El despertar de Casanova

EL DESPERTAR
Tengo un don. No hay mujer en el mundo capaz de resistírseme. Es cierto, no miento ni exagero, he logrado follarme a todas las mujeres con las que me lo he propuesto. No se trata de un poder mágico o mental, sino como una especie de instinto que me hace capaz de tratar a cualquier mujer justo como desea, haciendo que se derritan en mis manos. Y lo que es más, sé de donde procede este maravilloso poder. Directamente de mi abuelo.
Mi abuelo era un hombre fantástico, increíble. Estuvo follando mujeres hasta su muerte, a los 86 años. Y fue así siempre. Desde que tengo uso de razón, recuerdo a mi abuelo rodeado de mujeres y dicen las malas lengua que amasó su fortuna a base de tirarse a las esposas de los terratenientes de la zona. La verdad es que eso es algo que no me extrañaría lo más mínimo.
Mi abuelo fue el mayor admirador del mundo de la belleza femenina, no había más que ver la casa donde vivíamos, donde yo crecí, siempre llena de mujeres. Era una enorme finca, rodeada de prados y pastos destinados a los dos negocios familiares, los cítricos (naranjas y limones) y a la cría de caballos. Incluso había una pequeña escuela de equitación regentada por mi abuelo mientras que mi padre se encargaba del negocio de la fruta.
Mi padre había sido una gran decepción para mi abuelo, tengo entendido que incluso estuvieron varios años sin hablarse, teniendo mi padre que marcharse de casa. Poca gente conoce el motivo real de la disputa, pero yo, a lo largo de los años, fui dilucidando el porqué: simplemente, mi padre no era un mujeriego, era tímido con las mujeres y eso molestaba mucho al abuelo, ya que según él, nuestro don era parte de la herencia familiar y mi padre lo estaba desperdiciando. Además mi padre era su único hijo varón, pues mi abuelo sólo tenía dos hijos (al menos legítimos), Ernesto, mi padre, y Laura, mi tía, 2 años menor que él. Así pues, mi padre era el único que podía poseer el don, pero no lo aprovechaba, y mi tía, que se casó muy joven, había tenido dos hijas, pero ningún varón.
Mi padre nunca entendió la manera de ser de mi abuelo, supongo que influenciado por mi abuela, que murió siendo mi padre un adolescente, y que por lo visto lo pasaba bastante mal con las aventuras del viejo.
Pero pasaron los años, mi padre conoció a una hermosa mujer de 17 años, Leonor, y se casó con ella. Esto hizo que mi abuelo, como por arte de magia, hiciera las paces con mi padre y le invitara a regresar a la mansión con su bella mujer y le nombrara administrador de la plantación de frutas.
Poco después nacía Marina, mi hermana, lo que también fue un palo para el abuelo, que esperaba un niño.
Afortunadamente, cuatro años después nací yo, Oscar, y desde mi nacimiento me convertí en el ojito derecho de mi abuelo, que veía en mí la posibilidad de continuar con su saga. Y vaya si lo consiguió.
Mi historia comienza ya en 1929.
Fue entonces cuando noté que vivía absolutamente rodeado de mujeres, pues los hombres en la casa éramos minoría. Con el transcurrir de los años me di cuenta de que mi abuelo, a la hora de contratar gente para la casa, se decidía siempre por mujeres jóvenes y atractivas, que iban cambiando con los años. Es decir, el abuelo contrataba mujeres hermosas, se las follaba, y cuando comenzaban a hacerse mayores (o se aburría de ellas), las despedía con una buena paga y contrataba a otra que estuviera bien buena.
En cambio, el personal masculino era siempre muy escaso y casi no cambiaba. Se limitaba a Nicolás, que hacía las veces de mayordomo y chófer de mi abuelo (que era el único de la zona que poseía un coche, traído desde Francia) y Juan que trabajaba tanto de jardinero como de mozo de cuadra, ayudado por Antonio, su sobrino. Estos tres fueron empleados de mi abuelo durante muchos años y eran los que trabajaban en la casa en el momento en que arranca mi historia. Naturalmente había más hombres trabajando en la plantación, pero eran jornaleros del pueblo y no vivían en la propiedad. Además como el negocio de la fruta lo llevaba mi padre, el abuelo no tenía contacto con ellos (aunque sí lo tuvo con muchas de las mujeres que trabajaban recogiendo fruta...)
En la casa vivíamos todos, incluyendo los miembros del servicio, que tenían un ala de la casa para ellos, un lujo impensable para la época, pues cada criado tenía su propia habitación, lo que desde luego ofrecía interesantes ventajas para mi abuelo.
Como decía antes, la casa estaba repleta de mujeres. El servicio estaba compuesto por 4 criadas, Tomasa, una muchacha del pueblo, de unos 20 años, bastante tonta, pero con un par de tetas como un demonio; también estaba Loli, la más guarra de todas, una morena con unos ojazos negros impresionantes. Tengo entendido que ésta ya sabía donde se metía cuando vino a trabajar a la finca, pero pensó que allí podría ganar dinero fácilmente. Brigitte, era la doncella francesa de mi tía Laura, era preciosa, rubia, con los ojos azules y una sonrisa tan dulce e inocente, que tumbaba de espaldas. Por último estaba María, con un tipo muy atractivo, pero que era bastante seria. Ella actuaba como ama de llaves, se encargaba de gestionar la casa, ayudando a mi madre y a mi tía en las tareas de ordenar el servicio, encargar las compras y demás cosas.
De la cocina se encargaba Luisa, era la mayor de todas, de unos 40 años, aunque nunca supe su edad exacta. Además de estar muy buena, era una excelente cocinera, lo que la convertía en el miembro más eficaz del servicio junto con María, pues sucedía que las demás criadas no eran demasiado buenas en su trabajo, pero eso no importaba demasiado. En la cocina ayudaban además Vito y Mar, dos chicas que hacían de pinches y aprendían el oficio (supongo que para cuando mi abuelo jubilara a Luisa). Las dos eran muy guapas y simpáticas, me mimaban mucho y siempre que yo pasaba por la cocina tenían algún dulce preparado para mí.
Además mi abuelo había contratado a Mrs. Dickinson, una institutriz inglesa para que diera clases a sus nietos. Como he dicho, era inglesa, aunque de madre española. Era muy alta, por lo que imponía bastante respeto, pero era muy simpática y alegre, menos cuando estábamos en clase, eso sí, porque allí se transformaba en un monstruo severo e inflexible. Las chicas (mis primas y mi hermana) la detestaban bastante, pero a mí me caía bien.
Aparte del servicio, estaba por supuesto mi tía Laura. Era morena, muy alta y con los ojos verdes. Se había casado muy joven, a los 16, y se marchó a Francia con su marido, pero éste murió de pulmonía, por lo que regresó al hogar familiar junto con sus dos hijas pequeñas, Andrea y Marta. Con los años, se transformaron en dos chicas preciosas, muy rubias y jamás perdieron del todo su acento francés, lo que resultaba muy sexy. Al comienzo de mi historia, ellas contaban con 18 y 16 años respectivamente. Andrea era bastante despabilada, pero Marta era muy tímida y apocada, por lo que era la mejor amiga de mi hermana Marina, que tenía el mismo carácter. Así pues, Andrea era la jefa del grupo, y dirigía siempre a las otras dos. En ocasiones me llevaban con ellas, pero como yo era pequeño, y ellas hacían "cosas de chicas", esto no era muy frecuente.
También estaban mi madre, Leonor. Durante mi infancia siempre la vi un poco melancólica, pero con el tiempo aquello cambió y pasó a ser una mujer muy alegre y feliz. Eso sí, era un poco autoritaria, trataba con dureza al servicio (que a su juicio dejaba bastante que desear) y esa actitud se extendía sobre todos los que la rodeábamos, especialmente sobre mi padre. Mi hermana Marina tenía 16 años, y se había transformado en una auténtica belleza. Era guapa hasta tal punto que incluso en alguna ocasión sorprendí a mi padre mirándola con deseo, cosa que no le había visto hacer con ninguna otra mujer. Todos los hombres se volvían para mirarla, lo que la ponía muy nerviosa, dado su carácter apocado.
Pues bien, ya conocen mi particular "teatro de los sueños", donde crecí, donde viví, donde aprendí a usar mi don.
Desde que me acuerdo, siempre estuve cerca de mi abuelo. A él le encantaba contarme historias y aunque yo no solía entenderlas, me gustaban mucho. Siempre me aconsejaba sobre cómo tratar a las mujeres, aunque yo no sabía por qué. Lo que hacía era prepararme, enseñarme para sacar partido de mi don. Pero yo era aún muy pequeño y él lo sabía. Lo único que intentaba era grabar en mi subconsciente el interés por la mujer. Frases como: "Mira qué culo tiene aquella" eran el lenguaje habitual entre nosotros, aunque delante de los demás se comportaba con exquisita educación y yo sabía instintivamente que aquello era nuestro secreto, que era importante para él, por lo que yo tampoco decía cosas como esa mas que cuando estábamos solos. Incluso en más de una ocasión se permitió cogerle el culo o meter la mano dentro del vestido de alguna de las criadas cuando sabía que yo podía verle, para despertar mis instintos. Y fue precisamente así como sucedió, espiando a mi abuelo.
Recuerdo perfectamente aquella mañana de primavera. Era muy temprano cuando desperté, y, como cada día desde hacía algún tiempo, mi pene estaba durísimo dentro de mi pijama. Yo no sabía muy bien por qué pasaba eso, pero me gustaba. Cuando se frotaba con la tela del pijama me producía una sensación muy placentera y eso me encantaba. Estuve así un rato en la cama y aquello no se bajaba, por lo que decidí levantarme sin más, antes de que alguna criada pasara para despertarme.
Fui a lavarme al baño del pasillo, que era el más cercano. La puerta estaba cerrada, pero se abrió de repente, y salió mi prima Marta, vestida con un camisón.
Hola Marta, buenos días.
Buenos días, hoy te has levantado temprano ¿eh?, ¿a qué se debe es...
En ese momento se quedó callada. Yo, extrañado, la miré a la cara y vi que se había puesto muy colorada. Sus ojos estaban fijos en el bulto de mi pijama y allí se quedaron durante unos segundos. Yo no sabía por qué, pero el simple hecho de verla tan turbada me resultó muy agradable (hoy diría que excitante). Y en ese momento miré a mi prima como un hombre mira a una mujer. Tenía un cuerpo magnífico para su edad, que se adivinaba completamente desnudo bajo su blanco camisón, donde se marcaban dos pequeños bultitos coronando sus pechos. Yo aún no sabía qué eran, aunque mi abuelo me los había mencionado antes, pero lo cierto es que me gustaron mucho. La miré de arriba abajo y comprobé complacido que aquello la turbaba todavía más, sobre todo cuando me quedé mirando la oscura zona que se transparentaba a través de su camisón a la altura de su entrepierna.
Sin saber por qué, me acerqué a ella y abrazándola le di un beso en la mejilla.
Primita, hoy estás más guapa que nunca - le dije.
Mientras la abrazaba procuré que mi bulto presionara fuertemente contra su muslo y al ser ella algo más alta que yo, tuvo que agacharse un poco para que la besara, frotando su pierna contra mi pene muy placenteramente.
Marta, sin decir nada, se dio la vuelta y se fue corriendo hasta su cuarto, donde se metió dando un portazo.
Allí me quedé yo, sin saber muy bien qué había pasado, habiendo tan sólo seguido mi instinto. La experiencia me había gustado mucho, pero me sentía bastante insatisfecho.
Entré al baño, donde me lavé y pude comprobar que con la picha en ese estado, no se puede mear. Como quiera que no me quitaba a mi prima de la cabeza, aquello no se bajaba, por lo que estuve allí bastante rato. Sucedió que cuando comenzaba a preocuparme por aquello (pensando si no me quedaría así para siempre), el bulto comenzó a menguar.
Me vestí en mi cuarto, y bajé a la cocina a comer algo. Como aún era temprano, faltaba más de una hora para tener mi clase con Mrs. Dickinson, por lo que decidí ir afuera a volar mi cometa. Salí por la puerta de la cocina, que daba a la parte trasera de la casa.
Estuve un rato jugando con ella, pero de pronto, un golpe de viento la enredó en un árbol que había pegado a la pared. Yo estaba más que harto de subirme allí, así que no lo dudé un segundo y me encaramé en las ramas. Mientras estaba desliando el cordel, miré por una de las ventanas, la que daba al despacho - biblioteca de mi abuelo. En ese momento Loli estaba pasando el plumero por los estantes y yo me quedé espiándola. Estaba subida en una banqueta para llegar a los más altos y no se dio cuenta de que yo la miraba.
Me gustó esa sensación de prohibido, tampoco es que estuviera haciendo nada malo, pero me gustaba mirarla sin que me viera. En ese momento mi abuelo entró en la habitación y cerró la puerta.
¡Ah! Señor, es usted, me había asustado - dijo Loli.
No te preocupes Loli, sigue con lo tuyo.
De acuerdo.
Mi abuelo se sentó en su escritorio y se puso a repasar unos papeles. Yo me iba a bajar ya cuando vi que empezaba a mirarle el culo a Loli mientras limpiaba. Yo sabía que allí iba a pasar algo, no sé cómo, pero lo sabía, así que me quedé muy quieto, sin mover ni un músculo Mi abuelo se levantó y, sin hacer ruido, se acercó a Loli por detrás, se agachó un poco y metió sus dos manos por debajo de su falda.
Ya estamos otra vez, parece mentira, a su edad ¡estése quieto coño!.
Vamos Loli, si te encanta.
¡Que no! Mire que grito.
Mi abuelo no hacía ni caso y seguía abrazándola desde atrás mientras la magreaba por todos lados.
Qué buena estás zorra, voy a metértela ahora mismo.
Que nos van a pillar, déjeme, ¿no tuvo bastante con lo de anoche? Bien que lo escuché en el cuarto de la tonta.
Nunca es bastante puta mía, mira como es verdad.
La cogió por la cintura y la bajó del banco, Loli se sostenía contra los estantes, mientras mi abuelo le agarraba las tetas y apretaba su paquete contra su culo. Comenzó a besarle el cuello desde atrás, mientras le iba subiendo la falda.
Yo seguía abrazado al árbol, mi pene era una roca que yo apretaba contra el tronco. Nunca me había sentido igual, la cabeza me zumbaba y no podía pensar en nada. Comencé a frotarme levemente contra el árbol, y en ese momento se produjo un leve chasquido. Mi abuelo levantó la vista y me vio. Yo me quedé helado, aterrorizado, pero entonces mi abuelo me sonrió y me guiñó un ojo.
Bueno, si no quieres follar, de acuerdo, pero no me puedes dejar así.
¿Cómo?
Loli estaba muy sofocada y no parecía entender lo que le decían. Mi abuelo cogió una silla y la colocó frente a la ventana, de perfil, y se sentó en ella.
De rodillas, rápido. Ya sabes lo que tienes que hacer.
Venga vale, follemos - dijo Loli mientras se subía la falda.
No, ahora quiero que me la chupes.
Pero...
¡Ya, coño!
Loli puso cara de resignación y se arrodilló frente a mi abuelo. Desde mi posición tenía una vista inmejorable del panorama, así que pude ver perfectamente cómo Loli desabrochaba los botones del pantalón del viejo y extraía su dura polla. Era bastante grande, desde luego mucho mayor que la mía y la punta me parecía enorme, muy roja. Loli la agarró con su mano y comenzó a subirla y bajarla suavemente. Aquello parecía gustar mucho al abuelo, pero quería algo más, pues tras unos segundos le dijo:
¡Chupa ya, puta!
Loli comenzó a lamer aquel mástil de carne, empezando por la base y subiendo hasta la punta. Allí se detenía dando lametones y después se metía unos 5 cm en la boca. Mi abuelo disfrutaba como un loco, tenía los ojos cerrados mientras una de sus manos reposaba sobre la cabeza de la chica y parecía marcar el ritmo de la chupada.
Súbete la falda y frótate el chocho.
Loli no dudó ni un segundo, se remangó la falda sobre las caderas y una de sus manos desapareció entre sus piernas. Comenzó a mover la mano cada vez más rápidamente aumentando también el ritmo de la mamada. Los gemidos de ambos llegaban perfectamente hasta mí, que estaba completamente hipnotizado. Mi excitación había alcanzado límites insospechados, pero no sabía cómo aliviarme. Me sentía febril, un extraño calor invadía mi cuerpo. Jamás me había sentido así.
Mientras, en la habitación, la escena seguía su curso, Loli chupaba cada vez más rápido, cada vez más hondo. Mi abuelo farfullaba incoherencias, hasta que, de pronto, sujetó con firmeza la cabeza de Loli, introduciendo totalmente su polla en su garganta mientras gritaba:
¡Todo, puta, trágatelo todo!
Loli se puso tensa, apoyó las manos en los muslos de mi abuelo intentando separarse, pero el hombre era más fuerte, y la mantuvo allí unos segundos. Por fin, la soltó y Loli se incorporó como movida por un resorte. Al ponerse de pié pude ver fugazmente una mata de pelo negro, pero su falda se desenrolló y lo tapó todo. Loli daba arcadas mientras de su boca caía un extraño líquido blanquecino.
¡Es usted un hijo de puta! Venga, niña, no te enfades, si en el fondo te gusta.
No vuelva a hacerme algo así, o le pegaré un bocado en la polla que se le terminarán los años de picos pardos en un segundo.
Sí, y perder tu fuente de ingresos... Vamos, vamos preciosa, sabes que me gustan estas cosas, además la culpa ha sido tuya, por no dejarme metértela.
Venga ya, si usted sabía que sólo estaba jugando un poco...
Sí, pero hoy no tenía ganas de jugar, sino de descargarme.
¿Y yo qué? Venga, ahora vamos contigo...
El abuelo se acercó hacia Loli y comenzó a subirle la falda. La besó en el cuello y la colocó de espaldas a la ventana. Dirigió una mirada hacia donde yo estaba mientras esbozaba una sonrisa. Yo, con la mente obnubilada, no estaba pendiente de nada más, por lo que no vi a mi prima Andrea, que se acercaba al árbol.
¡Qué haces ahí subido idiota! ¡La Dicky te está buscando para tu clase!
Del susto casi me caigo del árbol. Me aferré fuerte y miré hacia abajo. Con frecuencia pienso que aquella mañana realmente se despertó algo en mí. Mi don o lo que sea, pero lo cierto es que desde entonces mi percepción se alteró, me fijaba en cosas en las que nunca antes había reparado, cosas relativas al sexo y a las mujeres, por supuesto. Así pues, cuando miré a mi prima, mis ojos se fueron directamente a sus pechos. Desde mi posición podía ver directamente por el escote de su camisa, pues la llevaba mal abrochada. Una nueva ola de calor recorrió mi cuerpo y mi cabeza parecía volar.
Andrea se dio cuenta de la dirección de mi mirada y se sonrojó un poco, cerrando el cuello de la camisa con una de sus manos.
Vamos, baja de una vez.
Ya voy, es que se me ha enganchado la cometa.
Sí, sí, vale.
Parecía un poco incómoda, pues se volvió hacia la casa y se dirigió a la puerta trasera. Yo, mientras bajaba, no paraba de mirar la forma en que su trasero se bamboleaba bajo su falda. Hasta tal punto me despisté, que me caí de culo al llegar al suelo y se partió el cordel de la cometa, que seguía enganchado.
Aún estaba aturdido, sabía que tenía que ir a clase, pero sólo podía pensar en lo que debía de estar pasando en el despacho del abuelo. Quería volver a subir, pero entonces se asomó mi madre:
Vamos, niño, que ya vas tarde.
Pero mamá, es que...
¡Ahora!
Mi madre no admitía réplicas, así que fui hacia la puerta de la cocina, procurando llevar siempre la cometa por delante para que no se viera la tienda de campaña. Atravesé la cocina como una exhalación y subí al segundo piso.
El dormitorio de Mrs. Dickinson era bastante grande y tenía una salita anexa que hacía las veces de aula. Allí había una mesa camilla, con un mantel muy amplio que llegaba hasta el suelo, donde nos sentábamos para dar clase mientras Mrs. Dickinson daba las lecciones en un pequeño encerado. En invierno, colocábamos allí un brasero. Dicky (como la llamábamos en secreto) nos daba clases por turno, primero un par de horas conmigo (que era el más pequeño) y después con las chicas, a las que además de darles una formación académica, les enseñaba ciertas labores, costura y esas cosas. En esas clases también participaban mi madre y mi tía, e incluso en alguna ocasión, una o dos de las doncellas, espacialmente Brigitte.
Buenos días Mrs. Dickinson.
Llegas tarde, Oscar. ¿Adónde vas con esa cometa? Perdone - le dije mientras me sentaba con cuidado, dejando la cometa en el suelo.
Comencemos.
No recuerdo de qué iba la clase. No recuerdo nada. Mi mente funcionaba cien veces más rápido de lo normal, sólo podía pensar en lo que estaría pasando en ese cuarto y en lo que había visto. Por mi mente pasaban imágenes como relámpagos, Loli desnuda, mi prima en camisón, el escote de Andrea... las tetas de Mrs. Dickinson... ¿las tetas de Mrs. Dickinson? de repente volví a la realidad y frente a mis ojos estaba el majestuoso pecho de Dicky, me estaba hablando, pero yo no la oía...
Oscar, querido, ¿estás bien?. Estás muy colorado. ¿Tienes fiebre?
Mientras decía esto se inclinó sobre mí, poniendo su mano en mi frente.
Dios mío, sí que tienes fiebre, espera, avisaré a tu madre.
Si no se llega a marchar en ese momento, sin duda me abría abalanzado sobre ella, aferrándome a aquellas dos ubres como una garrapata. En eso llegó mi madre junto con Dicky. Me preguntaron si estaba bien y yo acerté a balbucear que estaba cansado, que no había dormido bien. Entre las dos me llevaron a mi cuarto y mi madre se quedó conmigo.
Vamos, cariño, ponte el pijama y métete en la cama, que ahora te traigo un poco de caldo.
Yo no me movía, si me desnudaba iba a ver mi polla como un leño. Mi madre se impacientaba.
Venga, tendré que hacerlo yo misma.
Se arrodilló ante mí y comenzó a quitarme el pantalón. La situación era delicada, pero yo sólo atinaba a mirar por los botones desabrochados de su camisa, viendo la delicada curva de un seno cubierto por un fino sostén de encaje. Desde luego, aquello no contribuía a bajar mi calentura.
En ese momento me bajó el pantalón, mi pene se escapó del calzoncillo y casi se la meto en un ojo a mi madre. Ella se quedó helada, sin hablar. Yo me quería morir. No sabía qué hacer. Entonces ella, ante mi sorpresa, estiró mi calzoncillo con una mano mientras con la otra agarraba mi polla y la volvía a guardar en su sitio. Después y como si nada hubiese pasado, continuó poniéndome el pijama, me metió en la cama y me dio un beso en la mejilla.
Descansa, cariño, luego vendré a verte.
En ese momento me di cuenta de que un fino rubor teñía sus mejillas, y eso me excitó aún más. Mi madre se incorporó y se marchó. Yo permanecí en la cama, mirando al techo. El calor desbordaba mi cuerpo, ¡mujeres, mujeres!, no podía pensar en otra cosa, mi abuelo, Loli, Andrea, era una obsesión. Casi sin darme cuenta, metí mis manos bajo las sábanas, y me aferré fuertemente el miembro. Aquella presión me gustaba, así que comencé a darme estrujones, lo que resultaba placentero, pero un poco doloroso.
No sé cuanto rato estuve así, pero de pronto vi a mi hermana junto a mi cama con un tazón humeante en las manos.
¿Cómo estás? Mejor, Marina.
Aparentemente no había notado nada extraño.
¿Dónde te dejo esto? Dice mamá que te lo tomes todo.
¿Podrías dármelo tú?
No sé por qué dije eso, ella me miró, sonrió un poco y dijo:
Sigues igual que un bebé ¿eh?
Si ella supiera...
Por favor...
Bueeeno...
Se sentó en el lado derecho de la cama, justo a mi vera. Yo me incorporé un poco y me arropé hasta el cuello. Así mientras con una mano sujetaba las sábanas, la otra empuñaba mi bálano bien tieso.
Abre la boca, aahh...
Ella abría la boca, como para demostrarme cómo hacerlo y hasta eso me resultaba excitante. Yo la miraba disimuladamente, sus ojos, su pelo, su cuello, sus pechos y mientras, me iba dando apretones en la polla. Estaba a mil, mi hermana me tenía cachondísimo. Ella, inocentemente, me daba la sopa y yo pensando en cómo sería que ella me hiciera lo que la Loli al abuelo. En esas estábamos cuando me envalentoné. Poco a poco encogí mi pierna derecha, hasta que mi rodilla quedó apoyada en su culo. No había contacto real, había sábanas, colcha, ropa, pero a mí me daba igual, casi me desmayo. Cerré los ojos y creo que me mareé. Sea como fuere, debí de poner una cara muy rara, porque mi hermana, pareció asustarse y se incorporó, inclinándose sobre mí.
¿Estás bien? Sí, sí, es que me he quemado.
Al incorporase, me sobresalté y saqué la mano de mi pijama, dejándola sobre el colchón. Mi hermana fue a sentarse otra vez y yo, instintivamente, moví la mano de forma que su culo aterrizó justo sobre ella. Sólo la colcha separaba mi mano de la gloria. Me iba a morir, me agarré la polla tan fuerte con la izquierda, que me dolió.
Yo esperaba que ella dijese algo, que me gritara, pero no lo hizo. Siguió dándome sopa mientras hablaba de banalidades. Era raro que mi hermana hablara tanto y fue entonces cuando pensé que quizás le gustara un poco aquello, o quizás no se hubiese dado cuenta. Lo que hice fue apretarle el culo con la mano. Ella se puso muy roja, pero siguió con la sopa; ya no hablaba, estaba muy callada, así que yo comencé a magrearle el culo. Es cierto que había una colcha de por medio, pero fue increíble. Las manos de un hombre son alucinantes, estaba bastante seguro de cuando tocaba una parte cubierta por las bragas y cuando era carne libre. Curiosamente, en vez de estallarme la cabeza por la excitación, se apoderó de mí una extraña calma. "Le está gustando" me dije, "mi hermana también es una zorra como Loli".
A pesar de todo, no me atrevía a hacer nada más; le decía "chúpamela zorra" como el abuelo, le cogía una teta, o qué. Afortunadamente mi instinto me dijo que de momento era mejor dejar las cosas así, por lo que continué sobándola con delicadeza, hasta que se acabó la sopa. Pasé un momento crítico cuando vi sus pezones marcados en su jersey, estuve a punto de lanzarme sobre ella, pero me controlé. Ella se levantó, recogió el tazón y se marchó como si nada hubiese pasado. Sólo el rubor de sus mejillas y los bultitos de su jersey demostraban lo que ella experimentaba (y la humedad entre sus piernas supongo). Mientras salía le dije:
Marina, ven también a darme la cena - mientras esbozaba una sonrisa pícara. Ella me miró con los ojos echando chispas y salió dando un portazo.
Allí me quedé, caliente como un horno, pero, curiosamente, algo más calmado, como si supiera que lo bueno en mi vida estaba por llegar, que aquello sólo era el principio. Traté de dormir un rato, pero no lo conseguí. No hacía más que dar vueltas en la cama y pensar. Quería levantarme e ir a hablar con el abuelo, seguro que él me entendería, pero mi madre no lo permitiría de ninguna manera. De pronto, y como respuesta a mis plegarias, se abrió la puerta y mi abuelo se asomó:
Oscar, ¿estás despierto? Sí, abuelo, pasa por favor.
Espera un segundo.
Volvió a salir y regresó enseguida con una silla del pasillo. La colocó junto a mi cama y se sentó. Me puso una mano en la frente.
No se te pasa la calentura ¿eh? Je, je - dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
........
Vamos, chico, que te he visto en el árbol. ¿Te gustó el espectáculo? Lo hice en tu honor. Lástima que te perdiste el final.
Sí.
¿Ves?, así me gusta. ¿Qué te pareció?
En ese momento decidí confesarme, si alguien podía explicarme lo que me pasaba, ése era el abuelo.
Fue increíble, jamás me había sentido así. Últimamente he sentido cosas raras, pero nunca como hoy.
Ya lo supongo, en serio, ¿no me habías visto otras veces? No, abuelo, de verdad, bueno, escucho tus historias y eso, pero nunca me pude imaginar algo así.
No son historias hijo, son lecciones, y te aseguro que a partir de ahora las entenderás mucho mejor.
Abuelo, ¿puedo preguntarte algo? Lo que quieras.
¿Qué puedo hacer con esto?
Bajé las sábanas y dejé a la vista el bulto en mi pijama.
Vaya, veo que estás hecho todo un hombre. Gracias.
A ver, enséñamela.
Sin dudar ni un segundo me bajé el pijama.
Está muy bien para tu edad. ¿la usas mucho? ¿Cómo? Que si te la meneas mucho, es normal aliviarse.
No sé de qué hablas.
Chico, no me digas que llevas así desde que me viste esta mañana.
Y desde antes.
¿En serio? Sí, me desperté así, últimamente me pasa mucho, pero se baja sola al rato, pero hoy con todo lo que ha pasado...
Ya, Loli está muy buena ¿eh? Sí, y las demás también ¿Las demás? Sí.
Me decidí a contárselo todo, desde que me desperté hasta ese momento. Lo único que no le dije fue lo del culo de Marina, porque no sabía cómo iba a reaccionar, pues una cosa es mirarle las tetas a tu prima o que se te salga el pito del pantalón y otra magrear a tu propia hermana. Mi abuelo se partía de risa:
¿Y tu madre qué hizo? Guardármela otra vez.
¡Qué bueno! Casi puedo ver su cara, con lo que le gustan las...
¿Cómo? No nada, nada.
Se me quedó mirando fijamente y me dijo:
No sabes lo orgulloso que estoy de ti.
¿Por qué abuelo? Porque veo que te gustan mucho las mujeres, tanto como a mí. Afortunadamente no has salido a tu padre.
¿Mi padre? Sí, hijo, tu padre. Mira Oscar, los varones de esta familia tenemos un don, yo lo llamo la herencia de Casanova.
¿Casanova? Sí, el gran amante. ¿Y qué tiene que ver con nosotros? Nada, pero las mujeres se rinden a nuestros pies, como lo hacían con él. Es un don del cielo, y ni se te ocurra desperdiciarlo.
¿Desperdiciarlo? Sí, como hace tu padre. Si quisiera podría tirarse a todas las mujeres del país, y sin embargo no se atreve ni con tu madre.
¿Qué? Bah, olvídalo, eso no es asunto tuyo. Volvamos a lo de antes, así que te gustan mucho las mujeres ¿eh, bribón? Sí.
¿Has visto alguna desnuda? Sólo hoy, un poco a Loli.
Eso hay que solucionarlo, espera.
Se levantó y salió del cuarto. Mi pene latía de expectación, ¿qué iría a hacer? Unos minutos después el abuelo regresó.
Escucha bien hijo. Las mujeres son la más sublime obra de Dios, son las que auténticamente dirigen el mundo, porque tienen el poder de doblegar a los hombres a su voluntad, usarlos y manipularlos. Por una mujer hermosa, los hombres son capaces de cometer cualquier locura, el patriota traicionará a su país, el marido fiel olvidará a su esposa, el hijo se enfrentará al padre. No hay nada en el mundo como las hembras.
Ya veo.
No, aún no lo ves, pero lo verás cuando seas mayor, más maduro. Lo único que quiero que entiendas es esto, cuidado con las mujeres, ámalas, úsalas, fóllalas, pero sólo en la medida en que ellas te amen, usen y follen a ti. Jamás las desprecies o subestimes. Si atiendes a esta simple regla, disfrutarás como ningún otro mortal, porque nosotros sí sabemos cómo tratar a las mujeres, pues nuestro don es justo eso. Sabemos si a una le gusta dominar u obedecer, ser amada o maltratada, tratada con delicadeza o con dureza. Parece una tontería, pero así conseguirás ser el más poderoso entre los hombres, pues las mujeres siempre te querrán.
Creo que lo entiendo abuelo.
Sí, ya sé que eres muy listo. Bueno, tras este pequeño discurso que hace tiempo tenía preparado (Dios sabe las ganas que tenía de usarlo), vamos a comenzar tu adiestramiento.
¿Adiestramiento? Sí. Verás, a lo largo de tu vida aprenderás muchas cosas sobre las mujeres, más que cualquier otro hombre, pero eso no quita que yo pueda darte un pequeño empujón.
Se acercó a la puerta y dijo:
Pasa.
Allí estaba Loli. Con el rostro muy colorado y una expresión de azoramiento que yo jamás le había visto.
¿Está usted seguro? Vamos, pasa, niña. Tranquila, que nadie se va a enterar de esto.
Pero...
Tranquila te digo, además sólo vamos a enseñarle cómo es una mujer. Ya te he dicho que te pagaré bien.
Sí Loli, por favor - dije mientras me incorporaba en la cama.
¿Eso es por mí? - dijo ella mientras echaba una mirada apreciativa al bulto de mi pijama y sonreía pícaramente.
Sí, Loli, sólo por ti - le dije mientras los ojos del abuelo brillaban.
Bueno, si es así...
Vamos, desnúdate - dijo el abuelo mientras cerraba el pestillo de la puerta.
Loli suspiró y comenzó a quitarse la ropa, la falda, el refajo, el corpiño, fueron cayendo al suelo en un confuso montón. Yo no podía quitarle los ojos de encima, cada pedazo de carne que iba mostrándose a mis ojos era como un pinchazo en mi miembro. Casi sin darme cuenta, me lo saqué del pantalón y empecé a apretarlo.
Joder con el niño - dijo la zorra - Va a arrancársela.
Para eso estamos aquí, para que aprenda - dijo mi abuelo.
Cariño, no te hagas eso, déjame a mí.
No, espera, vayamos por partes - dijo el abuelo.
En ese momento lo hubiera matado, le eché una mirada llameante mientras él sonreía divertido.
Para aprender hay que sacrificarse, hijo. Y tú termina de desvestirte.
Loli, aún cubierta por la combinación, puso cara de circunstancias, se sentó en la silla y comenzó a bajarse las medias. Me miró a los ojos, y al darse cuenta de que amenazaban con salirse de las órbitas decidió divertirse a mi costa. Así pues, comenzó a quitárselas muy despacio, deshaciendo los nudos de las medias poco a poco, mientras se acariciaba las piernas con las manos. Cruzaba y descruzaba las piernas con deleite, frotándolas entre sí, impidiéndome ver ese mágico triángulo que mis ojos pugnaban por ver. Sus manos recorrían sus muslos, subían por sus caderas, sus costados, sus brazos, su cuello y luego descendían describiendo la curva de sus pechos...
Ya no pude más, sentí como una electricidad por el cuerpo, experimenté una especie de espasmos en la ingle, jamás me había pasado algo así. Y me corrí. De mi pito surgió un líquido blancuzco, semitransparente, como si de un surtidor se tratara. Pero no brotaba simplemente, salía disparado. No sé por qué, pero me la agarré fuertemente y apunté hacia Loli, de forma que varios pegotes de líquido fueron a caer en su regazo, e incluso uno alcanzó de lleno su cara. Supongo que lo hice como castigo por haberme torturado.
¿Qué coño haces cabrón? - gritó mientras se incorporaba.
Shiisst. Calla, que te van a oír - siseó mi abuelo.
¡Me importa una mierda! Mira, zorra, o te callas o te despido ahora mismo. Además ha sido culpa tuya, ya habías visto cómo estaba el chico y has tenido que montar el numerito.
........
De pronto llamaron a la puerta, era mi tía Laura.
¿Qué pasa ahí dentro? Nada Laura, estoy contándole batallitas a Oscar, no te preocupes - dijo mi abuelo mientras hacía gestos a Loli para que se metiera bajo la cama, cosa que la chica hizo sin dudar.
¿Por qué está esto cerrado? - dijo mi tía mientras giraba el picaporte.
Tranquila, ya te abro.
Mi tía entró en la habitación. Yo me había vuelto a arropar y la miraba con cara de ser el más bueno del mundo.
Ay, Dios, qué estaréis tramando los dos.
¿Quieres quedarte? No, gracias, papá, que tus cuentos ya me los conozco. Y tú no te creas nada de lo que te diga ¿eh? No tía.
Así me gusta. ¡Ah!, no hagáis tanto ruido que los demás están durmiendo la siesta.
Vale.
Mi tía se disponía a salir, cuando sus ojos se quedaron fijos en el montón de ropa que había en el suelo. ¡La muy zorra no había recogido la ropa antes de esconderse! Laura miró fijamente a mi abuelo y después a mí.
¿Pasa algo cariño? - preguntó mi abuelo.
No, nada.
Y se marchó. Yo estaba nervioso, ¿se habría dado cuenta?. Mi abuelo, en cambio, como si nada, cerró el pestillo de nuevo.
Vamos Loli, sal. Anda que no eres tonta ni nada.
Lo siento, pero es que el enano este se me ha corrido encima.
Ya y resulta que eso ahora no te gusta.
Bueno, pero es que no me lo esperaba.
¿Y lo de dejar la ropa en el suelo? Perdón.
Pues mi hija se ha dado cuenta, ¿y ahora qué hago? ......
Parecía compungida de verdad, sacó un pañuelo de entre sus ropas y se limpió la cara, me dio hasta lástima.
Bueno, abuelo, da igual - dije.
Sí, ya sé que tú lo que quieres es que sigamos ¿eh? Sí claro.
Loli me dirigió una mirada de agradecimiento, y sin tener que decirle nada, deslizó los tirantes de su combinación por los hombros, de forma que ésta cayó al suelo. Me quedé alucinado, bajo la combinación no llevaba nada. Luego supe que solía hacerlo por petición expresa de mi abuelo, que quería tenerla siempre accesible.
Era preciosa, delgada, sus caderas eran un poco anchas, pero qué importaba. Su piel era blanca, delicada, hermosa, impropia de una chica de pueblo. Sus pechos eran grandes, firmes, las areolas rosadas estaban culminadas por dos pezones gruesos, bien marcados, apetecibles y completamente excitados. Sus piernas eran largas, exquisitas, las rodillas afeaban un poco el conjunto, pues estaban un poco marcadas, supongo que de tanto arrodillarse para fregar suelos y chupar cosas, pero sus muslos eran perfectos. Entre sus piernas destacaba una mata de pelo negrísimo como el azabache, misterioso, tentador. Durante la mañana había tenido una visión fugaz de esa maravilla y ahora lo tenía ante mí, hermoso, sublime. ¿Cómo podía mi padre ignorar tanta belleza? Ese pensamiento penetró por sorpresa en mi mente, y creo que durante un segundo llegué incluso a odiar un poco a mi padre, así estaba de alucinado. Sin darme cuenta me había puesto de rodillas sobre la cama, por lo que las sábanas cayeron y mi pene volvió a surgir majestuoso. Ni me había dado cuenta de que volvía a estar duro. Sólo tenía ojos para Loli.
Ella dirigió su mirada a mi miembro, y con placer noté que se ruborizaba un poco.
Vaya, parece que te gusto ¿eh? Eres preciosa.
Gracias.
Sus manos se deslizaron hasta su nuca, deshaciendo el moño que recogía su cabello. Éste cayó en bucles lujuriosos sobre su espalda. Tenía un pelo precioso. Dio una vuelta sobre sí misma mientras decía:
¿En serio te gusto? Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida.
Loli se rió como una niña, se acercó a la cama y puso una rodilla sobre ella, e inclinándose sobre mí, me dio un ligero beso en los labios.
Gracias, eres maravilloso.
Si yo era maravilloso, ¿qué palabra podría usar entonces para describir lo que sentí al ver cómo sus pechos colgaban cuando se inclinó? Aquello era demasiado. Mi abuelo nos interrumpió.
Vamos, chico, levanta de ahí, y tú, túmbate en la cama.
Ambos obedecimos sin rechistar. Loli se tumbó sobre las sábanas y curiosamente, se tapó el pecho con un brazo y el coño con la otra mano, como si de pronto todo aquello le diese vergüenza. ¡Manda huevos!
Mi abuelo se inclinó y con delicadeza puso los brazos de Loli junto a sus costados mientras le daba un beso en la frente.
Tranquila mi niña, lo que ha dicho es verdad.
Loli sonreía como una niña. Yo, en cambio, tenía pensamientos muy poco infantiles. Había decidido dejar mi picha por fuera del pantalón, porque me gustaba mucho ver cómo Loli desviaba de vez en cuando los ojos hacia ella, me hacía sentir mayor, no sé.
Bueno, Oscar, aquí tienes uno de los más bellos ejemplares de mujer que podrás encontrar. A lo largo de tu vida verás otras y aunque todas se parecen en lo físico, cada una de ellas es en realidad todo un mundo que explorar.
Mi abuelo pasó a explicarme los pormenores del cuerpo femenino, usando como modelo la maravilla que había en mi cama, de la misma forma que Dicky usaba el mapamundi para explicarme geografía, sólo que esta materia me gustaba (y me gusta) infinitamente más. Me habló de los pechos, los pezones, los muslos, el monte de Venus (me encantó esa expresión)...
...La mujer está compuesta de infinidad de zonas erógenas, y hay que saber cuales son las que le gustan más a cada una. Por ejemplo, a Loli le encanta que le besen y acaricien el cuello ¿verdad? .........
Abuelo, ¿y cómo se sabe eso? Lo sabrás, tranquilo, probando y aprendiendo. La experiencia es un grado.
Genial.
Pero hay una zona que a todas les encanta.
¿Cuál? El coño, aún no he encontrado una mujer a la que no le guste que le estimulen el chocho.
¿Cómo? Con cualquier cosa, un dedo, una mano, lo que se te ocurra. A veces he usado incluso un palo o un pepino. Pero lo mejor, lo más satisfactorio, es hacerlo con los labios y con la lengua.
¿Con la boca? Sí, es muy placentero, tanto para la mujer como para el hombre.
¿En serio?
Mi abuelo se acercó a mi oído y me dijo:
Recuerda lo de esta mañana.
......
Siguió hablándome durante una hora al menos, de las mujeres, del sexo, de cómo saber si una mujer está excitada mirándola a los ojos, o mediante las señales externas, dureza de los pezones, hinchazón de los labios vaginales, humedad entre las piernas, me explicó lo que era el clítoris. Fue así como me di cuenta de que Loli estaba terriblemente excitada.
¿Ves?, eso es el clítoris.
Abuelo...
¿Sí? Ya no puedo más.
Pues verás ahora. Ven.
Me llevó hasta los pies de la cama e hizo que Loli se abriera bien de piernas.
Ahora vas a saber a qué sabe un coño.
Me hizo colocarme entre las piernas de Loli. Pude sentir la fragancia que de allí surgía, era el mismo olor que había en la habitación, pero mucho más fuerte. No hay nada en el mundo como el aroma de mujer.
Torpemente, acerqué una de mis manos hacia la espesa mata de la chica, fue tocarla y un estremecedor espasmo recorrió su cuerpo y pareció contagiarse a mi pene. Era increíble, por la mañana yo era sólo un niño, y por la tarde estaba entre las piernas de una hermosa mujer.
Acerqué mi cara y aspiré profundamente. Tenía el pito tan duro que hasta me dolía. Miré detenidamente el coño que ante mí se abría, era maravilloso, los labios, sonrosados, se mostraban entreabiertos, dejando adivinar el oscuro hueco que ocultaban. Los acaricié con la punta de mis dedos y poco a poco introduje uno entre ellos.
Aahhhh. Dioosss.
¿Te gusta? Lámelo, le gustará mucho más - dijo mi abuelo.
Sin pensármelo más, posé mis labios sobre el coño, estaba muy caliente. Recordé lo que había visto por la mañana, así que comencé a recorrerlo de arriba abajo con la lengua.
Aahhhhhh - gemía Loli.
Me concentré en seguir las instrucciones del abuelo, le separaba los labios con los dedos y metía mi lengua en su interior, moviéndola hacia los lados. Chupaba y tragaba los flujos que de allí brotaban. Subía y lamía el clítoris, dándole delicados mordisquitos, lo que parecía volver loca a Loli.
Oooohhh. Así, así...
En estas estábamos cuando mi abuelo me separó de aquel volcán y me dijo con voz queda:
Así es una mujer excitada.
Miré a Loli, estaba como poseída. Se estrujaba los pechos con las manos, se tironeaba de los pezones, se acariciaba el cuerpo, la cara, el cuello, se metía un dedo en la boca y lo chupaba. Estaba ardiendo.
Una mujer es este estado hará cualquier cosa que le pidas. Recuérdalo.
Yo asentí con la cabeza y volví a sumergirme en las entrañas de Loli.
Así, cabrón, no pares, no pares máaaaaas...
De pronto el cuerpo de Loli se tensó. Su coño pareció contraerse, se puso aún más caliente.
Me corro, me corrooo...
Yo seguía pegado a ella como una ventosa. Cada vez salía más líquido del aquel glorioso chocho y yo intentaba chuparlo todo.
Síiiiii.
Loli alzaba la voz cada vez más, así que mi abuelo se sentó junto a ella y la besó. Alcé los ojos, y desde mi posición, mirando a través de las tetas de Loli, vi cómo la muy zorra mordía los labios de mi abuelo.
Por fin Loli se relajó, pareció apoderarse de ella una extraña laxitud.
¿Ves? Así es como se corre una mujer.
Increíble, abuelo - dije mientras miraba hacia abajo y veía mi polla a punto de estallar.
Tranquilo, Oscar. Déjala reposar unos instantes y enseguida se ocupará de ti.
Eso espero, abuelo. Empieza a dolerme.
Lo sé hijo, lo sé. Verás, te he torturado un poco a posta.
¿Por qué? Para que no olvides esto jamás. Lo increíbles que son las mujeres.
No lo olvidaré.
Estoy seguro - dijo mi abuelo mientras me revolvía el pelo cariñosamente.
Abuelo, ¿las mujeres se quedan siempre así tras correrse? No, hijo. Verás, la situación hoy era muy erótica y eso incide en la excitación de la persona, eso sí lo sabes ¿verdad? Vaya que sí.
Pues eso, el orgasmo es una experiencia muy intensa y en él inciden muchas cosas, el placer físico, la excitación, los sentimientos...
Comprendo - dije, aunque en realidad no lo entendía del todo, sólo podía pensar en los latidos que sentía en la punta del cipote.
Abuelo...
Sí, tranquilo. Loli, hija...
¿Ummmm? Mi nieto necesita que lo alivies.
¿Ummmm? ¡Levanta ya, coño!
Loli se desperezó, estirándose sobre la cama, se puso boca abajo, y se incorporó colocándose a cuatro patas sobre el colchón. Parecía una gatita satisfecha.
Siéntate aquí nene - me dijo dando palmaditas sobre el colchón - que mami va a mostrarte lo agradecida que está.
Ni que decir tiene que no tardé ni un segundo en tumbarme allí, con la polla como un leño. La calentura hacía que mi pene tuviera pequeños espasmos, parecía estar vivo.
Loli miró inquisitivamente a mi abuelo y él dijo:
Con la mano.
Loli se apoderó de mi pene y comenzó a subir y bajar la mano a lo largo del mástil muy lentamente. Creí que me moría, cerré los ojos y me dediqué a disfrutar; qué sensación tan fantástica, desde entonces me han hecho muchas pajas, pero sin duda aquella fue una de las mejores. Loli sabía lo que hacía. Poco a poco incrementaba el ritmo, lo que me ponía a cien, pero mágicamente parecía saber cuando estaba a punto de correrme, deteniendo entonces su mano, me soltaba la polla, recorriéndola en toda su longitud con uno de sus dedos, desde la punta a la base de los huevos, donde daba un ligero apretón que parecía tener la virtud de calmarme. Entonces volvía a masturbarme, pero más lentamente que antes, era enloquecedor.
Escuché un gemido y abrí los ojos. Vi que Loli tenía los suyos cerrados y que su otra mano se perdía entre sus muslos.
Acércate más - le dije.
Ella abrió los ojos y me dirigió una mirada de entendimiento. Se acercó a mí y se sentó a mi lado. Volvió a empuñar mi pene y comenzó de nuevo a masturbarme, pero esta vez fue mi mano la que se perdió entre sus piernas. Aquello parecía un charco, estaba empapada. Comencé a mover mi mano allí dentro, a tocar, a palpar, a meter y mientras, ella daba bufidos, gemidos, desde luego aquello le gustaba. Yo deseaba que se corriera, pero ella parecía querer que yo lo hiciera antes, por lo que incrementó el ritmo de su mano. No sé por qué, pero no quería correrme antes, por lo que intenté retrasar mi propio orgasmo, concentrándome en ella, quería "ganar" esa carrera. Y lo logré, simplemente tuve que buscar su clítoris con mis dedos y apretarlo un poco.
Aaaaahhhhh. Diosssss.
Loli apretó sus piernas, atrapando mi mano y se derrumbó sobre mi pecho, dejando de masturbarme. Mi polla se quejaba pero yo no podía evitar un sentimiento de triunfo. Loli me miró a los ojos y vi que los suyos estaban vidriosos, llorosos.
Acaba con la boca por favor, como al abuelo - le dije.
Loli sólo atinó a asentir con la cabeza. Se deslizó lentamente sobre el colchón y su cara quedó a la altura de mi polla. No la chupó, ni la lamió, se la metió directamente hasta el fondo y su lengua, sus labios, su boca, su garganta parecieron apretar simultáneamente sobre mi torturado pene. No aguanté más. Si la corrida de antes había sido bestial, ésta la superó con creces.
Dioss, Diosss, Loli, joder...
No atinaba ni a balbucear, me incorporé como si me hubiesen dado una descarga y sólo acerté a sujetar la cabeza de Loli con mis manos y apretarla contra mi ingle, aunque ella no parecía tener ninguna intención de separarse de mí. Yo notaba cómo ella iba tragando lo que de mi polla surgía y ese mismo efecto de succión acentuaba el placer. Finalmente el orgasmo terminó con unos leves espasmos que recorrieron mi cuerpo. Me dejé caer hacia atrás, rendido, pero ella permaneció aún con mi polla en la boca durante un rato, hasta que empezó a decrecer.
Finalmente, fue sacándola de su garganta, pero lentamente, recorriendo con sus labios toda la longitud de mi miembro que empezaba a perder su dureza, como si quisiera limpiarla por completo. Se incorporó, quedando sentada y con las manos apoyadas en el colchón. La miré fijamente y es una imagen que jamás olvidaré, su piel, empapada de sudor, sus ojos, negros como la noche y con un extraño brillo en el fondo, sus pechos, redondos y perfectos, su vagina, aún entreabierta y brillante por los flujos, pero lo que me mató, lo que más me excitó, fue esa gota de líquido blanco que asomaba por la comisura de sus labios y el instante en que su lengua recorrió esos labios relamiéndose, como si en vez de haberse tragado mi esperma hubiese sido un simple vaso de leche.
Todo esto me excitó, pero de momento mi pene no reaccionaba.
Loli, vístete, ya está bien por hoy - dijo mi abuelo.
Ella me miró a mi abuelo y sin decir palabra se levantó y comenzó a vestirse. Yo no podía apartar los ojos de ella. Quería más.
¿Qué te ha parecido? - dijo mi abuelo.
Fantástica - le respondí. Loli me dirigió una mirada cómplice.
Bien, bien.
Nadie añadió nada, éramos dos hombres mirando cómo una mujer se vestía. Loli terminó y se sentó en la cama para ponerse los zapatos. Tras hacerlo se acercó a mí y me besó en la boca. Yo respondí al beso y noté cómo su lengua se introducía entre mis labios y se enroscaba con la mía. Estuvimos un segundo así y de pronto acabó.
Loli se fue hacia la puerta, pero antes de salir se volvió hacia mí y me sonrió. Mi abuelo cerró la puerta tras ella. Allí estaba yo, saboreando a Loli, pero también mi propio sabor, y no me desagradó, supongo que es verdad que los hombres no nos la chupamos porque no llegamos.
Hay otra cosa que debes saber- dijo mi abuelo.
¿El qué? Como habrás observado Loli seguía cachonda tras vuestro encuentro.
¡Toma, y yo! Sí, pero ¿a que tu pito no está en pié de guerra? No, es verdad.
Verás hijo, los hombres nos excitamos más fácilmente que las mujeres, pero también mermamos nuestro vigor antes. Es decir los tíos nos ponemos a punto enseguida, pero excitar a una mujer requiere tiempo y dedicación. Además, tras el orgasmo, el hombre se viene un poco abajo, pero la mujer sigue dispuesta ¿me sigues? Creo que sí.
Hoy lo has hecho muy bien, preocupándote tanto de su placer como del tuyo. No hay peor amante que aquel que se dedica a satisfacer sus apetitos dejando a su pareja insatisfecha.
Comprendo.
Bien.
Abuelo.
¿Sí? ¿Por qué has hecho que Loli se fuera? Porque querías follártela.
Sí ¿y qué? Mira Oscar, yo te he ayudado hoy, y siempre estaré ahí para darte consejo de lo que quieras, pero no es bueno que yo te haga todo el trabajo. Tienes un don, y debes aprender a desarrollarlo por ti mismo. Además, no quiero que te encoñes demasiado con Loli, a tu edad es peligroso.
¿Cómo? Supón que te la hubieras tirado, podrías ver en ella a la mujer perfecta, que te da todo lo que deseas. Loli es muy experta en estos temas y podría llegar a sorberte el seso.
¿Y qué? Pues que tienes todo un mundo que explorar, en esta misma casa hay un montón de mujeres, debes probar un poco de cada cosa para disfrutar plenamente tu vida, no dedicarte a una sola. Sería un desperdicio.
Ya.
Pues eso. Sin duda acabarás follándote a Loli, tranquilo, pero hay muchas más.
De acuerdo.
Otra cosa.
Dime.
Aún eres muy joven, te queda mucho por aprender sobre tu don y sobre cómo seducir a una mujer.
Claro.
Pues eso, habrá ocasiones en que estés muy caliente y no tengas una mujer para aliviarte.
Ya, hoy por ejemplo.
Exacto. Pues cuando pase eso o simplemente cuando te apetezca, hazte una paja.
¿Cómo ha hecho Loli? Eso es, puedes hacerlo tú solo. Al final te corres igual; no es tan bueno como con una mujer, pero alivia.
Entiendo.
Y no hagas caso de las habladurías de viejas que dicen que te quedas ciego y otras gilipolleces. Yo me la he cascado muchas veces y aquí estoy.
Sí, je, je.
Bueno, te dejo que descanses. Apuesto a que ahora sí serás capaz de dormir. Espera, abriré la ventana para ventilar esto un poco.
Tras abrir la ventana, se dirigió a la puerta.
Abuelo.
¿Sí? He dejado a Loli muy caliente ¿verdad? Sí hijo, sí. De hecho, esta noche yo me aprovecharé de ello.
¿Irás a su cuarto? Todas las noches voy a algún cuarto.
Y salió de la habitación.
Abuelo.
Volvió a asomarse.
¿Sí?
Lo miré fijamente y le dije:
Gracias.
Él me guiñó un ojo y salió, cerrando la puerta.
En una cosa sí se equivocó mi abuelo. Fui incapaz de dormir en toda la tarde. Mi cabeza era un torbellino de imágenes y sensaciones y poco a poco mi pito fue despertando. Estaba bastante decidido a intentar el sistema que me recomendó el abuelo, pero no pude.
Mi madre entró a verme, y al notar que estaba mejor y que ya no tenía fiebre dejó la puerta abierta "para que me diera el aire". Además todo el mundo empezó a pasar por el cuarto para interesarse por mi estado, mi padre, mi tía, mis primas, Dicky... La única que no vino fue Marina.
No fue del todo desagradable, porque mientras las chicas iban desfilando por mi cuarto y me tocaban la frente, me daban besos, me revolvían el pelo... yo no paraba de sobarme la polla bajo las sábanas. De todas ellas creo que sólo mi tía sospechó algo, pues me miró con cierto reproche en los ojos, pero no dijo nada.
Por la noche fue mi padre quien me trajo la cena, con la consiguiente decepción, por lo que le dije que ya estaba bien, que podía comer solo. Así que me dejó la bandeja y se marchó.
Pasaron un par de horas, el silencio se apoderó de la casa, pero yo seguía despierto. Volvía a tenerla dura, así que comencé a pajearme. Desde luego no era tan bueno como con Loli, pero no estaba mal. De pronto se me ocurrió que podía estar mejor. Recordé lo mucho que me había excitado espiar al abuelo ¿por qué no repetirlo? Sabía exactamente donde debía estar.
Si me pillaban me la cargaba, pues no tenía ninguna razón para ir al ala de los criados, pero ¡qué coño!.
Me levanté sigilosamente y me calcé las zapatillas. Sentía mi pene bien duro, presionando contra el pijama. Encendí el candil de mi mesilla y salí del cuarto tapando la luz con la mano, para que no me vieran.
Me dirigí lentamente hacia la escalera, pero, al pasar por delante del dormitorio de mis padres, escuché unos ruidos. Me quedé helado, esperando que la puerta se abriera, pero no fue así. Agucé el oído y logré distinguir unos gemidos. Algo más tranquilo me acerqué a la puerta y me agaché para mirar por el ojo de la cerradura.
La luz estaba apagada, pero por la ventana abierta entraban los rayos de la luna, lo que me permitía ver bastante bien lo que pasaba.
Mi madre yacía tumbada sobre la cama, mientras mi padre se la follaba en la postura del misionero (entonces no sabía su nombre). El culo de mi padre subía y bajaba rápidamente mientras una de sus manos sobaba los pechos de mi madre. Bueno - me dije - pues aquí mismo.
Apagué el candil de un soplido, me arrodillé en el suelo mirando por la cerradura y me saqué el pito del pijama. Comencé a pajearme lentamente, disfrutando, pero enseguida vi que no era igual que por la mañana, no estaba tan excitado. Se oían los bufidos de mi padre, pero mi madre permanecía extrañamente laxa, no colaboraba, no parecía estar disfrutando demasiado. De vez en cuando mi padre la besaba y ella respondía, pero no había pasión. Fallaba algo.
De pronto mi padre pegó dos o tres culetazos más fuertes, se puso tenso y se derrumbó sobre mi madre. Poco después se deslizaba hacia un lado en la cama y se arropaba.
Yo permanecí allí, espiando con la polla en la mano. La luz de la luna me permitía ver bastante bien a mi madre, con las piernas abiertas, el camisón subido y uno de sus pechos asomando por un lado. Miraba al techo, como distraída. De pronto se levantó.
Voy al baño - dijo.
Ummmm.
Joder, qué susto. Casi me caigo de culo. Iba a correr hacia mi cuarto, pero afortunadamente vi el candil en el suelo. Lo recogí y me precipité en mi habitación. Entorné la puerta y me quedé observando por la rendija.
No había tanta prisa, pues mi madre aún tardó un poco en salir, supongo que estuvo encendiendo la vela que llevaba en la mano. Yo la espiaba desde mi puerta y me quedé alelado. Estaba preciosa con el pelo revuelto, además aunque se había bajado el camisón, no lo había colocado bien por arriba, por lo que uno de sus pechos asomaba libre. Se dirigió con paso cansino hacia el baño del pasillo.
Mientras lo hacía, yo me la machacaba silenciosamente. Ella entró al baño, pero yo no acabé, por lo que decidí esperar a que saliera. Esperé unos minutos, pero no salía, así que me atreví a asomarme al baño. Por debajo de la puerta podía ver la luz de la vela de mi madre y si ésta se movía, regresaría corriendo a mi cuarto.
Como estaba cerca, dejé mi candil apagado en la mesilla y salí. Escuché unos segundos por si había ruido y me arrodillé frente a la cerradura del baño. Allí estaba mi madre. Había encendido también un quinqué que había dentro, por lo que había bastante luz. Estaba de pié con las manos apoyadas en el mueble de la jofaina, mirándose al espejo. Mi posición era un poco escorada, pero no importaba, pues el reflejo del espejo era perfecto.
Mi madre seguía allí, contemplándose. Su pecho izquierdo continuaba por fuera del camisón. Yo me bajé los pantalones del pijama y reanudé mi paja, un poco nervioso por si tenía que salir corriendo.
Ella sumergió una de sus manos en el agua de la jofaina, y suavemente la deslizó por su cuello, por su garganta. Las gotas de agua resbalaban por su piel y volvían a caer en la palangana. "Plic", aquel sonido pareció retumbar en la casa; yo volvía a estar excitadísimo, mis sentidos estaban agudizados. Ella siguió mojándose el cuello hasta que en una de las pasadas, su mano bajó hasta su pecho desnudo y comenzó a acariciarlo. Sus dedos empezaron a recorrer el contorno de su pecho, a acariciar su pezón, que enseguida se irguió orgulloso.
Lentamente, deslizó con su mano el tirante del camisón que aún llevaba puesto, con lo que éste cayó al suelo. Se contempló unos instantes en el espejo y continuó sobándose las tetas con una mano. Pude ver cómo la otra se metía entre sus piernas y comenzaba a moverse. En realidad, y dada mi posición, sólo podía ver cómo se acariciaba los pechos, pues el espejo no era de cuerpo entero, pero nuevamente la excitación acudió en mi ayuda.
La mano de mi madre pareció incrementar su ritmo y de pronto estuvo a punto de caerse, como si las piernas le fallasen. Así que se tumbó en el suelo, separó bien las piernas y siguió masturbándose.
¡Qué visión sublime! Se acariciaba con fruición, se tocaba por todas partes, se retorcía de placer. Yo podía oír perfectamente sus gemidos, sus suspiros.
Uuff. Ahhhh. Ummm.
Seguí masturbándome y poco a poco fui acomodando mi ritmo al que marcaba mi madre. Quería correrme con ella.
Súbitamente, la espalda de mi madre se arqueó. Ella encogió las piernas y emitió un pequeño gritito de placer:
¡AAAHHH!
Alguien podía haberlo oído y salir a ver qué pasaba, pero a mí me importaba una mierda. Aceleré el ritmo de mi paja y me corrí. Varios lechazos cayeron sobre mis muslos, en el suelo, en la puerta. Había sido genial.
Sin darme cuenta, me dejé ir un poco hacia delante, por lo que mi cabeza chocó levemente con la puerta. No hizo mucho ruido, pero bastó para devolverme a la realidad. Me asomé a la cerradura y vi que mi madre se había sentado en el suelo y se tapaba el pecho con el camisón mientras miraba hacia la puerta.
¡Me había oído! ¡Joder! Me incorporé como pude y sin subirme los pantalones fui hacia mi cuarto. Entonces, por el rabillo del ojo vi cómo la puerta del cuarto de mi hermana se cerraba rápidamente.
Vaya con Marina - pensé y me metí en mi cuarto como una exhalación, cerré la puerta y a la cama volando.
La sangre me latía en los oídos, estaba muy nervioso y decidí hacerme el dormido. Entonces se abrió la puerta de mi cuarto, una luz penetró en él y se dirigió a la cabecera de mi cama. Era mi madre.
Permaneció allí, de pié unos minutos. Yo, asustado, no me atrevía a mover ni un músculo. De pronto mi nariz captó un aroma familiar, el olor de hembra caliente. Lentamente, procurando que mi madre no me viera, abrí los ojos. Frente a mi cara estaba el coño de mamá. Tapado con el camisón claro, pero por el olor yo sabía que estaba caliente. Y yo también; a pesar del susto, noté cómo mi miembro se endurecía de nuevo (ah, la juventud).
Ella permaneció allí un poco más, hasta que finalmente me acarició la cabeza y me besó, dirigiéndose hacia la puerta. Yo la seguí con la mirada mientras salía y gracias a la luz de su vela, pude ver su silueta desnuda perfectamente recortada a través del camisón.
Un rato después me hice una buena paja recordando esa silueta, y con esa imagen en mente, me dormí.
A la mañana siguiente desperté renovado, con la mente más clara, relajado. Y por supuesto con la picha tiesa, maravillosa juventud.
Me desperecé deliciosamente en la cama, mientras rememoraba los excitantes sucesos del día anterior, hasta que un recuerdo penetró de golpe en mi mente. ¡La corrida!, ¡me había corrido contra la puerta del baño y no lo había limpiado!
Me levanté como un resorte y corrí hacia el baño. La puerta estaba abierta y no se veían restos de semen por ninguna parte, ni siquiera en el suelo. Alguien lo había limpiado. Lo cierto es que jamás me enteré de quién me hizo ese favor.
PREPARATIVOS PARA LA FIESTA
Pasaron varios días en los que no sucedió nada especial. Yo me limitaba a echar miradas disimuladas a las chicas y a hacerme pajas a escondidas. Necesitaba tiempo para asimilarlo todo y pensar estrategias.
De todas formas hice un par de intentos de acercamiento con Loli, pero ésta parecía rehuirme, supongo que siguiendo instrucciones del abuelo.
Los días pasaban veloces y yo no hacía ningún progreso en lo que a sexo se refiere, por lo que andaba un poco desilusionado. Todo era bastante monótono, hasta que una mañana me encontré a mi hermana y mis primas charlando con Mrs. Dickinson:
- Por favor señorita, aún tenemos muchas cosas que hacer - dijo Andrea, que parecía llevar la voz cantante.
- No sé, niñas, serían tres días...
- Sí, lo sé, pero le prometemos que después nos esforzaremos más. Compréndalo, tenemos que participar en los preparativos de la fiesta y además, me gustaría, digo nos gustaría poder ir a la ciudad a comprarnos un vestido y un regalo para mi madre.
- No sé, ¿qué dice tu abuelo?
- Al abuelo le parece bien ¿verdad chicas?
- Bueno... - dijo mi hermana mientras Andrea la fulminaba con la mirada.
- ¿Sí?
- Dijo que la decisión era suya, que usted sabría si perder un par de días podría perjudicarnos o no.
- Por favor señorita Dickinson - insistía Andrea.
- ¿Y que opináis vosotras dos?
- Bueno, es verdad que nos gustaría ir a la ciudad y un par de días sin clase nos irán bien ¿verdad Marta?
- Sí. Además Ramón dijo que nos llevaría a un restaurante nuevo.
- ¿Ramón? ¿Y quién es Ramón? - preguntó Dicky.
- Es el novio de Andrea - dijo Marta con una sonrisilla maliciosa.
- ¡Marta! ¡No digas más tonterías! - exclamó Andrea, enrojeciendo violentamente.
- ¿Novio, eh? - dijo Dicky riendo.
- No le haga caso señorita, se trata del hijo del señor Benítez, que es muy amable y que se ha ofrecido a hacer de guía por la ciudad.
- Comprendo. ¿Y es guapo?
- Vamos, señorita, no se burle.
- Bueno, está bien. Os concederé esos días de descanso. A mí también me vendrá bien.
- ¡Estupendo! - gritó Andrea.
Los Benítez eran los propietarios de una finca cercana. Los padres eran buena gente y muy amigos de mi familia. Tenían dos hijos, a los que yo conocía porque eran alumnos de la escuela de equitación de mi abuelo. Ramón, el mayor, siempre me había parecido un imbécil, pero Blanca era una chica de 16 años, muy dulce y simpática y con una educación exquisita. Con frecuencia mis padres decían que ojalá nosotros nos pareciéramos a ella, así de encantadora era .
Aunque Ramón siempre me había caído gordo, gracias a él me iba a escapar de las clases.
- Bueno, parece que durante unos días sólo tendré que ocuparme de ti - me dijo Dicky.
El alma se me cayó a los pies. ¿Yo tenía que seguir dando clase mientras las chicas se iban de paseo? ¡De eso nada!
- ¡Pero señorita, yo también quiero ir a la ciudad! - dije lo primero que se me ocurrió.
- ¿Tú? ¿Y para que vas a ir tú?
- ¡No he vuelto a ir desde que era pequeño, y... yo también quiero comprarle algo a tía Laura!
Lo cierto es que yo en ese momento ni siquiera sabía por qué íbamos a comprarle regalos.
- Bueno, no sé. Lo cierto es que si me quedo sin alumnos podría ir a casa de mi tía. Hace tiempo que no la veo...
- No sé señorita, éste ya perdió clases el otro día con la fiebre - dijo Andrea, la muy...
- Yo por lo menos voy aprobando los exámenes - le respondí desafiante. Si las miradas mataran, en ese momento hubiera caído fulminado.
- Eso es cierto Andrea, ya no sé si es tan buena idea dejaros los días libres, vas un poco retrasada - me parece que Dicky ya se había ilusionado con las vacaciones y no iba a permitir que se las estropearan.
- Sí señorita. Bueno, es verdad será mejor que nos lo tomemos todos como un pequeño respiro.
- De acuerdo, voy a hablar con vuestro abuelo y con vuestros padres - dijo Dicky y se marchó.
Las tres chicas se volvieron hacia mí al unísono.
- Maldito niño cabrón - Andrea tenía un lenguaje exquisito cuando se lo proponía.
- ¿Se puede saber a qué viene esto? - dijo Marta.
- Si os creéis que os vais a escapar de las clases vosotras solas, vais listas.
- Haz lo que te dé la gana, pero a la ciudad no vienes.
La verdad es que yo tampoco quería ir, pero aquello me molestó bastante.
- ¿Y quién me lo va a impedir?
- Se lo diré a papá - intervino mi hermana.
- ¿Y qué le vas a decir? ¿Qué os queréis ir solas a la ciudad con el novio de Andrea? Seguro que le encanta.
- ¡Maldito seas! - gritó Andrea. - ¡Ven aquí!
Y se lanzó por el pasillo a perseguirme, aunque yo fui mucho más rápido y me perdí escaleras abajo. Andrea no me siguió yo empecé a pensar que podía ser divertido ir a la excursión por el simple hecho de fastidiarla un poco.
- Buenos días.
Me volví y allí estaba mi abuelo.
- Ya me ha dicho Mrs. Dickinson que os habéis librado de las clases por unos días ¿eh?
- Abuelo, las chicas no quieren que vaya con ellas a la ciudad.
- ¿Y por qué no?
- Porque las lleva ese imbécil de Ramón y no quieren que vaya.
- ¿eh?. Vaya con Andrea, para pedirme prestado el coche no tiene problemas, pero para cuidar un rato de su primo... Hablando del rey de Roma...
Miré hacia arriba y vi bajando las escaleras a las tres chicas encabezadas por Andrea, cuyos ojos echaban chispas. Enfadada estaba incluso más buena.
- Abuelo, no le hagas caso. Nosotras queremos ir de compras y no vamos a ir con el a todos lados.
- ¿Por qué no?
- Podría pasarle algo, no podemos hacernos responsables.
- Para eso está Ramón ¿no? Cuando me pedisteis el coche dijo que él cuidaría de vosotras, ¿qué más le da uno más?
- Yo... - Andrea estaba vencida, sin argumentos.
- Venga chicas, a Oscar también le hace ilusión ir a la ciudad. Portaos bien con él - dijo mi abuelo mientras me guiñaba un ojo con disimulo.
El día pasó sin mayores incidentes. Todo el mudo en la casa andaba muy atareado, hasta las chicas y yo estuvimos ayudando. El motivo del follón era el cumpleaños de mi tía Laura, que cumplía 35 y mi abuelo había decidido darle una gran fiesta en el jardín. Por lo visto iban incluso a invitar a los vecinos para la celebración, con lo que iba a ser una gran fiesta.
A media mañana llegaron un par de carros con gente del pueblo y cosas para la fiesta. Mi padre los había contratado del pueblo para que ayudaran, así que con toda la gente que había por allí, yo logré escaquearme y no trabajar demasiado. Tan sólo estuve un rato ayudando en la cocina, bromeando todo el rato con Mar y con Vito, procurando así mantenerme alejado de Andrea por si acaso.
La que sí que se escapó fue Mrs. Dickinson. Como no tenía alumnos a su cargo anunció que se iba un par de días a visitar a su tía enferma, pero que volvería a tiempo para la fiesta. Nicolás la llevó a la estación con el coche.
Por fin llegó la mañana siguiente, me levanté muy temprano (y muy trempado) y el día no pudo empezar mejor.
Fui al baño de atrás, uno que había cerca de la cocina, para darme un buen baño. En esa habitación teníamos un par de tinajas grandes y una bañera, que se llenaban con agua caliente traída desde la cocina (por eso estaba cerca).
- Buenos días señora Luisa.
- Buenos días corazón - me respondió ella.
- ¿Podría calentarme agua para bañarme?
- Claro, de hecho ya hay mucho agua caliente porque tus primas también se van a bañar. Andrea ya está dentro, así que espérate un rato y desayuna.
¿Andrea bañándose? Genial. Desayuné como una exhalación y me levanté de la mesa.
- Señora Luisa, voy a salir a estirar las piernas. Dé un grito cuando el baño esté listo.
- Vale, anda, busca a Juan para que te llene la bañera.
Salí como un rayo en busca de Juan. Por suerte, lo encontré muy rápido y le dije que Luisa lo buscaba. El hombre se fue hacia la cocina y yo a la parte trasera de la casa. El baño tenía una pequeña ventana bastante alta y yo sabía que probablemente estaba abierta pues ninguno de nosotros alcanzaba a cerrarla y había que hacerlo con un gancho.
Efectivamente estaba abierta. Con rapidez, amontoné bajo la ventana varias cajas de las de la fiesta y me subí encima, procurando no hacer ni un ruido.
Allí estaba Andrea. Estaba de pié dentro de una de las tinajas, completamente de espaldas a mí, lo que me privaba de buena parte del espectáculo. Ya se había lavado y estaba enjuagando su cuerpo echándose jarrones de agua por encima. Estaba arrebatadora. Llevaba el pelo recogido, para no mojárselo, por lo que podía ver su delicioso cuello, su piel era muy blanca, sin mácula, su espalda era lisa, sedosa, con los omóplatos bien marcados y terminaba en unas caderas simplemente perfectas culminadas por un trasero con forma de corazón. Sus piernas debían ir a juego pero no las veía, ya que la tinaja le llegaba a más de medio muslo. El agua se escurría por su cuerpo, formando ríos que recorrían sus sinuosas curvas y que dejaban a su paso gotitas que aparentaban ser de cristal, dándole un aspecto casi mágico, parecía una ninfa del bosque.
Yo estaba empalmadísimo, presionaba fuertemente mi paquete contra la pared, pero no podía hacer más porque mi posición era un tanto precaria y no quería caerme.
Podía ver cómo deslizaba las manos por su cuerpo, eliminando los restos de jabón; veía que se pasaba las manos por las tetas, pero desde atrás no podía ver cómo. Yo maldecía mi mala suerte, me estaba perdiendo lo mejor, pero en ese momento ella se inclinó hacia delante para coger otra jarra de agua del suelo. Al agacharse su culo se me mostró en todo su esplendor, era simplemente perfecto. Además, al agacharse dejaba entrever su coño, incluso desde mi posición podía notar que era rubio, como su cabello, sus labios se abrían levemente. ¡Dios yo sólo pensaba en cómo sería hundir mi polla en ese maravilloso chocho!
- Estás hecho un guarro.
La voz me sobresaltó tanto que me caí de las cajas formando un considerable alboroto.
- ¡Ey! Ten cuidado que te vas a matar.
Dolorido alcé la vista y me encontré con Antonio, el sobrino de Juan, que trabajaba en la finca ayudando a su tío.
- ¡Eh! ¿Quién anda ahí? - la voz de mi prima se oyó por la ventana.
- Desde luego no es tonto - dijo Antonio.
Yo le miré con cara de pena. Me habían pillado y me la iba a cargar por todo lo alto. La erección desapareció fulminantemente.
- Venga, no te quedes ahí, vamos a quitar las cajas antes de que alguien salga a ver qué pasa.
Dios, cuánto quise a Antonio en ese instante. Me incorporé de un salto y rápidamente quitamos las cajas de allí y nos marchamos rodeando la casa.
- Vaya, chico.....
- Yo...
- Tranquilo, hombre. Yo mismo he espiado alguna vez por ese ventanuco. Es que tu prima está muy buena ¿eh?
- Ya lo creo.
- Pues tranquilo, hombre, que yo no le diré nada a nadie. Además en esta casa con tantas mujeres, los hombres debemos ayudarnos.
- Gracias Antonio.
En ese momento se oyó la voz de Luisa, que me llamaba para el baño.
- Me voy Antonio.
- Hasta luego, ¡ah! Que te lo pases bien en la ciudad.
Le sonreí y me fui. Luisa me esperaba en la cocina.
- Venga, que tu prima ha salido ya. Oye, ¿no habrás estado trasteando por ahí detrás, verdad?
- No, Luisa, yo estaba con Antonio.
- Ya veo, venga entra al baño, que Marta y Marina van detrás.
- Voy.
- Oye Oscar, si no te importa usa la tinaja que está limpia y deja la bañera para las chicas.
- Pero...
- Venga, que tú eres un hombre, sé un caballero...
- Vale Luisa.
Entré al baño y me desnudé. Entré a la tinaja, cogí el jabón y empecé a frotarme. El baño aún conservaba el aroma de Andrea por lo que empecé a recordar lo que había visto. Mi picha fue poco a poco recobrando la forma y yo empecé a masturbarla delicadamente. Entonces se me ocurrió una idea. Me froté la palma de la mano con jabón hasta hacer espuma y después me pajeé con ella. Era una sensación diferente, muy agradable, así que cerré los ojos y seguí con la paja mientras imaginaba que me tiraba a Andrea.
Estaba tan concentrado que resbalé y me caí dándome un buen golpe en el fondo de la tinaja. Una buena cantidad de agua se desbordó y fue a parar al suelo del baño que quedó empapado.
- Oscar ¿estás bien? ¿Qué ha pasado?
Luisa estaba al otro lado de la puerta.
- Nada, que me he resbalado.
- Espera que voy a entrar.
Luisa entró en el baño con cara de preocupación.
- Luisa, estoy bien, en serio - dije mientras me agachaba en el interior de la tinaja.
- Madre de Dios, la que has liado - dijo mirando al suelo.
- Lo siento.
- Qué le vamos a hacer. Espera, te traigo más agua.
Salió y regresó al poco con un par de cubos humeantes que añadió a la tinaja.
- ¡Ay! Quema.
- Pues te fastidias. Y date prisa que las niñas esperan.
No sé por qué, pero le dije:
- Es que me he dado en el codo y me duele el brazo.
- ¿A ver? - dijo Luisa mientras me examinaba el brazo - parece que está bien.
- Pero me duele... - dije yo con mi mejor voz de niño mimado.
- ¿Qué quieres? ¿Qué te bañe yo como cuando eras pequeño?
- Bueno...
Entonces Luisa me miró de arriba abajo y sin duda notó que yo mantenía las piernas recogidas, escondiendo algo. Fue a la puerta y la cerró.
- Joder con el chico, tan grande para unas cosas y está hecho todo un bebé. A ver, arrodíllate.
Cogió el jabón y comenzó a frotarme el cuerpo, la espalda, el pelo, haciendo mucha espuma. Me hizo poner de pié, de espaldas a ella y me limpió las piernas y el culo.
- Separa un poco las piernas - me dijo.
Su mano se introdujo entre mis muslos y comenzó a frotarlos por la cara interior, Se deslizaba muy placenteramente y yo notaba cómo la punta de sus dedos me rozaba los huevos. Era genial, estaba muy excitado. Mi polla pedía a gritos que la aliviaran, pero yo no me atrevía. Así seguimos un rato cuando me dijo:
- Date la vuelta.
Yo obedecí muy despacio. Con las manos me tapé el pito lo mejor que pude. Sabía que no serviría de nada, pero pensé que era mejor dar una imagen de vergüenza
Al volverme por completo pude ver que los ojos de Luisa estaban fijos en mi entrepierna, lo que me calentó aún más.
- Venga, quita las manos de ahí. A ver si te crees que es la primera picha que veo. Además la tuya ya la he visto un montón de veces.
Como yo no obedecía, me tomó por las muñecas apartando mis manos ella misma, aunque yo no opuse demasiada resistencia.
- ¡Jesús, María y José!
- Lo siento - dije yo fingiendo estar avergonzado, aunque en realidad llevaba un calentón de aquí te espero.
- Vaya, vaya, así que el señorito se ha convertido en todo un hombre.
- Vamos, Luisa, no te burles de mí.
- Si no me burlo, ya quisieran muchos tenerla como tú.
Se puso de pié y siguió lavándome. Empezó a frotarme el pelo de forma que sus pechos quedaron a la altura de mi cara. Los botones superiores de su vestido se habían abierto, por lo que pude echar una buena ojeada a aquel par de increíbles tetas, embutidas de tal forma en el sujetador, que amenazaban con reventarlo, así de apretadas estaban.
Luisa acabó con mi pelo y se retiró con lo que se dio cuenta de adonde apuntaban mis ojos.
- Oye, estás hecho un sinvergüenza.
- Lo siento, Luisa.
- ¿No te da nada de mirarle así las tetas a una vieja?
- Tú no estás vieja.
- Anda, que podría ser tu abuela.
- Imposible, ninguna vieja podría tener esas tetas.
Ella se quedó sorprendida. Aquello no cuadraba con la imagen de niño bueno que tenía de mí.
- Vaya bandido estás hecho. ¿Qué sabes tú de tetas, bribón?
- Nada, sólo sé que las tuyas son geniales, parecen ir a escaparse del sostén.
Ella miró hacia abajo, abriéndose un poco el vestido con las manos.
- Es verdad que este sostén me va un poco pequeño...
- Pues eso Luisa, son tan bonitas que no he podido evitar mirarlas. Además como me has estado lavando y eso...
- Me parece a mí que a ti no te dolía el codo.
- Perdóname, no sé en qué estaba pensando - dije simulando azoramiento, parecía estar a punto de echarme a llorar.
- Venga, venga, no te pongas así, es sólo que me ha sorprendido un poco. A todos los chicos les pasan estas cosas...
Se acercó a mí y me abrazó. Mi cara quedó apretada contra su pecho. Aquello era el paraíso.
- Lo que no comprendo es cómo puede gustarte una vieja como yo, con todas las chicas que hay por aquí.
Si ella supiera que me gustaban todas...
- Luisa, que tú no estás vieja. Tienes las mejores tetas del mundo.
- ¿Estos dos trastos? - dijo mientras volvía a abrirse el cuello del vestido, permitiéndome atisbar de nuevo su par de ubres.
- Son maravillosas.
- Mi amor... - dijo abrazándome de nuevo.
- Luisa... - dije todavía abrazado a ella.
- Dime corazón.
- ¿Me las enseñas?
- ¿Cómo?
- Es que nunca he visto unas - mentí.
Se apartó de mí y me asió por los brazos mirándome a los ojos.
- De acuerdo cariño.
Llevó sus manos a la espalda y trasteó un poco con el cierre del sostén. Le costó un poco hacerlo por encima del vestido, pero para mi desencanto, no se lo quitó. Finalmente logró desabrochárselo y lo extrajo por el cuello de la ropa. Después desabrochó el resto de los botones del pecho del vestido, se lo abrió con las manos y me las mostró.
¡Qué par de tetas! Sin duda eran las más grandes que había visto hasta ahora, en la finca, quizás sólo Tomasa podía rivalizar en cuanto a volumen (o eso creía yo). La piel era un poco menos tersa que en las de Loli, pero no importaba. A pesar de lo grandes que eran, se mantenían firmes, con los pezones gordos y duros mirando al frente. Estaba embelesado y mi polla apuntaba al techo, desesperada.
- Luisa - le dije mirándola a los ojos - ¿Puedo?
- Claro, mi amor.
Se acercó hasta mí. Yo estiré las manos y me apoderé de aquellas dos maravillas. Comencé a sobarlas con fruición, un tanto bruscamente.
- Tranquilo, mi amor, no se van a escapar...
Me calmé un poco y comencé a acariciarlas con mayor delicadeza. Mis manos no alcanzaban ni de lejos a abarcarlas, por lo que las movía por todas partes, las agarraba, las estrujaba, las levantaba... Comencé también a toquetear sus pezones. Estaban duros como rocas, me miraban desafiantes. Por mi mente pasó la idea de lamerlos, pero quizás Luisa pensara que eso era demasiado, así que me contuve.
Seguí acariciándolos con la izquierda y llevé la derecha hacia abajo, hasta empuñar mi verga. Comencé a pajearme lentamente y me separé unos centímetros de Luisa, para verla mejor. Tenía los ojos cerrados y se veía perfectamente que estaba disfrutando horrores. Eso me envalentonó así que fui deslizando mi mano izquierda por todo su cuerpo. Al llegar a la cintura, separé con los dedos el vestido y las bragas, e introduje la mano en su interior. Luisa abrió los ojos y me miró sorprendida, parecía querer decir algo, pero mi mano se metió entre sus piernas, entre sus labios vaginales, nadando en las humedades que allí había y mis dedos encontraron su clítoris, con lo que a Luisa se le pasaron las ganas de decir nada.
Volvió a cerrar los ojos y me dejó hacer. Yo seguí masturbándonos a los dos, lentamente, disfrutando el momento. Ella llevó sus manos hasta sus globos y empezó a sobárselos, tironeándose de los pezones, mientras dejaba escapar pequeños gemidos que me excitaban todavía más. Poco a poco inició un leve movimiento arriba y abajo de sus caderas, aumentando el frotamiento.
Progresivamente fue incrementando el ritmo de su cintura, hasta que se convirtió en un furioso vaivén. Los gemidos fueron ganando intensidad:
- Sí, así, así, mi amor, sigue asíiiiiiiii...
Mientras se corría se derrumbó sobre mi hombro. Yo notaba los espasmos de su coño en la mano mientras no dejaba de pajearme.
En ese momento una voz sonó al otro lado de la puerta:
- ¿Qué estás haciendo? ¿Te queda mucho?
¡Mierda! ¡Mi hermana!
- Un poco todavía Marina, espera en la cocina que ahora te aviso - dije con voz entrecortada.
- Date prisa ¿quieres?
- Sí, hermanita.
Oí pasos que se alejaban y respiré más tranquilo. Miré a Luisa, que parecía preocupada. Era hasta cómico, los dos, asustados, mirando a la puerta, mientras una de mis manos empuñaba mi polla y la otra se perdía en sus bragas.
- Hay que acabar rápido - dijo Luisa.
Se apartó de mí y yo pensé que se había acabado, pero no, Luisa no pensaba dejarme en ese estado. Se arrodilló frente a mí y agarró mi polla, comenzando a pajearla con rapidez.
