Marques de Sade
Juliette

lo que deseen, no pueden reprocharle nada, y serían
unos locos si exigiesen algo más. En
una palabra, no es la virtud de una mujer lo que quiere un amante o un
marido, es la apariencia de la virtud.
Quien no fornique, pero lo parezca, está perdida; por el
contrario, quien fornique con el mundo entero, pero
se oculte, ésta es una mujer con buena reputación (17).
Hay ejemplos que apoyarán mi exposición, Juliette:
el momento en que vienes a verme es bueno para convencerte. Tengo
aquí dentro quince mujeres, al menos,
que vienen a prostituirse a mi casa, o que envío a hacerse
fornicar al campo; échales una ojeada: te contaré la
historia de cada una mientras te las señalo; pero piensa que
sólo por hacerte un favor cometo
semejante imprudencia; no me atrevería con nadie más.
(17) Mujeres mojigatas, devotas o tímidas, aprovechaos
diariamente y sin temor de estos consejos: es a
vosotras a quienes los dirige el autor.
A estas palabras, la Duvergier abrió una especie de ventana
secreta, que, si ser vistas, nos permitía observar
todo lo que había en el salón.
-Mira ese círculo -me dice-, ¿te engañaba
diciéndote que había quince? Cuéntalas.
Quince mujeres encantadoras, pero todas vestidas de diferente manera,
esperaban efectivamente, en silencio,
las órdenes que iban a darles.
-Comencemos -me dice la Duvergier- por esa hermosa rubia que ves la
primera, en el rincón de la chimenea;
seguiremos el círculo partiendo de ahí: es la duquesa de
Saint-Fal, cuya conducta no puede ser criticada
sin duda alguna; pues con todo lo bonita que es, su marido no puede
soportarla. Aunque la veas aquí,
aspira a la mayor virtud; tiene una familia que la vigila y que la
haría encerrar si su conducta fuese conocida.
-Pero -digo a la Duvergier- ¿no se arriesgan todas esas mujeres
al encontrarse reunidas aquí? Pueden
volver a verse en otra parte y perderse.
-En primer lugar -me respondió la matrona-, no se conocen; pero
si, por casualidad, llegasen a conocerse,
¿qué podría decir una que no volviese la otra
contra su acusadora? Unidas todas por el mismo interés, no
tienen que temer traicionarse, y desde hace veinticinco años que
sirvo a estas u otras parecidas, nunca he
oído hablar de indiscreciones semejantes; ni las temen.
Prosigamos.
Esa mujer alta de alrededor de veinte años, que ves cerca de la
duquesa, y cuyo rostro celeste se parece al
de una hermosa virgen, está loca por su marido; pero la do mina
un temperamento fogoso; me paga para
que le muestre gente joven. ¿Puedes creer que ya es libertina
hasta el punto de que, por mucho que me pague,
me es imposible encontrar penes suficientemente gordos para
satisfacerla?
Mira un ángel no lejos de ahí: es la hija de un consejero
del parlamento; me la gané con mi astucia; su
ama de llaves me la trae; apenas tiene catorce años. Sólo
la entrego a pasiones donde no entra el joder; me
ofrecen quinientos luises por su virginidad; no me atrevo a darla.
Espera a un hombre que descarga con
sólo besarle el trasero; quiere darme mil luises por su culo:
como ofrece menos peligro, voy a solucionarlo
en seguida.
Esa otra muchacha de trece años, que ves a continuación,
es una pequeña burguesa a la que he sobornado;
va a casarse con un hombre al que ama con locura; pero está
entregada a las mismas lecciones que acabo
de darte. Ayer vendí su virginidad antifísica a
Noirceuil, mañana gozará de él; un joven obispo me
la
desvirga hoy en el mismo sitio; como lo tiene más pequeño
que tu amante, éste no dudará de nada.
Observa atentamente esa bonita mujer de veinticinco años. Vive
con un hombre que la adora... que la cubre
de regalos; ambos hacen cosas increíbles el uno por el otro: la
zorrilla no jode menos por eso; ama a los
hombres con furor; su mismo amante se lo permitió en otro
tiempo, y sólo a él le debe los desórdenes en los
que se sumerge; sigue los ejemplos que le dio, y fornica aquí
todos los días, sin que el querido hombre lo
sepa.
Esa bonita morena que ves cerca de ella es la mujer de un viejo que se
casó con ella por amor; lleva las
atenciones que tiene con él hasta el punto de crearse una
asombrosa reputación de virtJustine y yo fuimos educadas en el
convento de Panthemont. Ustedes ya conocen la celebridad de esta
abadía, y saben que, desde hace muchos años, salen de
ella las mujeres más bonitas y más libertinas de
París.
Es este convento tuve como compañera a Euphrosine, esa joven
cuyas huellas quiero seguir y quien,
viviendo cerca de la casa de mis padres, había abandonado la
suya para arrojarse en brazos del libertinaje; y
como de ella y de una religiosa amiga suya fue de quienes recibí
los primeros principios de esta moral que
han visto con asombro en mí, siendo tan joven, por los relatos
de mi hermana, me parece que, antes de nada,
debo hablaros de la una y de la otra... contaros exactamente estos
primeros momentos de mi vida en los
que, seducida, corrompida por estas dos sirenas, nació en el
fondo de mi corazón el germen de todos los
vicios.
La religiosa en cuestión se llamaba Mme. Delbène; era
abadesa de la casa desde hacía cinco años, y frisaba
los treinta cuando la conocí. No podía ser más
bella: digna de un retrato, una fisonomía dulce y celeste,
rubia, con unos grandes ojos azules llenos del más tierno
interés, y el porte de las Gracias. Víctima de la
ambición, la joven Delbène fue encerrada en un convento a
los doce años, con el fin de hacer más rico a un
hermano mayor al que ella detestaba. Encerrada a la edad en que
comienzan a desarrollarse las pasiones,
aunque Delbène no hubiese elegido todavía, amando el
mundo y los hombres en general, sólo después de
inmolarse a sí misma, después de triunfar en los
más rudos combates, había conseguido que naciese en ella
la obediencia. Muy avanzada para su edad, habiendo leído a todos
los filósofos, habiendo reflexionado prodigiosamente,
Delbène, al tiempo que se condenaba al retiro, había
conservado dos o tres amigas. Venían a
verla, la consolaban; y como era muy rica, seguían
proporcionándole todos los libros y caprichos que pudiese
desear, incluso aquéllos que debían excitar más
una imaginación... ya muy exaltada, y que no enfriaba
el retiro.
En cuanto a Euphrosine, tenía quince años cuando me
uní a ella.; llevaba ya dieciocho meses como
alumna de Mme. Delbène cuando me propusieron ambas que entrase
en su sociedad, el día en que yo acababa
de cumplir mis trece años. Euphrosine era morena, alta para su
edad, muy delgada, con unos ojos muy
bonitos, mucha gracia y vivacidad, pero menos bonita, mucho menos
interesante que nuestra superiora.
No necesito deciros que la inclinación a la voluptuosidad es, en
las mujeres recluidas, el único móvil de
su intimidad; no es la virtud lo que las une; es el vicio; gustas a la
que se inclina hacia ti, te conviertes en la
amiga de la que te excita. Dotada del temperamento más vivo,
desde la edad de nueve años había acostumbrado
a mis dedos a que respondiesen a los deseos de mi cabeza, y, desde esta
edad, no aspiraba más que a
la felicidad de encontrar la oportunidad de instruirme y lanzarme a una
carrera cuyas puertas me abría ya
con tanta complacencia la naturaleza precoz. Euphrosine y
Delbène me ofrecieron pronto lo que yo buscaba.
La superiora, que quería hacerse cargo de mi educación,
me invitó un día a comer... Euphrosine se
hallaba allí, hacía un calor insoportable, y este ardor
excesivo del sol les sirvió de excusa a ambas para el
desorden en que las encontré: hasta tal punto era así
que, excepto una blusa de gasa, sujeta simplemente
con un gran lazo rosa, estaban prácticamente desnudas.
-Desde que entrasteis en esta casa -me dice Mme. Delbène,
besándome negligentemente en la frente- estoy
deseando conoceros íntimamente. Sois muy bella, parecéis
inteligente, y las jóvenes que se parecen a
vos tienen derechos seguros sobre mí... Enrojecéis,
pequeño ángel; os lo prohíbo: el pudor es una
quimera,
resultado únicamente de las costumbres y de la educación,
es lo que se llama un hábito; si la naturaleza ha
creado al hombre y a la mujer desnudos, es imposible que al mismo
tiempo les haya infundido aversión o
vergüenza por aparecer de tal forma. Si el hombre hubiese seguido
siempre los principios de la naturaleza,
no conocería el pudor: verdad fatal que prueba, querida hija
mía, que hay virtudes cuya cuna no es otra que
el olvido total de las leyes de la naturaleza. ¡En qué
quedaría la moral cristiana si escrutásemos de esta forma
todos los principios que la componen! Pero ya charlaremos de todo esto.
Hablemos hoy de otra cosa, y
desvestíos como nosotras.
Después, acercándose a mí, las dos bribonas,
riéndose, me pusieron pronto en el mismo estado que ellas.
Entonces los besos de Mme. Delbène tomaron un carácter
muy diferente...
-¡Qué bonita es mi Juliette! -exclamó con
admiración-; ¡cómo empieza a hincharse su delicioso
y pequeño
seno! Euphrosine: lo tiene más grande que el tuyo... y, sin
embargo, apenas tiene trece años.
Los dedos de nuestra encantadora superiora acariciaban los pezones de
mi seno, y su lengua se agitaba en
mi boca. En seguida se dio cuenta de que sus caricias actuaban sobre
mis sentidos con tal ímpetu que casi
me sentía mal.
-¡Oh, joder! -dijo, sin contenerse ya y sorprendiéndome
por la energía de sus expresiones-. ¡Dios santo,
qué temperamento! Amigas mías, dejemos de entorpecernos:
¡al diablo todo lo que todavía vela a nuestros
ojos atractivos que la naturaleza no creó para que estuviesen
ocultos!
A continuación, tirando las gasas que la envolvían,
apareció a nuestra vista bella como la Venus que inmortalizaron
los griegos. Imposible estar mejor hecha, tener una piel más
blanca... más suave... unas formas
más hermosas y mejor pronunciadas. Euphrosine, que la
imitó casi en seguida, no me ofreció tantos encantos;
no estaba tan rellena como Mme. Delbène; un poco más
morena, quizás debía gustar menos en general;
pero ¡qué ojos! ¡qué ingenio! Emocionada con
tantos atractivos, muy solicitada por las dos mujeres que los
poseían a que renunciase, como ellas, a los frenos del pudor,
podéis creer que me rendí. Dentro de la más
dulce embriaguez, la Delbène me lleva hasta su cama y me devora
a besos.
-Un momento -dice, toda encendida- un momento, mis buenas amigas,
pongamos un poco de orden en
nuestros placeres, sólo se goza de ellos planeándolos.
Tras estas palabras, me estira las piernas separándolas, y,
acostándose en la cama boca abajo, con su cabeza
entre mis muslos, me besa el sexo mientras que, ofreciendo a mi
compañera las nalgas más hermosas
que puedan contemplarse, recibe de los dedos de esta bonita muchacha
los mismos servicios que me presta
su lengua. Euphrosine, conocedora de los gustos de la Delbène,
alternaba sus escarceos con vigorosos golpes
sobre el trasero, cuyo efecto me pareció seguro sobre el
físico de nuestra amable institutriz. Vivamente
electrizada por el libertinaje, la puta devoraba el caudal que
hacía brotar constantemente de mi pequeño
coño. Algunas veces se paraba para mirarme... para observarme en
el placer.
- ¡Qué hermosa es! -exclamaba la zorra-... ¡Oh!
santo Dios, ¡qué interesante es! Sacúdeme,
Euphrosine,
menéame, amor mío; quiero morir embriagada de su jugo!
Cambiemos todo -exclamaba un momento después-;
querida Euphrosine, debes querer lo mismo de mí; no pienso
devolverte todos los placeres que tú me
das... Esperad, mis pequeños ángeles, voy a masturbaros a
ambas a la vez.
Nos pone en la cama, una junto a la otra; siguiendo sus consejos,
nuestras manos se cruzan, nos acariciamos
mutuamente. Su lengua se introduce primero dentro de la vagina de
Euphrosine, y con sus manos nos
cosquillea el agujero del culo; de vez en cuando deja el chocho de mi
compañera para venir a succionar el mio, y recibiendo cada una de esta forma tres placeres a la vez,
podéis imaginar hasta qué punto echábamos
copiosamente. Al cabo de unos momentos, la bribona nos da la vuelta. Le
presentábamos nuestras nalgas,
nos meneaba por debajo acariciándonos el ano. Alababa nuestros
culos, los estrujaba, y nos hacía morir de
placer. Saliendo de allí como una bacante:
-Hacedme todo lo que yo os hago -decía- meneadme las dos a la
vez; estaré entre tus brazos, Juliette, besaré
tu boca, nuestras lenguas se juntarán... se apretarán...
se chuparán. Me hundirás este consolador en la
matriz -prosigue mientras me da uno-; y tú, Euphrosine
mía, tú te encargarás de mi culo, me lo
menearás
con este pequeño instrumento; infinitamente más estrecho
que mi coño, es todo lo que le hace falta... Tú,
putuela mía -continuó mientras me besaba- tú no
abandonarás mi clítoris; éste es la verdadera sede
del placer
en las mujeres: frótalo hasta que salte, soy dura... estoy
agotada, necesito cosas fuertes; quiero destilar
mi flujo con vosotras, quiero descargar veinte veces seguidas, si
puedo.
¡Oh Dios! ¡cómo le devolvimos lo que nos prestaba!
Es imposible trabajar con más ardor para proporcionar
placer a una mujer... imposible encontrar otra que lo saborease mejor.
Nos entregamos.
-Angel mío -me dice esta encantadora criatura- no puedo
expresarte el placer que tengo en haberte conocido;
eres una muchacha deliciosa; voy a asociarte a todos mis placeres, y
verás que pueden saborearse
algunos muy fuertes, aunque estemos privadas de la sociedad de los
hombres. Pregunta a Euphrosine si está
contenta conmigo.
-¡Oh, amor mío!, ¡mis besos te lo probarán!
-dice nuestra joven amiga precipitándose sobre el seno de
Delbène-; a ti te debo el conocimiento de mi ser; tú has
formado mi espíritu, lo has liberado de los estúpidos
prejuicios de la infancia: sólo por ti existo en el mundo;
¡ah! ¡cuán feliz será Juliette, si te dignas
tomarte
las mismas molestias por ella.
-Sí -respondió Mme. Delbène- sí, quiero
encargarme de su educación, quiero disipar en ella, como lo
hice en ti, esos infames vestigios religiosos que turban toda la
felicidad de la vida, quiero reducirle a los
principios de la naturaleza, y hacerle ver que todas las fábulas
con las que han fascinado su alma no están
hechas más que para ser despreciadas. Comamos, amigas
mías, recuperémonos; cuando se ha descargado
mucho, hay que reponer lo que se ha perdido.
Una comida deliciosa, que hicimos desnudas, nos devolvió
enseguida las fuerzas necesarias para volver a
empezar. Volvimos a masturbarnos... volvimos a sumergir nos las tres,
mediante mil nuevas posturas, en
los últimos excesos de la lubricidad. Cambiando constantemente
de papel, algunas veces éramos las esposas
de las que un momento después nos convertíamos en
maridos, y, engañando de este modo a la naturaleza,
la forzamos un día entero a coronar con sus voluptuosidades
más dulces todos los ultrajes a los que la
sometimos.
Pasó un mes de esta forma, al cabo del cual Euphrosine,
enloquecida de libertinaje, dejó el convento y su
familia para lanzarse a todos los desórdenes del putanismo y de
la crápula. Volvió a vernos, nos pintó el
cuadro de su situación y, demasiado corrompidas nosotras mismas
para encontrar equivocado el camino
que había tomado, nos abstuvimos de compadecerla o de
aconsejarla que cambiase de rumbo.
-Ha hecho bien -me decía Mme. Delbène-; he querido cien
veces lanzarme a esa misma carrera, y lo
hubiese hecho sin duda alguna si hubiese sentido dentro de mí
que el gusto de los hombres superaba el gran
amor que tengo por las mujeres; pero, mi querida Juliette, el cielo, al
destinarme a una eterna clausura, me
ha hecho muy feliz al no inspirarme más que un deseo muy
mediocre por otro tipo de placeres que no sean
los que me permite este retiro; es tan delicioso el placer que se dan
las mujeres entre sí que no aspiro a casi
nada más. Sin embargo, comprendo que pueda amarse a los hombres;
entiendo a las mil maravillas que se
haga cualquier cosa para conseguirlos; lo concibo todo en lo que se
refiere al libertinaje... ¿Quién sabe si
incluso no estaré por encima de lo que puede captar la
imaginación?
-Los primeros principios de mi filosofía, Juliette
-continuó Mme. Delbène, que estaba muy apegada a
mí
desde la pérdida de Euphrosine- consisten en desafiar la
opinión pública; no puedes imaginarte, querida
mía, hasta qué punto me burlo de todo lo que puedan decir
de mí ¿Y, por favor, cómo puede influir en la
felicidad esta opinión del vulgo imbécil? Sólo nos
afecta en razón de nuestra sensibilidad; pero si, a fuerza
de sabiduría y de reflexión, llegamos a embotar esta
sensibilidad hasta el punto de no sentir sus efectos,
incluso en las cosas que nos afectan más directamente,
será totalmente imposible que la opinión buena o
mala de los otros pueda influir en nuestra felicidad. Esta felicidad
debe estar dentro de nosotros mismos; no
depende más que de nuestra conciencia, y quizás
todavía un poco más de nuestras opiniones, que son las
únicas en las que deben apoyarse las inspiraciones más
firmes de la conciencia. Porque la conciencia -
prosiguió esta mujer llena de inteligencia- no es algo uniforme;
casi siempre es el resultado de las costumbres
y de la influencia de los climas, puesto que es evidente que los
chinos, por ejemplo, no sienten
ninguna repugnancia por acciones que nos harían temblar en
Francia. Luego, si este órgano flexible puede
llegar a tales extremos, sólo en razón del grado de
latitud, la verdadera sabiduría reside en adoptar un medio
razonable entre extravagancias y quimeras, y en formarse opiniones
compatibles a la vez con las inclinaciones
que hemos recibido de la naturaleza y con las leyes del gobierno en que
se vive; y tales opiniones
deben crear nuestra conciencia. Por ello nunca es demasiado pronto para
adoptar la filosofía- que se quiere
seguir, ya que sólo ella forma nuestra conciencia, y a nuestra
conciencia le corresponde regular todas las
acciones de nuestra vida.
-¡Cómo! -digo a Mme. Delbène- ¿habéis
llevado esta indiferencia al punto de burlaros de vuestra
reputación?
-Totalmente, querida mía; incluso confieso que interiormente
gozo más con la convicción que tengo de
que esta reputación es mala, que si supiese que es buena.
¡Oh Juliette! grábate bien esto: la reputación es
un
bien sin ningún valor, nunca nos compensa de los sacrificios que
hacemos por ella. La que está celosa de su
gloria experimenta tantos tormentos como la que la descuida: una tiene
constantemente el temor de que se
le escape, la otra tiembla por su despreocupación. Así
pues, si hay tantas espinas en la carrera de la virtud
como en la del vicio, ¿a qué viene atormentarse tanto por
la elección, y a qué viene no entregarse plenamente
a la naturaleza en lo que nos sugiere?
-Pero, al adoptar estas máximas -objeté yo a Mme.
Delbène- yo tendría miedo de romper demasiados frenos.
-En verdad, querida mía -me respondió- ¡me
gustaría tanto que me dijeras que tienes miedo de obtener
demasiados placeres! Y entonces ¿cuáles son esos frenos?
Atrevámosnos a considerarlos con sangre fría...
Convenciones humanas, casi siempre promulgadas sin la sanción de
los miembros de la sociedad, detestadas
por nuestro corazón... contradictorias con el buen sentido:
convenciones absurdas, que no tienen ninguna
realidad más que para los tontos que quieren someterse a ellas,
y que sólo son objeto de desprecio a los
ojos de la sabiduría y de la razón... Charlaremos sobre
todo esto. Te lo dije, querida mía: yo te educaré; tu
candor e ingenuidad me demuestran que necesitas un guía en la
espinosa carrera de la vida, y soy yo quien
te serviré de guía.
En efecto, no había nada más deteriorado que la
reputación de Mme. Delbène. Una religiosa a la que yo
estaba encomendada, disgustada por mis relaciones con la abadesa, me
advirtió que era una mujer perdida;
había corrompido a casi todas las pensionistas del convento, y
mas de quince o dieciséis habían seguido, de
acuerdo con su consejo, el mismo camino que Euphrosine. Me aseguraban
que era una mujer sin fe, ni ley,
ni religión, que pregonaba impúdicamente sus principios,
y habrían tomado represalias contra ella de no ser
por su dinero y su nacimiento. Yo me reía de estas
exhortaciones; un sólo beso de la Delbène, uno
sólo de
sus consejos ejercían más fuerza sobre mí que
todas las armas que pudiesen emplearse para separarme de
ella. Aunque me llevase a un precipicio, me parecía que
preferiría perderme con ella a instruirme con otra.
¡Oh amigos míos! Es delicioso alimentar este tipo de
perversidad; arrastradas por la naturaleza hacia ella...
si la razón fría nos aleja de ella por un instante, la
mano de la voluptuosidad nos devuelve a esa perversidad
y ya no podemos abandonarla.
Pero nuestra amable superiora no tardó en hacerme ver que no
era yo la única que atraía su atención, y
pronto me di cuenta de que había otras que compartían
placeres en los que había más libertinaje que delicadeza.
-Ven mañana a merendar conmigo -me dijo un día-;
Elisabeth, Mme. de Volmar y Sainte-Elme estarán
allí, seremos seis en total; quiero que hagamos cosas
inconcebibles.
-¡Cómo! digo yo- ¿así que te diviertes con
todas esas mujeres?
-Claro. ¡Y qué! ¿Acaso crees que me limito a esto?
Hay treinta religiosas en esta casa; veintidós han pasado
por mis manos; hay diecinueve novicias: sólo una me es
todavía desconocida; vosotras sois sesenta
pensionistas: solamente tres se me han resistido; las voy poseyendo a
medida que llegan, y no les doy más
de ocho días para pensarlo. ¡Oh Juliette, Juliette!, mi
libertinaje es una epidemia, ¡tiene que corromper todo
lo que me rodea! Y la sociedad tiene una gran suerte en que yo me
limite a esta dulce manera de hacer el
mal; con mis inclinaciones y mis principios, quizás adoptase
otra que sería mucho más fatal para los hombres.
-¿Y qué harías tú, amada mía?
-¡Y yo qué sé! ¿Acaso ignoras que los
efectos de una imaginación tan depravada como la mía son
como
las riadas de un río que se desborda? La naturaleza quiere que
provoquen desastres y lo hacen, no importa
de qué manera.
-¿No estarás atribuyendo -respondo a mi interlocutora- a
la naturaleza lo que sólo es obra de la depravación?
-Escúchame, ángel mío -me dice la superiora-, no
es tarde y nuestras amigas no llegarán hasta las seis;
quiero responder a tus frívolas objeciones antes de que lleguen.
Nos sentamos.
-Como no conocemos las inspiraciones de la naturaleza -me dice Mme.
Delbène- más que por este sentido
interno que llamamos conciencia, sólo mediante el
análisis de la conciencia podremos llegar a profundizar
con sabiduría en qué consisten los movimientos de la
naturaleza que cansan, atormentan o hacen gozar
a tal conciencia.
Se llama conciencia, mi querida Juliette, a esa especie de voz interior
que se eleva en nosotros por la infracción
de algo prohibido, sea de la naturaleza que sea: definición muy
simple y que, a primera vista, ya
demuestra que esta conciencia no es más que la obra del
prejuicio recibido por la educación, hasta tal punto
que todo lo que se le prohíbe al niño le causa
remordimientos en cuanto lo viola, y conserva esos remordimientos
hasta que el prejuicio vencido le haya demostrado que no existía
ningún mal real en la cosa prohibida.
De la misma forma, la conciencia es pura y simplemente la obra de los
prejuicios que nos infunden o de
los principios que nos creamos. Esto es hasta tal punto cierto que es
posible formarse con principios enérgicos
una conciencia que nos atormentará, nos afligirá, siempre
que no hayamos cumplido, en toda su extensión,
todos los proyectos de diversiones, incluso viciosas... incluso
criminales que nos habíamos prometido
realizar para nuestra satisfacción. De aquí nace ese otro
tipo de conciencia que, en un hombre por encima
de todos los prejuicios, se eleva contra él cuando, para llegar
a la felicidad, ha tomado un camino contrario
al que debía conducirle a ella de una forma natural. Así,
según los principios que nos hayamos construido,
podemos arrepentirnos igualmente o de haber hecho demasiado mal o de no
haberlo hecho en un grado
suficiente. Pero tomemos la palabra en su acepción más
simple y más común; en este caso, el remordimiento,
es decir, el órgano de esta voz interior que acabamos de llamar
conciencia, es una debilidad totalmente
inútil, y cuya influencia debemos ahogar con toda la fuerza de
que seamos capaces; porque el remordimiento,
una vez más, sólo es obra del prejuicio engendrado por el
temor de lo que puede sucedernos después de
haber hecho algo prohibido, sea de la naturaleza que sea, sin examinar
si está bien o mal. Eliminad el castigo,
cambiad la opinión, aniquilad la ley, eliminad la influencia del
clima en el sujeto, él crimen seguirá
existiendo, pero el individuo no tendrá ya remordimientos.
Así pues, el remordimiento no es más que una
reminiscencia fastidiosa, resultado de las leyes y de las costumbres
adoptadas, pero que de ninguna manera
depende de la especie del delito. Y si no fuese así,
¿sería posible apagarlo? Y, sin embargo, ¿no es
muy
cierto que se consigue esto, incluso con las cosas que pueden tener las
más graves consecuencias, en razón
de los progresos del espíritu y de la forma en que se esfuerza
uno por la extinción de sus prejuicios; de
suerte que, a medida que estos prejuicios desaparecen con la edad, o
que la costumbre de las acciones que
nos hacían temblar llega a endurecer la conciencia, el
remordimiento, que era tan sólo el efecto de la debilidad
de esta conciencia, se aniquila completamente, y se llega así,
en la medida que se desee, a los excesos
más terribles? Pero quizás se me objete que la clase de
delito debe hacer más o menos fuerte el remordimiento.
Sin duda, porque el prejuicio de un gran crimen es más fuerte
que el de uno pequeño... el
castigo de la ley más severo; pero aprended a destruir todos los
prejuicios por igual, aprended a poner todos
los crímenes al mismo nivel, y, al convenceros de su igualdad,
sabréis conformar el remordimiento a éstos,
y, como habréis aprendido a hacer frente al más
pequeño remordimiento, pronto aprenderéis a vencer el
arrepentimiento más fuerte y a cometer todos los crímenes
con igual sangre fría... Mi querida Juliette, el
hecho de que estemos persuadidos del sistema de la libertad y digamos:
¡qué desgraciado soy por no haber
actuado de manera diferente!, es lo que hace que sintamos
remordimientos después de una mala acción.
Pero si quisiésemos convencernos de que este sistema de libertad
es una quimera, y que una fuerza más
poderosa que nosotros nos empuja a todo lo que hacemos, si
quisiésemos convencernos de que todo es útil
en el mundo, y que el crimen del que nos arrepentimos se ha hecho para
la naturaleza tan necesario como la
guerra, la peste o el hambre con las que ella asola
periódicamente los imperios, nos sentiríamos
infinitamente
más tranquilos acerca de todas las acciones de nuestra vida, y
ni siquiera concebiríamos el remordimiento;
y mi querida Juliette no diría que me equivoco atribuyendo a la
naturaleza lo que sólo debe
ser efecto de mi depravación.
Todos los efectos morales -prosiguió Mme. Delbène
responden a causas físicas. a las que están encadenados
irresistiblemente. Es el sonido que resulta del choque del palillo con
la piel del tambor: si no hay causa
física, no hay choque, y, necesariamente, no hay efecto moral,
es decir, no se produce el sonido. Ciertas
disposiciones de nuestros órganos, el fluido nervioso más
o menos irritado por la naturaleza de los átomos
que respiramos... por el tipo o la cantidad de partículas
nitrosas contenidas en los alimentos que tomamos,
por el curso de los humores, y por otras mil causas externas,
determinan a un hombre al crimen o la virtud y
a ambos a la vez, con frecuencia en un mismo día: este es el
choque del palillo, el resultado del vicio o de la
virtud; cien luises robados del bolsillo de mi vecino, o dados del
mío a un desgraciado, es el efecto del choque,
o el sonido. ¿Somos dueños dé estos segundos
efectos, cuando los necesitan las primeras causas?
¿Puede ser tocado el tambor sin que resulte de aquí un
sonido? ¿Y podemos oponernos nosotros a este choque
cuando él mismo es el resultado de cosas tan extrañas a
nosotros, y tan dependientes de nuestra organización?
Así pues, es una locura, una extravagancia, no hacer todo lo que
nos apetece, y arrepentirnos de lo
que hemos hecho. Según esto, el remordimiento no es más
que una pusilánime debilidad que debemos vencer,
en la medida que dependa de nosotros, por la reflexión, el
razonamiento y la costumbre. Por otra parte,
¿qué cambio puede aportar el remordimiento a lo que se ha
hecho? No puede disminuir su daño, puesto que
nunca llega más que una vez cometida la acción; rara vez
impide que se cometa de nuevo, y, por consiguiente,
no sirve para nada. Una vez que se ha hecho el daño, suceden
necesariamente dos cosas: o es castigado
o no lo es. En esta segunda hipótesis, el remordimiento
sería con toda seguridad una tontería vergonzosa:
porque ¿de qué serviría arrepentirse de una
acción, fuese de la naturaleza que fuese, que nos haya
aportado una satisfacción muy intensa y que no haya tenido
ninguna consecuencia enojosa? En un caso así,
arrepentirse del daño que esta acción haya podido causar
al prójimo sería amarlo más que a uno mismo, y
es totalmente ridículo sentir lástima por la pena de los
otros, cuando esta pena nos ha proporcionado placer,
cuando nos ha servido, agradado, deleitado, en el sentimiento que sea.
Consiguientemente, en este caso, el
remordimiento no tiene razón de ser. Si la acción es
descubierta y castigada, entonces, si queremos realmente
analizarnos, tendremos que reconocer que no nos arrepentimos del
daño causado al prójimo con
nuestra acción, sino de la torpeza con que la hemos realizado
para que haya sido descubierta; y entonces,
sin duda, nos entregamos a las reflexiones resultantes de la
lamentación de esta torpeza... sólo para aprender
de ellas una mayor prudencia, si el castigo os deja vivir; pero estas
reflexiones no son remordimientos,
porque el remordimiento real es el dolor producido por el que se ha
ocasionado a los otros, y las reflexiones
de las que hablamos no son mas que los efectos del dolor producido por
el daño que se hace uno mismo: lo
que hace ver la extrema diferencia que existe entre cada uno de estos
sentimientos, y, al mismo tiempo, la
utilidad de uno y la ridiculez del otro.
Cuando llevamos a cabo una mala acción, por muy atroz que pueda
ser, ¡cómo nos compensa del daño
que ha producido sobre nuestro prójimo la satisfacción
que nos proporciona, o el beneficio que obtenemos
de ella! Antes de cometer esta acción, ya habíamos
previsto el daño que resultaría para los otros; sin
embargo,
este pensamiento no nos ha detenido: al contrario, con frecuencia nos
produce placer. La mayor tontería
que puede hacerse es insistir sobre este pensamiento una vez cometida
la acción, o dejarle que actúe
dentro de nosotros de manera diferente. Si esta acción influye
en que nuestra vida sea desgraciada, porque
ha sido descubierta, pongamos todo nuestro empeño en descubrir,
en analizar las causas que han permitido
que fuese descubierta; y sin arrepentirnos de algo que no
podíamos hacer de otra forma, pongamos todo en
práctica para que en el futuro no nos falte la prudencia,
extraigamos de la desgracia que ha podido sobrevenirnos
por esta equivocación la experiencia necesaria para mejorar
nuestros medios, y asegurarnos en adelante
la impunidad, corriendo un tupido velo sobre el involuntario desorden
de nuestra conducta. Pero nunca
llegaremos a extirpar los principios por vanos e inútiles
remordimientos, porque ésta mala conducta, esta
depravación, estos extravíos viciosos, criminales o
atroces, nos han complacido, nos han deleitado, y no
debemos privarnos de algo agradable. Sería como la locura de un
hombre que porque un día le hubiese sentado
mal la cena, quisiera dejar de cenar para siempre.
La verdadera sabiduría, mi querida Juliette, no consiste en
reprimir los vicios, porque, siendo los vicios
casi la única felicidad de nuestra vida, sería un verdugo
de sí mismo el que quisiera reprimirlos; la sabiduría
consiste en entregarse a ellos con tal misterio, con tan grandes
precauciones, que nunca *nos puedan sorprender.
Y que nadie tema que esto disminuirá sus delicias: el misterio
aumenta el placer. Por otra parte,
una conducta semejante asegura la impunidad, ¿y no es la
impunidad el alimento más delicioso de los libertinajes?
Una vez que te he enseñado a dominar el remordimiento nacido del
dolor de haber hecho el mal con demasiada
evidencia, es esencial, mi querida amiga, que ahora te indique la
manera de extinguir totalmente en
uno esta voz confusa que, en los momentos de reposo de las pasiones,
viene todavía algunas veces a protestar
contra los extravíos a 'os que nos condujeron aquéllas;
ahora bien, esta manera es tan segura como dulce,
puesto que consiste en repetir tan a menudo lo que nos ha provocado los
remordimientos que la costumbre
de cometer esta acción, o de combinarla, impida toda posibilidad
de lamentarse por ella. Esta costumbre,
al aniquilar el prejuicio, al obligar a nuestra alma a moverse con
frecuencia en la forma y la situación
que primitivamente le desagradaban, acaba por hacerle fácil el
nuevo estado adoptado, e incluso delicioso.
El orgullo sirve de ayuda; no sólo hemos hecho algo que nadie se
atrevería a hacer, sino que además nos
hemos acostumbrado de tal forma a ello que ya no podemos existir sin
esa cosa: éste es un primer goce. La
acción cometida engendra otra; ¿y quién duda de
que esta multiplicación de placeres no acostumbra pronto
al alma a plegarse a la forma de ser que debe adquirir, por muy penoso
que haya podido parecerle, al comenzar,
la situación forzada en la que le ponía esta
acción?
¿No sentimos lo que te digo en todos los pretendidos
crímenes presididos por la voluptuosidad? ¿Por qué
no nos arrepentimos nunca de un crimen de libertinaje? Porque el
libertinaje pronto se convierte en una
costumbre. Lo mismo puede decirse de todos los otros extravíos;
como la lubricidad, todos pueden transformarse
fácilmente en hábito, y, como la lujuria, todos pueden
provocar en el sistema nervioso una excitación
que, muy semejante a esta pasión, puede llegar a ser tan
deliciosa como ella, y por consiguiente, como
ella, metamorfosearse en necesidad.
Oh Juliette; si quieres como yo vivir feliz en el crimen... y yo cometo
muchos, querida mía... si quieres,
digo, encontrar en él la misma felicidad que yo, trata de
conseguirte, con el tiempo, una costumbre tan dulce
que te sea imposible poder existir sin cometerlo; y que todas las
convenciones humanas te parezcan tan
ridículas que tu alma flexible, y a pesar de eso
enérgica, se vaya acostumbrando imperceptiblemente a convertir
en vicios todas las virtudes humanas y en virtudes todos los
crímenes: entonces te parecerá que ante
tus ojos se abre un nuevo universo; se filtrará por tus nervios
un fuego devorador y delicioso, abrazará ese
fluido, eléctrico donde reside el principio de la vida. Feliz
por vivir en un mundo al que me exila mi triste
destino, cada día te trazarás nuevos proyectos, y cada
día su realización te colmará de una voluptuosidad
que sólo será conocida por ti. Todos los seres que te
rodean te parecerán otras tantas víctimas entregadas
por la suerte a la perversidad de tu corazón; ni lazos ni
cadenas, todo desaparecerá pronto bajo la llama de
tus deseos, ya no se elevará ninguna voz en tu alma para ahogar
el eco de su impetuosidad, ningún prejuicio
militará ya en su favor, todo habrá sido suprimido por la
sabiduría, y llegarás insensiblemente a los
últimos
excesos de la perversidad por un camino cubierto de flores. Entonces
será cuando reconozcas la debilidad
de lo que en otro tiempo te ofrecían como inspiraciones de la
naturaleza; cuando te hayas burlado durante
unos años de lo que los estúpidos llaman sus leyes,
cuando para familiarizarte con su infracción te hayas
complacido en pulverizarlas, entonces verás a la pícara
naturaleza, encantada de haber sido violada, doblegarse
bajo tus deseos, llegar por sí misma a ofrecerse a tus
cadenas... presentarte las manos para que la
hagas tu cautiva; convertida en tu esclava en lugar de ser tu soberana,
enseñará delicadamente a tu corazón
la forma de ultrajarla mucho mejor, como si se complaciese en el
envilecimiento, y como si te indicase que
el mejor modo de obedecer sus leyes es insultarla hasta el exceso. No
te resistas nunca cuando hayas llegado
a este punto; insaciable en sus pretensiones sobre ti, en cuanto hayas
encontrado el medio de dominarla,
te conducirá paso a paso de extravío en extravío;
el último cometido no será mas que el principio de otro
por el que se someterá a ti de nuevo; como la prostituta de
Sybaris, que se entregaba bajo todas las formas y
adoptaba todas las posturas para excitar los deseos del voluptuoso que
la pagaba, igualmente te enseñará
cien formas de vencerla, y todo esto para, a su vez, encadenarte con
más fuerza. Pero una sola resistencia,
te lo repito, una sola te haría perder todo el fruto de las
últimas caídas; no conocerás nada si no lo conoces
todo; pero si eres lo suficientemente tímida como para
detenerte, se te escapará para siempre. Abstente sobre
todo de la religión, nada como sus peligrosas inspiraciones para
desviarte del buen camino: semejante a
la hidra, cuyas cabezas renacen a medida que se las corta, te
importunará sin cesar si tú no te cuidas de aniquilar
constantemente sus principios. Temo que las extrañas ideas de
ese Dios fantástico con que empozoñaron
tu infancia vengan a perturbar tu imaginación en medio de sus
más divinos extravíos: ¡Oh Juliette,
olvídala, desprecia la idea de ese Dios vano y ridículo!;
su existencia es una sombra que disipa en un momento
el más débil esfuerzo del espíritu, y nunca
estarás tranquila mientras que esa odiosa quimera no haya
perdido sobre tu alma todas las facultades que le dio el error.
Aliméntate constantemente de los grandes
principios de Spinoza, de Vanini, del autor del Sistema de la
Naturaleza; los estudiaremos, los analizaremos
juntas; te prometí discusiones profundas sobre este tema,
mantendré mi palabra: nos llenaremos las
dos del espíritu de estos sabios principios. Si todavía
te surgen dudas, me las comunicarás, yo te tranquilizaré:
siendo tan firme como yo, pronto me imitarás, y como yo, nunca
volverás a pronunciar el nombre de
ese infame Dios más que para blasfemarlo y odiarlo. Confieso que
la idea de tal quimera es la única equivocación
que no puedo perdonarle al hombre; lo justifico en todos sus
extravíos, lo compadezco en todas
sus debilidades, pero no puedo pasarle por alto el que haya erigido a
semejante monstruo, no le perdono
que se haya forjado él mismo las cadenas religiosas que tan
violentamente le han subyugado, y que él mismo
haya presentado el cuello bajo el vergonzoso yugo que había
preparado su estupidez. No acabaría nunca,
Juliette, si tuviese que entregarme a todo el horror que me inspira el
execrable sistema de la existencia
de un Dios: mi sangre hierve ante su solo nombre; cuando lo oigo
pronunciar, me parece ver alrededor de
mí las sombras palpitantes de todos los desgraciados que esta
abominable opinión ha destruido sobre la
superficie del globo; me invocan, me conjuran a que utilice todas las
fuerzas o el talento que haya podido
recibir, para extirpar del alma de mis semejantes la idea del
repugnante fantasma que les hizo perecer sobre
la tierra.
Aquí, Mme. Delbène me pregunta hasta dónde
había llegado yo en estas cosas.
-Todavía no he hecho mi primera comunión -le digo.
- ¡Ah!, mucho mejor-me respondió abrazándome-;
ángel mío, yo te evitaré tal idolatría;
respecto a la confesión,
cuando te hablen de ella, responde que no estás preparada. La
madre de las novicias es amiga mía,
depende de mí, te recomendaré a ella y no te
molestarán. En cuanto a la misa, tenemos que ir a ella a pesar
de todo; pero, toma: ¿ves esta bonita colección de
libros? -me dice mostrándome unos treinta volúmenes
encuadernados en piel roja-; te prestaré estas obras, y su
lectura, durante el abominable sacrificio, te compensará
de la obligación de ser testigo de él.
- ¡Oh amiga mía! -digo a Mme. Delbène-
¡Cuántas cosas te debo! Mi corazón y mi
espíritu ya se habían
adelantado a tus consejos... no respecto a la moral, puesto que acabas
de decirme cosas demasiado fuertes y
demasiado nuevas como para que se me hubiesen ocurrido ya a mí;
pero no te había esperado para detestar,
como tú, la religión, y cumplía los horribles
deberes religiosos con la mayor repugnancia. ¡Qué feliz me
haces prometiéndome ampliar mis luces! ¡Ay de mí al
no haber oído nada sobre estos objetos supersticiosos!,
el costo de mi pequeña impiedad no se debe todavía
más que a la naturaleza.
-¡Ah!, sigue sus inspiraciones, ángel mío... son
las únicas que nunca te engañarán.
-Sabes -proseguí- que todo lo que acabas de enseñarme es
muy fuerte, y que es extraño estar tan instruida
a tu edad. Permíteme que te diga, amada mía, que es
difícil que la conciencia haya alcanzado el grado que
parece tener la tuya sin algunas acciones muy extraordinarias; y
¿cómo, perdona mi pregunta, cómo, en tu
interior, tuviste la ocasión de los delitos capaces de
endurecerte hasta ese punto?
-Algún día sabrás todo eso -me respondió la
superiora levantándose.
-¿Y por qué esta tardanza?... ¿Temes?
-Sí, horrorizarte.
-¡Nunca, nunca!
Y el ruido de las amigas que llegaban impidió que Delbène
me aclarase aquello que yo ardía en deseos de
saber.
-¡Chist, chist! -me dice-, ahora pensemos en el placer...
Bésame, Juliette, te prometo que algún día
tendrás
mi confianza.
Pero nuestras amigas aparecieron; es preciso que os las pinte.
Mme. de Volmar acababa de tomar los hábitos hacía
alrededor de seis meses. Con apenas veinte años, alta,
delgada, esbelta, muy blanca, de pelo castaño, y el cuerpo
más hermoso que pueda imaginarse, Volmar,
dotada de tantos encantos, era con razón una de las alumnas
preferidas de Mme. Delbène, y, después de
ella, la más libertina de todas las mujeres que iban a asistir a
nuestras orgías.
Sainte-Elme era una novicia de diecisiete años, con un rostro
encantador, muy animosa, ojos hermosos,
un pecho bien moldeado, y el conjunto excesivamente voluptuoso.
Elisabeth y Flavie eran dos pensionistas,
la primera de apenas trece años, la segunda de dieciséis.
El rostro de Elisabeth era fino, con rasgos muy delicados, formas
agradables y ya pronunciadas. En cuanto a Flavie, tenía el
rostro más celeste que se pueda
ver en todo el mundo: no existe una risa más bonita, unos
dientes más hermosos, un pelo más bello; nadie
posee un talle más perfecto, una piel más dulce y
más fresca. ¡Ah!, amigas mías, si tuviese que
pintar a
la diosa de las flores, no elegiría jamás a otra modelo.
Los primeros saludos no fueron largos; sabiendo todas el motivo de la
reunión, no tardaron en ir al grano;
pero confieso que sus propósitos me asombraron. Ni en un burdel
se realizan unos actos de libertinaje con
la soltura y la facilidad de estas jóvenes; y nada era tan
agradable como el contraste de su modestia, de su
recato en el mundo, y su gran indecencia en estas reuniones lujuriosas.
-Delbène -dice Mme. de Volmar según entra- te
desafío a que me hagas manar hoy; estoy agotada, querida;
he pasado la noche con Fontenille... Adoro a esa bribonzuela; ¡en
mi vida me lo han movido mejor...
nunca he vertido tanto líquido, con tanta abundancia... tan
deliciosamente'. ¡Oh, querida, qué cosas hemos
hecho!
-Increíbles, ¿verdad? -dice Delbène-. Pues bien,
quiero que nosotras hagamos esta noche otras mil veces
más extraordinarias.
- ¡Oh, joder!, apresurémonos -dice Sainte-Elme-, yo estoy
excitada; no soy como Volmar, me he acostado
sola.
Y levantándose el vestido:
Mirad, ved mi coño... ¡ved cómo necesita ayuda!
-Un momento -dice la superiora-, esta es una ceremonia de
recepción. Admito a Juliette en nuestra sociedad:
es preciso que cumpla las formalidades de rigor.
-¿Quién? ¿Juliette? -dice como aturdida Flavie,
que todavía no me había visto- ¡Ah!, apenas si
conozco a
esta bonita muchacha... Así pues, ¿te excitas,
corazón mío? -continuó acercándose a
besarme en la boca-...
Así que eres libertina... ¿eres lesbiana como nosotras?
Y la bribona, sin más preliminares, me agarra el coño y
el pecho a la vez.
-Déjala -dice Volmar, que, levantándome la falda por
detrás, examinaba mis nalgas-, déjala, tiene que ser
recibida antes de que nos sirvamos de ella.
-Mira, Delbène --dice Elisabeth-, mira cómo besa Volmar
el culo de Juliette: la toma como a un muchacho;
¡la zorra quiere darle por el culo!
(Observad que la que hablaba así era la más joven)
-¿No sabes -dice Sainte-Elme- que Volmar es un hombre? Tiene un
clítoris de tres pulgadas, y, destinada
a ultrajar a la naturaleza, sea cual sea el sexo que ella adopte, es
preciso que la puta sea alternativamente
lesbiana y tipo; no conoce término medio.
Después, aproximándose a su vez y examinándome por
todos lados, en vista de que Flavie mostraba mi
delantero y Volmar mi trasero:
-Es cierto -prosiguió- que la zorrilla está bien hecha, y
juro que antes de que acabe el día conoceré cómo
sabe su jugo.
-¡Un momento, un momento, señoritas! -dice Delbène
intentando
restablecer el orden.
-¡Eh, santo Dios!, date prisa -dice Sainte-Elme-, ¡me voy
yo sola! ¿A qué esperas para empezar? ¿Tenemos
que rezar nuestras oraciones antes de excitarnos el coño?
¡Fuera los vestidos, amigas mías!...
Y al momento veríais seis jóvenes muchachas, más
bellas que el sol, admirarse... acariciarse desnudas y
formar entre ellas los grupos más agradables y variados.
- ¡Oh!, de momento -respondió Delbène con
autoridad- no podéis negarme un poco de orden... Escuchadme:
Juliette va a tumbarse en la cama, y cada una de vosotras irá,
alternativamente, a probar el placer que
queráis obtener con ella; yo, al frente de la operación,
os recibiré a todas a medida que la vayáis dejando, y
las lujurias iniciadas con Juliette acabarán en mí; pero
yo no me daré prisa, mi líquido eyaculará cuando
tenga a las cinco sobre mí. La gran veneración que
sentían por las órdenes de la superiora hizo que
éstas se realizasen con la más
precisa exactitud. No es difícil que comprendáis lo que
cada una de estas criaturas, siendo tan libertinas,
exigió de mí. Como llegaban siguiendo el orden de edad,
Elisabeth pasó la primera. La bonita bribona me
examinó por todas partes, y, después de cubrirme de
besos, se entrelazó entre mis muslos, se frotó contra
mí, y ambas nos extasiamos. Flavie fue la siguiente; hizo
más tanteos. Después de mil deliciosos preliminares,
nos tendimos en sentido inverso, y; con nuestras lenguas
cosquilleantes, hicimos brotar torrentes de
flujo. Sainte-Elme se acerca, se tiende sobre la cama, hace que me
siente sobre su cara, y, mientras que su
nariz excita el agujero de mi culo, su lengua se sumerge, en mi
coño. Doblada encima de ella, puedo acariciarla
de la misma manera; lo hago: mis dedos excitan su culo, y cinco
eyaculaciones seguidas me prueban
que la necesidad de la que hablaba no era ilusoria. La
correspondí por completo; nunca hasta entonces
había sido yo tan voluptuosamente chupada. Volmar sólo
desea mis nalgas, las devora a besos, y, preparando
la vía estrecha con su lengua de rosa, la libertina se pega a
mí, me hunde su clítoris en el culo, entra y
sale durante mucho tiempo, da la vuelta a mi cabeza, besa mi boca con
ardor, chupetea mi lengua y me excita
dándome por el culo. La maldita no se detiene aquí: con
un consolador que me ató a la cintura, se presenta
a mis embestidas, y, dirigiéndolas hacia el trasero, la zorra es
sodomizada; mientras la excitaba pensaba
que iba a morir de placer.
Después de esta última incursión, me situé
en el puesto que me esperaba sobre el cuerpo de la Delbène.
Así es como la puta dispuso el grupo:
Elisabeth, de espaldas, estaba situada al borde de la cama.
Delbène, entre sus brazos, se hacía excitar el
clítoris por ella. Flavie, de rodillas, con las piernas
colgando, la cabeza a la altura del coño de la superiora,
se lo besaba y le apretaba los muslos. Por encima de Elisabeth,
Sainte-Elme, con el culo encima de la cara
de esta última, ofrecía su coño a los besos de
Delbène, a la que Volmar daba por el culo con su clítoris
ardiente.
Me esperaban para completar el grupo. Un poco doblada cerca de
Sainte-Elme, yo presentaba para
lamer lo contrario de lo que aquélla besaba por delante.
Delbène pasaba sin plan fijo y rápidamente del
coño de Sainte-Elme al agujero de mi culo, lamía, chupaba
ardientemente uno y otro, y, removiéndose con
la agilidad más increíble bajo los dedos de Elisabeth, la
lengua de Flavie y el clítoris de Volmar, la zorra no
dejaba ni un sólo momento de derramar torrentes de flujo.
-¡Oh, Dios! -dice Delbène, retirándose de
allí roja como una bacante- ¡redios! ¡cómo he
soltado! No importa,
sigamos nuestras operaciones; ahora colocaos cada una de vosotras en la
cama; Juliette exigirá de
vosotras, una por una, lo que le convenga, estáis obligadas a
prestaros a ello; pero como todavía es nueva,
la aconsejaré; el grupo se formará sobre ella, como acaba
de hacerse conmigo, y la haremos que eyacule su
flujo hasta que pida que la dejemos.
Elisabeth es la primera que se ofrece a mi libertinaje.
-Colócala -me dice Delbène que me aconsejaba de manera
que tú puedas besar
su bonita boquita mientras
que ella te excita; y, para que seas acariciada por todas partes, yo me
encargo del agujero de tu culo
durante toda la sesión.
Flavie sustituye a Elisabeth.
-Te aconsejo los bonitos pezones de esta muchachita -me dice la
abadesa- chúpaselos, mientras que ella
te excita... A causa de los gustos de Volmar, tienes que hundir tu
lengua en su culo, mientras que, inclinada
sobre ti, la bribona te besará... En cuanto a Sainte-Elme,
-prosiguió la superiora- ¿sabes que haré con ella?
Me colocaré de forma que pueda chuparle a la vez el culo y el
coño, mientras que ella hará lo mismo contigo...
Y en cuanto a mí, ordena, vida mía, estoy a tus
órdenes.
Calentada por lo que había visto hacer a Volmar:
-Quiero darte por el culo -digo- con este consolador.
-Hazlo, amada mía, hazlo, -me responde humildemente
Delbène ofreciéndose a mis golpes- este es mi
culo, te lo entrego.
- ¡Y bien! -digo mientras sodomizo a mi instructora-, puesto que
el grupo debe colocarse sobre mí, que
empiece enseguida. Querida Volmar -continué- que tu
clítoris devuelva a mi culo lo que yo hago al de
Delbène; no puedes imaginarte hasta qué punto se exalta
mi temperamento con esta manera de gozar. Con
cada una de mis manos, excitaré a Elisabeth y a Sainte-Elme,
mientras que chupo el coño de Flavie. Ya que las órdenes
de la superiora eran agotarme, no me tomé el trabajo de decir
nada: las situaciones
cambiaron siete veces, y siete veces mi flujo corrió entre sus
brazos.
Los placeres de la mesa siguieron a los del amor: nos esperaba una
soberbia comida. Al calentar nuestras
cabezas diferentes tipos de vinos y de licores, volvimos al
libertinaje; se perfilaron tres grupos. Sainte-
Elme, Delbène y Volmar, como las de más edad, eligieron
cada una a una excitadora; por azar o por predilección
Delbène no me abandonó; Elisabeth fue elegida por
Sainte-Elme, y Flavie por Volmar. Los grupos
estaban colocados de manera que cada uno gozase de la vista de los
placeres del otro. No pueden hacerse
una idea de lo que hicimos. ¡Oh! ¡Cuán deliciosa era
Sainte-Elme! Apasionadas ardientemente la una por la
otra, nos excitábamos ambas hasta el agotamiento: no
dejábamos de hacer cualquier cosa que imaginásemos.
Por último, todo se mezcló, y las dos últimas
horas de este voluptuoso libertinaje fueron tan lascivas,
que quizás en ningún burdel se hayan cometido tantas
lujurias.
Una cosa me había sorprendido: el extremo cuidado que
tenían por la virginidad de las pensionistas. Sin
duda no se observaban las mismas leyes respecto a aquéllas cu ya
vocación era muy pronunciada; pero se
respetaba, hasta un punto que yo no podía comprender, a
aquéllas que se destinaban al mundo.
-Su felicidad depende de eso me dice Delbène, cuando le
pregunté sobre esta reserva- queremos divertirnos
con estas muchachas, pero ¿por qué perderlas? ¿por
qué hacerles detestar los momentos que han pasa
do junto a nosotras? No, nosotras tenemos esa virtud, y por muy
corrompidas que nos creas, nunca comprometemos
a nuestras amigas.
Estos procedimientos me parecieron magníficos; pero creada por
la naturaleza para proporcionar la maldad
sobre todo lo que me rodease, un día el deseo de des honrar a
una de mis compañeras me calentó la
cabeza por lo menos tanto como el de ser deshonrada a mi vez.
Delbène se dio cuenta enseguida de que yo
prefería a Sainte-Elme a ella. Efectivamente, adoraba a esta
encantadora muchacha; me era imposible dejarla;
pero como era infinitamente menos inteligente que la superiora, una
inclinación natural me llevaba invenciblemente
hacia ésta.
-Como te veo devorada por la pasión de desvirgar a una muchacha,
o por serlo -me dice un día esta encantadora
mujer- no me cabe la menor duda de que Sainte -Elme te ha concedido
estos placeres, o te los
promete para pronto. De ninguna manera hay peligro con ella, porque
está destinada como yo a pasar el
resto de sus días en el claustro; pero, Juliette, si ella hace
contigo otro tanto, nunca podrás casarte, y
¡cuántas
desgracias podrían sobrevenirte como consecuencia de esta
falta'. Sin embargo, escúchame, ángel mío,
sabes que te adoro, sacrifica a Sainte-Elme y yo satisfago al instante
todos los placeres que tú desees. Elegirás
en el convento a aquélla cuyas primicias quieras recoger, y
seré yo la que mancillaré las tuyas... Los
desgarramientos... las heridas... tranquilízate, yo
arreglaré todo. Pero estos son grandes misterios; para ser
iniciada en ellos, necesito tu juramento de que a partir de este
momento, no volverás a hablar a Sainte-
Elme: de otra forma, no pondré límites a mi venganza.
Como amaba demasiado a esa encantadora muchacha para comprometerla, y
como, además, ardía en deseos
de probar los placeres que me esperaban si renunciaba a ella, lo
prometí todo.
- ¡Y bien! -me dice Delbène al cabo de un mes de prueba-,
¿has hecho tu elección? ¿A quién quieres
desvirgar?
Y aquí, amigos míos, ¡no adivinaríais en
vuestra vida sobre qué objeto se había detenido con
complacencia
mi libertina imaginación! Sobre esta muchacha que tenéis
ante vuestros ojos... sobre mi hermana. Pero
Mme. Delbène la conocía demasiado bien como para no
hacerme desistir del proyecto.
- ¡Pues bien! -digo- dame a Laurette.
Su infancia (apenas si tenía diez años), su bonita carita
despierta, la altura de su cuna, todo me excitaba...
todo me inflamaba hacia ella; y la superiora, viendo que casi no
había obstáculos, en vista de que esta huerfanita
no tenía como protector en el convento más que a un viejo
tío que vivía a cien leguas de París, me
aseguró que ya podía dar por sacrificada la
víctima que mis deseos inmolaban por adelantado.
El día ya estaba elegido; Mme. Delbène, haciéndome
ir la víspera a pasar la noche en sus brazos, hizo recaer
la conversación sobre las materias religiosas.
-Mucho me temo -me dice- que hayas ido muy lenta, hija mía; tu
corazón, engañado por tu mente, todavía
no está en el punto que yo desearía. Esas infames
supersticiones te fastidian todavía, lo juraría. Escu
cha, Juliette, préstame toda tu atención, y procura que
en el futuro tu libertinaje, apoyado en excelentes
principios, pueda con desfachatez, como en mí, entregarse a
todos los excesos sin remordimientos.
El primer dogma que se me ocurre, cuando se habla de religión,
es el de la existencia de Dios: comenzaré
razonablemente con su examen puesto que es la base de todo el edificio.
¡Oh Juliette! no hay ninguna duda de que sólo a las
limitaciones de nuestro espíritu se debe la quimera de
un Dios; al no saber a quién atribuir lo que vemos, en la
extrema imposibilidad de explicar los ininteligibles
misterios de la naturaleza, gratuitamente hemos erigido por encima de
ella un ser revestido del poder de
producir todos los efectos cuyas causas nos eran desconocidas.
Tan pronto como se consideró a este abominable fantasma el autor
de la naturaleza, hubo que verlo igualmente
como el del bien y el del mal. La costumbre de creer que estas
opiniones eran verdaderas y la comodidad
que se hallaba en esto para satisfacer a la vez la pereza y la
curiosidad, hicieron que pronto se diese a
esta fábula el mismo grado de creencia que a una
demostración geométrica; y la persuasión
llegó a ser tan
fuerte, la costumbre tan arraigada, que se necesitó toda la
fuerza de la razón para preservarse del error. No
hay más que un paso de la extravagancia que admite un Dios a la
que hace adorarlo: nada más sencillo que
implorar a lo que se teme; nada más natural que este
procedimiento que quema incienso en los altares del
mágico individuo que se constituye a la vez en el motor y el
dispensador de todo. Lo creían malo, porque
resultaban malos efectos de la necesidad de las leyes de la naturaleza;
para apaciguarlo se necesitan víctimas:
y de ahí los ayunos, las laceraciones, las penitencias, y todas
las otras imbecilidades, frutos del temor
de unos y del engaño de otros; o, si lo prefieres, efectos
constantes de la debilidad de los hombres, porque
es cierto que allí donde éstos se encuentran se
hallarán también dioses engendrados por el terror de
tales
hombres, y homenajes rendidos a tales dioses, resultados necesarios de
la extravagancia que los erige. Mi
querida amiga, no hay duda de que esta opinión de la existencia
y del poder de un Dios distribuidor de bienes
y males es la base de todas las religiones de la tierra. Pero,
¿cuál de estas tradiciones es preferible? Todas
alegan revelaciones hechas en su favor, todas citan libros, obras de
sus dioses, y todas quieren ser la
que prevalezca sobre las demás. Para aclararme en esta
difícil elección no tengo más guía que mi
razón, y
en cuanto examino a su luz todas estas pretensiones, todas estas
fábulas, ya no veo más que un montón de
extravagancias y de simplezas que me impacientan y sublevan.
Después de haber dado un rápido recorrido a las absurdas
ideas de todos los pueblos sobre este importante
tema, me detengo por fin en lo que piensan los judíos y los
cristianos. Los primeros me hablan de un
Dios, pero no me explican nada de él, no me dan ninguna idea
suya, y no veo más que alegorías pueriles
sobre la naturaleza del Dios de este pueblo, indignas de la majestad
del ser al que quieren que yo admita
como el creador del universo; el legislador de esta nación me
habla de su Dios sólo con contradicciones
sublevantes, y los rasgos con los que me lo pinta son mucho más
propios para hacer que lo deteste que para
que lo sirva. Viendo que es este mismo Dios el que habla en los libros
que me citan para explicármelo, me
pregunto cómo es posible que un Dios haya podido dar de su
persona nociones tan propias para conseguir
que los hombres lo desprecien. Esta reflexión me impulsa a
estudiar tales libros con mayor cuidado: ¿qué
ocurre cuando no puedo impedir ver, al examinarlos, que no solamente no
pueden estar dictados por el espíritu
de un Dios, sino que además están escritos mucho tiempo
después de la existencia del que se atreve a
afirmar que los ha transmitido de acuerdo con el Dios mismo? ¡Y
bien!, ¡así es como me engañan! exclamé
al final de mis investigaciones; estos libros santos que me quieren
presentar como la obra de un Dios no son
más que obra de algunos charlatanes imbéciles, y en ellos
se ve, en lugar de huellas divinas, el resultado de
la estupidez y de la bobería. Y en efecto, ¿hay mayor
necedad que la de presentar por todas partes, en estos
libros, un pueblo favorito del soberano recién creado por
él, que anuncia a las naciones que sólo a él habla
Dios; que sólo se interesa por su suerte; que sólo por
él cambia el curso de los astros, separa los mares, aumenta
el rocío: cómo si no le hubiese sido mucho más
fácil a ese Dios penetrar en los corazones, iluminar
los espíritus, que cambiar el curso de la naturaleza, y como si
esta predilección en favor de un pequeño
pueblo oscuro, abyecto, ignorado, pudiese estar de acuerdo con la
majestad suprema del ser al que vosotros
queréis que yo conceda la facultad de haber creado el universo?
Pero por más que yo quisiera estar de
acuerdo con lo que me enseñan estos libros absurdos, pregunto si
el silencio universal de todos los historiadores
de las naciones vecinas sobre los hechos extraordinarios que en ellos
se consignan, no debería bastar
para que dudase de las maravillas que me anuncian. ¿Qué
debo pensar, por favor, cuando es en el seno del
mismo pueblo que tan fastuosamente me habla de su Dios donde encuentro
la mayor cantidad de incrédulos?
¡Qué! ¿Este Dios colma a su pueblo de favores y de
milagros, y este pueblo querido no cree en su
Dios? ¡Qué! ¿ ¿Este Dios truena desde lo
alto de una montaña con la más imponente aparatosidad,
dicta sobre esta montaña leyes sublimes al legislador de este
pueblo, que, en la llanura, duda de él, y se elevan
ídolos en esta llanura para mofarse del Dios legislador que
truena sobre la montaña? Por fin muere, ese
hombre singular que acaba de ofrecer a los judíos tan
magnífico Dios, expira; un milagro acompaña su
muerte: ¡y los descendientes de los que fueron testigos de tantos
milagros no creen en Dios! Pero, más incrédulos
que sus padres, la idolatría derriba en pocos años los
vacilantes altares del Dios de Moisés, y los
desgraciados judíos oprimidos no se acuerdan de la quimera de
sus ancestros más que cuando recobran su
libertad. Entonces, nuevos jefes les hablan: desgraciadamente las
promesas hechas no se corresponden con
los acontecimientos. Los judíos, según estos nuevos
jefes, deberían ser felices si fuesen fieles al Dios de
Moisés: nunca lo respetaron tanto, y nunca la desgracia los
oprimió con mayor dureza. Expuestos a la cólera
de los sucesores de Alejandro, no escapan a los hierros de éstos
más que para caer bajo los de los romanos,
quienes, cansados por fin de su eterna rebelión, derriban su
templo y los dispersan. ¡Y así es como les
sirve su Dios! ¡Y así es como ese Dios, que los ama, que
sólo en su favor modifica el orden sagrado de la
naturaleza, así es como los trata, así es como mantiene
lo que les ha prometido!
Así pues, no será entre los judíos donde
buscaré el Dios poderoso del Universo; al no encontrar en esta
miserable nación más que un repugnante fantasma, nacido
de la imaginación exaltada de algunos ambiciosos,
aborreceré al Dios despreciable ofrecido por la maldad, y
dirigiré mis miradas hacia los cristianos.
¡Qué nuevos absurdos se presentan aquí! Ya no son
los libros de un loco sobre una montaña los que deben
servirme de reglas; el Dios del que ahora se trata se hace anunciar por
un embajador mucho más noble,
¡y el bastardo de María es mucho más respetable que
el hijo abandonado de Jocabed! Así pues, examinemos
a este impostor: ¿qué hace, qué imagina para
probarme su Dios?, ¿cuáles son sus credenciales?
Piruetas,
comidas de putas, curaciones de charlatanes, juegos de palabras y
engañifas. Se me anuncia como el
hijo de Dios, ese patán que ni siquiera sabe hablarme y que,
desde ese día, no escribió ni una línea; es el
Dios mismo, debo creerlo porque él lo ha dicho. El zorro es
colgado, ¿qué importa?, lo abandona su secta,
}o;' todo esto da igual: sólo él es el Dios del universo.
Solo pudo engendrarse en una judía, sólo pudo nacer
en un establo; es por la abyección, la pobreza, la impostura por
lo que debe convencerme: y si no le creo
¡tanto peor para mí, me esperan eternos suplicios!
¿Puede esto definir a un Dios y hay ay en él un solo
rasgo
que eleve el alma y la persuada? ¡Es el colmo de la
contradicción! La nueva ley se apoya sobre la antigua,
y sin embargo, la nueva aniquila a la antigua. Entonces,
¿cuál será la base de esta nueva? Entonces,
¿ahora es Cristo el legislador al que hay que creer? Solo
él va a explicarme el Dios que me lo envía; pero si
Moisés tenía interés en predicarme un Dios del que
obtenía su fuerza, ¡cuál no será el
interés del Nazareno
en hablarme de Dios, del que dice que desciende! Por supuesto, el
legislador moderno sabía mucho más
que el antiguo: al primero le bastaba charlar familiarmente con su amo;
el segundo es de su misma sangre.
Moisés, atribuyéndose milagros de la naturaleza, persuade
a su pueblo de que el rayo sólo se enciende para
él; Jesús, mucho más astuto, hace él mismo
el milagro; y si los dos merecen el eterno desprecio de sus
contemporáneos
hay que convenir al menos en que el nuevo supo, con más
picardía, conseguir la estima de los
hombres; y la posteridad que los juzga asignando a uno una sala en los
manicomios, no podrá, sin embargo,
abstenerse de dar al otro ano de los primeros puestos en el
patíbulo.
Puedes ver, Juliette, en qué círculo vicioso caen los
hombres en cuanto su cabeza se pierde por estos absurdos...
La religión prueba al profeta, y el profeta a la
religión.
Al no haberse mostrado todavía este Dios, ni en la secta
judía, ni en la otra secta tan despreciable de los
cristianos, lo busco de nuevo, llamo a la razón en mi ayuda, y
analizo a ésta para que me engañe menos.
¿Qué es la razón? Es esa facultad que me ha sido
dada por la ; naturaleza para determinarme hacia tal objeto
y huir de tal otro, en proporción a la dosis de placer o de
daño recibido de esos objetos: cálculo sometido
de modo absoluto a mis sentidos, puesto que sólo de ellos recibo
las impresiones comparativas que constituyen
o los dolores de los que quiero huir o el placer que debo buscar. Como
dice Fréret, la razón no es más
que la balanza con la que pesamos los objetos, y por la cual, poniendo
en el peso aquellos objetos que están
lejos de nuestro alcance, conocemos lo que debemos pensar por la
relación existente entre ellos, de tal forma
que sea siempre la apariencia del mayor placer lo que gane. Puedes ver
que esta razón, en nosotros como
en los animales, que también la tienen, no es más que el
resultado del mecanismo más tosco y más material.
Pero como no tenemos otra antorcha, sólo a ella podemos someter
esa fe, imperiosamente exigida
por los bribones, hacia objetos sin realidad, o tan l prodigiosamente
envilecidos por sí mismos, que sólo
me- recen nuestro desprecio. Ahora bien, sabes, Juliette, que el primer
efecto de esta razón es establecer
una diferencia esencial entre el objeto que se manifiesta y el objeto
que es percibido. Las percepciones representativas
de un' objeto son de diferentes tipos. Si nos muestran los objetos como
ausentes, pero como presentes en otro tiempo a nuestra mente, es lo que
llamamos memoria, recuerdo. Si nos presentan los objetos
sin expresarnos ausencia, entonces es lo que llamamos
imaginación, y esta imaginación es la causa de
todos nuestros errores. Pues la fuente más abundante de estos
errores reside en que suponemos una existencia
propia a los objetos de estas percepciones interiores, una existencia
separada de nosotros, de la misma
forma que las concebimos separadamente. Por consiguiente, yo
daría, para que me entiendas, daría, digo, a
esta idea separada, a esta idea surgida del objeto que imaginamos, el
nombre de idea objetiva, para diferenciarla
de la que está presente, y que yo llamaría real. Es muy
importante no confundir estos dos tipos de
existencia; no puedes ni imaginarte en qué torbellino de errores
se cae cuando no se tienen en cuenta estas
distinciones. El punto dividido hasta el infinito, tan necesario en
geometría, pertenece a la clase de las existencias
objetivas; y los cuerpos, los sólidos, a la de las existencias
reales. Por muy abstracto que esto te parezca,
querida mía, tienes que seguirme si quieres llegar conmigo al
final al que quiero conducirte por mis
razonamientos.
En primer lugar, observamos, antes de ir más lejos, que no hay
nada más común ni más ordinario que
engañarse
torpemente entre la existencia real de los cuerpos que están
fuera de nosotros y la existencia objetiva
de las percepciones que están en nuestra mente. Nuestras mismas
percepciones se diferencian de nosotros,
y entre sí, según que perciban los objetos presentes, sus
relaciones, y las relaciones de estas relaciones.
Son pensamientos en tanto que nos aportan las imágenes de las
cosas ausentes; son ideas en tanto que nos
aportan imágenes que están dentro de nosotros. Sin
embargo, todas estas cosas no son más que modalidades,
o formas de existir de nuestro ser, que no se distinguen ya entre
sí, ni de nosotros mismos, más de lo
que la extensión, la solidez, la figura, el color, el movimiento
de un cuerpo, se distinguen de ese cuerpo. A
continuación, se imaginaron forzosamente términos que
conviniesen de manera general a todas las ideas
particulares que eran semejantes; se ha dado el nombre de causa a todo
ser que produce algún cambio en
otro ser distinto de él, y efecto a todo cambio producido en un
ser por una causa cualquiera. Como estos
términos excitan en nosotros al menos una imagen confusa de ser,
de acción, de reacción, de cambio, la
costumbre de servirnos de ellas ha hecho creer que teníamos una
percepción clara y distinta, y por último
hemos llegado a imaginar que podía existir una causa que no
fuese un ser o un cuerpo, una causa que fuese
realmente distinta de cualquier cuerpo, y que, sin movimiento y sin
acción, pudiese producir todos los efectos
imaginables. No hemos querido reflexionar sobre el hecho de que todos
los seres, actuando y reaccionando
constantemente unos sobre otros, producen y sufren al mismo tiempo
cambios; la íntima progresión
de los seres que han sido sucesivamente causa y efecto pronto
cansó la mente de aquellos que sólo quieren
encontrar la causa en todos los efectos: sintiendo que su
imaginación se agotaba ante esta larga secuencia
de ideas, les pareció más breve remontar todo de una vez
a una primera causa, imaginada como la causa
universal, siendo las causas particulares efectos suyos, y sin que ella
sea, a su vez, el efecto de ninguna
causa.
Este es el Dios de los hombres, Juliette; esta es la estúpida
quimera de su débil imaginación. Ves cuál ha
sido el encadenamiento de sofismas con el que han llegado a crearla; y,
según la definición particular que te
he dado, ves que este fantasma, al no tener más que una
existencia objetiva, no podría estar fuera de la
mente de los que lo consideran, y por consiguiente no es más que
un puro efecto de la turbación de su cerebro.
Sin embargo, ¡este es el Dios de los mortales, este es el ser
abominable que han inventado, y en cuyos
templos han hecho correr tanta sangre!
Si me he extendido -prosiguió Mme. Delbène- sobre las
diferencias esenciales entre las existencias reales
y las existencias objetivas, es, querida mía, porque era urgente
que te demostrase las variedades que se encuentran
en las opiniones prácticas y especulativas de los hombres, y
para hacerte ver que dan existencia
real a muchas cosas que sólo tienen una existencia especulativa:
ahora bien, al producto de esta existencia
especulativa es a lo que los hombres han dado el nombre de Dios. Si
todo esto sólo tuviese como consecuencia
falsos razonamientos, el inconveniente sería mínimo; pero
desgraciadamente tiene mayor alcance:
la imaginación se inflama, se crea la costumbre, y nos
habituamos a considerar como algo real lo que sólo
es obra de nuestra debilidad. Todavía no nos hemos convencido de
que la voluntad de este ser quimérico es
causa de todo lo que nos sucede, cuando ya estamos empleando todos los
medios para serle agradables,
todas las formas de implorarle.
Así pues, sólo podemos decidirnos a adoptar un Dios
después de reflexionar sobre lo que acaba de ser dicho,
y con la iluminación de reflexiones más maduras,
persuadámonos de que, al no poder presentarse la
idea de Dios más que de una manera objetiva, sólo pueden
resultar de ella ilusiones y fantasmas. Por muchos sofismas que aleguen
los partidarios absurdos de la divinidad quimérica de los
hombres, no
os dicen más que no hay efecto sin causa; pero no os de muestran
que sea preciso llegar a una primera causa
eterna, causa universal de todas las causas particulares, y que ella
misma sea causa creadora e independiente
de cualquier otra causa. Estoy de acuerdo con que no comprendemos la
relación, la secuencia y la
progresión de todas las causas; pero la ignorancia de un hecho
nunca es motivo suficiente para creer o determinar
otro. Aquellos que quieren convencernos de la existencia de su
abominable Dios se atreven con
descaro a decirnos que, porque nosotros no podemos asignar la verdadera
causa de los efectos,
tenemos que
admitir necesariamente la causa universal. ¿Se puede razonar tan
imbécilmente? ¡Como si no fuese preferible
aceptar la ignorancia a admitir una cosa absurda!; ¡o como si la
admisión de esta cosa absurda se convirtiese
en una prueba de su existencia! La confesión de nuestra
debilidad no tienen ningún inconveniente,
no hay duda alguna; la adopción del fantasma está lleno
de escollos contra los que chocaremos constantemente
si somos sabios, pero contra los que nos romperemos la cabeza si
ésta se exalta: y las quimeras
exaltan siempre.
Si se quiere, concedamos por un momento a nuestros antagonistas la
existencia del vampiro que les da la
felicidad (1). En esta hipótesis, yo les pregunto si la ley, la
regla, la voluntad con la que Dios conduce a los
seres, es de la misma naturaleza que nuestra voluntad y nuestra fuerza,
si Dios, en las mismas circunstancias,
puede querer y no querer, si la misma cosa puede gustarle y
disgustarle, si no cambia de sentimientos,
si la ley por la que se conduce es inmutable. Si es ella la que lo
conduce, no hay más que ejecutarla: y desde
ese mismo momento, no hay ninguna fuerza superior. Esta ley necesaria,
¿qué es en sí misma?, ¿es distinta
de él o inherente a él? Si, por el contrario, este ser
puede cambiar de sentimiento y de voluntad, pregunto
por qué cambia. Es evidente que necesita un motivo, y un bien
más razonable que los que nos determinan,
porque Dios debe ganarnos en sabiduría, como nos supera en
prudencia; ahora bien, ¿puede imaginarse este
motivo sin alterar la perfección del ser que cede a él?
Digo más: si Dios sabe de antemano que cambiará de
voluntad, ¿por qué, desde el momento en que todo lo
puede, no ha dispuesto las circunstancias de forma
que esta mutación siempre fatigosa, y que siempre prueba una
cierta debilidad, se haga innecesaria?, y si lo
ignora, ¿qué es un Dios que no prevé lo que debe
hacer? Si lo prevé, y puesto que no puede equivocarse,
como hay que creer para tener de él una idea correcta,
está obligado entonces, independientemente de su
voluntad, a actuar de tal o tal forma; ahora bien, ¿cuál
es esta ley que sigue su voluntad?, ¿dónde está?,
¿de
dónde saca su fuerza?
(1) El vampiro chupaba la sangre de los cadáveres. Dios hace
correr la de los hombres; ambos se muestran
quiméricos a un simple examen: ¿nos
engañaríamos si diésemos a uno el nombre del otro?
Si vuestro Dios no es libre, si está determinado a actuar
siguiendo leyes que lo dominan, entonces es una
fuerza semejante al destino, a la fortuna, a la que no afectarán
los deseos, no doblegarán las oraciones, no
apaciguarán las ofrendas, y a la que es preferible despreciar
eternamente que implorar con tan escaso éxito.
Pero si, más peligroso, más malvado y más feroz
todavía, vuestro execrable Dios ha ocultado a los hombres
lo que era necesario para su felicidad, entonces su proyecto no era
hacerlos felices; entonces no los
ama, entonces no es ni justo ni bienhechor. Me parece que un Dios no
debe querer nada que no sea posible,
y no lo es el que el hombre observe leyes que lo tiranizan o que le son
desconocidas.
Este Dios villano hace todavía más: odia al hombre por
haber ignorado lo que no le ha enseñado; lo castiga
por haber transgredido una ley desconocida, por haber seguido
inclinaciones que sólo procedían de él.
¡Oh Juliette! --exclamó mi instructora-, ¿puedo
concebir a ese infernal y detestable Dios de otra forma que
no sea como un tirano, un bárbaro, un monstruo, al que debo todo
el odio, toda la furia, todo el desprecio
que pueden exhalar a la vez mis facultades físicas y morales?
De este modo, deben llegar a demostrarme... probarme la existencia de
Dios; deben lograr convencerme
de que ha dictado leyes, que ha elegido hombres para ponerlos de
testigos ante los mortales; hacerme ver
que reina la más completa armonía en todas las relaciones
que proceden de él: nada podría probarme que le
complazco siguiendo sus leyes, porque, si no es bueno, puede
engañarme, y mi razón, que procede de él, no
me tranquilizará, puesto que entonces puede habérmela
dado para precipitarme con mayor seguridad al
error.
Prosigamos. Ahora os pregunto a vosotros, los deístas,
cómo se conducirá ese Dios, que admito por un
momento, frente a los que no poseen ningún conocimiento de sus
leyes. Si Dios castiga la ignorancia in
vencible de aquellos a los que no se les han anunciado sus leyes, es
injusto; si no puede instruirlos, carece
de poder.
Es cierto que la revelación de las leyes del Eterno deben llevar
en sí caracteres que prueben el Dios del
que emanan; ahora bien, yo pregunto, ¿cuál, de todas las
re velaciones que nos han llegado, lleva ese carácter
tan evidente como indispensable? Así pues, por la
religión se destruye el Dios que anuncia esa misma
religión; ahora bien, ¿qué ocurrirá con
esta religión cuando el Dios que establece sólo tenga ya
existencia
en la cabeza de los imbéciles?
Poco importa para la felicidad de la vida que los conocimientos humanos
sean reales o falsos; pero no
ocurre lo mismo cuando se trata de la religión. Cuando los
hombres han hecho suyos los objetos imaginarios
que ella presenta, se apasionan por estos objetos, se persuaden de que
estos fantasmas que revolotean
en su mente existen realmente, y, desde ese momento, nada puede
contenerlos. Cada día hay nuevos motivos
para temblar: tales son los únicos efectos que produce en
nosotros la peligrosa idea de un Dios. Esta
sola idea causa los males más perniciosos de la vida del hombre;
ella es la que lo obliga a privarse de los
más dulces placeres de la vida, en el terror de provocar la ira
de ese repugnante fruto de su imaginación
delirante. Así pues, mi querida amiga, es necesario liberarse lo
antes posible de los terrores que infunde
esta quimera; y para eso, sin duda, sólo hay que descargar la
hoz sobre el ídolo, sólo hay que pulverizarla
con energía.
La idea que quieren darnos los curas de la divinidad no es otra que la
de una causa universal, de la que
son efectos todas las otras. Los imbéciles, a los que se han
dirigido estos impostores, han creído que existía
tal causa... que podía existir separadamente de los efectos
particulares que ella produce, como si las modalidades
de un cuerpo pudiesen ser separa das de ese cuerpo, como si siendo la
blancura una de las cualidades
de la nieve, fuese posible separar de ésta tal cualidad.
¿Acaso abandonan las modificaciones los cuerpos
que modifican? ¡Y bien!, vuestro Dios no es masque una
modificación de la materia en perpetua acción
por su esencia: esa acción que creéis poder separar de
ella, esa energía de la materia, ese es vuestro Dios.
¡Examinad ahora, estúpidos adoradores de un ser semejante,
de qué homenaje es digno!
Los que sólo atribuyen a la primera causa el movimiento local de
los cuerpos, y dan a nuestras mentes la
posibilidad de determinarse, limitan esta causa y la despojan de su
universalidad, para reducirla a lo más
bajo que hay en la naturaleza, es decir, a la simple función de
poner en movimiento a la materia. Pero como
todo está relacionado en la naturaleza, porque los sentimientos
espirituales provocan movimientos en los
cuerpos vivos, y los movimientos de los cuerpos excitan sentimientos en
las almas, no se puede recurrir a
esta suposición para establecer o defender el culto religioso.
Sólo como consecuencia de la percepción de
los objetos que se nos presentan tenemos voluntad; sólo con
motivo del movimiento excitado en nuestros
órganos tenemos percepciones: por lo tanto, la causa del
movimiento es la de nuestra voluntad. Si esta causa
ignora el efecto que producirá en nosotros el movimiento,
¡qué indigna es la idea de un Dios! Si lo sabe,
es su cómplice, y consiente en él; si, sabiéndolo,
no consiente en él, se ve obligado a hacer lo que no quiere;
por consiguiente, existe algo más poderoso que él: y
está obligado a seguir leyes. Como nuestras voluntades
provocan algunos movimientos, Dios está obligado a competir con
nuestra voluntad; por tanto, está en
el brazo del parricida, en la llama del incendiario, en el coño
de la prostituta. Dios no lo consiente y entonces
ahí lo tenemos, menos fuerte que nosotros, obligado a
obedecernos. Por tanto, por mucho que
se
diga, hay que confesar que no existe causa universal; o si
deseáis con todas las fuerzas que exista una, tenemos
que convenir que consiente todo lo que nos sucede y nunca quiere nada
distinto; tenéis que confesar
además que no puede amar ni odiar a ninguno de los seres
particulares que emanan de ella, porque todos le
obedecen por igual, y que, según esto, las palabras de castigos,
recompensas, leyes, prohibiciones, orden,
desorden, no son más que palabras alegóricas, sacadas de
lo que ocurre entre los hombres.
Si no estamos obligados a considerar a Dios como un ser esencialmente
bueno, como un ser que ama a
los hombres, podemos creer que ha querido engañarlos. De esta
forma, aunque fuesen verdaderos todos los
prodigios sobre los que se basan los que pretenden conocer las leyes
que ha revelado a algunos hombres,
como todos nos confirman que es un ser injusto, inhumano, no tenemos
ninguna seguridad de que no haga
tales prodigios con el fin expreso de engañarnos, y nada nos
autoriza a creer que la más estricta observación
de sus leyes pueda convertirme nunca en amigó suyo. Si no
castiga a los que han observado estas leyes, su
observación es inútil; y como esta observación es
punible, vuestro Dios, al promulgarla, se ha hecho culpable
de inutilidad y de maldad: entonces, os pregunto si éste es un
ser digno de nuestros homenajes. Por otra
parte, estas leyes no tienen nada de respetable: son absurdas,
contrarias a la razón, repugnan a la moral, afligen al cuerpo;
los que las anuncian, las violan constantemente; y si hay algunos
individuos en el mundo
a los que se les ocurre poner fe en ellas, escrutemos su
espíritu detenidamente: pronto los reconoceremos
como imbéciles. Cuando quiero profundizar en las pruebas de ese
fárrago de misterios y de leyes dictadas
por ese Dios ridículo, no las encuentro apoyadas más que
sobre tradiciones confusas, inseguras, y siempre
victoriosamente combatidas por los adversarios.
Digámoslo claramente: de todas las religiones establecidas entre
los hombres, no hay ninguna que legítimamente
pueda prevalecer sobre las otras; ni una que no esté llena de
fábulas, de mentiras, de perversidades,
y que no ofrezca al tiempo los peligros más inminentes, junto a
las contradicciones más palpables.
Cuando los locos quieren imponer sus sueños, apelan en su ayuda
a los milagros: de donde resulta que,
siempre en el mismo círculo, en ese momento el milagro prueba la
religión, mientras que hasta entonces la
religión probaba el milagro. Como si no hubiese más que
una que pudiese apoyarse en prodigios: pero todas
los citan, todas los ofrecen.
Y el hermoso cisne de Leda
bien vale la paloma de Marta.
A pesar de todo, si aceptamos que todos estos crímenes son
ciertos, resulta necesariamente que Dios ha
permitido que sean hechos tanto por las falsas religiones como por las
verdaderas, y, según esto, el error lo
conmueve tanto como la verdad. Lo que es gracioso es que cada secta
esté igualmente convencida de la
realidad de sus prodigios. Si todos son falsos, tenemos que concluir
que naciones enteras han podido creer
prodigios supuestos: por consiguiente, en el capítulo de los
prodigios, la firme persuasión de una nación
entera no prueba su verdad. Pero no tenemos más que la
persuasión de los que creen en ellos para probar la
verdad. por consiguiente, no hay ninguno cuya verdad esté
suficientemente demostrada; y como estos prodigios
son los únicos medios que tienen para obligarnos a creer en una
religión, debemos concluir que ninguno
está probado, y considerarlos como obra del fanatismo, del
engaño, de la impostura y del orgullo.
-Pero -interrumpí yo, llegado a este punto-, si no hay ni Dios,
ni religión, entonces, ¿quién gobierna el
universo?
MI querida amiga -respondió Mme. Delbene . el universo se mueve
por su propio impulso, y las leyes
eternas de la naturaleza, inherentes a ella misma, son suficientes, sin
una causa primera, para producir todo
lo que vemos; el perpetuo movimiento de la materia lo explica todo:
¿qué necesidad hay de suponer un
motor para lo que siempre está en movimiento? El universo es un
conjunto
de seres diferentes que actúan y
reaccionan recíproca y sucesivamente unos sobre otros; yo no
descubro ninguna limitación en esto, sólo
veo un paso continuo de un estado a otro, en relación a los
seres que adquieren sucesivamente varias formas
nuevas, pero no creo en una causa universal, distinta de él, que
le dé su existencia y que produzca las
modificaciones de los seres particulares que lo componen: incluso
confieso que veo todo lo contrario, y
creo haberlo demostrado. No nos inquietemos en absoluto por sustituir
las quimeras por otra cosa, y no
admitamos nunca como causa de lo que no comprendemos algo que
comprendemos todavía menos.
Después de haberte demostrado la extravagancia del sistema
deísta -prosiguió esta encantadora mujer- no
me costará mucho trabajo, sin duda, destruir en ti los
prejuicios inculcados desde la infancia sobre el principio
de nuestra vida. En efecto, ¿hay algo más extraordinario
que la superioridad que se arrogan los hombres
sobre los otros animales? En cuanto se les pregunta en qué se
basa esta superioridad, responden estúpidamente:
nuestra alma. Pero si les ruegas que te expliquen lo que entienden por
esta palabra alma, ¡oh!,
entonces los verás balbucir, contradecirse: es una sustancia
desconocida, dicen; es una fuerza secreta distinta
de su cuerpo; es un espíritu sobre el que nada sabemos.
Pregúntales cómo ha podido ese espíritu, al que,
como a su Dios, suponen totalmente desprovisto de extensión,
cómo ha podido combinarse con su cuerpo
extenso y material; os dirán que no saben nada de él, que
es un misterio, que esta combinación es producto
de la omnipotencia de Dios. Estas son las ideas claras que se forma la
imbecilidad sobre su sustancia oculta,
o más bien imaginaria, de la que ha hecho el móvil de
todas sus acciones.
A esto yo sólo respondo una cosa: si el alma es una sustancia
esencialmente diferente del cuerpo y que no
puede tener ninguna relación con él, su unión es
algo imposible; por otra parte, al ser esta alma una sustancia
esencialmente diferente del cuerpo, debería actuar
necesariamente de forma diferente a él; sin embargo,
vemos que los movimientos experimentados por el cuerpo repercuten sobre
esa pretendida alma, y que es
tas dos sustancias, diversas en su esencia, actúan siempre de
común acuerdo. Nos dirán todavía que esta
armonía es un misterio, y yo responderé que no veo mi
alma, que lo único que conozco y siento es mi cuerpo,
que es el cuerpo el que siente, piensa, juzga, sufre, goza, y que todas
sus facultades son resultados necesarios
de su mecanismo y su organización.
Aunque a los hombres les sea imposible hacerse la menor idea de su
alma, aunque todo les pruebe que no
sienten, no piensan, no adquieren ideas, no gozan y no sufren
más que por medio de los sentidos o de los
órganos materiales del cuerpo, sin embargo están
convencidos de que esta alma desconocida está exenta de
la muerte. Pero, aun suponiendo la existencia de esta alma, decidme,
por favor, si puede impedirse reconocer
que ella depende totalmente del cuerpo, y que sufre conjuntamente con
él todas las vicisitudes por las
que éste atraviesa. Y sin embargo, se lleva el absurdo hasta
creer que, por su naturaleza, no tiene ningún
parecido con él; se pretende que pueda actuar y sentir sin la
ayuda de este cuerpo; en una palabra, se pretende
que, privada de este cuerpo y liberada de los sentidos, esta alma
sublime podrá vivir para sufrir, gozar
del bienestar o sentir terribles tormentos. Y sobre parecido
montón de conjeturas absurdas es sobre lo que
se ha construido la maravillosa opinión de la inmortalidad del
alma.
Si pregunto qué motivos hay para suponer al alma inmortal, me
responden con prontitud: es que el hombre,
por su propia naturaleza, desea ser inmortal. Pero, replicaré
yo, ¿se convierte vuestro deseo en una
prueba de su realización? ¿Por qué extraña
lógica se atreven a decidir que una cosa no puede dejar de
suceder
solamente porque se la desea? Los impíos-continúan
ellos-, privados de las halagüeñas esperanzas de
otra vida, desean ser aniquilados. ¡Y bien!, ¿no tienen
ellos el mismo derecho que vosotros de concluir que
serán aniquilados, así como vosotros os sentís
autorizados a creer que existiréis simplemente porque lo
deseáis?
¡Oh Juliette! -prosiguió esta mujer filósofa con
toda la fuerza de la persuasión- ¡Oh, mi querida amiga!,
no te quepa la menor duda de que morimos por completo, y de que el
cuerpo humano, una vez que la Parca
ha cortado el hilo, no es más que una masa incapaz de producir
los movimientos que constituían la vida. No
vemos entonces ni circulación, ni respiración, ni
digestión, ni palabra, ni pensamiento. Pretenden que, en
ese momento, el alma se ha separado del cuerpo; pero decir que esta
alma desconocida es el principio de la
vida es no decir nada, es decir sólo que una fuerza desconocida
es el principio oculto de movimientos imperceptibles.
Nada más natural y más sencillo que creer que el hombre
muerto ya no existe; nada más extravagante
que creer que el hombre muerto está todavía en vida.
Nos reímos de la simpleza de algunos pueblos cuya costumbre es
enterrar provisiones junto con los
muertos: así pues, ¿es más absurdo creer que los
hombres comerán después de la muerte, que imaginarse
que pensarán, que tendrán ideas agradables o molestas,
que gozarán, sufrirán, sentirán arrepentimiento o
alegría, cuando los órganos, propios para proporcionarles
sentimientos o ideas, estén disueltos y reducidos
a polvo? Decir que las almas humanas serán felices o
desgraciadas después de la muerte es como pretender
que los hombres podrán ver sin ojos, oír sin
oídos, gustar sin paladar, oler sin nariz, tocar sin manos, etc.
Sin embargo, naciones que se creen muy razonables adoptan ideas
parecidas.
El dogma de la inmortalidad del alma supone que el alma es una
sustancia simple, en una palabra, un espíritu:
pero seguiré preguntando qué es un espíritu.
-Me enseñaron -respondí a Mme. Delbène- que un
espíritu era una sustancia privada de extensión,
incorruptible,
y que no tiene nada en común con la materia.
-Pero si es así -respondió vivamente mi institutriz-,
¿cómo nace tu alma, crece, se fortalece, se altera,
envejece,
en las mismas proporciones que tu cuerpo?
Siguiendo el ejemplo de todos los imbéciles que tuvieron los
mismos principios, me responderás que todo
eso son misterios. Pero, imbéciles, si son misterios, entonces
no comprenderéis nada de ellos, y si no
comprendéis nada, ¿cómo podéis decidir
afirmativamente una cosa de la que sois incapaces de formaros
una idea? Para creer o afirmar algo, hace falta saber al menos en
qué consiste lo que se cree o se afirma.
Creer en la inmortalidad del alma es decir que se está
convencido de la existencia de algo de lo que es imposible
formarse una verdadera idea, es creer en palabras sin poder darles
ningún sentido; afirmar que algo
es tal como se ha dicho es el colmo de la locura y de la vanidad.
¡Cuán extraños razonadores son los teólogos!
En cuanto no pueden adivinar las causas naturales de las
cosas, inventan causas sobrenaturales, imaginan espíritus,
dioses, causas ocultas, agentes inexplicables, o más bien
palabras más oscuras que las cosas que se esfuerzan por
explicar. Permanezcamos en la naturaleza
cuando queramos darnos cuenta de los efectos de la naturaleza; no nos
alejemos de ella cuando queramos
explicar sus fenómenos; ignoremos las causas demasiado separadas
de nosotros para ser comprendidas por
nuestros órganos, y convenzámonos de que, si nos salimos
de la naturaleza, nunca encontraremos la solución
de los problemas que la naturaleza nos presenta.
En la hipótesis misma de la teología, es decir,
suponiendo un motor omnipotente de la materia, ¿con qué
derecho negarían los teólogos a su Dios el poder de dar a
esta materia la facultad de pensar? ¿Le sería más
difícil crear esas combinaciones de materia, de las que resulta
el pensamiento, que espíritus que piensan?
Al menos, suponiendo una materia que pensase, tendríamos algunas
nociones del sujeto del pensamiento o
de lo que piensa en nosotros; mientras que al atribuir el pensamiento a
un ser inmaterial, nos es imposible
hacernos la menor idea de él.
Se nos objeta que el materialismo hace del hombre una pura
máquina, lo que se considera muy humillante
para la especie humana; pero, ¿será más honrada
esta especie humana porque se diga que el hombre actúa
por impulsos secretos de un espíritu o de un cierto no sé
qué que sirve para animarlo sin que se sepa
cómo?
Es fácil darse cuenta de que la superioridad que se ha dado al,
espíritu sobre la materia, o al alma sobre el
cuerpo, se basa sólo en la ignorancia que se tiene de la
naturaleza de esta alma, mientras que se está más
familiarizado con la materia o el cuerpo, que se cree conocer y cuyos
resortes se imaginan descubiertos;
pero los movimientos más simples de nuestro cuerpo son, para
todo hombre que los medite, enigmas tan
difíciles de adivinar como el pensamiento.
El aprecio que tiene tanta gente por la sustancia espiritual no parece
tener otro motivo que la imposibilidad
en que se encuentran de definirla de una manera inteligible; el poco
caso que prestan los teólogos a la
materia no procede más que del hecho de que la familiaridad
engendra el desprecio. Cuando nos dicen que
el alma es mejor que el cuerpo no nos dicen nada, sólo que
aquello que no conocen de ninguna manera debe
ser mucho más hermoso que aquello de lo que tienen alguna idea.
Constantemente nos enorgullecemos de la utilidad del dogma de la otra
vida; se pretende que, aunque sea
una ficción, sería ventajosa porque se impondría a
los hombres y los conduciría a la virtud. A esto yo pregunto
si es verdad que ese dogma hace a los hombres más prudentes y
más virtuosos. Por el contrario, me
atrevo a afirmar que no sirve más que para volverles locos,
hipócritas, malvados, atrabiliarios, y que se
encuentran más virtudes, mejores costumbres en los pueblos que
no tienen ninguna de estas ideas que en
aquéllos en que constituyen la base de las religiones. Si los
que están encargados de enseñar y de gobernar
a los hombres tuviesen luces y virtudes, los gobernarían mucho
mejor con realidades que con quimeras;
pero bribones, ambiciosos, corrompidos, los legisladores han encontrado
más fácil adormecer a las naciones
mediante fábulas que enseñándoles verdades... que
desarrollarles su razón, que impulsarles a la virtud
por motivos sensibles y reales... que gobernarles, en fin, de una forma
razonable.
No hay ninguna duda de que los curas han tenido sus motivos para
imaginar la ridícula fábula de la inmortalidad
del alma: ¿hubiesen puesto a los moribundos a
contribución sin estos sistemas? ¡Ah! si estos
espantosos dogmas de un Dios... de un alma que nos sobrevive, no son de
ninguna utilidad para el género
humano, convengamos que al menos son de una necesidad imperiosa para
aquellos que se han encargado
de infectar con ellos la opinión pública (2).
(2) ¿Sobrevivirían sin estos medios? Sólo dos
clases de individuos deben adoptar los sistemas religiosos:
primero, la de aquéllos que maquinan estos absurdos y, la de los
imbéciles que creen eternamente todo lo
que se les dice sin profundizar nunca en nada. Apuesto a que
ningún ser razonable y espiritual puede afirmar
que cree de buena fe en las atrocidades religiosas.
-Pero -objeté a Mme. Delbène- ¿no es consolador
para el desgraciado el dogma de la inmortalidad del
alma?, ¿no es un bien para el hombre creer en que podrá
sobre vivirse a sí mismo, y gozar algún día en el
cielo de la felicidad que se le ha negado en la tierra?
-En verdad -me respondió mi amiga- no veo que el deseo de
tranquilizar a algunos imbéciles desgraciados
valga la pena de envenenar a millones de gentes honradas. Por otra
parte, ¿es razonable hacer de sus
deseos la medida de la verdad? Tened un poco más de
valentía, doblegaos a la ley general, resignaos al
orden del destino cuyos decretos son que, al igual que todos los seres,
caeréis en el crisol de la naturaleza para salir de él
bajo otras formas. Porque, en realidad, nada perece en el seno de esta
madre del género
humano; los elementos que nos componen se unirán bajo otras
combinaciones; un eterno laurel crece sobre
la tumba de Virgilio. Esta transmigración gloriosa, ¿no
es, imbéciles deistas, tan dulce como vuestra
alternativa
del infierno o el paraíso? Porque si este último es
consolador, tendréis que estar de acuerdo conmigo
en que el otro es terrible. Imbéciles cristianos ¿acaso
no decís que para salvarse se necesitan gracias que
vuestro Dios no concede más que a muy poca gente? Por cierto que
son ideas muy consoladoras; ¿y no es
cien veces preferible ser aniquilado que arder eternamente?
Según esto ¿quién se atreverá a sostener
que la
opinión que libera de estos temores no es mil veces más
agradable que la incertidumbre en que nos deja la
admisión de un Dios que, dueño de sus gracias, no las
concede más que a sus favoritos, y que permite que
todos los demás se hagan dignos de los suplicios eternos?
Sólo el entusiasmo a la locura puede hacer que se
prefieran conjeturas improbables que desesperan a un sistema evidente
que tranquiliza.
-Pero ¿qué será de mí? -digo todavía
a Mme. Delbène-; esta oscuridad me aterra, ese eterno
anonadamiento
me atemoriza.
-¿Y qué eras tú, por favor, antes de nacer? -me
respondió esta mujer genial-. Unas porciones llenas de
materia no organizada, que no había recibido todavía
ninguna forma, o que habían recibido una de la que
no puedes acordarte. ¡Y bien! Volverás a las mismas
porciones de materia, listas para organizar nuevos
seres, en el momento en que las leyes de la naturaleza lo crean
conveniente. ¿Gozabas? No. ¿Sufrías? No.
Entonces ¿es un estado tan penoso, y ¿cuál es el
ser que no estaría de acuerdo en sacrificar todos sus goces
a la certeza de no tener nunca penas? ¿Qué sería
si pudiese concluir este trato? Un ser inerte, sin movimiento.
¿Qué será después de la muerte?
Positivamente lo mismo. Entonces, ¿de qué sirve
afligirse, puesto que
la ley de la naturaleza nos condena positivamente al estado que
aceptaríais de buena gana, si tuvieseis la
posibilidad? ¡Y bien! Juliette, la certeza de no existir siempre
¿es más desesperante que la de no haber existido
siempre? Ya, ya, tranquilízate, ángel mío; el
terror de dejar de existir no es un mal real más que para la
imaginación creadora del absurdo dogma de otra vida.
El alma, o, si se quiere, ese principio activo... vivificante, que nos
ama, que nos mueve, nos determina,
no es otra cosa que la materia sutilizada hasta un cierto punto, medio
por el que ha adquirido las facultades
que nos maravillan. Es evidente que todas las porciones de materia no
serían capaces de producir los mismos
efectos; pero combinadas con las que componen nuestros cuerpos, se
hacen susceptibles de ello, de la
misma manera que el fuego puede convertirse en llama cuando se combina
con cuerpos grasos o inflamables.
En una palabra, el alma no puede ser considerada más que bajo
estos dos sentidos, como principio
activo y como principio pensante; ahora bien, bajo uno u otro aspecto,
vamos a demostrar que es materia
por dos silogismos sin réplica. 1° Como principio activo, se
divide; porque el corazón conserva su movimiento
mucho tiempo después de su separación del cuerpo. Ahora
bien, todo lo que se divide es materia; el
alma, como principio activo, se divide: luego es materia. 2° Todo
lo que periclita es materia; lo que fuese
esencialmente espíritu no podría periclitar. Ahora bien,
el alma sigue las impresiones del cuerpo: es débil
en la tierna edad, agobiada en la edad decrépita; luego siente
las influencias del cuerpo; sin embargo, todo
lo que periclita es materia: el alma periclita, luego es materia.
Atrevámonos a decirlo y volverlo a decir constantemente no hay
nada asombroso en el fenómeno del
pensamiento, o al menos nada que pruebe que este pensamiento sea
distinto de la materia, nada que demuestre
que la materia, sutilizada o modificada de tal o cual forma, no pueda
producir el pensamiento; esto
es infinitamente menos difícil de comprender que la existencia
de un Dios. Si este alma sublime fuese efectivamente
la obra de Dios ¿por qué sufriría todos los
diferentes cambios o accidentes del cuerpo? Me parece
que, como obra de Dios, esta alma debería ser perfecta y no lo
es el modificarse al igual que una materia
tan llena de defectos. Si esta alma fuese la obra de un Dios, no
tendría que sentir ni experimentar sus gradaciones;
ni podría ni debería; se uniría al embrión
totalmente formado, y desde la cuna, habrían podido componer
Cicerón sus Tusculanas, Voltaire su Alcira, etc. Si esto no
ocurre ni puede ocurrir, entonces el alma
observa las mismas gradaciones que el cuerpo. Luego, tiene partes,
puesto que crece, baja, aumenta o disminuye;
ahora bien, todo lo que tiene partes es materia: luego el alma es
materia, puesto que está compuesta
de partes. Convengamos en que es absolutamente imposible que el alma
pueda existir sin el cuerpo, y
éste sin la otra.
Por lo demás, no hay nada de maravilloso en el poder absoluto
del alma sobre el cuerpo; no es más que
un mismo todo, compuesto de partes iguales, estoy de acuerdo, pero en
el que, sin embargo, las partes groseras
deben estar sometidas a las partes sutiles, por la misma razón
del poder que tiene la llama, que es ma
teria, sobre el cirio que consume, que es igualmente materia; y
éste es el ejemplo, como en nuestro cuerpo,
de dos materias enfrentadas, en las que la más sutil domina a la
más grosera.
