Jorge Torrealba

Indalecio

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Preámbulo

El autor, un viejo chileno-canadiense que vino al Canadá a completar sus estudios de ingeniería, recuerda con ternura su infancia de chiquillo maltratado y con gratitud y admiración a sus sencillos y fieles amigos de su infancia en Curarrehue, una aldea entre Pucón, a orillas del Lago Villarrica, y la cima de los Andes, en un camino que a veces parecía sendero, hacia “l’otro la’o argentino”, en el decir de esa región de Chile. Este libro pudo tener muchos títulos. Las cumbres del paraíso o La cima del placer serían los más cercanos a lo vivido. Decidí, finalmente, que mi amigo de infancia, Indalecio, debía ser el mártir de tal Edén. Esta obrita expone un dolido pesar humilde, casi insignificante, que nunca debió ocurrir en ese cielo. La tragedia de mis pintorescos amigos la conocí a fondo, porque mi escritorio de estudiante estaba en el despacho de mi padre.

Había mucho espacio en nuestra casona ancestral. Yo me refugiaba en la oficina de mi papá para protegerme de la violencia de mi progenitora, pobre mujer salida del hogar de un machote español que sólo valorizaba su hombría en el incesto y en los golpes que propinaba a su mujer y a sus hijos. Un bruto pervertido e hipócrita, iba religiosamente a misa todos los domingos. A los 17, mi padre dejó preñada a mi madre, y el incestuoso español forzó un matrimonio religioso, donde él y sus hermanos acompañaron a mi padre con escopetas y carabinas. Afortunadamente mi abuelo paterno era rico y estableció a la pareja en su mansión de Santiago, donde el incestuoso español no podía molestar, por falta de medios y porque mi abuelo, ante notario, le dio una suma alzada para que jamás reapareciera en la vida de su hija víctima de su incesto violento, o de mi padre, ingenuo muchacho que gozó el tórrido cuerpo de una mujer torturada. Mi padre pudo continuar sus estudios, casi sin relaciones con mi madre, que era un tipazo sensual y hermoso, pero embrutecido por su padre. 

Yo fui otro malhadado accidente en la vida de mi generoso progenitor, cuya flaqueza ocasional frente a la lasciva procacidad de mi afiebrada madre, me dio la vida. El despacho de don Alfredo Torrealba Morales era mi bastión y salía de esa pieza solamente cuando había que ir al comedor, a mi dormitorio o por ciertas urgencias de mi metabolismo. En el comedor sólo sucedía la violencia vocal de esa quebrantada mujer. Frente a la serenidad de mi padre doña María no osaba cachetearme. En las tardes, cuando mi triste matrona había bebido, yo me atrevía a ir furtivamente a mi recinto a estudiar sobre mi cama. Dos sujetos pérfidos, vanos y tramposos deben responder ante el lector por la desventura de los humildes vecinos de nuestra finca cerca de Curarrehue. Don Fulgencio Echeverría rico empresario de la comarca, había colonizado miles de hectáreas de terreno en la región, expropiando a vecinos más humildes cuya ignorancia y falta de recursos les hacía entes indefensos de la codicia del “futre” Echeverría, nombre que se da en la comarca a la gente poderosa o adinerada. Ahora estaba tratando de encontrar la forma burocrática de robarles sus terrenos a nuestros vecinos y amigos. 

Mi padre, profesor universitario, se aseguró que el agrimensor certificara las estacas esquineras de nuestras 2000 hectáreas (compradas y pagadas honradamente ante notario) en los registros provinciales. Aprovechando que el topógrafo se encontraba en nuestro terreno mi padre le pidió que legalizara las dimensiones de las parcelas de 100 hectáreas cada una, de don Indalecio Ibáñez, de don Segundo Ulloa y de la entristecida doña Carlota, viuda de Zamorano, pues mi padre sabía que ellos me trataban atenta y cariñosamente cuando yo pasaba los veranos en la finca. Él me veía volver a Santiago alegre, parlanchín y feliz. Cuando más niño, yo acostumbraba escaparme de nuestra finca en la mañana muy temprano para ir a resguardarme con mis amigos de la violencia de mi madre, pues mi padre quedaba en Santiago atendiendo sus comercios particulares, al margen de sus responsabilidades académicas. Volvía tarde al fin del crepúsculo, cuando mi madre dormía después de haber empinado unos tragos más de los convenientes. No era una borracha abierta pues en Santiago la presencia de mi padre se lo impedía. Cuando estábamos en nuestra finca, mi cuñado que poseía viñas en Chillán, le enviaba un barril de tinto y otro de blanco, y doña María empinaba el codo con plena libertad. De esa manera mi hermana, muy independiente y radical, evitaba venir a la finca donde no toleraba a doña María insultando a su esposo, y por ello reñían frecuente y violentamente. Ese vino bendito me daba tres meses de autonomía, feliz, alegre y juguetón en el humor ladino de mi comparsa campestre. Cuando llegaba de vuelta a nuestra espléndida vivienda lugareña, la Lastita, mi nodriza desde recién nacido, compartía un vaso de vino conmigo y siseábamos respecto a mis aventuras del día. 

El otro malhechor frívolo en la desdicha de mis colindantes era don Filiberto Fuenzalida tinterillo, que se decía abogado, al servicio marrullero de don Fulgencio. En la época de estas reminiscencias, Filiberto se había declarado candidato a diputado de la región. En todo el mundo se sabe que los políticos, aun los honrados, son peligros. Filiberto era maquiavélico. Yo tenía 15 años, cumplidos recientemente. Ah, por poco me olvido de mencionar a la melindrosa, lasciva pero mojigata Laurita, manceba cuarentona, muy católica como mi progenitora, su compañera permanente. Entre remilgos, vinos y comadreos con la Laurita, mi matrona, a veces, me parecía casi humana.

           Capítulo I,.Don Fulgencio Echevarría

Frente a un enorme mapa topográfico de su hacienda que casi recluía a la diminuta aldea de Curarrehue, don Fulgencio balbuceó: —¡Malditos! —mientras el puntero pinchaba una mancha roja que correspondía a las parcelas de Indalecio, Segundo y la viuda Zamorano. Las humildes parcelitas eran el nexo natural para la fusión de la Hacienda y de Los Coigües, otros miles de hectáreas de Echeverría. Ese nexo, apenas 300 hectáreas, completaría el más vasto latifundio de la región con una superficie continua de más de 7000 hectáreas. Volviéndose a Filiberto Fuenzalida agregó

—: -Si usted quiere mi apoyo en las elecciones tiene que encontrar la forma de que estas parcelas se anexen a mi imperio. El jijuna profesor Torrealba, las hizo registrar en Loncoche en el Ministerio de Tierras, y no hay forma legal de sacarlos. Filiberto se sintió orondo al creer que el terrateniente le necesitaba. Se paseó algunos segundos en el elegante salón con piso de raulí y dijo finalmente: 

—Ellos creen que su situación es legal. Debemos hacerles creer que no lo es y que necesitarán mis servicios de abogado para corregir los errores en el Ministerio de Tierras en Loncoche. El Profesor Torrealba vive en Santiago, y ya no viene para esta región. Es nada menos que asesor del Ministerio de Economía.. Esta vez no podrá intervenir —sonrió Fuenzalida

—. Voy a hacerles una visita hoy día pero usted no tomara posesión de esas tierras hasta que yo sea elegido. ¿De acuerdo? 

Don Fulgencio impaciente no respondió y exclamó: 

—Ojalá el carajo de Torrealba no se meta de nuevo en mis asuntos —y agregó, levantando la voz—: Ñato, acompaña a don Filiberto a su caballo. 

Se volvió hacia el plano topográfico fijo en la pared, detrás de su escritorio, mientras el tinterillo se retiraba torpemente del lujoso salón del estanciero. Don Fulgencio pasó largo tiempo contemplando el mapa de su hacienda. Más de tres mil quinientas hectáreas, que se extendían desde el Lago hasta las faldas del erguido espinazo de los Andes, coronado de nieves eternas que relucen bajo el sol veraniego. Pensó en los largos años de lucha sucia para adquirir su riqueza, por soborno político, por amenazas violentas, por corrupción de las autoridades. Había que ganar a cualquier precio, y ahora el corrompido tinterillo le traería las últimas 300 hectáreas de tierra fértil, y rica, para cultivar avena, alfalfa, trigo para el inmenso ganado del latifundista. Sus pensamientos vagaron a otras empresas suyas. Sus camiones recorrían el largo y extendido territorio chileno llevando alimentos al árido norte, fertilizantes a la rica zona agrícola central y equipo mecánico para las explotaciones forestales del Sur. 

Los ferrocarriles del Estado, se ramificaban en Loncoche, para transportar carga y pasajeros hasta Villarrica. Una pequeña empresa de autobuses de su propiedad se ocupaba del trasporte de Villarrica a Pucón, lugar turístico por excelencia. De Pucón hasta la frontera sus camiones eran el único transporte y llevaban pasajeros sobre las cubiertas, cargadas de sacos y paquetes en sus viajes hacia la frontera; cargadas de tablones, en su regreso hacia Pucón. Los viajeros a lomo de camión —generalmente trabajadores en busca de ocupación— se detenían en Curarrehue. De esa diminuta aldea desaparecían en los bosques para reaparecer en los latifundios para ganarse la vida en tiempos de la siembra, de la cosecha y también del movimiento de ganado a las veranadas fiscales. Se detenían en las pequeñas parcelas donde no había trabajo pero había un generoso plato de comida, ofrecido de pobre a pobre. Generalmente, el transeúnte picaba un poco de leña a manera de decir gracias. En los pensamientos del ricacho no había ese movimiento humano; sólo relucía el avaricioso brillo de la ganancia mezquina. De pronto, volvió a la realidad y gritó: 

—Ñato, dile al capataz que vaya con su gente a desviar la vertiente. ¡Hay que cortarles el agua a esos gañanes!

Capítulo II .-Indalecio y sus vecinos

La vertiente era un caudaloso arroyo que recogía la escorrentía de terrenos de don Fulgencio y proporcionaba agua a las parcelas de los tres vecinos, cuyas tierras eran la obsesión del opulento cacique. Este riachuelo podía fácilmente desviarse hacia acequias de riego del terrateniente. 

—¡Joder! Nos cortaron el agua otra vez —indicó Indalecio. 

Joaquín y Francisco, hijos de Indalecio, de 17 y 18 años, se levantaron de sus sillas en el tosco patio de la humilde vivienda, y se dirigieron hacia la frontera con el latifundio. Indalecio les ordenó volver. Indalecio pensó un momento y luego señaló: 

—No vale la pena… El futre debe tener unos diez peones guardando el bloqueo. Lo único que van a sacar es una paliza y el jodí’o los va a reportar a los pacos. Mañana viene don Filiberto… Él va a hablar por nosotros con ése. —Vayan y lleven los animales a donde los Torrealba. Lleven baldes para traer agua para la casa. Que la Fidelina los acompañe y les ayude —concluyó el campesino, conteniendo su rabia. 

Cada vez que don Fulgencio se irritaba porque sus vecinos no cedían, les hacía cortar la vertiente, única fuente de agua de los tenaces lindantes. En ocasiones anteriores Indalecio y Segundo fueron a la opulenta residencia del ricacho para protestar, pero fueron expulsados por los sirvientes, con amenaza de denunciarlos a la policía por entrar en un recinto privado sin invitación del dueño. En otras ocasiones, los perros de don Fulgencio los detuvieron en el portal, mientras los sirvientes les aconsejaban de dar media vuelta y no volver jamás. 

Algunos momentos más tarde llegaron Segundo Ulloa, Luisa, su mujer y doña Carlota, viuda de Zamorano. Segundo, con una sonrisa que contenía sus verdaderos sentimientos dijo: 

—Güeno, pa’ más remate ’oña Carlota y su culito rico nos calientan el cuerpo y la sed se nos sube a la garganta. ¡Cómo se le ocurre ser tan gonitacha y calentarme así! —rió, mostrándole el bulto de su miembro bajo el pantalón. 

—Déjese de leseras cochinas, don Segundo…Otra vez sin agua por culpa de ese desgracia’o —respondió Carlota, cuyos brillantes ojos negros mostraban su contenida cólera. Segundo Ulloa era un hombre de cerca de 40 años, casado con Luisa, mujer sensual de cuerpo firme y recio, que le había dado dos hijos (el Primero y el Segundo, como los nombró su padre). Ayudaba a su marido en las faenas del campo y sus dos varones de 14 y 16 participaban en los quehaceres agrícolas. Luisa se casó con Segundo a los l5 años, embarazada ya con su primer hijo. La virilidad y el humor nato de Ulloa atraían a las chicas, y Ulloa ponía los cuernos a su mujer cada vez que la ocasión se presentaba. 

Cuando Luisa le reprochaba sus frecuentes aventuras en las faldas de las chicas de Curarrehue, Segundo reía, persignándose: 

—No te apures, mujer. Dios bendito cuyo nombre sea glorifica’o nos ha da’o las partes para consolar a las niñas tristes. Sería blasfemia no respetar el mandato del Señor de los cielos. Además, mujer, son apenas polvitos tiritones a la carrera que se olvidan cuando vuelvo a casa y agarro tus preciosas nalguitas —decía, agregando la acción a sus palabras. 

Doña Luisa se percibía hermosa y sensual y aceptaba calladamente los deslices de su Segundo con un sentimiento de orgullo por la potencia sexual de su marido. Sabía que Segundo la quería porque ella le daba abundante placer sexual completo, largo y sostenido, en las extendidas noches de invierno y en los breves y cortos momentos del ocupado verano, en explosiones eróticas apresuradas pero intensas. Muy a menudo, durante las cosechas se endilgaban hacia el bosque más cercano y lejos de sus hijos, que continuaban trabajando, los padres se desnudaban en la densidad del bosque, fornicaban alegremente y se lavaban en el arroyuelo tributario a la vertiente. Había naturalidad en esa pareja que gozaba intensamente la vida en la limitación de su pobreza. 

Doña Carlota era una viuda de 21 años. Su marido, Julián Zamorano, cayó sobre su cabeza desde la cubierta de un camión de la compañía de don Fulgencio cargado de tablones hasta por encima de las barandillas, en un viaje a Pucón en busca de provisiones. Los pobres pasajeros debían sentarse o acostarse sobre los tablones antes de que el camión partiera. El accidente ocurrió porque el chofer partió cuando Julián estaba aún de pié. Hacía apenas poco más de un año de ese accidente y Carlota vivía llorosa y triste. Indalecio y Segundo adoptaron a Carlota como a una hija, y le ayudaban a laborar su parcela antes de iniciar los trabajos en las suyas. Era apenas una obligación de buena vecindad en el entendimiento de esas familias. Doña Carlota se unía a sus vecinos como un peón más, cuando trabajaban sus propias tierras. Julián Zamorano había sido un mozo viril y muy entrado en la escultural hermosura de Carlota. En un corto matrimonio que duró apenas tres años, Carlota había florecido. 

El sexo intenso del fogoso Julián expandió sus senos y las labores agrícolas redujeron su cintura. La viuda era un regalo a los ojos. Segundo no dejaba de admirarla y de meterle mano cada vez que la tenía cerca. 

—Don Segundo, deje sus manos quietas, ¿quiere? —gritó la viuda porque Segundo le estaba acariciando con la palma de una mano una de sus voluptuosas nalgas, mientras con la otra le había subido la falda y trataba de meterle un dedo en la vulva por detrás.

—Perdone, doña Carlota —replicó, sujetando una mano con la otra que se esforzaba aparentemente en alcanzar el precioso culo de Carlota—. Toma, mal enseñá’, como te atreves mano chiflá’ a querer tocar a la Carlotita, tan vistosa, y tan gonita —rió, dándose palmadas en la delictuosa mano. Doña Luisa intervino: 

—No te preocupes, Carlota. Segundo es un perro ladrador pero no muerde. Te lo digo yo, que soy su mujer. No vale la pena, chica — terminó riendo, con una mirada firme y sensual hacia su marido. Todos rieron largamente, casi olvidados de la razón que los había reunido. Indalecio señaló: 

—Llevemos el ganado a donde los Torrealba. Carlota y Luisa vayan con Fidelina a traer agua para las casas. Los hombres nos ocuparemos de llevar el ganado y luego echaremos de lejos un vistazo al bloqueo. Esta noche, si no hay muchos peones, iremos a demoler el atasco de la vertiente, en la angostura. 

—Eso es —rió Segundo—, ¡hay que sacarles la mierda a esos huevones! 

Al oscurecer, Indalecio, Segundo y los cuatro hijos se encaminaron a un promontorio desde donde se veía la angostura de la vertiente, cerca del linde. Había seis trabajadores del Latifundio; dos de ellos con carabinas y los demás con cuchillos. En susurros, Indalecio propuso: 

—Esperemos aquí hasta que decidan dormir. Dejarán a uno o dos centinelas. Cuando los otros duerman será el momento de sorprenderlos. Los demás asintieron con un movimiento de cabeza. A medianoche dos vigilantes se instalaron en sus puestos y los cuatro otros servidores de Fulgencio se prepararon a dormir alrededor de una fogata. Indalecio y Segundo se acercaron sigilosamente hacia los guardias. Indalecio por sus espaldas, y Segundo, frente a frente haciendo ruido y silbando mientras avanzaba. Los dos guardias apuntaron sus carabinas hacia Segundo, amenazantes: 

—Calma, calma, amigos. Vengo sólo a platicar. Vean, no traigo armas; ni cuchillo siquiera. Indalecio apareció en las sombras. Con un garrote apaleó el dorso y la cabeza de los dos guardias cuyas carabinas cayeron al suelo. Segundo las tomó rápidamente, y lanzó una a Indalecio. Simultáneamente, los muchachos tenían a los dormidos con un soga al cuello y apretaban intimándoles a tirar sus cuchillos en el fogón. Lo que hicieron rápidamente. Indalecio ordenó a los seis hombres del Latifundio a destruir los parapetos en la angostura. Cuando terminaron, Segundo preguntó, aunque lo sabía muy bien: 

—¿Quién es el capataz? Uno de los hombres levantó la mano. Segundo se acercó, propinó un bien centrado recto a la mandíbula y dijo:

—Toma, mierda, y dile al futre que uno de estos días le voy a dar un tiro en donde la nariz encuentra los ojos. Que no te vea a ti en la cantina de Curarrehue, porque te voy a sacar otros cuantos dientes. ¿Entiendes, hijo de una grandísima puta?… Ahora se las pelan ligerito y le van a llevar la noticia al Fulgencio. No te olvides, huevón, de decirle que tengo una bala para vaciarle la mollera —alzó su carabina y tiró al cielo—. ¡Corran, carajos, que el otro se los meto en el poto! 

La Luna, una límpida rodaja amarillenta que trepaba detrás de los picos andinos, parecía sonreír. Tal vez era un mensaje de ignotos firmamentos haciéndonos saber que Dios estaba al tanto de este asunto.

Capítulo III .-A vacaciones en la finca

Mi madre, Laura, Lastenia y yo llegamos a Pucón pocas horas antes de los acontecimientos en torno a la angostura de la vertiente. Tomábamos el tren en Santiago, a las ocho de la tarde y estábamos en Pucón a las diez de la noche del día siguiente. Ese verano, habíamos tomado el Longitudinal en primera clase, como de costumbre, y trasbordamos en Locoche al ramal a Villarrica. Allí tomamos la “góndola” como llamamos en Chile a los autobuses, y bajamos en Pucón frente al Hotel Turismo, muy cerca de la casa de mi tía Florisa, donde acostumbramos pasar la noche para continuar hacia Santa Ana, que era el nombre que mi padre dio a la finca en honor a su madre. No confiábamos mucho en los aviones porque la LAN Chile apenas había sido constituida pocos años antes, con los supuestamente frágiles Douglas DC-3. Gracias a Dios íbamos en primera clase. En cuanto el tren salió de la Estación de Santiago, yo pretendí ir al privado para escaparme de mi madre y su querida Laurita. 

Me fui a sentar en Tercera Clase entre gente humilde mucho más interesante que doña María y su Laurita. Había allí mujeres dándole teta a sus críos, varones medio borrachos discutiendo y rajando contra el gobierno, los políticos, los curas y contra el Papa que toleraba a todos esos bribones, jóvenes tratando de meterles manos a unas chicas sentadas en el mismo banco, sin ser observados por los ojos de águila de sus madres, sentadas enfrente. Había una anciana apretada contra la ventana rezando su rosario, y una cantidad increíble de chiquillos que gritaban, lloraban y se daban coscachos. En el corredor era difícil avanzar. Había allí chicas jóvenes cuyas madres estarían en otros coches, con sus senos en las manos y bocas de sus amantes, esperando a que se desocupara el privado. En tal tiovivo me tomó tiempo encontrar un sitio dónde sentarme. 