- Acaba rápido o nos matan.
Así que me dediqué a disfrutar. Desde luego no era tan bueno como antes, pues había que terminar rápido, pero no estaba nada mal. Como seguía teniendo las tetas fueras, estas se movían como campanas al ritmo del cascote, lo que era muy erótico.
Siguió masturbándome diestramente, mientras con la derecha me la meneaba, con la izquierda me sobaba los huevos; desde luego no era la primera paja que hacía, sabía dónde y cuándo apretar y pronto comencé a notar que me corría.
Ella me apuntó el pene hacia el agua y los disparos fueron todos a parar al interior de la tinaja, menos un poco que manchó la mano de Luisa.
- Bueno ya estás - dijo mientras se llevaba la mano a los labios y se la limpiaba con la lengua ¡Qué morbo! - Ummm, está dulce...
¡Joder! Aquello casi me empalma otra vez.
De pronto, Luisa pareció volver a la realidad.
- Vamos espabila, que nos van a pillar.
Cogió un par de jarras de agua y me los echó por la cabeza para enjuagarme.
- Venga, hay que darse prisa que las niñas tienen que entrar y antes tengo que recoger el estropicio que has hecho.
Luisa cogió una toalla y me secó vigorosamente el cuerpo y desde luego aquello no tuvo nada de erótico, sin más bien de doloroso. De no ser porque aún llevaba las tetas por fuera del vestido, parecería que allí no había ocurrido nada. Rápidamente se arregló la ropa, aunque no se puso el sostén, sino que lo dobló hasta que no se notaba lo que era.
- Venga, vístete, que yo voy a la cocina a por trapos.
Me echó una última mirada y me dijo:
- Cuánto te pareces a tu abuelo.
Abrió la puerta con cuidado y miró a izquierda y derecha, saliendo sigilosamente. Yo me vestí y fui a la cocina.
- Marina, ya he terminado.
- Sí, ya voy.
No sé si sería su extraño tono de voz o el hecho de que no me regañara por haber tardado, lo cierto es que noté algo extraño en ella. La miré y vi que tenía las mejillas arreboladas y la frente sudorosa ¿habría estado espiando?
Marina se levantó y salió junto con Luisa, que iba cargada de trapos para limpiar un poco el baño.
Yo salí por la puerta de atrás para tratar de espiar a Marina como había hecho con Andrea. Si me había estado espiando, debía estar muy excitada, con lo que el espectáculo prometía ser aún mejor. Por desgracia ya no era tan temprano, y detrás de la casa había ya mucho ajetreo con lo de la fiesta y eso. Bueno, qué le íbamos a hacer; me resigné y subí a la habitación para ponerme la ropa que me había preparado mi madre para ir a la ciudad.
Como una hora después llegó Ramón. Penetró en el recibidor como si fuera el rey del castillo.
- ¡Muy buenos días! - gritó.
Yo estaba abajo, con el abuelo, y le oí murmurar:
- Menudo petimetre.
Al poco las chicas bajaron la escalera en procesión, con Andrea al frente, como siempre. Llevaba un vestido primaveral, de color azul, sin mangas. Un cinturón blanco ceñía su esbelta cintura y llevaba a juego el sombrero, el bolso, los zapatos y unos guantes de punto. Estaba preciosa. Detrás venía mi hermana, con un atuendo parecido, sólo que de color amarillo pálido, lo que acentuaba su negra cabellera. Por último, Marta, un poco más discreta. Llevaba una camiseta blanca de manga corta, con un jersey echado sobre la espalda y anudado al cuello. Su falda era de color gris, por debajo de la rodilla. Como las otras dos, llevaba medias de color claro, pero no llevaba sombrero. Parecían tres diosas bajando desde el cielo. Yo estaba alelado.
- Andrea, estás preciosa - dijo Ramón.
- Menudo caballero - pensé - no les dice nada a las otras.
Al poco aparecieron mis padres y mi tía. Tras los saludos de rigor, se llevaron a Ramón un poco aparte, dándole los típicos consejos, que tuviera cuidado de nosotros y eso. Vi que Ramón me echaba un par de miradas de desprecio. Menudo capullo. Estuvieron charlando un poco y yo me quedé con las chicas.
- Estáis las tres guapísimas - les dije - sin duda seréis la envidia de toda la ciudad.
Me miraron un tanto sorprendidas.
- Vaya, gracias - dijo Andrea.
- Lo digo en serio, chicas. Sois realmente preciosas - vi que Marta incluso se avergonzaba un poco.
- Estás muy amable hoy ¿no crees? - dijo mi hermana - será para que no te dejemos aquí.
- No es eso, estoy diciendo la verdad.
- Bueno, pues gracias - dijo Andrea.
- Y de verdad, estoy muy agradecido de que me llevéis con vosotras, tenía muchas ganas de ver la ciudad. Os prometo que me portaré bien.
Los demás terminaron de hablar, y todos fuimos hacia la puerta. Yo aproveché que Andrea se quedaba un poco retrasada y le dije:
- Lo he dicho en serio, y tú eres la más guapa de todas.
- Vale, vale - rió mi prima - cuando quieres eres un cielo.
Salimos fuera, donde Nicolás esperaba con el coche. Era un Bolt, no recuerdo el modelo, uno de los primeros coches que hubo en España. La capota se abatía completamente, permitiendo así disfrutar del paseo. De hecho, Nicolás ya la había echado hacia atrás.
- ¿Y cómo vamos a ir? - dijo Ramón - en el coche no cabremos todos. ¿No sería mejor dejarlo aquí?
- Tú te sientas delante con Nicolás - intervino Andrea - y nosotras tres detrás y vamos llevándolo encima por turnos.
- Sí, así iréis bien - dijo mi abuelo.
- Bueno - aceptó Ramón, aunque se le veía en la cara que eso no era en lo que él estaba pensando.
Antes de subir, mi abuelo me llevó aparte.
- ¿Llevas dinero?
- Mi padre me ha dado algo - le respondí.
- Mira, un caballero debe pagar siempre por las damas, y ese tipejo no es muy de fiar ¿no crees?
- Desde luego - dije enfadado, mientras mi abuelo se reía.
- Bien, pues tendré que confiar en que tú si seas un caballero.
Entonces me dio una bonita cartera hecha a mano. Era mi primera cartera.
- ¡Gracias abuelo! - exclamé y le di un abrazo.
Me saqué el dinero que tenía del bolsillo para guardarlo en la cartera, pero, al abrirla, me encontré con que ya había mucho dinero dentro.
- ¡Abuelo!
- Eso es para ti. Gástalo como quieras, pero procura invitar a las chicas a algo y lo que sobre, para ti.
- Pero...
- Tranquilo, hijo, que ya les he dado algo a tus primas y a tu hermana, no vas a ser tú menos.
- ¡Gracias! - y lo abracé nuevamente.
Nos despedimos hasta la noche y nos marchamos. Marina iba a la izquierda, Andrea en el centro y Marta a la derecha. Yo iba sentado en el regazo de Marina, que me sujetaba por la cintura. Estaba bastante ilusionado, aunque al principio no tenía muchas ganas de ir, ahora me daba cuenta de que hacía bastante tiempo que no salía de la finca, así que me decidí a disfrutar del viaje.
El coche traqueteaba por los caminos mientras atravesábamos bosques y prados. Yo me recliné hacia atrás, para añadir el placer de sentir las tetas de mi hermana contra mi espalda al que me proporcionaba el paseo. Hubiera estado muy bien de no ser por el imbécil de Ramón que viajaba prácticamente vuelto hacia nosotros para decirle tonterías a mi prima Andrea, que se reía como una tonta con todas las gilipolleces que aquel capullo soltaba. Pero lo peor fue cuando noté que Marta lo miraba con ojos de cordero degollado. También se reía de sus tonterías y siempre intentaba atraer su atención interviniendo en la conversación (cosa rara en ella), pero se la veía nerviosa, por lo que sus palabras parecían torpes y poco inteligentes.
- ¡Mierda! - pensé - ¿cómo es posible que a las dos les atraiga este imbécil?
Además, Ramón ignoraba de forma casi ofensiva a Marta, teniendo sólo ojos para Andrea, lo que cohibía cada vez más a mi prima menor, hasta el punto que dejó de intentar conversar y se ensimismó, dedicándose a mirar el transcurrir del campo por su lado del coche.
Ramón, de vez en cuando pasaba una mano hacia atrás y la apoyaba descuidadamente en la rodilla de mi prima, que se apresuraba a apartarla. Al poco rato, Andrea pareció hartarse del comportamiento de Ramón y me usó como escudo:
- Marina, ¿estás ya cansada de cargar con Oscar?
Sin darle tiempo a responder, intentó levantarme y subirme sobre ella. Desde luego yo pesaba demasiado para que pudiera levantarme, así que colaboré sin rechistar y me senté en el regazo de mi prima. De esta forma obstaculizaba perfectamente al manos largas, lo que pareció no gustarle demasiado a tenor de la mirada que me dirigió.
Como no podía continuar con sus tocamientos, pareció perder interés en la conversación, por lo que se volvió hacia delante y se limitó a hacerle algunas preguntas a Nicolás sobre el manejo del coche.
Poco a poco, las chicas se animaron y empezaron a charlar entre ellas, de lo que iban a hacer, de lo que se iban a comprar y de otras cosas. Yo me limité a reclinarme sobre Andrea, que las tenía más gordas que Marina, por lo que era más cómodo y a disfrutar del resto del viaje.
Llegamos a la ciudad a las doce de la mañana, tras unas dos horas de viaje. Despedimos a Nicolás hasta la tarde y nos dedicamos a pasear. Ramón parecía una mosca, zumbando todo el rato alrededor de Andrea, mientras nos ignoraba a los demás. Andrea pronto se cansó, por lo que comenzó a charlar con Marina. Viendo que lo ignoraban, Ramón se enfurruñó y se retrasó.
Marta se dio cuenta y se fue quedando rezagada, para intentar charlar con él, pero el muy imbécil seguía ignorándola, limitándose a responderle con monosílabos y sin quitarle los ojos de encima a Andrea, que iba unos metros por delante.
- Mira Ramón ¡qué pendientes tan bonitos! - exclamó Andrea frente a una tienda.
Ramón salió disparado hacia delante, dejando a Marta con la palabra en la boca. ¡Cómo lo odié en ese momento!
Seguimos caminando en dos grupos, delante Marina y Andrea, con Ramón revoloteando alrededor de ella y detrás Marta. Yo la miré y noté que tenía los ojos llorosos. Me acerqué a ella.
- Marta, ¿qué te pasa?
- ¡Déjame en paz! - me espetó, aunque yo insistí.
- Venga, dímelo, a lo mejor puedo ayudarte.
- ¡Que me dejes!
Entonces me puse serio. Empleé uno más calmado, más adulto.
- Marta, no entiendo qué es lo que ves en semejante imbécil.
Me miró sorprendida, hasta las lágrimas que antes asomaban parecieron secarse de pronto.
- ¡Pero qué dices!
- Marta, se te nota mucho. Llevas toda la mañana comportándote como una tonta, tú no eres así y desde luego ese tipo no se lo merece.
- ¡Qué sabrás tú!
- Tengo ojos en la cara. Se ve a la legua que ése sólo busca una cosa con Andrea.
- No digas más tonterías.
- Míralo tú misma.
Ramón iba delante, e intentaba todo el rato que mi prima lo cogiera del brazo, supongo que para fardar por la calle por llevar a una rubia tan hermosa. En ese momento nos cruzamos con una mujer muy atractiva. Ramón no dudó ni un momento y se giró para mirarla mientras se alejaba.
- ¡Ramón! - le reprendió Andrea.
- Perdona querida, creo que la conocía.
¡Menudo gilipollas!
- ¿Lo ves?
- .......
- Marta, una mujer tan hermosa como tú puede conseguir al hombre que quiera. Eres mi prima y te quiero mucho, por eso no puedo soportar que con la de hombres estupendos que hay por ahí, te enamores de un capullo como ese.
- ¡No estoy enamorada!
- ¿Ah, no? ¿Entonces por qué lloras?
Me miró nos instantes, y por fin se decidió a confiar en mí.
- No sé, lo cierto es que me gusta y quería ver...
- ¿Qué? - pregunté yo.
- Si era capaz de atraer a un hombre como hace Andrea, pero veo que no puedo.
- Ahora eres tú la que dice tonterías.
- ¿Cómo?
- Tú eres capaz de atraer a cualquier hombre.
- Sí, ya lo veo.
- Te lo digo en serio. Mira, sé que soy joven todavía, pero sé distinguir la belleza femenina y desde luego creo que tú eres la más guapa de las tres.
Marta se sonrojó un poco y me dedicó una deliciosa sonrisa.
- Lo digo muy en serio, Marta, posees una belleza, no sé, etérea. Eres tan delicada, tan dulce, dan ganas de estar siempre a tu lado para protegerte.
- ¡Caray! Gracias, Oscar - dijo mi prima, con el rostro ya completamente arrebolado - Es lo más bonito que me han dicho en mi vida.
- Pues es verdad.
- ¿Se puede saber dónde has aprendido esas cosas?
- En ningún sitio en especial, no sé Marta, son cosas que se me ocurren al mirarte. A mí y a cualquier hombre que se precie de serlo.
- Entonces ¿por qué Ramón no me hace caso?
- ¡Y dale con Ramón! - me enfadé un poco.
Noté que mi prima se retraía un poco, aquello le había molestado, tenía que recuperar el terreno perdido, pero ¿cómo? Entonces la solución se me ocurrió por sí sola: "Dile la verdad" pensé.
- Marta, ¿puedo serte franco?
- Sí, claro.
- Verás, es que esto puede ofenderte un poco.
- Venga, que no me enfado.
- Vale. Mira, la razón por la que Ramón se fija en Andrea es bien sencilla. El único pensamiento que ocupa su mente es la idea de follársela.
- ¡Oscar! - exclamó asombrada y con el rostro como un tomate.
- Te lo advertí. Verás, ese tío está loco por tirársela, si te fijas no hace más que tontear y revolotear a su alrededor, pero no tiene verdadero interés por ella.
- ¡Pues a lo mejor me apetece que me lo haga a mí! - casi gritó Marta.
Los que iban delante se volvieron a ver qué pasaba.
- ¿Te está molestando, Marta? - preguntó mi hermana.
Yo me había quedado muy sorprendido por la repentina confesión de mi prima, así que no atiné a decir nada.
- No, no te preocupes, sólo estamos charlando - dijo Marta.
- Pues no forméis tanto escándalo - dijo Ramón, tan amable como siempre.
- Haremos el escándalo que nos dé la gana - le espeté.
- ¿Cómo dices?
- Lo que has oído - le respondí en tono desafiante.
Las chicas me miraban asombradas. Ramón echaba fuego por los ojos. Se abalanzó hacia mí, me cogió del brazo y me llevó aparte.
- Mira, éste es un día muy importante para mí y no voy a dejar que me lo estropees.
- ¿Y por qué es importante si puede saberse?
- No me cabrees, o te voy a poner el culo como un tomate.
- Inténtalo imbécil, veremos lo que opina mi abuelo cuando le diga cómo le sobabas las piernas a Andrea en el coche.
- ¿Cómo te atreves? - exclamó, pero el brillo de duda en sus ojos me hizo ver que había dado en el blanco.
- Mira Ramoncete, yo sólo quiero pasar un día agradable, así que déjame en paz y yo te dejaré a ti ¿de acuerdo?
Esperé unos instantes, mientras su cerebro procesaba aquello.
- Yo sólo quiero que no montéis un espectáculo por la calle.
- El espectáculo vas dándolo tú, pareces una mosca que ha olido mierda, siempre revoloteando detrás de las faldas.
- A que te doy...
- Atrévete.
Nuestras miradas se cruzaron furiosas. Finalmente, apartó la mirada y dijo:
- Haz lo que te dé la gana.
- Por supuesto.
Y regresamos con las chicas, él con cara de perro y yo con una sonrisa triunfante en los labios. Poco después, Marta y yo volvíamos a ir rezagados.
- En mi vida te había visto así.
- Sí, no sé por qué, pero ese tío me saca de quicio.
- Pero es guapo.
- Lo será, Marta, pero hay más cosas. Ese tío es un cerdo.
- .......
La chica seguía ensimismada.
- Por cierto, antes me dejaste parado.
- ¿Cómo?
- Sí, al decirme que te apetecía acostarte con ese capullo.
- ¡Yo no he dicho eso! - exclamó.
Los de delante volvieron a mirarnos y yo saludé sonriente a Ramón.
- Tranquila, chica, pero sí que lo dijiste.
- .......
- Marta, es normal sentir ciertos impulsos al llegar a nuestra edad. Yo también tengo esos impulsos.
- Ya veo - dijo sonriendo.
- Lo digo muy en serio.
- Bueno, pero si yo siento esos "impulsos", ¿por qué no atraigo a los hombres?
- Claro que atraes a los hombres, a mí el primero ¡eres preciosa!
- Pero...
- Pero nada. Mira, ese tío está encandilado con Andrea y ella le sigue el juego. No sé si porque tiene en mente lo mismo que él o porque es más tonta de lo que parece.
- No sé...
- Pues eso. Ramón olfatea a su presa y no piensa en nada más hasta que la logre.
- Pero antes se ha quedado mirando a esa chica...
- Sí durante un segundo, porque era nueva. Pero no va a estropear la caza por otra posible presa, va sobre seguro. Pero si otra presa segura se le presentara...
- No te entiendo.
- ¿Quieres comprobar que lo que te digo es verdad?
- Sí, claro.
- Bien, te demostraré que a ese tío le importa una mierda tu hermana y que sólo va detrás de la falda que se le pone a tiro.
- ¿Cómo?
- Cuando yo te diga, atácale tú a él.
- ¿Qué?
- Tienes que hacer algo que inequívocamente le demuestre que le deseas, verás que pronto traiciona a Andrea.
- ¡Estás loco!
- Tú verás, puedes creer lo que quieras, pero estoy seguro que es verdad.
- Sí, ya. ¿Y qué tendría que hacer?
- No sé. Agárrale el paquete.
- ¡¿QUÉ?! - los de delante ya ni se volvieron.
- Tú hazlo cuando yo te diga y verás.
- Estás majara, no sé por qué te he estado haciendo caso.
- Ya veremos...
Enfadada, se fue hacia delante para reunirse con los otros. Yo me quedé atrás, pensativo. Me la había jugado mucho con mi prima, si hacía lo que le había dicho no estaba seguro de lo que pasaría. Si Ramón montaba un escándalo avergonzaría a Marta para toda la vida, pero yo estaba bastante seguro de haberle juzgado correctamente, no me quedaba sino confiar en la lujuria de Ramón... y en la belleza de mi prima.
En esas estaba cuando todos penetraron en un gran establecimiento. Era una boutique de ropa femenina.
Era una gran tienda, tenía incluso dos plantas. Por todas partes se veían clientas que miraban vestidos, atendidos por señoritas vestidas todas más o menos igual, blusa blanca, falda negra y una cinta métrica de sastre al cuello.
Las chicas se repartieron rápidamente por la tienda. Ninguna de ellas había estado antes en una tan grande y estaban muy ilusionadas. Correteaban arriba y abajo, enseñándose trapos las unas a las otras mientras daban grititos. Yo me desmarqué por ahí, dando vueltas y mirando cosas. Quería ver si encontraba algún regalo bonito para tía Laura.
De vez en cuando atisbaba a Ramón, le veía echando ojeadas apreciativas a las dependientas y a las clientas mientras fumaba con aire aburrido. Eso sí, su rostro cambiaba a la más exquisita de las sonrisas cuando Andrea se acercaba a enseñarle algún traje.
- ¿Qué te parece éste, Ramón? - inquirió Andrea una de las veces.
- Muy bonito, querida - le contestó fumando un cigarrillo.
- Creo que voy a probármelo.
Andrea trotó hasta unos probadores cercanos, pero estaban ocupados, por lo que se dirigió a otros que estaban escondidos al fondo de la tienda. Ramón se le quedó mirando y pareció tomar una decisión. Pisó el cigarrillo y siguió a Andrea con disimulo. Y por supuesto, yo le seguí a él.
Me escondí tras una columna y me asomé con cuidado. El probador se cerraba con unas cortinas y Ramón permanecía frente a ellas echando miradas disimuladas a su alrededor. Cuando pensó que nadie lo veía, se metió dentro.
- ¿Se puede saber qué haces?
- ¡Chist! Cariño, ven aquí...
- ¡PLAS!
La bofetada resonó fuertemente. Al poco Ramón volvía a salir del probador. Se frotaba una mejilla con cara de perro apaleado. Yo, detrás de la columna, trataba de contener la risa a duras penas. ¡Bien por Andrea!
Ramón se fue lentamente a la esquina opuesta de la tienda, lejos de toda la gente (supongo que para que nadie notara la marca roja en su cara) y volvió a encender un cigarrillo.
Decidí buscar a Marta para contárselo. Di unas cuantas vueltas por allí y la vi. Tenía cara de gran preocupación. Entre sus manos sostenía una blusa y la retorcía nerviosamente.
- Va a hacerlo - pensé.
Así que me escondí rápidamente para que no me viera y la seguí. No me equivocaba, se dirigía con paso vacilante al rincón donde se estaba Ramón. A falta de 10 metros se paró, respiró hondo y se acercó rápidamente hasta él. Por desgracia no me podía acercar más por lo que no pude escucharlos.
Desde mi posición vi cómo intercambiaban unas palabras. De pronto, Marta se abalanzó sobre el sorprendido Ramón y lo besó. No podía verlo bien, pero me pareció que el beso era correspondido. Marta se separó de él dejándome atisbar cómo su mano apretaba fuertemente la entrepierna del asombrado Ramón.
Marte le soltó y echó a correr en dirección opuesta con las mejillas totalmente enrojecidas. Casi me descubre, pero me dio tiempo a ocultarme. Cuando pasó, eché una mirada a Ramón. Sonreía.
Me marché de allí cuidando que no me vieran y fui en busca de Marta. La encontré cerca de las escaleras, respirando agitadamente.
- Lo has hecho ¿eh?
- ¿Qué?
- No me engañas, lo veo en tus ojos, has ido a por Ramón.
- ¿Me has visto?
- No - mentí - es sólo que estás colorada como un tomate.
- Venga ya - dijo, mientras se llevaba las manos a la cara.
- Bueno, ¿lo has hecho o no?
- Sí.
- ¿Qué le hiciste?
- Le dije que me gustaba mucho.
- ¿Nada más?
- Y lo besé.
- ¡Vaya con mi prima!
- Y también...
- ¿También qué?
- Nada...
- Sí, ya, y voy yo y me lo creo. ¡Vamos confiesa! - le dije mientras la sacudía por los hombros bromeando.
- ¡Ayyy, estáte quieto!
- ¡Confiesa!
- Le agarré el paquete con la mano ¿estás satisfecho? - me dijo con su rostro aún más rojo si es que era posible.
- ¡Vaya! ¡Menuda guarra estás hecha, Marta!
- Oye - dijo enfadada.
- ¿Y qué hizo él?
- Nada - dijo ella triunfante - se quedó muy sorprendido, pero no me hizo nada.
- ¿En serio?
- Sí, estabas equivocado, es un caballero y no se aprovechó. Yo no le gusto, sino sólo Andrea - su tono era ahora pesaroso.
- Pues si me he equivocado puede que se lo diga a Andrea ¿no crees?
- ¡Dios! ¡Es verdad! ¡No puede ser! ¡Por qué te haría caso!
Era tal el espanto que se reflejaba en su rostro que me arrepentí de lo que había dicho.
- Tranquila Marta, era broma. Mira, si tienes razón y es un caballero, entonces no dirá nada, como mucho hablará contigo a solas para decirte que no puede corresponderte.
- ¡Qué vergüenza!
- Y si yo tengo razón, sin duda intentará algo antes o después. Lo que no hará nunca es contarlo, puedes estar segura.
Marta pareció quedarse más tranquila. Seguimos conversando apaciblemente, le pregunté si había encontrado algo que le gustara y resultó que no, así que me ofrecí a ayudarla a buscar un vestido. Se pasó una hora probándose ropa (hay mujeres que olvidan sus problemas con facilidad en una boutique) y yo le daba mi opinión sobre cada vestido que se probaba. Lo pasamos muy bien juntos, nos reímos mucho y charlamos alegremente. Nunca la había visto tan relajada. Fue genial.
Se me pasó por la cabeza la idea de intentar espiarla en el probador, pero si me pillaba podía echar al traste todo lo conseguido hasta el momento, así que me porté bien.
Finalmente escogió un vestido, y para mi alegría resultó ser el que yo le había recomendado. Era de seda, de color verde, con tirantes sobre los hombros y un chal a juego. Estaba preciosa con él.
Nos reunimos con los demás, Andrea y Marina también habían encontrado vestido y además habían comprado no sé qué para tía Laura. Así que cada una pagó lo que había comprado con el dinero del abuelo y nos marchamos de la tienda, pues casi era la hora de cerrar.
Fuimos andando hasta el restaurante que conocía Ramón, fue una larga caminata, pero al muy capullo ni se le ocurrió que las chicas pudieran cansarse. Yo iba charlando alegremente con Marta, y Andrea con Marina. Yo, controlaba con disimulo a Ramón, que parecía bastante pensativo y noté que de vez en cuando dirigía miradas apreciativas a Marta.
- Ya está en el bote - pensé.
Por fin llegamos al restaurante. Un camarero nos condujo a una mesa para seis en un rincón junto a la ventana.
- Marta, siéntate aquí, a mi lado - dijo amablemente Ramón.
Andrea lo fulminó con la mirada, supongo que pensó que era para darle celos. Así que nos dispusimos así; en el rincón, pegada a la ventana, Marta, Ramón justo a su izquierda y Andrea a la izquierda de Ramón. Yo me senté frente a Marta y Marina frente a Andrea, quedando la silla de en medio para los paquetes.
La comida transcurría con cierta calma tensa, Andrea parecía decidida a ignorar a Ramón, por lo que conversaba con mi hermana, cosa que al muy imbécil no parecía importarle pues se dedicaba a charlar con Marta en voz baja, lo que mortificaba a Andrea.
Así estuvimos durante un rato; yo simulaba estar concentrado en el plato, pero en realidad no le quitaba los ojos de encima al tipejo.
De pronto, Ramón se inclinó para decir algo en el oído de Marta, que se puso muy roja, y, simultáneamente, su mano derecha desapareció bajo la mesa. Marta pegó un respingo y se quedó tensa. Desvió la mirada y se puso a contemplar la calle. Ramón miraba a las otras chicas con disimulo, para cerciorarse de que nadie notaba sus maniobras.
Entonces me di cuenta de que la mano izquierda de Marta tampoco estaba a la vista. La moral se me fue a los pies, ¡no podía ser! ¿le estaba correspondiendo? Yo notaba que había movimiento bajo la mesa, me estaba enfureciendo por momentos. ¡Maldita sea! ¡Era culpa mía! ¡Ahora ese cabrón podría tenerlas a las dos! Vi cómo Ramón parecía tirar de Marta ¿qué estaba pasando? ¡Dios!, me iba a volver loco.
Entonces, de repente, Marta se puso de pié, me di cuenta de que sus ojos estaban brillantes por las lágrimas, parecía a punto de echarse a llorar.
- Oscar, ¿me cambias el sitio por favor? Aquí estoy un poco agobiada, esto es muy estrecho.
- Claro, Marta. Sin problemas.
El pecho me iba a estallar de júbilo. Ramón tenía una cara de tonto que casi me hace echarme a reír. ¡Lo sabía! ¡Un tipejo así no podía salirse con la suya!
Nos cambiamos y seguimos comiendo. La tensión se palpaba en el ambiente. Las chicas sabían que algo había pasado, pero no podían imaginar el qué.
Tras la comida, cada uno pagó lo suyo (todo un caballero ¿eh?) y nos marchamos. Ramón propuso ir a una cafetería cercana y a Marina y Andrea les entusiasmó la sugerencia, por lo que hacia allí nos fuimos. Vi cómo Ramón intentaba reconciliarse con Andrea, pero a ésta aún le duraba el enfado. Marta iba muy taciturna y yo caminaba a su lado, en silencio. Marina también lo notó, y se acercó a nosotros.
- ¿Te pasa algo, Marta? - preguntó.
- No, sólo estoy algo cansada.
- ¿Seguro?
- Sí, de veras.
Entonces Marta dijo algo que yo no me esperaba.
- Marina, yo no tengo ganas de tomar café. ¿Por qué no vais vosotros?
- ¿Cómo?
- Que no me apetece tomar café y además, todavía no he comprado nada para mamá.
- ¿Y te vas a ir sola?
- Me llevo a Oscar, hoy hemos hecho muy buenas migas ¿verdad? - dijo, mientras me miraba suplicante.
- Sí, y yo tampoco he comprado nada para tía Laura - dije yo.
- No sé, Marta.
- No te preocupes, seguro que lo pasamos muy bien - por el tono se veía que estaba intentando parecer animada.
- Sí - intervine yo - podemos vernos en el sitio donde quedamos con Nicolás. Era a las nueve ¿no?
Marina nos miró a los dos con extrañeza. Allí se estaba cociendo algo pero ¿qué podía hacer ella?
- Haced lo que queráis. Tened cuidado.
Nos despedimos de los otros dos, pero no nos prestaron demasiada atención, bastante tenían con sus líos y nos marchamos en dirección opuesta. Caminamos en silencio durante un rato, hasta que llegamos a un parque. Buscamos un banco y nos sentamos.
- ¿No vas a decir nada? - me espetó.
- ¿Cómo?
- Un "yo tenía razón" o algo así - estaba apunto de echarse a llorar.
La miré a los ojos y le dije:
- Lo siento, Marta.
Ella rompió a llorar. Yo la abracé torpemente y ella no me rechazó, sepultó el rostro en mi cuello y se deshizo en lágrimas. No podía hacer mucho, intuía que lo mejor era dejar que se desahogara, así que me limité a acariciarle el cabello en silencio.
La gente que pasaba nos miraba con curiosidad, pero yo les echaba unas miradas que nadie se atrevía a preguntar qué pasaba.
Así estuvimos unos minutos, hasta que poco a poco fue calmándose. Lentamente deshicimos el abrazo. Tenía los ojos llorosos, las mejillas hinchadas, pero aún así, me pareció hermosa.
Metí la mano en mi bolsillo y le ofrecí un pañuelo.
- Gracias - me dijo, lo tomó y se sonó la nariz ruidosamente. Tras hacerlo me tendió el pañuelo.
- ¡Ah, que guarra! - exclamé divertido - ¡para qué quiero yo tus mocos!
Marta se echó a reír.
- Es verdad, lo siento.
- Tranquila, era broma - la miré con cariño - ¿estás mejor?
Marta respiró profundamente.
- Sí, me encuentro más aliviada, como si me hubiese quitado un peso de encima - me dijo, mientras se secaba los ojos con mi pañuelo.
- ¡Dios, qué asco! ¡Y se los refriega por la cara!
Esta vez no se rió, se carcajeó.
- Es verdad, qué asco.
- ¡Y yo que te tenía por una muchacha bien educada! Si te viera Dicky le daba un patatús.
Marta volvía a llorar, pero ahora de risa.
- Señorita Marta, me ha decepcionado usted profundamente - dijo Marta, imitando a Mrs. Dickinson bastante bien.
Estuvimos diciendo tonterías y riendo durante un rato. Poco a poco nos fuimos calmando.
- Gracias Oscar, lo necesitaba.
- De nada nena, por ti lo que sea.
Ella se me quedó mirando un segundo, se inclinó hacia mí y me dio un leve beso en los labios.
- Gracias de corazón.
- De nada.
Nos quedamos allí sentados, sin decir nada durante un rato. Por fin Marta me dijo:
- Tenías razón, es un cerdo.
- Lo sé.
- Durante la comida empezó a decirme cosas al oído, que yo era muy bonita, que no sabía como no se había fijado... Yo hasta me las estaba creyendo...
- ¿Y?
- De pronto me puso la mano en el muslo.
- ¡Qué cabrón!
- Yo intenté apartársela con cuidado, porque no quería que Andrea notara nada, pero seguía insistiendo, deslizaba la mano cada vez más arriba.
- ¡Joder! - la verdad es que aquel pequeño relato me estaba calentando un poco.
- Me apretaba cada vez más, seguro que tengo la mano marcada por todo el muslo.
- Me encantaría verlo - pensé.
- La deslizaba cada vez más arriba y yo...
- ¿Tú qué?
- ¡La verdad es que me gustaba un poco!
- Comprendo.
- Le dejé hacer, pero entonces recordé todo lo que me habías dicho y le cogí la mano para apartársela.
- Bien hecho.
- Pero él me cogió por la muñeca y llevó mi mano hasta su entrepierna
- ¡Maldito cabrón!
- Eso ya fue demasiado, así que me levanté y te cambié el sitio.
- Debiste hacerlo antes.
- Lo sé, pero es que... no sé, no me desagradaba, era...
- Excitante - terminé yo.
- ¡Eso! Lo siento, pensarás que soy una zorra.
Marta bajó la mirada hasta el suelo, parecía apesadumbrada. Yo me acerqué y cogiéndola dulcemente por la barbilla, hice que sus ojos se encontraran con los míos.
- No digas tonterías. Eres una mujer maravillosa, y me siento muy feliz de que te hayas dado cuenta de lo imbécil que es Ramón.
Marta sonrió.
- Gracias, pero yo no puedo olvidar que le dejé tocarme.
- Pero Marta, eso es normal.
- ¿Normal?
- Claro, ya hablamos antes de los impulsos que sentimos a nuestra edad. Constantemente pensamos en el sexo, es algo que no podemos evitar...
Durante un rato, le solté el discurso que días antes me había dado mi abuelo. De vez en cuando me interrumpía y me preguntaba algo.
- ¿Cómo sabes tanto de estas cosas?
- He leído libros, y también hablando con el abuelo.
- Ah, claro.
- Pues eso Marta, que lo que te pasa es normal y se trata tan sólo de que lo aceptes y lo disfrutes.
- Sí, pero con quién.
- Pues conmigo, por ejemplo - dije sin pensar.
Ella se quedó callada, sorprendida.
- Ya la he cagado - pensé.
Entonces ella sonrió y me dio un cariñoso puñetazo en el hombro.
- Eres un guarro - dijo riendo.
- ¡Desde luego, nena! - reí yo también.
Eran las seis más o menos cuando nos levantamos y fuimos a ver tiendas. Pasamos una tarde genial, entrando en bazares, tiendas de ropa, yo nunca había visto tantos comercios juntos.
Marta compró para su madre un joyero muy bonito que vimos en una tienda de artesanía. Yo le compré un camafeo que se abría, para poner en su interior hierbas de olor. Aprovechando un segundo de distracción, compré también dos navajas suizas, de esas multiusos y una pulsera de plata que le había gustado mucho a Marta.
Salimos a la calle y nos fuimos a tomar un helado. Charlamos durante un rato, hasta que vimos que era hora de marcharse.
- ¡Uf, estoy reventada de tanto andar! - dijo mi prima.
- Pues espera un momento.
Me acerqué a un coche de caballos de esos cerrados que había allí cerca, hablé unos segundos con el conductor y llegué a un acuerdo sobre el precio.
- Vamos Marta, subamos.
- ¡Estás loco!
- Venga princesa, tú te lo mereces todo - le dije mientras le ofrecía mi mano para ayudarla a subir.
Marta sonrió y tomó mi mano, subiendo con gracia.
- ¿Adónde vamos?
- Al punto de reunión, pero como en carruaje tardaremos menos, le he dicho que nos dé un paseo turístico.
- ¡Estupendo!
Dimos un romántico paseo a través del parque en el que habíamos estado antes. Estaba empezando a anochecer y los serenos comenzaban a encender las farolas. Nosotros íbamos dentro del carruaje cerrado, mirando por las ventanillas.
- ¡Es maravilloso!
- Tú lo eres más.
Marta me miró, y se reclinó suavemente contra mi pecho.
- Marta...
- ¿Ummm?
- Tengo algo para ti.
- ¿Cómo?
Saqué la pulsera y se la enseñé. Su cara de asombro mereció la pena.
- ¡Dios mío! ¡Estás loco! ¿Cuánto te ha costado?
- No mucho, como vi que te gustaba y hoy has tenido un día tan duro...
Ella no dijo nada, sólo se me quedó mirando. La verdad es que me dio hasta un poco de vergüenza. Tomé su mano y le puse la pulsera.
- ¿Te gusta?
- Mucho.
Tras decir esto, se acercó hacia mí y me besó. Su boca era un tanto torpe, se notaba que no tenía experiencia. Yo tampoco tenía mucha, pero Loli besaba de otra forma. Así que la abracé y la besé con pasión. Poco a poco mi lengua se introdujo entre sus labios y se encontró con la suya, que me respondió con deseo.
Estábamos besándonos cuando ella tomó mi mano derecha y lentamente la condujo hasta su pecho, apretándola contra él. Comencé a acariciarla con ternura, jugando con sus senos por encima de la ropa. Sus pezones se marcaron rápidamente sobre la camiseta y yo los rocé levemente con la yema de los dedos.
Ella se echó aún más sobre mí y su pierna izquierda presionó fuertemente contra mi pene, que a esas alturas estaba como una roca. Lentamente deslizó su mano por mi pecho hasta llegar a mi cintura y una vez allí comenzó a abrirse paso por el borde del pantalón.
Entonces unos golpes resonaron en el techo.
- Hemos llegado - gritó el cochero.
- ¡Maldita sea tu estampa! - pensé.
Miré a Marta con cara de resignación y vi la misma expresión reflejada en su rostro. Pensé en decirle al cochero de dar otra vuelta, pero por la ventanilla vimos a los demás que estaban esperando.
- Ponte el jersey - le dije.
- ¿Por qué?
- Porque sino verán tus perfectos pezones marcados contra tu camiseta.
- Tienes razón - rió ella.
En ese momento me di cuenta de lo mucho que había cambiado Marta en un solo día. Si por la mañana le hubiese dicho algo como eso habría enrojecido hasta la raíz de los cabellos.
Nos bajamos del coche y saludamos a los demás, que nos miraban con cara de asombro.
- ¿Dónde estabais? - inquirió Andrea, se veía que el enfado no se le había pasado.
- Por ahí - dijo Marta.
Y así quedó la cosa. Todos teníamos un aire enfadado. Se veía que aquellos tres no habían pasado muy buena tarde y yo andaba quemado por haberme quedado a medias. A duras penas lograba tapar mi erección con las bolsas de la compra.
La única que parecía risueña era Marta, que de tanto en cuanto, me echaba miradas de complicidad.
Por fin apareció Nicolás. Cargamos los paquetes en el maletero (una especie de caja con correas que había en la trasera) y nos dispusimos a subir. En ese momento un trueno resonó en el cielo.
- Parece que va a llover - dijo Nicolás - será mejor bajar la capota.
- Sí - intervino Marta - además yo tengo frío, voy a coger la manta que hay detrás.
Así lo hicimos, mientras Nicolás, Ramón y yo echábamos la capota, las chicas colocaron la manta en el asiento de atrás. Tardamos un poco, porque antes había que colocar una especie de pared de tela que separaba los asientos delanteros de los traseros, quedando comunicados tan sólo por un hueco en el centro. Cuando íbamos a subir Marta me dijo:
- Oye Oscar, pesas mucho ¿por qué no me llevas tú a mí?
Me quedé anonadado ¡había creado un monstruo!
- Bueno...
- Venga, que pesas más que cualquiera de nosotras.
Andrea ya se había subido, justo detrás de Ramón, supongo que para no verlo mucho, pero Marina estaba con nosotros y miraba extrañada a Marta.
- ¿Estás segura Marta? - preguntó.
- Claro, a mí no me molesta ¿y a ti Oscar?
- No, no - resultó que al final el tímido era yo.
- Pues venga Marina sube.
Marina subió al coche, metiéndose bajo la manta como Andrea, yo subí a continuación, colocándome junto a la puerta, justo tras Nicolás. Sujeté en alto la manta para que Marta pudiera taparse. Antes de que Marta se subiera, Marina se inclinó sobre mí y me dijo:
- No hagas cosas raras ¿eh? Que te conozco.
- ¿Qué cosas hermanita? - le pregunté con descaro.
Ella se ruborizó un poco y me ignoró, arrebujándose bien bajo la manta.
Por fin subió Marta. Yo levanté la manta para que no le estorbara y ella se sentó directamente sobre mi paquete. Fue demasiado. Marta cerró la puerta, se arropó bien y le gritó a Nicolás que arrancara. Y partimos.
Aquello era una tortura. Mi pene se puso como una roca en un instante y se incrustó contra las nalgas de Marta. Yo no me atrevía a hacer nada, pues mi hermana no nos quitaba ojo. Los demás no importaban, Andrea miraba por la ventanilla y los de delante estaban separados de nosotros, pero Marina estaba muy pendiente, aunque a Marta eso no le importaba.
Comenzó a apretar su culo contra mi polla, cada vez más fuerte. Yo la cogí de la cintura y trataba de apartarla, pero ella estaba encima y yo no podía hacer movimientos bruscos. No sé cuanto estuvimos así. Mis nervios estaban a flor de piel, pero el morbo de la situación me mantenía excitadísimo.
Entonces Marta me dio un ligero codazo:
- Mira - susurró.
Miré a la derecha y vi que tanto Andrea como Marina estaban dormidas.
- Pobrecitas - dije - soportar a ese imbécil durante todo el día debe ser agotador.
- Mejor para nosotros - dijo Marta riendo.
Nada me lo impedía ya, así que me dediqué a disfrutar. Solté la cintura de Marta, y fui deslizando mis manos por sus muslos hasta llegar al borde de la falda. Lentamente, fui subiéndolas de nuevo, esta vez por debajo de la ropa, sintiendo el tacto de las medias de mi prima.
- No te pares, sigue.
Como si yo fuera a parar. Recorrí con mis manos sus muslos, acariciando también su cara interna. Subí las manos hasta alcanzar el borde de las medias, así noté que mi primita no llevaba ligas, sino liguero.
Ella se echaba hacia atrás, reclinándose contra mi pecho. Volvía el cuello, acercando su rostro al mío, buscando mis labios con los suyos. Su lengua encontró la mía, la verdad es que aprendía rápido.
Saqué una de mis manos de su falda y la metí bajo su jersey y su camiseta, llevándola hasta sus senos, donde empecé a acariciarla. El sostén era un obstáculo insalvable, yo trataba de apartarlo, pero era de esos con vainas metálicas y resultaba incómodo.
- Inclínate - le dije.
Ella obedeció, se echó un poco hacia delante y así tuve acceso a su espalda. Le subí el jersey y la camiseta hasta la nuca y ella los sujetó con la mano. Con torpeza, solté el broche del sujetador y se lo saqué por delante, dejándolo sobre la manta. Besé con pasión su espalda, de piel blanca, sedosa, recorrí su columna con mi lengua, lo que hizo que un estremecimiento sacudiera su cuerpo.
Volvió a echarse hacia atrás y yo la besé en el cuello, en las sienes, tras las orejas. Leves gemidos escapaban de sus labios. Llevé mis manos hasta sus pechos, completamente libres ahora, los apreté, los acaricié, los recorrí palmo a palmo. Rocé sus pezones con mis dedos, eran como piedras al rojo.
Seguí tocándole los pechos con una mano y metí la otra nuevamente bajo su falda. Esta vez no me entretuve mucho y la llevé directamente a su destino. Froté con la palma sobre las bragas, estaban empapadas. Aferré su coño con la mano, lo que la hizo dar un gritito. Yo, sobresaltado, miré de reojo a mi derecha y pude ver perfectamente cómo uno de los ojos de mi hermana se cerraba.
¡Marina estaba otra vez espiándome! ¡Me estaba viendo liarme con Marta y no decía nada! Aquello me excitó todavía más. Pues si quería espectáculo, lo iba a tener. Decidí que Marta necesitaba todavía más marcha, así que intenté introducir mis dedos por el lateral de sus bragas. El problema era que se trataba de bragas de esas anchas, que cubrían hasta medio muslo. El acceso era difícil.
- Espera - dijo Marta.
Levantó su trasero de mi entrepierna y se encogió un poco. Al ponerse en pié su trasero quedó frente a mi cara. Lo besé por encima de la falda.
- Jolín, te he dicho que esperes.
Marta se arremangó la falda, enrollándola hasta su cintura. Entonces metió sus dedos por el borde de sus bragas y se las bajó. Frente a mi rostro estaba un culo en pompa de los que quitan el hipo. Sin pensármelo agarré sus nalgas con las manos y las besé.
- Estáte quieto idiota - susurró Marta en equilibrio precario.
Yo, por toda respuesta, le di un leve mordisco en una nalga.
- ¡Ay! - rió Marta - ¡Guarro!
Se dejó caer de nuevo sobre mi polla, que estaba a punto de estallar en su encierro. Marta dejó sus bragas sobre la manta, junto al sujetador y nos arropó de nuevo.
- Como alguien se despierte y vea tus bragas ahí, nos va a costar explicarlo...
- Tienes razón.
Cogió las bragas y el sostén y las metió bajo la manta, pero se lo pensó mejor y, bajando el cristal de la ventanilla, los arrojó a la carretera, dejando la ventanilla un poco abierta. Aquello me puso a mil.
- ¡Joder Marta!
- ¿Qué? - me dijo con una sonrisa pícara.
- ¿Ahora irás sin bragas todo el rato!
- Y sin sujetador, querido - dijo mientras volvía a besarme.
Poco a poco reiniciamos las caricias. Seguimos justo por donde lo dejamos, metí una mano bajo su jersey y la otra bajo su falda, ahora el camino estaba libre de obstáculos.
Cuando introduje mi mano en su coño, arqueó violentamente la espalda.
- ¡Aaahhhh...! - exclamó.
- Shissst, calla - siseé yo.
Suavemente, comencé a masturbarla. Recorría su raja con mis dedos, deslizándolos fácilmente gracias a lo mojada que estaba, hasta llegar al clítoris, donde me detenía. Se lo acariciaba delicadamente, con un solo dedo, recorriendo su contorno. Entonces lo pellizcaba levemente con dos dedos, lo que la estremecía. Para acallar sus gemidos, volvió su cabeza y nos besamos.
Mientras una mano se hundía en sus entrañas, la otra festejaba en sus senos. Los amasaba con fruición, con pasión. Sus pezones hubieran podido cortar cristal, así de duros estaban.
Mis dedos abandonaron momentáneamente su clítoris, bajaron un poco y se perdieron en su interior. Le metí la mano entera, menos el pulgar, apretando con fuerza. Mis dedos entraron sin problemas, pues estaba muy lubricada. Empecé un movimiento de penetración y ella comenzó a mover las caderas acompasadamente.
Dejó de besarme un instante y me mordió el labio con pasión.
- Más fuerte - dijo - más fuerte.
Yo obedecí con presteza, hundiendo mis dedos en su interior con mayor violencia.
- Ahhhh. Diossss - noté que iba a gritar, así que saqué la mano de sus tetas y le tapé la boca, mientras mi otra mano continuaba su trabajo. Ella me mordió con fuerza.
Noté cómo el orgasmo devastaba su cuerpo. Olas eléctricas la recorrían, haciendo que sus caderas se movieran de forma espasmódica. Sentía que la mano que había en su coño estaba empapada, sus flujos chorreaban y mojaban mi pantalón.
Por fin, se calmó y se recostó contra mi pecho. Su respiración era muy agitada.
- Ha sido... Ufff. Increíble.
- Desde luego, mira me has pringado el pantalón.
Ella se incorporó un poco y miró mi regazo.
- Habrá que remediarlo - dijo con sonrisa pícara.
Intentó desde su postura desabrochar mi pantalón, pero no podía, así que tuve que hacerlo yo.
- Hasta abajo - me dijo.
Así lo hice, me bajé los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos. Ella se sujetó la falda y se dejó caer nuevamente sobre mí, sólo que esta vez el contacto entre mi polla y su trasero era directo.
Comenzó a mover el culo de delante a atrás, jugueteando y aquello me excitaba aún más.
- ¿Te gusta? ¿Eh? ¿Te gusta? - me decía mientras deslizaba el culo sobre mi polla.
De pronto se paró.
- Quiero verla - dijo.
- Es toda tuya.
Intentó girarse, pero resultaba incómodo, así que se levantó de nuevo y me dijo:
- Deslízate un poco hacia abajo.
Yo comprendí lo que quería. Me eché un poco hacia delante, de forma que ella, al sentarse, lo hacía sobre mi ingle quedando mi picha un poco más abajo. Así lo hicimos, mi polla quedaba justo entre sus muslos, y totalmente pegada a su raja. Podía sentir el calor y la humedad de sus labios vaginales junto a mi miembro. Era enloquecedor.
Marta metió la cabeza bajo la manta, mirando su entrepierna.
- ¡Vaya, parece que ahora tengo polla!
Oírla decir tacos era aún más erótico.
- ¡Hola, pajarito...! - dijo mientras rascaba ligeramente la punta de mi capullo con sus uñas.
- Marta, no juegues más, me estás volviendo loco.
- Bueno, pero ¿qué hago?
- Espera.
Rodeé su cintura con mis manos y busqué mi polla. Con cuidado comencé a colocarla entre sus labios vaginales, no penetrándola, sino en medio, como si fuera un sándwich.
- No, eso no - dijo alarmada - si me follas sé que no me podré contener, me pondré a gritar y se despertarán.
- Tranquila, no quiero meterla, sólo voy a frotarla.
Tomé una de sus manos y la puse sobre su coño, manteniendo así mi polla entre sus labios.
- Ah, ya entiendo - dijo, y ni corta ni perezosa comenzó a subir y bajar lentamente su cuerpo.
Yo empuñé sus pechos con mis manos, ayudando a su movimiento de sube-baja usándolas como asidero. ¡Dios, qué placer! Mi polla disfrutaba como nunca, el calor que sentía en ella era excitante, la humedad que notaba lo era más, sus pechos, duros como rocas también...
Disfrutábamos como locos, Marta cabalgaba cada vez más violentamente, parecía darle igual que se despertase la gente. De hecho si mi hermana no hubiese estado ya despierta, sin duda lo habría hecho. Con frecuencia me he preguntado si Andrea no estaría despierta también.
Por fin llegamos ambos al clímax, el semen surgió con violencia de mi polla, salpicando sus muslos. Gorgoteos sin sentido escapaban de sus labios, mientras yo apretaba los míos para no gritar. Había sido increíble.
Noté cómo Marta empezaba a limpiarnos a los dos con un trapo. Con él, fue quitando los restos de semen, primero de mi polla y después de entre sus piernas. Era mi pañuelo, el de los mocos.
- De verdad que eres guarra - le dije.
- Siempre seré tu guarra - me contestó y mientras me daba un largo y profundo beso, guió una de mis manos hasta su coño, donde apretó con fuerza.
Ya más calmados, nos arreglamos la ropa lo mejor que pudimos. Tiramos el pañuelo por la ventanilla y la dejamos abierta del todo, para que se fuera el olor a sexo que inundaba el habitáculo. Marta volvió a reclinarse sobre mí, esta vez no de espaldas, sino de costado, se acurrucó en mi pecho y al poco rato estaba dormida.
Yo iba pensativo, con el agradable peso de Martita sobre mi regazo. En eso me acordé de Marina. ¡Menuda guarra estaba también hecha! La miré y seguía aparentando estar dormida. Con cuidado levanté la manta para echar un vistazo. Marina se movió bruscamente y una de sus manos cambió de postura.
Al mirar debajo de la manta, vi que la falda de su vestido estaba subida hasta la cintura. Sin duda mi hermanita había tenido bien hundidos los dedos en su coño mientras yo me enrollaba con Marta.
- Marina, ¡eh!, Marina - susurré.
Pero ella seguía haciéndose la dormida. Me quedé pensativo un segundo y me decidí. Deslicé mi mano derecha bajo su falda, ella ni pestañeó. La llevé lentamente hacia su coño, acariciando su muslo hasta llegar a sus bragas. Éstas estaban apartadas, echadas hacia un lado, con lo que el acceso estaba libre. Con delicadeza, hundí dos dedos en su interior, estaba mojadísima y un delicioso gemido escapó de su garganta:
- Aaahhh.
Sonriendo, saqué los dedos de su coño y los llevé a mi boca, chupándolos lentamente.
- Deliciosa - le dije a Marina al oído, pero ella siguió fingiendo estar dormida.
- Otra vez será - dije en voz alta y me puse a mirar por la ventana.
Pocos minutos después, empezó a llover con fuerza. Andrea y Marina despertaron, pero Marta no, pues seguía dormida acostada sobre mi pecho, mientras yo acariciaba con cariño su espalda por debajo de la manta. No conversamos, viajábamos en silencio.
El camino estaba enfangándose, pero, afortunadamente, faltaba poco para llegar a casa, aunque tuvimos que desviarnos un poco para dejar a Ramón en la suya. Como llovía, no pudo entretenerse mucho en la despedida, cosa que agradecí. Poco después regresábamos al hogar.
Las chicas usaron la manta a modo de paraguas y corrieron dentro, mientras, Nicolás y yo sacábamos los paquetes del maletero y nos apresuramos a seguirlas. Al poco de entrar en la casa, la lluvia amainó, había sido un simple chaparrón primaveral.
Había sido otro día increíble. Todos estábamos muy cansados, por lo que tomamos un poco de sopa y nos fuimos a dormir.
- Mañana será otro día - pensé.
LA FIESTA:
El día siguiente amaneció radiante. El sol brillaba con fuerza en un cielo sin nubes, parecía como si la lluvia del día anterior hubiese sido un sueño, aunque el delicioso olor a tierra húmeda que penetraba por la ventana demostraba que no era así.
La mañana transcurrió sin incidentes. Todo el mundo estaba muy ajetreado con los preparativos de la fiesta, pues además de todo lo que quedaba por hacer, la lluvia había estropeado algunos adornos que habían puesto el día antes. Afortunadamente, no eran demasiados, pero la gente trabajaba sin descanso.
Yo me pasé la mañana ayudando en lo que podía, llevando platos, manteles, colgando guirnaldas... En un par de ocasiones me crucé con Marta, yo le guiñaba un ojo y ella me dedicaba una sonrisilla pícara, pero no pasó nada más.
Estuve ayudando a Antonio con las sillas, y aproveché para regalarle una de las navajas que había comprado:
¡Caray, gracias! - dijo admirándola.
No es nada, mira yo tengo otra igual - le dije enseñándole la mía.
¿Y esto a qué se debe?
Bueno, no lo interpretes como un soborno, porque no lo es, pero ayer me ayudaste y esto es sólo una pequeña muestra de agradecimiento.
No tenías por qué, ya te dije que yo también he echado mis vistazos por esa ventana.
Lo sé, pero quería agradecértelo de alguna forma. Y como dijiste que los hombres debemos ayudarnos, pensé que te podría venir bien para tu trabajo. Somos amigos ¿no?
¡Pues claro! - dijo palmeándome la espalda.
Estuve toda la mañana trabajando y parte de la tarde. La verdad es que estaba un poco harto y quería escaparme, así que cuando vi a Nicolás preparando el coche me acerqué y le pregunté que adonde iba:
Tengo que ir al pueblo a recoger unas cosas y después a la estación a recoger a Mrs. Dickinson, que regresa de casa de su tía.
¡Ah! ¡Pues me voy contigo!
Corrí dentro de la casa a pedir permiso a mi padre y regresé con Nicolás, que me esperaba sentado al volante. Había quitado la capota del coche, pues la tarde era muy agradable.
¡Vamos! - exclamé mientras subía.
Haces lo que sea con tal de escaquearte ¿eh? - dijo riendo.
Vamos, Nico, ¡antes de que me pillen! - reí yo también.
El trayecto fue muy agradable. Nicolás no solía ser muy conversador, pero conmigo se llevaba bien. Hablamos de muchas cosas y yo trataba de averiguar si había notado algo la tarde anterior.
Bonito viaje el de ayer - dije.
Sí, ¿verdad?
Me lo pasé estupendamente.
¡Ya lo supongo! - exclamó en un tono que hizo que enrojeciera, así que cambié de tema.
Ese Ramón es un imbécil.
Yo no me meto en esas cosas.
Vamos Nico, no me digas que no lo has notado.
Me miró durante un segundo.
Un imbécil integral - dijo, y yo estallé en carcajadas.
¿Te dio mucho la tabarra en el viaje de vuelta? - le pregunté.
¡Bah!, no mucho. No parecía tener muchas ganas de conversar; me limité a ignorarle y al poco se durmió.
Ya veo.
Nico volvió a mirarme y dijo:
Así que me limité a conducir en silencio.
¿A qué viene eso? - pensé.
¡Tu prima es muy escandalosa! - dijo mientras reía con ganas.
Yo me puse coloradísimo, quería que se abriera la tierra y me tragara.
Vamos, vamos, no te enfades. Si no pasa nada.
........
Desde luego, has salido a tu abuelo.
Sí - dije yo con cierto orgullo.
Nicolás me revolvió el pelo y siguió conduciendo. La conversación derivó (para mi alivio) hacia otros temas. Por fin, llegamos al pueblo. Aparcamos junto a la estación (en realidad era un apeadero) y fuimos andando a un par de tiendas. Nos entretuvimos bastante y Nicolás parecía un poco nervioso.
¿Qué te pasa?
Que estamos tardando mucho y el tren de Mrs. Dickinson debe estar al llegar.
Oye, si quieres quédate tú aquí y yo voy a buscarla.
No sé - dijo dubitativo - si te pasa algo me matan.
Oye, que ya no soy un crío.
Él me miró divertido.
No hace falta que lo jures.
.........
Bueno, vale. Mira, vuelve al coche y espérala allí, quedé con Mrs. Dickinson en que ella vendría.
Vale.
Salí de la tienda y me dirigí al coche. Esperé allí unos minutos, pero me aburría, así que decidí ir a estirar las piernas. Fui al apeadero, no sé muy bien por qué. El guarda estaba fuera de su casilla con un farol en la mano, así que el tren debía estar a punto de llegar.
En un banco situado al fondo, en el rincón más oscuro, había una pareja haciéndose arrumacos. Esto era algo desacostumbrado en la época, que la gente hiciera algunas cosas en público, pero como allí no había nadie más, supongo que se habían relajado un tanto.
Yo les miraba de vez en cuando, sin mucho interés y vi cómo en una ocasión se besaban.
¡Bien por ellos! - pensé.
Decidí no molestarles, así que me alejé hasta el otro extremo del apeadero para esperar el tren. Por fin, se oyó el familiar sonido de la locomotora y una columna de humo apareció a lo lejos. El guarda movía su lámpara de un lado a otro y poco después el tren paraba junto a él.
La pareja se levantó en ese momento y se acercaron al tren. Se dieron un apasionado beso de despedida y el hombre subió a un vagón. Fue entonces cuando me di cuenta de que la mujer no era otra sino Mrs. Dickinson.
El tren arrancó después de que bajaran un par de personas cargadas con maletas. Yo me quedé allí en medio, boquiabierto. Dicky se despidió con la mano del tren que salía y entonces me vio. Puso una cara de sorpresa indescriptible. Rápidamente vino hacia mí y me zarandeó de un brazo.
¿Se puede saber qué haces tú aquí?
Yo... he venido con Nicolás para recogerla - balbuceé.
¿Y qué has visto?
Entonces me di cuenta de que la tenía en mis manos. ¡Una dama inglesa morreándose por ahí con un tío!
He visto que no venía en el tren - dije con aplomo - y que se estaba besando con ese hombre.
El alma se le cayó a los pies. El espanto se reflejó en su cara, seguro que pensó que iban a despedirla.
Señorita Dickinson.
.......
No se preocupe, yo no le voy a decir nada a nadie, se lo prometo.
Ella me miró fijamente.
¿Cómo?
Que no se lo contaré a nadie. Confíe en mí.
¿De veras?
Sí, de verdad. Mire, yo no sé lo que estaba usted haciendo ni por qué, pero creo que sea lo que sea no es asunto mío. Usted siempre ha sido buena conmigo y no quiero que eso cambie.
Me miró dulcemente.
¿Me prometes que no se lo dirás a nadie?
Se lo prometo.
Sabes que si cuentas algo podrían despedirme.
Sí lo sé, pero no se preocupe.
Gracias - me dijo besándome en la mejilla.
Volvamos al coche. ¡Espere! Yo llevo su maleta.
Regresamos y yo metí su maleta (que pesaba poco pues era sólo para dos días) en el maletero. Ella se sentó delante y yo detrás.
Aunque yo no le pedí explicaciones, comenzó a largarme una historia, de que si se trataba de su prometido, que era un hombre muy bueno pero sin dinero, que antes de casarse quería hacer fortuna, que se habían visto en el pueblo de su tía y él la había acompañado de regreso en un tren por la mañana... Una sarta de mentiras vaya. Yo, con una mente mucho más adulta de lo que Mrs. Dickinson sospechaba, deduje la verdad. Aquel tipo era su amante y en cuanto Dicky supo que iba a tener dos días libres, lo avisó y el tipo vino perdiendo el culo, alquilaron alguna habitación por allí cerca y se dedicaron a follar como conejos.
¡Vaya con Dickie! - pensé mientras ella hablaba - Supongo que es normal, todos tenemos nuestras necesidades.
Poco después regresó Nicolás cargado de paquetes. Le ayudé a ponerlos en el maletero y nos subimos en el coche. Saludó a Mrs. Dickinson educadamente y arrancó.
El viaje de regreso también fue muy rápido. Como quiera que Nicolás no era muy buen conversador, Dickie charlaba conmigo. Hablamos de la fiesta y de los preparativos.
Tras llegar, Nicolás y yo nos encargamos de los paquetes mientras Mrs. Dickinson saludaba a todo el mundo.
Poco después me avisaban para cenar. Fui a la cocina y allí estaban Marina y Marta sentadas a la mesa.
Siéntate aquí - dijo Marta dando palmaditas en la silla que había a su lado.
Yo obedecí sin rechistar, me senté y vi que Marina me miraba con disimulo.
Luisa me puso el plato por delante y se marchó, dejándonos solos y yo empecé a comer. Marta charlaba con Marina alegremente, sobre los vestidos y la fiesta. Como la cosa no iba conmigo, seguí comiendo, aunque mientras, mi mente se dedicaba a pensar en cómo aprovecharme del secreto de Dickie.
Estaba completamente abstraído cuando, de repente, noté una mano sobre mi muslo. No pude evitar dar un respingo. Era Marta, sin que me diera cuenta, había deslizado su brazo bajo la mesa, y ahora se dedicaba a acariciar mi pierna cada vez más arriba.
Mientras me metía mano, seguía charlando animadamente con Marina, sin mirarme siquiera. Marina, en cambio, sí que me miraba. Yo me había puesto bastante rojo, y estoy seguro de que ella sabía lo que estaba pasando, pero no dijo nada.
La mano de Marta alcanzó mi paquete y empezó a apretarlo con fuerza. Ni que decir tiene que mi polla se puso enseguida como un leño y mi prima me la agarró con firmeza, pajeándome suavemente por encima del pantalón. De pronto, me apretó con fuerza.
¡Ay! - exclamé yo pegando un bote.
¿Te pasa algo primito? - dijo con una voz de zorra que yo nunca le había oído antes y sin parar de sobarme.
No, nada, me ha dado un calambre.
Eso es porque estás muy tenso. Relájate hombre.
Será puta - pensé.
Miré a mi hermana y vi que estaba roja como un tomate. Marta también lo había notado, pero no parecía importarle. Decidí provocarlas un poco, así que dejé de comer. Puse mis manos sobre la mesa y retiré mi silla unos centímetros, permitiendo a Marta obtener un mejor acceso.
Marta se quedó momentáneamente sorprendida y dejó de acariciarme. Me miró y yo le sonreí. Ella también me sonrió y reanudó su masaje, sólo que ahora se notaba perfectamente lo que estaba haciendo. Marta me miraba a mí y yo miraba fijamente a Marina, completamente roja y con los ojos clavados en su plato.
Seguimos así unos minutos, pero entonces regresó Luisa.
¿Habéis acabado?
Yo sí, Luisa - dijo Marta alegremente y se levantó, dejándome completamente excitado.
Yo la miraba suplicante, pero ella me sonrió divertida y se marchó, dejándome con una empalmada de narices.
Marina y yo seguimos comiendo. Yo estaba excitadísimo y la miraba descaradamente mientras comía. Pude ver que sus pezones se marcaban duros sobre su jersey, aunque ella hacía lo posible por ocultarlo echándose hacia delante.
Ya he acabado, Luisa - dije poniéndome en pié.
Lentamente rodeé la mesa, caminando con la espalda muy recta para que Marina pudiera ver bien mi paquete. Llegué junto a ella, que miraba fijamente su plato, evitando mirarme. Me puse a su lado y le di un tierno beso en la mejilla.
Hasta luego hermanita - dije y me marché.
Busqué como loco a Marta. No me costó mucho encontrarla pues estaba en la calle, junto a la puerta principal.
¡Serás zorra!
Te ha gustado, ¿eh? - dijo sonriéndome con picardía.
¿Tú que crees? - dije señalándome el paquete.
Ya veo que sí.
Joder, Marta. Cómo has cambiado en dos días.
Para mejor ¿verdad?
Desde luego.
Eres un sol - dijo y tras echar una mirada alrededor para asegurarse de que no había nadie, me besó.
Yo inmediatamente llevé mis manos a sus pechos.
¡Quieto!, que nos pueden ver.
Que nos vean - dije yo, pues mi cabeza no razonaba demasiado.
Sí hombre, nos ve mi madre o la tuya y nos matan.
El simple hecho de recordar a mi madre enfadada bastó para calmarme.
Bueno, pero esta noche iré a tu cuarto - dije.
De eso nada.
Ya lo veremos. Esta noche te follo.
Ella rió divertida.
Eres un guarro.
Sí, y tú más. Pero esta noche vas a saber lo que es bueno - dije.
Lo siento, pero no va a poder ser.
¿Cómo?
Verás - dijo un poco cohibida - esta noche no puede ser...
¿Por qué?
Cosas de chicas.
Entonces recordé lo que me había contado el abuelo sobre las mujeres.
Estás con la regla - dije.
¡Niño! ¡Qué sabes tú de eso!
Lo bastante como para saber que no vamos a poder follar ¡mierda! - dije en tono apesadumbrado.
Bueno, ten paciencia, sólo serán un par de días. De todas formas, puedes venir a mi cuarto y hacemos "cositas".
Ya veremos.
La verdad es que no me entusiasmaba mucho la idea, nunca había visto la regla de una mujer, pero el saber que sangraban me cortaba un poco el rollo.
¿Qué te parece Marina? - preguntó de sopetón.
Eso iba a decirte ¿cómo se te ocurre hacerlo delante de ella?
Sí, ya, que tú te has cortado mucho.
No es por eso, es que se ha dado cuenta.
No te preocupes. La verdad es que le pasa como a mí, siente deseos, pero no quiere reconocerlo.
¿Vosotras habláis de eso?
Claro.
¿Le has contado lo de ayer?
No, pero no importa. Mientras lo hacíamos ella simulaba estar dormida, pero en realidad estaba espiándonos.
¿En serio? - fingí.
Sí. Y no sólo eso, me di cuenta de que se estaba tocando bajo la manta.
¡No me jodas!
Es verdad, te lo juro.
¡Vaya con Marina!
Seguimos charlando un rato, hasta que vino mi tía Laura a decirnos que era hora de acostarse, que el día siguiente iba a ser muy largo. Al entrar, vi a Marina al pié de las escaleras, nos dirigió una mirada y subió sin hablarnos.
Fui a mi cuarto, me desnudé y me puse el pijama. Me metí en la cama y esperé un rato. Mi madre pasó a desearme buenas noches y me dio un beso. Permanecí despierto un buen rato, hasta que poco a poco el silencio fue apoderándose de todo.
No podía dormir, era lógico pues estaba muy excitado. Decidí hacerme una paja para aliviarme un poco, pero pronto me di cuenta de que no era tan bueno como con Marta.
¡Qué le vamos a hacer! - pensé - iré a su cuarto.
Silenciosamente salí de mi cuarto y caminé por el pasillo de puntillas. En un lado del mismo estaban los cuartos de mis padres, de mi tía Laura, dos cuartos vacíos y un baño. En el otro estaba primero el mío, después uno vacío, el de Andrea, el de Marina y otro vacío más. El último era el de Marta.
Hacia allí me dirigí sigilosamente, pero al pasar frente al de mi hermana escuché un leve gemido. Me quedé parado, con el oído atento y poco después volví a escuchar un suspiro. Lentamente, me asomé por el ojo de su cerradura. Estaba bastante oscuro, por lo que no veía bien, sólo distinguía que Marina se agitaba sobre las sábanas.
Me quedé mirando, pero no se veía con claridad. De vez en cuando distinguía una pierna que surgía de entre las sábanas y se encogía voluptuosamente, mientras se oían gemidos de placer. Mi hermanita se estaba haciendo una paja. Me saqué la polla del pijama, dispuesto a hacer lo mismo, pero no resultaba divertido, no veía bien. Entonces se me ocurrió. Volví a guardármela en el pijama y me puse en pié. Abrí la puerta con cuidado y asomé la cabeza. El movimiento en la cama cesó de golpe.
Marina - susurré - ¿estás despierta?
No hubo respuesta. Entré al cuarto y cerré la puerta tras de mí. Me acerqué despacio a la cama. No veía bien, así que abrí las cortinas para que entrara un poco de claridad.
Allí estaba Marina. Yacía destapada, con las sábanas hechas un lío a un lado. Vestía un camisón largo, pero estaba arremangado hasta medio muslo. El cuello del camisón era de botones, aunque estaban todos desabrochados, dejando entrever el comienzo de sus senos. Llevaba el pelo suelto, extendiéndose lujurioso sobre la almohada, enmarcando su delicado rostro. En su frente brillaban tenues gotitas de sudor y su respiración era agitada.
Marina - volví a susurrar, esta vez junto a su oído.
Sus ojos seguían cerrados. Ella continuaba fingiendo estar dormida. Se iba a enterar.
Con cuidado me senté en el colchón junto a ella. Recorrí su cuerpo con mis ojos, ¡Dios qué hermosa estaba!. Apoyé mi mano en su rodilla, y lentamente la deslicé por todo su cuerpo. La pasé por su muslo y la llevé a su coño, todavía tapado por el camisón, donde apreté levemente. Marina dio un pequeño respingo, pero siguió "dormida". Llevé mi mano sobre su vientre, su estómago y llegué a sus pechos, que amasé por encima de la ropa.
Ella seguía como si nada, así que decidí continuar. Abrí el escote de su camisón y ante mí aparecieron sus pechos. Eran un poco menores que los de Marta, pero a mí me parecieron divinos. Estaban duros como rocas y sus pezones, tiesos, apuntaban al techo con descaro. Me incliné sobre ellos y los besé. Recorrí con mi lengua sus tetas, sin dejar un centímetro libre. Me detuve en sus areolas, que lamí con delicadeza. Chupé sus pezones, como si fuese un niño pequeño tratando de mamar.
Uuuuummm - gimió.
Levanté la cabeza, pero sus ojos seguían cerrados. Estaba decidida a no reconocer lo que estaba pasando, así que yo me dediqué a disfrutar.
Volví a hundir la cara en sus senos, que seguí chupando con fruición. Llevé mi mano hasta el borde del camisón y la metí por debajo, acariciando sus muslos, subiendo hasta su coño. Estaba empapada.
Abandoné mi posición y me coloqué de rodillas a los pies de la cama. Volví a recorrerla con la mirada. Estaba increíble. Tenía el camisón subido hasta la cintura de forma que sus piernas se mostraban en todo su esplendor. Sus pechos asomaban por el escote, brillantes por el sudor y por mi propia saliva. Su cabeza reposaba sobre la almohada, con la frente perlada de sudor. Sus ojos se mantenían cerrados, pero su boca estaba entreabierta, jadeando levemente. La polla me latió en el pantalón.
Separé sus piernas y su coño se ofreció a mí, tentador. No me lo pensé dos veces y hundí mi cara en él. Comencé a recorrer su chocho con la lengua mientras introducía un dedo en su interior. Las paredes de su vagina aprisionaron mi dedo, ¡era tan estrecho! ¡cómo sería meter la polla allí!. Seguí metiendo y sacando el dedo mientras con los labios estimulaba su clítoris.
Marina arqueaba la espalda, levantando un poco el culo del colchón, permitiéndome así ir más adentro. Yo no entendía cómo podía seguir fingiendo que dormía, pero lo cierto es que me daba igual, sólo quería comerme aquel glorioso coño.
Aaahhhh - exclamó.
Se corrió con fuerza. Mi boca se inundó de líquidos, que bebí con placer, aunque la mayor parte escurrían por mi barbilla y empapaban las sábanas. Seguí chupando durante unos segundos, hasta que su cuerpo se relajó.
Bueno, ahora me toca a mí - dije en voz alta.
Abrí sus piernas y me coloqué en medio. De un tirón me bajé el pijama y mi picha brincó orgullosa. Estaba a punto de intentar clavársela cuando me fijé en que volvía la cara hacia un lado con expresión pesarosa, como si no quisiera verlo. Me di cuenta de que aún no estaba preparada para ese paso, así que desistí.
Pero yo no podía quedarme así, por lo que me levanté volví a sentarme a su lado.
Como quieras - susurré - pero no vas a dejarme así.
Comencé a masturbarme con una mano, y con la otra me apoderé de sus tetas. Estuve así un rato y entonces se me ocurrió una cosa. Cogí su mano y la coloqué sobre mi miembro, de forma que lo empuñase. Puse mi mano sobre la suya y reanudé la paja sin dejar de sobarle los pechos.
Fue un cascote genial, era como si me lo hiciera ella. Cerré los ojos y me dediqué a disfrutar. Poco a poco fui incrementando el ritmo. No estoy seguro, pero en un par de ocasiones me pareció notar cómo sus dedos apretaban levemente mi excitado pene.
La corrida fue bestial, chorros de leche surgían de entre sus dedos y manchaban la cama. Me incorporé un poco y apunté hacia su blanco vientre, dejándolo todo pringado. Tras terminar, la cogí por la muñeca y extendí todo el semen por su barriga usando su propia mano.
Disimula esto si puedes - pensé.
Una vez aliviado, me puse en pié, colocándome bien el pijama. Le eché un último vistazo, la visión era excitante, estaba allí, desnuda, con el camisón hecho un guiñapo, sudorosa, jadeante, con el vientre lleno de mi semen. Casi me empalmo de nuevo.
- Que duermas bien hermanita - le dije y la besé tiernamente en los labios.
Salí con cuidado de la habitación. Pensé en ir a la de Marta, pero ya estaba satisfecho por ese día, así que me fui a mi cuarto.
Mañana será un día muy largo - pensé.
Poco rato después, me dormí.
Había llegado el día de la fiesta. Cansado por mis correrías nocturnas, esa mañana me levanté tarde. Todo el mundo andaba muy ajetreado, por lo que nadie pareció darse cuenta. Bajé a desayunar y después tomé un baño, esta vez sin incidentes. Volví a subir y me puse el traje de fiesta, camisa, pantalón por encima de la rodilla, corbata y chaqueta.
Me dediqué a pasear por la casa, tratando de encontrarme con Marta o con Marina, pero las chicas estaban todas en la habitación de mis padres, junto con mi madre y tía Laura. Supongo que estarían arreglándose.
A media mañana, comenzaron a llegar los invitados, y mi abuelo, como buen anfitrión, los recibió uno a uno en la entrada, conduciéndolos hasta el prado delantero, donde se celebraba la fiesta. Vi que trataba muy amablemente a todo el mundo, pero su trato era especialmente exquisito con las señoras (y señoritas) de buen ver. Me pregunté que a cuantas de aquellas mujeres habría catado ya el abuelo.
Yo me pegué a él como una lapa e iba saludando a los invitados con educación. A la fiesta acudieron todos nuestros vecinos, los Sánchez, los Salvatierra, los Pérez y por supuesto los Benítez, incluyendo al imbécil de Ramón y a su preciosa hermana Blanca.
En total debía de haber unos 100 invitados y entre ellos, había un buen puñado de chicos y chicas de 14 o 15 años.
La gente se distribuyó por el prado, charlando alegremente y bebiendo lo que los criados contratados les servían.
Poco después, apareció la homenajeada. Mi tía Laura estaba preciosa, con un vestido floreado con los hombros descubiertos. Mi madre, mi hermana y mis primas la escoltaban y todas estaban tan hermosas como ella. Las chicas llevaban los vestidos adquiridos en la ciudad y la verdad es que todas acertaron plenamente en su compra. Estaban absolutamente divinas. Los ojos de todos los hombres que allí había convergieron en un mismo lugar. De todas ellas, la única que se veía un tanto incómoda por tanta atención era Marina. Mi abuelo y yo nos acercamos a las damas y les dijimos lo absolutamente radiantes que estaban todas.
Poco a poco, la fiesta se puso en marcha, alguien encendió el gramófono de mi abuelo y la música comenzó a sonar. La gente bailaba, bebía y reía, todo el mundo parecía pasarlo bien.
Mis padres y mi abuelo actuaban como anfitriones, moviéndose entre los invitados, asegurándose de que estuvieran bien atendidos; mi tía, al ser la homenajeada, estaba sentada frente a una mesa, aguantando estoicamente las felicitaciones de todo el mundo. Mi hermana no se separaba de ella, supongo que para no tener que ir con Marta.
Porque Marta andaba por allí coqueteando con todos los jóvenes; a su alrededor se había formado un corro de hombres de entre 17 y 20 años que se dedicaban a satisfacer todos sus caprichos. Parecía Escarlata O´Hara.
Ese era el papel que en otras ocasiones había realizado Andrea, pero ya no parecía tan interesada en flirtear con todos los chicos. Por desgracia, había hecho las paces con Ramón y andaba por allí prendida de su brazo riendo de nuevo sus estupideces.
En algunas ocasiones mis ojos se encontraban con los de Marina, que apartaba rápidamente la mirada. Sin embargo, no me dijo absolutamente nada acerca de los incidentes de la noche anterior. Parecía haber decidido seguir ignorándolo, como si nada hubiera ocurrido.
Yo allí no pintaba nada, así que me uní a un grupo de niños y niñas de 13 o 14 años de edad que jugaban por ahí. Sin duda, yo era el más maduro de todos, pero todavía tenía 12 años, por lo que una buena partida de pilla-pilla o de pídola me divertía tanto como antes. Así que me libré de la chaqueta y la corbata y me puse a jugar.
De todas formas, procuré obtener un poco de diversión extra. En el grupo había dos chicas bastante atractivas y yo procuraba "jugar" con ellas.
Cuando se agachaban para jugar a pídola, yo pasaba descuidadamente por detrás y palpaba con mi mano sus juveniles traseros. O al jugar a pillarnos procuraba agarrarlas de ciertas protuberancias que se marcaban claramente en sus vestidos.
En todas las ocasiones, me miraban con enojo, con los rostros muy rojos, e incluso me llamaron "guarro" en más de una ocasión, sin embargo, ninguna de ellas se marchó y yo notaba que siempre procuraban andar alrededor mío.
Con estos jueguecitos, el tiempo transcurrió deprisa. Llegó la hora de comer y todos nos sentamos alrededor de las mesas allí dispuestas. Hubo mucha comida y bebida, e incluso algunos, bastante borrachos, se animaron a cantar. Fue todo muy divertido y la mañana se pasó volando.
Por la tarde, se preparó café para los mayores y chocolate para los niños. Se extendieron mantas en el prado y la gente se sentó a descansar, tomándose el café acompañado de pasteles.
Antes de cortar la tarta, llegó la hora de los regalos. Hubo muchos y de todo tipo. Mi tía volvía a estar sentada ante una mesa, recibiendo los regalos de todo el mundo y volviendo a soportar las felicitaciones. Mi abuelo fue el primero en darle su regalo; se trataba de un maravilloso collar de perlas auténticas, que dejó boquiabierto a todo el mundo. Mi abuelo se colocó tras tía Laura y le puso el collar. Al hacerlo, acercó su boca al oído de mi tía, sin que nadie más que yo, que estaba cerca, alcanzara a oírlo:
Tu otro regalo te lo daré luego - le dijo y mi tía enrojeció violentamente.
Yo procuré darle mi regalo de los primeros, pues quería escaparme un poco de aquel follón. He de decir que el camafeo le encantó a mi tía, que me dio un fuerte abrazo y me estampó un sonoro beso en la mejilla.
Finalmente, mi tía sopló las velas de la gran tarta, que se repartió entre todo el mundo. La gente estaba ya bastante hecha polvo, todo el mundo estaba sentado por donde le parecía y las charlas y las risas habían bajado de volumen.
Yo, un poco harto tanto jolgorio, me interné entre los árboles, para comerme la tarta con tranquilidad. Me alejé bastante, hasta que dejaron de oírse los ruidos de la fiesta. Por fin, llegué a mi destino, un viejo tocón de eucalipto que había sido cortado muchos años atrás, para que no estorbara a los naranjos.
Me senté en él a comerme la tarta y fue cuando me di cuenta de que me habían seguido. Era Noelia, una de las chicas de los jueguecitos de por la mañana. Era bastante bonita, pelirroja y con la nariz salpicada de graciosas pecas.
Hola - le dije - ¿me buscabas?
No - mintió - sólo paseaba.
Ya veo ¿quieres tarta?
Bueno.
Se sentó junto a mí en el tocón. En su rostro se apreciaba que estaba un tanto cortada. Yo partí un poco de tarta con el tenedor y se la ofrecí. Ella abrió la boca, pero yo retiré el tenedor.
Si quieres tarta tendrás que darme algo a cambio.
¿El qué?
Dame un beso - le dije.
Se puso muy colorada y me dijo:
No quiero.
Vale, pues no hay tarta - y me metí el trozo en la boca.
Se quedó pensativa unos instantes, mientras yo fingía concentrarme en la tarta.
Bueno, vale - me dijo - pero sólo uno.
Dejé la tarta a un lado y acerqué mi rostro al suyo. Tenía los ojos cerrados y los morritos fruncidos, esperando el beso. Yo pegué mis labios a los suyos, se veía que era su primer beso, pues era muy torpe, pero yo quería más. Lentamente, introduje mi lengua en su boca, pero ella se separó de mí, sorprendida.
¿Qué haces?
Besarte.
No, digo con la lengua.
Tonta, así es como se besan los mayores, es mucho mejor así.
Mentira.
Vale pues no me creas, a mí me da igual. Total, sólo eres una cría.
¡Pero si tú eres menor que yo!
Sí, pero soy más despierto - dije cogiendo el plato de nuevo.
Se quedó callada unos instantes, después dijo:
Bueno, ya te he besado, dame tarta - insistió, como si en realidad fuera tarta lo que quería.
No quiero, eso no ha sido un beso ni nada.
Eres un mentiroso.
Y tú una cría, no sabes ni besar.
Aquello dio en blanco. Se veía que la nena andaba un poco caliente, pero su estricta educación le impedía reconocerlo. El dilema moral se reflejaba en su rostro, por fin, el deseo prevaleció.
Bueno, pues enséñame.
Olé - pensé.
Volví a soltar el plato, me sacudí las manos y las coloqué con delicadeza en sus hombros. Ella volvía a tener los ojos cerrados. Un tenue rubor teñía sus mejillas, lo que era muy excitante. Poco a poco, mi pene se endureció en el pantalón.
La besé y ella me respondió. Metí la lengua en su boca y esta vez no se asustó. Enrosqué mi lengua con la suya y ella hizo lo mismo.
¡Vaya! - pensé - aprende rápido.
Seguimos morreándonos y me decidí a dar el siguiente paso. Bajé mis manos de sus hombros, acariciando sus brazos, su cintura. Volví a subirlos, esta vez por sus costados. Un ligero estremecimiento recorrió su cuerpo, pero no se apartó. Entonces llegué hasta su pecho y comencé a desabrochar los botones de su vestido.
No - gimió - no lo hagas.
Puso sus manos sobre mi pecho y me empujó débilmente. Yo seguí abriendo botones mientras volvía a besarla. Ella respondió al beso, desde luego no quería que yo parase.
Introduje una mano por el escote abierto y acaricié sus pechos juveniles, plenos. El broche del sujetador estaba delante, por lo que no me costó nada abrirlo.
No, por favor - dijo.
Me cogió por la muñeca y trató de sacar mi mano de su pecho. Yo la dejé hacerlo, pero cuando estuvo fuera, me solté y fui yo quien la agarró por la muñeca. Con firmeza, llevé su mano hacia abajo, hacia mi entrepierna. Ella oponía un poco de resistencia, pero seguía besándome.
Por fin, su mano quedó apoyada sobre mi paquete y puedo jurar que en ese momento me apretó la polla por encima del pantalón. Por desgracia, en ese instante pareció despertar, se despegó de mí bruscamente y se levantó de un salto.
¡Eres un cerdo! - me gritó.
La verdad es que el hecho de verla enfadada, con el rostro rojo y con las tetas por fuera del vestido me resultó de lo más erótico.
Pero Noelia...
Sin decir más, se dio la vuelta y se marchó corriendo.
¡Mierda! - exclamé.
Pensé en seguirla, pero ya estaba lejos. Además ¿qué podía hacer yo? Si no quería, qué le íbamos a hacer. Enfadado, lancé el plato de tarta contra un árbol, lo que me tranquilizó bastante.
Otra vez será - pensé.
Me había quedado bastante excitado y estaba pensado en cómo aliviarme cuando una voz femenina surgió a mi espalda.
Vaya, vaya con el señoguito...
Me volví rápidamente y me encontré con Brigitte, la doncella francesa de mi tía Laura.
¡Me has estado espiando! - exclamé.
¿Yo? No es vegdad. Sólo paseaba y te he visto con tu amiguita.
Sí seguro,
En seguio. No sabía que ya andaguas detrás de las chicas - dijo, echando una mirada apreciativa al bulto de mi pantalón - veo que vas muy adelantado para tu edad.
Pues ya ves - dije y le devolví la mirada.
