dos horas de conversación estaba seguro de convertir
en una puta a la niña más sensata y razonable, y desde
hacía treinta años que ejercía este oficio en
París, había confesado a la señora Guérin,
una de sus mejores amigas, que tenía en su catálogo
más de diez mil muchachitas seducidas y arrojadas por él
al libertinaje. Prestaba tales servicios a más de quince
alcahuetas, y cuando no lo ejercía, buscaba por su propia
cuenta, corrompía todo lo que encontraba y lo mandaba en seguida
a sus parroquianas. Pero lo realmente extraordinario, señores, y
lo que hace que os cite la historia de ese personaje singular, es que
él no gozaba nunca del fruto de sus trabajos. Se encerraba solo
con la niña, pero todos los recursos que le prestaban su ingenio
y su elocuencia contribuían a inflamarlo. Era cosa cierta que la
operación le excitaba los sentidos, pero era imposible saber
dónde y cómo los satisfacía. Perfectamente
observado, nunca se había visto en él otra cosa que un
fuego prodigioso en la mirada al terminar sus discursos, algunos
movimientos de su mano en la parte delantera de su calzón, que
anunciaba una decidida erección producida por la obra
diabólica que cometía, y nunca nada más.
Llegó, encerróse con la pequeña tabernera, yo lo
observaba; la entrevista fue larga, el seductor estuvo asombrosamente
patético, la niña lloró, se animó,
pareció ser presa de una especie de entusiasmo; éste fue
el momento en que los ojos del personaje se inflamaron más y en
que pude observar los gestos sobre su calzón. Poco
después, se levantó, la niña le tendió los
brazos como para abrazarlo, él la besó como un padre, sin
ninguna clase de lubricidad. Salió, y tres horas después
la pequeña llegó a casa de Mme Guérin con su
paquete. -¿Y el hombre? -preguntó el duque.
-Después de su lección desapareció
-contestó la Duclos. - ¿Y sin regresar para ver el
resultado de sus trabajos? -No, monseñor, estaba seguro del
éxito; no había fallado ninguna vez. -
¡Extraordinario personaje! -dijo Curval-. ¿Qué
piensas tú de él, señor duque? -Creo
-contestó éste- que esta seducción era lo
único que lo calentaba y que descargaba en sus calzones. -No
-dijo el obispo-, te equivocas, esto no era más que un
preparativo para sus desenfrenos, y apostaría cualquier cosa que
al salir de allá consumaba otros mayores. -¿Otros
mayores? -dijo Durcet-. ¿Y qué voluptuosidad más
deliciosa hubiera podido proporcionarse que la de gozar de su propia
obra, puesto que él era el maestro? - ¡Y bien!, apuesto a
que lo he adivinado -dijo el duque-: como tú dices, esto no era
más que un preparativo, se excitaba corrompiendo, a muchachas, y
luego iba a dar por el culo a los muchachos... ¡Era todo un
tipo!, estoy seguro. Preguntóse a la Duclos si no tenía
alguna prueba de lo que se suponía, y si no seducía
también a muchachitos. Nuestra narradora contestó que no
tenía ninguna prueba y, a pesar del aserto muy verosímil
del duque, cada cual tuvo sus dudas acerca del carácter de aquel
extraño predicador, y tras haber convenido todos en que su
manía era realmente deliciosa, pero que era preciso consumar la
obra o hacer algo peor después, la Duclos reanudó el hilo
de su narración: Al día siguiente del de la llegada de
nuestra joven novicia, que se llamaba Henriette, llegó un
libertino chiflado que nos unió a ambas en la misma escena. Este
nuevo libertino no gozaba de más placer que observar por un
agujero todas las voluptuosidades un poco singulares que
sucedían en una habitación contigua, le gustaba
sorprenderlas y encontraba en los placeres de los otros un alimento
divino para su lubricidad. Se le situó en la habitación
de que he hablado y a la cual yo iba tan a menudo como mis
compañeras a espiar para divertirme con las pasiones de los
libertinos. Fui destinada a entretenerlo mientras él atisbaba, y
la joven Herriette pasó al otro aposento con el chupador del
agujero del culo del que os hablé ayer. La pasión muy
voluptuosa
de aquel libertino era el espectáculo que deseaba darse a mi
atisbador, y para inflamarlo mejor e hiciese su escena más
caliente y agradable de ver, se le previno que la muchacha que se le
daría era una novicia y que era con él con quien se
estrenaría. Quedó convencido de ello ante el aire de
pudor e inocencia de la pequeña tabernera. Se comportó
todo lo lúbrico y cochino que era posible serlo en sus
ejercicios libidinosos lejos de pensar que eran observados. En cuanto a
mi hombre, con el ojo pegado al agujero, una mano sobre mis nalgas y la
otra en su pito, que meneaba poco a poco, parecía regir su
éxtasis de acuerdo con lo que veía. "- ¡Ah,
qué espectáculo! -decía de vez en cuando-.
¡Qué hermoso culo tiene esa pequeña y qué
bien lo besa ese tipo-" Finalmente,, cuando el amante de Henriette hubo
descargado, el mío me tomó entre sus brazos y,
después de haberme besado un momento, me dio la vuelta, me
sobó, besó, lamió lúbricamente mi culo y me
inundólas nalgas con las pruebas de su virilidad.
--¿Meneándose la verga él mismo? -preguntó
el duque. -Sí, monseñor -contestó la Duclos-, y
meneando un pito, os lo aseguro, que por su increíble
pequeñez no vale la pena de ser mencionado. El personaje que se
presentó después -prosiguió diciendo la Duclos- no
merecería quizás figurar en mi lista si no me pareciera
digno de ser citado por la circunstancia, creo yo que bastante
singular, que mezclaba a sus placeres, muy sencillos por otra parte, y
que os hará ver hasta qué punto el libertinaje degrada en
el hombre todos los sentimientos de pudor, virtud y honestidad. Ese
hombre no quería ver, quería ser visto. Y sabiendo que
había hombres cuya fantasía consistía en
sorprender las voluptuosidades de los otros, rogó a la
Guérin que hiciera ocultar a un hombre de tales gustos, y que
él le daría el espectáculo de sus placeres. La
Guérin avisó al hombre a quien yo había divertido
algunos días atrás en el agujero, y sin decirle que el
hombre que contemplaría sabía perfectamente que
sería visto, cosa que hubiera interrumpido sus voluptuosidades,
le hizo creer que sorprendería cómodamente el
espectáculo que iba a ofrecérsele. El atisbador fue
encerrado en la habitación del agujero con mi hermana, y yo me
reuní con el otro. Este era un joven de unos veintiocho
años, guapo y lozano. Instruido acerca del lugar donde se
encontraba el agujero, se colocó delante del mismo con
naturalidad e hizo que yo me situara a su lado. Yo se la meneaba. En
cuanto se le puso duro, se levantó, mostró al atisbador
su pito, se volvió de espaldas, mostró su culo, me
subió las faldas, enseñó el mío,
arrodillóse delante, me meneó el ano con la punta de su
nariz, me apartó las nalgas para que todo se viera perfectamente
y descargó meneándose él mismo la verga mientras
me tenía arremangada por detrás ante el agujero, de tal
manera que el que lo ocupaba veía a la vez en aquel momento
decisivo mis nalgas y el pito furioso de mi amante. Si éste se
deleitó, Dios sabe lo que el otro experimentó; mi hermana
dijo que estaba en el séptimo cielo y que confesó que
nunca había gozado tanto, y según eso sus nalgas fueron
inundadas tanto por lo menos como lo habían sido las
mías. -Si el joven poseía una hermosa verga y un hermoso
culo -dijo Durcet-, había motivos para tener una bonita
descarga. -Tuvo que ser deliciosa -dijo la Duclos-, porque su verga era
larga, y bastante gruesa, y su culo de piel suave, rollizo, bellamente
formado, como el del dios del amor. -¿Abriste sus nalgas? -dijo
el obispo-. ¿Mostraste el agujero al atisbador? -Sí,
monseñor -contestó la Duclos-, él mostró el
mío y yo ofrecí el suyo, que él presentó de
la manera más lúbrica del mundo. -He presenciado una
docena de escenas como ésta en mi vida -dijo Durcet-, que me han
valido mucho semen. Me refiero a las dos maneras, ya que es tan bonito
sorprender como querer serlo. Un personaje, más o menos del
mismo gusto -prosiguió diciendo la Duclos- me condujo a las
Tullerías algunos meses después. Quería que
pescara hombres y que les meneara la verga bajo sus propias narices, en
medio de un montón de sillas entre las que se había
ocultado. Y tras habérselas meneado así a siete u ocho
tipos, él se instaló sobre un banco en una de las
avenidas más concurridas, arremangó mis faldas por
detrás, mostró mi culo a los paseantes, se sacó la
verga y me ordenó que se la meneara delante de todos los
transeúntes, lo cual, aunque era de noche, armó tal
escándalo que en los momentos en que dejaba salir su semen
cínicamente había aproximadamente más de diez
personas alrededor de nosotros y nos vimos obligados a huir para no ser
detenidos. Cuando conté a la Guérin nuestra historia, se
echó a reír y me dijo que había conocido a un
hombre en Lyon (donde hay muchachos que hacen el oficio de chulos),
había un hombre, digo, con una manía tan singular como la
mencionada. Se disfrazaba tomó los alcahuetes públicos,
llevaba gente a dos muchachas que pagaba y mantenía para eso,
luego se ocultaba en un rincón para proceder a su
práctica, la cual, dirigida por la muchacha escogida para ello,
no dejaba de enseñarle el pito y las nalgas del libertino,
única voluptuosidad que era del gusto de nuestro falso alcahuete
y que tenía la virtud de hacerlo eyacular. Como la Duclos ,
aquella noche, terminó temprano su relato, empleóse el
resto de la velada, antes del momento del servicio, en algunas
lubricidades escogidas; y como las cabezas estaban excitadas sobre el
cinismo, delante de los demás. El duque ordenó a la
Duclos que se desnudara completamente, hizo que se inclinara, se
apoyara en el respaldo de una silla y ordenó a la Desgranges que
le meneara la verga sobre las nalgas de su compañera, de manera
que la cabeza de su polla rozara el orificio del culo de la Duclos a
cada sacudida. A esto se añadieron algunos episodios que el
orden de las materias no nos permite revelar aún; pero sí
diremos que el ojete de la narradora fue completamente regado y que el
duque, muy bien servido y completamente rodeado, descargó
lanzando rugidos que demostraron hasta qué punto se había
excitado. Curval se hizo dar por el culo, el obispo y Durcet, por su
parte, efectuaron con uno y otro sexo cosas muy extrañas, y
luego sirvióse la cena. Después de la cena se
bailó, los dieciséis jóvenes, cuatro jodedores y
las cuatro esposas pudieron formar tres contradanzas, pero todos los
participantes de este baile estaban desnudos y nuestros libertinos,
indolentemente acostados en sofás, se divirtieron deliciosamente
con todas las diferentes bellezas que les ofrecían por turno las
diversas actitudes que la danza obligaba a tomar. Tenían cerca
de ellos a las narradoras que los manoseaban con más o menos
rapidez, de acuerdo con el mayor o menor placer que experimentaban,
pero agotados por las voluptuosidades del día, nadie
eyaculó, y cada cual se fue a la cama a restaurar las fuerzas,
necesarias para entregarse al día siguiente a nuevas infamias.
QUINTA JORNADA
Fue Curval quien aquella
mañana se prestó a las masturbaciones de la escuela, y
como las muchachas empezaban a progresar, trabajo le costó
resistir las sacudidas multiplicadas, las actitudes lúbricas y
variadas de aquellas ocho encantadoras muchachas. Pero como
quería reservarse abandonó el lugar, desayunaron y se
estableció aquella mañana que los cuatro jóvenes
amantes de los señores, a saber, Zéphyr, favorito del
duque, Adonis, el amado de Curval, Hyacinthe, amigo de Durcet, y
Celadon, querido del obispo, serían desde entonces admitidos en
todas las comidas al lado de sus amantes, en cuyas habitaciones
dormirían regularmente todas las noches, favor que
compartirían con las esposas y los jodedores, con lo cual se
ahorró una ceremonia que era costumbre celebrar por la
mañana y que consistía en que los cuatro jodedores que no
se habían acostado llevasen cuatro jóvenes. Llegaron
solos, y cuando los señores pasaban al apartamento de los
muchachos eran recibidos con las ceremonias prescritas sólo por
los cuatro que se quedaban. El duque, quien desde hacía dos o
tres días estaba enamoriscado de la Duclos , cuyo culo
encontraba soberbio y cuyo hablar le agradaba, exigió que ella
se acostase también en su habitación, y habiendo tenido
éxito este ejemplo, Curval admitió igualmente en la suya
a la vieja Fanchon, que le gustaba mucho. Los otros dos esperaron
todavía algún tiempo para llenar este cuarto lugar de
favor en sus aposentos por la noche. Aquella misma mañana
dispúsose que los cuatro jóvenes amantes que acababan de
ser escogidos llevarían por regla general, siempre que no se
viesen obligados a vestir un disfraz, como en la cuadrilla,
llevarían, digo, el traje que voy a describir: se trataba de una
especie de sobretodo ligero y estrecho, suelto como un uniforme
prusiano, pero mucho más corto, pues sólo llegaba hasta
la mitad de los muslos. Dicho sobretodo se abrochaba en el pecho y en
los faldones, como todos los uniformes, era de satén rosa
forrado de tafetán blanco, las solapas y bocamangas eran de
satén blanco también, y debajo había una especie
de chaqueta corta o chaleco y los calzones igualmente de satén
blanco. Pero estos calzones estaban abiertos en forma de corazón
por la parte de atrás desde la cintura, de modo que pasando la
mano por esta rendija se podía manosear el culo sin la menor
dificultad; sólo un gran lazo de cinta cerraba esta abertura, y
cuando queríase que esta parte del muchacho quedase al
descubierto, bastaba deshacer el lazo, el cual tenía el color
escogido por el amigo a quien pertenecía la virginidad del
muchacho. Los cabellos, levantados en rizos a los lados, caían
absolutamente libres por detrás, sólo atados con una
cinta del color prescrito. Polvos muy perfumados y de un tinte entre
gris y rosa coloreaban sus cabelleras, sus cejas muy cuidadas y
comúnmente pintadas de negro, y un poco de colorete en sus
mejillas, acababan de realzar el esplendor de su belleza; iban
destocados, medias de seda blanca con bordados cubrían sus
piernas, que unos zapatos grises atados con grandes lazos rosas,
calzaban admirablemente. Una corbata de gasa color crema
voluptuosamente anudada armonizaba con una pechera de encaje. Al verlos
así engalanados podía asegurarse sin duda que nada
había más encantador en el mundo. Desde el momento en que
fueron adoptados de esta manera, todos los permisos de la índole
de los que a veces se concedían por la mañana fueron
absolutamente prohibidos, pero por otra parte se les concedieron tantos
derechos sobre las esposas como los que tenían los jodedores:
podían maltratarlas a placer, no solamente en las comidas, sino
en cualquier momento del día, con la seguridad de que nunca se
les reprocharía nada. Hecho esto, se procedió a las
visitas ordinarias; la bella Fanny, a la cual Curval había
mandado decir que se encontraba en cierto estado, se halló en un
estado contrario (lo que sigue nos explicará todo esto); fue
apuntada en el cuaderno de los castigos. Entre los jóvenes se
descubrió que Giton había hecho algo que estaba
prohibido; fue igualmente apuntado. Cumplidas las funciones de la
capilla, de poca monta, se sentaron a la mesa. Fue la primera comida en
que fueron admitidos los cuatro amantes. Se sentaron al lado de quien
los amaba, quien los tenía a su derecha, con el jodedor favorito
a la izquierda. Estos encantadores invitados alegraron la comida; los
cuatro eran muy gentiles, de gran dulzura y empezaban a ponerse a tono
con la casa. El obispo, que estaba muy animado aquel día, no
dejó de besar a Céladon casi todo el tiempo que
duró la comida, y como ese muchachito debía formar parte
de la cuadrilla que servía el café, salió poco
después de los postres. Cuando monseñor, a quien se le
habían calentado los cascos, volvió a verlo desnudo en el
salón contiguo, no aguantó más. -¡Dios!
-dijo, encendido-. Ya que no puedo enfilarlo por el culo, por lo menos
le haré lo que Curval hizo ayer a su bardaje. Y, cogiendo al
pequeño,
lo acostó de bruces y deslizóle la verga entre los
muslos. El libertino estaba en las nubes, el vello de su pene frotaba
el lindo ojete que hubiera querido perforar; una de sus manos manoseaba
las nalgas del delicioso amorcito y con la otra le meneaba la verga.
Pegó su boca a la del hermoso muchachito, aspiraba el aire de su
pecho y tragaba su saliva. El duque, para excitarlo con el
espectáculo de su libertinaje, se colocó delante de
él succionando el orificio del culo de Cupidon, el segundo de
los muchachitos que servía el café aquel día.
Curval se le acercó, y, bajo sus ojos, se hizo menear la verga
por Michette; Durcet le ofreció las nalgas separadas de Rosette.
Todos se esforzaban por darle el éxtasis al que aspiraba;
éste tuvo lugar, sus nervios se estremecieron, sus ojos
brillaron, hubiera sido terrible para cualquiera que ignorase
cuáles eran en él los efectos espantosos de la
voluptuosidad. Finalmente el semen brotó y esparcióse
sobre las nalgas de Cupidon, que en el último instante
túvose el cuidado de colocar debajo de su pequeño
camarada para recibir las pruebas de virilidad que sin embargo no le
eran debidas. Llegó la hora de los relatos, y todos se
colocaron. Debido a una singular disposición, todos los padres
tenían aquel día a su hija en sus canapés, cosa
que no los asustó de ningún modo, y la Duclos
prosiguió así: Como no me habéis exigido,
señores, que os rindiese exacta cuenta de lo que-me
sucedió día a día en casa de la Guérin ,
sino que me refiriese simplemente a acontecimientos un poco singulares
que hayan podido señalar algunos de mis días,
dejaré en silencio algunas anécdotas poco interesantes de
mi infancia que sólo nos ofrecerían repeticiones
monótonas de lo que ya habéis oído, y os
manifestaré que acababa de cumplir dieciséis años,
no sin tener una gran experiencia del oficio que ejercía, cuando
me cayó en suerte un libertino cuya fantasía diaria
merece ser contada. Era un grave presidente de cerca de cincuenta
años y que, según la señora Guérin, la cual
me dijo que lo conocía desde hacía muchos años, se
entregaba regularmente todas las mañanas a la fantasía
con cuyo relato os voy a entretener. Como su alcahueta ordinaria
acababa de retirarse, lo había recomendado antes a los cuidados
de nuestra querida matrona, y fue conmigo con quien debutó en su
casa. Se colocaba solo cerca del agujero del que ya he hablado; en mi
habitación se encontraba un ganapán o un savoyardo, un
hombre del pueblo, en una palabra, pero limpio y sano; era todo lo que
el hombre exigía, puesto que la edad y la figura no
tenían importancia para él. Me encontré bajo su
mirada, lo más cerca posible del agujero, en el acto de menear
la verga del ganapán, quien consideraba delicioso ganar dinero
de aquella manera. Después de haberme prestado sin ninguna
objeción a todo lo que el buen hombre podía desear de
mí, le hice eyacular en un platillo de porcelana, que
corrí a llevar a la otra habitación. Mi hombre me
esperaba, en éxtasis, se lanzó hacia el platillo,
tragó la leche tibia, mientras fluía la suya propia; con
una mano yo excitaba su eyaculación y con la otra recibía
lo que caía y llevaba rápidamente a la boca del
libertino, para que tragase su semen a medida que salía. Eso era
todo. No me tocó ni me jodió nunca, ni una sola vez me
arremangó: se levantaba del sillón con tanta flema como
pasión había demostrado, tomaba su bastón y se
marchaba diciendo que yo se la meneaba muy bien y que había
comprendido perfectamente sus gustos. Al día siguiente trajeron
otro ganapán, porque era necesario que cada día se le
cambiara de tipo, así como era preciso cambiar la mujer. Mi
hermana trató con él; salió contento, para volver
a comenzar al día siguiente, y durante todo el tiempo que estuve
en casa de la Guérin ni una sola vez faltó a la ceremonia
a las nueve en punto de la mañana, sin que nunca tocara a una
muchacha, aunque le habían mostrado algunas que eran muy lindas.
-¿Quería ver el culo del ganapán? -preguntó
Curval. -Sí, monseñor -contestó la Duclos-, era
preciso, cuando se estaba masturbando al hombre cuya eyaculación
tragaba, hacerle dar vueltas; y era necesario también que el
ganapán hiciera dar vueltas a la mujer en todos los sentidos. -
¡Oh, ahora lo entiendo -dijo Curval-, antes no! Poco tiempo
después -prosiguió diciendo la Duclos- llegó al
serrallo una mujer de unos treinta años, bastante linda, pero
pelirroja como Judas. Al principio creímos que era una nueva
compañera, mas pronto nos confesó que solo venía
para una orgía. El hombre a quien iba destinada esta nueva
heroína, llegó pronto; se trataba de un importante
financiero, bastante guapo, cuya singularidad, puesto que se le
destinaba una puta que seguramente nadie más hubiera querido,
cuya singularidad, digo, despertó en mí el deseo de ir a
observarlos. Apenas se encontraron en la habitación, la puta se
desnudó y nos mostró un cuerpo blanco y rollizo.
-¡Vamos, salta, salta! -le dijo el financiero-.
¡Caliéntate, sabes muy bien que quiero que se sude! Y he
aquí que la pelirroja empieza a saltar y brincar por la
habitación como una cabra joven, y nuestro hombre la examina
mientras se la menea, y todo eso sin que yo pueda adivinar aún
el objeto de la aventura. Cuando la mujer estuvo toda cubierta de
sudor, se acercó al libertino, levantó un brazo y le dio
a oler el sobaco, cuyos pelos goteaban. -¡Ah, eso, eso es! -dijo
nuestro hombre mirando con ardor aquel brazo mojado-. ¡Qué
embriagador aroma! Luego, arrodillándose ante ella, olió
y respiró en el interior de la vagina y en el ojete del culo,
pero volvía siempre a los sobacos, sea porque esta parte le
gustaba más, sea porque encontraba más husmo; siempre era
allí donde su boca y nariz se pegaban con más avidez.
Finalmente una verga bastante larga aunque poco gruesa, verga que se
meneaba vigorosamente desde hacía más de una hora sin
ningún resultado, empezó a levantar cabeza. La puta se
coloca adecuadamente, el financiero, por detrás, la mete su
anchoa bajo la axila, ella aprieta el brazo, formando así un
localito bastante angosto; mientras tanto, a juzgar por su actitud,
gozaba de la contemplación y del olor de la otra axila, de la
que se apodera, hunde en ella su polla y descarga, lamiendo, devorando
esta parte que le proporciona tanto placer. -¿Y era necesario
-preguntó el obispo- que esta criatura fuese completamente
pelirroja? -Completamente -contestó la Duclos-. Esas mujeres,
como no ignoráis, monseñor, tienen en esta parte un husmo
infinitamente más intenso, y el sentido del olfato era sin duda
el que una vez hostigado por cosas fuertes despertaba mejor en
él los órganos del placer. -Sea -replicó el
obispo-, pero me parece que me hubiera gustado. más oler el culo
de esa mujer que sus sobacos. -Ambas cosas tienen sus atractivos erijo
Curval-,, y te aseguro que si lo hubieses catado hubieras encontrado
que es muy delicioso. -Es decir, señor presidente -dijo el
obispo-, que este guisado es de tu gusto también... -Pero ya lo
he probado -dijo Curval-, y con algunos aditamentos te aseguro que
siempre me valía una eyaculación. -Bueno, adivino esos
aditamentos: debías oler el culo -dijo el obispo. -Bueno, bueno
-interrumpió el duque-, no le hagas una confesión,
monseñor; nos diría cosas que no debemos escuchar
todavía. Prosigue, Duclos, y no dejes que estos charlatanes te
interrumpan otra vez. Pero otra manía, más sucia
aún, debía incesantemente ofrecerse a nuestras miradas.
Había en la casa una de esas mujeres llamadas "recaderas" cuyo
oficio consiste en correr día y noche Para levantar nuevas
piezas de caza. Esta criatura, de unos cuarenta años de edad,
añadía a sus muy marchitos atractivos, que nunca
habían sido muy seductores, el terrible defecto de que le
hedían los pies. Tal era positivamente lo que convenía al
marqués de... Llega, le presentan a la dama, Louise, que tal era
su nombre; la encuentra deliciosa y en cuanto la tiene en el santuario
de los placeres, la hace descalzar. Louise, a quien se había
recomendado especialmente que no se cambiara las medias ni los zapatos
durante más de un mes, ofrece al marqués un pie infecto
que hubiera hecho vomitar a
cualquiera; pero era precisamente por lo que tenía de sucio y
repugnante por lo que inflamaba los sentidos de nuestro hombre. Lo
coge, lo besa con ardor, su boca aparta cada uno de los dedos y su
lengua recoge con el más vivo entusiasmo esa materia negruzca y
medionda que la naturaleza deposita entre los dedos y que la incuria
multiplica. No solamente la saca con la lengua sino que se la traga, la
saborea, y el semen que pierde meneándose su verga es prueba
inequívoca del excesivo placer que experimenta. - ¡Eso
sí que no lo comprendo! -dijo el obispo. -Será preciso,
pues, que te lo haga entender -dijo Curval. - ¡Cómo!
¿Te gustaría...? -dijo el obispo. -Miradme -dice Curval.
Todos se levantan, lo rodean y ven a aquel increíble libertino,
que tenía todos los gustos de la más crapulosa lujuria,
besar el repugnante pie de la Fanchon , esta sucia y vieja sirvienta
que hemos descrito antes, y extasiándose de lujuria mientras lo
chupa. -Yo comprendo todo esto -dice Durcet-; sólo se necesita
estar hastiado para comprender esas infamias; la saciedad se las
inspira al libertinaje, que las ejecuta inmediatamente. Se está
cansado de la cosa sencilla, la imaginación se encrespa y la
pequeñez de nuestros medios, la debilidad de nuestras
facultades, la corrupción de nuestro espíritu nos
conducen a tales abominaciones. Tal era sin duda la historia
-prosiguió diciendo la Duclosdel viejo comendador
Carrières, uno de los mejores clientes de la Guérin.
Sólo le interesaban las mujeres taradas por el libertinaje, por
la naturaleza o por la mano de la justicia; en una palabra, sólo
las aceptaba si eran tuertas, ciegas, cojas, jorobadas, lisiadas,
mancas, sin dientes, con algunos miembros mutilados, azotadas,
estigmatizadas o marcadas por cualquier acto de justicia, y siempre de
edad madura. En la escena que pude observar, se le había dado
una mujer de cincuenta años, marcada por ladrona pública
y, además, tuerta. Esta doble degradación le
pareció un tesoro. Se encierra con ella, hace que se desnude,
besa en sus espaldas las señales ciertas de su envilecimiento,
chupa con ardor cada surco de esa llaga que él llamaba
honorable. Hecho esto, todo su entusiasmo se concentró en el
agujero del culo, entreabrió las nalgas, besó con delicia
el marchito ojete, lo chupó largo rato y, montando sobre las
espaldas de la mujer, refregó con su verga las marcas de la
justicia que ella llevaba, alabándola por haber merecido tal
distinción; y luego, inclinándose sobre su culo,
consumó el sacrificio volviendo a besar el altar donde acababa
de rendir un homenaje tan largo y derramando un abundante semen sobre
las marcas halagadoras que le habían encendido la
imaginación. - ¡Dios! -dijo Curval, a quien la lubricidad
enloquecía aquel día-. Vi, cómo da fe de ello mi
verga en erección, hasta que junto me ha calentado el relato de
esa pasión. Y llamando a la Desgranges , añadió:
-Ven, mujerzuela impura. Ven, tú que te pareces tanto a la que
acaba de ser descrita. Ven a darme el mismo placer que ella
proporcionó al comendador. La Desgranges se acerca, Durcet,
amigo de tales excesos, ayuda al presidente a desnudarla. Primero, ella
ofrece algunas dificultades; se sospecha la verdad, es regañada
por ocultar una cosa que la hará ser más apreciada por la
sociedad de amigos. Finalmente su espalda maltratada aparece mostrando
una V y una M, lo cual corrobora que ha sufrido dos veces las marcas
infamantes cuyos vestigios sin embargo encienden los impúdicos
deseos de nuestros libertinos. El resto de aquel cuerpo usado y
marchito, aquel culo de tafetán chino, aquel ojete infecto y
grande, la mutilación de un pezón y de tres dedos,
aquella pierna corta que la obliga a cojear, aquella boca desdentada,
todo esto calienta y anima a nuestros dos libertinos. Durcett la chupa
por delante, Curval por detrás, y mientras que criaturas de la
más esplendorosa belleza y frescura se encuentran allí
bajo sus ojos, dispuestas a satisfacer sus menores deseos, es con lo
que la naturaleza y el crimen han deshonrado, han marchito, es con la
criatura más sucia y repugnante con la que nuestros dos
calaveras, en éxtasis, gozarán los más deliciosos
placeres... Después de esto resulta difícil explicar al
hombre. Ambos parecían disputarse aquel cadáver
anticipado, como dos perros encarnizándose con una
carroña, después de haberse entregado a los más
sucios excesos, dos hombres que finalmente descargan su semen, y que a
pesar del agotamiento debido al placer, tal vez hubieran buscado
inmediatamente otros del mismo tipo de crápula e infamia si la
hora de la cena no los hubiese avisado para ocuparse de otros placeres.
El presidente, desesperado porque había eyaculado, y porque en
esos casos sólo se reanimaba con excesos de comida y bebida,
comió como un cerdo. Quiso que el pequeño Adonis menease
la verga de Bande-au-ciel y le hizo tragar el semen, y poco satisfecho
de esta última infamia, que se ejecutó inmediatamente, se
levantó y dijo que su imaginación le sugería cosas
más deliciosas que todo aquello y, sin más explicaciones,
arrastró consigo a Fanchon, Adonis y Hercule, se encerró
en el camerín del fondo y no volvió a aparecer hasta la
hora de las orgías, pero en un estado tan brillante que estuvo
todavía en situación de proceder a otros mil horrores
distintos, pero que en el orden esencial que nos hemos propuesto no nos
permite aún pintarlos a nuestros lectores. Llegó la hora
de acostarse. Curval, el inconsecuente Curval, que teniendo aquella
noche a la divina Adélaïde, su hija, como compañera
de cama y podía pasar con ella la más deliciosa de las
noches, fue hallado al día siguiente echado sobre la repuganante
Fanchon, con la cual había cometido nuevos horrores toda la
noche, mientras Adonis y Adélaïde, privados de su lecho, se
encontraban, él en una pequeña cama muy alejada, y ella,
sobre un colchón colocado en el suelo.
SEXTA JORNADA
A monseñor le tocó
el turno de ir a presentarse a la sesión de masturbaciones; fue.
Si las discípulas de la Duclos hubiesen sido hombres,
verosímilmente monseñor no hubiera resistido. Pero tener
una pequeña hendidura en la parte baja del vientre era para
él un enorme insulto, y aunque las mismas Gracias lo hubiesen
rodeado, en cuanto aparecía esa maldita hendidura, era
suficiente para calmarlo. Resistió, pues, como un héroe,
y creo que a pesar de que las operaciones continuaron no llegó a
ponérsele dura. Era fácil advertir que existían
grandes deseos de encontrar a las ocho jóvenes en falta a fin de
proporcionarse para el día siguiente, que era el funesto
sábado de los castigos, a fin de proporcionarse, digo, para tal
momento, el placer de castigarlas a las ocho. Había ya seis; la
dulce y bella Zelmire fue la séptima y, de buena fe, ¿lo
había merecido? ¿El placer de castigarla no era mayor que
cualquier consideración de equidad? Dejaremos el caso sobre la
conciencia de Durcet, y nos contentaremos con narrar. Una dama muy
hermosa vino también a aumentar la lista de las delincuentes: la
tierna Adélaïde. Durcet, su esposo, quería,
afirmaba, dar ejemplo siendo más estricto con ella que con otra
cualquiera, y había sido culpable con él mismo. El la
había llevado a cierto lugar, donde los servicios que ella
tenía que prestarle, después de ciertas funciones
naturales, no eran muy limpios; no todo el mundo es tan depravado como
Curval, y aunque se tratase de su hija, ésta no compartía
sus gustos. Ella se resistió, o se comportó mal, o bien
sólo hubo ganas de molestar por parte de Durcet. El caso es que
ella fue inscrita en el libro de los castigos, con gran
satisfacción de la reunión. Como no había aportado
nada lavisita hecha al apartamento de los jóvenes, se
pasó a los placeres secretos de la capilla, placeres tanto
más picantes y singulares cuanto que incluso se rechazaba a los
que pedían ser admitidos el permiso de ir a
proporcionárselos. Aquella mañana sólo se vio
allí a Constance, a los dos jodedores subalternos y a Michette.
Durante el almuerzo, Zéphyr, de quien cada vez se estaba
más contento por los encantos que parecían embellecerlo
cada día más, y por el libertinaje voluntario a que se
entregaba, Zéphyr, digo, insultó a Constance, quien, aun
cuando no servía aparecía siempre a la hora del almuerzo.
La llamó "fabricante de niños" y le dio algunos golpes en
el vientre para enseñarle, dijo, a huevar con su amante, luego
besó al duque, lo acarició, le meneó un momento la
verga y supo tan bien calentarlo que Blangis juró que no
pasaría la tarde sin que lo mojase de semen y el hombrecito lo
provocaba diciendo que le desafiaba a hacerlo. Como estaba de servicio
para el café, salió a la hora de los postres y
volvió a aparecer desnudo para servir al duque. En el momento en
que abandonó la mesa, el duque, muy animado, debutó con
algunas tunantadas; le chupó la boca y la verga, lo
colocó sobre una silla ante él con el trasero a la altura
de su boca y lo estuvo hurgando de esta manera durante un cuarto de
hora. Finalmente su pito se rebeló, levantó la cabeza
orgullosa, y el duque vio que el homenaje exigía por fin
incienso. Sin embargo, todo estaba prohibido, excepto lo que se
había hecho la víspera; el duque resolvió, pues,
imitar a sus compañeros. Tumba a Zéphyr sobre el
canapé, le. mete su polla entre los muslos, pero sucede lo que
le sucedió a Curval: el instrumento sobresale seis pulgadas.
-Haz lo que yo hice -le dice Curval-. Menea la verga del muchacho sobre
tu pito, de modo que su semen riegue tu glande. Pero el duque
encontró más placentero enfilar dos a la vez. Ruega a su
hermano que acomode allí a Augustine, con las nalgas contra los
muslos de Zéphyr, y el duque, jodiendo, por decirlo así,
a la vez a una muchacha y a un joven, para añadir a ello
más lubricidad, menea el pito de Zéphyr sobre las lindas
nalgas redondas y blancas de Augustine y las inunda con ese semencito
infantil que, como puede imaginarse, excitado por una cosa tan linda,
no tarda en fluir abundantemente. Curval, que halló el caso interesante,
y que veía el culo del duque entreabierto y como suspirando por
un pito, como son todos los culos de todos los individuos en los
momentos en que su pito está empalmado, fue a devolverle lo que
había recibido la antevíspera, y el querido duque, en
cuanto sintió las voluptuosas sacudidas de esta
intromisión, soltó su semen casi en el mismo momento en
que Zéphyr eyaculaba su verga orgullosa y nerviosa,
amenazó al obispo, que se masturbaba entre los muslos de Giton,
con hacerle experimentar la misma suerte que acababa de infligir al
duque. El obispo lo desafía, el combate se entabla, el obispo es
enculado y pierde entre los muslos del lindo muchachito que acaricia un
semen libertino tan voluptuosamente provocado. Mientras tanto, Durcet,
espectador benévolo, disponiendo sólo de
Hébé y de la dueña, no perdía su tiempo y
se entregaba silenciosamente a infamias que debemos mantener aún
secretas. Finalmente llegó la calma, se quedaron dormidos, y a
las seis, cuando nuestros actores fueron despertados, se dirigieron
hacia los nuevos placeres que les preparaba la Duclos. Aquella noche se
cambió de sexo a las cuadrillas: las muchachas de marinero y los
muchachos de modistillas, su vista era encantadora, nada excita tanto
la lubricidad como este pequeño trueque voluptuoso; es agradable
encontrar enun muchachito lo que lo asemeja a una muchachita, y
ésta es mucho más interesante cuando, para complacer,
imita el sexo que se desearía que tuviera. Aquel día,
cada cual tenía a su mujer en el canapé;
recíprocamente se felicitaban de un orden tan religioso, y como
todo el mundo estaba dispuesto a escuchar, la Duclos reanudó el
relato de sus lúbricas historias como se verá:
Había en casa de la Guérin una mujer de unos treinta
años, rubia, un poco rolliza, pero singularmente blanca y
lozana, la llamaban Aurore, tenía una boca encantadora, hermosos
dientes y la lengua voluptuosa, pero ¿quién lo
creería?, sea por defecto de educación o por debilidad
del estómago, aquella adorable boca tenía el defecto de
soltar a cada momento una cantidad prodigiosa de gases, y sobre todo
cuando había comido mucho había veces que no cesaba de
eructar durante una hora flatos que habrían hecho dar vueltas a
un molino. Pero con razón se dice que en ese mundo no hay
defecto que no encuentre su admirador, y aquella hermosa mujer, por
razón del suyo, tenía uno de los más ardientes; se
trataba de un sabio y serio doctor de la Sorbona que, cansado de
demostrar inútilmente la existencia de Dios en la escuela, iba a
veces a convencerse en el burdel de la existencia de la criatura
humana. El día fijado, avisaba a Aurore para que comiera como
una desenfrenada. Presa de curiosidad por tan devota entrevista, corro
a mi agujero, y estando los amantes juntos, tras algunas caricias
preliminares, dirigidas todas a la boca, veo que nuestro dómine
coloca delicadamente a su querida compañera sobre una silla, se
sienta delante de ella y, poniendo en sus manos sus deplorables
reliquias, le dice: -Actúa, mi hermosa pequeña.
Actúa; ya sabes los medios de hacerme salir de este estado de
languidez, utilízalos deprisa, pues me siento con grandes ganas
de gozar. Aurore recibe en una mano el blando instrumento del doctor y
con la otra le coge la cabeza, pega su boca a la del hombre y suelta en
su bocaza unos sesenta eructos, uno tras otro. Nada puede describir el
éxtasis del servidor de Dios; estaba en las nubes, jadeaba,
tragaba todo lo que le lanzaban, hubiérase dicho que
habría lamentado perder el más mínimo aliento, y
durante todo aquel tiempo sus manos manoseaban los pechos y se
metían debajo de las faldas de mi compañera, pero estas
caricias sólo eran episódicas; el objeto único y
capital era aquella boca que lo colmaba de suspiros. Finalmente, con la
verga dura, debido a los cosquilleos voluptuosos que aquella ceremonia
le hacía experimentar, descargó sobre la mano de mi
compañera y luego escapa diciendo que nunca en su vida
había gozado tanto. Un hombre más extraordinario
exigió de mí, poco tiempo después, una
particularidad que no merece ser silenciada. La Guérin
me había hecho comer aquel día, casi forzándome,
de una manera tan copiosa como había visto hacer algunos
días antes a mi compañera en el almuerzo. Había
tenido cuidado en hacerme servir todo lo que sabía me gustaba
más, en el mundo, y habiéndome dicho, al levantarme de la
mesa, todo lo que era necesario hacer con el viejo libertino con el que
iba a unirme, me hizo tragar tres granos de un emético disueltos
en un vaso de agua caliente. El libertino llega, era un cliente del
burdel a quien ya había visto algunas veces sin ocuparme
demasiado acerca de lo que buscaba allí. Me besa, hunde su
lengua sucia y repugnante en mi boca, cuyo mal olor acentúa el
efecto del vomitivo. Ve que mi estómago se rebela y él se
muestra extasiado. " ¡Valor, pequeña! -exclama-.
¡Valor! No me dejaré perder ni una sola gota". Prevenida
sobre todo lo que tenía que hacer, lo siento en un
canapé, hago que incline su cabeza sobre uno de los bordes;
tenía abiertos los muslos, le desabrocho la bragueta, cojo una
verga blanda y corta que no anuncia ninguna erección, se la
sacudo, el hombre abre la boca; sin dejar de meneársela,
recibiendo los manoseos de sus manos impúdicas que se pasean por
mis nalgas, le lanzo a quemarropa dentro de la boca toda la
digestión imperfecta de un almuerzo que el emético me
hacía devolver. Nuestro hombre está en las nubes, se
extasía, traga, va a buscar él mismo sobre mis labios la
impura eyaculación que lo embriaga, sin perder una gota, y
cuando cree que la operación va a cesar, provoca su
continuación con los cosquilleos de su lengua; y su verga,
aquella verga que apenas toco, tan abrumada estoy por la crisis,
aquella verga que sólo se endurece sin duda después de
tales infamias, se hincha, se levanta y deja, llorando, sobre mis dedos
la prueba nada sospechosa de las impresiones que aquella suciedad le
proporciona. - ¡Ah, rediós! -dice Curval-. He aquí
una deliciosa pasión, sin embargo, podría refinarse
más. -¿Cómo? -pregunta Durcet, con una voz
entrecortada por los suspiros de la lubricidad. -¿Cómo?
-dice Curval-, ¡eh! Pues mediante la elección de la mujer
y de la comida, ¡vive Dios! -De la mujer... ¡Ah, comprendo!
Tú desearías para eso a una Fanchon. - ¡Eh! Sin
duda alguna. -¿Y la comida? -preguntó Durcet, mientras
Adélaïde se la meneaba. -¿La comida?
-contestó el presidente-. ¡Eh! Rediós, la
obligaría a devolver lo que yo le daría del mismo modo.
-¿Es decir -preguntó el financiero, cuya cabeza empezaba
a extraviarse-, que tú devolverías en la boca de la
mujer, la cual se tragaría lo tuyo y después lo
devolvería? -Exactamente. Y como ambos corrieron hacia sus
gabinetes, el presidente con Fanchon, Augustine y Zélamir,
Durcet con la Desgranges , Rosette y Bande-au-ciel, hubo que esperar
cerca de media hora para continuar los relatos de la Duclos. Por fin,
regresaron. -Acabas de hacer porquerías -dijo el duque a Curval,
que había regresado primero. -Algunas -contestó el
presidente-, son la felicidad de mi vida, y por lo que a mí
respecta, sólo estimo la voluptuosidad en tanto que sea la
más puerca y repugnante. -Pero por lo menos ha habido
eyaculación, ¿no es verdad? - ¡Ni hablar! -dijo el
presidente-. ¿Crees que nos parecemos a ti y que, como
tú, hay eyaculación a cada momento? Dejo esas
hazañas para ti y para los vigorosos campeones como Durcet
-añadió, viendo regresar a éste
sosteniéndose apenas sobre sus piernas a causa del agotamiento.
-Es verdad -dijo el financiero-, no lo he aguantado, esa Desgranges es
tan sucia, en su persona y en sus palabras, se presta tan
fácilmente a todo lo que uno quiere... - ¡Vamos, Duclos!
-dijo el duque-. Prosigue tu relato, pues si no le cortamos la palabra,
el pequeño indiscreto nos dirá todo lo que ha hecho, sin
reflexionar en lo horrible que resulta vanagloriarse así de los
favores que se reciben de una linda mujer. Y la Duclos , obedeciendo,
reanudó así el hilo de su historia: Puesto que a los
señores les gustan tanto estas rarezas, dijo nuestra
historiadora, lamento que no hayan refrenado un instante
su entusiasmo, porque lo que tengo que contar aún esta noche
surtirá mayores efectos. Lo que el señor presidente
considera que faltaba para perfeccionar la pasión que acabo de
narrar se encontraba palabra por palabra en la pasión que
seguía; me molesta que no se me diera tiempo para acabarla. El
viejo presidente Saclanges ofrece de un extremo a otro las
singularidades que el señor Curval parecía desear. Se
había escogido para enfrentarse con él a nuestra decana;
era una alta y robusta muchacha de unos treinta y seis años,
borracha, mal hablada, pendenciera, procaz, aunque, por otra parte, era
bastante hermosa; el presidente llega, se le sirve cena, los dos se
emborrachan, los dos pierden el control, los dos vomitan dentro de sus
respectivas bocas, tragan y se devuelven mutuamente lo que se prestan,
caen finalmente sobre los restos de la cena y sobre la porquería
con que acaban de regar el suelo. Entonces me mandan a mí,
porque mi compañera estaba ya fuera de sí y sin fuerzas.
Sin embargo, era el momento más importante del libertino; lo
hallo en el suelo, con la verga levantada y dura como una barra de
hierro; empuño el instrumento, el presidente balbucea y
blasfema, me atrae a él, chupa mi boca y descarga como un toro
revolcándose una y otra vez sobre sus basuras. Aquella misma
muchacha nos dio poco después el espectáculo de una
fantasía por lo menos tan sucia; un gordo monje que la pagaba
muy bien se colocó a horcajadas sobre su vientre, los muslos de
mi compañera estaban todo lo abiertos que era posible y fijados
a unos grandes muebles, para que no pudieran moverse. En esta
posición, se sirvieron algunos manjaressobre el bajo vientre de
la mujer, a pelo y sin plato. El buen hombre coge algunos pedazos con
su mano, los hunde en el coño abierto de su dulcinea, los
revuelve una y otra vez y se los come sólo cuando se encuentran
completamente impregnados de las sales que la vagina le proporciona.
-He aquí una manera de almorzar completamente nueva -dijo el
obispo. -Y que no os gustaría, ¿verdad, monseñor?
-dijo la Duclos. -¡No, me cago en dios! -contestó el
servidor de la iglesia-. No me gusta lo suficiente el coño para
eso. -Bueno -dijo nuestra narradora-, escuchad entonces el relato que
cerrará mis narraciones de esta noche, estoy segura de que os
divertirá más. Hacía ocho años que
vivía yo en casa de Mme Guérin. Acababa de cumplir
diecisiete años, y durante todo aquel tiempo no había
habido un solo día sin que viera todas las mañanas a
cierto recaudador de impuestos con el que se tenían toda clase
de atenciones. Era un hombre de unos sesenta años, gordo, bajo,
y que se parecía bastante al señor Durcet. Como
él, tenía lozanía y era entrado en carnes.
Necesitaba una nueva muchacha cada día y las de la casa
sólo le servían como mal menor o cuando la de fuera
faltaba a la cita. El señor Dupont, tal era el nombre de nuestro
financiero, era tan exigente en la elección de las muchachas
como en sus gustos, no quería de ninguna manera que la muchacha
fuera una puta, excepto en los casos obligados, como he dicho; era
necesario que fuesen obreras, empleadas de tiendas, sobre todo de
modas. La edad y el color de la tez estaban también
reglamentados, tenían que ser rubias, entre los quince y los
dieciocho años, ni más ni menos, y por encima de todas
las cualidades era preciso que tuvieran el culo bien moldeado y, de una
lisura tan absoluta que el más pequeño grano en el ojete
era un motivo de exclusión. Cuando eran vírgenes, las
pagaba doble. Aquel día se esperaba para él una joven
encajera de dieciséis años cuyo culo era considerado como
un verdadero modelo, pero él ignoraba que se le había
preparado este regalo, y como la joven mandó aviso de que no la
esperaran porque aquella mañana no había podido zafarse
de sus padres, la Guérin , que sabía que Dupont no me
había visto nunca, me ordenó que me vistiera de burguesa,
que tomase un coche al final de la calle y que llegara a la casa un
cuarto de hora después que hubiese llegado Dupont, ante quien
debería representar mi papel, haciéndome pasar por una
empleada de una casa de modas. Pero por encima de todo, lo más
importante era que me llenase el estómago con media libra de
anís y después con un gran vaso de un licor
balsámico que ella me dio y cuyo efecto debía ser el que
se verá en seguida. Todo se realizó lo mejor que se pudo;
felizmente habíamos dispuesto de algunas horas para que nada
faltase. Llego poniendo cara de boba, me presentan al financiero, quien
al principio me mira atentamente, pero como yo estaba muy alerta, no
pudo descubrir en mí nada que desmintiera la historia que le
habían contado. -¿Es virgen? -preguntó Dupont. -No
por aquí -dijo la Guérin , poniendo una mano sobre mi
vientre-, pero lo es por el otro lado, respondo de ello. Y
mentía descaradamente. Pero no importa, nuestro hombre se
tragó la mentira, que es lo que se necesitaba.
-Arremángala, arremángala -dijo Dupont. Y la
Guérin levantó mis faldas por detrás,
haciéndome inclinar ligeramente hacia ella, y descubrió
al libertino el templo entero de su homenaje. El hombre mira, toca un
momento mis nalgas, las abre con sus dos manos, y satisfecho sin duda
de su examen, dice que el culo está en condiciones de ser
aceptado. Luego me hace algunas preguntas sobre mi edad y mi oficio y,
contento con mi pretendida inocencia y el aire de ingenuidad que
adopto, me hace subir a su aposento, porque tenía uno en casa de
la Guerín , donde sólo entraba él y no
podía ser observado desde ninguna parte. En cuanto entramos,
cierra la puerta con cuidado y, tras haberme contemplado unos momentos,
me pregunta en un tono bastante brutal, carácter que marca toda
la escena, me pregunta, digo, si es realmente verdad que nunca me han
jodido por el culo. Como formaba parte de mi papel ignorar semejante
expresión, me hice repetir, asegurándole que no
comprendía lo que quería decir, y cuando por gestos me
dio a entender lo que quería decir de una manera en que no
había medio de seguir demostrando ignorancia, le
contesté, asustada y pudorosa, que nunca me había
prestado a tales infamias. Entonces me dijo que quitara solamente las
faldas, y en cuanto hube obedecido, dejando que mi camisa continuase
ocultando la parte de delante, él la levantó por
detrás todo lo que pudo debajo de mi corsé, y como al
desnudarme mi pañuelo del cuello había caído y mis
pechos quedaron al descubierto, se enfadó. - ¡Qué
el diablo se lleve tus tetas! -exclamó-. ¿Quién te
pide las tetas? Esto es lo que me hace perder la paciencia con todas
esas criaturas, siempre esa impúdica manía de mostrar las
tetonas. Y cubriéndome rápidamente, me acerqué a
él como para pedirle excusas, pero advirtiendo que le mostraba
la parte delantera de mi cuerpo en la actitud que iba a tomar, se
enfureció una vez más: - ¡Eh!, no te muevas de como
te había colocado, ¡dios! -dijo, agarrándome por
las caderas y poniéndome de modo que sólo le presentase
el culo-. Quédate así, joder, me importan un bledo tus
pechos y tu coño, lo único que necesito es tu culo.
Mientras decía esto se levantó y me condujo al borde de
la cama, sobre la cual me instaló tumbada sobre el vientre,
luego, sentándose en un taburete muy bajo, entre mis piernas, se
encontró en esta disposición con que su cabeza estaba
justamente a la altura de mi culo. Me mira un instante más,
luego, no encontrándome aún tal como quería, se
levantó para colocarme un cojín bajo el vientre, para que
mi culo quedara más atrás, vuelve a sentarse, me examina,
y todo esto con la mayor sangre fría, con la flema de un
deliberado libertinaje. Al cabo de un momento, se apodera de mis dos
nalgas, las abre, pone su boca abierta en el agujero sobre el cual la
pega herméticamente y, en seguida, siguiendo la orden que
había recibido e impulsada por la necesidad que de ello
tenía, le largo a la garganta el pedo más ruidoso que
había recibido en su vida, se aparta furioso. - ¡Vaya,
pequeña insolente -me dijo-, tienes la desfachatez de lanzar un
pedo dentro de mi boca! - ¡Oh, señor -le contesté,
disparando una segunda andanada-, así es como trato a los que me
besan el culo! -Bueno, suelta pedos, suelta pedos, bribona, ya que no
puedes retenerlos, suelta tantos pedos como quieras y puedas. Desde
aquel momento, ya no me contuve más, nada puede expresar la
necesidad de soltar ventosidades que me dio la droga que había
bebido, y nuestro hombre, extasiado, ora los recibe en la boca, ora en
las narices. Al cabo de un cuarto de hora de semejante ejercicio, se
acuesta finalmente en el canapé, me atrae hacía
él, siempre con mis nalgas sobre su nariz, me ordena que se la
menee en este posición, sin interrumpir un ejercicio que le
proporciona divinos placeres. Suelto pedos, meneo una verga blanda y no
más larga ni gruesa que un dedo, a fuerza de sacudidas y de
pedos, el instrumento finalmente se endurece. El aumento de placer de
nuestro hombre, el instante de su crisis, me es anunciado por un
redoblamiento de iniquidad de su parte; es su lengua ahora lo que
provoca mis pedos, es ella la que se mete hasta el fondo de mi ano,
como para provocar las ventosidades, es sobre ella donde quiere que los
suelte, desvaría, me doy cuenta de que pierde la cabeza, y su
pequeño polla riega tristemente mis dedos con siete u ocho gotas
de un esperma claro y gris que lo calman por fin. Pero como en
él la brutalidad fomentaba el extravío y lo reemplazaba
inmediatamente, apenas me dio tiempo para que me vistiera.
Gruñía, rezongaba, en una palabra, me ofrecía la
imagen odiosa del vicio cuando ha satisfecho su pasión, y esa
inconsecuente grosería que, cuando el prestigio se ha
desvanecido, trata de vengarse despreciando el culto usurpado por los
sentidos. -He aquí un hombre que me gusta más que todos
los que lo han precedido -dijo el obispo-: ¿no sabes si al
día siguiente tuvo a su pequeña novicia de
dieciséis años? -Sí, monseñor, la tuvo, y
al otro día una virgen de quince, aún más linda.
Como pocos hombres pagaban tanto, pocos eran tan bien servidos. Como
esta pasión había calentado cabezas tan acostumbradas a
los desórdenes de esta especie, y recordado un gusto al que
ofrendaban de una manera tan completa, no quisieron esperar más
para practicarla. Cada uno recogió lo que pudo y tomó un
poco de todas partes, llegó la hora de la cena, en la que se
insertaron casi todas las infamias que acababan de escuchar, el duque
emborrachó a Thérèse y la hizo vomitar en su boca,
Durcet hizo lanzar pedos a todo el serrallo y recibió más
de sesenta durante la velada. En cuanto a Curval, por cuya cabeza
pasaban toda clase de caprichos, dijo que quería hacer sus
orgías solo y fue a encerrarse en el camarín del fondo
con Fanchon, Marie, la Desgranges y treinta botellas de
champaña. Tuvieron que sacar a los cuatro, los encontraron
nadando en las olas de su porquería y al presidente dormido, con
la boca pegada a la de la Desgranges , quien aún vomitaba en
ella. Los otros tres se habían despachado a su gusto en cosas
parecidas o distintas; habían celebrado sus orgías
bebiendo, habían emborrachado a sus bardajes, los habían
hecho vomitar, habían obligado a las muchachas a soltar pedos,
habían hecho qué sé yo qué, y sin la Duclos
, que no había perdido el juicio y lo puso todo en orden y los
mandó a acostarse, es muy verosímil que la aurora de
dedos rosados, al entreabrir las puertas del palacio de Apolo, los
hubiera encontrado sumergidos en su porquería, más
semejantes a cerdos que a hombres. Necesitados de descanso, cada uno se
acostó solo, para recobrar en el seno de Morfeo un poco de
fuerzas para el día siguiente.
SEPTIMA JORNADA
Los amigos no se preocuparon
más de ir cada mañana a prestarse a una hora de
lección de la Duclos. Fatigados de los placeres de la noche,
temiendo además que esta operación les hiciera eyacular
demasiado temprano, y juzgando además que esta ceremonia los
hartaba muy de mañana en perjuicio de las voluptuosidades y con
personas que tenían interés en tratar con miramientos,
convinieron en que cada mañana les sustituiría uno de los
jodedores. Las visitas se efectuaron, de las ocho muchachas sólo
faltaba una para que hubiesen pasado todas por la lista de los
castigos, era la bella e interesante Sophie, acostumbrada a respetar
todos sus deberes; por ridículos que pudieran parecer, los
respetaba, pero Durcet, que había prevenido a Louison, su
guardiana, ;upo tan bien hacerla caer en la trampa, que fue declarada
culpable e inscrita por consiguiente en el libro fatal. La dulce Mine,
igualmente examinada con rigor, fue también declarada culpable,
con lo cual la lista de la noche se llenó con los nombres de las
ocho muchachas, de las dos esposas y de los cuatro muchachos. .
Cumplidas estas obligaciones, ya sólo se pensó en
ocuparse del matrimonio que debía celebrarse en la proyectada
fiesta del final de la primera semana. Aquel día no se
concedió ningún permiso para las necesidades
públicas en la capilla, monseñor se revistió
pontificalmente, y todos se dirigieron hacia el altar. El duque, que
representaba al padre de la muchacha, y Curval, que representaba al del
muchacho, condujeron a Michette y a Giton respectivamente. Ambos iban
magníficamente ataviados en traje de ciudad, pero en sentido
contrario, es decir, el muchacho iba vestido de mujer, y la muchacha,
de hombre. Desgraciadamente, nos vemos obligados, por el orden que
hemos dado a las materias, a retrasar todavía por algún
tiempo el placer que sin duda experimentaría el lector al
enterarse de los detalles de esta ceremonia religiosa; pero ya
llegará sin duda el momento en que podremos informarlo de esto.
Pasaron al salón, y fue mientras esperaban la hora del almuerzo,
cuando nuestros cuatro libertinos, encerrados solos con la encantadora
pareja, los hicieron desnudarse y los obligaron a cometer juntos todo
lo que su edad les permitió respecto a las ceremonias
matrimoniales, excepto la introducción del miembro viril en la
vagina de la muchachita, la cual hubiera podido efectuarse porque el
muchacho tenía una erección muy intensa, y que no se
permitió tal cosa para que nada marchitara una flor destinada a
otros usos. Sin embargo, se les permitió que se tocaran y
acariciaran, la joven Michette se la meneó a su maridito, y
Giton, con ayuda de sus amos, masturbó muy bien a su mujercita.
Sin embargo, ambos empezaron a darse cuenta de la esclavitud en que se
encontraban para que la voluptuosidad, incluso la que su edad
permitía experimentar, pudiera nacer en sus pequeños
corazones. Se comió, los dos esposos fueron al festín,
pero a la hora del café, cuando las cabezas se habían ya
calentado, fueron desnudados, como lo estaban Zelamir, Cupidon, Rosette
y Colombe, que aquel día estaban encargados de servir el
café. Y en ese momento del día como estaba de moda la
jodienda entre los muslos, Curval se apoderó del marido, y el
duque de la mujer, y los enmuslaron a los dos. El obispo,
después de haber tomado café, se envició con el
encantador culo de Zelamir, que chupaba mientras lanzaba pedos, y
pronto lo enfiló en el mismo estilo, mientras Durcet efectuaba
sus pequeñas infamias en el hermoso culo de Cupidon. Nuestros
dos principales atletas no eyacularon, mas pronto se apoderaron de
Rosette y de Colombe y las enfilaron como los galgos y entre los
muslos, de la misma manera que acababan de hacer con Michette y Giton,
ordenando a estas encantado ras niñas que meneasen con sus
lindas manos, según las instrucciones recibidas, los monstruosos
extremos de las vergas que sobresalían de sus vientres; y
mientras tanto, los libertinos manoseaban tranquilamente los orificios
de los culos frescos y deliciosos de sus pequeños goces. Sin
embargo, no se eyaculaba; sabiendo que habría placeres deliciosos
aquella noche, se contuvieron. A partir de aquel momento, se
desvanecieron los derechos de los jóvenes esposos, y su
matrimonio, aunque formalmente efectuado, no fue más que un
juego; cada uno de ellos regresó a la cuadrilla que le estaba
destinada, y todos fueron a escuchar a la Duclos , que continuó
así su historia: Un hombre que tenía más o menos
los mismos gustos que el financiero que acabó el relato de ayer,
empezará, si lo aprobáis, señores, el relato de
hoy. Era un relator del Consejo de Estado, de unos sesenta años
de edad, y que añadía a la singularidad de sus
fantasías la de querer sólo mujeres más viejas que
él. La Guérin le dio una vieja alcahueta, amiga suya,
cuyas nalgas arrugadas semejaban un viejo pergamino para humedecer el
tabaco. Tal era el objeto que debía servir para que nuestro
libertino efectuara sus ofrendas. Se arrodilla delante de aquel culo
decrépito, lo besa amorosamente; se le lanzan algunos pedos en
la nariz, se extasía, abre la boca, se le lanzan más
pedos y su lengua va a buscar con entusiasmo el viento espeso que se le
destina. Pero no puede resistir al delirio a que lo arrastra tal
operación. Saca de su bragueta una verga vieja, pálida y
arrugada como la divinidad a la que inciensa. - ¡Ah! pee pee,
queridita -exclama, meneándose la verga con todas sus fuerzas-.
Pee, corazón, sólo de tus pedos espero el
desencantamiento de este enmohecido instrumento. La alcahueta redobla
sus esfuerzos, y el libertino, ebrio de voluptuosidad, deja entre las
piernas de su diosa dos o tres desgraciadas gotas de esperma a las que
debía todo su éxtasis. Terrible efecto del ejemplo!
¡Quién lo hubiera dicho! En aquel momento, como si se
hubieran dado la señal para ello, nuestros cuatro libertinos
llaman a las dueñas de sus cuadrillas. Se apoderan de sus viejos
y feos culos, solicitan pedos, los obtienen y se encuentran a punto de
ser tan felices como el viejo relator del Consejo de Estado, pero el
recuerdo de los placeres que los esperan en las orgías los
contiene, y despiden a las dueñas. La Duclos prosigue su relato:
No haré hincapié en lo que viene ahora, señores,
porque sé que tiene pocos seguidores entre vosotros, pero como
me habéis ordenado que lo diga todo, obedezco. Un hombre muy
joven y gallardo tuvo la fantasía de hurgarme el coño
cuando tenía la regia; yo me encontraba tumbada de espalda, con
los muslos abiertos, él se había arrodillado delante de
mí y chupaba, con sus dos manos debajo de mis nalgas, que
levantaba para que mi coño estuviera a su alcance. Tragó
mi semen y mi sangre, porque obró con tanta habilidad y era tan
guapo que descargué. El mismo se meneaba la verga, se hallaba en
el séptimo cielo, diríase que nada en el mundo
podía causarle más placer, y me convenció de ello
la ardiente y calurosa eyaculación que pronto soltó. Al
día siguiente vio a Aurore, poco después a mi hermana, al
cabo de un mes nos había pasado revista a todas y
prosiguió así hasta despachar sin duda todos los burdeles
de París. Esta fantasía, convendréis en ello,
señores, no es sin embargo más singular que la de un
hombre, amigo en otro tiempo de la Guérin , la cual le
proporcionaba la materia que necesitaba, y cuya voluptuosidad nos
aseguró que consistía en tragar abortos; se le avisaba
cada vez que una pupila de la casa se encontraba en tal caso, él
acudía y se tragaba el embrión, extasiado de la
voluptuosidad. -Yo conocí a ese hombre -dijo Curva]-, su
existencia y sus gustos son la cosa más cierta del mundo. -Sea
-dijo el obispo-, pero también es cierto que yo no lo
imitaría nunca. -¿Y por qué razón?
-preguntó Curval-. Estoy seguro de que eso puede producir una
descarga, yo si Constance quiere dejarme hacer, le prometo, ya que
está embarazada, provocar la llegada de su señor hijo
antes de término y de comérmelo como si fuese una
sardina. - ¡Oh, sabemos el horror que le inspiran las mujeres
embarazadas! -contestó Constance-. Sabemos perfectamente que
usted se deshizo de la madre de Adélaïde porque estaba
embarazada por segunda vez, y si Julie quiere seguir mis consejos,
se cuidará. -Cierto es que detesto la progenitura -dijo el
presidente-, y que cuando la bestia está repleta me inspira una
furiosa repugnancia; mas pensar que maté a mi mujer por eso,
podría engañarte; has de saber, puta, que no necesito
ningún motivo para matar a una mujer, y sobre todo una vaca como
tú, a la que te impediría que parieras tu ternero si me
pertenecieses. Constance y Adélaïde se echaron a llorar, lo
cual empezó a poner en evidencia el odio secreto que el
presidente sentía por aquella encantadora esposa del duque,
quien, lejos de sostenerla en esta discusión, contestó a
Curval que debía perfectamente saber que la progenitura le
gustaba tan poco como a él, y que si Constance estaba
embarazada, todavía no había parido. Aquí las
lágrimas de Constance se hicieron más abundantes; se
encontraba en el canapé de su padre, Durcet, quien, por todo
consuelo, le dijo que si no se callaba inmediatamente la sacaría
afuera a patadas en el culo a pesar de su estado. La infeliz mujer hizo
caer sobre su corazón lastimado las lágrimas que se le
reprochaban y se limitó a decir: ¡Ay, Dios mío,
qué desgraciada soy! Pero es mi destino, al que me resigno".
Adélaïde, que tenía los ojos llenos de
lágrimas, era hostigada por el duque, que deseaba hacerla llorar
más, logró contener sus sollozos, y como esta escena un
poco trágica, aunque muy regocijante para el alma perversa de
nuestros libertinos, llegó a su fin, la Duclos reanudó el
relato en los siguientes términos: Había en casa de la
Guérin una habitación bastante agradablemente construida
y que nunca servía más que para un solo hombre;
tenía doble techo, y esta especie de entresuelo bastante bajo,
donde sólo podía permanecer acostado, servía para
instar al libertino de singular especie cuya pasión calmé
yo. Se encerraba con una muchacha en esta especie de escotilla, y su
cabeza se situaba de manera que estaba a la misma altura de un agujero
que daba a la habitación superior; la muchacha encerrada con el
mencionado hombre no tenía otra faena que la de menearle la
verga, y yo, colocada arriba, tenía que hacer lo mismo a otro
hombre, el agujero era poco ostensible y estaba abierto como por
descuido, y yo, por limpieza o para no ensuciar el piso, tenía
que hacer caer, al masturbar a mi hombre, el semen a través del
agujero, y así lanzarlo al rostro del que estaba al otro lado.
Todo estaba construido con tal ingenio que nada se veía y la
operación tenía un gran éxito: en el momento en
que el paciente recibía sobre sus narices el semen de aquel que
estaba arriba, él soltaba el suyo, y todo estaba dicho. Sin
embargo, la vieja de la que acabo de hablar, volvió a
presentarse, pero tuvo que tratar con otro campeón. Este, hombre
de unos cuarenta años, hizo que se desnudara y le lamió
en seguida todos los orificios de su viejo cadáver: culo,
coño, boca, nariz, axilar, orejas, nada fue olvidado, y el
malvado, a cada lamida, tragaba todo lo que había recogido. No
se limitó a esto, hizo que mascara pedazos de pastel, que
tragó también a pesar de que ella los hubiese triturado.
Quiso también que conservara en la boca tragos de vino, con los
que ella se lavó y gargarizó, y que él luego se
tragó igualmente, y mientras tanto, su verga había tenido
una erección tan prodigiosa que el semen parecía listo
para dispararse sin necesidad de provocarlo. Cuando se sintió en
trance de soltarlo, volvió a precipitarse sobre su vieja, le
hundió profundamente la lengua en el agujero del culo y
descargó como una fiera. - ¡Y, dios! -exclamó
Curval-. ¿Es necesario ser joven y linda para hacer que el semen
corra? Una vez más diré que, en los placeres, es la cosa
sucia lo que provoca la eyaculación, y cuanto más sucia,
más voluptuosidad ofrece. -Son las sales -dijo Durcet- que se
exhalan del objeto de voluptuosidad las que irritan a nuestros
espíritus animosos y los ponen en movimiento; ahora bien,
¿quién duda de que todo lo que es viejo, sucio y hediondo
contiene una gran cantidad de estas sales y, por consiguiente,
más medios para suscitar y determinar nuestra
eyaculación? Se discutió todavía durante un rato
esta tesis, pero como había mucho trabajo por hacer
después de la cena, se sirvió un poco antes de la hora, y
en los postres, las jóvenes castigadas volvieron al salón
donde deberían soportar los castigos junto con los cuatro
muchachos y las dos esposas igualmente condenadas, lo que representaba
un total de catorce víctimas. A saber: las ocho muchachas
conocidas, Adélaïde y Aline, y los cuatro muchachos,
Narcisse, Cupidon, Zélamir y Giton. Nuestros amigos, ya ebrios
ante la idea de las voluptuosidades tan de su gusto que los esperaban,
terminaron de calentarse la cabeza con una prodigiosa cantidad de vinos
y licores, y se levantaron de la mesa para pasar al salón, donde
los esperaban los pacientes, en tal estado de embriaguez, furor y
lubricidad que no existe nadie seguramente con deseos de encontrarse en
el lugar de aquellos desgraciados delincuentes. En las orgías,
aquel día, sólo debían asistir los culpables y las
cuatro viejas encargadas del servicio. Todos estaban desnudos, todos se
estremecían, todos lloraban, todos esperaban su suerte, cuando
el presidente, sentándose en un sillón, preguntó a
Durcet el nombre y la falta de cada persona. Durcet, tan borracho como
su compañero, tomó la libreta y quiso leer, pero como
todo lo veía borroso y no lo lograba, el obispo lo
reemplazó, y aunque tan ebrio como su compañero, pero
llevando mejor el vino, leyó en voz alta alternativamente el
nombre de cada culpable y su falta; el presidente pronunciaba
inmediatamente una sentencia de acuerdo con las fuerzas y la edad del
delincuente, siempre muy dura. Terminada esta ceremonia, se impusieron
los castigos. Lamentamos muchísimo que el orden de nuestro plan
nos impida describir aquí los lúbricos castigos, pero
rogamos a nuestros lectores que nos perdonen; estamos seguros de que
comprenderán la imposibilidad en que nos encontramos de
satisfacerlos por ahora. No perderán nada con ello. La ceremonia
fue muy larga: catorce personas tenían que ser castigadas, y
hubo episodios muy agradables. Todo fue delicioso, no hay duda, puesto
que nuestros cuatro canallas descargaron y se retiraron tan fatigados,
tan borrachos de vino y de placeres, que sin la ayuda de los cuatro
jodedores que vinieron a buscarlos no hubieran podido llegar nunca a
sus aposentos, donde, a pesar de todo lo que acababan de hacer, les
esperaban todavía nuevas lubricidades. El duque, que aquella
noche tenía que acostarse con Adélaïde, no quiso.
Ella formaba parte del número de las castigadas, y tan bien
castigada que, habiendo eyaculado en su honor, no quiso saber nada de
ella aquella noche, y tras ordenarle que se acostara en un
colchón en el suelo dio su lugar a la Duclos , que como nunca
disfrutaba de su favor.
OCTAVA JORNADA
Como los castigos de la
víspera habían impresionado mucho, al día
siguiente no se encontró ni pudo encontrarse a nadie en falta.
Continuaron las lecciones con los jodedores, y como no hubo
ningún acontecimiento hasta la hora del café, empezaremos
a hablar de este día a partir de entonces. El café era
servido por Augustine, Zelmire, Narcisse y Zéphyr. Se reanudaron
las jodiendas entre los muslos, Curval se apoderó de Zelmire y
el duque de Augustine, y después de haber admirado y besado sus
lindas nalgas, que aquel día, no sé por qué,
tenían una gracia, unos atractivos, un sonrosado que no
habían sido advertidos antes, después, digo, que nuestros
libertinos hubieron acariciado y besado aquellos encantadores culitos,
se exigieron pedos, como el obispo, que tenía a Narcisse,
había obtenido ya algunos, se oían los que Zéphyr
soltaba en la boca de Durcet..., ¿por qué no imitarlos?
Zelmire había tenido éxito, pero Augustine, por
más que hizo, por más que se esforzó, por
más que el duque la amenazó con un castigo semejante al
que había soportado la víspera, nada soltó, y la
pobre pequeña había empezado ya a llorar cuando un pedito
la tranquilizó; el duque respiró y, satisfecho por
aquella prueba de docilidad de la niña que tanto amaba, le
endilgó su enorme polla entre los muslos y, retirándolo
en el momento de la descarga, le inundó completamente las dos
nalgas. Curval había hecho lo mismo con Zelmire, pero el obispo
y Durcet se contentaron con lo que se llama la "pequeña oca y,
después de la siesta, pasaron al salón, donde la bella
Duclos, engalanada aquel día con todo lo que mejor podía
hacer olvidar su edad, parecía verdaderamente hermosa bajo las
luces, y hasta tal punto que nuestros libertinos, excitados, no le
permitieron continuar sin que antes no hubiese mostrado sus nalgas a la
reunión. -Verdaderamente tiene un hermoso culo -dijo Curval. -Y
bueno, amigo mío -dijo Durcet-. Te aseguro que he visto pocos
que sean mejores. Y recibidos estos elogios, nuestra narradora se
bajó las faldas y reanudó el hilo de su historia de la
manera que el lector leerá, si se toma la molestia de continuar,
cosa que le aconsejamos en interés de sus placeres. Una
reflexión y un acontecimiento fueron la causa, señores,
de que lo que me falta por contaros no se encuentre ya en el mismo
campo de batalla; la reflexión es muy sencilla: fue el
desgraciado estado de mi bolsa lo que la suscitó. Después
de nueve años de vivir en casa de la Guérie , aunque
gastara poco, no había podido ahorrar ni cien luises; aquella
habilísima mujer, mirando siempre por sus intereses, encontraba
siempre el medio de guardar para ella las dos terceras partes de las
entradas y rebañaba todo lo que podía del otro tercio.
Este manejo me disgustó y, vivamente solicitada por otra
alcahueta llamada Fournier para que me fuera con ella, y sabiendo que
la Fournier recibía en su casa a viejos calaveras de más
tono y más ricos que los que recibía la Guérin ,
me decidí a despedirme de ésta para irme con la otra. En
cuanto al acontecimiento que vino a apoyar mi reflexión, fue la
pérdida de mi hermana; la quería mucho y no fue posible
quedarme más tiempo en una casa donde todo me la recordaba sin
poder encontrarla. Desde hacía seis meses mi querida hermana era
visitada por un hombre alto, enjuto y negro, cuyo rostro me desagradaba
infinitamente. Se encerraban juntos, y no sé qué
hacían en la habitación, porque mi hermana nunca quiso
decírmelo, y nunca se colocaban en el sitio donde yo hubiera
podido observarlos. Sea como fuere, una hermosa mañana, mi
hermana se presentó en mi habitación, me besó y me
dijo que su fortuna estaba hecha, que era la mantenida de aquel tipo
que no me gustaba nada, y todo lo que supe es que todo lo que ella iba
a ganar debíase a la belleza de sus nalgas. Dicho esto, me dio
su dirección, arregló cuentas con la Guérin , nos
besó a todas y se fue. Como podéis imaginar, dos
días después me presenté en la dirección
indicada, pero allí no sabían ni de qué hablaba
yo; me di perfectamente cuenta de que mi hermana había sido
engañada, porque no podía creer que desease privarme del
placer de verla. Cuando me lamenté de lo que ocurría con
la Guérin , advertí que ésta sonreía
malignamente y rehuía explicarse. De aquí deduje que ella
estaba en el misterio de toda la aventura, pero que no quería
que yo lo descubriese. Todas estas cosas me afectaron mucho y me
hicieron tomar mi partido, y como no tendré ocasión de
volver a hablaros de mi hermana, os diré, señores, que a
pesar de las pesquisas que hice, de las precauciones que tomé
para descubrir su paradero me ha sido imposible volver a saber
qué había sido de ella. -Creo que veinticuatro horas
después de haberse despedido de ti había dejado de
existir - dijo la Desgranges-. Ella no te engañaba, sino que fue
ella misma la engañada, pero la Guérin sabía de
qué se trataba. - ¡Dios del Cielo! -exclamó
entonces la Duclos-. ¿Qué estás diciendo?
¡Ay! Aunque no la teía, acariciaba la idea de que estaba
viva. -Andabas muy equivocada -dijo la Desgranges-, pero no te
había mentido; fue la belleza de sus nalgas, la asombrosa
superioridad de su culo lo que le valió la aventura en la que
creyó encontrar su suerte y significó su muerte.
-¿Y el hombre alto y enjuto? -preguntó la Duclos. -Era
sólo un intermediario, no trabajaba por su propia cuenta. -Sin
embargo -dijo la Duclos-, la había visto asiduamente durante
seis meses. -Para engañarla -contestó la Desgranges-.
Pero prosigue tu relato. Estas aclaraciones podrían aburrir a
esos señores. Como esta historia me atañe, ya les
daré buena cuenta de ella. -Nada de sentimentalismos, Duclos
-dijo secamente el duque al. ver que la 'narradora se esforzaba por
retener sus lágrimas involuntarias-. Aquí no hay lugar
para penas de esa índole y aunque se hundiese toda la naturaleza
no lanzaríamos ni un solo suspiro; dejemos las lágrimas
para los imbéciles y los niños, pero que jamás
mancillen las mejillas de una mujer razonable y que estimamos.
Después de oír estas palabras nuestra heroína se
contuvo y pronto reanudó su relato. Debido a las dos causas que
acabo de explicar, tomé mi partido, señores, y como la
Fournier me ofrecía mejor alojamiento, una mesa mejor servida,
partidas de placer más caras aunque más penosas, y
siempre partes iguales en los beneficios, sin ningún recorte, me
decidí inmediatamente. La señora Fournier ocupaba
entonces una casa entera y su serrallo estaba compuesto por cinco
lindas muchachas; yo fui la sexta. Seguramente aprobaréis que
haga aquí lo que he hecho respecto a la casa de la
Guérin, es decir, que describa a mis compañeras a medida
que representen un papel. Desde el día siguiente al de mi
llegada, se me dio trabajo, porque había mucha clientela en casa
de la Fournier , y cada una de nosotras se ocupaba cinco o seis veces
al día; pero sólo os hablaré, como he hecho hasta
ahora, de las escenas que puedan llamar vuestra atención por su
singularidad o extravagancia. El primer hombre que vi en mi nueva casa
fue un pagador de rentas, hombre de unos cincuenta años. Me hizo
arrodillar, con la cabeza inclinada sobre la cama, y él se
instaló igualmente sobre la cama, arrodillado, de modo que como
su verga rozaba mi boca, que me había ordenado mantuviese muy
abierta, no perdí una sola gota de su eyaculación, y el
libertino se divirtió extraordinariamente ante las contorsiones
y los esfuerzos que yo hacía para no vomitar aquel repugnante
gargarismo. Ahora, señores, prosiguió la Duclos ,
contaré seguidas, aunque sucedieron en épocas diferentes,
cuatro aventuras de este mismo tipo que sucedieron en casa de la
señora Fournier. Estos relatos, bien lo sé, no
disgustarán a Durcet, quien me agradecerá que lo
entretenga durante el resto de esta sesión con algo que es de su
gusto y que me proporcionó el honor de conocerlo por primera
vez. - ¡Vaya! -dijo Durcet-. ¿Me darás un papel en
tu historia? -Si me lo permitís, señor -contestó la Duclos-,
y con el ruego de que aviséis a esos señores cuando
llegue a vuestro asunto. -Y mi pudor... ¿qué? ¿Vas
a exhibir delante de todas esas muchachas mis indecencias? Y como todos
se echaron a reír ante el temor burlón del financiero, la
Duclos prosiguió: Un libertino tan viejo y tan repugnante como
el que acabo de describir, me dio la segunda representación de
esta manía; hizo que me tumbara desnuda sobre una cama, se
tendió en sentido contrario sobre mí, puso su verga
dentro de mi boca y su lengua en mi coño, y en esta
posición exigió que le diese las titilaciones de
voluptuosidad que pretendía debían proporcionarme su
lengua. Yo chupaba como una condenada. Se trataba de mi virginidad para
él, lamió, removió y se afanó en todas sus
maniobras infinitamente más para él que para mí.