Una media hora más tarde Lastenia me encontró, pues había sido enviada por mi madre. Esta magnífica mujer me quería noblemente como una verdadera madre y se crispaba cada vez que doña María me golpeaba. Me informó que doña María quería que volviéramos al vagón donde ella estaba con Laura. Yo le señalé que con su Laura y las botellas de vino que tenía en un canasto las dos ya se habrían olvidado de nosotros. No oímos de ellas hasta llegar a Loncoche, al día siguiente. Lastenia era una mujer hermosa. Joven de 18 años, mi padre la empleó como mi nodriza. Tenía bachillerato de secundaria pero en aquellos tiempos esa educación de mujeres sólo lograba empleo de niñera o de empleada doméstica y aprendiz de cocinera, en hogares ricos. Si la graduada tenía dinero podía seguir cursos en institutos particulares de secretariado y podía aspirar a una carrera. Pero, la mayoría debía resignarse al servicio doméstico. 

Ese verano, la Lastita acababa de cumplir los 33. Mi padre le pagaba muy bien porque ella era la verdadera madre responsable de ese quebrantado hogar y merecía respeto como un miembro central de la familia. Como buena ama de casa trabajadora, consciente y responsable, exigía de domésticas, sirvientes y de sí misma una higiene impecable, se mantenía en excelente estado físico, cumplía las instrucciones de mi padre y cuidaba a mi madre como a una enferma. Nuestra casa olía a limpia. Ella tenía una autoridad discreta y sabía entusiasmar a mi madre a retirarse a su salón en compañía de Laurita, para evitar que me golpeara. Sólo tenía que decirle a una doméstica que llevara una botella de blanco o tinto a la dependencia de doña María y Laurita. Esta solterona estaba siempre desempleada y dependía de mi madre que la había recogido en nuestra casa como dama de compañía. Persuadió a mi padre a pagarle un sueldo de doméstica. Mi padre aceptó encantado pues desde mi concepción accidental no tenía relación con doña María. No se había divorciado o separado sólo por proteger a sus dos hijos, y por piedad a esa mujer sensual y tórrida, que terminaría de nuevo en las manos de su padre, incestuoso y violento español. 

Mi papá tenía una hermosa amante que se ocupaba del manejo de uno de sus comercios. Sus relaciones con su compañera oficial eran discretas y les permitían tener una vida social de pareja en los medios académicos, gubernamentales y comerciales que frecuentaba. Amigos cercanos a la familia sabían que mi madre era una enferma y el matrimonio se mantenía en pergaminos sólo por compasión a la enferma y por el bienestar de los hijos. La vida social de mi padre se hacía en su segundo hogar. Por Lastenia yo supe sobre esta relación, y siempre le aplaudí por sobrellevar con tacto y elegancia la carga de su esposa insana, beoda y bisexual, porque la Laurita, bisexual también, era su compañera de juegos íntimos en su salón privado. A los doce años yo era ya un adulto consciente de la familia anormal en que vivía y sabía encontrar mi propia felicidad y alegría. En el duro asiento del vagón de Tercera Clase me incliné en el hombro de Lastita y trate de dormir, y escapar de esa manera al calor horrible que había en ese hacinamiento. Mi cabeza se apoyó en los firmes senos de Lastita y un placer sensual recorrió toda mi piel. Recordé la primera vez en que tuve conciencia carnal del cuerpo de Lastita y de su cariño inmenso que la impulsó a darme su cuerpo voluptuoso para educarme sexualmente. 

Tenía tal vez unos doce años bien cumplidos, cuando doña María me golpeó duramente y me empujó contra la pared. Cuando caí al suelo, me dio un puntapié en mis partes privadas. Lastenia cogió firmemente a mi madre, la expulsó de mi dormitorio y con el puño en alto le aconsejó retirarse y no volver. Luego me recogió, me ayudó a desvestirme, y colocó mi cuerpo desnudo dentro de la cama. El dolor en mis testículos era insufrible y Lastita trajo una esponja y agua fría y me ayudó a aligerar el dolor, que se fue calmando lentamente. El dolor agudo e intolerable se transmutó poco a poco en un dolor raro con una inesperada sensación de placer desconocido. A pesar del dolor, mi juvenil miembro se fue irguiendo y las caricias de mi nodriza me llevaron a una explosión arrobadora. Lastita se inclinó, besó mi pene y me dijo sonriendo con picardía: 

—Ahora, mi hombrecito, a dormir y reposarse —se inclinó, me tomó las manos, las puso bajo su blusa y me alentó a gozar sus placenteros senos. Me dio largos y cálidos besos en mis labios mientras frotaba mi erecto miembro de arriba abajo, hasta que me hizo correr de nuevo, con un espasmo esta vez más intenso, prolongado y placentero. Me susurró—: 

-Duérmete, mi encanto. Ya hablaremos mañana. Llegando a Loncoche, Lastenia y yo volvimos al coche de doña María. Mi madre embriagada dormía y Laura organizaba las maletas para darlas a un portero para transbordar al ramal a Villarrica. Lastenia ayudó a Laura a sostener a mi madre en su traslado al ramal, donde cayó pesadamente en el cómodo asiento de primera y empezó a roncar. Su amante se abrazó a ella y ambas parecieron dormir. El vagón de primera clase estaba casi desierto. Lastenia y yo fuimos a un asiento lejano, donde quedamos totalmente solos. Yo me recliné en su regazo y coloque una mano entre sus piernas mientras con la otra coqueteaba con sus senos bajo la blusa. Llevaba faldas a media rodilla y no se había puesto calzón porque sabía que yo le metería mano a la primera ocasión que tuviera. Todo el trayecto me divertí con el jugoso y suave clítoris de Lastenia que callaba sus orgasmos y ella con su mano dentro de mi pantalón me hizo correr varias veces. 

La pulcra Lastenia, antes de llegar a Villarrica abrió su maletín me dio una toalla, jabón y un calzoncillo y me indicó el privado. Al día siguiente de la paliza que me inició al sexo, Lastenia me llevó a su dormitorio y me explicó que, en ausencia de una madre normal que me permitiera tener amigas y desarrollarme naturalmente, ella me daría su cuerpo para educarme a gozar mi sexo. Me invitó a desnudarme y a desvestirla. Nos besamos ardientemente; ella con sabiduría y yo con mi latente instinto que estaba a punto de despertar. Lastenia me hizo besarle sus senos y me acarició mi miembro. Me corrí como un borrego. 

Ella me ayudó a limpiarme y a vestirme, y me dijo: 

—Esto es un adelanto, mi machito. Esta noche empezaremos en serio. Como prometido, Lastenia vino a las 10 a mi dormitorio cuando todos se habían retirado, me pidió que la desnudara lentamente, gozando la suavidad de su piel. Me hizo acariciarle todas sus partes que motivaran mi curiosidad o mi excitación. Si me apetecía besar debía hacerlo gozando el aroma de las partes que besaba. Luego ella me desnudó y me puso un condón. Me invitó a montar sobre ella y se abrió de piernas para facilitar la entrada de mi miembro. Señaló que la noche era larga y que yo debía tomarlo con calma. Me besó en la boca mientras yo jugaba con sus senos y poco a poco empezamos un moviendo rítmico que gradualmente nos llevó al orgasmo. Cada media hora repetimos esta simple posición sexual en el entendimiento que yo me contendría y trataría de prolongar el goce de nuestro contacto lo más posible. Si el primer coito tardó algunos segundos, el último, a la madrugada, duró más de veinte minutos. Entre apareamientos, me expuso cómo ella se masturbaba y me enseñó a ayudarla, me hizo recorrer su vagina con la yema de mis dedos, indicándome sus puntos más sensibles, y me mostró cómo usar mis labios y mi lengua en la pulpa de su vulva, observando el ritmo de su orgasmo. 

Me enseñó a chuparle los senos con sensualidad delicada y me señaló cuál era el ritmo que más le agradaba, indicándome que todas las mujeres tienen su propio ritmo. Me invitó a tratar de comprender que todo hombre debe saber cómo piensa, siente y goza cada mujer. Los hombres que tratan de mantener a sus mujeres gratas y satisfechas deben conocer y sentir el ritmo de su hembra. Dedicó mucho tiempo a enseñarme las posturas que me permitieran retener mi eyaculación. Lo más importante que Lastenia me enseñó es que durante el sexo el hombre debe permanecer atento y observar cómo se acerca cada mujer a su orgasmo y debe tratar de ajustarse al crescendo de su orgasmo. 

A las cinco, cuando empezaba a aclarar nos dormimos. Lastenia me despertó a las 9.30 y me envió a la ducha. Era sábado, y el despertar tarde no tenía ninguna importancia. Sin embargo me dijo: 

—Tu vida sexual, mi varoncito encantador, desde hoy es parte de tu rutina diaria. Tienes mucho que aprender y debes disciplinar tu tiempo. Todas las noches estaré en tu dormitorio a las 10.00 y me retiraré a las 12.00. Tú estarás en la ducha a las 7.30 para ir al colegio, donde jamás hablarás a nadie de nuestra intimidad. Evita ser fanfarrón. Estás en camino de ser un hombre y debes respetar el buen nombre y la dignidad de tus hembras. En las tardes dormirás una siesta, si te hace falta. Nada debe cambiar. Sólo debes estudiar más y hacer más ejercicio y deportes. Tienes que mejorar tu régimen alimenticio no para comer más cantidad pero para cuidar la calidad de lo que comes. Muchas verduras, mucha variedad de frutas, un sinfín de carnes desgrasadas y muchos mariscos. Voy a dar órdenes en la cocina y tú te vas a disciplinar. Come cereales para que tu digestión tenga regularidad. Diariamente tomarás una dosis adecuada de vitaminas que ayudan a completar el metabolismo. Toma vino con extrema moderación y asegúrate que tomas al menos un litro de leche diariamente. Empiezas hoy a usar tus órganos sexuales normal y constantemente y a tu edad, el sexo te da un diluvio de nuevas hormonas. Debes usarlas para virilizar tu cuerpo. Un físico en buena forma te ayuda a controlar tu excitación y te permitirá manejar tu hombría como quieras. Los fines de semana jugarás tenis en las mañanas y nadarás en las tardes. Los domingos en la noche escucharemos tu música en tu dormitorio y bailaremos todo lo que está de moda. 

Serás un bailarín suave, bien ritmado y conquistador. Diariamente iras caminado o trotando al colegio y volverás de igual manera, para fortalecer tus músculos en un plan continuado y con poco esfuerzo. En los veranos, cuando estemos en Santa Ana, iremos a nadar en las termas de Menetúe que están al fondo de una caverna rocosa, bajo un peñón montañoso rajado por terremotos seculares. Hay luz porque planos solares se infiltran por las grietas y centellean en el agua, creando un entorno vaporoso color esmeralda. Es un ambiente privado, romántico y poético donde te dejaré practicar el arrumaco necesario para conquistar mujeres. Yo te quiero ciegamente primero como una madre, y luego como una amante callada y discreta que te adora y te desea, pero que debe enseñarte a conquistar tus propias mujeres. Te deseo carnalmente y me complaces, mi hombrecito. En Menetúe estaremos desnudos y follaremos tanto como quieras y practicarás el arte de seducir. A mí me alocas ahora, pero las chicuelas virginales e impúberes empezarán a correr tras tu virilidad cuando tengas quince. Tendrás que aprender la delicadeza que esos amores juveniles imponen al macho. Te aliento a follar muchas mujeres. Lo debes hacer porque debes aprender el arte de seducir galantemente y con finura. Por pobre y humilde que sea una mujer se la debe respetar, y se la seduce como si fuera una princesa inalcanzable. 

En toda ocasión usarás condón por higiene y seguridad. No vas a venir a contarme de la chica embarazada. Ni siquiera se te ocurra ir a putas con tus compañeros de colegio. Nuestra relación terminaría en el acto. Primero, porque me probarías que no tienes confianza en ti para conquistar a las más guapas mujeres limpias y segundo, porque puedes traernos una pringa. Me decepcionarías tanto que creo que dejaría de quererte… ¡Anota en tu mollera que en este juego no hay putas! Si te llegaran a dar ganas de ir a putas, va inmediatamente al privado y te lo meneas hasta que te agotes. ¡Las putas pueden ser el desastre de tu vida!… Sólo te autorizo a seducir a todas las mujeres que puedas sin dejarte guiar por la edad o su aspecto físico. Los machos inteligentes descubren la belleza total de las hembras que seducen. Mírame. Yo sé que soy hermosa y siento que tú aprecias mi cuerpo. Dime, ahora que me montas potrito rico, ¿me encuentras más interesante?… ¿Te agradan nuestras largas e íntimas conversaciones discretas?… No, no… No me contestes… ¡Piénsalo!… 

A los trece todo quedó claro y bien practicado. Ella venía a mi dormitorio de 10 a 12 y hacíamos un amor sublime, muy prolongado en preliminares y pleno de plática amorosa, cada noche. Lastenia, con mucha sabiduría hablaba de mi madre como de una enferma y me aseguraba que desde niño yo había sido bueno, dócil y responsable. Me persuadió a que perdonara a esa pobre mujer desgraciada porque el pasado estaba muerto, sólo el presente y el futuro podían modelarse. El resentimiento es perjudicial porque ocupa la mente en cosas que ya no existen. 

A los trece yo estaba adquiriendo la experiencia sexual de un adulto y gracias a Lastenia, la perturbación de mi madre no tenía ninguna influencia en mis emociones sino la de una profunda compasión particular hacia mi progenitora. En el curso de unos seis meses me habían salido abundantes pelos en el pecho, tenía un hirsuto nido de pendejos y el miembro se había engruesado un poco y alargado un centímetro, bien medido por Lastenia. El sexo y el deporte habían desarrollado mi musculatura sin exageración. Tenía espaldas anchas y una cintura escueta. Dudo que otros impúberes hayan tenido sexo eficaz para crear el torrente de hormonas genitales que inundaba mi cuerpo a los trece años. A los quince años alcancé mi estatura adulta de un metro ochenta. En la vasta casona de mi infancia no se oía lo que ocurría en otro recinto. Tal vez mi hermana, ocho años mayor que yo, con quien yo no tenía contacto alguno, estaba fornicando con su marido chillanejo las veces que estuviera en nuestra casa con él, o acaso en orgías con parejas amigas de su mundo rico y emancipado. O quizás, cuando venía sola a Santiago por negocios o a hacer compras, y se hospedaba en casa, estaría follado al muchacho de cuerpo atlético que se ocupaba de la limpieza, pues éste, unos cinco años menor que mi hermana, corría a su lecho cuando terminaba de limpiar o cuando mi padre salía. 

Rosa se jactaba de que a menudo se echaba al cuerpo mocetones viriles porque estimulaban su flujo hormonal. Había dos hermanos de mi padre y varios sobrinos y sobrinas en casa pero sólo nos veíamos a la hora de almuerzo. Eran estudiantes universitarios y se pasaban la mayor parte del tiempo estudiado en los pisos de sus amantes. Mi madre estaba con su Laura, probablemente borrachas lamiéndose sus vulvas. Mi padre, feliz viviendo con su voluptuosa amante, nos visitaba religiosamente a la hora de almuerzo, cuando comentábamos con él todo lo que fuese importante, y oíamos su consejo franco siempre claro, seguro y contundente. Doña María estaba callada y sobria, esperando vehemente el vaso de vino que mi padre le servía. ¡Era el comienzo de su borrachera diaria! Si yo tenía un problema personal seguía a mi padre a su despacho donde él me indicaba las alternativas como yo podría resolverlo, pero concluía: 

—Ésa es mi opinión. Estúdiala, Jorge, y toma tu propia decisión. Es tu vida y debes aprender a manejarla con tus propios medios. Luego me preguntaba: 

—¿Cómo arreglaste lo de ayer?… 

A menudo hablábamos de sexo en lenguaje llano y directo, y me advirtió que debía resistir toda homosexualidad en mi colegio de curas. Afirmó que el colegio no le gustaba nada, pero los buenos profesionales chilenos salían de ese colegio de curas privado, y él esperaba que yo fuese uno de ellos. Todos teníamos libertad no vigilada, cuando mi padre dejaba la casa y mi madre en su recinto privado iniciaba sus bacanales. Lastenia, ama de casa, manejaba a los domésticos pero por orden de mi padre orientaba nuestra disciplina con mucha habilidad haciéndonos creer que éramos totalmente libres. Lo sexual —según mi padre— era asunto privado y debíamos disciplinarnos a medida que nos desarrollábamos. Ya en los ’40 el Estado chileno exigía que en los colegios, incluso en los privados religiosos, biólogos o médicos explicaran objetiva y fríamente todos los aspectos fisiológicos, patológicos, anticonceptivos e higiénicos del sexo a los chicos y chicas de no menos de 14 años. 

El trabajo de Darwin era parte obligatoria del programa docente del Ministerio de Educación. En Chile había separación del Estado y la Iglesia desde 1880. Luego los curas y monjas en sus cursos de religión se encargaban de confundir aviesamente a todos lo chicos y chicas con sus fantasías absurdas y pecaminosas, y de meterles el terror de Dios en sus cabezas. A los trece años yo era un muchacho satisfecho de su sexualidad. No perdía el tiempo en buscar chicas, porque en Lastenia tenía una amante colosal, sensual y excitante, capaz de dejarme nocaut noche tras noche. Esperaba oportunidades sin mucho buscarlas. Cuando la bestia estaba domada por una hembra fabulosa como Lastita, había tranquilidad y paz para expandir el intelecto. Dediqué mi tiempo al estudio, y fui siempre de los primeros en mi clase. Practicaba la seducción de mujeres mayores que yo en todos los lugares públicos que visitaba, pero me limitaba a apreciar que las halagaba. Las mujeres casadas estaban fuera de mi territorio. En mi espíritu toda traición era degradante y cobarde. El objeto era desarrollar piropos contundentes que apelaran a la sensualidad de esas mujeres. 

Era parte de las tareas que me daba Lastita al fin de nuestros encuentros nocturnos. Me agradaba ir a museos, bibliotecas y cines, donde investigaba aspectos de la desnudez artística y fotográfica, del sexo natural y limpio y de las relaciones sexuales de un macho con, al menos, dos hembras, y sobre el arte de satisfacerlas plenamente. Leí mucho sobre el naturalismo animal que está a la base de la conducta sexual del hombre, descendiente del mono. Detestaba los pornos violentos, vulgares o exagerados. Prefería el ballet con su sincopado y elegante movimiento femenil, único lugar en donde los hombres, mis adversarios, me parecían competencia viril, atlética y hombruna. Al resto de mis adversarios los veía como machos sin control o disciplina, rudos, violentos y sin arte en el esgrima del amor y del placer. Me agradaban las mujeres de voces cantarinas, alegres y sensuales capaces de sostener una conversación interesante, picaresca y humorosa. Frecuenté gimnasios y desarrollé mi cuerpo. En realidad, yo salté de niño maltratado a adulto disciplinado y bien organizado aquel día en que mi madre me golpeó, por última vez. 

Mi padre exigió a Lastenia que no permitiera que mi progenitora se me acercara. La autorizó a disciplinarla físicamente, si fuera necesario, porque debía impedir que me maltratara una vez más. Así fue cómo yo me desarrollé natural, espontáneo, individualista, serio y reservado y mi cuerpo adquirió tempranamente su contextura adulta y masculina. Podía sostener la mirada de toda mujer hechicera con una sonrisa seductiva, firme, segura y dominante. La educación que me dio Lastenia me hizo un hombre que sabía cómo leer el pensamiento femenino. 

La tía Florisa, hermosa fémina ondulada que acababa de cumplir los 30, nos recibió encantada. Era tarde y fuimos a acostarnos casi inmediatamente. Hubo justo el tiempo, sin embargo, para que yo me diera cuenta con grata sorpresa, que mi prima Julia de casi 15, se había transformado en una mujer hecha y derecha, con senos firmes apuntando hacia el lejano horizonte lacustre, redondas y firmes nalgas y labios libidinosos. Era el retrato virginal de su madre. ¡Había allí todo un laboratorio que explorar! Nos miramos con tácito entendimiento, le besé mis buenas noches en las mejillas y noté que ella se arreglaba la blusa para resaltar su declive donde se hundía mi mirada. “Hay algo glorioso en nuestro horizonte”, dije mentalmente a mis partes masculinas, algo encabritadas con sólo mirar su declive. Florisa me acompañó al segundo piso y me mostró mi cuarto. Al interior del cuarto me abrazó, estrechó mi cuerpo poniendo su sexo sobre una de mis piernas, me besó en la boca y musitó: 

—Cuánto me alegro que Julia tenga compañía culta como la tuya. Cuídala bien —fijó en los míos sus inescrutables y hermosos ojos verdes. Me apegué aun más, la estreché para sentir su cuerpo dibujado sobre el mío, recorrí su piel suavemente y gocé sus carnosos labios en un largo beso de buenas noches. La sentí temblar al decir—: Duerme bien, Jorgito. Dormí muy bien en una cómoda cama en casa de tía Florisa. Sin embargo, desperté temprano, antes de las siete, ansioso de platicar con Julia. Me di mi acostumbrada ducha matinal, me vestí calladamente y bajé a la cocina a prepararme un café. Julia estaba allí. Nos miramos, nos acercamos y nos besamos. Acaricié sus senos y puse mis dedos en su clítoris. La chica contuvo un grito orgásmico, cuando oímos pasos bajando la escalera. Yo fui por la puerta trasera al baño; ella se quedó frente a la cafetera, fingiendo preparar café. Cuando volví del baño, aligerado de unos gramos de proteína, la tía Florisa me fijó sus preciosos ojos verdes, me abrazó estrechamente, me besó en los labios y me invitó a tomar un café. Departimos un largo tiempo, cuando aproveché de preguntar casualmente: 

—¿Dígame, tía, autorizaría usted a Julia a venir al campo con nosotros? 

