Anónimo
Memorias de una Princesa Rusa
Primera
parte
Lo que sigue
es un resumen del diario que llevaba, de manera circunstancial y
detallada, la distinguida persona de cuya historia íntima
trata. Aunque se verifica
cotidianamente, es curioso que -por necesario que parezca ocultar
nuestros defectos y
debilidades a la vista de otros- a menudo se descubre que un relato
completo de
nuestras acciones y nuestra conducta -escrito por la propia mano,
inmutable e
innegable- permanece en forma de diario íntimo: en un
registro de hechos, fantasías y
emociones que siempre tendríamos que haber estado ansiosos,
y lo estábamos, por
enterrar en el olvido. Hay alguna camaradería en la mera
comunión de la pluma y el
papel? ¿Se alivian en cierta medida los pensamientos
egoístas y acciones secretas
confiándolas al papel bajo la forma de un diario? Un diario
que, naturalmente, será
destruido -¡siempre será destruido!-, cela va sans
dire. ¿No ocurre que un algo secreto,
afín al orgullo y la satisfacción, brota en el
individuo en el mismo devilment, e inspira
la sensación de que es una pena que no quede constancia de
tanta astucia, de una
gratificación bien ganada, aunque sólo sea para
nuestro uso futuro... y que luego será
entregado a las llamas? ¿Cuántos conocimientos
debe el mundo a los diarios íntimos, y
cuántos de éstos estaban destinados a ver la luz?
Esa sería una cuestión interesante
para analizar, aunque no es la que nos ocupa de momento. Baste decir
que la
distinguida e influyente persona, de cuyas copiosas notas privadas he
entresacado
audazmente lo que sigue, ya no existe, y que su diario
íntimo, con otros documentos y
efectos familiares, quedó bajo la custodia del bibliotecario
de uno de los Depósitos del
Patrimonio Ruso del gobierno del Zar ..., cuyos raros manuscritos y
papeles
meticulosamente reunidos he sido autorizado a estudiar.
El período en que ocurrieron los acontecimientos de que me
ocupo fue el posterior al
final del reinado de Catalina B, mientras su hijo Pablo, tras suceder a
la disoluta
soberana, permitía que su corte, ya contaminada por el
descarado libertinaje de su
madre, se revolcara en los vicios sin restricciones que ella
había inculcado, y que
continuara --siguiendo su propio ejemplo y estímulo- la
inmoralidad desenfrenada de
sus nobles; concretamente, los años 1796 y 1797.
Si el lector desea conocer sintetizadas en pocas palabras las
costumbres de.la corte
rusa durante el reinado de Catalina II, puede leer el siguiente
párrafo de un historiador
imparcial:
"No creemos que la historia de ningún otro pueblo presente,
en los tiempos
modernos, una imagen de inmoralidad más completa y
más odio sa que la del pueblo
ruso bajo el reinado de la notoria Catalina. Ni las abominaciones de un
Tiberio, ni las
depravaciones de un Heliogábalo, ni las impuras tradiciones
de la degenerada y
degradada Roma, sobrecogen con mayor asombro".
"San Petersburgo se había convertido en una segunda
Babilonia... sí, diez mil veces
peor que Babilonia en los desenfrenados excesos en que sus habitantes
de todas clases
-corte, nobleza y pueblo- se sumieron y se entregaron", escribe otro
comentarista,
"instigados por el fatal ejemplo de la tan lisonjeada pero
desvergonzada zarina."
Estos eran los tiempos en que floreció la joven . dama rusa
de quien trata este relato, y
cuyo diario he anotado, y cuyo début tuvo lugar en una
sociedad del todo corrupta,
cuyas costumbres y ejemplos habrían sido peligrosos por
sí solos, aunque no hubiesen
estado ya en la joven esos fatales gérmenes de
carácter y temperamento que por sí
solos la habrían llevado a una vida impura, aun sin el
estímulo del ejemplo
circundante.
La princesa Vávara Softa, hija única del
príncipe Demetri , uno de los boyardos
más grandes y ricos del imperio, tenía apenas
poco más de catorce años cuando se
ganó como débutante la admiración de
la sociedad por su belleza y el raro encanto de
su manera de ser. Su madre había muerto al darla a luz. No
debe olvidarse que en
Rusia una niña de catorce años está
tan adelantada como una mujer inglesa cuatro años
mayor. La educación de esa jovencita había sido
más amplia de lo habitual: era una
consumada poliglota, desde la cuna le habían
enseñado a expresarse fluidamente en
alemán, francés e inglés; y una
parisina, brillante aunque cuestionable modelo de
distinción, había agregado el toque de gracia en
todas las elegantes trivialidades que
dan el acabado para destacar en el grand monde.
Es fácil llegar a la conclusión de que, en
semejante sociedad, la distinción -sumada a
los logros y a la extraordinaria belleza de la joven princesa- no
tardó en atraer sobre
ella las murmuraciones llenas de envidia y denigración.
Desconozco hasta qué punto,
en esa. época de su vida, ella había contribuido
a merecer los rumores que empezaban
a circular sobre su temperamento apasionado, su inclinación
por el placer e incluso
sobre sus irregularidades. No era probable que escapara a ello una
beldad mimada,
halagada y querida como la princesa Vávara, pero lo cierto
es que el príncipe, su
padre, nada sabía de tales calumnias, y para él
era suficiente pensar que su hija -la
heredera de una docena de propiedades y cien mil siervos- era
inmaculada par
nécessité, si no por elección.
He obtenido los anteriores pormenores de fuentes en nada relacionadas
con el notable
diario mencionado, pues sólo más adelante, tal
como ella misma admite, la joven
princesa comenzó sus anotaciones en las páginas
cuya copia me proporcionó tan
interesante ocupación. No obstante, he considerado
necesarias estas aclaraciones para
explicar el carácter y la posición social de la
autora del diario secreto que procedo a
parafrasear en mi narración.
El príncipe Demetri estaba a cargo, por favor especial del
emperador Pablo, de la
Gobernación Militar de una de las provincias más
grandes e importantes del Imperio
ruso, y en condición de tal tenía
prácticamente el poder de la vida y la muerte sobre el
pueblo que gobernaba El príncipe era de
disposición vivaz y festiva, y, dada su
inmensa riqueza, sus entretenimientos y diversiones eran
magníficos. Así, los nobles
de su provincia llevaban una vida despreocupada y alegre, las consignas
de su entorno
eran "Vive le badinage! Vive le plaisir! Vive la joie!". A este
peligroso torbellino se
vio arrojada la joven princesa, sobre todo porque su padre se
encontraba con
frecuencia ausente en San Petersburgo. Al parecer fue durante este
período cuando la
princesa Vávara empezó a redactar su
diario.
Entre los criados destinados al servicio de la hija de tan ilustre
noble, estaba su
doncella personal Proscovia, una jovencita muy poco mayor que su ama y
que parece
haber gozado, como suele ocurrir en estos casos, de la confianza plena
de la princesa.
El palacio en que residía el gobernador era un edificio de
vasta superficie, incluso
comparado con instituciones de la misma naturaleza en Rusia, y la
princesa disponía
de toda un ala separada. Adjunto a la persona del príncipe,
actuaba como aire de
campo un joven y apuesto oficial cuyo nombre era Petróvich;
por pretencioso que
pueda considerarse, este joven oficial aspiraba al amor de la bella
hija del gobernador.
Dicha pretensión no resultó del todo despreciable
para la damita, y el aire de campo
encontró los medios -con asistencia de la criada- de entrar
por la noche en los
aposentos de la princesa. Poseída por un temperamento como
el suyo, la jovencita no
pudo resistirse, aunque tampoco lo intentó, a su apuesto
galán, y por ende no sólo fue
en sus habitaciones, sino en su propia cama y en sus brazos donde
satisfizo sus
fervientes instintos y los del ardiente amante. Petróvich,
un joven sano y vigoroso de
unos veintitrés años de edad, encontró
la forma de complacer todos los deseos de ella
en los brincos amorosos a que se entregaron, mientras la doncella
Proscovia, siempre
vigilante, se ocupó de que los vagos y a medias sofocados
sonidos expresivos del
placer, o el menor ruido ocasionado por la entrada y salida de
él, no despertaran
sospechas.
El riesgo era enorme: el knut y Siberia eran el castigo
menos severo que
aguardaba al desafortunado Petróvich en caso de que el poco
suspicaz gobernador lo
descubriera en tan nefanda transgresión.
En esa época la princesa Vávara estaba en la
etapa más deliciosa y con toda
probabilidad más fascinante de su belleza. En pleno
desarrollo hacia su condición de
mujer, poseía atractivos que habían despertado ya
la reiterada observación y
atenciones del mismísimo emperador Pablo. He tenido el
privilegio de ver un retrato
de ella que la pinta como una niña de encanto sin par, cuyos
hermosos cabellos, tez
deslumbrante y piel marfileña reunían la
perfección de una Hebe de la Antigüedad. Su
forma y su figura armonizaban con el resto de sus perfecciones, en
tanto la gracia de
su porte y pose dejaban entrever por sí mismos su noble cuna
y linaje. Su carácter,
empero, no era del todo acorde con su estampa. Su temperamento, mimado
y desatado,
era porfiado y autoritario, y no dudaba en golpear a los sirvientes con
sus propios
puños, ni en dirigirse a ellos con un lenguaje que
habría dejado atónito a cualquiera
que no estuviese acostumbrado a la autocrática conducta de
la poderosa nobleza rusa.
La princesa no toleraba negativas ni demoras, y en su caso desear era
poseer: para
su naturaleza imperiosa, la satisfacción de un deseo o un
capricho sólo era la exigencia
de un derecho, la adjudicación de algo que deseaba y estaba
destinado a apropiarse.
La. aventura galante con Petróvich continuó
durante un mes sin que ocurriese nada
que provocara alarma, hasta que se produjo una circunstancia que
alteró la situación.
Proscovia tenía un hermano, un conductor de trineo que a
menudo había visto y
observado a la princesa; a este canalla -un voluminoso y
malintencionado individuo,
que ocultaba su auténtica catadura bajo un exterior
aparentemente honrado- no se le
había pasado por alto cierta intimidad entre el aire de
campo y su joven ama cada vez
que creían que nadie los veía. Impresionado por
esta idea, y resentido desde tiempo
atrás con el galán, Iván
trató de sonsacarle más a su hermana Proscovia, y
las
respuestas con que ésta intentó desviarlo del
tema sólo sirvieron para aumentar sus
sospechas. Vigiló como un gato, y por fin vio introducirse
al feliz Petróvich en los
aposentos de la joven princesa bien entrada la noche. Con todas las
medidas cautelares
necesarias, Iván logró hacer llegar al
príncipe una carta anónima cuyo contenido, fuere
cual fuese, bastó para que el potentado hirviera de furia y
disgusto. A medias
incrédulo, a medias inclinado a dar crédito a la
deshonrosa insinuación transmitida por
medios tan sucios, el príncipe Demetri se
precipitó a los aposentos de su hija.
Enfrentado a la vigilancia de la criada, se vio obligado a hacer una
breve pausa antes
de invadir a toda prisa las habitaciones de la damita. Cuando por fin
lo hizo, encontró
a su hija sentada ante una mesa, leyendo tranquilamente, y
sólo ansiosa por conocer la
causa de tan inusual visita de su padre. Todavía
incrédulo, el desconcertado príncipe
registró las habitaciones, y con el pretexto de la posible
existencia de ladrones,
asaltantes y otros intrusos de malas intenciones, registró
el ala por los cuatro costados.
Por último, tras una infructuosa búsqueda, se
retiró.
La princesa, ocupándose antes de
atrancar todas las puertas, procedió a abrir con Procovia el
macizo baúl en el que
habían encerrado al tembloroso aire de campo. Pero
Petróvich se había sentido al
parecer tan sobrecogido de terror que no podía moverse; lo
tocaron, lo incorporaron,
pero sólo para descubrir que el desgraciado se
había asfixiado y que se le había
extinguido la vida. Cualquier persona corriente habría
sucumbido de pánico en
semejante situación. ¡Que encontraran muerto al
aire de campo del gobernador en los
aposentos de su hija! Impensable. No había que perder un
solo minuto. La princesa y
su criada reflexionaron. Enseguida Proscovia pensó en su
hermano y salió corriendo a
buscarlo. No estaba lejos, por cierto. Entretanto, en lugar de llorar
por la pérdida de su
amante, la princesa empezó a Pensar que al fin y al cabo el
galán no estaba del todo a
su altura: de hecho, ya empezaba a cansarse de él cuando
ocurrió el funesto accidente.
Pronto Proscovia dio con Iván y éste
prometió de buena gana por razones personales hacer
todo lo que estuviera en sus manos para librarlas de tan comprometedora
carga.
Buscó sus caballos y su trineo, y condujo el
vehículo sobre la nieve que caía
rápidamente, alzó el cadáver del
desafortunado aire de campo y lo arrojó sobre el
trineo con pocos miramientos. Luego partió en plena noche al
río helado, cogió un
pico que llevaba consigo y practicó un agujero en el hielo,
por el cual hizo descender
el cuerpo del joven Petróvich con una piedra atada a los
pies. Luego amontonó la
nieve encima del boquete y dejó el cadáver
allí para que fuese devorado por los
grandes esturiones del Volga y con la certidumbre de que la cavidad
volverla a
cerrarse con la helada.
La satisfacción de la princesa, al verse tan
fácilmente liberada de las consecuencias de
su imprudencia, anuló de inmediato todo sentimiento de pena
por la pérdida del
amante; la desaparición de Petróvich se
explicó por su supuesta huida a consecuencia
de ciertas deudas de juego que no podía pagar, y por temor
de que ello llegara a oídos
del gobernador, como por cierto parecía ser,
según quedó confirmado por la
investigación que se llevó a cabo.
Iván pensó entonces en la importancia del secreto
que poseía y en la forma de hacerlo
valer. Así, una noche se presentó audazmente ante
la puerta de los aposentos de la
princesa Vávara y exigió a su hermana que lo
llevara a presencia de la hermosa y
joven ama. He de consignar que este Iván, como muchos
campesinos rusos criados en
servidumbre, era lúbrico y cruel en alto grado.
Además era rapaz, y tan robusto y
ancho de hombros como cualquiera de los mujiks que estaban al servicio
del príncipe.
El sabía, naturalmente, qué había
llevado al desafortunado aire de campo a los
aposentos de la princesa; así fue como este ser jactancioso
se consideró tan bueno
como aquél para dar satisfacción a la princesa,
además de contar con ponerle las
manos encima a una buena suma de dinero por su silencio y
discreción. En
consecuencia, cuando tuvo frente a sí a la princesa, estas
ideas empezaban a rondar por
su mente y exhibió una conducta tan imperturbable que su ama
comprendió a primera
vista cuáles eran sus propósitos.
En consecuencia, Iván no rechazó el
puñado de billetes de veinte rublos que la bella
jovencita puso en la palma de su mano musculosa, y aceptó la
invitación a beber de su
propia petaca de plata llena de coñac. Gradualmente,
mientras ella le sonreía, fue
incrementándose la confianza del individuo, y en
concordancia la insolencia de sus
deseos. La princesa era lo bastante inteligente como para juzgarlo
acertadamente de un
vistazo.
-Supongo, digna y noble señora, que ahora no
tenéis galán -dijo Iván, con un amago
de
sonrisa de complicidad.
-
- No, Iván... ninguno. Y en algunos momentos
-agregó la princesa, sonriente- pienso
que debo encontrar otro.
Iván vio su oportunidad y con todo descaro
sugirió:
-¿Qué os parece, Excelencia, si os lo busco?
- Eso no serviría de nada, mi buen Iván, porque
preferiría escogerlo personalmente. No
confío en que lo busque otra persona, por inteligente que
sea.
- Será un hombre afortunado! -murmuró
Iván.
-Quizás... eso dependerá de él; tiene
que ser alto y ancho, fornido y de buena planta, lo
bastante fuerte para arrastrar a un hombre pesado por el hielo,
Iván.
-¡Por todos los santos! Yo soy todo eso -sonrió
Iván.
-Si así es, Iván, acércate, durak
--"tonto"- y déjame ver con mis propios ojos qué
clase
de hombre eres.
Después de estas palabras, la joven princesa hizo
señas a Iván para que se despojara de
algunas prendas de su vestimenta, orden que el meritorio no
vaciló en obedecer, pues
entendió los ademanes de Vávara.
Tras unos segundos empleados en aflojar cuerdas y hebillas, pues la
naturaleza grosera
del siervo ruso carecía de reservas, Iván
dejó caer esas prendas y quedó a medias
expuesta su desnudez a la mirada de la jovencita.
La princesa, cuya naturaleza lasciva se despertó deprisa, en
cuanto percibió las
musculosas proporciones de los miembros del mujik se inflamó
de deseo, a pesar del
aspecto sucio de aquél y sus vestiduras de campesino
confeccionadas con pieles
grasientas. El astuto Iván había dejado a la
vista lo suficiente para que la procaz
princesa ansiara ver más, y mientras ella lo contemplaba con
la respiración acelerada y
las mejillas ardientes, él sintió que los
encantos de tan selecto y delicioso bocado,
inspeccionándolo con tal desfachatez, avivaban su apetito
carnal hasta un punto casi
irresistible. Así, las facultades mentales transmitieron
rápidamente sus impresiones a
la carne, provocando que desplegara su virilidad de una manera muy
simple e
inconfundible.
-Eres un hombre portentoso, Iván, tu enamorada
debería estar orgullosa de ti, pero al
mismo tiempo eres terrible... Déjame ver de inmediato,
déjame tocar
el instrumento con el que
haces el amor.
Entonces Iván se quitó de buena gana los
restantes obstáculos que impedían que la
princesa lo viera por completo, desnudando las partes secretas de su
cuerpo y dando
así testimonio instantáneo de su
disposición y su vigor.
El astuto mujik
tenía la verga
completamente tiesa y sonreía con desfachatez.
En cuanto a
la princesa, ésta
se mostró encantada con la exposición, y dada su
ignorancia de las proporciones
ocultas bajo el grosero exterior de un rústico,
fijó su mirada con asombro y deleite en
lo que él puso de relieve. Iván, que a toda
velocidad se estaba volviendo loco de ardor,
apenas podía contener el ansia de satisfacer sus deseos.
Por fin ella, dejando de lado cualquier consideración
pudorosa, le hizo señas de que se
aproximara más, y con gran excitación -mientras
sus bellos pechos se movían con la
irregularidad de su respiración y sus ojos delataban la
pasión que la consumía- rodeó
con su
pequeña y fina mano el falo,
haciendo hormiguear la carne de él e
hinchando sus partes, que se enardecieron más
que nunca ante
el excitante contacto de
esos dedos.
Con su acostumbrada astucia, Iván comprendió el
estado en que se hallaba la princesa,
y gozó con los toques indelicados y el examen a que ahora
ella lo sometía. Por ende le
facilitó la investigación y descaradamente
quitó hasta el último vestigio de su
vestimenta sin que ella se lo ordenara, mostrando su polla
en todo su esplendor.
El mujik era, de ello no cabe duda, un hombre portentoso... en este
sentido la princesa
había dicho la pura verdad. Con más de metro
ochenta de estatura, un cuerpo bien
formado, ancho, muchos músculos en sus fuertes miembros,
Iván era un modelo para
un artista, y su rostro, dotado de mucho pelo como el resto de su
cuerpo, aunque de
carácter taimado y de expresión brutal, no
carecía de encanto.
Una vez que la princesa cogió literalmente el toro por los
cuernos, avivada plenamente
su naturaleza lasciva, no pensaba conformarse con
fruslerías. Percibió el efecto de su
acto voluptuoso en el mujik, lo que sirvió para encender su
sangre y transportar sus
sentidos más allá del freno de la
razón. Con los labios jadeantes musitó, al tiempo
que
sus caricias se volvían más y más
pronunciadas:
-Mujik, ¡,puedo confiar en ti, eres capaz de guardar un
secreto?
-¡Seguro! ¡.Acaso no poseo ya uno?
La princesa sonrió mientras atraía el cuerpo de
él hacia el suyo.
-i Sé discreto, Iván, muchacho! ¿Me
oyes? Te tomaré como amante, harás conmigo lo
que tu alma quiera. Yacerás en mis brazos y me
poseerás. Me atravesarás como te
plazca. Penetrarás mi cuerpo con el tuyo. ¡Esta
verga
enorme que aprieto, mujik, tonto,
sentirá la calentura de mi sangre,
penetrará lo
más profundo de mi alma... no la
rechazaré por su largura ni por su anchura, será
recibida en mi persona y estaremos
unidos... tus placeres serán los del paraíso,
Iván, tu sangre y la mía bullirán
juntas de
deleite, tus sensaciones se convertirán en
éxtasis, hasta que... Ah, duren ya veremos.
Y la princesa, que había hablado en el dialecto
común del campesinado para que el
mujik la comprendiera mejor, temblando por su propia
excitación, adelantó sus bellos
labios húmedos hasta los de Iván y suavemente
insertó la punta de la lengua entre
ellos.
Como el lector puede imaginar, el vulgar mujik abandonó su
pasividad. Durante las
ardientes palabras de la princesa, sintió el excesivo ardor
a que lo estaba sometiendo; y
mientras cada oración se hundía en su
corazón y al mismo tiempo encendía su obscena
imaginación, la fue rodeando con sus brazos y sus manazas
recorrieron el cuerpo de
ella tratando en vano de descubrir un camino hacia los tesoros que
ansiaba explorar.
Entonces Vávara se dignó ayudarlo. Por
algún medio misterioso su vestido cedió y la
descubrió en su maravillosa belleza desnuda a los ojos del
sirviente. Ahora le había
llegado el turno a él. Impaciente por la demora y delirante
de concupiscencia, se
precipitó sobre ella. Cubrió el suave cuerpo con
besos desde la cabeza a los pies, ella
consintió sus caricias mientras las manos de él
erraban sobre sus encantos, e incluso
sus partes más íntimas estaban a su merced. La
princesa nada le negó, sino que le
entregó su cuerpo voluptuoso sin reservas. Iván
prosiguió atrevidamente con sus
toqueteos y sus besos, hasta que ella, ardiente por sus abrazos,
mostró tanto abandono
como el campesino.
Entonces el mujik buscó la satisfacción de su
fogosidad y la saciedad de su desenfreno
en la persona de su ama. Se incorporó y, tras separarle sus
dóciles piernas, montó
sobre ella. Así quedaron unidas sus carnes, así
se mezclaron el aliento ardoroso y los
suspiros de ambos, conjugados en un mismo deseo, encendidos de ardiente
impaciencia. Ya estaba el feroz pecaminoso a mitad de las puertas
abiertas, probando
una entrada que los groseros intentos del mujik y la
desproporción de las partes
volvían inútil. Una y otra vez intentó
adaptarse al estrecho sendero de los deleites
prometidos, y empezó a temer que las delicadas formas de la
princesa Vávara no
estuviesen destinadas al placer de un hombrón tan bien
dotado como él.
Pero entonces, fiel a su promesa, la princesa acudió en
auxilio del mujik. Jamás se
había visto sometida con anterioridad a un ataque semejante,
pero sus deseos
igualaban a los de él y no se desanima por dificultades
susceptibles de ser superadas.
Cogió de
nuevo el pene hinchado del rústico y con
su propia mano lo puso en
contacto con su vulva, prestándose a tan poco
delicada
operación, e intentó practicar una entrada
horadándose a sí misma con el arma del amor cuyos
placeres había imaginado; su
experiencia. y su determinación con lo que la fuerza brutal
del mujik no había
conseguido, pues ya sintió sus partes penetradas y el
movimiento del inmenso
asaltante en el camino acertado. Apartó la mano, y con los
dientes apretados aguardó
el impacto de la cópula
-Empuja ahora, muchacho, y goza de mí para contento de tu
corazón -murmuró en voz
baja.