Estaba muy guapa con el uniforme de doncella. Brigitte era la criada particular de mi tía Laura. Cuando ésta regresó de Francia la trajo con ella. Como era tan guapa, estoy seguro de que mi abuelo no puso ninguna pega a la hora de contratarla. Mi madre siempre se quejaba de ella, diciendo que no era buena en su trabajo, pero a quién le importaba con lo buena que estaba.
Era rubia, con los ojos de un extraño color azul verdoso. Su rostro era de líneas suaves, muy atractivo y poseía una exquisita expresión infantil que la hacía parecer mucho más joven de lo que era, aunque ya rondaba los 25, nadie le echaba más de 18. En ese momento llevaba su rubia cabellera recogida en un moño. Vestía el traje negro de doncella, con un delantal blanco encima, pero se había quitado la cofia.
Lentamente fue acercándose a mí y se sentó a mi lado.
Tu amiguita ha salido dispaguada ¿eh?
Sí, ya lo has visto.
Es que vas muy guápido - su acento francés era muy sensual.
No he podido evitarlo.
Apuesto a que no - rió.
¿Sabes que estás muy guapa con ese uniforme? - ataqué.
Ella me miró sorprendida y se echó a reír.
¡Vaya con el niño! ¿Se te ha escapado una y ya vas a pog la siguiente?
Decidí ser descarado.
Sí. Es que estás muy buena y como Noelia me ha dejado en este estado... - le dije señalándome el bulto.
¡Niño! ¡Peguo qué te has creído!
Vamos, Brigitte, no te enfades, que estás más fea.
A que te doy una togta.
¿Por qué? Sólo te he dicho que eres muy guapa.
Y te me has insinuado.
¿Y qué?
Que sólo egues un crío.
Pues este bulto no dice eso...
Ella cambió de táctica.
Ya. Tú mucho hablag, pego segugo que se te pone delante una mujeg de verdad y te cagas en los pantalones.
Tú eres una mujer de verdad, la más bonita que hay en toda la casa y no estoy nada asustado.
Esa respuesta la dejó momentáneamente parada.
¿De vegdad crees que soy bonita?
No digas tonterías. Tú lo sabes perfectamente ¿o no has visto cómo te miraban todos en la fiesta?
Bueno...
Pues eso, que estás muy buena Brigitte. Apuesto a que te lo han dicho mil veces.
Alguna vez...
Estoy seguro de que una chica tan guapa como tú habrá estado con muchos hombres ¿verdad?
Bueno, sí... Espegua un momento - dijo al darse cuenta de que acababa de confesar haberse follado a un montón de hombres - ¡Me estás liando!
Vamos, Brigitte, si yo no te juzgo. Sólo digo que habrás besado a muchos hombres. Dicen que las francesas besáis muy bien.
¡Venga ya!
Nos quedamos los dos callados. Podía notar cómo iba cayendo en mis redes.
Brigitte - dije fingiendo estar un poco avergonzado.
Dime.
¿Por qué no me enseñas a besar?
¡Estás loco!
Por favor, estoy seguro de que Noelia se ha ido porque no le gustó mi beso. No sé, de pronto me metió la lengua en la boca y yo no sabía qué hacer - mentí.
Ya veo - se rió - Esa niña también va muy despabilada.
Por favor...
Egues un liante.
Brigitte... - la miré con ojos suplicantes.
Dudó unos segundos antes de decir:
Acégcate bribonzuelo.
Yo no tardé ni un segundo en pegarme a ella.
Migua, pon tus manos así.
Colocó una de mis manos en su espalda, rodeando su cintura y la otra en su nuca.
Así, bien. Ahogua inclina la cagua así.
Con delicadeza, inclinó mi cara un poco. Vi que cerraba los ojos y acercaba sus labios a los míos. Fue un beso alucinante, desde luego se notaba que tenía práctica. Su lengua se prendió muy rápido de la mía. Yo trataba de parecer torpe al principio, pero aquello me excitaba tanto que enseguida me dediqué a devolverle el beso con pasión. Nuestras lenguas recorrían la boca del otro, entrelazándose. El beso más experto que hasta ese momento me habían dado.
Yo, disimuladamente, llevé mi mano desde su cintura hasta su trasero. Como era más alta que yo, estaba un poco echada hacia delante, por lo que pude agarrar bien su culo.
Oye - protestó - eso no es lo que habíamos dicho...
Vamos Brigitte - dije jadeante - enséñame.
Y volví a besarla. A ella pareció dejar de importarle lo que hacía mi mano y continuamos besándonos, cada vez más apasionadamente.
Por fin, nos separamos, y nos quedamos mirándonos, sudorosos, jadeantes.
Me paguece a mí que tú sabes más cosas de las que dices.
Si me dejas te hago una demostración.
Ella se rió y me dijo:
De acuegdo.
La verdad es que no me lo esperaba, pero la sorpresa me paralizó sólo un segundo.
Túmbate - le dije palmeando el tocón.
Ella así lo hizo. Su espalda quedó apoyada sobre el tronco, pero sus piernas asomaban, llegando hasta el suelo.
Así está bien.
Me coloqué a sus pies, de rodillas. El suelo me hacía daño, pero no me importó. Fui subiendo su falda hasta sus caderas, donde ella la sostuvo recogida.
¿Qué vas a haceg?
Ya lo verás.
Brigitte llevaba medias negras y liguero, cosa que siempre me ha parecido muy sexy. Sus bragas eran también negras, de encaje, supongo que traídas de Francia. Las cogí por la cintura, y fui deslizándolas por sus muslos. Ella levantó un poco sus caderas para facilitar mi maniobra.
No las tigues, que son muy caguas.
Yo obedecí, y tras quitárselas las dejé a su lado, en el tocón.
Entonces eché un vistazo a su coño. Era el más bello ejemplar de chocho que había visto hasta entonces. Su pelo era rubio y estaba muy bien recortadito, con un delicioso triángulo de pelo sobre su raja, que aparecía limpia de vello, con los labios dilatados y brillantes. Saqué la cara de entre sus piernas y le dije:
Joder Brigitte. ¡Esto es una auténtica maravilla! ¿Cómo consigues tenerlo así?
Ella se incorporó apoyándose en los codos y me dijo con aire de profesora:
Es que me lo afeito, a los hombres les gusta mucho así.
¡Ya lo creo! Es el mejor que he visto nunca. Podrías enseñar a las chicas a hacerlo.
¿A las chicas? Ya veo, por eso egues tan expegto. Eges un guaggo, ¿lo sabías?
Sí, lo sé. Pero mejor para ti ¿no?
Eso pareció convencerla, así que volvió a tumbarse. Yo volví a arrodillarme entre sus piernas. Con delicadeza, acaricié la cara interna de sus muslos con mis manos. Llevé una de ellas hasta su vulva y metí un dedo entre sus labios.
Aaaahhh - gimió.
¿Cómo dices? - pregunté yo, divertido.
No te pagues, cabrón.
¡Vaya con la francesita! - pensé.
Mientras con dos dedos estimulaba su chocho, apliqué mi boca sobre el mismo. Fui pasando la lengua por su raja, en lamidas cortas y rápidas. Su coño cada vez se lubricaba más, así que le metí un dedo dentro. Me di cuenta de que cabían más sin problemas, así que le hundí otro par. Mientras la masturbaba con tres dedos, llevé mi boca un poco más arriba, hasta su clítoris. Fue rozarlo con la lengua y un espasmo azotó el cuerpo de Brigitte. Apretó los muslos, atrapando mi cabeza, mientras con las manos me la apretaba contra su coño. Comenzó a moverse de lado a lado mientras gritaba:
Sigue, sigue, cabrón. No pagues. Más fuegte, más fuegte. - y otras cosas en francés que no entendí.
Al empezar a moverse, me retorció el cuello.
¡Joder con la francesa! - pensé - me va a matar.
Intenté separarme de ella, pero me tenía bien agarrado. Azoté su muslo con la palma de mi mano con fuerza, le dejé los dedos marcados, pero eso pareció gustarle más. Un poco asustado, le pellizqué el culo con saña, logrando que separara las piernas y me soltara.
¡Ay! ¡Qué coño haces pequeño bastagdo! - gritó incorporándose.
¡Qué coño haces tú! - le repliqué - me ibas a partir el cuello.
Tienes gazón, lo siento. Es que lo hacías tan bien que se me fue la cabeza. Pegdóname.
Yo la miraba con expresión enfadada, frotándome mi dolorido cuello.
Vamos, vamos, cagiño. No te enfades. Sigue con lo que estabas haciendo, que yo luego sabré guecompensagte.
Sin decir nada volví a sumergirme entre sus muslos. Ella volvió a tumbarse.
Te vas a enterar - pensé.
Con violencia, volví a clavar mis tres dedos en su interior, lo que hizo que su cuerpo se convulsionara.
¡Aaaahhh! Así cabrón, asíiii. ¡Más fuegte! ¡MÁS FUEGTE!
Chupé con fuerza su clítoris, mientras la masturbaba cada vez más rápido. Su cuerpo se retorcía como una serpiente mientras no paraba de gritar en francés.
Noté que estaba a punto de correrse, y decidí darle una pequeña lección. Puse mis dientes sobre su clítoris y lo mordí.
¡DIOSSS! ¡DIOOSSS! ¡QUÉ ME HACES! ¡NOOOOOO!
Volvió a apretar las piernas, pero esta vez yo me lo esperaba, así que no me hizo daño.
Sus jugos resbalaban por mi cara. Yo seguí incrementando el ritmo de la masturbación mientras se corría. Mi boca lamía dulcemente su clítoris, como disculpándose por haberlo tratado tan mal segundos antes.
Poco a poco fue relajándose. Sus piernas se abrieron, liberando mi cabeza, que seguía incrustada en su coño, disfrutando de los últimos espasmos de placer que recorrían su vagina. Se quedó laxa, tumbada sobre el tocón.
Yo me puse en pié y la miré, allí echada sobre el árbol, con la falda subida hasta la cintura, su coño chorreante latiendo. Sus bragas se habían caído al suelo, supongo que las tiró al retorcerse. Se había desgarrado el delantal, rompiendo los tirantes. También se había arrancado varios botones del vestido, y sus pechos asomaban sudorosos, con los pezones mirando al cielo. Fue entonces cuando noté que no llevaba sostén. Tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad. Sus brazos reposaban, inertes, a su lado.
Mi pene latía dolorosamente en su encierro, necesitaba atención. Me desabroché los botones del pantalón y lo liberé, irguiéndose con descaro.
Rodeé el tocón hasta quedar junto al rostro de Brigitte. La llamé suavemente por su nombre:
¿Uuummm? - respondió melosamente.
Por favor...
Abrió los ojos y se encontró con mi pene justo delante.
Tranquilo, ya voy.
Me agarró la picha con la mano, fue como si electricidad recorriera mi cuerpo. Se sentó en el tocón sin soltármela en ningún momento y me guió hasta sentarme en el tronco, usando mi polla como timón.
Ahoga te devolvegué el favor - dijo dándome un cálido beso.
Yo estaba sentado justo al borde, mis pies colgaban sin tocar el suelo. Ella comenzó a arrodillarse frente a mí, pero yo la detuve. Brigitte me miró con extrañeza.
Tus medias - le dije - se van a romper.
Me quité la camisa y la puse en el suelo. Ella me miró con ternura y me acarició la mejilla con una mano.
Egues muy dulce...
Sus manos se deslizaron por mi cara, mi pecho, mi vientre y bajaron por mis muslos, bajando mis pantalones y mis calzoncillos por completo, mientras se arrodillaba sobre mi camisa. Al llegar a mis tobillos, sus manos volvieron a subir, acariciando la cara interna de mis muslos y alcanzando su destino.
Yo eché el cuerpo hacia atrás y apoyando las manos en el tocón me dediqué a contemplar las maniobras de Brigitte.
Sus manos comenzaron a sobar mi miembro, mientras una de ellas recorría toda su longitud, la otra me acariciaba el escroto. Me apretaba los huevos dulcemente, mientras su otra mano se entretenía con mi prepucio, subiéndolo y bajándolo muy despacio, ocultando y descubriendo mi enrojecido glande. Yo ya no podía más.
Brigitte, por favor - gemí.
Ella me miró, con una ligera sonrisa en los labios. Sin decir nada, posó su lengua en la base de mi polla y fue recorriéndola hasta la punta, lenta y enloquecedoramente. Abrió la boca, y la punta de mi picha desapareció en su interior. Ella apretó los labios alrededor de mi glande. De pronto, me dio un ligero mordisco en la punta, yo me sobresalté, más por la sorpresa que porque me hubiera dolido:
¡Coño! - exclamé.
Mi pequeña venganza, mon amour...
Volvió a recorrerla de arriba abajo con la lengua pero esta vez sí se introdujo un buen trozo en la boca. Su cabeza comenzó a subir y bajar. Yo cerré los ojos, echando la cabeza hacia atrás, para sentirla mejor. Era como si al cegar mi vista, mis otros sentidos se agudizaran.
Ella continuó con la mamada, se notaba que era una experta. Sus labios, su lengua, su garganta, todo parecía apretar y acariciar mi miembro. Noté que no sentía sus dientes por ningún lado, como si no tuviera. De pronto, y para confirmar que no era así, se la sacó de la boca y se dedicó a darme delicados mordisquitos por todo el tronco. Desde luego sabía cómo chuparla.
Volvió a metérsela en la boca, incrementando el ritmo del sube y baja, de vez en cuando, se la metía hasta el fondo de su garganta, deteniéndose en esa posición durante unos segundos. Juraría que hasta notaba su campanilla estimulando mi polla.
La verdad es que no sé cómo duré tanto. Noté que me aproximaba al clímax y abrí los ojos. Vi que uno de los bucles de su rubio cabello había escapado de su moño y caía sobre su frente, rebelde, lujurioso, agitándose al ritmo que marcaba su cabeza. Esa visión es una de las cosas más eróticas que he visto en mi vida y ya no aguanté más.
Brigitte...
El aviso llegó un poco tarde, así que me corrí en su boca. Brigitte pareció por un momento retirarse, pero se lo pensó mejor y mantuvo mi polla dentro, tragándose toda mi leche. Fue una corrida bestial, yo me agarraba a su cabeza para no caerme.
Mi picha vomitó hasta la última gota, que ella tragó vorazmente. Tras acabar, la sacó y acabó de limpiármela con la lengua.
Oscag - me dijo dándole los últimos lametones.
¿Uumm?
Te dagué un consejo. No te coggas sin avisag. A muchas chicas no les gusta.
Lo siento - balbuceé.
No, si a mí no me impogta - dijo, apartándose distraídamente el pelo de la cara.
Dios, qué sexy estaba. Poco a poco, mi pene volvía a la vida. Ella sonrió encantada.
Vaya, paguece que quiegues más guegga ¿eh? - dijo acariciándome el capullo con un dedo.
Uff - exclamé yo, poniéndome en pié con violencia.
La tomé por los hombros y la empujé hacia el tronco. Mi picha volvía a ser una dura vara entre mis piernas.
Tranquilo - rió ella - no me voy a escapag.
Se sentó en el tocón y yo, inmediatamente, me situé entre sus piernas. Ella me acarició la polla con las manos y mientras se iba echando hacia atrás, me atraía hacia ella tirando de mi picha.
¡Oscar! ¿Dónde estás?
La voz de mi madre resonó peligrosamente cerca.
¡Jodeg!, ¡tu madre!. ¡Miegda! Si nos pilla nos mata.
Brigitte se incorporó rápidamente y comenzó a arreglar su vestido. Como quiera que aquello no tenía arreglo, se lo compuso como pudo.
¡Vamos, Oscag! ¡Tu madre viene hacia aquí! - dijo zarandeándome del brazo.
Yo estaba de pié, muy quieto, con el miembro en ristre y totalmente desmoralizado. No podía ser, cada vez que estaba a punto de meterla en caliente, sucedía algo que me lo fastidiaba.
¡Vamos, tonto! ¡Otro día seguimos! - insistió.
Yo comencé a vestirme cansinamente y le dije:
Vete tú, será mejor que no te vea.
¿Segugo?
Claro, ya me inventaré algo.
Brigitte me besó en la mejilla y se marchó corriendo en dirección opuesta de donde parecía venir la voz de mi madre, que cada vez sonaba más cercana. Al poco desaparecía de mi vista.
Me subí los pantalones y me senté en el tocón. Sacudí la camisa y me la abroché. Entonces distinguí una figura semioculta entre los árboles. Me puse en pié e intenté acercarme, pero la silueta se dio la vuelta y huyó rápidamente. De todas formas, reconocí el vestido sin lugar a dudas. Era Noelia.
¡Joder con las chicas! - pensé - Son todas peores que yo.
La voz de mi madre ya sonaba muy cerca, por lo que decidí contestar:
¡Oscar!
¡Aquí!
Iba a dirigirme hacia donde venía la voz, pero entonces vi las bragas de Brigitte tiradas en el suelo. Las recogí y me las guardé en el bolsillo. Tras hacerlo, corrí hacia mi madre, llamándola.
¿Se puede saber dónde estabas? - me dijo enfadada.
Perdona mamá. Me fui a dar un paseo y me senté en el viejo eucalipto. No sé cómo, pero me quedé dormido.
Ay Dios, que me vas a matar a disgustos. Anda tira para allá - me dijo empujándome en un hombro.
Yo procuré caminar siempre por delante de ella, para que no notara el bulto que había en mi bragueta. Regresamos a la fiesta. Como empezaba a anochecer, mucha gente se había marchado ya. Sólo quedaban las familias con más confianza con la mía. Los hombres charlaban sentados a una mesa fumando, y las mujeres se sentaban en otra, incluyendo a Marina y mis primas.
La gente contratada en el pueblo se afanaba recogiéndolo todo, y el personal de la casa también, dirigidos por María. Tardé un buen rato en encontrar a Brigitte. Iba perfectamente arreglada, con un delantal nuevo, por lo que supuse que habría ido a su cuarto.
Me pregunto si llevará bragas - pensé.
Muchos de los niños se habían ido ya, pero aún quedaban siete u ocho jugando por allí. Entre ellos estaba Noelia. Me acerqué a ellos con una sonrisa socarrona en los labios, mirando directamente a Noelia, que apartó la mirada avergonzada.
¿Por qué no jugamos al escondite? - propuse.
No nos dejarán, se está haciendo de noche - dijo un chico.
Podríamos jugar en la casa.
¿En serio? - preguntó otro animado.
Esperad, que voy a preguntar.
Fui a pedir permiso a mi madre, que no puso demasiadas pegas. Volví con la noticia, pero me encontré con la gran decepción de que los padres de Noelia se iban ya, así que mi plan se fue al traste. Perdí el interés por el juego, pero como la idea había sido mía, no podía echarme atrás. Así que decidí que lo mejor era dedicarme a pasarlo bien.
Sorteamos y se la quedó un chico que yo no conocía mucho, Alberto creo que se llamaba. Se puso a contar en la puerta de entrada y todos nos repartimos por la casa. Yo fui rápidamente hacia la parte de atrás, cerca de la cocina, pues allí había un armario empotrado de ropa blanca. Estaba siempre abierto, pero yo sabía que las puertas se podían encajar, haciendo que pareciera cerrado. Lo abrí y me metí dentro. Me senté en los estantes bajos que había al fondo y encajé las puertas. La oscuridad no me envolvió por completo, pues por entre las puertas penetraba un hilo de luz.
Permanecí allí un rato, en silencio, oliendo el alcanfor que habían colocado entre los manteles. De vez en cuando, pegaba mi ojo a la rendija entre las puertas, viendo el pasillo desierto.
Me recliné un poco y me puse a pensar en mis cosas. Ese día había estado a punto de perder la virginidad, pero me habían vuelto a fastidiar. En esas estaba, cuando las puertas se abrieron de repente, se trataba de Victoria, una de las ayudantes de la cocina.
¡Joder, qué susto! - exclamó al verme, dando un respingo.
¡Vaya, Vito, no sabía que tuvieras ese lenguaje!
¿Se puede saber qué haces ahí?
Jugando al escondite.
Anda sal de ahí, que como manches los manteles te vas a enterar.
En ese momento oí pasos al final del pasillo. Pensé que sería Alberto buscándome. Cogía a Vito por la muñeca y de un brusco tirón la metí dentro conmigo.
¿Qué coño haces? - dijo ella.
Shissst - siseé yo, cerrando de nuevo las puertas.
Niño, déjame que tengo trabajo.
Por favor Vito, calla, que me van a encontrar. Espera hasta que se vaya.
Pero sí solo tiene que abrir el armario.
No va a poder. Mira, he encajado las puertas, parecen cerradas.
Jesús, lo que tiene una que soportar.
Entonces se oyeron voces en el pasillo.
...quieto, por favor.
Vamos cariño, que llevo todo el día en ayunas.
Venga, que tengo trabajo...
Eres una estrecha.
Que nos van a ver...
Reconocí perfectamente las voces de mi abuelo y de María, el ama de llaves. Quería asomarme a mirar por la rendija, pero no pude, pues Vito fue más rápida. Se dio la vuelta y pegó su ojo a la rendija, quedando de espaldas a mí.
Es tu abuelo - susurró.
Ya lo he notado.
Su trasero estaba frente a mí, tentador. Estaba considerando la posibilidad de agarrarlo cuando Vito dijo:
Tu abuelo es único, mira cómo le mete mano a María, con lo estirada que es.
Pero si no veo - protesté yo.
Mejor, que eres muy pequeño para estas cosas.
Desde fuera se oían murmullos ininteligibles. Mi abuelo debía estar pasándoselo bien. El morbo del momento había provocado que mi pene recobrara su esplendor. Ya no podía más.
Vito, tu culo me la pone dura.
Ella se volvió y aunque por la oscuridad no veía bien su cara, sí que noté que sus ojos brillaban.
¡Pero qué dices! ¡Menudo guarro estás hecho!
Venga Vito, que tú estás espiando.
Sí, pero yo soy mayor. ¡Qué sabrás tú de cosas duras!
Siéntate aquí y te lo enseño - le dije.
Puse mis manos en su cintura y la obligué a sentarse sobre mi regazo. Procuré apretar bien mi erección contra ella.
¡Coño, niño! - siseó levantándose - ¡Mira que eres guarro!
Yo seguí con mi ataque.
Vamos Vito, siéntate aquí, por favor.
¡Que no me da la gana, coño! ¡Que sólo eres un crío!
Decidí simular estar enfadado.
Pues vale, entonces quita de ahí, que quiero salir.
¿Dónde vas? ¡Estás loco!
Voy fuera - respondí.
Si sales ahora nos pillarán a los dos.
Lo sé.
Eres un cabrón ¿lo sabías?
Me limité a palmear en mi regazo. Por fin, Vito se resignó y dejó caer todo su peso sobre mi polla.
Ay, Dios. Líbrame de los criajos salidos - suspiró.
Ya había logrado dar el primer paso. Me quedé allí, con las manos en su cintura, apretando mi paquete contra su culo mientras ella volvía a espiar por la rendija.
Así seguimos por un rato, yo notaba cómo ella se iba calentando al espiar. Una de sus manos se posó inconscientemente en su cuello, y de ahí bajó a su pecho, apretándolo.
Ahora es el momento - pensé.
Deslicé mis manos de su cintura, bajando por sus muslos hasta el borde inferior de su falda. Acaricié sus rodillas y traté de meterme bajo el vestido, pero ella apartó mis manos.
Quieto - susurró.
Pero yo noté en su tono que no le molestaba tanto como decía. Apreté aún más mi polla contra su culo y volví a intentarlo. Volvió a apartarme las manos, pero esta vez no dijo nada y siguió mirando.
Desde fuera seguían llegándome murmullos, pero yo ya no prestaba atención, sólo estaba concentrado en mi objetivo. Subí una de mis manos y la posé sobre su pecho, apretándolo con fuerza. Esta vez no dijo nada.
Ya es mía - pensé.
Hábilmente, desabroché los botones de su vestido con una sola mano, deslizando mientras la otra bajo su falda. Paseé mi mano por su pierna, sintiendo el tacto sedoso de sus medias, hasta llegar a sus bragas. Comencé a acariciar simultáneamente sus tetas y su coño, arrancándole ligeros gemidos de placer. Ya no se resistía en absoluto, me dejaba hacer, pero tampoco colaboraba. Sus manos seguían apoyadas en el marco de la puerta y su ojo pegado a la rendija.
¡Papá! - se escuchó fuera.
¡Coño! ¡Tu tía! - me susurró Vito.
Se oyeron pasos apresurados alejándose por el pasillo. Me imagino que se trataba de María.
¿Se puede saber qué haces? - la voz de tía Laura sonaba enfadada.
Creo que lo sabes perfectamente.
Pero aún hay invitados. ¿Quieres que te cojan o qué?
Creo que la mayoría de mis invitados conocen mis gustos - replicó mi abuelo - de hecho, varias de las señoras los han disfrutado ya.
Mi tía no contestó.
¿Has venido a por tu regalo? - dijo mi abuelo.
¡Estáte quieto!
Noté cómo el cuerpo de Vito se tensaba.
Tranquila, esta noche te lo daré.
Se oyeron los pasos de mi abuelo alejándose. De pronto, las puertas del armario se hundieron un poco y la luz se apagó. Mi tía se había reclinado sobre la puerta.
Vito se echó hacia atrás, apoyándose en mí. Estábamos asustados, pues si a mi tía se le ocurría abrir la puerta, nos pillaría con una de mis manos en las tetas de Vito y la otra en su coño. Afortunadamente, tía Laura pronto se marchó. Ambos exhalamos un profundo suspiro de alivio.
Casi nos cogen - dijo Vito.
Sí, pero así es más excitante.
¡Estás loco! - me dijo levantándose - eres un maldito salido.
Venga Vito, si te gusta - dije yo, pensando que quería irse.
¡Pues claro que me gusta! - dijo para mi sorpresa - anda desabróchame el sujetador.
Yo me quedé paralizado. Ella se subió la falda hasta la cintura y se quitó las bragas.
Venga ¿a qué esperas?
Por fin reaccioné, trasteé un poco con el broche por encima de su vestido y logré abrirlo. Cada vez lo hacía mejor.
Venga, bájate los pantalones.
Esta vez no tardé nada en obedecer. Mis pantalones y mis calzones quedaron en mis tobillos en un plis plas. Ella se dio la vuelta y en la oscuridad palpó hasta agarrar mi polla.
Ummm. No está nada mal para tu edad - dijo tironeando de ella.
Aaahhh.
Te gusta ¿eh?
.........
Pues verás ahora.
Pegó su cuerpo al mío, separó bien las piernas y lentamente fue bajando sus caderas. Con una de sus manos, guiaba mi polla mientras con la otra separaba los labios de su coño. Se empaló por completo en mi picha. Estaba tan mojada que entró de un tirón, sin ninguna resistencia. Yo notaba cómo las paredes de su vagina se amoldaban por completo a mi miembro. Casi sentí el suspiro de alivio que debió de exhalar mi torturado miembro. Seguro que pensó: "Por fin, después de tanto tiempo, estoy en casa".
En los últimos días había tenido muchas experiencias, muchas sensaciones, pero ninguna igual a sentir un buen coño apretando con fuerza mi polla. Sin duda alguna, el lugar natural de una verga es estar bien enterrada en un jugoso chocho.
Vito comenzó entonces a cabalgarme. Subía y bajaba. Yo llevé mis manos a su culo y apreté con fuerza. Ella se abrazó completamente a mi cuello, apretando sus tetas contra mi pecho. De vez en cuando, se separaba un poco y hundía su lengua en mi boca.
Era fantástico, había merecido la pena esperar. El ritmo se incrementaba cada vez más, nuestros gemidos sonaban cada vez más altos. Si alguien pasaba por el pasillo nos oiría sin duda, pero ¡qué coño importaba! ¡Estaba follando! ¡Ya no era virgen!
Seguimos, febriles, con lo nuestro. Vito apoyaba uno de sus pies en los estantes y el otro en el suelo, para ofrecerse más abierta a mí, para que llegara más hondo. Estábamos tan enloquecidos que en uno de los embites, el pié de Vito resbaló, yo no pude aguantar su peso y si no es porque ella se agarró a las paredes del armario, hubiéramos aterrizado los dos en el pasillo.
Esta postura es muy incómoda - dijo ella poniéndose en pié.
Mi polla, al salir de aquel coño, se quejó.
¿Y qué hacemos? - pregunté lastimeramente.
Tranquilo - me dijo.
A pesar de la oscuridad, noté perfectamente que sonreía.
Vito simplemente se dio la vuelta, quedando de espaldas a mí. Apoyó las manos en la jamba de la puerta y se ofreció a mí. Yo me agarré la polla de la base, manteniéndola vertical. Puse mi otra mano en su cadera, guiándola mientras bajaba su cuerpo.
¡Ay! ¡Guarro! Por ahí no - dijo riendo.
Lo siento Vito, noté que entraba y...
Eso otro día.
Separó una de sus manos de la puerta y la metió por entre sus piernas agarrándome la verga. Yo puse mis dos manos en sus caderas y esta vez fue ella la que fue apuntando mi miembro mientras se dejaba caer sobre mí.
Uuufff - resoplé.
Se la había vuelto a meter hasta el fondo.
Así estaremos mejor - dijo.
Con las manos apoyadas en la puerta y los dos pies en el suelo, la postura gozaba de mayor equilibrio. Además, tenía la ventaja de que mis manos quedaban libres, así que me apropié de sus tetas.
Vito comenzó a cabalgar de nuevo. La sensación era indescriptible. Yo, con los ojos cerrados, me dedicaba a sentirla profundamente. Mis manos, inconscientemente, amasaban sus pechos, tironeaban de sus pezones.
Diosss, ¡qué bueno! - gemía Vito.
Uuufff - respondía yo.
Desprendí una de mis manos de sus pechos y la llevé hasta su coño. Comencé a frotárselo vigorosamente. Podía sentir con mi mano cómo mi polla surgía y volvía a hundirse en sus entrañas una y otra vez. Esto le gustó mucho a Vito.
¡Así, así, rómpeme el coño! - gritaba.
En realidad era ella la que hacía todo el trabajo, así que apreté más fuerte sobre su chocho. Ella se echaba hacia atrás y girando la cabeza, me besaba, entrelazando su lengua con la mía
Sé que ella se corrió por lo menos dos veces durante aquel polvo. Lo notaba por cómo apretaba su coño, por el incremento de la humedad, por los gorgoteos que salían de sus labios, todo aquello contribuía a excitarme más, por lo que aumentaba la fuerza de mis caricias sobre su clítoris. Rápidamente fui aproximándome al clímax.
Vito, me corro... farfullé.
Espera - casi gritó.
Se puso en pié sacándose mi verga a punto de estallar del coño. Yo no aguanté más, mi polla entró en erupción. Como acababa de sacarla, su coño aún estaba junto a la punta de mi cipote, por lo que los lechazos fueron a parar contra él, mezclando mis jugos con los suyos. Me incorporé un poco, dirigiendo los últimos disparos contra su culo y su espalda. Por fin, acabé y volví a dejarme caer sobre los estantes.
Ella, agotada, volvió a sentarse en mi regazo, y yo me incliné, quedando acostado contra su espalda. Los dos resoplábamos cansados.
Avisa antes, joder - me dijo respirando entrecortadamente - quieres dejarme preñada o qué.
Perdona, no pensé...
Ya, tranquilo, no pasa nada.
Vito, ha sido maravilloso. ¿Podemos repetirlo?
¿Ahora? - dijo sorprendida - ¿no te cansas nunca?
Si no puede ser ahora, cuando sea.
Claro, hombre - rió - cuando quieras, pero ahora debo volver, seguro que se preguntan dónde estoy.
Bueno - dije algo decepcionado.
Ella notó el tono de mi voz.
En serio, ahora no puede ser. Tengo que volver al trabajo. Me escaqueé un rato cuando te vi entrar, pero ya va siendo demasiado.
¿Cómo?
Ella rió encantada.
¡Ay mi Oscar! Yo sabía que estabas aquí dentro.
¿En serio?
Sí. Y quería averiguar si eras tan bueno como Brigitte me ha dicho.
Yo estaba anonadado.
No puedo creerlo.
Pues claro tontín. Brigitte me ha estado contando vuestra aventurilla en el bosque y como me ha dicho que te habías quedado a medias me he dicho ¡Qué coño! ¡Vamos a catar al chaval!
Yo seguía alucinado.
Por cierto, dice Brigitte que le devuelvas las bragas.
Lo haré.
Bueno, ¿y qué te ha parecido?
Ha sido increíble.
Soy buena ¿eh?
La mejor.
¡Vaya! ¿Y has probado a muchas?
............
Desde luego, has salido a tu abuelo - dijo besándome.
Oye, Vito.
Dime.
¿Qué hacía mi abuelo ahí fuera?
¿Tú que crees? Meterle mano a María.
Lo suponía.
Tu abuelo es increíble, a su edad. Aunque, la verdad, me ha sorprendido que se lo monte con María, con lo estirada que parece.
Cada mujer es un mundo - filosofé.
¡Caray! ¡Qué profundo!
Se puso en pié y comenzó a vestirse. Yo empecé a hacer lo mismo.
Vito...
¿Sí?
¿Te has acostado con mi abuelo?
Me miró en la oscuridad. Nuevamente noté que sus ojos brillaban.
Muchas veces - respondió - ¿cómo crees qué aprendí estas cosas?
Comprendo. Oye...
¿Ummm?
¿Qué tal he estado?
Me puso las manos en los hombros y me besó tiernamente.
Ha sido el mejor polvo de mi vida - dijo.
Tras esto, empujó las puertas del armario, desencajándolas. Echó un vistazo a los lados y se marchó. Yo me arreglé lo mejor que pude. Recogí los manteles que se habían caído al suelo y coloqué los demás. El armario desprendía un fuerte olor a sudor, a sexo, así que fui a la cocina, cogí unas cuantas bolas de alcanfor y las metí en el armario, cerrándolo después.
Me dirigí a la calle y allí me encontré a mi familia despidiéndose de los últimos invitados.
¿Dónde te has metido? - me preguntó Marta.
Por ahí, jugando al escondite - respondí.
Por fin se fueron todos. La gente contratada casi había acabado de recogerlo todo. Mi abuelo les dijo que ya estaba bien por ese día, que se fueran a sus casas, que el resto ya lo iríamos recogiendo nosotros. Les pagó generosamente, por lo que le dieron efusivamente las gracias y se marcharon.
Todos volvimos a entrar en la casa, comentando lo sucedido durante el día. Las mujeres hablaban alborozadas de los regalos, especialmente del collar de perlas. Al entrar, noté que mi abuelo miraba fijamente a mi tía Laura y que ella apartaba la mirada, como avergonzada.
Esto me recordó las palabras de mi abuelo sobre el "regalo". Tenía una idea bastante clara acerca del asunto, pero no podía estar totalmente seguro. Quizás otro día lo hubiera dejado estar, pero aquel había sido el día de mi desvirgación y yo me sentía más seguro, más adulto.
Así que rondé a mi abuelo durante un rato, esperando a que se quedara solo. Por fin, se dirigió a su despacho, a fumarse un puro. Yo fui tras él. Lo alcancé justo en la puerta de la habitación.
Abuelo - le llamé.
¿Sí?
¿Puedo hablar contigo un segundo?
Claro, pasa.
Entramos en el despacho. Las luces estaban encendidas, supongo que habría mandado antes a alguien para que lo hiciera. Él se sentó a su mesa, un enorme escritorio de nogal situado al fondo de la sala. Abrió una caja y sacó un puro, que encendió usando una vela. Yo, cerré la puerta y acerqué una silla.
Dime, ¿qué quieres? - me dijo.
Abuelo, me dijiste que podía hablar contigo de cualquier cosa ¿verdad? Que no iba a haber secretos entre nosotros.
Él se enderezó en su sillón, parecía interesado.
Claro, Oscar. ¿Qué te pasa?
Yo decidí ir directamente al grano.
Hoy te he escuchado hablar con tía Laura de un segundo "regalo".
Su cara se puso muy seria.
¿Cómo?
Abuelo, no disimules, te he oído perfectamente en dos ocasiones.
Comprendo. ¿Y qué?
Le miré directamente a los ojos.
Lo que quiero saber es si vas a acostarte con ella.
Me miró durante unos segundos. Yo no aparté la mirada. Entonces me dijo muy seriamente:
Así es.
Ya veo.
Nos quedamos callados unos instantes. Por fin, fue él quien rompió el silencio.
¿Te escandaliza mucho?
No - respondí.
Tu tía es una mujer muy hermosa.
Lo sé.
Volvimos a callar.
¿Desde cuando lo hacéis? - le interrogué.
La primera vez fue cuando tenía 15 años.
Mi abuelo tragó saliva antes de continuar.
Mira Oscar, no tengo por qué mentirte, así que te pido que me creas en esto. Yo no hice nada para intentar seducirla, fue ella la que me sedujo a mí.
Comprendo.
Es cierto. Cuando ella tenía esa edad me espiaba a escondidas, sin que yo lo supiera. A los 15 se tienen muchos deseos, muchos impulsos y ella decidió abandonarse a ellos, y tengo que decir que yo no me resistí.
......
Así pues, Laura estaba siempre en una cruel disyuntiva, por un lado estaba la estricta educación que tu abuela le había dado, una chica no podía ni soñar con el sexo, todo era represión de los instintos, de la naturaleza. Por otro lado estaba el deseo y yo fui su válvula de escape.
Quieres decir que se sentía culpable.
Exacto. En esa época lo pasaba mal, sólo parecía relajada cuando estaba conmigo. Yo pensé que podría liberarla, pero no lo logré del todo. Se sentía mal. Por eso se casó con Jean-Paul, para mantener una apariencia de honorabilidad.
¿Quieres decir que no le quería?
Sí le quería. Jean-Paul era una gran persona, pero no puedo asegurar que estuviera enamorada de él, pero ella sabía que casándose con él podría alejarse de mí, de las tentaciones.
Entiendo - asentí.
Por desgracia, su marido murió en Francia, dejándola con dos hijas.
Pero tenía dinero ¿no?
Sí, pero Francia no era su hogar, sin Jean-Paul nada la ataba allí, así que regresó.
¿Y reanudasteis vuestra relación?
Varios años después. De hecho, fue el año pasado. Y nuevamente, te juro que fue ella la que dio el primer paso.
Y todavía seguís.
No exactamente, verás sólo nos acostamos cuando ella quiere. Cuando lleva tiempo sin sexo, comienza a echarlo de menos, su cuerpo lo necesita, como el de cualquier mujer. En esos momentos, cuando el deseo supera a sus prejuicios, acude a mí, pero yo nunca voy detrás de ella.
Pero hoy sí lo has hecho.
Sí. Verás, desde hace algún tiempo he decidido acabar con esta situación. Laura no puede seguir así, reprimida, sintiéndose culpable por algo que es lo más natural del mundo.
Abuelo, que una mujer se acueste con su padre no es muy normal.
No me refiero al incesto, me refiero a atender las necesidades sexuales de su cuerpo. Por eso he decidido adoptar una posición activa, para obligarla a que reconozca que siente esos deseos, para que vea que no son malos, para desinhibirla. De hecho, si después no quiere volver a acostarse conmigo, pues perfecto, que se busque un hombre por ahí que la satisfaga. En serio, yo sólo quiero verla feliz y ahora mismo no lo es.
Es decir, una especie de tratamiento de "shock". Obligarla a que reconozca lo que siente para librarla de sus miedos.
Exacto.
Pues la verdad, creo que es un buen plan. Seguro que funciona.
Espero que sí.
Si la madre se parece un poco a la hija, sin duda funcionará.
Mi abuelo me miró sorprendido. Entonces se echó a reír.
¡Ya comprendo! ¡Ya decía yo que últimamente Martita había cambiado mucho! ¡Menudo cabroncete estás hecho!
Je, je...
¿Te has acostado ya con ella?
No, pero falta un pelo. En cuanto tengamos una ocasión.
¡Pues esta noche hijo! Todo el mundo está cansado de la fiesta, dormirán profundamente.
Yo le miré muy serio.
Esta noche no, abuelo. Todavía está con la regla.
¡Ufff! ¡Vaya putada!
Además, esta noche quiero hacer otra cosa - dije mirándole a los ojos.
¿Cómo? - inquirió él.
Yo también quiero hacerle un regalo a tía Laura.
El rostro de mi abuelo se ensombreció levemente.
Abuelo. Si se acuesta con dos hombres en vez de con uno, sus inhibiciones desaparecerán más rápido ¿no crees?
No sé, Oscar.
Venga, abuelo, por favor.
Pero ella nunca aceptará hacerlo con los dos.
Tú mismo me dijiste que una mujer excitada hace cualquier cosa. Además, tenemos nuestro don. Con él sabremos si lo desea o no.
Esa respuesta dio de lleno en la diana.
Recuerda que te dije que yo no te ayudaría a conseguir mujeres...
Lo sé abuelo. Pero yo ya no soy virgen, he catado a varias hembras - exageré un poco - ya no existe el riesgo que me comentaste.
Aún dudó unos segundos, pero finalmente cedió.
Está bien, espérame luego en tu cuarto. Cuando todos duerman, yo iré a buscarte.
¿Y cómo lo haremos para convencer a tía Laura?
Ya se me ocurrirá algo. Ahora vete.
Yo salí disparado hacia mi cuarto. Me lavé bien y me puse el pijama. Antes de acostarme, me acordé de las bragas de Brigitte, así que las saqué del bolsillo del pantalón. Las llevé a mi nariz e inspiré, sintiendo el olor a hembra fuertemente impregnado en la prenda íntima. Aquello contribuyó a aumentar mi excitación, que ya era muy elevada por las perspectivas que esa noche se me presentaban. Escondí las bragas en lo más profundo de mi baúl, porque sabía que allí no tocaría nadie, pues era sólo para mis cosas y yo poseía la única llave.
De pronto, afuera resonó un trueno y la lluvia comenzó a golpear mi ventana. Me metí en la cama, a esperar que mi madre viniera a darme las buenas noches, cosa que hizo pronto, pues estaba cansada y quería acostarse ya. Al principio, agradecí el hecho de que viniera temprano, pero a la larga fue peor, pues el tiempo de espera de mi abuelo se alargó mucho. Allí estaba yo, arropado hasta el cuello, mirando hacia el techo mientras esperaba, escuchando la lluvia y con una erección tremenda, casi dolorosa.
Por fin, como a las dos de la mañana, mi puerta se abrió sigilosamente.
Oscar - susurró mi abuelo - ¿estás despierto?
Me incorporé de un salto en la cama, me calcé las zapatillas y salí tras mi abuelo.
Ve a mi cuarto y espérame allí - susurró.
Entonces se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta del dormitorio de mi tía Laura. La abrió lentamente y entró, cerrando tras de sí.
Yo, en lugar de obedecer, arrimé con presteza mi ojo a la cerradura de la puerta. Por desgracia, mi tía debía tener las cortinas completamente cerradas, por lo que no se veía nada, así que pegué el oído a la puerta, para intentar captar lo que pasaba en el interior.
Buenas noches - oí que decía mi abuelo.
¿Qué haces aquí? - respondió mi tía.
Ya lo sabes.
¡Márchate, por favor!
Como quieras - dijo mi abuelo para mi sorpresa.
Noté que su mano agarraba el picaporte.
Si cambias de idea, te espero en mi cuarto y te haré gozar como nunca antes.
Mi tía no respondió.
Lleva las perlas, por favor - concluyó mi abuelo.
Como no tenía ganas de dar explicaciones, me levanté rápidamente y me fui hacia las escaleras, antes de que me viera mi abuelo. Su cuarto estaba en la planta baja, alejado de todos los demás (por razones obvias).
Corrí procurando no hacer ruido y entré en su dormitorio, sentándome en la cama a esperarle. Poco después, mi abuelo entraba en la habitación.
Ya está hecho - me dijo.
¿Crees que vendrá? - le pregunté.
Estoy seguro.
Entonces, comenzó a desabrocharse la chaquetilla del pijama.
¿Te importa ver a un hombre desnudo?
Me da igual - respondí - sólo me atraen las mujeres.
Me alegro - rió.
Él tras desnudarse, se metió en la cama y se sentó con la espalda pegada al respaldo, arropándose hasta la cintura.
He salido a ti - le dije de pronto.
Lo sé - respondió mirándome con afecto - Chico, si supieras el susto que me diste hoy.
¿Cuándo?
En la charla de antes, en mi despacho. Cuando te pusiste tan serio y empezaste a hablar de secretos y mujeres pensé que me ibas a decir algo como que te lo habías pensado bien y que preferías a los hombres.
¡ABUELO!
Él se rió con ganas.
Tranquilo, no te enfades, es que estoy tan orgulloso de ti, que siempre temo que algo lo estropee.
Sí, abuelo, ¿pero maricón yo?
No emplees esa palabra, que es muy fea - me dijo muy seriamente.
Bueno, yo no tengo nada en contra de los afeminados, pero... - en esos tiempos, no existían términos como gay u homosexual.
Bien que haces. Son personas como cualquier otra, sólo que sus gustos son diferentes. ¡Detesto la estupidez actual, con esa doble moral y tantas mentiras!
Como vemos, en materias de sexo mi abuelo iba 100 años adelantado a su época.
Sí, abuelo, yo opino lo mismo. Además cuantos más haya, ¡más mujeres para nosotros! - dije riendo.
¡La verdad es que no lo había pensado nunca! - rió él.
Pasó un rato y tía Laura no aparecía.
Abuelo, ¿seguro que va a venir?
Seguro. Con las mujeres nunca me equivoco.
Convencido por estas palabras, comencé a quitarme el pijama también.
No, Oscar, no te desnudes - me dijo.
¿Cómo?
He estado pensando. Si al entrar te ve aquí, se marchará seguro.
Entonces ¿qué hago?
Te esconderás en el armario. Ya te avisaré yo.
Abrí el armario que estaba tras de mí, frente a la cama. Era un gran armario de roble y en su interior había una cajonera. El abuelo había apilado un par de mantas sobre ella para que pudiera sentarme.
Desde ahí dentro podrás verlo todo y cuando tu tía esté a punto, yo te avisaré.
Mi tía seguía sin venir y yo me estaba poniendo nervioso.
¿No tarda mucho? - pregunté.
Tranquilo, ya vendrá...
Como para corroborar sus palabras, en ese momento sonaron dos leves golpes en la puerta. Mi abuelo me hizo gestos para que me escondiera. Yo me metí rápidamente en el armario y cerré la puerta, dejando una abertura para poder ver.
Adelante - dijo mi abuelo una vez se aseguró de que yo estaba listo.
Me asomé con cuidado por el hueco y vi cómo se abría lentamente la puerta de la habitación. Mi tía Laura entró en la habitación. Vestía una bata de seda de color claro, anudada en la cintura por una tira del mismo material. Al entrar, su muslo desnudo se mostró por entre los pliegues de la bata, revelando que no llevaba camisón. Llevaba el pelo recogido.
Bienvenida - dijo mi abuelo.
Pasaron unos segundos en los que mi tía permaneció delante de la puerta, sin hablar. Por fin dijo:
Apaga la luz, por favor.
No, esta noche quiero verte bien - replicó mi abuelo para mi alivio.
Ella dudó un instante, pero finalmente penetró totalmente en el cuarto, cerrando la puerta tras de sí. Se acercó hasta el borde de la cama y se quedó allí, de pié. Mi abuelo la miró de arriba abajo, y, bruscamente, dio un tirón de las sábanas que cayeron revueltas al suelo. Mi abuelo estaba completamente desnudo sobre la cama, con su miembro totalmente erecto.
Desnúdate - dijo.
Mi tía soltó el cinturón de su bata, y la dejó resbalar por sus hombros, cayendo al suelo. Ella se tapó los senos y el coño con las manos. Yo desde mi posición, la veía de espaldas. La recorrí con la mirada, deleitándome con sus larguísimas y espectaculares piernas, que terminaban en un excitante trasero, muy parecido al de su hija Andrea. Su espalda era también muy atractiva, con la piel muy blanca. Pude ver una extraña mancha sobre su hombro, pero no alcanzaba a ver lo que era.
Suéltate el pelo - continuó mi abuelo.
Ella separó sus manos de su cuerpo lentamente y las llevó a su nuca, deshaciéndose el moño. Su cabellera se deslizó por su espalda, era negrísima como la noche. El pelo no era excesivamente largo, sólo le llegaba a los omóplatos más o menos. Mi abuelo la contempló apreciativamente por unos segundos.
Bellísima - dijo - Date la vuelta.
Mi tía se volvió, quedando de frente a mí, con lo que pude admirar el resto de su cuerpo. Era una visión sublime. Sus piernas eran muy largas, con unos muslos torneados, perfectos. Para mi sorpresa, pude comprobar que mi tía también se afeitaba el pubis, aunque no tanto como Brigitte, supongo que fue una costumbre que adquirió en Francia. Sus senos eran grandes, redondeados, turgentes, con los pezones bien marcados apuntando al frente. Pude comprobar, excitado, que en su cuello estaba el collar de perlas que mi abuelo le había regalado. Si me quedaba alguna duda de si mi tía deseaba en verdad estar allí, el collar la disipó. Su rostro estaba tan bello como siempre, un leve rubor teñía sus mejillas y sus ojos despedían un extraño fulgor. Sin ninguna duda, estaba muy excitada. Lentamente, volvió a darse la vuelta.
Ven aquí - le dijo mi abuelo palmeando sobre la cama.
Ella se tumbó en la cama, junto a mi abuelo, mirándole a la cara. Él volvió a recorrerla con los ojos de los pies a la cabeza, deslizando una mano sobre su cuerpo. Un estremecimiento recorrió a mi tía Laura, que apartó la mirada avergonzada. Mi abuelo la tomó por la barbilla y giró su cabeza con delicadeza, acercando los labios a los suyos:
No tienes de qué avergonzarte - le dijo y la besó con pasión.
Yo estaba en el armario sin perderme detalle. Estaba muy excitado así que me la saqué del pijama y empecé a pajearme suavemente. Entonces recordé que no estaba allí para espiar, sino para participar, así que me aguanté las ganas y volvía a guardármela.
Mientras tanto, mi abuelo seguía besando a mi tía. Ella comenzó a responder, rodeando con sus brazos el cuello del viejo. Él se apartó de sus labios y comenzó a besarla por todas partes. Besó su frente, sus ojos, su nariz, las mejillas, fue bajando por el cuello, el pecho, los senos.
Mi tía no paraba de abrazarle y poco a poco empezaron a llegar hasta mí tenues gemidos que salían de su garganta, confundiéndose con el ruido de la lluvia que golpeaba en la ventana.
Mi abuelo siguió descendiendo, hasta situarse entre sus muslos. Ella trató de cerrarlos de repente, pero mi abuelo los sujetó con las manos y lo impidió. Volvió a separar bien sus piernas y hundió la cara en aquel precioso coño, que a esas alturas debía estar completamente encharcado.
Desde el armario, no podía ver las maniobras de mi abuelo, aunque me lo imaginaba bastante bien. El cuerpo del viejo me tapaba parte del espectáculo, por lo que sólo veía a mi tía de cintura para arriba. Se notaba que estaba disfrutando de aquello, se acariciaba los senos con una de sus manos, estrujándolos con fuerza; la otra mano estaba enganchada en el collar y lo estiraba hacia arriba, hasta su boca, metiéndolo entre sus labios, lamiendo las perlas. Tenía los ojos cerrados, la cara muy roja por la excitación. Su cuerpo se movía acompasadamente con los movimientos que mi abuelo hacía. Noté que ella abría sus piernas cada vez más, para que mi abuelo llegara más adentro.
Yo estaba que me subía por las paredes, los gemidos y suspiros de mi tía ya no eran bajos, sino que resonaban por todo el cuarto. También escuchaba el sonido de la lengua de mi abuelo al dar lametones. Hubiera dado cualquier cosa por intercambiar los papeles.
Mi tía estaba muy próxima al orgasmo, cuando, de repente, mi abuelo paró de comerle el coño y se incorporó. Mi tía lo miró con ojos suplicantes.
¿Qué pasa? - jadeó.
Vamos a probar un juego nuevo - dijo mi abuelo.
¿Cómo?
Date la vuelta.
Ella obedeció dubitativa, colocándose boca abajo. Mi abuelo se levantó de la cama y se dirigió a su mesilla, mientras mi tía lo seguía con la mirada. Pude ver el miembro de mi abuelo, durísimo, se veía que estaba tan excitado como yo. Mi abuelo abrió el cajón de la mesilla y sacó un pañuelo negro. Yo enseguida comprendí sus intenciones.
Se sentó en la cama y comenzó a vendarle los ojos a mi tía. Mi momento estaba a punto de llegar.
¿Qué haces? - preguntó ella agarrando el pañuelo.
Shissst. Déjame hacer - respondió él apartando sus manos.
Colocó el pañuelo sobre sus ojos y lo anudó en su nuca. Tras hacerlo, deslizó una mano por toda la espalda de mi tía, se entretuvo en su trasero y se hundió entre sus piernas.
Aahhh - gimió tía Laura.
Ponte a cuatro patas - dijo mi abuelo.
Ella obedeció y se colocó en esa postura; mientras, mi abuelo, no dejaba de estimularla con la mano. Entonces, me hizo un gesto con su mano libre. Yo, lentamente, salí del armario mientras mi abuelo se inclinaba sobre el oído de mi tía y le susurraba algo, supongo que para tapar el ruido que yo pudiese hacer.
Mi abuelo siguió diciéndole cosas al oído sin parar de masturbarla mientras yo me despojaba del pijama, cosa que no tardé en hacer ni un segundo. Mi miembro latía con desesperación, supongo que notaba que cerca había un coño chorreante. Mi tía, allí a cuatro patas, ofrecía un espectáculo maravilloso. Su pelo caía hacia delante, impidiéndome ver su rostro. Sus pechos colgaban, plenos, como fruta madura, con los pezones enhiestos, apetitosos.
Mi abuelo la besó en la espalda, cerca de la mancha que yo había visto antes. Era una mancha de nacimiento, parecida a una manzana. No sé por qué, pero aquel pequeño defecto la hacía más deseable, como si fuera más humana, menos celestial. Tras besarla, se puso de pié y me indicó con un gesto que ocupara su lugar.
Yo obedecí como un rayo. Me coloqué tras tía Laura y agarré sus nalgas con las manos, separándolas para poder ver así su coño. Supongo que ella notó algo diferente en el tacto de mis manos, porque echó su cabeza hacia atrás, como queriendo ver, pero la venda se lo impedía. Entonces hundí mi lengua en su raja, arrancándole un gritito de placer, con lo que fuera lo que fuese que hubiera notado dejó de importarle.
Hundió su rostro contra la almohada, para ahogar sus propios gemidos, levantando así un poco más el culo, ofreciéndose mejor a mí. Yo chupaba, lamía, tragaba todo lo que allí había, manteniendo sus piernas bien abiertas con mis manos.
Ella movía el trasero adelante y atrás, como follándose con mi lengua. Lamí todo lo que encontré a mi paso, subí por su raja hacia atrás, chupando su trasero, pasando mi lengua por su ano. Yo nunca había hecho eso antes, pero nadie tuvo que explicármelo, sabía que le iba a gustar.
Ella aceleró el ritmo de sus caderas, el clímax se aproximaba.
Entonces mi abuelo se aproximó a la cabecera de la cama y le quitó la venda. Mi tía aún tardó unos segundos en comprender que allí había dos personas con ella y no sólo una. Cuando la verdad penetró en su cerebro, miró hacia atrás rápidamente y descubrió horrorizada, que era su sobrinito el que con tanto arte le comía el coño.
¡Dios mío! - exclamó.
Shisss. Tranquila - le dijo mi abuelo, sentándose en la cabecera de la cama.
Pero cómo habéis podido... ¡Aaahhh!
Yo acababa de hundir un dedo profundamente en su coño. Ella siguió protestando, pero en ningún momento trató de apartarse. Mi abuelo se acercó a su cara, enarbolando su polla.
Chupa - dijo simplemente.
Mi tía nos miró con desesperación, primero a él, luego a mí. Yo había dejado de comerle el chocho, dejándola al borde del orgasmo y mi cabeza asomaba por encima de su culo mirando su rostro, sudoroso y jadeante.
Tita, por favor - gemí.
Esto no, no puede ser - dijo dubitativa.
Yo pasé lentamente mi mano por su raja, sintiendo el calor, la humedad. Ella se estremeció de placer.
Por favor - insistí - no te resistas.
Ella suspiró profundamente. Cerró los ojos durante un segundo. Cuando volvió a abrirlos pude notar que brillaban.
Fóllame, Oscar - dijo sonriendo con felicidad.
Claro, tita. Te quiero - le dije.
Y yo a ti.
Entonces miró a mi abuelo y le dijo:
Gracias papá.
De nada, mi niña - dijo él besándola dulcemente.
Tía Laura bajó la cabeza hasta la entrepierna del abuelo. Sin pensárselo dos veces, asió la polla del viejo y se la metió en la boca. Mi abuelo apoyó las manos en su cabeza, acompañando el ritmo de la mamada.
Yo no aguanté más. Traté de penetrarle el coño desde atrás, pero me faltaba experiencia, por lo que mi polla resbalaba por su vulva. Entonces noté que la mano de tía Laura aparecía entre sus piernas y me agarraba el pene, guiándome. Acercó mi polla hasta la entrada de su gruta y entonces, lentamente, la penetré.
Ughfgfhf.
Sonidos ininteligibles salían de su garganta, completamente llena con la polla de mi abuelo. Fue tan sólo penetrarla y mi tía se corrió. Noté el incremento de la humedad en su coño, fue alucinante. Al correrse, su cuerpo se tensó y desde luego mi abuelo lo notó.
¡Oh Dios! ¡Oh Dios! ¡Oh Dios! - repetía el viejo mientras apretaba la cabeza de su hija contra su regazo.
Creí que mi abuelo también se había corrido, pero no era así. De todas formas, no era asunto mío. Poco a poco, comencé a bombear en aquel glorioso coño. El placer fue sencillamente indescriptible, aquella mujer estaba creada para amar.
Su vagina apretaba con fuerza sobre mi miembro, que la horadaba sin compasión. Mi vientre palmeaba contra su trasero, produciendo un aplauso de lo más erótico, que se mezclaba con los chupetones, gemidos y suspiros que llenaban el cuarto. Mi tía movía también las caderas, aumentando el rozamiento, el placer, mientras sus labios subían y bajaban sobre la verga de mi abuelo.
De pronto, su cuerpo se tensó otra vez, estaba teniendo un segundo orgasmo muy cercano al primero. Aquello me excitó todavía más, por lo que aceleré el ritmo, cosa que mi tía agradeció a juzgar por la subida del volumen de sus gemidos.
Estuvimos así cerca de dos minutos, cuando tía Laura, increíblemente, se corrió por tercera vez, sólo que esta vez mi abuelo la acompañó. Eyaculó dentro de su boca. Mi tía, sorprendida, la extrajo de su garganta, empuñándola con la mano. Espesos pegotes de semen salían de su boca, cayendo sobre la cama, mientras la polla de mi abuelo expulsaba los últimos disparos, que iban a impactar contra ella, alcanzándola en la cara, en el cuello, en el pelo.
Yo aún aguanté unos instantes más y cuando noté que iba a entrar en erupción, se la saqué de dentro y me corrí sobre su culo, sus muslos y su espalda. Tía Laura se derrumbó de bruces sobre la cama y yo junto a ella. Estábamos los tres exhaustos, agotados, pero yo no quería que aquello acabara. Y no fue así.
Minutos después, mi tía se incorporó en la cama, poniéndose de rodillas.
Sois maravillosos - nos dijo.
Tú mucho más - respondí yo mientras mi abuelo asentía.
El hecho de verla allí, sobre la cama, desnuda, empapada de sudor y de semen hizo que mi miembro comenzara a reaccionar. Mi tía se dio cuenta y se inclinó sobre mí, comenzando a darme lametones en el pene. Éste poco a poco fue recuperando fuerzas y enseguida mi tía estaba haciéndome una decidida mamada. Yo miré a mi abuelo y vi que su polla era diestramente masajeada por la mano derecha de tía Laura, con lo que poco a poco iba recuperando también su vigor.
Cuando las dos estuvieron listas, mi tía cesó en sus actividades, volviendo a incorporarse en la cama. Mi polla protestó por aquello, pero mi tía no pensaba dejarnos así.
Papá, túmbate - dijo echándose hacia mi lado.
Mi abuelo se tumbó boca arriba en el centro del colchón. Mi tía pasó una pierna sobre él, quedando a horcajadas sobre su regazo. Se inclinó hacia delante y lo besó con pasión.
Métemela - dijo después.
Mi abuelo, con destreza, colocó la punta de su cipote en la entrada de la lujuriosa cueva, y su dueña se dejó caer de golpe, empalándose por completo.
¡AAAHHHH! - la exclamación de ambos fue simultánea.
Mi tía comenzó a mover las caderas lentamente, delante y atrás, hacia los lados. Mi abuelo la dejaba hacer, acariciando sus pechos. Yo, caliente, llevé una mano hasta mi miembro y empecé a pajearlo despacio, pues pensaba que me tocaba esperar.
Shisssst. Quieto - susurró mi tía apartando mi mano con las suyas - Deja que te la ensalive bien.
Tirando de mi miembro, hizo que me arrodillara junto a ella, de forma que mi polla quedó junto a su rostro. Entonces, se lo introdujo en la boca, reanudando la mamada. Yo apoyé las manos en su cabeza, dedicándome a disfrutar.
El ritmo de sus caderas era muy lento, era como si no estuviera realmente follando, sino sólo estimulando. Lo mismo podía decirse de la mamada que me hacía, usaba sólo sus labios y enseguida noté mucha humedad sobre mi polla. Entonces, la sacó de su boca y me susurró:
Ve detrás.
Yo, instintivamente, supe lo que ella deseaba. Volví a colocarme en su culo y separé sus nalgas. Podía ver la polla de mi abuelo penetrándola lentamente, pero mi objetivo era otro. Busqué su ano y comencé a rozarlo con la lengua, humedeciéndolo bien. Poco a poco, introduje un dedo en su interior, metiéndolo y sacándolo. Poco después penetré su ano con un segundo dedo y al momento, con un tercero. Seguí estimulándola lentamente, tratando de separar mis dedos un poco, para dilatarla. Ella gemía seductoramente:
Sí, asíiiii - siseaba.
Decidí que ya estaba lista. Como quiera que su saliva se había secado un poco sobre mi polla, llevé mi mano libre a su coño, empapándola bien y después me la pasé sobre el tronco, lubricándolo.
Por fin, me arrodillé tras ella. Al sacar los dedos, su ano quedó algo dilatado, así que apunté bien mi glande y empujé. Ella gritó, no sé si de placer o de dolor. Sólo la punta de mi cipote había penetrado, pero yo me paré, pues no sabía si le había hecho daño.
¿Te duele? - pregunté.
¡SÍ! ¡Pero no te pares! - me increpó ella.
De acuerdo, si eso era lo que quería... Agarré bien sus caderas con mis manos, y fui empujando lentamente. Mi polla iba desapareciendo poco a poco en su culo, estaba apretadísimo, era muy diferente a un coño. Se notaba que esa vía no era tan habitual, por lo estrecha que era.
Vi que ella se abrazaba con fuerza a mi abuelo, con los ojos muy cerrados, los dientes apretados en un rictus de dolor. Sus manos estaban entrelazadas con las de mi abuelo, agarrándolas tan fuertemente que sus nudillos se veían blancos. Pensé en detenerme, pero como ella no decía nada, decidí que lo mejor era terminar cuanto antes, así que de un empellón se la enterré hasta el fondo.
¡UAHHHH! ¡DIOSSSSS! ¡ME ROMPES! ¡NOOOO!
Yo, asustado, empecé a sacarla, pero ella no me dejó.
¡No, no la saques, por favor! - exclamó llevando sus brazos hacia atrás y sujetando mi culo.
¿Seguro?, pero si te duele.
¡Sí! Pero es taaaan bueeeno - dijo derrumbándose sobre el pecho de mi abuelo.
Así que volví a enterrársela de golpe.
¡UAAAHHH! ¡SÍIIIII! ¡SÍIIIIIIIII!
Noté claramente que experimentaba un nuevo orgasmo. Sus flujos brotaban de su coño, empapando los muslos de mi abuelo y las sábanas.
Tras correrse, se quedó muy quieta, echada sobre mi abuelo. Yo no me atrevía ni a moverme, para no hacerle daño. La verdad es que yo estaba en la gloria, su culo apretaba fuertemente sobre mi miembro, podía incluso sentir la verga de mi abuelo presionando contra la mía, como si sólo las separase una fina pared.
Por fin, mi tía pareció reaccionar y comenzó un suave vaivén con las caderas. Yo, animado, comencé a penetrarla despacito, con delicadeza. Entonces, me di cuenta de que había sangrado un poco por el ano. Asustado, se lo dije:
No te preocupes mi amor - dijo suspirando - es normal cuando te desvirgan.
¡Era la primera vez que la sodomizaban! ¡Yo era el primero! Aquello me llenó de inexplicable orgullo, así que empecé a embestir con más fuerza. Mi tía se lo pasaba cada vez mejor, parecía que el dolor había quedado ya muy atrás.
¡Así! ¡Así! Muy bien mi niño. ¡Vamos papá!
El ritmo se incrementaba cada vez más. Creí que me iba a volver loco de placer. Yo gemía, mi abuelo gruñía y mi tía prácticamente berreaba.
¡DIOS! ¡DIOS! - repetía.
De pronto mi abuelo gritó:
¡Quita! ¡Quita! ¡No puedo más! - tratando de apartarnos.
¡No te pares papá! ¡No pares! - gritó ella.
¡LAURAAA! - chillaba mi abuelo mientras se corría en el interior de su hija.
El orgasmo del abuelo pareció precipitar el de mi tía, que chillaba enloquecida.
¡Me corro! ¡Me corro! ¡ME CORRO!
Al hacerlo, su cuerpo se estremeció, su ano se contrajo, apretando de tal forma mi verga que no pude aguantar más. Eyaculé con violencia en su interior, sentía mi propio semen resbalando sobre mi polla.
Aquellos orgasmos en cadena no dejaron agotados. Nos quedamos así, quietos, unos sobre otros, con los miembros bien enterrados en los orificios de tía Laura mientras iban perdiendo volumen.
Finalmente, me dejé caer a un lado, sacando mi cansado pene de su interior. De su ano brotó mi esperma, ahora que ya nada se lo impedía. Sobre las sábanas quedó una mancha de semen, sangre y una sustancia oscura en la que prefiero no pensar.
Mi tía también descabalgó a su padre, quedando tumbada entre los dos. Se incorporó lentamente y nos besó en los labios, primero a uno y después al otro.
Os quiero - dijo, mientras sus pechos subían y bajaban por su respiración entrecortada. Estaba simplemente hermosa.
Y yo a ti - dijimos nosotros al unísono, llevando cada uno una mano a aquellos lujuriosos senos, acariciándolos con ternura.
Por fin, se tumbó entre nosotros, pasando sus brazos bajo nuestros cuellos, abrazándonos a ambos. Yo me puse de lado, pasando una pierna por encima de la suya, de forma que mi miembro reposara contra su muslo. Mi cabeza descansó sobre su pecho.
Buenas noches tía Laura.
A partir de ahora llámame sólo Laura - dijo ella besándome en el pelo.
De acuerdo. ¡Laura! - dije con dulzura.
Mi abuelo no dijo nada...
No sé cómo lo hicieron, pero lo cierto es que a la mañana siguiente amanecí en mi propia cama, completamente desnudo bajo las sábanas.
LA TORMENTA:
Los siguientes días fueron tranquilos. Poco a poco, la vida iba retomando su pulso en la casa tras el ajetreo de la fiesta. El servicio estuvo un par de días bastante atareado, recogiendo los restos de la celebración y limpiándolo todo.
En esos días, ir a la parte trasera de la casa era sumergirse en un mar de tendederos llenos de manteles, servilletas, sábanas... Apenas se podía caminar. Además, los días amanecían nublados, aunque no llovía, por lo que la ropa tardaba en secar. Nadie paraba ni un segundo, en especial las criadas, por lo que no tuve oportunidad de reanudar mis aventuras con ellas.
De todas formas, yo también andaba liado. Dickie se empeñó en que había que recuperar el tiempo perdido con las clases, así que todos los días me daba una hora extra, con lo que las mañanas las tenía ocupadas por completo. Por las tardes, hacía lo mismo con las chicas, así que durante un par de días apenas me crucé con Marta, sólo en las comidas, y no tuvimos oportunidad de quedarnos a solas.
La que sí que cambió profundamente fue mi tía Laura. Yo la veía trajinando por la casa, ayudando en la limpieza, canturreando. Parecía otra. Noté que frecuentemente se encerraba con mi abuelo en el despacho, pero me consta que no hicieron nada raro, pues siempre que me acerqué a ver, estaban simplemente charlando. De hecho, años después mi abuelo me comentó que la noche del cumpleaños de Laura fue la última vez que se acostaron juntos, y yo le creo. Habíamos logrado transformar a tía Laura en otra persona, más feliz, más vital, disfrutando de la vida. Siempre he estado orgulloso de mi granito de arena en ese tema. Pero, volvamos a mi historia.
Llevaba yo pues, dos días sin ningún tipo de escarceo. El primer día no me importó, ya que la jornada interior había sido increíble y me encontraba bastante satisfecho, pero a partir del segundo, mi instinto volvió a despertar, pero no había forma de aliviarlo.
La noche del segundo día yo andaba ya bastante mal. Ya había probado los manjares de la vida y quería más. Mi mente se había dedicado a rememorar los intensos sucesos de los últimos tiempos, lo que me había provocado un grado de excitación bastante notable. Estaba en mi cama, con el pene durísimo, acariciándomelo cansinamente. De hecho, lo que hacía era sopesar la posibilidad de ir al cuarto de Marta o al de Marina, o incluso al de tía Laura, pero el azar me lo impidió.
Resultó que esa noche se puso enferma mi prima Andrea, nada grave, un cólico o no sé qué, pero se pasó la noche vomitando. Por esto tanto mi tía como mi madre se turnaron vigilándola, impidiendo así que yo saliera de mi cuarto, pues siempre una de las dos estaba despierta.
Bastante enfadado, tuve que conformarme con hacerme una paja, aunque para mí, el placer solitario siempre ha sido un pobre sustituto del sexo, pero qué podía yo hacer si no.
Pasé una noche bastante mala, a mi insatisfacción sexual, se unían los continuos ruidos en el pasillo, y como tengo el sueño muy ligero, apenas si pegué ojo. Por esto, a la mañana siguiente no me desperté temprano como solía.
Era por la mañana. Yo estaba bastante cansado y abrí lentamente los ojos. Me sorprendí bastante al encontrar junto a mi cama a mi hermana Marina. Al despertarme, me encontré con ella inclinada sobre mí, pero se incorporó bruscamente con el rostro bastante rojo.
Ya era hora de que te despertaras - me dijo.
Buenos días - dije yo bostezando - ¿Qué haces aquí?
Me ha mandado mamá a levantarte. Ha dicho que bajes rápido a desayunar, que Mrs. Dickinson te espera.
Yo me desperecé lentamente. La verdad era que no tenía muchas ganas de levantarme, quería remolonear un poco, así que cogí las mantas y me arropé hasta el cuello.
Un ratito máaas... - dije.
Vamos, niño, levanta - dijo Marina agarrando las mantas.
Yo, al notar que me desarropaban, di un brusco tirón de las sábanas, lo que pilló a Marina por sorpresa, por lo que cayó hacia delante. No se cayó realmente, sólo perdió un poco el equilibrio, y apoyó una mano en mi pecho para no caerse. Fue todo muy inocente, no había pasado nada malo, pero noté cómo su rostro volvía a enrojecer.
Se incorporó con presteza, arreglándose el vestido, aunque éste no se le había arrugado en absoluto. Sin mirarme a los ojos me dijo:
Pareces tonto. Casi me tiras.
Lo siento, es sólo que no tengo ganas de levantarme.
Al mirarla y verla allí, ligeramente ruborizada sin saber por qué, nerviosa, esquiva, me di cuenta de lo realmente hermosa que era. Me quedé mirándola fijamente al rostro durante unos segundos, hasta que se sintió incómoda.
Se puede saber qué miras - me dijo.
A ti - contesté yo.
Yo esperaba que esa respuesta la hiciera enrojecer aún más, pero logró controlarse, parecía tener ganas de jugar.
¿Ah, sí? ¿Y por qué me miras?
Porque estás muy buena.
Eres un cerdo - me espetó.
¿Por qué?, sólo digo que eres muy guapa.
Si quería jugar, por mí que no fuera. Decidí continuar con mis tácticas de provocación, pero esta vez no podría fingir estar dormida. Las sábanas me cubrían hasta el pecho, así que las subí un poco más, hasta el cuello. Deslicé mis manos bajo ellas y liberé mi pene del pijama, que como todas las mañanas se encontraba bien enhiesto. Comencé a pajearme bajo las mantas, procurando que se notara perfectamente lo que hacía. Marina me miró anonadada, por un segundo pareció ir a salir disparada de la habitación, pero la excitación pudo más, así que decidió seguir fingiendo que nada pasaba, era su forma de enfrentarse a los deseos que sentía.
¿Te vas a levantar o no? - dijo con voz entrecortada.
De acuerdo.
Bruscamente, me incorporé sobre el colchón, con lo que las mantas cayeron en mi regazo. Mi mano apareció entonces empuñando firmemente mi polla ante los asombrados ojos de mi hermana, que se quedó mirando unos segundos. Aquello fue demasiado para ella, se dio la vuelta y salió como una exhalación del cuarto, dando un portazo.
Yo me quedé allí, con la polla en la mano y con cara de tonto. Por un momento me preocupó la posibilidad de que Marina fuera con el cuento a mi madre, pero sin saber por qué, supe que no lo iba a hacer.
Decidí levantarme, antes de que vinieran de nuevo en mi busca, me aseé y me vestí, bajando después a desayunar. Las clases matutinas fueron especialmente tediosas, no podía concentrarme en los estudios y la mañana se me fue echándole disimuladas miradas a Dickie, que estaba tan buena como siempre.
Por fin, llegó la hora de comer y toda la familia se reunió a la mesa, en el salón grande. La comida transcurrió sin incidentes, pero noté que los adultos estaban conversando sobre una cena.
Perdona, mamá - dije - ¿de qué habláis?
No es nada, cariño. Esta noche vamos a ir a cenar a casa de los Benítez. Esta mañana ha llegado un mensaje invitándonos - me contestó ella.
Ah, vale.
¡Qué rollo! Ir a cenar a casa del capullo de Ramón no me apetecía en absoluto. Entonces se me ocurrió, si conseguía que Marta y yo nos quedáramos... Tras almorzar, me decidí a abordar a mi madre:
Mamá.
¿Sí?
¿Te importa si no voy esta noche a la cena?
¿Por qué no?
No me apetece nada, además, tengo que estudiar.
Ya - dijo ella riendo - eso no me lo creo.
Me di cuenta de que pisaba terreno pantanoso, lo de los estudios no iba a colar. Puse cara seria y dije:
Mira, la verdad es que no soporto al imbécil de Ramón.
¡Niño! - dijo mi madre horrorizada.
Lo siento mamá, pero es la verdad. Es muy pedante y me cae fatal. No tengo ganas de pasar la noche aguantándolo.
Mi madre me miró divertida.
Vaya, me sorprendes. No sabía que a tu edad ya tuvieras enemigos.
Venga, no te burles. Además, reconoce que Ramón tampoco te cae demasiado bien.
Mi madre se puso seria.
No digas esas cosas.
De acuerdo, perdona. Pero, ¿puedo quedarme, por favor? - dije con mi mejor sonrisa de niño bueno.
Bueeeno - dijo riendo - Le diré a Mrs. Dickinson que te eche un ojo.
¡Gracias! - exclamé abrazándola impulsivamente.
Eres un bribonzuelo - me dijo ella alejándose.
La primera parte del plan estaba echa, sólo faltaba la segunda: Marta. Para mi sorpresa, ella me dijo que quería ir a la cena.
¿Cómo? - dije decepcionado cuando por fin la encontré y le comuniqué mi plan.
Que voy a ir a la cena - me repitió.
Pero, ¿por qué?
Porque quiero aclarar las cosas con Ramón. Tengo que hablar con él.
Parecía muy seria, así que decidí no insistir. Apesadumbrado, la dejé sola, pues sus clases estaban a punto de empezar. Salí a la calle, a dar un paseo, dándole vueltas a lo que podía hacer por la noche. Pensé en Vito, pero por la noche no iba a estar, pues mi abuelo les había dado la noche libre a las cocineras y a las criadas. Entonces me di cuenta, ¡esa noche se iba todo el mundo!
¡Vaya rollo! - pensé - me voy a quedar solo.
¿Solo? De eso nada. Aún me quedaba Mrs. Dickinson. Desde que la sorprendí en el pueblo había estado muy amable conmigo, quizás lograra algo por ese lado. Dediqué el resto de la tarde a vagar por ahí, dándole vueltas a la cabeza. A eso de las siete, mi familia estaba lista para irse:
Pórtate bien - me dijo mi madre - si no lo haces Mrs. Dickinson me lo dirá y te vas a enterar.
Tranquila - contesté dándole un beso.
Las cinco mujeres (mi madre, mi tía y las chicas) se apretujaron como pudieron en el coche conducido por Nicolás. Tanto mi padre como mi abuelo iban a caballo.
Por fin se marcharon. Mrs. Dickinson se fue a su cuarto, no sin advertirme que me portara bien. Yo no tenía nada que hacer hasta la hora de la cena, por lo que pensé en ir a charlar con Antonio, pero cuando me disponía a hacerlo empezó a llover con fuerza. No me quedaba más remedio que meterme en la casa.
Tras pensarlo un rato, decidí ir a la biblioteca del abuelo a por un libro. Era algo que hacía muy a menudo, pues leer siempre me ha gustado mucho. Entonces, mis favoritos eran los libros de aventuras, en especial los de Emilio Salgari. Fui a mi cuarto a recoger el ejemplar de "La Isla del Tesoro" de Stevenson, que acababa de terminar para cambiarlo por otro.
Devolví el libro a su lugar y me puse a mirar por los estantes. Estuve bastante rato repasando volúmenes, escuchando el agua golpetear contra las ventanas. Dickie pasó a ver lo que estaba haciendo, pero como me estaba portando bien, se marchó enseguida. Estaba enfrascado en mis cosas cuando oí voces en la escalera. Me acerqué a la puerta y escuché a Dickie conversando con Nicolás, que al parecer ya había vuelto.
Me ha costado bastante volver por el camino - decía Nicolás.
Entonces, ¿qué van a hacer?
Probablemente se queden allí a pasar la noche.
Yo salí del despacho - biblioteca de mi abuelo y les interrumpí.
¿Hola Nicolás - dije - ¿Qué es lo que pasa?
Hola Oscar. No pasa nada, es que tu abuelo me ha dicho que si sigue lloviendo así, no van a poder volver. Desde luego el coche no va a poder pasar por esos caminos, sobre todo por el tramo de los Benítez que está muy mal.
Entonces...
Si no escampa, no podré ir a por ellos, así que me dijeron que en ese caso se quedarían a dormir en casa de los Benítez.
Comprendo.
Me dijo tu madre que te vayas a la cama temprano, que no aproveches que ella no está para hacer de las tuyas.
Y adónde voy a ir con la que está cayendo - dije un poco enfadado.
A mí no me mires - dijo él encogiéndose de hombros - Yo sólo soy el mensajero. Y ahora si me disculpan, tomaré un bocado y me iré a mi cuarto. Si para de llover intentaré coger el coche.
Nicolás bajó la escalera y fue hacia la cocina.
Bueno, pues estamos los dos solos - me dijo Dickie.
Sí - contesté yo un poco azorado.
¿Tienes hambre?
Todavía no. Además, aún no he encontrado un libro que me guste.
Vale. Pues voy a mi cuarto, que estoy acabando un libro muy interesante. Cuando tengas hambre, avísame.
De acuerdo.
En ese momento un formidable trueno restalló en el exterior. Ambos dimos un respingo de sorpresa.
Uf, vaya susto - dijo ella.
Sí.
Mrs. Dickinson se marchó. Su dormitorio estaba en el segundo piso como los de la familia, aunque un poco apartado, mientras que los del resto del servicio estaban abajo, en el lado de la cocina. El de mi abuelo en cambio, estaba en el otro ala, totalmente alejado de los demás.
Volví a la biblioteca a mirar libros. Pero no encontraba nada interesante. Pero claro, yo era aún muy bajo para revisar los estantes superiores, así que decidí echarles un vistazo. Cogí la pequeña escalera que tenía mi abuelo para esas cosas y me subí (si mi madre me hubiera visto sin duda se habría enfadado). Comencé a repasar los libros de arriba, pero nada me gustaba. Eran libros demasiado adultos para mí, política, filosofía... Escogí uno al azar y lo abrí.
El título del libro era "Estructura socioeconómica" o algo así, eché un rápido vistazo al texto y leí más o menos esto: "...acariciando sus pechos con fuerza, amasándolos salvajemente. Dora lloraba desconsolada mientras el malvado rufián se apoderaba de su..." Casi me caigo de la escalera.
Rápidamente, bajé de la escalera y me senté en el sillón del abuelo para mirar el libro. Resultó ser una novela erótica, hoy diríamos que pornográfica, metida en unas cubiertas falsas. Dejé el libro y volví a subirme en la escalera. Pude comprobar así que todos los demás libros del estante eran del mismo estilo.
¡Joder con el abuelo! - pensé.
Volví a bajar y continué con la lectura. Era un relato bastante excitante sobre un tipo que violaba mujeres en la ciudad. Decidí llevármelo a mi cuarto para leerlo después.
Tras esconder bien el libro, fui a avisar a Dickie, pues ya tenía hambre. Me dirigí a su habitación, comprobando que ella ya se había encargado de encender las lámparas del pasillo. Golpeé suavemente en su puerta.
Pasa - me dijo a través de la puerta.
Yo abrí con cuidado y entré. Estaba sentada en un butacón con un libro sobre las rodillas.
¿Ya tienes hambre? - preguntó.
Sí.
Espera un minuto, me falta sólo una página.
Yo me quedé allí de pié, esperando. Ella terminó enseguida.
¡Magnífico! - dijo cerrando el libro con un suspiro de satisfacción.
¿Le ha gustado?
Sí, mucho.
¿Cómo se titula?
Rimas y Leyendas, de Bécquer.
¡Ah, sí! Es verdad que es muy bueno. Pero me gustan más las leyendas, la poesía no la entiendo bien.
¿Lo has leído? - me dijo sorprendida.
Claro.
Eso está muy bien.
Dickie se levantó y dejó el libro sobre una mesa.
Luego iré a por otro. Vamos - me dijo.
Fuimos juntos a la cocina. Yo me senté a la mesa, mirándola, mientras ella trasteaba con los platos que había dejado preparados Luisa antes de marcharse. Siempre me ha gustado observar a una mujer trabajando en la cocina.
Nos pusimos a cenar, charlando alegremente sobre muchas cosas, los estudios, su país, libros... Así me enteré de que su nombre de pila era Helen, cosa que yo no sabía aunque ella me daba clases desde hacía tiempo. Además, me insistió en que la tuteara.
...Pues sí, me ha gustado bastante vuestro Bécquer - me decía - Ahora después buscaré algo más de él.
Sí, seguro que el abuelo tiene más obras suyas.
Luego iré a cambiar el libro por otro. ¿Y tú qué has cogido?
¿Yo? Eh... - me quedé un instante en blanco - ...pues... una novela de Julio Verne.
¡Ah!, los chicos siempre pensando en aventuras.
Y en otras cosas - dije yo enigmáticamente.
Dickie se quedó mirándome perpleja durante un segundo, pero no le dio mayor importancia. Agitando la cabeza me dijo:
Vamos a lavar los platos.
Vale.
Recogimos la mesa mientras yo le daba vueltas en la cabeza a una interesante idea. Así que Dickie iba a coger un libro... Ya veríamos.
Mientras fregábamos, le pregunté por su prometido.
¡Oh! - dijo un tanto sorprendida - Hace tiempo que no le veo.
Desde el día de la estación, supongo.
¿Y tú cómo lo sabes? - dijo interrogadora.
Porque desde entonces no has vuelto a ir a ningún sitio.
Ah, claro.
Dickie me miró un tanto seria y me preguntó.
Oscar, no le habrás contado a nadie lo de la estación ¿verdad?
A nadie - contesté - Ya te dije que no lo haría.
Mi respuesta, firme y segura (además de cierta) la convenció, con lo que se disiparon sus temores, así que seguimos hablando. Charlamos un poco sobre él, pero yo notaba que me estaba mintiendo. Sus respuestas sonaban, no sé, improvisadas. Incluso en un par de ocasiones se contradijo. Yo fingía no darme cuenta de nada y que me estaba creyendo todo lo que ella me decía, pero aquello no hacía sino confirmar mi idea de que aquel tipo no era su prometido, sino sólo su amante. Eso significaba que Dickie llevaba una buena temporada sin su dosis de rabo. Esa noche iba a ser la mía, los dos allí solitos...
En ese momento la noche se iluminó, y un tremendo trueno restalló fuera.
Uf - dijo Dickie estremeciéndose - Odio estas tormentas. ¿A ti no te dan miedo?
En ese momento, mi mente elaboró un plan. Ya sabía lo que debía hacer.
No, no, a mí no me da miedo. Soy un hombre - le respondí, pero fingiendo estar un poco nervioso. Ella tragó el anzuelo.
Sí, sí, ya veo que nada te asusta - dijo riendo.
Terminamos de recogerlo todo y nos dispusimos a subir a nuestros cuartos. Dickie fue al suyo y yo salí disparado para el mío. Saqué "Estructura socioeconómica" de su escondite y regresé con él a la biblioteca. Con la escalera, volví a dejarlo en su sitio, pero asomando del estante, de forma que llamara la atención. Rápidamente, cogí una novela de Verne (las de aventuras estaban todas a mi alcance) y salí del cuarto.
Me escondí por allí cerca, vigilando la puerta de la biblioteca. Al poco apareció Dickie, con "Rimas y Leyendas" bajo el brazo y entró. Yo aguardé allí un rato y noté que ella se demoraba bastante, demasiado para dejar el libro y coger otro de Bécquer, puesto que estos estaban todos juntos. Así que mi plan debía estar dando resultado.