Sea como sea, yo me sentía neutra, feliz de no sentirme asqueda,
y el libertino descargó; operación que, siguiendo las
indicaciones de la Fournier , hice que fuera lo más
lúbrica posible, apretando mis labios, chupando, exprimiendo en
mi boca el jugo que soltaba y pasando mi mano sobre sus nalgas para
cosquillearle el ano, episodio que él me sugirió y en el
que puso todo lo que pudo de su parte... Cuando el asunto hubo
terminado, el hombre se marchó, no sin antes asegurarle a la
Fournier que nunca se había topado antes con una muchacha como
yo que lo hubiese satisfecho tanto. Poco después de esta
aventura, curiosa por saber qué venía a hacer en la casa
una vieja bruja de más de setenta años y que llegaba con
el aire de esperar algún trabajo, se me dijo que efectivamente
lo hacía. Presa de curiosidad por saber qué diablos
podría hacer tal esperpento, pregunté a mis
compañeros si no. había allí una habitación
desde donde se pudiera atisbar, como en casa de la Guérin.
Habiéndoseme contestado que sí la había, una de
las muchachas me condujo a ella, y como había lugar para dos nos
instalamos allí, y he aquí lo que vimos y lo que
oímos, porque, como las dos habitaciones sólo estaban
separadas por un tabique era muy fácil no perderse ni una
palabra. La vieja llegó primero y, tras haberse contemplado en
el espejo, se arregló, como si creyera que sus encantos
tendrían todavía algún éxito. Al cabo de
unos minutos, vimos llegar al Dafnis de aquella nueva Cloe, éste
debía tener a lo sumo sesenta años, era un pagador de
rentas que vivía holgadamente y le gustaba más gastar su
dinero con pelanduscas de desecho como aquella que con lindas
muchachas, y esto en razón de aquella singularidad del gusto que
vosotros, señores, comprendéis tan bien y
explicáis mejor. El hombre se adelanta y mira de arriba abajo a
su dulcinea, la cual le hace una profunda reverencia. -No hagas tantas
historias, vieja puta -dijo el libertino- y desnúdate... Pero
antes, a ver, ¿tienes dientes? -No, señor, no me queda ni
uno -dijo la vieja, mostrando su boca infecta-. Podéis mirar...
Entonces nuestro hombre se aproxima y, cogiéndole la cabeza le
da en los labios uno de los más ardientes besos que he visto dar
en mi vida; y no solamente besaba, sino que chupaba, devoraba,
hundía amorosamente su lengua hasta la putrefacta garganta, y la
buena vieja, que desde hacía mucho tiempo no se había
encontrado en semejante fiesta, se lo devolvía con ternura...
que me resultaría muy difícil describir. - ¡Vamos,
desnúdate! -dijo el financiero. Y mientras tanto se desabrocha
la bragueta y se saca un pene negro y arrugado que no tenía
trazas de aumentar mucho de tamaño. Cuando la vieja se ha
desnudado del todo, y ofrece a su amante un viejo cuerpo amarillento y
arrugado,seco, colgante y descarnado, cuya descripción, sean
cuales sean las fantasías que podríais tener sobre este
punto, os causaría demasiado horror para que yo me atreva a
emprenderla; pero lejos de sentirse asqueado, nuestro libertino se
extasía; coge a la vieja, la atrae hacia él sobre el
sillón donde estaba meneándosela
mientras esperaba que ella se desnudara, le hunde otra vez la lengua
dentro de la boca y, volviéndola de espaldas, ofrece su homenaje
al reverso de la medalla. Vi perfectamente cómo manoseaba sus
nalgas, es decir, los dos pingos que caían ondeantes sobre sus
muslos. Pero fuesen como fuesen, el hombre las separó,
pegó voluptuosamente sus labios a la cloaca inmunda que
encerraban, hundió en ella su lengua varias veces, y todo eso
mientras la vieja trataba de dar un poco de consistencia al miembro
muerto que meneaba. -Vamos al grano -dijo el platónico
enamorado-. Sin mi plato fuerte, todos tus esfuerzos serían
inútiles. ¿Has sido advertida? -Sí, señor.
-¿Y sabes qué es lo que tienes que tragar? -Sí,
corderito; sí, palomo. Tragaré, devoraré todo lo
que tú hagas. Entonces el libertino la echa sobre la cama boca
abajo, y en esta posición le mete en el pico su floja verga, se
la hunde hasta los cojones, le toma las dos piernas de su goce y se las
coloca sobre los hombros, de modo que su hocico se encuentra rozando
las nalgas de la vieja. Su lengua se instala al fondo del agujero
delicioso; la abeja que busca el néctar de la rosa no chupa, de
una lanera más voluptuosa; la vieja,por su parte, también
chupa, nuestro hombre se agita. - ¡Ah, joder! -exclama al cabo de
un cuarto de hora de este ejercicio libidinoso-. ¡Chupa, chupa,
puta! ¡Chupa y traga!, ¡redios!, ya llego, ¿no te
das cuenta? Y besando todo lo que se ofrece a él, muslos,
vagina, nalgas, ano, todo es lamido, todo es chupado, la vieja traga, y
el pobre vejestorio que se retira tan mustio como antes, y que
verosímilmente ha descargado sin erección, sale
avergonzado de su extravío, y gana lo más
rápidamente posible la puerta para no tener que ver, sereno, el
cuerpo, repugnante que acaba de seducirlo. -¿Y la vieja?
-pregunta el duque. -La vieja tosió, escupió, se
sonó, se vistió lo más rápidamente que pudo
y salió. Pocos días después, le tocó a la
misma compañera que me había proporcionado el placer de
esta escena. Era una muchacha de unos dieciséis años,
rubia y con la cara más interesante del mundo; no dejé de
ir a contemplarla mientras trabajaba. El hombre con quien debía
unirse era por lo menos tan viejo como el pagador de rentas. Hizo que
se pusiera de rodillas entre sus piernas, le fijó la cabeza
agarrándola por las orejas y le hundió en la boca una
verga que me pareció más sucia y repugnante que un trapo
de cocina arrastrado por un arroyo. Mi pobre compañera, al ver
acercarse a sus labios frescos aquella porquería, quiso apartar
la cabeza, pero no en vano la tenía nuestro hombre bien agarrada
por las orejas como a un perro. - ¡Vamos, puta! -le dijo-
¿Te haces la difícil? Y, amenazándola con llamar a
la Fournier , quien seguramente le había recomendado que fuera
complaciente, logró vencer sus resistencias. Ella abre los
labios, retrocede, vuelve a abrirlos y finalmente traga, hipando, con
su boca gentil,aquella reliquia infame. Desde aquel momento, ya
sólo se oían los insultos del criminal. - ¡Ah,
bribona! -dijo el hombre furioso-. ¡Cuántos aspavientos
haces para chupar la más hermosa verga de Francia! ¿Crees
que nos vamos a lavar todos los días para ti? ¡Vamos,
puta, chupa, chupa el confite! Y excitándose, a medida que
hablaba, con la repugnancia que inspiraba a su compañera, tanto
es verdad, señores, que el asco que nos proporcionáis se
convierte en un aguijón para vuestro goce, el libertino se
extasía y deja en la boca de aquella pobre muchacha pruebas
inequívocas de su virilidad. Pero la muchacha, menos
complaciente que la vieja, no traga nada, y mucho más asqueada
que aquélla, vomita al punto todo lo que tenía en su
estómago, y nuestro libertino, abrochándose, sin
preocuparse de ella, se burla entre dientes de las consecuencias
crueles de su libertinaje. Llegó mi vez, pero más
afortunada que las dos precedentes, era al amor mismo al que estaba
destinada, y sólo me quedó, después de haberlo
gozado, el asombro
de encontrar gustos tan extraños en un joven tan bien formado
para agradar. Llega, me pide que me desnude, se tiende sobre la cama,
me ordena que me ponga en cuclillas sobre su cara y que trate, con mi
boca, de hacer descargar una verga muy mediocre pero que me recomienda
y cuyo semen me ruega que trague, en cuanto lo sienta correr. -Pero no
permanezcas ociosa entre tanto -añade el pequeño
libertino-, que tu coño inunde mi boca de orina, la cual te
prometo tragar como tú tragas mi semen, y, además, que tu
hermoso culo lance pedos contra mi nariz. Le obedezco y cumplo a la vez
mis tres cometidos con tanto arte que la pequeña anchoa descarga
pronto todo su furor en mi boca, y trago la eyaculación mientras
mi adonis hace otro tanto con mi orina, y todo eso sin dejar de
respirar los pedos con que no dejo de perfumarlo. -En verdad,
señorita -dijo Durcet-, te hubieras podido ahorrar el revelar
las puerilidades de mi mocedad. - ¡Ah! ¡Ah! -dijo el duque
riendo-. ¿Cómo es posible que tú, que hoy apenas
te atreves a mirar un coño, lo hicieras mear en otro tiempo? -Es
verdad -dijo Durcet-, me avergüenzo de ello; es terrible tener que
reprocharse vilezas de esta índole, ahora, amigo mío,
cuando siento todo el peso de los remordimientos..., ¡deliciosos
culos! -exclamó en su entusiasmo, besando el de Sophie, que
había atraído hacia sí para manosearlo unos
momentos-. ¡Culos divinos, cuánto me reprocho el incienso
de que os he privado! ¡Oh culos deliciosos, os prometo un
sacrificio expiatorio, juro ante vuestros altares no volver a
extraviarme en mi vida! Y habiéndolo calentado un poco aquel
hermoso trasero, el libertino colocó a la novicia en una
posición muy indecente, sin duda, pero en la cual podía,
como se ha visto antes, hacer mamar su pequeña anchoa mientras
él chupaba el ano más lozano y más voluptuoso del
mundo. Pero Durcet, demasiado hastiado para poder entregarse a tal
placer, encontraba muy raramente su vigor; por más que fue
chupado, por más que se le hizo, tuvo que retirarse en el mismo
estado de desfallecimiento, y denostando y blasfemando contra la
muchacha, tuvo que aplazar para otro momento más oportuno los
placeres que la naturaleza le rechazaba a la sazón. No todo el
mundo era tan desgraciado; el duque, que había pasado a su
gabinete con Colombe, Zélamir, Brise-cul y
Thérése, lanzó rugidos que demostraban su
felicidad, y Colombe, que escupía con toda su fuerza en el
momento de salir, no dejó la menor duda sobre el templo que
había sido incensado. En cuanto al obispo, con las nalgas de
Adélaïde sobre su nariz y la verga del hombre en su boca,
se divertía haciendo lanzar pedos a la joven, mientras Curval,
de pie, haciendo soplar su enorme corneta a Hébé
eyaculaba locamente. Se sirvió la cena. El duque sostuvo la
tesis de que si la felicidad consistía en la completa
satisfacción de todos los placeres de los sentidos, era muy
difícil ser más feliz de lo que ellos eran. -Esta
afirmación no es la de un libertino -dijo Durcet-.
¿Cómo puedes ser feliz, desde el justify">momento en
que puedes satisfacerte en todo momento? La felicidad no consiste en
el_ goce, justify">sino en el deseo, en romper los frenos que se
oponen a ese deseo. Ahora bien, ¿se halla todo eso aquí,
donde sólo tengo que desear para tener? En cuanto a mí,
puedo jurar que desde que estoy aquí, mi semen no ha corrido ni
una sola vez en homenaje a los objetos presentes. Sólo se ha
derramado por los que no están, y por otra parte, creo, falta
algo esencial para nuestra felicidad. Es el placer de la
comparación, placer que sólo puede provenir del
espectáculo de los desgraciados, y aquí no los hay. Es lo
esencial para nuestra dicha. De la contemplación de aquel que no
goza de lo que yo tengo y que sufre nace el encanto de poder decir: soy
pues más feliz que él; allí donde los hombres sean
iguales y donde esas diferencias no existan, la felicidad no
existirá nunca. Es el caso de un
hombre que sólo aprecia la salud cuando ha estado enfermo. -En
este caso -dijo el obispo-, tú basarías un placer real en
poder contemplar las lágrimas de aquellos que están
abrumados por la miseria. -Por supuesto -contestó Durcet-. No
hay en el mundo tal vez voluptuosidad más sensual que
ésta de que has hablado. -¿Qué, sin aliviarla?
-dijo el obispo, deseoso de que Durcet se extendiera sobre un tema tan
del gusto de todos, y que era tan capaz de tratar a fondo.
-¿Qué entiendes por aliviar? -dijo Durcet-. Pero la
voluptuosidad que nace para mí de esa dulce comparación
entre su estado y el mío no existiría si yo los aliviara,
porque entonces, al sacarlos de su miseria, les haría
gozó durante unos momentos de una felicidad que, al ponerlos a
la par conmigo, eliminaría todo el goce de la
comparación. -Bueno, según eso -dijo el duque-,
sería preciso de alguna manera, para establecer mejor esta
diferencia esencial de la felicidad, sería preciso, digo,
agravar su situación. -Sin duda alguna -dijo Durcet-, y eso
explica las infamias que se me han reprochado toda la vida. La gente
que ignoraba mis motivos me llamaba duro, feroz y bárbaro, pero
burlándose de todas sus denominaciones yo seguía mi
camino, hacía, convengo en ello, lo que los mentecatos llaman
atrocidades, pero establecía goces de comparaciones deliciosas,
y era feliz. -Confiesa el hecho --lijo el duque- de que más de
veinte veces hundiste a desgraciados para halagar en este sentido tus
gustos perversos. -¿Más de veinte veces? -dijo Durcet-.
Más de doscientas, amigo mío, y podría sin
exageración citar a más de cuatrocientas familias
reducidas hoy a la mendicidad y que no representan nada para mí.
-¿Has sacado algún provecho de ellas, por lo menos?
-preguntó Curval. -Casi siempre, pero a menudo también lo
he hecho sólo por esta perversidad que casi siempre despierta en
mí a los órganos de la lubricidad; haciendo el mal tengo
erecciones, encuentro en el mal un atractivo lo bastante excitante como
para despertar en mí todas las sensaciones del placer, y a
él me entrego por él mismo, sin otro interés
ajeno. -Ese gusto es el que mejor puedo concebir -dijo Curval-. Cien
veces he dado mi voto /p> cuando estaba en el Parlamento para hacer
ahorcar a desgraciados que yo sabía eran inocentes, y nunca
cometí esas pequeñas injusticias sin experimentar dentro
de mí un cosquilleo voluptuoso, allá donde los
órganos del placer de los testículos se inflaman pronto.
Juzgad lo que he sentido cuando he hecho algo peor. -Es cierto -dijo el
duque, que empezaba a calentarse manoseando a Zéphyr- que el
crimen tiene suficiente encanto como para inflamar todos los sentidos
sin que se esté obligado a echar mano de otros recursos, y nadie
concibe como yo que las canalladas, incluso las más alejadas del
libertinaje, puedan causar la erección como las que le son
propias. Yo que os estoy hablando, he tenido erecciones robando,
asesinando, incendiando,y estoy perfectamente seguro de que no es el
objeto del libertinaje lo que nos anima, sino la idea del mal, y que en
consecuencia es sólo por el mal por lo que tenemos erecciones y
no por el objeto, de tal suerte que si el objeto estuviese desprovisto
de la posibilidad de empujarnos a hacer el mal no tendríamos
erecciones a causa de éste. -Nada es más cierto -dijo el
obispo-, y de ahí nace la certidumbre del mayor placer por la
cosa más infame y de cuyo sistema uno no debe apartarse, a
saber, que cuanto más quiera uno suscitar el placer en el
crimen, más necesario será que el crimen sea horrible, y
en cuanto a mí, señores, si me es permitido citarme, os
confieso que estoy a punto de no volver a experimentar esa
sensación de que habláis, de no experimentarla, digo, por
los pequeños crímenes, y si éste que cometo no
reúne tanta negrura, tanta atrocidad, tanto engaño y
traición como sea posible, la sensación ya no nace.
-Bueno -dijo Durcet-, ¿es posible cometer crímenes tal
como se conciben y como dices tú? En lo que a mí se
refiere, confieso que mi imaginación siempre ha estado en eso
más allá de mis medios; siempre he concebido más
de lo que he realizado, y siempre me he quejado de la naturaleza que,
al darme el deseo de ultrajar, me quitaba los medios de hacerlo.
-Sólo se pueden cometer dos o tres crímenes en este mundo
-dijo Curval-, y una vez cometidos, todo queda dicho. El resto es
inferior y no se experimenta nada. Cuántas veces,
¡redios!, no he deseado que se pudiera atacar al sol, privar de
él al universo o aprovecharlo para abrasar al mundo; esos
serían crímenes, y no los pequeños
extravíos a que nos entregamos que se limitan a metamorfosear al
cabo del año a una docena de criaturas en montículos de
tierra. Y con todo esto, como las cabezas se calentaban, lo que ya
habían sufrido dos o tres muchachas, y las vergas empezaban a
endurecerse, se levantaron de la mesa para ir a derramar en las lindas
bocas los chorros de aquel licor cuyo picor demasiado fuerte
hacía proferir tantos horrores. Aquella noche se limitaron a los
placeres de la boca, pero inventaron cien maneras de variarlos, y
cuando se hartaron fueron a tratar de buscar en algunas horas de
descanso las fuerzas necesarias para volver a empezar.
NOVENA JORNADA
La Duclos advirtió aquella
mañana que creía prudente ofrecer a las muchachas otros
blancos para el ejercicio de la masturbación que no fuesen los
jodedores que se empleaban o bien que cesaran las lecciones, por
considerar que las muchachas estaban suficientemente instruidas. Dijo,
con mucha razón y verosimilitud, que emplear a aquellos
jóvenes conocidos por el nombre de jodedores podía ser
causa de intrigas que era prudente evitar, que además aquellos
jóvenes, no valían absolutamente nada para aquel
ejercicio, porque descargaban en seguida, y que ello redundaba en
perjuicio de los placeres que esperaban los culos de aquellos
señores. Se decidió, pues, que las lecciones cesaran, y
tanto más cuanto que entre las muchachas había algunas
que sabían menear las vergas de maravilla; Augustine, Sophie y
Colombe hubieran podido medirse, por la habilidad y ligereza de sus
muñecas, con las más famosas meneadoras de la capital. De
todas ellas, Zelmire era la menos hábil: no porque no fuese
rápida y diestra en todo lo que ella hacía, sino porque
su carácter tierno y melancólico no le permitía
olvidar sus penas y siempre estaba triste y pensativa. En la visita de
la comida de aquel día, su dueña la acusó de haber
sido sorprendida la noche anterior rezando a Dios antes de acostarse;
fue llamada, se la interrogó y le preguntaron cuál era el
tema de sus oraciones; al principio ella se negó a confesarlo,
pero luego, al verse amenazada, confesó llorando que rogaba a
Dios que la librase de los peligros que la acechaban y, sobre todo, que
no se atentara contra su virginidad. El duque, entonces, le
declaró que merecía la muerte, y le hizo leer el
artículo del reglamento sobre esto. -Pues bien -dijo ella-,
máteme. El Dios a quien invoco tendrá al menos piedad de
mí, máteme antes de deshonrarme, y esta alma que le
consagro por lo menos volará pura hasta su seno, me veré
libre del tormento de ver y escuchar tantos horrores cada día.
Una respuesta como ésta, tan llena de virtud, candor y amenidad,
provocó unas prodigiosas erecciones en nuestros libertinos.
Algunos opinaban que se la desvirgase inmediatamente, pero el duque,
recordándoles los inviolables compromisos contraídos, se
contentó con condenarla, de acuerdo con sus compañeros a
un violento castigo para el sábado siguiente, y mientras tanto
que se acercase de rodillas y chupara durante un cuarto de hora la
verga a cada uno de ellos, con la advertencia de que en caso de
reincidencia, sería juzgada con todo el rigor de las leyes y
seguramente perdería la vida. La pobre niña
cumplió la primera parte de la penitencia, pero el duque, a
quien la ceremonia le había excitado, y que después del
fallo le había manoseado prodigiosamente el culo, soltó
villanamente todo su semen en aquella linda boquita, y amenazóla
con estrangularla si rechazaba una sola gota, y la pobre desgraciada se
lo tragó todo, no sin' una gran repugnancia. Los otros tres
fueron chupados a su vez, pero no eyacularon nada, y después de
las ceremonias ordinarias de la visita al aposento de los muchachos y a
la capilla, que aquella mañana produjo tan poco porque casi todo
el mundo había sido rechazado, comieron y pasaron al
café. Este era servido por Fanny, Sophie, Hyacinthe y
Zélamire; Curval imaginó joder a Hyacinthe sólo
entre los muslos y obligar a Sophie a que se colocara entre los muslos
de Hyacinthe y chupara la parte saliente de su pito. La escena fue
agradable y voluptuosa,meneó e hizo descargar al hombrecillo en
la nariz de la muchacha, y el duque, que a causa de la longitud de su
verga, era el único que podía imitar esta escena, se
despachó de la misma forma con Zélamire y Fanny, pero el
joven todavía no eyaculaba, por lo cual se vio privado de un
episodio muy interesante del que Curval gozaba. Después de
ellos, Durcet y el obispo se las entendieron con los cuatro muchachitos
y también se las hicieron chupar, pero ninguno descargó y, tras una corta siesta, pasaron al
salón de los relatos donde ya se encontraba dispuesto todo el
mundo, y la Duclos reanudó el hilo de sus narraciones:Con
cualquier otro que no fuerais vosotros, señores -dijo esta
amable mujer, temería tocar el tema de las narraciones que nos
ocuparán toda esta semana, pero por crapuloso que sea, vuestros
gustos me son demasiado conocidos para estar segura de que en vez de
disgustaras os seré agradable. Escucharéis, os lo
prevengo, porquerías abominables, pero vuestros oídos ya
están acostumbrados a ello, vuestros corazones las aprueban y
desean, y sin más demora entro en materia. En casa de la
señora Fournier teníamos un antiguo cliente llamado el
caballero, no sé por qué ni cómo, que solía
venir todas las noches para una ceremonia tan sencilla como
extraña: se desabrochaba la bragueta y era preciso que una de
nosotras, por turno, cagara en sus calzones. Volvía a abrocharse
inmediatamente y salía llevándose su paquete. Mientras se
lo proporcionaban, nuestro hombre se meneaba la verga un rato, pero
nunca se le vio eyacular y no se sabía a donde iba con su
mojón así embraguetado. - ¡Oh! ¡Pardiez!
-dijo Curval, que siempre que oía algo tenía ganas de
hacerlo-. Quiero que alguien se cague en mis calzones y conservarlo
durante toda la velada. Y ordenando a Louison que acudiera a hacerle
este favor, el viejo libertino dio a la reunión la
representación efectiva de aquello cuyo relato había
escuchado. - ¡Vamos, sigue! -dijo flemáticamente a la
Duclos , colocándose cómodo en su canapé-. Este
asunto sólo incomodará a Aline, mi encantadora
compañera en esta velada, en cuanto a mí, me acomodo a
ello perfectamente. Y la Duclos prosiguió así: Prevenida,
dijo, de todo lo que ocurriría con el libertino que me enviaban,
me vestí de muchacho y, como sólo tenía veinte
años, una hermosa cabellera y un lindo rostro, el atavío
me sentaba maravillosamente. Antes de encontrarme con él,
había tenido la precaución de hacer, en mis calzones, lo
que el señor presidente acaba de hacerse en lo suyos. Mi hombre
me esperaba en la cama, yo me acerco a él, me besa dos o tres
veces muy lúbricamente en la boca, me dice que soy el más
lindo muchachito que ha visto en su vida, y mientras tanto, sin dejar
de piropearme, trata de desabrocharme los calzones. Yo me defiendo un
poco, sólo con la intención de inflamar sus deseos,
él insiste, logra sus propósitos, pero cómo
describir el éxtasis que hace presa en él cuando ve el
paquete que llevo y el embarrado de mis nalgas. - ¡Cómo,
pequeño bribón! ¿Te has cagado en los calzones?...
¿Cómo puedes hacer tales cochinadas? Y dicho esto,
teniéndome siempre de bruces y con los calzones bajados, se
menea la verga, se agita, se echa sobre mi espalda y lanza su
eyaculación sobre el paquete de caca, mientras hunde su lengua
en mi boca. - ¡Eh! ¡Qué! -dijo el duque-. ¿No
tocó nada, no manoseó nada de lo que sabes? -No,
monseñor -contestó la Duclos-. Lo cuento todo y no oculto
ningún detalle; pero tened un poco de paciencia y paulatinamente
llegaremos a lo que os referís. -Vamos a ver a un tipo muy
divertido -me dijo una de mis compañeras-. Ese no tiene
necesidad de compañía, se divierte solo. Fuimos al
agujero, enteradas de que en la habitación contigua, a donde
tenía que dirigirse, había un orinal en el que se nos
había ordenado que defecáramos durante cuatro días
y que contenía por lo menos una docena de cagadas. Nuestro
hombre llega; era un viejo arrendador de unos setenta años; se
encierra, va derecho al orinal que sabe que contiene los perfumes cuyo
goce ha pedido. Lo coge y, sentándose en un sillón,
examina amorosamente durante una hora todas las riquezas de que se le
ha hecho dueño; huele, toca, palpa, los saca uno tras otro para
tener el placer de contemplarlos mejor. Finalmente, extasiado, saca de
su bragueta un pellejo negro que sacude con todas sus fuerzas; con una
mano menea y hunde la otra en el orinal, lleva a ese instrumento que se
festeja un pasto susceptible de inflamar sus deseos; pero no se le
empalma. Hay ocasiones en que hasta la naturaleza se muestra reacia
ante los excesos que más nos deleitan. Por más que el
hombre hizo, nada se levantó; pero a fuerza de sacudidas, hechas
con la misma mano que acababa de ser hundida en los mismos excrementos,
la eyaculación se produce, el hombre se envara, se tumba en la
cama, huele, respira, frota su verga y descarga sobre el montón
de mierda que también acaba de deleitarlo. Otro hombre
cenó conmigo, y quiso que en la mesa hubiera doce platos llenos
de los mismos manjares, mezclados con los de la comida. Los olió
uno tras otro y me ordenó que, después de haber comido,
le meneara la verga sobre el plato que le había parecido
más apetecible. Un joven relator del Consejo de Estado pagaba
por las lavativas que hacía; cuando me tocó, me
administró siete seguidas con sus propias manos. Después
de haberme administrado una, me hacía subir a una escalera
doble, él se colocaba debajo y yo devolvía sobre su
verga, que no dejaba de menearse, todo el líquido con que
acababa de regar mis entrañas. Fácil es imaginar que
aquella velada se dedicó toda a porquerías más o
menos de la índole que acabamos de escuchar, y esto es
más fácil de creer por cuanto este gusto era general en
los cuatro amigos, y aunque Curval fue quien lo llevó más
lejos, los otros tres no se quedaron cortos. Las ocho defecaciones de
las muchachas fueron colocadas entre los platos de la cena, y en las
orgías sin duda se fue todavía más allá en
eso con los muchachos, y de este modo terminó el noveno
día, cuyo fin se vio llegar con tanto más placer cuanto
que creíase que al día siguiente escucharían sobre
el tema que les gustaba otros tantos relatos mucho más
detallados.
DECIMA JORNADA
Cuanto más avanzamos,
mejor podemos iluminar a nuestro lector sobre ciertos hechos que nos
hemos visto obligados a velar al principio. Ahora, por ejemplo, podemos
decirle cuál era el objeto de las visitas de la mañana a
los aposentos de los muchachitos, la causa que obligaba a castigarlos
cuando en estas visitas se encontraba a algunos culpables, y
cuáles eran las voluptuosidades que se disfrutaban en la
capilla: les estaba estrictamente prohibido a las personas de uno y
otro sexo que fueran a los retretes sin un permiso expreso, a fin de
que esas necesidades así retenidas pudieran servir a las
necesidades de los que lo deseasen. La visita servía para
enterarse acerca de si alguien había faltado a esta orden; el
amigo que estaba de turno examinaba con cuidado todos los orinales de
la habitación, y si hallaba uno que estuviera lleno, el culpable
quedaba inmediatamente inscrito en el libro de los castigos. Sin
embargo, se concedía una facilidad a aquellos, o aquellas que ya
no podían aguantarse: podían ir unos momentos, antes de
comer, a la capilla, donde se había instalado un retrete rodeado
de manera que nuestros libertinos pudieran gozar del placer que la
satisfacción de esta necesidad podía proporcionarles, y
el resto que había podido aguantar el paquete, lo perdía
en el transcurso del día de la manera que más gustaba a
los amigos, y siempre seguramente de un modo acerca del cual se
escucharán los detalles, ya que dichos detalles se
referirán a todas las maneras de entregarse a esta nueva clase
de voluptuosidad. Había todavía otro motivo que
merecía castigo, y era éste: lo que se llama la ceremonia
del bidet no agradaba precisamente a nuestros amigos; Curval, por
ejemplo, no podía soportar que las personas que tenían
tratos con él se lavasen; Durcet, compartía esta
manía, por lo cual ambos avisaban a la dueña de las
personas con las cuales preveían que se divertirían al
día siguiente, y a estas personas se les prohibía
absolutamente que efectuaran abluciones o frotamientos de la
índole que fuera, y los otros dos, que no abominaban de esto,
aunque no les fuera esencial como a los dos primeros, se prestaban a la
ejecución de este episodio, y si después del aviso de
estar impuro, un sujeto decidía estar limpio, quedaba al
instante inscrito en la lista de los castigos. Tal fue el caso de
Colombe y de Hébé esta mañana; ambas habían
cagado la víspera en las orgías, y sabiendo que
estarían de servicio a la hora del café del día
siguiente, Curval, que contaba divertirse con las dos y que
había avisado que las haría lanzar pedos, había
recomendado que se dejaran las cosas en el estado en que se
encontraban. Cuando las muchachas fueron a acostarse, no hicieron nada.
Durante la visita, Durcet, avisado, quedó muy sorprendido al
encontrarlas muy limpias; ellas se excusaron diciendo que se
habían olvidado de ello, pero no por eso dejaron de ser
inscritas en el libro de los castigos. Aquella mañana no se
concedió ningún permiso para ir a la capilla. (El lector
recordará en adelante lo que queremos decir). Preveíase
demasiado la necesidad que se tendría de aquello por la noche
durante el relato para no reservarlo todo para entonces. Aquel
día se interrumpieron igualmente las lecciones de
masturbación a los jóvenes; eran inútiles ya y
todos sabían menearla como las más hábiles putas
de París. Zéphyr y Adonis se distinguían sobre
todo por su destreza y rapidez, y hay pocos pitos que no hubiesen
eyaculado hasta la sangre meneados por sus manecitas, tan diestras como
deliciosas. No hubo nada de nuevo hasta la hora del café; estaba
servido por Giton, Adonis,Colombe y Hébé; estos cuatro
niños estaban atiborrados de cuantas drogas pueden provocar
ventosidades, y Curval que se había propuesto hacer peer,
recibió pedos en gran cantidad. El duque se hizo chupar la verga por Giton, cuya boquita apenas
podía contener el enorme cipote que se le presentaba. Durcet
cometió pequeños horrores de su gusto con
Hébé, y el obispo jodió a Colombe entre los
muslos. Dieron las seis, se pasó al salón, donde, todo
dispuesto, la Duclos empezó a contar !o que va leerse: Acababa
de llegar a casa de la Fournier una nueva compañera que, por el
papel que va a representar en el detalle de la pasión que sigue,
merece que la describa al menos a grandes trazos. Era una joven
modista, pervertida por el seductor del que os he hablado cuando la
Guérin y que trabajaba también para la Fournier.
Tenía catorce años, los cabellos castaños, los
ojos marrones y llenos de fuego, el rostro más voluptuoso que
sea posible ver, la piel blanca como el lirio y suave como el
satén, bastante bien formada, aunque un poco gorda, ligero
inconveniente que tenía por resultado el culo más
rozagante y lindo, el más rollizo y blanco que haya existido en
París. El hombre que le mandaron, como pude ver a través
del agujero, la estrenaría, ya que la chiquilla era virgen, y
seguramente por todos los lados. Un bocado como aquel sólo se
entrega a un gran amigo de la casa: en aquel caso se trataba del viejo
abad de Fierville, tan conocido por sus riquezas como por sus
orgías, gotoso hasta la punta de los dedos. Llega todo
infatuado, se instala en la habitación, examina todos los
utensilios que le serán necesarios, lo prepara todo y llega la
pequeña; la llamaban Eugénie. Un poco asustada de la
figura grotesca de su primer amante, ella baja los ojos y se ruboriza.
-Acércate, acércate -le dice el libertino-, y
muéstrame tus nalgas. -Señor... -dice la niña,
aturrullada. -Vamos, vamos -dice el viejo libertino-; no hay nada peor
que estas pequeñas novicias; no conciben que uno desee ver un
culo. ¡Vamos, arremángate, arremángate! Y la
pequeña, temiendo disgustar a la Fournier , a la cual
había prometido ser muy complaciente, se arremanga a medias por
detrás. -Más arriba, más arriba -dice el viejo
calavera-. ¿Crees que me voy a tomar ese trabajo yo mismo?
Finalmente el bello culo aparece entero. El abad lo contempla, ordena a
la muchachita que se mantenga erguida, luego le dice que se incline, le
hace cerrar las piernas, luego que las mantenga abiertas y,
apoyándola contra la cama, frota un momento con rudeza todas sus
partes delanteras, que ha descubierto, contra el hermoso culo de
Eugénie, como para electrizarse, como si quisiera atraer hacia
sí un poco del calor de aquella bella criatura. De esto pasa a
los besos, se arrodilla para hacerlo más cómodamente y,
teniendo con sus dos manos las lindas nalgas lo más abiertas
posible, acaricia los tesoros con los labios y la lengua. -No me han
engañado --dijo-, tienes un hermoso culo. ¿Cuándo
cagaste por última vez? -Hace un rato -contestó la
pequeña-. La señora, antes de mandarme subir, me hizo
tomar esta precaución. - ¡Ah! ¡Ah!... De manera que
no tienes nada en el vientre... -dijo el libertino-. Bueno, vamos a
comprobarlo. Y, tomando la jeringa, la llenó de leche, y
regresó junto a la chiquilla, apunta, la cánula e inyecta
la lavativa. Eugénie, que había sido prevenida, se presta
a todo, pero apenas el remedio se halla dentro de vientre el viejo va a
acostarse en el canapé, de bruces, ordena a Eugénie que
se ponga a horcajadas sobre él y le eche toda la cosa en la
boca. La tímida criatura se coloca como se le ha ordenado,
empuja, el libertino empieza a masturbarse, con su boca fuertemente
adherida al agujero para no perder una sola gota del precioso licor que
suelta. Lo traga todo con gran cuidado, y apenas ¡lega al
último trago, pierde el semen que lo sume en el delirio.
¿Pero qué es ese mal humor, esa repugnancia que hace
Presa en todos los libertinos después de la caída de sus
ilusiones? El abad, rechazando a la pequeña
después de haber terminado, se abrocha, afirma que ha sido
engañado al prometerle que se le haría cagar a aquella
niña, que seguramente no había cagado nada y que
él ha tragado la mitad de sus excrementos. Hay que puntualizar
que el abad solo quería la leche. Rezonga,blasfema, lanza
pestes, dice que no pagará nada, que no regresará
jamás, que no vale la pena ir allá para pequeñas
mocosas como aquélla, y se va, no sin antes soltar otras
invectivas que ya encontraré ocasión de citar en otra
pasión en la que constituyen su esencia y que aquí
sólo son accesorias. - ¡Qué hombre más
delicado pardiez! -dijo Curval-. ¡Enfadarse porque recibió
un poco de mierda, cuando hay quienes se la comen! - ¡Paciencia!
¡Paciencia, monseñor! -dijo la Duclos-. Permitidme que mi
relato siga el orden que habéis exigido y veréis que
llegamos a los singulares libertinos a que habéis aludido. Dos
días después me toco a mí. Como se me había
avisado, me contuve durante treinta y seis horas. Mi héroe era
un viejo capellán del rey, gotoso, como el precedente: una
tenía que acercársele desnuda, pero con el coño y
los pechos cuidadosamente cubiertos. Esto me había sido
recomendado de una manera especial, tras haberme dicho que si el
hombre, desgraciadamente, descubría algo de estas partes del
cuerpo, no lograría nunca que descargara. Me acerco, él
examina atentamente mi culo, me pregunta cuál es mi edad, si es
verdad que tengo muchas ganas de cagar, de qué clase es mi
mierda, si es blanca, si es dura y mil otras preguntas que
parecían animarlo, porque poco a poco, mientras hablaba, su
verga se levanta y me la muestra. Este pito de unas cuatro pulgadas de
largo por dos o tres de circunferencia, a pesar de su
animación,, tenía una aire tan humilde y lastimoso, que
casi se necesitaba un lupa para advertir que existía; sin
embargo, a requerimiento del hombre, la cojo y, advirtiendo que mis
sacudidas excitaban sus deseos, se puso en situación de consumar
el sacrificio. -¿Pero es de veras, pequeña, que tienes
ganas de cagar? Porque no me gusta que me engañen; veamos,
veamos si realmente hay mierda en tu culo. Y dicho esto, me hunde el
dedo del medio de su mano derecha hasta mis cimientos, mientras que con
la izquierda sostenía la erección que yo había
suscitado en su verga. Aquel dedo buzo no tuvo necesidad de ir muy
lejos para convencerse de la necesidad real que yo le había
asegurado que experimentaba; apenas hubo tocado, fue presa del
éxtasis. - ¡Oh, redios! -dijo-, no me ha engañado;
la gallina va a poner y yo acabo de tocar el huevo. El disoluto,
encantado, me besa el trasero y, al ver que yo lo apremio, porque ya no
puedo aguantar más, me hace subir a una especie de armatoste muy
semejante al que tenéis aquí en la capilla,
señores; una vez allí, con mi culo perfectamente expuesto
ante sus ojos, podía yo cagar en un orinal colocado un poco
debajo de mí, a dos o tres dedos de su nariz. Este armatoste
había sido hecho para él, y lo usaba con frecuencia,
porque venía casi cada día a casa de la Fournier , para
ocuparse tanto con extrañas como con mujeres de la casa. Un
sillón colocado debajo del círculo que sostenía mi
culo, era el trono del personaje. En cuanto me ve en esta postura, se
sitúa en su lugar y me ordena que empiece. Viene el preludio de
algunos pedos; los respira Finalmente aparece la mierda; se
extasía y grita excitado: - ¡Caga, pequeña, caga,
angel mío! ¡Hazme ver la mierda que sale de tu hermoso
culo! Y ayudaba con sus dedos a que saliera, apretando el ano para
facilitar la explosión; mientras tanto, se meneaba la verga,
observaba, se embriagaba de voluptuosidad, y al transportarlo por fin
el exceso de placer, sus gritos, sus suspiros,sus manoseos, todo me
convencía de que llegaba el último episodio del placer,
de lo cual me convenzo volviendo la cabeza y viendo su pito en miniatura
descargar algunas gotas de esperma en el mismo orinal que acababa yo de
llenar. Este se marchó sin mal humor, me aseguró incluso
que me haría el honor de volver a verme, aunque yo estaba
persuadida de lo contrario, pues sabía que nunca veía dos
veces a la misma muchacha. - Comprendo perfectamente eso -dijo el
presidente, que besaba el culo de Aline, su compañera de
canapé-. Es preciso estar como estamos, es preciso verse
reducido a la escasez que nos abruma para hacer cagar más de una
vez un mismo culo. - Señor presidente -dijo el obispo-, tu voz
entrecortada me demuestra que se te ha puesto dura. - ¡Ah!
¡Nada de eso! -dijo Curval-. Estoy besando la nalgas de tu hija,
que ni siquiera ha tenido la amabilidad de soltar un simple pedo. -
Tengo más suerte que tú -contestó el obispo-,
porque tu mujer, que acaba de dedicarme la más bella y copiosa
cagada... - ¡Silencio, señores, silencio! -dijo el duque,
cuya voz parecía ahogada por algo que le cubría la
cabeza-. ¡Silencio, pardiez! Estamos aquí para escuchar y
no para obrar. -Es decir, no haces nada -repuso el obispo-. ¿Y
es para escuchar para lo que te has instalado debajo de tres o cuatro
culos? -Bueno, tiene razón. Prosigue, Duclos. Será
más prudente para nosotros escuchar tonterías que
hacerlas, hay que reservarse para luego. Iba la Duclos a proseguir sus
relatos, cuando se oyeron los rugidos acostumbrados y las blasfemias
corrientes de las descargas del duque, el cual, rodeado de su
cuadrilla, perdía lubricamente su semen, excitado por Augustine,
y haciendo con Giton, Zéphyr y Sophie pequeñas
cochinadas, muy semejantes a las que salían en los relatos. -
¡Ah, santo Dios! -dijo Curval-. No puedo soportar esos malos
ejemplos; no hay nada que haga descargar tanto como ver que alguien
descarga, y he aquí a esa putita -dijo, dirigiéndose a
Aline- que no podía hacer nada hace un rato y ahora hace todo lo
que se quiere... No importa, me contendré... ¡Ah!, por
más que cagues, puta, por más que cagues, no
descargaré. -Veo bien, señores -dijo la Duclos-, que
después de haberos pervertido corre de mi cuenta volveros a la
razón, y para lograrlo voy a reanudar mi relato, sin esperar
vuestras órdenes. - ¡Oh, no, no! -dijo el obispo-. Yo no
soy tan reservado como el señor presidente; el semen me pica y
tengo que soltarlo. Y tras haber dicho esto, se le vio hacer delante de
todo el mundo ciertas cosas que el orden que nos hemos prescrito no nos
permite revelar todavía, pero cuya voluptuosidad hizo derramar
pronto el esperma que bullía en sus cojones. Durcet, entregado
completamente al culo de Thérèse, no oyó nada, y
puede creerse que la naturaleza le negaba lo que concedía a los
otros, porque no permaneció mudo generalmente cuando le
concedía sus favores. La Duclos, al ver que reinaba la calma
prosiguió el relato de sus lúbricas aventuras: Un mes
después, vi a un hombre que casi era preciso violar para una
operación muy semejante a la que acabo de contar. Cago en un
plato y se lo coloco bajo la nariz, en el sillón donde se
encontraba instalado leyendo un libro, como si no hubiese advertido mi
presencia. Me insulta, me pregunta cómo soy tan insolente para
hacer semejantes cosas delante de él, pero cuando huele la
mierda la mira y la manosea, yo me excuso por haberme tomado tal
libertad, él sigue diciéndome tonterías y acerca
la mierda a su nariz, no sin decirme que ya volveríamos a vernos
otra vez y que sabría cómo las gastaba. Un cuarto
personaje sólo empleaba para semejantes fiestas a viejas de
setenta años; lo vi actuar con una que tenía por lo menos
ochenta. Estaba acostado en un canapé, la matrona, a horcajadas
encima de él, le soltó el paquete sobre el vientre,
mientras le meneaba una vieja y arrugada verga que casi no
descargó
nada. En casa de la señora Fournier había otro mueble
bastante singular: era un especie de silla agujereada en la que un
hombre podía instalarse de tal manera que su cuerpo
aparecía en otra habitación y su cabeza se encontraba en
el lugar del orinal. Yo estaba a su lado, arrodillada entre sus piernas
y chupándole entretanto la verga con gran afición. Esta
singular operación consistía en que un hombre del pueblo,
alquilado para eso, y sin saber a ciencia cierta qué
hacía, entrase por el lado donde estaba el asiento de la silla,
se sentase encima y soltase su paquete de mierda, el cual caía a
bocajarro sobre la cara del paciente que yo trataba; pero era necesario
que aquel hombre fuese precisamente de baja condición y
crapuloso; era preciso, además, que fuese viejo y feo, sin lo
cual no era aceptado por el cliente, quien lo veía antes de la
operación. No vi nada, pero lo oí todo: el instante del
choque fue el de la eyaculación de mi hombre, su semen se
disparó hacia mi gaznate a medida que la mierda le cubría
el rostro, y lo vi salir de la habitación en un estado que me
confirmó que lo habían servido bien. El azar, una vez
terminada la representación, me hizo topar con el gentilhombre
que acababa de actuar; era un bueno y honrado auvernés un
peón albañil que estaba encantado de haberse ganado un
escudo con una ceremonia que le había aliviado el vientre y le
resultaba más dulce y agradable que cargar la gaveta. Era
espantosamente feo y' debía tener más de cuarenta
años. -Reniego de Dios -dijo Durcet-. Eso es. Y, tras haber
dicho esto, pasó a su gabinete con el más viejo de los
jodedores, Thérése y la Desgranges. Unos minutos
después se le oyó rebuznar, y al regresar, no quiso
comunicar a la compañía los excesos a los que se
había entregado. Se sirvió una cena que por lo menos fue
tan libertina como de costumbre. Como los amigos, habían tenido
la idea, después de aquella cena, de ir cada uno por su lado, en
vez de divertirse juntos unos momentos, como tenían por
costumbre hacer, el duque ocupó el tocador del fondo con
Hercule, la Martaine , su hija Julie, Zelmire, Hébé,
Zelamire, Cupidon y Marie. Curval se apoderó del salón de
los relatos con Constance, que se estremecía cada vez que
tenía que encontrarse con él, y a la que estaba lejos de
tranquilizar, con Fanchon, la Desgranges, Brise-cul, Augustine, Fanny,
Narcisse y Zéphyr. El obispo pasó al salón de
reuniones con la Duclos , quien aquella noche fue infiel al duque para
vengarse de la infidelidad que cometía él
llevándose a la Martaine , con Aline, Bande-au-ciel,
Thérèse, Sophie, la encantadora muchachita Colombe,
Céladon y Adonis. Durcet se quedó en el comedor, tras
quitar las mesas, donde se extendieron alfombras y colocaron cojines.
Se encerró allí, digo, con Adélaïde, su
querida esposa, Antinoüs, Louison, Champville, Michette, Rosette,
Hyacinthe y Giton. Un recrudecimiento de lubricidad, más que
otra causa, había sin duda dictado aquel arreglo, porque las
cabezas se calentaron tanto durante aquella velada, que por unanimidad
nadie se acostó, y resulta difícil imaginar
cuántas suciedades e infamias hubo en cada habitación. Al
amanecer quisieron regresar a la mesa, aunque se había bebido
mucho durante la noche, fueron al comedor en tropel, mezclados, y las
cocineras que fueron despertadas prepararon huevos revueltos, chincara,
sopa de cebolla y tortillas. Volvieron a beber, pero Constance era
presa de una tristeza que nada podía calmar. El odio de Curval
contra ella crecía al mismo tiempo que su vientre, como
había podido comprobar durante las orgías de aquella
noche, pero aunque él no la había golpeado, porque se
había convenido que la dejarían engordar en paz, la
había colmado de malos tratos; ella quiso quejarse de esto a
Durcet y al duque, su padre y su marido, pero éstos la mandaron
al diablo y le dijeron que debía tener algún defecto
desconocido para ellos que disgustaba al más virtuoso y honrado
de los humanos; eso fue, todo lo que ella obtuvo. Tras esto, fueron a
acostarse.
UNDECIMA JORNADA
Se levantaron muy tarde y,
suprimiendo aquel día todas las ceremonias usuales, se sentaron
a la mesa al levantarse de la cama. El café, servido por Giton,
Hyacinthe, Augustine y Fanny, fue bastante tranquilo, aunque Durcet se
empecinó en que Augustine lanzara pedos y el duque trató
de meter su verga en la boca de Fanny. Pero como del deseo a su
realización, para aquellos personajes, no había
más que un paso, fueron satisfechos; felizmente Augustine iba
preparada y pudo lanzar una docena de pedos en la boca del
pequeño financiero que casi tuvieron la virtud de
ponérsela dura. En cuanto a Curval y al obispo, se limitaron a
manosear las nalgas de los dos muchachitos, y se pasó al
salón de los relatos. -Mira, -me dijo un día la
pequeña Eugénie, que empezaba a familiarizarse con
nosotras, y a quien seis meses de burdel habían hecho más
linda-, mira, Duclos -me dijo, levantándose las faldas-,
cómo quiere la Fournier que tenga el culo todo este día.
Y diciendo esto me hizo ver una capa de mierda de una pulgada de
espesor que cubría el bonito agujerito de su culo. -¿Y
qué quiere que hagas con eso? -le pregunté. -Es para un
viejo caballero que vendrá esta noche –contestó
ella- y desea ver mierda en mi culo. -Bueno -contesté-,
quedará contento, porque es imposible tener más. Y la
muchacha me dijo que, después de haber cagado, la Fournier se
había encargado de esparcirle la mierda. Llena de curiosidad por
ver aquella escena, cuando llamaron a la linda criatura corrí al
agujero. Era un monje, pero de los de categoría;
pertenecía a la orden de Císter, gordo, alto, vigoroso y
frisaba en los sesenta años. Acaricia a la niña, la besa
en la boca, y tras haberle preguntado si iba muy limpia, le levanta las
faldas para verificar un estado constante de limpieza que
Eugénie le había asegurado, aunque ella sabía muy
bien que era todo lo contrario, pero le habían dicho que hablara
así. - ¡Cómo, pequeña bribona! -le dijo el
monje, viendo cómo estaba la cosa-. ¿Cómo te
atreves a decirme que vas limpia con un culo como ése lleno de
mierda? Hace más de quince días por lo menos que no te
has limpiado el culo; eso me apena de veras; pero como lo quiero ver
limpio, será necesario que me ocupe yo mismo del asunto. Y dicho
esto, apoya a la muchacha contra la cama y, arrodillándose, le
abre las dos nalgas con las manos. Al principio parecía que
sólo deseaba observar la situación, se muestra
sorprendido, poco a poco se acerca, con la lengua arranca pedazos, sus
sentidos se inflaman, su verga se levanta, la nariz, la lengua, la
boca, todo parece trabajar a la vez, su éxtasis parece tan
delicioso que apenas puede hablar y el semen sube por fin; coge su
verga, la menea y, descargando, termina de limpiar tan completamente
aquel ano, que nadie hubiera dicho que hubiese estado tan sucio poco
antes. Pero el libertino no se quedó allí y aquella
voluptuosa manía no era para él más que el
prólogo; se levanta, besa otra vez a la chiquilla, le muestra un
gordo y feo culo y le ordena que lo sacuda y socratice,
operación que tiene por consecuencia ponérsela dura de
nuevo, entonces se apodera del culo de mi compañera, lo colma
con nuevos besos, y como lo que hizo luego no es de mi incumbencia ni
encaja en estos relatos preliminares, estaréis de acuerdo en que
deje a la señora Martaine que os hable de los extravíos
de un miserable que ella conoció demasiado bien, y Para evitar
las preguntas que me podríais hacer, señores, a las
cuales no me sería permitido contestar, de acuerdo con vuestras
leyes, paso a otro detalle. - ¡Sólo una cosa, Duclos!
-dijo el duque-; hablaré con palabras disimuladas para que tus
respuestas no infrinjan nuestras leyes. ¿El monje la
tenía gorda y era la primera vez que Eugénie...?
-Sí, monseñor, era la primera vez, y el monje la
tenía casi tan gorda como vos. - ¡Ah, joder! -dijo
Durcet-. ¡Qué hermosa escena! ¡Cómo me
hubiera gustado verla! Quizás hubierais tenido la misma
curiosidad -dijo la Duclos , prosiguiendo su
relato- por el personaje que pasó por mis manos algunos
días después. Provista de un orinal que contenía
ocho o diez cagadas de diversas procedencias (le hubiera molestado
mucho saber quiénes eran sus autores), era preciso que mis manos
le Trotasen todo el cuerpo con esa aromática pomada. Nada fue
respetado, ni siquiera la cara, y cuando llegué a la verga que
se estaba meneando al mismo tiempo, el infame cerdo, que se contemplaba
complacido ante un espejo, me dejó en las manos las pruebas de
su triste virilidad. Y he aquí, señores, que finalmente
se rendirá homenaje en el verdadero templo. Se me había
avisado que estuviese lista, estuve aguantándome durante dos
días. Esta vez se trataba de un comendador de la orden de Malta
que, para esta operación, se ocupaba todos los días con
una muchacha diferente; la escena se desarrollaba en su casa. -
¡Qué hermosas nalgas! -me dijo, besando mi trasero-. Pero,
niña, -prosiguiótener un bello culo no lo es todo,
además es preciso que ese bello culo cague. ¿Tienes
ganas? - ¡Tantas que casi me muero, señor! -le
contesté. - ¡Oh, pardiez, es delicioso! -dijo el
comendador-. Esto es servir bien a la clientela ¿Pero no
desearías cagar, pequeña, en el orinal que te voy a
traer? -A fe mía, señor -le contesté-, tengo
tantas ganas que cagaría en cualquier parte, hasta en su boca...
- ¡Ah, en mi boca! ¡Eres una chiquilla deliciosa! Bueno, mi
boca será el único orinal que os ofreceré. -
¡Oh! Bien, dádmela, señor, dádmela de prisa
-respondí-, porque ya no aguanto más. Se instala, me
pongo a horcajadas sobre él, le meneo la verga, él
sostiene mis caderas con las manos y recibe, trozo a trozo, lo que voy
depositando en su pico. Mientras tanto, se extasía, mi
puño apenas bastaba para hacer surgir los chorros de semen que
pierde; sigo meneándosela, termino de cagar, nuestro hombre se
encuentra en el séptimo cielo y dejo satisfecho de mí a
quien por lo menos tiene la amabilidad de hacer decir a la Fournier que
le mande otra muchacha al día siguiente. El que sigue, con
más o menos los mismos episodios, añadía el de
conservar la caca en la boca más rato. La convertía en
líquido, se enjuagaba con ello la boca y luego la
escupía. Un quinto personaje tenía un capricho más
extraño aún, si es posible, quería cuatro cagadas
sin una sola gota de orina en el orinal. Se le encerraba solo en la
habitación donde se encontraba su tesoro, nunca tomaba a ninguna
mujer con él, y era preciso tener buen cuidado de que todo
estuviera bien cerrado, para que no pudiera ser visto desde ninguna
parte, entonces operaba, pero me resulta imposible deciros,
señores, qué hacía, porque nunca nadie lo vio;
todo lo que se sabe es que cuando se regresaba a la habitación
después de haber él salido, se encontraba el orinal muy
vacío y muy limpio; pero lo que hacía de las cuatro
cagadas, creo que ni el mismo diablo hubiera podido contestar.
Podía arrojarlas a otro sitio pero tal vez hacía con
ellas otra cosa. Lo que puede hacer pensar que no hacía con la
mierda ninguna otra cosa que podríais sospechar, es que dejaba a
la Fournier el cuidado de proporcionarle las cuatro cagadas sin
jamás informarse de dónde venían y sin hacer nunca
sobre ellas la menor recomendación. Un día, para ver si
lo que íbamos a decirle lo alarmaría, alarma que hubiera
podido darnos alguna pista sobre la suerte de las cagadas, le dijimos
que los mojones de excremento que se le habían dado aquel
día procedían de personas enfermas y atacadas de viruela.
Se echó a reír con nosotras, sin enfadarse, lo que es
verosímil sin embargo que hubiese hecho si hubiese empleado los
mojones en otra cosa distinta a la de tirarlos. Cuando algunas veces
queríamos llevar más lejos nuestras preguntas nos
hacía callar, y nunca supimos más. Es todo lo que tengo
que deciros por esta noche -dijo la Duclos-, y espero que mañana
podré entrar en un nuevo orden de cosas, por lo menos en lo que
respecta a mi existencia; pues en lo que atañe a ese gusto
encantador que idolatráis, os podré entretener,
señores, todavía durante dos o tres días, por lo
menos. Las opiniones se dividieron acerca de la suerte de los mojones
de excrementos del hombre de quien se había hablado, y mientras
argumentaban, hicieron hacer algunos; y el duque, que deseaba que todo
el mundo viera cómo le gustaba la Duclos , hizo ver a toda la
reunión la manera libertina en que se divertía con ella y
la facilidad, destreza y prontitud acompañada de las frases
más ingeniosas con que lo satisfacía ella. La cena y las
orgías fueron bastantes tranquilas, y como no hubo ningún
acontecimiento notable hasta la velada que siguió, empezaremos
la historia de la duodécima jornada por los relatos con que la
Duclos lo distrajo.
DUODECIMA JORNADA
El nuevo estado en el que voy a
entrar -dijo la Duclos- me obliga, señores, a referirme a mi
persona; uno se imagina mejor los placeres que se describen cuando la
persona que los facilita es conocida. Yo acababa de cumplir
veintiún años. Era morena, pero mi tez, a pesar de esto,
era de una agradable blancura. La abundante cabellera que cubría
mi cabeza descendía en ondulantes bucles naturales hasta la
parte inferior de mis muslos. Tenía los ojos que podéis
ver y siempre se han juzgado lindos. Tenía un talle, lleno, pero
grácil y esbelto. Por lo que se refiere a mi trasero, esta parte
tan interesante para los libertinos de hoy, todo el mundo lo
consideraba superior a todo lo que puede verse de más sublime al
respecto, y pocas mujeres en París lo tenían tan bien
formado; era lleno, redondo, blando y rollizo, sin que su gordura
disminuyese en nada su elegancia, el más leve movimiento
ponía al descubierto en seguida esta pequeña rosa que
estimáis tanto, señores, y que yo pienso como vosotros,
es el atractivo más delicioso de una mujer. Aunque hacía
mucho tiempo que me entregaba al libertinaje, era imposible ser
más lozana, tanto a causa del buen temperamento que me
había dado la naturaleza como por mi extrema cordura sobre los
placeres que podían echar a perder mi lozanía o
perjudicar a mi temperamento. Los hombres me gustaban poco y
sólo había tenido un afecto;únicamente mi cabeza
era libertina, pero lo era extraordinariamente, y después de
haberos descrito mis atractivos justo es que os entretenga un poco con
mis vicios. He amada a las mujeres, señores, no lo oculto. Pero
no en el grado en que las amaba mi querida compañera, la
señora Champville, quien os dirá, sin duda, que se ha
arruinado por ellas, pero yo siempre las he preferido a los hombres en
mis placeres, y lo que ellas me proporcionaban tuvo siempre sobre mis
sentidos un poder más fuerte que las voluptuosidades masculinas.
Aparte de eso, he tenido el defecto de que me gusta robar: es inaudito
hasta qué punto he llevado esta manía. Completamente
convencida de que todos los bienes deben ser iguales en la tierra y que
sólo la fuerza y la violencia se oponen a esa igualdad, primera
ley de la naturaleza, he tratado de corregir la suerte y de restablecer
el equilibrio lo mejor que me ha sido posible. Y sin esta maldita
manía tal vez me encontraría aún con el bienhechor
mortal del cual os hablaré. -¿Y has robado mucho en tu
vida? -le preguntó Durcet. -De un modo asombroso,
monseñor; si no hubiese gastado siempre lo que robaba, hoy
sería una mujer muy rica. -¿Pero robabas con agravantes?
-preguntó Durcet-. ¿Con rotura de puerta, abuso de
confianza, engaño manifiesto? -Hubo de todo -contestó la
Duclos- ; no creía tener que detenerme en tales detalles, a fin
de no interrumpir el orden de mi relato, pero como advierto que esto
puede divertiros, no me olvidaré de estos pormenores en lo
sucesivo. A este defecto se me ha reprochado siempre añadir
otro, el tener mal corazón. ¿Pero es mía la culpa?
¿No se debe a la naturaleza que tengamos nuestros vicios
así como nuestras perfecciones? ¿Y puedo acaso
reblandecer este corazón mío que ella ha hecho
insensible? No recuerdo haber llorado nunca por mis males y menos
aún por los de los otros, amé a mi hermana, y su
pérdida no me causó la menor pena, habéis sido
testigos de la tranquilidad con la que me he enterado de su
desaparición. A Dios gracias vería hundirse el universo
sin derramar una sola lágrima. -Así hay que ser -dijo el
duque-. La compasión es la virtud de los tontos, y si se analiza
bien, se advierte que sólo ella es la causa de que mengüen
nuestras voluptuosidades. Pero con este defecto debes haber cometido
crímenes, porque la insensibilidad conduce a ellos directamente.
-Monseñor -contestó la Duclos-, las reglas que
habéis prescrito para nuestros relatos me privan de enteraros
acerca de muchas cosas; habéis dejado ese cuidado a mis
compañeras. Sólo puedo deciros lo siguiente: cuando ellas
se describan como unas criminales, tened la seguridad de que yo nunca
he sido mejor que ellas. -He aquí, lo que se llama hacerse
justicia -dijo el duque-. Vamos, prosigue; es preciso contentarse con
lo que nos digas, puesto que te hemos limitado nosotros mismos, pero
recuerda que a solas conmigo no te perdonaré estas leves faltas
de conducta. -No os ocultaré nada, monseñor. Y
ojalá podáis, después de haberme escuchado, no
arrepentiros de haber concedido un poco de benevolencia a un sujeto tan
malo. Y prosigo: A pesar de todos estos defectos, y más que nada
el de desconocer completamente el sentimiento humillante del
agradecimiento, que yo sólo aceptaba como un peso injurioso
sobre la humanidad, y que degrada completamente al orgullo que hemos
recibido de la naturaleza, con todos estos defectos, digo, mis
compañeras me querían y era la más buscada por los
hombres. Esta era mi situación cuando un arrendador general
llamado d'Aucourt llegó para una juerga a la casa de la Fournier
; como era uno de sus clientes, aunque más bien para muchachas
de fuera que para las de nuestro burdel, se tenían grandes
miramientos con él, y la señora, que deseaba que lo
conociéramos, me avisó con dos días de
anticipación para que le guardara lo que sabéis y que le
gustaba más que a ninguno de los otros hombres que había
yo conocido, podréis juzgarlo por lo que viene: d'Aucourt llega
y, tras haberme contemplado, regaña a la Fournier por no haberle
proporcionado antes una criatura tan linda. Le doy las gracias por su
gentileza, y subimos. D'Aucourt era un hombre de unos cincuenta
años, alto y gordo, pero con un rostro agradable, con ingenio,
y, cosa que me agradaba mucho en él, de una dulzura y buen
carácter que me encantaron desde el primer momento. -Debes tener
el culo más hermoso del mundo -me dijo d'Aucourt,
atrayéndome hacia él y metiéndome la mano por
debajo de las faldas que al punto dirigió al trasero-. Soy un
buen conocedor y las muchachas de tu tipo tienen casi siempre un
hermoso culo. ¡Y bien! ¡no lo decía yo!
-prosiguió diciendo, después de haberme palpado unos
momentos-. ¡Qué fresco y redondo! Y, haciéndome dar
vuelta rápidamente y levantándome las faldas hasta las
caderas, se puso a examinar el altar al que se dirigían sus
deseos. - ¡Pardiez! -exclamó-. Es verdaderamente uno de
los más bellos culos que he visto en mi vida, y he visto
muchos... ¡Abre! Veamos esta fresa... déjame chuparla...
devorarla.., es realmente un culo muy hermoso... Bueno, dime,
pequeña... ¿no te han avisado...? -Sí,
Señor. -¿Te han dicho que quiero que cagues? -Sí,
señor. -¿Pero... tu salud? -prosiguió el
financiero. - ¡Oh! es excelente, señor. -Es que yo voy un
poco lejos -continuó el arrendador general-y si no estuvieras
muy sana, me arriesgaría. -Señor -le contesté-,
puede hacer absolutamente todo lo quiera, le respondo de mí como
de un niño recién nacido; puede usted obrar con
toda tranquilidad. Después de este preámbulo, d'Aucourt
hizo que me inclinara hacia él, siempre con las nalgas
separadas, y pegando su boca a la mía, chupó mi saliva
durante un cuarto de hora; descansaba para lanzar algún
"¡joder!" y volvía a su amoroso chupar. -Escupe, escupe
dentro de mi boca -me decía de vez en cuando-. Llénamela
bien de saliva. Y entonces sentí su lengua que giraba en torno a
mis encías, que se hundía tanto como podía y
parecía atraer todo lo que encontraba en mi boca. -
¡Vamos! -dijo-. Se me ha puesto dura, manos a la obra. Entonces
volvió a dedicarse a mis nalgas, tras ordenarme que animara su
pito. Puse al descubierto un pequeño y gordo pene de cinco
pulgadas de largo por tres de grueso, muy duro y enfurecido.
-Quítate las faldas -me dijo d'Aucourt-, yo me quitaré
los calzones, es necesario que tanto tus nalgas como las mías
estén -descubiertas para la ceremonia que vamos a realizar.
Luego, tras verse obedecido, dijo: -Levanta la camisa bajo el
corsé y muestra bien el trasero... Acuéstate de bruces en
la cama. Entonces él se sentó en una silla y se puso de
nuevo a acariciar mis nalgas, cuya contemplación, al parecer, lo
extasiaba; en una ocasión las apartó y sentí que
su lengua penetraba profundamente, para verificar, dijo, de una manera
incontestable si era verdad que la gallina tenía ganas de poner;
utilizo sus mismas palabras. Sin embargo, yo no lo tocaba, él
mismo agitaba ligeramente su pequeño y seco miembro que yo
acababa de poner al descubierto. -Vamos, pequeña -dijo-, manos a
la obra; la mierda está a punto, la he sentido, no olvides que
tienes que cagar poco a poco y esperar siempre que haya devorado un
pedazo antes de producir otros; mi operación es larga, pero no
la apresures. Un golpecito sobre las nalgas te avisará de que
tienes que empujar, pero siempre lentamente. Tras haberse instalado lo
más cómodamente posible cerca del objeto de su culto,
pega la boca al ojete y yo le largo un pedazo de mierda del
tamaño de un pequeño huevo. El lo chupa, lo revuelve una
y mil veces dentro de su boca, lo masca, lo saborea y al cabo de dos o
tres minutos veo claramente que lo traga; empujo de nuevo, se
efectúa la misma ceremonia, y como mis ganas eran prodigiosas,
diez veces seguidas su boca se llena y se vacía, sin que en
ningún momento parezca hartarse. -Se terminó,
señor -le digo, finalmente-; ahora empujaría
inútilmente. -Sí, pequeña dijo-. ¿Has
terminado? Entonces es preciso que yo descargue, sí, que
descargue sacudiendo tu hermoso culo... ¡Oh!
¡rediós! ¡Qué placer me das! Nunca
había comido mierda más deliciosa, se lo
aseguraría al mundo entero ¡Dame, dame, angel mío,
dame este hermoso culo, para que lo chupe, para que lo devore una vez
más! Y hundiendo un palmo de lengua y masturbándose
él mismo, el libertino esparce su semen sobre mis piernas, no
sin que un tropel de palabras groseras y de juramentos necesarios, al
parecer, completaran su éxtasis. Cuando hubo terminado, se
sentó, hizo que me colocase cerca de él
y,comtemplándome con interés, me preguntó si no
estaba cansada de la vida del burdel y si no me gustaría
encontrar a alguien que desease apartarme de aquella casa;
viéndolo cazado, me hice la difícil, y para ahorraros
pormenores que os aburrirían,sólo diré que, al
cabo de una hora de discusión, me dejé persuadir y
decidióse que a partir del día siguiente me
trasladaría a vivir a su casa, con una paga de veinte luises
mensuales y la manutención; que, como era viudo, yo
podría ocupar sin inconvenientes un entresuelo de su palacio;
que allí tendría una sirvienta y la
compañía de tres amigos suyos y de sus queridas, con los
cuales él se reunía para cenas libertinas cuatro veces
por semana, ora en casa de uno, ora en casa de otro; que mi
única ocupación consistiría en comer mucho, y
siempre lo que él ordenara que me fuese servido, porque al hacer
lo que hacía era esencial que me hiciese alimentar a su manera,
que comiera bien, digo, que durmiera bien para que mis digestiones
fuesen regulares, que debería purgarme todos los meses y cagar
dos veces diarias en su boca; que hacerlo dos veces no debía
asustarme, porque llenándome de comida, como haría,
seguramente tendría ganas de hacerlo tal vez tres veces en lugar
de dos. El financiero, como prenda de lo convenido, me regaló un
hermoso diamante, me besó, me dijo que me pusiera de acuerdo con
la Fournier y que estuviera lista al día siguiente por la
mañana, en que vendría a buscarme él mismo. Mis
despedidas pronto estuvieron hechas; mi corazón no experimentaba
ninguna pena, porque ignoraba el arte de querer, pero mis placeres
echarían de menos a Eugénie, con la cual mantenía
desde hacía seis meses relaciones muy íntimas. Finalmente
partí. D'Aucourt me recibió maravillosamente y me
instaló él mismo en el lindo aposento donde
debería vivir, y pronto me encontré perfectamente
establecida. Estaba condenada a hacer cuatro comidas, de las cuales se
suprimían muchas cosas que me apetecían, tales como
pescado, ostras, embutidos, huevos y toda clase de productos de la
leche; pero la falta de todo esto quedaba tan bien compensada que en
verdad no podía quejarme. La base de mi alimentación
consistía en una gran variedad de carne de ave y de caza
preparada de muchas maneras, poca carne de vacuno, ningún tipo
de grasa, muy poco pan y fruta. Era necesario comer de todo esto por la
mañana y por la tarde, sin pan, que en los últimos
tiempos me fue completamente suprimido, como también tuve que
prescindir de la sopa. El resultado de tal dieta, como lo había
previsto d'Aucourt, eran dos defecaciones diarias, muy blandas y,
según él, de un sabor muy exquisito, lo que no se hubiera
logrado con una comida ordinaria; debía ser verdad, esto, porque
el hombre era un entendido en este asunto. Nuestras operaciones se
efectuaban a la hora de levantarse y de acostarse. Los detalles eran
poco más o menos los que he descrito: empezaba siempre por
chupar durante largo tiempo mi boca, que era necesario ofrecerle en su
estado natural y sin lavarla nunca; sólo podía
enjuagármela después. Por otra parte, el hombre no
eyaculaba cada vez; nuestro arreglo no exigía ninguna fidelidad
por parte de él. D'Aucourt, me tenía en su casa como un
plato fuerte, como la tajada de buey, pero no por esto dejaba de salir
a divertirse cada mañana en otra parte. Dos días
después de mi llegada, vinieron a cenar sus compañeros de
juerga, y como cada uno de los tres tenía, dentro de la
manía que analizamos, una característica especial,
seguramente aprobaréis, señores, que me dedique un poco a
contar las fantasías a las que se entregaban. Los invitados
llegaron. El primero era un viejo consejero del Parlamento,hombre de
unos sesenta años, llamado d'Erville; tenía por amante a
una mujer de cuarenta, muy hermosa, cuyo único defecto era
cierta gordura; se llamaba la señora de Cange. El segundo era un
militar retirado de cuarenta y cinco años que se llamaba
Desprès, su amante era una linda criatura de veintiséis
años, rubia, con el más hermoso cuerpo que pueda verse;
se llamaba Marianne. El tercero era un viejo abad de sesenta
años llamado Du Coudrais, y cuya amante era un lindo doncel de
dieciséis años, bello como el día, y que
hacía pasar por sobrino suyo. Se cenaba en el entresuelo, del
cual yo ocupaba una parte; la cena fue tan alegre como exquisita, y
observé que la señorita y el doncel estaban sometidos
más o menos a la misma dieta que yo. Los caracteres se
manifestaron libremente durante la cena; era imposible ser más
libertino de lo que era d'Erville, sus ojos, sus frases, sus gestos,
todo anunciaba el desenfreno, todo delataba al libertinaje;
Desprès parecía un hombre tranquilo, pero la lujuria era
también el eje de su vida; en cuanto al abad, era el más
completo ateo que se pueda ver: las blasfemias volaban de sus labios en
cada palabra; respecto a las señoritas, imitaban a sus amantes,
eran charlatanas y no obstante de un trato agradable; el doncel me
pareció tan tonto como guapo era; y la Cange, que parecía estar un poco prendada de él, por
más que le lanzaba de vez en cuando tiernas miradas, no
obtenía ningún resultado. Toda la compostura se
desvaneció a la hora de los postres, en los que las palabras se
volvieron tan sucias como las acciones: d'Erville felicitó a
d'Aucourt por su nueva adquisición y le preguntó si yo
tenía un culo hermoso y si cagaba bien. - ¡Pardiez -le
contestó mi financiero-, podrás comprobarlo cuando se te
antoje! ¡Ya sabes que entre nosotros los bienes son comunes y que
nos prestamos de buena gana tanto nuestras queridas como nuestras
bolsas. -¡Ah, pardiez! -contestó d'Erville-.
¡Acepto! Y cogiéndome al momento de la mano me propuso que
pasara a un gabinete. Como yo dudaba, la Cange me dijo, descaradamente:
-¡Vaya, vaya, señorita, nada de remilgos! Durante su
ausencia, yo me cuidaré de su amante. Y como d'Aucourt, a quien
yo consulté con la mirada, me dirigió un gesto de
aprobación, seguí al viejo consejero. El es,
señores, el que nos va a ofrecer los dos o tres siguientes
episodios de la inclinación de que tratamos y que deben componer
la mayor parte de mi relato de esta noche. En cuanto estuve encerrada
con d'Erville, que estaba muy excitado por los vapores de Baco, me
besó en la boca con gran entusiasmo y me lanzó tres o
cuatro hipos de vino de Ai que casi me hicieron vomitar lo que, por
otra parte, parecía tener ganas de ver salir. Me
arremangó, examinó mi trasero con toda la lubricidad de
un libertino consumado y luego me dijo que ya no le sorprendía
la elección de d'Aucourt, porque yo tenía uno de los
más bellos culos de París. Me rogó que debutara
con algunos pedos, y cuando hubo recibido media docena, volvió a
besarme en la boca, mientras me manoseaba y me abría con fuerza
las nalgas. -¿Tienes ganas? -me preguntó. -Muchas
-contesté. - ¡Y! Muy bien, hermosa niña -me dijo-,
caga en este plato. A este efecto había traído, uno de
porcelana blanca, que sostuvo mientras yo empujaba y él
examinaba con atención cómo salía la cagada de mi
culo, espectáculo delicioso que lo embriagaba, decía, de
placer. Cuando hube terminado, recogió el plato, respiró
con delicia el delicioso manjar que contenía, tocó,
besó, olfateó el mojón y luego, diciendo que no
aguantaba más y que la lubricidad lo embriagabaante la
contemplación de un pedazo de mierda más delicioso que
ninguno de los que había visto nunca en su vida, me rogó
que le chupara la verga. Aunque esta operación no tenía
nada de agradable, el temor de enojar a d'Aucourt me hizo aceptar. Se
instaló en un sillón, con el plato colocado sobre una
mesa cercana contra la cual apoyó medio cuerpo, con la nariz
cerca de la mierda,.alargó sus piernas, yo me instalé en
un asiento bajo, cerca de él, y habiendo sacado de su bragueta,
una imitación de verga blandengue en vez de un cipote real, a
pesar de mi repugnancia, me puse a chupetear aquella bella reliquia,
esperando que por lo menos adquiriría un poco de consistencia
dentro de mi boca. Pero me equivocaba: en cuanto me apoderé de
ella, el libertino empezó su operación: devoró
más bien que comió el lindo y pequeño huevo que
acababa de poner para él; fue cuestión de tres minutos,
durante los cuales sus movimientos, sus contorsiones me anunciaron una
voluptuosidad de las más ardientes y expresivas. Pero por
más que hizo, nada se levantó y el feo y pequeño
polla, después de haber llorado de despecho en mi boca, se
retiró más avergonzado que nunca y dejó a su
dueño en ese abatimiento, en ese abandono, en ese agotamiento
que es la funesta consecuencia de las grandes voluptuosidades.
Regresamos. - ¡Ah, me cago en Dios! -dijo el consejero-. Nunca
había visto cagar así. Sólo estaba¡.
allí, cuando regresamos, el abad y su sobrino, y como se
encontraban en plena función, puedo daros detalles. Por
más que entre los amigos se cambiaran las queridas, Coudrais,
satisfecho, no tomaba jamás otra pareja y no cedía
jamás la suya; le habría sido imposible, me dijo,
divertirse con una mujer; ésta
era la única diferencia que había entre d'Aucourt y
él. También la utilizaba para la ceremonia y cuando nos
presentamos el doncel estaba apoyado en la cama, ofreciendo el culo a
su querido tío, el cual, de rodillas, recibía
amorosamente en su boca lo que le daban y tragaba la materia a medida
que salía, y todo esto mientras se masturbaba una verguita que
colgaba entre sus muslos. El abad descargó a pesar de nuestra
presencia y jurando que aquel niño cagaba todos los días
y cada vez mejor. Marianne y d'Aucourt, que se divertían juntos,
reaparecieron pronto, seguidos por Desprès y la Cange , que,
según dijeron, no habían hecho más que retozar,
mientras esperaban. -Porque -dijo Desprès- ella y yo somos
viejos amigos, y en cambio, tú, hermosa reina, que te veo por
primera vez, me inspiras un ardiente deseo de divertirme contigo.
-Pero, señor -le contesté-, el señor consejero lo
ha tomado todo; nada tengo para ofrecer ahora. - ¡Eh! Bueno -me
contestó, riendo-, no te pido nada; yo lo Proporcionaré
todo; sólo necesito tus dedos. Curiosa por saber qué
significaba ese enigma, lo sigo, y, en cuanto nos hemos encerrado me
pide que le deje besar mi culo sólo por un momento. Se lo
ofrezco, y después de dos o tres chupadas al agujero, se
desabrocha los pantalones y me pide que le devuelva lo que acaba de
prestarme. La actitud que había adoptado me inspiraba algunas
sospechas; estaba a horcajadas en una silla, apoyado en el respaldo y
teniendo bajo él una vasija preparada para recibir. Con lo cual,
al verlo dispuesto a hacer por su parte la misma operación, le
pregunté qué necesidad había de que yo le besase
el trasero. -La mayor, corazón -me contestó-, pues mi
culo, que es el más caprichoso de todos los culos, no caga nunca
más que cuando es besado. Obedecí, pero sin arriesgarme,
y él, al darse cuenta de ello, me dijo imperiosamente:
-Más cerca, pardiez, más cerca, niña.
