Pauline
Reague
Historia de O
UNA REVUELTA EN BARBADOS
Una singular
revuelta ensangrentó, en el curso del año de
1838, la pacífica isla de Barbados. Unos doscientos negros,
hombres y mujeres que recientemente habían sido manumitidos
por las Ordenanzas de marzo, fueron a pedir una mañana a su
antiguo amo, un tal Glenelg, que volviera a tomarlos como esclavos. Se
dio lectura al pliego de reclamaciones, redactado por un pastor
anabaptista que llevaban con ellos. Pero Glenelg, bien por timidez, por
escrúpulo o, simplemente, por temor a la ley, no se
dejó convencer. En vista de lo cual, fue en un principio
suavemente zarandeado y después asesinado con toda su
familia por los negros, quienes aquella misma noche volvieron a sus
chozas, dedicándose a sus charlas, sus trabajos y sus ritos
habituales. El caso pudo taparse rápidamente gracias a los
desvelos del gobernador Mac Gregor y la liberación
siguió su curso. El pliego de reclamaciones no pudo ser
hallado.
A veces, pienso en el pliego aquel. Probablemente, junto a
reclamaciones justas, relativas a la organización de los
talleres, a la sustitución del látigo por la
celda y a la prohibición de ponerse enfermos que se
hacía a los "aprendices" -así se llamaba a los
nuevos trabajadores libres-, debía de contener, por lo
menos, el esbozo de una apología de la esclavitud. Por
ejemplo, la observación de que las únicas
libertades a las que somos sensibles son aquellas que someten a otros a
una servidumbre equivalente. No existe un hombre que se alegre de
respirar libremente. Pero, por ejemplo, si yo consigo poder tocar el
banjo hasta las dos de la madrugada, mi vecino pierde la libertad de no
oírme tocar el banjo hasta las dos de la madrugada. Si yo
consigo vivir sin trabajar, otro tendrá que trabajar por
dos. Y ya se sabe que, en el mundo, una pasión incondicional
por la libertad, pronto acarrea forzosamente conflictos y guerras no
menos incondicionales. Añádase a ello que, debido
a los efectos de la dialéctica, el esclavo está
destinado a convertirse en amo a su vez, sería un error
querer precipitar las leyes de la Naturaleza.
Añádase, también, que no deja de tener
su grandeza y su alegría eso de abandonarse a la voluntad
ajena (como hacen los enamorados y los místicos) y verse,
¡al fin!, libre de placeres, intereses y complejos
personales. En suma, que hoy aquel pliego sería considerado
más peligroso que hace ciento veinte años.
Pero aquí se trata de otra clase de textos peligrosos.
Concretamente, de los eróticos.
DECISIVO COMO UNA CARTA
Aunque,
¿por qué los llaman peligrosos? Eso es algo, por
lo menos, imprudente. Algo que parece hecho, contando con que nos
sintamos medianamente valientes, para instarnos a leerlos y exponernos
al peligro. Y por algo será que las Sociedades
Geográficas aconsejan a sus miembros no hacer mucho
hincapié en los peligros corridos. No es por modestia, sino
por no tentar a nadie (como se ve todavía por la facilidad
de las guerras). Pero, ¿qué peligros?
Hay uno, por lo menos, que veo claramente desde aquí. Es un
peligro modesto. Evidentemente, La historia de O es uno de esos libros
que marcan al lector, que no lo dejan como lo encontraron, sino
curiosamente mezclados a la influencia que ejercen y
transformándose con ella. Después de varios
años ya no son los mismos libros. De manera que, muy pronto,
los primeros críticos parecen haber sido un poco bobos.
Pero, ¡qué importa!, un crítico nunca
debe dudar en ponerse en ridículo. De manera que lo
más sencillo será confesar que yo no
sé muy bien por dónde ando. Avanzo por O de un
modo curioso, como en un cuento de hadas -ya se sabe que los cuentos de
hadas son las novelas eróticas de los niños-,
como en uno de esos castillos encantados que parecen abandonados y, sin
embargo, los sillones enfundados, los taburetes y las camas de barrotes
están bien sacudidos, como los látigos y las
fustas que lo están, digamos, por naturaleza. Ni asomo de
herrumbre en las cadenas, ni el más leve vaho en las
baldosas de colores. La primera palabra que se me ocurre cuando pienso
en O es decencia. Palabra difícil de justificar.
Dejémoslo. Y ese viento que atraviesa sin parar todas las
habitaciones. Alienta también en O no sabría
decir qué espíritu puro y violento, sin parar,
sin mezcla alguna. Es un espíritu decisivo al que nada
arredra, de suspiros en horrores y de éxtasis en
náusea. Y, a decir verdad, en general mis preferencias son
otras: me gustan las obras en las que el autor vacila; en las que deja
entrever, por cierta turbación, que el tema lo
intimidó; que dudó de si llegaría a
salir con bien. Pero la Historia de O, está llevada, de
principio a fin, como una pirueta. Te hace pensar más en un
discurso que en una simple efusión; en una carta
más que en un Diario íntimo. Pero una carta
dirigida ¿a quién? Un discurso para convencer
¿a quién? ¿Y a quién
preguntárselo? Ni siquiera sé quién es
usted.
Que es una mujer no lo dudo. Y no tanto por esos detalles en los que se
complace, los vestidos de satén verde, los
ceñidores y las faldas levantadas varias vueltas: como un
mechón de pelo en un bigudí, sino en que: el
día en que René abandona a O a nuevos suplicios,
ella conserva la suficiente presencia de ánimo para observar
que las zapatillas de su amante están raídas y
que habrá que comprar otras. Es algo que me parece casi
inconcebible. Es algo que a un hombre nunca se le hubiera ocurrido, o,
por lo menos, no se hubiera atrevido a decir.
Y, sin embargo, O, a su manera, expresa un ideal viril. Viril o, cuando
menos, masculino. ¡Por fin una mujer que confiesa!
¿Confiesa el qué? Eso que las mujeres siempre han
rehusado (pero nunca tanto como hoy). Eso que los hombres siempre les
reprocharon: que no dejen de obedecer a su sangre; que en ellas todo
sea sexo, incluso su espíritu. Que habría que
alimentarlas sin cesar, lavarlas y maquillarlas sin cesar, pegarlas sin
cesar. Que ellas necesitan, simplemente, un buen amo y un amo que
desconfíe de su bondad: porque ellas, para hacerse amar por
otros, utilizan todo el ardor, la alegría y el
carácter que les infunde nuestra ternura en cuanto
ésta se les manifiesta. En suma, que has de llevar el
látigo cuando vas a verlas. Son pocos los hombres que no
hayan soñado con poseer a una Justine. Pero, que yo sepa, ni
una sola mujer había soñado con ser Justine. Por
lo menos, soñado en voz alta, con ese orgullo de la queja y
del llanto, esa violencia arrolladora, con esa rapacidad del
sufrimiento y esa voluntad, tensa hasta el desgarro y el estallido.
Mujer, tal vez, pero con carácter de caballero y de cruzado.
Como si en ti llevases las dos naturalezas o el destinatario de la
carta se rehiciera tan presente a cada instante que tú
hicieras tuyos y su voz. Pero, ¿qiué clase de
mujer, quien eres tú?
De todos modos la Historia de O viene de lejos. En primer lugar observo
en ella ese sosiego, esos espacios que se hacen en un relato que ha
sido concebido durante mucho tiempo por el autor: que se le ha hecho
familiar. ¿Quien es Paulien Réage?
¿Una simple soñadora como hay tantas? (Ellas
dicen que basta con escuchar el corazón. Es un
corazón al que nada para.) ¿Es una mujer de
experiencia que pasó por ello? Que pasó por ello
y se asombra de que una aventura que empezó o ten bien- o
por lo menos, tan seriamente, con ascetismo y castigo- acaba tan mal,
en un placer más bien sórdido, por que a fin de
cuentas, estamos de acuerdo, O se queda en aquella especie de casa de
citas en la que la hizo entrar el amor, se queda y no se encuentra tan
mal. Sin embargo, a este respecto:
//. UNA DECENCIA IMPLACABLE
A
mí también me asombra ese final. No hay quien me
haga creer que éste es el verdadero final. Que en la
realidad (por así decirlo), tu heroína no
consigue que Sir Stephen la haga morir. Que él no le quite
los hierros hasta después de muerta. Pero, evidentemente, no
está todo dicho y esta abeja -hablo de Pauline
Réage- se ha guardado para sí una parte de su
miel. Quién sabe, acaso por esta sola vez ha sentido una
preocupación de escritor: narrar un día la
continuación de las aventuras de O. Es posible asimismo que,
al ser este final tan evidente, creyó que no
valía la pena escribirlo. Nosotros lo descubrimos solos sin
el menor esfuerzo. Lo descubrimos y nos obsesiona un poco. Pero
tú, ¿cómo la inventaste tú?
¿Y qué nombre hay que dar a esta aventura?
Insisto en ello porque estoy seguro de que una vez hallados, los
taburetes y las camas con barrotes y hasta las mismas cadenas
tendrán explicación, permitirán ir y
venir entre ellas esta gran figura oscura, este fantasma lleno de
intención, estos alientos extraños.
Aquí tengo que pensar forzosamente en lo que hay de
extraño precisamente en el deseo masculino: en lo que hay de
insostenible. Se ven esas piedras en las que soplan los vientos que, de
pronto, empiezan a moverse o a suspirar o a sonar como una mandolina.
La gente viene a verlas desde muy lejos. Sin embargo, uno al principio
quisiera escapar, por más que le guste la música.
¿Y si, en definitiva, la función de los
eróticos (de los libros peligrosos, si ustedes prefieren)
fuera ponernos al corriente? De orientarnos al modo de un confesor.
Sé muy bien que uno suele acostumbrarse. Y tampoco los
hombres se sienten turbados durante mucho tiempo. Toman partido en su
favor y dicen que fueron ellos quienes empezaron. Mienten y, para
demostrarlo, ahí están los hechos: evidentes,
más que evidentes.
Y las mujeres también, me dirán. Seguramente,
pero en ellas el hecho no es visible. Ellas siempre pueden decir que
no. ¡Qué decencia! Y, seguramente, de
ahí proviene la opinión de que ellas son las
más bellas de los dos y de que la belleza es femenina.
Más bellas no estoy seguro. Si acaso, más
discretas, menos aparentes, lo cual tiene un cierto tipo de belleza. Es
la segunda vez que hablo de decencia a propósito de un libro
en el que ésta no interviene demasiado...
Pero, ¿es cierto que no interviene? No estoy pensando en la
decencia un poco insulsa, que se contenta con disimular; que huye de la
piedra y niega que la vio moverse. Hay otra clase de decencia, la
irreductible y pronta a castigar; la que humilla la carne con la
suficiente energía para devolverle su integridad primera y,
por la fuerza, la hace retroceder a los días en los que el
deseo no se había declarado todavía y la roca no
había cantado. Una decencia en cuyas manos es peligroso
caer. Porque, para satisfacerla, hay que ofrecerse con las manos atadas
a la espalda, las rodillas separadas, entre lágrimas y
sudor.
Parece que estoy diciendo cosas espantosas. Es posible, pero el espanto
es el pan nuestro de cada día. Tal vez los libros peligrosos
son simplemente aquellos que nos exponen a nuestro peligro natural.
¿Qué enamorado no se asustaría si
midiera un instante el alcance del juramento que hace, y no a la
ligera, de entregarse para toda la vida? ¿Qué
enamorada, si sopesara un segundo lo que quieren decir los "no supe lo
que era el amor hasta que te conocí... Nunca me
sentí conmovida antes de conocerte" que le vienen a los
labios? O, incluso, las más serias -
¿más serias?-: "Quisiera ser castigada por haber
sido feliz antes de conocerte." Pues le toman la palabra. Ya va, por
así decirlo, bien servida.
De modo que no faltan torturas en la Historia de O. No faltan los
trallazos ni las marcas con hierro candente, sin hablar de la picota ni
de la exposición en plena terraza. Casi tantas torturas como
oraciones en la vida de los anacoretas. Y no menos cuidadosamente
distinguidas y como numeradas, separadas unas de otras por piedrecitas.
No siempre son torturas alegres, quiero decir infligidas con
alegría. René se niega a hacerlo. Y Sir Stephen,
si consiente en ello, lo hace como una obligación. Es
evidente que ellos no se divierten. No tienen nada de
sádicos. Es como si, desde el principio, fuera O quien
pudiera ser castigada y acorralada.
Aquí no faltará el necio que hable de masoquismo.
Ello sería agregar al verdadero misterio un misterio falso
de lenguaje. ¿Qué quiere decir masoquismo?
¿Que el dolor es también placer y el sufrimiento,
alegría? Puede que sí. Éstas son
afirmaciones de las que los metafísicos hacen gran uso -como
dicen también que toda presencia es ausencia y toda palabra
silencio- y no niego (aunque no siempre las entiendo) que puedan tener
su utilidad. Pero, en todo caso, es una utilidad que no se deriva de la
simple observación, por lo tanto, que no es de la
incumbencia del médico ni del simple psicólogo y
mucho menos del necio. No, se me dirá. Se trata,
sí, de un dolor, pero de un dolor que el masoquista sabe
transformar en placer; de un sufrimiento del que, por una
química secreta, él destila un puro placer.
¡Qué noticia! De este modo, los hombres
habrían hallado al fin lo que tan asiduamente buscaban en la
medicina, la moral, las filosofías y las religiones: el
medio de evitar el dolor, o, por lo menos, de superarlo, de
comprenderlo (aunque sólo fuera por ver en él el
efecto de nuestra necedad o de nuestras faltas). Y, lo que es
más, lo habrían hallado desde siempre, pues, a
fin de cuentas, los masoquistas no datan de ayer. Y me asombra el que
no se les hayan rendido mayores honores ni se haya espiado su secreto.
Que no se les haya reunido en palacios, para observarlos mejor,
encerrados en jaulas. Tal vez los hombres nunca se hagan preguntas
cuyas respuestas no les hayan sido dadas ya en secreto. Tal vez
bastaría ponerlos en contacto unos con otros, arrancarlos a
su soledad (como si no existiera un deseo humano que fuera puramente
quimérico). Pues bien, por lo menos, aquí tenemos
la jaula y a esta mujer dentro de la jaula. No queda más que
escucharla.
///. CURIOSA CARTA DE AMOR
Ella dice:
"Haces mal en asombrarte. Considera mejor tu amor. Se
horrorizaría si comprendiera durante un solo instante que
soy mujer y que estoy viva. Y no es olvidando las fuentes ardientes de
la sangre como vas a cegarlas.
"Tus celos no te engañan. Es cierto que me haces feliz y
más sana y mil veces más viva. Sin embargo, yo no
puedo impedir que esta felicidad se vuelva inmediatamente contra ti.
También la piedra canta más fuerte cuando la
sangre está tranquila y el cuerpo, descansado. Prefiero que
me mantengas en esta jaula, sin alimentarme casi, si te atreves. Todo
lo que me acerca a la enfermedad y la muerte me hace fiel. Y es
únicamente en los momentos en que me haces sufrir cuando no
corro peligro. No debiste aceptar ser un dios para mí, si
los deberes de los dioses te dan miedo, y todo el mundo sabe que los
dioses no son blandos. Ya me has visto llorar. Ahora tienes que tomarle
el gusto a mis lágrimas. ¿Acaso mi cuello no
está precioso cuando se hincha y tiembla a pesar
mío con el grito que contengo? Es una gran verdad que debe
cogerse un látigo cuando se viene a vernos. Y más
de una necesitaría, incluso, el gato de nueve colas."
En seguida, agrega: " ¡Qué broma más
tonta! Pero tú tampoco entiendes nada, ¿y si no
te amase con locura, crees que iba a atreverme a hablar así
y traicionar a mis semejantes?"
Y dice también: "Es mi imaginación, son mis
sueños vagos lo que a cada instante te traicionan.
Extenúame. Líbrame de estos sueños.
Entrégame. Adelántate para que no tenga ni
siquiera el tiempo de imaginar que te soy infiel. (Porque la realidad,
en todo caso, preocupa menos.) Pero procura antes marcarme con tu
número. Si llevo la marca de tu fusta o de tus cadenas, o
esos anillos en mis labios, que sea evidente para todos que te
pertenezco. Mientras me golpeen o me violen de tu parte, tú
serás mi único pensamiento, mi único
deseo, mi única obsesión. Es lo que tú
querías, supongo. Pues bien, te amo y es también
lo que quiero yo.
"Si de una vez por todas dejo de ser yo, si ni mi boca, ni mi vientre,
ni mis senos me pertenecen, me convierto en una criatura de otro mundo
en el que todo habrá cambiado de sentido. Tal vez llegue un
día en que ya no sepa nada de mí.
¿Qué significa para mí el placer,
qué significan las caricias de tantos hombres, enviados
tuyos, a los que no distingo y que no puedo comparar contigo?"
Así es como ella habla. Yo la escucho y comprendo que no
miente. Trato de seguirla (es la prostitución lo que durante
mucho tiempo me confundió). Después de todo,
puede que la túnica ardiente de las mitologías no
sea una simple alegoría; ni la prostitución
sagrada, una curiosidad histórica. Puede que las cadenas de
las canciones ingenuas ni los "me muero de amor" sean simple
metáfora. Ni lo que dicen las mujeres de la calle a su
amante particular: "Te llevo dentro de la piel, puedes hacer de
mí lo que tú quieras." (Es curioso que, para
desembarazarnos de un sentimiento que nos desconcierta, optemos por
atribuirlo a los apaches o a las prostitutas.) Puede que
Eloísa, cuando escribía a Abelardo: "Yo
seré tu fille de joie" no se propusiera, simplemente, hacer
una hermosa frase. Es indudable que la Historia de O es la
más feroz carta de amor que haya recibido un hombre.
Me acuerdo de aquel holandés que debía errar por
los océanos hasta que encontrara a la mujer que accediera a
perder la vida para salvarlo; y del caballero Guiguemar que, para curar
de sus heridas, esperaba que una mujer sufriera por él "lo
que jamás sufrió mujer alguna". Sí, la
Historia de O es más larga que una endecha y mucho
más detallada que una simple carta. Tal vez haya que
remontarse más atrás. Tal vez nunca haya sido tan
difícil como hoy comprender sencillamente lo que dicen los
chicos y las chicas de la calle, lo que decían, supongo, los
esclavos de Barbados. Vivimos en un tiempo en el que las verdades
más simples no tienen más recurso que
ofrecérsenos desnudas (como O) bajo una máscara
de lechuza.
Porque a veces se oye a personas que parecen normales, y hasta
sensatas, hablar alegremente del amor como de un sentimiento ligero y
sin consecuencias. Se dice que brinda no pocos placeres y que ese
contacto de dos epidermis tiene su encanto. Se añade que el
encanto o el placer pudo ser gozado plenamente por quien sabe respetar
del amor su fantasía, su capricho y su libertad natural. Por
mí, no hay inconveniente y si tan fácil es para
dos personas de distinto sexo (o de igual sexo) darse mutua
satisfacción, felicidades y la enhorabuena,
harían muy mal en complicarse la vida. Pero hay en todo esto
una o dos palabras que me preocupan: la palabra amor y
también la palabra libertad. Es evidente que se contradicen.
El amor es depender -y no sólo para el placer, para la misma
existencia y para eso que viene antes que la existencia: las ganas de
existir- de mil y una cosas extrañas: de unos labios (y de
la mueca o la sonrisa que formen), de un hombro (y de su manera de
encogerse), de unos ojos (de una mirada suave o fría), en
definitiva, de todo un cuerpo ajeno, con el espíritu o el
alma que lo habite, de un cuerpo que a cada instante puede hacerse
más deslumbrante que el sol o más helado que una
llanura nevada. No resulta agradable pasar por ahí, y no me
hagan ustedes reír con sus suplicios. Tiemblas cuando ese
cuerpo se agacha para abrochar la hebilla de un zapato y te parece que
todos te ven temblar. ¡Antes el látigo y los
anillos en tu carne! En cuanto a la libertad... Cualquier hombre o
cualquier mujer que haya pasado por eso, antes sentirá
deseos de gritar contra ella, de desatarse en insultos, de proferir
horrores. No; no faltan los horrores en la Historia de O. Pero a veces
me parece que, más que una mujer, es una idea, una manera de
pensar, una opinión lo que aquí se lleva al
suplicio.
LA VERDAD SOBRE LA REBELIÓN
Es
extraño, pero la felicidad en la esclavitud pasa hoy en
día por ser una idea nueva. Ya no existe el derecho de vida
y de muerte en las familias, ni los castigos corporales y las novatadas
en los colegios, ni correctivos conyugales en los matrimonios y hoy se
deja pudrir tristemente en los calabozos a los hombres que en otros
siglos morían orgullosamente en las plazas
públicas, decapitados. Hoy ya no infligimos más
torturas que las anónimas e inmerecidas. Aunque
también son mil veces más atroces. Ahora son los
habitantes de toda una ciudad los que se asan de una sola vez en un
bombardeo. El excesivo mimo del padre, del maestro o del amante se paga
con la lluvia de bombas, la rociada de napalm o la explosión
del átomo. Es como si en el mundo existiera cierto
equilibrio misterioso de la violencia por la que nosotros
hubiéramos perdido el gusto y hasta el sentido. Y no me
importa que sea una mujer quien los recobre. Ni siquiera me
extraña.
A decir verdad, yo no me hago sobre las muí res tantas ideas
como suelen hacerse los hombre Me sorprende que las haya.
Más que sorprenderme me maravilla. De ahí viene
que ellas me parezcan maravillosas y las envidie. ¿Y
qué envidio, real-mente?
En ocasiones, siento nostalgia de mi niñez. Pero lo que echo
de menos no son las sorpresas ni la revelación de que hablan
los poetas. No. Recuerdo una época en la que me
sentía responsable de toda la tierra. Era unas veces
campeón de boxeo; otras cocinero, orador político
(sí), general, ladrón y hasta piel roja,
árbol o roca. Me dirán que era un juego.
Sí, podría serlo para ustedes, las personas
mayores, pero no para mí, en absoluto. Era entonces cuando
tenía el mundo en la mano, con todos los quebraderos de
cabeza y los peligros que ello supone: entonces era yo universal. Y
aquí quería llegar.
Porque a las mujeres les es dado parecerse durante toda la vida a los
niños que fuimos. Una mujer puede hacer mil cosas que a
mí se me escapan. En general, sabe coser. Sabe guisar. Sabe
amueblar una casa y cuáles son los estilos que no se dan de
bofetadas (no digo que haga estas cosas a la perfección,
pero yo tampoco era un piel roja intachable). Y sabe muchas otras
cosas. Se encuentra a gusto con los perros y los gatos; habla con esos
medios locos, los niños, con los que convivimos: les
enseña cosmología y buenos modales, higiene y
cuentos de hadas y, a veces, incluso piano. En suma, nosotros desde la
niñez no hacemos más que soñar con un
hombre que fuera todos los hombres a la vez. Pero parece a cada mujer
le ha sido dado ser todas las (y todos los hombres) a la vez. Hay algo
más curioso todavía.
En nuestros días, se oye decir que basta comprender para
perdonar. Pues bien, a mí me ha parecido siempre que para
las mujeres -por más universales que sean- es al
revés. He tenido muchos amigos que me aceptaban tal como soy
y a los que yo aceptaba tal como eran, sin el menor deseo de
transformarnos los unos a los otros. Incluso me alegraba -y ellos se
alegraban también- de que cada cual tuviera su personalidad.
Pero no hay una sola mujer que no trate de cambiar al hombre a quien
ama y cambiarse ella al mismo tiempo. Como si el proverbio fuera
mentira y bastara comprender para no perdonar.
No; Pauline Réage no se perdona mucho. Y, a decir verdad, a
veces me pregunto si no exagera un poco; si las mujeres, sus
semejantes, son tan semejantes a ella como ella supone. Pero
más de un hombre le concederá esto de buen grado.
¿Hemos de lamentar la pérdida del cuaderno de
Barbados? A fuer de sincero, temo que el bueno del anabaptista que lo
redactó lo llenara, en su parte apologética, de
lugares comunes bastante insulsos: por ejemplo, que siempre
habrá esclavos (por lo menos, eso es lo que puede
observarse); que siempre serán los mismos (lo cual puede
discutirse); que cada cual debe resignarse a su estado y no perder con
recriminaciones un tiempo que podría dedicarse a juego, a la
meditación y a los placeres de costumbre.
Etcétera. Pero supongo que no dijo la verdad: que los
esclavos de Glenelg estaban enamorados de su amo, que no
podían prescindir de él ni de su esclavitud.
Después de todo, la misma verdad que infunde a la Historia
de O su rotundidad, su inconcebible decencia y ese vendaval
fanático que no deja de soplar.
I. LOS AMANTES DE ROISSY
Un
día, su amante lleva a O a dar un paseo por un lugar al que
no van nunca, el parque Montsouris y el parque Monceau. Junto a un
ángulo del parque, en la esquina de una calle en la que no
hay estación de taxis, después de pasear por el
parque y de haberse sentado al borde del césped, ven un
coche con contador, parecido a un taxi.
-Sube -le dice él.
Ella sube al taxi. Está anocheciendo y es otoño.
Ella viste como siempre: zapatos de tacón alto, traje de
chaqueta con falda plisada, blusa de seda y sombrero. Pero lleva
guantes largos que le cubren las bocamangas y, en su bolso de piel, sus
documentos, la polvera y la barra de labios. El taxi arranca suavemente
sin que el hombre haya dicho una sola palabra al conductor. Pero baja
las cortinillas a derecha e izquierda y también
detrás; ella se quita los guantes, pensando que
él va a abrazarla o que quiere que le acaricie. Pero
él le dice:
-El bolso te estorba. Dámelo. -Ella se lo da. El hombre lo
deja lejos de su alcance y añade-: Estás
demasiado vestida. Desabróchate las ligas y
bájate las medias hasta encima de las rodillas. Ponte estas
ligas redondas.
Ella siente cierto apuro, el taxi va más aprisa y teme que
el conductor vuelva la cabeza. Por fin, las medias quedan arrolladas.
Le produce una sensación de incomodidad el sentir las
piernas desnudas bajo la seda de la combinación.
Además, las ligas sueltas le resbalan.
-Quítate el liguero y el slip.
Esto es fácil. Basta pasar las manos por detrás
de los riñones y levantarse un poco. Él guarda el
liguero y el slip en el bolsillo y le dice:
-No debes sentarte sobre la combinación y la falda.
Levántalas y siéntate con la carne desnuda.
El asiento está tapizado de molesquín
frío y resbaladizo. Da angustia sentirlo pegado a los
muslos. Luego, él le dice:
-Ahora ponte los guantes.
El taxi sigue corriendo y ella no se atreve a preguntar por
qué René no se mueve ni dice nada, ni
qué significado puede tener para él que ella
permanezca inmóvil y muda, interiormente desnuda y
accesible, y tan enguantada, en un coche negro que va no se sabe
dónde. Él no le ha dado ninguna orden, pero ella
no se atreve a cruzar las piernas ni a juntar las rodillas. Apoya las
enguantadas manos en la banqueta, una a cada lado.
-Hemos llegado -dice él de pronto.
El taxi se detiene en una hermosa avenida, debajo de un
árbol -son plátanos-, ante un chalet que se
adivina entre el patio y el jardín, parecido a los del
barrio de Saint-Germain. Los faroles están un poco lejos, el
interior del coche está a oscuras y fuera llueve.
-Quédate quieta -dice René-. No te muevas.
Acerca la mano al cuello de la blusa, deshace el lazo y desabrocha los
botones. Ella se inclina ligeramente hacia delante, pensando que
él desea acariciarle los senos. No. Él
sólo palpa el tirante, lo corta con una navajita y le saca
el sostén. Ahora, debajo de la blusa, que él
vuelve a abrochar, ella tiene los senos libres y desnudos, como libres
y desnudas tiene las caderas y el vientre, desde la cintura hasta las
rodillas.
-Escucha -le dice él-. Ahora estás preparada Yo
te dejo. Bajarás del coche y llamarás a la
puerta. Seguirás a la persona que abra y harás lo
que te ordene. Si no entraras en seguida, saldrían a
buscarte; si no obedecieras, te obligarían a obedecer.
¿El bolso? No vas a necesitarlo. No eres más que
la muchacha que yo entrego. Sí, sí, yo
estaré también. Vete.
Otra versión del mismo comienzo era más brutal y
más simple: la mujer, vestida de este modo, era conducida en
el coche por su amante y un amigo de éste, a quien ella no
conocía. El desconocido iba al volante y el amante, sentado
al lado de la mujer. Y era el desconocido el que explicaba a la mujer
que su amante debía prepararla, que le ataría las
manos a la espalda, por encima de los guantes, le soltaría y
enrollaría las medias, le quitaría el liguero, el
slip y el sostén y le vendaría los ojos. Que
después la entregarían en el castillo donde
recibiría instrucciones sobre lo que debía hacer.
Efectivamente, una vez así desvestida y atada, la ayudaron a
bajar del coche, le hicieron subir unos escalones, y cruzar una o dos puertas,
siempre con los ojos vendados. Cuando le quitaron la venda, ella se
encontró sola en una habitación oscura, donde la
tuvieron una hora o dos, no sé, pero fue como un siglo.
Después, cuando por fin se abrió la puerta y se
encendió la luz, se vio que había estado
esperando en una habitación muy banal y confortable aunque
extraña: con una gruesa alfombra en el suelo, pero sin un
mueble, rodeada de armarios empotrados. Dos bonitas jóvenes
habían abierto la puerta. Vestían como las
doncellas del siglo xviii: con faldas largas, ligeras y vaporosas que
les llegaban hasta los pies, corpiños muy ajustados que les
levantaban el busto, abrochados delante y encaje en el escote y en las
bocamangas que les llegaban por el codo; llevaban los ojos y la boca
pintados, así como una gargantilla muy ajustada al cuello y
pulseras ceñidas a las muñecas.
Sé que entonces soltaron las manos de O, que
todavía tenía atadas a la espalda y le dijeron
que debía desnudarse, que la bañarían
y maquillarían. La desnudaron y guardaron sus ropas en uno
de los armarios. No dejaron que se bañara sola y la peinaron
como en la peluquería, sentándola en uno de esos
sillones que se inclinan hacia atrás cuando te lavan la
cabeza y que a continuación se levantan cuando te ponen el
secador, después del marcado. Para todo esto se necesita por
lo menos una hora. Y tardaron, efectivamente, más de una
hora, durante la cual ella permaneció sentada en aquel
sillón, desnuda, sin poder cruzar las piernas, ni siquiera
juntar las rodillas. Y como delante tenía un gran espejo que
cubría toda la pared, en la que no había tocador,
cada vez que su mirada tropezaba con el espejo, se veía
así abierta.
Cuando estuvo peinada y maquillada, con los párpados
sombreados ligeramente, la boca muy roja, los pezones sonrosados y el
borde de los labios mayores carmín, mucho perfume en las
axilas y el pubis, en el surco formado por los muslos, debajo de los
senos y en las palmas de las manos, la hicieron entrar en una
habitación en la que un espejo de tres cuerpos y otro espejo
adosado a la pared le permitían verse perfectamente. Le
dijeron que se sentara en el taburete colocado en el centro del espacio
rodeado de espejos y que esperara. El taburete estaba tapizado de piel
negra de pelo largo que le hacía cosquillas, la alfombra
también era negra y las paredes, rojas. Calzaba chinelas
rojas. En una de las paredes del gabinete había un ventanal
que daba a un hermoso y sombrío parque. Había
dejado de llover, los árboles se agitaban al viento y la
luna corría entre las nubes. No sé
cuánto tiempo estuvo en el gabinete rojo, ni si estaba
realmente sola como creía estarlo, o si alguien la observaba
por alguna mirilla disimulada en la pared. Lo cierto es que cuando
volvieron las dos mujeres, una llevaba una cinta métrica y
la otra un cesto. Las acompañaba un hombre, vestido con una
larga túnica violeta, de mangas anchas recogidas en el
puño, que se abría desde la cintura cuando
andaba. Debajo de la túnica se le veían unas a
modo de calzas ceñidas que le cubrían las
piernas, pero dejaban el sexo al descubierto. Fue el sexo lo primero
que O vio a su primer paso, después el látigo de
tiras de cuero que llevaba colgado del cinturón y,
posteriormente, que el hombre tenía la cara cubierta por una
capucha negra en la que un tul negro disimulaba incluso los ojos y
finalmente que llevaba guantes, también negros, de fina
cabritilla. Le dijo que no se moviera, tuteándola y, a las
mujeres, que se dieran prisa. La que llevaba el centímetro
tomó las medidas del cuello y de las muñecas de
O. Eran medidas corrientes, aunque pequeñas. Fue
fácil encontrar en el cestillo que sostenía la
otra mujer el collar y las pulseras adecuados. Así es como
estaban hechos: varias capas de cuero (capas bastante delgadas, hasta
un espesor de no más de un dedo), cerradas por mecanismo de
resorte automático que funcionaba como un candado y que no
podía abrirse más que con una llavecita. En la
parte exactamente opuesta al cierre había un anillo
metálico que permitía sujetar el brazalete, ya
que el cuero quedaba demasiado ceñido al cuello o a la
muñeca para que pudiera introducirse cualquier cuerda o
cadena. Cuando le hubieron colocado el collar y las pulseras, el hombre
le dijo que se levantara. Él se sentó en el
taburete que ella había ocupado hasta entonces, le
ordenó acercarse hasta rozarle las rodillas, le
pasó la enguantada mano entre los muslos y por encima de los
senos y le explicó que sería presentada aquella
misma noche, después de la cena que ella tomaría
sola. Y cenó sola, efectivamente, siempre desnuda, en una
especie de cabina pequeña en la que una mano invisible le
pasaba los platos por una trampilla. Terminada la cena, las dos mujeres
fueron a buscarla. En el gabinete, le sujetaron los brazaletes a la
espalda, por las anillas, le pusieron sobre los hombros, atada al
collar, una larga capa roja que la cubría enteramente pero
que se abría al andar, ya que ella no podía
cerrarla por tener las manos atadas a la espalda. Una de las mujeres
iba delante, abriendo puertas y la otra, detrás,
cerrándolas. Atravesaron un vestíbulo y dos
salones y entraron en la biblioteca en la que tomaban el
café cuatro hombres. Todos llevaban largas
túnicas como el primero, pero no estaban encapuchados. De
todos modos, O no tuvo tiempo de verles la cara ni de averiguar si su
amante estaba entre ellos (estaba), pues uno de los cuatro la
enfocó con un reflector que la cegó. Todos se
quedaron inmóviles, las dos mujeres, una a cada lado de ella
y los hombres enfrente, mirándola. La luz se
apagó y las mujeres se fueron. Pero habían vuelto
a vendarle los ojos a O. La obligaron a avanzar, dando un
pequeño traspié y ella se sintió de
pie delante de la gran chimenea junto a la que estaban sentados los
cuatro hombres. Sentía el calor y oía crepitar
suavemente los leños en el silencio. Estaba de cara al
fuego. Unas manos le levantaron la capa, otras se deslizaban por sus
caderas, después de comprobar el cierre de las pulseras.
Éstas no estaban cubiertas por guantes y una
penetró en ella por las dos partes a la vez con tanta
brusquedad que la hizo gritar. Uno de los hombres se echó a
reír. Otro dijo:
-Dadle la vuelta. Veamos los senos y el vientre.
Le hicieron dar la vuelta. Ahora sentía el calor en la
espalda. Una mano le oprimió un seno y una boca le
mordió la punta del otro. De pronto, ella perdió
el equilibrio y cayó hacia atrás,
¿qué brazos la sostenían? mientras
alguien le obligaba a abrir las piernas y le separaba suavemente los
labios vaginales. Unos cabellos le rozaron el interior de los muslos.
Oyó decir que había que ponerla de rodillas. Y
así lo hicieron. Estaba mal de rodillas, pues
debía mantenerlas separadas y al tener las manos atadas a la
espalda había de inclinar el cuerpo hacia delante. Entonces
le permitieron que se sentara sobre los talones, como se ponen las
religiosas:
-¿No la había atado nunca?
-Nunca.
-¿Ni azotado?
-Tampoco. Precisamente...
El que respondía era su amante.
-Precisamente -dijo la otra voz-. Si la ata de vez en cuando, si la
azota un poco y le gusta, eso no. Lo que hace falta es superar ese
momento en el que ella sienta placer, para obtener las
lágrimas.
Entonces levantaron a O e iban a desatarla, seguramente para atarla a
algún poste o a la pared, cuando uno dijo que
quería tomarla primero y en seguida. Volvieron a ponerla de
rodillas, pero esta vez con el busto descansando en un taburete bajo,
siempre con las manos a la espalda y los riñones
más altos que el torso y uno de los hombres,
sujetándola por las caderas, se le hundió en el
vientre. Después cedió el puesto a otro. El
tercero quiso abrirse camino por la parte más estrecha y,
forzándola bruscamente, la hizo gritar. Cuando la
soltó, dolorida y llorando bajo la venda que le
cubría los ojos, ella cayó al suelo. Y entonces
sintió unas rodillas junto a su cara y comprendió
que tampoco su boca se salvaría. Por fin la dejaron, tendida
boca arriba sobre la caja roja, delante del fuego. Oyó a los
hombres llenar copas, beber y levantarse de los sillones. Echaron
más leños al fuego. Bruscamente, le quitaron la
venda. La gran pieza, con las paredes cubiertas de libros, estaba
débilmente iluminada por una lámpara colocada
sobre una consola y por el resplandor del fuego recién
avivado. Dos de los hombres fumaban, de pie. Otro estaba sentado, con
una fusta sobre las rodillas y el que se inclinaba sobre ella y le
acariciaba el seno era su amante. Pero la habían tomado los
cuatro y ella no lo distinguió de los demás.
Le explicaron que sería siempre así mientras
estuviera en el castillo, que vería el rostro de los que la
violarían y atormentarían pero nunca, de noche, y
que no sabría quiénes eran los responsables de lo
peor. Que lo mismo ocurriría cuando la azotaran, pero que
ellos querían que se viera azotada y que la primera vez no
le pondrían la venda pero, en cambio, ellos se
encapucharían y no podría distinguirlos. Su
amante la levantó y la hizo sentarse, envuelta en su capa
roja, en el brazo de una butaca situada en el ángulo de la
chimenea, para que escuchara lo que tenían que decirle y
viera lo que querían enseñarle. Ella
seguía con las manos a la espalda. Le enseñaron
la fusta, que era negra, larga y fina, de bambú forrado de
cuero, como las que se ven en las vitrinas de los grandes
guarnicioneros; el látigo de cuero que llevaba colgado de la
cintura el primer hombre que había visto era largo y estaba
formado por seis correas terminadas en un nudo; había un
tercer azote de cuerdas bastante finas, rematadas por varios nudos y
muy rígidas, como si las hubieran sumergido en agua, cosa
que habían hecho, como pudo comprobar, pues con
él le acariciaron el vientre, abriéndole los
muslos, para que pudiera sentir en la suave piel interior lo
húmedas y frías que estaban las cuerdas. Encima
de la consola había llaves y cadenas de acero. A media
altura, a lo largo de una de las paredes de la biblioteca,
discurría una galería sostenida por dos pilares.
En uno de ellos estaba incrustado un gancho, a una altura que un hombre
podía alcanzar poniéndose sobre las puntas de los
pies y levantando el brazo. Explicaron a O, a quien su amante
había tomado entre sus brazos con una mano bajo los hombros
y la otra en el hueco del vientre, y que la quemaba, para obligarla a
desfallecer, le explicaron que no le soltarían las manos
más que para atarla al poste por las pulseras y con ayuda de
una de las cadenitas de acero. Que, salvo las manos, que
tendría atadas y alzadas sobre la cabeza, podría
mover todo el cuerpo y ver venir los golpes. Que, en principio, no le
azotarían más que las caderas y los muslos, es
decir, de la cintura a las rodillas, tal como había sido
preparada en el coche que la trajo, cuando la obligaron a sentarse
desnuda. Pero uno de los cuatro hombres presentes, probablemente
querría marcarle los muslos con la fusta que deja unas
hermosas rayas en la piel, largas, profundas y duraderas. Todo no le
sería infligido a la vez y tendría tiempo de
gritar, debatirse y llorar. La dejarían respirar, pero,
cuando hubiera recobrado el aliento, volverían a empezar y
juzgarían los resultados no por sus gritos ni por sus
lágrimas, sino por las huellas más o menos
profundas y duraderas, que los látigos le dejaran en la
piel. Le hicieron observar que este sistema de juzgar la eficacia del
látigo, además de ser justo hacía
inútiles las tentativas de las víctimas de
despertar la compasión exagerando sus lamentos. El
látigo también podía ser aplicado
fuera de los muros del castillo, al aire libre en el parque, como
solía suceder, en cualquier apartamento o
habitación de hotel, con la condición, eso
sí, de utilizar una buena mordaza (como la que le mostraron
inmediatamente) que no deja libertad más que al llanto,
ahoga todos los gritos y permite apenas un gemido.
Pero aquella noche no la utilizarían; todo lo contrario.
Querían oírla gritar y cuanto antes, mejor. El
orgullo que la hacía resistir y callar no duró
mucho tiempo: hasta la oyeron suplicar que la desataran, que la dejaran
descansar un instante, uno sólo. Ella se retorcía
con tanto frenesí para escapar al mordisco de las correas
que casi giraba sobre sí misma, pues la cadena que la
sujetaba al poste, aunque sólida, era un poco holgada, de
manera que recibía tantos golpes en el vientre y en la parte
delantera de los muslos como en los glúteos.
Después de una breve pausa, se decidió no
reanudar los azotes sino después de haberle atado al poste
por la cintura, con una cuerda. Dado que la apretaron con fuerza, para
fijar bien el cuerpo al poste por su mitad, el torso tuvo que vencerse
hacia un lado, lo cual hizo salir la cadera contraria. A partir de este
momento, los golpes no se desviaron ya más que
deliberadamente. En vista de la manera en que su amante la
había entregado, O habría podido imaginar que
apelar a su piedad era el mejor medio de conseguir que él
redoblara su crueldad, por el placer que le producía
arrancarle o hacer que los otros le arrancaran estos indudables
testimonios de su poder. Y, efectivamente, él fue el primero
en observar que el látigo de cuero que la había
hecho gemir al principio, la marcaba mucho menos que la cuerda mojada y
la fusta, por lo que se podía prolongar el castigo y
reanudarlo a placer. Pidió que no se utilizara
más que éste. Entretanto, aquel de los cuatro al
que no gustaban las mujeres más que por lo que
tenían en común con los hombres, seducido por
aquella grupa, tensa bajo la cuerda atada a la cintura y que, al tratar
de hurtarse al golpe no hacía sino ofrecerse mejor,
pidió una pausa para aprovecharse, separó sus dos
partes que ardían bajo sus manos y penetró en
ella no sin dificultad, comentando que habría que hacer
aquel paso más cómodo. Le dijeron que era
factible y que se buscarían los medios.