Por fin, Dickie reapareció. Parecía nerviosa y apretaba un par de libros contra su pecho. Se marchó con pasos rápidos en dirección a su cuarto, lo que yo aproveché para echar un vistazo rápido a la biblioteca. Efectivamente, "Estructura socioeconómica" ya no estaba en su sitio. Mi plan estaba saliendo perfecto.
Me largué de allí con presteza y fui a mi cuarto. Me puse el pijama y me metí en la cama. Justo a tiempo. Acababa de arroparme y coger la novela cuando golpearon en la puerta.
¿Puedo pasar? - dijo la voz de Dickie.
Sí, claro - contesté.
La puerta se abrió y entró Dickie. Iba en bata y bajo ésta se adivinaba su camisón. Llevaba un candelabro en una mano.
Pasaba para desearte buenas noches - dijo.
Buenas noches - contesté yo.
Un nuevo trueno retumbó con fuerza. Yo di un respingo y me arropé más arriba, fingiendo temor. Dickie se reía.
Ya veo que no te da miedo la tormenta.
No es eso, es que tengo frío - dije bajando un poco las sábanas mientras ponía cara de niño enfurruñado.
Vale, vale - dijo sonriendo - Buenas noches, entonces. No leas hasta muy tarde.
De acuerdo. Buenas noches.
Salió cerrando la puerta tras de si. Yo sabía que a continuación iría a su cuarto a estudiar socioeconomía, pero primero tenía que revisar la casa, cerrando ventanas y apagando luces, por lo que decidí darle una hora antes de poner en marcha la segunda parte de mi plan. Para entretenerme, inicié la lectura de la novela de Verne, "Viaje al centro de la Tierra". Por fortuna, la tormenta arreciaba cada vez más, lo que favorecía enormemente mis intenciones. Tras leer unos cuantos capítulos, decidí que Dickie debía de estar ya a punto, así que me levanté y cogí la vela. Tras pensarlo unos segundos decidí llevarme también mi almohada, pues me daba un aire, no sé, desamparado.
Así pues, alumbrándome con la vela y arrastrando una almohada me dirigí al cuarto de mi tutora. Al llegar a su puerta, respiré hondo y golpeé con los nudillos.
¿Quién es? - me respondió su voz con tono sorprendido.
Soy yo, Mrs. Dickinson - respondí en tono temeroso.
Pasa.
Yo abrí la puerta lentamente, tratando de ofrecer una imagen bien patética. Dickie estaba en su cama, con la espalda apoyada en la almohada y con un libro en su regazo. Las sábanas la tapaban hasta la cintura, con lo que sus enormes pechos se ofrecían a mi vista embutidos tan sólo en su camisón, al que amenazaban con reventar. Y ¡premio!, incluso desde la puerta podía distinguir cómo sus pezones se marcaban duros contra la tela, lo que me reveló sin lugar a dudas la naturaleza del libro que estaba leyendo.
¿Qué quieres? - me dijo un tanto seca.
Yo... disculpe. Es que yo... Bueno... Estaba allí solo y... la tormenta y eso... - balbuceé.
Dickie se rió suavemente.
Ya comprendo, no tienes miedo de la tormenta pero... digamos que has venido a ver si yo me encontraba bien - bromeó.
Yo decidí seguirle el juego.
Sí, eso - dije ilusionado.
Ella me miró divertida durante un segundo.
Vamos, vamos, Oscar. Déjalo ya, es normal que te dé susto una tormenta tan fuerte, y además, allí solo, con todas las habitaciones vacías.
Bueno, yo... - dije simulando azoramiento.
¿Quieres dormir conmigo?
¡SÍ! ¡Lo había logrado! Tenía ganas de gritar.
Bueno, si no le importa - dije abrazando la almohada.
Anda, vente - dijo Dickie palmeando la cama.
Yo salí como un cohete, dejando mi almohada en el suelo. Abrí las sábanas y me metí debajo, arropándome hasta el cuello. La cama era grande y cómoda, pero yo procuré acostarme cerca de ella.
Tú duérmete - me dijo - que yo voy a leer un rato.
Vale.
Abrió el cajón de su mesita de noche y cambió el libro que sostenía por otro. Sin duda, no le pareció adecuado leer una novela erótica conmigo al lado, así que lo cambió por el otro que había cogido. Se incorporó un poco, quedando reclinada sobra la almohada y sosteniendo el libro en su regazo. Enseguida se enfrascó en la lectura. Yo, tumbado a su lado, sólo tenía que esperar mi oportunidad, y ésta no tardó en presentarse. Un enorme trueno resonó, y yo dando un respingo, me abracé fuertemente a Dickie.
¡Ey! - exclamó sorprendida.
Lo siento señorita - dije sin soltarla - ¿le importa si la abrazo?
Ella dudó unos segundos, pero decidió que no había nada malo.
Bueno, pero duérmete ya.
Quedé pegado a su cuerpo como una lapa, con mi brazo izquierdo abrazado a su cintura. Ella, por comodidad, rodeó mi cuello con su brazo, de forma que mi cara quedó recostada contra su pecho. Coloqué mi pelvis apoyada contra su muslo. Estaba en la gloria, sus tetas eran mejor que cualquier almohada.
Ahora debía controlarme un poco, no podía atacar directamente, pues en ese caso ella me rechazaría. Debía dejar que se relajara un tanto y que siguiera con su lectura, para ir poco a poco y que sus defensas bajaran. Esto es muy fácil de decir, pero hacerlo fue un infierno. El calor de su cuerpo rodeaba el mío, calentándome, excitándome. Su simple respiración me enervaba, pues su pecho subía y bajaba acompasadamente y con él, mi cabeza que reposaba apoyada. Sus piernas se movían de tanto en cuanto, frotando su muslo contra mi entrepierna, que yo luchaba por mantener relajada. Pero lo peor era cuando abría los ojos, pues se encontraban directamente frente a su teta derecha. Así pude apreciar su enorme tamaño. Me di cuenta de que eran mayores incluso que las de Luisa; sin duda Dickie era la reina en cuanto a volumen mamario de toda la casa. Su camisón no tenía botones en el cuello, sino un trenzado de cordones, estilo corpiño. Por esto, y al estar tan tenso el camisón debido a la cantidad de carne que albergaba, se ofrecía a mi mirada un generoso escote, que me permitía contemplar una buena porción de pecho desnudo, lo que resultaba de lo más erótico.
Naturalmente, mi lucha era en vano. Aunque resistí heroicamente durante un rato, finalmente las hormonas pudieron más, y mi polla fue endureciéndose poco a poco, apretándose fuertemente contra el muslo de Dickie. Por supuesto, ella lo notó, pero no dijo, nada y siguió leyendo su libro.
Esto me envalentonó, por lo que disimuladamente, fui apretando cada vez más mi erección contra su pierna. Mis ojos buscaron su rostro y pude comprobar como un tenue rubor teñía sus mejillas. De vez en cuando desviaba su mirada hacia mí, pero claro no sabía cómo llamarme la atención por lo que estaba sucediendo, pues para ella yo no era sino un simple niño asustadizo, y ¿cómo decirme que apartara la polla de su pierna?
Decidí seguir así por un rato, esperando a ver qué hacía ella. La situación era de lo más erótica, yo, allí con el pito como una roca arrimado a su muslamen y ella como si nada. ¿Como si nada? No. La situación estaba comenzando sin duda a excitarla. Mi cabeza reposaba contra su pecho, y podía notar perfectamente cómo se había incrementado el ritmo de su corazón. Además, sus pezones seguían rígidos, duros, marcados contra su camisón.
Dickie seguía leyendo, aunque me di cuenta de que llevaba más de cinco minutos sin pasar de página, ¡qué lectora más lenta!
Ya era hora de dar el siguiente paso, me separé levemente de su cuerpo serrano y me incorporé apoyándome en un codo. Ella ni siquiera me miró, siguió "enfrascada" en su libro.
Helen - la llamé suavemente.
¿Ummm? - respondió sin apartar los ojos de su lectura.
¿Vamos a seguir mucho rato así?
¿Cómo dices? - me dijo mirándome con sorpresa.
Que si vamos a seguir haciendo mucho rato el tonto - insistí con el tono más adulto que fui capaz de articular.
No... no te comprendo - balbuceó.
Yo me incorporé por completo, arrodillándome sobre el colchón, de forma que mi paquete quedara bien a su vista.
Venga, no disimules, me refiero a esto - dije señalándome el miembro con un dedo.
Ella se enfadó y me dio una bofetada. El libro cayó de su regazo al suelo con un ruido sordo.
¡Serás sinvergüenza! ¡Esto se lo voy a contar a tu madre en cuanto venga!
Yo no me acobardé.
¿Y también le dirás que estabas leyendo libros de socioeconomía?
Se quedó petrificada, con los ojos muy abiertos.
Sí, sé perfectamente lo que estabas haciendo, aunque sea joven, no soy estúpido.
No sé de qué me hablas - insistió.
Te hablo del libro que hay en tu mesita. ¿Es por eso que te has enfadado, porque te he interrumpido cuando estabas a punto de hacerte una paja?
Sus ojos despidieron chispas mientras trataba de abofetearme de nuevo, pero esta vez yo fui más rápido y detuve su golpe asiéndola con fuerza de la muñeca. Sujeté su mano con fuerza contra mi pecho y le hablé dulcemente.
Vamos Helen, no te enfades, no pretendía ofenderte.
Pues no lo estás haciendo muy bien - dijo secamente, pero sin intentar liberar su mano.
Compréndeme Helen, eres una mujer muy hermosa, me gustas desde siempre y esta noche, al estar aquí, contigo, los dos solos, no he podido resistirme. Entiéndelo, a mi edad se tienen muchos impulsos, y una mujer tan bella como tú siempre es objeto de deseo.
Mis palabras parecían ir ablandándola poco a poco. Noté que le gustaba que la halagaran.
Además, yo nunca me habría atrevido a decirte nada si no hubiera pensado que tú también lo deseabas.
Volvió a cabrearse muchísimo.
¡¿Cóoooomo?! ¡Se puede saber de qué demonios está hablando!
Yo la miré fijamente unos segundos, esperando a que se calmase.
Me refiero a esto - dije mientras rozaba suavemente su pezón con mi mano libre. Estaba como una roca.
Umm.
Un leve gemido escapó de los labios de Dickie, pero enseguida recobró la compostura. De un brusco tirón, liberó su mano y se levantó de la cama, quedando en pié junto a ésta.
Márchate a tu cuarto Oscar. Mañana hablaré con tus padres de tu comportamiento - dijo con tono serio.
He debido dar muy cerca del blanco para que te enfades así ¿verdad? - contesté yo sin moverme ni un milímetro.
Por favor, vete - dijo señalando a la puerta.
No, no me voy.
¡¿Se puede saber qué quieres de mí?! - gritó desesperada.
La miré muy seriamente y le dije con aplomo:
Hacerte el amor como nunca antes te lo han hecho.
Se quedó absolutamente alucinada, de pié junto al colchón, con un brazo estirado apuntando a la salida, sin saber qué decir.
Helen, te deseo - susurré mientras me deslizaba hasta el borde del colchón. Arrodillado junto al filo, la abracé por la cintura, recostando mi cabeza en su pecho. Ella no atinó ni a apartarse.
¡Dios mío! - susurró.
Te aseguro que soy mucho mejor amante que ese tipejo del pueblo del que tanto hablas.
Dickie despertó y se separó de mí, quedando apoyada de espaldas contra el armario que había junto a la cama.
Pero ¿qué dices?
Te lo repito una vez más, no soy estúpido. Sé perfectamente que ese hombre de la estación no es tu prometido, sino sólo tu amante.
No sabes lo que dices.
Sí que lo sé. Tu historia no tiene ni pies ni cabeza, no me has engañado ni por un segundo.
Te equivocas - contestó.
Sí, mucho me equivoco. Helen, el cuento que me soltaste no se sostiene por ningún lado, me contaste lo primero que se te ocurrió, pensando que bastaría para engañar a un crío, pero no ha sido así. Al menos, sé sincera y no continúes mintiendo.
Pude notar cómo se resignaba, sabía que la había pillado.
Helen, ya te dije que yo no te juzgo. Es perfectamente normal que una mujer atienda a sus deseos y necesidades, y el sexo es uno de ellos.
....................
Lo que no comprendo es por qué te resistes a esos impulsos. Te vas al pueblo y te acuestas con un gañán imbécil y sin embargo, aquí estamos nosotros, deseándonos el uno al otro, completamente solos y aún así, no cedes.
Dickie me miró durante unos instantes, seria, resignada. Por fin dijo:
¿Qué es lo que pretendes? ¿Chantajearme? ¿Obligarme a acostarme contigo para que no cuentes nada?
En absoluto - contesté - Te deseo, ya te lo he dicho, pero quiero que hagas lo que hagas sea por propia voluntad. Ya te di mi palabra de que tu amante sería un secreto entre nosotros, y por mi parte, así será para siempre.
Noté que mi respuesta la impresionaba vivamente. Se quedó pensativa durante unos segundos, empezaba a dudar.
Helen, pruébalo, te juro que no te arrepentirás.
Estás loco - dijo, pero en su voz ya no había rastro de enfado.
Entonces, se me ocurrió una cosa y decidí intentar un disparo al azar.
Además, comprobarás que soy tan buen amante como mi abuelo. Pregunta a quien quieras.
¿Cómo? - dijo asombrada.
Que puedes preguntar a las mujeres de la casa sobre mí.
Estás mintiendo - dijo con una sonrisa divertida.
A Vito, Brigitte, Luisa, Mar, Tomasa - exageré un tanto, claro.
¡No me lo creo!
Me levanté de la cama y caminé hacia ella. Mi rostro quedaba justo a la altura de sus senos, así que alcé la cara para poder mirarla a los ojos.
No miento, te lo prometo. Por favor, no te resistas más - susurré.
Mientras decía esto, deslicé mi mano hasta su entrepierna, donde apreté por encima del camisón. Ella cerró los ojos y exhaló un tenue gemido, dejándose hacer.
Te deseo - susurré.
Estáte quieto - respondió ella, pero sin ninguna convicción.
Lentamente, me fui arrodillando frente a ella, sin dejar de acariciarle el coño por encima del camisón. Ella se reclinaba contra la puerta del armario, con los ojos cerrados, disfrutando, vencida ya por completo su resistencia. Metí mis manos bajo el borde de su camisón, y fui deslizándolas por sus piernas, levantando el faldón del mismo hasta que su coño apareció ante mis ojos, tentador.
Tenía bastante vello, se ve que no se depilaba como mi tía, de color rubio, un poco más oscuro que el de su cabello. Los labios vaginales se veían hinchados, se notaba la humedad, estaba muy excitada. Introduje dos dedos entre ellos, separándolos, para poder ver mejor.
Uhgghh - gorgoteó Dickie.
Lentamente, pegué mi boca a su raja y comencé a lamerla de arriba abajo, muy despacio, saboreándola. Con una mano mantenía su coño bien abierto, mientras que llevaba la otra hacia atrás, para estimular también su ano con los dedos. Al soltar el borde del camisón, éste cayó, tapando mi cabeza, aunque no me importó en absoluto. Yo ya no necesitaba ver para recorrer hasta el último rincón del coño de una mujer.
Dickie, inconscientemente, separó las piernas, ofreciéndose a mí por completo, sus manos se apoyaron en mi cabeza, por encima del camisón, apretándola con fuerza sobre su chocho, desde luego se notaba que le encantaba lo que le estaba haciendo, ya se había olvidado de tontas excusas y de prejuicios. Era una hembra disfrutando plenamente.
Poco a poco, fui incrementando el ritmo de la comida, chupaba su raja con fruición, penetrándola con la lengua, después subía hasta su clítoris, que estaba enhiesto, y lo succionaba suavemente con los labios, arrancándole a Dickie gemidos de placer. Ella separaba cada vez más las piernas, hasta que llegó un punto en que éstas ya no la sostuvieron. Su espalda se deslizó sobre la puerta del armario, cayendo lentamente hasta quedar sentada en el suelo. Afortunadamente, yo me di cuenta a tiempo y salí rápidamente de debajo de su camisón, porque sino me hubiera caído encima.
Me puse en pié y la miré. Estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el armario, las piernas muy abiertas y las manos reposando, laxas, a sus costados. Tenía los ojos cerrados y respiraba entrecortadamente. Abrió los ojos y me miró fijamente. Cogió el borde de su camisón con las manos y se lo subió hasta la cintura, mostrándome su coño chorreante.
Sigue - me dijo mientras sostenía el borde del camisón.
Yo, en vez de meterme otra vez entre sus piernas, me bajé el pantalón del pijama, liberando mi pene completamente erecto.
Ahora te toca a ti - contesté.
Ella aún no se había corrido y estaba deseando hacerlo, así que insistió.
Por favor - gimió lastimeramente.
Chúpamela - respondí yo inflexible.
Nuestras miradas se encontraron, ella me miró incluso con odio, supongo que no soportaba el hecho de ser manipulada así por un crío, pero los latidos que debía sentir en el coño no la dejaban razonar.
Eres un cabrón - me dijo mientras se arrodillaba frente a mí.
Y tú una puta - respondí impasible.
Ella estaría todo lo enfadada que fuera, pero lo cierto es que no tardó ni un segundo en agarrarme la polla. La pajeó levemente con su mano y a continuación apoyó su lengua justo en la base, y la deslizó por todo el tronco hasta llegar a la punta, que introdujo en su boca sin dudar. Llevó una de sus manos hasta su coño, con la clara intención de masturbarse mientras me la mamaba, pero yo no estaba dispuesto a dejarla correrse tan pronto.
Quita esa mano de ahí - le dije - te correrás cuando yo quiera.
Ella me miró con los ojos llameantes, durante un segundo pensé que me iba a mandar a la mierda y me iba a quedar a medias por gilipollas, pero, lo cierto es que yo nunca me equivoco con las mujeres, así que ella, tras dudar un instante, apartó la mano de su coño y se concentró nuevamente en mí.
Inició entonces una mamada bastante experta y muy diferente de lo que me habían hecho hasta entonces, era todo movimiento. Puso sus labios, su lengua, su garganta, toda su boca ciñendo mi pene, e inició un rápido vaivén con la cabeza de atrás a adelante. Deslizó una mano hasta mi culo y, colocando la palma sobre mis nalgas, me empujaba adelante y atrás, incrementando cada vez más la velocidad; no parecía una mamada, era como si me la estuviera follando por la boca. Ella no paraba para darme lametones, mordisquitos, ni nada, no la sacaba de su boca para pajearla, no la recorría con la lengua, era sólo aquel movimiento enloquecedor, furioso y veloz. Enseguida noté que me corría, notaba los huevos a punto de estallar, y en ese preciso instante, Helen se retiró de mi polla y dándome un fuerte estrujón en los huevos cortó de raíz el incipiente orgasmo.
Esta vez fueron mis rodillas las que no se sostuvieron, y caí hacia atrás sobre la cama. Helen se puso en pié mirándome desafiante.
¿Qué te ha parecido niñato de mierda?
¿Qué? - jadeé yo.
¿Qué te creías? ¿Que podías jugar conmigo? Como verás, conozco algunos trucos con los que tú ni siquiera has soñado, señor experto.
Vamos, Helen - yo no razonaba demasiado, sólo me preocupaba el sordo lamento de mis cojones repletos de leche.
Espero que hayas aprendido la lección, conmigo no se juega.
Los dos nos quedamos allí, resoplando, excitados hasta más allá de la imaginación, pero ninguno daba su brazo a torcer y le pedía al otro que lo aliviase. De pronto, tomé conciencia de la situación, yo allí tumbado con la polla en ristre y ella de pié junto a la cama, con los brazos en jarras y mirándome con ojos llameantes. No sé por qué, pero entonces empecé a reír de forma incontrolada.
¿Se puede saber qué te pasa? - preguntó Dickie perpleja.
Ja, ja, ja.
¿Te has vuelto loco?
No, no - dije entre risas - Pero, ¿tú nos has visto?
¿Cómo? - preguntó Dickie comenzando a reír también.
Somos gilipollas - concluí yo.
Es verdad.
Dickie se sentó en la cama a mi lado y los dos seguimos riendo durante unos instantes. Poco a poco fuimos calmándonos.
Lo siento - le dije - He perdido un poco la cabeza.
Sí que lo has hecho - asintió.
Parecemos tontos, los dos deseando echar un polvo pero fastidiándonos el uno al otro.
Tienes razón.
Yo la miré fijamente y dije:
Vaya, por fin lo admites.
Bueno... - dijo ella dubitativa - he de reconocer que lo estaba disfrutando. Eres muy bueno.
Ya te lo dije.
Oscar.
¿Sí?
¿Desde cuándo sabes lo mío con tu abuelo?
Dudé unos instantes, pero finalmente opté por decirle la verdad.
Lo cierto es que no lo sabía, sólo pensé que un hombre como él y una mujer como tú bajo el mismo techo...
¿Cómo? - dijo sorprendida.
Que no sabía nada, pero pensé que eso serviría para convencerte. Si tienes dos amantes, ¿qué más te da tener uno más?
Dickie estaba alucinada.
Me parece increíble que sólo tengas doce años - dijo.
Sí, ¿verdad? Ando bastante despabilado.
¡Desde luego! - exclamó ella.
Bueno... - dije yo mirándome el pene - ¿seguimos por donde íbamos?
No sé... - respondió ella con tono juguetón.
Venga, porfaaa... - seguí yo con el juego - Mira, primero tú y luego yo ¿vale?
¿Y por qué no los dos a la vez?
¿Cómo?
Vaya, Oscar, parece que no sabes tanto como te crees.
Ella se levantó de la cama y se sacó el camisón por arriba, quedando totalmente desnuda ante mí. Estaba buenísima, su cuerpo era magnífico, piernas torneadas, cintura estrecha, caderas anchas y un par de tetas que simplemente cortaban la respiración, coronadas por unos pezones bien enhiestos. Por ponerle algún pero, diré que estaba levemente, muy levemente rellenita, quizás le sobraban uno o dos kilos, pero a mí me pareció simplemente perfecta.
¿Qué miras? - dijo.
¿A ti que te parece? ¡Vaya pregunta! ¡Pues a ti, que estás buenísima!
¿Verdad que sí? - dijo sonriente - Anda, túmbate en el centro del colchón.
Yo obedecí con presteza. Entonces ella se subió a la cama de rodillas y se acercó hacia mí. Pasó una de sus piernas por encima de mi cara, dejando su coño frente a mi boca y su culo delante de mis ojos, de esa forma, inclinándose hacia delante, tendría completo acceso a mi entrepierna. Hoy, después de haberla practicado mil veces, sé que a esa postura se le llama 69, pero aquella fue mi primera vez.
¿Qué tengo que hacer? - pregunté indeciso.
¿A ti que te parece? ¡Vaya pregunta! - bromeó ella.
Tras esto, se inclinó vorazmente sobre mi polla y la engulló de un tirón. Un estremecimiento de placer se extendió por todo mi ser; mis genitales, minutos antes salvajemente torturados, agradecían ahora este dulce tratamiento. Sin pensármelo más, hundí mi rostro entre sus piernas.
Ughtht - farfulló ella alrededor de mi pene.
Lo mismo digo - pensé yo.
A partir de ahí simplemente nos abandonamos al placer. Dickie esta vez sí me dio una mamada en toda regla, desde luego, no era novata en esas lides. La lamía, la chupaba, la pajeaba, la acariciaba incluso contra su rostro, a esta inglesa le gustaba más una polla que una taza de té. Sus manos acariciaban dulcemente mis huevos, como disculpándose por el incidente anterior. Yo, mientras, me dedicaba a recorrer hasta el último milímetro de su chocho. Enseguida noté que el clítoris era su punto débil, así que le dediqué toda la atención de mi lengua mientras le metía un par de dedos todo lo adentro que pude.
Helen no tardó mucho en correrse. Como antes se había quedado al borde del orgasmo, no me costó mucho llevarla al clímax, pues su cuerpo lo estaba deseando. Noté cómo su coño latía alrededor de mis dedos, completamente empapados de sus humedades.
¡Oh my god! ¡You´re pretty good! ¡Fuck me! ¡Fuck me with your tongueee!
En el momento del orgasmo, se sacó mi polla de la boca y comenzó a gritar en su idioma natal. Yo no hablaba demasiado inglés, pero, en general, comprendí el sentido de sus palabras.
Ella apretó las piernas, atrapando mi cabeza en medio, pero sólo durante un segundo. Después, volvió a relajar el cuerpo y reanudó su trabajito en mi polla diciendo:
Sigue, sigue con lo tuyo.
Y enseguida engulló mi polla nuevamente. Desde luego no entraba en mis planes el parar, así que reanudé la comida de coño, esta vez más despacio, saboreando el momento.
Como mi polla había sido maltratada minutos antes, a Helen le costó un buen rato llevarme de nuevo al orgasmo, tiempo que yo aproveché para hacer que se corriera una segunda vez.
¡Diosssss! ¡No puedo creeerlooo! ¡No pares! - gritaba, en español esta vez.
Cuando alcanzó el orgasmo, yo hundí con fuerza dos dedos en su interior, apretando y explorando, lo que sin duda le encantaba. Al correrse, volvió a interrumpir la mamada, pero esta vez, me pajeó la polla con furia durante el clímax, lo que me aproximó a mí un poco más a mi propio orgasmo.
Así pues, poco después de que ella reanudara la mamada, empecé a notar que mis huevos iban a entrar en erupción. Me excité terriblemente, por lo que incrementé mucho el ritmo de mis lametones y chupetones. Ella lo notó (y disfrutó) y, entonces, justo cuando iba a correrme, Helen hizo algo increíble: Me metió un dedo en el culo en el momento en que me corría.
¡Coño! ¿Qué haceeesss? - grité desesperado.
Fue el orgasmo más brutal que había tenido hasta entonces. A través de los años, otras mujeres han practicado esa técnica conmigo, y la verdad es que nunca me ha atraído demasiado, pero en esa ocasión, no sé si por ser la primera vez, la verdad es que fue absolutamente alucinante. Mi polla no expulsaba semen, lo disparaba como una manguera desbocada. Helen mantenía un dedo hundido en mi ano y con su otra mano sujetaba mi polla, que disparaba leche a diestro y siniestro. Espesos pegotes impactaban por todos lados, en su rostro, en sus pechos, en la cama, en el suelo. Yo, con los ojos cerrados y dada mi posición, naturalmente no lo veía, pero pude constatarlo poco después.
No sé cuanto duró aquella corrida, nunca lo sabré con certeza, pero a mí me pareció eterna. Por fin, mi polla expulsó las últimas gotas, perdida totalmente la erección. Helen, cansinamente, descabalgó mi cara y se sentó en el borde de la cama, a mi lado, Se agachó y cogió su camisón, con el que se limpió la cara y el cuerpo de los restos de mi orgasmo. Después, se volvió hacia mí y con una mano me apartó el pelo sudoroso de la frente. Desvió sus ojos hacia abajo y con una sonrisa divertida llevó una mano hasta mi pene, que acarició dulcemente.
Vaya, parece que el jovencito ha perdido todo su vigor ¿eh? - dijo con sonrisa maliciosa.
Dame unos minutos y verás - dije yo acariciando uno de sus pechos con mi mano - ¡Joder, qué tetas tienes!.
Ella, sonriente, se inclinó sobre mí, de forma que sus pechos quedaron al alcance de mis labios. Yo, sin dudar, comencé a lamerlos y acariciarlos con las manos. Eran simplemente magníficos. Así estuvimos un rato, yo estimulándola, excitando sus pechos, lo que le arrancaba gemidos de placer y ella haciendo lo propio con su mano sobre mi miembro, que poco a poco iba recobrando su máxima expresión.
Cuando mi polla estuvo bien dura, Helen se separó de mí. Yo me eché a un lado en la cama, dejándola que se tumbara. Me quedé unos instantes contemplándola, ¡Dios, qué hermosa estaba! Sin duda, leyó la admiración en mis ojos, lo que la turbó levemente. Asió con delicadeza mi muñeca y me atrajo hacia sí.
Ven - susurró.
Yo me dejé arrastrar. Me coloqué despacio entre sus piernas y poco a poco recosté mi cuerpo sobre el suyo. Entonces la besé. Fue un beso tierno, dulce, suave, con deseo pero sin prisa, profundo pero con amor. En ese momento puedo jurar que amé a Helen y creo que ella a mí también. Segundos después nuestras bocas se separaron, fue como un sueño.
Sin decir nada, me incorporé un poco, agarré mi polla y la apunté bien a la entrada de su gruta. Estaba muy dilatada y mojada, por lo que entró sin ningún problema.
Ahhhh- un dulce gemido escapó de sus labios.
Lentamente, comencé a empujar, dentro, fuera, dentro, fuera... Ambos gemíamos de placer, estaba siendo un polvo muy suave, como si toda la lujuria de antes hubiese sido olvidada. No estábamos follando, hacíamos el amor. Pero aquello no duró. Poco a poco el placer fue nublando nuestros sentidos, y la lujuria fue ganándole la partida al amor. Fui incrementando el ritmo de las embestidas, nuestros gemidos subían de volumen, hasta transformarse en gritos, las caricias se convirtieron en auténticos estrujones, se convirtió en sexo salvaje.
¡Vamos cabrón! ¡Más fuerte! ¡No te pares! - chillaba ella.
¡Te voy a romper el coño! - aullaba yo.
¡Sí, eso! ¡Rómpeme el coño!
Me dolían incluso los brazos por el ritmo tan feroz que estaba imprimiendo. Creo que en este rato ella se corrió una o dos veces, pues empezó a gritar más fuerte, aunque no puedo asegurarlo, pues mi cabeza estaba completamente ida, no razonaba.
Me incorporé entonces, quedando de rodillas y, sin sacársela, levanté sus piernas apoyándolas en mis hombros, es decir, ahora se la metía por detrás, aunque ella seguía tumbada boca arriba. En esta postura, mis embestidas eran aún más violentas, pues podía echar el cuerpo hacia delante, doblándose ella como una pinza. Sus muslos estaban apoyados contra sus propios senos, mientras yo la embestía sin piedad.
¿Te gusta? ¿Te gusta esto, puta?
¡SÍ! ¡Cabrón! ¡Sigue!
Un polvo absolutamente salvaje. Ella se corrió otra vez, farfullando como poseída. Yo decidí cambiar de postura nuevamente, ya que los segundos que invertíamos en ello hacían que me calmara un poco, para poder alargar así mi propio orgasmo, pues desde luego yo no quería que aquello acabara. Así pues, se la saqué del coño, y dándole una fuerte palmada en el culo le grité:
¡Boca abajo, puta!
Ella no tardó ni un segundo en girarse. Tomándola por la cintura, hice que levantara un poco el culo, poniendo una almohada bajo su ingle. De esta forma, su culo quedaba en pompa y su coño se me ofrecía tentador. Sin demorarme un segundo más, volví a hundírsela en el chocho hasta las bolas, reanudando mi furioso vaivén.
¡Toma, zorra, toda para ti!
¡Sí, así, asíiiiii! - aullaba ella.
Noté que mi orgasmo se aproximaba. Rápidamente, se la saqué del coño, y colocándola entre sus nalgas (como una salchicha entre dos rebanadas de pan) comencé a frotarla vigorosamente, con lo que por fin mis huevos entraron en erupción. Fue una corrida muy buena, pero no tan salvaje como la anterior. Mi polla disparaba pegotes de semen que iban a aterrizar sobre su culo, su espalda e incluso sobre su pelo.
Tras la corrida, me recosté sobre su espalda, recuperando el resuello. Los dos respirábamos agitadamente, sudorosos. Me dejé caer lentamente a su lado, quedando sentado junto a su trasero. Ella siguió a cuatro patas, sobre la almohada, con el rostro hundido contra el colchón, tratando de recuperar el aliento. Yo comencé a acariciarle el culo, mientras un insidioso pensamiento penetraba en mi calenturiento cerebro.
Helen - dije.
¿Ummm?
¿Te la han metido en el culo alguna vez? - pregunté mientras le separaba las nalgas, echando un vistazo a su ojete.
Ella giró la cabeza con los ojos chispeantes.
Pero, ¿aún quieres más? - dijo sorprendida.
Ahora no - respondí - pero dentro de cinco minutos...
Eres un guarro - me dijo con sonrisa pícara.
Me lo dicen mucho.
Me arrodillé tras ella y separándole las nalgas comencé a humedecer su ano con la lengua. Le metí primero un dedo y poco después otro, sin parar de estimularla. Mi pene (ah, gloriosa juventud) que tras el polvo anterior no había perdido por completo la erección, no tardó en reponerse. Cuando juzgué que Helen estaba lista, unté mi polla con sus flujos, y apoyé la punta en su ano.
Ten cuidado - susurró.
Tranquila.
Poco a poco fui penetrándola por el culo. Era una vía muy estrecha, pero se notaba que no era la primera vez que se usaba. Mi polla fue penetrándola lentamente, hasta que mis huevos quedaron apoyados contra sus nalgas. Era bastante diferente a cuando se lo hice a mi tía Laura, pues se notaba que a Helen no le dolía demasiado, sino que solamente lo disfrutaba.
¿Te duele? - le pregunté algo sorprendido.
En absoluto - respondió ella - pero no seas tan bestia como antes.
Descuida.
Con delicadeza, inicié el movimiento de mete-saca. Se veía que a Helen le encantaba que la encularan, a juzgar por los gemidos y grititos que escapaban de su garganta. Ella apretó fuertemente su rostro contra el colchón, mientras que sus manos estrujaban las sábanas hasta tal punto que noté que sus nudillos se ponían blancos de la fuerza que hacía.
Su ano era muy estrecho, ceñía mi polla con fuerza. Aunque le había prometido no hacerlo, la excitación fue nublando mi mente, por lo que empecé a bombearla cada vez más rápido.
Uf, uf - resoplaba yo.
Sí, así - gemía Helen.
El ritmo poco a poco fue haciéndose vertiginoso. Sin querer, fuimos abandonándonos de nuevo al placer, sin pensar, se trataba solamente de follar.
¡Sí, así, cabrón, dame más fuerte! - gritaba Helen.
¿Te gusta zorra? ¡Pues toma!
Al tiempo que empujaba, comencé a azotarle el culo con la palma de la mano. Puedo jurar que contra más fuerte daba, más altos eran sus aullidos de placer, lo que inexplicablemente, me volvía loco de excitación.
¡Toma, puta, toma! - gritaba mientras le daba tan fuerte con la mano que le dejaba marcas rojas en la nalga.
¡¡Más cabrón!! ¡Dame más! ¡Pareces maricón!
Contra más me gritaba, más fuerte bombeaba yo y más duros eran mis azotes. Aquella mujer era una máquina de follar. A juzgar por sus gritos, se corrió dos o tres veces más, instantes que aprovechaba para insultarme y gritarme en todos los idiomas que conocía, incluso me llamó cosas en español que yo jamás había oído.
Aquello era demasiado para mí, mi corrida no se hizo esperar. Se la saqué del culo, y agarrándomela por la base, procuré que toda la leche aterrizara sobre ella. Tras correrme, caí casi inconsciente a su lado. En mi vida había estado tan cansado. Ella levantó un poco el cuerpo, y acercándose a mí, me dio un tibio beso en los labios.
Tenías razón, eres increíble - me dijo.
Tú también - respondí.
Sacamos la almohada de debajo suya y nos abrazamos, quedando pronto profundamente dormidos. Horas después, Helen me despertó, indicándome que era mejor que mis padres no me pillaran allí por la mañana. Me levanté tambaleante y recogí mi pijama y mi almohada.
Te acompañaría a tu cuarto - me dijo - pero dudo que mis piernas me sostuvieran ahora.
Yo, sonriendo, la besé en los labios. Salí del cuarto y cerré la puerta tras de mí. Me dirigí con paso cansino hacia mi cuarto mientras pensaba:
- Bendita tormenta.
LA HISTORIA DE DICKIE:
Desperté tarde por la mañana y, a pesar de la intensa noche anterior, me levanté bastante descansado, así que me vestí con presteza, para comprobar si mi familia había regresado de casa de los Benítez. Resultó que no era así, de hecho Nicolás y Juan estaban limpiando uno de los carros que había en el establo (el de la escuela de equitación) para poder ir en su busca, pues los caminos estaban demasiado embarrados para el automóvil.
Tenía un hambre feroz, así que fui a la cocina donde Mar me sirvió un buen desayuno. Allí me encontré con María, que junto con Luisa estaban haciendo una lista de alimentos para comprar en el pueblo. Las empleadas habían regresado todas por la mañana temprano, tras haber disfrutado de la tarde anterior libre y ahora se afanaban en poner de nuevo la casa en marcha, antes de que regresara mi familia.
A la que no vi por ningún lado fue a Dickie, así que, tras desayunar, me dirigí a su dormitorio. Llamé un par de veces a la puerta, pero nadie contestó, por lo que, tras pensarlo unos segundos, abrí la puerta muy despacio, asomándome al interior.
La habitación estaba en penumbras, aunque con la luz que entraba por la puerta pude distinguir la figura de mi institutriz acostada en su cama, que era un auténtico revoltijo de sábanas. Además, pude percibir sin problemas el fuerte olor que desprendía el cuarto, a sudor, a sexo, ya que había estado toda la noche cerrado.
Tras comprobar que nadie me veía, entré, cerrando la puerta tras de mí. Fui hacia la ventana, descorrí las cortinas y la abrí. Para que corriera más el aire, abrí también la puerta que daba a la habitación anexa, la que hacía las veces de aula y también la ventana que allí había. Tras ventilarlo todo, fui a despertar a Helen.
Me senté en el colchón, junto a ella, que continuaba dormida boca abajo, con el rostro hundido en la almohada y tapado por su rubio cabello. Estaba muy excitante, con las sábanas enrolladas de forma que se entreveían partes de su piel. Seguía completamente desnuda, de hecho su camisón estaba en el suelo, a mis pies, hecho un guiñapo. Lo cogí y comprobé que estaba sucio y apelmazado, debido a todo el semen que le cayó encima la noche anterior.
Sonriendo, aparté con delicadeza el cabello de su rostro y susurré su nombre al oído.
Helen.
No hubo respuesta.
Helen - repetí zarandeándola levemente por un hombro.
¿Uuummm? - musitó ella.
Despierta, preciosa.
Ella levantó la cabeza y abrió sus ojazos azules con expresión soñolienta. Al verme allí, sonrió y se sentó en la cama, desperezándose como una gatita satisfecha. Al hacerlo, las sábanas se deslizaron hasta su regazo, dejando al descubierto sus grandes senos.
Buenos días, Oscar - me dijo sonriente.
Buenos días, profesora. - respondí, lo que le arrancó una gran sonrisa.
Sí, menuda profesora he resultado ser. Si se enteran probablemente me queman por bruja.
Me has enseñado muchas cosas.
Y tú a mí - dijo acariciándome el rostro.
Entonces, tomó súbitamente conciencia de la situación, y la alarma apareció en sus ojos.
¡Dios mío! ¿Qué hora es? - exclamó.
Deben ser las once más o menos.
¡Madre santísima! ¿Han vuelto ya tus padres?
Tranquila, aún tardarán en volver, de hecho, Nicolás todavía no ha ido a por ellos.
¡Uf! Menos mal - dijo algo más tranquila - No sé que podría contarles para explicar esto.
Helen se reclinó hacia atrás, apoyando la espalda en la cabecera de la cama.
¿Cómo estás? - pregunté.
En mi vida he estado más cansada - respondió sonriente - ¿y tú?
¿Yo? En plena forma - dije llevando una de mis manos sobre sus senos y comenzando a acariciarlos.
Lo cierto era que el simple hecho de estar charlando allí con ella, y que se comportara conmigo de forma tan desinhibida, mostrándose desnuda ante mí sin vergüenza alguna, había comenzado a excitarme.
¡Ah, no! ¡Eso sí que no! - exclamó Dickie apartando mi mano - Estoy completamente escocida, me duele todo, así que ni en sueños amiguito...
Vamos Helen - dije en tono zalamero - Mi familia aún tardará un buen rato...
De eso nada.
Por favor... Mira cómo estoy - dije señalando mi incipiente erección.
Helen se levantó de la cama, quedando totalmente desnuda ante mí.
Estás loco, ¿no fue suficiente lo da anoche? Te lo digo en serio, ahora no estoy en condiciones de hacer nada, sólo me apetece darme un buen baño y descansar.
El verla allí, regañándome con aire de profesora y en pelota picada contribuyó notablemente a aumentar mi excitación.
Por favoooor... - insistía yo - ¿Qué te cuesta?
Entonces Helen se puso seria. Se sentó junto a mí y me cogió con firmeza por los hombros, haciendo que nuestras miradas se encontraran.
Mira, Oscar, escúchame bien. Lo de anoche fue maravilloso, de verdad, fue absolutamente increíble. Sin duda fue una de las mejores sesiones de sexo que he tenido en mi vida, y tranquilo, sin duda se repetirá.
Estupendo - dije yo.
Eres un amante genial, pero aún te queda mucho por aprender sobre las mujeres, un no es un no y nada más. Te le estoy diciendo en serio, ahora mismo no me apetece en absoluto, y para el sexo, deben desearlo ambas partes ¿comprendes?
Sí - asentí de mala gana.
Pues eso, no es que no me apetezca, Oscar, es que es físicamente imposible, me duele todo, porque lo de anoche fue muy intenso y no podría disfrutar, ¿es eso lo que quieres? ¿aliviarte sin tenerme en cuenta?
Vale, vale, tienes razón.
Además - dijo riendo - Si tanto lo necesitas puedes acudir a cualquiera de esas otras mujeres que mencionaste anoche ¿no?
Pues quizás lo haga - respondí.
Helen volvió a ponerse en pié.
Será mejor que suspendamos la clase de hoy, a tus padres podemos decirles que la hemos dado, no creo que nadie les diga nada - dijo Helen.
No hay problema, y si preguntan les decimos que no te encontrabas bien.
¡La verdad es que no mentiríamos!
Pues mejor.
Oye, Oscar.
¿Sí?
Helen se colocó de espaldas a mí, y girando el torso intentó mirarse el culo.
¿Tengo el trasero muy marcado? Anoche me diste unos azotes que...
Mis ojos, se fueron hacia sus nalgas, y sí, tenía una zona claramente enrojecida ¡Oh Dios!
Perdona Helen - la interrumpí - Será mejor que no te ayude con esto, no sé si podría resistirme.
Ja, ja - rió ella.
Yo me levanté de la cama y fui hacia la puerta.
Oscar.
¿Sí?
Mira - dijo Helen haciendo un gesto hacia el cuarto - Yo me encargaré de este desastre, las sábanas y demás, ¿podrías decirle a Luisa que me caliente agua para el baño? Para dentro de una hora más o menos.
Claro.
Gracias.
Me acerqué a ella y le di un tierno beso en los labios.
De nada.
Y salí. Corrí a la cocina a darle el recado a Luisa y después, como no tenía nada que hacer, decidí subir un rato a mi cuarto, a buscar mi cometa para ver si le cambiaba el cordel.
Así lo hice, y al entrar, me encontré con Tomasa que estaba haciendo mi cama. La contemplé unos instantes desde la puerta mientras se afanaba en arreglar mi dormitorio. Era una chica de pueblo, bastante joven, de unos 20. Tenía el pelo castaño, recogido en una cola de caballo, ojos marrones y un rostro bastante atractivo, con una eterna expresión de despiste. De cuerpo estaba bastante bien, con un par de tetas bastante respetable. La chica era un poco "lentita", por eso bastante gente la llamaba tonta, aunque yo nunca lo hice. Lo cierto es que era muy inocentona y no demasiado inteligente, por lo que no era muy buena en su trabajo, sin embargo, mi abuelo estaba muy satisfecho con ella, así que no quería ni oír hablar de despedirla.
Con el calentón que llevaba encima, me decidí a atacar, así que me acerqué despacito a ella por detrás. Tomasa notó mi presencia y se volvió hacia mí. Al darse cuenta de que era yo, esbozó una sonrisa.
Buenos días señorito - dijo.
¡No te muevas Tomasa! - exclamé sobresaltándola.
Dios mío, señorito, qué susto me ha dado - dijo sorprendida.
¡He dicho que no te muevas!
¿Qué es lo que pasa? - preguntó con tono preocupado.
Tienes un bicho enorme en el vestido - mentí.
La expresión de su rostro cambió fulminantemente, pasó de una dulce sonrisa al más absoluto terror, casi me arrepentí por la mentira. La chica empezó a dar saltitos, mientras se sacudía el vestido para que el bicho cayera al suelo. Como quiera que ningún bicho caía, empezó a pedirme ayuda.
¡Quítemelo! ¡Quítemelo!
Tranquila - dije sosegado - No te muevas que ya lo cojo.
Mis palabras hicieron que se quedara muy quieta. Yo la rodeé y me acerqué a su retaguardia. Como ella había quedado de espaldas a la cama, yo me senté justo en el borde, de forma que su culo quedaba justo frente a mi rostro. Un culo magnífico por cierto.
Puse mis manos en sus caderas, e hice que se moviera hacia delante un poco, empujándola, como revisando la parte trasera de su vestido. Enseguida llevé una de mis manos a su trasero, recorriéndolo en toda su extensión, palpándolo con placer, mientras seguía fingiendo buscar al insecto.
No lo veo Tomasa - dije sin parar de magrearla.
¿No? - gimió ella.
No, ¿seguro que no ha caído al suelo?
Creo que no - dijo dubitativa.
No sé... Quizás se ha metido bajo el vestido.
Esta posibilidad hizo que Tomasa pegara un bote, pero yo la sujeté por las caderas, impidiendo que se separara.
Shiisst, quieta - siseé.
Pero y si...
Tranquila. Yo lo encontraré. No te muevas.
Ella no contestó, se limitó a asentir vigorosamente con la cabeza, así que, con su consentimiento, agarré el borde de su vestido y fui subiéndolo lentamente. Ante mí fueron apareciendo sus estupendas piernas, de muslos carnosos, prietos. Llevé la falda hasta su cintura y allí la recogí.
Sujétate el vestido - le dije - Y échate un poco hacia delante que no veo.
Ella obedeció con nerviosismo. Se sujetó el vestido enrollado a la cintura y dobló la cintura un poco hacia delante, de forma que su trasero se ofrecía a mí, tentador. Yo no podía creerme que hubiera sido tan fácil lograr que se subiera la falda pero, ¡mejor para mí!
Unas bragas bastante grandes cubrían su trasero, que yo empecé a palpar con presteza. Era bastante firme y duro, la chavala tenía un culo estupendo desde luego. Como quiera que ella no se quejaba, poco a poco fui haciendo mis caricias más atrevidas. Pasé de deslizar la palma sobre sus nalgas a agarrarlas decididamente. Estuve así unos segundos, poniéndome cada vez más caliente, cuando ella preguntó.
¿Lo ves?
No aún no - contesté - Quizás se ha metido en las bragas. ¿Te las bajo?
Por fin, un poco de cordura penetró en su mente, pero no demasiada.
No, eso, no - respondió para mi descontento.
Bueno, pues sólo te las apartaré un poco.
Sin darle tiempo a contestar, estiré las bragas hacia arriba, de forma que se introdujeron en la raja de su culo y ante mí aparecieron sus magníficas nalgas totalmente desnudas.
Estiré tan fuerte, que las bragas no sólo se metieron entre sus nalgas, sino que también se clavaron entre sus labios vaginales.
Aahhh - gimió ella.
Shiisssh, tranquila que debe de andar por aquí.
Sí, sí - susurró.
Se notaba que estaba acostumbrada a este tipo de asaltos por parte de mi abuelo, pues se había dejado arrastrar a esta situación con una facilidad pasmosa. Yo agaché la cabeza para echar un vistazo entre sus muslos desde atrás. Podía contemplar los labios de su chocho asomando por los lados de las bragas, que se perdían en su interior.
No veo bien, espera... - le dije.
Lo que hice fue introducir una mano entre sus muslos y posarla directamente sobre su coño. Ella dio un ligero respingo, pero no dijo nada, así que comencé a pasar suavemente la palma de mi mano por su entrepierna. Enseguida noté cómo ella separaba levemente las piernas, así que, sin dudar, metí un dedo en su hendidura y comencé a moverlo de adelante a atrás, encontrándome con sus bragas allí hundidas.
La humedad en esa zona era considerable, Tomasa se estaba poniendo cachonda. Tenues murmullos y gemidos escapaban de su garganta, desde luego se había olvidado por completo del insecto. Mi polla amenazaba con reventar en su encierro, pero cuando me disponía a liberarla y usarla como instrumento para buscar el bicho, oímos pasos en el pasillo.
Tomasa reaccionó como un rayo, se separó de mí y se bajó la falda del vestido, mientras se lo acomodaba correctamente. Yo me quedé sentado en el colchón, algo enfadado, con la mano derecha empapada por los flujos de la hembra.
Sin duda que paramos justo a tiempo, pues en ese instante María entró en el cuarto.
¿Cómo? ¿Todavía no has acabado de hacer la cama? - exclamó enfadada.
Es que... - dijo Tomasa, balbuceante.
Será posible, desde luego no sé cómo no te despiden, si de mí dependiera...
Tomasa parecía apesadumbrada. Tenía el rostro muy rojo, no sé si por la bronca o por los sucesos de antes. Sea como fuere, la culpa de aquello era mía, así que me decidí a intervenir.
Perdona, María, pero ha sido por mi culpa - la interrumpí.
¿Cómo? - dijo ella.
Verás, he venido a por unas cosas y me he puesto a charlar con Tomasa, nos hemos entretenido y por eso no ha acabado.
Eso no es excusa - dijo María - Podía hablar mientras hacía la cama ¿no?
Bueno - improvisé - Es que yo quería el cordel para la cometa, y lo tengo escondido debajo del colchón, así que ha tenido que deshacer la cama de nuevo. Ella no quería, pero la he convencido.
¿Para qué lo metes ahí?
Porque... - no sabía qué decir - ¡Ah, porque lo robo del establo!
¿Cómo? - dijo sorprendida.
Verás, en la escuela usan un tipo de cuerda de bramante para los obstáculos y viene muy bien para la cometa, pues es muy resistente. Entonces, para que no se enteren de que lo cojo, lo escondo ahí.
La historia no se sostenía por ningún lado, lo del cordel era verdad, pero lo cierto es que Juan me lo daba, pero no se me ocurrió otra cosa. María desde luego no me creyó en absoluto, pero ¿qué podía hacer? ¿Acusar al hijo de sus jefes de mentiroso?
Bueno, Tomasa, vamos a hacer la cama entre las dos, a ver si acabamos de una vez. Después tenemos que ir a fregar los suelos del piso de abajo, así que será mejor que aligeremos.
¡Mierda! Como María no se iba se me fastidió el plan. Me levanté de la cama descuidadamente, sin acordarme de la empalmada que llevaba.
Bueno, hasta luego - dije - Ya no os molesto más.
Hasta luego - dijo María.
Entonces me miró y pude ver perfectamente cómo sus ojos se clavaban en mi paquete. ¡Mierda! Se quedó allí, con los ojos fijos en mi entrepierna durante unos segundos. Yo me puse muy colorado, pero afortunadamente no dijo nada. Me di la vuelta rápidamente para ir hacia la puerta y al hacerlo vi cómo Tomasa sonreía divertida. Me guiñó un ojo con picardía y se puso a ayudar a María. Yo salí de allí con un calentón de narices, pensando tan sólo en las bragas de Tomasa, que seguían bien hundidas en su raja.
La cabeza me daba vueltas, necesitaba aliviarme enseguida. Como un zombi, bajé las escaleras apoyándome en el pasamanos y me dirigí nuevamente a la cocina y ¡premio! Allí estaba Vito, a solas, buscando algo en un armario. Sigilosamente me acerqué por detrás, y cuando estaba casi pegado a ella, rodeé su cintura con mis brazos y apreté fuertemente mi paquete contra su desprevenido trasero.
Buenos días Vito - dije con alegría.
¡La madre que te parió! - exclamó ella - ¡Qué susto me has dado!
A mí me daba igual lo que me dijera, estaba sólo concentrado en estrujar bien mi erección contra su culo.
¡Joder, niño! ¡Cómo vas tan de mañana! - dijo ella.
Sí ¿verdad? Vito, ¿por qué no haces algo para remediarlo? - contesté sin soltarla.
Ella se soltó, separando mis brazos con sus manos.
¿Pero estás tonto o qué? Ahora tengo que trabajar.
Por favorrr... - gemí.
De eso nada, monada. Te apañas tú solito.
Venga Vito, me dijiste que otro día lo repetiríamos - insistí.
Sí, lo dije, pero no dije que haría que me despidieran para hacerlo.
Vitoooo... - suplicaba yo.
¡Anda niño, vete por ahí y te haces una paja! ¡A ver si te crees que soy tu esclava! - exclamó ella enfadada.
Enfurruñado, desistí en mi empeño. Estaba visto que así no iba a lograr nada.
¿Qué tienes que hacer? Si te ayudo terminarás antes.
Mil cosas, pero si quieres ayudar, puedes empezar por limpiar las lentejas que hay en la mesa y pelar todas esas habichuelas - dijo riendo.
Miré a la mesa y vi un barreño lleno de habichuelas y un saco de lentejas.
¿Todo eso? - pregunté.
Pues claro, en esta casa somos muchos para comer ¿qué te creías? Anda, lárgate por ahí.
Bueno... Vale... - dije vencido.
Me dirigía hacia la puerta cuando Vito me dijo riendo:
Je, je, ¿a que jode quedarse a medias? Mira, ¡ya has aprendido otra cosa nueva!
¡La muy puta! ¡Encima se reía! ¡Eso sí que no! Decidí en ese instante darle una pequeña lección. Aprovechando que Vito se volvió para continuar con sus tareas, yo, sin hacer ruido, me acerqué a la mesa de la cocina, donde estaban las lentejas. Era una mesa enorme, que ocupaba todo el centro de la habitación y que como se usaba tanto para comer como para cocinar. Tenía encima un gran mantel que la cubría por completo, llegando sus faldones hasta el suelo. Sigilosamente, levanté el mantel y me metí bajo la mesa, sentándome en el piso. Ahora sólo tenía que esperar a que Vito se sentara en una silla para liarse con las lentejas.
Esperé sin hacer ni un ruido durante unos minutos. Podía oír a Vito tarareando una canción y trasteando por la cocina. Poco después noté que Mar entraba en la cocina también y se ponía a hablar con Vito. Hablaban en voz baja, así que no las escuchaba, pero me daba igual. Yo era el león esperando a su presa.
Por fin, Vito retiró una de las sillas y se sentó a la mesa. Sus piernas aparecieron por debajo del mantel y enseguida escuché el sonido de las lentejas al ser desparramadas sobre la mesa, para poder ir limpiándolas de piedras.
Aguardé un par de minutos más, para que el ataque fuera todavía más a traición. La verdad es que me costó bastante hacerlo, porque mi excitación era extrema. Me arrodillé bajo la mesa, con cuidado de no dar con la cabeza arriba y me acerqué muy despacito hacia ella. La falda le llegaba hasta las rodillas, aunque yo apenas veía nada, ya que la luz sólo entraba allí por el sitio en que ella levantaba el mantel, pues éste llegaba hasta el suelo por todos lados.
Estaba justo frente a ella, me disponía a atacar, cuando escuché la voz de María en la cocina, diciendo algo sobre la comida e, indiscutiblemente, fue la voz de Luisa la que contestó. ¡Mierda! ¡Estaban todas allí!
Entonces, para las dos más o menos ¿no? - dijo María.
Sí, seguro - contestó Luisa - Yo me encargo de esto y que ella limpie las lentejas.
Vale, pues voy a ver qué está haciendo Tomasa, que en cuanto la dejas sola...
Sí, váyase tranquila, que aquí nos apañamos.
Escuché unos pasos que se alejaban. Con cuidado, me separé de Vito y me incliné hasta quedar pegado a suelo. Levanté un poco el mantel y eché un vistazo. Pude ver a Luisa, afanándose delante de los fogones, picando algo dentro de una cacerola. Por lo visto no se iba a ir. Me quedé pensativo unos segundos y me di cuenta de que su presencia podía venirme incluso bien, pues sin duda Vito no querría montar un escándalo con Luisa presente y se dejaría hacer.
Con extremo sigilo volví a situarme frente a ella, respiré hondo y ataqué. Posé mis manos sobre sus rodillas y ella dio un bote en su asiento.
Shissss - susurré desde debajo del mantel - No hagas ruido, no querrás que Luisa se entere ¿verdad?
Podía notar cómo los músculos de la chica estaban en tensión, las piernas bien cerradas. Sin embargo no dijo nada. Yo sonreí en la oscuridad. Ya era mía.
¿Te pasa algo? - la voz de Luisa me sobresaltó ligeramente.
Vito no contestó, pero desde mi posición noté cómo agitaba la cabeza vigorosamente.
Bueno, pues sigue con eso - dijo Luisa.
Bueno, bueno, la chica no abría las piernas, pero me dejaba hacer. La situación no podía ser más morbosa. Intenté separar sus rodillas con las manos, pero ella no me dejaba, apretándolas con fuerza. Eso no me importó en absoluto, así que lo que hice fue levantar el borde de su falda y meter las manos por debajo. Me apropié con presteza de sus muslos, que comencé a amasar con pasión con mis manos enterradas bajo su vestido. El masaje fue haciendo efecto poco a poco, pues noté cómo la tensión de sus muslos se relajaba, así que, lentamente, fui logrando separar sus piernas por completo.
Una vez que sus cachas estuvieron bien abiertas, llevé mis manos hacia arriba, hasta su entrepierna. Con delicadeza, fui palpando su coño por encima de las bragas, lo que la hizo proferir un tenue gemido que, afortunadamente, sólo oí yo. Noté que su gruta estaba literalmente inundada, aquella zorra se mojaba con rapidez, así que no esperé más.
Llevé mis manos hasta el borde de sus bragas y traté de bajárselas, pero no pude, pues ella estaba sentada. Iba a susurrarle que levantara el trasero, pero no hizo falta, pues ella lo hizo sin necesidad de instrucciones. Con un hábil gesto, le bajé las bragas de un tirón, hasta los tobillos. Ella se sentó nuevamente, pero esta vez lo hizo al borde de la silla, echando la espalda hacia atrás, para así ofrecerme mejor su coño.
Yo así uno de sus tobillos y lo alcé ligeramente, para poder quitarle por completo las bragas, repitiendo después el proceso con el otro. No sé por qué, pero la verdad es que me excitaba mucho la idea de que fuera por ahí sin ropa interior.
Una vez hecho esto, me apliqué de nuevo a mi tarea. Recogí con las manos el vestido hasta su cintura, pero en cuanto lo solté, volvió a desenrollarse, así que, ni corto ni perezoso, metí la cabeza directamente bajo su falda. En cuanto lo hice, un poderoso olor a hembra mojada penetró en mis fosas nasales. Lo he dicho ya antes, pero eso es el mejor afrodisíaco del mundo. Estaba cachondo perdido.
Sin demorarme más, abrí bien su coño con mis dedos y posé mis labios en su vulva, comenzando a acariciarla con la lengua velozmente. Mi boca recorría su raja vorazmente, con pasión, no me detenía ni un segundo en un punto, sino que la movía por todos lados, enfebrecido. Quería comerme aquel coño por completo, enterito, todo para mí. La idea inicial de dejarla a medias se había borrado por completo de mi mente, sólo quería que se corriera, que disfrutara y sin duda lo estaba consiguiendo.
No sé cómo lo lograba, pero lo cierto es que la chica conseguía que sus gemidos sonaran apagados, por lo que Luisa no se enteraba de nada, o quizás sí, no lo sé, pero el solo hecho de saber que podían pillarnos, hacía más excitante la situación.
Mientras mantenía los labios de su chocho bien separados con una de mis manos, hundí un par de dedos de la otra en su interior, lo que le arrancó un suspiro bastante más fuerte que los anteriores.
Niña, ¿seguro que estás bien? - preguntó Luisa.
Su voz hizo que me quedara paralizado, la boca en su coño y los dedos enterrados en ella.
Sí, sí, tranquila, es que se me ha enganchado una uña.
¡Dios mío! ¡Esa era la voz de Mar, no la de Vito! ¡Me había equivocado de tía! Inconscientemente, intenté separarme de aquel coño, había metido la pata hasta el fondo, pero entonces Mar metió una mano bajo la mesa y la posó en mi nuca, apretando con fuerza mi cara contra su entrepierna.
Pues venga, date prisa, termina con eso que yo voy a la despensa.
Sí, señora Luisa - dijo Mar.
Yo estaba allí, quieto, metido bajo el vestido, con el rostro pegado a un coño, sin saber qué hacer. Escuché los pasos de Luisa que se alejaban. Entonces noté que Mar levantaba un poco el mantel y susurraba:
Ahora no te vayas a parar cabronazo.
Mientras decía esto volvió a apretar mi cara contra ella. Genial, pues si era eso lo que quería...
Saqué un poco mis dedos de su interior y volví a hundirlos con fuerza, lo que le arrancó un nuevo gemido. El susto había sido importante, así que decidí hacer que se corriera rápidamente.
Comencé a masturbarla con rapidez con mis dedos, los metía y sacaba de su coño, moviéndolos a la vez hacia los lados, aumentando la fricción. Al mismo tiempo absorbí su clítoris con mi boca, estimulándolo con mis labios, mi lengua e incluso mis dientes.
En menos de un minuto Mar alcanzó el clímax. Sus músculos se tensaron, su coño se inundó, de su garganta escapaban suspiros y gemidos. Mientras se corría, volvió a estrujar mi rostro contra si, parecía querer meterse mi cabeza entera por el chocho. Una corrida en toda regla, sí señor.
Por fin, su cuerpo se relajó y quitó su mano de mi nuca. Podía escuchar su respiración entrecortada, mezclándose con mis propios jadeos. Lentamente, salí de debajo de su vestido y me dejé caer en el suelo, sentado. El borde del mantel se levantó y apareció el rostro de Mar, asomándose bajo la mesa.
Eres un cabronazo ¿lo sabías? - me dijo.
Lo siento, Mar, me equivoqué de persona - contesté azorado.
Estás loco, si Luisa nos pilla me habrían despedido.
No lo creo.
¿Cómo?
Con ella también he hecho algunas cosas.
Lo dicho, un cabronazo - dijo Mar riendo - Anda, sal de ahí antes de que te pillen.
Yo obedecí con presteza. Me arrastré fuera de la mesa y me puse en pié junto a Mar, que se incorporó en la silla.
Ay, Dios mío. ¿Qué vamos a hacer contigo? Ya me habían hablado Vito y Brigitte de ti y veo que no exageraban...
Podrías empezar por aquí - dije señalándome el paquete.
Serás sinvergüenza - exclamó Mar sorprendida.
¿Sinvergüenza? ¿Acabo de comerte el coño y me llamas sinvergüenza? Eso es como llamar húmeda al agua.
Eso es verdad - dijo divertida
En serio, Mar, no pensarás dejarme así...
Pues claro que sí - dijo para mi desencanto
La moral se me fue a los pies, no podía creerlo. Desesperado, me dejé caer en una silla.
¡Maldita sea! - exclamé enfadado - ¡Me van a reventar los huevos!
Mar se reía abiertamente, lo que estaba empezando a molestarme.
Oye - le dije enfadado - Encima no te rías.
Venga, Oscar, que es broma, después de la corrida que me has proporcionado ¿cómo te voy a dejar así?
¡Albricias! ¡Gloria a Dios en las alturas!
¿En serio? ¡Gracias! - casi grité - ¡Venga vamos!
Me puse en pié de un salto y tironeé de ella agarrándola de una muñeca, pero ella no se levantó.
No tan deprisa amiguito - dijo - Antes tendré que decirle algo a Luisa ¿no crees?
Bueno, vale ¿qué hago?
Ummmm. Espérame en el pasillo, frente al baño de atrás.
Vale, pero date prisa - dije señalándome el paquete a punto de reventar.
Vete ya, guarro - rió Mar.
Salí como una exhalación por la puerta de atrás y me dirigí al baño donde estaban las bañeras. Esperé nervioso frente a la puerta durante al menos cinco minutos, aunque a mí me parecieron horas. Por fin, Mar apareció al fondo del pasillo, procedente de la cocina.
Shisst - siseó - Hay que darse prisa, no tenemos mucho tiempo.
¡Estupendo! - exclamé yo, abalanzándome sobre ella.
Mis manos se apropiaron rápidamente de su magnífico cuerpo, recorriéndolo y acariciándolo por todas partes. Mar se agachó un poco y comenzamos a besarnos con pasión, entrelazando nuestras lenguas. Con las manos le desabroché los botones del vestido y enseguida las metí dentro, apoderándome de sus pechos. Con habilidad, abrí el cierre de su sostén y se lo quité con violencia, pues estaba deseando contemplar sus tetas. Abrí bien su vestido, dejándole las domingas al aire y hundí mi rostro entre ellas. Eran unas tetas notables, de buen tamaño, aunque no tan enormes como las de Dickie o Tomasa desde luego. Los pezones estaban erectos, duros como rocas, y no pasó ni un segundo antes de que mis labios empezaran a chuparlos. Deslicé una mano hacia abajo, subiéndole poco a poco el vestido y en cuanto pude, la metí por debajo del borde, buscando su coño totalmente desnudo, pues sus bragas seguían bajo la mesa de la cocina.
Entonces Mar me detuvo, se separó de mí agarrando mis inquietas manos y manteniéndolas alejadas de ella.
No, aquí, no, si pasa alguien... - dijo jadeante.
¿Dónde? - pregunté desesperado.
En el baño...
Sin pensármelo ni un segundo, abrí la puerta del baño y me precipité dentro, arrastrando a Mar tras de mí. Cerré con violencia la puerta y volví a abalanzarme sobre ella, apretándola contra la misma puerta, frotando mi cuerpo contra el suyo. Poco a poco fuimos deslizándonos hacia el suelo, donde quedamos tumbados, mi cuerpo sobre el de ella.
Yo ya no podía más, así que me puse de pié y empecé a quitarme los pantalones. Mar permanecía tumbada en el suelo, manteniendo el torso ligeramente incorporado pues se apoyaba sobre los codos, observando mis maniobras con un extraño brillo en la mirada. Yo la contemplaba a ella, con la falda enrollada en la cintura, con las tetas por fuera del vestido, con los pezones enhiestos, caliente.
Me bajé los pantalones y los calzoncillos a la vez, librándome de ellos de una patada. Me di cuenta de que Mar estaba tumbada directamente sobre el suelo, así que busqué con los ojos una toalla para que se tumbara. Recorrí con los ojos el baño y me quedé paralizado.
Vaya, parece que no mentías cuando decías que te ibas a buscar otra.
Estas palabras provenían de Mrs. Dickinson, que reposaba en el interior de la bañera llena hasta arriba de agua y espuma. Con la excitación del momento, ni Mar ni yo la habíamos visto al entrar. Mar se sobresaltó terriblemente, se incorporó de un salto y comenzó a abrocharse el vestido. Sin duda pensaba que la iban como mínimo a despedir.
Mar - dijo Dickie - Tranquila chica.
Yo... Lo siento... No... - balbuceó Mar.
Oscar, tranquilízala hombre.
Yo me acerqué a Mar y la agarré suavemente por las muñecas.
Mar, no pasa nada.
¿Cómo que no pasa nada? Cuando se enteren tus padres me van a matar - dijo ella, asustada.
¿Y quién se lo va a contar? - la interrumpió Dickie.
Esas palabras hicieron que Mar se detuviera, se volvió hacia Dickie. Estaba tan sexy con el rostro azorado y las tetas asomando...
¿Cómo dice? - preguntó a la institutriz.
Que yo no voy a decir nada.
¿Por qué? - Mar insistía en no creerla.
Porque anoche, aquí el mozo, me aplicó el mismo tratamiento que a ti - respondió Dickie con una gran sonrisa.
Mar me miró asombrada; yo me limité a encogerme de hombros.
Pero tú... - me dijo alucinada.
Yo... - dije sin saber muy bien qué decir.
Oscar - nos interrumpió Dickie - Eres un auténtico portento.
¿Qué? - inquirí confuso.
Mírate - dijo Dickie señalándome - A pesar del susto no se te ha bajado.
Yo me miré la polla y vi que tenía razón. Mi miembro seguía totalmente erecto, con el capullo asomando con un tono rojo espléndido.
Es verdad - reí.
Y bueno, niña, no irás a dejar al pobrecito así ¿verdad?
¿Cómo? - dijo Mar aún estupefacta.
Que será mejor que terminéis lo que habéis empezado, o si no este pobre chico va a explotar.
¿Qué?
Yo entendí el jueguecito de Dickie enseguida. Me acerqué a Mar por detrás y pegué mi rabo a su culo, mientras llevaba mis manos hacia delante, sobre sus pechos.
Yo, no... - Mar no atinaba ni a responder.
Como yo necesitaba descargarme ya, decidí no darle la menor oportunidad. Mientras con una mano acariciaba sus pechos, dedicándome especialmente a los pezones, que estrujaba y pellizcaba con delicadeza, llevé la otra hasta su entrepierna, donde apreté con fuerza por encima del vestido. Al hacerlo, un estremecimiento recorrió a Mar, de forma que, inconscientemente, inclinó un poco el torso hacia delante, con lo que su culo se apretó todavía más contra mi erección.
La chica seguía muy cachonda, por lo que no opuso mayor resistencia, así que seguí estimulándola dulcemente. Dirigí la mirada hacia Dickie y vi que ella no nos quitaba ojo de encima. Sus manos se perdían bajo la espuma, pero yo tenía una idea bastante aproximada de dónde debían estar.
Helen, por favor - le dije.
¿Sí?
Una toalla...
Ella me entendió sin más palabras. Se puso en pié en la bañera, por lo que su esplendoroso cuerpo se mostró ante mí chorreando agua y cubierto de espuma por todas partes. Ver sus impresionantes tetas surgir majestuosas de entre las aguas contribuyó a incrementar notablemente mi calentura, si es que eso era posible. Cogió una toalla que tenía a mano e, inclinándose un poco, la extendió en el suelo frente a nosotros. Tras hacerlo, volvió a sumergirse en el mar de espuma.
Yo, sin parar de acariciarla, empujé levemente a Mar, conduciéndola hacia la toalla extendida. Ella no se resistió en absoluto, y al llegar junto a la toalla, prácticamente se dejó caer de rodillas sobre ella. Al separarse de mí, mi polla bamboleó con aire descarado. Olía a coño y lo quería ya.
Mar se tumbó boca arriba en la toalla, deslizándose lánguidamente. Yo me situé a sus pies y, con delicadeza, le subí el vestido hasta la cintura. Ella separó las piernas, mostrándome su coño, húmedo y excitado, deseoso. Sin demorarme más, me coloqué entre sus muslos, me agarré la polla por la base y la apunté bien a la entrada de su gruta. Lentamente, la penetré.
Uffff - gimió Mar.
Empecé a bombear en su coño. Era suave y resbaladizo, aquella chica se mojaba muchísimo, era como deslizarse en aceite. Poco a poco fui incrementando el ritmo de mis embestidas y ella el volumen de sus gemidos.
Me incliné hacia delante y mis labios se posaron sobre los suyos. Nos besamos con pasión, nuestras lenguas bailaban entrelazadas al compás del ritmo que marcaban nuestras caderas. Su boca se despegó de la mía, sus manos se posaron en mi nuca, se deslizaron por mi espalda hasta mis nalgas, donde me estrecharon contra sí, clavándome las uñas en el culo, para que yo llegara todavía más adentro, más fuerte.
El ritmo se hacía vertiginoso, pero yo no quería acabar tan pronto, así que poco a poco fui tratando de serenarme. No sé si fue por el cambio de ritmo, pero lo cierto es que cuando me detuve, Mar alcanzó el orgasmo.
Sí, así, mi niñoooo... - gritaba.
Yo la besé para acallar su voz y ella aprovechó para morderme el labio inferior, pero no me importó. Separó su boca de la mía y enterró el rostro en mi cuello, susurrándome al oído:
No pares, no pares, no pares...
Mar levantó las piernas y las cruzó a mi espalda, permitiéndome enterrársela lo más profundo posible. Seguí, empujando, embistiendo, disfrutando, después de tantas penurias a lo largo de la mañana, ahora tanto placer.
Apoyé las manos en el suelo y levanté el tronco, para que mi polla penetrara hasta el fondo, bombeando. Abrí los ojos y miré hacia la bañera. Allí Dickie nos contemplaba con el brillo de la lujuria en los ojos. Una de sus manos se estrujaba los pechos mientras la otra se perdía bajo el agua. Aquello era demasiado para mí, me corría.
Mar, Mar - jadeé - Quita, me corro...
¡Sigue, sigue, no pares! - berreó.
¡Déjame!
Yo tiraba, tratando de sacársela, pero ella cruzó las piernas con más fuerza, apretándome aún más contra su cuerpo, impidiéndome sacarle la polla. No aguanté más y alcancé el orgasmo.
Me corrí directamente en su interior, llenándole el coño de leche. En ese instante me importaba una mierda dejarla preñada, correrse allí dentro era lo mejor del mundo. Mientras eyaculaba, no paré de dar culetazos, de forma que conseguí que Mar alcanzara el clímax por segunda vez, aunque no fue tan intenso como el anterior. En cambio, mi corrida duró casi un minuto, fue increíble.
Finalmente me derrumbé sobre ella, exhausto y por fin sus piernas se descruzaron liberándome. Me eché hacia un lado, quedando tumbado a su lado mientras los dos respirábamos agitadamente. Miré a Helen y ella me dedicó un pícaro guiño que me hizo comprender que también ella se había corrido.
Increíble - le dije a Mar mientras deslizaba una mano por su cuerpo.
Ella se incorporó y me dio un tenue beso en los labios.
Lo mismo digo.
Tras recuperar el aliento durante unos segundos, se puso de pié y comenzó a abrocharse el vestido.
¿Ya te vas? - pregunté algo decepcionado.
¿Todavía quieres más? - dijo ella divertida.
¡Claro!
¡Joder con el niño! - exclamó mirando a Dickie - ¡Es incansable!
Sí - se limitó a contestar mi institutriz.
Una mirada de comprensión se cruzó entre las dos mujeres. Yo las miraba, sintiéndome extrañamente excluido de ese momento.
Me voy - dijo Mar - Le dije a Luisa que iba al servicio. Pensará que me he muerto.
Vale - asentí yo.
Además - dijo sonriente - Todavía no sé que voy a hacer para recuperar las bragas.
Je, je - reí.
Mar abrió la puerta, pero yo la llamé otra vez.
¿Sí? - dijo ella.
El sostén debe andar por el pasillo - dije sonriendo.
¡Oh! - rió ella a su vez - Me había olvidado.
Mar salió del baño, cerrando la puerta tras de si. Yo aún tenía ganas de guerra, estaba bastante seguro de que en unos minutos volvería a estar en forma, pero no sabía si Helen querría o seguiría en el mismo plan de por la mañana. Me senté en el suelo y me asomé a la bañera, apoyando los codos en el borde. Miré a Helen sonriente, pero ella, al ver mi expresión, me dijo:
¡Ah, no, amiguito! ¡Quítatelo de la cabeza!
Vale, vale - respondí.
Me puse en pié y me desperecé, estirando los músculos, mientras Helen me miraba divertida.
Oye, Helen.
¿Sí?
¿Puedo bañarme contigo?
¿Cómo?
Mira, estoy todo sudado y ya podría aprovechar...
De eso nada, que te conozco.
Te prometo que no intentaré nada, sólo bañarnos juntos, venga.
Helen dudó todavía unos instantes.
Mira, yo también estoy cansado. Es sólo bañarnos, será divertido - insistí - Además, mis padres tardarán todavía en llegar.
No sé.
Mira, si te preocupa que alguien vaya a decir algo, las demás chicas también tienen sus secretillos conmigo, así que...
Eres un demonio - dijo Helen riendo - Venga, vamos.
Helen se incorporó, quedando sentada en un lado de la bañera, dejándome sitio. Yo me despojé rápidamente de la ropa que me quedaba, los zapatos y la camisa, y me metí dentro rápidamente. El agua estaba tibia. Agarrándome de los bordes de la bañera, fui sentándome lentamente, quedando frente a Dickie. Al estar más incorporada, sus tetas no quedaban bajo el agua, por lo que podía verlas completamente, cubiertas de espuma.
Ey, ey, ¿adónde miras? - me dijo.
Lo siento - dije yo - Es que son increíbles, pero tú tranquila, que no haré nada raro.
Nos quedamos mirándonos unos segundos, sin decir nada. El silencio podría haber resultado incómodo, los dos allí desnudos, pero no lo era, pues habíamos llegado a un profundo nivel de entendimiento, no había ningún tipo de vergüenza entre nosotros, éramos dos personas disfrutando los placeres de la vida.
Te has estado tocando ¿verdad? - le dije de sopetón.
¿Cómo? - inquirió ella, algo sorprendida.
Sí, mientras follaba con Mar, te has hecho una paja.
¿Tú que crees? - dijo ella deslizando las manos por el borde de la bañera y echándose hacia atrás.
Te has puesto caliente ¿eh?
Helen se puso seria y me dijo:
Creí que habíamos quedado en que no ibas a hacer nada.
Y no voy a hacer nada, tranquila, pero podemos charlar y eso ¿no? Reconoce que es excitante.
Aquello pareció convencerla de que yo no iba a intentar nada sin su permiso, así que se relajó un tanto y dijo:
Sí que me he puesto caliente, sí.
Un inexplicable orgullo se apoderó de mí.
¡Estupendo! - exclamé - Y te has tocado ¿verdad?
Claro.
Seguimos mirándonos unos segundos, sonrientes.
Helen, ¿qué te parece si yo te lavo a ti y tú a mí?
Oscaarrr - dijo en tono de reproche.
¿Qué? Oye, creo que ahora somos amantes, no nos vamos a asustar por algo así. Y ya te he dicho que no voy a hacer nada sin tu permiso.
No sé yo si fiarme de ti - dijo con tono desconfiado.
Te lo prometo.
Bueeno - consintió por fin.
¡Bien! Date la vuelta y ponte de espaldas.
Dickie se puso en pié en la bañera. Su espectacular figura surgió de entre la espuma como una sirena del mar. Se dio la vuelta, dejando su trasero frente a mis ojos y después fue sentándose lentamente. Yo separé las piernas para que ella se sentara en medio. No se pegó por completo a mí, sino que dejó cierta separación para que pudiera frotarle la espalda. Se recogió el pelo con las manos y se lo echó por encima de un hombro, para que yo tuviera completo acceso a su espalda. Encogió las piernas y se inclinó hacia delante, abrazándose a ellas, reposando una mejilla sobre las rodillas. Yo cogí una esponja y un jabón y comencé a frotarla cuidadosamente. Como tenía la cara hacia un lado, vi que tenía los ojos cerrados, disfrutando del masaje que yo le hacía.
Oscar - me dijo.
¿Sí?
¿Qué tal ha sido?
¿Cómo?
Hacerlo con Mar, ¿cómo ha sido?
Ha sido increíble - respondí sin pensar.
Comprendo - dijo ella y yo creí detectar un ligero tono de decepción en su voz.
¿Sabes qué es lo que me excitó más de la situación? - pregunté.
¿El qué?
Saber que tú estabas al lado masturbándote.
¿Cómo? - dijo sorprendida.
Sí, en serio, aunque me la follaba a ella, no hacía más que pensar en que aquello te estaba excitando a ti.
Helen no dijo nada, pero yo sabía que mi respuesta le había gustado. Seguimos así durante unos minutos.
Ahora los brazos - dije.
¿Ummmm? - dijo ella.
Los brazos...
Helen se incorporó y se echó para atrás, apoyando su espalda contra mi pecho. Yo llevé mis manos hacia delante y comencé a limpiar sus brazos delicadamente.
Helen, ¿puedo hacerte una pregunta personal?
Claro - respondió.
Bueno, verás, es que me gustaría saber cosas sobre ti - dije titubeante.
Tú lo que quieres saber son cosas sobre mis relaciones sexuales ¿eh?
Me había calado por completo.
Bueno... - dije algo avergonzado - Pensé que sería excitante...
Pregunta - me interrumpió - Pero recuerda tu promesa. Ahora mismo estamos muy a gusto aquí, así que no lo estropees.
Bueno, pero Helen...
¿Sí?
Si me empalmo, espero que no lo tomes como un intento de hacer algo, es que tu culo está pegado contra mi polla y no voy a poder evitarlo - dije pícaramente.
¡Eres un guarro! - dijo ella riendo - Tranquilo, mientras no intentes nada no me enfadaré.
Bien.
Pues venga - me dijo.
¿Qué? - respondí yo, despistado.
Vamos, pregunta.
¡Oh! Claro.
Aún tardé unos segundos, pero por fin me armé de valor, tragué saliva y le pregunté de sopetón:
¿Cuánto haces que te acuestas con mi abuelo?
Bueno, bueno, allá vamos. Veamosss... Llevo aquí unos dos años, puesss... A los dos meses de estar aquí fue la primera vez creo.
¿Y cómo fue?
Genial, tu abuelo es tan buen amante como tú - dijo sin dudar.
No me refería a eso, sino ¿cómo te sedujo?
¡Ah! Pues si te soy sincera... Es todo muy confuso.
¿Confuso? ¿No te acuerdas? - dije sorprendido.
Pues no muy bien, es parecido a lo que sucedió anoche. No me malinterpretes, no me arrepiento de nada, pero ayer por la tarde yo no podría ni haber soñado con hacérmelo contigo y ya ves lo que pasó. Pues eso, confuso.
Comprendo.
Recuerdo que me invitó a cenar, los dos solos en el salón. Me estuvo hablando, bebimos, fuimos a su cuarto, puso música en la gramola... ¡Y al rato estaba cabalgando como una loca sobre su polla! - exclamó riendo.
¿Y lo hacéis muy a menudo?
Pues sí, no sé, un par de veces al mes o así. Él no me obliga, no creas, unas veces se acerca él, otras lo hago yo, pero eso sí, siempre muy discreto, conmigo no es como con las criadas - me explicó.
¿Cómo?
Hombre, ya sabrás que tu abuelo se beneficia a todas las criadas de la casa, ¡todo el mundo lo sabe!
Sí, es verdad.
Por eso cada cual tiene su dormitorio. Eso no pasa en ninguna otra casa, te lo aseguro. Tu abuelo lo tiene todo muy bien dispuesto.
Dime ¿y tú cómo consentiste?
Verás, tu abuelo entiende muy bien a las mujeres, nos conoce perfectamente y a mí me caló enseguida. Me gusta mucho el sexo, pero es difícil practicarlo sin que la gente se entere y piensen que eres sólo una puta. En esta casa he encontrado la oportunidad de dar rienda suelta a mis instintos de una forma muy discreta y ganando más dinero que en cualquier otro sitio.
Ya - asentí.
¡Oye! Ahora que lo pienso, ¡sí que soy una puta! - dijo riendo.
No digas eso.
No, si a mí no me importa. Esta vida es genial, gano dinero, trabajo en lo que me gusta, enseñando a unos alumnos estupendos y encima todo el sexo que pueda desear, ¡incluso más del que puedo desear! - dijo mientras me salpicaba agua al rostro.
¡Ey! - exclamé yo riendo - ¡Quieta!
Helen, volvió a echarse para atrás, reclinándose en mi pecho.
¿No preguntas nada más? - me dijo.
¿Cómo qué?
Pueeess... No sé. Cuándo fue mi primera vez, o con cuantos me he acostado, ese tipo de cosas suelen gustaros a los hombres, lo sé.
Me encantó que me llamara hombre, ya no me consideraba un crío.
Vale - dije yo - Veamos. ¿Cuándo hiciste tu primera paja?
¿A un hombre o a una mujer?
¿Cómo? - dije muy sorprendido.
¡Ja, ja! ¡Eso no te lo esperabas!
¡A una mujer! - dije súbitamente interesado.
Vaya, vaya con Oscar.
Vamos, cuenta.
¿Me lo parece a mí o esto se está despertando?
Mientras decía esto volvió a incorporarse y llevó su mano hacia atrás, entre mi pecho y su espalda, agarrando mi polla, que efectivamente estaba empezando a despertar.
Helen - gemí - Yo no voy a intentar nada, pero si empiezas así...
Tienes razón, perdona - dijo soltándome.
Volvió a recostarse en mí y siguió con su historia.
Verás, yo de joven fui a un internado para señoritas, al sur de Birmingham.
¿En serio?
Sí. Era un colegio de monjas, bastante estricto.
¿No había ningún hombre?
Había tres o cuatro curas. De hecho a uno de ellos le hice mi primera paja.
Mi pene latía desesperado.
Pues bien - continuó - Dormíamos cuatro chicas en la misma habitación, en dos literas y bueno...
Bueno ¿qué? - pregunté nervioso.
Cuando alcanzamos la pubertad, algo mayores que tú, pues... nuestros instintos comenzaron a despertar.
Ya - atiné a decir.
Yo dormía en la parte de arriba de una de las literas y cierta noche escuché gemidos provenientes de la de abajo, me asomé y vi a mi compañera, pues eso, haciéndose un dedillo.
¿Cómo se llamaba? - pregunté.
Mary Dickinson.
¿Se apellidaba como tú? - pregunté extrañado.
Sí. Para adjudicarnos las habitaciones las monjas usaban el orden alfabético, así que las dos Dickinson del colegio caímos juntas.
Sigue.
Me bajé de la cama y me senté a su lado. Ella no se dio cuenta de nada hasta que levanté las mantas para ver lo que estaba haciendo.
¿Y?
Tenía el camisón subido hasta el cuello y con las manos se acariciaba el chocho.
¡Guau! ¿Y qué hiciste?
Me quité el camisón y me metí bajo las mantas con ella.
¿No le dijiste nada?
No, no hacía falta. Simplemente nos besamos durante un rato, muy torpemente, ahora me río al recordarlo, pero para nosotras era lo más excitante del mundo.
¡Toma, claro! - exclamé.
Pues eso, después de un rato ella me cogió de la muñeca y llevó mi mano hasta su coño. Fue guiándome hasta que le metí un dedo dentro.
Joder, cómo me estoy poniendo - pensé.