En cuanto el impaciente mujik detectó las delicadas
presiones a que ahora se veía
sometido, descubrió su ventaja, y juzgando que lo
único que debía hacer para alcanzar
su objetivo era empujar sin otra consideración que su propio
placer, puso manos a la
obra contorsionando los miembros y la flexible cintura,
introduciéndose
hasta lo más
profundo del chochito de la princesa, pese
al evidente sufrimiento que producían sus
torpes intentos. En cuanto a ella, tras percibir el asaetamiento de la
terrible coyunda,
sintiendo que no tenía nada más que temer y que
había recibido tal como anhelaba el
cipote rígido del mujik en su
cuerpo tan hondo como era posible penetrarla,
rodeó
con brazos y piernas al hombre y lo apretó tan fuerte que
imposibilitó todo
movimiento por parte de él, Y así yacieron sus
cuerpos unidos, la princesa
deleitándose con la palpitación
de la abundante
verga
de Iván en su interior.
Pero pronto el mujik se disparó por razones de fuerza mayor,
encontrándose en una
especie de cielo paroxístico, las sensaciones experimentadas
lo aguijonearon, el
movimiento se convirtió en una necesidad y
comenzó a dar empellones con sus
caderas con tanta fuerza y energía que la princesa
gritó de deleite. El mujik empujaba,
y no bien percibió el estado de su pareja y notó
que ella compartía sus placeres,
redobló los movimientos y, mezclando los gemidos de
éxtasis, sus cuerpos se elevaban
y hundían en la consecución del acto obsceno. La
princesa lamentaba que no pudiese
durar eternamente, Iván se esforzaba por alcanzar el punto
culminante de su goce, que
también significaría el punto foral de su
incontinencia. La princesa sintió que las
partes del libidinoso se volvían más duras y
calientes, el mujik creyó que sus sentidos
lo abandonaban mientras llegaban juntos a un coito frenético
y, con rugidos de
satisfacción tan roncos como los de un semental con una
yegua, inyectó
en el cuerpo
de la princesa una asombrosa cantidad de semen. La
embriaguez de su
descarga
provocó que el mujik emitiera gritos de regodeo, mientras la
damita, abrumada por el
éxtasis que él le ocasionaba,
permaneció casi desmayada mientras recibía la
inundación. Apenas había acabado Iván
cuando recomenzó, y ella, que empezaba a
deleitarse con el pene potente de ese hombre vulgar con
mayor
fruición de la que
jamás había experimentado, se entregó
por entero a la brutal voluptuosidad de verse
así ferozmente ultrajada. Después de tres
corridas completas, el mujik se retiró del
cuerpo de la princesa, con su apetito carnal aplacado por el momento, y
permaneció
resonante, con lo ojos entrecerrados, a su lado.
No pasó mucho tiempo antes de que los pensamientos del
lujurioso placer que había
disfrutado con su encantadora amante, y quizá
también las hormigueantes sensaciones
que seguían acosándolo después de la
última coyunda, hicieran que el mujik mostrara
otra vez síntomas recurrentes de su virilidad. La vista del
sucio individuo con la polla tiesa,
inflamó de nuevo los deseos de la princesa
Vávara, y sus besos y toques
lascivos ejercieron el efecto correspondiente en el mujik, hasta el
punto en que éste
retomó deprisa su posición encima de ella, y con
ansiosos empellones penetró su polla hasta el
útero de la gozosa amante. Sin embargo, en
cuanto su miembro hinchado
quedó envainado
donde ambos deseaban, y sus cuerpos apretados volvían a
contorsionarse, se abrió la
puerta de la cámara e hizo su aparición
Proscovia.
Cuando el mujik notó que se abría la puerta y
entraba alguien, flotaron ante sus ojos
visiones del knut y de Siberia.
Retirando su erecto
miembro humeante,
incapaz de
hacer nada más a causa del miedo, permaneció con
la vista fija, su indecencia
plenamente expuesta a la vista de su hermana Proscovia, que sin poder
evitarlo sintió
su conejo inundado ante la visión de semejante verga.
Entretanto la princesa
Vávara,
mordiéndose los labios purpúreos, disgustada,
dividía su atención entre el miembro
hinchado del mujik y la atrevida intrusa. En ese instante
Proscovia
supo plenamente de
las irregularidades de su ama, cuyo début había
sido ya celebrado en una corte como la
de Rusia, infestada de los vicios bestiales de Catalina que, como no
podía dejar de
ocurrir, produjeron todos los efectos de que eran capaces en las
costumbres y el
temperamento de la princesa Vávara; pero este
último acto cogió a Proscovia por
sorpresa, para no hablar del asombro y el desmayo con que
reconoció a su hermano en
semejante posición. La criada estaba pues a punto de
retirarse, cuando la voz de su
ama le ordenó que no se moviera de donde estaba.
-¡Cierra la puerta y pon la tranca, Proscovia! ¡Ven
aquí de inmediato! ¡No, nada de
caprichos! Te ordeno, so pena de la inmediata inflicción del
knut, que obedezcas.
Luego, al ver que la chica todavía vacilaba ante tan
extraño espectáculo, la princesa
se levantó, golpeó furiosa el suelo con su
pequeño pie y sacudió un puño cerrado
ante
la cara de Proscovia.
Pero Vávara conocía su papel a la
perfección y no permitiría que una simple
sirvienta
la desobedeciera. Desdeñó cubrirse el cuerpo
desnudo y, por el contrario, permaneció
erguida en todo su encanto. Iván, igualmente desnudo,
tenía la vista fija, los ojos
desorbitados. La
princesa aferró el miembro erecto del mujik
y lo agitó delante de la
doncella.
--¿Ves esto, Proscovia? Tu
hermano tiene una polla
enorme... Vamos, olvida falsos
recatos y dime lo que piensas de verdad.
Ante tan autoritaria apelación, la criada
tartamudeó algo a modo de respuesta y
permaneció temblorosa aguardando las órdenes de
su ama imperiosa, no sin manifestar
en su actitud cierta dosis de avergonzada confusión.
Proscovia había sido educada con más esmero que
la mayoría de las de su clase social,
pues había sido seleccionada, con otros miembros de la
servidumbre de las vastas
propiedades del príncipe, para el servicio personal de la
princesa. En cumplimiento de
este oficio, había sido separada de su familia y
había visto muy poco a su hermano
Iván hasta que regresó de la capital con su ama,
cuando el príncipe Demetri asumió las
funciones de gobernador. No es mi intención insinuar que el
campesino ruso, en la
época cuyos datos recojo, fuese un grupo por completo
abandonado en lo que respecta
a su moral, pero no podía esperarse que tanto vicio, abierto
y descontrolado como el
que afectaba a las clases superiores, no arrojara una sombra
descendente sobre las
capas más bajas de la comunidad, y debemos recordar que los
siervos ni siquiera
tenían el incentivo de la libertad para ennoblecer sus ideas
de la vida. Proscovia no era
mejor que ellos, y además había penetrado en su
mente la degradante influencia de la
vida cortesana en San Petersburgo. Era una muchacha que destacaba por
su figura, y
naturalmente había sido follada por todos sus orificios.
Iván no albergaba la menor preocupación ni
escrúpulos con respecto a su
consanguinidad, y en cambio concebía un secreto deseo hacia
su hermana, deseo que
ya había intentado contagiarle, aunque en vano.
Vávara tenía su propio punto de vista;
había comprendido hasta qué punto los dos
hermanos estaban vinculados a ella por un incómodo secreto,
y nunca permitía que
ningún escrúpulo la apartara de sus
propósitos una vez que los concebía.
Interpretando
la mirada lasciva del mujik desnudo como buena
señal, arrastró a la chica hacia delante
y cogiéndole
la mano la apoyó en la polla
de su hermano. Este captó la
idea y ardió en deseos de satisfacer el goce interrumpido, y
no sólo contribuyó a los
manejos de la princesa sino que atrajo a Proscovia hacia él
y la besó repetidas veces en
la boca.
Ven, Proscovia -dijo el ama-, nada de timideces ni pudores.
Iván todavía no está
satisfecho y una chica bonita como tú no le
vendría mal. ¡Fíjate en qué
estado se
encuentra!, ! Tiene la
polla dura como el
acero!
Entre los dos la empujaron hasta el diván. La sirvienta
temía demasiado a la princesa
para ofrecer resistencia. Un segundo después el brutal
mujik, a quien la situación le
parecía una estupenda broma, le había levantado
las faldas a la hermana hasta el
pecho, dejando al descubierto sus jóvenes y
bien contorneadas formas. La princesa lo
ayudó, estimulándolo con la voz y el ejemplo.
Entonces Iván, blandiendo el cipote
que en ningún momento había perdido la evidencia
de su virilidad, avanzó hacia el ataque
incestuoso, medio borracho de lujuria y con la excitación
que le provocaba este nuevo
objeto impúdico. Forcejeando- los tres, cayendo a veces a un
lado y a veces el otro,
mientras el feroz Iván se esforzaba por cumplir su
propósito. Por fin se presentó una
oportunidad favorable, empujó y con un grito de triunfo
logró meter la polla hasta
las bolas en el coño de su
hermana.
La princesa se apartó y observó con deleite la
operación, mientras los movimientos
desesperados del mujik delataban su placer. Proscovia, a medias
aplastada por el peso
de su hermano y aterrada casi hasta el punto de perder el conocimiento,
no presentó la
menor oposición; el brutal individuo, por completar el acto,
acabó con un grito
voluptuoso al sentir que el clímax final se apodera de sus
sentidos. Tras descargar su crema viscosa
hasta su completa satisfacción, retiró el miembro -
todavía goteando-
del chocho de su hermana y sin ningún
miramiento se lo introdujo en la boca ordenándole que
limpiara el priapo son su lengua.
Una vez todos satisfechos, las dos mujeres se ocuparon
rápidamente de
liberarse del mujik, la princesa
prometiéndole una pronta renovación de sus
placeres, la hermana reprochándole la brutalidad, aunque al
mismo tiempo relamiéndose en secreto por el estado en que se
encontraba.
De este modo, la princesa se había asegurado definitivamente
la reserva y fidelidad de
la criada: ¿Acaso
no estaban remando las dos en el mismo
bote o lo que es lo mismo, no estaban
las dos follándose al mismo hombre?
Segunda parte
Antes de
volver al diario íntimo de la princesa Vávara,
deseo hacer un par de
observaciones. Algunas partes del diario son tan extraordinarias que he
preferido
ofrecerlas literalmente, con la única reserva mencionada; en
otros casos las
descripciones, no sólo de sus sensaciones sino de los hechos
y escenas, son tan
detallados que no pueden dejar de causar profunda impresión
en el traductor, y me
sería materialmente imposible reproducirla en todo su
brillante colorido y enérgica
descripción. Por ende he procurado dejar que el lector
imagine por su cuenta la
absoluta depravación de una mente tan desequilibrada,
incitada por la fuerza de las
circunstancias que la rodeaban y los hábitos de la sociedad
en que vivía, libre de
cualquier consideración hacia el deber o la
religión.
Tan interesado estaba en el estudio de este insólito
fenómeno fisiológico que no
escatimé esfuerzos en buscar un retrato de la princesa, y
descubrí finalmente uno de
tamaño natural, colgado en un palacio de San Petersburgo.
Pinta a una mujer joven y
de una belleza singular, de unos diecinueve o veinte años de
edad. No pude olvidar
fácilmente sus ojos. De incomparable encanto, en sus
brillantes profundidades daban
la impresión de penetrar al espectador hasta el alma. Su tez
era clara,
extraordinariamente clara; los cabellos castaños
caían en exuberantes ondas sobre sus
hombros. Tenía la frente ancha y noble, el aire altivo e
imperioso, aunque
evidentemente capaz de expresar gran ternura y sensibilidad. El retrato
me persiguió
meses enteros y me inspiró para concluir la tarea que ya
había comenzado,
concretamente la de copiar y parafrasear tan singular diario.
A los lectores que no conozcan la lengua rusa, he de informarles que
Várvara o Vávara
es sinónimo de Bárbara, y que el tono insolente y
autoritario empleado por los nobles
para dirigirse a sus siervos era el habitual, y el que éstos
daban por sentado y recibían
con espíritu de respetuosa sumisión.
Tras describir su primer encuentro con Iván en la
ocasión que ya conocemos, la
princesa pasa a relatar el segundo, pero dado que gran parte de
éste posee un carácter
muy peculiar, considero mejor presentarlo con sus propias palabras,
aunque algunas
partes son del todo intraducibles.
"Dos días después de su primera visita y del
éxito de mis experimentos con él,
mandé
a buscar a Iván. Necesitaba dar algún alivio a la
privación que soportaba a solas, y él
era el adecuado para proporcionármelo. Durante el intervalo,
sólo había pensado en su
vigor y sus habilidades. El entendió muy bien mis objetivos
y no necesitó de ninguna
inducción para secundar mis ideas más
desenfrenadas. Le hice señas de que se
acercara y se despojara de sus groseras pieles de cordero.
Obedeció con la torpeza
propia del patán que era. Hice que se descubriera y
expusiera el bajo vientre y las
piernas musculosas. Miré hacia sus partes pudendas y vi
cómo su gran polla aumentaba
y se erguía gradualmente. Lo mantuve a cierta
distancia
mientras me abría el peinador
y exhibía mi cuerpo casi desnudo, apenas cubierto por mi
camisa de seda, con las
medias y los zapatos puestos.
Mis tetas y mi culo lo inflamaron; su estaca se empinó
gruesa y
purpúrea de deseo. Hice que
se situara delante de mí y cogí su verga
entre mis manos. Sus testículos eran
inmensos, tenía la bolsa y el vientre cubiertos de vello.
Todo ello despertó en mí un
fuerte deseo; ese individuo avivaba en mi cuerpo sensaciones que hasta
entonces yo
desconocía. La visión y el contacto de sus partes
me embriagaron. Había descubierto
algo para satisfacer, al menos de momento, mis fantasías
más desbordadas: tan feliz y
delirante me hacían los genitales de ese hombre. El me
acarició con sus manazas, me
besó todo el cuerpo, mientras
yo frotaba y sobaba su inmensa
polla y él jugaba con mi
coño. Sus bastos toques eran
deliciosos; cada movimiento de sus dedos, yo lo
devolvía con un apretón de su verga.
-¿No es delicioso? -le pregunté-. ¿Te
gusta la sensación cuando te sobo el cipote?
- Excelencia, vuestros toques son el cielo, vuestro siervo
está embelesado por tanta
condescendencia.
- Supón que siguiera sacudiéndolo así.
¿Qué harías?
- Entonces me correría vivo. -Empleó estas
palabras porque no conocía otras: era una
expresión
grosera corriente entre el campesinado-.
- Y vos, Excelencia, me
privaríais del placer de
daros aquello que me permitisteis la primera vez.
- ¿Qué era eso? pregunté, sonriente y
fingiendo
ignorancia.
- Permitisteis a vuestro sirviente entrar en vuestro chumino.
-Uniendo la palabra a la acción, insertó la
punta del dedo en la delicada abertura-.
- Me permitisteis follar con
vos. -También en este
caso empleó una expresión grosera-.
- Gocé de un gran placer, me sentí casi muerto de
deleite y no he pensado en otra cosa desde entonces.
- ¿Tanto te ha fascinado mi cuerpo, Iván? Pero tu
polla
es enorme y me temo que
no sea adecuada para unas formas tan tiernas y delicadas como las
mías.
Dije eso para excitarlo más, y noté que sus ojos
se nublaban de pasión y su fuerte
miembro palpitaba anhelante.
- Vuestro sirviente será tan suave que no os hará
daño. No seré violento en absoluto,
me portaré como un cordero en las manos del lobo,
podréis hacer conmigo lo que
queráis... sólo permitidme intentarlo. Mi verga
gotea ya ante la idea de entrar, tiene la
cabeza cubierta con el rocío de sus ardores, ya prepara el
medio para lubricar la
hermosa cueva... dejadla entrar.
- No, Iván, me da miedo su tamaño... me
harías mucho daño...
- No digáis eso, Excelencia, sólo os
daré placer, agitaré suavemente vuestras
sensaciones hasta el goce supremo... os montaré
deliciosamente y llenaré vuestra alma
con el desenfreno de mi energía, empujaré con
fuerza cuando vuestros espasmos os
abrumen y nadaréis en el mar de mi semen. Vuestras
entrañas vibrarán constantemente
en el paroxismo y no cesará de fluir vuestro dulce jugo.
Cerré los ojos; Iván me apretó entre
sus fuertes brazos, atrayéndome hacia su robusto
cuerpo, que sujetó desnudo contra el mío; se
echó sobre mí, apoyando su vientre
velloso en mi tierna piel sonrosada. Empujó su polla
entre mis muslos; la sentí caliente
y firme como el cartílago... su contacto me
electrizó.
-¡Dios mío! -murmuré-.
¡Me
matarás!
Iván.
No prestó la menor atención a mis
protestas... que en realidad sólo estaban
destinadas a calentarlo más. Saboreé su
salvajismo; ser víctima de su vulgar lujuria era
puro placer para mí, pero todavía no lo
dejaría salirse con la suya. Sus partes tocaban
las mías; la punta de su estaca, que destilaba gotas
impacientes, presionaba los labios
de mi cavidad, buscando una entrada para su tiesa longitud. Era como el
semental
entablando una lucha desigual de deseo amatorio con una palafrenera. Me
sentí
sucumbir y, levantándome, lo aparté de
mí: quería disfrutar de los preliminares,
provocarlo más. El se incorporó y
volvió a mirarse las partes: su enorme polla,
inflamada por mi resistencia, apuntaba hacia arriba y se meneaba
delante de él. Estaba
más roja, más feroz que nunca;
quejándose de mi resistencia, con súplicas
abyectas,
volvió a cogerme: una vez más se
arrojó sobre mí y con la rodilla
separó mis blandos
muslos. Otra vez
sentí el contacto de su verga.
Sus primeros intentos fueron tan torpes
como antes: me hizo daño, se lo dije, la cabeza de su
miembro quería abrirse paso a
través de mis labios menores.
-¡Ahora entra! ¡Por fin, Santo Cielo! í
Qué placer! -gritó, dando empellones contra mis
partes.
De hecho, la mitad de
su polla estaba en
mi coño; temí
perder lo que él tenía para
darme y lo ayudé en sus brutales esfuerzos de
penetración... poco a poco se deslizó en
mi interior; sentí el empalamiento con hambriento deleite y
luego, bajando su cintura,
se dedicó de lleno a lo que estaba haciendo. Me
penetró hasta que me sentí atiborrada
con su miembro viril. Luego me sacudió terriblemente y
empujó en mi interior el resto
de su polla; así, completa la
penetración, comenzó su arrebato. Las estocadas
eran
deliciosas y, pese a su tamaño y su vigor, empecé
a secundarlo. Los empellones iban
acompañados de bajos gritos guturales. Me aferré
a él y lo recibí con inefable deleite.
Levanté las piernas y las apoyé en su espalda. El
se apretó contra mí y enterró por
comleto su polla en mis
entrañas, que respondía a sus
empellones.
Nuestras caras se tocaron, nuestras
lenguas se retorcían juntas, nuestros alientos iban y
venían en un largo desborde de
placer, cerré los ojos en un éxtasis convulsivo.
Nuestros cuerpos estaban firmemente
unidos, la comunión era tal que sentí hasta el
último espasmo, hasta la última
palpitación de la potencia viril. El rodó y
cayó sobre mí, en mí, su ser se
confundió
con el mío. Iván parecía identificarse
en su carne ferviente con la mía. Su miembro,
empujando hacia delante con indescriptibles esfuerzos, no
podía penetrarme más. Mis
manantiales se abrieron y ayudaron a sustentar sus movimientos
rápidos y profundos;
las exhalaciones de él entraron en mi bajo vientre y
embriagaron mis ansiosos
sentidos.
-¡Oh, mujik! Me has penetrado hasta el alma,
continúa ahora moviéndote tan
deliciosamente, apriétame con el vigor de tu fuerte
hombría. ¿No eres feliz ahora
poseyendo a mi persona? Tu
verga me llena
de éxtasis, es una barra de hierro, me
atraviesa hasta el corazón.
El mujik no podía responder con palabras, pero
subía y bajaba su polla en el
interior de
mi chocho de una forma que me hizo
temblar con espasmódica pasión. Su columna,
que ya no estaba confinada por falta de humedad, se acomodó
en toda su extensión y
las sacudidas se volvieron más cortas y fuertes.
Sentí que se endurecía y agrandaba
más aún. El hizo una breve pausa, como si
quisiera reunir todas sus energías en un
único esfuerzo, y entonces me entregó aquello por
lo que yo estaba ardiendo; me
estrechó el cuerpo contra el suyo y, con su enorme polla
enterrada hasta el fondo en mi
coño, sentí que me
llenaba con torrentes de esperma. Yo nunca
había
experimentado
nada semejante a esta inyección de su semen. Tres veces,
antes de que lo apartara, el
libidinoso mujik me inundó, y las tres veces
recibí sus jugos con gritos de ardor.
Entonces me eché sobre su cuerpo y me quedé
dormida... no sé durante cuánto tiempo.
Me sentía dichosa y encantada con la energía de
mi rústico amante. Al despertar lo
encontré acariciándome todo el cuerpo.
Bajé la mano y palpé su columna; estaba tan
fuerte y empinada como al principio. Fue un deleite sentir su largura y
su anchura.
Iván no estaba ocioso, pero mis toqueteos lo perturbaron y
quiso empezar de nuevo,
gozarme otra vez, aunque se lo impedí. Forcejeó
para caerme encima, pero no se lo
permití. Le ordené que se quedara quieto. Mis
manipulaciones lo incendiaron, pero
insistí en que se mantuviera sumiso. Su verga
estaba inmensa, la punta era como una
ciruela madura. Por un instante olvidé lo que
era y la
traté como si de esa fruta se
tratara. En ningún momento el mujik se había
mostrado tan fogoso; no podía quedarse
quieto... todo su cuerpo vibraba. Con mis contoneos lascivos fui
acercándolo con
fruición hacia mí y experimenté tanto
placer como él. Lo manipulé de modo que
aumentara gradualmente su placer; con una mano contuve sus globos,
rodeé su
glande
con mis labios húmedos, la dejé entrar entre
ellos y saboreé el encanto de su fortaleza
viril. Sentí que no podía seguir
adelante sin
que se corriera. Vacilé; mientras me decidía a
proceder, pensé que se me escaparía el semen, que
él ya estaba a punto de eyacular. Yo
ardía en deseos de gozar y ser gozada, de ser arrasada otra
vez por este taimado
campesino, cuyos instintos bajos y brutales me proporcionaban tanto
placer. ¡Pero
su
polla me resultaba tan atractiva! En mi
delirante admiración de sus partes pudendas, me
sentí casi fuera de mí. A duras penas
logré soltar la llameante columna. Luego,
exhalando un profundo suspiro, me incorporé;
quedé frente a él, que cayó sobre
mí y
me desplomé hacia atrás a un costado de mi cama;
al caer me volví retorciendo mi
cuerpo, él me rodeó la cintura con la
intención de completar su goce -parecía que le
daba igual de qué manera-, sentí que apretaba su
cuerpo caliente contra mis nalgas, su
aliento me quemaba el cuello, su columna ya se arrojaba entre mis
piernas, buscando
en vano una entrada. No es de extrañar que se desviara, su
tamaño escapa a toda
descripción, su
polla era un
hierro al rojo vivo. Levanté una pierna y
él
aprovechó este
movimiento: en un
instante me sentí penetrada por su enorme
columna, que subió por
mi interior hasta el vientre. Experimenté tan
deliciosas
sensaciones que lo ayudé en
todo lo que pude. Su priapo se contorsionaba de placer, sin parar, y
poco después
descargó su esperma en un fabuloso borbotón.
Entonces me tocó a mí revolcarme gozosa y
recibí hasta la última gota emitiendo grititos de
éxtasis. Mi cuerpo y las sábanas
quedaron cubiertas con la evidencia de la virilidad del mujik.
¡Me daba igual! Yo sólo
quería gozar; cambiar las sábanas sucias era
asunto de Proscovia, no mío; en cuanto a
mi cuerpo, yo sólo quería inocular todos sus
poros con el esperma de Iván."
Es casi imposible concebir algo más rápido que el
desarrollo de los vicios que
llameaban en la índole de la joven y fascinante princesa
Vávara . Como puede
suponerse, una asociación como la existente entre ella y su
amante de baja cuna sólo
podía llevar a degradarla cada vez más.