Y aquí tienes, Juliette, más de lo que te hace falta para
convencerte, me imagino, de la nada de la existencia
de Dios y del dogma de la inmortalidad del alma. ¡Qué
habilidad la de aquellos que inventaron estos
dos monstruosos dogmas! ¡Y qué no emprenderían
sobre un pueblo, erigiéndose en los ministros de un
Dios cuyo odio o amor poseía tanto interés para la vida
futura! ¡Qué crédito debían tener sobre el
espíritu
de las gentes que, temiendo las penas o las recompensas futuras,
estaban obligadas a recurrir a estos bribones,
como a los mediadores de un Dios, únicos capaces de evitar unas
y conseguir otras! Así pues, todas
estas fábulas no son más que el fruto de la
ambición, del orgullo y de la demencia de algunos individuos,
alimentadas por la absurdidad de otros, pero que sólo merecen
nuestro desprecio... la extinción... absorbidas
por nosotros, hasta el punto de que nunca más vuelvan a
aparecer. ¡Oh!, ¡hasta qué punto te exhorto, mi
querida Juliette, a que las detestes conmigo! Se dice que estos
sistemas conducen a la degradación de las
costumbres. ¡Y!, luego, ¿son más importantes las
costumbres que las religiones? Sometidas de un modo
absoluto al grado de latitud de un país, sólo dependen de
la arbitrariedad. Nada nos está prohibido por la
naturaleza: sólo las leyes se creen autorizadas a imponer
ciertos límites al pueblo, relativos a la temperatura
del aire, a la riqueza o pobreza del clima, a la especie de hombres a
los que dominan. Pero estos frenos,
puramente populares, no tienen nada de sagrado, de legítimo a
los ojos de la filosofía, cuya luz disipa todos
los errores, y sólo deja en el hombre sabio las inspiraciones de
la naturaleza. Ahora bien, nada es más inmoral
que la naturaleza: ella nunca nos impuso frenos; nunca nos dictó
leyes. ¡Oh Juliette! me encontrarás
tajante, enemiga total de todas las cadenas; pero voy a rechazar
completamente esta obligación tan infantil
como absurda que nos dice no hacer a los otros lo que no quieras que te
hagan a ti. Es precisamente todo
lo contrario de lo que nos aconseja la naturaleza, puesto que su
único precepto es deleitarnos, no importa a
costa de quien. Puede suceder, sin duda, que nuestros placeres turben
la felicidad de los otros: ¿serán menos
intensos por eso? Esta pretendida ley de la naturaleza, a la que
quieren someternos los estúpidos, es,
pues, tan quimérica como la de los hombres, y nosotros sabemos
convencernos íntimamente de que no
hacemos mal en pisotear a unas y a otras. Pero volveremos sobre estos
temas, y me enorgullezco de convencerte
en moral como creo haberte persuadido en religión. Ahora,
pongamos nuestros principios en práctica,
y después de haberte demostrado que puedes hacer cualquier cosa
sin incurrir en un crimen, cometamos
alguna villanía para convencernos de que lo podemos hacer todo.
Electrizada por este discurso, me arrojo a los brazos de mi amiga; le
doy mil gracias por los cuidados que
se toma por mi educación.
- ¡Te debo más que la vida, mi querida Delbène!
-exclamé- porque ¿qué es la existencia sin la
filosofía?
¿Acaso merece la pena vivir cuando se languidece bajo el yugo de
la mentira y de la estupidez? Bien -
proseguí con calor- ahora me siento digna de ti, y sobre tu seno
juro por lo más sagrado que nunca más
volveré a las quimeras que tu tierna amistad acaban de destruir
en mí. Sigue enseñándome, dirigiendo mis
pasos hacia la felicidad; me entrego a tus consejos; harás de
mí lo que quieras, y ten por seguro que nunca
habrás tenido una alumna más ardiente, ni más
sumisa que Juliette.
La Delbène estaba embriagada: para un espíritu libertino,
no hay mayor placer que el hacer prosélitos. Se
goza con los principios que se inculcan; se deleitan con mil
sentimientos diversos al ver a los otros entregarse
a la corrupción que nos mina. ¡Ah_!, ¡cómo se
ama esa influencia obtenida sobre su alma, obra únicamente
de nuestros consejos y nuestras seducciones! Delbène me
devolvió todos los besos con los que yo
la colmaba; me dijo que me convertiría en una muchacha perdida,
como ella, una muchacha sin costumbres,
una atea, y que ella, como única causante de mi desorden,
tendría que responder ante Dios del alma
que le robaba. Y al ser sus caricias cada vez más ardientes,
pronto encendimos el fuego de las pasiones con
la llama de la filosofía.
-Toma -me dice Delbène puesto que quieres ser desvirgada, voy a
satisfacerte al momento.
Borracha de lujuria, la bribona se arma al punto con un consolador; me
excita para adormecer en mí el
dolor que, dice ella, va a causarme, y a continuación me embiste
tan terriblemente que mi virginidad desapareció
al segundo golpe. No puede decirse lo que sufrí; pero, a los
punzantes dolores de esta terrible operación,
pronto sucedieron los más dulces placeres. Delbène, a la
que nada agotaba, estaba lejos de sentirse
cansada; abrazada a mí, su lengua sumergida en mi boca, y
acariciando mi trasero con sus manos, hacía una
hora que yo descargaba en sus brazos, cuando al fin le pedí una
tregua. -Devuélveme todo lo que acabo de hacerte -me dijo en
seguida-... estoy devorada por la lujuria, yo no he
gozado mientras tú te deleitabas; quiero descargar a mi vez.
De querida amada me convertí en el amante más apasionado:
encoño a Delbène, la froto. ¡Dios!,
¡qué extravío!
Ninguna mujer había sido tan digna de ser amada, ninguna se
había dejado llevar por el placer como
ella; diez veces seguidas se extasió la bribona en mis brazos,
creí que se derretiría en flujo.
-¡Oh amada mía! -le digo-, ¿no es cierto que cuanta
más inteligencia se tiene mejor se saborean las delicias
de la voluptuosidad?
-Evidentemente -me respondió Delbène- y la razón
de eso es muy sencilla: la voluptuosidad no admite
ninguna cadena, nunca goza mejor que cuando las ha roto todas; ahora
bien, cuanto más inteligente es un
ser, más cadenas rompe: luego el hombre inteligente será
más propicio que ningún otro para los placeres
del libertinaje.
-Creo que la extrema delicadeza de los órganos también
contribuye mucho a ello -respondí.
-No hay duda --dice Mme. Delbène-: cuanto más pulido
está el espejo, mejor recibe y refleja los objetos
que se le presentan.
Por fin, agotadas ambas, recordé a mi instructora la promesa que
me había hecho de desvirgar a Laurette.
-No la he olvidado en absoluto -me respondió Mme.
Delbène-, es para esta noche. En cuanto todas estén en
los dormitorios, tú te escaparás, Volmar y Flavie
harán otro tanto. No temas por lo demás; ahora ya
estás
iniciada en nuestros misterios: mantente firme, sé valiente,
Juliette, y te haré ver cosas asombrosas.
Dejé a mi amiga para volver a la casa; pero pensad cuál
no sería mi sorpresa cuando oí contar que una
pensionista se había escapado del convento; enseguida
pregunté su nombre: era Laurette.
-¡Laurette! -exclamé-; escapada: ¡Oh Dios!, con la
que yo contaba; ella, que me había encendido hasta tal
punto!... Pérfidos deseos, así pues, ¿os
habré concebido en vano?
Pido más detalles, nadie puede dármelos; vuelo hasta
Delbène para informarla, su puerta está cerrada, me
es imposible hallarla antes de la hora a la que me ha citado.
¡Cuán larga me pareció esta hora! Por fin suena;
Volmar y Flavie se me habían adelantado; estaban ya en el cuarto
de Delbène (3).
(3) No olvidemos que Volmar es una encantadora religiosa de
veintiún años v que Flavie es tina pensionista
de dieciséis, con el rostro más delicioso que pueda
imaginarse.
-Y bien -digo a la superiora-, ¿cómo cumplirás la
palabra que me diste? Laurette no está aquí: ¿por
quién
sustituirla ahora?
Y después, con un poco de acritud:
-¡Ah! Ya veo claramente que nunca gozaré del placer que me
has prometido.
-Juliette -me dice Mme. Delbène con aspecto muy serio--, la
primera de las leyes de la amistad es la confianza:
si quieres ser de las nuestras, querida, tienes que ser más
reservada y menos suspicaz. ¿Sería verosímil
que yo te hubiese prometido un placer que no pudiese hacerte saborear?
¿Y no debía creerme con la
suficiente habilidad... creerme con el suficiente crédito en
esta casa para que, al depender solamente de mí
los medios de estas voluptuosidades, nunca tuvieses que temer no gozar
de ellos? Síguenos, todo está en
orden. ¿Acaso no te había dicho que te haría ver
cosas singulares?
Delbène enciende una pequeña linterna; va delante de
nosotras; Volmar, Flavie y yo la seguimos. Una
vez que llegamos a la iglesia, ¡cuál no sería mi
asombro al ver que la superiora abre una tumba y penetra en
el asilo de los muertos! Mis compañeras la siguen en silencio;
doy muestras de un cierto terror, Volmar me
tranquiliza; Delbène vuelve a bajar la piedra. Y hénos
aquí en los subterráneos destinados a servir de sepultura
a todas las mujeres que muriesen en el convento. Avanzamos, levantan
una piedra, y después de bajar
unos quince o dieciséis escalones, llegamos a una especie de
sala con techo bajo artísticamente decorada,
que se ventilaba con aire del jardín. ¡Oh amigas
mías! Adivinad quién estaba allí... Laurette,
preparada como
las vírgenes que antiguamente se inmolaban en el templo de
Baco... el abad Ducroz, vicario del arzobispado
de París, hombre de unos treinta años, con un rostro muy
agradable, encargado especialmente de la
vigilancia de Panthémont, y el padre Téléme,
religioso, moreno, guapo, de treinta años, confesor de las
novicias y las pensionistas. -Tiene miedo -dice Delbène
acercándose a ambos hombres y presentándome a ellos-
aprende, joven inocente
-continuó mientras me besaba- que sólo nos reunimos
aquí para joder... para entregarnos a horrores...
a atrocidades. Si nos sumergimos en el fondo de la región de los
muertos, es para estar lo más lejos posible
de los vivos. Cuando se es tan libertino, tan depravado, tan criminal,
se desearía estar en las entrañas de la
tierra, con el fin de poder huir mejor de los hombres y de sus absurdas
leyes.
Por muy adelantada que estuviese yo en la carrera de la lubricidad,
confieso que este principio me intimidó.
-¡Oh cielos! -digo completamente emocionada ¿qué
vamos a hacer en estos subterráneos?
-Crímenes -me dice Mme. Delbène-; vamos a mancharnos con
ellos ante tus ojos, vamos a enseñarte a
que nos imites... ¿Temes alguna debilidad?... ¿Me
habré equivocado al responder de ti?
-No temas -respondí yo con prontitud-, juro entre tus manos que
no me aterrorizaré por lo que pueda ocurrir.
Enseguida, Delbène ordena a Volmar que me desnude.
-Tiene el culo más bonito del mundo -dice el gran vicario en
cuanto me ha visto completamente desnuda.
Y enseguida cubren mis nalgas con besos... caricias, después,
pasando una de sus manos por mi montecillo,
el hombre de Dios trataba de que su pene pudiese frotarse fuertemente
contra mi trasero para excitarse
lúbricamente: pronto penetra casi sin trabajo, y en ese mismo
momento Télème enfila mi coño. Los dos se
corren, y confieso que los sigo enseguida.
Juliette -me dice la superiora- acabamos de proporcionarte los dos
mayores placeres de los que puede gozar
una mujer: es preciso que nos digas con toda franqueza con cuál
de los dos te has deleitado mejor.
-En verdad, señora -respondí-, ambos me han dado tanto
placer que me sería imposible pronunciarme al
respecto. Todavía siento, por reminiscencia, sensaciones al
mismo tiempo tan confusas y voluptuosas que
difícilmente podría asignarles su verdadero valor.
-Hay que hacerla recomenzar -dice Télème- el abad y yo
cambiaremos nuestros ataques, rogaremos a la
bella Juliette que examine sus sensaciones, y nos dé un informe
más exacto de ellas.
-¡Y bien! de buena gana -respondí-, creo como vos que
sólo recomenzando me será posible decidir.
-Es encantadora -dice la superiora-; tiene madera para que hagamos de
ella la putilla más bonita que hemos
formado desde hace mucho tiempo. Pero es preciso disponer todo esto no
solamente para que Juliette
goce deliciosamente, sino además para que repercuta sobre
nosotros algo de los placeres que va a experimentar.
Como consecuencia de estos libertinos proyectos, así es
cómo se dispuso el cuadro:
Télème, que acababa de joder mi coño, se
colocó en mi culo; lo tenía un poco más gordo que
su compañero,
pero, sin duda la naturaleza me ha creado para estos placeres, porque
no sufrí la diferencia, siendo tan
novicia como era. Yo estaba tendida boca abajo sobre la superiora, de
forma que mi clítoris reposase sobre
su boca, y la bribona, cómodamente tumbada en el suelo, lo
chupaba separando los muslos. Entre sus piernas,
Laurette, inclinada, le devolvía lo que me hacía a
mí, y el placer que la zorra recibía, lo hacía
repercutir
voluptuosamente sobre Volmar y Flavie, a las que masturbaba a derecha e
izquierda. Ducroz, detrás de
Laurette, se restregaba ligeramente sobre sus nalgas, pero sin penetrar
dentro: el honor del uno y la virginidad
del otro, de esta muchacha, me pertenecían exclusivamente.
Todas las escenas de fornicación comienzan con un momento de
calma: parece que se quiera saborear la
voluptuosidad por entero y que se tema dejarla escapar al hablar. Me
habían aconsejado que gozase con
atención, con el fin de comparar; yo estaba en un éxtasis
delicioso; y tengo que confesar que los increíbles
placeres que recibía de las vivas y reiteradas sacudidas del
pene de Télème en el agujero de mi culo, las
angustias lúbricas en que me sumergían los
lengüetazos de la abadesa sobre mi clítoris, las escenas
lujuriosas
por las que estaba rodeada, por último, tantos episodios
lascivos juntos, tenían a mis sentidos en un delirio
en el que habría querido vivir eternamente. Télème
fue el primero que trató de hablar, pero sus susurros, sus
suspiros entrecortados, expresaban mucho
menos sus ideas que su desorden. Todo lo que pudimos comprender es que
juraba mucho, y que el extremado
calor y la presión de mi ano le hacían saborear grandes
placeres.
-¡Estoy listo para correrme en el más divino de los
traseros! -exclamó por fin-; no sé si Juliette se
deleitará
más con el recibimiento de mi semen en su culo que con la
eyaculación en su coño; pero en lo que a mí
respecta, juro que siento mil veces más sodomizándola de
lo que sentí en el fondo de su vagina.
-Es cuestión de gustos -dice Ducroz, que se excitaba con el culo
de Laurette y besando a Flavie.
-Es filosofía, es razón -dice Volmar excitada fuertemente
por Delbène y lengüeteando a Ducroz- aunque
mujer, pienso igual, y juro que si yo fuese hombre no jodería
nunca más que por el culo.
Y la voluptuosa criatura se corre nada más pronunciar estas
impuras palabras. Téléme la sigue al momento;
se pone furioso; al volver mi cabeza hacia él, sumerge su lengua
en mi boca; Delbène me chupa tan voluptuosamente
mientras tanto que yo me abandono. Quiero gritar de placer, pero la
cosquilleante lengua de
Téléme rechaza mis palabras, el libertino se traga mis
suspiros; inundo los labios y el gaznate de mi chupadora
quien, a su vez, lanza torrentes en la boca de Laurette; pronto se une
a nosotros Flavie, y la encantadora
libertina pierde su jugo jurando como un carretero.
-Pasemos a otra cosa dice Delbène levantándose-. Ducroz,
encoña a Juliette; ella se acostará en vuestros
brazos; Volmar, igualmente boca abajo, le acariciará el culo; yo
me deslizaré debajo de Volmar para succionarle
el clítoris; mientras que Téléme me encoña,
Flavie se las arreglará con Téléme, el cual
acariciará el
coño de Laurette, y todo esto mientras me jode.
Nuevas libaciones a Cypris pusieron fin a esta segunda prueba, y me
preguntaron.
-¡Oh amiga mía! -digo a Delbène que me preguntaba-
puesto que tengo que responder la verdad, diré,
que el pene que se ha introducido en mi trasero me ha producido
sensaciones infinitamente más agudas
y más delicadas que el que ha recorrido mi delantero. Soy joven,
inocente, tímida, poco acostumbrada a los
placeres con los que acabo de ser colmada; puede ser que me equivoque
sobre la especie y la naturaleza de
estos placeres en sí mismos, pero me habéis preguntado lo
que he sentido y os lo digo.
-Vena besarme, ángel mío -me dice Mme. Delbéne
eres una muchacha digna de nosotros. No hay duda -prosiguió con
entusiasmo- no hay duda de que no
existe ningún placer comparable al del culo: ¡desgraciadas
las muchachas lo suficientemente simples, suficientemente
imbéciles, para no atreverse a estos lúbricos
extravíos: nunca serán dignas de hacer sacrificios
a Venus, y nunca la diosa de Pafos las llenará de favores (4)!
(4) Dulces y voluptuosas criaturas a las que el libertinaje, la pereza
o la adversidad reduce a la lucrativa y
deliciosa posición de putas, imbuíos de estos consejos;
podéis ver que sólo son el fruto de la sabiduría y
la
experiencia; fornicad por el culo, amigas mías, es el
único medio de enriqueceros y de divertiros. Esposas
delicadas y sensibles, recibid el mismo consejo; convertíos en
Proteas con vuestro maridos, si queréis retenerlos.
-¡Ah! que me den por el culo -exclama la puta
arrodillándose sobre un canapé-. Volmar, Flavie,
Juliette,
armaos con consoladores; vosotros, Ducroz y Téléme,
excitaos, que vuestros pitos se entrelacen con los
miembros postizos de estas zorras; aquí está mi culo:
¡jodedlo todos! Laurette estará delante de mí
durante
este tiempo y le haré todo lo que se me pase por la cabeza.
Se obedecen sus órdenes. Por la forma en que la libertina recibe
tales ataques, se ve fácilmente hasta qué
punto está acostumbrada a ellos; mientras uno de los actores la
trabaja, otro, inclinándose sobre ella, le frota
el clítoris o la parte interna del monte. La voluptuosidad
aumenta con la unión de ambos actos; no es
completa hasta que una dulce masturbación por delante viene a
dar, a las intromisiones del culo, la sal picante
que puede resultar de este goce. A fuerza de excitación,
Delbène se puso furiosa; las pasiones hablaban
impetuosamente en esta mujer ardiente, y no tardamos en darnos cuenta
de que la pequeña Laurette
servía más bien a sus furores que a sus caricias; la
mordía, le daba pellizcos, la arañaba.
- ¡Santo cielo! -exclamó al fin, sodomizada por
Teléne, acariciada por Volmar- ¡Oh! ¡joder, me
corro!
¡me habéis hecho morir de voluptuosidad! Sentémonos
y hablemos. No está todo en sentir emociones,
hay que analizarlas además. Algunas veces, es tan dulce saber
hablar de ellas como gozarlas, y cuando ya no se puede más en
este sentido, es divino lanzarse al otro. Hagamos un círculo.
Juliette, cálmate, ya leo tu
inquietud en tus miradas; ¿acaso tienes miedo de que faltemos a
la palabra? Esta es tu víctima -continuó,
mostrándome a Laurette-; la encoñarás, le
darás por el culo, no hay ninguna duda: las promesas de los
libertinos
son sólidas como su desenfreno. Téléme, y vos,
Ducroz, poneos cerca de mí; quiero manosear
vuestros penes mientras hablo, quiero hacer que se erecten, quiero que
la energía que encuentren bajo mis
dedos se comunique a mis discursos, y veréis cómo crece
mi elocuencia, no como la de Cicerón, en razón
de los movimientos del pueblo que rodea la tribuna en las arengas, sino
como la de Safo, en proporción al
flujo que obtenía de Damofila.
Confieso --nos dice Delbène, una vez que se puso en estado de
discurrir- que no hay nada en el mundo
que me asombre tanto como la educación moral que se da a las
jóvenes: parece que los principios que se les
inculca no tienen otro fin que contrariar en ellas todos los
movimientos de la naturaleza. Me gustaría que
alguno me respondiese para qué sirve una mujer buena en el
mundo, y si hay algo más inútil que esas prácticas
de virtud con las que no dejan de aturdir a nuestro sexo: existimos en
dos situaciones en las que se
recomiendan tales prácticas, y voy a intentar probar su
inutilidad en ambas épocas de nuestra vida.
¿Para qué sirve, pregunto, que una muchacha conserve su
virginidad hasta su matrimonio? ¿Y cómo puede
llevarse la extravagancia hasta el punto de creer que una criatura
femenina debe valer más por el hecho
de que tenga una parte de su cuerpo un poco más o menos abierta?
¿Con qué objeto ha creado la naturaleza
a todos los humanos? ¿Acaso no es para ayudarse mutuamente, y
por consiguiente para proporcionarse
todos los placeres que dependen de ellos? Ahora bien, si es cierto que
un hombre debe esperar grandes placeres
de una muchacha, ¿no contrariáis las leyes de la
naturaleza imponiendo a esta pobre muchacha una
virtud feroz que le prohíbe prestarse a los deseos impetuosos de
este hombre? ¿Podéis permitiros semejante
barbarie sin justificarla con algo? Ahora bien, ¿qué me
alegáis para convencerme de que esta muchacha
hace bien en guardar su virginidad? ¿Vuestra religión,
vuestras costumbres, vuestros hábitos? ¿Y hay algo,
por favor, más despreciable que todo esto? No hablo de la
religión, os conozco lo suficiente a todos como
para estar convencida del poco caso que la hacéis. Pero las
costumbres, ¿qué son las costumbres, me atrevo
a preguntaros? Me parece que se llama así al tipo de conducta de
los individuos de una nación, entre sí y
con los otros. Ahora bien, estas costumbres, estaréis de acuerdo
con esto, deben estar basadas en la felicidad
individual; si no aseguran esta felicidad, son ridículas; si la
ahogan, son atroces, y una nación inteligente
debe trabajar por la rápida reforma de estas costumbres, desde
el momento en que ya no sirven
para la felicidad general. Ahora bien, pido que se me pruebe que hay
algo en nuestras costumbres francesas
que, relativo al placer de la carne, pueda cooperar a la felicidad de
la nación: ¡en virtud de qué obligáis a
esta joven a conservar su virginidad, a pesar de la naturaleza, que le
dicta que la pierda, y a pesar de su salud,
que la prudencia trastorna! Me responderéis que es para que
llegue pura a los brazos de su esposo: pero
esta pretendida necesidad, ¿es otra cosa que la historia de los
prejuicios? ¡Qué!, ¿es preciso que esta desgraciada
se sacrifique diez años para que un hombre goce del
frívolo placer de cosechar primicias; es preciso
que apene a quinientos individuos para deleitar tristemente a uno solo?
¡Dónde se ha inmolado el interés
general más cruelmente que en leyes tan absurdas! ¡Vivan
para siempre las naciones que, lejos de estas
puerilidades, no estiman a las jóvenes de nuestro sexo
más que en razón de sus desórdenes! Sólo en
esta
multiplicidad reside la verdadera virtud de una muchacha: cuanto
más se entrega, mas digna es de ser amada;
cuanto más jode, más felices hace, y más
útil es a la felicidad de sus conciudadanos. Por consiguiente,
que renuncien, estos bárbaros maridos, al vano placer de coger
una rosa, derecho despótico que sólo se
arrogan a expensas de la felicidad de los otros hombres; que dejen de
subestimar a una muchacha que, al no
conocerlos, no pudo esperarlos para hacerles el presente de lo
más precioso que tenía, ¡y que ciertamente
no lo sería si hubiese consultado a la naturaleza!
¿Examinamos la necesidad de la virtud de los seres de
nuestro sexo bajo su segundo aspecto, quiero decir, cuando estamos
casadas? Esto nos conduce al adulterio,
y quiero tratar a fondo este pretendido delito.
Nuestras costumbres, nuestras religiones, nuestras leyes, todas esas
viles consideraciones locales no merecen
ninguna consideración en este examen: la cuestión no
estriba en saber si el adulterio es un crimen a
los ojos del lapón que lo permite, o del francés que lo
prohíbe, sino en si la humanidad y la naturaleza se
sienten ofendidas por esta acción. Para poder admitir semejante
hipótesis, sería necesario desconocer la
extensión de los deseos físicos con los que esta madre
común de los hombres ha dotado a ambos sexos. Sin
duda, si un hombre bastase a los deseos de una sola mujer, o que una
mujer pudiese contentar
los ardores
de un solo hombre, entonces, en esta hipótesis, todo lo que
violase la ley ultrajaría también a la naturaleza.
Pero si la inconstancia y la insaciabilidad de estos deseos son tales
que la pluralidad de hombres sea tan necesaria a la mujer como la de
mujeres a los hombres, me confesaréis que, en este caso, toda
ley que se
oponga a sus deseos se vuelve tiránica y se aleja visiblemente
de la naturaleza. Esta falsa virtud a la que se
da el nombre de castidad, al ser con toda seguridad el más
ridículo de todos los prejuicios, en la medida en
que esta manera de ser no coopera en nada a la felicidad de los otros y
perjudica infinitamente la prosperidad
general, puesto que las privaciones que impone esta virtud son
necesariamente muy crueles, esta falsa
virtud, repito, al ser el ídolo al que se inciensa, con el temor
de que cometa adulterio, debe ser colocada, por
todo ser sensato, entre los frenos más odiosos con los que el
hombre ha querido cargar a las inspiraciones
de la naturaleza. Atrevámonos a descubrir el velo; la necesidad
de fornicar no es de menor importancia que
la de beber y comer, y estas dos últimas se permiten sin la
menor restricción. Estamos completamente seguros
de que el origen del pudor no fue más que un refinamiento
lujurioso: se estaba de acuerdo con desear
durante más tiempo para excitarse más, y en seguida los
estúpidos tomaron por una virtud lo que no era
más que un refinamiento del libertinaje (5). Es tan
ridículo decir que la castidad es una virtud, como lo
sería
el pretender que también lo es el privarse de
alimentación. Que se observe con cuidado: casi siempre es la
necia importancia que ponemos en cierta cosa lo que acaba por erigirla
en virtud o en vicio; renunciemos a
nuestros imbéciles prejuicios sobre esto; que sea tan simple
decir a una muchacha, a un muchacho, o a una
mujer, que se tiene ganas de divertirse con ella, como lo es, en una
casa extraña, pedir los medios de apaciguar
su hambre o su sed, y pronto veréis que el prejuicio
desaparecerá, que la castidad dejará de ser una
virtud y el adulterio un crimen. ¡Y!, ¿qué
daño hago, por favor, qué ofensa cometo, al decir a una
hermosa
criatura, cuando me encuentro con ella: ¿me prestáis un
momento la parte de vuestro cuerpo que puede
satisfacerme?, y gozad, si eso os complace, de la parte que pueda seros
más agradable del, mío.
(5) El hombre no se ruboriza por nada cuando está solo; el pudor
empieza en él sólo cuando se le sorprende,
lo que prueba que el pudor es un prejuicio ridículo,
absolutamente desmentido por la naturaleza. El
hombre nació impúdico, la impudicia pertenece a la
naturaleza; la civilización puede cambiar estas leyes,
pero nunca las ahoga en el alma del filósofo. Huminem planto,
decía Diógenes mientras jodía a la orilla de
un camino. ¿Y por qué ocultarse cuando se planta a un
hombre más que cuando se planta una col?
¿En qué puede dañar mi proposición a esta
criatura, cualquiera que pueda ser? ¿En qué medida se
perjudicará
aceptándola? Si yo no tengo nada de lo que necesita para ser
complacida, entonces que el interés
sustituya al placer, y que, mediante una compensación convenida,
me conceda al instante el goce de su
cuerpo, y que se me permita emplear la fuerza y todos los malos tratos
que trae consigo, si, satisfaciéndola
en la medida que pueda, con mi bolsa o con mi cuerpo, no se atreve a
darme al momento lo que estoy en mi
derecho de exigirle. Sólo ella ofende a la naturaleza negando lo
que puede satisfacer a su prójimo: no la
ultrajo yo cuando propongo comprar lo que me conviene de ella, y pagar
lo que me cede al precio que ella
pueda desear. ¡Y no, no!, una vez más, la castidad no es
una virtud; no es más que una convención, cuyo
origen primero no fue más que un refinamiento del libertinaje;
no está de ninguna manera en la naturaleza,
y una muchacha, o un muchacho, una mujer que concediese sus favores al
primero que llega, que se prostituyese
con descaro en todos los sentidos, en todos los sitios, a cualquier
hora, sólo cometería algo contrario,
estoy de acuerdo con eso, a los hábitos del país en que
quizás habite ese individuo; pero no ofendería en
nada ni a su prójimo, al que más que ultrajar lo
serviría, ni a la naturaleza, siguiendo a la cual no ha hecho
más que complacerla al entregarse a los últimos excesos
del libertinaje. Estad bien seguros de qué la continencia
no es más que la virtud de los estúpidos y los
entusiastas; tiene muchos peligros y ningún efecto
bueno; es tan perniciosa para los hombres como para las mujeres; es
perjudicial para la salud, en la medida
en que acumula en los riñones el semen destinado a ser
expulsado, como las demás secreciones. En una
palabra, la más terrible corrupción de las costumbres
tiene infinitamente menos inconvenientes, y los pueblos
más célebres de la tierra, así como los hombres
que más la honraron, fueron incontestablemente los
más libertinos. La `comunidad de mujeres es el primer designio
de la naturaleza es general en el mundo, los
animales nos dan ejemplo de esto; es absolutamente contrario a las
inspiraciones de este agente universal
unir a un hombre con una mujer, como en Europa, y a una mujer con
varios hombres, como en ciertos países
de Africa, o a un hombre con varias mujeres, como en Asia y en la
Turquía europea; todas estas instituciones
son indignantes, contrarían los deseos, fuerzan a los humores,
encadenan las voluntades, y, de estas
infames costumbres, sólo desgracias pueden resultar. ¡Oh
vosotros, que os metéis a gobernar a los hombres,
absteneos de unir a ninguna criatura! Dejadla que haga sola sus
combinaciones, dejadla que se busque ella
misma lo que le conviene y pronto os daréis cuenta de que todo
funciona mejor.
Entonces, ¿qué falta hace, dirán todos los hombres
razonables, que la necesidad de perder un poco de semen
me ligue a una criatura a la que nunca amaré? ¿Qué
utilidad puede tener que esta misma necesidad encadene a mí a
cien infortunadas que no conozco de nada? ¿Por qué es
necesario que esa misma necesidad,
con cierta diferencia en la mujer, la someta a una obligación y
una esclavitud perpetuas? ¡Y qué!, esta
desgraciada muchacha tiene un temperamento ardiente; la necesidad de
tranquilizarse la consume, y, para
satisfacerla, ¿vais a unir su suerte a la de un hombre... lejos
quizás del gusto por estos placeres, y que o no
la verá más que cuatro veces en su vida, o se
servirá de ella para someterla a placeres en los que no
podrá
participar esta joven? ¡Qué injusticia por ambas partes'.
¡Y cómo se lograría que se evitase aboliendo
vuestros
ridículos matrimonios, y dejando en libertad a los dos sexos
para que se busquen y encuentren recíprocamente
lo que les hace falta! ¿Qué bien instauran los
matrimonios en una sociedad? Lejos de reafirmar los
lazos de unión, los rompen. ¿Qué sociedad parece
la más unida, la de una sola y misma familia, como lo
sería cada gobierno de la tierra, o la de cinco o seis millones
de individuos, cuyos intereses, siempre personales,
dividen necesariamente el interés general y lo combaten
eternamente? ¡Qué diferencia de unión... de
cariño entre todos los hombres, si todos por igual, hermanos,
padres, madres, esposos, intentando pelearse o
perjudicarse, perjudicasen o cambatiesen lo que más amasen! Pero
esta universalidad, diréis, debilita los
lazos; desaparecerían a fuerza de tenerlos. ¿Y qué
importa? Es mejor que no haya lazos de ningún tipo a tenerlos
con el fin de hacerlos desaparecer. Echemos una ojeada a la historia.
¿Qué habría sido de las ligas,
de los diferentes partidos que dividieron a Francia porque cada uno
seguía a su familia y se unía a ella para
luchar; qué habría sido de todo esto si no hubiese habido
en Francia más que una sola familia? ¿Se habría
dividido esta familia en grupos para combatirse recíprocamente,
para adoptar unos el partido de un tirano y
los otros el partido contrario? No más casas de Orleáns
contra Borgoñeses, no más Guisas contra Borbones,
basta de todos estos horrores que han asolado a Francia, y cuyo
único objeto era la ambición y el orgullo de
las familias. Estas pasiones se aniquilan con la igualdad que yo
propongo; se olvidan con la destrucción de
esos vínculos ridículos llamados matrimonios.
Sólo un objetivo, sólo un proyecto, sólo un deseo
en el Estado:
vivir felices juntos, y defender juntos la patria. Es imposible que la
máquina subsista mucho tiempo
más con las costumbres adoptadas hasta ahora.
Manteniéndose las riquezas y el crédito, que se buscan
constantemente, antes de un siglo habrá necesariamente una parte
del Estado tan poderosa y tan rica que
aplastará a la otra, y entonces he aquí a la patria
desolada (6).
(6) Hay que señalar que las memorias de Justine y las de su
hermana fueron escritas antes de la Revolución.
Si se analiza bien todo esto, es fácil ver que nunca han tenido
otras causas los disturbios. Una potencia
aumentada sordamente ha acabado siempre por intentar aplastar a la
otra, y lo ha logrado. ¡Cuántos obstáculos
suprimidos, cuántos inconvenientes previstos, si se aboliesen
los matrimonios: no más cadenas aborrecidas,
no más arrepentimientos amargos, no más crímenes,
frutos de esos abusos monstruosos, puesto
que la ley es la única que comete crímenes, ya que el
crimen desaparece en cuanto la ley deja de existir.
Ninguna cábala más en el Estado, no más
desigualdades chocantes de fortuna. Pero, ¿los niños...
la población?...
De esto vamos a tratar.
Comenzaremos por establecer un hecho de difícil respuesta,
según creemos: y es que, durante el acto del
goce, nos ocupamos muy poco de la criatura que puede resultar de
él; el que fuese bastante estúpido como
para pensar en él, seguramente se perdería la mitad del
placer. Es una ridiculez irritante, sin duda, ver a una
mujer sólo con esta idea o concebir esta misma idea al verla. Es
una equivocación suponer que la propagación
es una de las leyes de la naturaleza: sólo nuestro orgullo nos
hace concebir semejante estupidez. La
naturaleza permite la propagación, pero no hay que confundir la
tolerancia con una orden. Ella no tiene la
menor necesidad de la propagación; y la destrucción total
de la raza, desgraciada consecuencia de la negación
de la propagación, la afligiría tan poco como si la
especie entera de los conejos o las liebres desapareciese
sobre nuestro globo, y no por ello interrumpiría su curso. De
esta manera, ni la servimos con la propagación,
ni la ofendemos con la no propagación. Convenzámonos de
que esta interesante propagación, que
nuestro orgullo erige tontamente en virtud, es, respecto a las leyes de
la naturaleza, la cosa más inútil y que
menos debe importarnos. Dos seres de sexo diferente, a los que el
instinto acerca, deben dedicarse a probar
el placer en toda su extensión, y a aplicarle, para aumentarlo y
mejorarlo, todos los refinamientos que puedan
conseguir; después deben burlarse de las consecuencias, tanto
porque éstas no son en absoluto necesarias,
como porque la naturaleza carga con ellas (7).
(7) ¡Hombre! crees que cometes un crimen contra la naturaleza
cuando te opones a la propagación o
cuando la destruyes, y no piensas que la destrucción de tantos
hombres como hay en la superficie de la tierra,
no le costaría ni una lágrima a esta naturaleza, y no le
produciría la más mínima alteración en la
regularidad
de su marcha. En cuanto al padre, se desentiende por completo del
cuidado de esta criatura. ¿Y cómo podría
preocuparse
por él, con la comunidad que yo imagino? Un poco de semen
soltado en una matriz común, no puede
convertirse en una obligación de ocuparse del embrión
germinado, y no puede imponerle deberes hacia este
embrión, como no se los impone el insecto que ha hecho salir con
sus excrementos al pie de un árbol: en
ambos casos es la materia con su necesidad de liberarse y que se
convierte en lo que puede. En el caso supuesto,
sólo la mujer se convierte en la dueña del
embrión; como único propietario de este fruto
ridículamente
precioso, puede disponer de él a su antojo, destruirlo en el
fondo de su seno, si la molesta, o una vez
que haya nacido, si la especie no la conviene, y en cualquier caso
nunca se le debe prohibir el infanticidio.
Es un bien enteramente suyo, al que nadie reclama, que no pertenece a
nadie, que la naturaleza no necesita,
y al que, por consiguiente, ella puede alimentar o ahogar,
según desee. ¡Y!, no temamos que falten hombres;
habrá más mujeres de lasque se desee ansiosas de criar el
fruto que llevan dentro; y siempre tendréis
más brazos de los que os hagan falta para defenderos y para
cultivar vuestras tierras. Entonces, cread escuelas
públicas, donde sean educados los niños, una vez que no
necesiten el regazo de su madre; que, depositados
allí como niños del Estado, olviden hasta el nombre de
esa madre, y que, uniéndose promiscuamente
a su vez, hagan como sus padres.
Según estos principios, ved lo que sería el adulterio y
si es posible o cierto que una mujer pueda hacer algún
mal entregándose a quien mejor le parezca. Ved si no
subsistiría todo de la misma forma, incluso con
la completa destrucción de nuestras leyes. Pero, por otra parte,
¿son generales estas leyes? ¿Sienten todos
los pueblos el mismo respeto por estos vínculos absurdos?
Hagamos un rápido examen de aquellos que los
han despreciado.
En Laponia, en Tartaria, en América, es un honor que su mujer se
prostituya con un extranjero.
Los Ilirianos tienen asambleas muy particulares de libertinajes, en las
que obligan a sus mujeres a entregarse
al recién llegado, ante ellos.
El adulterio estaba públicamente autorizado entre los griegos.
Los romanos se prestaban mutuamente a
sus mujeres. Catón prestó la suya a Hortensio, que
deseaba una mujer fecunda.
Cook descubrió una sociedad en Otaïtí donde todas
las mujeres se entregaban indiferentemente a todos
los hombres del pueblo. Pero si una de ellas se quedaba embarazada, el
niño era ahogado en el momento de
su nacimiento: ¡Cuán cierto es que existen pueblos
bastante sabios como para sacrificar a sus placeres las
leyes fútiles de la población! Esta misma sociedad, con
algunas diferencias, existe en Constantinopla (8).
(8) Existió en Persia. Los brahamanes se reunían
igualmente entre ellos, y se entregaban recíprocamente
a sus mujeres, sus hijas y sus hermanas. Entre los antiguos bretones,
ocho o diez maridos se reunían y ponían
a sus mujeres en común. Entre nosotros, los intereses, los
partidos diferentes se oponen a estos tráficos
deliciosos. ¿Cuándo seremos suficientemente
filósofos para establecerlos?
Los negros de la costa de la Pimienta y de Riogabar prostituyen a sus
mujeres con sus propios hijos.
Singha, reina de Angola, estableció una ley que permitía
la promiscuidad de las mujeres. Esta misma ley
les impedía quedarse embarazadas, bajo pena de ser emparedadas:
ley severa, pero útil, y que debe seguir
siempre a la prohibición de los vínculos de la comunidad,
con el fin de poner límites a una población cuya
proliferación podría llegar a ser peligrosa.
Pero se puede limitar esta población con medios más
suaves: por ejemplo, concediendo honores y recompensas
al safismo, a la sodomía, al infanticidio, como descubrió
Esparta. De esta forma se equilibraría
la balanza sin necesidad de, como en Angola o en Formosa, destruir el
fruto de las mujeres en su propio
seno.
En Francia, por ejemplo, donde la población es mucho más
numerosa, al establecer la comunidad de la
que hablo, habría que fijar el número de hijos, y matar
sin compasión al resto, y, como acabo de explicar,
venerar los amores ilegítimos entre sexos iguales. El gobierno,
dueño de estos niños y de su número,
contaría
necesariamente con tantos defensores como hubiese creado, y el Estado
no tendría que alimentar a treinta
mil desgraciados, en las grandes ciudades, en épocas de hambre.
Es llevar demasiado lejos el respeto por
un poco de materia fecundada el imaginarse que no se pueda, cuando sea
necesario, destruirla antes del
plazo o incluso mucho después. En China existe una sociedad
parecida a las de Otaïtí y Constantinopla. Se las llama los
maridos cómodos.
No casan a sus hijas más que con la condición de que se
prostituyan a otros: su casa es el asilo de todas
las lujurias. Ahogan a los niños que nacen de este comercio.
En Japón existen mujeres que, aunque casadas, se ponen, con el
consentimiento del marido, en los alrededores
de los templos y de los caminos principales, con el seno descubierto,
como las cortesanas de
Italia,
y están siempre dispuestas a favorecer los deseos del
recién llegado.
En Camboya hay una pagoda, lugar de peregrinación adonde van
todas las mujeres con la mayor devoción;
allí se prostituyen públicamente, sin que los maridos
tengan nada que decirles en contra. Las que han
amasado una cierta fortuna en este oficio compran, con este dinero,
jóvenes esclavas a las que enseñan la
misma costumbre y a las que a continuación llevan a la pagoda
para que se prostituyan a su vez .
En Pegu, un marido desprecia soberanamente los primeros favores de su
mujer; se los ofrece a un amigo,
incluso a menudo a un extraño. Pero no hará lo mismo con
las primicias de un joven: este goce es el más
delicioso de todos para los habitantes de estos países.
Las indias de Darien se prostituyen al primer llegado. Si están
casadas, el esposo se encarga del hijo; si
son doncellas, sería una deshonra estar embarazada, y entonces
se hacen abortar o, en sus goces, toman
precauciones que las liberen de esta inquietud.
Los sacerdotes de Cumane recogen la flor de las jóvenes casadas:
el esposo no la aceptaría sin esta previa
ceremonia. Por lo tanto, esta preciosa joya no es más que un
prejuicio nacional, igual que ocurre con otras
cosas sobre las que nunca hemos querido abrir los ojos. ¿Durante
cuánto tiempo tuvieron este derecho los
señores feudales en varias provincias de Europa, y especialmente
en Escocia? Por consiguiente, son prejuicios
como el pudor... como la virtud... como el adulterio. Estamos muy lejos
de que todos los pueblos
hayan estimado igualmente las primicias. En América
septentrional, cuantas más aventuras galantes hubiese
tenido una muchacha, más esposos encontraba que la deseaban. No
la hubiesen querido si fuese virgen:
era una prueba de su escaso mérito.
En las islas Baleares, el marido es el último que goza de su
mujer: los padres, los amigos, todos lo preceden
en esta ceremonia; se convertiría en un hombre muy des honrado
si se opusiese a esta prerrogativa.
Esta misma costumbre se observaba en Islandia, y entre los Nazamenos,
pueblo de Egipto: después del festín,
la esposa, desnuda, iba a prostituirse con todos los convidados y
recibía un presente de cada uno de
ellos.
Entre los Masagetas, todas las mujeres pertenecían a todos:
cuando un hombre encontraba una que le
agradaba, la hacía subir a su carro sin que ella pudiese
defenderse; colgaba sus armas de la parte delantera,
y esto bastaba para impedir que los otros se acercasen.
No fue creando leyes de matrimonio, sino, por el contrario,
estableciendo la perfecta comunidad de mujeres,
como los pueblos del Norte fueron lo bastante pode rosos para aplastar
tres o cuatro veces Europa e
inundarla de sus emigraciones.
Por consiguiente, el matrimonio es perjudicial para la
población, y el universo está lleno de pueblos que
lo han despreciado. Por lo tanto, es contrario a la felicidad de los
individuos, a los ojos de la naturaleza, y
en general a todas las instituciones que pueden asegurar la felicidad
del hombre sobre la tierra. Ahora bien,
si es el adulterio el que pulveriza el matrimonio, el adulterio el que
destruye sus leyes, haciendo volver a las
de la naturaleza, el adulterio podría pasar fácilmente
por una virtud en lugar de ser un crimen.
¡Oh tiernas criaturas, obras divinas, creadas para los placeres
del ,hombre! dejad de creer que no estáis
hechas más que paró el goce de uno solo; arrojad a
vuestros pies, sin ningún temor, esos vínculos absurdos
que, al encadenaros a los brazos de un esposo, ahogan la felicidad que
esperáis del amante deseado! Pensad
que al resistirle ultrajáis la naturaleza: al formaros el mas
sensible, el más ardiente de los sexos, grababa en
vuestros corazones el deseo de entregaros a todas vuestras pasiones.
¿Os indicaba acaso que cautivaseis a
uno solo cuando os daba la fuerza de cansara cuatro o cinco seguidos?
Despreciad las vanas leyes que os
tiranizan; sólo son obra de vuestros enemigos, desde el momento
en que no habéis sido vosotras quienes las
habéis hecho: desde el momento en que os abstendríais con
toda seguridad de aprobarlas, ¿con qué derecho
pretenden someteros a ellas? Pensad que sólo existe una edad
para gustar, y que en vuestra vejez derramaréis
amargas lágrimas si cuando fuisteis jóvenes no gozasteis:
¿y qué fruto obtendréis de esta prudencia,
cuando la pérdida de vuestros encantos no. os permita aspirar a
ningún derecho? La estimación de vuestro esposo
¡qué triste consuelo! ¡qué compensaciones por
semejantes sacrificios! Por otra parte, ¿quién responde
de su equidad?, ¿quién os dice que vuestra constancia le
es tan preciosa como vosotras creéis? Por tanto,
ahí os quedáis reducidas a vuestro propio orgullo.
¡Ah! mujeres dignas de ser amadas, el más pequeño
de
los goces que da un amante vale más que los de uno mismo: todos
esos goces íntimos son puras quimeras
en las que nadie cree, en los que nadie confía, nadie os
agradece, y destinadas a ser sus víctimas, moriréis
como tales por prejuicios en lugar de serlo por el amor. Servidlo,
jóvenes rebeldes, servid sin temor, a ese
Dios encantador que os creó para él: a los pies de sus
altares, en los brazos de sus partidarios, encontraréis
la recompensa de las pequeñas penas que os produjo el primer
paso. Pensad que éste es el único que cuesta;
pero desaparece en cuanto se abren vuestros ojos: ya no es el pudor el
que colorea de rosas vuestras mejillas
frescas y blancas, es el pesar de haber podido respetar por un minuto
el despreciable freno con el que se
atrevieron a ataros un solo día la atrocidad de los padres o los
celos del esposo. .
En el terrible estado en que están las cosas -que es lo que
constituirá la segunda parte de mi discurso- en
este molesto y terrible estado, sólo nos queda dar a las mujeres
algunos consejos sobre la manera de conducirse,
y examinar si realmente resulta un inconveniente ese fruto
extraño que el marido se ve obligado a
adoptar.
En primer lugar, veamos si no es una vana quimera que el marido
deposite su honor y su tranquilidad en
la conducta de una mujer.
¡El honor!, ¿y cómo puede haber otro ser distinto
de nosotros mismos que disponga de nuestro honor?
¿No será esto un medio astuto que han utilizado los
hombres para obtener más de sus mujeres, para encadenarlas
con mayor fuerza a ellos? ¡Y qué!, ¿se le
permitirá a este hombre injusto que se entregue a todos los
libertinajes que le plazcan, sin que manche este frívolo honor;
y lo deshonra esta mujer cuando recurre a
otro, esta mujer a la que descuida, esta mujer viva y ardiente de la
que no contenta ni la cuarta parte de sus
deseos? Pero con toda seguridad, este es el mismo tipo de locura que el
del pueblo en el que el marido se
acuesta cuando la mujer da a luz. Por lo tanto, convenzámonos de
que nuestro honor está en nosotros mismos,
que nunca puede depender de nadie, y que es una extravagancia pensar
que las culpas de los otros
pueden afectarle en lo más mínimo.
Por consiguiente; si es absurdo pensar que un hombre puede sentirse
deshonrado por la conducta de su
mujer, ¿qué otra pena pensáis que puede afectarle?
Una de dos: o este hombre ama a su mujer o no la ama;
en la primera hipótesis; desde el momento en que ella le
engaña, es que ya no le ama; ahora bien, decidme
si no es la mayor de las extravagancias amar a quien ya no os ama. Por
consiguiente, el hombre de que tratamos
debe dejar de sentirse unido a su esposa desde ese mismo momento, y, en
esta suposición, se le debe
permitir la inconstancia a tal esposa. Si es el segundo caso y es el
marido el que ha dado lugar a esta inconstancia
con su falta de amor, ¿de qué puede quejarse? Tiene lo
que merece, lo que necesariamente debía
sucederle al comportarse como lo ha hecho. Por lo tanto,
cometería la mayor injusticia si se quejase o si lo
encontrase mal: ¿acaso no tiene diez mil objetos como
compensación en torno suyo? ¡Y que deje divertirse
en paz a esta mujer!, suficientemente desgraciada ya por verse obligada
a forzarse, en tanto que él no necesita
ocultarse y no hay ninguna opinión que lo condene. Que la deje
gustar tranquilamente los placeres que
él ya no puede ofrecerle, y su complacencia puede además
hacerle amigo de esta mujer... ultrajada si utiliza
con ella procedimientos contrarios. Entonces, el reconocimiento
hará lo que el corazón no pudo lograr, nacerá
la confianza por sí misma, y ambos, una vez que hayan llegado al
declive de sus vidas, se compensarán
mutuamente, en el seno de la amistad, de lo que les negó el
amor.
Esposos injustos, dejad entonces de atormentar a vuestras mujeres si os
son infieles. ¡Ah!, si quisierais
analizaros, encontraríais que siempre fuisteis vosotros los que
cometistéis la primera equivocación, y lo que
convencerá al público de que esta equivocación es
siempre vuestra es que todos los prejuicios se refieren
todavía a la mala conducta de la mujer; porque ellas tienen
infinidad de lazos que franquear para ser libertinas,
y porque no es natural que un sexo dulce y tímido llegue a esta
situación sin buenas razones. ¿Acaso es
falsa mi hipótesis? ¿Es la esposa la única
culpable? ¿Y qué le importa al marido? ¡Que no se
hubiese engañado
poniendo en eso su tranquilidad! ¿Siente él dolores
físicos por las bobadas de su mujer? ¡Claro que
no!, todas ellas son imaginarias. Le disgusta algo que le
honraría a quinientas o seiscientas leguas de París.
¡Que arroje los prejuicios! ¿Se piensa en las faltas del
himeneo cuando se está en el seno de los placeres de
la lujuria? Estos son los más sensuales de todos, que se
entregue a ellos y pronto se habrá olvidado de todas
las faltas de su mujer. Entonces, ¿es ese fruto... ese fruto que
no ha sembrado él y que sin embargo tiene que recoger, esto es
lo
que provoca su desolación? ¡Qué ingenuidad! Dos
cosas se presentan aquí: o vivís con vuestra mujer, fiel,
de forma que os dé herederos, o no vivís con ella; o
vivís con ella como algunos esposos libertinos, de forma
que podéis estar seguros de que el fruto no es vuestro. No
tenéis que aterrorizaros en este último caso:
vuestra mujer es lo bastante lista como para no daros hijos; dejadla
hacer y no los tendréis; una mujer suficientemente
astuta como para conducir una intriga no se comprometerá con tal
torpeza. En el otro caso,
desde el momento en que os afanáis como vuestro rival por la
multiplicación de la especie, ¿quién puede
aseguraros que el fruto no os pertenece? Se puede apostar tanto en
favor como en contra, y es una extravagancia
no seguir el partido que os tranquilice más. O dejáis de
ver por completo a vuestra mujer en cuanto
sospechéis una intriga, lo cual es la forma más segura y
mejor de burlarla; o, si seguís cultivando el mismo
jardín que su amante, no acuséis a éste, sino a
vosotros mismos, de haber sembrado el fruto que germina.
Estas son las dos objeciones respondidas: o no tenéis hijos; o,
si los tenéis, se puede apostar lo mismo a
favor o en contra de que os pertenezcan a vosotros o a vuestro rival;
incluso hay una probabilidad más en
favor de esta última opinión: las ganas que debe tener
vuestra mujer de tapar la intriga con un embarazo, lo
que, estad seguros, la llevará a hacer cualquier cosa para
tenerlo con vos, porque es fijo que nunca se sentirá
más tranquila que cuando os haya visto poner el bálsamo
en la herida, y porque con este proceder obtendrá
la seguridad de poder arriesgarse en adelante a cualquier cosa con su
amante. Por consiguiente, vuestra
inquietud respecto a esto es una locura: el hijo es vuestro, estad
seguros de ello; vuestra mujer tiene el mayor
interés en que os pertenezca, y, por otra parte, vos
habéis trabajado para eso. ¡Y bien!, con estas dos
razones juntas tenéis la certeza de lo que queríais
saber: el hijo es vuestro, esto es evidente, y lo es por el
mismo cálculo que hace que de dos corredores, llegue el primero
el que ha sido pagado mientras que el otro
no obtenía nada en la misma carrera. Pero supongamos por un
momento que no sea vuestro: ¿Qué os importa
en realidad? Queríais un heredero, ahí lo tenéis:
es la educación lo que da el sentimiento filial, no la
naturaleza. Creed que este niño, sin saber que es vuestro hijo,
acostumbrado a veros, a llamaros, a quereros
como a su padre, os considerará como tal, y os amará
tanto, y quizás más, como si hubieseis cooperado a su
existencia. Por tanto, sólo quedará en vosotros la
imaginación de enfermo, ahora bien, nada se cura tan
fácilmente
como estos males. Dad una sacudida más viva a esta
imaginación, llenarla con algo que tenga más
fuerza, más actividad sobre ella, pronto la reduciréis a
lo que queráis, y su enfermedad se curará. En todos
los casos mi filosofía os ofrece un medio. Nada es tan vuestro
como nuestros hijos; os los damos, os pertenecen
todavía más, porque no hay nada tan nuestro como lo que
se nos da. Utilizad vuestros derechos, y
recordad que un poco de materia organizada, bien que nos pertenezca o
que sea propiedad de los otros, le
importa muy poco a la naturaleza, que en todo momento nos dió el
placer de desorganizarla a nuestro antojo.
Ahora a vosotras, esposas encantadoras, ahora os toca vuestra
lección, amigas mías. He tranquilizado el
espíritu de vuestros maridos; les he enseñado a que no se
disgusten por nada con vosotras; ahora, voy a
instruiros en el arte de engañarlos astutamente. Pero antes
quiero haceros temblar: quiero exponer ante
vuestros ojos el cuadro siniestro de todas las penas impuestas al
adulterio, tanto para haceros ver que el
pretendido delito tiene que proporcionar grandes placeres, ya que todos
los pueblos lo trataron con tanta
severidad, como para que agradezcáis a la suerte la felicidad de
haber nacido bajo un gobierno dulce, que,
confiando vuestra conducta a vosotras mismas, no os impone más
penas, si esta conducta no es buena, que
la frívola vergüenza de consideraron deshonradas... Un
encanto más, convenid en esto, para la mayor parte
de vosotras.
Una ley del emperador Constancio condenaba el adulterio a la misma pena
que el parricidio, es decir, a
ser quemada viva, o metida en un saco cerrado y arroja da al mar: ni
siquiera dejaba a estas desgraciadas el
recurso de apelar, una vez que eran convictas.
Un gobernador de una provincia había exiliado a una mujer
culpable de adulterio; el emperador Mayorino,
encontrando el castigo muy suave, expulsó a esta mujer de Italia
y dio el permiso de matarla a todos los
que se encontrasen con ella.
Los antiguos daneses castigaban el adulterio con la muerte, mientras
que el homicida no pagaba más que
una simple multa: por tanto lo consideraban un crimen mucho mayor.
Los mongoles parten en dos con su sable a una mujer adúltera. En
el reino de Tonkin, es aplastada por un elefante. En Siam,, es
más suave: se la entrega al mismo elefante;
goza de ella en una máquina preparada exprofeso y en la que cree
ver la representación de su hembra.
Muy bien podría ser la lubricidad la que hubiese inventado este
suplicio.
Los antiguos bretones, en casos parecidos, y quizás con el mismo
fin, la hacían expirar bajo las vergas.
En el reino de Luango, en Africa, es lanzada con su amante desde lo
alto de una montaña escarpada.
En las Galias, se las ahogaba en el lodo y se las cubría con
zarzas.
En Juida, el mismo marido condenaba a su mujer; la hacía
ejecutar al momento, delante de él, si la encontraba
culpable: lo que era muy cómodo para los maridos cansados de sus
mujeres.
En otros países, recibe de las leyes el poder de ejecutarla con
su propio brazo, si la encuentra en falta. Esta
costumbre era sobre todo la de los godos (10).
Los miamis cortaban la nariz a la mujer adúltera; los abisinios
la expulsaban de sus casas, cubierta de
harapos. Los salvajes del Canadá le cortaban la cabeza en
redondo y le quitaban una tira de piel.
En el Bajo-Imperio, la mujer adúltera era prostituida a la
gente.
En Diarbeck, la criminal era ejecutada por su familia reunida, y todos
los que entraban debían darle una
puñalada.
En algunas provincias de Grecia, donde este crimen no estaba
autorizado, como en Esparta, todo el mundo
podía matar impunemente a una mujer adúltera.
Los Gaux-Tolliams, pueblos de América, conducían a la
mujer adúltera ante el cacique, y allí era cortada
en trozos y comida por los testigos.
Los hotentotes, que permiten el parricidio, el matricidio y el
infanticidio, castigan el adulterio con la
muerte; ante un hecho así, el hijo mismo se convierte en delator
de su madre (11).
¡Oh mujeres voluptuosas y libertinas! si, como imagino, estos
ejemplos no sirven más que para encenderos
más, porque la esperanza de que el crimen es seguro es siempre
un placer más para cabezas organizadas
como las vuestras, escuchad mis lecciones y aprovechaos de ellas; os
voy a desvelar toda la teoría del adulterio.
(l0) Esta es la mejor y la más sabia de todas las leyes, sin
duda alguna; un delito que se comete en la
sombra debe ser castigado sordamente, y la venganza solamente debe
corresponder siempre al ultrajado.
(11) Todas estas leyes no son más que fruto del orgullo y de la
lujuria.
Nunca miméis tanto a vuestro marido como cuando queráis
engañarlo.
Si es libertino, servid sus deseos, someteos a sus caprichos, alabad
todas sus fantasías, ofrecedle incluso
objetos lujuriosos. Según sus gustos, tened siempre junto a
vosotras bonitas muchachas o muchachos, proporcionádselos.
Encadenado por el reconocimiento, jamás se atreverá a
haceros reproches: y por otra parte,
¿qué podría objetar que no pudieseis volver contra
él?
Necesitáis una confidente; os arriesgáis a perderos si
actuáis solas: conseguid una mujer segura y no descuidéis
nada para unirla a vuestros intereses y al servicio de vuestras
pasiones; sobre todo pagadla bien.
Gozad con gente a sueldo mejor que con un amante; los primeros os
servirán bien y en secreto; los otros
se envanecerán de vosotras y os deshonrarán, sin daros
placer.
Un lacayo, un camarero, un secretario, nada de esto marca en el mundo;
un petimetre sí, y entonces ya
estáis perdidas, a menudo para no haber sido más que
frustradas en vuestros deseos.
Nunca hagáis hijos, nada produce menos placer; los embarazos
minan la salud, afean el cuerpo, marchitan
los encantos, y la incertidumbre de todos estos acontecimientos
disgusta al marido. Hay mil medios de
evitarlos, uno de los mejores es fornicar por el culo; mientras tanto
haceros excitar el clítoris, y esta forma
de gozar os producirá mil veces más placer que la otra;
vuestros fornicadores también ganarán con ello, el
marido no observará nada, y todos contentos. Quizás
vuestro esposo os proponga él mismo la sodomía: entonces,
haceos valer: hay que aparentar
siempre que se rechaza lo que se desea. Si, temiendo a los hijos, os
veis obligadas a ser vosotras la que lo
llevéis a este punto, disculpaos con el temor que sentís
de morir al dar a luz; sostened que una de vuestras
amigas os ha dicho que su esposo la tomaba de esta forma. Una vez hecha
a estos placeres, utilizad sólo
éstos con los amantes: así tendréis disipadas la
mitad de las sospechas, y asegurada vuestra tranquilidad
respecto a los embarazos.
Haced espiar los pasos de vuestro tirano; nunca hay que temer sorpresas
cuando se quiere gozar con delicia.
A pesar de todo, si alguna vez fueseis descubiertas hasta el punto de
no poder negar ya vuestra conducta,
haced la comedia de los remordimientos, redoblad los cuidados y
atenciones con vuestro marido. Si previamente
os habéis ganado su amistad con complacencias y consideraciones,
pronto volverá a vosotras. Si
se obstina, sed las primeras en lamentaros. Sólo vosotras
poseéis su secreto: amenazadlo con divulgarlo; y
para que tengáis siempre sobre él este poder es por lo
que os recomiendo que estudiéis sus gustos y los sirváis
desde el principio de vuestra unión. Por fin, atándolo de
esta manera, veréis cómo infaliblemente vuelve:
reconciliaos entonces con él, y permitidle todo lo que quiera,
con tal de que a su vez os perdone; pero
no abuséis de este procedimiento; tomad más precauciones:
una mujer prudente debe temer siempre irritar a
su marido por excesiva entrega.
Gozad en tanto que no seáis descubiertas: entonces, absteneos de
negaros nada.
Frecuentad poco a mujeres libertinas; su comercio no os
procurará placeres, y podría daros muchos disgustos;
se exhiben más que los amantes, porque saben que siempre es
necesario ocultarse con un hombre y
no lo creen necesario con una mujer.
Si os permitís relaciones a cuatro, que sea con una amiga
segura: examinad bien las cadenas que ella debe
respetar; no os arriesguéis si no tenéis más o
menos los mismos deberes, porque entonces ella se guardará
menos que vosotras y os perderá con sus imprudencias.
Encontrad algún medio para enteraron de la vida de los otros; y
si un hombre os engaña, alejaos de él. No
hay comparación posible entre la vida de este hombre y vuestra
tranquilidad; de donde concluyo que vale
cien veces más deshacerse de él que exhibiros o
comprometeros: no es que la reputación sea algo esencial,
solamente sirve para consolidar los placeres. Una mujer que se
considera prudente goza siempre infinitamente
mejor que una cuya consideración se ha desvanecido a causa de su
mala conducta demasiado conocida.
Sin embargo, respetad la vida de vuestro esposo, no porque haya
ningún individuo en el mundo cuyos días
merezcan serlo, sino más bien por vuestro propio interés;
y en este caso, ese interés personal reside en
que tratéis bien a este hombre. Es un estudio largo y fatigoso
para una mujer aprender a conocer a su marido:
pero una vez realizado con el primero, no le cuesta mucho trabajo con
el segundo; incluso quizás no
gane mucho con conocerlo. No es un amante lo que busca en su esposo,
sino un personaje cómodo, y, en
este caso, la larga costumbre tiene más posibilidades de
éxito que la novedad.
Si el goce antinatural de que acabo de hablaron no logra inflamaros,
fornicad por el coño, lo veo bien; pero
vaciad el vaso en cuanto se llene; no dejéis nunca que el
embrión llegue a su sitio: es de la mayor importancia,
si no os acostáis pon vuestro marido, y también si os
acostáis con él, porque, como he dicho, de la
incertidumbre nacen las sospechas, y de las sospechas casi siempre las
rupturas y las peleas.
Sobre todo no tengáis ningún respeto por esa ceremonia
civil o religiosa que os encadena a un hombre al
que no amáis, o al que ya no amáis, o que no os basta.
Una misa, una bendición, un contrato, ¿son bastante
fuertes... suficientemente sagradas todas estas simplezas para
obligaros a arrastraros bajo cadenas? Este
acto de fe dado, jurado y prometido, no es más que una
formalidad que da a un hombre el derecho de acostarse
con una mujer, pero que no compromete ni al uno ni al otro: mucho menos
a aquella que, de los dos,
tiene menos medios para desligarse. Vos, que estáis destinada a
vivir en el mundo -me dice la superiora
señalándome- mi querida Juliette, despreciad, desechad
estos absurdos como se merecen; son convenciones
humanas, a las que estáis obligada a adheriros a pesar de vos:
un charlatán disfrazado que da vueltas alrededor
de una mesa, frente a un gran libro, y un pillo que os hace firmar en
otro, todo esto no está hecho ni
para obligar ni para imponerse. Utilizad los derechos que os ha
concedido la naturaleza; y ésta sólo os dictará
que despreciéis estos hábitos y que os
prostituyáis de acuerdo con vuestro deseos. Vuestro cuerpo es el
templo donde quiere ser adorada, y no el altar en el que acaba de
vociferar su misa ese cura imbécil. Los
juramentos que ella exige de vos no son los que acabáis de hacer
a ese despreciable juglar, o los que habéis
firmado para aquel hombre lúgubre: los que la naturaleza quiere
son que os entreguéis a los hombres, en
tanto que vuestras fuerzas os lo permitan. El Dios que ella os ofrece
no es el trozo de pasta redonda que
este arlequín acaba de hacer pasar a sus entrañas, sino
el placer, la voluptuosidad; y sólo si no servís a estos
dos últimos, es como ultrajáis a esta tierna madre.
Cuando tengáis que elegir en vuestros amoríos, escoged
siempre a gente casada: al ser el mismo el interés
por el secreto, tendréis que temer menos indiscreciones. Pero
incluso en este caso preferid a la gente a
sueldo: os lo he dicho, tiene mucha más cuenta; de esta forma,
es posible cambiar como de ropa, y la variación...
la multiplicidad, son los dos vehículos más poderosos de
la lujuria. Fornicad con la mayor cantidad
de hombres que os sea posible: nada divierte, nada excita tanto como el
gran número; cada uno os dará un
placer nuevo, aunque no sea más que por el cambio de
conformación, y no sabréis nada del amor si no
conocéis
más que un pito. En realidad, a vuestro esposo le da exactamente
igual: estaréis de acuerdo en que
no está más deshonrado por el que hace el número
mil que por el primero, incluso menos, porque parece
como si el uno borrase al otro. Por otra parte, el marido, si es
razonable, perdona mucho más fácilmente el
libertinaje que el amor: éste le ofende personalmente,
aquél no es más que una falta de vuestro físico.
El
puede muy bien ser razonable y entonces su amor propio está en
paz. Por lo tanto le da igual; en cuanto a
vuestros principios, ya que no sois filósofas, debéis
saber que, una vez que se ha dado el primer paso, no
pecáis más con el primero que con el diez mil.
Sólo nos queda el público; ahora bien, éste os
pertenece enteramente;
todo depende del arte de fingir y del de imponeros a él; si
tenéis ambos artes-lo que debéis estudiar-
haréis del público y de vuestro marido lo que
queráis. No perdáis nunca de vista que no es la falta lo
que pierde a una mujer, sino el escándalo, y que diez millones
de crímenes ignorados son menos peligrosos
que el más leve tropiezo que salta a la vista de todo el mundo.
Sed modestas en vuestros vestidos: la ostentación marca
más a una mujer que veinte amantes; un peinado
más o menos elegante, un vestido más o menos caro, no
contribuye en nada a la felicidad; pero fornicar
mucho y a menudo contribuye a ella de una forma asombrosa. Con un
aspecto pudoroso o modesto, nunca
sospecharán de vosotras: si alguien se atreviese por un momento,
mil defensores romperían lanzas por vosotras.
El público, que no tiene tiempo de profundizar, no juzga nunca
más que por las apariencias: no cuesta
nada revestirse con las que le gustan. Por consiguiente, satisfaced al
público para que os ayude cuando lo
necesitéis.
Cuando vuestros hijos sean mayores, alejadlos de vosotras: con
demasiada frecuencia han sido los delatores
de su madre. Si os tientan, resistid el deseo: la desproporción
de edad produciría un hastío del que seríais
víctimas. Este incesto no tiene gran atractivo, y puede ahogar
voluptuosidades mucho mayores. Tiene
menos riesgos excitarse con la hija, si complace; hacedla compartir
vuestros excesos para que no os delate.
Creo que ahora es necesario añadir una conclusión a todos
estos consejos: y es que la prudencia de las
mujeres es una pérdida, un flagelo para la sociedad, y que
debería haber castigos dirigidos contra las absurdas
criaturas que, por algún motivo, creen que conservando su
ridícula virginidad se ennoblecen en este
mundo y se preparan coronas en el otro.
Jovenes y deliciosos objetos de nuestro sexo -pro siguió
Delbène con calor-, a vosotras me he dirigido
hasta ahora y a vosotras os digo una vez más: Desechad esta
salvaje virtud, de la que los estúpidos se atreven
a hacer un mérito; renunciad a la bárbara costumbre
dé inmolaros en los altares de esta ridícula virtud
cuyos fantásticos goces no os compensarán nunca de todos
los sacrificios que habéis hecho. ¿Y con qué
derecho os exigen los hombres tanta contención, cuando no la
tienen ellos? ¿No veis con claridad que son
ellos los que hacen las leyes, y que su orgullo o su intemperancia
presiden su redacción?
¡Oh compañeras, fornicad, habéis nacido para
fornicar! Para ser jodidas os ha creado la naturaleza. Dejad
que los estúpidos, los mojigatos y los hipócritas griten;
sus razones tendrán para blasfemar contra esta deliciosa
intemperancia que constituye la felicidad de vuestros días. No
pudiendo obtener nada de vosotras,
celosos de lo que podéis dar a los otros, os vituperan porque ya
no esperan nada, y porque están en un estado
en el que no pueden pediros nada; pero consultad a los hijos del amor y
del placer, preguntad a la sociedad
entera: todos se unirán para aconsejaros fornicar, porque
fornicar es la intención de la naturaleza, y
porque la abstinencia es un crimen. Que no os asuste el nombre de puta:
más estúpida es la que se ofenda.
Una puta es una criatura amable, joven, voluptuosa, que, al sacrificar
su reputación a la felicidad de los
otros, sólo por eso ya merece elogios. La puta es la hija
querida de la naturaleza, la muchacha buena es su execración; la
puta merece altares, y la vestal la hoguera. ¿Y qué
ultraje más duro
puede hacer una muchacha
a la naturaleza que conservar como pura pérdida, y a pesar de
todos los peligros que puede tener para
ella, una virginidad quimérica cuyo único valor consiste
en el prejuicio más absurdo y más imbécil?
¡Joded,
amigas mías, os lo repito, rehusad valientemente los consejos de
los que quieren cautivaros bajo los despóticos
hierros de una virtud que no es buena para nada! Abjurad para siempre
de todo pudor y toda contención;
apresuraos a joder: no hay más que una edad para gozar,
aprovechadla. Si dejáis que las rosas se marchiten,
os preparáis amargas lamentaciones, y cuando, quizás
todavía con el deseo de deshojarlas, no encontréis
a nadie que las desee no os podréis consolar de haber perdido
los momentos de ofrecérselas al
amor. Pero se os dice que una muchacha así se vuelve infame, y
el peso de esta infamia es insoportable...
¡Qué objeción! Atrevámonos a decirlo,
sólo el prejuicio hace a la infamia: ¡cuántas
acciones pasan por tales,
y sin embargo no tienen como base de esta opinión más que
el prejuicio! Por ejemplo, los vicios de
robo, sodomía, la cobardía, ¿no son considerados
infamias? Sin embargo, me confesaréis que al microscopio
de la naturaleza son totalmente legítimos, lo que es
contradictorio con la idea de infamia; porque
es imposible que una cosa aconsejada por la naturaleza pueda no ser
legítima, y es absurdo decir que una
cosa legítima pueda ser infame. Ahora bien, sin que
profundicemos en estos vicios ahora, ¿no es cierto que
a todos los hombres se les ha inspirado que lleguen a ser ricos? Si
esto es así, el medio que los conduzca a
eso debe ser tan natural como legítimo. De igual manera,
¿no se les ha dado a todos los hombres que busquen
la mayor dosis de voluptuosidad posible en sus placeres? Ahora bien, si
la sodomía conduce infaliblemente
a eso, la sodomía no es una infamia. ¿Sentimos cada uno
el instinto de autoconservación? La cobardía
es uno de los medios más seguros: la cobardía no es una
infamia; y cualesquiera que puedan ser
nuestros ridículos prejuicios sobre cada uno de estos temas, es
evidente que nunca podrán ser considerados
como infamias estos tres vicios, puesto que los tres están en la
naturaleza. Ocurre lo mismo con el libertinaje
de los individuos de nuestro sexo. En tanto que sirve a la naturaleza,
es imposible que pueda ser
infame. Pero supongamos por un momento la realidad de esta infamia:
¿cómo puede detener a una mujer
inteligente? ¿Qué le importa que la miren como infame?
Si, en realidad, no lo es ante los ojos de la razón, y
si es imposible que pueda existir infamia, en su caso se reirá
de la injusticia y de la locura de sus semejantes,
no por ella dejará de seguir los impulsos de la naturaleza, y se
sentirá más tranquila que cualquier otra
de las que la insultan; pues todo detiene, todo hace temblar a la que
teme perder su reputación, mientras que
la que la ha perdido debe ser necesariamente más feliz al no
tener nada que arriesgar y al entregarse a todo
sin aprensión.
Vayamos más lejos. Si aquello a lo que se entregase esta mujer,
la costumbre a la que la arrastra su inclinación,
fuese realmente infame respecto a las leyes y principios del gobierno
bajo el que vive, si ese algo,
sea lo que fuere, afecta de tal forma a su felicidad que no puede
abandonarlo sin hacerse desgraciada, ¿no
sería una loca si renunciase, sea cual sea la infamia con la que
se cubre entregándose a ello? Pues el peso de
esta imaginaria infamia no la disgustará, no la afectará
tanto como el sacrificar su habitual pecado; este
primer sufrimiento no será más que intelectual, capaz de
afectar únicamente a ciertos espíritus, y aquello de
lo que se priva es un placer al alcance de todo el mundo. De esta
forma, como entre dos males indispensables
hay que escoger siempre el menor, la mujer de la que hablamos debe
enfrentarse sin duda alguna a la
infamia y seguir viviendo como lo hacía, arriesgándose a
ella; pues perderá muy poco poniéndole los cuernos
a esta infamia, y mucho renunciando a lo que debe hacérsela
merecer. Hace falta que se familiarice con
ella, que la haga frente, que se acostumbre desde niña a no
ruborizarse por nada, a desechar el pudor y la
vergüenza, que no conseguirían más que ahogar sus
placeres sin contribuir en nada a su felicidad.
Una vez que llegue a este estado, sentirá algo singular y sin
embargo verdadero: que los aguijones de esta
infamia a la que temía se transformarán en
voluptuosidades, y que entonces, lejos de evitar sus heridas, ella
misma se clavará los dardos, intensificará la
búsqueda de las cosas que mejor puedan introducírselos, y
pronto llevará el extravío del espíritu hasta el
punto de desear que se descubra su infamia. Observad a esta
deliciosa pícara: quisiera cometer actos de libertinaje ante los
ojos del mundo entero; ya no la afecta la vergüenza,
la hace frente, y sólo se queja ya de los pocos testigos de sus
errores. Y lo que es más singular no
es este momento en que conoce el placer, envuelto en la nube de sus
prejuicios, sino que no se encuentre
transportada hasta el último grado de la embriaguez más
que una vez que haya destruido radicalmente todos
los obstáculos que venían, como agujas, a herir su
corazón. Pero, algunas veces os han dicho que hay
cosas horribles, cosas que van en contra del buen sentido, de todas las
leyes aparentes de la naturaleza, de
la conciencia y de la honradez, cosas que parecen hechas no sólo
para inspirar un horror general, sino además
para no poder proporcionar nunca placer... Sí, a los ojos de los
estúpidos; pero hay ciertos espíritus
que, una vez que han liberado a estas mismas cosas de lo que en
apariencia tenían de horrible, y una vez que se han liberado de
todo eso desechando el prejuicio que las envilece y condena, no ven ya
en estas cosas
más que grandes voluptuosidades, y delicias tanto más
excitantes cuanto más se alejan estos procedimientos
de las costumbres recibidas, cuanto más gravemente ultrajen a
esas costumbres, y cuanto más
prohibidas sean. Tratad de curar a una mujer semejante, os
desafío a que lo consigáis; los goces sentidos
por ella al elevar su alma a esas alturas, llegan a ser tan voluptuosos
y tan intensos que no entrevé ya nada
preferible al divino camino que ha elegido. Cuanto más espantoso
es algo, más le agrada, y nunca la oiréis
quejarse más que de la falta de medios para desafiar esa infamia
tan querida y cuyo peso aumenta sus placeres.
Esto es lo que puede explicaron por qué los criminales buscan
siempre los excesos, y por qué para
ellos no hay ningún placer excitante si no está sazonado
con un crimen: han separado de él todo lo que tiene
de repugnante a los ojos del vulgo, y sólo ven en él sus
atractivos. La costumbre de franquear cualquier
cosa les hace encontrar sin cesar muy simple lo que al principio les
había parecido indignante, y, de extravío
en extravío, llegan a monstruosidades respecto a las cuales se
sienten todavía atrasados, porque necesitarían
crímenes reales para obtener de ellos un verdadero goce, y
porque, desgraciadamente, no hay crimen
en nada de lo que se haga. De esta forma, superando constantemente sus
propios deseos, no son ellos los
que cometen horrores cada vez más mostruosos, sino que no
existen para ellos semejantes horrores. Absteneos
de creer, amigas mías, que la delicadeza de nuestro sexo nos
pone a salvo de estos extravíos: más sensibles
que los hombres, nos lanzamos más de prisa a sus caminos.
Entonces, no es posible hacerse una idea
de los excesos a los que nos entregamos; no es posible imaginarse lo
que hacemos cuando la naturaleza ya
no tiene frenos, ni la religión voz, ni las leyes fuerza sobre
nosotras.
Se clama contra las pasiones, sin pensar que a su llama se enciende la
de la filosofía, que es al hombre
apasionado a quien debemos el derrocamiento total de todas las
imbecilidades religiosas que apestaron el
mundo durante tanto tiempo. Sólo la llama de las pasiones
consumió esta odiosa quimera de la Divinidad,
en nombre de la que se asesinaba desde hacía tantos siglos:
sólo ella se atrevió a aniquilarla y a consumir
sus indignos altares. ¡Ah!, aunque las pasiones no hubiesen
prestado al hombre más que este servicio, ¿no
bastaría para hacer olvidar sus extravíos? ¡Oh mis
queridas muchachas, sabed desafiar la infamia y, para
aprender a despreciarla como se merece, multiplicad vuestros
pequeños errores: ¡éstos os acostumbrarán a
desafiar cualquier cosa... ahogarán en vosotras el germen de los
remordimientos! Adoptad como base de
vuestra conducta y como regla de vuestras costumbres lo que os parezca
mejor para vuestros gustos, sin
preocuparon de si esto está de acuerdo o no con nuestras
costumbres, porque sería injusto que os castigaseis
con la privación de ello por no haber nacido en el país
en que está permitido. No escuchéis más que lo que
os halague o deleite más: es lo más conveniente para
vosotras. Que las palabras no tengan ninguna significación
real para vosotras, son arbitrarias y no dan más que meas
puramente parciales. Una vez más, creed
que la infamia se transforma pronto en voluptuosidad. Recuerdo haber
leído en alguna parte, creo que en
Tácito, que la infamia era el último de los placeres para
aquellos que se han hastiado de los otros a causa de
los excesos que han cometido, placer muy peligroso, sin duda alguna,
porque hay que encontrar un goce, y
un goce muy intenso, en esta especie de abandono de uno mismo, en este
tipo de degradación de los sentimientos
de donde nacen todos los vicios al tiempo... porque mancilla el alma, y
no le da otro aliciente que
el de la más completa corrupción, y todo esto sin dejar
el menor lugar al remordimiento, totalmente extinguido
en un ser que sólo estima aquellos placeres, que sólo se
complace en hacerlos revivir para tener el
placer de vencerlos, y que llega de este modo, gradualmente, a los
excesos más monstruosos, con tanto más
facilidad cuanto que los frenos que ha roto, o las virtudes que ha
despreciado, se convierten en otros tantos
episodios voluptuosos, a menudo mucho más excitantes para su
pérfida imaginación que el extravío que
había concebido. Lo que es más singular es que se cree
feliz entonces y que realmente lo es. Si, a la inversa,
el individuo virtuoso también es feliz, entonces la felicidad no
es ya una situación que cada uno puede vivir
comportándose bien: sólo depende de nuestra
organización, y puede encontrarse igualmente en el triunfo de
la virtud y en el abismo del vicio. Pero, ¿qué digo?, en
el triunfo de la virtud... ¡ah!, ¿serán sus
cosquilleos
tan excitantes? ¿Cuál es el alma fría que
podría contentarse con ellos? No, amigas mías, no, nunca
se hizo
la virtud para la felicidad. Miente el que se enorgullece de haberla
encontrado en ella, ¡quiere hacernos tomar
por felicidad las ilusiones de nuestro orgullo! En lo que a mí
respecta, os digo que la desecho de mi
alma, la desprecio tanto cuanto anteriormente fue mi debilidad en
quererla, y me gustaría unir a las delicias
de ultrajarla constantemente la voluptuosidad de arrancarla de todos
los corazones.
¡Cuántas veces, en mis ilusiones, se calentaba mi cabeza
hasta el punto de querer estar cubierta con esta
infamia que acabo de pintaros! Sí, me hubiese gustado ser
declarada infame: me habría gustado que hubiesen
decidido, mostrado que soy una puta; ¡me gustaría romper
estos indignos votos que me impiden prostituirme
públicamente, envilecerme como la última de las mujeres!
Confieso que desearía la suerte de esas divinas criaturas que
satisfacen, en los rincones de las calles, las sucias lubricidades del
primero que pasa;
ellas están sumidas en el envilecimiento y la inmundicia; la
deshonra es su ajuar, y ya no sienten nada...
¡Qué felicidad! ¿Y por qué no nos esforzamos
en volvernos todas así? ¿Acaso no es el ser más
feliz de la
tierra aquel al que las pasiones han endurecido el corazón... lo
han llevado hasta el punto de ser sensible
sólo para el placer? ¿Y qué necesidad hay de estar
abierto a otras sensaciones que no sean ésta? ¡Amigas
mías, aunque llegásemos a este último grado de
ignominia, no pareceríamos más viles, y
preferiríamos divinizar
nuestros errores antes que despreciarnos a nosotras mismas! Así
es como la naturaleza sabe darnos
a todos la felicidad.
-Pero, joder, ¡cómo se excitan! -prosiguió
Delbène con ardor-, se elevan, estos miembros que
palpo
mientras discurro; miradlos duros como bronce, y mi culo los desea.
Tomadlo, amigos míos, jodedlo, este
trasero mío insaciable; derramad en el fondo de este culo
libertino nuevos chorros de esperma que refresquen,
si es posible, el vivo ardor que lo devora. Ven, Juliette, quiero
chuparte tu coño mientras que me dan
por el culo; Volmar, en cuclillas sobre ti, te presentará todos
sus encantos; tú se los lamerás, los devorarás,
mientras que tu mano derecha excita a Flavie y la izquierda golpea las
nalgas de Laurette.
Realizamos esta nueva escena. Los dos amantes de la Delbène la
sodomizan alternativamente. Inundada
con el flujo de Volmar, el mío corre abundantemente en la boca
de la superiora, y por fin comenzamos con
la desfloración de Laurette.
Destinada a desempeñar el papel de gran-sacerdote, me revisten
con un pene postizo. Siguiendo las
bárbaras órdenes de la abadesa, he elegido el más
gordo; y así es el desarrollo de esta sesión a la vez
lúbrica
y cruel: Laurette está atada a un taburete, de tal forma que su
rabadilla, apoyada en un cojín muy duro, descansa
solamente sobre este mínimo lugar; sus piernas, muy separadas,
están sujetas por argollas, igual que
sus brazos, pendiendo del lado contrario. En esta postura, la
víctima presenta en la más hermosa posición la
estrecha y delicada parte de su cuerpo donde debe penetrar la espada.
Sentada junto a ella, Teléme debe
sostener su bonita cabeza... exhortarla a la paciencia; y esta idea de
ponerla en manos del confesor, más o
menos como si estuviese en el suplicio, divierte infinitamente a
Delbène, cuyas pasiones son tan feroces
como libertinos sus gustos. Mientras yo desvirgo el coño de esta
Agnés, Ducroz debe darme por el culo. El
altar que se encuentra más allá, y que, por su
posición, corona a aquel en que la joven debe ser inmolada,
servirá de sofá a nuestra voluptuosa abadesa. Allí
se deleitará la zorra libidinosamente entre Volmar y Flavie,
tanto con la idea del crimen que me impulsa a cometer, como con el
delicioso espectáculo de su consumación.
Antes de darme por el culo, Ducroz facilita la introducción que
yo debo hacer; lubrifica los bordes de la
vagina de Laurette y de mi consolador con una esencia olorosa que le
hace penetrar casi al instante. No
obstante, el desgarramiento es terrible: Laurette no tiene
todavía ni diez años, y mi pene postizo tiene
ocho pulgadas de gordo y doce de longitud. Los ánimos que me
dan, la excitación en la que me encuentro,
el gran deseo que tengo de consumar este acto libertino, todo me hace
poner en esta operación la misma
actividad, el mismo ardor que hubiese utilizado el amante más
vigoroso. La máquina penetra, pero los chorros
de sangre que brotan de la ruptura del himen, los terribles gritos de
la-víctima, todo nos anuncia que la
obra emprendida no se realizará sin peligro; y la pobre
pequeña, en efecto, acaba de ser herida de un modo
tan cruel como para inquietarnos sobre su vida. Ducroz, que se da
cuenta, informa con una señal a la abadesa,
que, voluptuosamente excitada por sus bribonas, ordena que sigamos
adelante.
-La perra es nuestra -exclama-, no la ahorremos sufrimientos; ¡no
tengo que dar cuenta de ella ante nadie!
Podéis imaginaros hasta qué punto me enardecieron estos
propósitos. Totalmente segura del daño que
había causado mi torpeza, no hice más que redoblar con
más fuerza mis sacudidas: Mientras que Laurette
se desvanece. Ducroz me da por el culo, y Téléme.
encantado, se excita sobre el bonito rostro de la moribunda,
cuya cabeza comprime con rudeza entre sus piernas...
-Necesitaría ayuda, señora -digo a Delbène-, sigue
dando sacudidas...
- ¡Semen es lo que nos hace falta! -responde la abadesa-,
¡sí, semen! Esta es la única ayuda que quiero
prestar a esa zorra.
Sin embargo, yo sigo frotando, electrizada por el pene de Ducroz,
sumergido hasta tal punto en el
agujero de mi culo que no quedan más que dos dedos fuera; no
trato a mi víctima con más miramientos de los que me
tratan a mí. El éxtasis se apodera de todos nosotros casi
al mismo tiempo: las tres zorras del
altar descargan como bribonas, mientras que las paredes del consolador
que introduzco en Laurette desvanecida
se mojan con mi esperma, con el que Ducroz llena mi ano, y
Téléme mezcla el suyo con las lágrimas
de la víctima, descargándoselo sobre el rostro.
Nuestro agotamiento, la necesidad de volver a Laurette a la vida, si
queremos obtener otros placeres de
ella, todo nos obliga a darle algunos cuidados. La desatamos; Laurette,
rodeada por todos nosotros, abofeteada,
manoseada, pronto da señales de vida.
-¿Qué tienes? -le pregunta Delbène con crueldad-
¿Eres tan débil que un maque tan ligero te envía
ya a
las puertas del infierno?
-¡Ay de mí!, señora, yo no aguantaba más
-dice esta pobre desgraciada cuya sangre sigue corriendo en
abundancia-: me han hecho tanto daño que creí morirme.
-¡Bueno! -dice fríamente la superiora-, otras más
jóvenes que tú han soportado estos ataques sin riesgo
alguno; prosigamos.
Y sin prestarle otros cuidados que los de cortarle la sangre, la
víctima es atada boca abajo, como acaba de
estarlo boca arriba; y con el agujero de su culo bien a mi alcance, la
Delbène de nuevo en el altar con sus
dos bribonas, me apresuro a realizar el asalto por otra brecha. No
había nada tan lujurioso como la manera
en que se hacía excitar la superiora por Volmar y Flavie. Esta
última, tumbada sobre Mme. Delbène, le
hacía chupar su coño mientras ella le excitaba el
clítoris, y Volmar, un poco más arriba, apretaba sus
pezones
con la boca, mientras le metía tres dedos en el culo, de forma
que la bribona no tema ni una sola parte
de su cuerpo que no estuviese entregada al placer. Entretanto, con sus
ojos fijos en mi operación, la puta me
impulsaba a que acabase: me apresuro; esta vez, es Téléme
el que debe darme por el culo mientras yo sodomizo
a Laurette; y Ducroz, colocado junto a mí, debe preparar la
introducción excitándome el clítoris.
Las dificultades son insuperables; mi instrumento, rechazado ya por
tres o cuatro veces, o se ha descolocado,
o se ha metido otra vez en el coño a pesar de mí, lo que
no sucede sin ocasionar nuevos dolores a la
desgraciada víctima de nuestro libertinaje. Delbène,
impaciente por estos retrasos, encarga a Ducroz que
prepare el camino dando él mismo por el culo a la
pequeña, y, como podéis imaginar, este encargo no le
disgusta lo más mínimo. Al ser su pene menos
terrorífico que la polla que yo tengo, al no tener que temer
las vacilaciones que me molestan, el libertino está en el fondo
del culo de la virgen en un momento;
rompe el mojón virginal, y está listo para arrojar el
semen cuando la exigente abadesa le ordena que se retire
y que me ceda el puesto.
-¡Santo Dios! -dice el abad retirando su pene espumeante de
lujuria y todo cubierto con las marcas de
su victoria-, ¡ah!, ¡redios jodido!, obedezco, pero me
vengaré en el culo de Juliette.
-No -dice Delbène, quien, a pesar de los placeres con los que se
embriaga, no deja de ocuparse de los
nuestros-, no, el culo de Juliette pertenece a Téléme, le
corresponde a ella gozar esta vez, y no permitiré
que pierda sus derechos. Pero, criminal, puesto que te excitas tanto,
métete en el culo de Volmar; mira su
trasero soberbio ofrecido a tus deseos; métete en su culo, te
digo, y así ella me excitará mejor.
-¡Sí, me cago en Dios!, sí dice Volmar-, mira mi
culo; que lo enfile el bribón: nunca he sentido tal necesidad
de ser sodomizada.
Todo se dispone de nuevo; y al dejar la brecha preparada en Laurette
penetra mi instrumento sin demasiadas
dificultades, la pobre pequeña pronto lo siente en el fondo de
su ano. Entonces, sus gritos crecen; son
terribles; pero Téléme, bien enclavada en mi culo, y
Delbène, que nada en flujo, me animan con tanta fuerza
que Laurette pronto siente por detrás lo que le he hecho sentir
por delante: la sangre corre, y la pobre
niña se desmaya por segunda vez. Aquí es donde me doy
cuenta exactamente del carácter feroz de Delbène.
-¡Sigue, sigue! -exclama al verme dispuesta a salirme; no la
dejes hasta que hayamos descargado.
-Pero se está muriendo -respondo-.
-¡Va, va, son simulacros! Y por otro lado, ¿qué me
importa la existencia de esta puta? Sólo
está aquí para
nuestros placeres, y, ¡joder, servirá para eso!
Enardecida por esta arpía, y sin sentirme ya afectada por
sentimientos pusilánimes de conmiseración con
los que la naturaleza no me había provisto con profusión,
prosigo, y sólo tengo como señal de mi retirada los
testimonios seguros del delirio general que pronto oigo resonar en mis
oídos; ya estaba en mi tercera
emisión cuando abandoné el puesto.
-Veamos -dice la abadesa acercándose-, ¿está
muerta?
-No, está peor que después de los primeros ataques dice
Ducroz-, y si queréis la devuelvo a la vida
enroñándola.
-La pondremos entre los dos -dice Téléme-; mientras que
yo la doy por el culo, Delbène me excitará el
mío, y yo acariciaré el de Volmar; Juliette
socratizará a Ducroz, que lamerá el coño de
Flavie.
Ponemos en práctica el proyecto, y los rápidos
movimientos de nuestros dos jodedores, su fogosa lujuria,
no tardan en volver a la vida, por segunda vez, a la pobre Laurette.
-Querida -digo entonces a la abadesa mientras me acerco a ella-,
¿cómo vas a arreglar todo el daño que
acabamos de hacer?
-El que tú has sentido pronto estará arreglado,
ángel mío -respondió Delbène :
mañana te daré una pomada
que te curará de tal forma que nadie podrá dudar de tu
entereza: En cuanto a Laurette, ¿olvidas acaso
que la suponen escapada del convento?... Es nuestra, Juliette, no
volverá a aparecer.
-¿Y qué haréis? -respondo totalmente asombrada.
-La víctima de nuestras lujurias. ¡Ah Juliette!,
¡cómo
se nota que todavía eres una novicia!, ¿no sabes acaso
que no hay goces mejores que los criminales, y que
cuanto más se les rodea de horrores, más encantos
ofrecen?
-En verdad, querida, que no os entiendo. -Paciencia, pronto me
haré comprender con hechos. Comamos.
Pasamos a una pequeña cueva, vecina de aquélla en la que
acababan de celebrarse nuestras orgías. En
ella, se encontraban preparados los platos más exquisitos y los
vinos más deliciosos, y todo con profusión.
Nos sentamos a la mesa. Laurette nos servía. Pronto me dí
cuenta, por el tono que utilizaba con ella la sociedad,
por la forma brusca en que la trataban, que la pobre desgraciada era
considerada ya sólo como una
víctima. Cuanto más se calentaban las cabezas, más
maltratada era: no prestaba un servicio sin que recibiese,
a cambio de él, una torta, un pellizco, una bofetada, y el
más leve momento de descuido era castigado
con la mayor severidad. Callaré, amigos míos, las
acciones y las palabras de estas lujuriosas bacanales. Es
suficiente que sepáis que igualaron en horrores, en
execraciones, a lo más libertino que yo haya podido ver
después en el mundo.
Hacía mucho calor, estábamos desnudas; los hombres en el
mismo desorden, y mezclados con nosotras,
se entregaban sin ningún pudor a todo lo más sucio y
crapuloso que podía inspirarles el delirio. Téléme
y
Ducroz, disputándose mi culo, parecía que iban a negarse
para obtener su goce, e, inclinada bajo los dos, yo
esperaba humildemente la resolución de este combate cuando
Volmar, ya achispada, y más hermosa que la
misma Venus en tal estado de embriaguez, se apodera de los dos miembros
y los excita sobre su cuenco de
ponche que acaba de preparar para, según dice, recoger el semen.
-No lo permito -dice la abadesa más o menos tan aturdida con los
vapores de Baco como por todo lo que
le rodea-, no lo permito más que a condición de que
Juliette mezcle su orina con el semen...
Meo; las putas beben, los hombres las imitan, y, en el culmen del
delirio, la extravagante abadesa, que ya
no sabe qué inventar para despertar dentro de sí deseos
agotados por el libertinaje, anuncia que quiere pasar
a la cueva donde reposan las cenizas de las mujeres de esta casa, que
quiere elegir el ataúd de una de las
que inmoló su rabia de celos, y hacerse joder cinco o seis veces
sobre el cadáver de su víctima. La idea
pareció buena a todos; subimos, colocamos las velas sobre los
ataúdes que rodean al de la joven novicia,
envenenada desde hacía tres meses por la abadesa, después
de haberla idolatrado. La infernal criatura se
tumba sobre el ataúd, y, presentando su coño a los dos
clérigos, los desafía
alternativamente, Ducroz es el
primero que la enfila. Nosotras éramos espectadoras, y nuestro
único trabajo, en esta lúgubre escena, consistía
en besarla, excitarle el clítoris y prestarnos a sus caricias.
Delbène, en el delirio, estaba recordando
horrores, cuando oímos un silbido terrorífico y todas las
luces se apagan a la vez.
-¡Oh cielos!, ¿qué ocurre? exclama la
intrépida abadesa, la única de todos nosotros que
conservó su coraje
en medio del trastorno general en el que estábamos.
-¡Juliette!... ¡Volmar!... ¡Flavie!...
Pero todo está en silencio, todo está prohibido, nadie
responde; y a no ser por los detalles que recibí de
nuestra superiora al día siguiente, ya que me desmayé,
quizás todavía ignorase el origen de todo este
estré
pito Un búho, oculto en esta cueva, había sido el
único causante: asustado por las luces a las que sus ojos
no estaban acostumbrados, había emprendido el vuelo, y el aire,
agitado por sus alas, había apagado lo que
le molestaba. Cuando recobré el uso de mis sentidos, me
encontré en mi cama, y Delbène, que vino a verme
en cuanto supo que estaba mejor, me contó que después de
haber tranquilizado a los dos hombres, casi tan
asustados como nosotras, sólo con su ayuda había
conseguido llevarnos a nuestras habitaciones y haber
aclarado todo.
-No creo en los acontecimientos sobrenaturales -me dice
Delbène-; nunca hay una causa sin efecto, y lo
primero que hago, cuando un efecto me sorprende, es remontarme al
instante a la causa. En seguida encontré
la causa de nuestra aventura de ayer, y, una vez encendidas de nuevo
las luces, los hombres y yo hemos
puesto en orden todo en un momento.
-¿Y Laurette, señora?
-Está en la cueva, querida, la dejamos allí.
-¡Qué!, ¿la habéis...?
-Todavía no, será el tema de nuestra próxima
reunión; no hubiese pasado de ayer sin la catástrofe. -
Realmente, Delbène, sois de un libertino... de una crueldad...
-No, nada de eso: tengo unas pasiones muy vivas, sólo a ellas
escucho y como estoy convencida de que
son los órganos más fieles de la naturaleza, me entrego a
lo que me inspiran, sin temor y sin remordimientos.
Ya estás mejor, Juliette, levántate, y ven a cenar
conmigo a mi cuarto; charlaremos.
-Siéntate, mi niña -me dice en cuanto nos levantamos de
la mesa-. Veo que estás sorprendida de verme
tan tranquila ante el crimen: quiero que las reflexiones que tengo que
exponerte sobre este tema te vuelvan
pronto tan apática como yo. Ayer, lo vi, te sorprendías
de mi tranquilidad en medio de los horrores que
cometimos, y me acusabas de falta de piedad por esa pobre Laurette,
sacrificada a nuestros excesos.
¡Oh Juliette! estáte segura de que todo está
dispuesto por la naturaleza para llegar al estado en que la vemos.
¿Acaso ha dado la misma fuerza, las mismas bellezas, las mismas
gracias, a todos los seres que han
salido de sus manos? No hay duda de que no. Ya que quiere matices en
las constituciones, exige lo mismo
en las suertes y las fortunas. Los desgraciados que nos ofrece el azar,
o que hacen nuestras pasiones, están
en los planes de la naturaleza como los astros con que nos ilumina, y
hacemos un mal tan seguro turbando
esta sabia economía, como lo sería el cambiar el curso
del sol, si este crimen estuviese en nuestras manos...
-Pero -interrumpí en este momento- si tú fueses
desgraciada, Delbène, ¿no sería fácil
socorrerte?...
-Yo sabría sufrir sin quejarme -me respondió esta estoica
criatura- y no imploraría la ayuda de nadie.
¿Estoy acaso al abrigo de los males de la naturaleza, y no tengo
que temer a la miseria, ni la fiebre, la peste,
la guerra, el hambre, las sacudidas de una imprevista
revolución, y todas las otras plagas de la humanidad?
Que vengan y las recibiré valientemente. Créete,
Juliette... sí, convéncete de que cuando permito que los
otros sufran sin socorrerlos, es porque yo he aprendido a sufrir, a mi
vez, sin ser socorrida. Abandonémonos
a la naturaleza; lo que sus órganos nos indican no son ayudas
mutuas: sólo tenemos que sentir dentro de
nosotros la necesidad de adquirir por nosotros mismos toda la fuerza necesaria
para soportar los males que
nos reserva, y la compasión, lejos de preparar nuestra alma para
esto, la debilita y le quita toda la valentía
que necesita para sus propios dolores. Quien sepa endurecerse ante los
males del otro se vuelve pronto impasible
a los suyos propios, y le es más necesario saber sufrir
él mismo con valor, que acostumbrarse a llorar
sobre los otros. ¡Oh Juliette!, cuanto menos sensible eres, menos
te afectan y más te acercas a la verdadera
independencia. Nunca somos víctimas más que de dos cosas:
o de las desgracias del prójimo, o de las
nuestras propias; comencemos por endurecernos frente a las primeras, y
las segundas no nos afectarán, y,
desde ese momento, no habrá nada que pueda turbar nuestra
tranquilidad.
-Pero -respondo yo- de esta apatía tienen que surgir
crímenes.
-¿Y qué importa?, no hay que apegarse ni al crimen ni a
la virtud, sino a lo que nos hace felices; y si yo
viese que la única posibilidad de que yo fuese feliz estaba en
el exceso de los crímenes más atroces, los
cometería en ese mismo instante, sin temblar, segura -como ya te
he dicho- de que la primera ley que me
dicta la naturaleza es deleitarme, no importa a expensas de
quién. Si ha dado a mis órganos una constitución
semejante, de tal forma que sólo con la desgracia de mi
prójimo pueda manifestarse mi voluptuosidad, es que, para llegar
a sus planes de destrucción... planes tan necesarios como los
otros, ha creído necesario
crear un ser como yo para que la sirva en sus proyectos.
-Esos son sistemas que pueden llegar demasiado lejos. -¿Y
qué importa? -respondió Delbène-, te
desafío
a que demuestres un límite a partir del cual puedan ser
peligrosos; gozamos, y eso es todo lo que hace falta.
-¿Se puede gozar a expensas de los otros?
-Lo que menos me importa en el mundo es la suerte de los otros; no
tengo la menor fe en ese lazo de fraternidad
del que los estúpidos me hablan constantemente, y puedo
rechazarlo porque lo he examinado detenidamente.
-¡Oh cielos!, ¿dudáis de la primera ley de la
naturaleza?
-Escúchame, Juliette... es increíble hasta qué
punto necesitas ser educada...
Estábamos en este punto de nuestra conversación, cuando
un lacayo, que llegaba de parte de mi madre,
vino a informar a la abadesa de las terribles desgracias de nuestra
casa y la peligrosa enfermedad de mi
padre; nos pedían `a mi hermana y a mí que nos
pusiésemos en camino al instante...
- ¡Oh cielos! -dice Mme. Delbène-, ¡me he olvidado
de componer tu virginidad! Espera, ángel mío, espera,
toma este frasco, es un extracto de mirtos con el que te
frotarás por la mañana y por la noche, sólo
durante
nueve días: puedes estar segura de que al décimo te
encontrarás tan virgen como si no te hubiese ocurrido
nada.
Después, enviando a buscar a mi hermana, nos entregó a
ambas a la persona que venía a buscarnos, aconsejándonos
que volviésemos en cuanto pudiésemos. La abrazamos y nos
marchamos.
Mi padre murió. Ya sabéis los desastres que siguieron a
esta muerte: la de mi madre, que sucedió al cabo
de un mes, y el abandono en el que nos encontramos. Justine, que
desconocía mis lazos secretos con la
abadesa, no se enteró de la visita que fui a hacerle unos
días después de nuestra ruina; y tengo que hablaros,
amigos míos, de los sentimientos que descubrí entonces en
ella, puesto que acaban de desvelar el carácter
de esta original mujer. El primer rasgo de dureza de la Delbène
hacia mí fue negarme la puerta del interior
y no consentir en hablar conmigo más que un momento tras las
rejas.
Cuando sorprendida de la frialdad que me demostraba quise hacerle valer
nuestros lazos, me dijo:
-Hija mía, tengo que olvidarme de todas esas miserias desde el
momento en que ya no vivimos juntas, y,
en cuanto a mí, os aseguro que no recuerdo el menor detalle de
los hechos de los que me habláis. Respecto
a la indigencia que os amenaza, recordad la suerte de Euphrosine; se
lanzó sin necesidad a la carrera del
libertinaje: imitadla por necesidad. Es el único camino que os
queda, y el único que os aconsejo; pero
cuando lo hayáis tomado, no volváis a verme:
quizás no triunféis en ese
estado, y entonces necesitéis dinero,
créditos, y yo no podría ofreceros ni lo uno ni lo otro.
Con estas palabras, la Delbène se levantó y me
dejó en tal asombro... que sin duda hubiese sido menos
fuerte con un poco más de filosofía; mis reflexiones
fueron crueles... Salí de allí en seguida con la firme
resolución de seguir los consejos de esta malvada criatura, por
muy peligrosos que fuesen. Felizmente me
acordaba del nombre y de la dirección de la mujer de la que
Euphrosine nos había hablado en otro tiempo;
¡ay de mí!, cuán lejos estaba entonces de prever la
necesidad de esta cruel fuente; volé hacia allí. La
Duvergier
me recibió maravillosamente. El excelente remedio de la
Delbène me sirvió para engañar a sus ojos
expertos y la puso en condiciones de engañar a muchos otros. Dos
o tres días antes de entrar en esta casa
fue cuando me separé de mi hermana, para seguir una carrera muy
diferente de la suya.
Después de las desgracias que me habían ocurrido, y
dependiendo mi existencia únicamente de mi nueva
ama, me resigné a cumplir todo lo que me mandaba. Pero en cuanto
estuve sola, me puse a reflexionar de
nuevo sobre el abandono y la ingratitud de Mme. Delbène.