Estuve metiéndolo y sacándolo un rato y ella me decía "¡en la pepitilla, Helen, en la pepitilla!"
¿Pepitilla? - pregunté.
Ella llamaba así al clítoris.
¡Ah!
Así que mientras con una mano la penetraba, con la otra le estimulaba el clítoris.
¿Y no se lo chupaste?
No esa noche no - dijo Helen.
¿Esa noche?
Hubo otras muchas noches, y aprendimos mucho.
¿Te lo hizo ella a ti después? - pregunté.
Claro. Si no hubiera explotado.
¿Y qué tal?
Fue genial, yo ya me había hecho mis pajas, pero no se puede comparar el tocarse con el que te toquen.
Es cierto - asentí.
Frótame por otro lado - me dijo.
¿Cómo? - respondí absolutamente despistado.
La esponja, que me vas a desollar los brazos.
Tenía razón, mientras me contaba aquello no había parado de restregarle los brazos. Cogí la esponja y la deslicé hasta su estómago. Comencé a frotarla por delante, pechos incluidos, el jabón en una mano y la esponja en la otra.
Ummm - suspiró Dickie - ¡Qué bueno!
Tú sigue contando, que yo seguiré limpiando.
Pero si ya he terminado.
Cuéntame lo del cura.
Vaaalee - dijo remolona - Había varios curas en el colegio, uno de ellos era el director y otro el subdirector. El dire era un cabronazo, pero el otro, el padre Nicholas, era un vejete muy simpático, aunque un viejo verde de cuidado.
¿En serio?
Sí, nos daba clases de religión, y a las chicas nos gustaba mucho ponerlo cachondo.
¿Cómo?
Pueees, de muchas formas. Nos sentábamos en el primer pupitre y nos subíamos la falda, o tirábamos un lápiz al suelo y nos inclinábamos para recogerlo delante de él, cosas así.
¡Qué zorras!
Sí, ¿verdad? - asintió Dickie.
¿Y a ese le hiciste una paja?
Sí. Verás, lo mejor era calentarle cuando nos confesábamos. Le contábamos con todo lujo de detalles las cosas que hacíamos por la noche en los cuartos y él se ponía cachondísimo.
¿En serio?
Sí, incluso en muchas ocasiones le escuchabas masturbarse dentro del confesionario, mientras escuchaba tus pecados.
¡Qué cabrón!
Sí, pero era divertido.
¿Y qué pasó?
Pues cierta vez me pilló especialmente caliente, así que le conté una historia bien jugosa y cuando estaba bien enfrascado en plena tarea, salí sigilosamente del confesionario y abrí la puerta de su lado.
¡Y lo pillaste con la polla en la mano!
Exacto. Se puso blanco del susto, la erección se le bajó de golpe.
¿Y tú que hiciste?
Me metí dentro con él y cerré la puerta. Él sólo balbuceaba, aterrado, y yo le dije que lo había escuchado hacer ruidos muy raros y que había entrado para ver qué le pasaba.
¿Y qué dijo él?
Parecía estar a punto de echarse a llorar, me dio pena, así que no prolongué más su sufrimiento. Me agaché delante de él y se la cogí con la mano. El susto se le pasó de golpe.
¿Y qué hizo?
Nada, me miraba con cara de alucinado. La polla se le puso dura de inmediato. Yo la miraba con interés, porque nunca había visto una. Le pregunté que qué tenía que hacer y él, sin decir nada, puso sus manos sobre la mía y comenzó a subirla arriba y abajo. Después me soltó y seguí yo solita.
¿Se la chupaste?
No, ni se me ocurrió, pero no lo hubiera hecho, era aún muy joven y eso me hubiera dado asco. Eso lo aprendí con el padre Stephen, el director.
¡Joder, Helen! - exclamé, mi polla era ya una barra de acero apretada contra su espalda.
Aquella vez no duró ni un minuto. Se corrió como un animal y me puso perdida. Era hasta divertido verle disculpándose conmigo mientras me limpiaba con un pañuelo.
Has dicho aquella vez, ¿hubo otras?
Pues claro, con él fui perfeccionando mi arte. Además, aprobé religión sin tener que estudiar ni lo más mínimo.
¿Y sólo le hacías pajas? - pregunté.
Bueno, en alguna ocasión consentí que me tocara un poco las tetas, ya entonces las tenía más grandes que las demás niñas.
Me lo creo - asentí mientras sopesaba sus pechos con las manos.
Estáte quieto - rió Helen - E incluso una vez me hizo una paja.
¿Sí?
Sí, mientras me tocaba las tetas metió una mano bajo la falda y dentro de las bragas. Yo estaba muy cachonda. Así que le dejé hacer. Era bastante torpe, se ve que no tenía mucha práctica, pero el morbo del momento hizo que me corriera como una burra. Lo gracioso fue que él también se corrió sin tocársela siquiera.
¿La tenía fuera?
No, no. Se corrió dentro de los pantalones, debió ponerse perdido.
Helen, desde luego que eras una puta - le dije.
Bueno, hacía lo que podía por pasármelo bien.
Yo ya había soltado la esponja y el jabón y me dedicaba a acariciar sus enormes senos, prestando especial atención a sus pezones.
Y ¿cómo fue lo del director?
Pues fue un caso de chantaje.
¿Cómo?
Una noche nos pilló a mí y a Mary en la cama juntas.
¿Entró en el cuarto así sin más?
Sí, ya te he dicho que eran muy severos.
¿Y qué pasó?
Al día siguiente me hizo ir a su despacho y me amenazó con la expulsión.
Y te dijo que o te acostabas con él o te echaba ¿no?
No, no fue así. Resulta que el padre Nicholas había intercedido por mí, así que lo iban a dejar en 20 azotes.
¿Azotes? - pregunté asombrado.
Sí, pero a Mary la iban a expulsar.
¿Por qué?
Porque era la segunda vez que la pillaban. En otra ocasión la encontraron en un baño con otra chica.
¡Joder con Mary! ¡Qué guarra! ¿Te traicionaba?
Oye, que no éramos pareja ni nada, yo también me lo hacía con otras chicas.
Comprendo - dije - ¿Y qué pasó?
Me hizo apoyar las manos en su mesa y echar el culo para atrás. Cogió una vara y me dio cinco azotes con ella.
¡Madre mía!, debió de dolerte un montón ¿verdad?
Ya te digo. Tras los cinco primeros hizo una pausa, pues llamaron a la puerta. Él entreabrió la puerta y habló con alguien de fuera, pero sin abrir por completo.
¿Por qué? - dije extrañado.
Eso me pregunté yo. Entonces me di cuenta de que el nabo se la había puesto bien duro dentro del pantalón.
¡Menudo cabronazo!
Sí, pero me di cuenta de que así podría salvar a Mary.
¿Qué hiciste? - pregunté interesadísimo, mientras no paraba de amasar sus tetas.
Cuando volvió me incorporé y le dije que la vara podía romperme el uniforme. Él se quedó muy sorprendido y me dijo que qué quería hacer, así que me levanté la falda y me la sujeté en la cintura.
Yo estaba absolutamente a mil, me descontrolé un poco y empecé a estrujar sus pezones con demasiada fuerza.
Oye - me dijo - Que me haces daño.
Perdona - dije despertando - Sigue, sigue.
El tío se quedó alucinado, pero yo podía ver la lujuria en sus ojos. No me equivoqué, decidió seguirme el juego. Me dijo que si me daba con la vara sin la falda me iba a hacer heridas, y que no era esa su intención, así que yo le dije que me diera con la mano.
¿Y te hizo caso?
Vaya que sí. Volví a mi postura, con las manos sobre la mesa, pero la falda se desenrollaba, así que me la sujeté con una mano. Pero claro, al apoyarme en una sola mano, me caía cuando él me daba, así que tras darme tres azotes me dijo que mejor sería hacerlo sobre sus rodillas.
¡El hijo de puta! - exclamé.
Fue a la puerta y echó el cerrojo. Yo sabía que de allí no me escapaba, así que tenía que intentar ayudar a Mary. El cura se sentó en una silla y se palmeó el regazo. Yo apoyé el busto en sus piernas y él me subió de nuevo la falda, echándola sobre mi espalda y comenzó a darme azotes de nuevo.
¿Te dolía? - la interrumpí.
No mucho. Verás, él me golpeaba con la mano abierta y la dejaba sobre mi nalga, apretando fuertemente a continuación. Cada azote duraba segundos, entre que me golpeaba y que me magreaba el culo. Yo notaba su polla apretando contra mi vientre, el tío estaba a punto de estallar.
¿Y qué hiciste?
Metí una mano bajo mi cuerpo y le agarré la polla con fuerza por encima del pantalón. Me preguntó que qué hacía y yo le respondí que haría todo lo que él quisiera si no expulsaba a Mary.
¿Y aceptó? - inquirí.
Comenzó a insultarme, me llamaba puta, golfa, hija de Satanás, sin parar de azotarme el culo. Ahora sí dolía, pues eran golpes rápidos, secos.
¿Y?
Yo no le solté la polla en ningún momento, apretándola cada vez más; debió de darme 30 o 40 azotes, hasta que finalmente se corrió dentro del pantalón.
¡Joder!
Me dijo que me marchara. Yo me fui a mi cuarto, llorosa, con el culo tan dolorido que no me pude sentar bien en una semana. Mary estaba allí, esperándome.
¿Se lo dijiste? - pregunté.
No, sólo le dije que me habían azotado.
¿Y qué pasó con ella?
Al poco rato la llamaron al despacho del director.
¿La expulsaron?
No, 20 azotes con la vara - dijo Helen.
Comprendo.
Días después, el director volvió a llamarme.
¿Te pegó?
Alguna vez repetimos el numerito de los azotes, pero no en esa ocasión. Tenía otros planes en mente.
¿Qué hizo?
Me obligó a arrodillarme frente a él, mientras estaba sentado a su mesa y tuve que mamársela.
¡Cabrón!
¡Bah! No estuvo tan mal, el tío era hasta guapo, no te creas y aunque en aquella primera ocasión lo pasé mal, después fui cogiéndole el gusto.
Ja, ja. Cuenta.
Me dijo que se la lamiera como si fuera un caramelo, yo lo hice así durante un rato, agarrándola por la base y dándole lametones. Pero después hizo que me la metiera en la boca, puso sus manos en la cabeza y comenzó a empujar arriba y abajo.
Yo estaba a punto de reventar.
Mientras me movía la cabeza, no paraba de insultarme, puta era lo más suave que me decía, parece mentira que fuera un cura.
Madre mía - pensaba yo.
Cuando se corrió, me sujetó la cabeza con fuerza, haciendo que me lo tragara todo. Después me dejó reposar un rato, me sentó en su regazo, de espaldas a él y empezó a magrearme por todos lados. Cuando por fin se empalmó de nuevo, me tumbó en la mesa y me la metió sin muchos miramientos. La verdad es que me dolió bastante.
Menudo cabronazo. ¿Qué ganaba haciéndote daño?
Está claro que al tío le excitaba dominarme, pero no creo que me hiciera daño al follar aposta. Se ve que, al ser cura, no tenía mucha experiencia, por lo que era bastante torpe. Después, cuando fuimos repitiendo, aprendimos bastante los dos.
¿Te acostaste con él muchas veces?
Bastantes. A cambio aprobé varias asignaturas sin estudiar, así que algo saqué. Además, con él aprendí a mamarla como te lo hice anoche.
¿En serio?
Sí, cuando yo no tenía ganas de sexo se la chupaba así, a toda velocidad y acababa enseguida.
¿Y lo del estrujón en los huevos también? - pregunté riendo.
¡Ah, eso! - rió Dickie - Pues sí, justo el día en que terminé allí mis estudios el padre Stephen me llamó a su despacho para darme personalmente el "diploma". Cuando estaba a punto, ¡ñac! Apretón en los huevos. Puedes creerme si te digo que lo tuyo fue suave comparado con lo que le hice a él.
¡Joder!
Bueno, amiguito, ya está bien de historias - dijo Helen.
Se agarró a los bordes de la bañera y se puso en pié. Se dio la vuelta y su coño, lleno de espuma, quedó frente a mí. Yo me quería morir.
Venga, ahora hay que lavarte a ti, ponte de pié.
Yo obedecí, pesaroso, pues no esperaba alivio por su parte. Mi pene era una vara hinchada, que latía dolorosamente.
Vaya, vaya, cómo estamos - dijo riendo.
Se agachó frente a mí, buscando la esponja y el jabón bajo el agua. Al hacerlo, su culo quedó casi pegado a mi cipote y juro por Dios que estuve a punto de clavársela de un golpe. Por fin, encontró los utensilios de limpieza y comenzó a asearme el cuerpo. Como era más alta que yo, se arrodilló frente a mí. Me frotaba con vigor, para limpiarme bien, pero lo que conseguía era que sus tetas bamboleasen al ritmo del lavado, por lo que el suplicio era todavía mayor.
A ver separa bien las piernas - me decía.
Y yo allí, con las piernas separadas mientras ella me pasaba la esponja entre los muslos, limpiando mis huevos, mi culo, y entre tanto, mi polla con una erección de campeonato y justo delante de sus ojos, era cruelmente ignorada, como si no existiera.
Por fin concluyó el aseo. Yo esperaba que me dejara así, empalmado, pero, afortunadamente, Dickie tenía otros planes.
Anda bribón, siéntate ahí - me dijo.
Yo le obedecí con rapidez, y me senté en un poyete que había junto a la bañera, en el que colocábamos el jabón y las esponjas. Se arrodilló frente a mí y pensé que iba a chupármela, pero Helen tenía otra idea en mente. Se enjabonó bien las manos, haciendo bastante espuma. Cuando lo hubo logrado, comenzó a pajearme, haciendo espuma también sobre mi rabo. Mientras lo hacía, repetía el proceso en sus tetas con su otra mano, llenándolas bien de espuma.
Helen, ¿qué haces? - indagué.
Ahora verás - me dijo.
Acercó su torso hacia mí y colocó mi polla justo entre sus dos tetas. Por fin comprendí sus intenciones, y desde luego no podía estar más de acuerdo con sus maniobras. Helen se sujetó las tetas con las manos, apretándolas entre sí y atrapando mi torturado miembro entre ellas. Parece mentira lo mucho que eran capaces de estrujar aquellas dos aldabas.
Lentamente, comenzó a subir y bajar sus tetas sobre mi polla. La espuma hacía que resbalasen suavemente, era una sensación deliciosa, nueva. Poco a poco fue incrementando el ritmo de sus tetas, arriba, abajo, abajo, arriba, era enloquecedor. Me estaba follando a un par de tetas.
Dickie doblaba el cuello hacia abajo y estiraba la lengua al máximo, de forma que al subir, la punta de mi polla era lamida deliciosamente. Aquello era increíble, era un coño con tetas y lengua.
Estoy seguro de que en otras circunstancias habría aguantado mucho más (de hecho, a lo largo de los años me han hecho cientos de cubanas y así ha sido), pero aquella mañana, en aquel baño, y tras las historias de Dickie, me habría corrido igual conque me hubiera rozado. Así que no habían pasado ni dos minutos cuando empecé a correrme de nuevo.
¡Joder, qué bueno! ¡Qué bueno! - gritaba yo.
Los lechazos salieron disparados de mi cipote, impactando en el rostro y pecho de Dickie. De todas formas, no quedaba demasiado semen en mis pelotas después de las juergas de la noche anterior y de esa misma mañana, así que no la manché demasiado.
Tras correrme, mi polla no tardó mucho en quedar reducida a su mínima expresión, cansada y satisfecha. Tras el nuevo orgasmo, quedé absolutamente exhausto, las rodillas no me sostenían. Me bajé del poyete, deslizándome de nuevo en la bañera. Dickie, de rodillas frente a mí, sumergió sus manos en el agua, para limpiarse el cuerpo de mi semen. Cuando terminó, nos quedamos mirándonos el uno al otro, satisfechos.
¿Te ha gustado? - me dijo.
¿Estás de guasa? - contesté - Nunca había hecho algo así, es genial.
Me alegro. La verdad es que me gustaría hacer otras cosas, pero como te dije, me duele todo.
Gracias - le dije acariciándole una mejilla.
De nada - respondió sonriente.
Vamos a enjuagarnos - dije.
Vale.
Por turnos, fuimos echándonos por encima los cubos de agua que había allí el uno al otro, quitándonos así los restos de espuma. Tras terminar, cada uno cogió una toalla y se dedicó a secar el cuerpo del otro. Una vez hubimos terminado, nos vestimos, ella con un albornoz y yo con mi ropa.
Dickie se asomó con cuidado al pasillo y, tras asegurarse de que no había nadie, me indicó que saliera. Yo la obedecí presuroso, procurando no hacer ningún ruido. Eso sí, antes de salir me puse de puntillas y besé su sonrisa.
Como el baño estaba en la parte trasera de la casa, salí por la puerta de atrás, rodeé el edificio y volví a entrar por la principal. Como un rayo, subí las escaleras y me refugié en mi cuarto, donde me pasé el resto de la mañana leyendo, escondido para que nadie viera mi pelo mojado.
Un rato después, mi familia regresó en el carro. Yo salí a recibirlos, con el pelo casi seco, claro. Los saludé uno por uno y así pude notar que todos tenían aspecto de estar bastante cansados, cosa lógica por otro lado, pero también me llamó la atención el aspecto serio de mis dos primas, lo que me hizo temer que algún nuevo incidente con Ramón se había producido. Decidí indagar después del almuerzo.
MI PRIMA MARTA
Aquel día la comida fue bastante tranquila. Mi familia había vuelto bastante cansada de casa de los Benítez, y desde luego yo estaba para el arrastre. Los acontecimientos de la noche anterior y de esa misma mañana me habían dejado extenuado. Sólo pasé un poco de apuro cuando mi padre le preguntó a Mrs. Dickinson que qué tal me había portado.
Ha sido un auténtico angelito - contestó mi institutriz sonriéndome.
Mi abuelo me miró divertido y se rió para sí, aunque no hizo comentario alguno. Noté que Andrea estaba bastante taciturna, así que decidí interrogar a Marta sobre el tema, pues sospechaba que algo había pasado.
Tras el almuerzo, todo el mundo comenzó a dirigirse a sus cuartos para echar la siesta. Por lo visto, dormir en cama extraña había provocado bastante insomnio, lo que unido al incómodo viaje de regreso había hecho que todos estuvieran reventados. Llamé a Marta, diciéndole que quería hablar con ella y nos fuimos a mi habitación. Sin embargo, ella tenía otra cosa en mente, pues en cuanto cerré la puerta, se abalanzó sobre mí, besándome apasionadamente. No me malinterpreten, no es que no deseara a mi prima, es que en ese momento estaba absolutamente agotado, así que me separé de ella.
¿Qué te pasa? - inquirió sorprendida.
Vamos, Marta, que nos van a pillar.
¿Quién va a pillarnos? Aquí no va a venir nadie.
¿Cómo que no? - insistía yo - Seguro que suben todos a dormir la siesta y como escuchen ruidos... Además, estoy muy cansado.
¿Cansado?
Marta se quedó mirándome unos segundos y me dijo:
La verdad es que no te entiendo, ayer querías que me quedara contigo y ahora ni me besas...
Ayer era ayer... - dije inseguro.
Ella notó algo en mi voz, por lo que dijo algo enfadada:
¿Qué pasó ayer, eh? ¿Qué hiciste? ¿Por qué estás tan cansado?
Porque... Bueno...
¿Qué pasó? - exclamó bastante enojada zarandeándome de un brazo.
Aquello me molestó bastante. ¿Quién se creía que era? El día anterior me había dejado tirado y ahora se comportaba como en un interrogatorio.
¿Y a ti qué te importa? Si ayer te fuiste fue porque te dio la gana, así que lo que yo haga no es asunto tuyo - exclamé enfadado.
Sus ojos echaban chispas, creo que nunca la había visto tan furiosa.
¡Bueno, pues ahí te quedas! ¡Luego no vengas suplicándome! - exclamó dirigiéndose hacia la puerta.
¿Y por qué habría yo de suplicarte? Habiendo mujeres, ¿para qué necesito niñas? - dije hiriente.
Ella me fulminó con la mirada y salió dando un portazo.
Pero ¿qué coño te pasa? - dije hablando solo - ¿Por qué has dicho semejante burrada?
No tardé ni un segundo en salir tras ella, pero sólo me dio tiempo a ver cómo la puerta de su dormitorio se cerraba con violencia. Me aproximé y llamé suavemente.
Marta - susurré a través de la puerta - Perdóname, no quería decir eso. Me he enfadado y he dicho lo primero que se me ha ocurrido.
Sin respuesta.
De verdad que no pienso semejante tontería. Sabes que me gustas mucho, eres preciosa...
Vete - la voz de Marta se oyó muy baja.
Perdóname - insistí.
¡Que te vayas!
Marta, por favor... - dije girando el picaporte y comprobando que había echado el pestillo.
¡Déjame en paz! - gritó.
Yo iba a seguir insistiendo, pero en ese momento se abrió la puerta de mis padres y apareció mi madre.
¿Se puede saber qué haces? Estamos muy cansados, ninguno hemos dormido bien y tú no paras de hacer ruido.
Perdona, mamá.
Vete a tu cuarto y como te oiga otra vez te vas a enterar.
Derrotado, abandoné el umbral de Marta y me fui a mi cuarto. Estaba apesadumbrado, sabía que me había portado mal con ella, mis instintos me habían dicho que no actuara así, pero yo no había hecho caso. Me tumbé en mi cama, para pensar en cómo disculparme, pero finalmente, el cansancio pudo conmigo y me quedé dormido.
No desperté hasta bien entrada la tarde y enseguida busqué a mi prima para tratar de hacer las paces. Sin embargo, ella me estuvo evitando todo el tiempo y en las pocas ocasiones en que lograba quedarnos a solas, Marta ni se dignaba en escucharme. Quizás me lo merecía, pero aún así su actitud me molestó, por lo que finalmente desistí en mis acercamientos.
El resto del día transcurrió tranquilo, mi libido estaba bastante calmado, por lo que no intenté nuevos escarceos, ni en esa tarde ni en el día siguiente. De hecho, el día posterior fue bastante ajetreado, por una parte Dickie insistió en recuperar la clase perdida, por lo que hicimos horas extra y además, por la tarde tuve que ayudar en la escuela de equitación a mi abuelo. Esto no era inusual, pues yo, desde pequeño, había aprendido a montar a caballo y por ello en algunas ocasiones ayudaba con las clases, sobre todo con nuevos alumnos, que en sus primeras lecciones solamente se dedicaban a familiarizarse con los animales y su entorno.
Así pues, esa tarde me la pasé enseñando a los hermanos Soler (chico y chica, ella estaba bastante bien, pero aún me encontraba satisfecho, así que ni lo intenté) a limpiar y cepillar a los caballos y a mantener aseada la cuadra. Fue divertido, pues los dos chicos eran muy simpáticos, pero de todas formas terminé el día derrengado.
La mañana siguiente amaneció también poco prometedora. Volví a quedarme dormido y nuevamente fue mi hermana la encargada de despertarme. Pero esta vez no sucedió nada raro (al menos que yo sepa). Marina me despertó zarandeándome y una vez se percató de que estaba despierto, salió de la habitación sin decir palabra.
¡Mierda! - pensé - Me hubiera gustado jugar un poco con ella.
Como verán mi completa satisfacción sexual había desaparecido, así que me vestí rápidamente pensando en qué podía hacer. Desayuné y fui a clase con turbios pensamientos en mente, pero Dickie se mostró inflexible con mis estudios y nos dedicamos solamente a estudiar.
Las horas se me hicieron eternas, estar allí, con aquella pedazo de hembra, sabiendo lo zorra que era y lo que le gustaba follar y sin poder hacer nada. Por fin, llegó la hora de comer. Resultó que fue Marta quien vino a avisarnos, supongo que enviada por su madre. No quise desaprovechar la ocasión, así que recogí mis libros rápidamente y salí tras ella.
¡Marta! ¡Espera! - la llamé.
Ella me ignoró y continuó su camino hacia las escaleras, pero yo la alcancé y la así de un brazo.
Marta, por favor... Escúchame.
Ella hizo ademán de soltarse, pero sin demasiada violencia, parecía que lo peor del enfado había pasado, así que la solté. Ella se cruzó de brazos y me lanzó una mirada bastante dura y después desvió los ojos hacia un cuadro que había en la pared.
Marta, perdóname, no sé por qué te dije esas tonterías. No pienso nada de eso, tú lo sabes.
Ella no contestó, siguió cruzada de brazos mirando el cuadro. Yo decidí imitarla, me puse a su lado y empecé a contemplar la pintura.
Nos quedamos allí callados durante un minuto. Comencé a mirar el cuadro con atención, con aire de erudito, simulando un profundo interés. Por el rabillo de ojo notaba que ella me miraba, sin saber qué era lo que estaba yo haciendo. Allí estábamos los dos, contemplando aquel marco con aire de entendidos, sin decir nada ninguno de los dos. Pronto noté que ella aguantaba la risa a duras penas, así que dije:
Un cuadro espantoso, sí señor.
Ella rompió a reír con ganas, estaba preciosa cuando reía y así se lo dije.
Eres hermosa cuando sonríes.
Ella dejó de reír y me miró con los ojos brillantes.
Pues el otro día no te lo parecía.
No digas tonterías - respondí - Tú estás preciosa siempre, eres la mujer más bella que conozco.
Marta se sonrojó un poco.
No es verdad - dijo con aire de niña tonta.
Sí que lo es.
Entonces, ¿por qué no quisiste nada conmigo el otro día?
No sabía qué responderle, le decía la verdad, me inventaba algo, ¿qué podía hacer? Afortunadamente, me salvé por la campana, pues en ese instante Dickie salió de su habitación para ir a comer y claro, al ir hacia las escaleras se encontró con nosotros.
Vamos, chicos, ya es hora de comer - nos dijo.
Sí, vamos - asentí yo - Marta luego hablamos, te lo prometo.
Vaaaale - concedió Marta de mala gana.
Nos dirigimos los tres hacia la escalera, Marta delante. Justo en ese instante, noté como una mano me agarraba el trasero desde atrás. Sorprendido, di un respingo y miré a mis espaldas, encontrándome con el rostro de Dickie mostrando una expresión de lo más pícara. Sin decir nada, señaló con la cabeza hacia mi prima y me guiñó un ojo. Después continuó su camino, dejándome allí parado sin saber qué decir. Al pasar junto a mí me susurró:
Guarro...
La verdad es que tenía razón.
El almuerzo se me hizo eterno. Apenas probé bocado, pues no hacía más que darle vueltas a la cabeza sobre qué decirle a Marta. Sabía que si volvía a enfadarla, la cosa tendría poca solución. El otro día no había seguido mis instintos y me había equivocado, así que decidí confiar en mi don y que fuera lo que Dios quisiera.
Tras acabar de comer, salí del salón y me encontré con Marta esperándome al pié de la escalera.
¿Hablamos? - me dijo.
De acuerdo - contesté - Demos un paseo.
Vale.
Tras dar aviso a nuestros respectivos padres, salimos de la casa por la puerta de atrás, para no encontrarnos con nadie. Caminamos durante un rato alejándonos de la casa, conversando sobre otros temas y nuestros pasos nos llevaron hasta el viejo tocón de eucalipto, donde había tenido lugar mi escaramuza con Brigitte. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al pensar en ello y entonces me acordé de que aún conservaba sus bragas. Nos sentamos en el tronco y nos quedamos callados, mirándonos. Fue Marta quien rompió el silencio.
¿Y bien? - dijo.
Y bien ¿qué?
No te hagas el tonto, dime, si tan bonita te resulto ¿por qué no me deseas?
¿Cómo? - dije alucinado.
Me has oído perfectamente - dijo enfurruñada.
No digas tonterías Marta, te deseo enormemente, el otro día sólo... estaba cansado, eso es todo.
Ella me miró fijamente.
Cansado ¿por qué?
¡Mierda! ¡Me había engañado! Sin darme cuenta, Marta había conducido la conversación justo hacia donde yo no quería. Me quedé callado unos instantes, sopesándolo todo y finalmente decidí contarle la verdad.
Contesta - insistió.
Cansado porque acababa de acostarme con Mar.
¡¿CÓMO?! - exclamó Marta poniéndose en pié.
Pues eso... - dije un tanto cohibido.
¡¿QUE TE ACOSTASTE CON MAR?! - dijo a voces.
Sí.
Pero ¿cómo...? ¿por qué...? No puede... - balbuceaba.
Marta, tranquilízate, por favor.
¡¿QUE ME TRANQUILICE?! - aullaba.
Aunque estemos muy lejos de la casa, te van a oír si sigues chillando así - dije tratando de calmarla.
¡Me importa una mierda!
Marta...
¿Cómo has podido hacerme esto?
La situación se descontrolaba. Yo no entendía por qué Marta se ponía así, bueno entendía que se enfadara y eso, pero... Entonces una voz sonó en mi interior, un súbito convencimiento se apoderó de mí.
Está celosa - pensé - Actúa como si fuésemos novios.
Ya sabía lo que tenía que decir. Me acerqué a ella y la tomé suavemente por los hombros. Ella trató de sacudirse, pero yo me mostré firme e hice que se sentara en el tocón. Tenía el rostro vuelto hacia un lado, sin mirarme a la cara.
Marta, mírame - dije dulcemente tomándola por la barbilla.
Déjame, eres un cerdo.
No, no lo soy. Marta, ¿te das cuenta de lo que te pasa?
Sí - dijo cortante - Que estoy con un cerdo.
Estás celosa.
¿Cómo? - dijo sorprendida - ¿Celosa? ¿De ti? No me hagas reír...
De acuerdo, no son celos. Entonces haz el favor de contarme qué te pasa.
Mis palabras tuvieron la virtud de calmarla. Se quedó mirándome unos segundos, sin saber qué decir.
¿Y bien? - dije yo - Cuéntame.
Pues eso, que eres un cerdo... - dijo dubitativa.
¿Y qué más te da? El otro día en el coche no opinabas igual...
Marta se sonrojó un poco.
Pues eso mismo... Estabas conmigo y ahora... - Se notaba que no sabía qué decir.
¿Y? - insistí yo.
Pues que querías estar conmigo y en cuanto te digo que no, te buscas a otra.
Respiré hondo y ataqué.
Pero es que tú y yo no somos novios ni nada.
Ella no respondió. Aunque noté que mis palabras le habían dolido.
Por favor Marta, no te enfades y escúchame - continué - Lo que quiero decir es que... bueno... pues eso... Eres una mujer muy hermosa, te quiero de verdad y te deseo enormemente, pero no somos pareja ni nada de eso. ¿No te das cuenta? Somos primos y una relación así entre nosotros es imposible.
Lo sé - respondió ella - Y no es que yo quiera eso...
Entonces, ¿qué te pasa? Mira, yo sólo deseo pasarlo bien, ya te he dicho que para mí el sexo es para disfrutar. ¿Me entiendes? Estoy empezando a descubrirlo ahora y un inmenso número de posibilidades se abre ante mí en este momento.
Por posibilidades te refieres a mujeres ¿verdad? - dijo secamente.
No, bueno, no sólo a eso. Marta, estoy empezando a descubrir un mundo nuevo, nuevas sensaciones, nuevos sentimientos, nuevas ideas, cosas que hasta ahora no había experimentado. Y puedo decirte que es algo increíble. Marta, te quiero mucho, de verdad, y te deseo enormemente, pero mi cariño por ti es infinitamente superior a ese deseo.
Ya lo sé - dijo con tristeza.
No, no lo sabes - continué - Te deseo más que a ninguna otra mujer que conozca, pero no voy a permitir que eso se interponga en nuestra relación. Marta, eres mi prima, mi amiga y si el hecho de acostarme contigo va a estropear eso, prefiero no hacerlo.
Por fin mis palabras comenzaban a hacer efecto en ella. Marta cambió de posición sobre el tocón, volviéndose hacia mí.
Bueno, no tiene por qué estropear nada... - dijo dubitativa.
Pero lo está haciendo. Verás, yo deseo pasarlo bien, disfrutar y estoy intentando conseguirlo. Y no voy a dejar de hacerlo ¿me entiendes? Me gustan las chicas y me consta que yo les gusto a ellas, así que aprovecho las oportunidades que se me presentan y voy a seguir haciéndolo.
No te sigo - dijo Marta.
Pues es sencillo, Marta, yo no deseo una novia, te quiero, pero no de esa forma. Yo voy a seguir intentando ligar con las mujeres que me gusten y si eso te molesta, pues lo dejamos y en paz, pues te prefiero como amiga y nada más a que te conviertas en mi amante y lo pases mal por ello. ¿Entiendes lo que te digo?
Creo que sí.
Te deseo más que a ninguna otra mujer en el mundo, pero no estoy dispuesto a sacrificar tu cariño por conseguirte.
Nos quedamos callados unos instantes. Yo contemplaba su rostro, pero Marta tenía los ojos perdidos en su regazo, no me miraba a los ojos. Yo pensé que me diría algo sobre lo que le había dicho, un sí o un no, pero desde luego no esperaba lo que me dijo:
Has dicho que lo has intentado con las chicas.
¿Cómo? - dije sorprendido.
Sí, "las chicas", no has hablado de una sola, sino de varias.
Bueno...
O sea, que no ha sido sólo con Mar, ¿verdad?
Decidí decirle la verdad y que fuera lo que Dios quisiera.
No, ha habido otras.
¿Quiénes?
Vito y Brigitte.
Decidí que era mejor no decirle nada de Dickie ni de su madre.
Ya veo - dijo, y se quedó callada, pensativa.
Yo no sabía qué decir, estaba un poco descolocado con la situación.
¿Y bien? - dije sin poder aguantar más - ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos a casa?
Ella me miró fijamente, con el rostro muy serio. Yo estaba bastante preocupado por lo que me iba a decir y, nuevamente, me dejó asombrado.
Quiero verlo - dijo.
¿Qué? - dije totalmente despistado.
Que quiero ver cómo lo haces.
¿Qué? - acerté a decir.
Quiero verte haciéndolo con una de ellas.
Te has vuelto loca - sentencié.
Nada de eso - dijo riendo - Mira, he pensado en lo que me has dicho y es verdad, tienes razón, no sé por qué me he puesto así. Tú y yo no somos novios ni nada, de hecho jamás se me había ocurrido algo semejante.
Eso le dolió un poco a mi ego.
Pero aún así, los momentos que hemos compartido me daban una sensación, no sé, de propiedad, de que era algo sólo entre los dos y al saber que no era así, de que no era nada especial, ni único, me sentí... decepcionada.
Marta - la interrumpí - Es que sí que es especial. A ti te quiero mucho, y sé que sería algo mágico, mucho mejor que con cualquier otra. Pero ya te digo, si mi comportamiento te molesta... pues lo dejamos.
No - dijo con los ojos brillantes - No quiero dejarlo. Tienes razón, debemos disfrutar ahora que podemos.
Yo no cabía en mí de gozo. Me acerqué lentamente hacia ella, con la clara intención de besarla, pero ella me detuvo posando un dedo en mis labios.
Quieto ahí, amiguito. ¿No me has escuchado? Antes de que pase nada quiero ver cómo se hace.
Pero, ¿por qué?
Pues... No sé, pero deseo verlo. Tú tienes mucha más experiencia que yo, tómatelo como una lección de aprendizaje.
Se te ha ido la cabeza - dije.
Sí, en el momento en que dejé que me liaras el otro día - dijo riendo - Pero prefiero estar loca a estar aburrida como antes.
Pero Marta...
Ya lo sabes, si quieres algo conmigo debes dejarme echar un vistazo antes.
Lo pensé durante unos instantes.
Lo siento Marta, pero no, es demasiado arriesgado. Si nos pillan, nos matan.
Eso es una tontería, pues si nos pillan follando - Dios, cómo me ponía mi primita cuando usaba ese vocabulario - sería mucho peor y estás bien dispuesto a correr el riesgo.
Bueno...
Además, ¿no decías que me deseabas más que a nadie en el mundo? Pues es un pequeño sacrificio a cambio de satisfacer tus anhelos ¿no crees? - dijo con tono irónico.
Me había derrotado. La verdad es que la idea de que Marta me espiara mientras follaba no me resultaba en absoluto desagradable, de hecho me había gustado mucho que Helen mirara mientras me tiraba a Mar, pero yo tenía ganas de hacerlo con ella en aquel preciso instante e iba a tener que aguantarme las ganas.
De acuerdo - accedí - Como tú quieras.
¡Estupendo! - gritó entusiasmada.
Se incorporó en el tocón, quedando de rodillas y abalanzándose sobre mí me besó con furia. Enseguida nuestras lenguas se entrelazaron, bailando juntas la danza del deseo. Yo también me había arrodillado sobre el árbol y ella se apretaba contra mí, de forma que mi erección se estrujaba contra muslo (¿alguien dudaba de si a esas alturas estaría ya trempado?). Enseguida perdí el control y llevé mis manos a su trasero que amasé con deleite. Por desgracia eso puso fin a tan lujurioso morreo.
Quieto ahí Oscar - dijo apartándose de mí - No habrá nada de eso hasta que no hayas hecho lo que te he pedido.
¿Pero cuándo? - dije desesperado, tratando de ignorar el sordo lamento de mi pene.
Dicen que no hay momento más adecuado para hacer algo que el presente ¿no?
¿Ahora? - dije asombrado.
¿Por qué no?
Porque... - la verdad es que no se me ocurría ninguna razón.
Pues ahora.
Pero, ¿cómo lo hacemos?
Veamos... - dijo pensativa - Mira, yo me voy a tu habitación, me escondo en el armario y tú traes a la chica.
Claro, y con el jaleo se despiertan nuestros padres de la siesta, nos encuentran, nos matan y después nos castigan.
Pues entonces...
¡Podríamos hacerlo en el cuarto de la chica! - exclamé, ya entusiasmado con la idea.
Pero allí serán los criados los que nos escuchen.
Pero allí no importa tanto. ¿Quién va a decir nada?
Desde luego, si ya me había liado con casi todas.
Es verdad - dijo Marta - Además, las criadas no suelen hacer siesta, se quedan en la cocina o en el cuarto de las planchas.
Pues venga.
¡Hagámoslo! - dijo Marta.
¡Hagámoslo! - coincidí yo.
Echamos a andar con presteza hacia la casa. No me podía creer lo que estábamos a punto de hacer. Mientras caminábamos, yo echaba miradas disimuladas a mi prima. Se veía que estaba muy excitada, pues tenía las mejillas con un exquisito tono rojizo y además sus pezones se marcaban claramente en su camisa. Estaba yo pensando en cómo de mojado estaría su chochito cuando se paró bruscamente.
¡Un momento! - exclamó - ¿Y a qué chica escogemos?
¡A Brigitte! - dije sin dudar.
¿Por qué a ella? - dijo mi prima un tanto escamada por mi pronta respuesta.
Porque es la más guarra de todas y no me costará mucho convencerla.
¡Ah!, vale - contestó mi prima poniéndose todavía más colorada.
Seguimos caminando con rapidez, lo que le había dicho a Marta era verdad, Brigitte era una golfa de cuidado, pero la verdadera razón era que al pensar antes en el "affaire" con la francesita en el tocón, recordé que finalmente no me la había tirado, así que...
A ese ritmo de zancada, llegamos en pocos minutos a la casa. Entramos por detrás y, sigilosamente, nos dirigimos a la cocina. Mientras yo me quedaba escondido, Marta entró a la cocina a beber agua. Brigitte no estaba allí, así que Marta preguntó por ella (era menos raro que lo hiciera ella a que lo hiciera yo, sobre todo sabiendo lo que sabían las criadas sobre mí). Le dijeron que estaba limpiando en el salón y poco después comprobábamos que así era sin que ella nos viera.
Bueno - susurró Marta - Ahora te toca a ti. Yo me voy a su cuarto a esconderme.
Vale.
Mientras se alejaba de puntillas, la seguí con la mirada, contemplando cómo se alejaba su estupendo culo; yo me mordía los labios mientras pensaba en lo formidable que sería cuando por fin fuera mío. Marta se perdió al final del pasillo, así que me dispuse a actuar. Respiré hondo y entré al salón.
Hola Brigitte - dije.
La francesita se dio la vuelta y esbozó una encantadora sonrisa al ver que era yo.
Hola, hola, señoguito - respondió.
Me dirigí hacia una silla y me senté, observándola mientras limpiaba. En esa habitación habíamos almorzado mi familia y yo hacía un rato y Brigitte estaba barriendo el suelo. Iba como siempre, con su rubio cabello recogido y vestida con su uniforme de doncella, traje negro con falda por debajo de la rodilla, delantal blanco y cofia. No era un uniforme muy usual en la España de entonces, pero Brigitte era francesa y en su país sí lo era. Además a mi abuelo (y a mí también) le gustaba mucho aquel vestido.
Permanecí mirándola sin decir nada mientras ella barría. Brigitte tampoco decía nada, pero de cuando en cuando me miraba de reojo, esbozando una sonrisilla maliciosa la mar de sexy. Por fin, se decidió a hablar:
¿Queguía algo el señoguito? - dijo con tono pícaro.
Bueno yo... - respondí dubitativo - La verdad es que...
¿Qué?
Al decir esto, Brigitte quedó de espaldas a mí, barriendo. Su culo se bamboleaba descarado al ritmo que marcaba la escoba. Yo lo contemplaba, embelesado, sin decir palabra. Brigitte volvió la cabeza y notó la dirección de mi mirada.
¿Te gusta lo que ves? - dijo agitando graciosamente el trasero hacia los lados.
Mucho - respondí absolutamente hipnotizado.
Ja, ja, me alegro - dijo riendo.
Entonces despegué los ojos de sus posaderas y los posé en su rostro.
Brigitte - dije con tono inseguro.
Dime - dijo volviéndose hacia mí y dejando de barrer.
Siéntate, por favor, que quiero hablar contigo.
Ella obedeció sin rechistar. Dejó la escoba en el suelo y se sentó en una silla cercana a la mía.
¿Qué quiegues? - dijo, aunque estoy bastante seguro de que ella sabía perfectamente lo que yo quería.
Bueno, verás... - dije con tono cohibido.
La verdad es que a esas alturas yo ya no sentía casi vergüenza en esas situaciones, pero notaba que a Brigitte le gustaba que me mostrase azorado, tímido, que fuera ella la que me enseñara.
Tranquilo - me dijo en tono suave - Cuéntame.
Respiré hondo, como decidiéndome a actuar y por fin, comencé a hablar.
Brigitte, no he podido dejar de pensar en lo que pasó el otro día.
¿A qué te guefieres? - dijo fingiendo ignorancia, la muy zorra.
Ya sabes... - dije simulando vergüenza - A lo que pasó el día de la fiesta, en los naranjos...
¡Ah, ya guecuegdo! Nuestro pequeño affaire...
¡Sí, eso! - exclamé entusiasmado.
¿Y pog qué has pensado tanto en ello?
Bueno... Es que...
¿Ummm? - inquirió la francesa.
Es que... fue maravilloso, increíble. Jamás me había pasado nada así, nunca había sentido esas cosas.
No me lo creo.
Quiero decir, que no había sentido nunca nada así, no tan fuerte al menos. No sé, estar allí, con la mujer más bonita que conozco, besándonos, tocándonos, fue... mágico.
Brigitte se echó a reír quedamente, aunque por el tenue color rojizo de sus mejillas supe que mis palabras le habían gustado.
Egues un mentigoso, Oscar. Sé que has estado con otras chicas. Vito y Mag me han contado algunas cosas, ¿sabes?
Sí - insistí yo - Pero tú fuiste la primera y eso es muy importante. Yo sólo había hecho algunas tonterías con chicas, algunos besos y cosas así, y de repente me encontré disfrutando como nunca en mi vida con una mujer tan bella... Tú me mostraste un nuevo mundo para explorar, eso es algo que nunca podré olvidar.
Ya y pog eso un gato después te follabas a Vito en el agmaguio ¿eh?
¡Pero yo no pude evitarlo! - exclamé. Piénsalo, tras nuestro encuentro me quedé excitadísimo, iba a reventar. Lo cierto es que intenté acercarme de nuevo a Noelia, pero sus padres se la llevaron a casa...
¿Noelia? - inquirió.
Sí, la chica que estaba conmigo en el tocón.
¡Ah, ya guecuegdo!
Pues eso, que tampoco logré hacer nada con ella. Entonces unos chicos me dijeron de jugar a las escondidas. Yo acepté, pensando que jugando un rato podría sacarte de mi cabeza. Me escondí en un armario y... - dije interrumpiéndome turbado.
¿Y? - dijo Brigitte muy interesada en el tema.
Pues bueno... No podía dejar de pensar en lo que había pasado, mi... bueno, mi picha estaba muy dura, así que yo... - me detuve de nuevo.
¡Dime, dime!
Pues eso... empecé a tocarme - mentí.
¿Tocagte?
¡Sí! ¡Coño, Brigitte, empecé a hacerme una paja!
¡Ah, ya! - dijo riendo, fingiendo estar sorprendida.
Entonces llegó Vito y me encontró.
¿Te pilló cascándotela?
Creo que no se dio cuenta, porque estaba muy oscuro. Yo tenía la cabeza un poco ida, estaba muy excitado, así que prácticamente la obligué a meterse conmigo dentro. Después de un rato, bueno...
¿Sí? - dijo pícaramente.
Pues eso, ¡follamos!
Ja, ja.
No te rías - dije azorado.
¿Y qué tal?
Estuvo muy bien, pero era mi primera vez y creo que pudo haber estado mejor. El armario era un poco incómodo. Además...
¿Sí?
No sé, fue un poco decepcionante - mentí - Yo pensaba que había logrado seducir a Vito, pero luego resultó que la habías mandado tú.
Ya, y eso no te gustó, tu prefiegues seducig a la chica ¿vegdad?
Sí, como contigo.
Ella me miró sonriente un segundo.
¿Y con Mag?
Fue una confusión. Creí que era Vito y me metí bajo la mesa de la cocina y le gustó tanto que...
Sí - me interrumpió Brigitte - Ya me lo ha contado. Y es que egues tan bueno con la boca...
Mientras decía eso, Brigitte se inclinó hacia mí, y echándome los brazos al cuello, me besó tiernamente. Yo deseaba mucho más, pero decidí dejarla llevar la iniciativa. Fue un beso suave, dulce, diría que incluso casto, me extrañó un poco en aquella mujer tan lujuriosa, aunque en absoluto me desagradó.
El beso duró algunos segundos, hasta que Brigitte separó sus labios de los míos y me miró a los ojos acariciándome la nuca con sus ligeros dedos.
Y ahoga has venido a tegminag lo que empezaste ¿eh?
Yo me limité a asentir con la cabeza.
De acuegdo. La vegdad es que estaba deseándolo.
Brigitte se levantó de su silla y quedó de pié frente a mí. Me miró durante unos segundos y entonces se inclinó, llevando una mano hasta mi paquete que acarició tiernamente. Cuando notó que aquello comenzaba a adquirir tamaño, dejó de tocarme y se incorporó. Agarró entonces el borde de su falda y se la subió hábilmente hasta la cintura, enrollándola.
Ante mí volvieron a mostrarse aquellas fascinantes piernas, aquellos muslos torneados, perfectos. Mis ojos se fueron directamente a su entrepierna, pero sus bragas me impedían contemplar el objeto de mi deseo. En esta ocasión Brigitte llevaba unas bragas bastante corrientes, no de lencería fina como las que yo aún conservaba y tampoco llevaba medias. Era lógico, no se iba a poner su mejor ropa interior en los días de diario.
Yo estaba embelesado, me había olvidado por completo de mi prima. Brigitte abrió sus piernas y se sentó a horcajadas sobre mis muslos, comenzando a continuación a besarme apasionadamente mientras acariciaba mi espalda con sus manos. Yo, sin pensar, le devolví el beso con lujuria. Llevé mis manos hasta su trasero y comencé a amasar y estrujar aquellas nalgas duras y firmes.
Nuestras lenguas se retorcían unidas, mezclando nuestras salivas, saboreándonos el uno al otro. Mi polla estaba ya durísima y se apretaba a través de mi pantalón contra el pubis de Brigitte; mi pene y su coño, pegados el uno al otro, tan próximos pero a la vez separados por la barrera de la ropa.
La pasión me desbordaba, quería a aquella hembra y la quería ya. Bruscamente, me puse en pié, de forma que casi tiro a Brigitte al suelo.
¡Eh! ¡Ten cuidado! - exclamó.
Sin decir nada, la conduje hasta la mesa del salón e hice que se apoyara en el borde, con los pies bien firmes en el suelo. Al caminar, su vestido se había desenrollado un poco, así que, tras arrodillarme frente a ella, volvía a subírselo hasta la cintura. Sin perder ni un segundo, así el borde de sus bragas y de un tirón se las bajé hasta los tobillos.
Entonces volvía a reencontrarme con el más hermoso chocho de la casa. Brigitte seguía cuidándoselo con esmero, así que allí tenía a mi disposición una raja bien depilada, con un delicioso triángulo de vello justo encima. Aquello me excitó todavía más.
Sin dudar, acerqué mi boca hasta aquel manantial del placer y de un solo lengüetazo, lo recorrí desde abajo hasta arriba, saboreando las humedades de aquella zorra en celo. Brigitte soltó un impresionante gemido de placer, sus músculos se tensaron y comenzó a balbucear en su idioma natal. Entonces recordé lo bestia que era Brigitte cuando le practicaban el sexo oral, así que decidí tomar mis precauciones.
Le quité las bragas por completo, para poder abrirla totalmente y las tiré por ahí. Levanté entonces una de sus piernas y la pasé sobre mi hombro, dejando su otro pié apoyado en el suelo. De esta forma, su coño se abría por completo, pues mientras una de sus piernas permanecía estirada, la otra abrazaba mi espalda, por lo que ella no podría cerrar las piernas salvajemente y atraparme la cabeza entre ellas como la vez anterior.
Una vez en posición, me dediqué a darle placer a la magnífica hembra. Pegué mis labios a su coño, y lo besé, como si en vez de su vagina, aquella fuera su boca. Introduje mi lengua entre sus labios vaginales, moviéndola de un lado a otro, agitándola con rapidez. Mi boca enseguida se empapó de sus jugos, se había excitado muy rápidamente y de forma brutal, estaba caliente como una perra.
Seguí deslizando con rapidez mi lengua a lo largo de su raja, estimulando cada punto, acariciando cada rincón. Sin dejar de chuparla, deslicé mi boca hasta su clítoris, atrapándolo entre mis labios, saboreándolo. Una de mis manos reposaba sobre el muslo que había en mi hombro, acariciándolo y sujetándola a la vez, para evitar que Brigitte se inclinara hacia un lado y se cayera, pero la otra mano permanecía libre, así que la conduje hasta su coño y, sin muchos miramientos, le clavé tres dedos de un tirón.
¡AH! ¡MON DIEU! ¿Qué haces? ¿Qué haces? ¿QUÉ ME HACES? - gritaba Brigitte ya completamente descontrolada.
Como esta zorra siga gritando, vamos a tener aquí a toda la casa en un momento - pensé.
Y fue ese pensamiento lo que me hizo acordarme de Marta, que debía seguir esperando en el cuarto de la francesa.
¡Mierda! - pensé - ¡Serás gilipollas!
Esto hizo que dejara de comerle el coño a Brigitte, lo que provocó sus protestas.
¿Qué haces? - decía entrecortadamente - No te pagues, maldita sea. ¡No te pagues!
Yo levanté la cabeza, mirando hacia arriba. Mi barbilla quedó apoyada justo en el coño de Brigitte, sintiéndolo latir desaforadamente. Desde mi posición, veía el torso de la criada, que subía y bajaba rápidamente, al ritmo de su agitada respiración. Como yo no seguía, ella abrió los ojos y miró hacia abajo, encontrándose con mi mirada.
¿Qué coño haces? ¿Pog qué te pagas? - dijo algo enfadada.
Para que no protestara demasiado, seguí masturbándola lentamente con mis dedos y comencé a mover la barbilla muy despacio, estimulando su vulva.
Brigitte - dije - No quiero hacerlo aquí.
¿Cómo? - dijo confusa y con razón.
Aquí puede venir cualquiera y pillarnos. Vámonos a otro sitio.
¿Qué?
Que nos vayamos a otro sitio - contesté sin dejar de masturbarla.
¡Uf, uf! - resoplaba Brigitte cerrando los ojos - ¿Adónde?
No sé, a tu cuarto por ejemplo, las criadas están todas en la cocina y seguro que allí no nos molestan.
Ella tardó unos segundos en contestar, pero por fin, lo hizo afirmativamente.
Vale, vamos donde tú quiegas, pego primero tegmina lo que has empezadooooo... - dijo mientras yo le clavaba profundamente mis dedos.
Como quiera que me pareció un trato justo, volví a deslizar mi barbilla por su raja mientras conducía mi boca de nuevo a su entrepierna. Como no quería hacer esperar más a mi prima, empecé a comerle el coño con vigor, para obtener un orgasmo rápido.
Mis renovados esfuerzos se dejaron notar en el volumen de sus gemidos, que subió ostensiblemente. Yo comía y comía de aquel empapado coño, como si en ello me fuera la vida, mis dedos parecían pistones, entrando y saliendo a toda velocidad de su cálida gruta. Estaba claro que aquella chica no iba a aguantar mucho y desde luego no me decepcionó, tras un par de minutos de feroz mamada, Brigitte llegó al clímax.
¡MON DIEU! ¡OUI, OUI! ¡Así, así, ASÍIIIIIIIIIII! - aullaba.
Se mojó increíblemente, sus jugos resbalaban por mi boca, deslizándose por mi barbilla, por mi cuello, manchando incluso mi camisa. La sangre me latía en los oídos, la cabeza me daba vueltas, por lo que los gritos y gemidos que Brigitte profería me llegaban amortiguados, lejanos. En ese momento, todo mi mundo se reducía a aquel pedazo de coño, húmedo y caliente, profundo y lujurioso.
Como un zombi, sin pensar, me separé de Brigitte y me puse en pié. La francesa se dejó caer hacia atrás, tumbándose sobre la mesa, las piernas colgando del borde. Enseguida desabroché los botones de mi pantalón, liberando mi polla de su encierro. Me coloqué entre las piernas de Brigitte y, agarrándomelo por la base, comencé a apuntar mi cipote en la entrada del chocho francés.
Brigitte, al notar mis maniobras, se incorporó sobre la mesa y, afortunadamente, me detuvo, porque si no, me la hubiera follado allí mismo, sin importarme en absoluto mi prima.
¡Espegua, quieto! ¿No habías dicho de ignos a mi dogmitoguio? - exclamó sorprendida.
Me da igual - respondí sin pensar, intentando clavársela otra vez.
¡Quieto, Oscag! - dijo mientras se sentaba en la mesa y me mantenía alejado apoyando sus manos en mis hombros.
Déjame, por favor - decía yo infantilmente - Sólo un poquito.
¿Un poquito? - contestó Brigitte riendo - ¡Ah, no amiguito! ¡La quiego entegua, pego no aquí!
Tras decir esto, se levantó de la mesa, quedando en pié frente a mí sin dejar de sujetarme por los hombros.
No seas tonto, Oscag. Miga, vete a mi cuagto que yo igué enseguida.
¿Adónde vas? - dije lastimeramente.
Voy a decigles a las otras criadas que no me encuentro bien, que voy a acostagme, así nos dejaguán tranquilos. Tú vete paga allá, que estoy allí en un minuto.
Pero...
Vamos, no quegás que nos pille tu madre como la otra vez ¿eh?
La mención de mi madre me despertó. ¡Joder! ¡Marta! ¡Cómo había podido olvidarme! Estaba claro que yo pensaba mucho más con la polla que con el cerebro.
Vale, vale, está bien... Tienes razón, te esperaré en tu cuarto.
Buen chico - dijo sonriente.
Entonces, la muy puta me lo puso todavía más difícil, frunció los morros como para dar un beso, se agachó un poco y, en vez de besarme a mí, le dio un casto beso a la punta de mi capullo, lo que hizo que eléctricas descargas recorrieran hasta la última fibra de mi ser.
Riendo, se puso en pié y se dirigió hacia la puerta, arreglándose mientras el vestido. Yo me quedé allí, idiotizado durante unos segundos, pero un súbito pensamiento penetró en mi mente: ¡Marta! Esto hizo que me pusiera en marcha; como una exhalación, recogí las bragas de Brigitte, pues ella se las había olvidado, me las metí en el bolsillo y corrí hacia el ala de los criados, hacia el dormitorio de Brigitte, hacia Marta.
Justo cuando llegué a su puerta, me di cuenta de que mi polla seguía por fuera del pantalón. ¡Menudo papelón si llego a encontrarme con alguien! Rápidamente, me la guardé y me abroché, entrando a continuación en el cuarto. Miré a los lados pero no vi a nadie, así que susurré el nombre de mi prima.
¡Marta! Soy yo.
Lentamente, la puerta del armario se abrió y apareció mi prima con cara de pocos amigos.
¿Se puede saber dónde te has metido? - dijo enfadada.
Lo siento, pero ¿qué te creías, que convencerla iba a ser fácil?
Pero, ¿lo has logrado?
Fingí dudar unos segundos antes de responder:
Me ha costado, pero sí. Vendrá en un par de minutos.
¿Adónde ha ido?
A decirles a las demás que no se encuentra bien y que se va a acostar.
Comprendo.
Así que venga, escóndete, que debe estar a punto de llegar.
Entonces Marta estiró su brazo hacia mí, y agarrándome de la pechera de la camisa me atrajo para estamparme un delicioso beso en los morros.
Buen trabajo - me dijo sonriente.
El buen trabajo te lo hacía yo a ti - pensé.
Se volvió a meter en el armario, entornando la puerta, pero de pronto volvió a abrirla y se asomó ligeramente.
Oscar, a ver si puedes hacer algo con la luz, desde aquí no veo bien.
De acuerdo - contesté.
Marta volvió a encerrarse y yo, tras echar un vistazo a mi alrededor, me dirigí a la ventana, descorriendo las cortinas para que entrase la luz de la tarde. Tras hacerlo, me senté en la cama y me dediqué a inspeccionar el cuarto.
Era un dormitorio bastante coqueto, de unos cinco metros por cuatro. La cama ocupaba el centro de la habitación, pegada a la pared norte, donde había una ventana. A su izquierda, en la pared oeste, estaba el armario en el que se ocultaba Marta. También había un tocador con cajones, un espejo y delante de él una silla. Junto a la cama había una mesita de noche, encima de la cual había una foto de gente que yo no conocía, una vela y un libro. Sobre el tocador había una jofaina y unos cuantos botes cuyo contenido me disponía a curiosear en el momento en que la puerta se abrió y entró Brigitte con los ojos brillantes.
Ya soy toda tuya, petite - me dijo.
Estupendo - respondí con una sonrisa de oreja a oreja.
Brigitte, sin dudar ni un segundo, se abalanzó sobre mí como una fiera y de un empujón me tumbó boca arriba sobre la cama. Tras hacerlo, se subió también al colchón y, alzando una pierna, se sentó a horcajadas sobre mis muslos. Echándose hacia delante, comenzó a besarme con furia, con pasión. Yo, desde luego, devolví el beso de igual forma. La falda se le había subido, así sus muslos se mostraban desnudos, por lo que llevé mis manos hasta ellos, comenzando a amasarlos con fuerza.
No, no, mon amour - me interrumpió Brigitte separándose de mí - Las manos quietas...
¿Cómo? - dije confuso.
Vamos a probag un nuevo juego.
Pero...
Shissst - siseó Brigitte poniéndome un dedo en los labios.
Me descabalgó entonces y se bajó de la cama. Se dirigió con sus andares felinos hacia la cómoda y tras buscar unos segundos en un cajón, regresó a la cama con un pañuelo muy grande en las manos.
¿Para qué es eso? - indagué.
Tranquilo, Oscag, voy a enseñagte algo nuevo.
Brigitte se sentó en la cabecera de la cama y me dijo.
Acégcate.
Yo obedecí sin rechistar, arrastrando el cuerpo hacia arriba por el colchón.
Ya es suficiente - dijo Brigitte deteniéndome - Ahoga estiga los brazos.
¿Qué vas a hacer? - dije mientras la obedecía.
Ya lo vegaaas... - canturreó la francesa.
Agarrándome por las muñecas, acercó mis manos a la cabecera de la cama y usando el pañuelo como cuerda, me ató firmemente las manos.
Intenta soltagte - me dijo.
Yo obedecí, pero el pañuelo era de seda, bastante resistente, por lo que no pude. Quizás de haberlo intentado con más violencia lo habría logrado, pero la verdad es que me interesaba mucho conocer el final de aquel juego.
No puedo - dije tras forcejear unos instantes.
Bien - dijo Brigitte sonriente - Ahoga egues tooooodo mío.
Se recogió entonces la falda y volvió subirse a horcajadas sobre mí, esta vez sobre mi pecho. Su trasero reposaba directamente sobre mi estómago, siendo el peso más agradable de toda mi vida.
Has sido muy malo, le has hecho cosas feas a la pequeña Brigitte, así que te megueces un castigo - dijo melosamente.
Me encantaba cómo sonaba su nombre en francés, una tía hablando ese idioma es de lo más sexy.
¿Qué? - atiné a responder.
Pog seg malo no podrás tocagme.
¿Qué cosas malas he hecho? - dije siguiéndole el juego.
Ya lo sabes - dijo con tono de niña - Has hecho que me coggiera sin dejagme trabajag. Podrían despedigme pog eso ¿sabes?
¿Y no podrían despedirte por tirarte al hijo de los dueños?
Ummmm - dijo Brigitte mientras fingía pensar en ello - Sí, ¡pego me da igual!
Tras decir esto, se echó hacia delante y volvió a besarme con lujuria. Su lengua se introdujo en mi boca, enroscándose con la mía. Sus manos se colocaron en mis mejillas, acariciándome el rostro, mientras, yo trataba de estirar el cuello, para besarla con más fuerza, más adentro. Tras un par de minutos, volvió a incorporarse, sentándose erguida sobre mi barriga mientras deslizaba sus manos por mi pecho, jugueteando con los botones de mi camisa.
¿Qué te paguece? - me dijo.
Quiero tocarte - contesté, pugnando por deshacerme de mis ligaduras.
¡Ah, no, no, amiguito! No puedes... - respondió riendo.
Entonces quiero verte...
Se lo pensó unos segundos antes de contestar:
De acuegdo. ¿Y qué quiegues veg primego?
Tus tetas - dije sin dudar.
Egues un guaggo.
Ya me lo has dicho antes - respondí.
Esbozando una sonrisilla maliciosa, Brigitte llevó sus manos hasta los botones de su vestido y, muy sensualmente, comenzó a desabrocharlos. Poco a poco iba revelándose el contorno de sus pechos, embutidos en un sostén de color negro (esta vez sí llevaba). Una vez los hubo desabrochado todos, se abrió los bordes del vestido con las manos, mostrándome aquella excelsa parte de su anatomía.
¿Te gustan? - dijo.
No lo sé - respondí - Aún no los veo bien.
Un guaggo, un guaggo... - susurraba Brigitte mientras llevaba las manos a su espalda para desabrochar el sujetador.
Por fin lo logró, pero lo sujetó con las manos, impidiéndome ver lo que en aquel instante era el centro de todo mi universo. Lentamente, comenzó a deslizar el sostén, de forma que, poco a poco, iba logrando entrever partes de aquel magnífico par de tetas. Fue entonces cuando noté calor y humedad en mi estómago. ¡Claro! ¡Brigitte iba sin bragas! La francesa estaba sentada directamente sobre mí, con la falda recogida, por lo que su coño reposaba apoyado en mi estómago. Al estar tan cachonda, se había mojado enormemente y sus jugos estaban empezando a mojar mi camisa. Aquello hizo que me excitara todavía más, si es que era posible, así que, sin pensar, estiré el cuello todo lo que pude, tratando de alcanzar a la francesita.
¿Qué te pasa Oscag? - dijo Brigitte, algo sorprendida por mis bruscos movimientos.
¡Tu coño! - exclamé con la cabeza ida - Noto tu coño sobre mí.
Ella sonrió de la forma más pícara que imaginarse pueda y dijo:
¿En seguio?
Mientras decía esto llevó sus manos hasta el borde de su falda, quitándose el sostén de golpe y dejándolo a un lado en la cama. Levantó entonces el filo de su vestido e inclinó la cabeza, como intentando mirar debajo. Yo estiraba el cuello, mirando alternativamente sus pechos desnudos y aquella mágica oscuridad que se veía levemente bajo el borde levantado de su ropa. Ojalá hubiera tenido cuatro ojos para verlo todo a la vez.
Pues es vegdad - dijo con aire filosófico - Te estoy manchando la camisa ¿ves?
Al decir esto, levantó todavía más su vestido, con lo que pude ver perfectamente su coño, absolutamente empapado, brillante, descansando apoyado contra mí. La muy zorra comenzó entonces a mover las caderas adelante y atrás, frotando sus hinchados labios vaginales contra mi cuerpo, excitándome con su calor, con su humedad.
¡Ah, qué descuidada soy! ¡Te estoy empapando! - dijo sin dejar de mirarse la entrepierna.
A esas alturas yo resoplaba como un toro enfurecido, tiraba con fuerza del pañuelo, sólo pensaba en coger a aquella zorra que me estaba volviendo completamente loco y follármela ya. Maldecía la hora en que permití que me atara, estaba tan excitado que empecé incluso a hacerme daño con el rozamiento de las ataduras. Brigitte se dio cuenta de esto y trató de serenarme.
Shisst. Tranquilo, mi niño - me susurró acariciándome el rostro - Te vas a haceg daño y esto es sólo un juego. ¿Quiegues que te suelte?
Aquello tuvo la virtud de calmarme un poco. Sopesé la posibilidad de que me soltara y clavársela ya, pero me di cuenta de ella disfrutaba mucho con esos jueguecitos. Además, estaba Marta (de la que no me había acordado en absoluto desde que la francesa entró a la habitación), que sin duda disfrutaría más con un largo espectáculo. Y también tenía que reconocer que yo me lo estaba pasando muy bien.
No, no lo hagas - respondí - Sigamos con el juego, pero, por favor... ¡No te pases, que estoy a punto de reventar!
¡Estupendo! - dijo una sonriente Brigitte - ¿Qué quiegues que haga?
Quiero verte - repetí.
De acuegdo.
Brigitte se puso entonces de pié en la cama, con un pié a cada lado de mi cuerpo. Al levantarse, la falda del uniforme se desenrolló, tapándome la visión de sus cachas. Abrió entonces los últimos botones del vestido y se lo sacó por la cabeza, quedando completamente desnuda. Allí estábamos, yo atado a la cama, y ella de pié sobre mí, preciosa, una auténtica diosa del sexo.
Suéltate el pelo - le dije.
Ella obedeció con presteza, deshaciendo el moño que sujetaba su rubio cabello, que cayó en dorados bucles sobre su espalda. Yo miraba hacia arriba, absolutamente embelesado por su belleza. Era hermosa, una visión celestial, sus piernas eran simplemente perfectas y se elevaban como columnas junto a mis costados; entre sus muslos se veía su dorada gruta, perfectamente afeitadita, con los labios hinchados, deseosos, entreabiertos; su vientre, liso, precioso, con un ombligo de lo más erótico; sus pechos, plenos, redondeados, con areolas rosadas y los pezones erectos, apuntando al frente; y encima de todo, su rostro, sudoroso, excitado, mirándome con ojos brillantes, orgullosos, ya que podían leer la profunda admiración en los míos.
Date la vuelta, quiero verte por detrás - le dije.
Me obedeció sin mediar palabra, se giró de pié sobre la cama, intercambiando la posición de sus pies a mis costados y así pude constatar que su retaguardia no desmerecía en absoluto al resto de su anatomía. Su trasero respingón era precioso, se erguía descarado sobre mí, haciéndome soñar con prohibidos placeres. Incluso su espalda me resultaba sensual, con los omóplatos perfectamente marcados, deliciosa.
La contemplaba extasiado, era un espectáculo sublime el contemplar a aquella exuberante hembra desde esa posición, pero yo sabía que aquel espectáculo no era sólo para mí, pues mi prima sin duda no se estaría perdiendo detalle de todo aquello, lo que hacía que me pusiera todavía más caliente. Tras unos segundos, Brigitte volvió a girarse, mostrándome de nuevo su delantera.
¿Qué te paguezco? - dijo.
Hermosa - contesté con un hilo de voz.
Brigitte rió encantada y susurró:
Ahoga vamos contigo.
Tras decir esto se dejó caer sobre mí.
¡Uufff! - resoplé - Cuidado, que me matas.
Pegdona - dijo riendo - me dejé llevag. ¡Miga, voy a compenságtelo!
Esta vez se tumbó directamente sobre mi pecho, su coño quedó pegado a mi polla, que lloraba para que la liberasen de su encierro; su pecho quedó apretado contra el mío mientras su dueña volvía a besarme con pasión. Enseguida abandonó mis labios y comenzó a besarme todo el rostro, mientras yo pugnaba por saborearla de nuevo.
Comenzó entonces a besar y lamer una de mis orejas. Fue sorprendente el averiguar lo increíblemente excitante que puede ser que una mujer te haga esto. Giré un poco la cabeza, para que le fuera más fácil y ella lo aprovechó, mordiéndome y chupándome la oreja. Mientras lo hacía me susurraba:
Ahoga vegás lo que te voy a haceg. No olvidagás esto jamás.
Se deslizó entonces un poco hacia abajo, besándome el pecho. Mientras lo hacía, fue desabrochando los botones de mi camisa, con lo que comenzó a lamer y acariciar mi pecho. Descubrió mis propios pezones y se dedicó a estimularlos con la punta de la lengua, lo que me resultó muy placentero. Me chupaba por todas partes, haciéndome sentir la tremenda habilidad de su lengua, y yo allí, sin poder responder a sus caricias y reventando por hacerlo.
Siguió deslizándose hacia abajo y, a medida que se aproximaba a mi entrepierna, más tenso y excitado me sentía yo. Se entretuvo sin embargo en mi ombligo, metiendo la lengua en su interior, lo que me provocó un cosquilleo de los más sexy, que hizo que me retorciera como una anguila. Por fin, llegó al borde de mi pantalón y allí se detuvo. Se arrodilló sobre el colchón, justo a mi lado y, llevando una mano hasta mi entrepierna, comenzó a deslizarla sobre mi miembro. Me frotaba la polla sobre el pantalón con la palma abierta, lo que enviaba descargas de placer a mi obnubilado cerebro. Entonces apretó la mano, agarrando mi pene con firmeza, describiendo su contorno por encima de la ropa y comenzó a masturbarlo lánguidamente.
Paguece que tu amiguito va a estallag ¿eh?
Brigitte... Por favor... - atiné a balbucear.
Tranquilo caguiño.
Por fin pareció decidirse. Sus diestras manos abrieron mi cinturón y desabrocharon mis pantalones, bajándolos lentamente hasta mis tobillos y quitándomelos por completo. Después repitió el proceso con mis calzones, pero se quedaron enganchados en mi torturado pene, así que tuvo que manipular mi polla para liberarlos, lo provocó nuevos pinchazos de placer. Por fin, los soltó y fue deslizándolos lentamente por mis piernas, de forma absolutamente enloquecedora.
Mi polla surgió orgullosa de su cautiverio, estaba completamente enhiesta, pegada a mi ingle, con el rojo capullo asomando, brillante por los líquidos preseminales que de allí habían surgido. Brigitte se colocó a cuatro patas a mis pies, quedando mis piernas entre las suyas. Yo miraba hacia abajo, contemplando sus maniobras. Sus pechos colgaban sobre mis rodillas, como fruta madura; sus ojos estaban fijos en mi erección, mirándola fijamente, con el brillo de la lujuria reflejado en ellos.
Colocó sus manos a los lados de mis caderas y poco a poco, aproximó su boca a mi entrepierna. Por fin, alcanzó su destino; apoyó la lengua en la base de mi miembro, y lentamente, la lamió desde abajo hasta la punta, como su fuese un helado. Comenzó entonces a chuparla muy despacio, con su lengua, con sus labios, pero sin emplear nada más, pues sus manos seguían apoyadas en el colchón.
Yo estaba enfebrecido, quería que se la metiera ya en la boca, que dejara de torturarme, pero Brigitte tenía otros planes. Siguió lamiendo y chupando, sin llegar a introducírsela en la boca, sin tocarla con sus manos. Sólo sentía su lengua, chupando, explorando, lamiendo.
Entonces, por fin, introdujo mi glande entre sus labios, y mientras lo mantenía así, comenzó a describir movimientos circulares con su lengua alrededor de él. Poco a poco fue levantando mi polla, poniéndola en vertical, usando para ello tan sólo su boca. Cuando la tuvo en posición, se la tragó entera, apretando con fuerza los labios mientras lo hacía, deslizando su boca por todo el tronco, ciñéndolo con su garganta, hasta que llegó hasta el fondo. Se mantuvo así unos segundos, haciéndome sentir el calor y la humedad de su boca alrededor de mi polla, que estaba a punto de estallar.
Por fin empezó una mamada en toda regla, subiendo y bajando sobre mi cipote, chupando, mordiendo, lamiendo, pero siempre con la boca, sin separar las manos del colchón. Era increíble, aquella tía era tan hábil con la lengua como cualquier otra persona lo sería con las manos.
Yo tenía los ojos abiertos, contemplado absolutamente alucinado sus geniales maniobras; entonces, por el rabillo del ojo, noté cierto movimiento. Desvié mi mirada y pude ver a mi prima Marta, con el torso fuera del armario, estirándose para poder ver lo que en la cama sucedía.
El corazón me dio un vuelco, miré a Brigitte por si ella también se había dado cuenta, pero la francesa tenía los ojos cerrados, completamente enfrascada en la tarea de chuparme la verga.
Disimuladamente, hice gestos con la cabeza a Marta para que se escondiera otra vez, pero la chica estaba como hipnotizada, ni siquiera me veía, o al menos, no me veía de cintura para arriba.
Pero yo sí la veía a ella, estaba absolutamente excitada. Comprendí que había estado masturbándose dentro del armario, pues llevaba los botones de la camisa abiertos, y sus pechos asomaban por el escote, libres del encierro del sostén.
Tras uno o dos minutos de estar así (Dios, se me hicieron eternos, porque si Brigitte pillaba a Marta nos la íbamos a cargar) por fin Marta percibió mis movimientos y pareció despertar. Puso cara de sorpresa, como si no supiera qué hacía fuera del armario y rápidamente volvió a ocultarse dentro, entornando la puerta.
Yo respiré por fin tranquilo y me di cuenta de que aquel pequeño episodio había contribuido un tanto a relajarme, pues había estado más pendiente de Marta que de Brigitte. Esa era la única razón de que la habilidosa francesa no hubiera logrado aún que alcanzara el orgasmo.
Esta misma circunstancia debió extrañar a la chica, pues entonces separó su boca de mi polla y me dijo:
Paguece que aguantas mucho Oscag. ¿Es que no te doy gusto?
Eres absolutamente increíble Brigitte - contesté - Me estás proporcionando el mayor placer de mi vida.
¿Entonces?
Estoy tratando de aguantar, pues no quiero correrme sin habértela metido antes.
¿Qué quiegues? ¿Coggerte dentro? Lo siento pequeño, pego eso no puede seg... - dijo extrañada.
No, no es eso, es sólo que quiero sentirte ahora, cuando aún estoy en plenitud de mi vigor, antes de correrme.
Ella sonrió ladinamente.
De acuegdo, mon amour.
Estupendo - respondí expectante.
Brigitte comenzó a caminar a cuatro patas sobre el colchón, deslizándose hacia mí como una tigresa en celo. Por fin, se subió a horcajadas sobre mí, dejando su coño apoyado sobre mi polla.
Así que quiegues metégmela ¿eh? - dijo zalamera mientras deslizaba sus caderas adelante y atrás, frotando su chocho contra mi erección.
Por favor... Brigitte...
Vale, vale, ya voy.
Se incorporó entonces sobre mí, levantando un poco el culo. Su coño estaba justo sobre mi torturada polla. Llevó una mano hasta ella, y tomándola de la base, la apuntó bien a la entrada de su vagina. Yo sólo esperaba que Brigitte se empalara de una vez, pero ella quería torturarme un poco más.
¿Segugo que es esto lo que quiegues? - dijo sin dejarse caer todavía.
Por favor... - gemía yo, tratando de levantar el trasero para poder meterla por fin en caliente.
Brigitte aún esperó unos segundos más, antes de hacer lo que todo mi ser deseaba.
De acuegdo - susurró - Allá voy.
Mientras con una mano mantenía derecha mi polla, con la otra se separaba bien los labios del coño. Poco a poco, fue bajando el cuerpo, de forma que la punta de mi polla la penetró sin problemas. Brigitte no se detuvo, sino que siguió deslizándose lentamente, hasta que su entrepierna quedó bien pegada a la mía, con mi picha completamente enterrada en sus entrañas.
Ufffff - resoplé.
Oui, mon petite - susurró ella.
Nos quedamos quietos durante unos segundos. Brigitte echó el torso hacia delante, quedando su pecho recostado sobre el mío. Yo tenía los ojos cerrados, sintiendo cómo su chocho se amoldaba a mi pene, como lo mojaba, cómo lo calentaba.
Eres increíble, Brigitte - gemí.
Y tú mon amour - respondió ella.
Tras decir esto, me besó dulcemente en los labios y mientras lo hacía, comenzó a mover sus caderas lenta y cadenciosamente. Mi polla se deslizaba en ella como en un tarro de miel, era espeso y exquisito, la mejor sensación del mundo.
Brigitte fue excitándose más y más, y al hacerlo fue incrementando el ritmo de sus movimientos. Al poco tiempo, estaba sentada completamente erguida sobre mí, con las rodillas apoyadas en el colchón, a los lados de mis caderas y cabalgando mi polla como una posesa.
¡SÍIIIII! - gritaba - ¡Así, así, ASÍIIIIIIIII!
Yo sólo atinaba a gruñir y resoplar. La francesa botaba como loca, incluso me hacía daño, pues pesaba más que yo, pero no me importaba en absoluto. Sus tetas saltaban enloquecidas, con los pezones duros, enhiestos. Yo sólo deseaba agarrar aquellas tetas, estrujarlas, chuparlas, pero no podía, pues seguía atado a la cama.
Noté entonces que mis cojones iban a entrar en erupción, por un loco e intenso segundo, consideré la posibilidad de correrme dentro de ella, sin duda sería la culminación perfecta a un polvo perfecto, pero afortunadamente el poco sentido común que aún me quedaba acudió en mi ayuda.
¡BRIGITTE! - grité - ¡Me corro, me corro!
La francesa me descabalgó como movida por un resorte. Se colocó a mi lado de rodillas y agarrando mi polla con una mano, comenzó a pajearla con furia. Llevó entonces su mano libre hasta su chocho, y sin dudarlo un segundo, se clavó tres dedos en el coño, masturbándose ella a la vez que lo hacía conmigo.
Aquello fue demasiado para mí y mi polla comenzó a vomitar leche desaforadamente. Mi corrida pareció enloquecer a Brigitte, que siguió pajeándome con violencia, apuntando mi cipote hacia ella, de forma que el semen que salía disparado iba a estrellarse directamente contra su cuerpo.
Mientras me corría, ella no paraba de despotricar en francés, masturbándose con tal velocidad que su mano parecía un borrón en el aire, así de rápido la movía. Por fin, ella alcanzó también el orgasmo, con fuerza, brutalmente.
¡DIOS! ¡ ¡DIOS! ¡ME COGGOOOOOO! - aullaba.
Su orgasmo duró muchísimo. Tras el clímax, Brigitte se derrumbó sobre mí, enterrando su rostro en mi cuello. Sensuales espasmos recorrían su cuerpo a medida que iba poco a poco serenándose y juraría que incluso la escuché sollozar un poco en mi oído.
Yo me encontraba extrañamente sereno, como si la febril excitación de segundos antes hubiera aclarado mi mente. Eché un vistazo hacia el armario y comprobé que la puerta, si bien un poco más abierta que antes, seguía ocultando a Marta. Más tranquilo tras esto, noté que seguía cachondo, quería más, pero Brigitte no parecía estar por la labor, pues seguía jadeando, derrumbada sobre mi pecho. Consideré el dejarlo allí, levantarme y follarme a Marta en otro sitio, pero algo en mi interior me decía que Brigitte se merecía un repaso aún mayor, así que decidí hacerle caso a esa vocecilla.
Brigitte - susurré.
¿Ummmm? - balbuceó ella, alzando levemente la cabeza.
Suéltame, por favor, el pañuelo me hace daño.
Espega - respondió.
Lánguidamente, la doncella se estiró en la cama, tratando de alcanzar la cabecera de la misma. Le costó bastante esfuerzo, pero al fin lo logró. Tras forcejear unos instantes con los nudos, consiguió soltarlos y tras hacerlo, se derrumbó nuevamente a mi lado, con un brazo recostado sobre mi pecho.
Terminé de soltarme yo solito y me revisé las muñecas. Tenía una marca rojiza alrededor de las mismas, allí donde el pañuelo me había ceñido. Dolorido, me froté las muñecas como buenamente pude. Brigitte se movió entonces, girando el cuerpo y quedando acostada a mi lado, mirándome.
¿Qué te ha paguecido lo del pañuelo? - dijo.
Ha sido muy excitante, era enloquecedor, desear tanto tocarte y no poder hacerlo...
¿Vegdad que sí? Otro día me atas tú - dijo picarona.
Vale.
Yo también me tumbé, frente a ella, y, descuidadamente, posé una mano en su cadera, comenzando a acariciarla muy despacio. Nuestros ojos se miraban fijamente, y pude notar el brillo verdoso que había en el fondo de los suyos y nuevamente pensé en lo increíblemente guapa que era aquella chica.
Ummmm - dijo Brigitte desperezándose - Estoy hecha polvo...
Ponte boca abajo - le dije - Te daré un masaje.
¿Sabes tú dag masajes? - dijo mientras me obedecía.
No lo he hecho nunca - respondí - Pero de alguna forma hay que aprender...
Eso es vegdad.
Se colocó boca abajo sobre el colchón. Recogió los brazos y los usó a modo de almohada para reposar la cabeza. Esta vez fui yo quien se sentó a horcajadas sobre sus muslos, teniendo todo su cuerpo a mi completa disposición.
Sin esperar, me eché hacia delante, llevando mis manos hasta su nuca, que comencé a acariciar delicadamente. Como su pelo me estorbaba, lo aparté hacia un lado, depositándolo sobre su hombro. Continué acariciándole la espalda, los hombros, el cuello, y no debía de estar haciéndolo muy mal, porque al poco rato Brigitte ronroneaba como un gatito.
Ummm - decía - Tus dedos son mágicos...
Shissst, relájate y disfruta.
Comencé a deslizar mis manos por sus costados, acariciando sus pechos por los lados, lo que le provocaba a Brigitte deliciosas cosquillas que hacían estremecerse su cuerpo, volvía entonces a su espalda, sus omóplatos, bajaba recorriendo su columna con un dedo y finalmente, llegaba hasta su trasero, que amasaba con ambas manos antes de volver arriba y repetir el proceso.
Así estuvimos durante un rato, ella disfrutando con mi masaje y yo disfrutando con su cuerpo. Poco a poco mi pene comenzó a volver a la vida, que en definitiva era lo que yo pretendía. Comencé entonces un masaje mucho más íntimo. Inclinándome, besé su cuello con delicadeza, sus sienes, sus orejas, aplicándole el tratamiento que ella misma me había dado un rato antes. Mis manejos habían comenzado a poner a tono a Brigitte, que jadeaba y gemía quedamente. Comencé a acariciarla usando mi lengua como instrumento, saboreándola. Estaba muy salada, debido al sudor provocado por nuestra tórrida fiestecita. Fui bajando con mi lengua por toda su espalda y por fin llegué a mi objetivo, su espectacular trasero.
Levanta el trasero - le dije.
¿Cómo? - dijo algo despistada.
Que levantes el culo.
¿Pog qué? - preguntó mientras obedecía.
En vez de responderle, actué. Cogí la almohada de la cama y la puse bajo su ingle, para que su culo quedara un poco levantado. Esto hizo que Brigitte comprendiera mis intenciones.
¡Ah no, amiguito! - exclamó - Esto ya es demasiado.
¿Por qué? ¿Acaso no te lo estás pasando bien?
Sí, bueno, pego... - respondió algo confusa.
Pues entonces, ¿qué hay de malo? ¿Acaso es tu primera vez?
No, bueno... Yo...
Mira, si en algún momento no te gusta, me lo dices y paro ¿vale?
Vaaaale - concedió por fin.
Al estar de espaldas, Brigitte no pudo ver la sonrisa triunfal que había en mis labios. Lo que hice fue agarrar cada nalga con una mano, separarlas bien y hundir esa sonrisa justo en el medio. Mi lengua buscó enseguida su ano y comencé a lamerlo delicadamente. Cuando estuvo bien mojado, me separé un poco y llevé una mano hasta él, recorriendo su contorno con el índice. Tras unos segundos, se lo metí dentro, comenzando a meterlo y sacarlo con cuidado. Su ano apretaba mucho mi dedo, pues el cuerpo de Brigitte se había tensado tremendamente.
¿Te duele? - le pregunté.
No, no, es muy bueno...
¿Sigo?
Sí, sí, no pagues. ¡Aahhh!
Estuve así durante un par de minutos, dilatando poco a poco su trasero. Cuando pensé que estaba listo, metí un segundo dedo y poco después, un tercero.
Brigitte seguía demasiado tensa. Yo no comprendía por qué, pues por sus gemidos yo deducía que aquello le estaba gustando. Lo que hice fue llevar mi mano libre hasta su chocho, apoyado contra la almohada, y comenzar a estimularlo. Apoyé la palma de la mano en su vulva y los 4 dedos superiores directamente sobre su clítoris. Comencé a frotar los dedos en movimientos circulares, mientras apretaba con fuerza la mano contra su coño. Aquello le encantó a Brigitte, que enseguida resoplaba y jadeaba como una burra.
¡Oh Dios! ¡Qué bueno! - gemía.