Naturalmente, él tenía sus propios vicios
bajos, su lenguaje vulgar para explicarlos, y la joven ama
parecía encontrar un deleite
especial en oírle contar una y otra vez sus actos de vileza
sensual, sus proezas
libertinas y disolutas.
El delito incestuoso del que la princesa había sido testigo,
si no partícipe, fue repetido.
Vávara (si hemos de dar crédito a su diario),
especialmente en los momentos en que
estaba imposibilitada de entregarse a una gratificación
más personal, se entretenía.
instigando y supervisando los actos más desenfrenados de
lascivia entre hermano y
hermana. Proscovia, una muchacha bonita, traviesa y sin principios,
enseñada a
confiar ante todo en su joven ama, si bien reacia al principio, poco
después se prestaba
a los abrazos concupiscentes de su hermano con evidente
satisfacción. Así, apenas
pasaba una semana sin que los hermanos se entregaran desnudos a la
máxima lascivia
en presencia y con el estímulo de la princesa, que
contemplaba con ojos glotones sus
sucios goces, e incluso incrementaba -mediante sus sugerencias y
manipulaciones
libidinosas- su ya excitada lubricidad.
La princesa describe así su experiencia con estos dos
compañeros secretos de orgías:
"Cuando empecé a desvestir a Iván, su hermana, a
cierta distancia, se despojaba
lentamente de su ropa. A medida que cada prenda era quitada o dejada
caer, noté con
deleite el efecto que ejercía en el hermano. Yo misma me
ocupaba de que su
excitación no languideciera. Abrí sus ropas,
él se las quitaba, y lentamente fui
mostrando a la mirada de su hermana Proscovia su enorme polla
en lenta erección, y
el entusiasta aprecio de los placeres por venir. La chica
fijó sus ojos en ella, con la
boca abierta, el aliento caliente, la respiración
dificultosa, las mejillas ruborizadas de
deseo, sus jugos vaginales se veian fluir e su abertura. Entonces,
desnuda incluso de las medias y los zapatos, se alzó como
una diana
bien dispuesta para la inmensa jabalina de dura carne que la amenazaba.
En actitud
voluptuosa, expuso ante el hermano toda su desnudez. El rizado vello
negro que cubría
abundantemente su almeja se abrió suavemente, y
quedó a la vista la raja enrojecida y húmeda
de deseo. Con suaves movimientos ondulatorios de su bajo vientre,
Proscovia lo invitó al ataque.
Iván se regalaba los ojos en todo lo que veía,
mientras yo excitaba entre mis manos su
columna, la frotaba lentamente arriba y abajo, hasta que el pellejo
flojo se negó a
seguir cubriendo la hinchada cabeza. Los ojos de Iván
centelleaban lujuriosos, sus
caderas se movían sensibles, amistosas. Lo empujé
hacia delante; Proscovia,
suspirando, cayó boca abajo sobre el diván;
él la montó y yo, separando los vellones
con mi propia mano, guié
la enorme y empinada polla
del macho en la grieta húmeda.
Sus robustos empellones hicieron el resto; contemplé la
rígida verga de carne
brillante
cuando entró en el cuerpo de la hermana y
desapareció hasta el fondo. Apretándola
entre sus brazos, él empujó y, con golpes
regulares que hicieron retumbar la cámara,
apuró el placer hasta que finalmente se separó de
los brazos de Proscovia, con la verga
chorreante de semen.
Fue en una de esas ocasiones, en que por la menstruación yo
no podía gozar de él de la
manera corriente, cuando me encontré entretenida con su vara
larga, moldeándola,
jugueteando y besando la ciruela. Abriendo mis labios acariciantes, la
dejé entrar: él
hizo en mi boca los mismos movimientos con que estaba acostumbrado a
deleitarse en
otro agujero de mi cuerpo. El deseo superó cualquier otra
sensación en mí; yo ansiaba
gozar y era consciente de mi imposibilidad de hacerlo como de
costumbre. Lo
estimulé, sustentando la firme columna por su base. De vez
en cuando le interrumpía...
y yo sabía muy bien por qué. Sus movimientos me
excitaban y, aunque el tamaño de
su polla me incomodaba, me
deleité en el sabor de sus partes. La intrusa estaba cada
vez
más caliente, más dura... y me
abandoné a mi fogosidad. Iván trató de
salirse y yo lo
hice entrar más. Entonces ocurrió y no puede
decirse que la culpa fuera suya; lo sentí
ceñirse a mí y
súbitamente mi boca
estuvo llena de semen,
lo oí jadear, parecía caer
de él un
diluvio, espeso y pegajoso, que me pareció un manjar, y lo
dejé alcanzar el paroxismo
en que estaba. A partir de ese momento fui una devota de su
leche.
Nunca mas se corrió en otro sitio que no fuera mi boca. Su
semen
me parecía el más exquisito manjar.".
Tercera parte
La princesa
Vávara se vio entonces lanzada por sus propios actos a una
conducta que
no dejaría de proporcionarle una sensación de
peligro e incertidumbre, y en breve
comprendió los riesgos que corría. Su padre, el
príncipe, era un hombre de riguroso
decoro, aunque no de costumbres austeras, y pese a que brindaba un
amplio abanico de
comportamientos a sus huéspedes en las frivolidades de las
suntuosas invitaciones al
palacio, tenía una idea rígida de la dignidad y
posición de su familia, y habría
preferido sacrificar su vida antes de que su nombre pudiera merecer el
menor reproche.
Por eso puede parecer curioso que su hija escogiera voluntariamente
comprometerse en una aventura que implicaba semejante peligro. Como la
mayoría de
las personas obstinadas, ella apenas tuvo en cuenta los corolarios ni
las singulares
complicaciones que estaban a punto de surgir. Había dado
rienda suelta a su ardiente
naturaleza y había permitido que sus desbocadas pasiones se
desmandaran sin
detenerse a pensar en las consecuencias. Había echado a
rodar la piedra que avanzaba
chocando de roca en roca; ahora ella era impotente para contener su
impulso creciente
y sólo podía, ¡ay!, observar su
trayectoria impetuosa.
Una breve relación con Iván fue suficiente para
desilusionarla de los encantos de la
sociedad a la que pertenecía el mujik. La intimidad con la
joven princesa fue algo por
sí mismo excesivo para que la índole
estúpida y brutal de Iván lo ocultara, no sin
engendrar una dosis de vanidad que empezó a manar por todos
los poros de su gruesa
piel. Pero el mujik tenla un vicio peor que el de la vanidad: era
adicto a ocasionales
ataques de embriaguez, y la cantidad de vodka que en esas ocasiones
ingería habría
sido más que suficiente para una docena de franceses. El
lugar preferido para
entregarse a la bebida, y al mismo tiempo reunir a su alrededor a una
selección de
espíritus escogidos de la aldea, era la kabak, o taberna,
atendida por un gigantón que
respondía al nombre de Petrushka, un individuo de metro
noventa y ocho con las botas
de tacones bajos, cuyas proezas en la lucha eran tema de
admiración en el campo de
los alrededores. Sentado junto al fuego de grandes troncos, con las
enormes palmas de
las manos sustentando su cabeza brutal, Iván charlaba y
jugaba a las cartas horas
seguidas hasta que, con frecuencia demasiado borracho para encontrar el
camino, iba
haciendo eses hasta su cama, en la choza contigua al establo en el que
guardaba sus
caballos.
En esa época Petrushka empezó a notar la forma
pródiga en que Iván gastaba su
dinero, en que pagaba generosamente las bebidas servidas a sus
contertulios, y
también la naturaleza jactanciosa de su
conversación. Los demás gastaban chanzas al
mujik sobre su bolsa llena; él respondía que su
hermana gozaba del favor de su ama
rica y poderosa, que la princesa daba abundante dinero a su criada y
que él, su
hermano, se beneficiaba de ello. Esta explicación era
suficiente para satisfacer a sus
amigos, entre los cuales -gracias a la generosidad de la princesa- fue
convirtiéndose
rápidamente en un héroe. A las mentes
rústicas no les interesaba molestarse en
ahondar: Iván les había advertido que, si
hablaban del tema, su hermana podía verse
envuelta en dificultades y el resultado sería el fin de las
orgías alcohólicas, pues se
acabarían las invitaciones a su costa. De modo que a sus
compañeros les bastaba con
aceptar la parte que les correspondía sin abrir la boca al
respecto fuera de las puertas
de la kabak
Pero las entrevistas repetidas día a día con su
joven amante y los voluptuosos
entretenimientos que ella le proporcionaba, empezaron a desmoralizarlo;
al mismo
tiempo la princesa, que no tardó en descubrir las
irregularidades del mujik, comenzó a
concebir una repugnancia que nada, salvo las habilidades
físicas del hombre al
principio de la relación, le permitió ignorar. El
era un animal espléndido y eso era todo
lo que ella necesitaba; las incongruencias de su naturaleza vulgar y su
grosera persona
eran cuestiones que le atraían, por la ley de ese
espíritu contradictorio que tan a
menudo induce al elegante y refinado a asociarse con sus opuestos. Pero
la princesa
también empezó a notar que había
peligro en el futuro y que ese hombre involucraría
su nombre en la vergüenza y en la desgracia. En vano
mencionó sus temores a la
criada: la joven y astuta Proscovia, cuya capacidad de
comprensión era escasa y
apenas tenía imaginación, no podía
entender esas dificultades y sólo veía en el
presente un período de placer muy agradable y voluptuoso
para su ama y para ella
misma.
Entretanto, las cosas iban de mal en peor. En sus horas de
intemperancia, Iván empezó
a soltar insinuaciones de que un gran personaje le concedía
sus favores. Llegó tan lejos
como para dar a entender que dicho personaje no era otro que la
princesa. No obstante,
esto era demasiado para que sus amigos lo creyeran, y simplemente se
burlaron de él,
comentando que Iván estaba perdiendo la cabeza, que la
bebida hacía de él un idiota, y
se divirtieron con nuevas chanzas a sus expensas. Pero esta
convicción no impedía que
de vez en cuando sonsacaran a Iván sobre la gran dignataria
que lo protegía y que, a
través de su hermana, ofrecía medios tan
pródigos para su delectación. En estas
juergas de medianoche, cuando el vodka había comenzado a
hacer su efecto y todos
estaban alegres, diversas eran las bromas que le dirigían al
brutal Iván.
Una noche en que Iván y sus escogidos, siete en total
contando a Petrushka -el
luchador, que también era propietario de la kabak-,
habían iniciado la jarana nocturna,
como de costumbre a su costa, la conversación
recayó en la insólita generosidad del
que invitaba, y en el extraordinario favor en que lo tenía
la princesa Vávara,
convirtiéndose éste en el tema de la habitual
diversión.
Iván, muy adelantado en copas respecto a sus
compañeros, se puso furioso, dio un
puñetazo en la tosca mesa con un golpe capaz de derribar a
un buey, y exclamó:
- Reíd tanto como queráis, hermanos, pero os
aseguro que si quisiera podría demostrar
lo que digo.
- ¿Qué opináis de esto?
Iván sacó un billete de veinticinco rublos de un
bolsillo grasiento y lo mostró en
ademán triunfal ante los ojos de sus atónitos
compañeros. Todos contuvieron el aliento
al ver el billete, e Iván prosiguió:
-¿,Queréis que os muestre otro? -Sin esperar
respuesta, sacó otro billete del mismo
valor.
-¡Que todos los santos nos protejan! -exclamaron los
invitados.
-
-Iván, eres un hechicero... Es el mismísimo
demonio quien te da el dinero... Tienes
que ser un hombre muy perverso.
-Que el dinero provenga del diablo o de la princesa,
¿qué te importa a ti, durak? Os
digo que lo tengo en abundancia y no me dan miedo vuestras sospechas,
pues no
conozco otro diablo que aquella que me dio este dinero, y puedo
mostraros quinientos
rublos tan fácilmente como estos dos billetes...
sólo tengo que ir a buscarlos.
Petrushka levantó la vista y las manos, maravillado,
estupefacto.
-¡Quinientos rublos! --exclamó-. Vaya, este
Iván es el demonio en persona.
Todos se sumaron a una carcajada campechana, mientras se miraban entre
sí para
encubrir cierta sensación de desasosiego que
empezó a afectarlos ante tan
sorprendente despliegue de riquezas y audacias.
Mientras, el vodka seguía desapareciendo por el coleto del
estúpido y vanaglorioso
Iván, cada vez más entusiasmado por la hilaridad
de sus amigos.
-Oídme bien -dijo, al tiempo que daba sobre la mesa otro
golpe furioso que hizo
tintinear los vasos-, decís que es el diablo quien me da el
dinero, y yo digo que es
nuestra joven princesa Vávara. Sea demonio o princesa,
¿quién apuesta conmigo cinco
rublos a que traigo aquí al dador en el plazo de una hora
para que beba entre nosotros?
-Yo, sin vacilaciones --gritó el luchador y rió
entre dientes al pensar que había llevado
al jactancioso Iván a una trampa-
- pon el dinero, hermano, y
trae al diablo, o a tu
princesa; si resulta ser el ángel de las tinieblas
propiamente dicho, lo encenderemos
alegremente con estos troncos ardientes, y si resulta ser tu princesa
quien viene a beber
con nosotros, no nos detendremos ahí, sino que nos daremos
otros gustos. ¿Qué decís,
amigos?
Gritos y vítores recibieron este truculento discurso, pues
naturalmente nadie había
creído una sola palabra de las jactancias de
Iván, y se cercioraron de que la puerta
estaba cerrada y con la tranca antes de aventurarse a confirmar la
audaz decisión a la
que habían arribado en caso de que el visitante fuese no
sólo una mujer, sino su princesa.
-Trato hecho -dijo Iván mientras se levantaba.
El dueño de la kabak dejó su billete de cinco
rublos en la mesa y el mujik se caló el
sombrero, dispuesto a salir.
--Cuidaós de emborracharos antes de mi regreso --dijo, con
la mano apoyada en la
cerradura de la puerta-. Dejad todos vuestros vasos donde
están hasta mi vuelta, y
entonces veréis si digo o no la verdad.
Dicho esto, Iván los dejó para que
reflexionaran
a su gusto sobre lo que acababa de
ocurrir. El aire libre aumentó el efecto de sus libaciones,
y avanzó con pasos no del
todo seguros hacia los aposentos de la princesa. Con manos
más inseguras aún, hizo la
señal secreta que siempre le servía para llamar a
su hermana Proscovia. Preguntándose
qué podía ocurrir, pues ya eran más de
las once y la joven princesa se había acostado,
Proscovia bajó deprisa y con cautela para hacer pasar a su
hermano.
Un simple vistazo fue suficiente para que Proscovia comprendiera:
Iván tenía la voz
pastosa, alta y truculenta, trataba de mantener el equilibrio con
dificultad contra la
jamba de la puerta mientras hablaba. En respuesta a las asustadas
preguntas de su
hermana, le habló de la apuesta que había hecho y
de cómo estaban las cosas en la
kabak.
-¿Te has vuelto loco? -preguntó Proscovia
horrorizada.
- No estoy loco en absoluto -replicó el hermano,
mirándola estúpidamente a la cara-,
todo lo que digo es cierto; no te quedes ahí parada como una
tonta. Entra y dile a tu
ama que yo digo que debe bajar de inmediato.
Proscovia estaba en un tris de desmayarse de terror, pero al percibir
la determinación
de su hermano y temiendo que éste levantara aún
más la voz y alertara a toda la casa,
le pidió que esperara en la oscuridad de la
antecámara mientras ella transmitía el
mensaje a su ama.
Una vez despierta, la princesa Vávara se percató
de la grave situación en que se
encontraba, y su capacidad de resolución -al principio
terriblemente perturbadaacudió
en su auxilio; con la ferviente decisión, que era una
característica de su
carácter, tomó sus medidas en ese mismo momento.
Tras calcular el alcance exacto de
la exigencia de Iván, el número y la calidad de
sus invitados y el lugar de reunión, se
levantó y, mientras se cubría con la robe de
chambre, dijo a su criada:
-Dile a Iván que me espere unos minutos y que puede darse
por satisfecho. Lo
acompañaré y ganará la apuesta.
Unos meses atrás se había desatado una grave
epidemia de cólera en las
inmediaciones, y la princesa, como buena samaritana, había
proporcionado medicinas
a los pobres siervos de los alrededores; disponía de una
abundante reserva de
medicamentos con este propósito. Fue directamente al
botiquín, donde eligió una gran
botella casi llena de coñac muy fuerte y un frasco de
láudano; mezcló ambos en
cantidades iguales y puso la nueva botella en un pequeño
cesto. Luego indicó a
Proscovia que se preparara para acompañarla; la princesa se
atavió a su gusto y se
echó sobre los hombros una inmensa capa de pieles que la
cubría desde la parte alta de
su hermosa cabeza, bajo cuya capucha quedaba oculta, hasta los talones,
rodeados con
las botas más abrigadas y forradas en pieles de carnero,
confeccionadas como medias
y sin suelas, para poder andar fácilmente por los yermos
nevados. Proscovia ya estaba
lista; bajaron juntas y vieron a Iván esperando ante la
puerta, radiante tras haber
alcanzado tan fácilmente el éxito.
- Como ves, Iván, basta con que tú
ordenes para
que yo obedezca -dijo la princesa
mientras lo cogía de la mano y atraía el enorme
puño del mujik hacia el interior de las
abrigadas pieles que tan bien la protegían de las
inclemencias del invierno ruso.
Iván tartamudeó su satisfacción, y su
amante agregó, al tiempo que le alcanzaba la
botella de coñac:
- Antes de empezar, como la noche está muy fría y
la nieve cae muy espesa, será mejor
que eches un trago.
Iván no necesitó que la princesa insistiera en su
invitación y ésta le sirvió un vaso
del
potente contenido.
Entonces los tres salieron a la noche oscura, cada uno enfrascado en
sus meditaciones,
y en silencio: la princesa, activa y resuelta; Proscovia titubeante y
casi encogida de
terror; el borracho Iván, todavía más
estúpido y abyecto por la dosis adicional que
acababa de beber, desafiantemente triunfal, abriéndose paso
sin ruido a través de la
nieve recién caída, en la inerte soledad de la
noche
callada e inclemente.
Ni un solo pensamiento escrupuloso o vacilante pasó por la
cabeza de la princesa
Vávara; por el contrario, su rostro brillaba en la nieve con
un fuego que, de haber sido
visto, habría convencido al más
descreído de su temperamento fuerte y valiente. Algo
más que una actitud decidida centelleaba en su mirada
apasionada , cuando rodeó un
recodo y vio las ventanas iluminadas de la kabak.
Con dificultad, las dos mujeres condujeron al borracho Iván
hasta la puerta y llamaron.
Una vez abierta la puerta de la taberna, entraron. Obedeciendo a una
señal de su ama,
Proscovia, algo recuperada de sus temores y casi tranquilizada por el
porte decidido de
la princesa, cerró la puerta y atravesó la pesada
barra de madera.
Entonces Iván, tambaleándose, se apoyó
en la mesa e hizo un vano intento por
reclamar su apuesta; demasiado borracho para ser inteligible,
paseó estúpidamente la
mirada a su alrededor y se desplomó en el suelo, en estado
de letargo.
El primer impulso de los presentes en la kabak cuando la princesa
abrió la capucha y
dejó al descubierto sus encantadoras facciones, fue
arrojarse a sus pies, como suelen
hacer los siervos rusos ante sus nobles, pero un majestuoso
ademán de Vávara los paró
en seco.
-No os mováis, amigos míos --exclamó-.
He venido a beber con vosotros -gritó,
sosteniendo en alto la botella que contenía
coñac-, esto es mejor que vuestro vodka.
¿Quién quiere acompañarme con un
trago?
Todos, tras intercambiar tímidas miradas en busca de apoyo y
aprobación mutua,
siguieron el ejemplo de Petrushka y levantaron sus vasos hacia la
tentadora botella...
todos salvo el desgraciado Iván, que yacía
impotente debajo de la mesa.
-No os imagináis, amigos míos, cuánto
os quiero -continuó la joven princesa mientras
llenaba los vasos con su propia mano-. Me habéis mandado
llamar y aquí estoy; en
cuanto a Iván, lamento que no esté en condiciones
de sumarse a nosotros, pero a pesar
de ello, queridos míos, no echaremos mucho de menos su
compañía.
Ante tan airoso discurso, los seis mujiks levantaron sus vasos y; al
encontrar de su
agrado el alcohol que contenían, los apuraron en honor de
tan noble visitante. Poco a
poco, mientras la princesa sonreía y hablaba, fueron
acostumbrándose a su presencia y
perdiendo la timidez natural dadas las circunstancias.
-Sé muy bien; hermanos míos, que sois hombres y
por tanto buena compañía para una
chica bonita, sea ella de alta o baja alcurnia; también
sé que os habéis prometido algún
placer en caso de que el visitante no fuese el demonio propiamente
dicho. -Vávara
bajó un poco las pieles en que iba envuelta, dejando a la
vista sus hombros delicados y
el exquisito contorno de su cuello-. Decidme si soy el diablo que
esperabais. ¿O acaso
teméis contemplar mis encantos?
La respuesta fue un grito de admiración generalizado. Los
mujiks se reunieron a su
alrededor, aunque a respetuosa distancia. Empezaban a sentirse cada vez
más a sus
anchas y a preguntarse qué ocurriría a
continuación.
Entretanto, algo que se abrió paso en la mente de la
princesa Vávara hizo ruborizar su
bello rostro, sus ojos brillaron con un resplandor intenso y
apasionado, su pecho
comenzó a subir y bajar con la intensidad de sus emociones.
El efecto de su
hermosura, lo caldeado de la estancia, lo tardío de la hora,
todo contribuyó al extraño
efecto que la escena estaba produciendo en los reunidos. El
coñac inflamó su sangre y
envalentonó a los menos audaces.
-He venido a vosotros porque me mandasteis buscar; mi leal
Iván me habló de vuestra
apuesta y de vuestras amenazas. Ahora que nos hemos comprendido -dijo
la
encantadora jovencita-, despojaos de esas vestimentas grasientas,
acercaos, y seamos
todos amigos.
Vávara se sentó en medio de ellos, envuelta en
sus pieles; rió con ellos sobre temas
que pudieran entender y que estimularan su alegría. Les
habló de pasión, de amor, de
goce sin frenos, en su propio dialecto de la lengua rusa; los
volvió más locos de deseo
de lo que ya estaban con sus libaciones.
Les recordó ingeniosamente los deleites del placer sexual y
estimuló con sonrisas sus
miradas libidinosas.
A fin de incrementar el efecto de sus palabras ardientes, la beldad
dejó caer las
pesadas pieles que todavía velaban su figura, de tal modo
que quedó a la vista su
cuerpo exquisito hasta la cintura, sólo cubierto con
muselinas transparentes. Acomodó
su brillante cabellera, que bajó en rica cascada por su
cuello y su espalda.
La condescendencia de la princesa consiguió poner
cómodos a los mujiks. Las
pasiones del campesino ruso son muy bestiales, y en la época
en que escribe la
princesa éstos estaban apenas un peldaño por
encima de los animales; seguían los
dictados de sus apetitos, sólo controlados por la voluntad
de sus amos y señores, cuyos
ejemplos indudablemente no servían para inculcarles respeto
por la virtud o por la
simple decencia.
A medida que recuperaban la confianza en sí mismos, sus
instintos volvieron a
abrasarlos ante las palabras imprecisas de la joven ama y sus
extraordinarioas tetas. La referencia
de ella a la
amenaza del tratamiento que darían al visitante, mientras en
sus labios jugueteaba una
sonrisa, dio vuelo a la imaginación de los hombres y todas
sus ideas avanzaron hacia
el único sujeto de placer. Al encontrarla dispuesta a
desvelarse ante ellos, al tiempo
que el calor de la taberna se volvía opresivo, todos y cada
uno empezaron a despojarse
de las pieles de camero, que depositaron en un montón sobre
el suelo, mientras la
princesa los instaba a ponerse cómodos en su presencia. La
hermosura de los encantos
que ella desplegaba azuzaron sus inclinaciones libidinosas, que
sólo necesitaban una
chispa para encenderse en llamas.