¡Ay de mí! -me decía-, ¿por qué la
enfrió mi
desgracia? ¿Acaso Juliette pobre o Juliette rica formaban dos
criaturas diferentes? Entonces, ¿cuál es ese
extraño capricho que hace amar la opulencia y huir de la
miseria? ¡Ah!, yo no concebía todavía que el
infortunio
tuviese que estar a cargo de la riqueza, ignoraba hasta qué
punto lo teme... hasta qué punto huye de
él, e ignoraba que la antipatía que siente por él
resulta del terror que tiene de aliviarlo. Pero -proseguí en
mis reflexiones-, ¿cómo esta mujer libertina... criminal
incluso, no teme la indiscreción de aquellos a los
que trata con tanta altanería? Otro acto de infantilismo por mi
parte; yo no conocía la insolencia y la desfa
chatez del vicio engendrado por la riqueza y la fama. Mme.
Delbène era superiora de una de las más célebres
abadías de París, gozaba de sesenta mil libras de renta,
tenía con ella a toda la corte, a toda la ciudad:
¡hasta qué punto debía de despreciara una pobre
muchacha como yo que, joven, huérfana y sin un céntimo
de renta, no podía oponer a sus injusticias más que
reclamaciones aniquiladas con prontitud, o quejas que,
tratadas al instante como calumnias, le hubiesen valido a la que
hubiese tenido la desfachatez de emprenderlas,
la eterna pérdida de la libertad!
Corrompida hasta el punto en que yo estaba ya, este ejemplo asombroso
de una injusticia que tenía que
sufrir, me impulsó en lugar de corregirme. ¡Y bien! me
digo-, sólo tengo que tratar de ser rica a mi vez, y
pronto seré tan descarada como esta mujer, y gozaré de
los mismos derechos y de los mismos placeres.
Abstengámonos de ser virtuosos, puesto que el vicio triunfa
constantemente; temamos la miseria, puesto
que siempre es despreciada... Pero, ¿cómo evitaré
el infortunio si no tengo nada? Sin duda, mediante acciones
criminales. ¿Qué importa?, los consejos de Mme.
Delbène habían gangrenado mi corazón y mi mente:
no creo que haya mal en nada, estoy convencida de que el crimen sirve a
las intenciones de la naturaleza
tanto como la prudencia o la virtud. Lancémonos a este mundo
perverso, en el que aquellos que triunfan
son los que logran lo mejor; que ningún obstáculo nos
detenga, el único desgraciado es el que se queda en
el camino. Puesto que la sociedad no está compuesta más
que de inocentes y bribones, juguemos decididamente
a lo último: es más halagador para el amor propio
triunfar que triunfen sobre una misma.
Tranquilizada con estas reflexiones, que quizás os parezcan
prematuras a los quince años, pero que son
fácilmente explicables teniendo en cuenta la educación
que yo había recibido, esperé con resignación los
acontecimientos que me reservaba la providencia, decidida a
aprovecharme de todos aquéllos que se presentasen
para mejorar mi fortuna, al precio que fuese.
No cabe duda de que me quedaba un duro aprendizaje por hacer; estos
desgraciados principios debían
acabar de corromper mis costumbres, y, para no alarmar las vuestras,
amigos míos, creo que haré bien en
evitaros detalles que descubrirían a vuestros ojos
extravíos más extraordinarios que a los que
asistís diariamente...
-Me cuesta creer, señora -dice el marqués, interrumpiendo
a Juliette-, que, con todo lo que sabéis de nosotros,
pueda asustaros por un momento semejante temor.
-Es que en este caso se trata de la corrupción de ambos sexos
-dice Mme. de Lorsange-, pues la Duvergier
proporcionaba sujetos a la fantasía de ambos por igual.
-Vuestros cuadros, así mezclados, resultarán tan
sólo más agradables dice el caballero-; sabemos
más o
menos los extravíos de que es capaz el nuestro; será
delicioso saber por vos todos aquellos a los que puede
entregarse el vuestro.
-Sea -dice Mme. de Lorsange-. Sin embargo, tendré cuidado de no
contar más que los excesos más singulares,
y, para evitar la monotonía, me callaré los que me
parezcan más simples...
Maravilloso -dice el marqués, mostrando a la reunión su
instrumento lleno de lujuria-; pero, ¿pensáis en
el efecto que pueden tener sobre nosotros tales relatos? Ved el estado
en que me pone su simple promesa...
-Y bien, amigo mío -dice esta encantadora mujer-, ¿no soy
completamente vuestra? Gozaré doblemente
con mi acción, y como el amor propio significa siempre mucho
para una mujer, me permitiréis pensar que
el enardecimiento que produzca en vos se deberá más a mi
persona que a mis relatos.
-Es preciso que os convenza en este mismo instante -dice el
marqués muy excitado, arrastrando a Juliette
a una antecámara, donde ambos permanecieron durante bastante
tiempo entregándose a los más dulces placeres
de la lujuria.
-En lo que a mí respecta dijo el caballero, a quien lo anterior
dejaba frente a frente con Justine-, confieso
que no me excita lo suficiente como para necesitar perder el semen. No
importa, acercaos, hija mía, poneos
de rodillas y chupadme; pero, poneos de tal forma, por favor, que yo
vea infinitamente más culo que coño.
Bien, muy bien -dice, viendo a Justine, acostumbrada a todas estas
maniobras, cogerlo-, nadie podría hacerlo
mejor, aunque a pesar suyo... sí, así es.
Y el caballero, extraordinariamente bien chupado, iba quizás a
abandonarse dulcemente a los efectos de
una descarga tan bien provocada, cuando el marqués, volviendo
con Juliette, rogó a ésta que siguiese con el hilo de sus
aventuras, y a su amigo que dejase para otro momento, si podía,
el desenlace al que parecía llegar.
Una vez arreglado todo, Mme. de Lorsange siguió en estos
términos:
-Mme. Duvergier no tenía más que seis mujeres en su casa,
pero más de trescientas a sus órdenes; dos altos
lacayos de cinco pies y ocho pulgadas, hercúleos, y dos jockeys
de catorce o quince años, de rostro celeste,
eran entregados igualmente a los libertinos que querían mezclar
uno y otro sexo, o que preferían lo
antinatural al goce de las mujeres; y en el caso de que este
pequeño destacamento masculino no hubiese
sido suficiente, Duvergier podía suplirlo con más de
ochenta individuos del exterior, dispuestos siempre a
entregarse allí donde se requiriesen sus servicios.
La casa de Mme. Duvergier era deliciosa. Situada entre un patio y un
jardín, y con dos salidas opuestas,
las citas se hacían con un misterio que hubiese sido imposible
con otra posición; sus muebles eran magníficos,
sus dormitorios tan voluptuosos como bien decorados; su cocinero muy
bueno, sus vinos deliciosos y
sus muchachas encantadoras. Tantas cosas agradables debían de
costar muy caro. Y en efecto, nada lo era
tanto como las reuniones de este local divino, donde los más
simples téte-á -téte costaban diez luises. Sin
costumbres y sin religión, apoyada por la policía,
recibiendo a los más grandes señores, Mme. Duvergier, al
abrigo de cualquier temor, emprendía cosas que nunca hubiesen
imitado sus compañeras, y que hacían
temblar a la naturaleza y a la humanidad entera.
Durante seis semanas, esta inteligente zorra vendió mi
virginidad a más de cincuenta personas, y, cada
noche, utilizando una pomada más o menos parecida a la de Mme.
Delbène, arreglaba con cuidado lo que
por la mañana desgarraba sin piedad la intemperancia de aquellos
a los que me entregaba su avaricia. Como
todos estos desvirgadores se comportaban bastante groseramente, os
omitiré los detalles, y no me detendré
más que en el duque de Stern, cuya manía fue más
singular.
Como la lubricidad de este libertino se excitaba con la ropa más
sencilla, me presenté ante él como una
pequeña verdulera. Después de haber atravesado gran
número de apartamentos suntuosos, llegué al fondo
de una habitación de espejos, donde me esperaba el duque con su
ayuda de cámara, un joven alto de dieciocho
años, hecho para ser pintado, y con un rostro muy interesante.
Bien consciente de mi papel, no me quedé corta en ninguna de las
preguntas de este hombre grosero.
Sentado en el canapé de su dormitorio y excitando el miembro de
su ayuda de cámara, mientras yo permanecía
de pie delante de él, me preguntó:
-¿Es verdad que estáis en la miseria más extrema,
y que lo que hacéis no tiene por objeto más que proveer
a las primeras necesidades de la vida?
-Esta verdad es tan cierta, señor, que hace tres días que
mi madre y yo nos morimos de hambre.
-¡Ah!, bien -respondió el duque agarrando una de las manos
de su hombre para hacerse excitar por él-,
era necesario este requisito; me siento muy contento de que vuestro
estado sea tal como lo deseaba. ¿Y es
vuestra madre la que os vende?
-¡Ay de mí!, sí. -Tenéis hermanas?
-Una, señor.
-¿Y por qué no me la han enviado?
-Ya no está en la casa, la miseria la ha hecho huir; ignoramos
lo que haya podido ser de ella.
- ¡Ah, joder!, ¡quiero que la encuentren!,
¿qué edad?
-Trece años.
-Es vergonzoso que conociendo mis gustos me sustraigan esa criatura.
-Pero no se sabe dónde está, señor.
-Hay que buscarla... ¡Ah!, la encontraré... la
encontraré. Vamos, Lubin, ¡que se desvista para la
verificación! Y mientras se ejecutaba la orden, el duque,
siguiendo a su Ganimedes, se pone a sacudir un pene negro
y fláccido que apenas si se veía. En cuanto estoy
desnuda, Lubin me examina con la mayor atención y
explica a su amo que todo está en las mejores condiciones.
-Hacedme ver eso por detrás -dice el duque.
Y Lubin, doblándome sobre el canapé, entreabre mis
nalgas, y convenció a su amo no de la no ejecución
de ningún asalto, sino de que las brechas ocasionadas por
éstos estaban tan bien cerradas que era imposible
verlas.
-Y esto -dice Stern, separando mis nalgas y tocando con un dedo el
agujero de mi culo-...
-No, no, con toda seguridad -respondió Lubin.
-Está bien --dice el grosero, tomándome en sus brazos y
sentándome sobre uno de sus muslos-; pero puedes
ver, hija mía, que no estoy en condiciones de hacer el trabajo
yo mismo... Toca este pene; sientes
cuán fláccido está: aunque poseyeses las gracias
de Venus, no conseguirías endurecerlo. Mira esta temible polla
-prosiguió haciéndome empuñar el soberbio pito de
su ayuda de cámara-: confiesa que este hermoso pene te
desvirgará mucho mejor que el mío. Por lo tanto,
dispónte, te serviré de chulo. Cuando no puedo
hacer el mal, me gusta hacerlo hacer: esta idea me consuela...
- ¡Oh señor! -respondo, aterrada ante el grosor del pito
que me presentaba-, este monstruo va a desgarrarme,
¡no podré soportar las embestidas!...
Y como tratase de esquivarme:
-Vamos, vamos, ¡nada de remilgos!, me gusta la docilidad en las
muchachas; y las que no la tienen conmigo
pueden estar seguras de no complacerme por mucho tiempo... Acercaos...
Antes de nada me gustaría
que besaseis el culo de mi Lubin.
Y mostrándomelo:
-Mira qué hermoso es...
Obedezco.
-Otro tanto en el pito dice el duque.
Obedezco de nuevo.
-Ahora, ponte...
Me sujeta; su criado se acerca y pone en la operación canta
destreza y vigor, que su monstruoso instrumento
toca en tres veces el fondo de mi matriz. Lanzo un grito terrible; el
duque, que me sujeta y excita el
agujero de mi culo mientras tanto, recoge en su boca mis suspiros y mis
lágrimas. El vigoroso Lubin, dueño
de mí, no necesita la ayuda de su amo, que, situándose
enseguida cerca del trasero de mi amante, le da por
el culo mientras él me desvirga. Pronto percibo, por el aumento
de las sacudidas del criado, las que recibe
de su patrón; pero, sola para soportar el peso de estos dos
ataques, iba a sucumbir bajo su violencia, cuando
la descarga de Lubin me sacó de apuros.
-¡Ah!, santo cielo -dice el duque que no había terminado-,
te das demasiada prisa hoy, Lubin; ¿así que te
basta un jodido coño para que hagas locuras?
Y al alterar este acontecimiento los ataques del duque, nos muestra un
pequeño pito travieso que, furioso
por haberse salido, parece no esperar más que un altar para
consumar el sacrificio.
-Ven aquí, pequeña -me dice el duque depositando su
instrumento en mis manos-, y vos, Lubin, acostaos
boca abajo sobre esta cama; dirigid vos, pequeña pécora,
este instrumento furioso al agujero que acaba de
rechazarlo, después, situándoos detrás de
mí mientras que actúo, favoreceréis mis proyectos
metiéndome
dos o tres dedos en el culo.
Todo responde a los deseos del libertino: acaba la operación, y
el caprichoso lascivo paga treinta luises
por las primicias de las que no ha dudado en ningún momento.
De vuelta a casa, Fatime, la compañera a la que yo más
quería, de dieciséis años y bella como el
día, se
divertía mucho con la aventura. Ella había pasado por lo
mismo que yo, pero, con más suerte, había robado, eso
decía, una bolsa con cincuenta luises de la chimenea del duque,
para compensarse de todo lo que había
sufrido.
-¡Cómo! -digo-, ¿te permites semejantes cosas? -Con
la mayor frecuencia que puedo, querida -me respondió
mi compañera-, y sin ningún escrúpulo, a mucha
honra. Para nosotras es para quien está hecho el
dinero de esos pícaros, y seríamos estúpidas si no
nos apoderásemos de él cuando podemos. ¿Acaso
estás
todavía en las tinieblas de la ignorancia para sospechar que
haya el menor mal en el robo?
-Con toda seguridad lo creo.
-Y bien, ángel mío -me respondió Fatime-, quiero
librarte de ese absurdo prejuicio. Ceno mañana en el
campo en casa de mi amante; obtendré de Mme. Duvergier el
permiso para que formes parte del grupo:
oirás a Dorval razonar sobre este tema.
-¡Oh criminal! -respondí-, acabarás
corrompiéndome: me siento ya excesivamente dispuesta para estos
horrores. Acepto, no tendrás demasiado trabajo para hacer de
mí una excelente alumna... Pero, ¿permitirá la
Duvergier?...
-No te inquietes por nada -dice Fatime-, yo me encargo de todo.
Al día siguiente, bastante temprano, un coche nos condujo a la
Villette. Entramos en una casa alejada, pero
de bastante buen aspecto; nos recibe un criado, y, una vez que nos
introduce en una habitación muy bien
amueblada, se retira y va a despedir nuestro coche. Entonces fue cuando
Fatime se abrió a mí.
-¿Sabes dónde estás? -me dice sonriendo.
-Por supuesto que no -respondo.
-En la casa de un hombre muy extraordinario -replicó mi
compañera-. Te engañé haciéndole pasar por
mi
amante: es un hombre en cuya casa he asistido a reuniones en provecho
de Mme. Duvergier; lo que gane
ahora sólo me pertenece a mí; pero la operación no
deja de tener sus peligros...
-Explícate -respondí rápidamente-, excitas mi
curiosidad.
-Aquí estás -me dice Fatime- en casa de uno de los
más famosos ladrones de París; el robo del que saca el
pícaro su subsistencia le sirve también para sus
más dulces placeres. Te explicará sus principios, incluso
te
propondrá que los pongas en práctica. Nadie estará
con nosotras hasta después de su expedición, y
sólo
encenderá la llama de sus lubricidades con el fuego que inflama
esta acción dentro de él, según tú
criminal;
y como quiera que en todo lo que le rodee se encuentre la imagen de su
pasión favorita, sólo robando aceptará
nuestros favores, y estos favores nos los estafará;
aparentaremos que no hemos cogido nada, aunque
esté pagado de antemano. Y aquí está la prueba,
Juliette: estos diez luises te pertenecen, yo tengo otros tantos.
-¿Y la Duvergier?
-Ya te he dicho que no sabe nada de esto; yo estafo a nuestra querida
mamá: ¿te arrepientes?
-Claro que no -respondí-, al menos aquí todo lo que
ganamos es nuestro; no existe ese maldito reparto
que me desespera. Pero al menos acaba de informarme: ¿a
quién y cómo vamos
a robar?
-Escúchame -me dice mi compañera-. Este hombre, gracias a
la cantidad de espías que tiene en París, está
siempre al tanto de todos los extranjeros y de todos los bobos que
llegan a esta ciudad; hace amistad con
ellos, los acoge en su casa, les ofrece una cena con mujeres de nuestro
tipo que los roban durante el acto del
goce; le devolvemos todo, y, sea el robo del tipo que sea, las mujeres
reciben siempre una cuarta parte, independientemente
de su paga individual.
-Pero -respondo-, ¿no consigue que le detengan pronto con
semejante oficio?
-Puedes estar segura de que tardarán mucho tiempo: para eso toma
demasiadas precauciones.
-¿Y su casa?
-Tiene treinta. Ahora estamos en ésta. No volverá a ella
hasta dentro de seis meses. Cumple tu papel con
inteligencia. En la cena se hallarán dos o tres extranjeros: en
cuanto acabe la cena, divertiremos a estos señores
en diferentes cuartos; roba al tuyo con astucia, yo te prometo que no
faltaré al mío. Dorval, oculto, nos vigilará. Una
vez realizada la operación, los bobos se dormirán por
medio de un brebaje; pasaremos la
noche con el dueño del lugar, que se volverá a marchar
unas horas después para ir a otra parte, y con otras
mujeres, a ejercer las mismas infamias; y nuestros imbéciles,
cuando se despierten mañana y no encuentren
a nadie en el lugar, se sentirán muy felices de poder escapar
con vida.
-Pero, puesto que nos pagan por adelantado -respondí a mi
compañera-, ¿qué necesidad tenemos de prestarnos
a los gustos de este bribón?
-Sería un mal negocio, no volveríamos a verlo; y si le
servimos bien, puede hacernos participar en doce o
quince reuniones semejantes al año; por otra parte, con tu forma
de pensar, ¿no perderíamos acaso todo lo
que sacamos del robo?
-¡Ah, bien!, pero, sin la primera parte de tu respuesta, te
habría objetado, quizás, que me parecía
inútil
devolverle una cuenta tan exacta de lo que robamos en su casa.
-Me gusta tu reflexión, aunque la desapruebe -me dice Fatime-;
me demuestra que tienes disposiciones
que me hacen esperar que saldrás bien de la aventura.
Apenas habíamos acabado de hablar cuando entró Dorval.
Era un hombre de cuarenta años, con un rostro
muy hermoso, y que me pareció lleno de inteligencia y de
amabilidad; estaba dotado sobre todo con ese
don de seducir tan necesario para el oficio que hacía.
-Fatime -dice a mi compañera-, supongo que esta joven y bonita
persona está al corriente; así pues, ya no
me queda más que preveniros de que tenemos por convidados a dos
viejos alemanes, desde hace un mes en
París, y que arden en deseos de conocer a algunas chicas
bonitas. Uno de ellos tiene unos veinte mil escudos
en diamantes sobre él: Fatime, te lo recomiendo. El otro, que
desea comprar una casa en este pueblo, y
que está convencido de que yo le encontraría una muy
barata si pudiese pagar algo al contado, tendrá seguramente
más de cuarenta mil francos en su bolsillo, bien en oro, bien en
cartas de pago. Juliette, será vuestro
lote; salid bien del encargo, y os proporcionaré a menudo
partidas semejantes.
-¡Y bien! -digo-, señor, ¿semejantes horrores
pueden excitar vuestros sentidos?
-Encantadora muchacha -me respondió Dorval-, creo que
ignoráis la historia del choque de las impresiones
criminales sobre la masa de los nervios. Necesitáis in
formación sobre estos fenómenos de la lubricidad:
volveremos sobre ello; pasemos a esta sala mientras esperamos; nuestros
germanos van a aparecer;
tratad de poner todo vuestro arte en seducirlos... encadenarlos: de
esto lo espero todo. .
Entramos. Scheffner, el alemán que debía tocarme, era un
buen barón de cuarenta y cinco años, muy feo,
con la cara llena de granos, y tonto, según me pareció,
como toda la masa de alemanes, si exceptuamos a
Gessner. Conrad era el nombre de la gallina que debía desplumar
mi amiga; en efecto se nos presentó cubierto
de diamantes; su carácter, su rostro y su edad le hacían
muy parecido a su compañero, y su torpeza,
igual de completa, aseguraban a Fatime unos éxitos tan
fáciles al menos como los míos.
La conversación, al principio general, se particularizó
enseguida. Fatime,
tan hábil como bonita, enseguida
se cazó al pobre Conrad; y mi aspecto de inocencia y de timidez
me encadenó prontamente a Scheffner.
Cenamos. Dorval tuvo buen cuidado en derramar en los vasos de nuestros
convidados las bebidas más deliciosas,
y el postre se sirvió apenas los dos mostraron el gran deseo de
estar con nosotras en privado.
Dorval, que quería examinar cada una de estas operaciones en
detalle, con el pretexto de que no tenía
más que un cuarto donde se pudiese sacrificar a Venus,
tranquilizó lo mejor que pudo los deseos de Conrad,
y me hizo pasar con Scheffner. El buen alemán, todo
entusiasmado, no se hartaba de caricias. Hacía
calor, lo invité a que se metiese desnudo en la cama, yo hice lo
mismo para encederlo mejor. Y, colocando
su traje bajo mi mano derecha, mientras que el honrado barón me
enfilaba, entretanto, para engañarlo mejor,
apretaba amorosamente su cabeza sobre mi pecho, y mucho más
ocupada en mi operación que en sus
placeres, registré con habilidad todos sus bolsillos. Una bolsa
muy pequeña encerraba todas sus monedas;
pensé que el tesoro estaría en el portafolios, y,
agarrándolo hábilmente del bolsillo derecho de su traje,
lo
oculté rápidamente bajo el colchón del
canapé que nos servía de altar.
Una vez dado el golpe, y sin tener necesidad de preocuparme por un
animal pesado y apestoso que me
daba náuseas, toco el timbre; aparece una mujer, le ayuda al
barón a volver al estado normal, le presenta un
vaso de licor dosificado según lo convenido, y lo conduce a una
habitación donde se duerme con un sueño
tan profundo que todavía roncaba después de más de
ocho horas. Apenas desapareció, entró Dorval.
-¡Sois deliciosa, ángel mío! -exclama
besándome-, no he perdido nada con vuestra maniobra; mirad -
prosigue mostrándome un pene más duro que una barra de
hierro-, mirad el estado en que me ha puesto
vuestro comportamiento.
Y lanzándose sobre mí en el canapé, veo que la
manía de este libertino era sustraer con su boca el semen
que acababa de serme echado en el coño. Lo sorbe con tanto arte,
lengüetea tan deliciosamente por todos
los bordes, y hasta el fondo de la matriz, que lo inundé a mi
vez... mil veces más, quizás, en razón de la
singular acción a la que acababa de entregarme, en razón
del individuo que acababa de hacérmela cometer,
que a causa del placer que recibía de él; pues, por mucho
que afectasen a mi físico, no puedo negar que mi
moral estaba todavía más emocionada con el horror
gratuito que me hacían realizar tan deliciosamente las
seducciones de Fatime y Dorval.
Dorval no descargó. Le di la bolsa y el portafolios;
cogió ambos sin ningún examen y cedí el puesto a
Fatime.
Dorval me llevó con él, y mientras él observaba
por un agujero la forma en que mi camarada actuaba
para llegar al mismo fin que yo, el libertino se hizo excitar por
mí; me lo devolvió; de vez en cuando, su
lengua se sumergía hasta el fondo de mi gaznate, parecía
estar en un éxtasis real. ¡Sublimes efectos de la
unión del crimen y de la lujuria, cuánta fuerza dais al
delirio de las pasiones! La habilidad con que Fatime
actúa determina por fin la eyaculación de Dorval;
apretándose contra mí, me encoña hasta la matriz,
y me
inunda con las pruebas inequívocas del éxtasis al que
acaba de entregarse.
Dorval, vigoroso, vuelve a mi compañera. Como me había
dejado en el agujero, no se me escapa nada; se
inclina igualmente entre los muslos de Fatime, y sorbe de la misma
forma el semen perdido por Conrad; se
apodera del robo y, una vez que los dos buenos germanos están en
la cama, pasamos a un gabinete encantador
donde Dorval, después de haber descargado una segunda vez en el
coño de Fatime acariciándome a mí,
nos expone de la manera siguiente la apología de sus singulares
gustos.
-Amigas mías, una sola diferencia distingue a los hombres en la
infancia de las sociedades: la fuerza. La
naturaleza ha dado a todos un suelo para vivir, y de esta fuerza, que
ha repartido desigualmente, dependerá
la repartición que harán de ese suelo. ¿Pero
será igual, podrá serlo, esta repartición desde el
momento en
que estará determinada únicamente por la fuerza? Por
consiguiente, ya tenemos aquí un robo establecido;
porque la desigualdad de esta repartición supone necesariamente
una lesión del fuerte sobre el débil, y esta
lesión, es decir, el robo, la vemos decidida, autorizada por la
naturaleza, puesto que da al hombre lo que
debe conducirle necesariamente a cometerla. Por otra parte, el
débil se venga, utiliza toda su habilidad para
recuperar las posesiones que le ha arrebatado la fuerza, y aquí
tenemos ya la estafa, hermana del robo,
igualmente hija de la naturaleza. Si el robo hubiese ofendido a la
naturaleza, habría formado hombres iguales
en fuerza y carácter; la igualdad de las reparticiones, nacida
de la igualdad de fuerzas, fruto de su mano,
evitaría entonces todo deseo de enriquecerse a expensas de los
otros: desde este momento, el robo sería
imposible. Pero cuando el hombre recibe de manos de esta naturaleza que
lo crea una conformidad que ella
necesita, la desigualdad de las reparticiones, y el robo, efecto seguro
de esta desigualdad, ¿cómo es posible
cegarse hasta el punto de creer que el robo puede ofenderla? Nos
prueba, por el contrario, que el robo es su
ley más querida, de tal forma que compone el instinto de los
animales. Sólo por medio de robos constantes
llegan a conservarse, sólo las innumerables usurpaciones
mantienen su vida. ¿Y cómo el hombre, que no es
más que un animal, ha podido creer que aquello que la naturaleza
imprimía en el fondo de los animales
puede convertirse en un crimen si lo comete él?
Cuando se promulgaron las leyes, cuando el débil
consintió en la pérdida de una parte de su libertad para
conservar lo demás, el mantenimiento de sus posesiones fue sin
duda alguna lo primero que deseó gozar en
paz, y el primer objeto de los frenos que pidió. El más
fuerte consintió en leyes a las que estaba seguro de
sustraerse: se hicieron. Se promulgó que todo hombre poseyese su
herencia en paz, y que aquel que lo turbase
en la posesión de esta herencia recibiese un castigo. Pero en
este acto no había nada natural, nada que
la naturaleza dictase o inspirase; todo era obra de los hombres,
divididos para entonces en dos clases: la
primera, que cedía un cuarto para obtener el goce tranquilo del
resto; la segunda, que, aprovechándose de
este cuarto, y viendo que tendría los otros tres cuartos cuando
quisiera, consintió en impedir, no que su clase
despojase al débil, sino que los débiles se despojasen
entre sí, para poder ser la única que los despojase
con mayor comodidad. De esta forma, el robo, únicamente
institución de la naturaleza, no fue desterrado de
la tierra, sino que existió bajo otras formas: se robó
jurídicamente. Los magistrados robaron al hacerse pagar
por una justicia que debían impartir gratuitamente. El cura
robó haciéndose pagar por servir de mediador
entre el hombre y su Dios. El vendedor robó acaparando,
haciéndose pagar su mercancía un tercio más cara
que el valor intrínseco que tenía realmente. Los
soberanos robaron imponiendo sobre sus individuos
derechos arbitrarios de tasas, impuestos, etc. Todos estos latrocinios
fueron permitidos, todos fueron autorizados
bajo el precioso nombre de derechos, y sólo pensaron en castigar
severamente los más naturales, es
decir, el procedimiento tan sencillo de un hombre que, falto de dinero,
pedía, pistola en mano, a los que
sospechaba eran más ricos que él, y esto sin pensar que
los primeros ladrones, a los que no se decía ni palabra,
se convertían en la única causa de los crímenes
del segundo... la única que lo obligaba a recuperar, a
mano armada, las propiedades que este primer usurpador le arrebataba
tan cruelmente. Porque, si todos
estos latrocinios no fueron más que usurpaciones que precisaban
la indigencia de los seres subalternos, los
segundos robos de estos seres inferiores no eran ya crímenes,
puesto que se hacían necesarios por causa de
los otros: eran efectos secundarios precisados por causas mayores; y,
desde el momento en que permitís
esta causa mayor, os es legalmente imposible castigar sus efectos; no
lo podéis hacer sin incurrir en una
injusticia. Si empujáis a un criado contra un vaso precioso, y
con su caída rompe el vaso, no tenéis derecho
a castigarlo por su torpeza: sólo lo tenéis respecto a la
causa que os impulsó a empujarlo. Cuando ese desgraciado
agricultor, reducido a la limosna por la inmensidad de los impuestos
con que le abrumáis (12),
abandona su carreta, se arma, y va a esperaros al camino principal,
cometéis una gran infamia si lo castigáis;
porque no es él el que ha incurrido en una falta, es el criado
empujado contra el vaso: no lo empujéis y
no romperá nada, y si lo empujáis, no os asombréis
de que lo rompa. De la misma forma, este desgraciado
no comete ningún crimen cuando va a robaros: trata de recuperar
los bienes que anteriormente le habéis
usurpado, vosotros o los vuestros; no hace más que algo muy
natural; intenta establecer el equilibrio, que,
tanto en lo moral como en lo físico, es la primera de las leyes
de la naturaleza; no hace más que lo justo.
Pero no era esto lo que quería demostraros; no hacen falta
pruebas, no se necesitan argumentos para probar
que el débil no hace más que lo que debe cuando intenta
recuperar sus posesiones invadidas: de lo que yo
quiero convenceros es de que el fuerte tampoco comete un crimen, ni una
injusticia cuando trata de despojar
al débil, porque éste es mi propio caso; es el acto que
todos los días me permito. Ahora bien, esta demostración
no es difícil, y la acción del robo, en este caso,
está mucho más en la naturaleza que en el caso
anterior; porque lo que verdaderamente está en la naturaleza no
son las represalias del débil contra el fuerte;
éstas están en la moral, pero no en lo físico,
puesto que para ejecutar estas represalias tiene que usar fuerzas
que no ha recibido, tiene que adoptar un carácter que no se le
ha concedido, que de alguna manera contraría
a la naturaleza. Lo que está realmente en las leyes de esta
madre sabia es la lesión del fuerte sobre el débil,
puesto que para llegar a este comportamiento no hace más que
usar dones que ha recibido. No adopta, como
el débil, un carácter diferente al suyo propio:
sólo aprovecha dotes que ha recibido de la naturaleza. Por
consiguiente, todo lo que deriva de ahí es natural: su
opresión, sus violencias, sus crueldades, sus tiranías,
sus injusticias, todas esas manifestaciones diversas del
carácter impreso en él por la mano del poder que lo
puso en el mundo, son, por consiguiente, simples, puras como la mano
que las grabó; y cuando usa de todos
sus derechos para oprimir al débil, para despojarlo, no hace
más que la cosa más natural del mundo. Si
nuestra madre común hubiese querido esa, igualdad que el
débil se esfuerza en establecer, si verdaderamente
hubiese deseado que las propiedades se repartiesen equitativamente,
¿por qué habría creado dos
clases, una de fuertes y otra de débiles? ¿No ha probado
acaso suficientemente con esta diferencia que su
intención era que existiese en los bienes como existe en las
facultades corporales?, ¿no prueba acaso que su
designio es que todo esté de una parte y nada de la otra, y esto
precisamente para llegar a ese equilibrio,
única base de todas sus leyes? Porque, para que el equilibrio
exista en la naturaleza, no hace falta que lo
establezcan los hombres; el equilibrio de la naturaleza altera el de
los hombres: lo que a nuestros ojos parece
que lo contraría es justamente lo que lo establece a los suyos,
y esto por la razón de que, según nosotros,
de esta falta de equilibrio resultan los crímenes mediante los
que se establece el orden en ella. Los fuertes
se apoderan de todo: para el hombre, esto es una falta de equilibrio.
Los débiles se defienden y saquean al
fuerte: he aquí crímenes que establecen el equilibrio
necesario en la naturaleza. No tengamos nunca escrúpulos
de lo que podamos sustraer al débil, porque no somos nosotros
los que cometemos el crimen, sino el
débil con su defensa o su venganza: al robar al pobre, al
despojar al huérfano, al usurpar la herencia de la
viuda, el hombre no hace más que usar los derechos que ha
recibido de la naturaleza. El crimen estaría en
no aprovecharse: el indigente, que aquélla ofrece a nuestros
golpes, es la presa que entrega al usurero. Si el
fuerte parece alterar el orden cuando roba al que está por
debajo de él, el débil lo restablece cuando roba a
sus superiores, y ambos sirven a la naturaleza.
(12) Es evidente que Juliette hace hablar aquí a su orador de
los campesinos del antiguo régimen: la miseria
oprimía a estos algunas veces, pero los de hoy, inflados de lujo
e insolencia, no pueden servir ya de
ejemplo. Si nos remontamos al origen del derecho de propiedad, llegamos
necesariamente a la usurpación. Sin embargo,
el robo no es castigado más que porque ataca el derecho de
propiedad; pero originariamente este
derecho no es más que un robo: por consiguiente la ley castiga
el robo que va contra el robo, al débil que
intenta recuperar sus derechos, y al fuerte que quiere establecer o
aumentar los suyos, aprovechándose de lo
que ha recibido de la naturaleza. ¿Puede existir en el mundo una
inconsecuencia más terrible? En tanto que
no haya una propiedad legítimamente establecida (y nunca
podrá haber ninguna) será muy difícil probar
que el robo sea un crimen, porque lo que el robo altera de un lado, lo
restablece por otro, y como la naturaleza
no se interesa por uno más que por el otro, es totalmente
imposible que pueda constatarse la ofensa a
sus leyes favoreciendo a un lado más que a otro.
Por consiguiente, el débil tiene razón cuando, intentando
recuperar sus posesiones usurpadas, ataca a
propósito al fuerte y lo obliga a la restitución; la
única falta que puede cometer es salirse del carácter de
debilidad que le imprimió la naturaleza: ella lo creó
para ser esclavo y pobre, y su falta está en no querer
someterse a esto; y el fuerte, sin esta falta, puesto que conserva su
carácter y no actúa más que, de acuerdo
con él, tiene razón igualmente cuando intenta despojar al
débil y gozar a sus expensas. Ahora, que ambos
examinen por un momento dentro de sí mismos: el débil
sentirá un pequeño combate cuando se decida a
atacar al fuerte, cualesquiera que sean sus derechos; y esta
resistencia a satisfacerse procede de que quiere
sobrepasar las leyes de la naturaleza revistiéndose con un
carácter que no es el suyo; por el contrario, el
fuerte, al despojar al débil, es decir, al gozar de todos los
derechos que ha recibido de la naturaleza, al darles
toda la extensión posible, goza en razón de la mayor o
menor extensión. Cuanto más atroz es la lesión
que hace al débil, más voluptuosamente excitado es; la
injusticia lo deleita, goza con las lágrimas que su
opresión arranca al infortunado; cuanto más lo aplasta,
más lo oprime, más feliz es, porque entonces está
haciendo un gran uso de los dones que ha recibido de la naturaleza,
porque el uso de estos dones se convierte
en una necesidad, y, por consiguiente, en voluptuosidad. Por otra
parte, este goce necesario, que nace
de la comparación que hace el hombre feliz entre él y el
desgraciado, este goce ciertamente delicioso no
aparece nunca mejor ante el hombre afortunado que cuando la desgracia
que produce es completa. Cuanto
más pisotea a este desgraciado, más grande es la
comparación, y por consiguiente, más alimenta su
voluptuosidad.
Por lo tanto, hay dos placeres muy reales en las extorsiones sobre el
débil: el aumento que consigue
de sus fondos materiales, y el goce moral de las comparaciones, que se
hacen más voluptuosas cuanto
más debilitan sus lesiones al infortunado. Por lo tanto, que
saquee, que queme, que robe, que no deje a ese
desgraciado más que el soplo que debe prolongar una vida cuya
existencia necesita el opresor para establecer
sus leyes de comparación: todo lo que haga estará en la
naturaleza, todo lo que invente no será más que
el uso de las fuerzas activas que ha recibido de ella, y cuanto
más ejerza sus fuerzas, más se dará cuenta de
su placer, mejor utilizará sus facultades, y, por consiguiente,
mejor habrá servido a la naturaleza.
Permitidme, queridas muchachas -prosiguió Dorval-, que apoye mis
razonamientos con algunos ejemplos;
ambas habéis recibido una educación que os
permitirá que no os asombréis.
El robo está autorizado en Abisinia, hasta tal punto que el
jefe de los ladrones compra su carga y el derecho
de gozar de él tranquilamente.
Esta misma acción se aconseja entre los coríaces;
sólo con ella se honran.
Entre los Tohukichi, una muchacha no puede casarse hasta que ha
realizado este oficio.
Entre los Mingrelianos, el robo es una señal de habilidad y
valentía; se enorgullecen públicamente de sus
hermosas acciones en este oficio.
Nuestros modernos viajeros lo encontraron en vigor en la isla de
Otaití.
El de pillo es un oficio honroso en Sicilia.
Francia no era más que una vasta guarida de ladrones bajo el
régimen feudal: sólo la forma ha cambiado,
los efectos son los mismos. Ya no con los grandes vasallos los que
roban, sino los robauus; y la nobleza, al
perder sus derechos, se ha convertido en la esclava de los reyes que la
subyugan (13).
(13) La igualdad prescrita por la Revolución no es más
que la venganza del débil sobre el fuerte: es lo
que se hacía antiguamente en sentido inverso; pero esta
reacción es justa, es preciso que cada uno tenga su
turno. Todo cambiará una vez más, porque nada es estable
en la naturaleza, y porque los gobiernos dirigidos
por hombres deben ser móviles como ellos. El famoso
ladrón sir Edwin Cameron resistió a Cromwell durante
mucho tiempo.
El ilustre MacGregor hizo una ciencia del robo; enviaba a sus
acólitos a las tierras vecinas, cobraba por la
fuerza la renta debida por los granjeros y los liberaba en nombre de
los propietarios.
Podéis estar seguras de que no hay ninguna forma de apropiarse
del bien del prójimo que no sea legítima.
El engaño, la maña o la fuerza no son más que
medios buenos para llegar a un fin permitido; el objeto del
débil es igualar a la fortuna; el del fuerte obtener y despojar,
no importa cómo, no importa a expensas de
quién. Cuando las leyes de la naturaleza exigen un cambio total,
¿consultan con los afectados? Todas las
acciones del hombre siguen las leyes de la naturaleza, porque todas las
acciones humanas no son más que
resultado de las leyes de la naturaleza, lo cual debe tranquilizar al
hombre e impulsarlo a no asustarse de
ninguna... a entregarse en paz a todas, de cualquier tipo y especie que
sean. Nada se hace sin necesidad, y
todo es necesario en el mundo; ahora bien, la necesidad lo excusa todo;
y desde el momento en que una
acción se demuestra necesaria, no puede ser considerada infame.
Un hijo del famoso Cameron, del que acabo de hablaros,
perfeccionó el sistema del robo: el jefe daba sus
órdenes, se le obedecía ciegamente, y todos los robos
eran depositados en almacenes generales, para a continuación
ser repartidos con la mayor justicia.
Las grandes hazañas de robos pasaban en otro tiempo por
heroismo; se conseguían demostraciones de
honor. Dos famosos ladrones tomaron al Pretendiente bajo su
protección; iban a robar para distraerle.
Cuando un ilinois comete un robo, se le absuelve dando al juez la mitad
de la suma sustraida, y no se
piensa que pueda ser castigado de otra forma.
Hay países donde se castiga el robo con la ley del
talión: se despoja al ladrón, y se le deja ir. Por muy
suave que parezca esta ley en este caso, hay otros en los que sus
efectos son atroces, y quiero haceros ver su
iniquidad. Esta pequeña demostración no estará
fuera de lugar: una sola reflexión muy simple os hará ver
la
injusticia del talión. Enseguida volveremos a nuestra
disertación.
Supongamos que Pedro insulta y maltrata a Pablo; en razón de
esto, por la ley del talión, se devuelve a
Pedro todo lo que ha hecho a Pablo. Es una injusticia que clama al
cielo; porque cuando Pedro hizo a Pablo
la injuria de que tratamos, tenía motivos que, de acuerdo con
todas las leyes de la equidad natural, disminuyen
de alguna manera la atrocidad de su crimen; pero cuando lo
castigáis con el mismo tipo de tratamiento
que ha hecho sentir a Pablo, no tenéis la misma razón que
él, y sin embargo lo tratáis igual de mal. De esta
forma, tenemos aquí una gran diferencia entre él y
vosotros: él ha cometido una atrocidad basada en motivos,
y vosotros, vosotros cometéis la misma atrocidad sin motivo
(14). Esta exposición basta
para que veáis
toda la injusticia de una ley que los estúpidos encuentran tan
hermosa. Prosigamos.
(14) La pereza y la imbecilidad de los legisladores les hicieron
imaginar la ley del talión. Era mucho más
sencillo decir: Hagámosle lo que ha hecho, que dar una pena
equitativa a la ofensa. Se necesita infinita
inteligencia para este último procedimiento, y más
allá de tres o cuatro que me citan en Francia, desde hace
ochocientos años, no conozco más que un sólo
realizador de leyes que haya tenido solamente sentido común.
Hubo un tiempo en que los señores alemanes tenían entre
sus derechos el de robar en los caminos principales.
Este derecho se remonta a las primeras instituciones de las sociedades,
cuando el hombre libre o vagabundo
se alimentaba, como los pájaros, de todo lo que podía
sustraer; entonces era el hijo de la naturaleza,
hoy es el esclavo de los prejuicios absurdos, de las leyes atroces y de
las religiones imbéciles. Todos los
bienes, dice el débil, fueron repartidos por igual sobre la
superficie de la tierra. Sea: pero la naturaleza, al
crear a fuertes y débiles, indicó suficientemente que
ella no destinaba bienes más que al más fuerte, y que el
otro no podría gozar de ellos más que sometiéndose
al despotismo y al capricho del más poderoso. A éste le
inspira que robe al débil para enriquecerse; y al débil,
que robe al fuerte para realizar la igualdad; y esto, de
la misma forma que aconseja al pájaro que robe la semilla del
labrador, al lobo que devore el cordero; a la
araña que teja su tela. Todo es robo, todo es extorsión
en la naturaleza; el deseo de apoderarse del bien del
prójimo es la primera... la pasión más
legítima que hemos recibido de ella. Son las primeras leyes que
su
mano graba en nosotros, es la primera inclinación de todos los
seres, y, sin duda alguna, la más agradable.
El robo era un honor en Lacedemonia. Licurgo hizo de él una ley;
decía este gran hombre que hacía a los
espartanos, ligeros, hábiles, valientes y ágiles.
Todavía es un honor entre los filipinos. Los germanos lo
consideraban como un ejercicio que convenía a la juventud;
había fiestas en las que los
romanos lo permitían; los egipcios lo incluían en la
educación; los americanos están entregados a él;
en
Africa, es norma general; más allá de los Alpes, apenas
si es castigado.
Nerón salía todas las noches de su palacio para robar; al
día siguiente, los efectos que había sustraido la
víspera eran vendidos en las plazas públicas, y en
beneficio suyo.
El presidente Rieux, hijo de Samuel Bernard y padre de Boulainvilliers,
robaba por inclinación y con las
mismas consideraciones que nosotros; atacaba a los transeúntes
en el Pont-Neuf y les robaba pistola en
mano. Envidioso de un reloj que vio a un amigo de su padre, lo
esperó una noche, cuando este amigo volvía
de cenar en casa de Samuel; lo roba; el amigo vuelve a la casa del
padre, se queja, da el nombre del culpable;
Samuel asegura que eso es imposible, jura que su hijo está en la
cama; se verifica: Rieux no está en su
casa. Vuelve poco después; lo esperaban, lo convencen, es
cubierto de reproches, confiesa todos sus otros
robos, promete corregirse y lo hace: poco después, Rieux se
convierte en un poderoso magistrado (15).
(15) El padre de Enrique IV tenía el mismo gusto.
Nada más sencillo de concebir que el robo como libertinaje:
produce un necesario choque en los nervios,
y de ahí nace la inflamación que lleva a la lubricidad.
Todos aquellos que como yo, y sin ninguna necesidad,
han robado por libertinaje, conocen este secreto placer; también
se puede sentir haciendo trampas en el
juego. El conde de X experimentaba una gran excitación: lo he
visto teniendo que estafar cien luises a un
joven, en el juego de los cientos, porque tenía ganas de
fornicárselo y sólo podía obtener la
erección robando.
Se empieza la partida, el conde roba, se excita, sodomiza al joven,
pero se abstiene de devolverle el
dinero.
Con los mismos principios, Argafond roba indiferentemente todo lo que
cae en sus manos. Puso una casa
de libertinaje donde hacía despojar con todo descaro, en su
provecho, a todos
aquellos que podía atraer a su
serrallo las encantadoras criaturas que lo habitaban.
¿Quién roba más que nuestros hombres de finanzas?
¿Queréis un ejemplo sacado del siglo pasado?
Francia poseía novecientos millones de capital; al final del
reinado de Luis XIV, el pueblo pagaba setecientos
cincuenta millones de impuestos al año, y en los cofres del rey
no entraban más que doscientos cincuenta
millones: ¡quinientos millones robados! ¿Creéis que
la conciencia de estos grandes ladrones se inquietaba
por el robo?
-¡Y bien! -respondí a Dorval-, ya conozco todos vuestros
modelos, me gustan vuestros razonamientos,
pero confieso que no comprendo cómo un hombre rico como vos, por
ejemplo, puede encontrar placer en el
robo.
-Porque el choque voluptuoso de esta lesión en la masa de los
nervios, a partir del cual surge la erección,
según he comprobado -me respondió Dorval-, no es menos
intenso por el hecho de ser rico; porque, rico o
no, estoy construido igual que los otros hombres. Por otra parte,
según yo, sólo tengo lo necesario, y no es
lo necesario lo que hace rico, sino lo superfluo; nadie es rico, nadie
es feliz más que con lo superfluo; y mis
robos me lo proporcionan. No es por la satisfacción de las
primeras necesidades por lo que somos felices,
sino por el poder de contentar todas nuestras fantasías; aquel
que sólo tiene lo que le hace falta para sus
necesidades no puede llamarse feliz, es pobre.
Se acercaba la noche; Dorval todavía nos necesitaba;
tenía que hacernos probar nuevos detalles lúbricos,
que exigían descanso, silencio y tranquilidad.
-Que metan a esos dos alemanes en un coche -dice a uno de los suyos,
acostumbrado a servirle en circunstancias
semejantes-; estoy seguro de que no se despertarán; dejadles en
alguna calle alejada, desnudos:
será de ellos lo que Dios quiera.
-¡Oh, señor! dije-, ¡qué crueldad!
-¿Y qué importa?, me siento satisfecho y es todo lo que
esperaba de ellos; ya no los necesito, y que sea
de ellos lo que sea; existe una Providencia para todo esto: si la
naturaleza los necesita, los conservará; si no
tiene nada que hacer con ellos, perecerán.
-Pero sois vos quien los exponéis. -Satisfago la primera parte
de las intenciones de la naturaleza, su mano poderosa cumplirá
el resto; que se
vayan, tienen suerte de que no haga algo peor; quizás debiese
hacerlo.
La orden fue cumplida puntualmente; los dos alemanes no se
habrían despertado, ni más ni menos que si
estuviesen muertos; después supimos que los habían deja
do en una calle apartada, cerca del bulevar nuevo,
y conducidos al día siguiente a una comisaría de
policía, de donde salieron en cuanto vieron que no podían
arrojar ninguna luz sobre su extraña aventura.
En cuanto se fueron, Dorval nos entregó exactamente la cuarta
parte que nos correspondía de lo que quitamos
a esos dos individuos, y salió. Nos quedamos solas un momento,
durante el cual Fatime me previno
de que todavía nos quedaba por pasar una terrible escena de
lujuria, que ella no sabía exactamente en qué
consistía, pero que estaba segura, al menos, de que no nos
sucedería ninguna desgracia... Apenas había
acabado de hablar cuando apareció una vieja y nos ordenó
con brusquedad que la siguiésemos; obedecimos;
después de algunas vueltas por los corredores más altos
de la casa, nos metió en una habitación obscura
donde nos fue imposible ver nada hasta la llegada de Dorval.
Apareció casi enseguida, seguido por dos bribones de bigotes
cuyo aspecto ya me hacía temblar; las velas
que traían nos mostraron enseguida la singularidad de los
muebles de la habitación en la que estábamos
encerradas: al fondo de este cuarto se veía un cadalso, encima
del cual había dos horcas y todos los instrumentos
necesarios para la ejecución del suplicio de la horca.
-Señoritas -nos dice bruscamente Dorval-, van a recibir
aquí el castigo por sus crímenes.
Y, sentándose en un enorme sillón, ordena a sus dos
acólitos que nos desvistan de los pies a la cabeza, sin
dejarnos ni siquiera medias, zapatos, ni tocados. Llevan los vestidos a
sus pies, los registra, nos quita todo
el dinero que encuentra; después, haciendo un paquete con el
resto, lo tira por una ventana.
-Estas zorras dice con tono flemático- no necesitan ya esos
harapos. Pronto lo único que les hará falta será
un ataúd, y ya tengo dos preparados.
En efecto, uno de los agentes de Dorval los saca de debajo del
patíbulo y nos los enseña.
--Aunque ambas estéis plenamente convencidas -dice Dorval- de
haber despojado esta mañana en mi casa,
con toda maldad, a esos dos honrados individuos de sus joyas y su oro,
no por eso dejo de conminaron a
que me digáis la verdad: ¿sois o no culpables de esta
atrocidad? -Somos culpables, señor --respondió Fatime;
pues en lo que a mí respecta, totalmente exaltada, empezaba a
perder la cabeza.
-Ya que confesáis vuestro crimen -respondió Dorval- es
inútil cualquier formalidad; sin embargo, necesito
una confesión completa. ¿No es cierto, Juliette
-prosiguió el traidor, obligándome de esta forma a
responder-,
no es cierto que los dejasteis morir al arrojarlos inhumanamente por la
noche en medio de la calle?
-Señor, fuisteis vos... Después, reponiéndome:
-Sí, señor, también somos nosotras las culpables
de ese crimen.
-¡Vamos! dice bruscamente Dorval-, sólo me queda
pronunciarme; escuchad vuestra sentencia de rodillas.
Nos pusimos así; entonces, me di cuenta del efecto que
producía en este libertino la escena de horror.
Obligado a dar salida a un pene que su calzoncillo ya no podía
contener, nos parecía, al dejarlo que se
elevase en el aire, uno de esos jóvenes arbustos desgajados del
tronco que se inclina por un momento sobre
el suelo.
-¡Vamos, putas! dice mientras se excita-, vais a ser colgadas...
¡vais a ser estranguladas! Rose Fatime y
Claudine Juliette son condenadas a muerte por haber vi llanamente...
odiosamente robado y despojado,
después expuesto a morir en medio de la calle, a dos individuos
en la casa del Sr. Dorval: en consecuencia,
la justicia ordena que la sentencia sea ejecutada al instante.
Nos levantamos, y a la señal de uno de sus alguaciles, nos
acercamos primero una y después otra. Estaba
completamente excitado; cogimos su pene; juró y nos
amenazó; sus manos se perdían indiferentemente
por todas las partes de nuestro cuerpo y mezclaba sus amenazas con
burlas. -¡Qué cruel soy -decía- entregando tan
hermosas carnes a la putrefacción! Pero no hay que esperar
ninguna
gracia, la sentencia está pronunciada, hay que sufrir la; estos
terribles coños serán la presa de los gusanos...
¡oh!, ¡rediós, cuántos placeres!
Y, a un gesto suyo, los dos esbirros que tenía a sus
órdenes se apoderaron de Fatime, mientras yo seguía
excitándolo. En un minuto, los dos criminales la atan; pero todo
estaba dispuesto de forma que la víctima,
cayendo sobre un colchón en el suelo, no permaneciese colgada ni
un segundo. Vinieron a cogerme; yo
temblaba, el miedo me impedía ver: sólo había
visto del suplicio de Fatime lo que debía aterrorizarme; el
resto se me había escapado, y sólo después de mi
propia experiencia reconocí el escaso peligro que corría
al
sufrir esta singular fantasía. Así pues, me lancé,
totalmente aterrorizada, en brazos de Dorval cuando vinieron
a cogerme: esta resistencia lo inflamó; me mordió en el
costado con tal fuerza que sus dientes dejaron
una huella durante dos meses. Sin embargo, me arrastran, y pronto estoy
en la misma situación que Fatime.
Dorval se acerca. En cuanto caigo al suelo, exclama:
-¡Oh!, ¡santo Dios!, ¿es que no están muertas
las zorras?
-Perdonad, señor -responde uno de los suyos-, está hecho,
no respiran ya.
Este es el momento del desenlace de la tenebrosa pasión de
Dorval; se lanza sobre Fatime, quien se guarda
muy bien de moverse, la encoña con su pene furioso, y,
después de unos brincos, cae sobre mí,
encontrándome
en la misma inmovilidad; introduce, jurando, su pene hasta el fondo de
mi vagina, y allí
descarga con síntomas de placer que tienen más de furor
que de voluptuosidad.
Fuese vergüenza, fuese desagrado, no volvimos a ver a Dorval. En
cuanto a los criados, habían desaparecido
en cuanto su dueño se lanzó sobre el patíbulo para
so meternos a su frenesí. La misma vieja que nos
había traído vino a liberarnos; nos cuidó, pero
nos anunció que no nos devolverían absolutamente nada de
lo que nos habían quitado.
-Os conduciré completamente desnudas -prosiguió la vieja-
a casa de Mme. Duvergier; le presentaréis
vuestras quejas, las solucionará: marchémonos, es tarde,
tenemos que llegar antes de que empiece el día.
Furiosa por el procedimiento, pido hablar con Dorval: me lo niegan,
aunque estoy segura de que el cachondo
nos estaba mirando por un agujero. Así pues, tuvimos que irnos
lo más rápidamente posible; un
coche nos esperaba, subimos a él, y, en menos de cinco cuartos
de hora, nos encontrábamos desnudas en
casa de nuestra matrona.
Mme. Duvergier no estaba levantada. Nos retiramos a nuestras
habitaciones, donde encontramos cada
una diez luises y un deshabillé completo, muy por encima del
valor de los que habíamos perdido.
-No hablemos de nada -me dice Fatime-; estamos contentas, es
inútil que la Duvergier se entere. Te lo he
dicho, Juliette, todo esto sucede a sus espaldas, y desde el momento en
que no tenemos nada que repartir
con ella, no es necesario hablarle de lo ocurrido. Querida
-continuó Fatime-, acabas de sufrir un pequeño
daño y de recibir una gran lección: que lo uno te
consuele de lo otro. Con lo que acabas de aprender en casa
de Dorval, estás en condiciones ahora para que todas las
partidas que hagas te reporten, con tu habilidad, el
triple y el cuádruple de lo que significarían para
cualquier otra.
-Realmente -digo a mi compañera- no sé si me
atreveré si nadie me sostiene.
-Serías muy tonta si no lo hicieses -respondió Fatime-;
nunca olvides la moral y los consejos de Dorval;
la igualdad, querida mía, es mi única ley; y allí
donde la fortuna no la establece, le corresponde a nuestra
habilidad suplirla.
-Juliette -me dice Mme. Duvergier tres o cuatro días
después de esta aventura-, vuestras desfloraciones
naturales ya están más o menos hechas: ahora es preciso,
niña mía, que me reportéis por detrás dos o
tres
veces más de lo que me habéis reportado por delante.
Espero que no seréis escrupulosa a este respecto, y
que, siguiendo el ejemplo de algunas imbéciles que tuve en mi
casa, no me digáis que el crimen que halláis
en esta forma de entregaros a los hombres os impide satisfacerme.
Sabed, hija mía, que es la misma cosa:
una mujer es mujer en cualquier parte de su cuerpo; no actúa
peor prestando su culo que su coño, su boca
que su mano, sus muslos que sus axilas; todo esto es indiferente,
ángel mío; lo esencial es ganar oro, no
importa cómo. ¡Cuán extravagantes son los que se
atreven a decir que la sodomía es un crimen que daña a
la población! Esto es absolutamente falso: siempre habrá
suficientes hombres en la tierra, cualesquiera que
puedan ser los progresos de la sodomía. Pero supongamos por un
momento que la población se resintiese, ¿acaso no
sería la naturaleza a la que habría que quejarse, puesto
que de ella han recibido los hombres inclinados
a esta pasión no sólo el gusto y la inclinación
que los arrastra a ella, sino incluso la falta de organización
o de constitución que les hace inhábiles para los
placeres ordinarios de nuestro sexo? ¿Acaso no es
ella la que nos pone en el estado de no poder ofrecer verdaderos
placeres a los hombres, cuando hemos
satisfecho durante mucho tiempo esta pretendida ley de
población? Ahora bien, si, por un lado, su mano
pone al hombre en la imposibilidad de gustar placeres legítimos,
y, por otro lado, constituye a la mujer de
una forma absolutamente opuesta a la necesaria para gustarlos, me
parece que está muy claro que los ridículos
ultrajes -que pretenden los estúpidos que se cometen buscando
placeres en otras cosas que no sean las
mujeres, o con ellas en el sentido contrario- no son más que
inspiraciones de esa misma naturaleza, que
gustosamente concede una mínima compensación por las
penas impuestas por sus primeras leyes, o que se
ve obligada quizás a poner un freno a una población cuya
demasiada abundancia sólo tendría como consecuencia
perjudicarla. Y esta segunda idea se nos muestra todavía mejor
en el plazo que ha prescrito a las
mujeres para engendrar. ¿Por qué tales frenos si esa
constante población fuese tan necesaria como creen algunos?,
y si ha puesto sus límites en este sentido, ¿por
qué no habría de ponerlos en el otro, inspirando al
hombre o pasiones diferentes o desagrado, que, una vez el deber
cumplido, lo obligan a liberarse de un
germen con el que la naturaleza ya no tiene nada que hacer? Y sin
necesidad de tantos razonamientos, contentémonos
con apelar a la sensación misma, y podemos estar seguras de que
allí donde sea más sensual, es
donde la naturaleza quiere ser servida. Ahora bien, puedes estar
segura, Juliette ( ¡y a quién se lo decía!),
hija mía, puedes estar segura de que hay infinitamente
más placer en entregarse de esta forma que de la
otra; las mujeres voluptuosas que lo han probado no pueden volver ya a
la vía ordinaria: todas te dirán lo
mismo que yo. Por lo tanto, hija mía, inténtalo por los
intereses de tu bolsa y por los de tu voluptuosidad;
pues puedes estar segura de que los hombres pagan esta fantasía
mucho más cara que los goces comunes, y
si yo tengo treinta mil libras de renta hoy, puedo decir que las tres
cuartas partes las he ganado entregando
culos. Los coños ya no valen nada, muchacha, la gente
está cansada de ellos, nadie los quiere, y yo renunciaría
ahora mismo a este oficio si no encontrase mujeres dispuestas a esta
esencial complacencia.
Mañana por la mañana, corazón mío
-prosiguió esta insigne alcahueta-, entrego tu virginidad
masculina
al viejo arzobispo de Lyon, que me lo paga a cincuenta luises. Dios te
guarde de oponer ninguna resistencia
a los deseos exaltados de este buen prelado: se desmayaría tan
pronto como se te ocurriese oponerte a ellos.
Y deberás las pruebas de su virilidad a tu sumisión antes
que a tus encantos, y si el viejo déspota no encuentra
una esclava en ti, sólo será un autómata.
Perfectamente aleccionada sobre el papel que debía cumplir,
llego al día siguiente, sobre las nueve de la
mañana, a la abadía de Saint-Victor, donde se hospedaba
el prelado cuando venía de viaje a París; el santo
hombre me esperaba en la cama:
-Madame Lacroix -dice a una mujer muy hermosa, de unos treinta
años, y que me pareció que sólo estaba
allí para servir de tercero en las escenas lúbricas del
prelado-, acercadme a esta muchachita, para que la
vea... No está mal, ciertamente: ¿y qué edad
tenéis, angelito? -Quince años y medio, monseñor.
-Vamos, madame Lacroix, desnudadla y no descuidéis ninguna de
las precauciones que sabéis.
En cuanto estuve desnuda me fue fácil adivinar cuál era
el objeto de tales precauciones. El devoto sectario
de Sodoma, sintiendo una terrible aprensión a que los atractivos
anteriores de una mujer turbasen su
ilusión, exigía que se velasen estos atractivos con tal
rigor que ni siquiera pudiese sospecharlos. En efecto,
Mme. Lacroix los empaquetó tan bien que no se veía la
menor huella. Cumplido este deber, la complaciente
criatura me lleva hasta la cama de monseñor.
-El culo, madame -dice a la Lacroix-, el culo y nada más que el
culo, os conjuro... tened cuidado. ¿Habéis
tenido cuidado?...
-Sí, sí, monseñor, y Vuestra Eminencia puede ver
que al exponerle la parte que desea, ofrezco a su libertino
homenaje el más bonito culo virgen que se pueda besar.
-Sí, en efecto -dice monseñor-, está bastante bien
torneado; veamos que lo acaricie.
Y ayudada por su amiga para mantenerme en la elevación necesaria
para que el querido obispo pueda besar
ampliamente mis nalgas, las soba y las devora por todas partes durante
más de un cuarto de hora. No
olvidó la caricia favorita de la gente con tal gusto, quiero
decir la introducción de la lengua en lo más profundo
del ano; igualmente es característico el más marcado
alejamiento de la parte vecina, hasta tal punto que habiéndose
entreabierto el coño, me rechazó con tal aire de
desdén y de disgusto que hubiese huido a
veinte leguas de allí si hubiese sido dueña de mí
misma. Durante este primer examen, la Lacroix se había
desnudado. En cuanto estuvo desnuda, Monseñor se levantó.
-Hija mía me dice poniéndome sobre la cama en la postura
necesaria para sus placeres-,
espero que os
habrán aconsejado que seáis dócil y complaciente.
-Me atrevo a aseguraros, monseñor --respondí con
inocencia-, que no tendréis nada que reprocharme sobre
esto.
- ¡Ah!, ¡bien, bien!, es que el menor rechazo me
disgustaría infinitamente; y con el trabajo que me cuesta
ponerme en tal estado, podéis imaginaros qué sería
de mí si se alterase la obra por falta de sumisión.
Vamos,
madame Lacroix, humedeced el camino y tratad de conducir mi pene con
tal habilidad que una
vez dentro nada pueda hacerlo salir, más que el desfallecimiento
al que lo reducirá mi descarga.
Nada fue descuidado por el amable tercero. Monseñor no estaba
demasiado provisto; una perfecta resignación
por mi parte, unida a todos los cuidados tomados para hacer que la
empresa tuviese éxito, la hizo
llegar con prontitud a bien.
Ya estoy -dice el santo pastor-; por mi fe que hacía mucho
tiempo que no jodía nada tan estrecho: ¡oh!,
en cuanto a éste, garantizo su virginidad, lo juraría
cuantas
veces quisieran... Vamos, colocaos, Lacroix, colocaos, porque siento
que mi esperma eyaculará pronto en
este hermoso culo.
A esta señal, Mme. Lacroix toca el timbre; llega una segunda
mujer, a da que no tuve demasiado tiempo
de examinar; con el brazo desnudo, armada con un gran puñado de
vergas, se pone a trabajar sobre el culo
pontifical mientras que la Lacroix, tumbándose sobre mis
riñones, viene a ofrecer su trasero a los lúbricos
besos del sodomita que, prontamente vencido por el conjunto de acciones
libidinosas, vierte con profusión
en mi ano un bálsamo cuya eyaculación sólo debe a
los vigorosos golpes que de desgarran el trasero.
Todo acabó: monseñor, excitado, se vuelve a acostar; de
preparan su chocolate; y el ama de llaves, vestida
de nuevo, me pone en manos de la azotadora, quien, una vez que me ha
dado dos luises para mí, además
de dos cincuenta que ya llevaba, me embarca en un coche, al que da la
orden de que me conduzca a casa de
da Duvergier.
Al día siguiente, en la casa, me muestran un hombre de alrededor
de cincuenta años, con un rostro sombrío
y pálido que no anunciaba nada bueno.
-Abstente de rechazar a éste me dice la Duvergier
introduciéndome en la habitación donde lo había
recibido-;
es uno de mis mejores clientes, y me causarías un perjuicio
irremediable si te niegas a él.
Después de algunos preliminares, siempre dirigidos por los
gustos predilectos de este sectario de Sodoma,
me pone boca abajo sobre la cama y se dispone a sodomizarme. Sus manos
ya separaban mis dos nalgas,
el tipo se extasía ya ante el pequeño agujero, cuando,
sorprendida por el gran cuidado que pone en
ocultarse, y como poseída por una especie de presentimiento, me
vuelvo con prontitud... ¡Qué veo, gran
Dios!... Un miembro cubierto de pústulas... de verrugas... de
chancros, etc., síntomas abominables, y por
desgracia demasiado reales, de la enfermedad venérea que corroe
a este villano.
-¡Oh!, ¡señor! -exclamé-,
¿estáis loco queriendo gozar de una mujer en el estado en
que estáis? ¿Queréis
perderme para toda la vida?
-¡Cómo! dice el bandido intentando cogerme por da fuerza-;
pero he arreglado ya todo; tu patrona sabe
muy bien mi estado; ¿pagaría a das mujeres tan caro si no
fuese por el placer de comunicarles mi veneno?
Esta es mi única pasión, la única causa por da que
no me hago curar.
-¡Oh!, ¡señor!, es una infamia en da queme
guardaré de tomar parte.
Y volando a llamar a Madame, podéis juzgar da calidad de los
reproches que de dirigí. Por las señas que
hacía a este hombre, vi el deseo que tenía de que yo no
supiese nada; pero ya era demasiado tarde.
-No arreglaréis nada, señora --dije montada en
cólera-; estoy al tanto de todo; es vergonzoso que hayáis
querido sacrificarme. No importa, no os comprometeré;
únicamente daos prisa en sustituirme, y permitid
que me retire. La alcahueta no se atrevió a oponerse; pero el
hombre, que me devoraba ya, no podía resignarse ad cambio:
el villano había jurado mi perdición; y sólo con
gran trabajo se decidió a envenenar a otra. Sin embargo,
todo se arregló: apareció otra chica; yo salí. Era
una pequeña novicia de trece años,
a quien este libertino
encontró digna de compensarle. Le vendaron dos ojos; no
dudó de nada, y, ocho días después, hubo que
llevarla ad hospital, adonde fue este criminal a verla sufrir. Este era
todo su goce: no conocía, me dice la
Duvergier, otro mas delicioso en el mundo.
Otros quince o dieciséis de da misma calaña, pero sanos y
bien plantados, pasaron por mi cuerpo en un
mes, con más o menos episodios extraños, cuando fui
enviada a casa de un hombre cuyos detalles en el acto
de la sodomía son suficientemente extraños como para ser
contados. Cuál no será vuestro interés, por otra
parte, cuando sepáis que este hombre es Noirceuil, que acaba de
dejarnos durante los pocos días que debe
durar la narración de aventuras demasiado conocidas para
él para que necesite oírlas una vez más.
Por un exceso de libertinaje inconcebible, y muy digno del hombre
encantador con el que voy a entreteneros,
Noirceuil quería que su mujer fuese el testigo de su
libertinaje, que le sirviese y se prestase a su vez.
Tened en cuenta que me seguían creyendo virgen, y que Noirceuil
sólo deseaba a muchachas vírgenes, al
menos en esta parte de su cuerpo.
Mme. de Noirceuil era una mujer muy bonita de veinte años a lo
sumo. Entregada a su joven esposo, ya
entonces con alrededor de cuarenta años y de un libertinaje
desenfrenado, os dejo pensar todo lo que había
sufrido esta interesante criatura desde que era la esclava de tal
libertino. Ambos estaban en el cuarto donde
me recibieron. Apenas entré, tocaron un timbre, y aparecieron en
seguida dos muchachos de diecisiete a
dieciocho años casi desnudos.
-Se dice, corazón mío, que tenéis el culo
más hermoso del mundo -me manifiesta Noirceuil en cuanto su
reunión estuvo hecha-. Señora -continuó,
dirigiéndose a su esposa-, os exijo que me lo hagáis ver.
-Realmente, señor --respondió esta pobre mujercilla muy
vergonzosa-, exigís cada cosa...
Muy sencillas, señora; y ya deberíais estar acostumbrada,
dado el tiempo que hace que las realizáis: doy a
vuestros deberes hacia mí una gran amplitud, y me sor prende
mucho que todavía no hayáis hecho ninguna
objeción a esto.
-¡Oh!, ¡ni la haré nunca!
-¡Por Dios!, ¡tanto peor para vos!, cuando hay
obligación de algo, vale cien veces más prestarse a ello
de
buena gana, que sentir cada día un suplicio. Vamos,
señora, ¡desvestid a esta pequeña!
Sufriendo por aquella pobre dama, iba a quitarme yo misma mis vestidos
para ahorrarle el trabajo que
querían darle, cuando Noirceuil, impidiéndomelo,
trató tan bruscamente a su esposa que no tuvo más remedio
que obedecerlo. Durante estos preliminares, Noirceuil se hacía
besar por estos dos jóvenes, y los excitaba
a su vez con cada una de sus manos; uno le excitaba el agujero del
culo, el otro el pene. En cuanto
estuve desnuda, Mme. de Noirceuil, siguiendo las órdenes de su
marido, le presentó mis nalgas para que las
besase, lo que el zorro hizo con los más lúbricos
pormenores; y también por orden suya, los dos muchachos
están pronto en el mismo estado que yo... ayudado siempre por
las manos de su dócil esposa, quien, una
vez acabados todos sus servicios, se pone desnuda igual que nosotros.
Noirceuil, desnudo igualmente, se
encuentra así en medio de dos mujeres bonitas y de dos hermosos
muchachos. Indiferente a ambos sexos,
sólo desea un altar, el mismo en todos, donde recibir los
primeros homenajes de su lujuria; y creo que nunca
unos traseros fueron tan lúbricamente besados. El tunante nos
mezclaba y algunas veces ponía a un muchacho
encima de una mujer para hacer mejor sus comparaciones. Por fin,
excitado suficientemente, ordena
a su esposa que me tumbe boca abajo sobre el canapé del cuarto y
que ella misma dirija su pene a mi
trasero, después de haber tomado la precaución de
chuparlo para facilitar la introducción. Como sabéis,
Noirceuil tiene un instrumento de siete pulgadas de ancho por once de
largo; y por consiguiente, sólo con
grandes dolores llegué a recibirlo: sin embargo, lo introdujo
hasta los testículos, ayudado constantemente
por su triste víctima. Al mismo tiempo, desaparecía en su
culo el pene de uno de nuestros
acólitos. Entonces,
el libertino, colocando a su mujer cerca de mí, y en la misma
postura que yo estaba, exigió de ella
que se sometiese a las mismas lubricidades que él se
permitía sobre mi cuerpo. Quedaba un pene libre:
Noirceuil lo coge y, mientras me da por el culo, lo introduce en el
delicado ano de su tierna mitad. Por un
momento, ella intenta resistirse, pero su cruel esposo,
doblándola con brazo firme, sabe obligarla a lo que
espera de ella. -Ya estoy satisfecho -dice, en cuanto todo estuvo en
marcha-; soy fornicado, doy por el culo a una virgen,
hago sodomizar a mi mujer: nada falta a mis fogosos deseos.
-¡Oh!, ¡señor! -dice gimiendo la honrada esposa de
este libertino-, ¿pretendéis que me desespere?
-Mucho, señora, infinitamente en realidad; y confieso, con la
franqueza que me conocéis, que gozaría
mucho menos si os prestaseis de mejor gana.
-¡Hombre sin moral!
-¡Oh!, ¡sin fe, sin Dios, sin principios, sin
religión, por último, hombre terrible! Seguid, seguid,
señora,
seguid insultándome: no os podéis imaginar el arte que
tienen las injurias femeninas para precipitar mi descarga.
¡Ah!, ¡Juliette, manteneos, ya me corro!
Y el pícaro, fornicando, fornicado, viendo fornicar, me lanza,
hasta el fondo de las entrañas, una lavativa
cuyo uso estaba yo muy lejos de adivinar. Como todos habían
descargado, se deshicieron los grupos; pero
Noirceuil, constantemente tirano de su esposa, Noirceuil que, para
excitarse a nuevos placeres, siente ya la
necesidad de una vejación, dice a su mujer que se prepare para
lo que ella muy bien sabe...
-¡Y qué!, señor -responde esta infortunada-,
¿acaso repetiréis constantemente esa execrable
porquería?
-Constantemente, señora; es esencial para mi lujuria. Y el
infame, acostando a su esposa a lo largo del canapé,
la obliga a recibir en su boca el semen que depositó en mi culo.
Obligada a obedecer, suelto una andanada,
no sin un cierto placer malvado en ver al vicio humillar tan cruelmente
a la virtud; la desgraciada
traga: creo que su marido la hubiese estrangulado si no lo hace.
Y con este ultraje, el cruel esposo encontró las fuerzas
necesarias para cometer otros nuevos. Mme. de
Noirceuil me sustituye y recibe alternativamente en su trasero el pene
de su marido y el de los dos muchachos.
No os podéis imaginar la rapidez con que se sucedían
estos tres libertinos en el hermoso culo que
se les ofrecía, mientras manoseaban o besaban el mío. Por
último, Noirceuil fornicó a sus muchachos, teniendo
como perspectiva las nalgas de su mujer. Mientras sodomizaba al
primero, nos obligó al que quedaba
y a mí a que nos apoderásemos de cada una de las nalgas
de su mujer y a que tratásemos con dureza los
globos carnosos que ponía en nuestras manos, y cada vez que, en
medio de estos episodios, descargaba en
el ano de uno o de otro, la pobre criatura estaba obligada a recibir en
su boca el semen que él había dejado.
Por último, se redoblaron las ignominias; Noirceuil
prometió dos luises a aquel de los tres que vejase mejor
a su desgraciada mujer: puñetazos, patadas, bofetadas, capones,
nos estaba permitido emplear cualquier
cosa; y el criminal, excitándonos, se masturbaba enfrente de la
operación. No podéis imaginaros lo que
inventamos los jóvenes y yo para atormentar a esa desgraciada;
no la dejamos hasta que se desmayó. Entonces,
acercándonos al inflamado Noirceuil, lo rodeamos con nuestros
culos, y lo excitamos sobre el cuerpo
maltratado de la infortunada víctima de su pasión. A
continuación, Noirceuil me entregó a los dos
jóvenes:
mientras uno me fornicaba el culo, el otro me hacía chupar su
pene; algunas veces, entre uno y
otro, o yo tenía los dos instrumentos en mi coño, o me
poseía uno por delante y otro por detrás.
Recuerdo que estábamos así, cuando Noirceuil, no
queriendo que yo tuviese una sola parte de mi cuerpo
libre, vino a sumergir su pene en mi boca para soltar en ella su
última descarga, mientras que mi vagina
y mi ano recibían la de los dos jóvenes; soltamos todos a
la vez: nunca sentí tanto placer.
Noirceuil, a quien mi cuerpo y mis pequeñas maldades
habían complacido,
me invitó a comer con sus
dos jóvenes. Comimos en una sala encantadora, servidos
únicamente por Mme. de Noirceuil, completamente
desnuda, a quien su esposo prometió una escena más
terrible que aquélla por la que acababa de pasar si
no se aplicaba en su trabajo.
Noirceuil tiene inteligencia, lo sabéis; no hay nadie como
él para razonar sus extravíos: quise aventurar
algunos reproches sobre su conducta hacia su mujer.
-No hay nada tan injusto -le digo- como lo que hacéis pasar a
esta pobre criatura...
-Sí, es muy injusto -respondió Noirceuil-, pero
únicamente bajo la perspectiva de mi mujer: os respondo
que, en cuanto a mí, nada hay tan equitativo como lo que hago
con ella, y la prueba de esto es que no hay
nada en el mundo que me deleite tanto. Todas las pasiones tienen dos
sentidos, Juliette: uno muy injusto,
respecto a la víctima; otro singularmente justo, respecto al que
la ejerce. Por muy injusto que sea este órgano
de las pasiones respecto a las víctimas de tales pasiones, sin
embargo, no es más que la voz de la natura
leza; sólo su mano es la que nos da estas pasiones; su
energía es lo único que nos las inspira, y sin embargo,
nos hacen cometer injusticias. Por consiguiente, hay injusticias
necesarias en la naturaleza; y sus leyes, de
las cuales sólo desconocemos los motivos, exigen una suma de
vicios al menos igual a la de sus virtudes. El
que no siente inclinación por la virtud, debe doblegarse
ciegamente bajo la mano que lo tiraniza, seguro de
que esta mano es la de la naturaleza, y de que él es el ser
elegido por ella para mantener el equilibrio.
-Pero -digo a este insigne libertino- cuando se disipa el delirio,
¿no sentís algunos secretos impulsos de
virtud... que, si los siguieseis, os conducirían infaliblemente
al bien?
-Sí --me respondió Noirceuil-, siento algunas veces esos
secretos impulsos, nacen algunas veces en la
calma de las pasiones; y creo que puede explicarse de la siguiente
manera.
¿Es realmente la virtud la que viene a combatir en mí al
vicio?, y suponiendo que así sea, ¿debo entregarme
a sus inspiraciones? Para resolver este problema, y resolverlo sin
parcialidad, pongo a mi mente en un
estado de tranquilidad bastante perfecto para que no me pueda acusar
ninguno de los dos partidos de que lo
he hecho inclinarse más que el otro, y a continuación me
pregunto qué es la virtud. Si viese que su existencia
tiene alguna realidad, analizaría esta existencia; y si me
pareciese preferible a la del vicio, no hay duda
de que la adoptaría. Así pues, al reflexionar, veo que se
honra con el nombre de virtud todas las diferentes
maneras de ser de una criatura por las que esta criatura, haciendo
abstracción de sus placeres y de sus intereses,
se entrega a la felicidad de la sociedad: de donde resulta que, para
ser virtuoso, debo olvidar todo lo
que me pertenece, para no ocuparme ya más que de lo que interesa
a los otros; y esto con seres que ciertamente
no harán otro tanto conmigo: pero, aunque lo hiciesen,
¿sería ésta una razón para que yo debiese
actuar como ellos, si todas las disposiciones de mi ser se oponen en
mí a esta forma de existir? Por otra
parte, si se llama virtud a lo que es útil a la sociedad,
concretizando la definición se dará el mismo nombre
a lo que sea útil a sus propios intereses, de donde resulta que
la virtud del individuo será con frecuencia
todo lo contrario de la virtud de la sociedad; porque los intereses del
individuo son casi siempre opuestos a
los de la sociedad; de esta forma, no habrá nada positivo en
ella, y la virtud, puramente arbitraria, no ofrecerá
nada sólido. Si vuelvo a la causa del combate que siento cuando
me inclino hacia el vicio, una vez
convencido de que la virtud no tiene una existencia real,
fácilmente descubriré que no es ella la que combate
en mí, sino que esta débil voz que se hace oír por
un momento no es más que la de la educación y del
prejuicio. Una vez hecho esto, comparo los goces, provoco los de la
virtud, y los saboreo en toda su extensión.
¡Qué falta de agitación, qué gélido!,
no me emociona nada, no me conmueve nada;
y, analizando con
justicia, reconozco que todo el goce es para el que he servido, y que a
mi vez no obtengo de él más que un
frío reconocimiento. Pregunto: ¿esto es gozar? Sin
embargo, ¡qué diferencia en el partido contrario!
¡Cómo
se excitan mis sentidos, cómo se emocionan mis órganos!
Sólo con acariciar la idea del extravío que proyecto,
un efluvio divino circula por mis venas, una especie de fiebre me
posee; el delirio en el que me sumerge
esta idea derrama una deliciosa ilusión sobre todas las facetas
de mi proyecto; lo preparo, me deleita;
examino todas sus ramas, me siento embriagado; ya no es la misma vida,
ya no es la misma alma: mi espíritu
está fundido con el placer, no respiro ya más que para la
voluptuosidad.
-Señor -digo a este libertino, cuyos discursos tengo que
confesar que me inflamaban extraordinariamente,
y a los yo refutaba sólo para que se abriese más-
¡ah!, señor, negar una existencia a la virtud es, me
parece,
querer alcanzar la meta con demasiada rapidez, y exponerse
quizás a no obtenerla, al deslizarnos por los
principios que deben llevarnos a las consecuencias.
-¡Y bien! -respondió Noirceuil-, lo entiendo, pero
razonemos con más orden. Tus reflexiones me demuestran
que estás en disposición de comprenderme; me gusta hablar
con gente parecida a ti.
En todos los acontecimientos de la vida -siguió Noirceuil- en
todos aquéllos, al menos, que nos dejan la
libertad de elección, sentimos dos impresiones, o si se
prefiere, dos inspiraciones: una nos empuja a hacer
lo que los hombres llaman la virtud, y la otra a preferir lo que llaman
el vicio. La historia de este choque es
lo que tenemos que analizar. Este flujo no existiría sin
nuestras pasiones, dice el hombre honrado; son ellas
las que se oponen a los movimientos de la virtud, siempre impresos en
nuestras almas por la mano misma
de la naturaleza: dominad vuestras pasiones y no se opondrán ya.
Pero, ¿quién ha convencido a este hombre,
que así me habla, de que las pasiones no son más que los
efectos de los segundos movimientos, y que
las virtudes son los efectos de los primeros?, ¿qué
pruebas seguras podrá darme de su hipótesis? Para
descubrir
esta verdad, y para asegurarme a cuál de los dos sentimientos
pertenece la prioridad que debe decidirme
(pues es evidente que la primera de esas dos voces que me hable es a la
que debo entregarme, como
inspiración de la naturaleza, mientras que la segunda no es
más que su corrupción), para reconocer, digo, esta
prioridad, examino no las naciones individualmente, porque sus
costumbres han podido desvirtuar sus
virtudes, sino que observo la masa entera de la humanidad; estudio el
corazón de los hombres, primero en
su estado salvaje, después en su estado civilizado: éste
es el libro que, con toda seguridad, va a enseñarme a
quién tengo que preferir, si al vicio o a la virtud, y
cuál de estas dos inspiraciones es prioritaria. Ahora bien,
en este examen, descubro en primer lugar la constante oposición
del interés individual al interés general:
veo que si el hombre prefiere el interés general, y, por
consiguiente, es virtuoso, será muy infortunado toda
su vida, y que si, por el contrario, su interés individual le
importa más que el interés general, será
perfectamente
feliz, si las leyes lo dejan en paz. Pero las leyes no están en
la naturaleza: por tanto no deben tener
importancia en nuestro examen, examen que, abstracción: hecha de
las leyes, debe demostrarnos infaliblemente
que el hombre es más feliz en el vicio que en la virtud, de
donde concluiré que si la prioridad pertenece
al in movimiento más fuerte, es decir, a aquél donde
reside la felicidad, no hay ninguna duda de que
este movimiento es el de la naturaleza, y el otro no es más que
su corrupción; se demostrará que la virtud
no es el sentimiento habitual 'del hombre, que es simplemente el
sacrificio forzoso, que la obligación de
vivir en sociedad lo obliga a hacer consideraciones cuya
observación podrá revertirle una dosis de felicidad
que contrarrestará las privaciones. De esta forma, le
corresponde a él elegir: o la inspiración viciosa que,
con toda seguridad, es la de la naturaleza, pero que, a causa de las
leyes, quizás no pueda darle una felicidad
completa... quizás pueda perturbar la que espera; o el mundo
ficticio de la virtud, que de ningún modo
es natural, pero que al obligarle a algún sacrificio le
reportará quizás una compensación por la cruel
extinción
de la primera inspiración que se ha visto obligado a hacer en su
corazón. Y lo que a mis ojos deteriora
todavía más el sentimiento de la virtud es que no
solamente no es un primer movimiento natural, sino que
además, por su propia definición, sólo es un
movimiento vil e interesado, que parece decir: Te doy para que
tú me devuelvas. Por lo que veis que el vicio es tan inherente a
nosotros mismos, y es con tanta seguridad la
primera ley de la naturaleza, que la más hermosa de todas las
virtudes, analizada, sólo es puro egoísmo, y
por consiguiente se convierte en vicio. Por lo tanto, todo es vicio en
el hombre; el vicio es la única esencia
de su naturaleza y de su organización. Es vicioso cuando
prefiere su interés al de los otros; sigue siendo
vicioso en el seno mismo de la virtud, ya que esta virtud, ese
sacrificio de sus pasiones, no es en él más que
un movimiento de orgullo, o el deseo de que revierta a él una
dosis de felicidad más tranquila que la que le
ofrece el camino del crimen. Pero siempre es su felicidad lo que busca,
y nunca se ocupa más que de eso; es
absurdo decir que hay una virtud desinteresada, cuyo objetivo sea hacer
el bien sin motivo; esta virtud es
una quimera. Estad seguros de que el hombre no practica la virtud
más que por el bien que piensa obtener
de ella, o por el reconocimiento que espera de ella. Que no se me
objeten las virtudes del carácter: éstas son
egoístas como las otras, ya que el que las practica no tiene
más mérito que entregar su corazón al sentimiento
que más le complace. Analizad cualquier hermosa acción, y
veréis si no reconocéis siempre en ella
algún motivo interesado. El vicioso trabaja con las mismas
miras, pero con mucha más franqueza, y por
esto mismo es más estimable; las lograría mucho mejor que
su adversario, sin las leyes; pero estas leyes son
odiosas, puesto que arrebatando parte de la suma de la felicidad
individual para conservar la felicidad general,
quitan infinitamente más de lo que dan. De esta
definición podéis inducir ahora, como consecuencia,
que puesto que la virtud no es en el hombre más que el segundo
movimiento; que puesto que es incontestable
que el primero que existe en él, abstracción hecha de
cualquier otro, es el deseo de conseguir su felicidad,
sin importar a expensas de quién; que puesto que el movimiento
que combate o contraría las pasiones
no es mas que un sentimiento pusilánime de comprar a mejor
precio la misma felicidad, es decir, por un
poco de sacrificio y por temor al cadalso; que puesto que la virtud
sólo es un sometimiento a leyes que, al
variar de clima a clima, no dejan a esta virtud una existencia
determinada; sólo se puede sentir por esta virtud
el odio y el desprecio más completo; y que si lo mejor que puede
hacerse es determinarse a adoptar para
el resto de nuestros días una manera de ser que no es más
que el resultado de las leyes, de los prejuicios o
de los caracteres, que sólo es vil e interesada, y cuya
aceptación debe hacernos tan desgraciados que es imposible
que el hombre obtenga su presa: entonces éste es el
cálculo de un loco y sólo hay debilidad en entregarse
a él.
Sé que algunas veces se dice en favor de la virtud: es tan
hermosa que hasta el malvado se ve obligado a
respetarla. Pero, Juliette, no te dejes engañar por este
sofisma. Si el malvado respeta la virtud, es que le
sirve, le es útil; no está en contradicción con
él más que por la autoridad de las leyes, nunca por sus
procedimientos
materiales. Nunca es el hombre virtuoso el que perjudica las pasiones
del hombre criminal: es el
hombre vicioso, porque, al tener ambos los mismos intereses, ambos
deben necesariamente perjudicarse y
cruzarse en sus operaciones, mientras que el criminal con el hombre
virtuoso no tiene nunca discusiones
semejantes. Pueden muy bien no estar de acuerdo en los principios;
pero no chocan entre sí, no se perjudi
can en sus acciones; las pasiones del malvado, al contrario, al querer
dominar imperiosamente, se encuentran
a cada momento con las de su semejante, y sus discusiones deben ser
eternas. Este homenaje que
rinde el criminal a la virtud no es pues más que egoísta:
no es al ídolo al que inciensa, es al reposo con el
que le deja gozar. Pero a veces os dicen que el partidario de la virtud
encuentra un goce en ella: de acuerdo;
no hay ningún tipo de locura que no pueda proporcionar ese goce;
no es el goce lo que yo niego, tan sólo
sostengo que, en tanto que la virtud es goce, no solamente es viciosa,
como he demostrado, sino que además
es débil, y que entre dos goces viciosos yo debo decidirme por
el más fuerte.
Sólo el grado de violencia con el que nos emocionamos
caracteriza la esencia del placer. El que no es
agitado por una pasión más que de una forma mediocre, no
puede ser tan feliz como aquel que se siente
vivamente agitado por una pasión fuerte: ahora bien,
¡qué diferencia entre los placeres que da la virtud y los
procurados por el vicio! Aquel que pretende haber sentido alguna
felicidad poniendo en manos de un heredero
el fideicomiso de un millón que tenía a su cargo
secretamente, ¿podrá sostener que esta porción de
felicidad ha sido tan fuerte como la sentida por el que se haya
apropiado del millón, después de haberse
deshecho sordamente del heredero? Aunque la felicidad esté en
nuestra forma de pensar, sólo mediante
realidades inflama nuestra imaginación, y, por muy orgulloso de
ella que se sienta nuestro honrado hombre,
seguramente no habrá sentido tantas sensaciones excitantes como
ha obtenido el otro con su millón mediante
los goces reiterados. Pero el robo... pero el asesinato del heredero,
habrán contrarrestado, diréis, su felicidad.
De ninguna manera, si sus principios están firmemente asentados,
todas estas cosas pueden perjudicar
su felicidad en tanto que le causen remordimientos, pero el hombre
asentado en su propia manera de
pensar, el que haya llegado a vencer enteramente dentro de él
esas reminiscencias molestas del pasado,
gustará la felicidad sin ninguna mezcla, y la diferencia
existente entre uno y otro consistirá en que el primero
no podrá impedir decirse en algunos momentos de su vida:
¡Ah !, ¡si hubiese cogido ese millón, gozaría
de él!, mientras que el otro nunca dirá: ¿Por
qué lo cogí? De esta forma, la acción virtuosa
podrá engendrar
remordimientos, y la mala los apaga necesariamente por su
constitución. En una palabra, la virtud nunca
puede procurar más que una felicidad fantástica:
sólo existe verdadera felicidad en los sentidos, y la virtud
no deleita a ninguno. Por otra parte, ¿es a la virtud a quien se
destinan los puestos, los honores, las riquezas?,
¿acaso no vemos todos los días al malvado colmado de
prosperidad, y al hombre de bien languidecer
en las cadenas? Contentarse con esperar a ver la virtud recompensada en
el otro mundo es una quimera
inadmisible ya. Entonces, ¿de qué sirve el culto a una
divinidad falsa... tiránica.:. egoísta, casi siempre
viciosa
ella misma (lo he demostrado ya) que no concede ningún bien a
aquellos que la sirven actualmente, y
que sólo promete para el porvenir imposibles o engaños?
Por otra parte, es peligroso. querer ser virtuoso en
un siglo corrompido; sólo esta particularidad perjudica la
felicidad que podría esperarse de la virtud, y es
absolutamente preferible ser vicioso con todo el mundo que ser un
hombre honrado totalmente solo. "Hay
tal distancia entre la forma en que se vive y la forma en que se
debería vivir, que aquel que deja -dice Maquiavelo-,
lo que se hace por lo que debería hacerse, busca su
perdición más que su conservación, y, por
consiguiente, es preciso que un hombre que hace gala de ser
completamente bueno, entre tantos otros que
no lo son, perezca tarde o temprano". Si los desgraciados tienen la
virtud, no sigamos engañándonos respecto
a su sentimiento: es que ya sólo pueden colocar su orgullo en
este endeble goce; les consuela
de las
pérdidas que tienen, ése es su secreto.
Durante esta inteligente exposición, Mme. de Noirceuil y los
muchachos se habían dormido.
-Qué imbéciles son estos seres -dice Noirceuil-; son las
máquinas de nuestras voluptuosidades, y eso es
demasiado poco para sentir nada. Tu espíritu más sutil,
me capta, me entiende, me adivina; Juliette, lo veo,
amas el mal.
-Mucho, señor ¡me trastorna la cabeza!
-Llegarás muy lejos, niña mía... te amo, quiero
volver a verte.
-Me enorgullezco de vuestros sentimientos, señor; casi me atrevo
a decir que los merezco, por la conformidad
de los míos con los vuestros... Tuve una educación
especial, una amiga mía formó mi espíritu en el
convento. ¡Ay!, señor, mi nacimiento habría debido
preservarme de la humillación en que me encuentro.
Y después de esto, conté mi historia a Noirceuil.
-Estoy desolado por todo lo que me decís, Juliette -me
respondió Noirceuil después de haberme escuchado
con la mayor atención. -¿Y por qué?
-Porque conocí mucho a vuestro padre, soy la causa de su
bancarrota, fui yo quien lo arruinó. Por un cierto
tiempo fui dueño de su fortuna, podía duplicarla o
hacerla pasar a mis manos; por una justa consecuencia
de mis principios, me preferí a mí mismo a él;
murió arruinado y yo tengo trescientas mil libras de renta.
Después de vuestra confesión, debería reparar
necesariamente con vos la adversidad en la que os han sumergido
mis crímenes, pero esta acción sería un acto de
virtud; no me entregaré a ella, porque siento horror
por la virtud: esto pone eternas barreras entre nosotros, no me es
posible volver a veros.
-Hombre execrable -exclamé-, aunque soy víctima de tus
vicios, los amo... sí, adoro tus principios...
-¡Oh, Juliette, si supieseis todo!
-No me dejéis ignorar nada.
-Vuestro padre... vuestra madre.
-¿Y bien?
-Su existencia podía traicionarme... Era preciso que los
sacrificase; murieron, con escasa distancia de
tiempo, de un bebedizo que les hice tomar en una comida en mi casa...
Un súbito escalofrío se apodera entonces de todo mi ser;
pero enseguida, mirando a Noirceuil con esa
flema apática de la criminal que, a pesar de mí,
imprimía la naturaleza en el fondo de mi corazón:
-¡Monstruo, vuelvo a repetírtelo -exclamé-, me
causas horror y te amo!
-¿Al verdugo de tu familia?
-¿Y qué me importa? Lo juzgo todo por las sensaciones;
aquellos de los que tus crímenes me separan no
hacen nacer ninguna en mí, y la confesión que tú
me haces de ese delito me enamora, me sumerge en un
delirio del que no puedo ni hablar.
-Encantadora criatura -me respondió Noirceuil-, tu ingenuidad,
la franqueza de alma que me muestras,
todo me decide a transgredir mis principios: te conservo, Juliette, te
conservo, no volverás a casa de la Duvergier.
-Pero, señor... ¿vuestra mujer?
-Estará sometida a ti; reinarás en la casa; todo lo que
la ocupa estará bajo tus órdenes; sólo a ti
obedecerá.
Este es el poder del crimen sobre mi alma: todo lo que lleva su huella
se vuelve querido para mí. La naturaleza
me ha hecho para amarlo; es preciso que aborreciendo la virtud caiga
constantemente, a pesar de mí, a
los pies del crimen y de la infamia. Ven, Juliette, me excito,
ofréceme tu hermoso culo para que lo fornique;
voy a morir de placer al pensar que hago víctima de mi
lubricidad al descendiente de las de mi avaricia.
-¡Sí, fornícame, Noirceuil! Me gusta la idea de
convertirme en la puta del verdugo de mis padres; haz correr
mi flujo en lugar de mis lágrimas: este es el único
homenaje que querría ofrecer a las aborrecidas cenizas
de mi familia.
Despertamos a los acólitos; Noirceuil se hizo dar por el culo
mientras me sodomizaba, y, habiendo puesto
las nalgas de su mujer encima de mis riñones, se las
mordió, se las pellizcó, se las golpeó, y todo
ello con
tal fuerza que la pobre criatura tenía el culo todo magullado
cuando Noirceuil perdió su semen.
Desde ese momento, me instalé en la casa. Noirceuil ni siquiera
quiso dejarme volver a casa de la Duvergier
a recoger mis trapos. Al día siguiente, me presentó a sus
criados, a sus amigos, como una prima, y desde
ese momento me encargué de hacer los honores en su casa.
Sin embargo, me fue imposible no sacar un momento para ir a ver de
nuevo a mi antigua matrona. Estaba
muy lejos del deseo de abandonarla por completo; pero, para sacar mejor
partido de ella, no quería parecer
que me insinuaba.
-Ven, ven, mi querida Juliette -me dice la Duvergier en cuanto me ve-,
te esperaba impaciente, tengo mil
cosas que contarte. Nos encerramos en su habitación, y
allí, después de haberme besado calurosamente, felicitado
por la felicidad
que acababa de tener por gustar a un hombre tan rico como Noirceuil, me
dice:
Juliette, escúchame:
No sé qué idea tienes de tu nueva posición; pero
si por desgracia te imaginas que tu calidad de muchacha
mantenida te garantiza una fidelidad a toda prueba, y esto con un
hombre que ve siete u ocho muchachas al
año, ciertamente, ángel mío, estás en un
grave error. Por muy rico que sea un hombre, y por mucho bien
que nos haga, nunca le debemos ningún agradecimiento, porque
él trabaja para sí mismo cuando nos colma
de bienes. El oro con que nos cubre es únicamente el efecto o
del orgullo que siente en tenernos para él
solo, o de los celos que le hacen prodigar sus tesoros para que nadie
comparta el objeto de su amor. Pero yo
te pregunto, Juliette, si las extravagancias de un hombre deben ser
para nosotras motivos suficientes para
servir su locura. Por el hecho de que un hombre deba sentirse herido al
vernos en los brazos de otro, ¿se
sigue de aquí que nosotras debamos forzarnos para no estar en
ellos? Voy más lejos: aunque se ame furiosamente
al hombre con el que se vive, aunque se sea su mujer, su dueña
más querida, siempre será completamente
absurdo imponernos cadenas. Se puede fornicar de todas las formas
posibles sin que disminuyan
en nada los sentimientos del corazón. Aunque se ame todos los
días a un hombre hasta el exceso, esto
no impide que se fornique con otro: no es el corazón el que da
el placer, sino el cuerpo. Los extravíos más
desenfrenados, más intensos del libertinaje, no disminuyen la
delicadeza del amor. Por otra parte, ¿en qué
consiste el mal que se hace a un hombre que se ultraja
prostituyéndose a otro? Me confesarás que a todo lo
más sólo es una lesión moral; no hay más
que tomar las mayores precauciones para que nunca pueda saber
la infidelidad de la que es objeto: desde ese momento, no puede ser
herido. Digo más: una mujer muy buena
que, sin embargo, diese pie a sospechas sobre ella, bien porque estas
sospechas naciesen de la imprudencia,
bien porque fuesen fruto de la mentira, por muy virtuosa que la creas,
sería infinitamente más culpable
frente al hombre que la ama, que aquella que, aunque se entregase de la
mañana a la noche, tuviese el
arte dé ocultarlo a todas las miradas. Voy más lejos
todavía: digo que una mujer, por muchas razones que
tenga para tratar con miramientos a un hombre, para amarlo incluso,
puede dar a otro su corazón y su cuerpo;
incluso amando mucho a un hombre, puede amar también mucho al
ser con el que se acuesta accidentalmente;
entonces es una inconstancia, y, según yo, nada va tan bien con
las grandes pasiones como la
inconstancia. Hay dos formas de amar a un hombre: el amor moral y el
amor físico. Una mujer puede idolatrar
moralmente a su amante y esposo, y amar física y
momentáneamente al joven que le hace la corte;
puede entregarse a él sin ofender de ninguna manera los
sentimientos morales debidos al primero: cualquier
individuo de nuestro sexo que piense de diferente manera es una loca,
que no trabaja más que para su infortunio.
Por otra parte, ¿puede limitarse una mujer de carácter a
las caricias de un solo hombre? Si es así,
tenemos entonces a la naturaleza en perpetua oposición con
vuestros pretendidos preceptos de constancia y
fidelidad. Ahora bien, dime, por favor, qué peso puede tener a
los ojos de un hombre sensato un sentimiento
en constante contradicción con la naturaleza. Un hombre lo
suficientemente ridículo como para
exigir de una mujer que no se entregue nunca a otros más que a
él, cometería una tontería tan grande como
aquel que quisiera que su esposa o su amante no cenase nunca con otros;
además ejercería una terrible tiranía:
pues si no está en condiciones de satisfacer él solo a
una mujer, ¿con qué derecho exige a esta mujer
que sufra, y no pueda contentarse con otro? Hay aquí un
egoísmo, una dureza increíbles, y tan pronto como
una mujer reconociese tales sentimientos en aquel que pretende amarla,
esto debe bastarle para decidirla a
compensarse al momento de la cruel tortura a que quiere reducirla su
marido. Pero si, por el contrario, una
mujer está unida a un hombre sólo por el interés,
¿no tiene acaso una razón más poderosa para no
forzar en
nada sus inclinaciones y sus deseos?; desde ese momento sólo se
ve obligada a prestarse cuando la pagan;
no debe su cuerpo más que al instante del pago; todas las
demás horas son suyas, y entonces es cuando le
están más permitidas las inclinaciones del
corazón: ¿por qué habría de someterse si no
está comprometida
más que físicamente? El amante pagador, o el esposo,
deben de ser unos jueces excesivos para exigir del
objeto de su ternura un corazón que deben saber que es
impagable; no razonan demasiado si no saben que
no se compran los sentimientos del alma. Desde ese momento, con tal que
la mujer a la que uno y otro pagan
se preste aud: puedes ver cómo
se compensa de eso; espera aquí a dos jóvenes; y, esta
tarde, volverá para estar con el que ama; los de esta
mañana son por libertinaje: el corazón será
satisfecho esta tarde.
Junto a ella hay una devota. Mira su vestido; esa zorra pasa su vida
entre el sermón, la misa y el burdel;
tiene un marido que la adora, pero que no puede corregir la; agria,
imperiosa en su trato, cree que debe perdonársele
todo por su beatería. Aunque haya tenido suerte con su marido,
no por eso deja de hacerle el más
desgraciado de los hombres. A mí me da un trabajo enorme para
contentarla porque sólo quiere fornicar
con curas. Es verdad que la edad y el porte le son indiferentes: con
tal de que sea un servidor de Dios, la
puta está contenta. Más acá de ésta hay una
mujer entretenida por doscientos luises al mes: aunque le diesen el
doble no le
impedirían que se dedicase a libertinajes colectivos; es una de
mis alumnas. Su viejo arzobispo apostaría
sus bienes a que es más casta que la Virgen, y a expensas de
éste se alimenta. ¡Si vieses cómo lo engaña!
Ese es el arte de las mujeres, Juliette; hay que utilizarlo en nuestra
condición o resignarse a morir de hambre.
A continuación viene una pequeña burguesa de diecinueve
años, bonita, como ves, más allá de lo que
pueda decirse con palabras. No hay nada que su amante no ha ya hecho
por ella: la ha sacado de la miseria,
ha pagado sus deudas, ahora la mantiene en la mejor situación;
desearía que hubiese astros de los que apoderarse
para ofrecérselos; y la putilla no tiene un solo momento suyo
que no lo dedique a joder. No es el
libertinaje lo que guía a esta, sino la avaricia; hace, todo lo
que se quiera, pasa con quien mejor me parezca,
con tal de que la paguen muy caro: ¿está equivocada? El
bruto a quien voy a entregarla la dejará en cama
por seis semanas, pero ella tendrá diez mil francos; y se
ríe de lo demás.
-¿Y el amante?
-¡Bah!, una caída... un accidente... Con el arte que
tiene, se lo haría creer al mismo Dios.
-Esa muchachita -siguió la Duvergier, mostrándome una
niña de doce años bonita como una diosa- es un
caso muy singular: es su madre quien la vende por necesidad. Ambas
podrían trabajar, incluso les han ofrecido
trabajo: no lo quieren; sólo les conviene el libertinaje.
También es Noirceuil a quien está destinado el
culo de esta niña.
¡Ese es el triunfo del amor conyugal! No hay una mujer que quiera
a su marido como esta -continuó la
Duvergier, mostrándome una criatura de veintiocho años,
hermosa como Venus-, ella lo adora, está celosa
de él, pero el temperamento la domina; se disfraza; la
consideran una vestal y no hay semana que no vea a
quince o veinte hombres en mi casa.
Y ahí tienes una por lo menos tan bonita -prosiguió mi
institutriz- y en una posición realmente extraordinaria;
su propio marido es quien la prostituye. Aunque está loco por
ella, será el tercero
de la partida, y él
mismo servirá de alcahuete a su mujer; pero sodomizará al
fornicador.
El padre de esa joven, tan hermosa y gentil, trae él mismo
aquí a esa encantadora niña; pero no quiere
que la forniquen; lo demás le es indiferente, con tal de que se
respete ambas virginidades; hace igualmente
de tercero. Lo estoy esperando, porque el hombre al que voy a entregar
a su hija está ya aquí; la escena será
bonita. Siento que tengas prisa y no puedas hacer un papel en ella.
Sé que estarían de acuerdo en admitirte.
-¿Y qué ocurrirá?
-El padre querrá azotar al hombre al que va a entregar a su
hija; éste no querrá; mil bajezas por parte de
uno, mil obstinados rechazos por parte del otro, quien,
armándose con un bastón, acabará por zurrar al
padre,
descargando sobre el culo de la hija. ¿Y el papá?
Devorará el semen perdido, soltando el suyo, y mordiendo
de rabia el culo del que acaba de zurrarle tan bien.
-¡Qué pasión! ¿Y qué haría yo
allí?