—Claro, le haría muy bien. Julia se sacó las mejores notas este año. Se merece un buen descanso en el campo —contestó con una sonrisa de entendimiento que me hizo recordar sus susurros de la noche anterior. Florisa era hermana de mi padre. Conocía bien la enajenación de mi madre. Me preguntó: 

—¿Crees tú que María lo autorizará? 

—No se preocupe tía… Yo conozco a la vieja. 

Florisa se sentó en una silla de la cocina alejada de la mesa, Subió una pierna sobre la otra y su corta falda me dejó ver hasta el encuentro de sus piernas donde hirsutos cabellos púbicos oscuros, resaltaban contra la alba piel de sus muslos. Mantuve mi mirada hasta que Florisa bajó los ojos y abrió aún más sus piernas. Julita nos observaba sonriente y picaresca. Cuando Laura sacó de la cama a mi madre y bajaron como a las once, yo le dije: 

—Mamá, no se le ocurra invitar a Julia al campo. Yo no tengo tiempo de prepararle caballos, y atenderla… Tía, por favor, no mande a la Julia al campo. Julia y Florisa me miraron confundidas. Doña María, el puño en alto, me gritó: 

—Florisa y yo hablamos anoche, y Julia viene con nosotros… ¿Lo entiendes? Da gracias que estamos donde Florisa. Si no, ya sabes lo que te espera —la Laurita la tomó firmemente de una mano y la acompañó a sentarse en el sofá. Lastenia, escondida cerca de la puerta de la cocina me aplaudió, sin tocarse las palmas de las manos. Florisa me miró con aprobación. Julia brava, sensual y radiante me dijo: 

—Anda, Jorge, que bruto eres. Yo sé ensillar un caballo y no necesito escuderos santiaguinos que me atiendan. Te desafío a correr una carrera. Te doy diez metros en cien, de ventaja… ¡o veinte, si te atreves! —y clavó en mis ojos su punzante mirada, en una sonrisa triunfante y seductiva. Se me acercó, puso su declive bien a mi vista y me azuzó—: Declara ante todos que aceptas, santiaguino. 

—Con mucho agrado, pueblerina malcriada —le di una buena palmada en un cachete, que ella devolvió con un suave y juguetón recto a mi mandíbula. 

Cosa rara, doña María sonrió frente a la altanería de la chica. Lastenia sirvió los aperitivos, y hubo un almuerzo familiar alegre y armonioso. Afuera, el viento traía el murmullo de las olas del Lago Villarrica. Parecía decir que ángeles ignotos —espías del firmamento— veían ya los placeres dionisiacos que los centauros estelares nos reservaban. Dicen aquellos ángeles que Dios sonreía mientras el sol estival esparcía afrodisiaco sobre nuestros cuerpos.

Capítulo IV .-Santa Ana

Florisa había comprado una amplia vagoneta con puertas traseras, cuya carrocería era de fabricación local. Acomodaba a siete pasajeros. La había usado cuando era voluntaria de los servicios de asistencia pública de Pucón. Ese armatoste podía transformarse en ambulancia remplazando los asientos por camillas. Dos años atrás ese voluntariado pasó al servicio civil y Florisa decidió ocuparse de su casa solamente, y de activar su participación al consejo de profesores y padres del Colegio de Monjas de Julita. Conservó su carromato porque era práctico. Nos condujo en ese vehículo a Santa Ana. Era un viaje largo y peligroso porque había que salirse del camino a Curarrehue y subir a una altiplanicie donde se situaba la mayor parte de nuestra finca. Teníamos un camino medianero facilitado por vecinos con el compromiso de que nuestro capataz lo mantuviera en buen estado. La casa era grande, solariega y agradable. Se erguía como una iglesia construida en el bosque, ofreciendo la empinada plegaria de los coigües a una alta colina, desde donde se percibían siete lagos, siete volcanes, e inmensos valles que se extendían hasta un horizonte lejano de galáctica niebla. Desde la cima se veía una inmensa comarca que parecía flotar en el espacio sobre nubarrones enigmáticos. Tal vez Dios y Mefistófeles estaban en esas regiones del firmamento, contemplando la insignificancia humana. 

Nuestro capataz, Rodolfo Maturana, tenía la mansión lista y todos los domésticos estaban en sus sitios para recibirnos. Yo participé en la ceremonia de saludos y pedí a Rodolfo que hiciera ensillar dos caballos porque debía ir a casa de Indalecio. A Julia le dije que se pusiera pantalones de montar porque debía acompañarme. Sabía de los problemas de mis vecinos, y deseaba ver qué debía yo hacer. Indalecio nos recibió alegre. Inmediatamente envió a Pancho a pasar la voz a Segundo y Carlota. Nos contó con gran orgullo que la noche anterior, habían obligado a los servidores de don Fulgencio a deshacer el bloqueo de la vertiente. Con grades risotadas y mímica cómica nos mostró cómo Segundo le aplicó un recto en la mandíbula al capataz de Echeverría, y como había espantado a los malevos con un tiro al aire. Corrió a su casa y sacó una carabina. —¡Vea, don Jorge, Segundo y yo les agarramos las carabinas! —Julita y yo aplaudimos la felicidad de nuestro anfitrión. Conociendo la pobreza de mis amigos, yo llevé unas cuantas botellas de vino del que mi cuñado enviaba a nuestra finca. Se las ofrecí a Indalecio quien agradeció y ordenó al Joaco y a Fidelina que hicieran los honores. Indalecio había perdido a su mujer unos seis años atrás, de lo que parece haber sido un cáncer. 

En esos tiempos el “dotor” era cosa de lujo para la gente campesina pobre. Como me explicó Indalecio, ella se jue jodiendo, se jue jodiendo hasta que se jodió. Una hermana suya había venido a ayudarle por un corto periodo en el cual entrenó a Fidelina a ayudar a su padre. Indalecio vivía sólo con sus hijos, y Fidelina quien desde mocita de 10 añitos, había sido el ama de casa. La chica acababa de cumplir los 15 años. Algunos minutos más tarde Segundo, Luisa y Carlota llegaron. Las risotadas de Segundo resonaron en el bosque y anunciaron su llegada como el viento grita la llegada de una tormenta. Doña Luisa llevaba a Segundo de una mano firmemente sujeta, mientras con la otra éste trataba de acariciar a Carlota. Cuando llegaron, Luisa dijo: 

—Perdone, patroncito, pero Segundo es un sinvergüenza. Así como usted ve, en mi presencia estaba tratando de meterle mano a la Carlota —había un brillo de orgullo en sus ojos. 

—Nada, patrón, usted sabe que soy un santo… Esta vieja es tan celosa. No sé cómo la aguanto —protestó Segundo, apretando una nalga de Luisa. Yo presenté a mi prima Julia que recibió el espontáneo afecto de los campesinos. Tomé una copa de vino y dije: 

—Aquí no hay patrón ni patroncito. Me llamo Jorge, mi prima es Julia y brindo un trago por la felicidad de todos mis amigos. Don Indalecio, mis respetos. 

Los tres vecinos nos contaron con entusiasmo que el Sr. Filiberto candidato a diputado había aceptado ser abogado de los tres para representarlos ante don Fulgencio. El asunto de la vertiente era el primer problema que debía resolver. Indalecio miraba frecuentemente el sol y decía: 

—Debe estar por llegar… Prometió que vendría hoy día… Como santiaguino, yo tenía muy poca idea de la situación política en la región y quedé satisfecho de que el ricacho no molestaría más a mis amigos. Aunque Filiberto no apareció en todo el día, no le di importancia a su ausencia. Mi padre ya había intercedido por ellos y yo sabía que la situación legal de sus terrenos estaba clara en el Ministerio de Tierras, en Loncoche. Lo del agua me pareció una mezquinaría digna de Fulgencio, como un manotazo cobarde del que pierde. 

Segundo con unos tragos en la testa empezó a seducir seriamente a doña Carlota, al punto que Luisa dijo terminante: 

—Es tarde. Segundo, vamos a casa… Perdonen don Jorge y Julita pero este mujeriego se está pasando un pelín —lo agarró de una oreja y salió camino de su casa. Todos reímos y los vimos desaparecer en la sombra del camino. Seguimos sorbiendo un poco de vino. Fidelina y Julia se retiraron de la mesa y fueron a sentarse en rústicas sillas del árido patio de la humilde residencia. Alegró mi espíritu verlas conversar y reír amistosamente. Indalecio se había adormecido por el vino. Los muchachos se habían retirado. Carlota se había alejado y permanecía sola junto a un coigüe. Me acerqué y le pregunté: 

—¿Está usted molesta por el chacoteo de Segundo? 

—No, siempre es así cuando se toma unos tragos. La Luisa lo maneja bien. Lo que me preocupa es que es ya de noche y el bellaco podrá estar esperándome camino a mi casa. La Luisa tenía también algunos tragos y podría quedarse dormida. 

—No se preocupe. La acompañaremos de vuelta a su casa. 

Carlota dio un suspiro de alivio, me tomó de la mano y fuimos a reunirnos con las niñas. La seguí encantado con dos botellas de vino en una mano y tomamos unos cortos contando chistes y chascarros. Las historias lúgubres y fantasmagóricas son las preferidas por las chiquillas campesinas. Yo vacié todo lo que tengo de histriónico y logré asustarlas. Así fue como partimos camino a casa de Carlota. Fidelina y Julita, iban abrazadas delante de nosotros. Pretendiendo que tenían miedo se abrazaron fuertemente y se acariciaron. Carlota se aferró a mi brazo y sentí el calor de su cuerpo apegado al mío. Con un brazo en su cintura y el otro sujetando una botella de blanco, caminamos excitados, ansiosos y palpitantes. Fidelina y Julita se salieron del sendero y se sentaron en el pasto. Estaban ebrias y ya no pensaban en fantasmas. Carlota y yo nos detuvimos a mirarlas. Todos nos reímos, con esa risa torpe de los que se embriagan. 

Julita abrió la blusa de Fidelina y le acarició los senos. Julita levantó su camisilla y dejó que Fidelina jugara con sus pechos mientras se besaban. Julia apuntó hacia adelante en el sendero y dijo: 

—Sigan, nosotras los alcanzamos —y se abrazó cálidamente a Fidelina, colocando una mano bajo la falda de la mocita. 

Carlota apretó mi mano y susurró en mi oído:

—Dejémoslas tranquilas… Que jueguen con sus cosas las chicuelas… Sigamos… Más allá nos tumbaremos, Jorgito, pa’ jugar con los cosos nuestros… 

Yo subí mi mano de la cintura y acaricié su fastuoso seno. Encontramos un pastizal donde nos abatimos y nos desnudamos. Mi padre, al cumplir 14 años me dijo: Nunca hagas daño… A ti mismo o a una mujer. No fuerces… La mujer se entrega sola. Usa condones o no penetres. Cuando no hay condones, es mejor usar dedo y lengua que dejar a una chica embarazada… Me limité entonces, obedeciendo el buen juicio de mi padre, a besar la vulva de esa hermosa y cimbreante hembra, con el pulgar metido en la vagina. Le di varios convulsos orgasmos. Ella usó muy bien sus labios carnosos y jugó con mi virilidad hasta estrujar la última gota de mi placer. 

De vuelta de casa de Carlota vi que Fidelina y Julia habían regresado a casa de Indalecio. Estaban las dos tumbadas en el pasto al borde del patio semidesnudas. Yo me acosté a su lado y dormimos hasta que el sol nos despertó con una resaca de proporciones. Vacilante, con la ayuda de Pancho y Joaquín, traje los caballos y ayudamos a Julita a vestirse y montar. Yo, por milagro logré montar por mis propios medios, mostrándole a todos el machote que yo soy. Cuando llegamos a la mansión, Florisa estaba muy inquieta. Yo me apresuré a disculpar a Julita por haberla permitido tomar mucho vino dulce. Le señalé que me pareció prudente alojarnos en casa de Indalecio. Esto calmó a mi tía que me preguntó momentos más tarde, a solas, en su dormitorio, si yo tenía algo más que confesarle. La miré fijamente a los ojos y le dije: 

Sí, tía, Julita es una chica tremendamente hermosa y sensual. Desde el año pasado estoy ardiendo deseoso de follarla. Pero, no puedo hacer nada. ¿Se imagina usted lo que pasaría si hubiera sexo entre nosotros?… Para su tranquilidad, tía, le diré que anoche tuve relaciones con una chica hermosa, de 21 años, que me dio placer enorme… Julita dormía un poquito embriagada…—mi brutal franqueza pareció tranquilizar a mi tía. Luego, para afirmar más mi punto, agregué—: Tía, ¿se ha mirado usted al espejo? Usted es tan espléndida como Julia pero es más voluptuosa… —y bajé suavemente una mano de su cintura hacia sus nalgas—. Sus senos son majestuosos, sus nalgas son un cielo… Acérquese al espejo y mírese —la tomé de una mano y la acerqué al espejo—. Vea por sí misma —dije, mientras, botón tras botón, descubría lentamente sus senos, dejando la blusa deslizarse sobre su espalda—. Usted me calienta mucho más que Julita… —le besé lujuriosamente la cumbre de sus senos y le susurré—: Ve usted el placer que podríamos tener, pero la sociedad nos lo niega… — mantuve una mano acariciándole las nalgas y con la otra le solté la falda y le bajé el calzón. Florisa me dejó jugar con su cuerpo excitado y tembloroso. 

Era separada de su amante efímero, un violento borrachín que la transgredió y la abandonó cuando supo que estaba embarazada de Julita. Los breves coitos que hubo fueron crueles y sangrantes que dejaron a esa mujer traumatizada. Recordé los consejos de Lastenia y proseguí mi persuasión de Florisa. Bajé una mano a su sexo y suavemente la hice gozar varias veces frente al espejo, donde ella veía mi mano mimándole el clítoris y mi pulgar bombeando suave y rítmicamente su vagina, mientras yo le besaba el cuello con respiración anhelante. No quise correrme porque estaba agotado de una noche entera de placeres y vino. Ella me confesó: 

—¿Te acuerdas de la noche en Pucón cuando me apegué a ti, froté mi sexo sobre tu pierna y te hablé de Julia?… Bien, pasé toda la noche masturbándome porque tu sexo me aloca. Eres el único varón que no me da miedo. Julia me contó lo bien que la acariciaste en mi casa. Está caliente a muerte contigo y tengo confianza en tu corrección y tu respeto por ella. Sonreí y le mentí: 

—Yo recuerdo sus ardientes senos sobre mi pecho y sepa usted, Florisa encantadora, también me masturbé —besé apasionadamente sus suculentos labios y la arrullé—: Su belleza y la de su hija torturan insaciablemente mi hombría. ¡Ahora las dos me parecen un cielo y me alocan de la misma manera!… Le suplico, Florisa… ¡Bella, tórrida y excitante Florisa!… que encuentre la magia para que los tres alcancemos cumbres eróticas jamás conocidas por simples humanos… ¡Le imploro su generosidad para que Julia, usted y yo alcancemos el climax.

—Vamos a pensarlo… —musitó—. Lo conversaré con Julia. 

Finalmente, llegué a mi dormitorio poco menos que tambaleando. Lastenia me esperaba sonriendo lujuriosa. 

—Dime, mi hombrecito, ¿las gozaste bien? —me preguntó excitada y jadeante. No contesté… Sentí sus manos desnudándome y colocando una sábana sobre mi cuerpo… Aprecié que se masturbaba al acariciar mi verga mientras besaba mi espalda… Suavemente, plácidamente, me fui durmiendo… 

Debo concluir que desperté horas más tarde de una pesadilla. Noté que la virgencilla, hipócrita y mojigata Laura con la bata abierta y sus tetas sueltas, chupaba mi pene, haciéndose la paja. Salté fuera del lecho y le grité horrorizado:

—¡Puta lesbiana, anda a joderte a mi madre pero nunca más te atrevas a tocarme!

Capítulo V.- La corrupcion del dinero

El cacique fue a Loncoche a intimidar a un alto funcionario del Ministerio de Tierras, que estaba a sueldo de don Fulgencio. Cuando el secretario le autorizó a entrar, el ricacho esperó hasta que la puerta del gabinete estuviese cerrada y dijo: 

—Explique cuál es el impedimento a mi exigencia. 

—Don Fulgencio, es imposible destruir archivos. Es un delito criminal… me llevará a la cárcel. ¡Le he servido bien! 

Sin atender a las palabras del funcionario, Fulgencio continuó: 

—Desde hace años usted está en las puertas de la cárcel. ¿Quiere que informe a la prensa sobre nuestros arreglitos? Los títulos de Ibáñez, Ulloa y Zamorano se destruirán “accidentalmente” como yo y Filiberto Fuenzalida, futuro diputado, le hemos indicado. En caso contrario, la prensa recibirá anónimamente algunos datos que le pondrán en la cárcel. Usted es libre de elegir —concluyó Echeverría dirigiéndose hacia la puerta del gabinete. La abrió, se despidió del Jefe Departamental del Ministerio de Tierras en Loncoche y agradeció al secretario por su cortesía y atención. Don Fulgencio dio a Fuenzalida un resumen de la entrevista que había tenido con el Jefe Departamental, que yo expongo más arriba, de la cual tuve conocimiento algún tiempo más tarde. Fuenzalida, el arribista que iba a ser Diputado con el concurso de los matones del Cacique, se hinchó de importancia cuando confirmó a don Fulgencio que las únicas copias existentes de los documentos “destruidos accidentalmente” estaban en su poder, a titulo de “abogado” de los humildes campesinos.

--Ellos los habían confiado al tinterillo que sostenía que eran necesarios para defenderlos ante los tribunales para ordenar al oligarca a mantener la vertiente con todo su flujo, atravesando los tres terrenos, sin barreras en la angostura. —Esas copias se destruirán cuando se confirme mi diputación. La campaña se cierra en tres semanas —anotó Fuenzalida con parsimonia, desafío y petulancia. 

El zorro de Fulgencio no se inmutó de la arrogancia del arribista. Ya llegaría el momento de hacerle tragar sus palabras. Ahora, los terrenos eran su único objetivo. Se levantó de su elegante silla e indicó a Fuenzalida que la entrevista había terminado. Apretó un botón y el secretario abrió la puerta para escoltar al tinterillo. Una vez que Fuenzalida desapareció de la antesala, el acaudalado ordenó a su secretario que hiciera venir al capataz. Cuando éste estuvo en su presencia, Fulgencio ordenó: 

—Haga venir a esos tres vecinos; tienen cita conmigo en dos semanas. Y que traigan un testigo. 

Es así como yo tuve ocasión de atestiguar el entendimiento entre el Cacique y mis amigos. Por coincidencia, esta cita era días antes de la elección. La tía Florisa, que debía volver a su casa en Pucón, decidió quedarse en nuestra finca. Mi padre y todos mis tíos y tías tenían fortuna heredada de mi abuelo paterno. Florisa vivía sola en Pucón, pueblo chico e infierno grande. No tenía amantes por el “qué dirán”, muy poderoso en aquellos tiempos y porque su experiencia dolida y sangrante con un grosero amante le hacía muy reservada, en su contacto con hombres. Aunque era completamente agnóstica, Florisa iba a la iglesia para cumplir con las comadreras de la escuela de monjas de Julita. Su vida sexual se limitaba al placer solitario frecuente. Nuestro extraño encuentro tuvo una profunda influencia en la emancipación de mi tía y en la de Julita. Respecto a su casa, Florisa se limitó a enviar un telegrama al cuidador informándole que pasaría el verano en Santa Ana. 

Tal vez por el empuje de sexos ansiosos de placer, Florisa y Julita reaccionaron a mi súplica de encontrar una magia para que los tres pudiéramos alcanzar un placer fabuloso. A invitación de Florisa nos reunimos en su dormitorio y hablamos a calzón quitado, según el decir chileno. Mi punto fue que la sexualidad de cada individuo es única. Allí vivía un grupo de entes humanos donde había bisexualismo evidente. Florisa me parecía una mujer sensual y encantadora, oprimida por la presión de su hija. Julita había seguramente experimentado en la escuela de monjas el lesbianismo, principalmente con las mojas más jóvenes y con sus compañeras, en orgías organizadas en los dormitorios de las reclusas, lo que le acomodaba bien. Su placer con Fidelina lo comprobaba aún más y su corto episodio conmigo demostraba que era bisexual, a gusto con hombres y mujeres. Coincidiendo con la opinión de mi padre, yo dije que el sexo sin penetración era más seguro, limpio y aconsejable. 