¿Acaso te da miedo un poco de mierda? Al fin, por
condescendencia, llevé mis labios hasta las cercanías del
agujero; pero, en cuanto los sintió, se dispara, y la
irrupción fue tan violenta que una de mis mejillas quedó
completamente manchada. No hubo necesidad más que de un solo
chorro para llenar la vasija; en mi vida había visto yo tal
cagada: llenaba hasta el borde de una profunda ensaladera. Nuestro
hombre se apodera de ella, se tiende al borde de la cama, me presenta
su culo todo mierdoso, me ordena que se lo masturbe con fuerza mientras
él va a devolver a sus entrañas lo que acaba de sacar de
ellas. Por sucio que estuviese aquel trasero, tuve que obedecer. "Sin
duda su amante lo hace -me dije-; no debo ser más remilgada que
ella." Hundí tres dedos en el cenagoso orificio que se me
presentaba; nuestro hombre se siente en las nubes, se sumerge en sus
propios excrementos, chapotea en ellos, se alimenta de ellos, una de
sus manos sostiene la vasija, la otra sacude una verga que se muestra
majestuosamente entre sus muslos; yo multiplico mis cuidados, que
tienen éxito, me doy cuenta, cuando aprieto su ano, que los
músculos erectores están a punto de lanzar el semen, no
me conturbo, la ensaladera se vacía y mi hombre descarga. De
regreso al salón, encontré de nuevo a mi inconstante
d'Aucourt con la bella Marianne; el bribón se había
tirado a las dos. Sólo le quedaba el paje, con el que creo que
asimismo se hubiera muy bien arreglado si el celoso abad hubiese
consentido en cedérselo. Cuando todos estuvimos reunidos se
habló de desnudarnos y de hacer algunas extravagancias unos
delante de los otros. Me complació el proyecto, porque me
facilitaría la ocasión de ver el cuerpo de Marianne, que
tenía muchas ganas de examinar; era delicioso, firme, blanco,
esbelto, y su trasero, que manoseé dos o tres veces bromeando,
me pareció una verdadera obra maestra. -¿De qué le
sirve una muchacha tan bonita- le dije a Desprès- para el placer
que según parece usted prefiere? - ¡Ah! -me
contestó-. Tú no conoces todos nuestros misterios. No me
fue posible enterarme de más y, aunque viví
más de un año con ellos, ni el uno ni el otro quisieron
aclararme nada; he ignorado siempre el resto de sus entendimientos
secretos, los cuales, de la clase que fuesen, no impiden que el gusto
que el amante de Marianne satisfizo conmigo sea de ningún modo
una pasión completa y digna bajo todos los aspectos de tener
lugar en esta recopilación. Por otra parte, el resto
pasaría de ser episódico y ciertamente ha sido o
será contado en nuestras veladas. Después de algunos
libertinajes bastante indecentes, algunos pedos, algunos
pequeños restos más de mierda, muchas habladurías
y grandes blasfemias por parte del abad que al decirlas parecía
hallar una de sus más perfectas voluptuosidades, nos vestimos y,
cada uno por su lado fuimos a acostarnos. A la mañana siguiente
aparecí como de ordinario al despertar de d'Aucourt, sin que nos
reprochásemos ninguna de nuestras pequeñas infidelidades
de la víspera. Me dijo que, después de mí, no
conocía ninguna mujer que cagase mejor que Marianne; le hice
algunas preguntas sobre lo que hacía aquélla con un
amante que se bastaba tanto a sí mismo, pero me replicó
que eso era un secreto que ni el uno ni el otro habían querido
revelar nunca. Y reanudamos, mi amante y yo, nuestra vida habitual. No
estaba tan encerrada en casa de d'Aucourt que no me fuese permitido
salir alguna vez; confiaba completamente, decía él, en mi
honradez, debía comprender el peligro a que le expondría
si perturbaba mi salud, y me dejaba dueña de todo. Por lo tanto,
le guardé fe y homenaje respecto a esa salud por la que
tenía egoístamente tanto interés, pero en cuanto
al resto me permití hacer casi todo lo que me proporcionase
dinero. En consecuencia, insistentemente solicitada por la Fournier
para que fuese a realizar trabajos en su casa, me entregué a
todos aquellos en los que me aseguraba un provecho honrado. Ya no era
una pupila suya, era una señorita mantenida por un arrendador
general que para complacerla, se dignaba ir a pasar una hora en su
casa... Juzgad cómo debía pagarse esto. Fue en el curso
de esas infidelidades pasajeras donde encontré al nuevo
partidario de la mierda del que voy a hablaros. -Un momento -dijo el
obispo-. No quise interrumpirte hasta que hicieras una pausa, pero, ya
que ahora la has hecho, ruego que nos aclares dos o tres puntos
esenciales de esta última juerga: cuando celebrasteis las
orgías después de los encuentros por parejas, el abad,
que hasta entonces sólo había acariciado a su bardaje,
¿fue infiel a éste y os manoseó? ¿Y los
otros, fueron infieles a su mujer para acariciar al jovenzuelo?
-Monseñor -dijo la Duclos-, el abad no abandonó a su
muchachito; apenas si nos dirigió alguna mirada, aunque
estuviésemos desnudas a su lado. Pero se divirtió con los
culos de d'Aucourt, de Després y de d'Erville; los besó,
los palpó, d'Aucourt y d'Erville le cagaron en la boca, y se
tragó más de la mitad de esas defecaciones. Pero en
cuanto a las mujeres, no las tocó. No fue igual el caso de los
otros tres amigos con respecto al bardaje al que besaron, le lamieron
el agujero del culo, y Desprès se encerró con él
para no sé qué operación. -Bien -dijo el obispo-,
ya ves que no lo habías dicho y esto que no nos contaste
representa una pasión más, puesto que ofrece la imagen de
la afición de un hombre que hacía que otros hombres,
aunque de bastantes años, le cagasen en la boca. -Esto es
cierto, monseñor -dijo la Duclos-, me hacéis darme cuenta
de mi error, pero no lo siento porque por medio de esto he llegado al
fin de mi velada, que ya se alargaba demasiado. Cierta campana que
vamos a oír me hubiera convencido de que no tenía tiempo
de terminar con la historia que iba a empezar, la cual, con vuestra
venia, dejaremos para mañana. Efectivamente, sonó la
campana y, como nadie había descargado durante la velada y todas
las vergas estaban, sin embargo, levantadas, fueron a cenar
prometiéndose firmemente resarcirse en las orgías. Pero
el duque no pudo esperar tanto, y tras ordenar a Sophie que viniese a
presentarle las nalgas, hizo cagar a la bella y se tragó la
mierda como postre. Durcet, el obispo y Curval, todos igualmente
ocupados, exigieron la misma operación, uno a Hyacinthe, el
segundo a Céladon y el tercero a Adonis. Como este último
no pudo satisfacer fue inscrito en el libro fatal de los castigos y
Curval, blasfemando como un condenado, se vengó con el culo de
Thérese, que le soltó inmediatamente la cagada más
completa que fuese posible ver. Las orgías fueron libertinas y
Durcert, renunciando a las cagadas de la juventud, dijo que para
aquella noche sólo quería las de sus tres viejos amigos.
Lo contentaron, y el pequeño libertino eyaculó como un
semental mientras devoraba la mierda de Curval. La noche vino a poner
un poco de calma a tanta intemperancia y a devolver a nuestros
libertinos los deseos y las fuerzas.
DECIMOTERCERA JORNADA
El presidente, que aquella noche
se había acostado con su hija Adélaïde,
después de haberse divertido con ella hasta el momento de su
primer sueño la relegó a un colchón colocado en el
suelo cerca de su cama para que dejase el lugar a la Fanchon , a la que
siempre quería tener cerca cuando la lujuria lo despertaba, lo
que sucedía casi todas las noches; hacia las tres de la
madrugada se despertaba sobresaltado, juraba y blasfemaba como un
condenado. Entonces era presa de una especie de furor lúbrico
que a veces resultaba peligroso. Por esto le gustaba tener entonces a
su lado a aquella vieja Fanchon, quien poseía al máximo
el arte de calmarlo, fuese ofreciéndose ella misma, fuese
presentándole en seguida alguno de los objetos que
dormían en su habitación. Aquella noche el presidente
recordó al instante algunas infamias cometidas con su hija al
dormirse y para reanudarlas la reclamó inmediatamente pero ella
no estaba allí. Júzguese la confusión y el ruido
que suscita en seguida un acontecimiento semejante. Curval se levanta
furioso, pide a su hija, se encienden velas, se busca, se registra, la
muchacha no aparece. El primer impulse, fue pasar al aposento de las
mujeres. Visitan todas las camas y la interesante Adélaïde
es encontrada por fin en bata, sentada junto a la cama de Sophie. Estas
dos muchachas tan encantadoras a las que les unía un
carácter de ternura igual, una piedad, unos sentimientos
virtuosos, de candor y de amenidad absolutamente idénticos,
habían concebido la una por la otra la más bella ternura
y se consolaban mutuamente de la suerte horrenda que las atribulaba. No
se había sospechado de eso hasta entonces, pero las
averiguaciones hicieron descubrir que no era aquella la primera vez que
sucedía y se supo que la mayor le inspiraba a la otra los
mejores sentimientos y sobre todo la alentaba a no alejarse de la
religión y de sus deberes hacia un Dios que algún
día las consolaría de todos sus males. Dejo que el lector
juzgue el furor y los arrebatos de Curval cuando descubrió
allí a la hermosa misionera; la agarró por los cabellos,
llenándola de injurias, la arrastró hacia su
habitación, donde la amarró a la columna de la cama y la
dejó allí hasta la mañana para que reflexionase
sobre su locura. Todos los amigos acudieron a presenciar la escena; es
fácil imaginarse cuán aprisa hizo inscribir Curval a las
dos delincuentes en el libro de los castigos. El duque era partidario
de una corrección inmediata, y la que proponía no era
precisamente dulce; pero como el obispo le hizo alguna objeción
muy razonable respecto a lo que quería hacer, Durcet se
contentó con inscribirlas. No había manera de
emprenderlas contra las viejas, puesto que los señores aquella
noche las habían hecho ir a acostarse todas a su
habitación. Esto puso de manifiesto pues, ese defecto de la
administración y se dispuso que en lo sucesivo se quedara
siempre al menos una vieja en el aposento de las mujeres y una en el de
los muchachos. Volvieron a acostarse y Curval, a quien la cólera
sólo le había puesto más cruelmente
impúdico, hizo a su hija cosas que todavía no podemos
decir pero que, al precipitar su descarga, por lo menos le hicieron
dormirse tranquilo. Al día siguiente todas las putillas estaban
tan asustadas que no se halló a ninguna delincuente y entre los
muchachos solamente al pequeño Narcisse, a quien Curval
había prohibido, desde la víspera, que se limpiase el
culo, pues quería encontrarlo mierdoso a la hora del
café, que el niño debía servir aquel día, y
que desgraciadamente olvidó la orden y se limpió el ano
con mucho cuidado. Por más que dijo que su falta era reparable,
puesto que tenía ganas de cagar, le contestaron que se las
guardase y que no por esto dejaría de ser inscrito en el libro
fatal; acto que el temible Durcet efectuó al instante bajo sus
ojos, haciéndole sentir toda la enormidad de su falta, que
sería quizás suficiente para impedir la descarga del
señor Presidente. Constance, a la que ya no molestaban respecto
a eso a causa de su estado,
la Desgranges y Brise-cul fueron los únicos que obtuvieron
permiso para la capilla y todo el resto recibió la orden de
reservarse para la noche. El suceso de la noche fue tema de
conversación durante la comida: se burlaron del presidente por
dejar escapar de tal manera los pájaros de su jaula; el
champaña le devolvió la alegría y pasaron al
café. Narcisse, Céladon, Zelmire y Sophie lo sirvieron;
esta última estaba muy avergonzada; le preguntaron
cuántas veces había sucedido aquello y respondió
que era nada más la segunda, y que la señora Durcet le
daba tan buenos consejos que en verdad era muy injusto castigar a ambas
por eso. El presidente le aseguró que lo que ella llamaba buenos
consejos eran muy malos en su situación y que la devoción
que le metía en la cabeza sólo serviría para que
se la castigase todos los días; que allí donde se
encontraba no debía tener otros dueños ni otros dioses
que sus tres compañeros y él, ni otra religión que
la de servirlos y obedecerlos ciegamente en todo. Y, mientras la
sermoneaba, la hizo hincarse de rodillas entre sus piernas y le
ordenó que le chupase el pito, lo que la pobre pequeña
infeliz ejecutó temblando. El duque, siempre partidario de joder
entre los muslos, a falta de algo mejor enfilaba a Zelmire de esta
manera, mientras hacía que ella cagase en su mano y devorando a
medida que recibía, y todo esto en tanto que Durcet hacía
que Celadon eyaculase en su boca y que el obispo hacía cagar a
Narcisse. Se entregaron a algunos minutos de siesta y, después,
acomodados en el salón de historia, la Duclos reanudó su
relato así: El galán octogenario que la Fournier me
destinaba era, señores, un contador, bajito, regordete y con una
cara muy desagradable. Colocó una vasija entre los dos, nos
situamos espalda contra espalda, cagamos ambos a la vez, él se
apoderó de la vasija, con sus dedos mezcló las dos
defecaciones y se las tragó, mientras yo le hacía
eyacular en mi boca. Apenas si miró mi trasero. No lo
besó, pero su éxtasis no fue menos intenso;
pataleó, blasfemó mientras tragaba y eyaculaba, y se
retiró después de darme cuatro luises por aquella
extraña ceremonia. Sin embargo, mi financiero cada día
depositaba en mí más confianza y más amistad, y
esa confianza, de la que no tardé en abusar pronto fue la causa
de nuestra eterna separación... Un día en que me
había dejado sola en su gabinete observé que, para salir,
llenaba su bolsa en un cajón grande y enteramente colmado de
oro. " ¡Oh, qué captura!", dije para mis adentros. Y,
concebida la idea de apoderarme de aquella suma desde aquel instante,
observé con la mayor atención todo lo que podría
facilitar que me la apropiara: d'Aucourt no cerraba aquel cajón,
pero se llevaba la llave del gabinete y, al ver que aquella puerta y
aquella cerradura eran muy ligeras, imaginé que
necesitaría poco esfuerzo para hacerlas saltar con facilidad.
Adoptado el proyecto, sólo me ocupé de aprovechar
apresuradamente la primera vez que d'Aucourt se ausentase por todo el
día, como solía hacer dos veces por semana, los
días de la bacanal particular a la que iba con Desprès y
el abad para cosas que la señora Desgranges acaso les
dirá, pero que no son de mi incumbencia. Aquel instante
favorable se presentó pronto; los criados, tan libertinos como
su amo, nunca dejaban de irse a sus juergas aquel día, de manera
que me encontré casi sola en la casa. Llena de impaciencia por
ejecutar mi proyecto, me acerco inmediatamente a la puerta del
gabinete, la abro de un puñetazo, corro al cajón,
encuentro en él la llave: como sabía. Saco todo lo que
contiene; no era menos de tres mil luises. Me lleno los bolsillos,
registro los otros cajones; encuentro un estuche muy valioso, me
apodero de él. Pero ¡qué encontré en los
otros cajones de aquel famoso escritorio!... ¡Feliz d'Aucourt!
Qué suerte para ti que tu imprudencia sólo fuese
descubierta por mí; había allí lo suficiente para
hacerle condenar a la rueda, señores, es todo lo que puedo
deciros. Independientemente de los billetes claros y explícitos
que Desprès y el abad le dirigían hablando de sus
bacanales secretas, estaban todos los enseres que podían servir
para aquellas infamias... Pero me detengo, los límites que me
habéis prescrito me impiden revelaros más, y la
Desgranges os explicará todo eso. En cuanto a mí,
realizado el robo, me largué estremeciéndome
interiormente por todos los peligros a que quizás estuve
expuesta frecuentando a semejantes malvados. Me fui a Londres y, puesto
que mi estancia en aquella ciudad donde viví seis meses a todo
tren no os ofrecería, señores, ninguno de los detalles
que os interesan, me permitiréis que pase ligeramente sobre esta
parte de los acontecimientos de mi vida. En París sólo
había conservado el contacto con la Fournier y, al informarme
ésta de todo el jaleo que armaba el financiero en torno a aquel
desdichado robo, resolví por fin hacerlo callar,
escribiéndole secamente que la que había encontrado el
dinero también había encontrado otra cosa y que si se
decidía a continuar sus persecuciones yo consentía en
ello, pero que ante el mismo juez al que declararía lo que
había en los cajones pequeños lo citaría para que
declarase lo que contenían los grandes. Nuestro hombre se
calló y como unos seis meses después estalló el
escándalo de los desenfrenos de los tres, que a su vez huyeron
al extranjero, no teniendo ya nada que temer volví a
París y, si debo confesaros mi insensatez, señores,
volví tan pobre como me había ido, de tal manera que me
vi obligada a entrar de nuevo en casa de la Fournier. Puesto que
sólo tenía veintitrés años, no me faltaron
las aventuras; voy a dejar de lado aquéllas que no son de
vuestra esfera y proseguir, con vuestra venia, señores,
únicamente con aquellas que sé tienen para vosotros
algún interés ahora. Ocho días después de
mi regreso fue colocado en el aposento destinado a los placeres un
tonel completamente lleno de mierda. Mi adonis llega; es un santo
eclesiástico, pero tan hastiado de los placeres que ya no era
susceptible de conmoverse más que con el exceso que voy a
describiros. Entra; yo estaba desnuda. Contempla un momento mis nalgas,
luego, después de haberlas tocado con bastante brutalidad, me
dice que lo desnude y lo ayude a meterse en el tonel. Lo dejo desnudo,
lo sostengo, el viejo puerco se mete en su elemento y al cabo de un
momento, por un agujero preparado, hace salir su verga casi en
erección y me ordena que lo masturbe a pesar de las horribles
inmundicias de que está cubierto. Obedezco, él sumerje la
cabeza en el tonel, chapotea, traga, aúlla, eyacula y va a
echarse dentro de una bañera donde lo dejo en las manos de dos
sirvientas de la casa que estuvieron limpiándolo durante un
cuarto de hora. Poco después apareció otro. Ocho
días antes yo había cagado y meado en un bacín
cuidadosamente conservado; esta condición era necesaria para que
los excrementos estuvieran en el punto que deseaba nuestro libertino.
Era un hombre de unos treinta y cinco años del que
sospeché que estaba metido en las finanzas. Al entrar me
pregunta dónde está el bacín; se lo presento,
él lo respira: -¿Es cierto que hace ocho días que
está hecho? -me pregunta. -Puedo responderle de ello,
señor -le dije-; ya ve que está ya casi mohoso. -
¡Oh! Es lo que necesito -me dice-; nunca tendrá demasiado
moho para mí. Enséñame, por favor, el hermoso culo
-que ha cagado esto. Se lo presento. -Vamos -dice-, colócalo
bien enfrente, de manera que lo tenga como perspectiva mientras devoro
su obra. Nos colocamos, él saborea, se extasía, vuelve a
su operación y devora en un minuto aquel manjar delicioso sin
interrumpirse más que para contemplar mis nalgas, pero sin
ninguna otra clase de episodio, pues ni siquiera se sacó la
verga de la bragueta. Un mes más tarde, el libertino que se
presentó no quiso tratos más que con la propia Fournier.
¡Y qué objeto elegía, gran Dios! Tenía
entonces sesenta y ocho años cumplidos; una erisipela le
comía toda la piel y los ocho dientes podridos que le decoraban
la boca
le comunicaban un olor tan fétido que resultaba imposible
hablarle de cerca; pero esos defectos precisamente eran lo que
encantaban al amante con quien tenía que habérselas.
Curiosa por semejante escena, corrí al agujero: el adonis era un
médico viejo, aunque más joven que ella. En cuanto la
tiene con él, la besa en la boca durante un cuarto de hora,
luego le hace presentar su viejo nalguero arrugado que parecía
la ubre de una vaca vieja, lo besa y lo chupa con avidez. Traen una
jeringa y tres medias botellas de licores; el émulo de Esculapio
mete por medio de la jeringa la anodina bebida en las entrañas
de su Iris; ella la recibe, la guarda, mientras el médico no
deja de besarla y lamerla por todas las partes de su cuerpo. -
¡Ah, amigo mío! -dice por fin la vieja mamá-. No
puedo más, no puedo más,prepárate, amigo
mío, tengo que devolvértelo. El escolar de Salerno se
arrodilla, saca de su pantalón un trapo negro y arrugado que
sacude con énfasis, la Fournier le pega su asqueroso gran
trasero sobre la boca, empuja, el médico bebe, algún
pedazo de excremento se mezcla sin duda con el líquido, todo es
tragado, el libertino descarga y cae de espaldas, borracho perdido. Era
así como aquel desenfrenado satisfacía a la vez dos
pasiones: su borrachera y su lujuria. -Un momento -dijo Durcet-. Esa
clase de excesos siempre me la levantan. Desgranges -
añadió-, supongo que tienes un culo muy parecido al que
la Duclos acaba de pintar; ven a aplicármelo sobre la cara. La
vieja alcahueta obedeció. - ¡Suelta, suelta! -le dijo
Durcet, cuya voz parecía ahogada bajo aquel duplicado de
espantosas nalgas-. ¡Suelta, maldita, si no es líquido
será sólido y me lo tragaré de todas maneras! Y la
operación termina mientras el obispo hace lo propio con
Antinoüs, Curval con Fanchon y el duque con Louison. Pero nuestros
cuatro atletas, curtidos por todos sus excesos, se entregaron a
éstos con su flema acostumbrada, y las cuatro cagadas fueron
tragadas sin que se vertiese por ninguna parte ni una sola gota de
semen. -Vamos, termina ahora, Duclos -dijo el duque-; si no estamos
más tranquilos, por lo menos estamos menos impacientes y nos
hallamos en condiciones de oírte. - ¡Ay, señores!
-dijo nuestra heroína-. Lo que me queda por contaros esta noche
creo que es excesivamente simple para el estado en que os veo.
¡No importa! Le toca el turno a esta historia y debe conservar el
lugar que le corresponde: El héroe de la aventura era un viejo
brigadier de los ejércitos del rey; había que desnudarlo
del todo, después fajarlo como a un niño y, estando
así, yo debía cagar en un plato ante él y hacerle
comer mis excrementos con la punta de los dedos, como si fuese una
papilla. Todo se ejecuta, nuestro libertino lo come todo y descarga en
sus pañales mientras imita los lloros de un niñito.
-Recurramos a los niños, pues -dijo el duque-, ya que nos dejas
con una historia de niños; Fanny -continuó el duque-, ven
a cagarte en mi boca y acuérdate de chuparme la verga
entretanto, pues todavía tengo que descargar. -Hágase tal
como se requiere -dijo el obispo-. Acércate, Rosette; ya
oíste lo que le han ordenado a Fanny; haz lo mismo. --Que la
misma orden te sirva -dijo Durcet a Hébé, quien se
acercó también. -Hay que seguir la moda, pues -dijo
Curval-. ¡Augustine! Imita a tus compañeras y haz, hija
mía, haz que se viertan a la vez mi semen en tu gaznate y tu
mierda en mi boca. Todo se ejecutó y todo, por esa vez,
resultó; se oyeron por todas partes pedos mierdosos y
eyaculaciones y, satisfecha la lujuria, fueron a contentar el apetito.
Pero en las orgías se quiso ser refinado y se mandó a la
cama a todos los niños. Aquellas horas deliciosas sólo
fueron empleadas con los cuatro jodedores escogidos, las cuatro
sirvientas y las cuatro narradoras. Se emborracharon completamente y
cometieron horrores de una asquerosidad tan total que no podría
describirlos sin perjudicar los cuadros menos libertinos que
todavía me quedan por ofrecer a los lectores. Curval y Durcet
fueron llevados sin conocimiento, pero el duque y el obispo, tan
serenos como si no hubiesen hecho nada, no dejaron de ir a entregarse
por el resto de la noche a sus voluptuosidades ordinarias.
DECIMOCUARTA JORNADA
Aquel día se dieron cuenta
de que el tiempo venía a favorecer todavía más los
infames proyectos de nuestros libertinos y a sustraerlos, mejor
aún que su misma precaución, a los ojos del universo
entero; había caído una espantosa cantidad de nieve que,
al llenar el, valle que los rodeaba, parecía impedir que hasta
los animales se acercaran al retiro de los cuatro criminales, pues en
cuanto a los seres humanos no podía existir ni uno solo que se
atreviese a llegar hasta ellos. Es inimaginable cómo sirven a la
voluptuosidad tales seguridades y lo que se emprende cuando uno puede
decir: "Estoy solo aquí, estoy en el confín del mundo,
sustraído a todas las miradas y sin que pueda resultar posible
para ninguna criatura llegar hasta mí; ya no hay frenos, ya no
hay barreras." Desde aquel momento los deseos se disparan con un
ímpetu que ya no conoce límites y la impunidad que los
favorece acrecienta deliciosamente toda su embriaguez. No hay
ahí más que Dios y la conciencia; ahora bien,
¿qué fuerza puede tener el primer freno a los ojos de un
ateo de corazón y de pensamiento, y qué poder puede tener
la conciencia sobre aquel que se ha acostumbrado tan bien a vencer sus
remordimientos que éstos se convierten para él casi en
goces? Infeliz rebaño entregado a los dientes asesinos de tales
bribones, cuánto te hubieras estremecido si la experiencia que
te faltaba te hubiese permitido el empleo de estas reflexiones. Aquel
día era el de la fiesta de la segunda semana; sólo se
ocuparon en celebrarla. El matrimonio que debía realizarse era
el de Narcisse y Hébé, pero lo cruel era que los dos
esposos debían ser castigados aquella misma noche; así,
del seno de los placeres del himeneo había que pasar a las
amarguras de la escuela, ¡qué pena! El pequeño
Narcisse, que era inteligente, lo observó, pero no por esto se
dejó de proceder a las ceremonias de costumbre. El obispo
ofició, se unió a los dos esposos y se les
permitió que se hicieran, ante todo el mundo, lo que quisieran;
pero, quién lo creería,, la orden era ya demasiado amplia
y el hombrecito, que se instruía muy bien, encantado con las
formas de su mujercita, al no poder lograr metérsela iba a
desvirgarla con los dedos si lo hubiesen dejado. Los amigos se
opusieron a ello a tiempo y el duque, apoderándose de ella, la
jodió entre los muslos inmediatamente, mientras el obispo
hacía otro tanto con el esposo. Comieron, los novios fueron
admitidos en el festín y, como los hicieron comer
prodigiosamente, ambos al levantarse de la mesa satisficieron cagando
el uno a Durcet y el otro a Durval, los cuales devoraron con delicia
aquellas pequeñas digestiones infantiles. El café fue
servido por Augustine, Fanny, Céladon y Zéphyr. El duque
ordenó a Augustine que masturbase a Zéphyr y a
éste que le cagase en la boca al mismo tiempo que descargaba; la
operación salió de maravilla, tanto que el obispo quiso
que Céladon hiciera lo mismo: Fanny lo masturbó y el
hombrecito recibió la orden de cagar en la boca de
monseñor al mismo tiempo que sintiese fluir su semen. Pero por
este lado no se logró un éxito tan brillante como por el
otro; el niño no pudo de ninguna manera cagar al mismo tiempo
que eyaculaba y, puesto que aquello no era más que una prueba y
los reglamentos no ordenaban nada sobre ello, no se infligió
ningún castigo. Durcet hizo cagar a Augustine, y el obispo, que
tenía una firme erección, se hizo chupar por Fanny
mientras ésta le cagaba en la boca; descargó y luego como
su crisis había sido violenta, trató brutalmente a Fanny
y, desgraciadamente no logró hacerla castigar aunque
parecía tener muchas ganas de ello. No había nadie tan
inclinado a hacer rabiar como el obispo; en cuanto había
eyaculado, habría mandado de buena gana al diablo el objeto de
su goce; esto era sabido, y las muchachas, las esposas y los muchachos
nada temían tanto como hacerle perder el semen. Después
de la siesta, se pasó al salón donde, una vez acomodados
todos, la Duclos reanudó así su narración: A veces
yo acudía a citas en la ciudad
y, como generalmente éstas eran más lucrativas, la
Fournier trataba de procurarse el mayor número de ellas que
fuese posible. Me mandó un día a casa de un viejo
caballero de Malta, quien abrió ante mí una especie de
armario todo lleno de compartimentos en cada uno de los cuales
había un bacín de porcelana que contenía una
cagada; aquel viejo disoluto estaba liado con una de sus hermanas,
abadesa de uno de los conventos más notables de París;
esa buena muchacha, a requerimiento suyo, le mandaba todas las
mañanas cajas llenas de cagadas de sus más bonitas
pensionistas. El ordenaba todo aquello y cuando yo llegué me
mandó que tomara el número que indicó y que era el
más viejo. Se lo presenté. - ¡Ah! -dijo-. Es el de
una muchacha de dieciséis años bella como el día.
Mastúrbame mientras lo como. Toda la ceremonia consistía
en sacudirlo y presentarle las nalgas mientras él devoraba,
después poner en la misma vasija mí cagada en lugar de la
que acababa de tragarse. Me contemplaba mientras lo hacía, me
limpiaba el culo con la lengua y eyaculaba mientras me chupaba el ano.
Luego se cerraban los cajones, yo recibía mi paga y nuestro
hombre, a quien yo hacía la visita a primeras horas de la
mañana, volvía a dormirse como si no hubiese pasado nada.
Otro, a mi entender más extraordinario: era un viejo fraile.
Entra, pide ocho o diez cagadas de los primeros llegados, muchachas o
muchachos, le daba igual. Las mezcla, las amasa, muerde en medio y
eyacula en tanto que devora por lo menos la mitad de aquello, mientras
yo se la chupo. El tercero, es el que sin duda me ha producido
más repugnancia en mi vida; me ordenó abrir bien la boca.
Yo estaba desnuda, acostada en el suelo sobre un colchón, y
él a horcajadas sobre mí; me echa su mojón en el
gaznate y el cochino lo come en mi boca mientras me riega las tetas con
su semen. - ¡Ah! ¡Ah! Es divertido, ése -dijo
Curval-; pardiez, precisamente tengo ganas de cagar, tengo que
ensayarlo. ¿A quién tomaré, señor duque?
-¿A quién? -replicó Blangis-. A fe mía, te
recomiendo a Julie, mi hija; la tienes aquí, a mano, te gusta su
boca, sírvete de ella. -Gracias por el consejo -dijo Julie,
ceñuda-. ¿Qué te he hecho, para que digas esas
cosas contra mí? - ¡Eh! Ya que esto la enoja -dijo el
duque- y que es una hija bastante buena, toma a Sophie; es lozana, es
bonita, sólo tiene catorce años. -Sea, vamos, decidido
por Sophie -dijo Curval, cu-o yo pito turbulento empezaba a
enderezarse. Fanchon acerca a la víctima, el corazón de
esta pobre pequeña infeliz se subleva ya de antemano. Curval se
ríe de ella, acerca su gran trasero asqueroso y sucio a la
encantadora carita, y nos da la idea de un sapo que va a marchitar una
rosa. Lo masturban, la bomba sale, Sophie no pierde ni una migaja y el
crápula se acerca a sorber lo que ha dado y se lo traga todo en
cuatro bocados mientras se la menean sobre el vientre de la pobre
infortunada, la cual, lista la operación, vomita hasta las
tripas en las narices de Durcet, que acudió a recibirlo con
solemnidad y se masturbó mientras el vómito lo
cubría. -Vamos, Duclos, prosigue -dijo Curval- y
regocíjate del efecto de tus discursos; ya ves cuán
eficaces son. Entonces la Duclos , encantada en el fondo de su alma de
tener tanto éxito con sus relatos, continuó en estos
términos: El hombre a quien vi después de aquel cuyo
ejemplo acaba de seduciros -dijo la Duclos- exigía absolutamente
que la mujer que le era presentada tuviese una indigestión; en
consecuencia, la Fournier , que no me había advertido nada,
durante la comida me hizo tomar cierta droga que aflojó mi
digestión y la hizo fluida como si mi evacuación fuese
consecuencia de una medicina. Nuestro hombre llegó y,
después de algunos besos preliminares al objeto de su culto,
cuyo retraso yo no podía aguantar a causa de los cólicos
que empezaban a atormentarme, me dejó libre de obrar; los
efectos salieron, yo tenía agarrada su verga, se extasió,
lo tragó todo, me pidió más; le proporcioné
una
segunda andanada, seguida pronto de una tercera, y la anchoa libertina
dejó por fin en mis dedos pruebas inequívocas de la
sensación que había gozado. Al día siguiente
despaché a otro personaje cuya manía estrafalaria
encontrará quizás partidarios entre vosotros,
señores. Lo introdujeron primero en una estancia contigua a
aquella donde acostumbrábamos a actuar y en la que estaba ese
agujero tan cómodo para las observaciones. El se arregla solo.
Otro actor me esperaba en la habitación de al lado: era un
cochero de fiacre que habían atrapado al azar y que estaba
advertido de todo; como yo también lo estaba, representamos bien
nuestros personajes. Se trataba de hacer cagar al faetón
enfrente mismo del orificio de la pared, a fin de que el libertino
escondido no perdiese nada de la operación. Yo recibí la
cagada en una vasija, ayudé a que fuese depuesta entera,
separé las nalgas, oprimí el ano, no olvidé nada
de lo que pudiera hacerle cagar cómodamente; en cuanto mi hombre
hubo terminado, le agarré la verga y lo hice eyacular sobre su
mierda, y todo dentro de la perspectiva de nuestro observador; por fin,
listo el plato, vuelo a la otra estancia. - ¡Tome, señor,
coma pronto -exclamé-, está caliente! No se lo hizo
repetir; cogió el plato, me ofreció su pito, que yo
masturbé, y el rufián se tragó todo lo que le
presenté, mientras su semen salía bajo los movimientos
elásticos de mi mano diligente. -¿,Y qué edad
tenía el cochero? -preguntó Curval. -Unos treinta
años -contestó la Duclos. - ¡Oh! ¡Sólo
esto! -replicó Curva!-. Durcet te dirá, cuando quieras,
que nosotros conocimos a un hombre que hacía lo mismo y
exactamente en las mismas circunstancias, pero con un hombre de sesenta
a setenta años que había que sacar de entre la peor
crápula de las heces del pueblo. -Pero sólo es bonito
así -dijo Durcet, cuyo pequeño pito empezaba a levantar
la nariz después de la aspersión de Sophie-; apuesto
cuando se quiera, a que lo hago con el veterano de los
inválidos. -Estás empalmado, Durcet -dijo el duque-, te
conozco: cuando empiezas a ponerte sucio, es que tu sementito hierve.
¡Toma! Yo no soy el veterano de los inválidos, pero para
satisfacer tu intemperancia te ofrezco lo que tengo en las
entrañas, y creo que será copioso. - ¡Oh, redios!
-dijo Durcet-. Esto es una suerte, mi querido duque. El duque actor se
acerca, Durcet se arrodilla bajo las nalgas que van a colmarlo de gozo;
el duque empuja, el financiero traga y, transportado por aquel exceso
de crápula, descarga jurando que jamás experimentó
tanto placer. -Duclos -dijo el duque-, ven a devolverme lo que he dado
a Durcet. -Monseñor -respondió nuestra narradora-, ya
sabéis que lo hice esta mañana y que incluso lo
tragasteis. -¡Ah, es verdad, es verdad! -dijo el duque-. Bueno,
Martaine, debo recurrir a ti, pues, porque no quiero un culo de
niño; siento que mi semen quiere salir y, no obstante, no lo
hará más que con cierto esfuerzo, por lo cual quiero algo
singular. Pero Martaine se hallaba en el mismo caso que la Duclos ,
pues Curval la había hecho cagar por la mañana.
-¡Cómo, recristo! -exclamó el duque-. ¿No
encontraré una cagada, esta noche? Y entonces
Thérése avanzó y fue a ofrecerle el culo
más sucio, más ancho y más apestoso que fuese
posible ver. - ¡Ah! Pásame esto -dijo el duque,
acomodándose-, ¡y si en el desorden en que me hallo este
culo infame no produce efecto, ya no sé a qué
tendré que recurrir! Thérèse empuja, el duque
recibe; el incienso era tan horrendo como el templo del que se
exhalaba, pero cuando se tiene una erección como la del duque
nunca se queja uno del exceso de porquería. Embriagado de
voluptuosidad, el rufián lo traga todo y hace saltar a las
narices de la Duclos , que lo masturba, las pruebas más
indiscutibles de su vigor masculino. Sentáronse a la mesa, las
orgías fueron consagradas a las penitencias; aquella semana
había siete delincuentes: Zelmire, Colombe, Hébé,
Adonis, Adélaïde, Sophie y Narcisse; la tierna
Adélaïde no fue tratada con dulzura. Zelmire y Sophie se
llevaron también las marcas del trato que sufrieron y, sin dar
más detalles, porque las circunstancias no nos lo permiten
aún, todos fueron a acostarse y a recuperar en brazos de Morfeo
las fuerzas necesarias par volver a ofrecer sacrificios a Venus.
DECIMOQUINTA JORNADA
El día siguiente al de las
correcciones rara vez ofrecía algún culpable. No hubo
ninguno aquel día, pero, estrictos siempre en cuanto a los
permisos de cagar por la mañana, sólo se concedió
este favor a Hercule, Michette, Sophie y la Desgranges , y Curval
creyó descargar viendo cómo obraba esta última. A
la hora del café se hicieron pocas cosas, se contentaron con
manosear algunas nalgas y chupar algunos agujeros de culo y, al dar la
hora, fueron inmediatamente a instalarse en el salón de historia
donde la Duclos reanudó la suya en estos términos:
Acababa de llegar a casa de la Fournier una muchacha de unos doce a
trece años, fruto una vez más de las seducciones de aquel
hombre singular de quien os he hablado; pero dudo que desde
hacía mucho tiempo hubiese corrompido nada tan lindo, tan lozano
y tan bonito. Era rubia, alta para su edad, hecha como para pintarla,
rasgos tiernos y voluptuosos, los ojos más bellos que puedan
verse y en toda su encantadora persona un conjunto dulce e interesante
que acababa de hacerla más hechicera. Pero ¡a qué
envilecimiento iban a ser entregados tantos atractivos y qué
principio vergonzoso se les preparaba! Era hija de una vendedora de
lencería de palacio muy acomodada, y ciertamente estaba
destinada a una suerte más dichosa que la de hacer de puta, Pero
cuanta más felicidad hacían perder a sus víctimas
sus pérfidas seducciones, más gozaba nuestro hombre. La
pequeña Lucile estaba destinada a satisfacer desde su llegada
los caprichos sucios y repugnantes de un hombre que, no contento con
tener el gusto más depravado, quería además
ejercerlo en una virgen. Llegó: era un viejo notario colmado de
oro y que poseía, con la riqueza, toda la brutalidad que dan la
avaricia y la lujuria cuando se reúnen en un alma vieja. Le
enseñan la niña; por bonita que fuese ésta, su
primer movimiento es de desdén; rezonga, jura entre dientes que
ahora ya no es posible encontrar en París una muchacha bonita;
pregunta por fin si verdaderamente es virgen, le aseguran que
sí, le ofrecen mostrárselo. -¿Yo, ver un
coño, señora Fournier, yo, ver un coño? No lo
piensa usted, supongo. ¿Me ha visto usted contemplar muchos
desde que vengo a su casa? Me sirvo de ellos, es verdad, pero de una
manera, creo, que no demuestra que les tenga mucho afecto. - ¡Y
bien!, señor -dijo la Fournier-, en este caso confíe en
nosotras, le juro que es tan virgen como una recién nacida.
Subimos y, como podéis imaginaros, curiosa yo por aquella
entrevista, voy a establecerme ante mi agujero. La pobre pequeña
Lucile tenía una vergüenza que sólo podría
describirse con las expresiones superlativas que sería necesario
emplear para describir la procacidad, la brutalidad y el malhumor de su
sexagenario amante. - ¡Y bien!, ¿qué haces
ahí, de pie como una imbécil? -le dice en tono brusco-.
¿Tengo que decirte que te levantes las faldas? ¿No hace
ya dos horas que debería haber visto tu culo?... ¡Bueno,
vamos! -Pero, señor, ¿qué debo hacer? - ¡Ah,
redios! ¿Esto se pregunta?... ¿Qué debes hacer?
Tienes que levantarte la falda y enseñarme las nalgas. Lucile
obedece temblando y descubre un culito blanco y lindo como debía
ser el de la misma Venus. -Hum... Hermosa medalla -dice el brutal
individuo-... Acércate... Luego, le agarra duramente las dos
nalgas, las separa y le pregunta: -¿Estas bien segura que nunca
te han hecho nada por aquí? - ¡Oh, señor! Nunca me
ha tocado nadie. - ¡Vamos!, pee. -Pero, señor, no puedo. -
¡Y bien!, esfuérzate. Ella obedece, un ligero viento se
escapa y resuena en la boca emponzoñada del viejo libertino, que
se deleita con ello mientras murmura. -¿Tienes ganas de cagar?
-prosigue el libertino. -No, señor. - ¡Oh, bien! Yo
sí las tengo, y copiosamente, para que lo sepas; por lo tanto,
prepárate a satisfacerme... Quítate esas faldas.
Desapaceren. -Túmbate en este sofá, con los muslos muy
altos y la cabeza bien baja. Lucile se coloca, el viejo notario la
dispone de manera que sus piernas
muy separadas dejen su lindo coñito lo más abierto
posible y tan bien colocado a la altura del trasero de nuestro hombre
que éste pueda servirse de él como orinal. Tal era su
celeste intención y, para hacer más cómodo el
recipiente, empieza a abrirlo con sus dos manos con toda su fuerza. Se
acomoda, empuja, un trozo de cagada se posa en el santuario donde el
amor mismo no hubiera rehusado tener un templo. Se vuelve y con sus
dedos hunde tanto como puede en la vagina entreabierta el sucio
excremento que acaba de depositar. Vuelve a acomodarse, expele un
segundo, luego un tercero y siempre con cada uno la misma ceremonia de
introducción. Por fin, con el último, lo hizo con tanta
brutalidad que la pequeña lanzó un grito y quizás
perdió en aquella repugnante operación la flor preciosa
con que la naturaleza la había adornado para entregarla
solamente en el himeneo. Aquél era el instante de gozo para
nuestro libertino: haber llenado de mierda el joven y lindo
coñito, introducírsela y volver a introducírsela,
pera su delicia suprema; mientras actúa se saca de la bragueta
una especie de verga blanda, la sacude y logra, mientras sigue ocupado
en su repugnante tarea, derramar en el suelo algunas gotas de su
esperma escaso y mustio, cuya pérdida debería lamentar
por ser debida solamente a semejantes infamias. Terminado el asunto se
larga, Lucile se lava, y ya está dicho todo. Me endilgaron a
uno, poco tiempo después, cuya manía me Pareció
más repugnante; era un viejo consejero de la alta cámara.
No solamente había que contemplarle mientras cagaba, sino
ayudarlo, facilitar con mis dedos la salida de la materia apretando,
abriendo y comprimiendo a propósito el ano, y hecha la
operación limpiar cuidadosamente con mi lengua toda la parte que
se había ensuciado. - ¡Ah, pardiez! He aquí, en
efecto, una tarea bien fatigosa -dijo el obispo-. ¿Acaso estas
cuatro damas que se hallan aquí y que son, no obstante, nuestras
esposas, nuestras hijas o nuestras sobrinas, no tienen esta
obligación todos los días? ¿Y para qué
diablos serviría, por favor, la lengua de una mujer, si no fuese
para limpiar culos? Por mi parte, no le conozco otro empleo. Constance
-prosiguió el obispo, dirigiéndose a la bella esposa del
duque que estaba entonces en su sofá- de muestra un poco a la
Duclos tu habilidad en este aspecto; toma: aquí tienes mi culo
bien sucio, no ha sido limpiado desde la mañana, te lo guardaba.
Vamos, despliega tus facultades. Y la infeliz, demasiado acostumbrada a
esos horrores, los ejecuta como una mujer consumada. ¡Qué
no producirán, gran Dios, el miedo y la esclavitud! - ¡Oh,
pardiez! -dijo Curval, presentando su asqueroso agujero cenagoso a la
encantadora Aline-. No serás tú el único en dar
ejemplo aquí. Vamos, putita -dijo a la bella y virtuosa
muchacha-, supera a tu compañera. Y la orden se ejecuta. -Vamos,
continúa, Duclos -dijo el obispo-; sólo queríamos
demostrarte que tu hombre no exigía nada singular y que una
lengua de mujer no es buena más que para limpiar un culo. La
amable Duclos se echó a reír y continuó con lo que
se va a leer: Me permitiréis, señores -dijo-, que
interrumpa por un instante los relatos de las pasiones para comunicaros
un acontecimiento que no tiene ninguna relación con ellas;
sólo se refiere a mí, pero como me habéis ordenado
que siga los sucesos interesantes de mi historia aun cuando no tengan
que ver con la descripción de los gustos, he creído que
éste es de tal tipo que no debía quedar en silencio.
Hacía mucho tiempo que estaba en casa de la señora
Fournier, era la más antigua de su serrallo y aquella en quien
tenía más confianza. Con la mayor frecuencia era yo quien
arreglaba las citas y quien recibía los fondos. Aquella mujer me
había hecho de madre, me había socorrido en diferentes
necesidades, me había escrito fielmente a Inglaterra, me
había abierto amistosamente su casa a mi regreso, cuando mi
trastornada situación me hizo desear en ella un nuevo asilo.
Veinte veces me había prestado dinero y, a menudo, sin exigirme su devolución.
Llegó el momento de de mostrarle mi reconocimiento y de
responder a la extremada confianza que me tenía, y vosotros
juzgaréis, señores, cómo mi alma se abría a
la virtud y le daba acceso fácil: la Fournier cayó
enferma y su primer cuidado fue el de hacerme llamar. -Duclos, hija
mía, te quiero -me dijo-, tú lo sabes y voy a
probártelo con la extremada confianza que pondré en ti en
este momento. Te considero, a pesar de tu mala cabeza, incapaz de
engañar a una amiga, heme aquí muy enferma, soy vieja, y
no sé, por consiguiente, lo que va ser de mí. Tengo
parientes que van a echarse encima de mi sucesión, quiero cuanto
menos sustraerles cien mil francos que tengo en oro en este cofrecito;
toma, hija mía -dijo-, aquí los tienes, te los entrego
exigiéndote que dispongas de ellos del modo que voy a
prescribirte. -Oh, mi querida madre -le dije tendiéndole los
brazos-, estas precauciones me llenan de desolación; seguramente
serán inútiles, pero si desgraciadamente llegasen a ser
necesarias, le juro que cumpliré sus intenciones con exactitud.
-Lo creo, hija mía -me dijo-, y por esto he puesto mis ojos en
ti; este-cofrecito, pues, contiene cien mil francos en oro; tengo
algunos escrúpulos, querida amiga, algunos remordimientos por la
vida que he llevado, por la cantidad de muchachas que he arrojado al
crimen y he arrebatado a Dios; quiero, pues, emplear dos medios para
hacer a la divinidad menos severa conmigo: el de la limosna y el de la
oración. Las dos primeras partes de esta suma, que serán
de quince mil francos cada una, las entregarás una a los
capuchinos de la calle Saint-Honoré, a fin de que esos buenos
padres celebren a perpetuidad una misa por la salvación de mi
alma; la otra parte, de la misma cantidad, en cuanto yo haya cerrado
los ojos, la entregarás al cura de la parroquia para que la
distribuya en limosnas entre los pobres del barrio. Es una cosa
excelente la limosna, hija mía; nada como ella redime a los ojos
de Dios los pecados que hemos cometido en la tierra. Los pobres son sus
hijos y El quiere que todos sean socorridos; nada le complace tanto
como las limosnas. ¡Esta es la verdadera manera de ganar el
cielo, hija mía! En cuanto a la tercera parte, será de
sesenta mil libras, que entregarás, inmediatamente
después de mi muerte, al llamado Petignon, aprendiz de zapatero,
calle del Bouloir; ese desdichado es mi hijo, él no lo sospecha,
es un bastardo adulterino, quiero darle a ese infeliz huérfano,
al morir, pruebas de mi ternura. En lo que respecta a las otras diez
mil libras restantes, mi querida Duclos, te ruego que te las guardes
como una pequeña prueba de mi afecto por ti y para compensarte
de las molestias que te ocasionará el empleo del resto.
Ojalá pudiera esta pequeña suma ayudarte a tomar un
partido y a abandonar el indigno oficio que ejercemos, en el cual no
hay salvación ni esperanzas de conseguirla jamás.
Encantada interiormente de tener en mis manos una suma tan considerable
y bien decidida, por miedo a confundirme en las divisiones, de no hacer
más que una única parte para mí sola, me
eché con lágrimas artificiales en los brazos de mi vieja
matrona, repitiéndole mis juramentos de fidelidad, y ya no me
ocupé sino de los medios de impedir que un cruel retorno de la
salud le hiciera cambiar su decisión. Este medio se
presentó ya al día siguiente: el médico
ordenó un emético y, como era yo quien la cuidaba, fue a
mí a quien entregó el paquete, advirtiéndome que
había en él dos tomas, que tuviese buen cuidado de
separarlas, porque la haría reventar si se lo daba todo a la vez
y que no le administrase la segunda dosis más que en el caso de
que la primera no produjese suficiente efecto. Prometí al
esculapio que tendría todo el cuidado posible y, en cuanto hubo
vuelto la espalda, desterrando de mi corazón todos aquellos
fútiles sentimientos de agradecimiento que hubieran detenido a
un alma débil, apartando de mí' todo arrepentimiento y
toda debilidad y sin tener en consideración más que mi
oro, que el dulce encanto de poseerlo, y el delicioso cosquilleo que se
experimenta siempre cada vez que se proyecta una mala acción,
pronóstico cierto del placer que proporcionará, sin
entregarme a nada más que a todo eso, digo, vertí
inmediatamente las dos tomas en un vaso de agua y presenté la
bebida a mi dulce amiga, la cual, después de tragarla bien
segura encontró pronto en ella la muerte que yo había
tratado de procurarle. No puedo describiros lo que sentía al ver
el éxito de mi obra; cada uno de los vómitos con los que
su vida se exhalaba producía una sensación verdaderamente
deliciosa en toda mi organización; la escuchaba, la miraba,
estaba exactamente en plena embriaguez. Ella me tendía los
brazos, me dirigía un último adiós, y yo gozaba y
hacía ya mil proyectos con aquel oro que iba a poseer. No fue
largo; la Fournier reventó aquella misma noche y yo fui
dueña del bolsón. -Duclos -dijo el duque-, sé
sincera: ¿te masturbaste, la sensación fina y voluptuosa
del crimen alcanzó al órgano de la voluptuosidad?
-Sí, monseñor, os lo confieso; y aquella misma noche
descargué mi flujo cinco veces seguidas. -Es verdad, pues -dijo
el duque, con exaltación-, es verdad que el crimen por sí
mismo tiene tal atractivo que, independientemente de toda
voluptuosidad, puede bastar para que se inflamen todas las pasiones y
para arrojar en el mismo delirio que los propios actos lúbricos.
¿Y luego...? -Y bien, señor duque, hice enterrar
honorablemente a la patrona, heredé al bastardo Petignon, me
guardé muy bien de hacer celebrar misas y todavía
más de distribuir limosnas, especie de acción por la que
siempre he sentido verdadero horror, por muy bien que hubiese hablado
de ella la Fournier. Sostengo que es necesario que haya desgraciados en
el mundo, que la naturaleza lo quiere, lo exige, y que es ir contra sus
leyes pretender que se restablezca el equilibrio, si ella ha querido el
desorden. -;Pero, cómo, Duclos -dijo Durcet-, tienes principios!
Me complace mucho verte así; todo alivio procurado al infortunio
es un crimen real contra el orden de la naturaleza. La desigualdad que
ha puesto entre nuestros individuos demuestra que esta discordancia le
gusta puesto que la ha establecido, y que la quiere tanto en las
fortunas como en los cuerpos. Y al igual que le está permitido
al débil repararla por medio del robo, le está
también permitido al fuerte restablecerla negando sus socorros.
El universo no subsistiría ni un instante si el parecido entre
todos los seres fuese exacto, de esta desemejanza nace el orden que lo
conserva y lo conduce todo, Por lo tanto, hay que guardarse muy bien de
perturbarla; por otra parte, creyendo hacer un bien a esa desdichada
clase de hombres, se hace mucho daño a otra, Pues el infortunio
es el criadero a donde el rico va a buscar los objetos de su lujuria o
de su crueldad; le privo de esta rama de su placer al impedir con mis
socorros que esta clase se le entregue. No he beneficiado, pues, con
mis limosnas más que débilmente a una parte de la raza
humana, y perjudicado extraordinariamente a la otra. Considero, pues,
la limosna, no sólo como una cosa mala en sí misma, sino
además la considero como un crimen real hacia la naturaleza, la
cual, al indicarnos las diferencias, no ha pretendido de ningún
modo que las anulemos. Así, lejos de ayudar al pobre, de
consolar a la viuda y de socorrer al huérfano, si obro
según las verdaderas intenciones de la naturaleza no solamente
los dejaré en el estado en que ella los ha puesto, sino que
incluso ayudaré a sus objetivos prolongándoles ese estado
y oponiéndome vivamente a que salgan de él, y en cuanto a
esto consideraré que todos los medios me son permitidos.
¡Cómo! -dijo el duque-, ¿incluso robarlos o
arruinarlos? -Ciertamente -dijo el financiero-; incluso aumentar su
número, puesto que su clase sirve a otra y que, al
multiplicarlos, si causo algo de pena a una, haré mucho bien a
la otra. -He aquí un sistema bien duro, amigos míos -dijo
Curval-. Sin embargo, dicen, ¡es tan dulce hacer bien a los
desdichados! - ¡Error! -replicó Durcet-. Este goce no se
sostiene frente el otro; el primero es quimérico, el otro es
real; el primero se debe a los prejuicios, el otro se funda en la
razón; uno, por medio del orgullo, la más falsa de todas
nuestras sensaciones, puede cosquillear el corazón por un
instante, el otro es un verdadero goce del espíritu que inflama
todas las pasiones por lo mismo que contradice las opiniones comunes.
En una palabra, uno me pone en erección -añadió
Durcet-, mientras que con el otro siento muy poca cosa. -Pero
¿es necesario referirlo siempre todo a los sentidos?
-preguntó el obispo. -Todo, amigo mío -dijo Durcert-;
sólo ellos deben guiarnos en todas las acciones de la vida,
porque sólo su voz es verdaderamente imperiosa. -Pero de este
sistema pueden nacer miles y miles de crímenes -dijo el obispo.
- ¡Eh! ¡Qué me importa el crimen -respondió
Durcet-, con tal que me deleite! El crimen es un modo de la naturaleza,
una manera con la que mueve al hombre. ¿Por qué no
quieres que me deje mover por ella en este sentido tanto como en el de
la virtud? Ella tiene necesidad del uno y de la otra y tan bien la
sirvo con el uno como con la otra. Pero henos enfrascados en una
discusión que nos llevaría demasiado lejos, se acerca la
hora de la cena y a la Duclos le falta mucho para terminar su tarea.
Prosigue, encantadora muchacha, prosigue, y cree que acabas de
confesarnos una acción y unos sistemas que te han ganado para
siempre nuestra estima, así como la de todos los
filósofos. Mi primera idea, después del entierro de mi
buena patrona, fue tomar su casa y regirla como había hecho
ella. Comuniqué este proyecto a mis compañeras, las
cuales, todas, y sobre todo Eugénie, que continuaba siendo mi
bien amada, prometieron considerarme como su mamá. Ya no era tan
joven para no poder aspirar a tal título, tenía cerca de
treinta años y toda la cordura que se precisaba para dirigir el
convento. Así, señores, no es como mujer
pública como terminaré el relato de mis aventuras, sino
como abadesa, bastante joven y bastante linda para practicar tal oficio
yo misma, como ocurrió a menudo y como tendré cuidado de
ponerlo de manifiesto cada vez que se presente la ocasión. Todos
los clientes de la Fournier siguieron siéndolo, y tuve la
habilidad de atraer aún a otros, tanto por la limpieza de mis
aposentos como por la excesiva sumisión de mis pupilas a todos
los caprichos de los libertinos y por la feliz elección de mis
individuos. El primer cliente que llegó fue un viejo tesorero de
Francia, antiguo amigo de la Fournier; le di a la joven Lucile, con la
cual Pareció entusiasmado. Su manía usual, tan sucia como
desagradable para la muchacha, consistía en cagar sobre la misma
cara de su dulcinea, ensuciarla todo el rostro con su mierda y
después besarla, chuparla en tal estado. Lucile, por amistad a
mí, dejó hacer al viejo sátiro todo lo que quiso,
el cual le eyaculó sobre el vientre y luego besó varias
veces su repugnante obra. Poco después vino otro cliente, que le
correspondió a Eugénie. Se hacía llevar un tonel
lleno de mierda, en el que sumergía a la muchacha, desnuda, y le
lamía todas las partes del cuerpo tragaba la porquería
hasta que ella quedaba tan limpia como cuando la había tomado.
Este hombre era un famoso abogado, muy rico y conocido y que como
poseía escasas facultades para gozar de las mujeres, compensaba
su inferioridad mediante este libertinaje, que le había gustado
siempre. El marqués de..., antiguo cliente de la Fournier , vino
poco después de su muerte para testimoniarme su benevolencia. Me
aseguró que continuaría visitándonos, y, como
prueba de ello, aquella misma noche se ocupó con Eugénie.
La pasión de aquel viejo libertino consistía en besar
primero prodigiosamente la boca de la muchacha; tragaba tanta saliva de
ella como podía, luego le besaba las nalgas durante un cuarto de
hora, le hacía lanzar pedos y finalmente pedía lo
importante. Al terminar guardaba la cagada en su boca y, haciendo
inclinar sobre él a la muchacha, que con una mano lo
tenía cogido y con la otra se la meneaba, mientras gozaba el
placer de esta masturbación cosquilleando el agujero mierdoso,
era preciso que la muchacha comiese la mierda que acababa de dejarle en
la boca. Aunque pagaba muy caro este capricho, encontraba pocas
muchachas que quisieran prestarse a ello; por eso el marqués
empezó a cortejarme; estaba tan interesado en ser mi cliente que
yo podía contar con su asiduidad. En aquel momento, el duque,
excitado, dijo que antes que sonara la llamada para la cena
quería efectuar esta última fantasía. Y he
aquí lo que hizo: ordenó a Sophie que se acercara,
recibió su cagada en la boca, luego obligó a
Zélamir a que se comiera la mierda de Sophie. Esta manía
hubiera podido convertirse en un goce para cualquier otro que no
hubiese sido Zélamir; pero al no estar suficientemente formado
para tomarle gusto, sólo experimentó repugnancia, y quiso
retirarse. Pero como el duque lo amenazó con toda su
cólera si continuaba un minuto más con sus melindres,
obedeció las órdenes. La idea fue juzgada tan agradable
que todos lo imitaron más o menos, porque Durcet
pretendió que era necesario compartir los favores, y que no era
justo que los muchachitos comiesen la mierda de las muchachas mientras
que éstas no tenían nada para ellas, y en consecuencia,
hizo que Zéphyr cagara dentro de su boca y ordenó a
Augustine que acudiese a comer tal mermelada, cosa que la bella e
interesante muchacha hizo, presa de una terrible náusea. Curval
imitó este cambio y recibió la cagada de su querido
Adonis, que Michette se comió no sin imitar la repugnancia de
Augustine; en cuanto al obispo, imitó a su hermano e hizo cagar
a la delicada Zelmire, al tiempo que obligaba a Céladon a tragar
la confitura. Hubo detalles repugnantes de mucho interés para
libertinos que consideraban que los tormentos infligidos son goces. El
obispo y el duque descargaron, los otros dos, o no pudieron o no
quisieron, y pasaron a la cena. En ella se ponderó mucho la
acción de la Duclos. -Ha tenido el valor de darse cuenta -dijo
el duque, que la protegía decididamente- de que el
agradecimiento era una quimera, y que sus lazos no debían
detener ni interrumpir los efectos del crimen,'porque el sujeto que nos
ha servido no tiene ningún derecho sobre nuestro corazón;
sólo ha trabajado para él, su sola presencia es una
humillación para un alma fuerte, y es preciso odiarlo o
deshacerse de él. -Eso es tan verdad -dijo Durcet- que nunca
veremos que un hombre de ingenio trate de buscar el agradecimiento.
Convencido de que se creará enemigos, no lo intentará.
-Quien os sirve no trabaja para daros placer -dijo el obispo-, sino
para ponerse por encima de vos mediante sus servicios.
¿Qué merece, pues, tal proyecto? Al servirnos no dice: os
sirvo porque quiero haceros bien, sino que afirma: os complazco para
rebajaros y para ponerme encima de vos. -Esas reflexiones -dijo Durcet-
demuestran pues el abuso de los servicios que se hacen y cuán
absurda es la práctica del bien. Pero, se nos dice, es para uno
mismo; que ello sea para aquellos cuya debilidad de alma puede
prestarse a esos pequeños goces, pero los que son como nosotros
serían muy bobos si se prestasen a tal cosa. Como estas
teorías calentaron las cabezas de los amigos, se bebió
mucho y fueron a celebrar las orgías, para las cuales nuestros
indefectibles libertinos imaginaron mandar a acostarse a los
muchachitos y pasar una parte de la noche bebiendo, sólo con las
cuatro viejas y las cuatro narradoras, y entregarse, a cual mejor, a
toda clase de infamias y atrocidades. Como entre aquellas doce
interesantes personas no había una sola que no mereciera la
cuerda o la rueda varias veces, dejo al lector que se imagine todo lo
que allí se dijo. De las palabras se pasó a los actos, el
duque se calentó, y no sé por qué ni cómo,
pero el caso es que, según se dijo, Thérése
llevó durante algún tiempo sus marcas. Sea como fuere,
dejemos a nuestros actores pasar de sus bacanales al casto lecho de sus
esposas, que les habían sido preparados para aquella noche, y
veamos qué pasó al día siguiente.
DECIMOSEXTA JORNADA
Todos nuestros héroes se levantaron frescos como si llegaran de confesarse, excepto el
duque, que empezaba a agotarse un poco. Se acusó de ello a la Duclos ; era seguro que esa
mujer había adquirido enteramente el arte de procurarle voluptuosidades y que él confesó
que no descargaba lúbricamente más que con ella. Tan verdad es que para esas cosas todo
depende absolutamente del capricho, que la edad, la belleza, la virtud, todo esto no tiene
ninguna influencia, que sólo es cuestión de cierto tacto, que con más frecuencia poseen las
bellezas otoñales que aquellas, carentes de experiencia, a las que la primavera corona todavía
con todos sus dones.
Había también otra criatura en el grupo que empezaba a hacerse muy amable y muy
interesante, era Julie. Ya anunciaba imaginación, desenfreno y libertinaje. Suficientemente
política para comprender que necesitaba protección, bastante falsa para acariciar incluso a
aquellos que quizás en el fondo no le importaban nada, se hacía amiga de la Duclos para
tratar de mantenerse siempre un poco en el favor de su padre, de quien sabía que tenía
influencia en el grupo. Cada vez que le tocaba el turno de acostarse con el duque, se unía tan
bien a la Duclos , empleaba tanta habilidad y tanta complacencia, que el duque tenía siempre
la seguridad de obtener eyaculaciones deliciosas cuando aquellas dos criaturas se aplicaban a
procurárselas. Sin embargo, se hastiaba prodigiosamente de su hija y quizás ésta, sin el auxilio
de la Duclos , que la apoyaba con toda su influencia, no hubiera logrado jamás sus objetivos.
Su marido, Curval, estaba más o menos en el mismo caso; y, aunque por medio de su boca y
de sus besos impuros obtuvo todavía de él algunas eyaculaciones, la repugnancia, sin
embargo, persistía; habríase dicho que hasta nacía bajo el mismo fuego de los impúdicos
besos. Durcet la estimaba poco y sólo había logrado hacerlo eyacular dos veces desde que
estaban reunidos. Ya no le quedaba por lo tanto, más que el obispo, a quien gustaba mucho
su jerga libertina y le encontraba el culo más hermoso del mundo; cierto es que lo poseía
como el de la propia Venus. Se arrimó, pues, de ese lado, puesto que quería absolutamente
complacer, al precio que fuese; como sentía la extrema necesidad de una protección, quería
obtenerla.
Aquel día sólo aparecieron en la capilla Hébé, Constance y la Martaine , y por la mañana
no se halló a nadie en falta. Cuando los tres sujetos hubieron hecho su deposición, Durcet
tuvo ganas de lo mismo. El duque, quien desde la mañana rondaba en torno a su trasero,
aprovechó aquel momento para satisfacerse y se encerraron en la capilla únicamente con
Constance, a la que hicieron quedarse para el servicio. El duque se satisfizo, y el pequeño
financiero le cagó completamente en la boca. Aquellos señores no se contentaron con esto, y
Constance dijo al obispo que los dos juntos habían cometido infamias durante media hora
seguida. Ya lo he dicho... eran amigos de la infancia y desde entonces no habían dejado de
recordar su placer de colegiales. En cuanto a Constance, sirvió de poco en aquella reunión;
limpió culos, chupó y masturbó algunas vergas, a todo lo más.
Se pasó al salón donde, después de un poco de conversación entre los cuatro amigos,
fueron a anunciarles la comida. Fue espléndida y libertina como de ordinario y, después de
algunos manoseos y besos libertinos y varias frases escandalosas que la sazonaron, se pasó al
salón, donde se encontraban Zéphyr y Hyacinthe, Michette y Colombe, para servir el café. El
duque jodió a Michette entre los muslos, y Curval a Hyacinthe; Durcet hizo cagar a Colombe
y el obispo metió la verga en la boca de Zéphyr; Curval, volviendo a acordarse de una de las
pasiones descritas la víspera por la Duclos , quiso cagar en el coño de Colombe; la vieja
Thérése, que participaba en el café, la colocó, y Curval actuó. Pero, como hacía unas
defecaciones prodigiosas y proporcionadas a la inmensa cantidad de
víveres con que se atiborraba cada día, casi todo se
derramó en el suelo y sólo, por así decir,
ensució, superficialmente aquel lindo coñito virgen que
no parecía destinado por la naturaleza, indudablemente a
placeres tan cochinos. El obispo, deliciosamente masturbado por
Zéphyr, perdió su semen filosóficamente, uniendo
al placer que sentía el del delicioso cuadro de que era
espectador; estaba furioso, regañó a Zéphyr,
regañó a Curval, se metió con todo el mundo. Le
hicieron tragar un gran vaso de elixir para reparar sus fuerzas,
Michette y Colombe lo acostaron en un sofá para que hiciera la
siesta y no se separaron de él. Despertó bastante
restablecido y, para devolverle mejor aún sus fuerzas, Colombe
lo chupó un rato: su polla volvió a mostrar la nariz, y
se pasó al salón de historia. Aquel día el obispo
tenía a Julie en su sofá; como la quería bastante,
esta vista le devolvió un poco el buen humor. El duque
tenía a Aline, Durcet a Constance y el presidente a su hija.
Todo estaba dispuesto, la bella Duclos se instaló en su trono y
empezó de esta manera: Es completamente falso decir que el
dinero adquirido por medio de un crimen no aporta la felicidad.
Ningún sistema es tan falso, respondo de ello; todo prosperaba
en mi casa; nunca la Fournier había tenido tantos clientes. Fue
entonces cuando se me pasó por la cabeza una idea algo cruel, lo
confieso, pero que, no obstante, me atrevo a presumir de ello,
señores, no os desagradará de ningún modo. Me
pareció que cuando no se ha hecho a alguien el bien que
debía hacérsele, había cierta voluptuosidad
malvada en hacerle el mal, y mi pérfida imaginación me
inspiró esta travesura libertina contra aquel mismo Petignon,
hijo de mi benefactora, a quien había sido encargada de entregar
una fortuna bien atractiva, sin duda, para el infeliz y que yo empezaba
ya a derrochar en locuras. He aquí lo que suscitó la
ocasión de ello: aquel desdichado zapatero, casado con una pobre
mujer de su condición, tenía como único fruto de
aquel himeneo infortunado una hija de unos doce años, y que,
según me había sido descrita, unía a los rasgos
infantiles todos los atributos de la más tierna belleza. Aquella
niña, a la que criaban pobremente, pero con todo el cuidado que
podía permitir la indigencia de sus padres, que estaban
encantados con ella, me pareció una excelente presa. Petignon no
iba jamás a la casa, ignoraba los derechos que tenía
sobre ella; pero en cuanto la Fournier me hubo hablado de él, mi
primer cuidado fue el de hacerme informar sobre él y todas sus
circunstancias, y fue así como me enteré de que
poseía un tesoro en su casa. Al mismo tiempo, el conde de
Mesanges, libertino famoso y de profesión, de quien la
Desgranges tendrá sin duda más de una vez ocasión
de hablaros, se dirigió a mí para que le procurase una
virgen que llegase a los trece años, y esto al precio que fuese.
Ignoro lo que quería hacer con ella, pues en este aspecto no era
considerado como un hombre muy riguroso, pero ponía como
condición, después de que unos expertos hubiesen
comprobado la virginidad de la muchacha, comprármela por una
suma prescrita, y que a partir de aquel momento no trataría ya
con nadie más, teniendo en cuenta, decía, que la
niña sería llevada a otro país y no
volvería jamás a Francia. Como el marqués era uno
de mis clientes, y pronto lo veréis en escena en persona, puse
manos a la obra para satisfacerlo, y la pequeña de Petignon me
pareció ser positivamente lo que él necesitaba. Pero
¿cómo llevársela? La niña no salía
nunca, la instruían en su misma casa, la guardaban con una
sensatez y una circunspección que no dejaba ninguna esperanza.
No me era posible por entonces emplear a aquel famoso corruptor de
muchachas de quien he hablado; estaba en aquel momento en el campo, y
el marqués me metía prisa. No
encontré, pues, más que un medio, el cual no podía
servir mejor para la pequeña maldad secreta que me llevaba a
cometer aquel crimen, ya que lo hacía más grave.
Resolví crearles problemas al marido y a la mujer, tratar de
hacerlos encerrar a ambos y así, encontrándose con la
pequeña menos vigilada o en casa de amigos, me sería
fácil atraerla a mi trampa. Les lancé, pues, un
procurador amigo mío, hombre hábil de quien estaba segura
para semejantes golpes de mano; se informó, desenterró
acreedores, los excitó, los apoyó, y dicho brevemente, a
los ocho días marido y mujer estaban en la cárcel. A
partir de aquel momento todo se volvió fácil; una diestra
secuaz se acercó pronto a la niña abandonada en casa de
unos vecinos pobres, y la trajo a mi casa. Todo respondía en su
exterior: tenía la piel más dulce y más blanca,
los pequeños atractivos más redondeados, mejor
formados... En una palabra, era difícil encontrar una
niña más bonita que aquella. Como me costaba unos veinte
luises contantes y sonantes y el marqués quería dar por
ella una suma prescrita, después de cuyo pago no quería
ni oír hablar del asunto ni tratar con nadie, se la dejé
en cien luises, y puesto que era esencial para mí que mis
manejos no trascendieran nunca, me contenté con ganar sesenta
luises en aquel negocio, ya que entregué aún veinte de
ellos a mi procurador para que enredara las cosas de tal manera que el
padre y la madre de la niña no pudiesen tener noticias de su
hija durante mucho tiempo. Las tuvieron; la huida de la hija fue
imposible de ocultar. Los vecinos culpables de negligencia se excusaron
como pudieron y, por lo que hace al querido zapatero y a su esposa, mi
procurador obró tan bien que jamás pudieron remediar ese
accidente, porque murieron ambos en la cárcel después de
once años de cautiverio. Yo gané doblemente con aquella
pequeña desgracia, ya que al mismo tiempo que me aseguraba la
posesión de la niña que había vendido,
también me aseguraba la de sesenta mil francos que me
habían entregado para él. En cuanto a la niña, el
marqués me había dicho la verdad; jamás
volví a oír hablar de ella, y será probablemente
la señora Desgranges quien terminará su historia. Es hora
de volver a la mía y a los acontecimientos cotidianos que pueden
ofreceros los detalles voluptuosos cuya lista hemos interrumpido. -
¡Oh, pardiez! -dijo Curval-, me gusta con locura tu prudencia;
hay aquí una maldad reflexiva, un orden que me complace a
más no poder. Y además la travesura de haber ido a dar el
último golpe a una víctima a la que sólo
accidentalmente habías lastimado, me parece un refinamiento de
infamia que puede colocarse al lado de nuestras obras maestras. -Yo
quizás hubiera hecho algo peor -dijo Durcet-, pues al final esas
personas podían obtener su liberación; hay tantos bobos
en el mundo que sólo sueñan en socorrer a esa clase de
gente. Mientras durasen, su vida significaba inquietudes para ti.
-Señor -dijo la Duclos-, cuando no se tiene en el mundo la
influencia de que vos gozáis, y hay que emplear gente inferior
para las bribonadas, la circunspección es a menudo necesaria y
uno entonces no se atreve a realizar todo lo que quisiera hacer.
-Justo, justo -dijo el duque-; no podía hacer nada más,
ella. Y esa amable criatura reanudó así la
continuación de su relato: Es horrendo, señores -dijo la
bella mujer-, tener que hablaros aún de ignominias parecidas a
las que os expongo desde hace varios días; pero habéis
exigido que reúna todo lo que a ellas se refiera y que no deje
nada velado. Tres ejemplos más de esas atroces porquerías
y pasaremos a otras fantasías. El primero que os citaré
es el de un viejo director de presidios que tenía alrededor de
sesenta y seis años. Hacía desnudar completamente a la
mujer y, después de haberle acariciado un momento las nalgas con
más brutalidad que delicadeza, la obligaba a cagar ante él en el suelo, en medio de la habitación. Cuando
había gozado de la perspectiva, iba a su vez a dejar su deposición en el mismo lugar,
luego mezclaba ambas con sus manos, obligaba a la mujer a acercarse a gatas para
comer la bazofia, mostrando siempre bien el trasero que debía haber tenido el
cuidado de conservar mierdoso. El se masturbaba durante la ceremonia y eyaculaba
cuando todo había sido comido. Pocas muchachas, como comprenderéis, señores,
consentían en someterse a tales cochinadas y, no obstante, él las quería jóvenes y
lozanas... Yo las encontraba, porque todo se encuentra en París, pero se las hacía
pagar caras.
El segundo ejemplo de los tres que me quedaban por mencionar de este género
exigía asimismo una absoluta docilidad por parte de la mujer; pero como el libertino
la quería extremadamente joven, me era más fácil encontrar niñas que mujeres
hechas que se prestasen a semejantes cosas. Entregué al que voy a citaros una
pequeña florista de trece a catorce años, muy bonita; él llega, hace que la muchacha
se quite solamente lo que cubre de cintura para abajo; le manoseó por un instante el
trasero, le hizo lanzar un pedo, luego se aplicó él mismo cuatro o cinco lavativas, que
obligó a la niña a recibir en su boca y a tragar a medida que el chorro caía en su
gaznate. Durante aquel tiempo, colocado como a horcajadas sobre el pecho de la
niña, con una mano se masturbaba una verga bastante grande y con la otra le
machacaba el monte, que para esto debía siempre estar despojado del más leve pelo.
Este del que os hablo quiso aún repetir por sexta vez porque no había eyaculado. La
niña vomitaba a medida que le pedía que parase, pero él se rió en sus narices y siguió
con lo suyo; y hasta la sexta no vi manar su semen.
Por último un viejo banquero viene a proporcionarnos el último ejemplo de estas
asquerosidades como principal episodio, porque os advierto que, como accesorios,
volveremos a verlas a menudo. Necesitaba una mujer hermosa, pero de cuarenta a
cuarenta y cinco años, y con senos extremadamente fláccidos. En cuanto estuvo con
ella la hizo desnudarse nada más de la cintura para arriba y, manoseándole
brutalmente las tetas, exclamó: " ¡Bellas ubres de vaca! ¿Para qué pueden ser buenas
unas tripas como estas, sino para limpiar mi culo?" Luego las oprimía, las apretaba
una contra otra, las frotaba, las escupía y a veces les ponía encima su pie mugriento
diciendo sin cesar que unos senos eran una cosa bien infame y que no concebía a qué
había destinado la naturaleza esos pellejos ni por qué había estropeado y deshonrado
con ellos el cuerpo de la mujer. Después de todos esos despropósitos, se desnudó
completamente. ¡Pero, Dios, qué cuerpo! ¡Cómo describirlo, señores! No era más
que una úlcera que goteaba pus incesantemente desde los pies a la cabeza y cuyo olor
infecto llegaba hasta la habitación contigua donde yo me hallaba; tal era, no obstante,
la bella reliquia que había que chupar.
-¿Chupar? -dijo el duque.
Sí, señores -dijo la Duclos-, chuparlo de la cabeza a los pies sin dejar un solo
espacio del tamaño de un luis de oro donde no hubiese pasado la lengua; la mujer
que yo le había dado, a pesar de haber sido advertida, en cuanto vio aquel cadáver
ambulante retrocedió horrorizada.
- ¡Cómo, zorra! -dijo él-. ¿Parece que te repugno? Sin embargo, tienes que
chuparme, tu lengua ha de lamer absolutamente todas las partes de mi cuerpo. ¡Ah,
no te hagas tanto la melindrosa; otras lo han hecho; vamos, vamos, nada de remilgos!
Mucha razón tiene quien dice que el dinero obliga a todo; la infeliz que yo le
había entregado se hallaba en la más extrema miseria, y había dos luises para ganar:
hizo todo lo que se requería y el viejo gotoso, encantado de sentir una lengua dulce
pasearse por su repugnante cuerpo y suavizar la acritud que lo devoraba, se
masturbaba
voluptuosamente durante la operación. Cuando ésta hubo
terminado y, como supondréis muy bien, no fue sin terribles
náuseas por parte de aquella infortunada, cuando hubo terminado,
digo, la hizo acostarse en el suelo de espaldas, se puso a horcajadas
sobre ella, se le cagó sobre los senos y, apretándolos el
uno contra el otro, se limpió con ellos el trasero. Pero de
eyaculación no vi nada, y supe algún tiempo
después que necesitaba varias operaciones semejantes para
hacerlo eyacular; y, como era un hombre que no acostumbraba ir dos
veces al mismo lugar, no volví a verlo, de lo cual, en verdad,
me alegré mucho. -A fe mía -dijo el duque-, encuentro muy
razonable el fin de la operación de aquel hombre, y nunca he
comprendido que unas tetas pudiesen servir realmente para otra cosa que
para limpiar culos. -Es cierto -dijo Curval, que manoseaba con bastante
brutalidad las de la tierna y delicada Aline-, es cierto, en verdad,
que las tetas son una cosa bien infame. No las veo, nunca sin
enfurecerme. Al ver esto, siento cierta náusea, cierta
repugnancia... Sólo el coño me hace experimentar otra
más intensa. Y, al mismo tiempo, se metió en su gabinete
arrastrando por el seno a Aline y haciéndose seguir por Sophie y
Zelmire, las dos mujeres de su serrallo, y por la Fanchon. No se sabe
lo que hizo, pero se oyó un gran grito de mujer y poco
después los aullidos de su descarga. Volvió, Aline
lloraba y sostenía un pañuelo sobre su seno y, como todos
esos acontecimientos no producían nunca sensación o,
cuanto más, la de la risa, la Duclos reanudó
inmediatamente su historia: Despaché yo misma -dijo-, algunos
días después, a un viejo fraile cuya manía,
más fatigosa para la mano, no era, sin embargo, tan repugnante
para el corazón. Me entregó un gran trasero asqueroso
cuya piel parecía pergamino; había que amasárselo,
manoseárselo, apretárselo con todas las fuerzas, pero
cuando llegué al agujero nada le parecía bastante
violento; había que agarrar los pellejos de aquella parte,
frotarlos, pellizcarlos, agitarlos fuertemente entre mis dedos, y
sólo con la energía de la operación derramaba su
semen. Además se masturbaba él mismo y ni siquiera me
levantó las faldas. Pero aquel hombre debía tener un
furioso hábito de aquella manipulación, pues su trasero,
por otra parte blando y colgante, estaba sin embargo revestido de una
piel tan gruesa como el cuero. Al día siguiente, sin duda por
los elogios que hizo en su convento de mi manera de obrar, me trajo a
uno de sus cofrades, en cuyo culo tenía que aplicar manotazos
con todas mis fuerzas; pero éste, más libertino y
más observador, previamente visitaba con cuidado las nalgas de
la mujer, y mi culo fue besado, lamido diez o doce veces seguidas,
cuyos intervalos se llenaban con manotazos en el suyo. Cuando su piel
se hubo vuelto escarlata, su verga se enderezó y puedo
certificar que era uno de los más bellos instrumentos que yo
hubiese manoseado. Entonces me la puso en la mano y me ordenó
que lo masturbase mientras continuaba pegándole con la otra
mano. -O me equivoco -dijo el obispo- o nos encontramos en el
artículo de las fustigaciones pasivas. -Sí,
monseñor -dijo la Duclos-, y ya que mi tarea de hoy ha
terminado, aceptaréis que deje para mañana el comienzo de
los gustos de esta naturaleza de los que deberemos ocuparnos durante
varias veladas consecutivas. Como faltaba aún cerca de media
hora para la cena, Durcet dijo que, para abrir el apetito,
quería tomar algunas lavativas; se sospechó la
intención, todas las mujeres se estremecieron, pero la sentencia
estaba lanzada, no se retrocedería. Thérése, que
aquel día le servía, aseguró que sabía
administrarlas de maravilla; de la afirmación pasó a la
prueba y, en cuanto el pequeño financiero tuvo las
entrañas cargadas, indicó a Rosette que debía
acercarse a tender el pico. Hubo un poco de resistencia, un poco de
dificultades, pero fue necesario obedecer y la pobre pequeña se
tragó dos lavativas, sin perjuicio de devolverlas
después, lo cual, como puede imaginarse, no tardó en
suceder. Felizmente llegó la hora de la cena, pues sin duda
hubiera vuelto a las andadas. Pero la noticia cambió la
disposición de todos los ánimos y fueron a ocuparse en
otros placeres. En las orgías se hicieron algunas cagadas sobre
tetas y se hicieron cagar muchos culos; el duque se comió ante
todo el mundo la cagada de la Duclos mientras esta hermosa mujer lo
chupaba y las manos del disoluto se perdían un poco por todas
partes, su semen salió con abundancia y después que
Curval lo imitó con la Champville se habló por fin de ir
a acostarse.