Petrushka exhibió sus miembros musculosos y
empezó a alabar abiertamente la
hermosura de la princesa. Esos hombres estaban entre los de mejor
planta de la aldea,
pues Iván, amigo de las proezas de la fuerza, gustaba de
reunir a su alrededor a los
espíritus afines. Los mujiks empezaron a rodear a
Vávara, a dedicar miradas
significativas hacia la puerta. atrancada y a observarse entre
sí. Proscovia se había
acurrucado cerca de la entrada, en modo alguno recuperada de su terror,
y ahora estaba
aovillada, inadvertida, en un rincón. El único
foco de atracción era la prodigiosa
princesa. Ahora una parte de la abertura de su manto de pieles se
deslizó de costado y
por allí asomaron sus erizados pezones. Los ojos de los
hombres
ardían de deseo, sus
palabras empezaron a perder no sólo los términos
habituales de respeto, sino incluso
los del pudor.
Por último la princesa, adelantando un brazo y empujando
hacia atrás al descarado
Petrushka, se irguió ante los mujiks y, abriendo su gran
manto de elegantes pieles, lo
alzó con los brazos extendidos y expuso a los
atónitos contempladores todo el encanto
de su cuerpo casi desnudo. Un rugido de admiración y deseo a
medias contenido
surgió de entre los hombres; todos trataron de cogerla, pero
ella los alejó con un
ademán. Petrushka perdió toda prudencia y, casi
desnudo como estaba, sus atributos
quedaron de relieve. Erecto e inflamado con la intensidad de sus
deseos, y de
proporciones más terribles aún que las del bien
dotado Iván, expuso un gigantesco
miembro ante los ojos de la princesa.
-¡Petrushka, tú sí que eres todo un
hombre! ¡Eres digno de la admiración de una mujer,
sea ella quien sea! Conozco bien vuestras pasiones... y sé
que sólo sois hombres.
Recorrió la taberna con la mirada; entonces todos los
presentes, igualmente excitados,
se encontraban en el mismo estado de indecencia. La princesa se
encontró rodeada de
seis desgraciados impacientes, cuyos miembros empinados estaban
insolentemente
expuestos, estallantes de lascivia, al tiempo que sus cuerpos estaban
despojados
incluso de las prendas imprescindibles en nombre de la decencia.
Formaban un corro
alrededor de ella, con los miembros extendidos, evidenciando la
plenitud de sus
apetitos y su virilidad.
Para Vávara, contemplarlos fue excesivo. Mientras observaba
las proporciones
desnudas de los rústicos, sus labios se abrieron con
palabras murmuradas de
significado concupiscente, el aliento caliente de la avidez
desenfrenada se elevaba
trémulo de su pecho jadeante. Tenía las fosas
nasales dilatadas y las mejillas
arrebatadas. Su cuerpo, rindiéndose más al
impulso incontrolable que la consumía que
a una voluntad propia, vibraba hacia delante y atrás; sus
suaves muslos blancos se
abrieron en un movimiento de deseo instintivo, su vientre se vio
proyectado hacia los
acompañantes, su hermosa cabeza cayó hacia
atrás, sus ojos centellearon en la
languidez de una voluptuosa excitación.
Vávara estaba a punto de caer; la cogieron con sus bastas
garras y, arrancándole las
vestiduras transparentes, depositaron besos calientes en su carne
desnuda.
Allí, en la kabak -Iván borracho perdido bajo la
mesa y Proscovia acobardada en un
banco junto a la puerta-, uno tras otro la poseyeron, penetrando por la
fuerza su
deliciosa persona, deleitándose con sus encantos,
regocijándose el alma en el
paroxismo del placer, apenas soportando la espera para caer sobre su
cuerpo.
El primero fue Petrushka, el luchador. Mientras él la
ceñía, con el miembro enorme
erecto, rojo y amenazante en el frente, la princesa abrió
los brazos y lo cubrió con su
enorme capa. Con los cuerpos fuertemente enlazados, cayeron sobre la
pila de ropa del
suelo de madera; desde el exterior no eran visibles las formas de los
combatientes,
pero el sonido de besos feroces, de labios pegados a labios, los
movimientos
desenfrenados, los resuellos y murmullos del dueño de la
kabak -en la búsqueda del
placer y la gratificación de la lujuria- manifestaban la
lucha que tenía lugar dentro.
Entretanto, las vivaces quejas de la víctima,
físicamente imposibilitada de satisfacer al
monstruo brutal que cubría su cuerpo, evidenciaban las
dificultades de la empresa.
Por último un grito apenas sofocado de la princesa
anunció su penetración y su
derrota. Un rugido de satisfacción, seguido al instante por
rápidos movimientos de
empuje, proclamó igualmente el logro del mujik. Los gritos
de Petrushka indicaban
que había abierto las partes delicadas de la princesa y que
ahora su verga palpitaba
en
el interior de ese cuerpo candente.
Poco después, surgida de la capa envolvente,
apareció la cabeza de la princesa,
rodando de un lado a otro; los dientes apretados, los ojos entornados
en una mueca de
dolor y placer, la cara distorsionada por un horrible
éxtasis espasmódico de
voluptuosidad. Los movimientos se acentuaron, los gritos se agudizaron,
los sonidos
inarticulados se volvieron más bestiales. Finalmente los dos
salieron rodando de los
pliegues de la capa, la princesa de espaldas y el luchador encima,
hundiendo con
feroces acometidas sus caderas vigorosas, enlazados, coyuntados,
retorciéndose en los
espasmos finales de la cópula.
En cuanto Petrushka apaciguó su pasión y en
chorros copiosos eyaculó su semen en la
persona del ama, los demás lo arrancaron del
cuerpo de ella,
y el segundo, apenas una
pizca menos formidable, se arrojó sobre la princesa, y con
un miembro tenso como
una barra de hierro, repitió el lúbrico ataque.
Su placer fue breve, pues apenas
completó la penetración sucumbió a la
embriaguez de tanto deleite, alcanzó el clímax
y descargó. El tercero ocupó su lugar, y una
violenta lucha volvió a anunciar los
éxtasis en que ambos se revolcaban. El cuarto, el quinto y
el sexto continuaron el
brutal entretenimiento, y por fin, inundada con las pruebas del vigor
de los mujiks, la
princesa fue ayudada a ponerse en pie en un estado próximo a
la postración, tras
haberse visto acosada y apretada casi hasta más
allá de lo que era capaz de soportar,
por el peso de sus cuerpos, sacudida y retorcida por la violencia de
tan espasmódicos
entrelazamientos.
Un breve intervalo permitió a Vávara recuperar el
control de sí misma, y con
desesperada resolución invocó toda su
energía en su auxilio. No estaban ausentes
algunas señales de que aún no se encontraban
tranquilos los agresores. El implacable
Petrushka, cuya pasión había sido en parte
aliviada pero no extinguida, se acaloró de
nuevo a la vista de los deleites de sus camaradas y empezó a
solicitarla otra vez.
-Tranquilos, amigos míos -gritó la joven-. Antes
de recomenzar vuestros placeres,
permitidme al menos respirar un rato. Brindemos nuevamente.
Mientras decía estas palabras, la princesa se
llevó la botella de coñac a los labios y
bebió una pequeña porción del
contenido; luego se levantó las pesadas pieles -al
tiempo que Proscovia juntaba coraje suficiente para ayudarla- y
gritó, mientras llenaba
los vasos de los mujiks:
-¡Por Venus y por el amor!
Los hombres bebieron, soltando cada uno alguna observación
en reconocimiento de la
belleza y condescendencia de la princesa, tras lo cual ocuparon
diversos asientos; la
hilaridad cesó, la energía los
abandonó y uno tras otro se desplomaron, oprimidos por
un pesado letargo, en el suelo, inmóviles como muertos.
Vávara había cambiado hábilmente la
botella.
La princesa se volvió hacia su criada y le ordenó
que abriera inmediatamente la puerta
y la siguiera. Rodeó la kabak hasta el lado en que se
almacenaba la leña, cogió un
montón de troncos e indicó a Proscovia que
hiciera lo mismo. Del mismo depósito
sacó rápidamente los haces con que se
encendían los grandes fuegos. Apiló deprisa los
haces en el centro de la taberna, arrojó encima la mesa y
los bancos, y cogiendo los
troncos a medias consumidos del hogar, los puso debajo. En unos
segundos se inició
un incendio. La princesa retrocedió a toda prisa, seguida
por Proscovia, y, una vez
cerciorada de su éxito, cerró la entrada dejando
encerrados a los mujiks, y después de
echar el cerrojo por el exterior arrojó la llave por debajo
de la rugosa puerta de
madera. Las dos mujeres corrieron bajo un espeso manto de nieve al
palacio.
Apenas la princesa alcanzó la intimidad de sus aposentos y
se acercó a la ventana para
descorrer los pesados cortinajes, se disparó hacia el cielo
un sensacional resplandor
desde la kabak. la paja se había incendiado y el lugar que
poco antes había sido
escenario de una atroz lascivia era ahora una hirviente masa de humo y
llamas. La
aldea dormía profundamente mientras el incendio aullaba
más alto y brillante, pues el
frío inducía a sus habitantes a abrigarse en sus
pieles y mantas. No obstante, por
último la princesa oyó el sonido de la campana de
alarma en medio de la noche helada,
haciendo sonar una y otra vez sus notas de estremecedora advertencia,
apremiando a
todos a sumarse al salvamento, y ahora se oían
también los gritos de los adormilados
campesinos en los intervalos de las atormentadoras llamadas.
Pero era demasiado tarde: ante los ojos de Vávara
surgió un enorme volumen de
llamas, mientras una lluvia de chispas rojas volaba de un lado a otro:
el techo de la
kabak se había derrumbado.
Cuarta parte
El
día siguiente al incendio de la kabak y la consecuente
pérdida de siete vidas -porque
sólo se recuperaron huesos ennegrecidos-, se produjo una
terrible conmoción en la
aldea y las vecindades. Los desdichados mujiks habían dejado
viudas e hijos, a
quienes la calamidad puso bajo la merced y la protección del
príncipe, su amo. El
potentado lloró la pérdida de tantos siervos,
todos fuertes y activos, y muchas fueron
las imprecaciones que lanzó contra el ponzoñoso
vodka y los hábitos inmoderados de
los campesinos. Jamás la menor duda se insinuó en
las mentes de la población en
cuanto a la causa del desastre. ¿Acaso los mujiks no estaban
acostumbrados a reunirse
en la kabak de Petrushka para chismorrear y jugar y beber juntos? Por
supuesto, estaba
claro que para mayor seguridad contra una intrusión
repentina por parte del chastnoi
priestov, o superintendente de la policía, habían
cerrado la puerta con llave. Esto era
del todo evidente: ¿acaso no se había encontrado
la llave, calentada casi hasta ser
irreconocible, entre las cenizas del interior? Después, como
estaban demasiado
borrachos y el fuego que habían encendido se
comunicó sin duda al suelo, los
desgraciados no tuvieron tiempo de encontrar la llave -si es que
tuvieron tiempo de
buscarla-, y toda la kabak había ardido en una llamarada.
Esta explicación era tan
obvia para todos que a nadie se le ocurrió pensar en otra
posibilidad. La verdad estaba
condenada a permanecer en secreto durante muchísimos
años, hasta que esa
generación, y la siguiente, y la que siguió a
ésta, desaparecieron; y sólo como material
de interés histórico y literario
apareció tardíamente, por fin, en medio de una
pila
polvorienta de papeles oficiales, y la conocieron unos pocos seres
selectos.
Durante unos días la culpable princesa y su criada
permanecieron muy calladas,
observando con prudencia el curso de los acontecimientos, hasta
comprobar que no
existía la menor sospecha de sus actos. Entretanto
Proscovia, aunque poco le
importaba el destino del bribón de su hermano,
sentía una pesada carga de
remordimientos, y la princesa necesitó una gran dosis de
persuasión para tranquilizar a
su doncella.
El tiempo, sin embargo, opera maravillas, y entre otros beneficios
confiere
gradualmente cierta seguridad, aun en las circunstancias más
penosas. Por ende, el
tiempo proporcionó a las culpables una renovación
de sus ocupaciones habituales; la
princesa, sin embargo, registra el hecho de haber echado de menos las
gratificaciones
recibidas anteriormente en los brazos de su amante campesino. Ni la
princesa ni su
criada dudaron nunca de que Iván tenía bien
merecido su destino, y es evidente que el
mujik era, en el mejor de los casos, un tonto.
Ya hemos visto que la protagonista de estas páginas no era,
en modo alguno, una
mujer corriente. A los gloriosos encantos de su persona, sumaba una
voluntad
poderosa y una determinación que habría sido
reconocida con más facilidad en el sexo
opuesto. Criada en el desconocimiento de toda ley salvo la voluntad de
su padre, y
más adelante en el establecimiento -no limitado por el
control de aquél- de una
independencia propia, todos sus pensamientos y sentimientos se
liberaron del nivel
común de la mente femenina. La libertad sin frenos
expandió sus inclinaciones
audaces, y sus escapadas llevaban consigo la convicción de
que ella misma debía
salvaguardarse de sus consecuencias. Así adquirió
la princesa Vávara una dosis
extraordinaria de seguridad en sí misma, y la mentalidad
simple de la criada se prestó
a la poderosa organización de su ama con una
sumisión perfectamente pueril.
Las consecuencias adversas de su amor -si así puede
llamarse- con el brutal y
traicionero Iván volvieron más cauta a la joven
princesa; no se trata de que reformara
su vida -todo lo contrario-, pero ello le demostró la
necesidad de protegerse, en el
futuro, de semejantes contratiempos.
Por fortuna para ella, se estaba organizando una gran fiesta en el
palacio del príncipe
gobernador Demetri, su padre. Las festividades durarían una
semana entera, acudirían
huéspedes de toda la provincia; para cada día
habría un plan de diversiones, y las
cacerías, el patinaje, etcétera,
formarían parte, naturalmente, de las distracciones.
Todas las noches se celebraría un gran baile, y dado que se
habría invitado a más de
doscientas personas, no resulta difícil imaginar la
brillantez de la reunión, compuesta,
por necesidad, por la élite de la provincia que gobernaba el
príncipe Demetri.
A medida que se aproximaba el período festivo, nadie
escatimó esfuerzos para lograr
que la atractiva celebración fuese digna de un gobernador
tan rico y distinguido. La
princesa -a quien su padre idolatraba- había saqueado medio
San Petersburgo en busca
de trajes y disfraces. Por fin llegó el día, y
con él los invitados, que contemplaron
pasmados a nuestra protagonista, cuya belleza y encanto
solían encontrarse raramente
en aquella corte de mujeres hermosas y caballeros galantes.
La princesa Vávara era inconmensurablemente bella, sin la
menor duda, y hasta las
mujeres reconocieron que no tenía igual. Ataviada con un
delicioso vestido de baile de
suntuoso raso blanco, sobre el que caía un gracioso adorno
de tules y encajes, con el
cuello, los hombros y los brazos desnudos, Vávara fue la
admiración de todos los
hombres y la envidia de todas las mujeres. Acosada por los cuatro
costados con
solicitudes para bailar, no tuvo un solo instante de descanso, pero
tanta danza, a la que
se entregaba apasionadamente, le calentó la sangre e
inflamó sus vagos deseos. Por fin
la música cesó un momento y la princesa se
apresuró a aprovechar la pausa,
deslizándose del salón de baile y avanzando por
el pasillo hacia un rincón remoto en el
que gozar de un respiro.
Al pasar rápidamente por los pasillos, cerrados a los
invitados pero viejos conocidos
de ella, la princesa, acalorada por el vals y todavía casi
sin aliento por el ejercicio,
tropezó con uno de los pajes, su favorito. El muchacho, que
sólo tenía dieciocho años,
había concebido una violenta pasión por su joven
ama, pasión de la, que ella era
perfectamente consciente, pero a la que hasta entonces sólo
le había otorgado el
estímulo de una sonrisa. En el choque que tuvo lugar, el
joven, tras recuperarse de la
fuerte colisión, no pudo menos que pedirle mil perdones por
su negligencia, disculpas
que la princesa escuchó con expresión graciosa.
-Tontorrón, no te asustes tanto, no me has hecho
daño y sabes muy bien que fue un
accidente -dijo Vávara, dedicándole una amable
mirada de sus ojos brillantes, cuyo
significado él no se atrevió a
desentrañar-. Dame la mano. ¡Muy bien! Ahora
seguiremos avanzando juntos y así podremos evitar cualquier
otro accidente.
El lugar era silencioso; apartado del estrépito de la
fiesta. Vávara apoyó su suave
mano enguantada en la palma de él y le dejó
ocupar la delantera.
El joven paje, un apuesto muchacho rubio de buena cuna y buenas
maneras, mostró
síntomas evidentes de turbación. Era la primera
vez que esa delicada mano, que tan a
menudo había admirado y con la que había
soñado, tocaba sus dedos, y le tembló todo
el cuerpo cuando lo recorrió la sensación de tan
delicado contacto. No obstante, la
condujo a través de los sombríos pasillos hasta
una estancia en la que había un hogar y
algunas plantas en enormes tiestos, que daban un agradable verdor para
aliviar la
perdurable perspectiva de la nieve a través de los
ventanales.
Allí de pie, moviendo con descuido su abanico para
refrescarse el cuello y la cara, la
princesa -con la mano izquierda reposando todavía en la del
paje- posó en él sus ojos
brillantes como si quisiera atravesarlo con la mirada para conocerlo
más a fondo.
Fuera cual fuese el resultado de su escrutinio, pareció
satisfecha, pues una sonrisa
iluminó sus dulces rasgos.
-¡Qué oscuro está esto, Alaska!
Sospecho que se preguntarán dónde estoy y
pensarán
que puedo resfriarme. ¡Qué caliente
está tu mano! ¡Tiemblas!
¿Qué ocurre, mi
pobrecillo?
-No puedo saberlo, Excelencia, siento... no sé
qué es, pero... ¡Soy tan feliz!
-¿Esto te hace feliz, Alaska? ¿Tocarme la mano?
Vaya, es fácil lograr tu felicidad, ¿no
te parece? Me alegra estar en condiciones de proporcionarte tanta dicha
a tan bajo
coste. Fíjate, no me cuesta nada. --con una alegre carcajada
Vávara empujó su mano
exquisitamente enguantada en el interior de la cálida palma
del muchacho y le apretó
los dedos mientras lo hacía.
Alaska se estremeció con una repentina sensación
de placer, demasiado deliciosa para
expresarla en palabras. Inclinó la cabeza hasta que sus
labios rozaron la pequeña mano
de la princesa e imprimió un beso ferviente en el guante.
-Pobrecillo mío -murmuró la princesa-,
estás sufriendo y no lo manifiestas. Dime, ¿soy
yo la causa de tu desdicha?
El muchacho levantó la mirada: sus ojos de grandes pupilas
azules se llenaron de
lágrimas al encontrar los de ella, temblaron sus labios,
pero no dijo una sola palabra.
Vávara lo observó y comprendió a
simple vista qué le ocurría.
-A mí me gusta darte placer y no dolor, Alaska, no debes
entristecerte tanto. ¿Por qué
no has de estar contento y feliz? Mira -gritó la princesa al
tiempo que introducía su
pañuelo de encaje en la pechera del chaleco abierto del
paje-, te dejaré esto para que lo
uses hasta que yo te lo reclame, momento en que espero que me lo
devuelvas
personalmente... aunque mi pañuelo se encontrara en el otro
extremo de Rusia.
-0 en el fin del mundo, Excelencia -tartamudeó el apuesto
jovencito, y la princesa, sin
darle tiempo a agregar nada, le palmeó
cariñosamente la mejilla, giró sobre sus talones
y salió corriendo en dirección al
salón de baile.
En aquellos tiempos los bailes no se celebraban con toda la
corrección y decoro de
nuestros días. Incluso Catalina había considerado
indispensable formular normas y
regulaciones a fin de controlar la desatada licencia de su corte y sus
subordinados.
Todavía hoy puede verse una copia de dichas reglamentaciones
en las paredes del
Palacio Imperial de Hermitage, donde Catalina ofrecía sus
famosas soirées.
A ningún visitante", decía una de las normas, "se
le permitirá emborracharse antes
de medianoche."
"Nadie, por ninguna causa o consideración, pegará
a una dama, bajo pena de
expulsión."
Si tales eran las regulaciones preparadas por la mismísima
emperatriz, sólo podemos
imaginar la total desconsideración que se tenía
hacia las convenances de la sociedad,
tal como se entienden en estos tiempos.
La princesa Vávara no había avanzado muchos
metros en su camino de regreso,
cuando en una alcoba que daba al pasillo, no lejos del salón
de baile propiamente
dicho, encontró a una pareja de invitados. Su
posición no era ni siquiera equívoca;
estaban reclinados en un sofá e inmersos en un combate de
amor tan desenfrenado que
hasta los miembros de la mujer quedaban al descubierto, y su amante,
plenamente
montado en ella, se ocupaba de administrarle el bálsamo que
en tales circunstancias
proporciona la naturaleza..
La princesa siguió su camino sin ser vista ni
oída. En la entrada del gran salón fue
reclamada por su compañero de baile, quien la
llevó con expresión triunfal a participar
en la danza.
Hacia el final de los entretenimientos de la velada, Vávara
se encontró otra vez en sus
aposentos. Por fin se vio libre del tumulto y el ruido. Sin embargo, no
pensaba
retirarse a dormir de inmediato. Se sentó ante un fuego
llameante. Las ventanas de los
aposentos del príncipe, enfrente, hacía tiempo
que estaban a oscuras y gradualmente
fueron apagándose las luces del palacio.
-Proscovia, ve en busca de Alaska, el paje; dile que me traiga el
pañuelo de inmediato.
Y sin hacer ruido, ¿me entiendes?
La criada sabía a la perfección qué se
esperaba de ella. Menos de diez minutos
después, apareció el muchacho en el umbral.
---¿Dónde está mi pañuelo,
Alaska?
Aquí lo tengo, Excelencia -el joven avanzó, se
inclinó reverentemente y tendió a la
princesa el pañuelo bordado.
Luego, al ver que ella no hacía ninguna señal, se
volvió para irse. La verdad era que la
joven princesa rusa había descubierto de repente que su
propio corazón experimentaba
una misteriosa atracción hacia tan apuesto paje.
Perdió la mitad de su osadía habitual,
la abrumó una especie de incómoda timidez e
incluso temió un desaire cuando algo
tardíamente se volvió, lo miró, y
bajando la vista dijo:
Espera. Quiero darte las gracias por haberte tomado... haberte
tomado... tan gran...
interés en mí.
Entonces levantó la mirada y por un momento sus ojos se
encontraron.
Ella todavía llevaba puesto su vestido de baile de raso
blanco, y ni siquiera se había
quitado los suaves guantes de cabritilla. El cuello y los hombros
quedaban al
descubierto por el corpiño décolleté,
que resaltaba todo el encanto de sus contornos
juveniles.
El muchacho parecía confundido al ver que su
entrañable secreto había sido
descubierto; sólo aguardaba el desdeñoso despido
que, temía, era el único
reconocimiento que obtendría su pasión. No
obstante, las palabras de la princesa
fueron tan donosas y su suave mirada estaba tan pletórica de
misericordia y bondad,
que Alaska juntó valor y tras echar una presurosa mirada por
encima del hombro, y
descubrir que la prudente Proscovia ya no estaba allí, se
arrojó a los pies de su ama,
ocultó la cara encendida entre las manos, y sólo
logró confesar su pasión en un
murmullo, y a continuación le pidió
perdón.
La princesa pensó que jamás había sido
tan feliz; la acometió una nueva y extraña
sensación: amaba. Sí, por primera vez en su
existencia, con sus tendencias viciosas,
sus deseos satisfechos, sus feroces pasiones saciadas, esta mujer se
rindió a la emoción
universal, y con todo su corazón y toda. su alma,
volcó la profunda totalidad de su
naturaleza realmente afectuosa y amó ardientemente, como
sólo ella entre todas las
mujeres podía amar, al apuesto paje Alaska.