Si no había condón era obligatorio. Los placeres orales son delicados y convienen a parejas o pequeños grupos de gente emancipada. El llamado lesbianismo es sólo enajenable sutileza sensorial, que sólo las mujeres tienen la finura y calidad de epitelios para poder gozarla. La desnudez es el estado natural del ser humano, y su encubrimiento explica la hipocresía del fanatismo religioso o de la intromisión social. Por todos los caminos —concluí— el sexo es natural, espontáneo y extremadamente individual. No tiene nada que ver con biblias o cualquier otra clase de anécdotas o fábulas religiosas. El bisexualismo es natural y es el ambiente y las experiencias sexuales de cada uno, lo que orienta la sexualidad adulta y definitiva. 

Julita confirmó sus relaciones con las mojas y sus compañeras. Afirmó que había gozado intensamente el sexo oral con Fidelina y deseaba frecuentarla. Me dijo con engreimiento que el clímax que le di en la cocina de su casa cuando le metí manos, había sido el más intenso de su juvenil existencia. Me avanzó que —con permiso de su madre— desearía experimentar conmigo sexo sin penetración, porque no deseaba quedar embarazada, y esperaba que mi sutil virilidad le aseguraría correrse cada vez mejor. Concluyó con inmensa sensualidad en sus divinos ojos verdes. 

Florisa tomó tiempo para resumir su pensamiento. Me señaló que mi seducción y galantería habían sido las más elegantes y refinadas de su existencia treintañal. Su inculto amante de unas pocas arremetidas sexuales, la violó brutalmente, creyendo hacer el amor, cuando ella tenía 16 años y era virgen. De esas horribles exiguas noches teñidas con la sangre de Florisa, nació Julita. Su hija merecía mejor. Nos aseguró que le agradaba y la tranquilizaba que su niña adorada tuviera ocasión de florecer sexualmente con un muchacho maduro, delicado y culto, y ella aprobaba nuestra experimentación. Ambos teníamos la Universidad por delante y sólo podíamos explorar nuestro placer sin compromisos afectivos ni consecuencias. En cuanto a sí misma, Florisa dijo que mi suavidad seductiva, segura y confiada, resucitó su sexo femenino aterrado. Deseaba seguir gozando esa magnífica nueva experiencia y me invitó a que la ayudara a restaurar su confianza en el hombre, con seducción original, refinada, delicada y sorpresiva como la de nuestra experiencia reciente. 

Su concepto de la virilidad era el de hombres con personalidad para saber seducir a sus hembras con elegancia, con humor y con completo control de sí mismos. Terminó argumentando que el incesto era un acto que la perturbaba, no porque se dijese inmoral sino porque el autoritarismo social lo condenaba. Ella tenía que liberarse de esta imposición social para sentirse a gusto con su hija y con su sobrino, porque ambos apetecían locamente a sus órganos sensoriales y genitales. 

—Me desagradaría tener razones de creer que soy una incestuosa homosexual —concluyó. Julita expuso: 

—Todo el mundo hace gimnasia para desarrollar sus músculos. Se aprende a comer equilibradamente para desarrollar los órganos internos. Se nada para ejercitar los pulmones y el corazón. Las glándulas sexuales son órganos que necesitan desarrollo. La función desarrolla el órgano, pero las religiones fuerzan a los púberes a esconder en una serie de supersticiones el desarrollo normal de sus órganos sexuales y el flujo natural de las hormonas. ¿Quién, mejor que una madre, un padre, o un pariente, podía ayudar a una chica como ella, a desarrollar sus órganos sexuales hacia su funcionamiento eficaz?… —contó—: Veo a menudo que el incesto es generalizado, si bien se disimula y se esconde por temor a la inquisición de la iglesia, al comadreo malicioso y a la criminalidad dogmatizada por los extremistas religiosos. En el colegio cuchicheamos con las chicas y muchas hablan de cómo sus padres juegan disimuladamente con sus clítoris y meten dedos en sus rajas, y cuánto les agrada. Otras van a visitar a sus tíos para dejarse acariciar, y dejarlos practicar sexo oral con ellas mientras ellas les chupan la verga. 

Muchas madres bañan a sus hijos varones hasta una edad en que no necesitan ayuda. Les excita sexualmente jabonar las partes varoniles de sus hijos y ponerles el miembro erecto, resultado que halagan entusiastas con chupaditas en el pene y otros mimos al milagro de un chiquito pene erecto. Niñas van a acostarse con las monjas y se lamen en los cuartos de las reclusas. La verga de Jorge se parece a la de otros hombres, pero Jorge me respeta, me aprecia y ha jugado conmigo con delicadeza. A ti, te ha hecho gozar, madre, con suavidad y respeto por tu cuerpo… ¡Eso me alegra mucho, mami, porque debes gozar tu belleza! ¿Qué hay de malo en ello?… Y ¿por qué no podemos ambas disfrutar de su delicado sexo, en la gran privacidad que tenemos aquí en Santa Ana? 

Yo intervine y argumenté que la Biblia y otras antigüedades religiosas confirman que el incesto fue inventado como pecado sólo en los tiempos en que las religiones se impusieron al ser humano y le dictaron su conducta. Le dije a Florisa que fuéramos a ver al cura de Curarrehue y le preguntáramos si hubo incesto entre los hijos, nietos y bisnietos de Adán y Eva… Si no hubo incesto, sería porque Dios creó una multitud enorme de seres, todos de diferentes familias, la primera semana, y las fábulas de la Biblia estarían completamente erradas. Hay que preguntar a los charlatanes religiosos si todavía hay incesto en las pequeñas aldeas africanas, perdidas en junglas inalcanzables… O si en las selvas Amazónicas en pequeñas agrupaciones humanas el incesto es un pecado, que condenará a todas esas aldeas a quemarse en un Infierno de un invisible Mefistófeles aterrador, que sólo es conocido y percibido por los oportunos religiosos que hablan por él. 

Nadie ha visto a Dios o a Satanás ni ha hablado con ellos. Uno pensaría que, siendo seres superiores al hombre, serían suficientemente inteligentes para hablar por sí mismos, directamente con nosotros, míseros pecadores… Ese Dios todopoderoso creó las enfermedades y nos hizo mortales para castigarnos de yo no sé qué… Y lo hizo porque nos ama, según los parlanchines religiosos. 

—¿Hay algo que una persona inteligente pueda creer sobre este Dios incierto y disparatado? Por todo eso, el incesto es otra mercadería religiosa cómoda para los fanáticos mórbidos que desean imponer su alterado y oportunista pensamiento sobre seres naturales y espontáneos. El incesto —agregué— tiene hoy día un problema técnico que tiende a apoyar a los sentenciosos. La ciencia nos dice que la similitud genética puede crear hijos imperfectos. Pero si el sexo es estéril el incesto no tiene la menor importancia. Nosotros, afirmé, hemos acordado soslayar la concepción y nuestra naturalidad sexual toca niveles exquisitos que no conciernen a los grandilocuentes entrometidos o a los onanistas solapados. Julita tiene razón. En Santa Ana los intrusos, pajeros o pervertidos no tienen ninguna jurisdicción. Sólo nuestra ética humana debe decidir nuestra conducta —y reí—. Yo soy el mono mayor y declaro Santa Ana mi territorio. 

Ustedes son mis principales consensuales y me ayudarán a raptar a todas las monas aledañas — los tres nos reímos largamente, sintiendo que el gran peso de la duda se había aligerado. Terminé, agregando—: 

-La calificación despectiva de “maricones” a los homosexuales y su persecución por los fanáticos, es otro intento de los intrusos de castigar a los bisexuales por tener algunas apetencias más intensas y vitales que otras. Son supersensibles en aspectos opuestos a las lesbianas. Yo, por ejemplo, aunque en colegio de curas, no he tenido esas experiencias, aparte de ver a los curas chupándoles el miembro a mis compañeros o metiéndose pollas por el ano, encerrados en los cubículos de los baños con las puertas entreabiertas para publicidad disciplinaria. Si no prestaban sus miembros o sus anos, eran castigados constantemente. Mi padre advirtió al Padre Ministro, que él llamaría a la prensa y haría un escándalo nacional, si un cura me tocaba. Mi padre tenía renombre como distinguido académico universitario y consejero especial del Ministerio de Economía. El cura Ministro sabía que mi influyente papá no tenía pelos en la lengua. Bastó su ultimátum para hacerse respetar tácitamente y el cura mayor pasó la voz al rebaño que yo era intocable para curas y para estudiantes. 

Esto me lo contaron compañeros muy viriles, que se alegraron de la intervención de mi padre. Yo le agradezco mucho a mi progenitor porque a mí sólo me gustan las hembras y nunca he sentido el deseo de experimentar. 

Les besé galantemente a ambas los pezones y dije: 

—Esto es lo que me excita a mí, como todas las partes del cuerpo femenino limpio, perfumado a hembra excitada deseosa de sexo —y proseguí calmadamente a meter mis manos en sus clítoris—. El olor a hombre que hay en los gimnasios me repugna. Tal vez porque no tengo ninguna experiencia homosexual, mi deseo por la hembra es supremo e imperioso y motiva todas las fibras de mi ser. Percibo la fragancia de una hembra como un toro huele a una vaca en celo, cuyo aroma flota a la distancia… —saqué mis manos de sus vulvas, las olí una a una y declaré: 

—Dos exquisitos aromas y dos enigmas distintos, dos coños diferentes que picotean cruelmente mi sexo erguido y listo para una contienda que no intentaré hasta que ambas lo autoricen —en seguida expliqué: 

—Me he interesado en leer sobre la sexualidad desde que Lastenia, mi bendita amante discreta desde los doce años, me enseño todo lo que sé de sexo, desde el punto de vista femenino. Lo que me impresiona es que los escandinavos y otros pueblos nórdicos son tan naturales como nosotros en sus prácticas sexuales. En Islandia, cuando un hombre invita a cenar a una mujer por primera vez, y si ella acepta, está entendido que irán al piso de uno de los dos y gozaran sexualmente toda la noche. Está claro; no hay necesidad de discutirlo. Los romanos no mencionaban la homosexualidad porque no había vocablo. Todo lo sexual era natural y lo practicaban como lo sentían. 

El caso de Enrique Octavo de Inglaterra es interesante. Como todos los monos mayores de la época, Enrique estableció su gran territorio y tuvo un gran número de consensuales. Pero la Iglesia ya se había apropiado del pueblo inglés y el mono mayor tuvo que casarse ocho veces para poseer algunas de sus presas. Eso llevó al asesinato de algunas de sus esposas unidas a don Enrique por Dios Todopoderoso… ¡Como pueden ver, hermosas damas, Dios Todopoderoso tiene una edificante influencia espiritual sobre nosotros, míseros pecadores!… Retrocedamos hasta el Eslabón Perdido. Nuestros abuelos monos tenían una conducta exactamente como la nuestra, totalmente natural, espontánea y bisexual. Esos monos, como los de hoy, establecían sus territorios. Cada macho mantenía a sus consensuales, hijas y madres, y trataba de atraer a otras hembras del exterior. Las hembras practicaban y practican el lesbianismo. Los machos, porque estaban en guerra cuidando sus territorios, no eran homosexuales. Hoy día en los Zoológicos vemos que la homosexualidad entre machos es corriente. No creo que se pueda atribuir malicia pecaminosa castigada por un Dios todopoderoso, a la conducta natural y espontánea de los monos, nuestros parientes lejanos. En las religiones que controlan el espíritu del ser humano, el sexo se transforma en una inmundicia degradante, inhumana y pecaminosa, condenada por las Iglesias y castigada por los propios Dioses cuyos amuletos, estampitas y otras bagatelas son mercadeados contra su celestial perdón en esas iglesias. Los pecados relativos al sexo son los que rinden más dinero a los mercaderes y logreros religiosos. Los pecados de la mentira o el robo, por ejemplo, no dan ningún dinero a los marrulleros religiosos. Por eso, los políticos son tratados como hombres rectos por los curas. El robo, la mentira, la gula, la envidia son pecados que están puestos de relleno. 

Son un ripio sin utilidad que disimula el hecho de que las religiones están obcecadas solamente con el sexo. ¡No hay pecado alguno en mentirle al pueblo y robarle lo poco que tiene! Para agnósticos convencidos, como nosotros, ese tipo de religión comercial es un circo y su lavado del cerebro humano debiera pasar por encima de nuestras cabezas. Esa fraudulenta filosofía es lo único que se opone a nuestra libertad sexual, más allá de los portones de Santa Ana. Ellos respetan lo suyo al otro lado del portón. Nosotros construiremos nuestro paraíso a este lado. “Yo soy el Mono Mayor, señoras mías, y ustedes son mis adorables consensuales, cómplices en nuestros raptos y redadas de las hembras que anden sueltas en otros territorios. Agudicen su exquisito lesbianismo y no se dejen atrapar por esos monos abusivos y violentos que están al otro lado del portón” —y terminé: 

—Perdonen por la conferencia pero tenía mucho que decir y hay mucha rabia en mi espíritu de colegial bajo los curas. ¡De ese maldito colegio salen los mejores profesionales chilenos! ¡Las deseo a ambas tórridamente y quería convencerlas por completo!

Julia confirmó que siempre le había gustado la exquisita feminidad de su madre, y confesó que la espiaba a menudo, halagándose el clítoris cuando su madre se acostaba. 

—Así lo he experimentado naturalmente sin malicia alguna, desde que noté el placer que se escondía en mi clítoris. No me avergüenza decir que el lujurioso cuerpo de mi madre me excita locamente probablemente tanto como a Jorge… ¡Y qué, es radiantemente hermosa! Ahora —continuó— por consentimiento mutuo, gracias a la profunda amistad e intimidad que existía con su madre, se ayudarían madre e hija al desnudarse, tomarían su baño juntas y se darían placeres orales o se ayudarían a masturbarse porque todos esos eran meros juegos genitales que les complacían muchísimo a ambas y no tenían nada de pecaminosos entre gente civilizada, natural y espontánea.

Besó a su madre en la boca, con mucho recreo de lengua, le abrió la blusa que dejó escurrir por su espalda y le acarició los senos. Bajó una mano al clítoris e hizo estremecer a Florisa —y me dijo: 

—Te das cuenta lo caliente y reprimida que mi madre está. Tienes que darle mucho placer, Jorge, porque si no yo me voy a enojar contigo. 

Observé la excitación hermosa y temblorosa de Florisa que vibraba con los mimos de su hija. Enseguida, Julia se me acercó, me beso y me hizo besarle sus tetitas. Sonrió a su madre con picardía y le ofreció: 

—Anda, vieja, te lo dejo. Cómetelo a tu gusto. Mañana es mío. ¿De acuerdo? Yo voy ahora a gozar con Fidelina —se alejó, se levantó la falda bajo la cual no había pantaleta y nos mostró sus nalgas firmes. Desde la puerta se volvió con la falda levantada, se me acercó y me dijo: 

—Hale, Jorge, dame lengua como lo hiciste con la Carlota. ¡Dice que eres estupendo! 

—Tú elegiste mañana como tu turno. Aclárate, malcriá’, que hoy día pertenezco a Florisa. Se bajó la falda y me sacó la lengua: 

—Tú te lo pierdes, huevón. Ponderando cuidadosamente sus palabras, agregó: 

—Está claro que a nosotras las mujeres nos gusta jugar al sexo, con hombres y mujeres por igual, porque es castizo, picante, vivaracho y placentero. Es limpio, inocente y no tiene nada de pecaminoso como dicen muchos. Con hombres hay que usar medios anticonceptivos, mientras no se deseen críos. Nosotros estamos apenas empezando a gozar esta primitiva sensualidad culta y exquisita, que está a nuestro alcance en nuestro territorio, donde no hay intrusos pervertidos o tristes pajeros dogmáticos… Despertemos al placer de nuestros cuerpos… Somos jóvenes, genuinos y naturales… Gocemos nuestros órganos del placer lo más intensamente posible… “Adieu, maman”, jódelo bien… y perdonen mi franchute… Chao, Mono Mayor, tu tímida monita te lo dará mañana, puesto que no quieres darme lengua ahora mismo… Chao, y jódete, marica —concluyó y cruzó el umbral. 

Lentamente me puse a la espalda de Florisa y la ubiqué frente al espejo besándole el cuello y galanteándole los senos. 

—Recuerda las divinas nalgas de tu hija que noté que te excitaron —le balbucí— y con esa imagen te vas a estimular mucho más. Sus pelillos púbicos son excitantes… ¿Te hubiera gustado verme metiendo lengua en esa preciosa rajita, tan exquisita Florisa, como la tuya?… La hice mirarse en el espejo su busto desnudo por Julita y le pedí que me desnudara, poco a poco, a su ritmo y placer y que hiciera con mi cuerpo lo que su sexo le pidiera. Yo le mostré en el espejo la preciosidad de su cuerpo y le pedí que observara los aspectos de su hermosura que la halagaran y los comparara mentalmente con los de su hija. 

Era ese cuerpo la esencia de su goce, el grito hermoso y seductor de su más íntimo ser. Su excitación por su propia belleza —le susurré— era la expresión de su bisexualismo exquisito, que le ayudaba a intensificar su placer. El mirarme a mí desnudo con mi polla tiesa mientras imaginaba que lo tenía adentro de su coño, agregaría a su excitación. Nuestra respiración se iba gradualmente intensificando, mientras yo le musitaba al oído lo que a mí me impresionaba de su cuerpo, apretando los pezones de sus senos. Ella replicaba con gemidos cortos casi ahogados, mientras me acariciaba suavemente las nalgas. Con sólo el balbuceo sensual ambos nos corrimos al unísono, mordiéndonos los labios. Yo terminé a chorros. Ella acabó por gotas. 

Una vez reposados uno y otro de una vaciada exquisita sin penetración, le pregunté a Florisa: 

—¿Había usted pensado, hermosa Florisa, que un sexo de este calibre suave y delicado era posible? Movió la cabeza indicando que no, y agregó: 

—¿Dónde estaban los hombres como tú hace quince años? 

—Esos quince años están muertos y enterrados en el tiempo. Hoy tiene aquí un varón joven, fogoso y viril que está loco por complacerla. Sé de sus experiencias penosas y la cautivaré con constante ternura pero sólo la penetraré cuando usted esté bien dispuesta. En ese dominio quedo totalmente en sus manos. Usted tomará las iniciativas que le plazcan. Con penetración o sin ella, usted mi Florisa vibrante y placentera, me llena completamente. 

Le conversé de la sexualidad de Lastenia, mi profesora en el arte del placer. En mi opinión —manifesté— yo soy un varón privilegiado, tal vez único. Empecé a gozar mi sexo a los doce años, exactamente cuando mis hormonas comenzaban a necesitarlo, sin que religiones me hayan llenado la cabeza con sus fábulas pecaminosas. Lastenia me ha hecho el corcel robusto, franco y natural que soy hoy día. Le sugerí que debían conocerse y hacerse amigas. Allí tendría una compinche sin prejuicios y con mucha sabiduría sexual. Ella le ayudaría a saltar la pesadilla social de la mediocridad comadrera. 

Recuerdo que Fulgencio nos recibió con fingida cortesía. Nos invitó a sentarnos sobre sillas hermosas del estilo de Luis XV. Indalecio y la viuda se sentaron en las esquinas de las sillas, tímidos y decorosos. Segundo, miró su silla de arriba abajo y explotó: 

—¡Vaya con los chismes “gonitachos” de los ricos! Yo reí. 

Indalecio y la viuda se miraron y bajaron la cabeza avergonzados. Fulgencio dijo: 

—El Sr. Fuenzalida que será diputado el lunes, se ocupa muy bien de sus intereses. Hace día vino a verme en representación de ustedes y me informó que peones de mi hacienda les molestan frecuentemente en la angostura de la vertiente. Ustedes deben comprender que soy un hombre muy ocupado. Tengo negocios aquí en esta hacienda y en Villarrica, Loncoche, Temuco, Curicó, Rancagua, Santiago y otros lugares en el Norte. En este sitio estoy apenas un día por mes para prever las actividades del mes siguiente. La autoridad esta en mi capataz, hombre trabajador y duro, pero limitado —me miró y continuó: 

—Usted, joven Torrealba, comprende que la autoridad en manos de ignorantes llega al abuso y al exceso déspota. Mi capataz es uno de esos hombres limitados, pero es leal. Mi imperio comercial lo necesita. Tomó un trago de vino blanco y continuó: 

—Fuenzalida me explicó claramente esta contrariedad y yo decidí corregir el problema de una vez por todas. Acabo de enviar una cuadrilla para que habiliten una entrada desde sus terrenos hasta la Angostura que será cercada con alambre de púa. Es un terreno que les regalo donde mis peones están prohibidos de poner pié. De esta manera, creo que la Hacienda no les molestará nunca más. Para sorpresa de todos dio un palmazo y una criada visiblemente araucana entro con una bandeja dorada con elegantes copas de vino blanco. Fulgencio ofreció un trago a todos los presentes. E invitó: 

—Brindo por mejores relaciones vecinales. Salud. Después de beber un sorbo, creí que me correspondía responder, y dije: 

—Esta región se ha poblado en los últimos veinte años. Hay gran riqueza forestal que ha atraído toda clase de aventureros. Nos complace ver que el ancestro de este lugar empieza a ser respetado por los recién llegados. Don Fulgencio, le saludamos con reverencia por una acción humana y justiciera. 