DECIMOSEPTIMA JORNADA
La terrible antipatía del
presidente por Constance estallaba a diario: había pasado la
noche con ella por un arreglo particular con Durcet, a quien
pertenecía, y al día siguiente presentó contra
ella las más amargas quejas. -Ya que a causa de su estado -dijo-
no se quiere someterla a las correcciones ordinarias por temor de que
dé a luz antes del instante en que nos disponemos a recibir ese
fruto, por lo menos, redios -decía-, habría que encontrar
un medio de castigar a esta puta cuando hace tonterías. Pero, y
véase lo que es el maldito espíritu de los libertinos,
cuando se analiza aquella falta prodigiosa, adivina, oh lector, lo que
era: se trataba de que desgraciadamente se había puesto de
frente cuando se le pedía el trasero, y estas faltas no se
perdonan. Pero lo peor aún era que negaba el hecho,
pretendía con bastante fundamento que aquello era una calumnia
del presidente, quien no buscaba más que perderla, y que nunca
se acostaba con él sin que inventase mentiras parecidas: pero
como las leyes a este respecto eran formales, y nunca se creía a
las mujeres, se planteó la cuestión de saber cómo
se castigaría en adelante a aquella mujer sin riesgo de malograr
su fruto. Se decidió que por cada delito se la obligaría
a comerse una cagada y, en consecuencia, Curval exigió que
empezase inmediatamente. Fue aprobado. Estaban entonces almorzando en
el aposento de las muchachas, Constance recibió la orden de
presentarse, el presidente cagó en medio de la estancia y se le
mandó que fuese, a gatas, a comer lo que aquel hombre cruel
acababa de hacer. Ella cayó de rodillas, pidió
perdón, mas nada enterneció a los hombres; la naturaleza
había puesto bronce en lugar de corazón dentro de
aquellos vientres. Nada más agradable que los melindres que hizo
la pobre mujercita antes de obedecer, y Dios sabe cuánto los
divertían. Por fin tuvo que decidirse, el corazón le
brincó a mitad de la tarea, a pesar de lo cual tuvo que
terminarla, y se lo tragó todo. Cada uno de nuestros malvados,
excitados por aquella escena, se hacía masturbar, mientras la
contemplaba, por una niña, y Curval, singularmente excitado por
la operación, y a quien Augustine masturbaba de maravilla,
sintiendo que iba a descargar llamó a Constance que apenas
había terminado su triste almuerzo: -Ven, puta -le dijo-; cuando
se ha engullido el pescado hay que ponerle salsa, es blanca, ven a
recibirla. Tuvo también que pasar por esto, y Curval, que
mientras actuaba hacía cagar a Augustine, soltó lo suyo
en la boca de aquella desdichada esposa del duque mientras
engullía la mierdita fresca y delicada de la interesante
Augustine. Se hicieron las visitas, Durcet encontró mierda en el
orinal de Sophie. La joven se excusó diciendo que se
había sentido indispuesta. -No --lijo Durcet, revolviendo los
excrementos-, no es verdad: una cagalera de indigestión
está deshecha, y éste es un mojón muy sano.
Cogió inmediatamente su funesto cuaderno, inscribió en
él el nombre de aquella encantadora criatura, quien se fue a
ocultar sus lágrimas y a deplorar su situación. Todo el
resto estaba en regla, pero, en el aposento de los muchachos,
Zélamir, que había cagado la víspera en las
orgías y a quien se le había ordenado no limpiarse el
culo, se lo había limpiado sin permiso. Todo aquello eran
delitos capitales: Zélamir fue inscrito. A pesar de lo cual
Durcet le besó el culo y se hizo chupar la verga por él
un instante, luego se pasó a la capilla donde se vio cagar a dos
jodedores subalternos, a Fanny, Aline, Thérèse y la
Champville. El duque recibió en su boca la cagada de Fanny y se
la comió, el obispo la de los dos jodedores, una de las cuales
tragó, Durcet la de la Champville y el presidente la de
Aline,-que, a pesar de su descala, mandó al lado de la de
Augustine. La escena de Constance había calentado las cabezas,
pues hacía mucho tiempo que no se habían permitido tales extravagancias por la mañana.
Se habló de moral durante la comida. El duque dijo que no
concebía cómo las leyes de Francia condenaban el
libertinaje, ya que al ocupar el libertinaje a los ciudadanos los
distraía de cábalas y revoluciones; el obispo dijo que
las leyes no condenaban positivamente el libertinaje sino sus excesos.
Entonces se analizaron éstos y el duque demostró que
ninguno de ellos era peligroso, ninguno podía ser sospechoso
para el gobierno y que, por lo tanto, no solamente era cruel, sino
hasta absurdo querer atacar tales minucias. De las palabras se
pasó a los hechos, el duque, medio borracho, se abandonó
en los brazos de Zéphyr y chupó durante una hora la boca
de ese hermoso niño, mientras Hercule, aprovechando la
situación, hundía su enorme polla en el ano del duque.
Blangis se dejó, y sin otra acción, sin otro movimiento
que el de besar, cambió de sexo sin darse cuenta. Sus
compañeros, por su lado, se entregaron a otras infamias, y
pasaron a tomar el café. Como se acababan de hacer muchas
tonterías, el rato del café fue bastante tranquilo y
quizás el único en todo el viaje donde no se vertiera
semen. La Duclos , ya en su estrado, esperaba a la
compañía, y cuando ésta se hubo acomodado
empezó de la manera siguiente: Acababa de sufrir una
pérdida en mi casa que me afectaba en todos los aspectos.
Eugénie, a quien quería apasionadamente y que me era
singularmente útil a causa de sus extraordinarias complacencias
para todo lo que podía producirme dinero, Eugénie, digo,
me había sido arrebatada del modo más singular, un
criado, después de haber pagado la suma convenida, vino a
buscarla, dijo, para una cena en el campo, de la que traería
quizás siete u ocho luises. Yo no me hallaba en casa cuando
aquello sucedió, pues jamás la habría dejado salir
así con un desconocido, pero se dirigieron sólo a ella, y
aceptó... No he vuelto a verla en mi vida. -Ni la verá
usted -dijo la Desgranges-. La juerga que le propusieron era la
última de su vida y a mí me corresponderá ofrecer
el desenlace de esta parte de la novela de aquella hermosa muchacha. -
¡Ah! ¡Gran Dios! -exclamó la Duclos-. .. Una
muchacha tan bella, de veinte años, con la cara más fina
y más agradable. -Y añada a ello -dijo la Desgranges- el
cuerpo más hermosa de París. Todos esos atractivos le
fueron funestos, pero siga usted y no nos adelantemos a las
circunstancias. Fue Lucile -dijo la Duclos- quien la sustituyó
en mi corazón y en mi cama, pero no en las ocupaciones de la
casa; pues le faltaba mucho para tener su sumisión y su
complacencia. Fuese como fuese, a sus manos confié poco
después al prior de los benedictinos, quien venía de
cuando en cuando a visitarme y por lo común se divertía
con Eugénie. Este buen padre, después de haber masturbado
el coño con su lengua y haber chupado la boca, requería
que le azotaran ligeramente con varas solamente el cipote y los cojones
y eyaculaba sin empalmarse, sólo con el roce, sólo con la
aplicación de las varas sobre aquellas partes. Su mayor placer,
entonces, consistía en ver a la muchacha hacer saltar en el
aire, con el extremo de las varas, las gotas de semen que salían
de su verga. Al día siguiente despaché yo misma a uno a
quien había que aplicar cien azotes bien contados en el trasero;
antes besaba el trasero de la mujer y, mientras recibía los
azotes, se masturbaba él mismo. Algún tiempo
después, un tercero me quiso también a mí; pero
éste era más ceremonioso en todos los puntos: se me
avisó ocho días antes, y era preciso que ese tiempo no me
lavese ninguna parte de mi cuerpo y principalmente ni el coño,
ni el culo, ni la boca, que desde el momento del aviso pusiese en
remojo, en un orinal lleno de orina y de mierda, al menos tres
puñados de varas. Llegó él por fin, era un viejo
receptor de impuestos, hombre muy acomodado, viudo sin hijos y que se
entregaba muy a menudo a semejantes juergas. La primera cosa de que se
informó era de si había cumplido exactamente la
abstinencia de abluciones que me había prescrito; le
aseguré que sí y, para convencerse de ello, empezó
por aplicarme un beso en los labios que sin duda lo satisfizo, pues
subimos, y yo sabía que si al darme aquel beso, estando yo en
ayunas, hubiese reconocido el empleo de alguna limpieza, no hubiera
querido consumar el encuentro. Subimos pues, contempló a las
varas en el orinal donde yo las había colocado, luego me
ordenó desnudarme y vino a olfatear con cuidado todas las partes
de mi cuerpo que me había más expresamente prohibido
lavarme; como yo lo había cumplido con exactitud, sin duda
encontró en ella el hedor que deseaba, pues le vi calentarse en
sus arreos y luego le oí exclamar: " ¡Ah! ¡Joder!
Está bien esto, esto es lo que quiero". Entonces, a mi vez, le
manoseé el trasero; era exactamente un cuero hervido, tanto por
el color como por la dureza de la piel. Después de haber por un
instante acariciado, manoseado y entreabierto aquellas nalgas
ásperas, me apoderé de las varas y, sin limpiarlas,
empecé a arrearle con ellas diez azotes con todas mis fuerzas;
pero, no sólo no hizo ningún movimiento, sino que
parecía que mis golpes ni siquiera rozaban aquella inexpugnable
ciudadela. Después de aquella primera tanda, le hundía
tres dedos en el ano y lo sacudí con toda mi fuerza, pero
nuestro hombre era igualmente insensible por todas partes; ni siquiera
se estremeció. Realizadas aquellas dos primeras ceremonias, fue
él quien actuó; me apoyé con el vientre sobre la
cama, él se arrodilló, separó mis nalgas y
paseó su lengua alternativamente por los dos agujeros, los
cuales sin duda, según sus órdenes, no debían ser
muy aromáticos. Después de haberme chupado bien, lo
volví a azotar y lo socraticé, él volvió a
hincarse y lamerme, y así sucesivamente por lo menos quince
veces. Por fin, instruida en cuanto a mi papel y guiándome por
el estado de su pito, que observaba con gran atención sin
tocarlo, en una de sus arrodilladas le suelto mi cagada en las narices.
El se echa para atrás, me dice que soy una insolente y eyacula
masturbándose él mismo y lanzando unos gritos que
hubieran oído desde la calle sin la precaución que
había tenido para impedir que trascendieran. Pero la cagada
cayó al suelo, él no hizo más que verla y olerla,
no la recibió en su boca ni la tocó; había
recibido por lo menos doscientos azotes y, puedo atestiguarlo.., sin
que lo pareciese, sin que su trasero encallecido por una prolongada
costumbre conservase ni la más ligera marca. - ¡Oh,
pardiez! -dijo el duque-. He ahí un culo, presidente, que puede
compararse al tuyo. -Muy cierto -dijo Curval, balbuceando, porque Aline
lo masturbaba-, es muy cierto que el hombre de quien se habla tiene
positivamente mis nalgas y mis gustos, pues yo apruebo infinitamente la
ausencia de bidet, pero la querría más prolongada;
querría que no se hubiese tocado el agua al menos durante tres
meses. -Presidente, estás empalmado -dijo el duque.
-¿Tú crees? -dijo Curval-. Toma, a fe mía,
pregúntaselo a Aline, ella te dirá qué hay, pues
por mi parte estoy tan acostumbrado a ese estado que nunca me doy
cuenta de cuando cesa ni de cuando comienza. Todo lo que puedo
asegurarte es que en el momento en que te hablo quisiera una puta muy
impura; quisiera que saliese para mí del retrete, que su culo
oliese bien a mierda y que su coño oliese a pescado. ¡Eh,
Thérèse! Tú cuya mugre se remonta hasta el
diluvio, tú que desde el bautizo no te has limpiado el culo y
cuyo infame coño apesta a tres leguas a la redonda, ven a traer
todo esto a mi nariz, te lo ruego, y añade a ello hasta una
cagada, si quieres. Thérèrse se acerca, con sus
atractivos sucios, repugnantes y marchitos frota la nariz del
presidente, deja en ella, además, la defecacióndeseada, Aline masturba, el libertino descarga,
y la Duclos reanuda así su narración:
Un viejo solterón que recibía todos los días a una muchacha nueva para la
operación que os diré, me hizo rogar por una de mis amigas que fuese a verlo, y al
mismo tiempo fui instruida sobre el ceremonial acostumbrado con aquel depravado.
Llegué, me examinó con aquella ojeada flemática que da el hábito del libertinaje,
ojeada segura, y que en un minuto aprecia el objeto que se le ofrece.
-Me han dicho que tienes un culo hermoso -me dijo- y, como desde hace casi
sesenta años tengo una debilidad decidida por las bellas nalgas, quiero ver si sostienes
tu reputación... Levántate las faldas.
Aquellas palabras enérgicas eran una orden suficiente; no solamente ofrecí la
medalla, sino que la aproximé lo más posible a la nariz de aquel libertino de
profesión. Primero me mantuve erguida, poco a poco me incliné y le mostré el
objeto de su culto bajo todas las formas que más podían gustarle. A cada movimiento
sentía las manos del libertino que se paseaban por la superficie y perfeccionaban la
situación, fuese consolidándola, fuese modificándola un poco más a su gusto.
-El agujero es muy ancho -me dijo-, te habrás prostituido furiosamente en el
sentido sodomita durante tu vida.
- ¡Ay, señor!, -le contesté-, vivimos en un siglo en que los hombres son tan
caprichosos que para agradarles no hay más remedio que prestarse un poco a todo.
Entonces sentí que su boca se pegaba herméticamente al agujero entre mis nalgas
y que su lengua trataba de penetrar en el orificio; aproveché el instante con habilidad,
como me había sido recomendado, e hice deslizarse sobre su lengua la ventosidad
mejor nutrida y más blanda. El procedimiento no le desagradó en absoluto, pero no
lo conmovió más; al fin, después de media docena de ellos, se levantó, me condujo al
rincón de su cama y me muestra un cubo de mayólica en el que se remojaban cuatro
manojos de varas. Encima del cubo colgaban varias disciplinas con clavos de gancho
dorado.
-Armate -me dijo el disoluto- con estas armas, aquí tienes mi culo: como ves, es
seco, flaco y muy endurecido. Toca.
Y cuando lo hube obedecido:
-Ya ves -continuó-, es un viejo cuero endurecido bajo los golpes que no se
calienta más que con los excesos más increíbles. Me mantendré en esta actitud -dijo,
tendiéndose a los pies de su cama, sobre el vientre y con las piernas en el suelo-;
sírvete, por turno, de estos dos instrumentos, las varas y las disciplinas. Será largo
pero verás una señal segura de la proximidad del desenlace. En cuanto veas que a
este culo le pasa algo extraordinario, has de estar lista para hacer lo mismo que haga
él; cambiaremos de lugar, Yo me hincaré ante tus bellas nalgas, tú harás lo que me
habrás visto hacer, y yo eyacularé. Pero, sobre todo, no te impacientes, Porque, te lo
advierto una vez más, va para largo.
Empecé, cambié de instrumento como me había recomendado. Pero ¡qué flema,
gran Dios! Yo estaba empapada de sudor; Para pegar más cómodamente, me había
hecho desnudarme el brazo hasta el cuello. Llevaba más de tres cuartos de hora
pegando con toda la fuerza, ya con las varas, ya con las disciplinas, y no veía que mi
tarea adelantase. Nuestro disoluto, inmóvil, no se movía más que si estuviese muerto;
hubiérase dicho que saboreaba en silencio los movimientos internos de la
voluptuosidad que recibía con aquella operación, pero ningún vestigio exterior, ninguna
apariencia de que influyese ni siquiera sobre su piel. Por fin dieron las dos, y
estaba trabajando desde las once; de pronto, le vi levantar el lomo, separa las nalgas,
yo paso y vuelvo a pasar las varas por ellas a determinados intervalos, mientras
continuaba azotándolo; salió una cagada, yo azoté, mis golpes hacen volar la mierda
hacia el suelo.
-Vamos, valor -le dije-, llegamos a puerto.
Entonce
s nuestro hombre se levantó lleno de furor; su verga dura y
rebelde se pegaba a su vientre. -Imítame -me dijo-,
imítame, sólo necesito mierda para darte el semen. Yo me
incliné rápidamente en su lugar, él se
arrodilló como había dicho y yo le puse en la boca un
huevo que para este fin guardaba desde hacía casi tres
días. Al recibirlo, su semen salió, él se
echó hacia atrás aullando de placer, pero sin tragarse ni
conservar más de un segundo la cagada que yo acababa de
depositarle. Por otra parte, exceptuandoos a vosotros, señores,
que sin duda sois modelos en este género, he visto a pocos
hombres con crispaciones tan agudas; casi se desmayó al derramar
su semen. La sesión me produjo dos luises. Pero apenas
llegué a casa encontré a Lucile ocupada con otro viejo,
quien, sin ningún contacto preliminar, se hacía
simplemente fustigar, con varas empapadas en vinagre, desde los
riñones hasta el extremo de las piernas, y dirigidos los golpes
con toda la fuerza que alcanzaba el brazo, y éste terminaba la
operación haciéndose chupar. La mujer se arrodillaba ante
él cuando le daba la señal y, haciendo flotar los viejos
cojones gastados sobre sus tetas, cogía el viejo instrumento
blanducho en su boca, donde el pecador arrepentido no tardaba en llorar
sus faltas. Y como la Duclos terminó aquí lo que
tenía que decir durante la velada y la hora de la cena
todavía no había llegado, mientras se esperaba se
hicieron algunas tunantadas. -Debes estar rendido, presidente -dijo el
duque a Curval-. Ya te he visto eyacular dos veces hoy y no
estás acostumbrado a perder en un día tal cantidad de
semen. -Apostemos por la tercera -dijo Curval, que manoseaba las nalgas
de la Duclos. - ¡Oh, lo que quieras! -dijo el duque. -Pero pongo
una condición -dijo Curval-, es que todo me será
permitido. - ¡Oh, no! -replicó el duque-, sabes muy bien
que hay cosas que hemos prometido no hacer antes de la época en
que nos sean indicadas; hacernos joder era una de ellas, antes de
proceder a ello debíamos esperar que nos fuese citado, en el
orden establecido, algún ejemplo de esta pasión; y, sin
embargo, en las representaciones de todos, señores, pasamos por
encima de esto. Hay muchos goces particulares que hubiéramos
debido prohibirnos igualmente hasta el momento de su narración y
que toleramos con tal que sucedan en nuestras alcobas o en nuestros
gabinetes. Tú acabas de entregarte a ellos, hace un momento, con
Aline. ¿Acaso fue por nada por lo que lanzó un grito
agudo y por lo que ahora tiene su pañuelo sobre el pecho?
¡Bien! Escoge, pues, entre esos goces misteriosos o los que nos
permitimos públicamente, y que tu tercera eyaculación se
deba nada más a este tipo de cosas, y apuesto cien luises a que
no la consigues. Entonces el presidente preguntó si podía
pasar a la sala del fondo con los sujetos que bien le pareciesen, se le
concedió, con la única condición de que la Duclos
estaría presente y que sólo a ella se atendrían en
cuanto a la certeza de la descarga. -Vamos -dijo el presidente-,
acepto. Y, para empezar, se hizo dar ante todo el mundo, por la Duclos
, quinientos latigazos; hecho esto, se llevó consigo a su
querida y fiel amiga Constance, a quien, sin embargo, se le rogó
que no hiciese nada que pudiese perjudicar su preñez;
añadió a su hija Adélaïde, Augustine,
Zelmire, Céladon, Zéphyr, Thérése, Fanchon,
la Champville , la Desgranges y la Duclos, con tres joded ores. -
¡Oh, joder! -exclamó el duque-, no habíamos
convenido en que te sirvieras de tantos sujetos. Pero el obispo y
Durcet, poniéndose de parte del presidente, aseguraron que no
importaba el número. El presidente, pues, fue a encerrarse con
su tropa, y al cabo de media hora, que el obispo, Durcet y Curval, con
los sujetos que les quedaron, no pasaron orando a Dios, al cabo de
media hora, digo, Constance y Zelmire volvieron llorando y el
presidente las siguió pronto con el resto de su tropa, sostenido
por la Duclos , quien dio testimonio de su vigor y certificó que
en buena justicia merecía una corona de mirto. El lector
aprobará que no le revelemos lo que el presidente había
hecho, las circunstancias no nos lo permiten todavía; pero
había ganado la apuesta y esto entonces era lo esencial. -He
aquí cien luises -dijo, al recibirlos- que me servirán
para pagar una multa a la cual temo ser pronto condenado. Esta es otra
cosa que rogamos al lector nos permita no explicarle hasta que ocurra
el suceso, pero que vea sólo cómo aquel malvado
preveía sus faltas por anticipado y cómo tomaba su
partido en cuanto al castigo que debían acarrearle sin tomarse
la más mínima molestia para prevenirlas o evitarlas.
Puesto que sólo sucedieron cosas ordinarias desde aquel instante
hasta el comienzo de las narraciones del día siguiente, vamos a
transportar inmediatamente al lector a aquel momento.
DECIMOOCTAVA JORNADA
La Duclos , bella, arreglada y más brillante que nunca, empezó así los relatos de su
décimooctava velada:
Acababa yo de hacer la adquisición de una criatura gorda y alta llamada Justine;
tenía veinticinco años, más de cinco pies de estatura, robusta como una criada de
taberna, pero de bellas formas, bonita tez y el cuerpo más hermoso del mundo.
Como en mi casa abundaban esa especie de viejos disolutos que no encuentran
ninguna noción de placer más que en los suplicios que se les aplican, creí que
semejante pupila me sería sin duda de gran ayuda. Al día siguiente de su llegada, para
poner a prueba sus facultades fustigadoras que me habían elogiado prodigiosamente,
la enfrenté con un viejo comisario de barrio a quien había que fustigar con toda la
fuerza desde la parte baja del pecho hasta las rodillas y luego desde la mitad de la
espalda hasta las pantorrillas, y esto hasta que sangrara por todas partes. Terminada
la operación, el libertino levantaba simplemente las faldas de la muchacha y le colocaba
su paquete sobre las nalgas. Justine se portó como una verdadera heroína de
Citerea, y nuestro disoluto vino a confesarme que poseía yo un tesoro y que en su
vida había sido fustigado como por aquella bribona.
Para demostrarle el caso que le hacía, pocos días después la junté con un viejo
inválido de Citerea que se hacía dar más de mil latigazos en todas las partes del
cuerpo indistintamente y, cuando estaba todo ensangrentado, la mujer debía mearse
en su propia mano y frotarle con la orina todos los lugares más lastimados del
cuerpo. Aplicada esta loción, se volvía a empezar la tarea, entonces él eyaculaba, la
muchacha recogía en la mano, cuidadosamente, el semen que él soltaba y lo
friccionaba por segunda vez con aquel nuevo bálsamo. Iguales éxitos por parte de mi
nueva adquisición, Y cada día -más elogios; pero no fue posible emplearla con el
campeón que se presentó aquella vez:
Aquél hombre singular no quería nada femenino más que el vestido, pero en
realidad debía ser un hombre y, para explicarme mejor, el libertino quería recibir la
paliza de un hombre vestido de mujer. ¡Y cuál era el arma de que se servía! No
penséis que eran varas, era un manojo de tallos de mimbre con el que había que
desgarrarle bárbaramente las nalgas. En realidad, como aquel asunto olía un poco a
sodomía, yo no debía meterme en él demasiado; sin embargo, puesto que se trataba
de un antiguo cliente de la Fournier , un hombre verdaderamente adicto desde siempre
a nuestra casa y que por su posición podía prestarnos algún servicio, no hice
remilgos, y tras disfrazar lindamente a un muchacho de dieciocho años que a veces
nos hacía recados y que tenía un rostro muy agraciado, se lo presenté armado con un
manojo de mimbres.
Nada más agradable que la ceremonia (ya imaginaréis que quise verla): Empezó
por contemplar bien a su fingida doncella y, como la encontró sin duda muy de su
agrado, comenzó con cinco o seis besos en la boca que olían a herejía a una legua de
distancia; hecho esto mostró sus nalgas y, con aire aún de tomar por mujer al
muchacho, le dijo que se las manoseara y amasara con cierta dureza; el muchachito, a
quien yo había instruido bien, hizo todo lo que se le pedía.
-Vamos -dijo el disoluto-, azótame y, sobre todo, no tengas miramientos
conmigo.
El muchacho tomó el manojo de mimbres, propinó entonces con su brazo
vigoroso cincuenta golpes seguidos sobre las nalgas que se le ofrecían, el libertino, ya
intensamente marcado por los latigazos de aquellos mimbres, se abalanza sobre su
fustigadora masculina, le levanta las faldas, una mano reconoce el sexo, la otra agarra
ávidamente las dos nalgas, de momento no sabe cuál templo incensará primero, por
fin se decide por el culo y pega a él su boca con ardor. ¡Oh, qué diferencia del culto
que rinde la naturaleza a aquel que se dice que la ultraja! Dios justo, si aquella tarea
fuese real, ¿habría tanto ardor en el homenaje? Jamás un culo de mujer ha sido
besado como lo fue el de aquel jovencito; tres o cuatro veces la lengua del libertino
desapareció enteramente dentro del ano; por fin, volviendo a colocarse, exclamó:
- ¡Oh, querido niño, continúa tu operación!
Vuelve a ser flagelado, pero, corno estaba más animado, sostiene aquel segundo
ataque con mucha fuerza. Llega a sangrar, su verga se levanta y la hace empuñar
apresuradamente por el joven objeto de sus transportes. Mientras éste lo manosea, el
otro quiere hacerle un favor semejante, vuelve a levantarle las faldas, pero esta vez va
tras del pito; lo toca, lo masturba, lo sacude y pronto lo introduce en su boca.
Después de estas caricias preliminares, se ofrece por tercera vez a los golpes. Esta
última escena lo enfureció completamente; echó a su adonis sobre la cama, se tendió
sobre él, oprimió a la vez las dos vergas, pegó la boca a los labios del hermoso
muchacho y cuando hubo logrado calentarlo con sus caricias, le procura el placer
divino al mismo tiempo que lo saborea él mismo; ambos eyaculan a la vez. Nuestro
libertino, encantado con la escena, trató de borrar mis escrúpulos y me hizo
prometer que le proporcionaría a menudo el mismo placer fuese con el mismo joven,
fuese con otros. Yo quise esforzarme por su conversión, le aseguré que tenía
muchachas hechizadoras que lo azotarían igualmente bien; no quiso ni siquiera
mirarlas.
-Lo creo -dijo el obispo-. Cuando se tiene decididamente el gusto por los hombres no se
cambia; la distancia es tan extremada que uno no se siente tentado a hacer la prueba.
-Monseñor -dijo el presidente-, planteas aquí una tesis que merecería una disertación de
dos horas. -Y que siempre terminaría a favor de mi afirmación -dijo el obispo-, porque es
indiscutible que un muchacho vate más que una mujer.
-No hay réplica -dijo Curval-, pero se te podría decir sin embargo, que pueden hacerse
algunas objeciones al sistema y que, para los placeres de cierta clase, como, por ejemplo, de
los que nos hablarán Martaine y Desgranges, una mujer es mejor que un muchacho.
-Lo niego -dijo el obispo-, incluso para ésos a que te refieres, el muchacho es mejor que
la mujer. Considéralo por el lado del mal, que constituye casi siempre el verdadero atractivo
del placer, el crimen te Parecerá mayor con un ser absolutamente de tu especie que con uno
que no lo sea, y a partir de aquel momento la voluptuosidad es doble.
-Sí -dijo Curval-, pero ese despotismo, ese dominio ese delirio que nace del abuso que se
hace de la fuerza contra el débil...
-Se encuentra en ello también -respondió el obispo-. Si la víctima es del todo tuya, este
dominio en esos casos, que tú crees mejor establecido con una mujer que con un hombre,
no procede sino del prejuicio, no procede sino de la costumbre que somete más
ordinariamente aquel sexo que el otro a tus caprichos. Pero renuncia por un instante a esos
prejuicios de opinión y que el otro esté perfectamente bajo tus cadenas, con la misma autoridad,
encontrarás mayor la idea del crimen y necesariamente tu lubricidad será doble.
-Yo pienso como el obispo -dijo Durcet-. Una vez está bien establecido el dominio, creo
que es más delicioso ejercer el abuso de la fuerza con un semejante que con una mujer.
-Señores -dijo el duque-, quisiera que dejarais vuestras discusiones para la hora de comer
y que estas horas destinadas a escuchar las narraciones no las empleaseis en sofismas.
-Tiene razón -dijo Curval-. Anda, Duclos, prosigue. Y la amable directora de los placeres
de Citerea reanudó su relato en los términos siguientes:
Un viejo escribano del parlamento -dijo- fue a visitarme una mañana y, como
estaba acostumbrado desde los tiempos de la Fournier a no tratar más que conmigo,
no quiso cambiar de método. Se trataba de abofetearle por grados, mientras se le
masturbaba; es decir, al principio suavemente, luego un poco más fuerte a medida
que su pito tomaba consistencia y por fin con todas las fuerzas cuando eyaculaba. Yo
había llegado a comprender tan bien la manía de ese personaje que a las veinte
bofetadas ya hacía salir su semen.
- ¡A las veinte! -dijo el obispo-. ¡Caramba, yo no necesitaría tantas para soltarlo de una
vez! -Como ves, amigo mío -dijo el duque-, cada uno tiene su manía, nunca debemos
condenar ni asombrarnos de la de nadie; vamos, Duclos, otra y termina.
La que me queda por contaros esta noche -dijo la Duclos-, la supe por una de
mis amigas; esta vivía desde hacía dos años con un hombre que no tenía nunca
erección hasta después de haberle sido aplicados veinte papirotazos en la nariz,
haberle tirado de las orejas hasta hacerle brotar sangre, mordido las nalgas, el pito y
los cojones. Excitado por los duros cosquilleos de esos preliminares, tenía una
erección de semental y eyaculaba, blasfemando como un demonio, casi siempre
sobre la cara de aquella de quien acababa de recibir un trato tan singular.
Como todo lo que acababa de decirse sólo calentó el cerebro de los señores en lo
referente a las fustigaciones masculinas, aquella noche únicamente se imitó esa fantasía; el
duque se hizo pegar por Hercule hasta sangrar, Durcet por Bande-au-ciel, el obispo por
Antinoüs y Curva] por Brise-cul. El obispo, que no había hecho nada en todo el día, dícese
que eyaculó durante las orgías comiéndose la cagada de Zelmire, que se hacía guardar desde
dos días antes. Y fueron a acostarse.
DECIMONOVENA JORNADA
Por la mañana, como
resultado de ciertas observaciones hechas sobre la mierda de los
sujetos destinados a las lubricidades, se decidió que
convenía ensayar una cosa de la que la Duclos había
hablado en sus narraciones: me refiero a la supresión del pan y
de la sopa en todas las mesas, excepto en la de los señores.
Esos dos objetos fueron suprimidos; en cambio se dobló la
ración de aves y de caza. No tardaron ni ocho días en
darse cuenta de una diferencia esencial en los excrementos; eran
más blandos, más suaves, de una delicadeza infinitamente
mayor, y se apreció que el consejo de d'Aucourt a la Duclos era
el de un libertino verdaderamente consumado en tales materias. Se
pretendió que acaso resultaría de ello una cierta
alteración en los alientos. - ¡Eh! ¡Qué
importa! -replicó Curval, a quien el duque hacía la
objeción-; es un error decir que para dar placeres es necesario
que la boca de una mujer o de un muchacho esté absolutamente
sana. Hagamos a un lado toda manía, os concederé tanto
como queráis que aquel que quiere una boca hedionda sólo
obra por depravación, pero concededme por vuestra parte que una
boca sin el más mínimo olor no da ninguna clase de placer
al besarla. Es necesario siempre que haya cierta sal, algo de picante
en esos placeres, y ese picante sólo se encuentra en un poco de
suciedad. Por muy limpia que esté la boca, el amante que la
chupa comete ciertamente una cochinada y no se da cuenta de que es
precisamente esta cochinada lo que le complace. Dad al impulso un grado
más de fuerza y querréis que aquella boca tenga algo de
impuro. Que no huela a podredumbre o a cadáver, está
bien, pero que solamente tenga olor a leche o a niños, esto es
lo que afirmo que no debe ser. Así, el régimen que
imponemos tendrá cuanto más el inconveniente de alterar
un poco sin corromper, y es todo lo que se requiere. Las visitas de la
mañana no rindieron nada.., todos se cuidaban. Nadie
pidió permiso para ir al retrete, y se sentaron a la mesa.
Adélaïde, que servía, a quien Durcet solicitó
que echase un pedo en una copa de champaña, no pudo hacerlo y al
instante fue inscrita en el libro fatal por aquel bárbaro marido
que desde el principio de la semana no hacía sino buscar la
ocasión de hallarla en falta. Pasaron al café; estaba
servido por Cupidon, Giton, Michette y Sophie, el duque jodió a
Sophie entre los muslos mientras la hacía cagar en su mano y se
embarraba la cara con ello, el obispo hizo lo mismo con Giton y Curval
con Michette, en cuanto a Durcet, metió el miembro en la boca de
Cupidon después de hacerlo cagar. No hubo eyaculaciones y, hecha
la siesta, fueron a escuchar a la Duclos. Un hombre a quien no
habíamos visto aún -dijo esa amable mujer- vino a
proponernos una ceremonia bastante singular: se trataba de amarrarlo al
tercer peldaño de una escalera doble; se le ataban los pies a
este tercer peldaño el cuerpo donde quedase y las manos,
levantadas, en lo más alto de la escalera. Estaba desnudo en
aquella posición. Había que flagelarlo con toda la fuerza
del brazo y con el mango de las varas, cuando las puntas se
habían gastado. Estaba desnudo, no era necesario tocarlo en
absoluto, tampoco él mismo se tocaba, pero al cabo de cierta
dosis su monstruoso pene se levantaba como un resorte, se lo
veía danzar entre los escalones como el badajo de una campana y
poco después, impetuosamente, lanzaba su semen al centro de la
habitación. Se le desataba, pagaba, y todo había
terminado. Nos mandó al día siguiente a uno de sus amigos
a quien había que picotear el pito y los cojones, las nalgas y
los muslos, con una aguja de oro. No descargaba hasta que estaba todo
ensangrentado. Yo misma lo despaché y, como me decía
continuamente que pinchase con más fuerza, fue al hundirle la
aguja casi hasta la cabeza en el glande cuando vi caer su semen sobre
mi mano. Cuando lo soltaba se abalanzó sobre mi boca, que
chupó prodigiosamente, y se acabó. El tercero,
también conocido de los dos primeros, me ordenó que lo
flagelase con cardos en todas las partes del cuerpo indistintamente. Lo
dejé sangrando; se miró en un espejo y sólo al
verse en aquel estado soltó su semen, sin tocar nada, sin
manosear nada, sin exigirme nada de mí. Aquellos excesos me
divertían mucho y gozaba de una secreta voluptuosidad al
servirlos; asimismo, todos los que se entregaban a ellos estaban
encantados conmigo. Fue más o menos en la época de'
aquellas tres escenas cuando un señor danés, quien me fue
enviado para diferentes sesiones de placer que no son de mi
competencia, cometió la imprudencia de venir a mi casa con diez
mil francos en diamantes, igual cantidad en alhajas y quinientos luises
de plata constantes y sonantes. La presa era demasiado buena para
dejarla escapar; entre Lucile y yo robamos al gentilhombre hasta el
último céntimo. Quiso denunciarme, pero como yo sobornaba
cuantiosamente a la policía y en aquellos tiempos con oro se
hacía de ella lo que se quería, el gentilhombre
recibió la orden de callarse y
sus efectos me pertenecieron, menos algunas alhajas que debía
ceder a los oficiales para gozar tranquilamente del resto. Nunca me
había sucedido cometer un robo sin que al día siguiente
me ocurriera algo dichoso; esta buena suerte fue un nuevo cliente, pero
uno de esos clientes diarios que se pueden considerar como la mejor
tajada de una casa. Era un viejo cortesano que, cansado de los
homenajes que recibía en el palacio de los reyes, gustaba de ir
a cambiar de papel entre las putas. Quiso empezar conmigo; yo
debía hacerle recitar su lección y a cada falta que
cometía era condenado a arrodillarse y a recibir ya en la mano,
ya en el trasero fuertes azotes con una férula de cuero como la
que emplean los maestros en la clase. Me correspondía darme
cuenta de cuándo estaba excitado; entonces me apoderaba de su
pito y lo sacudía diestramente mientras lo regañaba,
llamándolo pequeño libertino, pequeño malvado y
otras invectivas infantiles que lo hacían eyacular
voluptuosamente. Cinco veces a la semana debía ejecutarse
semejante ceremonia en mi casa, pero siempre con una nueva muchacha
bien instruida, y yo recibía por ello veinticinco luises al mes.
Conocía tantas mujeres en París, que me fue fácil
prometerle lo que pedía y cumplirlo; durante diez años
tuve en mi pensión a aquel encantador colegial, quien hacia
aquella época se decidió por ir a tomar otras lecciones
al infierno. Sin embargo, yo aumentaba en años y, aunque mi cara
era del tipo que se conserva, empezaba a darme cuenta de que ya no era
por capricho por lo que los hombres querían tratar conmigo. No
obstante, tenía aún buenos clientes, a pesar de mis
treinta y seis años, y el resto de las aventuras en que
tomé parte ocurrieron para mí entre aquella edad y los
cuarenta. A pesar, digo, de mis treinta y seis años, el
libertino cuya manía voy a contaros para terminar esta velada no
quiso tratar con nadie más que conmigo. Era un cura de unos
sesenta años, pues yo nunca recibía sino a personas de
cierta edad, y cualquier mujer que quiera hacer fortuna en nuestra
profesión me imitará sin duda en esto. El santo hombre
llegó y, en cuanto estuvimos juntos, me pidió que le
dejase ver mis nalgas. -He aquí el culo más hermoso del
mundo -me dijo-. Pero, desgraciadamente, no será el que me
procure la pitanza que voy a devorar. Toma -dijo, poniéndome sus
nalgas entre las manos-: aquí tienes el que me la
procurará... Hazme cagar, por favor. Cogí un orinal de
porcelana que coloqué sobre mis rodillas, el cura se puso a la
altura conveniente, yo le apreté el ano, lo entreabrí y
le proporcioné, en una palabra, todas las diferentes agitaciones
que imaginé que habrían de apresurar su
evacuación. Esta tiene lugar, una cagada enorme llena el
recipiente, se lo ofrezco al libertino, se abalanza, lo agarra, devora
y eyacula al cabo de un cuarto de hora de la más violenta
azotaina propinada por mí sobre aquellas mismas nalgas que
acaban de poner un huevo tan hermoso. Todo era tragado; había
acompasado tan bien su tarea que su eyaculación no se
producía hasta el último bocado. Durante todo el tiempo
en que lo había azotado, no había dejado de excitarlo con
frases así; -Vamos, bribonzuelo -le decía-, cochinito;
¿puedes comer de esta manera? ¡Ah! Voy a enseñarte,
picaruelo, a entregarte a tales infamias. Y con estos procedimientos y
estas palabras era como el libertino llegaba al colmo del placer.
Aquí, antes de cenar, Curval quiso ofrecer al grupo el
espectáculo real del que la Duclos sólo había
presentado la pintura. Llamó a Fanchon, ésta lo hizo
cagar y el libertino lo devoró mientras esa vieja bruja lo
azotaba con todas sus fuerzas. Como aquella lubricidad calentó
las cabezas, por todas partes reclamaron mierda y entonces Curval, que
no había eyaculado, mezcló su cagada con la de
Thérèse, a quien hizo cagar inmediatamente. El obispo,
acostumbrado a servirse de los goces de su hermano, hizo lo mismo con
la Duclos, el duque con Marie y Durcet con Louison. Era atroz,
inaudito, lo repito, servirse de una viejas zorras como
aquéllas, cuando tenían a sus órdenes objetos tan
bonitos; pero, ya se sabe, la saciedad nace en el seno de la abundancia
y en medio de las voluptuosidades uno se deleita con los suplicios.
Realizadas aquellas cochinadas que sólo costaron una descarga,
la del obispo, fueron a sentarse a la mesa. Ya puestos a hacer
porquerías, sólo quisieron en las orgías a las
cuatro viejas y las cuatro narradoras, y despidieron al resto. Se dijo
tanto, se hizo tanto, que al fin todo el mundo se marchó y
nuestros libertinos fueron a acostarse solamente en los brazos del
agotamiento y la embriaguez.
VIGESIMA JORNADA
La noche anterior había
sucedido algo muy divertido: el duque, enteramente borracho, en vez de
irse a su habitación, se había metido en la cama de la
joven Sophie y, a pesar de lo que pudo decirle ésta, que
sabía muy bien que lo que él hacía iba contra las
reglas, no renunció, siguiendo afirmando que estaba en su cama
con Aline, quien debía ser su mujer para la noche. Pero como con
Aline podía tomarse ciertas libertades que le estaban aún
prohibidas con Sophie, cuando quiso colocarla en posición para
divertirse a su modo y la pobre niña, a quien no se había
hecho todavía nada semejante, sintió la enorme cabeza del
pito del duque golpear en la puerta estrecha de su joven trasero y
tratar de derribarla, la pobre pequeña se puso a lanzar gritos
horrendos y escapó, completamente desnuda, hacia el centro de la
habitación. El duque la siguió blasfemando como un
diablo, confundiéndola todavía con Aline. -
¡Maldita! -le decía-. ¿Acaso es la primera vez?
Creyendo atraparla en su huida, cayó sobre la cama de Zelmire,
que confundió con la suya y besó a la muchacha pensando
que Aline había entrado en razón. El mismo procedimiento
con ésta que con la otra, pues decididamente el duque
quería lograr sus fines; pero cuando Zelmire se dio cuenta del
proyecto, imitó a su compañera, lanzó un grito
terrible y escapó. Sin embargo, Sophie, que había sido la
primera en escapar, al comprender que no había otro medio de
poner orden en la situación más que yendo en busca de luz
Y de alguien con los sentidos calmados que pudiese acudir a poner todo
en orden había ido al encuentro de la Duclos. Pero ésta,
que en las orgías se había emborrachado como una bestia,
estaba tumbada, casi sin conocimiento, en mitad de la cama del duque, y
no pudo hacer nada. Desesperada y sin saber a quién recurrir en
aquella circunstancia, mientras todas sus compañeras
pedían auxilio, se atrevió a entrar en el aposento de
Durcet, que estaba acostado con Constance, su hija, y le dijo lo que
sucedía. Constance se arriesgó a levantarse, a pesar de
los esfuerzos que hacía Durcet, borracho, para retenerla,
diciéndole que quería descargar; cogió una vela y
fue a la habitación de las muchachas: las encontró a
todas en camisa en medio de la estancia y al duque
persiguiéndolas una tras otra convencido de que era siempre la
misma, a la que tomaba por Aline, de la que decía que aquella
noche era bruja. Por fin Constance le hizo ver su error, le rogó
que le permitiera conducirlo a su alcoba donde encontraría a
Aline muy sumisa a todo lo que él quisiera exigirle y el duque,
quien enteramente borracho y de muy buena fe no tenía otro
propósito en realidad que el de dar por el culo a Aline, se
dejó llevar; esa hermosa joven lo recibió y se acostaron;
Constance se retiró y volvió la calma al aposento de las
muchachas. Durante todo el día siguiente se rieron mucho de esa
aventura nocturna y el duque pretendía quE si, desgraciadamente,
en tal caso hubiese destruido una virginidad, no hubiera incurrido en
multa porque estaba borracho; le aseguraron que estaba equivocado y que
efectivamente la habría pagado. Se desayunó como de
ordinario en el aposento de las sultanas, las cuales confesaron todas
que habían tenido un miedo terrible. Sin embargo, a pesar de la
revolución no se descubrió ninguna falta; también
entre los muchachos todo estaba en orden, y como ni la comida ni el
café ofrecieron nada extraordinario, se pasó al
salón de historia, donde la Duclos, bien repuesta de sus excesos
de la víspera, divirtió aquella noche a la asamblea con
los cinco relatos siguientes: Fui también yo -dijo-,
señores, quien sirvió en la cita que voy a contaras. Se
trataba de un médico; su primer cuidado fue visitar mis nalgas
y, como las encontró soberbias, pasó más de una
hora sin hacer otra cosa que besarlas. Por fin, me confesó sus
pequeñas debilidades: yo debía cagar; ya lo sabía
y me
había preparado en consecuencia. Llené un orinal de
porcelana blanca que utilizaba para tales menesteres. En cuanto se vio
dueño de mi cagada, se abalanzó y la devoró;
apenas empezó, me armé de un vergajo -tal era el
instrumento con el que había que acariciarle el trasero-, lo
amenacé, le pegué, le eché en cara las infamias a
que se entregaba, y el libertino, sin escucharme, mientras tragaba,
eyaculó y escapó con la rapidez del rayo después
de echar un luis sobre la mesa. Poco después puse a otro en las
manos de Lucile, a quien no costó poco hacerlo descargar. En
primer lugar era necesario queda cagada que se le presentaba fuese de
una vieja mendiga y, para convencerlo, la vieja estaba obligada a obrar
ante él. Le llevé una de setenta años, llena de
úlceras y de erisipela, que desde hacía quince
años no tenía ya ningún diente en sus
encías. "Está bien, es excelente -dijo-, así es
como las quiero". Luego se encerró con Lucile y la cagada, y
esta muchacha, tan diestra como complaciente, debía excitarlo a
comerse aquella mierda infame. El la olía, la miraba, la tocaba,
pero le costaba mucho decidirse. Entonces Lucile, recurriendo a los
grandes medios, pone la pala en el fuego, la retira completamente roja
y le anuncia que le quemará las nalgas para decidirlo a lo que
le exige si no lo hace inmediatamente. Nuestro hombre se estremece,
intenta una vez más: la misma repugnancia. Entonces Lucile, sin
más miramientos, le baja los pantalones, expone un asqueroso
culo todo marcado, todo excoriado por operaciones semejantes y le asa
ligeramente las nalgas. El disoluto lanza un juramento, Lucile repite,
acaba por quemarlo fuertemente en medio del trasero, el dolor lo decide
por fin, toma un bocado, ella vuelve a excitarlo con nuevas quemaduras,
y al fin todo es tragado. Aquel fue el instante de su
eyaculación, y he visto pocas más violentas;
profirió gritos, se revolcó por el suelo; le creí
loco o con un ataque de epilepsia. Encantado de nuestras buenas
maneras, el libertino me prometió ser cliente, pero con la
condición de darle siempre la misma mujer y siempre diferentes
viejas. --Cuanto más repugnantes sean -me dijo-, mejor te las
pagaré. No te imaginas - añadió- hasta
dónde llega mi depravación en esto; casi no me atrevo a
admitirlo yo mismo. Sin embargo, uno de sus amigos, que me envió
al día siguiente, a mi parecer, llegaba mucho más lejos
que él, pero con la única diferencia de que en vez de
asarle las nalgas había que golpeárselas con unas pinzas
enrojecidas al fuego, con esta única diferencia, digo,
necesitaba la cagada del más viejo, más sucio y
más repugnante de todos los mozos de cuerda. Para esta
operación, le gustó enormemente un viejo criado de
ochenta años que teníamos en la casa desde hacía
una inmensidad de tiempo, y se tragó deliciosamente su cagada
caliente mientras Justine lo apaleaba con unas pinzas que casi no se
podían tocar por lo ardientes. Y además había que
pellizcarle con ellas grandes trozos de carne y asárselos casi.
Otro se hacía pinchar las nalgas, el vientre, los cojones y el
pito con una gran lezna de zapatero remendón, aproximadamente
con las mismas ceremonias, es decir, hasta que se comía los
excrementos que yo le presentaba en un orinal sin que quisiera saber de
quién eran. Uno no se imagina, señores, hasta
dónde llevan los hombres su delirio en el fuego de su
imaginación. ¿No vi a uno que, siempre según los
mismos principios, exigía que yo lo apalease con grandes
bastonazos en las nalgas hasta que se hubiese comido los excrementos
que hacía sacar, en su presencia, de la fosa del retrete?; y su
pérfida eyaculación no manaba en mi boca hasta que
había devorado aquel fango impuro. -Todo se comprende -dijo
Curval, palpando las nalgas de la Desgranges- ; estoy persuadido de que
se puede llegar todavía más lejos. -¿Más
lejos? -dijo el duque, quien manoseaba con cierta fuerza el trasero
desnudo de Adélaïde, su mujer del día-. ¿Y
qué diablos quieres que se haga? - ¡Algo peor! -dijo
Curval-. ¡Algo peor! Opino que nunca se ha hecho lo suficiente en
todas esas cosas. -Yo pienso como él -dijo Durcet, a-quien
Antinoüs daba por el culo- y siento que mi cabeza refinaría
más aún todas esas cochinadas. -Apuesto a que sé
lo que Durcet quiere decir -dijo el obispo, que todavía no
actuaba. -¿Y qué diablos es, pues? -dijo el duque.
Entonces el obispo se levantó, habló en voz baja a
Durcet, quien dijo que así era, y fue a repetirlo a Curval,
quien exclamó: - ¡Eh! Sí, verdaderamente. Y al
duque, quien exclamó: -Ah, joder! Nunca se me hubiera ocurrido
ésta. Como aquellos señores no se explicaron más,
nos ha sido imposible saber a qué se referían. Y si lo
supiéramos, creo que haríamos bien, por pudor, en
mantenerlo bajo un velo, pues hay muchas cosas que sólo deben
indicarse, ya que una prudente circunspección lo exige; se
podrían encontrar oídos castos, y estoy infinitamente
persuadido de que el lector nos agradece ya toda la prudencia que
empleamos con él; cuanto más avanzaremos, más
dignos nos haremos a este respecto, de sus más sinceros elogios,
esto podemos ya casi asegurarlo. En fin, dígase lo que se
quiera, cada uno tiene que salvar su alma, y qué castigo, en
este mundo y en el otro, no merece aquel que sin ninguna
moderación se complace, por ejemplo, en divulgar todos los
caprichos, todos los gustos, todos los horrores secretos a que
están sujetos los hombres en el fuego de su imaginación;
esto sería revelar ciertos secretos que deben permanecer ocultos
para la dicha de la humanidad; sería emprender la
corrupción general de las costumbres y precipitar a nuestros
hermanos en Jesucristo a todos los extravíos a que
podrían llevar semejantes cuadros; y Dios, que ve el fondo de
nuestros corazones, ese Dios poderoso que ha creado el cielo y la
tierra y que ha de juzgarnos un día, sabe si desearíamos
tener que oírle reprocharnos tales crímenes. Se
terminaron algunos horrores ya empezados; Curval, por ejemplo, hizo
cagar a Desgranges, los otros hicieron la misma cosa con diferentes
sujetos o bien otras cosas que no eran mejores, y se pasó a la
cena. Durante las orgías, Duclos, que había oído a
los señores disertar sobre la nueva dieta indicada antes, y cuyo
objeto era hacer más abundante y más delicada la mierda,
les dijo que en aficionados como ellos la asombraba ver que ignoraban
el verdadero secreto de conseguir cagadas muy abundantes y muy
delicadas. Interrogada sobre la manera en que debía hacerse,
dijo que el único modo era el de provocar de inmediato una
ligera indigestión al sujeto, no haciéndole comer cosas
contrarias o malsanas, sino obligándolo a comer precipitadamente
fuera de las horas de sus comidas. Aquella misma noche se hizo la
experiencia: fueron a despertar a Fanny, de la que no se habían
preocupado y que había ido a acostarse después de la
cena, la obligaron a comerse inmediatamente cuatro grandes bizcochos y,
a la mañana siguiente, proporcionó una de las más
grandes y más bellas cagadas que se hubiesen conseguido hasta
entonces. Por lo tanto, fue adoptado aquel sistema, con la
condición, sin embargo, de no dar pan, lo que la Duclos
aprobó y que no podía menos de mejorar los frutos que
produciría el otro secreto. No pasó día sin que se
produjeran así medias indigestiones alas muchachas y a los
lindos muchachitos, y lo que se obtuvo de ello no puede ni imaginarse.
Lo digo de paso, a fin de que si algún aficionado quiere emplear
este secreto pueda estar bien seguro de que no hay otro mejor. Como el
resto de la velada no produjo nada extraordinario, fueron a dormir para
prepararse a celebrar, al día siguiente, las bodas brillantes de
Colombe y Zélamir, que debían constituir la
celebración de la fiesta de la tercera semana.
VIGESIMO PRIMERA JORNADA
Desde la mañana se ocuparon de aquella ceremonia, según lo acostumbrado, pero no sé
si fue hecho adrede o no, pero la joven desposada resultó culpable a primera hora de la
mañana. Durcet aseguró que había encontrado mierda en su orinal; ella se defendió, dijo que,
para hacerla castigar, la vieja había ido a hacer aquello, y que a menudo les hacían esas
trampas cuando tenían ganas de castigarlas. A pesar de lo que dijo, no fue escuchada y,
puesto que su maridito estaba ya en la lista, se divirtieron mucho con el placer de corregirlos
a ambos.
Sin embargo, los jóvenes esposos fueron conducidos con gran pompa, después de la
misa, al gran salón de recepciones donde debía completarse la ceremonia antes de la hora de
la comida; eran ambos de la misma edad, y la muchacha, desnuda, fue entregada a su marido,
a quien se le permitía hacer con ella lo que quisiese. Nada es tan elocuente como el ejemplo;
era imposible recibirlos peores y más contagiosos. El joven salta disparado sobre su
mujercita y, puesto que tenía una erección muy fuerte, aunque no descargase todavía, la habría
enfilado inevitablemente; pero por muy ligera que hubiese sido la brecha, los señores
ponían toda su gloria en evitar que nada alterase a aquellas tiernas flores que sólo ellos
querían coger. Por lo cual el obispo, deteniendo el entusiasmo del joven, se aprovechó de la
erección y se hizo meter en el culo el instrumento ya muy bonito y muy formado con el que
Zélamir iba a enfilar a su joven mitad. ¡Qué diferencia para aquel muchacho, Y qué
diferencia entre el culo tan ancho del viejo obispo y el joven coño estrecho de una virgencita
de trece años! Pero se trataba de gente con la que no se podía razonar.
Curval se apoderó de Colombe y la jodió entre los muslos por delante mientras le lamía
los ojos, la boca, las ventanas de la nariz y toda la cara. Sin duda durante aquel tiempo se le
hizo algún favor, pues eyaculó, y Curval no era hombre para perder su semen en tales ingenuidades.
Se comió, los dos esposos fueron admitidos al café como lo habían sido a la comida, y
este café fue servido aquel día por la élite de los sujetos; quiero decir por Augustine, Zelmire,
Adonis y Zéphyr. Curval, que quería tener otra erección, exigió absolutamente algo de mierda
y Augustine le soltó la más bella cagada que pueda hacerse. El duque se hizo chupar por
Zelmire, Durcet por Colombe y el obispo por Adonis. Este último, cuando hubo
despachado al obispo, se cagó en la boca de Durcet. Pero nada de semen; éste se hacía más
raro, no se habían contenido al principio y, puesto que se sentía la extrema necesidad que se
tendría de él hacia el fin, ahora lo ahorraban. Se pasó al salón de historia, donde la bella
Duclos, invitada a mostrar su trasero antes de empezar, después de haberlo expuesto
libertinamente a los ojos de la reunión, reanudó así el hilo de su discurso:
Otro rasgo de mi carácter, señores --dijo esa bella mujer-, tras el cual, cuando os
lo haya hecho conocer suficientemente, tendréis a bien juzgar lo que os ocultaré en
lo que os haya dicho, y dispensarme de hablaros más de mí.
La madre de Lucile acababa de, caer en una miseria espantosa y fue por un azar
extraordinario como aquella encantadora muchacha, que no había tenido noticias de
su madre desde que se había escapado de su casa, se enteró de la desdichada
situación: una de nuestras alcahuetas, que estaba al acecho de una muchacha que uno
de mis clientes me pedía con la misma intención que el marqués de Mesanges cuando
me pidió una, es decir, comprarla para no volver a saber yo nada de ella, una de
nuestras alcahuetas, digo, vino a comunicarme, cundo yo estaba en la cama con Lucile,
que había encontrado a una niña de quince años, indudablemente virgen,
extremadamente bonita y que se hallaba en tal estado de miseria que habría que
tenerla algunos días engordándola antes de venderla. Entonces hizo
la descripción de la vieja con quien había encontrado a
la muchacha, y del estado de espantosa indigencia en que se hallaba
aquella madre. Por sus características, por los detalles de la
edad y de la cara, por todo lo que se refería a la niña,
Lucile tuvo el presentimiento secreto de que podría muy bien
tratarse de su madre y su hermana. Sabía que ésta
había quedado de corta edad con su madre cuando ella se
fugó, y me pidió permiso para ir a comprobar sus
sospechas. Mi espíritu infernal me sugirió entonces un
pequeño horror cuyo efecto encendió tan profundamente mi
físico que, sin poder calmar el ardor de mis sentidos, hice
salir inmediatamente a nuestra alcahueta y empecé por rogar a
Lucile que me masturbase. Luego, deteniéndome en medio de la
operación: -¿Para qué quieres ir a casa de esa
vieja -le dije- y cuál es tu propósito? -¡Eh! -dijo
Lucile, que no se había apoderado todavía de mi
corazón-. Pues... aliviarla, si puedo, y principalmente si es mi
madre. - ¡Imbécil! -le repliqué,
rechazándola-. Vete a sacrificarte tú sola ante tus
indignos prejuicios populares y pierde, al no atreverte a desafiarlos,
la más bella ocasión de irritar tus sentidos por medio de
un horror que te hará descargar durante diez años...
Lucile, asombrada, me miró, y entonces comprendí que
había que explicarle una filosofía que estaba muy lejos
de entender. Lo hice, le hice comprender cuán viles son los
lazos que nos encadenan a los autores de nuestros días; le
demostré que una madre, por habernos llevado en su seno, en vez
de merecer de nuestra parte algún agradecimiento, sólo
merece el odio, puesto que sólo para su placer y a riesgo de
exponernos a todas las desdichas que podían caemos encima en el
mundo, nos había, no obstante, dado la vida, con la única
intención de satisfacer su brutal lujuria. Añadí a
eso todo lo que se podía decir para exponer este sistema que
dicta el buen sentido y que aconseja el corazón cuando no
está absorbido por los prejuicios de la infancia. -¿Y
qué te importa -añadí- que esa criatura sea feliz
o desdichada? ¿Sufres tú algo por su situación?
Aparta estos lazos viles cuyo absurdo acabo de probarte y entonces,
cuando aisles completamente a esa criatura, cuando la separes
completamente de ti, verás que no solamente su infortunio ha de
serte indiferente, sino que el aumentarlo puede llegar a ser muy
voluptuoso. Pues al fin le debes odio, esto queda demostrado, y te
vengas; cometes lo que los tontos llaman una mala acción, y
sabes el poder que siempre ejerció el crimen sobre todos los
sentidos. He aquí, pues, dos motivos de placer en los ultrajes
que quiero que hagas: las delicias de la venganza y las que se saborean
siempre al hacer el mal. Sea que aplicase con Lucile más
elocuencia de la que empleo aquí para exponeros el hecho, sea
que su espíritu, ya muy libertino y muy corrompido, advirtiese
inmediatamente a su corazón de la voluptuosidad que
contenían mis principios, el caso es que los saboreó y vi
colorearse sus hermosas mejillas con esa llama libertina que no deja
nunca de aparecer cada vez que se rompe un freno. - ¡Bueno! -me
dijo-. ¿Qué hay que hacer? -Divertirnos con eso -le
contesté-, y sacar dinero; en cuanto al placer, lo tienes
seguro, puesto que puedo hacer que tu vieja madre y tu hermana sirvan
para dos diferentes arreglos que nos resultarán muy lucrativos.
Lucile acepta, yo la masturbo para excitarla mejor aún al
crimen, y ya no nos ocupamos más que de los arreglos.
Trataré ante todo de detallaras el primer plan, puesto que forma
parte de la clase- de gustos que tengo que relataros, aunque lo separe
un poco de su lugar para seguir el orden de los acontecimientos, y
cuando conozcáis esta primera rama de mis proyectos, os
enteraré de la segunda. Había un hombre de la buena
sociedad, muy rico, de mucha influencia y de un desenfreno de
espíritu que va más allá de todo lo que pueda decirse. Puesto que yo
sólo lo conocía bajo el título de conde, os parecerá bien, aunque pueda estar enterada
de su nombre, que os lo designe solamente con ese título. El conde se hallaba en
toda la plenitud de las pasiones, más de treinta y cinco años, sin fe, sin ley, sin dios,
sin religión y, sobre todo, dotado, como vosotros, señores, de un horror invencible
por lo que se denomina sentimiento de la caridad; decía que era más fuerte que él el
comprenderla y que no admitía que se pudiese imaginar un ultraje a la naturaleza
hasta el punto de perturbar el orden que ella ha puesto en las diferentes clases de sus
individuos, elevando a uno, por medio de auxilios, en lugar de otro, y empleando en
esos auxilios absurdos e indignantes las sumas que uno podría emplear mucho más
agradablemente en sus placeres. Imbuido de esos sentimientos, no se limitaba a esto;
no sólo encontraba un goce real en la negativa del auxilio, sino que incluso mejoraba
este goce con ultrajes al infortunio. Una de sus voluptuosidades, por ejemplo,
consistía en hacerse buscar con cuidado esos asilos tenebrosos donde la indigencia
hambrienta come del modo que puede un pan regado 'con sus lágrimas y debido a
sus trabajos. Se le empalmaba no sólo yendo a gozar de la amargura de tales lágrimas,
sino hasta... hasta aumentando la fuente de ellas y arrancando si podía aquel
desdichado sostén de la vida de los infortunados. Y ese gusto no era una fantasía, era
un furor; no había para él, decía, delicias más intensas, nada podía irritar e inflamar
tanto su alma como aquellos excesos. No era, según me aseguró un día, el fruto de la
depravación, desde la infancia estaba poseído por esa extraordinaria manía y su
corazón, perpetuamente endurecido ante los plañideros acentos de la desgracia, no
había concebido jamás sentimientos más dulces.
Como es esencial que conozcáis al sujeto, debéis saber ante todo que el mismo
hombre tenía tres pasiones diferentes: la que voy a contaros, una que os explicará la
Martaine, recordándoos al individuo por su título, y una más atroz aún que la
Desgranges os reservará sin duda para el final de sus relatos, como seguramente una
de las más fuertes que tendrá para contaros. Pero empecemos por lo que me
concierne.
En cuanto hube avisado al conde sobre el infortunado albergue que le había
descubierto y las posibilidades que ofrecía, saltó de alegría. Pero como negocios de la
mayor importancia para su fortuna y su progreso que descuidaba tanto menos cuanto
que veía en ellos una especie de apoyo a sus extravíos, como sus negocios, digo, iban
a ocuparlo casi quince días y no quería perderse a la niña, prefirió perder algo del
placer que se prometía con la primera escena y asegurarse la segunda. En
consecuencia, me ordenó hacer raptar inmediatamente a la niña al precio. que fuese y
entregarla en la dirección que me indicó. Y, para no manteneros por más tiempo en
suspenso, señores, os diré que aquella dirección era la de la Desgranges , quien le
proveía para sus terceras juergas secretas. Luego fijamos el día.
Entretanto, fuimos al encuentro de la madre de Lucile, tanto Para preparar el
reconocimiento con su hija como para buscar el modo de raptar a su hermana.
Lucile, bien instruida, sólo reconoció a su madre para insultarla, decirle que era la
causa de que ella se hubiese entregado al libertinaje y mil otras frases parecidas que
desgarraban el corazón de aquella pobre mujer y le empañaban todo el placer que le
daba el reencuentro con su hija. Creí que en ese principio estaba mi ocasión e hice
ver a la madre que después de haber retirado del libertinaje a su hija mayor me
ofrecía para salvar a la segunda. Pero el ardid no tuvo éxito, la desgraciada lloró y dijo
que por nada del mundo se le arrebataría el único socorro que le quedaba en su
segunda hija, que era vieja, inválida, que recibía los cuidados de la niña y que privarla
de ella sería arrancarle la vida. Aquí, lo confieso con vergüenza, señores, pero sentí
en el fondo de mi corazón un pequeño impulso que me hizo comprender que mi
voluptuosidad se acrecentaría a partir del refinamiento de horror que en este caso iba
a poner en mi crimen y, después de haber advertido a la vieja que a los pocos días su
hija iría a hacerle una segunda visita con un hombre influyente que podría prestarle
grandes servicios, nos retiramos y sólo me ocupé en emplear mis recursos ordinarios
para apoderarme de aquella joven muchacha. La había examinado bien, valía la pena:
quince años, un lindo talle, un cutis bellísimo y rasgos muy bonitos. Tres días
después llegó y, tras haberla examinado por todas las partes de su cuerpo y no haber
encontrado en él nada que no fuese encantador, bien formado y lozano, a pesar de la
mala nutrición a que estaba condenada desde hacía tanto tiempo, la hice pasar a
manos de la señora Desgranges, con quien tenía tratos por primera vez en mi vida.
Nuestro hombre regresó por fin de sus negocios; Lucile lo llevó a casa de su
madre y es ahora cuando empieza la escena que debo pintaros. Encontraron a la vieja
madre en la cama, sin fuego, aunque a la mitad de un invierno muy frío, cerca de la
cama tenía una taza de madera con un poco de leche, dentro de la cual se orinó el
conde en cuanto entró. Para impedir toda especie de intromisión y ser
completamente dueño del reducto, el conde había situado en la escalera a dos
grandes bribones que tenía a sueldo, los cuales deberían oponerse enérgicamente a
toda subida o bajada fuera de lugar.
-Vieja bribona -le dijo el conde-, venimos con tu hija, aquí presente, la cual, a fe
mía, es una puta muy bonita, venimos, vieja bruja para aliviar tus males, pero tienes
que describírnoslos. Vamos -dijo, sentándose y empezando a palpar las nalgas de
Lucile-, vamos, detállanos tus sufrimientos.
- ¡Ay! -exclamó la buena mujer-. Viene usted con esta zorra más bien para
insultarlos que para aliviarlos.
-Zorra -dijo el conde-, ¿te atreves a insultar a tu hija?
Vamos -añadió, levantándose y arrancando a la vieja de su camastro-, fuera de la
cama inmediatamente y pídele perdón de rodillas por el insulto que acabas de
dirigirle.
No había manera de resistirse.
-Y tú, Lucile, levántate las faldas, haz que tu madre te bese las nalgas, que yo esté
bien seguro de que las besa y que la reconciliación se establezca.
La insolente Lucile frotó su culo contra el viejo rostro de su pobre madre.
Colmándola de inconveniencias, el conde le permitió a la vieja volver a acostarse y
reanudó la conversación. "Te repito una vez más -continuó-, que si me cuentas todas
tus aflicciones las aliviaré. Soy un verdadero maestro en eso".
Los desgraciados creen todo lo que se les dice, les gusta lamentarse; la vieja
expresó todo lo que sufría y se quejó sobre todo amargamente de que le hubieran
robado a la hija, acusando enérgicamente a Lucile de saber dónde estaba, ya que la
dama con quien había venido a verla hacía poco tiempo le había propuesto
encargarse de ella y deducía de esto, con bastante razón, que aquella dama era quien
la había raptado. No obstante, el conde, frente al culo de Lucile, a quien había hecho
quitarse las faldas, besando de cuando en cuando aquel hermoso culo y masturbándose
escuchaba, interrogaba, pedía detalles y regulaba todos los estremecimientos de
su pérfida voluptuosidad según las respuestas que oía. Pero cuando la vieja dijo que
la ausencia de su hija, que con su trabajo le procuraba de qué vivir, la conduciría
insensiblemente a la tumba, ya que carecía de todo y desde hacía cuatro días sólo se
sostenía con aquel poco de leche que acababan de malograrle:
-¡Y bien, zorra! -dijo, mientras dirigía su semen sobre la anciana y continuaba
apretando con fuerza las nalgas de Lucile-.
¡Y bien! ¡Reventarás, puta, la desdicha no
será muy grande! Y al acabar de soltar su esperma: -Si esto
sucede -añadió- habrá una sola y única cosa
que tendré que lamentar, que es no precipitar yo mismo ese
instante. Pero no todo se había dicho, el conde no era hombre
para calmarse con una eyaculación; Lucite, que representaba su
papel, en cuanto él hubo terminado se ocupó de que la
vieja no viese sus maniobras y el conde, que hurgaba por todas partes,
se apoderó de un vaso de plata, único resto del
pequeño bienestar de que había gozado en otro tiempo
aquella infeliz, y se lo metió en el bolsillo. Aquel doble
ultraje le produjo nueva erección, sacó a la vieja de la
cama, la desnudó y le ordenó a Lucile que lo masturbase
sobre el cuerpo marchito de la vieja matrona. No hubo más
remedio que soportar esto también, y el malvado disparó
su semen sobre aquella carne vieja, mientras redoblaba sus injurias y
decía a la pobre desgraciada que podía estar segura de
que no se contentaría con aquello y que pronto tendría
noticias suyas y de su hijita, de la cual le hacía saber que
estaba en sus manos. Acompañó aquella última
eyaculación con transportes de lujuria vivamente inflamados por
los horrores que su pérfida imaginación le hacía
ya concebir sobre aquella desdichada familia, y salió. Pero a
fin de no tener que volver a hablar de este asunto, escuchad,
señores, hasta qué punto colmé la medida de mi
maldad. El conde, al ver que podía tener confianza en mí,
me instruyó sobre la segunda escena que preparaba para la vieja
y su hijita, me dijo que debía entregársela
inmediatamente y que, además, puesto que quería reunir a
toda la familia, le cediese también a Lucile, cuyo hermoso
cuerpo lo había conmovido intensamente y cuya pérdida no
me lo ocultó, proyectaba, así como la de las otras dos.
Yo quería a Lucile, pero amaba todavía más el
dinero, y como el conde me pagaba un precio exorbitante por aquellas
tres criaturas, consentí en todo. Cuatro días
después, Lucile, su hermanita y la anciana madre estuvieron
reunidas; le corresponderá a la señora Desgranges
explicaros de qué modo. Por mi parte, reanudo el hilo de mis
relatos interrumpido por esta anécdota que hubiera debido
contaros al final de mis narraciones, como una de las más
fuertes. -Un momento -dijo Durcet-, no escucho esas cosas con sangre
fría; tienen un poder sobre mí que sería
difícil describir. Estoy reteniendo mi semen desde la mitad del
relato, aceptad que lo pierda. Y se precipitó a su gabinete con
Michette, Zélamir, Cupidon, Fanny, Thérèse y
Adélaïde; al cabo de unos minutos se le oyó aullar y
Adélaïde volvió llorando y diciendo que era
desgraciada por el hecho de que calentaran todavía más la
cabeza de su marido con relatos como aquéllos, y que la que
debería ser la víctima era aquella misma que los contaba.
Durante aquel tiempo, el duque y el obispo no habían perdido el
tiempo, pero como la manera en que habían obrado era
también de aquellas que las circunstancias nos obligan a velar,
rogamos a nuestros lectores que tengan a bien permitirnos bajar la
cortina y pasar inmediatamente a los cuatro relatos que le quedaban por
exponer a la Duclos para terminar su vigésimo primera velada.
Ocho días después de la marcha de Lucile despaché
a un libertino dotado de una manía bastante agradable. Advertida
de antemano desde hacía varios días, había dejado
acumularse en mi silla orinal una gran cantidad de excrementos y
además había rogado a alguna de nuestras damiselas que
añadiese los suyos. Llega nuestro hombre disfrazado de saboyano,
era por la mañana, barre mi habitación, se apodera del
orinal de la silla, sube a los excusados para vaciarlo
(operación que, entre paréntesis, lo ocupó
bastante tiempo), vuelve, me muestra lo bien que lo ha limpiado y me
pide su paga. Pero yo, advertida sobre el ceremonial, me echo sobre
él blandiendo el palo de la escoba.
-¿Tu paga, bandido? -le digo-. ¡Toma, aquí tienes
tu paga! Y le propino por lo menos una docena de garrotazos. Quiere
huir, lo sigo, el libertino, a quien le había llegado el
momento, eyacula por todo lo largo de h. escalera, mientras grita a voz
en grito que lo destrozan, que lo matan y que se encuentra en casa de
una bribona y no, como creía, de una mujer honrada. Otro
quería que le introdujera en el canal de la uretra un bastoncito
nudoso que traía para este fin en un estuche; había que
sacudir vivamente el bastoncito, del que se hundían tres
pulgadas, y con la otra mano masturbarle el miembro desmochado; _en el
instante de su eyaculación, había que retirar el
bastón, levantarse las faldas por delante y él descargaba
sobre el monte. Un cura a quien vi seis meses después
quería que dejase gotear la cera de una vela encendida sobre el
pito y los cojones; sólo con esta sensación eyaculaba sin
que una se viese obligada a tocarlo, pero nunca tenía
erección y, para que saliese su semen, era necesario que todo
quedase cubierto de cera sin que se reconociese en ello una forma
humana. Un amigo de este último se hacía clavar alfileres
de oro en el culo y cuando éste, así adornado, se
parecía a una cacerola más que a un nalguero, se sentaba
para sentir mejor los pinchazos, se le presentaban las nalgas bien
separadas, él mismo se masturbaba Y eyaculaba sobre el agujero
del culo. -Durcet -dijo el duque-, me gustaría bastante ver tu
bello culo gordezuelo todo cubierto de ese modo de alfileres de oro,
estoy persuadido de que sería extremadamente interesante.
-Señor duque -dijo el financiero-, sabes que desde hace cuarenta
años tengo a gloria y honor imitarte, ten la bondad de darme
ejemplo y te respondo de que lo seguiré. -¡Dios! -dijo
Curval, a quien no se le había oído todavía-.
¡Cúan dura me la ha puesto la historia de Lucile! Me
estaba callado, pero no dejaba de pensar. Aquí lo tenéis
-dijo mostrando su verga pegada contra el vientre-, ved si miento;
tengo una impaciencia furiosa por saber el desenlace de la historia de
aquellas tres fulanas; supongo que deben estar reunidas en una misma
tumba. -Poco a poco, poco a poco -dijo el duque-, no apresuremos los
acontecimientos. Porque tienes una erección, señor
presidente, quisieras que te hablasen enseguida de rueda y de horca; te
pareces mucho a la gente que lleva tu toga, de quien se dice que
siempre se les pone la verga erecta cada vez que condenan a muerte.
-Dejemos el estado y la toga -dijo Curval-, el hecho es que estoy
encantado con los procedimientos de la Duclos , que la encuentro una
mujer hechicera y que su historia del conde me ha puesto en un horrible
estado, un estado tal en el que creo que iría de buena gana al
camino real a detener y robar una diligencia. -Hay que poner orden en
esto, presidente -dijo el obispo-; de lo contrario no estaríamos
aquí seguros y lo menos que podrías hacer sería
condenarnos a todos a ser ahorcados. -No, a vosotros no, pero confieso
que condenaría de buena gana a estas señoritas y
principalmente a la señora duquesa aquí presente, que
está acostada como un becerro en mi sofá y que, porque
tiene un poco de semen modificado dentro de su matriz, se imagina que
no se la puede tocar ya. - ¡Oh! -dijo Constance-. Seguramente no
es con usted con quien contaría, en mi estado, para obtener
semejante respeto, demasiado se sabe cuánto detesta usted a las
mujeres preñadas. - ¡Oh! Prodigiosamente -afirmó
Curval-, es la verdad. Y en su transporte iba a cometer, creo,
algún sacrilegio sobre aquel hermoso vientre, cuando Duclos se
apoderó de él. -Venga, venga -dijo-, señor
presidente; ya que soy yo quien ha hecho el daño, quiero
repararlo. Y pasaron juntos a la sala del fondo, seguidos de Augustine,
Hébé, Cupidon y Thérèse. No se tardó
mucho en oír bramar al presidente y, a pesar de todos los
cuidados de la Duclos , la pequeña Hébé
volvió hecha un mar de lágrimas; había incluso
algo más que lágrimas, pero no nos atrevemos aún a
decir lo que era; las circunstancias no nos lo permiten. Un poco de
paciencia, amigo lector, y pronto ya no te ocultaremos nada. Curval
volvió, gruñendo todavía entre dientes, diciendo
que todas esas leyes hacían que no se pudiese eyacular a gusto,
etc., y fueron a sentarse a la mesa. Después de la cena se
encerraron para las correcciones; aquella noche eran poco numerosas,
sólo estaban en falta Sophie, Colombe, Adélaïde y
Zélamir. Durcet, quien desde el principio de la velada se
había acalorado intensamente contra Adélaïde, no
tuvo miramientos con ella; Sophie, a quien se le habían
sorprendido lágrimas durante el relato de la historia del conde,
fue castigada por su primer delito y por éste, y el
pequeño matrimonio del día, Zélamir y Colombe, fue
tratado, dícese, por el duque y Curval con una severidad que
llegaba casi a la barbarie. El duque y Curval, singularmente animados,
dijeron que no querían acostarse, hicieron servir licores y
pasaron la noche bebiendo con las cuatro narradoras y Julie, cuyo
libertinaje, que aumentaba cada día, hacía de ella una
criatura muy amable y merecía ser colocada en el rango de los
objetos por los cuales se tenían consideraciones. Los siete
fueron encontrados al día siguiente borrachos perdidos por
Durcet, que fue a visitarlos. Se encontró a la hija desnuda
entre el padre y el marido y en una actitud que no demostraba ni virtud
ni tan solo decencia en el libertinaje; parecía, en fin, para no
mantener al lector en suspenso, que habían gozado de ella los
dos a la vez. La Duclos , quien al parecer había servido de
segunda parte, estaba tirada borracha perdida cerca de ellos, y los
demás estaban unos sobre otros en un rincón junto al gran
fuego que habían tenido cuidado de mantener toda la noche.