Cuando desataron a la joven, casi desvanecida bajo su manto rojo" antes
de hacerla acompañar a la celda que debía ocupar,
la hicieron sentar en un butacón al lado del fuego para que
escuchara las reglas que debería observar durante su
estancia en el castillo y cuando saliera de él (aunque sin
recobrar por ello la libertad) y llamaron a las que hacían
las veces de sirvientas. Las dos jóvenes que la recibieron a
su llegada trajeron lo necesario para vestirla y para que la
reconocieran los que habían sido huéspedes del
castillo antes de que ella llegara o que lo fueran después
de que ella se hubiera marchado. El vestido era parecido al que
llevaban ellas: sobre un corselete muy ajustado y armado con ballenas y
una enagua de lino almidonado, un vestido de falda larga cuyo cuerpo
dejaba casi al descubierto los senos, levantados por el corselete y
apenas velados por un encaje. La enagua era blanca, el corselete y el
vestido de satén verde agua y el encaje, blanco. Cuando O
estuvo vestida y hubo vuelto a su butaca junto al fuego, más
pálida que antes con su vestido pálido, las dos
mujeres, que no habían dicho palabra, se fueron. Uno de los
cuatro hombres detuvo a una al paso, hizo a la otra seña de
que esperase y llevando hacia O a la que había parado, le
hizo dar media vuelta, cogiéndola por la cintura con una
mano y con la otra levantándole las faldas para mostrar a O
lo práctico que era aquel traje, dijo, y lo bien concebido
que estaba, pues la falda se podía levantar y sujetar con un
simple cinturón, dejando libre acceso a lo que
así se descubría. Por cierto, a menudo se
hacía circular por el castillo y por el parque a las mujeres
así arregladas, o bien por delante, igualmente hasta la
cintura. Se ordenó a la mujer que hiciera a O una
demostración de cómo tenía que
sujetarse la falda: enrollada en un cinturón (como un
mechón de pelo en un bigudí) por delante, para
dejar libre el vientre o por detrás, para liberar el dorso.
En uno y otro caso, la enagua y la falda caían en cascada en
grandes pliegues diagonales. Al igual que O, la mujer tenía
marcas recientes de fusta en la piel. Cuando el hombre la
soltó, se fue.
Éste fue el discurso que entonces se le pronunció
a O:
-Aquí estarás al servicio de tus amos. Durante el
día, harás las labores que te ordenen para la
buena marcha de la casa, como: barrer, ordenar los libros, arreglar las
flores o servir a la mesa. No serán más pesadas.
Pero, a la primera palabra, o a la primera señal
dejarás de hacer lo que estés haciendo para
cumplir con tu primera obligación, que es la de entregarte.
Tus manos no te pertenecen, ni tus senos, ni mucho menos ninguno de los
orificios de tu cuerpo que nosotros podemos escudriñar y en
los que podemos penetrar a placer. A modo de señal, para que
tengas constantemente presente que has perdido el derecho a rehusarte,
en nuestra presencia, nunca cerrarás los labios del todo, ni
cruzarás las piernas, ni juntarás las rodillas
(como habrás observado que se te ha prohibido hacer desde
que llegaste), lo que indicará a tus ojos y a los nuestros
que tu boca, tu vientre y tu dorso están abiertos para
nosotros. En presencia nuestra, nunca tocarás tus senos: el
corsé los levanta para indicar que nos pertenecen. Durante
el día, estarás vestida, levantarás la
falda si se te ordena y podrá utilizarte quien quiera a cara
descubierta -y como quiera- pero sin hacer uso del látigo.
El látigo no te será aplicado más que
entre la puesta y la salida del sol. Pero, además del
castigo que te imponga quien lo desee, serás castigada por
la noche por las faltas que hayas cometido durante el día:
es decir, por haberte mostrado poco complaciente o mirado a la cara a
quien te hable o te posea: a nosotros nunca debes mirarnos a la cara.
Si el traje que usamos por la noche deja el sexo al descubierto no es
por comodidad, que también podría obtenerse de
otra manera, sino por insolencia, para que tus ojos se fijen en
él y no en otra parte, para que aprendas que éste
es tu amo, al cual están destinados, ante todo, tus labios.
Durante el día, en el que nosotros usamos traje corriente y
tú, el que ahora llevas, observarás la misma
norma y no tendrás más trabajo, si se te
requiere, que el de abrirte la ropa, que volverás a cerrar
cuando hayamos terminado contigo. Además, por la noche, para
honrarnos, no tendrás más que los labios y la
separación de los muslos, pues tendrás las manos
atadas a la espalda y estarás desnuda como cuando te
trajeron; no se te vendarán los ojos más que para
maltratarte y ahora que ya has visto cómo se te azota, para
azotarte. A este respecto, si conviene que te acostumbres al
látigo, ya que mientras estés aquí se
te aplicará a diario, ello no es menos para nuestro placer
que para tu instrucción. Tanto es así que las
noches en las que nadie te requiera, el criado encargado de este
menester te administrará, en la soledad de tu celda, los
latigazos que nosotros no tengamos ganas de darte. Y es que, por este
medio, al igual que por el de la cadena que, sujeta a la anilla del
collar, te mantendrá amarrada a la cama varias horas al
día, no se trata de hacerte sentir dolor, gritar ni derramar
lágrimas, sino, a través de este dolor,
recordarte que estás sometida a algo que está
fuera de ti. Cuando salgas de aquí, llevarás en
el dedo anular un anillo de hierro que te distinguirá:
entonces habrás aprendido a obedecer a los que lleven el
mismo emblema; al verlo, ellos sabrán que estás
siempre desnuda bajo tu falda, por más correcto y discreto
que sea tu traje, y que lo estás para ellos. Los que te
encuentren rebelde volverán a traerte aquí. Ahora
te llevarán a tu celda.
Mientras el hombre hablaba a O, las dos mujeres que habían
ido a vestirla permanecieron de pie a uno y otro lado del poste en el
que ella había sido flagelada, pero sin tocarlo, como si las
asustara, o lo tuvieran prohibido (que era lo más probable);
cuando él hubo acabado de hablar, las dos se acercaron a O,
que comprendió que debía seguirlas. De modo que
se puso en pie, alzándose el borde de la falda para no
tropezar, pues no estaba acostumbrada a los trajes largos y no se
sentía segura sobre las sandalias de tacón alto
sujetas al pie por una simple tira de satén verde como el
vestido. Al inclinarse, volvió la cabeza. Las mujeres
esperaban, pero los hombres habían dejado de mirarla. Su
amante, sentado en el suelo y apoyado en el taburete sobre el que la
habían derribado al principio de la velada, con las rodillas
dobladas y los codos sobre las rodillas, jugueteando con el
látigo de cuero. Al primer paso que ella dio para acercarse
a las mujeres, lo rozó con la falda. Él
levantó la cabeza y le sonrió,
pronunció su nombre y se puso de pie. Le acarició
suavemente el cabello, le alisó las cejas con la yema del
dedo y la besó en los labios con suavidad. En voz alta le
dijo que la amaba. O, temblando, se dio cuenta, aterrada, de que le
respondía "te quiero" y de que era verdad. Él la
abrazó diciendo "vida mía", la besó en
el cuello y en el borde de la mejilla; ella tenía la cabeza
apoyada en el hombro cubierto por la túnica violeta.
Él, esta vez en voz baja, le repitió que la amaba
y añadió:
-Ahora te arrodillarás, me acariciarás y me
besarás.
La apartó de sí e hizo una seña a las
dos mujeres para que se retiraran hacia los lados y él
pudiera apoyarse en la consola. Él era alto, la consola
más bien baja y sus largas piernas, enfundadas en la misma
tela violeta de la túnica, quedaban dobladas. La
túnica abierta se tensaba por debajo como una colgadura y el
entablamento de la consola levantaba ligeramente el pesado sexo y los
rizos claros que lo coronaban. Los tres hombres se acercaron. O se
arrodilló en la alfombra y su vestido verde formó
una corola alrededor. El corsé la apretaba y sus senos cuyas
puntas asomaban, estaban a la altura de las rodillas de su amante.
-Un poco más de luz -dijo uno de los hombres.
Cuando hubieron dirigido la luz de la lámpara de manera que
cayera de lleno sobre su sexo y el rostro de su amante, que estaba muy
cerca, y sobre sus manos que lo acariciaban por debajo, René
ordenó bruscamente:
-Repite: te quiero.
-Te quiero -repitió O con tal deleite que sus labios apenas
se atrevían a rozar la punta del sexo protegida
todavía por su suave funda de carne. Los tres hombres, que
estaban fumando, comentaban sus gestos, el movimiento de su boca que se
había cerrado sobre el sexo y a lo largo del cual
subía y bajaba, su rostro descompuesto que se inundaba de
lágrimas cada vez que el miembro, hinchado, le llegaba a la
garganta, oprimiéndole la lengua y provocando una
náusea. Con la boca llena de aquella carne endurecida, ella
volvió a murmurar:
-Te quiero.
Las dos mujeres estaban a derecha e izquierda de René, que
se apoyaba en sus hombros. O oía los comentarios de los
presentes pero, a través de sus palabras, espiaba los
gemidos de su amante, atenta a acariciarlo, con un respeto infinito y
la lentitud que ella sabía le gustaba. O sentía
que su boca era hermosa, puesto que su amante se dignaba penetrar en
ella, se dignaba mostrar en público sus caricias y se
dignaba, en suma, derramarse en ella. Ella lo recibió como
se recibe a un dios, le oyó gritar, oyó
reír a los otros y, cuando lo hubo recibido, se
desplomó de bruces. Las dos mujeres la levantaron y esta vez
se la llevaron.
Las sandalias taconeaban sobre las baldosas rojas de los corredores en
los que se sucedían las puertas discretas y limpias, con
unas cerraduras minúsculas, como las puertas de las
habitaciones de los grandes hoteles. O no se atrevió a
preguntar si todas aquellas habitaciones estaban ocupadas ni por
quién. Una de sus acompañantes, a la que
todavía no había oído hablar, le dijo:
-Estás en el ala roja y tu criado se llama Pierre.
-¿Qué criado? -preguntó O, conmovida
por la dulzura de aquella voz-. Y tú,
¿cómo te llamas?
-Me llamo Andrée.
-Y yo Jeanne -dijo la otra.
La primera prosiguió:
-El criado es el que tiene las llaves, el que te atará y te
desatará, el que te azotará cuando te impongan un
castigo o cuando ellos no tenga tiempo para ti.
-Yo estuve en el ala roja el año pasado -dijo Jeanne-.
Pierre ya estaba ahí. Entraba muchas noches. Los criados
tienen las llaves y en las habitaciones que están en su
sector, tienen derecho a servirse de nosotras.
O iba a preguntar cómo era el tal Pierre. Pero no tuvo
tiempo. En un recodo del corredor, la hicieron detenerse delante de una
puerta idéntica a las otras: en un banco situado entre
aquella puerta y la siguiente, vio a una especie de campesino
coloradote y rechoncho, con la cabeza casi rasurada, unos ojillos
negros hundidos y rodetes de carne en la nuca. Estaba vestido como un
criado de opereta: camisa con chorrera de encaje, chaleco negro y
librea roja, calzas negras, medias blancas y zapatos de charol.
También él llevaba un látigo de cuero
colgado del cinturón. Sus manos estaban cubiertas de vello
rojo. Sacó una llave maestra del bolsillo del chaleco,
abrió la puerta e hizo entrar a las tres mujeres diciendo:
-Vuelvo a cerrar. Cuando hayáis terminado, llamad.
La celda era muy pequeña y, en realidad,
consistía en dos piezas. Una vez vuelta a cerrar la puerta
que daba al corredor, se encontraba uno en una antecámara
que se abría a la celda propiamente dicha; en la misma pared
había otra puerta que conducía a un cuarto de
baño. Frente a las puertas, había una ventana. En
la pared de la izquierda, entre las puertas y la ventana, se apoyaba la
cabecera de una gran cama cuadrada, baja y cubierta de pieles.
No había más muebles ni espejo alguno. Las
paredes eran rojas y la alfombra negra. Andrée hizo observar
a O que la cama no era, en realidad, más que una plataforma
cubierta por un colchón y una tela negra de pelo muy largo
que imitaba la piel. La funda de la almohada, delgada y dura como el
colchón, era de la misma tela, al igual que la manta de dos
caras. El único objeto clavado en la pared, aproximadamente
a la misma altura con relación a la cama que el gancho del
poste con relación al suelo de la biblioteca, era una gran
anilla de acero brillante de la que colgaba perpendicularmente a la
cama una larga cadena; sus eslabones formaban un pequeño
montón y el otro extremo estaba sujeto a un gancho con
candado, como un cortinaje recogido en un alzapaño.
-Tenemos que bañarte -dijo Jeanne-. Te quitaré el
vestido.
Los únicos detalles especiales del cuarto de baño
eran el asiento a la turca situado en el ángulo
más próximo a la puerta y los espejos que
recubrían totalmente las paredes. Andrée y Jeanne
no la dejaron entrar hasta que estuvo desnuda, guardaron el vestido en
el armario situado al lado del lavabo en el que estaban ya las
sandalias y la capa roja y se quedaron con ella. Cuando O tuvo que
ponerse en cuclillas en el pedestal de porcelana, se
encontró, en medio de tantos reflejos, tan en evidencia como
cuando, en la biblioteca", unas manos desconocidas la forzaban.
-Espera que entre Pierre y verás.
-¿Por qué Pierre?
-Cuando venga a encadenarte, quizá te haga ponerte en
cuclillas.
O palideció.
-Pero, ¿por qué?
-No tendrás más remedio -dijo Jeanne-. Pero eres
afortunada.
-¿Afortunada, por qué?
-¿Es tu amante el que te ha traído
aquí?
-Sí.
-Contigo serán mucho más duros.
-No comprendo...
-Pronto lo comprenderás. Llamaré a Pierre.
Mañana por la mañana vendremos a buscarte.
Andrée sonrió al salir y Jeanne, antes de
seguirla, acarició la punta de los senos de O, quien se
quedó de pie, junto a la cama, desconcertada. Salvo por el
collar y los brazaletes de cuero que el agua del baño
había endurecido y contraído, estaba desnuda.
-Vaya con la hermosa señora -dijo el criado al entrar. Le
tomó las manos y enganchó entre sí las
anillas de sus pulseras, obligándola a juntar las manos, y
éstas, en la del collar. Ella se encontró, pues,
con las manos juntas a la altura del cuello, como en
oración. No quedaba sino encadenarla a la pared con la
cadena que caía encima de la cama después de
pasar por la anilla. El hombre soltó el gancho que sujetaba
el otro extremo y tiró para acortarla. O tuvo que acercarse
a la cabecera de la cama, donde él la obligó a
tenderse. La cadena tintineaba en la anilla y quedó tan
tensa que la mujer sólo podía desplazarse a lo
ancho de la cama o ponerse de pie junto a la cabecera. Dado que la
cadena tiraba del collar hacia atrás y las manos
tendían a hacerlo girar hacia delante, se
estableció un cierto equilibrio y las dos manos quedaron
apoyadas en el hombro izquierdo hacia el que se inclinó
también la cabeza. El criado la cubrió con la
manta negra, no sin antes haberle levantado las piernas un momento para
examinarle el interior de los muslos. No volvió a tocarla ni
a dirigirle la palabra, apagó la luz que proporcionaba un
aplique colocado entre las dos puertas y salió.
Tendida sobre el lado izquierdo, sola en la oscuridad y el silencio,
caliente entre las suaves pieles de la cama, en una inmovilidad
forzosa, O se preguntaba por qué se mezclaba tanta dulzura
al terror que sentía o por qué le
parecía tan dulce su terror. Descubrió que una de
las cosas que más la afligían era verse privada
del uso de las manos; y no porque sus manos hubiesen podido defenderla
(y, ¿deseaba ella defenderse?) sino porque, libres, hubieran
esbozado el ademán, hubieran tratado de rechazar las manos
que se apoderaban de ella, la carne que la traspasaba, de interponerse
entre su carne y el látigo. La habían
desposeído de sus manos; su cuerpo, bajo la manta de piel,
le resultaba inaccesible; era extraño no poder tocar las
propias rodillas ni el hueco de su propio vientre. Sus labios mayores,
que le ardían entre las piernas, le estaban vedados y tal
vez le ardían porque los sabía abiertos a quien
quisiera: al mismo criado, Pierre, si se le antojaba. La asombraba que
el recuerdo del látigo la dejara tan serena y que la idea de
que tal vez nunca supiera cuál de los cuatro hombres la
había forzado por detrás dos veces, ni si
había sido el mismo las dos veces, ni si había
sido su amante, la trastornaba de aquel modo. Se deslizó
ligeramente hacia un lado sobre el vientre, pensó que a su
amante le gustaba el surco de su dorso y que salvo aquella noche (si
realmente había sido él), nunca
penetró en él. Ella deseaba que hubiese sido
él. ¿Se lo preguntaría
algún día? ¡Ah, nunca!
Volvió a ver la mano que en el coche le había
quitado el portaligas y el slip y le había dado las
jarreteras para que se sujetara las medias encima de las rodillas. Tan
viva fue la imagen que ella olvidó que tenía las
manos sujetas e hizo chirriar la cadena. ¿Y por
qué si el recuerdo del suplicio le resultaba tan leve, la
sola idea, el solo nombre, la sola vista de un látigo le
hacía latir con fuerza el corazón y cerrar los
ojos con espanto? No se paró a pensar si era sólo
espanto. La invadió el pánico:
tensarían la cadena hasta obligarla a ponerse de pie encima
de la cama y la azotarían, con el vientre pegado a la pared,
la azotarían, la azotarían, la palabra giraba en
su cabeza. Pierre la azotaría. Se lo había dicho
Jeanne. Le había dicho que era afortunada, que con ella
serían mucho más duros.
¿Qué había querido decir? Ya no
sentía más que el collar, los brazaletes y la
cadena, su cuerpo se iba a la deriva, ahora lo comprendería.
Se quedó dormida.
En las últimas horas de la noche, cuando ésta es
más fría y más negra, poco antes del
amanecer, reapareció Pierre. Encendió la luz del
cuarto de baño y dejó la puerta abierta. Un
cuadro de luz se proyectó sobre el centro de la cama, en el
lugar en el que el cuerpo de O, esbelto y acurrucado, alzaba
ligeramente la manta que el hombre retiró en silencio. O
estaba tendida del lado izquierdo, de cara a la ventana, con las
rodillas dobladas, ofreciendo a su mirada su cadera muy blanca sobre la
piel negra. Él le retiró la almohada de debajo de
la cabeza y dijo cortésmente:
-¿Hace el favor de ponerse de pie?
Cuando ella estuvo arrodillada, para lo cual tuvo que agarrarse a la
cadena, el hombre la ayudó tomándola por los
codos para que acabara de levantarse y se arrimara a la pared. El
reflejo de la luz sobre la cama era muy tenue y sólo
iluminaba el cuerpo de ella y no los gestos del hombre. Ella,
más que ver, adivinó que él
desenganchaba la cadena para tensarla. Sus pies descalzos reposaban
sobre la cama. Tampoco vio que él no llevaba el
látigo de cuero, sino la fusta negra, parecida a la que
habían utilizado para golpearla sólo dos veces y
casi con suavidad cuando estaba atada al poste. La mano izquierda de
Pierre la sujetó por la cintura y el colchón
cedió un poco, pues Pierre se apoyaba en él con
el pie derecho. Al mismo tiempo que oía un silbido en la
penumbra, O sintió una atroz quemadura en los
riñones y lanzó un grito. Pierre golpeaba sin
descanso, sin esperar siquiera a que ella callara, procurando descargar
el golpe o más arriba o más abajo que la vez
anterior, para que las señales quedaran marcadas con
nitidez. Había parado ya y ella seguía gritando y
las lágrimas le entraban en la boca abierta.
-Haga el favor de volverse -dijo.
Como ella, aturdida, no obedeciera, él la tomó
por las caderas sin soltar la fusta, rozándole la cintura
con el mango. Cuando la tuvo de cara, él
retrocedió un poco para tomar impulso y con todas sus
fuerzas la fustigó en la pared delantera de los muslos. Todo
ello, en cinco minutos. Cuando se fue, después de apagar la
luz y cerrar la puerta del cuarto de baño, O, gimiendo se
retorcía de dolor junto a la pared, al extremo de su cadena,
en la oscuridad. Tardó en calmarse e inmovilizarse contra la
pared, sintiendo el brillante percal que la tapizaba frío
sobre su piel desgarrada, todo el tiempo que tardó en
amanecer. El ventanal hacia el que ella estaba vuelta, pues se apoyaba
sobre un costado, miraba hacia el Este y llegaba del suelo al techo,
sin visillos, sólo unas cortinas de la misma tela de la
pared recogidas a cada lado en rígidos pliegues. O vio nacer
una aurora pálida y lenta, que arrastraba sus brumas por los
macizos de asters que crecían al pie de la ventana y,
finalmente, se retiraba dejando al descubierto un álamo.
Aunque no hacía viento, sus hojas amarillas caían
de vez en cuando en remolino. Delante de la ventana, más
allá de los asters malva, había un
césped y, al extremo del césped, una avenida. Era
ya de día y hacía rato que O no se
movía. Por la avenida avanzaba un jardinero empujando una
carretilla. La rueda de hierro chirriaba sobre la grava. Si se hubiera
acercado a la ventana para recoger las hojas que habían
caído al pie de los asters, hubiera visto a O desnuda y
encadenada y con las señales de la fusta en los muslos. Las
marcas se habían hinchado y formaban unas rayas estrechas y
mucho más oscuras que la tela roja que cubría las
paredes. ¿Dónde dormía su amante como
a él le gusta dormir las mañanas tranquilas?
¿En qué habitación? ¿En
qué cama? ¿Sabía a qué
suplicio la había librado? ¿Lo había
dispuesto él? O pensó en esos prisioneros que se
ven en los grabados de los libros de Historia, que también
habían sido encadenados y azotados hacía
quién sabe cuántos años o siglos y que
habían muerto. Ella no deseaba morir, pero si el suplicio
era el precio que tenía que pagar para que su amante
siguiera amándola, no pedía más que
él estuviera contento de que ella lo hubiera sufrido y,
sumisa y callada, esperaba que la condujeran a él.
Las mujeres no tenían llave alguna, ni de las puertas, ni de
las cadenas, así como tampoco de las pulseras o collares,
pero todos los hombres llevaban en una anilla los tres tipos de llave
para abrir puertas, candados y collares. Los criados las
tenían también. Pero, por la mañana,
los criados que habían estado de servicio durante la noche
dormían y era uno de los amos u otro criado quien
abría las cerraduras. El hombre que entró en la
celda de O vestía cazadora de cuero, pantalón de
montar y botas. En primer lugar, él soltó la
cadena de la pared y O pudo tenderse en la cama. Antes de desatarle las
muñecas, él le pasó la mano entre los
muslos, como hiciera el encapuchado al que ella vio primero en el
saloncito rojo. Tal vez, fuera el mismo. Éste
tenía la cara huesuda y descarnada, la mirada inquisitiva
que se ve en los retratos de los viejos hugonotes y el cabello gris. O
sostuvo su mirada durante lo que le pareció un tiempo
interminable y, bruscamente, se quedó helada al recordar que
estaba prohibido mirar a los amos más arriba de la cintura.
Ella cerró los ojos, pero ya era tarde y le oyó
gritar y decir, mientras al fin le soltaba las manos:
-Anota un castigo para después de la cena.
Hablaba con Andrée y Jeanne que habían entrado
con él y esperaban una a cada lado de la cama. Dicho esto,
el hombre salió. Andrée recogió la
almohada que estaba en el suelo y la manta que Pierre había
dejado a los pies de la cama cuando entró para azotar a O,
mientras Jeanne acercaba un carrito que había
traído del corredor con café, leche,
azúcar, pan, mantequilla y croissants.
-Come de prisa -dijo Andrée-. Son las nueve.
Después podrás dormir hasta las doce y cuando
oigas la llamada tendrás que prepararte para el almuerzo. Te
bañarás y peinarás. Yo
vendré a maquillarte y a ceñirte el
corsé.
-No estarás de servicio hasta la tarde -dijo Jeanne-. En la
biblioteca, para servir el café y los licores y alimentar el
fuego.
-¿Y vosotras? -preguntó O.
-Ah, nosotras sólo hemos de cuidar de ti durante las
primeras veinticuatro horas de tu estancia aquí.
Después te dejaremos sola y no tendrás trato
más que con los hombres. No podremos hablarte, ni
tú a nosotras.
-Esperad -dijo O-~-" esperad un momento y decidme...
Pero no tuvo tiempo de terminar. La puerta se abrió. Era su
amante y no estaba solo. Vestía como siempre cuando acababa
de levantarse de la cama: pijama rayado y bata de lana azul con las
vueltas de seda acolchada, la bata que habían comprado
juntos un año antes. Sus zapatillas estaban rozadas.
Habría que comprar otras. Las dos mujeres desaparecieron sin
más ruido que el crujido de la seda cuando levantaron
ligeramente la falda (todas las faldas se arrastraban un poco) pues
sobre la alfombra las sandalias no hacían ruido. O, que
sostenía una taza de café con la mano izquierda y
un croissant con la otra, sentada en el borde de la cama cOn una pierna
colgando y la otra replegada bajo el cuerpo, se quedó
inmóvil. Bruscamente, la taza empezó a temblar y
el croissant cayó al suelo.
-Recógelo -dijo René.
Fue su primera palabra. Ella dejó la taza en el carrito,
recogió el croissant mordido y lo dejó al lado de
la taza. Una gran miga de croissant quedó en la alfombra, al
lado de su pie descalzo. René se agachó y la
recogió. Se sentó a su lado, la
derribó y la besó. Ella le preguntó si
la amaba. Él le contestó.
-¡Ah! Te quiero.
Después se incorporó, la obligó a
ponerse de pie y posó suavemente la palma fresca de sus
manos y después sus labios a lo largo de las marcas de su
cuerpo. O no sabía si podía mirar al otro hombre
que había entrado con su amante y que estaba de espaldas a
ellos, fumando, cerca de la puerta. Lo que siguió entonces
no alivió su malestar.
-Ven, que te veamos -dijo su amante llevándola a los pies de
la cama.
Al que lo acompañaba le dijo entonces que tenía
mucha razón y le dio las gracias, añadiendo que
era justo que él tomara a O el primero, si lo deseaba. El
desconocido, al que ella seguía sin mirar,
después de pasarle la mano por los senos y las caderas, le
pidió que abriera las piernas.
-Obedece -le dijo René.
Éste la sostenía por detrás,
apoyándola contra su pecho. Y, con la mano derecha, le
acariciaba un seno y, con la izquierda, le asía un hombro.
El desconocido se había sentado en el borde de la cama.
Lentamente, tirándole del vello, le abrió los
labios vaginales. René, cuando comprendió lo que
el otro pretendía, la empujó hacia delante, para
facilitárselo, mientras le pasaba el brazo derecho alrededor
de la cintura, a fin de sujetarla más firmemente. Esta
caricia que ella nunca aceptaba sin debatirse y sentirse abrumada por
la vergüenza y a la que se sustraía en cuanto
podía, tan aprisa que apenas tenía tiempo de
notarla, y que le resultaba sacrílega porque le
parecía un sacrilegio que su amante estuviera de rodillas
cuando la que tenía que arrodillarse era ella, iba a tener
que aceptarla por fuerza y se vio perdida. Porque, cuando los labios
del desconocido se apoyaron en la protuberancia carnosa de la que parte
la corola interior, gimió, bruscamente inflamada y cuando se
apartaron, para dejar paso a la punta cálida de la lengua,
se inflamó más todavía;
gimió con más fuerza cuando volvió a
sentir los labios; sintió que se endurecía la
punta escondida, que entre los dientes y los labios un largo mordisco
aspiraba y aspiraba, un largo y dulce mordisco bajo el cual ella
jadeaba; perdió pie y se encontró tendida de
espaldas, con la boca de René en su boca; él la
sujetaba a la cama por los hombros mientras otras manos la tomaban por
las pantorrillas y le levantaban las piernas. Sus propias manos, que
tenía a la espalda (porque cuando René la
empujó hacia el desconocido le unió las
muñecas entre sí, enganchando los anillos de las
pulseras), sus manos sintieron el roce del sexo del hombre que se
acariciaba en el surco de su dorso, subía y golpeaba el
fondo de la cavidad de su vientre. Al primer golpe, ella
gritó, como bajo el látigo, y volvió a
gritar a cada golpe y su amante le mordió la boca. El hombre
se separó bruscamente y cayó al suelo como
fulminado por el rayo, gritando a su vez. René
desligó las manos a O, la levantó, la
acostó y la cubrió con la manta. El hombre estaba
levantándose y él lo llevó hasta la
puerta. Súbitamente, O comprendió que estaba
perdida, maldita. Había gemido bajo los labios del
desconocido como nunca la hizo gemir su amante, había
gritado bajo el golpe del miembro del desconocido como jamás
la hizo gritar su amante. Estaba profanada y era culpable. Si
él la abandonaba lo tendría merecido. Pero no; la
puerta se cerró y él se quedó con
ella, volvió, se tendió a su lado, bajo la manta,
se deslizó en el interior de su vientre húmedo y
ardiente y, abrazándola, le dijo:
-Te quiero. Una noche, después de que te haya entregado
también a los criados, te haré azotar hasta que
sangres.
El sol había disipado la niebla y entraba en la
habitación. Pero no se despertaron hasta que sonó
la señal para el almuerzo.
O no sabía qué hacer. Su amante estaba a su lado,
tan cerca; tan amorosamente abandonado como en la cama de la
habitación de techo bajo en la que dormía con
ella, casi todas las noches, desde que vivían juntos. Era
una cama grande, con columnas, a la inglesa, de caoba, pero sin dosel y
con las columnas de la cabecera más altas que las de los
Pies. Él dormía siempre a su izquierda y cuando
se despertaba, aunque fuera en plena noche, siempre alargaba la mano
hacia las piernas de ella. Por eso ella dormía siempre con
camisón y, si alguna vez usaba pijama, no se
ponía el pantalón. El hizo lo mismo. Ella
tomó aquella mano y la besó, sin atreverse a
preguntarle nada. Pero él habló. Le dijo,
sujetándola por el collar, pasando los dedos entre la piel y
la tira de cuero, que en lo sucesivo se proponía compartirla
con todos los afiliados a la sociedad del castillo, como
había hecho la víspera. Que dependía
de él y sólo de él, aunque recibiera
órdenes de otros y aunque él no estuviera
presente, pues, por principio, él participaba en todo
aquello que se le exigiera o se le infligiera y que era él
quien la poseía y la gozaba a través de aquellos
a cuyas manos era entregada, por haber sido él quien la
había entregado. Ella debía someterse a ellos y
acogerlos con el mismo respeto con que le acogía a
él como otras tantas imágenes suyas.
Así, él la poseería como un dios posee
a sus criaturas cuando se apodera de ellas bajo la máscara
de un monstruo, de un ave, del espíritu invisible o del
éxtasis. Él no quería separarse de
ella. Y cuanto más la entregaba, más suya la
sentía. El hecho de que la entregara era para él
una prueba, como debía serlo también para ella,
de que ella le pertenecía; nadie puede dar lo que no le
pertenece. Y él la daba para recobrarla enriquecida a sus
ojos, como un objeto de uso corriente que hubiera servido para un culto
divino que lo hubiera consagrado. Hacía tiempo que deseaba
prostituirla y ahora comprobaba con satisfacción que el
placer que ello le procuraba era más grande de lo que
suponía y lo ligaba a ella todavía
más, como había de ligarla a él cuanto
más humillada y mortificada se viera. Y, amándolo
como lo amaba, ella no podía sino amar todo aquello que
viniese de él. O lo escuchaba temblando de felicidad y,
puesto que él la amaba, consentía en todo.
Él debió adivinarlo, porque entonces dijo:
-Porque te es fácil consentir quiero de ti algo que te
será imposible, por más que tú lo
aceptes, por más que ahora digas que sí y por muy
capaz que te sientas de someterte. No podrás dejar de
rebelarte. Obtendremos tu sumisión a pesar tuyo, no
sólo por el incomparable placer que yo o los otros
encontremos en ello, sino también para que tú te
des cuenta de lo que hemos hecho de ti.
O iba a responder que era su esclava y que llevaba su esclavitud con
alegría, pero él la atajó:
-Ayer te dijeron que, mientras estuvieras en este castillo, no
deberías mirar a la cara a los hombres ni hablarles. Tampoco
a mí podrás mirarme. Y tendrás que
callar y obedecer. Te quiero. Levántate. No
volverás a abrir la boca en presencia de un hombre
más que para gritar o acariciar.
O se levantó. René permaneció echado
en la cama. Ella se bañó y se peinó,
el agua tibia la hizo estremecerse cuando sumergió su carne
tumefacta y se secó sin frotar, para no avivar la
quemazón. Se pintó los labios, los ojos no, se
empolvó y, todavía desnuda pero con los ojos
bajos, volvió a la celda. René miraba a Jeanne,
que había entrado y estaba de pie junto a la cabecera de la
cama, también ella con los ojos bajos, y muda. Le
ordenó que vistiera a O. Jeanne cogió el
corsé del sostén verde, la enagua blanca, el
vestido, las sandalias y, después de abrochar el delantero
del corsé, empezó a tirar de los cordones para
ceñirlo. El corsé era largo y rígido,
como en los tiempos del talle de avispa y estaba provisto de unas
bolsas en las que descansaban los senos. A medida que se
ceñía el corsé, los senos
subían y ofrecían la punta. Al mismo tiempo, el
talle se estrechaba, lo cual hacía salir el vientre y
arquear las caderas. Lo curioso es que aquella armadura era muy
cómoda y, en cierta medida, descansada. Permitía
mantenerse erguida, pero, sin saber por qué, como no fuera
por el contraste, acentuaba la libertad de movimientos o, mejor dicho,
la disponibilidad, de las partes que no comprimía. La ancha
falda y el corpiño, con escote en forma de trapecio, desde
la nuca hasta la punta de los senos y a todo lo ancho de
éstos, daban la sensación a quien tos llevaba de
ser menos una protección que un medio de
provocación, de presentación. Cuando Jeanne
anudó los cordones, O extendió sobre la cama el
vestido que era de una sola pieza, con la enagua cosida a la falda y el
corpiño cruzado en el delantero y anudado a la espalda, de
manera que podía adaptarse a la cintura por muy
ceñido que estuviera el corsé. Jeanne lo
había apretado mucho y O, por la puerta abierta, se
veía en el espejo del baño, esbelta y perdida
entre los pliegues del vestido que se hinchaba sobre sus caderas como
si llevara miriñaque. Las dos mujeres estaban de pie una al
lado de la otra. Jeanne alargó el brazo para arreglar un
pliegue de la manga del vestido verde y sus senos se movieron bajo el
encaje que ribeteaba el escote, unos senos de pezón largo y
oscura aureola. Llevaba un vestido de faya amarilla. René,
acercándose a las dos mujeres, dijo a O:
-Mira. -Y a Jeanne-: Levanta esa falda.
Con las dos manos, ella levantó la seda crujiente y el lino
de la enagua y descubrió un vientre dorado, suaves muslos y
rodillas y un cerrado triángulo negro. René
extendió una mano y se puso a palparlo lentamente, mientras
con la otra hacía salir la punta de un seno.
-Es para que veas -dijo a O.
O lo veía. Veía su rostro irónico pero
atento, sus ojos que aspiraban la boca entreabierta de Jeanne y la
garganta ceñida por la banda de cuero.
¿Qué placer podía brindarle ella que
no le diera también aquella mujer u otra cualquiera?
-¿No se te había ocurrido? -le
preguntó él.
No; no se le había ocurrido. O estaba apoyada en la pared,
entre las dos puertas, rígida y con los brazos
caídos a lo largo del cuerpo. No hacía falta
ordenarle que callara. ¿Cómo iba a decir algo?
Tal vez su desesperación le conmovió.
Él dejó a Jeanne y la tomó entre sus
brazos y le dijo que era su amor y su vida y que la quería.
La mano con la que le acariciaba la garganta estaba húmeda y
olía a Jeanne. ¿Y después? La
desesperación que sentía se
desvaneció: él la quería,
sí, la quería. Era muy dueño de
solazarse con Jeanne o con cualquier otra; la quería.
-Te quiero -le decía ella al oído-, te quiero
-tan bajo que apenas la oía-. Te quiero.
Él no la dejó hasta verla tranquila y con la
mirada transparente, feliz.
Jeanne tomó a O de la mano y la condujo hacia el pasillo.
Sus sandalias volvieron a resonar sobre las baldosas y, sentado en la
banqueta situada entre las dos puertas, volvieron a encontrar a un
criado. Vestía como Pierre, pero no era él. Era
un hombre alto, enjuto, de pelo negro. Echó a andar delante
de ellas y las llevó a una antecámara en la que
delante de una puerta de hierro forjado que se recortaba sobre unos
cortinajes verdes, esperaban otros dos criados con unos perros blancos
con manchas rojizas tendidos a sus pies.
-La clausura -murmuró Jeanne.
El criado que iba delante la oyó y volvió la
cabeza. O vio con estupor que Jeanne palidecía, soltaba su
mano, soltaba también la falda que levantaba ligeramente con
la otra mano y caía de rodillas sobre las losas negras,
porque la antecámara estaba pavimentada con losas de
mármol negro. Los dos criados que estaban cerca de la verja
se echaron a reír. Uno de ellos se adelantó hacia
O, le rogó que lo siguiera, abrió una puerta
situada frente a la que acababan de cruzar y se fue. Ella
oyó risas, unos pasos y cerrarse la puerta a su espalda.
Nunca se enteró de lo que había sucedido, si
Jeanne fue castigada por hablar, ni cómo, o si se
limitó a ceder a un capricho del criado o si, al
arrodillarse, obedecía a una regla o si quiso moverle a la
benevolencia y lo logró. Sólo
comprobó, durante su primera estancia en el castillo, que
duró dos semanas, que, si bien la regla del silencio era
absoluta, solía ser quebrantada tanto durante las idas y
venidas como durante las comidas, especialmente de día,
cuando estaban solas con los criados, como si el traje les diera una
seguridad que por la noche la desnudez, las cadenas y la presencia de
los amos les arrebataban. Advirtió también que,
si el menor gesto que pudiera parecer una insinuación hacia
uno de los amos era inconcebible, con los criados era distinto.
Éstos nunca daban una orden, pero la cortesía de
sus ruegos era tan implacable como una conminación.
Aparentemente, estaban obligados a castigar las infracciones a la regla
de inmediato, cuando eran ellos sus únicos testigos. En tres
ocasiones, una vez en el corredor que conducía al ala roja y
las otras dos, en el refectorio donde acababan de hacerla entrar, O vio
cómo eran arrojadas al suelo y azotadas unas muchachas a las
que habían sorprendido hablando. De manera que
también podían azotarlas durante el
día, a pesar de lo que le dijeron la primera noche, como si
lo que ocurriera con los criados no contara y pudiera dejarse a la
discreción de éstos. La luz del día
daba al atuendo de los criados un aspecto extraño y
amenazador. Algunos llevaban medias negras y, en lugar de librea roja y
gorguera blanca, una fina camisa de seda roja de mangas anchas
recogidas en los puños. Fue uno de éstos el que
al octavo día, a mediodía, látigo en
mano, hizo levantar de su taburete a una opulenta Magdalena rubia,
blanca y sonrosada, que estaba junto a O y que le había
dicho sonriendo unas palabras, tan aprisa que O no las
comprendió. Antes de que el hombre pudiera tocarla, ella se
había arrodillado y sus blancas manos rozaron el pene bajo
la seda negra, lo extrajeron y se lo llevó a los labios
entreabiertos. Aquella vez no fue azotada. Y como en aquel instante
él era el único guardián que
había en el refectorio y aceptaba la caricia con los ojos
cerrados, las demás se pusieron a hablar. De manera que se
podía sobornar a los criados. Pero, ¿para
qué? La regla que más difícil le
resultaba a O obedecer y que, en realidad, nunca llegó a
acatar, era la de no mirar a los hombres a la cara, puesto que
había que observarla también frente a los
criados. O se sentía en constante peligro, pues la devoraba
la curiosidad por los rostros, y fue azotada por unos y otros, aunque
no todas las veces que ellos la sorprendieron (pues se tomaban ciertas
libertades con la consigna y quizá les gustaba ejercer
aquella fascinación y no querían privarse, por un
rigor excesivo, de aquellas miradas que no se apartaban de sus ojos y
de su boca más que para posarse en su miembro viril, sus
manos, el látigo y vuelta a empezar), sino sólo
cuando deseaban humillarla. Aunque, por muy cruelmente que la trataran
cuando se decidían a ello, O nunca tuvo el valor, o la
cobardía, de echarse a sus pies y, si algunas veces los
toleró, nunca los solicitó. La regla del
silencio, por el contrario, salvo con su amante, le resultaba tan
fácil que no la quebrantó ni una sola vez y si
alguna de las demás, aprovechando algún descuido
de sus guardianes, le dirigía la palabra, ella contestaba
por señas. Generalmente, era durante las comidas, que eran
servidas en la sala en la que la habían hecho entrar cuando
el criado alto que las acompañaba se volvió hacia
Jeanne. Las paredes eran negras, el enlosado negro, la mesa, de grueso
cristal y muy larga, negra también y las muchachas se
sentaban en taburetes redondos tapizados de cuero negro. Para sentarse,
tenían que levantar la falda y así O, al sentir
bajo los muslos el cuero frío y liso, recordaba el momento
en que su amante la obligó a quitarse las medias y el slip y
sentarse sin prendas interiores en el asiento del coche. Y, a la
inversa, cuando salió del castillo y, vestida como todo el
mundo, pero con las caderas desnudas bajo su traje de chaqueta o su
vestido corriente, tenía que levantarse la falda y la
combinación cuando se sentaba al lado de su amante o de
otro, en un coche o en algún café, le
parecía que volvía al castillo, con los senos
desnudos sobre el corselete de seda, aquellas manos y bocas a las que
todo les estaba permitido y el terrible silencio. Pero nada la ayudaba
tanto como el silencio, excepto las cadenas. Las cadenas y el silencio,
que hubieran debido atarla al fondo de sí misma, ahogarla,
estrangularla, por el contrario, la liberaban.