Segundo no podía quedarse callado en tal ocasión. Pasando su sombrero de una mano a la otra repetidas veces, dijo con su vozarrón de trueno: 

—El futre Fulgencio nos deja tranquilos. ¡Eso es justo y era tiempo!… Pero me digo, ¿quién me va pagar la vaca cla’ela que se murió de sed el año pasa’o porque sus peones chacotean con lo que es nuestro? Yo no tengo que dar gracias a naide, pero acuso a su capataz. ¡Al menos debiera pedir disculpas! 

Fulgencio hizo un gesto al Ñato quien llamó al capataz que estaba en la antesala. Cuando entró, Segundo sonrió… Le faltaban los dos colmillos izquierdos y todavía se notaban los moretones en ese lado de su cara. El capataz balbuceó sus excusas y se retiró. Al pasar frente a Segundo este le dijo en voz baja: 

—Si nos jodes otra vez, te saco los dientes que te quedan, jijuna. 

Terminado el acto, invité a mis amigos a unas copas en Santa Ana. Julita y Florisa se habían ofrecido a ir a buscar a las familias en nuestro cabriolé. Cuando llegamos a nuestra mansión todos estaban en el salón, Fidelina, Luisa, Carlota, Joaquín, Francisco, Primero y Segundo. Lastenia, como ama de casa, dirigía a las domésticas. Había una mesa llena de entremeses, empanadas, quesos, jamón cortado, pinchos y varios tipos de postre. Las empleadas servían el vino. Unas dos horas más tarde, todo el mundo estaba entonado. La mansión tenía 17 dormitorios de los cuales más de diez estaban disponibles. Al extremo opuesto del patio trasero estaban las habitaciones de los sirvientes y domésticas, donde también había regularmente actividad sexual. 

Yo llamé a Lastenia aparte y le pedí que hiciera regalo de su precioso cuerpo a Indalecio. Le señalé que en el dormitorio dorado yo había hecho poner escobillas de dientes, pasta, jabones aromáticos, navajas de afeitar y condones. Lastenia me ayudaría a que mi querido amigo, protector de mi infancia, tocara el cielo. Lastenia me sopló: es un viejo fuerte y bien dotado. Saldrá de aquí mañana con apenas el resuello para llegar a su casa. Julita se apegó a Francisco. La viuda sedujo al Joaco. Florisa atendió a Fidelina quienes pasaron la noche conmigo. Los hijos de Segundo se retiraron pronto porque tenían trabajo que completar muy temprano, al día siguiente. Segundo y Luisa se embriagaron rudamente y se pusieron a joder en la escalera principal. Todos los que subían veían a Segundo jodiendo como un domador de potros y a Luisa como una arisca potranca corcoveando. Doña María y su bisexual tirada a lesbiana, ni siquiera mostraron la nariz. Borrachas desde el almuerzo estaban en su salón privado.. En la madrugada, Florisa y Fidelina decidieron dormir pues estaban agotadas de un sexo intenso donde yo me contuve y no eyaculé. Me gustó observar sus placeres lesbianos como un amateur admira a un Goya en el Museo del Prado. La belleza esbelta y elegante de Florisa se entrelazaba plácida y arrobadora con la hermosura virginal del cuerpo ondulado de Fide, que explotaba en el goce erguido de sus puntiagudos y firmes senos. Se besaban sus clítoris y gemían de placer. 

Ser espectador me pareció más elegante que participar. Cuando durmieron, yo fui a la cocina donde encontré a Luisa que estaba algo disipada después de tomar varios cafés. Me dijo que quería hablar conmigo. Con sendas tazas de café fuimos a un salón privado cerca de la cocina. 

—Jorgito, mi niño, el Segundo me cuernea con la primera que encuentra. Yo lo aguanto porque lo quiero y folla muy bien con esa polla tan hermosa que Dios le ha dado. Es capaz el hombre… Dios este hombre me excita. Ahora está borracho y yo estoy caliente a muerte. Nunca le he puesto los cuernos, pero ahora no me contengo. Mi niño hermoso, échame un polvito, ¿quieres?… Venga, venga, saque su cipote , mi Jorgito querido… 

La mujer se sacó las bragas y puso mi mano en su sexo. La retiré inmediatamente y tape su cuerpo con su falda. 

—Señora, Ulloa, Segundo es mi amigo y lo respeto. Su cuerpo es bello y tentador pero no puedo follar a la mujer de un amigo. Mastúrbese si quiere, pero yo no la voy joder. 

—Mi niño buen mozo, deme su mano y ayúdeme. Es todo lo que le pido. Estoy caliente que reviento… La paja no me calma… —se subió la falda, me tomó una mano y me hizo acariciarle el clítoris, luego se desnudó y me puso un seno en los labios diciendo: Así, así, Jorgito de mi vida. Doña Luisa era fuerte, de carnes firmes bien torneadas. No le costó mucho esfuerzo ponerme de espaldas en el sofá para plantar su vulva en mis labios, abrirme el marrueco y poner mi verga en su boca. Yo estaba muy excitado por no haber eyaculado en los juegos de manos con Florisa y Fidelina y no pude resistir el aroma de hembra que hinchaba mi nariz. Comencé a lamerle los labios de su vulva que eran suaves y fragantes. Luego, le chupé el clítoris en crescendo de suave a violento y mordiente. Su goteo caliente me bañó el mentón. La mujer se ahogaba en balbuceos de placer, hasta que cayó extenuada sobre mí, cuando mi miembro le lanzaba borbotones de mi esperma en su garganta. 

Me levanté, compuse mi ropa y fui a ver dónde estaba Segundo. Lo encontré roncando en los peldaños de la escalera, en el mismo lugar donde lo había visto al bajar. Me sentí aliviado, y volví a la cocina donde Luisa, vestida sueltamente exhibiendo sus senos, sorbía café. Me miró sonriente y maliciosa: 

—¡Me sacaste el alma niño macho! Eres mejor que Segundo, y eso es decir muchísimo. Vamos, machito calentón, no perdamos el tiempo… A Segundo le quedan horas de borrachera —dijo ansiosamente, abriéndome la bragueta y sacando mi miembro erguido. La contuve y dije: 

—Basta de errores, doña Luisa. ¡Hay que parar de inmediato! Váyase usted a su casa inmediatamente —la tomé de un brazo, le compuse su ropa y la acompañé a la puerta. Sentí que había traicionado mi propia ética. Sin desearlo, pero con poca resistencia, había traicionado a un amigo. Debía corregirlo lo antes posible. 

A la mañana siguiente, a eso de las diez, me preparaba a montar a caballo cuando Julia salió corriendo y me gritó: 

—¿Dónde vas?… 

—Donde Segundo —respondí. —Voy contigo —y la ayudé a montar al anca de mi potro. 

En el camino le conté lo que pasó con doña Luisa donde yo terminé chupándole el clítoris y ella me sacó mis jugos. Iba a darle un buen raspacachos a Segundo de amigo a amigo. Julita me dijo: 

—Bravo, macho, chupaste un coño exquisito, según dices, y ahora vas a descubrirla ante su marido. ¡Vaya discreto amante que se buscó la pobre!… 

—No, mujer —repliqué—, la Luisa parece que no puede vivir sin una verga en su jugosa y suave vagina. Me voy a asegurar que para el resto de sus días doña Luisa vive con una buena polla bien clavada entre sus piernas, que no será la mía… —después de reír mucho anticipando mi plan, le hice ver a Julia que no debía preocuparse porque mi único objetivo era ayudarlos a los dos. 

Julia pretendería ir a buscar plantas del jardín de Luisa y se alejaría a tiempo para que yo hablara seriamente con la pareja. Le pregunté: 

—Dime, linda, ¿qué hiciste anoche con Pancho? 

—No mucho. En cuanto me bajó el calzón se corrió como un borrego. Tuve que pedirle que me chupara para vaciarme yo. Lo hice chuparme largo tiempo porque quise correrme bien. Le enseñé a usar su lengua e introducirla bien adentro. Me sacó penosamente dos orgasmos. Yo lo masturbé y se corrió varias veces, porque en cuanto me chupaba las tetas se le volvía a parar, y estaba listo para que le siguiera haciendo la paja y se corría de nuevo. Francamente, los muchachos de pueblo chico y los campesinos son unos memos. O son violentos, o son torpes. 

—Lo comprendo. ¿Te imaginas tú a un pobre campesino inculto teniendo el regalo del cielo, de acariciar un precioso cuerpo como el tuyo o besar unas tetitas así de ricas? Es algo que él no olvidará en el resto de sus días. Tú, en cambio, ya lo has olvidado. 

—Sí pero ahora que me hablas, lamento no haber sido más generosa con él. Debí decirle que me agradaron sus caricias en mis senos, que me excitó verlo correrse, en fin, fui altanera con un chico que me admiró. 

—No te reproches, estás apenas madurando… Imagínate que él se hubiese enamorado… Él y tú tendrían muchos problemas y terminarían peleando. … Hay que ser un poquito egoísta para aprender a ser generoso. Ahora tienes que conservar en tu pensar que le diste la noche más bella de su vida. Ahí está tu inmensa generosidad… Tú embelleces la vida de los demás… Tú regalas hermosura a borbotones. 

Luisa estaba sentada en el patio, a la sombra de un pino. Segundo estaba adentro, durmiendo la borrachera de la noche anterior. Cuando la mujer me vio hubo pánico en sus ojos, y su rostro palideció. Le dije que despertara a su marido porque yo tenía urgencia de hablar con él. 

—Anda Jorge, te suplico… ¡por favor, no me delates! —balbuceó con genuino miedo en su mirada esquiva. Cuando Segundo salió refregándose los ojos, le dije seriamente: 

—Necesito hablarles de amigo a amigo… A usted, Segundo y a usted, Luisa —declaré serio, circunspecto y con inflexión aparentemente airada. Julia dijo que iba al jardín detrás de la casa a buscar las plantas prometidas por Luisa. Quedé sólo con la pareja, pues los hijos trabajaban desde temprano en los cultivos. Luisa temblaba pávida. Segundo miraba lejos, evitando mis ojos. Hablé fuerte como si estuviera enojado. 

—Don Segundo, usted me agravió mucho anoche y he venido a reprenderle francamente su falta de respeto por su mujer, doña Luisa, aquí presente. Anoche usted se emborrachó y dejó a su mujer abandonada, como un trasto. La vi temprano esta mañana sola tomando café en la cocina, antes de volver a su casa… —me acerqué a mi amigo, le remecí los hombros y sentencié—: Y óigame bien, don Segundo Ulloa, doña Luisa lloraba, triste y con mucha pena en sus ojos… Eso no es de anoche solamente, viene de mucho mas atrás. 

Luisa abrió sus ojos sorprendida. Le sonreí, viendo que Segundo miraba el suelo. Había gratitud y contrición en su mirada llorosa. Segundo mantuvo su postura cabizbaja y avergonzada. 

—Tiene usted una mujer hermosa, caliente y de un cuerpo estupendo. Ella lo quiere con cariño y lealtad y usted la deja como una basura para ir a correr las faldas de las putas de Curarrehue. Dé gracias a Dios que su mujer es honrada y lo quiere, porque otra andaría putueando para sacarse la rabia —noté que Luisa me miró sensual, abrió sus piernas y se sobó su raja por encima de su falda—. He venido a advertirle que si oigo que usted continúa jodiendo putas a diestra y siniestra sin respeto por doña Luisa, ella, si lo quiere abandonar a usted por bruto, putero y viejo verde, tendrá empleo en mi casa. ¿Entendiste?… —le grité extremando mi reproche—. Esto es lo que yo pienso. Ahora quiero oír lo que tú piensas. Nada de excusas. Hablemos de hombre a hombre. 

Luisa se acercó a Segundo lagrimeado: 

—Anda, niñato grandulón, viejo niño, el patrón te habla. Dile lo que sientes. Él te va a comprender. Está enoja’o pero es nuestro amigo… Escúchalo… Él te va a comprender… ¡Desembucha, como me lo has platica’o a mí! —se puso una mano bajo la falda y se acarició las nalgas mientras me miraba fijamente… Lentamente fue a sentarse en una silla cercana y levantó una pierna sobre la otra, dejándome ver su vulva. Con las manos se acariciaba sus senos, y se veía excitada. Segundo seguía con su vista clavada en el suelo y respondió: 

—Las putas de Curarrehue son requetefáciles… Te las consigues con una copa de vino y un par de pesos. Te ponen el culo en las narices. Eso es todo. Tengo fama de machote y afirmo lo que soy. Me llaman el Siempre Listo. Eso es casi tan fácil como contar chistes… Mi mujer no tiene nada que ver con esas leseras… Ella es única… Es mía… Y me quiere… No merece sufrir porque yo soy un salió… Debiera patearme por necio. No vale la pena ser tan fanfarrón —gritó, con los ojos húmedos de emotiva rabia. 

—Eso es lo que debes gritarte a ti mismo hasta que te entre, carajo, y repetirlo cada vez que en Curarrehue se te pare la picha. Ahora te vas con Luisa a tu pieza y se encierran a pegarse polvos hasta que la verga se te caiga debajo de la cama. Duerme y mañana haces lo mismo hasta que la polla te duela. Y cuando vayas a Curarrehue no te emborraches y piensa que al volver a casa tendrás que darle a doña Luisa, por respeto y cariño, tantos polvos como ella quiera. Tienes un águila en tu cielo y ahí estás malgastando pólvora en gallináceos. De ahora pa’elante vas a ser don Siempre Listo pa’ tu mujer solamente. Una mujer tan brava no merece un marido tan perro como tú. Te juro, carajo, que si le haces una perrada más a Luisita, yo voy a venir ende que estés en Curarrehue y me la voy a joder hasta que me duela la polla… ¡Ahora, los dos a la cama!… — ordené, a carcajadas. Julita que se escondía tras el muro lateral de la choza, había oído toda mi filípica. 

Salió aplaudiendo y riendo… 

—¡Eso es!… ¡A la cama!… ¡A la cama!… A ver Segundo, muestra lo salío que eres… Porque con putas cualquiera lo hace. Vamos a ver lo que puedes con una linda hembra calentorra que te adora, como Luisa, que se deshace por ti… Capaz que no se te pare la pija… Vamos, sácala ahora mismo para que todos veamos que eres pura boca y no se te para —rió mi prima. Y luego lo enfrentó: —Me repites a menudo que soy bonita… Cuando me ves, tus ojos se vuelven locos con mis tetas… Míralas… Aquí las tienes… —y se abrió la blusa y sus senos brillaron al sol. —.Anda, toca mis tetitas… ¿Ves las puntitas?… ¡Chúpalas!… ¡Jódeme aquí mismo, delante de Luisa!… ¿No te atreves?… Entonces anda a follar con Luisa hasta que te perdone. Y no me vuelvas a mirar con ganas de cepillarme… ¡Yo no nací pa’ ti, trotaculos, mujeriego!… Ese es el placer de Luisa, solamente… Si sigues puteando, le vas a traer una pringa a tu buena mujer que no la merece… ¡No lo olvides jamás, putero! —se acercó a Luisa, le quitó la blusa y le sacó la falda, dejándola desnuda: 

—Mira, Segundo, Luisa es tan rica como yo y está aquí a medio metro de tu sexo, completamente a la disposición de tu cipotón… Sus tetas son tan buenas como las mías… ¡Mira, Segundo, esta raja que estoy abriendo para que te deleites, está hecha para verdaderos machos, no para puteros!… Mira como le beso la chucha… Capaz que se te pare entonces porque las putas de Curarrehue deben lamerse así… ¿Eso te calienta, putero? Trata de joder a Luisa como si fuera una puta… ¡Capaz que comprendas y te enamores de su delicioso cuerpo, putero necio y depravado!… 

—por primera vez me encontré incapaz de decir una sílaba. ¡Julito lo dijo todo! Los endilgamos hasta la puerta de su dormitorio y Segundo habló: —Alto patroncito, de aquí pa’elante es priva’o —agarró a Luisa de una nalga, porque Julita la había dejado en cueros, entraron a la pieza y Segundo dio un portazo, para ocultarse avergonzado. De adentro gritó con voz quebrantada de emoción: —Gracias don Jorge… Perdóneme Julita… 

—Nada de gracias, cabronazo… Ni de perdones tampoco… Cuando estés en Curarrehue puteando, yo estaré en tu cama con la Luisa dale que te pego… Eso es, te desafío a ir a putear. Luisita y yo lo vamos a pasar de lujo —le grité entre risotadas. 

Julita y yo les oímos llorar entre risas. Cuando nos alejamos le pegué un último grito a Luisa: 

—Doña Luisa, amarre a Segundo a la pata del catre. Mande a alguien a buscar vino a mi casa. Cada vez qu’el machote, don Siempre Listo, salga pa’ lejos, mande un peón a ’uscarme Luisita. Vendré galopando pilucho, a poto pela’o. Siempre a su servicio, misia Luisita… Vendré al galope con el coso parao, ende que usté’ me llame… Lo vamos a pasar de lujo, misia Luisita —terminé, imitando el hablar campesino, riendo con la barriga a punto de explotar. Avanzamos unos cuantos metros alejándonos de la vivienda en dirección a mi potro y comenté: 

—¡Ay, Ay, Ay!… hablaste requetebién, mocosita linda —indiqué yo, admirado. 

—Nada, Jorge. Es que pensé en mi madre… y de veras me enojé.

Capítulo VI.- La virginidad de Julita

Frente a la choza de los Ulloa, monté a mi primita al anca de mi potro y nos encaminamos hacia la cumbre del cerro detrás de la Casona. Nos detuvimos allí brevemente a buscar una merienda, y echar unas cuantas cosas en nuestros sacos de espalda. Fuimos hasta un par de kilómetros detrás de la mansión donde comienza el sendero de subida a la empinada colina. Dejamos al potro desensillado con un largo lazo atado a un árbol para que comiera pasto pero no se alejara. A medida que se sube, los senderos se estrechan en las laderas y es peligroso hacer subir caballos cargados porque pueden perder pié y precipitarse cuesta abajo. Es más seguro subir a pié con no más que un saco de espaldas y un canasto de picnic. Para muchachos jóvenes y ágiles la subida tarda una hora. Julita y yo llegamos sudorosos cerca de la cima tal vez a la una de la tarde y nos sentamos a merendar pocos minutos después, en un claro empastado limpio, a la sombra de unos pocos árboles. En el canasto había pollo asado al horno, longaniza servida en rodajitas, diferentes variedades de queso, dos botellas de vino y dos marraquetas de pan. Había servicio indispensable y vasos para el vino. Julita se ocupó de servir la merienda, diciendo: 

—Los pijecitos santiaguinos sólo saben comer cosas extranjeras, importadas de no sé dónde.” Yo me ocupé de servir el vino y de cortar torrejas de pan. Llevaba cámara fotográfica en mi saco, para tomar las vistas más hermosas del mundo entero. Era un tributo a esa prima de cuerpo firme, erguido y esbelto, de cabello castaño, de ojos verdes insondables y de curvas sensuales. Cuando vio la cámara me dijo: 

—¿Me vas a sacar desnuda? Repliqué: 

—¡No se te ocurra! Los carretes hay que hacerlos desarrollar en Pucón y tu nombre terminaría en todas las cantinas y casas de putas. El próximo año te haré estrella porno para nuestro mundo secreto solamente. Traeré a la mansión un laboratorio fotográfico completo y trabajaremos nuestro arte en el sótano. Mi feérica Diana mitológica de conejito hirsuto, fragante y juvenil va a fotografiar a Dios, a Satanás y a todos los firmamentos que se disputan esos dos impostores. Julita rió. 

—Calla, bellaco, que esos tíos te van a mandar un rayo. Mira como está de oscuro allá lejos, detrás de ese volcán. Saqué de mi saco dos toallas y fuimos hacia un promontorio al centro de la meseta desde donde se veía un paisaje inmenso de volcanes y lagos, de valles y ríos, de diáfanos cielos acariciados por nubecillas cosquillosas y amenazados en la dirección opuesta, por nubarrones grises, eléctricos y explosivos. Una mitología extraña casi inmortal poseía ese cielo plácido con atronadores guerreros recónditos, solapados tras las más lejanas cimas de los Andes. Era un sentimiento de privacidad en la inmensidad del firmamento. En la cumbre del promontorio tendí las toallas en el pasto. Le dije a Julia: 

—Voy a tomarte fotos.. No te desnudes, sólo ábrete dos botones en la blusa para que inmortalicemos tu declive tan erótico… Ese declive contundente, con el que me diste un nocaut en tu casa cuando recién te vi. Ahora, mujer, ponte seria. Esto es arte, pueblerina, no es pornografía. Le chupé los pezones y acaricié sus pechos que se endurecieron puntudos, y acomodé su blusa para que el declive se viera muy excitante. Le solté el cinturón y su pantalón con la cremallera parcialmente abierta se apoyó en sus caderas. Ella se anudó las faldillas de la blusa bajo sus senos, dejando bien al descubierto su vientre sensual y voluptuoso, bajo el cual se veía una breve línea de pelillos finos y crespos de un color castaño oscuro, que se extendía hacia su ombligo. Era la visión carnal de una chiquilla voluptuosa e indolente en el vestir. Le pedí que, sonriente, mirara juguetona los volcanes y lagos apuntando a donde mirara. 