VIGESIMO SEGUNDA JORNADA
Como resultado de aquellas bacanales nocturnas se hicieron muy pocas cosas aquel día,
se olvidó la mitad de las ceremonias, se comió distraídamente y no fue sino casi hasta el café
cuando empezaron a reconocerse. Fue servido por Rosette y Sophie, Zélamir y Giton. Curval,
para reponerse, hizo cagar a Giton, y el duque se tragó los excrementos de Rosette; el
obispo se hizo chupar la verga por Sophie y Durcet por Zélamir, pero nadie eyaculó.
Pasaron al salón, la bella Duclos, muy indispuesta por los excesos de la víspera, sólo se
ofreció brevemente y sus relatos fueron tan cortos, mezcló en ellos tan pocos episodios, que
hemos decidido suplirla y hacer para el lector el extracto de lo que dijo a los amigos:
Siguiendo la costumbre, describió cinco pasiones: la primera fue la de un hombre que se
hacía masturbar el culo con un consolador de estaño que se llenaba de agua caliente y que se
le inyectaba en el momento de su eyaculación, a la cual procedía por sí mismo y sin que se le
tocase.
El segundo tenía la misma manía, pero se obraba con un número mucho mayor de
instrumentos; se empezaba con uno muy pequeño, se aumentaba poco a poco hasta llegar al
último, cuyo tamaño era enorme, y hasta éste no eyaculaba.
Mucho mayor misterio era necesario para el tercero: Para empezar el juego se hacía
meter una jeringa enorme en el trasero, al retirarla cagaba, se comía lo que acababa de hacer
y entonces se le azotaba. Hecho esto, se le volvía a meter el pene en el trasero, se le
retiraba de nuevo y esta vez era la puta quien cagaba y quien le azotaba mientras él comía lo
que ella había hecho; se le introducía por tercera vez el pollon, por fin soltaba su semen
sin que se le tocase y terminaba de comer el mojón de la muchacha.
Duclos, en el cuarto relato, habló de un hombre que se hacía atar con cordeles todas las
articulaciones; para hacer más deliciosa su descarga, incluso se le apretaba el cuello y en este
estado soltaba su semen frente al culo de la puta.
Y, en la quinta narración, se refirió a otro que se hacía atar fuertemente el glande con una
cuerda, al otro lado de la habitación una mujer desnuda se pasaba entre sus muslos el
extremo de la cuerda y tiraba de ella hacia adelante, mientras presentaba las nalgas al
paciente, descargaba así.
La narradora, verdaderamente agotada al terminar su tarea, pidió permiso para retirarse;
le fue concedido. Se entretuvieron todavía unos minutos y fueron a la mesa, pero todo se
resentía aún del desorden de nuestros dos principales actores. En las orgías fueron tan juiciosos
como era posible en semejantes libertinos, y todo el mundo se fue a la cama bastante
tranquilo.
VIGESIMO TERCERA JORNADA - ¡Es posible
rebuznar, es posible aullar como lo haces tú cuando descargas!
-dijo el duque a Curval, cuando volvió a verlo el día
veintitrés por la mañana-. ¿Con quién
diablos te las habías, para gritar de esa manera? Nunca he visto
eyaculaciones de tal violencia. - ¡Ah, pardiez! -dijo Curval-.
Está bien que tú, a quien se oye desde una legua de
distancia, me dirijas semejante reproche: esos gritos, amigo
mío, provienen de la extremada sensibilidad de la
organización; los objetos de nuestras pasiones producen una
conmoción tan viva en el fluido eléctrico que corre por
nuestros nervios, el choque recibido por los espíritus animales
que componen este fluido tiene tal grado de violencia, que toda la
máquina se sacude y ya no se es dueño de retener los
gritos bajo aquellos terribles estremecimientos del placer, más
de lo que se podrían contener bajo las poderosas emociones del
dolor. -He aquí algo bien definido, pero ¿cuál era
el delicado objeto que ponía de tal modo en vibración tus
espíritus animales? -Chupaba violentamente el pito, la boca y el
agujero del culo de Adonis, mi compañero de cama, desesperado de
no poderle hacer aún más, y esto mientras Antinoüs,
ayudado por tu querida hija Julie, trabajaba, cada uno de ellos a su
forma para hacer evacuar este licor cuyo derrame ha ocasionado esos
gritos que han herido tus oídos. -De modo que hoy
-continuó el duque- estás ya agotado. -De ninguna manera
-replicó Curval-. Si te dignas seguirme y hacerme el honor de
observarme, verás que me conduciré, por lo menos, tan
bien como tú. Estaban hablando así cuando Durcet
llegó a anunciar que el desayuno estaba servido. Pasaron al
aposento de las muchachas, donde se vio a aquellas ocho sultanitas
desnudas presentando tazas de café negro; entonces el duque
preguntó a Durcet, director del mes, por qué había
café negro por la mañana. -Será con leche cuando
queráis -dijo el financiero-. ¿Lo deseas? -Sí
-dijo el duque. -Augustine -dijo Durcet-, sirve leche al señor
duque. Entonces la joven, ya preparada, colocó su lindo culito
sobre la taza del duque y vertió en ella, por el ano, tres o
cuatro cucharadas de una lecha muy clara y nada sucia. Se rieron mucho
de la broma y todos pidieron leche. Todos los culos estaban preparados
como el de Augustine; era una agradable sorpresa que el director de los
placeres del mes quiso proporcionar a sus amigos. Fanny vertió
leche en la taza del obispo, Zelmire en la de Curval y Michette en la
del financiero; tomaron una segunda taza y las otras cuatro sultanas
hicieron la primera tanda; se juzgó muy buena la broma. Esta
calentó la cabeza del obispo, quien quiso algo más que
leche, y la bella Sophie lo satisfizo. Aunque todas tenían ganas
de cagar, se les había recomendado mucho que se contuvieran
durante la operación de la leche y que la primera vez no diesen
absolutamente nada más que leche. Pasaron al aposento de los
muchachos; Curval hizo cagar a Zélamir y el duque a Giton. Los
excusados de la capilla no proporcionaron más que a dos
jodedores subalternos, Constance y Rosette: en esta última se
había ensayado la víspera la vieja histeria de las
indigestiones; le había costado terriblemente contenerse durante
el café y entonces soltó la más soberbia cagada
que se pueda ver. Felicitaron a la Duclos por su secreto, el cual en lo
sucesivo aplicaron todos los días con el mayor éxito. La
broma del desayuno animó la conversación de la comida e
hizo imaginar cosas del mismo género, de las que quizás
tendremos ocasión de hablar en lo que sigue. Pasaron al
café, servido por cuatro jóvenes sujetos de la misma
edad: Zelmire, Augustine, Zéphyr y Adonis, todos de quince
años. El duque jodió a Augustine entre los muslos
mientras le cosquilleaba el ano, Curval hizo lo mismo con Zelmire, el
duque con Zéphyr y el financiero jodió a Adonis por la
boca. Augustine dijo que esperaba que en aquella hora la hiciesen
cagar, y que no aguantaba más; era también una de
aquellas con las que la víspera se habían puesto a prueba
las indigestiones. Curval le tendió al instante el pico, en el
cual la encantadora niña depositó una cagada monstruosa
que el presidente se tragó en tres bocados, no sin perder entre
las manos de Fanchon, que lo sacudía, un caudaloso río de
semen. - ¡Bueno! -dijo al duque-. Ya ves que los excesos de la
noche no ocasionan ningún perjuicio al placer del día, y
tú te quedas atrás, señor duque. -No me
quedaré por mucho tiempo -dijo ése, a quien Zelmire,
igualmente apremiada, prestaba el mismo servicio que Augustine acababa
de prestar a Curval. Y en el mismo instante el duque se echa hacia
atrás, lanza gritos, traga mierda y eyacula furiosamente. -Ya
basta -dijo el obispo-; que dos de nosotros por lo menos conserven sus
fuerzas para los relatos. Durcet, que no disponía como aquellos
dos señores de semen a voluntad, consintió en ello de
todo corazón Y después de una breve siesta fueron a
instalarse en el salón, donde la interesante Duclos
reanudó en los términos siguientes el hilo de su
brillante y lasciva historia: ¿Cómo es, señores
-dijo aquella hermosa mujer-, que haya Personas en el mundo a quienes
el libertinaje ha entumecido el corazón de tal modo, ha
embrutecido todos los sentimientos de honor y delicadeza de tal forma
que únicamente se les ve complacerse y divertirse con lo que los
degrada y envilece? Diríase que su goce no se encuentra
más que en el seno del oprobio, que no puede existir para ellos
más que en lo que los acerca al deshonor y la infamia. En lo que
voy a contaros, señores, en los diferentes ejemplos que os
presentaré como prueba de mi afirmación, no
aleguéis la sensación física; sé que
ésta se encuentra en ello, pero podéis estar bien seguros
de que sólo existe de alguna manera por el impulso poderoso que
le da la sensación moral y que si se proporcionara a esas
personas la misma sensación física sin añadir todo
lo que sacan de la moral, no se lograría conmoverlas. Iba muy a
menudo a mi casa un hombre cuyo nombre y calidad ignoraba, pero
sabía muy bien, sin embargo, que era un hombre de
condición. El tipo de mujer con quien lo juntaba le daba
perfectamente igual: hermosa o fea, vieja o joven, todo le era
indiferente; sólo se trataba de que representase bien su papel,
y he aquí cuál era éste: él llegaba
ordinariamente por la mañana, entraba como por
distracción en una estancia donde una muchacha estaba sobre una
cama, con las faldas levantadas hasta la mitad del vientre y en la
actitud de una mujer que se masturbaba. En cuanto lo veía
entrar, la mujer, como sorprendida, saltaba de la cama.
-¿Qué vienes a hacer aquí, bandido? -le
decía-. ¿Quién te ha dado permiso, bribón,
para molestarme? El se excusaba, no era escuchado y ella, mientras lo
agobiaba con un nuevo diluvio de los más duros e hirientes
insultos, se le abalanzaba y le propinaba fuertes puntapiés en
el culo, con los cuales le era tanto más difícil no dar
en el blanco por cuanto que el paciente, lejos de rehuirla, no dejaba
nunca de darse la vuelta y presentarle el trasero, aunque fingía
querer evitar los golpes y querer huir. Se le pegaba más,
él pedía piedad, los golpes y los insultos eran todas las
respuestas que recibía y, en cuanto se sentía
suficientemente excitado, sacaba rápidamente su polla de una
bragueta que hasta aquel instante había conservado
cuidadosamente abrochada, se aplicaba ligeramente tres o cuatro golpes
con la muñeca y eyaculaba huyendo mientras continuaban los
insultos y las patadas. Un segundo, más duro o más
acostumbrado a esa especie de ejercicio, no quería proceder a
él más que con un cargador o un mozo de cuerda que estaba
contando su dinero. El libertino entraba furtivamente, el palurdo
gritaba: ¡al ladrón!; desde aquel momento, como en el otro
caso, se distribuían los golpes y los insultos, pero con la
diferencia de que éste se había bajado los pantalones y
quería recibir de lleno, en medio de las nalgas desnudas, los
puntapiés que se le aplicaban, y era necesario que el asaltante
llevase un grueso zapato con clavos lleno de lodo. En el momento de su
eyaculación, éste no se esquivaba; de pie, los pantalones
caídos, en medio de la habitación, se sacudía con
toda su fuerza, desafiaba los golpes de su enemigo y, en el
último instante, lo retaba a hacerle pedir cuartel, lo insultaba
a su vez y juraba que se moría de placer. Cuanto más vil
era el hombre que yo le daba, cuanto más pertenecía a las
heces del pueblo, cuanto más grosera y sucia era su bota,
más lo colmaba de voluptuosidad; había que poner en esos
refinamientos el mismo cuidado que debería emplearse para
maquillar y embellecer a una mujer. Un tercero quería
encontrarse en lo que en una casa se llama el serrallo, en el momento
en que dos hombres pagados y apostados expresamente se pondrían
a disputar. Esos hombres se volvían contra él, que
suplicaba piedad, se hincaba de rodillas, no era escuchado y uno de los
dos campeones se le abalanzaba y lo colmaba de bastonazos hasta que
entraba en una habitación preparada, dentro de la cual escapaba.
Allí lo recibía una muchacha, lo consolaba, lo acariciaba
como se haría con un niño que acude a quejarse, se
levantaba las faldas, le mostraba el trasero, y el liber Librodot
tino eyaculaba encima.
Un cuarto exigía los mismos preliminares, pero en cuanto los garrotazos
empezaban a llover sobre sus espaldas se masturbaba ante todo el mundo. Entonces
se suspendía un instante la última operación, aunque los garrotazos y las invectivas
siguiesen, luego, cuando se le veía animarse y que su semen estaba dispuesto a salir,
se abría una ventana se le agarraba por la mitad del cuerpo, y-se-le arrojaba por ella
sobre un estercolero preparado a propósito, lo cual constituía una caída de a lo sumo
seis pies. Aquel era el instante de su eyaculación; su moral estaba excitada por los
actos precedentes y su físico no se excitaba más que con el ímpetu de la caída, así que
su semen no manaba nunca sino sobre el estercolero. No se le volvía a ver;
desaparecía inmediatamente por una puertecita que había abajo, cuya llave tenía.
Un hombre pagado para esto y que actuaba de camorrista, entraba bruscamente
en la habitación donde el que nos proporciona el quinto ejemplo estaba encerrado
con una muchacha a quien besaba el trasero mientras esperaba la ejecución. El camorrista
las emprendía contra el primo, al derribar la puerta le preguntaba
insolentemente con qué derecho tomaba así a su amante, luego, empuñando la
espada, le decía que se defendiese. El primo, todo confuso, caía de rodillas, pedía
perdón, besaba el suelo, besaba los pies de su enemigo y le juraba que podía llevarse
a su amante y que por su parte no tenía ganas de batirse por una mujer. El
camorrista, más insolente aún ante las suavidades de su adversario, se ponía más
imperioso: trataba a su enemigo de cobarde, de rastrero, de cagón, y lo amenazaba
con cortarle la cara con la hoja de su espada. Cuanto más malo se volvía uno, más se
humillaba el otro. Por fin, después de algunos instantes de discusión, el asaltante
ofrecía una componenda a su enemigo:
-Ya veo que eres un rastrero -le decía-. Te perdono, pero a condición de que me
beses el culo.
- ¡Oh, señor! Todo lo que usted quiera -decía el otro, encantado-. Se lo besaré
incluso mierdoso, si usted quiere, con tal que no me haga ningún daño.
El camorrista, rezongando, exponía inmediatamente su trasero, el primo, más
que feliz, se echaba encima con entusiasmo y mientras el joven le soltaba en las
narices media docena de pedos, el viejo disoluto, en el colmo de su gozo, derramaba
su semen muriéndose de placer.
-Todos esos excesos se comprenden -dijo Durcet, tartamudeando, porque se había
empalmado oyendo aquellas bajezas-. Nada más simple que gustar del envilecimiento y
encontrar goces en el desprecio. El que ama con ardor las cosas que deshonran encuentra
placer en ser despreciado y debe empalmarse cuando le dicen que lo es. La bajeza es un goce
muy conocido por ciertas almas. Uno gusta de escuchar lo que se complace en merecer y es
imposible saber hasta dónde puede llegar en esto el hombre que ya no se sonroja de nada.
Este es el caso de ciertos enfermos que se complacen en sus achaques.
-Todo es cuestión de cinismo -dijo Curval, mientras manoseaba las nalgas de la Fanchon-
¿Quién no sabe que el mismo castigo produce entusiasmos y no hemos visto a hombres que
se empalmaban en el instante en que se los deshonraba públicamente; todo el mundo conoce
la historia del marqués de... el cual, en cuanto se le comunicó la sentencia que lo condenaba
ser quemado en efigie, se sacó el miembro del pantalón y exclamó: "Jodido dios, ya estoy en
el punto que quería, ya estoy lleno de oprobio y de infamia, dejadme, dejadme, tengo que
descargar", y lo hizo al instante.
--Esos son hechos -dijo el duque-. Pero explicadme su causa.
-Está en nuestro corazón -replicó Curval-. Una vez que el hombre se ha degradado, se ha
envilecido con los excesos, ha hecho que su alma tome una inclinación viciosa de la que ya
nada puede sacarla. En cualquier otro caso, la vergüenza serviría de contrapeso a los vicios a
que su espíritu le aconsejaría entregarse; pero en éste ya no es posible: es el primer
sentimiento que ha desterrado lejos de sí, y del estado en que se halla de no sonrojarse ya al
de amar todo lo que le hace enrojecer, no hay más que un paso. Todo lo que afectaba
desagradablemente, al encontrar un alma preparada diferentemente, se metamorfosea en
placer y desde aquel momento todo cuanto recuerde el nuevo estado que se adopta no puede
ser ya sino forzosamente voluptuoso.
- ¡Pero cuánto camino se ha de haber andado en el vicio para llegar a eso! -dijo el obispo.
-Lo admito -dijo Curval-; pero este camino se recorre imperceptiblemente, sólo se sigue
sobre flores; un exceso trae otro, la imaginación siempre insaciable nos lleva pronto al
extremo y, como sólo ha recorrido su carrera endureciendo el corazón, en cuanto llega a la
meta ese corazón, que antes contenía algunas virtudes, no reconoce ya ninguna.
Acostumbrado a cosas más intensas, se sacude prontamente las primeras impresiones
blandas y carentes de dulzura que lo habían embriagado hasta entonces y, puesto que se da
cuenta de que la infamia y el deshonor serán el resultado de sus nuevos impulsos, para no
tener que temerlos empieza por familiarizarse con ellos. Apenas los ha acariciado ya los ama,
porque participan de la naturaleza de sus nuevas conquistas, y no cambia ya.
-He aquí, pues, lo que hace tan difícil la corrección -dijo el obispo.
-Debes decir imposible, amigo mío. ¿Y cómo los castigos infligidos a quien se quiere
corregir lograrían convertirlo, puesto que, aparte de ciertas privaciones, el estado de
envilecimiento que caracteriza la situación en que se le coloca al castigarlo le gusta, lo
divierte, lo deleita, y goza interiormente de haber llegado lo bastante lejos para merecer
semejante trato?
- ¡Oh! ¡Qué enigma es el hombre! -dijo el duque.
-Sí, amigo mío -afirmó Curval-. Y eso es lo que ha hecho decir a un hombre de mucha
inteligencia que es mejor joderlo que comprenderlo.
Y como la cena vino a interrumpir a nuestros interlocutores, fueron a sentarse a la mesa
sin haber hecho nada durante la velada. Pero Curval, en los postres, con una erección de
todos los diablos, declaró que quería violar una virginidad aunque tuviese que pagar veinte
multas y, apoderándose en seguida de Zelmire, que le estaba destinada, iba a llevársela a la
sala cuando los tres amigos se interpusieron, le suplicaron que se sometiese a lo que él
mismo había prescrito y puesto que ellos, que tenían al menos las mismas ganas de infringir
aquellas leyes, se sometían no obstante a ellas, él debía imitarlos cuanto menos por
deferencia. Y, como habían mandado rápidamente en busca de Julie, que le gustaba, ésta se
apoderó de él, con la Champville y Bril-e-cul, y los tres pasaron al salón, donde los otros
amigos se les reunieron pronto para empezar las orgías y los encontraron con las manos en la
masa, y Curval soltando por fin su semen en medio de las posturas más lúbricas y los
episodios más libertinos.
Durcet, en las orgías, se hizo pegar dos o trescientos puntapiés en el trasero por las
viejas, el obispo, el duque Y Curval por los jodedores, y nadie se quedó, antes de ir a la cama,
sin perder más o menos cantidad de esperma, según las facultades que había recibido de la
naturaleza. Como se temía alguna reiteración de la fantasía desfloradora que Curval acababa
de anunciar, se tuvo el cuidado de hacer que las viejas durmieran en el aposento de las
muchachas y de los muchachos. Pero tal cuidado no fue necesario, y Julie, que se apoderó de
Curval para toda la noche, lo devolvió al grupo al día siguiente más suave que un guante.
VIGESIMO CUARTA JORNADA La devoción es
una verdadera enfermedad del alma. Por mucho que se haga, no se
corrige; es más fácil de introducirse en el alma de los
desdichados porque los consuela, porque les ofrece quimeras para
consolarlos de sus males, es mucho más difícil aún
extirparla de estas almas que de las otras. Este era el caso de
Adélaïde: cuanto más se desplegaba a sus ojos el
cuadro del desenfreno y del libertinaje, más se arrojaba ella en
brazos de ese Dios consolador que esperaba fuese un día su
libertador de los males a los que demasiado veía que la
arrastraría su desgraciada situación. Nadie se daba
cuenta mejor que ella de su estado, su espíritu le presagiaba
cuando menos todo lo que debía seguir al funesto comienzo de que
ya era víctima, aunque ligeramente; comprendía
perfectamente que a medida que los relatos fuesen más fuertes,
los procedimientos de los hombres para con sus compañeras y ella
se volverían más feroces. Todo eso, le dijesen lo que
fuese, le hacía buscar con avidez tanto como podía el
trato con su querida Sophie. Ya no osaba ir a su encuentro de noche;
los señores se habían dado demasiada cuenta de ello y se
oponían demasiado bien a que tal salida de tono tuviera lugar en
adelante, pero en cuanto tenía un instante corría al lado
de su amiga, y aquella misma mañana cuyo diario escribimos se
levantó muy temprano del lado del obispo con quien durmió
y fue a la estancia de las muchachas a platicar con su querida Sophie.
Durcet, que a causa de sus funciones del mes se levantaba
también más temprano que los demás, la
encontró allí y le declaró que no podía
dejar de dar cuenta de ello y que el grupo decidiría lo que le
pareciese bien. Adélaïde lloró, era su única
arma, y se sometió. La única gracia que se atrevió
a pedir a su marido fue que tratase de no hacer castigar a Sophie, la
cual no podía ser culpable, ya que era ella quien había
ido a su encuentro, y no Sophie quien fue a verla a ella. Durcet dijo
que comunicaría el hecho tal como era y que no
disfrazaría nada; nadie puede enternecerse menos que un
corrector que tiene el mayor interés en la corrección.
Este era el caso: no había nada tan bonito como castigar a
Sophie. ¿Por qué motivo lo habría evitado Durcet?
Se reunieron y el financiero dio cuenta de lo sucedido. Era una
reincidencia; el presidente se acordó de que cuando estaba en el
palacio sus ingeniosos compañeros pretendían que, puesto
que una reincidencia probaba que la naturaleza obraba en un hombre con
más fuerza que la educación y los principios, que, por
consiguiente, al reincidir demuestra que, por así decirlo, no es
dueño de sí mismo, había que castigarlo
doblemente, y por lo tanto, quiso razonar de acuerdo con esto con tanto
ingenio como sus antiguos condiscípulos y declaró que
como resultado había que castigar a las dos muchachas con todo
el rigor de las ordenanzas. Pero como estas ordenanzas aplicaban pena
de muerte en un caso semejante, y ellos tenían ganas de
divertirse todavía algún tiempo con las damas antes de
llegar a tal punto, se contentaron con hacerlas llegar, arrodillarse y
leerles el artículo de la ordenanza para hacerles sentir a lo
que se habían arriesgado al exponerse a tal delito. Hecho esto,
se les aplicó una penitencia triple que la que habían
sufrido el sábado anterior, se les hizo jurar queaquello no
sucedería más, se les prometió que si
repetía se emplearía con ellas todo el rigor, y se las
inscribió en el libro fatal. La visita de Durcet hizo inscribir
todavía tres nombres más; dos entre las muchachas y uno
entre los muchachos. Esto era el resultado de la nueva experiencia de
las pequeñas indigestiones; daban buen resultado, pero
había casos en que aquellos pobre niños no podían
contenerse y se ponían a cada instante en situación de
ser castigados; era lo que sucedió con Fanny y
Hébé entre las sultanas y Hyacinthe entre los muchachos.
Lo que encontraron en su orinal fue enorme y Durcet se divirtió
largo rato con ello. Nunca se habían pedido tantos permisos
durante la mañana y todo el mundo elogiaba a la Duclos por haber
indicado semejante secreto. A pesar de la multitud de permisos pedidos,
sólo se les concedieron a Constance, Hercule, dos jodedores
subalternos, Augustine, Zéphyr y la Desgranges. Se divirtieron
con ello un minuto, y se sentaron a la mesa. -Ya ves -dijo Durcet a
Curval- el error que cometiste al dejar que instruyeran a tu hija en la
religión; ahora ya no se le puede hacer renunciar a esas
imbecilidades. Bien te lo dije, cuando era tiempo. -A fe mía
-dijo Curval-, creí que conocerlas sería para ella una
razón más para detestarlas, y que con la edad se
convencería de la imbecilidad de esos dogmas infames. -Esto que
dices es bueno para las cabezas razonables -dijo el obispo-. Pero no
hay que confiar en ello cuando se trata de una niña. -Nos
veremos obligados a llegar a acciones violentas -dijo el duque, quien
sabía muy bien que Adélaïde lo escuchaba.
-Llegaremos -dijo Durcet-. Yo le aseguro de antemano que si no tiene
más que a mí por abogado, será mal defendida. -
-¡Oh! Lo creo, señor -dijo Adélaïde,
llorando-; sus sentimientos hacia mí son bastante conocidos.
-¿Sentimientos? -dijo Durcet-. Empiezo, mi bella esposa, por
advertirte que no los he tenido nunca por ninguna mujer, y menos,
ciertamente, por ti, que eres - la mía, que por ninguna otra.
Odio la religión, así como a todos los que la practican y
te advierto que de la indiferencia que siento por ti pasaré
pronto a la más violenta aversión si continúas
reverenciando las infames y execrables quimeras que fueron siempre
objeto de mi desprecio. Hay que haber perdido el juicio para admitir a
un Dios, y haber llegado a ser completamente imbécil para
adorarlo. En una palabra, te declaro, ante tu padre y estos
señores, que no habrá extremo al que no llegue contigo si
te atrapo otra vez en semejante falta. Tenías que hacerte monja,
si querías adorar a tu estúpido Dios; allá
hubieras rezado a tu placer. - ¡Ah! -replicó
Adélaïde, gimiendo-. ¡Monja, gran Dios, monja,
pluguiera al cielo que lo fuese! Y Durcet, que se encontraba entonces
frente a ella, impacientado por la respuesta, le tiró de canto
una fuente de plata a la cara, que la habría matado de haberle
dado en la cabeza, pues el choque fue tan violento que la fuente se
dobló al dar contra la pared. -Eres una criatura insolente -dijo
Curval a su hija, quien, para evitar la fuente, se había
protegido entre su padre y Antinoüs-. Merecerías que te
diese cien patadas en el vientre. Y, rechazándola lejos de
sí con un puñetazo: -Ve a pedir perdón de rodillas
a tu' marido -le dijo-, o te aplicaremos inmediatamente el más
cruel de los castigos. Ella, anegada en lágrimas, fue a
arrojarse a los pies de Durcet, pero éste, que se había
puesto en erección al lanzar la fuente y decía que no
hubiera querido ni por mil luises errar el golpe, declaró que
era necesaria de inmediato una corrección general y ejemplar,
sin perjuicio de la del sábado; que pedía que por esta
vez, sin establecer precedente, se despidiera a los niños del
café y que esta operación se realizase a la hora en que
tenían costumbre de divertirse después de tomar el
café. Todo el mundo consintió en ello,
Adélaïde y sólo las dos viejas Louison y Fanchon,
las más malvadas de las cuatro y las más temidas de las
mujeres, pasaron al salón del café, donde las
circunstancias nos obligan a correr la cortina sobre lo que
sucedió. Lo que hay de cierto es que nuestros cuatro
héroes eyacularon y que se le permitió a
Adélaïde que fuera a acostarse. Corresponde al lector hacer
su combinación y aceptar, si le place, que lo transportemos en
seguida a las narraciones de la Duclos. Todos instalados junto a las
esposas, exceptuando al duque, que aquella noche debía tener a
Adélaïde a su lado y la hizo sustituir por Augustine,
todos, pues, instalados, la Duclos reanudó de este modo el hilo
de su historia: Un día -dijo aquella bella muchacha- en que yo
sostenía ante una de mis compañeras en
alcahuetería que había visto ciertamente, en cuanto a
flagelaciones pasivas, todo lo más fuerte que sea posible ver,
puesto que había azotado y visto azotar a hombres con espinas y
vergajos: - ¡Oh, pardiez! -me dijo ella-. Para convencerte de que
te falta mucho para haber visto lo que hay de más fuerte en este
género, te mandaré mañana a uno de mis clientes.
Me hizo avisar por la mañana la hora de la visita y el
ceremonial que debíase observar con aquel viejo arrendador de
postas, que se llamaba, lo recuerdo, señor de Grancourt, le
preparé todo lo necesario, la cosa estaba dispuesta.
Llegó y, después de habernos encerrado, le dije:
-Señor, estoy desesperada por la noticia que debo comunicarle,
pero está usted prisionero y no saldrá más de
aquí. Me desespera que el parlamento haya puesto los ojos en
mí para ejecutar su sentencia, pero así lo ha querido y
tengo su orden en mi bolsillo. La persona que le ha mandado a mi casa
le ha tendido una trampa, pues sabía bien de qué se
trataba y, verdaderamente, hubiera podido evitarle esta escena. Por
otra parte, conoce usted su asunto; uno no puede entregarse impunemente
a los negros y horrendos crímenes que usted ha cometido y me
parece usted bastante dichoso de que le salga tan barato. Nuestro
hombre había escuchado mi arenga con la mayor atención y,
en cuanto hube terminado, se arrojó llorando, a mis pies
suplicando que le tuviese consideración. -Sé muy bien
-dijo- que he faltado en gran manera. He ofendido gravemente a Dios y a
la justicia; pero ya que es usted, buena dama, la encargada de mi
castigo, le pido encarecidamente que tenga piedad. -Señor -le
repliqué-, yo cumpliré mi deber. ¿Cómo sabe
usted si yo misma no soy observada y si soy dueña de ceder a la
compasión que usted me inspira? Desnúdese y sea
dócil, es todo lo que puedo decirle. Grancourt obedeció y
en un minuto estuvo desnudo como la mano. Pero ¡gran Dios,
qué cuerpo ofrecía a mi vista! No puedo compararlo
más que a un tafetán multicolor. No había un lugar
en aquel cuerpo enteramente marcado que no llevase la prueba de un
desgarramiento. Sin embargo, yo había puesto al fuego unas
disciplinas de hierro guarnecidas de puntas agudas que me habían
sido enviadas por la mañana con las instrucciones. Aquel arma
homicida estaba al rojo más o menos en el mismo instante en que
Grancourt quedó desnudo. Me apoderé de ella y
empecé a flagelarlo, al principio levemente, luego con un poco
más de fuerza y por fin con toda la energía,
indistintamente, desde el cuello hasta los talones, en un momento tuve
a mi hombre sangrante. -Eres un malvado -le decía, pegando-; un
bandido que ha cometido toda clase de crímenes. No hay nada
sagrado para ti y hasta se dice que últimamente has envenenado a
tu madre. -Esto es verdad, señora, esto es verdad -decía
mientras se masturbaba-. Soy un monstruo, soy un criminal; no hay
infamia que no haya cometido y que no esté dispuesto a cometer
de nuevo. Vaya, sus golpes son inútiles; no me corregiré
jamás, encuentro demasiada voluptuosidad en el crimen. Aunque me
matase volvería a cometerlo. El crimen es mi elemento, es mi
vida, en él he vivido y en él quiero morir.
Comprenderéis cómo, animada por sus palabras,
multiplicaba yo los insultos y los golpes. Sin embargo, se le escapa un
"joder": era la señal; al oír aquella palabra doblo mi
energía y trato de pegarle en los lugares más sensibles.
El da volteretas, salta, se me escapa y se arroja, mientras eyacula, a
una cuba de agua tibia preparada expresamente para purificarlo de
aquella sangrienta ceremonia. ¡Oh! De momento, cedí a mi
compañera el honor de haber visto más que yo a ese
respecto, y creo que podíamos muy bien considerarnos las dos
únicas mujeres de París que hubiesen visto tanto, pues
nuestro Grancourt no variaba nunca, hacía más de veinte
años que iba cada tres días a casa de aquella mujer para
semejante expedición. Poco después, aquella misma amiga
me mandó a la casa de otro libertino cuya fantasía,
según creo, os parecerá por lo menos igualmente singular.
La escena se desarrollaba en su casita de Roule. Fui introducida en una
habitación bastante oscura donde veo a un hombre en la cama y,
en medio de la habitación, un ataúd. -Aquí ves -me
dijo nuestro libertino- a un hombre en su lecho de muerte y que no ha
querido cerrar los ojos sin rendir una vez más homenaje al
objeto de su culto. Adoro los culos y quiero morir besa-ido uno de
ellos. En cuanto cierre los ojos, tú misma me colocarás
en este ataúd, después de haberme amortajado, y lo
clavarás. Mis intenciones son las de morir así en el seno
del placer y ser servido en este último instante por el propio
objeto de mi lujuria. Vamos -continuó con una voz débil y
entrecortada-, date prisa, pues me hallo en el último momento.
Me acerqué, me di la vuelta, le mostré mis nalgas. -
¡Ah! ¡Hermoso culo! --dijo-. ¡Cuánto me alegro
de llevarme a la tumba la idea de un trasero tan bonito! Y lo
manoseaba, lo entreabría, y lo besaba, como el hombre más
sano del mundo. - ¡Ah! -dijo, al cabo de un instante, dejando su
tarea y volviéndose del otro lado-. Sabía que no iba a
gozar mucho tiempo de este placer; expiro, acuérdate de lo que
te he encomendado. Dicho eso, exhaló un gran suspiro, se puso
rígido y representó tan bien su papel que el diablo me
lleve si no lo creí muerto. No perdía la cabeza: curiosa
por ver el fin de una ceremonia tan agradable, lo amortajé. El
no se movió más y, fuese que tuviera un secreto para
aparecer de aquel modo, fuese que mi imaginación estaba
impresionada, el caso es que estaba rígido y frío como
una barra de hierro; sólo su pito daba alguna señal de
existencia, pues estaba duro y pegado contra su vientre y
parecía destilar a su pesar algunas gotas de semen. En cuanto lo
tuvo empaquetado en una sábana, lo llevé, y esto no fue
de ninguna manera lo más fácil, pues del modo en que se
mantenía rígido pesaba más que un buey. Lo
conseguí, sin embargo, lo tendí dentro del ataúd.
En cuanto estuvo allí me puse a recitar el oficio de difuntos y,
por fin, clavé la tapa. Ese era el instante de la crisis: apenas
oyó los martillazos se puso a gritar como un loco: - ¡Ah!
¡Sagrado nombre de un dios, descargo! Escapa, puta, escapa, pues
si te atrapo eres muerta. El miedo se apoderó de mí, me
precipité a la escalera, donde encontré a un ayuda de
cámara hábil y al corriente de las manías de su
amo, quien me dio dos luises y entró precipitadamente a la
habitación del paciente para librarlo del estado en que yo lo
había puesto. -He aquí un gusto divertido -dijo Durcet-.
¡Y bien, Curval!, ¿lo comprendes, éste" De
maravilla -dijo Curval-, ese personaje es un hombre que quiere
familiarizarse con la idea de la muerte y que no ha encontrado mejor
medio para ello que enlazarla con una idea libertina. Es completamente
seguro que ese hombre morirá manoseando culos. -Lo que hay de
cierto -dijo la Champville- es que se trata de un verdadero
impío; lo conozco y tendré ocasión de haceros ver
cómo la emprende con los más santos misterios de la
religión. -Así debe ser -dijo el duque-. Es un hombre que
se burla de todo y quiere acostumbrarse a pensar y a obrar del mismo
modo en sus últimos momentos. -En cuanto a mí -dijo el
obispo-, encuentro en esta pasión algo muy picante, y no os
oculto que me produce erección. Continúa, Duclos,
continúa, pues siento que haría alguna tontería y
no quiero hacer ninguna más por hoy. Bueno -dijo la bella
muchacha-, aquí va uno menos complicado; se trata de un hombre
que me ha seguido durante más de cinco años por el
único placer de hacerse coser el agujero del culo. Se tumbaba
boca abajo en una cama, yo me sentaba entre sus piernas, armada de una
aguja y un trozo de hilo grueso encerado y le cosía exactamente
el ano todo alrededor y la piel de esa parte estaba tan endurecida y
tan acostumbrada a las puntadas que mi labor no hacía manar ni
una gota de sangre. El mismo se masturbaba durante todo el tiempo y
eyaculaba como un diablo a la última puntada. Disipada su
embriaguez, yo descosía rápidamente mi labor y
aquí terminaba todo. Otro se hacía frotar con alcohol
todos los lugares de su cuerpo donde la naturaleza había puesto
pelos, luego yo encendía aquel líquido espirituoso que
consumía al instante todos los pelos. Eyaculaba al verse en
llamas, mientras yo le enseñaba mi vientre, mi monte y el resto,
pues ése tenía el mal gusto de no mirar nunca más
que lo de delante. -Pero ¿quién de vosotros,
señores, ha conocido a Mirecourt, hoy presidente de la
cámara y en aquel tiempo consejero? -Yo -respondió
Curval. -Pues bien -dijo la Duclos-, señor, ¿sabe usted
cuál era y cuál es aún, según creo, su
pasión? -No, y como pasa o quiere pasar por devoto, me
complacerá mucho conocerla. -Y bien -respondió Duclos-
quiere que se le tome por un asno... - ¡Ah, caray! -dijo el duque
a Curval-, a mi amigo le gusta eso. Apostaría a que este hombre
cree que va a juzgar. Bueno, ¿y luego? -dijo el duque. -Luego,
monseñor, hay que llevarlo del cabestro, pasearlo así
durante una hora por la habitación, él rebuzna, una lo
monta y lo azota por todo el cuerpo con una varilla, como para hacerlo
correr. El apresura el paso y, como se masturba durante aquel tiempo,
en cuanto eyacula, lanza gritos, cocea y tira al suelo a la mujer,
patas arriba. - ¡Oh! -exclamó el duque-. Esto es
más divertido que lúbrico. Y dime, por favor, Duclos,
¿ese hombre te dijo si tenía algún
compañero del mismo gusto? -Sí -contestó la amable
Duclos, participando ingeniosamente en la broma y bajando de su estrado
porque su tarea estaba cumplida-, sí monseñor; me dijo
que tenía muchos amigos así, pero que no todos
querían dejarse montar. Terminada la sesión, se quiso
hacer alguna tontería antes de cenar; el duque apretaba
fuertemente a Augustine contra sí. -No me asombra -decía,
mientras le manoseaba el clítoris y le hacía
empuñar su pito, no me asombra que a veces Curval tenga
tentaciones de romper el pacto y violar una virginidad, pues siento que
en este momento, por ejemplo, de buena gana mandaría al diablo
la de Augustine. -¿Cuál? -preguntó Curval. -A fe
mía, las dos -dijo el duque-; pero hay que ser juicioso, si
esperamos así haremos mucho más deliciosos nuestros
placeres. Vamos, niña continuó-, déjame ver tus
nalgas, quizás esto haga cambiar la naturaleza de mis ideas...
¡Dios, qué hermoso culo tiene esta putita! Curval,
¿qué me aconsejas que haga con él? -Una vinagreta
-contestó Curval. - ¡Dios lo quisiera! -dijo el duque-.
Pero paciencia... Ya verás que todo vendrá a su tiempo.
-Mi queridísimo hermano -dijo el prelado con la voz
entrecortada-, dices unas cosas que huelen a semen. - ¡Eh!
¡Verdaderamente! Es que tengo muchas ganas de perderlo. -
¡Eh! ¿Quién te lo impide? -dijo el obispo. -
¡Oh! Muchas cosas -replicó el duque-. En primer lugar, no
hay mierda y yo la quisiera, y luego, no sé: tengo ganas de
muchísimas cosas... -¿Y de qué? -preguntó
Durcet, a quien Antinoüs se le cagaba en la boca. -¿De
qué? -dijo el duque-. De una pequeña infamia a la cual
tengo que entregarme. Y pasando al salón del fondo con
Augustine, Zélamir, Cupidon, Duclos, Desgranges y Hercule, al
cabo de un minuto se oyeron gritos y blasfemias que probaban que el
duque acababa por fin de calmar su cabeza y sus cojones. No se sabe muy
bien lo que le hizo a Augustine, pero, a pesar de su amor por ella, se
la vio regresar llorando y con uno de sus dedos envuelto. Lamentamos no
poder aún explicar todo eso, pero es cierto que los
señores, bajo cuerda y antes que fuesen exactamente permitidas,
se entregaban a cosas que todavía no les habían sido
contadas, y con esto faltaban formalmente a las convenciones que
habían establecido; pero cuando una sociedad entera comete las
mismas faltas, por lo general les son perdonadas. El duque
volvió, y vio con placer que Durcet y el obispo no habían
perdido el tiempo y que Curval, entre los brazos de Brise-cul,
hacía deliciosamente todo lo que se puede hacer con lo que
había podido reunir junto a él de objetos voluptuosos.
Las orgías fueron como de ordinario, y se acostaron. Aun estando
Adélaïde tan lisiada, el duque, que debía tenerla
aquella noche, la quiso, y como había salido de las
orgías un poco borracho, como de costumbre, se dijo que no
había tenido miramientos con ella. En fin, la noche pasó
como todas las precedentes, es decir, en el seno del delirio y del
libertinaje, y cuando vino la rubia aurora, como dicen los poetas, a
abrir las puertas del palacio de Apolo, este dios, bastante libertino a
su vez, sólo subió a su carro de azur para venir a
iluminar nuevas lujurias.
VIGESIMO QUINTA JORNADA Una nueva intriga sin embargo se
creaba, en sordina, dentro de los muros impenetrables del castillo de
Silling, pero ésta no tenía consecuencias tan peligrosas
como la de Adélaïde y de Sophie. Esta nueva
asociación se tramaba entre Aline y Zelmire; la conformidad del
carácter de estas dos jóvenes había contribuido
mucho a unirlas: ambas dulces y sensibles, con dos años y medio
de diferencia en su edad, cuanto más, mucho de infantil, mucho
de bonachón en su carácter, en una palabra, ambas casi
con las mismas virtudes y ambas casi con los mismos vicios, pues
Zelmire, dulce y tierna, era indolente y perezosa como Aline. En una
palabra, se entendían tan bien que por la mañana del
día veinticinco fueron encontradas en la misma cama, y he
aquí como tuvo lugar esto: Zelmire, destinada a Curval,
dormía en la habitación de éste, como se sabe.
Aquella misma noche, Aline era compañera de cama de Curval; pero
Curval, que regresó de las orgías enteramente borracho,
no quiso acostarse más que con Bande-au-ciel y gracias a esto
las dos palomitas abandonadas y reunidas por ese azar se metieron, por
temor al frío, en la misma cama, donde se presumió que su
meñique había rascado en otro lugar fuera del codo.
Curval, al abrir los ojos por la mañana y ver aquellos dos
pájaros en el mismo nido, les preguntó qué
hacían allí, y tras ordenarlas que fueran inmediatamente
ambas a su cama, las olfateó por debajo del clítoris y
reconoció claramente que aún estaban ambas llenas de
flujo. El caso era grave: allí se quería que aquellas
señoritas fuesen víctimas de la impudicia, pero se
exigía que entre ellas reinase la decencia - ¡pues
qué no exigirá el libertinaje en sus perpetuas
inconsecuencias!-, y si alguna vez se condescendía a permitirles
ser impuras entre ellas, era necesario que fuese por orden y ante los
ojos de los señores. Por lo tanto, el caso fue presentado al
consejo y las dos delincuentes, que no pudieron o no osaron negar,
recibieron la orden de mostrar cómo lo hacían y demostrar
ante todo el mundo cuál era su pequeña habilidad
particular. Lo hicieron sonrojándose mucho, lloraron, pidiendo
perdón por lo que habían hecho. Pero era demasiado dulce
tener aquella linda parejita para castigar el sábado siguiente,
para que se pensara en tenerles piedad; y fueron inmediatamente
inscritas en el fatal libro de Durcet, el cual, entre
paréntesis, aquella semana se llenaba muy agradablemente.
Realizada aquella diligencia, se terminó el desayuno y Durcet
hizo sus visitas. Las fatales indigestiones produjeron una delincuente
más: la pequeña Michette. No podía más,
decía, la habían hecho comer demasiado la víspera,
y otras mil pequeñas excusas infantiles que no le
impedirían ser inscrita. Curval, que la tenía muy
empinada, se apoderó del orinal y devoró todo lo que
contenía. Y dirigiendo luego a la muchacha su mirada
colérica, dijo: - ¡Oh, sí! ¡Pardiez,
bribonzuela! ¡Oh! ¡Sí, pardiez, serás
corregida, y por mi propia mano! No está permitido cagar
así; no tenías más que advertirnos, por lo menos;
bien sabes que no hay ninguna hora en que no estemos dispuestos a
recibir mierda. Y le manoseaba con fuerza las nalgas mientras la
regañaba. Los muchachos estaban intactos, no fue concedido
ningún permiso para la capilla y todo el mundo sentóse a
la mesa. Durante la comida se discutió mucho sobre el acto de
Aline: la creían una santita y, de pronto, ahí estaban
las pruebas de su temperamento. "¡Ah! Bien, amigo mío
-dijo Durcet al obispo-, ¿hay que fiarse del aspecto de las
mujeres, ahora?" Se convino unánimemente en que no hay nada
más engañoso y que, como todas ellas eran falsas, no se
servían nunca de su inteligencia más que para serlo con
más destreza. Estas afirmaciones hicieron recaer la
conversación sobre las mujeres, y el obispo, que las detestaba,
se entregó a todo el odio que le inspiraban. Las rebajó
al nivel de los animales más viles y probó que su
existencia era tan perfectamente inútil en el mundo que
podrían ser todas barridas de la faz de la tierra sin perjudicar
en nada los fines de la naturaleza, la cual, puesto que antaño
había encontrado el medio de crear sin ellas, volvería a
encontrarlo cuando sólo existiesen los hombres. Se pasó a
tomar el café; estaba presentado por Augustine, Michette,
Hyacinthe y Narcisse. El obispo, uno de cuyos grandes y simples
placeres era el 'de chupar el pito de los niños, se
divertía en este juego con Hyacinthe desde hacía algunos
minutos cuando, de pronto, exclamó retirando su boca llena: "
¡Ah! ¡Redios, amigos míos, he aquí una
virginidad! Es la primera vez que este bellacuelo eyacula, estoy seguro
de ello". Y en efecto, nadie había visto aún a Hyacinthe
llegar a tal cosa; incluso se le creía demasiado joven para
lograrla. Pero tenía catorce años cumplidos, la edad en
que la naturaleza acostumbra colmarnos con sus favores, y nada
había más real que la victoria que el obispo se imaginaba
haber conseguido. Sin embargo, se quiso constatar el hecho, todos
quisieron ser testigos de la aventura y sentáronse en
semicírculo en torno al joven. Augustine, la más
célebre meneadora del serrallo, recibió la orden de
manipular al niño ante la reunión, y él tuvo
permiso para acariciarla en la parte del cuerpo que deseara. No hay
espectáculo más voluptuoso que ver a una muchacha de
quince años, hermosa como el día, prestarse a las
caricias de un muchacho de catorce y excitarlo a descargar con la
más deliciosa polución. Hyacinthe, quizás ayudado
por la naturaleza, pero más ciertamente aún por los
ejemplos que tenía ante los ojos, no tocó, no
manoseó ni besó más que las lindas nalguitas de su
meneadora y al cabo de un instante sus hermosas mejillas se colorearon,
lanzó dos o tres suspiros y su pequeño y lindo pito
arrojó a tres pies de distancia cinco o seis chorros de un
semencillo dulce y blanco como la nata que fue a caer sobre el muslo de
Durcet, que se hallaba más cerca de él y se hacía
masturbar por Narcisse, mientras contemplaba la operación. Bien
comprobado el hecho, acariciaron y besaron al niño por todas
partes, cada uno de ellos quiso recoger una pequeña
porción de aquel joven esperma y, como les pareció que a
su edad y como estreno seis descargas no eran demasiado, a las dos que
acababan de producir nuestros libertinos le hicieron añadir una
cada uno, que el muchacho les vació en la boca. El duque,
calentado por aquel espectáculo, se apoderó de Augustine
y le meneó el clítoris con la lengua hasta hacerla
descargar dos o tres veces, a lo que llegó muy pronto la
bribonzuela, llena de fuego y de bríos. Mientras el duque
masturbaba así a Augustine, no había nada tan placentero
como ver a Durcet yendo a recoger los síntomas del placer que no
procuraba él, besar mil veces en la boca a aquella hermosa
criatura, y tragarse, por así decirlo, la voluptuosidad que otro
hacía circular por sus sentidos. Era tarde, hubo que prescindir
de la siesta y pasar al salón de historia, donde la Duclos
esperaba hacía mucho rato; cuando todo el mundo se hubo
acomodado, prosiguió el relato de sus aventuras en los
términos siguientes: Ya he tenido el honor de decíroslo,
señores, es muy difícil comprender todos los suplicios
que el hombre inventa contra sí mismo para encontrar de nuevo en
su envilecimiento o en sus dolores esas chispas de placer que la edad
avanzada o la saciedad le han hecho perder. ¿Lo
creeríais? Una persona de esta especie, un hombre de sesenta
años, singularmente hastiado de todos los placeres de la
lubricidad, ya no podía despertarlos en sus sentidos más
que haciéndose quemar con una vela en todas las partes de su
cuerpo, principalmente aquellas que la naturaleza destina a esos
placeres. Apagaban la vela aplicándosela con fuerza sobre las
nalgas, la verga, los cojones y, sobre todo, en el agujero del culo:
entretanto él besaba un trasero, y cuando le habían
repetido quince o veinte veces esta dolorosa operación,
eyaculaba chupando el ano que su atormentadora le presentaba. Vi a
otro, poco después, que me obligaba a servirme de una almohaza
de caballo y a pasársela por todo el cuerpo, exactamente como se
haría con el animal que acabo de nombrar. Cuando su cuerpo
estaba todo ensangrentado, lo frotaba con alcohol, y este segundo dolor
lo hacía descargar abundantemente sobre mi pecho, tal era el
campo de batalla que él quería regar con su semen. Yo me
arrodillaba ante él, oprimía su verga contra mis tetas y
sobre ellas esparcía él satisfecho el acre flujo de sus
cojones. Un tercero, se hacía arrancar uno a uno todos los pelos
de sus nalgas. Durante la operación se masturbaba sobra un
cagajón caliente que yo acababa de hacer. Luego, en el instante
en que unas gotas me anunciaban la proximidad de la crisis, era
necesario, para provocarla, que le diese en cada nalga un tijeretazo
que lo hiciese sangrar. Tenía el culo lleno de esas llagas y a
duras penas encontré un sitio intacto para infligirle las dos
heridas; en aquel momento su nariz se sumergía en la mierda, se
ensuciaba con ella toda la cara, y chorros de esperma coronaban su
éxtasis. El cuarto, me metía la verga en la boca y me
ordenaba mordérsela con todas mis fuerzas; entretanto le
desgarraba las dos nalgas con un peine de hierro de púas muy
agudas y luego, en el momento en que sentía que su polla estaba
a punto de eyacular, lo cual me era anunciado por una muy ligera y muy
débil erección, entonces, digo, le separaba
prodigiosamente las dos nalgas y acercaba el agujero de su culo a la
llama de una vela colocada en el suelo para este fin. Solamente la
sensación de la quemadura de esa vela en su ano decidía
la emisión. Entonces yo redoblaba mis mordiscos y pronto mi boca
quedaba llena. -¡¡Un momento! -dijo el obispo-. Hoy no
oiré hablar de descarga dentro de una boca sin que esto me
recuerde la buena suerte que acabo de tener y disponga mis sentidos a
placeres de la misma clase. Al decir esto atrae hacia sí a
Bande-au-ciel, quien aquella noche estaba apostado cerca de él,
y se pone a chuparle el pito con toda la lubricidad de un vicioso. Sale
el chorro, él se lo traga, y pronto repite la operación
con Zéphyr. Estaba empalmado, y las mujeres raramente se
encontraban bien a su lado cuando era presa de tal crisis.
Desgraciadamente, era Aline, su sobrina. -¿Qué haces
tú aquí, zorra -le dijo-, si son hombres lo que quiero?
Aline quiere esquivarlo, él la agarra por los cabellos y,
arrastrándola a su gabinete junto con Zelmire y
Hébé, las dos muchachas de su serrallo: -Ya
veréis, ya veréis -dijo a sus amigos-, cómo voy a
enseñar a esas perras a que me pongan coños bajo la mano
cuando lo que quiero son pitos. Fanchon, por orden suya, siguió
a las tres doncellas. Un momento después se oyó gritar
agudamente a Aline y los rugidos de la eyaculación de
monseñor mezclarse a los acentos dolorosos de su querida
sobrina. Todos volvieron... Afine lloraba, se apretaba y estrujaba el
trasero. -¡Ven a enseñarme esto! -le dijo el duque-. Me
gusta con locura ver las huellas de la brutalidad de mi señor
hermano. Afine mostró no sé qué, pues siempre me
ha sido imposible descubrir lo que pasaba dentro de aquellos infernales
gabinetes, pero el duque exclamó: " ¡Ah, joder! Es
delicioso, creo que voy a hacer lo mismo". Pero como Curval le
indicó que era tarde y que tenía un proyecto de
diversión que comunicarle en las orgías, para el cual
necesitaría toda su cabeza y todo su semen, rogaron a la Duclos
que expusiera el quinto relato con el que debía terminar su
velada, y ella prosiguió en esta forma: Entre el número
de esa gente extraordinaria -dijo la hermosa mujer-, cuya manía
consiste en hacerse envilecer y degradar, había cierto
presidente de la cámara del tesoro llamado Foucolet. Es
imposible imaginar hasta dónde llevaba su manía ese
individuo; era necesario darle una muestra de todos los suplicios. Yo
lo colgaba, pero la cuerda se rompía a tiempo y él
caía sobre unos colchones; al momento siguiente lo tendía
sobre una cruz de San Andrés y fingía romperle los
miembros con una barra de cartón; le marcaba el hombro con un
hierro casi candente que le dejaba una ligera huella; le azotaba la
espalda, exactamente como hace el verdugo, y había que mezclar a
todo eso insultos atroces, amargos reproches de diferentes
crímenes, de los cuales, durante cada una de esas operaciones,
en camisa y con un cirio en la mano, pedía perdón muy
humildemente a Dios y a la justicia; en fin, la sesión terminaba
sobre mi trasero, donde el libertino vertía su semen cuando su
cabeza llegaba al último grado de ardor. - ¡Eh!
¡Bueno! ¿Me dejas descargar en paz, ahora que la Duclos ha
terminado? -dijo el duque a Curval. -No, no -replicó el
presidente-. Guárdate tu semen; te digo que lo necesito para las
orgías. - ¡Oh! Soy tu servidor -dijo el duque-. ¿Me
tomas por un hombre gastado y te imaginas que un poco de semen que
pierda ahora me impedirá ceder y corresponder a todas las
infamias que se te pasarán por la cabeza dentro de cuatro horas?
No temas, estaré siempre dispuesto, pero ha sido del agrado de
mi señor hermano darme un pequeño ejemplo de atrocidad
que me disgustaría mucho no ejecutar con Adélaïde,
tu querida y amable hija. Y, empujando en seguida a ésa dentro
del gabinete con Thérèse, Colombe y Fanny, las mujeres de
la cuadrilla, hizo indudablemente lo que el obispo había hecho a
su sobrina, y eyaculó con los mismos episodios, pues, como
antes, se oyó un grito terrible de la joven víctima y el
rugido del disoluto. Curval quiso juzgar cuál de los dos
hermanos se había portado mejor; hizo que se acercaran las dos
mujeres y, examinados con atención los dos traseros,
decidió que el duque sólo había imitado al otro
superándolo. Sentáronse a la mesa y habiendo, llenado de
gases por medio de alguna droga, las entrañas de todos los
comensales, hombres y mujeres, jugaron después de la cena a
lanzarse pedos: los amigos estaban, los cuatro, acostados de espaldas
sobre sofás, la cabeza levantada, y los demás iban por
turno a peerles en la boca. La Duclos estaba encargada de contar y
marcar y, puesto que había treinta y seis pedorros o pedorras
contra sólo cuatro que tragaban, alguno de ellos recibió
hasta ciento cincuenta pedos. Era para esa lúbrica ceremonia
para lo que Curval quería que el duque se reservase, pero esto
resultaba perfectamente inútil; era el duque demasiado amigo del
libertinaje para que un nuevo exceso no le produjera siempre el mayor
efecto en cualquier situación que se le propusiera, y no por
ello dejó de descargar completamente por segunda vez bajo los
suaves pedos de la Fanchon. En cuanto a Curval, los pedos de
Antinoüs fueron los que le costaron su semen, mientras que Durcet
perdió el suyo excitado por los de Martaine, y el obispo
excitado por los de Desgranges. Pero las jóvenes beldades no
obtuvieron nada, tan verdad es que todo concuerda y que siempre han de
ser los crápulas quienes ejecuten las cosas infames.
VISGESIMO SEXTA JORNADA Como nada era
más delicioso que los castigos, nada proporcionaba tantos
placeres, y de esa clase de placeres que se habían prometido no
gozar hasta que las narraciones permitiesen, al desarrollarlos,
entregarse a ellos más ampliamente, se inventó todo para
tratar de hacer caer a los sujetos en faltas que procurasen la
voluptuosidad de castigarlos; a tal efecto, los amigos se reunieron en
sesión extraordinaria aquella mañana para discutir la
cuestión y añadieron diversos artículos al
reglamento cuya infracción necesariamente había de
ocasionar castigos. En primer lugar, se prohibió expresamente a
las esposas, a los muchachos y a las muchachas, lanzar pedos si no era
en la boca de los amigos. En cuanto sintieran ganas de ello
debían inmediatamente ir al encuentro de uno de aquellos y
administrarle lo que retenían; a los delincuentes se les
aplicó un fuerte castigo aflictivo. Se prohibió asimismo
el uso de bidets y el limpiarse los culos; se ordenó a todos los
sujetos en general, y sin ninguna excepción, que nunca se
lavaran y sobre todo que se limpiaran el culo después de cagar;
que cuando se les encontrase el culo limpio, el sujeto debería
probar que era uno de los amigos quien se lo había limpiado, y
citarlo. Mediante lo cual el amigo, interrogado, teniendo la facilidad
de negar el hecho cuando quisiera, se procuraría a la vez dos
placeres: el de limpiar un culo con su lengua y el de hacer castigar al
sujeto que acababa de proporcionarle este placer... Veremos ejemplos de
ello. Luego se introdujo una nueva ceremonia: desde la hora del
café por la mañana, desde que se entraba en la
habitación de las mujeres y aun cuando después de eso se
pasaba a la de los muchachos, cada sujeto, uno tras otro, debía
abordar a cada uno de los amigos y decirle en voz alta e inteligible:
"Me cago en Dios. ¿Quiere usted mi culo, que tiene mierda?", y
aquellos o aquellas que no pronunciasen la blasfemia y la
proposición en voz alta serían inscritos inmediatamente
en el libro fatal. Es fácil imaginarse cuánto sufrieron
la devota Adélaïde y su joven discípula Sophie para
pronunciar tales infamias, y esto era infinitamente divertido.
Establecido todo eso, se admitieron delaciones; este medio
bárbaro de multiplicar las vejaciones, admitido por todos los
tiranos, fue adoptado calurosamente. Se decidió que todo sujeto
que presentase una queja contra otro obtendría la
supresión de la mitad de su castigo a la primera falta que
cometiese. Lo cual no comprometía a nada absolutamente, porque
el sujeto que se presentaba a acusar a otro ignoraba siempre hasta
dónde habría de llegar el castigo del que se le
prometía perdonarle la mitad; con lo que era muy fácil
darle todo lo que se le quería dar y encima convencerlo de que
había salido ganando. Se decidió y se publicó que
la delación sería admitida sin pruebas y que
bastaría ser acusado por quien fuera para ser inscrito al
instante. Además, se aumentó la autoridad de las viejas,
y por la menor queja de ellas, verídica o falsa, el sujeto era
condenado inmediatamente. En una palabra, se impuso sobre el
pequeño pueblo toda la vejación, toda la injusticia que
pueda imaginarse, seguros como estaban de obtener sumas tanto mayores
de placeres cuanto mejor se ejerciese la tiranía. Hecho eso,
visitaron los retretes. Colombe fue hallada culpable; dio por excusa lo
que le habían hecho comer la víspera entre las comidas, y
que no había podido resistir, que era muy desdichada, que era la
cuarta semana seguida que recibía castigo. El hecho era cierto y
no po 175 día acusarse de ello más que a su culo, que era
el más lozano, el mejor formado y el más lindo que se
haya visto. Objeto que no se había limpiado y que esto por lo
menos debía valerle algo. Durcet la examinó y,
habiéndole encontrado efectivamente un parche muy grande y muy
grueso de mierda, se le aseguró que no sería tratada con
tanto rigor. Curval, en erección, se apoderó de ella, le
limpió completamente el ano, se hizo traer la defecación
que se comió, mientras se hacía masturbar por ella,
entremezclando la comida con muchos besos en la boca y mandatos
perentorios de tragarse todo lo que él le transmitía de
su propia obra. Visitaron a Augustine y Sophie, a las que se
había recomendado que después de sus defecaciones de la
víspera se mantuviesen en el estado más impuro. Sophie
estaba en regla, aunque hubiese dormido cerca del obispo como su
posición le exigía, pero Augustine presentaba la mayor
limpieza. Segura de su respuesta, avanzó orgullosamente y dijo
que bien se sabía que, como de costumbre, había dormido
en la habitación del señor duque y que antes de dormirse
éste la había hecho ir a su cama, donde le había
chupado el agujero del culo mientras ella le meneaba el pito con la
boca. El duque, interrogado, dijo que no se acordaba de tal cosa
(aunque fuese cierto), que se había dormido con la verga en el
culo de la Duclos, hecho que podía averiguarse. Se trató
el caso con toda la seriedad y la gravedad posible, mandaron llamar a
la Duclos , quien, al ver de lo que se trataba, certificó todo
lo que había declarado el duque y sostuvo que Augustine
sólo había sido llamada por un instante a la cama de
monseñor, quien se había cagado en su boca para comer en
ella su cagada. Augustine quiso sostener su tesis y disputó con
la Duclos , pero se le impuso silencio y fue inscrita, aunque era
totalmente inocente. Pasaron a la habitación de los muchachos,
donde Cupidon fue hallado en falta; había hecho en su orinal la
más bella cagada que pueda verse. El duque se la apropió
y la devoró, mientras el joven le chupaba el pito. Negaron todos
los permisos de capilla y pasaron al comedor. La bella Constance, a la
que a veces se dispensaba de servir a causa de su estado, como aquel
día se encontraba bien apareció desnuda, y su vientre,
que empezaba a hincharse un poco, calentó mucho la cabeza de
Curval, y al ver que se ponía a manosear algo duramente las
nalgas y los senos de la pobre criatura, por la cual se notaba cada
día que su horror aumentaba, a ruegos de ella y por el deseo que
tenían de conservar su fruto al menos hasta cierta época,
le dieron permiso para que aquel día no apareciese más
que a las narraciones, de las cuales nunca se la eximía. Curval
comenzó de nuevo a decir horrores sobre las ponedoras de
niños y afirmó que si fuese el dueño
establecería la ley de la isla de Formosa, donde las mujeres
encintas antes de los treinta años son machacadas en un mortero
con su fruto, y que aunque se impusiera aquella ley en Francia
habría aún dos veces más de población de la
necesaria. Pasaron a tomar el café, que fue presentado por
Sophie, Fanny, Zélamir y Adonis, pero servido de una manera muy
singular: se lo hacían tragar con la boca. Sophie sirvió
al duque, Fanny a Curval, Zelamir al obispo y Adonis a Durcet. Tomaban
un sorbo en su boca, se la enjuagaban con él y lo vertían
así en el gaznate de aquel a quien servían. Curval, que
se había levantado de la mesa muy caliente, se puso otra vez en
erección con esa ceremonia y cuando terminó se
apoderó de Fanny y le descargó en la boca,
ordenándole que se lo tragase bajo amenaza de las penas
más graves, lo cual hizo la desdichada criatura sin atreverse
siquiera a parpadear. El duque y sus otros dos amigos hicieron lanzar
pedos o cagar Y, después de la siesta, fueron a escuchar a la
Duclos , quien reanudó así sus relatos: Voy a pasar
rápidamente -dijo aquella amable mujer- sobre las dos
últimas aventuras que me quedan por contaros referentes a esos
hombres singulares que no encuentran su voluptuosidad más que en
el dolor que se les hace experimentar, y luego cambiaremos de tema, si
os parece bien. El primero, mientras yo lo masturbaba, ambos desnudos y
de pie, quería que por una agujero practicado en el techo nos
arrojaran, durante todo el tiempo de la sesión, chorros de agua
casi hirviente sobre el cuerpo. En vano quise hacerle ver que, no
teniendo la misma pasión que él, iba a resultar
también la víctima, él me aseguró que no me
haría ningún daño y que aquellas duchas eran
excelentes para la salud. Lo creí y le dejé hacer, y,
como estaba en su casa, no pude disponer el grado de calor del agua;
ésta casi hervía. No se puede imaginar el placer que
experimentó al recibirla. En cuanto a mí, mientras
operaba en él lo más rápidamente que podía,
gritaba, os lo confieso, como un gato escaldado; mi piel se
desprendió, y me prometí firmemente no volver
jamás a casa de aquel hombre. - ¡Ah, pardiez! -dijo el
duque-. Me entran ganas de escaldar así a la bella Aline.
-Monseñor -le respondió humildemente Aline-, no soy un
cerdo. La ingenua franqueza de su respuesta infantil hizo reír a
todo el mundo, y se preguntó a la Duclos cuál era el
segundo y último ejemplo del mismo género que
había de citar. No era ni mucho menos tan penoso para mí
-dijo la Duclos-- ; sólo se trataba de protegerse la mano con un
buen guante, luego coger con esta mano grava ardiente en un brasero y,
llena así la mano, había que frotar a mi hombre con
aquella grava casi encendida desde el cuello hasta los talones. Su
cuerpo estaba tan singularmente endurecido por aquel ejercicio que
parecía de cuero. Cuando se llegaba a la verga, había que
cogerla y masturbarla en medio de un puñado de la arena
ardiente; muy pronto se ponía en erección. Entonces, con
la otra mano, yo colocaba bajo sus cojones la pala toda roja y
preparada a propósito. Ese frotamiento, aquel calor devorador
que mordía sus testículos, quizás un poco de
manoseo de mis dos nalgas, que debía tener siempre a la vista
durante la operación, todo eso le hacía eyacular y
tenía buen cuidado de hacer caer su esperma sobre la pala roja,
donde con delicia la veía quemarse. -Curval -le dijo el duque-,
ese es un hombre al que, a mi parecer no le gusta la población
más que a ti. -Esto creo -contestó Curval-. No te
ocultaré que me gusta la idea de querer quemar su semen. -
¡Oh! Adivino todas las ideas que te sugiere -dijo el duque-. Y
aunque hubiese ya germinado lo quemarías con placer,
¿verdad? -A fe mía, eso me temo -dijo Curval, mientras
hacía no sé qué a Adélaïde que la hizo
proferir un grito estridente. -¿Qué te pasa, puta -dijo
Curval a su hija-, para chillar de esta manera?... ¿No ves que
el duque me habla de quemar, de vejar, de reprender el semen germinado?
¿Y qué eres tú, por favor, sino un poco de semen
que germinó al salir de mis cojones? Vamos, prosigue, Duclos
-añadió Curval-, pues siento que el lloriqueo de esta
zorra me haría descargar, y no quiero. Henos aquí -dijo
la heroína- ante detalles que, por tener caracteres de
singularidad más picantes, acaso os gusten todavía
más. Ya sabéis que es costumbre en París exponer a
los muertos a las puertas de las casas. Había un hombre que me
pagaba doce francos cada vez que podía conducirlo por la noche
ante uno de esos espectáculos lúgubres; toda su
voluptuosidad consistía en acercarse conmigo lo más
posible, al borde mismo del ataúd podíamos, y allí
yo debía masturbarlo de manera que su semen eyaculase sobre el
ataúd. De este modo recorríamos durante la velada tres o
cuatro, según el número que yo había descubierto,
y en todos practicábamos la misma operación sin que
él me tocase más que el trasero mientras lo masturbaba.
Era un hombre de unos treinta años, y practiqué con
él durante más de diez años, en el transcurso de
los cuales estoy segura de haberlo hecho eyacular sobre más de
dos mil ataúdes. -Pero ¿decía algo durante su
operación? -preguntó el duque-. ¿Te dirigía
alguna palabra o la dirigía al muerto? -Insultaba al muerto
-contestó la Duclos- ; le decía: toma, bribón,
toma, pillo, toma, infame, ¡llévate mi semen contigo a los
infiernos! -Singular manía -dijo Curval. -Amigo mío -dijo
el duque-, ten la certeza de que aquel hombre era uno de los nuestros y
que indudablemente no se quedaba ahí. -Tiene usted razón,
monseñor -dijo la Martaine-, y yo tendré ocasión
de volver a presentarles una vez más a ese actor en escena. La
Duclos , aprovechando entonces el silencio, prosiguió
así: Otro, que llevaba mucho más lejos una
fantasía más o menos parecida, quería que yo
tuviese espías al acecho para avisarle cada vez que era
enterrada en algún cementerio una muchacha muerta sin enfermedad
peligrosa, - condición, ésta, que más me
recomendaba. En cuanto le había hallado lo que quería, y
siempre me pagaba muy caro el descubrimiento, salíamos por la
noche, nos introducíamos en el cementerio como podíamos,
nos dirigíamos en seguida a la fosa indicada por el
espía, cuya tierra era la más recientemente removida,
trabajábamos los dos rápidamente para apartar con
nuestras manos todo lo que cubría el cadáver y, en cuanto
él podía tocarlo, yo le masturbaba encima mientras
él manoseaba el cuerpo por todas partes, principalmente en las
nalgas, si podía. A veces volvía a tener una segunda
erección, pero entonces se cagaba y me hacía cagar sobre
el cadáver y soltaba su semen encima al tiempo que seguía
palpando todas las partes del cuerpo que podía alcanzar. -
¡Oh! Esto lo comprendo -dijo Curval-, y si debo haceros una
confesión, es que lo he practicado alguna vez en mi vida. Verdad
es que yo añadía a ello algunos episodios que no es hora
todavía de revelarlos. Sea lo que sea, hace que se me empalme;
abre tus muslos, Adélaïde... Y no sé lo que
pasó, pero el sofá se dobló bajo el peso, se
oyó una descarga bien constatada y creo que, muy simple y
virtuosamente, el señor presidente acababa de cometer un
incesto. -Presidente -dijo el duque-, apuesto a que creíste que
estaba muerta. -Sí, ciertamente -contestó Curval-, pues
sin esto no hubiera eyaculado. Y la Duclos , viendo que ya no se
decía nada más, terminó así su velada: Para
no cansaros, señores, con ideas tan lúgubres, voy a
terminar la velada con el relato de la pasión del duque de
Bonnefort. Ese joven señor, a quien divertí cinco o seis
veces, y que veía a menudo a una de mis amigas para la misma
operación, exigía que una mujer armada de un consolador,
desnuda, se masturbase ante él por delantey por detrás
durante tres horas seguidas sin interrupción. Hay un reloj que
nos regula y si una deja la tarea antes de la vuelta completa de la
tercer hora, no recibe su paga. El está delante de ti, te
observa, te da vueltas y más vueltas por todos lados, te exhorta
a desmayarte de placer y si, transportada por los efectos de la
operación, una llega realmente a perder el conocimiento en medio
del placer, es seguro que con ello apresura el del hombre. Si no sucede
así, en el momento preciso en que el reloj da la tercer hora
él se acerca a ti y te descarga en las narices -A fe mía
-dijo el obispo-, no veo por qué, Duclos, no has preferido
dejarnos con las ideas precedentes en vez de con ésta. Aquellas
tenían algo de picante que nos irritaba con fuerza, en cambio,
una pasión de agua de rosas como ésta con la cual
terminas tu velada no nos deja nada en la cabeza. -Tiene razón
ella -dijo Julie, que estaba con Durcet-. Por mi parte, le doy las
gracias por ello, pues nos dejarán a todas acostarnos más
tranquilas no teniendo en la cabeza esas malas ideas que la
señora Duclos desarrolló antes. - ¡Ah! En esto
podrías muy bien equivocarte, bella Julie -dijo Durcet-, pues yo
sólo me acuerdo de lo anterior cuando lo nuevo me aburre y, para
demostrároslo, vosotras tened la bondad de seguirme. Y Durcet se
metió en su gabinete con Sophie y Michette para eyacular no
sé muy bien cómo, pero de una manera que no le
gustó a Sophie, pues profirió un grito terrible y
volvió roja como la cresta de un gallo. - ¡Oh! -dijo el
duque-. Lo que es a ésta no tenías ganas de tomarla por
muerta, pues acabas de hacerle dar una furiosa señal de vida.
-Ha gritado de miedo -dijo Durcet-. Pregúntale lo que le hice y
ordénale que te lo diga en voz baja. Sophie se acercó al
duque para decírselo. - ¡Ah! exclamó el duque, en
voz alta-. ¡No había por qué gritar tanto, ni por
qué descargar! Y, como sonó el aviso de la cena, se
interrumpieron todos los dichos y todos los placeres para ir a gozar de
los de la mesa. Las orgías se celebraron con bastante
tranquilidad, y fueron a acostarse virtuosamente, sin que hubiese la
menor señal de borrachera, lo cual era extremadamente raro.
VIGESIMO SEPTIMA JORNADA Desde la mañana
empezaron las delaciones autorizadas la víspera, y las sultanas,
al ver que sólo faltaba Rosette para que las ocho sufriesen
corrección, no dejaron de ir a acusarla. Aseguraron que
había echado pedos durante toda la noche y como eran las
muchachas las que querían fastidiar, tuvo contra ella a todo el
serrallo y fue inscrita inmediatamente. El resto transcurrió de
maravilla y, excepto Sophie y Zelmire, que balbucearon un poco, los
amigos fueron abordados decididamente con el nuevo cumplido: "Me cago
en Dios ¿quiere usted mi culo, que tiene mierda?"; y, en efecto,
la había exactamente por todas partes pues, por miedo a la
tentación de la limpieza, las viejas habían retirado toda
vasija, toda toalla y toda el agua. Como el régimen de la carne
sin pan empezaba a calentar todas aquellas boquitas que no se lavaban,
aquel día se percibió que había ya una gran
diferencia en los alientos. -¡Ah, pardiez! -dijo Curval, lamiendo
a Augustine-. Esto ahora significa algo, por lo menos. ¡Uno se
empalma besando esto! Todo el mundo convino unánimemente en que
así era infinitamente mejor. Puesto que no hubo nada de nuevo
hasta el café, vamos a trasladar enseguida a él al
lector. Fue servido por Sophie, Zelmire, Giton y Narcisse. El duque
dijo que estaba perfectamente seguro de que Sophie tenía que
descargar y que era absolutamente necesario hacer la experiencia. Dijo
a Durcet que observase y, después de tumbarla en un sofá,
la acarició a la vez en los bordes de la vagina, en el
clítoris y en el agujero del culo, primero con los dedos, luego
con la lengua; la naturaleza triunfó: al cabo de un cuarto de
hora aquella hermosa muchacha se turbó, se sonrojó,
suspiró, Durcet hizo observar todos estos movimientos a Curval y
al obispo, quien no podía creer que ella descargase
todavía, y en cuanto al duque pudo convencerse de ello
más que los otros, puesto que aquel joven coñito se
empapó enteramente y la pequeña pilluela le mojó
de flujo todos los labios. El duque no pudo resistirse a la lubricidad
de su experiencia; se levantó, se inclinó sobre la
muchacha y le descargó sobre el monte entreabierto,
introduciendo con sus dedos lo más que pudo el esperma en el
interior del coño. Curval, calentado por el espectáculo,
la agarró y le pidió otra cosa que no era flujo; ella
presentó su lindo culito, el presidente pegó a él
su boca y el lector inteligente adivinará fácilmente lo
que recibió. Durante aquel tiempo, Zelmire divertía al
obispo: le chupaba y le manoseaba el miembro. Y todo eso mientras
Curval se hacía masturbar por Narcisse, cuyo trasero besaba con
ardor. Sólo fue el duque, sin embargo, quien perdió el
semen; la Duclos había anunciado para aquella velada relatos
más bonitos que los precedentes y quisieron reservarse para
oírlos. Llegada la hora se acomodaron, y he aquí
cómo se expresó aquella interesante prostituta: Un hombre
de quien nunca conocí, señores -dijo-, ni el medio ni la
existencia, y que por esto no podré describiros más que
muy imperfectamente, me hizo rogar por medio de un mensaje que fuese a
su casa, calle Blanche-du-Rempart, a las nueve de la noche. Me
advertía en su billete que no abrigara ninguna desconfianza y
que, aun cuándo no se me diese a conocer, yo no tendría
ningún motivo de queja. Dos luises acompañaban la carta
y, a pesar de mi acostumbrada prudencia, que ciertamente debía
haberse opuesto a aquella diligencia, puesto que no conocía a
quien me la encargaba, lo arriesgué todo, fiándome
enteramente de no sé qué presentimiento que
parecía susurrarme que no tenía nada que temer.
Llegó un lacayo me advierte que debo desnudarme completamente y
que sólo en ese estado podría introducirme en el aposento
de su amo, ejecuto la orden y en cuanto el lacayo me vio en la forma
deseada me coge de la mano, y tras hacerme atravesar dos o tres
aposentos, llama por fin a una puerta. Esta se abre, entro,..el lacayo
se retira y la puerta vuelve a cerrarse, pero no había la
más mínima diferencia en cuanto a la luz entre un horno y
el lugar donde había sido introducida, y ni la luz ni el aire
entraban en absoluto por ningún lado en aquella estancia. Apenas
estuve dentro, un hombre desnudo se acerca a mí y me agarra sin
pronunciar una sola palabra; no pierdo la cabeza, persuadida de que
todo aquello tenía por objeto un poco de semen que debía
hacer chorrear para verme libre de todo aquel nocturno ceremonial;
llevo inmediatamente mi mano a su bajo vientre con el designio de hacer
perder pronto al monstruo un veneno que lo volvía tan malo.