¿Qué hubiera sido de ella de haber podido hablar,
de haber podido elegir cuando su amante la prostituía? Es
cierto, hablaba durante el suplicio; pero, ¿se puede llamar
palabras a lo que no son sino quejas y gritos? Y muchas veces la
hacían callar amordazándola. Bajo las miradas,
las manos, los miembros que la ultrajaban, bajo los látigos
que la desgarraban, ella se perdía en una delirante ausencia
de sí misma que la entregaba al amor y acaso la acercaba a
la muerte. Ella era otra persona cualquiera, una de las otras
muchachas, abiertas y forzadas como ella y a las que ella
veía abrir y forzar, porque lo veía y hasta
tenía que ayudar. En su segundo día, no
habían transcurrido todavía veinticuatro horas
desde su llegada, después del almuerzo fue conducida a la
biblioteca, para que sirviera el café y alimentara el fuego.
La acompañaba Jeanne a la que había
traído el criado de pelo negro y otra muchacha llamada
Monique. El criado se quedó en la habitación, de
pie, cerca del poste al que O fuera atada la noche anterior.
Todavía no había nadie más en la
biblioteca. Los ventanales estaban orientados a Poniente y el sol de
otoño que declinaba lentamente en un cielo sereno, casi
limpio de nubes, iluminaba sobre una cómoda un enorme ramo
de crisantemos color de azufre que olían a tierra y a hojas
secas.
-¿La marcó Pierre anoche? -preguntó el
criado a O.
Ella asintió con un movimiento de cabeza.
-En tal caso, debe mostrar las señales -dijo el hombre-.
Haga el favor de subirse el vestido.
Esperó a que ella se arrollara la falda por
detrás, como le había enseñado Jeanne
la víspera y que ésta la ayudara a sujetarla.
Después le dijo que encendiera el fuego. El dorso de O hasta
la cintura, sus muslos y sus finas piernas quedaron encuadrados entre
los pliegues de seda verde y lino blanco. Las cinco marcas eran negras.
El fuego estaba preparado en el hogar y O no tuvo más que
arrimar una cerilla a la paja amontonada bajo las teas, las cuales se
inflamaron. Pronto prendieron las ramas de manzano y, finalmente, los
leños de roble que ardían con llamas altas,
crepitantes y claras, casi invisibles con la luz del día,
pero olorosas. Entró otro criado que, encima de la consola
de la que habían quitado la lámpara,
dejó una bandeja con las tazas y el café y se
fue. O se acercó a la consola y Monique y Jeanne se quedaron
de pie una a cada lado de la chimenea. En aquel momento, entraron dos
hombres y el primer criado se fue también. O, por la voz,
creyó reconocer a uno de los que la habían
forzado la víspera, el que había pedido que se
hiciera más fácil el acceso de su dorso. Ella lo
miraba con disimulo mientras vertía el café en
las tacitas negras y doradas que Monique presentaba con el
azúcar. Conque era aquel muchacho esbelto, tan joven, rubio
que parecía un inglés. El joven volvió
a hablar y O ya estuvo segura. El otro también era rubio,
pero ancho y fornido. Estaban sentados en las butacas de cuero, con los
pies hacia el fuego, fumando tranquilamente y leyendo el
periódico sin hacer el menor caso de las mujeres, como si
estuvieran solos. De vez en cuando, se oía crujir el papel y
caer alguna brasa. De vez en cuando, O echaba un leño al
fuego. Estaba sentada en el suelo, sobre un almohadón y,
frente a ella también en el suelo, estaban Monique y Jeanne.
Sus faldas, extendidas, se entremezclaban. La de Monique era granate.
De repente, pero no antes de una hora el joven rubio llamó a
Jeanne y a Monique. Les dijo que acercaran el taburete (el mismo sobre
el que la víspera pusieran a O boca abajo). Monique no
esperó más órdenes, se
arrodilló, aplastó el pecho sobre la piel que
tapizaba el taburete y se agarró a él con ambas
manos. Cuando el joven ordenó a Jeanne que levantara la
falda roja, Monique no se movió. Entonces, Jeanne, y
así se lo ordenó él en los
términos más brutales, tuvo que desabrocharle el
traje y tomar con ambas manos aquella espada de carne que tan
cruelmente transpasara a O, por lo menos una vez. Se hinchó
y se puso rígida en la palma que la oprimía y O
vio aquellas mismas manos, las manos pequeñas de Jeanne,
abrir los mulos de Monique en cuyo interior, lentamente y a
pequeñas sacudidas que la hacían gemir, penetraba
el muchacho. El otro hombre, que miraba sin decir palabra, hizo a O una
seña para que se acercara y, sin dejar de mirar, la
tumbó boca abajo sobre uno de los brazos de su butaca -su
falda, levantada hasta la cintura, dejaba al descubierto toda la mitad
inferior de su cuerpo- y le introdujo la mano en el vientre.
Así la encontró René cuando
abrió la puerta un minuto después.
-No se muevan, por favor -dijo y se sentó junto a la
chimenea, en el almohadón que antes ocupara O. La miraba
atentamente y sonreía cada vez que aquella mano se
movía, hurgando más y más
profundamente, a la vez en su vientre y detrás y
arrancándole gemidos incontenibles. Monique se
había levantado ya hacía un rato y Jeanne atizaba
el fuego en lugar de O. Sirvió a René, que le
besó la mano, un vaso de whisky que él
bebió sin apartar la mirada de O. El que la sujetaba dijo
entonces:
-¿Es suya?
-Sí -respondió René.
-Jacques tiene razón -comentó el otro-. Es muy
estrecha. Habrá que ensancharla.
-Pero no demasiado -dijo Jacques.
-Como usted disponga -dijo René, levantándose-.
Es más entendido que yo. -Y tocó el timbre.
Desde entonces, y durante ocho días, desde el anochecer en
que terminaba su servicio en la biblioteca y las ocho o las diez de la
noche, en que era conducida de nuevo allí -aunque no a
diario- encadenada y desnuda bajo su capa roja, O llevó
inserta entre las nalgas una barra de ebonita en forma de pene sujeta
por tres cadenitas que pendían de un cinturón de
cuero que le rodeaba las caderas, de manera que el movimiento de los
músculos interiores no pudiera expulsarla. Una de las
cadenas seguía el surco de su dorso y las otras dos, el de
las ingles, dejando libre el acceso a su vientre. René
había llamado para pedir el cofre en el que se guardaban, en
un compartimiento, las cadenitas y los cinturones y, en otro, las
barras de ebonita de distinto espesor. Todas se ensanchaban en la base,
para impedir que acabaran de penetrar en el cuerpo, lo cual
entrañaba el peligro de que volviera a cerrarse el anillo de
carne que debían distender. Cada día, Jacques,
que la hacía arrodillarse, o mejor prosternarse, para que
Jeanne, Monique u otra de las chicas le colocara la barra, la
elegía más gruesa. Durante la cena, que las
muchachas tomaban juntas en el mismo refectorio, después del
baño, desnudas y maquilladas, O la llevaba
todavía y, a la vista de las cadenitas y del
cinturón, todos podían advertirlo. El encargado
de quitársela era Pierre cuando iba a encadenarla a la pared
si nadie la solicitaba o a sujetarle las manos a la espalda si
tenía que llevarla a la biblioteca. Rara fue la noche en que
nadie quiso utilizar aquella vía que tan
rápidamente iba haciéndose más
accesible, aunque siempre más estrecha que la otra. Al cabo
de ocho días, ya no fue necesario el aparato y su amante le
dijo a O que estaba muy contento de que estuviera abierta doble-mente y
que él cuidaría de que permaneciera
así. Al mismo tiempo, le previno de que él se
marchaba y que durante los siete últimos días que
pasaría en el castillo antes de que él volviera a
buscarla para llevarla a París no lo vería.
-Pero te quiero -le dijo-. Te quiero. No me olvides.
¡Ah! ¿Y cómo iba ella a olvidarlo?
Él era la mano que le vendaba los ojos, el látigo
de Pierre, la cadena de la cabecera de su cama, el desconocido que le
mordía el vientre y todas las voces que le daban
órdenes eran su voz. ¿Se cansaba? No. A fuerza de
ser ultrajada, podía parecer que había de
acostumbrarse a los ultrajes; a fuerza de ser acariciada, a las
caricias, y a los latigazos, a fuerza de ser azotada. Una horrible
saciedad del dolor y de la voluptuosidad hubiera debido empujarla poco
a poco hacia las riberas de la insensibilidad, próximas al
sueño o al sonambulismo. Todo lo contrario. El corselete que
la mantenía erguida, las cadenas que la sometían,
el silencio, su refugio, seguramente contribuían a ello,
como también el espectáculo constante de
muchachas entregadas como ella, e incluso cuando no eran entregadas, de
su cuerpo constantemente accesible. El espectáculo
también y la conciencia de su propio cuerpo. Todos los
días, mancillada por así decirlo ritualmente de
saliva y de esperma, de sudor mezclado con su propio sudor, se
sentía literalmente receptáculo de las impurezas,
la cloaca de la que hablan las Escrituras. Y, no obstante, las partes
de su cuerpo más ofendidas, dotadas ahora de mayor
sensibilidad, le parecían embellecidas y hasta ennoblecidas:
su boca recibiendo miembros anónimos, las puntas de sus
senos que manos extrañas rozaban constantemente y, entre sus
muslos abiertos, los caminos de su vientre, rutas holladas a placer.
Asombra que, al ser prostituida, ganara en dignidad y, sin embargo,
así era. Una dignidad que parecía iluminarla
desde dentro y en su porte se veía la calma, en su rostro la
serenidad y la imperceptible sonrisa interior que se adivina en los
ojos de las reclusas.
Cuando René le dijo que la dejaba, era ya de noche. O estaba
desnuda en su celda, esperando que fueran a buscarla para llevarla al
refectorio. Su amante vestía su traje de ciudad. Cuando la
abrazó, el tweed de su americana, le rascó la
punta de los senos. La besó, la tendió en la
cama, se tendió a su lado y, lenta y Suavemente la
poseyó, yendo y viniendo en las dos vías que se
le ofrecían, para derramarse finalmente en su boca que
después volvió a besar.
-Antes de partir, quisiera hacerte azotar. Y esta vez quiero
preguntártelo. ¿Aceptas? -Ella
aceptó-. Te quiero -repitió él-. Llama
a Pierre.
Ella tocó el timbre. Pierre le encadenó las manos
sobre la cabeza. Cuando estuvo encadenada, su amante volvió
a besarla, de pie encima de la cama, le repitió que la
quería, luego bajó de la cama e hizo una
seña a Pierre. La miró debatirse en vano,
oyó cómo sus gemidos se convertían en
gritos. Cuando se le saltaron las lágrimas,
despidió a Pierre. Ella aún tuvo fuerzas para
decir que lo quería. Entonces él besó
su rostro empapado y su boca jadeante, la desató, la
acostó y se fue.
Decir que, en el mismo instante en que su amante se fue, O
empezó a esperarle es decir poco: desde aquel momento ella
no fue más que espera y noche. Durante el día,
era como una figura pintada de piel suave y boca dócil que
se mantenía constantemente con la vista baja. Fue
sólo entonces cuando observó estrictamente la
regla. Encendía y alimentaba el fuego, preparaba y
servía el café, escanciaba los licores,
encendía cigarrillos, arreglaba las flores y doblaba los
periódicos como una jovencita bien educada en el
salón de sus padres, tan límpida con su gran
escote, su gargantilla de cuero, su corselete ceñido y sus
pulseras de prisionera que era suficiente que los hombres a los que
servía le ordenaran que se quedara a su lado cuando violaban
a alguna otra muchacha para querer violarla a ella también.
Seguramente por eso la maltrataban más que antes.
¿Había cometido alguna falta o la
había dejado allí su amante precisamente para que
aquellos a quienes la prestaba dispusieran de ella con mayor libertad?
Dos días después de su marcha, al anochecer,
cuando después de quitarse la ropa, miraba en el espejo del
cuarto de baño las señales de la fusta de Pierre
que iban borrándose de sus muslos, entró Pierre.
Faltaban aún dos horas para la cena. Le dijo que aquella
noche no cenaría en el comedor y le ordenó que se
preparara, señalándole el asiento a la turca en
el que ella tuvo que ponerse en cuclillas, tal como Jeanne le dijo que
debería hacer delante de Pierre. Mientras estuvo en
él, el criado no dejó de mirarla. Ella lo
veía en el espejo y se veía también a
sí misma, sin poder retener el líquido que
salía de su cuerpo. El hombre esperó mientras
ella se bañaba y maquillaba. Iba a sacar las chinelas y la
capa roja cuando él la detuvo con un ademán y,
atándole las manos a la espalda, le dijo que no
hacía falta y que le esperara un instante. Ella se
sentó al borde de la cama. Fuera, había tormenta
con viento frío y lluvia y el álamo que
crecía junto a la ventana se inclinaba a impulsos de sus
ráfagas. De vez en cuando, las hojas pálidas y
mojadas azotaban los cristales. Era ya noche cerrada a pesar de que
aún no habían dado las siete; pero el
otoño estaba ya muy avanzado y los días eran
cortos. Pierre volvió a entrar trayendo en la mano la venda
con que le taparon los ojos la primera noche. Traía
también una cadena que tintineaba, parecida a la de la
pared. Le pareció a O que vacilaba, dudando entre
qué ponerle primero si la venda o las cadenas. Ella miraba
la lluvia, indiferente a lo que quisieran de ella, pensando
únicamente que René había dicho que
volvería, que tendría que esperar aún
cinco días y cinco noches y que no sabía
dónde estaba ni si estaba solo y, si no lo estaba, con
quién. Pero él volvería, Pierre
había dejado la cadena encima de la cama y, sin distraer a O
de sus ensueños, le vendó los ojos, La venda era
de terciopelo negro, guateada sobre las órbitas y se
ajustaba perfectamente a los pómulos: imposible abrir los
párpados ni atisbar nada. Bendita noche, parecida a su
propia noche; nunca la acogió O con tanta
alegría. Benditas cadenas que la liberaban de sí
misma. Pierre enganchó la cadena al anillo del collar y le
rogó que le acompañara, Ella se
levantó, sintió que tiraban de ella hacia delante
y empezó a andar. Sus pies descalzos se hela-ron sobre las
baldosas y comprendió que avanzaban por el corredor del ala
roja. Después, el suelo se hizo más
áspero aunque no menos frío: seguramente, losas
de piedra, gres o granito. El criado la mandó pararse dos
veces y ella oyó girar una llave en una cerradura que se
abría y volvía a cerrarse.
-Cuidado con los escalones -dijo Pierre.
Ella empezó a bajar una escalera, tropezó y
Pierre la sostuvo entre sus brazos. Nunca la había tocado
más que para encadenarla o azotarla, pero ahora la
tendía sobre los fríos escalones a los que ella
se asía como podía con las manos atadas para no
resbalar, mientras él le tomaba los senos. Su boca iba de
uno a otro y ella sentía el peso de su cuerpo que se apoyaba
en ella y luego se erguía lentamente, No la
levantó del suelo hasta que estuvo satisfecho,
Húmeda y temblando de frío, ella acabó
de bajar la escalera y oyó que se abría otra
puerta por la que entró y entonces sintió bajo
los pies una gruesa alfombra. Un tirón en la cadena y las
manos de Pierre le soltaron las manos y le quitaron la venda: estaba en
una habitación redonda, abovedada, muy pequeña y
muy baja. Las paredes y la bóveda eran de piedra sin
revestimiento alguno, con las juntas al descubierto. La cadena que
llevaba sujeta al cuello estaba enganchada a una anilla clavada en la
pared a un metro de altura, frente a la puerta y no le
permitía dar más que dos pasos hacia delante. No
había cama ni nada que se le pareciera, ni manta,
sólo tres o cuatro almohadones estilo marroquí
pero estaban fuera de su alcance y era evidente que no estaban
destinados a ella. A su alcance, por el contrario, había un
hueco en la pared del que salía la escasa luz que iluminaba
la pieza y en el que alguien había dispuesto una bandeja de
madera con agua, fruta y pan. El calor de los radiadores empotrados en
la base de las paredes, a modo de zócalo, no bastaba para
disipar el olor a tierra y humedad, olor de las antiguas prisiones y de
las mazmorras de los castillos. En aquella cálida penumbra a
la que no llegaba ruido alguno, O pronto perdió la
noción del tiempo. No había día ni
noche y nunca se apagaba la luz. Pierre o cualquier otro criado
traían más agua, pan y fruta cuando se terminaba
lo que había en la bandeja y la llevaban a que se
bañara a un reducto contiguo. Ella nunca vio a los hombres
que entraban, porque previamente un criado le vendaba los ojos y no le
quitaba la venda hasta que ellos se habían ido.
También perdió la cuenta de sus visitantes y ni
sus suaves manos ni sus labios que acariciaban a ciegas supieron nunca
a quién tocaban. A veces eran varios, pero casi siempre uno
sólo. Antes de que se acercaran a ella, tenía que
arrodillarse de cara a la pared, la anilla del collar enganchada al
mismo pitón que sujetaba la cadena para que la azotara.
Apoyaba la palma de las manos en la pared y con el dorso
protegía su rostro para que la piedra no la
arañara; pero no podía evitar las desolladuras en
las rodillas y los senos. También perdió la
cuenta de los suplicios y de sus gritos, ahogados por la
bóveda. Esperaba. De pronto, el tiempo dejó de
estar inmóvil. En su noche de terciopelo, alguien
desenganchaba la cadena. Había esperado tres meses, tres
días, diez días o diez años.
Sintió que la envolvían en una tela gruesa y que
alguien la levantaba en brazos. Se encontró en su celda,
acostada bajo la manta negra, era poco después de
mediodía, tenía los ojos abiertos, las manos
libres y René, sentado a su lado, le acariciaba el cabello.
-Tienes que vestirte -le dijo-. Nos vamos.
Ella tomó su último baño y
él le cepilló el pelo y le sostuvo la polvera y
el lápiz de los labios. Cuando volvió a la celda,
encima de la cama encontró su traje de chaqueta, su blusa,
su combinación, sus medias, su bolso y sus guantes. Estaba
hasta el abrigo que se ponía sobre el traje de chaqueta
cuando empezaba a hacer frío y un pañuelo de seda
para el cuello; pero ni slip ni liguero. Ella se vistió
lentamente, enrollándose las medias encima de las rodillas y
no se puso la chaqueta porque en la celda hacía mucho calor.
En aquel momento, entró el hombre que la primera noche le
explicara lo que allí se le exigiría. Le
quitó la gargantilla y las pulseras que desde
hacía dos semanas la mantenían cautiva.
¿Se sentía libre? ¿O le
parecía que le faltaba algo? No dijo nada, casi sin
atreverse a pasarse las manos por las muñecas ni por el
cuello. Luego, el hombre le rogó que entre las sortijas,
todas parecidas, que le presentaba en una arqueta de madera, eligiera
la que mejor se adaptara al dedo anular de su mano izquierda. Eran unas
extrañas sortijas de hierro forradas de oro en su interior,
con un abultado sello en el que, incrustado en oro, se veía
el dibujo de una especie de rueda de tres radios, en forma de espiral,
parecida a la rueda solar de los celtas. La segunda que se
probó, forzándola un poco, se ajustaba
perfectamente. Le pesaba y el oro brillaba veladamente entre el gris
mate del hierro pulido. ¿Por qué el hierro, por
qué el oro y aquel signo que ella no comprendía?
No le era posible hablar en aquella habitación tapizada de
rojo, en la que de la pared colgaba todavía la cadena a la
cabecera de la cama, en la que estaba todavía la manta
negra, arrugada en el suelo, en la que en cualquier momento
podía entrar Pierre, el criado, absurdo con su uniforme de
opereta, a la luz brumosa de noviembre. Se engañaba; Pierre
no entró. René le hizo ponerse la chaqueta y los
guantes cuyas manoplas le cubrían las bocamangas. Ella
recogió el pañuelo, el bolso y el abrigo que se
llevó colgado del brazo. Los tacones de sus zapatos
hacían menos ruido en las baldosas que las chinelas. Las
puertas estaban cerradas, la antecámara, vacía. O
asía la mano de su amante. El desconocido que les
acompañaba abrió las verjas de lo que Jeanne dijo
era la clausura y que ahora no guardaban criados ni perros.
Apartó uno de los cortinajes de terciopelo verde y ellos
salieron. La cortina volvió a cerrarse. Oyeron el chasquido
de la verja. Estaban solos en otra antecámara que
salía al parque. No tenían más que
bajar la escalinata ante la que esperaba el coche. Ella se
sentó al lado de su amante que empuñó
el volante y arrancó. Salieron del parque por la verja
abierta de par en par y, después de recorrer unos centenares
de metros, él paró para darle un beso. Estaban a
la entrada de un pueblo pequeño y apacible que luego
cruzaron. O pudo leer el nombre del lugar en un indicador: Roissy.
II. SIR STEPHEN
El apartamento
que ocupaba O estaba en la isla de San Luis, en el último
piso de una vieja casa orientada al Sur, mirando al Sena. Las
habitaciones eran abuhardilladas, amplias y bajas, y las de la fachada,
que eran dos, tenían balcones practicados en el tejado. Una
era el dormitorio de O y la otra, en la que del suelo al techo, unas
estanterías de libros enmarcaban la chimenea,
hacía las veces de salón, de despacho y hasta de
dormitorio, si era preciso: tenía un gran diván
frente a sus dos balcones y, delante de la chimenea, una gran mesa
antigua. Aquí se comía también cuando
el comedorcito, tapizado de sarga verde oscuro y con ventanas a un
patio interior, resultaba realmente demasiado pequeño para
el número de comensales. Había otra
habitación, también con ventanas al patio, que
René utilizaba como vestidor. O compartía con
él el cuarto de baño, amarillo. La cocina,
amarilla también, era minúscula. Una asistenta
iba todos los días a hacer la limpieza. Las habitaciones que
daban al Patio estaban pavimentadas con baldosas rojas hexagonales,
como las que se encuentran, a partir del segundo piso, en las escaleras
de los viejos edificios de París. Al verlas, O tuvo un
sobresalto: eran iguales a las de los corredores de Roissy. Su
habitación era pequeña, las cortinas de cretona
rosa y negra estaban corridas, el fuego brillaba tras la tela
metálica del guardafuegos, la cama estaba preparada.
-Te he comprado un camisón de nilón -dijo
René-. No tenías ninguno.
Un camisón de nilón blanco, plisado,
ceñido y fino como las vestiduras de las estatuillas
egipcias y casi transparente estaba dispuesto al borde de la cama, en
el lado de O. Se ajustaba a la cintura con una fina tira que se anudaba
sobre unos frunces elásticos y el punto de nilón
era tan fino que los senos se transparentaban color de rosa. Todo,
salvo las cortinas, el panel tapizado de la misma tela contra el que se
apoyaba la cabecera de la cama y los dos silloncitos bajos, recubiertos
también de la misma cretona, todo era blanco: las paredes,
la colcha guateada extendida sobre la cama con columnas de caoba y las
pieles de oso del suelo. O, sentada junto al fuego, con su
camisón blanco, escuchaba a su amante. Él
empezó diciendo que no debía pensar que ya estaba
libre. Salvo, naturalmente, si había dejado de amarlo y lo
abandonaba de inmediato. Pero, si le amaba, no era libre de nada. Ella
lo escuchaba sin decir palabra, pensando que estaba contenta de que
él quisiera demostrarse a sí mismo, el
cómo no importaba, que ella le pertenecía y
pensando también que era muy ingenuo al no darse cuenta de
que su sumisión a él estaba por encima, de toda
prueba. Pero tal vez si que lo advertía y sí
quería recalcarlo era porque ello le daba gusto. Ella miraba
el fuego mientras él hablaba, pero no a él, pues
no se atrevía a encontrarse con su mirada. Él
paseaba por la habitación. De pronto, le dijo que, para
escucharle, debía separar las rodillas y abrir los brazos; y
es que ella estaba sentada con las rodillas juntas y
abrazándoselas. Entonces levantó el borde del
camisón y se sentó sobre sus talones, como las
carmelitas o las japonesas, y esperó. Entre los muslos
sentía el agudo cosquilleo de la piel blanca que
cubría el suelo. Él insistió: no
había abierto las piernas lo suficiente. La palabra "abre" y
la expresión "abre las piernas" adquirían en la
boca de su amante tanta turbación y fuerza que ella las
oía siempre con una especie de prosternación
interior, de rendida sumisión, como si hubiera hablado un
dios y no él. Quedó, pues, inmóvil y
sus manos, con las palmas hacia arriba, descansaban a cada lado de sus
rodillas entre las que la tela del camisón extendida
alrededor de ella, volvía a formar sus pliegues. Lo que su
amante quería de ella era muy simple: que estuviera
accesible de un modo constante e inmediato. No le bastaba saber que lo
estaba; quería que lo estuviera sin el menor
obstáculo y que tanto su actitud como su manera de vestir
así lo advirtieran a los iniciados. Esto quería
decir, prosiguió él, dos cosas: la primera, que
ella sabía ya, puesto que se lo habían explicado
la noche de su llegada al castillo: nunca debía cruzar las
piernas y debía mantener siempre los labios entreabiertos.
Seguramente, ella creía que esto no tenía
importancia (y así lo creía, en efecto); sin
embargo, pronto descubriría que, para observar esta
disciplina, tenía que poner una atención
constante que le recordaría, en el secreto compartido entre
ellos dos y acaso alguna otra persona, pero durante sus ocupaciones
ordinarias y entre todos aquellos ajenos a tal secreto, le
recordaría la realidad de su condición. En cuanto
a su ropa, debería elegirla o, en caso necesario, inventarla
de manera que hubiera necesidad de repetir aquel semidesnudamiento a
que la había sometido en el coche que los llevaba a Roissy.
Al día siguiente, ella escogería en sus armarios
y cajones los vestidos y la ropa interior y descartaría
absolutamente todos los slips y los sujetadores parecidos a
aquél cuyos tirantes había tenido que cortar
él para quitárselo, las combinaciones cuyo cuerpo
le cubriera los senos, las blusas y los vestidos que no se abrochasen
por delante y las faldas que fueran demasiado estrechas para que
pudiera levantarlas con un solo movimiento. Que encargara otros
sujetadores, otras blusas y otros vestidos. Hasta entonces,
¿tendría que ir con los senos desnudos bajo la
blusa o el jersey? Pues bien, que fuera. Si alguien lo notaba, ella
podría explicarlo como mejor le pareciera o no dar ninguna
explicación, era asunto suyo. En cuanto a las
demás cosas que debía decirle,
prefería esperar unos días y deseaba que, para
oírlas, ella estuviera vestida como él
quería. En el cajoncito del escritorio,
encontraría todo el dinero que necesitara. Cuando
él acabó de hablar, ella murmuró "te
quiero" sin el menor gesto. Fue él quien echó
más leña al fuego y encendió la
lámpara dela mesita de noche, que era de opalina rosa.
Entonces dijo a O que se acostara y lo esperase, que
dormiría con ella. Cuando él volvió a
entrar en la habitación, O alargó la mano para
apagar la luz. Era la mano izquierda y lo último que vio
antes de que se hiciera la oscuridad fue el brillo apagado de su sor
tija de hierro. Estaba recostada a medias, de lado, y en aquel mismo
instante su amante la llamaba por su nombre en voz baja y,
tomándola por el vientre, la atraía hacia
sí.
Al día siguiente, O, sola, en bata, acababa de almorzar en
el comedor verde -René se había ido temprano y no
volvería hasta la noche, para llevarla a cenar-, cuando
sonó el teléfono. El aparato estaba en el
dormitorio, a la cabecera de la cama, al lado de la lámpara.
O se sentó en el suelo y descolgó. Era
René, que quería saber si la asistenta se
había marchado. Sí, acababa de irse,
después de servir el desayuno, y no volvería
hasta el día siguiente por la mañana.
-¿Has empezado ya a escoger la ropa? -preguntó
René.
-Ahora iba a hacerlo -respondió ella-. Pero me he levantado
tarde, me he bañado y no he estado lista hasta
mediodía.
-¿Estás vestida?
-No. Estoy en camisón y bata.
-Deja el teléfono y quítate la bata y el
camisón.
O le obedeció, tan nerviosa que el aparato
resbaló de la cama donde lo había dejado y
cayó sobre la alfombra blanca. Temió que se
hubiera cortado la comunicación. No; no se había
cortado.
-¿Estás desnuda? -preguntó
René.
-Sí -contestó ella-; pero, ¿desde
dónde me llamas?
Él no contestó a su pregunta y se
limitó a añadir:
-¿Llevas el anillo?
Ella lo llevaba. Entonces él le dijo que permaneciera como
estaba hasta que él volviera y que así preparase
la maleta con la ropa que tenía que desechar. Luego,
colgó. Era más de la una y hacía buen
tiempo. Un rayo de sol iluminaba, sobre la alfombra, el
camisón blanco y la bata de pana verde pálido
como las cáscaras de las almendras tiernas que O
había dejado caer. Los recogió y los
llevó al cuarto de baño, para guardarlas en el
armario. Al pasar, uno de los espejos adosados a una puerta y que, con
un lienzo de pared y otra puerta igualmente recubierta de espejo,
formaba un gran espejo de tres cuerpos, le devolvió
bruscamente su imagen: no llevaba nada más que sus chinelas
de piel verdes como la bata -apenas más oscuras que las que
se ponía en Roissy- y la sortija. No llevaba collar ni
pulseras de piel, estaba sola, sin más espectadores que ella
misma. Y, sin embargo, nunca se sintió más
sometida a una voluntad que no era la suya, más esclava ni
más feliz de serlo. Cada vez que se agachaba para abrir un
cajón, veía tremolar levemente sus senos.
Tardó casi dos horas en disponer sobre la cama toda la ropa
que después debería meter en la maleta. Con los
slips, por descontado, hizo un pequeño montón al
lado de una de las columnas. Sostenes no podría aprovechar
ni uno solo: todos se cruzaban en la espalda y se abrochaban en los
lados. De todos modos, ideó la forma en que
podría manjar hacer el mismo modelo, poniendo el cierre
delante, bajo el surco que formaban los senos. Los ligueros tampoco
ofrecían dificultades, pero ella se resistía a
desechar el ceñidor de satén brocado rosa con
cordones en la espalda tan parecido al corselete que llevaba en Roissy.
Lo dejó aparte, encima de la cómoda. Que
decidiera René. Y que decidiera también lo que
tenía que hacer con los jerseys, todos cerrados a ras de
cuello y que se ponían por la cabeza. Pero podía
subírselos, para descubrir los senos. También las
combinaciones quedaron amontonadas encima de la cama. En el
cajón de la cómoda no guardó
más que una enagua bajera de faya negra con un volante
plisado y pequeñas puntillas de Valenciennes que llevaba
debajo de una falda a pliegues soleil de una lana negra tan fina que se
transparentaba. Necesitaría más enaguas bajeras,
claras y cortas. Comprendió que tendría que
renunciar a llevar vestidos estrechos o bien elegir modelos que se
abrocharan de arriba abajo y encargar ropa interior que se abriera al
mismo tiempo que el vestido. Lo de las enaguas era fácil de
arreglar y lo de los vestidos, también, pero,
¿qué diría su lencera sobre la ropa
interior abierta? Le explicaría que quería un
forro de quita y pon porque era muy friolera. Y lo era realmente. De
pronto, se preguntó cómo iba a soportar el
frío de la calle en invierno, tan desabrigada. Cuando hubo
terminado y de su vestuario no decidió conservar
más que los vestidos camiseros, todos abrochados por
delante, la falda negra, los abrigos, naturalmente, y el traje de
chaquet que traía puestos a su regreso de Roissy, fue a
preparar el té. En la cocina, subió el termostato
de la calefacción; la asistenta no había llenado
el cesto del salón con leños para la chimenea y O
sabía que a su amante le gustaría encontrarla
junto al fuego cuando volviera por la noche. Llenó el cesto
con leños de los que guardaba en el cofre del pasillo, lo
llevó al salón y encendió el fuego. Y
así, acurrucada en un butacón, con la bandeja del
té a su lado, esperó su vuelta, pero esta vez le
esperaba, tal como él le había ordenado, desnuda.
La primera dificultad que se le presentó a O fue en su
trabajo. Dificultad es mucho decir. Asombro sería la palabra
más apropiada. O trabajaba en el servicio de moda de una
agencia fotográfica. Lo cual quiere decir que, en el
estudio, tenía que retratar a las mujeres más
exóticas y más atractivas que elegían
los modistas para presentar sus modelos, en sesiones de varias horas.
Causó extrañeza que O prolongara sus vacaciones
hasta tan entrado el otoño y que se ausentara precisamente
en la época de mayor actividad, cuando iba a salir la nueva
moda. Pero esto era lo de menos. Mayor asombro causó que
hubiera cambiado tanto. A primera vista, no se sabía en
qué había cambiado, pero se la notaba distinta y
cuanto más se la observaba, más evidente se
hacía el cambio. Caminaba más erguida,
tenía la mirada más clara y lo que más
llamaba la atención era la perfección de su
inmovilidad y la armonía de sus ademanes. Siempre
había vestido con sobriedad, como visten las mujeres que
trabajan cuando su trabajo se parece al de los hombres; pero por
más que tratara de disimular, dado que las otras muchachas,
que constituían el objeto de su trabajo, tenían
por ocupación y por vocación el atuendo, no
tardaron en advertir lo que a otros ojos hubiera pasado inadvertido.
Los jerseys que O llevaba directamente sobre la piel, bajo los que se
dibujaba con suavidad el contorno de los senos -finalmente,
René había autorizado los jerseys- y las faldas
plisadas que se arremolinaban con facilidad, llegaron a adquirir la
apariencia de un discreto uniforme.
-Un estilo muy de niña -le dijo un día con aire
burlón una maniquí rubia de ojos verdes que
tenía los pómulos salientes y la piel oscura de
los eslavos-. Pero hace mal en usar ligas redondas. Se
estropeará las piernas.
Y es que O, sin darse cuenta, se había sentado, dando una
rápida media vuelta, en el brazo de una butaca de cuero y la
falda se le había subido. La muchacha vio fugazmente la piel
desnuda del muslo encima de la media enrollada que terminaba
más allá de la rodilla. O la vio
sonreír de un modo extraño y se
preguntó qué habría pensado o tal vez
comprendido.
Se estiró las medias, una tras otra, para tensarlas
más aún, lo cual era más
difícil que con un liguero normal y respondió a
Jacqueline, como justificándose:
-Es práctico.
-¿Práctico para qué?
-No me gustan los ligueros -respondió O.
Pero Jacqueline no la escuchaba. Estaba miran-do la sortija de hierro.
En varios días, O hizo de Jacqueline una cincuentena de
clisés. No se parecían a los que había
hecho hasta entonces. Y es que, tal vez, nunca había tenido
semejante modelo. Lo cierto es que nunca había sabido sacar
de un rostro o de un cuerpo un significado tan conmovedor. Y, en
realidad, no se trataba más que de dar mayor realce a las
sedas, las pieles y los encajes con aquella súbita hermosura
de hada sorprendida ante el espejo que adquiría Jacqueline
tanto con la blusa más sencilla como con el más
suntuoso abrigo de visón. Tenía el cabello corto,
rubio y espeso, ligeramente ondulado. A la menor indicación,
inclinaba ligeramente la cabeza hacia el hombro izquierdo y apoyaba la
mejilla en el cuello levantado de su abrigo de piel, si llevaba abrigo
de piel. O la retrató una vez en esta actitud, sonriente y
dulce, con el cabello ligeramente levantado como por el viento y su
delicado pómulo acariado por el visón azul, gris
y suave como la ceniza reciente de la leña. Tenía
los labios entreabiertos y entornaba los ojos. Bajo el brillo de agua
de la foto, parecía una belleza ahogada, plácida,
feliz y pálida, muy pálida. O mandó
hacer la prueba en un tono gris muy tenue. Pero había hecho
de Jacqueline otra foto que la trastornaba más
aún: a contraluz, con los hombros desnudos, un velo negro,
de malla grande ciñéndole la cabeza y la cara con
un aigrette doble que la coronaba como un humo impalpable; llevaba un
inmenso vestido de grueso brocado de seda, rojo como un vestido de
novia de la Edad Media, que le llegaba hasta los pies, de amplia falda,
ceñido a la cintura y cuyo armazón le realzaba el
pecho. Era lo que los modistas llaman un vestido de gala, algo que
nadie lleva nunca. Las sandalias, de tacón muy alto,
también eran de seda roja. Y mientras Jacqueline estuvo
delante de O con aquel vestido, aquellas sandalias y aquel velo que era
como la premonición de una máscara, O completaba
mentalmente el modelo: tan poco era lo que hacía falta -el
talle más ceñido, los senos más
descubiertos- y sería igual al vestido que llevaba Jeanne en
Roissy, la seda gruesa, lisa, crujiente, la seda que levantas con la
mano cuando te dicen... Y Jacqueline la levantaba, para bajar de la
plataforma en la que había estado posando durante un cuarto
de hora. El mismo murmullo, el mismo crujido de hojas secas.
¿Que nadie lleva esos vestidos de gala? Ah, si. Y Jacqueline
también llevaba al cuello una gargantilla de oro y pulseras
de oro en las muñecas. O pensó que
estaría más hermosa con gargantilla y pulseras de
cuero. Y aquel día hizo algo que no había hecho
nunca: siguió a Jacqueline al vestuario contiguo al estudio
en el que las modelos se maquillaban y dejaban la ropa cuando
salían. Se quedó apoyada en el quicio de la
puerta, con los ojos fijos en el espejo del tocador ante el que se
había sentado Jacqueline, todavía con el vestido
rojo. El espejo era tan grande -ocupaba toda la pared del fondo y el
tocador era una simple placa de vidrio negro- que O veía en
él a un tiempo a Jacqueline, a sí misma y a la
encargada del vestuario que estaba quitándole los aigrettes
y el velo de tul. Jacqueline se desabrochó ella misma el
collar, con sus brazos des-nudos levantados como dos asas; el sudor
brillaba levemente en sus axilas depiladas (¿"por
qué? --se dijo O-; qué lástima, con lo
rubia que es") y O percibió su olor acre y fino, un poco
vegetal y se preguntó qué perfume
debería usar Jacqueline, qué perfume
habría que hacer usar a Jacqueline. Jacqueline se
quitó después las pulseras y las dejó
encima del cristal, en el que tintinearon como cadenas.
Tenía el cabello tan rubio que su piel parecía
más oscura, mate y dorada como la arena al retirarse la
marea. En la foto, la seda roja sería negra. En aquel
momento, las gruesas cejas de Jacqueline que ella no maquillaba sino a
regañadientes, se alzaron y O tropezó en el
espejo con su mirada, tan franca e inmóvil que, sin poder
apartar la suya, se sintió enrojecer lentamente. Esto fue
todo.
-Excúseme -dijo Jacqueline-. Tengo que cambiarme.
-Perdón -murmuró O cerrando la puerta.
Al día siguiente, se llevó a su casa las pruebas
de los clisés que había sacado la
víspera, sin saber si quería o no
enseñárselos a su amante, con el que
debía cenar fuera. Mientras se maquillaba, delante del
tocador de su cuarto, las miraba y se interrumpía para
seguir con el dedo, sobre la foto, la línea de una ceja o de
una sonrisa. Pero al oír el ruido de la llave en la
cerradura de la puerta de entrada, las guardó en el
cajón.
Hacía dos semanas que O estaba completamente equipada y
aún no se había acostumbrado a estarlo cuando,
una tarde, al volver del estudio, encontró una nota de su
amante en la que él le rogaba que estuviera arreglada a las
ocho para salir a cenar con él y con un amigo. Un coche
iría a recogerla y el chofer subiría a buscarla.
En la posdata puntualizaba que debía llevar la chaqueta de
piel y vestirse totalmente de negro (totalmente subrayado) y
maquillarse y perfumarse como en Roissy. Eran las seis. Totalmente de
negro y para cenar. Era diciembre y hacía frío,
de manera que tendría que ponerse medias de nilón
negras, guantes negros, la falda plisada en abanico y un jersey grueso
bordado de lentejuelas o el justillo de faya. Optó por el
justillo que era pespunteado y se abrochaba desde el cuello al talle,
ceñido como los severos jubones masculinos del siglo xvi y,
al llevar el sostén incorporado, le dibujaba perfectamente
el busto. Estaba forrado de faya y el faldón le llegaba a la
cadera. Sólo lo animaban unos grandes broches dorados,
parecidos a esos grandes corchetes que llevan las botas de nieve de los
niños y que chasquean al abrirse y cerrarse sobre las
grandes anillas planas. A O le resultaba extraño, una vez
hubo preparado la ropa sobre la cama a cuyo pie dejó los
zapatos de ante negro, con fino tacón de aguja, verse, sola
y libre, esmerándose en arreglarse y perfumarse como en
Roissy. Los cosméticos que tenía en su casa no
eran los que se utilizaban allí. En el cajón del
tocador encontró colorete -nunca se lo ponía- que
ahora utilizó para teñirse la areola de los
senos. Apenas se veía el color en el momento de aplicarlo,
pero después se oscurecía. Le pareció
que se había puesto demasiado, se lo quitó un
poco con alcohol -costaba trabajo quitarlo- y volvió a
empezar. Un rosa peonía oscuro le iluminó la
punta de los senos. En vano trató de teñir del
mismo color los labios ocultos por el vello de su pubis; en ellos no se
marcaba. Por fin, entre los lápices de labios,
encontró un rojo permanente que no le gustaba usar porque
era demasiado seco e indeleble. Para aquello iría bien. Se
arregló el cabello, la cara y se perfumó.