-El padre te devolvería a ti los golpes que le diesen a
él. Quizás quedarías un poco marcada, pero con
cien luises de gratificación.
-Proseguid, señora, proseguid; sabéis que hoy no puedo.
-Esa es la penúltima: una joven muy bonita, que goza de
más de cincuenta mil libras de renta, y de una
excelente reputación; ama a las mujeres, observa cómo las
mira de reojo; también le gustan los sodomizadores,
todo sin dejar de adorar a su esposo. Pero sabe muy bien que lo que le
afecta en el físico es absolutamente
independiente de lo moral. Fornica con su marido por un lado, y viene a
que se lo hagan por el
otro; así todo solucionado.
Finalmente, esa última es una soltera con grandes pretensiones,
una de las más famosas hipócritas de París;
creo que golpearía, en el mundo normal, a un hombre que le
hablase de amor; y me paga muy caro por
hacerla joder unas cincuenta veces al mes, en mi casita.
¡Y bien, Juliette!, ¿dudas después de todos estos
ejemplos? -Es evidente que no, señora -respondí-;
fornicare en vuestra casa por interés y por libertinaje; me
entregaré
a todos los grupos libidinosos a los que os plazca enviarme; pero
cuando mis prostituciones vayan a
cuenta vuestra, os prevengo de que no lo haré por menos de
cincuenta luises.
-Los tendrás, los tendrás -me respondió la
Duvergier en el colmo de la alegría-. Sólo quería
tu aprobación;
el dinero no me inquieta; sé dulce, obediente, no te niegues
nunca a nada; te conseguiré montones de
oro. Y como era tarde y yo temía que Noirceuil se inquietase con
la duración de esta primera salida, volví
pronto a cenar a la casa, verdaderamente desesperada por no haber
podido ver a algunas de esas mujeres en
acción, o compartirla con ellas.
Mme. de Noirceuil no veía con sangre fría que su rival
estuviese instalada en su casa; la manera imperiosa
y dura con la que su marido la había obligado a obedecer me
contribuía todavía más a la actitud que demostraba
en cada momento. No había un solo día que no llorase de
despecho: infinitamente mejor alojada
que ella, mejor servida, mucho más ricamente vestida, con un
coche para mí sola, mientras que ella apenas
si tenía acceso al de su marido, es fácil imaginarse
hasta qué punto debía de odiarme esta mujer. Pero mi
ascendiente sobre el espíritu del señor estaba demasiado
bien establecido como para que tuviese nada que
temer de las insolencias de la señora.
Sin embargo, podéis imaginaros que Noirceuil no actuaba
así por amor. Veía en su unión conmigo los
medios para crímenes: ¿necesitaba algo más su
pérfida imaginación? No había nada tan regulado
como los
desórdenes de este criminal. Todos los días, sin que
nadie pudiese romper nunca esta orden, la Duvergier le
proporcionaba una virgen que no podía tener más de quince
años y nunca menos de diez: daba cien escudos
por cada una de estas muchachas, y la Duvergier veinticinco luises de
daños e intereses, si Noirceuil podía
probar que la muchacha no era totalmente virgen, A pesar de todas estas
precauciones, mi ejemplo os demuestra
hasta qué punto era engañado cada día.
Esta sesión de libertinaje tenía lugar ordinariamente
todas las tardes: los dos muchachos, Mme. de Noirceuil
y yo nos encontrábamos siempre allí, y cada día la
tierna y desgraciada esposa se convertía en la víctima
de estas excitantes y singulares lujurias. Los muchachitos se
retiraban, y yo comía a solas con Noirceuil,
que se embriagaba con bastante frecuencia, y acababa por dormirse en
mis brazos.
Tengo que convenir con vosotros, amigos míos, que desde
hacía mucho tiempo yo ardía en deseos deponer
en práctica los principios de Dorval. Parecía que los de
dos me ardiesen; quería robar, al precio que
fuese. Yo no había probado todavía, pero no dudaba de mi
habilidad: únicamente estaba obstaculizada por
el individuo con que debía emplearla. Tenía la
oportunidad más hermosa del mundo en casa de Noirceuil:
su confianza era tan grande como inmensas sus riquezas, sus
desórdenes extremos: no había día que no
pudiese sustraerle de diez a doce luises, sin, que so diese cuenta. Por
un singular cálculo de mi imaginación...
por un sentimiento del que quizás ni me había dado
cuenta, no me permití nunca hacer daño a un ser
tan corrompido como yo. Sin duda, esto es lo que se llama la buena fe
de los bohemios: pero yo la tuve.
Había otra razón en este proyecto de reserva:
quería hacer mal robando; esta idea me obsesionaba. Ahora
bien, ¿qué crimen cometía despojando a Noirceuil?
Considerando mías sus propiedades, no hacía más
que
recuperar mis derechos; por consiguiente, no existía ni la
más ligera apariencia de delito en este comportamiento.
En una palabra, si Noirceuil hubiese sido un hombre honrado, no le
habría perdonado; pero era un
criminal y yo le respetaba. Viéndome constantemente en
infidelidades hacia él, me preguntaréis quizás por
qué esta veneración no me seguía para lo
demás: ;oh!, esto era diferente; estaba en mis principios no
creer
ningún mal en la infidelidad. En Noirceuil me gustaba el
libertinaje, la singularidad de su espíritu; pero al
no estar loca por su persona, no me creía ligada a él
hasta el punto de no engañarle cuando me parecía bien;
viendo a muchos hombres, podía encontrar uno mejor que
Noirceuil. Aunque esta misma felicidad no me
hubiese sucedido, las partidas de la Duvergier significaban mucho para
mí; y no podía sacrificarlas a un
sentimiento caballeresco por Noirceuil, en el que no podía
existir profundamente ningún sentimiento de
delicadeza. De acuerdo con este plan de conducta, acepté, como
veréis, una partida que me propuso la Duvergier,
unos días después de la entrevista con ella de la que
acabo de hablaros.
Esta partida debía tener lugar en casa de un millonario que, no
ahorrando nada en sus placeres, pagaba a
peso de oro a todas las criaturas bastante complacientes como para
satisfacer sus vergonzosas lujurias. No
puede imaginarse el grado de amplitud que puede tener el libertinaje;
no es posible hacerse una idea de
hasta qué punto se degrada el hombre que sólo escucha ya
las excitantes pasiones inspiradas por ese delicioso
vicio. Seis muchachas encantadoras de casa de la Duvergier
debían acompañarme a casa de este Creso; pero, al
ser yo más distinguida que las otras, el verdadero culto se
dirigía únicamente a mí, siendo ellas mis
sacerdotisas.
En cuanto llegamos, nos introducen en un gabinete cubierto de
satén castaño, color adoptado, sin duda,
para realzar el color de la piel de las sultanas que eran recibidas en
él, y allí, la introductora nos dijo que
nos desnudásemos. En cuanto lo estuvimos, me ciñó
con una gasa negra y plata que me distinguía de mis
compañeras: este arreglo, el canapé en el que me
tumbaron, mientras que las otras, de pie, esperaban en
silencio las órdenes que debían darles, el aire de
atención que tenían hacia mí, todo me
convenció pronto de
las preferencias que me estaban destinadas.
Entró Mondor. Era un hombre de setenta años, bajito,
rechoncho, pero con ojos libertinos y vivos. Examina
a mis compañeras, y, después de alabarlas una tras otra,
me aborda dirigiéndome algunas de esas
groseras gentilezas que no se encuentran más que en el
diccionario de los burdeles.
-Vamos -dice a su ama de llaves-, ¡pongámonos al trabajo,
si estas señoritas están listas!
Tres escenas componían el conjunto de este acto libidinoso:
mientras yo me dirigía a despertar con mi
boca la actividad adormecida de Mondor, mis seis compañeras,
distribuidas en tres grupos, tenían que realizar,
bajo sus miradas, las más voluptuosas posturas de Safo; ninguna
de sus posturas podían ser iguales,
tenían que cambiarlas a cada momento. Insensiblemente, los
grupos se mezclaban, y nuestras seis bribonas,
que ensayaban desde hacía unos días, formaron por fin el
cuadro más novedoso y libertino que se pueda
imaginar. Hacía una media hora que estaban en acción,
cuando empecé a percibir un poco de progreso en el
estado de nuestro septuagenario.
-Hermoso ángel -me dice-, creo que estas putas hacen que me
excite, enseñadme vuestras nalgas, porque,
si sucediera que me pusiese en estado de perforar el hermoso culo que
dócilmente vais a ofrecer a mis besos,
iríamos en seguida al grano, sin necesidad de nada más.
Pero Mondor, augurando de esta forma sus
fuerzas, no había consultado a la naturaleza.
-Vamos -me dice al cabo de un par de pruebas suficientes para hacerme
ver cuál iba a ser el tipo de sus
ataques-, vamos, veo que todavía se necesitan algunos
vehículos.
Y roto el grupo, lo rodeamos las siete. Entonces, con un buen
puñado de vergas cada una, ofrecidas por la
carabina, caímos una a una sobre el viejo culo arrugado del
pobre Mondor, que mientras que una lo azotaba
manoseaba los atractivos de las otras seis. Lo zurramos hasta que
brotó sangre, pero no avanzamos nada.
-¡Oh cielos! -nos dice el pobre hombre-, estoy reducido a las
últimas.
Y completamente sudando, resoplando, el villano nos miraba para
pedirnos ayuda.
-Señoritas -nos dice en ese momento la compasiva carabina,
refrescando con lociones de agua de colonia
las desgarradas nalgas de su amo-, no veo más que una sola forma
de volver la vida al señor.
-¿Y cuál es esa forma, señora? -respondí-.
No hay ninguna que no adoptemos para sacarlo de esa languidez.
-Y bien -respondió la carabina-, voy a tumbarlo encima de ese
canapé. Vos, amable Juliette, arrodillada
delante de él, seguiréis calentando, en vuestra boca de
rosa, el instrumento helado de mi pobre amo. Sé
que sólo vos podríais devolverle la vida. En cuanto a
ustedes, señoritas, es preciso que vengan, una a una, a
realizar tres cosas bastante singulares sobre este individuo: primero
abofetearle con fuerza, escupirle en el
rostro y peerle en la nariz: en cuanto hayáis pasado todas,
veréis los sorprendentes efectos de este remedio.
Cuando la vieja acaba de hablar, todo se ejecuta, y confieso que me
quedé sorprendida por la categoría
del restaurante: el balón se infla en mi boca hasta el punto de
que apenas puedo contenerlo. Es cierto que no
os podríais hacer una idea de la rapidez con la que se
realizaban todos los episodios ordenados con ese pobre
libertino; y nada era tan agradable como los diferentes ruidos que
producían a la vez, en el aire, la multiplicidad
de los pedos, de las bofetadas y las expectoraciones. Por fin, el
perezoso instrumento se desentumece,
hasta el punto de que creo que van a estallar mis labios, cuando,
levantándose con rapidez, Mondor
hace una señal a su ama de llaves para que prepare todo para el
desenlace: sólo a mi culo le está reservado
el honor. La vieja me coloca en la postura exigida por la
sodomía; Mondor, ayudado, conducido por su ama
de llaves, se sumerge al instante en el templo de los más dulces
placeres de esta pasión. Pero no he dicho
todo: yo hubiese fracasado sin el episodio crapuloso con que Mondor
coronaba su éxtasis. Mientras que el
disoluto me daba por el culo, era preciso 1° que su ama de llaves,
armada con un inmenso consolador, le devolviese el mismo servicio;
2° que una de las muchachas, arrodillada debajo de mí,
hiciese mucho ruido en mi coño excitándolo con
su lengua;
3° que se ofreciese a cada una de mis manos un hermoso culo;
4° y por último, que las dos muchachas que estaban a
horcajadas, la primera sobre mi espalda, y la segunda
sobre la espalda de ésta, cagasen las dos al tiempo e inundasen
de mierda, la una la boca del disoluto,
la otra su frente.
Pero cada una, alternativamente, cumplía estos dos
últimos papeles: todas cagaron, incluso la vieja; todas
me excitaron; todas sodomizaron a Mondor, quien, cediendo a las
titilaciones de placer con que lo embriagábamos,
lanza por fin hasta el fondo de mi ano los deplorables chorros de su
claudicante lujuria.
-¡Qué, señora! -dice el caballero, interrumpiendo
en este punto a Juliette- ¡Qué!, ¿también
cagó la vieja?
-Claro -respondió nuestra historiadora-; no concibo que con
vuestra cabeza, caballero, podáis asombraros
de esto; cuanto más arrugada está una mujer, mejor hace
esta operación; las sales son más ácidas, los
olores
más fuertes... En general, nos engañamos sobre las
exhalaciones emanadas del caput mortuum de nuestras
digestiones; no tienen nada de malsano, son muy agradables... No hay
nada a lo que uno se acostumbre tan
fácilmente como a respirar una mierda; comerla es delicioso,
tiene absolutamente el mismo sabor que la
aceituna. Estoy de acuerdo en que hay que forzar un poco la
imaginación; pero cuando se consigue, os aseguró
que este episodio se convierte en un acto de libertinaje muy sensual.
-Pues lo ensayaré antes de que sea demasiado tarde, os lo juro,
señora -dice el caballero, manoseando con
gusto un pene excitado horriblemente por la idea de que se hablaba.
-Cuando queráis -dice Juliette- me ofrezco a satisfaceros... En
este mismo momento, si lo deseáis; vos tenéis
el deseo, yo la necesidad.
Y el caballero, tomando a Juliette la palabra, pasó con ella a
un cuarto vecino, del que no salieron hasta
después de una media hora larga, empleada sin duda por el
caballero en los más voluptuosas pruebas de
esta pasión, y por el marqués en algunas vejaciones sobre
las nalgas mancilladas de la desgraciada Justine.
-¡Es realmente delicioso! -dice el caballero a su vuelta.
-¿Has comido? -dice el marqués.
-Absolutamente todo...
-Estoy asombrado de que no conocieses eso: hoy no hay un niño de
dieciocho a veinte años que no se lo
haya hecho hacer a muchachas. ¡Vamos, Juliette, proseguid! Es muy
bonito encender nuestras pasiones,
como vos lo hacéis, con interesantes relatos, y apaciguarlos
después con vuestras deliciosas complacencias.
-Hermoso ángel -me dice Mondor, arrastrándome con
él a su cámara posterior después de despedir a las
otras mujeres-, os queda un último servicio por prestar me, y de
él espero mis más divinos placeres. Tenéis
que imitar a vuestras compañeras, tenéis que cagar como
ellas, y darme en la boca al mismo tiempo la
mierda divina de vuestro culo y el semen con que acabo de regarlo.
-Por supuesto, señor, estoy dispuesta a obedeceros
-respondí con humildad.
-¡Qué honor!, ¿puedes hacerlo?... Muchacha
adorable, ¡este servicio está en tu poder!... ¡Ah!,
nunca
habré descargado tan bien.
Nada más entrar en el gabinete, había reparado en un
paquete sobre el escritorio, bastante voluminoso,
que contenía, por lo que yo imaginaba, cosas que podían
ser muy útiles para mejorar mi fortuna. En cuanto
reparé en él, el primer deseo de mi corazón fue
apoderarme de él con habilidad. Pero, ¿cómo
hacerlo? Yo
estaba desnuda; ¿dónde ocultar este paquete, casi tan
gordo como mis dos brazos, aunque bastante corto?
-Señor -digo a Mondor-, ¿no llamáis a nadie para
que nos ayude?
-No --dice el financiero-, yo saboreo solo este último goce;
pongo en él episodios tan lúbricos, detalles
tan voluptuosos... - ¡Oh!, no importa, no importa, necesitamos a
alguien.
-¿Tú crees?, ángel mío.
-Con toda seguridad, señor.
-Pues bien, ve a ver si todas esas mujeres se han marchado; si no, haz
venir a la más joven: su culo me ha
excitado bien y es la que más deseo de todas.
-Pero, señor, no conozco vuestra casa; por otro lado, el estado
en que estoy...
-Voy a llamar.
-No, señor, no quiero aparecer así ante los ojos de
vuestros criados.
-Pero si es la vieja la que vendrá.
-En absoluto, está acompañando a las muchachas.
- ¡Oh, cuánto misterio, cuánto tiempo perdido!
Y lanzándose enseguida a las habitaciones que acabábamos
de dejar, el imbécil, sin darse cuenta, me deja
en medio de sus tesoros. Aquí no estaba reprimida por
ningún motivo que, como en casa de
Noirceuil, me
impidiese entregarme a la gran inclinación que sentía de
apoderarme del bien de otro. Así pues, no pierdo
ni un minuto: en cuanto el hombre se ha dado la vuelta, salto sobre el
paquete y, metiéndolo en el gran moño
que cubría mi cabeza, lo oculto, por este engaño, a todos
los ojos. Apenas terminé me llama Mondor.
Las muchachas no se habían ido todavía; no deseando que
entrasen en su gabinete, prefería que la escena
tuviese lugar en el mismo sitio que había sido testigo de las
primeras. Volvimos a pasar a él; la más joven
chupó el pene del paciente; se llena la boca de esperma mientras
yo dejaba en la suya los platos que
tanto le complacían. No se dio cuenta de nada; me
arreglé; dos coches nos esperaban, y nos separamos del
peregrino, después de haber sido pagadas con largueza.
- ¡Oh Dios! -me digo al entrar en casa de Noirceuil, y viendo
cómodamente el rollo que había sustraido-,
¡es posible que el cielo favorezca de tal forma mi primer robo!
El paquete contenía unos sesenta mil francos de billetes
pagables al portador y sin que se necesitase ninguna
firma.
De vuelta a mi casa, vi que, por una increíble fatalidad, me
habían robado mientras yo robaba: habían
forzado mi secretaire, y cinco o seis luises que habían
encontrado dentro de él habían sido la presa del
ladrón.
Consulto a Noirceuil sobre este hecho y me asegura que sólo
puede haber sido cometido por una tal
Gode, una muchacha muy bonita de veinte años que Noirceuil
había puesto a mi servicio en cuanto entré en
su casa, que servía de tercero con mucha frecuencia en nuestros
placeres, y a la que, por un capricho propio
del libertinaje de su carácter, se había divertido en
hacer un hijo con uno de sus jóvenes: estaba embarazada
de seis meses.
- ¡Qué!, señor -digo- ¡creéis que es
Gode!
-Estoy segura, Juliette, observa su confusión, su embarazo.
Sin escuchar ya más que â mi pérfido
egoísmo, y no las resoluciones que había tomado de no
vejar ni
atormentar nunca a los que me pareciesen tan criminales como yo, me
echo a los pies de Noirceuil para
suplicarle que haga detener a la culpable.
-Estoy de acuerdo -me dice Noirceuil con una flema que hubiese debido
iluminarme si mi mente hubiese
estado más lúcida-pero no gozarás con su suplicio:
embarazada, obtendrá aplazamientos, y durante ese plazo,
joven y bonita, la zorra podrá sacar provecho.
- ¡Oh Dios, me sentiría desolada entonces!
-Sé que querrías verla en la horca; pero eso puede tardar
por lo menos tres meses. Escucha, Juliette, incluso
suponiendo que pudieses gozar de tal placer, que se ría muy vivo
según la cabeza que te conozco, esta
voluptuosidad, en el fondo, no duraría más de un cuarto
de hora. Prolonguemos los tormentos de esta desgraciada;
hagámosla sufrir toda su vida. No hay nada más
fácil: la meteré en un calabozo de Bicétre, donde
quizás se pudra durante cincuenta años. -¡Oh, amigo
mío!, ¡qué delicioso proyecto!
-Sólo te pido de tiempo para ejecutarla hasta que acabe el
día, para poder actuar y revestir este feliz plan
con todos los episodios que pueden darle encanto.
Abrazo a Noirceuil; ordena que dispongan sus caballos, y vuelve dos
horas después con la orden necesaria
para la realización de nuestro proyecto.
-Ahora, divirtámonos -me dice el traidor-; hagamos una comedia
de todo esto. Gode, mi querida Gode -
dice a esta pobre muchacha, haciéndola ir a su gabinete conmigo,
en cuanto cenamos- conocéis mis sentimientos,
se acerca el momento en que quiero darte pruebas de ellos; voy a unir
tu suerte a la de aquel que
ha dejado en tu seno pruebas de su amor por ti, y os regalo dos mil
escudos de renta.
-¡Oh!, señor, ¡cuántos favores!
-No, de ninguna manera, muchacha mía, no me lo agradezcas; te
juro que no me debes ningún agradecimiento:
en todo esto sólo halago a mis gustos. Ya estás segura,
al menos en este momento, por las precauciones
que acabo de tomar, de tener pan para el resto de tus días.
Y Gode, lejos de comprender el doble sentido de las pérfidas
palabras de Noirceuil, regaba con las lágrimas
de su alegría las manos de su pretendido benefactor.
-Vamos, Gode -prosiguió mi amante-, un poco de complacencia por
última vez; aunque no me gustan las
mujeres embarazadas, déjame sodomizarte mientras beso las nalgas
de Juliette.
Se dispone todo; nunca había visto a Noirceuil tan apasionado.
- ¡Cómo aumenta la voluptuosidad la idea de un crimen! -le
digo por lo bajo.
-De forma asombrosa -me respondió Noirceuil-; ¿pero
dónde estaría el crimen si te hubiese robado realmente?
-Tienes razón, amigo mío.
-¡Y bien!, consuélate, Juliette, consuélate, es un
crimen en toda su extensión; porque el único culpable de
toda esta aventura soy yo: esta desgraciada es tan inocente como
tú.
Y mientras tanto la sodomizaba, besando mi boca y golpeando mi trasero.
Confieso que este culmen de
criminalidad me hizo descargar enseguida y cogiendo la mano de mi
amante y llevándola hasta mi clítoris,
le pedí que juzgase, por el flujo que cubría sus dedos al
retirar la mano, el poderoso efecto de su infamia
sobre mi corazón. Me siguió enseguida, dos o tres
sacudidas, acompañadas de horribles blasfemias, me
anuncian su delirio... Pero apenas si está su pene fuera del
culo, cuando un criado, golpeando la puerta
suavemente, le previene de que el comisario, al que ha denunciado el
hecho, pide permiso para ejecutar la
orden de que es portador.
- ¡Ah!, bien, bien; que espere ahí -dice Noirceuil-, voy a
entregarle su víctima... Vamos, Gode, arréglate,
ahí está vuestro marido que viene a buscaros para
conduciros él mismo a la casa de campo que os regalo
para vuestra vida.
Gode seda prisa; Noirceuil la empuja fuera. ¡Dioses!,
¡cuál no sería su terror al ver al hombre negro y
su
séquito, sintiéndose coger como una criminal, escuchando
sobre todo (parece que era lo que más le importaba)
a todos los criados de la casa, prevenidos, gritar:
-¡No la soltéis, Sr. Comisario!, con toda seguridad que
fue ella la que forzó el escritorio de la señorita y la
que, con su conducta espantosa, hizo recaer las sospechas sobre
nosotros...
-¡Yo, forzar el escritorio de la señorita! -exclamó
Gode desmayándose-; ¡Oh Dios, soy incapaz!
El comisario quiso suspender la detención, pero Noirceuil
ordenó que se prosiguiese con la operación sin
ninguna consideración, y la desgraciada es llevada y echada en
los calabozos más malsanos de Bicétre; allí
tuvo, al llegar, un falso alumbramiento que casi le costó la
vida. Respira todavía: como véis, hace muchos
años que llora el haber irritado los deseos de Noirceuil, que
nunca pasa más de seis meses sin ir a gozar de
sus lágrimas, y apretar, sus cadenas tanto como puede, con
nuevas recomendaciones. -Y bien -me dice Noirceuil, en cuanto Gode
desapareció, devolviéndome el doble de dinero que me
había
quitado-, ¿no vale esto cien veces más así que si
hubiese sido entregada a la corte de una justicia insegura y
compasiva? No hubiésemos sido los dueños de su suerte;
ahora lo somos para siempre.
- ¡Oh Noirceuil!, ¡qué pérfido eres, y
cuántos goces acabas de darte!
-Sí -me respondió mi amante-, yo sabía que el
comisario estaba en la puerta; y descargaba deliciosamente
en el culo de la presa que iba a entregarle.
-¡Oh amigo mío, sois un gran criminal!, pero, ¿por
qué tenía que gozar yo el mayor placer en la infamia
que vos habéis cometido?
-Precisamente porque era tal -me respondió Noirceuil- y no hay
ninguna que no dé placer. El crimen es el
alma de la lubricidad; sin él nada es real: por tanto hay
pasiones que ahogan el humanismo.
-Si es así, ¿no es fruto de la naturaleza ese fastidioso
humanismo del que constantemente nos hablan los
moralistas?, ¿o hay momentos en los que esta naturaleza
inconsecuente apaga con una voz lo que aconseja
con otra?
-¡Y!, Juliette, conócela mejor, a esa naturaleza
complaciente y dulce; nunca nos aconseja aliviar a los
otros más que por interés o por temor: por temor, por que
tememos los males que nuestra debilidad alivia;
por interés, con la esperanza del provecho o del goce que espera
nuestro orgullo.
Pero en cuanto se hace oír una voz más imperiosa, el
resto se calla: el egoísmo recupera sus derechos sagrados;
nos reímos del tormento de los otros. ¿Y qué ten
dría en común con nosotros este tormento?
Nunca
lo sentimos más que por el terror de una suerte igual; ahora
bien, si la piedad nace del terror, es una debilidad
de la que debemos abstenernos, purgarnos lo antes posible.
-Esto -digo a Noirceuil- exige un desarrollo mayor. Me habéis
demostrado la nada de la virtud: os ruego
que me expliquéis lo que es el crimen: porque, si, por un lado,
aniquiláis lo que sería preciso que respetase,
y por otro, disminuís lo que debo temer, pondréis con
toda seguridad mi alma en el estado en que la deseo
para en adelante atreverme a todo sin miedo.
-Siéntate, Juliette -me dice Noirceuil-, esto exige una
explicación seria, y, para que puedas comprenderme,
necesito que me prestes toda tu atención.
Se llama crimen a toda contravención formal, sea fortuita, sea
premeditada, de lo que los hombres llaman
leyes; por lo que puedes ver que estamos una vez más ante una
palabra arbitraria e insignificante; porque
las leyes dependen de las costumbres, de los climas; varían de
doscientas leguas a doscientas leguas, de
manera que con un vapor o un coche de caballos, puedo encontrarme, por
la misma acción, culpable de
muerte el domingo por la mañana en París, y digno de
alabanzas el sábado de la misma semana en las fronteras
de Asia o en las costas de Africa. Este completo absurdo ha llevado al
filósofo a los principios siguientes:
1° Que todas nuestras acciones son indiferentes en sí
mismas; que no son ni buenas ni malas, y que si algunas
veces los hombres las califican de esa forma, es únicamente en
razón de las leyes que adoptan, o del
gobierno bajo el que viven, pero que si tenemos en cuenta
únicamente a la naturaleza, todas nuestras acciones
son perfectamente iguales entre, si.
2° Que si dentro de nosotros mismos sentimos un murmullo
involuntario que lucha contra las malas acciones
proyectadas por nosotros, esta voz es únicamente el efecto de
nuestros prejuicios o de nuestra educación,
y sería muy diferente si hubiésemos nacido en otro clima.
3° Que si, al cambiar de país, no llegamos a perder esta
inspiración, esto no probaría su bondad, sino solamente
que las primeras impresiones recibidas se borran difícilmente.
4° Por último, que el remordimiento es la misma cosa, es
decir, el puro y: simple efecto de las primeras
impresiones recibidas, que sólo puede ser destruido por la
costumbre y que hay que esforzarse en vencer.
Y efectivamente, para juzgar si una cosa es verdaderamente criminal o
no, hay que examinar qué daño
puede causar a la naturaleza; porque sólo se puede calificar con
razón de crimen, lo que ultraje verdaderamente
sus leyes. Por consiguiente, es preciso que este crimen cause un horror
igual en todos los pueblos de
la tierra, que la execración que inspire se encuentre grabada de
una forma tan generalizada en ellos como el deseo de satisfacer sus
necesidades; ahora bien no existe ni una sola acción de este
tipo: aquélla que nos
parece la más atroz y la más execrable ha encontrado
altares en otra parte.
Así pues, el crimen no es real; no hay ningún crimen
verdadero, ninguna manera de ultrajar a una naturaleza
siempre en acción... siempre demasiado por encima de nosotros
para que temamos cualquier cosa que
se haga. No hay ninguna acción, por espantosa, por atroz, por
infame que te la puedas imaginar, que no
podamos cometer con total indiferencia, todas las veces que. deseamos;
¿qué digo?, que tendremos razón en
cometer, ya que es la naturaleza la que nos la inspira; porque nuestros
hábitos, nuestras religiones, nuestras
costumbres, pueden fácilmente, e incluso deben necesariamente,
engañarnos, mientras que la voz de la naturaleza
no nos engañará nunca. Sus leyes se sostienen gracias a
una mezcla absolutamente igual de lo que
llamamos crimen y virtud; renace mediante destrucciones, subsiste
mediante crímenes; en una palabra, vive
gracias a la muerte. Un universo totalmente virtuoso no podría
subsistir ni un minuto; la sabia mano de la
naturaleza hace nacer el orden del desorden, y, sin desorden, no
llegaría a nada: éste es el equilibrio profundo
que mantiene el curso de los astros, que los suspende en las inmensas
llanuras
del espacio, que los
hace moverse periódicamente. Sólo a fuerza de mal
consigue hacer el bien; sólo a fuerza de crímenes existe,
y todo sería destruido si la virtud fuese la única que
habitase en la tierra. Ahora bien, yo os pregunto,
Juliette, desde el momento en que e' mal es útil a los grandes
designios de la naturaleza, desde el momento
en que no puede llegar a nada sin él, ¿cómo
podría no ser útil a la naturaleza el hombre que hace el
mal? ¿Y
quién puede dudar de que el criminal no sea un ser que ella haya
formado así para cumplir sus deseos? ¿Por
qué no queremos que haya hecho entre los hombres lo que ha hecho
entre los animales? ¿Acaso no se devoran
mutuamente todas las clases, y acaso no se debilitan sobre la tierra,
en razón del estado en que es necesario
que se mantengan las leyes de la naturaleza? ¿Quién duda
de que la acción de Nerón envenando a
Agripina, no es uno de los efectos de esas mismas leyes, tan constante
como el del lobo que devora al cordero?,
¿quién duda de que las proscripciones de Mario y de Sila
no son algo distinto a la peste y al hambre
que ella envía algunas veces sobre la tierra? Sé muy bien
que ella no asigna a los hombres preferentemente
tal o cual crimen, sino que los crea todos, con una cierta
propensión a tal tipo de crímenes; y de la unión
de
todas las fechorías, del conjunto de todas estas destrucciones
legales o ilegales, ella recoge el desorden y el
debilitamiento que necesita para encontrar el orden y el
fortalecimiento. ¿Para qué nos habría dado los
venenos
si no hubiese querido que el hombre se sirviese de ellos? ¿Por
qué hubiese hecho nacer a Tiberio,
Heliogábalo, Andrónico, Herodes, Venceslas, y todos los
otros libertinos o héroes (que son sinónimos) que
asolaron la tierra, si las destrucciones de estos hombres sangrientos
no cumplían sus deseos? ¿Por qué, junto
a estos hombres, enviaría pestes, guerras, hambres, si no
hubiese sido esencial que ella destruyese, y si el
crimen y la destrucción no estuviesen esencialmente en sus
leyes? Por lo tanto, si es esencial que la naturaleza
destruya ¿por qué tendría que resistirse a sus
inclinaciones el que se sienta nacido para destruir? ¿Acaso
no habría que decir que, si es preciso que haya un mal sobre la
tierra, éste debe ser el que se hace al resistirse
a los deseos de la naturaleza sobre nosotros? Para que el crimen, que
no ofende y que no puede
ofender más que a nuestros semejantes, pudiese irritar a la
naturaleza, habría que suponer que ella se toma
más interés por unos seres que por otros, y que, aunque
todos estemos formados igualmente por sus manos,
no todos somos igualmente hijos suyos. Pero si todos nos parecemos,
casi a la fuerza, si no se ha tomado
más trabajo en formar a un emperador que a un sabio, todas estas
diferentes acciones son sólo accidentes
necesarios del primer impulso, que deben cumplirse necesariamente, al
estar formados de la forma en que
ha querido construirnos. Cuando a continuación vemos que ha
establecido diferencias físicas en nuestros
individuos, que ha creado a unos débiles, a otros fuertes,
¿no es evidente que ha acabado de indicarnos,
mediante este proceder, que era la mano del fuerte la que debía
realizar los crímenes que ella necesitaba, de
igual modo que la esencia del lobo debe ser comerse al cordero, y la
del ratón ser devorado por el gato?
Los Celtas, nuestros primeros antepasados, tenían pues mucha
razón cuando pretendían que el mejor y el
más santo de los derechos era el del más fuerte... que
era el de la naturaleza, y que, cuando ella había querido
asignarnos esta parte de fuerza superior a la de nuestros semejantes,
no lo había hecho más que para
enseñarnos mejor el derecho que sobre ellos nos daba... Por lo
tanto, no se equivocan estos pueblos, de los
que descendemos, cuando pretendían que este derecho no
sólo era sagrado, sino además que la misma
intención
de la naturaleza, al dárnoslo, era que nos aprovechásemos
de él; que era preciso, para cumplir sus
deseos, que el más fuerte despojase al más débil,
y que éste abandonase de buena gana lo que no estaba en
condiciones de defender. Si las cosas han cambiado físicamente,
moralmente siguen siendo las mismas. El
hombre opulento representa al más fuerte en la sociedad; ha
comprado todos sus derechos; debe gozar de
ellos, y, en tanto le sea posible, doblegar para conseguirlo a su
capricho a la otra clase de hombres inferior a
él, sin ofender en nada a la naturaleza, ya que no hace
más que usar el derecho que ha recibido de ella, bien material,
bien convencionalmente. ¡Y!, si la naturaleza hubiese querido
impedirnos que cometiésemos crímenes,
si fuese cierto que los crímenes la irritan, habría
sabido muy bien quitarnos los medios de cometerlos.
Cuando los deja a nuestra disposición es que no la ultrajan, es
que le son indiferentes o necesarios:
indiferentes si son pequeños; siempre útiles si son
capitales; pues es exactamente igual que yo sustraiga
la fortuna de mi vecino, que viole a su hijo, a su mujer o su hermana:
todo esto son delitos, tienen demasiada
poca importancia para que puedan serle de una utilidad mayor; pero le
es muy necesario que mate a
su hijo, a su mujer o su hermana, cuando me lo indica. Y he aquí
por qué las inclinaciones... los deseos que
sentimos por los grandes crímenes son siempre más
violentos que los que sentimos por los pequeños, y por
lo que los placeres que nos dan tienen una sal mil veces más
excitante. ¿Habría puesto placer de esta forma,
por gradación, en todos los crímenes, si el crimen no le
fuese necesario? ¿Acaso no nos indica, por medio
de este atractivo puesto con coquetería por su mano, que su
intención es que sigamos la pendiente a la que
nos arrastra? Esos cosquilleos indecibles que sentimos maquinando un
crimen; esa embriaguez en la que
estamos cuando nos entregamos a él; esa alegría secreta
que viene a deleitarnos todavía cuando ha acabado:
¿no nos prueba todo esto que, puesto que ella ha dado atractivo
al delito, es que quiere que lo cometamos; y
que, puesto que ha doblado ese atractivo en razón de la
enormidad, es que la mala acción de la destrucción,
considerada convencionalmente como la más atroz, es sin embargo
la que más le complace? (18). Porque,
bien sea que el crimen proceda de la venganza, bien sea porque provenga
de la ambición o de la lubricidad,
si examinamos bien, veremos que este atractivo del que hablo
acompaña siempre a la fechoría en razón de
su violencia o su atrocidad; y cuando la destrucción de nuestros
semejantes se convierte en el efecto de la
causa, entonces el atractivo ya no tiene límites, porque con
esta destrucción necesaria sus leyes ganan más.
(18) Amable La Mettrie, profundo Helvecio, prudente y sabio
Montesquieu, ¿por qué si estabais tan infundidos
de esta verdad no habéis hecho más que indicarla en
vuestros libros divinos? ¡Oh siglo de la ignorancia
y de la tiranía, cuántas faltas habéis cometido
contra los conocimientos humanos, y en qué esclavitud
mantenéis a los mayores genios del universo! Por consiguiente,
atrevámonos hoy a hablar, puesto que podemos;
y ya que debemos a los hombres la verdad, atrevámonos a
desvelarla toda entera.
-¡Oh Noirceuil! -interrumpí en un estado de delirio
inexpresable- es cierto que he tenido el mayor placer
en la acción que acabamos de hacer, pero hubiese tenido diez
veces más en verla ahorcada...
-Entonces, criminal, di que en haberla colgado tú misma...
-¡Oh!, ¡sí, sí, Noirceuil! Lo confieso:
descargo con sólo pensarlo.
-Y todos estos placeres se redoblaban porque era inocente, ¿no
es así Juliette?; sin eso, la acción que hemos
cometido habría sido útil a las leyes: toda la delicia
del atractivo del mal habría desaparecido. ¡Ah! -
prosiguió Noirceuil-, ¿nos habría dado nuestras
pasiones la naturaleza, si no hubiese sabido que el resultado
de estas pasiones cumpliría sus leyes? El hombre lo ha adivinado
tan bien, que ha querido por su parte
hacer algo para reprimir esta fuerza invencible que, al llevarlo al
crimen, no le dejaría subsistir un solo
momento; pero ha hecho algo injusto, porque las leyes le quitan
infinitamente más de lo que le dan; y por
un poco que le aseguran, le quitan asombrosamente. Pero estas leyes,
que sólo son obra de los hombres,
no
deben obtener ninguna consideración del filósofo; no
deben detener nunca los movimientos que le inspira
la naturaleza; no están hechas más que para darle
misterio: dejémoslas servir de refugio, nunca de freno.
-Pero, amigo mío -digo a Noirceuil-, si los otros hiciesen otro
tanto no habría ya refugio.
-Sea -respondió mi amante-, en este caso, volveríamos al
estado de incivilización en que nos creó la naturaleza,
que no es nada desgraciado. Entonces, le corresponderá al
débil protegerse de una fuerza y una guerra
abiertas; al menos verá todo lo que tiene que temer, y
será más feliz, porque ahora tiene que sostener
esta misma guerra, pero le es imposible hacer valer, para defenderse,
lo poco que ha recibido de la naturaleza.
Todos los Estados ganarían con este cambio, está bien
probado, y las leyes ya no serían necesarias.
Pero volvamos (19).
(19) No hay nada tan divertido como la multiplicidad de las leyes que
el hombre dicta todos los días para
hacerse feliz, mientras que no hay una de estas leyes que no le quite,
al contrario, una parte de su felicidad.
¿Y por qué todas estas leyes? ¡Y!, ciertamente, es
preciso que los bribones se inflen, y que los imbéciles
sean subyugados. En una palabra, éste es todo el secreto de la
civilización de los hombres.
Uno de nuestros más grandes prejuicios, sobre las materias que
tratamos, nace de la especie de lazo de
unión que gratuitamente suponemos que existe entre otro hombre y
nosotros; lazo quimérico... absurdo, con el que hemos formado
esta especie de fraternidad santificada por la religión. Quiero
echar alguna luz sobre
este tema capital, porque siempre he visto que la idea de este
vínculo fantástico impedía y cautivaba las
pasiones infinitamente más de lo que se piensa; y en
razón del peso que tiene sobre la razón humana, quiero
romperlo ante tus ojos.
Todas las criaturas nacen aisladas y sin ninguna necesidad unas de
otras: dejad a los hombres en el estado
natural, no los civilicéis, y cada uno encontrará su
alimento, su subsistencia, sin necesitara su semejante.
Los fuertes proveerán a su vida sin necesidad de asistencia;
quizás sean los débiles los únicos que
tendrán
tal necesidad; pero estos débiles nos han sido sometidos por la
mano de la naturaleza; nos los da, nos los
sacrifica: su condición nos lo prueba; por lo tanto, el
más fuerte podrá servirse del débil, en la medida
que
pueda. Pero es falso que haya un solo caso en el que deba ayudarlo,
porque si lo ayuda, hace algo contrario
a la naturaleza; si goza de este débil, si lo somete a sus
caprichos, si lo tiraniza, lo veja, se divierte con él, lo
pasa bien o lo destruye, sirve a la naturaleza; pero, vuelvo a
repetirlo, si, por el contrario, lo ayuda, si lo
hace igual a él prestándole una parte de sus fuerzas o
cediéndole una parte de su autoridad, entonces destruye
el orden de--la. naturaleza, pervierte la ley general: de donde resulta
que la piedad, lejos de ser una
virtud, se convierte en un vicio real, desde el momento en que nos
lleva a turbar una desigualdad exigida
por las leyes de la naturaleza; y que los filósofos antiguos no
se equivocaban cuando la miraban como una
debilidad del alma, como una de esas enfermedades de las que hay que
curarse con rapidez, porque veían
en ella los efectos diametralmente opuestos a las leyes de la
naturaleza, cuyas primeras bases son las diferencias
y las desigualdades (20). Así pues, el pretendido hilo de
fraternidad no puede haber sido imaginado
más que por el débil; porque no es natural que el
más fuerte, que no necesita nada, haya podido darle existencia:
para someter al débil, sólo necesita su fuerza, pero de
ninguna manera ese hilo que, desde ese momento,
sólo puede ser obra del débil, y que no se basa
más que en un razonamiento tan fútil como lo sería
el del cordero al lobo: No debéis comerme, porque tengo cuatro
pies cómo vos.
El débil, al establecer la existencia del hilo de fraternidad,
tenía motivos de egoísmo demasiado evidentes
como para que el pacto establecido por este vínculo pueda tener
algo de respetable. Por otra parte, un pacto
cualquiera no adquiere fuerza más que en la medida que tiene la
sanción de los dos partidos; ahora bien,
éste pudo ser propuesto por el débil, pero es cierto que
el fuerte nunca lo aceptó: ¿de qué le
habría servido?
Cuando se da es para recibir; esta es la ley de la naturaleza: ahora
bien, ¿qué ganaba el fuerte con dar ayuda
al débil, despojándose a sí mismo de una parte de
su fuerza para revestirlo con ella? ¿Y cómo pensar que es
real, entre los dos hombres, la existencia de un pacto, cuando una de
las partes tiene el mayor interés en no
consentirlo? Por último, porque el fuerte se privaba y no ganaba
nada si lo aceptaba; por consiguiente, no
ha sancionado este acto: desde este momento, el pacto es ideal y no
merece ningún respeto. Podemos rechazar
sin temor un arreglo propuesto por nuestros inferiores del que
sólo obtendríamos pérdidas.
(20) Aristóteles, en su Arte poética, quiere que el
objetivo y el trabajo del poeta sean curarnos del temor
y de la piedad, que él considera como la fuente de todos los
males del hombre; incluso podría añadirse que
de todos sus vicios.
Nada hay más sencillo que la religión de ese tunante de
Jesús, débil, lánguida; perseguida, especialmente
interesada en dominar a los tiranos y en reducirlos a principios de
fraternidad que le aseguraban el descanso,
haya sancionado estos ridículos vínculos:
desempeña aquí el papel del débil; lo representa,
debe hablar
como él; nada de esto debe sorprendernos. Pero que aquel que no
es ni débil ni cristiano se someta a semejantes
cadenas, a lazos que le quitan y no le dan nada esto es lo imposible; y
de estos razonamientos debemos
concluir que el hilo de la fraternidad no solamente nunca ha tenido ni
podido tener existencia entre los
hombres, sino que incluso va contra la naturaleza, cuyas intenciones
nunca pudieron ser que el hombre
igualara lo que ella diferenciaba con tanta fuerza. Debemos estar
convencidos de que este vínculo pudo ser
propuesto por el débil, pudo ser sancionado por él cuando
por azar se encontró en sus manos la autoridad
sacerdotal, pero que su existencia es frívola, y que de ninguna
manera debemos someternos a él.
-Así pues, ¿es falso que los hombres sean hermanos?
-interrumpí vivamente-. Así pues, ¿no hay
ningún
tipo de vínculo real entre otro ser y yo, y la única
manera en que debo actuar con este individuo es sacar de
él todo lo que pueda, dándole lo menos posible?
-No hay ninguna duda -me respondió Noirceuil-; porque se pierde
con él lo que se le da, y se gana lo que
se le quita. Por otra parte, la primera ley que encuentro escrita en el
fondo de mi alma, no es amar, ni mucho
menos aliviar a estos pretendidos hermanos, sino hacerles que sirvan a
mis pasiones. De acuerdo con
esto, si el dinero, si el goce, si la vida de esos pretendidos hermanos
es útil a mi bienestar o a mi existencia, me apoderaré de
todo ello a mano armada, si soy el más fuerte,
tácitamente si soy el más débil. Si me veo
obligado a comprar una parte de esas cosas, trataré de
obtenerlas dando lo menos posible; las arrancaré, si
puedo, sin devolver nada; porque, una vez más, ese
prójimo no significa nada para mí, no existe la menor
relación entre él y yo, y si yo establezco esa
relación es con vistas a conseguir de él, con habilidad,
lo que
no puedo obtener por la fuerza; pero si pudiese lograrlo con la
violencia, no utilizaré ningún otro artificio,
porque las relaciones son nulas, y porque al no servirme ya para nada,
no necesito emplearlas.
¡Oh Juliette!, aprende a cerrar tu corazón a los falaces
acentos del infortunio. Si el pan que come ese desgraciado
está regado con sus lágrimas, si el trabajo peno so de
una jornada apenas es suficiente para permitirle
proporcionar por la noche a su triste familia el débil
sostén de sus días, si los impuestos que está
obligado
a pagar vienen a absorber todavía más la mejor parte de
sus escasos ahorros, si sus hijos, desnudos y
sin educación, van a disputar al bosque el más vil
alimento a la bestia salvaje, si el mismo seno de su compañera,
seco por la necesidad, no puede dar a su recién nacido esa
primera parte de subsistencia capaz de
darle la fuerza de ir, para procurarse otro, a compartir la de los
lobos, si, doblegado bajo el peso de los
años, de los males y las penas, ve siempre, curvado bajo la mano
de la desgracia, llegar con pasos lentos el
fin de su carrera, sin que el astro de los cielos se haya levantado por
un solo instante puro y sereno sobre su
cabeza abatida, nada más sencillo, nada más natural, no
hay nada que no cumpla el orden y la ley de esta
madre común que nos gobierna a todos, y tú has encontrado
a este hombre desgraciado sólo por la comparación
que has hecho contigo; pero en el fondo no lo es. Si te ha dicho que se
creía desgraciado, era, igualmente,
a causa de la comparación que hacía en ese momento entre
él y tú no lo oirás quejarse cuando se
junte con sus iguales. Bajo el régimen feudal, tratado como la
bestia feroz, sometido y golpeado como ella,
vendido como el suelo que pisaba, ¿no era digno de
compasión? Lejos de sentir piedad de sus males, lejos
de suavizar sus desgracias y de ocuparte ridículamente de
él, no veas en él más que un ser que la naturaleza
te ofrece para que goces de él a tu antojo, y, lejos de secar
sus lágrimas, hazlas brotar como una fuente, si
eso te divierte. Estos son los seres que la mano de la naturaleza
ofrece a la hoz de tus pasiones; imita a la
araña, tiende tus hilos, y devora sin piedad todo lo que te eche
la mano sabia de la naturaleza.
-Amigo mío -exclamé apretando a Noirceuil en mis brazos-,
¡cuánto os debo por disipar de esta forma en
mí las terribles tinieblas de la infancia y el prejuicio!
Vuestras sublimes lecciones son para mi corazón como
el rocío benefactor para las plantas secadas por el sol.
¡Oh luz de mi vida, ya no veo, ya no oigo más
que por vos! Pero anulando ante mis ojos el peligro del crimen, me dais
el ardiente deseo de precipitarme
en él: ¿me guiaréis en este camino delicioso?,
¿llevaréis delante de mí la llama de la
filosofía? Quizás me
abandonaréis después de haberme perdido, y, sola para
poner en práctica unos principios tan duros como
los que me hacéis tan queridos, entregada a todo el peligro de
estas máximas, ya no tendré, en medio de las
dificultades con que están sembrados, ni vuestro crédito
para sostenerme, ni vuestros consejos para dirigirme.
-Juliette me respondió Noirceuil-, lo que tú dices
demuestra debilidad... exige sensibilidad, y es preciso
ser fuerte y dura cuando se decide ser malvada. Tú no
serás nunca la presa de mis pasiones; pero nunca te
serviré tampoco ni de relación ni de protector: hay que
aprender a andar y a sostenerse solo en el camino
que elijas; hay que librarse solo de los escollos de que está
lleno, familiarizarse con su vista, e incluso con
la destrucción del navío que viene a estrellarse contra
ellos. La peor consecuencia de todo esto, Juliette, es
la horca y, en realidad, es muy poca cosa: desde el momento en que
está decidido que debemos morir un
día, ¿no es igual ahí que en nuestra cama?
¿Hay que confesarlo, Juliette? Es evidente que el primero,
cuestión
sólo de un minuto, me asusta infinitamente menos que el otro,
cuyos detalles pueden ser horribles; en
cuanto a la vergüenza, significa realmente tan poco para
mí, que no pongo nada en su balanza. Por consiguiente,
tranquilízate, hija mía, y vuela con tus propias alas:
siempre correrás menos peligros.
-¡Ah Noirceuil!, ¡no queréis abandonar vuestros
principios ni siquiera por mí!
-No hay ningún ser en la naturaleza en favor del cual pueda
renunciar a ellos. Prosigamos; debo apoyar
mi exposición sobre la nada de los crímenes con algunos
ejemplos, puesto que es la mejor forma de convencer.
Echemos una ojeada rápida sobre el universo, y veamos
cómo todo lo que llamamos crimen se erige
en virtud de una punta a otra del universo...
Nosotros no nos atrevemos a casarnos con dos hermanas: los salvajes de
la bahía de Hudson no conocen
otros vínculos. Jacob se casó con Raquel y Lía.
Nosotros no nos atrevemos a fornicar a nuestros propios hijos, aunque
sea el más delicioso de los goces:
no existe otra forma en Persia y en tres cuartas partes de Asia. Lot se
acostó con sus hijas y embarazó a
ambas.
Consideramos un gran mal la prostitución de nuestras propias
esposas: en Tartaria, en Laponia, en América
es una cortesía, un honor prostituir a su mujer con un
extranjero; los ilirianos las llevan a reuniones de
libertinaje y las obligan a entregarse al recién llegado delante
de ellos.
Creemos que ultrajamos el pudor ofreciéndonos desnudos a las
miradas de unos y otros: casi todos los
pueblos del Mediodía van así sin preocupación
alguna; las antiguas fiestas de Príapo y de Baco se celebraban
de esta manera; con una ley, Licurgo obligó a las muchachas a
presentarse desnudas en los teatros públicos;
los toscanos, los romanos, se hacían servir la mesa por mujeres
desnudas. Hay una comarca en la
India donde las mujeres honradas van igual; sólo las cortesanas
van vestidas para excitar mejor la concupiscencia:
¿no es esto absolutamente contrario a nuestras ideas sobre el
pudor?
Nuestros generales prohiben la violación después del
asalto a una fortaleza: los griegos lo concedían como
recompensa. Después de la toma de Carbines, los tarentinos
juntaron a los muchachos, las vírgenes y
las mujeres jóvenes que encontraron en la ciudad; los expusieron
desnudos en la plaza pública, y cada uno
eligió lo que le convenía, para fornicarlo y matarlo.
Los indios del monte Cáucaso viven como brutos, se mezclan
indistintamente. Las mujeres de a isla de
Hornos se prostituyen públicamente a los hombres, justo bajo el
templo de su dios.
Los escitas y los tártaros reverenciaban a los hombres que
quedaban impotentes en la flor de la edad debido
a los excesos libertinos.
Horacio nos representa a los bretones, los ingleses de hoy, como muy
libertinos con los extranjeros. Asegura
que estos pueblos no tenían ningún pudor natural;
vivían entremezclados y en común: hermanos, padres,
madres, hijos, satisfacían por igual las necesidades de la
naturaleza, y lo que salía de esto pertenecía al
que se había acostado con la madre cuando todavía era
virgen. Estos pueblos se alimentaban de carne
humana (21).
Los Otaitianos satisfacen públicamente sus deseos: se
sonrojarían si se ocultasen para eso. Los europeos
les hicieron ver sus ceremonias religiosas consistentes en la
celebración de esa ridícula hipocresía que llaman
misa. A su vez pidieron el permiso de hacerles ver las suyas: era la
violación de una niña de diez años
por un muchacho de veinticinco. ¡Qué diferencia!
La disolución misma es inciensada: se elevan templos a
Príapo; en un principio, Venus fue adorada como
la diosa de la propagación, a continuación como la de las
lujurias más depravadas, su culo recibe incienso,
y la que sólo debía ser el ídolo de la
procreación se convierte pronto en la diosa de los mayores
ultrajes que
puede hacer el hombre a la generación. Era natural que el acto
de la procreación se convirtiese en vicioso.
Este culto, olvidado con el paganismo, resurge con los indios, y el
lingam, especie de pene viril que las
muchachas de Asia llevan en el cuello, no es otra cosa que un objeto
utilizado en los templos de Príapo.
(21) Sin duda, el mejor de todos los alimentos para obtener abundancia
y espesor en la materia seminal.
No hay nada tan absurdo como nuestra repugnancia a este respecto; un
poco de experiencia la vencerá
pronto: una vez que se ha probado esta carne, se hace imposible querer
otras. (Véase Paw sobre este tema,
Investigaciones sobre los indios, egipcios, americanos, etc. etc.)
Un extranjero que llegue al Pegu alquila a una muchacha para el tiempo
que debe pasar en el país; hace
con ella todo lo que quiere; vuelve a continuación con su
familia, y no por esto deja de encontrar marido.
La misma indecencia puede llegar a ser una moda: en Francia se tuvo la
costumbre, durante mucho tiempo,
de realzar las partes naturales del hombre en el pantalón.
Respecto a la prostitución de sus hermanas o de sus hijas,
habitual en casi todos los pueblos del norte, no
me asombra: el que se conduce de esta forma espera o favores de aquel
al que se prostituye, o al menos
verlo actuar, y esta lubricidad es lo suficientemente deliciosa como
para ser buscada de un modo especial.
Hay otro sentimiento muy delicado en estos tipos de prostituciones, y
que lleva a muchos hombres a entregar
a sus mujeres como yo lo hago: este movimiento consiste en inflamarse
con la infamia con la que se
cubre uno mismo, y es excesivamente excitante; en este caso, cuanto
más se aumentan los efectos de su
vergüenza, mejor se goza. Uno quisiera arrastrar al lodo al objeto
que se divierte en entregar; se desearía revolcarla en la
crápula, en una palabra, hacer lo que yo hago: llevar a su mujer
y a su hija al burdel o ponerlas
en un rincón de la calle, y sujetarlas uno mismo durante el acto
de la prostitución.
-¿Señor -interrumpí-, vos tenéis una hija?
-Tengo una -respondió Noirceuil.
-¿De la esposa que yo conozco?
-No, de mi primera; esta es mi octava, Juliette.
-¿Y cómo pudisteis hacer un hijo, con los gustos que os
conozco?
-Tuve varios, querida mía. No te asombres de este
comportamiento: algunas veces se superan las repugnancias,
cuando deben resultar placeres.
- ¡Ah! Señor, creo que os entiendo.
Te explicaré todo esto, ángel mío, pero
será preciso que te estime mucho para probarte cuán poco
me estimo
a m í mismo.
-¡Hombre encantador! -exclamé-. Nunca me seréis
más querido que cuando me hayáis convencido de
hasta qué punto despreciáis los prejuicios vulgares; y
cuantos más crímenes desveléis a mis ojos,
más incienso
obtendréis de mi corazón. La irregularidad de vuestra
cabeza trastorna la mía; sólo aspiro a imitaros.
- ¡Ah, santo Dios! -exclamó Noirceuil, introduciendo su
lengua en mi boca-, jamás vi a una criatura más
análoga a mí: creo que la adoraría, si pudiese
amar a una mujer... Quieres imitarme, Juliette; te desafío a
ello; si el interior de mi alma pudiese entreabrirse
aterrorizaría de tal forma a los hombres que quizás ni
uno
sólo se atrevería a acercarse a mí en toda la
tierra. He llevado la impudicia, el crimen, el libertinaje y la
infamia hasta su último grado; y si siento algún
remordimiento, puedo asegurar con toda sinceridad que
sólo se debe a la desesperación de no haber cometido
bastantes crímenes.
La prodigiosa agitación en la que se encontraba Noirceuil me
convenció de que la confesión de sus errores
lo calentaba casi tanto como su misma acción. Aparté el
ligero vestido que lo envolvía, y, cogiendo su pene, más
duro que una barra de hierro, lo manoseé: destilaba semen.
-¡Cuántos crímenes me cuesta este pene!
-exclamó Noirceuil-. ¡Cuántas execraciones me he
permitido
para hacerle perder su esperma con un poco más de calor! No
existe ningún objeto sobre la tierra que no
esté dispuesto a sacrificar: es un dios para mí, que sea
el tuyo, Juliette: adoro este pene déspota, incienso
a este dios soberbio. Me gustaría exponerlo a los homenajes del
mundo entero; me gustaría que hubiese
un hombre en el mundo que hiciese morir, entre terribles suplicios a
todos aquellos que no quisiesen inclinarse
ante él... Si fuese rey, Juliette, no tendría mayor
placer que el de hacerme seguir por verdugos que
masacrasen, al momento, todo lo que encontrasen mis miradas...
Caminaría sobre cadáveres, y sería feliz;
descargaría en la sangre, cuyos chorros correrían a mis
pies.
Embriagada a mi vez, me precipito a los pies de este asombroso
libertino; adoro, entusiasmada, el móvil
de tantas acciones, cuyas simples confesiones excitan de tal forma al
que las ha cometido; lo tomo en mi
boca, lo chupo durante un cuarto de hora con delicia...
-No somos suficientes -dice Noirceuil, que gustaba poco de placeres
solitarios-. No déjame; quizás te
quemaría si aspirases al honor de hacerme descargar tú
sola; mis pasiones concentradas sobre un punto
único se parecen a los rayos del astro reunidos por el vidrio
ardiente: en seguida queman el objeto que se
encuentra bajo su foco.
Y Noirceuil, espumeante, comprimía con fuerza mis nalgas.
Este fue el momento en que uno de los conductores de Gode vino a darnos
noticias de su entrada en Bicétre,
y del hijo muerto que había parido al llegar.
-Esto sí que es bueno -dice Noirceuil, despidiendo al hombre con
dos luises para una copa-. Me parece -
añadió en voz baja-, que nunca se pagaría
demasiado por el anuncio
de tal acontecimiento; al menos tenemos
la imagen de un pequeño delito con la broma que nos hemos
permitido... ¡Mira, Juliette!... ¡Mira cuán
imperioso se pone mi pene! Y en ese mismo momento hace venir a su
gabinete a su mujer y al joven, padre de la criatura que acaba
de destruir; sodomiza a este último mientras le informa de la
noticia, y obligando a Mme. de Noirceuil a
chupar, de rodillas, el pene del Ganímedes, mientras entrega mi
culo a los besos de este joven, y, cogiendo
por debajo los pechos de su mujer, les da tirones hasta el punto de
hacerle lanzar gritos de dolor,
cuyo efecto es tan poderoso sobre sus órganos, que pierde su
semen en ese mismo momento.
- ¡Mira, Juliette! -prosigue, mientras ordena a este joven que le
eche en la mano el semen con el que acaba
de regarlo, y embadurnando con rudeza el rostro de su mujer-,
¡mira cuán puro y hermoso es mi esperma!
¿Me equivocaba cuando te hacía adorar el dios cuya
sustancia es tan hermosa? Nunca sirvió uno tan
burbujeante... tan puro... aquel que los estúpidos presentan
como motor del universo. Prosigamos, Juliette
dice, despidiendo a todos-, me molesta haberme visto obligado a
interrumpirme.
Nosotros castigamos el libertinaje -prosiguió mi maestro-:
Plutarco nos enseña que los samniamos se entregaban
diariamente, y bajo la vigilancia de las leyes, en un lugar llamado Los
Jardines, mezclados, a voluptuosidades
tan lascivas que es casi imposible imaginárselas. En este feliz
lugar, continúa el historiador,
las distinciones de sexo y los vínculos sanguíneos
desaparecían bajo el encanto del placer: el amigo se
convertía
en la mujer de su amigo; la hija, la querida de su madre, y,
todavía con más frecuencia, los hijos, la
ramera de su padre, junto al hermano que sodomizaba a su hermana.
Nosotros estimamos mucho las primicias de una muchacha. Los habitantes
de las Filipinas no hacen ningún
caso de eso: en estas islas, existen oficiales públicos a los
que se paga muy caro por encargarse de desvirgar
a las muchachas la víspera de su matrimonio.
El adulterio estaba públicamente autorizado en Esparta.
Nosotros despreciamos a las muchachas que se prostituyen: por el
contrario, las lidias eran estimadas solamente
en razón del número de sus amantes; el fruto de su
prostitución era su única dote.
Las ciprianas iban a venderse públicamente a todos los
extranjeros desembarcados en su isla para enriquecerse.
En un Estado es necesaria la depravación de las costumbres; los
romanos se dieron cuenta de eso y establecieron
en toda la extensión de su república burdeles de
muchachas y muchachos, y teatros donde bailaban
las muchachas completamente desnudas.
Las babilonias se prostituían una vez al año, en el
templo de Venus; las armenias eran obligadas a consagrar
su virginidad a los sacerdotes del Tanais, quienes las sodomizaban
primitivamente, y no les concedían
el favor de la desfloración más que si habían
soportado valientemente los primeros ataques: una defensa,
una lágrima, un movimiento, un grito que se les escapase, y eran
privadas del honor de las segundas, y ya
no encontraban marido.
Los canarios de Goa hacen sufrir a sus hijas otro suplicio: las
prostituyen a un ídolo provisto de un pene
de hierro cuyo grosor es desmesurado; las hunden a la fuerza en este
terrible consolador, calentado prodigiosamente;
éste es cl estado de ensanche en el que la pobre niña va
a buscar marido, que no la tomaría
sin esta ceremonia.
Los Camaítas, herejes del siglo segundo, pretendían que
sólo se llegaba al cielo por la incontinencia; sostenían
que cada acto infame tenía un ángel tutelar, y adoraban a
este ángel entregándose a increíbles actos
de disolución.
Ewen, antiguo rey de Inglaterra, estableció por ley en sus
Estados que ninguna muchacha podía casarse
sin que hubiese sido desvirgada antes. En toda Escocia y en algunas
partes de Francia, los vasallos importantes
gozaban de este derecho.
Las mujeres, así como los hombres, llegan a la crueldad por el
libertinaje: trescientas mujeres del inca
Atabaliba, en Perú, se prostituyeron al momento a los
españoles, por su propia voluntad,
y los ayudaron a
masacrar a sus propios esposos.
La sodomía es general en todo el mundo; no hay un solo pueblo
que no se entregue a ella; ni un solo gran
hombre que no la haya realizado. El safismo reina igual mente; esta
pasión está en la naturaleza como la
otra; en el corazón de la joven se forma en la más tierna
edad, en la del candor y la inocencia, cuanto toda
vía no ha recibido ninguna impresión extraña: por
consiguiente, es fruto de la naturaleza, está grabada por
su mano.
La zoofilia fue universal. Jenofonte nos enseña que, durante la
retirada de los Diez Mil, los griegos sólo
se servían de cabras. Esta costumbre está todavía
muy ex tendida en toda Italia: el carnero es mejor que su
hembra; su ano, más estrecho, es más caliente; y este
animal, naturalmente lúbrico, se excita a sí mismo en
cuanto se da cuenta de que descargan dentro de él:
convéncete, Juliette, de que sólo hablo por experiencia.
El pavo es delicioso, pero hay que cortarle el cuello en el momento de
la crisis; entonces, el estrechamiento
de su agujero os colma de voluptuosidades (22).
Los sibaritas sodomizaban a los perros; las egipcias se
prostituían a los cocodrilos, las americanas a los
monos. Por último, llegamos a las estatuas: todo el mundo sabe
que un paje de Luis XV fue encontrado
descargando sobre el trasero de la Venus de las hermosas nalgas. Un
griego, que llegaba a Delfos para consultar
el oráculo, encontró en el templo a dos genios de
mármol, y, durante la noche, rindió homenaje a
aquel de los dos que había encontrado más hermoso. Una
vez hecha su operación, lo coronó de laurel, como
recompensa por los placeres que había recibido de él.
(22) Se encuentran en varios burdeles de París; entonces, la
muchacha pasa la cabeza entre las piernas,
vosotros tenéis su culo en perspectiva, y ella corta el cuello
del animal en el momento de vuestra descarga:
quizás pronto veréis esta fantasía en
práctica.
Los siameses no sólo creen el suicidio permitido, sino que
además piensan que matarse a sí mismo es un
sacrificio útil al alma, y que este sacrificio le vale la
felicidad en el otro mundo.
En Pegu, se da vueltas y vueltas durante cinco días seguidos,
sobre carbones ardiendo, a la mujer que
acaba de dar a luz: de esta forma se la purifica.
Los caribes compran niños en el seno mismo de la madre: en
cuanto ven la luz, los marcan en el vientre
con una pintura vegetal, los desvirgan a los siete u ocho años,
y en general los matan después de haberse
servido de ellos.
En la isla de Nicaragua,.a un padre le está permitido vender a
sus hijos para ser inmolados. Cuando estos
pueblos celebran la consagración de la primavera, los riegan de
semen, y danzan alrededor de esta doble
producción de la naturaleza.
En Brasil, se entrega una mujer a cada prisionero que va a ser
inmolado; goza-de ella; y la mujer, embarazada
frecuentemente de él, ayuda a descuartizarlo y participa en la
comida que se hace de su carne.
Antes de estar dominados por los incas, los antiguos habitantes del
Perú, es decir, los primeros colonos
llegados de Scitia, los primeros que poblaron América,
tenían la costumbre de sacrificar a sus hijos a los
dioses.
Los pueblos de los alrededores de Río-Real sustituyen la
circuncisión de las niñas, ceremonia en uso en
varias naciones, por una costumbre muy extraña: en cuanto son
núbiles, les introducen en la matriz bastones
provistos de hormigas gordas que las pican horriblemente; cambian estos
bastones para prolongar el
suplicio, que nunca dura menos de tres meses y ,algunas veces mucho
más.
San Jerónimo cuenta que, en un viaje que hizo a las Galias, vio
a los escoceses comer con fruición las
nalgas de los jóvenes pastores y los pechos de las
jóvenes. Yo sentiría más confianza por el primer
plato
que por el segundo, y creo, junto con todos los pueblos
antropófagos, que la carne de las mujeres, como la
de todas las hembras de animales, debe de ser muy inferior a la del
macho.
Los mingrelianos y los georgianos son los pueblos más hermosos
de la tierra, y al mismo tiempo los más
entregados a todo tipo de lujurias y de crímenes, como si la
naturaleza hubiese querido hacernos conocer
mediante esto que estos extravíos la ofenden tan poco que quiere
adornar con todos sus dones a los que más
entregados están a ellos. Entre ellos, el incesto, la
violación, el infanticidio, la prostitución, el
adulterio, el
crimen, el robo, la sodomía, el safismo, la zoofilia, el
incendio, el envenamiento, el rapto, el parricidio, son
acciones virtuosas y de las que se vanaglorian. Cuando se reúnen
es para hablar entre sí de la inmensidad o
de la enormidad de sus fechorías: recuerdos y proyectos de
acciones semejantes son objeto de sus más deliciosas
conversaciones, y así es como se excitan a cometer otras nuevas.
En el norte de Tartaria hay un pueblo que se construye un nuevo dios
todos los días: este dios debe ser el
primer objeto que se encuentren al despertarse por la mañana. Si
por azar es un mojón de mierda, el mojón
se convierte en el ídolo del día; y en la
hipótesis de que esto sea así, ¿no vale
aquél tanto como el ridículo
Dios de harina adorado por los católicos? El uno es ya materia
de excrementos, el otro lo será pronto: realmente
la diferencia es mínima.
En la provincia de Matomba, encierran en una casa muy oscura a los
niños de ambos sexos, cuando alcanzan
la edad de doce años; y allí sufren, en estado de
inanición, todos los malos tratos que los sacerdotes
tengan a bien imponerles, sin que puedan revelar nada, ni quejarse, al
salir de estas casas.
En Ceylán, cuando una muchacha se casa, son los hermanos quienes
la desvirgan: su marido nunca tiene
derecho a eso.
Consideramos la piedad como un sentimiento que nos impulsa a hacer
buenas acciones. En Kamtchatka
es considerada, con mucha más razón, como una falta: en
estos pueblos, sería un pecado capital evitar a
alguien el peligro a que lo ha llevado su suerte. Estos pueblos ven a
un hombre ahogarse y pasan sin detenerse;
se abstendrían de prestarle ninguna ayuda.
Perdonar a sus enemigos es una virtud entre los imbéciles
cristianos: en Brasil, es una acción soberbia
matarlos y comérselos.
En la Guyana, se expone a una joven a la picadura de las moscas la
primera vez que tiene la regla: muere
con frecuencia en la operación. El espectador, encantado, pasa
entonces todo el día lleno de gozo.
La víspera de la nupcias de una joven, en Brasil, le hacen un
gran número de heridas en las nalgas para
que su marido, demasiado lanzado ya por la sangre y el clima a ataques
antifísicos, renuncie a ellos por las
heridas que se le oponen (23).
(23) Hay una gente mal organizada a la que este espectáculo le
haría excitarse todavía mejor, y que, al
verlo, sólo lamentarían no haber participado ellos
mismos.
Los pocos ejemplos que te he dado, Juliette, son suficientes para
demostrarte lo que son las virtudes a las
que nuestras leyes y nuestras religiones europeas parecen hacer tanto
caso, lo que significa ese odioso hilo
de fraternidad preconizado por el infame cristianismo. Puedes ver si
está o no en el corazón del hombre:
¿serían generales tantas execraciones si la existencia de
la virtud, a la que contrarían, tuviese alguna realidad?
No dejaré de decírtelo : el sentimiento de humanidad es
quimérico; nunca podrá hacer frente a las pasiones,
ni siquiera a las necesidades, puesto que vemos cómo los hombres
se devoran mutuamente durante
siglos. Así pues, no es más que un sentimiento de
debilidad, absolutamente extraño a la naturaleza, hijo del
temor y del prejuicio. ¿Puede ocultarse que la naturaleza es la
que nos da nuestras pasiones y nuestras necesidades?
Sin embargo, las pasiones y las necesidades desconocen la virtud del
humanismo; por lo tanto,
esta virtud no está en la naturaleza; desde este momento, no es
más que un puro efecto del egoísmo, que
nos ha llevado a desear la paz con nuestros semejantes con el fin de
gozar de ella nosotros mismos. Pero
aquel que no teme las represalias no se encadena más que con un
gran esfuerzo a un deber respetable únicamente
para aquellos que las temen. ¡Y!, no, no, Juliette, no hay una
piedad sincera, no hay una piedad
que se reduzca a nosotros. Analicemos el momento en que nos
sorprendemos sintiendo conmiseración, y
veremos que una voz secreta grita en el fondo de nuestros corazones:
Lloras por este desgraciado, porque
a tu vez eres desgraciado, y porque temes serlo todavía
más. Ahora bien, ¿qué voz es ésta sino la
del temor?,
¿y de dónde nace el temor sino del egoísmo?
Por consiguiente, destruyamos en nosotros este sentimiento
pusilánime: sólo puede ser doloroso, ya que
es imposible concebirlo más que como una comparación que
nos conduce a la desgracia.
En cuanto tu espíritu, querida niña, haya concebido
perfectamente la nulidad, digo más, la especie de
crimen que habría en admitir la existencia de ese pretendido
hilo de fraternidad, exclama con el filósofo: "
¡Y!, ¿por qué dudaré en satisfacerme, cuando
la acción que concibo, por mucho daño que haga a mi
semejante,
puede procurarme a mí el más sensible placer? Porque aun
suponiendo por un momento que al cometer
esta acción cualquiera cometo una injusticia hacia mi
prójimo: sucede que al no hacerla cometo una
hacia mí misma. Despojando a mi vecino de su mujer, de su
herencia, de su hija, yo puedo, como acabo de
decirlo, cometer una injusticia hacia él; pero,
privándome de estas cosas que me dan el mayor placer, come
to una hacia mí; ahora bien, entre estas dos injusticias
necesarias, ¿seré suficientemente enemigo de mí
mismo para no dar la preferencia a aquella de la que puedo obtener unos
cosquilleos agradables? Si no actuase
así sería por conmiseración. Pero si la
admisión de un sentimiento así es capaz de hacerme
renunciar
a goces que me halagarían tanto, debo utilizar cualquier cosa
para curarme de este penoso sentimiento,
hacer todo para impedirle que en el futuro tenga ninguna influencia
sobre mi alma. Una vez que lo haya
logrado (y esto se consigue acostumbrándose gradualmente al
espectáculo de los males de otro), ya no me
entregaré más que al encanto de satisfacerme; no
será contrarrestado con nada, ya no temeré los
remordimientos,
porque no podrían ser ya la consecuencia de la
conmiseración, puesto que está extinta. Así pues,
me entregaré a mis inclinaciones sin temor, preferiré mi
interés o mi placer a males que no me afectan ya, y
pensaré que perder un bien real porque costaría una
situación desgraciada a un individuo (situación cuyo
choque no puede llegar ya hasta mí) sería una verdadera
inepcia, puesto que sería amar a ese extraño más
que a mí, lo que iría contra todas las leyes de la
naturaleza y todos los principios del buen sentido".
Que los lazos de familia no te parezcan ya sagrados, Juliette: son tan
quiméricos como los otros. Es falso
que debas algo al ser del que has salido; todavía más
falso que debas cualquier sentimiento al que ha salido
de ti; absurdo imaginar que se deba algo a los hermanos, hermanas,
nietos, nietas. ¿Y por qué razón tendría
que establecer la sangre deberes? ¿Por qué nos esforzamos
en el acto de la generación? ¿No es por nosotros?
¿Qué podemos deber a nuestro padre, si se ha divertido en
crearnos? ¿Qué podemos deber a nuestro
hijo, porque nos ha apetecido perder un poco de semen en el fondo de
una matriz; a nuestro hermano o a
nuestra hermana, porque han salido de la misma sangre? Destruyamos
todos estos lazos como los otros, son
igualmente despreciables.
-¡Oh Noirceuil! -exclamé-, ¡cuántas veces lo
habéis demostrado!... ¿y no queríais
decírmelo?
-Juliette -me respondió este amable amigo-, tales confesiones
sólo pueden ser la recompensa a vuestra
conducta; os abriré mi corazón cuando os crea
verdaderamente digna de mí: tenéis que sufrir algunas
pruebas
antes.
Y el ayuda de cámara llegó para advertirle de que el
ministro, íntimo amigo suyo, lo esperaba en el salón,
y así nos separamos.
No tardé en colocar lo más ventajosamente posible los
sesenta mil francos robados en la casa de Mondor.
Por muy segura que estuviese de la aprobación de Noirceuil, como
el robo no podía contarse sin el episodio
de la infidelidad, y como por otra parte mi amante podía temer
de mí las mismas lesiones sobre sus propiedades,
juzgué más prudente no decir nada, y sólo me
ocupé de nuevos
medios de aumentar, por las mismas
vías, la cantidad de mis rentas. Otra partida en casa de la
Duvergier me daría pronto la ocasión.
Se trataba de ir, yo como cuarta, a la casa de un hombre cuya
manía, tan cruel como voluptuosa, consistía
en azotar muchachas. Tres criaturas encantadoras se habían
reunido conmigo en el café de la puerta de
Saint-Antoine, para ir juntas en un coche que deberíamos
encontrar allí, en casa del duque de Dennemar, a
su deliciosa mansión de Saint-Maur. No había nada
más fresco, no había nada tan bonito como las muchachas
que se me unieron en la cita: la mayor no tenía dieciocho
años, la llamaban Minette; me gustaba hasta
el punto de que no pude contenerme de colmarla con las más
voluptuosas caricias; había una de dieciséis,
otra de catorce. Muy difícil la elección de sus
víctimas, supe, por la mujer que nos llevaba, que era la
única
cortesana de las cuatro; mi juventud, mi belleza, habían animado
al duque a franquear las reglas que se
había impuesto de no ver nunca a ninguna mujer de mundo. Mis
compañeras eran jóvenes obreras de la
costura, completamente extrañas a estas partidas; muchachas
honradas, bien educadas, y seducidas únicamente
por las grandes sumas que ofrecía el duque y por la seguridad de
que, al limitarse aquél a la fustigación,
respetaría su virginidad: teníamos cincuenta luises cada
una, veréis si nos los ganamos o no.
Introducidas las cuatro en un apartamento magnífico, nuestra
conductora nos dice que esperemos, mientras
nos desvestimos, las órdenes que el señor quisiera
darnos.
Entonces, pude examinar a placer las gracias ingenuas, los delicados y
dulces encantos de mis tres jóvenes
camaradas. No había nada tan esbelto como su talle, nada tan
fresco como su pecho, nada tan apetitoso
como sus muslos, nada tan torneado y tentador como sus tres
encantadores traseros. Devoré a estas muchachas
con los más tiernos besos, y sobre todo a Minette. Me los
devolvieron con una ingenuidad que me hizo
descargar en sus brazos. Hacía más de tres cuartos de
hora que mientras esperábamos el momento de los
deseos de monseñor el duque, nos entregábamos retozando a
toda la impetuosidad de los nuestros, cuando
un hermoso y alto lacayo, casi desnudo, vino a prevenirnos de que
íbamos a comparecer, pero que era pre
ciso que empezase la mayor. Al colocarme esta orden en tercer lugar,
penetré cuando me tocó en el santuario
de los placeres de este nuevo Sardanápalo; y lo que voy a
contaros es totalmente semejante a lo que
habían padecido mis compañeras.
El gabinete donde nos recibió el duque era redondo;
absolutamente cubierto de espejos; en medio, había
una columna de pórfido de alrededor de seis pulgadas de alta. Me
hizo subir a un pedestal; el ayuda de cámara,
que nos daba las órdenes y que servía a los placeres de
su amo, ató mis pies a cadenas de bronce,
colocadas a propósito en el bloque; a continuación
levantó mis brazos, los ató a una cuerda que los
mantenía
lo más alto posible. Sólo entonces se acercó el
duque; hasta ese momento había estado tumbado en un
canapé, donde se excitaba ligeramente el pene. Totalmente
desnudo de cintura para abajo, le cubría el
busto una simple camiseta de satén castaño; sus brazos
estaban descubiertos; en el izquierdo tenía un puñado
de vergas, delgadas y flexibles, atadas con un lazo negro. El duque, de
cuarenta años, tenía una fisonomía
muy dura, y me pareció que su moral no era más dulce que
su físico.
-Lubin -dice a su ayuda de cámara-, esta me parece mejor que las
otras, su culo es más redondo, su piel
más fina, su rostro más interesante; la compadezco porque
sufrirá más.
Y, diciendo esto, el villano, acercando su hocico a mi trasero,
besó primero y mordió después. Lanzo un
grito.
-¡Ah, ah!, sois sensible, por lo que parece. Tanto peor, pues no
estáis en el final.
Y entonces sentí cómo sus uñas curvas se
hundían profundamente en mis nalgas y me arrancaban la piel
en dos o tres sitios. Nuevos gritos que lancé no hicieron
más que excitar a este criminal que, llevando entonces
dos de sus dedos al interior de mi vagina, no los retira más
que con la piel que desgarra en este lugar
sensible.
Lubin --decía entonces, mostrando sus dedos llenos de sangre al
ayuda de cámara-, querido Lubin, ¡triunfo!,
tengo la piel del coño.
Y la puso en la cabeza del pene de Lubin, que se excitaba bastante bien
en ese momento. En ese instante
abrió un pequeño armario disimulado por espejos;
sacó de él una larga guirnalda de hojas verdes; yo
ignoraba el uso que iba a hacer de ella, y con qué planta estaba
formada. ¡Ay de mí!, apenas se acercó a mí
cuando no tardé en darme cuenta de que era de espinas. Ayudado
por el cruel agente .de sus placeres, me la
pasa y vuelve a pasar tres o cuatro veces alrededor del cuerpo, y
acabó por fijarla de una manera muy pintoresca,
pero al mismo tiempo muy dolorosa, ya que desgarraba absolutamente todo
mi cuerpo y principalmente
mis senos, sobre los que la apretaba con la más feroz
afectación. Pero mis nalgas, destinadas a otra
fiesta, no participaban de ninguna manera en este maldito
preámbulo; bien separadas de todas partes, ofrecían
sin obstáculo a este libertino todas las carnes que
debían recorrer sus vergas.
-Vamos a comenzar -me dice Dennemar-, en cuanto me vio en el estado que
deseaba; os pido un poco de
paciencia, porque esto puede ser muy largo.
Diez golpes de vergas bastante ligeros se convierten en el anuncio de
la terrible tormenta que va a desencadenarse
sobre mi culo.
-¡Vamos, santo Dios!, ¡más! -exclamó
entonces-
Y con un brazo vigoroso flagelando mis dos nalgas, me aplica más
de doscientos seguidos, y sin detenerse.
Durante la operación, su ayuda de cámara, de rodillas,
delante de él, trataba de exprimir, chupando, el
veneno que hacía a esta bestia tan malvada; y mientras
flagelaba, el duque gritaba con todas sus fuerzas:
-¡Ah!, ¡la puta... la zorra!... ¡Oh!,
¡cómo detesto a las mujeres!, ¿ y no podré
exterminarlas a todas a
vergazos?... Ella sangra... sangra por fin... ¡Ah, joder!,
sangra... ¡Chupa, Lubin, chupa! Soy feliz, veo la
sangre.
Y acercando su boca a mi trasero, recogió cuidadosamente lo que
veía correr con tanto placer; después,
continuando:
-Pero mira, Lubin, no me excito, y es preciso que la azote hasta que se
me empine, y hasta que me excite,
hasta que descargue... ¡Vamos, vamos!, ¡la puta es joven y
resistirá! La sangrienta ceremonia empieza de nuevo; pero ahora
los episodios cambian: Lubin no chupa a su amo;
armado con un vergajo, le devuelve centuplicados los golpes vigorosos
que recibo de él. Estoy en sangre,
corre sobre mis nalgas, veo que enrojece el pedestal; las espinas
hundidas en mi carne, desgarrada por las
vergas, me era imposible poder decir en qué parte de mi cuerpo
se hacen sentir los dolores con más fuerza,
cuando el verdugo, cansado de suplicios y tumbándose de nuevo
sobre el canapé espumeante de lujuria,
ordena al fin que me desaten. Llego hasta él, tambaleante.
-Excítame -me dice, besando las huellas de su crueldad-... o
mejor no... excita a Lubin; prefiero verlo
descargar que descargar yo mismo, por muy bonita que seáis, dudo
que lo logréis.
Lubin se apodera en seguida de mí; yo todavía
tenía la funesta guirnalda: el bárbaro, a
propósito, la aprieta
contra mi piel, mientras que yo le chupo; su postura era tal que si
cedía a las suaves agitaciones de mi
puño el semen se lanzaba sobre el rostro de su amo, que,
siguiendo apretándome, pellizcándome el trasero,
se excitaba ligeramente él solo: el efecto ocurrió, el
criado descarga, y todo el rostro del amo se cubre de
esperma. Sólo el suyo se niega a unirse a aquél; lo
reserva para una escena más lúbrica: oiréis los
detalles.
-Salid -me dice en cuanto Lubin lo consiguió-, tengo que hacer
pasar a vuestra cuarta compañera antes de
que os vuelva a llamar.
Abren, y veo a las que me habían precedido en un cuarto de al
lado... ¡Pero, santo cielo, en qué estado!...
Era peor que el mío: sus cuerpos tan bonitos, tan blancos, tan
deliciosos, daba horror mirarlos; las desgraciadas
lloraban, se arrepentían de haber aceptado semejante partida;
pero yo, más orgullosa, más firme y
más vengativa, sólo pensaba en obtener una
compensación. Una puerta
entreabierta me deja ver el dormitorio
del duque: entro en él apresuradamente. En seguida se presentan
tres objetos a mi vista: una gran bolsa
de oro, un soberbio diamante y un reloj hermosísimo. Abro
precipitadamente la ventana, veo que da a un
cobertizo que forma ángulo con la muralla, y que todo esto
está situado cerca de la puerta por donde hemos
entrado. Me quito listamente una de mis medias, meto estos tres objetos
dentro, y dejo caer todo sobre un
arbusto situado en el ángulo del que acabo de hablaros; las
hojas ocultan el depósito, y vuelvo con mis
compañeras. Apenas me había unido a ellas, cuando Lubin
viene a buscarnos: el gran sacerdote consumaría
el sacrificio con las cuatro víctimas juntas. Ya había
fustigado a la más joven, y nos pareció que su culo no
había sido tratado con más miramientos que los nuestros;
estaba cubierto de sangre. Ya no estaba el pedestal;
Lubin nos tumba boca abajo, a las cuatro, en medio del gabinete; nos
enlaza con tanto arte que no ve ya
más que nuestras nalgas... os dejo imaginar en qué
estado. El duque se acerca a este grupo, su criado lo
excita con una mano, mientras que destila con la otra aceite hirviendo
sobre nuestros culos; felizmente, la
crisis no fue larga.
-¡Quémalas, quémalas! -exclamaba el duque,
mezclando su semen con el licor inflamado que nos calcinaba-,
quema a estas putas... descargo.
Y nos levantamos en un estado que os describiría mejor el
cirujano, que tardó diez días en hacer desaparecer
las marcas de esta abominable escena, y que logró tanto
más fácilmente conmigo, cuanto que, por un
feliz azar, no me habían caído sobre el trasero
más que dos o tres gotas de este aceite ardiente, con el que se
encontraba totalmente cubierta la más joven de mis
compañeras, sin duda por maldad del duque.
Fuese cual fuese mi estado, no perdí la cabeza al bajar, y,
volando al rincón donde había dejado caer mi
tesoro, me apoderé prontamente de lo que debía
compensarme de los males que me habían hecho sufrir.
Cuando llegué a casa de la Duvergier, la acusé agriamente
por haberme expuesto a aquella vejación: ¿debía
hacerlo sabiendo como sabía que yo estaba ricamente entretenida?
Y declarándole que no me complacía
ya en inmolarme a su rapacidad, me retiré a mi casa avisando a
Noirceuil de que estaba enferma y que le
rogaba que me dejase guardar cama tranquilamente durante unos
días. Noirceuil, en absoluto enamorado,
menos todavía sensible, y muy poco inquieto, no apareció;
su mujer, más dulce y más política, vino a verme
dos veces, pero sin preocuparse mucho por mi salud. Al décimo
día todo había desparecido de tal forma
que yo estaba más fresca que antes. Entonces eché la
mirada sobre mi presa: había trescientos luises en la
bolsa, el diamante valía cincuenta mil francos, el reloj mil
escudos. Coloqué esta nueva suma como la otra,
y hallándome, con ambas, cerca de las doce mil libras de renta,
creí que era el momento de trabajar un poco
para mí misma y que el papel de juguete de la avaricia de los
otros no convenía ya a mi pequeña fortuna. Así se
pasó un año, durante el cual hice algunas partidas por mi
cuenta, pero en las cuales el azar no ofreció
a mi destreza los mismos medios dignos de mención; por otra
parte, seguía siendo la alumna de Noirceuil,
ayuda de sus libertinajes, y detestada por su mujer.
Aunque viviésemos en la indiferencia, Noirceuil, que sin amarme
tenía un gran interés por mi cabeza, seguía
pagándome muy caro; era mantenida en todo, y tenía
veinticuatro mil francos al año para mis placeres;
unid a esto la renta de doce mil que yo había logrado y
juzgaréis mi comodidad. Deseando muy poco a los
hombres, satisfacía mis deseos con dos mujeres encantadoras; dos
compañeras suyas se unían a veces a
nosotras: entonces no había ningún tipo de extravagancia
que no realizásemos.
Un día, una de las amigas de aquella de las dos mujeres a la que
yo prefería, me suplicó que me interesase
por uno de sus parientes al que le había sucedido una aventura
bastante desagradable. Sólo se trataba -
decía- de decir una palabra a mi amante cuyo crédito
frente al ministro solucionaría todo
en seguida; el
joven, si yo quería, vendría él mismo a contarme
su historia. Arrastrada aquí, como a pesar de mí, por el
deseo de hacer feliz a alguien, fatal deseo que la mano de la
naturaleza, que no me había creado para la
virtud, tuvo buen cuidado de castigar bien pronto, acepto; aparece el
joven: ¡Dios!, cuál no será mi sorpresa
al reconocer a Lubin. Hago lo que puedo para disimular mi
turbación. Lubin me asegura que ya no está en
casa del duque; me hace una novela que no tiene pies ni cabeza; le
prometo servirle; el traidor sale contento
-dice- de haberme vuelto a encontrar, después de un año
que no dejaba de buscarme. Pasaron unos días sin
que oyese hablar de nada; me inquietaba sobre la desgraciada
consecuencia que podía tener este encuentro,
y mostraba mi resentimiento contra la amiga de mi ayuda de
cámara que me había comprometido en esta
trampa, aunque no dudé de si era o no por maldad cuando,
saliendo una noche de la Comedia-Italiana, seis
hombres detienen mi coche, detienen a mi gente, me hacen descender
ignominiosamente y me echan a un
coche, gritando al cochero. ¡Al hospital!
¡Oh cielos! -me digo- ¡Estoy perdida! Pero
recuperándome en seguida:
-Señores -exclamo-, ¿no se equivocan conmigo? -Os pedimos
perdón, señorita, nos equivocamos -me
responde uno de estos criminales al que pronto reconozco como el mismo
Lubin-, no hay duda de que nos
equivocamos, porque es a la horca adonde os deberíamos llevar;
pero si, hasta tener más amplias informaciones,
la policía, por consideración al Sr. de Noirceuil, no
quiere más que enviaros al hospital en vez de
daros en seguida lo que os corresponde, esperamos que esto sólo
sea un ligero retraso.
- ¡Y bien! -digo con descaro-, ¡lo veremos! Sobre todo,
tened cuidado de que no haga arrepentirse pronto
a aquellos que, creyéndose por un momento los más
fuertes, se atreven a atacarme con tanta audacia.
Me echan en un calabozo oscuro, donde, durante treinta y seis horas, no
vi absolutamente nada más que
carceleros.
Quizás os sea fácil, amigos míos, suponer
cuál era el estado de mi interior en este caso; voy a abrirlo
con
toda franqueza. Tranquila como en la fortuna, desesperada de verme
engañada por haber escuchado por un
momento a la virtud, resuelta... profundamente decidida a no volverle a
permitir ninguna influencia sobre
mi corazón; cierta pena, quizás, por ver venirse abajo en
un instante mi fortuna; pero ni un remordimiento...
ni una sola resolución de ser mejor, si era vuelta a la
sociedad; ni el más pequeño proyecto de acercarme a
la religión, si debía morir. Esta es mi alma
completamente al desnudo. Sin embargo, sentía cierta
intranquilidad...
¿Acaso no las tenía cuando era buena? ¡Ah!,
¿qué importa? Prefiero no ser pura y sentir estas ligeras
inquietudes, prefiero entregarme al vicio que encontrarme
estúpidamente tranquila en el seno de una
inocencia que detesto... ¡Oh crimen ¡, sí, incluso
tus serpientes son goces: por sus aguijones preparan el
abrazo divino con el que consumes a tus partidarios; todos tus
sobresaltos son placeres; es preciso que se
agiten almas como las nuestras; les es imposible serlo por la virtud, y
sienten demasiado horror por ella:
que sea entonces por tus deliciosos extravíos... ¡Oh
divinas desviaciones de la vida! Sí, sí, que me liberen;
¡cuántos nuevos delitos se me ofrecen, y verán
cómo robaré! Estas eran mis reflexiones; queríais
saberlas,
os las pinto: ¿dónde estarían mejor confiadas que
en el seno de mis mejores amigos?
Estaba en la mitad del segundo día de esta horrible
detención, cuando oigo que se abre la puerta con un
gran estrépito.
- ¡Oh Noirceuil! -exclamé reconociendo a mi amante-,
¿qué dios os trae hasta mí? ¿Y cómo
puedo interesaros
después de todas mis faltas? -Juliette -me dice Noirceuil en
cuanto nos dejaron solos-, la manera en que vivimos juntos no me pone
en
situación de tener que reprocharos nada; sois libre: el amor no
entraba para nada en nuestros arreglos; sólo
era cuestión de confianza. Por la analogía que
había entre mi forma de pensar y la vuestra, creísteis
que
debíais negarme esta confianza, nada más simple; pero lo
que no lo es es que seáis castigada por una bagatela
como la que os hace estar detenida. Mi niña, amo vuestra cabeza,
lo sabéis, hace mucho tiempo que os
lo he dicho, y serviré siempre sus extravíos, en tanto
que sean análogos a los míos. No creáis que es ni
por
conmiseración ni por un sentimiento por lo que vengo a romper
vuestras cadenas; me conocéis lo suficiente
como para estar convencida de que no puedo emocionarme ni con una ni
otra de las dos debilidades. En
este caso no actúo más que por egoísmo, y os juro
que si me excitase mejor viéndoos colgada que retirándoos
de aquí, no dudaría ni un minuto. Pero me gusta vuestra
compañía, me privaría de ella si fueseis colgada;
por otra parte, habéis merecido serlo, ibais a serlo, y estos
son derechos muy poderosos sobre mi alma;
y os amaría más si hubieseis merecido la rueda...
Seguidme, sois libre... Sobre todo, nada de agradecimiento,
lo aborrezco.
Y viendo que yo iba a entregarme a él, a pesar de mí:
-Ya que lo sentís, Juliette -respondió vivamente
Noirceuil-, no saldréis de aquí hasta que no os haya
probado
lo absurdo del sentimiento al que parece llevaros la debilidad de
vuestro corazón a pesar de vos.
Después, obligándome a que me sentara y situándose
cerca de mí
-Querida muchacha -me dice-, tú sabes que no quiero perder
ninguna ocasión de formar tu corazón e
iluminar tu espíritu; déjame enseñarte lo que es
el agradecimiento.
Se llama gratitud, Juliette, al sentimiento con que se corresponde a
una buena acción. Ahora bien, yo
pregunto cuál es el motivo de aquel que realiza una buena
acción. ¿Actúa para él o para nosotros? Si
actúa
para él, me confesarás que no le-debemos nada; y si es
para nosotros, la fuerza que adquiere a partir de ese
momento, lejos de excitar en nosotros el agradecimiento, sólo
podrá engendrar celos: ha herido nuestro
orgullo. ¿Pero cuál es su objetivo obligándonos a
él? ¿Cómo no verlo en seguida?, el que obliga, el
que
saca de su bolsillo cien luises para dárselos a un hombre que
sufre, no ha actuado de ninguna manera por la
felicidad de este infortunado. Que analice su corazón:
verá que no ha hecho más que halagar su orgullo,
que sólo ha trabajado para él, bien encontrando un placer
intelectual más halagador al dar cien luises a un
pobre que guardándoselos, bien imaginando que la publicidad de
este acto le creará una buena reputación:
pero en ambos casos, yo sólo veo egoísmo. Dime, pues,
ahora lo que debo a un hombre que sólo ha trabajado
para él. Aunque pudieseis demostrarme que sólo ha
considerado al hombre al que obliga, al actuar
como lo ha hecho, que su acción es secreta, que nunca
saldrá a la luz, que no puede haber obtenido ningún
placer en dar esos cien luises puesto que, por el contrario, se siente
molesto por este don, y que, en una palabra,
su acción es tan desinteresada que no se puede mezclar en ella
el egoísmo: a esto yo os respondería
en primer lugar que es imposible, y que, analizando bien la
acción de este bienhechor, siempre descubriremos
en su cuenta algún goce secreto que disminuye su precio; pero
incluso aceptando que el desinterés que
vos admitís sea completo, nunca estaréis en el caso de la
gratitud, puesto que este hombre, con su acción, al
elevarse por encima de vos hiere vuestro orgullo y hace que
sintáis, por este procedimiento, mortificaciones
en un sentimiento cuyas ofensas no se perdonan nunca. Desde este
momento, este hombre, sea lo que sea lo
que haya hecho por vos, sólo tiene derecho, si sois justa, a
vuestra perpetua antipatía; os aprovecharéis de
su servicio, pero detestaréis al que os lo ha prestado; su
existencia os pesará, nunca lo veréis sin que os
sonrojéis. Si os informan de su muerte, os regocijaréis
interiormente, y os parecerá haberos quitado un peso
de encima... una servidumbre; y la seguridad de haberos librado de un
ser ante el que no podíais aparecer
sin una especie de vergüenza será un goce:
¿qué digo?, si vuestra alma es verdaderamente
independiente y
orgullosa, quizás iríais más lejos, quizás
lo deberíais... Sí, llegaréis hasta a destruir
esta existencia que os
molesta; os libraréis de la vida de este hombre como de un
fardo que os cansa; y lejos de haber engendrado
en vos el servicio prestado amistad por este benefactor, como veis,
sólo habrá producido el odio más
implacable. ¡Oh!, ¡esta reflexión debe probarte,
Juliette, cuán ridículo y peligroso es prestar servicios
a los
hombres! Después de mi manera de analizar la gratitud, observa,
querida, si quiero la tuya, y si no debo
guardarme, al contrario, de ponerme frente a ti, en vista del servicio
prestado. Por lo tanto, te repito que al
romper tus cadenas no hago nada por ti: actúo absolutamente por
mí. Vayámonos.
En cuanto estuvimos ante los jueces, Noirceuil tomó la palabra.
-Señor -dice a uno de los jueces-, esta señorita, al
recobrar su libertad, no quiere ocultar el nombre de la
que cometió el robo del que injustamente se acusaba a mi amiga:
acaba de asegurarme que fue una de las
tres muchachas que la acompañaron a la casa del Sr. Dennemar.
Hablad, Juliette, ¿recordáis el nombre de
esa muchacha?
-Claro que sí, señor -respondí comprendiendo
perfectamente al pérfido Noirceuil-, era la más bonita de
las tres, tiene de dieciocho a diecinueve años, la llaman
Minette.
-Era todo lo que pedíamos, señorita -dice el hombre de la
ley-, ¿juraríais esta denuncia?
-Sin duda, señor -respondí.
Y levantando la mano hacia el crucifijo:
-Juro y declaro -digo en voz alta e inteligible- y hago ante Dios el
juramento sagrado de que la llamada
Minette es la única culpable del robo perpetrado en la casa del
Sr. Dennemar.
Salimos y subimos rápidamente al coche.
-Y bien, Juliette -me dice mi amante-, ¡sin mí nunca
habrías cometido esta pequeña maldad! Te conozco
lo suficiente para estar seguro de que era inútil ponerte al
corriente, y que me entenderías a la primera palabra.
Bésame, ángel mío... Me gusta chupar esta boca
blasfema. ¡Ah!, te has portado como un dios. Minette
será colgada, y es delicioso, cuando se es culpable, no
solamente sacar provecho, sino además incluso hacer
perecer al inocente en su lugar.
-¡Oh Noirceuil -exclamé-, cuánto te amo! Eres el
único ser que me conviene en el mundo; vas a hacer
que me lamente por haberte engañado.
-¡Bah!, Juliette, tranquilízate me respondió
Noirceuil-, te -libero de los remordimientos del crimen: sólo
exijo de ti los de la virtud. No tienes que ocultarme nada
prosiguió mi amante mientras nos llevaban a casa-
; no te impido que hagas partidas, si la avaricia o el libertinaje te
empujan a ellas: todo lo que tiene su fuente
en tales vicios es asombrosamente respetable para mí; pero
deberías abstenerte de los conocimientos de
la Duvergier: no ve, no procura más que libertinajes cuyas
crueles pasiones podrían llevarte a tu perdición.
¡Si me hubieses confiado tus gustos, te habría procurado
partidas muy caras donde los riesgos fuesen mínimos
y donde hubieses podido robar con toda comodidad! Porque nada hay tan
sencillo como robar, es
una de las fantasías más naturales en el hombre; el mismo
que te habla lo hizo durante mucho tiempo; me
he corregido haciendo casas peores. No hay nada que cure los
pequeños vicios cono los grandes crímenes;
cuanto más se ataca a la virtud, más se acostumbra uno a
ultrajarla; y entonces sólo nos excitan la voluptuosidad
las mayores ofensas. Mira cuánto has perdido, Juliette: al
ignorar tus caprichos, te he negado a
cinco o seis amigos míos que ardían en deseos de tenerte
y en cuyas casas habrías estado a salvo presentando
el culo. Por lo demás -prosiguió Noirceuil-, nada de esto
habría pasado sin ese maldito Lubin que,
al sospechar su amo de él, había jurado hacer las
pesquisas más exactas sobre el robo. Pero tú estás
vengada,
ayer lo mandamos a Bicétre para el resto de sus días. Es
esencial que sepas que es al-ministro Saint-
Fond, amigo mío, a quien debes tu libertad y la
liquidación de tu asunto. Ya está todo dicho:
mañana te
llevaré ante él. Declararon veintidós testigos;
aunque hubiese habido quinientos, nuestro crédito no los
temía;
este crédito es inmenso, Juliette, y nosotros estamos seguros,
Saint-Fond y yo, o de arrancar al instante
de la horca al mayor criminal de la tierra, o de hacer subir a ella al
más virtuoso de los hombres. Esto es lo
que se gana bajo el reinado de príncipes imbéciles. Son
dirigidos por quienes les rodean, y los tontos autómatas,
creyendo que-son ellos los que gobiernan, no rigen más que por
nuestras pasiones. Podíamos vengarnos
de Dennemar, tengo todo lo necesario para eso; pero es tan libertino
como nosotros, sus caprichos lo
han demostrado; no ataquemos nunca a los que se nos parecen. El duque
sabe que ha obrado mal al conducirse
como lo ha hecho; hoy estaba muy avergonzado, te concede el producto
del robo y te volverá a ver
con gusto; sólo ha pedido que colgásemos a una: él
está contento y nosotros también. No te aconsejo que
vuelvas a ver a ese viejo avaro; sabemos que te desea sólo para
obtener la gracia de Lubin; pero no te mezcles
en eso. Yo tuve a Lubin a mi servicio, me jodía muy mal y me
costaba muy caro; me disgustaba hasta
el punto de que ya había querido encerrarlo varias veces; ya no
lo tenemos, que se quede ahí. En cuanto al
ministro, quiere verte; te concedo esta noche para que cenes con
él; es un hombre excesivamente libertino...
Gustos, fantasías... pasiones, infinidad de vicios. No necesito
encomendarte la más extrema sumisión: es la
única manera de probarle tu agradecimiento cuyos efectos
querías, equivocadamente, derramar sobre mí... -Mi alma
se ajusta a la tuya, Noirceuil -digo con sangre fría-, no te doy
las gracias desde el momento en
que me pruebas que sólo has actuado para ti, y me pare ce que te
amaré mucho más al no estar obligada a
deberte nada. Respecto a la sumisión que me pides, será
completa, dispón de mí, te pertenezco; como mujer
me pongo en mi lugar, sé que la dependencia es mi suerte.
-No, de ninguna manera -me dice Noirceuil-; la comodidad de que gozas,
tu espíritu y tu carácter te liberan
absolutamente de esa esclavitud. Yo no someto a ella más que a
las mujeres-esposas o a las putas, y
en esto sigo las leyes de la naturaleza, que, como ves, sólo
permite a esos seres arrastrarse. La inteligencia,
el talento, la riqueza y el crédito sacan de la clase de los
débiles a aquellos que la naturaleza hizo nacer allí;
y desde el momento en que entran en la de los fuertes, todos los
derechos de éstos, la tiranía, la opresión, la
impunidad, y el entero ejercicio de todos los crímenes, les
están permitidos. Quiero que tú seas mujer y
esclava con mis amigos y conmigo, déspota con los otros... y
desde ese momento, te juro que te daré los
medios. Juliette, necesitas una pequeña compensación por
las treinta y seis horas de prisión... Bribona, ya
estoy enterado de tus doce mil libras de renta, me habías
ocultado todo eso: no importa, lo he sabido; yo te
doy diez mañana, y el ministro me ha encargado de que te
dé esta noticia: es una tensión de mil escudos a
cuenta de los hospitales; los enfermos tendrán algunos caldos de
menos y tú algunas borlas de más, todo
viene a ser lo mismo. Así que ahí estás a la
cabeza de veinticinco mil libras de renta, sin contar con tu sueldo
que te será pagado siempre con exactitud. ¡Y bien!,
corazón mío, ves cómo las consecuencias del crimen
no siempre son desgraciadas: el proyecto de una virtud, el de ayudar a
Lubin, te ha sumergido en el fondo
de los calabozos; el robo en casa de Dennemar decide y motiva tu
fortuna: ¡atrévete a dudar ahora! ¡Ah!,
¡comete tantos crímenes como quieras!, ahora conocemos tu
cabeza, nos divertiremos con sus extravíos, y
te prometo la impunidad.
- ¡Oh!, Noirceuil, ¡cuán injustas son las leyes
humanas! Gode, inocente, gime en un calabozo; Juliette,
culpable de su suerte, cubierta con los dones de la fortuna.