Poco a poco, y como si le hubiesen quitado un enorme peso del pecho,
extendió sus
encantadores brazos y, con una suave y dulce emoción hasta
entonces desconocida
para ella, susurró:
-¡Querido mío! Yo también amo... te amo
a ti.
Un instante después el dichoso paje se vio entre los
cariñosos brazos de ella, su
semblante arrebatado en el pecho blanco como la nieve, los brazos
desnudos de ella
alrededor de su cuello, los dedos blandamente enguantados jugueteando
con sus
bucles. dorados y la hermosa cabeza de Vávara inclinada
hacia él, que permanecía
arrodillado a sus pies y buscaba furtivamente su mirada bondadosa.
Ninguno de los dos se aventuró a agregar una palabra, pero
ella bajó y siguió bajando
la cabeza hasta que los labios calientes de ambos se encontraron en un
beso largo y
apasionado.
Por una vez, la princesa se había puesto nerviosa y su
acostumbrado arrojo la había
abandonado. Su vivacidad huyó, todo su cuerpo temblaba. Por
el contrario Alaska, que
sólo podía soñar con tan dulce
presente, hasta cierto punto recuperó la seguridad en
sí
mismo.
No obstante, el sentimiento no abandonó por entero a la
princesa, pues fue estrechando
gradualmente su abrazo hasta que lo atrajo, a la manera de una
serpiente, hacia su
cuerpo tembloroso; él se reclinó en el
magnífico sofá, sus rostros muy juntos y su
ferviente aliento exhalando suspiros.
Vávara sintió que un mar de deseos delicados
copaba sus sentidos, delicadeza que
hasta ese momento le había sido desconocida.
En aquella pasión no había nada de la feroz
energía del deseo desenfrenado. Vávara se
contentó con permanecer apretada contra el recién
descubierto objeto de amor,
acurrucada a su lado, solazándose en el perfecto placer de
amar y ser amada,
contemplando los ojos de él y entregada a la apasionada
comprensión de una nueva y
poderosa emoción. Por primera vez en su joven vida, la
princesa Vávara amaba
realmente, y junto con el conocimiento de emoción tan
deliciosa, encontró algo
infinitamente tierno en el sentimiento que Alaska despertaba en ella.
Pero su naturaleza voluptuosa no podía seguir soportando una
adoración tan pasiva.
En breve su temperamento lascivo empezó a hacerse sentir.
Sus caricias se volvieron
más activas, más osadas.
Apartándose apenas un instante de los labios rojos del paje,
salvo para depositar besos
cálidos en su frente, sus mejillas y su cuello,
pasó ahora la fina mano por los miembros
de él; le retorció y acarició las
manos y los brazos, observando con deleite el efecto
que producían sus toqueteos, hasta que por
último, como accidentalmente, permitió
que su mano descansara en el muslo de Alaska. Entonces lo atrajo hacia
sí, hasta que,
pecho contra pecho, entre suspiros, se hablaron mudamente de
pasión. Vávara cerró
los dedos furtivos y entre ellos quedó atrapada la impetuosa
evidencia del vigor de
Alaska, el palpitante símbolo de su precoz
hombría.
Ninguno de los dos habló: su amor era demasiado profundo
para expresarlo con
palabras; sólo los ojos delataban la intensidad de sus
emociones.
Alaska había tomado ya posesión del bello pecho,
tembloroso de inefable deseo,
desnudo y palpitante bajo sus suaves presiones. Decidido a todo, con el
ímpetu
desatado de la juventud, Alaska avanzó, incapaz de refrenar
su pasión bajo la
excitación a la que lo reducían los abrazos de la
princesa, e insinuó su mano sensual en
el interior del corpiño. Vávara se
limitó a reír del atrevido intento, lo que
contribuyó,
naturalmente, a estimularlo más. Entretanto, la mano
enguantada de la princesa,
saltando todos los obstáculos, atacó la ciudadela
y tomó posesión del prisionero allí
confinado. En tales circunstancias, el primer impulso del conquistador
consiste en
mostrar magnanimidad y liberar al cautivo. Pero lo que ella
descubrió fue un nuevo
encanto y, con un suspiro de triunfo satisfecho, sus temblorosos dedos
se cerraron en
torno al objeto perseguido.
El joven paje había soñado, en sus
sueños enfebrecidos, con la voluptuosa felicidad
que ahora lo acometía en forma corpórea, pero
nunca se había atrevido a esperar
semejante satisfacción despierto y con la connivencia del
objeto de su desesperanzado
afecto, y tembló con deseo apasionado al someterse, con un
deleite desconocido, a los
tiernos juegos de la princesa. De sus labios abiertos surgieron
suspiros de
complacencia mientras la caliente mano de ella, activa y audaz,
despertaba
sensaciones novedosas y exquisitamente sensibles con su roce. La
excitación de
Alaska era ya lo bastante manifiesta para cualquiera con menos
experiencia que la
lujuriosa princesa. Mediante un movimiento repentino, ella
levantó la cubierta que
pudorosamente se interponía y a hurtadillas robó
una mirada al mismísimo centro de
sus ardientes deseos. ¡Qué contraste
descubrió allí! La delicadeza de los dedos
cubiertos de cabritilla suave y perfumada por un lado. iY por el otro,
qué promesa de
arrobo para su naturaleza salaz!
Vávara consideró necesario aliviar la
tensión de las emociones de ambos. Sentía que
su corazón estallaría si no hallaba alivio,
rompiendo con dificultad el íntimo abrazo, a
regañadientes se incorporó y susurró a
Alaska que tuviera un poco más de paciencia.
No me dejarás así, mi querido muchacho, mi amor,
volveremos a besarnos, te
quedarás y me harás de paje, por cierto,
aprenderás a desvestir a tu señora. ¡No
te
ruborices! No temas, que no pondré tu habilidad a prueba:
Proscovia te enseñará los
misterios de ese arte.
El sonido de su campana de plata atrajo a la criada a su lado.
Alaska observó con secreta admiración el proceso
de desatar lazos y retirar los
encantadores atuendos de la joven princesa. Prenda a prenda, aunque con
diversos
interludios para besarse y tocarse, fueron quitadas las diversas
vestiduras de su ropa
exterior y luego, mediante un diestro movimiento púdico, la
princesa desapareció un
instante de la vista y en un abrir y cerrar de ojos regresó
ataviada con un hermoso
peignoir, su abundante cabello suelto y flotante en la espalda, la
mirada centelleante de
amor y felicidad.
-¿Me amas menos así, Alaska? -exclamó
la encantadora jovencita, mientras con los
brazos extendidos lo invitaba a abrazarla.
El paje la cogió en sus brazos y depositó besos
ardientes en sus labios.
-Espera un momento, querido mío, no supongas que
escaparás tan fácilmente: ahora te
pondremos cómodo a ti.
A estas palabras siguió el proceso de desnudar al paje. Las
dos mujeres insistieron en
realizar personalmente la operación, hasta dejarlo reducido
a muy escasas coberturas;
el encantador muchacho permaneció ante ellas, agradecido de
poder ocultar su persona
y sus rubores en un batín de exquisito brocado.
Un potente hogar despedía una reconfortante tibieza a
través de los amplios aposentos
suntuosamente amueblados y llenos de artículos selectos que
el príncipe Demetri traía
de sus viajes. Pero Alaska no tenía ojos para nada salvo
para la encantadora jovencita
que se encontraba ante él, radiante en sus formas
esplendorosas, y seductora por
encima de todo en su gracia y dignidad juveniles.
Cogidos de la mano entraron en la alcoba de la princesa. Luego, con un
cálido y
amoroso resplandor en el rostro ruborizado, Vávara atrajo al
muchacho hacia ella y
Proscovia recibió el peignoir cuando cayó,
momento en que la hermosa figura de la
princesa apareció cubierta únicamente por su
camisón, mientras la criada, a la altura
de las circunstancias, rápidamente quitaba a Alaska el
batín y lo sustituía por una
camisa transparente de exquisito encaje y batista.
Bajo los pesados cortinajes de magnífico raso azul claro, la
blanda cama estaba
atractivamente preparada con cojines de plumas y las sábanas
del hilo más blanco que
pueda imaginarse.
Alaska no necesitaba más estímulos; con brazos
ansiosos alzó a la bella princesa y
olvidando toda su timidez la lanzó al centro de la cama
mullida. Una amonestación
risueña de ella se perdió en los sentidos
tintineantes de Alaska, y un segundo después,
enlazados en un firme abrazo, los amantes jóvenes y
anhelantes yacían bajo la cálida
colcha que la criada, solícita, había acomodado
para ellos.
Al principio la plena sensación de posesión
abrumó tanto a la princesa que se contentó
con permanecer echada, devolviendo beso por beso, suavemente, a su
joven amante.
Los cuerpos enlazados, juntos, siguieron así unidos mientras
el brillo de la expectativa
del placer recorría sus cuerpos.
Demos paso ahora a la historia tal como la cuenta la princesa:
"Me acometió un infinito destello de sensaciones
desbordantes; al principio creí que
me desmayaría. Alaska, el querido muchacho, estaba en mis
brazos; con mis artes más
finas le prodigué caricias entrañables. Mis manos
recorrieron delicadamente su carne
tibia y suave. Volví a encontrar su polla;
estaba firme e hinchada con las emociones
lascivas que yo provocaba. Sus testículos estaban bien
desarrollados y delataban su
vigor. El muchacho era hermoso de la cabeza a los pies. Su pene me
impresionó como
el más encantador que había conocido hasta
entonces. ¡Qué diferente esta unión
suave
y lánguida a la grosera y brutal satisfacción de
mis sentidos con los mujiks! ¡Cuán
preferible escuchar delicadas palabras de amor y afecto, intercambiar
besos cálidos de
dulce embeleso, a verse sometida al ataque violento de tan ruda y
furiosa
concupiscencia, verse rasgada y herida por los bestiales esfuerzos de
sus besos! Alaska,
no del todo novicio, sabía bastante del arte amatoria. Casi
al instante me montó, poco
afecto a la exhibición, hundió su dardo en el
punto exacto y nos movimos juntos en los
fogosos éxtasis de un primer coito.
¡Cuánto me gustó ese muchacho,
cuánto idolatré al
maravilloso halagador que ahora yacía entrelazado conmigo,
hundiéndose más
profundamente a cada embestida ferviente, deleitándose en un
goce doloroso e
inundándome con un torrente balsámico de su
precoz hombría! El marco de mi cama,
las cortinas, los que nos rodeaban participaron de nuestra
fruición, todos unidos en una
trémula cadencia de amor y felicidad.
Alaska era todo un campeón. Sin pretender las proporciones
gigantescas de los
campesinos, poseía una polla
grande y vigorosa. Sus placeres eran frecuentes e intensos,
y expresaba generosamente su gratitud con sus favores. Así
transcurrió la noche,
sumidos en goces indecibles. Encontré tan absorbente la
satisfacción de mis pasiones
que dejé que mi joven amante siguiera su propio curso y en
ningún momento me cansé
de los arrullos más sencillos del amor, con los que
él logró desterrar el sueño hasta
última hora de la madrugada.
Nos separamos a disgusto, con muchos juramentos de amor y lealtad,
prometiéndonos
otra noche, más larga, de dicha.
Ay. ¡Mi corazón! ¡Si hubiese parado
allí! Sólo ha transcurrido una semana desde que
empecé a redactar estas notas concernientes a mi
recién nacida y apasionada unión,
pero en tan breve plazo mi ideal ha sido profanado, la sagrada deidad
de mi adoración
derribada, nivelada con el polvo y pisoteada. ¡Mi
corazón quedó desnudo y seco para
que los lobos se cebaran en él!".
Así escribía la princesa en esa época,
y pronto veremos lo cerca de la verdad que
estaban sus tristes palabras.
Hubo al parecer otros dos encuentros entre los enamorados
inmediatamente después
del inicio de sus relaciones íntimas. Las exigencias de los
huéspedes y la precaución
indispensable para evitar el escándalo impidieron a
Vávara dar rienda suelta a su
pasión tal como deseaba, y sólo la tercera noche
después de la ya consignada,
Proscovia introdujo de nuevo en los aposentos al apuesto y joven paje
Alaska.
Gran parte de la vergüenza del muchacho se 'cabía
evaporado. Los placeres mutuos
gozados con su amada lo habían acercado a los procesos
místicos del amor, y sus
propias pasiones liberadas dominaron su temperamento naturalmente
amoroso.
Libertino por instinto, Alaska necesitaba muy poco entrenamiento en los
caminos del
placer.
No había, por tanto, necesidad de pasar por remilgados
preliminares. La feliz pareja
estuvo pronto completamente desnuda y ambos se precipitaron sobre la
cama para
gozarse mutuamente. Alaska se encontraba en estado de
éxtasis y su impetuosidad era
evidente a través del estandarte de su fruición,
que se puso en erección con asombrosa
rigidez y grosor.
-¡Vaya, querido mío, vaya coloso!
-exclamó la princesa, escudriñando todas las
partes
de su nueva y encantadora adquisición-. ¡No
tenía idea de que estuvieras tan bien
dotado!
Vávara se dedicó a besar y cosquillear el aparato
ardiente. Alaska no tardó en seguir su
ejemplo: sus labios ansiosos, en busca de néctares,
recorrieron las jóvenes delicias del
cuerpo de Vávara, hasta que inspirado por el amor,
insatisfecho por la trivialidad de
sus propias caricias e inflamado por los toques a que ella lo
sometía, le separó los
muslos bien dispuestos y avanzando el rostro entre ambos
buscó la consecución de sus
fantasías lujuriosas en su fuente.
Un salto de placer convulsivo hizo que la cama se meciera mientras la
princesa,
encantada con las actitudes de su protégé, se
rindió al delicioso aliciente de los besos
que él depositaba en punto tan sensible. Respondiendo en
especie a sus caricias,
Vávara hizo que sus propios labios cumplieran el papel
habitualmente asignado a otra
parte de su cuerpo. Así yacieron, mudos en virtud de su
ocupación específica, los
cuerpos jadeantes, entrelazados en un abrazo, los ojos
húmedos, las manos
espasmódicas aferrando, apretando, sólo para
soltarse y aferrar otra vez algún nuevo
encanto, hasta que, con un grito borboteante de éxtasis,
Alaska sintió que su alma lo
abandonaba en un torrente de llamas en el mismo momento en que las.
presiones
enérgicas de la princesa anunciaban su propio paroxismo.
Los dos permanecieron bañados en el dulce agotamiento que
sucede al placer sexual.
Vávara, glotona de deleite, había recibido con
intenso goce la evidencia material del
éxtasis de Alaska, y el fuerte apetito de placer de
éste hasta entonces apenas había
despertado por tan suaves preliminares.
Tras unos minutos de reposo, los labios húmedos de deleites
mutuos se apretaron en
ferviente unión, la mano errante de la princesa
buscó de nuevo al campeón de sus
goces, y Alaska, presentando armas ante la lúbrica llamada,
se extendió sobre el
cuerpo de su amante.
La princesa lo recibió con todo el ardor de una naturaleza
joven y apasionada; Alaska
se adaptó de inmediato a esta posición y ella fue
penetrada hasta la médula. El apuesto
paje, sintiendo con voluptuoso agrado la conjunción de su
cuerpo con el de ella, se
esforzó tanto y tan bien que, incitada hasta el extremo del
placer, Vávara gritó con
ardor y una vez más sus almas se mezclaron en un
clímax de placeres embriagadores.
Así avanzó la noche y Proscovia, siempre alerta,
fue por fin a advertirles que había
llegado la hora de la separación.
Las fiestas del palacio de la gobernación tocaron a su fin y
partió el último de
los invitados. La fama de estos magníficos entretenimientos
se difundió por todo el
país y sirvió para aumentar la influencia del
gobernador y además congraciarlo con la
opinión del pueblo. Pero el esfuerzo le costó
caro, la angustia y la preocupación por
atender a tantos invitados había hecho lo que muchos
años de carga de la dignidad
judicial no habían logrado.
La salud del príncipe Demetri se deterioró. Se
declaró una debilidad fatal del
corazón y por su gravedad creció la certeza de
que su vida se consumía a toda
velocidad.
Una semana después del fin de las fiestas, el
príncipe Demetri murió en su propio
palacio y su hija única estaba aturdida por lo repentino de
tan irreparable pérdida.
A la defunción siguió una larga
investigación en los asuntos y disposiciones
testamentarias del príncipe; tras un mes de atenta
clasificación, rotulación y
contabilización, la princesa Vávara
despertó una mañana y se encontró
siendo una de
las aristócratas más ricas de Rusia y
dueña de sí misma, ya que según las
leyes rusas
había alcanzado la mayoría de edad.
Como es natural, estos importantes acontecimientos habían
puesto punto final por el
momento a cualquier pensamiento sobre sus propios placeres, y la
princesa, ocupada
en las tareas del duelo y las correspondientes ceremonias, no
encontró oportunidad ni
estímulo para la indulgencia de sus anteriores
extravagancias. No obstante, había mantenido
correspondencia secreta con el paje Alaska, y sólo esperaba
el momento
adecuado para reanudar sus encuentros clandestinos.
Ahora dedicaba gran parte de su tiempo a los asuntos de su padre, y
emprendió con
brillantes resultados la clasificación y ordenamiento de sus
papeles personales. Entre
éstos encontró algunos que arrojaron una
vívida luz sobre la vida pasada y los amores
del príncipe. Aparentemente, éste
había tenido relaciones con una dama de la provincia,
a la que había seducido, y que le había dado un
hijo varón. Estaban allí las
cartas de dicha señora, llenas de confiado afecto, de
esperanza, de paciencia, porque
hacía mucho que el príncipe había
quedado viudo y era muy probable que volviera a
casarse. Cualesquiera que hayan sido las perspectivas del
príncipe al respecto, estaban
condenadas a la decepción; la mujer, cuyo nombre suprimimos
por muchas razones,
murió dejando a su hijo al cuidado del seductor.
Hasta ese momento la princesa había leído la
correspondencia con una buena dosis de
indiferencia: esos enredos eran demasiado corrientes para despertar
emociones en su
mente. Pero finalmente un párrafo de una de esas
epístolas le chocó y volvió a leerlo;
siguió investigando, hizo averiguaciones y
confirmó la sospecha que se le había cruzado
por la cabeza. Aquella mujer se había unido en matrimonio
con el príncipe; el
hecho estaba demostrado y por lo tanto el fruto de esa
relación era hijo legítimo. A él
pertenecían por derecho los vastos dominios, los
más de dos mil siervos, los palacios y
los castillos que ahora estaban a nombre de ella.
La princesa Vávara no era mujer que abandonara una
cuestión tan trascendental sin
luchar por todos los medios a su alcance para protegerse. Por ello,
ocultó con gran
cuidado toda prueba de su descubrimiento y de inmediato puso en marcha
la búsqueda
del hijo de su padre, cuya existencia podía tener-tan graves
consecuencias para ella.
En breve plazo, tras dirigir la investigación personalmente
y en secreto, Vávara llegó
al descubrimiento de la verdad: de inmediato veremos cuál
era esa verdad. En un
primer momento, su descubrimiento la sobrecogió,
dejándola en medio de una gran confusión. Vio
temblar en la balanza las vastas posesiones de su padre, entre ella
misma y este hermano recién descubierto, de cuya-existencia
no había tenido con
anterioridad la menor idea. Regresó deprisa a sus aposentos
y se encerró en ellos
advirtiendo que por ningún motivo debían
molestarla.
Luego despachó a toda prisa un mensaje al mayordomo,
pidiéndole que enviara a San
Petersburgo al paje Alaska, a cargo de un paquete con despachos. que la
princesa
preparó con su propia mano.
Veamos lo que dice ella misma:
"Envié las cartas en un paquete dirigido al custodio de
nuestra residencia de San
Petersburgo. Expresé mi deseo de que enviaran al paje Alaska
con ellas de inmediato.
En respuesta a la pregunta de si lo vería y le
informaría más detalladamente, mandé
un
mensaje aclarando que si el mayordomo no estaba a la altura de los
deberes que yo le
solicitaba, podía dimitir de inmediato. No oí
más objeciones.
Entonces me senté y lloré; amargas
lágrimas de amor agraviado, de desesperanza, de
pasión insondable, de dignidad herida, de
desesperación lisa y llana, manaron de mis
ojos. Me retorcía las manos, balanceándome con la
intensidad de mi emoción. Ignoro
cuánto tiempo permanecí en este estado. Por
último me incorporé, paseé horas
enteras
por mis aposentos solitarios, y lentamente fue conformándose
una decisión entre las
nubes de duda, de desesperación y de incertidumbre que me
oprimían. Gradualmente,
de entre la bruma surgió un edificio con visiones
beatíficas. Seguiría viviendo como la
soberana que había sido antes de mi gran descubrimiento. El
amor me había guiado
con los ojos cerrados, por el amor seguiría siendo
gobernada; entregaría mi vida a su
servicio y en mi persona él encontraría una
devota bien dispuesta. Hice sonar la
campana.
-¿Ha partido ya Alaska? -pregunté.
Proscovia no lo sabía, pero fue a averiguarlo.
Volvió antes de que transcurrieran diez
minutos. El trineo estaba en el patio de la entrada. El paje ya se
había envuelto en
pieles dispuesto a emprender su arduo y largo viaje. La escolta
había montado.
-Que venga aquí.
Me paseé de un lado a otro de mi alcoba... mi
pequeño gabinete. Volví a ver en el
recuerdo nuestro primer encuentro, nuestras caricias, sentí
otra vez su cálido y dulce
aliento en mi mejilla, volví a abrazarlo en la
imaginación; sus formas delicadas, sus
proporciones robustas, sus calientes besos ardientes ocuparon todos mis
pensamientos.
¡Ah! Nunca... nunca... nunca más... y sin embargo
la lucha interior me estaba matando;
pasto de las llamas, estaba a punto de perecer, como el
Fénix, en el fuego de mi propia
pasión. Me arrojé sobre mi fauteuil,
enterré la cara entre las manos.
-¡Ah! ¡Querido! ¡Mi querido!
¡Mi Alaska!
La puerta se abrió lentamente, Alaska estaba ante
mí, envuelto en una capa de viaje de
pesadas pieles, la gorra en la mano, calzado con botas para emprender
el camino. Supe
instintivamente que era él. Luego se cerró la
puerta y quedamos a solas. En dulce voz
baja respondió a mi llamada, en calma, con toda
corrección:
-¡Excelencia, aquí estoy!
Para mí había algo inexpresablemente conmovedor
en su resignación. Sabía que para
él sólo podía ser desagradable tener
que irse, dejarme, en un viaje tan distante y
peligroso. Podría haber ocurrido que me culpara por
pedírselo, por no haber elegido a
otro entre mis muchos subordinados para el cumplimiento de tan ardua
empresa. Pero
no, la mirada de Alaska, con la vista baja, encontró mis
ojos nerviosos: la
personificación del respeto y la obediencia.
¡Cuánto lo amé! ¡Oh,
corazón mío!
Tímidamente, contemplándolo, mis sentidos
debilitados se vieron abrumados por una
sensación de exquisita ternura. Me levanté y
permanecí erguida; lentamente mis pasos
me llevaron hacia mi joven y dulce amante. Estiré los brazos
para encontrar los suyos.
Lo apreté contra mi corazón y en un beso largo y
balbucearte sentí que perdía el
conocimiento.
Cuando recuperé la conciencia, encontré a
Proscovia inclinada sobre mí. Pregunté por
Alaska. Estaba aguardando mis órdenes en la
antecámara. Débilmente indiqué a
Proscovia que demorara la partida hasta la mañana siguiente.
Después, fatigada por el
exceso de emociones, me resigné a dormir.
Aquella tarde, siguiendo mis órdenes, el paje Alaska
entró secretamente en mis
aposentos, como antes. Yo ya estaba acostada. Proscovia lo hizo pasar,
cubierto
únicamente con el batín de seda que ella misma le
había proporcionado, y lo condujo a
mi lado. Proscovia abrió la colcha cálida y
él se deslizó en el lecho. Mi querido estaba
en mis brazos. Su pasión no conoció limites.