—En fin —le dije—, eres un tipazo y sabes ponerte en poses artísticas o seductoras. ¡Muestra tu genio, niña! 

Cuando terminé el tercer rollo le indiqué que descansara mientras yo tomaba instantáneas paisajistas. Con lentes telescópicas tome vistas de cimas de volcanes a cientos de kilómetros que se veían cercanas con detalles nítidos, como desde un avión a 5 mil metros de altura que volara alrededor de las cumbres. Mientras yo fotografiaba la inmensidad del horizonte, Julita se desnudaba displicente y coqueta y me miraba, acariciándose el clítoris. 

—¡Así que te chupaste el exquisito conejo de la Luisa, bribón!… ¡Pero, no huele mejor que mi chucha!… Dices bien, esa raja es memorable y me gustaría arreglar con ella para chuparnos con tranquilidad… Le voy a pedir a la Fide que la invite a nuestras orgías… Estás invitado, Jorge… La podrás chupar de nuevo, depravado —me lanzaba a carcajadas—. Ella dijo que eres mejor que Segundo. Jorge, pruébalo y mételo grande y duro como debe ser la polla de Segundo… Me hubiera gustado que ese sinvergüenza la hubiese sacado… ¿Te hubiera gustado verme chuparle la verga? Me gustaría que me lo colocaras duro, como un potro… Yo me pondría sobre el vientre en una roca inclinada, te daría mi culo patiabierta y te recibiría todito entero, aunque me rajes… Han pasado unas dos horas… ¿Cuántos polvos se habrán pegado? … ¿Cuántos te pegarías tú, pijecito santiaguino, en un par de horas? … ¡Oye, huevón, contéstame! —no respondí ni me inmuté. Seguí presumiendo de artista hasta tomar tres rollos más de naturaleza viva, en la Cumbre de Dionisio, como llamábamos a ese cerro empinado. Me desnudé y me deslicé en el regazo de Julita. 

—¿Dime, Jorge, crees que estoy virgen?… —Si nadie te ha penetrado estás más virgen que la mujer del carpintero. A Joselito no se le paraba y la pobre tuvo que parir por obra del Espíritu Santo. Dicen que Jesús salió como un suspiro y el himen de la Maruja quedó intacto. Fíjate, niña, las cosas que pasaban antes. Ella afirmó que no había permitido a ningún chico que la penetrara. Casi toda su experiencia era oral lesbiana y algunas veces había permitido que las chicas le entraran la puntita de un dedo, pero siempre les había sujetado la mano porque tenía horror al dolor de la ruptura del himen. 

Me mojé el meñique con saliva y le dije: El doctor Desimismo Seguro, de vasta clientela santiaguina, hará una operación exploratoria. 

Le metí el meñique en su preciosa vulva selvática e hice girar mi más fino dedo en torno del anillo más estrecho que, sospeché era el himen, porque yo no conocía otras vaginas que las de Lastita, Florisa, Carlota y Luisa, todas bien desvirgadas. Le dije: 

—¿Te duele? 

—¡No, es riquísimo!… ¡Sigue!… ¡Sigue!… 

Decidí pues acariciarle el himen con la yema del meñique en el sentido circular apretando paulatinamente contra el muro vaginal a medida que la acariciaba, para sentir si se iba distendiendo y observar si la presión pudiese darle dolor. Nada, su cara radiante mostraba el placer jadeante que precede al orgasmo. Con la otra mano acaricié un seno garboso con el pezón endurecido, mientras besaba el otro con suavidad mimosa. Cuando sentí que le venía su orgasmo dejé de besar su seno para besar su boca y acariciar mordiente sus sensuales gemidos. Se corrió violenta con estertores. 

Muy excitado, cuando se repuso un poco la ayudé a situar su vulva sobre mi boca mientras ella me mamaba el pene. Me corrí pronto en la boca de Julia. La chica rió: 

—¿Sabes? El semen de tu picha me gusta. Se parece a los huevos crudos que desayuno los domingos. Al tuyo le falta limón y sal, pero es bueno. 

—Pues, niña, te felicito… A mí, los huevos crudos me hacen vomitar. 

—Eso es porque eres un pijecito santiaguino… El señorito no puede comer esto o aquello y su nana le trae el maná de los cielos. La mayoría de los señoritos turistas son mari maris como tú, coliza afeminado —afirmó la chica provocativa y juguetona. —Acércate y te voy a probar lo coliza que soy. 

—¡Si me pillas tendré que entregarme al horrible violo de un maricón! ¡Ay, qué asco! —me lanzó Julita con una mueca de nauseas. Se puso a trotar escondiéndose entre las matas. La capturé veloz y pretendí arrastrarla del pelo hasta las toallas sujetándola fuertemente de un brazo para no hacerle doler el cuero cabelludo. Julita gritaba como si la estuvieran matando aun cuando había sacado mi mano de su pelo. Me paré delante de ella y le mostré mis dos manos mientras ella gritaba como una cerda. Me vio, se calló y agregó arisca y engreída: 

—¡Todavía me duele el pelo, huevón! Con gesto dramático se estiro en una toalla y gritó: —Aquí me tienes, señorito afeminado de Santiago… Viólame… ¡Métemelo como una penca y has sangrar a esta pobre virgen desamparada! Yo me senté en un ligero escarpe a contemplar la escena, sonriendo ensimismado en esa belleza chispeante, humorosa e inteligente. Luego se arrastró sobre el pasto lentamente. Frente a mis pies, se cogió de mis rodillas y me dijo, con tono seductor: 

—¡Méteme la polla, desflórame, de un golpe! … ¡Así creeré que eres macho! 

La ayudé a levantarse para que se sentara en mis rodillas. Largo tiempo besé y acaricié suavemente sus senos, sus pezones erectos, sus labios jugosos y carnales mientras susurraba mimos en sus oídos. Luego hablé: 

—La virginidad no tiene nada de espiritual o religioso. Pero es un ritual delicado, suave e íntimo que las parejas jóvenes deben respetar si quieren iniciar sus vidas sexuales con respeto por sí mismos. Yo no me perdonaría nunca si te viera sufrir por mi excitación descontrolada. El sexo es placer… Nunca debe haber dolor… Sólo en el parto la mujer sufre. ¿Quieres tu que te meta la verga de golpe cuando sé que tienes un chochito estrecho y virginal? ¿Qué clase de bruto crees que soy yo?… ¿Y tú, cómo te sentirías si terminaras dolida y sangrando?… Ah dime, ¿tienes condones? 

—No. —Los míos se me acabaron anoche… ¿Quieres un bebé? 

—No. 

—Sin condón, niña, sólo puedo ofrecerte dedo y lengua, y mucha experiencia y dedicación. Te aseguro que estos dos son los mejores —dije mostrando el pulgar y el índice—. Cuando te entren tres, el anular, el índice y el del corazón, entonces con condón trataré de penetrarte. Después de esa etapa y cuando hayas practicado mucho, si me viene en gana porque yo llevo el timón, te autorizaré a que te vuelvas loca y me hagas metértelo con toda la fuerza que quieras. Pero ahora eres una virgencita casta, ingenua, tocada en la mollera y un poquito en la Luna, que estas sola conmigo bajo mi arbitrio. Mientras yo sea responsable, me vas a obedecer, chiquilla malcriada, si no quieres que te ponga sobre mis rodillas y te dé unas buenas nalgadas. Aclárate, no tienes más remedio que confiarte al buen sentido de este veterano, anciano, sabio, vetusto, depravado, decadente y raja diablos, más encima —Julita me miró extasiada, y sus lágrimas corrían copiosamente sobre sus mejillas—. Por ahora, creo que nos empezamos a conocer muy bien, deliciosa tocadita —apunté—. Hemos gozado lindamente y yo sostengo que la calidad precede a la cantidad. Me lo sacaste bien y me parece que tu orgasmo no fue un 10 pero fue un 8. Un 4 diría yo —dijo Julita, burlona, pero visiblemente emotiva y abochornada. 

Quedamos silenciosos largo rato acariciándonos suavemente. Julia finalmente habló, y sus lágrimas se deslizaban por su rostro. Dijo entre sollozos y subiéndose los mocos: 

—¿Sabes, Jorge? Me has tratado como a una princesa exótica. Tú eres fino, suave, tan preocupado de mí, que creo que me vas a desvirgar delicadamente y te confieso, la cosa me aterraba desde que sé sobre el coito y la ruptura del himen. Tú sabes que mi madre fue violada por mi padre… Yo soy el resultado… Tengo plena confianza ahora y te juro que todo en ti me aloca… Me fascina… Me hace temblar de deseo por ti… ¡Eres la virilidad personificada! Te provoqué pues quería ver si caliente, sobreexcitado y picoteado por un cuerpo joven desnudo tratarías de violarme sin compasión, como otros hombres trataron. Perdona que dudara, pero el miedo es cosa seria, cuando yo soy el fruto de una horrenda y dolorosa experiencia de mi madre —afirmó en sollozos—. Eres todo un hombre. Te admiro… —y trató de sonreír, limpiándose los mocos con el dorso de la mano, mientras explotaba en llanto—. Aunque seas un maricón santiaguino. 

Respondí tratando de ocultar mi honda emoción y le guiñé el ojo: 

—Eres un renacuajo, una ranita así de grande, pero tienes un no sé qué de gracia inocente, virginal, tocadita en el caletre, que me hace quererte un pichín… ¡Anda muévete, cotorra, que hay que volver! —me acerqué, cogí su cuerpo en mis brazos, besé sus ojos llorosos, la transporté como un cofre de hermosura delicado y arrobador, y la deposité sobre las toallas. La arrullé como se aúpa a un bebé que llora… Luego, empecé a vestirla y le pasé su saco—: Chiquilla malcriá’, ¿es que crees que yo he venido a servirte? ¡Muévete aldeana de pueblo chico! —dije mirando hacia otro lado, dándole la espalda, para evitar que esa chiquilla adorable me viera llorar. 

—Oye, desparrama lo que queda de comida en aquellas rocas. Los cóndores y otros pájaros la van a comer. ¡Anda, muévete! — aproveché que se alejaba y me sequé los ojos con la falda de la camisa. Cargamos los sacos y el canasto y bajamos el cerro. El potro bien comido se había echado a dormir. Lo desperté con cuidado para no espantarlo, lo ensille, monté mi preciosa carga al anca y volvimos a la residencia. No hablamos mucho:

—Jorge, ¿sabrás perdonarme por haber dudado de ti? 

—No hay nada que perdonar, mi preciosa tocadita. Has vivido traumatizada por el cruento violo de tu madre. Eso yo lo he anticipado desde que te conozco. Desde chiquitina, desde que tienes conocimiento sabes que tu existencia está ligada a esa violencia sangrienta sufrida por tu madre… Seguro que te sentiste responsable… Pensaste que toda relación con hombres debía ser sangrienta y dolorosa… Quizás hubo momentos en que pensaste que debías entregarte a un bruto como una redención de tu pecado original… Y luego, ¿qué te habrán dicho las monjas?… ¡Debe haber sido aterrador!… Me alegro que te descargaste conmigo… ¡Debes sentirte como si te hubieras tirado un grosero pe’o explosivo y maloliente!… Olvídate, el mal olor quedó allá arriba, en el cerro… Seguro que turistas han tratado de violarte, desde que te florecieron tus senos, porque eres caliente, voluptuosa, fascinante y esas tetas atraen hasta a un muerto. ¡Cuántos ricos turistas habrán tratado de joderte, en los lindos atardeceres en las playas escondidas de Pucón! … Pero todo eso se acabó, mi niña bonita. Ahora quiero que sientas el respeto que mereces, y mientras yo viva nadie tocará tu cuerpo sin tu permiso… Eres una princesa exótica y otorgas tus favores a príncipes errantes, dignos de tu cuerpo —volví mi cara y la besé con suavidad y ternura. Luego dije, riendo: -¡Basta de lloriqueos, mi chifladita linda y bribona que le mostró las tetas a Segundo!… ¡Tienes casi 15 y debieras tener más recato, mujer! 

Nos recibió Maturana que nos ayudó a desmontar. Le dije a Julia que entrara con el canasto y que yo la seguiría pronto. Aproveché para decir a Maturana: 

—Oye, Rodolfo, manda a un empleado a Pucón a desarrollar estas fotos, y hazle comprar 500 pesos en condones. Que le diga a Don Joaquín de la tienda “El Boliche” que estas fotos son de Torrealba. Le vas a pedir que se asegure que sus empleados harán dos copias de cada negativo, sin hacer adicionales, para guardárselas. Mi primita está en poses un poquito atrevidas y no quiero que sus fotos aparezcan en las cantinas y burdeles de Pucón. 

—No se preocupe, don Jorge, voy a ir yo mismo, mañana de madrugada. Don Joaquín es un buen amigo mío. Aprovecharé para comprar varias cosas que necesito en mi casa. Mi mujer me tiene loco… —emitó en falsete: 

— ¿Rodolfo, cuándo vas a ir a Pucón a buscar las cosa que necesito? ¡Te lo repito y repito pero nada!… 

Llegue al salón pero Julita había subido al dormitorio de Florisa a copuchar en su estilo burbujeante, toda nuestra historia. Lastenia me vio entrar desde la cocina, me sirvió un vaso de blanco y se vino a sentar conmigo. La saludé como de costumbre con un sonoro beso en la mejilla mientras le halagaba discretamente uno de sus senos siempre sin sostén por debajo de la blusa amplia. Viendo que estábamos solos, nos pusimos a conversar: 

—¿Dime cómo lo pasaste con Indalecio? 

—Mucho mejor de lo que esperaba. Es un hombre de apariencia envejecida pero en realidad es un varón gallardo de 38, apenas cinco más que yo. Vi su cédula de identidad. Una vez que terminé en el baño con jabones aromáticos y desodorantes lo que le quitó todo el olor a campo, lo dejé remojándose en la tina y le lave la cabeza y la barba, el se lavó los dientes e hizo largas gárgaras con elíxires bucales. Luego le corté el pelo y la barba… No me vas a creer, mi hombrecito, pero Indalecio muestra ahora su verdadera edad y sus instrumentos sexuales son de maravilla… El hombre es reservado, no habla mucho, pero no es tímido. Me hizo algunos requiebros que me hicieron pensar en ti, mi machito. Lo mejor es que esta mañana se puso el traje de guaso de tu padre que tu me dijiste que le regalara y es un hombre de naturaleza elegante, buen mozo, de sentimientos generosos respetuosos de la mujer. Anda niño, no me pediste un favor porque terminaste por hacerme uno. Siempre seré tuya mientras tú lo quieras, pero ahora que estás hecho todo un hombre de quince años y que tienes chicas y mujeres a montones, tal vez podrías dejarme a mí divertirme un poco. 

Recibí sus palabras con un sentimiento raro de celos pues nunca antes había concebido mi vida sexual sin Lastenia. Por otro lado, yo estaba madurando y debía enfrentarlo. 

—No me agrada pensarlo, mi querida, adorada Lastita, pero debo aceptar que puedes también explorar lo tuyo, pero no me abandones. Eres y seguirás siendo una delicia para mi cuerpo y mi espíritu. Es cierto que estoy teniendo mucha suerte con las mujeres, de impúberes a maduritas, pero quiero que todas las siestas que podamos las pasemos juntos. Mi cuerpo necesita tu belleza, hembra tórrida. Sabes joder como una diosa. 

Estábamos solos en una esquina del salón. Me besó con lágrimas y me dijo: 

—Jorgito mío, mi hombrecito, me tocas el alma si sientes lo que me has dicho. Jamás otro hombre sabrá hacerme gozar mi sexo como tú lo haces y yo extraño ansiosa cada siesta, cuando tu no vuelves o estás en la cama con otra. No hay celos; es un doloroso vacío —y agregó, sin darle mucha importancia: —Indalecio es limpio e higiénico con los productos de aseo que se encuentran en Curarrehue. Me pidió que le diera todos los chismes para su higiene pues, excepto por el cepillo, la pasta de dientes y jabones corrientes, no había visto nunca estos productos para ricos que sólo se consiguen en Pucón, en las tiendas pijes del hotel Turista. Me pidió que no lo visitara antes de dos días, porque él y sus hijos iban a limpiar la casa. Irá a Pucón a procurarse los cosméticos que yo prefiero. 

—Hale, mujer, le hiciste mucho bien a mi amigo. Le hiciste tocar el cielo de tu sexo. Parece que se quiere aferrar a tu cielo, en alguna de tus nubes recónditas. Gracias, Lastisa, pero no se te ocurra abandonarme, ¡eh! Hablamos luego de Florisa y de Julia. 

Como maestra suprema en el arte del placer y con digna altanería independiente del comadreo, Lastenia debía darle su visión valiente y alegre de la vida a Florisa, que todavía vivía algo temerosa del qué dirán y de la opinión de mediocres. Julita, en mis manos, empezaba a tener una visión ufana de su valía como hembra picante y yo me encargaría de que siguiera progresando. Lastenia accedió a acercarse a Florisa e iniciar una amistad. Eso bastó para que yo la besara de nuevo, la tomara de la mano y fuéramos al dormitorio de Florisa. Le recordé a Florisa nuestra conversación sobre Lastenia. Florisa le dio un beso en la mejilla, la invitó a sentarse en un diván y se excusó para acompañarme hasta la puerta. Me besó en la boca y susurró: 

—Te agradezco tu tacto y delicadeza con Julita. La estás haciendo toda una mujer. Julia llevó a Fidelina a cotorrear en su dormitorio. —¡Déjame que te cuente, Fide, te juro que aunque te lo diga cien veces, no vas a creerlo!…Fíjate que Jorge… —es todo lo que oí a Julita secreteando camino a su dormitorio. Fui, solo, al salón principal y me serví una copa de vino. Pensé largo tiempo en el gesto de Fulgencio que no calzaba con su carácter. Tomé del escritorio un cuadernillo telegráfico y escribí un largo telegrama a mi padre pidiéndole su opinión sobre las acciones del tinterillo y de don Fulgencio. Salí al patio y se lo di a Rodolfo para que un muchacho lo hiciera pasar urgente, en el telégrafo donde los Elgueta en Curarrehue. El crepúsculo se hacía noche. Pensé que el perfume sensual que quedó flotando en la bruma del Dionisio atraería a los unicornios mitológicos. Esos alcahuetes seguramente irían a esparcir el chisme en la inmensa comarca andina. 

Abajo, frente a la casona olía a flores, pero en mi espíritu esa fragancia se transmutó al bálsamo secreto de la vulva virginal de Julita. Debo señalar que cuando llegaron los condones, desfloré a Julita a pedido suyo, confirmando el buen juicio de mi padre, que me dijo: “No fuerces, la mujer se entrega sola”. Tardé tal vez un par de horas en preparativos orales destinados a distenderle las paredes de su vagina y a apaciguar sus temores casi obsesivos. Cuando sentí que su orificio estaba bien jugoso y dilatado, inicié tentativas de entrar hasta donde su rostro tenso de miedo me indicaba que debía detenerme. Sacaba mi polla y con el glande le acariciaba el clítoris hasta que estuviera acezante cercana al orgasmo. Allí comenzaba de nuevo la penetración en una vulva algo más distendida y entraba tal vez unos milímetros más que en el intento anterior. En la última intentona Julia, que parecía menos tensa, me agarró las nalgas y fue moviéndose poco a poco, incrustando mi miembro al ritmo de su creciente excitación hasta que, al momento de su orgasmo, hundió sus uñas en mis cachas y me hizo entrarle el miembro entero. Dio un grito de goce; no de dolor. Yo me corrí abundante y extasiado, al unísono con su grito. Una vez descansados, miramos las sábanas y no había gotas de sangre. Yo inspeccioné el condón y estaba entero, sin perforación alguna ni trazas de sangre. Ella me dijo, radiante: 

—¡Así es como yo soñaba en mi desvirgo! Yo le susurré al oído: 

—Eres mi primera virgen y parece que no lo hice muy mal —me escupí las uñas, y les saqué brillo en las sábanas. Julita reía con sollozos de alegría. Y balbuceó: 

— Mañana le toca a Fidelina que tiene unas ganas locas de que se lo metas… Cuando las dos jugamos, siempre hablamos de tu pedazo de polla… Nos calienta tremendamente… Anda, Jorge, trátala bien como lo hiciste conmigo. ¿Me dejarías que les acompañe? —preguntó. Yo reí. 