Encuentro una verga muy gruesa, muy dura y extremadamente encrespada,
pero al instante son apartados mis dedos, parece que no se quiere que
toque ni compruebe, y se me sienta en un taburete. El desconocido se
planta junto a mí, agarra mis tetas una después de la
otra, las aprieta y comprime con tanta violencia que le digo,
bruscamente: "Me hace usted daño". Entonces cesa, me levanta, me
acuesta boca abajo en un sofá alto, se sienta entre mis piernas
por detrás y se pone a hacer a mis nalgas lo que acababa de
hacer a mis tetas; las palpa y las comprime con una violencia sin
igual, las abre, las cierra, las amasa, las besa
mordisqueándolas, chupa el agujero de mi culo y, como estas
compresiones reiteradas ofrecían menos peligro por este lado que
por el otro, no me opuse a nada y, dejando hacer, procuraba adivinar
cuál podía ser el objeto de aquel misterio en cosas que
me parecían tan simples, cuando, de pronto, oigo que mi hombre
lanza gritos espantosos: -Huye, puta jodida, huye -me dijo-, huye,
zorra, descargo y no respondo de tu vida. Podéis creer que mi
primer movimiento fue el de ponerme en pie; ante mí un
débil resplandor: era la de la luz que se introducía por
la puerta por la que había entrado; me precipito a ella,
encuentro al lacayo que me había recibido, me arrojo a sus
brazos, él me devuelve mis ropas, me da dos luises, y me largo
muy contenta de haber salido del trance con tan poco daño.
-Tenía usted motivo para felicitarse -dijo la Martaine-, pues
aquello no era más que un diminutivo de su pasión
ordinaria. Yo os haré ver al mismo hombre, señores
-continuó esa mamá-, bajo un aspecto más
peligroso. -No tan funesto como bajo el que lo presentaré yo a
estos señores -dijo la Desgranges-, y me uno a la señora
Martaine para asegurarle que fue usted muy afortunada de salir
así, pues el mismo hombre tenía pasiones mucho más
singulares. -Esperemos pues, para razonar sobre ello, que sepamos toda
su historia -dijo el duque-. Y apresúrate, Duclos, a contarnos
otra para quitarnos de los sesos una especie de individuo que no
dejaría de calentárnoslos. El que vi después,
señores -prosiguió la Duclos-, quería una mujer
con unos senos muy bellos y, como ésta es una de mis cualidades,
después de habérselos mostrado me prefirió a todas
mis pupilas. Pero ¿qué uso de mis senos y de mi figura
pretendía hacer el insigne libertino? Me acuesta, desnuda, sobre
un sofá, se coloca a horcajadas sobre mi pecho, pone su polla
entre mis dos tetas, me ordena que lo apriete tanto como pueda y al
término de una breve carrera el asqueroso individuo los inunda
de semen, lanzándome a la cara más de veinte escupitajos
seguidos, muy espesos. -Bueno -dijo refunfuñando
Adélaïde al duque, que acababa de escupirle en las
narices-, no veo qué necesidad hay de imitar esa infamia.
¿Acabará usted? -añadió, secándose
la cara y dirigiéndose al duque, que no descargaba. -Cuando me
parezca bien, mi hermosa niña -replicó el duque-.
Acuérdate por una vez en la vida de que estás aquí
para obedecer y dejar hacer. Vamos, prosigue, Duclos, pues
quizás haría algo peor y, como adoro a esta bella
criatura -dijo, en tono de sorna-, no quiero ultrajarla del todo. No
sé, señores -dijo la Duclos , reanudando el hilo de sus
relatos-, si habéis oído hablar de la pasión del
comendador de Saint-Elme. Tenía una casa de juego donde todos
aquellos que iban a arriesgar su dinero eran rudamente desplumados;
pero lo que tiene eso de muy extraordinario es que el comendador se
empalmaba cuando los timaba: a cada trampa que les armaba, descargaba
en sus pantalones, y una mujer a quien conocí muy bien y que
él mantuvo durante largo tiempo me contó que a veces la
cosa lo calentaba hasta el punto que se veía obligado a ir a
buscar en ella el alivio para el ardor que lo devoraba. Y no se
limitaba a eso; todo tipo de robo tenía para él igual
atractivo y ningún objeto estaba seguro cerca de él. Si
se sentaba a vuestra mesa, robaba los cubiertos; si entraba en vuestro
gabinete, se llevaba vuestra alhajas; si estaba cerca de vuestro
bolsillo, os sustraía vuestro estuche o vuestro pañuelo.
Todo le venía bien con tal que pudiese robarlo, y todo le
provocaba erección y hasta eyaculación en cuanto se lo
había apropiado. Pero ése era ciertamente menos
extraordinario que el presidente del parlamento con el que tuve tratos
poco tiempo después de mi llegada a la casa de la Fournier y que
siguió siendo cliente mío, pues al ser su caso bastante
delicado, no quería entenderse con nadie más que conmigo.
El presidente tenía alquilado un pequeño apartamento,
todo el año, en la plaza de Grève; lo ocupaba sólo
una vieja sirvienta, como portera, la cual tenía como
única consigna la de limpiar el apartamento y hacer avisar al
presidente en cuanto se veía en la plaza algún
preparativo de ejecución. Enseguida el presidente me
hacía advertir que estuviese dispuesta, venía a
recogerme, disfrazado y dentro de un coche de punto, y nos
íbamos a su apartamentito. La ventana de aquella
habitación estaba dispuesta de tal manera que dominaba
exactamente y de muy cerca el patíbulo; el presidente y yo nos
situábamos allí, detrás de una celosía,
sobre uno de cuyos travesaños él apoyaba unos potentes
gemelos y, mientras esperábamos que apareciese el paciente, el
representante de Ternis, sobre una cama, se divertía
besándome las nalgas, episodio que, entre paréntesis, le
gustaba extraordinariamente. Por fin, cuando el alboroto nos anunciaba
la llegada de la víctima, el hombre de toga volvía a su
lugar junto a la ventana y me hacía ocupar el mío a su
lado, con la orden de manosearle y masturbarle la verga proporcionando
mis sacudidas a la ejecución que él iba a presenciar, de
tal manera que el esperma no se escapase hasta el momento en que el
paciente entregase su alma a Dios. Todo se arreglaba, el criminal
subía al patíbulo, el presidente contemplaba; cuanto
más se acercaba el paciente a la muerte, más furioso se
ponía en mis manos el miembro del malvado. Por fin caían
los golpes, era el instante de su descarga: " ¡Ah!,
¡redios! -exclamaba entonces-. ¡Recristo, me cago en dios!
¡Cómo quisiera ser yo su verdugo, y cómo
habría pegado mejor que éste! Por otra parte, las
impresiones de sus placeres se medían según el
género del suplicio, un ahorcado no le producía
más que una sensación muy simple, un hombre apaleado lo
hacía delirar, pero si era quemado o descuartizado, se desmayaba
de placer. Hombre o mujer, le daba igual. -Solamente -decía- una
mujer preñada me produciría un poco más de efecto,
pero, desgraciadamente, esto no es posible. -Pero, señor -le
dije un día-, usted con su cargo contribuye a la muerte de esta
víctima infortunada. -Sin duda -me respondió-, y es lo
que hace que me divierta más, en mis treinta años de
ejercer de juez, nunca he votado más que por la pena de muerte.
-¿Y no cree usted -le dije- que debería reprocharse un
poco la muerte de esa gente como un homicidio? -Bueno
-contestó-, ¿es necesario ser tan escrupuloso? -Sin
embargo -dije-, esto es lo que el mundo calificaría de horror. -
¡Oh! -me replicó-. Hay que saber tomar partido sobre el
horror de todo lo que nos hace tener una erección, y por una
razón bien sencilla, que esa cosa, por horrenda que quieras
suponerla, deja de ser horrible para uno en cuanto le hace descargar;
ya no lo es, por lo tanto, sino a los ojos de los demás, pero
¿quién me asegura que la opinión de los
demás, casi siempre falsa sobre todos los objetos, no lo es
igualmente en este caso? No hay -prosiguió- nada
fundamentalmente bueno ni nada fundamentalmente malo; todo es
sólo relativo según nuestras costumbres, nuestras
opiniones y nuestros prejuicios. Establecido este punto, es
extremadamente posible que una cosa del todo indiferente en sí
misma sea, no obstante, indigna a tus ojos y muy deliciosa a los
míos y, ya que me place, teniendo en cuenta 'a dificultad de
asignarle un lugar justo, ya que me divierte, ¿no sería
yo un loco si me privase de ella sólo porque tú la
condenas? Vamos, vamos, querida Duclos, la vida de un hombre es una
cosa tan poco importante que se puede jugar con ella, si nos agrada,
como se haría con la de un gato o la de un perro; le corresponde
al más débil defenderse, más o menos dispone de
las mismas armas que nosotros. Y tú que eres tan escrupulosa -
añadió mi hombre-, ¿qué dirías pues
de la fantasía de uno de mis amigos? Y aceptaréis,
señores, que ese gusto que el presidente me contó
constituya el quinto relato y último de esta velada. El
presidente me dijo que aquel amigo no quería tratos más
que con mujeres que iban a ser ejecutadas. Cuanto más
próximo está el momento en que le pueden ser entregadas
de aquel en que deben perecer, mejor las paga. Pero siempre ha de ser
después de haberles sido comunicada su sentencia. Por su
posición tiene a su alcance esa clase de situaciones afortunadas
para él, nunca le faltan, y yo le he visto pagar hasta cien
luises por una entrevista de tal especie. Sin embargo, no goza de las
mujeres, sólo les exige que muestren sus nalgas y caguen; afirma
que no hay nada que iguale al sabor de la mierda de una mujer a la que
se acaba de producir tal trastorno. No hay nada que no se imagine para
procurarse tales entrevistas y, además, como
comprenderéis muy bien, no quiere ser conocido. A veces pasa por
el confesor, a veces por un amigo de la familia de la condenada, y
siempre envuelve sus proposiciones la esperanza de serles últil
si se muestran complacientes. -Y cuando ha terminado, cuando se ha
satisfecho, ¿cómo imaginas que termina su
operación, mi querida Duclos? -me decía el presidente-...
Con la misma cosa que yo, querida amiga; reserva su semen para el
desenlace y lo suelta al verlas deliciosamente expirar. - ¡Ah! Es
bien malvado -le dije. -¿Malvado? -me interrumpió-...
Nada de esto, hija mía. Nada es malvado si te da una
erección, y el único crimen en este mundo es el de
negarte algo respecto a eso. -En efecto, no se negaba nada -dijo la
Martaine- y me ufano de anunciar que la señora Desgranges y yo
tendremos ocasión de divertir a la compañía con
alguna anécdotas lúbricas y criminales del mismo
personaje. - ¡Ah! ¡Qué bien! -dijo Curval-. Porque
he ahí un hombre que ya me gusta mucho. Así es como hay
que pensar en cuanto a los placeres, y su filosofía me gusta
infinitamente. Es increíble hasta qué punto el hombre, ya
reprimido en todas sus diversiones, en todas sus fa Librodot
cultades, trata de restringir todavía más los
límites de su existencia por indignos prejuicios. No nos
imaginamos, por ejemplo, cuánto ha limitado todas sus delicias
aquel que erige el homicidio en crimen; se ha privado de cien placeres,
cada uno más delicioso que el otro, al atreverse a adoptar la
quimera odiosa de ese prejuicio. ¿Y qué diablos puede
importarle a la naturaleza uno, diez, veinte, quinientos hombres de
más o de menos en el mundo? Los conquistadores, los
héroes, los tiranos, ¿se imponen a sí mismos esta
ley absurda de no hacer a los demás lo que no queremos que se
nos haga? En verdad, amigos míos, no os lo oculto, pero me
estremezco cuando oigo a los tontos decirme que esta es la ley de la
naturaleza, etc... ¡Santo cielo! Avida de homicidios y de
crímenes, para hacerlos cometer e inspirarlos es para lo que la
naturaleza establece su ley, y la única que ella imprime en el
fondo de nuestros corazones es la de satisfacernos a costa de no
importa quién. Pero, paciencia, quizás tendré
pronto una ocasión mejor de hablaron ampliamente de estas
materias, las he estudiado a fondo, y espero que, al
comunicároslas, os convenceré como yo lo estoy de que la
única manera de servir a la naturaleza es seguir ciegamente sus
deseos de cualquier especie que sean, porque, al serle tan necesario el
vicio como la virtud para el mantenimiento de sus leyes, sabe
aconsejarnos alternativamente lo que en aquel momento se vuelve
necesario para sus fines. Sí, amigos míos, os
hablaré otro día de todo esto, pero de momento necesito
perder mi semen, pues ese diablo de hombre con las ejecuciones de la
Grève me ha hinchado los cojones. Y pasó a la sala del
fondo con Desgranges y Fanchon, sus dos buenas amigas, porque eran tan
malvadas como él, haciéndose seguir los tres por Aline,
Sophie, Hébé, Antinoüs y Zéphyr. Ignoro lo
que el libertino imaginó en medio de aquellas siete personas,
pero fue largo, se le oyó gritar mucho: "Vamos, pues, girad,
pero no es esto lo que os pido", y otras frases de enojo mezcladas con
blasfemias a las que se le sabía muy propenso durante aquellas
escenas de libertinaje, y por fin las mujeres reaparecieron muy
coloradas, muy despeinadas y con aspecto de haber sido furiosamente
sobadas en todos los sentidos. Durante aquel tiempo el duque y sus dos
amigos no habían perdido el tiempo, pero el obispo era el
único que había eyaculado, y de una manera tan
extraordinaria que todavía no nos está permitido decirla.
Fueron a sentarse a la mesa, donde Curval filosofó un poco
más, pues en él las pasiones no influían en nada
sobre los sistemas; firme en sus principios, era tan impío, tan
ateo, tan criminal cuando acababa de perder su semen como en medio del
fuego del temperamento, y así es como deberían ser todas
las personas sensatas. El semen no debe jamás dictar, ni dirigir
los principios; son los principios los que deben establecer la manera
de perderlo. Y, se esté o no empalmado, la filosofía
independiente de las pasiones debe ser siempre la misma. La
diversión de las orgías consistió en una
comprobación en la que no se había pensado aún y
que, sin embargo, era interesante; se trató de decidir
quién tenía el trasero más bello entre las mujeres
y quién entre los muchachos. En consecuencia, primero hicieron
colocar a los ocho muchachos en fila, de pie, pero un poco inclinados,
-pues Asta es la verdadera manera de examinar bien un culo y juzgarlo.
El examen fue muy prolongado y muy severo, se combatieron mutuamente
las opiniones, se cambiaron, se observaron quince veces seguidas los
objetos de la deliberación y la manzana fue otorgada, de modo
general, a Zéphyr; se estuvo unánimemente de acuerdo en
que era físicamente imposible encontrar algo más perfecto
y mejor modelado. Pasaron a las mujeres; se colocaron en la misma
postura, la discusión fue, al principio, muy larga, pues era
casi imposible decidir entre Augustine, Zelmire y Sophie. Augustine,
más alta, mejor formada que las otras dos, hubiera
indudablemente ganado quizás ante los pintores; pero los
libertinos requieren más gracia que exactitud, más carne
que regularidad. Tuvo contra ella cierta demasía de flacura y de
delicadeza; las otras dos ofrecían una carne tan fresca, tan
rolliza, unas nalgas tan blancas y redondas, una curva del lomo tan
voluptuosamente modelada, que triunfaron sobre Augustine. Pero
¿cómo decidir entre las dos que quedaban? Diez veces las
opiniones empataron. Por fin ganó Zelmire; reunieron a las dos
encantadoras criaturas, las besaron, las manosearon, las masturbaron
durante toda la velada, ordenaron a Zelmire que masturbase a
Zéphyr, quien, eyaculando maravillosamente, proporcionó
el espectáculo del mayor placer en el placer; a su vez él
masturbó a la joven que se desmayó en sus brazos, y todas
aquellas escenas de indecible lubricidad hicieron perder el semen al
duque y a su hermano, pero sólo emocionaron débilmente a
Curval y Durcet, quienes convinieron en que necesitaban escenas menos
color de rosa para conmover su vieja alma gastada, y que todas aquellas
chanzas sólo eran buenas para los jóvenes. Por fin fueron
a acostarse y Curval trató en el seno de algunas nuevas
infamias, de resarcirse de aquellas tiernas pastorelas de que acababan
de hacerlo testigo.
VIGESIMO OCTAVA JORNADA Era el día de
una boda y el turno de Cupidon y Rosette para ser unidos por los lazos
del himeneo y, por una singularidad otra vez fatal, ambos se hallaban
en el caso de ser castigados por la noche. Como aquella mañana
no se halló a nadie en falta, toda aquella parte del día
fue empleada para la ceremonia de las nupcias y, en cuanto ésta
terminó, la pareja fue reunida en el salón para ver lo
que harían los dos juntos. Como los misterios de Venus se
celebraban a menudo ante los ojos de aquellos niños, aunque
ninguno hubiese servido todavía en tales misterios,
poseían la suficiente teoría para poder ejecutar con esos
objetos más o menos lo que había que hacer. Cupidon, que
tenía una fuerte erección, colocó su pito entre
los muslos de Rosette, la cual se dejaba hacer con todo el candor de la
más completa inocencia; el muchacho se esmeraba tanto que iba
posiblemente a salir triunfante, cuando el obispo, cogiéndolo
entre sus brazos, se hizo meter a sí mismo lo que el niño
hubiera preferido, creo, meter a su mujercita; mientras perforaba el
amplio culo del obispo, miraba a aquélla con unos ojos que
demostraban su pesadumbre, pero ella a su vez pronto estuvo ocupada,
pues el duque la jodió entre los muslos. Curva] se acercó
a manosear lúbricamente el trasero del pequeño jodedor
del obispo y, como encontró aquel lindo culito en el estado
deseable, lo lamió y sacudió. Durcet, por su parte,
hacía lo mismo a la niña que el duque tenía
agarrada por delante. Sin embargo, nadie descargó, y se
dirigieron a la mesa; los dos jóvenes esposos, que habían
sido admitidos en ella, fueron a servir el café, con Augustine y
Zélamir. Y la voluptuosa Augustine, confusa por no haberse
llevado la víspera el premio de la belleza, como
enfurruñada había dejado que reinase en su tocado un
desorden que la hacía mil veces más interesante. Curval
se conmovió y, examinándole las nalgas, le dijo: -No
concibo cómo esta bribonzuela no ganó ayer la palma, pues
el diablo me lleve si existe en el mundo un culo más hermoso que
éste. Al mismo tiempo lo entreabrió y preguntó a
Augustine si estaba dispuesta a satisfacerlo. "¡Oh, sí!
-dijo ella-. ¡Y completamente, pues ya no aguanto más la
necesidad!" Curval la acuesta sobre un sofá, y
arrodillándose ante el hermoso trasero en un instante ha
devorado la cagada. ¡En nombre de Dios! -dijo, volviéndose
hacia sus amigos y mostrándoles su verga pegada al vientre-. Me
hallo en un estado en que emprendería furiosamente cualquier
cosa. -¿Qué cosa? -le preguntó el duque, que se
complacía en hacerle decir horrores cuando se encontraba en
aquel estado. -¿Qué cosa? -repitió Curval-.
Cualquier infamia que se quiera proponerme, aunque tuviese que
descuartizar la naturaleza y dislocar el universo. - ¡Ven, ven!
-dijo Durcet, que le veía lanzar miradas furiosas a Augustine-.
Vamos a escuchar a la Duclos , es la hora; pues estoy persuadido de que
si ahora te soltaran las riendas, hay una pobre putilla que
pasaría un cuarto de hora muy malo. - ¡Oh, sí!
-dijo Curval, encendido-. Muy malo, de esto puedo responderte
firmemente. -Curval -dijo el duque, que la tenía tan
furiosamente empalmada como él al acabar de hacer cagar a
Rosette-, que nos entreguen ahora el serrallo y dentro de dos horas
habremos dado buena cuenta de él. El obispo y Durcet, más
calmados de momento, les cogieron a cada uno del brazo y fue de aquella
manera, es decir, con los pantalones bajados y el pito al aire, como
esos libertinos se presentaron ante el grupo reunido en el salón
de historia, dispuestos a escuchar los nuevos relatos de la Duclos , la
cual empezó, a pesar de prever por el estado de aquellos dos
señores que pronto sería interrumpida, en estos
términos: Un caballero de la corte, hombre de unos treinta y
cinco años, acababa de hacerme pedir -dijo Duclos- una de las
muchachas más bonitas que pudiese encontrar. No me había
advertido de su manía y, para satisfacerle, le entregué a
una joven costurera que no había ejercido nunca y que era sin
discusión una de las más bellas criaturas imaginables.
Los pongo en contacto y, curiosa por observar lo que sucedería,
voy inmediatamente a pegarme a mi agujero. -¿Dónde
diablos -empezó él a decir- ha ido a buscar la
señora Duclos una asquerosa zorra como tú?... ¡En
el lodo, sin duda!... Estabas tratando de atrapar a algunos soldados de
la guardia cuando han ido a buscarte. Y la joven, avergonzada, pues no
había sido advertida de nada, no sabía qué actitud
adoptar. - ¡Vamos! ¡Desnúdate ya! -continuó
el cortesano-. ¡Qué torpe eres!... No he visto en mi vida
una puta más fea y más idiota... ¡Bueno, vamos!
¿Acabaremos hoy?... ¡Ah! He aquí ese cuerpo que
tanto me alabaron. Qué tetas.., parecen ubres de una vaca vieja.
Y las manoseaba brutalmente. -¡Y este vientre! ¡Qué
arrugado está!... ¿Es que has hecho veinte hijos? -Ni
uno, señor, se lo aseguro. - ¡Oh! Sí, ni uno solo,
así es como hablan todas esas zorras; si uno las escucha, son
todavía vírgenes... Vamos, date la vuelta, muestra ese
culo infame... ¡Qué nalgas fláccidas y repugnantes!
¡Sin duda ha sido a puntapiés como te han puesto
así el trasero! Y observad si os place, señores, que era
el más hermoso trasero que fuese posible ver. Sin embargo, la
joven empezaba a turbarse; yo casi distinguía las palpitaciones
de su corazoncito y veía que una nube velaba sus bellos ojos. Y
cuánto más turbada Parecía ella, más la
mortificaba el maldito bribón. Me sería imposible deciros
todas las tonterías que le dirigió; nadie se
atrevería a decir cosas más ofensivas a la más vil
y más infame de las criaturas. Por fin el corazón le dio
un salto y brotaron las lágrimas; era para aquel momento para
cuando el libertino, que se la meneaba con todas sus fuerzas,
había reservado el ramillete de sus letanías. Es
imposible repetiros todos los horrores que le dirigió referidos
a su cutis, a su talle, a sus rasgos, al olor infecto que según
él exhalaba, a su porte, a su inteligencia; en una palabra,
buscó todo, inventó todo cuanto pudiera desesperar su
orgullo, y le vertió el semen encima mientras vomitaba tales
atrocidades que un ganapán no se atrevería a pronunciar.
De aquella escena resultó algo muy agradable, y es que
sirvió de sermón a aquella joven; juró que
jamás en su vida volvería a exponerse a semejante
aventura y ocho días después supe que se había
metido en un convento para el resto de su existencia. Se lo
conté al hombre, quien se divirtió prodigiosamente con
ello y me pidió enseguida que le proporcionase la manera de
hacer alguna otra conversión. Otro -prosiguió la Duclos-
me ordenaba que le buscase muchachas extremadamente sensibles y que
estuviesen esperando una noticia que, si tomaba un mal cariz, hubiese
de causarles una gran aflicción. Me costaba mucho encontrarlas
de ese género, porque es difícil inventarlo. Nuestro
hombre era un conocedor, por el tiempo que llevaba practicando el mismo
juego, y de una ojeada se daba cuenta de si el golpe que asestaba daba
en el blanco. Yo no lo engañaba, y le daba siempre muchachas que
se hallasen efectivamente en la disposición de espíritu
que él deseaba. Un día, le proporcioné una que
esperaba de Dijon noticias de un joven a quien idolatraba y que se
llamaba Valcourt. Los puse en contacto. -¿De dónde es
usted, señorita? -le pregunta en tono correcto nuestro
libertino. -De Dijon, señor. -¿De Dijon? ¡Ah,
caramba! Acabo de recibir una carta de allá en la que me
comunican una noticia que me tiene desolado. -¿Y cuál es?
-pregunta con interés la muchacha-. Como conozco a toda la
ciudad, esta noticia acaso me interese. - ¡Oh, no! -replica
nuestro hombre-, sólo me interesa a mí; es la noticia de
la muerte de un joven por el que yo tenía el más vivo
interés; acababa de casarse con una muchacha que mi hermano, que
está en Dijon, le había procurado, una muchacha de la que
estaba muy enamorado, y al día siguiente de la boda murió
repentinamente. -¿Su nombre, señor, por favor? -Se llama
Valcourt; era de París, de tal calle, tal casa... ¡Oh!
Usted seguramente no lo conoce. Y al instante la joven cae y se
desmaya. - ¡Ah! ¡Joder! -dice entonces nuestro libertino,
extasiado, desabrochándose el pantalón y
masturbándose sobre ella-. ¡Ah! ¡Dios, así la
quería! Vamos, nalgas, nalgas, sólo necesito nalgas para
descargar. Le da vuelta, le levanta las faldas, inmóvil como
está ella, le lanza siete u ocho chorros de semen sobre el
trasero y escapa, sin inquietarse por las consecuencias de lo que dijo
ni de lo que le pasará a la desdichada. -¿Y
reventó, ella? -preguntó Curval, a quien estaban
jodiendo. -No -contestó la Duclos-, pero sufrió una
enfermedad que le duró más de seis semanas. - ¡Oh!
¡Qué bueno es eso! -dijo el duque-. Pero yo
-prosiguió aquel malvado- quisiera que su hombre hubiese
escogido el momento en que ella tuviese la regla para darle aquella
noticia. -Sí -dijo Curval-. Dilo mejor, señor duque:
estás en erección, lo veo desde aquí, y quisiera,
simplemente, que la muchacha hubiese muerto al instante. -Y bien,
así sea -dijo el duque-. Ya que lo quieres así,
consiento, no soy muy escrupuloso en cuanto a la muerte de una
muchacha. -Durcet -dijo el obispo-, si no mandas a estos dos pillos a
que descarguen, esta noche habrá alboroto. ¡Ah, pardiez!
-dijo Curval al obispo-. Temes mucho por tu rebaño. ¿Dos
o tres más o menos, qué importaría? Vamos,
señor duque, vamos a la sala, vamos juntos y con
compañía, pues ya veo que esos señores no quieren
que esta noche se les escandalice. Dicho y hecho; y nuestros dos
libertinos se hacen seguir por Zelmire, Augustine, Sophie, Colombe,
Cupidon, Narcisse, Zélamir y Adonis, escoltados por Brise-cul,
Bande-au-ciel, Thérése, Fanchon, Constance y Julie.
Pasado un instante se oyeron dos o tres gritos de mujeres y los
aullidos de nuestros dos malvados que soltaban su semen a la vez.
Augustine volvió con su pañuelo sobre la nariz, que
sangraba, y Adélaïde con un pañuelo sobre su seno.
En cuanto a Julie, siempre bastante libertina y bastante hábil
para salir de todo sin peligro, reía como una loca, y
decía que sin ella no abrían descargado nunca. El grupo
regresó. Zélamir y Adonis tenían aún las
nalgas llenas de semen y, como aseguraron a sus amigos que se
habían portado con toda la decencia y el pudor posibles a fin de
que no se les pudiera hacer ningún reproche, y ahora,
perfectamente calmados, estaban en disposición de escuchar, se
ordenó a la Duclos que continuara y ella lo hizo en esta forma:
-Siento -dijo la hermosa mujer- que el señor de Curval se haya
apresurado tanto a satisfacer sus necesidades, pues tenía para
contarle dos historias de mujeres preñadas que acaso le
habrían producido algún placer. Conozco su gusto por ese
tipo de mujeres y estoy segura de que si todavía tuviese alguna
veleidad, estos dos cuentos lo divertirían. -Cuenta, cuenta de
todas maneras -dijo Curval-. ¿No sabes muy bien que el semen
nunca ha influido sobre mis sentimientos y que el instante en que estoy
más enamorado del mal es siempre aquel en que acabo de hacerlo?
Pues bien -dijo la Duclos-, conocía a un hombre que tenía
la manía de ver parir a una mujer; se masturbaba mientras la
contemplaba en sus dolores y eyaculaba sobre la cabeza del niño
en cuanto podía divisarla. Un segundo colocaba a una mujer
encinta de siete meses sobre un pedestal aislado de más de
quince pies de altura. La mujer, estaba obligada a mantenerse erguida y
sin perder la cabeza, pues si desgraciadamente hubiese sentido
vértigos ella y su fruto se habrían aplastado
irremisiblemente. El libertino de quien os hablo, muy poco conmovido
por la situación de aquella infeliz a la que pagaba para esto,
la retenía allí hasta haber descargado, y se masturbaba
ante ella exclamando: " ¡Ah! ¡La bella estatua, el bello
ornamento, la bella emperatriz!" -Tú habrías sacudido la
columna, ¿no es cierto, Curval? -dijo el duque. -¡Oh! Nada
de eso, te equivocas; conozco demasiado el respeto que se debe a la
naturaleza y a sus obras. La más interesante de todas ¿no
es la propagación de nuestra especie?, ¿no es una especie
de milagro que debemos adorar incesantemente, y que debe inspirarnos
por las que lo hacen el interés más tierno? ¡Por lo
que a mí respecta, no veo nunca a una mujer encinta sin
enternecerme! Imaginaos lo que es una mujer que, como un horno, hace
germinar una pizca de moco en el fondo de su vagina. ¿Hay nada
tan bello, tan tierno como eso? Constance, ven, por favor, ven para que
yo bese en ti el altar donde se opera ahora un misterio tan profundo.
Y, como ella se encontraba positivamente en su nicho, no tuvo que ir
muy lejos en busca del templo cuyo culto quería servir. Pero hay
motivo para creer que no se practicó de ninguna manera como lo
entendía Constance, la cual, por otra parte, sólo a
medias se fiaba de él, pues inmediatamente se la oyó
lanzar un grito que no parecía en absoluto consecuencia de un
culto o un homenaje. Y la Duclos , viendo que se producía una
pausa, terminó sus relatos con el cuento siguiente:
Conocí a un hombre -dijo la bella mujer- cuya pasión
consistía en oír a los niños lanzar fuertes
gritos; necesitaba a una madre, que tuviera un hijo de tres o cuatro
años cuanto más. Exigía que la madre pegara
rudamente al niño ante él y cuando la criaturita,
irritada por aquel trato, empezaba a proferir grandes chillidos, la
madre tenía que apoderarse de la verga del disoluto y sacudirla
con fuerza frente al niño, en cuyas narices él descargaba
el semen en cuanto lo veía llorar desesperadamente. -Apuesto a
que ese hombre --lijo el obispo a Curval- no era más partidario
de la propagación que tú. -Lo creo -dijo Curval-.
Además debía ser, según el principio de una dama
muy inteligente, según se dice, debía ser, digo, un gran
malvado; pues, según oí decir a aquella dama, todo hombre
que no ama a los animales, ni a los niños, ni a las mujeres
encintas, es un monstruo que debería ser condenado a la rueda.
He aquí pronunciado mi proceso ante el tribunal de esa vieja
comadre -dijo Curval-, pues yo, ciertamente, no amo ninguna de esas
tres cosas. Y como era ya tarde y la interrupción había
ocupado gran parte de la velada, se pasó a la mesa. Durante la
cena se debatieron las cuestiones siguientes: a saber, para qué
servía la sensibilidad en el hombre y si era útil o no
para su felicidad. Curval demostró que sólo resultaba
peligrosa y que era el primer sentimiento que debíase debilitar
en los niños, acostumbrándolos pronto a los
espectáculos más feroces. Y después que cada uno
discutió la cuestión de modo diferente; se volvió
a la opinión de Curval. Después de cenar, el' duque y
él dijeron que había que mandar a la cama a las mujeres y
los niños y celebrar las orgías sólo entre
hombres; todo el mundo aceptó ese proyecto, se encerraron con
los ocho jodedores y pasaron casi toda la noche haciéndose joder
y bebiendo licores. Fueron a acostarse dos horas antes del alba y el
día siguiente trajo los acontecimientos y las narraciones que el
lector encontrará si se toma la molestia de leer lo que sigue.
VIGESIMO NOVENA JORNADA Existe un proverbio -y los proverbios
son una cosa muy buena-, hay un proverbio, digo, que pretende que el
apetito entra comiendo. Este dicho, grosero como es, tiene no obstante
un sentido muy extenso: quiere decir que a fuerza de cometer horrores
se desean otros nuevos, y que cuanto más se cometen más
se desean. Era el caso de nuestros insaciables libertinos. Con una
dureza imperdonable, con un detestable refinamiento del desenfreno,
habían condenado, como se ha dicho, a sus desgraciadas esposas a
prestarles, al salir del retrete, los cuidados más viles y
más sucios. No se contentaron con eso, sino que aquel mismo
día se proclamó una nueva ley (que pareció ser
obra del libertinaje sodomita de la víspera), una nueva ley,
digo, que establecía que ellas servirían a partir del
1° de diciembre, de orinal a sus necesidades y que estas
necesidades, en una palabra, grandes y pequeñas, no se
harían nunca sino en sus bocas; que cada vez que los
señores quisieran satisfacer sus necesidades, les
seguirían cuatro sultanas para prestarles, hecha la necesidad,
el servicio que antes les prestaban las esposas y del que ahora ya
serían incapaces, puesto que iban a servir para algo más
grave; que las sultanas oficiantes serían Colombe para Curval,
Hébé para el duque, Rosette para el obispo y Michette
para Durcet; y que la menor falta en una u otra de aquellas
operaciones, fuese en lo concerniente a las esposas o a la que
correspondería a las cuatro muchachas, sería castigada
con severísimo rigor. Las pobres mujeres, apenas enteradas de
esa nueva orden, lloraron y se desolaron, desgraciadamente sin
enternecer. Se prescribió que cada mujer serviría
solamente a su marido, y Aline al obispo, y que para esta
operación no estaría permitido cambiarlas. Dos viejas,
por turno, fueron encargadas de encontrarse presentes para el mismo
servicio, y la hora se fijó invariablemente para la noche al
salir de las orgías; se convino en que se procedería
siempre en común, que mientras se operase, las cuatro sultanas,
esperando cumplir con su servicio, presentarían sus nalgas, y
que las viejas irían de un ano al otro para oprimirlo, abrirlo y
excitarlo por fin a la obra. Promulgado este reglamento, se
procedió aquella mañana a las correcciones que no se
habían aplicado la víspera, debido al deseo que
surgió de celebrar las orgías entre hombres. La
operación se realizó en el aposento de las sultanas,
donde fueron expedidas las ocho y, tras ellas, Adélaïde,
Aline y Cupidon, que estaban también los tres en la lista fatal.
La ceremonia, con los detalles y todo el protocolo de costumbre en
tales casos, duró casi cuatro horas, al cabo de las cuales
bajaron a comer con la cabeza calentada, sobre todo la de Curval quien
prodigiosamente aficionado a aquellas operaciones, nunca
procedía a ellas sin la más segura erección. En
cuanto al duque, había descargado, lo mismo que Durcet. Este
último, que empezaba adquirir en el libertinaje un humor muy
molesto contra su querida esposa Adélaïde, no la
corrigió sin violentas sacudidas de placer que le costaron el
semen. Después de la comida se pasó al café; bien
hubiérase querido ofrecer en él culos nuevos, dando como
hombres a Zéphyr y Giton y muchos otros, si se hubiese deseado.
Esto se podía hacer, pero en cuanto a sultanes era imposible.
Fueron pues, siguiendo simplemente el orden de la lista, Colombe y
Michette las que sirvieron el café. Curval, examinando el
trasero de Colombe cuyo color abigarrado, en parte obra suya, le
producía deseos muy singulares, le metió la verga entre
los muslos por atrás, sacudiendo mucho las nalgas; a veces, su
polla, retrocediendo, chocaba como sin querer contra el lindo agujero
que bien hubiera querido él perforar. Lo miraba, lo observaba. -
¡Rediós! -dijo a sus amigos-. Doy inmediatamente
doscientos luises a la sociedad si se me deja joder este culo. Sin
embargo, se contuvo y ni siquiera descargó. El obispo hizo que
Zéphyr descargase en su boca y perdió su semen mientras
se tragaba el de aquel delicioso niño; en cuanto a Durcet, se
hizo dar de puntapiés en el trasero por Giton, lo hizo cagar, y
permaneció virgen. Pasaron al salón de historia, donde
aquella noche, según una ordenación que se repetía
bastante a menudo, cada padre tenía a su hija en su sofá,
y se escucharon con los pantalones abajo, los cinco relatos de nuestra
querida narradora. Parecía que, después del modo exacto
con que yo había cumplido los legados piadosos de la Fournier ,
la dicha afluía a mi casa -dijo aquella bonita mujer-; nunca
había tenido tan ricos conocidos. El prior de los benedictinos,
uno de mis mejores clientes, vino a decirme un día que, habiendo
oído hablar de una fantasía bastante singular y hasta
habiéndola visto ejecutar a uno de sus amigos que era aficionado
a ella, quería probarla a su vez, y, en consecuencia, me
pidió una mujer que fuese muy peluda. Le entregué una
corpulenta criatura de veintiocho años que tenía mechones
de una vara de largo en los sobacos y en la entrepierna. "Es lo que
necesito" me dijo. Y como estaba muy ligado conmigo y con mucha
frecuencia nos habíamos divertido juntos, no se ocultó a
mis ojos. Hizo colocar a la mujer desnuda medio acostada sobre un
sofá, con los dos brazos en alto, y él, armado de unas
tijeras muy afiladas, se puso a trasquilar hasta el cuero los dos
sobacos de aquella criatura. De los sobacos pasó a la
entrepierna, que esquiló asimismo, con tanta decisión que
en ninguno de los lugares sobre los que había operado
parecía no haber habido jamás ni el más leve
vestigio de pelo. Terminado su trabajo, besó las partes
esquiladas y regó con su semen aquel monte pelado,
extasiándose ante su obra. Otro exigía una ceremonia sin
duda mucho más rara: era el duque de Florville; recibí la
orden de conducir a su casa a una de las mujeres más hermosas
que pudiese encontrar. Nos recibió un ayuda de cámara y
entramos en la mansión por una puerta lateral. -Arreglemos a
esta bella niña -me dijo el criado- como conviene para que el
señor duque pueda divertirse con ella... Seguidme. Por vueltas y
corredores tan sombríos como inmensos, llegamos por fin a un
aposento lúgubre, alumbrado nada más por seis cirios
colocados en el suelo en torno a un colchón de satén
negro; toda la estancia estaba tapizada de luto y, al entrar, nos
asustamos. -Tranquilizaos -nos dijo nuestro guía-, no
sufriréis ningún daño, pero -dijo a la joven-,
préstese usted a todo y, principalmente, ejecute bien lo que voy
a ordenarle. Hizo desnudar a la mujer, deshizo su peinado y dejó
colgando sus cabellos, que eran soberbios. Luego la acostó sobre
el colchón, en medio de los cirios, le recomendó que se
hiciera la muerta y, sobre todo, que tuviera buen cuidado durante toda
la escena de no moverla y respirar lo menos posible. -Porque si mi amo,
por desgracia, que se figurará que usted está realmente
muerta, se diese cuenta de la ficción, saldría furioso y
sin duda se quedaría usted sin cobrar. En cuanto hubo colocado a
la damisela sobre el colchón, en la actitud de un
cadáver, le hizo dar a su boca y a sus ojos las impresiones del
dolor, dejó flotar sus cabellos sobre el seno desnudo,
colocó cerca de ella un puñal y embadurnó el lado
del corazón con sangre de pollo, con la forma de una herida
ancha como la mano. Sobre todo no tenga usted ningún temor
-repitió a la joven-, no ha de decir nada, hacer nada, no se
trata más que de permanecer inmóvil y no respirar sino en
los momentos en que lo vea usted menos cerca. Retirémonos ahora
-me dijo el criado-. Venga, señora; a fin de que no esté
intranquila por su damisela, voy a situarla en un lugar desde donde
podrá oír y observar toda la escena. Salimos, dejando a
la muchacha muy emocionada al principio, pero no obstante un poco
tranquilizada por las palabras del ayuda de cámara. Me conduce a
un gabinete contiguo al aposento donde iba a celebrarse el misterio y,
a través de un tabique mal ajustado sobre el cual estaba
aplicado el tapizado negro, pude oírlo todo. Observar me era
todavía más fácil, pues aquel tapizado era
sólo de crespón, a través del cual
distinguía todos los objetos como si hubiese estado en la
habitación misma. El ayuda de cámara tiró del
cordón de una campanita; era la señal, y algunos minutos
después vimos entrar a un hombre alto, seco y flaco, de unos
sesenta años. Iba enteramente desnudo bajo una bata flotante de
tafetán de la India. Se detuvo al entrar. Es conveniente deciros
que nuestras observaciones eran una sorpresa, pues el duque, que se
creía absolutamente solo, estaba muy lejos de pensar que alguien
lo miraba. - ¡Ah! El bello cadáver... -exclamó
enseguida-, la bella muerta... ¡Oh! ¡Dios mío! -
añadió, al ver la sangre y el puñal-. Acaba de ser
asesinada en este instante... ¡Ah! ¡Dios, cuán
empalmado debe estar el que ha cometido este golpe! Y,
masturbándose: -Cómo hubiera deseado vérselo
cometer. Y manoseando el vientre de la mujer: -¿Estaría
preñada?... No, desgraciadamente. Y continuando el manoseo: -
¡Qué hermosas carnes! Todavía están
calientes... El bello pecho... Entonces se inclinó sobre ella y
le besó la boca con un furor increíble. -Todavía
babea... -dijo-. ¡Cuánto me gusta esta saliva! Por segunda
vez le metió la lengua hasta el gaznate. Era imposible
representar el papel mejor de lo que lo hacía aquella muchacha;
no se movió más que un tronco y mientras el duque se
acercó a ella no solo el aliento. Por fin él la
agarró y, dándole la vuelta sobre el vientre, dijo:
-Tengo que ver este hermoso culo. Y, en cuanto lo hubo visto: -
¡Ah! ¡Redios, qué hermosas nalgas! Y entonces las
besó, las entreabrió,- le vimos claramente meter su
lengua en el lindo agujero. -He aquí, palabra -exclamó
entusiasmado-, uno de los cadáveres más soberbios que he
visto en mi vida. ¡Ah! ¡Cuán feliz será el
que le ha privado a esta muchacha de la vida, y qué placer ha de
haber sentido! Esta idea le hizo descargar; estaba acostado junto a
ella, la apretaba, sus muslos pegados a las nalgas, y le echó el
semen en el agujero del culo con increíbles muestras de placer y
gritando como un demonio mientras perdía su esperma: -
¡Ah! ¡Joder, joder, cómo quisiera haberla matado!
Ese fue el fin de la operación; el libertino se levanté y
desapareció; era hora de que fuésemos a levantar a
nuestra moribunda. No podía más; la contención, el
susto, todo había absorbido sus sentidos y estaba a punto de
representar de veras el personaje que acababa de imitar tan bien. Nos
marchamos con cuatro luises que nos entregó el criado, el cual,
como os imaginaréis, nos robaba al menos la mitad. - ¡Vive
Dios -exclamó Curval-, qué pasión! Ahí por
lo menos hay sal, hay picante. -La tengo erecta como la de un asno
-dijo el duque-. Apuesto a que ese personaje no se contentó con
esto. -Puede usted estar seguro de ello, señor duque -dijo la
Martaine-. Alguna vez hubo más realidad. Es de lo que la
señora Desgranges y yo tendremos ocasión de convenceros.
-¿Y qué diablos haces tú, entretanto? -dijo Curval
al duque. -Déjame, déjame -dijo el duque-. Estoy jodiendo
a mi hija, y la creo muerta. - ¡Ah, malvado! -dijo Curval-.
Tienes, pues, dos crímenes en la mollera. - ¡Ah! Joder
-dijo el duque- bien querría que fuesen más reales... Y
su esperma impuro se escapó dentro de la vagina de Julie.
-Vamos, sigue, Duclos -dijo en cuanto hubo terminado-, sigue, querida
amiga, y no dejes que el presidente descargue, pues veo que va a
cometer incesto con su hija; el pilluelo se mete malas ideas en la
cabeza, sus padres me lo confiaron y debo vigilar su conducta, no
quiero que se pervierta. - ¡Ah! Ya no hay tiempo -dijo Curval-,
ya no hay tiempo, descargo. ¡Ah, redios! ¡La hermosa
muerta! Y el malvado, al penetrar en Adélaïde, se figuraba
como el duque, que jodía a su hija asesinada; increíble
extravío del espíritu de un libertino que no puede
oír nada, ver nada, sin querer imitarlo al instante. -Duclos,
continúa -dijo el obispo-, pues el ejemplo de estos bribones es
seductor y, en el estado en que me hallo, quizás obraría
peor que ellos. Algún tiempo después de aquella aventura,
fui sola a casa de otro libertino -dijo la Duclos-cuya manía,
quizás más humillante, no era, sin embargo, tan
sombría. Me recibe en un salón cuyo piso estaba cubierto
con una alfombra muy hermosa, me hace desnudarme y me ordena que me
coloque a cuatro patas: -Veamos -dice, refiriéndose a los dos
grandes daneses que tenía a su lado-, veamos cuál de mis
perros o tú será el más rápido...
¡Corre a buscar! Y al mismo tiempo lanza al suelo unas grandes
castañas asadas y, hablándome como a un animal:
-Tráemelo, tráemelo -me dice. Corro gateando tras la
castaña con el propósito de entrar en la idea de su
fantasía y devolvérsela, pero los dos perros,
lanzándose detrás de mí, pronto me adelantan;
atrapan la castaña y se la llevan al amo. -Eres francamente
torpe -me dice entonces el amo-. ¿Tienes miedo de que mis perros
te coman? No temas nada, no te harán ningún daño,
pero interiormente se burlarán de ti si te ven menos
hábil que ellos. Vamos, tu desquite... ¡Tráemela!
Nueva castaña lanzada y nueva victoria de los perros contra
mí; en fin, el juego duró dos horas, durante las cuales
sólo fui lo bastante hábil una sola vez para atrapar la
castaña y llevarla con la boca al que la había arrojado.
Pero triunfase o no, nunca aquellos animales adiestrados para ese juego
me hacían ningún daño; Parecían, al
contrario, burlarse y divertirse conmigo como si yo fuera de su
especie. -Bueno -dijo el patrón-, basta de trabajar; hay que
comer. Llamó, entró un criado de confianza. -Trae la
comida de mis animales -le dijo. El criado trajo una artesa de madera
de ébano que dejó en el suelo. Estaba llena de una
especie de picadillo de carne muy delicado. -Vamos -me dijo-, come con
mis perros, y procura que no sean tan listos con la comida como lo han
sido en la carrera. No se podía replicar ni una palabra,
había que obedecer; todavía a gatas, metí la
cabeza en la artesa y, como todo era muy limpio y bueno, me puse a
comer con los perros, los cuales, muy cortésmente, me dejaron mi
parte sin la más mínima disputa. Aquél era el
instante de la crisis de nuestro libertino; la humillación, el
rebajamiento a que sometía a una mujer, lo calentaba
increíblemente. Entonces dijo, masturbándose: -La golfa,
la zorra, come con mis perros. Así es como habría que
tratar a todas las mujeres y si lo hiciéramos no serían
tan impertinentes; animales domésticos como estos perros,
¡qué razón tenemos para tratarlas mejor que a
ellos! ¡Ah. zorra! ¡ Ah, puta! -exclamó entonces,
avanzando y soltándome su semen sobre el trasero ¡Ah,
golfa, te he hecho comer con mis perros! Eso fue todo. Nuestro hombre
desapareció, yo me vestí rápidamente y
encontré dos luises sobre mi manteleta, suma acostumbrada con la
que sin duda el disoluto solía pagar sus placeres. Aquí,
señores 'continuó la Duclos-, me veo obligada a
retroceder y contaros, para terminar la velada, dos aventuras que me
ocurrieron en mi juventud. Como son algo fuertes, hubieran estado
desplazadas en el curso de los suaves acontecimientos con los cuales me
ordenasteis empezar; he debido, pues, guardarlos para el desenlace.
Sólo tenía a la sazón dieciséis años
y estaba todavía en casa de la Guérin ; me habían
introducido en el gabinete inferior de la vivienda de un hombre de gran
distinción, tras decirme simplemente que esperara, que estuviese
tranquila, y obedeciera estrictamente al señor que
vendría a divertirse conmigo. Pero se guardaron muy bien de
informarme más; no hubiera tenido tanto miedo si hubiese estado
prevenida, y nuestro libertino, ciertamente, no tanto placer.
Hacía aproximadamente una hora que estaba en el gabinete, cuando
por fin abrieron. Era el propio dueño. -¿Qué haces
aquí, bribona? -me dijo con aire de sorpresa-¡A estas
horas en mi aposento! ¡Ah, puta! -exclamó,
agarrándome por el cuello hasta hacerme perderla
respiración-. ¡Ah, zorra! ¡Vienes a robarme! Llama,
al instante aparece un criado confidente. - La Fleur -le dice el amo,
encolerizado-, aquí hay una ladrona que he encontrado escondida;
desnúdala completamente y prepárate a ejecutar las
órdenes que te daré. La Fleur obedece, en un instante
estoy desnuda y mis ropas arrojadas afuera a medida que me las quitan.
-Vamos -dijo el libertino a su criado-, vete ahora a buscar un saco,
cóselo con esta zorra dentro y ve a tirarla al río. El
criado sale a buscar el saco. Os dejo suponer que aproveché
aquel intervalo para arrojarme a los pies del patrón y
suplicarle que tuviese piedad, asegurándole que era la
señora Guérin, su ordinaria alcahueta, la que me
metió allí personalmente, pero que no soy una ladrona. El
libertino, sin escuchar nada, agarra mis dos nalgas y
manoseándolas con brutalidad dice: -¡Ah, joder! Voy a
hacer que los peces se coman este hermoso culo. Fue el único
acto de lubricidad que pareció permitirse y aun sin exponer nada
a mi vista que pudiese hacerme creer que el libertino tenía algo
que ver en la escena. El criado vuelve con el saco y, a pesar de mis
súplicas, me meten dentro, lo cosen y La Fleur me carga sobre
sus hombres. Entonces oí los efectos del trastorno de la crisis
en nuestro libertino; verosímilmente había empezado a
masturbarse en cuanto me metieron en el saco. En el mismo instante en
que La Fleur me cargó, el semen del malvado salió. -Al
río, al río, oyes, La Fleur -decía tartamudeando
de placer-. Sí, al río, y meterás una piedra en el
saco para que la puta se ahogue más pronto. Dicho todo, salimos,
pasamos a una habitación contigua donde La Fleur ,
después de descoser el saco, me devolvió mis ropas, me
dio dos luises, algunas pruebas inequívocas de una manera de
conducirse en el placer muy diferente de la de su amo, y volví a
casa de la Guérin, a quien reproché con violencia por no
haberme prevenido, y que para reconciliarse conmigo me hizo prestar dos
días más tarde el servicio siguiente, sobre el que me
advirtió todavía menos. Se trataba, más o menos
como en lo que acabo de contaros, de encontrarse en el gabinete del
aposento de un arrendador general, pero esta vez estaba con el mismo
criado que había ido a buscarme a casa de la Guérin de
parte de su amo. Mientras esperábamos la llegada del
dueño, el criado se divertía enseñándome
varias alhajas que había en un escritorio de aquel gabinete.
-Pardiez -me dijo el honrado mensajero-, si te quedases con algo de
esto no habría ningún mal en ello; el viejo es bastante
rico; apuesto a que no sabe la cantidad ni el valor de las alhajas que
guarda en este escritorio. Créeme, no te contengas, y no temas
que sea yo quien te traicione. ¡Ay! Yo estaba más que
dispuesta a seguir aquel pérfido consejo; ya conocéis mis
inclinaciones, os las he confesado; puse pues la mano sobre una cajita
de siete u ocho luises, pues no me atreví a apoderarme de un
objeto más valioso. Esto era todo lo que deseaba el pillo del
criado y, para no tener que volver a hablar de esto, después
supe que si me hubiese negado a tomarlo él hubiera deslizado sin
que yo me diese cuenta uno de aquellos objetos en mi bolsillo. Llega el
amo, me recibe muy bien, el criado sale y quedamos solos. Este no
hacía como el otro, sino que se divertía de veras; me
besó mucho el trasero, se hizo azotar, se hizo echar pedos en la
boca, metió su polla en la mía y, en una palabra, se
sació de lubricidades de todo género y especie, excepto
la de delante; a pesar de todo, no descargó. No había
llegado el momento de ello, todo lo que acababa de hacer era para
él nada más que episodios, vais a ver el desenlace. -
¡Ah, pardiez! -me dijo-. Olvidaba que un criado está
esperando en mi antecámara una alhajita que acabo de prometer
enviar al instante a su amo. Permíteme que cumpla mi palabra y
en cuanto termine proseguiremos la tarea. Culpable de un pequeño
delito que acababa de cometer por instigación de aquel maldito
criado, podéis pensar cómo me hicieron estremecer esas
palabras. Por un momento quise retenerlo, luego reflexioné que
era mejor disimular y arriesgarme. Abre el escritorio, busca, registra
y, al no encontrar lo que necesita, me dirige miradas furiosas. -Zorra
-me dice por fin-, sólo tú y un criado del que estoy muy
seguro, habéis estado aquí desde hace un rato; el objeto
falta, por lo tanto, sólo tú puedes haberlo tomado. -
¡Oh, señor! -le dije temblando-. Tenga la seguridad de que
soy incapaz... - ¡Vamos, maldita sea! -dijo, lleno de
cólera (hay que observar que su pantalón estaba
aún desabrochado y su verga pegada a su vientre; esto
sólo hubiera debido hacerme comprender e impedirme tanta
inquietud, pero yo no veía ni me daba cuenta de nada)-. Vamos;
golfa, hay que encontrar el objeto. Me ordena que me desnude; veinte
veces me hinco a sus pies para rogarle que me ahorre la
humillación de aquel registro, nada lo conmueve, nada lo
enternece, me arranca él mismo las ropas, colérico, y, en
cuanto quedo desnuda, registra mis bolsillos y, como supondréis,
no tarda en encontrar la cajita. - ¡Ah, malvada! -me dice-. Ya
estoy convencido, pues, golfa, vas a las casas para robar. Llamó
a su hombre de confianza: -¡Ve -le dijo, acalorado-, ve a buscar
inmediatamente al comisario! - ¡Oh, señor!
-exclamé-. Tenga piedad de mi juventud; he sido seducida, no lo
he hecho por propio impulso, me han tentado... -¡Bueno! -dijo el
libertino-, darás todas estas razones al hombre de la justicia,
pero yo quiero ser vengado. El criado sale, el hombre se deja caer en
un sillón, todavía con su pene erecto, presa de gran
agitación y dirigiéndome mil invectivas. -Esta golfa,
esta malvada -decía-, yo que quería recompensarla como es
debido, venir así a mi casa para robarme... ¡Ah!
¡Pardiez, vamos a ver! Al mismo tiempo llaman a la puerta y veo
entrar a un hombre con toga. -Señor comisario -dijo el
patrón-, aquí tiene a una bribona que le entrego, y se la
entrego desnuda, como la hice ponerse para registrarla; aquí
tiene a una muchacha de un lado, sus ropas de otro, y además el
efecto robado, y sobre todo, hágala ahorcar, señor
comisario. Entonces fue cuando se reclinó en su sillón
mientras descargaba. -Sí, hágala ahorcar, maldita sea,
que la vea colgada, maldita sea, señor comisario, que la vea
colgada, es todo lo que le exijo. El fingido comisario me lleva junto
el objeto y mis ropas, me hace pasar a una habitación contigua,
se abre la toga y veo al mismo criado que me había recibido e
instigado al robo, a quien la confusión en que me hallaba me
había impedido reconocer. -Y bien -me dijo-, ¿has tenido
mucho miedo? - ¡Ay! -le contesté-. No puedo más.
-Ya acabó -me dijo-, y aquí tienes, para compensarte. Y
al mismo tiempo me entrega de parte de su amo el mismo efecto que yo
había robado, me devuelve mis ropas y me conduce de regreso a
casa de la señora Guérin. -Esa manía es agradable
-dijo el obispo-, se puede sacar de ella el mayor partido para otras
cosas, y con menos delicadeza, pues debo deciros que soy poco
partidario de la delicadeza en el libertinaje. Con menos de ella, digo
yo que se puede aprender en este relato la manera segura de impedirle a
una puta que se queje, cualquiera que sea la iniquidad de los
procedimientos que se quieran emplear con ella. No hay más que
tenderle acechanzas de ese modo, hacer que caiga en ellas y, en cuanto
se está seguro de haberla hecho culpable, uno puede a su vez
hacer todo lo que quiera, no deberá temer ya que ella se atreva
a quejarse, tendrá demasiado miedo de ser detenida o
recriminada. -Es cierto -dijo Curval- que yo en el lugar del financiero
me hubiera permitido algo más, y bien hubiera podido ser, mi
encantadora Duclos, que no hubieses salido del trance tan bien librada.
Como los relatos de aquella velada habían sido largos,
llegó la hora de la cena sin que hubiese habido tiempo de
entregarse antes un poco a la crápula. Fueron, pues, a la mesa,
bien decididos a resarcirse después de cenar. Cuando todo el
mundo estuvo reunido, se decidió constatar por fin cuáles
eran las muchachas y los muchachos que podían ponerse en el
rango de hombres y mujeres. Para decidir la cuestión, se
habló de masturbar a todos los de uno y otro sexo sobre los
cuales hubiese alguna duda; entre las mujeres se estaba seguro de
Augustine, de Fanny y de Zelmire; estas tres encantadoras criaturitas,
de catorce y quince años, descargaban todas a los más,
leves manoseos; Hébé y Michette, que no tenían
más que doce años, ni siquiera estaban en el caso de ser
probadas; por lo tanto, sólo se trataba de probar, entre las
sultanas, a Sophie, Colombe y Rosette, la primera de catorce
años, las otras dos de trece. De los muchachos, se sabía
que Zéphyr, Adonis y Céladon eyaculaban como hombres
hechos y derechos; Giton y Narcisse eran demasiado jóvenes para
ponerlos a prueba, no se trataba, pues, más que de
Zélamir, Cupidon y Hyacinthe. Los amigos formaron círculo
en torno a un montón de amplios cojines que se colocaron en el
suelo; la Champville y la Duclos fueron nombradas para las poluciones;
la primera, en su calidad de lesbiana, debía masturbar a las
tres muchachas y la otra, como maestra en el arte de sacudir vergas,
debía hacerlo a los muchachos. Entraron en el círculo
formado por los sillones de los amigos, lleno de cojines, y se les
entregó a Sophie, Colombe, Rosette, Zélamir, Cupidon y
Hyacinthe; cada amigo, para excitarse durante el espectáculo,
tenía a un niño entre sus muslos, el duque a Augustine,
Curva] a Zelmire, Durcet a Zéphyr y el obispo a Adonis. La
ceremonia empezó por los muchachos; la Duclos , con los senos y
las nalgas al descubierto, el brazo desnudo hasta el codo,
aplicó todo su arte a masturbar, uno tras otro, a cada uno de
aquellos deliciosos ganimedes. Era imposible emplear más
voluptuosidad; agitaba su mano con una ligereza... sus movimientos eran
de una delicadeza y una violencia... ofrecía a aquellos
muchachos su boca, su seno o sus nalgas, con tanto arte que
indudablemente los que no descargasen sería porque no eran
capaces todavía de ello. Zélamir y Cupidon se empalmaron,
pero por más que se hizo no salió nada. En cuanto a
Hyacinthe, la conmoción fue inmediata a la sexta sacudida; el
semen saltó sobre el seno de la Duclos y el niño se
extasió manoseándole el trasero, observación que
fue tanto más notable por cuanto durante toda la
operación no se le ocurrió tocarla por delante. Se
pasó a las muchachas; la Champville , casi desnuda, muy bien
peinada y elegantemente arreglada, no parecía tener más
de treinta años, aunque llegaba a los cincuenta. La lubricidad
de aquella operación, de la cual, como lesbiana consumado',
pensaba sacar el mayor placer, animaba sus grandes ojos negros, que
siempre los había tenido muy hermosos. Puso por lo menos tanto
arte en su papel como la Duclos lo había puesto en el suyo,
acarició a la vez el clítoris, la entrada de la vagina y
el ano, pero la naturaleza no desarrolló nada en Colombe y
Rotte; no se produjo ni siquera la más leve señal de
placer. No fue así con la bella Sophie; al décimo roce de
los dedos, desfalleció sobre el seno de la Champville ;
pequeños suspiros entrecortados, sus hermosas mejillas animadas
por el más tierno encarnado, sus labios que se
entreabrían y humedecían, todo demostró el delirio
con que acababa de colmarla la naturaleza, y fue declarada mujer. El
duque, con una erección extraordinaria, ordenó a la
Champville que la masturbase por segunda vez, y en el instante de su
descarga el crápula fue a mezclar su impuro semen con el de la
joven virgen. En cuanto a Curval, había resuelto el asunto entre
los muslos de Zelmire, y los otros dos con los jovencitos que
tenían entre las piernas. Fueron a acostarse y, como la
mañana siguiente no trajo ningún acontecimiento que pueda
merecer un lugar en esta recopilación, ni tampoco la comida ni
el café, se pasó en seguida al salón, donde la
Duclos , vestida magníficamente, apareció en la tribuna
para terminar, con los cinco relatos siguientes, la serie de las ciento
cincuenta narraciones que le había sido encomendada para los
treinta días del mes de noviembre.
TRIGESIMA JORNADA Ignoro, señores -dijo la hermosa
mujer- si habéis oído hablar de la fantasía tan
singular como peligrosa del conde de Lernos, pero como cierta
relación que tuve con él me puso en el caso de conocer a
fondo sus maniobras y, como las encuentro muy extraordinarias, he
creído que deberían formar parte del número de las
voluptuosidades que me habéis ordenado detallaros. La
pasión del conde de Lernos consiste en instar al mal a todas las
jóvenes y mujeres casadas que puede, e independientemente de los
libros que emplea para seducirlas, no hay medio que no invente para
entregarlas a hombres; o favorece sus inclinaciones uniéndolas
al objeto de sus anhelos, o les encuentra amantes, si no los tienen.
Posee una casa exprofeso donde se reúnen todas las parejas que
él arregla. Los une, les asegura tranquilidad y reposo, y se
mete en un gabinete secreto para gozar del placer de verlos actuar.
Pero es inaudito hasta qué punto multiplica esos
desórdenes y todo lo que pone en práctica para formar
aquellos pequeños matrimonios. Tiene acceso a casi todos los
conventos de París, a las casas de una gran cantidad de mujeres
casadas y, lo hace tan bien que no pasa día que no tenga en su
casa tres o cuatro citas. Nunca deja de sorprender sus deleites sin que
ellos lo sospechen, pero una vez ante el agujero de su observatorio,
como se halla siempre solo, nadie sabe cómo procede a su
descarga, ni de qué naturaleza es ésta; solamente se sabe
que lo hace, esto es todo, y he creído que era digno de seros
contado. La fantasía del viejo presidente Desportes os
divertirá quizás todavía más. Advertida de
la etiqueta que se observaba habitualmente en casa de ese habitual
libertino, llego hacia las diez de la mañana y, completamente
desnuda, voy a presentarle mis nalgas Para que las bese a un
sillón donde se encontraba gravemente sentado, y a las primeras
le lanzo un pedo en las narices. Mi presidente, irritado, se levanta,
agarra un manojo de varas que tenía cerca y empieza a correr
tras de mí, que trato ante todo de escapar. -Impertinente -me
dice, persiguiéndome aún-; te enseñaré a
venir a mi casa a cometer infamias de esta especie. El
persiguiéndome y yo huyendo; llego por fin a un pasadizo
estrecho, me introduzco en él como en un refugio inaccesible,
pero pronto me atrapa. Las amenazas del presidente se multiplican al
verse dueño de mí; agita las varas, me amenaza con
pegarme: yo me acurruco, me agacho, me hago no más grande que un
ratón, este aire de pavor y de envilecimiento determina por fin
su semen y el crápula lo lanza sobre mi seno, aullando de
placer. -¡Cómo! ¿Sin darte un solo azote con las
varas? -dijo el duque. -Sin ni siquiera bajarlas sobre mí
-responde la Duclos. -He ahí a un hombre bien paciente -dijo
Curval-; amigos míos, convenid en que nosotros no lo somos tanto
cuando tenemos en la mano el instrumento de que habla la Duclos. -Un
poco de paciencia, señores -dijo la Champville-, pronto os
haré ver casos del mismo tipo que no serán tan pacientes
como el presidente de que nos habla aquí la señora
Duclos. Y ésta, viendo que el silencio que se observaba le daba
ocasión de reanudar su relato, prosiguió de la siguiente
manera: Poco tiempo después de esa aventura, fui a casa del
marqués de Saint-Giraud, cuyo capricho consistía en poner
a una mujer desnuda en un columpio y hacerla mecerse así a gran
altura. A cada sacudida una le pasaba ante las narices, él la
espera, y en aquel momento hay que lanzar un pedo o bien recibir un
manotazo en el culo. Yo lo satisfice lo mejor que pude: recibí
algunos manotazos, pero le lancé muchos pedos. Y cuando, al cabo
de una hora de aquella aburrida y fatigosa ceremonia, descargó
por fin el disoluto, el columpio se detuvo y fui despedida. Tres
años más o menos después de haberme convertido en
dueña de la casa de la Fournier, vino un hombre a hacerme una
singular proposición: se trataba de encontrar algunos libertinos
que se divirtieran con su esposa y su hija, con la única
condición de esconderlo en un rincón desde donde pudiese
ver todo lo que les harían. El las entregaría, dijo, y no
sólo serían para mí el dinero que ganase con
ellas, sino además que él me daría dos luises por
cada vez que las hiciera actuar; sólo se trataba además
de una cosa, era que quería para su esposa hombres que tuvieran
un determinado gusto y para su hija hombres con otra especie de
fantasía: para su mujer, debían ser hombres que le
cagasen sobre las tetas, y para su hija, que le levantaran las faldas y
expusieran su trasero frente al agujero por el que él
observaría, a fin de que pudiese contemplarlo a sus anchas, y
que después le eyaculasen el semen en la boca. Para ninguna otra
pasión que no fuese una de esas dos, no entregaba su
mercancía. Después de haberle exigido la promesa de que
él respondía de cuanto sucediese en el caso de que su
mujer y su hija llegasen a quejarse de haber venido a mi casa,
acepté todo lo que quería y le prometí que las
personas que él me traería serían provistas como
deseaba. Al día siguiente me trajo su mercancía: la
esposa era una mujer de treinta y seis años, no muy bonita, pero
alta y bien hecha, con aire de, dulzura y de modestia; la
señorita tenía quince años, era rubia, un poco
gorda y con la fisonomía más tierna y más
agradable del mundo... -En verdad, señores –dijo la
esposa-, nos obligáis a hacer unas cosas... -Lo siento mucho
-dijo el crápula-, pero ha de ser así; creedme,
decidíos, porque no retrocederé. Y si resistís en
lo más mínimo a las proposiciones y acciones a las cuales
vamos a someteros, tú, señora, y tú,
señorita, os llevo mañana mismo a las dos al
confín de una región de donde no volveréis en toda
vuestra vida. Entonces la esposa derramó algunas lágrimas
y, como el hombre a quien yo la destinaba estaba esperando, le
rogué que pasara al aposento que se le reservaba, mientras que
su hija permanecería bien guardada en otra habitación con
mis muchachas, hasta que le llegara el turno. En aquel momento cruel
hubo todavía algún lloriqueo, y yo comprendí que
era la primera vez que aquel marido brutal exigía tal cosa a su
mujer; y, desgraciadamente, el inicio era duro pues, independientemente
del gusto barroco del personaje a quien la entregaba, era éste
un viejo libertino muy imperioso y brusco, que no la trataría
decentemente. -Vamos, basta de lloros -le dijo el marido, cuando
entrábamos-. Piensa que te observo y que si no satisfaces
ampliamente al hombre honrado a quien se te entrega, entraré yo
mismo para obligarte. Ella entra y el marido y yo pasamos a la estancia
desde la que se podía ver todo. No es posible imaginar hasta
qué punto aquel viejo malvado se calentó el cerebro al
contemplar a su desdichada esposa víctima de la brutalidad de un
desconocido; se deleitaba con cada cosa que se exigía de ella;
la modestia, el candor de aquella pobre mujer humillada bajo los
atroces procedimientos del libertino que se divertía con ella,
eran para él un espectáculo delicioso. Pero cuando la vio
brutalmente tirada en el suelo y el viejo esperpento a quien yo la
entregué se le cagó sobre el pecho, y vio las
lágrimas y la repugnancia de su esposa ante la
proposición y la ejecución de aquella infamia, no se
aguantó más, y la mano con que yo lo masturbaba
quedó instantáneamente llena de semen. Por fin
terminó aquella primera escena, y si ésta le había
dado placer, fue otra cosa cuando pudo gozar de la segunda. No fue sin
grandes dificultades y, sobre todo, sin fuertes amenazas, como logramos
hacer pasar a la muchacha, testigo de las lágrimas de su madre e
ignorante de lo que le habían hecho. La pobre pequeña
oponía toda clase de dificultades; por fin, la decidimos. El
hombre a quien la entregué estaba perfectamente instruido sobre
todo lo que debía hacer; era uno de mis clientes ordinarios a
quien gratifiqué con aquella buena suerte y que, por
agradecimiento, consintió en todo lo que le exigí. -
¡Oh, qué hermoso culo! -exclamó el padre libertino
en cuanto el culo de su hija nos lo expuso enteramente al desnudo-.
¡Oh! ¡Radios, qué bellas nalgas!
-¡Cómo! -le dije-. ¿Es la primera vez que usted lo
ve, pues? -Sí, verdaderamente -me dijo-, he necesitado este
recurso para gozar de este espectáculo; pero si bien es la
primera vez que veo ese hermoso trasero, prometo que no será la
última. Yo lo masturbaba con energía, él se
extasiaba; pero cuando vio la indignidad que se le exigía a
aquella tierna virgen, cuando vio las manos de un consumado libertino
pasearse por aquel bello cuerpo que nunca había sufrido tal
contacto, cuando vio que la hacía arrodillarse, que la obligaba
a abrir la boca, que introducía en ella una gruesa verga y que
eyaculaba dentro de ella, se echó hacia atrás blasfemando
como un poseído, jurando que en toda su vida no había
saboreado tanto placer y dejando entre mis dedos pruebas ciertas de tal
placer. Terminado todo, las pobres mujeres se retiraron llorando mucho,
y el marido, demasiado entusiasmado con las escenas, encontró
sin duda la manera de decidirlas a ofrecerle a menudo tal
espectáculo, pues los recibí en mi casa durante
más de seis años y, según la orden que
recibía del marido, hice pasar a las dos infelices criaturas por
todas las diferentes pasiones que os he relatado, menos acaso diez o
doce que no les era posible satisfacer porque no ocurrían en mi
casa. -Hay muchas maneras de prostituir a una esposa y una hija -dijo
Curval-. ¡Cómo si esas zorras estuvieran hechas para otra
cosa! ¿No han nacido para nuestros placeres y no deben desde ese
momento satisfacerlos como sea? He tenido muchas mujeres -dijo el
presidente-, tres o cuatro hijas, de las que sólo me queda,
gracias a Dios, Adélaïde, a quien el señor duque
jode en este momento, según creo, pero si alguna de esas
criaturas se hubiese negado a las prostituciones a que las he sometido
regularmente, que sufra el infierno en vida o sea condenado, lo que es
peor, a no joder más que coños durante toda mi
existencia, si no les hubiese saltado la tapa de los sesos.
-Presidente, estás empalmado -dijo el duque-; tus jodidas
reflexiones siempre te descubren. -¿Empalmado? No -dijo el
presidente-, pero ha llegado el momento de hacer cagar a Sophie, y
espero que su mierda deliciosa producirá quizás algo.
¡Oh, a fe mía, más de lo que creí! -dijo
Curval, después de haber se tragado la cagada-. Mirad, por el
dios en el que me jodo, mi verga tomé consistencia.
¿Quién de vosotros, señores, quiere pasar conmigo
a la sala? -Yo -dijo Durcet, llevándose a Aline, a la que
manoseaba desde hacía una hora. Nuestros libertinos se hicieron
seguir por Augustine Fanny, Colombe, Hébé,
Zélamir, Adonis, Hyacinthe y Cupidon, a los que añadieron
a Julie y dos viejas, la Martaine y la Champville, Antionüs y
Hercule, y reaparecieron triunfantes al cabo de media hora, tras haber
descargado cada uno de ellos en los más dulces excesos de la
crápula y el libertinaje. -Vamos -dijo Curval a la Duclos-,
ofrécenos el desenlace, mi querida amiga. Y si me produce una
nueva erección podrás ufanarte de un milagro, pues, a fe
mía, hace más de un año que no había
perdido tanto semen de una vez. Es verdad que... -Bueno -dijo el
obispo-; si te escuchamos será mucho peor que la pasión
que debe contarnos la Duclos. Así , pues, como no hay que ir de
lo fuerte a lo débil, acepta que te hagamos callar y que
escuchemos a nuestra narradora. Enseguida la bella mujer terminó
sus relatos con la pasión siguiente: Es hora por fin,
señores, de contaros la pasión del marqués de
Mesanges, a quien recordaréis vendí la hija del
desdichado zapatero que perecía en la prisión con su
pobre mujer mientras yo gozaba del legado que le dejó su madre.
Puesto que fue Lucile quien lo satisfizo, será, si os place, en
sus labios donde pondré el relato: "Llego a la casa del
marqués -me dijo aquella encantadora criatura- hacia las diez de
la mañana. En cuanto entro, todas las puertas se cierran:
-¿Qué vienes a hacer aquí, bribona? -me dice el
marqués, furioso-. ¿Quién te ha dado permiso para
venir a interrumpirme? Y como usted no me había advertido de
nada, puede imaginar fácilmente hasta qué punto me
asustó aquella recepción. -Vamos, desnúdate
-prosiguió el marqués-. Ya que te tengo zorra, no
saldrás nunca de mi casa... Vas a perecer; te encuentras en tu
último instante. Entonces me deshice en lágrimas, me
arrojé a los pies del marqués, pero no hubo ningún
modo de doblegarlo. Y como yo no me apresuraba suficientemente a
desnudarme, él mismo rasgó mis ropas al
arrancármelas por la fuerza de mi cuerpo. Pero lo que
terminó de asustarme fue verlo echar las ropas al fuego a medida
que me las quitaba. -Todo esto ya es inútil -decía
mientras pieza por pieza echaba al fuego de un vasto hogar todo lo que
me quitaba-. Ya no necesitas vestido, manteleta, justillo, sólo
necesitas un ataúd. En un momento estuve completamente desnuda;
entonces el marqués, que no me había visto nunca,
contempló por un instante mi trasero, lo manoseó,
blasfemando, lo entreabrió, lo volvió a cerrar, pero no
lo besó. -Vamos, puta -dijo-, ya está, vas a seguir la
misma suerte de tus ropas, y voy a amarrarte a esos morillos;
sí, joder, sí redios, quemarte viva, zorra, tener el
placer de respirar el olor que exhalará tu carne quemada. Y al
decir esto cae desfalleciente en un sillón y eyacula lanzando su
semen sobre mis ropas que todavía arden. Llama, acuden, un
criado se me lleva y encuentro en una estancia contigua con qué
vestirme completamente, con trajes dos veces más hermosos que
los que él consumió". Tal es el relato que me hizo
Lucile; queda por saber, ahora, si fue para eso o para algo peor para
lo que empleó a la joven virgen que le vendí. -Para algo
peor -dijo la Desgranges- ; hizo usted bien en procurar que conocieran
un poco a ese marqués, pues yo tendré ocasión de
hablar de él a estos señores. -Ojalá pueda usted,
señora -dijo la Duclos a la Desgranges-, y ustedes, mis queridas
compañeras -añadió dirigiendo la palabra a sus
otras dos camaradas-, hacerlo con más sal, más ingenio y
más gracia que yo. Es su turno, el mío ha terminado, y no
tengo más que rogar a los señores que se dignen excusar
el aburrimiento que quizás les he causado con la
monotonía casi inevitable de semejantes narraciones que,
fundidas todas dentro de un mismo marco, no pueden sobresalir mucho
sino por sí mismas. Después de esas palabras, la bella
Duclos saludó respetuosamente a la compañía y
descendió de la tribuna para acercarse al sofá de los
señores, donde fue generalmente aplaudida y acariciada. Se
sirvió la cena, a la que fue invitada, favor que no había
sido concedido aún a ninguna mujer. Fue tan amable en la
conversación como divertida había sido en el relato de su
historia, y para recompensarla del placer que había procurado a
la reunión fue nombrada directora de los dos serrallos, con la
promesa que le hicieron aparte los cuatro amigos de que cualesquiera
que fuesen los extremos a que se llegara contra las mujeres en el curso
del viaje, ella sería siempre respetada y conducida en seguridad
a su casa de París, donde la sociedad la resarciría
vastamente del tiempo que le había hecho perder, y de los
esfuerzos que había hecho para procurarle placeres. Curval, el
duque y ella se emborracharon los tres de tal manera durante la cena
que no quedaron en condiciones de poder pasar a las orgías;
dejaron que Durcet y el obispo las hicieran a su guisa, y fueron a
celebrarlas aparte en la sala del fondo con la Champville ,
Antinoüs, Brise-cul, Thérèse y Louison, donde puede
afirmarse que se hicieron y dijeron tantos horrores e infamias por lo
menos como los otros dos amigos pudieron inventar por su lado. A las
dos de la madrugada todos fueron a acostarse, y así fue como
terminó el mes de noviembre y la primera parte de esta
lúbrica e interesante narración, de la cual no haremos
esperar la segunda al público, si vemos que acoge bien la
primera. FALTAS QUE HE COMETIDO He revelado demasiado las historias de
retrete, al principio; no hay que desarrollarlas hasta después
de los relatos que hablan de ellas. Hablado demasiado de la
sodomía activa y pasiva; hay que velar esto, hasta que los
relatos hablen de ello. Cometí un error al hacer a la Duclos
sensible a la muerte de su hermana; esto no responde al resto de su
carácter, cambiar eso. Si dije que Aline era Virgen al llegar al
castillo, me equivoqué: no lo es, y no debe serlo. El obispo la
ha desvirgado por todas partes. Como no he podido releerme, esto debe
estar seguramente lleno de otras faltas. Cuando lo pase a limpio, uno
de mis primeros cuidados ha de ser el de tener siempre a mi lado un
cuaderno de notas, donde apuntaré exactamente cada suceso y cada
retrato a medida que los escriba, pues sin esto me enredaría
horriblemente a causa de la multitud de los personajes. En la segunda
parte, hay que partir del principio de que Augustine y Zéphyr
duermen ya en la habitación del duque desde la primera parte,
como Adonis y Zelmire en la de Curval, Hyacinthe y Fanny en la de
Durcet, Céladon y Sophie en la del obispo, aunque todos estos
conserven aún su virginidad.