Presionado por deseos materiales de
satisfacción inmediata, sus manos me recorrieron buscando
mis tesoros más remotos.
La mía cogió su potente instrumento, que
estalló de lascivia con mi ansioso apretón.
Ningún pensamiento prudente logró contener mi
mano. Apreté, hice cosquillas; luego,
temiendo la explosión prematura que mis movimientos
amenazaban provocar, guié
voluptuosamente su cipote ardiente en el
canal húmedo de nuestros goces. Penetró:
recibí toda su longitud con diabólica
fruición. Me horadó hasta el corazón,
mi vagina
palpitaba con la posesión de su capullo hinchado. Sus
feroces embestidas lo hundían
hasta la médula. Cuanto más duros y
rápidos eran sus movimientos, más
rígida y
empinada se volvía su deliciosa polla.
Con nuestros cuerpos unidos por tan dulce
eslabón, nos contorsionamos juntos en los placeres de los
sentidos. Enterrado en mí en
toda su extensión un momento y semirretirado al siguiente,
sentí que estaba en un tris
de exhalar las calientes llamas de su incontinencia. Con
gruñidos de deliciosa
intensidad, demasiado fuertes para la expresión verbal,
salió una cascada de líquido
que llenó mis entrañas estremecidas, y mientras
manaba en rápidos chorros de su bajo
vientre, estalló mi éxtasis en un solo grito,
pero en un idioma que él no conocía:
-Mon amour! Mon roi! Mon frére! Donne!
Donneh!>>
Quinta parte
Existían
muchas razones por las que el segundo matrimonio del
príncipe Demetri ***
debía mantenerse en secreto. El gobierno paternalista de la
Catalina, Zarina de Todas
las Rusias, exigía el consentimiento del soberano reinante a
las alianzas de los nobles
superiores. Esto se habría considerado aún
más necesario en el caso del matrimonio de
un príncipe de la dignidad ancestral del padre de nuestra
protagonista con una inferior,
aunque de buena familia, como era la mujer a quien secretamente
había tomado por
esposa. Tan leal era, sin embargo, la madre del niño, hasta
tal punto confiaba en el
honor y en las repetidas promesas de su marido, que murió
plenamente convencida de
que algún día su hijo heredaría las
grandes posesiones del príncipe y compartiría las
dignidades de su nacimiento y su posición con la hermana
mayor.
Y así podría haber sido, por lo que se ve, sin la
sanción imperial que, en este caso, no
habría sido difícil de obtener, dado que Pablo I
había sucedido a su madre, y habría
sido suficiente con que lo solicitara la bella hermana,
quizá con un petit sacrifice de su
honor femenino a la voluntad del licencioso monarca.
Pero ese camino era imposible. Como dice un viejo proverbio: "No se
puede soplar
frío y caliente al mismo tiempo".
Nos sentimos más bien inclinados a creer que se puede, al
menos en ciertas
circunstancias, pero en el caso que nos ocupa reconoceremos su validez.
La princesa
Vávara había elegido su camino -no sin debatirse
consigo misma, como hemos visto-,
y el mismísimo aliento de la ráfaga caliente que
había soplado impidió, en efecto, que
considerara cualquier otro camino más natural. Ahora no
podía delatarse: hacerlo no
sólo significaría renunciar a su
posición sino a su amor y, en última instancia, a
condenarse por un delito infame, en comparación con el cual
la liquidación de los
mujiks no era nada. Porque Vávara, desde que
inició la andadura de su independencia,
no se había tomado el mismo cuidado que antes, todo hay que
decirlo, en ocultar sus
amores con el paje, y su aventura corría libremente de boca
en boca por toda la casa.
Pero mientras el inteligente descubrimiento del secreto de su padre
-surgido de la
búsqueda y supervisión personal de sus papeles
por parte de la princesa- le permitió
suprimir el hecho de que él había dejado un
heredero, quedó preocupada por el
problema de que algún día pudiera filtrarse la
verdad por algún otro medio. No
obstante, acudió en su ayuda su despierto ingenio; se
presentó un doble incentivo para
dar rienda suelta a su lascivia: seguiría
regodeándose con todas las satisfacciones ya
experimentadas y de paso conseguiría que Alaska no se
apartara de su lado.
He aquí otro proverbio, originalmente ruso, utilizado por la
propia autora y citado por
ella misma, que adaptado a nuestro idioma diría
más o menos así: "Cuanto más cerca
del hueso, más dulce es la carne".
Como la propia conspiradora admite, no hay duda de que la carne que
había saboreado
era dulce. En tanto se abandonaba a esta licenciosa
consideración, perdió todo
sentimiento de contención, y aunque admitió que
por cierto estaba muy "cerca del
hueso" , decidió entregarse al amor incestuoso y disfrutarlo
en toda su fuerza,
saboreándolo como una auténtica sibarita.
Y así ocurrió que, perdida para cualquier
consideración excepto la satisfacción
voluptuosa de su propia lujuria, volvió a recibir al apuesto
paje, y saciándose con sus
jóvenes y vigorosos encantos, revolcándose
abrazados en todas las posturas que a sus
fértiles imaginaciones se les ocurrían,
Vávara dio rienda suelta a sus rebeldes pasiones
y, dejando de lado cualquier pudor, se lanzó a una vida de
depravación desenfrenada.
"Me quité toda la ropa y también
desnudé a Alaska. Jugué con su carne en
erección e
hice que se me acercara gradualmente con su polla.
En cuanto me penetró por completo
cerré los ojos, y las realidades de mi amor, que excitaron
más aún mi imaginación,
añadieron salacidad a estos goces. En otros momentos hice
que se echara de espaldas,
y, montada a horcajadas en su cuerpo blanco, me fui hundiendo
lentamente sobre él,
dejando que su polla entrara totalmente
en mí boca. En esta posición disfruté
con la vista de sus muecas y contorsiones, mientras le bombeaba la
divina esencia de su ser. Si su persona estaba pletórica de
encantos para mí y su pene
me resultaba maravilloso en cualquier estado, su semen fue como el
néctar de los
dioses, con un sabor y un olor inexpresablemente exultante para mis
nervios. Me
revolqué en él y ni una gota salió de
mis labios una vez que los atravesó. Nos
habíamos vuelto ambos adictos a este placer; él
mismo lo proponía e introduciendo
una longitud increíble de su sable en mi garganta,
descargaba un torrente del que yo no
desperdiciaba una sola gota.
Nuestras relaciones íntimas duraban ya unas semanas y de
alguna manera se había
desgastado la novedad de nuestro apareamiento. Siempre inclinada a
nuevas
satisfacciones, creí detectar en mi joven amante una
inclinación por los encantos de mi
trasero. Lejos de tratar de disuadirlo, di satisfacción a su
capricho y, orientando su
potente vara bien lubricada, accedí a que insertara el
glande en esa ruta de placer
prohibida. Presionando, empujando e insinuando suavemente su miembro
cartilaginoso, me penetró el culo y así sumamos
la sodomía a nuestro delicioso delito. Alaska
yacía suspirando, con la cabeza sobre mi hombro desnudo y el
aliento caliente en mi
cuello. Con su mano me excitó aún más
mis partes hinchadas, y manteniendo una
delicada y palpitante presión en todo momento, introdujo por
fin toda la longitud de su
polla en mis entrañas.
Decir que gocé transmite apenas una débil idea
del torbellino de mis sensaciones. Al
principio el dolor fue agudo y mareante. Apreté los dientes
y hundí las uñas en los
cojines. Pero nada desconcertó a mi héroe.
Sentí palpitar y empinarse más aún la
barra
de hierro en la funda ceñida; el cosquilleo de su dedo
activo palió mi alarma. De
inmediato el placer se alzó triunfante; su mano produjo la
culminación del placer, le
entregué mi camino prohibido y él, hundido hasta
lo más profundo, llenó mi interior
(literalmente mis entrañas) con una ardiente
inundación de esperma.
La gratitud de Alaska fue ilimitada y, echándome de espaldas
en mi blanda cama, me
apartó los muslos y sus besos incendiados entre ellos
compensaron con creces mi
sacrificio."
Empero, en breve la princesa empezó a descubrir que los
placeres de su unión
necesitaban un estimulante; aparentemente de forma imperceptible para
ella, sus
pasiones, avivadas en una furiosa llamarada, habían llegado
a un punto en que los
recursos corrientes de la gratificación sexual ya no la
contentaban. Sentía un ansia
constante de experimentar nuevas sensaciones. Incluso el
aguijón de su reciente
descubrimiento comenzó a perder su efecto. Anhelaba que el
muchacho se volviera tan
lascivo como ella. Y él no necesitó demasiados
alicientes para prestarse a todo. Pasado
el primer estallido de afecto mutuo en virtud del abuso a que lo
sometieron, sus ideas
se volvieron irregulares:
"-Ojalá supiese quién fue el primero en
aventurarse en tu bonito pimpollo de rosa...
cuál fue la primera abeja que depositó
ahí su miel -suspiró Alaska una tarde, cuando
después de uno de nuestros coitos habituales
reposábamos para recuperar el aliento.
--¿A qué pimpollo de rosa te refieres, mi querido
muchacho? No olvides que tu
pregunta es algo indefinida. ¡Tengo varios y en todos ellos
tú has libado miel, pequeña
avispa juguetona!
-Sí, y volveré a hacerlo, dulce mía,
pero el pimpollo al que me refiero es el que tienes
entre los muslos. -Un toque de su mano volvió inconfundible
la aclaración.
-Eres demasiado curioso.
-Es que me gustaría saberlo -insistió-.
Ojalá hubiese podido espiar por el ojo de la
cerradura.
-Te habrías puesto celoso.
-Por supuesto, lo sé. Pero aun así, creo que me
habría gustado espiar, aunque sólo
fuera por curiosidad.
-Alaska mío, ¡.eso quiere decir que no te
pondrías celoso ahora si espiaras por el ojo
de la cerradura y vieras...? ¿El qué?
No digo eso, pero me parece que, aunque al principio estuviera celoso
al descubrir lo
que ocurra secretamente y sin que yo lo supiera, sería
diferente si conociera tus deseos,
si fuera consciente de ellos, y pensara que la satisfacción
de tus apetitos, de los que
hemos hablado a menudo, te proporciona placer, e incluso que mi
complicidad haría
que me amaras más; no... no creo que dadas todas estas
condiciones ahora me pusiera
celoso. Soy demasiado voluptuoso, y no olvides que así me
has hecho tú, para que me
importe la entrega exterior de tus encantos, siempre que siga siendo el
dueño de tu
corazón.
--¿Quieres decir que te gustada ver cómo entrego
mi cuerpo a otro? Ay, libidinoso
mío, veo que tus ojos brillan... sé que
gozarías del espectáculo.
-Más de una vez te he hablado de mi idea largamente
acariciada. Una vez lo soñé y me
encantaría ponerlo en práctica.
-Lo sé, Alaska. Te relamerías en un acto sexual
en el que, aunque no personalmente,
gozarías de mí por poderes. Te veo, mi perverso
diablillo, observando los
preliminares, arreglando los detalles, y finalmente
entregándome al ejecutor".
El efecto de esta conversación se evidenció
plenamente en los sensibles órganos de
Alaska. La princesa, que durante un tiempo había estado
entrenándolo en estas ideas
impúdicas, contempló con deleite el resultado.
"-Bueno, Alaska, dado que los dos estamos decididos a apurar el
cáliz de los goces
amorosos, no vacilemos un instante en aprovechar al máximo
nuestro tiempo. Yo te
prostituiré y tú me prostituirás, y
nuestros placeres competirán entre sí.
La respuesta de Alaska fue una prolongada arremetida y la
conversación se convirtió
en una incoherente explosión de gritos placenteros."
Sólo habían transcurrido unos días
tras esta conversación cuando, una vez todo
dispuesto, la princesa dio su consentimiento al inicio de la
diversión. A la hora
señalada, Proscovia introdujo por la entrada privada a un
mujik robusto elegido por
ella misma con la ayuda de Alaska. Este, transformado para la
ocasión en una joven
alta y de buen ver, correspondientemente disfrazado, aguardaba con la
princesa la
llegada del campesino.
Si se considera que los habitantes del palacio ascendían a
más de ciento cincuenta, se
comprenderá que conjeturar la verdad en cuanto a la
identidad de la princesa, que
siempre aparecía velada, era muy improbable para alguien
como este mujik
analfabeto. El hombre había sido seleccionado entre otros
por diversos motivos que
pronto se verán, y porque era un luchador además
de primo hermano del desgraciado
Petrushka, y por tanto un mozo de buena estampa.
Es harto probable que la concupiscente princesa se deleitara
interiormente al recordar
aquella aventura y que ejerciera alguna influencia en sus goces
secretos. Fuera como
fuese, este mujik, que respondía al nombre de Fadeyev, era
un estupendo ejemplar de
campesino ruso, con sus hombros anchos, las extremidades largas y
gruesas, la barba
castaña, los rizos bien aceitados y atados con un
cordón detrás de su gran cabeza
cuadrada. Además, Fadeyev tenía una
expresión de buen humor, más bien
estúpida:
pero si su inteligencia era escasa, su pesada estructura muscular
prometía muchas
cosas, al tiempo que cierto movimiento de sus labios, las fosas nasales
abiertas y los
ojos brillantes delataban un temperamento activo y a la vez voluptuoso.
Por otro lado,
conocía muy bien el motivo por el que lo habían
mandado llamar.
Proscovia, también medio desvestida, llevó a
Fadeyev ante su ama y el joven paje.
Pronto una copa de buen coñac puso al mujik más a
sus anchas, y mientras se caldeaba
en los lujosos aposentos empezó a corresponder a las
frivolidades obscenas de la
criada, que hizo todo lo que pudo por tranquilizarlo.
Pero a medida que aumentaba su temperatura, Fadeyev notó que
le molestaban las
pesadas ropas; al instante Proscovia y Alaska demostraron que no
tenían ningún
problema en despojarlo de ellas. Así quedaron a la vista los
grandes miembros
musculosos del mujik, pues su ropa interior era deficiente para
cubrirlo tanto en lo que
respecta a perneras como a mangas.
Entretanto, la princesa Vávara, negligentemente reclinada en
un fastuoso diván,
intercambiaba susurros e insinuaciones con Alaska y observaba la
semidesnudez del
mujik con ojos lascivos, en los que se rastreaba la luz arrebatada de
una diabólica
lujuria. Los labios de la princesa estaban calientes y secos, le
temblaban las fosas
nasales y sus miembros se retorcían de una forma
inequívocamente indicativa de su
ardor. Hasta ese momento había sido una observadora pasiva.
Sin embargo Fadeyev, con el instinto de un halcón que
persigue a su presa, reconoció
al instante que ella era el principal objeto de su convocatoria, y
consecuentemente
prodigó toda su atención a ese rostro hermoso.
Pero eso no era todo: de vez en cuando
el peignoir de la señora se abría, cuando
cambiaba de posición, y por la abertura
Fadeyev vio una cornucopia de delicadas carnes blancas, lo que fue
más que suficiente
para poner en marcha sus deseos.
-Entonces, ¿éste es el entretenimiento que has
decidido proporcionarme, Alaska?
-murmuró su bella amante-. Sería una
desagradecida si no correspondiera plenamente
a tu bondad. ¡Qué miembros los de tu gigante,
qué fortaleza, qué flexibilidad en las
articulaciones! ¿Me has dicho que es un luchador? Entonces
evidencia su enorme
poder arrojando al suelo a hombres grandes y fuertes como
él. Espero, Alaska, que
demuestre sus artes conmigo. Yo también lucharé
con tu gigante y tú verás que salgo
vencedora, porque conmigo empleará su fuerza en vano, yo
sólo apelaré al artificio del
amor y él caerá a mis pies, lo quiera o no,
será un humilde esclavo de los deleites que
guardo para él.
-Sin duda, mi amada, no podrá rivalizar con tus dulces y
ágiles artes, tus suaves
zalamerías, tus refinamientos de voluptuosidad.
-No, Alaska, encanto mío; tú me has
traído el material, sólo tú eres el
alma, la parte
vital. Usaré este instrumento y reconoceré, todo
el tiempo de mi goce, que eres tú y
sólo tú quien me lo da, duplicando tu propia
potencia al ofrecerme este medio.
La princesa hizo una pausa. Contempló admirada las
proporciones fornidas del
luchador, le temblaron los labios, todo su cuerpo pareció
irradiar una exuberancia de
diablura perfumada muy acorde con su carácter. Le brillaron
los ojos más que de
costumbre; una especie de agitación sólo evidente
para un observador cercano se
difundió por su piel; respiraba en breves jadeos
espasmódicos; movía las manos de un
lado a otro, en el aire, como si estuviera invocando algún
poder invisible. Entonces
volvió a hablar.
-Ponte ante mí, Fadeyev, de modo que te vea
-gritó en el dialecto del campesino, pero
con un ritmo y una fuerza que hizo que todo volviera a tintinear
mientras hablaba-.
Quiero verte en toda tu potencia mientras avanzas hacia el combate con
tus oponentes.
¿Acaso no has derrotado a muchos hombres? ¿No les
has hecho morder el polvo con
la simple fuerza de tus miembros? Ahora, Fadeyev, siempre terrible en
tus encuentros,
¿no quieres probar conmigo? Mira -dijo mientras dejaba caer
su manto acampanado y
desplegaba sus hermosas formas desnudas en toda su altura-.
¿No soy digna de tus
proezas? ¿Crees que puedes vencerme como has vencido a
tantos hombres? No,
Fadeyev, soy yo quien te derrotará, por la fuerza del ardor
y la lascivia caerás... caerás
a mis pies. -La princesa levantó la voz hasta casi un tono
de dureza y luego agregó,
quejumbrosa-: Y tú gozarás, Fadeyev, te
revolcarás en los embelesos del paraíso... de
ese paraíso en el que pensó y del que
escribió el Profeta. -En este punto Vávara
bajó
más la voz, mientras una extraña luz, como la de
aquellos que ven a lo lejos y hablan
de lo que no está presente, centelleaba en sus ojos
brillantes-. Gozarás del
arrobamiento de los ángeles en mis brazos, en mi pecho, te
recibiré... te abrazaré,
Fadeyev. -Más baja aún se volvió su
voz al tiempo que el mujik, comprendiendo el
sentido de su rapsodia y más que dispuesto a aprovecharse de
su posición, iba
aproximándose lentamente-. Te deleitaré con mi
cuerpo, te consumiré en mi
libidinosidad, cruzarás las puertas por las que a los
hombres les gusta entrar, y no me
negaré a tus deseos. El aliento de tus besos calientes
manará esencia de rosas para mí,
tus apasionados movimientos serán la ondulación
de un arroyuelo que cae raudo. ¡Tus
feroces deseos me dominarán, Fadeyev, tu fortaleza y tu
potencia me harán
estremecer! Dejaré que te bañes en los torrentes
de tu placer, me someteré a la
satisfacción de tus deseos más secretos...pero te
derrotaré, Fadeyev. ¡Fa-de-yev!
Despojada de su única cobertura, un suntuoso manto de raso
forrado en pieles, la
princesa temblaba por la excitación de su apasionado
discurso, pero suavemente y casi
sin que se diera cuenta, Alaska y Proscovia habían vuelto a
ocultar su encantadora
figura a la mirada lasciva de Fadeyev.
Mientras ella hablaba sin parar, el mujik -acometido por cierto respeto
pavoroso ante
tan rápido y apasionado parlamento-, impresionado por la
indescriptible belleza de su
persona y ansioso, naturalmente, por una relación
más íntima con sus encantos, se
aproximó poco a poco, estimulado por sus gestos, donde vio
menos pudor que ardiente
deseo.
Las pocas prendas que ahora cubrían al luchador
permitían una perfecta exhibición de
su cipote poderoso, y como los faldones
le iban cortos y lo único que cubría sus
muslos era una camisa de algodón, ésta
comenzó a hincharse por delante con una
protuberancia que dejó perplejos a todos los presentes.
Fadeyev ya estaba ante el diván en el que la princesa
había vuelto a echarse, y se
encontraba al alcance de la mano que ésta había
extendido. Tras palparlo, ella insinuó
su manita bajo la cobertura y rápidamente aferró
el objeto que tanto había llamado su
atención. Un resplandor lúbrico se
extendió por sus facciones al descubrir la existencia
de un arma de longitud y grosor ponderables, empinada y amenazante, y
que Fadeyev,
enloquecido de deseo, intentaba en vano controlar.
Se elevó entre los presentes una especie de murmullo
confuso; Proscovia, no menos
encantada que su ama, compartió el placer de
ésta. La princesa echó una mirada de
soslayo a Alaska. Al notarlo preocupado, le sonrió y con
irresistible dulzura le hizo
señas para que se acercara.
"-Fíjate, niña mía -dije a Alaska-, he
aquí a una criatura del sexo que tú deseas.
Observa con atención este objeto largo y grueso como el palo
de un carro; su cabeza
purpúrea está encendida por el deseo de gozarnos.
Esa cabeza es el símbolo de la
sangre caliente que hormiguea en sus venas'
-sí, mi querida niña, es con un instrumento como
éste, que serás perforada; me verás
sufrir, pero también sabrás cuánto
gozo. Luego será tu turno de rendir tu bonita
persona y de someter a su merced tus encantos hasta ahora intactos.
Proscovia se puso a reír disimuladamente. Observé
a Alaska: su sonrisa y sus miradas
obscenas me convencieron de que su depravación estaba a la
altura de las
circunstancias.
-¡Oh! Señora, esa cosa horrible me
penetrará? -exclamó, imitando una voz
femenina-. En verdad, no soporto pensarlo. -Se cubrió la
cara con la mano, fingiendo
gran vergüenza y susto. Sin embargo, insistí en
ponerle el miembro de Fadeyev en las
manos, y de buena gana él lo toqueteó para su
propio deleite. Luego hice que el mujik
se sentara a mi lado y le di un batín elegante para que se
cubriera. Estaba decidida a
que no se alcanzara el clímax demasiado pronto.
Fadeyev, corpulento y estúpido como era, no tenía
el aire brutal del mujik común y
corriente. Sus ojos eran blandos y amables, sus movimientos
espontáneos y suaves.
Daba la impresión de estar encantado en un nuevo mundo, por
así decirlo, de lujuria y
placer sensual, y parecía conformarse con notable
ecuanimidad a lo que le había caído
en suerte.
Mientras acariciaba la manaza derecha de Fadeyev, la atraje suavemente
hacia mí y la
deposité estremecida de dicha en mis senos redondeados. Mi
Hércules estaba ya casi
sometido. El contacto con mis firmes pechos blancos pareció
electrizarlo: los amasó
con su mano fogosa, palpó, apretó, hasta que
agitado por un irresistible impulso, intentó
bajar cada vez más la mano, no pudiendo contentarse con el
suave contacto de mi raja.
Entonces hice señas a Alaska de que le soltara la polla,
dado que yo misma estaba
celosa por su interferencia, y volví a coger este enorme
ejemplar de hombría
musculosa. La barra palpitaba y se estiraba en mi mano mientras
envolvía mis dedos
flexibles alrededor de la cabeza purpúrea. Fadeyev
mostró su aprecio por mis
delicados toques con diversos suspiros y síntomas;
parecía apenas capaz de contener el
ansia de satisfacer su ardiente pasión.
Yo misma estaba mareada por el feroz deseo de gozarlo. No obstante,
puse freno a mi
impaciencia e hice una pausa para contemplar mejor al luchador que me
habían traído.
Observé su pecho ancho, sus brazos fuertes y nervudos,
singularmente libres del
hirsutismo, que es rasgo tan común de nuestro campesinado.
Por encima de todo era
un corpachón perfecto, con una fortaleza y una elasticidad
tales que sólo mirarlo me
puso fuera de mí.
Percibí que no podría continuar mucho
más en este papel pasivo. A una señal
mía
arrancaron el resto de la ropa a Fadeyev y él se
irguió ante mí absolutamente desnudo.
¡Qué impresión fue ver esa terrible
verga!
Me estremecí de impaciencia mientras volvía
a despojarme de mi manto, abracé a mi Hércules y
juntos nos hundimos en el blando
diván.