—Claro que sí. Tráela a mi dormitorio cuando les convenga. Ella decidirá lo que quiera —y agregué—: Fidelina y tú van a pasar la voz a todas las chicuelas impúberes, vírgenes “cartuchitas” de la región, no menores de 14. Les dirán que atiendo por las tardes, después de la siesta, hasta las ocho y pueden venir por grupos. El servicio está garantizado y se devuelve el dinero si quedan descontentas. El condón lo ofrece gratis este consultorio. Mañana enviaré a Rodolfo a donde los Elgueta para que prepare volantes para hacerlos circular en toda la comarca. Voy a ser Mister Virgo, el descartuchador número uno de la región. Después de las ocho atiendo a las mayores ya desvirgadas, que me dejan descansar, hacen todo el trabajo y pagan mucho mejor —concluí a carcajadas. Julita se acercó y me abrazó, con inmensa ternura en sus emotivos ojos verdes: 

—¡Y fanfarrón, más encima!… ¡Estoy orgullosa y loca de sentirme tuya, tenorio cabrón, pecho peludo!… Tengo ganas de joderte de nuevo. Dame tu verga, corcel lujurioso, porque te la quiero chupar, quiero deleitarme con tu leche calentita… Ojalá entre tan suave en mi rajita como se desliza en mi boca… ¡Huele bien!… Yo te pondré el condón. Ponte de espaldas, que voy a aprender a clavarme sobre tu miembro. Voy a usar vaselina como tú lo hiciste… ¡Ten cuidado porque me siento ya una experta! Muy pronto tú vas a pretender que tienes jaquecas, veterano pervertido, anciano impotente, porque no tendrás aliento para deleitarte en mi ranura peluda… ¡Qué feliz me has hecho, libertino santiaguino! … ¡Dale un besito a esta tetita, mi varón fogoso, porque se siente muy sola!… ¡Tengo tantas ganas!… ¡Fue tan rico!… ¡Venga, don Juan! 

Julita puso sus rodillas a los lados de mis caderas y se fue deslizando por milímetros sobre mi miembro, con ojos atemorizados. Con su rostro trizado por el miedo, tardó unos largos segundos en entrarlo entero. Al fin, con ojos radiantes gritó: 

—¡No me duele ni pizca! ¡Ahora si que puedo gozar sin miedo!… ¡Eso!… ¡Así¡… ¡Dale!… ¡Anda, potrón impetuoso, fóllame, pínchame, aplástame y dame gustito eterno!… ¡Hale, mujeriego, regodéate en esta chucha recién desvirgada! —yo me contuve y la dejé jugar largamente en sus éxtasis… 

Después de una serie de sus orgasmos gritados y convulsos, mi virilidad explotó al interior de su vagina todavía muy estrecha, protegida por el condón. Horas más tarde, Florisa me invitó a su dormitorio. Me besó con especial ternura y me dijo, mientras me sacaba la camisa: 

—Julia está radiante. Me lo contó todo, con exageración de detalles como es su costumbre. Dice que no le dolió nada… La hiciste gozar como jamás lo había experimentado… La chiquilla sigue caliente… Está con la Fide chupa que se chupan… Son más de las ocho, hora en que atiendes a las descartuchadas… Dime, ¿donde está el condón gratuito?… y… ¿Por cuánto te hago el cheque, sinvergüenza?… ¿Estoy yo invitada al desvirgo de la Fide?… ¿O es sólo para cartuchitas recién cepilladas?… ¿Quieres que te ayude a redactar los volantes?… ¿Mister Virgo?… Suena demasiado gringo, tal vez te servirá con las turistas extranjeras en Pucón… —rió, mientras nos echábamos a la cama. —ulia y Fide tienen una proposición de negocios que hacerte. Piensan alquilarte a cartuchas y descartuchadas… ¿Cuánta comisión quieres?… —luego, con una inflexión seria, agregó: 

—Jorge, te respeto por tu señorío, madurez y buen tino. Hoy día, tú has echado las bases del futuro de Julia. Eres el padre que no tuvo. Me haces una mujer agradecida que será tuya eternamente, sin condición. Sabré complacerte, mi adorado seductor —y se fue incrustando en mí, con una dulzura nueva, con caricias finas y hechiceras. Esa mujer se renovaba a medida que deseaba darme más, gratificar mi hombría, complacer mi orgullo e inundarme de placer. Cada momento con ella, era el hallazgo de una delicia nueva, distinta, jamás gozada antes, con mujer alguna. A medida que nos deleitábamos, el recinto se impregnaba del más delicado aroma de mujer excitada, sensual con húmedas emanaciones afrodisíacas.

Capítulo VII El telegrama de mi padre

Segundo Ulloa llegó al galope al portón de nuestra Mansión. Le pidió a Rodolfo que me llamara urgentemente. En Curarrehue le entregaron un telegrama para mí marcado “URGENTE”. Era la respuesta de mi padre al que yo le envié. Era breve y decía: El miércoles Ernesto Gómez te encontrará en Loncoche. Él lleva documentos importantes. Debes viajar mañana y llegar a Loncoche el Martes. Hospédate en el Hotel Plaza, cerca del Ministerio. Alfredo. Cuando terminé de leer, Segundo se apresuró a decir: 

—Jui a Curarrehue a ’uscar provisiones, patrón. Le prometo que ende que usté’ me habló, no he vuelto a putear, se lo juro, patrón. Le dije que se calmara, porque yo estaba al tanto por Fidelina que visitaba a menudo a Julita, que doña Luisa estaba muy contenta con su marido. Desde mi filípica Segundo iba a los trabajos del campo y volvía temprano a su casa para estar con su mujer. Yo había ordenado a Rodolfo que cuando alguien fuera hacia los vecinos les llevara de regalo unas cuantas botellas de vino de mi parte. No pude contenerme y le lancé, riéndome: 

—Bravo, macho… porque tú sabes que si dejas sola a la Luisita y yo lo sé, voy corriendo a meterme en tu cama. A veces pienso que debieras ir a Pucón por unos cuantos días. Segundo respondió con mucha dignidad: 

—Su rezongo lo merecí, patrón… Pero es hora que dejemos el nombre de mi mujer tranquilo. 

Me acerque y abracé a mi amigo. Le presenté mis sinceras excusas y prometí que nunca más bromearía usando el nombre de su esposa. Lo felicité por su hombría y le aseguré que merecía el respeto de toda mi familia. Segundo me fijó sus ojos fieros, sonrió y volvió a jugar con su sombrero mirando al suelo. Entré a la Casona y le explique a Lastenia y Florisa que debía viajar a Loncoche por un encargo de mi padre. Mostré el telegrama sin leerlo porque yo mismo no podía decir si eran buenas o malas noticias. Les expliqué que me levantaría al día siguiente a las tres de la mañana, para ir a caballo hasta Pucón, para llegar a tiempo para la góndola a Villarrica que corresponde con el ramal ferroviario a Loncoche. 

—Lastenia, dile a Rodolfo que te haga ensillar un caballo. Irás a ver a Indalecio y a Carlota y les dirás que mi padre se ocupa de sus asuntos. Como siempre, eres el ama de casa y debes estar de vuelta mañana no más tarde que las siete —Lastenia asintió sonriente, pues deseaba estar con Indalecio. Además, le gustaba que el hombre que ella formó actuara como patrón y le diera órdenes frente a otras personas—. Si Julia está allí con Fidelina, traes a las dos a casa cuando tú vuelvas. 

—Tú, Florisa, acompáñame a mi dormitorio. Voy a tratar de dormir temprano para salir de madrugada. Sube una botella de blanco y que las muchachas nos corten chorizo, queso y rebanadas de pan. 

Florisa fue a la cocina y preparó una bandeja. La vi subir pero me quedé un momento terminando una copa de vino en el salón pensando en las noticias que iba a recibir en Loncoche. La repentina bondad de Don Fulgencio era temible. Subí a mi dormitorio. Florisa estaba desnuda y me ayudo a desvestirme. Nos echamos sobre la cama, ella jugó con mi polla mientras me ponía un condón, se subió sobre mí y se incrustó mi pene en su coño de un solo embire. Luego, ella empezó un movimiento de va y viene suave y bien ritmado. Sus senos acariciaban mis labios. Nos tardamos largo rato en alcanzar el orgasmo. Entre besos y ternezas terminamos nuestras copas de vino y los bocadillos. 

Me dormí rápidamente. A las tres de la mañana, Rodolfo me tenía mi potro listo frente la puerta de la Mansión. Noté que montaba otro caballo: 

—Don Jorge, usted no va a ir sólo en esta noche obscura por estos bosques dónde se esconden muchos de los de la panda de Fulgencio. Yo llevo revólver y carabina, y he mandado a varios muchachos armados a que vayan esclareciendo el sendero de todo tipo sospechoso. Si hay peligro, van a disparar tiros al aire. Las palabras de Rodolfo me hicieron comprender la gravedad de la situación. Hasta ese momento yo estaba ayudando a mis amigos, pero en mi mente, mi ayuda estaba totalmente desconectada de la perfidia de Fulgencio. Eran dos cosas distintas que de pronto se fundieron en una sola misión, alarmante y peligrosa. ¿Acaso habría una bala esperándome en la negrura de la noche?… Sentí miedo, como cuando pequeño esperaba los golpes de mi madre, sin saber jamás cuando caería el porrazo. A cada dos o tres kilómetros, una patrulla se acercaba a nosotros y decía: 

—Nada que señalar. Buen viaje, don Jorge —y volvía a desaparecer en el bosque. Llegamos al camino transversal cuando empezaba a aclarar. Rodolfo me pidió que esperáramos un par de minutos porque los hombres deseaban despedirse. Así lo hicieron y una tropilla de unos quince muchachos me echó su saludo. Rodolfo me mintió: 

—Sigo con usted hasta Pucón, porque voy a aprovechar para traer algunas provisiones. En Pucón, cuando tomaba la góndola, Rodolfo me dijo: 

—En dos días, lo encuentro aquí, en la góndola que vuelve de Villarrica. Los muchachos nos esperarán a la subida hacia Santa Ana… Buen viaje, don Jorge.

Capítulo VIII El jefe departamental del Ministerio de tierras

En el bar del hotel Plaza de Loncoche, encontré a Ernesto Gómez, uno de los secretarios de mi padre. Me informó que Filiberto Fuenzalida negaba poseer las copias certificadas de los títulos de las propiedades de nuestros vecinos. Desde Santiago indagamos por teléfono con el Jefe Departamental de aquí, en Loncoche, y éste declaró que esos títulos se habían destruido accidentalmente y no había otras copias. Esos títulos —según dijo el Jefe— se declararon nulos y sin efecto porque los que se llaman propietarios no presentaron sus copias notariadas dentro de los 30 días que exige la ley. Los terrenos estaban destinados a remate al término de un mes. Gómez prosiguió: No se preocupe, don Jorge. Cuando su padre facilitó el agrimensor a sus vecinos él guardó una copia notariada de su título de Santa Ana, y también copias de los títulos de sus vecinos. Asimismo guardo copias de los planos del agrimensor. Podemos corregir este error en los registros del Ministerio inmediatamente. 

En Santiago yo hice notariar los títulos y los planos y sólo falta el documento de recepción del Jefe Departamental, para que los archivos de Loncoche estén correctos y conformes. Traigo también copias notariadas de títulos y planos para que usted dé a sus vecinos. Cuando fuimos recibidos por el Jefe Departamental, muy cortésmente nos explicó que no tenía autoridad para recibir los documentos que le presentábamos porque esos títulos estaban declarados nulos y las tierras estaban destinadas a un remate. Él lamentaba mucho porque los documentos llegaron tarde y él debía respetar la letra de la ley. Don Ernesto quiso agregar algunos argumentos legales pero yo lo detuve: 

—Dígame, Señor Jefe Departamental, ¿cuál sería su respuesta si yo llamara a la prensa y expusiera su corrupción? … El pretendiente a Diputado, usted y varios funcionarios más están sobornados por Fulgencio Echeverría. O usted corrige los libros y nos da un comprobante firmado delante de dos testigos, o yo llamo a una conferencia de prensa en su oficina. Sus humildes víctimas son pobres e ignorantes pero nosotros no lo somos. ¿Cuánto le paga Fulgencio para exponerse usted a la cárcel? El Jefe Departamental lívido y tembloroso tomó un formulario y lo firmó. Era el documento de recepción de los títulos que le entregaríamos, una vez que don Ernesto y yo firmáramos su formulario. 

—Necesito cinco copias de este formulario y haga venir un juez de paz para que legalice este documento. Alégrese porque no lo meteremos en la capacha. Muévase, porque no tenemos todo el día que perder aquí —concluí, visiblemente irritado. Cuando llegué a Santa Ana dos noches más tarde, todos me esperaban en el salón de la Casona. Había enviado un telegrama invitando a todos a celebrar nuestro triunfo sobre el Mandamás de la comarca. Indalecio elegante, bien afeitado y oliendo primores, fue el primero en saludarme al entrar al salón. Me dijo: 

—En nombre de mis vecinos y en el mío, patroncito, le agradecemos las molestias que se toma por nosotros —se acercó y me apretó la mano. Yo lo estreché contra mi pecho y seguí abrazando a todos los demás, que habían formado una hilera. A todos les dije que en la caja fuerte de Santa Ana estaban las copias notariadas de sus títulos de propiedad y del comprobante de recepción del Jefe Departamental. Todos podían dejarlas ahí y si las necesitaban, Rodolfo tenía la clave para abrir el cofre. Lastenia ordenó a las chicas que sirvieran vino y nos invitó a acercarnos a la mesa donde había toda clase de bocadillos, empanadas, entremeses y varios tipos de tortas. Nos mezclamos alegremente y nos reímos mucho de los chistes que Segundo contó usando a Fulgencio como personaje central de sus chascarros. Paulatinamente grupos se fueron formando y yo me quedé solo sentado cómodamente en un sillón en una esquina. Estaba distraído en mis pensamientos cuando noté que Segundo y Luisa se acercaban. Me levanté y le ofrecí mi sillón a Luisa, quien lo aceptó. Hablamos un poco de todo y de nada cuando Luisa dijo a Segundo: 

—¿Querido, me dejarías conversar a solas con don Jorge? 

Segundo me miró turbado, se encogió de hombros y se fue al otro extremo del salón. Noté que nos observaba. Por eso, me distancié aún más de doña Luisa, quien me dijo: 

—No olvidaré en la vida el momento que pasé en sus brazos. Aunque mi cuerpo me lo pide cuando apenas lo miro, Jorgito, no lo repetiré jamás porque mi marido se ha hecho digno de mí —dijo la mujer, con presunción y orgullo. 

—La felicito, Luisa. Fue una locura de un momento y debe quedar allí. Su marido se ha hecho digno de usted como usted lo merece a él. Sé que ya no toma y ni siquiera va a Curarrehue. Tienen ustedes una linda vida por delante. ¡Hasta parecen más jóvenes! Le hice señas a Segundo de volver y le dije: 

—Tu mujer se está enamorando de ti, sinvergüenza. Si oyeras lo bien que te elogia. ¿Te imaginas? Ella estaba tan orgullosa de tu hombría que se arrepiente de haberte alentado —y agregué seriamente—: -Amigo, eres digno de ella porque tú eres todo un hombre. Brindo porque sigan siendo cada día más felices —le abracé con vigor y besé una mano de Luisa finamente, en el estilo de antaño, en signo de respeto. 

Observé que el salón estaba casi desierto. Indalecio y Lastenia habían desaparecido, como Fidelina y Julia. Carlota conversaba con Florisa. Los muchachos se habían vuelto a casa porque debían levantarse temprano para cumplir con sus faenas. Le insinué a Segundo que fuera con Luisa al segundo piso y encontrara una habitación vacía. Hice señas a una doméstica y le dije: 

—Mis amigos suben a su dormitorio. Acompáñelos, y atiéndalos. Tráigales una botella de champaña, entremeses y todo lo que necesiten, porque hoy día celebran un aniversario de familia, muy importante para ellos. Le bese la frente a Luisa y le di un palmazo a Segundo. Me fui a reunir con Florisa y Carlota. Carlota se me acercó, me besó sensualmente y dijo: 

—Oye, machote, que me das tanto gustito, seguro que te debemos un cielo por salvar nuestros terrenos. ¿Cómo quieres que te pague? —preguntó desabotonándose la blusa—. Podrías comenzar por recibir estas dos taleguitas, que según me han dicho algunos, son un cielo. Toma el tesoro de mis capitalitos, patroncito calentorro, como un pequeño adelanto de mi deuda —me abrazó y puso mis labios en sus senos, mientras acariciaba mi miembro por encima del pantalón. 

Florisa se acercó, se nos abrazó, y se unió a Carlota en maravillar mis partes varoniles. Yo enlacé sus cinturas y las encaminé a mi dormitorio, adonde había hecho subir una de las botellas de champaña que traje de Loncoche. Una vez más, me complací en la naturalidad del ser humano que no se ha perturbado por la doctrina fanática de los sentenciosos. 

Éramos seres vivientes disfrutando los órganos que nos apetecía disfrutar y que correspondía gozar en la placidez de una noche veraniega cerca de los picos andinos. Si hubiera algo que se pareciese a Dios, generoso creador de la vida en todas sus manifestaciones, ese tipo de Dios hubiera estado sentado en la ventana contemplando embobado el goce alegre e infantil de sus vibrantes criaturas. Sentí un repentino desaliento al acordarme que ese Dios no existe.

Capítulo IX Los cuatreros vespertinos

Una victoria fácil sobre don Fulgencio da miedo. Durante el viaje de regreso a mi hogar veraniego, pensé en que una victoria sorpresiva atraería venganza artera. Fulgencio era un avaro rencoroso y no dejaba caer mendrugos a los desafortunados. Al día siguiente, invité a Rodolfo a mi despacho en la bodega a conversar unas copitas de vino. Él conocía mucho mejor que yo el carácter del Amo y Señor de la región. Estuvo de acuerdo en que habría venganza y que sería muy difícil saber por dónde vendría el golpe. Debíamos organizar un sistema de espionaje. Eso necesitaría gente de confianza y dinero. 

—¿Con cuántos trabajadores leales podemos contar? — pregunté. —Con todos, patrón —fue la simple respuesta de Rodolfo, y agregó—: Su padre y usted son respetados en toda la región. En el camino saludan, como todos nosotros. La puerta de su Mansión está abierta a ricos y pobres. Los que trabajamos para su padre somos la envidia de toda la comarca. No hay duda de que somos los trabajadores mejor pagados y tenemos viviendas adecuadas a nuestras necesidades. 

—Dime, ¿cuánto dinero tenemos en caja en estos momentos? —Por lo menos, unos trescientos mil pesos. A fin de mes, se empezará a vender el trigo y la avena… Ahí hay otro montón de dinero. 

—Mira, vamos a darles a todos bonos semanales para que los solteros sin compromisos vayan a correrse la juerga a Curarrehue los fines de semana. Que se metan con las chicas, porque la almohada ayuda a las confidencias. Dales unas cajas de condones porque no quiero que se pringuen por mi culpa. Pretenderán embriagarse para escuchar a los peones del ricacho. Ellos, siempre borrachos, tendrán la lengua muy suelta y se jactarán de su poderío. Seguro que sabremos lo que ese desgraciado trama. 

—En eso tiene razón, patroncito. El capataz es un bandido. Dicen que allá arriba, en las veranadas, mató a un hombre cuando, borracho, el finado no le obedeció. Dicen que ordenó a sus cuatreros a enterrarlo y amenazó matarlos si abrían el pico. Esto se oye cuando están borrachos y el capataz no está con ellos. 

Concluí nuestra conversación dando carta blanca a Rodolfo. Decidimos que veinticinco pesos a la semana más una caja de condones, sería un bono adecuado. Si querían podían emborracharse de veras con ese dinero, y cepillarse un par de chicas. Le pedí que me tuviera al corriente de todo lo que los hombres descubrieran. Al acompañarlo a la puerta le pedí que ensillara un caballo, para ir a Curarrehue y conversar con los comerciantes que eran muy amigos de mi padre. Todas nuestras necesidades se compraban en esas tiendas. 

Fulgencio tenía su propio emporio y sus empleados vivían endeudados porque tenían la obligación de comprar en el almacén interno a la Hacienda. En Curarrehue el comercio más importante era el de la familia Elgueta, muy amiga de la familia nuestra. Los abuelos llegaron a la región como colonos, a fines del siglo XIX. Los Elguetas eran comerciantes y se afincaron con sus tiendas por el camino que lleva a las veranadas en las laderas de los Andes. Mi abuelo paterno era ganadero y hacía comercio trayendo ganado Argentino, que engordaba en sus fincas para venderlo en el matadero de Villarrica. Allí el ferrocarril distribuía los productos de la región hacia todo el país. Mi abuelo también explotaba los recursos madereros, y sus aserraderos vendían durmientes al ferrocarril y tablones a las construcciones lugareñas. Ambas familias habían hecho grandes fortunas y siempre se habían ayudado, en situaciones adversas. Don Lucho Elgueta, compañero de estudios de mi padre, me recibió atento y me ofreció un vinito. Le expliqué los apuros que estaban pasando mis vecinos y los problemas que me estaban cayendo en la cabeza mientras mi padre atendía sus negocios en Santiago. 