SEGUNDA PARTE
Las 150 pasiones de segunda clase o dobles que
comprenden treinta y una jornadas de diciembre
empleadas en la narración de la Champville , a las que
se ha añadido el diario exacto de los acontecimientos
escandalosos del Castillo durante ese mes.
(Plan)
El 1° de DICIEMBRE la Champville empieza los relatos y cuenta las ciento cincuenta
historias siguientes (las cifras preceden a las narraciones):
1. Sólo quiere desvirgar a niñas de tres a siete años de edad, pero por el coño. Es
él quien desvirga a la Champville a la edad de cinco años.
2. Hace amarrar en forma de bola a una niña de nueve años y la desvirga por
detrás.
3. Quiere violar a una muchacha de doce a trece años y solamente la desvirga
poniéndole la pistola contra el pecho.
4. Quiere masturbar a un hombre sobre el coño de la virgen, el semen le sirve de
pomada, después encoña a la virgen sujeta por el hombre.
5. Quiere desvirgar a tres niñas consecutivas, una en pañales, otra de cinco años,
la otra de siete.
DIA DOS. 6. No quiere desvirgar más que de nueve a trece años. Su pito es
enorme; es necesario que cuatro_ mujeres le sujeten a la virgen. Es el mismo de la
Martaine, que sólo da por el culo a los de tres años, el mismo del infierno.
7. Hace desvirgar por su criado, ante él, a las de diez o doce años, y durante la
operación solamente les toca el culo; manosea ora el de la virgen, ora el del criado.
Eyacula sobre el culo del criado.
8. Quiere desvirgar a una muchacha que ha de casarse al día siguiente.
9. Quiere que el matrimonio se celebre y desvirgar a la esposa entre la misa y la
hora de acostarse.
10. Quiere que su criado, hombre muy hábil, vaya por todas partes a casarse con
muchachas, que se las lleve. El amo las jode, luego las vende a alcahuetas.
DIA TRES. 11. Sólo quiere desvirgar a las dos hermanas. 12. Se casa con la
muchacha, la desvirga, pero la ha engañado, en cuanto el asunto está terminado la
planta.
13. No jode a la doncella más que instantes después de haber sido desflorada por
un hombre, ante él. Quiere que tenga el sexo todo untado de esperma.
14. Desvirga con un consolador y eyacula sobre la abertura que acaba de hacer,
sin introducirse.
15. No quiere más que doncellas de buena posición y las paga a peso de oro. Ese
será el duque, quien confesará haber desvirgado a más de cinco mil durante treinta
años.
DIA CUATRO. 16. Obliga a un hermano a joder a su hermana ante él, y la jode
después; antes hace cagar a los dos.
17. Obliga a un padre a joder a su hija después que él la ha desvirgado.
18. Lleva a su hija de nueve años a un burdel y allí la desvirga mientras la
alcahueta la sujeta. Ha tenido doce hijas y así las ha desvirgado a todas.
19. No quiere desvirgar más que a mujeres de treinta a cuarenta años.
20. Sólo quiere desvirgar a monjas y gasta inmensas cantidades de dinero para
conseguirlas; las consigue.
En este día cuatro por la noche, y aquella misma noche, en las orgías, el duque desvirga a
Fanny, sujeta por las cuatro viejas y servido él por la Duclos. La jode dos veces seguidas, ella
se desmaya, la posee por segunda vez sin conocimiento.
EL DIA CINCO, como consecuencia de esas narraciones, para celebrar la fiesta de la
quinta semana, casan a Hyacinthe y Fanny, y el matrimonio se consuma ante todo el mundo.
21. Quiere que la madre sujete a su hija, jode primero a la madre y después
desvirga a la niña sostenida por la madre. Es el mismo del veinte de febrero de la
Desgranges.
22. No le gusta nada más que el adulterio; hay que buscarle mujeres sensatas y
públicamente fieles a su matrimonio, las hace tener repugnancia por sus maridos.
23. Quiere que el mismo marido le prostituya a su mujer y que la sostenga
mientras él la jode.
Los amigos imitarán esto inmediatamente.
24. Coloca a una mujer casada sobre una cama, la encoña mientras la hija de esa
mujer, colocada en perspectiva encima, le hace besar su coño; al instante siguiente
posee a la hija mientras besa el agujero del culo de la madre. Cuando besa el sexo de
la hija, la hace orinar; cuando besa el culo de la madre la hace cagar.
25. Tiene cuatro hijas legítimas y casadas; quiere joder a las cuatro; embaraza a las
cuatro con el fin de tener un día el placer de desvirgar a las niñas que ha tenido de su
hija y que el marido cree suyas.
Sobre esto cuenta el duque, pero no halla seguidores porque el caso no despierta
pasiones ya que no puede repetirse, cuenta digo, que conoció a un hombre que había jodido
a tres hijas que había tenido de su madre, de las cuales tenía una hija que había casado con su
hijo, de modo que al joder a ésta jodía a su hermana, a su hija y a su nuera, y obligaba a su
hijo a poseer a su hermana y a su madrastra. Curval cuenta otra historia de un hermano y una
hermana que proyectaron entregarse mutuamente sus hijos; la hermana tenía un muchacho y
una niña, y el hermano igual. Se mezclaron de tal manera que poseían alternativamene a sus
sobrinos y a sus hijos, y a veces jodían entre sí los primos hermanos o los hermanos y
hermanas, mientras lo hacían igualmente los padres, es decir, el hermano y la hermana.
Por la noche, el coño de Fanny es entregado a la asamblea, pero como el obispo y el
señor Durcet no joden coños, solamente es poseída por Curval y el duque. Desde aquel
momento la muchacha lleva una cintita en el cuello y, después de la pérdida de sus dos
virginidades, llevará una ancha cinta rosa.
DIA SEIS DE DICIEMBRE. 26. Se hace masturbar mientras alguien masturba
el clítoris de una mujer y quiere descargar al mismo tiempo que la mujer, pero lo hace
sobre las nalgas del hombre que masturba a la mujer.
27. Besa el agujero del culo mientras una segunda muchacha le masturba el culo y
la tercera el pito: las tres se cambian a fin de que cada una de ellas le haga besar el
agujero de su culo, cada una masturbe el pene y cada una el trasero. Tienen que
tirarse pedos.
28. Lame un coño mientras jode a una segunda mujer por la boca y una tercera le
lame el culo, y cambia también como el anterior. Es necesario que los coños
descarguen, y él se traga el flujo.
29. Chupa un trasero sucio de mierda, hace masturbar su culo mierdoso con la
lengua y se masturba sobre un culo mierdoso. Luego las tres muchachas se cambian.
30. Hace que dos mujeres se masturben ante él y jode alternativamente a las dos
desde atrás, mientras ellas continúan lesbianizándose.
Se descubre aquel día que Zéphyr y Cupidon se masturban, pero todavía no se han dado
por el culo; son castigados. Fanny es muy jodida en el coño durante las orgías.
DIA SIETE. 31. Quiere que una muchacha alta corrompa a una baja, que la
masturbe, que le dé malos consejos y termine por sujetársela mientras él la jode, sea
virgen o no.
32. Quiere cuatro mujeres; jode a dos por el coño y a dos por la boca, teniendo
cuidado de no meter el pene en la boca de una más que al sacarlo del coño de la
otra. Durante todo aquel tiempo una quinta mujer lo sigue y le masturba el trasero
con un consolador.
33. Quiere doce muchachas, seis jóvenes y seis viejas, y si es posible que sean seis
madres y seis hijas. Les acaricia el coño, el culo y la boca; cuando se lo hace al coño
quiere orina, cuando está en la boca quiere saliva, cuando en el trasero quiere pedos.
34. Emplea ocho mujeres para masturbarlo, todas colocadas de modo diferente.
Habrá que describir esto.
35. Quiere ver a tres hombres y tres mujeres joderse en diferentes posturas.
DIA OCHO. 36. Forma doce grupos de dos muchachos cada uno, pero éstas
van arregladas de tal manera que sólo muestran sus culos; todo el resto del cuerpo
está oculto. Se masturba contemplando todas aquellas nalgas.
37. Hace que seis parejas se masturben a la vez en una sala de espejos; cada
pareja está compuesta por dos mujeres que se masturban en actitudes lúbricas y
variadas. El está en el centro del salón,, contempla las parejas y su reflejo en los
espejos y, en medio de aquello, eyacula, masturbado por una vieja. Ha besado las nalgas
de aquellas parejas.
38. Hace que cuatro busconas se emborrachen y se peleen ante él y quiere que
cuando estén así, bien borrachas, le vomiten en la boca; elige las más viejas y más
feas que sea posible.
39. Hace que una muchacha le cague en la boca, sin comerse los excrementos y,
entretanto, otra mujer le chupa el pene y le masturba el trasero; él caga mientras
eyacula en la mano de la que lo socratiza. Las mujeres se cambian.
40. Hace que un hombre se cague en su boca y se come el excremento mientras
un niño lo masturba, luego el hombre lo masturba y el niño caga.
Aquella noche, en las orgías, Curval desvirga a Michette, siguiendo la misma costumbre:
servido por la Duclos y la muchacha sujeta por las cuatro viejas; esto no se repetirá más.
DIA NUEVE. 41. Jode a una muchacha por la boca después de haberle cagado
en ella; encima de ésta hay otra que le tiene la cabeza entre sus muslos y sobre la cara
de esa segunda coloca su cagada la tercera, y él, mientras deja su mojón en la boca de
la primera, come la mierda que la tercera suelta sobre la cara de la segunda, y después
ellas se cambian de manera que cada una represente los tres papeles sucesivamente.
42. Recibe a treinta mujeres en un día y a todas las hace cagar en su boca, se
come los excrementos de tres o cuatro de las más bonitas. Repite esta juerga cinco
veces a la semana, lo cual hace que vea a siete mil ochocientas muchachas por año.
Cuando la Champville lo conoce tiene sesenta años y desde hace cincuenta está
realizando ese oficio.
43. Ve a doce cada mañana y se traga las doce cagadas; las recibe a todas juntas.
44. Se mete en una bañera a la que treinta mujeres acuden para orinar y cagar en
ella y así llenarla; él eyacula mientras recibe y nada en todo aquello.
45. Caga delante de cuatro mujeres, exige que ellas lo contemplen y lo ayuden a
hacerlo; luego quiere que se repartan y se coman sus excrementos, después cada una
de ellas hace una cagada. El las mezcla y se traga las cuatro, pero las mujeres han de
ser viejas de por los menos sesenta años.
Aquella noche, el coño de Michette es entregado a la reunión; desde aquel
momento lleva la cintita al cuello.
DIA DIEZ. 46. Hace cagar a una muchacha A y a otra B. Luego obliga a B a
comerse el excremento de A y a ésta a comerse el de B. Después cagan las dos y él se
come ambas cagadas.
47. Quiere una madre y tres hijas, come la mierda de las hijas sobre el culo de la
madre y la de la madre sobre el culo de una de las hijas.
48. Obliga a una hija a cagarse en la boca de su madre y a limpiarse el culo con
las tetas de su madre; después él come los excrementos en la boca de aquella madre y
luego hace cagar a la madre en la boca de su hija, donde también va a comerse la
cagada.
(Es mejor poner aquí a un hijo y su madre, para variar con la precedente).
49. Quiere que un padre coma los excrementos de su hijo y él se come los del
padre.
50. Quiere que el hermano defeque sobre el coño de su hermana, y él come la
cagada, después la hermana ha de cagarse en la boca de su hermano, y él se come el
producto.
DIA ONCE. 51. Advierte que hablará de impiedades, y habla de un hombre que
quiere que la puta, mientras lo masturba, profiera espantosas blasfemias; él a su vez,
las dice horribles. Su diversión durante aquel tiempo consiste en besar el culo; no
hace otra cosa.
52. Quiere que la mujer vaya a masturbarlo, por la noche, en una iglesia,
principalmente cuando está expuesto al Santísimo Sacramento. Se coloca tan cerca
como puede del altar y manosea el culo durante todo el tiempo.
53. Va a confesarse solamente para hacer que a su confesor se le levante; le
cuenta infamias y mientras habla se masturba en el confesionario.
54. Quiere que la muchacha vaya a confesarse, espera el momento en que vuelve
para joderla por la boca.
55. Jode a una puta durante una misa celebrada en su propia capilla y eyacula en
el momento de la elevación.
Aquella noche el duque desflora a Sophie por el coño, y blasfema mucho.
DIA DOCE. 56. Se gana a un confesor, quien le cede su lugar para confesar a
dos jóvenes pensionistas; así sorprende su confesión y les da todos los malos
consejos que puede.
57. Quiere que su hija vaya a confesarse con un fraile a quien ha sobornado, y
colocan a la muchacha de manera que él pueda oírlo todo; pero el fraile exige que su
penitente tenga las faldas levantadas durante la confesión, y el trasero está situado de
manera que el padre pueda verlo: de este modo oye la confesión de su hija y ve su
trasero, todo a la vez.
58. Hace celebrar la misa a unas putas desnudas y él, mientras lo ve, se masturba
sobre las nalgas de otra.
59. Hace que su mujer vaya a confesarse con un fraile sobornado, el cual la
seduce y la jode ante el marido que está oculto. Si la mujer se niega, él sale y va en
ayuda del confesor.
Aquel día se ha celebrado la fiesta de la sexta semana con las bodas de Céladon y de
Sophie; el matrimonio se consuma y por la noche Sophie es entregada para posesión en el
coño y lleva la cintita. Debido a este acontecimiento sólo se relatan cuatro pasiones.
DIA TRECE. 60. Jode a las putas sobre el altar donde va a celebrarse la misa;
ellas ponen el trasero desnudo sobre la piedra sagrada.
61. Hace poner a una prostituta desnuda a caballo sobre un gran crucifijo; la jode
desde atrás en esa actitud y de manera que la cabeza del Cristo frote el clítoris de la
puta.
62. Echa pedos y los hace echar dentro del cáliz, se orina en él y obliga a hacer lo
mismo, se caga y hace cagar en él, y termina por eyacular dentro del mismo.
63. Hace que un muchacho se cague sobre la patena y él come los excrementos
mientras el niño le chupa la verga.
64. Hace que dos muchachas se caguen sobre un crucifijo y él lo hace después de
ellas, y lo masturban sobre los excrementos que cubren el rostro del ídolo.
DIA CATORCE. 65. Rompe crucifijos, imágenes de Vírgenes y del Padre
Eterno, defeca sobre los trozos y lo quema todo. El mismo hombre tiene la manía de
llevarse una puta al sermón y hacerse masturbar mientras se oye la palabra de Dios.
66. Va a comulgar y vuelve a hacerse cagar por cuatro putas en la boca.
67. Hace que la mujer vaya a comulgar y cuando vuelve la jode por la boca.
68. Interrumpe al sacerdote en una misa celebrada en su casa, lo interrumpe,
digo, para masturbarse sobre el cáliz, obliga a la muchacha a hacer que el sacerdote
eyacule también en él y lo .obliga a tragárselo todo.
69. Lo interrumpe cuando la hostia está consagrada y obliga al sacerdote a joder a
la puta con la hostia.
Se descubre aquel día que Augustine y Zelmire se masturban juntas; las dos son
rigurosamente castigadas.
DIA QUINCE. 71. Hace que la mujer se tire pedos sobre la hostia, él lo hace
también y luego se traga la hostia mientras jode a la puta.
72. El mismo hombre que se hace clavar dentro de un ataúd, y de quien habló la
Duclos, obliga a la puta a cagarse sobre la hostia; él lo hace también y luego lo echa
todo en el retrete.
73. Masturba con el clítoris de la puta, hace que el flujo caiga encima, luego la
introduce y jode a la mujer para a su vez eyacular sobre la forma.
74. La corta con un cuchillo y se hace introducir los pedazos en el culo.
75. Sobre la hostia se hace masturbar y eyacula, y luego, a sangre fría y cuando el
semen se ha derramado, se lo da de comer todo junto a un perro.
Aquella misma noche el obispo consagra una hostia y con ella Curval desvirga a Hébé; se
la mete en el coño y eyacula encima. Varias otras son consagradas y las sultanas ya
desvirgadas son jodidas todas con hostias.
EL DIA DIECISEIS la Champville anuncia que la profanación, que últimamente era la
cosa principal de sus relatos, ya no será más que accesoria y que el objeto principal lo
constituirá lo que se llama en el burdel las pequeñas ceremonias en pasiones dobles. Ruega
que se recuerde que todo lo que tendrá relación con aquello sólo será accesorio, pero que la
diferencia que habrá, no obstante, entre sus relatos y los de la Duclos sobre el mismo objeto
es que la Duclos nunca ha hablado sino de un hombre con una mujer y que ella mezclará
siempre a varias mujeres con el hombre.
76. Se hace azotar durante la misa por una muchacha, jode a otra por la boca y
eyacula en el momento de la elevación.
77. Se hace azotar ligeramente el trasero por dos mujeres, con vergajos; le dan
diez azotes cada una y le masturban el agujero del culo entre cada tanda.
78. Se hace azotar por cuatro prostitutas diferentes mientras le echan pedos a la
boca; se cambian a fin de que cada una a su vez azote y suelte pedos.
79. Se hace azotar por su mujer mientras jode a su hija, y luego por la hija
mientras jode a la esposa; es el mismo de quien la Duclos habló, que prostituye a su
mujer y a su hija en el burdel.
80. Se hace azotar por dos prostitutas a la vez, una de ellas por delante y la otra
por detrás, y cuando está bien dispuesto jode a una mientras la otra azota y luego a la
segunda mientras la primera azota.
La misma noche Hébé es entregada, por el coño, y lleva la cintita; no podrá llevar la cinta
grande hasta que haya perdido las dos virginidades.
DIA DIECISIETE. 81. Se hace azotar mientras besa el culo de un muchacho y
jode a una prostituta por la boca, luego jode al muchacho por la boca mientras besa
el trasero de la mujer, en tanto que recibe latigazos de otra prostituta, luego se hace
azotar por el muchacho, jode por la boca a la puta que lo azotaba y se hace azotar
por aquella a quien besaba el culo.
82. Se hace azotar por una vieja, jode a un viejo por la boca y hace que le cague
en la boca la hija del viejo y la vieja, luego cambia a fin de que cada uno de ellos
represente los tres papeles.
83. Se hace azotar mientras se masturba y eyacula sobre un crucifijo apoyado
contra las nalgas de una prostituta.
84. Se hace azotar mientras jode desde atrás a una puta, con la hostia.
85. Pasa revista a todo un burdel; recibe latigazos de todas las Putas mientras
besa el agujero del culo de la patrona, quien le echa pedos y se le caga en la boca.
DIA DIECIOCHO. 86. Se hace dar de latigazos por cocheros de coches de
punto y mozos de cuadra, pasándolos de dos en dos, y haciendo que le eche pedos
en la boca el que no azota; pasa en. tre diez y dieciséis durante la mañana.
87. Se hace sujetar por tres prostitutas y la cuarta lo zurra montada sobre él, que
está colocado a cuatro patas, las cuatro se cambian y montan sobre él por turno.
88. Se presenta, desnudo, en medio de seis prostitutas; pide perdón, se arrodilla.
Cada mujer le ordena una penitencia y él recibe cien latigazos por cada penitencia
que se niega a cumplir; la prostituta a la que se ha negado es quien lo azota. Esas
penitencias son todas muy sucias: una querrá cagarle en la boca, otra hacerle lamer
sus escupitajos en el suelo; ésta se hace lamer el coño cuanto tiene la regla, aquélla
entre los dedos de los pies, la otra sus mocos, etc.
89. Quince prostitutas pasan de tres en tres, una de ellas lo azota, otra le chupa,
otra caga; después la que ha cagado azota, la que ha chupado caga y la que ha
azotado chupa. Así pasan las quince; él no ve nada, no oye nada, está embriagado.
Una alcahueta lo dirige todo. Repite esta juerga seis veces a la semana.
(Esta es encantadora, y os la recomiendo; todo se ha de hacer muy deprisa, cada mujer
debe dar veinticinco latigazos y en el intervalo de estos veinticinco azotes la primera chupa y
la tercera caga. Si el sujeto quiere que cada mujer le dé cincuenta azotes, habrá recibido en
total setecientos cincuenta, lo cual no es demasiado).
90. Veinticinco putas le ablandan el trasero a fuerza de golpearlo y manosearlo;
no lo dejan hasta que lo tienen completamente insensible.
Por la noche se azota al duque mientras desvirga el coño de Zelmire.
DIA DIECINUEVE. 91. Se hace juzgar por seis prostitutas, cada una de las
cuales tiene su papel. Lo condenan a ser ahorcado. Lo ahorcan, efectivamente, pero
la cuerda se rompe: es el instante de su eyaculación. Relaciónese ésta con una de las
de la Duclos que se le parece.
92. Hace colocar a seis viejas en semicírculo; tres muchachas lo zurran ante aquel
semicírculo de viejas, las cuales le escupen a la cara.
93. Una mujer le masturba el agujero del culo con el mango de los vergajos, otra
lo azota en los muslos y en el miembro, por delante; así eyacula sobre las tetas de la
azotadora que tiene delante.
94. Dos mujeres lo zurran con vergajos mientras una tercera, hincada de rodillas
ante él, lo hace descargar sobre sus tetas.
Aquella noche sólo relata cuatro historias a causa del matrimonio de Zelmire y Adonis,
con el que se celebra la séptima semana, y que se consuma, ya que Zelmire ha sido
desvirgada la víspera, por delante.
DIA VEINTE. 95. Lucha contra seis mujeres cuyos latigazos finge querer evitar;
quiere arrancarles las varas de las manos, pero ellas son más fuertes y lo fustigan, a
pesar suyo. Está desnudo.
96. Pasa entre dos filas de doce prostitutas cada una, armadas de varas; es
azotado por todo el cuerpo y eyacula después de nueve vueltas.
97. Se hace azotar en la planta de los pies, el pito, los muslos, mientras, tendido
sobre un sofá, tres mujeres montan a horcajadas sobre él y le cagan en la boca.
98. Tres mujeres lo azotan alternativamente, una con disciplinas, otra con un
vergajo y la tercera con una vara. La cuarta, arrodillada ante él, y a la que el lacayo del
libertino masturba el ano, le chupa el pene y él masturba el del lacayo, a quien
hace eyacular sobre las nalgas de la que lo chupa.
99. Se halla entre seis prostitutas; una lo pincha, otra lo pellizca, la tercera lo
quema, la cuarta lo muerde, la quinta lo araña y la sexta lo azota. Todo eso por todas
partes indistintamente. Descarga en medio de eso.
Aquella noche Zelmire, desvirgada la víspera, es entregada a la reunión para la posesión
por delante, es decir, únicamente a Curval y al duque, puesto que son los únicos de la
cuadrilla que joden coños. En cuanto Curval ha poseído a Zelmire, su odio por Constance y
por Adélaïde se multiplica; quiere que Constance sirva a Zelmire.
DIA VEINTIUNO. 100. Se hace masturbar por su lacayo mientras la prostituta
está sobre un pedestal, desnuda; no debe moverse ni perder el equilibrio mientras el
sujeto es masturbado.
101. Se hace masturbar por la alcahueta mientras le manosea las nalgas y la
prostituta sostiene entre sus dedos un cabo de vela muy corto que no debe soltar
hasta que el libertino haya eyaculado; y tiene buen cuidado de no hacerlo hasta que la
mujer se quema.
102. Hace que seis prostitutas estén tendidas boca abajo sobre su mesa, cada una
con un cabo de vela en el trasero, mientras cena.
103. Hace que mientras cena una prostituta esté arrodillada sobre guijarros
agudos y, si se mueve algo durante la cena, no recibe la paga. Sobre ella hay dos velas
invertidas cuya cera caliente le cae por la espalda y las tetas. Si hace el más leve
movimiento, es despedida sin paga.
104. La obliga a permanecer dentro de una jaula de hierro muy estrecha durante
cuatro días, sin que pueda sentarse ni acostarse; le da de comer a través de los
barrotes. Es aquel de quien la Desgranges hablará en el baile de los pavos.
Aquella misma noche Curval desvirga el coño de Colombe.
DIA VEINTIDOS. 105. Hace bailar a una prostituta desnuda dentro de una
manta, con un gato que la pellizca, la muerde y la araña cada vez que se cae; tiene que
saltar, pase lo que pase, hasta que el hombre eyacula.
106. Frota el cuerpo de una mujer con cierta droga que produce una comezón
tan violenta que ella misma se hace sangrar; él la contempla mientras se masturba.
107. Detiene la regla de una mujer por medio de una bebida, y así la pone en
peligro de contraer graves enfermedades.
108. Le administra una medicina de caballo que le produce horribles cólicos; la
contempla cómo caga y sufre durante todo el día.
109. Unta a una mujer con miel, la amarra, desnuda, a una columna, y suelta
sobre ella un enjambre de grandes moscas.
Aquella misma noche Colombe es entregada para posesión por delante.
DIA VEINTITRES. 110. Coloca a la mujer sobre un pivote que gira con
prodigiosa rapidez. Está amarrada, desnuda, y gira hasta que él eyacula.
111. Sostiene a una mujer cabeza abajo hasta la eyaculación.
112. Le hace tragar una gran dosis de emético, la convence de que está
envenenada y se masturba mientras la ve vomitar.
113. Soba los senos hasta que quedan completamente azules.
114. Soba el culo tres horas diarias durante nueve días consecutivos.
DIA VEINTICUATRO. 115. Hace subir a la prostituta por una escalera de
mano hasta veinte pies de altura. Allí se rompe un escalón y la mujer cae, pero sobre
colchones ya preparados: en el momento de la caída le eyacula sobre el cuerpo y
alguna vez la jode en aquel instante.
116. Propina bofetadas con toda la fuerza y eyacula mientras las da; está sentado
en un sillón y la prostituta arrodillada ante él.
117. Le golpea las manos con la férula.
118. Fuertes manotazos en las nalgas hasta que el trasero arde.
119. La hincha con un fuelle de herrero por el agujero del culo.
120. Le da una lavativa de agua casi hirviente, se divierte con sus contorsiones y
eyacula sobre su culo.
Aquella noche Aline recibe manotazos en el trasero, de los cuatro amigos, hasta que se le
pone escarlata; una vieja la sujeta por los hombros. Propinan también algunos a Augustine.
DIA VEINTICINCO. 121. Busca mujeres devotas, las azota con crucifijos y
rosarios, luego las coloca como estatuas de vírgenes sobre un altar, en una postura
incómoda de la que no pueden moverse. La mujer debe permanecer allí durante todo
el tiempo de una misa muy larga, en la que, en la elevación, debe soltar su mojón
sobre la hostia.
122. La hace correr desnuda por un jardín en una noche helada, y a intervalos hay
cuerdas tendidas para hacerla caer.
123. En cuanto está desnuda, la arroja como por descuido en una cuba de agua
casi hirviendo y no la deja salir hasta que ha eyaculado sobre el cuerpo de la mujer.
124. La hace permanecer cesnuda sobre una columna en medio de un jardín, en
pleno invierno, hasta que haya rezado cinco Padrenuestros y cinco avemarías, o bien
hasta que él haya derramado su semen, que otra prostituta excita ante aquel
espectáculo.
125. Hace cubrir de cola el asiento de un retrete, manda que cague en él; en
cuanto ella se sienta, su trasero se pega, durante lo cual, por el otro lado, se coloca un
brasero encendido debajo del culo. Ella huye, se desuella y deja toda la piel pegada al
asiento.
Aquella noche se obliga a cometer profanaciones a Adélaïde y Sophie, las dos devotas, y
el duque desvirga a Augustine, de quien está enamorado hace tiempo; eyacula tres veces
seguidas en su vagina. Y en la misma noche propone hacerla correr desnuda por los patios
con el frío espantoso que hace. Lo propone con insistencia; los demás no quieren porque es
demasiado bonita y desean conservarla y, por otra parte, todavía no está desvirgada por atrás.
El duque ofrece doscientos luises a la sociedad por hacerla bajar a la bodega aquella misma
noche; es rechazado. Quiere por lo menos que se le den manotazos en el culo, la muchacha
recibe veinte manotazos de cada amigo. Pero el duque aplica los suyos con todas sus fuerzas
y eyacula, entretanto, por cuarta vez. Se acuesta con ella y la posee tres veces más durante la
noche.
DIA VEINTISEIS. 126. Emborracha a la prostituta y ésta se acuesta; en cuanto
duerme, su cama es levantada. Hacia la mitad de la noche se inclina para coger el
orinal; al no encontrarlo, cae, porque la cama está en el aire y la tira en cuanto ella se
inclina. Cae sobre unos colchones preparados; el hombre la espera allí y la jode en
cuanto cae.
127. La hace correr desnuda por un jardín, persiguiéndola con un látigo de
postillón, con el cual sólo la amenaza. Tiene que correr hasta que cae agotada: es el
instante en que él se echa sobre ella y la jode.
128. Azota a la prostituta por tandas de diez golpes hasta cien, con unas
disciplinas de seda negra; besa mucho las nalgas a cada tanda.
129. Azota con varas empapadas en alcohol y eyacula sobre las nalgas de la mujer
cuando las ve sangrantes.
La Champville sólo relata cuatro pasiones aquel día porque es el de la fiesta de la octava
semana. Se celebra con la boda de Zéphyr y Augustine, que pertenecen al duque y duermen
en su habitación; pero el duque quiere que antes de la celebración Curval azote al muchacho
mientras él azota a la muchacha. Se realiza esto, cada uno de ellos recibe cien latigazos, pero
el duque, más animado que nunca contra Augustine porque lo ha hecho eyacular mucho, la
azota hasta hacerle brotar la sangre.
Esta noche habrá que explicar lo que son las penitencias cómo se procede a ellas y qué
número de latigazos se reciben; se podrá hacer un cuadro de las faltas donde conste al lado el
número de azotes.
DIA VEINTISIETE. 130. Sólo quiere azotar a niñas de cinco a siete años y
siempre busca un pretexto para que mejor parezca un castigo.
131. Una mujer va a confesarse con él, es sacerdote; ella dice todos sus pecados y
como penitencia él le aplica cien latigazos.
132. Pasa ante cuatro mujeres y les da seiscientos latigazos a cada una.
133. Hace ejecutar la misma ceremonia ante él por dos criados que se relevan;
pasan ante veinte mujeres que no están amarradas, reciben seiscientos azotes cada
una, él se masturba mientras contempla la operación.
134. Sólo azota a niños de catorce a dieciséis años y después los hace eyacular en
su boca. Les da cien azotes a cada uno; siempre ve a dos a la vez.
Aquella noche es entregado el coño de Augustine; Curval la encoña dos veces seguidas y,
como el duque, después quiere azotarla. Los dos se encarnizan contra aquella encantadora
muchacha; proponen a la sociedad cuatrocientos luises para ser dueños de ella desde esa
misma noche, les es denegado.
DIA VEINTIOCHO. 135. Hace entrar a una prostituta en un aposento;
entonces dos hombres se le echan encima y la azotan cada uno en una nalga, hasta
que sangra. La mujer está amarrada. Cuando eso ha terminado, él masturba a los
hombres sobre el trasero ensangrentado de la puta y se masturba él mismo.
136. La mujer está atada al muro de pies y manos. Ante ella, también sujeta al
muro, hay una placa de acero de borde afilado que se coloca sobre su vientre; si ella
quiere escapar al golpe, tiene que inclinarse hacia delante; entonces se corta. Si quiere
escapar a la máquina, tiene que echarse bajo los golpes.
137. Durante nueve días seguidos azota a una prostituta, empieza por aplicarle
cien latigazos el primer día y diariamente dobla este número hasta el noveno
inclusive.
138. Hace colocar a la puta a gatas, monta a horcajadas sobre ella, de cara a las
nalgas, y la sujeta fuertemente entre los muslos. Entonces le zurra el trasero y el coño
a la inversa y, como para esta operación se sirve de unas disciplinas, le es fácil dirigir
sus golpes al interior de la vagina, y es lo que hace.
139. Quiere a una mujer preñada, la hace curvarse hacia atrás sobre un cilindro
que le sostiene la espalda. La cabeza, más allá del cilindro, se apoya hacia atrás sobre
una silla. donde queda fija, los cabellos esparcidos, las piernas lo más abiertas posible
y su abultado vientre extraordinariamente tenso; así el sexo se abre del todo. A éste y
al vientre dirige él sus golpes y cuando ve la sangre pasa al otro lado del cilindro y
eyacula sobre la cara.
N. B. Mis borradores señalan las adopciones sólo después de la desvirgación y, en
consecuencia, dicen que el duque adopta aquí a Augustine. Comprobar si esto no es falso y si
la adopción de las cuatro sultanas no está hecha desde el principio y si no se dice que desde
aquel momento duermen en la habitación del que las ha adoptado.
El duque, aquella noche, repudia a Constance, que cae en el mayor descrédito; sin
embargo, se le tienen consideraciones a causa de su preñez, sobre la cual tienen proyectos.
Augustine pasa por mujer del duque y ya no cumple más que sus funciones de esposa en el
sofá y en los retretes. Constance queda relegada a la categoría de las viejas.
DIA VEINTINUEVE. 140. Sólo quiere a muchachas de quince años y las azota,
hasta hacerles saltar la sangre, con acebos y ortigas; es muy exigente en la elección de
los culos.
141. Sólo azota con un vergajo hasta que las nalgas queden todas magulladas; ve
a cuatro mujeres consecutivamente.
142. Azota únicamente con disciplinas de puntas de hierro y no eyacula hasta que
la sangre mana de todas partes.
143. El mismo hombre de quien hablará la Desgranges el veinte de febrero
quiere mujeres preñadas; las azota con un látigo de postillón con el que arranca
grandes trozos de carne de las nalgas y de cuando en cuando suelta algunos latigazos
sobre el vientre.
Aquella noche es azotada Rosette y Curval la desvirga por delante. Aquel día se descubre
la intriga de Hercule y Julie; ésta se había dejado joder por aquél. Cuando se lo reprochan,
contesta de manera libertina; la azotan extraordinariamente. Después como es querida, lo
mismo que Hercule que siempre se ha portado bien, se les perdona y se divierten con ellos.
DIA TREINTA. 144. Coloca una vela a cierta altura. La prostituta tiene sujeto a
su dedo del corazón de su mano derecha un cabo de vela, muy corto, que la quemará
si no se apresura. Con este cabo de vela tiene que encender la vela elevada, pero,
como está bastante alta, tiene que saltar para alcanzarla, y el libertino, armado con un
látigo de tiras de cuero, la azota con todas sus fuerzas para que salte más alto o para
que encienda la otra vela más pronto. Si ella lo consigue, todo ha terminado; de lo
contrario, es azotada bárbaramente.
145. Azota alternativamente a su mujer y a su hija y las prostituye en el burdel
para que allí las azoten ante sus ojos, pero no es el mismo de quien se ha hablado ya.
146. Azota con varas desde la nuca hasta las pantorrillas; la mujer está amarrada y
él le hace sangrar toda la parte de atrás.
147. Sólo azota las tetas; quiere que sean muy grandes. Y paga el doble cuando
las mujeres están preñadas.
Aquella noche, el coño de Rosette es entregado para su posesión; cuando Curval y el
duque la han jodido a gusto, la azotan, ellos y sus amigos, en el coño. Ella está colocada a
gatas y los golpes van dirigidos hacia el interior con unas disciplinas.
DIA TREINTA Y UNO. 148. Sólo azota con varas la cara, exige caras bonitas;
es aquel de quien hablará la Desgranges el siete de febrero.
149. Azota con varas todas las partes del cuerpo indistintamente; nada escapa:
rostro, coño y senos incluso.
150. Propina doscientos golpes de vergajo sobre la parte posterior de muchachos
de dieciséis a veinte años.
151. Está en su habitación, cuatro prostitutas lo calientan y lo azotan; cuando
está bien encendido se abalanza hacia la quinta prostituta, desnuda, en una habitación
contigua, y la acosa en todo el cuerpo indiferentemente con fuertes golpes de
vergajo, hasta que eyacula; pero, a fin que esto suceda pronto y la paciente sufra
menos, no lo sueltan hasta que está muy cerca de la eyaculación.
(Comprobar por qué hay una de más).
La Champville es aplaudida, recibe los mismos honores que la Duclos y aquella noche las
dos cenan con los amigos. En las orgías, aquella noche, Adélaïde, Afine, Agustine y Zelmire
son condenadas a azotes con varas en todo el cuerpo exceptuando los senos, pero, como
quieren todavía gozar de ellas al menos durante dos meses, las tratan con miramientos.
TERCERA PARTE
Las 150 pasiones de tercera clase o criminales comprenden
treinta y una jornadas de enero, empleadas en la narración de
la Martaine , a las cuales se ha añadido el diario de los
acontecimientos escandalosos del Castillo durante ese mes.
PRIMERO DE ENERO. 1. Sólo le gusta que le den por el culo y no se sabe
dónde encontrarle pitos lo bastante gruesos.
Pero no insiste, dice, en esta pasión, por ser un gusto demasiado simple y demasiado
conocido por sus oyentes.
2. Sólo quiere desvirgar a niñas de tres a siete años, por el culo. Es el hombre que
la desvirgó de esta manera: tenía cuatro años, estaba enferma, su madre implora el
auxilio de aquel hombre. Cuál fue su dureza...
Ese hombre es el mismo de quien habla la Duclos por última vez el 29 de
noviembre; es el mismo del 2 de diciembre de la Champville , y el mismo del infierno.
Tiene un pene monstruoso, es un hombre enormemente rico. Desvirga a dos
niñas por día: una por delante por la mañana, como dijo la Champville el 2 de
diciembre, y una por detrás por la noche, y todo esto independientemente de sus
otras pasiones. Cuatro mujeres sujetaban a la Martaine cuando él la dio por el culo.
Su eyaculación es de seis minutos y brama durante ella. Manera hábil y simple de
violar aquella virginidad del trasero aunque ella no tenga más que cuatro años.
3. Su madre vende la virginidad del hermanito de la Martaine a otro hombre que
no quiere nada más que niños, y que tengan siete años exactos.
4. Tiene trece años y su hermano quince; van a la casa de un hombre que obliga
al hermano a poseer a su hermana y él jode por atrás ora al muchacho, ora a la
muchacha, mientras los dos están unidos.
Elogia su culo; le dicen que lo deje ver, lo muestra desde la tribuna.
El hombre de quien acaba de hablar es el mismo del 21 de noviembre de la,
Duclos, el conde, y el del 27 de febrero de la Desgranges.
5. Se hace joder mientras da por el culo al hermano y a la hermana; es el mismo
hombre de quien hablará la Desgranges el 24 de febrero.
Aquella misma noche el duque desvirga el culo de Hébé, que sólo tiene doce años. Le
cuesta infinitamente; a ella la sujetan las cuatro viejas y él es servido por la Duclos y la
Champville. Y como hay una fiesta al día siguiente, para no perturbar nada esta noche Hébé
es entregada a la asamblea para la posesión de su culo, y los cuatro amigos gozan de ella. Se
la llevan perdido el conocimiento; ha sido jodida por atrás siete veces.
DIA DOS DE ENERO. 6. Hace que cuatro mujeres le echen pedos en la boca
mientras él da por el culo a la quinta, luego cambia. Todas echan pedos y todas son
jodidas por atrás; no eyacula más que dentro del quinto culo.
7. Se divierte con tres muchachos; les da por atrás y se hace cagar, cambiando a
los tres, y él masturba al que está inactivo.
8. Jode a la hermana por detrás mientras hace que el hermano cague en su boca,
luego los cambia, y en uno y otro goce es enculado.
9. Sólo jode por detrás a muchachas de quince años, pero después de haberlas
azotado de antemano con todas sus fuerzas.
10. Maltrata y pellizca las nalgas y el agujero del culo durante una hora, luego da
por el trasero mientras es azotado vigorosamente.
Aquel día se celebra la fiesta de la novena semana: Hercule se casa con Hébé y la jode en
el coño. Curval y el duque enculan, alternativamente, al marido y a la esposa.
DIA TRES DE ENERO. 11. Sólo encula durante la misa y eyacula durante la
elevación.
12. Da por detrás mientras pisotea un crucifijo y hace que la prostituta también
lo pisotee.
13. El hombre que se divirtió con Eugénie en la onceava sesión de la Duclos ,
hace defecar, limpia el trasero sucio, tiene un miembro enorme y jode una hostia
colocada, al extremo de su polla.
14. Da por detrás a un muchacho con la hostia, se hace encular con la hostia;
sobre la nuca del muchacho a quien está
jodiendo hay otra hostia, sobre la cual caga un tercer muchacho.
Eyacula así, sin cambiar, pero profiriendo espantosas
blasfemias. 15. Da por detrás al sacerdote mientras celebra la
misa, y cuando ha consagrado, el jodedor se retira un momento: el
sacerdote se mete la hostia en el trasero y, encima, el otro vuelve a
joderlo. Por la noche Curval desvirga con una hostia el culo del joven
y encantador Zélamir. Antinoüs jode al presidente con otra
hostia, mientras el presidente introduce una tercera hostia, con su
lengua, en el ano de la Fanchon. DIA CUATRO. 16. Sólo le gusta
dar por detrás a mujeres muy viejas mientras es azotado. 17.
Sólo jode a hombres viejos mientras lo joden a él. 18.
Tiene un lío establecido con su hijo. 19. Sólo quiere dar
por el trasero a monstruos, o negros, o personas contrahechas. 20. Para
reunir el incesto, el adulterio, la sodomía y el-sacrilegio,
jode por detrás a su hija casada, con una hostia. Aquella noche
es entregado el culo de Zélamir a los cuatro amigos. DIA CINCO.
21. Se hace joder y azotar alternativamente por dos hombres, mientras
él jode a un muchachito y un viejo le deposita en la boca una
cagada que él se come. 22. Dos hombres lo joden
alternativamente, uno por la boca, otro por el trasero; esto ha de
durar tres horas, reloj en mano. Se traga el semen del que lo jode por
la boca. 23. Se hace joder por diez hombres a tanto por vez; soporta
hasta ochenta veces, durante el día, sin eyacular. 24.
Prostituye, para ser jodidas por detrás, a su mujer, su hija Y
su hermana, y lo contempla. 25. Emplea a ocho hombres a su alrededor:
uno en la boca, uno en el culo, uno en la ingle derecha, uno en la
izquierda; masturba a otro con cada mano, el séptimo está
entre sus muslos y el octavo se masturba sobre su cara. Aquella noche
el duque desvirga el culo de Michette y le causa horribles dolores. DIA
SEIS. 26. Hace encular a un viejo delante de él; varias veces
retiran el pene del culo del viejo y lo meten en la boca del espectador
quien lo chupa, después chupa al viejo, lo acaricia, le da por
el trasero, mientras el que acaba de joder al viejo lo jode a su vez y
es azotado por el ama de llaves del libertino. 27. Mientras encula a
una muchacha de quince años, le aprieta la garganta
violentamente a fin de encogerle el ano; entretanto lo azotan con un
vergajo. 28. Se hace introducir en el culo bolas de mercurio. Estas
bolas suben y bajan y durante el excesivo cosquilleo que ocasionan,
él chupa vergas, se traga el semen, hace cagar traseros de
prostitutas, se traga la mierda. Pasa dos horas en ese éxtasis.
29. Quiere que el padre lo joda por el trasero mientras él
sodomiza al hijo y a la hija de este hombre. Por la noche, el culo de
Michette es entregado para su posesión. Durcet se lleva a la
Martaine a dormir a su habitación, siguiendo el ejemplo del
duque que tiene a la Duclos y de Curval que tiene a la Fanchon ;
ésta adquiere sobre él el mismo dominio lúbrico
que tiene la Duclos sobre el duque. DIA SIETE. 30. Jode a un pavo cuya
cabeza está entre los. muslos de una prostituta tumbada boca
abajo, de modo que parece que encula a la mujer. Entretanto lo joden a
él y en el instante de su eyaculación la mujer corta el
cuello del pavo. 31. Jode a una cabra desde atrás mientras lo
azotan; hace un hijo a esa cabra, al cual a su vez jode por el culo
aunque sea un monstruo. 32. Encula a los machos cabríos. 33.
Quiere ver descargar a una mujer masturbada por un perro; y mata al
perro de un tiro de pistola sobre el vientre de la mujer, sin herir a
ésta. 34. Jode por el trasero a un cisne, metiéndole una
hostia Y estrangula al animal mientras eyacula. Aquella misma noche el
obispo da por el culo a Cupidon por primera vez. DIA OCHO. 35. Se hace
meter en un canasto preparado que sólo tiene una abertura, donde
coloca su ano frotado con semen de yegua; el canasto representa el
cuerpo, recubierto con una piel de ese animal. Un caballo semental,
adiestrado para esto, le penetra en el trasero y durante este tiempo,
dentro del canasto, jode a una hermosa perra blanca. 36. Posee a una
vaca, la hace engendrar y jode al monstruo. 37. Dentro de un canasto
igualmente preparado hace meter a una mujer, la cual recibe el miembro
de un toro; se divierte con el espectáculo. 38. Tiene cautiva
una serpiente que se introduce en el ano y lo sodomiza, mientras
él jode por .el trasero a un gato que está .dentro de un
cesto y que sujeto por todas partes no puede hacerle ningún
daño. 39. Jode a una burra mientras se hace dar por el culo por
un asno, dentro de máquinas preparadas que se detallarán.
Por la noche, el culo de Cupidon es entregado para su posesión.
DIA NUEVE. 40. Jode por las narices a una cabra que entretanto le lame
los testículos; durante ese tiempo lo zurran y le lamen el
trasero alternativamente. 41. Jude a un borrego por el trasero,
mientras un perro le lame el ano. 42. Da por el trasero a un perro al
que cortan la cabeza mientras él eyacula. 43. Obliga a una puta
a masturbar a un asno ante él, y le joden durante el
espectáculo. 44. Da por el trasero a un mono encerrado en un
canasto; entretanto atormentan al animal para que su ano se contraiga
más. Aquella noche se celebra la fiesta de la décima
semana con el matrimonio de Brise-cul y Michette, que se consuma y
causa mucho daño a Michette. EL DIA DIEZ anuncia que
cambiará de pasión y que el látigo, elemento
principal anteriormente en el relato de la Champville , ahora no es
más que accesorio. 45. Hay que buscar a prostitutas culpables de
algunos delitos. El las asusta, les dice que van a ser detenidas, pero
que se encarga de todo si quieren recibir una violenta
fustigación. Las prostitutas, asustadas, se dejan azotar hasta
que sangran. 46. Hace buscar a una mujer que tenga una hermosa
cabellera con el único pretexto de examinarla; pero se la corta
traicioneramente y eyacula al verla desesperarse por la desgracia, de
la que se ríe mucho. 47. Con mucha ceremonia, ella entra en una
habitación a oscuras. No ve a nadie, pero oye una
conversación referida a ella, que se detallará, y que es
capaz de hacerla morir de miedo. Por fin recibe un diluvio de bofetadas
y de puñetazos sin saber de dónde vienen; oye, los gritos
de una eyaculación, y la sueltan. 48. Ella entra en una especie
de sepulcro bajo tierra sólo iluminado por lámparas; lo
ve en todo su horror. En cuanto ha podido observarlo un momento se
apagan todas las lámparas, se oye un estruendo horrible de
gritos y cadenas, ella se desmaya; en caso contrario, aumenta la causa
del espanto con algunos nuevos episodios, hasta que se desmaya. Cuando
ha perdido el conocimiento, un hombre cae sobre ella y la posee por el
trasero, luego la deja y los criados van a socorrerla. Exige muchachas
muy jóvenes y noveles. 49. Ella entra en un lugar parecido, pero
que se diferenciará un poco en los detalles. La encierran
desnuda en un ataúd, lo clavan y el hombre eyacula con el ruido
de los clavos. Aquella noche, se había hecho que Zelmire
estuviese ausente de las narraciones, a propósito. La bajan a la
bodega, preparada como las que acaban de ser descritas. Los cuatro
amigos se encuentran allí desnudos y armados; ella se desmaya y
entonces Curval la desvirga el culo. El presidente ha concebido por
aquella muchacha los mismos sentimientos de un amor mezclado con rabia
lúbrica que el duque tiene por Augustine. DIA ONCE. 50. El mismo
hombre, el duque de Florville, de quien la Duclos habló en
segundo lugar el 29 de noviembre, el mismo también de la quinta narración
del 26 de febrero de la Desgranges , quiere que se coloque sobre una cama de satén
negro un hermoso cadáver de muchacha que acabe de ser asesinada; la manosea por
todas partes y la penetra por el ano.
51. Otro hombre quiere dos, el de una muchacha y el de un
muchacho y encula el cadáver del joven besando las nalgas de la muchacha y
hundiendo su lengua en el ano.
52. Recibe a la prostituta en un gabinete lleno de cadáveres de cera muy bien
imitados, todos con diferentes heridas. Dice a la prostituta que elija, que va a matarla
como aquel de los cadáveres cuya herida le guste más.
53. La amarra a un cadáver real boca contra boca y en esta actitud la azota hasta
hacerle saltar la sangre por toda la parte de atrás.
Aquella noche el culo -de Zelmire es entregado para su posesión, pero antes la hará
juzgado y le han dicho que la matarán durante la noche; ella lo cree, pero en vez de eso,
cuando ha sido bien jodida por detrás, se contentan con propinarle cien latigazos cada uno y
Curval se la lleva a acostarse con él donde vuelve a encularla.
DIA DOCE. 54. Quiere a una mujer que tenga la regla. Ella llega a su lado, pero
él está situado cerca de un depósito de agua helada de más de doce pies cuadrados
por ocho de profundidad; se ha enmascarado de modo que la prostituta no lo vea.
En cuanto llega cerca de él, la echa dentro del depósito y el instante de la caída es el
de la eyaculación del hombre; la retiran inmediatamente, pero como tiene la regla no
deja de sufrir a menudo una grave enfermedad.
55. La baja, desnuda, dentro de un pozo muy profundo y la amenaza con llenarlo
de piedras; arroja algunos puñados de tierra para asustarla y eyacula en el pozo, sobre
la cabeza de la puta.
56. Hace entrar en su casa a una mujer preñada y la asusta con amenazas y con
palabras, la azota, renueva sus malos tratos para hacerla abortar en su misma casa o
en cuanto esté de regreso en la suya. Si aborta en su casa, le paga el doble.
57. La encierra en un calabozo oscuro, entre gatos, ratas y ratones; la convence
de que está allí para todo el resto de su vida y va todos los días a masturbarse ante su
puerta, haciéndole burla.
58. Le introduce fuegos de bengala en el ano y las chispas al caer le queman las
nalgas.
Aquella noche Curval hace que se reconozca a Zelmire como su esposa y se casa con ella
públicamente. El obispo los casa, él repudia a Julie, que cae en el mayor descrédito pero a la
que, no obstante sostiene su libertinaje y el obispo la protege un poco hasta que se declarará
completamente de su parte, como se verá.
Se percibe esta noche mejor que nunca el odio agresivo de Durcet por Adélaïde; la
atormenta, la veja, ella se desespera. Y el presidente, su padre, no la apoya en absoluto.
DIA TRECE. 59. Amarra a una prostituta a una cruz de San Andrés suspendida
en el aire y allí la azota con todas sus fuerzas por toda la parte de atrás. Después de
eso la desata y la arroja por una ventana, pero cae sobre colchones preparados; él
eyacula al oírla caer. Detallar la escena que le hace para legitimar su acto.
60. Le administra una droga que le hace ver una habitación llena de objetos
horribles. Ve un estanque cuyas aguas llegan hasta ella, se sube a una silla para
evitarlas. Le dicen que no tiene otro recurso que echarse a nadar, ella lo hace, pero
cae sobre el piso y a menudo se lastima mucho. Es el instante de la eyaculación de
nuestro libertino cuyo placer, antes, ha consistido en besar mucho el trasero.
61. La tiene suspendida de una polea en lo alto de una torre, él tiene la cuerda a
su alcance en una ventana de abajo; se masturba, sacude la cuerda y amenaza cortarla
cuando eyacule. Durante esto es azotado, y antes ha hecho cagar a la puta.
62. Está sujeta por cuatro delgadas cuerdas atadas a sus cuatro extremidades. Así
suspendida, en la actitud más cruel, se abre bajo ella una trampa que le descubre un
brasero ardiente; si las cuerdas se rompen, cae sobre el fuego. Se dan sacudidas a las
cuerdas y el malvado corta una de ellas mientras eyacula. A veces la coloca en la
misma actitud, le pone un peso sobre los riñones y levanta mucho las cuatro cuerdas
de modo que casi le reviente el estómago y se le quiebren los riñones. La tiene así
hasta la eyaculación.
63. La amarra a un taburete, a un pie de distancia sobre su cabeza hay un puñal
muy afilado suspendido de un cabello; si el cabello se rompe, el agudísimo puñal le
penetra en el cráneo. El hombre se masturba ante ella y goza con las contorsiones
que el miedo arranca a su víctima. Al cabo de una hora la suelta y le hace sangrar las
nalgas con la punta de aquel mismo puñal, para demostrarle que era muy cortante;
eyacula sobre el trasero ensangrentado.
Aquella noche el obispo desvirga el culo de Colombe y la azota hasta hacerle manar
sangre porque no puede soportar que una mujer lo haga eyacular.
DIA CATORCE. 64. Da por el culo a una joven novicia que no sabe nada, y
cuando eyacula le dispara junto a las orejas dos tiros de pistola que le dejan los
cabellos chamuscados.
65. La hace sentarse en un sillón de resortes; con su peso dispara todos los
resortes que accionan unos cercos de hierro que la sujetan. Otros resortes, al
dispararse, presentan veinte puñales sobre su cuerpo, el hombre se masturba
mientras le dice que será apuñalada si imprime al sillón el menor movimiento, y al
eyacular derrama su semen sobre ella.
66. La mujer cae, por medio de un columpio, en un gabinete tapizado de negro y
amueblado con un reclinatorio, un ataúd y algunas calaveras. Ve a seis espectros
armados de mazas, espadas, pistolas, sables, puñales y lanzas, cada uno dispuesto a
herirla en un lugar diferente. Ella se tambalea, es presa del miedo; el hombre entra, la
agarra y la azota en todo el cuerpo con la mayor fuerza, luego la penetra por detrás y
eyacula. Si ella se desmaya cuando él entra, lo cual sucede a menudo, la hace volver
en sí a latigazos.
67. Ella entra en la habitación de una torre, ve en medio un gran brasero, sobre
una mesa un veneno y un puñal; se le pide que elija entre los tres tipos de muerte.
Generalmente elige el veneno. Es un opio preparado, que la hace caer en un
profundo sopor, durante el cual el libertino la posee por el culo. Es el mismo hombre
de quien habló la Duclos el 27 de noviembre y de quien hablará la Desgranges el
6 de febrero.
68. El mismo hombre de quien la Desgranges hablará el 16 de febrero ejecuta
todas las ceremonias para decapitar a la prostituta; cuando va a caer el golpe un
cordón retira precipitadamente el cuerpo de la mujer, el sable cae sobre el tajo, donde
se hunde tres pulgadas. Si la cuerda no retira a la mujer a tiempo, muere. El eyacula
cuando suelta el golpe. Pero antes la ha jodido por atrás, con el cuello sobre el tajo.
Por la noche es entregado el culo de Colombe, pero antes se la amenaza y se finge
decapitarla.
DIA QUINCE. 69. Ahorca a la puta, quien está con los pies apoyados sobre un
banquito y una cuerda amarrada a éste; él se halla enfrente, instalado en un sillón
donde se hace masturbar por la hija de aquella mujer. Al eyacular tira de la cuerda, la
mujer, sin apoyo, queda colgada, él sale, acuden unos criados, descuelgan a la
prostituta y por medio de una sangría la hacen volver en sí, pero este auxilio se presta
a espaldas del amo. Este va a acostarse con la hija y la sodomiza durante toda la
noche mientras le dice que ha ahorcado a su madre; no quiere saber que la víctima ha
sido salvada. Dígase que la Desgranges hablará de él.
70. Tira de las orejas a la prostituta y así la pasea por toda la habitación; entonces
eyacula.
71. Pellizca furiosamente a la prostituta por todo el cuerpo excepto los senos; la
deja toda negra.
72. Le pellizca los senos, se los atormenta y los soba hasta dejárselos enteramente
magullados.
73. Con una aguja traza cifras y letras sobre sus tetas, pero la aguja está
envenenada, los senos se hinchan y la mujer sufre mucho.
74. Le clava mil o dos mil alfileritos en las tetas y, cuando las tiene cubiertas de
ellos, eyacula.
Aquel día se sorprende a Julie, más libertina que nunca, masturbándose con la
Champville. El obispo la protege todavía más desde entonces y la admite en su habitación
como el duque a la Duclos , Durcet a la Martaine y Curval a la Fanchon. Confiesa que
después de haber sido repudiada, como la condenaron a ir a dormir al establo de los
animales, la Champville la recogió en su habitación y dormía con ella.
DIA DIECISEIS DE ENERO. 75. Clava grandes alfileres en todo el cuerpo de
la prostituta, incluidas las tetas; eyacula cuando la ve cubierta de alfileres. Decir que la
Desgranges hablará de éste en su cuarto relato del 27 de febrero.
76. La llena de bebida, luego le cose el coño y el culo; la deja así hasta que la ve
desmayarse por la necesidad de orinar o cagar sin poder lograrlo o hasta que la caída
y el peso de sus necesidades llegan a romper los hilos.
77. Son cuatro en una habitación y se lanzan a la prostituta como una pelota a
puntapiés y a puñetazos hasta que ella cae. Los cuatro se masturban mutuamente y
eyaculan cuando la mujer cae.
78. Se le quita y se le devuelve el aire a voluntad dentro de una máquina
neumática.
Para festejar la onceava semana aquel día se celebra el matrimonio de Colombe y
Antinoüs, que se consuma. El duque, quien jode prodigiosamente a Augustine en el coño,
aquella noche es presa de una rabia lúbrica contra ella: la ha hecho sujetar por la Duclos y le
ha dado trescientos latigazos desde la mitad de la espalda hasta las pantorrillas y luego ha
penetrado en el trasero de la Duclos mientras besaba el culo azotado de Augustine. Después
hizo locuras por ella, quiso que cenara a su lado, sólo come de su boca y comete otras mil
inconsecuencias libertinas que pintan el carácter de aquellos disolutos.
DIA DIECISIETE. 79. Amarra a la prostituta sobre una mesa, boca abajo, y
come una tortilla servida hirviendo sobre sus nalgas, donde pincha fuertemente los
trozos con un tenedor muy agudo.
80. Le sujeta la cabeza sobre un brasero con tizones hasta que se desmaya, en
cuyo estado la encula.
81. Le quema ligeramente y poco a poco la piel de los senos y de las nalgas con
cerillas de azufre.
82. Apaga velas dentro de su coño, su culo y sobre las tetas, gran número de
veces seguidas.
83. Con una cerilla le quema las pestañas, lo cual le impide todo reposo por la
noche y poder cerrar los ojos para dormir.
Aquella noche el duque desvirga a Giton, quien se siente mal por ello, ya que el duque es
enorme, jode muy brutalmente y Giton sólo tiene doce años.
DIA DIECIOCHO. 84. La obliga, con la pistola en el pecho, a masticar y
tragarse un carbón ardiendo, y luego le irriga agua fuerte dentro del coño.
85. La hace bailar desnuda en torno a cuatro pilares preparados; pero el único
camino que puede recorrer descalza en torno a esos pilares está alfombrado de
hierros agudos, puntas de clavos Y pedazos de vidrio, y hay un hombre situado ante
cada pilar con un manojo de varas en la mano con el que la azota por delante o por
detrás, según la parte que presenta, cada vez que pasa frente a él. Está obligada a dar
cierto número de vueltas, según sea más o menos joven y bonita; las más hermosas
son siempre las más vejadas.
86. Le da violentos puñetazos en la nariz hasta que sangra, y continúa a pesar de
que esté sangrando; eyacula y mezcla su semen con la sangre que ella pierde.
87. De su cuerpo completamente desnudo le coge trocitos de nalgas, del monte
de venus y las tetas, con tenazas de hierro muy calientes. Decir que la Desgranges
hablará de éste.
88. Le coloca sobre el cuerpo diferentes montoncitos de pólvora, especialmente
en los lugares más sensibles, y los enciende.
Por la noche es entregado el culo de Giton, y después de la ceremonia es fustigado por
Curval, el duque y el obispo, que lo han jodido.
DIA DIECINUEVE. 89. Le introduce en el coño un cilindro de pólvora, sin
revestimiento de cartón; lo enciende y eyacula al ver la llama. Anteriormente ha
besado el culo.
90. La empapa de pies a cabeza con alcohol; lo enciende y se divierte hasta
eyacular viendo así a aquella pobre mujer toda encendida. Repite la operación dos o
tres veces...
91. Le da una lavativa de aceite hirviente.
92. Le introduce un hierro ardiente en el ano y lo mismo en la vagina, después de
haberla azotado bien.
93. Quiere pisotear a una mujer preñada hasta que aborte. Anteriormente la ha
azotado.
Aquella misma noche Curval desvirga el culo de Sophie, pero antes es azotada hasta
sangrar por cien latigazos de cada uno de los amigos. Curval, en cuanto le ha eyaculado en el
culo, ofrece quinientos luises a la sociedad por bajarla a la bodega aquella noche y divertirse
con ella a su manera. Se le niega, vuelve a joderla y, al salir de su ano después de aquella
segunda eyaculación le pega un puntapié en el trasero que la lanza sobre unos colchones a
quince pies de distancia. Durante la misma noche va a vengarse con Zelmire, a la que azota
con todas sus fuerzas.
DIA VEINTE DE ENERO. 94. Finge acariciar a la prostituta que lo masturba,
ella no desconfía; pero en el instante de su eyaculación le coge la cabeza y la golpea
con fuerza contra la pared. El golpe es tan imprevisto que generalmente la mujer cae
desmayada.
95. Están cuatro libertinos reunidos; juzgan a una prostituta y la condenan
formalmente. La sentencia es de cien bastonazos aplicados, de veinticinco en
veinticinco, por cada uno de los amigos y distribuidos en la primera tanda desde los
hombros hasta los riñones, en la segunda desde los riñones hasta las pantorrillas, en
la tercera desde el cuello hasta el ombligo, comprendidos los senos, y en la cuarta
desde el bajo vientre hasta los pies.
96. Le da un pinchazo de alfiler en cada ojo, en cada pezón y en el clítoris.
97. Le hace gotear cera de España sobre las nalgas, en el coño y en el pecho.
98. La sangra en el brazo y no ataja la hemorragia hasta que se desmaya.
Curval propone sangrar a Constance a causa de su preñez, lo hacen hasta que se
desmaya, es Durcet quien la sangra. Aquella noche es entregado el trasero de Sophie y el
duque propone sangrarla, cosa que no puede hacerle daño, al contrario, y que con su sangre
se haga morcilla para el almuerzo. Se acepta. Es Curval quien la sangra mientras la Duclos lo
masturba, y no quiere pinchar hasta que escape su semen; hace una gran abertura, pero la
acierta. A pesar de todo esto, Sophie ha gustado al obispo, quien la adopta por mujer y
repudia a Aline, quien cae en el mayor descrédito.
VEINTIUNO DE ENERO. 99. La sangra en los dos brazos y quiere que esté de
pie cuando mana la sangre; de vez en cuando ataja la hemorragia para azotarla, luego
vuelve a abrirle las heridas, todo hasta que se desmaya. No eyacula hasta que ella cae;
antes, la hace cagar.
100. La sangra en las cuatro extremidades y en la yugular y se masturba mientras
ve manar aquellas cinco fuentes de sangre.
101. Le hace incisiones ligeras en las carnes, principalmente en las nalgas, pero no
en los senos.
102. Le hace fuertes incisiones, principalmente en los senos cerca de los pezones,
y cerca del ano cuando llega a las nalgas. Luego le cauteriza las llagas con un hierro
candente.
103. La amarran a gatas como un animal feroz, cubierto con una piel de tigre. En
ese estado se le excita, se le irrita, se le azota, se le pega, se le masturba el culo; frente
a él está una prostituta muy
gorda, desnuda y sujeta por los pies sobre el piso y por el cuello al
techo, de manera que no puede moverse. En cuanto el libertino
está bien encendido, lo sueltan, se arroja como una fiera sobre
la mujer y la muerde por todas partes, principalmente en el
clítoris y los pezones, los cuales generalmente se lleva entre
sus dientes. Ruge y grita como un animal y eyacula aullando. La
prostituta debe cagar, él come sus excrementos en el suelo.
Aquella misma noche el obispo desvirga a Narcisse, que es entregado
también la misma noche para no perturbar la fiesta del 23. El
duque, antes de sodomizarlo, le hace cagar en su boca y devolver en
ella el semen de sus predecesores. Después de haberlo jodido por
detrás, lo azota. DIA VEINTIDOS. 104. Arranca dientes y
araña las encías con agujas. A veces las quema. 105. Le
rompe un dedo de la mano, a veces varios. 106. Le aplana un pie con un
vigoroso martillazo. 107. Le disloca una muñeca. 108. Le da un
martillazo en los dientes mientras eyacula. Antes su placer ha
consistido en chupar mucho la boca. El duque aquella noche desvirga el
culo de Rosette, y en el instante en que el pene penetra en el trasero,
Curval arranca un diente a la niña para que experimente a la vez
dos dolores terribles. Es entregada durante la misma noche para no
perturbar la fiesta del día siguiente. Cuando Curval le ha
eyaculado en el culo (y ha sido el último que ha pasado), cuando
lo ha hecho, digo, la tumba de una bofetada dada con toda su fuerza. EL
DIA VEINTITRES, a causa de la fiesta, sólo se exponen cuatro
relatos: 109. Le disloca un pie. 110. Le rompe un brazo mientras la
encula. 111. Le rompe un hueso de las piernas de un golpe con una barra
de hierro y luego la da por el culo. 112. La ata a una escalera de mano
doble con los miembros amarrados en posturas extrañas, hay una
cuerda fija a la escalera, tiran de esta cuerda, la escalera cae y ella
se rompe alguno de los miembros. Aquel día se efectúa el
matrimonio de Bande-au-ciel y de Rosette para celebrar la doceava
semana. Aquella noche sangran a Rosette después de haber sido
jodida y a Aline, a quien se hace joder por Hercule; las dos son
sangradas de manera que su sangre se derrame sobre los muslos y los
miembros de nuestros libertinos, quienes se masturban ante aquel
espectáculo y eyaculan cuando las dos se desmayan. DIA
VEINTICUATRO. 113. Le corta una oreja. (Tener cuidado de especificar
siempre lo que todas esas personas hacen antes). 114. Le rasga los
labios y las ventanas de la nariz. 115. Le atraviesa la lengua con un
hierro candente, después de habérsela chupado y mordido.
116. Le arranca varias uñas de las manos y de los pies. 1 17. Le
corta la punta de un dedo. Y como la narradora, interrogada, dice que
semejante mutilación no tiene ninguna consecuencia grave si se
cura inmediatamente, Durcet aquella noche corta la punta del dedo
meñique de Adélaïde, contra la cual estalla cada vez
más su hostilidad lúbrica. Ante aquello eyacula con
transportes insólitos. La misma noche Curval desvirga el culo de
Augustine, aunque sea la mujer del duque. Suplicio que ella
experimenta. Rabia de Curval contra ella, después; se pone de
acuerdo con el duque para bajarle a la bodega aquella noche y dicen a
Durcet que si se lo permiten, ellos le permitirán enviar
inmediatamente también a Adélaïde, pero el obispo
les arenga y logra que esperen aún por el mismo interés
de su placer. Curval y el duque se contentan, pues, con azotar
vigorosamente a Augustine, uno en brazos del otro. DIA VEINTICINCO.
118. Derrama quince o veinte gotas de plomo fundido, ardiente, en la
boca y quema las encías con agua fuerte. 119. Corta un pedazo de
la lengua después de haber hecho limpiar con ella el culo
mierdoso, luego la posee por detrás cuando está hecha su
mutilación. 120. Tiene una máquina de hierro,redonda, que entra en las carnes y las corta,
cuando se retira se lleva un pedazo redondo de carne de tanta profundidad como se
ha dejado penetrar la máquina, la cual sigue socavando si no se la detiene.
121. Convierte en eunuco a un muchacho de diez a quince años.
122. Con unas tenazas aprieta y arranca los pezones y los corta con tijeras.
Aquella misma noche se entrega el culo de Augustine. Curval, mientras la posee por
detrás, quiere besar el pecho de Constance y en el momento de eyacular le arranca el pezón
con los dientes, pero corno la curan inmediatamente se asegura que esto no hará ningún daño
a su fruto. Curvar dice a sus compañeros, quienes se chancean de su rabia contra esa
criatura, que no puede dominar los sentimientos furiosos que ella le inspira.
Cuando le toca al duque el turno de encular a Augustine, la rabia que tiene contra esta
hermosa muchacha se manifiesta muy vivamente: si no lo hubiesen vigilado la habría herido
en el seno o le habría apretado el cuello con toda su fuerza mientras eyaculaba. Pide otra vez
a la asamblea que le permita adueñarse de ella, pero se le- objeta que deben esperarse las
narraciones de la Desgranges. Su hermano le ruega que, tenga paciencia hasta que él le dé el
ejemplo con Aline, que lo que quiere hacer antes perturbaría todo el orden de las disposiciones;
sin embargo, como no puede más, necesita absolutamente aplicar un suplicio a la
bella muchacha, se le permite herirla ligeramente en el brazo. Lo hace en la carne del
antebrazo izquierdo, chupa la sangre, eyacula, y aquella herida es curada de tal manera que al
cuarto día ya no se advierte.
DIA VEINTISEIS. 123. Rompe una botella delgada de vidrio blanco contra la
cara de la prostituta atada e indefensa; antes ha chupado mucho su boca y su lengua.
124. Le ata las dos piernas, le sujeta una mano a la espalda, le pone en la otra
mano un bastoncito para defenderse, luego la ataca con una espada, le hace varias
heridas y eyacula sobre ellas.
125. La tiende sobre una cruz de San Andrés, ejecuta la ceremonia de romperla,
le lastima tres extremidades sin fractura y le rompe decididamente un brazo o una
pierna.
126. La hace colocar de perfil y dispara un tiro de pistola con bala que le roza los
dos senos; apunta de manera que se lleve uno de los pezones.
127. La coloca a gatas a veinte pasos de él y le dispara una bala de fusil en las
nalgas.
Aquella noche el obispo desvirga el culo de Fanny.
DIA VEINTISIETE. 128. El mismo hombre de quien hablará la Desgrangés el
24 de febrero hace abortar a una mujer preñada a latigazos en el vientre; quiere verla
parir delante de él.
129. Convierte en eunuco a un muchacho de dieciséis a diecisiete años. Antes lo
da por atrás y lo azota.
130. Quiere una virgen, le corta el clítoris con una navaja, luego la desvirga con
un cilindro de hierro caliente que hunde a martillazos.
131. Hace abortar a los ocho meses por medio de un brebaje que hace que la
mujer dé a la luz enseguida a un niño muerto; otras veces determina un parto por el
ano. Pero el niño sale sin vida y la madre arriesga la suya.
132. Corta un brazo.
Aquella noche se entrega el culo de Fanny, Durcet la salva de un suplicio que se le
preparaba; la toma por esposa, se hace casar por el obispo y repudia a Adélaïde, a quien se le
aplica el suplicio destinado a Fanny, que consistía en romperle un dedo. El duque la encula
mientras Durcet le rompe el dedo.
DIA VEINTIOCHO. 133. Corta dos dedos y los cauteriza con un hierro
candente.
134. Corta la lengua desde la raíz y cauteriza con un hierro candente.
135. Corta una pierna y, más frecuentemente, la hace cortar mientras él da por el
culo.
136. Arranca todos los dientes y pone en su lugar un clavo ardiente que hunde
con un martillo; hace esto después de joder a la mujer en la boca.
137. Saca un ojo.
Aquella noche se le
azota a Julie con todas las fuerzas y se le pinchan todos los dedos con
una aguja. Esta operación se hace mientras el obispo la da por
el culo, aunque la quiere bastante. DIA VEINTINUEVE. 138. Ciega los dos
ojos derramando sobre ellos cera derretida. 139. Le corta una teta y
cauteriza con un hierro candente. La Desgranges les dirá
quién es el hombre que le cortó la teta que le falta y
que está segura de que se la come asada. 140. Corta las dos
nalgas, después de haberlas enculado y azotado. También
se dice que se las come. 141. Corta las dos orejas. 142. Corta todas
las extremidades, los veinte dedos, el clítoris, los pezones, la
punta de la lengua. Aquella noche Aline, después de haber sido
vigorosamente azotada por los cuatro amigos y enculada por el obispo
por última vez, es condenada a que cada uno de los amigos le
corte un dedo de cada extremidad. DIA TREINTA. 143. Le corta varios
pedazos de carne de la superficie de todo el cuerpo, los hace asar y la
obliga a comerlos con él. Es el mismo hombre del 8 y del 17 de
febrero de la Desgranges. 144. Corta las cuatro extremidades de un
muchacho, encula al tronco, lo alimenta bien y lo deja vivir
así; como los miembros no han sido cortados muy cerca del
tronco, vive mucho tiempo. Durante más de un año lo
encula así. 145. Ata fuertemente a la prostituta por una mano y
la deja así sin darle alimento; junto a ella hay un gran
cuchillo y delante una comida excelente: si quiere comer tiene que
cortarse la mano, de lo contrario muere. Antes, la ha jodido por
detrás. El la observa por una ventana. 146. Amarra a madre e
hija; para que una de las dos viva y haga vivir a la otra, tiene que
cortarse la mano. Se divierte con el debate, para ver cuál de
las dos se sacrificará por la otra. Sólo cuenta cuatro
historias, porque aquella noche se celebra la fiesta de la-
décimo tercera semana, en la que el duque, representando el
papel de mujer, se casa con Hercule en calidad de marido y,
representando el papel de hombre, con Zéphyr en calidad de
mujer. El mozalbete que, como se sabe, es el que tiene el culo
más hermoso de los ocho muchachos, se presenta vestido y resulta
tan hermoso como el amor. La ceremonia es consagrada por el obispo y se
desarrolla ante todo el mundo. Ese muchacho no es desvirgado hasta
entonces; el duque goza grandemente con ello, y le cuesta mucho: lo
hace sangrar. Durante la operación Hercule lo jode a él.
TREINTA Y UNO DE ENERO. 147. Le saca los ojos y la deja encerrada en
una habitación; le dice que ante ella tiene comida, que
sólo tiene que ir a buscarla. Pero para esto debe pasar por
encima de una placa de hierro que ella no ve y que mantienen siempre al
rojo vivo; él se divierte, por una ventana, viendo lo que
hará: si se quemará o si preferirá morir de
hambre. Antes ha sido muy azotada. 148. Le aplica el suplicio que
consiste en atar con cuerdas las cuatro extremidades y elevar a gran
altura por medio de esas cuerdas; una vez en alto, la deja caer a
plomo: cada caída disloca y rompe todos los miembros, porque no
hay otro sostén que el de las cuerdas. 149. Le hace en las
carnes profundas heridas, en medio de las cuales derrama pez hirviente
y plomo fundido. 150. En el momento en que acaba de dar a luz, la
amarra desnuda y la deja sin ningún auxilio; ata ante ella a su
hijo, que grita y al que no puede auxiliar. Ha de verlo morir
así. Después azota con todas-sus fuerzas a la madre en el
coño dirigiendo los golpes a la vagina. Generalmente él
es el padre del niño. 151. La llena de agua, luego le cose el
coño y el culo así como la boca, y la deja de este modo
hasta que el agua revienta los conductos o que ella perece. (Comprobar
por qué hay una de más, y si hay que suprimir una que sea
esta última, la cual creo que ya fue hecha). Aquella misma noche
es entregado el culo de Zéphyr y Adélaïde es
condenada a una ruda fustigación, después de la cual se
la quemará con un hierro candente junto a la vagina, en los
sobacos y un poco sobre cada teta. Soporta todo eso como una
heroína e invocando a Dios, lo cual irrita todavía
más a sus verdugos.
CUARTA PARTE
Las 150 pasiones homicidas o de
cuarta clase que comprenden veintiocho jornadas de febrero empleadas en
las narraciones de la Desgranges a las que se ha añadido el
diario exacto de los acontecimientos escandalosos del Castillo durante
ese mes. Establézcase primeramente que todo cambia de aspecto en
este mes. Que las cuatro esposas están repudiadas, que Julie, no
obstante, ha hallado piedad junto al obispo, quien la ha tomado en
calidad de sirvienta, pero que Aline, Adélaïde y Constance
se hallan sin refugio, exceptuando no obstante a esta última: se
ha permitido a la Duclos que la albergue con ella porque se quiere
conservar su fruto. Pero Adélaïde y Aline duermen en el
establo de los animales destinados al alimento. Las sultanas Augustine,
Zelmire, Fanny y Sophie son las que sustituyen a las esposas en todas
sus funciones, a saber: en los retretes, en el servicio de la comida,
en los sofás y en la cama de los señores por la noche. De
modo que en esta época he aquí cómo están
las habitaciones de los señores durante las noches:
independientemente de un jodedor cada uno, por turno, tienen: El duque,
a Augustine, Zéphyr y la Duclos en su cama, con el jodedor;
él duerme en medio de los cuatro y Marie en el sofá;
Curval se acuesta del mismo modo entre Adonis, Zelmire, un jodedor y la
Fanchon ; nadie más. Durcet duerme entre Hyacinthe, Fanny, un
jodedor y la Martaine. (Comprobar). Y en el sofá Louison. El
obispo se acuesta entre Céladon, Sophie, un jodedor y Julie, y
en el sofá Thérése. Con esto se ve que los
pequeños matrimonios de Zéphyr y Augustine, de Adonis y
Zelmire, de Hyacinthe y Fanny, de Céladon y Sophie, que han sido
casados todos, pertenecen al mismo dueño. Ya no quedan
más que cuatro muchachas en el serrallo femenino, y cuatro
muchachos en el masculino. La Champville duerme en el de las mujeres y
la Desgranges en el de los muchachos. Aline en el establo, como se ha
dicho, y Constance en la habitación de la Duclos , sola, puesto
que la Duclos duerme con el duque todas las noches. La comida es
servida siempre por las cuatro sultanas, que representan a las cuatro
esposas, y la cena por las cuatro sultanas restantes, una cuadrilla
sirve siempre el café; pero las cuadrillas de los relatos frente
a cada nicho de cristal ya sólo se componen de un muchacho y una
muchacha. En cada narración Aline y Adélaïde son
amarradas a los pilares del salón de historia de que se ha
hablado, colocadas con las nalgas frente a los sofás y junto a
ellas una mesita con varas siempre dispuestas para azotarlas. Constance
tiene permiso para sentarse en la fila de las narradoras. Cada vieja se
ocupa de su pareja y Julie, desnuda, anda errante de un sofá a
otro para recibir las órdenes y ejecutarlas inmediatamente. Por
lo demás, como siempre, un jodedor en cada sofá. En esta
situación la -Desgranges empieza sus relatos. En un reglamento
particular los amigos han establecido que en el curso de este mes
Aline, Adélaïde, Augustine y Zelmire serán
entregadas a la brutalidad de sus pasiones, en el día prescrito,
para inmolarlas solos o bien invitar al sacrificio a aquellos de sus
amigos que quieran, sin que los otros se enojen; que en cuanto a
Constance, serviría para la celebración de la
última semana, como se explicará en su tiempo y lugar. Si
el duque y Curval, quienes por esas disposiciones quedarán
viudos, quieren tomar para el resto del mes una esposa para las
funciones, podrán hacerlo si eligen una de las cuatro sultanas
restantes. Pero los pilares quedarán desocupados, puesto que las
dos mujeres que los guarnecían ya no estarán. La
Desgranges empieza y, después de haber advertido que ya
sólo se tratará de homicidios, dice que tendrá
cuidado como se le ha recomendado, de exponer los detalles más
minuciosos y, sobre todo, declarar los gustos ordinarios que esos
asesinos de libertinaje hacían preceder a sus pasiones, a fin de que se puedan juzgar las relaciones y los
encadenamientos y ver cuál es el género de libertinaje simple que, rectificado por cabezas sin
costumbres ni principios, puede conducir al asesinato, y a qué tipo de asesinato. A
continuación comienza.