Ahora la mano de Fadeyev recoma mi cuerpo a voluntad. No
necesitó guía para
detectar el húmedo coño.
Entretanto, mis labios buscaron los suyos y
mezclamos la saliva en nuestros besos impacientes. Alaska se
situó cerca, a mi lado, y
nos observaba con el rostro ruborizado y las mejillas ardientes.
El luchador cayó sobre mí, su enorme pecho me
cubrió el cuello y el rostro. Sentí que
su polla caliente y tiesa empujaba contra
mí. Pensé que nunca tendría lugar la
cópula de
nuestros cuerpos; por fin mis partes íntimas cedieron, la
gigantesca serpiente se
deslizó en mí, rasgando, proporcionando dolor y
placer a un tiempo, hasta que sentí
que Fadeyev había introducido su miembro hasta la
raíz y me gozaba con una feroz
energía que yo nunca había experimentado. Alaska
me besaba una mano, que yo le
había tendido con tal propósito, y
también noté que sus propios dedos traicioneros
estaban inmersos donde se efectuaba la unión de mi cuerpo
con el del mujik.
-¡Ay, amigo mío! -grité-. Me haces
daño, pero también me brindas placer;
suavemente... Fadeyev mío, así...
ayúdame, no acometas con tanta fuerza. ¡Ay!
¡Eres
tan enorme! ¡Tan terrible!
Más arremetidas, más impactos impacientes de sus
lomos vigorosos, más esfuerzos
titánicos por parte de mi luchador; sus forcejeos eran los
de un nadador que expira:
resollaba, sollozaba. Poco a poco el placer cedió en
mí, hasta que con un grito
frenético arrojé mis piernas hacia delante... y
el deseo se extinguió por un momento en
un temblor de abrasadora dicha disolvente.
Fadeyev todavía no había acabado conmigo.
Noté que aún estaba ansioso por completar el
éxtasis, aunque aparentemente era
incapaz de obtener el ímpetu necesario. No, se relajaron sus
partes vigorosas... sin
duda la compresión era excesiva. Le imploré que
parara y se retirara; me
obedeció a regañadientes y contemplé
su exagerado aparato, rojo y humeante, todavía
no apaciguado por mi cuerpo. Fadeyev parecía desolado,
avergonzado por no haber
tenido más éxito. Rápidamente
aparté de él ese sentimiento,
estimulándolo de nuevo.
Volvió a penetrarme con furia y, ahora bien preparado,
soltó enseguida el manantial de
su paroxismo inundando mi interior con su semen."
Esa velada se celebró una orgía en los aposentos
de la princesa. Proscovia estaba
totalmente desnuda y Fadeyev cayó sobre ella. Alaska, del
todo depravado por los
preceptos y el ejemplo de su amante, se mostró tan
desvergonzado como los demás.
Ahora sólo cubierto por un vestido ligero, se esforzaba por
ocultar su sexo, mientras el
luchador, sin entender los motivos de su reticencia y
adjudicándoles un origen muy
distinto, lo seguía incesantemente con sus solicitudes.
Vávara compartía las
provocaciones generales. Entraron otros dos hombres, y dos muchachas
hermosas,
proporcionados por los agentes secretos de la princesa, que se sumaron
a la escena de
libidinosidad y jolgorio.
Estas jóvenes, hermosas como la luz del día e
inocentes en lo que a participación en
las orgías del palacio se refiere, fueron de inmediato el
principal foco de atracción del
depravado Alaska. La princesa le estimuló esta
fantasía y a continuación tuvo lugar la
escena más hórrida de iniquidad concupiscente.
Georgette, la mayor de las dos muchachas, era bellísima:
rubia, alta, esbelta, de rasgos
delicados y estatuarios, llevaba sueltos los largos rizos de
exuberantes cabellos
dorados que flotaban por su espalda en pesadas matas. Tenía
los pies y las manos
pequeños y de fina forma; acababa de cumplir los dieciocho
años.
Ofvette, la otra, era más morena y no tan alta;
poseía las facciones frescas de los
habitantes de la frontera suroccidental, era una encantadora pomerania
cuya belleza
impresionaba a quien la. contemplara. Sus miembros eran igualmente
delicados,
aunque más redondeados y regordetes; sólo
tenía quince años.
Los dos hombres eran jóvenes y robustos; tenían
los miembros semejantes al del mujik
ruso y rondaban los treinta años. Ambos habían
sido seleccionados en virtud de sus
aptitudes especiales para la impudicia y de sus miembros de grandes
dimensiones.
Conocían a la perfección el objetivo de su
presencia allí. No era la primera vez que la
princesa los había empleado con fines similares.
Los siete personajes formaban, por ende; un grupo lascivo, al que se
unió la criada
Proscovia.
Alaska se pegó deprisa a Olivette, que al principio lo
tomó por una chica. Por orden de
la princesa pasaron a un gabinete contiguo junto con Moditzski, el
más rubio de los
recién llegados. En cuanto desaparecieron los tres,
Vávara hizo que el otro mujik se
echara de espaldas en el diván y se divirtió
montándolo, recibiendo en esta posición su
arma grande y erecta, mientras llamaba a Fadeyev a su lado para asirle
el miembro
gigantesco con ambas manos, balanceándose entre los dos al
tiempo que se llevaba el
glande purpúreo del último a los labios.
Así ocupados, la princesa y sus acompañantes se
dispusieron a escuchar a los que
estaban en el gabinete.
No esperaron mucho, pues en breve los gritos y quejas de Olivette les
hicieron saber
que estaba ocurriendo algo que le provocaba descontento. Se
oía su voz suplicante y
simultáneamente se distinguían las de Alaska y el
mujik en tonos de perentoria
exigencia. Más protestas por parte de la pequeña
Olivette, renovadas demandas de los
hombres: luego un forcejeo, murmullos apagados, imprecaciones en las
que
predominaba la voz de Alaska... y un sonido sordo de cuerpos que
caían sobre cojines
mullidos.
De inmediato un peculiar grito agudo de la bonita joven, un ruido
audible de golpes
regulares, una especie de percusión de la cama en que
habían caído los cuerpos... una
amainada cadencia de movimientos feroces y significativos, en medio de
los cuales se
intercalaban los sollozos lastimeros de la víctima.
Ya tiene metida una polla
-susurró el luchador, cuyo cipote
largo y gordo palpitaba bajo las
glotonas chupadas de la fogosa princesa-. Se la metió... si
experimenta la mitad del
placer que estoy experimentando yo, ese hombre está en los
cielos.
-Sí, así debe ser -respondió
Vávara, haciendo una pausa en su tarea-, escuchad
cómo
cruje la cama... él se toma su tiempo... su
éxtasis crece, la chica está sometida,
él la
goza desenfrenadamente. Su cuerpo está perforado como el
mío por el órgano de un
hombre. ¡Escuchad!
-¡Dios mío! ¡Me matarás,
suéltame! -chillaba Olivette.
Más gritos, más crujidos del lecho, una
confusión de sonidos inarticulados que Vávara
reconoció muy bien como acompañantes del
paroxismo final, la eyaculación de su
amante, y luego, silencio.
La princesa sabía que si bien ella se había
emancipado con su propio ejemplo del
sentimiento de su pasión mutua, Alaska no había
sido menos rápido en seguir el
ejemplo.
El hombre que estaba debajo de la princesa, incapaz de seguir
conteniéndose, cerró los
ojos y se abandonó en una copiosa lechada que
Vávara recibió con gritos impúdicos,
soltando la polla de Fadeyev en su
espasmo paroxístico.
-¡Durak! Me has inundado con tu leche, estoy llena a rebosar
de ti -exclamó la princesa
al encontrarse liberada de la potente verga
sobre la que se había sentado.
Entonces corrieron todos en dirección al gabinete.
Imaginaos la sorpresa de Fadeyev al entrar y descubrir a quien le
habían presentado
como una chica desnudo y jadeante en la languidez posterior al acto
sexual, junto a la
violada Olivette, mientras su vigoroso instrumento, apenas relajado del
estado con el
que acababa de ejecutar ese acto, colgaba húmedo y humeante
sobre su propio vientre.
Olivette había perdido el conocimiento. Moditzski, en estado
de furioso deseo, estaba
a punto de caer sobre la chica postrada, pues su pasión
había llegado a punto de
ebullición como espectador de los otros dos. No obstante, la
princesa lo hizo
retroceder y ella misma se precipitó sobre la joven
Olivette, introduciendo con
indescriptible frenesí el rostro entre los muslos de la
muchacha, mientras Proscovia,
siempre lista para realzar los placeres de su ama, mantenía
suspendidas y abiertas las
piernas de la víctima.
Fadeyev y Polskivich, con burlonas carcajadas, se echaron encima de
Alaska y lo
arrastraron al salón. Allí le arrancaron los
escasos restos de su disfraz sexual y se lo
entregaron desnudo al miembro de Moditzski, indicándole a
éste que vengara la
frustración anterior con el trasero de Alaska. La princesa,
pese a que estaba ocupada
con su propia libidinosidad, oyó el alboroto y al ver
cómo estaban las cosas se levantó
y audazmente indicó a Moditzski que siguiera adelante, ante
lo cual Fadeyev, incapaz
de contenerse al ver a la encantadora princesa ante sí, la
cogió por la cintura, la
empujó sobre la otomana y la empaló con su enorme
cipote sin darle tiempo a
impedírselo.
Nada encantó tanto a Alaska como la idea de esta forma de
ser objeto sexual, pero a
pesar de su buena disposición a satisfacer el deseo del
robusto Moditzski, el tamaño y
la impaciencia de éste impedían la
penetración contra natura. Pero por fin el éxito
recompensó los esfuerzos de ambos y el sodomita
recibió en sus entrañas el miembro
empinado del joven mujik.
En cuanto Vávara notó que estaban completamente
engarzados, el lúbrico panorama
ejerció un efecto poderoso en ella, y presentando su trasero
lo mejor que pudo,
estimuló y recibió las fogosas arremetidas del
luchador, gritándole que no le ahorrara
nada, que le hiciera sentir toda la longitud de su cipote
musculoso hasta las entrañas.
Pero Fadeyev no necesitaba demasiado estímulo. Apretando los
lomos saltarines de
Vávara, hundió su barra llameante, paladeando la
carne blanda y flexible en que su
falo se abría camino.
Frotó el vientre contra las nalgas de ella y no pudo seguir
penetrando. Tras una serie de gozosos movimientos en los que arrastraba
las tiernas
formas de la princesa hacia él a cada arremetida,
apoyó su mentón barbudo en el
hombro blanco y, poniendo fin a sus esfuerzos, soltó un
torrente hirviente de esperma.
Entretanto Alaska, empujado hacia delante por el lúbrico
ataque de su asaltante
pederasta, se tambaleó atravesado por el sable tieso hasta
la otomana y allí tendido,
sumiso al ataque, dejó que Moditzski alcanzara el paroxismo.
A la violencia de la orgía siguió una calma
generalizada. La pequeña Olivette, asistida
por Proscovia, que también ofreció a los
presentes vino y dulces en abundancia,
revivió con las atenciones recibidas. La princesa
disfrutó de un lapso de bien merecido
descanso.
Hasta ese momento la encantadora Georgette había escapado a
la atención salaz de la
compañía, pero no podía abrigar la
esperanza de seguir siendo tan afortunada durante
mucho tiempo.
La propia princesa dio el ejemplo. Alabó la belleza de la
muchacha, frotó sus manos
lujuriosas en los encantos de aquélla, y por
último se empeñó en situarla,
totalmente
desnuda, entre las rodillas de Fadeyev.
-Mi querido Fadeyev -le dijo-, aquí hay alimento para tu
lujuria, aun te sobrará. Fíjate
en estos pechos exquisitos, en la firmeza de los pezones, en este
vientre redondo y
blanco. Contempla esta cintura graciosa y pletórica de
flexibilidad. ¡Qué exquisito el
contorno de estas caderas hinchadas! ¡Qué
coño
mas hemoso ! Ay, Fadeyev, crees que
me pondré celosa pero te equivocas: gozaré con
fruición al ver tus placeres.
Entretanto, el luchador había atraído a la bella
Georgette hacia sí y con total impudicia
había puesto su polla de
grandes proporciones en las delicadas manos de la
jovencita. Renovado por el descanso, caldeado por el vino y por la
naturaleza
provocadora de los encantos de ella, dio rienda suelta a sus deseos y
empezó a recorrer
libremente todo su cuerpo con las manos. Mientras su verga
inmensa recuperaba toda
la dilatación en las manos de Georgette, volvió a
manifestarse su formidable
contextura y su cresta se irguió empinada, excitada por los
tímidos movimientos de
esas manos.
-Pon encima las dos manitas, Georgette -gritó la princesa-,
¿no ves que hay espacio
para tus dos palmas y que, aun así, su glande
purpúreo asoma y nos mira a todos por
encima?
Polskivich, siguiendo el ejemplo del otro, asió a la
temblorosa Olivette y, tras
someterla a sus caricias lascivas, pareció igualmente
inclinado a renovar sus goces.
Pero Fadeyev ya no se contentaba con dejar que Georgette continuara con
sus toques
indecentes. Ahora ya epicúreo de la lascivia,
decidió que ella debía poner sus labios
rojos donde sus manos habían apretado y amasado. Pese a la
evidente repugnancia de
la muchacha, insistió en que ella se introdujera la cresta
ardiente en su boca y,
empujando tanto como se lo permitía un instrumento de tales
dimensiones y sin llegar
a asfixiarla, se dio a sí mismo este placer
paroxístico mientras Vávara estimulaba su
conducta.
Por cierto, parecía que la princesa encontraba un deleite
secreto en calentar aún más al
brutal mujik.
-Ponle las manos en las nalgas, Fadeyev, mientras te hace la mamada
verás que nunca has tocado una piel
semejante: puro raso, perro, esta chica está hecha para un
emperador y ahora está en
tus garras, perro. ¡Qué muslos!
¡Qué piernas!, !Qué culo !
La cara del luchador se volvió escarlata de desenfreno, sus
partes inmensas estaban
dilatadas al máximo. Levantó la cabeza de la
joven Georgette, unió sus gruesos labios
a los de ella, e introduciéndole la lengua en la boca
permaneció en esa postura, como
si quisiera inhalarle la vida, sin dejar de mirar con fijeza a su
amante, como si
solicitara su permiso para seguir adelante.
Ya su vientre frotaba el de Georgette y le introdujo la estaca caliente
entre los muslos.
A todo esto, la princesa tenía un miembro en cada mano. El
del joven Alaska palpitaba
una vez más en la derecha, mientras la artillería
de Moditzski le llenaba la izquierda;
en esta posición contemplaba los avances de Fadeyev.
Con rápida perspicacia comprendió las dudas que
asaltaban al mujik, el hombre
hervía en la violencia de su deseo de gozar de Georgette,
pero naturalmente temía
ofender a su princesa, a la que miraba como dadora de tantos
entretenimientos. Ella se
apresuró a tranquilizarlo, diciéndole que actuara
a voluntad y a sus anchas.
-Goza de ella, Fadeyev, yacerás con ella y
perforarás su chocho. Tu
instrumento
conocerá los huecos más recónditos de
sus secretos. Cógela, fortachón mío,
en tus
brazos poderosos, abre sus muslos blancos, el camino de la
voluptuosidad está abierto
para ti, intérnate en él y goza, tanto de su
coño
como de su culo.
Fadeyev no necesitó más. Alzó a
Georgette y avanzó con ella fuertemente abrazada
hasta depositarla en un sofá. Sin perder un instante, se
precipitó sobre el cuerpo
desnudo; Proscovia lo ayudó a abrir los muslos poco
dispuestos y él situó su enorme
miembro en posición de penetrar en la vulva de la jovencita.
Georgette, aunque no del todo virgen, se acobardó ante
semejante ataque. El luchador,
con desesperadas embestidas de sus caderas, trató de superar
la delicada resistencia
ofrecida. Incluso la naturaleza colaboró con él,
porque en los impúdicos preliminares
con que se había entretenido, cierta excitación
desconocida para la muchacha había
provocado una humedad cremosa que impregnó su vagina.
Aprovechándose de ello, la
ancha cresta bien lubricada abrió un sendero y
traspasó la vulva, forzando a
continuación la vagina para que recibiera al monstruoso
asaltante en toda su longitud.
Georgette profirió un grito de dolor al ser penetrada por el
arma feroz del luchador
que, relamiéndose de la ceñida coyunda de sus
cuerpos, empezó ahora de verdad el
lujurioso juego del amor.
Este espectáculo fue excesivo para la princesa:
hundió su lengua sonrosada en la boca
de Moditzski y, tras chupar lascivos besos de esta manera,
dejó que la gozara.
Lo llevó a un diván, se puso a horcajadas sobre
él y recibió hasta el fondo su falo
robusto; en susurros le indicó a Alaska que se ocupara de
sus nalgas y él, no del todo
novicio en tales goces, o quizá sondeando por primera vez en
esta ruta prohibida, se
apresuró a complacerla.
-Entra sólo hasta el portal, amado mío
-murmuró Vávara volviendo la cabeza para
hablar con el calenturiento paje, cuya arma, siempre lista,
presionó ahora contra la
estrecha entrada-. Que sólo el glande de tu querido capullo
me atraviese.
-Ahí estoy, pero apenas puedo contenerme para no empujar.
-Goza esto, querido mío, estoy trabajando para ti... apenas
soporto dos campeones
como los que me están empalando... hago todo lo posible...
ya... cielos, que sensación.
-Ahora siento tus presiones, reina mía. Siento el
músculo agarrándome poderosamente
con una serie de deliciosos espasmos. ¡Ay, Vávara
mía, qué placer! La cabeza, los
hombros están ahí dentro, en tu funda secreta. El
resto está fuera, pero el deleite se
transmite de cabo a rabo.
La joven princesa se encontró así entre ambos,
entre dos campeones. En cuanto al
mujik Moditzski, jamás había conocido placeres
tan ardorosos. El bello cuerpo que se
elevaba y caía sobre él, cuyos movimientos se
daba prisa en encontrar a medio
camino, y cuya presión lo llevaba al borde de la locura, lo
excitaba con una furiosa
obsesión por el goce, y pronto -demasiado pronto para la
voluptuosa princesa- sintió
que alcanzaba el clímax lujurioso y eyaculó
acompañándose con un gemido
paroxístico.
En ese momento el combate amoroso de Fadeyev con la bella Georgette
llegó a su
punto culminante y ella quedó, sólo a medias
consciente, empapada en las pruebas de
la vigorosa hombría de aquel.
En el ínterin, Polskivich, salvando gradualmente la
resistencia de la bonita Olivette,
había logrado insertar su instrumento y ahora trabajaba con
todo el frenesí de la
posesión completa para culminar la cópula con
ella.
La princesa oía todo, veía todo, sus sentidos
hallaban gratificación por los cuatro
costados. Los gritos de la forzada Georgette habían sido
música para sus oídos, y
ahora los sollozos y gruñidos de la pequeña
Olivette no le resultaban menos dulces.
Alaska seguía manteniendo el puesto en su trasero; cuidadoso
en el cumplimiento de los deseos de
su amante, se había abstenido de hacer fuerza y
permanecía, tal como había declarado,
alojado en los portales. Los movimientos de Vávara mientras
recibía la inyección
caliente de Moditzski, sin embargo, produjeron tanta
excitación en sus partes ya
altamente sensibles, que sintió la llegada de su descarga e,
incapaz de seguir
dominándose, con un decidido empellón
sepultó el arma en las entrañas de la princesa,
inundándolas con las pruebas de su ardiente vigor.
Las parejas, desechos los abrazos amorosos, se reunieron alrededor de
Polskivich y
Olivette para ser testigos de la culminación de la
violación. El estaba en el cenit del
placer: sus desplazamientos y sus embates eran despiadados con la
tierna muchacha
que, casi más allá del conocimiento de sus
sufrimientos, rindió su cuerpo al bestial
ataque. Por fin él acabó y, con contorsiones de
placer en todo el cuerpo, eyaculó un
torrente lechoso.
Con escenas semejantes concluyó la orgía, y la
princesa Vávara, reteniendo a su
amado Alaska después de despedirse de sus invitados, se
retiró con él a dormir y
descansar de los efectos de su desenfreno.
Sexta parte
Tras la
defunción de su padre el príncipe,
Vávara Softa se despojó al parecer del velo
del recato, al menos en el recinto de sus propios aposentos. Este hecho
no significó, en
modo alguno, que renunciara a su elevada posición en la
sociedad. Debe recordarse
que era una época de libertinaje, una era de
disolución sin límites. A un noble ruso le
importaban muy poco las circunstancias anterio res o la virtud de su
prometida,
siempre que ésta fuese rica y en otros sentidos su alianza
resultara conveniente. Por
cierto, habría sido sumamente difícill, en ese
período, encontrar a una aristócrata joven
y bella cuya castidad no hubiese sido asaltada.
El mismísimo zar se erigía en ejemplo en la
confusión general de la moralidad.
Gradualmente, desde que sucediera en el trono a su licenciosa madre,
había mostrado
las mismas tendencias, y el trágico fin que le aguardaba fue
parcialmente, sin duda, el
resultado de una venganza por celos a la que él mismo dio
origen mediante la adquisición
de una amante ya codiciada como esposa por uno de sus cortesanos.
He señalado con anterioridad la atención que el
zar Pablo prestaba a la joven y
hermosa princesa Vávara Softa, protagonista de este relato.
Tras el acceso de ésta a las
propiedades de su padre, su reaparición en San Petersburgo
fue recibida con
aclamaciones. El zar renovó sus atenciones.
Descubrió que la princesa se había
convertido en una mujer encantadora cuya belleza personal y sus logros
la convertían
en la beldad dominante. Pablo concibió una violenta
pasión por ella, y cuando el
Emperador de Todas las Rusias se enamora, ¡cuidado todo el
mundo!: gare tout le
monde!
He omitido por necesidad un período considerable de la
historia de la princesa, porque
el diario estaba en blanco durante largos intervalos o porque los
apuntes registraban
acontecimientos poco interesantes o meras repeticiones de escenas como
las que ya he
descrito. Por esas páginas se sabe que albergó
realmente la idea de casarse con el
joven paje Alaska quien, gracias a la influencia de ella en la corte,
había sido
nombrado conde. No obstante, esta intención monstruosa e
incestuosa -pues aunque en
realidad el diario en ningún momento lo afirma, no existen
dudas de que era su
hermanastro- fue abandonada. La repugnancia del zar a permitir el
matrimonio de su
amante, pues en eso se había convertido ahora la princesa,
impidió los planes de ella,
que evidentemente estaban bien calculados para evitar el descubrimiento
de la verdad
o para desviar la posesión de sus bienes a lo largo de toda
su vida.
Pero había otra persona que llegó a interesarse
tan profundamente como el propio zar
por la princesa Vávara. Un tal conde Tarásov
también se había enamorado de ella; este
hombre, de carácter decidido, brutal y celoso, general del
ejército, que ocupaba un alto
cargo en la corte, albergaba la idea de hacerla su esposa. Sin duda,
las vastas
propiedades de ella pesaban en su decisión; pero es
evidente, según se deduce del
diario de Vávara, que este noble la amaba con la brutal
pasión de que era capaz su
naturaleza; y, además, para una mente como la suya, los
obstáculos sólo sirvieron para
aumentar su determinación y aguzar su apetito.
La princesa, cauta por necesidad en virtud de sus relaciones con el
emperador, no
había estimulado en modo alguno los galanteos del conde
Tarásov; al contrario, ella
sólo tenía una vaga idea de las intenciones de
éste, a las que trataba como a las
declaraciones de otros que la rodeaban, es decir, como una
cuestión que le preocupaba
muy poco.
Aunque las costumbres disolutas e irregulares de Pablo -que ya lo
habían vuelto
odioso para los nobles- volvieron a éste insensible en
cuanto a la publicidad de su
relación con la princesa Vávara, ella
tenía muy buenas razones para ocultar su vida al
examen público: pretendía que él la
reconociera abiertamente, y apelaba a toda su
influencia, a toda su capacidad de persuasión con
él para inducirlo a que la visitara o
recibiera en privado. Así, ella conservaba en gran medida el
control de sus propios
movimientos y cierta independencia de la que, de lo contrario, no
habría gozado.