René le había regalado, en un vaporizador que lo
proyectaba en espesa bruma, un perfume cuyo nombre ella ignoraba y que
olía a bosque seco y a planta de marisma, áspero
y silvestre. Sobre la piel, la bruma se diluía y deslizaba,
sobre el vello de las axilas y del vientre, se fijaba en finas gotas
minúsculas. En Roissy había aprendido O la
lentitud: se perfumó tres veces dejando secar el perfume
cada vez. Primero se puso las medias y los zapatos de tacón
alto, después la enagua, la falda y, por último,
el jubón. Se calzó los guantes y cogió
el bolso. Dentro del bolso llevaba la polvera, la barra de labios, un
peine, la llave y mil francos. Con los guantes puestos, sacó
del armario la chaqueta de piel y miró la hora en el reloj
de la mesita de noche: eran las ocho menos cuarto. Se sentó
en el borde de la cama y, con los ojos fijos en el despertador,
esperó inmóvil a que sonara el timbre. Cuando al
fin lo oyó y se levantó para salir, en el espejo
del tocador, antes de apagar la luz, vio su mirada audaz, dulce y
dócil.
Cuando empujó la puerta del pequeño restaurante
italiano en el que el coche la dejó, la primera persona a la
que vio en el bar fue René. Él le
sonrió con ternura, le tomó una mano y,
volviéndose hacia una especie de atleta de pelo gris, le
presentó, en inglés, a Sir Stephen H. Le
ofrecieron un taburete situado entre los dos y, cuando iba a sentarse,
René le dijo en voz baja que procurase no arrugarse la
falda. Él la ayudó a deslizarse sobre el taburete
cuyo frío cuero sintió ella en la piel y, entre
los muslos, el borde metálico, pues no se atrevía
a sentarse más que a medias, por temor a ceder a la
tentación de cruzar las piernas si se sentaba del todo. En
derredor suyo se extendía su falda. El tacón
derecho se enganchó en uno de los barrotes del taburete y la
punta del pie izquierdo se apoyaba en el suelo. El inglés,
que se había inclinado ante ella sin decir palabra, no le
quitaba la vista de encima. Ella observó que le miraba las
rodillas, las manos y por último los labios, pero tan
tranquilamente y con una atención tan marcada y precisa que
O tuvo la impresión de que era sopesada y juzgada como el
instrumento que ella sabía que era y, como obligada por
aquella mirada y casi a pesar suyo, se quitó los guantes:
sabía que él hablaría cuando ella
tuviera las manos desnudas -porque sus manos eran especiales,
parecían más de muchacho que de mujer y porque en
el anular de la izquierda llevaba la sortija de acero con la triple
espiral de oro-. Pero no; no dijo nada. Sólo
sonrió: había visto la sortija. René
bebía un Martini y Sir Stephen, whisky. Él
terminó lentamente su whisky y esperó a que
René se bebiera su segundo Martini y O, el zumo de pomelo
que René había pedido para ella mientras le
explicaba que, si ella no tenía inconveniente,
podrían cenar en el comedor del sótano que era
más pequeño y más tranquilo que el
situado en la planta baja, a continuación del bar.
-Desde luego -dijo O, cogiendo el bolso y los guantes que dejara en la
barra.
Entonces, para ayudarla a bajar del taburete, Sir Stephen le
tendió la mano derecha en la que ella puso la suya y las
primeras palabras que le dirigió fueron para comentar que
sus manos parecían hechas para llevar hierro, que los
hierros le sentaban muy bien. Pero se lo dijo en inglés, lo
cual daba lugar a un ligero equívoco, ya que tanto
podía referirse al metal como, lo que era más
probable, a las cadenas. En el comedor del sótano, que era
una simple bodega encalada, pero fresca y alegre, no había,
efectivamente, más que cuatro mesas de las que
sólo una estaba ocupada por unos clientes que ya acababan de
cenar. En las paredes estaba pintado un mapa gastronómico y
turístico de Italia con colores suaves como los de los
helados de vainilla, fresa o caramelo. Ello hizo pensar a O que de
postre pediría helado, con almendra picada y nata. Se
sentía feliz y ligera. La rodilla de René rozaba
su rodilla debajo de la mesa y, cuando hablaba, ella sabía
que hablaba para ella. Él también le miraba los
labios. Le permitieron tomar el helado, pero no café. Sir
Stephen los invitó a los dos a tomar café en su
casa. Habían cenado muy frugalmente y O observó
que casi no habían bebido ni la habían dejado
beber: media botella de Chianti para los tres. Terminaron muy pronto:
eran apenas las nueve.
-He despedido al chofer -dijo Sir Stephen-o ¿Quieres
conducir tú, René? Lo más
práctico será ir directamente a mi casa.
René se sentó al volante, O lo hizo a su lado y
Sir Stephen se instaló al lado de ella. El coche era un
"Buick" grande y en el asiento delantero cabían los tres con
holgura.
Después del Alma, el Cours-la-Reine aparecía
claro con los árboles sin hojas y la plaza de la Concordia
centelleante y seca bajo el cielo sombrío de las horas en
las que se acumula la nieve sin decidirse a caer. O oyó un
leve chasquido y sintió que por las piernas le
subía aire caliente: Sir Stephen había puesto la
calefacción. René siguió un trecho por
la orilla derecha del Sena y, al llegar al Pont-Royal,
torció hacia la orilla izquierda. Entre sus dogales de
piedra, el agua quieta parecía también de piedra
y negra. O pensó entonces en las hematites oscuras. Cuando
tenía quince años, su mejor amiga, que
tenía treinta y de la que estaba enamorada, llevaba en un
anillo una hematite rodeada de pequeños diamantes. A O le
hubiera gustado tener un collar de aquellas piedras negras, pero sin
diamantes, una gargantilla. Pero, ¿cambiaría los
collares que ahora le daban -no, no se los daban- por el collar de
hematites, por las hematites del sueño? Recordó
la mísera habitación a la que la llevara Marion,
detrás del cruce de Turbigo y cómo ella
había deshecho, ella y no Marion, sus largas trenzas de
colegiala, cuando Marion la desnudó y la echó
sobre la cama de hierro. Era bonita Marion cuando la acariciaba y es
verdad que los ojos pueden parecer estrellas; los suyos
parecían estrellas azules y titilantes. René
paró el coche. O no reconoció la calle estrecha,
una de las que enlazan transversalmente la calle de la
Université con la de Lille.
El apartamento de Sir Stephen estaba al fondo de un patio, en el ala de
un antiguo edificio, con las habitaciones dispuestas en
crujía. La última era también la
más grande y la más sedante con sus muebles de
caoba de estilo inglés y sus sedas pálidas,
amarillas y grises.
-No voy a pedirle que se ocupe del fuego -dijo Sir Stephen a O-; pero
ese canapé es para usted. Siéntese, por favor.
René preparará el café.
Sólo deseo pedirle que me escuche. -El gran
canapé de damasco claro estaba perpendicular a la chimenea,
frente a las ventanas que daban a un jardín y de espaldas a
otras que se abrían al patio. O se quitó la
chaqueta y la dejó en el respaldo del sofá. Al
volverse, vio que su amante y su anfitrión esperaban de pie
que ella obedeciera la invitación de Sir Stephen.
Dejó el bolso al lado de la chaqueta y se quitó
los guantes. ¿Cuándo aprendería, si lo
aprendía alguna vez, a levantarse la falda en el momento de
sentarse con el suficiente disimulo para que nadie lo notara y hasta
ella misma pudiera olvidar su desnudez y su sumisión? Desde
luego, no mientras su amante y aquel desconocido la miraran en
silencio, como hacían en aquel momento. Ella
cedió al fin, Sir Stephen avivó el fuego y
René, súbitamente, se situó
detrás del sofá y, asiendo a O por la garganta y
los cabellos, la obligó a echar la cabeza hacia
atrás y la besó en la boca, tan larga y
profundamente que ella perdió el aliento y sintió
que el vientre le ardía, si fuera a derretirse. No la
soltó más que para decirle que la
quería y volvió a besarla. Las P nos de O,
reposaban con las palmas hacia arriba, sobre la tela negra de su
vestido que se extendía en forma de corola a su alrededor.
Sir Stephen se acercó a ellos y cuando René la
dejó por fin y ella abrió los ojos se
encontró con la mirada fija y gris del onglés
Aunque aturdida y jadeante de felicidad, pudo darse cuenta de que
él la admiraba y deseaba. ¿Quién
hubiera podido resistir a su boca húmeda y entreabierta a
sus labios hinchados, a su garganta blanca sobre el cuello negro de su
jubón y a sus ojos, grandes claros y francos? Pero lo
único que se permitió Sir Stephen fue acariciarle
suavemente las cejas y los labios con la yema del dedo. Luego, se
sentó frente a ella al otro lado de la chimenea y, cuando
René se hubo sentado a su vez en una butaca,
empezó a hablar.
-Tengo entendido que René no le ha hablado nunca de su
familia. De todos modos, tal vez sepa ya que su madre, antes de casarse
con su padre, había estado casada con un inglés
que ya tenía un hijo de un matrimonio anterior. Yo soy ese
hijo y fui educado por ella hasta el día en que
abandonó a mi padre. No tengo, pues, ningún
parentesco con René y sin embargo, en cierto modo, somos
hermanos Que René la ama lo sé. Lo
habría descubierto aunque él no me lo hubiera
dicho e incluso sin que él hubiera hecho un solo movimiento.
Basta con ver cómo la mira. Sé también
que usted ha estado en Roissy y supongo que volverá
allí algún día. En principio, la
sortija que lleva me da derecho a disponer de usted, como lo da a todo
aquel que conoce su significado. Pero en estos casos no se trata
más que de una relación pasajera y lo que
nosotros esperamos de usted es más fuerte. Digo nosotros
porque hablo también en nombre de René. Si, en
cierto modo, somos hermanos, yo soy el mayor. Tengo diez
años más que él. Entre nosotros existe
una libertad tan antigua y absoluta que hace que todo lo que me
pertenece sea suyo y lo que le pertenece a él sea
también mío. ¿Consiente usted en
participar en esta relación? Yo se lo ruego y le pido su
consentimiento que la comprometerá más que su
sumisión que ya sé que es segura. Antes de
contestarme, piense que yo sólo soy, que no puedo ser, sino
otra forma de su amante: que siempre tendrá un solo
dueño. Más temible, lo concedo, que los hombres a
los que fue entregada en Roissy, porque yo estaré
ahí todos los días y, además, me
gustan la costumbre y el rito. (And, besides, I am fond of habits and
rites...)
La voz pausada y serena de Sir Stephen resonaba en un silencio
absoluto. Las mismas llamas de la chimenea alumbraban sin ruido. O
estaba clavada al sofá como una mariposa traspasada por un
alfiler, un largo alfiler de palabras y de miradas que taladraba su
cuerpo y apretaba sus nalgas, desnudas y atentas contra la seda tibia
del sofá. No sabía dónde
tenía los senos, ni la nuca, ni las manos. Pero no
podía dudar que los hábitos y ritos de que le
hablaban tendrían por objeto la posesión, entre
otras partes de su cuerpo, de sus largos muslos ocultos bajo la falda
negra y abiertos ya de antemano. Los dos hombres estaban sentados
frente a ella. René fumaba, pero había encendido
a su lado una de esas lámparas de capuchón negro
que devoran el humo y el aire, purificado ya por el fuego de
leña, tenía el aroma fresco de la noche.
-¿Me contesta ya o quiere saber más?
-preguntó Sir Stephen.
-Si aceptas, yo mismo te explicaré las preferencias de Sir
Stephen.
-Las exigencias -rectificó éste.
O se decía que lo más difícil no era
aceptar y comprendía que ni uno ni otro habían
pensado ni un momento, como tampoco ella, que pudiera negarse. Lo
más difícil era hablar. Le ardían los
labios, tenía la boca seca, le faltaba la saliva, una
angustia de miedo y deseo le atenazaba la garganta y sus manos, que
ahora volvía a sentir, estaban frías y
húmedas. Si, por lo menos, hubiera podido cerrar los ojos.
Pero no. Dos miradas a las que no podía, ni
quería, escapar, perseguían la suya. La empujaban
hacia algo que creía haber dejado para mucho tiempo, tal vez
para siempre, en Roissy. Y es que, desde su regreso, René no
la había tomado más que con caricias y el
símbolo de su pertenencia a todos los que conocieran el
secreto de su sortija no había tenido consecuencias; o no
encontró a nadie que lo conociera o, si alguien lo
conoció, calló. La única persona de
quien sospechaba era Jacqueline (y, si Jacqueline había
estado en Roissy, ¿por qué no llevaba ella
también la sortija? ¿Y qué derecho le
daba a Jacqueline, si algún derecho le daba, la
participación en aquel secreto?). Para hablar,
¿tendría que moverse? Por su propia voluntad, no
podía; una orden la hubiera hecho levantarse al instante,
pero esta vez no querían que obedeciese, sino que se
adelantase a la orden, que se constituyese en esclava y se entregase. A
esto llamaban ellos su consentimiento. Recordó que nunca
dijo a René más que "te quiero" y "soy tuya". Al
parecer, ahora querían que hablase y aceptara
explícitamente lo que hasta entonces aceptara
sólo en silencio. Al fin se incorporó y, como si
lo que iba a decir la ahogara, desabrochó los corchetes de
su jubón hasta el busto. Luego, se levantó. Le
temblaban las rodillas y las manos.
--Soy tuya -dijo al fin a René-. Seré lo que
tú quieras que sea.
-No; nuestra -repuso él-. Repite conmigo: soy vuestra y
seré siempre lo que vosotros queráis que sea.
Los ojos grises y duros de Sir Stephen no se apartaban de ella, ni los
de René, en los que se perdía, mientras iba
repitiendo las frases que él le dictaba y
poniéndolas en primera persona, como en un ejercicio
gramatical.
-Nos reconoces a mí y a Sir Stephen el derecho...
-decía René.
Y O repetía, todo lo claramente que podía:
-Reconozco a ti y Sir Stephen el derecho...
El derecho de disponer de su cuerpo a su antojo, en cualquier lugar y
forma que ellos desearan, el derecho a tenerla encadenada, el derecho a
azotarla como a una esclava o como a una condenada por la
más mínima falta o porque ellos quisieran, el
derecho a no escuchar sus súplicas ni sus gritos, si la
hacían gritar.
-Me parece que es aquí y ahora cuando Sir Stephen desea
recibirte, entregada por mí y por ti misma -dijo
René- y cuando yo he de enumerarte sus exigencias.
O, mientras escuchaba a su amante, recordaba las palabras que
él le dijera en Roissy: eran casi las mismas. Pero entonces
las escuchó abrazada a él, protegida por un aire
de irrealidad que les daba carácter de sueño, por
la sensación de que existía en otra vida o, tal
vez, que no existía. Sueño o pesadilla, muros de
prisión, trajes de gala, encapuchados, todo la alejaba de su
propia vida, incluso el no saber cuánto duraría.
Allí se sentía como en plena noche, en medio de
un sueño que uno reconoce y que se repite: segura de que
existe y segura de que ha de acabar y deseando que acabe porque temes
no poder resistirlo y que continúe porque deseas conocer el
final. Pues bien, el final había llegado cuando ya no lo
esperaba y bajo la forma más inesperada (suponiendo, como se
decía ahora, que aquél fuera el final, que
detrás de él no se ocultara otro y otro
más). Este desenlace de ahora consistía en
traerla del recuerdo al presente y en que cosas que no
tenían realidad más que en un círculo
cerrado, en un universo aparte, iban a contaminar de pronto todas las
situaciones y todos los hábitos de su vida cotidiana y,
sobre ella y en ella, ya no iban a reducirse a simples
señales o símbolos -las caderas desnudas, los
cuerpos abiertos por delante, la sortija de hierro- sino que le
impondrían un cumplimiento. Era verdad que René
nunca la había golpeado y la única diferencia en
sus relaciones entre la época de antes de Roissy y el tiempo
transcurrido desde que ella volviera de allí era que ahora
él se servía de su dorso y de su boca
además de su vientre. Ella nunca supo si los latigazos que
había recibido en Roissy con los ojos vendados o de
flagelantes encapuchados, en alguna ocasión le fueron dados
por él, pero le parecía que no. Seguramente, el
placer que él obtenía ante el
espectáculo de su cuerpo encadenado y entregado,
debatiéndose en vano y al oír sus gritos era tan
vivo que no consentía en privarse de la menor parte de
él prestando sus propias manos, porque su
intervención activa le hubiera distraído. Y ahora
lo confesaba así, ya que, cariñosa, suavemente,
sin moverse de la butaca en la que estaba hundido, con una pierna
encima de la otra, le decía lo feliz que se
sentía al entregarla, a inducirla a entregarse a las
órdenes y a la voluntad de Sir Stephen. Cuando Sir Stephen
deseara que pasara la noche, o aunque sólo fuera una hora,
en su casa, o que le acompañara a algún
restaurante o espectáculo de París o de fuera de
París, la llamaría por teléfono y le
enviaría el coche, a menos que fuera a buscarla el propio
René. En aquel momento, ella tenía la palabra.
¿Consentía? Pero ella no podía hablar.
La voluntad que le pedían que expresara era la voluntad de
abandonarse, de aceptar por anticipado cosas a las que ella sin duda
deseaba decir que sí, pero a las que su cuerpo se negaba;
por lo menos, en lo relativo al látigo. Pues, por lo
demás, si tenía que ser sincera consigo misma, se
sentía demasiado turbada por el deseo que leía en
los ojos de Sir Stephen para engañarse y, por más
que temblara, o tal vez precisamente por temblar, sabía que
ella esperaba con más impaciencia que él el
momento en el que él posara su mano, o quizá sus
labios, en ella. Seguramente, de ella dependía adelantar
este momento. Cualquiera que fuera su valor o el deseo que sintiera,
llegado el momento de responder, desfalleció de tal modo que
cayó al suelo con la falda extendida en derredor, y Sir
Stephen comentó con voz sorda en el silencio que el miedo
también le sentaba bien. No se lo dijo a ella, sino a
René. A O le pareció que hacía un
esfuerzo para no avanzar hacia ella y lo lamentó. Sin
embargo, ella no lo miraba, tenía los ojos fijos en
René, temerosa de que él adivinara en los suyos
algo que tal vez pudiera considerar una traición. Y no lo
era, pues si hubiera tenido que elegir entre su deseo de ser
poseída por Sir Stephen y su amor por René, no
hubiera vacilado ni un segundo; en realidad, si cedía a
aquel deseo era porque René se lo permitía y, en
cierto modo, le hacía entender que se lo ordenaba. Sin
embargo, le quedaba la duda de si no se enfadaría al verse
obedecido tan aprisa. A la menor señal que él le
hiciera, aquel deseo se borraría. Pero él no le
hizo señal alguna y se contentó con pedirle, por
tercera vez, una respuesta.
-Consiento en todo lo que queráis -balbuceó ella.
Luego, mirándose las manos que reposaban entre sus rodillas,
agregó en un susurro-. Quisiera saber si voy a ser
azotada...
Durante mucho rato, tanto que tuvo tiempo de repetirse mentalmente la
frase veinte veces, nadie respondió. Luego, la voz de Sir
Stephen dijo lentamente:
-De vez en cuando.
O oyó crujir una cerilla y tintineo de vasos: seguramente,
uno de los dos se servía más whisky.
René la dejaba indefensa. René callaba.
-Aunque ahora consienta -dijo ella-, aunque ahora lo prometa, no
podré soportarlo.
-No le pedimos si no que se preste a ello y consienta de antemano en
que todas sus súplicas y sus gritos sean en vano -dijo Sir
Stephen.
-¡ Oh, por favor, todavía no! -dijo O al ver que
Sir Stephen se levantaba.
René también se puso en pie, se
inclinó hacia ella y la tomó por los hombros.
-Responde ya, ¿aceptas?
Ella dijo al fin que aceptaba. Él la levantó
suavemente y, sentado en el sofá, la obligó a
arrodillarse a su lado, de cara al sofá, con los brazos
extendidos, los ojos cerrados y la cabeza y el busto descansando en el
asiento. Entonces recordó una imagen que había
visto hacía años, una curiosa estampa que
representaba a una mujer arrodillada, como ahora estaba ella, delante
de un sillón, en una habitación de suelo
embaldosado. En un rincón, jugaban un perro y un
niño. La mujer tenía las faldas levantadas y un
hombre que estaba de pie a su lado levantaba un puñado de
varas. Todos iban vestidos con trajes de finales del siglo xvi y el
grabado tenía un título que le pareció
indignante: El correctivo familiar. René le sujetaba las
muñecas con una mano y con la otra le levantó la
falda, tanto, que ella sintió que la gasa plisada le rozaba
la mejilla. Le acarició la parte baja del talle e hizo
observar a Sir Stephen los hoyos que se dibujaban en su carne y la
suavidad del surco que dividía sus muslos. Luego,
apoyó la mano en la cintura para obligarla a ofrecerse mejor
y le ordenó que separara un poco más las
rodillas. Ella obedeció sin decir palabra. El que
René hiciera los honores de su cuerpo, los comentarios de
Sir Stephen, la brutalidad de los términos que utilizaban
los dos hombres le provocaron un acceso de vergüenza tan
violenta e inesperada que se desvaneció el deseo que
sentía de ser poseída por Sir Stephen y se puso a
esperar el látigo como una liberación, el dolor y
los gritos, como una justificación. Pero las manos de Sir
Stephen le abrieron el vientre, forzaron su dorso, entrando y saliendo,
acariciándola hasta hacerla gemir, humillada por su gemido y
derrotada.
-Te dejo con Sir Stephen -le dijo entonces René-.
Quédate como estás. Él te
enviará a casa cuando quiera.
¿Cuántas veces no estuvo ella en Roissy, de
rodillas, en actitud parecida, ofrecida a cualquiera? Pero entonces
estaba atada por los brazaletes que le mantenían las manos
unidas, feliz prisionera a la que todo se le imponía, a la
que nunca se le pedía nada. Aquí, si
permanecía semidesnuda era por su propia voluntad, pues un
solo movimiento, el que haría para ponerse de pie,
bastaría para cubrirla. Su promesa la ataba tanto como las
pulseras de cuero y las cadenas. ¿Era sólo su
promesa? Y, por humillada que estuviera, o precisamente porque estaba
humillada, ¿no resultaba también dulce pensar que
era su humillación, su obediencia, su docilidad, lo que
hacía que no tuviera precio? René se fue y Sir
Stephen lo acompañó hasta la puerta. Ella se
quedó sola, quieta, sintiéndose más
expuesta en la soledad que cuando ellos estaban allí. La
seda gris y amarilla del sofá estaba lisa bajo su falda; a
través de sus medias de nilón, sentía
en las rodillas la lana mullida de la alfombra y, en el muslo
izquierdo, el calor de la chimenea en la que Sir Stephen
había puesto tres leños que ardían
ruidosamente. Encima de una cómoda había un reloj
de pared antiguo con un tictac tan leve que sólo se
oía cuando todo quedaba en silencio. O lo escuchaba
atentamente, mientras pensaba en lo absurdo que era, en aquel
salón civilizado y discreto, permanecer en la postura en que
ella estaba. A través de las persianas cerradas, se
oía el murmullo amodorrado de París pasada la
medianoche. Al día siguiente por la mañana, a la
luz del día, ¿reconocería ella el
lugar del sofá en el que ahora apoyaba la cabeza?
¿Volvería alguna vez a aquel salón, de
día, para ser tratada de aquel modo? Sir Stephen tardaba y O
que, con tanto abandono esperaba la venia de los desconocidos de
Roissy, sentía un nudo en la garganta al pensar que dentro
de un minuto o de diez él volvería a tocarla.
Pero no sucedió como ella imaginaba. Le oyó abrir
la puerta y cruzar la habitación. Permaneció un
rato de pie, de espaldas al fuego, contemplándola y, luego,
en voz muy baja, le dijo que se levantara y se sentara. Ella le
obedeció, sorprendida y hasta molesta. Él le
ofreció amablemente un whisky y Un cigarrillo que ella
rehusó. Entonces advirtió ella que se
había puesto una bata, una bata muy severa, de buriel gris,
del mismo gris que sus cabellos. Tenía las manos largas y
enjutas y las uñas planas, cortas y muy blancas.
Sorprendió la mirada de O y ella enrojeció: eran
aquellas manos, duras e insistentes, las que se habían
apoderado de su cuerpo, y ahora las temía y las esperaba.
Pero él no se acercaba.
-Quisiera que se desnudara -dijo-. Pero, primero, quítese
sólo la blusa, sin levantarse.
O desabrochó los grandes corchetes dorados y se
despojó del justillo negro que dejó en un extremo
del sofá, junto a la chaqueta, los guantes y el bolso.
-Acaricíese un poco la punta de los senos -dijo entonces Sir
Stephen, y añadió-: tendrá que usar un
maquillaje más oscuro, ése es demasiado claro.
O, estupefacta, se frotó con la yema de los dedos los
pezones, los cuales se endurecieron e irguieron. Luego, los
cubrió con la palma de la mano.
-¡Ah, no! -exclamó Sir Stephen.
Ella retiró sus manos y se apoyó en el respaldo
del sofá. Sus senos eran muy abultados para su talle tan
fino y cayeron suavemente hacia sus axilas. Tenía la nuca
apoyada en el sofá y las manos a lo largo del cuerpo.
¿Por qué Sir Stephen no acercaba a ella su boca,
por qué no ponía la mano en los pezones que
él había deseado ver erguirse y que ella
sentía estremecerse, por más inmóvil
que se mantuviera, sólo con respirar? Él se
acercó, se sentó en el brazo del sofá
y no la tocó. Estaba fumando y, a un movimiento de su mano,
que O nunca supo si había sido involuntario, un poco de
ceniza casi caliente fue a caerle entre los senos. Ella tuvo la
sensación de que quería insultarla, con su
desdén, con su silencio, con su atención
impersonal. Sin embargo, él la había deseado poco
antes, la deseaba todavía, ella lo veía tenso
bajo la fina tela de la bata. ¿Por qué no la
tomaba, aunque fuera para herirla? O se odiaba a sí misma
por aquel deseo y odiaba a Sir Stephen por su forma de dominarse. Ella
quería que él la amara, ésta es la
verdad: que estuviera impaciente por tocar sus labios y penetrar en su
cuerpo, que la maltratara incluso, pero que, en su presencia, no fuera
capaz de conservar la calma ni de dominar el deseo. En Roissy le era
indiferente que los que se servían de ella sintieran algo:
eran los instrumentos por los que su amante se complacía en
ella, los que hacían de ella lo que él
quería que fuese, pulida, lisa y suave como una piedra. Sus
manos y sus órdenes eran las manos y las órdenes
de él. Allí no. René la
había entregado a Sir Stephen, pero era evidente que
quería compartirla con él, no para obtener algo
más de ella ni por la satisfacción de entregarla,
sino para compartir con Sir Stephen lo que en aquellos momentos
más amaba él, al igual que en otro tiempo
habían compartido seguramente un viaje, un barco o un
caballo. Hoy, aquella oferta tenía un significado mayor en
relación con Sir Stephen que en relación con
ella. Lo que cada uno buscaría en ella sería la
marca del otro, la huella del paso del otro. Hacía un
momento, cuando ella estaba arrodillada junto a René y Sir
Stephen le abría los muslos con las dos manos,
René le había explicado por qué el
dorso de O era tan accesible y por qué él se
alegró de que se lo hubieran preparado así.
Pensó que a Sir Stephen le gustaría tener
constantemente a su disposición la vía que
más le agradaba. Incluso le dijo que, si quería,
podría hacer de ella uso exclusivo.
-¡Ah, encantado! -exclamó Sir Stephen, pero
añadió que, a pesar de todo, existía
el peligro de que desgarrase a O.
-O es tuya -respondió René,
inclinándose sobre ella para besarle las manos.
La sola idea de que René pudiera tener intención
de privarse de alguna parte de su cuerpo trastornó a O.
Veía en ello la señal de que su amante
quería más a Sir Stephen que a ella. Y por
más que él le había repetido que amaba
en ella el objeto en que la había convertido, la libertad de
disponer de ella como quisiera, como se dispone de un mueble que a
veces tanto agrada regalar como conservar, ella comprendía
que no había acabado de creerle. Y veía otra
prueba de eso que no podía llamar de otro modo que
deferencia para con Sir Stephen en que René, que tanto se
complacía al verla bajo el cuerpo o los golpes de otros, que
con tanta ternura y reconocimiento veía abrirse su boca para
gemir o gritar y cerrarse sus ojos inundados de lágrimas, se
hubiera ido, después de asegurarse, mostrándosela
y entreabriéndola como se entreabre la boca de un caballo
para que se vea que es joven, de que Sir Stephen la encontraba lo
bastante bonita y lo bastante cómoda para él y
estaba dispuesto a aceptarla. Esta conducta, quizás
ultrajante, en nada cambiaba el amor que O sentía por
René. Estaba contenta de contar para él lo
suficiente como para que él se complaciera en ultrajarla, al
igual que los creyentes dan gracias a Dios cuando los doblega. Pero en
Sir Stephen adivinaba una voluntad firme y glacial que el deseo no
haría flaquear y ante la cual ella no contaba para nada, por
conmovedora y sumisa que se mostrara. ¿Por qué,
si no, iba ella a tener tanto miedo? El látigo que los
criados de Roissy llevaban a la cintura, las cadenas que
tenía que llevar casi constantemente, le parecían
ahora menos temibles que la tranquilidad con que Sir Stephen le miraba
los senos sin tocarlos. Ella sabía lo frágiles
que resultaban, entre sus hombros delgados y su esbelto talle,
precisamente a causa de su turgencia. No podía impedir que
temblaran. Para ello hubiera tenido que dejar de respirar. Esperar que
aquella fragilidad desarmara a Sir Stephen era inútil; ella
sabía que sería al contrario, que su dulzura
incitaba a la brutalidad tanto como a la caricia, al arañazo
tanto como al beso. Tuvo una momentánea ilusión:
con el dedo medio de la mano derecha, con la que sostenía el
cigarrillo, Sir Stephen le rozó el pezón que al
instante obedeció y se puso más
rígido. O no dudaba que aquello era para Sir Stephen como un
juego y nada más o, si acaso, una comprobación,
como se comprueba la respuesta o la buena marcha de un mecanismo. Sin
moverse del brazo del sofá, Sir Stephen le dijo entonces que
se quitara la falda. Los corchetes obedecían mal a los dedos
húmedos de O, que no consiguió desabrochar su
enagua defaya negra sino al segundo intento. Cuando estuvo desnuda, sus
sandalias de charol negro y sus medias de nilón negras
también, enrolladas encima de sus rodillas, acentuaban la
esbeltez de sus piernas y la blancura de sus muslos. Sir Stephen, que
también se había levantado, la tomó
por el vientre con una mano y la empujó hacia el
sofá. La hizo arrodillarse, con la espalda apoyada en el
sofá y, para que ella se apoyara en él
más con los hombros que con la cintura, le obligó
a abrir los muslos. Sus manos descansaban sobre sus tobillos, su
vientre estaba entreabierto y, encima de sus senos distendidos, su
garganta echada hacia atrás. No se atrevía a
mirar Sir Stephen a la cara, pero veía sus manos desatar el
cinturón de la bata. Él puso una pierna a cada
lado de O, que seguía arrodillada y, tomándola
por la nuca, se introdujo en su boca. Lo que él buscaba no
era la caricia de sus labios sino el fondo de su garganta.
Hurgó en ella largo rato y O sentía dilatarse y
endurecerse aquella mordaza de carne que la asfixiaba y cuyos golpes
repetidos le arrancaban lágrimas. Para penetrar mejor, Sir
Stephen había acabado por arrodillarse en el
sofá, con una pierna a cada lado de su cara, descansando de
vez en cuando las posaderas en el pecho de O, quien sentía
que su vientre, inútil y despreciado, le ardía.
Mientras Sir Stephen se complació en ella, no
terminó su placer. Luego se retiró en silencio y
se puso en pie, sin cerrarse la bata.
-Eres fácil, O -le dijo-. Quieres a René, pero
eres fácil. ¿Se da cuanta René de que
te gustan todos los hombres que te desean y que, al enviarte a Roissy y
entregarte a otros, te da la coartada para justificar tu propia
facilidad?
-Amo a René -respondió O.
-Amas a René, pero yo te gusto, entre otros
-insistió Sir Stephen.
Sí, le gustaba; pero, ¿cambiaría
René cuando se enterase? Ella no pudo sino callar y bajar
los ojos. Mirar a Sir Stephen hubiera sido una confesión.
Sir Stephen se inclinó entonces sobre ella y,
tomándola por los hombros, la hizo deslizarse sobre la
alfombra. O se encontró tendida de espaldas, con las piernas
en alto y dobladas sobre el cuerpo. Sir Stephen, que se
había sentado en el sofá, en el lugar en el que
hacía un instante estaba apoyada ella, le cogió
la rodilla derecha y la atrajo hacia sí. Como ella estaba de
cara a la chimenea, la luz del fuego, muy próximo, iluminaba
violentamente el doble surco de su vientre y de su dorso. Sin soltarla,
Sir Stephen le ordenó bruscamente que se acariciara sin
juntar las piernas. Ella, impresionada, alargó
dócilmente la mano derecha hacia su vientre y bajo sus
dedos, sintió, ya libre del vello que la
protegía, ardiente ya, la arista de carne en la que
convergían los frágiles labios de su vientre.
Pero entonces dejó caer la mano y balbuceó:
-No puedo.
No podía, en efecto. Nunca se había acariciado
más que furtivamente en la oscuridad, en su cama tibia,
cuando dormía sola, sin buscar nunca el placer hasta el
final. Pero, a veces, lo sentía más tarde, en
sueños y se despertaba desilusionada de que hubiera sido tan
vivo y tan fugaz al mismo tiempo. La mirada de Sir Stephen
insistía. Ella no pudo sostenerla y, después de
repetir, "no pudo", cerró los ojos. Lo que ella
volvía a ver sin poder ahuyentarlo y le producía
la misma náusea que cada vez que lo presenciaba cuando
tenía quince años, era la imagen de Marion
tumbada en la butaca de cuero de una habitación de hotel,
con una pierna sobre uno de los brazos de la butaca y la cabeza apoyada
en el otro, acariciándose delante de ella y gimiendo. Marion
le dijo que un día, cuando estaba acariciándose
así en su despacho, la sorprendió el jefe de su
departamento. O recordaba el despacho de Marion, una
habitación desnuda, con las paredes verde pálido,
con luz del norte filtrándose a través de unos
cristales polvorientos. No había más que una
butaca destinada a las visitas, colocada frente a la mesa.
-¿Echaste a correr? -le preguntó O.
-No -respondió Marion-. El me pidió que volviera
a empezar, pero cerró la puerta con llave, me
quitó el slip y volvió la butaca hacia la
ventana.
O se sintió admirada ante el valor de Marion, y
también horrorizada y se negó ferozmente a
acariciarse delante de Marión y juró que nunca,
nunca se acariciaría delante de nadie. Marion se
echó a reír y le dijo:
-Ya verás cuando te lo pida tu amante.
René nunca se lo pidió. ¿Lo hubiera
obedecido? Ah, seguramente, pero con qué terror de ver
asomar a los ojos de René el mismo asco que había
sentido ella delante de Marion. Lo cual era absurdo. Y más
absurdo todavía con Sir Stephen. ¿Qué
le importaba a ella el asco de Sir Stephen? No; no podía.
Por tercera vez, murmuró:
-No puedo.
Aunque lo dijo muy bajo, él lo oyó, la
soltó, se levantó, se cerró la bata y
ordenó a O que se pusiera en pie.
-¿Es ésa tu obediencia? -preguntó.
Luego, con la mano izquierda le sujetó las
muñecas y con la derecha la abofeteó. Ella se
tambaleó y hubiera caído al suelo de no
sostenerla él.
-Ponte de rodillas para escucharme -le dijo-. Me parece que
René te ha educado muy mal.
-Yo obedezco siempre a René -balbuceó ella.
-Tú confundes el amor con la obediencia. A mí me
obedecerás sin amarme y sin que yo te ame.
Entonces ella sintió una extraña
sublevación y en silencio, en su interior, negó
las palabras que estaba oyendo, renegó de sus promesas de
sumisión y de esclavitud, de su consentimiento, de su propio
deseo, de su desnudez, de su sudor, del temblor de sus piernas y del
cerco de sus ojos. Ella se debatió, apretando los dientes
con rabia cuando, después de obligarla a doblarse,
prosternada, con los codos en el suelo y la cabeza entre los brazos, la
levantó por las caderas y la forzó por
detrás para desgarrarla, como René
había dicho que la desgarraría. La primera vez,
ella no gritó. Él repitió el acto con
mayor brutalidad y entonces ella gritó. Y, cada vez que
él se retiraba y volvía, es decir, cada vez que
él decidía hacerla gritar, ella gritaba. Gritaba
tanto de rabia como de dolor, y él no se
engañaba. Cuando hubo terminado y, después de
hacerla levantarse, iba a despedirse de ella, le dijo que lo que
él había derramado en ella iría
saliendo poco a poco, mezclado con la sangre de la herida que le
había abierto y que aquella herida la quemaría
hasta que su dorso se hubiera hecho a él, mientras tuviera
que forzarlo. No iba a privarse de aquella vía que
René le reservaba y ella no debía esperar que
tuviera contemplaciones. Le recordó que había
consentido en ser esclava de René y suya, pero dijo
también que no creía que ella supiera a lo que se
había comprometido. Cuando se enterara, ya sería
demasiado tarde para escapar. O, mientras le escuchaba, se
decía que acaso fuera también demasiado tarde
para él. Iba a tardar tanto en reducirla que al fin
acabaría por enamorarse de su obra. Porque toda su
resistencia interior y aquella tímida negativa que se
atrevía a manifestar no tenía más
motivo que éste: ella quería existir para Sir
Stephen, por poco que fuera, como existía para
René, y que él sintiera por ella algo
más que deseo. Y no porque le quisiera, sino porque se
había dado cuenta de que René amaba a Sir Stephen
con ese apasionamiento de los muchachos por el hermano mayor y estaba
segura de que, para dar satisfacción a Sir Stephen,
estaría dispuesto a sacrificarla a ella. Intuía
que calcaría su actitud sobre la de él y que si
Sir Stephen le demostraba desprecio, René, aunque la amara,
sería contaminado por aquel desprecio como nunca lo
estuviera, ni por asomo, por la actitud de los hombres de Roissy. Y es
que, en Roissy, él era su dueño y la actitud de
los demás dependía de la suya. Ahora el
dueño no era él, sino todo lo contrario. Sir
Stephen era el dueño de René, sin que
éste acabara de advertirlo. Es decir, que René lo
admiraba y quería imitarlo a rivalizar con él.
Por eso lo compartía todo con él y por eso le
había entregado a O. Esta vez, era evidente que
había sido entregada definitivamente. René
seguiría amándola en la medida en que a Sir
Stephen le pareciera que merecía la pena y en la medida en
que él la amara a su vez. Ahora estaba claro que Sir Stephen
sería su dueño y, a pesar de lo que pudiera creer
René, su único dueño, en la misma
relación que existe entre amo y esclavo. Ella no esperaba
compasión pero, ¿no podría llegar a
arrancarle un poco de amor? Recostado en el gran butacón que
ocupaba junto al fuego antes de que se fuera René, la
dejó desnuda, de pie delante de él,
después de ordenarle que esperase sus órdenes.
Ella esperó sin decir palabra. Luego, él se
levantó y le dijo que lo siguiera. Aún desnuda,
con sus sandalias de tacón alto y sus medias negras, ella
subió detrás de él la escalera que
partía del descansillo de la planta baja y entró
en una pequeña habitación, tan pequeña
que no había sitio más que para una cama en un
rincón y un tocador y una silla entre la cama y la ventana.
Aquella pequeña habitación se abría a
otra habitación mayor que era la de Sir Stephen y las dos
comunicaban con el mismo cuarto de baño. O se
lavó y se secó -la toalla se manchó un
poco de rosa-, se quitó las sandalias y las medias y se
acostó entre las sábanas frías. Las
cortinas de la ventana estaban descorridas, pero, fuera, la oscuridad
era total. Antes de cerrar la puerta de comunicación,
estando O ya en la cama, Sir Stephen se acercó a ella y le
besó la punta de los dedos, como hizo en el bar cuando ella
bajó del taburete y él le hizo aquel cumplido
sobre su anillo de hierro. De modo que había hundido en ella
las manos y el pene, le había lastimado la boca y la espalda
y no se dignaba posar sus labios más que sobre la punta de
sus dedos. O estuvo llorando y no se durmió hasta el
amanecer.
Al día siguiente, poco antes de mediodía, el
chofer de Sir Stephen llevó a O a su casa. Se
despertó a las diez; una vieja mulata le preparó
el baño y le dio su ropa, pero con excepción de
su chaqueta, sus guantes y su bolso, los cuales ella
encontró sobre el sofá del salón
cuando bajó. El salón estaba vacío y
las persianas y las cortinas, abiertas. Frente al sofá, se
veía un jardín estrecho y verde como un acuario,
lleno únicamente de hiedra, acebo y bonetero. Cuando se
ponía la chaqueta, la mulata le dijo que Sir Stephen
había salido y le había dejado una carta. En el
sobre, sólo su inicial. En el pliego, dos líneas:
"René ha llamado para decir que irá a recogerte
al estudio a las seis"; y, por firma, una S. Posdata: "La fusta es para
tu próxima visita." O miró en derredor. Encima de
la mesa, colocada entre las dos butacas en las que se habían
sentado Sir Stephen y René, al lado de un florero de rosas
amarillas, había una larga y fina fusta de cuero. La criada
la esperaba en la puerta. O se guardó la carta en el
bolsillo y salió.
De manera que René había llamado a Sir Stephen y
no a ella. Una vez en casa, después de quitarse la ropa y
almorzar, envuelta en su bata, aún tuvo tiempo de
maquillarse y peinarse cuidadosa mente y vestirse para ir al estudio,
donde debía estar a las tres. El teléfono no
sonó. René no llamaba. ¿Por
qué? ¿Qué le habría dicho
Sir Stephen? ¿En qué términos
habían hablado de ella? Recordó las palabras con
que con tanta naturalidad habían comentado delante de ella
la comodidad de su cuerpo con relación a las exigencias del
de ellos. Tal vez fuera que ella no estaba acostumbrada a aquel
vocabulario, en inglés; pero los únicos
términos franceses que le parecían equivalentes
eran de una bajeza absoluta. Aunque, si ella había pasado
por tan tas manos como las prostitutas de los burdeles, ¿por
qué iban a tratarla de otro modo?
"Te quiero, René, te quiero -repetía en voz baja
en la soledad de su habitación-. Te quiero, haz de
mí lo que tú quieras, pero no me dejes, Dios
mío, no me dejes."