DIA PRIMERO. 1. Le gustaba divertirse con una pobre que no hubiese comido
desde hacía tres días, y su segunda pasión es la de dejar morir de hambre a una mujer
en el fondo de un calabozo sin prestarle el menor auxilio; la observa y se masturba
mientras la examina, pero no eyacula hasta el día en que ella perece.
2. La mantiene largo tiempo en el calabozo disminuyendo cada día un poco su
ración; antes la hace cagar y come los excrementos en un plato.
3. Le gustaba chupar la boca y tragarse la saliva, y en segundo lugar empareda a la
mujer en un calabozo con víveres sólo para quince días; a los treinta días, entra y se
masturba sobre el cadáver.
4. La hacía orinar y después la hacía morir lentamente, sin dejarla beber y dándole
mucha comida.
5. Azotaba y hacía morir a la mujer impidiéndola dormir,
Aquella misma noche Michette es colgada por los pies después de haber comido mucho,
hasta que lo vomita todo sobre Curval, quien se lo traga y se masturba debajo de ella.
DIA DOS. 6. La hacía cagar en su boca y se lo iba comiendo; en segundo lugar,
la alimentaba solamente con miga de pan y vino. Al cabo de un mes ella estira la pata.
7. Le gustaba joder el coño; inyecta a la mujer una enfermedad venérea de tan
mala índole que ella fallece al poco tiempo.
8. Hacía vomitar en su boca, y después administra por medio de un brebaje una
fiebre maligna de la que la mujer muere rápidamente.
9. La hacía cagar y después le daba una lavativa de ingredientes envenenados con
agua hirviendo o agua fuerte.
10. Un famoso fustigador coloca a una mujer sobre un pivote en el cual gira sin
cesar hasta la muerte.
Por la noche dan una lavativa de agua hirviendo a Rosette cuando el duque acababa de
darle por el culo.
DIA TRES. 11. Le gustaba dar bofetadas y en segundo lugar le volteaba el cuello
hacia atrás de manera que la mujer tuviese la cara del mismo lado que las nalgas.
12. Le gustaba la bestialidad, y además gozaba haciendo desvirgar ante él a una
muchacha por un semental que la mataba.
13. Le gusta joder por el culo y luego entierra a la mujer hasta medio cuerpo y así
la alimenta hasta que la mitad enterrada se pudre.
14. Le gusta masturbar el clítoris, y hace que uno de sus subordinados masturbe a
una mujer en el clítoris hasta la muerte.
15. Un fustigador, perfeccionando su pasión, azota hasta la muerte a la mujer en
todas las partes del cuerpo.
Aquella noche el duque quiere que Augustine sea masturbada en el clítoris, que tiene
muy sensible, por la Duclos y la Champville , que se relevan y la masturban hasta que se
desmaya.
DIA CUATRO. 16. Le gustaba apretar el cuello y, en segundo lugar, amarra a la
mujer por el cuello. Ante ella hay una abundante comida, pero, para alcanzarla, debe,
estrangularse ella misma o bien ha de morir de hambre.
17. El mismo hombre que mató a la hermana de la Duclos , cuyo gusto consiste
en manosear las carnes durante largo tiempo, amasa los senos y las nalgas con una
fuerza tan enorme que la hace morir con este suplicio.
18. El hombre del cual habló la Martaine el 20 de enero, a quien le gustaba
sangrar a las mujeres, las mata con sangrías repetidas.
19. Aquel cuya pasión consistía en hacer correr a una mujer desnuda hasta que
cayese, de quien ya se habló, tiene como segunda manía la de encerrar a la mujer
dentro de un baño turco ardiendo, donde muere ahogada.
20. Aquel de quien habló la Duclos , al que le gustaba hacerse poner pañales y que
la prostituta le diese su mierda en vez de papilla, envuelve a una mujer tan
estrechamente en pañales que la hace morir.
Aquella noche, un poco antes de pasar al salón de historia, se encontró a Curval dando
por el culo a una de las criadas de la cocina. Paga la multa; la muchacha recibe la orden de
presentarse en las orgías donde el duque y el obispo la joden a su vez por el culo, y le dan
cada uno doscientos latigazos. Es una saboyana gorda, de veinticinco años, bastante fresca y
que tiene un hermoso culo.
DIA CINCO. 21. Como primera pasión le gusta la bestialidad y como segunda
coser a la prostituta dentro de una piel de asno fresca, con la cabeza afuera, la
alimenta y la deja allí dentro hasta que la piel del animal se encoge y la ahoga.
22. Aquel de quien la Martaine habló el 15 de enero, al que le gustaba colgar
como juego, cuelga a la prostituta por los pies y la deja así hasta que la sangre la
ahoga.
23. El del 27 de noviembre de la Duclos , al que gusta de hacer emborrachar a la
puta, hace morir a la mujer llenándola de agua con un embudo.
24. Le gustaba torturar las tetas y lo perfecciona encasquetando las dos tetas de
una mujer en dos especies de ollas de hierro; luego coloca a la criatura, con sus dos
tetas así acorazadas, sobre dos braseros, y la deja morir en aquellos dolores.
25. Le gustaba ver nadar a una mujer y como segunda pasión la arroja al agua y la
retira medio ahogada; la cuelga luego por los pies para hacerle expulsar el agua. En
cuanto ha vuelto en sí, la vuelve a arrojar al agua, y así varias veces hasta que revienta.
Aquel día, a la misma hora que la víspera, encuentran al duque enculando a otra criada;
paga la multa, la criada es mandada a ¡as orgías donde todo el mundo goza de ella, Durcet
por la boca, el resto por el culo y hasta por el coño, pues es virgen y es condenada a doscientos
latigazos de cada uno. Es una muchacha de dieciocho años, alta y bien hecha, algo
pelirroja y con un trasero muy hermoso.
Aquella misma noche Curval dice que es esencial volver a sangrar a Constance, por su'
preñez; el duque la jode por el culo y Curval la sangra, mientras Augustine lo masturba sobre
las nalgas de Zelmire y alguien lo jode. Clava la lanceta al eyacular, y no yerra.
DIA SEIS. 26. Su primera pasión consistía en arrojar a una mujer, de un puntapié
en el culo, sobre un brasero, del que no obstante ella salía muy pronto para no sufrir
más que un poco. Perfecciona la operación obligando a la prostituta a estar de pie
ante dos fuegos, uno de los cuales la asa por delante y el otro por detrás; la deja así
hasta que sus grasas se derriten.
La Desgranges advierte que va a hablar de asesinatos que ofrecen una muerte rápida y
casi no hacen sufrir.
27. Le gustaba impedir la respiración con sus manos, fuese apretando el cuello,
fuese manteniendo largo rato su mano sobre la boca, y lo perfecciona ahogando
entre cuatro colchones.
28. Aquel de quien habló la Martaine y que daba a escoger entre tres clases de
muerte (véase el 14 de enero), se levanta la tapa de los sesos con un tiro de pistola,
sin permitir elección; encula y al eyacular dispara.
29. Aquel de quien habló la Champville el 22 de diciembre que hacía saltar a la
prostituta dentro de una manta con un gato, la precipita desde lo alto de una torre
sobre guijarros y eyacula al oír su caída.
30. Aquel al que le gustaba apretar el cuello mientras daba por el culo, de quien
habló la Martaine el 6 de enero, encula a la prostituta con un cordón de seda negra
en torno al cuello y eyacula al estrangularla; la Desgranges ha de decir que esta
voluptuosidad es una de las más. refinadas que un libertino puede procurarse.
Aquel día se celebra la fiesta de la décimo cuarta semana y Curval, como mujer, se casa
con Brise-cul, como marido, y en calidad de hombre con Adonis, como mujer; este niño no
es desvirgado hasta aquel día, ante todo el mundo, mientras Brise-cul jode a Curval.
En la cena se emborrachan. Se azota a Zelmire y Augustine en los lomos, las nalgas, los
muslos, el vientre, el monte y los muslos por delante, luego Curval hace que Adonis joda a su
nueva esposa Zelmire y les da por el culo alternativamente a los dos.
DIA SIETE. 31. Primitivamente le gustaba joder a una mujer en sopor y
perfecciona el procedimiento haciéndola morir con una fuerte dosis de opio; la
encoña durante el sueño de la muerte.
32. El mismo hombre de quien se acaba de hablar y que arroja a la mujer al agua
varias veces, tiene además como pasión ahogar a una mujer con una piedra al cuello.
33. Le gustaba abofetear, y como segunda pasión, le derrama plomo fundido en
el oído mientras duerme.
34. Le gustaba dar latigazos a la cara; la Champville habló de él el 30 de
diciembre.
(Comprobar).
Mata inmediatamente a la prostituta con un fuerte martillazo en la sien.
35.. Le gustaba ver consumirse una vela hasta el final en el ano de una mujer; la
ata al extremo de un cable conductor y hace que un rayo, la destroce.
36. Un fustigador. La coloca, en posición agachada, a la boca de un cañón; la bala
se la lleva por el culo.
Aquel día se le encontró al obispo jodiendo por detrás a la tercera criada. Paga la multa,
la muchacha es mandada a las orgías, el duque y Curval la enculan y enconan, pues es virgen,
luego le dan ochocientos latigazos: doscientos cada uno. Es una suiza de diecinueve años
muy blanca, bastante gorda, y con un trasero muy bello. Las cocineras se quejan y dicen que
el servicio no podrá seguir si se atormenta a las criadas, y las dejan hasta el mes de marzo.
Aquella misma noche se corta un dedo a Rosette y se cauteriza con fuego. Durante la
operación está entre Curval y el duque; uno la jode por delante, el otro por atrás. La misma
noche Adonis es poseído por detrás, de manera que el duque aquella noche ha jodido a una
criada y a Rosette por el coño, a la misma criada por el culo, a Rosette también por el culo
han cambiado, y luego a Adonis. Está rendido.
DIA OCHO. 37. Le gustaba azotar todo el cuerpo con un vergajo y es el mismo
de quien habló la Martaine , que golpeando hirió ligeramente tres extremidades y
rompió sólo una. Le gusta moler completamente a palos a la mujer, pero la ahoga sobre
la cruz.
38. Aquel de quien habló la Martaine , que finje cortar el cuello de la prostituta, a
la que se retira por medio de una cuerda, lo corta efectivamente al eyacular. Se
masturba.
39. El del 30 de enero de la Martaine , que le gustaba inferir heridas, las mete en
mazmorras.
40. Le gustaba azotar en el vientre a mujeres preñadas, lo perfecciona dejando
caer sobre el vientre de la mujer un peso enorme, que de inmediato la aplasta con su
fruto.
41. Le gustaba ver el cuello desnudo de una mujer, apretarlo, atormentarlo un
poco; clava un alfiler en cierto punto de la nuca, lo cual la mata instantáneamente.
42. Le gustaba quemar ligeramente con una vela diversas partes del cuerpo. Lo
perfecciona echando a la mujer dentro de un horno ardiente, con fuego tan violento
que es consumida inmediatamente.
Durcet, que tiene una fuete erección y ha ido dos veces durante los relatos a azotar a
Adélaïde en el pilar, propone colocarla atravesada en el fuego, y cuando ella ha tenido tiempo
suficiente para estremecerse ante la proposición que por poco es aceptada, como transacción
le queman los pezones, uno Durcet su marido y el otro Curval su padre. Ambos eyaculan
con esta operación.
DIA NUEVE. 43. Le gustaba clavar alfileres; como segunda pasión, eyacula al
dar tres puñaladas al corazón.
44. Le gustaba quemar fuegos artificiales dentro del coño; amarra a una joven
delgada y bien formada, como baqueta, a un gran cohete volador, es disparada y
vuelve a caer con e! cohete.
45. El mismo llena de pólvora todas las aberturas de. una mujer, pega fuego y
todos los miembros son disparados y se separan a la vez.
46. Le gustaba hacer tomar por sorpresa un emético a la mujer; le hace respirar
unos polvos, en el tabaco o en un ramo de flores, y cae muerta inmediatamente.
47. Le gustaba azotar los senos y el cuello; lo perfecciona derribándola con un
vigoroso golpe de una barra en la garganta.
48. El mismo de quien habló la Duclos el 27 de noviembre y la Martaine el 14 de
enero:
(Comprobar).
Ella acaba de cagar ante el libertino, él la regaña, la persigue a latigazos hacia una
galería. Se abre una puerta que da a una escalera, ella cree encontrar allí su salvación,
se precipita, pero falta un escalón y cae en una bañera de agua hirviendo que la cubre
inmediatamente y donde muere escaldada, ahogada y sofocada. Sus gustos consisten
en hacer cagar y en azotar a la mujer mientras lo hace.
Aquella noche, al terminar ese relato, Curval ha hecho cagar a Zelmire por la mañana, el
duque le pide mierda, esta noche. Ella no puede, es condenada inmediatamente a ser
pinchada en el trasero con un aguja de oro hasta que la piel esté toda inundada de sangre, y
como es el duque el perjudicado, él es quien opera.
Curval pide mierda a Zéphyr: éste dice que el duque lo ha hecho cagar por la mañana. El
duque lo niega, se llama a la Duclos como testigo, quien lo niega, aunque sea verdad. Por
consiguiente, Curval tiene el derecho de castigar a Zéphyr aunque sea amante del duque,
como éste acaba de castigar a Zelmire aunque sea mujer de Curval. Zéphyr es azotado hasta
sangrar por Curval y recibe seis capirotazos en la nariz, que le sangra, lo cual hace reír mucho
al duque.
DIA DIEZ. La Desgranges dice que va a hablar de asesinatos a traición en los
que la manera es lo principal y el efecto, es decir, la muerte, sólo es accesorio. Por
consiguiente, dice que primero tratará de los venenos.
49. Un hombre cuyo gusto era el de joder por detrás y nunca de otra manera
envenena a todas sus mujeres; ya contaba veintidós. No las poseía nada más que por
el culo y nunca las había desvirgado.
50. Un malvado invita a sus amigos a un festín y, cada vez que les ofrece una
comida, envenena a la mitad de ellos.
51. El del 26 de noviembre de la Duclos y del 10 de enero de la Martaine , que es
un malvado, finge auxiliar a los pobres, les da víveres, pero están envenenados.
52. Un individuo emplea una droga que, sembrada por el suelo, hace caer
muertos a los que la pisan, y se sirve de ella muy a menudo.
53. Un malvado emplea otro polvo que da la muerte en medio de inconcebibles
tormentos; los envenenados duran quince días y ningún médico puede remediar
nada. Su mayor placer consiste en ir a verlos cuando se hallan en tal estado.
54. Un malvado con los hombres y con las mujeres emplea otro polvo cuyo
efecto es el de dejar sin sentido y como muerto. Creen muerto al sujeto, lo entierran,
y muere desesperado dentro de su ataúd cuando, apenas enterrado, recobra el
conocimiento. El malvado procura encontrarse sobre el lugar de la tumba para ver si
oye algunos gritos; si los oye, se desmaya de placer. Ha hecho morir de este modo a
una parte de su familia.
Aquella noche hacen tomar a Julie, engañosamente, un polvo que .le produce horribles
retortijones; le dicen que está envenenada, lo cree, se desespera. Durante el espectáculo de
sus convulsiones, el duque se ha hecho masturbar ante ella por Augustine. Esta tiene la
desdicha de cubrir el glande con el prepucio, una de las cosas que más desagradan al duque;
iba a eyacular, eso se lo impide. Dice que quiere cortar un dedo a esta bribona y se lo corta
de la mano que ha cometido el error, mientras su hija Julie, que se cree envenenada, lo hace
eyacular. Julie queda restablecida la misma noche.
DIA ONCE. 55. Un malvado iba a menudo a visitar a conocidos o amigos y
nunca dejaba de envenenar a lo que aquel amigo tenía de más querido en criaturas
humanas. Se servía de un polvo que mataba a los dos días entre horribles dolores.
56. Un hombre cuyo gusto consistía en maltratar el pecho, perfeccionaba su
afición envenenando a los niños en el mismo pecho de las nodrizas.
57. Le gustaba hacerse devolver en la boca lavativas de leche, y en segundo lugar
las administraba envenenadas, las cuales daban la muerte con horribles cólicos de las
entrañas.
58. Un malvado de quien tendrá ocasión de volver a hablar el día 13 y el 26 le
gustaba pegar fuego a las casas de los pobres, y lo hacía siempre de manera que se
quemara mucha gente, principalmente niños.
59. A otro malvado le gustaba matar a mujeres parturientas; iba a verlas llevando
con él unos polvos cuyo olor les produce espasmos y convulsiones cuya
consecuencia es la muerte.
60. Aquel de quien habló la Duclos en su vigésimo octava velada, quiere ver dar a
luz a una mujer; mata al niño al salir del vientre de su madre y ante los ojos de ésta, y
esto mientras fingía que lo acariciaba.
Aquella noche, Aline es primero azotada hasta sangrar con cien latigazos de cada amigo,
luego le piden mierda; se la ha dado por la mañana a Curval, quien lo niega. Por
consiguiente, la queman en los dos senos, en cada palma de las manos, le hacen gotear cera
sobre los muslos y el vientre, le llenan de ella el hueco del ombligo, le queman con alcohol el
vello del monte. El duque busca querella a Zelmire y Curval le corta dos dedos, uno de cada
mano. Augustine es azotada en el monte y en el culo.
DIA DOCE. Los amigos se reúnen por la mañana y deciden que las cuatro viejas les
resultas inútiles y pueden ser fácilmente sustituidas en sus funciones por las cuatro
narradoras, por lo tanto, deben divertirse con ellas y martirizarlas una tras otra, empezando
aquella misma noche. Se propone a las narradoras que ocupen el sitio de las viejas; aceptan,
con la condición de que no serán sacrificadas; se lo prometen.
61. Los tres amigos, d'Aucourt, el abad y Després, de quienes, habló la Duclos el
12 de noviembre, se divierten otra vez juntos con esta pasión: quieren a una mujer
embarazada de ocho a nueve meses, le abren el vientre, le arrancan el niño, lo
queman ante los ojos de la madre, ponen en su lugar, dentro del vientre, un paquete
de azufre combinado con mercurio, lo encienden, luego cosen el vientre y dejan
morir a la mujer así, ante ellos, entre dolores inauditos, mientras se hacen masturbar
por aquella prostituta que tienen con ellos.
(Comprobar el nombre).
62. Le gustaba desvirgar, y lo perfecciona haciendo una gran cantidad de hijos a
diversas mujeres, luego, cuando los niños tienen cinco o seis años, los desvirga, sean
varones o hembras, y los arroja dentro de un horno ardiendo en cuanto los ha
jodido, en el momento mismo de su eyaculación.
63. El mismo hombre de quien habló la Duclos el 27 de noviembre, la Martaine
el 15 de enero y ella misma el 5 de febrero, cuyo gusto consistía en ahorcar en
broma, ver ahorcar, etc..., este mismo, digo, esconde efectos suyos en los cofres de
sus criados y dice que lo han robado. Procura hacerlos ahorcar y si lo consigue va a
gozar del espectáculo, de lo contrario los encierra en una habitación y los mata
estrangulándolos. Eyacula durante la operación.
64. Un gran aficionado a la mierda, aquel de quien habló la Duclos el 14 de
noviembre, tiene en su casa un asiento de retrete preparado; insta a usarlo a la
persona a la que quiere hacer morir y, en cuanto está sentada en él, el asiento se
hunde y precipita a la persona en una fosa de mierda muy profunda, donde la deja
perecer.
65. Un hombre de quien habló la Martaine y que se divertía viendo caer a una
prostituta de lo alto de una escalera perfecciona así su pasión:
(Pero comprobar quién es).
Hace colocar a la mujer sobre un caballete frente a un pantano profundo más allá
del cual hay un muro que le ofrece un refugio tanto más seguro cuanto que hay una
escalera aplicada contra ese muro. Pero hay que echarse al pantano, y ella tiene prisa
por hacerlo porque detrás del caballete sobre el cual se halla hay un fuego lento que
la alcanza poco a poco. Si el fuego llega a ella, será consumida, y si se echa al agua
para evitar el fuego, como no sabe nadar, se ahogará. Alcanzada por el fuego, toma,
sin embargo, el partido de echarse al agua e ir hacia la escalera que ve contra el muro.
A menudo se ahoga, y entonces todo ha terminado. Si tiene bastante suerte para
llegar a la escalera, trepa por ella, pero un escalón preparado, hacia lo más alto, se
rompe bajo sus pies cuando llega a él y la precipita dentro de un agujero cubierto de
tierra que ella no había visto y que, al ceder bajo su peso, la deja caer sobre un
brasero ardiendo donde perece. El libertino, muy cerca del espectáculo, se masturba
mientras lo contempla. 66. El mismo de quien habló la Duclos el 29 de noviembre, el mismo que
desvirga a la Martaine por detrás a los cinco años, y el mismo también de quien
anuncia que volverá a hablar con referencia a la pasión que terminará sus relatos (la
del infierno), ese mismo, digo, da por el culo a la muchacha de dieciséis a dieciocho
años más bonita que le pueden encontrar. Un poco antes de su eyaculación suelta un
resorte que hace caer sobre el cuello desnudo de la muchacha una máquina de acero
dentada que sierra poco a poco y minuciosamente el cuello de la muchacha mientras
él logra su eyaculación, que es siempre muy prolongada.
Aquella noche se descubre la intriga de uno de los jodedores subalternos y Augustine; él
no la había jodido todavía, pero para lograrlo le proponía una evasión y se la presentaba
como muy fácil. Augustine confiesa que estaba a punto de concederle lo que le pedía para
salvarse de un lugar donde cree que su vida está en peligro.
La Fanchon es quien lo descubre todo y da cuenta de ello. Los cuatro amigos se
abalanzan de improviso sobre el jodedor, lo amarran, lo agarrotan y lo bajan a la bodega,
donde el duque lo jode por la fuerza sin pomada, mientras Curval le corta el cuello y los
otros dos lo queman con un hierro candente por todas partes.
Esta escena ha ocurrido, después de comer, en lugar del café; pasan al salón de historia
como de ordinario y durante la cena se preguntan entre ellos si por el descubrimiento de la
conjuración no se concederá gracia a la Fanchon , la cual, como consecuencia de la decisión
de la mañana, debía ser vejada aquella misma noche. El obispo se opone a que se la perdone
y dice que sería indigno de ellos ceder al sentimiento de gratitud y que estará siempre del
lado de las cosas que pueden proporcionar más voluptuosidad a los amigos, así como contrario
a aquellas que pueden privarlos de un placer. Por lo tanto, después de haber castigado a
Augustine por haberse prestado a la conjuración, primero haciéndola asistir a la ejecución de
su amante y luego jodiéndola por el culo y haciéndole creer que van a degollarla también, y
definitivamente arrancándole dos dientes, operación que realiza el duque mientras Curval da
por el culo a la hermosa muchacha, azotándola por fin, después de todo eso, digo, se hace
comparecer a la Fanchon , se la hace defecar, cada amigo le propina cien latigazos, y el duque
:a corta la teta- izquierda completamente. Ella protesta mucho de la injusticia del
procedimiento.
- ¡Si fuese justo -dice el duque-, no nos levantaría la verga!
Después la curan para que pueda servir para otros suplicios.
Se dan cuenta de que había un pequeño principio de motín general entre los jodedores, a
los que aquel acontecimiento del sacrificio de uno de ellos calma por completo. Las otras
tres viejas, así como la Fanchon , son destituidas de todo empleo y reemplazadas por las
narradoras y Julie. Se estremecen, pero ¿qué medio hay para evitar su suerte?
DIA TRECE. 67. Un hombre a quien le gustaba mucho el culo, atrae a una
muchacha a quien dice querer hacia un lugar sobre el agua; la barca está preparada, se
parte y la muchacha se ahoga. A veces el mismo hombre obra de modo diferente:
tiene preparado un balcón en una estancia muy alta, la muchacha se apoya en él cede
el balcón y ella se mata.
68. Un hombre a quien le gustaba azotar y después dar por el culo, perfecciona
su acción atrayendo a una mujer a una habitación preparada; se hunde una trampa,
ella cae en una bodega donde está el libertino, el cual le clava un puñal en las tetas, en
el coño y en el ano en el instante de su caída. Luego la arroja, muerta o viva, a otra
bodega cuya entrada cierra con una piedra, y la mujer cae sobre un montón de
cadáveres de otras que la han precedido, donde expira rabiosa si no está ya muerta. Y
él tiene buen cuidado de no apuñalar más que ligeramente a fin de no matarla y que
no muera hasta el último subterráneo. Antes siempre encula, azota y eyacula. Procede
al asesinato, siempre, a sangre fría.
69. Un individuo hace montar a la prostituta sobre un caballo indómito que la
arrastra y la mata en los precipicios.
70. Aquel de quien habló la Martaine el 18 de enero, cuya primera pasión
consiste en quemar con montones de pólvora, perfecciona la cosa haciendo acostarse
a la mujer en una cama preparada. En cuanto está acostada, la cama cae en un
brasero ardiente del que no puede salir; él está allí y cuando ella intenta salir la
rechaza por medio de fuertes golpes en el vientre con un asador.
71. Aquel de quien habló el día 11, al que le gustaba incendiar las casas de los
pobres, trata de atraer a su casa a un hombre o una mujer con el pretexto de darles
limosna; hombre o mujer, los da por el culo, luego les rompe los lomos y, así
dislocados, los deja morir de hambre en un calabozo.
72. Aquel al que le gustaba echar a una mujer por la ventana sobre un
estercolero, de quien habló la Martaine , ejecuta lo que vamos a ver, como segunda
pasión: deja acostarse a la prostituta en una habitación que ella conoce y de la que
sabe que tiene la ventana muy baja; se le administra opio y en cuanto está bien dormida
se la transporta a una habitación igual a la suya pero cuya ventana es muy alta y
da sobre agudas piedras, luego se entra precipitadamente en la habitación
provocándole gran terror. Le dicen que van a matarla. Ella, que sabe que la ventana
es baja, la abre y se arroja precipitadamente, pero cae sobre las agudas piedras desde
más de treinta pies de altura y se mata sin ser tocada.
Aquella noche el obispo, en calidad de mujer, se casa con Antinoüs, que hace de marido,
y luego como hombre con Céladon en calidad de mujer, y este niño es jodido por detrás por
primera vez aquel día.
Esta ceremonia celebra la fiesta de la decimoquinta semana; el prelado quiere que para
terminar de festejarla sea fuertemente vejada Aline, contra quien estalla sordamente su rabia
libertina; la cuelgan y la descuelgan rápidamente, y todos eyaculan al verla colgada. Una sangría
que le hace Durcet la repone y al día siguiente no se nota nada, pero ha crecido una
pulgada; cuenta lo que experimentó durante el suplicio. El obispo, para quien todo es fiesta
aquel día, corta de raíz una teta a la vieja Louison; entonces las otras dos comprenden bien
cuál será su suerte.
DIA CATORCE. 73. Un hombre cuyo gusto simple consistía en azotar a una
prostituta, lo perfecciona por el medio de arrancar todos los días del cuerpo de la
mujer un pedazo de carne del tamaño de un guisante, pero no se la cura y perece así
poco a poco.
La Desgranges advierte que va a hablar de matanzas muy dolorosas, lo principal de las
cuales será la extremada crueldad; entonces se le recomienda más que nunca que describa los
detalles.
74. Aquel al que le gustaba sangrar saca todos los días media onza de sangre
hasta la muerte; éste es muy aplaudido.
75. Aquel al que le gustaba clavar alfileres en el culo asesta todos los días una
ligera puñalada. Se detiene la sangre, pero no se cura la herida, y la mujer muere así
lentamente. Un fustigador (75) sierra todas las extremidades lentamente y una tras
otra.
76. El marqués de Mesanges, de quien habló la Duclos con referencia a la hija del
zapatero Petitgnon, que se la compró a la Duclos , cuya primera pasión consistía en
hacerse azotar durante cuatro horas sin eyacular, tiene la segunda que es la de poner a
una niña en las manos de un coloso que la suspende por la cabeza sobre un gran
brasero que la quema a fuego lento; las niñas han de ser vírgenes.
77. Su primera pasión es la de quemar poco a poco las carnes del pecho y de las
nalgas con una cerilla, y la segunda la de pegar en todo el cuerpo de la mujer mechas
azufradas que enciende una tras otra, y la contempla morir de este modo.
-No hay muerte más dolorosa, dice el duque, que confiesa haberse entregado a e.;a
infamia y haber eyaculado profusamente con ella. Se dice que la- mujer vive seis u ocho
horas.
Por la noche es entregado el culo de Céladon; el duque y Curval se divierten con él.
Curval quiere que se sangre a Constance por su preñez y lo hace él mismo, corta una teta a
Thérése, mientras encula a Zelmire y el duque lo hace a Thérése mientras la operan.
DIA QUINCE. 78. Le gustaba chupar la boca y tragarse la saliva, y lo
perfecciona haciendo tragar diariamente, durante nueve días, una pequeña dosis de
plomo derretido administrado con un embudo; la mujer muere al noveno día.
79. Le gustaba retorcer un dedo, y como segunda pasión rompe todas las
extremidades, arranca la lengua, saca los ojos y deja vivir así, pero disminuyendo
todos los días el alimento.
80. Un sacrílego, el segundo de quien habló la Martaine el 3 de enero, amarra a
un hermoso joven, con cuerdas, a una cruz muy alta y lo deja allí para que se lo
comandos cuervos.
81. Uno que olía los sobacos y los jodía, de quien habló la Duclos , cuelga a una
mujer por los sobacos, toda amarrada, y diariamente va a pincharla en alguna parte
del cuerpo para que la sangre atraiga a las moscas; la deja morir así poco a poco.
82. Un hombre apasionado por el culo rectifica de esta manera: entierra a la
muchacha en un subterráneo donde tiene manutención para tres días; antes la hiere
para hacer su muerte más dolorosa. Las quiere vírgenes, y durante ocho días les besa
el culo, antes de entregarlas a tal suplicio.
83. Le gustaba joder bocas y culos muy jóvenes; lo perfecciona arrancando el
corazón de una muchacha viva, lo agujerea, jode ese agujero aún caliente, devuelve el
corazón a su lugar con su semen dentro, se cose la herida y se deja a la muchacha
terminar su destino sin auxilio. Lo cual no dura mucho, en este caso.
Aquella noche Curval, siempre animado contra la bella Constance, dice que se puede
muy bien dar a luz con un miembro roto y, por consiguiente, se rompe el brazo derecho de
esa infortunada. Durcet la misma noche corta una teta a Marie, a quien se ha azotado, y antes
la hace cagar.
DIA DIECISEIS. 84. Un fustigador perfecciona su método: disloca poco a poco
los huesos, extrae el tuétano y en su lugar vierte plomo derretido.
Aquí el duque exclama que no quiere joder por el culo nunca más en su vida si no es ése
suplicio que se le destina a Augustine; esta pobre muchacha, a la que él estaba jodiendo
por el trasero, lanza gritos y derrama un torrente de lágrimas. Y como con esta escena frustra
su eyaculación, le da, mientras se masturba y eyacula solo, una docena de bofetadas cuyo eco
retumba por la sala.
85. Un individuo trincha, sobre una máquina preparada, ala mujer en pedacitos;
es un suplicio chino.
86. Le gustaban las virginidades, y su segunda pasión es la de empalar a una
virgen por el coño con una estaca puntiaguda; está allí como a caballo, le hunden la
estaca, le cuelgan una bala de cañón de cada pie, y la dejan morir así lentamente.
87. Un fustigador desuella a la mujer tres veces; unta la piel con una substancia
cáustica devoradora que la hace morir entre dolores terribles.
88. Un hombre cuya primera pasión era cortar un dedo, tiene como segunda la
de asir un pedazo de carne con unas tenazas candentes; corta con tijeras aquel
pedazo de carne, luego quema la herida. Pasa cuatro o cinco días descarnando así el
cuerpo, y la mujer muere dolorosamente con aquella cruel operación.
Aquella noche son castigados Sophie y Céladon, que han sido descubiertos divirtiéndose
juntos; ambos son azotados en todo el cuerpo por el obispo, a quien pertenecen. 3e cortan
dos dedos a Sophie y otros tantos a Céladon, quien se cura en seguida. No dejan por esto de
servir, después, a los placeres del obispo.
Vuelven a poner a la Fanchon en escena, y después de haberla azotado con un vergajo, la
queman en la planta de los pies, en cada muslo por delante y por detrás, en la frente, en cada
mano, y le arrancan los dientes que le quedan. Mientras la operan, el duque tiene casi siempre
el pene dentro de su culo.
Dígase que se ha prescrito por ley no estropear las nalgas hasta el mismo día del último
suplicio.
DIA DIECISIETE. 89. El del 30 de enero de la Martaine y del que la misma
Desgranges habló el 15 de febrero, corta las tetas y las nalgas de una muchacha, se las
come, y coloca sobre las llagas unos emplastos que queman las carnes con tal
violencia que la hacen morir. La obliga a comer también de su propia carne, que le
acaba de cortar y que ha asado.
90. Un malvado hace hervir a una niña en el interior de una marmita.
91. Otro malvado: la hace asar viva ensartada en el asador, después de haberla
poseído por detrás.
92. Un hombre cuya primera pasión era la de hacer joder ante él, por el culo, a
muchachas y muchachos por pitos muy grandes, empala por el ano y deja morir así
mientras observa las contorsiones de la mujer.
93. Un malvado: amarra a una mujer a una rueda y, sin haberle hecho antes
ningún daño, la deja morir así naturalmente.
Aquella noche el obispo, muy encendido, quiere que Aline sea atormentada, pues su
rabia contra ella ha llegado al último periodo. La muchacha aparece desnuda, él la hace cagar
y la encula, luego, sin eyacular, sale enfurecido de aquel hermoso culo y le da una lavativa de
agua hirviendo, la cual la obligan a devolver sobre las narices de Thérèse. Luego cortan a
Aline todos los dedos de las manos y de los pies que le quedan, le rompen los dos brazos,
después de quemárselos con un hierro candente. Entonces la azotan y la abofetean, luego el
obispo, muy encendido, le corta una teta y eyacula.
Pasan a Thérèse, le queman el interior del coño, las ventanas de la nariz, la lengua, los
pies y las manos, y le dan seiscientos azotes con un vergajo. Le arrancan los dientes que le
quedan y le queman la garganta por dentro de la boca. Augustine, testigo de aquello, se echa
a llorar; el duque la azota en el vientre y en el coño hasta hacerle brotar la sangre.
DIA DIECIOCHO. 94. Tenía como primera pasión hacer incisiones en las
carnes, y como segunda hace descuartizar los jóvenes miembros.
95. Un fustigador suspende a la mujer de una máquina que la mete en un gran
fuego y la retira inmediatamente, y eso dura hasta que está toda quemada.
96. Le gustaba apagarle velas sobre las carnes; la envuelve en azufre y la emplea
como antorcha, cuidando de que el humo no la ahogue.
97. Un malvado: arranca las entrañas de un joven y de una muchacha, mete las
entrañas de él en el cuerpo de ella y las de la muchacha en el cuerpo del joven, luego
cose las heridas, los amarra espalda contra espalda a un pilar que los sostiene
colocado entre ambos, y los contempla mientras mueren así.
98. Un hombre al que le gustaba quemar ligeramente, rectifica haciendo asar
sobre una parrilla, dándole vueltas y más vueltas.
Aquella noche es expuesta Michette al furor de los libertinos; primero es azotada por los
cuatro, luego cada uno le arranca un diente, le cortan cuatro dedos (uno cada uno), le
queman los muslos por delante y por atrás en cuatro lugares, el duque le machaca una teta
hasta dejarla toda magullada mientras penetra en el trasero de Giton.
Después aparece Louison, la hacen cagar, le dan, ochocientos azotes de vergajo, le
arrancan todos los dientes, la queman en la lengua, en el ano, en el coño, en la teta que le
queda y en seis lugares de los muslos.
Cuando todo el inundo está acostado, el obispo va a buscar a su hermano, se llevan a la
Desgranges y la Duclos , los cuatro., bajan a Aline al subterráneo, el obispo la posee por el
culo, el duque también, le anuncian su muerte y se la aplican por medio de excesivos tormentos
que duran hasta el amanecer. Al subir elogian a las dos narradoras y aconsejan a los otros
dos que las empleen siempre en los suplicios.
DIA DIECINUEVE. 99. Un malvado: coloca a la mujer sobre una estaca con
punta de diamante clavada en la rabadilla, sus cuatro extremidades sujetas al aire sólo
por cordeles; los efectos de este dolor hacen reír y el suplicio es horrible.
100. Un hombre que gustaba de cortar un poco de carne del trasero perfecciona
el método haciendo serrar a la mujer poco a poco entre dos tablas.
101. Un libertino en uno y otro sexo, hace venir al hermano y a la hermana; dice
al hermano que va a hacerlo morir en un horrendo suplicio cuyos preparativos le
muestra, pero que, no obstante, le perdonará la vida si quiere antes joder a su
hermana y luego estrangularla ante él. El joven acepta y, mientras jode a su hermana,
el libertino da por el culo alternativamente al muchacho y a la muchacha. Luego el
hermano, por miedo ante la muerte que le presentan, estrangula a su hermana, y en el
momento en que la ejecuta se abre una trampa preparada y los dos, ante los ojos del
malvado, caen en un brasero ardiente.
102. Un individuo exige que un padre joda a su hija ante él. Luego él jode por el
trasero a la hija sostenida por el padre, a continuación dice al padre que su hija ha de
perecer irremisiblemente, pero que puede elegir entre matarla él mismo estrangulándola,
lo cual no la hará sufrir nada, o bien, si no quiere matar a su hija, la matará él,
pero que lo hará ante los ojos del padre y con espantosos suplicios. El padre prefiere
matar a su hija con un cordón apretado en torno al cuello que verla sufrir horribles
tormentos, pero cuando se dispone a hacerlo lo amarran, lo agarrotan y desuellan a
su hija ante él, después la revuelcan sobre espinas de hierro ardientes, la echan en un
brasero y el padre es estrangulado para enseñarle, dice el libertino, a querer
estrangular él mismo a su hija. Después lo echan en el mismo brasero.
103. Un gran aficionado a los culos y al látigo reúne a madre e hija. Dice a la hija
que matará a su madre si ella no consiente en que le corten ambas manos: la pequeña
consiente, se las cortan. Entonces separa a esos dos seres, ata a la hija por el cuello
con una cuerda, los pies sobre un taburete, en el taburete hay atada otra cuerda cuyo
extremo llega a la habitación donde está la madre. Dicen a la madre que tire de
aquella cuerda; ella tira sin saber lo que hace, la llevan inmediatamente a contemplar
su obra y en el momento de su desesperación le cortan la cabeza de un sablazo,
desde atrás.
Aquella misma noche Durcet, celoso del placer que la noche anterior han tenido los (los
hermanos, quiere que sea vejada Adélaïde, a quien, asegura, pronto le tocará el turno. En
consecuencia, Curval su padre y Darcet su marido le pellizcan los muslos con tenazas
ardientes, mientras el duque le da por el culo sin pomada. Le atraviesan la punta de la lengua,
le cortan los dos lóbulos de las orejas, le arrancan cuatro dientes, luego la azotan con todas
las fuerzas. Aquella misma noche el obispo sangra a Sophie delante de Adélaïde, su querida
amiga, hasta que se desmaya; le mete el pene en el culo durante la sangría y lo deja allí
todo el tiempo.
Se cortan dos dedos a Narcisse mientras Curval lo jode, luego se hace aparecer a Marie,
le meten un hierro candente en el culo y en el coño, la queman con un hierro en seis lugares
de los muslos, en el clítoris, en la lengua, en la teta que le queda y le arrancan los dientes
restantes.
VEINTE DE FEBRERO. 104. El del 5 de diciembre de la Champville , cuyo
gusto consistía en hacer prostituir al hijo por la madre para joderlo por atrás, rectifica
reuniendo a madre e hijo. Dice a la madre que va a matarla, pero que la perdonará si
ella mata a su hijo. Si no lo mata, estrangulan al niño ante ella, y si lo mata la atan
sobre el cuerpo de su hijo y la dejan así morir lentamente sobre el cadáver.
105. Un gran incestuoso reúne a las dos hermanas después de haberlas enculado;
las amarra sobre una máquina, cada una con un puñal en la mano: la máquina
funciona, las muchachas se encuentran y se matan mutuamente.
106. Otro incestuoso quiere una madre y cuatro hijos. Los encierra en un lugar
donde pueda observarlos; no les da ningún alimento a fin de ver los efectos del
hambre en aquella mujer y a cuál de sus hijos se comerá primero.
107. El del 29 de diciembre de la Champville , al que le gusta azotar a mujeres
preñadas, quiere a madre e hija embarazadas ambas; amarra a cada una sobre una
plancha de hierro, una encima de otra, se dispara un resorte, las dos planchas se
juntan estrechamente con tal violencia que las dos mujeres con sus frutos quedan
reducidas a polvo.
108. Un hombre muy malvado se divierte de la manera siguiente: reúne a dos
amantes:
-Hay un solo ser en el mundo -dice al amante- que se opone a tu felicidad; voy a
ponerlo entre tus manos.
Lo conduce a un habitación oscura en donde una persona duerme en una cama.
Vivamente excitado, el joven va a atravesar a aquella persona. En cuanto lo ha hecho,
se le hace ver que es su amante a quien ha matado; desesperado, se mata él mismo. Si
no lo hace, el malvado lo mata a tiros de fusil, sin atreverse a entrar en la habitación
donde está aquel joven furioso y armado. Antes ha jodido al joven y a la muchacha,
con la esperanza que les da de servirlos y reunirlos, y después de haber gozado de
ellos les hace la jugada.
Aquella noche, para celebrar la décimosexta semana, Durcet como mujer se casa con
Bande-au-ciel como hombre, y en calidad de hombre con Hyacinthe en calidad de mujer;
mas para las bodas quiere atormentar a Fanny, su esposa femenina. En consecuencia,
la queman en los brazos y en los muslos en seis lugares, le arrancan
dos dientes, la azotan, obligan a Hyacinthe, que la ama y que es su
marido según las disposiciones voluptuosas de las que se ha
hablado antes, lo obligan, digo, a cagarse en la boca de Fanny y a
ésta a comerse los excrementos. El duque saca un diente a
Augustine e inmediatamente la jode por la boca. La Fanchon reaparece,
la sangran y, mientras mana la sangre de su brazo, se lo rompen; luego
le arrancan las uñas de los pies y le cortan los dedos de las
dos manos. DIA VEINTIUNO. 109. Anuncia que los que seguirán son
malvados que sólo quieren homicidios masculinos. Mete el
cañón del fusil, cargado con perdigones grandes, en el
culo del muchacho al que acaba de joder y dispara mientras eyacula.
110. Obliga al joven a ver mutilar a su amante ante sus ojos y le hace
comer la carne de ella, principalmente las nalgas, las tetas y el
corazón. Tiene que comer ese manjar o bien morirse de hambre. En
cuanto ha comido, si se decide a ello, le infiere varias heridas en el
cuerpo y lo deja morir así, desangrándose, y si no come,
muere de hambre. 111. Le arranca los testículos y se los hace
comer sin decírselo, después sustituye esos
órganos por bolas de mercurio y azufre, las cuales le causan
dolores tan violentos que muere. Durante esos dolores lo jode y se los
aumenta quemándolo por todas partes con mechas de azufre,
rasguñándolo y quemando las heridas. 112. Lo clava por el
ano sobre una estaca muy delgada y lo deja que termine así. 113.
Mientras sodomiza, levanta el cráneo, retira el cerebro y lo
sustituye por plomo fundido. Aquella noche se entrega el culo de
Hyacinthe y antes es vigorosamente fustigado. Es presentado Narcisse;
le cortan los dos testículos. Hacen venir a
Adélaïde, le pasan un pala calentada al rojo sobre los
muslos, por delante, le queman el clítoris, le atraviesan la
lengua, le azotan el pecho, le cortan los pezones, le rompen ambos
brazos, le cortan los dedos que le quedan, le arrancan el vello del
monte, seis dientes y un mechón de cabello. Todos eyaculan
excepto el duque, quien, con una furiosa erección, pide ejecutar
él solo a Thérèse. Se lo conceden; le quita todas
las uñas con un cortaplumas y le quema los dedos con la vela
poco a poco, luego le rompe un brazo y, como todavía no eyacula,
jode a Augustine y le arranca un diente mientras le suelta el semen
dentro del coño. DIA VEINTIDOS. 114. Quebranta a un muchacho,
luego lo amarra a la rueda donde lo deja expirar; está colocado
de manera que muestre de cerca las nalgas, y el bribón que lo
atormenta hace poner su mesa bajo la rueda y come allí todos los
días hasta que el paciente muere. 115. Desuella a un muchacho,
lo frota con miel y lo deja así para que lo devoren las moscas.
116. Le corta el miembro y las tetillas, lo coloca sobre una estaca a
la que está clavado por la mano; lo deja así, para que
muera lentamente. 117. El mismo hombre que hizo comer a la Duclos con
sus perros, hace devorar por un león a un muchacho ante
él; le da para defenderse una ligera caña, lo cual
sólo anima más al animal contra él. Eyacula cuando
todo ha sido devorado. 118. Entrega un muchacho a un semental
adiestrado para eso, él lo encula y lo mata. El niño
está cubierto por una piel de yegua y tiene el ano untado de
flujo de yegua. La misma noche Giton es entregado a los suplicios: el
duque, Curval, Hercule y Brise-cul lo joden sin pomada. Es azotado con
todas las fuerzas, le arrancan cuatro dientes, le cortan cuatro dedos
(siempre de cuatro en cuatro, para que cada uno actúe), y Durcet
le aplasta un testículo entre sus dedos. Augustine es azotada
por los cuatro con toda la fuerza. Su hermoso trasero sangra. El duque
sedo jode mientras Curval le corta un dedo, luego Curval la jode
también por el trasero mientras el duque le quema con un hierro
al rojo seis lugares de los muslos; le corta
otro dedo de la mano en el instante en que Curval eyacula y, a pesar de todo esto, no deja de
ir a acostarse con el duque. Se rompe un brazo de Marie, se le arrancan las uñas y se le
queman los dedos.
Aquella misma noche Durcet y Curval bajan a Adélaide al subterráneo, ayudados por la
Desgranges y la Duclos. Curval la jode por el culo por última vez, después la hacen perecer
entre suplicios horribles que se detallarán.
DIA VEINTITRES. 119. Coloca a un muchacho dentro de una máquina que tira
de él ora hacia arriba, ora hacia abajo, y lo disloca; destrozado, lo sacan y lo vuelven a
meter durante varios días consecutivos hasta su muerte.
120. Hace que una bonita prostituta mancille y extenúe a un muchacho; queda
agotado, no se le da alimento y muere entre horribles convulsiones.
121. En un mismo día le practica la operación de las piedras, de la trepanación,
de la fístula en el ojo y la del ano. Se tiene buen cuidado de frustrarlas todas, luego se
lo abandona sin ningún auxilio hasta su muerte.
122. Después de haber cortado completamente el miembro y los testículos de un
joven, le forma un sexo de mujer con una maquina de hierro candente que hace el
agujero y cauteriza inmediatamente; lo jode por aquella abertura y lo estrangula con
sus manos al eyacular.
123. Lo cepilla con una almohaza de caballo; cuando de esta manera lo ha dejado
sangrando, lo frota con alcohol, al cual prende fuego, vuelve a almohazarlo otra vez,
lo frota con alcohol, lo inflama, y sigue así hasta la muerte.
Aquella misma noche Narcisse es presentado para las vejaciones; le queman los muslos y
el miembro, le aplastan ambos testículos.
Toman otra vez a Augustine por solicitud del duque, quien se muestra encarnizado
contra ella; le queman los muslos y los sobacos, le hunden un hierro caliente en el coño. Ella
se desmaya, lo cual pone aún más furioso al duque, le corta una teta, bebe su sangre, le
rompe los dos brazos, le corta todos los dedos de las manos y los cauteriza con fuego.
Vuelve a acostarse con ella y, según asegura la Duclos , la jode en el coño y el culo durante
toda la noche mientras le asegura que al día siguiente la rematará.
Aparece Louison, le rompen un brazo, le queman la lengua y el clítoris, le arrancan todas
las uñas y le queman las puntas de los dedos ensangrentados. Curval la sodomiza en ese
estado y, en su rabia, manosea y machaca con todas sus fuerzas una teta de Zelmire mientras
eyacula. No contento con tal exceso, la azota con toda la fuerza de su brazo.
DIA VEINTICUATRO. 124. El mismo del cuarto relato de la Martaine del
primero de enero quiere joder al padre en medio de sus dos hijos y, al eyacular, con
una mano apuñala a uno de esos hijos y con la otra estrangula al segundo.
125. Un hombre cuya pasión consistía en azotar mujeres preñadas en el vientre,
en la segunda reúne a seis de esas mujeres que se hallan al término de los ocho
meses; las amarra a todas espalda contra espalda, presentando el vientre, abre el de la
primera, da cuchilladas al de la segunda, cien puntapiés al de la tercera, cien
bastonazos al de la cuarta, quema el de la sexta y luego abate a golpes de maza en el
vientre a la que su suplicio todavía no ha matado.
Curval, a quien esa pasión calienta mucho, interrumpe con alguna escena furiosa.
126. El seductor de quien habló la Duclos reúne a dos mujeres; exhorta a una de
ellas a que, para salvar su vida, reniegue de Dios y de la religión, pero la han
advertido, le han dicho que no lo haga porque si lo hiciese la matarían, y que si no lo
hace no tendrá nada que temer. Se resiste, él le hace saltar la tapa de los sesos, "una
para Dios", dice. Hace presentarse a la segunda, la cual, impresionada por aquel
ejemplo y porque le han dicho que no tiene otra manera de salvar su vida que la de
renegar, hace todo lo que se le propone. El le hace saltar la tapa de los sesos: "Otra
para el diablo". El malvado repite aquel jueguecito cada semana.
127. A un gran depravado le gusta dar bailes, pero hay un piso preparado que se
hunde en cuanto está cargado de gente, y casi todo el mundo perece. Si permaneciese
siempre en la misma población sería descubierto, pero cambia de lugar muy a menudo;
no es descubierto hasta que lo ha hecho cincuenta veces.
128. El mismo de la Martaine del 27 de enero, al que le gusta hacer abortar,
coloca a tres mujeres preñadas en tres posturas crueles, de manera que formen tres
grupos bonitos. Las contempla mientras dan a luz en aquella situación, luego les
cuelga a sus niños al cuello hasta que el hijo muera o que se lo coman, pues las deja
en aquella postura sin alimentarlas. El mismo hombre tenía otra pasión aún: hacía
dar a luz a dos mujeres ante él, les vendaba los ojos, mezclaba a los niños, los cuales
sólo él reconocía por una marca y les ordenaba que fuesen a reconocerlos; si no se
equivocaban las dejaba vivir, si se equivocaban las abría en canal con un sable sobre
el cuerpo del niño que creían suyo.
Aquella misma noche es presentado Narcisse en las orgías. Terminan de cortarle todos
los dedos de las manos mientras el obispo lo jode y Durcet opera, le meten una aguja
ardiendo en el canal de la uretra. Hacen venir a Giton, juegan a la pelota con él y le rompen
una pierna mientras el duque lo jode sin eyacular.
Llega Zelmire: le queman el clítoris, la lengua, las encías, le arrancan cuatro dientes, le
queman seis lugares de los muslos, delante y detrás, le cortan ambos pezones, todos los
dedos de las manos y en aquel estado Curval la posee por el trasero sin eyacular.
Traen a la Fanchon , a quien sacan un ojo.
Durante la noche, el duque y Curval, escoltados por la Desgranges y la Duclos , bajan a
Augustine al subterráneo; tenía el trasero muy bien conservado, la azotan, luego cada uno la
jode por el trasero sin eyacular, después el duque le hace cincuenta y ocho heridas en las
nalgas, en cada una de las cuales vierte aceite hirviendo. Le introduce un hierro al rojo en el
coño y en el ano, y la jode sobre las heridas con un condón de piel de foca que desgarra las
quemaduras. Hecho esto le descubren los huesos y se los sierran en diferentes lugares, luego
descubren sus nervios en cuatro lugares formando cruz, se amarra a un torniquete cada
extremo de esos nervios y se hace girar, lo cual le alarga esas partes delicadas y le hace sufrir
inauditos dolores.
Le conceden un descanso para hacerla sufrir más, luego reanudan la operación y esta vez
le raspan los nervios con un cortaplumas a medida que los alargan. Hecho esto, le practican
un agujero en la garganta por el cual le sacan la lengua, le queman a fuego lento la teta que le
queda, luego le meten en el coño una mano armada con un escalpelo con el cual rompen el
tabique que separa el ano de la vagina; retiran el escalpelo, vuelven a meter la mano, buscan
en sus entrañas y la obligan a cagar por el coño, luego por la misma abertura van a romperle
la bolsa del estómago. -Luego se dedican a la cara, le cortan las orejas, le queman el interior
de la nariz, la ciegan vertiéndole en los ojos cera ardiente, le hacen una incisión en torno al
cráneo, la cuelgan por los cabellos, con piedras sujetas a los pies para que caiga y sede
arranque el cráneo.
Cuando cayó respiraba todavía y el duque la jodió por delante en aquel estado; eyaculó y
se retiró todavía más furioso. La abrieron, le quemaron las entrañas dentro del vientre e
introdujeron una mano armada de escalpelo con el que le pincharon el corazón por dentro,
en varios lugares. Con esto entregó su alma; así pereció a los quince años y ocho meses una
de las más celestes criaturas que haya formado la naturaleza. Etc. Su elogio.
DIA VEINTICINCO. Aquella mañana el duque toma por mujer a Colombe, quien
cumple las funciones de tal.
129. Un gran aficionado a los traseros jode por detrás a la mujer ante el amante y
a éste ante la mujer, luego fija con clavos al hombre sobre el cuerpo de la mujer y los
deja morir así, uno sobre el otro y boca contra boca.
Este será el suplicio de Céladon y Sophie, que se aman. Interrumpen los relatos para
obligar a Céladon a verter cera derretida sobre los muslos de Sophie; el muchacho se
desmaya y el obispo lo jode en este estado.
130. El mismo que se divertía arrojando a una puta al agua y sacándola, tiene
como segunda afición echar en un estanque a siete u ocho prostitutas y verlas
debatirse. Les hace ofrecer una barra al rojo, a la que ellas se agarran, pero él las
rechaza, y para que perezcan más indefectiblemente les ha cortado una extremidad a
cada una de ellas antes de echarlas.
131. Su primer gusto era hacer vomitar, lo perfecciona empleando un secreto por
medio del cual difunde la peste en una provincia entera; es inaudito la gente que ha
hecho ya perecer. Envenenaba también las fuentes y los ríos.
132. Un hombre aficionado al látigo hace meter a tres mujeres preñadas dentro
de una jaula de hierro, con un hijo cada una; calientan la jaula por debajo, a medida
que la plancha se calienta dan saltos, toman en brazos a sus niños y terminan por
caer y morir.
(Se ha hecho referencia a esto en algún lucrar anteriormente. Ver dónde).
133. Le gustaba pinchar con una lezna, lo perfecciona encerrando a una mujer
preñada dentro de un tonel lleno de puntas, luego hace rodar el barril rápidamente
por un jardín.
Esos relatos de mujeres preñadas han causado tanta aflicción a Constance como placer a
Curval. Demasiado ve la mujer la suerte que le espera. Puesto que ésta se acerca, creen poder
empezar a vejarla: le queman los muslos en seis lugares, le dejan caer cera en el ombligo y le
pinchan las tetas con alfileres.
Aparece Giton, le atraviesan el miembro de parte a parte con una aguja ardiente, le
pinchan los testículos, le arrancan cuatro dientes.
Luego llega Zelmire, cuya muerte se aproxima; le meten un hierro candente en el coño, le
hacen seis heridas en el pecho y doce en los muslos, le pinchan el ombligo, recibe veinte
bofetadas de cada amigo. Le arrancan cuatro dientes, le pinchan un ojo, la azotan y la joden
por detrás. Mientras la sodomiza, Curval, su esposo, le anuncia su muerte para el día
siguiente; ella se felicita del anuncio diciéndose que será el fin de sus males.
Rosette aparece, le arrancan cuatro dientes, la marcan con un hierro candente sobre los
dos omóplatos, le hacen cortes en los dos muslos y en las pantorrillas; luego la dan por el
culo mientras le machacan las tetas.
Viene Thérése, le sacan un ojo y le dan cien azotes de vergajo en la espalda.
DIA VEINTISEIS. 134. Un individuo se sitúa al pie de una torre en un lugar
guarnecido de puntas de hierro; precipitan hacia él, desde lo alto de la torre, a varios
niños de uno y otro sexo a los que antes ha violado por el trasero. Se complace
viéndolos atravesados y salpicados con su sangre.
135. El mismo de quien habló el 11 y el 13 de febrero, cuyo gusto consistía en
incendiar, tiene también como pasión encerrar a seis mujeres preñadas en un lugar
donde están atadas sobre materias combustibles, a las que prende fuego; si ellas
quieren escapar, las espera con un asador de hierro., las empuja y las vuelve a echar al
fuego. Cuando están medio asadas, se hunde el piso y caen dentro de una gran cuba
de aceite hirviendo preparada abajo, donde acaban de perecer.
136. El mismo de la Duclos , que detesta tanto a los pobres, y que compró a la
madre de Lucite, a su hermana y a ella misma, y que fue también citado por la
Desgranges,
(Comprobarlo).
tiene otra pasión que consiste en reunir a una familia pobre sobre una mina y verla
saltar.
137. Un incestuoso, gran aficionado a la sodomía, para añadir este crimen a los
del incesto, del asesinato, de la violación, del sacrilegio y del adulterio, se hace joder
por su hijo con una hostia dentro del trasero, viola a su hija casada y mata a su
sobrina.
138. Un gran partidario de los culos, estrangula a una madre mientras la encula;
cuando está muerta, le da la vuelta y la jode en el coño. Al eyacular mata a la hija
sobre el seno de su madre a cuchilladas en el pecho, luego jode por el culo a la hija
muerta, después, convencido de que no están muertas todavía y que sufrirán, arroja
los cadáveres al fuego y eyacula al verlos arder. Es el mismo de quien habló la Duclos
el 29 de noviembre al que le gustaba ver a una prostituta sobre una cama de satén
negro, también es el mismo de quien habla la Martaine en primer lugar el 11 de
enero.
Narcisse es presentado para los suplicios; le cortan una muñeca, hacen lo mismo con
Giton.
Queman el interior del coño de Michette, así como a Rosette, y a las dos en el vientre y
en las tetas. Pero Curval, que no es dueño de sí a pesar de las convenciones, corta una teta
entera a Rosette mientras posee por detrás a Michette.
Luego viene Thérèse, a quien administran cien azotes de vergajo en el cuerpo y le sacan
un ojo.
Aquella noche, Curval va a buscar al duque y, escoltados por la Desgranges y la Duclos ,
hacen bajar a Zelmire a la bodega donde ponen en práctica los suplicios más refinados para
hacerla morir; son todos mucho más intensos aún que los de Augustine, y a la mañana
siguiente, a la hora del desayuno, los encuentran todavía operando. Esa bella muchacha
muere a los quince años y dos meses. El suyo era el trasero más hermoso del serrallo. Como
a la mañana siguiente Curval ya no tiene mujer, toma a Hébé.
DIA VEINTISIETE. Se deja para el día siguiente la celebración de la fiesta de la
decimoséptima y última semana, a fin de que esta fiesta coincida con el fin de los
relatos, y la Desgranges cuenta las pasiones siguientes:
139. Un hombre de quien habló la Martaine el 12 de enero, que prendía fuegos
artificiales en el culo, tiene como segunda pasión el gusto de atar juntas a dos mujeres
preñadas en forma de bola y nacerlas rodar por una cantera.
140. Uno al que le gustaba hacer incisiones, obliga a dos mujeres preñadas a
pelear dentro de una habitación (las observa sin riesgo), a pelear, digo, a puñaladas;
están desnudas, él las amenaza apuntándolas con un fusil, por si no quieren hacerlo.
Si se matan, es lo que él quiere, de lo contrario se precipita dentro de la habitación
donde se hallan, espada en mano, y cuando ha dado muerte a una abre el vientre de
la otra, le quema las entrañas con agua fuerte o con trozos de hierro ardiente.
141. Un hombre que gozaba azotando a mujeres embarazadas en el vientre,
rectifica sujetando a una joven embarazada a una rueda y debajo está la madre, atada
a un asiento sin poder moverse, con la boca abierta teniendo que recibir en ésta los
detritus que emana el cadáver y el hijo, si pare.
142. Aquel de quien habló la Martaine el 16 de enero y al que le gustaba pinchar
el culo, amarra a una prostituta a una máquina guarnecida de puntas de hierro; la jode
allá encima de manera que con cada una de sus sacudidas la ensarta, luego le da la
vuelta y la jode por detrás para que se hiera también por delante y le empuja la
espalda para que las puntas se le hinquen en las tetas. Cuando termina, coloca sobre
ella una segunda plancha igualmente llena de puntas, luego se aprietan las dos
planchas por medio de tornillos, ella muere así, aplastada y herida por todas partes.
Esto se hace poco a poco, a fin de darle mucho tiempo para morir presa de dolores.
143. Un fustigador coloca a una mujer preñada sobre una mesa; la clava sobre
aquella mesa hundiendo primero un clavo ardiendo en cada ojo, uno en la boca, uno
en cada teta, luego le quema el clítoris y los pezones con una vela y, lentamente, le
sierra las rodillas hasta la mitad, le rompe los huesos de las piernas y termina por
clavarle un enorme clavo al rojo en el ombligo, con lo que mata al niño y a ella. La
quiere próxima al alumbramiento.
Aquella noche son azotadas Julie y la Duclos , pero en broma, porque pertenecen a las
conservadas; a pesar de ello, queman a Julie en los muslos y la depilan. Constance, quien
debe perecer al día siguiente, comparece, pero ignora todavía su destino; le queman los
pezones, le vierten cera sobre el vientre, le arrancan cuatro dientes y. le pinchan con una
aguja el blanco de los ojos.
Aparece Narcisse, que también será inmolado al día siguiente, le sacan un ojo y cuatro
dientes. Giton, Michette y Rosette, que también acompañarán a Constance a la tumba,
pierden cada uno un ojo y cuatro dientes, a Rosette le cortan los pezones y seis pedazos de
carne en los brazos y los muslos; le cortan todos los dedos de las manos y le meten un hierro
al rojo en el coño y en el culo. Curval y el duque eyaculan dos veces cada uno. Llega
Louison, a quien aplican cien azotes de vergajo, le sacan un ojo y la obligan a comérselo. Y
ella lo hace.
DIA VEINTIOCHO. 144. Un malvado: hace buscar a dos buenas amigas, las ata
una a la otra, boca contra boca, ante ellas hay comida excelente que no pueden
alcanzar, él las contempla cómo se devoran mutuamente cuando el hambre las
atormenta.
145. Un hombre al que le gustaba azotar a mujeres preñadas encierra a seis de
ellas en un círculo formado por aros de hierro, el cual constituye una jaula dentro de
la cual están todas cara a cara. Los círculos se comprimen y aprietan poco a poco y
así las seis mujeres, con sus frutos, son aplastadas y asfixiadas. Pero ante les ha
cortado a todas una nalga y una teta, que les coloca como manteletas.
146. Otro que también tenía el gusto de azotar a mujeres embarazadas ata a dos
de ellas, cada una a una pértiga que por medio de una máquina las lanza una contra
otra. Así, a fuerza de chocar, se matan mutuamente y él eyacula. Procura obtener a
madre e hija o dos hermanas.
147. El conde que mencionó la Duclos y de quien habló también la Desgranges
el día 26, el que compró a Lucile, su madre y su hermanita, del que asimismo habló la
Martaine en cuarto lugar el 1° de enero, tiene como última pasión la de colgar a tres
mujeres sobre tres agujeros: una de ellas es colgada por la lengua y el agujero que
tiene debajo es un pozo muy profundo; la segunda cuelga de las tetas, y el agujero
bajo ella es un brasero; a la tercera se le ha hecho una incisión circular en el cráneo y
está colgada por los cabellos, y el agujero que tiene debajo está guarnecido de punas
de hierro. Cuando el peso del cuerpo de esas mujeres las arrastra, los cabellos se
arrancan con la piel del cráneo, las tetas se desgarran y la lengua se parte, no salen de
un suplicio sino para pasar a otro. Cuando puede somete a esto a tres mujeres
preñadas o bien a una familia, y es para lo que le sirvieron Lucile, su hermana y su
madre.
148. Ultima.
(Comprobar por qué faltan estas dos, ambas estaban en los borradores).
El gran señor que se entrega a la última pasión que designaremos con el nombre
de infierno ha sido citado cuatro veces. Es el último del 29 de noviembre de la
Duclos, es el de la Champville que sólo desvirga a criaturas de nueve años, el de la
Martaine que viola por el trasero a los de tres años y aquel de quien la misma
Desgranges ha hablado un poco antes.
(Comprobar dónde).
Es un hombre de cuarenta años, de estatura enorme y constitución como la de
un mulo; su polla mide cerca de nueve pulgadas de circunferencia y un-pie de
largo, es muy rico, un gran señor, muy duro y muy cruel. Para la práctica de esta
pasión tiene una casa en un extremo de París, completamente aislada.
El aposento de su voluptuosidad
es un gran salón muy simple, pero forrado y acolchado por todas
partes; la única abertura que se ve en esa habitación es
una gran ventana que da sobre un vasto subterráneo a veinte pies
bajo el piso del salón donde él está, y bajo la
ventana hay colchones que reciben a las mujeres a medida que él
las arroja a aquella caverna, cuya descripción haremos pronto.
Para esta juerga necesita a quince muchachas, y todas entre los quince
y los diecisiete años, ni más ni menos; tiene empleadas a
seis alcahuetas en París y doce en las provincias para buscarle
todo lo que sea posible encontrar de más encantador entre las de
esa edad, y a medida que las encuentran las reúnen como en
criadero en un convento en el campo del que es el dueño, y de
allí sacan a las quince necesarias para su pasión, que
practica regularmente cada quince días. La víspera
examina él mismo a las pacientes, el más mínimo
defecto las hace desechar; quiere que sean absolutamente modelos de
belleza. Llegan conducidas por una alcahueta y se quedan en una
habitación contigua al salón de las voluptuosidades. Se
las muestran antes en esa primera estancia, desnudas las quince. Las
toca, las manosea, las examina, les chupa la boca y las hace cagar a
todas, una tras otra, en su boca, pero no se lo traga. Realizada esta
primera operación con una seriedad pavorosa, marca a todas en el
hombro, con un hierro al rojo vivo, el número del orden
según el cual quiere que se las pasen. Hecho esto, entra en su
salón donde permanece un instante solo, sin que se sepa en
qué emplea aquel momento de soledad; luego llama, le echan a la
muchacha marcada con el número 1. Pero se la echan, exactamente:
la alcahueta se la arroja y él la recibe en sus brazos, desnuda.
Cierra la puerta, toma unas varas y empieza a azotar el culo; hecho
esto la sodomiza con su polla enorme y nunca necesita ayuda. No
eyacula. Retira su verga erecta, toma de nuevo las varas y azota a la
muchacha en la espalda, los muslos por delante y por detrás,
luego la acuesta y la desvirga por delante, después toma las
varas y la azota con toda su fuerza en el pecho, luego se apodera de
sus senos y los machaca con toda su fuerza. Hecho esto le practica seis
heridas en las carnes con una lezna, una de ellas en cada teta
magullada. Después abre la ventana que da al subterráneo,
coloca a la muchacha de pie; 'dándole el culo, casi en medio del
salón y frente a la ventana; allí le da un
puntapié tan violento en el culo que la hace saltar por la
ventana, desde donde cae sobre los colchones. Pero antes de
precipitarlas de ese modo les pone una cinta en torno al cuello, y esta
cinta, que significa un suplicio indica el que él imagina que
será más apropiado o que resultará más
voluptuoso al infligirlo, y es inconcebible el tacto y el conocimiento
que tiene de ello. Todas las muchachas pasan así una tras otra,
y todas soportan absolutamente la misma ceremonia, de modo que en su
jornada obtiene treinta virginidades y todo eso sin derramar una gota
de semen. La caverna donde caen las muchachas está provista de
quince juegos diferentes de suplicios espantosos, y un verdugo con
máscara y emblema de un demonio preside cada suplicio vestido
con el :color que afecta a ese suplicio. La cinta que tiene la muchacha
en el cuello responde a uno de los colores referidos a tales suplicios
y en cuanto ella cae el verdugo de ese color se apodera de ella y la
conduce al suplicio que preside pero no se comienza a
aplicárselo a todas hasta la caída de la decimoquinta
muchacha. En cuanto ésta ha caído, nuestro hombre, en un
estado de furia, que ha desvirgado treinta virginidades sin eyacular,
baja casi desnudo y con el pito pegado a su vientre a ese retiro
infernal. Entonces todo está dispuesto y todos los tormentos
funcionan, y funcionan a la vez. El primer suplicio es una rueda sobre
la cual está la muchacha,
que gira sin cesar rozando un círculo guarnecido de hojas de
navaja con las que la infeliz se rasguña y corta en todos
sentidos a cada vuelta, pero como solamente es rozada, gira al menos
durante dos horas antes de morir. Dos: la muchacha está acostada
a dos pulgadas de una plancha al rojo que la funde lentamente. Tres: es
clavada por la rabadilla sobre un hierro ardiendo y cada uno de sus
miembros retorcido en una espantosa dislocación. Cuatro: las
cuatro extremidades atadas a cuatro resortes que se alejan poco a poco
y tiran de ellas lentamente hasta que por fin se desprende y el tronco
cae en un brasero. Cinco: una campana de hierro al rojo le sirve de
gorro sin apoyarse, de manera que sus sesos se funden lentamente y su
cabeza se asa poco a poco. Seis: está encadenada dentro de una
cuba de aceite hirviendo. Siete: de pie, expuesta a una máquina
que le dispara seis veces por minuto un dardo, y siempre en un nuevo
lugar del cuerpo; la máquina no se detiene hasta que la muchacha
está cubierta de dardos. Ocho: los pies dentro de un horno, y
una masa de plomo sobre su cabeza la baja poco a poco a medida que se
quema. Nueve: su verdugo la pincha continuamente con un hierro al rojo;
la muchacha está amarrada ante él, así la hiere
poco a poco en todo el cuerpo detalladamente. Diez: está
encadenada a un pilar bajo un globo de vidrio y veinte serpientes
hambrientas la devoran viva poco a poco. Once: está colgada por
una mano con dos balas de cañón a los pies, sí cae
es dentro de un horno. Doce: es empalada por la boca, los pies sueltos,
un diluvio de chispas ardientes le cae continuamente sobre el cuerpo.
Trece: los nervios sacados del cuerpo y atados a unos cordones que los
alargan, y durante ese tiempo los pinchan con puntas de hierro
ardientes. Catorce: atenazada y azotada alternativamente en el
coño y en el culo con disciplinas de hierro con espuelas de
acero ardientes, y de cuando en cuando rasguñada con uñas
de hierro candente. Quince: es envenenada con una droga que le quema y
desgarra las entrañas, que le da espantosas convulsiones, le
arranca pavorosos aullidos, y será la última en morir;
este suplicio es uno de los más terribles. El malvado se pasea
por su caverna desde que desciende, examina durante un cuarto de hora
cada suplicio mientras blasfema como un condenado y llena de insultos a
la paciente. Cuando por fin no puede más y su semen, retenido
durante tanto tiempo, está a punto de escapar, se deja caer en
un sillón desde el que puede observar todos los suplicios, dos
de los demonios se acercan a él, muestran su culo y lo
masturban, y él pierde su semen lanzando rugidos que ahogan
totalmente los de sus quince pacientes. Hecho esto sale, dan el golpe
de gracia a las que todavía no han muerto, entierran sus
cuerpos, y todo ha terminado para la quincena. Aquí la
Desgranges termina sus relatos; es cumplimentada, festejada, etc...
Desde la mañana de aquel día se han hecho preparativos
terribles para la fiesta que se está meditando. Curval, que
detesta a Constance, por la mañana fue a joderla por delante y,
mientras lo hacía, le anunció su sentencia. El
café fue presentado por las cinco víctimas, a saber:
Constance, Narcisse, Giton, Michette y Rosette. Durante él se
hicieron horrores; al relato que se acaba de leer asistieron, desnudas,
las cuadrillas que se pudieron arreglar. Y en cuanto la Desgranges hubo
acabado, se hizo comparecer primero a Fanny, le cortaron los dedos que
le quedaban en las manos y los pies y fue poseída por
detrás, sin pomada, por Curval, el duque y los cuatro primeros
jodedores. Sophie llegó, se obligó a Céladon, su
amante, a quemarle el interior del coño, le cortaron todos los
dedos de las manos y la sangraron en las cuatro extremidades, le
desgarraron la oreja derecha y le sacaron el ojo izquierdo.
Céladon fue obligado a ayudar a todo y a menudo a obrar
él mismo, y a la menor mueca era azotado con disciplinas de
puntas de hierro. Luego cenaron; la cena fue voluptuosa y en ella
sólo bebieron champaña y licores. El suplicio se
llevó a cabo a la hora de las orgías; a los postres
fueron avisados los señores de que todo estaba dispuesto,
bajaron y encontraron la bodega muy adornada y bien arreglada.
Constance estaba acostada sobre una especie de mausoleo y los cuatro
niños ornaban los cuatro ángulos. Como sus culos eran
todavía muy lozanos, dos amigos obtuvieron todavía gran
placer maltratándolos, por fin se empezó el suplicio:
Curval abrió él mismo el vientre de Constance mientras
poseía a Giton por el trasero, arrancó el fruto ya muy
formado y del sexo masculino, luego se continuaron los suplicios de
aquellas cinco víctimas, todos los cuales fueron tan crueles
como variados. El 1° de marzo, al ver que las nieves no se
derretían todavía, decidieron despachar poco a poco todo
lo que quedaba. Los amigos forman nuevos hogares en sus habitaciones y
deciden dar una cinta verde a todo el que deba regresar a Francia, bajo
la condición de ayudar a los suplicios del resto. No dicen nada
a las seis mujeres de la cocina, pero deciden sacrificar a las tres
sirvientas, que valen la pena, y salvar a las tres cocineras, por sus
habilidades. En consecuencia se hace la lista y se ve que en aquel
momento habían sacrificado ya:
- Esposas: Aline, Adélaïde y Constance 3
- Muchachas del serrallo: Augustine, Michette, Rosette y Zelmire ..........................................4
- Muchachos: Giton y Narcisse .....................................2
- Jodedores: uno de los subalternos.... 1
Total .................................................................................10
Se arreglan, pues, los nuevos hogares. El duque toma con él o bajo su protección:
Hercule, la Duclos y una cocinera ..................................4
Curval toma:
Brise-cul, la Champville y una cocinera .. 4
Durcet toma:
Bande-au-ciel, la Martaine y una cocinera 4
y el obispo:
Antinoüs, la Desgranges y Julie ......................................4
Total .................................................................................16
y se decide que al instante y por
el ministerio de los cuatro amigos, de los cuatro jodedores y de las
cuatro narradoras, sin emplear a las cocineras, se apoderarán de
todos los que quedan de la manera más traicionera posible,
excepto las tres criadas, que no se agarrarán hasta los
últimos días, y se hará con los aposentos de
arriba cuatro prisiones; que se meterá a los cuatro jodedores
subalternos en la más sólida y encadenados, en la segunda
a Fanny, Colombe, Sophie y Hébé, en la tercera a
Céladon, Zélamir, Cupidon, Zéphyr, Adonis y
Hyacinthe y en la cuarta a las cuatro viejas, y que, puesto que se
liquidará a un sujeto cada día, cuando se quiera prender
a las tres criadas :se las meterá en la prisión que
esté, vacía. Hecho esto, se le encarga a cada narradora
de una prisión. Y los señores van a divertirse cuando les
place con aquellas víctimas en la prisión, o bien las
hacen presentarse en las salas o en sus habitaciones, según su
capricho.
NOTAS
No apartase en nada de este plan, en él todo está combinado varias veces y con la mayor
exactitud.Detallar la partida. Y dentro del total mezclar, sobre todo, moral en las cenas.
Al pasar a limpio, tener un cuaderno donde se anotarán los nombres de todos los
personajes principales y de todos los que representan un gran papel, tales como los que
tienen diversas pasiones y de los que se hablará repetidas veces, como el del infierno; dejar
un gran margen junto a su nombre y rellenar este margen con todo lo que al copiar se
encontrará análogo a ellos; esta nota es muy esencial, es la única manera de poder ver claro
en la obra y evitar las repeticiones.
Suavizar mucho la primera parte; todo está en ella demasiado desarrollado, nunca será
demasiado débil ni demasiado velada. Sobre todo no hacer ejecutar nada a los cuatro amigos
que no haya sido contado, y este cuidado no se ha tenido.
En la primera parte, decir que el hombre que jode por la boca a la niña prostituida por su
padre es el que jode con un pito sucio y del que ya ha hablado ella.
No olvidar poner en diciembre la escena de las niñas que sirven la cena, las cuales vierten
licores con sus traseros en las copas de los amigos; se ha anunciado y no se ha hablado de
ello en el plan.
SUPLICIOS COMO SUPLEMENTO
-Por medio de un tubo le introducen un ratón en el coño el tubo es retirado, se cose el
coño y el animal que no puede salir le devora las entrañas.
-Se le hace tragar una serpiente que también la devora.
En general, pintar a Curval y al duque como dos malvados fogosos e impetuosos, así es
como se han presentado en la primera parte y en el plan, y representar al obispo como un
malvado frío, calculador y endurecido. Según esto, hacer que hagan todo lo que resulte
análogo a esos caracteres.
Recapitular con cuidado sobre los nombres y las cualidades de todos los personajes que
las narradoras designan, para evitar las repeticiones.
En el cuaderno de los personajes se destinará una hoja al plano del castillo, estancia por
estancia, y en el blanco que se dejará al lado colocar los tipos de cosas que se harán hacer en
determinada habitación.
Este manuscrito fue empezado el 22 de octubre de 1785 y terminado en treinta y siete
días.