Su coño pronto estuvo otra vez bien mojado y su cuerpo mucho más relajado, así que decidí que había llegado el momento. Me incorporé y me coloqué de rodillas tras ella. Llevé la mano empapada de su coño hasta mi cipote, extendiendo sus jugos por él. Apoyé entonces la punta de mi verga en su ano y empujé hasta que entró el glande completo.
¡AAAHHHH! - exclamó Brigitte.
¿Te duele? - dije preocupado.
Un poco - dijo en voz baja - Pero no te pagues.
Yo, algo mosqueado, obedecí. Poco a poco fui empujando, clavándosela entera, hasta que mis huevos quedaron apretados contra su culo.
¡Uuffff! - resoplé.
Me eché entonces un poco hacia delante, metiendo mis manos bajo ella y apoderándome de sus tetas, que estaban apoyadas contra el colchón. Brigitte no decía ni mu, aunque yo notaba que su cuerpo había vuelto a tensarse, lo que apretaba mi polla de una forma muy placentera.
Poco a poco, fui sacándosela del culo, y cuando tuve media polla afuera, volví a enterrársela de golpe, lo que arrancó a Brigitte un auténtico grito de dolor.
¡Ayyyyy!
¿Te he hecho daño? - dije.
¡No, no! - contestó ella, aunque yo pensé que mentía.
¿Seguro?
¡Sí, sí! Pego ve despacio.
Así lo hice. Comencé a meterla y sacarla con lentitud, pero el cuerpo de Brigitte no se relajaba, no disfrutaba, así que yo tampoco lo pasaba bien, preocupado por si estaría o no haciéndole daño. Entonces fue cuando, fugazmente, Brigitte volvió un poco el rostro hacia un lado y pude notar el rictus de dolor que había en su expresión, incluso con algunas lágrimas en los ojos.
¡Dios mío! ¿Qué estoy haciendo? - pensé.
Con mucho cuidado, se la saqué por completo a Brigitte y me dejé caer junto a ella.
¿Qué haces? - dijo con sorpresa.
¿Qué haces tú? Dios mío Brigitte, si estás llorando - dije al constatar que efectivamente había lágrimas en sus ojos.
Ella se limpió los ojos frotando la cara contra las sábanas y giró la cara de forma que quedaba de espaldas a mí. Yo, sin dudar, sujeté su cabeza y la obligué a mirarme a los ojos.
¿Se puede saber qué te pasa? - pregunté confundido.
Yo... Lo siento...
Que sientes ¿el qué?
Yo... Pog detrás... No puedo...
A ver Brigitte, siéntate - dije haciéndolo yo a mi vez.
Ella me hizo caso y se sentó en el colchón frente a mí.
Ahora cuéntame qué te pasa.
Ella dudó unos segundos, y entonces comenzó a hablar.
Yo... Vegás Oscag... Me cuesta mucho haceglo pog detrás. Mi culo es muy estrecho y me duele cuando lo hacen...
¿Y por qué no me lo has dicho?
No sé... Es que egues tan dulce... Contigo me siento... No sé... Hegmosa, deseada, y pensé que contigo tal vez podría. Y además, al principio me gustaba de vegdad, estaba un poco negviosa y eso, pego ega placentego; pego cuando me la metiste...
Eres tonta Brigitte ¿cómo iba yo a disfrutar mientras tú lo pasas mal?
¿Ves? - dijo ella acariciándome el rostro - A eso me guefiero, pocos hombres seguían tan atentos, sólo se preocupan de disfrutag ellos sin tenegme en cuenta a mí.
Pero yo no soy así.
No, no lo egues.
Una súbita duda asaltó mi cerebro.
¿Y mi abuelo? - pregunté sin pensar.
Aquello sorprendió un poco a Brigitte, pero enseguida sonrió y contestó sin dudar:
No, tu abuelo tampoco. El jamás ha intentado sodomizagme, pues sabe que me duele.
Bien - dije respirando más tranquilo.
Ella me contempló durante unos segundos, recorriéndome entero con la mirada, de forma que incluso me sentí un poco incómodo.
¿Qué miras? - pregunté.
A ti. Estás hecho ya todo un hombre.
Gracias - dije sinceramente halagado.
Además - continuó ella - Algo habrá que haceg con esto ¿eh?
Mientras decía esto, llevó su mano hasta mi pene, que seguía erguido y lo acarició deliciosamente.
¿Seguro que quieres seguir? - pregunté ilusionado.
¡Clago, hombre! ¡No voy a dejagte así, ¿no?!
¡Estupendo!
De un salto me arrodillé sobre la cama, con mi polla en ristre. Dando palmaditas sobre el colchón, le indiqué que volviera a tumbarse. Ella me obedeció y se recostó, pero yo la empujé haciendo que se pusiera boca abajo.
Levanta y ponte a cuatro patas, por favor - le dije.
No igás a intentaglo de nuevo ¿eh? - dijo dubitativa.
Tranquila, confía en mí.
Ella desde luego lo hizo. Se colocó a cuatro patas en el centro de la cama. Estaba buenísima, con las tetas colgando como cocos de una palmera y el culo erguido y respingón.
¡Así, perfecta, no te muevas! - exclamé.
Me coloqué de nuevo detrás de ella y volví a repetir el proceso anterior. Con mi lengua chupaba su culo, su raja, y con una mano le estimulaba la vulva, separando bien sus labios. En menos de un minuto, la chica estaba de nuevo a punto, olvidado ya el dolor anterior. Ni corto ni perezoso, me situé en posición y metí mi polla entre sus piernas, buscando la entrada de su cueva.
Ella colaboró en el proceso, pues llevando una mano entre sus piernas, fue la encargada de colocar mi polla en su entrada, dejando así mis manos libres para apoderarme de sus tetas. Entonces, y de forma simultánea, yo empujé hacia delante y ella echó el culo hacia atrás, de forma que se la clavé en el chocho de un viaje, de forma completa e intensamente placentera.
¡AAHHHH! - gemimos los dos a un tiempo.
¡Dios, qué mojada estás! - dije yo.
¡Mon dieu, tu polla me llena entegaaaaa! - chilló ella.
Sin esperar más, comencé a taladrarla sin compasión. Ahora no había tensión ninguna en su cuerpo, no había dolor, sino sólo placer, humedad, pasión. Usando sus tetas como agarres, comencé a bombear con rapidez en su coño, produciéndose un excitante chapoteo cada vez que mi verga se hundía en su interior y mi ingle aplaudía contra sus nalgas.
Nuestros gemidos se confundían en la atmósfera del dormitorio, cualquiera que pasara por el pasillo escucharía lo que allí pasaba, pero a ninguno nos importaba, en el universo estábamos solos nosotros dos.
¿Solos? ¡No! En ese preciso instante me acordé de Marta. Me incorporé entonces, soltando las tetas de Brigitte y permanecí erguido tras ella. La así por las caderas con mis manos y manteniéndome recto, empujaba y tiraba de ella usando sus caderas como asas, es decir, en vez de moverme yo, la movía a ella.
Volví entonces mi rostro hacia el armario, mirando la raja de oscuridad tras la que se escondía mi prima. Seguí follándome a Brigitte con pasión, pero mis ojos estaban pendientes de ese armario, donde estaba mi próxima víctima.
Brigitte comenzó entonces a correrse; yo estaba tan concentrado en Marta que ni había notado la proximidad de su orgasmo, por lo que seguí bombeando intensamente, lo que llevó a la francesita a un clímax brutal.
¡AAHHHH! ¡ME COGGO! ¡ME COGGOOOOOOOOO! - aullaba.
Y mientras, yo seguía metiéndola y sacándola sin piedad, con los ojos clavados en el armario.
¡ASÍ, ASÍ, ASÍIIIIIIIIIIII! - gritaba Brigitte.
Entonces sus gemidos comenzaron a sonar ahogados. Yo miré hacia delante y vi que había enterrado el rostro en la almohada, abrazándola con furia. Alcé la vista nuevamente y vi que la puerta del armario se abría.
Con los ojos como platos vi como mi prima me miraba con ojos ardientes. Tenía la falda totalmente recogida en la cintura y una de sus manos se perdía en su coño, mientras la otra se estrujaba las tetas. Paró entonces de masturbarse y llevó la mano de su chocho hasta situarla frente a su rostro, contemplando sus propios jugos empapando sus dedos. Entonces llevó esos dedos hasta su boca y los chupó con deleite mientras no me quitaba los ojos de encima. ¡Dios! Es una de las cosas más eróticas que he visto en mi vida.
Marta hizo entonces algo que casi me provoca un infarto. Salió del armario. Con andar renqueante (supongo que estaría acalambrada de estar tanto rato allí encerrada) se acercó hacia mí. Yo no sabía qué hacer y sólo atiné a bombear más fuerte en Brigitte, colocando mis manos en su espalda para intentar que no alzara la cabeza.
Marta quedó junto a la cama, a mi lado y llevó entonces su mano hasta mi boca, donde yo la chupé sin pensar. El sabor de Marta impregnaba por completo aquella mano, era delicioso. Un segundo después, Marta retiró la mano y se dirigió hacia la puerta. Antes pasó por el armario y recogió su ropa interior, que estaba en el fondo. Cerró entonces el armario y salió del cuarto, procurando no hacer ni un ruido. Aún así, la puerta crujió un poco y Brigitte alzó la cabeza sorprendida.
¿Qué ha sido eso? - dijo.
Shissst - dije yo - Alguien ha cerrado una puerta en el pasillo. Será mejor que no hagamos mucho ruido.
Pues en ese caso...
Tras decir esto, Brigitte volvió a hundir la cara en la almohada y sorprendentemente, comenzó a gritar con fuerza contra ella, aunque claro, sus gritos sonaban amortiguados.
¿Se me escucha? - preguntó alzando el rostro.
No mucho - respondí.
Entonces no hay problema. ¡Fóllame! - exclamó y volvió a sepultar el rostro en la almohada.
Ya más tranquilo, me concentré en follarme a aquella pedazo de hembra, pero con la mente puesta en el polvazo que le iba a echar a Martita en breves instantes. Aquello bastó para ponerme cachondísimo, así que, enseguida empecé a empujar como un poseso.
Ughhhhh - jadeaba Brigitte contra la almohada.
¡Sí, eso! - gemía yo.
Volví a agarrarla por las tetas, pinzando sus pezones con mis dedos, estirándolos, lo que le gustaba mucho. Brigitte comenzó a mover el trasero de adelante hacia atrás, pero también lateralmente, lo que era placentero en extremo. Aguanté así un par de minutos más, hasta que sentí que me venía nuevamente.
Se la saqué del coño a Brigitte, dispuesto a correrme sobre su espalda, pero al parecer a la francesita le gustaba dirigir las corridas de sus amantes, pues dándose la vuelta, se sentó frente a mí y empuñando mi verga me pajeó hasta que finalmente me corrí. Los lechazos fueron de nuevo apuntados contra su rostro y sus tetas, manchándole la mano y llegando hasta su pelo y su cara. Pude ver cómo un pegote impactaba contra uno de sus enhiestos pezones y se quedaba allí colgando, como una gota en un grifo. ¡Dios, qué morbo tenía aquella zorra!
Por fin, la corrida terminó y yo me dejé caer sobre el colchón, tumbándose Brigitte a mi lado. La francesa llevó su mano desde mi polla hasta mi pecho, acariciándome y untándome a la vez con los restos de mi propio orgasmo. No me importó.
Estás agotado ¿eh? - me dijo.
Yo iba a contestar que me diera cinco minutos y que ya vería, pero entonces me acordé de Marta, que sin duda estaría esperándome por ahí.
Sí, no puedo más - dije - Eres increíble.
Tú tampoco lo haces mal - me dijo besándome.
Nos quedamos allí durante unos minutos, resoplando cansados. Cuando juzgué que había pasado tiempo suficiente para que Brigitte no se ofendiera, le dije:
Será mejor que me vaya, como mi madre se levante y empiece a buscarme...
Tienes gazón. Además, se supone que estoy mala y puede que alguien venga a veg cómo estoy.
Y no sería bueno que me encontraran aquí ¿no?
Exacto - respondió Brigitte riendo.
Me incorporé de un salto y recogí mi ropa. Aún llevaba la camisa puesta, pero los calzoncillos no logré encontrarlos.
Brigitte ¿dónde están mis calzones? - le pregunté.
Ni idea - dijo ella mirando a su alrededor - Pog ahí deben de andag. No te preocupes, yo te los guagdagué. Así, cuando me traigas mis braguitas, podemos haceg un integcambio y paságnolo muy bien ¿Oui?
Vale - dije riendo.
Terminé de vestirme (extraña sensación ir sin calzoncillos, hoy en día estoy más acostumbrado, pero aquella fue la primera vez que lo hice) y me acerqué a la cama para estamparle a Brigitte un espectacular beso en los morros, que ella devolvió con deleite.
Hasta luego, princesa - dije sonriente.
Hasta luego, ¡guaggo! - contestó riendo.
Salí de la habitación tratando de no irme corriendo en busca de Marta. Cerré la puerta tras de mí y pensé que dónde podría haberse metido la chica.
La de sacrificios que tengo que hacer por Marta - pensé divertido echando un último vistazo a la puerta de Brigitte.
La busqué por todos lados sin resultado alguno. No estaba en su cuarto, ni en el salón, ni en la cocina... Pasé entonces junto al cuarto de las bañeras, y me fijé en una pila de ropa sucia que allí había. Encima de ésta, encontré la falda que Martita llevaba esa misma tarde y rebuscando un poco, encontré el resto de su ropa, incluyendo unas braguitas empapadas.
Bueno, se ha dado un baño y se ha cambiado de ropa - pensé - ¡Mejor! ¡Limpia y fresca!
¿Pero dónde coño se había metido? La busqué infructuosamente durante un rato más, y entonces caí. ¡Claro! ¿Cómo no lo había pensado antes? ¡El eucalipto!
Como un rayo salí de la casa y corrí a través de los naranjos. Cuando perdí la casa de vista, me serené un poco y ralenticé el paso, pues tampoco era cuestión de llegar reventado junto a Marta.
Seguí andando, sintiendo la nueva y agradable sensación de ir sin ropa interior, y me puse a pensar en Brigitte. La verdad es que me había conmovido mucho el verla llorar. ¿Quién hubiera pensado que aquella mujer, lujuriosa como pocas, podría comportarse como una florecilla delicada? Después de encular a Dickie y a tía Laura no se me había pasado por la imaginación que pudiera haber una mujer que no disfrutara con ese tipo de relación, pero la experiencia me demostró que no era así. Sé que suena un poco pueril decir esto, pero recuerden que en ese entonces yo sólo contaba con doce años de edad, y aún me quedaban millones de cosas por aprender.
Ensimismado con estas cavilaciones, llegué rápidamente al claro del tocón, y efectivamente, allí estaba mi prima Marta, sentada sobre el árbol cortado.
Me aproximé lentamente, observándola. Estaba sentada sobre el tocón, con las piernas recogidas y abrazada a ellas, pensando sin duda en todo lo que había visto. Al acercarme comprobé que tenía el pelo mojado, con lo que confirmé el hecho de que acababa de bañarse. Se había puesto una falda limpia, de color verde y esta vez llevaba un suéter de color beige en vez de camisa.
Hola - dije tratando de serenarme.
Hola - respondió ella alzando la vista hacia mí.
Me senté junto a ella en el tocón, sin decir nada, mis piernas colgaban del borde, sin llegar al suelo, y yo las columpiaba distraídamente, esperando que ella diera el primer paso. Por fin, tras un par de minutos, me dirigió la palabra.
¿Te lo has pasado bien? - me dijo sin mirarme.
Sí, la verdad es que sí - respondí en tono adulto - Brigitte es muy buena en la cama.
Comprendo - dijo, y se quedó callada.
Yo esperé un par de minutos más antes de continuar.
¿Y tú? - le dije - ¿Lo pasaste bien?
Ella alzó la mirada bruscamente, mirándome a los ojos. Aunque su rostro estaba todo rojo, en el fondo de su mirada se distinguía un brillo especial, excitante.
Sí - respondió sorprendiéndome un poco - La verdad es que lo he pasado bien.
¿Cómo de bien? - insistí.
Tras dudar unos segundos, Marta contestó:
En mi vida me había sentido igual, no creo haber estado nunca tan excitada. Tenía la cabeza... no sé, ida. No sabía ni lo que hacía.
Ya me di cuenta - dije - Si vieras el susto que me diste cuando te quedaste alucinada asomando del armario.
¡Oye, que yo no me quedé alucinada! - dijo un poco indignada.
¿Ah, no? - contesté burlón - ¿Entonces por qué no me hiciste caso cuando te decía que te escondieras de nuevo?
Bueno... ¡Puede que sí alucinara un poco! - exclamó riendo.
Y no te quiero ni contar cuando saliste y te acercaste a la cama...
Ahí sí que sabía lo que hacía - dijo Marta - Llevaba tanto rato allí metida que me dolía todo, así que cuando vi que Brigitte no me veía, decidí salir y largarme.
Ya, con el vestido abierto y las bragas por ahí tiradas ¿no?
¡Oye! - dijo poniéndose aún más colorada.
¿Qué habrás estado tú haciendo ahí dentro?
¿Tú que crees? - dijo pícaramente.
No sé... Supongo que aprendiendo, ¿no era esa la razón de toda esta historia?
Bueno...
Marta volvió a quedar en silencio durante unos instantes, pero yo no quería que se perdiera la inercia de la conversación, así que ataqué.
Dime. ¿Qué has aprendido?
No sé...
¿Qué te ha parecido?
No sé... Excitante...
¿Excitante?
Sí, excitante, erótico, sensual, caliente, lujurioso, húmedo, tórrido...
¡Oye, para, para, que me estás poniendo cachondo! - exclamé.
¿En serio? - dijo Marta divertida - No puedo creerlo, después de tanta acción...
Pues ya ves...
Volvimos a quedarnos callados, resultaba un poco incómodo y yo no podía permitirlo.
Y, bueno, ¿no hay nada que quieras saber? - dije.
¿Cómo?
No sé, dijiste que querías averiguar cosas... ¿No hay nada sobre lo que quieras preguntarme?
Marta se lo pensó unos segundos y dijo:
Bueno... Sí, hay algunas cosas que quiero preguntarte.
Dispara.
Marta tragó saliva y reunió valor para enfrentarse a sus prejuicios. Pero esta ya no era la Marta de antes, esta era toda una mujer.
Verás... - dijo dudando - Me ha llamado un poco la atención...
¿El qué? - pregunté viendo que no se decidía.
Pues Brigitte... como llevaba el... ya sabes...
No. ¿Qué?
¡Ay, Oscar, no seas tonto! - exclamó molesta - Como llevaba el...
No pronunció la palabra, pero con su mano apuntó a su propia entrepierna, en un gesto de lo más erótico. Comprendí a lo que se refería, así que terminé la frase por ella.
¡Ah! Te refieres a como llevaba el pelo del coño.
¡Ay, hijo, qué fino eres! - dijo enrojeciendo - Pues sí, eso. Tenía muy poco vello ¿no?
Sí, tú tienes más... - respondí picarón.
¡Oye! - dijo dándome una palmada en el hombro mientras enrojecía todavía más.
Venga, Marta, no irás a avergonzarte a estas alturas ¿no? Pregunta lo que quieras.
Vaaale - concedió de mala gana.
Pues sí - dije con aire de profesor - Lo que pasa es que Brigitte se afeita el vello púbico, lo recorta dejando limpios los labios vaginales y dejándose sólo un triángulo justo sobre la raja.
¿Se afeita? - dijo extrañada - ¡Qué raro!
No te creas, también lo hace tu... esto...
Afortunadamente paré a tiempo, pues había estado a punto de decirle que su madre también se afeitaba el coño, y yo no estaba seguro de cómo se lo tomaría la chica.
¿Quién? - dijo interesada.
Mar, Mar también lo hace - mentí.
¡Ah! Ya veo - dijo, aunque no sé si me creyó.
¿Qué más quieres saber?
¿Y a ti te gusta?
¿El qué, que se afeite?
Sí.
Pues sí, mucho. Es algo muy sensual, un coño tiene mucho mejor aspecto así, bien cuidadito.
¿Por qué?
No sé. Verás Marta, en el sexo todo tiene mucho que ver con los sentidos, con las percepciones. Ver un chochito bien cuidado te hace pensar... no sé, que su dueña le presta mucha atención, que le gusta llevarlo arregladito para que quienes lo vean puedan disfrutarlo adecuadamente, y eso resulta excitante.
Comprendo, es algo más mental que funcional ¿no?
Bueno, en gran parte sí. Pero además, personalmente cuando practico sexo oral prefiero no tener toda la boca llena de pelos.
¿Sexo oral? - dijo extrañada.
Sí, ya sabes, cuando le como el coño a la chica. Y supongo que a vosotras os pasa igual, cuando chupáis un pene, debe ser desagradable acabar con pelos en la boca.
¡De ninguna manera voy yo a hacer algo semejante! - exclamó indignada.
Aquella conversación me estaba poniendo a tono, yo crucé las piernas para que Marta no se diera cuenta de mi incipiente erección, pues notaba que aún no había llegado el momento.
Vamos Marta, tranquila, que yo no te he pedido que hagas nada.
¡Pues bien que disfrutabas cuando ella te lo hacía!
Sí - respondí secamente - Es verdad. Que te la chupen es algo realmente increíble, muy placentero y excitante.
¡Pues yo no voy a hacértelo, será mejor que lo sepas!
¿Y qué? Mira, Marta, si algo he aprendido en esto del sexo es que lo importante para disfrutar es hacer cosas que deseen las dos personas que hacen el amor. Si tú no quieres hacer algo, no hay problema, haremos otra cosa, se trata sólo de disfrutar y pasarlo bien, no de estar a disgusto.
Ella me miró esquiva, dudando si creerse o no mis palabras.
Es que... me da asco - dijo.
Lo comprendo. No te preocupes Marta. Además, todo es empezar, verás como a medida que vayas aprendiendo y disfrutando, irás probando cosas nuevas, unas te gustarán y repetirás, y otras no y no volverás a practicarlas, pero de lo que estoy seguro es de que caerán muchos tabúes.
No sé yo... - dijo dubitativa.
¿Ah, no? - dije riendo - Pues hace unas semanas hubieras sido totalmente incapaz de hablar de sexo conmigo, y ahora mírate, aquí sentada a punto de acostarte con tu primo.
Esto hizo que Marta se levantara del tocón de un salto.
¿Acostarme? ¡De eso nada!
Ahora era yo el que estaba sorprendido y alucinado.
Pero Marta, ¿no habíamos quedado que si me espiabas con otra chica te acostarías conmigo? - dije suplicante.
Sí, ¡pero no ahora!
¿Cómo?
¡Que no ahora! Debes estar reventado, y yo aún debo prepararme psicológicamente y hacer algunas cosas.
¿Qué?
¡Que ahora no quiero, coño! - exclamó.
Pero Marta, mírame - dije arrodillándome sobre el tocón para que pudiera ver bien la tienda de campaña que había en mi pantalón - ¡No puedes dejarme así! ¡Habíamos quedado en hacerlo ahora!
¡De eso nada! Dije que me acostaría contigo, pero no cuando.
¿Y cuándo será eso? - exclamé desesperado.
¡El domingo! - gritó ella.
Su súbita y concreta respuesta me dejó callado. ¡Coño, sí que lo tenía todo calculado!
¿El domingo? ¿Y por qué el domingo? - dije.
No sé, es un buen día.
Pero hoy es miércoles...
Pero nada. Será el domingo o nunca.
¿Qué podía yo hacer? Resignado dije:
Vaaaaale. No te enfades, pero compréndeme, estoy tan cachondo que...
¿Cachondo? ¿Y cómo puedes estarlo? ¿No acabas de tirarte a Brigitte?
Sí - contesté muy serio - Y más rato que podría haber estado, pero me quedé a medias para poder estar contigo y ahora...
Pues eso - me interrumpió ella - Que no te quiero a medias, sino en plena forma.
¿Por qué? - dije algo extrañado.
Ya lo sabes - respondió Marta poniéndose muy colorada.
No, ¿por qué?
Déjame - dijo enfurruñada.
Dime - dije zarandeándola en broma de un brazo.
Entonces Marta se acercó a mí y me echó los brazos al cuello. Recostó su cabeza en mi hombro y me susurró al oído.
Porque quiero que me hagas gozar más que a ella. Quiero que me folles como nunca antes lo has hecho con otra mujer.
Aquello era demasiado para mí, mi pene iba a explotar, y es que aquella niña tenía un morbazo que...
Joder, Marta, ¡qué cosas dices! - dije alucinado mientras ella se apartaba de mí.
Pues esto no es nada, nene - respondió juguetona.
Entonces se quedó parada y me miró con expresión de extrañeza:
Oye - me dijo - ¿Cómo es que hoy te has acostado con Brigitte y estás en plena forma y el otro día te acostaste con Mar y estabas reventado?
¡Mierda! - pensé - La conversación va hacia lugares peligrosos.
Afortunadamente, respondí con presteza.
Bueno... Verás, aquel día me había hecho un par de... bueno, ya sabes, un par de pajas - dije haciendo que Marta se sonrojara - Y después vino lo de Mar, no había dormido bien con la tormenta... ¡Vaya, que estaba hecho polvo!
¡Ah! Vale.
Lo que acababa de decir hizo que se me ocurriera una ominosa idea... Follar estaba claro que no íbamos a follar, pero quizás aún podría lograr algo. Decidí ser tremendamente descarado.
Bueno, entonces no vamos a hacer nada ¿no? - dije sentándome en el tocón y desperezándome.
Oscar, no empieces otra vez - dijo ella - Ya te he dicho que tendrás que esperar.
No. Si a mí me parece bien, pero algo tendré que hacer con esto - dije señalándome el paquete.
¿Cómo?
Verás Marta, hay algo que debes saber sobre los hombres. Cuando nos excitamos mucho (y te aseguro que ahora estoy terriblemente excitado) y nos quedamos a medias, los tíos lo pasamos muy mal, resulta incluso doloroso.
¿Doloroso? - dijo extrañada.
Sí, mira, las pelotas se nos ponen muy duras, a punto de reventar y si no obtenemos alivio es algo muy duro.
¿Y?
Pues eso, que necesito aliviarme, y como tú no quieres hacerlo, pues tendré que hacerlo yo.
¡Ah! Comprendo. Vas a...
A hacerme una paja - dije interrumpiéndola.
Vale - dijo muy colorada - Pues ahí te quedas.
¡No! - exclamé yo - Quiero que te quedes.
¿Cómo?
Quiero mirarte mientras lo hago, así será más excitante. Además así podrás mirar un poco más.
Creo que ya he visto bastante por hoy, gracias - dijo ella.
Por favor Marta - dije yo - Hoy he hecho algo increíblemente estúpido por ti y mira cómo estoy por ello. Lo único que te pido es que me dejes admirarte. Por favor...
Marta aún dudó unos instantes ¿pero qué podía decir? Derrotada, asintió con la cabeza y me dijo:
Vaaaale. Eres un guarro, de verdad. A ver ¿dónde me pongo? - dijo Marta con tono resignado, aunque mi instinto me decía que la situación no le desagradaba en absoluto.
Aquí, a mi lado - dije palmeando sobre el tocón - Donde pueda verte bien.
Ella obedeció con rapidez. Se sentó en el árbol justo a mi lado y se quedó mirando mis maniobras con los ojos muy abiertos. Yo, contentísimo, no tardé ni un segundo en desabrocharme los pantalones y bajármelos hasta los tobillos. Como no llevaba calzoncillos, mi pene apareció enhiesto, duro, totalmente pegado a mi ingle. Me tumbé boca arriba en el tocón, mis piernas colgaban por un lado, pero el resto del cuerpo cabía entero. Apoyándome en un codo, erguí el tronco quedando ligeramente de costado y con la otra mano me agarré la picha por la base, haciendo que apuntara al cielo.
Miré de reojo a Marta y vi que sus ojos estaban clavados en mi verga. No se enteraba de nada de lo que pasaba a su alrededor, absolutamente concentrada en mi pito, esa niña estaba pensada para aquello.
¿Qué te parece? - dije agitándola un poco hacia los lados.
Bien... Ya la había visto antes - contestó tratando de aparentar falta de interés.
Sí, pero no tan bien como ahora. En el coche estaba muy oscuro y antes estabas muy lejos.
Bueno, sí - concedió.
¿Te gusta? - dije excitado.
No está mal.
¡Estupendo! - exclamé - Pues ahora mira atentamente.
Comencé a sobármela muy despacito, deslizando la mano a lo largo de todo el tronco, desde la base hasta la punta, pajeándome de forma muy lenta. En realidad no pretendía hacerme una paja en condiciones, sino tan sólo poner cachonda a mi prima y lo cierto es que no me estaba costando nada hacerlo.
Seguí así un par de minutos, con los ojos de mi prima fijos en mi picha, que era delicadamente acariciada por mi mano. La verdad es que me resultaba infinitamente más excitante la mirada de mi prima que las caricias que yo me estaba procurando, pero era mejor así.
Por fin, me decidí a dar un pequeño pasito hacia mi objetivo.
Marta - susurré.
¿Ummmm?
Oye, podías ayudarme un poquito ¿no?
¿Qué?
Es que así no estás muy sexy - mentí - ¿Por qué no me enseñas un poco las piernas? Así será mejor...
Marta no lo dudó ni un segundo. Se arrodilló sobre el tocón y, agarrándose el borde de la falda, comenzó a subírsela lentamente. Yo estaba ya tan caliente que el árbol podía incendiarse en cualquier momento.
Poco a poco iban mostrándoseme los deliciosos muslos de mi primita ¡Dios, qué piernas tenía! La muy zorra no se detuvo, sino que siguió subiendo y subiendo hasta que llevó su falda muy por encima de la cintura, mostrándome sus braguitas. Mis ojos se posaron directamente en ellas, eran muy corrientes, cómodas, de color blanco, pero lo que me mató fue notar la manchita de humedad que había justo sobre la raja de Martita. Eso me hizo comprender que ya era mía.
Oye - dije.
¿Sí? - respondió ella sin apartar la mirada de mi erección.
¿Por qué no me lo haces tú?
¿Cómo?
Que me lo hagas tú, anda...
De eso nada - dijo ella despertando y soltando su falda, que para mi desesperación volvió a esconder sus piernas.
Vamos, Marta. ¿Qué más te da?
Habíamos quedado en hacerlo el domingo ¿no?
Sí - asentí - Y así lo haremos, pero ya te he dicho que necesito aliviarme, y si lo haces tú será infinitamente mejor. Vamos, por favooooor...
No.
Venga, en el coche ya me lo hiciste ¿no?
Fue diferente.
¿Y qué? Te prometo que no haré nada más, pero por favor, termina tú.
Marta me miró unos segundos; yo podía leer la excitación en sus ojos, sabía que no se iba a negar, y una vez más, no me equivoqué.
Eres un salido - dijo acercándose un poco más.
¡Estupendo!
Me pegué totalmente a ella. Marta giró el tronco para quedar mirándome y dijo:
Bueno, ¿qué tengo que hacer?
Aquellas simples palabras enviaron descargas de placer a todo mi cuerpo. Mi prima era genial.
Ya sabes... Agárrala.
Muy despacio, Marta llevó su mano hasta mi sobreexcitada verga. Cuando sus dedos la rodearon, cerré los ojos extasiado y diminutos puntos de luz iluminaron mi mente. Podía sentir cómo su mano ceñía mi polla, era demasiado.
¿Y ahora?
Muévela arriba y abajo, muy despacio.
Marta, muy obediente, comenzó a seguir mis instrucciones. Su manita empezó a deslizarse sobre mi tronco deliciosamente. Yo abrí los ojos y contemplé su rostro, completamente enfrascado en su tarea. Poco a poco fue cogiéndole el tranquillo al asunto, así que el ritmo de la paja fue subiendo.
¿Lo hago bien? - me decía.
Sí, sí - jadeaba yo - Espléndidamente.
Así que Marta volvía a concentrarse en mi polla. Yo la miraba extasiado, era muy hermosa, muy sensual y a la vez muy inocente. Estaba allí sentada a mi lado con los ojos brillantes de excitación, con la boca entreabierta, jadeando levemente por el esfuerzo, con los pezones duros, marcados en su jersey. Si hay un paraíso, debe parecerse mucho a esto.
¿Te gusta? - insistía ella.
¡Joder! - resoplaba yo.
El ritmo se hacía cada vez más intenso, más febril, ella todavía no entendía de subir y bajar la velocidad, de apretar o soltar, sólo sabía que estaba cada vez más caliente y transmitía aquella sensación a mi polla, pajeándola cada vez más deprisa.
Tranquila - jadeé.
¿No lo hago bien? - dijo preocupada.
No, no, es magnífico, pero ve un poco más despacio.
Vaaaale - respondió serenándose un poco.
Además, usa también la otra mano, puedes acariciarme un poco.
Ella me hizo caso. Llevó su otra mano hacia mi estómago, deslizándola allí unos segundos, pero enseguida la apartó de allí y la llevó hasta mis huevos, que empezó a acariciar y sopesar.
Es verdad que se te ponen duros - dijo.
Sí, sí - gemía yo.
Mi prima continuó haciéndome una manita de escándalo. Su falta de experiencia se compensaba con inocencia y entusiasmo. Pero en ese instante hizo algo que nunca olvidaré. Muy lentamente, acercó su rostro a mi entrepierna.
¿Qué haces? - dije.
Voy a intentarlo - se limitó a contestar.
Entonces agarró mi polla por la base, manteniéndola erguida y pude ver cómo su lengua asomaba entre sus labios. Muy despacito, acercó su boca a mi polla, mientras yo, alucinado, aguantaba la respiración. Entonces sentí cómo la punta de su lengua rozaba mi verga y aquello fue como si mil señales de placer atacaran simultáneamente mi cerebro. Hasta me mareé un poco. ¡Qué morbo!
Deslizó su lengua a lo largo de todo el tronco y al llegar al glande, separó más los labios, engulléndolo por completo. Pero por desgracia, aún era demasiado pronto para ella, pues entonces separó su cara de mi polla, interrumpiendo la que iba a ser su primera mamada.
Lo siento - dijo - No puedo.
No te preocupes - dije yo - Ya te he dicho que no pasa nada.
Marta me sonrió dulcemente y se arrimó de nuevo a mí, volviendo a empuñar mi polla y reanudando la paja con nuevos bríos. Por desgracia aquel pequeño episodio con la lengua me había llevado a niveles extremos de excitación, por lo que mi orgasmo se aproximaba imparable, aunque a mí me hubiera gustado que aquello durara eternamente. Aquel simple lametón de mi primita, me había gustado más que todas las mamadas anteriores.
Marta, Marta, me corro - jadeé.
Ella se incorporó sobre el tocón, poniéndose de rodillas y siguió masturbándome deliciosamente. Noté perfectamente cómo la leche surgía de mis huevos, subía por el interior de mi polla y salía disparado al exterior.
Marta contemplaba mi orgasmo con profundo interés y con las mejillas completamente arreboladas. Aunque nadie se lo había explicado, Marta apuntó mi polla en dirección opuesta adonde estaba ella, con lo que los lechazos cayeron en el suelo y sobre el tronco.
Yo farfullaba como un poseso, había sido genial, no podía sino pensar en que ojalá fuera ya domingo. Por fin, mi corrida terminó, y me dejé caer boca arriba sobre el tocón, respirando agitado.
Marta soltó mi menguante polla y se miró la mano, manchada por los restos de mi corrida. Separó los dedos y espesos hilos de semen quedaron entre ellos, mientras ella los contemplaba ensimismada.
Marta - resoplé.
Ella me miró.
Gracias - le dije.
Marta se inclinó sobre mí y me dio un rápido beso en los labios.
De nada - contestó.
Y se levantó y se marchó corriendo del claro en dirección a la casa, dejándome allí, tumbado sobre el tocón, con los pantalones enrollados en los tobillos y mirando al cielo. No paraba de pensar en que si hubiera querido, podría habérmela tirado esa misma tarde, pero decidí que había actuado bien, que era mejor así.
Bueno - dije en voz alta - Y de aquí al domingo ¿qué hago?
MI PRIMA MARTA (2)
Por favor, que sea ya domingo.
Ese fue mi primer pensamiento al despertar por la mañana en mi dormitorio. Durante la noche, había soñado con los acontecimientos de la tarde anterior, por lo que me desperté con una erección de campeonato. Para mi desgracia, todavía era jueves, faltaban todavía tres días para la fecha fijada por Marta, y yo no sabía si podría aguantar tanto sin sexo. De todas formas, esa primera mañana estaba dispuesto al menos a intentarlo, pero, lo cierto es que no lo conseguí.
Así pues, decidido a no follar hasta el domingo para ir en plena forma a mi cita con Marta, tenía que mantener la mente entretenida en otras cosas que no fueran las mujeres, que últimamente ocupaban hasta el más escondido rincón de mis pensamientos. Por ello fue que aquel día procuré mantenerme continuamente ocupado. Primero en clase, me concentré tremendamente en los estudios, atendiendo a las lecciones de Dickie, sin fijarme en su culo, sus tetas, su... A la vista está que no lo lograba por completo, pero, tratándose de mí, la verdad es que fui un alumno bastante aplicado esa mañana. Hasta Dickie se extrañó de que no intentara en ningún momento alguna barrabasada con ella.
¿El almuerzo? Comí lo más deprisa que pude, para no estar en la misma habitación que Marta demasiado tiempo, pues cada vez que mis ojos miraban su rostro, lo recordaba ruborizado, excitado, con los ojos clavados en mi polla mientras me la meneaba.
El resto del día lo pasé ayudando a Juan a limpiar el establo, lejos de las tentaciones, mientras que mi abuelo daba clases de equitación a un par de chavales adinerados de la región. Acabé hecho polvo, muy cansado, pero orgulloso de haber conseguido pasar un día completo sin intentar nada con ninguna chica.
Como ven, mis intenciones eran buenas, pero por desgracia (o más bien por suerte), el día siguiente no sería igual.
Y es que el viernes amaneció de una manera que...
Estaba yo en mi cama, profundamente dormido, tras una noche plácida, sin sueños, pues al acostarme tan cansado la noche anterior, había dormido de un tirón. Comenzaba a despertarme, y me encontraba en ese estado de duermevela, en el que, aunque despierto, tus sentidos están absolutamente embotados, mientras vas poco a poco dándote cuenta de dónde estás.
Seguía con los ojos cerrados, sin desear abrirlos, cuando noté un contacto. Mi mente despertó de golpe; inequívocamente, alguien acababa de rozarme la polla, que, como todas las mañanas, se había despertado antes que yo.
Abrí un poco los ojos, tratando de ver quien me había tocado y me encontré con mi hermanita junto a la cama. Sin duda había sido ella.
¡Pero qué coño! - pensé.
Marina estaba de pié, mirándome. Al tener yo los ojos casi cerrados, no la distinguía bien, pero reconocía perfectamente su silueta. Decidí seguir haciéndome el dormido, para ver qué hacía ella.
Se quedó allí, parada, durante un par de minutos. Supongo que estaría asegurándose de que yo seguía dormido, así que no moví ni un músculo. Por fin, se inclinó un poco hacia delante, estiró un brazo y noté cómo me tocaba la polla sobre el pijama con la punta de uno de sus dedos. Presionó sobre ella durante unos segundos, como comprobando su dureza, y después lo deslizó a lo largo de todo el tronco, acariciándolo por encima de la ropa.
Por desgracia, no continuó con sus deliciosas maniobras. Debió de recordar por qué había venido a mi cuarto, así que, tras arroparme con las sábanas, me zarandeó despertándome.
Oscar, vamos despierta, que mamá dice que ya es muy tarde y que tienes que ir a clase - decía.
Yo aún tardé unos segundos en reaccionar, simulando estar dormido.
Ya voy, ya voy - dije somnoliento.
Abrí los ojos y vi a Marina mirándome. Pensé en hacerle algún comentario que le hiciera comprender que había notado sus tocamientos, pero decidí no hacerlo, no sé muy bien por qué. Así que, sin pensarlo más, me levanté de la cama, sin acordarme de mi erección (pues era normal por las mañanas).
Serás cerdo - dijo Marina enfadada.
Yo no sabía por qué me decía esto, si estaba portándome muy bien, había sido ella la que... Entonces comprendí. La miré y vi que se había puesto muy colorada; sin duda pensaba que se trataba de otra de mis maniobras para avergonzarla, pero lo cierto es que no había sido mi intención, por lo que no sabía muy bien qué decir:
Yo... Lo siento. Perdóname, es que me levanto así todos los días, yo... - balbuceé.
Sí, sí, vale. Vístete, que mamá te está preparando el desayuno.
Sin decir más, salió de la habitación, dejándome aturdido y excitado. Desde luego, aquel no había sido mi comportamiento habitual, debía de encontrarme más dormido de lo que creía, pues en otras circunstancias sin duda habría aprovechado para divertirme a costa de mi hermana. Sin darle más vueltas, atribuí mi despiste a que esa mañana tenía mucho sueño, así que me levanté y fui a asearme.
Mientras lo hacía, no paraba de darle vueltas a lo que había hecho Marina. ¿Lo habría hecho otras veces? ¿Estaría por fin aceptando el deseo, la necesidad, por encima de su mojigatería? Todo aquello contribuía a mantenerme excitado. El simple hecho de saber que mi hermana también pensaba en mí, me ponía cachondo, con lo que mi erección no bajaba.
Me vestí y bajé a la cocina, donde desayuné procurando que nadie notara mi estado. En cuanto pude, me escabullí escaleras arriba y fui a dar clase con Dickie, pensando que un poco de estudio disiparía mi excitación. Por desgracia no fue así, pues la perturbadora presencia de mi jamona profesora me distraía continuamente.
Dickie notó que algo raro me pasaba, y muy acertadamente, decidió dar por terminada la clase algo antes de lo habitual, por lo que me encontré con parte de la mañana libre. Decidí dar un paseo, así que salí de la casa por la puerta de atrás, para estirar las piernas un poco. Caminé alejándome de la casa unos doscientos metros, y me senté a la sombra de un árbol.
Me pues entonces a pensar en todo lo que había pasado en las últimas semanas, Marta, Vito, Helen... un sinfín de imágenes cruzaron mi mente, rememorando cada experiencia, cada sensación, cada sabor... Comprendí entonces que me iba a ser imposible resistir hasta el domingo sin hacer nada, pero, por otra parte ¿y qué más daba? Aunque me acostara con alguna chica, estaba seguro de llegar en perfectas condiciones a mi encuentro con Marta. Como ven, mis firmes convicciones del día anterior se derrumbaban fácilmente tras un único día sin mojar.
Comprendo que a algunos esto les parezca ridículo, pero tienen que entender algo. ¿Acaso serían capaces de estar en el jardín de las delicias y no probar ninguna? Pues eso me pasaba a mí. Había descubierto que era capaz de seducir a cualquier mujer, así que, rodeado de tantas bellezas ¿por qué esperar?
Tratando de convencerme a mí mismo con tan débiles argumentos, regresé a la casa, decidido a liarme con alguna chica, la que fuera, con tal de calmar mis ardores, pero sabiendo instintivamente que era importante que Marta no se enterara.
Me acerqué a la casa, caminado hacia la puerta de atrás. Pero en ese momento, la puerta se abrió, y de ella comenzaron a surgir las chicas, entre risas y jaleo. Yo me quedé sorprendido, mirando como de aquella puerta salían tantas preciosidades, Mar, Vito, Tomasa... ¿Adónde iban?
Por fin, mi obnubilado cerebro captó una cosa. Iban cargadas de ropa. ¡Claro! Una vez al mes, la casa era sometida a una limpieza general, cortinas, sábanas, manteles... todo era lavado y arreglado, y ahora las criadas se disponían a tender la ropa.
¡Mierda! Si estaban tan atareadas no iba a lograr mis propósitos. Algo frustrado, rodeé el edificio para no pasar entre ellas, dirigiéndome a la entrada principal. Entré y subí las escaleras, dirigiéndome hacia mi cuarto.
Se me ocurrió entonces buscar a Marta, sólo para hablar claro, pues aún no me había dicho nada acerca de lo del domingo, cómo lo íbamos a hacer para que no nos pillaran y eso.
Como no estaba en su cuarto, seguí buscándola en el piso superior, hasta que mis pasos me condujeron hasta el despacho de mi abuelo. La puerta estaba abierta, así que me asomé al interior, y entonces, una intensa sensación de "deja vu" me embargó.
Subida a una banqueta estaba Loli, agitando un plumero con el que limpiaba el polvo de los estantes de arriba. Recordé claramente la que había sido mi primera experiencia con el sexo, yo subido en el árbol mientras Loli, en la misma posición en que se encontraba en ese momento, era asaltada por el abuelo.
Recordé también mis primeras lecciones sobre la mujer, impartidas por mi abuelo, usando como mapa el espléndido cuerpo de aquella mujer que limpiaba el polvo distraídamente, sin darse cuenta de mi presencia.
A ésta no llegué a follármela - pensé, y una sonrisilla maliciosa se apoderó de mis labios.
Ya me daba igual Marta, el domingo y todo. Yo sólo pensaba en vivir el presente. Y así lo hice.
Entré al despacho sigilosamente, procurando no hacer ni un ruido. Cerré la puerta tras de mí, muy despacio, pero a pesar de mis precauciones, se escuchó un audible "click" al encajar la cerradura. Yo estaba seguro de que Loli lo habría oído, pero al mirarla, me di cuenta de que no debía de haber sido así, pues ella seguía a lo suyo.
Comencé a aproximarme a ella por detrás, caminando casi de puntillas. Por fin, llegué junto a ella. Al estar subida en un banco, su magnífico trasero quedaba justo a la altura de mi cara, así que, sin pensármelo un segundo, me abalancé sobre aquel maravilloso cuerpo, apoderándome de sus nalgas con mis inquietas manos.
¡Ay! - exclamó Loli - ¿Será posible? ¿No puede usted estarse...?
Y se quedó callada durante un segundo.
¡Claro! - pensé - Sí que me ha oído entrar, pero pensó que era mi abuelo.
Viendo lo increíblemente puta que era aquella mujer, me excité todavía más, así que, sin perder un segundo, metí mis manos por debajo de su vestido, comenzando a amasar sus prietas nalgas con mis manos y descubriendo que, una vez más, Loli iba sin ropa interior. Por fin, tras la sorpresa inicial, la chica reaccionó.
¡Pero, qué coño! ¡Déjame, cabrito! ¿Estás loco? - exclamó.
Loli, Loli - repetía yo - ¡Qué buena estás!
Sucedía como con mi abuelo; al ser tan repentino mi ataque, la chica no podía defenderse, pues usaba sus manos para sujetarse a las estanterías y no caerse del banco. Yo me aproveché golosamente de esa circunstancia, acariciándola y metiéndole mano por todas partes. Enseguida deslicé una mano desde atrás por entre sus piernas, encargándola de explorar la sedosa mata de pelo que había en el pubis de Loli, a pesar de que ella trataba de apretar los muslos para impedirme el acceso.
¡AAAH! - gimió la zorra - ¡Estáte quieto, cabrón!
Ni lo sueñes - decía yo, mientras besaba su culo por encima del vestido.
Entonces Loli se movió bruscamente, tratando de zafarse de mi presa, pero por desgracia, lo que hizo fue perder el equilibrio y cayó desde el banco al suelo, arrastrándome a mí en su caída. Caímos en un revoltijo de piernas y manos, que se retorcían y desaparecían bajo la ropa. Yo no me hice mucho daño, pero Loli sí se llevó un buen golpe en un brazo, lo que me obligó a detener mi ataque.
¡Ay! - se quejaba - ¡Mira lo que has conseguido!
Loli quedó sentada en el suelo, frotándose un codo con la otra mano, con gesto de dolor. Yo la miraba, algo avergonzado de mi conducta, pero con los ojos fijos en sus piernas, pues al sentarse el vestido se le había arremangado hasta medio muslo, y a poco que ella se moviera, su chocho quedaría también al descubierto.
¡Eh, tú! - me dijo para atraer mi atención.
Yo, con un resto de cordura, alcé los ojos y la miré. Parecía enfadada.
¿Estás loco o qué? ¿Se puede saber a qué ha venido esto? - exclamó.
Lo siento, Loli. No pretendía hacerte daño.
No, si ya supongo lo que pretendías.
Venga, Loli, no te enfades.
¿Que no me enfade? ¿Y por qué no, si casi me rompes un brazo?
Nos quedamos callados unos segundos, mirándonos. Loli se puso de pié, arreglándose el vestido de paso. Trató de poner derecho el banco que se había volcado, pero con un solo brazo no podía.
Déjame. Lo haré yo - dije.
Vale - contestó todavía enojada.
Mientras yo colocaba el banco en su sitio, ella se sentó en una silla y se examinó el brazo. Se notaba una zona enrojecida en el codo, allí donde había chocado con el suelo.
Me va a salir un moretón de cuidado - dijo.
Yo me senté en el banco y volví a mirarla.
Ya te he dicho que lo siento, de verdad - dije compungido.
Ella me miró más calmada.
Vale, vale, no te preocupes. ¿Pero, por qué lo has hecho?
Pues por qué va a ser, mujer... - dije azorado - Te vi ahí y...
¿Y qué?
Pues eso... Estabas ahí subida, con el culo en pompa y no pude resistirme.
¿Y no podías haberlo hecho de otro modo?
Sí, supongo que sí, pero...
Pero, ¿qué?
Verás... ¿Recuerdas el día, ya sabes, aquel día en mi cuarto?
Ella enrojeció un poco antes de contestar.
Sí, claro, me acuerdo.
Pues, verás... Esa mañana, te vi con mi abuelo, aquí. Tú estabas limpiando, como ahora, y mi abuelo llegó...
Sí, sí, vale - me interrumpió - ¿Y cómo sabes tú eso?
Es que... Estaba subido al árbol - dije señalándolo a través de la ventana - desenganchando mi cometa y os vi.
Comprendo - dijo muy seria.
Y, como aquel día no llegamos a...
¿A qué?
Ya sabes...
¡A follar, vaya! - dijo ella divertida.
Sí, eso - confirmé simulando azoramiento - Pues... No sé. Te vi ahí y no pensé nada más.
¡Ay, Oscar! ¡Qué voy a hacer contigo!
Lo siento - dije compungido.
Yo también he pensado en ti, no creas - dijo Loli para mi alegría - Aquel día estuviste espléndido y yo también me quedé con ganas.
¿Entonces? - dije ilusionado.
Pero tu abuelo me dijo que no hiciera nada contigo.
¡Pero eso era antes! - exclamé.
¿Cómo?
Sí, eso era antes...
¿Antes de qué? - inquirió Loli.
No sabía muy bien cómo decirle que mi abuelo no quería que perdiera la virginidad con ella, pues Loli era muy zorra y era capaz de liarme.
Verás - dije dubitativo - Es que mi abuelo... Ya sabes... Con las mujeres...
Sí, sí, ya lo creo que lo sé.
Pues eso, quería que mis primeras experiencias con las mujeres las buscara yo, y no que me las consiguiera él, para "hacerme un hombre" o no sé qué.
Ya.
Pero ahora, ya tengo experiencia, así que...
Sí, comprendo - rió Loli.
¿De qué te ríes?
Porque ya he oído hablar de "tus experiencias" - dijo jocosa.
Me quedé mirándola unos instantes y por fin dije:
Oye, las mujeres os lo contáis todo ¿verdad?
Bueno... Si somos amigas... Sí, casi todo.
¡Pues qué bien! - exclamé algo enfurruñado.
¿Por qué te enfadas? Si es mejor para ti. Tu fama se extiende y todas queremos...
¿El qué? - dije entusiasmado.
Probarte - concluyó Loli con una sonrisa pícara.
¡Estupendo! - exclamé levantándome del banco y acercándome a Loli.
Ella se levantó también, pero en vez de aproximarse a mí, se apartó, colocando la silla entre ambos.
¡Quieto ahí!
¿Cómo? - dije sorprendido.
He dicho que me gustaría, no que vaya a hacerlo ahora.
¿Por qué no?
¿Cómo que por qué? ¿Te parece bien ir por ahí asaltando a las mujeres? ¿Tirándolas al suelo y haciéndoles daño? Si hubieses venido de otra forma... ¿Quién sabe? Pero así...
Vamos, Loli - supliqué - Ya te he pedido perdón. Lo siento, de veras.
Y yo también lo siento, Oscar, pero ¿qué le vamos a hacer? Otra vez será. Además, todavía tengo que acabar de limpiar el polvo y con este brazo...
Bueno, qué le íbamos a hacer. La verdad era que yo lo había estropeado todo. Notaba que Loli era sincera en sus palabras, que no estaba jugando conmigo, así que hice lo que me pareció más caballeroso.
Vale, vale, tienes razón - dije - Mira, para disculparme me encargaré yo de quitar el polvo.
¿En serio?
Sí. Anda, siéntate y descansa ese brazo.
Y así lo hice. Había perdido la esperanza de sacar algo de esa situación, así que decidí ser un buen chico. Cogí el plumero del suelo y me subí al banco, limpiando el polvo de las estanterías de arriba; mientras, Loli se sentó en una silla, mirándose el codo y moviéndolo para comprobar el daño.
Estuvimos así durante un rato, charlando de diversas cosas. Cuando acababa con un estante, me bajaba del banco y lo colocaba junto al siguiente; mientras, conversábamos, aunque no tocamos los temas que en ese tiempo a mí más me interesaban.
Estaba limpiando un estante cuando caí en la cuenta de algo. Allí era donde el abuelo tenía los libros "interesantes", de donde Dickie había sacado la novela la noche de la tormenta. Aquello me devolvió la esperanza de echar un polvo con Loli, pues mi calenturienta mente estaba elaborando un plan.
Estiré la mano y cogí uno de los libros y ¡bingo!, no podía creer en mi suerte, pues no se trataba sólo de una novela erótica, sino que venía adornada por un buen número de fotos pornográficas. El libro estaba en francés, así que yo no entendía nada, pero las fotos eran lo suficientemente explícitas como para hacerme sentir el gusanillo de la excitación.
Loli estaba hablándome de lo atareada que andaba siempre en la casa cuando yo la interrumpí.
Loli - dije - ¿Quieres ver algo interesante?
¿El qué?
Espera y verás.
De un salto, bajé del banco y, con el libro en las manos, me dirigí hacia la mesa del abuelo. Me senté en el butacón grande que había tras la mesa y dejé el libro sobre ella.
Ven - le dije a Loli - Trae tu silla.
Ella obedeció, y cogiendo la silla con su mano buena la dejó junto al butacón y se sentó, mirando la cubierta del libro.
"Les foi..." - leyó en la tapa - ¿Qué demonios es esto? No entiendo nada.
La chica apenas si sabía leer castellano, así que imagínense el francés.
Tranquila, mira esto - dije.
Abrí el libro y comencé a pasar las páginas de texto, hasta que me encontré la primera foto. Se trataba de una mujer, con el cabello rubio, vestida tan sólo con una fina bata que llevaba abierta. Yacía despatarrada sobre un diván, mostrando su pelambrera con una dulce sonrisa en los labios.
¡Coño! - exclamó Loli - Pero, ¿qué es esto?
Es un libro de la colección privada de mi abuelo.
¡Joder! - la chica tenía un lenguaje de lo más educado - ¡Si está en pelotas! ¡Vaya zorra!
Pues anda que tú - pensé.
Loli se quedó como hipnotizada contemplando la lámina de la tía desnuda y comprendí que con un pequeño empujón sería mía.
Loli - dije.
¿Ummm? - respondió sin apartar los ojos del libro.
Voy a cerrar la puerta, si mi abuelo nos pilla con su libro...
Vale, vale.
Me levanté y fui a echar el pestillo de la puerta. En realidad, que mi abuelo nos pillara no me preocupaba en absoluto, pero Marta o mi madre serían un auténtico problema. Cerré y volví con rapidez a mi asiento.
Loli seguía mirando la foto, supongo que debía de pensar en cómo había gente que se dejara fotografiar desnuda para que cualquiera pudiera verla. Ella era una zorra, pero en privado.
Como no hacía nada, fui yo el encargado de pasar más páginas, hasta llegar a la siguiente foto. Ahora, en la imagen además de la tía desnuda, aparecía un hombre, vestido con ropa muy antigua, que parecía regañar a la mujer (supongo que el texto aclararía el por qué).
Seguí pasando hojas, y nos encontramos con la mujer, con el rostro compungido por la riña, acariciando el paquete del tipo por encima del pantalón, mientras su dueño ponía una expresión de sorpresa tan exagerada y falsa que resultaba hasta cómica. Iba a pasar de página cuando Loli, colocando su mano sobre la mía, me detuvo.
Espera, espera - dijo - ¡Mira qué puta! ¡Cómo le soba la polla!
Estaba alucinando con las fotos, así que la dejé a su aire. Retiré mi mano del libro, dejando que ella pasara la página cuando quisiera y me recliné hacia atrás en el butacón, dedicándome a observar a Loli. Era realmente preciosa, desde luego, mi abuelo sabía escoger al servicio. Llevaba su negro cabello recogido atrás, en una cola de caballo, aunque solía usar moño. Su vestido era de color azul claro, floreado, y era de una sola pieza, con botones que iban desde el cuello hasta la cintura. Sus ojos, negrísimos, contemplaban admirados las fotos del libro, sin prestar atención a nada más.
¿Qué te parece? - dije.
Yo... No sabía que hubiera cosas como esta.
Bueno... Tengo entendido que no abundan. Como ves, este libro es extranjero, aquí debe ser difícil encontrar algo así.
¡Sí, es que las españolas no somos tan putas como para hacer algo así!
¡Y una mierda que no! - pensé, aunque dije:
Sí, eso es verdad.
Ella pasó más páginas y se detuvo en una foto en la que la chica ya había extraído la herramienta del afortunado tipo y, empuñándola, se preparaba para darle una soberbia mamada, tal y como se vio en la foto siguiente.
Yo dejé que pasaran unos minutos, pues Loli se entonaba cada vez más a medida que iba viendo fotos. Por fin, distraídamente apoyé mi mano en su muslo y comencé a acariciarlo muy lentamente, de forma muy ligera.
¡Anda, ya os han pillado! - exclamó Loli.
Yo no comprendí a qué se refería hasta que alcé la mirada y vi la foto que ella miraba. En ella se veía como otra mujer había entrado en el cuarto y había sorprendido a la pareja en plena felación. Loli buscó rápidamente la siguiente foto, en la que se veía al hombre, con el rabo fuera del pantalón, forcejeando con la chica nueva, agarrándola por las muñecas mientras la mamadora la sujetaba por las piernas.
¡A que se la follan! - dijo Loli, totalmente inmersa en la historia.
En la siguiente foto se vio cómo la pareja tumbaba a la chica en el diván y comenzaban a desnudarla. Yo también miraba las fotos con interés, pero mi mano estaba atareada en otros menesteres. Poco a poco, mis caricias iban tornándose más atrevidas, apretando su muslo con lujuria. Como ella no protestaba, deslicé la mano hasta el borde de su vestido y la metí por debajo, acariciando su rodilla.
¿Qué haces? - dijo Loli por fin.
Shisss - siseé - Pasa la página, que quiero ver qué pasa ahora.
Eso hizo que ella no protestara más. Volvió a clavar la mirada en el libro y nos encontramos con una imagen en la que el tipo, sujetando en alto los brazos de la chica nueva, había clavado la polla en su boca; mientras, su compañera le había subido la falda y se aplicaba en comerle el coño con pasión.
¡Joder! ¡Qué cabrones! - exclamó Loli.
Yo, totalmente de acuerdo con ella, pero con cosas más interesantes que hacer, deslicé mi mano sobre su pierna, esta vez directamente sobre su muslo desnudo, arremangándole la falda y la combinación a medida que lo hacía. Ella no protestaba en absoluto y se dejaba hacer, así que rápidamente llevé mis inquietos dedos hasta su chocho, que empecé a acariciar delicadamente.
UUMMMM - gimió ella.
¿Quieres que pare? - dije.
Ella no contestó, sino que agitó violentamente la cabeza hacia los lados, indicándome claramente que no quería que parara. Tras eso, dedicó su atención de nuevo a las fotos, supongo que le parecía un buen plan, que le hicieran una paja mientras miraba el libro.
A mí las fotos ya me daban igual. Con mis hábiles dedos, busqué su clítoris y me dediqué a describir movimientos circulares alrededor de él con el índice. Aquello encantaba a Loli, a juzgar por los gemidos que escapaban de su garganta.
Métemelos - susurró - Métemelos ya.
Decidí no hacerla esperar. Coloqué la palma de la mano sobre su clítoris, apretando con fuerza y clavé mis dedos en su interior, de esta forma, mientras la masturbaba con los dedos podía seguir estimulándole el clítoris, frotándoselo con la mano.
Yo seguí y seguí, acercándola cada vez más al orgasmo, estaba a punto de rechupete, cachondísima, así que lo que hice fue bajar el ritmo, para que aquello se alargase.
¿Qué haces, cabrón? - gimió desesperada - ¡No te pares!
Para dar mayor fuerza a sus palabras, Loli deslizó una de sus manos de la mesa y la condujo directamente a mi entrepierna. Allí, por supuesto se encontró con mi erección, que estrujó con fuerza por encima del pantalón.
¡AHH! ¡Loli! - ahora era yo el que gemía.
Venga, no pares... ¡No pares! - decía ella.
Saqué la mano de debajo de su vestido. Estaba empapada por sus flujos, olía a hembra que daba gusto.
¿Qué haces? - dijo ella sorprendida.
Así no, Loli. Ven, súbete aquí - dije tomándola por la cintura.
Ella me entendió sin necesidad de más palabras. Se levantó de su silla y se colocó delante mía, con su culo frente a mi cara. Yo no tardé ni un segundo en desabrochar los botones de mi pantalón y sacar la polla fuera. Estaba durísima, deseosa de enterrarse bien en aquella mujer.
Loli cogió los bordes de su vestido y de su combinación y se los subió hasta la cintura, sujetándolos allí. Separando bien las piernas, se colocó a horcajadas sobre mi entrepierna, quedando de espaldas a mí y de cara a la mesa y poco a poco fue dejando caer el cuerpo. Yo me agarré la verga por la base, apuntándola en la entrada de su coño. Ya tenía suficiente experiencia, así que cuando ella bajó sus caderas por completo, mi polla la perforó sin compasión, de un solo viaje.
¡AAAHH! - gemimos los dos a un tiempo.
Loli colocó sus manos sobre la mesa, sujetándose y yo llevé las mías hacia delante, agarrando una teta con cada una.
Oh Dios, oh Dios... - resoplaba ella.
Yo estaba simplemente en la gloria. Su coño ceñía mi polla con firmeza y podía notar perfectamente cómo sus jugos resbalaban de su interior, empapando mi entrepierna. Ninguno de los dos se movía, nos dedicábamos simplemente a sentirnos bien el uno al otro.
Mis manos, inquietas, buscaron los botones de su vestido y desabrocharon los suficientes como para dejar sus tetas al aire. Las agarré con firmeza, una en cada mano, sopesándolas, sobándolas. Separé un poco los dedos, de forma que sus pezones quedaron atrapados entre ellos y yo los apreté un poco, lo que le arrancó a Loli un desesperado gemido de placer.
Vamos - susurré - Fóllame, Loli, fóllame.
Como en trance, Loli levantó sus caderas levemente, y después volvió a bajarlas, follándose lentamente con mi miembro. Comenzó a repetir el proceso muy despacio, enloquecedoramente, mientras se apoyaba con las manos en la mesa; se notaba que disfrutaba como una perra, pero yo quería más.
Vamos, zorra, mueve el culo - le decía.
A aquella puta le gustaba que la trataran así, el lenguaje sucio la ponía cachonda.
¿Así, cabronazo? - decía mientras deslizaba su coño sobre mi enfebrecido falo.
¡Ugh! Sí, así, puta, pero más rápido.
Ella obedeció mientras se reía. Poco a poco fue incrementando el ritmo de sus caderas, arriba, abajo, adelante, atrás, parecía una bailarina árabe realizando la danza del vientre, empalada por mi polla. Era delicioso, pero yo estaba febril, excitado, quería más.
Bruscamente, me puse en pié, levantándome del butacón. Sujeté a Loli por las caderas, tanto para evitar que se cayera como para impedir que se desclavara. Ella quedó con el torso recostado sobre la mesa de mi abuelo, tapando el libro con su cuerpo y con los pies apoyados en el suelo. Yo, desde atrás, la penetraba por el coño, no muy profundamente, claro, pues la postura no lo permitía, pero al menos podía imprimir el ritmo que yo deseaba, en vez de dejar que aquella zorra jugara conmigo.
Enloquecido, comencé a bombearla con furia, con violencia, y cada nuevo empellón era acompañado de un fuerte jadeo de Loli.
¡Así, cabrón! ¡ASÍ! ¡Fóllame! ¡RÓMPEME EL COÑOOOOO!
Diciendo estas lindezas, Loli se corrió. Sus humedades resbalaban por la cara interna de sus muslos, su coño parecía una fuente. La tía berreaba como loca y mientras yo no paraba de empujar en su coño, agarrado a sus caderas como si la vida me fuera en ello.
Poco a poco el orgasmo acabó, el volumen de sus gemidos bajó a un nivel más normal, actuando como música de acompañamiento a mis embates. Pero yo quería oírla gritar, gemir, disfrutar como nunca, así que se la saqué del coño, y sin darle tiempo ni a protestar, separé sus nalgas, abrí su ano y se la clavé en el culo hasta los mismos huevos. Tan violento fue mi empujón, que hasta me dolió un poco, así que imagínense a ella.
¡UAAHHHH! ¡CABRÓN! ¡QUÉ HACES! ¡POR AHÍ NOOOOOO! - gritaba.
¿En serio, en serio, puta? - decía yo como loco - ¿Qué quieres, que la saque?
¡NO, NO! ¡FÓLLAME¡ ¡REVIÉNTAME EL CULO!
Una vez más el animal de mi interior se había apoderado de mí. Sentía hasta un poco de miedo por lo que estaba haciendo, pero sabía que ella estaba disfrutando hasta el último segundo, al igual que yo, así que, sin pensármelo más, saqué unos centímetros de picha de su culo para a continuación volver a enterrarlos de un empellón.
¡AAHHH! - gemía Loli.
¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! - resoplaba yo - Tu culo es tan estrecho...
Lo cierto es que no era para tanto. Se notaba que aquella vía era muy frecuentada y por pollas bastante más gruesas que la mía, que aún era muy juvenil. Pero ¿y a mí qué más me daba? Sólo quería follarme aquel culo, correrme en su interior, disfrutarlo plenamente.
Y a eso me dediqué, seguí cargando contra Loli, como un émbolo, sacando, metiendo, sacando, metiendo, estaba poseído. Mis manos se aferraban a sus caderas, pero no para acariciar, sino usándolas como anclajes, para que mis embestidas fueran más fuertes, más violentas.
Loli disfrutaba de aquello como la zorra que era. No me costó demasiado hacer que se corriera por segunda vez y entonces sucedió algo curioso. Mientras se corría (berreando y jadeando como loca) su cuerpo se tensó, de forma que su ano se contrajo tremendamente, ciñendo mi polla de forma tan sorpresiva y excitante, que noté que mi orgasmo se precipitaba. No pasó ni un segundo antes de que mis huevos entraran en erupción, enviando su contenido a través de mi satisfecha polla, de forma que ésta vomitó una tremenda carga de esperma en el interior del culo de Loli.
Pero yo no me conformé con aquello, mientras me corría, saqué la picha de su trasero, y pajeándola, disparé la carga contra el cuerpo de Loli, manchando su trasero, sus muslos e incluso la espalda de su vestido.
Tras la corrida, me dejé caer agotado en el butacón, contemplando a Loli que seguía derrengada, recostada sobre la mesa. La falda de su vestido seguía recogida en su cintura, por lo que dada mi posición podía contemplarla a mis anchas. Pude ver ahí cómo su ano, dilatado por mi asalto, iba poco a poco encogiéndose, retomando su tamaño habitual. De su interior salían restos de mi orgasmo. Otras manchas de semen resbalaban por sus muslos, dejando regueros brillantes sobre su piel.
A la chica no parecía importarle demasiado, pues seguía tumbada sobre la mesa, jadeando, con los brazos extendidos colgando por el otro lado.
¿Loli? - inquirí.
¿Ummm? - respondió ella.
¿Qué te ha parecido? - pregunté mientras acariciaba su trasero con una mano.
Eres... eres... - jadeó - Un cabronazo, ¿cómo has podido hacerme esto?
Venga, Loli, no me digas que no te ha gustado - bromeé.
No sé cómo me he dejado liar, no lo sé... - decía ella.
Porque te gusta follar ¿verdad? Y no me dirás ahora que te arrepientes...
Lentamente Loli se incorporó. Se dio la vuelta y se sentó en la mesa, frente a mí.
Sí que me ha gustado - dijo con los ojos brillantes.
Estupendo - contesté yo - ¿Y qué tal una mamadita ahora?
¿Cómo? - dijo alucinada - ¿Todavía más?
¡Claro! Mira, si me la chupas un poco, se pondrá derecha en un segundo.
¡No te lo crees ni tú! - rió Loli - No, gracias, Oscar, ya es suficiente por hoy. Me has dejado hecha polvo y encima, con esos empujones has hecho que el codo me duela todavía más. Tendré que ir a que Luisa me eche un vistazo, que ella entiende de estas cosas.
Vamos Loli... - supliqué juguetón.
No - dijo tajante - Se acabó por hoy. Mira, ha sido fantástico, pero tengo trabajo que hacer y creo que ya ha sido suficiente.
Capté que hablaba muy en serio, además aquella tía chillaba mucho, era un milagro que no nos hubiesen pillado todavía, así que decidí no tentar más a la suerte.
Vaaaale - concedí - Sólo un besito.
Me puse en pié y coloqué una mano en la nuca de Loli. Dulcemente, uní mis labios a los suyos y le di un espectacular beso, que nos dejó sin aliento a los dos. Me aparté de ella y le dije:
Eres muy hermosa - y le di otro suave besito.
Me arreglé un poco la ropa y abrí la puerta, saliendo al pasillo. Miré a mi alrededor y comprobé que por allí no había nadie, así que tras despedirme de Loli con la mano, bajé muy sigilosamente las escaleras, dirigiéndome a la cocina. Al llegar, descubrí que era casi la hora de comer, así que fui al salón, donde mi familia comenzaba a congregarse.
Me senté y almorcé con ganas, el polvazo con Loli me había abierto el apetito. Conversé con mi padre sobre mis estudios y eso, hasta que de pronto, mi prima Marta me interrumpió.
Oscar - me llamó.
¿Sí? - respondí.
Le comentaba a mi madre lo de nuestra excursión del domingo.
¿Qué? - dije torpemente.
Sí, ya sabes, la excursión a caballo. Prometiste enseñarme el viejo monasterio...
Así que ese era su plan. Pues por mí, perfecto.
Sí, claro. Cuando quieras.
¿Le has pedido permiso a tus padres? - dijo Marta.
Ahora mismo iba a hacerlo.
La conversación en la mesa derivó entonces sobre ese tema. Mis padres parecían poco dispuestos, a diferencia de mi tía Laura, que no puso demasiadas pegas. Afortunadamente mi abuelo, que leía en mí como en un libro abierto, acudió en nuestra ayuda, argumentando que yo conocía bien la zona y que nos lo íbamos a pasar muy bien. Además, yo era un consumado jinete, ya daba clases en la escuela, así que, ¿qué podía pasar? Aunque reticentes, conseguimos el permiso de nuestros padres, lo que nos llenó de alegría. Agradecí a mi abuelo su ayuda con una simple mirada y él me devolvió el saludo asintiendo con la cabeza. Entonces noté que Dickie, que no había dicho nada durante la conversación, me miraba divertida. Yo la miré a ella, y la inglesa aprovechó para guiñarme un ojo con picardía.
¡Estupendo! ¡Ya estaba todo listo! En un par de días me follaría a Martita y sería el hombre más feliz del mundo. Pero entonces mi madre dijo algo que me sobresaltó.
¿Y por qué no va Marina con vosotros?
¡Mierda! - pensé - ¿Qué digo?
Afortunadamente, Marta se encargaba de todo.
No, es que ella no quiera venir, ¿verdad Marina? - dijo mirando a mi hermana inquisitivamente.
No, no me apetece - respondió Marina en voz baja.
Ya sabes, tita, a Marina no le gustan mucho los caballos y eso - concluyó Marta.
Aprobado el plan, nos levantamos de la mesa. Marta me alcanzó nada más salir del salón.
Estás loca - le dije - ¿Por qué no me lo has contado antes? He estado a punto de estropearlo todo.
¿Y yo qué culpa tengo? Te he estado buscando y no te he encontrado. Como hoy has acabado las clases antes...
Uyyyy, terreno peligroso - pensé.
Sí, es verdad. Es que salí a dar una vuelta, porque con todo el jaleo que hay en casa con la limpieza...
Ah, ya veo.
Oye - dije deseoso de cambiar de tema - ¿Cómo has logrado que Marina no venga?
Muy fácil - respondió Marta - Tuve una charla con ella antes de almorzar, dijo que quería venir, pero yo le dije que no podía.
¿Y?
Cuando me preguntó que por qué, le dije que había quedado contigo para follar y que ella estorbaría.
¡Marta! - exclamé absolutamente alucinado.
En ese preciso momento, Marina salió del comedor. Nos vio a los dos, allí charlando en un rincón, nos lanzó una mirada gélida y, sin decir nada, se dirigió a las escaleras y se perdió en la segunda planta. Yo la miré desaparecer, sin poderme creer lo que Marta había dicho; por fin, reaccioné.
Pero, ¿estás loca? ¿Cómo se te ocurre decirle eso?
¿Y qué pasa? - respondió ella - ¿Qué te crees, que no sabe adónde vamos? Olvidas que nos estuvo espiando en el coche. Además, ya estoy harta de tantos melindres y tanta vergüenza, ¡si quiere una polla, que se busque una!
Mi primita me ponía a mil cada vez que usaba ese lenguaje, y creo que ella lo sabía. Así que, ¿qué podía hacer yo? Me limité a encogerme de hombros y a desear que ya fuera domingo.
No sucedió nada interesante ni en el resto de la tarde ni durante el día siguiente, sólo lo habitual, clases (sí, en aquellos tiempos también había clases los sábados), paseos, trabajo en el establo... nada interesante. Y, por fin, llegó el ansiado domingo.
Esa mañana desperté bien temprano, no hizo falta que nadie viniera en mi busca. Me asomé a la ventana, temeroso de que el clima hubiera decidido jugarme una mala pasada, pero descubrí que no era así, el día era radiante.
Mi prima Marta ocupaba hasta el último rincón de mis pensamientos, así que, tras vestirme, fui a su habitación para hablar con ella. No podía creer que por fin iba a follármela, la verdad es que la chica merecía la pena el esfuerzo, pero tantos días, tantos escarceos... me traían loco.
Al llegar a su cuarto me encontré con que Marta ya se había levantado y no estaba allí. Algo sorprendido, pues ella era muy dormilona, decidí buscarla. No me costó demasiado encontrarla, pues estaba en la cocina, ayudando a Luisa a preparar una cesta con el almuerzo para el picnic que íbamos a hacer.
Cuando entré en la cocina, Luisa me dio los buenos días. Yo contesté como un autómata, pues sólo tenía ojos para mi primita. Estaba preciosa, se había puesto la ropa que solía usar para ir a caballo, pantalón de montar de color marrón, botas de cuero y camisa blanca. Llevaba su rubio cabello recogido en un moño, lo que dejaba al descubierto su deliciosa nuca. Estaba buenísima. La verdad, yo la había visto muchas veces con esa ropa, pero creo que nunca le había sentado tan bien; era como si la rodease una extraña aura de sensualidad, de deseo.
Me senté a la mesa a desayunar, pero en ningún momento aparté los ojos de mi prima. Ella notó que yo la observaba y de vez en cuando me devolvía la mirada con el rabillo del ojo, sonriendo zalamera.
En esas estábamos cuando mi abuelo entró en la cocina. Sonriente, se despidió de los dos, deseándonos que lo pasáramos muy bien. Me extrañó que se despidiera tan pronto, así que le dije:
¿Adónde vas, abuelo?
Verás, es que tengo clase de equitación con Blanca Benítez, por lo visto no puede venir a la tarde, así que tendrá que ser ahora. Normalmente no lo haría, pero tratándose de la hija de un amigo...
¡Ah! Comprendo, pues entonces nada, nos vemos a la noche - dije.
De acuerdo - respondió - Que lo paséis bien y tened cuidado. Ya os he dejado los caballos enjaezados en la entrada principal.
Vaya, muchas gracias - dije.
Pues nada, me voy. Un beso - dijo besándome primero a mí y después a Marta.
Vale, hasta luego abuelo - dijo ella.
Adiós, niños.
Y salió. Mi prima me dirigió entonces una mirada cómplice. Ambos sonreímos en silencio y yo le dediqué un guiño. Ella, sonriente, frunció los morritos y me lanzó un beso, lo que me encantó. Yo seguí desayunando, contemplando cómo se agitaba el culito de mi prima mientras trasteaba en la cocina; fue un desayuno muy entretenido.
Ya no aguantaba más, quería besarla, abrazarla, tomarla allí mismo, pero por supuesto, eso era imposible. Tras desayunar, ofrecí mi ayuda con lo que estaban haciendo, pero para mi decepción, Marta me dijo que no era necesario, que era mejor que revisara las cosas para la excursión.
Resignado, salí de la cocina y fui a la entrada principal, donde Marta me había dicho que estaban las cosas. Me sorprendió ver la cantidad de equipo que íbamos a llevar. Dos mantas, cantimploras, ropa de repuesto, toallas...
¿Para qué querrá las toallas? - pensé.
Pero bueno, a mí me daba igual, total, la idea era suya, así que ella sabría. Me dediqué a empaquetarlo todo bien, para que hiciera el menor bulto posible. Conseguí reducirlo todo a un par de paquetes para cada uno, las cantimploras aparte, y eso que aún no habíamos cargado la comida.
Ni que fuéramos a la guerra - murmuré.
Cogí los paquetes y salí fuera, donde, efectivamente, estaban nuestros caballos. El mío se llamaba "Niebla", un macho castrado de color gris. Era de mi propiedad, el abuelo me lo había regalado unos años antes y yo lo quería mucho. No era demasiado rápido, pero sí muy tranquilo y reposado, nada impetuoso. El de mi prima era "Luna", una yegua torda bastante sosegada también. Como se ve, eran monturas ideales para jóvenes como nosotros, y con ellos habíamos aprendido a montar de pequeños.
Tras colocar los paquetes enganchados a las sillas, decidí regresar a la cocina, pero entonces Marta salió de la casa con un gran zurrón con la comida.
Toma, esto también - me dijo.
¡Joder, Marta! - exclamé cogiéndolo - ¡Cómo pesa! ¿Adónde vamos con tantas cosas?
¿Qué quieres? - respondió - He cogido lo que he juzgado necesario. ¡No te quejes tanto y trabaja!
¡Vale, vale! - reí.
Colgué el zurrón en mi caballo y le acaricié el cuello mientras le daba un terrón de azúcar, pues siempre llevaba algunos en el bolsillo cuando iba a montar. Entonces, Marta soltó una exclamación de contrariedad.
¡Vaya hombre!
¿Qué pasa? - pregunté mirándola.
Nada. El abuelo se ha equivocado, esta no es mi silla.
¿Y?
Pues que me gusta mi silla. Estoy acostumbrada a ella, y se trata de un largo paseo, no es plan de ir incómoda en el caballo.
Claro, con ese culo tan gordo es normal que te moleste lo de la silla - bromeé.
¿En serio te parece gordo? - dijo girando el torso y echándose un vistazo al trasero.
No, lo tienes perfecto.
Mientras decía esto, le di un suave azote en el pandero.
¡Ay! ¡Estás loco! Que nos van a ver...
Vaaaale, ya me estoy quieto.
¿Y con la silla qué hacemos? - inquirió Marta.
No te preocupes, ahora después pasamos por el establo y la cambiamos.
¡Estupendo!
Nos miramos unos segundos, y por fin dije:
Bueno, qué, ¿nos vamos?
Venga, vámonos - contestó ella entusiasmada.
Se volvió y entró a la carrera en la casa, gritando.
¡Mamá! ¡Que nos vamos ya!
Yo entré tras ella, más reposado. Marta estaba al pié de la escalera, esperando que bajara su madre para despedirse. Poco después, mi familia fue llegando.
Tened cuidado.
Portaos bien.
Cuidado con el río.
Cuídamela ¿eh, Oscar?
Tranquila.
.....
Todo eran consejos y despedidas. Mi madre me besó varias veces, como si no fuera a volverme a ver, mi padre no paraba de decirme cómo tenía que guiar al caballo por esos caminos, aunque yo sabía más del tema que él. Vaya, la típica despedida familiar.
Las únicas que no participaron mucho fueron Marina y Andrea. Mi hermana tenía sus motivos, pero lo de mi prima no lo entendía. Había estado bastante rara desde la cena en casa de los Benítez y recordé que tenía que interrogar a Marta sobre eso. Me acerqué a Marina y la besé suavemente en la mejilla.
Adiós hermanita - susurré - Es una pena que no vengas, lo pasarías muy bien.
Ella enrojeció violentamente, pero no dijo nada.
Entonces, mi tía Laura se acercó a mí, y besándome en ambas mejillas me dijo al oído:
Trátamela bien.
Ahora fue mi turno de enrojecer. ¿Qué quería decir? ¿Lo sabía? Confuso, me quedé allí parado, sin saber qué decir, así que Marta me cogió de un brazo y me sacó por la puerta, tirando de mí. Montamos en los caballos y nos alejamos, despidiéndonos con la mano de mis padres y mi tía, que estaban en la entrada saludándonos.
Bueno, vamos al establo - dijo Marta.
Venga.
El establo y escuela de equitación estaba como a trescientos metros de la casa. Era de tamaño mediano, podía albergar unos treinta caballos, cada uno con su cuadra particular, pero en ese momento teníamos unos veinte, casi todos yeguas y castrados. Aparte había un par de sementales. Era así porque para la escuela era mejor tener caballos mansos que briosos. En la parte de atrás del establo había un corral y una zona de ejercicios.
Hacia allí nos dirigimos al trote, parando los caballos justo en la entrada de la cuadra. Desmontamos y descargamos a Luna, para a continuación quitarle la silla y la manta de protección.
Venga, ve a por tu silla - dije entregándole a Marta la que acabábamos de quitarle a la yegua.
¡Uf! Pesa mucho - dijo - Anda, ¿por qué no te portas como un caballero y la traes tú?
Es que yo tampoco sé cual es tu silla, así que...
Pues acompáñame - concluyó Marta devolviéndome la montura.
Ay, Dios mío... - suspiré.
Entramos los dos en la cuadra, yo cargado con la silla del caballo. El establo era de forma rectangular y a los lados, se ubicaban las diferentes cuadras individuales de los caballos, separadas entre sí por paredes de madera, y todas con una reja metálica para cerrarlas. A esa hora de la mañana, todas las cuadras estaban vacías, pues los caballos pastaban libres en la zona de atrás.
Nos dirigimos al fondo del establo, pues allí, en unas estanterías enormes, era donde colocábamos los arreos de montar. Caminábamos sin decir nada, uno junto al otro, y ya casi habíamos llegado cuando, de pronto, un extraño sonido nos dejó paralizados. Era un sonido que yo conocía muy bien... una mujer disfrutando de un buen polvo.
Nos quedamos los dos paralizados, mirándonos el uno al otro con cara de sorpresa. ¿Quién podía ser? En cuanto me formulé esta pregunta, la respuesta penetró en mi mente como un fogonazo. ¡Claro! ¡El abuelo! ¡Qué cabrón! Esa era la razón de la despedida repentina de por la mañana, y también lo de prepararnos los caballos. ¡Qué estudiado lo tenía todo! En ese momento, caí en la cuenta de quién debía ser la chica que lo acompañaba.
No sabía qué hacer, allí, en la penumbra del establo, cargado con la silla y con mi prima al lado. Una vez más, fue ella la que tomó la iniciativa. Llevándose un dedo a los labios, me indicó que guardara silencio. Yo obedecí, dejando la silla en el suelo muy despacio. Ella me tomó de la mano y tirando de mí, hizo que nos acercáramos lentamente a la cuadra de la que provenían los gemidos.
Era el último habitáculo de la izquierda, el que quedaba justo al lado de los estantes de los arreos. Fuimos aproximándonos casi de puntillas, temerosos de hacer ruido. Por fin, llegamos junto a la pared de la cuadra y Marta, muy despacio, asomó la cabeza. Enseguida la retiró, y acercándose a mí me dijo al oído:
¡Es el abuelo!
Ya lo supongo - pensé.
Sin esperar respuesta, Marta volvió a asomarse al interior de la cuadra. Con las manos se aferraba al borde de la pared y estirando el cuello, intentaba no perderse nada de lo que sucedía en la cuadra. Muy despacio, me acerqué yo también, y para poder ver, me arrodillé en el suelo, asomándome justo por debajo de donde estaba mi prima.
Efectivamente, allí estaba mi abuelo y cabalgando sobre él estaba Blanca, la hija de los Benítez. Mi abuelo estaba tumbado sobre un montón de paja, con los pantalones bajados hasta los tobillos. Blanca iba desnuda de cintura para abajo, llevando el torso cubierto por una camisa oscura. Blanca quedaba de espaldas a nosotros y su cuerpo tapaba la vista a mi abuelo, así que no era muy probable que se dieran cuenta de nuestra presencia, sobre todo estando tan concentrados en sus clases de equitación.
¡Así! ¡Así! ¡Jódeme bien! ¡Fóllame! ¡Fóllame! - gemía Blanquita.
¡Joder con la niña, qué boca tenía! Me acordé de todas las ocasiones en que mis padres me dijeron que ojalá me pareciera más a Blanca, esa muchacha tan educada. ¡Qué ilusos!
Blanca seguía botando como loca sobre la verga de mi abuelo, noté que llevaba la camisa abierta y que el viejo tenía las manos estiradas, estrujando sus tetas. La chica relinchaba como un caballo, se notaba que disfrutaba con cada bote; la situación se caldeaba por momentos y yo empecé a ponerme cachondo. Miré hacia arriba, a Marta, y comprobé que ella estaba experimentando lo mismo que yo. Tenía los ojos clavados en la pareja y había llevado una de sus manos hasta su cuello, acariciándoselo de forma inconsciente.