¿Quién se apiada del que espera? Se le reconoce
fácilmente: por su mansedumbre, por su mirada atenta, pero,
con una atención falsa, atentos a otra cosa que lo que
están mirando: a la ausencia. Durante tres horas, en el
estudio en el que aquella tarde posaba con sombreros una
maniquí pelirroja y llenita a la que O no
conocía, estuvo ausente, ensimismada, martirizada por la
prisa y por la angustia. Llevaba blusa y enagua de seda roja, falda
escocesa y chaqueta de ante. El rojo de la blusa, bajo su chaqueta
entreabierta, hacía todavía más
pálida su cara y la maniquí pelirroja le dijo que
tenía un aire fatal. " ¿Fatal para
quién?", se preguntó O. Dos años
atrás, antes de conocer y amar a René, se hubiera
jurado fatal para Sir Stephen. Ya verá. Pero su amor por
René y el amor de René por ella le
habían quitado todas sus armas y, lejos de darle nuevas
pruebas de su poder, le habían arrebatado las que
tenía. Antes era indiferente y veleidosa, le
divertía tentar con una palabra o con un ademán a
los hombres que estaban enamorados de ella, pero sin concederles nada,
entregándose por capricho, una vez, una sola, para
recompensarles y también para inflamar más
aún y hacer más cruel una pasión que
ella no compartía. Estaba segura de que la amaban. Uno
trató de suicidarse; cuando volvió de la
clínica, curado, ella fue a su casa, se desnudó
delante de él y, prohibiéndole que la tocara, se
tendió en su diván. Lívido de deseo y
de sufrimiento, él la contempló durante dos horas
en silencio, petrificado por la palabra dada. Ella no quiso volver a
verlo. Y no es que tomara a la ligera el deseo que inspiraba. Lo
comprendía o creía comprenderlo tanto mejor por
cuanto que ella sentía un deseo análogo
(así lo creía) por sus amigas o por mujeres
desconocidas. Unas cedían y ella las llevaba a hoteles
discretos, de pasillos estrechos y tabiques transparentes a todos los
ruidos; otras la rechazaban con horror. Pero lo que ella
creía ser deseo no era más que afán de
conquista, y sus modales de chico malo, ni el hecho de que hubiera
tenido varias amantes -si se les puede llamar amantes-, ni su dureza,
ni su valentía le sirvieron de nada cuando
conoció a René. En ocho días
conoció el miedo, así como también la
seguridad, la angustia y también la felicidad.
René se lanzó sobre ella como un pirata sobre una
cautiva y ella se dejó cautivar con deleite, sintiendo en
las muñecas, en los tobillos, en todos sus miembros, en lo
más íntimo de su corazón y de su
cuerpo unos lazos más invisibles que los más
finos cabellos, pero más fuertes que los cables con que los
liliputienses ataran a Gulliver, que su amante ataba y desataba con una
mirada. ¿Que no era libre? Ah, gracias a Dios, no lo era.
Pero se sentía ligera, una diosa sobre las nubes, un pez en
el agua, colmada de felicidad. Colmada porque aquellos finos cabellos,
aquellos cables que René sostenía en la mano era
el único sistema por el que circulaba su flujo vital. De
manera que cuando René la soltaba -o ella imaginaba que la
soltaba-, cuando parecía ausente o se alejaba con un aire
que a O le parecía de indiferencia, o cuando pasaba varios
días sin verla y sin contestar a sus cartas y ella
creía que no quería volver a verla o que ya no la
amaba, le parecía que se ahogaba. La hierba se tornaba
negra, el día ya no era el día ni la noche la
noche, sino máquinas infernales que hacían
alternar la luz y la oscuridad para mortificarla. El agua clara le daba
náuseas. Se sentía estatua de ceniza, acre,
inútil y condenada como las estatuas de sal de Gomorra.
Porque era culpable. Aquellos que aman a Dios y a los que Dios abandona
en la oscuridad son culpables porque han sido abandonados. Buscan sus
faltas en su memoria. Ella buscaba las suyas. No encontraba
más que insignificantes complacencias, más de
disposición que de obra, por los deseos que despertaba en
los demás hombres a los que no prestaba atención
sino en la medida en que la felicidad que le daba el amor de
René, la certeza de pertenecer a René, la
colmaba, y en el abandono en el que ella se entregaba a él,
la hacía invulnerable, irresponsable y a todos sus actos,
intrascendentes. Pero, ¿qué actos? Porque no se
reprochaba sino pensamientos y tentaciones fugaces. Sin embargo, seguro
que era culpable y que, sin querer, René la castigaba por
una falta que no conocía (puesto que era interior) pero que
Sir Stephen había descubierto al instante: la facilidad. O
se alegraba de que René la hiciera azotar y la prostituyera
porque su apasionada sumisión daba a su amante la prueba de
su entrega, pero también porque el dolor y la
vejación del látigo y el ultraje que le
infligían los que la forzaban al placer cuando la
poseían y gozaban sin tener en cuenta si ella gozaba o no,
le parecían el medio de conseguir la redención de
su falta. Hubo abrazos que le parecieron inmundos, manos que fueron
sobre sus senos un insulto insoportable, bocas que aspiraron sus labios
y su lengua como fláccidas e innobles sanguijuelas, y
lenguas y miembros, bestias viscosas que al acariciarse en su boca
cerrada, en el surco apretado con todas sus fuerzas de su vientre y de
su dorso, la tensaban de rebeldía hasta que el
látigo la reducía, pero a los que al fin se
abría con un asco y un servilismo abominables. Pero,
¿y si, a pesar de todo, Sir Stephen tenía
razón? ¿Y si su envilecimiento le fuera grato?
Entonces, cuanto mayor fuera su bajeza, más misericordioso
sería René al consentir en hacer de O el
instrumento de su placer. Cuando era niña, leyó,
en letras rojas sobre la pared blanca de una habitación en
la que se alojó durante dos meses en el País de
Gales, un texto bíblico de los que suelen inscribir los
protestantes en sus casas: "Es terrible caer entre las manos del Dios
vivo." "No -se decía ella ahora-, no es verdad. Lo terrible
es ser rechazado por las manos del Dios vivo." Cada vez que
René demoraba la hora de verla, como había hecho
aquel día, y tardaba -porque ya habían pasado las
seis, y las seis y media-, O se sentía acosada por la locura
y la desesperación, y en vano. La locura para nada y la
desesperación para nada. Nada era cierto. René
llegaba, estaba a su lado, no había cambiado, la
quería, pero le habían entretenido un consejo de
administración o un trabajo suplementario y no
había podido avisarla. O salía entonces
bruscamente de su cámara asfixiante. Sin embargo, cada uno
de aquellos accesos de terror dejaba en su interior un sordo
presentimiento, un aviso de desgracia: porque también
podía olvidar advertirla si lo que le retenía era
una partida de golf o de bridge o tal vez otra cara, porque
él quería a O, pero era libre porque estaba
seguro de ella y podía sentirse ligero, ligero.
¿No llegaría un día de muerte y
cenizas, en el que la locura resultaría realidad y la
cámara de gas no volvería a abrirse? Ah, que dure
el milagro, que no pierda la gracia, ¡René, no me
dejes! O no veía, se negaba a ver cada día
más allá del día siguiente o el otro,
cada semana más allá de la semana siguiente. Y
cada noche pasada con René era para siempre.
René llegó por fin a las siete, tan contento de
volver a verla que la abrazó delante del electricista que
estaba reparando un foco, de la modelo pelirroja que salía
del vestuario y de Jacqueline, a la que nadie esperaba y que
había entrado bruscamente pisándole los talones.
-Es encantador -dijo Jacqueline a O-. Pasaba por aquí y
entré a buscar mis últimos clisés,
pero ya veo que no es el momento. Me voy.
-Por favor, señorita -dijo René sin soltar a O, a
la que abrazaba por la cintura-, no se vaya.
O hizo las presentaciones. La modelo pelirroja, ofendida,
volvió a entrar en el vestuario y el electricista
fingía estar ocupado. O miraba a Jacqueline y
sentía que René seguía la
dirección de su mirada. Jacqueline llevaba un conjunto de
esquí de los que únicamente llevan las estrellas
que no esquían. El jersey negro dibujaba sus senos
pequeños y muy separados y el pantalón, sus
piernas largas de doncella de las nieves. En ella todo
sugería la nieve: el reflejo azulado de su chaqueta de foca
gris era la nieve en la sombra y la luz escarchada de sus cabellos y
sus cejas, la nieve al sol. Llevaba los labios pintados de un rojo que
tiraba a capuchina y, cuando levantó la mirada hacia O
sonriendo, O se dijo que era imposible resistirse al deseo de beber en
aquellas aguas verdes y movedizas bajo las cejas de escarcha y
arrancarle el jersey para posar las manos sobre sus senos demasiado
pequeños. Y es que, apenas había vuelto a ver a
René cuando, con la seguridad que le daba su presencia, ya
había recobrado el gusto por los demás, por
sí misma y por el mundo. Salieron los tres juntos. En la rue
Royale, la nieve que había estado cayendo a grandes copos
durante dos horas, ya no volaba más que en
pequeñas motas que les picoteaban la cara. La sal esparcida
en la acera crujía bajo las suelas de sus zapatos y
descomponía la nieve. O sintió cómo el
hálito helado que despedía le subía
por las piernas y penetraba en sus muslos desnudos.
O tenía una idea muy concreta de lo que buscaba en las
muchachas. No era que tratara de rivalizar con los hombres ni
compensar, con una conducta masculina, una inferioridad de sexo que
ella no sentía en modo alguno. Cierto que, a los veinte
años, cuando hacía la corte a las más
bonitas de sus compañeras, se sorprendía a
sí misma quitándose la boina para saludarla,
haciéndose a un lado para dejarla pasar o dándole
la mano para bajar del taxi. Tampoco podía sufrir no pagar
cuando salían juntas a merendar. Le besaba la mano y, si se
terciaba, también la boca, en la calle, si ello era posible.
Pero eran modales que asumía más para dar
escándalo que por convicción. Por el contrario,
el deseo que sentía de aquellos suaves labios pintados que
cedían bajo los suyos, del brillo de esmalte o de
nácar de los ojos que se entornan en la penumbra de los
divanes, a las cinco de la tarde, con las cortinas corridas y la
lámpara de la chimenea encendida, de las voces que dicen:
otra vez, por favor, otra vez... del persistente aroma marino que le
quedaba en los dedos, aquel deseo era real y profundo. Y no menos viva
era la satisfacción que le producía la caza.
Probablemente, no por la caza en sí, por apasionante o
divertida que fuera, sino por la perfecta libertad que le
hacía sentir. Ella y ella sola era quien tomaba la
iniciativa (cosa que nunca hacía con los hombres, a no ser
veladamente). Suyas eran las palabras, ella daba las citas, ella era la
primera en besar. Y, desde que tuvo amantes, no toleraba que la
muchacha a la que acariciaba la acariciase a su vez. Tenía
prisa por ver a su amiga desnuda, pero a ella le parecía
inútil desnudarse. A veces, buscaba pretextos para evitarlo:
decía que tenía frío o que estaba en
un día malo. Además, pocas eran las mujeres en
las que no encontraba alguna gracia. Recordaba que, recién
salida del liceo, quiso seducir a una muchacha fea y
antipática que siempre estaba de mal humor, sólo
porque tenía una gran mata de pelo rubio matizado en luces y
sombras que caía en mechas mal cortadas sobre una piel
apagada, aunque fina y mate. Pero la muchacha la echó y si
un día el placer iluminó aquel rostro ingrato, O
no lo vio. Porque a O le encantaba ver extenderse sobre los rostros ese
hálito que los hace tan tersos y jóvenes, con una
juventud intemporal que no los devuelve a la infancia, pero que hincha
los labios, agranda los ojos como un maquillaje y pone destellos y
transparencia en las pupilas. Había en aquel sentimiento
más admiración que amor propio, pues no era su
obra lo que la conmovía. En Roissy, sintió la
misma turbación ante el rostro transfigurado de una muchacha
poseída por un desconocido. La desnudez, el abandono de los
cuerpos la trastornaban y le parecía que sus amigas le
hacían un regalo al que ella nunca podía
corresponder, cada vez que consentían aunque no fuera
más que a mostrarse desnudas en una habitación
cerrada. Y es que la desnudez de las vacaciones, al sol, en la playa,
la dejaba insensible, no porque fuera pública, sino porque,
al ser pública e incompleta, en cierto modo, quedaba
protegida. La belleza de las otras mujeres que, con una generosidad
constante, ella se sentía inclinada a considerar superior a
la suya, no obstante, la tranquilizaba sobre su propia belleza, en la
que, al verse reflejada de modo inesperado en algún espejo,
veía como una réplica de la de ellas. El poder
que reconocía a sus amigas sobre ella era, al mismo tiempo,
garantía del poder que ella ejercía sobre los
hombres. Y le parecía natural que, lo que ella
pedía a las mujeres (y casi nunca les concedía)
se lo pidieran a ella los hombres con tanto ardor. De este modo, era
cómplice de unas y de otros y ganaba en ambos tableros. Pero
había partidas difíciles. Que O estaba enamorada
de Jacqueline ni más ni menos que lo había estado
de otras muchas, y admitiendo que la palabra enamorada fuera la
adecuada (lo cual era mucho decir), era indudable. Pero,
¿por qué no lo demostraba?
Cuando brotaron los retoños en los álamos de los
muelles y el día, más remiso en morir,
permitió a los enamorados sentarse en los parques a la
salida de los despachos, O se sintió por fin con valor
suficiente para afrontar a Jacqueline. En invierno le
parecía demasiado remota y triunfante bajo sus pieles,
irisada, inaccesible. Y lo sabía. La primavera la
reducía a los trajes de chaqueta, los tacones bajos y los
jerseys. Por fin, con su melena corta y recta, se parecía a
las colegialas insolentes de dieciséis años que
O, colegiala también, agarraba por las muñecas y
empujaba hacia cualquier vestuario vacío, contra los
abrigos. Los abrigos se caían de las perchas y O se
retorcía de risa. Llevaban blusas de uniforme de
algodón crudo, con las iniciales rojas bordadas en el pecho.
Con tres años de intervalo y a tres kilómetros de
distancia, en otro liceo, Jacqueline había llevado las
mismas blusas. O se enteró por casualidad un día
en que Jacqueline posó con ropa de casa y comentó
suspirando que si en el liceo hubieran tenido delantales tan bonitos
como aquéllos, hubiera sido más feliz. O
también si hubieran llevado las de reglamento sin nada
debajo.
-¿Cómo sin nada? -preguntó O.
-Pues sin vestido, caramba -dijo Jacqueline.
Al oírlo, O enrojeció. No se acostumbraba a ir
desnuda bajo el vestido. Se sentía tan desnuda como aquella
italiana de Verona que fue a ofrecerse al jefe de los sitiadores para
liberar a su ciudad: desnuda bajo un manto que no había
más que entreabrir. Le parecía que era
también para redimir algo, como la italiana, pero,
¿el qué? ¡Qué segura de
sí estaba Jacqueline! Ella no tenía nada que
redimir. No necesitaba tranquilizarse, le bastaba un espejo. O la
miraba con humildad y pensaba que, para no quedar mal, no se le
podían ofrecer más que magnolias, pues sus
pétalos gruesos y mates viran lentamente al bistre cuando se
marchitan; o camelias, pues, a veces, en sus pétalos de
cera, un matiz rosado se mezcla a su blancura. A medida que se alejaba
el invierno, el leve bronceado que doraba el cutis de Jacqueline, se
borraba como el recuerdo de la nieve. Muy pronto no iba a necesitar
más que camelias. Pero O temía que se burlara de
ella con estas flores de melodrama. Un día le
llevó un gran ramo de jacintos azules, con un olor como el
de las tuberosas, que marea: oleoso, violento, tenaz, precisamente el
olor que deberían tener las camelias y no tienen. Jacqueline
hundió entre las flores rígidas y frescas su
nariz de mongol y sus labios desde hacía quince
días pintados color de rosa en lugar de rojo.
-¿Son para mí? -preguntó como hacen
las mujeres a las que todo el mundo está siempre regalando
cosas. Después dio las gracias y preguntó si
René iría a recoger a O. Sí;
iría, dijo O. Iría, se repitió y por
él levantaría Jacqueline durante un segundo sus
ojos semejantes a agua fría que no miraban de frente. A ella
no haría falta enseñarle nada: ni a callar, ni a
dejar las manos abiertas y los brazos caídos a lo largo del
cuerpo, ni a echar hacia atrás la cabeza. O se
moría de ganas de agarrarla por la nuca, de tirar de
aquellos cabellos tan claros y reseguir, por lo menos con el dedo la
línea de sus cejas. Pero René lo
desearía también. Ella sabía bien por
qué había perdido su intrepidez, por
qué deseaba a Jacqueline desde hacía dos meses
sin haberse permitido confesarlo ni con un gesto y por qué
trataba de explicar su reserva con fútiles pretextos. No era
porque Jacqueline fuera intangible. El obstáculo no estaba
en Jacqueline, estaba en el mismo corazón de O y nunca
había experimentado algo parecido. Y es que René
la dejaba libre y ella detestaba su libertad. Su libertad era peor que
cualquier cadena. Sin necesidad de decir una sola palabra, en
más de diez ocasiones hubiera podido coger a Jacqueline por
los hombros y clavarla a la pared, como se clava a una mariposa con un
alfiler. Jacqueline no se hubiera movido, seguramente ni hubiera
sonreído. Pero O ahora era como esas fieras salvajes que,
cautivas, sirven de señuelo al cazador o que cazan por
él y no atacan más que por orden suya. Y era ella
la que, a veces, pálida y temblorosa, se apoyaba en la
pared, clavada por su obstinado silencio y feliz de callar. Esperaba
más que un permiso, pues el permiso lo tenía ya.
Esperaba una orden. Y la orden no le vino de René, sino de
Sir Stephen.
A medida que pasaban los meses, desde que René la
había entregado a Sir Stephen, O iba dándose
cuenta con espanto de la creciente importancia que adquiría
éste a los ojos de su amante. Aunque, por otra parte,
pensaba que podía estar equivocada al imaginar una
progresión en unos sentimientos cuando la
progresión no estaba sino en la revelación de
tales sentimientos. Lo cierto es que, últimamente,
René sólo pasaba con ella las noches que
seguían a las veladas en las que Sir Stephen la mandaba a
buscar (Sir Stephen no la retenía hasta la mañana
más que cuando René estaba fuera de
París). O había observado también que
cuando él se quedaba en una de aquellas veladas, no la
tocaba más que para ofrecerla mejor a Sir Stephen sujetarla
si ella se debatía. Aunque rara vez se quedaba y, cuando lo
hacía, era por expresa invitación de Sir Stephen.
Entonces permanecía vestido, como la primera vez,
silencioso, fumando un cigarrillo tras otro, echando leña al
fuego y sirviendo de beber a Sir Stephen, pero él no
bebía. O sentía que la vigilaba como el domador
vigila al animal que ha domado, para ver si le hacía quedar
bien por su perfecta obediencia o, mejor, como un guardia de corps ante
un príncipe o un gángster ante el jefe de la
banda vigilaría a la prostituta que le ha traído
de la calle. La prueba de que con ello cedía a una
vocación de sirviente o de acólito es que
escrutaba más el rostro de Sir Stephen que el de ella. Ante
sus ojos O se sentía despojada hasta de la voluptuosidad en
la que se bañaban sus rasgos: y él
rendía por ella homenaje de admiración y hasta de
gratitud a Sir Stephen que la había hecho nacer, feliz de
que consintiera en gozar de algo que él le había
dado. Desde luego, todo hubiera sido más fácil si
a Sir Stephen le hubieran gustado los hombres y O estaba segura de que
René, a quien tampoco le gustaban, hubiera accedido
apasionadamente a cualquier exigencia de Sir Stephen. Pero a Sir
Stephen no le gustaban más que las mujeres. Ella
comprendía que, bajo las especies de su cuerpo, ellos dos
alcanzaban algo más misterioso y, tal vez, más
intenso que una relación amorosa, una unión cuya
concepción le era penosa, pero cuya realidad y cuya fuerza
no podía negar. Sin embargo, ¿por qué
aquella partición era, en cierto modo, abstracta? En Roissy,
O había pertenecido en el mismo instante y en el mismo lugar
a René y a otros hombres. ¿Por qué en
presencia de Sir Stephen René se abstenía no
sólo de tomarla, sino incluso de darle órdenes?
(Nunca hacía más que transmitir las de Sir
Stephen.) Ella se lo preguntó, aunque de antemano
conocía la respuesta:
-Por respeto -dijo René.
-Pero yo soy tuya -protestó O.
-Tú eres de Sir Stephen ante todo.
Y era cierto, por lo menos en el sentido de que la preferencia que daba
René a su amigo para disponer de ella era total y los
menores deseos de Sir Stephen eran antepuestos a las decisiones de
René o a sus propias peticiones. Si René
decidía que irían los dos a cenar y al teatro y
Sir Stephen lo llamaba una hora antes para reclamar a O,
René iba a buscarla al estudio según lo
convenido, aunque para acompañarla hasta la puerta de Sir
Stephen y dejarla allí. Una vez, una sola vez, O
pidió a René que rogara a Sir Stephen que
cambiara de día, pues ella deseaba acompañarlo a
una fiesta a la que habían de ir los dos juntos.
René se negó.
-Pobrecita, ¿todavía no has comprendido que no
eres dueña de ti misma y que ya no soy yo quien dispone de
ti?
No sólo se negó, sino que informó a
Sir Stephen de la petición de O y, delante de ella, le
rogó que la castigara con tal crueldad que ella no se
atreviera siquiera a imaginar que podía rehuir sus
órdenes.
-Desde luego -respondió Sir Stephen.
Estaban en la pequeña habitación ovalada con
suelo de marquetería cuyo único mueble era una
mesa negra con incrustaciones de nácar y que comunicaba con
el salón amarillo y gris. René no se
quedó más que los tres minutos necesarios para
traicionar a O y escuchar la respuesta de Sir Stephen. Luego,
saludó a éste con la mano, sonrió aO y
sefue. Por la ventana, ella lo vio cruzar el patio. Él no se
volvió. Se oyó el chasquido de la portezuela del
coche, y el zumbido del motor. En un espejito empotrado en la pared, O
veía su propia imagen: estaba blanca de
desesperación y de miedo. Cuando pasó junto a Sir
Stephen que, después de abrir la puerta del
salón, se hizo a un lado, ella lo miró
maquinalmente: estaba tan pálido como ella.
Súbitamente, como en un relámpago, tuvo la
certeza, que se disipó inmediatamente, de que él
la amaba. Aun-que no lo creía y se burlaba de sí
misma por haberlo pensado, sintió cierto consuelo y se
desnudó dócilmente a un ademán de
él. Entonces, por primera vez desde que la mandaba a buscar
dos o tres veces por semana y se servía de ella con
lentitud, haciéndola esperar desnuda hasta una hora antes de
acercarse a ella, oyendo sus súplicas sin responderle
jamás, porque a veces ella le suplicaba y repetía
los mismos ruegos en los mismos momentos, como en un ritual, de manera
que ella sabía cuándo su boca tenía
que acariciarle y cuándo, arrodillada y con la cara hundida
en la seda del sofá, no tenía que ofrecerle
más que el dorso en el que él penetraba ya sin
lastimarla, por lo mucho que se había abierto a
él, por primera vez y a pesar del miedo que la
descomponía -o tal vez a causa de aquel miedo, a pesar de la
desesperación en la que la había sumido la
traición de René, o tal vez también a
causa de esta desesperación-, por primera vez, se
abandonó a e por completo. Y por primera vez, tan dulces era
sus ojos y tan sumisos cuando se cruzaron con los claros y ardientes de
Sir Stephen, éste, bruscamente, se puso a hablarle en
francés.
-O voy a amordazarte porque quisiera azotarte hasta hacerte sangrar -le
dijo-. ¿Me lo permites?
-Soy suya.
Estaba de pie en el centro del salón y sus brazos levantados
y juntos, sujetos por los brazaletes de Roissy a una cadena que colgaba
de una anilla del techo en el lugar que antes ocupaba una
lámpara, hacían salir sus senos. Sir Stephen los
acarició, los besó, después le
besó la boca, una vez, diez. (Nunca la había
besado.) Y cuando le puso la mordaza que le llenó la boca de
sabor a tela mojada y le empujó la lengua hacia la garganta
y que sus dientes casi no podían morder, él la
cogió suavemente por el pelo. Ella se balanceó
sobre sus pies descalzos, suspendida de la cadena.
-Perdóname, O -murmuró.
Nunca le había pedido perdón. Luego, la
soltó y empezó a azotarla.
Cuando, después de medianoche, René
llegó a casa de O, después de haber asistido
sólo a la fiesta a la que tenían que haber ido
juntos, la encontró acostada, tiritando con su
camisón de nilón blanco. Sir Stephen la
acompañó y la acostó él
mismo y volvió a besarla. Ella se lo dijo. Le dijo
también que no deseaba volver a desobedecer a Sir Stephen,
comprendiendo que René sacaría de ello la
conclusión de que le era necesario, y grato, ser azotada, lo
al era verdad (pero no era la única razón). Lo
que ella comprendía también era que
René necesitaba que ella fuera azotada. A él le
horrorizaba golpearla, hasta el extremo de que nunca pudo decidirse a
hacerlo; pero le gustaba verla debatirse y oírla gritar. Sir
Stephen había utilizado una vez la fusta delante de
él. René doblegó a O sobre la mesa y
la mantuvo inmóvil. La falda le resbaló y
él volvió a subírsela. Y tal vez
necesitaba más aún pensar que mientras no estaba
con ella, mientras él paseaba o trabajaba, O se
retorcía, gemía y lloraba bajo el
látigo, pidiendo clemencia sin obtenerla, y sabía
que aquel dolor y aquella humillación le eran infligidos por
voluntad del amante al que ella amaba y para su
satisfacción. En Roissy, él la hacía
azotar por los criados. En Sir Stephen, encontró al amo
severo que él no sabía ser. El que el hombre al
que más admiraba en el mundo se complaciera en ella y se
tomara la molestia de ponérsela dócil,
acrecentaba la pasión que René sentía
por ella y así lo comprendía O. Todas las bocas
que habían mordido su boca, todas las manos que le
habían asido los senos y el vientre, todos los miembros que
habían penetrado en ella y que habían demostrado
que estaba prostituida, al mismo tiempo, en cierto modo,
también la habían consagrado. Pero, a los ojos de
René, esto no era nada comparado con la prueba que aportaba
Sir Stephen. Cada vez que ella salía de sus brazos,
René buscaba en ella la marca de un dios. O sabía
que si, hacía unas horas, la había delatado, fue
para provocar un nuevo y más cruel castigo que la dejara
señalada. Ella sabía también que si
bien las razones que pudieran existir para provocarlo podían
desaparecer, Sir Stephen no se volvería atrás.
Tanto peor. (Tanto mejor, pensaba ella.) René, conmovido,
miró largamente su cuerpo esbelto con gruesas marcas
violáceas, como cuerdas, cruzándole los hombros,
la espalda, las nalgas, el vientre y los senos, moteadas de alguna que
otra gota de sangre.
-¡Ah, cómo te quiero! -murmuró.
Se desnudó con las manos temblorosas, apagó la
luz y se tendió al lado de O. Ella estuvo gimiendo en la
oscuridad mientras él la poseía.
Las señales del cuerpo de O tardaron más de un
mes en borrarse. Y, allí donde la piel se había
desgarrado, le quedó una línea más
clara, como una vieja cicatriz. Pero, aunque hubiera podido olvidarlo,
la actitud de René y Sir Stephen se lo hubiera recordado.
René tenía una llave de su apartamento, desde
luego. No se le había ocurrido darle otra a Sir Stephen,
probablemente porque, hasta entonces, éste nunca
expresó el deseo de ir a casa de O. Pero el que aquella
noche la hubiera acompañado personalmente, hizo comprender a
René que, tal vez, aquella puerta que únicamente
podía abrir O y él podía ser
considerada por Sir Stephen como un obstáculo, una barrera o
una limitación impuesta por René y que era
ridículo darle a O si no le daba también la
libertad de entrar en su casa en cualquier momento. En resumidas
cuentas, mandó hacer una llave, se la entregó a
Sir Stephen y no dijo nada a O hasta que éste la hubo
aceptado. A ella ni se le ocurrió protestar y pronto
advirtió que, en aquella espera en que vivía,
hallaba una incomprensible serenidad. Esperó mucho tiempo,
preguntándose si la sorprendería en plena noche,
si aprovecharía alguna ausencia de René, si
iría solo y hasta si iría. No se
atrevía a hablar de ello con René. Una
mañana en que por casualidad la asistenta no estaba y ella
se había levantado más temprano que de costumbre
y a las diez, ya vestida, se disponía a salir,
oyó girar una llave en la cerradura.
-René -gritó, corriendo hacia la puerta. Porque
algunas veces René se presentaba así y ella
creyó que tenía que ser él. Pero era
Sir Stephen, quien le dijo sonriendo:
-Bien, llamemos a René.
Pero René tenía una cita de negocios y no
podría estar allí antes de una hora. O, con el
corazón saltándole en el pecho (y ella se
preguntaba por qué), vio cómo Sir Stephen colgaba
el aparato. Él la hizo sentarse en la cama, le
tomó la cabeza entre las manos, le entreabrió la
boca y la besó. Ella se ahogaba de tal modo que hubiera
caído al suelo si él no la hubiese sostenido.
Pero la sostuvo, y la enderezó. O no comprendía
por qué sentía aquella angustia en la garganta;
porque, ¿qué podía temer de Sir
Stephen que no hubiera sufrido ya? Él le pidió
que se desnudara y la miró en silencio mientras lo
obedecía. ¿Acaso no estaba acostumbrada a
permanecer desnuda ante su mirada, a su silencio y a esperar sus
decisiones? Tuvo que reconocer que si la trastornaban el lugar y la
hora y el que en aquella habitación nunca se hubiera
desnudado más que para René, el motivo de su
trastorno seguía siendo el mismo: la desposesión
de sí misma en que se hallaba. La única
diferencia estaba en que tal desposesión le era
más evidente porque no se manifestaba en un lugar al que, en
cierto modo, ella se trasladara para sufrirla, ni durante la noche, lo
que le daba carácter de sueño o de clandestinidad
en relación con las horas del día, como su
estancia en Roissy en relación con su vida con
René. La luz de la mañana de mayo
hacía público lo clandestino: a partir de ahora,
la realidad de la noche y la realidad del día
serían la misma. A partir de ahora: por fin, pensaba O. De
ahí nacía, sin duda, la extraña
sensación de seguridad mezclada de espanto a la que
sentía que se abandonaba y que había presentido
sin comprender. A partir de ahora, no habría hiato, tiempo
muerto, remisión. Aquél al que se espera, porque
se le espera, ya está presente, ya se muestra
dueño y señor. Sir Stephen era un
dueño más exigente, pero también
más seguro que René. Y por muy apasionadamente
que O amara a René y él a ella,
existía entre los dos cierta igualdad (aunque no fuera
más que la de la edad) que anulaba en ella el sentimiento de
obediencia, la sensación de sumisión. Lo que
él le pedía, ella lo deseaba inmediatamente
sólo porque él se lo pedía. Pero
parecía que, en relación con Sir Stephen,
él le había contagiado su propia
admiración, su propio respeto. Ella obedecía las
órdenes de Sir Stephen porque eran órdenes,
agradecida de que se las diera. Tanto si él le hablaba en
inglés como en francés y la tuteaba o no, ella no
lo llamaba más que Sir Stephen, como una desconocida o una
criada. Se decía que la palabra más apropiada
sería la de "Señor" si se hubiera atrevido a
pronunciarla, como la más apropiada para ella era la de
"esclava". Se decía también que todo estaba bien,
puesto que René se sentía feliz de amar en ella a
la esclava de Sir Stephen. De modo que, después de dejar sus
ropas al pie de la cama y ponerse nuevamente sus chinelas de
tacón alto, se quedó esperando, con la vista
baja, delante de Sir Stephen, que estaba apoyado en la ventana. El sol
de la mañana atravesaba los visillos de muselina moteada.
Ella lo sentía tibio en la cadera. O no buscaba una pose,
sino que estaba pensando muy aprisa y se decía que hubiera
tenido que perfumarse más y que no se había
maquillado la punta de los senos y que era una suerte que tuviera las
chinelas puestas, porque el esmalte de las uñas empezaba a
saltarse. De pronto, se dio cuenta que lo que estaba esperando en aquel
silencio y con aquella luz, sin confesárselo, era que Sir
Stephen le ordenara ponerse de rodillas ante él, le
desabrochara y le acariciara. Al pensarlo, se puso colorada y se
llamó ridícula por enrojecer de aquel modo.
¡Tanto pudor en una prostituta! En aquel momento, Sir Stephen
le dijo que se sentara delante del tocador y lo escuchase. El tocador
no era tal tocador, sino una mesita baja sobre la que estaban
dispuestos frascos y cepillos y, a su lado, un gran espejo
Restauración en el que O podía verse entera,
sentada en un sillón bajo. Sir Stephen, mientras hablaba,
iba y venía detrás de ella. Su imagen cruzaba el
espejo de vez en cuando, detrás de él. Pero era
un reflejo lejano, porque el espejo tenía un azogue verdoso
y un poco turbio. O, con las manos abiertas y las rodillas separadas,
hubiera deseado aprisionar aquella imagen y detenerla, para poder
responder más fácilmente. Y es que Sir Stephen,
en un inglés preciso, le hacía preguntas y
más preguntas, las que menos esperaba O. Pero, apenas
empezó a hablar, se interrumpió para obligarla a
tenderse en el sillón, con la pierna izquierda descansando
en el brazo del sillón y la otra doblada hacia
atrás. O, a plena luz se ofreció entonces en el
espejo, a su mirada y a la de Sir Stephen abierta como si un amante
invisible acabara de retirarse de ella. Sir Stephen reanudó
su interrogatorio, con una firmeza de juez y una habilidad de confesor.
O no le veía hablar, pero se veía responder.
Después de su regreso de Roissy, ¿se
había entregado a algún otro hombre
además de René y él? No.
¿Había deseado entregarse a otros que hubiera
conocido? No. ¿Se acariciaba por la noche cuando estaba
sola? No. ¿Tenía amigas por las que se dejaba
acariciar o a las que ella acariciaba? No (el tono era más
vacilante). ¿Y amigas a las que deseaba? Pues Jacqueline,
pero, amiga, era mucho decir. Camarada sería más
adecuado, o compañera. Sir Stephen le preguntó
entonces si tenía fotos de Jacqueline y la ayudó
a levantarse, para ir a buscarlas. Y en el salón los
encontró René, que entraba sin aliento,
después de subir cuatro pisos corriendo: O, de pie delante
de la mesa grande sobre la que brillaban, en blanco y negro, como
charcos en la noche, las fotos de Jacqueline. Sir Stephen, sentado a
medias en la mesa, iba tomándolas una a una, a medida que O
se las pasaba, y volvía a dejarla. Con la otra mano,
sujetaba a O por el vientre. Desde aquel momento, Sir Stephen, que
había saludado a René sin soltarla -incluso
sintió que hundía su mano más
profundamente- no volvió a dirigirle la palabra y
sólo habló con René. El motivo le
pareció evidente: Estando René presente, el
acuerdo entre Sir Stephen y él se establecía a
propósito de ella, pero independientemente de ella; ella no
era su ocasión ni su objeto, no había necesidad
de seguir preguntándole ni de que ella respondiera, lo que
ella tenía que hacer y hasta lo que tenía que ser
se decidía sin consultarle. Eran casi las doce. El sol que
daba de lleno en la mesa rizaba el borde de las fotos. O deseaba
apartarlas y alisarlas para que no se estropearan. Pero estaba insegura
de sus movimientos y a punto de gemir, de lo que le quemaba la mano de
Sir Stephen. No consiguió moverlas, gimió
efectivamente y se encontró tendida de espaldas encima de la
mesa, entre las fotos, con las piernas colgando donde la
había lanzado Sir Stephen al apartarse bruscamente de ella.
Los pies no le llegaban al suelo y una de sus chinelas
resbaló y cayó sin ruido en la alfombra blanca.
El sol le daba en la cara. Cerró los ojos.
Mucho después se acordaría de que,
allí tendida, asistió al diálogo que
mantuvieron Sir Stephen y René como si no la afectara y, al
mismo tiempo, como si se tratara de un hecho ya vivido. Y,
verdaderamente, ella había vivido ya una escena
análoga, ya que la primera vez que René la
llevó a casa de Sir Stephen hablaron de ella de la misma
forma. Pero, aquella vez, Sir Stephen era un desconocido y, de los dos,
René fue el que más habló. Desde
entonces, Sir Stephen la había sometido a todas sus
fantasías, la había moldeado a su antojo,
había exigido y obtenido de ella las más
denigrantes vejaciones. Ella no podía darle ya nada que
él no poseyera ya. Por lo menos, así lo
creía ella. Él, que solía guardar
silencio delante de ella, era el que hablaba y sus palabras,
así como las respuestas de René, indicaban que
había reanudado una conversación mantenida con
frecuencia y cuyo tema era ella. Se trataba de cómo sacar de
ella el mejor partido y comunicarse lo que cada cual había
descubierto en ella. Sir Stephen afirmó que O resultaba
infinitamente conmovedora con el cuerpo marcado, cualesquiera que
fuesen las marcas, porque, si más no, éstas
impedían que disimulara e indicaban que con ella todo estaba
permitido. Porque una cosa era saberlo y, otra, ver la prueba palpable.
Tenía razón René, dijo Sir Stephen, al
desear que fuera azotada. Decidieron que en lo sucesivo lo
sería, no ya por el placer que pudieran producir sus gritos
y sus lágrimas, sino para que tuviera siempre alguna
señal. O los escuchaba, tendida todavía encima de
la mesa y ardiendo, inmóvil. Le parecía que, por
una extraña sustitución, Sir Stephen hablaba por
ella y en su lugar, como si él hubiera estado en su propio
cuerpo y sentido la inquietud, la angustia, la vergüenza y
también el secreto orgullo y el placer desgarrador que ella
sentía, especialmente cuando estaba sola entre la gente, en
la calle, en un autobús o en el estudio entre los
electricistas y las maniquíes, cuando se decía
que si a cualquiera de aquellas personas le ocurría un
accidente y había que tenderla en el suelo o llamar a un
médico, aunque estuviera desmayada y desnuda,
seguiría guardando su secreto; pero ella no. Porque su
secreto no dependía sólo de su silencio, no
dependía de ella sola. Aunque lo deseara, ella no
podía permitirse el menor capricho, y a esto se
refería una de las preguntas de Sir Stephen sin delatarse
inmediatamente, no podía permitirse las cosas más
inocentes, como jugar al tenis o nadar. Le resultaba grato que ello le
estuviera vedado materialmente, como las rejas del convento impiden
materialmente a las enclaustradas ser dueñas de
sí mismas y escapar. Por esta misma causa,
¿cómo exponerse a que Jacqueline la rechazara al
tener que explicarle, si no toda la verdad, por lo menos, parte de la
verdad?
El rayo de sol se había desplazado de su rostro.
Tenía los hombros pegados a las fotos sobre las que estaba
tumbada. Sintió en la rodilla la tela áspera de
la chaqueta de Sir Stephen que se había acercado a ella.
René y él la tomaron por una mano cada uno y la
pusieron de pie. René recogió la chinela.
Había que vestirse. Durante el almuerzo, en Saint-Cloud, a
orillas del Sena, cuando se quedaron solos, Sir Stephen
volvió a interrogarla. Al pie de un seto de
alheñas que delimitaba la explanada umbría en la
que se agrupaban las mesas del restaurante cubiertas con manteles
blancos, había un arríate de peonías
granate recién abiertas. O tardó mucho rato en
calentar, con sus muslos desnudos, la silla de hierro en la que se
había sentado, obediente, levantando la falda, antes de que
Sir Stephen se lo ordenara. Se oía el rumor del agua contra
las barcas amarradas a una plataforma de planchas, al extremo de la
explanada. Sir Stephen estaba frente a O, que hablaba despacio,
decidida a no decir una sola palabra que no fuera cierta. Lo que Sir
Stephen quería saber era por qué le gustaba
Jacqueline. ¡Ah, no era difícil! Era demasiado
hermosa para O, como esas muñecas, tan grandes como ellos,
que se da a los niños pobres y que ellos nunca se atreven a
tocar. Al mismo tiempo, ella sabía muy bien que si no le
hablaba, si no se acercaba a ella era porque, en realidad, no lo
deseaba. Entonces, levantó la mirada, la posó en
las peonías y advirtió que Sir Stephen le miraba
atentamente los labios. ¿La escuchaba o sólo
estaba atento al sonido de su voz y al movimiento de sus labios? Ella
calló bruscamente y la mirada de Sir Stephen se
cruzó con la suya. Lo que leyó en ella estaba
ahora tan claro y fue también tan claro para él
que ella había sabido interpretarlo, que ella
palideció a su vez. Si la quería, ¿le
perdonaría que lo hubiera advertido? Ella no
podía desviar la mirada, ni sonreír, ni hablar.
Si la quería, ¿habría cambiado algo?
Aunque la hubieran amenazado de muerte, ella no hubiera podido hacer ni
un movimiento y, de haber querido escapar, sus piernas no la hubieran
sostenido. Sin duda, él nunca querría de ella
nada más que la sumisión a su deseo, mientras le
durase el deseo. Pero, ¿bastaba el deseo para explicar que,
desde el día en que René se la
entregó, la reclamara con más frecuencia cada vez
y la retuviera por más tiempo y, en ocasiones, por su sola
presencia, sin pedirle nada? Él estaba mudo e
inmóvil como ella; en la mesa contigua, unos hombres de
negocios hablaban y bebían un café tan negro y
fuerte que el aroma llegaba hasta ellos dos; dos norteamericanas,
cuidadas y despectivas, encendían cigarrillos entre plato y
plato; la grava crujía bajo las pisadas de los camareros.
Uno de ellos se adelantó para llenar la copa de Sir Stephen,
vacía en sus tres cuartas partes. Pero, ¿por
qué servir de beber a una estatua, a un
sonámbulo? El hombre no insistió. O
advirtió con deleite que si la mirada gris y ardiente se
apartaba de sus ojos era para posarse en sus manos, en sus senos y
volver a sus ojos. Al, fin, vio nacer la sombra de una sonrisa a la que
se atrevió a responder. Pero decir una sola palabra,
imposible. Si apenas respiraba.
-O... -dijo Sir Stephen.
-Sí... -respondió O débilmente.
-O, lo que tengo que decirle lo he decidido ya con René.