—Necesito su consejo, don Lucho —concluí. —La tenebrosidad de don Fulgencio es mala sombra. Es un hombre malevo y traicionero. Haces bien en organizar tu espionaje. Con ése, el que pestañea, pierde. En nuestra Cantina voy a agregar dos hombres que se disimularán como clientes y nos ayudarán a saber lo que se trama en la Hacienda de Echeverría. Dile a Indalecio que venga a verme a menudo. Él será nuestro intermediario. 

En el curso de tres semanas supimos que Echeverría tenía organizada una cuadrilla de cuatreros que iban a caer sobre las casas de Segundo, Indalecio y Carlota. Todo se incendiaría para desposeer totalmente a los campesinos. Luego, el capataz vendría en plan amistoso y ofrecería cien mil pesos a cada uno por sus tierras, para que fueran a colonizar más al Sur, tal vez en Aysén. Los gañanes de Echeverría estaban acostumbrados a la victoria y al poderío del Cacique para sacarlos de apuros con la policía. Mamados, se jactaban de su poder y voceaban los preparativos que Echeverría hacía para destruir a los campesinos. El espionaje fue apenas un acto de poner oído a las sandeces de cuatreros alocados y borrachos. Era importante ahora establecer una defensa segura contra los cuatreros que, al caer la noche, podrían atacar a los campesinos. 

Calladamente, Rodolfo organizó a nuestros trabajadores. Se reunían en la bodega subterránea de la Casona y establecían las posiciones estratégicas que cada uno, provisto de carabina, tomaría en las cercanías de las casas de nuestros vecinos. En nuestro campo no había diferencias sociales. Se agredía al pobre, se agredía al pueblo, se agredía al trabajador. Una hermandad de fuertes trabajadores acechaba la llegada de los cuatreros del Ricacho. Muy de madrugada los trabajadores salían con sus carabinas a practicar cazando torcazas, que dejaban en casa antes de ir a sus labores diarias. El tiroteo matinal era natural pues la caza de torcazas es ahora una atracción turística de esa región. El último retoque fue colocar todas las tardes una línea de vigías que espiaban las cercanías del portón del ricacho. Cuando un hombre salía a caballo con carabina en mano, un telégrafo de gritos de queltehues iba comunicando el camino del jinete. Algunos hombres nuestros tomaban posiciones en los lugares asignados, y esperaban. Era la fuerza bruta del Cacique, contra la inteligencia de Rodolfo, los campesinos, los trabajadores, los humildes de la región, que velaban por sus hermanos.

Una tarde, muchos jinetes salieron al mismo tiempo y se fueron dispersando en el bosque. Nuestros hombres fueron a sus sitios. Más jinetes salieron bien armados. Más hombres acudieron a sus lugares estratégicos. Empezaba a oscurecer. El ataque no sería antes de dos horas, cuando cayera la noche. Rodolfo me trajo la noticia que ésa era la noche del ataque. Inmediatamente yo llamé a Francisco, hijo de Indalecio, para que llevara una carta mía al sargento de policía de Curarrehue. Le había hecho preparar el más veloz caballo de nuestra hacienda. Tardaría poco más de una hora en llegar, lo que impedía la intervención policial. Tal vez el ataque ocurriría una media hora después de la llegada de mi carta al cuartel policial. Mi carta decía: Comandante del Retén de Curarrehue: Yo tengo el grave deber de advertirle que en los momentos en que usted lee este mensaje, cuatreros a las órdenes del capataz de la Hacienda de Echeverría, atacan los dominios de don Segundo Ulloa, don Indalecio Ibáñez y Doña Carlota, viuda de Zamorano. Tenemos armas y vamos a responder al ataque. Si hubiera muertos yo acuso a Fulgencio Echeverría y a su capataz de los crímenes que puedan ocurrir. Las víctimas de esta agresión exigen que usted comunique telegráficamente a su superior, el Superintendente de la policía provincial de Loncoche, que esta denuncia se ha hecho en esta fecha y en la hora que usted precise. Acepte, Sr. Comandante del Retén de Curarrehue, la expresión de mis respetos. Jorge Torrealba Socio de la Finca Santa Ana 

Tomé mi carabina y monté para dirigirme a la posición que Rodolfo me había asignado. Yo debía ocultarme detrás de una roca a unos veinte metros de la casa de Indalecio. Dejé mi caballo atado a un pino unos quinientos metros atrás, dentro del bosque denso detrás de las casas de los vecinos. Sigilosamente, llegue a mi posición. Aún había un poco de claridad tras los picos de los Andes. Los propietarios de la tierra codiciada por Echeverría, quedarían en sus casas y desde las ventanas usarían sus carabinas contra los agresores. En todo momento, las puertas traseras les daban salida protegida por todos nosotros que estábamos disimulados detrás de las viviendas. Las mujeres se negaron a quedar en la seguridad de mi casa, y carabina en mano, con los hijos y las hijas, estaban unidos defendiendo su tierra. Yo prohibí a Florisa y Julia de participar. Ellas tenían responsabilidad en Santa Ana si yo moría en esta lucha, particularmente cuando Lastenia se había unido a la defensa de los Vergara. La adversidad del pobre no concede privilegios. Se vive y se muere juntos. El tiempo pasó lerdamente, y la noche fue cayendo sobre los cuatreros escondidos en el bosque y sobre los trabajadores solapados detrás de las viviendas. De pronto, se oyó el grito del capataz: 

-¡A la carga muchachos! Y un tropel de caballos se lanzó sobre las viviendas. Los jinetes llevaban ramas de pino encendidas que intentaban lanzar sobre las chozas. Rodolfo gritó: 

—¡Disparen! 

Los cuatreros más avanzados estaban a unos cien metros de las viviendas. En el entrenamiento, Rodolfo nos ordenó tirar a los caballos antes de tirar a los jinetes. Desmontados, esos bandidos cobardes se rendirían. Los tiros tronaron en la oscura comarca. Los nuestros en posición estable eran certeros y varios caballos cayeron. Los bandidos tiroteaban al aire sin ninguna precisión, excepto que apuntaban hacia las casas. La retirada fue rápida y las ramas encendidas cayeron al suelo y se fueron apagando lentamente. Nos mantuvimos en nuestros sitios, esperando una segunda carga. No ocurrió nada. Algunos bandidos abandonaron al capataz y se escaparon a caballo, no a la Hacienda donde Fulgencio les mataría por cobardes, sino a la montaña, al espesor del bosque, a tratar de sobrevivir del bandidaje. Un grito de mujer traspasó mis oídos. Lastenia gritaba: 

—¡No! ¡No! ¡Mi Indalecio no puede morir! 

Lejos, en un claro del camino vi la silueta del capataz. Levanté mi carabina, vi brillar la mira como una centella en la cabeza del delincuente, y apreté el gatillo. Lo vi caer lentamente. Olvidando el peligro me erguí en mi puesto y grité: 

—Ríndanse, o les mato como al cobarde que cayó allí, adelante. ¡Ése es su capataz que se arrancaba! 

Poco a poco los malhechores salieron del bosque, sin carabinas, con las manos en alto. Rodolfo ordenó a sus hombres que amarraran a los presos y envió a uno a Curarrehue, a buscar a la policía. No tuvo que ir muy lejos, porque el Sargento de Curarrehue recibió ordenes de Loncoche de ir al lugar de los hechos y tomar acta de lo ocurrido. Rodolfo entregó los presos a la autoridad y ordenó preparar una carreta de bueyes para llevar el cadáver del capataz al médico forense de Villarrica. 

Supimos mas tarde, que nuestra presencia fue toda una sorpresa para los cuatreros quienes sólo sabían que sería fácil, porque Fulgencio les aseguró que los campesinos no tenían defensa. Les había ofrecido a sus hombres un simple contrato de una noche y cada uno se iba a ganar un bono de 100 pesos sin más trabajo que quemar las posesiones de los campesinos. En el juicio todos cantaron como choroyes para merecer una pena reducida. Acusaron a Fulgencio de haber ordenado al capataz de matar a Indalecio, a Segundo y a Carlota. Esos testigos declararon que la muerte del capataz fue accidental, asegurando que cayó alcanzado por una bala loca cuando arrancaba en el medio del tiroteo. Mi nombre no fue mencionado por testigo alguno de modo que no se me llamó a declarar. Mi carta al Retén era suficiente testimonio. No obstante, el Juzgado me ordenó estar presente en el juicio en caso de que evidencia adicional mía se hiciese necesaria. El dolor del pobre es callado, reprimido, humilde y compungido. Lastenia con la ayuda de Fidelina y los muchachos, pusieron el cuerpo inerte de Indalecio sobre la cama. Las mujeres lloraban, calladamente. Junto a la puerta del dormitorio yo lloré lágrimas de sangre, porque Indalecio fue el amigo de mi niñez, fue el hombre fuerte que me cobijó en su casa. Tenía quince años y había envejecido en unos segundos. Le dije a Joaquín que tomara mi caballo y fuera a Curarrehue a buscar al cura. Los campesinos eran creyentes; yo debía respetar sus creencias. Como un sonámbulo me acerqué a Lastenia y le di mis pésames. Ella era ahora la viuda de Ibáñez. Luego, abracé a Fidelina que gemía. Caminé por el sendero oscuro, a tropezones, hasta llegar a mi casa. Florisa y Julia lloraron conmigo. Detrás de mis mujeres, Laura me dijo con lágrimas en sus ojos: 

—Mis condolencias, don Jorge; que Dios bendiga a don Indalecio. Extenuado me desplomé y dormí en el patio, a campo abierto… Lejos, como en una pesadilla de sonámbulo, sentí hundirse en la noche una risotada demente y chiflada de mi beoda y perturbada madre.

Epílogo

Me vine al Canadá. Terminé mis estudios de ingeniería y recorrí el mundo entero. Sin embargo en mi espíritu ha quedado el legado de mis humildes amigos. Aprendí a ser natural, espontáneo y sincero. Supe perdonar a mi madre que merecía compasión, no odio. La pobre mujer medio loca murió en 1955, en un sanatorio de desquiciados mentales. Después del entierro en el cual yo no participé, mi padre invitó a las familias de Indalecio y de Segundo a enviar a sus hijos y sus nietos a hospedarse gratuitamente en su mansión santiaguina, durante sus estudios secundarios y universitarios. Fue una deferencia más de mi padre para mitigar mi dolor por la muerte de Indalecio, y algunos meses después, la de Segundo. El fallecimiento de mi padre ocurrido en 1971 me hizo regresar a mi tierra. Fui a su tumba y le tiré mi última reverencia con una sonrisa complacida de recuerdos. Hubo tanto de bueno en ese hombre que me moldeó y me guió sin dejármelo sentir. En su testamento me nombraba ejecutor de su hacienda y heredero de todos sus bienes. En una breve carta casi académica me explicó que no dejó nada a mi hermana porque mi cuñado era riquísimo, viñatero en la región de Chillán, pero si yo veía problemas debía ayudarla. Yo sabía que ambos se ponían el gorro con total conocimiento de sus respectivas aventuras y eran felices en su gran emancipación. 

Participaban juntos en orgías de matrimonios ricos que compartían su desprecio por los cánones religiosos o sociales. Invité a mi hermana, y una vez sentados bebiendo vino añejo, le mostré la carta de papá. Bien conservada, exuberantemente hermosa, cuando terminó de leer, Rosa rió: 

—¡Elijo amantes más ricos que mi consorte, como él elige queridas más jóvenes que yo! Mis negocios e inversiones personales son ahora tan valiosos como las viñas de Juanchi. A veces me doy el gusto de echarme al cuerpo a jovencitos pobretones pero machotes bien dotados porque refrescan mis hormonas. Es como las vitaminas; te controlan el metabolismo. Pero en nuestro medio todo es especulativo —se tocó una nalga y me dijo—: -Hermanito imberbe… ¿Crees tú que este potito es gratis y se lo presto a Don Nadie? ¡No, muchacho, esta preciosa chucha mía es de oro! —afirmó, abriéndose de piernas y mostrándome, sin bragas, su raja rubicunda rodeada de hirsutos pendejos negros. 

—Esta ranurita, en una noche con un banquero, me consigue todas las hipotecas que quiera. Lo hago alegremente para apoyar a Juanchi en sus negocios y en los míos propios. 

Desde entonces, no he vuelto a ver a mi hermana. ¡Le debe ir muy bien en sus especulaciones! A sus amantes, papá les había hecho una situación en el curso de sus relaciones. Los múltiples negocios de mi progenitor eran un laberinto confuso de inversiones tangibles en Chile y adquisición de acciones de empresas internacionales, que daban dividendos altos y seguros. Sus secretarios me prestaron su concurso, y los nombré a todos al consejo ejecutivo de la fortuna de mi padre, que distribuiría ganancias a mí y a dos hijos que mi padre tuvo con sus queridas, que estaban nombrados en su testamento. El consejo ejecutivo hacía peritaje contable independiente cada año, y los auditores me informaban del estado y rendimiento de mi fortuna. Cuando mi presencia en Santiago no fue más necesaria, me fui a Santa Ana. 

Julita se había graduado en la Universidad de Chile como Doctora Veterinaria y había vuelto a Santa Ana donde estableció su consultorio regional. Lastenia vivió tanto en Santa Ana como en la morada del difunto donde furtivamente revivíamos el sexo inmenso que siempre disfrutamos. Murió meses antes que la madre de Julia. La Lastita fue una matrona para los hijos de Indalecio. En todos los años que han transcurrido viajé frecuentemente a Santa Ana, a departir con mis amigos, y a rememorar mi adolescencia opulenta pero simple y campechana. Florisa, después de darme en cada ocasión la belleza de su sexo, murió en 1992, de un ataque al corazón. En mis viajes iba a su tumba cuando pasaba por Pucón para rememorar muchos de los placeres más intensos de mi vida de adulto. Ella y Julita fueron mis compañeras preferidas tanto en Chile como en el Canadá donde me visitaban frecuentemente. Por razones de su consultorio veterinario, Julita y la Fide, cuyo cuerpo me complacía tanto como el de Julia, alternaban sus visitas a Canadá, siempre acompañadas de Florisa. Frente al nicho de Florisa rememoraba el perfume de su cuerpo y evocaba su natural feminidad. Segundo murió de un tiro por la espalda, en un sendero perdido en los bosques. No se ha resuelto el crimen y el caso está abandonado. Se rumorea en cantinas y burdeles que fue el hijo de Fulgencio, pero nadie se atrevió a testificar. 

Me alegré triste y vergonzoso que Segundo nunca supo que hubo una breve pasión sexual con su mujer. Di a Luisa, Carlota y a los hijos varones, rentas de la herencia de mi padre, que elevaron su nivel de vida al de personas de la clase media. Continué la decisión de mi padre y la mansión de Santiago siguió a la disposición de todos los parientes de mis campesinos amigos que estudiaran en la capital. Fidelina fue con Julia a estudiar en Santiago. Gracias a mi padre se instalaron en nuestra mansión capitalina, pues doña María estaba ya en el sanatorio. La Fide se esforzó duramente para pasar el examen de madurez que la habilitaba a ingresar en secundaria. Lo consiguió y salió del liceo para ir a la Universidad, donde obtuvo el título de Doctora en Veterinaria y fue a unirse a Julita en su consultorio regional. Decidí dejar Santa Ana como mi legado a Julia y Fidelina por toda la belleza que contribuyeron a mi vida. Son dos bisexuales ricas, humanas y generosas, que frecuenté cada vez que visité Santa Ana. Repetíamos en mi vieja mansión, nueva propiedad de la pareja, las bacanales de nuestra juventud, ahora con la participación adicional de Luisa, viuda de Ulloa, quien entregaba toda su potencia sexual en cada encuentro. Al principio no se sintió cómoda en un ambiente pluralista, pero Florisa la habituó muy rápido su coño. Pronto se acostumbró a que el celo posesivo no existe entre seres naturales, civilizados y generosos. Tuve el agrado de gozar a la formidable Luisa sin sentir vergüenza de traicionar a un amigo. ¡Con calma y sin remordimientos, esa mujer era una máquina sexual avasalladora, bien lubricada! 

Dueñas de Santa Ana, Julia y Fidelina, mantuvieron la tradición del buen nombre de los Torrealba en la comarca. En un muro de un bodegón en la estación de Villarrica, unas letras de cal todavía dejaban leer: Vote por Fuenzalida. Filiberto aprovechó su diputación para acumular una efímera fortuna. Fue delatado a la prensa y tuvo que renunciar y salir con lo puesto al extranjero porque varios de los ricos que él extorsionó, pusieron precio a su cabeza en el medio subterráneo del bandolerismo. Don Fulgencio murió en la cárcel donde lo puso mi denuncia por su complicidad en el asesinato de Indalecio. Su hijo —un ignorante expulsado de varias escuelas— malgastó la fortuna del usurero y terminó un cuatrero más en la región. Muy rico, no tenía ya razón de trabajar. 

Volví a Canadá, y me ofrecí como voluntario a la CIDA para asumir cátedras de ingeniería en África, donde la pobreza es aún más intensa que en mi tierra de origen. En África conocí varias mujeres, bonitas, sensuales y anhelantes… 

Pero eso es toda otra historia. Florisa y Julita o la Fide, me visitaron a menudo en África. Si bien las tres eran hembras increíblemente sensuales, pulcras y aromáticas, el bálsamo femenino de Florisa fue siempre el que más me fascinó. Nunca pensé en casarme. Mi juvenilia muy particular, me orientó desde muchacho a creer que cada ser humano da a su consensual todo lo que es capaz de ofrecer, y aspira a que haya reciprocidad. El poner esta relación delicada y noble en un contrato religioso que dicta los deberes de uno hacia el otro, me pareció siempre demasiado basto. Tal reciprocidad es medida por una vara egoísta, establecida por intrusos, que se queda muy corta respecto a lo que cada ente humano puede brindar libremente. Basta recordar el matrimonio de mis progenitores para apoyar vigorosamente mi opinión. La obligación civil voluntaria es aceptable, porque sólo involucra arreglos materiales que no están atados a una imposición divina arbitraria y amenazante, generada por fanáticos religiosos imperfectos que desean gobernar las vidas ajenas. 

Y aquí estoy de nuevo en Canadá, retirado del voluntariado. Mi mansión en Westmount, barrio aristocrático de Montreal, me permite vivir mis últimos días de manera cómoda con todos los servicios necesarios a mi vieja y menguada catadura… Hice mi testamento y puse la fortuna en la Fundación Torrealba, bajo mi presente consejo ejecutivo como fiscalizador. Los nietos de Indalecio y Segundo, todos ellos profesionales, fueron nombrados directores de la Fundación que invertirá la mitad de los dividendos cada año en hipotecas, bonos municipales y estatales para incrementar el capital de la Fundación. Estos profesionales tienen autoridad, con el consenso de todos los beneficiados, a nombrar otros directores para el control ético de las empresas tributarias a la fundación. La otra mitad de los beneficios cíclicos, se repartirá entre todas mis compañeras de farándula que aún viven, de manera de asegurar sus vidas y las de sus herederos. La Incorporación de la Fundación es invariable. Cada beneficiado puede transmitir su parte a sus herederos. De esta manera cada generación decidirá cómo su parte de la mitad anual ira a sus legatarios. Tal vez, me tocará morir muy pronto, y saludaré al Dios que yo respeto, el de la naturalidad placentera y emotiva de la vida sin prejuicios, sin dogmas ni onanistas solitarios, fanáticos y obtusos. Entretanto, vivo intensamente en la memoria arrobadora de mi deleitable existencia. Se pasean en mi mente los sonoros nombres de aquellas hermosas mujeres que matizaron mi vida con imágenes eróticas que se clavan provocadoras y voluptuosas en las regiones de mi sensualidad, que empieza a decaer con el transcurso impávido del tiempo. Las siento alejarse, las presiento escudriñándome y naufrago al ver que hoy no existen en mi esperanza esencial, ya quebrada y cavernosa. Tal vez lo que me acaece es la preparación natural a la muerte irrevocable. Quizás han partido a cielos bucólicos donde me aguardan… No lo sé… Soy feliz, si bien hay nostalgia perenne de no tenerlas, de no estrecharlas en mi alma henchida de acechanza… Y así me adormezco con el anhelo de nunca más despertar… Es una manera excelsa de morir y me echo sobre el lecho con la ilusión de dormir vertiginoso, y que mi quimera se estire larga, muy larga y prolongada, hasta alcanzarlas, en algún edén donde ellas hayan colonizado nuestros cosmos. Y luego, nada… Apenas el enigma arcano de un extinto yerto, enjuto y fenecido.

FIN