-Todo eso está en orden, hija mía -me respondió
Noirceuil-; el infortunio es el juguete de la prosperidad;
le está sometido por las leyes de la naturaleza; es preciso que
el débil sirva de pasto al fuerte. Echa una mirada
al universo; en todas las leyes que lo rigen encontrarás
ejemplos parecidos: la tiranía y la injusticia,
como únicos principios de todos los desórdenes, deben ser
las primeras leyes de una causa que no actúa
más que mediante desórdenes.
-¡Oh!, amigo mío -digo llena de entusiasmo-, al legitimar
a mis ojos todos los crímenes, al darme, como
haces, los medios para sumergirme en ellos, pones mi alma en un estado
delicioso, en una turbación, en un
delirio, que no podría explicar con palabras. ¿Y no
quieres que te dé las gracias?
-Una vez más, no me debes nada; me gusta el mal, le proporciono
agentes: puedes ver que también aquí
soy egoísta, como en todas las otras ocasiones de mi vida.
- ¡Pero tendré que reconocer de algún modo todo lo
que haces por mí!
-Cometiendo muchas fechorías, y no ocultándome ninguna.
-Ocultártelas ¡nunca!, mi confianza será completa;
serás dueño de mis pensamientos como de mi vida; no
nacerá en mi corazón ningún deseo que no te
comunique, ningún goce que no compartas... Pero, Noirceuil,
tengo que pedirte un favor más: la amiga de aquella de mis
mujeres que me ha traicionado presentándome a
ese Lubin excita poderosamente mi venganza; quiero que la castigues
cuando lleguemos.
-Dame su nombre y su dirección -dice Noirceuil--, mañana
estará en la cárcel para el resto de sus días.
Entramos en la casa.
-Aquí está Juliette --dice Noirceuil presentándome
a su mujer, cuyo aspecto era frío y circunspecto-. Esta
encantadora criatura -prosiguió mi amante- había sido
víctima de la calumnia; es la muchacha más honrada
del mundo, y os ruego, señora, que continúen las
consideraciones que le debéis por más de una
razón.
¡Oh cielos! -me digo, en cuanto, de nuevo en mi voluptuoso
cuarto, miro la feliz situación de que iba a
gozar, la inmensa renta de la que sería dueña-, ¡oh
cielos!, ¡qué vida voy a llevar! Fortuna, suerte, Dios,
agente universal, quienquiera que seas, si es así como tratas a
los que se entregan a los delitos, ¿cómo no
voy a seguir esta carrera? ¡Ah!, está decidido, nunca
seguiré otra. Extravíos divinos que se atreven a llamar
crímenes, en adelante seréis mis únicos dioses,
mis únicos principios y mis leyes; ¡sólo a vosotros
querré en
el mundo! Mis criadas me esperaban para darme un baño.
Pasé en él dos horas, otras tantas para mi arreglo, y
fresca
como una rosa aparecí en la cena del ministro, más
hermosa, según me aseguraron, que el mismo astro del
que me habían privado los infames zorros durante dos
días.
SEGUNDA PARTE
El Sr. de Saint-Fond era un hombre de alrededor de cincuenta
años, ingenioso, con un carácter muy falso,
muy traidor, libertino, feroz, infinitamente orgulloso, que
poseía el arte de robar a Francia hasta el infinito,
y el de distribuir cartas con el sello real de encarcelamiento por el
solo deseo de sus más mínimas pasiones.
Más de veinte mil individuos de todo sexo y de toda edad
gemían, por sus órdenes, en las diferentes fortalezas
reales que ha heredado Francia; y entre estos veinte mil seres -me
decía un día, con mucha gracia- te
juro que no hay uno solo que sea culpable. D'Albert, primer presidente
del parlamento de París, estaba también
en la comida; sólo cuando entrábamos me previno
Noirceuil.
-Debes las mismas consideraciones -me dice- a ese personaje que al
otro; hace doce horas era dueño de
tu vida, sirves de compensación a los miramientos que tuvo
contigo; ¿podía pagarle mejor?
Cuatro muchachas encantadoras componían, junto con Mme. de
Noirceuil y conmigo, el serrallo ofrecido
a estos señores. Estas criaturas, vírgenes
todavía, eran de la casa de la Duvergier. La más joven se
llamaba
Eglée, rubia, de trece años y con un rostro encantador.
Seguía Lolotte, era el vivo retrato de Flora; nunca se
vio tanta frescura; apenas tenía quince años. Henriette
tenía dieciséis, y reunía por sí sola
más atractivos de
los que los poetas cantaron a las tres Gracias. Lindane tenía
diecisiete años; digna de ser pintada, ojos con
una singular expresión, y el cuerpo más hermoso que sea
posible ver.
Seis jóvenes, de quince años, nos servían desnudos
y peinados como mujeres: cada uno de los libertinos
que asistía a la comida tenía, como veis por este
arreglo, cuatro objetos de lujuria a sus órdenes: dos mujeres
y dos muchachos. Como ninguno de estos individuos estaba todavía
en el salón cuando yo aparecí, d
Albert y Saint-Fond, después de haberme besado, mimado y alabado
durante un cuarto de hora, me felicitaron
por mi aventura.
-Es una encantadora pequeña criminal -dice Noirceuil- y que, por
la sumisión más ciega a las pasiones de
sus jueces, viene a agradecerles la vida que les debe.
-Me habría molestado quitársela --dice d'Albert-: por
algo lleva Thémis una venda; y estaréis de acuerdo
en que cuando se trata de juzgar a bonitos seres como estos, debemos
tenerla siempre delante de los ojos.
-Le prometo la más absoluta impunidad para su vida -dice
Saint-Fond-; puede hacer absolutamente todo
lo que quiera, le juro que la protegeré en todos sus
extravíos y que la vengaré, si lo exige la
ocasión, de
todos aquellos que quieran turbar sus placeres, por muy criminales que
puedan ser.
-Le prometo otro tanto -dice d Albert-; le prometo además para
mañana una carta del canciller que la
pondrá al abrigo de todas las persecuciones que, por cualquier
tribunal, pudiesen intentarse contra ella en
todo el territorio de Francia. Pero, Saint-Fond, yo exijo algo
más; todo lo que estamos haciendo es absolver
el crimen, pero hay que estimularlo: por consiguiente, te pido para
ella una pensión de dos mil hasta veinticinco
mil francos, en razón del crimen que cometa.
-Juliette -dice Noirceuil- creo que hay aquí poderosos motivos
para que des a tus pasiones toda la amplitud
que pueden tener, y para que no nos ocultes ninguno de tus
extravíos. Pero hay que convenir señores -
prosiguió mi amante sin darme tiempo a responder que
hacéis un uso maravilloso de la autoridad que os
han confiado las leyes y el monarca.
-El mejor posible respondió Saint-Fond-; nunca se actúa
mejor que cuando se está trabajando para uno
mismo; nos han concedido esta autoridad para que hagamos felices a los
hombres: ¿acaso no la utilizamos
haciendo la nuestra y la de esta amable niña?
-Al investirnos con esta autoridad -dice d'Albertno nos han dicho:
haréis la felicidad de tal o cual individuo,
abstracción hecha de tal o cual otro; simplemente nos han dicho:
los poderes que os transmitimos
son para que hagáis la felicidad de los hombres; ahora bien, es
imposible hacer a todo el mundo igualmente feliz; por consiguiente,
desde el momento que hay entre nosotros algunos contentos, nuestro fin
está cumplido.
-Pero --dice Noirceuil, que sólo discutía para hacer
brillar mejor a sus amigos- sin embargo, vos trabajáis
en la desgracia general al salvar a la culpable y al perder al
inocente.
-Eso es lo que yo niego --dice Saint-Fond-; el vicio hace mucho
más feliz que la virtud: por lo tanto sirvo
mucho mejor a la felicidad general protegiendo el vicio que
recompensando la virtud.
-¡Estos son sistemas propios de pícaros como vos! --dice
Noirceuil.
-Amigo mío --dice d'Albert-, ya que también hacen vuestra
alegría, no os quejéis.
-Tenéis razón -dice Noirceuil-, además, me parece
que deberíamos actuar más en vez de charlar.
¿Deseáis
tener a Juliette sola un momento, antes de que lleguen?
-No, yo no -dice d'Albert-, no tengo ningún interés en
los téte-à-téte, soy muy torpe... La gran
necesidad
que tengo de ser ayudado en estas cosas hace que me guste tanto
aguardar hasta que todo el mundo esté
aquí. -No pienso así -dice Saint-Fond- y voy a pasar un
rato con Juliette al fondo de este cuarto.
Apenas estuvimos allí, Saint-Fond me anima a que me desnude.
Mientras obedezco:
-Me han asegurado -me dice-, que tendréis una ciega complacencia
para mis fantasías, repugnan un poco,
lo sé, pero cuento con vuestra aceptación. Sabéis
lo que he hecho por vos, haré todavía más: sois
malvada,
vengativa; pues bien -prosiguió mientras me entregaba seis
cartas de encarcelamiento en blanco, que sólo
había que llenar-para, hacer perder la libertad a quien bien me
pareciese- esto es para que os divirtáis; además,
tomad este diamante de mil luises, para pagaros el placer que tengo en
conoceros esta noche... Tomad,
tomad, todo esto no me cuesta nada: es dinero del Estado.
-En verdad, monseñor, estoy confundida con tantas bondades.
- ¡Oh!, no me detendré en esto; quiero que vengáis
a verme a mi casa; necesito una mujer que, como vos,
sea capaz de todo; quiero encargaron la partida de los venenos.
-¿Qué, monseñor, vos servís semejantes
cosas?
-Es preciso, ¡hay tanta gente de la que estamos obligados a
deshacernos!... ¿no sentiréis escrúpulos, espero?
- ¡Ah!, ¡ni el más mínimo, monseñor!,
os juro que no hay en el mundo un crimen capaz de aterrorizarme,
y no hay ni uno sólo que no cometa con placer.
-¡Ah!, besadme, ¡sois encantadora! -dice Saint-Fond-,
¡y bien!, en medio de lo que me prometéis aquí,
renuevo mi juramento de conseguiros la más completa impunidad.
Haced por vuestra cuenta lo que mejor
os parezca: os aseguro que os sacaré de todas las malas
aventuras que pudiesen sucederos. Pero tenéis que
demostrarme enseguida que sois capaz de realizar el trabajo al que os
destino. Tomad -me dice entregándome
una cajita-, sentaré cerca de vos a la muchacha que me apetezca
para que caiga en la prueba; acariciadla
bien: el fingimiento es el manto del crimen; engañadla lo
más hábilmente posible y echad este polvo,
en los postres, en uno de los vasos de vino que se le servirán:
el efecto no será largo; en eso reconoceré si
sois digna de mí; y, en tal caso, vuestro puesto os espera.
-¡Oh!, monseñor -respondí con calor-, estoy a
vuestra disposición; dadme, dadme, y veréis cómo
me
comportaré.
-¡Encantadora!..., ¡encantadora!... Ahora,
divirtámonos, señorita, vuestro libertinaje me excita...
Sin embargo,
antes de nada, permitidme que os ponga al corriente de una
fórmula de la que es esencial que no os
alejéis: os prevengo de que nunca tenéis que apartaros
del profundo respeto que yo exijo y que se me debe
por más de una razón; en esto soy un orgulloso
implacable. Nunca me oiréis tutearos; imitadme, sobre todo,
no me llaméis nunca más que monseñor; hablad en
tercera persona siempre que podáis, y estad siempre
delante de mí en actitud respetuosa. Independientemente del
puesto eminente que ocupo, mi nacimiento es
de los más ilustres, mi fortuna enorme, y mi crédito
superior al del mismo rey. Es imposible no ser muy
vanidoso cuando se está en tal situación: el hombre
poderoso que, por una falsa popularidad, consiente en
dejar que se le acerquen, se humilla y rebaja enseguida. La naturaleza
ha colocado a los grandes en la tierra
como a los astros en el firmamento; deben iluminar el mundo y nunca
descender a él. Mi orgullo es tal que querría que me
sirviesen sólo de rodillas, hablar siempre a esa vil canalla que
se llama pueblo mediante un
intérprete, y detesto todo lo que no está a mi altura.
-En este caso -digo- monseñor debe odiar a mucha gente, porque
hay muy pocos seres aquí abajo que
puedan igualarse a él.
-Muy pocos, tenéis razón señorita; también
aborrezco al mundo entero, excepto los dos amigos que veis
ahí, y algunos otros: odio soberanamente a todos los
demás.
-Pero monseñor -me tomé la libertad de decir a este
déspota-, ¿acaso los caprichos del libertinaje a los
que os entregáis no os quitan un poco de esa altura en la que me
parece que siempre desearíais estar?
-No -dice Saint-Fond- todo eso se alía, y para cabezas
dispuestas como las nuestras, la humillación de
ciertos actos de libertinaje sirve de alimento al orgullo (1).
(1) Eso es fácil de comprender: se hace lo que nadie hace; por
lo tanto, se es único en su género. Ese es el
pasto del orgullo.
Y como yo estaba desnuda:
-¡Ah!, ¡qué hermoso culo, Juliette! -me dice el
disoluto mirándolo-, me habían dicho que era soberbio,
pero supera su fama; inclinaos para que sumerja mi lengua... ¡Ah,
Dios!, está de una limpieza que me desespera:
¿no os ha dicho Noirceuil en qué estado quería
encontrar este culo?
-No, señor.
-Lo quería enmierdado... lo quería sucio... es de una
frescura que me desespera. Vamos, arreglemos esto
con otra cosa. Tomad, Juliette, aquí está el
mío... está en el estado en que quería el vuestro:
encontraréis
mierda en él... Poneos de rodillas delante de él,
adoradlo, felicitaos por el honor que os concedo al permitiros
que ofrezcáis a mi culo el homenaje que querría rendirle
toda la tierra... ¡Cuán felices serían otros seres
por estar en vuestro lugar! Si los dioses descendiesen hasta nosotros,
ellos mismos desearían gozar de este
favor. Chupad, introducid vuestra lengua; nada de repugnancia, hija
mía.
Y fuesen las que fuesen las que yo sintiese, las vencí; mi
interés hacía de eso una ley. Hice todo lo que
deseaba el libertino: le chupé los huevos, me dejé
abofetear, pero en la boca, cagar en el pecho, escupir y
mear en el rostro, dar tirones a mis pezones, dar patadas en el culo,
bofetones, y, al final, joder en el culo,
donde no hizo más que excitarse, para descargarme después
en la boca, con la orden de tragar su esperma.
Hice todo; la más ciega docilidad coronó todas sus
fantasías. ¡Divinos efectos de la riqueza y el
crédito,
todas las virtudes, todas las voluntades, todas las repugnancias se
quebrarán ante vuestros deseos, y la esperanza
de ser acogidos por vosotros, someterá a vuestros pies a todos
los seres y todas las facultades de esos
seres! La descarga de Saint-Fond era brillante, decidida, violenta;
entonces pronunciaba en voz alta las
blasfemias más fuertes y más impetuosas; su
pérdida era considerable, su esperma ardiente, espeso y sabroso,
su éxtasis elevado, sus convulsiones violentas y su delirio muy
pronunciado. Su cuerpo era hermoso,
muy blanco, el culo más hermoso del mundo, sus huevos muy
gordos, y su pene musculoso podía tener
siete pulgadas de largo, por seis de grueso; estaba rematado con una
cabeza de dos pulgadas al menos, mucho
más gorda que la mitad del pene, y casi siempre desmochada. Era
alto, bien construido, la nariz
aquilina, gruesas cejas, hermosos ojos negros, bonitos dientes y el
aliento muy puro. Cuando acabó, me
preguntó si no era verdad que su semen era excelente...
-Pura crema, monseñor, ¡pura crema! -respondí-, es
imposible tragar uno mejor.
-Alguna vez os concederé el honor de comerlo -me dice-, y
también tragaréis mi mierda, cuando esté contento
de vos. Vamos, poneos de rodillas, besad mis pies, y agradecedme todos
los favores que he querido
dejaros recoger hoy.
Obedezco, y Saint-Fond me besó jurando que estaba encantado
conmigo. Un bidet y algunos perfumes
hicieron desaparecer todas las manchas con que estaba mancillada.
Salimos; cuando atravesábamos los
apartamentos que nos separaban del salón de la reunión,
Saint-Fond me recuerda la caja.
- ¡Y qué! -ligo-, una vez disipada la ilusión,
¿os ocupa todavía el crimen?
-¡Cómo! -me dice este hombre terrible-, ¿acaso has
tomado mi propuesta por una efervescencia de la cabeza? -Así lo
había creído.
-Te engañas; son cosas necesarias cuyo proyecto excita mis
pasiones, pero que, aunque concebidas en el
momento de un delirio, no deben dejar de ser ejecutadas en la calma.
-Pero ¿vuestros amigos lo saben? -¿Acaso lo dudas?
-Habrá una escena.
-En absoluto, estamos acostumbrados a eso. ¡Ah!, si todos los
rosales del jardín de Noirceuil dijesen a
qué sustancias deben su belleza... Juliette... Juliette
¡no hay bastantes verdugos para nosotros!
-Estad tranquilo, monseñor, os he dado mi juramento de
obediencia, y lo mantendré.
Volvimos. Nos esperaban; las mujeres habían llegado. En cuanto
aparecimos, d'Albert mostró el deseo
de pasar al dormitorio con Mme. de Noirceuil, Henriette, Lindane y dos
muchachos, y sólo cuando después
vi actuar a d'Albert, me di cuenta de sus gustos. Me quedé sola
con Lolotte, Eglée, cuatro muchachos, el
ministro y Noirceuil; nos entregamos a algunas escenas lujuriosas;, las
dos muchachitas, con medios más o
menos parecidos a los que había utilizado yo, intentaron volver
a excitar a Saint-Fond; lo lograron; Noirceuil,
espectador, se hacía joder mientras me besaba las nalgas.
Saint-Fond acarició mucho a los jóvenes y
tuvo unos minutos de conversación secreta con Noirceuil; ambos
reaparecieron muy excitados, y, habiéndose
unido a nosotros el resto de la gente, nos sentamos a la mesa.
Juzgad, amigos míos, mi sorpresa cuando, recordando la orden
secreta que me habían dado, veo que con
la mayor afectación colocan a Mme. de Noirceuil junto a
mí.
-Monseñor -digo en voz baja a Saint-Fond, que se sentaba al otro
lado-... ¡Oh!, monseñor, así pues, ¿es
esa la víctima elegida?
-Con toda seguridad -me dice el ministro-, reponeos de esa
turbación; os rebaja ante mí; una semejante
pusilanimidad más y perdéis mi estima para siempre.
Me senté; la comida fue tan deliciosa como libertina; las
mujeres, arregladas apenas, exponían a los manoseos
de estos disolutos todos los encantos que les habían distribuido
las Gracias. Uno tocaba un pecho
apenas abierto, el otro manoseaba un culo más blanco que el
alabastro; solamente ` nuestros coños eran
poco festejados: no es con tales gentes con quienes hacen fortuna
atractivos semejantes; convencidos de que
es preciso ultrajar con frecuencia a la naturaleza para reconquistarla,
sólo ofrecen el incienso a aquellas
partes cuyo culto se dice que está prohibido por ella. Los vinos
más exquisitos, los platos más suculentos
calientan las cabezas, y Saint-Fond agarra a Mme. de Noirceuil; el
criminal se excitaba con el atroz crimen
que su pérfida imaginación maquinaba contra esta
infortunada; la lleva a un canapé, en una punta del
salón,
y la sodomiza mientras me ordena que vaya a cagarle en la boca; cuatro
jóvenes muchachos se colocan de
manera que excita a cada uno con una mano, mientras un tercero
encoña a Mme. de Noirceuil, y un cuarto,
situado más alto que yo, me hace chupar su pene; un quinto da
por el culo a Saint-Fond.
-¡Ah!, ¡santo cielo! -exclama Noirceuil-, ¡este grupo
es encantador! No conozco nada tan bonito como ver
joder así a la mujer de uno; no la tratéis con
miramientos, Saint-Fond, os lo ruego.
Y colocando las nalgas de Eglée a la altura de su boca, hace
cagar en ella a esta pequeña, mientras que él
sodomiza a Lindane y el sexto muchacho lo da por el cu lo a él.
D'Albert, uniéndose al cuadro, viene a
completar la partida izquierda; sodomiza a Henriette, besando el culo
del muchacho que fornica al ministro,
y manosea, a derecha e izquierda, todo lo que sus manos pueden
alcanzar.
¡Ah!, ¡cuán necesario hubiese sido aquí un
grabador para transmitir a la posteridad este voluptuoso y divino
cuadro! Pero la lujuria, al coronar demasiado pronto a nuestros
actores, quizás no hubiese dado al artista
el tiempo necesario para captarlos. No es fácil para el arte,
que no tiene movimiento, plasmar una acción
cuyo movimiento afecta a toda el alma; y esto es lo que hace del
grabado a la vez el arte más difícil y
más ingrato.
Volvimos a sentarnos a la mesa.
-Mañana --dice el ministro- tengo que expedir una carta de
procesamiento contra un hombre culpable de
un extravío bastante singular. Es un libertino que, como vos,
Noirceuil, tiene la manía de hacer fornicar a
su mujer por un extraño; esta esposa, que sin duda os
parecerá muy extraordinaria, ha hecho la tontería de
quejarse de una fantasía que haría la felicidad dé
muchas otras. Las familias se han mezclado en todo esto
y, definitivamente, quieren que haga encerrar al marido.
-Ese castigo es demasiado duro -dice Noirceuil. -Y yo lo encuentro
demasiado suave -dice d'Albert-; hay
un montón de países donde harían perecer a un
hombre como ese.
- ¡Oh!, ¡así es como son ustedes, los señores
golillas! -dice Noirceuil : felices cuando corre la sangre. Las
horcas de Thémis son vuestra casa; os excitáis
pronunciando una sentencia de muerte, y a menudo descargáis
cuando la hacéis ejecutar.
-Sí, eso me ha sucedido algunas veces -dice d'Albert-,
¿pero qué inconveniente hay en hacerse un placer
de los deberes?
-Ninguno, sin duda -dice Saint-Fond-, pero volviendo a la historia de
nuestro hombre, estaréis de acuerdo
con que hay mujeres muy ridículas en el mundo.
-Es que -dice Noirceuil- hay un montón que creen haber cumplido
sus deberes hacia el marido, cuando
han respetado su honor, y que les hacen comprar esta virtud tan
mediocre por la acritud y la devoción, y
sobre todo por negaciones constantes a todo lo que se aleje de los
placeres permitidos. Constantemente a
caballo sobre su virtud, las putas de esta calaña se imaginan
que nunca las respetan demasiado, y que, de
acuerdo con esto, hay que permitirles la gazmoñería
más ofensiva sin ningún reproche. ¿Quién no
preferiría
a una mujer tan zorra como os la queráis imaginar, pero que
disimulase sus vicios con una complacencia
sin límites, con una sumisión completa a todas las
fantasías de su marido? ¡Y!, ¡jodan, señoras,
jodan todo
lo que les plazca! Para nosotros es la cosa más indiferente del
mundo; pero atended nuestros deseos, satisfacedlos
sin ningún escrúpulo; transformaos para complacernos,
desempeñad ambos sexos a la vez, convertíos
en niñas incluso, a fin de dar a vuestros esposos el extremo
placer de azotaros, y estad seguras de que
con tales extravíos, cerrarán los ojos a todo lo
demás. Para mí, estos son los únicos
procedimientos que
pueden mitigar el horror del lazo conyugal, el más terrible, el
más detestable de todos aquéllos con los que
los hombres hicieron la locura de atarse.
- ¡Ah!, Noirceuil, ¡no sois galante! -dice Saint-Fond,
apretando un poco más fuerte los pezones de la mujer
de su amigo-, ¿olvidáis que vuestra esposa está
aquí?
-No por mucho tiempo, espero -respondió malvadamente Noirceuil.
-¿Cómo así? -dice d'Albert lanzando sobre la pobre
una mirada tan falsa como hipócrita.
-Vamos a separarnos.
-¡Qué crueldad! -dice Saint-Fond, al que inflamaban
extraordinariamente todas estas maldades, y quien,
excitando a un muchacho con su mano derecha, continuaba apretando con
la izquierda los bonitos pezones
de Mme. de Noirceuil-... ¡Qué!, ¿váis a
romper vuestros lazos... vínculos tan dulces?
-¿Pero no hace poco tiempo que duran?
-Pues bien --dice Saint-Fond, constantemente manoseando y vejando-, si
abandonas a tu mujer, yo la tomo;
yo siempre he amado en ella ese aire de dulzura y de humanidad...
¡Besadme, bribona!
Y como estaba cubierta de lágrimas, a causa del daño que,
desde hacía un cuarto de hora, le causaba
Saint-Fond, el libertino devora sus lágrimas limpiándolas
con su lengua; después, prosiguiendo:
-Ciertamente, Noirceuil, separarse de una mujer tan bella (y la
mordía), tan sensible (y la pellizcaba)... os
lo aseguro, amigo mío, es un crimen...
-¿Un crimen? --dice d'Albert-... sí, efectivamente, creo
que Noirceuil va a romper sus lazos con un crimen.
-¡Oh, qué horror! --dice Saint-Fond, el cual, habiendo
hecho que la desgraciada esposa se levantase,
empezó a tratarle cruelmente el trasero mientras le hacía
empuñar el pene-; mirad, amigos míos, creo
que tengo que sodomizarla una vez más para hacerle olvidar su
pena.
-Sí dice d'Albert, acercándose a tomarla por delante-, y
yo voy a encoñarla entretanto. Pongámosla en
seguida entre los dos; me gusta increíblemente esta manera de
joder su parte próxima.
-¿Y entonces qué haré yo? -dice Noirceuil. -Vos
sujetaréis la vela y maquinaréis --dice el ministro.
-Quiero emplear mejor mi tiempo --dice el bárbaro esposo-, no
ocupéis la cabeza de mi dulce compañera;
quiero-gozar con su rostro lleno de lágrimas, abofetearla de vez
en cuando, mientras que doy por el culo a
Eglée, y dos muchachos se turnan en mi culo, depilaré los
coños de Henriette y de Lolotte, y Lindane y
Juliette fornicarán ante nuestros ojos, una con el culo, otra
con el coño, con los jóvenes que quedan.
La sesión fue tan larga como rebuscados habían sido los
cuadros; los tres libertinos descargaron y la pobre
Noirceuil no salió de sus manos más que llena de golpes.
D "Albert, al perder su semen, le había mordido
una teta con tal fuerza que estaba cubierta de sangre. Imitando a mis
amos y fornicada perfectamente
por los dos jóvenes, confieso que descargué
increíblemente igual que ellos; roja, desmelenada como una
bacante, les parecí deliciosa cuando salí de eso; sobre
todo Saint-Fond no dejaba de colmarme de caricias.
-¡Cuán bien está así! -decía-,
¡cómo la embellece el crimen!
Y me chupaba indistintamente todas las partes del cuerpo.
Seguimos bebiendo, pero sin volvernos a sentar en la mesa; esta forma
es infinitamente más agradable, y
uno se embriaga mucho más pronto si la utiliza. Las cabezas
ardían de tal forma que hacían temblar a las
mujeres. Vi perfectamente que echaban sobre ellas miradas fulminantes y
que sólo les dirigían palabras
llenas de amenazas y de invectivas., Sin embargo, dos cosas se
veían claramente: que yo no estaba incluida
de ninguna manera en la conjuración y que ésta se
dirigía casi exclusivamente a Mme. de Noirceuil; por
otra parte, lo que yo sabía contribuía a tranquilizarme.
Pasando alternativamente de las manos de Saint-Fond a las de su marido,
y de las de éste a las de d'Albert,
la infortunada Noirceuil estaba ya muy maltratada: sus tetas, sus
brazos, sus muslos, sus nalgas, y en
general todas las partes carnosas de su cuerpo, empezaban a tener las
marcas sensibles de la ferocidad de
estos criminales, cuando Saint-Fond, que estaba muy excitado, la
cogió, y, después de aplicarle previamente
doce golpes en el trasero y seis bofetadas de igual fuerza, la puso
recta en medio del comedor, a una gran
distancia, con los pies sujetos al suelo y las manos atadas al techo.
En cuanto estuvo en esta, postura, le
pusieron doce velas encendidas entre las piernas, de tal forma que las
llamas, penetrando por una parte en
el interior de la vagina y por las paredes del ano, y por otra
calcinando el monte y las nalgas, destacasen
vivamente los músculos del bonito rostro de esta mujer y los
llevasen a las voluptuosas angustias del dolor.
Saint-Fond, armado con otra vela, la miraba atentamente durante esta
crisis, haciéndose chupar el pito por
Lindane y el agujero del culo por Lolotte; cerca de allí,
Noirceuil, haciéndose joder mientras mordía las
nalgas de Henriette, anunciaba a su mujer que iba a dejarla morir
así, mientras que d Albert, sodomizando a
un muchacho y manoseando el culo de Eglée, animaba a Noirceuil a
que tratase todavía peor a esta desgraciada
compañera de su suerte. Encargada de servir y cuidar de todo, me
di cuenta de que las puntas de las
velas eran demasiado cortas para hacer sentir a la víctima el
grado de dolor que se deseaba de ella; levanté
las llamas sobre un taburete; los gritos de la Noirceuil, que se
hicieron insoportables, me valieron los mayores
aplausos de parte de sus verdugos. Fue entonces cuando Saint-Fond, con
la cabeza extraviada, se permitió
una atrocidad; el criminal, con una vela que mantenía bajo la
nariz de la paciente, le quemó las pestañas
y casi el ojo entero; d Albert, apoderándose igualmente de una
vela, le calcinó la punta de una teta, y su
marido le quemó el pelo.
Singularmente calentada con este espectáculo, yo animaba a los
autores y los llevaba a cambiar de suplicio.
Siguiendo mi consejo, la frotan con alcohol y la prenden fuego; por un
momento parecía no formar
más que una llama, y, cuando la materia se apagó, su
epidermis, totalmente quemada, le hacía horrible a la
mirada. No es posible imaginarse las alabanzas que me valió esta
cruel idea. Saint-Fond, a quien calienta
increíblemente este acto criminal, deja la boca de Lindane para
venir a darme por el culo, seguido por Lolotte
que, por orden suya, no deja de acariciarle el culo.
-¿Qué la haremos ahora? -me dice Saint-Fond, devorando mi
boca a besos e introduciéndome su pene
hasta las entrañas-; inventa, Juliette, inventa algo; tu cabeza
es deliciosa, todo lo que propones es divino.
-Todavía hay que hacerle sentir mil tormentos -respondí-
y cada uno más excitante que el otro.
E iba a proponer algunos, cuando Noirceuil, acercándose a
nosotros, dice a Saint-Fond que tenía que
hacerle tragar en seguida la dosis con que yo estaba provista, antes de
quitarle las fuerzas necesarias para que nos diese los medios de juzgar
y gozar los efectos de este veneno. Consultamos a d'Albert y
está de
acuerdo con esta opinión; desatamos a la dama y me la entregan.
-Querida infortunada -le digo después de haber mezclado el polvo
en un vaso de vino de Alicante-, tragad
esto para reponeros y veréis cómo este brebaje
reconfortará vuestros ánimos.
Nuestra imbécil traga con docilidad, y tan pronto como lo ha
hecho, Noirceuil, que no había dejado de
sodomizarme mientras yo actuaba, celoso de no perder ninguna de las
contorsiones de esta agonía, me deja
para acercarse a observar más de cerca a la víctima.
-Vais a morir -le dice-, ¿estáis dispuesta?
-La señora es demasiado razonable -prosiguió d Albert-
para no darse cuenta de que cuando una mujer ha
perdido la consideración y la ternura de su esposo, que
está disgustado y cansado de ella, lo más sencillo es
desaparecer.
-¡Oh, sí!, la muerte... ¡la muerte! -exclamó
esta infortunada-, ¡es la última gracia que pido!...
¡En nombre
del cielo, no me la hagáis esperar!
-La muerte que deseas, infame bribona, está en tus
entrañas -le dice Noirceuil, haciéndose excitar el pene
ante los ojos de su triste esposa por uno de los jóvenes-, la
has recibido de manos de Juliette; era
tal su afecto por ti que nos ha disputado la felicidad de envenenarte.
Y Saint-Fond, ebrio de lubricidad, no sabiendo ya lo que hacía,
sodomizaba a d'Albert, el cual, prestándose
con complacencia a los sodomitas ataques de su amigo, devolvía a
un hermoso joven todo lo que recibía
del ministro, cuyo ano acariciaba yo.
-Un poco de orden en todo esto -dice Noirceuil, que empezaba a darse
cuenta, por las contorsiones de su
mujer, que era bueno no perderla de vista.
Hace poner una alfombra en medio de la habitación, sobre la que
se tiende a la víctima, y formamos un
círculo alrededor de ella. Saint-Fond me da por el culo mientras
acaricia a un muchacho con cada mano. D'
Albert es chupado por Henriette, él chupa un pene
acariciándolo con la mano derecha y con la izquierda
trabaja el culo de Lindane; Noirceuil da por el culo a Eglée, se
le fornica, él chupa un pene, y hace
joder a Lolotte sobre sus piernas por el sexto muchacho. Empiezan las
crisis; son horribles, no es posible
hacerse idea de los efectos de este veneno; la pobre mujer se
retorcía algunas veces hasta el punto de formar
tan sólo una bola; nada igualaba sus crispaciones, sus alaridos
se hacían cada vez más espantosos; pero
habíamos tomado nuestras precauciones para no oír nada.
- ¡Oh, cuán delicioso es! -decía Saint-Fond,
trabajando mi culo-; no sé lo que daría por sodomizarla
en
ese estado.
-No hay nada más fácil -dice Noirceuil-,
inténtalo, nosotros te la sujetamos.
La paciente, fuertemente agarrada por los jóvenes, presenta, a
pesar de sus esfuerzos, el culo deseado por
Saint-Fond; el criminal se introduce en él.
- ¡Oh, joder! -exclama-, no puedo aguantarlo.
D Albert lo sustituye, Noirceuil a continuación; pero en cuanto
su desgraciad_ a esposa lo siente encima
de ella, sus esfuerzos se hacen terribles, y escapa a los que la
sujetan y se lanza con furia sobre su verdugo;
Noirceuil aterrado se pone a salvo, y el círculo vuelve a
formarse. -Dejémosla, dejémosla -dice Saint-Fond,
que acababa de volver a entrar en mi culo-; no hay que acercarse a una
bestia venenosa cuando siente los
estertores de la muerte.
Sin embargo, Noirceuil, picado, quiere vengarse del insulto; maquina
nuevos suplicios, a los que Saint-
Fond se opone, asegurando a su amigo que todo lo que podría
hacer ahora a su víctima sólo serviría para
turbar el examen de los efectos del veneno que se proponía
hacer.
¡Y señores! -exclamé-, nada de eso es lo que
necesita la señora: en este momento precisa un confesor. -
Que se vaya al infierno esa puta dice Noirceuil, chupado por Lolotte en
ese momento-; sí, sí, ¡que se vaya
al infierno!... Si alguna vez he deseado un infierno, era con la
esperanza de saber que su alma estaría en él,
y de llevar hasta mi último suspiro la deliciosa idea de que no
habrían acabado los más vivos dolores para
ella. Esta imprecación pareció decidir el último
estertor; Mme. de Noirceuil entregó el alma, y nuestros tres
pícaros descargaron mientras blasfemaban como criminales.
-Esta es una de las mejores acciones que hayamos hecho en nuestra vida
-dice Saint-Fond, apretando su pene para exprimir hasta la
última gota de semen-; hacía mucho tiempo que deseaba el
fin de esta aburrida
tipa; estaba más cansado de ella que su marido.
-A fe mía -dice d'Albert-, os la habíais fornicado por lo
menos tanto como él.
-¡Oh!, mucho más -dice mi amante.
-Sea lo que sea -dice Saint-Fond a Noirceuil-, mi hija es vuestra
ahora; sabéis que os la he prometido como
recompensa de esta prueba. Estoy encantado con es te veneno, y es una
pena que no podamos gozar así
del espectáculo de la muerte de todos aquellos a los que hacemos
perecer de esta manera... Vamos, amigo
mío, os lo repito, mi hija es vuestra, ¡que el cielo
bendiga una aventura en la que gano un yerno muy querido
y la certeza de no haber sido engañado por la mujer que me
proporciona estos venenos!
Aquí Noirceuil pareció hacer una pregunta en voz baja a
Saint-Fond, que le respondió afirmativamente.
Y el ministro, dirigiéndome la palabra a continuación:
-Juliette -me dice-, vendréis a verme mañana y os
explicaré lo que no he hecho más que aflorar hoy. Al
volverse a casar Noirceuil, no puede teneros ya en su casa; pero los
efectos de mi crédito, los favores que
voy a derramar sobre vos, el dinero con que os cubriré, os
compensarán muy ampliamente de lo que os
ofrecía mi amigo. Estoy muy contento de vos; vuestra
imaginación es brillante, vuestra flema en el crimen
completa, vuestro culo soberbio, os creo feroz y libertina: esas son
las virtudes que necesito.
Monseñor -respondí-, acepto con gratitud todo lo que os
place ofrecerme, pero no puedo ocultaros que
amo a Noirceuil; no me separaré de él sin pena.
-No dejaremos de vernos, niña mía -me respondió el
amigo de Saint-Fond : yerno del ministro e íntimo
amigo suyo, pasaremos la vida juntos.
-Sea -respondí-, con esas condiciones acepto todo. Los
jóvenes y las muchachas, a quienes se hizo entrever
una muerte segura en el caso de la menor indiscreción, juraron
un silencio eterno; Mme. de Noirceuil
fue enterrada en el jardín, y nos separamos.
Una circunstancia imprevista retrasó el matrimonio de Noirceuil,
así como los proyectos del ministro.
Tampoco me fue posible volver a verlo al día siguiente: el rey,
especialmente contento de Saint-Fond, acababa
de darle una prueba segura de confianza encargándole un viaje
secreto por el que se vio obligado a
partir al momento, y a la vuelta del cual obtuvo una banda azul y cien
mil escudos de pensión.
-¡Oh! -me decía mientras me informaba de estos favores-,
¡cuán verdad es que la suerte recompensa el
crimen y cuán imbécil sería aquel que, iluminado
con semejantes ejemplos, no recorriese todo el camino de
esta carrera!
No obstante, después de las cartas que Noirceuil obtuvo del
ministro, yo recibí la orden de montarme una
casa espléndida. Habiéndoseme proporcionado el dinero
necesario para la realización de este proyecto, alquilé
rápidamente una magnífica mansión, en la calle de
Faubourg-St-Honoré; compré cuatro caballos, dos
coches encantadores; tomé tres lacayos altos y de porte
majestuoso, y con un rostro encantador, un cocinero,
dos ayudas de cámara, un ama de llaves, una lectora, tres
camareras, un peluquero, dos criadas y dos
cocheros; deliciosos muebles adornaron mi casa; y al volver el
ministro, fui a presentarme en seguida a su
casa. Acababa de cumplir mis diecisiete años y puedo decir que
pocas mujeres había en París tan bonitas
como yo; estaba arreglada como la misma diosa de los amores; era
imposible juntar más arte a más lujo;
cien mil francos no hubiesen pagado los trajes con que había
adornado mis atractivos, y llevaba cien mil
escudos de joyas y diamantes. Todas las puertas se abrieron ante mi
aspecto; el ministro me esperaba solo.
Empecé con las felicitaciones más sinceras por las
gracias que acababa de recibir y le pedí permiso para besar
las pruebas de su nueva dignidad; consintió en ello, con tal de
que lo hiciese de rodillas: conociendo su
altivez, lejos de oponerme a ella, hice lo que deseaba. Es por bajeza
como el cortesano compra el derecho
de ser insolente con los otros.
-Me veis, señora -me dice-, en medio de mi gloria; el rey me ha
colmado, y me atrevo a decir que he merecido
esos dones; nunca estuvo mi crédito más asegurado, y
nunca fue más considerable mi fortuna. Si hago recaer sobre vos
una parte de estos favores, es inútil deciros con qué
condiciones. Después de lo que
hemos hecho juntos, creo poder estar seguro de vos; tenéis mi
mas completa confianza; pero, antes de que
entre en detalles, echad los ojos, señora, sobre esas dos
llaves: ésta es la de los tesoros que van a cubriros, si
soy bien servido por vos; aquélla es la de la Bastilla: una
eterna prisión está preparada para vos, si faltáis
a
la obediencia o a la discreción.
-Entre tales amenazas y una esperanza semejante, no esperaréis
que dude -digo a Saint-Fond-; por lo tanto,
confiaos a vuestra sumisa esclava y estad totalmente seguro de ella.
-Dos cuidados muy importantes serán puestos en vuestras manos,
señora; sentaos y escuchadme.
Y como iba a sentarme en un sillón inadvertidamente, Saint-Fond
me hizo una señal para que me colocase
tan sólo en una silla. Me deshice en excusas, y así es
cómo me habló:
-El puesto que ocupo, y en el que quiero mantenerme durante mucho
tiempo, me obliga a sacrificar un
número infinito de víctimas. Esta es una caja con
diferentes venenos; los utilizaréis de acuerdo con las
órdenes
que recibáis de mí; a los que me perjudican están
reservados los más crueles; los rápidos, para aquellos
cuya existencia me molesta hasta el punto de no querer perder ni un
momento en sacarlos de este mundo;
por último, estos que veis bajo la etiqueta de venenos lentos
serán para aquellos cuya existencia debo
prolongar, por poderosas razones políticas, a fin de alejar de
mí las sospechas. Todas estas expediciones,
según sea el caso, se harán bien en vuestra casa bien en
la mía, algunas veces en provincias o en los países
extranjeros.
Ahora pasemos a la segunda parte de vuestros trabajos: sin duda
ésta será la más penosa para vos, pero al
mismo tiempo la más lucrativa. Dotado de una imaginación
muy ardiente, hastiado desde hace mucho
tiempo de los placeres ordinarios, habiendo recibido de la naturaleza
un temperamento de fuego, gustos
crueles, y de la fortuna todo lo que hace falta para satisfacer estas
furiosas pasiones, haré en vuestra casa,
bien con Noirceuil bien con algunos otros amigos, dos comidas
libertinas a la semana, en las cuales es necesario
que se inmolen al menos tres víctimas. Quitando del año
el tiempo de los viajes, a los que me seguiréis
sin que se trate de tales orgías, veis que esto hace alrededor
de doscientas muchachas, cuya búsqueda
sólo os concierne a vos; pero existen cláusulas
difíciles para la elección de estas víctimas. En
primer lugar,
Juliette, es preciso que la más fea sea al menos tan bella como
vos; nunca tienen que estar por debajo de
nueve años, ni por encima de dieciséis; es preciso que
sean vírgenes, y de la mejor familia, todas con título,
o, al menos, con una gran riqueza...
-¡Oh monseñor!, ¿y las inmolaréis a todas?
-Por supuesto, señora, el asesinato es la más dulce de
mis voluptuosidad es; me gusta la sangre con furor,
es mi pasión más querida; y está en mis principios
que hay que satisfacerlas todas, sea al precio que sea.
-Monseñor -digo, viendo que Saint-Fond esperaba mi respuesta-,
creo que lo que os he hecho ver de mi
carácter os prueba suficientemente que es imposible que os
traicione; mi interés y mis gustos responden de
eso... Sí, monseñor, he recibido de la naturaleza las
mismas pasiones que vos... las mismas fantasías, y
aquel que se presta a todo eso por amor a la cosa misma sirve con toda
seguridad mucho mejor que aquel
que sólo obedeciese por complacencia: el lazo de la amistad, la
semejanza de los gustos, estos son, estad
seguro, los lazos que cautivan con más seguridad a una mujer
como yo.
-¡Oh!, ¡no me habléis de la amistad!
-respondió vivamente el ministro-; ya no tengo más fe en
ese sentimiento
que en el del amor. Todo lo que procede del corazón es falso;
sólo creo en los sentidos, sólo creo en
las costumbres carnales... sólo en el egoísmo, en el
interés... sí, el interés será siempre, de
todos los lazos,
en el que crea más. Por tanto, quiero que el vuestro sea
infinitamente halagado, prodigiosamente acariciado
mediante los arreglos que haré con vos. Si el gusto viene
después a cimentar el interés, que sea en buena
hora; pero al cambiar los gustos con la edad, puede llegar un tiempo en
el que ya no estéis dirigida por
ellos, y nunca se deja de estarlo por el interés. Así
pues, calculemos vuestra pequeña fortuna, señora:
Noirceuil
os entrega diez mil libras de renta, yo os he dado tres, vos
teníais doce: hacen veinticinco; y veinticinco,
cuyo contrato veis aquí, hacen cincuenta; ahora hablemos de las
ganancias.
Fui a echarme a los pies del ministro para darle las gracias por este
nuevo favor; no se opuso en absoluto,
y habiéndome hecho una señal para que me volviese a
sentar: -Podéis imaginaros, Juliette -continuó-, que con
una renta tan pingüe no podríais darme de comer dos veces
a la semana, ni mantener una casa como la que os ordené coger:
así pues, os entrego un millón al año
para esas comidas; pero recordad que deben ser de una magnificencia
increíble; quiero siempre los platos
más exquisitos, los vinos más raros, la carne de caza y
las frutas más extraordinarias; es preciso que la gran
cantidad acompañe a la delicadeza, y, aunque estuviésemos
a solas, no habría suficiente con cincuenta platos.
Las víctimas os serán pagadas a veinticinco mil francos
la pieza, lo que no es demasiado, según las
cualidades que deseo. Tendréis treinta mil francos más de
gratificación por cada víctima ministerial inmolada
por vuestra mano; hay perfectamente unas cincuenta al año: este
artículo se eleva, pues, a quinientos
mil francos, a los que añado veinte mil francos al mes de
sueldo. Por lo que puedo ver, señora, esto os pone
a la cabeza de seis millones setecientos noventa mil francos;
añadiremos doscientas mil libras para vuestros
pequeños placeres, a fin de componeros una suma redonda de siete
millones al año, cincuenta mil francos
de los cuales pasados por acta no se os pueden escapar.
¿Estáis contenta, Juliette?
En este punto me esforcé en ocultar mi alegría, a fin de
servir todavía mejor a la avaricia que me devoraba,
y contesté al ministro que los deberes que me imponía
eran, al menos, tan onerosos como considerables
las sumas que ponía a mi disposición; que en el deseo de
servirle bien, no descuidaría nada, y que veía que
era muy posible que los gastos enormes que me vería obligada a
hacer excederían en mucho las cuentas;
que además...
-No; así es como quiero que se me hable -me dice el ministro-,
me habéis demostrado interés, Juliette, es
lo que quiero, y ahora estoy seguro de estar bien servido; no
escatiméis nada, señora, y recibiréis diez
millones
al año: ninguno de estos suplementos me asusta; sé de
donde cogerlos todos, sin tocar mis rentas.
Sería muy loco el hombre de Estado que no hiciese pagar sus
placeres al Estado; ¿y qué nos importa la
miseria de los pueblos, con tal de que nuestras pasiones estén
satisfechas? Si creyese que el oro podía correr
por sus venas, los haría sangrar a todos uno detrás de
otro para atiborrarme con su sustancia (2).
(2) ¡Helos aquí, hélos aquí, esos monstruos
del antiguo régimen! No os los habíamos prometido guapos,
sino verdaderos: mantenemos la palabra.
-Hombre adorable -exclamé-, vuestros principios me trastornan;
os he mostrado interés, ahora, creed en
el gusto, .y convenceos, os suplico, de que será mil veces
más por idolatría hacia vuestros placeres, que por
otro motivo, por lo que los serviré con tanto celo.
-Lo creo -dice Saint-Fond-, tengo pruebas de ello. ¿Cómo
no ibas a amar mis pasiones? Son las más deliciosas
que puedan nacer en el corazón del hombre. Y el que puede decir:
ningún prejuicio me detiene, los
he vencido todos; éste es, por un lado, el crédito que
legitima todas mis acciones, y, de otro, estas son las
riquezas necesarias para cubrirlas con todos los crímenes;
ése, digo, no lo dudes Juliette, es el más feliz de
todos los seres... ¡Ah!, esto me hace recordar, señora, la
carta de impunidad que os prometió d'Albert la
última vez que comimos juntos: aquí está, pero es
a mí a quien se lo acaba de conceder esta mañana el
canciller,
y no a d'Albert, que, según su costumbre, os había
olvidado por completo.
La manera en que todas mis pasiones se hallaban halagadas, con esta
multitud de acontecimientos felices,
me tenía en una especie de embriaguez... de encanta miento, de
donde resultaba una especie de estupidez
que me quitaba hasta el uso de la palabra. Saint-Fond me sacó de
este aturdimiento atrayéndome hacia él...
-¿Dentro de cuánto tiempo empezaremos, Juliette? -me dice
besando mi boca y pasando una mano por mi
trasero, en el que al momento introdujo un dedo.
Monseñor -le digo-, necesito al menos tres semanas para preparar
todos los diferentes servicios que
Vuestra Grandeza exige de mí.
-Os las concedo, Juliette; hoy es primero de mes: como en vuestra casa
el veintidós.
-Monseñor -proseguí-, al confesarme vuestros gustos, me
habéis dado algún derecho a confiaros los míos.
Vos me habéis reconocido los del crimen, tengo los del robo y la
venganza; satisfaré los primeros con
vos: la carta que acabáis de darme me asegura la impunidad del
robo, dadme ahora los medios para la venganza.
-Seguidme -respondió Saint-Fond. Pasamos al gabinete de un
empleado.
-Señor le dice el ministro-, examinad bien a esta joven; os
ordeno que le firméis y entreguéis todas las
cartas de encarcelamiento que os pida, no importa para qué casa.
Y volviendo a pasar al gabinete en que estábamos: -Ya
está --prosiguió el ministro- un punto arreglado;
la carta que os he dado satisface el otro. Trincad, cortad, desgarrad,
os entrego toda Francia; y cualquiera
que sea el crimen que cometáis, su extensión, su
gravedad, respondo de que nunca os pasará nada. Voy más
lejos, y os concedo, como he dicho, treinta mil francos de
gratificación por cada uno de los crímenes que
cometáis Por cuenta vuestra.
Renuncio a deciros, amigos míos, lo que me hicieron sentir todas
estas promesas, todas estas concesiones.
¡Oh, cielos! -me digo-, con la extraviada imaginación que
he recibido de la naturaleza, héme aquí, por
un lado, bastante rica para satisfacer mis fantasías, del otro,
con bastante fortuna para estar segura de la
impunidad de todas. No, no existen goces interiores parecidos a
éstos; ninguna lubricidad me hace sentir en
el alma un cosquilleo más grande.
-Hay que sellar el trato, señora -me dice entonces el ministro-.
En primer lugar aquí está la gratificación -
continuó, haciéndome el presente de una caja donde
había cinco mil luises en oro, en pedrerías y en
magníficas
joyas-, no olvidéis hacer llevar esto con la caja de los
venenos.
Atrayéndome entonces a un gabinete secreto, donde el fasto
más opulento se unía al gusto más refinado:
-Aquí -me dice Saint-Fond- sólo seréis ya una
puta; fuera de aquí, una de las más grandes damas de
Francia.
-En todas partes, en todas partes, vuestra esclava, monseñor; en
todas partes vuestra admiradora y el alma
de vuestros más delicados placeres.
Me desvestí. Saint-Fond, ebrio de placer al tener por fin una
excelente cómplice, hizo horrores. Os he dicho
sus gustos, los refinó todos: si me elevaba saliendo de su casa,
me rebajaba cruelmente en su interior;
en voluptuosidad, era el hombre más sucio... más
déspota... más cruel. Me hizo adorar su pene, su culo;
cagó, tuve que hacer un dios de su mismo excremento, pero, por
una manía muy extraordinaria, me hizo
mancillar aquello de donde obtenía sus más poderosos
motivos de orgullo: exigió que cagase sobre su Espíritu
Santo y me envolvió el culo con su banda azul.
Ante la sorpresa que yo demostré ante esta acción:
-Juliette -me respondió-, quiero mostrarte con esto que todos
estos trapos, que están hechos para emocionar
a los tontos, no se imponen de ninguna manera al filósofo.
-¿Y acabáis de hacérmelo besar?
-Eso es verdad; pero de la misma forma que estos juguetes motivan mi
orgullo, igualmente lo pongo en
profanarlos: estas son rarezas que no son conocidas más que de
libertinos como yo.
Saint-Fond me excitaba extraordinariamente; descargué en sus
brazos: con una imaginación como la mía,
no se trata de lo que repugna, sólo es cuestión de lo que
es irregular, y todo es bueno cuando es excesivo.
Adiviné el gran deseo que él tenía de hacerme
comer su mierda: lo previne; le pedí permiso para hacerlo,
él
estaba en las nubes; devoró la mía, uniendo al episodio
excitarme el culo a cada bocado. Me enseñó el retrato
de su hija: apenas tenía catorce años, y se
parecía al mismo Amor. Le rogué que la uniese a nosotros.
-No está aquí -me dice-, no os habría dejado que
os formaseis el deseo si hubiese estado.
-Así pues le digo-, ¿no habéis gozado de ella
antes de dársela a Noirceuil?
-Por supuesto -me respondió--, me habría disgustado haber
dejado a otros tan deliciosas primicias.
-¿Y ya no la amáis?
-No amo nada, Juliette: nosotros los libertinos, no amamos nada. Esta
niña me ha hecho excitarme mucho;
ya no me excita, porque he hecho demasiadas cosas con ella; se la doy a
Noirceuil, a quien calienta
mucho; todo esto es un asunto de conveniencias.
-Pero, ¿cuándo Noirceuil esté cansado de ella?
-¡Y bien!, tú conoces la suerte de las mujeres; le
ayudaré, verdaderamente; todo eso es bueno, todo eso
está bien; es lo que me gusta...
Y estaba extraordinariamente excitado. -Monseñor -le digo-, me
parece que si estuviese en vuestro lugar, habría ciertos
momentos en que me
gustaría abusar de mi autoridad.
-Para excitarte ¿verdad? -Sí.
-Ya veo.
- ¡Oh!, monseñor, sacrifiquemos a algunos inocentes, esa
idea me trastorna la cabeza.
Y yo lo excitaba, con uno de mis dedos cosquilleaba el agujero de su
culo.
-Tomad -me dice sacando un papel de su portafolios-, sólo tengo
que firmar esto, y hago morir mañana a
una persona muy bonita a la que su familia acaba de hacer encerrar a
través de mí, únicamente porque le
gustan las mujeres. La he visto; y es encantadora; me divertí
con ella el otro día: desde entonces tengo tanto
miedo de que hable, que no he vivido un momento sin el deseo de
desembarazarme de ella.
-Hablará, monseñor, hablará, estad seguro; vuestra
seguridad depende de la muerte de esta muchacha...
Firmad en seguida, os suplico.
Y cogiendo el papel, lo apoyé sobre mis nalgas,
suplicándole que lo firmase allí. Lo hizo.
-Quiero llevar la orden yo misma -le digo.
-Estoy de acuerdo. -me respondió Saint-Fond. Vamos Juliette,
tengo que descargar: no os alarméis del
personaje que necesito para el desenlace de esta crisis.
Y como tocó un timbre, apareció al momento un hombre
joven bastante guapo.
-Poneos de rodillas, Juliette; es preciso que este hombre os dé
tres golpes con un bastón sobre los hombros,
cuya marca permanece algunos días; a continuación, os
sujetará mientras yo os doy por el culo.
Y el joven, desnudándose a su vez, hizo en seguida besar su
trasero al ministro, que lo lamió gustosamente.
Entretanto, yo obedecía y estaba de rodillas; el joven se sirve
de su bastón y me aplica tres golpes tan
fuertes sobre los hombros que tuve la marca durante quince días.
Saint-Fond, enfrente de mí, me observaba
durante esta crisis, con una curiosidad lúbrica vino a examinar
las magulladuras; se quejaba de lo poco
fuertes que eran, y ordenó al joven que me sujetase; me da por
el culo mientras besa las nalgas de aquel que
facilitaba su operación.
-¡Ah, joder! -exclamó descargando-, ¡ah!,
¡santo dios, la puta está marcada!
El hombre se retiró. Sólo mucho tiempo después de
esto, un acontecimiento, del que hablaremos, echó
alguna luz sobre éste. El ministro me acompañó, y
volviendo a adoptar conmigo, en cuanto estuvimos fuera
de este gabinete, el airé de consideración que
había tenido antes de entrar en él:
-Haced que recojan estas cajitas, señora -me dice-, recordad que
nuestro arreglo empieza dentro de tres
semanas. Vamos, Juliette, libertinaje, crimen, discreción y
seréis feliz. Adiós.
Mi primer cuidado fue examinar si estaba en orden lo que yo llevaba.
¡Dios!, ¡cuál no sería mi asombro
cuando vi que se pedía a la superiora del convento que
envenenase secretamente ¿a quién?... ¡a Saint-Elme,
esa encantadora novicia de Panthemont a la que yo había adorado
durante mi estancia en el convento! Otra
que no hubiese sido yo habría roto ese monumento de maldad; pero
yo había hecho demasiado camino en
la carrera del crimen para volverme atrás: nada me detiene, ni
siquiera tengo el mérito de dudar. Entrego la
orden a la superiora de Saint-Pélagie, donde Saint-Elme
gemía dEsde hacía tres meses; pido ver a la culpable
la interrogo, me confiesa que el ministro puso su libertad al precio de
su complacencia, y que ha hecho
con él todo lo que puede hacerse. Ninguna de las suciedades a
las que se entregaba ese monstruo de lujuria
había sido ahorrada: boca, culo... coño, el infame
había mancillado todo, y lo que la consolaba de este sacrificio
era la esperanza de su libertad.
-La traigo yo -digo a Saint-Elme abrazándola.
Me da las gracias, me devuelve mis besos duplicados... Mi crica se moja
al traicionarla... Al día siguiente
estaba muerta. Vamos -me digo, en cuanto supe el efecto de mi maldad-,
estoy hecha para actuar a lo grande, ya lo veo;
y trabajando con rapidez en los preparativos de los proyectos de
Saint-Fond, en tres semanas, como me
había comprometido, estuve en condiciones de darle su primera
comida.
Seis excelentes ayudantes, que tenía bajo mis órdenes, me
habían conseguido, para mi debut, tres jóvenes
hermanas, robadas de un convento de Meaux, de doce, trece y catorce
años, y con el rostro más celeste que
sea posible ver.
El primer día, el ministro vino con un hombre de sesenta
años. Al llegar, se encerró conmigo unos minutos;
miró mis hombros y pareció descontento de no encontrar en
ellos las marcas que me había hecho imprimir
la última vez que nos habíamos visto. Apenas me
tocó; pero me aconsejó el mayor respeto y la más
profunda sumisión para el hombre que traía, el cual era
uno de los grandes príncipes de la corte; este hombre
lo sustituyó en seguida en el gabinete donde me había
hecho pasar Saint-Fond. Prevenida por mi amante,
le mostré mis nalgas en cuanto entró. Se acercó
con unas gafas en la mano.
-Si no peéis -me dice- daos por mordida.
Y como no le satisfice tan pronto como deseaba, sus dientes se clavaron
en mi nalga izquierda y dejaron
profundas huellas. Se me muestra por delante, ofreciéndome un
rostro severo y desgraciado:
-Meted vuestra lengua en mi boca -me dice-; y en cuanto la tuvo dentro:
Si no eructáis -prosiguió-, daos
por mordida.
Pero, viendo que no podía obedecer, me retiré bastante
deprisa para evitar la trampa. El viejo pícaro se
enfureció, cogió un puñado de vergas y me
zurró durante un cuarto de hora. Se para y vuelve a mostrarse a
mí
-Veis -me dice-, el escaso efecto que las mismas cosas que me gustan
producen ahora en mis sentidos;
mirad este pene fláccido, nada consigue enderezármelo:
para eso haría falta que yo os hiciese mucho
daño.
-Y eso es inútil, mi príncipe -le digo-, porque vais a
encontrar en seguida tres objetos deliciosos a los que
podréis atormentar a vuestro gusto.
-Sí... pero vos sois bella... vuestro culo (y no dejaba de
manosearlo) me gusta infinitamente; me gustaría
excitarme con él.
Se libera, diciendo esto, de sus ropas, y deja sobre la chimenea un
reloj de repetición enriquecido con diamantes,
un estuche, una tabaquera de oro, su bolsa con doscientos luises y dos
sortijas soberbias.
-Intentémoslo ahora dice-, mirad, aquí está mi
culo, tenéis que pellizcarlo y morderlo fuertemente,
excitándome
con toda la elasticidad de vuestro puño. Bien -dice, en cuanto
se dio cuenta de un pequeño cambio
en su estado-; ahora acostaos boca abajo sobre ese canapé y
dejadme que os pinche las nalgas con esta
aguja de oro.
Me presto; pero al lanzar un grito furioso, y pareciendo que me
desmayaba a la segunda herida, el desgraciado
completamente aturdido, y temiendo disgustar al ministro por molestar
en demasía a su amante,
sale al momento para que me tranquilice. Echo sus ropas en la otra
pieza, salto sobre los efectos preciosos,
los meto en mi bolsa y me apresuro a reunirme con Saint-Fond, que me
pregunta la causa de una vuelta tan
rápida.
-No es nada -le digo-, pero mi rapidez en recoger las ropas del
señor es la causa de que el dormitorio se
haya cerrado, y la llave está dentro: son cerraduras inglesas
que nadie puede abrir; puesto que el señor tiene
todo lo que necesita, podemos dejar para otro momento la entrevista que
desea.
Arrastro a mis dos convidados al jardín, donde todo está
preparado para recibirles; el príncipe olvida sus
efectos, se pone el traje que le presento y sólo piensa ya en
sus placeres.
Hacía una noche deliciosa; estábamos bajo un bosquecillo
de lilas y de rosas, mágicamente iluminado,
sentados los tres en tronos sostenidos por nubes, que exhalaban los
perfumes más deliciosos; el centro estaba
ocupado por una montaña de las flores más raras, entre
las cuales estaban los cuencos del Japón y los
cubiertos de oró que debían servirnos. En cuanto
estuvimos colocados, se abrió la parte alta del bosquecillo,
y vimos aparecer en seguida, sobre una nube de fuego, a las Furias, que
tenían encadenadas con sus ser
pientes a las tres víctimas que debían ser inmoladas en
esta comida. Descendieron de la nube, ataron cada
cual la que se le había confiado a arbustos cercanos a nosotros,
y se prepararon a sernos útiles. Esta comida
sin orden sólo debía ser servida según la voluntad
de los convidados; se pedía lo que se pasaba por la cabeza,
y las Furias lo servían al instante. Más de ochenta
platos de diferentes especies son pedidos sin que se
niegue uno sólo; diez tipos de vinos son servidos, y todo
abunda, todo se sirve con profusión.
-Esta es una comida deliciosa -dice mi amante-. Espero, mi
príncipe, que estéis satisfecho del debut de
mi directora.
-Encantado -dice el sexagenario, al que la abundancia de los platos y
licores espirituosos había trastornado
de tal forma la cabeza, que casi no podía hablar-.
Realmente, Saint-Fond, vuestra Juliette es divina... ¡Pero
qué culo más hermoso tiene!
--Olvidémoslo un momento -dice Saint-Fond-, para ocuparnos de
los de estas Furias; ¿sabéis que los creo
soberbios?
Y, a la simple señal de un deseo, estas tres diosas,
representadas por tres de las más hermosas muchachas
que habían podido encontrarme en París las ayudantes que
había empleado, exponen al momento sus nalgas
a los dos libertinos, que las besan, las lamen, las muerden a placer.
-¡Oh!, Saint-Fond -dice el príncipe-, hagámosnos
azotar por estas Furias.
-Con ramas de rosas --dice Saint-Fond.
Y aquí están los culos de nuestros disolutos al aire,
cruelmente azotados, con haces de flores y con las
serpientes de estas harpías.
-¡Cuán lúbricos son estos extravíos! -dice
Saint-Fond, volviéndose a sentar y mostrando su pene al
aire. ¿Se os pone tiesa, mi príncipe?
-No, -responde el desgraciado tullido-, nada de todo esto es bastante
fuerte para mí: en cuanto estoy en
un acto libertino, me gustaría que las atrocidades me rodeasen
sin cesar; me gustaría que todo lo que es
sagrado entre los hombres fuese turbado al instante por mí...
que sus más rígidos lazos fuesen rotos por mis
manos pérfidas.
-¿No amáis a los hombres, verdad, mi príncipe?
-Los aborrezco.
-No hay un solo momento en el día -respondió Saint-Fond-,
en que no tenga el deseo más vehemente de
hacerles daño: en efecto, no hay una raza más espantosa.
¿Es poderoso este hombre peligroso?, el tigre de
los bosques no lo iguala en maldad. ¿Es desgraciado?, entonces,
¡cuántas bajezas, cuán vil y repugnante se
vuelve! ¡Oh!, ¡a menudo me ocurre ruborizarme por haber
nacido entre tales seres! Lo que me complace es
que la naturaleza los aborrece tanto como yo, pues los destruye
diariamente; me gustaría tener tantos medios
como ella para aniquilarlos de la tierra.
-Pero vos, vos, respetables seres -interrumpí-,
¿creéis realmente que sois hombres? ¡Y!, ¡no,
no!, cuando
se es tan poco parecido a ellos, cuando se los domina con tanta fuerza,
es imposible ser de su raza.
-Tiene razón -dice: Saint-Fond-, sí, nosotros somos
dioses: ¿acaso no nos basta, como a ellos, formar un
deseo para que sea satisfecho al momento? ¡Ah!,
¿quién duda de que, entre los hombres, haya una clase
bastante superior a la especie más débil, para ser lo que
los poetas llamaban en otro tiempo divinidades?
-En cuanto a mí, no soy Hércules, lo sé -dice el
príncipe-, pero me gustaría ser Plutón;
querría estar encargado
del cuidado de desgarrar a los mortales en el infierno.
-Y a mí -dice Saint-Fond-, me gustaría ser la caja de
Pandora, a fin de que todos los males salidos de mi
seno los destruyesen a todos uno por uno.
Aquí, se hicieron oír algunos gemidos; surgían de
las tres víctimas encadenadas.
-Que las desaten dice Saint-Fond-, y que se muestren ante nosotros. Las
furias las desatan y las presentan a los dos convidados; y como era
imposible unir más gracias a más
bellezas, os dejo pensar cómo fueron cubiertas de lujuria en un
momento.
-Juliette -me dice el ministro transportado-, sois una criatura
encantadora; puede decirse con razón que
vuestros intentos son golpes maestros; vamos a perder nos por estos
bosquecillos, vamos a entregarnos, en
la sombra y el silencio, a todo lo que el desvarío de nuestras
cabezas pueda dictarnos... ¿Has hecho cavar
algunas fosas?
-Casi al pie de todos los lugares que pueden ofrecer una sede a
vuestras impurezas.
-Bien; ¿y no hay ninguna luz en los paseos?
-Ninguna; la oscuridad le va bien al crimen y gozaréis de
él en todo su horror; vamos, príncipe, perdámonos
por estos laberintos, y que nada detenga en ellos la impetuosidad de
nuestros arrebatos.
Salimos al principio todos juntos, los dos libertinos, las tres
víctimas y yo. A la entrada de un camino de
arbustos, Saint-Fond dice que no podía ir más lejos sin
fornicar; y cogiendo a la más joven de las muchachas,
en menos de diez minutos, el villano hace saltar las dos virginidades;
entretanto, yo excitaba al viejo
príncipe, al que nada podía poner en erección.
-Así pues, ¿no jodéis vos? -le dice Saint-Fond,
apoderándose de la segunda muchacha.
-No, no, desvirgad -dice el viejo disoluto-, me contentaré con
vejaciones; dádmelas a medida que salgan
de vuestras manos.
Y en cuanto tiene a la más joven de estas muchachitas, la
atormenta de la manera más cruel, mientras que
yo le chupo con todas mis-fuerzas. No obstante, Saint-Fond
seguía desflorando, y, después de poner a la segunda
en el mismo estado que la primera, se la entrega al príncipe y
agarra a la de catorce años.
-¡Cómo me gusta fornicar así, en la oscuridad!
--decía-, los velos de la noche son aguijones del crimen,
¡nunca se cometen mejor que en la sombra!
Saint-Fond, que todavía no había descargado, lo hizo en
el culo de la mayor de las muchachas, y preguntando
a continuación al príncipe a cuál quería
inmolar, le cede la que acababa de hacerle descargar; y el
viejo disoluto, provisto con todos los instrumentos necesarios para los
suplicios que meditaba, se perdió
con sus dos víctimas; y yo seguí a mi amante con la que
debía recibir la muerte de sus manos. En cuanto
estuvimos más o menos solos, le declaré el robo que
había cometido; se rió mucho conmigo, y me aseguró
que como, para ponerse en situación, el príncipe,
siguiendo su costumbre, había ido al burdel antes de venir
a la comida, no había nada más fácil que hacerle
creer que lo había perdido todo en ese lugar.
-¿Sois amigo de ese hombre? -digo a Saint-Fond. -No soy amigo de
nadie -me respondió el ministro-, trato
con cuidado a este original hombre por cuestiones de política:
no deja de contribuir a mi fortuna, y tiene
mucha influencia junto al rey; pero si mañana cae en desgracia,
me convertiré en el más ardiente de los que
lo aplasten. Ha adivinado mis gustos, no sé cómo; ha
querido compartirlos, he consentido y esos son todos
mis lazos. ¿Es que no os gusta, Juliette?
-¡No puedo soportarlo!
-¡Por mi fe!, si no fuese por las razones de política que
acabo de explicaron, os lo entregaría; pero lo perderé
si queréis: me gustáis hasta tal punto, señora,
que no hay nada que no haga por vos.
-¿No decís que le debéis favores?
-Algunos.
-Pues bien, ¿cómo, según vuestros principios,
podéis mirarlo a la cara un solo momento?
-Dejadme hacer, Juliette, arreglaré todo esto.
Y, al mismo tiempo, Saint-Fond repitió todos sus elogios sobre
la forma en que había yo dirigido esta
fiesta.
-Estás -me dice- llena de gusto y de ingenio, y cuanto
más te conozco, más necesidad siento de unirme a
ti. Era la primera vez que me tuteaba; me hizo ver este favor,
concediéndome al propio tiempo el de usarlo
con él.
-Te serviré toda mi vida, si quieres, Saint-Fond
-respondí-, conozco tus gustos, los satisfaré, y, si
tú deseas
ligarte a mí todavía más, contentarás
igualmente los míos.
- ¡Bésame, ángel celeste!, ¡mañana te
serán enviados cien mil escudos: mira si te adivino!
Estábamos en estas, cuando una vieja pobre nos aborda para
pedirnos limosna.
-¿Cómo es -dice Saint-Fond sorprendido-que han dejado
entrar a esta mujer?
Y el ministro, al verme sonreír, entendió en seguida la
broma...
-¡Ah!, bribona -me dice-, ¡es delicioso! Y bien,
¿qué deseáis? -continuó,
aproximándose a la vieja.
-¡Ay!, una caridad, monseñor -respondió la
infortunada-. Venid, venid a ver mi miseria.
Y cogiendo de la mano al ministro, lo llevó a una pobre barraca,
iluminada con una lámpara que pendía
del techo, y en la que dos niños, macho y hembra y de ocho a
diez años todo lo más, reposaban desnudos
sobre un poco de paja.
-Ved, ved esta triste familia -nos dice la pobre-, hace tres
días que no tengo ni un trozo de pan para darles;
dignaos vos, que tenéis fama de rico, darme algo para sostener
su triste vida. ¡Oh!, monseñor, quienquiera
que seáis, ¿conocéis al Sr. de Saint-Fond?
-Sí -respondió el ministro.
-¡Pues bien!, aquí veis su obra: hizo encerrar a mi
marido; se ha apoderado del poco bien de que gozábamos;
este es el cruel estado al que nos ha reducido desde hace más de
un año.
Y, amigos míos, este es el gran mérito que yo
tenía en la escena; todo era exactamente verdad: había
descubierto
a estas tristes víctimas de la injusticia y la rapacidad de
Saint-Fond, y se las ofrecía realmente, para
despertar su maldad.
- ¡Ah, bribona! -exclamó el ministro mirando fijamente a
esta mujer-, sí, sí, lo conozco, y tú
también debes
conocerme... ¡Oh!, Juliette, ¡habéis puesto mi alma
en un estado con esta hábil escena!... Y bien,
¿qué
tenéis que reprocharme? Hice encerrar a vuestro inocente esposo,
eso es verdad; hice todavía más, porque
ya no existe... Vosotros os habíais escapado de mí,
quiero trataros de la misma forma.
-¿Qué daño hemos hecho?
-El de tener un bien, a mi alcance, que no queríais venderme; al
aplastaros, lo he tenido... Vos morís de
hambre, ¿qué me importa?
-¿Y estos desgraciados niños?
-Hay diez millones de más en Francia: es prestar un servicio a
la sociedad podar todo eso -y dándoles la
vuelta con el pie-: ¡Hermoso grano para recoger!
Entonces, el criminal, a quien todo esto excitaba extraordinariamente,
agarra al muchacho y lo da por el
culo; después, apoderándose de la niña, la trata
de la misma manera.
¡Vieja zorra! -dice entonces-, muéstrame tus arrugadas
nalgas, necesito verlas para conseguir una descarga.
La vieja llora y se resiste; colaboro en los proyectos de Saint-Fond.
Después de haber colmado de ultrajes
a ese desgraciado culo, el libertino lo enfila, teniendo bajo sus pies
a los dos niños, a los que aplasta mientras
descarga en el culo de su madre, a la que salta la tapa de los sesos en
el momento de la crisis. Y así
dejamos este infortunio reducido a la nada, siempre con la
pequeña víctima de catorce años, cuyas nalgas
había besado durante la operación.
- ¡Y bien!, monseñor -le digo al salir de allí-,
ibais a gozar del bien de esa familia con toda seguridad, y
no podíais. Esta gente había encontrado apoyos, iban a
organizar un escándalo; sé muy bien que os
habríais
burlado de eso, pero estas cosas siempre son desagradables; los he
descubierto, los he engañado: ya os
habéis deshecho de ellos. Y en este punto, Saint-Fond,
besándome, estaba en una embriaguez inconcebible.
- ¡Ah!, ¡cuán dulce es el crimen y cuán
voluptuosas son sus consecuencias!... Juliette, no puedes creerte
en qué estado ha puesto a mis sentidos la divina acción
que acabas de hacerme cometer... Angel mío, mi
único dios, dime lo que quieres que haga por ti.
-Sé que os gusta dejarme hablar del deseo de tener dinero:
aumentaréis un poco la suma prometida.
-¿No era de cien mil escudos?
-Sí.
-¡Oh Juliette, te prometo el doble! Pero, ¿qué es
esto...? -dice el ministro, asustado de dos hombres que
avanzaban hacia nosotros pistola en mano-, tiemblo; no hay nadie
más cobarde que yo... Señores, ¿qué
deseáis?
-Vas a verlo -responde uno de estos hombres agarrando a Saint-Fond y
atándolo a un árbol, con los panatones
bajados hasta los talones.
-Pero, ¿qué pretendéis?
-Enseñarte dice el hombre, armado con un puñado de vergas
con que ya acariciaba el nalguero ministerial-,
sí, criminal, enseñarte a tratar, como tú has
hecho, a los pobres habitantes de la choza que dejas.
Y cuando éste ha dado trescientos o cuatrocientos golpes, que
sólo han servido para empinar más la máquina
enervada de Saint-Fond, el otro se acerca y perfecciona su
éxtasis sodomizándolo con un pene
enorme. Cuando ha fornicado, azota; y cuando ha azotado, el primer
flagelador lo da por el culo. Saint-
Fond, entretanto, manosea las nalgas de la joven a la derecha y las
mías a la izquierda; lo desatan, los hombres
desaparecen y nosotros erramos de nuevo en las tinieblas.
- ¡Oh Juliette, no dejaré de decírtelo, eres
divina!... Pero, ¿sabes que he- tenido mucho miedo? Es delicioso
dar a dos nervios esta primera conmoción antes de imprimirles da
de da voluptuosidad: estas son gradaciones
que dos estúpidos ignoran y que no deberían ser conocidas
más que por gente como nosotros.
-Así pues, ¿el miedo actúa con mucha fuerza sobre
ti? -digo a Saint-Fond.
-¡Oh, prodigiosamente, querida mía! Soy el más Juan
Lanas de todos dos seres, y do confieso sin da más
mínima vergüenza. El miedo no es más que el arte de
conservarse, y esta ciencia es da más necesaria para
el hombre: es absurdo atribuir honor a no temer dos peligros; yo pongo
el mío en temerlos todos.
- ¡Ah, Saint-Fond!, si el miedo tiene tal efecto sobre tus
sentidos, ¡juzga el estado en que pones a das desgraciadas
víctimas de tus pasiones!
-¡Y es do que me gusta! dice el ministro-, me gusta hacerles
sentir esa especie de cosa que más cruelmente
turba y trastorna mi existencia... Pero, ¿dónde
estamos?... Tu jardín es enorme.
-Aquí estamos -digo-, ad borde de una de esas fosas preparadas
para das víctimas...
-¡Ah! ¡Ah! -dice Saint-Fond, tanteando con da mano-; el
príncipe tiene que haber inmolado aquí a una de
das suyas: siento un cadáver.
-Saquémoslo -digo-, veamos quién es... No está
muerta; es da más joven de das tres hermanas: sólo parece
ahogada, y el criminal da había enterrado completa mente viva;
hay que volverla a da vida, tendrás el
placer de matar a dos.
Efectivamente, después de algunos socorros, esta desgraciada
vuelve en sí, pero de es imposible decirnos
do que el príncipe de hacía cuando perdió el
concimiento. Las dos hermanas se abrazan llorando, y el bárbaro
Saint-Fond des declara que va a matarlas a das dos. Y en efecto procede
a ello; pero teniendo muchas
otras aventuras semejantes que contaros, prefiero echar un vedo sobre
ésta, a correr el riesgo de caer en da
monotonía. El monstruo había descargado en el culo de da
más joven de estas desgraciadas, ad proceder a
su último suplicio; echamos un poco de tierra sobre el agujero,
y proseguimos. -¡Oh!, ¡no hay acción tan voluptuosa
como da de da destrucción! -me dice este insigne libertino-, no
conozco
otra que cosquillee más deliciosamente; no hay éxtasis
semejante al que se siente ad entregarse a esta
divina infamia: si todos dos hombres conociesen este placer, da tierra
se despoblaría en diez años. Querida
Juliette, he reconocido, en do que acabamos de hacer, que amas el
crimen tanto como yo.
Y convencí a Saint-Fond de que me excitaba quizás
todavía más que a él. Mientras decía estas
palabras
vimos en el bosque, a da claridad de da duna que salía, una
especie de pequeño convento.
-¿Qué es esto? -dice Saint-Fond-, ¿acaso pretendes
ahogarme en voluptuosidades?
-Realmente -digo- ignoro dónde estamos; llamemos.
Se presenta una vieja religiosa.
-Mi queridísima madre -de digo-, ¿podéis dar
hospitalidad a dos viajeros que se han perdido?
-Entrad -dice da buena mujer-, aunque esto sea un convento de
religiosas, da virtud que imploráis no es
extraña a nuestros corazones y nosotras da practicamos tan
voluntariamente con vos como acabamos de
hacerlo con un viejo señor de da corte que nos ha pedido do
mismo; está con nuestras damas, que acaban de
levantarse para maitines.
Comprendimos, por estas palabras, que el príncipe estaba
allí: nos reunimos con él. Otra religiosa y seis
pensionistas de doce a dieciséis años lo rodeaban. El
viejo zorro, completamente cubierto con la sangre de
su última víctima, empezaba ya a perder el respeto.
-Señor -dice a Saint-Fond la religiosa que nos encontramos
arriba-, oponeos a las tentativas de este ingrato.
Con insultos es como pretende agradecer la hospitalidad que le
concedemos.
-Señora -dice el ministro-, mi amigo, que no es más moral
que yo, detestando a la virtud como yo, no le
gusta concederle ninguna recompensa; vuestras pensionistas me parecen
extraordinariamente bonitas, y, o
pegamos fuego a vuestro convento, o ¡por Dios!, violamos a las
seis.
Y Saint-Fond, agarrando al momento a la más pequeña,
llenando de puñetazos a las dos religiosas que
quieren defenderla, la viola delante de nuestros ojos, por delante.
¿Qué puedo deciros, amigos míos?, pronto
las otras cinco siguieron la misma suerte, con la diferencia de que
Saint-Fond, temiendo que se le debilitase
el instrumento, dejó los coños para perforar los culos. A
medida que salían de sus manos, el príncipe se
apoderaba de ellas y las fustigaba hasta hacerlas brotar sangre,
alternando esta operación con besos sobre
mis nalgas, a las que adoraba, decía él, por encima de
todo. Saint-Fond, dueño de sí, no había
descargado;
se apodera de las dos religiosas, una de las cuales tenía
sesenta años, se encierra con ellas en una celda vecina,
y vuelve solo al cabo de una media hora.
-¿Has acabado con esas dueñas, amigo mío? -digo al
ministro, al verle volver muy emocionado.
-Para ser los amos de la casa -nos dice- teníamos que
desembarazarnos de estas guardianas; he comenzado
por divertirme en esa celda: me gustan infinitamente los culos viejos;
después, habiendo descubierto una
escalera que llevaba hasta un pozo, las he tirado a él para que
se refrescasen.
-¿Y qué vamos a hacer con estas pollitas? Espero que no
las dejaremos con vida... -dice el príncipe.
Se cometieron nuevos horrores, que dejo una vez más velados;
pero el convento fue devastado.
Los dos libertinos, habiendo descargado completamente con esta escena y
viendo que el día estaba a punto
de aparecer, desearon por fin retirarse. Una comida suntuosa, servida
por tres mujeres desnudas, nos esperaba
en mis habitaciones privadas; le hicimos un gran honor dada la
necesidad que teníamos de ella. El
príncipe quiso, con el permiso de mi amante, pasar unas horas en
la cama conmigo; y Saint-Fond, en medio
de dos de mis lacayos, se hizo joder el resto de la noche.
Las tentativas del viejo señor no hicieron correr demasiados
riesgos a mi pudor; después de infinitos trabajos,
llegó a introducirse un momento en el agujero de mi culo; pero
engañando la naturaleza a su esperanza,
el instrumento se dobló; el villano, que ni siquiera tuvo
fuerzas para descargar, porque, decía él,
había perdido semen dos veces en toda la partida, se
durmió con la nariz en mi trasero.
En cuanto nos levantamos, Saint-Fond, más encantado que nunca
conmigo, me dió un bono de ochocientos
mil francos, a cobrar al instante del tesoro real, y se llevó a
su amigo. La historia de esta primera partida fue más o menos la
de todas las demás, con episodios que mi fértil
imaginación tenía buen cuidado en cambiar constantemente.
Noirceuil se encontraba en casi todas, pero
nunca volví a ver a personajes tan extraños como el
príncipe.
Hacía tres meses que conducía esta barca inmensa con todo
el éxito posible, cuando Saint-Fond me anunció
que para el día siguiente tenía un crimen ministerial que
cometer. ¡Crueles efectos de la política más
bárbara! ¡Oh amigos míos!,
¿adivinaríais quién era la víctima?, el
mismo padre de Saint-Fond, viejo de
setenta años, respetable en todos los conceptos: le ponía
trabas en sus asuntos, intentando que lo perdiesen;
incluso lo perjudicaba en la corte, a fin de obligarlo a dejar el
ministerio, creyendo, y con razón, que sería
más ventajoso para este hijo criminal dejar el ministerio por
sí mismo, que ser despedido. Esta conducta
disgustó a Saint-Fond, quien, por otra parte, ganaba trescientas
mil libras de renta con esta muerte, y la sentencia
parricida fue pronunciada muy pronto. Noirceuil vino a explicarme de
qué se trataba, y, como observó
que este crimen me espantaba un poco, este es el discurso con el que
trató de hacer desaparecer la atrocidad
que mi debilidad suponía imbécilmente en él.
-El mal que creéis hacer al matar a un hombre, y aquél
con que queréis agravarlo cuando se trata de un
parricidio, me parece, querida, que es lo que debo combatir a vuestros
ojos. No examinaré la cuestión bajo
su primer aspecto: estáis por encima de los prejuicios que
suponen que hay un crimen en la destrucción de
un semejante (3). Este homicidio es simple para vos, porque no existe
ningún lazo entre vuestra existencia
y la de la víctima: sólo se complica cuando se refiere a
un amigo; teméis el parricidio con que éste va a
mancillarse: así pues, debo considerar la acción
propuesta bajo este punto de vista.
¿Es el parricidio un crimen o no lo es?
(3) Por otra parte, este sistema se encuentra ampliamente desarrollado
más tarde.
Por supuesto, si hay en el mundo una acción que yo crea
legítima, es esta; ¿Y qué relación, por
favor,
puede existir entre aquel que me ha puesto en el mundo y yo?
¿Cómo queréis que me crea ligado por algún
tipo de gratitud hacia un hombre, porque tuvo la fantasía de
descargar en el coño de mi madre? No hay
nada tan irrisorio como este imbécil prejuicio. Pero si no
conociese a este padre, si me hubiese puesto en el
mundo sin que yo me enterase ¿me lo indicaría la voz de
la naturaleza?, ¿acaso no sería tan frío con
él como
con los otros hombres? Si este hecho es seguro, y creo que no puede
dudarse de ello, el parricidio no
añade nada al mal supuesto al homicidio. Si matase a un hombre
que me hubiese dado la luz, sin conocerlo,
seguramente no tendría ningún remordimiento por haberlo
matado como padre: así pues, sólo cuando me
dicen que es mi padre, me detengo o me arrepiento; ahora bien, os ruego
que me digáis qué peso puede
tener esta opinión para agravar un crimen y si es posible que
ella cambie el impulso natural. ¡Qué!, ¿puedo
matar sin remordimiento a mi padre si no lo conozco, y no puedo si lo
conozco?, de manera que no tienen
más que persuadirme de que un individuo al que acabo de matar es
mi padre, aunque no lo sea, y héme
entonces con remordimientos aplicados a una falsa noción. Ahora
bien, si existen aunque la cosa no sea
cierta, no podrían legítimamente existir cuando lo es. Si
podéis engañarme sobre esto, mi crimen es una
quimera; si la naturaleza no me indica, por sí misma, al autor
de mis días, es que ella no quiere que yo sienta
por él mas cariño del que me inspira un ser indiferente.
Si el remordimiento puede ser aplicado de acuerdo
con vuestra opinión, y vuestra opinión puede
engañarme, el remordimiento es nulo; soy un loco al concebirlo.
¿Acaso conocen los animales a su padre, lo sospechan siquiera?
¿Motiváis mi agradecimiento filial
por los cuidados que ese padre se ha tomado en mi infancia? Otro error.
Al tomárselos, ha cedido a las costumbres
de su país, a su orgullo, a un sentimiento que él, como
padre, puede haber tenido por su obra, pero
del que yo no tengo ninguna necesidad de concebir hacia el obrero;
porque este obrero, ocupado únicamente
en su placer, de ninguna manera pensaba en mí cuando le
complació proceder, con mi madre, al acto de
la creación: sólo se ocupaba de él y no veo que
haya que formarse por esto sentimientos ardientes de gratitud.
¡Ah!, dejemos de hacernos durante más tiempo ilusiones
sobre este ridículo prejuicio: no le debemos a
aquel que nos ha dado la vida más que al ser más
frío y más lejano nuestro. La naturaleza no nos indica
absolutamente nada hacia él; digo más: no podría
indicárnoslo; y la amistad no va mucho más allá;
es falso
que se ame al padre, es falso que se pueda siquiera amarlo; se le teme
pero no se le ama; su existencia molesta,
pero no complace; el interés personal, la más santa de
las leyes de la naturaleza, nos impulsa invenciblemente
a desear la muerte de un hombre del que esperamos nuestra fortuna; y
bajo este aspecto, sin duda,
no solamente sería muy sencillo odiarlo, sino, incluso mucho
más natural aún, atentar contra su vida por la
gran razón de que es preciso que a cada uno le llegue su hora, y
que si mi padre ha gozado durante cuarenta
años de la fortuna del suyo, y yo me veo envejecer, yo, sin
gozar de la suya, seguramente y sin ningún re
mordimiento, debo ayudar a la naturaleza que lo olvida en este mundo y
apresurar por todos los medios el
goce de los derechos que me otorga y que sólo retrasa por un
capricho que debo corregir en ella. Si el interés
es la medida general de todas las acciones del hombre,, hay, pues,
infinita-mente menos mal en matar a
un padre que a otro individuo; porque las razones personales que
tenemos para deshacernos de aquel que
nos trajo al mundo deben ser siempre mucho más poderosas que las
que tenemos para deshacernos de otra
persona. Hay además en este punto otra consideración
metafísica que no debemos perder de vista: la vejez
es el camino de la muerte; la naturaleza, al hacer envejecer al hombre,
lo acerca a su tumba; el que mata a
un viejo no hace, entonces, más que cumplir sus intenciones:
esto es lo que hizo, en muchos pueblos, una
virtud del asesinato de los viejos. Inútiles para la tierra a la
que cargan con su peso, consumiendo un alimento
que falta al más joven, o que éste último se ve
obligado a pagar más caro a causa del excesivo número
de consumidores, está demostrado que su existencia es
inútil, que es peligrosa, y que no se puede hacer
nada mejor que suprimirla. Así pues, no sólo no es un
crimen matar a un padre, sino que además es una
excelente acción; es una acción meritoria hacia uno
mismo, al. que sirve, meritoria hacia la naturaleza, a la
que descarga de un peso oneroso, y digna de elogio, porque supone un
hombre bastante enérgico, bastante
filósofo para preferirse, él que puede ser útil a
los hombres, a ese viejo que sólo estaba ya olvidado. Así
pues, vais a hacer una excelente acción, Juliette, al destruir
al enemigo de vuestro amante, quien, sin duda,
sirve al Estado tan bien como puede hacerlo; porque aunque se permita
algunas pequeñas prevaricaciones,
Saint-Fond no deja de ser por eso un gran ministro: le gusta la sangre,
su yugo es duro, cree que el asesinato
es útil para el mantenimiento de todo gobierno. ¿Se
equivoca? Sila, Mario, Richelieu, Mazarino, todos
los grandes hombres ¿han pensado acaso de diferente manera?
Maquiavelo ¿dio otros principios? No lo
dudemos; se necesita sangre sobre todo para el sostenimiento de los
gobiernos monárquicos; el trono de los
tiranos debe estar cimentado sobre ella, y Saint-Fond está lejos
de hacer derramar toda la que debería correr...
En fin, Juliette, conserváis a un hombre que, pienso, os hace
gozar de un estado bastante floreciente;
aumentáis la fortuna del que hace la vuestra: pregunto si
debéis dudar.
-Noirceuil -digo con desvergüenza-, ¿quién os ha
dicho que dudase? Se me ha podido escapar un movimiento
involuntario; soy joven, debuto en la carrera a la que me
arrastráis: ¿algunos débiles desvíos deben
asombrar a mis maestros? Pero pronto verán que soy digna de
ellos. Que Saint-Fond se apresure en enviarme
a su padre: estará muerto dos horas después de que haya
entrado en mi casa. Pero, querido, hay tres
clases de veneno en la cajita que me ha confiado vuestro amigo:
¿de cuál debo servirme?
-Del más cruel de todos, el que hace sufrir más -dice
Noirceuil-, es un consejo más que tengo el encargo
de darte, Saint-Fond quiere que su padre, al morir, sea castigado por
las terribles intrigas que ha urdido para
perjudicarlo, quiere que sus dolores sean espantosos.
-Lo comprendo -respondí-, dile que estará satisfecho.
¿Y cómo sucederá todo?
-Así será -dice Noirceuil:
En tu calidad de amiga del ministro, invitarás a ese viejo a
cenar contigo; tu nota le hará comprender que
quieres charlar con él con el deseo de conciliar todo, y porque
tú misma apruebas las razones que él da para
el retiro de su hijo. El viejo Saint-Fond vendrá, lo
llevarán enfermo a su casa, su hijo se encarga de lo
demás.
Esta es la suma convenida por el crimen que aguarda: un bono de cien
mil escudos sobre el tesoro
¿estás contenta, Juliette?
-Saint-Fond me da lo mismo por una fiesta -digo devolviéndole el
papel-, dile que le serviré por nada. -
Aquí hay un segundo bono por la misma suma dice Noirceuil-,
estaba encargado de responder a la objeción,
y ésta no disgusta a tu amante. Quiero que sea pagada, y pagada
como lo desea, me dice todos los
días, en tanto me muestre interés y yo satisfaga ese
interés, estaré seguro de conservarla.
-Saint-Fond me conoce -respondí-, me gusta el dinero, no lo
oculto, pero nunca le pediré más de lo necesario.
Estos seiscientos mil francos son por la ejecución del proyecto;
pido otro tanto para el día en que
expire su padre.
-Los tendrás Juliette, puedes estar tranquila, te respondo de
eso. ¡Oh, Juliette, cuán feliz es tu posición!
Cuídala, goza y, si sabes conducirte bien, te
convertirás, en poco tiempo, en la mujer más rica de
Europa:
¡qué amigo te he dado para eso!
-Imbuida ya de tus principios, no te lo agradezco, Noirceuil; esta
relación te da placer, tú mismo ganas
con ella, es un orgullo para ti ser el amigo de una mujer cuyo lujo y
crédito borran ya el de las princesas de la corte... Me
daría vergüenza ir a la Opera como apareció ayer la
princesa de Nemours: ni una mirada recibió,
mientras que todos los ojos estaban fijos en mí.
-¿Y gozas con todo eso, Juliette?
-Infinitamente querido; en primer lugar, ruedo sobre oro, lo que es
para mí el primero de los goces. -Pero,
¿jodes?
-Mucho; hay muy pocas noches en que no vengan a ofrecerme su homenaje
lo mejor que tiene París en
ambos sexos.
-¿Y tus crímenes favoritos?
-Siguen su camino, robo todo lo que puedo... hasta un escudo, como si
me muriese de hambre.
-¿Y la venganza?
-Le doy la mayor importancia; el justo castigo del príncipe de
X, que constituye la noticia del día, es únicamente
obra mía; cinco o seis mujeres están en la Bastilla desde
hace dos meses, por haber querido estar
en mejor situación que yo.
A continuación entramos en algunos detalles sobre las fiestas
que yo daba al ministro.
-No te ocultaré -me dice Noirceuil-, que pareces relajarte desde
hace un tiempo; Saint-Fond se ha dado
cuenta; en la última comida no había cincuenta platos.
Sólo comiendo mucho se descarga bien -prosiguió
Noirceuil- y nosotros los libertinos tenemos muy en cuenta la calidad y
la cantidad del esperma. La glotonería
halaga infinitamente todos los gustos que la naturaleza se ha
complacido en darnos, y parece que nunca
se tiene el pene tan erecto y el corazón tan duro como cuando se
acaba de hacer una comida suntuosa.
También te aconsejo la elección de las muchachas:
Saint-Fond, aunque lo que tú nos des sea muy bonito,
no encuentra en ellas suficientes refinamientos. No puedes ni
imaginarte hasta qué punto hay que llevar
los refinamientos: queremos que la caza ofrecida sea no solamente de
una excelente raza, sino además que
posea todas las cualidades morales y físicas que puedan hacer su
muerte interesante.
Respecto a eso, informé a Noirceuil sobre los excelentes medios
que utilizaba; en lugar de seis, veinticuatro
mujeres trabajaban ahora sin descanso, y todas ellas tenían un
número parecido de mujeres corresponsales
que recorrían las provincias; yo era la clavija maestra de todo
eso, y con toda seguridad que me
dedicaba a ello a fondo.
-Antes de que te decidas por un individuo -me respondió
Noirceuil-, aunque esté a treinta leguas, haz por
verlo, y no aceptes nunca más que lo que te parezca delicioso.
-Lo que me aconsejáis es muy difícil -respondí-,
porque con frecuencia el individuo es robado antes de
que me hayan hablado de él.
-Y bien -dice Noirceuil-, hay que robar veinte, para tener diez.
-¿Y qué haré con las no aceptadas?
-Te diviertes con ellas, las vendes a tus amigos... a alcahuetas; es lo
que en tu condición se llama la vuelta
del bastón; hay cien mil francos que ganar en eso al año.
-Sí, si Saint-Fond me pagase todos los individuos, pero
sólo me paga los tres por comida.
-Lo animaré a que te pague todos.
-Será mucho mejor servido. Ahora Noirceuil -proseguí-,
entrad en algunos detalles que me son absolutamente
personales. Conocéis mi cabeza: con tantos me dios para hacer el
mal, podéis creer que me entrego
por completo a ello; no es posible expresar ya lo que concibo, lo que
imagino; pero, amigo mío, necesito
vuestros consejos. ¿No estará Saint-Fond celoso de todos
los extravíos a los que me entrego?
-Nunca -me dice Noirceuil-, Saint-Fond es demasiado razonable para no
saber que tú debes entregarte a
muchos defectos; sólo esta idea le divierte y me decía
ayer: Temo que no sea lo bastante bribona.
- ¡Oh!, ¡en ese caso, que se tranquilice, amigo
mío!, aseguradle que es difícil llevar más lejos
el gusto por
todos los vicios. -Algunas veces -dice Noirceuil-, he oído
preguntar si los celos eran una manía halagadora o desfavorable
para una mujer, y confieso que nunca he dudado de que, este impulso al
no ser más que personal, las mujeres
no tenían nada que ganar con la acción que produce en el
alma de sus amantes. No es porque se ame
mucho a una mujer por lo que se está celoso, es porque se teme
la humillación que originaría su cambio; y
la prueba de que no hay más que puro egoísmo en esta
pasión, es que no hay un sólo amante de buena fe
que no convenga en preferir ver a su amante muerta que infiel. Es esta
inconstancia, más que su pérdida, lo
que nos aflige, y sólo nos tenemos en cuenta a nosotros en este
acontecimiento. De donde concluyo que,
después de la imperdonable extravagancia de enamorarse de una
mujer, la mayor que se puede cometer sin
duda es estar celoso. Este sentimiento es vergonzoso para ella, porque
prueba que no se la estima; es penoso
para uno mismo y siempre inútil, puesto que es un medio seguro
de dar a una mujer las ganas de engañarnos
el dejarle ver el temor que tenemos de que eso suceda. Los celos y el
terror de los cuernos son dos
cosas que dependen absolutamente de nuestros prejuicios sobre el goce
de las mujeres; sin esa maldita costumbre
de querer ligar imbécilmente, en este objeto, la moral con el
físico, fácilmente nos liberaríamos de
estos prejuicios. ¡Y qué!, ¿acaso no es posible
acostarse con una mujer sin amarla, y no es posible amarla
sin acostarse con ella? ¿Pero qué necesidad hay de que el
corazón intervenga en lo que sólo es cuestión del
cuerpo? Me parece que son dos deseos, dos necesidades muy diferentes.
Araminthe tiene el cuerpo más
hermoso del mundo, su rostro es voluptuoso, sus grandes ojos negros y
llenos de fuego me prometen una
amplia eyaculación de su esperma, cuando las paredes de su
vagina o de su ano sean electrizadas vivamente
con el frotamiento de mi polla; gozo con ella, te doy mi palabra.
¡Qué necesidad hay, por favor, de que los
sentimientos de mi corazón acompañen el acto que me
somete el cuerpo de esta criatura! Una vez más, me
parece que son cosas muy diferentes amar y gozar, y no sólo no
es necesario amar para gozar, sino que incluso
basta gozar para no amar. Porque los sentimientos de cariño se
conceden a las relaciones de humor y
de conveniencia, pero no se deben de ninguna manera a la belleza de un
seno o al bonito torneado de un
culo, y estos objetos que, según nuestros gustos, pueden excitar
vivamente los afectos físicos, me parece,
sin embargo, que no tienen el mismo derecho a los afectos morales. Para
terminar con mi comparación,
Bélise es fea, tiene cuarenta años, ni una sola gracia en
toda su persona, ni un rasgo regular, ni un solo
atractivo; pero Bélise tiene ingenio, un carácter
delicioso, un millón de cosas que se encadenan con mis
sentimientos y mis gustos: no tendré ningún deseo de
acostarme con Bélise, pero no por eso dejaré de
amarla con locura; desearé con todas mis fuerzas tener a
Amarinthe, pero la detestaré cordialmente en
cuanto la fiebre del deseo se me haya pasado, porque sólo he
encontrado un cuerpo en ella y no cualidades
morales que podían hacerla digna de los afectos de mi
corazón. Por otra parte, no se trata de nada de esto
aquí, y en las infidelidades que Saint-Fond te deja hacer, entra
un sentimiento de libertinaje que merece una
explicación muy diferente a la ofrecida. Saint-Fond goza con la
idea de saberte en los brazos de otro; él
mismo te pone en ellos, se excita viéndote así;
multiplicarás sus goces con la extensión que des a los
tuyos,
y nunca serás más amada por Saint-Fond que cuando hayas
hecho lo que te valdría el mayor odio de otro.
Estos son extravíos de la cabeza que sólo conocemos
nosotros, pero que no son menos deliciosos por ello.
-Me tranquilizáis -digo a Noirceuil-, ¿Saint-Fond
amará mis gustos, mi espíritu, mi carácter, y no
estará
nunca celoso de mi persona? ¡Oh!, ¡cómo me consuela
esta idea!, porque os lo confieso, amigo mío, la continencia
me sería imposible, mi temperamento quiere ser satisfecho, al
precio que sea. Con esta sangre impetuosa,
con esta imaginación que vos me conocéis, con la inmensa
fortuna de que gozo, ¿cómo podría
resistirme a pasiones que cualquier cosa excita e inflama?
-Entrégate, Juliette, entrégate, es lo mejor que puedes
hacer; pero, para el resto de los hombres, un poco
de hipocresía, te exhorto a ello. Recuerda que, en el mundo, la
hipocresía es un vicio esencial, para aquel
que tiene la suerte de poseer a todos los otros; con artimañas y
falsedad, se logra todo lo que se desee, pues
no es vuestra virtud lo que el mundo necesita, sino solamente poder
suponérosla. Para un par de ocasiones
en que necesitéis esta virtud, habrá treinta en la que
sólo necesitaréis la mascara: por lo tanto, sabed
ponérosla,
mujeres disolutas, pero solamente hasta la indiferencia del crimen,
nunca hasta el entusiasmo de la
virtud, porque el primer estado deja en paz el amor propio de los otros
y porque el segundo lo irrita. Por
otra parte, es fácil ocultar lo que se ama, sin estar obligada a
fingir lo que se detesta; si todos los hombres
fuesen viciosos con buena fe, la hipocresía no sería
necesaria; pero, falsamente convencidos de que la virtud
tiene ventajas, quieren mantenerla absolutamente por alguna parte. Hay
que hacer como ellos y, para
ganárselos, ocultar todo lo que se pueda de los defectos de uno
bajo el manto de este viejo y ridículo ídolo,
dispuesto a vengarse del homenaje forzado que se le presta con
sacrificios más grandes al rival. Por otra
parte, la hipocresía, al enseñar a engañar,
facilita una infinidad de crímenes; se entregan a vos porque
vuestro
aire desinteresado les impone, y claváis el puñal con
tanto menos trabajo cuanto menos capaz os creen de meterlo. Esta manera
sorda y misteriosa de satisfacer así las pasiones hace su goce
infinitamente más
vivo. El cinismo tiene algo excitante, lo sé, pero no os
entrega, no os asegura las víctimas como la hipocresía;
y después, la desvergüenza, los crapulosos desvíos
del crimen no son realmente buenos más que en los
actos de libertinaje. ¿Quién le impide al
hipócrita entregarse a ellos dentro de su casa, cuando satisface
su
libertinaje? Pero se me confesará que, lejos de esto, el cinismo
está fuera de lugar, es de mal tono y, al alejaros
de la sociedad, nos pone fuera de condiciones de gozar de él.
Los crímenes de libertinaje no son los
únicos que presentan delicias: hay muchos llenos con otras muy
interesantes, muy lucrativas, que la hipocresía
nos asegura, y de los que nos alejaría el cinismo.
¿Había en el mundo una criatura más falsa,
más hábil,
más criminal que la Brinvilliers? Era a los hospitales a donde
iba a hacer las pruebas de sus venenos,
era bajo el velo de la piedad y de la buena acción como
intentaba con impunidad los deliciosos medios de
sus crímenes. Su padre le decía en el lecho de muerte a
donde ella acababa de reducirlo mediante un brebaje
envenenado: " ¡Oh mi querida hija, sólo lamento perder la
vida por la imposibilidad en que estaré de
hacerte todo el bien que yo desearía!" Y la respuesta de la hija
fue una dosis mayor en el vaso de tisana que
administraba al buen hombre (4). No había en el mundo una
criatura más fina, más hábil; jugaba el papel de
la devoción, iba a misa, daba incontables limosnas, y todo ello
para asegurar sus crímenes; mucho tiempo
actuó así sin ser descubierta, y quizás no lo
hubiese sido nunca, sin su imprudencia y la desgracia de su
amante (5). Que esta mujer te sirva de ejemplo, querida mía, no
podría ofrecerte otro mejor.
(4) Ved las Memorias de la marquesa de Frène, el Diccionario de
los Hombres ilustrados, etc.