Pero quisiera... -Se interrumpió. O nunca supo si fue porque
ella había cerrado los ojos de la emoción o
porque también a él le faltaba el aliento.
Él esperó a que el camarero retirase los platos y
diese a O la carta para que ella eligiera el postre. O se la
entregó a Sir Stephen. ¿Un suflé?
Sí, un suflé. Son veinte minutos. Bien, veinte
minutos. El camarero se fue-. Necesitaré más de
veinte minutos -dijo Sir Stephen.
Y siguió hablando con voz neutra. Lo que le dijo pronto
convenció a O de que, por lo menos, una cosa era segura:
que, aunque la quisiera, nada cambiaría, a no ser que ella
contara como cambio aquel extraño respeto con el que ahora
le decía: "Me harías muy feliz si
consintieras...", en lugar de rogarle simplemente que accediera a sus
peticiones. Así se lo dijo y él así lo
reconoció.
-De todos modos, contéstame -le dijo.
-Haré lo que usted quiera -respondió O. Y el eco
de sus palabras la hizo estremecerse. "Haré lo que
tú quieras", decía a René-.
René... -murmuró entonces.
Sir Stephen la oyó.
-René sabe ya lo que quiero de ti. Escucha...
Le hablaba en inglés, pero con una voz baja y sorda que no
podía oírse desde las mesas vecinas. Cuando los
camareros se acercaban, él se interrumpía a media
frase para continuarla cuando se alejaban. Lo que decía
parecía insólito en aquel lugar
público y apacible y, sin embargo, lo más
insólito era que él pudiera decirlo y O
escucharlo con tanta naturalidad. Ante todo, él le
recordó que la primera noche en que ella estuvo en su casa
él le dio una orden que ella no obedeció y le
hizo observar que, aunque entonces la abofeteó, nunca le
había repetido la orden. ¿Le
concedería en lo sucesivo lo que entonces le
negó? O comprendió que no sólo
tenía que acceder, sino que era preciso afirmar
explícitamente que ella estaba dispuesta a acariciarse cada
vez que él se lo pidiera. Así se lo dijo y
pensó en el salón amarillo y gris, la marcha de
René, su rebelión de la primera noche, el fuego
que brillaba entre sus rodillas separadas mientras ella
yacía desnuda sobre la alfombra. Aquella noche, en aquel
mismo salón... Pero no; Sir Stephen no concretaba.
Seguía hablando. Le hizo observar también que
René nunca la había poseído en su
presencia (ni ningún otro hombre) como la había
poseído él (y, en Roissy, otros muchos) en
presencia de René. No debía deducir de ello que
sólo René le infligiría la
humillación de obligarla a entregarse a un hombre que no la
amaba -y tal vez de gozar con ello- delante de un hombre que la amaba.
(Insistía en ello con tanta brutalidad: muy pronto, ella
abriría su vientre, su dorso y su boca a aquellos de sus
amigos que la solicitaran, que O se preguntó si aquella
brutalidad no estaría dirigida contra sí mismo
tanto como contra ella y no retuvo más que el final de la
frase: un hombre que la amaba. ¿Qué
más confesión quería?)
Además, él mismo la llevaría a Roissy
durante el verano. ¿Nunca se había
extrañado del aislamiento en que la mantenían,
primero René y luego él? Los veía
siempre solos, ya fuera juntos o por separado. Cuando Sir Stephen daba
una fiesta en su casa, no la invitaba. Nunca almorzó ni
cenó en su casa de la calle Poitiers. Y René
tampoco le había presentado a sus amigos, aparte Sir
Stephen. Seguramente seguiría manteniéndola
apartada, pues Sir Stephen detentaba ahora el privilegio de disponer de
ella. Pero que no creyera que por ser de él iba a dejar de
ser propiedad privada; todo lo contrario. (Lo que más
trastornaba a O era pensar que Sir Stephen iba a ser para ella lo mismo
que era René, exactamente.) La sortija de hierro que llevaba
en la mano izquierda - ¿y no se acordaba de que se la
habían elegido tan ajustada que tuvo que hacer un esfuerzo
para ponérsela y no podía quitársela?-
era la señal de que era esclava, pero esclava
común. La casualidad quiso que desde el otoño no
hubiera conocido a afiliados a Roissy que reparasen en sus hierros o
que se dieran por enterados. La palabra hierros utilizada en plural, en
la que había creído ver un doble sentido cuando
Sir Stephen le dijo que le sentaban bien los hierros, no era un
equívoco, sino una fórmula de reconocimiento. Sir
Stephen no tenía necesidad de utilizar la segunda
fórmula, a saber: de quién eran los hierros que
ella llevaba. Pero si hoy le hicieran a O la pregunta,
¿qué respondería? O
titubeó:
-De René y de usted -dijo.
-No -rectificó Sir Stephen-. Míos ante todo.
René desea que, en primer lugar, dependas de mí.
O lo sabía. ¿Por qué disimulaba?
Dentro de algún tiempo y, desde luego, antes de que volviera
a Roissy, tendría que aceptar una marca definitiva que,
aunque no la dispensaría de ser esclava común, la
designaría como esclava particular, de él, y
comparadas con ella, las huellas que dejaban en su cuerpo el
látigo y la fusta parecerían discretas y
triviales. (Pero, ¿qué marca? ¿En
qué consistiría? ¿Qué la
haría definitiva? O, aterrada, fascinada, se
moría de ganas de saber, saber en seguida. Pero,
evidentemente, Sir Stephen no iba a decírselo
todavía. Y era cierto que tendría que aceptar,
consentir en el verdadero sentido de la palabra, pues nada le
sería infligido por la fuerza, ella tenía que
consentir en todo. Podía negarse. En su esclavitud no la
retenía nada más que su amor y su propia
esclavitud. ¿Quién le impedía
marcharse?) De todos modos, antes de que le fuera impuesta la marca,
incluso antes de que Sir Stephen adquiriera el hábito de
azotarla, según lo convenido con René, de manera
que las marcas estuvieran siempre visibles en su cuerpo, le
darían un respiro: el tiempo necesario para conseguir que
Jacqueline cediera a sus deseos. A esto, estupefacta, O
levantó la cabeza y miró a Sir Stephen.
¿Por qué? ¿Por qué
Jacqueline? Y, si Jacqueline interesaba a Sir Stephen, ¿por
qué era en relación con O?
-Existen dos motivos -dijo Sir Stephen-. El primero, y el menos
importante, es que quiero verte abrazar y acariciar a una mujer.
-Pero, aun admitiendo que me acepte, ¿cómo voy a
conseguir que se avenga a que usted esté presente?
-exclamó O.
-Eso poco importa -dijo Sir Stephen-. Recurriendo a una trampa, si es
necesario. Y espero que obtengas mucho más, porque el
segundo motivo por el que deseo que la hagas tuya es que
tendrás que llevarla a Roissy.
O dejó la taza de café temblando de tal modo, que
tiró sobre el mantel el resto del café con el
poso y el azúcar. Como una adivina, veía en la
oscura mancha que iba agrandándose imágenes
insoportables: los ojos helados de Jacqueline ante Pierre, el criado,
sus caderas, sin duda tan doradas como sus senos y que O no
había visto, expuestas entre el terciopelo rojo de su
vestido, lágrimas en la pelusa de sus mejillas, y su boca
pintada abierta y gritando y su flequillo recto como paja segada sobre
su frente. No; era imposible. Jacqueline no.
-No puede ser -dijo.
-Sí -replicó Sir Stephen-.
¿Cómo crees que se recluta a las muchachas para
Roissy? Una vez la hayas llevado allí, no tendrás
que volver a preocuparte. Además, si ella quiere,
podrá marcharse. Vamos.
Se levantó bruscamente, dejando sobre la mesa el dinero de
la cuenta. O le siguió hasta el coche, subió y se
sentó. Apenas entraron en el Bosque, él dio una
vuelta para estacionarse en una pequeña avenida lateral y la
tomó entre sus brazo.
III. ANNE-MARIE Y LAS ANILLAS
O, para darse
a sí misma una excusa, creía o quería
creer que Jacqueline se mostraría arisca. Pronto pudo
desengañarse. Los aires pudorosos que afectaba Jacqueline,
cerrando la puerta del vestidor cada vez que se cambiaba,
tenían precisamente la finalidad de azuzar a O, de fomentar
en ella el deseo de forzar una puerta que, abierta de par en par, no se
decidía a cruzar. Que la decisión de O viniera de
una autoridad exterior a ella y no fuera resultado de esta estrategia
elemental era algo que Jacqueline estaba a mil leguas de imaginar. Al
principio, aquello divertía a O. Sentía un
sorprendente placer, mientras ayudaba a Jacqueline a arreglarse el
pelo, por ejemplo, cuando Jacqueline se quitaba el traje con el que
había posado y se ponía el jersey de cuello alto
y el collar de turquesas parecidas a sus ojos, al pensar que aquella
misma noche Sir Stephen conocería cada gesto de Jacqueline,
si había permitido que O asiera sus senos
pequeños y separados a través del jersey negro,
si sus pestañas más claras que su piel se
habían bajado sobre sus mejillas, si había
gemido. Cuando O la besaba se ponía fláccida,
permanecía inmóvil entre sus brazos, se dejaba
entreabrir la boca y tirar del pelo hacia atrás. O
tenía que procurar apoyarla siempre en el marco de una
puerta o contra una mesa y sujetarla por los hombros, pues, de otro
modo, hubiera caído al suelo, con los ojos cerrados, sin
proferir ni una queja. En cuanto O la soltaba, se volvía
otra vez de escarcha y de hielo, risueña y distante y
decía:
-Me has manchado de rojo -y se limpiaba los labios.
Ésta era la desconocida a la que O gustaba de traicionar,
atisbando atentamente -para no olvidar nada, decirlo todo- el lento
rubor de sus mejillas y aspirando el olor a salvia de su sudor. No se
puede decir que Jacqueline desconfiara ni se defendiera. Cuando
cedía a los besos de O -y todavía no le
había concedido sino besos que se dejaba robar, pero que no
devolvía-, se convertía bruscamente en otra
persona, por espacio de diez segundos o cinco minutos. Durante el resto
del tiempo, se mostraba a un tiempo provocativa y huidiza, con una
increíble habilidad para la finta, arreglándose
siempre impecablemente para no dar pie a un solo gesto, ni a una
palabra, ni siquiera a una mirada que permitiera asociar a esta
triunfadora con la derrotada ni suponer que era tan fácil
forzarle la boca. El único indicio por el que
podía uno guiarse y tal vez adivinar la turbación
bajo el agua clara de su mirada, era la sombra involuntaria de una
sonrisa que, en su cara triangular, se parecía a una sonrisa
de gato, indecisa, fugaz e inquietante. De todos modos, O no
tardó en descubrir que había dos cosas que
hacían nacer aquella sonrisa sin que Jacqueline lo
advirtiera. Una, los regalos, y la otra, la evidencia del deseo que
inspiraba, con la condición, eso sí, de que este
deseo procediera de alguien que pudiera serle útil o halagar
su vanidad. ¿En qué podía O serle
útil? ¿No sería que, excepcionalmente,
a Jacqueline le complacía que ella la deseara tanto porque
la admiración de O la satisfacía como porque el
deseo de una mujer no encierra peligro ni trae consecuencias? De todos
modos, O estaba convencida de que si, en lugar de regalar a Jacqueline
un broche de nácar o el último pañuelo
de Hermes con "Te quiero" estampado en todos los idiomas del mundo,
desde el japonés al iroqués, le diera los diez o
veinte mil francos que siempre parecía estar necesitando,
Jacqueline hubiera encontrado pronto ese tiempo que decía
faltarle para ir a almorzar o a merendar a casa de O y hubiera cesado
de esquivar sus caricias. Pero no llegó a demostrarlo.
Apenas habló de ello con Sir Stephen cuando René
intervino. Las cinco o seis veces que René había
ido a buscar a O y Jacqueline estaba allí, habían
ido los tres al "Weber" o a cualquiera de los bares ingleses del barrio
de la Madeleine. René miraba a Jacqueline con aquella mezcla
de interés, seguridad e insolencia con que miraba en Roissy
a las muchachas que estaban a su disposición. Pero sobre la
brillante y sólida armadura de Jacqueline, la insolencia
resbalaba sin hacer mella. Jacqueline ni la notaba. Por una curiosa
contradicción, O se sentía ofendida y le
parecía insultante para Jacqueline aquella actitud que para
consigo misma consideraba justa y natural. ¿Acaso
quería asumir la defensa de Jacqueline o deseaba ser ella la
única que la poseyera? Hubiera sido difícil
decirlo, por cuanto que no la poseía... aún.
Pero, si lo consiguió, hay que reconocer que fue gracias a
René. En tres ocasiones, al salir del bar en el que
había hecho beber a Jacqueline mucho más whisky
del que a ella le convenía -se le ponían los
pómulos sonrosados y relucientes y la mirada dura-, la
acompañó a su casa, antes de ir con O a la de Sir
Stephen. Jacqueline vivía en una de esas sombrías
pensiones de familia de Passy en las que, en los primeros tiempos de la
emigración, se amontonaron los rusos blancos y de las que ya
no se movieron. El vestíbulo estaba pintado de
símil-roble, los balaustres de la escalera estaban cubiertos
de polvo en su parte interior y grandes manchas blancas de rozadura
marcaban las moquetas verdes. Cada vez, René -que nunca
había cruzado el umbral de la puerta- quería
entrar y cada vez Jacqueline le decía que no, muchas
gracias, saltaba del coche y cerraba la puerta tras sí como
si la persiguiera una lengua de fuego. Y O se decía que,
realmente, el fuego la perseguía. Era fantástico
que lo adivinara antes de que ella la hubiera puesto en antecedentes.
Por lo menos, sabía que tenía que desconfiar de
René, por insensible que pareciera ser a la indiferencia que
él le demostraba (pero, ¿lo era realmente? Y en
cuanto a lo de fingir insensibilidad eran dos, pues él no le
iba a la zaga). La única vez que Jacqueline
permitió a O entrar en su casa y seguirla hasta su
habitación, ésta comprendió por
qué a René se le negaba la entrada.
¿Qué hubiera sido de su prestigio, de su leyenda
en blanco y negro en las páginas relucientes de las revistas
si alguien que no fuera mujer como ella hubiera visto la
sórdida madriguera de la que salía todos los
días el lustroso animal? La cama no se hacía
nunca y la sábana estaba gris y grasienta, porque Jacqueline
nunca se acostaba sin untarse de crema y se dormía muy
aprisa para pensar en quitársela. En otro tiempo, una
cortina debía de disimular el lavabo. Ahora no quedaban
más que dos anillas de las que colgaban unos hilos. Nada
conservaba su calor, ni la alfombra, ni el papel cuyas flores rosa y
gris trepaban como una vegetación enloquecida y petrificada
sobre un enrejado blanco. Habría que arrancarlo todo,
desnudar las paredes, tirar las alfombras y rascar el techo. Pero, ante
todo, quitar las rayas de mugre del lavabo, limpiar y ordenar los
frascos de des-maquillador y los tarros de crema, quitar el polvo de la
polvera, del tocador, tirar los algodones sucios, abrir las ventanas.
Pero, erguida, limpia y oliendo a limón y a flores
silvestres, impecable y pulcra, Jacqueline se reía de su
cubil. Aunque de lo que no podía ella reírse era
de su familia. Fue por el cubil, del que O le habló
cándidamente, por lo que René hizo a O la
proposición que debía cambiar su vida, pero fue
por su familia por lo que Jacqueline la aceptó. La
proposición era que Jacqueline fuese a vivir con O. Y es que
decir familia es poco; aquello era una tribu, más
aún, una horda. Abuela, tía, madre y hasta una
criada, cuatro mujeres entre los cincuenta y los setenta
años, pintadas, chillonas, ahogadas de seda negra y de
azabache, lagrimeando a las cuatro de la madrugada entre el humo de los
cigarrillos, al resplandor rojo de los iconos, cuatro mujeres viviendo
siempre entre el tintineo de los vasos de té y el siseo
áspero de una lengua que Jacqueline hubiera dado media vida
por olvidar. La ponía frenética tener que
obedecerlas, tener que oírlas y hasta tener que verlas.
Cuando veía a su madre llevarse un terrón de
azúcar a la boca antes de beber el té, ella
dejaba su propio vaso y se encerraba en su madriguera seca y
polvorienta, dejando a las tres, su abuela, su madre y la hermana de su
madre, las tres vestidas de negro, con el pelo teñido de
negro y las cejas juntas, con los ojos grandes cargados de reproches,
en la habitación de su madre que hacía las veces
de salón y en la que la criada acababa por reunirse con
ellas. Ella huía, cerrando las puertas tras sí y
ellas gritaban:
-Choura, Choura, palomita...
Como en las novelas de Tolstói. Porque no se llamaba
Jacqueline. Jacqueline era su nombre profesional, un nombre para
olvidar su verdadero nombre y, con su verdadero nombre, el gineceo
sórdido y tierno, para insertarse en la vida francesa, en un
mundo sólido, en el que hay hombres que se casan contigo y
que no desaparecen en misteriosas expediciones, como el padre al que
ella no llegó a conocer, un marino báltico que se
perdió entre los hielos polares. Sólo se
parecía a él, se repetía con rabia y
placer, a él, de quien había heredado el pelo,
los pómulos, la piel trigueña y los ojos
rasgados. Lo único que agradecía a su madre era
que le hubiera dado por padre a aquel demonio rubio que la nieve se
había tragado, como a otros se los traga la tierra. Pero le
reprochaba que lo hubiera olvidado lo suficiente para que, un buen
día, naciera de una aventura fugaz, una morena, una
hermanastra que fue inscrita como de padre desconocido, que se llamaba
Natalie y tenía ahora quince años. A Natalie
sólo la veían durante las vacaciones. A su padre,
nunca. Pero pagaba la pensión de Natalie en un colegio de
los alrededores de París y a su madre le pasaba una
mensualidad que permitía vivir mediocremente en una
ociosidad que, para ellas, era el paraíso, a las tres
mujeres y a la criada, y también a Jacqueline, hasta aquel
día. Lo que Jacqueline ganaba con su profesión de
maniquí y no gastaba en maquillajes, ropa interior, calzado
de lujo o trajes de gran modista -a precio de favor, pero, aun
así, muy caros-, desaparecía en la bolsa
familiar. Desde luego, a Jacqueline no le hubiera costado trabajo
encontrar a un protector y ocasiones no le habían faltado.
Aceptó a uno o dos amantes, no tanto porque le gustaban -no
le desagradaban- como para demostrarse a sí misma que
podía inspirar deseo y amor. El único rico de los
dos -el segundo-, le regaló una hermosa perla un poco
sonrosada, la cual ella llevaba en la mano izquierda. Pero ella no
quiso ir a vivir con él y como él se
negó a casarse, lo dejó sin gran pesar, contenta
de no estar encinta. (Durante varios días, creyó
estarlo y vivió en la inquietud.) No; vivir con un hombre
era denigrante, era comprometer su futuro, era hacer lo que
había hecho su madre con el padre de Natalie. Imposible.
Pero con O era distinto. Las apariencias permitirían hacer
creer que Jacqueline se instalaba en casa de una compañera
de trabajo y compartía con ella los gastos. O
desempeñaría una doble función: para
Jacqueline sería el amante que mantiene a la mujer que ama
y, de cara a la gente, sería su garantía de
moralidad. La presencia de René no era lo bastante oficial
para resultar comprometedora. Pero, en el fondo,
¿quién podría decir si no fue
precisamente aquella presencia el verdadero móvil de su
aceptación? De todos modos, en O, y sólo en ella,
recayó la responsabilidad de hablar con la madre de
Jacqueline. O nunca se sintió tan vivamente en el papel del
traidor, del espía, del enviado de una
organización criminal como cuando estuvo frente a aquella
mujer que le daba las gracias por su amistad para con su hija. Al mismo
tiempo, desde el fondo de su corazón, estaba negando su
misión y el motivo de su presencia allí.
Sí, Jacqueline iría a su casa, pero O nunca,
nunca podría obedecer a Sir Stephen hasta el extremo de
entregar a Jacqueline. Y sin embargo... Porque, apenas instalada
Jacqueline en casa de O, donde se le dio -a instancias de
René- la habitación que éste
aparentaba ocupar a veces (aparentaba sólo, pues siempre
dormía en la gran cama de O), O, inesperadamente, se
sintió acometida por el violento deseo de poseer a
Jacqueline costase lo que costase, aunque para ello tuviera que
entregarla. Después de todo, se decía, la belleza
de Jacqueline bastaba por sí sola para protegerla: "
¿Por qué tengo yo que inmiscuirme? Y, aunque la
conviertan en lo que yo me he convertido, ¿es eso tan gran
desgracia?" No se atrevía casi a confesarse y, sin embargo,
trastornada al imaginar la satisfacción de ver a Jacqueline
desnuda e indefensa al lado de ella y como ella.
La semana en la que Jacqueline se mudó, con el permiso de su
madre, René se mostró muy atento, y un
día sí y otro no invitaba a las dos muchachas a
cenar y al cine. Elegía siempre películas
policíacas, de traficantes de drogas o de trata de blancas.
Se sentaba entre las dos, tomaba suavemente una mano a cada una y no
decía palabra. Pero, en las escenas de violencia, O le
veía espiar el rostro de Jacqueline, en busca de alguna
emoción. En él no se leía
más que un poco de repugnancia en el rictus de la boca.
Después, las acompañaba a casa y, en el coche
descubierto, con los cristales bajados, el viento de la noche y la
velocidad agitaban el cabello rubio y espeso de Jacqueline contra sus
mejillas duras, su frente pequeña y sus ojos. Ella
sacudía la cabeza para echarlo hacia atrás y lo
peinaba con la mano como hacen los muchachos. Una vez admitido que
vivía en casa de O y que O era la amante de René,
Jacqueline parecía encontrar naturales las familiaridades de
René. No oponía el menor reparo a que
René entrara en su habitación, con el pretexto de
buscar algún documento, lo cual no era verdad, y O lo
sabía, pues ella misma había vaciado los cajones
del gran secreter holandés, con flores de
marquetería y tapa forrada de piel, siempre abierta, que tan
mal armonizaba con René. ¿Por qué lo
tenía? ¿Quién se lo había
dado? Su pesada elegancia y sus maderas claras eran el único
lujo de la habitación, un tanto sombría, que se
abría a un patio, orientada al Norte y cuyas paredes color
gris acero y suelo frío encerado ofrecían un
fuerte contraste con las alegres piezas que daban al muelle. Tanto
mejor. Así Jacqueline no se sentiría a gusto.
Así se avendría más
fácilmente a compartir con O las dos habitaciones de
delante, a dormir con O, como aceptara desde el primer día
compartir el baño, la cocina, los maquillajes, los perfumes
y las comidas. Pero O se equivocaba. Jacqueline se aferraba
apasionadamente a todo aquello que le pertenecía -a su perla
rosa, por ejemplo-, pero demostraba una indiferencia absoluta hacia
todo lo que no fuera suyo. Si hubiera vivido en un palacio, no se
habría interesado por él más que si le
hubieran dicho: este palacio es tuyo y se lo hubieran demostrado con
acta notarial. Que el cuarto gris fuera acogedor o no le
tenía sin cuidado y no fue por escapar de ella por lo que se
decidió a dormir en la cama de O. Tampoco, para demostrar a
O un agradecimiento que no sentía y que, no obstante, O le
atribuyó, muy contenta de abusar de él, o
así lo creía ella. A Jacqueline le gustaba el
placer y encontraba práctico y agradable recibirlo de una
mujer entre cuyas manos no se arriesgaba a nada.
Cinco días después de deshacer sus maletas, cuyo
contenido O le ayudó a guardar en los armarios, alrededor de
las diez, cuando René las dejó en casa
después de cenar con ellas y se fue -al igual que las otras
dos veces-, Jacqueline apareció, desnuda y húmeda
todavía del baño, en el vano de la puerta de la
habitación de O y le dijo:
-¿Estás segura de que no vuelve?
Sin esperar su respuesta, se metió en la cama. Se
dejó besar y acariciar con los ojos cerrados, sin responder
ni con una sola caricia, gimiendo al principio levemente,
después más fuerte, más fuerte y, al
fin, gritando. Se quedó dormida a la luz de la
lámpara rosa, atravesada en la cama, con las rodillas
separadas, el busto un poco ladeado y las manos abiertas. Se
veía brillar el sudor entre sus senos. O la tapó
con la sábana y apagó la luz. Dos horas
después, cuando la abrazó otra vez en la
oscuridad, Jacqueline la dejó hacer, pero
murmuró:
-No me fatigues demasiado, que mañana tengo que madrugar.
Fue por aquel entonces cuando Jacqueline, además de su
profesión de maniquí, empezó a ejercer
otra profesión no menos irregular pero sí
más absorbente: había sido contratada para hacer
pequeños papeles en el cine. Era difícil
averiguar si estaba orgullosa de ello o no, o si veía en
aquello el primer paso de una carrera en la que deseara hacerse
célebre. Por la mañana, saltaba de la cama con
más rabia que brío, se duchaba, se maquillaba a
toda prisa, no aceptaba más que el tazón de
café negro que O apenas había tenido tiempo de
preparar y se dejaba besar la punta de los dedos, con una sonrisa
maquinal y una mirada llena de rencor: O, envuelta en su bata de
vicuña blanca, con el pelo cepillado y la cara lavada,
tenía el aspecto plácido del que va a volverse a
la cama. Pero no era así. O aún no se
había atrevido a explicar a Jacqueline por qué.
La verdad era que todos los días en que Jacqueline
salía de casa a la hora en que los niños van al
colegio y los empleados a la oficina, para dirigirse a los estudios de
Boulogne donde estaba rodando, O, que antes, efectivamente, se quedaba
en casa toda la mañana, se vestía a su vez para
salir.
-Os mandaré el coche -había dicho Sir Stephen-.
Primero llevará a Jacqueline a Boulogne y después
volverá para recogerte a ti.
De manera que todas las mañanas, a la hora en que el sol no
iluminaba más que las fachadas del este y las restantes
estaban frescas todavía, pero, en los jardines, las sombras
empezaban ya a acortarse bajo los árboles, O era conducida a
casa de Sir Stephen. En la calle de Poitiers aún no se
había terminado la limpieza. Nora, la mulata, llevaba a O a
la habitación en la que la primera noche Sir Stephen la
dejó llorar y dormir sola, esperaba mientras O dejaba sobre
la cama el bolso, los guantes y la ropa, lo guardaba todo en un
armario, bajo llave, le daba a O unas chinelas de charol con
tacón alto que hacían ruido al andar y la
precedía hasta el despacho de Sir Stephen,
abriéndole las puertas. O nunca se acostumbró a
aquellos preparativos y desnudarse ante aquella vieja paciente y
callada, que casi ni la miraba, le resultaba tan penoso como hacerlo
bajo la mirada de los criados de Roissy. La vieja mulata andaba sin
hacer ruido, con sus zapatillas de fieltro, como una monja. O, mientras
la seguía, no podía apartar la mirada de las dos
puntas de su delantal y, cada vez que la vieja abría una
puerta, en la empuñadura de porcelana, su mano bistre y
reseca le parecía tan dura como la madera antigua. Al mismo
tiempo, por un sentimiento absolutamente opuesto al miedo que le
inspiraba la criada de Sir Stephen -contradicción que O no
conseguía explicarse-, O sentía una especie de
orgullo de que aquella mujer (¿qué era ella para
Sir Stephen y por qué le confiaba él aquel papel
de alcahueta que tan mal le iba?) fuera testigo de que ella
también -como tantas otras quizás, a las que
también ella había conducido,
¿quién sabe?- mereciera ser utilizada por Sir
Stephen. Porque Sir Stephen la quería, sin duda, y O
comprendía que no estaba lejos el día en que
él no se limitaría ya a dejárselo
entrever sino que se lo diría, pero también, a
medida que crecían su amor y su deseo, él era
más exigente. Y así O pasaba con él
las mañanas enteras en las que, a veces, apenas la tocaba y
sólo quería que le acariciara y que se prestara a
lo que él le pedía con una actitud que no cabe
definir sino como reconocimiento, mayor todavía cuando la
petición tomaba forma de orden. Cada concesión
que le hacía era la prenda de que después se le
exigiría otra concesión. Y ella las
hacía como el que cumple con su deber. Aunque parezca
extraño, aquello la complacía. El despacho de Sir
Stephen, situado encima del salón amarillo y gris, era
más estrecho y más bajo de techo que
éste. No había canapé ni
diván, sino sólo dos sillones Regencia tapizados
de una tela de flores. En ellos se sentaba O algunas veces, pero Sir
Stephen prefería tenerla más cerca, al alcance de
la mano y, aunque no se ocupara de ella, la obligaba a sentarse en su
escritorio, a la izquierda. La mesa estaba colocada en sentido
perpendicular a la pared y O podía recostarse en las
estanterías llenas de anuarios y diccionarios. El
teléfono estaba junto a su muslo izquierdo y cada vez que el
timbre sonaba, ella tenía un sobresalto. Era ella quien
descolgaba, contestaba, decía: ¿De parte de
quién?, repetía en voz alta el nombre que le
daban y pasaba la comunicación a Sir Stephen o lo excusaba,
según el gesto que él le hiciera. Cuando la vieja
Nora anunciaba alguna visita, Sir Stephen la hacía esperar
hasta que Nora llevaba a O a la habitación donde
ésta se había desnudado y adonde Nora iba a
buscarla cuando Sir Stephen tocaba el timbre, después de
despedir a su visitante. Puesto que Nora entraba y salía del
despacho varias veces durante la mañana, ya fuera para
llevar a Sir Stephen el café o el correo, ya para abrir o
cerrar las persianas o vaciar los ceniceros, puesto que ella era la
única que podía entrar allí, y
además tenía órdenes de no llamar a la
puerta y, cuando tenía que decir algo, esperaba siempre en
silencio a que Sir Stephen le dirigiera la palabra, sucedió
que un día en que O estaba inclinada sobre el escritorio,
con la cabeza y los brazos apoyados en el cuero y el dorso expuesto,
esperando que Sir Stephen penetrara, entró Nora en el
despacho. O levantó la cabeza. Si Nora se hubiera abstenido
de mirarla, como hacía siempre, O no se hubiera movido.
Pero, esta vez, Nora buscó su mirada. Aquellos ojos negros,
brillantes y duros que no dejaban adivinar si eran indiferentes o no,
en aquel rostro arrugado e impasible, turbaron a O de tal manera que
hizo un movimiento para escapar de Sir Stephen. Él
comprendió y con una mano le oprimió la cintura
contra la mesa para que no pudiera deslizarse y con la otra la
entreabrió. Ella, que siempre se prestaba de buen grado,
ahora, a pesar suyo, se sentía rígida y cerrada y
Sir Stephen tuvo que forzarla. Y, aun después de que la
forzara, ella sentía que el esfínter se cerraba
en torno a él y Sir Stephen tuvo que hacer un esfuerzo para
penetrar en ella completamente. No se retiró de ella hasta
que pudo ir y venir sin dificultad. Después, en el momento
de volver a tomarla, dijo a Nora que esperase y que podría
llevar a O al vestidor cuando él hubiera terminado con ella.
Sin embargo, antes de dejarla marchar, besó a O en la boca
con ternura. Aquel beso fue lo que, días después,
dio a O valor para decirle que Nora le daba miedo.
-Eso espero -dijo él-. Y cuando lleves mi marca y mis
hierros, cosa que espero sea dentro de pocos días, si
tú quieres, vas a tener mayor motivo para temerla.
-¿Por qué? -preguntó O-. ¿Y
qué marca y qué hierros? Ya llevo este anillo...
-Eso es cosa de Anne-Marie. Le he prometido llevarte a su casa para que
te vea. Iremos después del almuerzo.
¿Querrás? Es una amiga mía. Ya
habrás observado que, hasta ahora, no te he presentado a
ninguno de mis amigos. Cuando salgas de sus manos, tendrás
verdaderos motivos para temer a Nora.
O no se atrevió a insistir. Aquella Anne-Marie con que ahora
la amenazaba Sir Stephen la intrigaba más que Nora. De ella
le había hablado ya Sir Stephen el día en que
almorzaron en Saint-Cloud. Y era verdad que O no conocía a
ninguna de las amistades de Sir Stephen. Vivía en
París, encerrada en su secreto, como si estuviera encerrada
en un prostíbulo. Los únicos que
conocían su secreto, René y Sir Stephen,
también tenían derecho a su cuerpo.
Pensó que la expresión de abrirse a alguien, que
quiere decir confiarse, para ella no tenía más
que un significado, literal, físico y también
absoluto, porque se abría con todas las partes de su cuerpo
que podían abrirse. Parecía también
que ésta fuera su razón de ser y que Sir Stephen,
al igual que René, así lo entendiera, ya que
cuando le hablaba de sus amigos, como había hecho en
Saint-Cloud, era para decirle que debería estar a la
disposición de todos aquellos a quienes la presentara, si la
deseaban. Pero para imaginar a Anne-Marie ni lo que Sir Stephen
esperaba de ella, O no tenía pista alguna, ni siquiera su
experiencia de Roissy. Sir Stephen le había dicho que
quería verla acariciar a una mujer.
¿Sería esto? (Pero puntualizó que se
trataba de Jacqueline...) No; no podía ser eso. "Para que te
vea", acababa de decir. Efectivamente. Pero, cuando dejó a
Anne-Marie, O tampoco sabía más.
Anne-Marie vivía cerca del Observatoire, en un apartamento
situado junto a una especie de gran estudio, en el último
piso de una casa nueva que dominaba las copas de los
árboles. Era una mujer esbelta, de la edad de Sir Stephen,
con el cabello negro veteado de gris. Tenía los ojos de un
azul tan oscuro que parecían negros. Ofreció a
Sir Stephen y a O, en unas tazas muy pequeñas, un
café muy cargado, caliente y amargo, que entonó a
O. Cuando acabó de beber y se levantó de la
butaca para dejar la taza vacía sobre un velador, Anne-Marie
la tomó por la muñeca y, volviéndose
hacia Sir Stephen, le dijo:
-¿Permite?
-Se lo ruego -respondió él.
Entonces, Anne-Marie, que hasta aquel momento no había
dirigido la palabra a O ni siquiera para saludarla cuando Sir Stephen
se la presentó, le dijo suavemente, con una sonrisa tan
dulce que daba la impresión de que le ofrecía un
regalo:
-Ven que te vea el vientre, pequeña, y las nalgas. Pero
será mejor que te desnudes.
Mientras O la obedecía, ella encendió un
cigarrillo. Sir Stephen no apartaba los ojos de O. La dejaron de pie,
quizá cinco minutos. En la habitación no
había espejo, pero O se veía reflejada en un
biombo de laca negra.
-Quítate las medias -dijo Anne-Marie de pronto-.
¿Lo ves? No debes llevar esas ligas redondas. Te
deformarás los muslos.
Y señaló con el dedo el lugar, encima de la
rodilla, en donde O se enrollaba las medias.
-¿Quién te ha hecho hacer eso?
Antes de que O pudiera responder, Sir Stephen dijo:
-Fue el muchacho que me la dio. Usted ya lo conoce, René.
Pero él aceptará su parecer.
-Bien -dijo Anne-Marie-. Te daremos unas medias muy largas y oscuras,
O, y un liguero para sujetarlas, pero un liguero con ballenas que te
ciña bien el talle.
Cuando Anne-Marie hubo llamado al timbre y una muchacha rubia y
silenciosa les llevó unas medias muy finas y negras y un
ceñidor de tafetán de nilón, armado de
largas ballenas curvadas hacia el interior en la parte del vientre y
encima de las caderas, O, siempre de pie y en equilibrio sobre uno y
otro pie, se puso las medias, que le subían hasta la ingle.
La muchacha rubia le puso el ceñidor que se cerraba sobre
una de las ballenas, en un costado, y que podía
ceñirse más o menos por medio de unos cordones
situados en la espalda, como los corseletes de Roissy. O se
abrochó las ligas, delante y a los lados, y la muchacha le
ciñó cuanto pudo. O sentía que la
cintura y el vientre se le comprimían bajo la
presión de las ballenas que por delante le llegaban casi
hasta el pubis que dejaban libre, al igual que las caderas. Por
detrás el ceñidor era mucho más corto
y dejaba las caderas completamente al descubierto.
-Así estará mucho mejor -dijo Anne-Marie a Sir
Stephen-. con la cintura más fina. Además, si no
tiene tiempo de hacer que se desnude, ya verá La muchacha
salió y O se acercó a Anne-Marie, que estaba
sentada en un sillón bajo, tapizado de terciopelo cereza.
Anne-Marie le pasó suavemente la mano por las nalgas y,
apoyándola en un taburete parecido al sillón, le
levantó y le abrió las piernas y,
después de ordenarle que no se moviera, le
pellizcó en la vulva. "Así levantan las agallas
del pescado en el mercado y los belfos de los caballos en las ferias de
ganado", se dijo O. Recordó también que, en su
primera noche en Roissy, Pierre, el criado, después de
encadenarla, había hecho lo mismo. Después de
todo, ella no se pertenecía y lo que menos le
pertenecía era esa mitad de su cuerpo que, por
así decir, podía ser utilizada independientemente
de ella. Porque, cada vez que lo comprobaba, se sentía, no
ya sorprendida, sino más convencida de ello, aunque siempre
con la misma turbación que la inmovilizaba y la libraba
menos a aquel en cuyas manos estaba que a quien la había
puesto en aquellas manos, en Roissy, a René y
aquí, ¿a quién? ¿A
René o a Sir Stephen? ¡Ah, ya no lo
sabía! Pero es que tampoco quería saberlo, porque
era a Sir Stephen a quien pertenecía desde...,
¿desde cuándo? Anne-Marie la hizo ponerse en pie
y volver a vestirse.
-Puede mandármela cuando quiera -dijo a Sir Stephen-.
Estaré en Samois - (Samois... O esperaba oír
Roissy. Pues, si no se trataba de Roissy, ¿de qué
se trataba?)- dentro de dos días. Todo irá bien.
(¿Qué era lo que iría bien?)
-Si le parece bien, dentro de diez días -dijo Sir Stephen-.
A primeros de julio.
En el coche que la llevaba a su casa, pues Sir Stephen se
había quedado en la de Anne-Marie, O recordó una
estatua que había visto en el jardín de
Luxemburgo siendo niña: era de una mujer con el talle
así ceñido y que parecía
más frágil todavía por lo abultado de
sus senos y de las caderas. Estaba inclinada hacia delante, para
mirarse en un estanque, también de mármol,
esculpido a sus pies. Daba la impresión de que el
mármol iba a romperse. Si Sir Stephen lo deseaba... A
Jacqueline podría decirle que era un capricho de
René. O volvió a sentir entonces una
preocupación que trataba de rehuir cada vez que
volvía de casa de Sir Stephen y que le extrañaba
que no fuera más intensa: ¿porqué,
desde que Jacqueline vivía con ella, René
procuraba, no ya dejarlas solas, lo cual era comprensible, sino no
quedarse él a solas con O? Se acercaba el mes de julio, en
que él debía salir de viaje, no podría
ir a verla a casa de aquella Anne-Marie adonde la enviaría
Sir Stephen, ¿tenía ella que resignarse a no
verlo más que las noches en que las invitaba a Jacqueline y
a ella, o bien -y ella no sabía qué le resultaba
más desconcertante (ya que entre los dos no
existían sino aquellas relaciones esencialmente falsas por
lo limitadas)- alguna que otra mañana, en casa de Sir
Stephen, cuando Nora le hacía entrar en el despacho,
después de anunciarle? Sir Stephen le recibía
siempre, René siempre besaba a O, le acariciaba la punta de
los senos, hacía planes con Sir Stephen para el
día siguiente, planes en los que ella no figuraba, y se
marchaba. ¿La había entregado a Sir Stephen hasta
el extremo de dejar de amarla? ¿Qué
pasaría si no la amaba ya? O estaba tan aturdida por el
pánico, que, maquinalmente, bajó del coche en el
muelle, delante de su casa, en lugar de seguir en él, y
echó a correr para parar un taxi. Hay pocos taxis en el
muelle de Béthune. O siguió corriendo hasta el
bulevar Saint-Germain y aún tuvo que esperar. Sudaba jadeaba
porque el ceñidor le cortaba la respiración,
cuando, por fin, un taxi dobló la esquina de calle del
Cardinal-Lemoine. Le hizo una seña, dio la
dirección de la oficina de René y
subió, sin saber si René estaría ni si
querría recibirla. Nunca labia estado allí. No la
sorprendió el gran inmueble, situado en una calle
perpendicular a los Campos Elíseos, ni los despachos de
estilo americano, sino la actitud de René, quien, sin
embargo, la recibió inmediatamente. No es que se mostrara
agresivo ni con aire de reproche. Ella hubiera preferido sus reproches,
pues, al fin y al cabo, él no le había dado
permiso para que fuera a molestarle tal vez lo molestaba, y mucho.
Despidió a la secretaria y le dijo que no le pasara ninguna
visita ni llamada telefónica. Después
preguntó a O qué sucedía.
-Tuve miedo de que ya no me amaras -le lijo O.
Él se echó a reír.
-¿Así de repente?
-Sí, en el coche, al regresar de."
-¿Al regresar de dónde?
O guardó silencio.
Él volvió a reír.
-¡Qué tonta eres! Si ya lo sé. De casa
de Anne-Marie. Y dentro de diez días te vas a Samois. Sir
Stephen acaba de llamarme por teléfono.
René estaba sentado en el único sillón
confortable de la habitación, situado frente a la mesa, y O
se acurrucó entre sus brazos.
-Me es igual lo que hagan conmigo -le dijo-... Pero dime si me amas
todavía.
-Te amo, mi vida -dijo René-. Pero quiero que me obedezcas y
me obedeces muy mal. ¿Le has dicho a Jacqueline que
pertenecías a Sir Stephen o le has hablado de Roissy?
O le aseguró que no. Jacqueline aceptaba sus caricias, pero
el día en que supiera que O... René no la
dejó terminar, la puso en pie, la apoyó contra el
sillón del que acababa de levantarse y le alzó la
falda.
-¡Ah, el ceñidor! -exclamó-. Desde
luego, estarás mucho mejor con el talle más fino.
Después la tomó y a O le parecía que
hacía tanto tiempo desde la última vez que
comprendió que, en el fondo, había dudado de si
él la deseaba todavía e, ingenuamente, vio en
aquello una prueba de amor.