Hacía tiempo que su carácter, a la par que su
belleza, había evolucionado; su lujuria
era inconcebible y, de no ser por las evidencias del diario,
sería dificil imaginar
semejantes invenciones de depravado ingenio, semejantes aberraciones,
dignas de una
mente calenturienta. Aparentemente blasée de los medios
más normales y naturales
para satisfacer sus ardientes e ingobernables pasiones,
había rastreado su fértil
imaginación en busca de nuevos y monstruosos placeres.
En una parte de su diario aparece la curiosa y detallada
descripción de un mannequin,
o figura representante de algo que indudablemente no era humano ni
divino. En un
pequeño gabinete, adaptado a este propósito y con
suntuosos cortinajes, había, en un
extremo, un portière, o sea un par de pesadas cortinas que
cubrían un pequeño
escondrijo al que se accedía por una entrada secreta. Estas
cortinas, una vez
descorridas, dejaban al descubierto una visión calculada
para hacer estremecer de
horror a un observador normal. En el hueco central se alzaba una imagen
que, por su
aspecto grotesco, su parodia de figura humana y su
personificación de todo lo que es
aterrador en la expresión de lascivia y obscenidad,
resultaba indescriptible.
No sólo se trataba de la postura de la figura, que era
erguida y bastante común, sino la
idea que transmitían sus rasgos demoníacos de
lujuria y ferocidad inmisericordes, lo
que hacía que el observador se estremeciera y se le
coagulara la sangre. El maniquí, de
dos metros diez de estatura, con los brazos cubiertos por mangas largas
que le
colgaban cerca de los costados del cuerpo, iba ataviado con una
túnica de raso rojo
hasta las caderas y bajo la cual aparecían las piernas
enfundadas en unas calzas
holgadas. La falda corta de la túnica terminaba en la
articulación de los muslos y un
cinturón de cuero negro la sujetaba alrededor de la cintura.
Una mirada al semblante
de esta horrible efigie sólo revelaba la décima
parte de la malignidad de su expresión.
Los ojos, brillantes y fijos, se movían a la menor
perturbación de la figura y daban la
impresión de seguir al espectador con una fantasmal y
burlona intención persecutoria.
Sensible a ciertos movimientos del cuerpo, la lengua asomaba roja y
brillante,
añadiendo un matiz diabólico al efecto general.
Todo lo anterior corresponde al mannequin en reposo. En cuanto al uso
que le daba la
princesa, enseguida sabremos más.
En el gabinete se destacaba un único mueble, un lecho,
situado en el centro de la
estancia y cubierto, como los cortinajes, con un tapizado delicado y
lujoso. El extremo
del lecho estaba muy próximo al portiére y no
estaba diseñado según un modelo
corriente: había sido adaptado a las exigencias de los
combates amorosos, dado que no
estaba destinado al simple descanso, y su mecanismo secreto
había sido montado
especialmente con dicho propósito.
La propia princesa Vávara nos aclara más sobre el
tema de dichos horrores; éstas son
sus palabras:
"Entro en el gabinete, estoy sola, me tumbo en el lecho. Contemplo
ociosamente la
cortina echada, que oculta mi tesoro. Procuro desterrar los
pensamientos sobre
cualquier otra cosa de este mundo. Me abandono al lujo de mi naturaleza
apasionada,
de mi voluptuosidad. Siento alivio expulsando así lo real en
beneficio del culto de lo
irreal, de apartar de mí las cuestiones del mundo corriente,
de las que desconfío y a las
que desprecio, para deleitarme en el arrobo de mi diablura
mística. ¡,Qué son para mí
las formas y las ceremonias de la sociedad, de la religión?
¡,Para mí, que he descartado
secretamente ambas cosas, y que he creado una deidad y un culto que
rivalizan con los
del Baal de la Antigüedad? ¿Acaso no es mi
Belfegor, mi demonio, tan buena
personificación del poder como la deidad de esta sociedad?
Mejor dicho, él es
infinitamente más poderoso, dado que es material y hace
sentir su presencia".
Es evidente que la mente de la princesa, largo tiempo forzada y torcida
por la entrega a
todos los vicios de la época, había alcanzado la
etapa en que la razón se pervierte y las
obligaciones del mundo exterior, la religión y la pureza,
pierden su influencia en el
cerebro. Aquel cerebro temblaba ya en el equilibrio entre esos extremos
en los que hay
tantas gradaciones. La princesa sigue así:
"Sí, eres un poder y una fuerza, y yo, tu adoradora, me
abandonaré a ti; en tus brazos
paladearé el volcánico placer de los sentidos y
me bañaré en la lascivia de tus caricias.
Mira, descorro la cortina que oculta tu figura, que esconde tu forma de
lujuria y horror,
que para mí sólo es de un deleite inefable. No me
asusta mirar tu rostro, aunque seas
demoníaco. iBelfegor! ¡Personificación
de mi religión, soy la conversa de las cosas
ordinarias! Te amo, te idolatro, gozaré de ti.
Toco el resorte, avanzas desde tu retiro, te acercas al lecho en el que
aguardo con
impaciencia; déjame ver qué me tienes preparado
hoy. Tu envidioso cortinaje vela tu
recinto, pero tu figura y tu frente me amenazan de continuo. Cambiante
en tus
atributos, siempre me presentas el mismo rostro de lujuria y malignidad
suprema.
¡Mira! Toco el gong, tú lo oyes, porque de
inmediato llega el sonido de la plataforma
descendente. Tus brazos se mueven, cobran vida... tu lengua, tus ojos
expresan tu
feroz deseo. ¡Ah! ¡Tómame, Belfegor, que
a ti me entrego!
Mira otra vez, me quito el manto, estoy desnuda; me recuesto en el
lecho, extiendo los
miembros, mi cuerpo tiembla ante la deliciosa expectativa del deseo
aplazado. Vuelvo
a tocar el resorte... mi lecho se desliza hacia ti.
¿Qué me ofrecerás, Belfegor?
Rápidamente toco otro resorte, tu túnica se
levanta y con ella tus brazos; contemplo
gloriosa su potente polla erecta, de
proporciones enormes, sus testículos inmensos
destelleantes de alegría; su glande, purpúreo de
deseos inquietos, se levanta como la
cabeza de una serpiente hacia tu cinturón, ¡ay,
no!, tus fuertes brazos me rozan, bajan
por mis miembros inferiores, tus manos me acarician el coño,
avanzan, palpan el centro de la
voluptuosidad, separan mis rizos plumosos, tu cuerpo se abomba hacia
delante, tus
deseos son manifiestos: ¡Poséeme, Belfegor,
poséeme!
Mira una vez más, vuelvo a tocar los resortes, mi lecho se
desliza más cerca de ti, la
mitad inferior se separa, se abre, lleva consigo mis miembros
dispuestos, a cada lado
de ti se separan esas columnas blancas y pulidas, desde el templo que
sustentan. Estoy
a tu alcance, tus manos lúbricas y ágiles ya
guían el arma de tu lujuria. ¡Oh! ¡Mi
amor
demonio! ¡Arremetes, perforas mi cuerpo! El volumen de tu
miembro me llena, tu
fogoso glande penetra mi vagina! ¡Arremetes otra vez...me
follas muy duro, ay! Veo tu lengua burlona, tus pervertidos ojos
agitados; tus movimientos me matan,
ahora me posees, Belfegor. ¡Atropella! ¡Empuja!
¡Ah! ¡Ay! No puedo más... muero...
llega mi orgasmo, tu esencia me inunda... ¡Ay!
¡Ay!".
En estas anotaciones, que sin duda la princesa apuntó para
su propia recreación de los
placeres que su pervertida imaginación le proporcionaba, es
evidente que el
mannequin sólo era una máscara y la cubierta
exterior de un cuerpo suficientemente
robusto y alto, o sea que permitía la
introducción de un hombre de carne y hueso, que
poniendo sus brazos en las mangas de la figura podía palpar
las partes delicadas de la
persona sobre la que debía actuar. Al mismo tiempo, una
abertura en sus vestidos,
hecha expresamente, le permitía asomar sus partes pudendas y
de ese modo,
levantándose la túnica, el demonio se
exhibía en un estado susceptible de aliviar la
delirante pasión que había provocado.
Cualquiera habría pensado que tras un coito tan vigoroso
como el descrito, la princesa
Vávara habría quedado, al menos por el momento,
satisfecha. Pero éste no era, en
modo alguno, su caso: su fogosidad era excesiva para satisfacerla tan
fácilmente.
Tras un breve reposo, volvió a requerir los poderes
corpóreos del demonio. A un
nuevo toque del gong, se oyó el mismo ruido de una
plataforma descendente y
reapareció la figura, a su disposición. La
princesa no se había molestado en levantarse,
aunque para su propia comodidad había cerrado la parte
inferior del lecho. A una
pulsación del resorte, la túnica del demonio
volvió a levantarse, dejando al descubierto
el miembro que, aunque de dimensiones suficientes para satisfacer las
exigencias de la
más lujuriosa, evidentemente no era el mismo que
había hecho su aparición en primer
lugar.
A continuación volvió a representarse la misma
escena. La princesa tocó un resorte y
el lecho se deslizó hacia la figura. Otro toque al mecanismo
y se dividió la mitad
inferior, abriéndose gradualmente, y las dos partes se
separaron, con los muslos de la
princesa impúdicamente apoyados en su blanda superficie.
Luego entraron en juego
las manos del demonio; buscaron, indudablemente sin asistencia
óptica, los tesoros
más secretos de la princesa y después, adaptando
el enorme falo a la brecha, se
renovó
rápidamente la penetración, se sucedieron los
mismos movimientos adelante y atrás, y
muy pronto el demonio, en medio de las más
diabólicas muecas, soltó un diluvio de
semen. Siete u ocho encuentros semejantes tuvieron lugar uno tras otro;
en algunos
casos la propia princesa encajaba el artilugio en su funda; en otros
momentos invertía
su posición y, entre labios no especialmente adaptados por
la naturaleza al acomodo de
semejantes objetos, recibía las estocadas de su deidad
favorita.
En algunas ocasiones estaba presente el joven conde Alaska, y la escena
parece haber
incluido actos de sodomía. A petición de la
princesa, Alaska se estiraba en el lecho en
su lugar, presentando al demonio el culo, que éste
reconocía con una apreciación casi humana.
Ya hemos señalado que el conde Tarásov
había concebido la idea de casarse con
Vávara, pero la intimidad de ésta con el
emperador se interponía entre el conde y su
objetivo. Cabe suponer, asimismo, que este noble feroz y vengativo
sintió el aguijón
de los celos ante una intervención que frustró
sus planes. Por ende, se prestó sin
escrúpulos a la complicidad del grupo que ya entonces
conspiraba contra la vida de
Pablo. Incluso cuando eliminaron a su padre, habían tomado
la decisión de eliminar al
zar reinante. Había otros cuatro implicados en la
conspiración.
En esa época el emperador se había acostumbrado a
recibir a la princesa Vávara en su
palacio , y había hecho construir un pasadizo secreto hasta
su alcoba, para
organizar mejor las visitas de la princesa al lecho real.
Entretanto, gracias a ciertas informaciones secretas, el conde
Tarásov estaba enterado
de estas visitas secretas al zar, su amo, y delirando de rabia propuso
a sus cómplices
ejecutar de inmediato el proyecto.
Una noche los conspiradores, en virtud de su rango y de los puestos que
algunos
ocupaban en la corte, lograron entrar en el palacio real y llegaron a
los aposentos del
desafortunado Pablo. En la puerta, no obstante, fueron detenidos por el
fiel centinela,
quien se negó a dejarlos pasar, pese a que ellos pretextaron
que se estaba incendiando
la ciudad y que debían informar de inmediato al zar. Al ver
que tanto amenazas como
persuasiones eran inútiles para apartar al hombre del
cumplimiento de su deber,
cayeron sobre él y, a pesar de sus gritos de socorro, lo
asesinaron allí mismo
atravesándolo con sus espadas.
Mientras, el alboroto alarmó sin duda al emperador, quien
parecía haber oído el primer
alto de su fiel cosaco.
Una anotación en el diario, prácticamente de la
misma fecha, ofrece los siguientes
pormenores:
"Yo había llegado como de costumbre alrededor de las diez, y
el emperador se
presentó puntual a la cita, cosa habitual en él.
Entré por el pasadizo secreto y él lo hizo
por la gran escalinata. Oí que el centinela presentaba armas
cuando él bajó el pasillo.
Estaba de un extraordinario buen humor, aunque ese día las
cosas no le habían ido del
todo bien. Lo encontré amoroso en una medida que rara vez
evidenciaba. En cuanto
estuvo en la cama me abrazó y me besó
impetuosamente. No tuve dificultades en
descubrir que estaba empalmado --toda su familia estaba bien hecha y
era fuerte, al menos en ese
particular--. Me rogó que jugara con la polla
imperial. Obedecí, y adaptándola a mis
labios lo excité aún más mediante mis
fogosas caricias. El me montó y en un abrir y
cerrar. de ojos me penetró profundamente. Sus movimientos
eran rápidos y vigorosos,
la polla real era digna de su rango. Sus
suspiros, sus murmullos de placer suenan
todavía en mis oídos; me poseyó por
completo y regiamente acometió y me llenó con
su instrumento; luego, demasiado pronto, lo acometieron los espasmos y
se hundió en
mi interior, eyaculando copiosamente, abrazado a mí.
El emperador todavía descansaba tras la febril
excitación que acababa de vivir, y los
dos oímos un agudo alto seguido por voces sonoras y airadas.
Pablo saltó de inmediato
de la cama y me hizo señas de que lo imitara. Lo
seguí a la mayor velo cidad posible.
El desenvainó la espada, me dijo que me cubriera con una
bata y abrió la puerta del
pasadizo secreto para que yo pasara; creo que tenía la
intención de seguirme. En ese
instante se abrió la puerta de la alcoba; Pablo
giró sobre sus talones y se enfrentó a los
intrusos con la espada en la mano: la puerta del pasadizo secreto se
cerró rápidamente
a sus espaldas, y oí que se desgarraba su camisa de dormir
porque un trozo quedó
atrapado en la puerta. Corrí a la pequeña
cámara cercana y allí, por primera vez en la
vida, abrumada de terror, creo, me desmayé.
Debí de permanecer cierto tiempo en estado inconsciente,
porque lo primero que
recuerdo es el agarrón de una mano brutal y
órdenes severas a las que no estaba
acostumbrada. Temblando de miedo y frío, abrí los
ojos y encontré el feroz semblante
del conde Tarásov. Con indecible horror vi que su rostro, y
también sus manos,
estaban salpicados de sangre.
-Despierta belleza mía -me susurró al
oído mientras me levantaba en sus fuertes
brazos, como habría hecho con un niño--, ven...
me ha llegado el turno, nada aviva
tanto mi lujuria como la vista, el olor de la sangre... y por fin,
perla mía, inapreciable
mía, te tengo. ¡Eres mía! Ven
-prosiguió, mientras me depositaba besos ardientes en la
cara y el pecho, que había escapado de mi presuroso atuendo,
y me abrazaba de una
forma significativamente indelicada-. Ahora te follaré, no
podrás escaparte, las puertas
están cerradas, estamos solos. ¿Te atreves a
oponerte a mi voluntad? Valoro tu
resistencia, pero con eso sólo logras inflamar mi
pasión, calla, si no quieres morir...
debo... lo haré...
Me desgarró el déshabillé de un
manotazo, clavó la mirada en mis tetas y,
levantándome la camisa de dormir, pasó su obscena
mano en mi vientre y en mi raja. Me sentí impotente en sus
garras. Vi que abría su vestido para dejar suelto un cipote
rojo y llameante; me arrojó en el sofá y,
abriendo bestialmente mis muslos
temblorosos, se me echó encima. Guió su verga
empinada entre los labios, abrió la
vulva, y el conde, delirante de sangre y lujuria, con un rugido de
concupiscencia,
penetró en mi chocho.
En cualquier otro momento y circunstancias, yo habría
sucumbido a las provocaciones
de goce que este hombre prometía, pero dada mi
situación, al menos dudosa debido al
trágico acontecimiento que acababa de tener lugar en el
aposento contiguo, llena de
horror y asco, sólo pude apretar los dientes e intentar
liberarme de los apretones de ese
bárbaro. Pero mis forcejeos sólo lograron
aumentar su disfrute de mi persona. Sus
movimientos se volvieron terribles, su polla
dura e inflexible se tensó e hinchó
más a
medida que aumentaba su excitación, la adelantaba con fuerza
despiadada, y con
breves y feroces saltos de sus fuertes caderas, buscó la
consecución de su acto brutal.
Por fin alcanzó el clímax y cuando se
aferró a mí sentí sus bobotones de
leche ardiente. Entonces se levantó y casi sin darme tiempo
a recuperar el sentido, me arrastró hacia la otra
entrada, donde me entregó a dos hombres que me echaron
encima una capa, me
subieron en el acto a un carruaje y me llevaron a mi propia morada".
El bárbaro asesinato del emperador Pablo ha sido largo
tiempo tema de investigación
histórica y no necesita de nuevas alusiones por mi parte. El
papel que la desdichada
princesa Vávara estuvo condenada a jugar en la
última escena, que significó el punto
final de la carrera de Pablo, parece haber perturbado su mente. Es por
todos sabido que
ninguno de los conspiradores fue abiertamente castigado y mucho menos
presentado a
la justicia por su crimen, aunque fueron objeto de suspicacias y
desconfianzas, y el zar
sucesor -que debía su corona al crimen- halló los
medios para alejarlos gradualmente
de la corte y de la capital.
La princesa Vávara Softa no escapó al odio que
envolvió a todos los relacionados con
el desafortunado Pablo. El nuevo zar, Alejandro, la desterró
de la corte, y el conde
Tarásov halló cómo -presionando en sus
temores- inducirla a consentir en casarse con
él. Consecuentemente, Vávara se
convirtió en su esposa... al menos por derecho y de
nombre.
Sin embargo, esta alianza no impidió a la princesa
perseverar en su vida secreta de
lujuria, pues mientras Tarásov seguía viviendo en
su propia morada, la princesa
continuaba habitando su palacio ancestral de San Petersburgo. El joven
conde Alaska
gozaba de su intimidad y de hecho todavía vivía
con su amada. El era el principal
resorte de la mayoría de los inventos lascivos de ella, y
también parece haberla
estimulado en todo tipo de desenfrenos.
Incapaz de satisfacerse con los deleites que la naturaleza ofrece a la
mayoría de los
mortales en sus tratos con la diosa del amor, la princesa ansiaba lo
más outré, lo más
desvergonzado e infame del goce. Ninguna fuente de placer aun opuesta a
las leyes
naturales, y que pudiera salir de los despojos de una mente tan
depravada como la
suya, le resultaba excesivamente monstruosa o impúdica.
La princesa Vávara Softa tenía un
álbum que había llegado a sus manos directamente
desde Japón. La obra, llena de dibujos originales a la
acuarela, de gran tamaño, bella y
hábilmente ejecutados por un artista japonés,
representaba en cada imagen a una
jovencita que, como ella misma, harta de las satisfacciones
venéreas ordinarias -que ya
no tenían ningún atractivo para su depravada
imaginación- se entregaba a las lascivas
caricias de la creación bestial. Allí se
sucedía una infinidad de posturas grotescas e
indecentes en las que se retrataba a la protagonista en el acto de la
relación sexual con
diversos animales, y una tras otra, cada una más
extravagante que la anterior. La
princesa Vávara encontraba gran deleite en este
álbum. Así, invocaba los relatos de
antaño, los amores fabulosos de las ninfas y las diosas,
Europa y su toro, Leda y su
amante emplumado, todos y cada uno de los casos de la
perversión del deseo sexual.
Aunque el diario nada dice sobre esta cuestión, sin duda la
princesa también se
abandonó a estos ardores antinaturales. Por momentos
menciona sus dos enormes
mastines, y se refiere a ellos con términos que en general
sólo se aplican a relaciones
muy íntimas. También poseía un hermoso
poni blanco, varios asnos de diversas razas
y toda una colección de monos y babuinos.
No nos corresponde a nosotros averiguar hasta qué punto, o
en qué abismo, se arrastró
la hermosa protagonista en estas satisfacciones. Pero en este
período tuvo lugar un
acontecimiento que puso punto final a una carrera notable, aunque no
sea más que por
sus irregularidades.
"El conde Tarásov llevaba unos días ausente. Su
presencia siempre me llena de terror.
Poco a poco había ido rodeándome de sirvientes y
personas elegidas por él. Yo
protestaba en vano, él se enfurecía y me
amenazaba, dándome a entender que tenía
autorización del emperador para encarcelarme en una de sus
fortalezas.
En esta ocasión, a su regreso observé una
sospechosa expresión de forzado buen
humor en su semblante en general desagradable.
¿Qué puede estar ocurriendo? Temo
que se esté fraguando una maldad.
Es verdad... estoy perdida. Ha descubierto mi secreto... el secreto de
mi vida. ¡Qué
horror que yo misma lo haya llevado inconscientemente a sospechar!
¡Mi Alaska... mi
héroe! ¡Mi todo! El conde vendrá... me
matará, no, no me matará... sólo me
encarcelará. ¡Oh! ¡Dios mío!
¡Qué cárcel! Una tumba viviente. No
puedo... no puedo
afrontarlo; la muerte... la muerte sería mil veces
preferible. He de conservar la calma.
¿Cómo actuar? Alaska... sólo
tú, mi amor y mi venganza, sólo tú
poseerás por fin lo
que es tuyo. Yo expiaré porque te amo... ¡Ay! Te
amo."
Evidentemente hay aquí una terrible pausa, porque la pluma
fue arrojada sobre el
papel y rodó sobre éste, manchando la
página con una línea de tinta irregular y oscura.
Luego sigue una revelación, que sin duda fue la causa de que
este curioso documento
viera la luz en tiempos posteriores.
"Lo he hecho... la muerte es mejor que la prisión con que
él me amenaza. Volveré a
vivir en mi Alaska. He tomado la poción, nauseabunda,
sí, pero me ha brindado la paz,
la paz de mis enemigos, el placer para mi Alaska a partir de ahora.
¿Escuchas? Ya
llega, son sus pasos; oh, querido, querido mío,
rápido, deprisa, coge este paquete; es
él, sin duda, no veo, coge este paquete, Alaska...
¡Alaska!"
Otra terrible pausa; si es correcta la conjetura de que la princesa
Vávara había ingerido
veneno, parece haberse recuperado un poco de lo que atribuyó
a sus efectos
inmediatos, pues prosigue con la última anotación
de su diario:
"Está aquí, ha estado en mis brazos, sus dulces
abrazos me han dejado pletórica de
placer; no podía negárselo; él no
sabía... que me gozaba por última vez.
¡Qué
bendición sus besos! Estoy contenta de morir...".
Aquí concluye bruscamente el fatal diario. No hay mucho que
agregar a modo de
explicación o secuela. Tras diligentes investigaciones en
fuentes informativas a las que
el público no tiene fácil acceso, he descubierto
que aproximadamente en esa época
falleció repentina y misteriosamente la bella y
desafortunada princesa Vávara Softa,
hija y heredera del príncipe Demetri Petróvich;
que su marido, el conde Tarásov, cuyo
carácter brutal y licencioso era ampliamente conocido, fue
considerado responsable de
la muerte de ella y desterrado a sus propias posesiones en un gobierno
distante, donde
se vio obligado a residir durante el resto de su vida por orden expresa
del emperador
Alejandro. Por la misma fuente me he enterado de que el conde Alaska
Petróvich
prestó servicios durante muchos años en el
ejército, y tras alcanzar la graduación de
general se retiró a gozar del tiempo libre en las
propiedades de su padre.
Aparentemente gozó de favores especiales por parte del zar,
quien al presentársele
ciertos papeles en los que quedaba confirmado su derecho de nacimiento,
facilitó su
petición hasta el punto de que parece que nunca se
planteó la menor oposición.
Queda en manos del lector conjeturar cuáles eran esos
papeles.