(5) Se sabe que Saint-Croix, amante de la Brinvilliers, murió
haciendo un veneno cuya receta se encontrará
más adelante. Se había puesto una máscara de
vidrio para evitar respirar las exhalaciones: la violencia
del veneno rompió la máscara, y el químico
expiró. La imprudente Brinvilliers reclamó al momento la
cajita
donde su amante encerraba sus otros venenos. Eso fue lo que la
traicionó. A continuación, esta cajita fue
llevada a la Bastilla, y lo que encerraba ha servido a todos los
miembros de la familia de Luis XV. Esta
famosa mujer fue convicta de haber envenenado igualmente a sus dos
hermanos y a su hermana, y, en consecuencia,
se le cortó la cabeza en 1976.
-Conozco toda la historia de esta famosa criatura -respondí-, y
sin duda deseo ser digna de ella. Pero,
amigo mío, me gustaría como modelo una mujer más
cercana a mí; desearía que tuviese más edad, que
me
amase, que tuviese mis gustos, mis pasiones, y que, aunque nos
excitásemos juntas, me permitiese todos los
otros extravíos sin el menor celo: me gustaría que
tuviese una especie de dominio sin, no obstante, intentar
dominarme; que sus consejos fuesen buenos, que tuviese una infinita
condescendencia hacia mis caprichos
y experiencia en el libertinaje: sin religión y sin principios,
sin costumbres y sin virtud, un espíritu ardiente,
y el corazón helado.
-Tengo lo que deseas -me respondió Noirceuil-, es una viuda de
treinta años, de una belleza extraña, criminal
hasta el último extremo, que posee todas las cualidades que
tú exiges y que te será de una gran ayuda
en la carrera que acabas de comenzar. Me sustituirá en tu
educación; porque ya ves que, separados como lo
estamos, ya no podría seguirte con el mismo calor: Mme. de
Clairwil, en una palabra, rica con millones,
conoce todo lo que se puede conocer, sabe todo lo que se puede saber, y
respondo de que es lo que te hace
falta.
-¡Ah!, Noirceuil, ¡sois encantador! Pero, amigo mío,
todavía no está todo: me gustaría devolver los
consejos
que voy a recibir; siento la necesidad de ser instruida tan vivamente
como la de contribuir a una educación,
y deseo una alumna con tanto ardor como una institutriz.
-¡Eh!, pero... mi mujer -dice Noirceuil.
-¡Qué! -respondí con entusiasmo-, ¿me
confiaréis la educación de Alexandrine?
-¿Podría estar en mejores manos? Te la confiaré
con toda seguridad: Saint-Fond desea que haga de ti su
más íntima amiga.
-¿Y por qué se retrasa ese matrimonio?
-Por mi duelo demasiado reciente aún, una baja sumisión a
indignos prejuicios, que yo adopto a causa de
la costumbre y que desprecio en el fondo de mi corazón.
-Una cuestión más, amigo mío: ¿no tengo que
temer, ante el ministro, de la rivalidad de la mujer cuya
amistad me ofrecéis? -Ni la menor cosa. Saint-Fond la
conoció antes que a ti, se divirtió con ella; pero Mme.
de Clairwil no
cumpliría tus funciones, y no encontraría, lo sé,
el mismo placer en hacerlas ejecutar.
-¡Ah! -exclamé-, ambos sois divinos, y vuestras bondades
hacia mí serán calurosamente correspondidas
por mis cuidados en servir vuestras pasiones. Ordenadme, ¡siempre
me sentiré feliz de ser instrumento de
vuestros libertinajes y el primer medio de vuestros crímenes!
No volví a ver a mi amante hasta la ejecución de la
fechoría que debía cometer para él; la
víspera me recomendaron
de nuevo firmeza, y el buen viejo apareció. Utilicé todo
el arte posible, antes de sentarnos a la
mesa, para ponerle a bien con su hijo, y me asombré al ver que
la cosa no sería quizás muy difícil. De golpe,
cambié de baterías. No es la reconciliación lo que
es necesario ahora, pensé en seguida; si ésta tiene
lugar, pierdo la ocasión de un crimen que me excita mucho y
doscientos mil francos prometidos para su
ejecución: dejemos de negociar, actuemos. Administro la droga
con la mayor facilidad; el viejo se desmaya,
se lo llevan, y, al día siguiente, me entero con el mayor placer
de que ha muerto en medio de horribles
dolores.
Acababa de expirar cuando llegó su hijo para una de las comidas
que hacía en mi casa dos veces por semana.
El mal tiempo nos obligó a permanecer en el interior, y
Noirceuil era el único convidado que había
admitido ese día Saint-Fond. Les había preparado tres
muchachitas de catorce a quince años, más bellas de
lo que era posible ver en todo el mundo; un convento de la capital me
las había proporcionado, y me costaban
cien mil francos cada una; ya no dudaba en los precios, desde que
Saint-Fond pagaba mucho mejor.
-Aquí tenéis digo, presentándoselas al ministro
con qué consolaros de la pérdida que acabáis de
sufrir.
-Me afecta muy poco, Juliette dice Saint-Fond, besando mi boca-,
haría morir con gusto a quince criminales
como ése por día, sin tener el menor remordimiento. No
tengo otra pena que la de no haberle visto
sufrir más; era un estúpido muy despreciable.
-Pero, ¿sabéis -digo- que no estaba lejos de la
reconciliación?
-Habéis hecho bien en no seguir su partido. ¡Cuanto me
hubiese pesado la existencia de ese canalla, si me
hubiese visto obligado a soportar todavía su peso! Le
reprocharé hasta la sepultura los terribles prejuicios
que me obligó a aceptar; hubiese querido ver su cuerpo devorado
por las culebras con que envenenó mis
días.
Y, como para aturdirse, el libertino se puso en seguida manos a la
obra; mis tres vírgenes fueron inventariadas.
Sobre ellas no podían recaer críticas amargas: por te,
familia, primicias, infancia, todo se encontraba
en ellas; pero me di cuenta de que los dos amigos no se excitaban, y
que nada complacía a estos insaciables;
vi que no estaban contentos y que, sin embargo, no se atrevían a
quejarse.
-Decidme, pues, lo que necesitáis, si estos objetos no os
satisfacen -les digo-, porque estaréis de acuerdo
conmigo en que me es imposible adivinar lo que puede valer más
que esto.
-Nada más cierto -respondió Saint-Fond, que se
hacía manosear inútilmente por dos de estas
pequeñas-,
pero Noirceuil y yo estamos agotados, acabamos de hacer horrores, y no
sé lo que haría falta para despertarnos
ahora.
-¡Ah!, si me contaseis vuestras proezas, quizás
encontraríais en los detalles de esas infamias las fuerzas
necesarias para cometer otras nuevas.
-Lo creo dice Noirceuil.
-Y bien; haced que se desnuden -dice Saint-Fond-, que Juliette se
desnude igualmente y escuchadnos.
Dos de las jóvenes rodearon a Noirceuil: una lo chupaba,
él lamía a la otra y manoseaba los dos culos; yo
me encargo de excitar al orador, mientras que él golpea las
nalgas de la tercera de las vírgenes; y estas son
las atrocidades que nos reveló Saint-Fond:
-He llevado -nos dice- a mi hija a la casa de mi padre moribundo.
Noirceuil estaba conmigo; nos hemos
encerrado, con las puertas bien atrancadas; allí (y el pene del
disoluto se levantaba con esta confesión),
digo, allí he tenido la voluptuosa barbarie de anunciar a mi
padre que sus dolores eran obra mía; le he dicho
que, siguiendo mis órdenes, lo había envenenado tu mano,
y que se acostumbrase rápidamente a la idea de
la muerte. Después, arremangando el vestido de mi hija, la he
sodomizado ante sus ojos. Noirceuil, que me adora cuando cometo
infamias, me fornicaba entretanto; pero el pícaro,
viéndome que desvirgaba por el
culo a Alexandrine, me sustituyó pronto en el puesto... y yo,
acercándome al buen hombre, lo obligué a
hacerme descargar mientras lo estrangulaba. Noirceuil se extasiaba
durante este tiempo en el fondo de las
entrañas de mi hija. ¡Cuántos goces! Yo estaba
cubierto de maldiciones, de imprecaciones, cometía un
parricidio,
un incesto, asesinaba, prostituid, sodomizaba! ¡Oh Juliette,
Juliette, nunca en mi vida había sido
tan feliz! Mira en qué estaco me pone el relato de estas
voluptuosidades, mira cómo se me excita igual que
por la mañana.
El disoluto coge entonces a una de las muchachas, y, mientras que la
mancilla por todas partes, quiere
que Noirceuil y yo martiricemos a las otras ante su vista. Lo que
inventamos es horrible; la naturaleza ultrajada
en estas dos jóvenes actúa fuertemente en Saint-Fond, y
el pícaro está listo para perder su semen,
cuando, para recuperar sus fuerzas, se retira prudentemente del culo de
la novicia, para perforar los otros.
Feliz por seguir conteniéndose, se adueña, ese
día, de las seis virginidades, dejando a Noirceuil rosas
abiertas.
No importa, el disoluto se aprovecha de lo poco que se le da, y mi
trasero así como el de Saint-Fond, le
sirven de perspectiva todo el tiempo que tarda en fornicar; los besa,
los acaricia, y recibe en su boca los
pedos que nos divertimos en darle.
Comimos, fui la única admitida en los honores del festín,
pero desnuda; las muchachas, puestas encima
de la mesa boca abajo, nos iluminaban con velas que les habíamos
metido en el culo; y como estas velas
eran muy cortas y la comida muy larga, les habíamos quitado
cualquier medio de moverse, y, al llenar su
boca de algodón, les habíamos despojado del de aturdirnos
con sus clamores. Este episodio divirtió infinitamente
a nuestros libertinos, y, palpándoles a uno y a otro con mis
manos, los encontré durante toda la
comida en el mejor estado del mundo.
Noirceuil --dice Saint-Fond, mientras nuestras novicias se asaban-,
explícanos, te lo ruego, con tu metafísica
habitual cómo es posible llegar al placer, bien sea viendo
sufrir a los otros, bien sea sufriendo uno
mismo. -Escuchadme -dice Noirceuil-, voy a demostraros eso.
"El dolor, en definición de la lógica, no es otra cosa
que un sentimiento de aversión que el alma concibe,
hacia algunos impulsos contrarios a la constitución del cuerpo
que anima." Esto es lo que nos dice Nicole,
que distinguía en el hombre una sustancia aérea a la que
llamaba alma y que diferenciaba de la sustancia
material que nosotros llamamos cuerpo. En lo que a mí se
refiere, que no admito esta edificación frívola y
que no veo en el hombre más que una especie de planta
absolutamente material, diré solamente que el dolor
es una secuencia de pequeñas relaciones de los objetos
extraños con las moléculas orgánicas de que
estamos
compuestos; de suerte que, en lugar de que los átomos emanados
de estos objetos extraños se unan con
los de nuestro fluido nervioso, como lo hacen en la conmoción
del placer, les presentan en este caso ángulos,
los aguijonean, los rechazan y no se encadenan nunca. Sin embargo,
aunque los efectos sean repulsivos,
siguen siendo efectos, y bien sea placer o dolor lo que se nos ofrece,
siempre hay una conmoción segura
sobre el fluido nervioso. Ahora bien, ¿qué impide que
esta conmoción del dolor, infinitamente más viva
y más activa que la otra, llegue a excitar .en este fluido el
mismo abrazo que se propaga por la unión de los
átomos emanados de los objetos del placer?, y conmovido para ser
conmovido, ¿qué impide que con la
costumbre yo me habitúe a encontrarme tan bien agitado por los
átomos que rechazan como por los que
unen? Hastiado de los efectos de aquellos que sólo producen una
sensación simple, ¿por qué no habría de
acostumbrarme a recibir igualmente placer de aquellos cuya
sensación es angustiosa? Ambos golpes se
reciben en el mismo lugar; la única diferencia que puede haber
es que uno es violento, el otro dulce; pero,
para las gentes hastiadas, ¿no vale el primero infinitamente
más que el otro? ¿Acaso no vemos todos los
días a gente que ha acostumbrado su paladar a una
irritación que les complace, junto a otra gente que no
podría soportar ni un solo momento esa irritación?
¿No es verdad entonces (una vez admitida mi hipótesis)
que la costumbre del hombre, en estos placeres, es intentar emocionar a
los objetos que sirven a su goce, de
la misma manera en que se emociona él, y que estos
procedimientos son los que, en la metafísica del placer,
se llaman efectos de su delicadeza? Por lo tanto, ¿qué
puede haber de extraño en que un hombre dotado
de órganos como los que acabamos de describir, por los mismos
procedimientos de su adversario y por los
mismos principios de delicadeza, crea que emociona al objeto que sirve
a su goce por los medios con que él
mismo es afectado? No está más equivocado que el otro, no
hace más que lo que el otro hace. Las consecuencias
son diferentes, estoy de acuerdo, pero los primeros motivos son los
mismos; el primero no ha sido
más cruel que el segundo, y ninguno de los dos comete una falta:
ambos han utilizado sobre el objeto de su
goce los mismos medios de que se sirven para conseguir placer. Pero eso
no me complace, responde a esto el ser agitado por una voluptuosidad
brutal. Sea, queda por saber
ahora si puedo obligaros a ello o no. Si no puedo, retiraos y dejadme;
si, al contrario, mi dinero, mi crédito
o mi posición me dan o alguna autoridad sobre vos o alguna
seguridad de poder destruir vuestras quejas,
sufriréis sin una palabra todo lo que me plazca imponeros,
porque es preciso que yo goce, y porque
sólo puedo gozar atormentándoos y viendo correr vuestras
lágrimas. Pero en ningún caso os asombréis, me
insultéis, porque yo sigo el impulso que la naturaleza ha puesto
en mí, la dirección que me ha hecho tomar,
y porque, en una palabra, al obligaros a mis voluptuosidades duras y
brutales, las únicas que llegan a darme
el colmo del placer, actúo por los mismos principios de
delicadeza que el amante afeminado que no conoce
más que las rosas de un sentimiento del que yo sólo
admito las espinas; porque, al atormentaros, al desgrarraros,
os hago lo único que me emociona, como lo hace, encoñando
tristemente a su amante, el que sólo se
agita con cosas agradables; pero esta delicadeza afeminada se la dejo a
él, porque es imposible que pueda
emocionar a órganos construidos con tanta fuerza como los
míos. Sí, amigos míos prosiguió Noirceuil-,
estad seguros de que es imposible que el ser verdaderamente apasionado
por las voluptuosidades de la lujuria
pueda mezclar la delicadeza con éstas; la delicadeza no es
más que el veneno de estos placeres, y supone
una repartición imposible para el que quiere gozar bien: todo
poder compartido se debilita; es una verdad
reconocida. Intentad hacer gozar al objeto que sirve a vuestros
placeres: no tardaréis en daros cuenta de
que sólo lo consigue a expensas vuestras; no existe una
pasión más egoísta que la de la lujuria; no hay
ninguna
que quiera ser servida con más severidad; no hay que ocuparse
más que de uno mismo cuando se excita,
y no considerar nunca el objeto que nos sirve más que como una
especie de víctima destinada al furor
de esta pasión. ¿No exigen todas víctimas?
¡Y bien!, el objeto pasivo, en el acto de la lujuria, es el de
nuestra
pasión lúbrica; cuanto menos tenido en cuenta es, mejor
se cumple el objetivo; cuanto más vivos son los
dolores de este objeto, cuanto más completas son su
degradación y su humillación, más completo es
nuestro
goce. No son placeres lo que hay que hacer sentir a este objeto, son
impresiones lo que hay que producir
en él; y al ser la del dolor mucho más viva que la del
placer, es incontestable que vale más que, la conmoción
producida sobre sus nervios por este espectáculo extraño,
llegue a través del dolor que a través del
placer. Esto es lo que explica la manía de esa masa de
libertinos que, como nosotros, no llegan a la erección
y a la emisión del semen más que cometiendo los actos de
la más atroz crueldad, más que atiborrándose
con la sangre de sus víctimas. Los hay que ni siquiera
experimentarían la más ligera erección si no
considerasen,
en las angustias del dolor más violento, al triste objeto
vendido a su lúbrico furor, si no fuesen ellos
mismos las primeras causas de esas angustias. Quieren hacer sentir a
sus nervios una conmoción violenta;
saben que la del dolor será más fuerte que la del placer;
la utilizan y la encuentran buena. Pero la belleza,
me objeta un imbécil, enternece, interesa; invita a la dulzura,
al perdón: ¿cómo resistirse a las lágrimas
de
una bonita muchacha que, con las manos juntas, implora a su verdugo?
¡Y!, es lo que se pretende, incluso
es este estado del que el libertino en cuestión obtiene su goce
más delicioso: sería para lamentarse si actuase
sobre un ser inerte que no siente nada; y esta objeción es tan
ridícula como la de un hombre que me asegurase
que nunca debemos comernos un cordero porque el cordero es un animal
dulce. La pasión de la lujuria
quiere ser servida, y exige, tiraniza; por lo tanto, debe ser
satisfecha haciendo abstracción total de cualquier
consideración. La belleza, la virtud, la inocencia, el candor,
el infortunio, nada de esto debe servir de
refugio al objeto que codiciamos. Al contrario, la belleza nos excita
más; la inocencia, la virtud y el candor
embellecen el objeto; el infortunio nos lo entrega, nos lo facilita:
todas estas cualidades deben servir solamente
para inflamarnos mejor, y deben ser consideradas por nosotros solamente
como vehículos para nuestras
pasiones. Por otra parte, hay en esto un freno más que romper:
hay la especie de placer que proporciona
el sacrilegio o la profanación de los objetos ofrecidos a
nuestro culto. Esta bella muchacha es un objeto de
homenaje para los imbéciles; al convertirla en el objeto de mis
más vivas y duras pasiones, siento el doble
placer de sacrificar a esta pasión un bello objeto, y un objeto
digno del culto de los demás. ¿Se necesita
estar pensando mucho tiempo en esto para llegar al delirio? Pero no
tenemos constantemente en nuestras
manos tales objetos; sin embargo, estamos acostumbrados a gozar por
medio de la tiranía, y querríamos
gozar así todos los días. ¡Y bien? Hay que saber
obtener una compensación de otros pequeños placeres: la.
dureza de alma hacia los desgraciados, el negarse a aliviarlos, la
acción de sumergirlos uno mismo en el
infortunio, si es posible, sustituyen de alguna manera a ese sublime
goce de hacer sufrir a un objeto del
libertinaje. La miseria de esos infortunados es un espectáculo
que prepara ya la conmoción que estamos
acostumbrados a recibir mediante la impresión del dolor; nos
imploran, no los aliviamos: y casi tenemos ya
conseguido el estremecimiento; un paso más, el fuego se
enciende, nace de todos esos crímenes, y nada
lleva con más seguridad al placer como la sal que tiene el
crimen. Pero yo he cumplido mi tarea: me habéis
preguntado cómo se puede llegar al placer sufriendo' o haciendo
sufrir. Lo he demostrado teóricamente. Ahora
convenzámonos por la práctica, y que los suplicios de
estas señoritas sean, de acuerdo con la demostración,
tan vivos, os lo ruego, como nos sea posible.
Nos levantamos de la mesa, y las víctimas, sólo por
refinamiento, fueron cuidadas y refrescadas durante
un momento. No sé por qué Noirceuil parecía esa
noche más enamorado de mi culo que nunca; no podía
dejar de besarlo, de alabarlo, de acariciarlo, de joderlo; me
sodomizaba en todo momento; después retira
bruscamente su pene para dárselo a chupar a las muchachas; a
continuación volvía, y me daba manotazos
extraordinariamente fuertes en las nalgas y en los riñones;
incluso se olvidó de excitarme el clítoris.
Todo eso me calentaba prodigiosamente, y les debí parecer a mis
amigos de un puterío increíble. Pero,
¿cómo satisfacerse con muchachas manoseadas o con dos
libertinos agotados que apenas la tenían empinada?
Les propuse hacerme joder por mis lacayos delante de ellos; pero
Saint-Fond, lleno de vino y de ferocidad,
se opuso diciendo que ya no sentía otra necesidad que la del
tigre, y que, puesto que allí había carne
fresca, había que darse prisa en devorarla. En consecuencia,
luchaba con una fuerza terrible con los tres
pequeños culos de estas encantadoras vírgenes: los
pellizcaba, los mordía, los arañaba, los desgarraba; la
sangre corría ya por todos lados, cuando, levantándose
como un loco, su pene pegado al vientre, se
quejó amargamente de la imposibilidad en que se creía ese
día de encontrar algo que pudiese hacer sufrir a
las víctimas hasta el grado de sus caprichos.
-Todo lo que invento hoy -nos di e- está por debajo de mis
deseos: por lo tanto, imaginemos algo que
tenga a estas putas durante tres días en las más
terribles angustias de la muerte.
- ¡Ah! -digo-, descargarías en ese intervalo y, una vez
destruida la ilusión, las aliviarías.
-No perdono a Juliette -dice Saint-Fond- que me conozca tan mal en ese
aspecto. Estás en un gran error,
ángel mío, si crees que mi crueldad sólo se
enciende en el fuego de las pasiones. ¡Ah!, me gustaría,
como
Herodes, prolongar mis ferocidades incluso más allá de la
tumba; cuando me excito soy bárbaro hasta el
frenesí, y cuando el semen ha corrido, cruel con sangre
fría. Algo mejor, Juliette -prosiguió este insigne
criminal-, toma, si quieres, descargaré: comenzaremos el
suplicio de estas zorras sólo cuando no haya más
semen en los cojones, y entonces verás si soy más blando.
-Saint-Fond, vos os excitáis mucho -dice Noirceuil-, es lo
único claro que veo en cuanto decís; se trata de
lanzar el esperma y, si queréis seguir mis consejos, podemos
proceder a ello en seguida. Soy de la opinión
de sencillamente ensartar en un asador a estas señoritas, y,
mientras ellas se queman vivas ante nuestros
ojos, Juliette nos excitaría el pene y nos haría regar
con semen tres soberbios solomillos.
- ¡Oh santo Dios! -dice Saint-Fond, mientras frota su pene con la
sangre de las nalgas de la más joven
y más bonita de las tres-, os juro que esta que tengo
sufrirá más de lo que os imagináis.
-¿Y qué diablos le harás tú? -dice
Noirceuil, que acababa de volver a introducirse en mi culo.
-Vas a verlo -dice aquel criminal.
Y con sus manos, parecidas a tablas de carnicero, le casca los dedos,
le disloca todos los miembros, y la
acribilla con más de mil golpes con la punta de un estilete.
-¡Y bien! -dice Noirceuil, que seguía dándome por
el culo-, habría sufrido lo mismo asándola.
-También lo será -dice Saint-Fond-, pero al calcinar el
fuego sus heridas, sufrirá mucho más que si la
hubieseis asado completamente fresca.
-Vamos -dice Noirceuil- , estoy de acuerdo, hagamos lo mismo con esas
bribonas.
Yo agarro a una, él coge a la otra, y, siempre dentro de mi
culo, el pícaro la pone en el mismo estado que
la martirizada por Saint-Fond. Yo lo imito, y pronto están las
tres asándose en un fuego de infierno, mientras
que Noirceuil, blasfemando contra los dioses del paraíso,
descarga en mi trasero y mientras yo hago
eyacular, a base de puñetazos, el semen de Saint-Fond sobre los
cuerpos calcinados de estas tres desgraciadas
víctimas de la más terrorífica lujuria. Las tres
fueron arrojadas a un agujero. Nos pusimos a beber. Calentados
con nuevos deseos, los libertinos quisieron hombres; mis lacayos
aparecieron y se agotaron toda la
noche en sus insaciables culos, sin llegar a excitarlos; y en esta
sesión fue donde conocí mejor que nunca
cuán cierto era que estos monstruos eran tan crueles a sangre
fría como en el mayor fuego de sus pasiones.
Un mes después de esta aventura, Noirceuil me presentó la
mujer que deseaba darme por amiga. Como
su matrimonio con Alexandrine se retrasó una vez más a
causa del duelo de Saint-Fond, y no quiero descri
biros a esta encantadora muchacha hasta que la haya poseído
plenamente, vamos a ocuparnos de Mme. de
Clairwil y de los arreglos que hice con esta mujer deliciosa para
cimentar nuestra relación.
Noirceuil tenía razón al hacerme los mayores elogios de
Mme. de Clairwil. Era alta, digna de ser pintada;
era tal el fuego de sus miradas, que resultaba imposible mirarla
fijamente a los ojos; unos ojos grandes y
negros que imponían más que gustaban en general, el
conjunto de esta mujer era majestuoso más que agradable.
Su boca, un poco redonda, era fresca y voluptuosa; sus cabellos, negros
como el azabache, le llegaban
hasta sus piernas; su nariz, extrañamente bien cortada; su
frente, noble y majestuosa; un gran seno, la
piel más hermosa, aunque morena, las carnes firmes, llenas, las
formas redondeadas: en una palabra, era el
porte de Minerva con los atractivos de Venus. Sin embargo, bien porque
yo fuese más joven, bien porque
mi rostro tuviese en gracias lo que ella tenía de nobleza, yo
gustaba más a todos los hombres. Ella sobrecogía,
yo me contentaba con encadenarlos; ella exigía el homenaje de
los hombres, y yo me lo apropiaba.
A estas gracias imperiosas Mme. de Clairwil unía una
inteligencia muy elevada; era muy instruida, singularmente
enemiga de los prejuicios... que había arranca do de sí
en la infancia; era difícil que una mujer
llevase la filosofía más lejos. Por otra parte,
tenía muchos talentos: hablaba perfectamente el inglés y
el
italiano, representaba comedias como un ángel, danzaba como
Terpsícore, sabía química, física,
hacía bonitos
versos, dominaba la historia, el dibujo, la música, la
geografía, escribía como Sévigné, pero
llevaba
quizás un poco demasiado lejos todas las extravagancias del
hombre culto, cuyas consecuencias eran en
general un orgullo insoportable con aquellos a los que no elevaba a su
altura, como yo... la única criatura,
decía, en quien había hallado realmente inteligencia.
Hacía cinco años que esta mujer era viuda. Nunca tuvo
hijos; los detestaba, y esto es una especie de pequeña
dureza que, en una mujer, demuestra siempre insensibilidad: y
podía asegurarse que la de Mme. de
Clairwil era completa. Se jactaba de no haber vertido jamás una
sola lágrima, de no haberse enternecido
nunca por la suerte de los desgraciados. Mi alma es impasible,
decía; desafío a que me afecte algún sentimiento,
excepto el del placer. Soy dueña de los afectos de mi alma, de
sus deseos, de sus impulsos; todo en
mí está a las órdenes de mi cabeza; y esto es lo
peor que puede haber -continuaba-, porque esta cabeza es
detestable. Pero no me quejo de ella: me gustan los vicios, aborrezco
la virtud; soy enemiga jurada de todas
las religiones, de todos los dioses; no temo ni las desgracias de la
vida, ni las consecuencias de la muerte; y
aquel que se parece a mí, es feliz.
Con un carácter semejante, era fácil ver que Mme. de
Clairwil no tenía más que aduladores y muy pocos
amigos; no creía en la amistad más que en la bondad y
tampoco en las virtudes más que en los dioses. Unid
a esto enormes riquezas, una casa muy buena en París, otra
deliciosa en el campo, todos los lujos, la mejor
edad, una salud de hierro. O no hay felicidad en el mundo, o el
individuo que reune todas estas cosas agradables
puede jactarse de que la posee.
Mme. de Clairwil se abrió a mí desde el primer día
con una franqueza que me asombró en una mujer que,
como acabo de decir, estaba tan orgullosa de su superioridad; pero debo
hacerle la justicia de confesar que
nunca la tuvo conmigo.
-Noirceuil os ha descrito bien -me dice-; observo que tenemos la misma
alma, el mismo carácter, los mismos
gustos; estamos hechas para vivir juntas: unámonos, e iremos muy
lejos; pero, sobre todo, desterremos
todos los frenos, sólo están hechos para los tontos.
Caracteres elevados, almas orgullosas, espíritus fuertes
como los nuestros rompen todas esas tonterías populares
riéndose de ellas; saben que la felicidad está más
allá, la alcanzan con valentía, desechando las
pequeñas leyes, las frías virtudes y las imbéciles
religiones de
esos hombres de barro que no parecen haber recibido la existencia
más que para deshonrar a la naturaleza.
Unos días después, Clairwil, por quien yo comenzaba a
estar chiflada, vino a comer a solas conmigo. En
este segundo encuentro fue donde abrimos nuestros corazones, donde nos
confiamos nuestros gustos, nuestros
sentimientos ¡Oh!, ¡qué alma la de Clairwil! creo
que si el vicio hubiese habitado en la tierra, nunca
hubiese establecido su imperio más que en el fondo de esta alma
perversa.
En un momento de mutua confianza, antes de sentarnos a la mesa,
Clairwil se inclinó sobre mí; estábamos
ambas en una alcoba de cristal, cómodamente tumbadas sobre unos
cojines cuyos blandos plumones
sostenían nuestras espaldas vacilantes; un día muy dulce
parecía llamar al amor y favorecer sus placeres.
-¿No es cierto, ángel mío dice Clairwil
besándome el pecho-, que dos mujeres como nosotras deben
entablar
amistad excitándose mutuamente? Y la bribona,
levantándome el vestido mientras decía eso,
introducía ya su lengua encendida en lo más
profundo de mi garganta... Los libertinos dedos alcanzan su meta.
-Está ahí -me dice-, el placer dormita sobre un lecho de
rosas; ¿quiere mi tierno amor que lo despierte?
¡Oh Juliette!, ¿me permites que me abrace al fuego de los
arrebatos que voy a encender en ti?
-Bribona, tu boca me responde, tu lengua llama a la mía, la
invita a la voluptuosidad.
- ¡Ah!, devuélveme lo que te he hecho, y muramos de
placer.
-Desvistámonos -digo a mi amiga-, los libertinajes de la
voluptuosidad no son buenos más que cuando se
está desnudo; no descubro nada de ti, y quiero verlo todo;
desembaracémonos de estos velos inoportunos;
¿acaso no son ya demasiados los de la naturaleza? ¡Ah!,
cuando excite en ti arrebatos, querría ver palpitar
tu corazón.
- ¡Qué idea! -me dice Clairwil-, me pinta tu
carácter; Juliette, te adoro; hagamos todo lo que quieras.
Y mi amiga se desnudó como yo; en ese momento, nos examinamos
primero durante varios minutos, en
silencio. Clairwill se inflamaba a la vista de las bellezas que me
había prodigado la naturaleza. Yo no me
cansaba de admirar las suyas. Nunca se vio un talle más hermoso,
nunca un seno mejor sostenido... ¡Esas
nalgas!, ¡ah Dios!, era el culo de la Venus adorada por los
griegos: nunca vi uno tan deliciosamente moldeado.
Yo no dejaba de besar tantos encantos, y mi amiga, prestándose
al principio con gusto, me devolvía
después centuplicadas todas las caricias con que yo la colmaba.
-Déjame hacer -me dice al fin, después de haberme tumbado
en la otomana, las piernas muy abiertas-,
déjame probarte, amada, que sé dar placer a una mujer.
Entonces, dos de sus dedos trabajaron mi clítoris, y el agujero
de mi culo, mientras que su lengua, sumergida
en mi crica, sorbía ávidamente el flujo que excitaban sus
titilaciones. Nunca en mi vida había sido
excitada de esa manera; descargué tres veces seguidas en su boca
con tales transportes que creí desvanecerme.
Clairwil, ávida de mi flujo, cambió, para la cuarta
carrera, todas sus maniobras con tanta ligereza
como habilidad. Esta vez introdujo uno de sus dedos en mi coño,
mientras que con el otro agitaba mi clítoris,
y su lengua dulce y voluptuosa penetraba en el agujero de mi culo...
-¡Cuánto arte... qué gusto! -exclamé-
¡Ah!, Clairwil, me vas a matar.
Y nuevos chorros de flujo fueron el fruto de los divinos procedimientos
de esta voluptuosa criatura.
-¡Y bien! -me dice en cuanto me repongo-, ¿crees que
sé excitar a una mujer? Las adoro: ¿cómo no iba a
conocer el arte de darles placer? ¿Qué quieres, querida?,
¡soy una depravada! ¿Es culpa mía si la naturaleza
me ha dado gustos contrarios a los de todo el mundo? No conozco nada
tan injusto como la ley de mezclar
los sexos para conseguir una voluptuosidad pura; ¿y qué
sexo sabe mejor que el nuestro el arte de aguijonear
los placeres, devolviéndonos lo que se hace, para deleitarse uno
mismo haciéndonos lo que es propio?
¿No debe lograrlo él mejor que ese ser diferente de
nosotras, que no puede ofrecernos más que voluptuosidades
muy alejadas de las que exige nuestro tipo de existencia?
-¡Qué Clairwil!, ¿no te gustan los hombres!
-Me sirvo de ellos porque mi temperamento lo exige, pero los desprecio
y los detesto; me gustaría poder
inmolar a todos aquellos ante cuyas miradas he podido envilecerme.
-¡Qué orgullo!
-Es mi carácter, Juliette; a este orgullo uno la franqueza, es
el único medio de que me conozcas en seguida.
-Lo que dices supone crueldad; si deseas lo que acabas de expresar, lo
harías si pudieras.
-¿Quién te dice que no lo haya hecho? Mi alma es dura y
estoy muy lejos de creer que la sensibilidad sea
preferible a la feliz apatía de que gozo. ¡Oh Juliette!
-prosiguió mientras nos vestíamos-, quizás te
equivocas
sobre esa peligrosa sensibilidad con la que se honran tantos
imbéciles.
La sensibilidad, querida, es el hogar de todos los vicios, como es el
de todas las virtudes. Conduce a Cartucho
a la horca, de la misma forma que inscribe en letras de oro el nombre
de Tito en los anales de la bondad.
Por ser demasiado sensibles nos entregamos a las virtudes; por serlo
demasiado queremos las fechorías.
El individuo privado de sensibilidad es una masa bruta, tan incapaz del
bien como del mal y que sólo tiene de hombre el rostro. Esta
sensibilidad, puramente física, depende de la conformidad de
nuestros órganos,
de la delicadeza de nuestros sentidos, y más que nada, de la
naturaleza del fluido nervioso, en el que
yo sitúo generalmente todos los afectos del hombre. La
educación y, después de ella, la costumbre, adiestran
en tal o cual sentido la parte de sensibilidad recibida de manos de la
naturaleza; y el egoísmo... lo que
cuida nuestra vida, viene a continuación a ayudar a la
educación y a la costumbre para que se decidan por
tal o cual elección. Pero la educación nos engaña
casi siempre, en cuanto ha acabado, y la inflamación causada
sobre el fluido eléctrico en relación a los objetos
exteriores, operación a cuyo efecto llamamos pasiones,
impulsa a la costumbre al bien o al mal. Si esta inflamación es
mediocre, en razón de la densidad de
los órganos que se opone a una acción ejercida por el
objeto exterior sobre el fluido nervioso, o de la poca
velocidad con la que el cerebro le renvía el efecto de esta
presión, o incluso de la poca disposición de ese
fluido a ser puesto en movimiento, entonces los efectos de esta
debilidad nos impulsan a la virtud. Si, al
contrario, los objetos exteriores actúan sobre nuestros
órganos fuertemente, si los penetran con violencia, si
provocan una acción rápida en las partículas del
fluido nervioso que circulan en la concavidad de nuestros
nervios, en este caso, los efectos de nuestra sensibilidad nos impulsan
al vicio. Si la acción es todavía más
fuerte, nos arrastra al crimen, y definitivamente a las atrocidades, si
la violencia del efecto alcanza su último
grado de energía. Pero, bajo todos los aspectos, observamos que
la sensibilidad no es más que mecánica,
que todo nace de ella, y que ella es la que nos conduce a todo. Si
observamos en una persona joven el
exceso de esta sensibilidad, hagamos rápidamente su
horóscopo, y convenzámonos de que esta sensibilidad
acabará por llevarla un día al crimen; porque no es, como
podría creerse, el tipo de sensibilidad lo que conduce
al crimen o a la virtud: es su último grado; y el individuo en
el que su acción es lenta estará dispuesto
al bien, como es seguro que aquel en el que esta acción hace
estragos se inclinará necesariamente hacia el
mal, al ser el mal más excitante, mas atrayente que el bien.
Así pues, hacia él deben dirigirse los efectos
violentos, por el gran principio que acerca y junta siempre, en la
moral y en lo físico, todos los efectos iguales.
Por consiguiente, es cierto que el procedimiento necesario, en
semejante caso, frente a una persona joven
a la que se está formando, sería debilitar esta
sensibilidad, puesto que dirigirla es imposible. Quizás
perderéis
algunas virtudes al debilitarla, pero os ahorraréis muchos
vicios, y, en un gobierno que castiga severamente
todos los vicios, y que no recompensa nunca las virtudes, vale
infinitamente más aprender a no hacer
mal, que escoger hacer el bien. No hay absolutamente ningún
peligro en no hacer el bien, pero lo hay en
hacer el mal, antes de la edad en que se siente la obligada necesidad
de ocultar aquel mal al que nos arrastra
invenciblemente la naturaleza. Digo más: que lo más
inútil del mundo es hacer el bien, y lo más esencial
del mundo es no hacer el mal, no por uno mismo, pues la mayor de todas
las voluptuosidades nace a menudo
del exceso del mal, no por la religión, porque nada es tan
absurdo como creer en la idea de un Dios, sino
únicamente en relación a las leyes, porque, descubierta
su infracción, por muy deliciosa que ésta pueda ser,
nos arrastra siempre al infortunio cuando nos falta experiencia.
Por consiguiente, no habría ningún peligro en poner al
joven individuo, cuya educación suponemos aquí,
en tal estado de ánimo que nunca hiciese en verdad una buena
acción, pero que, como recompensa, nunca
imaginase una mala... al menos antes de la edad en que su experiencia
le advierta de la necesidad de la
hipocresía. Ahora bien, el procedimiento que habría que
utilizar en semejante caso sería embotar radicalmente
su sensibilidad, tan pronto como nos diésemos cuenta de que su
excesiva actividad podría arrastrarlo
al vicio. Porque, aun suponiendo que de la apatía a la que
reduciríais su alma pudiesen nacer algunos peligros,
esos peligros serán mucho menores que los que pudiesen nacer de
su excesiva sensibilidad. Los crímenes
cometidos, en el caso del endurecimiento de la parte sensitiva, lo
serán siempre a sangre fría y por
consiguiente el supuesto alumno tendrá tiempo de ocultarlos y de
compaginar sus consecuencias, mientras
que los cometidos en la efervescencia lo arrastran, sin que tenga
tiempo de prevenirlo, a los últimos excesos
del infortunio. Los primeros serán quizás más
sombríos, pero también más secretos, porque la
flema con la
que serán cometidos dará el tiempo suficiente para
prepararlos sin tener que temer sus consecuencias; los
otros, al contrario, cometidos con la cara al descubierto y sin
reflexión, llevarán a su autor al cadalso. Y lo
que debe preocuparos no es que vuestro alumno, convertido en hombre,
cometa o no crímenes, porque, en
realidad, el crimen es un accidente de la naturaleza cuyo instrumento
voluntario es el hombre, de la que es
preciso que sea juguete a pesar de sí mismo, cuando sus
órganos lo fuerzan; sino que debe preocuparos,
digo, el que este alumno cometa el delito menos peligroso, teniendo en
cuenta las leyes del país que habita,
de tal forma que si lo más inocuo es castigado y lo más
terrible no lo es, hay que dejarle hacer lo más terrible.
Porque, una vez más, no es del crimen de lo que hay que
protegerlo, sino de la espada que cae sobre el
autor del crimen; el crimen no tiene el menor inconveniente, pero el
castigo muchos. Da exactamente igual para la felicidad de un hombre que
cometa crímenes o no; pero es esencial para esa misma felicidad
que no
pueda ser castigado por los que haya hecho, de cualquier tipo o
atrocidad que puedan ser los crímenes. Por
lo tanto, el primer deber de un instructor sería dar al alumno
que tiene a su cargo las facultades necesarias
para que pueda entregarse al menos peligroso de los males, puesto que
desgraciadamente, es demasiado
verdad que tiene que inclinarse hacia uno o hacia otro; y la
experiencia os demostrará fácilmente que los
vicios que puedan nacer del endurecimiento del alma serán mucho
menos peligrosos que los producidos por
el exceso de sensibilidad y esto por la gran razón de que la
sangre fría puesta en unos ofrece los medios de
protegerse del castigo, mientras que está demostrado que es
imposible que pueda escapar de él aquel que, al
no haber tenido tiempo de preparar nada, se entrega ciegamente a la
efervescencia de sus sentidos. De esta
forma, en el primer caso, quiero decir al dejar a una persona joven
toda su sensibilidad, hará algunas buenas
acciones que hemos demostrado como inútiles; en el segundo, no
hará ninguna buena, lo que no tiene el
menor inconveniente; y la educación que le habéis dado no
le hará cometer más que el tipo de infracción
que pueda ser cometida sin peligro. Pero vuestro alumno llegará
a ser cruel... ¿Y cuáles serán los efectos de
esta crueldad? Con un poco de energía, consistirán en
negarse constantemente a todos los efectos de una
piedad que no admitirá la transformación que
habréis dado a su alma. Hay muy poco peligro en esto: son
algunas virtudes menos, pero la virtud es lo más inútil
del mundo, puesto que es penosa para el que la ejerce
y puesto que en nuestros climas no obtiene ninguna recompensa. Con un
alma fuerte y vigorosa, esta
crueldad puesta en práctica consistirá en algunos
crímenes sordos, cuyas relaciones agudas inflamarán,
mediante su frotamiento, las partículas eléctricas del
fluido nervioso de sus nervios, y que quizás costarán
la vida a algunos seres oscuros. ¿Qué importa?, al no
haber alterado la efervescencia de su pasión las facultades
de su juicio, habrá procedido en todo con tal misterio... con
tal arte, que la antorcha de Thémis no
podrá penetrar nunca en sus recovecos; por lo tanto,
habrá sido feliz sin arriesgar nada: ¿no es esto todo lo
que hace falta? No es el mal lo que es peligroso, sino su apariencia; y
el más odioso de todos los crímenes,
si está bien oculto, tiene infinitamente menos inconvenientes
que la más mínima debilidad al descubierto.
Ahora, dirigid los ojos al otro caso. Dotado del completo ejercicio de
sus facultades sensitivas, el supuesto
alumno ve un objeto que le conviene; los padres se lo niegan:
acostumbrado a dar a su sensibilidad toda la
amplitud posible, matará, envenenará todo lo que,
rodeando a este objeto, pueda obstaculizar sus deseos y
será ahorcado. Como puede verse, en los dos casos, siempre
supongo lo peor: no ofrezco más que un ejemplo
de los peligros de una y otra situación, y dejo a la
inteligencia la combinación de los otros datos. Si,
cuando estén hechos vuestros cálculos, aprobáis,
como no puedo dejar de creerlo, la extinción de toda
sensibilidad
en un alumno, entonces la primera rama que hay que podar del
árbol es necesariamente la piedad.
En efecto ¿qué es la piedad? Un sentimiento puramente
egoísta que nos lleva a lamentar en los otros el mal
que tenemos para nosotros. Presentadme un ser en el mundo que, por su
naturaleza, esté exento de todos los
males de la humanidad, y este ser no solamente no tendrá ninguna
especie de piedad, sino que ni siquiera la
concebirá. Una prueba mayor aún de que la piedad no es
más que una conmoción puramente pasiva, impresa
en el fluido nervioso, en razón o en proporción de la
desgracia acaecida a nuestro semejante, es que
siempre seremos más sensibles a esta desgracia si sucede ante
nuestros ojos, aunque sea un desconocido,
que a la desgracia que puede haber sentido a cien leguas de nosotros el
mejor de nuestros amigos. ¿Y por
qué esta diferencia, si no estuviese demostrado que este
sentimiento sólo es el resultado físico de la
conmoción
del accidente sobre nuestros nervios? Ahora bien, yo pregunto, si un
sentimiento semejante puede tener
en sí mismo algo de respetable y si puede ser visto de otra
forma que como debilidad. Además, es un
sentimiento muy doloroso, puesto que sólo aparece en nosotros
por una comparación que nos reduce a la
desgracia. Por el contrario, su extinción produce un goce, ya
que permite darse cuenta, a sangre fría, de un
estado del que estamos exentos y entonces nos permite una
comparación ventajosa... destructiva, si nos
ablandamos hasta el punto de lamentar el infortunio, lo hacemos
sólo por el cruel pensamiento de que, quizás
mañana, puede ocurrirnos otro tanto. Afrontemos este
desagradable temor, sepamos arrastrar sin miedo
ese peligro por nosotros mismos, y ya no lo lamentaremos en los otros.
Otra prueba de que este sentimiento no es más que debilidad y
pusilanimidad, reside en que afecta mucho
más a las mujeres y a los niños que a aquellos cuyos
órganos han adquirido toda la fuerza y la energía
convenientes.
Por la misma razón, el pobre, más cerca del infortunio
que el rico, tiene de modo natural el alma
más abierta a los males que ofrece a sus miradas la mano de la
suerte; como estos males están más cerca de
él, los compadece más. Por consiguiente, todo esto prueba
que la piedad, lejos de ser una virtud, no es más
que una debilidad nacida del temor y de la desgracia, debilidad que
debe ser eliminada antes de nada, cuando
se trabaja en embotar la excesiva sensibilidad de los nervios,
enteramente incompatible con las máximas
de la filosofía. Estos son, Juliette, estos son los principios
que me han llevado a esta tranquilidad, a este reposo de las
pasiones, a este estoicismo que me permite ahora hacer y soportar todo
sin emoción. Así pues, date prisa en
iniciarte en estos misterios -prosiguió esta encantadora mujer,
que todavía no sabía en qué punto estaba yo
sobre todo esto-. Apresúrate a aniquilar esa estúpida
conmiseración que te turbaría al menor espectáculo
desgraciado que se ofreciese a tu vista. Una vez que hayas llegado a
este punto, ángel mío, a través de continuas
experiencias que te convencerán pronto de la extrema diferencia
que media entre ti y ese objeto, de
cuya triste suerte te lamentas, convéncete de que las
lágrimas que derramases sobre este individuo no lo
aliviarían y, sin embargo, te afligirían a ti; de que las
ayudas que le prestases no podrían añadir realmente
más que un placer insípido a tus sentidos, y que puede
nacer otro muy vivo de la negación de tales ayudas.
Persuádete de que sacar de la clase de la indigencia a los que
han querido colocarse en ella es turbar el orden
de la naturaleza; que, enteramente sabia y consecuente en todas sus
operaciones, tiene sus designios
sobre los hombres, designios que no nos corresponde conocer ni
contrariar; que sus intenciones respecto a
nosotros se demuestran por la desigualdad de las fuerzas, seguida
necesariamente por la de las fortunas y
las condiciones. Considera ejemplos antiguos, Juliette; tu mente
está llena de ellos: recuerda tus lecturas.
Acuérdate del emperador Licinio, que, bajo las penas más
rigurosas, prohibía toda compasión hacia los
pobres y todo tipo de ayuda a la indigencia. Recuerda esa secta de
filósofos griegos que sostenía que era un
crimen querer turbar los matices establecidos por la naturaleza en las
diferentes clases de hombres; y, cuando
hayas llegado al mismo punto que yo, entonces deja de deplorar la
pérdida de las virtudes producidas
por la piedad; porque al no tener estas virtudes como base más
que el egoísmo, no pueden ser respetables.
Puesto que no existe ninguna seguridad de que hagamos bien sacando al
desgraciado del infortunio en que
lo ha colocado la naturaleza, es mucho más simple ahogar el
sentimiento que nos hace sensibles a sus desgracias
que dejarlo germinar, quizás con la aprehensión de
ultrajar a la naturaleza si trastornamos sus intenciones
con la compasión: entonces, lo mejor es ponernos en tal estado
que sólo veamos ya esos males con
indiferencia. ¡Ah!, querida amiga, si, como yo, tuvieses la
fuerza de dar un paso más, si tuvieses el valor de
encontrar placer en la contemplación de los males de otro,
sólo por la satisfactoria idea de no experimentarlos
uno mismo, idea que produce necesariamente una voluptuosidad segura, si
pudieses llegar hasta
ese punto, sin duda habrías ganado mucho para tu felicidad,
puesto que habrías llegado a convertir en rosas
una parte de las espinas de la vida. No dudes ni un momento de que los
Denis, Nerón, Luis XI, Tiberio,
Venceslas, Herodes, Andrónico, Heliogábalo, Retz, etc.
(6), han sido felices por estos principios, y que si
ellos pudieron hacer todas las atrocidades que hicieron sin temblar, no
fue con toda seguridad más que porque
habían llegado a encender la voluptuosidad en la llama de sus
crímenes. Eran monstruos, me objetan
los estúpidos. Sí, según nuestras costumbres y
nuestra forma de pensar; pero con respecto a las grandes
intenciones de la naturaleza sobre nosotros, no eran más que los
instrumentos de sus designios; para que
cumpliesen sus leyes, ella los dotó con esos caracteres feroces
y sanguinarios. De esta forma, aunque parecía
que ellos hacían mucho mal según las leyes humanas, cuyo
fin es conservar al hombre, no hacían ninguno
según las de la naturaleza, cuyo fin es destruir por lo menos
tanto como crea. Al contrario, hacían un
bien real, puesto que cumplían sus intenciones; de donde resulta
que el individuo que tenga un carácter
semejante al de estos pretendidos tiranos, o el que llegase a demostrar
el suyo, no solamente evita grandes
males, sino que incluso podría encontrar, en el cumplimiento de
esos sistemas, la fuente de una voluptuosidad
muy grande, a la que podría entregarse con tanto menos temor
cuanto que estaría totalmente seguro de
ser tan útil a la naturaleza, bien con sus crueldades bien con
sus desórdenes, como el más honrado de los
hombres con sus cualidades bienhechoras y con sus virtudes. Alimenta
todo esto con acciones y ejemplos;
mira con frecuencia a los infortunados; acostúmbrate a negarles
ayuda, a fin de que tu alma se habitúe al
espectáculo del dolor abandonado a sí mismo;
atrévete a hacerte culpable, por tu cuenta, de algunas
crueldades
más atroces, y pronto verás que entre los males
producidos que no te afectan y la conmoción de esos
males que han hecho experimentar a tus nervios una vibración
voluptuosa, aunque no fuese más que por la
comparación del bien con el mal que tú has sacado de
él, que ves toda en tu favor, aunque no fuese, digo,
más que a causa de eso, no podrías dudar ni un momento.
Entonces, tu sensibilidad se embotará inperceptiblemente;
no habrás evitado grandes crímenes, sino que al
contrario, los habrás hecho cometer y los habrás
cometido tú misma, pero habrá sido, al menos, con flema,
con esa apatía que permite a las pasiones velarse
y que, al ponerte en estado de prever sus consecuencias, te preserva de
todos los peligros.
(6) Es del mariscal de quien se habla aquí.
- ¡Oh Clairwill, me parece que con esta manera de pensar, no te
has arruinado con buenas obras. -Soy rica -me respondió esta
mujer extraordinaria-, hasta el punto de no saber bien lo que tengo.
¡Y
bien!, Juliette, te juro que preferiría tirar mi dinero al
río antes que emplearlo en lo que los tontos llaman limosnas,
plegarias o caridades: creo que todo esto es muy perjudicial para la
humanidad, fatal para los pobres,
cuyas energías absorben tales costumbres, y todavía
más peligroso para el rico, que cree haber adquirido
todas las virtudes cuando ha dado unos escudos a curas o a holgazanes,
medio seguro de cubrir todos
sus vicios animando los de los otros.
-Mujer adorable -digo a mi amiga-, si conoces mi puesto ante el
ministro, debes imaginarte que mi moral,
respecto a todos los temas de los que me acabas de hablar, no es mucho
más pura que la tuya.
-Con toda seguridad -me dice-, sé todos los servicios que
prestas a Saint-Fond. Siendo amiga suya, así
como de Noirceuil, desde hace mucho tiempo, ¿cómo no iba
a conocer los excesos a los que se entregan
esos dos criminales? Tú los sirves, yo te alabo; los
serviría yo misma en caso de necesidad; me basta que
esos extravíos sean criminales para adorarlos. Pero
también sé, Juliette, que al trabajar mucho por los
otros,
sólo haces muy poco por ti misma, y dos o tres robos no son
hechos con la suficiente fuerza como para que
no necesites todavía ejemplos y lecciones: así pues,
déjame que te anime y te impulse a más grandes acciones,
si realmente quieres ser digna de nosotros.
- ¡Ah! -digo-, ¡cuánta estima y amistad te debo por
tales cuidados! Sigue con ellos, y estoy segura de que
en ninguna parte encontrarás una escolar más sumisa. No
hay nada que yo no emprenda contigo, nada que
no imagine, guiada por tus consejos; y voy a poner todas mis
pretensiones para el futuro en la firme ambición
de sobrepasar un día a mi maestra. Pero, querida mía
olvidamos nuestros placeres; yo los he recibido
divinos de ti, y tú todavía no me has permitido
devolvértelos: ardo en deseos de hacer pasar a tu alma una
parte de esta llama divina con la que acabas de abrasarme.
-Juliette, eres deliciosa, pero soy demasiado vieja para ti:
¿has pensado que tengo treinta años? Hastiada
de las cosas ordinarias, necesito refinamientos tan groseros, episodios
tan fuertes... Necesito tantos preliminares
para excitarme, tantas ideas monstruosas, tantas acciones obscenas para
que descargue... Mis costumbres
te aterrorizarán; mi delirio te escandalizará; mis
exigencias te cansarán...
Después, mientras sus hermosos ojos se llenaban de fuego y sus
labios se cubrían con la espuma de la lubricidad
-¿Tienes mujeres aquí? -me dice-, ¿son
lascivas?... Bonitas, eso me da lo mismo; sólo me
calentaré contigo
pero al menos quiero que esas criaturas sean bien zorras,
impúdicas, pacientes, enérgicas, que juren
increíblemente, y que sólo desnudas lleguen hasta
mí. ¿Cómo puedes hacerme ver semejantes mujeres?
-No tengo aquí más que cuatro -respondí- para mis
más apremiantes necesidades.
-Son muy pocas: rica como eres, cada día deberían estar a
tus órdenes al menos veinte mujeres, y deberías
renovarlas cada semana. ¡Ah!, ¡cómo necesitas que te
enseñe a gastar el dinero con que te cubres! ¿Acaso
eres avara? No estaría mal. Yo idolatro el oro hasta el punto de
haberme excitado ante la inmensidad de
luises que amaso, y eso en la idea de que puedo hacerlo todo con las
riquezas que están ante mi vista. Así
pues, encuentro muy sencillo que se tenga el mismo gusto, pero sin
embargo, yo no quiero negarme nada;
los tontos son los únicos que no comprenden que se pueda ser
avaro y pródigo a la vez, que se pueda tirar la
casa por la ventana para los placeres de uno y negarse a todo para
buenas obras... Vamos, haz que vengan
tus cuatro mujeres, y sobre todo varas, si quieres verme descargar.
- ¡Varas!, ¿es que acaso azotas, querida mía?
- ¡Ah!, ¡hasta hacer brotar sangre, mi amor!... E
igualmente recibo. No hay una pasión más deliciosa para
mí; no hay ninguna que inflame con más seguridad todo mi
ser. Nadie duda hoy de que la flagelación pasiva
es de la mayor efectividad para devolver el vigor apagado por los
excesos de la voluptuosidad. Por lo
tanto, no hay que asombrarse de que toda la gente agotada por la
lujuria busque ávidamente en la dolorosa
operación de la flagelación el soberano remedio para el
agotamiento, para la debilidad de sus riñones y para
la pérdida total de sus fuerzas, o para un físico
frío, vicioso y mal organizado. Esta operación da
necesariamente
a las partes relajadas una conmoción violenta, una
irritación voluptuosa que se apodera de ellos y los
hace lanzar el semen con infinitamente más fuerza: el agudo
sentimiento del dolor de las partes golpeadas
nos hace más sutiles y precipita la sangre con más
abundancia, atrae los sentidos dando a las partes de la
generación un calor excesivo, por último proporciona al
ser libidinoso que busca el placer el medio de consumar
el acto de libertinaje, a pesar de la misma naturaleza, y de
multiplicar sus goces impúdicos más allá de los
límites de esta naturaleza madrastra. Respecto a la
flagelación activa, ¿puede haber en el mundo una
voluptuosidad mayor para seres endurecidos como nosotros? , ¿hay
alguna que dé mejor la imagen de la
ferocidad, que satisfaga más, en una palabra, esa
inclinación a la crueldad que hemos recibido de la
naturaleza?...
¡Oh Juliette!, someter a esta degradación a un objeto
joven, interesante y dulce, y que tenga la mayor
cantidad de afinidades posible con nosotros, hacerle experimentar
duramente esta forma de suplicio,
cuyos alcances tienen todos por emblema la voluptuosidad, divertirse
con sus lágrimas, excitarse con sus
penas, exaltarse con sus saltos, inflamarse con sus brincos, con esos
retorcimientos (7) voluptuosos que
arranca el dolor de la víctima, hacer correr su sangre y sus
lágrimas, encarnizarse con ellas, gozar sobre su
bonito rostro de las contorsiones del dolor y de los juegos musculares
impresos por la desesperación, recoger
de su lengua esos chorros púrpura que tan bien contrastan con el
tinte de los lirios de una piel suave y
blanca, aparentar que te calmas un momento para aterrorizar a
continuación con nuevas amenazas, y no
realizar las amenazas más que con otros refinamientos más
ultrajantes y más atroces todavía, no ahorrar
nada dé cólera, y recorrer con la misma rabia las partes
más delicadas, las mismas que la naturaleza parece
haber creado para homenaje sólo de los tontos, como el pecho o
el interior de la vagina, como el mismo
rostro. ¡Oh, Juliette, qué delicias! ¿No es de
alguna manera invadir los derechos del verdugo?, ¿no es
desempeñar
su papel?, ¿y esta sola idea no basta para determinar
invenciblemente la eyaculación del esperma
en seres que, hastiados como nosotros de todas las cosas ordinarias y
simples, necesitan esos sabios refinamientos
para reencontrar lo que los excesos les ha hecho perder? Que no te
sorprenda semejante gusto en
una mujer. El mismo Brantôme, del que acabamos de tomar una
expresión, nos habla con candor e ingenuidad
de diferentes ejemplos que apoyan estas máximas (8).
Había -dice él-, una dama de mucho mundo,
tan hermosa como rica, y viuda desde hacía varios años, a
la que nadie igualaba en la corrupción de las
costumbres. Rodeada de jóvenes muchachas de
compañía, siempre extremadamente bellas, se
complacía en
hacerlas desnudar y en golpearlas con su mano, sobre las nalgas, lo
más fuerte que podía. Les inventaba
faltas con el fin de tener el derecho de castigarlas: entonces, las
azotaba con varas y hacía consistir toda su
voluptuosidad en verlas agitarse bajo sus golpes; cuanto más se
movían, más se lamentaban, más sangraban,
más -lloraban, más feliz era la puta. Algunas veces se
contentaba con arremangarlas el vestido, en lugar
de ponerlas desnudas, encontrando en el acto de levantar y sujetar sus
faldas más placer aún que en la
excesiva facilidad ofrecida por su completa desnudez.
(8) Tomo I de las Vidas de las Damas galantes de su tiempo,
edición en Londres, 1666, in-12. Quizás
tendríamos que haber col piado literalmente al autor citado; dos
razones nos lo han impedido: la primera es
que las citas siempre forman abigarramientos desagradables; la segunda,
que Brantôme no ha hecho más
que esbozar lo que nosotros hemos querido pintar con más fuerza,
sin alejarnos, no obstante, de la verdad.
(7) Expresiones de Brantóme, en el mismo artículo, que se
va a citar en seguida.
Un gran señor -dice un poco más lejos- experimenta
también el mismo placer en fustigar extrañamente a
su mujer o desnuda o remangada.
Una madre -añade el mismo autor- azotaba regularmente a su hija
dos veces al día, no por alguna falta
que hubiese cometido, sino por el placer de contemplar la en este
dolor. Cuando la joven alcanzó la edad de
catorce años, inflamó de tal manera la concupiscencia de
su madre, que ésta se pasaba cuatro horas al día
fustigándola cruelmente.
-Pero -prosiguió Clairwil- si nos contentásemos con
nuestros anales, ¡cuántos modelos más interesantes
encontraríamos en ellos sobre este tema!, y tu amigo Saint-Fond,
que no pasa un solo día sin azotar a su
hija, ¿no podría coronar acaso nuestras modernas
investigaciones?
-He sido la víctima de ese gusto -respondí-, y a pesar de
eso, lo comprendo hasta el punto de adoptarlo
quizás un día, siguiendo tu ejemplo. ¡Oh
sí!, Clairwil, tendré todos tus gustos, quiero
identificarme contigo
¡ya no puede haber felicidad en el mundo para Juliette hasta que
no haya aprendido todos tus vicios!
Entraron las cuatro mujeres: estaban desnudas, como había
deseado mi amiga, y le ofrecían con toda seguridad
uno de los más hermosos conjuntos de lubricidad que sea posible
ver. La mayor no tenía todavía
dieciocho años, la más joven quince: era difícil
ver cuerpos más hermosos y rostros más agradables.
-Están bien -dice Clairwil, examinándolas por encima.
Y como cada una traía un puñado de varas, Clairwil las
cogió y puso a las cuatro cerca de ella. -Acercaos -dice a
continuación a la más joven (visitó a una tras
otra por orden de edad)-, sí, acercaos, y
prosternándoos a mis pies pedid humildemente perdón por
las tonterías que hicisteis ayer.
-¡Oh!, señora, no hice ninguna.
Un enérgico bofetón fue la respuesta de Clairwil.
-Os digo que hicisteis tonterías, y os ordeno que me
pidáis perdón de rodillas.
-Y bien, señora -dice la pequeña obedeciendo-, os lo pido
de todo corazón.
-No os concederé ese perdón hasta que hayáis sido
castigada; levantaos y venid a ofrecerme humildemente
vuestras nalgas.
Entonces Clairwil, que había frotado ligeramente el bonito culo
con la palma de su mano, le aplica una
bofetada tan fuerte que sus cinco dedos quedaron señalados. Las
lágrimas empezaron a correr sobre las
hermosas mejillas de esta pobre niñita, que al no haber sido
prevenida y al no haber experimentado nunca
nada semejante, se encontraba dolorosamente afectada por esta
recepción. Clairwil la examina y le chupa
los ojos en cuanto ve lagrimas en ellos; los suyos lanzaban llamas, su
respiración se hacía cada vez más
agitada, su bello seno, al moverse de excitación, parecía
seguir las palpitaciones de su corazón. Metió su
lengua en la boca de esta muchacha, la chupó durante mucho
tiempo, después, animándose todavía más con
esta segunda caricia, le aplicó una segunda bofetada sobre el
culo, más fuerte que la primera.
-Sois una putilla -le dice-, ayer os sorprendí excitando vergas,
y no soportaré que ultrajéis las buenas costumbres
hasta ese punto... Me gustan las costumbres, deseo el pudor en una
joven.
-Os respondo, señora...
-Vamos, ni una excusa, zorra -interrumpió Clairwil dando un
enérgico puñetazo en los costados de la joven-;
culpable o no, es necesario que os veje y me divierta. Pequeños
seres tan despreciables como vos sólo
son buenos para los placeres de una mujer como yo.
Y diciendo esto, Clairwil pellizca sobre las partes más carnosas
de su bonito cuerpecito, hasta el punto de
hacerla gritar; y, en cuanto la desgraciada lanzaba un grito, nuestra
libertina lo ahogaba al paso recogiéndolo
en su boca. Su cólera aumentó; entonces, las palabras mas
sucias y más crapulosas, los juramentos más
infames, exhalaron de sus labios impuros; eran entrecortados como
suspiros; inclinó a la víctima sobre el
canapé, examinó lúbricamente su trasero, lo
entreabrió, metió su lengua, después, volviendo a
las nalgas,
las mordió en cuatro sitios diferentes, lo que la joven no
soportó sin saltos y brincos que divertían mucho a
mi amiga y que excitaban en ella esas risas malvadas que salen
más bien de la ferocidad que de la alegría.
-Vamos, jodida bribona, ¡vas a ser azotada! -le dice-, sí,
sagrado bribón de Dios, voy a zurrarte, deseando
que cada uno de los golpes que recibas de mi mano deje sobre tu villano
culo huellas imborrables.
Entonces, cogiendo un puñado de varas, hace levantarse a la
joven, le enlaza el cuerpo con su brazo izquierdo,
y metiéndole una rodilla en el vientre, le hace ofrecer el culo
en la más hermosa posición; lo examina
un momento en este estado; después, comenzando a zurrar con su
mano derecha, sin preparativos,
sin miramientos, aplica primero veinticinco golpes que mancillan ese
culo fresco y de color de rosa de tal
forma que ya no se veía ni una sola parte que no estuviese
cubierta de cardenales. Entonces, llama a las
otras tres mujeres una detrás de otra, hace que cada una de ella
le meta la lengua en la boca, ordenándolas,
a medida que se hace besar, que le manoseen con fuerza las nalgas, que
le exciten el agujero del culo y que
llenen de elogios la operación que ella hace, sobre todo
denunciándola algunas nuevas faltas de .a delincuente.
Yo pasé después de las tres muchachas y la besé de
la misma manera, socratizándola, aprobando el
suplicio que ella imponía a la víctima y alimentando su
rabia lúbrica con una sarta de calumnias sobre esta
infortunada. Cuando la besé, quiso que le llenase la boca de
saliva, y se la tragó; volviendo a continuación a
la obra, aplicó, en esta segunda sesión, el doble de
golpes que había propinado en la otra; después, en
seguida,
una tercera sesión, que elevó a ciento cincuenta el
número de golpes recibidos. El culo de la muchacha
más joven estaba cubierto de sangre; ordena a las otras tres
mujeres que laman esa sangre y que se la
entreguen en la boca; y en cuanto a mí, me besó,
devolviéndome toda la sangre que ella había recibido.
-Juliette -me dice-, la fiebre del delirio se apodera de mis sentidos;
te prevengo de que tus otras tres zorras
van a ser azotadas con más fuerza.
Lame a la pequeña, y se hace pasar ligeramente la lengua por el
coño y el culo. -Vamos -dice a la segunda, designando a la que
seguía en edad-, ¡vamos, avanza, puta!
Esta, aterrorizada por lo que acababa de hacer a su compañera,
se echa hacia atrás en lugar de obedecer.
Pero Clairwil, que no estaba de humor para concederle la gracia, la
atrae con fuerza hacia ella con un brazo
y la abofetea un montón de veces. La joven se echa a llorar.
- ¡Bien! -dice Clairwil-, eso es lo que me gusta.
Y como esta encantadora criatura, de dieciséis años,
tenía ya el pecho bastante hermosamente formado,
se lo apretó hasta el punto de hacerla gritar; después,
besándola en seguida, la mordió hasta dejarle marcas.
-Vamos -le dice, jurando-, veamos vuestro culo.
Y como le pareció delicioso, no pudo dejar de decir, antes de
golpearlas:
-¡Ah!, ¡qué hermosas nalgas!
La misma superioridad que las concedía la obligó a nuevos
homenajes: se curva, besa el sublime trasero
y acaricia el agujero, le da la vuelta, hace otro tanto con el
clítoris y vuelve prontamente al culo. Pero no
son bofetadas lo que aplica esta vez, son enérgicos
puñetazos lo que distribuye y extiende desde las piernas
hasta los hombros, de tal forma que en un momento vuelve negras las
partes tan blancas de este hermoso
cuerpo.
-¡Santo Dios! -exclama-, ¡me excito!, esta zorrilla tiene
uno de los culos más hermosos que yo haya visto
en mi vida.
Coge las varas y se pone a fustigar extraordinariamente; pero, al cabo
de algunos golpes, utiliza con esta
un episodio que no había empleado con la otra: con la mano
izquierda, con la que le enlaza el cuerpo, separa
las nalgas de la paciente, para que los golpes que le da con la mano
derecha caigan sobre las partes más
sensibles del agujero del culo y las carnes delicadas que lo rodean;
así, toda esa parte está bien pronto ensangrentada.
En este punto, quiso que los besos que se le daban en la boca y las
caricias de su trasero tuviesen
lugar durante toda la operación. Las otras tres muchachas y yo
cumplimos esto; sin embargo, sólo conmigo
observó el rito de tragar y hacerme tragar saliva. La tercera
muchacha fue tratada como la primera, y
la cuarta como la segunda; todas fueron desgarradas sin piedad, todas
fueron cubiertas de sangre. Saliendo
de esto como una bacante, y más hermosa que Venus, Clairwil hizo
que las cuatro muchachas se colocasen
en fila una junto a otra, a fin de comparar el conjunto de sus culos y
verificar si todos estaban igualmente
lacerados. Al encontrar uno mejor tratado, volvió a coger las
vergas y le aplicó cincuenta nuevos golpes
que pronto lo pusieron en un estado tan deplorable como el de sus
vecinos.
-Juliette me dice-, ¿quieres que te zurre a ti también?
-Claro -respondí-, ¿cómo puedes sospechar que no
desee con tanto ardor como tú lo que parece aumentar
la suma de tus voluptuosidades? Azota, aquí está mi culo,
este es mi cuerpo, aquí está toda mi persona a tus
órdenes.
-Y bien -me dice-, súbete a los hombros de la más joven
de esas muchachas, y, mientras yo te azoto, que
las otras tres observen lo que voy a prescribir. Apoderaos de varas,
que empiece la menos fuerte; a continuación,
las otras das; vos, de quien voy a recibir los primeros latigazos,
escuchad con atención lo que tenéis
que hacer: os arrodillaréis ante mi culo, lo elogiaréis,
lo besaréis, separaréis mis nalgas, deslizaréis
vuestra lengua muy dentro del agujero, pasando por debajo uno de
vuestros dedos, que irá a parar al clítoris;
os volveréis a levantar y, llenándome de insultos y
amenazas, me aplicaréis todo seguido, y sin parar,
doscientos golpes sobre el trasero, aumentando constantemente su
fuerza; vosotras, las que debéis seguir,
me habéis oído, imitaréis a vuestra
compañera; empecemos.
Clairwil atormentaba, con pellizcos y arañazos, el culo de la
pequeña, sobre cuyos hombros estaba yo, y
al mismo tiempo me zurraba de la forma más enérgica. Por
otra parte, ejecutaban a las mil maravillas lo
que ella había aconsejado; y la puta, que quería hacer
uso de todo, besaba alternativamente las bocas de
aquellas que no la azotaban. A medida que mi culo recibía las
impresiones de sus varas, la feroz criatura
besaba y lamía las marcas con avidez: en cuanto recibió
el número de golpes que ella misma había fijado,
cambió de postura.
La muchacha de dieciocho años se puso de rodillas ante ellas;
Clairwil le apoyó el coño sobre el rostro,
frotando con todas sus fuerzas los labios de su vagina y su
clítoris sobre la nariz, la boca y los ojos de la muchacha, a la
que recomendó que la lamiese. Una muchacha apostada a la
derecha, y otra a la izquierda,
zurraban enérgicamente a mi amiga, que, con un puñado de
varasen cada mano, se vengaba sobre los dos
culos de los golpes que ella recibía; a caballo sobre la cabeza
de la que le lamía el coño, le presentaba el
mío para que lo chupase; en este momento la puta
descargó, pero con gritos, blasfemias y convulsiones que
caracterizaban uno de los delirios más lúbricos y
más lujuriosos que yo había observado en mis días;
el
bonito rostro contra el que había luchado la bribona estaba
inundado de flujo.
_ -¡Vamos, santo Dios!, hagamos otra cosa -exclamó, sin
darse tiempo a respirar-, nunca descanso cuando
mi esperma está corriendo; ¡trabajadme, putas!,
¡sacudidme, azotadme, excitadme de la forma más fuerte!
La muchacha de dieciocho años se tumba sobre la otomana, yo me
siento sobre su rostro, Clairwil acampa
sobre el mío; yo le devolvía cuanto a mí me
chupaban elevada por encima de mí, la más joven de las
muchachas hacía besar sus nalgas a Clairwil, a quien otra daba
por el culo con un consolador; la más delgada
de las cuatro, inclinada, excitaba con sus dedos el clítoris de
Clairwil, casi encima de mi boca, y presentaba,
al mismo tiempo, su coño a las mismas poluciones ejercidas por
la mano de mi amiga. De esta
manera, nuestra libertina lamía un culo con su lengua, era
acariada, sodomizada, y excitada en el clítoris.
-Juliette -me dice al cabo de unos minutos-, ya te dije que sólo
me excitaba con imaginación; una de las
cosas que más calienta la mía es oír jurar mucho
alrededor de mí: tus putas no dicen una palabra.
Esto era harto difícil; estas muchachas, elegidas de la clase de
la mejor burguesía, y habiendo sido libertinas
únicamente conmigo, conocían mal el lenguaje que
podía convenir a Clairwil. Hicieron lo que pudieron;
pero yo me vi obligada a suplirlas y a sostener, casi yo sola, las
caústicas injurias que se complacía en
oír dirigir al Ser supremo; en la existencia del cual la zorra
no creía más que yo. En consecuencia, la que le
excitaba el clítoris--me había sustituido en acariciarla;
y yo la excitaba blasfemando contra los tres despreciables
dioses del cristianismo como nunca lo habían sido en su vida. La
bribona- se movía mucho, pero no,
llegaba a nada, una vez más había que cambiar de posturas
y de episodios. Nunca había visto -grada tan
hermoso ni tan animado como esta mujer cuando-salió de esta
escena: si se hubiese querido pintar a la diosa
misma de la lubricidad, hubiese sido imposible buscar otro modelo. Me
salta al cuello, me lengüetea
durante un cuarto de hora, me enseña su culo: parecía
escarlata y contrastaba agradablemente con la resplandeciente
blancura de su piel.
-¡Ah!, sagrado Dios en el que me jodo -me dice exaltada-,
¡cómo me excito! ¡Juliette!, ¡y qué no
emprendería
yo en el estado en que estoy! No hay ningún tipo de crimen, de
cualquier naturaleza, de cualquier
violencia que quieras suponer, que no ejecutase en este mismo instante.
¡Oh!, mi amor..., ¡oh!, mi puta...,
¡oh!, mi querida bribona..., ¡oh!, tú a la que amo
infinitamente y en cuyos brazos quiero perder mi flujo,
convén conmigo en que no hay nada que lleve a los horrores; como
la tranquilidad, la impunidad, las riquezas
y la salud de que gozamos: así pues, dame la idea de
algún crimen... que yo lo ejecute ante tus ojos;
hagamos algo infame, te lo suplico...
Y como me di cuenta de que la más joven de las muchachas la
excitaba, y que ella le chupaba en exceso,
alternativamente la boca, el culo y el coño, le pregunté
en voz baja si quería maltratarla.
-No -me dice-, eso no me satisfaría; yo azoto, zurro
voluntariamente un momento a las mujeres, pero por
la disolución total de la materia, tú me entiendes...
necesitaría un hombre, son los únicos que me excitan a
la crueldad; me gusta vengar a mi sexo de los horrores que le han hecho
sentir, cuando los criminales se
encuentran más fuertes. No podrías creer con qué
delicia asesinaría a un hombre en este momento. ¡Oh
Dios!, ¡cuántos tormentos le haría soportar!;
¡por qué oscuros y tenebrosos caminos lo conduciría
a la
muerte!... Vamos, veo que al no haber llegado tu imaginación a
este punto, no puedes ofrecerme nada de
este tipo; en ese caso, acabemos la escena, con algunas suciedades
libidinosas ya que no podemos con crímenes.
Las suciedades, ejecutadas con toda la precisión y todos los
episodios deseados, la agotan por fin; se precipita
a un baño de rosas; la asean, la perfuman, la visten con el
más indecente vestido, y comemos.
Clairwil, tan caprichosa en los excesos de la mesa como en los del
lecho, tan intemperante, tan extraña en
unos como en otros, sólo se alimentaba de aves y de caza siempre
deshuesadas, y siempre dispuestas bajo
las formas más variadas y mejor disimuladas. No hacía
ningún uso de los alimentos populares: era preciso
que todo lo que se la sirviese fuese refinado; su bebida corriente era
agua azucarada y helada en todas las estaciones, a la que echaba, por
color, veinte gotas de esencia de limón y dos cucharadas de agua
de azahar;
nunca bebía vino, pero sí mucho licor y café; por
otra parte, comía en exceso, no hubo un solo plato que no
atacase, de los cincuenta que le fueron servidos. Prevenida de antemano
de sus gustos, todo se dispuso según
sus deseos, y es increíble lo que engulló. Esta mujer
encantadora, cuya costumbre era que los demás
adoptasen sus gustos en la medida que podían, los
preconizó de tal forma que me hizo seguir su régimen,
pero no su abstinencia de vino; yo siempre he hecho un gran uso de
él, y verdaderamente me gustará toda
mi vida.
Mientras comíamos, confesé a Clairwil que estaba
confundida con su libertinaje.
-No has visto nada -me dice-, sólo te he dado un ligero esbozo
de mis excesos lujuriosos: quiero que
hagamos juntas cosas mucho más extraordinarias; te haré
entrar en una sociedad de la que soy pene, y
donde se realizan obscenidades de otra clase muy diferente;
allí, cada esposo debe llevar a su mujer, cada
hermano a su hermana, cada padre a su hija, cada soltero a una amiga,
cada amante a su querida; y, reunidos
en un gran salón, cada uno goza de lo que más le gusta,
no teniendo más reglas que su deseo, más frenos
que su imaginación; cuanto más se multiplican los
extravíos, más dignos de elogios somos, y más
premios
fundados se distribuyen entre los que se han distinguido por las
mayores infamias, o entre los que han
inventado nuevas formas de saborear el placer.
-¡Oh!. mi querida amiga -exclamé, echándome en los
brazos de Clairwil-, ¡hasta qué punto encienden mi
cabeza esos detalles y cómo ardo en deseos de ser de los
vuestros!
-Sí, pero ¿serás digna de ser admitida? Las
pruebas exigidas por los que reciben son terribles.
-¿Acaso puedes dudar de mí? y, de cualquier tipo que sean
esas iniciaciones, ¿se podrá temer verme dudar,
después de todo lo que he hecho en las reuniones de Saint-Fond y
de Noirceuil?
-¡Pues bien!, seres recibida, te lo prometo. Después,
volviendo con entusiasmo:
-¡Oh Juliette!, como siempre es al disgusto, a la impaciencia, a
la desesperación de no haber encontrado
ni relaciones, ni semejanzas con el objeto al que la costumbre nos
liga, a lo que se deben todas las desgracias
del himeneo; haría falta, para remediarlo, para contrarrestar la
terrible obligación que liga eternamente
a dos objetos que no se convienen, haría falta, digo, que todos
los hombres formasen entre ellos club parecidos.
Allí, cientos de maridos, de padres, en unión con sus
mujeres o de sus hijas, se procuran todo lo que
les falta. Al dar a mi esposo a Climène, le cedo todos los
atractivos que le faltan al suyo, y encuentro en el
que ella me abandona, todos los encantos que no podía ofrecerme
el mío. Los cambios se multiplican y, en
una sola noche, como puedes ver, una mujer goza de cien hombres, un
hombre de cien mujeres; allí, se
desarrollan los caracteres, se estudian, se conocen; profesamos la
más entera libertad de gustos; el hombre
que desprecia a las mujeres no goza más que de sus semejantes;
la mujer que sólo ama a su sexo se entrega
igualmente a sus fantasías; no hay ninguna obligación,
ningún pudor... El único deseo de extender sus goces
hace que se pongan en común todas sus riquezas. Desde ese
momento, el interés general sostiene el
pacto, y el interés individual se encuentra unido al
interés general, lo que hace indisolubles los lazos de la
sociedad: hace quince años que dura la nuestra, y no he visto un
sólo enredo, ni un sólo impulso de mal
humor. Arreglos semejantes destruyen los celos, absorben para siempre
el temor de los cuernos, (dos venenos
crueles de la vida) y, por eso mismo, deben merecer la preferencia
sobre esas sociedades monótonas
donde dos esposos, languideciendo toda su vida uno enfrente del otro,
están destinados o al aburrimiento
perpetuo de no gustarse, o a la desesperación de no conseguir
disolver sus lazos más que con la deshonra de
ambos. ¡Que nuestros ejemplos puedan persuadir a todos los
hombres a imitarnos! Estoy de acuerdo en que
hay que combatir algunos prejuicios; pero cuando estas sociedades
están basadas, como la nuestra, en la
filosofía, el prejuicio desaparece pronto. Yo fui admitida en
ella el primer año de mi matrimonio; apenas
tenía dieciséis años. ¡Pues bien!, cuando
comencé, te confieso que enrojecía ante la
obligación de prestarme
desnuda a las fantasías de todos esos hombres,- a los caprichos
de todas esas mujeres, de las que puedes
creer que pronto me rodearon por mi edad y mi rostro... pero fue
cuestión de tres días. El ejemplo me sedujo,
y apenas si había visto a mis lascivas compañeras
disputarse el honor de la elección y la invención de las
lubricidades, apenas si las había visto revolcarse
cínicamente en la indecencia y en la infamia, cuando ya
las superaba a todas tanto en la teoría como en la
práctica.
La descripción de esta deliciosa asociación me hizo tanto
efecto, que no quise dejar a Clairwil sin que antes
me hubiese jurado que me haría admitir en su club. El juramento
fue sellado con el flujo que derrama
mos juntas una vez más, haciéndonos iluminar por tres
altos lacayos, ante los cuales Clairwil pretendió que
teníamos que excitarnos sin permitirles ni un solo deseo.
-Así es -me dice-, como se acostumbra uno al cinismo, y
así es como tú debes ser para que seas digna de
nuestra sociedad.
Nos separamos encantadas la una de la otra, y prometiéndonos que
nos volveríamos a ver lo más pronto
'posible.
Noirceuil se apresuró a pedirme noticias de mi relación
con Mme. de Clairwil; mis elogios le probaron
mi gratitud. Quiso detalles; se los di; y, como Clairwil me
censuró el que no tuviese en mi casa mayor número
de mujeres, al día siguiente aumenté ese número en
ocho, lo que me compuso un serrallo con las doce
criaturas más bellas de París; me las cambiaban todos los
meses.
Pregunté a Noirceuil si iba a la sociedad de mi amiga. -Mientras
los hombres tenían la preponderancia -
me respondió-, yo era de una exactitud escrupulosa; he
renunciado a ella desde que todo está en manos de
un sexo cuya autoridad no me gusta. Saint-Fond ha seguido mi ejemplo.
No importa -añadió Noirceuil-, si
esas orgías te divierten, puedes seguirlas con Clairwil: hay que
probar todo lo que es vicio; no conozco
nada tan aburrido como la virtud. Allí serás
perfectamente excitada, deliciosamente fornicada; se te
alimentará
con excelentes principios; así pues, te aconsejo que consigas
que te admitan en seguida.
A continuación me preguntó si mi nueva amiga había
entrado en detalles sobre sus aventuras.
-No, digo.
-Por muy filósofa que tú seas -respondió
Noirceuil-, te habría escandalizado con toda seguridad. Es un
verdadero modelo de lujuria, de crueldad, de libertinaje y de
ateísmo; no hay ningún horror, ninguna execración
con la que no se haya mancillado; su crédito y sus grandes
riquezas la han salvado siempre del cadalso,
pero lo ha merecido veinte veces; en una palabra, podrían
contarse sus crímenes por sus acciones
diarias, y el número de suplicios que ha merecido se
evaluaría por el de los días de su existencia. Saint-
Fond la quiere mucho; sin embargo sé que te prefiere a ti por
más de una razón: por lo tanto, Juliette, sigue
mereciendo la confianza de un hombre que tiene en sus manos la
felicidad y la desgracia de tu vida.
Convencía Noirceuilde los esfuerzos que hacía
constantemente para ello. Venía a recogerme para que
fuese a comer a su casita, donde pasamos la noche con otras dos bonitas
personas; allí hicimos todas las
extravagancias que se le ocurrieron a este profeso en lubricidad. Fue
algún tiempo después de esto, cuando
calentada por todo lo que veía, por todo lo que oía, se
me hizo imposible resistirme a la gran necesidad que
tenía de cometer un crimen por mi propia cuenta; por otra parte,
era muy fácil ver si podía realmente fiarme
de la impunidad que se me había prometido. Por lo tanto, me
decidí a horrores dignos de las lecciones que
yo recibía cada día. Queriendo probar a la vez mi valor y
mi ferocidad, me visto de hombre y, con dos pistolas
en mis bolsillos, me voy sola a esperar en una calle alejada al primer
transeúnte que caiga en mis manos,
con la única intención de robarlo y degollarlo para mi
placer. Apoyada contra la pared, estaba en una
especie de turbación causada por las grandes pasiones, cuyo
choque sobre nuestros espíritus animales es
necesariamente el principio de la primera voluptuosidad del crimen.
Escuchaba... Cada ruido alimentaba mi
esperanza. Al más mínimo movimiento imaginaba ver por fin
a mi víctima, cuando se oyeron lamentaciones...
Vuelo hacia el ruido; distingo quejas; me acerco: una pobre mujer,
acostada delante de una puerta,
lanzaba los gemidos que acababan de golpear mi oído.
-¿Quién sois? -digo, acercándome por completo a
esta criatura.
-La más infortunada de las mujeres -me respondió llorando
esta desgraciada, que no me pareció tener
más de treinta años; y si vos me traéis la muerte,
me haréis un gran favor.
-Pero ¿de qué tipo son vuestros reveses?
-Sin duda terribles -respondió esta mujer, levantándose
lo suficiente para dejarme ver, a la débil luz de
los faroles, unos rasgos muy dulces e interesantes-, sí...,
sí, son terribles, mis reveses. Hace ocho días que
no tenemos trabajo; no hemos podido pagar el mínimo precio de la
habitación que ocupábamos en esta casa,
ni el mes de nodriza de nuestro hijo... Han llevado a esta miserable
criatura al hospital y han metido en
la cárcel a mi marido; sólo la huida me ha preservado de
la rabia de los monstruos que nos trataban con
tanto rigor; me veis tendida en el umbral de la puerta de una casa que
me perteneció en otro tiempo: no siempre he sido desgraciada.
Situada con más comodidad, ¡ay de mí!, aliviaba a
los pobres: ¿me devolveréis
lo que hice por ellos?
Con estas palabras, un fuego sutil se desliza por mis venas...
¡Oh!, santo Dios -me digo-, ¡qué ocasión para
un crimen detestable, y cómo excita mis sentidos!
-Levántate -digo a esta mujer-, ves que soy un hombre, quiero
divertirme con tu cuerpo.
- ¡Oh!, señor, ¿estoy en condiciones de excitar
deseos en el seno de las lágrimas y el infortunio?
-Es lo que inflama los míos; por lo tanto, date prisa en
obedecerme.
Y, agarrándola por un brazo, la obligo a prestarse a las
manipulaciones que quiero hacer con ella. No hay
duda de lo que encontré bajo sus faldones: unas carnes muy
firmes, muy blancas y muy rellenas...
-Excítame -le digo--, llevándole la mano sobre mi
coño-, soy una mujer, pero una mujer que está loca por
su sexo y quiere masturbarse contigo.
-¡Oh cielos!, dejadme..., dejadme. Todos vuestros horrores me
hacen temblar: soy buena, aunque en el
infortunio, no me humilléis hasta ese punto.
Quiere escapar, la agarro del pelo y le disparo con mi pistola en la
sien:
-Ve, bribona -le digo-... ve a decir a los infiernos que éste es
el primer golpe de Juliette.
Cae ahogada en su sangre... y lo confieso, amigos míos,
sí, debo informaros de los efectos que experimenté:
la inflamación del fluido nervioso fue tal con esta
acción, que me sentí inundada de flujo mientras la
cometía. ¡Y estos son los resultados del crimen! -me
digo-. ¡Cuánta razón tenían en
pintármelo delicioso!
¡Dios!, ¡cuál es su dominio sobre una cabeza como la
mía y hasta qué punto sirve al placer!
Algunas ventanas que se abrieron al ruido de mi arma me hacen pensar en
mi seguridad; por todas partes
oigo gritar: ¡A los guardias!... Apenas era medianoche; soy
detenida, encuentran mis pistolas, no hay duda,
me preguntan quién soy.
-Os lo diré en la casa del ministro -respondí
descaradamente-: que me llevan al hotel de Saint-Fond.
El sargento, asombrado de mi aire, no se atreve a oponerse a este
ruego; me atan..., me agarrotan..., y gozo
una vez más; son deliciosos los hierros del crimen que gusta,
uno se excita al llevarlos. Saint-Fond no
estaba acostado; le informan, soy introducida; Saint-Fond me reconoce.
-Basta -dice al sargento-, hubieseis sido colgado si no hubieseis
traído a esta dama a mi casa; volved a
vuestras funciones, señor, habéis cumplido con vuestro
deber. Lo que acaba de suceder es un misterio en el
que no debéis entrar.
A solas con mi amante, le informé de todo; le hice excitarse; me
preguntó si había podido juzgar las contorsiones
de esta mujer en el suelo.
-No tuve tiempo -respondí.
-¡Ah!, eso es lo que tienen de desagradable esas acciones: que no
se goza de la víctima.
-Sí, monseñor, pero un crimen de calle...
-Sí, lo sé, el escándalo... la calle... el camino
principal... las leyes castigan todo eso más severamente; y
eso compensa... y después el estado de esa mujer, su miseria...
Tenías que haberla llevado a tu casa, nos
habríamos divertido con todo eso... ¿Qué nombre ha
dicho el sargento que se ha encontrado sobre el cadáver?
-Simon, monseñor, lo recuerdo.
-¿Simon?... Hace cuatro o cinco días que pasó por
mis manos ese asunto... Lo recuerdo, soy yo quien ha
hecho encerrar a ese Simon y llevar al niño al hospital...
¡Cómo!, pero esa mujer es muy buena y muy bonita.
La reservaba para tus ayudantes: la infortunada no te ha
engañado, esas gentes han estado en muy buena
posición, una bancarrota los ha arruinado. ¡Ah!, Juliette,
no has hecho más que rematar mi crimen y la
aventura es deliciosa. Ya os he dicho que Saint-Fond se excitaba; mi
disfraz masculino perfeccionaba su delirio. Me llevó al
cuarto donde me había visto la primera vez que me había
presentado en su casa. Un ayuda de cámara apareció,
y Saint-Fond, desabotonando mis pantalones con una especie de goce,
hizo primero que su ayuda me
sobase mis nalgas; él le excitaba el pene cerca del agujero,
después, introduciéndose pronto en ese agujero
al que parecía querer hacer los honores, el disoluto me
sodomizó, obligándome a chupar el pene de
su hombre, hasta que estuviese tieso para introducirlo en su culo. Una
vez acabada la operación, Saint-Fond
me dice que había descargado mejor desde que sabía que el
culo que acababa de joder había merecido la
horca.
-El que me fornicaba y al que te he hecho chupar está en la
misma situación -me dice el ministro-, es un
decidido criminal: ya lo he salvado seis veces de la rueda. ¿Has
visto cómo me ha jodido, y el hermoso pene de que está
provisto? Toma, Juliette, esta es la suma que te prometí por los
crímenes que cometieses
tú sola. Un coche te espera, vuélvete a casa.
Mañana, saldrás para esa tierra más allá de
Sceaux que te
compré el mes pasado; lleva poca gente a la casa de campo,
cuatro de tus mujeres ordinarias... las más bonitas...
tu cocina... tu servicio y las tres vírgenes de la
próxima comida.
Estarás esperando mis órdenes, es todo lo que hoy puedo
explicarte.
Salí, muy contenta del éxito de mi crimen... muy
cosquilleada por el placer de haberlo cometido; y habiéndolo
preparado todo para el día siguiente, fui a dormir donde me
había ordenado el ministro.
Apenas estuve instalada en el campo, aislada de todas partes y
solitaria como Theabides, cuando uno de
los míos vino a advertirme de la llegada de un extraño
con buena pinta, que pedía hablarme, anunciándose
de parte del ministro. Me guardé muy bien de no hacerlo pasar al
momento; abro sus despachos.
Que vuestros criados se apoderen en seguida del hombre que os
entregará esto -me decía la carta-; que
sea encerrado en los calabozos que hice construir en vuestra casa; me
respondéis de esa persona con vuestra
vida; lo seguirán su mujer y su hija. Las trataréis del
mismo modo. Tratad de ejecutar mis órdenes con
la puntualidad más escrupulosa; sobre todo, poned en esto toda
la falsedad, toda la crueldad de que sé que
sois capaz. Adiós.
-Señor -digo en seguida al portador de la carta, sin dejar leer
en mi cara la más ligera alteración-, ¿sois
sin duda amigo de monseñor?
-Hace mucho tiempo, señora, que colma a mi familia y a mí
de bondades.
-Lo veo por su carta, señor... Permitid que vaya a dar a mis
gentes las órdenes necesarias para recibiros
como él parece desearlo.
Y salí después de haberlo invitado a que descansase. La
gente que me servía, esclavos más que criados,
se proveyeron en seguida de cuerdas y entran conmigo en la
habitación.
-Llevad al señor -les digo- al cuarto que le destina
monseñor.
Y los mozos, lanzándose al momento sobre este infortunado, lo
arrastran ante mis ojos al más abominable
calabozo.
-¡Oh!, señora, ¡qué traición!,
¡qué horror! -exclama esta desgraciada víctima de
la falsedad de Saint-Fond
y de la mía.
Pero firme, impasible a sus gemidos, llevo la obediencia ciega del
ministro hasta el punto de encerrarlo
yo misma, sin querer responder una sola palabra a todas las preguntas
con que me llena.
Apenas estaba de vuelta en mi salón, cuando entró un
coche en él patio. Eran la mujer y la hija de ese
desgraciado, que me traen de buena fe, como él, cartas que
contenían absolutamente las mismas órdenes.
Saint-Fond -me digo, al ver a estas dos mujeres, admirando la belleza
de la madre con apenas treinta años,
las gracias y la gentileza de la hija que alcanza a lo más
dieciséis años-, ¡ah!, Saint-Fond, ¿acaso no
entra tu
maldita y criminal lubricidad en esta ejecución ministerial? Y
en este caso, como en todas las acciones de
tu vida, ¿no tendrías como guía tus vicios
más bien que los intereses de tu patria?
Difícilmente puedo deciros los gritos y las lágrimas de
estas dos desgraciadas cuando se vieron arrastradas
con ignominia a los calabozos que les estaban destinados igualmente;
pero, tan insensible a las lágrimas de la madre y de la hija
como lo había sido a las del padre, se tomaron con ellas las
precauciones más severas,
y no me sentí tranquila hasta que tuve en mis bolsillos todas
las llaves de estos importantes prisioneros.
Reflexionaba sobre la suerte de esos individuos, no imaginando que se
pudiese tratar de otra cosa más
que de una detención, ya que las ejecuciones a muerte me
competían a mí y no había sido advertida de nada,
cuando me anuncian la llegada de un cuarto personaje. ¡Dios!,
¡cuál no sería mi sorpresa al reconocer
en éste al mismo hombre por el que recordáis que
Saint-Fond me había hecho aplicar tres golpes de bastón
sobre los hombros, la primera vez que me había presentado en su
casa!; como traía una carta, la leí en seguida:
Recibid a ese hombre a las mil maravillas -me decía Saint-Fond-;
tenéis que acordaros de él, habéis llevado
sus marcas durante cierto tiempo, y fueron sus manos las que os
sostuvieron a mis fuegos la primera
vez que me divertí con vos en mi casa. Será el actor
principal de la sangrienta escena que debe representarse
mañana. En una palabra, es el verdugo de Nantes, hecho venir por
mis órdenes para la ejecución de
las tres personas que ahora están bajo vuestras llaves. Obligado
a llevar pasado mañana esas tres cabezas
a la reina, so pena de perder mi puesto, comprenderéis que me
habría encargado yo solo de la ejecución,
si Su Majestad no hubiese expresado el deseo más ardiente de
recibirlas de ,la mano misma de un verdugo.
A causa de esto no hemos querido el de París; este ignora el
motivo que lo lleva a vuestra casa. Ahora
podéis informarle, pero no le hagáis ver las
víctimas: esta cláusula es esencial. Llegaré
mañana por la
mañana sin falta. Tratad a vuestros prisioneros, sobre todo a
las mujeres, con el más absoluto rigor; que
no tengan pan... ni agua, y nada de luz.
-Señor -digo a este personaje-, el ministro tiene razón
al decir en su carta que nos conocemos... Me tratasteis
un día de una manera...
- ¡Oh!, señora, perdonad, las órdenes...
-No os guardo rencor -interrumpí, tendiéndole una mano
que besa con ardor...-, pero es hora de cenar;
vamos a la mesa, hablaremos después.
Delcour era un hombre de veintiocho años, con un rostro muy
bonito, y cuyo aspecto y oficio pronto calentaron
mi cabeza. Las atenciones que le demostré eran obra de mi
corazón; después de la cena, le hice las
más bellas coqueterías. Delcour me convenció en
seguida del éxito de mis avances. Su estrecho pantalón se
hinchaba asombrosamente, no pude soportarlo...
-¡Santo Dios! -le digo-, amor mío, veamos lo que posees
ahí. Ese soberbio pene calienta mi cabeza,
tu profesión acaba por inflamarla; quiero que me forniques.
Después, una vez sacado al aire ese soberbio instrumento, el
primer uso que hago de él, según mi costumbre
con todos los hombres, es chuparlo hasta los cojones; pero apenas si
puedo contenerlo en mi boca.
En cuanto está en ella, Delcour se apodera de mi coño, lo
acaricia, y, en dos segundos, nos salimos ambos.
Este hermoso joven, viéndome tragar su semen, se lanza
ardientemente sobre mí.
-¡Ah, santo Dios! -dice-, la excesiva prontitud me ha perdido;
pero voy a reparar mi falta.
Al bribón no se le había bajado; me tira sobre una
poltrona, imprime sus labios en los míos, todavía mojados
en su esperma, y me encoña con una fuerza muy rara cuando la
perla está todavía en la punta: nunca
había sido tan bien fornicada. Delcour me trabajó durante
tres cuartos de hora; se retiró, por prudencia,
cuando se sintió a punto de descargar; y yo, haciendo correr por
segunda vez en mi boca el semen espeso
que sólo se debía a mi coño, tragué pronto
esta segunda dosis con el mismo placer que la primera.
-Delcour -digo en cuanto volví un poco en mí-, puedo
razonar mi extravagancia, pues sin duda estáis sorprendido
de la rapidez con que os he recibido. Una conducta tan ligera, avances
tan rápidos harán que me
toméis por una gran puta; sin embargo, por mucho que desprecie
lo que los estúpidos llaman reputación, no
quiero dejaros ignorar que más que a mi coquetería,
más que a mi físico, es a mi cabeza a quien debéis
esta
buena fortuna. Sois un criminal... un verdugo... muy guapo
además, que excita a las mil maravillas... ¡Y
bien!, os lo digo... sí, vuestra profesión, eso es lo que
me ha lanzado a vuestros brazos; despreciadme, detestadme,
me río de eso: me habéis fornicado, es todo lo que yo
deseaba.
-Angel celeste -me respondió Delcour-, no, no os
despreciaré; mucho menos os odiaré; no estáis
hecha
vos ni para uno ni para otro de estos sentimientos. Os adoraré,
porque merecéis serlo, y sólo lamentaré no
deber vuestro delirio más que a lo que me vale el desprecio de
los otros. -Qué importa -digo-, todo eso depende de la
opinión: veis cómo es varia, ya que os prefiero
precisamente
a causa de lo que os separa del resto de los hombres. Sin embargo, no
toméis esto por una cuestión de libertinaje:
el afecto que tengo por el ministro, la forma en que vivo con
él, no me permiten ninguna intriga, y
ciertamente no la tramaré nunca. Sacaremos de la velada y de la
noche todo el partido posible, y nos quedaremos
en eso.
-¡Ah!, señora -me dice entonces este joven con el mayor
respeto-, sólo os pido vuestra protección y vuestras
bondades.
-Siempre tendréis lo uno y las otras; pero es preciso que os
prestéis hasta el final a todo el desorden de mi
imaginación; y os prevengo de que con vos, únicamente a
causa del prejuicio vencido, irá quizás un poco
lejos.
Y como Delcour, después de un momento, se había puesto a
manosear mi pecho con una mano, excitándome
el clítoris con la otra, y de vez en cuando metiendo su lengua
en mi boca, lo exhorté a ser bueno y a
responder con la verdad a las preguntas que iba a hacerle.
-En primer lugar, dime por qué razón Saint-Fond, cuando
yo os vi por primera vez, tuvo la extraña fantasía
de hacerme golpear por vos sobre los hombros.
-Asunto de libertinaje, señora, excitación de la cabeza:
conocéis al ministro.
-Así pues, ¿os utiliza en esas escenas de lujuria?
-Siempre que estoy en París.
-¿Os ha fornicado?
-Sí, señora.
-Y vos ¿se lo habéis devuelto?
-Claro.
-¿Lo habéis golpeado, azotado?
-A menudo.
- ¡Ah joder!, ¡cómo me excita eso!...
Menéalo... menéalo... ¿Y os ha hecho pegar o
azotar a otras mujeres?
-Varias veces.
-¿Habéis llevado las cosas más lejos?
-Permitidme, señora, que respete los secretos del ministro;
conociéndole tan bien como vos, es fácil adivinar
todo.
-¿Le habéis oído alguna vez proyectos contra
mí?
-¡Oh!, ¡nunca, señora!, en él sólo he
visto por vos la confianza y el cariño; os aseguro que os quiere
mucho.
-Yo le correspondo... lo adoro, espero que esté convencido.
Hablemos de otras cosas, ya que queréis que
respete vuestros secretos. Decidme, os lo ruego, cómo es posible
atentar contra la vida de un individuo que
nunca os ha hecho nada; cómo la piedad no habla desde el fondo
de vuestra alma en favor del desgraciado
que la ley os encarga asesinar a sangre fría.
-Estad totalmente segura, señora -me respondió Delcour-,
de que ninguno de nosotros llega a ese grado
de ferocidad reflexionada, sin principios quizás desconocidos
para el resto de los hombres.
-¿Principios?, y bien, eso es lo que quiero saber:
¿cuáles son?
-Tienen su fuente en la más completa inhumanidad; se nos
acostumbra desde la infancia a tomar la vida
de los hombres por nada y la ley por todo; de aquí resulta que
degollamos a nuestros semejantes con la
misma facilidad que un carnicero mata a un ternero, y sin hacer
más reflexiones. -Pero lo que justificáis para la
ejecución de la ley, ¿lo justificaríais igualmente
para la satisfacción de
vuestras inclinaciones?
-Por supuesto, señora, desde el momento en que el prejuicio ya
no existe en nosotros y que no vemos ningún
mal en el asesinato.
-¿Cómo se puede no suponerlo en la destrucción de
sus semejantes?
-Yo os preguntaría a mi vez, señora, cómo es
posible sospecharlo en esta acción. Si una de las primeras
leyes de la naturaleza no fuese la destrucción de todos los
seres, seguramente yo creería que se ultraja a esta
naturaleza ininteligible realizando esta destrucción; pero desde
el momento en que no existe un solo procedimiento
de la naturaleza que no nos pruebe que la destrucción le es
necesaria y que ella sólo puede crear a
fuerza de destruir, con toda seguridad todo ser que se entregue a la
destrucción no hará más que imitar a la
naturaleza. Digo más: aquel que se niegue a ello la
ofenderá gravemente; y si, como no es posible dudarlo,
sólo le proporcionamos medios de crear destruyendo, seguramente
cuanto más destruyamos más serviremos
a sus intenciones. Si el asesinato es la base de las leyes
regeneradoras de la naturaleza, el hombre que
mejor sirva a la naturaleza será el homicida, y, desde ese
momento, cuanto más multiplique sus asesinatos,
mejor cumplirá las leyes de una naturaleza cuyas únicas
necesidades son los asesinatos (9).
(9) Todo esto no es más que un mínimo informe de lo que
el lector encontrará sobre este importante tema
en los volúmenes siguientes.
-Esos son sistemas muy peligrosos.
-Son ciertos, señora... si alguna vez os los exponen mejor que
yo, veréis que siempre se partirá de la
misma base.
-Amigo mío -digo a Delcour-, me habéis dicho ya
suficiente para hacerme reflexionar mucho; una sola
idea lanzada en una cabeza como la mía produce en ella el efecto
de la chispa sobre el salitre; tengo grandes
disposiciones para pensar como vos. Tenemos aquí a tres
víctimas; estáis en este castillo únicamente
para sacrificarlas: os aseguro que tendré un gran placer en
veros actuar sobre ellas. Pero acabad, por favor,
querido mío, de echar sobre todo esto la mayor cantidad de luz
que os sea posible derramar. ¿No es verdad
que sólo con la ayuda del libertinaje llegáis a vencer la
naturaleza, o más bien, el prejuicio?
-¿Qué queréis decir, señora?
-Os pregunto si no es cierto, como yo he oído decir, que
sólo llenándoos la cabeza de libertinaje llegáis a
aturdiros sobre los asesinatos que vuestro oficio os obliga a cometer:
en una palabra, si no es verdad que os
excitáis siempre en las ejecuciones.