-¿Sabes? -le preguntó él a
continuación-. Eres una estúpida al no querer
hablar con Jacqueline. La necesitamos en Roissy y, en el fondo,
sería más cómodo que la llevaras
tú. Además, cuando vuelvas de casa de Anne-Marie
ya no podrás seguir ocultándole tu verdadera
condición.
O le preguntó por qué.
-Ya lo verás. Te quedan todavía cinco
días. Porque Sir Stephen tiene la intención de
volver a azotarte cinco días antes de enviarte a casa de
Anne-Marie y seguramente te quedarán señales.
¿Cómo vas a justificarlas ante Jacqueline?
O no respondió.
Lo que René no sabía es que Jacqueline no se
interesaba en O más que por la pasión que O le
demostraba y nunca la miraba. Aunque tuviera el cuerpo lleno de marcas
de latigazos, le bastaría con no bañarse en
presencia de Jacqueline y ponerse un camisón. Jacqueline no
vería nada. No había advertido que O no llevaba
slip, no se daba cuenta de nada: O no le interesaba.
-Óyeme -insistió René-, le
dirás una cosa y se la dirás en seguida: y es que
la quiero.
-¿Es verdad eso? -preguntó O.
-Quiero poseerla -dijo René-, y como tú no puedes
o no quieres hacer nada, yo haré lo que tenga que hacerse.
-Ella nunca querrá ir a Roissy -dijo O.
-¿Que no? Bien, pues la obligaremos.
Aquella noche, cuando Jacqueline se acostó y O
apartó la sábana para mirarla a la luz de la
lámpara, después de decirle que René
la quería, porque se lo dijo, y se lo dijo en seguida, O,
que un mes antes, ante la idea de ver aquel cuerpo tan
frágil y esbelto castigado por el látigo, aquel
vientre estrecho, abierto, la boca tan pura gritando y la pelusa de las
mejillas pegada por las lágrimas, se sintiera horrorizada,
repitió la última frase de René y se
estremeció de alegría.
Jacqueline se marchó para no volver antes de principios de
agosto, si la película se terminaba, por lo que nada
retenía a O en París. Se acercaba julio, los
jardines estallaban de geranios rojos, todos los toldos orientados al
Sur estaban bajados, René suspiraba que tenía que
ir a Escocia. Durante un instante, O esperó que la llevara
consigo. Pero, además de que nunca la llevaba cuando iba a
ver a su familia, sabía que la cedería a Sir
Stephen si éste la reclamaba. Sir Stephen dijo que el
día en que René tomara el avión para
Londres él iría a buscar a O. Ella estaba de
vacaciones.
-Iremos a casa de Anne-Marie -le dijo-. Ella te espera. No lleves
equipaje. No necesitarás nada.
No la llevó al apartamento del Observatoire, sino a una casa
baja situada en el fondo de un gran jardín, en el linde del
bosque de Fontainebleau. O llevaba el ceñidor que tan
necesario consideraba Anne-Marie y cada día lo apretaba un
poco más, ahora casi se le podía abarcar la
cintura entre las manos, Anne-Marie estaría contenta. Cuando
llegaron, eran las dos de la tarde, la casa dormía y el
perro ladró débilmente al oír la
campanilla: un gran boyero de Flandes de pelo rugoso que
husmeó las rodillas de O, bajo el borde de la falda.
Anne-Marie estaba sentada bajo un haya púrpura, al borde del
césped que, en un ángulo del jardín,
quedaba frente a los balcones de su habitación. No se
levantó.
-Aquí está O -dijo Sir Stephen-. Ya sabe lo que
hay que hacer. ¿Cuándo estará lista?
Anne-Marie miró a O.
-¿No le ha dicho nada? Bien, empezaremos en seguida.
Habrá que contar diez días. Supongo que
deseará ponerle las anillas y las iniciales usted mismo,
¿no? Vuelva dentro de quince días.
Después, puede quedar todo listo al cabo de otros quince
días.
O quiso decir algo, preguntar.
-Un momento, O -dijo Anne-Marie-. Ve a la habitación de
delante y desnúdate. Déjate sólo las
sandalias y vuelve.
La habitación estaba vacía, una
habitación grande, blanca, con cortinas de lienzo de Jouy
color violeta. O dejó el bolso, los guantes y la ropa en una
silla baja, al lado de una de las puertas del armario. No
había espejo. Volvió a salir lentamente,
deslumbrada por el sol hasta llegar a la sombra del haya. Sir Stephen
seguía de pie delante de Anne-Marie, con el perro a sus
pies. Los cabellos negros y grises de Anne-Marie brillaban como si
estuvieran untados de aceite. Vestía de blanco, con
cinturón de charol y sandalias también de charol
que dejaban al descubierto las uñas de los pies, pintadas de
rojo, como las de las manos.
-O, arrodíllate delante de Sir Stephen -dijo.
O se arrodilló, con los brazos cruzados a la espalda y los
senos temblorosos. El perro fue a lanzarse sobre ella,
-Aquí, Turc-dijo Anne-Marie-. O, ¿consientes en
llevar las anillas y las iniciales con que Sir Stephen desea marcarte,
sin saber cómo te serán impuestas?
-Sí -respondió O.
-Entonces acompañaré a Sir Stephen.
Quédate donde estás.
Sir Stephen se inclinó y tomó a O por los senos
mientras Anne-Marie se levantaba de su tumbona. Le besó los
labios y murmuró:
-¿Eres mía, O, eres realmente mía?
Luego se alejó detrás de Anne-Marie. La verja se
cerró. Anne-Marie regresaba. O estaba sentada sobre sus
talones, con los brazos descansando en las rodillas, como una estatua
egipcia.
Vivían en la casa otras tres muchachas que ocupaban sendas
habitaciones del primer piso. A O le dieron un pequeño
dormitorio de la planta baja, contiguo al de Anne-Marie. Anne-Marie las
llamó al jardín. Las tres iban desnudas, al igual
que O. En aquel gineceo cuidadosamente oculto por las altas tapias del
jardín y los postigos cerrados a una calle polvorienta, las
únicas que iban vestidas eran Anne-Marie y las criadas: una
cocinera y dos camareras mayores que Anne-Marie, austeras con sus
grandes faldas de alpaca negra y delantales almidonados.
-Se llama O -dijo Anne-Marie, que había vuelto a sentarse-.
Acércamela, que la vea mejor.
Dos de las muchachas pusieron en pie a O. Eran morenas, con el pelo tan
negro como su vello público, y los pezones largos y casi de
color violeta. La tercera era pequeña, llena y pelirroja. En
la piel cretácea de su pecho se veía un espantoso
entramado de venas verdes. Las dos muchachas empujaron a O hacia
Anne-Marie, quien señaló con el dedo las tres
rayas negras que le cruzaban la parte delantera de los muslos y las
posaderas.
-¿Quién te ha azotado? -le preguntó-.
¿Sir Stephen?
-Sí -respondió O. - ¿Cuándo
y con qué?
-Hace tres días, con una fusta.
-Durante un mes, a partir de mañana, no se te
azotará. Pero hoy sí, para señalar el
día de tu llegada. En cuanto haya terminado de examinarte.
¿Sir Stephen nunca te ha azotado el interior de los muslos,
con las piernas abiertas? ¿No? Los hombres no entienden. En
seguida verás. Enséñame la cintura.
¡Ah, eso está mejor! -Anne-Marie le apretaba la
cintura, para afinársela más aún.
Después envió a la pelirroja a buscar otro
ceñidor y ordenó que se lo pusiera.
También era de nilón negro y tan armado de
ballenas que parecía un ancho cinturón de cuero.
No tenía ligas. Una de las muchachas morenas se lo
ató. Anne-Marie le ordenó que lo apretara con
todas sus fuerzas.
-Es terrible -dijo O.
-Precisamente -dijo Anne-Marie-. Así estás mucho
más bonita; pero no te lo apretabas lo suficiente. Ahora lo
llevarás así todos los días. Ahora
dime cómo prefería Sir Stephen servirse de ti.
Necesito saberlo.
Asía a O por el vientre y O no podía responder.
Dos de las muchachas se habían sentado en el suelo. La
tercera, una morena, a los pies de la tumbona de Anne-Marie.
-Tumbadla -ordenó Anne-Marie a las muchachas-. Quiero verla
bien.
O fue derribada y las dos muchachas la entreabrieron.
-Es evidente -dijo Anne-Marie-. No hace falta que contestes. Es en el
dorso donde hay que marcarte. Levántate. Ahora te pondremos
las pulseras. Colette, trae la caja. Vamos a echar a suertes
quién tiene que azotarte. Colette traerá las
fichas. Después iremos a la sala de música.
Colette era la más alta de las dos muchachas morenas. La
otra se llamaba Claire y la pequeña pelirroja, Yvonne. O no
se había fijado en que todas llevaban, como en Roissy, una
gargantilla y pulseras de cuero en las muñecas y
también en los tobillos. Cuando Yvonne le hubo puesto las
pulseras de su medida, Anne-Marie entregó a O cuatro fichas
y le dijo que entregara una a cada una de ellas sin mirar el
número que tenían grabado. O
distribuyó las fichas. Las tres muchachas las miraron sin
decir nada, esperando que hablara Anne-Marie.
-Tengo el dos -dijo Anne-Marie-. ¿Quién tiene el
uno?
Lo tenía Colette.
-Llévate a O. Es tuya.
Colette cogió los brazos de O y le unió las
muñecas a la espalda con ayuda de las anillas. Luego la
empujó ante ella. En el umbral de una puertaventana que se
abría a un ala perpendicular a la fachada principal, Yvonne,
que las precedía, le quitó las sandalias a O. La
puerta-ventana iluminaba una habitación cuyo lecho formaba
como una especie de rotonda elevada. La cúpula, apenas
esbozada, estaba sostenida al principio del arco por dos estrechas
columnas, situadas a dos metros una de otra. El estrado, elevado sobre
cuatro escalones, se prolongaba entre las columnas en un saliente
redondeado. El suelo de la rotonda, al igual que el del resto de la
habitación, estaba cubierto por una alfombra de fieltro
rojo. Las paredes eran blancas, las cortinas de las ventanas, rojas, y
los divanes dispuestos en derredor de la rotonda, rojos como la
alfombra. En la parte rectangular de la sala, más ancha que
profunda, había una chimenea y, frente a la chimenea, un
gran aparato de radio con tocadiscos y estanterías de discos
a cada lado. Por eso la llamaban la sala de música. Por una
puerta situada cerca de la chimenea, comunicaba directamente con la
habitación de Anne-Marie. La puerta simétrica era
de un armario. No había más muebles que los
divanes y el tocadiscos. Mientras Colette hacía sentar a O
en el reborde del estrado que en su parte central estaba cortado a
pico, pues las escaleras quedaban a derecha e izquierda de las
columnas, las otras dos muchachas cerraban la puerta-ventana,
después de haber entornado las persianas. O
advirtió entonces con sorpresa que la puerta-ventana era
doble y Anne-Marie le dijo riendo:
-Es para que no se oigan tus gritos. Las paredes están
forradas de corcho. Fuera no se oye nada de lo que pasa
aquí. Échate.
La tomó por los hombros, la colocó sobre el
fieltro rojo y la echó un poco hacia delante. Las manos de O
se aferraban al borde del estrado, donde Yvonne las sujetó a
una anilla y sus riñones quedaron en el vacío.
Anne-Marie le obligó a doblar las rodillas sobre el pecho y
después O sintió que le tensaban las piernas:
unas correas enganchadas a los tobillos las sujetaban a las columnas
por encima de su cabeza, de tal manera que lo único que se
veía de su cuerpo era el surco de su vientre y sus nalgas
abiertas. Anne-Marie le acarició el interior de los muslos.
-Es la parte del cuerpo en la que la piel es más fina
-dijo-. No hay que estropearla. Ten cuidado, Colette.
Colette estaba encima de ella, con un pie a cada lado de su cintura, y,
en el puente que formaban sus piernas morenas, O veía los
cordones del látigo que tenía en la mano. A los
primeros golpes, que le quemaron en el vientre, O gimió.
Colette pasaba de la derecha a la izquierda, se paraba,
volvía. O se debatía con todas sus fuerzas,
creía que las correas le desgarrarían la piel. No
quería suplicar, no quería pedir clemencia. Pero
Anne-Marie deseaba dominarla.
-Más aprisa -dijo a Colette- y más fuerte.
O se puso rígida, pero en vano. Al cabo de un minuto,
cedía a los gritos y a las lágrimas, mientras
Anne-Marie le acariciaba el rostro.
-Un poco más y todo habrá terminado.
Sólo cinco minutos. Puedes gritar durante cinco minutos. Son
y veinticinco Colette, terminarás a la media, cuando te
avise.
Pero O chillaba no, no por piedad, no podía más,
no podía soportar aquel suplicio ni un segundo
más. Sin embargo, lo soportó hasta el final y
cuando Colette bajó del estrado. Anne-Marie le
sonrió.
-Dame las gracias -dijo a O.
Y O le dio las gracias. Sabía bien por qué
Anne-Marie había querido hacerla azotar de entrada. Ella
nunca dudó que una mujer pudiera ser tan cruel y
más implacable que un hombre. Pero O pensaba que Anne-Marie
buscaba, menos que manifestar su poder, establecer entre ella y O una
complicidad. O nunca comprendió el porqué, pero
había tenido que reconocer como verdad innegable el signo
contradictorio de sus sentimientos: le gustaba la idea del suplicio,
mientras lo sufría, hubiera traicionado al mundo entero para
sustraerse a él, pero cuando se terminaba estaba contenta de
haberlo sufrido y tanto más contenta cuanto más
largo y cruel hubiera sido. Anne-Marie no se había dejado
engañar por el consentimiento ni por la rebelión
de O y sabía que su agradecimiento no era ficticio. De todos
modos, su decisión había tenido un tercer motivo
que entonces le explicó. Quería demostrar a todas
las muchachas que entraban en su casa para vivir en un mundo
exclusivamente femenino, que su condición de mujer no
perdería un ápice de su importancia porque no
tuviera contacto más que con otras mujeres, sino que, por el
contrario, quedaría realzada, agudizada. Por este motivo
exigía que las muchachas estuvieran siempre desnudas; la
forma en que O había sido azotada, así como la
postura en que la habían atado, tampoco tenían
otra finalidad. Hoy O permanecería el resto de la tarde
-otras tres horas- con las piernas abiertas y levantadas, expuesta
sobre el estrado, de cara al jardín, deseando constantemente
poder juntar las piernas. Mañana sería Claire,
Colette o Yvonne quien ocupara aquel lugar. Era un proceso demasiado
lento y minucioso (como la manera de aplicar el látigo) para
ser empleado en Roissy. Pero ya vería O lo eficaz que era.
Cuando fuera devuelta a Sir Stephen, además de llevar los
anillos y las marcas, sería más amplia y
profundamente esclava de lo que imaginaba.
A la mañana siguiente, después del desayuno,
Anne-Marie dijo a O y a Yvonne que la siguieran a su
habitación. Allí tomó del escritorio
un cofre de cuero verde que puso sobre la cama y lo abrió.
Las muchachas se sentaron a sus pies.
-¿No te ha dicho nada Yvonne? -preguntó
Anne-Marie a O.
Ésta movió la cabeza negativamente.
¿Qué tenía Yvonne que decirle?
-Y Sir Stephen tampoco, me consta. Pues bien, éstas son las
anillas que él desea que lleves.
Eran unas anillas de hierro mate inoxidable, como el de la sortija
forrada de oro. Eran gruesas como un lápiz de color y
ovaladas. Parecían gruesos eslabones de una cadena.
Anne-Marie mostró a O que cada una estaba formada por dos
piezas en forma de U que encajaban entre sí.
-Éste es sólo el modelo de prueba. Se puede
quitar. El definitivo tiene un resorte interior que hay que forzar para
que penetre en la ranura, donde queda bloqueado. Una vez puesto no se
puede quitar si no es con una lima.
Cada anilla tenía una longitud similar a las dos falanges
del dedo meñique, el cual podía pasarse por su
interior. De cada una pendía, como otro eslabón,
o como pende de un pendiente una anilla que debe quedar en el mismo
plano que la oreja, prolongándola, un disco del mismo metal
tan ancho como larga era la anilla. En una de sus caras, un triskel
incrustado en oro, en la otra, nada.
-En esta cara se grabará tu nombre, el nombre y
título de Sir Stephen y, debajo, un látigo y una
fusta cruzados. Yvonne lleva un disco parecido en el collar. Pero
tú lo llevarás en el vientre.
-Pero... -dijo O.
-Ya sé -atajó Anne-Marie-. Por eso he
traído a Yvonne. Enseña el vientre, Yvonne.
La pelirroja se levantó del suelo y se tumbó en
la cama.
Anne-Marie le abrió los muslos y mostró a O que
uno de los lóbulos de su vientre estaba perforado de parte a
parte en el centro de su base. La anilla de hierro pasaría
por el orificio con exactitud.
-Dentro de un momento te perforaré a ti, O -dijo
Anne-Marie-. No es nada, lo que cuesta más tiempo es poner
las grapas para suturar la epidermis de encima con la mucosa de debajo.
Es menos doloroso que el látigo.
-¿Sin dormirme? -exclamó O temblando.
-Eso jamás -respondió Anne-Marie-.
Sólo te ataremos un poco más fuerte que ayer. Es
suficiente. Vamos.
Ocho días después Anne-Marie quitaba a O las
grapas y le ponía la anilla de prueba. Por ligero que fuera
-más de lo que parecía, pues estaba hueco-,
pesaba. Aquel duro metal que se veía perfectamente penetrar
en la carne, parecía un instrumento de tortura.
¿Qué sería cuando le pusieran la
segunda anilla, que aumentaría su peso? Aquel
bárbaro aparato saltaría a la vista.
-Desde luego -dijo Anne-Marie cuando O le hizo este comentario-.
¿Comprendes ya lo que desea Sir Stephen? Cualquiera que, en
Roissy o en cualquier otra parte, te levante la falda, verá
inmediatamente sus anillas en tu vientre y, si te hacen dar la vuelta,
su marca en tus riñones. Tal vez algún
día puedas limar las anillas. Pero la marca no
podrás borrarla nunca.
-Yo creía que los tatuajes podían borrarse -dijo
Colette.
Fue ella quien, sobre la piel blanca de Yvonne, encima del
triángulo del vientre, tatuó en letras azules,
rameadas como las de los bordados, las iniciales del dueño
de Yvonne.
-O no será tatuada -respondió Anne-Marie.
O la miró. Colette e Yvonne callaban, desconcertadas.
Anne-Marie titubeaba.
-Vamos, dígalo -la animó O.
-Pobrecita, no me atrevía a hablarte de ello: tú
serás marcada con hierros. Sir Stephen me los
mandó hace dos días.
-¿Hierros? -preguntó Yvonne.
-Hierros candentes.
Desde el primer día, O compartió la vida de la
casa. La ociosidad era absoluta y deliberada y las distracciones,
monótonas. Las muchachas podían pasear por el
jardín, leer, dibujar, jugar a las cartas y hacer
solitarios, dormir o tomar el sol para broncearse. A veces, pasaban
horas hablando juntas o de dos en dos o sentadas a los pies de
Anne-Marie, en silencio. Las comidas eran parecidas, la cena se
servía a la luz de las velas, el té en el
jardín, y resultaba absurdo ver la naturalidad con que las
dos criadas servían a aquellas muchachas desnudas, sentadas
en torno a una mesa de ceremonia. Por la noche, Anne-Marie designaba a
la que dormiría con ella, que a veces era la misma durante
varias noches seguidas. La acariciaba y se hacía acariciar
por ella hasta el amanecer. Después, la despedía
y se dormía. Las cortinas violeta, corridas sólo
a medias, teñían de malva la primera luz del
día. Decía Yvonne que Anne-Marie estaba hermosa y
altiva en el placer y era incansable en sus exigencias. Ninguna la
había visto completamente desnuda. Ella se limitaba a abrir
o levantar el camisón de punto de nilón blanco,
pero no se lo quitaba. Ni el placer que pudiera haber experimentado
durante la noche ni su elección de la víspera
influían sobre la decisión de la tarde, que
siempre se echaba a suertes. A las tres, bajo el haya
púrpura a cuya sombra se agrupaban las butacas de
jardín en torno a una mesa redonda de piedra blanca,
Anne-Marie sacaba la copa con los dados. Cada muchacha tomaba un dado.
La que sacaba el número más bajo era llevada a la
sala de música y atada al estrado como lo fuera O (quien
estaba eximida hasta su marcha). La muchacha debía entonces
designar la mano derecha o la mano izquierda de Anne-Marie en la que
ésta tenía una bola blanca o una bola negra, al
azar. Negra, la muchacha era azotada; blanca, no lo era. Anne-Marie
nunca hacía trampas, ni aunque el azar condenara o liberara
a la misma muchacha durante varios días seguidos.
Así, el suplicio de la pequeña Yvonne, que
lloraba llamando a su amante, fue repetido cuatro días. Sus
muslos, veteados de verde como su pecho, se unían a lo largo
de una franja de carne sonrosada, perforada por la gruesa anilla de
hierro que resultaba tanto más impresionante por cuanto que
Yvonne estaba completamente depilada.
-Pero, ¿por qué? -preguntó O-.
¿Y por qué la anilla, si el disco lo llevas en el
collar?
-Dice que depilada estoy más desnuda. La anilla me parece
que es para atarme.
Los ojos verdes .de Yvonne y su rostro pequeño y triangular
le recordaban a Jacqueline. ¿Iría Jacqueline a
Roissy? Algún día pasaría por aquella
casa y sería atada al estrado.
"No quiero -se decía O-, no quiero y no haré nada
para traerla. Demasiado le he dicho ya. Jacqueline no está
hecha para ser golpeada ni marcada."
Pero ¡qué bien le iban a Yvonne los hierros y los
golpes! ¡Qué grato su sudor y qué dulce
hacerla gemir! Porque Anne-Marie, en dos ocasiones y sólo
cuando se trataba de Yvonne, le había dado el
látigo a O, ordenándole que la golpeara. La
primera vez, O vaciló. Al primer grito de Yvonne,
retrocedió; pero cuando volvió a golpearla e
Yvonne gritó de nuevo, con más fuerza,
sintió que un placer terrible la embargaba, tan intenso que
se reía a pesar suyo y tenía que dominarse para
espaciar los golpes y no acelerar el ritmo. Después se
había quedado cerca de Yvonne todo el tiempo que
ésta había permanecido atada,
besándola de vez en cuando. Sin duda, en cierto modo se
parecía a ella. Por lo menos, eso creía
Anne-Marie, a juzgar por su actitud. ¿Era el silencio de O,
su docilidad, lo que la tentaba? Apenas se cicatrizaron las heridas de
O, le dijo:
-¡Cuánto siento no poder hacerte azotar! Cuando
vuelvas... De todos modos, te abriré todos los
días.
Y todos los días, cuando desataban a la muchacha que
estuviera en la sala de música, O ocupaba su lugar hasta que
sonaba la llamada para la cena. Y Anne-Marie tenía
razón: era verdad que durante aquellas dos horas no
podía pensar más que en el anillo cuyo peso
sentía sobre el vientre y que pesaba mucho más
ahora, con el segundo eslabón, y en que estaba abierta. En
nada que no fuera su esclavitud o las marcas de su esclavitud. Una
tarde, Claire, que entraba del jardín con Colette, se
acercó a O e hizo girar los anillos. Todavía no
había en ellos ninguna inscripción.
-¿Fue Anne-Marie quien te llevó a Roissy?
-preguntó.
-No -respondió O.
-A mí me llevó hace dos años. Vuelvo
allí pasado mañana.
-Pero, ¿no perteneces a nadie? -preguntó O.
-Claire me pertenece a mí -dijo Anne-Marie, que entraba en
aquel momento-. Mañana por la mañana llega tu
dueño, O. Esta noche dormirás conmigo.
La noche era corta; pronto empezó lentamente a clarear y,
hacia las cuatro de la madrugada, el día borraba a las
últimas estrellas. O, que dormía con las rodillas
juntas, despertó al sentir entre los muslos la mano de
Anne-Marie. Pero Anne-Marie sólo quería
despertarla para que O la acariciara. Sus ojos brillaban en la penumbra
y sus cabellos grises, salpicados de hebras negras, cortos y erizados
por la almohada, le daban aspecto de gran señor exiliado, de
libertino valeroso. O rozó con los labios la dura punta de
sus senos y, con la mano, el surco del vientre. Anne-Marie se
rindió en seguida, pero no a O. El placer al que
abría los ojos, con la cara vuelta hacia la luz del
día, era anónimo e impersonal, del cual O no era
más que el instrumento. A Anne-Marie le era indiferente que
O admirara su rostro terso y rejuvenecido y su hermosa boca jadeante,
le era indiferente que O la oyera gemir al aprisionar con los dientes y
los labios la cresta de carne oculta en el surco de su vientre. Se
limitó a coger a O por el cabello para atraerla con
más fuerza contra sí y no la soltó
sino para decirle:
-Otra vez.
Así había amado O a Jacqueline. La tuvo,
abandonada, entre los brazos. La poseyó, o, por lo menos,
eso creía ella. Pero la identidad de movimientos no
significa nada. O no poseía a Anne-Marie. Nadie
poseería a Anne-Marie. Anne-Marie exigía las
caricias sin preocuparse de lo que sintiera el que la acariciaba, y se
entregaba con una libertad insolente. Sin embargo, estuvo
cariñosa con O, le besó la boca y los senos y la
tuvo abrazada una hora antes de despedirla. Le había quitado
los anillos.
-Son las últimas horas en que podrás dormir sin
hierros. Los que te pondremos después, no podrás
quitártelos.
Acarició suave y largamente las nalgas de O y la
llevó a la habitación en la que se
vestía, la única de la casa que tenía
un espejo de tres cuerpos, siempre cerrado. Lo abrió para
que O pudiera verse.
-Ésta es la última vez que te ves intacta -le
dijo-. En esta parte, lisa y redonda, serás marcada con las
iniciales de Sir Stephen, a ambos lados. La víspera de tu
marcha, te pondré otra vez ante el espejo y no te
reconocerás. Pero Sir Stephen tiene razón. Vete a
la cama, O.
Pero la angustia le impidió dormir y cuando, a las diez,
entró Colette a buscarla, tuvo que ayudarla a
bañarse y peinarse y pintarle los labios. O temblaba de pies
a cabeza. Había oído abrirse la puerta: Sir
Stephen había llegado.
-Ven, O -le dijo Yvonne-. Él te espera.
El sol estaba ya muy alto, ni un soplo de aire movía las
hojas del haya: parecía un árbol de cobre. El
perro, abrumado por el calor, yacía al pie del
árbol y como el sol no estaba todavía
detrás de la zona más espesa de su copa, se
filtraba a través de la única rama que a aquella
hora proyectaba sombra sobre la mesa: la piedra estaba sembrada de
manchas claras y tibias. Sir Stephen se hallaba de pie,
inmóvil, al lado de la mesa, y Anne-Marie, sentada, junto a
él.
-Aquí la tiene -dijo Anne-Marie cuando Yvonne hubo conducido
a O hasta donde él estaba-. Los anillos pueden colocarse
cuando usted quiera. Ya ha sido taladrada.
Sin responder, Sir Stephen atrajo a O hacia sí, la
besó en la boca y, levantándola en vilo, la
depositó sobre la mesa y se quedó inclinado sobre
ella.
Volvió a besarla, le acarició las cejas y el
cabello y dijo a Anne-Marie, irguiéndose:
-Ahora mismo, si no tiene inconveniente.
Anne-Marie abrió la caja de cuero que estaba sobre un
sillón y entregó a Sir Stephen las anillas
abiertas que llevaban los nombres de O y de él.
-Adelante -dijo Sir Stephen.
Yvonne le levantó las rodillas y O sintió en la
carne el frío del metal que Anne-Marie introducía
en ella. En el momento de insertar la segunda parte de la anilla,
Anne-Marie procuró que la cara con la
incrustación de oro quedara contra el muslo y la otra cara
hacia el interior. Pero el resorte era tan duro que los hierros no se
engarzaban. Hubo que enviar a Yvonne a buscar un martillo. Entonces
enderezaron a O y la colocaron, con las piernas separadas, sobre el
reborde de piedra, que hizo las veces de yunque, en el que,
alternativamente, apoyaron el extremo de cada eslabón y
golpearon sobre el otro extremo para remacharlos. Sir Stephen miraba
sin decir palabra. Cuando terminó la operación,
dio las gracias a Anne-Marie y ayudó a O a ponerse en pie.
Ella advirtió entonces que estos hierros eran mucho
más pesados que los que llevara provisionalmente los
días anteriores. Pero éstos eran definitivos.
-Ahora la marca, ¿verdad? -dijo Anne-Marie a Sir Stephen.
Él movió afirmativamente la cabeza y
sujetó por la cintura a O, que se tambaleaba. Ahora no
llevaba el corselete negro, pero éste la había
comprimido tan bien que parecía que iba a romperse, de tan
esbelta. Las caderas parecían más redondeadas y
lo senos más abultados. En la sala de música, a
la que, siguiendo a Anne-Marie y a Yvonne, Sir Stephen llevó
a O casi en volandas, estaban Claire y Colette, sentadas en el estrado.
Al verles entrar, se levantaron. Sobre el estrado, había un
gran hornillo redondo con una boca. Anne-Marie sacó las
correas del armario y mandó atar fuertemente a O por la
cintura y las corvas, con el vientre aplastado contra una de las
columnas. Le ataron también las manos y los pies. Aturdida
por el miedo, sintió que la mano de Anne-Marie
señalaba el lugar de sus nalgas donde tenían que
aplicarle el hierro, oyó el silbido de una llama y, en
silencio absoluto, una ventana que se cerraba. Hubiera podido volver la
cabeza y mirar. No tenía fuerzas. Un dolor insoportable la
traspasó, lanzándola contra las ligaduras,
rígida y chillando, y nunca supo quién le
había hundido en la carne de las nalgas los dos hierros
candentes a la vez, qué voz fue la que, lentamente,
contó hasta cinco, ni quién dio la
señal para que se los retiraran. Cuando la desataron,
cayó en los brazos de Anne-Marie y, antes de que todo
acabara de dar vueltas a su alrededor y se oscureciera, antes de perder
el conocimiento, aún tuvo tiempo de entrever, entre dos
oleadas de noche, el rostro lívido de Sir Stephen.
Sir Stephen llevó a O a París diez
días antes del final de julio. Los hierros que traspasaban
el lóbulo izquierdo de su vientre y llevaban una
inscripción que decía que ella era propiedad de
Sir Stephen, le llegaban hasta la tercera parte del muslo y se
movían entre sus piernas a cada paso como el badajo de una
campana, pues el disco grabado era más pesado y
más largo que la anilla de la que colgaba. Las marcas
impresas por el hierro candente, de tres dedos de alto y la mitad de
ancho, estaban grabadas en la carne, como a escoplo, casi a un
centímetro de profundidad. Sólo con rozarlas se
notaban. Por aquellos hierros y aquellas marcas O sentía un
orgullo disparatado. Si Jacqueline hubiera estado allí, en
lugar de tratar de disimular, como había hecho con las
marcas de los latigazos que Sir Stephen le había infligido
durante los últimos días antes de su marcha,
hubiera corrido a buscarla para enseñárselos.
Pero Jacqueline no tenía que regresar hasta ocho
días después. René tampoco estaba.
Durante aquellos ocho días, O, a petición de Sir
Stephen, se encargó varios vestidos de playa y trajes de
noche muy ligeros. No le permitió más que
variantes de dos modelos: uno cerrado de arriba abajo por una
cremallera (O tenía ya alguno parecido) y el otro compuesto
por falda acampanada que pudiera levantarse con un solo movimiento, un
corselete que le subía hasta los senos y un bolero abrochado
hasta el cuello. Bastaba que se quitara el bolero para que los hombros
y los senos quedaran desnudos o, sin quitárselo,
sólo desabrocharlo, si se quería ver los senos.
En el traje de baño no había ni que pensar. O no
podía llevar bañador: se le hubieran salido los
hierros por debajo. Sir Stephen le dijo que aquel verano, cuando se
bañara, lo haría desnuda. O había
podido darse cuenta de que a él le gustaba, en todo momento,
cuando la tenía cerca, aunque en aquel momento no la
deseara, asirla por el vientre y tirarle del vello, abrirla y hurgarla
largamente con la mano.
El placer que sentía O cuando ella así palpaba a
Jacqueline, húmeda y ardiente, con la mano, le
hacía comprender el placer de Sir Stephen. Era natural que
no quisiera que algo se lo dificultara.
Con los twills rayados o de lunares, gris y blanco y azul marino y
blanco que O eligió, con falda plisada soleil y bolero
ajustado y cerrado o los vestidos más sobrios en
cloqué de nilón negro, apenas maquillada, sin
sombrero, con el pelo suelto, O tenía aspecto de jovencita
formal. Dondequiera que Sir Stephen la llevaba, la tomaban por su hija
o por su sobrina, máxime, dado que él la tuteaba
y ella le hablaba de usted. Solos los dos en París, paseando
por las calles y mirando escaparates, o por los muelles polvorientos
por falta de lluvia, veían sin asombro que los que se
cruzaban con ellos les sonreían como se sonríe a
las personas felices. A veces, Sir Stephen la atraía hacia
un portal oscuro con olor a sótano para besarla y decirle
que la quería. O hundía sus altos tacones en la
parte baja de la puerta. Al fondo, se veía un patio de
vecindad con ropa tendida en los balcones. En uno de ellos, una
muchacha rubia los miraba fijamente. Un gato se les paseaba entre las
piernas. Pasearon por los Gobelins, por Saint-Marcel, calle Mouffetard,
el Temple y la Bastilla. Un día, Sir Stephen, bruscamente,
la hizo entrar en un mísero hotel de paso en el que el
conserje, al principio, quería hacerles llenar la ficha y
luego les dijo que para una hora no valía la pena. El papel
de la habitación era azul con grandes peonías
doradas, la ventana daba a un patio interior que olía a
basura. Por débil que fuera la bombilla de la cabecera de la
cama, se veían sobre el mármol de la chimenea un
poco de polvo de arroz volcado y unas horquillas. En el techo, encima
de la cama, un gran espejo.
Una sola vez, Sir Stephen invitó a almorzar con O a dos
compatriotas que estaban de paso. Fue a buscarla una hora antes de lo
acordado, al muelle Béthune, en lugar de esperarla en su
casa. O estaba bañada, pero no peinada, ni maquillada, ni
vestida. Vio, sorprendida, que Sir Stephen traía en la mano
una bolsa de palos de golf. Pero la sorpresa pasó pronto:
Sir Stephen le dijo que abriera la bolsa. Dentro había
varias fustas de cuero, dos de cuero rojo bastante gruesas, dos muy
finas y largas de cuero negro, un látigo de flagelante con
tres largas correas de cuero verde, rizadas en el extremo, otro
látigo con cordones anudados, un látigo de perro
formado por una gruesa correa de cuero con el mango trenzado,
brazaletes de cuero como los de Roissy y cuerdas. O lo dispuso todo,
bien ordenado, encima de la cama. Por mucha costumbre o firmeza que
tuviera, estaba temblando. Sir Stephen la abrazó:
-¿Qué prefieres, O? -le preguntó.
Pero ella casi no podía hablar y sentía que el
sudor le corría por las axilas.
-¿Qué prefieres? -insistió
él-. Está bien, aunque no quieras hablar, me
ayudarás.
Le pidió clavos y, después de buscar la manera de
cruzar látigos y fustas para formar una
decoración, indicó a O que el tablero de madera
adosado a la pared entre el espejo y la chimenea, frente a la cama,
sería el sitio más indicado para colocarlos. Puso
los clavos. Los látigos y las fustas tenían
anillas en el extremo del mango por las que podían colgarse
con facilidad. Con los látigos, las fustas, los brazaletes y
las cuerdas, O tendría así, frente a su cama, la
panoplia completa de sus instrumentos de tortura. Era una hermosa
panoplia, tan armoniosa como la rueda y las tenazas que se ven en los
cuadros que representan a santa Catalina mártir, como el
martillo, los clavos, la corona de espinas y el flagelo de los cuadros
de la Pasión. Cuando volviera Jacqueline... Precisamente, se
trataba de Jacqueline. Había que responder a la pregunta de
Sir Stephen. O no podía hacerlo. Él mismo tuvo
que elegir y eligió el látigo para perros.
En La Perouse, en un minúsculo reservado del segundo piso,
en el que los personajes estilo Watteau de las paredes, de colores
pálidos y un poco borrosos, parecían actores de
teatro de muñecas, O fue colocada en el diván,
sola, con uno de los amigos de Sir Stephen a su derecha y el otro a su
izquierda, en sendos sillones, y Sir Stephen, enfrente. A uno de los
hombres lo había visto en Roissy, pero no recordaba haberle
pertenecido. El otro era un muchacho alto, pelirrojo, de ojos grises,
que no tendría ni veinticinco años. Sir Stephen,
en dos palabras, les dijo por qué había invitado
a O y lo que ella era. Una vez más, al escucharle, O se
asombró de la brutalidad de su lenguaje. Pero,
¿cómo quería ella que la llamara sino
puta, si, en presencia de tres hombres, sin contar a los camareros que
entraban y salían, pues la comida no había
terminado, consentía en abrirse el cuerpo del vestido para
mostrar los senos, con la punta maquillada y cruzados por marcas
violáceas de la fusta? La comida fue muy larga y los dos
ingleses bebieron mucho. A la hora del café, cuando
sirvieron los licores, Sir Stephen apartó la mesa y,
después de levantar la falda de O para que sus amigos vieran
cómo la había taladrado y marcado, la
dejó con ellos. El hombre que había conocido en
Roissy acabó en seguida. Sin levantarse del
sillón ni tocarla, le ordenó que se arrodillara
ante él, le tomara el miembro entre las manos y se lo
acariciara hasta que él pudiera derramarse en su boca.
Después, la obligó a abrocharle y se fue. Pero el
joven pelirrojo, trastornado por la sumisión de O, las
anillas y las laceraciones que había visto en su cuerpo, en
lugar de abalanzarse sobre ella como O esperaba, la tomó por
la mano, le hizo bajar la escalera sin una mirada siquiera a las
sonrisas burlonas de los camareros y la llevó en taxi a su
hotel. No la dejó marchar hasta la noche, después
de haberle surcado frenéticamente el vientre y el dorso, que
dejó magullados, por lo ancho y rígido que era,
enloquecido por la posibilidad que se le ofrecía por primera
vez en su vida de penetrar en una mujer doblemente y de hacerse besar
por ella del modo que acababa de presenciar (algo que él
nunca se había atrevido a pedir a nadie). Al día
siguiente, a las dos, cuando O llegó a casa de Sir Stephen,
que la había mandado llamar, lo encontró con cara
triste y envejecido.
-O, Eric se ha enamorado locamente de ti -le dijo-. Esta
mañana ha venido a suplicarme que te dé la
libertad y a decirme que quiere casarse contigo. Quiere salvarte. Ya
ves lo que te hago si eres mía, O, y si eres mía
no puedes negarte, pero ya sabes que en todo momento puedes negarte a
ser mía. Así se lo he dicho. Volverá a
las tres.
O se echó a reír.
-¿No es ya un poco tarde para eso? -preguntó-.
Los dos están locos. Si Eric no hubiera venido esta
mañana, ¿qué habríamos
hecho usted y yo esta tarde? ¿Habríamos salido a
pasear? Pues vámonos a pasear. ¿O usted no me
habría llamado? Entonces me marcho...
-No -dijo Sir Stephen-; te hubiera llamado, O, pero no para salir a
pasear. Quería...
-Siga.
-Ven. Así será más fácil.
Se levantó y abrió una puerta situada en la pared
frente a la chimenea, simétrica a la de entrada al despacho.
O siempre había creído que era una puerta de
armario, condenada. Vio un pequeño gabinete
recién pintado y tapizado de seda granate, la mitad del cual
estaba ocupado por un estrado redondeado con dos columnas,
idéntico al estrado de Samois.
-Las paredes y el techo están forrados de corcho, la puerta
acolchada y hay doble ventana, ¿no?
Sir Stephen movió afirmativamente la cabeza.
-¿Y desde cuándo...?
-Desde que regresaste.
-Entonces, ¿por qué...?
-¿Por qué he esperado hasta hoy? Porque esperaba
que pasaras por otras manos además de las mías.
Ahora te castigaré por ello. Nunca te he castigado, O.
-Soy suya -dijo O-. Castígueme. Cuando venga Eric...
Una hora después, al ver a O grotescamente esparrancada
entre las dos columnas, el joven palideció,
balbuceó y desapareció. O pensaba no volver a
verle. Lo encontró en Roissy, a finales de setiembre, donde
la exigió tres días seguidos y la
maltrató salvajemente.
IV. LA LECHUZA
O no acertaba
a comprender que hubiera habido un tiempo en el que dudara en hablar a
Jacqueline de lo que René, acertadamente, llamaba su
verdadera condición. Ya le había dicho Anne-Marie
que cuando saliera de su casa habría cambiado. Pero ella no
creía que pudiera cambiar tanto. Le parecía
perfectamente natural, con Jacqueline otra vez en casa, más
radiante y más fresca que nunca" no esconderse ya para
bañarse ni para vestirse- De todos modos, Jacqueline
prestaba tan poca atención a todo aquello que no fuera ella
misma, que hasta dos días después de su llegada,
al entrar de improviso en el cuarto de baño en el momento en
que O, al salir de la bañera, hizo tintinear en el esmalte
del borde los hierros de su vientre, no reparó en el disco
que colgaba entre las piernas de O ni en las marcas de los latigazos
que le cruzaban los muslos y los senos.
-¿Qué tienes ahí? -le
preguntó.
-Ha sido Sir Stephen -respondió O. Y
añadió, como si fuera lo más natural-:
René me entregó a él y él
me ha hecho poner una placa con su nombre. Mira.
Mientras se secaba con el albornoz, se acercó a Jacqueline
quien, de la impresión, se sentó en el taburete
lacado, para permitirle tocar el disco y leer la
inscripción. Después, se quitó el
albornoz, se volvió y señaló con la
mano la S y la H que tenía grabadas en las nalgas:
-También me hizo marcar con sus iniciales. Lo
demás son golpes de fusta. Generalmente, me azota
él mismo; pero hay veces en que me hace azotar por su criada
negra.