Yo, desde mi postura, agachado delante de ella, aproveché para deslizar una de mis manos entre sus piernas y plantarla directamente sobre su trasero. Martita pegó un respingo y me miró con ojos llameantes. Yo me limité a sonreírle mientras le guiñaba un ojo, y después, seguí magreando sus prietas posaderas. Marta decidió que aquello no le desagradaba y se dejó hacer, volviendo a concentrar su atención en la gozosa pareja.
Nos quedamos allí durante unos minutos, yo sobándole el culo a mi prima mientras contemplábamos a mi abuelo echándole un polvazo de campeonato a Blanquita. La situación resultaba muy excitante, especialmente el oír el vocabulario de verdulera ninfómana que la niña era capaz de desplegar.
Entonces, Marta decidió que ya era suficiente y se apartó de mí, circunstancia que yo aproveché para dejar que mi mano se deslizara entre sus piernas, frotando distraídamente su entrepierna. Ella se agachó un poco y agarrándome de la camisa, me apartó de la pared.
¿Y ahora qué hacemos? - dijo en voz baja - Esos dos se van a quedar todavía un buen rato.
Sí, creo que sí - asentí.
¿Y entonces?
No sé... ¿Nos vamos?
¿Y la silla? - dijo.
¿No puedes aguantarte con esta? - dije señalando la que había a nuestros pies.
Marta resopló resignada.
Bueno... Si no hay más remedio...
Aquel día yo había decidido que Marta sería la reina del mundo, al menos de mi mundo, así que le dije:
No te preocupes. Ya me encargo yo. Dime, ¿cuál es tu silla?
¿Cómo?
Que me indiques cual es.
Marta, extrañada, señaló una silla en los estantes del fondo. Yo, me agaché y recogí la otra del suelo, sin importarme hacer ruido. Marta se quedó congelada al ver el escándalo que estaba yo formando, pues los estribos tintineaban como campanas. Con decisión, agarré la silla y me dirigí a la cuadra donde estaba mi abuelo con la chica.
¡Hola abuelo! - exclamé.
La situación era de lo más cómica. Mi abuelo estaba absolutamente petrificado, mirándome sin poder creer lo que veía. Blanca había girado el torso, con los ojos desorbitados, todavía con la polla de mi abuelo bien enterrada. Ninguno de los dos se movía, observándome asombrados.
Perdón por interrumpir, pero es que te has equivocado de silla, ésta no es la de Marta y como es tan caprichosa... - dije dirigiendo una mirada pícara a mi prima, a la que los otros dos no podían ver.
Me fijé en que al volverse, Blanca me mostraba los pechos y así se lo hice notar.
¡Joder Blanca! ¡Vaya par de tetas tienes! Desde luego nadie lo diría, con lo modosita que parecías.
Aquello pareció despertar a Blanca, que se aferró lo bordes de la camisa, cerrándolos violentamente. Trató de descabalgar a mi abuelo, sin duda para taparse, pero él fue más rápido y tomándola de la cintura se lo impidió.
Tranquila niña, Oscar ya se va ¿verdad? - me dijo fulminándome con la mirada.
Sí, sí, tranquilo, ya me voy.
Pero, pero... - balbuceaba la chica.
Tranquila. Oscar no va a decir nada... o lo mataré - dijo mi abuelo.
¡Je, je! - reí yo - Tiene razón, jamás se me ocurriría contar nada de esto, te lo aseguro. Mira, ya me voy y os dejo tranquilos.
Dejé la silla en los estantes y cogí la de mi prima. Me di la vuelta y me dirigí a la salida.
Hasta luego, abuelo.
Sí, sí, adiós - respondió él.
Adiós, Blanca - dije zalamero.
A... adiós Oscar - balbuceó ella.
Y después de echarle un último vistazo al estupendo cuerpecito de la chica, me reuní con mi prima. Salimos juntos del establo, sin decir nada. Con habilidad, ensillamos a Luna y cargamos los paquetes y, montando, nos alejamos al trote. Por fin, mi prima rompió el silencio estallando en carcajadas.
¡Estás loco! - exclamó.
¿Por qué? - respondí riendo a mi vez.
¿Cómo que por qué? ¡A quién se le ocurre entrar así! ¡Madre mía, creí que me moría del susto!
¿Susto? ¿Por qué? ¿Qué crees que iban a hacer, contárselo a nuestros padres?
¡Eso es verdad! - dijo riendo.
Tranquila, el abuelo comprende por qué lo he hecho.
Eso hizo que ella se calmara de golpe.
¿Cómo? ¿Qué quieres decir? ¿El abuelo sabe lo nuestro?
¡Mierda! ¡Pero qué me pasaba!
No, no... Verás... Lo que quiero decir es que el abuelo fue quien me enseñó lo que sé sobre las chicas.
¿Y?
Pues que se lo tomará como una lección más de mi aprendizaje y no se enfadará por esto. Siempre me dice que el sexo no es algo de lo que debamos avergonzarnos, así que seguro que no le molesta que yo entrara.
Comprendo.
Si tú supieras... - pensé.
Cabalgamos un par de minutos sin hablar y entonces mi prima dijo:
Pero, ¿por qué lo has hecho? Ya te dije que no me importaba usar la otra silla.
Sí - respondí - Pero noté que no hubieras estado cómoda y quiero que hoy todo salga perfecto.
¿Por qué?
Por ti. Para hacerte gozar como nunca antes a otra mujer - dije citando sus palabras de días antes.
Marta enrojeció violentamente, desviando la mirada y fijándola en el camino.
Oye, que eso fue una broma - dijo en voz baja.
No me importa - respondí - Quiero que sea así.
Marta acercó su caballo al mío y estirando el cuerpo, me dio un tenue beso en los labios.
Gracias - me dijo.
No las merece - respondí.
Cabalgamos en silencio durante unos diez minutos. No se trataba de un silencio incómodo ni nada parecido, sino que nos concentramos cada uno en sus pensamientos, en qué decir, qué hacer. Entonces me acordé de que quería preguntarle a Marta por Andrea.
Oye, Marta.
¿Sí?
Verás, es que últimamente he notado muy rara a Andrea, creo que le pasa algo y me preguntaba si tú sabrías qué le ocurre.
¿En serio? - dijo.
Sí, desde la noche que pasasteis en casa de los Benítez, Andrea parece, no sé, taciturna.
Sí - dijo Marta - Aquella noche pasaron muchas cosas.
¿Y? - dije yo.
Y, ¿qué?.
Pues que me cuentes qué pasó.
No sé si debería.
Vamos Marta - insistí - A estas alturas lo menos que podemos hacer es ser sinceros el uno con el otro.
Ella me miró fijamente unos instantes y por fin dijo:
¿Quieres decir que tú también vas a ser sincero conmigo?
Aquello me dejó momentáneamente parado. Las implicaciones de sus palabras eran muchas, pero mi instinto me indicaba que confiara en ella, así que contesté:
Sí. Te contaré lo que quieras.
De acuerdo.
Marta se enderezó en el caballo, respiró hondo y empezó a hablar.
Verás, aquella noche nos sorprendió la tormenta cuando estábamos a punto de llegar a casa de los Benítez.
Sí, ya lo sé.
Muy amablemente, el señor Benítez nos ofreció cobijo para esa noche, nos dijo que como su casa era tan grande, habría camas para todos.
Ya, ya.
El abuelo dijo que era imposible volver, así que aceptamos. Fue una velada muy agradable, para todos menos para mí.
¿Por qué? - pregunté extrañado.
Bueno, como recordarás aquella noche fui a la cena para aclarar las cosas con Ramón, y claro, hablar con él de lo que sucedió en la ciudad no era muy apetecible.
Comprendo.
Además, no tenía a nadie con quien conversar. Andrea hablaba con Ramón, tu padre con el señor Benítez, mamá y tía Leonor con la señora Benítez...
¿Y Blanca? - pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
¡Ja, ja! - rió Marta - Acabo de darme cuenta. Es verdad, aquella noche habló muchísimo con el abuelo. ¡Seguro que entonces ya estaban liados!
Es muy probable - asentí.
Pues eso, que la noche fue bastante aburrida. Tras la cena, conseguí quedarme a solas con Ramón un segundo.
¿Y? - dije algo escamado.
Pues que tenías razón. Es un cerdo. Me dijo que no quería saber nada de una zorra que iba toqueteando a la gente por ahí y luego no quería hacer nada. Que yo era sólo una cría y una calientabraguetas y que no quería nada conmigo.
¡Cuando coja a ese cabrón, le voy a saltar todos los dientes! - grité absolutamente enojado.
Mi prima Marta se sobresaltó un poco ante mi arrebato, pero entonces su mirada se dulcificó y me dijo:
Estoy segura de que lo harías.
Pues claro - afirmé todavía enfadado.
Así que por fin se acabó la velada y nos fuimos a dormir. Nos dieron un dormitorio para Andrea y para mí, con una cama grande. Noté que Andrea estaba muy nerviosa e inquieta; traté de averiguar qué le pasaba, pero ella no quería hablar y no hacía más que insistir en que me durmiera.
¿Qué le pasaba? - la interrumpí.
Pues que se había citado más tarde con Ramón.
¡No!
Me temo que sí. Yo me olía algo raro, así que me hice la dormida. Entonces ella, tras comprobar que yo dormía, salió del cuarto.
¿Y qué hiciste tú?
La seguí.
¿En serio? ¿Y adónde fue?
Se dirigió al salón grande, el que tiene los trofeos del señor Benítez.
Yo había estado en algunas ocasiones en aquella finca y conocía el cuarto al que se refería Marta. El señor Benítez era muy aficionado a la caza, y en aquel salón tenía las cabezas de un jabalí y un ciervo, las cuales siempre me habían asustado y apenado.
Allí la esperaba Ramón.
¿Y qué pasó? - inquirí.
Justo lo que tú me dijiste que pasaría. Ramón se aprovechó de ella.
¿Quieres decir que se acostó con ella?
Sí - contestó Marta secamente.
Lo siento por Andrea, de verdad, Ramón no se la merece - contesté lacónicamente.
Tienes razón.
Bueno - dije - Pero, ¿qué pasó para que Andrea se pusiera tan triste?
Eso no lo sé. Supongo que no debió de ir muy bien.
¿Pero tú no lo viste?
¡Pues claro que no! ¿Quién te has creído que soy? - exclamó indignada - ¡Yo no voy espiando a la gente!
Ay, perdona, chica. Pero es que como el otro día, con Brigitte...
Bueno, pero eso fue diferente. Tú sabías que yo estaba allí ¿no?
Sí, es verdad.
Estuve a punto de decirle que Brigitte no tenía ni idea de que ella estaba escondida en su armario, pero me contuve.
En cuanto Ramón la tumbó en el diván y comenzó a desnudarla me fui a mi cuarto.
¿Y? - pregunté.
¡Y nada! - exclamó ella, sobresaltándome un poco.
Tranquila, Marta - dije.
Ella respiró hondo y siguió.
Como una hora después, Andrea regresó. No puedo asegurarlo, pero creo que había llorado.
Te lo juro, voy a matar a ese cabrón.
Le pregunté que qué le pasaba, pero ella no quiso hablar conmigo, así que sólo puedo especular acerca de lo que sucedió en el salón.
Sí, yo también me lo imagino bastante bien - murmuré.
Bueno y eso es todo. Ahora te toca a ti.
¿Cómo? - dije extrañado.
Yo he sido sincera, ahora te toca a ti responderme.
Tragué saliva, algo asustado. Tenía una idea bastante aproximada acerca de lo que Marta me iba a preguntar. ¿Qué podía hacer? ¿Mentirle? Lo sopesé un instante, pero algo me dijo que no lo hiciera.
De acuerdo, pregunta - dije.
¿Te has acostado con mi madre?
¡Dios! ¡Directa a la yugular! Lo cierto es que no me esperaba que fuera tan derecha al grano.
Sí - respondí solamente.
Bien - dijo ella.
¡Joder! No podía ni imaginarme lo que iba a hacer Marta ahora. ¿Se marcharía? ¿Lloraría? ¿Me insultaría?
Marta - balbuceé.
¿Sí? - respondió ella en tono normal.
¿No vas a decir nada?
Ella me miró fijamente, con sus grandes ojazos, entonces sonrió y dijo:
Tranquilo. Ya lo sabía.
¡¿CÓMO?! - exclamé sorprendidísimo.
Que ya lo sabía. Mamá me lo dijo.
¡No puede ser!
Es verdad. Sólo quería comprobar si eras sincero de verdad. Si llegas a decirme que no, hubiera dado la vuelta y estaría de regreso a casa.
La verdad, a veces tengo la sensación de que aunque pasen mil años, jamás llegaré a entender a las mujeres.
¡Mejor así! - exclamó Marta riendo.
Marta espoleó a su caballo, y se marchó al galope, dejándome atrás. Yo hice lo mismo con Niebla, alcanzándola, y durante unos minutos, echamos una carrera por el camino, riendo como locos. Por fin, llegamos al lindero del bosque, y dentro no se podía galopar, así que frenamos las monturas.
¿Cuánto falta? - preguntó Marta - Tú eres el que conoce esta zona.
Un par de kilómetros - respondí - Será mejor que los hagamos a pié, el terreno dentro del bosque es muy accidentado y los caballos podrían hacerse daño. Además, están fatigados tras la carrera.
Por toda respuesta, Marta se bajó del caballo. Yo la imité, y cogiendo mi cantimplora, eché un trago de agua.
¿Quieres? - le dije ofreciéndosela.
Sí, gracias.
Marta la cogió y, cerrando los ojos, bebió de ella. Yo me quedé mirándola, preciosa, con la frente perlada de gotitas de sudor que reflejaban los rayos solares, confiriéndole una aureola de luz.
¿Qué miras? - preguntó secándose los labios con la manga de la camisa.
A ti - respondí, lo que le arrancó una deliciosa sonrisa.
Vamos - dijo.
Cogimos las bridas de los caballos y nos internamos en el bosque. Digo bosque por llamarlo de alguna forma, pues en realidad se trataba de un pinar, que crecía a la orilla del río. Aquella zona aún pertenecía a la finca del abuelo, que se extendía justo hasta la ribera. Nuestro destino era un antiguo monasterio, abandonado hacía muchos años, que mi abuelo me había llevado a visitar en un par de ocasiones. Marta había expresado su deseo de ir, pero nunca había surgido la ocasión hasta aquel día.
Caminábamos lentamente, disfrutando de la naturaleza, respirando aire puro, impregnado de una deliciosa fragancia de pino. Aún no veíamos el río, pero ya escuchábamos el rumor del agua. Nuestra idea era llegar hasta la orilla y luego remontar su curso hasta llegar al monasterio. Puedo jurar que en aquellos maravillosos minutos, me olvidé por completo del objetivo de nuestra excursión, aunque, claro, conociéndome sin duda comprenderán que eso no duró mucho
Los caballos olisqueaban inquietos, pues tenían sed y la cercanía del agua los ponía nerviosos. Minutos después llegábamos junto al agua.
¿Nos sentamos aquí unos minutos? - dije - Así los caballos podrán beber.
Vale.
Atamos las bridas de los caballos a un árbol junto a la orilla para que pudieran beber y nos sentamos en un tronco caído. Marta se sentó junto a mí y recostó su cabecita en mi brazo. Yo llevé una mano sobre sus hombros, estrechándola contra mí. Podría haberme quedado así eternamente.
Un céntimo por tus pensamientos - dijo Marta, rompiendo el silencio.
¿Ummm? - dije yo.
¿En qué piensas?
¿En serio quieres saberlo?
Claro, tonto, si no, no te lo preguntaría.
Pues... La verdad es que estoy un poco nervioso.
Marta se separó un poco de mí y me miró sorprendida.
¿Nervioso? ¿Tú? ¿Por qué? Si alguien tiene que estar nervioso, esa soy yo.
No veo por qué - dije.
Pues por qué va a ser - dijo, aunque enseguida desvió la conversación - ¿Y por qué estás nervioso? Si tú eres todo un experto.
Vamos, no digas tonterías.
No digo tonterías, olvidas que te vi con Brigitte, y creo que se lo pasó divinamente, puedo asegurarte que no fingía.
Precisamente - respondí - Y quiero que tú lo disfrutes también. No quiero hacerte daño.
Ya te he dicho que te olvides de lo que te dije. Seguro que lo paso muy bien.
No es eso - la interrumpí - Es que yo...
¿Qué?
Bueno... Las mujeres con que he estado... Ya sabes, Vito, Brigitte, Mar...
Mi madre... - dijo Marta.
Sí, y tu madre - concedí - Pues eso...
¿Qué?
Que eran mujeres.
¿Insinúas que yo no lo soy? - dijo extrañada.
No, tonta - reí yo - Lo que quiero decir es que eran mujeres con experiencia.
¿Y qué mas da? Ahora vas a hacerlo con alguien menos experto que tú.
No me preocupa la experiencia.
¿Entonces? - dijo ella - No te entiendo.
Decidí dejar de dar rodeos, era mejor ser directo.
Lo que quiero decir es que tú eres virgen. El abuelo me explicó que hay que tener cuidado al desvirgar a una mujer, pues suele resultar un poco doloroso. Y yo no deseo hacerte el menor daño, Marta, antes me cortaría una mano. Y no sé si sabré hacerlo.
Comprendo - dijo ella muy seria.
Yo sólo quiero que disfrutes, que lo pases bien.
Pues entonces no tienes por qué preocuparte - dijo levantándose.
Claro que me preocupo, quiero que lo pases bien, no hacerte daño.
Marta había desatado ya a su caballo y se disponía a ponerse de nuevo en marcha.
No, si no me refiero a eso - dijo.
¿Entonces? - pregunté extrañado.
Quiero decir que ya no soy virgen.
Me quedé absolutamente alucinado. No sabía qué decir. Multitud de imágenes cruzaron por mi mente, habría sido el abuelo, Juan, o mucho peor: ¿Ramón?
Pero... ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? - balbuceé.
Marta me miró, riendo divertida.
Hijo, cállate que pareces tonto - dijo Marta alejándose.
Reaccioné y desaté a Niebla. Tirando de la brida, pugné por alcanzar a Marta.
¡Espera Marta! ¡Eso tienes que explicármelo!
Ella se paró y se volvió para mirarme.
No, no voy a decírtelo - dijo.
¿Cómo que no? ¿No habíamos acordado ser sinceros el uno con el otro?
Sí, pero es que no puedo.
Yo ya me temía lo peor.
¡Cómo que no puedes! ¿Por qué? - exclamé.
Porque... Me da vergüenza - dijo mi prima reanudando la marcha.
Me quedé sorprendido unos segundos, pero enseguida la seguí y la alcancé.
No Marta, esto no puede quedarse así.
¿Por qué? ¿Qué más te da?
¡Pues claro que me da! - dije - ¡Cuéntamelo!
¿Por qué?
Yo traté de serenarme; tragué saliva y hablé con tono reposado.
Marta, he hecho todo lo que me has pedido, he dejado que me espiaras, que jugaras conmigo, que te burlaras, lo hemos hecho todo como tú has querido. Y ahora te pido que me cuentes cómo y con quién perdiste la virginidad.
¿Y si te digo que fue con Ramón? - dijo burlona.
Pues entonces me encontraría en este río con una mujer a la que no conozco de nada. Ya no serías Marta, la chica más hermosa que conozco, guapa, inteligente, dulce. Serías una tonta, que iba detrás del mayor cabronazo que imaginarse pueda, a pesar de saber lo vil que ese hombre puede llegar a ser.
Nunca en mi vida había hablado tan en serio. Marta se dio cuenta, y entonces rompió a reír.
¡Vaya, primito! ¡Qué serio te has puesto!
Oye, si es una broma, no ha tenido gracia - dije algo enfadado.
No, no es broma.
Entonces cuéntamelo, por favor.
Vaaaaale.
Bueno, allá íbamos. Me preparé para lo peor.
Bueno. Por donde empiezo - dijo Marta - La noche de la cena en casa de los Benítez.
¡Ay, Dios mío! - pensé.
Como te he dicho, seguí a Andrea hasta el salón donde la esperaba Ramón.
Sí, sí, ya sé - dije algo nervioso.
Y la verdad es que sí que los espié durante un par de minutos.
Sigue.
Aquello... Me turbó. Me acordaba de ti, de cómo me habías pedido que me quedara aquella noche contigo, de lo que podríamos estar haciendo solos en casa y me puse... caliente.
Ya - asentí - ¿Y qué hiciste?
Empecé a... tocarme, allí espiándolos, pero no me sentía bien, detestaba ver a mi hermana con aquel tipo. Pensé en irrumpir en el cuarto, pero Andrea no me lo perdonaría jamás y además, ella ya es mayorcita, así que como te dije antes, me marché y no sé lo que sucedió después en el salón.
¿Y entonces? - dije, porque no entendía nada.
No regresé a mi cuarto.
¿Y adónde fuiste? - pregunté, aunque no sabía si quería saber o no la respuesta.
A la cocina.
¿A la cocina? - exclamé sorprendido.
Sí. Había recordado algo que me había dicho Andrea tiempo antes.
¿El qué?
Bueno, en ocasiones las tres teníamos conversaciones sobre sexo.
¡Ah! - dije.
Seguro que a ti te parecerían de lo más estúpidas e inocentes, dada tu dilatada experiencia - dijo Marta socarrona - Pero para nosotros era algo prohibido y excitante. Recuerda que yo antes era muy mojigata y tu hermana no digamos
Comprendo.
Pero Andrea era más lanzada, y en cierta ocasión nos dijo que había mujeres que... al tocarse, se metían cosas por...
Sí, ya te entiendo.
Ella habló de palos, de pepinos... Marina y yo le dijimos que era una guarra, aunque ahora comprendo que en el fondo nos gustaban esas historias.
Y a mí las tuyas - pensé.
Pues eso, en la cocina encontré un pepino gordo y me lo llevé al cuarto.
¡¿Un pepino?! - exclamé sorprendido.
¡Sí! ¡Qué pasa! - dijo ella roja como un tomate.
Nada, nada, continúa.
Pues eso, me metí en la cama y empecé a acariciarme.
¿Pensabas en mí? - la interrumpí.
¿Te gustaría que así fuera? - dijo zalamera.
¡Ya te digo! - exclamé cada vez más cachondo.
¡Pues no te lo digo! - rió juguetona.
Vaaale - concedí - Pero, sigue por favor.
Pues pasó, lo que ya te estás imaginando. Usé el pepino para...
Masturbarte - concluí yo.
Sí, eso. Lo escogí demasiado grande y me hice daño. Entonces descubrí que estaba sangrando un poco.
¡Uufff! Debiste asustarte ¿no?
Y tanto. Me asusté hasta tal punto que fui a buscar a mamá.
¡Ay, madre! - pensé.
Ella tenía un cuarto para ella sola, así que no molestábamos a nadie.
¿Y qué pasó?
Se lo conté todo.
¿Todo? ¿Qué quería decir con todo?
Pero, ¿todo, todo?
Sí - dijo ella afirmando con la cabeza vigorosamente - Todo. Lo de la ciudad, lo del coche... Bueno, empecé contándole lo del pepino, y ella me tranquilizó, diciéndome que simplemente me había roto el virgo, que no pasaba nada. Estuvimos un rato hablando sobre el tema y me convenció de que, en efecto, aquello no tenía importancia.
Y luego le contaste lo demás.
Sí. Nos sinceramos la una con la otra. Jamás había hablado así con mamá, no sé, nos hicimos amigas. Yo nunca había visto a mi madre de aquella forma, estaba más abierta, más tranquila, no parecía ella.
Entiendo - dije.
Entonces nos contamos un montón de cosas. Ella me dijo que habíais estado juntos la noche de su cumpleaños y yo le conté nuestras aventurillas.
¡Joooder! - pensé.
Entonces ella dijo que estaba de acuerdo en que tú fueras mi primer hombre, pues estaba segura de que me tratarías bien, que no se me ocurriera hacer lo mismo que Andrea.
¿Le contaste que Andrea estaba en ese momento con Ramón?
Sí.
¿Y no hizo nada?
No, era una confidencia que yo le había hecho y habíamos acordado no decírselo a nadie. Además, dijo que ya éramos mayores para hacer con nuestros cuerpos lo que nos viniera en gana, y que ella siempre estaría allí para apoyarnos.
Entonces comprendí hasta qué punto era profundo el cambio operado en tía Laura. ¡Dios mío! ¡Si prácticamente me ponía a su hija en bandeja! Aunque, bien mirado, ella había por fin aceptado el sexo como una parte imprescindible de su vida, algo de lo que disfrutar, así que ¿por qué no iba a querer lo mismo para sus hijas? Tía Laura era la mejor.
¡Mira! - exclamó Marta - ¡Ese debe ser el monasterio!
Alcé la vista y comprobé que, efectivamente, habíamos llegado. Ante nosotros se alzaba el antiguo monasterio de San Cristóbal, un edificio del siglo XVII, abandonado por los monjes muchísimos años antes, durante la desamortización de Mendizábal. Pero como todos los edificios antiguos, estaba muy bien construido, así que las paredes de piedra se mantenían en pié.
Dejando a los caballos fuera, tomé a mi prima de la mano y la conduje al interior, mostrándole las ruinas que quedaban. Vimos lo que debía ser el refectorio, el claustro y la zona que usaban como huerto, donde aún crecían matas de fresas silvestres, no sé si como recuerdo de los cultivos que hacían los monjes en el pasado. Tanto mi prima como yo éramos muy aficionados a la historia y nos embargó esa extraña atmósfera que posee todo lo antiguo, así que nos pasamos cerca de una hora recorriendo el lugar.
En realidad, ninguno de los dos había olvidado el propósito de nuestra excursión, pero llegado el momento de la verdad, nos mostrábamos un tanto nerviosos, conscientes del importante paso que nos disponíamos a dar.
Oye - dijo Marta - ¿Vamos fuera?
Vale.
Salimos de nuevo al exterior y nos pusimos a prepararlo todo. Desensillamos los caballos y los dejamos que pastaran sueltos, pues al estar entrenados, no se alejarían mucho. Colocamos una manta en el suelo, cerca del río, en una zona cubierta de hierba. Yo me tumbé en la manta, con las manos tras la nuca, mirando al cielo, soñador.
Enseguida Marta se acurrucó a mi lado, apoyando la cabeza en mi pecho y pasando una pierna por encima de las mías.
¿Qué hacemos? - susurró.
Lo que quieras - dije.
Ella alzó un poco la cabeza y nos miramos a los ojos.
Es curioso - dijo - Llevo tanto tiempo esperando este momento y ahora no sé qué hacer.
Marta - respondí - Si no estás preparada, podemos dejarlo pasar, a mí no me importa.
Puedo jurar ante Dios que mis palabras eran absolutamente sinceras y mi prima se dio cuenta de ello. Sonriendo, acercó sus labios a los míos y me besó tiernamente.
No, tonto - dijo - Si estoy deseándolo.
¡Estupendo! Me incorporé un poco sobre la manta y le puse una mano en la nuca, atrayéndola hacia mí. Nuestras bocas volvieron a juntarse, besándonos. Rápidamente, su lengua se abrió paso entre mis labios, buscando a la mía. Las dos se enroscaron, sinuosas, saboreándose la una a la otra. La boca de mi prima tenía un gusto... dulce, como a menta, era delicioso.
Me dejé caer sobre la manta, quedando tumbado boca arriba, atrayendo a Marta hacia mí. Seguíamos besándonos cuando ella me agarró una muñeca y tirando de ella, llevó mi mano hasta su pecho. Yo tenía los ojos cerrados, sintiendo cada sensación, cada sabor. Mis oídos no percibían nada de lo que ocurría a nuestro alrededor, sólo escuchaba los sonidos de nuestras respiraciones jadeantes.
Dejé mi mano completamente quieta, sosteniendo en ella su seno, sintiendo su dureza. Podía notar perfectamente las varillas de su sostén, que mantenía sus pechos encerrados, pero no hice nada por abrirlo, sólo quería estar así con ella. De pronto, para mi sorpresa, Marta se separó de mí y dijo:
¡Tengo una idea!
¿Qué? - dije confuso.
¡Vamos a darnos un baño!
¿Cómo?
¡Que nos bañemos!
¡Estás loca! Todavía es primavera, ¿sabes lo fría que debe estar el agua? Además, no hemos traído bañador.
¿Y qué más da? ¡Nos bañamos desnudos! Y seguro que luego se nos ocurre algo para quitarnos el frío - dijo con una sonrisa ladina.
Vaaaaale - concedí.
Entusiasmada, Marta se incorporó, quedando de rodillas sobre la manta. Llevó sus manos a los botones de la camisa, empezando a desabrocharlos, pero yo la detuve.
¡Espera! - dije.
¿Por qué? - dijo sorprendida.
Deja que lo haga yo - respondí arrodillándome a mi vez y quedando frente a ella.
Por toda respuesta, Marta se limitó a sonreír, bajando los brazos hasta sus costados.
Bueno. ¡Allá vamos! - pensé.
Con gran delicadeza, llevé mis manos hasta los botones, mientras la miraba a los ojos. Lentamente comencé a desabrocharlos, empezando por los de arriba y deslizando poco a poco mis manos hacia los de abajo. A medida que se iban abriendo los botones, porciones cada vez mayores de su exquisita piel iban apareciendo ante mí. Pronto sus pechos surgieron por el escote, enfundados en un bonito sujetador blanco de lencería fina. Aquel sostén no los cubría por completo, sólo lo justo para que no se vieran las areolas, y todo el filo estaba recorrido por unos hermosos bordados de flores, calados, lo que permitía ver diminutos fragmentos de las tetas de Marta. Recuerdo que pensé que debía de ser un regalo de su madre, pues en nuestros anteriores encuentros, Marta siempre llevaba ropa interior menos sofisticada.
Por fin, el último botón se abrió y yo solté los bordes de la camisa, que quedaron colgando, ocultando parcialmente sus pechos.
Eres hermosa - susurré mientras le acariciaba tiernamente la mejilla.
Marta me sonrió, pero no dijo nada. Muy despacio, aproximé mi cuerpo al suyo, hasta quedar casi pegados y agarrando la camisa por las solapas, comencé a deslizarla por sus hombros, quitándosela. Después fui bajándola por sus brazos, muy lentamente, pero había olvidado abrirle los botones de las muñecas, por lo que la camisa se quedó enganchada allí.
Tironeé torpemente de la ropa, tratando de abrirla, pero no podía. Entre risas a causa de mi torpeza, Marta se subió un poco las mangas de la camisa, para que yo pudiera abrir los botones. Una vez lo hube hecho, ella misma acabó de quitársela, dejándola en el suelo, a un lado.
Llevé mis manos a su espalda; ella pensó que iba a quitarle el sostén, pero decidí dejarlo para luego, pues aquella ropa interior le quedaba realmente bien. Lo que hice fue soltarle el pelo, que se escurrió en suaves bucles entre mis dedos.
Siéntate - le dije.
Ella obedeció, quedando sobre la manta e inmediatamente me coloqué a sus pies. Tirando (la verdad es que me costó un poco), logré desembarazarme de sus botas. Ella llevaba unos calcetines gruesos, muy apropiados para su calzado pero nada eróticos, así que se los quité enseguida. Recorrí la planta de uno de sus pies con un dedo, haciéndole cosquillas.
¡Ay, quieto! - dijo riendo.
Yo me limité a sonreír.
A continuación, me coloqué a cuatro patas, a horcajadas sobre sus piernas y fui caminando hacia delante, obligándola a que se tumbara. Marta levantaba la cabeza estirando el cuello, para no perderse ni un detalle de mis maniobras. Así la hebilla de su cinturón y la abrí con habilidad, y comencé con los botones del pantalón, cinco en total, y abrirlos lentamente fue una de las cosas más eróticas que he hecho en mi vida.
Poco a poco iban apareciendo ante mí las braguitas de mi prima, que inconfundiblemente iban a juego con el sostén. De color blanco inmaculado, bordadas y en un rincón, las iniciales de mi tía, lo que confirmó mis sospechas. Aquel descubrimiento hizo que me excitara todavía más y entonces fui consciente de mi propio estado. Hasta ese preciso instante, no me había dado cuenta de lo cachondísimo que me encontraba; mi polla era una dura barra dentro del pantalón, pero como sólo había tenido ojos para Marta, no me había dado ni cuenta.
Una vez abiertos todos los botones, agarré el pantalón por la cintura y tiré. Como sabrán, los pantalones de montar son muy ajustados, así que al moverlos, arrastré las braguitas, que bajaron un poco. El simple hecho de que aquella prenda se desplazara unos centímetros hizo que un ramalazo de electricidad recorriera mi cuerpo.
¡Espera! - exclamó Marta.
Yo me quedé quieto y ella aprovechó para levantar un poco el culo de la manta y volver
a colocarse las bragas.
Ahora, tira - dijo mientras se las sujetaba para que no volvieran a bajársele.
Extrañado, obedecí. Me costó un poco quitárselos por completo, pero afortunadamente lo logré, porque si no, se los hubiera destrozado. Ante mí estaba mi prima, vestida tan sólo con aquella sexy ropa interior, con el cabello extendido sobre la manta, mirándome ligeramente turbada.
Marta se levantó entonces, quedando sentada. Segundos después, se incorporó, arrodillándose, mientras yo contemplaba extasiado cómo sus pechos se bamboleaban embutidos en el exquisito sostén de encaje. Puso una mano en mi pecho, empujándome, haciendo que me sentara y dijo:
Espera. Ahora sigo yo.
Ni siquiera me molesté en asentir, simplemente la miré. Marta se puso en pié, frente a mí, parecía una diosa del amor contemplando al más devoto de los mortales que estaba a sus pies, adorándola. Llevó sus manos a su espalda y hábilmente abrió el broche. Lentamente, el sujetador fue cayendo hacia delante, conducido por su mano, pero eso a mí me daba lo mismo, pues mis ojos estaban clavados en aquellas dos maravillas que la naturaleza le había concedido.
Los pechos de Marta eran perfectos. Tenían una deliciosa forma de uva madura, curvados hacia delante de forma que el pezón apuntara ligeramente hacia arriba. Tenían el tamaño justo, hoy diríamos que tenía 90 de pecho, eran sin duda los más bellos que había visto. La piel era muy blanca, lo que hacía que sus areolas rosadas destacasen todavía más y en su centro, los pezones, duros, mirando al frente.
Traté de incorporarme, quería besar, chupar aquellos monumentos, pero Marta me lo impidió, obligándome con sus manos a seguir sentado.
Shiisssss - siseó - Espera. Todavía falta lo mejor.
¡Y tanto que faltaba! Volví a dejarme caer, contemplando embelesado a la diosa. Estaba desesperado por admirar la parte oculta de su anatomía. Marta deslizó sus dedos en la cinturilla de sus braguitas, pero justo cuando iba a bajarlas, pareció cambiar de idea y se dio la vuelta, quedando de espaldas a mí. Enloquecedoramente, sus manos se deslizaron hasta abajo, arrastrando con ellas la prenda íntima por sus muslos. Frente a mí estaba su espléndido trasero, coronando aquellas dos piernas divinas.
Alzó levemente un pié para quitarse las bragas por completo, lo que hizo que sus muslos se separaran un tanto. Sin perder un segundo, incliné la cabeza tratando de ver aunque fuera de refilón la entrepierna de mi primita. Pero ella había vuelto la cabeza y vio mi subrepticio movimiento.
¡Oye! - me reprendió - ¡No seas guarro!
En otras circunstancias me hubiera partido de risa. ¡Que no fuera guarro! ¡Pues apañados íbamos si no lo era!, pero en ese momento yo sólo pensaba en obedecer lo que ella ordenara, hubiera hecho cualquier cosa por ella.
Por fin, se libró por completo de las bragas, dejándolas caer encima del resto de su ropa. Muy lentamente se dio la vuelta, quedando frente a mí, que esperaba extasiado, pero para mi infortunio, sus manos tapaban el objeto de mi deseo.
¡Marta, por favor! - gemí - ¡Me vas a volver loco!
Por toda respuesta, sus manos fueron separándose, revelando lo que ocultaban tras de si. Y entonces, sí que creí enloquecer, faltó poco para que me abalanzara sobre Marta y la violara sin miramientos.
¡Joder! - exclamé con la boca abierta.
Y es que mi primita se había afeitado el chochito, los labios se veían por completo, libres de vello, y sólo había conservado unos mechoncitos justo encima de la raja. Era más parecido al de Brigitte que al de su madre.
¡Joder! - atiné a repetir alucinado.
Miré a Marta a la cara y vi que se había puesto coloradísima. Comprendí que lo había hecho sólo por mí, porque yo le había dicho que me gustaba, y eso hizo que me excitara más si es que eso era posible; la cabeza me zumbaba, la sangre me latía en los oídos...
Mi mirada desbocada fue demasiado para Marta y la vergüenza pudo con ella. De pronto, echó a correr y se zambulló de golpe en el río. Yo me quedé mirándola como tonto, sin saber qué hacer. Al poco, la cabeza de Marta surgió de entre las aguas y su cantarina voz consiguió penetrar en mi obnubilado cerebro.
¡Vamos, ven! - gritó mientras nadaba de espaldas - ¡Está buenísima!
Por fin reaccioné, y poniéndome de pié de un salto, comencé a desvestirme. Abrí los botones de las mangas de la camisa, pero no los demás, así que me la saqué por la cabeza como un jersey. Traté de quitarme las botas de pié, saltando a la pata coja, pero tras dar unos cuantos saltos, acompañados por la música de fondo de las carcajadas de mi prima, desistí y me dejé caer sobre la manta. Conseguí sacarme las botas y de sendas patadas, las disparé bastante lejos. Aún tumbado, me bajé los pantalones de un tirón, arrastrando los calzoncillos. Calcetines fuera y me levanté de un salto, con mi erecta polla bamboleando como una lanza.
Vaya, vaya... Cómo estamos ¿eh? - dijo mi prima desde el agua.
¿Y de quién es la culpa? - grité.
Salí corriendo hacia el río, con la clara intención de atrapar a mi prima. Dando un grito, ella se dio la vuelta y se alejó nadando, pero fuera porque yo era mejor nadador, o fuera porque ella no puso demasiado empeño en escapar, lo cierto es que la alcancé bastante pronto. Agarrándola por un tobillo, tiré de ella atrayéndola hacia mí. La abracé con fuerza y busqué sus labios con desespero, fundiéndonos en un tórrido beso. Nos abrazamos el uno al otro, mi erección bien apretada contra ella. Ninguno de los dos nadábamos, por lo que nos hundimos sin remedio, pero eso no hizo que dejáramos de besarnos.
Nos hundimos unos cuantos metros antes de que la falta de aire nos obligara a regresar a la superficie. Nos quedamos allí, manteniéndonos a flote con piernas y manos el uno frente al otro, mirándonos sonrientes. Marta abrió la boca y tragó un poco de agua, para a continuación disparármela a la cara. Yo respondí abalanzándome sobre ella y apoyando mis manos en su cabeza, la empujé hacia abajo, haciéndole una buena ahogadilla.
Ella resurgió riendo, con el pelo mojado tapándole la cara, lo que hizo que me riera bastante.
¿De qué te ríes? - dijo.
¡De ti! ¡Vaya pinta tienes con el pelo en la cara!
¿En serio? ¿Me encuentras graciosa? - dijo con tono extraño.
¡Sí! - bromeé.
Pues esta parte no se ríe precisamente.
Mientras decía esto, deslizó una mano bajo el agua y me agarró la picha, dándome un suave apretón, lo que hizo que un agradable espasmo recorriera mi cuerpo.
¡Ay! - me quejé.
¿Te duele? - dijo juguetona, sin dejar de sobarme el falo.
¿Tú qué crees?
Me acerqué, y ella se pegó contra mí, rodeando mi cintura con sus piernas. Pasó sus manos alrededor de mi cuello y volvió a besarme, mientras yo era el encargado de mantenernos a flote a ambos, agitando brazos y piernas vigorosamente. Mi polla había quedado atrapada entre ambos, estrujada por mi ingle y su entrepierna.
Estoy pensando en metértela aquí mismo - dije con picardía.
Uummm - dijo ella simulando pensárselo - Creo que no es buena idea.
¿Por qué?
Porque nos ahogaríamos.
No me importa morir así - concluí.
¡Pero a mí sí!
Marta se separó bruscamente y se alejó nadando de espaldas. Yo podía ver cómo sus pechos surcaban majestuosos las aguas, con los pezones mirando al cielo. Di unas brazadas hasta quedar a su lado.
¿Y decías que el agua estaba buena? - dije.
¿Y no lo está? - respondió sin dejar de nadar.
¡Tú eres la que está buena! - exclamé - ¡El agua lo que está es helada!
¡Tonto! - dijo salpicándome agua a los ojos.
Volvió a salir disparada nadando y yo detrás. Cuando estaba a punto de atraparla, se frenó y tomando impulso, me devolvió la ahogadilla de antes. Salí escupiendo agua, pues me había pillado de sorpresa y la perseguí, pero Marta había logrado suficiente ventaja, así que logró alcanzar la orilla y salir del agua.
Era delicioso verla caminar de puntillas por la orilla, con los pies descalzos intentando no pisar nada raro. Su piel, chorreando agua era de lo más apetitosa, así que decidí salir tras ella.
Me acerqué a Marta por detrás, mientras ella trasteaba entre nuestras cosas. Iba a sorprenderla, pero ella se volvió y me dijo:
Ten cuidado, no pises la manta estando mojado, la vas a empapar.
Me alargó entonces una gran toalla (comprendí entonces por qué las habíamos traído) y yo empecé a secarme con ella. Ella se inclinó para buscar la otra, quedando su culo en pompa y yo ya no resistí más. Terminé de secarme justo cuando ella encontró su toalla; yo me acerqué a Marta y se la quité de las manos.
- Espera - dije - Déjame a mí.
Ella se incorporó, quedando de espaldas a mí. Yo coloqué la toalla sobre su cabeza, secándole el pelo vigorosamente, después la deslicé hacia abajo, secando su cuello, su espalda, sus brazos. Rodeándola con la toalla, sequé sus pechos, rozando con la tela sus pezones, especialmente sensibles debido al frío, lo que le arrancó un tenue gemido. Terminé con sus piernas, su pubis, su trasero, todo con dulzura y delicadeza.
¿Tienes frío? - le dije.
Un poco - respondió.
Ven.
Cogiéndola de la mano, la conduje hacia la manta estirada. La ayudé a que se tumbara en el suelo y busqué la otra manta, que estaba entre mis cosas. La extendí sobre Marta, para que entrara un poco en calor y fue entonces cuando me di cuenta de que los ojos de Marta estaban fijos en mi polla.
La verdad es que había perdido un poco la erección, estaba sólo morcillona, pero aquello hacía que se moviese más debido a mis maniobras. Sonriendo, le dije a mi prima:
¿Te gusta?
Ella enrojeció violentamente y agarrando el borde de la manta, se tapó la cara.
¡Guarro! - me dijo.
Todavía riendo, me senté junto a ella. Apoyé una mano encima de su cuerpo y la deslicé sobre él hasta llegar al borde de la tela, que bajé un poco, descubriendo la cabeza de mi prima. Ella me sacó la lengua, burlándose, y yo la besé. Estuvimos besándonos unos segundos, antes de separar nuestras bocas y mirarnos a los ojos. Los de Marta brillaban.
Sin decir nada, Marta levantó la manta, mostrándome su delicioso cuerpo desnudo. Yo acepté la invitación y me metí bajo la tela con ella. Abrazados, con los cuerpos completamente pegados, dándonos calor el uno al otro, reanudamos nuestro beso. Una de mis manos estaba atrapada bajo su cuerpo, pero la otra se dedicaba a navegar delicadamente por su anatomía.
Marta apoyó una de sus manos en mi pecho, acariciándolo, y muy despacio, fue deslizándola hacia abajo, hacia mi ingle. Con algo de torpeza, agarró mi picha y la pajeó con dulzura, sin dejar de besarme. Yo llevé mi mano a su chochito, jugueteando con un dedo en el pelo que le quedaba.
¿Esto lo has hecho por mí? - susurré separando mis labios de los suyos.
Ella asintió con la cabeza.
Mi madre me ayudó - dijo.
¡Joder! Sólo de imaginarme la escenita, me ponía más cachondo todavía.
Marta - dije acercando la boca a su oído - La próxima vez que lo afeites... quiero verlo.
Pervertido - dijo ella riendo.
Soy tú pervertido.
Tras decir esto, le mordí suavemente el lóbulo de la oreja, lo que le hizo dar un delicioso gritito de sorpresa. Besé y chupé, aquella parte de Marta con deleite, la oreja, el cuello, el hombro, mientras ella no paraba de deslizar su manita sobre mi enardecido falo. Sus caricias me estaban haciendo disfrutar enormemente, así que le devolví el favor. Dejé de enredar en su vello púbico y llevé mis dedos hasta su depilada rajita. Con el índice y el anular, separé los labios mayores, metiendo entre ellos el dedo corazón, acariciando con dulzura. Estaba bastante mojada, ¡qué digo bastante!, estaba empapada.
Uuummmmm - un delicioso gemido escapó de los labios de Martita.
Yo alcé la cabeza para mirarla. Había cerrado los ojos, disfrutando de mis caricias, jadeando y gimiendo quedamente. Poco a poco fui subiendo el ritmo de mis inquietos dedos, provocando suspiros y jadeos mayores, dándole placer. Pero ella también me lo estaba dando a mí, su mano se movía cada vez más deprisa sobre mi falo, si seguíamos así, no iba a tardar mucho en correrme, y yo no quería que eso sucediera.
Dejé de masturbarla y ella abrió los ojos, sorprendida, interrogándome con la mirada.
Shissss - susurré - Espera.
Con mi mano, sujeté la suya, apartándola de mi sobreexcitado pene. Me coloqué a cuatro patas junto a ella, e inclinándome, comencé a besar y a lamer su pecho. Cuando mi lengua rozó uno de sus pezones, un estremecimiento de placer recorrió su cuerpo, que se agitó sinuosamente. Marta llevó sus manos a mi cabeza, comenzando a enredar sus dedos en mi pelo, jugando con él, disfrutando mis caricias. Yo lamía diestramente sus pechos, excitándola cada vez más y excitándome yo a mi vez. En cierto momento, absorbí por completo su pezón con mi boca, y tragué y tragué, tratando de que cupiera dentro la mayor porción posible de aquella deliciosa teta.
¡Ay! ¡Quieto! - reía Marta - ¿Quieres comértela o qué?
Levanté la cabeza y le respondí:
Quiero comerte toda.
Y me deslicé hacia abajo por su cuerpo, arrastrando la manta y destapando a Martita. Me situé a sus pies, mirando con lujuria su hermoso chochito. Ella se dio cuenta y avergonzada, encogió las piernas levantando las rodillas, privándome de la celestial visión. Yo me acerqué, y apoyando una mano en cada rodilla, traté de abrir sus piernas, para acceder a su rajita, pero ella hacía fuerza y no me dejaba.
¿Qué te pasa? - dije.
Ella no respondió, había ocultado el rostro entre las manos, y comprendí. Le daba vergüenza.
Vamos - susurré - No seas tonta.
Lentamente, fui logrando separar sus muslos, con lo que su entrepierna apreció ante mí. Me tumbé boca abajo en el suelo, con la polla apretada contra la manta y coloqué la cabeza justo entre sus muslos, para que no volviera a cerrarlos. Estiré entonces un dedo, y lo introduje entre sus labios vaginales, explorando.
¡Aaahhhh! - suspiró.
Contento por el resultado, continué la exploración.
Marta, te ha quedado precioso, de verdad.
Ummmmm - respondió ella, enardecida por mis caricias.
Todavía no me creo que hayas hecho esto por mí.
¡Aahh! ¡Aahhhhh!
Y tengo que agradecértelo de alguna forma.
Sin decir más, llevé mi boca hasta su coño y lo besé. Mantenía abiertos los labios mayores con mis dedos, así que hundí mi lengua directamente en su raja, chupando y lamiendo los labios menores.
¡Aaaaahh! ¡AAAHHHH! - gemía Marta.
Metí un par de dedos en su interior, metiéndolos y sacándolos lentamente y llevé mis labios hasta su clítoris, que estaba gordo e hinchado, y lo absorbí con mi boca. Mientras lo chupaba con mis labios, como un bebé bebiendo de un pezón, lo estimulaba con la lengua. Aquello parecía volver loca a Marta, que se retorcía como una culebra. Sus manos volvieron a enredarse en mi cabello, empujando mi cabeza contra sí, apretándome contra su coño.
Aquello estaba cada vez más caliente y más mojado, sus jugos resbalaban por mi barbilla, manchaban la manta; pensé que Martita estaba a punto y no me equivoqué.
¡AAAAHHHH! ¡SÍIIIIIIII! ¡ASÍIIIIIIII! - gritaba.
Mientras se corría, sus dedos se engarfiaron en mi pelo, tirándome fuertemente de él. Pero a mí no me importaba, sólo quería que ella disfrutara hasta el último instante, que recordara aquel día el resto de su vida.
Poco a poco, Marta fue calmándose. Durante su orgasmo, yo no había parado de masturbarla y chuparla, pero lo hice muy despacio, sólo para alargar la corrida. Por fin, la tensión de su cuerpo se relajó, y sus gritos fueron reduciéndose a sordos jadeos y suspiros. Sus dedos dejaron de tratar de arrancarme la cabellera y se dedicaron a acariciarme la cabeza.
Satisfecho, me deslicé hacia arriba por la manta, hasta que nuestras caras quedaron enfrentadas. Marta, sin dudar ni un instante, me rodeó con los brazos el cuello y me atrajo hacia sí, besándome con lujuria. Su lengua recorrió hasta el último centímetro de mi boca, saboreando su propio sabor, degustando su propia humedad.
Nos separamos y nos quedamos mirándonos a los ojos. Marta se incorporó quedando sentada, mientras yo seguía tumbado, admirándola. Deslizó entonces una mano hasta mi picha, y la aferró con fuerza. Un estremecimiento recorrió mi ser, haciendo que cerrara los ojos.
Marta se movió hacia abajo, sin soltarme la polla. Yo sabía lo que iba a hacer, pero no estaba seguro de si ella lo deseaba; ¿estaría lista ya, o seguiría como días antes? Abrí los ojos y la miré, su cara estaba junto a mi verga, mirándola pensativa, y en ese instante leí la duda en sus ojos.
Marta - dije sentándome.
No, no - dijo ella poniendo una mano en mi pecho - Túmbate, ahora me toca a mí.
No, Marta, no lo hagas.
¿Por qué? Creía que te gustaba.
Y me gusta, pero tú no quieres hacerlo y no voy a consentir que hagas algo que no deseas sólo por darme placer a mí.
Pero tú me has chupado el... Bueno, ya sabes, y es justo que ahora yo...
Llevé mi mano hasta la suya, la que agarraba mi falo, y se la aparté.
No digas tonterías, esto no es una obligación, si tú esto, yo lo otro. No es así, al menos conmigo no. Se trata de que los dos disfrutemos al máximo, y si te dejo que lo hagas, lo pasarás mal, pues aún no estás lista para eso. Y eso hará que yo lo pase mal.
Pero...
Pero nada. Además, hay mil formas en que puedo disfrutar contigo, distintas de la felación.
Marta me miraba insegura, así que acerqué mi rostro al suyo y volví a besarla. Empujando levemente con mi cuerpo, fui haciendo que se tumbara en la manta, sin dejar de besarnos. Separé mis labios de los suyos, y comencé a darle besitos por todo el cuerpo, la cara, los pechos, el estómago. Con mi mano, acaricié su rajita, comprobando que seguía muy lubricada. Había llegado el momento.
Marta comprendió mis intenciones, y lentamente, separó las piernas, ofreciéndose a mí. Yo me coloqué entre sus muslos, de rodillas, con la polla dura al máximo. Creo que nunca había deseado tanto a una mujer. Con cuidado, situé el enrojecido glande a la entrada de su vagina, haciendo que sus labios se separaran un poco. Miré a Marta y vi que tenía los ojos cerrados, esperando el momento.
¿Estás lista? - le pregunté.
Ella asintió vigorosamente con la cabeza. Se veía que estaba nerviosa.
¿Seguro? - insistí tratando de tranquilizarla.
Marta, abrió los ojos, y sonriendo dulcemente me dijo:
Completamente.
Y la penetré. Mi miembro se deslizó en ella como un cuchillo en mantequilla, fue perfecto, aunque la metí muy despacio, para no hacerle daño, mi polla entró de un tirón. Era como si el tamaño de mi pene fuese el justo para la anchura de su vagina, eran una espada y su vaina.
¡AAAHHHHH! ¡DIOSSSSS! - suspiró Marta.
Yo mantenía los ojos cerrados y los dientes apretados, tratando de relajarme, pues la penetración había sido tan placentera que había estado a punto de correrme. Dejé caer mi cuerpo sobre el de Marta, que enseguida me abrazó. Como yo era un poco más bajo que ella, mi frente quedaba justo a la altura de sus labios, y ella me besó allí con dulzura.
Nos quedamos quietos, acoplándonos el uno al otro, sintiéndonos, durante unos minutos que a mí se me antojaron eternos, pero al mismo tiempo, demasiado breves. Cuando me calmé lo suficiente como para estar seguro de no eyacular inmediatamente, me puse en marcha.
Muy despacio, aún temerosos de hacerle daño, la saqué unos centímetros, para a continuación volver a hundirla y comprobar su reacción.
¡AAAAAHHH! - suspiraba mi prima.
No había signos de dolor por ningún sitio, sólo placer, así que poco a poco, me dejé llevar. Comencé a bombear, muy lentamente al principio, más deprisa después. El coño de mi prima ceñía mi polla con firmeza, encajaban la una en el otro como si fueran piezas de un mismo mecanismo. Marta me abrazaba con fuerza, estrechándome contra si, pero en aquella postura yo no podía bombear con fuerza, así que erguí el tronco, separándome de ella, para que mis culetazos fueran más certeros.
Al follármela con mayor vigor, sus gemidos fueron subiendo de volumen y poco después, se convirtieron en auténticos gritos de placer.
¡ASÍIIIIII! ¡SIGUE! ¡SIGUE! ¡NO PARES!
Los aullidos de mi prima taladraban mi mente, nublando mi cerebro. Estaba excitado al máximo, loco de deseo, alucinado por el placer. El coño de mi prima estaba cada vez más mojado, con lo que mi polla se deslizaba sin obstáculos, cada vez más rápido.
Marta se corrió por segunda vez y no sé si incluso hubo una tercera, en rápida sucesión. Yo comencé a sentir espasmos en la ingle, cosquilleos, señal inequívoca de que mi clímax se aproximaba. Bombeé con más fuerza, mezclando mis propios gritos y gemidos con los de Martita.
¡DIOS! ¡QUÉ BUENO! ¡QUÉ BUENO! - gritaba yo.
¡SÍIIIIIIIIIIIIIIIIIII! - aullaba Marta - ¡ASÍIIIIII! ¡RÓMPEME EL COÑOOOOOO!
Aquellas palabras de Marta me sorprendieron, y me excitaron. Ya no aguantaba más, estaba al borde del orgasmo, pero aún así, esperé hasta el último segundo antes de sacársela, para sentirla el máximo de tiempo posible.
Me corrí como un salvaje, la leche salía disparada de mi miembro, manchando el suave vientre de mi prima. Pensé en dispararle por todos lados, como con Dickie, pero Marta no era una zorra como mi institutriz, así que hice que la mayor parte de la carga fuera a caer sobre el suelo.
Derrengado, me dejé caer boca arriba al lado de mi prima y ella aprovechó para recostarse en mí, quedando los dos abrazados.
Oye, nena, vaya vocabulario - le dije.
¡Tonto! - dijo ella dándome un azote amistoso en el brazo - Lo he hecho por ti.
¿Cómo? - dije sorprendido.
Antes, en el establo, cuando Blanca decía esas barbaridades, tú...
¿Si?
Bueno... Me estrujabas más fuerte. Noté que esas cosas... te ponen... así que, aunque me da vergüenza, las he dicho.
Eres increíble - dije besándola.
Permanecimos allí abrazados durante unos minutos, creo que incluso nos adormilamos un poco. Entonces, Marta dijo que tenía hambre.
Es verdad - respondí incorporándome - Ya debe ser la hora de almorzar.
Nos pusimos de pié y preparamos las cosas. Marta había traído bastante comida, queso, chorizo, incluso una tortilla. Comimos allí mismo, sentados al estilo moro sobre la manta, completamente desnudos. Yo contemplaba admirado a mi prima, extasiado por su belleza.
Tonto - dijo ella - No me mires así.
Lo siento, pero no puedo evitarlo.
Marta gateó acercándose a mí, volviendo a besarme. Nos tumbamos de nuevo abrazados, yo acariciando su cabello. El olor de su pelo penetraba en mis fosas nasales, embriagador y noté que estaba empezando a excitarme. Marta también lo notó, pues había colocado una pierna sobre las mías y mi incipiente erección se apretaba contra ella.
Vaya, vaya - dijo - ¿Qué tenemos aquí?
Retiró su pierna y la sustituyó por su mano, comenzando a acariciar voluptuosamente mi pene. Éste no se hizo de rogar demasiado y a los pocos segundos volvía a estar completamente empalmado, siendo pajeado con dulzura por mi primita. Intenté incorporarme para besarla, pero ella no me dejó, obligándome a permanecer tumbado.
Esta vez fue ella la que recorrió mi cuerpo dándome cálidos besitos, pero al llegar a mi estómago se detuvo. Alzando una pierna, la pasó sobre mí, quedando sentada a horcajadas sobre mi barriga. Mi polla quedaba deliciosamente apretada contra su culo, y ella lo movía hacia los lados, frotándolo.
Levanté mis manos y acaricié sus pechos, estimulando sus pezones con la yema de mis dedos, sintiendo su dureza. Marta me deseaba ya, así que no pasó mucho tiempo antes de que diese por finalizados esos jugueteos.
Alzando el trasero, metió una mano entre sus piernas y agarró mi picha, que estaba en plena forma. Deslizando el cuerpo hacia atrás, colocó la punta de mi cipote justo en la entrada y lentamente, fue dejándose caer, empalándose por completo.
¡Ugghhhh! - resoplé yo.
Marta me tapó la boca con las manos. Tenía la cabeza gacha, mirando hacia abajo, de forma que su cabello tapaba su rostro. Se quedó parada durante unos segundos, antes de comenzar un sensual vaivén con las caderas.
¡Uf! ¡Uf! - gemía Marta.
¡Así, nena, así! - la incitaba yo.
Para ser la primera vez de mi prima, la verdad es que aprendía con notable rapidez. Sus caderas se movían deliciosamente, describiendo un suave movimiento circular a la vez que subían y bajaban para empalarse bien en mi nabo. Mientras, yo no dejaba de acariciar sus tetas, pellizcando levemente los pezones, estimulándolos.
Marta levantó la vista, clavando sus ojos en los míos, con un brillo de excitación en su mirada que hizo que me estremeciera. Mirándonos el uno al otro, fuimos subiendo el ritmo de la follada. Marta se inclinó un poco hacia delante, apoyando las manos en el suelo. Su trasero subía y bajaba cada vez más rápido. Miré hacia abajo y pude observar cómo mi polla surgía de su interior y volvía a enterrarse en ella a toda velocidad. Marta ya no se agitaba, botaba directamente sobre mi miembro, follándose a un ritmo enloquecido.
Se echó entonces hacia atrás, apoyando de nuevo las manos en el suelo, pero esta vez detrás de ella. Sus pechos escaparon de mis manos, ya no los alcanzaba, pero podía admirarlos mientras saltaban embravecidos por los embates de aquel polvazo.
Marta alcanzó repentinamente el clímax, gritando como posesa.
¡DIOSSS! ¡SÍIIIIIIII! - aullaba.
Dio unos cuantos culetazos más y entonces se derrumbó sobre mí, quedándose muy quieta. Yo estaba como loco, deseando continuar, pero ella no se movía, sólo jadeaba recostada sobre mi pecho, con mi polla deseosa enterrada en sus entrañas.
Marta, sigue, por favor - jadeé.
Pero ella no parecía escucharme y seguía sin moverse. Yo no podía más, así que haciendo un alarde de fuerza, me incorporé, quedando sentado con el cuerpo de mi prima pegado al mío. Con mucho cuidado, fui echándola hacia atrás, tumbándola, pero al estar ella de rodillas sobre mí, no podía hacerlo sin torcerle las piernas, así que, para mi desgracia, tuve que sacar mi polla, chorreante de flujos de hembra, de su interior.
¡Ummmm! - gimió ella.
Tranquila, cariño, ya voy.
La tumbé por completo y me situé entre sus muslos. Cogí sus piernas y las levanté, haciendo que sus muslos quedaran apoyados contra su propio pecho, emulando la postura que empleé con Dickie. De esta forma, su coño se me ofrecía por completo y yo no tardé ni un segundo en volver a colocar la polla en su entrada. A esas alturas yo andaba tan caliente que no estaba para jueguecitos, así que en vez de meterla lentamente, se la clavé de un fuerte empujón.
¡Urgghhh! - gorgoteó ella.
Echando mi peso sobre ella, mi polla penetraba en su coño al máximo, mis huevos quedaban apretados contra su culo. Sus piernas quedaban apoyadas en mis hombros y noté que ella las apretaba con fuerza, para aumentar la fricción de mi pene en su coño. Empecé entonces a meterla y sacarla, sujetando sus piernas con mis manos, y ella seguía apretando, ciñendo su coñito sobre mi verga. Aquello me volvía loco, la metía y la sacaba con violencia, mis huevos golpeando contra su trasero en cada embate. Era increíble.
Pronto noté que un nuevo orgasmo se precipitaba, mi mente decía que debía sacarla ya, pero mi cuerpo me decía que no, que siguiera embistiendo. Noté que mis testículos entraban en erupción, la corrida subía disparada por el interior de mi verga, y justo en el último segundo, logré que mi cerebro venciera, dejándome caer de costado, con la polla vomitando leche hacia todas partes.
Las piernas de Marta cayeron al suelo, derrengada. Yo, agotado también, quedé tumbado, mientras espesos pegotes de esperma salían de mi pene, manchándome el vientre. Entonces Marta se incorporó, colocándose de costado y aferrando mi instrumento con una mano, lo masajeó suavemente para obtener las últimas gotas de mi esencia.
Mi corrida había acabado, mi pene comenzaba a perder su vigor, pero Marta seguía acariciándomelo delicadamente, con los ojos vidriosos, como hipnotizada. Por fin, la soltó y se echó una mirada a la palma de la mano, pringosa de semen. Tras quedarse así unos segundos, pareció despertar, y levantándose, recogió una toalla del suelo y se dirigió al río. Mojando la toalla, se limpió la mano y los restos de mi primer orgasmo y después regresó a mi lado, aseándome a mí también, sin hablar.
Una vez satisfecha, dejó la toalla a un lado, y cogió la otra manta, que andaba por allí hecha un guiñapo. Sin decir ni una palabra, se acostó a mi lado, reclinando su cabeza en mi pecho y nos arropó a los dos. Yo besé tiernamente su frente y me dejé caer, sumergiéndonos los dos en un dulce sueño de agotamiento.
Cuando desperté, calculé que habrían pasado un par de horas, debían de ser las cinco o las seis de la tarde. Sentí hambre, así que, con cuidado de no despertar a Marta, salí de debajo de la manta y rebusqué entre los paquetes. Me senté con un poco de pan con queso y una bota de vino, cuando de pronto, Marta apareció justo tras de mí, pegando sus pechos a mi espalda.
Hola - me susurró mientras me besaba el cuello.
Hola - contesté.
Se tumbó lánguidamente junto a mí, envolviéndose en su manta, mirándome a la cara.
¿Tienes hambre? - le pregunté.
Un poco.
Le pasé la botella de vino y me levanté para buscarle algo.
Oye, tiene que haber uvas por algún sitio - me dijo.
No me costó mucho encontrarlas, estaban en el paquete de la comida, envueltas en un trapo y un poco despachurradas.
Jugando, comencé a dárselas a mi prima una a una, directamente en la boca, mientras ella me miraba con picardía. Poco a poco, Marta fue entonándose, y aprovechaba cada vez que yo acercaba la mano a su boca para besármela o darme un mordisquito. El colmo fue cuando atrapó uno de mis dedos entre sus labios y lo chupó simulando una felación. Mi prima me estaba volviendo a poner cachondo.
Sigue así y ya mismo me tendrás encima tuya otra vez - le dije.
¿En serio? - respondió ella burlona.
Muy en serio.
Riendo, se incorporó y acercándose a mí me besó apasionadamente. Empleó su peso para obligarme a tumbarme en el suelo, quedando ella encima de mí, sujetando mis brazos con sus manos. Entonces, repentinamente, me tapó la cabeza con la manta que tenía y exclamó:
¡Primero tendrás que cogerme!
Me desembaracé de la manta lo más rápido que pude y miré a mi alrededor. Marta había salido corriendo, completamente desnuda, en dirección al monasterio. Me levanté de un salto y salí en su persecución, riéndonos los dos como locos.
¡Espera a que te coja! - gritaba yo - ¡Te vas a enterar!
Ella sólo se reía y reía, huyendo de mí como una ninfa del bosque. Era agradable correr desnudos por allí, era una sensación voluptuosa, sensual. Mi pene, en estado de media erección, cimbreaba orgulloso a los lados, al ritmo de mis zancadas. Marta se volvía y lo veía, lo que le arrancaba grititos de alegría y risas.
Mi prima llegó a la pared del monasterio, y se quedó apoyada en ella, recobrando el aliento. Yo no tardé ni un segundo en alcanzarla, abrazándola por detrás, lo que le provocó un grito de sorpresa. Enfebrecido, hice que se diera la vuelta y la besé con pasión, con lujuria. Ella respondió deseosa, su lengua buscando la mía. Estreché mi cuerpo contra el suyo, mi pene creciendo por momentos, apretándola contra el muro.
Excitado a más no poder, comencé a frotar mi erección contra ella, bajando y subiendo las caderas. Sin dejar de besarla, cogí su muslo izquierdo con mi mano y tiré hacia arriba, colocándolo junto a mi cintura. En esa posición, de pié y apoyados contra la pared, penetré de nuevo a Martita, lo que nos provocó a los dos un nuevo estremecimiento de placer.
Te avisé - dije jadeante.
Vamos. ¡Fóllame! ¡Fóllame! - contestó ella.
Sin perder ni un segundo, comencé a bombear en su coño. Mi mano mantenía su pierna alzada, de forma que su chocho quedara bien abierto. Con cada empellón, Marta se incrustaba contra el muro de piedra, lo que debía resultarle molesto, pero ella no se quejaba.
¡Así! ¡Sigue! ¡Más fuerte! - gritaba abrazada a mí.
Yo obedecía sin dudar, follándola contra aquella pared, enloquecido. Ella también andaba cachondísima, pues dejó de abrazar mi espalda y clavó fuertemente sus uñas en ella.
¡Ay! - grité sorprendido.
¡No te pares! ¡No pares!
Así que seguí penetrándola con vigor. El placer que sentíamos era indescriptible; yo quería gritar y tenía que apretar los dientes para no hacerlo, pero Marta optó por otro sistema, simplemente hundió el rostro en mi cuello y me mordió con fuerza. Aquello era follar con una gata salvaje.
No aguanté aquel baile ni un minuto, mi orgasmo se aproximaba imparable y así se lo hice saber a Marta.
Me corro, nena... ¡Me corro!
Casi inconsciente, se la saqué de dentro, per ella me estrechó contra sí, impidiendo que me apartara. Yo solté su pierna y ella la bajó hasta el suelo, quedando los dos de pié, pegados uno frente al otro, con mi miembro atrapado en medio. Marta buscó mis labios con los suyos, y nos besamos con pasión, fuego puro en nuestras bocas. Entonces Marta llevó sus manos hasta mi pene, y mientras con una me acariciaba el escroto, jugueteando con mis huevos, con la otra me pajeó dulcemente, provocándome en pocos segundos el orgasmo.
Al estar mi polla entre los dos, las salpicaduras alcanzaron los cuerpos de ambos, dejando nuestros estómagos pringosos de leche. Ella seguía con aquella enloquecedora caricia, sin dejar de besarme, incluso después de que mi polla dejara de vomitar semen.
Yo ya no podía más, derrengado, me dejé caer de rodillas frente a ella, agotado hasta el límite, pero algo perturbaba mi mente.
Mar... Marta - jadeé.
¿Umm?
¿Te corriste?
Alcé la vista, mirando su rostro, y aunque ella no me contestó, leí la respuesta en él.
Relájate - dije.
Sin dudar, llevé mi boca hasta su raja, y abriéndola con dos dedos metí mi lengua dentro.
¡QUÉ HACES! - gritó ella.
Como Marta tenía los dos pies en el suelo, la postura no era muy adecuada, pues su coño quedaba muy cerrado, así que volví a levantarle una pierna, dejando su muslo apoyado en mi hombro, quedando su chocho bien expuesto.
Inesperadamente, la penetré con fuerza con tres dedos a la vez, lo que le arrancó nuevos aullidos de placer.
¡NOOOOOOOOOO! - gritaba - ¡ESO NOOOOO!
¡Y una mierda que no! Comencé a meter y sacar los dedos vertiginosamente, quería que se corriera rápido, pues mi agotamiento era tal que no sabía cuánto podría aguantar. Mi boca buscó y encontró su clítoris, que comencé a chupar y lamer, y entonces, inesperadamente lo mordí con suavidad.
¡UAHHHHHHH! - aullaba Marta - ¡NOOOOO! ¡PARAAAAA!
Su voz decía que parara, pero sus manos empujaban mi cabeza contra su entrepierna, contradiciendo claramente sus palabras. En menos de un minuto se corrió, con violencia y ferocidad. Sus jugos inundaron mi boca, que había pegado a sus labios menores tratando de absorber su esencia, pero eran tantos los líquidos que brotaban de su coño, que no podía tragarlos todos y resbalaban por mi cuello, mojando mi pecho. La verdad, aún hoy me queda la duda de si mi primita se orinó al correrse.
Derrengada, Marta comenzó a derrumbarse y si no llego a sujetarla, se habría hecho daño, arañándose contra las piedras del muro. Quedó tumbada en el suelo, los ojos cerrados, respirando dificultosamente.
Eres un cabrón, eres un cabrón - balbuceaba - Te dije que pararas, te lo dije.
Yo, satisfecho conmigo mismo, me tumbé a su lado, acariciándole el pelo.
Marta.
Ella no respondió.
Puedo asegurarte que he gozado contigo como con ninguna otra mujer.
Ella abrió los ojos y me sonrió.
Yo también. Dudo que en mi vida pueda sentir mayor placer que el que me has dado hoy.
Y volvimos a besarnos.
Como media hora después, saqué fuerzas de flaqueza y logré ponerme en pié. Me eché un vistazo y me reí, pues estaba absolutamente cubierto de suciedad; hierba, semen, tierra, manchaban por completo mi cuerpo, dándome aspecto de hombre de las cavernas. Miré a mi prima y vi que su estado no era mejor, estaba absolutamente pringosa, aunque, desde luego, mucho más buena que yo.
Marta - la llamé.
¿Ummm?
Vamos. Se hace tarde.
Le ofrecí mis manos y ella las cogió, para ayudarla a levantarse. Con paso cansino, regresamos a nuestro improvisado campamento.
Estamos llenos de mierda - dijo Marta mirándose.
Sí, es verdad.
Me di la vuelta, para que ella me echara un vistazo, pero algo la conmocionó mucho.
¡Dios mío! - exclamó tapándose la boca con las manos.
¿Qué pasa? - dije alarmado.
¡Tu espalda! ¡Ay, Dios, lo siento Oscar!
¿Qué? - dije girando la cabeza, tratando de verme la retaguardia.
Marta se acercó a mí y me tocó la espalda con sus dedos. Ramalazos de dolor me azotaron, con lo que comprendí a lo que se refería.
No sabes cuanto lo siento. ¡Madre mía, si pareces un Cristo! Te he arañado todo.
¡Bah! No te preocupes - dije.
¡Y tu cuello! ¡El mordisco que te he dado! ¡Oh, Dios! - exclamó Marta cada vez más agitada.
Yo traté de calmarla, sujetando sus manos con las mías.
Marta, que no te preocupes, mujer. Además, mira, tú también tienes marcas en la espalda, de las piedras del muro.
Era verdad, en algunos puntos se veían arañazos y zonas enrojecidas, donde sin duda se le formarían hermosos moretones.
Parecemos veteranos de guerra - dije riendo.
¡Sí, es verdad! - rió ella también.
Más tranquilos, seguimos caminando y llegamos a donde estaba nuestra ropa.
Primo, será mejor que nos demos otro baño. No podemos vestirnos con tanta porquería encima.
Sí - concedí pesaroso - ¡Qué remedio!
Sin tontear esta vez, nos metimos de nuevo en el agua cogidos de la mano. Estaba bastante fría, pero no sé si por el calentón que llevábamos encima, resultó que me pareció menos fría que por la mañana.
Nadamos unos minutos, salpicándonos agua y jugando, pero sin grandes esfuerzos ni aventuras. Minutos después, salimos del agua, y la brisa de la tarde provocó que tiritásemos de frío.
Fuimos a por las toallas, pero estaban tiradas por el suelo, embarradas, así que tuvimos que permanecer desnudos, secándonos al aire. Pensé en encender fuego, pero hubiera perdido demasiado tiempo buscando leña, así que lo que hice fue conducir a Marta hasta la manta que había en el suelo. Me senté e hice que ella se sentara entre mis piernas de espaldas a mí, y después, echando la otra manta sobre mis hombros, nos arropé a ambos.
Ella suspiró satisfecha y se reclinó contra mí, su espalda apoyada en mi pecho. Yo la estreché entre mis brazos, besando su pelo mojado. Nos quedamos allí durante un rato, simplemente dándonos calor el uno al otro.
Por desgracia, nuestros cuerpos fueron secándose paulatinamente y vimos que el sol estaba ya bastante bajo. La hora de regresar se acercaba. De mala gana, nos pusimos en pié y comenzamos a vestirnos.
Ver vestirse a una mujer puede resultar bastante erótico, sobre todo en unas circunstancias como aquellas, pero en ese momento no se me hubiera levantado ni con una grúa, así que me limité a admirarla mientras nos vestíamos.
Encontrar mis botas supuso cierto esfuerzo y cuando lo logré, Marta había empezado ya a empacar las cosas.
Ve tú a por los caballos, que yo me encargo de esto - me dijo.
Vale - asentí.
Cumplí sus órdenes sin dilación, pero el destino nos tenía reservado aún un pequeño problema para esa tarde. Encontré a los caballos no muy lejos de allí y al acercarme noté que Luna cojeaba un poco. Examiné su pata, temiéndome lo peor, pero comprobé que no estaba herida, sino que sólo había perdido una herradura.
¡Mierda! - pensé - Esto nos retrasará.
Volví con los caballos junto a Marta y le expliqué la situación. Ella también examinó a Luna, comprobando que no le pasaba nada. Resignados, recogimos lo que faltaba y nos pusimos las chaquetas que Marta, previsora, había incluido en el equipo.
Lo que hicimos fue cargarlo todo en Niebla, y a Luna dejarla sólo con la silla. Tendríamos que caminar despacio por el bosque, para que no pisara una piedra y se dañara la pezuña y después, trasladaríamos todos los bultos a Luna y montaríamos los dos en mi caballo.
Así lo hicimos y lo cierto es que el primer tramo del paseo no resultó nada divertido. Con la luz de la tarde no se veía bien, y había que tener mucho cuidado con por dónde íbamos. Además, Luna cojeaba, lo que ralentizaba todavía más la marcha. Tardamos en atravesar el bosque más del doble de tiempo de lo que nos costó hacerlo por la mañana y eso que no paramos para beber.
Por fin, dejamos el bosque atrás y pudimos cargarlo todo en la yegua. Era poco peso, así que no nos preocupaba demasiado. Até la brida de Luna a la silla de mi caballo y montamos, yo delante y Marta detrás, abrazada a mi cintura. Marta no tardó mucho en apoyar la cabeza en mi espalda, y así abrazados, cabalgamos muy despacio durante un rato, para no forzar a Luna en demasía.
Oscar, ha sido la tarde más maravillosa de mi vida - dijo mi prima de pronto.
Y la mía - respondí.
Ella se apretó todavía más contra mí, y seguimos un rato así, en silencio. Íbamos bastante lentos, por lo que la noche nos sorprendió estando aún a tres o cuatro kilómetros de casa.
Entonces, vimos unas luces en el camino, justo delante de nosotros, que avanzaban en dirección opuesta a la nuestra. Poco después, mi padre, el abuelo y Juan, nos alcanzaban, montados también a caballo.
¡Gracias a Dios! - dijo mi padre al vernos - ¿Se puede saber dónde os habíais metido? Estábamos muy preocupados.
Lo siento papá - dije - Es que Luna perdió una herradura y hemos tenido que venir muy lentos.
Bajamos todos de los caballos, y mi abuelo y Juan revisaron a la yegua.
Parece que está bien - dijo Juan - Ha sido muy inteligente no cargarla demasiado.
El abuelo nos enseñó - dije yo.
Le miré y a la luz del farol que sostenía, vi que sonreía abiertamente.
Juan - dijo el abuelo entonces - Adelántate tú a la casa y diles a todos que están bien. Nosotros los acompañamos.
Juan obedeció inmediatamente y se alejó rápidamente. Volvimos a montar todos, Marta de nuevo conmigo y reanudamos la marcha.
Bueno, ¿y qué tal lo habéis pasado? - dijo mi padre.
Ha sido fantástico - respondió mi prima estrechándome en la oscuridad.
Estoy seguro de que oí a mi abuelo reír levemente.
Como una hora después, llegamos a casa. Mamá y tía Laura nos recibieron, todavía algo intranquilas, e incluso nos riñeron un poco. Nos hicieron cenar algo y después nos obligaron a darnos un baño caliente, por turnos claro, para combatir el enfriamiento, pero, por desgracia, para mí no fue suficiente.
LA ZORRA DE MAMÁ:
¡Dios, que mal me encontraba a la mañana siguiente! Desperté con fiebre, sudoroso. Había pillado un enfriamiento de los gordos. Y para colmo, la que vino a despertarme fue Martita, con una sonrisa de oreja a oreja y con ganas de broma.
¡Buenos días primo! - gritó mientras entraba en la habitación.
Yo abrí mis ojos legañosos y la vi como entre una bruma, difusa.
Hola - acerté a responder. La garganta me ardía.
Marta se apercibió de mi estado y pasó del estado de alegría al de preocupación en un instante.
¡Dios mío! - exclamó - ¡Qué mala cara tienes! ¿Te encuentras bien?
La respuesta no pude ni formularla, pero ella la leyó en mi rostro. Acercándose, puso su dulce mano en mi frente y la retiró sorprendida.
¡Si estás ardiendo! ¡Espera aquí, que voy a por tu madre!
Salió disparada del cuarto, mientras mi confusa mente formaba la réplica apropiada:
¡Sí, procuraré no ir a ningún sitio!
Pero claro, no dije nada.
Minutos después, Marta regresaba acompañada de mi madre y de tía Laura, todas con cara de preocupación. Por turno, fueron comprobando todas que mi frente aún ardía, para asegurarse de que no me hubiese curado milagrosamente mientras mi prima iba a buscarlas.
Hablaron entre ellas, de forma apresurada y decidieron ir a buscar a Luisa, que entendía un poco de enfermedades. Minutos después, un gran corro de personas se agolpaba en mi cuarto, murmurando preocupados acerca de mi estado y de lo que convenía hacer. Yo sólo deseaba que se marcharan y me dejaran tranquilo, aunque obviamente, eso no podía ser.
Afortunadamente, era cierto que Luisa entendía de esos temas, pues enseguida comenzó a despachar a la gente, alegando que yo necesitaba descansar. Permanecieron junto a mí sólo ella y mi madre, me hicieron tomar no sé qué brebaje de la abuela de Luisa y se turnaron para colocarme paños fríos en la frente.
No recuerdo nada más de aquel día, pero por lo visto (según me contaron después), por la tarde la fiebre aún no me había bajado, así que mi abuelo, preocupado, mandó a Nicolás con el coche a buscar a Don Tomás, el médico del pueblo.
Éste vino, me reconoció y me diagnosticó lo obvio: un resfriado de campeonato. Según dijo a mi madre: "El constipado dura una semana si se toman medicamentos y si no se toman, dura siete días". Muy gracioso el tío.
Así pues, los siguientes días siguientes me los pasé encamado, con la continua compañía de algún familiar que me velaba, manteniéndome atendido y mojando los paños de mi frente cuando era necesario.
Tras un par de días, en los que la fiebre alta me impedía realmente enterarme de nada, comencé a mejorar. La fiebre bajó y yo me encontraba mucho mejor, pero aún así, mi familia no abandonó sus cuidados, así que, aunque comenzaron a dejarme solo de vez en cuando, por las noches siempre había alguien velándome, por si me pasaba algo.
Esto puede parecer un tanto exagerado, total, por un resfriado, pero en aquellos años un enfriamiento (o cualquier otra enfermedad) podía ser muy peligroso, sobre todo en medio del campo, lejos de la ciudad y de sus hospitales. Además, se daba el hecho añadido (lo siento por las damas, pero era así), de que yo era el único heredero varón de la familia y por tanto insustituible. Sé que es una estupidez, pero así era entonces.
A partir del cuarto día, yo me encontraba ya muy recuperado, algo de tos y eso, pero bastante bien. Pero de todas formas mi madre me prohibió tajantemente abandonar la cama hasta que pasaran los 7 días prescritos por el médico, por mucho que yo le insistiera en que se trataba de una broma del doctor.
Así pues, me pasé unos días en cama que se me hicieron eternos y por supuesto, rodeado de tantas mujeres que iban y venían, y a pesar de encontrarme algo pachucho, mi libido estaba bastante despierta. Por desgracia, la puerta de mi cuarto estaba siempre abierta, para que mi madre pudiera estar siempre pendiente de mí. Además, ella andaba siempre cerca, atenta por si pasaba algo, independientemente de que hubiera alguien conmigo. Así que yo me encontraba muy frustrado y aburrido.
Al menos tenía tiempo para leer. El abuelo me trajo unas cuantas novelas de aventuras y las devoré vorazmente, así que al menos no fue tiempo perdido.
Y así estuve hasta la quinta noche, en la que di un nuevo paso hacia la total rendición de Marina...
Esa noche, mi madre encargó a mi hermana que se quedara conmigo. Marina protestó, alegando que yo me encontraba ya bien, pero mi madre no admitía réplicas. Así pues, mi hermanita se vio obligada a pasar la noche en mi cuarto.
Se hizo de noche, me trajeron la cena y por fin, mi hermana apareció para relevar a mi madre en la tarea de cuidarme. Yo, con ominosos pensamientos en la mente, traté de entablar conversación con ella durante mucho rato, pero ella, todavía enfadada por los sucesos con Marta, no se dejaba atrapar en mis redes. Contestaba sólo con monosílabos, sin interés ninguno en mis palabras, con lo cual, yo no podía desplegar mi encanto habitual.
Marina, con tal de evitarme, se enfrascó por completo en la lectura de una novela que había traído, y yo, resignado, tuve que hacer lo mismo.
Sin embargo, la excitación bullía en mi interior, no podía centrarme en el libro, siempre andaba echándole miradas disimuladas a mi hermanita. Estaba bastante cerca de la cama, sentada en un butacón acolchado, bastante cómodo, que habían traído a mi cuarto para quien estuviera encargado de mi custodia. Había colocado frente a ella una silla, colocando los pies encima, para mayor comodidad.
Iba vestida con un camisón largo, de color celeste, abotonado hasta el cuello, puede que el mismo que llevaba la noche en que fui a su cuarto. Sobre él, llevaba una bata de raso color marfil, atada en la cintura con un cordón del mismo tono. Al tener los pies en alto, se había descalzado, dejando sus zapatillas en el suelo, permitiéndome comprobar que sus pies eran tan perfectos como el resto de su anatomía.
Yo la miraba y la miraba por encima del libro, simulando estar concentrado en la lectura. Ella no me dirigió ni una mirada, y esa misma falta de interés me hizo comprender que en realidad estaba luchando para no alzar los ojos hacia mí y que era plenamente consciente de que yo la observaba.
Decidí poner un poco de carne en el asador y atacar suavemente.
Marina, debiste haber venido el otro día a la excursión. Te hubiera gustado.
Ella no respondió, pero se movió inquieta en su asiento, señal inequívoca de nerviosismo.
Lo pasamos divinamente, fue un día inolvidable. De hecho, Marta me dijo que está deseando que volvamos a hacer algo parecido. ¿Te apuntarás la próxima vez?
Por fin, mi hermanita levantó los ojos de su libro y me echó una mirada llameante.
Eres un cerdo - me espetó.
Yo, puse una gran expresión falsa de asombro.
¿Por qué? Si sólo te estoy invitando a venir de excursión...
Entonces puse cara de comprender el significado oculto de sus palabras y dije "indignado":
¡Vaya, Marina! ¡Qué mente tan sucia tienes! ¿Se puede saber en qué estás pensando?
Marina se puso muy roja y levantando el libro volvió a fingir ensimismarse en su lectura. Decidí dejarlo estar, notaba que era mejor dejarla que pensara y le diera vueltas a lo que sabía y a lo que sospechaba, en vez de seguir provocándola y cabrearla.
Momentáneamente satisfecho (pues ya tenía un plan en mente), me sumergí en la lectura durante un rato. Después, intenté fingir que dormía, pero no lo logré, pues lo que pasó es que me quedé de verdad dormido. Supongo que la enfermedad me mantenía más cansado de lo que yo creía.
Afortunadamente, la providencia acudió en mi ayuda y un par de horas después me desperté, justo a tiempo de poner en marcha mi idea. Miré a Marina y comprobé que a esas alturas, se había quedado dormida en el butacón. El libro estaba abierto en su regazo, sostenido por sus manos. En ese momento podría haber repetido el numerito de su dormitorio, atacándola ahí mismo, bastante seguro de que hiciera lo que hiciera, ella fingiría dormir, pero yo quería que ella aceptara de una vez lo que le estaba pasando, que despertara a su propia sexualidad, y a ser posible, que lo hiciera conmigo.