-Es cierto, señora, que el libertinaje lleva al asesinato; es
una constante que un individuo hastiado debe
reencontrar sus fuerzas en esta manera de cometer lo que los
estúpidos llaman un crimen: y esto porque, al
doblar sobre sus nervios la suma de las conmociones producidas en un
individuo cualquiera, debemos necesariamente
encontrar las fuerzas que nos han hecho perder los excesos. El
asesinato es realmente uno de
los más deliciosos vehículos del libertinaje; pero no es
verdad que haya que llenarse la cabeza de libertinaje
para cometer el asesinato. La prueba de esto nos la da la extrema
sangre fría con la que todos nuestros
compañeros proceden a él... por el tipo de pasión,
muy diferente de la del libertinaje, que actúa sobre aquellos
que se entregan a esta misma acción, bien por ambición
bien por venganza o avaricia, sobre aquellos
que se entregan a él por el simple impulso de la crueldad, sin
que ninguna otra pasión los impulse a ello, lo
que debe establecer, como veis, varias clases de asesinatos, entre los
cuales tiene la suya el libertinaje, sin
que eso nos impida concluir que ninguna de estas clases de asesinatos
ultraja a la naturaleza y que, de cualquier
tipo que sean, entran en sus leyes más que la violan.
-Todo lo que decís es exacto, Delcour, pero no por eso dejo de
sostener que sería deseable que, por el
mismo interés de los- asesinatos, el que los comete no
encendiese su furor más que en la llama de la lubricidad,
porque esta pasión no deja nunca remordimientos y sus recuerdos
son goces; en lugar de que, una
vez extinguida la energía de los otros, se esté devorado
por los remordimientos, sobre todo cuando los principios
no están establecidos; y sería muy fácil no
entregarse nunca a esta acción sin haberse excitado mediante
el libertinaje. Me parece que se podría matar con la
intención que se quiera, pero siempre excitándose,
y esto para consolidar mejor la acción, para impedirse ser
acuciado por el gran remordimiento que nunca
alcanza al libertinaje... y que siempre es vengado por él. -En
ese caso --dice Delcour-, ¿creéis que todas las pasiones
pueden acrecentarse o alimentarse con la de
la lujuria?
-Ella es a las pasiones lo que el fluido nervioso es a la vida: las
sostiene a todas, les presta fuerza a todas,
y la prueba de eso es que un hombre sin cojones nunca tendría
pasiones.
-Así, imagináis que se puede ser ambicioso, cruel, avaro,
vengativo, con los mismos motivos que los de
la lujuria.
-Sí, estoy convencida de que todas estas pasiones hacen excitar,
y que una cabeza desierta y bien organizada
puede calentarse con todas como lo haría con la lujuria. No os
estoy diciendo nada que no haya experimentado;
me he excitado y he descargado completamente con ideas de
ambición, de crueldad, de avaricia
y de venganza. No hay un sólo proyecto de crimen, cualquiera que
sea la pasión que lo inspirase, que no
haya hecho circular por mis venas el fuego sutil de la lubricidad: la
mentira, la impiedad, la calumnia, la
bribonería, la dureza de alma, la misma gula, han producido en
mí esos efectos; y, en una palabra, no hay
ninguna manera de ser viciosa que no haya encendido mi lujuria; y su
llama, si lo preferís, que ha producido
en mí el incendio de todos los vicios, echando sobre todos ese
fuego divino que sólo le pertenece a ella;
les ha comunicado a todos esa sensación voluptuosa que la gente
mal organizada parece no esperar más que
de su mano. Esta es mi opinión, con toda seguridad.
-Y es también la mía, señora -respondió
Delcour-, no podría ocultárosla durante más
tiempo.
-Cuánto os agradezco que seáis franco conmigo: vamos,
querido, creo que ahora os conozco lo suficiente
para estar segura de que necesitáis llenaros la cabeza de
libertinaje cuando cometéis los asesinatos que se os
ordenan, lo que hace que los ejecutéis con mucha más
voluptuosidad que vuestros compañeros que sólo
proceden a ellos maquinalmente.
- ¡Y bien!, señora, lo habéis adivinado.
-Criminal... -digo sonriendo y volviendo a coger el pene de este joven
encantador al que yo excitaba
para darle un poco más de energía- ¡Oh insigne
libertino!, es decir, que hoy te excitas para gozar de mi
existencia, y mañana descargarías quitándomela...
Y viendo el embarazo del joven:
-Amigo mío -le digo-, está absolutamente en tus
principios y debo perdonarte todo lo que resulte de ellos:
divirtámonos con las consecuencias y no discutamos sobre ellas.
Y mi cabeza increíblemente encendida:
-Vamos -digo-, es preciso que me hagáis ahora cosas muy
extraordinarias.
-¿Qué, por ejemplo?
-Es preciso que me peguéis, que me ultrajéis, que me
azotéis: ¿no hacéis estas cosas todos los
días con
muchachas?, ¿no son estas mismas voluptuosidades, con las que os
mancháis, las que os electrizan hasta el
punto de volveros capaz del resto?
-A menudo.
-Y bien, tendréis trabajo mañana; preparaos hoy: este es
mi cuerpo, os lo entrego.
Y Delcour, siguiendo mis órdenes, habiéndome aplicado
previamente una docena de bofetadas, y otras
tantas patadas en el culo, se apoderó de un puñado de
varas con las que me zurró las nalgas durante un
cuarto de hora, mientras que una de mis mujeres me acariciaba.
-Delcour -digo-, ¡oh divino destructor de la especie humana!
¡Tú, al que adoro y del que voy a gozar, zurra
á tu puta más fuerte, imprímele las marcas de tu
mano, mira cómo ardo en deseos de llevarlas. Descargo
con la idea de verter mi sangre bajo tus dedos, no la ahorres, amor
mío!...
Corrió... ¡Oh amigos míos!, ¡cuán
transportada me sentía! Ninguna expresión podría
explicar el extravío
producido en mí por esta acción: se necesita mi cabeza
para concebirla, las vuestras para comprenderla. No
es posible imaginarse la cantidad de flujo que perdí en la boca
de mi excitador. Estaba en un desorden... en
una turbación... en una agitación, en la que no me
había visto en mi vida... -¡Oh Delcour! -proseguí-,
te queda un último homenaje por rendirme, cuida tus fuerzas para
proceder a
él. Este culo, al que acabas de desgarrar, te llama; te invita a
que lo consueles. Ya sabes que Venus tiene
más de un templo en Citeres: ven a entreabrir el más
secreto, ven a sodomizarme, Delcour, ven... que no
haya un solo goce que no hayamos probado... ni un horror que no hayamos
cometido.
-¡Ah!, santo Dios -dice Delcour transportado-... no me
atrevía a proponéroslo, señora, pero ved
cómo
vuestros deseos inflaman los míos.
Y, en efecto, mi fornicador me mostraba un pene más firme y
más alargado de lo que había visto todavía...
-Amado libertino -le digo-, ¿entonces te gusta el culo?
- ¡Ah!, señora, ¿hay en el mundo goce más
delicioso? -Sé perfectamente, querido -respondí-, que
cuando
se acostumbra a enfrentarse a alguna de las leyes de la naturaleza, no
se goza ya verdaderamente más que
transgrediéndolas todas, una tras otra...
Y Delcour, en posesión del altar que yo le abandonaba por
completo, lo cubrió, aunque sangraba, con las
más deliciosas caricias. El cosquilleo de su lengua en el
agujero me inflamó. La zorra a la que me había
entregado me hacía otro tanto en el clítoris. No
resistí más: yo estaba agotada, pero de ningún
modo tranquilizada
y ya no me apetecía Delcour: tanto como lo había deseado,
me causaba horror. Este es el efecto
de los deseos irregulares: cuanto más han exaltado nuestras
cabezas, más vacías las dejan. Los estúpidos
sacan de aquí las pruebas de la existencia de Dios: yo no
encuentro en ello más que las pruebas más seguras
del materialismo: cuanto más rebajéis nuestra existencia,
menos obra la creeré de un Dios.
Delcour pasó a su apartamento, y yo me quedé con mi
ramera para dormir. Saint-Fond llegó al día siguiente
hacia mediodía; envió a su gente y su coche, y vino en
seguida a besarme al salón; un poco inquieta
por la forma en que tomaría la pequeña locura que me
había permitido con Delcour, se lo confesé todo.
-Juliette -me dice-, os reñiría si no os hubiese
prevenido de que tendría la mayor indulgencia para los
extravíos
de vuestra cabeza. Lo que os habéis permitido no es nada; la
única falta que habéis cometido es confiaros
a Delcour, que podría cometer una indiscreción. Delcour,
a quien es bueno que conozcáis, me sirvió
de amante, cuando tenía catorce y quince años. Era hijo
del verdugo de Nantes; esta idea me inflamó; recogí
su virginidad, y cuando estuve cansado de él, lo puse en manos
del verdugo de. París, de quien fue ayudante
hasta la muerte de su padre; hoy ejerce su puesto; es un muchacho al
que no le falta inteligencia, pero
es excesivamente libertino; y, como acabo de deciros, no es de gran
confianza. Ahora es preciso que os
informe de la existencia de los prisioneros a los que vamos a dar
muerte.
El Sr. de Cloris es uno de los hombres de Francia que más ha
contribuido a mi carrera. El año que fui elevado
al ministerio aunque todavía era muy joven, él se
acostaba con la duquesa de G., cuyo poder en la
corte era inmenso, y realmente fue por las cábalas y las
intrigas de ambos por lo que el rey me dio el puesto
que ocupo. Desde ese momento, Cloris se convirtió para mí
en un objeto horroroso; temía encontrarme con
él, lo detestaba; mientras que su protectora vivió, lo
traté con miramientos; ella acaba de morir... quizás por
mis cuidados; a partir de entonces, Cloris está a la cabeza de
mi lista de proscripción; se había casado con
mi prima hermana.
-¡Oh!, monseñor, ¡qué!, ¿esta mujer es
vuestra prima?
-Claro, Juliette, y ese ha sido un motivo más que ha contribuido
no poco a su perdición. Yo deseé a esta
mujer; siempre se me resistió; poco a poco, mis deseos recayeron
sobre su hija; y al ser la resistencia todavía
más firme en ésta, mi rabia y mi gran deseo de perder a
toda la familia se hicieron más violentos. No
hay ningún tipo de engaños y de perfidias, de mentiras y
calumnias que no haya utilizado para perderlos;
acabé por hacer al padre y a la hija tan sospechosos ante la
reina, convenciéndola de que Cloris había vendido
su hija al rey, que he llegado a ser vivamente solicitado para
perderlos a todos. La reina quiere sus
cabezas mañana; tres millones por cada una de esas cabezas es mi
recompensa: juzga la alegría con que voy
a obedecer, y con qué episodios tan deliciosos voy a envolver mi
venganza.
- ¡Oh monseñor!, esta complicación de
crímenes es terrible, y no puedo deciros hasta qué punto
excita mi
cabeza.
-La mía lo está igualmente, ángel mío, y
llego hoy con execrables intenciones. Hace ocho días que no
descargo; nadie posee como yo el arte de aguzar las propias pasiones
con una hábil abstinencia; no por eso gozo menos: quizás
he sido azotado con doscientos golpes, y durante este régimen he
visto a cien o ciento
cincuenta individuos de todo sexo, pero sin perder ni una gota de
esperma. De este pequeño fraude a la
naturaleza resulta que me encuentro en un- estado muy funesto para los
seres sobre los que debe recaer la
tormenta, y aquí es donde quiero que estalle...
¿Habéis dado las órdenes para que estemos solos y
para que,
quienquiera que sea, excepto los que sean necesarios para la escena,
nadie entre en la casa?
-Sí, monseñor.
-Es que haré que se pierda al momento a quien intente penetrar
en ella a pesar mío: en Sceaux hay un
destacamento de guardias para prestarme mano dura en caso de necesidad,
y nunca el crimen habrá estado
tan bien sostenido. Saborea como yo el placer de cometerlo, rodeado de
tan deliciosas circunstancias y de
una seguridad tan profunda.
- ¡Ah!, veis el estado en que me pone todo lo que me
decís.
-Realmente, creo que estás descargando.
Y el disoluto, para convencerse de una crisis que yo realmente
experimentaba, me arremanga con una
mano hasta el ombligo, introduciendo un dedo de la otra en mi
coño, que retira inundado con las pruebas
seguras de la lujuriosa agitación en la que estoy.
- ¡Cómo me gusta ver en ti semejantes efectos -me dice el
ministro- y cómo me prueban hasta qué punto
compartes mi forma de pensar! Espera, tengo que sorber el flujo que
hago correr.
Y pegando su boca a mi coño, el villano lo chupa durante un
cuarto de hora; me da la vuelta:
- ¡Ah! -dice-, aquí está lo que prefiero besar
sobre todo... ¡El hermoso agujero!... bribona, veo que te han
sodomizado.
Durante todo este tiempo no dejaba de besar mi culo; se quita los
pantalones, me expone el suyo.:. lo acaricio.
-¡Ah!, zorra, ¡cuánto placer me das! -me dice-,
realmente, creo que te gusta mi culo... Toma, mira mi pene, comienza a
tensarse, chúpalo; aconséjame algunas extravagancias,
quiero mezclarlas en lo que
hagamos: le corresponde a los cascabeles de la Locura dar las horas de
Venus.
-Hace calor -le digo-, me gustaría que te vistieses como un
salvaje, que los brazos, las piernas, las nalgas
y el pene estuviesen al descubierto; te pondrías en la cabeza un
tocado de serpiente, tu rostro embadurnado
de rojo, te pondríamos bigotes, un amplio tahalí
sostendría todas las armas necesarias para los suplicios
que quieres dar a tus víctimas; este traje aterrorizaría
a todo el mundo, y es terror lo que debe inspirarse
cuando uno quiere revolcarse en el crimen.
-Tienes razón, Juliette, sí, tienes razón, me
arreglarás de esa manera.
-Está seguro de que este aparato impone: dime si esos
saltimbanquis de jueces no se parecen a héroes de
comedia o a charlatanes cuando están en sus tribunales.
-Me gustarían mil veces más terroríficos y
sanguinarios: puedes estar segura, Juliette, de que sólo
derramando
la sangre de los hombres se llega a dominarlos.
Se sirvió la cena, nos sentamos a la mesa, a solas, y la
conversación siguió en el mismo tono.
-Sí, ciertamente -retomó el ministro-, sería
preciso que las leyes fuesen más severas; sólo
están bien gobernados
los países donde reina la Inquisición. Estos son los
únicos que están realmente sometidos a sus
soberanos; hay que estrechar las cadenas de la política a las
sacerdotales: la fuerza del cetro depende de la
del incensario; cada una de estas autoridades tiene el mayor
interés en prestarse fuerzas mutuamente, y sólo
dividiéndolas podrán los pueblos sacudirse el yugo. Nada
somete más al pueblo que los temores religiosos;
es bueno que éstos les hagan temer eternos suplicios si se
rebelan contra el rey; y de ahí que las potencias
de Europa vivan siempre en buen acuerdo con Roma. Nosotros, los grandes
de la tierra, despreciamos y
hacemos frente a esas ridículas fábulas del despreciable
Vaticano, pero hagamos que las teman nuestros
esclavos; una vez más, es el único medio de mantenerlos
bajo el yugo. Alimentado con los principios de
Maquiavelo, me gustaría que la distancia entre los reyes y los
pueblos fuese como la del astro de los cielos
con la hormiga; que sólo se necesitase un gesto del soberano
para hacer correr la sangre alrededor de su trono,
y que, considerado como un Dios en la tierra, nunca fuese más
que de rodillas como se atreviesen sus súbditos a acercarse a
'él. ¿Cuál es el ser suficientemente
imbécil para comparar el físico... sí, sólo
el físico,
de un monarca con el de un hombre del pueblo? Quiero creer que la
naturaleza les ha dado las mismas necesidades;
y el león también tiene las mismas necesidades que el
gusano: ¿se parecen por eso? ¡Oh Juliette!,
recuerda que si los reyes empiezan a perder su crédito en
Europa, es porque su humanidad les ha perdido:
si hubiesen permanecido en el misterio, como los soberanos de Asia, su
solo nombre haría temblar todavía
la tierra. Nos familiarizamos con laque-vemos todos los días, y
Tiberio de Cabrea debió de aterrar
mucho más a los romanos que Tito en medio de Roma, yendo a
consolar a los pobres.
-Pero ese despotismo que tanto os gusta -digo a Saint-Fond- porque sois
poderoso, ¿creéis que gusta al
más débil?
-Gusta a todo el mundo, Juliette -me respondió Saint-Fond-,
todos los hombres tienden al despotismo; es
el primer deseo que nos inspira la naturaleza, muy ale jada de esa
ridícula ley que se le achaca cuya letra es
no hacer a los otros lo que no quieras que te hagan a ti... por miedo a
las represalias, tendríamos que añadir,
porque es totalmente seguro que sólo el temor a la reciprocidad
ha podido dar a la naturaleza un lenguaje
tan alejado de sus leyes. Por consiguiente, afirmo que la primera y
más viva inclinación del hombre es, sin
ninguna duda, encadenar a sus semejantes y tiranizarlos con todo su
poder. El niño que muerde la teta de su
nodriza... que rompe constantemente su sonajero, nos hace ver que la
destrucción, el mal y la opresión son
las primeras inclinaciones que la naturaleza ha grabado en nuestros
corazones, y a las cuales nos entregamos
con mayor o menor violencia, en razón del grado de sensibilidad
de que estamos dotados. Por lo tanto,
es muy cierto que todos los placeres que pueden halagar al hombre,
todas las delicias que puede saborear,
todo lo que mejor deleita sus pasiones, se encuentran en esencia en el
despotismo con que puede gravar a
los otros. La voluptuosa Asia, al encerrar cuidadosamente a los objetos
de sus goces, ¿no demuestra acaso
que la lujuria gana con la opresión y la tiranía y que
las pasiones se inflaman mucho más con todo lo que se
obtiene por la fuerza que con lo que se concede de buen grado? Desde
que está demostrado que la suma de
la felicidad del que actúa se mide en razón de la
violencia de la acción cometida, y esto porque cuanto más
fuerte es esta dosis más excita el sistema nervioso, desde el
momento, digo, en que esto está demostrado, la
mayor dosis de felicidad posible consistirá, entonces, en el
mayor efecto del despotismo y de la tiranía: de
donde resultará que el hombre más duro, más feroz,
más traidor y más malvado, será necesariamente el
más
feliz; porque, como a menudo te ha dicho Noirceuil, no es ni en el
vicio ni en la virtud donde está la felicidad:
está en la manera en que estamos dispuestos para sentir uno u
otro, y en la elección que hagamos de
acuerdo con esta organización. No es en la comida ofrecida donde
está mi apetito, esta necesidad sólo está
en mí, y esa comida afecta de forma muy diferente a dos
personas: excita la voluptuosidad en el que tiene
hambre... repugnancia en el que acaba de calmarla. Sin embargo, como es
cierto que debe haber diferencia
en las vibraciones recibidas, y que el vicio debe provocarlas mucho
más vivas, en el individuo dispuesto
para él, de las que puede ofrecer la virtud, al ser cuyos
órganos están construidos para recibirla; y que, aunque
el alma de Vespasiano fuese buena y la de Nerón malvada y, sin
embargo, ambas fuesen sensibles,
había una gran diferencia en el temple de estas almas, con
relación al germen de sensibilidad que las constituía
(porque la de Nerón estaba dotada, sin duda, de una facultad
sensible muy superior a la de Vespasiano),
es cierto, digo, según esto, que Nerón debió de
ser con seguridad más feliz que Vespasiano; y esto por
la indiscutible razón de que lo que afecte más vivamente
será siempre lo que haga más feliz al hombre, y de
que un ser vigoroso, construido sólo por eso para recibir mejor
impresiones de vicio que impresiones de
virtud, encontrará la felicidad mucho mejor que un individuo
dulce y tranquilo, cuya débil complexión sólo
le posibilita la estúpida y monótona práctica de
las buenas costumbres. Entonces, ¿qué mérito tiene
al practicar
la virtud, si no prefería el vicio? Del mismo modo, Vespasiano y
Nerón han sido tan felices como podían
serlo, pero Nerón ha debido de serlo mucho más, porque
sus goces han sido mucho más vivos, y Vespasiano,
concediendo favores a un hombre indigente por la mera razón
-decía él- de que era preciso que los
pobres viviesen, era excitado de una forma infinitamente menos viva que
Nerón viendo arder Roma, con
una lira en la mano, en lo alto de la torre Antonia. Pero, se
dirá, uno merecía altares y el otro hogueras. Sea,
si así lo deseáis; lo que yo juzgo no es el efecto de su
alma sobre los otros, sino las sensaciones interiores
que uno y otro debieron de recibir, en razón de las diferentes
inclinaciones de que uno y otro estaban dotados,
de las diferentes vibraciones con que eran agitados; y, en este
sentido, el hombre más feliz de la tierra,
sin duda alguna, será aquel que, por cualquier acción,
haya hecho pasar a su alma las sacudidas más violentas
que pueda recibir; y como las sacudidas del vicio son más
fuertes, más enérgicas que las de la virtud,
inevitablemente el hombre más feliz de la tierra será
aquel que esté más entregado a las infamias, a los
más
crapulosos excesos, a las más criminales costumbres, .y que las
renueve con mayor frecuencia... aquel que,
cada día, las duplique, las triplique en fuerza. -Así
pues -respondí yo a este discurso-, ¿el mayor servicio
que se le puede prestar a una persona joven
sería apagar en ella todas las semillas de virtud que la
naturaleza o la educación hayan hecho nacer en ella?
-Con toda seguridad -me respondió Saint-Fond-, porque incluso
suponiendo que el individuo en que apagarais
esas semillas de virtud os asegurase que encuentra la felicidad en
ella, al ser totalmente seguro que le
haríais encontrar una mucho mayor en el vicio, nunca
deberíais dudar en apagar la una para despertar la
otra: es un servicio real que os agradecerá tarde o temprano: y
esto es por lo que, muy diferente de mi predecesor,
yo autorizo todas las obras libertinas o inmorales... las creo muy
esenciales para la felicidad del
hombre, útiles para el progreso de la filosofía,
indispensables para la extinción de los prejuicios y hechas,
bajo todos los aspectos, para aumentar la suma de los conocimientos
humanos. Apoyaré a los autores suficientemente
valientes para no temer decir la verdad; son hombres escasos,
esenciales para el Estado y cuyos
trabajos nunca estimularé bastante.
-Pero -digo-, ¿cómo se compagina eso con la severidad que
deseáis del gobierno?, ¿con esa inquisición
que implantaríais?
-De la mejor forma del mundo -respondió Saint-Fond-; quiero esa
severidad para sujetar al pueblo; sólo
para él desea mi imaginación en París los autos de
fe de Lisboa; la clase rica, noble o espiritual nunca será
alcanzada por mis dardos.
-Pero esos escritos, leídos por todos, ¿serán
funestos para aquellos que parecéis querer eliminar?
Jamás -dice Saint-Fond-. Si el débil encuentra en ellos
el deseo de romper sus cadenas (deseo que necesito
para remacharlas), el fuerte encuentra lecciones mucho más
enérgicas para hacer pesar sobre el pueblo
esas mismas cadenas. En una palabra, el esclavo tardará
años en comprender lo que el jefe sólo tardará un
minuto en ejecutar.
-Se os acusa -objeté una vez más- de una condescendencia
igual para la depravación de las costumbres:
se dice que nunca estuvieron más corrompidas que desde que
estáis vos en el ministerio.
-Les falta mucho -me respondió Saint-Fond- para que lo
estén hasta el punto en que yo querría verlas, y
estoy trabajando en un reglamento de policía que, espero, las
pondrá en el grado de depravación en que las
deseo. Aprende, Juliette, que es una política de todos aquellos
que conducen un gobierno mantener entre
los ciudadanos el mayor grado de corrupción; mientras el
individuo se gangrene y se debilite con. las delicias
del libertinaje, no sentirá el peso de sus cadenas, y se
podrá someterlo sin que se dé cuenta. Por lo tanto,
la verdadera política de un Estado es centuplipar todos los
medios posibles para la corrupción del individuo.
Muchos espectáculos, un gran lujo, una inmensidad de cabarets,
burdeles, una amnistía general para
todos los crímenes de libertinaje: estos son los medios que os
someterán a los hombres. ¡Oh vosotros que
queréis reinar sobre ellos!, temed la virtud en vuestros
imperios, vuestros pueblos se iluminarán cuando ella
reine, y vuestros tronos, que sólo se apoyan en el vicio, pronto
serán derrocados: el despertar del hombre
libre será cruel para los déspotas, y, cuando los vicios
no entretengan ya su ocio, querrá dominar como vosotros.
-¿Y cuáles son -digo- las reglamentaciones que vos
proponéis?
-En primer lugar quiero trabajar la opinión pública con
las modas: conoces la influencia que ellas tienen
sobre los franceses.
1° Establezco trajes de hombre y de mujer que dejen casi totalmente
al descubierto todas las partes de la
lubricidad, y sobre todo las nalgas.
2° Habrá espectáculos a imitación de los
juegos florales de Roma donde jóvenes de ambos sexos
danzarán
desnudos.
3° Los principios de la simple naturaleza sustituirán a los
de la moral y la religión en las escuelas públicas.
Todo niño de quince años, de uno y otro sexo, que no
pueda encontrar un amante será mancillado, deshonrado
ante la opinión pública, y declarado incapaz de casarse
nunca si es una muchacha, de ocupar ningún
puesto si es un muchacho; a falta de un amante, la joven persona de uno
u otro sexo será obligada al
menos a presentar un certificado que pruebe que se ha prostituido y que
ya no posee sus primicias.
4° La religión cristiana será severamente desterrada
del gobierno; en él nunca se celebrará otra fiesta que
la del libertinaje. Y las cadenas religiosas subsistirán a pesar
de eso: las necesito para contener al pueblo, acabo de
demostrártelo. ¿Qué importa el objeto de los
cultos, con tal de que haya sacerdotes? Pondré el
puñal de la superstición tanto en las manos de los de
Venus como en las de los adoradores de María.
5° El pueblo será mantenido en una esclavitud, en una
servidumbre que lo ponga fuera de estado de alcanzar
nunca la dominación, la invasión o la degradación
de las propiedades del rico. Ligado a la gleba
como antiguamente, experimentará como ella todos los diferentes
cambios. Las penas recaerán sólo sobre
él y se impondrán por las faltas más
pequeñas. Su propietario tendrá sobre él y su
familia el derecho de vida
y muerte, y nunca serán escuchadas sus quejas o sus
recriminaciones. Nunca habrá escuelas gratuitas para
él: no necesita ciencia para labrar la tierra; la venda de la
ignorancia está hecha para los ojos del agricultor;
no se la arrancará nunca sin peligro. El primer individuo, de
cualquier clase que pueda ser, que intente exaltar
al pueblo aconsejándole que rompa sus cadenas será echado
a los tigres para ser devorado vivo.
6° Se abrirá en todas las ciudades del gobierno un
número de casas públicas de ambos sexos proporcionado
a la población de cada ciudad, con la gradación de una de
estas casas de uno y otro sexo por mil habitantes;
cada una de ellas contendrá trescientos sujetos, que
entrarán allí a los doce años para no salir hasta
los veinticinco. Estos establecimientos serán subvencionados por
el gobierno; sólo los individuos de clase
libre tendrán el derecho de entrar en ellos y hacer allí
absolutamente lo que mejor les parezca.
7° Todos los que se llaman crímenes de libertinaje, tales
como el asesinato de excesos, el incesto, la violación,
la sodomía, el adulterio, no serán castigados nunca
más que en las castas esclavas.
8° Se concederán premios a las más famosas cortesanas
de las casas de libertinaje, de la misma forma
que a los jóvenes de esos mismos establecimientos que se hagan
una reputación en el arte de proporcionar
placer. Igualmente, se concederán recompensas a todo inventor de
nuevas lubricidades, a todo autor de libros
cínicos, a todo libertino reconocido como profeso de esta orden.
9° La clase de los hombres en esclavitud existirá como
antiguamente la de los Ilotas en Lacedemonia. Al
no haber ningún tipo de diferencia entre el hombre esclavo y el
animal, ¿por qué habría de castigarse el
asesinato de uno más que el del otro?
-Monseñor -digo-, creo que esto merece alguna mínima
explicación. Desearía que me probaseis que no
existe realmente ninguna diferencia entre el hombre esclavo y la
bestia.
-Echa una mirada sobre las obras de la naturaleza -me respondió
este filósofo-, y considera por ti misma
la gran diferencia que ha puesto su mano en la formación de los
hombres nacidos en la primera clase, y en
los nacidos en la segunda; sé imparcial y decide...
¿Acaso tienen la misma voz, la misma piel, los mismos
gustos, me atrevo a decir, las mismas necesidades? Inútilmente
se me dirá que el lujo o la educación han
establecido esas diferencias, y que uno y otro de estos individuos,
tomados en estado de naturaleza, se parecen
absolutamente en la infancia. Niego el hecho, y es por haberlo
observado yo mismo, por haberlo
hecho observar por hábiles anatomistas, por lo que afirmo que no
hay ninguna similitud en las diferentes
conformaciones de uno y otro de estos niños. Abandonad a ambos y
veréis que el de la primera casta manifestará
gustos e intenciones muy diferentes de los que demostrará el
niño de la segunda: reconoceréis sentimientos,
disposiciones muy diferentes en el uno y en el otro.
Ahora, que se haga el mismo estudio sobre el animal que mas se parece
al hombre, como el mono de los
bosques, que se compare, digo, a este animal con el individuo tomado de
la casta esclava: ;cuánta proximidad
entre ambos! El hombre del pueblo no es más que la especie que
constituye el primer escalón después
del mono de los bosques; y la distancia de este mono a él es
absolutamente la misma que la de él a la primera
casta. ¿Y por qué la naturaleza, que observa todas estas
gradaciones con tanto rigor en todas sus
obras; las habría de descuidar en éste? ¿Acaso
tienen los animales la misma talla y la misma fuerza? ¿Se
parecen todas las plantas? ¿Os atreveríais a comparar el
arbusto con el majestuoso álamo, el perro gozque
con el orgulloso danés, el caballito de las montañas de
Córcega con el fogoso semental de Andalucía? Vemos
aquí diferencias esenciales en las mismas clases: ¿y por
qué no habrían de existir igualmente en las del
hombre? ¿Os atreveríais a acercar Voltaire a
Fréron, y el macho granadero prusiano al débil Hotentote?
Por
consiguiente, Juliette, no dudéis de estas desigualdades; y
desde el momento en que existen, no dudemos en
aprovecharnos de ellas, y en convencernos de que, si la naturaleza ha
querido hacernos nacer en la primera
de esas clases de hombres, es para que gocemos a nuestro gusto del
placer de encadenar a la otra y de
hacerla servir despóticamente a todas nuestras pasiones y
necesidades. -Abrázame, mi querido amigo -digo echándome
en los brazos de un hombre cuyos principios me trastornaban
: eres un dios para mí y quiero pasar mi vida a tus pies.
-A propósito me rice Saint-Fond, levantándose de la mesa,
y echándonos ambos en un canapé del salón
olvidaba decirte que el rey me quiere más que nunca; acabo de
recibir nueva; pruebas dé ello. Se le ha
puesto en la cabeza que yo debía mucho, y en consecuencia acaba
de darme dos millones para que solucione
mis negocios. Es justo que tú participes de este favor,
Juliette: te concedo la mitad del don. Sigue amando
mis misterios y sirviéndome bien: y yo te elevaré tan
alto que no tendrás ningún trabajo en convencerte
de tu superioridad sobre los otros seres; no podrías creer las
delicias que siento en elevarte al pináculo, con
la única cláusula de una profunda humillación, de
una obediencia sin límites hacia mí. Quiero que seas a la
vez mi esclava y el ídolo de los otros; nada me hace excitarme
tanto como esa idea... Juliette, ¡y bien!, hoy
haremos horrores... ¿no es verdad ángel mío?...
¿atrocidades?
Y me besaba en la boca, excitándome mientras tanto...
-¡Oh mi amor, cuán deliciosos son los crímenes
cuando los vela la impunidad, cuando los apoya el delito
y cuando el deber mismo los prescribe! ¡Cuán divino es
nadar en oro y poder decir, contando las riquezas:
estos son los medios para todas las fechorías, para todos los
placeres; con esto, todas mis ilusiones pueden
realizarse, todas mis fantasías satisfacerse, ninguna mujer se
me resistirá, ningún deseo quedará sin efecto,
las mismas leyes se modificarán por mi oro y seré
déspota a mi gusto!
Besé mil y mil veces a Saint-Fond y, aprovechando el entusiasmo,
la embriaguez en la que él estaba, y
sobre todo sus buenas disposiciones hacia mí, le hice firmar una
carta de arresto paca el padre de Elvire,
que quería quitármela, y otras dos o tres gracias que
debían valerme quinientos o seiscientos mil francos
cada una. Y al habérsele subido al cerebro los sopores de la
excelente cena que yo acababa de ofrecerle, lo
embotaron y le procuraron un sueño profundo del que me
aproveché en seguida para disponerlo todo.
Saint-Fond se despertó hacia las cinco. Todo se encontraba
dispuesto en el salón y el orden en que estaban
dispuestos los personajes era éste: desnudas y adornadas
simplemente con guirnaldas de rosas se veían,
en la parte derecha de la mesa, las tres vírgenes destinadas a
las orgías; las había agrupado como las gracias;
las tres eran muchachas de buena posición, educadas en un
convento de Melun, y de una sorprendente
belleza.
La primera se llamaba Louise; tenía dieciséis
años, rubia, uno de los rostros más interesantes que se
puedan
ver.
Hélène era el nombre de la segunda; quince años,
talle flexible y ligero, alta para su edad, los cabellos
castaños, los ojos y la boca como el mismo Amor; hubiese pasado
por la más bonita de las tres, si Fulvie,
igualmente de la misma edad, pero mucho más bella, no se hubiese
llevado la palma.
Para contrarrestar este grupo, había colocado el de la
desgraciada familia, igualmente desnudos y cubiertos
con una gasa negra; el padre y la madre estaban en brazos uno del otro;
a sus pies estaba la encantadora
Julie; las cadenas pesaban sobre sus carnes descubiertas y las
herían; el pezón del pecho izquierdo de Julie
pasaba a través de un eslabón y estaba desgarrado por
él; otro trozo de estos dolorosos hierros se veía entre
las piernas de Mme. de Cloris y dañaba los labios de la vagina.
Delcour, al que yo había hecho adoptar el
traje terrible de un demonio armado con la espada con que debía
golpear a las víctimas, sujetaba la punta de
esta cadena, y desgarraba, tirando de ella de vez en cuando, todas las
partes sobre las que se la veía apoyarse.
Mis cuatro mujeres, en la postura de la Venus de las bellas nalgas, el
trasero vuelto hacia Saint-Fond,
vestidas con una simple gasa marrón y blanca que dejaba sus
culos muy al descubierto, se ofrecían a mi
amante:
La primera, una ir mujer de veintidós años, hermosa como
Minerva, y cuyas formas eran todas admirables;
la llamaban Délie:
Montalme era el nombre de la segunda; veinte años, la frescura
dé Flora y las carnes más hermosas que
se pueden ver.
Palmire tenía diecinueve años; rubia, un rostro
romántico, de esas mujeres a las que siempre se desearía
hacer llorar. Blaisine tenía diecisiete años; el aire
travieso, los dientes soberbios, los ojos más pícaros que
nunca
hubiese encendido el amor.
En el rincón izquierdo de este semicírculo, se
encontraban situados dos jóvenes altos y gallardos de cinco
pies dos pulgadas, provistos de enormes penes, de pie, en brazos uno
del otro, ambos se excitaban besándose
voluptuosamente en la boca; estaban desnudos.
- ¡Esto es divino! --dice Saint-Fond al despertarse-, reconozco
en todo eso la gracia y la imaginación de
Juliette. Que me traigan los culpables -prosigue, queriendo tenerme
cerca de él, mientras que Montalme se
acerca a chupar su instrumento y mientras él manosea el hermoso
culo de Palmire.
El grupo avanza, conducido por Delcour.
-Se os acusa de tres crímenes enormes -dice el ministro- y tengo
órdenes secretas de la reina para haceros
perecer al momento.
-Esas órdenes son injustas -respondió Cloris-, mi familia
y yo somos inocentes... ¡Y tú lo sabes, criminal!...
(Aquí Saint-Fond sintió una emoción de placer tan
viva que creí que iba a descargar). Sí, lo sabes
bien, pero si somos culpables, que se nos juzgue sin exponernos, como
lo han hecho aquí, a la cruel lujuria
de un tigre que no nos sacrifica más que para atizar sus
indignas pasiones.
-Delcour -dice Saint-Fond-, hazles, sentir la cadena.
Y de la violenta sacudida que dio el verdugo, la vagina de Mme. de
Cloris, el seno de su hija y una de las
piernas del marido fueron lastimadas hasta tal punto que la sangre
brotó sobre el hierro.
-Habéis transgredido muy gravemente -dice Saint-Fond- las leyes
que hoy imploráis para que os protejan;
ahora sólo os está reservada su severidad: tenéis
que prepararos para la muerte.
- ¡Eres -dice orgullosamente Cloris-, el ministro de un tirano y
de una puta! La posteridad me juzgará.
Aquí, Saint-Fond se levanta lleno de furor; está tenso;
se hace seguir sólo por mí. Acercándose a este
insolente,
bien sujeto por las cadenas, le da varias bofetadas con toda la fuerza
de su brazo, lo insulta, le escupe
en el rostro, y, excitándose el pene sobre los pechos de Julie,
siempre a sus pies:
-Véngate si puedes -le dice-, ¡véngate!
- ¡Oh cobarde!, huirías si estuviese libre.
-Eso es verdad; pero yo te tengo, te desafío a que te vengues y
te insulto con placer.
-Me lo debes todo.
-No me gusta el peso de la gratitud.
Le cogió el pene, lo sacudió; me ordenó que lo
excitase. Pero viendo que no avanzaba nada:
-Separad a este hombre de su familia -dice a Delcour-, que lo aten a
ese poste. Habiéndome dejado la reina
dueño de los suplicios con los que merecéis ser
castigados, y que deben preceder a vuestra muerte -
continúa Saint-Fond, dirigiéndose a las mujeres-, vais a
sufrir ambas, ante los ojos de Cloris, todos los tipos
de prostitución y de lujuria que me plazca imponeros.
Y como viese que Delcour no ataba bastante fuerte, a su gusto, al
esposo en el poste preparado, fue a
ayudar a agarrotarlo él mismo y renovó sus bofetadas,
acompañadas de fuertes golpes sobre las nalgas.
-Lo mataré con mi mano -dice a Delcour... - Sí, quiero
tener el placer de derramar su sangre, de llenarme
con ella.
Mezclando siempre el horror con la lujuria, se inclinó,
chupó el enorme pene de este hombre y le besó
las nalgas. Como Delcour estaba muy cerca, le cogió igualmente
el pene en la boca, y le acarició el
agujero de su culo; se levantó, y besó durante varios
minutos al verdugo en la boca, diciéndome al oído:
Nada de eso hace que me excite...
¡El infame! Venus y su corte estaban allí; y él lo
dejaba todo por la crápula y la atrocidad. Volvió a los
objetos de mi sexo... -¡Ah!, monseñor -le dijeron estas
pobres criaturas al ver que se acercaba-, ¿qué hicimos
para merecer un
tratamiento tan bárbaro?
-Sed valiente, mujer mía -gritó el esposo infortunado-,
pronto la muerte lavará nuestros ultrajes y el remordimiento
desgarrará el alma de ese tigre.
-El remordimiento -dice Saint-Fond, riéndose
sarcásticamente- nunca llegará a mi corazón;
sólo tendré
que suprimirte.
Mme. de Cloris, desatada la primera, fue conducida hasta él.
-¡Ah, puta! -le dice-, ¿te acuerdas de todas las firmes
resistencias que me opusiste en otro tiempo? Querida
y tierna prima, hoy voy a conseguirte por nada.
Estaba extraordinariamente excitado; manosea brutalmente los atractivos
de esta mujer; y, cogiéndola por
la mitad del cuerpo, la penetra ante los ojos de su marido, al que, por
la postura que ha tomado, puede chupar
el pene mientras tanto. Cuando, por esta acción, veo su culo
bien a mi alcance, lo hago fornicar; el
resto de hombres y mujeres lo rodean, excepto Julie y Cloris, que
siguen sujetos por Delcour. Pongo bajo
sus manos y sus ojos indistintamente coños, culos, penes y
tetas. El demonio de la crueldad lo excitaba,
y sus manos de uñas afiladas no se detienen en ninguna parte sin
que dejen allí huellas; pero, más por preferencia
que por delicia, las pasea sobre las tetas de la desgraciada mujer
gozando de su rabia; las araña y las
hace sangrar.
-Aleja todo eso, Juliette -me dice saliendo del coño de la madre
para apoderarse de la hija-, todavía no
quiero descargar.
-Putilla -dice a esta inocente criatura-, tu padre y tu madre saben
también todo lo que hice para poseerte:
es preciso que hoy les castigue por las resistencias que me pusieron.
Entonces, hizo colocar al padre de forma que mientras fornicaba a la
hija, tuviese como perspectiva el
hermoso nalguero de ese querido papá, al que Delcour
debía zurrar con una mano mientras azotaba con la
otra las nalgas de la mamá, puestas a la misma altura. Soy yo
quien lo ayudo a desvirgar a Julie; él aprieta,
empuja, entra; ocho culos están alrededor de él. Se le
sodomiza; y el villano, no encontrando bastante violentos
los suplicios que Delcour impone por orden suya, se arma con un
estilete, y pincha a la vez los pechos
de la madre, los hombros de la hija y las nalgas del padre. La sangre
corre.
-Todavía no es el momento de descargar -dice el villano fauno
saliendo del coño-, éste -añade sobando el
culo del padre-, este es el altar donde sacrificaré.
Siguiendo sus órdenes, el desgraciado Cloris es extendido sobre
el funesto sofá, con las manos atadas como
siempre.
-Delcour -dice al verdugo-, pasadle una cuerda por el cuello, de la que
tiraréis, si se resiste, hasta darle
muerte.
Siempre directora de la operación, yo conduzco con arte el
fogoso corcel al borde del camino que debe
recorrer; el desgraciado no decía ni una palabra.
Bien enfrente de él están apostados a la derecha el seno
de la madre, a la izquierda el lindo culito de la hija.
En cuanto está en el trasero codiciado, sus manos, armadas con
el fatal estilete, comienzan a pasearse
sobre los atractivos ofrecidos a sus miradas, y colocados de tal forma,
que a medida que los pincha la sangre
de la esposa y de la hija corre sobre la cabeza del padre. Mientras
tanto yo le excitaba el culo y dos de
mis mujeres le pinchaban las nalgas.
-Y bien dice-, me he engañado una vez más: había
creído derramar mi esperma, pero quiero, antes, tantear
todos los culos de esta familia realmente interesan te. Vuelve a
encadenar a este viejo zorro, Delcour,
sólo ha servido para cubrir mi pene de mierda. Muchacha alta
-dice a Montalme-, venid a chupar esto.
Y al ver un poco de repugnancia, ordena a Delcour que dé en
seguida cien latigazos sobre las hermosas
nalgas de esta encantadora muchacha para enseñarla a obedecer.
-¡Ah! ¡Ah!, puta -decía mientras la zurraban-, no
quieres chupar mi pene porque tiene mierda; ¿qué
será de ti, entonces, ahora cuando te la haga comer? Montalme,
bien llena de latigazos, vuelve decidida a todo; chupa al disoluto, le
lame el culo; y volviendo
él tranquilamente a su obra, ahí lo tenemos sodomizando a
la madre, azuzando por una parte el culo del
padre y de otra el coño de la hija. Al cabo de una carrera no
muy larga, vuelve a coger a la hija.
-¡Oh! -dice-, espero que, de una vez por todas, sea aquí
donde se opere el sacrificio.
Siempre servido por mí, Julie sodomizada; no hay nada que no le
haga durante este tiempo para decidir
su descarga; pero, fuese maldad, fuese impotencia, deja una vez
más el culo, asegurando que sólo flagelando
a la familia encontrará sus fuerzas agotadas. El padre, de nuevo
en el poste, es el primer azotádo. En
cuanto está lleno de sangre, le atan a su mujer a la espalda; y
cuando, con más de mil latigazos, ha abierto
las nalgas de ésta, la pequeña, colocada sobre los
hombros de la madre, es tratada de la misma manera.
-Deshagamos todo eso -dice el centauro-, una vez más no me he
satisfecho con este goce; quiero volver a
azotar a la hija, pero sujeta por su padre y su madre. Juliette y
tú, Delcour, poned a cada uno una pistola en
la sien y hacedles volar el cráneo si se resisten mientras
sujetan a su hija.
Encargada de la madre, ardía en deseos de verla hacer alguna
resistencia; pero, consolándome en seguida
por la certidumbre de que acabaría sus días en
algún suplicio más violento que este, dejé de
quejarme de la
sumisión que al principio me había alarmado. La pobre
Julie, tratada con un furor que no tiene ejemplo,
azotada primeramente con varas, lo fue a continuación con
zorros, cuyos azotes hacían brotar la sangre
hasta la habitación; hecho esto, Saint-Fond cae sobre el padre
y, golpeándolo con el mismo zorro con puntas
de hierro, en tres minutos lo cubre de sangre. La madre es agarrada
después; la colocan sobre el borde
del canapé, las piernas lo más separadas posible, y la
azota con los zorros dirigiendo los golpes al interior`.
de la vagina. Yo lo seguía por todas partes, bien
excitándolo bien flagelándolo, bien chupando su boca
o su pene. Un acceso de rabia lo acerca a la joven muchacha; le da dos
bofetadas con una fuerza tan
terrible que cae de espaldas; la madre quiere socorrerla y la recibe
con una patada en el vientre que la manda
al otro lado, a más de quince pies de su hija; Cloris echaba
espuma por la boca sin atreverse a decir una
sola palabra; atado constantemente, ¿qué defensa
podía ofrecer? Se levanta a la hija; Saint-Fond ordena al
verdugo que la fornique en el coño, y él... sodomiza al
verdugo; mientras, a fuerza de seducciones y poniendo
en libertad al padre, le prometo su vida y la de su familia, si accede
a dar por el culo a Saint-Fond...
¡Lo que es la esperanza para el alma de un desgraciado!
Cuidadosamente excitado por mis manos, lo logra.
Saint-Fond, por las nubes al sentir un pene tan hermoso en el culo,
colea como el pez al que se echa al
agua después de haberlo retirado de ella un rato.
-Es divino, y su gracia es segura -dice Saint-Fond-, si, aprovechando
con rapidez el estado en que está
ahora en mi culo, accede a sodomizar a su hija.
-Señor -digo a este hombre-, ¿se puede dudar, y no vale
cien veces más que forniquéis a vuestra hija que
la asesinéis?
-¡Asesinarla!
-Sí, señor; vuestra negativa la lleva a la tumba;
está muerta si os resistís.
Y mientras una de mis mujeres mantiene las nalgas de la pequeña
bien separadas y humedece el agujero,
yo retiro con rapidez el instrumento del culo de Saint-Fond
y lo dirijo a la entrada del de la pequeña: pero Cloris,
rebelde, no empujaba.
-Vamos, vamos, ¡matémosla! -dice Saint-Fond-, puesto que
no quiere fornicarla.
Esta cruel sentencia lo determina todo; acerco el pene a los
riñones de la joven y meto el terrible instrumento
en el ano; como todo estaba bien preparado, el éxito
coronó mis esfuerzos, y Cloris es incestuoso
para no convertirse en parricida. Délie fustigaba a Saint-Fond;
entretando, él vejaba el culo de la madre y
besaba las nalgas de uno de los lacayos; pero ese lacayo lo
fornicó en seguida, y fueron las nalgas de Délie
las que tenía por perspectiva. El inconstante Saint-Fond
rompió el grupo una vez más; obstinándose
constantemente
en resistir los impulsos de su semen, se muestra a nosotros más
furioso que una bestia feroz;
gritaba, babeaba, juraba: en cuanto Delcour descargó en el
coño de Julie, le hizo dar por el culo a la madre.
Por fin, todo se arregla: Saint-Fond se tranquiliza y me ordena que le
haga examinar los atractivos de las
tres muchachitas que no se han presentado todavía a sus ojos
más que por encima; las separa, las vuelve a
juntar, las compara; mientras tanto, yo lo excitaba; en una palabra,
está de acuerdo en que nunca tuve una
elección más feliz. Fulvie, sobre todo, le parece
adorable. -La sodomizaría dice el disoluto-, si no tuviese miedo
de descargar.
Después de esta revista, desea hacer la de las cuatro mujeres;
Palmire le encanta: dice que nunca ha visto
nada tan hermoso, y las soberbias nalgas de esta bella muchacha hacen
sus delicias durante varios minutos.
-Ordena -me dice- a todas estas putas que se pongan de rodillas en
semicírculo alrededor de mí, que, a
continuación, vengan en la misma postura a adorar mi pene y que
lo chupen una detrás de otra.
La orden se ejecuta, y cada una recibe dos bofetadas mientras mama su
instrumento.
Entre tanto, él chupa penes, sin exceptuar, tomó
podéis imaginar, los de Cloris y Delcour.
-Ya es hora, Juliette me dice-, de acabar con esta escena.
El criminal encula a Julie; los criados sujetan al padre y la madre
mientras que él frota el culo de esta niña.
Delcour, armado con su cuchilla, va a separar lentamente la cabeza.
-Ve lento, ve muy lento, Delcour -exclama-, quiero que mi sobrina
más querida se sienta morir, quiero
que sufra al mismo tiempo que la fornico.
Apenas ha hecho sentir Delcour el filo de la cuchilla, cuando los
gritos de esta desgraciada se oyen por
todas partes.
-Seguid, seguid -dice Saint-Fond bien introducido en el culo-, pero
seguid dulcemente; no podéis imaginar
el placer que me transporta; inclínate, Delcour, que yo pueda
excitarte el pene mientras trabajas;
Juliette, adorad las nalgas de Delcour: ahora es un dios para
mí, que acerquen el culo de la madre, quiero
besarlo mientras hago asesinar a su hija.
Pero ¡qué besos, gran Dios! Son mordiscos tan crueles que
la sangre brota con cada uno de ellos. Un
criado lo sodomiza; el infame está en un éxtasis
indecible.
-¡Cómo saboreo el crimen! -exclama jurando-,
¡cuán encantador es para mí! Delcour, haz durar el
placer...
El desgraciado padre, abatido, está a punto de perder el
conocimiento, sus ojos giran de horror. La hermosa
cabeza de Julie cae por fin como la de una bonita rosa ante los
esfuerzos redoblados del aquilón.
-No hay nada tan voluptuoso como lo que acabo de hacer -dice
Saint-Fond, saliendo del culo del cadáver-,
no os podéis imaginar la contracción que resulta en el
ano de la lenta incisión operada sobre las vértebras
del cuello; ¡es delicioso! Vamos, señora -dice a la
madre-, preparaos a darme el mismo placer.
La misma escena vuelve a empezar. Saint-Fond, que encuentra que la
operación va demasiado de prisa,
la suspende.
-No sabéis -dice- cuán divino es cortar así,
lentamente, el cuello de una mujer a la que se tuvo la debilidad
de amar en otro tiempo: ¡oh!, ¡cómo me vengo de las
resistencias de la querida prima!
Continúa excitando el pene del verdugo, pero quiere besar mis
nalgas durante la operación; los dos
criados sodomizan a Delcour y a él; el padre está atado
de manera que, armada con un puñado de vergas,
yo pueda azotarle el miembro mientras tanto. Mi feroz amante
está en la embriaguez, y se deleita con los
dolores prolongados de su triste pariente, cuya cabeza cae al fin al
cabo de un cuarto de hora. Es el turno de
Cloris. Sólo atándolo es posible colocarlo en la postura
esencial para la operación. Saint-Fond sodomiza, el
verdugo trabaja, los criados siguen dando por el culo al ordenador y al
ejecutor. Esta vez, Saint-Fond quiere
besar las soberbias nalgas de Montalme. Las otras mujeres lo rodean
mostrándole los culos; la bomba estalla
al fin. ¡Oh cielos!, si Lucifer hubiese descargado, habría
hecho, creo, menos ruido, habría babeado menos,
habría dirigido a los dioses blasfemias e imprecaciones menos
espantosas. Saint-Fond descansa un
rato, y nosotros pasamos a otra sala, donde reúno a las siete
mujeres y a los dos criados. El ministro se nos
une en seguida, pero, semejante a Venceslas, su verdugo no lo abandona;
sin embargo, algunas voluptuosidades
más dulces van a preceder a las orgías caníbales
de este nuevo Nerón, y el semen correrá, si es posible,
antes que la sangre.
Sin embargo, como con semejante hombre era necesario conservarlo que
llevase la huella de sus placeres
favoritos, fue en nichos adornados con todos los atributos de la
fúnebre Parca donde le presenté grupos
voluptuosos. La sala entera estaba tapizada de negro; huesos, cabezas
de cadáveres, lágrimas de plata, haces de varas,
puñales y zorros adornaban esta lúgubre tapicería;
en cada nicho había una virgen manoseada
por una bribona, ambas desnudas, apoyadas sobre cojines negros, con los
atributos de la muerte perpendiculares
a su frente. Al fondo de cada nicho, se veía una de las cabezas
que acababan de ser cortadas, y
junto a los nichos, a la derecha, había un ataúd abierto,
a la izquierda una mesita redonda sobre la que descansaban
una pistola, una copa de veneno y un puñal. Por un refinamiento
de increíble barbarie (hecho, y
yo estaba segura de lograrlo, para complacer a mi amante), había
hecho cortar los tres troncos de las víctimas
que acababan de ser sacrificadas; sólo se había
conservado la parte de las nalgas tomada desde la caída
de los riñones hasta por debajo de los muslos, y estaban
suspendidos trozos de carne con lazos negros, a la
altura de la boca, en cada intercolumnio de los nichos: fueron los
primeros objetos que llamaron la atención
de Saint-Fond.
-¡Ah! dice acercándose a besarlos-, estoy muy contento de
volver a encontrar unos culos que acaban de
darme tanto placer.
Una lúgubre lámpara pendía del techo en medio de
la sala, cuya bóveda estaba revestida igualmente de
atributos fúnebres; diferentes instrumentos de suplicio estaban
distribuidos aquí y allá; entre otros, había
una rueda muy extraordinaria. La víctima, atada circularmente
sobre esta rueda, que estaba dentro de otra
provista con puntas de acero, debía, al dar vueltas contra estas
puntas fijas, desollarse poco a poco y en
todos los sentidos; un resorte acercaba la rueda fija al individuo
atado a la giratoria, con el fin de que a medida
que las puntas disminuyesen la masa de carne, siempre pudiesen
encontrar algo que morder al apretar.
Este suplicio era tanto más horrible cuanto que era muy largo, y
que una víctima podía vivir allí diez horas
en las lentas y rigurosas angustias de este tormento; para aumentar o
debilitar el suplicio, sólo era cuestión
de acercar más o menos la giratoria. Esta máquina,
invento de Delcour, no había sido probada todavía por
Saint-Fond; se entusiasmó al verla, y dio al momento cincuenta
mil francos de gratificación al autor. Desde
ese momento, los pérfidos ojos de este monstruo sólo se
dedicaron a la elección de cuál de las tres
víctimas
sería inmolada de esta manera. ¡Dioses!, la desgraciada
Fulvie, como la más hermosa, fue tácitamente condenada
en el fondo del corazón de este tirano. Un beso, que dio en el
agujero del culo de esta hermosa muchacha,
mientras consideraba la terrible máquina, me convenció
pronto de que estaba en lo cierto. Pero
veamos lo que precedió.
En primer lugar, Saint-Fond se instaló durante un momento, entre
Delcour y yo, en un sillón que se hallaba
enfrente de cada nicho. Palmire, una de mis mujeres que no había
sido puesta en los nichos, de pie, detrás
del sillón, lo excitaba, besando su boca; él se lo
meneaba a Delcour y sobaba mis nalgas; examina: las
bribonas ponen buen cuidado en ofrecerle el cuerpo de la niña, a
la que ellas excitan en todas las posturas
posibles; incluso, a veces se la acercan para hacerle besar las
diferentes partes. El se levanta, recorre los
nichos; Delcour lo azota entretanto; algunas veces se hace fornicar, y
yo lo chupo; me doy cuenta de que su
instrumento empieza a recobrar cierta energía; me sodomiza en la
última estación (el nicho donde Blaisine
se lo meneaba a Fulvie) y allí fue donde me dice al oído,
besando el culo de esta encantadora muchacha:
-Ella será la que nos estrene la rueda; cuán
deliciosamente serán cosquilleadas esas bonitas nalgas,
ahí.
Hecho este primer examen, va a tumbarse en una especie de banco
estrecho y blando; allí, los hombres y
las mujeres se acercan alternativamente a colocarse a horcajadas sobre
su rostro y a cagarle en la boca;
Palmire es la primera que pasa y después le chupará
durante toda la operación. Montalme y yo pasamos
después, para que pudiese, de acuerdo con su deseo, manosearnos
las nalgas todo el tiempo que estuviese
allí. De las suciedades pasa rápidamente él
libertino a los horrores: Delcour, por orden suya, azota a las
siete mujeres delante de él y yo lo excito sobre las cabezas que
me ha hecho descolgar con esta intención.
Tres cuadros se representan después ante sus ojos. Mis dos
azotadores sodomizan a dos de mis rameras;
en medio, Delcour azota a la tercera; junto a cada grupo hay una joven
que Saint-Fond se dispone a desvirgar;
Palmire y yo lo ponemos en situación, una socratizándolo,
la otra meneándole el miembro; el libertino,
bien preparado, hace saltar las tres virginidades, vuelve, sodomiza y
descarga sodomizando a Fulvie. Yo lo
chupo para devolverle sus fuerzas; quiere que el verdugo le sostenga a
todas las mujeres, sin exceptuarme a
mí; nos aplica, a cada una, doscientos golpes de vara; a
continuación él sujeta a las mujeres y obliga a Delcour
a que les dé a todas por el culo. Durante esta escena las besaba
en la boca y yo participé en ella como
las otras.
Entonces, Saint-Fond coge a cada virgen, una tras otra y pasa a solas
con ellas a un gabinete retirado. Ignoramos
lo que les dijo o lo que les hizo; a su vuelta, ni siquiera nos
atrevimos a preguntarles. Realmente,
en esta entrevista, tuvo que anunciarles su muerte, porque todas
volvieron en lágrimas. Delcour me dice, mientras procedía
a esta operación, que una lubricidad secreta seguía
ordinariamente a este anuncio; que,
desde que él conocía a Saint-Fond, siempre le
había visto mezclar a este episodio sentencias que su ferocidad
dictaba. Esto tenía que gustarle mucho con toda seguridad,
porque siempre salía de allí excitadísimo
(10).
(10) Pronto se sabrá lo que era.
-Vamos -dice, echando espumas de lujuria-, ahora veamos por qué
suplicios las haremos perecer: quiero
que sean terribles. Delcour, es preciso que tu imaginación se
supere hoy; es preciso que estas desgraciadas
sufran todos los tormentos que podrían significarles el
infierno.
Y besaba a Fulvie mientras decía esto; era fácil ver que
era ella quien más lo encendía.
-Delcour -dice-, te aconsejo esta bonita criatura; cuán bella
estará sobre tu rueda, cuán voluptuosamente
se desgarrarán sus blancas y rellenas nalgas.
Y, diciendo estas palabras, la mordió, hasta hacerla sangrar, en
cinco o seis partes de su cuerpo; una de
estas mordeduras se llevó el pezón de la teta izquierda y
el pícaro se lo traga; le mete un momento el
miembro en el culo; a continuación, apoderándose del
instrumento de Delcour, lo introduce él mismo en el
agujero que deja.
-Es preciso -dice- que el verdugo azote a su víctima, eso es
indispensable.
Durante todo este tiempo, con sus uñas, arañaba las
nalgas, los costados, los muslos, las tetas de esta niña
y chupaba la sangre a medida que salía. Hizo acercarse a
Palmire, que tan prodigiosamente parecía calentarlo, y le dijo:
-Así es como yo trato a las muchachas que hacen excitarme.
Apenas pronunció estas palabras, cuando le introduce el miembro
en el culo: después de algunas idas y
venidas, la hace subirse a una silla, para tener siempre sus nalgas en
perspectiva y, paralelamente a ella,
hace que Délie se ponga en la misma postura; a
continuación, las tres muchachas pequeñas se colocan en
semicírculo alrededor de él; se pusieron de rodillas y
les azotó el pecho mientras que Blaisine le meneaba el
miembro. Pinchó los senos apenas abiertos de estas tres
infortunadas, se los cortó con una navaja, después
cauterizó al momento la llaga con la punta de un hierro
caliente. Mientras tanto yo lo excitaba, teniendo,
por orden suya, el miembro de Delcour en el culo y meneándosela
a un criado con cada mano: así, de rodillas,
las hizo juntarse a las tres, espalda contra espalda, y las
azotó en los pechos con unos zorros de puntas
de acero cortantes; el culo de Palmire lo seguía en todas estas
escenas; se lanzaba constantemente encima, y
lo acariciaba en los intervalos.
-¡Vamos! -dice-, un poco de látigo.
Las siete mujeres (yo fui exceptuada) fueron atadas a columnas
colocadas ex profeso en esta sala; con sus
manos levantadas, sujetaban un crucifijo; los pies de las cuatro
rameras estaban igualmente sobre crucifijos,
que parecían aplastar con los pies; los de las tres
víctimas se apoyaban en bolas provistas de puntas por
todas partes, de manera que el propio peso de su cuerpo las obligaba a
ser laceradas; las tetas de éstas fueron
atadas fuertemente con una cuerda de tripa que se incrustaba en sus
carnes; una punta de acero muy
aguda pendía sobre sus cabezas y penetraba en ellas a voluntad
de Saint-Fond que, por medio de un resorte
del que era dueño, podía hacer entrar esta punta en el
cráneo de la muchacha, tan pronto como quisiera;
otras puntas, dirigidas igualmente por Saint-Fond, se encontraban en
frente de sus ojos; otra les amenazaba
el ombligo, si, apremiadas por los latigazos, se echaban, por
casualidad, hacia delante; cada una de las víctimas
dispuestas de esta manera alternaba con las zorras, felizmente
liberadas de todos estos angustiosos
instrumentos.
Saint-Fond utiliza en primer lugar las varas que Delcour y yo le damos;
da cien golpes a las víctimas y
cincuenta a las zorras; el segundo asalto se da con zorros de puntas de
acero, doscientos golpes a las víctimas,
diez a las zorras. Entonces, Saint-Fond hace entrar en acción a
las puntas: las desgraciadas, pinchadas
por todas partes, lanzan gritos que hubiesen ablandado a otros que no
fuesen criminales como nosotros.
Saint-Fond, sintiéndose apremiado por el semen que ya espumea en
su miembro, hace que le lleven a Louise,
la chica de dieciséis años que quiere ejecutar primero.
La besa mucho, lame y soba su culo completamente
sangrante, haciéndose chupar el miembro y el agujero del culo,
después se la entrega a Delcour, quien, después de
haberle pasado su miembro por los dos agujeros, le aplica ese suplicio
chino consistente
en ser cortada completamente viva en veinticuatro mil trozos sobre una
larga mesa. Sain-Fond, subido en
un estrado, sentado en las rodillas dé un lacayo que lo fornica,
examina ese espectáculo teniendo en sus
piernas a Héléne, que es la siguiente y a la que azota en
el culo, mientras que yo se lo meneo y él besa a
Palmire en la boca. El suplicio de la segunda consiste en tener los
ojos reventados, tumbada sobre una cruz
de San Andrés, para ahí ser descoyuntada viva. Saint-Fond
actúa él mismo mientras que yo lo azoto. La
víctima, así dislocada, le es ofrecida de nuevo; le da
por el culo y, mientras que él trabaja en el ano, Delcour
remata a la víctima con un mazazo en la cabeza, que hace volar
el cerebro hasta la nariz de Saint-
Fond; todo su rostro se cubre con él.
La encantadora Fulvie queda sola, rodeada por los restos sangrientos de
sus dos compañeras: ¿podía dudar
de su suerte? Saint-Fond le muestra la rueda.
-Eso es lo que te espera -le dice-, te he reservado lo mejor.
Y el traidor no deja de acariciarla, de besarla en la boca; la sodomiza
una vez más antes de entregarla al
verdugo. Delcour la coge por fin; ella lanza gritos terribles; la
coloca; la rueda comienza a girar. Saint-
Fond, fornicado por los dos criados alternativamente, sodomizaba a
Delcour, besando sucesivamente las
nalgas de Palmire y las mías y manoseando indistintamente los
tres culos que quedaban vacantes. Pronto, el
incremento de los gritos de la víctima nos hace juzgar sus
dolores. Os dejo pensar lo acuciantes que debían
de ser: la sangre, lanzada hacia todas partes, brotaba como esas
lluvias finas esparcidas por los grandes
vientos. Saint-Fond, que quiere hacer durar el suplicio, cambia sus
cuadros y sus goces. Da por el culo a
mis cuatro zorras, mientras que Delcour y yo le componemos otros
grupos. La rueda, que se estrecha constantemente,
empieza a pinchar hasta los nervios y la víctima, desmayada por
el exceso de los dolores, ya no
tiene fuerzas para hacerse oír, cuando Saint-Fond, agotado de
horror y de crueldades, pierde al fin su semen
en el soberbio culo de Palmire, acariciando el de Delcour, manoseando
el mío, el de Montalme y considerando,
bajo la fatal rueda, a uno de los criados, que sodomizaba a Blaisine, y
fustigado por Délie, que le
chupa la boca para apresurar su descarga.
Los gritos, el desorden, las blasfemias de Saint-Fond, todo fue
terrible; lo llevamos, casi sin conocimiento,
a la cama, donde todavía quiso que yo pasase la noche a su lado.
Este insigne libertino, tan tranquilo como si acabase de hacer la
acción más loable, durmió diez horas sin
despertarse ,y sin la más mínima señal de
agitación. Entonces fue cuando me convencí completamente
de
que es fácil crearse una conciencia análoga a las
opiniones de uno y que, después de este primer esfuerzo,
está permitido llegar a cualquier cosa. ¡Oh amigos
míos!, no lo dudemos, aquel que ha sabido extinguir en
su corazón toda idea de Dios y de religión, al que su oro
o su crédito ponen por encima de las leyes, que ha
sabido endurecer su conciencia, plegarla a sus opiniones, desterrar
para siempre los remordimientos, ése,
digo, estad seguros, hará siempre lo que quiera sin temer nada.
El ministro, al despertarse, me preguntó si no era verdad que
él era el mayor criminal de la tierra. Sabiendo
el placer que le daría respondiendo un sí, no lo
pensé demasiado y me abstuve de contradecirle.
-¿Qué quieres, ángel mío? -me dice-,
¿es culpa mía si soy así y si la naturaleza me ha
dado el gusto más
irresistible por el vicio y ni una inclinación a la virtud? Por
lo tanto, ¿no es verdad que la sirvo igual de bien
que aquel al que su mano imprimió el amor por las buenas
acciones? Sería la mayor de todas las extravagancias
el resistirse a las intenciones de la naturaleza acerca de nosotros:
soy la planta venenosa que hizo
nacer al pie del bálsamo; no estoy disgustado de mi existencia,
como no estaría orgulloso de la del hombre
virtuoso: y desde que es preciso que todo esté mezclado en la
tierra, ¿no es igual estar en una clase o en
otra? Imítame, Juliette (11), tus inclinaciones te llevan a eso;
que ninguna acción criminal te asuste; la más
atroz es la que más gusta a la naturaleza: el único
culpable es el que se resiste; no lo seas de esta manera.
Deja, hija mía, deja que la gente fría diga que es
necesario que la honradez y el pudor acompañen los placeres
del goce; desgraciado el que quiera gustarlos de esta manera: nunca los
conocerá. Esos tipos de placer
no pueden ser deliciosos más que en tanto se franquea todo para
degustarlos; la prueba de ello es que sólo
empiezan a ser tales con la ruptura de algún freno; si se rompe
uno más, la excitación será más violenta y
necesariamente de esta forma, de gradación en gradación,
no se llegará realmente al verdadero fin de estos
tipos de placeres más que llevando el extravío de los
sentidos hasta los últimos límites de las facultades de
nuestro ser, de tal forma que la irritación de nuestros nervios
experimente un grado de violencia tan prodigioso
que estén como trastornados, como crispados en toda su
extensión. El que quiere conocer toda la fuerza, toda la magia
de los placeres de la lubricidad, debe convencerse de que sólo
recibiendo o produciendo
sobre el sistema nervioso la mayor sacudida posible, logrará
procurarse una embriaguez tal como la
que le es necesaria para gozar bien; porque el placer no es más
que el choque de los átomos voluptuosos, o
emanados de objetos voluptuosos, que encienden las partículas
eléctricas que circulan en la concavidad de
nuestros nervios. Por consiguiente, para que el placer sea completo, es
preciso que el choque sea lo más
violento posible: pero la naturaleza de esta sensación es tan
delicada, que cualquier cosa la turba o la destruye;
por lo tanto, es preciso que la mente esté preparada, que
esté tranquila, que, por nuestros sistemas o
nuestra posición, se encuentre en un equilibrio tranquilo y
feliz, que sea, entonces, al fuego de la imaginación
donde se encienda el hogar de los sentidos. Desde ese momento, dad
pleno curso a esa imaginación,
no le neguéis ningún extravío, y procurad, no
solamente concederle todo, sino ponerla en condiciones,
por vuestra filosofía y sobre todo por el endurecimiento de
vuestro corazón y de vuestra conciencia, de poder
forjarse, crearse nuevas quimeras, las cuales, al alimentar los
átomos voluptuosos, las hagan chocar con
más fuerza sobre las moléculas que deben realizar la
sacudida, y preparen de esta manera a vuestros sentidos
un tipo de voluptuosidad para cada uno de ellos. Según esto,
Juliette, puedes ver cuántos obstáculos
aportaría a tu delirio un espíritu sujeto a las
limitaciones de la honradez o de la virtud: serían como hielos
echados al fuego, como cadenas, como trabas que pondríais a un
corcel joven que no pidiese más que lanzarse
a la carrera.
(11) Mujeres lúbricas y arrebatadas, leed con atención
estos consejos; se dirigen a vosotras como a Juliette,
y si tenéis inteligencia, debéis extraer como ella el
mayor partido de ellos. El más ardiente deseo de
vuestra felicidad nos los sugiere; no llegaréis nunca a
ésa felicidad por la que nos esforzamos al dirigiros
esto, no, nunca la alcanzaréis si estos sabios avisos no se
convierten en la única base de vuestra conducta.
Sin duda, la religión es el primero de todos los frenos que hay
que romper en semejante caso, puesto que
es, para el que la adopta, una fuente constante de remordimientos. Pero
no hay más que la mitad de trabajo
hecho, cuando sólo se han derribado los altares de un Dios
fantástico; esta operación es la más fácil
y no
hace falta ni mucha inteligencia, ni mucha fuerza para destruir las
repugnantes quimeras de la religión, ya
que no hay ninguna que pueda soportar un análisis. Pero, una vez
más, Juliette, esto no es todo; hay una
infinidad de otros deberes, de otras convenciones sociales, de otras
barreras, que se te opondrán en seguida,
si tu espíritu, tan fogoso como independiente, no hace del
enfrentamiento a todo una ley: igualmente sujeta
por esos despreciables diques, pronto sentirías en tus placeres
una constricción igual a la que siente el devoto.
Si, al contrario, lo has desechado` todo para alcanzar el placer, y tu
conciencia, bien tranquila sobre todos
los puntos, no viene ya a presentarte los tristes aguijones del
remordimiento, sin duda, en este caso, tu
goce será de los más vivos y más completos que
pueda conceder la naturaleza, y tu extravío será tal que
tus
facultades físicas apenas tendrán suficiente fuerza para
soportar su exceso. Sin embargo, no esperes que serás
tan feliz al comenzar como puedes llegar a serlo un día: a pesar
de lo que puedas hacer, todavía vendrán
a turbarte los prejuicios, en razón de la magnitud de los frenos
que hayas roto: fatales efectos de la educación,
que sólo pueden remediar una profunda reflexión, una
perseverancia constante, y sobre todo costumbres
muy arraigadas. Pero, poco a poco, tu espíritu se
fortalecerá; la costumbre, esa segunda naturaleza que
con frecuencia llega a ser más poderosa que la primera, que
llega hasta destruir los mismos principios naturales
que parecen los más sagrados, esa costumbre esencial para el
vicio, que no dejo de aconsejarte, y de la
cual depende todo para tu felicidad en la carrera que adoptas, esa
costumbre, digo, ¡destruirá el remordimiento,
hará callar a la conciencia, se reirá de la voz del
corazón, y entonces verás cómo te parecen
diferentes
todos los objetos! Sorpréndete tú misma de la fragilidad
de los lazos que te habían retenido, lamentarás
los días en que, estúpidamente encadenada por estos
nudos, pudiste resistirte a los placeres; y aunque algunos
vanos obstáculos tengan que turbar tu felicidad, el encanto de
haberla conocido, y los divinos suspiros
que te dará transformarán para siempre en flores las
espinas con que hubiesen querido sembrarla. Ahora
bien, en la posición en que te pongo, con la seguridad que te
doy ¿qué espinas podrías temer? Reflexiona
un momento sobre tu deliciosa situación; y si la incertidumbre
de la impunidad presta al crimen sus más
divinos atractivos, ¿quién mejor que tú en el
mundo podrá gozar deliciosamente? Echa una mirada a tus
otros goces: dieciocho años, la mejor salud, el rostro
más bonito, el porte más noble, graciosa como un
ángel,
un temperamento de Mesalina, nadando en oro y en la opulencia, un
crédito seguro, ningún freno, ninguna
cadena, ni padres, amigos que te adoran... y ¿podrías
temer a las leyes? ¡Ah!, deja de temer que su
espada se atreva alguna vez a alcanzarte; si un día se elevase
sobre tu cabeza, oponle tus encantos Juliette;
sustituye esa languidez que te cautiva en el seno de las voluptuosidad
es, por esas toletes llenas de arte que, aumentando todas tus gracias,
encadenan a tus pies todos los corazones; reálzate y el universo
de rodillas
apartaría al momento todo lo que pudiese derribar o manchar a su
más querido ídolo; entonces, el mismo
Amor te serviría de égida, inflamaría todos los
corazones y sólo encontrarías amantes que harían
que otros
tuviesen que temer a los jueces. Le corresponde al ser aislado... sin
fortuna....-sin apoyo... sin consideración,
temblar bajo esos frenos populares: sólo están hechos
para él. Pero tú, Juliette. ¡ah!, cambia la
naturaleza entera... ¡trastorna, destruye, arranca! El mundo
adorará su divinidad en ti, cuando dejes caer
sobre él algunas bondades, te temerá si lo aplastas, pero
siempre serás su dios.
Entrégate, Juliette, entrégate sin temor a la
impetuosidad de tus gustos, a la sabia irregularidad de tus caprichos,
a la fogosidad ardiente de tus deseos; caliéntame con tus
extravíos, embriágame con tus placeres;
sólo a ellos ten siempre por guía y por ley; que tu
voluptuosa imaginación dé variedad a nuestros
desórdenes;
sólo multiplicándolos alcanzaremos la felicidad;
naturalmente inconstante y ligera, nunca colma con
sus dones más que a aquel que sabe encadenarla: nunca pierdas de
vista que toda la felicidad del hombre
reside en su imaginación, que no la puede pretender más
que sirviendo todos sus caprichos. El más afortunado
de los seres es aquel que más medios tiene de satisfacer todos
los extravíos que ella inspira: ten muchachas,
hombres, niños; haz revertir sobre todo lo que te rodee la suave
lascivia de tu alma de fuego; todo
lo que deleita es bueno, todo lo que excita está en la
naturaleza. ¿No ves al astro que nos ilumina secar y
vivificar alternativamente? Imítalo en tus extravíos,
como se te pinta en tus hermosos ojos. Sigue la conducta
de Mesalina y de Teodora; ten, como estas célebres putas de la
antigüedad, serrallos de todos los sexos
donde puedas ir a zambullirte cómodamente en un océano de
impureza. Revuélcate en el lodo y en la
infamia: que todo lo más sucio y más execrable que haya,
lo más cínico y más indignante, más
vergonzoso
y más criminal, más contra la naturaleza, contra las
leyes y la religión, sea por eso sólo lo que te complazca
más. Mancilla a tu placer todas las partes de tu hermoso cuerpo;
recuerda que no hay una sola donde no
pueda tener un templo la lubricidad y donde los goces más
divinos serán siempre aquéllos que creías que
irritaban a la naturaleza. Cuando los odiosos excesos del libertinaje,
cuando las bajezas más depravadas,
cuando los actos más indignantes comiencen a deslizarse en tus
nervios, reanímate por medio de crueldades:
que las fechorías más terribles, que las atrocidades
más indignantes, que los crímenes menos imaginables,
que los horrores más gratuitos, que los desvíos
más monstruosos saquen a tu alma del letargo en que
te habrá dejado el libertinaje. Recuerda que toda la naturaleza
te pertenece, que todo lo que ella nos deja
hacer está permitido y que ha sido bastante hábil, al
crearnos, para quitarnos los medios de turbarla. Entonces,
sentirás que el Amor cambia algunas veces sus flechas en
puñales y que los insultos del desgraciado
que atormentamos valen a menudo más, para hacer excitar, que
todos los discursos galantes de Cíteres.
Extrañamente halagada por estos discursos, me atreví a
hacer comprender a Saint-Fond que todo lo que
yo temía era perder sus bondades.
-Juliette -me dice-, no duraría mucho si yo fuese tu amante,
porque los favores de una mujer, por muy
hermosa que pueda ser, no podrían atarme durante mucho tiempo.
Aquel que tiene por principio que el
momento en que se acaba de fornicar a una mujer es el más
esencial para separarse de ella, debe ciertamente,
si él no es más que amante, hacer entrever lo que
tú temes; pero, Juliette, lo sabes, estoy lejos de esta
anodina persona: unidos ambos por semejanza de gustos, de
espíritu y de interés, no veo nuestras cadenas
más que como las del egoísmo y éstas cautivan
siempre. ¿Te aconsejaría que fornicases si fuese tu
amante?
No, no, Juliette, no lo soy, y nunca lo seré. Por lo tanto, no
temas mi inconstancia; si alguna vez llego a
abandonarte, serás tú la única causante; sigue
conduciéndote bien, sirve siempre mis placeres con actividad;
que cada momento me haga ver en ti nuevos vicios; internamente lleva la
sumisión conmigo hasta la bajeza;
cuanto más te arrastres a mis pies, más te haré
reinar sobre los otros por medio del orgullo; sobre todo,
que ninguna debilidad, que ningún remordimiento, sea lo que sea
que exija de ti, se muestre nunca a mi
vista y te haré la más feliz de las mujeres, como
tú me habrás hecho el más afortunado de los
hombres.
- ¡Oh mi dueño! -le digo-, recordad que sólo quiero
reinar sobre el universo para traeros su homenaje a
vuestros pies.
A continuación entramos en algunos detalles. Estaba desolado por
no haber podido hacer sufrir a su sobrina
el suplicio de la rueda; sin la necesidad de quitarle la cabeza, lo
hubiese hecho infaliblemente. Esto le
llevó a alabar grandemente a Delcour.
-Está lleno de imaginación -me dice-, por otra parte
joven y vigoroso y te agradezco mucho que hayas
deseado su miembro. Por mi parte -continuó Saint -Fond-, lo
fornico siempre con placer. Ya he observado
que cuando se ha fornicado a un hombre desde muy joven, se le sigue
jodiendo con placer a los cuarenta años. Mira cómo nos
parecemos, Juliette: el oficio que hace sabe excitar tu cabeza como la
mía y, sin su
profesión, nunca habríamos pensado en él ninguno
de los dos.
-¿Habéis tenido a mucha gente de ésta?
-pregunté a Saint-Fond .
-Durante cinco o seis años tuve esta manía -me
respondió- y recorrí las provincias para tenerlos; sus
ayudantes,
sobre todo, me excitaban infinitamente la imaginación: nadie se
figura lo que es tener el miembro
de un ayudante de verdugo en el culo. Los sustituí por muchachos
carniceros y me gustaba cuando, llenos
de sangre, venían a sodomizarme dos horas.
-Comprendo todos esos gustos -dije a Saint-Fond. - ¡Ah!, puedes
estar segura, querida, se precisan la infamia
y la depravación para todo eso; y la lujuria no es nada si la
crápula no está en el alma. Pero, a propósito,
-continuó el ministro-, hay una de tus zorras que me excita
increíblemente los nervios... esa bonita
rubia, la que, creo, obtuvo mi último semen.
-¿Palmire?
-Sí, así es como la oí llamar. Tiene el más
hermoso culo, el más estrecho, el más caliente...
¿Cómo has
conseguido a esa muchacha?
-Trabajaba en una tienda de modas; apenas tenía los dieciocho
años cuando me apoderé de ella... y nueva
como el niño que sale del seno de su madre; es huérfana,
su nacimiento es bueno, no depende más que de
una vieja tía que me la recomendó mucho.
-¿La amáis, vos Juliette?
-No amo nada, Saint-Fond, no tengo más que caprichos.
-Me parece que esa bonita criatura tiene absolutamente todo lo que es
preciso para hacer de ella una deliciosa
víctima: muy hermosa, interesante cuando llora, un bonito tono
de voz, al pelo más hermoso del
mundo, un culo sublime y una asombrosa frescura... Mira, Juliette, mira
cómo se me pone tiesa con la sola
idea de martirizarla.
Y efectivamente yo nunca había visto su miembro tan lleno de
cólera; me apoderé de él, lo excité muy
ligeramente.
-Pero si me la apropio -continuó-, te la pagaré mejor que
cualquier otra, puesto que la deseo.
-¿Acaso esa sola palabra no es una orden para mí?
¿Queréis que entre al instante?
-Sí, porque únicamente me excito con ella.
En el momento en que Palmire apareció, Saint-Fond, saltando de
la cama, se envuelve en un camisón y,
agarrando con brusquedad a esta muchacha, pasa con ella a un gabinete
separado. La sesión fue larga; oí
los gritos de Palmire. Al cabo de una hora, volvieron ambos. Como le
había hecho dejar sus ropas antes de
llevarla a ese lugar secreto, me fue fácil, al verla volver
desnuda, reconocer hasta qué punto había sido maltratada;
y aunque no hubiese visto lo demás, sus lágrimas que
corrían todavía me lo hubieran probado. Pero
su pecho y sus nalgas llevaban emblemas tan recientes de las vejaciones
que acababa hacerle sentir Sant-
Fond, que era imposible dudar.
Juliette -me dice, apareciendo muy excitado por lo que acababa de
hacer-, es una gran desgracia para mí
estar tan acuciado de tiempo como lo estoy; es preciso que esas cabezas
estén en el gabinete de la reina en
cinco horas y no puedo entregarme hoy al deseo que tengo de divertirme
con esta muchacha. Escuchad lo
que voy a deciros: me la presentaréis pasado mañana en la
comida de las tres vírgenes; hasta entonces, que
esté encerrada en el más oscuro y más seguro de
vuestros calabozos; os prohibo que le deis de comer, y os
ordeno que la encadenéis tan fuertemente a la pared, que no
pueda ni moverse ni sentarse. No le hagáis
ninguna pregunta sobre lo que acaba de ocurrir; sin duda, tengo razones
para que lo ignoréis, puesto que os
lo oculto. Os la pagaré al doble de lo que os doy por las otras.
Adiós.
Con estas palabras, se lanzó a su coche con Delcour y la caja
con las tres cabezas, dejándome en un estado
de agitación que difícilmente podría explicaron.
Amaba a Palmire. Entregarla a ese antropófago me costaba mucho:
pero, ¿cómo desobedecer? Sin atreverme
siquiera a decirle una sola palabra, la hice echar don de Saint-Fond
quería que estuviese; y apenas estuvo allí, vinieron a
combatirme dos sentimientos. El primero fue el deseo de salvar a esta
muchacha, de
la que todavía faltaba mucho para que estuviese cansada; el
segundo tenía por origen la mayor curiosidad
por saber cuál era esa extraña fantasía a la que
se entregaba Saint-Fond con las mujeres contra las que pronunciaba
la última palabra. Cediendo a este segundo deseo, iba a bajar,
para preguntarle, a la puerta de su
prisión, cuando me anunciaron a Mme. de Clairwil. Informada por
el ministro de que estaría en el campo a
la hora de la cena, venía a rogarme y a recogerme para volver
juntas a ver un ballet encantador en la Opera.
Abracé vivamente a mi amiga; le conté todo lo que
acabábamos de hacer; no le oculté las locuras a las que
me había entregado antes de la llegada del ministro, ni todas
las que las habían seguido. La amable criatura
encontró todo delicioso y me felicitó por los progresos
que yo empezaba a hacer en el crimen. Cuando llegué
a la aventura de Palmire:
Juliette -me dice-, guárdate de sustraérsela al ministro
y todavía más de profundizar en su misteriosa
pasión.
Piensa que tu suerte depende de este hombre y el placer que
obtendrías, bien de descubrir su secreto,
bien de conservar los días de tu zorra, no te consolaría
nunca de las penas que infaliblemente resultarían de
ello.
Encontrarás doscientas muchachas que valgan más que
ésta; y respecto al secreto de Saint-Fond, una infamia
de más o de menos en tu cabeza no te hará más
feliz. Cenemos, corazón mío, y larguémonos pronto,
eso te distraerá.
A las seis estábamos en el coche Clairwil, Elvire, Montalme y
yo; seis caballos ingleses hendían el aire, y
hubiésemos llegado con toda seguridad a la obertura del ballet,
cuando a la altura del pueblo de Arcueil
somos detenidas por cuatro hombres, pistola en mano. Era de noche.
Nuestros lacayos, afeminados, flojos y
apoltronados, huyeron con toda la rapidez que les fue posible, y nos
quedamos solas con los dos conductores
de nuestros caballos, presas de los cuatro hombres enmascarados que nos
detenían.
Clairwil, a la que nada en el mundo asustaba, preguntó
imperiosamente, al hombre que parecía ser el jefe,
en razón de qué actuaba de aquella manera: por toda res
puesta, nuestros desconocidos, dando la vuelta a
nuestro coche, obligan a nuestra gente a bajar en Arcueil, y a
continuación a subir a la altura de Cachan,
donde siguieron un camino estrecho que nos llevó á un
castillo muy solitario. El coche entra; las puertas se
cierran, incluso oímos que las atrancan por dentro; entonces,
uno de nuestros conductores nos abre la puerta
del coche y, sin decir una sola palabra, nos ofrece la mano para
descender.
Extrañamente asustada por esta misteriosa aventura, confieso que
mis rodillas flaquearon al bajar de la
carroza: poco faltó para que me desmayase; mis mujeres no
estaban más tranquilas que yo; únicamente
Clairwil, siempre descarada, andaba a la cabeza de nosotras y nos
animaba. Tres de nuestros raptores desaparecieron
y el jefe nos introdujo en un salón bastante bien iluminado. El
primer objeto que nos llamó la
atención fue un viejo en llantos, rodeado de dos jóvenes
muy bonitas que intentaban consolarlo.
-Tienen ante ustedes, señoras -nos dice nuestro conductor-, los
desgraciados restos de la familia de Cloris.
Ese viejo es el padre del marido, esas dos jóvenes son las
hermanas de la esposa, y nosotros somos los
hermanos del esposo. El jefe de esta casa, su mujer y su hija, al haber
caído injustamente en desgracia ante
la reina, y más desgraciadamente todavía ante el
ministro, quien, sin embargo, les debe todo, al haber desaparecido
ayer estas tres respetables personas, digo, la celeridad de nuestras
pesquisas nos ha convencido
de que estas víctimas están detenidas o muertas en la
casa de campo de la que acabáis de salir. Pertenecéis
al ministro; una de ustedes es su amante, lo sabemos: necesitamos o que
nos devuelvan a las personas que
pedimos o convencernos de su muerte. Hasta tales esclarecimientos,
permaneceréis aquí como rehenes. Si
hacéis que nos devuelvan a nuestros parientes, seréis
libres; si han sido sacrificados, vuestros manes apaciguarán
los suyos y los seguiréis a la tumba. Es todo lo que tenemos que
deciros; informadnos y actuad.
-Señores -dice la valiente Clairwil-, me parece que vuestro
proceder es completamente ilegal bajo todos
los aspectos. En primer lugar, ¿es verosímil que dos
mujeres, la señora y yo (aquéllas nos sirven), que dos
mujeres, digo, estén suficientemente introducidas en los
secretos del ministro como para ser informadas de
un acontecimiento semejante al que nos referís?
¿Creéis que si las personas que reclamáis hubiesen
corrido
las desgracias de la corte y la justicia o el ministro hubiesen sido
obligados a obrar con severidad, creéis, de
buena fe, que nos hubiesen hecho testigos de semejante
ejecución?, ¿y el tiempo que hace que estamos en
la casa del ministro no os prueba que seguramente durante esos
días ha ocurrido el acontecimiento del que
nos habláis? Señores, todo lo más que podemos
dáros es nuestra palabra de honor, pero no os las ofrecemos
a causa de la profunda ignorancia en que estamos respecto a la suerte
de los que se está tratando. No, seño
res, podemos asegurároslo, nunca hemos oído decir nada de
ellos y si sois justos y no tenéis nada más que
decirnos, devolvernos al momento una libertad que no tenéis el
derecho de quitarnos.
-No nos divertiremos en refutaros, señora - respondió
nuestro conductor-. Hace cuatro días que una de
ustedes estaba en ese campo, la otra ha llegado hoy a cenar. Hace
igualmente cuatro días que la familia
Cloris estaba en la misma casa: por lo tanto, una de ustedes
está en perfectas condiciones de responder a las
preguntas que se os han hecho y no saldrán de aquí hasta
que estemos perfectamente informados.
Entonces, los otros tres caballeros aparecieron y dijeron que, puesto
que no queríamos hablar de buen
grado, había medios para hacernos explicar a la fuerza.
-Me opongo, hijos míos dice el viejo-, no habrá
aquí ninguna violencia; detestamos los medios que tienen
nuestros enemigos para hacer el mal y nunca los imitamos. Solamente
rogaremos a estas damas que escriban
al ministro para que se presente en esta casa; y su billete
estará escrito de forma que le haga creer que
sólo son ellas las que lo solicitan para un asunto de la mayor
importancia. Vendrá; nosotros lo interrogaremos;
tendrá que decir dónde está mi hijo, dónde
está mi hija: esta mano, sin eso, por muy temblorosa que
esté, sabrá encontrar la energía necesaria para
clavarle un puñal en el pecho... ¡Pérfidos abusos
de la tiranía!...
¡Funestos peligros del despotismo! ¡Oh pueblo
francés!, ¿cuándo te rebelarás contra esos
horrores?,
¿cuándo, cansado de la esclavitud y consciente de tu
propia fuerza, levantarás la cabeza por encima de las
cadenas con que te rodean los criminales coronados y sabrás
devolverte la libertad a la que te ha destinado
la naturaleza?... Que se dé papel a estas damas y que escriban.
-Entreténlos digo en voz baja a Clairwil- y déjame
redactar ese billete.
Un asunto de la mayor importancia os llama aquí (hice saber al
ministro); seguid al guió que os enviamos
y no perdáis ni un minuto.
Enseño la carta, la encuentran bien. Entonces, con un
lápiz oculto en mi mano, tengo tiempo, al meterla
en el sobre, de insertar prontamente las palabras siguientes:
Estamos perdidas si no acudios con fuerzas; y es por la fuerza como
escribimos lo que precede.
Se cierra el paquete, uno de nuestros conductores parte y nos hacen
pasar a una habitación alta, donde
nos encierran cuidadosamente, con un guardia permanente en nuestra
puerta.
En cuanto estuve sola con Clairwil, le doy parte de lo que había
añadido al billete.
-Eso no basta para tranquilizarme -me dice-, si llega aquí con
esa fuerza, somos degolladas en el momento
en que estas gentes lo vean llegar con ella; preferiría
esforzarme en seducir a nuestro guardia.
-Eso es imposible -respondí-, estos no son pícaros
asalariados; ligados todos por el sentimiento del honor,
con tal de que no lo estén por el de la sangre, puedes
comprender que nada en el mundo les hará renunciar
al fatal proyecto de venganza. ¡Ah! Clairwil, no debo de estar
todavía muy firme en nuestros principios,
porque temo que una fatalidad cualquiera, a la que puedes dar el nombre
que quieras, haga triunfar al fin a
la virtud.
-¡Nunca! ¡Nunca!, el triunfo siempre pertenece a la fuerza,
y nada posee tanta como el crimen; no te perdono
esta debilidad.
-Es que este es el primer contratiempo que encuentro.
-Es el segundo, Juliette: recuerda mejor las circunstancias de tu vida
y acuérdate de que la fortuna no te
cubrió con sus favores más que al salir de una
prisión que debía llevarte a la horca.
-Eso es verdad; esta anécdota olvidada me devuelve mi valor;
tengamos paciencia.
Nada en el mundo podía apagar en esta mujer singular los fuegos
del libertinaje por los que estaba devorada.
¿Lo podéis creer? No había más que una cama
en la habitación donde nos habían relegado: me propuso
que nos echásemos allí las cuatro y que nos
masturbásemos hasta la llegada de Saint-Fond. Pero al no
encontrar ni a mis mujeres ni a mí en disposición
bastante tranquila para aceptar sus extravagancias, esperamos
charlando el resultado de esta funesta aventura. El Sr. de Saint-Fond
vio, como Clairwil, el inconveniente de hacer atacar el castillo por la
fuerza mientras
nosotras estuviésemos allí: el engaño le
pareció preferible; y este fue el que utilizó antes de
llegar a
medios violentos.
El expreso que habíamos enviado volvió con dos
jóvenes desconocidos para nosotras. Y este era el contenido
del billete que traían al viejo:
Un hombre galante no debe retener a mujeres por un asunto que
sólo es cosa de hombres: entregad a las
que injustamente detenéis. Os envió a mi primo hermano y
mi sobrino como rehenes; creed que tengo más
interés en quitároslos de vuestras manos que a las
mujeres que están en depósito en vuestra casa. Por otra
parte, estad totalmente tranquilo sobre la suerte de las personas que
os interesan; es cierto que están detenidas,
pero en mi casa; y soy yo quien os responde de ellas: estarán en
vuestros brazos dentro de tres dias.
Una vez más, quedaos con mis parientes y enviad alas mujeres; yo
mismo estaré en vuestra casa dentro de
cuatro horas.
La mayor presencia de ánimo nos sirvió aquí. El
billete apenas había sido leído delante de nosotras,
cuando
ya adivinamos.
-¿Conocéis a estos señores? -nos preguntó
el viejo.
-Claro -respondí-, son los parientes del ministro; si se ofrecen
a quedarse por nosotras, esto rehenes, me
parece, deben bastaros.
Se deliberaba sobre nuestra libertad, cuando, uno de nuestros ladrones,
tomando la palabra:
-Esto puede ser una trampa -exclamó-, me opongo a la partida de
las mujeres: quedémonos con todos,
son dos rehenes más.
Se llegó a esta opinión y los imbéciles (porque
está dicho que es preciso que la virtud haga constantemente
estupideces), los estúpidos animales, nos pusieron a todos en la
misma habitación.
Tranquilizaos, señoras -nos dice en seguida uno de los
pretendidos parientes del ministro-, veis cuál ha
sido la índole del engaño del Sr. de Saint-Fond. El no
dudaba de que quizás no tuviese éxito: no importa -
ha dicho-, de todos modos les envío defensores y les
dirán, como podemos afirmar, que toda la policía de
París, de la que somos miembros, asedia el castillo dentro de
dos horas. Estad tranquilas, estamos bien armados,
y si esta buena gente quiere, al verse engañada, emprender algo
contra nosotros, estad seguras de
que os defenderemos.
-Todo mi temor -dice Clairwil- está en que esos animales, al ver
la tontería que han hecho en reunirnos,
vengan a separarnos para quitarnos todos nuestros recursos.
-No hay más que --digo infinitamente más tranquila-
unirnos de manera que seamos inseparables.
-¿Cómo -dice Clairwil-, tú que temblabas hace un
momento en una situación más o menos parecida, te
atreves ahora a tener ideas?
-Es que estoy tranquila -repliqué- y porque realmente estos dos
jóvenes son muy guapos.
Uno de ellos, llamado Pauli, tenía efectivamente
veintitrés años y el rostro más dulce, más
delicado que
fuese posible ver; el otro tenía dos años más, el
aire menos afeminado pero digno de ser pintado y el más
hermoso miembro.
-Vamos -dice Clairwil-, estos señores permitirán que
dispongamos de ellos. Antes de saber lo que piensan,
aquí está, me parece, lo que hace falta para que todo
esto se solucione.
A estas palabras, besamos simultáneamente a nuestros guardianes
con tanto ardor, que la respuesta que
tenían que darnos se pintó pronto en sus ojos.
-Sí -siguió Clairwil-, puesto que su consentimiento es
tan formal, así es cómo tiene que ocurrir todo. Pauli
va a fornicarte, Juliette; yo me lo haré dar por La noche; en
cuanto las dos estemos encoñadas, Elvire me
excitará el clítoris con una mano, el agujero del culo
con la otra; Montalme te hará otro tanto. Ambas, al
alcance de ser manoseadas por nuestros fornicadores, les
presentarán todo lo que llevan; verás cómo,
frotadas
más fuerte, ganaremos a esta infidelidad: todas las mujeres
voluptuosas deberían permitirse cosas semejantes,
pronto se darían cuenta del provecho que obtendrían. Sin
embargo, constantemente atentas las dos a las sensaciones
experimentadas por nuestros jóvenes fornicadores, en cuanto los
vean a punto de descargar,
cogerán sus miembros y nos los meterán en seguida en el
culo, para que el semen sólo se descargue ahí; en
cuanto hayan descargado los dos, cambiaremos de hombre y de mujer.
Pero, colocadas las dos una junto a
la otra, sólo nos ocuparemos de nosotras; nos besaremos, nos
lengüetearemos, amor mío, y consideraremos
-me añadió muy bajo- a estos viles seres que
trabajarán para darnos placer como esclavos pagados por
nuestras pasiones y que la naturaleza nos somete.
-Así es -digo-, no comprendo que nos pudiésemos excitar
con otra idea.
Y en un momento estábamos las dos sobre la cama, con las faldas
remangadas hasta por encima del vientre.
Nuestras ayudantes se apoderan primero de los instrumentos, nos los
preparan, nos los muestran y los
engullimos pronto en nuestros coños anhelantes. Si Clairwil era
vigorosamente fornicada por Laroche, ciertamente,
yo no podía quejarme de Pauli; su miembro no era exactamente tan
gordo como el de su camarada,
pero era muy largo y yo lo sentía en el fondo de mi matriz;
divinamente excitada además por Montalme,
voluptuosamente besada por mi amiga, ambas habíamos descargado
ya dos veces cuando el cambio de mano
ejecutado por Montalme con toda la rapidez posible, me advirtió
de la crisis de mi joven amante, cuyos
ríos de semen me inundan el culo de la forma más
deliciosa. La hábil Montalme, mientras tanto, sustituía
con tres dedos reunidos lo que mi coño acababa de perder y
continuaba excitándome el clítoris. Una blasfemia,
bien asentada por mi amiga, me previno de que ella sentía lo
mismo; y los chorros de esperma tan
abundantes no nos inundaron las entrañas hasta la tercera
eyaculación.
-Cambiemos dice Clairwil-, prueba a Laroche, voy a coger a Pauli.
Jóvenes y vigorosos los dos, nuestros atletas ni siquiera nos
piden un respiro y heme aquí fornicada por
uno de los más hermosos miembros posibles.
Fue durante esta segunda carrera cuando Clairwil, siempre inclinada
sobre mí, siempre lengüeteándome y
ocupándose sólo de mí, convino que su abominable
cabeza le aconsejaba una infamia.
-¡Oh joder! -le digo-, apresurémonos a ejecutarla, porque
los horrores me gustan infinitamente.
-No, quiero sorprenderte -dice Clairwil-... Conténtate con saber
solamente que esta extraña idea es la única
causa del semen que pierdo en tus brazos.
Y la pícara partió con convulsiones y brincos con los que
seguramente su fornicador no se habría calentado
como lo hizo si hubiese adivinado la causa. Vuelta en sí y con
Pauli dentro:
-Escucha -me dice muy bajo-, veo que de todos modos tengo que
informarte, porque sin eso no podrías
secundar mis proyectos. Va a haber un ataque; nos defenderemos. Pidamos
armas a estos jóvenes, y para
agradecerles todos los servicios que nos prestan, volémosles el
cerebro durante la batalla. Este asesinato
pasará a la cuenta de nuestros enemigos y Saint-Fond, más
convencido de los peligros que habrás corrido,
te concederá sin duda una mayor recompensa.
-¡Oh!, ¡jodida zorra! -digo a Clairwil, descargando yo
misma como una puta ante esta idea-, ¡oh!, ¡santo
Dios!, ¡cómo me inflama este proyecto!
Y durante este tiempo yo inundaba el miembro de Laroche, quien,
viéndose a punto de imitarme, hizo su
cambio en el mismo instante de mi descarga, lo que me sumergió
en un delirio que me sería imposible pintaros,
sin que haya nada tan delicioso, lo afirmo, como el sentir un miembro
penetrar en el culo de uno en el
mismo momento en que se descarga. El ruido que oímos en ese
instante nos hizo saltar de la cama.
-Ahí están --dice Clairwil-, dadnos pistolas, hijos
míos, para que podamos defendernos.
-Aquí las tenéis -dice Laroche-, hay tres balas en cada
una.
-Bien -dice Clairwil-, estad seguros de que pronto estarán en el
corazón de alguien.
El ruido aumenta y se hace oír a la vez en todas partes del
castillo: " ¡A las armas!" exclaman.
-Vamos -dice Laroche-, empecemos ahora; que estas damas se coloquen en
grupo detrás de nosotros, nosotros
las serviremos de muralla.
Era el momento; nuestros raptores, forzados ya en la parte baja del
castillo por el destacamento enviado
de París, se retiraban hacia donde nosotros estábamos,
con el deseo de degollarnos antes de rendirse; pero desgraciadamente,
seguidos desde demasiado cerca, no pudieron entrar más que
mezclados con nuestros
liberadores. Se hizo un fuego terrible al forzar nuestra
habitación. Colocadas detrás de los que nos defienden,
este es el momento que elegimos para liberarnos del peso de la
gratitud. Caen llenos de sangre a nuestros
pies, y nuestros sexos estaban todavía cubiertos del semen de
aquellos a los que nuestra inicua maldad
arrancaba tan cruelmente de la vida. Podéis imaginar
fácilmente que esta acción fue puesta en la cuenta de
nuestros enemigos, a quienes apuñalaron en seguida los oficiales
del destacamento para vengar a sus camaradas.
El viejo y las mujeres jóvenes, que quedaron solos, fueron
metidos en un coche y bajo una buena
vigilancia conducidos a la Bastilla; el resto del destacamento,
habiendo hecho preparar nuestro coche, nos
escoltó hasta mi casa, donde exigí a Clairwil que no me
abandonase hasta después de comer.
Apenas habíamos llegado, cuando nos anunciaron a Saint-Fond.
-¿Le confesaremos nuestro pequeño horror? -digo con
prontitud a mi amiga.
-No -me respondió-, hay que hacerlo todo y nunca decir nada.
-El ministro entró, le agradecimos infinitamente los cuidados
que se había tomado. A su vez, nos dio excusas
de que un asunto personal suyo nos hubiese comprometido hasta ese
punto.
-Hay ocho o diez hombres muertos -nos dice-, entre otros los dos
jóvenes que os había enviado, los únicos
que lamento.
-¡Ah! ¡Ah! -dice Clairwil-, sin duda tiene que haber
razones para eso.
-Sí, los jodía a ambos desde hace bastante tiempo.
-¿Y es Saint-Fond -dice Clairwil- el que lamenta un
objeto fornicado?
-No: eran hábiles, me servían a las mil maravillas en
todas mis operaciones misteriosas.
- ¡Oh!, os los sustituiremos -digo a Saint-Fond,
haciéndole que se sentase a la mesa-; dejemos las desgracias
y hablemos de vuestros éxitos.
Durante la comida, la conversación giró, como de
costumbre, sobre materias de filosofía, y como el ministro
tenía cosas que hacer y nosotras estábamos extremadamente
cansadas, nos separamos. En la comida
del día siguiente, mi desgraciada Palmire, a quien se
envió a buscar unas horas antes a su calabozo, fue
sacrificada sin piedad después de mil suplicios más
bárbaros y más variados los unos que los otros. Saint-
Fond me obligó a estrangularla mientras él la fornicaba
el culo. Me la pagó a veinticinco mil francos; y por
las descripciones que le hice de todos los peligros de la
víspera, me completó el doble.
Pasaron dos meses sin ningún acontecimiento que pueda
añadir algún interés a mis escritos. Y acababa
de alcanzar mis dieciocho años cuando Saint-Fond, llegan do una
mañana a mi casa, me dice que había ido
a ver a las dos hermanas de Mme. de Cloris a la Bastilla, que las
había encontrado a las dos mucho más
bonitas que la que habíamos sacrificado, pero que la más
pequeña, sobre todo, que era de mi edad, era una
de las muchachas más hermosas que fuese posible ver.
- ¡Y bien'. digo--, ¿será una partida de placer?
-Claro -me respondió.
-¿Y el viejo?
-Caldo de cultivo.
-Sí, pero son tres prisioneros menos: ¿y el gobernador,
que no vive más que de eso?
- ¡Oh!, las sustituciones son fáciles. En primer lugar, os
pido el primer puesto para una pariente de Clairwil
que quiere hacerse la mojigata con ella y no la quiere bien, a causa
del libertinaje de esta querida amiga.