Jacqueline la miraba sin pronunciar palabra. O se echó a
reír y fue a darle un beso. Jacqueline, asustada, la
rechazó y huyó hacia el dormitorio. O
acabó de secarse tranquilamente, se perfumó y se
cepilló el pelo. Se puso el ceñidor, las medias y
las chinelas y cuando, a su vez, entró en el dormitorio, su
mirada se tropezó en el espejo con la de Jacqueline que
estaba peinándose sin darse cuenta de lo que
hacía.
-Apriétame el ceñidor -le dijo-. Parece que te
asombra. ¿No te lo ha contado René, a pesar de
estar enamorado de ti?
-No lo entiendo -dijo Jacqueline. Y, revelando de entrada
qué era lo que más la sorprendía,
añadió-: Pareces estar orgullosa. No lo entiendo.
-Cuando René te lleve a Roissy lo comprenderás.
¿Ya te acuestas con él?
Una oleada de sangre invadió la cara de Jacqueline que
movió negativamente la cabeza con tan poca naturalidad que O
volvió a echarse a reír.
-Mientes, querida. Eres estúpida. Tienes perfecto derecho a
acostarte con él. Pero ése no es motivo para que
me rechaces. Deja que te acaricie. Te hablaré de Roissy.
¿Temía Jacqueline que O le hiciera una violenta
escena de celos y cedió porque se sentía
aliviada, o fue por curiosidad, para obtener explicaciones de O, o,
simplemente, porque le gustaban la paciencia, la lentitud y la
pasión con que O la acariciaba? Lo cierto es que
cedió.
-Cuenta -dijo después a O.
-Sí; pero antes bésame la punta de los senos. Ya
es hora de que empieces a acostumbrarte, si quieres servir de algo a
René.
Jacqueline obedeció y obedeció tan bien que hizo
gemir a O.
-Cuenta -insistió.
Por fiel y claro que fuera el relato de O y pese a que ella misma era
prueba material de cuanto decía, a Jacqueline le
pareció delirante.
-¿Y vas a volver en setiembre? -le preguntó.
-Cuando regresemos del Mediodía. Yo misma te
llevaré. O te llevará René.
-Ya me gustaría verlo -dijo Jacqueline-. Pero verlo nada
más.
-Desde luego. Es posible -dijo O que estaba convencida de lo contrario;
pero se decía que si ella podía convencer a
Jacqueline para que cruzara la verja de Roissy, Sir Stephen se lo
agradecería. Después, bastarían los
criados, las cadenas y los látigos para enseñarla
a obedecer. Ella sabía ya que en la casa que Sir Stephen
había alquilado cerca de Cannes donde ella debía
pasar el mes de agosto con René, Jacqueline y con
él y también con la hermana menor de Jacqueline
que ésta había pedido permiso para llevar consigo
-no porque quisiera hacerle un favor, sino porque su madre la atosigaba
para que convenciera a O- sabía que la habitación
que ella ocuparía y en la que Jacqueline no
podría negarse a dormir por lo menos la siesta, cuando
René no estuviera, estaba separada de la
habitación de Sir Stephen por un tabique que
parecía macizo y no lo era, sino que consistía en
un enrejado calado y bastaba levantar una cortina para ver y
oír lo que ocurría al otro lado con la misma
claridad como si estuviera uno de pie al lado de la cama. Jacqueline
estaría expuesta a la mirada de Sir Stephen mientras O la
acariciaba y cuando se enterase ya sería demasiado tarde. O
se complacía en pensar que traicionaría a
Jacqueline, pues se sentía insultada al ver que Jacqueline
despreciaba aquella condición de esclava marcada y azotada,
de la que O tan orgullosa se sentía.
O nunca había estado en el Mediodía. El cielo
azul y fijo, el mar que apenas se movía, los pinos
inmóviles bajo el sol, todo le pareció hostil y
mineral.
-No son árboles de verdad -decía tristemente
mirando los aromáticos bosques llenos de jaras y
madroños, en los que todas las piedras y hasta los
líquenes estaban tibios al tacto.
-El mar no huele a mar -decía también.
Le reprochaba que no escupiera más que alguna que otra alga
amarillenta parecida al estiércol de caballo, que fuera
demasiado azul y que lamiera la orilla siempre en el mismo sitio. Pero
en el jardín de la casa, que era una antigua granja
remozada, se estaba lejos del mar. A derecha e izquierda, unas tapias
altas protegían de los vecinos; el ala de la servidumbre
daba al patio de entrada, en la otra fachada y la fachada del
jardín en la que estaba la habitación de O que se
abría directamente a una terraza situada en el primer piso,
estaba orientada al Este. La copa de unos grandes laureles negruzcos
rozaba las tejas árabes que servían de parapeto a
la terraza. Un encañizado la protegía del sol de
mediodía y las baldosas rojas del suelo eran iguales a las
de la habitación. Salvo la pared que separaba la
habitación de O de la de Sir Stephen -y era la pared de una
gran alcoba delimitada por un arco y separada del resto de la
habitación por una especie de barrera parecida a la
barandilla de una escalera, de madera torneada-, las restantes estaban
encaladas. Las gruesas alfombras blancas extendidas sobre las baldosas
eran de algodón y las cortinas, de lienzo amarillo y blanco.
Había dos butacas cubiertas de la misma tela y colchones
camboyanos azules, plegadas en tres. Completaban el mobiliario una
hermosa cómoda de nogal estilo Regencia y una mesa campesina
larga y estrecha, de madera clara, encerada, brillante como un espejo.
O colgaba su ropa en un ropero. La cómoda le
servía de tocador. A la pequeña Natalie la
habían instalado cerca de la habitación de O y
por las mañanas, a la hora en que sabía que O
tomaba su baño de sol en la terraza, iba a reunirse con ella
y se tumbaba a su lado. Era una muchachita muy blanca, de miembros
redondeados y, sin embargo, esbelta, con ojos rasgados como los de su
hermana, aunque negros y brillantes, que le daban aspecto de china. Su
negro cabello estaba cortado formando un espeso flequillo y en
línea recta, a ras de la nuca, detrás.
Tenía unos senos pequeños, firmes y
trémulos y unas caderas de niña, apenas curvadas.
También ella vio a O por sorpresa, al salir corriendo a la
terraza donde creía encontrar a su hermana. O estaba sola,
tendida boca abajo en uno de los colchones. Pero lo que repugnaba a
Jacqueline a ella le hizo sentir envidia y deseo. Interrogó
a su hermana. Las respuestas con que Jacqueline creía
escandalizarla, al contarle todo lo que O le había referido,
no hicieron cambiar los sentimientos de Natalie, sino al contrario. Se
había enamorado de O. Consiguió callarlo durante
más de una semana, hasta un domingo por la tarde, en que se
las ingenió para quedarse a solas con O.
Hacía menos calor que de costumbre. René, que
había estado nadando durante parte de la mañana,
dormía en el sofá de una habitación
fresca de la planta baja. Jacqueline, molesta al ver que
prefería dormir, se reunió con O en su alcoba. El
mar y el sol la habían dorado todavía
más: su cabello, sus cejas, sus pestañas, el
vello del vientre y las axilas parecían espolvoreados de
plata y, como no iba en absoluto maquillada, sus labios
tenían el mismo tono rosado que la carne del surco de su
vientre. Para que Sir Stephen -cuya presencia invisible, se
decía O, ella hubiera adivinado, presentido, percibido, de
haber estado en el lugar de Jacqueline-, para que Sir Stephen pudiera
verla bien, O procuró levantarle las piernas varias veces y
mantenérselas abiertas a plena luz: la lámpara de
la mesita de noche estaba encendida. Los postigos estaban cerrados y la
habitación, casi a oscuras, pese a las rayas de luz que se
filtraban a través de las rendijas de la madera. Jacqueline
gimió más de una hora con las caricias de O y, al
fin, con los senos erguidos, los brazos levantados, apretando los
barrotes de la cabecera de la cama estilo italiano, empezó a
gritar cuando O, separando los lóbulos orlados de
pálido vello, mordió lentamente la cresta de
carne sobre la que se unían, entre los muslos, los finos y
suaves labios. O la sentía arder, rígida bajo su
lengua y la hizo gritar sin pausa hasta que se distendió
bruscamente, con todos los resortes rotos, húmeda de placer.
Luego, la envió a su habitación, donde se
durmió; pero estaba ya despierta y arreglada cuando, a las
cinco, René fue a buscarla para salir al mar con Natalie en
un pequeño bote de vela, como solían hacer a
última hora de la tarde, aprovechando la suave brisa que
entonces se levantaba.
-¿Dónde está Natalie?
-preguntó René.
Natalie no estaba en su habitación ni en la casa. La
llamaron por el jardín. René se acercó
al bosque de encinas que se extendía a
continuación del jardín. Nadie
contestó.
-Seguramente, ya estará en la cala -dijo René-. O
en el bote.
Se fueron sin volver a llamarla. Fue entonces cuando O, que estaba
tumbada en una hamaca en la terraza, vio a través de la
balaustrada a Natalie que corría hacia la casa. Se
levantó y se puso la bata, pues hacía
aún mucho calor y estaba desnuda. Se anudaba el
cinturón cuando entró Natalie hecha una furia y
se arrojó sobre ella.
-¡Ya se fue! ¡Por fin se fue! -gritó-.
Le he oído. O, os he oído a las dos. Estuve
escuchando detrás de la puerta. Tú la besas y la
acaricias. ¿Por qué no me acaricias a
mí? ¿Por qué no me besas?
¿Es porque soy morena y no soy bonita? Ella no te quiere, O,
y yo sí. -Y se echó a llorar.
"Ah, vamos", se dijo O. Hizo sentar a la niña en un
sillón y sacó de la cómoda un
pañuelo grande. (Era de Sir Stephen.) Cuando los sollozos de
Natalie se hubieron calmado un poco, le enjugó las
lágrimas. Natalie le pidió perdón y le
besó las manos.
-Aunque no quieras besarme, O, deja que me quede a tu lado. Quiero
estar siempre a tu lado. Si tuvieras un perro, dejarías que
estuviera a tu lado. Si no quieres besarme y prefieres pegarme,
pégame, pero no me eches.
-Calla, Natalie, no sabes lo que dices -murmuró O en voz
baja.
La pequeña, también en voz baja y
abrazándose a las rodillas de O, respondió:
-Oh, sí lo sé muy bien. La otra
mañana, te vi en la terraza, vi las iniciales y los morados.
Y me ha dicho Jacqueline...
-¿Qué te ha dicho?
-Dónde estuviste. O, y lo que te hacían.
-¿Te ha hablado de Roissy?
-Y también me ha dicho que tú... que
tú estabas...
-¿Que yo estaba...?
-Que llevas unas anillas de hierro.
-Sí. ¿Y qué más?
-Pues que Sir Stephen te azota todos los días.
-Sí, y va a venir en seguida. Márchate, Natalie.
Natalie no se movió de su asiento, levantó la
cara hacia O, y O vio la adoración que había en
sus ojos.
-Enséñame, O, te lo ruego. Quiero ser como
tú. Haré todo lo que me digas.
Prométeme que cuando vuelvas a ese sitio que dice
Jacqueline, me llevarás contigo.
-Eres demasiado joven -dijo O.
-No soy demasiado joven -gritó Natalie, furiosa-. Tengo
más de quince años. No soy demasiado joven.
Pregunta a Sir Stephen -porque él entraba en aquel momento.
Natalie obtuvo permiso para quedarse junto a O y la promesa de que la
llevarían a Roissy. Pero Sir Stephen prohibió a O
que le enseñara caricia alguna, que la besara, aunque fuera
en la boca y que se dejara besar por ella. Quería que
llegara a Roissy sin haber sido tocada por las manos ni por los labios
de nadie. Por el contrario, ya que ella quería estar siempre
con O, exigió que no se apartara de ella ni un instante, que
viera cómo O acariciaba a Jacqueline y cómo le
acariciaba y se entregaba a él, y cómo era
azotada por él y por la vieja Nora. Los besos con que O
cubría a su hermana, la boca de O sobre la boca de su
hermana, hacían temblar a Natalie de celos y de odio. Pero
cuando, acurrucada sobre la alfombra, en la alcoba, al pie de la cama
de O, como la pequeña Dinarzade al pie de la cama de
Scheherezade, veía a O atada a la balaustrada de madera
retorcerse bajo la fusta, a O de rodillas recibir humildemente en la
boca el grueso miembro erguido de Sir Stephen, a O, prosternada,
separarse las nalgas con sus propias manos para ofrecerle el camino de
su dorso, Natalie no sentía más que
admiración, impaciencia y envidia.
Tal vez O se fió demasiado de la indiferencia y la
sensualidad de Jacqueline, tal vez Jacqueline, ingenuamente,
consideró que prestarse a O podía hacer peligrar
sus relaciones con René, lo cierto es que se
retiró bruscamente. Hacia la misma época,
pareció que empezaba a querer distanciarse de
René, con quien pasaba casi todas las noches y todos los
días. Nunca tuvo hacia él la actitud de la
enamorada. Le miraba fríamente y cuando le
sonreía, la sonrisa no llegaba a los ojos. Aun admitiendo
que se abandonara a él como se abandonaba a O, lo cual era
probable, O estaba convencida de que aquel abandono no
comprometía a Jacqueline a gran cosa. A René, por
el contrario, se le veía ciego de deseo ante ella,
paralizado por un amor que él no había conocido
hasta entonces, un amor lleno de inquietud, inseguro de ser
correspondido y temeroso de desagradar. Vivía y
dormía en la misma casa que Sir Stephen, en la misma casa
que O, comía, cenaba, salía y paseaba con Sir
Stephen y con O, y hablaba con ellos y, sin embargo, ni los
veía ni los oía. Veía, oía,
hablaba a través de ellos, más allá de
ellos, tratando constantemente de alcanzar, en un esfuerzo mudo y
agotador, parecido a los esfuerzos que se hacen en sueños
para saltar en el tranvía que arranca, para asirse al
parapeto del puente que se hunde, tratando de alcanzar la
razón de ser, la verdad de Jacqueline que debían
de existir en algún lugar dentro de su piel dorada, como,
bajo la porcelana, el mecanismo que hace llorar a las
muñecas. "Ya está aquí -se
decía O-, ya está aquí el
día que tanto temía yo, el día en que
yo no fuera para René más que la sombra de una
vida pasada. Y ni siquiera estoy triste, sólo siento
lástima de él, y puedo verlo a diario sin que me
duela que ya no me desee, sin amargura, sin pesar. Y, sin embargo, hace
sólo unas semanas corrí a suplicarle que me
dijera que me quería. ¿Era esto mi amor, algo tan
frágil, tan consolable? Pero ni siquiera estoy consolada: si
soy feliz. ¿Bastaba, pues, que me diera a Sir Stephen para
que me desligara de él y entre unos brazos nuevos naciera a
un nuevo amor?" Pero, ¿qué era René al
lado de Sir Stephen? Cuerda de heno, amarra de paja, cadenas de corcho,
éstos eran los símbolos de los lazos con que
había querido sujetarla él, para desecharla tan
pronto. Pero, i qué seguridad, qué delicia la
anilla de hierro que taladra la carne y pesa siempre, la marca que
nunca se borrará, la mano de un amo que te tiende un lecho
de roca, el amor de un dueño que sabe apoderarse sin piedad
de aquello que ama! Y O se decía que, a fin de cuentas, no
había amado a René sino para aprender lo que era
el amor y saber darse mejor, esclavizada y colmada, a Sir Stephen. Pero
al ver a René -que tan libre fuera con ella y a quien ella
amaba por su libertad- moverse como envarado, como andando por el agua,
con las piernas enredadas entre las hierbas de un estanque que parece
inmóvil pero está cruzado por corrientes
profundas, inflamaba a O de odio hacia Jacqueline. ¿Lo
adivinó René o lo dejó traslucir ella,
imprudente? Cometió un error. Una tarde, fueron las dos a
Cannes a la peluquería y después se sentaron en
la terraza de la Réserve. Jacqueline, con
pantalón pirata y jersey de lino negro, extinguía
a su alrededor hasta la lozanía de los niños, tan
lisa, dorada, dura y clara aparecía bajo el pleno sol, tan
insolente, tan hermética. Dijo a O que tenía una
cita con el director que había rodado en París,
para unos exteriores, probablemente en las montañas situadas
detrás de Saint-Paul-de-Vence. Allí estaba el
muchacho, derecho y decidido. No hacía falta que hablara.
Que estaba enamorado de Jacqueline era evidente. No había
más que ver cómo la miraba.
¿Qué tenía de sorprendente? Lo
sorprendente era Jacqueline. Recostada en uno de los grandes sillones
basculantes de la terraza, le escuchaba hablar de fechas, de citas y de
la dificultad de encontrar el dinero necesario para terminar la
película. Tuteaba a Jacqueline, quien respondía
con movimientos de cabeza, entornando los ojos. O estaba sentada frente
a ella y el muchacho, entre las dos. No tuvo la menor dificultad en
observar que Jacqueline, con los ojos entornados y al amparo de los
párpados inmóviles, espiaba el deseo del
muchacho, como hacía siempre, creyendo que nadie lo notaba.
Pero lo asombroso era verla turbada por él, con los brazos a
lo largo del cuerpo, sin sombra de sonrisa, grave como nunca la viera O
ante René. Una sonrisa de apenas un segundo, cuando O se
inclinó hacia delante para dejar en la mesa el vaso de agua
helada y sus miradas se cruzaron, hizo comprender a O que Jacqueline se
sabía descubierta. Pero no parecía inquieta. Fue
O la que enrojeció.
-¿Tienes calor? -preguntó Jacqueline-, En cinco
minutos nos vamos. Además, te sienta muy bien.
Después, volvió a sonreír, pero esta
vez con tan tierno abandono, levantando los ojos hacia su interlocutor,
que parecía imposible que éste no se abalanzara a
besarla. Pero no. Él era demasiado joven para saber el
impudor que hay en la inmovilidad y el silencio. Dejó que
Jacqueline se levantara, le tendiera la mano y le dijera
adiós. Ya lo llamaría. Él se
despidió también de la sombra que para
él había sido O y, de pie en la acera, vio
alejarse el "Buick" negro por la avenida, entre las casas, que el sol
quemaba, y el mar excesivamente azul. Las palmeras parecían
recortadas de hojalata, los transeúntes, muñecos
de cera mal fundida, animados por un mecanismo absurdo.
-¿Tanto te gusta? -preguntó O a Jacqueline cuando
el coche salía de la ciudad y tomaba por la carretera de la
cornisa alta.
-¿Te importa? -repuso Jacqueline.
-Importa a René -afirmó O.
-Algo que importa a René y a Sir Stephen y, si no he
comprendido mal, a otros varios, es que estas muy mal sentada. Vas a
arrugarte el vestido.
O no se movió.
-Y también creía -prosiguió
Jacqueline- que nunca debías cruzar las rodillas.
Pero O no la escuchaba. ¿Qué le importaban las
amenazas de Jacqueline? ¿Imaginaba que amenazando con
denunciarla por esta falta venial impediría que ella la
denunciara a René? No sería por falta de ganas si
no lo hacía. Pero René no podría
soportar la idea de que Jacqueline le mentía o de que
quería disponer de sí misma por su propia cuenta.
¿Cómo hacer creer a Jacqueline que si O callaba
sería para no ver a René perder la cara,
palidecer por otra que no era ella y, tal vez, tener la debilidad de no
castigarla? ¿Más aún, que
sería por temor de ver volver contra ella la
cólera de René, por ser portadora de malas
noticias y delatora? ¿Cómo decir a Jacqueline que
ella callaría sin que pareciera que deseaba hacer un trato
de toma y daca con ella? Porque Jacqueline imaginaba que O
tenía un miedo espantoso, un miedo que le helaba la sangre,
de lo que le harían si Jacqueline hablaba.
Bajaron del coche en el patio de la casa sin volver a dirigirse la
palabra. Jacqueline, sin mirar a O, arrancó un geranio
blanco junto a la fachada. O la seguía lo bastante cerca
para percibir el olor fino y penetrante de la hoja aplastada entre sus
dedos. ¿Creía que así disimulaba el
olor del sudor que le pegaba al cuerpo el lino del jersey y le
ponía unas manchas más oscuras en los sobacos?
René estaba solo en la gran sala de baldosas rojas y paredes
encaladas.
-Os habéis retrasado -les dijo cuando entraron-. Sir Stephen
te espera aquí al lado -añadió
dirigiéndose a O-. Te necesita. No está muy
contento.
Jacqueline se echó a reír y O la miró
y enrojeció.
-Podríais haber elegido otro momento -dijo René,
interpretando equivocadamente la risa de Jacqueline y el sonrojo de O.
-No es eso -dijo Jacqueline-. ¿No sabías que tu
hermosa y obediente amiga no es tan obediente cuando tú no
estás? Fíjate qué arrugado tiene el
vestido.
O estaba de pie en medio de la sala, de cara a René.
Él le dijo que se volviera, pero ella no pudo moverse.
-Además, cruza las rodillas -continuó
Jacqueline-. Pero eso no se nota, desde luego. Y tampoco, que trata de
conquistar a los chicos.
-Eso no es verdad -gritó O-. ¡Si has sido
tú!
O saltó sobre Jacqueline y René la
sujetó en el momento en que iba a golpearla. Se
debatía entre sus manos, por el placer de sentirse la
más débil, estar a su merced, cuando, al levantar
la cabeza, vio a Sir Stephen en la puerta, mirándola.
Jacqueline había retrocedido hasta el diván, con
su pequeño rostro endurecido por el miedo y la
cólera y O sintió que René, aunque
ocupado sujetándola a ella, sólo estaba pendiente
de Jacqueline. Dejó de debatirse y, desesperada al verse
pillada en falta por Sir Stephen, repitió, ahora en voz
baja:
-No es verdad. Juro que no es verdad.
Sin una palabra, sin una mirada para Jacqueline, Sir Stephen hizo una
seña a René para que soltara a O, y a O le
indicó que pasara. Pero, al otro lado de la puerta, O
sintió que la empujaba hacia la pared, que le
asía el vientre y los senos y le abría la boca
con la lengua y gimió de felicidad y de alivio. La punta de
sus senos se endurecía bajo la mano de Sir Stephen. Con la
otra mano, él le palpaba tan rudamente el vientre que ella
pensó que iba a des mayarse. ¿Se
atrevería a decirle algún día que no
había placer, ni alegría, ni fantasía
que pudiera compararse con la felicidad que sentía por la
libertad con que él se servía de ella, por la
idea de que no le guardaba ningún miramiento ni
ponía límite a la forma en que buscaba el placer
en su cuerpo? La certeza que tenía de que cuando
él la tocaba, ya fuera para acariciarla o para golpearla,
que cuando le ordenaba algo era únicamente porque lo
deseaba, la certeza de que él no pensaba más que
en su propio placer, colmaba a O de tal manera que, cada vez que
tenía prueba de ello, o solamente cada vez que lo pensaba,
se abatía sobre ella una capa de hierro, una coraza ardiente
que le iba desde los hombros hasta las rodillas. Allí, de
pie, apoyada contra la pared, con los ojos cerrados, murmurando que lo
quería, cuando no le faltaba el aliento, sentía
que las manos de Sir Stephen, aunque frescas como una fuente sobre su
fuego, la hacían arder más todavía.
Él se apartó suavemente, dejó caer su
falda sobre sus muslos húmedos y cerró el bolero
sobre sus senos erguidos.
-Ven conmigo, O. Te necesito -le dijo.
Entonces, al abrir los ojos, O descubrió que en la
habitación había alguien más. Aquella
gran pieza desnuda y encalada, parecida a la sala de la entrada, se
abría también al jardín y, en la
terraza que precedía al jardín, sentado en un
sillón de mimbre, con un cigarrillo entre los labios,
había una especie de gigante calvo, enorme vientre que le
tensaba la camisa desabrochada y el pantalón de lino, que
miraba a O. Se levantó y se acercó a Sir Stephen,
que empujaba suavemente a O ante él. O vio que de una
cadenita que asomaba del bolsillo del reloj colgaba el disco de Roissy.
Sir Stephen se lo presentó cortes-mente, aunque sin darle
otro nombre que el Comandante y, por primera vez desde que trataba con
los afiliados de Roissy (aparte Sir Stephen), O tuvo la sorpresa de ver
que le besaban la mano. Entraron los tres en la sala, dejando el
balcón abierto. Sir Stephen se acercó a la
chimenea del ángulo y llamó. Encima de la mesa
china, al lado del diván, O vio la botella de whisky, el
sifón y los vasos. Entonces no era para pedir bebida. Vio
también, en el suelo, cerca de la chimenea, una gran caja de
cartón blanco. El hombre de Roissy se había
sentado en un sillón de mimbre y Sir Stephen, de lado en la
mesa redonda, balanceando una pierna. O, a quien indicaron el
diván, se sentó dócilmente,
después de levantarse la falda. Sentía en los
muslos el suave piqué de algodón de la funda
provenzal. Entró Nora. Sir Stephen le dijo que desnudara a O
y se llevara sus ropas. O se dejó quitar el bolero, la
falda, el ceñidor que le apretaba el talle y las sandalias.
En cuanto la hubo desnudado Nora salió y O, sumida de nuevo
en el automatismo de la regla de Roissy, segura de que Sir Stephen no
deseaba de ella más que absoluta docilidad, se
quedó de pie en medio de la sala, con los ojos bajos. En
esta actitud, adivinó más que vio a Natalie
entrar por el balcón abierto, vestida de negro como su
hermana, descalza y callada. Seguramente Sir Stephen había
hablado ya de Natalie, pues ahora se limitó a
presentársela al visitante, quien no hizo comentario alguno,
y pedirle que sirviera bebidas. En cuanto ella hubo repartido whisky,
seltz y hielo (y, en aquel silencio, el simple tintineo de los cubitos
de hielo en el cristal hacía un ruido estremecedor), el
Comandante, con el vaso en la mano, se levantó del
sillón de mimbre en el que permaneció sentado
mientras desnudaban a O y se acercó a ella. O
creyó que con la mano libre le cogería un seno o
el vientre. Pero no la tocó, contentándose con
mirarla muy de cerca, desde la boca entreabierta hasta las rodillas
ligeramente separadas. Dio la vuelta en derredor, atento a sus senos,
sus muslos, sus caderas. Aquella atención sin una palabra,
la presencia de aquel cuerpo gigantesco tan cerca trastornaba a O de
tal modo que no sabía si deseaba huir de él o,
por el contrario, que la tumbara y la aplastara. Estaba tan azorada que
levantó los ojos hacia Sir Stephen, en demanda de socorro.
Él comprendió, sonrió, se
acercó a ella y tomándole las dos manos en una de
las suyas, se las unió a la espalda. Ella se
apoyó en él, con los ojos cerrados y fue en un
sueño o, lo menos, en el crepúsculo de un
duermevela de agotamiento, como cuando, siendo niña, al
salir de una anestesia oyó hablar de ella a las enfermeras
que la creían aún dormida, de sus cabellos, de su
tez pálida, de su vientre liso en el que apenas asomaba una
pelusa, oyó ahora que el desconocido felicitaba a Sir
Stephen, elogiando sus senos abultados, su cintura delgada y las
anillas más gruesas y más largas de lo
acostumbrado. Entonces se enteró también de que
seguramente Sir Stephen había prometido prestarla la semana
siguiente, pues el hombre le daba las gracias. Y entonces Sir Stephen,
tomándola por la nuca, le dijo suavemente que despertara y
que subiera a su habitación y le esperase allí
con Natalie.
¿Merecía la pena sentirse tan turbada y que
Natalie, loca de alegría por la idea de ver a O abierta por
otro que no fuera Sir Stephen, bailara a su alrededor una especie de
danza piel roja gritando:
-¿Crees que te entrará también en la
boca, O? ¿No te has fijado cómo te miraba la
boca? ¡Ah, qué suerte tienes de que te deseen
así! Seguro que te golpea con el látigo. Tres
veces ha mirado las marcas. Por lo menos, durante ese tiempo no
pensarás en Jacqueline.
-¡Pero si no estoy pensando continuamente en Jacqueline!
-dijo O-. Eres estúpida.
-No; no soy estúpida y sé muy bien que la echas
de menos.
Era verdad, pero no del todo. Lo que O echaba de menos no era
Jacqueline, sino un cuerpo de muchacha con el que pudiera hacer lo que
quisiera. De no haberlo tenido prohibido, hubiera tomado a Natalie y lo
único que le impedía quebrantar la
prohibición era la certeza de que, dentro de unas semanas,
le entregarían a Natalie en Roissy y que sería
ante ella, por ella y gracias a ella como Natalie sería
entregada. Ardía por suprimir aquella muralla de aire, de
espacio, de vacío, que existía entre Natalie y
ella, al tiempo que se deleitaba en aquella espera que le
había sido impuesta. Se lo dijo a Natalie, que
movió negativamente la cabeza, con incredulidad.
-Si Jacqueline estuviera aquí y se dejara, la
acariciarías.
-Claro que sí -dijo O, riendo. - ¿Lo ves...?
¿Cómo hacerle comprender, aunque,
¿valía realmente la pena?, que no, que O no
estaba enamorada de Jacqueline, como tampoco lo estaba de Natalie, ni
de ninguna muchacha en particular, sino de las muchachas en general y
de la misma forma en que puede uno estar enamorado de su propia imagen,
aunque siempre le parecían las otras más hermosas
y conmovedoras que ella? El placer que le producía ver a una
muchacha jadear bajo sus caricias, cerrársele los ojos y
erguirse la punta de sus senos bajo sus labios y sus dientes,
introducirle la mano en el vientre y en el dorso -y sentirla contraerse
en torno a sus dedos y oírla gemir- era algo que le daba
vértigo y era tan fuerte aquel placer porque le
hacía presente el placer que ella proporcionaba a su vez
cuando se contraía en torno al que la poseía, y
gemía, con la diferencia de que ella no concebía
poderse entregar a una mujer, sino sólo a un hombre. Le
parecía, además, que las muchachas que ella
acariciaba pertenecían por derecho al hombre al que
pertenecía ella y que si ella estaba allí era
para representarlo a él. Si Sir Stephen hubiera entrado en
su habitación mientras ella acariciaba a Jacqueline,
aquellos días en que Jacqueline se reunía con
ella a la hora de la siesta, sin el menor remordimiento, al contrario,
con un placer total, hubiera separado con sus propias manos los muslos
de Jacqueline si él hubiera querido poseerla, en lugar de
limitarse a mirar a través del tabique calado.
Podían lanzarla a la caza, era un ave de presa con dotes
naturales que abatiría y traería la pieza. Y
precisamente... Mientras, con el corazón palpitante,
recordaba los labios rosas y delicados de Jacqueline bajo el pelaje
rubio de su vientre, en el anillo más delicado y rosa
todavía entre sus nalgas que no se había atrevido
a forzar más que tres veces, oyó moverse a Sir
Stephen en su habitación. Sabía que él
podía verla aunque ella no lo viera y, una vez
más, se sintió dichosa de aquella
exposición constante, de estar encerrada en aquella
cárcel de su mirada. Natalie estaba sentada en la alfombra
blanca, en el centro de la habitación, como una mosca en la
leche; pero O, de pie frente a la tripuda cómoda que le
servía de tocador sobre la cual se veía reflejada
hasta medio cuerpo en un espejo antiguo, un poco verdosa y desdibujada,
como en un estanque, recordaba uno de aquellos grabados de finales del
otro siglo en que las mujeres andaban desnudas en la penumbra de las
casas, en pleno verano. Cuando Sir Stephen empujó la puerta,
ella se volvió tan aprisa, apoyando la espalda en la
cómoda, que los hierros que colgaban entre sus piernas
chocaron con uno de los tiradores de bronce y tintinearon.
-Natalie -dijo Sir Stephen-, trae la caja blanca que quedó
abajo, en la segunda sala.
Al volver, Natalie dejó la caja sobre la cama, la
abrió y uno a uno fue sacando y desenvolviendo de su papel
de seda, los objetos que contenía y fue
entregándolos a Sir Stephen. Eran máscaras. Eran
a la vez máscaras y tocados hechos para cubrir toda la
cabeza y no dejaban al descubierto, además de los ojos, por
unas pequeñas ranuras, la boca y el mentón.
Gavilán, halcón, lechuza, zorro, león,
toro... eran sólo máscaras de animales de
tamaño humano, pero hechas con la piel o las plumas del
verdadero animal, con la órbita del ojo sombreada por
pestañas cuando el animal tenía
pestañas (como el león), y lo bastante largas
para cubrir los hombros de quien las llevara. Bastaba ceñir
una cincha bastante ancha, disimulada bajo aquella especie de capa que
caía por la espalda, para que la máscara se
amoldara estrechamente al labio superior (tenía un orificio
para cada fosa nasal) y a las mejillas. Un armazón de
cartón moldeado y endurecido, colocado entre el
revestimiento exterior y el forro de piel, mantenía
rígida la forma. Delante del espejo grande, en el que se
reflejaba de cuerpo entero, O se probó todas las
máscaras. La más singular y también la
que más la transformaba y más natural le
parecía era una de las de lechuza (había dos),
seguramente porque era de plumas leonadas y beige, color que se
confundía con el de su piel tostada. La capa de plumas le
ocultaba casi por completo los hombros, caía hasta media
espalda y, por delante, hasta el nacimiento de los senos. Sir Stephen
le hizo quitarse la pintura de los labios y, cuando se hubo despojado
de la máscara, le dijo:
-Está bien, vas a ser la lechuza para el Comandante. Pero O,
quiero pedirte perdón, te llevarán sujeta a una
cadena. Natalie, trae del primer cajón de mi escritorio una
cadena y unas pinzas.
Natalie le llevó la cadena y las pinzas con las que Sir
Stephen abrió el primer eslabón que
enganchó en la segunda anilla que O llevaba al vientre y
volvió a cerrarlo. La cadena, parecida a las que se utilizan
para pasear a los perros -y para eso había servido-
tenía una longitud de un metro y medio y terminaba en un
mosquetón. Cuando O volvió a ponerse la
máscara, Sir Stephen dijo a Natalie que tomara el extremo de
la cadena y que diera unas vueltas por la habitación,
delante de O. Natalie dio tres vueltas, llevando a O, desnuda y con la
máscara, sujeta a la cadena por el vientre.
-Está bien -dijo Sir Stephen-. El Comandante
tenía razón. También habrá
que hacerte depilar por completo. Eso lo dejaremos para
mañana. Por el momento, conserva puesta la cadena.
La misma noche, y por primera vez en compañía de
Jacqueline y de Natalie, de René y de Sir Stephen, O
cenó desnuda, con la cadena pasada entre las piernas hacia
atrás y atada a la cintura. Servía Nora sola y O
procuraba rehuir su mirada: dos horas antes, Sir Stephen la
había mandado llamar.
Fueron las laceraciones, frescas todavía, más que
los hierros y que la marca de las nalgas lo que consternó a
la muchacha del instituto de belleza en el que O fue a hacerse depilar
al día siguiente. Por más que O le dijo que
aquella depilación a la cera, en la que se arranca el pelo
de raíz, no era menos dolorosa que un latigazo y
trató incluso de explicarle, si no cuál era su
vida, por lo menos, que era feliz, no hubo manera de calmar su espanto.
Lo único que O consiguió con sus palabras fue
que, en lugar de mirarla con compasión, como al principio,
la mirase con horror. Por muy amablemente que diera las gracias, al
terminar el servicio, cuando iba a salir de la cabina en la que
había estado abierta como para el amor, por mucho dinero que
dejase, le daba la impresión de que, en lugar de despedirla,
la echaban. ¿Qué importaba? Era evidente que el
contraste entre el vello de su vientre y las plumas de la
máscara resultaba poco estético, como evidente
era que aquel aspecto de estatua de Egipto que le-daba la
máscara y que sus hombros anchos, sus caderas finas y sus
piernas largas acentuaban, exigía que su piel estuviera
totalmente lisa. Pero únicamente las efigies de las diosas
salvajes tienen alta y visible la ranura del vientre, entre cuyos
labios aparecía la arista de labios más finos.
¿Se ha visto alguna que estuviera taladrada por aros? O se
acordó de la muchacha pelirroja y llenita que estaba en casa
de Anne-Marie y que decía que su dueño no
utilizaba la anilla de su vientre más que para atarla a la
cama y también que quería que estuviera depilada
porque sólo así estaba desnuda del todo. O
temía desagradar a Sir Stephen, a quien tanto le gustaba
atraerla hacia sí tirando del vello de su vientre, pero se
equivocaba: Sir Stephen la encontró más
conmovedora y cuando ella se puso la máscara y se
limpió la pintura de los labios, la acarició casi
tímidamente como a un animal al que se quiere domesticar. No
le había dicho nada acerca del lugar al que deseaba
llevarla, ni sobre la hora en que debían partir, ni
quiénes serían los invitados del Comandante. Pero
durmió con ella el resto de la tarde y por la noche
ordenó que les sirvieran a los dos la cena en su
habitación. Salieron a las once. O iba envuelta en una gran
capa de montaña color castaño y calzaba zuecos de
madera. Natalie, con jersey y pantalón negro, la llevaba
sujeta por la cadena cuyo mosquetón estaba enganchado al
brazalete que llevaba en la muñeca derecha.
Conducía Sir Stephen. La luna, casi llena, estaba alta e
iluminaba con manchas como de nieve la carretera, los
árboles y las casas de los pueblos, dejando todo lo
demás en una negrura de tinta china. Todavía se
veían grupos de personas en las puertas y, al paso de aquel
coche cerrado (Sir Stephen no había bajado la capota), se
percibía cierto revuelo de curiosidad. Ladraban los perros.
Donde daba la luz, los olivos parecían nubes de plata
flotando a dos metros del suelo y los cipreses, plumas negras. En aquel
paisaje, que la noche hacía fantástico, nada
parecía real más que el olor de la salvia y el
espliego. La carretera subía continuamente y, sin embargo,
el mismo aire caliente envolvía la tierra. O se
quitó la capa. Allí no la veían; ya no
había nadie. Diez minutos después, pasado un
bosque de robles verdes, en lo alto de una cuesta, Sir Stephen
aminoró la marcha ante una tapia en la que había
una puerta cochera que se abrió al acercarse el
automóvil. Paró en un antepatio, mientras alguien
cerraba la puerta de la tapia. Bajó del coche e hizo bajar a
Natalie y a O quien por orden suya dejó en el coche la capa
y los zuecos. La puerta que él empujó se
abría a un claustro porticado Renacimiento del que
sólo quedaban tres lados y, por el cuarto, el patio
embaldosado comunicaba con una terraza embaldosada también.
Una decena de parejas bailaban en la terraza y el patio y, en mesitas
iluminadas por velas, había mujeres muy escotadas y hombres
con chaquetilla blanca. El tocadiscos estaba bajo la galería
de la izquierda y un buffet, en la de la derecha. Pero la luna
iluminaba tanto como las velas y cuando dio de lleno en O, a la que
conducía Natalie, que era como una pequeña sombra
negra, los que la vieron dejaron de bailar y los hombres que estaban
sentados se pusieron de pie. El camarero que se ocupaba del tocadiscos,
al notar que ocurría algo, dio media vuelta y estupefacto,
paró el disco. O dejó de avanzar. Sir Stephen,
inmóvil dos pasos detrás de ella, esperaba
también. El Comandante apartó a los que se
habían agrupado en torno a O y empezaban ya a llevar
antorchas para verla mejor.
-¿Quién es? -preguntaban-. ¿A
quién perteneces?
-A ustedes, si la quieren -respondió.
Y se llevó a Natalie y a O a un rincón de la
terraza en el que había un banco de piedra recubierto por
una colchoneta y adosado a un muro bajo. Cuando O estuvo sentada, con
la espalda apoyada en el muro y las manos descansando en las rodillas y
Natalie, en el suelo, a la izquierda, a sus pies, todavía
con la cadena enganchada a la pulsera, él se
alejó. O lo buscó con la mirada y, al principio,
no alcanzaba a verle. Después lo adivinó, tendido
en una tumbona en el otro extremo de la terraza. Podía verla
y ella se sintió más tranquila. Volvía
a sonar la música y las parejas bailaban de nuevo. Algunas
se acercaban a ella como por casualidad, sin dejar de bailar. Luego,
una lo hizo sin disimulo y era la mujer la que arrastraba al hombre. O
los miraba fijamente con los ojos muy abiertos bajo su plumaje, como
los ojos del ave nocturna que figuraba. Era tan fantástico
su aspecto que lo que parecía más natural, que la
gente le hiciera preguntas, no se le ocurrió a nadie, como
si hubiera sido una lechuza de verdad, sorda al lenguaje humano, y
muda. Desde la medianoche hasta que, hacia las cinco, el día
empezó a blanquear el cielo por el Este, a medida que la
luna se debilitaba mientras caía por el Oeste, se acercaron
a ella varias veces, la tocaron, varias veces la rodearon, varias veces
le abrieron las rodillas, le levantaron la cadena, acercaron uno de
aquellos candelabros de dos brazos de cerámica provenzal -y
ella sentía que la llama de las velas le calentaba el
interior de los muslos-, para ver cómo estaba sujeta la
cadena. Hubo incluso un americano borracho que la asió
riendo, pero cuando se dio cuenta de que tenía en la mano la
carne y el hierro que la atravesaba, se serenó bruscamente y
O vio asomar a su rostro el horror y el desprecio que había
visto también en el de la muchacha que la había
depilado. Una jovencita, vestida de blanco, con traje de primer baile,
los hombros al aire, una gargantilla de perlas, dos rosas de
té en la cintura y sandalias doradas en los pies, a
instancias del muchacho que la acompañaba, se
sentó al lado de O, a la derecha. Luego, él le
tomó la mano y le obligó a acariciar los senos de
O, que se estremeció al contacto de aquella mano fresca y
suave, a tocar el vientre de O, y las anillas, y el orificio por el que
pasaba el hierro. La joven obedecía en silencio y cuando el
muchacho le dijo que él le haría otro tanto, no
esbozó siquiera un movimiento de retroceso. Pero ni aun
utilizándola de este modo y tomándola como modelo
u objeto de demostración, nadie le dirigió la
palabra ni una sola vez. ¿Era acaso de piedra o de cera, o
una criatura de otro mundo, o creían que sería
inútil hablarle, o tal vez no se atrevían? Cuando
se hizo de día y se fueron todos los invitados, Sir Stephen
y el Comandante, después de despertar a Natalie que se
había quedado dormida a los pies de O, hicieron levantarse a
O, la llevaron al centro del patio, le quitaron la cadena y la
máscara y, tendiéndola sobre una mesa, la
poseyeron uno tras otro.