Respecto a los otros dos, me las guardo, y os prometo hacéroslas
firmar en ocho días. Vamos -dice el ministro,
cogiendo una hoja de su agenda-, la comida del hombre y la salida de
las mujeres... Sal mañana,
Juliette, y lleva contigo a Clairwil, es encantadora, llena de
imaginación: haremos una escena deliciosa.
-¿Os harán falta hombres y zorras?
-No, las escenas particulares valen algunas veces más que las
orgías: más recogidas, se hacen más horrores,
y como estamos bien juntos, nos entregamos infinitamente más.
-Pero ¡se necesitarán dos mujeres para ayudar!
-Sí, dos viejas; me las buscarás al menos de sesenta
años, es un capricho: hace mucho tiempo que me
aseguran que no hay nada para que se ponga tiesa como la decrepitud de
la naturaleza; quiero probarlo.
-Le falta algo a todo eso -dice Clairwil, a quien fui en seguida a dar
parte de las intenciones del ministro-.
Esas jóvenes deben de tener amantes: hay que descubrir los,
hacerlos robar e inmolarlos con ellas; hay un
millón de detalles voluptuosos que obtener de estas situaciones.
Vuelo a casa del ministro; le cuento las
ideas de Clairwil; las aprueba; la partida se retrasa ocho días
y los amantes son buscados.
Los horrores necesarios para descubrir a estos nuevos individuos fueron
voluptuosidades para Saint-
Fond. Se presenta en la Bastilla, hace meter en el calabozo a cada una
de estas muchachas, él mismo va a
interrogarlas, y mezclando hábilmente la esperanza y el temor,
utilizándolos alternativamente, logra descubrir
que Mlle. Faustine, la más pequeña de las hermanas de
Mme. de Cloris, tenía por amante a un joven
llamado Dormon, exactamente de la misma edad que ella; y que su
hermana, Mlle. Félicité, de veinticinco
años, había entregado igualmente su corazón al
joven Delnos, uno de los muchachos más hermosos de París
y que podía tener dos años más que ella. Cuatro
días bastaron para encontrar faltas a estos jóvenes; no
se
reparaba en detalles en un siglo en el que el abuso del crédito
era tal, que los ayudantes de gente de posición
hacían ellos mismos encerrar a quien bien les parecía.
Estas nuevas víctimas no durmieron más que
una noche en la Bastilla; fueron transferidos la noche siguiente a mi
casa de campo, adonde las señoritas
habían llegado la víspera. Clairwil y yo los
habíamos recibido y encerrado a todos, pero por separado; y
ninguno de estos prisioneros, aunque bastante cerca los unos de los
otros, sospechaba hasta qué punto le
interesaba su vecino.
Después de una gran cena, pasamos a un salón donde estaba
todo dispuesto para las execraciones proyectadas.
Las dos viejas, vestidas de matronas romanas, esperaban trenzando
verguetas las órdenes que se les
diesen. Antes de empezar nada, atraído por la superioridad del
culo de Clairwil, Saint-Fond quiso rendirle
homenaje. Inclinada sobre un sofá, la zorra se lo presenta como
una mujer hábil; y, mientras que yo le chupo
el clítoris, Saint-Fond W introduce al menos seis pulgadas de
lengua en el culo.
Saint-Fond estaba en erección; sodomiza a Clairwil, besando mi
culo; un momento después me sodomiza
a mí, acariciando el voluptuoso culo de Clairwil.
-¡Vamos!, manos a la obra dice Saint-Fond-, descargaré si
tardamos; tenéis las dos unos culos a los que
no me puedo resistir.
-Saint-Fond -dice Clairwil-, tengo que pedirte dos favores: el primero
es que te muestres muy cruel; no te
puedes imaginar, querido, hasta qué punto lo estoy siendo yo; el
segundo es que me dejes el asesinato de
los dos jóvenes. Dar suplicios a los hombres es, lo sabes, mi
pasión favorita; tanto como te gusta atormentar
a mi sexo, me gusta a mí vejar al tuyo, y voy a gozar
martirizando a esos dos guapos muchachos mucho
más, quizás de lo que te deleitarás tú
masacrando a sus dos amantes.
-Clairwil, sois un monstruo.
-Lo sé, querido, y lo que me humilla es ser sobrepasada cada
día por ti.
Al haber deseado Saint-Fond ver en primer lugar solo a cada uno de los
cuatro amantes, una de las viejas
trajo a Dormon, cuya querida era Faustine, la más pequeña
de las hermanas de Mme. de Cloris.
-Joven -le dice Clairwil-, aparecéis aquí ante vuestro
amo; pensad que la más completa sumisión y la más
escrupulosa verdad deben dirigir vuestra conducta y vuestras
respuestas: en sus manos está vuestra vida.
-¡Ay de mí! -respondió humildemente este
desgraciado-, no tengo nada que decir, señora; ignoro por
completo la causa de mi detención y no puedo comprender por
qué fatalidad me encuentro hoy como una
víctima de la suerte.
-¿No estabais destinado -le preguntó Clairwil, que lo
devoraba con los ojos- a casaros con Faustine?
-Esa unión debía hacer mi felicidad.
-Ignoráis el cruel asunto en el que estaban implicados sus
parientes?
- ¡Ay!, señora, sólo les conocía virtudes:
¿podía existir el vicio donde había nacido
Faustine? -¡Ah! digo-, ¡es un héroe de novela!
-Seré siempre amigo de la virtud.
-El entusiasmo que se siente por ella a vuestra edad -dice Clairwil- ha
perdido con frecuencia a muchos
hombres. Por lo demás, no es de nada de eso de lo que se trata
aquí: os hemos hecho venir para informaros
de que vuestra Faustine está aquí, y que si
queréis abandonarla al goce del ministro, su gracia y la vuestra
recompensarán el sacrificio.
-No merezco gracia, puesto que no he cometido crímenes
-respondió orgullosamente este joven-. Pero
aunque tuviese mil muertes, os declaro que no compraré nunca la
vida al precio de la atrocidad que os
habéis atrevido a hacerme entrever.
-¡Vamos!, señora, ¡el culo!, ¡el culo!...
-exclamó Saint-Fond excitado-, vemos que este granujilla es un
testarudo al que sólo con la violencia haremos entrar en
razones.
Y, a estas palabras, Clairwil y las dos viejas, se lanzan sobre el
joven y lo desnudan y agarrotan en un
abrir y cerrar de ojos.
Lo conducen hasta Saint-Fond, que examina detalladamente durante
algunos minutos el más bonito culo
de hombre que sea posible ver: y ustedes saben, los señores
entendidos, que, respecto a estas partes, ustedes
lo tienen puesto con frecuencia mejor que nosotras.
- ¡Ah! -dice el desgraciado Dormon, en cuanto ve las infamias a
las que está destinado-, ¡me han engañado,
estoy en casa de unos monstruos!
-Señor -le dice Clairwil-, pronto se lo probaremos.
Y después de algunos horrores preliminares, se me encargó
que trajese a Faustine. Era difícil ser más hermosa,
estar mejor hecha, ser más interesante y más dulce;
¡cuántos nuevos atractivos le prestó el pudor,
cuando vio la escena en que se la recibía! Creyó
desmayarse al ver a su amante objeto de las caricias de
Clairwil y de Saint-Fond.
-Tranquilizaos, hermoso ángel -le digo en seguida-: nosotros
jodemos, corazón mío, nos zambullimos en
la impudicia; vais a mostrar vuestro hermoso culo como nosotros
ofrecemos el nuestro y no os encontraréis
a disgusto.
-Pero ¿qué significa todo esto?... por favor,
¿dónde estoy?... explicadme...
-Estáis en la casa del ministro, vuestro tío, vuestro
amigo; vuestro asunto está en sus manos, y no sabéis
cuán grave es lo que os compromete. Sed sumisa y complaciente,
monseñor puede solucionarlo todo.
-¿Y Dormon ha podido someterse...?
- ¡Ah! -respondió el desgraciado joven-, soy, como
tú, víctima de la fuerza. Pero si el día de la
deshonra
luce hoy para nosotros, el de la venganza nos consolará
quizás pronto.
-Dejemos el heroísmo, joven dice Saint-Fond, aplicando una
vigorosa bofetada sobre las descubiertas
nalgas de este hermoso hablador-, y esa elocuencia incendiaria
servirá más bien para entregar a vuestra
amante a todos mis caprichos... y serán violentos a solas con
ella... la trataré mal.
Aquí, dos ríos de lágrimas brotan de los soberbios
ojos de Faustine, profundos gemidos se hacen oír; el
cruel Saint-Fond, con su miembro en la mano, se acerca a mirarla bajo
la nariz.
- ¡Oh, joder! -exclamó-, así es como me gustan las
mujeres... ¡Que no pueda reducirlas a todas a este estado
con una sola palabra! Llorad, pequeña, llorad... tomad, llorad
sobre mi miembro; sin embargo, no perdáis
todas vuestras lágrimas: pronto las necesitaréis para
cosas de mayor importancia.
Realmente, no me atrevo a deciros hasta qué punto llevó
el ultraje; parecía que su mayor placer fuese insultar
a la inocencia e injuriar a la belleza desgraciada. Los reflejos de
placer que llegamos a hacer experimentar
a esta niña se cambiaron pronto en penas; Saint-Fond
enjugó sus lágrimas con su miembro.
La principal pasión de Clairwil no era, como os he dicho, zurrar
a las mujeres: ella amaba dar a la naturaleza
la salida de sus inclinaciones hacia la crueldad sobre los hombres;
pero aunque ella no actuase ¡lo veía con placer!, y cerca
de Dormon, al que excitaba, observaba con una curiosidad malvada todos
los ultrajes
realizados sobre Faustine; incluso los aconsejaba.
-Vamos -dice Saint-Fond-, hay que juntar lo que pronto debía
afianzar el himeneo; no soy lo suficientemente
cruel -añadió irónicamente- para no ceder al
señor una de las dos virginidades de su bonita amante;
Clairwil dispón al macho: yo voy a preparar a la hembra. Nunca
habría creído, lo confieso, que esta empresa
fuese posible. El terror, la pena, la inquietud, las lágrimas,
en fin, el terrible estado de estos dos amantes
¿podía permitirles el amor? Sin duda se operó
aquí uno de los más grandes milagros de la naturaleza y
su
fuerza triunfó sobre todos los males de su imaginación:
Dormon, arrebatado, fornicó a su amante. Sólo tuvimos
que sujetar a ella; sólo en ella, el dolor, superior a todo, no
dejó ya acceso al placer; por mucho que
hicimos, por más que la excitamos, la regañamos o la
acariciamos, su alma no salió ya de la horrible situación
en que la sumergía esta aterradora escena; y no obtuvimos de
ella más que desesperación y lágrimas...
-La amo más por eso -dice Saint-Fond-: no siento ningún
deseo de ver las impresiones del placer sobre el
rostro de una mujer, ¡son tan dudosas!; prefiero las del dolor,
engañan menos.
Sin embargo, la sangre corre ya, las primicias están recogidas.
Por la postura que había dispuesto Clairwil,
Dormon tenía a Faustine en sus brazos, absolutamente inclinada
sobre él, de manera que por medio de
esta postura, la bonita muchachita expusiese las más hermosas
nalgas que fuese posible ver.
-Mantenedla en esa postura dice Saint-Fond a una de las viejas-, voy a
sodomizarla mientras que se la encoña:
es preciso que pierda sus dos virginidades a la vez.
La operación tuvo el mejor de los éxitos, sin embargo, no
sin hacer lanzar a la joven los gritos más agudos,
a la que jamás había perforado semejante dardo.
¡Ay!, era para ella el funesto día de los dolores.
Mientras
fornicaba el disoluto manoseaba a las viejas, en tanto que yo
acariciaba a Clairwil; el prudente Saint-
Fond, avaro de su semen, retiene sus esclusas y pasamos a otras
lujurias.
-Joven -dice Saint-Fond-, voy a exigir de vos algo muy extraordinario y
que sin duda encontraréis muy
bárbaro, pero, aunque puede serlo, estad seguro de que es la
única forma de salvar a vuestra amante. Voy a
hacerla atar a esa columna, vos os armaréis con este
puñado de varas, y le desgarraréis las nalgas.
-¡Monstruo!, ¿puedes proponerme...?
-¿Preferís que la mate? Dadla por muerta si no
obedecéis.
-¿Y qué más da? ¡Es preciso que yo no tenga
un punto medio entre esa infamia y el dolor de perder lo
que amo!
-Porque tú eres aquí el más débil -digo
yo-, y por consiguiente debes ceder a cualquier cosa: así pues,
realiza lo que se te propone, o tu amante será apuñalada
ante tus ojos.
La gran habilidad de Saint-Fond residía en poner siempre a las
víctimas en semejante situación, que nunca
tuviesen otro partido que tomar más que aquella de las dos
desgracias que convenía más a su pérfido
libertinaje. Dormon, temblando, ni acepta ni se niega; su silencio
habla. Faustine es atada por mí; me doy el
gran placer de martirizar las partes delicadas de este hermoso cuerpo
con los lazos con que la agarroto; me
gusta presentar de esta forma la inocencia a todas las tentativas del
crimen; la malvada Clairwil le chupaba
la boca entretanto. ¡Qué atractivos para martirizar!...
¡Oh!, cuando el cielo no se arma para defenderlos, es
que quiere convencer a los hombres del desprecio que siente por la
virtud.
-Tendréis que proceder de esta manera -dice Saint-Fond aplicando
diez golpes con toda su fuerza sobre
las blancas y rollizas nalgas que le son ofrecidas-. Sí, de esta
manera -continuó-, mientras le cimbraba otros
diez, cuyas violetas magulladuras contrastaban ya maravillosamente con
la blancura de esta piel fina y delicada.
- ¡Oh!, señor, nunca podré...
Y sin embargo, como se redoblan las amenazas, como Clairwil llena de
furor exclama que no hay más
que desollarlo a él mismo si se resiste y que era preciso que se
decidiese a este ligero ultraje o consentir en
perder lo que ama, Dormon empieza: ¡pero qué debilidad! Es
preciso que Saint-Fond sostenga su brazo,
que lo dirija. Mi amante se impacienta, un puñal se eleva sobre
el seno palpitante de Faustine; Dormon redobla...
se desmaya... -¡Ah, joder! dice Saint-Fond, excitado como un
carmelita-, veo que hace falta que la maldad se mezcle en
todo esto; el amor no vale nada.
Y dando rienda suelta a su agitación sobre las hermosas nalgas
que le son ofrecidas, en menos de un
cuarto de hora inunda de sangre el culo de la víctima. Cerca de
allí se cometía otro horror: Clairwil, lejos de
socorrer a Dormon, ejecuta sobre él todo lo que le sugiere su
ferocidad.
-Yo vengo a mi sexo -exclama, y sus manos bárbaras
devolvían a Dormon, atado por las viejas, todo lo
que Saint-Fond aplicaba a Faustine.
Pronto estuvieron los dos desgraciados amantes en el estado más
terrible. Aunque no juzgo a Clairwil,
confieso que su crueldad me sorprendió; pero cuando la vi
entregarse a execraciones de muy distinta especie,
cuando la vi embadurnarse las mejillas con la sangre de su
víctima, chuparla, tragarla, alimentarse con
ella lúbricamente; cuando la vi frotar su clítoris sobre
las sangrantes heridas que hacía a ese desgraciado,
cuando la. oí que me gritaba: ¡Imítame,
Juliette!... arrastrada por el terrible ejemplo de esta salvaje y,
más
aún, quizás por mi maldita imaginación, tengo que
confesarlo, amigos míos, hice como ella... ¿Qué
digo? la
superé quizás, quizás encendí su
imaginación por fechorías en las que ella no pensaba;
pero todo me encendía
igualmente: no había ninguna restricción en mi alma
perversa y la conmoción recibida en mí, por los
dolores que yo imponía, llegaba tanto a canibalizar a un hombre
como a martirizar a una mujer.
Saint-Fond no quiso proceder a las grandes expediciones hasta que no
apareciese la otra pareja. Se ató a
ésta; vino la otra. Delnos y Félicité
experimentaron los mismos tratamientos, con la excepción de que
las
cosas se realizaron en sentido inverso y que en lugar de persuadir al
amante a que abandonase a su querida
bajo las más terribles amenazas, fue a la querida (pero con tan
poco fruto como antes) a la que se persuadió
para que abandonase al amante. Félicité era una bonita
muchacha de veinte años, un poco menos blanca
que su hermana, pero de formas tan agradables y con los ojos más
expresivos; mostró más energía que su
hermana y Delnos mucha menos que Dormon. Sin embargo, nuestro
antropófago, cuando iba a sodomizar a
esta segunda muchacha, perdió su semen, a pesar suyo, en el
hermoso culo de Delnos, mientras martirizaba
los encantadores pechos de Félicité. Tranquilamente
sentado ahora, entre Clairwil que lo socratizaba y yo
que se lo meneaba, en frente de las dos parejas atadas bajo sus ojos,
nos consultaba sobre la suerte de las
víctimas.
-Soy el verdugo de toda esta familia -nos decía
excitándose-: tres perdieron aquí la cabeza, hice matar a
dos en su casa de campo, he hecho envenenar a uno en la Bastilla y
espero no fallar con estos cuatro. No
conozco nada tan delicioso como este cálculo: se dice que
Tiberio se entregaba a él todas las noches; el
crimen no sería nada sin sus dulces recuerdos. ¡Oh
Clairwil!, ¡a dónde nos arrastran las pasiones! Dime,
ángel mío, ¿tendrías la cabeza
suficientemente tranquila... por casualidad habrás descargado lo
bastante
para hacerme unos hermosos discursos sobre eso?
- ¡No, joder!, ¡no, no, santo Dios! ---respondió
Clairwil, roja como una bacante- tengo más ganas de actuar
que de hablar; un fuego devorador corre por mis venas, necesito
horrores, estoy fuera de mí... -
-Cometer infinitas atrocidades es también mi intención
dice Saint-Fond-, esas dos parejas me excitan;
es inicuo los tormentos que les deseo y que querría verles
sufrir.
Y los desgraciados oían todo lo que decíamos; ¡nos
veían conspirar contra ellos... y no se morían!
La fatal rueda, inventada por Delcour, estaba ante nuestra vista.
Saint-Fond la consideraba malsanamente,
y la idea de colocar en ella a alguna víctima lanzó en
seguida su miembro hacia arriba. Entonces, el criminal,
después de haber explicado bien alto las propiedades de esta
infernal máquina, dice que era preciso
que las dos mujeres lo echasen a suertes para saber cuál de las
dos sería atada a ella. Clairwil combatió este
proyecto, asegurando que, puesto que Saint-Fond había visto ya a
una muchacha en ella, era preciso que se
procurase el placer de ver a un muchacho; pidió la preferencia
para Dormon, que le calentaba prodigiosamente
la cabeza. Pero Saint-Fond dice que él no quería
preferencias; que el honor de perecer el primero, y
por semejante suplicio, era bastante grande, y que no se necesitaban
más. Se escriben billetes; los jóvenes
sacan; Dormon tiene el billete negro.
-Hace mucho tiempo que el cielo satisface mis deseos -dice Clairwil-;
¡no he concebido nunca un crimen
que esa execrable quimera, a la que llamáis el Ser supremo, no
haya favorecido al momento! -Besad a vuestra prometida dice mi amante,
desatando a Dormon, al que, no obstante le deja las cadenas
de las piernas y de los brazos-, besadla, hijo mío, no os
perderá ni un solo momento de vista durante vuestra
ejecución. Os juro que voy a sodomizarla ante vuestros ojos.
Entonces, arrastrando al joven, según su costumbre, bien
encadenado, se encierra con él durante una
hora; parecía que en ese momento el libertino confiaba a la
víctima un secreto impenetrable y que ésta estaba
como encargada de llevarlo al otro mundo.
-¿Pero qué hace allí? dice Clairwil, aburrida de
esperar y acercándose a la puerta del gabinete.
-No sé nada -respondí-, pero deseo saberlo con tal ardor
que casi tengo ganas de decirle que me sacrifique
para enterarme.
Dormon sale; sus carnes llevan las huellas de varias vejaciones
crueles; sus nalgas y sus muslos, sobre
todo, habían sido violentamente martirizadas: la vergüenza,
la rabia, el temor y el dolor se debatían en su
frente alterada; la sangre corría de su miembro y de su escroto
y sus mejillas, vivamente coloreadas, llevaban
la huella de varias bofetadas. En cuanto a Saint-Fond, estaba muy
excitado; la barbarie más atroz se
pintaba en cada uno de sus rasgos; todavía tenía una mano
en el culo de la víctima cuando volvieron.
-¡Vamos, jodido bribón! -le dice Clairwil,
regocijándose de verlo aparecer así-, ¡vamos,
vamos!, tenemos
que empezar... Saint-Fond -prosiguió esta arpía-, no hay
suficientes hombres aquí: me gustaría ser prodigiosamente
jodida mientras veo expirar a ese pillo.
-Su amante te lo meneará -dice Saint-Fond- y yo te daré
mientras por el culo.
-¿Y correrá la sangre sobre nosotros?
-Sin duda...
-Vamos -dice Clairwil-, bésame, jódeme, antes de ir al
suplicio.
Y como se resistía un poco, la zorra le frotó la nariz
con su culo; a continuación, se le permitió que fuese
a besar a su amante que se fundía en lágrimas. Clairwil
lo excitaba y Saint-Fond acariciaba el clítoris de la
joven; las viejas lo cogen por fin y lo fijan a la rueda fatal.
Faustine, tumbada sobre Clairwil, se ve obligada
a meneárselo; mi amiga me besa, me acaricia mientras tanto.
Saint-Fond da por el culo a Faustine y pronto
la sangre nos cubre a los cuatro. La joven no soporta este espantoso
espectáculo hasta el final: sofocada por
el dolor, expira.
-¡Un momento, un momento! -exclamó Saint-Fond-, creo que
la zorra quiere morir sin que sea yo la causa
de ello.
Y el villano descarga, diciendo esto, en un cuerpo que ya no
existía. Clairwil, cuyas criminales manos
amasan los cojones de Delnos, mientras yo pinchaba con puntas de aguja
las nalgas de este joven, no puede
contenerse ante el espectáculo de Dormon en la rueda y la puta
descarga tres veces, profiriendo aullidos
semejantes a los de una bestia feroz.
Ya sólo quedaban Félicité y su joven amante.
- ¡Ah, joder! -dice Saint-Fond-, es preciso que el suplicio de
esta zorra me compense del otro; y puesto
que antes fue la querida la que vio morir al amante, ahora quiero que
sea el amante el que vea expirar a la
querida.
La conduce al gabinete secreto y, después de una buena media
hora a solas, la trae de nuevo en un estado
lamentable. Es condenada a ser empalada viva: el mismo Saint-Fond le
mete por el culo una estaca que le
sale por la boca, y esta estaca enderezada permanece con la
víctima, de muestra en el salón, todo el día.
-Amigo mío -dice Clairwil-, te pido insistentemente que me dejes
la elección del suplicio de esta última
víctima; creo que este pillo se parece a Jesucristo, y quiero
tratarlo de la misma manera.
La idea hizo reír mucho; todo se dispone durante la entrevista a
solas; no se olvida nada. La historia de la
pasión del bastardo de María se pone encima de la espalda
descubierta de una de las viejas; yo estoy encargada
de leer y de dirigir. El joven vuelve ya muy maltratado; Clairwil,
Saint-Fond y la otra vieja lo preparan;
lo atan a la cruz y sufre exactamente todo lo que los sabios romanos
hicieron soportar al pícaro simplón
de Galilea; se le atraviesa el costado; se le corona de espinas, se le
da a beber con una esponja. Por último, viendo que no se muere,
se quiere ir más allá del suplicio del imbécil
farsante de Judea: se le da la
vuelta al paciente, y no hay ningún tipo de horrores que no
hagamos sobre sus nalgas; las pinchamos, las
quemamos, las desgarramos; Delnos expira por fin, violentamente.
Clairwil y Saint-Fond, a los que yo excitaba
con mis manos, descargan ampliamente; y como todo esto nos había
llevado doce horas, los placeres
deseados de la mesa suceden a estas infamias.
Clairwil, que quería saber el secreto de Saint-Fond, lo aturde a
fuerza de vino, de caricias y de alabanzas;
y cuando cree haberlo llevado al punto que deseaba:
-Así pues, ¿qué es lo que haces -le dice- con tus
víctimas, un rato antes de entregarlas al suplicio?
-Les anuncio su muerte.
-Hay algo más, estamos seguras.
-No.
-Lo sabemos.
-Es una debilidad ¿por qué obligarme a revelarla?
-Entonces, ¿tienes que tener secretos con nosotras? -digo a mi
amante.
-Realmente, no hay ninguno.
-Sin embargo, nos lo ocultas, y te exigimos que nos lo digas..
-¿Para qué serviría?
-Para satisfacernos, para contentar a las dos mejores amigas que tienes
en el mundo.
-¡Sois unas mujeres crueles! ¿Pero no os dais cuenta de
que no puedo haberos esa confesión sin caer en
una vergonzosa bajeza?
-Es precisamente lo que queremos saber.
Entonces, redoblando ambas los ruegos, las alabanzas, caricias y
seducciones, nuestro hombre, vencido,
nos habla de la manera siguiente:
-Por mucho que me haya sacudido el yugo de la religión, amigas
mías, no me ha sido posible defenderme
de la esperanza de la otra vida. Si es verdad, me digo, que hay penas y
recompensas en otro mundo, las
víctimas de mi maldad triunfarán, serán felices.
Esta idea me desespera; mi extrema barbarie hace de ella
un tormento para mí: cuando yo inmolo un objeto, bien a mi
ambición, bien a mi lubricidad, querría prolongar
sus sufrimientos más allá de la inmensidad de los siglos.
He consultado sobre eso a un célebre libertino,
con el que estaba muy unido antes y que tenía los mismos gustos
que yo. Este hombre lleno de conocimiento,
gran alquimista, muy versado en astrología, me ha asegurado
siempre que nada es más cierto que
esos castigos y recompensas del futuro, y que, para impedir a la
víctima que participe en las alegrías celestes,
era preciso hacerle firmar, con sangre sacada cerca del corazón,
que daba su alma al diablo, a continuación
meterle este billete por el agujero del culo con el miembro, e
imponerle durante este tiempo el dolor
más fuerte que esté en nuestro poder hacerle soportar.
Con este medio, me aseguró mi amigo que nunca
entrará en el cielo el individuo que destruís. Sus
sufrimientos, del mismo tipo que el que le habéis hecho
soportar al meterle el billete, serán eternos, y se
gozará del delicioso placer de haberlos prolongado más
allá
de los límites de la eternidad, si la eternidad pudiese
tenerlos.
-Y entonces, ¿eso es lo que haces con tus víctimas? -dice
Clairwil.
-Vos habéis querido que os lo confesase... es una debilidad.
-Es una tontería, que prueba que estás más lejos
de la filosofía de lo que yo te suponía: ¿acaso se
puede,
con inteligencia, adoptar por un momento el dogma absurdo de la
inmortalidad del alma? Porque, sin la
adopción de esta quimera religiosa repugnante, me
confesarás que sería imposible creer en las penas y las
recompensas de otra vida. Me gusta tu principio, es delicioso
-prosiguió Clairwil-, está en mi manera de
pensar: querer prolongar hasta el infinito los suplicios del ser que se
entrega a la muerte es digno de tu cabeza;
pero apoyar eso con extravagancias, eso es lo que no perdono de ninguna
manera. -¡Y! dice Saint-Fond-, mi divina esperanza se desvanece
si no la apoyo sobre esa opinión.
-Es preferible saber renunciar a ella -dice Clairwil- que basarla en
fábulas, porque la adopción de la fábula
te haría un día más daño que el placer que
te haya dado. Bah, conténtate con las desgracias que puedes
imponer en este mundo y renuncia al vano proyecto de perpetuarla.
-No hay otra vida, Saint-Fond -digo yo entonces recordando principios
de filosofía que había recibido en
mi infancia-, esta quimera sólo tiene como garantía la
imaginación de los hombres, que, al suponerla, no
han hecho más que realizar el deseo que tienen de sobrevivirse a
sí mismos, a fin de gozar después de una
felicidad más duradera y más pura que la que disfrutan
ahora.
¡Qué estúpido absurdo, primero, creer en un Dios, a
continuación, imaginar que ese Dios reserva infinitos
tormentos a la mayoría de los hombres! De esta forma,
después de haber hecho a los mortales muy desgraciados
en este mundo, la religión les hace entrever que ese Dios
extraño, fruto de su credulidad o del engaño,
podrá hacerles temer todavía otras desgracias en la otra
vida. Sé bien que la gente sale de esto diciendo
que, para entonces, la bondad de ese Dios sustituirá a su
justicia; pero una bondad que deja sitio a la crueldad
más terrible no es una bondad infinita. Por otra parte, un Dios
que después de haber sido infinitamente
bueno se convierte en infinitamente malvado, ¿puede ser
considerado como un ser inmutable? ¿Un Dios
lleno de furor es un ser en el que se pueda encontrar la sombra de la
clemencia o de la bondad? Según las
nociones de la teología, parece evidente que Dios no ha creado
el mayor número de hombres más que con
la intención de ponerlos en condiciones de incurrir en suplicios
eternos. Por consiguiente, ¿no hubiese estado
más de acuerdo con la bondad, la razón, la equidad, no
crear más que piedras y plantas, que formar
hombres cuya conducta podría atraer sobre ellos castigos sin
fin? Un Dios bastante pérfido, bastante malvado
para crear un sólo hombre y para dejarlo expuesto a
continuación al peligro de hacerse daño, no puede
ser considerado como un ser perfecto; sólo debe serlo como un
monstruo de sinrazón, de injusticia, de malicia
y de atrocidad. Lejos de construir un Dios perfecto, los
teólogos no han formado sino la más repugnante
quimera, y han acabado de degradar su obra al atribuir a ese abominable
Dios la invención de la eternidad
de las penas. La crueldad que constituye nuestros placeres tiene al
menos motivos; esos motivos son
explicables y los conocemos; pero Dios no tenía ninguno para
atormentar a las víctimas de su cólera, porque
no podría castigar a seres que realmente no han podido ni poner
en peligro su poder ni turbar su felicidad.
Por otra parte, los suplicios de la otra vida serían
inútiles para los vivos, que no pueden ser testigos de
ellos; serían inútiles para los condenados, porque no se
convertirán en el infierno y porque allí el tiempo de
la pretendida misericordia de ese Dios ya no existe: de donde se sigue
que Dios, en el ejercicio de su venganza
eterna, no puede tener otro fin que el de divertirse e insultar a la
debilidad de sus criaturas; y vuestro
infame Dios, al actuar de una forma más cruel que ningún
hombre, y además, a diferencia de ellos, sin ningún
motivo, se convierte, sólo por esto, en infinitamente más
traidor, más farsante y más criminal que ellos.
-Vayamos más lejos dice Clairwil-, voy a analizar, si
queréis, con mayor detalle ese terrible dogma del
infierno; estoy en condiciones de combatirlo bastante victoriosamente
para que no quede ni la menor huella
de su adopción en el espíritu de nuestro amigo.
¿Queréis oírme?
-Claro -respondimos.
Y así es cómo esta mujer, llena de inteligencia y de
erudición, se explicó sobre este importante tema:
-Hay dogmas que algunas veces estamos obligados no a admitir, sino a
suponer, a fin de estar en condiciones
de combatir otros. Para destruir ante vuestros ojos el imbécil
dogma del infierno, tenéis que permitirme
que instaure de nuevo por un momento la quimera deísta. Obligada
a servirme de ella como punto de
apoyo en esta importante explicación, tengo que darle
absolutamente una existencia momentánea: me lo
perdonaréis, espero, tanto más cuanto que no
imaginaréis que yo creo en ese abominable fantasma.
El dogma del infierno está en sí mismo, lo confieso, tan
desprovisto de verosimilitud, son tan débiles todos
los argumentos que se intentan proponer para apoyarlo, que casi me
ruborizo ante la obligación de
combatirlos. No importa, arranquemos sin piedad a los cristianos hasta
la esperanza de volver a encadenarnos
de nuevo a los pies de su atroz religión y hagámosles ver
que el dogma sobre el que se basan con más
fuerza para asustarnos se disipa, como todas las demás quimeras,
al más débil resplandor de la llama de la
filosofía.
Los principales argumentos de los que se sirven para establecer esta
perniciosa fábula son: 1° Que al ser el pecado, respecto al
Ser que se ofende, infinito, merece, por consiguiente, castigos
infinitos;
que habiendo dictado Dios leyes, está en su grandeza castigar a
aquellos que las transgreden.
2° La universalidad de esta doctrina y la forma en que está
anunciada en las Escrituras.
3° La necesidad de este dogma para contener a los pecadores y a los
incrédulos.
Estas son las bases que hay que destruir.
Estaréis de acuerdo conmigo, me consta, en que la primera se
destruye de forma natural por la desigualdad
de los delitos. Según esta doctrina, la falta más
mínima sería castigada como la más grave: ahora
bien,
yo os pregunto si, admitiendo un Dios justo, es posible suponer una
iniquidad de este tipo. Además, ¿quién
ha creado al hombre? ¿Quién le ha dado las pasiones que
deben castigar los tormentos del infierno? ¿Acaso
no ha sido vuestro Dios? De esta forma, imbéciles cristianos,
¿admitís que por una parte ese ridículo Dios
otorga al hombre inclinaciones que se ve obligado a castigar por otra?
Pero ¿acaso ignoraba que esas inclinaciones
debían ultrajarlo? Si lo sabía, ¿por qué se
las da de esa clase?; y si no lo sabía, ¿por qué
los castiga
por una falta que sólo él ha cometido?
Según las condiciones que se suponen necesarias para la
salvación, parece evidente que, con toda seguridad,
nos condenaremos con más facilidad que nos salvaremos. Ahora
bien, preguntó una vez más si forma
parte de la tan ponderada justicia de vuestro Dios haber puesto a su
desgraciada y endeble obra en tan cruel
posición; y, según este sistema, ¿cómo se
atreven a decir vuestros doctores que la felicidad y la desgracia
eternas se le presentan por igual al hombre y dependen
únicamente de su elección? Si la mayor parte del
género humano está destinada a ser desgraciada
eternamente, un Dios que lo sabe todo ha debido saberlo:
entonces, según esto, ¿por qué nos ha creado el
monstruo? ¿Estaba obligado a ello? Entonces, no es libre.
¿Lo ha hecho a propósito? Entonces, es un bárbaro.
No, Dios no estaba obligado a crear al hombre, y si
solamente lo ha hecho para someterlo a semejante destino, desde ese
momento la propagación de la especie
se convierte en el mayor de los crímenes y nada sería
más deseable que la total extinción del género
humano.
Sin embargo, si este dogma os parece por un momento necesario para la
grandeza de Dios, os pregunto
por qué ese Dios tan grande y tan bueno no ha dado al hombre la
fuerza necesaria para librarse del suplicio.
¿No es cruel que un Dios deje al hombre la facultad de perderse
eternamente, y encontraréis alguna vez un
medio de lavar a vuestro Dios del fundado reproche de ignorancia o de
maldad?
Si todos los hombres son obras idénticas de la divinidad,
¿por qué no se ponen todos de acuerdo sobre el
tipo de crímenes que le deben valer al hombre esa eternidad de
suplicios? ¿Por qué el hotentote condena lo
que merece el paraíso en China y por qué razón
allí se asegura el cielo a lo que le merece el infierno al
cristiano?
No acabaríamos si quisiésemos relacionar las variadas
opiniones de los paganos, de los judíos, mahometanos,
cristianos, respecto a los medios que deben emplearse para escapar a
los suplicios eternos y
para obtener la felicidad, si quisiéramos describir las
invenciones pueriles y ridículas que se han imaginado
para llegar a ella.
La segunda de las bases de esta ridícula doctrina es la forma en
que está anunciada en las Escrituras y su
universalidad.
Abstengámonos de creer que la universalidad de una doctrina
pueda llegar a ser alguna vez un título en
su favor. No hay locura ni extravagancia que no haya sido adoptada de
modo general en el mundo; no hay
una que no haya tenido sus admiradores y sus creyentes; en tanto que
haya hombres, habrá locos, y en tanto
que haya locos, habrá dioses, cultos, un paraíso, un
infierno, etc. ¡Pero lo anuncian las Escrituras! Admitamos,
por un momento, que los libros tan famosos tengan alguna autenticidad y
que realmente se les deba
algún respeto. Lo he dicho antes, hay quimeras que es preciso
reedificar algunas veces, para ponerse en
condiciones de combatir otras. ¡Pues bien!, a eso
responderé en primer lugar que es muy dudoso que las
Escrituras lo mencionen. Sin embargo, aun suponiendo que así
sea, lo que digan no puede dirigirse más que
a aquellos que tienen conocimiento de esas Escrituras y que las admiten
como infalibles: aquellos que no
las conocen, o que se niegan a creerlas, no pueden ser convencidos por
su autoridad. Sin embargo, ¿acaso
no se dice que aquellos que no tienen ningún conocimiento de
esas Escrituras o aquellos que no las creen
están expuestos a castigos eternos, como aquellos que las
conocen o que creen en ellas? Ahora bien, yo os
pregunto si hay en el mundo mayor injusticia que esa. Me diréis,
quizás, que pueblos para los que eran totalmente desconocidas
vuestras absurdas Escrituras, no
han dejado de creer en castigos eternos en una vida futura: eso puede
ser verdad para algunos pueblos,
mientras que muchos otros no tienen ningún conocimiento de esos
dogmas; ¿pero cómo ha podido llegar a
esta opinión un pueblo para el que la Biblia era desconocida? No
se dirá, supongo, que es una idea innata;
si fuese así, sería común a todos los hombres. No
se sostendrá, pienso, que es obra de la razón; porque la
razón, ciertamente, no enseñaría al hombre que por
faltas finitas sufrirá penas infinitas; no es obra de la
revelación, ya que el pueblo que suponemos no la conoce. Este
dogma, se convendrá en ello, ha llegado al
pueblo que acabamos de admitir sólo por la instigación de
sus sacerdotes, o por su imaginación. Según esto,
¡os preguna9 cuán sólido puede ser!
Si alguien imaginase que la creencia de los castigos eternos ha sido
transmitida por tradición a pueblos
que no tenían Escrituras, se podrá preguntar cómo
la tenían aquellos que, en el origen, difundieron esta
opinión; y si no se puede probar que la hayan recibido por una
revelación divina, nos veremos obligados a
convenir que esta opinión gigantesca sólo tiene por base
el desvarío de la imaginación o el engaño.
Aun suponiendo que la Escritura, pretendidamente santa, anuncie a los
hombres castigos en una vida futura,
y aun admitiendo este hecho como una verdad incontestable,
¿acaso no se podría preguntar cómo han
podido saber los autores de las Escrituras que existían tales
castigos? No se dejará de responder que por
inspiración; lo que les va al pelo, pero aquellos que no han
sido favorecidos por esta iluminación particular
se han visto obligados a referirse a otras; ahora bien, yo os ruego que
me digáis qué confianza se debe tener
en gente que os dice sobre un hecho de semejante importancia: lo creo
porque fulano me ha dicho que lo
había soñado. Y esto es lo que absorbe, lo que hace
huraños y tímidos a la mitad de los hombres; ¡eso
es lo
que les impide entregarse a las más dulces inspiraciones de la
naturaleza! ¿Puede llevarse más lejos el error
y el absurdo? Pero vuestros inspirados no han hablado a todo el mundo;
la mayor parte del género humano
ignora sus sueños. No obstante, ¿no están todos
los hombres tan interesados en asegurarse de la realidad de
este dogma como puedan estarlo los escritores de la Biblia o sus
partidarios? ¿Cómo es que no pueden tener
todos la misma certidumbre? Todos están interesados en saber a
qué atenerse sobre los castigos eternos:
entonces, ¿por qué Dios no ha dado este sublime
conocimiento a todos, directa e inmediatamente, sin la
ayuda y la participación de gente a la que podría
suponerse fraude o error? Haber hecho positivamente todo
lo contrario ¿caracteriza, os pregunto, la conducta de un ser
que me pintáis como infinitamente bueno y
sabio? Esta conducta, lejos de eso, ¿no lleva todos los
atributos de la tontería y la maldad? En todos los
gobiernos, cuando se hacen leyes que imponen castigos contra los
infractores, ¿acaso no se toman todas las
medidas posibles para hacer conocer estas leyes y estos castigos?
¿Se puede castigar con razón a un hombre
por la infracción de una ley que desconoce? ¿Qué
debemos concluir de esta serie de verdades? ¿Es que
acaso el sistema del infierno no fue nunca más que el resultado
de la maldad de algunos hombres y de la
extravagancia de otros muchos? (12).
La tercera base de este dogma espantoso es su necesidad para contener a
los pecadores y a los incrédulos.
(12) "El infierno, dice un gracioso, es el hogar de la cocina que hace
hervir en este mundo la marmita sacerdotal;
fue fundado en favor de los curas; para que hagan buena comida, el
Padre eterno, que es su primer
cocinero, pone en el asador a los niños que no hayan tenido
hacia sus lecciones la deferencia que se les
debe; en los festines del cordero los elegidos comerán a
incrédulos asados, ricos en pepitoria, financieros a
la salsa Robert", etc. etc. Ved la Teología portátil,
p.106.
Si la justicia y la gloria de Dios exigiesen que castigase a los
pecadores y a los incrédulos con tormentos
eternos, no hay duda de que la justicia y la razón
exigirían también que estuviese en poder de los unos no
pecar y en poder de los otros no ser incrédulos: ahora bien,
¿cuál es el que se ciega hasta el punto de no ver
que, arrastrados en nuestras acciones, no somos dueños de
ninguna, y que el Dios del que recibimos las
cadenas (suponiendo su existencia, lo que no hago, como veis,
más que con repugnancia) sería, digo, el
más injusto y el más bárbaro de los seres, si nos
castiga por ser, a pesar de nosotros, víctimas de los reveses
en que nos sumerge con placer su mano inconsecuente?
Por lo tanto, ¿no está claro que es el temperamento que
la naturaleza da a los hombres, que son las diferentes
circunstancias de su vida, su educación, sus sociedades, lo que
determina sus acciones y su inclinación
hacia el bien o el mal? Pero si esto es así, quizás se
nos objetará que son igualmente injustos los castigos
que se nos infligen en este mundo en razón de nuestra mala
conducta. Claro que lo son. Pero en este
caso el interés general prevalece sobre el interés
particular; es un deber de las sociedades arrancar de su
seno a los malvados capaces de perjudicarlas, y esto es lo que
justifica unas leyes que vistas sólo según el
interés particular serían monstruosamente injustas.
¿Pero tiene vuestro Dios las mismas razones para castigar
al malvado? No, sin duda; no tiene que sufrir con sus maldades, y si es
así, es que le ha complacido a
ese Dios crearlo de esa manera. Por lo tanto, sería atroz
infligirle tormentos por haber llegado a ser en la
tierra lo que ese execrable Dios sabía de sobra que
llegaría a ser y lo que le da exactamente igual que llegue
a ser.
Ahora probemos que las circunstancias que determinan la creencia
religiosa de los hombres no dependen
de ninguna manera de ellos.
En primer lugar pregunto si somos dueños de nacer en tal o cual
clima, y si, una vez nacidos en un culto
cualquiera, depende de nosotros someter a él nuestra fe.
¿Es una sola religión la que retiene la llama de las
pasiones?, ¿y no son preferibles las pasiones que nos vienen de
Dios a las religiones que nos vienen de los
hombres? ¿Cuál sería ese Dios bárbaro que
nos castigara eternamente por haber dudado de la verdad de un
culto cuya admisión aniquila en nosotros mediante las pasiones
que la destruyen a cada momento?¡ Qué
extravagancia! ¡Qué absurdo! ¡Y cómo no
lamentar el tiempo que se pierde en disipar tales tinieblas!
Pero vayamos más lejos y no dejemos, si es posible,
ningún reducto a los imbéciles partidarios del más
ridículo de los dogmas.
Si dependiese de todos los hombres ser virtuosos y creer todos los
artículos de su religión, todavía habría
que examinar si sería equitativo que hubiese hombres castigados
eternamente, bien a causa de su debilidad
bien a causa de su incredulidad, siendo cierto que no puede resultar
ningún bien de estos suplicios gratuitos.
Liberémonos del prejuicio para responder a esta pregunta y,
sobre todo, reflexionemos sobre la equidad
que admitimos en Dios. ¿No es desvariar decir que la justicia de
ese Dios exige el castigo eterno de los
pecadores y de los incrédulos? La acción de castigar con
una severidad desproporcionada a la falta ¿no se
debe más bien a la venganza y a la crueldad que a la justicia?
De esta forma, pretender que Dios castiga así
es evidentemente blasfemar contra él. ¿Cómo
podrá ese Dios, al que pintáis tan bueno, poner su gloria
en
castigar así a las débiles obras de su mano? Con toda
seguridad que aquellos que pretenden que la gloria de
Dios lo exige no se dan cuenta de toda la enormidad de esta doctrina.
Hablan de la gloria de Dios y no podrían
hacerse una idea de ella. Si fuesen capaces de juzgar la naturaleza de
esta gloria, si pudiesen formarse
nociones razonables de ella, se darían cuenta de que, si este
ser existe, no podría basar su gloria más que en
su bondad, su sabiduría y el poder ilimitado de dar la felicidad
a los hombres.
En segundo lugar, para confirmar la odiosa doctrina de la eternidad de
las penas, se añade que ha sido
adoptada por un gran número de hombres profundos y de sabios
teólogos. Primeramente, niego tal hecho:
la mayor parte de ellos han dudado de ese dogma. Y si la otra parte ha
aparentado tener fe, es fácil ver el
motivo: el dogma del infierno era un yugo, un lazo más con el
que los sacerdotes querían sobrecargar a los
hombres; es conocida la fuerza del terror sobre las almas, y se sabe
que la política necesita siempre el terror,
en cuanto que se trata de subyugar.
Pero esos libros pretendidamente santos que me citáis
¿proceden de una fuente suficientemente pura para
no poder rechazar lo que nos ofrecen? El más sencillo examen es
suficiente para convencernos de que, lejos
de ser, como se atreven a decirnos, la obra de un Dios
quimérico, que nunca ha escrito ni ha hablado, no
son, al contrario, más que la obra de hombres débiles e
ignorantes y que, bajo este aspecto, sólo les debemos
desconfianza y desprecio. Pero, suponiendo que estos escritores
tuviesen algún buen sentido, ¿cuál
sería el hombre lo bastante necio como para apasionarse en favor
de tal o cual opinión, sólo porque la
hubiese encontrado en un libro? Sin duda, puede adoptarla, pero
sacrificar la felicidad y la tranquilidad de
su vida, lo repito, sólo un loco es capaz de ese proceder (13).
Además, si me objetáis el contenido de vuestros
pretendidos libros santos en favor de esa opinión, os
probaré la opinión contraria en esos mismos libros.
(13) Eusebio, en su Historia, lib. III, cap. 25, dice que la
epístola de Santiago, la de Judas, la segunda de
San Pedro, la segunda y tercera de San Juan, los hechos de San Pablo,
la revelación de San Pedro, la epístola
de Bernabé, las instituciones apostólicas y los libros
del Apocalipsis no eran reconocidos de ninguna
manera en su tiempo.
Abro el Eclesiastés y veo en él:
"El estado del hombre es el mismo que el de las bestias. Lo que sucede
a los hombres y, lo que sucede a
las bestias es lo mismo. Como es la muerte de unos, así es la
muerte de los otros; todos tienen un mismo soplo y el hombre no tiene
mas que la bestia; porque todo es vanidad, todo va al mismo lugar, todo
ha sido
polvo y todo vuelve al polvo." (Eclesiastés, cap. III, vv. 18,19
y 20).
¿Hay algo más decisivo contra la existencia de otra vida
como este pasaje? ¿Hay algo más propio para
sostener la opinión contraria a la de la inmortalidad del alma y
al ridículo dogma del infierno?
¿Qué reflexiones puede hacer el hombre sensato al
examinar esa absurda fábula de la eterna condenación
del hombre en el paraíso terrestre, por haber comido un fruto
prohibido? Por muy minuciosa que sea la
fábula, por muy repugnante que se la encuentre, permitidme que
me detenga aquí un momento, ya que se
parte de ella para la admisión de las penas eternas del
infierno. ¿Se necesita algo más que un examen imparcial
de este absurdo para reconocer su nulidad? ¡Oh amigos
míos!, os lo pregunto, ¿plantaría en su
jardín,
un hombre lleno de bondad, un árbol que produjera frutas
deliciosas pero envenenadas y se contentaría
con prohibir a sus hijos que las comiesen, diciéndoles que
morirán si se atreven a tocarlas? Si supiese que
hay un árbol semejante en su jardín, ese hombre prudente
y sabio ¿no lo haría abatir, sobre todo sabiendo
perfectamente que, sin esta precaución, sus hijos no
dejarían de perecer comiendo de su fruta y de arrastrar
su posteridad en la miseria? Sin embargo, Dios sabe que el hombre se
perderá, él y su raza, si come de esa
fruta, y no solamente pone en él el poder de ceder, sino que
además lleva la maldad hasta el punto de seducirlo.
Sucumbe y está perdido; hace lo que Dios permite que haga, lo
que Dios le anima a hacer, y ahí lo
tenemos eternamente desgraciado. ¿Puede haber en el mundo algo
más absurdo y más cruel? Vuelvo a repetir
que, sin duda, no me tomaría el trabajo de combatir semejante
absurdo si el dogma del infierno, cuya
más pequeña huella quiero destruir en vos, no fuese una
terrible consecuencia de él.
No veamos en todo esto más que alegorías con las que es
posible entretenerse un rato y de las que sólo
debería estar permitido hablar como se hace con las
fábulas de Esopo y las quimeras de Milton, con la diferencia
de que éstas son de poca importancia, mientras que
aquéllas, al intentar conseguir nuestra fe, turbar
nuestros placeres, se convierten en un peligro evidente, y
habría que tratar de destruirlas hasta el punto de
que nunca más hubiese que ocuparse de ellas.
Convenzámonos de que tanto estos hechos, como los que
están consignados en la estúpida novela conocida
con el nombre de Las Sagradas Escrituras, no son más que
mentiras abominables, dignas del desprecio
más profundo y de las que no debemos extraer ninguna
consecuencia para la felicidad o la desgracia de
nuestra vida. Persuadámonos de que el dogma de la inmortalidad
del alma, que hay que admitir antes de
destinar a esta alma a penas o recompensas eternas, es la más
vacía, la más burda y la más indigna de las
mentiras que se puedan decir; que todo perece en nosotros como en los
animales y que, según eso, no seremos
ni más felices ni más desgraciados por la conducta que
hayamos podido llevar en este mundo, después
de haber permanecido en él el tiempo que a la naturaleza le
plazca dejarnos.
Se ha dicho que la creencia en los castigos eternos era absolutamente
necesaria para contener a los hombres
y que, según eso, hay que abstenerse de destruirla. Pero si es
evidente que esta doctrina es falsa, si es
imposible que resista al examen, ¿no será infinitamente
más peligrosa que útil basar la moral sobre ella?,
¿y
no hay que apostar que perjudicará más que
beneficiará, desde el momento en que el hombre, después
de
haberla apreciado, se entregará al mal, porque se habrá
dado cuenta de que es falsa? ¿No valdría cien veces
más que no tuviese ningún freno, a tener uno que rompe
con tanta facilidad? En el primer caso, quizás no
se le hubiese ocurrido la idea del mal; se le ocurrirá al romper
el freno, porque entonces existe un placer
más y porque es tal la perversidad del hombre, que no quiere el
mal y no se entrega a él voluntariamente
mas que cuando cree encontrar un obstáculo para abandonarse a
él.
Los que han reflexionado cuidadosamente sobre la naturaleza del hombre
estarán obligados a convenir en
que todos los peligros, todos los males, por grandes que puedan ser,
pierden mucho de su poder cuando
están alejados y parecen menos dignos de temer que los
pequeños, cuando éstos están ante nuestra vista.
Es
evidente que los castigos cercanos son mucho más eficaces y
más propios para desviar del crimen que los
castigos del futuro. Respecto a las faltas sobre las que no hacen mella
las leyes, ¿no son desviados más eficazmente
los hombres por motivos de salud, de decencia, de reputación y
por otras consideraciones temporales
y presentes que están a nuestra vista, que por el temor de las
desgracias futuras y sin fin que, raramente,
se presentan ante nosotros, o que sólo llegan como vagas,
inciertas y fáciles de evitar?
Para juzgar si el temor de los castigos eternos y rigurosos del otro
mundo es más propio para desviar a
los hombres del mal, que el de los castigos temporales y presentes del
mundo actual, admitamos, por un
momento, que el primero subsistiese de modo universal y el
último estuviese totalmente descartado: en esta
hipótesis, ¿no estaría el universo inundado de
crímenes enseguida? Admitamos lo contrario, supongamos
que el temor de los castigos eternos fuese destruido, mientras que el
de los castigos visibles permaneciese
con todo su rigor; y cuando se viese que estos castigos se ejecutaban
sin falta y universalmente, ¿no se reconocería
entonces que estos últimos actuarían con más
fuerza en el ánimo de los hombres e influirían mucho
más en su conducta, que los lejanos castigos del futuro, que se
pierden de vista en cuanto hablan las
pasiones?
¿No nos ofrece la experiencia diaria pruebas convincentes del
poco efecto que tiene el temor de los castigos
de la otra vida, sobre muchos de aquellos que están más
convencidos? No hay pueblos más convencidos
del dogma de la eternidad de las penas que los españoles, los
portugueses y los italianos: ¿los hay más
disolutos? Por último, ¿se cometen más
crímenes secretos que entre los sacerdotes y los monjes, es
decir,
entre aquellos que parecen los más convencidos de las verdades
religiosas?, ¿y esto no prueba con toda
evidencia que los buenos efectos producidos por el dogma de los
castigos eternos son muy escasos e inciertos?
Veremos que estos malos efectos son innumerables y seguros. En efecto,
una doctrina parecida, al llenar
el alma de amargura, da las nociones más indignantes de la
Divinidad: endurece el corazón y lo sumerge
en una desesperación desfavorable para el sistema. Al contrario,
este terrible dogma lleva al ateísmo, a
la impiedad: ya que toda la gente razonable encuentra mucho más
sencillo no creer en Dios que admitir uno
lo bastante cruel, lo bastante inconsecuente, lo bastante
bárbaro, como para haber creado a los hombres sólo
con el propósito de sumergirlos eternamente en la desgracia.
Si queréis que sea un Dios la base de vuestra religión,
tratad, al menos, de que ese Dios no tenga faltas; si
está lleno de ellas, como el vuestro, pronto se detestará
la religión que él sostiene y, por vuestro mal
planteamiento,
habréis destruido necesariamente ambas cosas.
¿Es posible que una religión pueda ser creída
durante mucho tiempo, respetada durante mucho tiempo,
cuando está fundada en la creencia de un Dios que debe castigar
eternamente, a un número infinito de sus
criaturas, a causa de inclinaciones inspiradas por él mismo?
Todo hombre convencido de estos terribles
principios debe vivir en el continuo temor de un ser que puede hacerlo
eternamente miserable: sentado esto
¿cómo podrá nunca amar o respetar a ese ser? Si un
hijo imaginase que su padre fuese capaz de condenarlo
a tormentos crueles o no quisiese eximirlo de sufrirlos, siendo
él el dueño de ellos, ¿sentiría por
él respeto o
amor? Las criaturas formadas por Dios, ¿no están en el
derecho de esperar mucho más de su bondad que
los hijos de la de un padre, incluso del más indulgente?,
¿no es por la creencia en que están los hombres de
que todos los bienes de que gozan los reciben de la bondad de su Dios,
de que Dios los conserva y protege,
de que es él quien les procura consiguientemente el bienestar
que esperan, no son, digo, todas estas ideas
las que sirven de fundamento para la religión? Si las
aborrecéis, ya no existe religión: por lo que veis que
vuestro dogma imbécil del infierno destruye, en lugar de
consolidar, rompe las bases del culto, en lugar de
reafirmarlas y, por consiguiente, no tuvo más que tontos para
creerlo y bribones para inventarlo.
No lo dudemos, ese ser, del que se atreven a hablarnos constantemente,
está verdaderamente mancillado,
deshonrado por los colores ridículos de que se sirven los
hombres para pintarlo. Si no se formasen ideas
absurdas e irracionales de la Divinidad, no la supondrían cruel:
y si no la creyesen cruel, no pensarían que
fuese capaz de castigarlos con tormentos infinitos o, incluso, que
pudiese consentir que las obras de su mano
fuesen privadas eternamente de la felicidad.
Para eludir la fuerza de este argumento, los partidarios del dogma de
la condenación eterna dicen que la
desgracia de los réprobos no es un castigo arbitrario por parte
de Dios, sino una consecuencia del pecado y
del orden inmutable de las cosas. ¿Y cómo lo
sabéis?, les preguntaría yo. Si pretendéis que la
Escritura os
lo dice, os encontraréis muy embarazados a la hora de probarlo;
y si llegaseis a encontrar un sólo pasaje
que hable de ello, qué de cosas no os preguntaría yo, a
mi vez, para convencerme de la autenticidad, de la
santidad, de la veracidad del pretendido pasaje que hubieseis
encontrado en vuestro favor. ¿Acaso es la
razón la que os sugiere ese dogma atroz? En ese caso, decidme
cómo lograsteis aliarla con la injusticia de
un Dios que forma una criatura, aunque muy seguro de que los decretos
inmutables de las cosas deben envolverla
eternamente en un océano de desgracias. Si es verdad que el
universo está creado y gobernado por
un ser infinitamente poderoso, infinitamente sabio, es preciso
absolutamente que todo coopere para sus
intenciones y contribuya al mayor bien. Ahora bien, ¿qué
bien puede resultar para la mayor ventaja del
universo de que una criatura débil y desgraciada sea eternamente
atormentada por faltas que jamás dependieron
de ella? Si la multitud de pecadores, infieles, incrédulos
estuviese realmente destinada a sufrir crueles tormentos
y sin fin, ¡qué horrible escena de miseria para la raza
humana! Entonces, millares de hombres serían sacrificados
sin piedad a suplicios infinitos: en efecto, entonces sería
cuando la suerte de un ser sensible y razonable,
como el hombre, sería verdaderamente horrible.
¡Qué!, ¿no son suficientes las penas a que
está condenado
en esta vida, y es preciso temer todavía sufrimientos y
tormentos horribles, cuando haya acabado su
camino? ¡Qué horror!, ¡qué execración!
¿Cómo pueden entrar semejantes ideas en el
espíritu humano y
cómo no convencerse de que no son más que el fruto de la
impostura, de la mentira y de la más bárbara
política? ¡Ah!, no dejemos de convencernos de que esta
doctrina, ni útil ni necesaria ni eficaz para desviar a
los hombres del mal, no puede servir de ninguna manera de base
más que a una religión cuyo único fin
sería doblegar a los esclavos; imbuyámonos de la idea de
que este dogma execrable tiene las consecuencias
más enojosas, en vista de que sólo es propio para llenar
la vida de amargura, de terrores y de alarmas... para
hacer concebir ideas tales de la Divinidad que ya no es posible no
destruir su culto, después de haber tenido
la desgracia de adoptar lo que lo degrada de tal forma.
Ciertamente, si creyésemos que el universo ha sido creado y
está gobernado por un ser cuyo poder, sabiduría
y bondad son infinitos, deberíamos concluir de ahí que
todo mal absoluto debe estar necesariamente
excluido de este universo: ahora bien, no hay duda de que la desgracia
eterna de la mayor parte de los individuos
de la especie humana sería un mal absoluto. ¡Qué
papel infame hacéis desempeñar a ese abominable
Dios, suponiéndole culpable de semejante barbarie! En una
palabra, los suplicios eternos repugnan a la
bondad infinita del Dios que suponéis: o dejáis entonces
de hacerme creer en él, o suprimís vuestro dogma
salvaje de las penas eternas, si queréis que yo pueda adoptar
por un momento a vuestro Dios.
No tengamos más fe en el dogma del paraíso que en el del
infierno: uno y otro son atroces invenciones de
los tiranos religiosos que pretendían encadenar la
opinión de los hombres y mantenerla inclinada bajo el
yugo despótico de los soberanos. Convenzámonos de que no
somos mas que materia, que no existe nada
absolutamente fuera de nosotros; que todo lo que atribuimos al alma no
es más que un efecto muy sencillo
de la materia; y eso, a pesar del orgullo de los hombres, que nos
distingue de la bestia, mientras que, como
esa bestia, al devolver a la materia los elementos que nos animan, no
seremos ya no castigados por las malas
acciones a las que nos arrastraron los diferentes tipos de
organización que hemos recibido de la naturaleza,
ni recompensados por las buenas, cuyo ejercicio sólo deberemos a
un tipo de organización contraria.
Por consiguiente, es igual conducirse bien o mal, respecto a la suerte
que nos espera después de esta vida; y
si hemos llegado a pasar todos sus momentos en el centro de los
placeres, aunque esta manera de existir
haya podido trastornar a todos los hombres, todas las convenciones
sociales, si nos hemos puesto al abrigo
de las leyes, que es lo único esencial, entonces, seguramente,
seremos infinitamente más felices que el imbécil
que, en el temor de los castigos de otra vida, se haya prohibido
rigurosamente en ésta todo lo que podía
complacerle y deleitarle; porque es infinitamente más esencial
ser feliz en esta vida, de la que estamos
seguros, que renunciar a la felicidad segura que se nos ofrece, en la
esperanza de obtener una imaginaria, de
la que no tenemos y no podemos tener la más ligera idea.
¡Y!, ¿quién ha podido ser el individuo lo bastante
extravagante para intentar convencer a los hombres de que pueden llegar
a ser más desgraciados después de
esta vida, de lo que lo eran antes de haberla recibido? ¿Acaso
fueron ellos los que pidieron venir? ¿Son
ellos los que se han dado las pasiones que, según vuestros
terribles sistemas, los precipitan a tormentos
eternos? ¡Y!, ¡no, no!, no eran dueños de nada y es
imposible que puedan ser castigados nunca por lo que
no dependía de ellos.
¿Pero acaso no basta echar una ojeada sobre nuestra miserable
especie humana para convencerse de que
no hay nada en ella que anuncie la inmortalidad? ¡Qué!,
esta cualidad divina, digamos mejor, esta cualidad
imposible para la materia ¿podría pertenecer a ese animal
que se llama hombre? El que bebe, come, se perpetúa
como los animales, que, por toda bondad, no tiene más que un
instinto un poco más refinado, ¿podría
aspirar a una suerte tan diferente a la de los mismos animales?:
¿puede admitirse esto un instante sólo? Pero
el hombre, se dice, ha llegado al sublime conocimiento de su Dios:
sólo por eso, anuncia que es digno de la
inmortalidad que él supone. ¿Y qué tiene de
sublime el conocimiento de una quimera, si no es que queréis
pretender que, porque el hombre ha llegado hasta el punto de desvariar
sobre un objeto, es preciso que desvaríe
sobre todo? ¡Ah, si el desgraciado tiene alguna ventaja sobre los
animales, cuántas no tienen éstos, a
su vez, sobre él! ¿Acaso no está sujeto a mayor
número de enfermedades y dolencias? ¿Acaso no es
víctima
de una mayor cantidad de pasiones? Si combinamos todo esto,
¿tiene realmente alguna ventaja más? ¿Y
puede esta escasa ventaja darle el suficiente orgullo para creer que
debe sobrevivir eternamente a sus hermanos?
¡Oh desgraciada humanidad!, ¡a qué grado de
extravagancia te ha hecho llegar tu amor propio! ¿Y
cuándo, liberado de todas estas quimeras, no veas en ti mismo
más que a un animal, en tu Dios más que el
non plus ultra de la extravagancia humana y en el curso de esta vida
más que un paso que te está permitido
recorrer tanto en el seno del vicio como el de la virtud?
Pero permitidme entrar en una discusión más profunda y
más espinosa.
Algunos doctores de la Iglesia han pretendido que Jesús
descendió a los infiernos. ¡Cuántas refutaciones
no ha sufrido este pasaje! No entraremos en las diferentes
explicaciones que tuvieron lugar a este respecto:
sin duda, serían insostenibles para la filosofía y
sólo de ella hablamos nosotros. Es un hecho que ni la Escritura,
ni ninguno de sus comentadores, decide positivamente ni sobre el lugar
del infierno, ni sobre los tormentos
que se experimentan en él. Sentado esto, la palabra de Dios no
nos ilumina nada, en vista de que lo
que la Escritura nos enseña debe ser positiva y distintamente
enunciado, sobre todo cuando se trata de un
objeto de la mayor importancia. Ahora bien, es muy cierto que no hay,
ni en el texto hebreo, ni en las versiones
griega y latina, una sola palabra que designe al infierno, en el
sentido que nosotros le atribuimos, es
decir, un lugar de tormentos destinado a los pecadores. ¿Acaso
este testimonio no es muy fuerte contra la
opinión de aquellos que sostienen la realidad de estos
tormentos? Si no se trata del infierno en la Escritura
¿con qué derecho, os lo ruego, se pretende admitir una
parecida noción? ¿Estamos obligados, en religión,
a
admitir algo más que lo que está escrito? Ahora bien, si
esta opinión no lo está, si no se encuentra en ninguna
parte, ¿en virtud de qué la adoptaremos? No debemos
ocuparnos del carácter de lo que no ha sido revelado;
y todo lo que no está en este caso, no puede ser
legítimamente considerado por nosotros más que
como fábulas, suposiciones vagas, tradiciones humanas,
invenciones de impostores. A fuerza de buscar, se
encuentra que había un lugar, cerca de Jerusalén, llamado
el valle de la Gehanna, en el que se ejecutaba a
los criminales y en el que se echaban también los
cadáveres de los animales. De este lugar quiere hablar
Jesús en sus alegorías, cuando dice: Illi erit fletus et
stridor dentium. Este valle era un lugar de violencias,
de suplicios; es incontestable que es de él de quien se habla en
sus parábolas, en sus ininteligibles discursos.
Esta idea es tanto más verosímil cuanto que en este valle
se utilizaba el suplicio del fuego. Se quemaba
a los culpables vivos; otras veces se les metía hasta las
rodillas en el estiércol; alrededor del cuello se les
pasaba un trozo de tela del que tiraban dos hombres, cada uno por su
lado, para estrangularlos y hacerles
abrir la boca, en la que se vertía plomo fundido que les quemaba
las entrañas: y ese es el fuego, ese es el
suplicio del que hablaba el galileo. Ese pecado (dice con frecuencia)
merece ser castigado con el suplicio
del fuego, es decir: el infractor debe ser quemado en el valle de la
Gehanna, o ser echado al vertedero y
quemado con los cadáveres de los animales depositados en ese
lugar. Pero la palabra eterno, de la que se
sirve Jesús a menudo cuando habla de ese fuego, ¿se
refiere a la opinión de los que creen que las llamas del
infierno no tendrán fin? No, sin duda. Esa palabra eterno,
empleada con frecuencia en la Escritura, no nos
ha dado nunca la idea más que de cosas finitas. Dios
había hecho con su pueblo una alianza eterna; y, sin
embargo, esta alianza ha dejado de existir. Las ciudades de Sodoma v
Gomorra debían arder eternamente;
y, sin embargo, hace mucho tiempo que acabó el incendio (14).
Además, es del conocimiento público que
el fuego que existía en la Gehanna, cerca de Jerusalén,
ardía noche y día. Sabemos también que la
Escritura
se sirve con frecuencia de hipérboles, y que nunca se debe tomar
al pie de la letra lo que dice. ¿Hay que
corromper, como se ha hecho, según esas execraciones, el
verdadero sentido de las cosas? ¿Y esas exageraciones
no deben ser consideradas verdaderamente como los enemigos más
seguros del buen sentido y de
la razón?
(14) El lago de Asfaltita existe actualmente en el emplazamiento de
Sodoma y Gomorra, cuyo incendio
ya no existe; las llamas que se observan algunas veces en ese lugar
provienen de los volcanes con que está
rodeado: así es como el Etna y él Vesubio están
ardiendo constantemente; nunca ardieron de otra forma las
ciudades de que se trata.
Pero, entonces, ¿de qué naturaleza es el fuego con que se
nos amenaza? lo No puede ser corporal, ya que
se nos dice que nuestro fuego no es más que una débil
imagen de aquél. 2° Un fuego corporal ilumina el
lugar donde se encuentra, y se nos asegura que el infierno es un lugar
de tinieblas. 3° El fuego corporal consume
en seguida las materias combustibles y acaba por consumirse a sí
mismo, mientras que el fuego del
infierno debe durar siempre y consumir eternamente. 4° El fuego del
infierno es invisible: por lo tanto, no
es corporal, puesto que es invisible. 5° El fuego corporal se apaga
falto de alimentos, y el fuego del infierno,
según nuestra absurda religión, no se apagará
nunca. 6° El fuego del infierno es eterno, y el fuego corporal
no es más que momentáneo. 7° Se dice que la
privación de Dios será el mayor de los suplicios para
los condenados: sin embargo, en esta vida sentimos que el fuego
corporal es para nosotros un suplicio mayor
que la ausencia de Dios. 8° Por último, ¡un fuego
corporal no podría actuar sobre los espíritus! Ahora
bien, los demonios son espíritus: por lo tanto, el fuego del
infierno no podría actuar sobre ellos. Decir que
Dios puede obrar de manera que un fuego material actúe sobre
espíritus, que hará vivir y subsistir a estos
espíritus sin alimentos y que hará durar el fuego sin
combustibles, es recurrir a suposiciones maravillosas
que sólo tienen como garantía los estúpidos
ensueños de los teólogos y que, por consiguiente, no
prueban
más que su estupidez o su maldad.
Concluir que todo es posible para Dios, que Dios hará todo lo
que es posible, es sin duda una forma extraña
de razonar. Los hombres deberían abstenerse de fundar sus
sueños sobre la omnipotencia de Dios,
cuando no saben siquiera lo que es Dios. Para eludir estas
dificultades, otros teólogos nos aseguran que el
fuego del infierno no es corporal, sino espiritual. ¿Qué
es un fuego que no es materia?, ¿qué ideas pueden
formarse aquellos que nos hablan de él? ¿En qué
lugar les ha declarado Dios cuál era la naturaleza de ese
fuego? Sin embargo, algunos doctores, para conciliar las cosas, han
dicho que en parte era espiritual y en
parte material. De esta forma, tenemos dos fuegos de diferente especie
en el infierno: ¡qué absurdo! ¡Hasta
dónde se ve obligada a recurrir la superstición cuando
quiere imponer sus mentiras!
Es inaudito -el montón de opiniones ridículas que ha
habido que inventar cuando se ha querido instituir
algo verosímil sobre un emplazamiento de ese fabuloso infierno.
El sentimiento más general fue que se
encontraba en las regiones más bajas de la tierra: pero, por
favor, ¿dónde están esas regiones en un globo
que gira alrededor de sí mismo? Otros han dicho que estaba en el
centro de la tierra, es decir, a mil quinientas
leguas de nosotros. Pero, si la Escritura tiene razón, la tierra
será destruida: y si lo es, ¿dónde se
encontrará
el infierno? Entonces, veis a qué irracionalidad se ve
arrastrado uno cuando se refiere a los extravíos
del espíritu de los otros. Razonadores menos extravagantes
pretenden, como he dicho ya, que el infierno
consistía en la privación de la vista de Dios; en este
caso, el infierno comienza ya en este mundo, porque no
vemos aquí a ese Dios del que tratamos: sin embargo, no estamos
muy afligidos, y si verdaderamente existiese
ese extraño Dios, como nos lo pintan, ¡no hay duda de que,
entonces, el infierno consistiría en verlo!
Todas estas incertidumbres y el poco acuerdo que existe entre los
teólogos os hacen ver que yerran en las
tinieblas y que, como la gente borracha, no pueden encontrar un punto
de apoyo. ¿Y no es sorprendente que
no puedan ponerse de acuerdo sobre un dogma tan esencial y que
encuentran, dicen, tan claramente explicado
en la palabra de Dios?
Convenid entonces, canalla tonsurada, que ese dogma tan dudoso
está desprovisto de fundamento, que es
el producto de vuestra avaricia, de vuestra ambición e hijo de
los extravíos de vuestro espíritu; que sólo
tiene como apoyo los temores del vulgo imbécil a quien
enseñáis a aceptar, sin un examen, todo lo que os
place decirle. Por último, reconoced que ese infierno no existe
más que en vuestro cerebro y que los tormentos
que allí se sufren son las inquietudes que os complacéis
en infligir a los mortales que se dejan guiar
por vosotros. Imbuidos de estos principios, renunciamos para siempre a
una doctrina terrorífica para los
hombres, injuriosa para la Divinidad y que, en una palabra, nadie puede
probar de un modo razonable a la
mente.
Todavía se ofrecen diferentes argumentos; me creo obligada a
combatirlos.
1° Se dice que el temor que todo hombre siente, dentro de sí
mismo, por algún castigo del futuro, es una
prueba indudable de la realidad de este castigo. Pero este temor no es
innato y procede de la educación; no
es el mismo en todos los países ni en todos los hombres; no
existe en aquellos en quienes las pasiones destruyen
todos los prejuicios; en una palabra, la conciencia sólo es
moldeada por la costumbre.
2° Los paganos han admitido el dogma del infierno... No como
nosotros, evidentemente; y suponiendo
que lo hayan admitido, puesto que nosotros rechazamos su
religión, ¿no debemos rechazar igualmente sus
dogmas? Pero, ciertamente, nunca los paganos han creído en la
eternidad de las penas de la otra vida; nunca
han admitido la fábula piadosa de la resurrección de los
cuerpos, y por eso los quemaban y conservaban sus
cenizas en las urnas Creían en la metempsicosis, en la
transmigración de los cuerpos, opinión muy
verosímil
que nos confirman todos los estudios de la naturaleza; pero nunca
creyeron los paganos en la resurrección:
esta idea absurda pertenece enteramente al cristianismo y, ciertamente,
era digna de él. Parece evidente
que fue de Platón y de Virgilio de donde nuestros doctores
sacaron las nociones de los infiernos, del paraíso
y del purgatorio, que después arreglaron a su manera: con el
tiempo, los ensueños informes de la imaginación
de los poetas se han convertido en artículos de fe. 3° La
santa razón prueba el dogma del infierno y de la eternidad de
las penas: Dios es justo, por lo tanto,
debe castigar los crímenes de los hombres... ¡Y!, no, no,
nunca pudo la santa razón admitir un dogma que la
ultraja de forma tan evidente.
4° Pero la justicia de Dios está comprometida en ello...
Otra atrocidad: el mal es necesario en la tierra; por
lo tanto, es justicia de vuestro Dios, si existe, no castigar lo que
él mismo ha prescrito. Si es todopoderoso
vuestro Dios, ¿tenía necesidad de castigar el mal para
impedirlo; no podía extirparlo totalmente en los
hombres? Si- no lo ha hecho, es que lo ha creído esencial para
el mantenimiento del equilibrio, y, según
esto, ¿cómo, viles blasfemos, podéis decir que
Dios pueda castigar un modo esencial para las leyes del universo?
5° Todos los teólogos están de acuerdo en creer y en
predicar las penas del infierno... Esto prueba solamente
que los sacerdotes, tan desunidos entre sí, se entienden, sin
embargo, siempre que se trata de engañar
a los hombres. Y además, ¿debe- fijar las opiniones de
otras sectas los sueños ambiciosos e interesados de
los curas romanos? ¿Es razonable exigir que todos los hombres
crean en lo que les ha complacido inventar
a los más despreciables y al menor número de ellos? Es la
verdad lo que hay que seguir y no a la multitud:
habría que limitarse a un solo hombre que dice la verdad, antes
que a los hombres de todas las edades que
sueltan mentiras.
Los otros argumentos que se presentan tienen todos tal carácter
de debilidad que es perder el tiempo intentar
refutarlos. Al no estar apoyados tales argumentos ni sobre las
Escrituras ni sobre la tradición, deben
caer necesariamente por sí mismos. Se nos alega el
consentimiento unánime: ¿es posible cuando no se
encuentran
dos hombres que razonen de la misma forma sobre una cosa que parece,
sin embargo, la más importante
de la vida?
A falta de buenas razones, todos estos meapilas os amenazan; pero hace
mucho tiempo que se sabe que la
amenaza es el arma del débil y de la simplicidad. Son razones lo
que hace falta, imbéciles hijos de Jesús, sí,
son razones y no amenazas. No queremos que nos digáis:
Sentiréis estos tormentos, ya que no queréis
creerlos; queremos, y es lo que no podéis conseguir, que nos
demostréis en virtud de qué pretendéis
hacérnoslos
creer.
En una palabra, el temor del infierno no es un preservativo contra el
pecado... No está realmente indicado
en ninguna parte... evidentemente, no es más que el fruto de la
imaginación extraviada de los curas, es decir,
de los individuos qué forman la clase más vil y
más malvada de la sociedad... Entonces, ¿de qué
sirve?
Desafío a que puedan decírmelo. Se nos asegura que el
pecado es una ofensa infinita y, por consiguiente,
debe ser castigada infinitamente: sin embargo, Dios mismo no ha querido
más que darle un castigo finito, y
ese castigo es la muerte.
De acuerdo con todo esto, concluyamos que el dogma pueril del infierno
es una invención de los curas,
una suposición cruel aventurada por pícaros de
alzacuello, que han empezado por erigir un Dios tan estúpido,
tan despreciable como ellos, para tener el derecho de hacer decir a
este repugnante ídolo todo lo que
podía halagar mejor sus pasiones y procurarles sobre todo
mujeres y dinero, únicos objetos de la ambición
de un montón de holgazanes, vil deshecho de la sociedad y de
quienes lo mejor que podría hacerse sería
purgarse radicalmente (15).
(15) ¿Quiénes son los únicos y verdaderos
perturbadores de la sociedad? -Los curas-. ¿Quiénes son
los
que pervierten diariamente a nuestras mujeres y a nuestros hijos?-Los
curas-. ¿Cuáles son los enemigos
más peligrosos de cualquier gobierno? -Los curas-.
¿Cuáles son los culpables e instigadores de las guerras
civiles? -Los curas-. ¿Quiénes nos envenenan
constantemente con mentiras y engaños? -Los curas-.
¿Quiénes
nos roban hasta el último suspiro? -Los curas-.
¿Quiénes abusan de nuestra buena fe y de nuestra
credulidad
en el mundo? -Los curas-. ¿Quiénes trabajan
constantemente en la extinción total del género humano?
-Los curas-. ¿Quiénes se mancillan con más
crímenes e infamias? -Los curas-. ¿Cuáles son los
hombres
más peligrosos de la tierra, los más vengativos y
más crueles -Los curas-. ¡Y dudamos en extirpar totalmente
este gusano pestilente de la superficie del globo!... -Entonces, nos
merecemos todas nuestras desgracias.
Así pues, desterrad para siempre de vuestros corazones una
doctrina que contradice igualmente a vuestro
Dios y vuestra razón. Este es, incontestablemente, el dogma que
ha producido la mayoría de los ateos sobre
la tierra, sin que haya un solo hombre que no prefiera no creer en nada
antes que adoptar un fárrago de
mentiras tan peligroso; por eso es por lo que tantas almas honradas y
sensibles se creen obligadas a buscar
en la irreligión absoluta los consuelos y los recursos contra
los terrores con los que la infame doctrina cris
tiana se esfuerza por colmarlos. Liberémonos, pues, de esos
vanos terrores; desechemos para siempre los
dogmas, las ceremonias, los misterios de esta abominable
religión. El ateísmo más arraigado vale más
que
un culto cuyos peligros acabamos de ver. No sé qué
inconveniente puede haber en no creer absolutamente
en nada; pero, ciertamente, se bien todos aquellos que pueden nacer de
la adopción de esos peligrosos sistemas.
Esto es, mi querido Saint-Fond, lo que tenía que decirte sobre
ese dogma infame del infierno. ¡Que deje
de atemorizarte y de helar tus placeres! No hay más infierno
para el hombre que la estupidez y la maldad de
sus semejantes; pero, en cuanto ha dejado de vivir, todo está
dicho: su anonadamiento es eterno y nada le
sobrevive. Según esto ¡qué absurdo sería
negar algo a sus pasiones! Que piense que sólo está
creado para
ellas y para satisfacerlas, por grandes que sean los excesos a que
puedan arrastrarle y que todos los efectos
de estas pasiones, de cualquier tipo que las haya recibido, son medios
de los que se sirve la naturaleza, cuyos
agentes somos nosotros constantemente, sin que tengamos que dudar de
esto y sin que podamos defendernos.
Ahora os devuelvo la idea de un Dios del que no me he servido
más que un momento para combatir el
sistema de las penas eternas; no existe Dios ni Diablo, ni
paraíso ni infierno; y los únicos deberes que tenemos
que cumplir en el mundo son los de nuestros placeres,
abstracción hecha de todos los intereses sociales,
porque no hay ninguno que no debamos inmolar al momento al más
pequeño de nuestros placeres.
Y, espero que esto será suficiente para probarte lo absurdo del
principio sobre el que basas tu inútil crueldad.
¿Examinaré sus medios? No, honradamente, no va len la
pena: ¿cómo has podido creer que una firma
con sangre tuviese más efecto que otra; que, además, ese
papel metido en el culo, es decir, un poco de materia
sobre la materia, pudiese convertirse en un pasaporte ante Dios o el
Diablo, es decir, ante un ser que
no existe? Es un encadenamiento de prejuicios tan singulares que no
merecen, en verdad, el honor de ser
refutados. Sustituye la idea voluptuosa que te asfixia, esa idea de una
prolongación del suplicio sobre el
mismo objeto, sustitúyela por una mayor abundancia de
crímenes: no matas durante más tiempo a un mismo
individuo, lo que es imposible, pero asesinas a muchos otros, lo que es
factible. ¿Hay nada tan mezquino
como limitarte a seis víctimas por semana? Unete a los cuidados
y a la inteligencia de Juliette para doblar
y triplicar ese número; dale el dinero necesario: nada te
faltará y tus pasiones estarán satisfechas.
- ¡Maravilloso! -respondió Saint-Fond-, adopto esta
última conclusión, y desde este momento, Juliette, os
advierto que, en lugar de tres víctimas por comida, quiero seis,
y que, en lugar de dos comidas en el mismo
intervalo, haré cuatro, lo que subirá el número de
víctimas a veinticuatro por semana, de las cuales un tercio
de hombres y dos tercios de mujeres: os pagaré en consecuencia.
Pero no me rindo, señoras, tan fácilmente
a vuestra profunda explicación sobre la nulidad de las penas del
infierno; hago justicia a la erudición que se
ve reina en ella... a su objetivo... a algunas de sus consecuencias:
admitirlo es lo que no puedo y esto es lo
que le opongo.
En primer lugar, parece que, del principio al fin de vuestro
razonamiento, no intentáis más que disculpar
a Dios de la barbarie del dogma del infierno. Si Dios existe,
decís casi en cada frase, las cualidades con las
que debe estar dotado son todas incompatibles con ese execrable dogma.
Pero ahí es precisamente donde
caéis, según yo, en el más grave error, y esto a
falta de una filosofía bastante profunda, bastante luminosa
para haceros ver claro sobre este tema. El dogma del infierno turba
nuestros placeres y partís de ahí para
sostener que no hay infierno: ¿qué fe queréis que
se tenga en una opinión tan llena de egoísmo? A fin de
combatir el dogma seguro de las penas eternas, comenzáis
gratuitamente por destruir todo lo que lo sostiene:
no hay Dios, no tenemos alma; por consiguiente, no puede haber
suplicios que temer en otra vida. Me
parece que aquí empezáis con la mayor equivocación
que se puede cometer en lógica, que es suponer lo
que está en cuestión. Muy lejos de pensar como vos,
admito un Ser supremo y, mucho más constantemente
aún, la inmortalidad de nuestras almas. Pero que vuestros
devotos, encantados con este principio, no vayan
a partir de aquí para imaginarse que han hecho de mí un
prosélito: dudo que mis sistemas les gusten, y por
muy de extravagantes que podáis tacharlos, sin embargo, voy a
presentároslos.
Levanto mis ojos sobre el universo, veo el mal, el desorden y el crimen
reinar por todas partes en déspotas.
Bajo mi mirada hacia el ser más interesante de este universo y
lo veo igualmente lleno de vicios, de
contradicciones, de infamias: ¿qué ideas surgen de este
examen? Que lo que nosotros llamamos impropiamente
el mal no lo es realmente y es tan necesario para las intenciones del
ser que nos ha creado, que dejaría
de ser el dueño de su propia obra si el mal no existiese
universalmente sobre la tierra. Totalmente convencido
de este sistema, me digo: existe un Dios; una mano cualquiera ha creado
necesariamente todo lo que veo, pero no lo ha creado más que
para el mal, sólo se complace en el mal, el mal es su esencia y
todo
el mal que nos hace cometer es indispensable para sus planes:
¿qué le importa que yo sufra de este mal, con
tal de que le sea necesario? ¡No parece que yo sea su hijo
preferido! Si las desgracias con las que estoy
colmado desde el día de mi nacimiento hasta el de mi muerte
prueban su despreocupación por mí, yo puedo
muy bien engañarme sobre lo que llamo mal. Lo que yo caracterizo
así, respecto a mí, es verdaderamente
un bien muy grande respecto al ser que me ha puesto en el mundo; y si
yo recibo mal de los otros, gozo del
derecho de devolverlo, incluso con la facilidad de hacérselo el
primero: desde ese momento, ese mal es un
bien para mí, como lo es para el autor de mis días
respecto a mi existencia; soy feliz con el mal que hago a
los otros, como Dios es feliz con el que me hace; ya no hay error
más que en la idea atribuida a la palabra,
pero, en la práctica, ese mal es necesario, y el mal es un
placer: ¿por qué, entonces, no lo llamaré bien?
No lo dudemos, el mal, o al menos lo que nombramos así, es
absolutamente útil para la organización viciosa
de este triste universo. El Dios que lo ha formado es un ser vengativo,
muy bárbaro, muy malvado,
muy injusto, muy cruel, y esto porque la venganza, la barbarie, la
maldad, la iniquidad, lo criminal, son
formas necesarias para los resortes de esta vasta obra y de las que
sólo nos quejamos cuando nos hacen
daño: pacientes, el crimen se equivoca; agentes, tiene
razón. Ahora bien, si el mal, o al menos lo que llamamos
así, es la esencia de Dios, que lo ha creado todo, y de los
individuos formados a su imagen, ¿cómo
no estar seguros de que las consecuencias del mal deben ser eternas? Ha
creado el mundo en el mal; lo sostiene
por el mal; lo perpetúa por el mal; la criatura debe existir
impregnada de mal; vuelve al seno del mal
después de su existencia. El alma del hombre no es más
que la acción del mal sobre una materia desligada y
que sólo es susceptible de ser organizada por él: ahora
bien, al ser esta forma el alma del Creador como es
la de la criatura, así como existía antes de que esta
criatura estuviese llena de ella, de la misma forma existirá
después de ella. Todo debe ser malo, inhumano, bárbaro
como vuestro Dios: estos son los vicios que debe
adoptar el que quiera complacerlo, sin ninguna esperanza, sin embargo,
de lograrlo, porque el mal, que
daña siempre, el mal, que es la esencia de Dios, no podrá
ser susceptible de amor ni de gratitud. Si ese
Dios, centro del mal y de la ferocidad, atormenta y hace atormentar al
hombre por la naturaleza y por otros
hombres durante todo el tiempo de su existencia, ¿cómo
dudar de que actúa de la misma manera, y quizás
involuntariamente, sobre ese soplo que lo sobrevive y que, como acabo
de decirlo, no es otra cosa que el
mal mismo? Pero, vais a objetarme, ¿cómo el mal puede ser
atormentado por el mal? Porque aumenta al
recaer sobre sí mismo y porque la parte admitida debe ser
aplastada necesariamente por la parte que admite:
esto por la razón que somete siempre la debilidad a la fuerza.
Lo que sobrevive del ser naturalmente malo,
y lo que debe sobrevivirle, puesto que es la esencia de su
constitución existente antes que él y que necesariamente
existirá después, al volver a caer en el seno del mal y
al no tener ya fuerza para defenderse, porque
será el más débil, estará, pues,
eternamente atormentado por la esencia entera del mal, con la que se
reunirá; y son estas moléculas malignas las que, en la
operación de englobar a aquellas que lo que llamamos
la muerte reúne con ella, componen lo que los poetas y las
imaginaciones ardientes han llamado demonios.
Como veis, ningún hombre, cualquiera que sea su conducta en este
mundo, puede escapar a esta
terrible suerte, porque es preciso que todo lo que ha emanado del seno
de la naturaleza, es decir, del mal,
entre en él: esta es la ley del universo. De esta forma, los
detestables elementos del hombre malo se absorben
en el centro de la maldad, que es Dios, para volver a animar una vez
más a otros seres, que nacerán
tanto más corrompidos cuanto que serán el fruto de la
corrupción.
¿Qué será, me diréis, del ser bueno? Pero
no existe ser bueno; el que llamáis virtuoso no es bueno, o si
lo
es ante vosotros, no lo es, seguramente, ante Dios, que so lamente es
el mal, que no quiere más que el mal y
que no exige más que el mal. El hombre del que habláis
sólo es débil y la debilidad es un mal. Este hombre,
como más débil que el ser absoluta y completamente
vicioso y, por consiguiente, como más prontamente
englobado por las moléculas malignas con las que le
reunirá su disolución elemental, sufrirá mucho
más: y
esto es lo que debe animar a cada hombre a ser en este mundo el
más vicioso, el más malo posible, a fin
que de que, más semejante a las moléculas con las que
debe unirse un día, tenga, en este acto de reunión,
que sufrir infinitamente menos su peso sobre él. La hormiga, al
caer en un enjambre de animales cuya
energía aplastaría todo lo que se juntase a él,
tendría, a causa de la poca defensa que ella opondría,
infinitamente
más que sufrir en esta reunión que un gran animal, que,
pudiendo oponer más resistencia, sería
arrastrado más blandamente. Cuantos más vicios y
fechorías haya manifestado el hombre en este mundo,
más cerca estará de su invariable fin, que es la maldad;
por consiguiente, menos tendrá que sufrir cuando se
una al hogar de la maldad, que yo considero como la materia prima de la
composición del mundo. Por lo
tanto, que el hombre se abstenga de la virtud, si no quiere verse
enfrentado a males terribles; porque al ser
la virtud el modo opuesto al sistema del mundo, todos aquellos que la
hayan admitido están seguros de su
frir, después de esta vida, increíbles suplicios, por el
trabajo que tendrán en volver al seno del mal... autor y
regenerador de todo lo que vemos.
Cuando veíais que todo era vicioso y criminal en la tierra, les
dirá el Ser supremo en maldad, ¿por qué os
perdisteis por los senderos de la virtud? ¿Os anuncié con
algo que este mundo estuviese hecho para serme
agradable? ¿Y no debían convenceros las constantes
desgracias con que yo cubría el mundo de que sólo
amaba el desorden y que era preciso imitarme para complacerme?
¿Acaso no os di cada día ejemplo de destrucción?
¿Por qué no destruisteis? Las plagas con que aplastaba
al mundo, probándoos que el Mal era toda mi alegría,
¿no debían animaros a servir mis planes por el mal?
Se os decía que la humanidad debía satisfacerme:
¿y cuál es el acto de mi conducta en el que hayáis
visto
bondad? ¿Ha sido cuando enviaba pestes, guerras civiles,
enfermedades, terremotos, tormentas? ¿Era cuando
sacudía sobre vuestras cabezas constantemente las serpientes de
la discordia, cuando os convencí de que
el bien era mi esencia? ¡Imbécil!, ¿por qué
no me imitabas? ¿Por qué te resistías a esas
pasiones que sólo
había colocado en ti para probarte cuán necesario me era
el mal? Había que seguir sus órganos, despojar
como yo, sin piedad, a la viuda y al huérfano, invadir la
herencia del pobre, en una palabra, servirte del
hombre para todas tus necesidades, para todos tus caprichos como lo
hago yo. ¿Qué te revierte de haber
tomado, como un tonto, un camino contrario y cómo los elementos
blandos emanados de tu disolución van
a volver ahora al seno de la maldad y del crimen sin romperse, sin
ocasionarte vivos dolores?
Más filósofo que vos, Clairwil, como veis, no he
recurrido como vos ni a ese farsante de Jesús ni a esa
simple novela de la Escritura santa para demostraros mi sistema:
sólo en el estudio del universo busco armas
para combatiros y sólo por la forma en que está gobernado
veo como indispensable la necesidad del
mal eterno y universal en el mundo. El autor del universo es el
más malvado, el más feroz, el más espantoso
de todos los seres. Sus obras no pueden ser otra cosa más que o
el resultado o el movimiento de la maldad.
Sin el más extremo período de la maldad, nada se
sostendría en el universo; sin embargo, el mal es un
ser moral y no un ser creado, un ser eterno y no perecedero:
existía antes que el mundo; constituía el ser
monstruoso, execrable que pudo crear un mundo tan extraño. Por
lo tanto, existirá después de las criaturas
que pueblan este mundo; y a él volverán todas, para
volver a crear otros seres más malvados todavía; y esto
es por lo que se dice que todo se degrada, que todo se corrompe al
envejecer: eso sólo procede de la entrada
y de la salida perpetua de los elementos malvados en el seno de las
moléculas malignas.
Quizás me preguntaréis ahora cómo, con esta
hipótesis, soluciono la posibilidad de hacer sufrir a un ser
más tiempo por medio de un billete introducido en el ano. Es la
cosa más sencilla del mundo, e incluso me
atrevo a decir que la más segura y la menos refutable: si bien
he querido llamarla debilidad, es porque no
creía que me pusieseis en condiciones de desvelaros mis
sistemas. Ahora defiendo mi método y pruebo su
bondad.
Una vez que mis víctimas han llegado al seno del mal, con las
pruebas de que han sufrido en mis manos
todo lo que era posible soportar, entran entonces en la clase de los
seres virtuosos; yo los mejoro por mi
operación; y esto hace su adjunción a las
moléculas malignas de una dificultad bastante grande, para que
los dolores sean enormes; y, por las leyes de atracción
esenciales para la naturaleza, deben ser del mismo
tipo que las que yo les haga sufrir en este mundo. De la misma manera
que el amante atrae el hierro, así la
belleza aguza los apetitos carnales y de la misma forma los dolores A,
los dolores C, los dolores B se llaman,
se encadenan. El ser exterminado con mi mano por el dolor B, supongo,
sólo entrará en el seno de las
moléculas malignas por el dolor B; y si el dolor B es el
más terrible posible, estoy seguro de que mi víctima
soportará otros semejantes, al unirse al seno del mal, que
espera necesariamente a todos los hombres, no los
adopta más que en el mismo sentido en que han salido del
universo; -pero el billete- no es más que una
formalidad, estoy de acuerdo... inútil quizás, pero que
satisface mi espíritu y que no puede tener nada contrario
al verdadero sentido, al éxito asegurado de mi operación.
- ¡He aquí -respondió Clairwil-, el más
asombroso, el más singular, me atreveré a decir el
más extraño de todos los sistemas que se hayan presentado
todavía, sin duda, al espíritu del hombre!
-Es menos extravagante que el que acabáis de exponer vos -dice
Saint-Fond-: para sostener el vuestro, estáis
obligada a lavar a Dios de sus faltas, o a negarlo; yo lo admito con
todos sus vicios y, ciertamente, a los
ojos de aquellos que conozcan bien todos los crímenes, todos los
horrores de ese ser extraño, al que los
hombres no ruegan y no llaman bueno más que por temor, a los
ojos de esa gente, digo, mis ideas les parecerán
menos irregulares que las que vos habéis expuesto. -Tu sistema
-dice Clairwil-, tiene su fuente sólo en el profundo horror que
tienes hacia Dios.
-Eso es verdad, lo aborrezco; pero el odio que tengo por él no
ha parido mi sistema: no es más que el fruto
de mi sabiduría y de mis reflexiones.
-Prefiero -dice Clairwil-, no creer en Dios que forjarme uno para
odiarlo. ¿Qué piensas de esto Juliette? -
Profundamente atea -respondí-, enemiga capital del dogma de la
inmortalidad del alma, preferiré siempre tu
sistema al de Saint-Fond; prefiero la certidumbre de la nada que el
temor de una eternidad de dolores.
-Ahí está -dice Saint-Fond-, siempre ese pérfido
egoísmo, que es la causa de todos los errores de los
hombres. Disponen sus planes de acuerdo con sus gustos, sus caprichos y
siempre alejándose de la verdad.
Hay que dejar de lado las pasiones cuando se examina un sistema de
filosofía.
-¡Ah!, Saint-Fond dice Clairwil-, ¡cuán fácil
sería demostrar que el tuyo no es más que el fruto de
esas
pasiones a las que quieres que se renuncie cuando se estudian. Con
menos crueldad en el corazón, tus dogmas
serían menos sanguinarios; y prefieres incurrir tú mismo
en la eterna condenación de la que hablas,
que renunciar al delicioso goce de aterrorizar a los otros.
-Bah, Clairwil -interrumpí-, ese es su único fin al
desarrollar ese sistema: no es mas que una maldad de
su parte, pero no se lo cree.
-Creo que se engañan; y podéis ver que mis acciones
están totalmente conformes con mi manera de pensar:
persuadido de que el suplicio de la reunión con las
moléculas malignas será muy mediocre para el ser
tan malhechor como ellas, me cubro de crímenes en este mundo
para tener que sufrir menos en el otro.
-En cuanto a mí -dice Clairwil-, me mancillo con ellos porque me
agradan, porque los creo una de las
maneras de servir a la naturaleza y porque, al no sobrevivir nada de
mí, importa muy poco cómo me haya
conducido en este mundo.
Estábamos en este punto, cuando oímos un coche que
entraba en el patio; se anunció Noirceuil; apareció,
llevando a un joven de dieciséis años, más hermoso
que el mismo Amor.
-¿Qué es esto? -dice el ministro-, acabamos de analizar
el infierno, ¿y vienes tú a darme la ocasión de
merecerlo
un poco?
-No dependerá más que de ti -dice Noirceuil-, y puedes
condenarte a las mil maravillas con este hermoso
niño: sólo para eso lo traigo aquí. Es el hijo de
la marquesa de Rose, a la que hace ocho días hiciste meter
en la Bastilla, bajo el vano pretexto de conspiración y que, me
imagino, no tenía otro fin que conseguirte
dinero y el goce de este hermoso muchacho. La marquesa, enterada de
nuestras relaciones, me ha implorado,
me he conseguido una orden de tus funcionarios para verla y hemos
charlado esta mañana. Este es el
resultado de mi negociación dice Noirceuil empujando al joven
Rose a los brazos del ministro: jode y firma;
tengo más de cien mil escudos para darte.
-Es guapo dice Saint-Fond, besando al joven-... demasiado guapo; pero
llega en un mal momento... hemos
hecho horrores; estoy lleno.
--Tranquilízate sobre eso dice Noirceuil- y encontrarás
en los encantos de este muchacho todo lo que te
haga falta para devolverte a la vida.
Rose y Noirceuil, que no habían comido, se sentaron a la mesa;
en cuanto acabaron, Saint-Fond dice que
quería que yo fuese la tercera en los placeres que él se
prometía con este joven y que Noirceuil se acostase
con Clairwil. Este arreglo pareció gustar a ambos 'y se
retiraron.
-Necesitaré muchas cosas dice Saint-Fond, en cuanto estuvimos
los tres solos- y por muy guapo que sea
este hermoso muchacho, creo que me costará mucho trabajo que se
ponga recta: quítale sus pantalones, Juliette,
levanta su camisa sobre sus riñones, dejando caer agradablemente
sus pantalones debajo de las piernas;
amo con locura esta forma de ofrecer el culo.
Y como el que yo presentaba era verdaderamente delicioso, Saint-Fond,
masturbado por mí, lo besa fuerte
durante un buen rato excitando el miembro del joven al que pronto vimos
en el más brillante estado.
-Chúpalo -me dice mi amante-, yo voy a acariciarlo; durante ese
tiempo hay que hacerle descargar entre
los dos. A continuación Saint-Fond, celoso del semen que yo iba
a chupar, quiso cambiar de lugar conmigo, lo
que se hizo tan bien que apenas tuvo el miembro del joven en la boca,
se la sentí llena de la más abundante
eyaculación; la tragó.
-¡Oh!, Juliette -me dice-, ¡cuánto me gusta
alimentarme con este agradable alimento!... es pura crema.
Después, habiendo dicho al joven que se metiese en la cama, y
sobre todo, que no se durmiese hasta que
nos reuniésemos con él, me hizo pasar a su cuarto.
Juliette -me dice-, tengo que informarte de las particularidades de un
asunto del que el mismo Noirceuil
no está muy al corriente. La marquesa de Rose, una de las
mujeres más hermosas de la corte, fue en otro
tiempo mi amante y el muchacho que ves aquí me pertenece. Hace
dos años que estoy enamorado de ese
joven, sin que nunca haya consentido la marquesa en
entregármelo. Al no estar todavía mi crédito bien
asentado, no quise arriesgarme; pero al ver elevarse últimamente
mi favor sobre las ruinas del suyo, ya no
he dudado en hacerla sospechosa, para vengarme de haber gozado de ella
y de haberse opuesto a que goce
de su hijo. Ahora ves que tiene miedo, me lo envía, en verdad,
en un momento en que, después de haber
descargado mucho por él durante dieciocho meses, no me excita ya
más que muy mediocremente; sin embargo,
como hay bonitos ramalazos de crímenes en toda esta aventura,
quiero recogerlos y divertirme. En
primer lugar, voy a aceptar los cien mil escudos de la condesa, quiero
fornicar bien a su hijo: pero su salida
de la Bastilla no la hará más que en un cofre.
-¿Qué quieres decir con esa expresión?
-Está claro; la condesa ignora que si pierde a su hijo, aunque
yo sea su pariente muy lejano, seré su único
heredero: en un mes, ya no existirá la puta; y cuando haya
fornicado bien al señor, su querido hijo, esta
noche, le haremos tomar una taza de chocolate mañana por la
mañana que desviará pronto a mi favor la
herencia que le correspondería.
-¡Qué complicación de crímenes!
-¡Ya ves que hay con qué hacerme entrar bien
cómodamente en el seno de las moléculas malignas!
-¡Oh!, ¡sois un hombre increíble! ¿Y la cosa
vale al menos la pena?
-Quinientas mil libras de renta, Juliette, ¡y las gano con veinte
céntimos de arsénico! ¡Vamos, joder!,
¿ves? -prosiguió poniéndome la mano en su pene muy
duro y muy firme-, ¿ves la fuerza de una idea
criminal sobre mis sentidos?, no habré fracasado nunca con una
mujer si estoy seguro de matarla después.
El joven Rose nos esperaba; nos acostamos cerca de él.
Saint-Fond le cubrió con las más lujuriosas caricias;
lo excitamos, lo chupamos, lo acariciamos, y como la imaginación
actuaba fuerte, pronto Saint-Fond
había jodido al joven. Yo le excitaba el agujero del culo con la
lengua y, con lo enervado que estaba, su
descarga fue de las más largas y más copiosas.
Exigió de mí hacérmela devolver en la boca: este
libertinaje
me gustaba excesivamente, me suscribía a todo. A
continuación fue preciso que el joven Rose me sodomizase
mientras que él lo fornicaba una segunda vez y, después
Saint-Fond me trató de la misma manera,
acariciando el culo del joven, al que acabamos de agotar a fuerza de
hacerlo descargar o en nuestras bocas
o en nuestros culos. Hacia el despuntar del día, Saint-Fond,
hastiado sin estar satisfecho, me ordenó que le
sujetase al muchacho y le desgarró las nalgas a golpes de
zorros; a continuación, lo golpeó y martirizó
cruelmente. Hacia las once, se sirvió el chocolate; tuve buen
cuidado, por orden del ministro, de echar lo
que debía asegurar la herencia a mi amante; y él, por un
insigne refinamiento de crueldad, quiso, mientras
yo preparaba el veneno del hijo, dar la orden al comandante de la
Bastilla de administrar el de la madre.
-Vamos -me dice Saint-Fond en cuanto que por medio de nuestras
fechorías se introdujo la muerte en las
venas de este desgraciado muchacho- vamos, esto es lo que yo llamo una
buena mañana: que el Ser supremo
de las maldades se digne enviarme solamente cuatro como ésta por
semana y se lo agradeceré con todo
mi corazón.
Noirceuil estaba desayunando con Clairwil mientras nos esperaban;
ninguno de nuestros secretos fue revelado
y el ministro partió para París con el muchacho y su
amigo; sólo Clairwil me acompañó.
Para no volver sobre esta aventura, sabréis amigos míos,
que este crimen, como todos los de Saint-Fond,
fue coronado con el mayor éxito; poco tiempo después,
estuvo en posesión de una herencia, de una renta de
la que quiso darme la parte de dos años por adelantado, por
haber compartido su crimen. En el camino, Clairwil me hizo algunas
preguntas, que yo tuve la habilidad de eludir, sin satisfacerla;
ocultar los actos lujuriosos hubiese sido inútil: no me
habría creído; pero yo disimulé lo demás, y
Saint-
Fond me lo supo agradecer. Aproveché este camino para recordar a
mi amiga la promesa que me había
hecho de admitirme en su club libertino; me prometió que esta
recepción tendría lugar en la primera asamblea