Así que me puse en marcha. De una patada, me destapé simulando haberlo hecho en sueños. Metí una mano dentro del pijama, y suavemente comencé a sobarme el falo, sin quitarle los ojos de encima a mi hermanita. Recordé aquellos deliciosos minutos de días antes en los que Marina me sopesó el miembro mientras yo dormía. Mis caricias, pero sobre todo la embriagadora proximidad de mi hermana, provocaron que mi polla se pusiera bien enhiesta. Entonces, desabroché un par de botones del pantalón del pijama, y extraje mi erecto miembro por el agujero, dejándolo expuesto.
Por la luz no tenía que preocuparme, pues mi hermana, al quedarse dormida mientras leía, no había apagado la vela que iluminaba el cuarto. Mi único problema era la puerta, que seguía abierta de par en par, aunque no era probable que a esas horas de la madrugada viniera alguien a fisgonear. De todas formas, pensé en levantarme y cerrarla, pero decidí que no, pues Marina podía notar que yo la había cerrado y descubrir mi encerrona.
Así que me tumbé en la cama, con la polla bien dura por fuera del pantalón, simulando dormir. Ya sólo quedaba conseguir que Marina despertara y notara lo que sucedía. Muy lentamente, estiré un pié y empujé levemente el libro que había en su regazo, hasta que logré que se deslizara y cayera al suelo con estrépito. Como un rayo, dejé de nuevo el pié sobre el colchón y volví a "dormirme".
Yo mantenía los ojos cerrados, no quería que ella notara que yo estaba despierto, pero el hecho de estar así, a oscuras, sin saber lo que pasaba, era enloquecedor. Pasaron unos segundos, que a mí se me antojaron eternos y entonces pude escuchar una deliciosa exclamación de sorpresa proveniente de mi hermanita.
Estaba seguro de que ya había visto mi polla y ahora sólo me quedaba aguardar. Era insoportable, los minutos pasaban y pasaban, y ella no hacía nada. Cada vez estaba más inseguro de mi plan, quizás Marina no se había despertado, quizás no me había visto, quizás no fuera a hacer nada.
Ya no podía más, la excitación era máxima. Estaba considerando la posibilidad de abrir levemente los ojos y echar un vistazo, pero si mi hermana lo notaba todo se iría al traste. Esperar allí, sin hacer nada requirió una fuerza de voluntad considerable.
Entonces, escuché un leve siseo, producido sin duda por mi hermana al moverse; eran sus pies al deslizarse suavemente de la silla. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo, yo trataba desesperado de relajarme, pues si Marina me veía muy tenso, adivinaría que estaba fingiendo.
Noté que se levantaba y que trataba de hacerlo sin hacer ruido, pero mis sentidos estaban en ese instante tan agudizados, tan pendientes de ella, que lo percibí perfectamente.
Justo entonces, mi hermana me tocó en un hombro, zarandeándome levemente. Su contacto me sorprendió, pues aunque había notado que se movía, no esperaba que ya estuviera tan cerca de mí. Afortunadamente, logré controlar el respingo que había estado a punto de dar.
Oscar - susurró Marina - ¿estás despierto?
Mientras hablaba, volvía a empujar mi hombro con suavidad, tratando de que no me despertara. Ya estaba en el bote, estaba intentando comprobar si yo estaba despierto, deseosa de que no lo estuviera.
Dejó por fin de agitarme y permaneció quieta unos instantes. Mi calenturienta mente, la imaginaba a la perfección, con los ojos fijos en mi polla, pensativa, decidiendo si se atrevía o no a dar el siguiente paso.
Y se atrevió.
Cuando su tibia manita se posó sobre mi pene, juro que estuve a punto de correrme y ponerla perdida. Su contacto era tímido, torpe incluso, no sabía muy bien lo que hacer, pero deseosa de hacerlo.
Al principio, sólo apoyó la palma de la mano sobre mi picha, sintiendo su dureza, su calor, pero enseguida comenzó a deslizarla arriba y abajo, acariciándola en toda su longitud.
Yo estaba loco por ver cómo mi hermana me sobaba el falo, pero sabía que ella aún no estaba totalmente concentrada en lo que hacía. Podía imaginármela, con la mano deslizándose en mi polla y con los ojos clavados en mi rostro, pendiente de cualquier señal de que yo estuviera fingiendo. Me tocaba esperar.
Poco a poco, sus caricias se iban haciendo más atrevidas. Por fin, paró de pasear su mano por el tronco y lo agarró con firmeza, cerrando su puño sobre él. No empezó pajearme ni nada, sólo apretaba la mano, puesto que ella no pretendía darme placer, sino experimentarlo ella.
Entonces, noté como el peso de Marina se apoyaba en el colchón. Se había sentado junto a mí, para tener mejor acceso a mi entrepierna. Noté que se movía, y de pronto, percibí algo que me hizo estremecer. Inconfundiblemente, sentí el aliento de Marina directamente sobre mi falo, lo que implicaba que su rostro debía de estar muy próximo a él.
Pensé que ya debía estar suficientemente ensimismada, así que muy despacio, entreabrí los ojos. La verdad es que las precauciones eran innecesarias, pues Marina estaba completamente sumergida en su tarea. Vi que había agarrado con firmeza mi erección, manteniéndola derecha, apuntando al techo. Había acercado la cara mucho, para contemplar bien hasta el último detalle. Pensé que de haber estado dormido, sin duda me habría despertado ante esas manipulaciones, pero dudaba que a esas alturas mi hermana pensara en eso, completamente hipnotizada como estaba.
Entonces, Marina deslizó su mano hacia abajo, descapullando mi polla por completo, lo que me sorprendió mucho, doliéndome incluso. Aquella niña aún no sabía manipular ciertos aparatos.
No pude evitar una exclamación de dolor, dando mi cuerpo un saltito involuntario. Miré a Marina y vi que se había quedado petrificada, con mi polla en la mano. Como un rayo, sujeté con mis manos la de Marina, manteniéndola agarrada a mi falo.
Vaya, vaya, hermanita - dije jocoso.
Ella no respondió nada, simplemente, con el rostro tan colorado que parecía arder, daba tirones desesperados, tratando de zafarse de mi presa.
Hay que ver, con lo recatadita que parecías.
Ella seguía sin decir nada, sólo tiraba y tiraba, cada vez más histérica, restregando su mano por mi falo de forma muy placentera; pero yo era más fuerte.
Suéltame - casi lloró.
Y yo obedecí. Bruscamente, liberé su mano y ella, que no se lo esperaba, dio un fuerte tirón que hizo que se cayera de culo al suelo. Rápidamente, se levantó e iba a salir disparada hacia la puerta cuando dije:
Bueno, tendré que preguntarle a mamá por qué haces estas cosas.
Se quedó petrificada, con una expresión de espanto tal que resultaba hasta cómica.
¡¿Có... cómo? - balbuceó.
La miré con expresión de suficiencia y dije:
Que voy a contárselo a mamá.
¡No te atreverás! - exclamó enojada.
¿Por qué no? Tú siempre estás llamándome cerdo y cosas peores y ahora mírate, sobándome mientras duermo.
¡Yo no te sobaba!
¿Cómo que no? Entonces, ¿qué estabas haciendo?
Marina respiraba agitadamente, confusa. Obviamente no tenía respuesta. Entonces, se le ocurrió algo.
Si le dices algo, yo le contaré las cosas que me has hecho.
¿Qué cosas? - dije simulando ignorancia - ¿El qué te he hecho?
Se quedó callada, no podía responder, pues para ello tendría que admitir que había notado todas mis maniobras, que aquella noche en su habitación no dormía, ni en el coche, ni... Demasiado para ella.
Por favor, no se lo digas - dijo cambiando de táctica.
¿Y qué harás tú por mí? - dije llegando al meollo de la cuestión.
Ella comprendió el doble sentido de mis palabras y decidió resistir un poco más.
Te haré los deberes que te mande Dickie durante un mes.
Yo la miré, divertido.
¡Ah, vale! De acuerdo - bromeé, con lo que mi hermana se relajó enormemente, aunque en sus ojos leí... ¿Decepción?
Tras esperar unos segundos, decidí hacer como que avisaba a mi madre.
¡Mamá! - comencé a gritar.
Ni siquiera pude hacerlo, pues Marina, abalanzándose sobre mí, me tapó la boca con ambas manos.
De acuerdo - dijo - Haré lo que quieras.
Yo había ganado.
Lentamente, se separó de mí, quitando sus manos de mi boca. Al hacerlo, descubrió en mi rostro una sonrisa de oreja a oreja, lo que la turbó más todavía.
Veamos... ¿Qué podrías tú hacer por mí? - dije.
Marina miraba al suelo, resignada, vencida. Yo mientras, coloqué las almohadas apoyadas contra la cabecera de la cama, para apoyar la espalda y sentarme así un tanto erguido.
Bueno, bueno. Vamos a ver. Tú me has estado tocando, ¿verdad?
Ella asintió con la cabeza, sin alzar los ojos.
Pues entonces creo que lo justo es que yo te toque a ti también. Así estaríamos en paz.
Ella levantó entonces la vista, mirándome con ojos llameantes. Sin duda se esperaba algo así, pero una vez confirmadas sus sospechas, su orgullo volvía a aparecer.
¡Eres un cerdo! - dijo con los dientes apretados.
Sí, ya me lo has dicho cientos de veces. Pero tú no te quedas atrás ¿verdad soba-pollas?
Marina volvió a enrojecer, esta vez sin decir nada.
Bueno - dije - ¿Estás de acuerdo o no?
¿Seguro que sólo quieres tocarme? - preguntó.
Durante un rato, claro - respondí.
¿Y yo no tendré que hacerte nada?
¿Hacerme qué? - indagué simulando confusión.
Marina se puso aún más roja, antes de responder.
Bueno, si sólo quieres tocar... Vale.
¡Estupendo!
Se quedó de pié junto a la cama, esperando. Yo la miré de pies a cabeza, haciendo que se sintiera incómoda.
Venga, acabemos con esto - dijo enojada.
Shisssst. Tranquila, preciosa. Tenemos toda la noche.
De eso nada, yo sólo te he tocado un poco.
Y un poco el otro día ¿verdad?
Mi hermana abrió los ojos como platos, sorprendida de que yo supiera aquello. Estoy seguro de que entonces comprendió que todo era una encerrona, pensé que iba a decirme que había descubierto el pastel, pero no dijo nada; se quedó esperando órdenes.
Quítate la bata - dije.
Eso no era muy difícil, así que obedeció sin problemas. Desató el cinturón y se quitó la bata, dejándola a los pies de mi cama. Entonces se percató de que la puerta seguía abierta, y sin decirle yo nada, fue hasta ella y la cerró, volviendo a su sitio enseguida.
Ahora el camisón - dije.
De eso nada, hemos quedado en que sólo tocarías, no hemos hablado de desnudarme - dijo triunfante.
De acuerdo - concedí, como si aquello no supusiera el menor inconveniente.
Marina se quedó sorprendida. Seguro que pensaba que había encontrado un hueco en mi estrategia al no tener que desnudarse, creía que así me fastidiaría un poco, que ganaría una pequeña batalla, pero al descubrir que a mí no me importaba, se quedó perpleja.
Quítate entonces las bragas - ordené.
Ya te he dicho que no voy a desnudarme.
Ni yo te lo estoy pidiendo. Si te quitas las bragas bajo el camisón, yo no voy a ver nada, pero será más cómodo.
¿Más cómodo para qué? - dijo, aunque de pronto enrojeció violentamente, al comprender por fin mis intenciones.
¡Ni hablar! ¡No voy a dejar que me toques ahí! - exclamó enfadada.
¿Y qué esperabas, qué creías que quería tocar?
¡Pues no sé! Un poco por aquí, o aquí - dijo señalándose las tetas y las piernas.
Claro, claro muy lógico - dije - Tú me tocas la picha y yo me tengo que conformar con rozarte el culo. ¡De eso nada!
¡No voy a hacerlo! - exclamó.
Vale, no lo hagas.
Respiré hondo, preparándome para dar un buen grito. Marina ya estaba en el juego, y en ese instante, decidió seguir adelante.
Vale, vale, no grites - dijo alarmada.
¿Entonces? - inquirí.
Ella, resignada, llevó las manos a su cintura, tratando de quitarse la ropa interior por encima del camisón. Pero las bragas de entonces no eran como las de ahora, con elásticos y eso, así que no era tarea fácil.
No mires - siseó enfadada.
Yo me tapé los ojos, espiándola por supuesto, y vi como ella se remangaba un poco el camisón, metiendo las manos por debajo y deslizando las bragas por las piernas. En realidad no vi nada especial, pero lo cierto es que aquello me excitó mucho. Marina se las quitó por completo, levantando primero un pié y después el otro. Iba a dejarlas sobre la cama, cuando notó que yo la espiaba por entre mis dedos.
¡Estás mirando! - dijo enfadada.
Como tú el día del coche - respondí en tono reposado.
Marina se quedó callada, con el rostro encendido, sin saber qué contestar.
Bueno, ya está ¿no? - pregunté.
Mi hermana asintió con la cabeza.
Bien, siéntate aquí - dije palmeando el colchón, a mi lado.
Marina obedeció, sentándose junto a mí, dejando las piernas colgando por fuera de la cama. Miraba hacia la puerta, como si no quisiera verme.
Gira un poco el cuerpo, así... - dije colocándola un poco más girada hacia mí - Y mírame.
Ella obedeció a regañadientes.
¿Estás segura de que no quieres hacer esto? - pregunté.
Pues claro - respondió con seguridad.
Explícame entonces por qué está esto así.
Mientras decía esto, pellizqué suavemente uno de sus pezones, que aparecía perfectamente marcado contra su camisón. Mi hermanita se estaba calentando.
¡Cerdo! - exclamó apartando mi mano.
Sí, sí, lo que tú quieras - concedí - Súbete un poco el camisón.
No.
Hazlo - ordené - Tú me has tocado la polla y yo voy a tocarte el coño, así que súbete el camisón.
Obedeció con lentitud, sus últimos rescoldos de mojigata aún permanecían encendidos. Yo me encargaría de apagarlos.
Se subió el camisón hasta las rodillas y allí paró. Yo no necesitaba más, pues ya podía meter la mano por debajo.
Coloqué mi mano derecha en su rodilla, lo que le hizo dar un respingo. Describí movimientos circulares sobre ella, acariciándola, antes de que mis dedos comenzaran a escarbar en el camisón allí recogido y se deslizaran por debajo.
Yo miraba al rostro de Marina, que reflejaba una mezcla de sentimientos inenarrable. Por un lado, no quería que esto pasara, sentía vergüenza, miedo, enfado, pero, inconfundiblemente, allí estaban también el deseo, el placer, la lujuria. Y poco a poco los segundos iban venciendo a los primeros.
Mi mano subió un poco por debajo de la ropa, y empezó a sobar sus muslos, que aún permanecían fuertemente apretados entre sí. Mi mano amasaba aquellas deliciosas carnes vírgenes, segura de que era la primera mano de hombre que exploraba aquellos territorios (aunque fuera la segunda vez que lo hacía).
¿Te gusta? - le pregunté, aunque ella no se dignó en contestar.
Tranquila... Te gustará - continué.
Mi mano apretaba su muslo, y se deslizaba arriba y abajo, magreándolo. Cada vez que subía, me detenía un poco más cerca de mi ansiado objetivo. En mi excitación, me parecía sentir el calor que emanaba su cálida gruta, como si en vez de un coño fuera un volcán.
Separa las piernas - dije.
Y Marina obedeció sin rechistar, lo que me convenció de que sus últimas barreras morales habían cedido. Sus muslos estaban ahora bien abiertos, dejándome franco el acceso a su intimidad. Suavemente, acaricié su pierna, subiendo la mano muy despacio pero sin pausa.
Llevé la mano hasta arriba del todo, hasta el punto en que el muslo conecta con la ingle. La dejé quieta ahí, sintiendo ya el roce de sus vellos en la mano. Miré a Marina a la cara y pude comprobar que estaba deseosa de que yo siguiera, no quería que parara. Y no la decepcioné.
Por fin, posé mi mano sobre su virginal chochito y apreté levemente, lo que hizo que todo su cuerpo se estremeciera. Un sensual gemido escapó de sus labios, aunque ella luchó por intentar evitarlo.
Te gusta, ¿eh? - le pregunté.
Ella no respondió, apuesto a que ni siquiera le hubiera salido la voz de intentarlo, pero se las apañó para negar con la cabeza; mi hermana era bastante cabezota como ven.
Sonriendo, decidí continuar, así que, metiendo un poco los dedos en su interior, abrí bien sus labios vaginales, separándolos. Manteniéndolos abiertos con dos dedos, metí otro justo en medio, acariciando y explorando la zona. Bueno, sería más apropiado decir que buceando y nadando en la humedad, pues el coño de mi hermanita estaba inundado.
Así que no te gusta ¿eh? Pues ya me explicarás por qué está esto así de mojado. ¿Es que siempre vas así, siempre lo tienes así de encharcado?
Marina no contestó, pero volvió el rostro hacia un lado, avergonzada. Aquello era demasiado, seguía sin querer reconocerlo.
Hábilmente, comencé a acariciar su entrepierna con mis dedos, sobando y jugando, excitándola, pero sin empezar a masturbarla. Estiré mi mano izquierda y agarré a Marina por la barbilla, haciendo que volviera el rostro hacia mí. Ella abrió los ojos y los clavó en los míos.
Marina - le dije sosteniendo su mirada - Ya estoy harto. No puedes seguir así. Es necesario que aceptes lo que sientes, no es nada malo.
Tras decir esto, dejé de acariciarla, dejando mi mano derecha inerte sobre su muslo.
Mira, si no quieres, lo dejamos y en paz - dije - Pero creo que de verdad no puedes seguir así, escondiéndote por los rincones, espiando, luchando contigo misma. Si no quieres que sea conmigo, me parece bien, busca a otro y disfruta, pero no sigas así, pues te estás amargando sin necesidad.
Poco a poco, comencé a sacar la mano de debajo de su camisón, deslizándola por su muslo y manchándolo con sus propias humedades, decidido de verdad a dejarlo estar. Pero Marina no me dejó. Bruscamente, sujetó mi mano con las suyas, impidiéndome salir de debajo de su ropa. Lentamente fue tirando de mi mano hacia arriba, llevándola hacia su entrepierna. Miré sus ojos y vi que brillaban.
Cuando colocó mi mano sobre su chocho, apretó con las suyas sobre ella, estrechándola contra si, sintiéndola. Marina no dijo nada, pero no hacía falta.
Nuevamente, comencé a acariciar su coño con la mano, describiendo círculos sobre él, enredando los dedos en su mata de pelo. Entonces deslicé un dedo en su interior, uno sólo, pero el gemido que soltó Marina bastó para ponerme los pelos de punta.
Uuuuummmmmm - gimió.
Muy despacio, comencé a deslizar el dedo en su interior, moviéndolo simultáneamente de forma circular, horadándola. Marina retiró sus manos de la mía y las apoyó en el colchón detrás de ella, echando el tronco ligeramente hacia atrás. Yo seguí masturbándola, ensanchándola con mi dedo, hasta que decidí meter un segundo.
Con dos dedos comencé a masturbarla más deprisa, más profundamente, se deslizaban perfectamente, pues ella estaba muy lubricada. Su respiración era agitada, sus jadeos eran fuertes, sensuales, la verdad es que me preocupaba un poco que alguien los escuchara y viniera a investigar, pero ¡qué demonios!
Dejé de meter y sacar los dedos, bajando el ritmo de la paja, ahora los mantenía casi quietos, moviéndolos sólo hacia los lados, recorriendo su cueva. Mientras, estiré el dedo pulgar hacia arriba y comencé a acariciarle el clítoris.
Comencé entonces a cambiar de ritmo, la masturbaba furiosamente durante unos segundos para a continuación detenerme y acariciarla suavemente, después otra vez rápido, luego lento, rápido, lento... así hasta que se corrió.
¡UUUMMMMMM! ¡DIOSSSSSS! - jadeaba Marina.
Mientras se corría, clavé cuatro dedos dentro de ella, separándolos un poco para abrir bien su coño. Mi mano estaba completamente empapada, así que se deslizaba en su interior deliciosamente, produciendo un excitante chapoteo al moverse.
Por fin, Marina terminó, y dejándose caer hacia atrás, quedó tumbada sobre la cama, a mi lado, con mis dedos aún jugueteando en su coño.
Nos quedamos así un par de minutos, sin hablar. Yo saqué la mano de debajo de su camisón y la llevé a mi nariz, oliéndola. El perfume de mi hermana es uno de los más exquisitos que he catado nunca, os lo aseguro.
Llevé la mano a mi falo, que estaba tieso como un mástil y extendí aquellos jugos de hembra sobre él, empapándolo. Estaba loco porque Marina me devolviera el favor, pero ella no estaba por la labor.
Se incorporó en la cama, sudorosa y jadeante. Me miró mientras yo me sobaba la polla, esperando que ella se hiciera cargo de la función, pero para mi decepción, se puso en pié y recogió su bata y sus bragas.
¿Adónde vas? - dije alarmado.
A mi cuarto - respondió.
No, no puedes... - dije - ¿Y yo?
Lo siento, yo ya he cumplido mi parte del trato.
Pero, yo creía que tú ya... que habías comprendido que...
Sí, tienes razón - dijo - Pero aún no estoy preparada para ir más allá. Tengo muchas cosas en qué pensar...
Pero...
Lo siento - concluyó Marina.
Resignado, no me quedó más que tratar de ser amable.
De acuerdo Marina - dije - Haz lo que creas mejor, porque lo que te he dicho es verdad. Yo sólo quiero que seas feliz y que lo pases bien. Y cuando estés preparada... aquí me tienes.
Y por primera vez en muchos meses, mi hermana me dirigió una auténtica sonrisa. Y se fue sin decir nada más.
Y allí me quedé yo, como se dice, compuesto y sin novia, o más bien empalmado y sin chica. Pero aún me quedaba la mano ¿verdad? Así que concluí la velada cascándome una paja con la izquierda (algo no muy habitual, pues soy diestro), pues la derecha estaba pegada a mi nariz, oliendo los aromas de lo que pudo haber sido una noche inolvidable.
Por desgracia, tanta agitación nocturna hizo que por la mañana recayera un poco en mi enfermedad. Así que aún tuve que pasar unos días más en cama.
Al día siguiente, mi madre se enfadó bastante con Marina por haber abandonado su puesto, y aunque yo intercedí por ella, diciéndole que yo la había obligado a marcharse, no conseguí que se librara de un castigo, teniendo que encargarse de un montón de tareas de la casa. Pero a Marina no le importó, pues esa mañana la vi más contenta que de costumbre.
En definitiva, tuve que permanecer encerrado en mi cuarto otros dos días, así que, cuando por fin salí, más que un chico era un animal en celo.
Pero para mi desgracia, ninguna de las chicas quería saber nada de mí. Bueno, no es eso exactamente, lo que pasaba es que todas estaban preocupadas por mi enfermedad y no querían que yo hiciera nada que supusiera un esfuerzo para evitar otra recaída, por lo que todas intentaban evitarme.
Así que durante un par de días, yo me pasaba el día tocando culos, rozándome con las criadas, metiéndoles mano por sorpresa, pero no saqué nada en limpio con ninguna, pues todas me decían que me tranquilizara, que no eran buenos los sofocos después de un resfriado. Incluso Dickie, con lo zorra que era, no me dio ningún juego, por lo que las clases se me hacían eternas.
En esos días me hice más pajas que en toda mi vida, creo. Era un asco, todas aquellas hembras disponibles y ninguna dispuesta.
Al menos, mi madre se relajó ostensiblemente en cuanto estuve otra vez en pié. Ya no tenía que preocuparse por mí, así que se la veía más contenta y relajada.
Como digo, yo andaba loco por echar un polvo y cuando ya desesperaba de conseguir algo, la solución llegó de fuera, de la mano de una vieja conocida.
Era por la tarde, las cinco o así, cuando un carro llegó a la casa. Yo en ese momento estaba cerca de la puerta principal, así que cuando llamaron, fui a abrir.
Ante mí había un hombre cuya cara me sonaba, aunque al principio no le reconocí.
Buenas tardes - dijo el caballero - Soy Agustín Robles, traigo a mi hija para la clase de equitación.
Buenas tardes - respondí yo - Pase usted, por favor.
Entonces vi que tras él había una preciosa pelirroja, vestida con ropa de montar.
¡Noelia! - exclamé - ¡Cuánto tiempo!
Noelia me miró, avergonzada, recordando sin duda nuestro anterior encuentro. Sucios pensamientos se apoderaron de mi mente.
Hola - dijo ella azorada.
Con educación, conduje a la pareja hasta el salón, donde les invité a tomar asiento.
Bien - dije - ¿Será tu primera clase o ya has montado antes?
No, no, es su primera vez - intervino su padre contestando por ella.
Comprendo. ¿Y ya han hablado con mi abuelo?
Sí, él nos dijo que viniéramos hoy.
De acuerdo. Bueno, Noelia, si es tu primera clase, probablemente me encargaré yo de ella.
¿Tú? - dijo el padre sorprendido - ¿No eres un poco joven? Puede ser peligroso.
¡Ah, no se preocupe! - dije entusiasmado - Soy muy buen jinete, pero de todas formas yo no voy a darle clase de montar. Verá, en las primeras clases intentamos que los alumnos se familiaricen con los animales y su entorno. Ya sabe, limpiarlos, alimentarlos y sobre todo, quitarle el miedo al alumno, pues los caballos, desde cerca, impresionan un poco. ¿Has montado antes, Noelia?
No, nunca - respondió en voz baja
Sí, es una idea nueva que se le ha ocurrido. Su amiga Lidia le contó que estaba recibiendo clases aquí y Noelia comenzó a insistir en que la dejáramos venir.
¿Lidia? - dije intentando recordar - ¡Ah, sí! ¡Lidia! Él y su hermano son alumnos nuestros. De hecho, yo les di sus primeras clases.
Así que Noelia ya sabía que yo iba a ser su maestro ¿eh? Vaya, vaya, la cosa prometía...
Bueno, si me disculpan un segundo, voy a buscar a mi abuelo, él les dará más detalles. Antes de irme, ¿desean tomar algo?
No, no gracias - dijo el padre.
¿Y tú, Noelia? ¿Una limonada?
Bueno... - dijo indecisa - Una limonada estaría bien.
De acuerdo, enseguida te la traigo.
Espera - dijo Agustín - Noe tiene razón, me apetece limonada. Hace calor.
Dos limonadas entonces. Un segundo.
Salí presuroso de la habitación, estaba nervioso ante la oportunidad que se me presentaba. Lo peor era que tenía que convencer a mi abuelo de que ya estaba lo suficientemente recuperado como para poder dar la clase; bueno, ya se me ocurriría algo.
Primero fui a la cocina, donde le pedí a Luisa que mandara a alguien con la limonada. Después fui en busca de mi abuelo. A la hora que era, seguramente ya se habría levantado de la siesta, así que fui directamente a su despacho. La puerta estaba cerrada, así que llamé antes de entrar.
Escuché cierto revuelo en el interior del cuarto, lo que me confirmó que el abuelo estaba allí, así que volví a llamar.
¿Quién es? - dijo mi abuelo con un tono un tanto raro.
Soy yo abuelo.
Sin dar más tiempo, abrí la puerta y penetré en la habitación. El abuelo estaba sentado frente a su mesa y noté por su expresión que estaba un tanto azorado.
¡Ah! Hola, Oscar. ¿Qué querías?
Hola, abuelo. Verás... Oye, ¿te pasa algo? - dije viendo su rostro un tanto alterado.
No... Nada, nada. ¿Qué querías?
Verás... Ha venido el señor Robles con su hija para su primera clase.
¡Uf! ¡Es verdad! - dijo mi abuelo - No me acordaba. ¿Están abajo?
Sí, en el salón grande.
Vale, ve y diles que estoy con ellos en cinco minutos.
Aquello me extrañó, pues mi abuelo era muy educado y no solía hacer esperar a la gente.
¿Y por qué no vienes ya? - pregunté.
Es que... Estoy terminando unas cuentas y me voy a liar si paro. Vete, vete, que enseguida voy.
Entonces noté algo. La mesa del abuelo era en realidad un escritorio, con cajones a un lado y eso. En medio tenía un hueco para meter las piernas; pero por delante ese hueco estaba tapado, pues la mesa llegaba hasta el suelo, bueno, casi hasta el suelo pues faltaban un par de centímetros. Y bajo ese par de centímetros vi un trozo de tela que reconocí al instante. Era el borde de una falda.
Justo cuando la vi, la tela volvió a introducirse bajo la mesa, sin dejar rastro. Comprendí lo que sucedía, había pillado al abuelo en plena limpieza de sable, bajo la mesa estaba alguna de las criadas, muy quieta y callada para que yo no notara su presencia. Por eso estaba tan inquieto el abuelo. Decidí sacar provecho de la situación.
Oye abuelo...
¿Sí?
Mira, ¿te importa si le doy la clase yo a la señorita Robles? Ya me encuentro perfectamente y procuraré no hacer esfuerzos.
No sé, Oscar, has estado muy enfermo.
Venga ya, si sólo ha sido un resfriado. Y ahora estoy perfectamente. Además, tú ahora estás muy ocupado, así que es mejor que me encargue yo.
Mi abuelo me miró extrañado, comenzaba a sospechar por donde iban los tiros.
¿Y si te pones malo?
Te prometo que no haré esfuerzos, sólo le daré instrucciones. Venga, abuelo, que Noelia es amiga mía y me gustaría enseñarla yo.
Noelia, ¿eh? - dijo mi abuelo sonriendo - Comienzo a entender tanto interés.
Sí, Noelia - dije yo - Además, si no me dejas, voy a quedarme aquí dándote el coñazo hasta que me des permiso.
Mientras decía esto, miré hacia la mesa, lo que hizo que mi abuelo retomara su expresión seria.
Bueno, vale, como quieras, pero vete de una vez - dijo bastante seco - No hagas esperar más al señor Robles. Yo voy enseguida.
Vaaale - asentí triunfante - Ya me voy.
Salí del despacho y cerré la puerta tras de mí. En cuanto lo hube hecho, pegué mi ojo a la cerradura, ansioso de comprobar quien era la víctima de mi abuelo en esta ocasión.
Por desgracia, como la mesa quedaba al fondo del despacho, no podía verla desde la cerradura, así que no me quedó más remedio que pegar la oreja a la madera. Lo que oí me dejó helado.
¿Cómo se te ocurre darle permiso? Sabes que podría ponerse enfermo otra vez.
La inconfundible voz de mi madre resonó enfadada en el cuarto. Me quedé paralizado, si llegan a abrir la puerta, me habrían pillado seguro, pues no habría tenido fuerzas para huir.
El chico está ya bien, además, sólo va a enseñarle los establos y eso.
Pero...
¡Pero nada! ¡Y termina de una vez, puta, que me están esperando!
Aquel tratamiento a mi madre me indignó, pero extrañamente, me excitó a la vez. Entonces comencé a escuchar sonidos de chupetones y jadeos, lo que me calentó más todavía. ¡Menuda zorra era mi madre!
Así, puta, así... Hasta el fondo - oía gemir a mi abuelo.
Por mi mente pasaron como un rayo un montón de recuerdos. Mi madre en el baño, masturbándose tras una insatisfactoria sesión de sexo con mi padre, las insinuaciones de mi abuelo... En ese instante decidí que mi madre también sería mía, pero aún tenía que pensar cómo.
Con la cabeza dándole vueltas al asunto, regresé al salón, donde me esperaban los Robles bebiendo limonada fría. Luisa había traído una jarra entera con vasos, así que yo también me serví uno, sentándome en una silla.
Mi abuelo vendrá en unos minutos. Estaba terminando unos papeles y me ha pedido que le disculpen por el retraso.
¡Ah, no tiene importancia! Aquí se está muy bien - dijo el padre de Noelia.
Conversamos durante un rato, de las clases y eso. Le suministré detalles de los ejercicios habituales, de las horas de clase y hablamos un poco sobre los caballos, decidiendo cual sería el más apropiado para Noelia. De vez en cuando, yo echaba miradas disimuladas a la pelirroja, y cuando su padre no se daba cuenta, le guiñaba un ojo, lo que hacía que su rostro estuviera permanentemente del mismo color que su cabello.
Por fin apareció el abuelo, con una gran sonrisa en los labios. ¡Qué cabrón! Saludó efusivamente al señor Robles y alabó lo guapa que era Noelia, dirigiéndome una mirada cómplice.
Arregló los detalles que faltaban con Agustín, poniéndose de acuerdo en cuanto a tarifas y horarios. Entonces les confirmó que, efectivamente, yo daría las primeras clases a la chica.
Bueno - concedió el padre de Noelia - Si usted dice que no hay peligro...
No, no... - dijo mi abuelo - Ningún peligro. Ya le he dicho que al principio no va a montar a caballo. Sólo se trata de que sepa cómo cuidarlos, y quitarle el miedo. No se preocupe.
Bueno... ¿Y a qué hora paso a buscarla?
¡Ah! No se preocupe por eso - dijo mi abuelo - Verá, las clases normales duran una hora y media, dos a lo sumo, pero estas iniciales son distintas, pues es bueno que el alumno se familiarice totalmente con los animales, por lo que la duración de la clase... no se sabe a priori.
¿De qué estaba hablando el abuelo? Entonces comprendí que lo hacía por mí, para quitar de en medio al padre y para que dispusiera de todo el tiempo necesario. Discretamente, miré al abuelo sonriéndole.
¿Entonces? - inquirió el padre.
Verá. Mi criado Nicolás se encargará de llevarla a casa cuando acabe en mi coche. Así no tendrá usted que estar pendiente de venir a recogerla.
¡Oh, no por Dios! ¡No se tome tantas molestias! - dijo Agustín.
Si no es molestia. Además, Nico tiene que ir luego al pueblo y su casa pilla de camino ¿verdad?
Sí, pero...
Pero, nada. Ya está decidido. No voy a hacer menos por un amigo.
Y con eso quedó zanjado el tema.
Yo estaba impaciente por quedarme a solas con Noelia, y por las miraditas disimuladas que ella me echaba, notaba que a ella también le apetecía. Pero aún teníamos que enseñarle las instalaciones a su papá, así que nos fuimos los cuatro de camino a los establos. Les mostramos el sitio, contestando a sus preguntas. Yo estaba cada vez más inquieto; los sucesos con mi madre llenaban mi mente y mantenían mi excitación en su punto álgido. Sólo deseaba que se fueran ya y me dejaran solo con la potrilla.
Por fin, tras unos minutos eternos, llegamos al último punto del recorrido turístico: el corral.
Mira - le dije a Noelia - Esa yegua marrón será tu montura.
¿La de la mancha blanca en la frente? - inquirió Noelia.
Sí, esa.
¿Cómo se llama?
Se llama Sonia. Ya verás que es muy tranquila y dócil. Pero no esperes correr mucho con ella - reí.
Mi abuelo, notando ya mi impaciencia, me echó un cable.
Bueno, si no tiene más preguntas, debo volver a mis quehaceres.
No, no. Todo está bien - dijo Agustín - Si no le importa le acompaño a la casa. Mi carro está allí.
Bueno, pues vamos. Hasta luego Noelia. Que lo pases muy bien - dijo mi abuelo con doble sentido.
Adiós cariño - dijo Agustín besando a su hija en la mejilla - Pórtate bien y haz todo lo que Oscar te mande ¿de acuerdo?
¡Ojalá! - pensé.
Ella asintió con la cabeza.
Nos quedamos los dos allí juntos, junto a la cerca del corral, observando cómo los dos adultos se alejaban. Yo fui el primero en hablar.
Bueno, bueno. Ya estamos solos.
Noelia enrojeció vivamente.
Así que has pensado en mí ¿eh? - dije de pronto.
Yo no he pensado en ti - respondió ella.
¿Ah no? Pues yo creo que Lidia te dijo que yo daba las clases y que tú decidiste venir a que te las diera ¿verdad?
No.
¿No? Vaya, perdona entonces. Comencemos con la clase.
Noelia me miró sorprendida. Sin duda esperaba que yo continuara con mi ataque, no se esperaba esa falta de interés.
Ven por aquí. Vamos al establo.
La conduje al interior del edificio, que estaba bastante bien iluminado, pues en la parte superior, cerca del techo, había unas grandes ventanas abiertas, para ventilar el lugar. Durante un rato estuve explicándole qué eran cada uno de los arreos que había en los estantes del fondo. Ella atendía con atención, pero yo notaba que me miraba más a mí que a lo que yo le enseñaba, expectante de ver qué era lo que iba yo a hacer.
Oye, ¿puedo hacerte una pregunta? - dije de repente.
Vale - contestó ella tensándose notablemente.
Después de que te fueras, el otro día en el tocón.
...........
¿Volviste después a echar un vistazo?
¡No! - exclamó.
¿Seguro? ¿No eras tú la que estaba tras un árbol mientras yo hablaba con Brigitte?
¡No! - repitió nerviosa.
¡Ah! Me habré confundido.
Y seguí con la explicación, desconcertándola todavía más. Seguí con la clase, y minutos después volví a atacar.
Oye, ¿recuerdas lo que hicimos en el tocón?
Sí.
¿Te gustaría volver a hacerlo?
Ella dudó unos segundos, antes de responder.
No.
Venga, no seas tonta. El otro día querías que te enseñara a besar, pero como te fuiste disparada.
¡Es que me hiciste tocar tu...! - exclamó con el rostro encendido.
¿Mi qué? - inquirí juguetón.
Tu, tu... Ya sabes.
No. Dilo.
No quiero.
Bueno. Como quieras. Es una pena. Ya sabía yo que eras demasiado cría. Qué se le va a hacer...
¡Yo no soy una cría! - dijo enfadada.
¿No? ¿Y entonces por qué no quieres besarme?
¡Porque no!
¿Es que no te gusto?
No - dijo tras unos segundos.
Pues es una pena, porque tú me gustas mucho a mí. Creo que eres muy bonita.
Ella se quedó callada unos segundos, juzgando si yo hablaba en serio o no.
¿De verdad crees que soy bonita? - dijo melosa.
Pues claro. Eres preciosa.
Mentiroso. Tengo toda la cara llena de manchas. Yo no soy bonita.
Lo que eres es un poco tonta - dije sorprendiéndola - ¿Qué es esa tontería de las manchas? Lo que tienes son pecas y la verdad es que te quedan muy bien. Le dan a tu rostro un toque exótico, diferente. Te digo en serio que eres muy guapa.
Gracias - dijo ella avergonzada.
Tras dudar unos segundos me dijo:
Tú también eres guapo.
¡Vaya, gracias! Me alegro de gustarte.
De nada.
Oye, Noe.
¿Sí?
Si te gusto... ¿Por qué no me das un beso?
Ella, muy cortada, en vez de contestar acercó su rostro a mí y me dio un rápido beso en los labios.
Así, no, tonta. Como el otro día, como lo hacen los mayores.
Es que...
Venga, no me digas que te da vergüenza.
No, no es eso... - respondió, aunque estaba claro que era justo eso.
Vamos, no seas tonta. Mira, cerraré los ojos.
Lo hice y entonces Noelia se abalanzó sobre mí, besándome. Me sorprendió un poco que lo hiciera tan deprisa, sin dudar ni un instante, y todavía me sorprendió más que su lengua se introdujera sinuosa entre mis labios. La chica había aprendido mucho.
Tras morrearnos unos segundos, nos separamos, mirándonos.
Vaya, vaya - dije sonriendo - Me parece que tú has practicado un poco...
No sé de qué hablas - dijo entornando los ojos.
Sí, sí... disimula - dije - Pero a mí no me engañas.
Diciendo esto, llevé mis manos a sus costados, comenzando a hacerle cosquillas. Ella comenzó a retorcerse de risa, tratando de escapar de mis manos, pero yo desde luego no estaba dispuesto. Mientras le hacía cosquillas, procuraba rozar descuidadamente las partes prominentes de su anatomía. Ella se dio cuenta y trató de zafarse, pero sin quejarse en absoluto. Entonces, tropezó y caímos los dos sobre un montón de paja, riendo como locos.
Eres un guarro - dijo ella riendo.
¿Por qué? - respondí yo, simulando sorpresa.
Me has tocado.
¿Yooooo? ¿El qué te he tocado?
Ella, en vez de responder, se señaló las tetas con un dedo, con una sonrisilla maliciosa en los labios.
¿Esto? - dije mientras posaba una mano directamente sobre su pecho.
¡Ay, quita! - dijo ella forcejeando sin fuerza, sin tratar de apartarme realmente.
¿Por qué? - inquirí, comenzando a sobarla por encima de la ropa.
Sin dejarla responder, acerqué mis labios a los suyos y la besé. Ella respondió sin dudar, entreabriendo los labios para que, esta vez, fuera mi lengua la que buscara la suya. Mientras nos besábamos, mi mano fue tirando de los faldones de su camisa, sacándolos del la cintura de su pantalón. Cuando lo hube logrado, metí la mano por debajo, y deslizándola sobre su estómago, llegué hasta sus pechos, cubiertos por el sostén.
Ella se apartó de mis labios, mirándome fijamente pero dejándome hacer. Yo la miraba directamente a los ojos, mientras amasaba sus tetas con deleite.
Noelia, en serio. Se nota que has practicado.
Ella apartó la vista, avergonzada.
Vamos, no seas tonta. Cuéntamelo.
No - respondió.
¿Seguro?
Separé mi mano de su pecho y la llevé a su costado, donde comencé a hacerle cosquillas de nuevo, esta vez directamente sobre la piel. Resultó que la chica tenía unas cosquillas muy intensas, por lo que comenzó a retorcerse como una serpiente, riendo mientras se le saltaban las lágrimas. Yo seguí torturándola, a dos manos ahora, hasta que por fin, entre risas, accedió a confesar.
Vale, vale, te lo digo.
Habla - sentencié - O te torturaré de nuevo.
Nos quedamos los dos quietos, ella tumbada boca arriba y yo echado a su lado, con las manos perdidas bajo su camisa.
Mi primo Carlos me enseñó.
¿Tu primo? - dije sorprendido.
Noelia asintió con la cabeza.
Vaya, vaya. Tu primo. ¿Y qué más hiciste?
Nada. Sólo nos besamos.
¿En serio? ¿No trató de tocarte aquí? - dije apretando sobre su pecho.
No, tonto - dijo ella riendo.
¿Ni aquí?
Al decir esto, saqué la mano de debajo de su ropa y la posé en su entrepierna, presionando por encima del pantalón.
¡Ay! ¡Guarro! - exclamó Noelia, pero no se apartó.
Yo comencé a frotar su pubis por encima de la ropa, presionado levemente. Ella se movía, nerviosa.
¿Te gusta esto?
Sí - respondió ella asintiendo con la cabeza.
Yo me eché sobre ella, volviendo a besarla, quedando mi mano atrapada entre nuestros cuerpos. Estábamos morreándonos con intensidad, cuando se oyó un sonoro relincho proveniente del exterior, de detrás del establo. Era mucho más intenso que los habituales, diferente. Yo sabía por qué.
Noelia se apartó, quedándose muy quieta, atenta a los sonidos que venían de fuera, pues se escucharon también voces de personas.
¿Qué ha sido eso? - preguntó algo nerviosa.
Un caballo.
Ya lo sé tonto. Pero ¿qué le pasa? Parece que le dolía algo.
No es dolor exactamente - dije yo.
¿Qué quieres decir?
Verás... Es un semental en celo. Debe estar a punto de cubrir a una hembra.
¿Cómo? - exclamó sorprendida.
Que va a cubrirla, a dejarla preñada.
Noelia se incorporó, quedando de rodillas sobre la paja. Miraba hacia la pared del fondo, como si quisiera atravesarla con la mirada. Yo pensé que aquello podía venir muy bien a mis planes, así que le dije:
¿Quieres verlo?
Ella negó vigorosamente con la cabeza.
No, que si se entera mi padre, me mata.
No te preocupes, al fondo hay una trampilla que usamos para meter el heno. Podrás mirar sin que te vean. Además, es una lección que debes aprender sobre los caballos.
Noelia no respondió nada, así que como quien calla otorga, decidí conducirla hasta la trampilla. Poniéndome en pié, la ayudé a levantarse ofreciéndole mi mano. Estaba muy guapa, con los faldones de la camisa colgando por fuera del pantalón y el pelo revuelto y lleno de paja.
Llevándola de la mano, la conduje hasta el fondo del establo, hasta una trampilla que quedaba medio camuflada por los tablones, justo encima de un montón de paja. Con cuidado, descorrí el cerrojo y abrí un poco la trampilla. Efectivamente, fuera estaban Antonio y Juan, con una yegua y uno de los sementales.
Antonio sujetaba a la yegua por la brida, manteniéndola quieta. Mientras, Juan acercaba al macho, agarrando la cuerda que lo sujetaba con guantes, pues si el caballo daba un tirón, podía muy bien herir una mano desnuda. El semental relinchaba excitado, con los ollares dilatados, olisqueando a la hembra en celo.
Con un gesto, indiqué a Noelia que se acercara. Ella obedeció, y se asomó a la abertura de la trampilla, quedando pegada a mí. Al mirar al exterior, sus ojos se abrieron como platos, fijos en el enorme pedazo de carne que colgaba bamboleante entre los cuartos traseros del caballo.
¡Oh! - exclamó sorprendida, tapándose la boca con las manos.
El macho volvió a relinchar, excitado, tratando de acercarse a la hembra, que movía las patas, inquieta. Pero Juan no se lo permitía, pues la verga del caballo aún no estaba lista del todo, aunque al ritmo que crecía, no tardaría demasiado. Mientras, Antonio colocó un trozo grande de cuero sobre el cuello de la yegua.
¿Para qué es eso? - susurró Noelia sin apartar la mirada de los animales.
Verás, el macho mientras monta a la hembra, suele morderla en el cuello. El cuero es para impedir que le haga heridas.
¿En serio? - dijo Noelia asombrada.
Sí, así.
Me pegué a ella por detrás, y apartando su cabello con la mano, comencé a besarle con dulzura la nuca, dándole tiernos mordisquitos. Con la otra mano acaricié sus pechos sobre la ropa, mientras pegaba mi polla, ya enhiesta, contra su trasero. Noelia no ponía ningún impedimento a mis avances y seguía contemplando ensimismada a los animales.
¡Oh! - exclamó de pronto.
Alcé la mirada y me asomé por la trampilla, sin dejar de meterle mano a la chica. Vi entonces que el macho ya había apoyado las patas delanteras sobre el lomo de la yegua, y trataba sin éxito de clavarle la verga en la grupa. Yo, besándole la oreja a Noelia desde atrás, contemplaba excitado la escena, y, decidido a que Noelia no escapase virgen de allí, metí mis manos de nuevo bajo su camisa, liberando sus pechos del encierro del sostén.
Empecé a toquetear entonces sus senos ya desnudos, jugueteando con mis dedos en sus pezones, duros y al rojo vivo.
¡Aaaahhh! - un delicioso gemido escapó de los labios de la chica.
Yo, por toda respuesta, seguí lamiéndole el lóbulo de la oreja, apropiándome de sus pechos.
¡Mierda de caballo! ¡Será gilipollas!
La voz de Juan resonó estridente en el exterior. El semental, en su excitación, no acertaba a penetrar a la yegua, así que Juan se veía obligado a actuar de mamporrero.
¿Qué hace? - jadeó Noelia sin perderse detalle.
Tiene que ayudar al animal, pues no acierta a meterla - le susurré al oído.
Fuera, Juan se arremangó la camisa, echando pestes por la boca. Entonces, su mano enguantada agarró la verga equina, y hábilmente, la apoyó en la entrada de la yegua. El caballo, encabritado, comenzó a penetrarla sin dudar, relinchando como loco, mientras la yegua respondía con sus propios sonidos.
Comenzó entonces a empujar, moviendo rápidamente los cuartos traseros. Eran tales sus embates, que la yegua avanzaba por el patio, con el macho bombeándola furioso desde atrás. Efectivamente, el macho estiró el cuello y comenzó a morder a la hembra en el cuello, lo que le produjo relinchos de dolor a pesar del cuero protector.
Noelia los miraba embobada, siguiendo con los ojos las maniobras de los animales, apenas sin enterarse de lo que yo hacía. Aquello me molestó un poco y decidí hacerle notar mi presencia.
Hábilmente, desabroché la hebilla de su cinturón y abrí los primeros botones del pantalón, permitiéndome así acceder a su entrepierna. Sin perder un segundo, metí una mano bajo al cinturilla de sus bragas, y engarfié los dedos sobre su coño. Aquello sí que lo notó. Dando un bufido, dobló el cuerpo hacia delante, de forma que mi polla se aplastaba aún más contra su trasero. Sus manos quedaron agarradas al borde de la trampilla, evitando que cayera al suelo, mientras pugnaba para estirar el cuello y seguir mirando lo que pasaba fuera.
A mí me importaban un huevo ya los caballos, sólo quería tirarme a aquella chavala, así que seguí con mis maniobras, comenzando a masturbarla con una mano mientras con la otra sobaba sus pezones. Clavé con fuerza mis dedos en su interior y aquello fue demasiado para el frágil cuerpo de Noelia, que soltándose del borde de la trampilla, fue dejándose caer hasta quedar de rodillas en el suelo, deslizando las manos por la pared, mientras yo seguía agarrado a ella como una garrapata.
Estábamos de rodillas ambos, entre la paja, yo detrás de ella, sobándola con fuerza. Entonces, me dejé ir hacia atrás, quedando tumbado boca arriba, arrastrándola a ella, de forma que quedó tumbada sobre mí. Seguí metiéndole mano con lujuria, sintiendo su delicioso peso sobre mi cuerpo. Ella arqueaba la espalda, sintiendo mis dedos jugueteando en su interior, gimiendo y jadeando desesperada.
Torció entonces el cuello, buscando mi boca con sus labios, y yo respondí encantado, entrelazando nuestras lenguas. Seguí masturbándola cada vez más deprisa, cada vez más rápido, y ella me indicaba que le encantaba moviendo su lengua más veloz, suspirando más alto.
Liberé sus pechos de mi mano, y la metí también dentro de su pantalón, apoderándome de su clítoris con ella. Así, mientras la penetraba con los dedos de una mano, su clítoris era frotado y acariciado por la otra.
No tardó ni un minuto en correrse. Al hacerlo, gimió excitada en mi boca, sin dejar de besarme. Apoyando los pies en el suelo, arqueó la espalda muchísimo, quedando su cuerpo curvado, como si fuese un puente. Aquella chica era muy elástica. Por fin, se derrumbó extenuada sobre mi cuerpo, dejándose caer de golpe, lo que me dejó sin resuello.
Jadeante, giró el cuerpo hasta bajarse de encima mío, quedando tumbada de costado, a mi lado.
En otras circunstancias la habría dejado descansar unos segundos, para que se recuperase, pero aquel día yo llevaba mucho tiempo sin follar, y ya no podía más. Empujándola, hice que quedara tumbada boca arriba, y rápidamente, abrí los botones de su camisa, dejando su torso desnudo. A continuación, repetí el proceso con los botones que aún quedaban cerrados en su pantalón y tironeando, los deslicé por sus muslos, arrastrando a la vez las bragas. Ella se dejaba desnudar, inerte, como una muñeca rota, sin colaborar, pero sin poner obstáculos.
Sólo le quité una bota, sacando una sola pernera del pantalón, dejándole la otra puesta. Las bragas, simplemente las arranqué de un tirón, destrozándolas, y arrojando los restos a un lado. La contemplé entonces, encabritado como el semental que había afuera, resoplando excitado.
Era la primera vez que veía un chochito pelirrojo y la verdad es que me gustó mucho. Noelia no tenía mucho vello en esa zona, pero el que tenía era muy rizado, muy juguetón. El pelo estaba brillante, empapado de sus propios jugos y los labios se veían dilatados, hinchados por la paja que acababa de hacerle.
Con rapidez, me abrí los botones de mi propio pantalón y extraje mi polla, rezumante de líquidos preseminales, a punto de estallar. Sin muchos miramientos, la apoyé en la entrada de su coño, y lentamente la deslicé en su interior.
Noelia sólo balbuceaba palabras ininteligibles, mientras mi polla iba hundiéndose en ella. Al principio penetró sin problemas, deslizándose en aquel lubricado coño, pero entonces noté cierta resistencia, un estrechamiento, pero a esas alturas yo ya no estaba para melindres, así que empujando, se la clavé hasta el fondo.
¡Ayyyy! - se quejó Noelia, llevando sus manos a mi cuello y abrazándome ferozmente.
¡Hala! ¡A tomar por saco el virgo! - pensé.
Enfebrecido, comencé a penetrarla con fuerza, bombeando como un poseso. Apoyé las manos en el suelo, entre la paja, y seguí empujando velozmente, resoplando como un caballo.
Noelia gemía y jadeaba, yo pensaba que lo estaba pasando bien, pero al mirar a su rostro, vi que había lágrimas en sus ojos.
¡Dios mío! ¿Qué estoy haciendo? - pensé.
Alarmado, se la saqué de dentro y me dejé caer a su lado, acariciándole el rostro.
¡Oh, Dios! Lo siento Noelia, ¿te he hecho daño? - dije preocupado.
Ella abrió los ojos, llorosos y asintió con la cabeza.
Un poco - susurró.
Lo siento, de veras, no sabes cuanto lo siento - dije - No sé, eres tan hermosa... Perdí la cabeza.
No... No te preocupes - dijo ella - También me estaba gustando.
Miré hacia abajo y vi un poco de sangre surgiendo de su vagina. Incluso mi pene estaba algo manchado, lo que me revolvió el estómago.
¡Oh, mira! Si has sangrado y todo.
Ella miró hacia abajo y una tenue sonrisa se dibujó en sus labios.
No te preocupes - dijo acariciándome una mejilla con la mano - Creo que es normal.
Sí, sí que lo es. Pero eso no es excusa. Yo sabía que eras virgen y no te he tratado bien - dije azorado de verdad - Lo siento.
Ella se incorporó, sentándose y me dio un quedo beso en los labios.
¿Hay algún sitio donde pueda lavarme? - inquirió.
Levantándome, la ayudé a que se pusiera en pié. Así, los dos medio desnudos, caminamos hacia un lado del establo, donde había un depósito de agua. Allí nos aseamos un poco, eliminando los restos de sangre. Noelia se quitó los pantalones por completo, para poder lavarse bien. Después, regresamos al montón de paja, junto a la trampilla.
Lo siento de veras - dije compungido - Debí tratarte mejor.
Ya te he dicho que lo olvides. Yo ya sabía que la primera vez duele un poco.
¿Y te ha dolido mucho? - pregunté.
Bueno... Cuando empujaste... sí, bastante. Estuve a punto de gritar.
Lo siento - repetí.
Pero después, poco a poco, el dolor fue remitiendo, y cada vez me gustaba más y más.
¿En serio?
Sí - dijo Noelia con los ojos brillantes.
Nos quedamos en silencio, mirándonos. Entonces, sus ojos fueron hasta mi entrepierna, que había perdido parte de su erección.
Bueno, no vamos a dejarte así ¿no? - dijo juguetona.
No, Noelia, olvídate de mí. No te preocupes.
¿Y por qué habría de hacerlo?
Se acercó a mí a cuatro patas, con sus juveniles pechos colgando entre los pliegues de su camisa. Besándome, hizo que volviera a tumbarme boca arriba sobre la paja y ella se echó a mi lado, de costado. Deslizó un brazo bajo mi espalda y recostó su cabeza en mi pecho, quedando los dos tumbados.
Yo no me atrevía a hacer nada, dolido todavía conmigo mismo por haber perdido la cabeza de esa manera. Yo no esperaba nada, no quería volver a hacerle daño, pero Noelia tenía otros planes.
Deslizó la mano que le quedaba libre por mi pecho, bajando por mi estómago. Cuando llegó a mi ingle, un estremecimiento me sacudió, y noté que mi polla comenzaba a despertar. Sin dudarlo, la manita de Noe se apropió de mi incipiente erección, y comenzó a acariciarla de arriba abajo mientras ésta adquiría volumen.
Cuando estuvo suficientemente dura, comenzó a pajearla lentamente, ciñéndola con la mano. Yo cerré los ojos y me dediqué a disfrutar, contento de al menos obtener ese alivio.
Esto también se lo hice a mi primo - me susurró Noelia al oído.
Abrí los ojos y vi que sonreía. Instintivamente, la besé mientras ella no dejaba de agitar mi pene. Estuvimos a sí un par de minutos, hasta que mi polla recobró su máxima extensión, con la cabeza escarlata asomando.
Entonces, Noelia se echó para atrás, tumbándose boca arriba, pero sin soltar mi polla. Tirando de ella hacia si, hizo que yo me incorporara, quedando de costado junto a ella. Separó entonces sus piernas, ofreciéndome su coño en bandeja.
No sé, Noelia - dudé - No quiero hacerte daño.
No seas tonto - insistió ella - Ya te he dicho que ya no me dolía.
¿Estás segura?
Síiiiii.
Con cuidado, me situé entre sus piernas y agarrando mi polla con la mano, la coloqué entre sus labios vaginales, justo a la entrada de su coño. La miré a los ojos y ella me devolvió la mirada, asintiendo levemente con la cabeza. Convencido, volví a penetrarla, más despacio esta vez.
¡AAAAAAHHHHH1 - gimió ella.
¿Te ha dolido? - pregunté preocupado.
Ella negó con la cabeza, con los ojos fuertemente cerrados. No vi rastro de dolor en su expresión, sólo placer y algo de nerviosismo.
Con cuidado, comencé a moverme en su interior. Ella me abrazaba el cuello, con fuerza, sus senos apretados contra mi pecho. Seguí empujando, tratando de no hacerle daño, pero mi excitación no entendía de tantas florituras, así que empecé a moverme cada vez más fuerte, resoplando excitado.
¡Ummm! ¡Uuummmm! - gemía Noe.
Yo empujaba y empujaba, con la cabeza cada vez más ida, arrancándole gemidos cada vez más altos.
¡Espera, espera! - jadeó ella - Un poco más despacio.
Preocupado, me detuve por completo, y entonces se me ocurrió una idea. Con cuidado se la saqué de dentro, tumbándome boca arriba a su lado.
Espera - protestó ella - No la saques.
Shissst. Tranquila. Vamos a probar otra cosa. Ven.
Tirando de ella, hice que se incorporara.
Ponte tú encima, así marcarás tú el ritmo y no volveré a hacerte daño.
Noelia, comprendiendo por fin mis intenciones, pasó una pierna sobre mí, sentándose a horcajadas sobre mi ingle.
Levanta el trasero - le dije.
Ella obedeció y yo, agarrándome la polla por la base, la apunté bien entre sus labios entreabiertos.
Ahora déjate caer muy despacio.
La indicación era innecesaria, pues Noelia ya había comenzado a deslizar su cálido chochito sobre mi verga. Por fin, su culo quedó apoyado sobre mis huevos, con la polla totalmente enterrada en su interior.
¿Te duele? - pregunté.
Para nada - dijo ella, sonriente.
Entonces muévete, nena.
Riendo un poco al principio, Noelia comenzó a mover las caderas arriba y abajo, apoyando las manos en mi pecho. Pero las risas duraron poco, pues poco a poco el polvete fue dándole gustirrinín a la chica, por lo que empezó a gemir y a jadear.
Yo situé mis manos en sus caderas, guiándola en sus movimientos, pero Noe aprendía rápido, así que pronto comenzó a moverse sobre mi polla de la forma más placentera posible. Pronto, botaba desesperada sobre mí, relinchando como una yegua.
Mis manos fueron hasta sus pechos, acariciándolos y pellizcando sus pezones. Entonces ella se echó hacia delante, dejando sus tetas al alcance de mis labios, que no tardaron en atrapar uno de sus pezones y chuparlo con deleite.
Noe se corrió deprisa, olvidado por completo cualquier resto de dolor. Su coño se inundó por completo, empapando mi entrepierna, pero no por ello dejó de moverse sobre mí, disfrutando hasta el último segundo.
Yo noté que perdía la cabeza de nuevo, estaba resultando un polvo realmente notable, así que intentando sentirla todavía mejor, me incorporé, quedando sentado, mientras ella seguía botando sobre mi polla.
Yo la abrazaba, besando sus pechos que eran frotados contra mi cara con cada bote. El peso de Noelia rebotaba contra mis testículos, en una sensación de lo más placentera y pronto noté que me corría.
¡Noe, Noe! ¡Me corro! - grité tratando de apartarla.
Pero ella se abrazó con fuerza contra mí, besándome con furia, impidiéndome sacarla. Así que me corrí dentro de ella, gimiendo como un verraco, sintiendo cómo mi leche se perdía en su interior. Desde luego, aquello era lo mejor del mundo.
Agotados, nos dejamos caer hacia atrás, quedando ella sobre mí, abrazados, con mi polla rezumante aún en su interior. Ella me besaba con pasión, pero mi cabeza estaba ocupada con otros pensamientos.
¿Estás loca? - acerté a decir - ¡Así puedo dejarte embarazada!
¿Y qué? - contestó ella con descaro - Así tendrías que casarte conmigo.
Aquello me dejó sin respuesta. ¿Qué podía decir? Así que simplemente la besé en la frente, permaneciendo allí abrazados durante un rato.
Al fin, decidimos levantarnos, temerosos de que, después de tanto rato, alguien viniera en nuestra busca. Comenzamos a vestirnos, limpiándonos el uno al otro los cabellos de paja.
Noe recogió los restos de su ropa interior, destrozada por mí en mi arrebato de lujuria.
¡Jo! - exclamó - Me has roto las bragas. ¿Qué le voy a decir a mi madre?
Pues a mí me gusta saber que andas por ahí sin bragas - le dije pícaramente.
Ella me devolvió una sonrisa ladina, mientras me arrojaba lo que quedaba de sus bragas al rostro. Yo, cogí la tela y la pegué a mi nariz, aspirando su aroma. Y entonces, una idea penetró en mi cerebro. Acababa de ocurrírseme una idea para atacar a mi madre.
Eres un pervertido - rió Noelia mirándome.
Yo volví a la realidad y la miré sonriente.
¡Pues anda que tú! ¡Por ahí haciéndole pajas a tu primo!
Ella se sonrojó vivamente, apartando la mirada.
Oye, no vayas a decírselo a nadie - murmuró.
Tranquila - contesté.
¡Si tú supieras! Fue mi pensamiento.
Contentos y satisfechos (por fin, tras varios días de infierno), decidimos retomar las clases. Le di una explicación rápida de algunas cosas y cuando nos disponíamos a salir del establo, vimos que Antonio y Juan conducían al semental y a la yegua a sus cuadras, para que descansaran.
¡Justo a tiempo! - pensé.
Saludamos a los dos, Noelia con la cara muy roja, evitando mirar directamente al caballo, que aún conservaba la verga medio dispuesta. Noté que Antonio me miraba raro, pero no le di mayor importancia. Nos despedimos y fuimos al corral, para que Noelia pudiera cepillar el pelo a la que iba a ser su montura.
Noelia reía alborozada mientras cepillaba a la yegua, y disfrutaba como una niña dándole azúcar, con el animal comiendo de su mano. La luz del atardecer se filtraba a través de sus rojos cabellos; estaba encantadora.
Un rato después, Nicolás vino a buscarnos, diciéndonos que tenía que ir ya al pueblo, y que mi abuelo le había pedido que llevara a Noelia. Volvimos a casa con él y yo decidí acompañarlos. Noe y yo nos sentamos atrás, con la capota quitada, pues hacía muy buena tarde. Durante el trayecto, nos dedicamos a conversar, sin mencionar nada de lo sucedido, no fuera a ser que Nicolás notara algo, pero nuestros ojos hablaban animados entre sí, rememorando hasta el último segundo de aquella mágica tarde.
Finalmente, llegamos a su casa. Noelia se despidió de mí y de Nicolás, dándole las gracias por haberla traído. Iba hacia la puerta de su casa, cuando, impulsivamente, regresó junto al coche y me besó en la mejilla.
La próxima vez no llevaré bragas - me susurró a oído.
Y entró en su casa.
Nico y yo seguimos hacia el pueblo, a comprar algunas cosas. Charlamos un rato, pero yo estaba cansado y al rato me quedé dormido. Nico decidió no despertarme al llegar al pueblo, y me dejó durmiendo en el coche. Cuando por fin desperté, estábamos de regreso, muy cerca de casa. Decidí no hacerle notar a Nicolás que estaba despierto, quedándome tumbado en el asiento de atrás, madurando el plan para seducir a mamá.
Los siguientes días transcurrieron sin muchos incidentes. Yo no hacía más que pensar en qué pasos dar en mi acercamiento a mamá y espiándola a escondidas. Era una mujer bellísima, que a sus 35 años no aparentaba ni siquiera haber entrado en la treintena y desde luego, nadie hubiera dicho que era madre de dos hijos. Cada vez que la veía me la imaginaba follando con el abuelo, chupándole la polla como una perra en celo, lo que me ponía a cien.
A escondidas, constaté que sus escarceos con el abuelo eran más frecuentes de lo que yo hubiera imaginado, pues lo cierto es que se escondían muy bien. Casi siempre se encontraban en el despacho, lo que me impedía espiarlos, pues incluso cerraban las persianas. Lo único que podía hacer era escuchar tras la puerta, averiguando así que mi abuelo la trataba con rudeza, sometiéndola, lo que le gustaba mucho a mi madre, que obedecía gustosa.
Tras un par de días, decidí poner en marcha mi plan, desenterrando del fondo de mi baúl la que esperaba fuera la llave para obtener lo que deseaba: las bragas de Brigitte.
Tras dormir la siesta, escondí las braguitas de encaje bajo mi colchón, pero muy al borde para que las encontraran con facilidad. Yo sabía que ese día mi madre se encargaría de hacer mi cama, pues varias criadas tenían la tarde libre.
Así lo hice y cuando regresé más tarde a mi cuarto, comprobé que las bragas no estaban en su sitio. Mi madre las había encontrado. Sonriendo, me fui a dar un paseo, a meditar, pues ya sólo tenía que esperar a que mi madre diera el siguiente paso. Y lo hizo esa misma noche.
Tras acostarme, me puse a leer un rato, esperando a que mi madre pasara a darme las buenas noches. Tardó bastante, supongo que estaría pensando en cómo abordar el tema de las bragas con su hijo, del que acababa de descubrir que ya se interesaba por las mujeres. Por fin, cerca de la medianoche, mi madre entró en mi cuarto, vestida ya con su camisón y con una bata a juego. Llevaba el cabello recogido en una cola larga, que caía sobre su pecho por encima de su hombro. Estaba buenísima.
Inquieto, me removí bajo las sábanas, expectante ante lo que iba a suceder. Mi madre, en vez de besarme como solía hacer, se sentó a mi lado sobre el colchón.
Oscar - me dijo - Tenemos que hablar.
Claro - contesté yo - ¿Qué quieres?
Ella se quedó callada unos instantes, sentada a mi lado, sin saber qué decir. Por fin, pareció decidirse y me miró fijamente.
Verás - dijo - Hay ciertas cosas de las que debemos hablar.
Sí, ya lo has dicho. Dime.
Bueno... Es que no sé por dónde empezar. Mira, hoy mientras hacía tu cama he encontrado esto.
Entonces metió la mano en uno de los bolsillos de su bata, sacando a continuación las braguitas de Brigitte. Ahora me tocaba a mí simular sorpresa y vergüenza, y lo hice muy bien.
¡Dios mío! - exclamé - Yo... yo...
Shisss. Tranquilo - susurró mi madre - No pasa nada. Pero creo que es mejor que hablemos de esto.
Bu... bueno. Lo siento.
No hace falta que lo sientas. Estáte tranquilo, que no te voy a regañar. Sólo quiero que hablemos.
Simulé serenarme un poco, tragué saliva y me quedé mirándola con ojos asustados.
¿Qué quieres saber? - balbuceé.
Veamos... Bueno, ¿de quién son? - dijo agitando las bragas.
No lo sé - mentí.
¿Cómo que no lo sabes?
Es que las cogí el otro día de la ropa sucia, cuando nadie me veía.
Comprendo. ¿Y no has pensado que podrían ser mías?
Puse tal cara de espanto, que mi madre se ablandó un poco.
Tranquilo, tranquilo, no son mías, pero es que quiero que comprendas las consecuencias de tus acciones - dijo.
Sí, sí.
Bueno, ¿y por qué las cogiste?
Yo me quedé callado, apartando la vista, simulando estar avergonzado, aunque la verdad, es que estar allí, con aquel pedazo de hembra en camisón, estaba empezando a excitarme.
No sé... Iba a bañarme, cuando vi el montón de ropa y asomando estaban... ya sabes... eso.
Ya veo.
Pues las cogí y me las guardé en el pantalón. Me sentía muy raro, tenía mucho calor, no pensaba bien. Me lavé rápidamente y vine a esconderme en mi cuarto.
¿Y qué hiciste? - indagó mi madre.
¿Cómo? No hice nada. Las escondí bajo el colchón, estaba muy asustado por lo que había hecho, pero también...
También ¿qué?.
No sé cómo expresarlo, tenía calor, la cabeza me daba vueltas y tenía... Lo siento, no puedo, me da vergüenza.
Mi madre se acercó más a mí. Se apoyó en la cabecera de la cama, colocando las piernas sobre el colchón. Entonces hizo que me recostara contra ella, como cuando era pequeño y empezó a acariciarme el pelo.
Te he dicho que no pasa nada - me dijo - Lo que te pasa es muy normal a tu edad, pero necesito que me lo cuentes, para saber qué consejos darte.
Yo estaba en la gloria, allí apoyado contra sus tetas, así que asentí con la cabeza.
Bueno... Quiero decir que tenía... el pito duro.
Mi madre no pareció sorprendida ni nada.
Comprendo. ¿Y te pasa muy a menudo? - preguntó.
Sí, últimamente sí.
Apuesto a que por las mañanas siempre está duro ¿verdad?
Sí, ¿cómo lo sabes? - dije simulando confusión.
Ella me besó el pelo, yo no veía su cara, pero apuesto a que estaba sonriendo.
Porque es muy normal, mi niño. A los jovencitos os pasa eso a todos, es señal de que os vais haciendo mayores.
Entonces ¿no me vas a castigar por haber cogido las bragas?
No, tranquilo. Ya me las apañaré para devolverlas al montón de la ropa sucia. Apuesto a que su dueña las ha buscado como loca, tienen pinta de caras.
Lo siento.
Mi madre se quedó callada unos instantes, supongo que para reunir valor para continuar sus indagaciones.
Verás, Oscar...
¿Sí?
Hay una cosa que me extraña.
Dime.
Bueno... A los chicos, cuando llegáis a esta edad, comienzan a pasaros... cosas.
¿Cosas?
Sí.
¿Qué cosas?
Bueno, por ejemplo, el pito se os pone duro muy a menudo.
Sí, es verdad.
Y precisamente por eso, comenzáis... Ay, no sé cómo decírtelo. Bueno, por las noches ¿tienes sueños húmedos?
¿Sueños húmedos? - pregunté extrañado de verdad.
Sí, si sueñas con chicas y eso.
¡Ah! Sí, la verdad es que sí.
Pues entonces, es normal que mientras duermes, bueno, que es normal que mojes la cama.
Oye, que yo no soy un bebé.
Mi madre rió, un poco más relajada.
No, si no me refiero a eso - dijo - Verás, a los hombres os sale del pito una cosa... cuando estáis excitados...
¡Ah! Ya sé a lo que te refieres.
Por fin la entendía. Mi madre quería saber si me corría en sueños. Hoy en día llaman a esos sucesos poluciones nocturnas, creo, pero a mi madre le estaba costando Dios y ayuda preguntarme por eso.
¿Y bien? - dijo mamá - ¿Te ha pasado algo de eso?
Yo tardé unos segundos en contestar. Por fin, asentí con la cabeza, en silencio, aparentando estar azorado.
Ya te he dicho que no te preocupes - dijo ella sin dejar de acariciarme el cabello - Es sólo que no entiendo cómo no he visto restos de... bueno, de eso.
Es que yo lo limpio cuando despierto. Normalmente, mancho sólo el pijama, así que lo lavo y lo cambio por otro.
¿Tú haces eso? - dijo sorprendida.
Bueno, la verdad es que el abuelo me ayuda. Él también dice que es normal, pero como me da vergüenza, él me ayuda a ocultar las pistas.
¿Las pistas? - mi madre se echó a reír ante mi eufemismo.
Oye, no te rías - dije enfadado.
Lo siento, lo siento - dijo ella abrazándome con fuerza - ¡Ya estás hecho un hombrecito!
Volví a callar durante unos minutos, decidiendo qué decir.
Mamá - dije de pronto.
Dime.
La verdad es que no me pasa sólo cuando duermo.
¿Cómo?
Que a veces me mancho los pantalones estando despierto.
¿En serio? - dijo algo preocupada.
Sí. Oye, júrame que no le vas a contar esto a nadie.
Te lo juro - dijo ella solemnemente.
Y que no te vas a enfadar.
Que no, tienes mi palabra - insistió mamá.
Yo respiré profundamente antes de continuar.
Verás, el pito no se me pone duro sólo por las mañanas. Últimamente está así a todas horas.
¿En serio?
Sí. Incluso ahora - ataqué.
Diciendo esto, bajé lentamente las sábanas que me arropaban, dejando a la vista de mi madre el tremendo bulto que ya se había formado en mi pijama. Y es que charlar de sexo con ella, sintiendo sus tetas clavadas en la espalda era demasiado para mí.
¡Oscar! - exclamó mi madre sorprendida.
Lo siento. No te enfades - dije, pero sin taparme.
No... Si no me enfado. Es que me ha sorprendido. ¿Y te pasa mucho?
A todas horas. Basta con que esté cerca de una mujer. Me pasa incluso en clase, con Dickie...
Oye, no le faltes al respeto a Mrs. Dickinson.
Lo siento. Perdona. Pues eso, que estoy siempre así, escondiéndome para que no lo noten. Me da vergüenza.
¿Y ahora?
Pues... es que hueles muy bien y estábamos hablando de esas cosas y yo...
Vale, vale. No te preocupes.
Pues eso. Muchas veces, cuando estoy así, de pronto me entra como un dolor y me mancho los calzoncillos.
¿Un dolor? - dijo ella preocupada.
Bueno... Un dolor no. La verdad es que me gusta, pero no puedo controlarme. Me mancho todo, y tengo que lavarme, a escondidas. Y para que tú no notes que ensucio los calzoncillos, tengo que lavarlos y vestirme sin ponerme ningunos, aunque la verdad es que no es desagradable.
¡Niño! - dijo mamá, un tanto escandalizada.
Lo siento. Dijiste que te lo contara todo, que no te ibas a enfadar.
Ella sopesó un instante mis palabras, y se tranquilizó un poco.
O sea - resumió - Que a veces manchas los pantalones incluso por el día ¿no?
Sí.
¿Y te pasa mucho?
No sé. Cada tres o cuatro días, más o menos.
Comprendo. Oye Oscar, pero tú...
Se le notaba en la voz que la avergonzaba hablar de esos temas conmigo, pero era mi madre y tenía que averiguar si algo iba mal.
Dime - dije.
Tú...
¿Sí?
¿Tú no haces nada para aliviarte? - soltó por fin.
¿Cómo? - dije simulando sorpresa.
Ya sabes... Para aliviarte y que así no te pasen esas cosas.
¿Aliviarme?
Sí - dijo ella azorada - Verás, los hombres, especialmente los jóvenes, necesitáis eliminar esos... líquidos, de vez en cuando.
¿Y cómo se hace?
Cuando seas mayor, con una mujer - dijo ella sin pensar mucho - Pero ahora puedes... tocarte.
¿Tocarme? ¿Cómo?
Ella no contestó, tratando de decidir si debía continuar o no.
Vamos mamá - la animé - Que con esto lo paso muy mal, y si sabes como ayudarme...
Verás Oscar, es que creo que estos temas es mejor que los hables con un hombre, no sé, con tu padre, o con tu abuelo.
Sí, seguro - pensé - Seguro que tú no entiendes nada de pollas.
Aquel pensamiento hizo que me excitara todavía más. Descuidadamente, froté mi espalda contra sus senos, notando que estaban un poquito duros. La conversación empezaba a afectar a mamá también. La cosa se le iba de las manos.
¡No! - exclamé alarmado - Por favor, ya me da vergüenza hablar contigo, no quiero que nadie más se entere. Bastante mal lo paso cuando el abuelo me ayuda con el pijama. Por favor, ayúdame tú.
Mientras decía esto me había incorporado en la cama. Me había vuelto hacia mi madre, para mirarla a la cara y vi que estaba realmente indecisa.
Por favor... - insistí.
Es que... No sé qué decirte - balbuceó ella.
Explícame cómo puedo tocarme.
No, Oscar, eso no está bien. Soy tu madre.
¿Y qué? - dije yo - Creí que querías ayudarme. No sé que hay de malo en ello.
Pero... - dudó ella.
Bueno, si no quieres ayudarme, vete. Yo seguiré como hasta ahora, pero al menos haz el favor de no contárselo a nadie.
Simulando estar enfadado, me tumbé de nuevo en la cama, apoyando la cabeza en la almohada, de espaldas a mi madre. Ella se inclinó sobre mí, acariciándome el cabello.
Vamos, no te enfades - susurró - De acuerdo, te ayudaré.
¡Bien! ¡Ya era mía! Rápidamente, me giré, quedando tumbado boca arriba junto a ella. Ella estaba de costado, estirada en la cama, con el torso levemente erguido pues se apoyaba sobre un codo. Volví la cara hacia ella, y me encontré frente a frente con sus senos, dentro de su blanco camisón.
Voy a explicarte cómo debes hacer para aliviarte. Pero no debes hacerlo siempre que tengas el pito duro, pues a tu edad estarías todo el día dale que te pego, sino sólo de vez en cuando, cuando estés muy excitado.
¿Excitado?
Sí, ya sabes, cuando no puedas más.
De acuerdo.
Bueno... - ahora no sabía por donde empezar - Lo que tienes que hacer...
Dime, dime.
Bueno... Tienes que cogerte la colita con la mano.
Esa era la mía. De un tirón, me bajé el pantalón del pijama, dejando al aire mi erección, ante los atónitos ojos de mi madre. Sin perder un segundo, me agarré la punta con los dedos, como si fuera un trapo.
¡Oscar! - exclamó mi madre escandalizada.
¿Qué? ¿No se hace así?
No, no me refiero a eso. Es que... ¿Cómo se te ocurre?
¿Qué pasa? ¿Se coge así o no?
Mi madre se quedó callada unos segundos, los ojos fijos en mi polla. Yo sabía lo que pasaba en esos momentos por su mente, notaba que se estaba excitando, pero aún no lo reconocía. Sin embargo, decidió que ya que me estaba dando una lección, era mejor que la aprendiera bien.
No, no es así - dijo.
Entonces ¿cómo?
Rodéala con la mano.
Yo puse mi mano en torno a la punta, como si fuese el capuchón de un bolígrafo. Sé que así también se puede hacer, pero no era lo que mi madre tenía en mente.
No así tampoco - dijo ella.
Ay, ¿cómo?
Lo que yo quería es que me hiciera una demostración, claro, y la hizo, pero no como yo me esperaba.
Así, mira - dijo mi madre.
Lo que hizo fue poner su dedo índice tieso y rodearlo con su otra mano. No me quedaba más remedio que obedecer, así que empuñé bien mi herramienta.
¿Así? - pregunté.
Sí.
¿Y ahora?
Debes mover la mano arriba y abajo, sobre el pito, deslizándola sobre él.
Mientras decía esto, movió su mano sobre su dedo, simulando una paja. Era tan erótico que los ojos casi se me salen de las órbitas. Lentamente, comencé a pajearme, pero procuré hacerlo del modo más torpe e inútil posible, pues mi objetivo, obviamente, no era cascarme una paja yo solito.
Mamá - dije.
Dime.
¿Y cómo sabes tú estas cosas?
Ella se puso muy colorada y me contestó secamente.
Las sé y punto. Son cosas que las madres sabemos para ayudar a nuestros hijos.
Vale, vale - dije sin dejar de pajearme - No te enfades.
Si no me enfado.
Nos quedamos callados los dos, yo masturbándome con torpeza y los ojos clavados en mi madre. Ella, con los ojos clavados en otro sitio. Recuerdo que en ese instante pensé que si mi madre no quisiera estar allí, ése sería el momento de marcharse, pues ya me había explicado lo necesario, pero ella no se movió ni un milímetro, completamente absorta con mi polla.
Mamá - dije.
¿Ummm? - inquirió ella sin apartar la mirada.
¿Lo hago bien?
Regular, cariño. Mira, trata de agarrarla así, y desliza mejor la mano.
Traté de obedecer sus sugerencias, pero se notaba que mi torpeza comenzaba a incomodarla. Sentía que estaba deseando agarrármela y darme una buena explicación gráfica.
Nooo, así nooo. Más despacio y no aprietes tanto.
¡Es que no sé! - dije simulando desesperación y soltándomela bruscamente.
Pero si es muy fácil...
¿Sí? ¡Pues hazlo tú! - le solté por fin.
Ella se quedó callada unos segundos. Yo sabía que a esas alturas no se iba a enfadar, pues notaba que estaba bastante cachonda, pero la verdad es que no esperaba que aceptara tan fácilmente.
Bueno, está bien.
Y ni corta ni perezosa, llevó su mano hasta mi verga, empezando a sobarla diestramente. Yo me quedé alucinado, no me podía creer que hubiera sido tan fácil. ¡Menuda zorra!
Empezó entonces a pajearme hábilmente, apretando en los lugares y momentos precisos. Enseguida noté que no intentaba obtener una corrida rápida, sino que me hacía disfrutar intensamente, alargando el proceso. Estaba absolutamente absorta con mi polla, mirando cómo la cabecita asomaba y desaparecía en el interior de su mano. Yo la miraba a ella, preciosa, excitada, con los pezones ya apretados contra su camisón. Incluso me pareció percibir el peculiar aroma que desprende una mujer cuando está caliente, esa mezcla de sudor y sexo que vuelve locos a los hombres. Ya era mía.
Pero en ese instante pasó algo que casi lo estropea todo. Llamaron a la puerta y la voz de mi padre resonó al otro lado.
¡Leonor! ¿Estás ahí?
Nos quedamos helados del susto. Como un rayo, agarré el borde de las sábanas y nos tapé a ambos. Lo hice justo a tiempo, pues sin esperar respuesta, mi padre abrió lentamente la puerta y entró al dormitorio.
¡Ah! Estás aquí. Estaba un poco preocupado. ¿Pasa algo? ¿Por qué no vienes a la cama?
Mi madre lo miró fijamente, y yo pude notar perfectamente un brillo de furia en el fondo de su mirada.
No te preocupes. Dentro de un rato voy - dijo mi madre.
¿Qué pasa? - insistió mi padre - ¿No estará enfermo otra vez?
Que no, que no seas pesado. Ya te he dicho que iré después. Estamos hablando de unas cosas. Tú duérmete, que luego voy.
¡Había dicho dentro de un rato! No enseguida, ni en un minuto, ni ahora mismo... ¡Dentro de un rato! ¡Cojonudo! Fue entonces que me di cuenta de que a pesar de la situación la mano de mi madre no había liberado mi miembro en ningún momento. ¡Qué tía! ¡Menuda sangre fría!
Bueno, vale. Si estáis los dos bien...
Mi padre había reconocido sin duda el tono de mi madre, ese de "no me toques más las narices, que al final se va a hacer lo que yo diga" que todos los de la casa conocíamos tan bien, así que, comprendiendo que no tenía nada que hacer, optó por una retirada estratégica.
Qué pesado es ese hombre - murmuró mi madre, sorprendiéndome bastante.
Entonces, de un tirón, fue ella la que nos destapó por completo, y levantándose, fue hasta la puerta. La abrió y echó un vistazo fuera. Satisfecha, volvió a cerrar, esta vez echando el pestillo.
¿Por qué cierras? - inquirí.
Bueno... - dijo ella dudando un poco - Verás, lo que te estoy enseñando no es... bueno, no sería entendido... Vaya, que así no nos molestarán más.
Vale.
Volvió a sentarse a mi lado. Yo me incorporé un poco, apoyando la espalda en la almohada. Ella pasó un brazo por mi espalda, quedando su pecho apoyado en mi hombro y reanudó la lección.
Mira, tienes que cogerla así, ¿ves? Y ahora, la mueves así...
Otra vez se dejó llevar, pajeándome como toda una maestra en la materia. Yo sentía cómo sus tetas se endurecían cada vez más contra mi brazo. Comprendí que si seguíamos así yo no iba a aguantar mucho y de ninguna manera pensaba conformarme sólo con aquello.
Mamá.
¿Sí? - dijo mientras pajeaba.
¿Qué es esto?
Haciéndome el tonto, toqué con un de mis dedos su pezón erecto, lo que le hizo dar un saltito.
¡Oye! - exclamó - No seas sinvergüenza.
Es que no sé que es - respondí - Pero me gusta.
Sí ya lo supongo - dijo ella filosófica.
Pero ¿qué es?
Ella dudó un poco antes de responder.
¿Es que no sabes lo que es un pecho?
Sí, pero me refiero a este bultito - dije pellizcándolo suavemente esta vez.
¡Ufff! - suspiró ella, pero esta vez no protestó.
¿Vas a contestarme o no?
Es un pezón - dijo por fin.
¿Cómo?
Es por donde las mamás damos de beber a los bebés cuando son pequeños.
¿Cómo las tetas de una vaca?
Ella rió suavemente, divertida por mi comparación. Aquello me vino bien, pues la paja pasó a ser menos placentera, ya no estaba tan concentrada en ella, con lo que pude retrasar mi orgasmo.
Más o menos. Sólo que las mujeres sólo tenemos leche cuando acabamos de tener un bebé y no todos los días como las vacas.
Comprendo. ¿Y tú me diste de beber a mí?
Claro, cariño.
Pero, ¿por qué están ahora así? Cuando viniste no se notaban en el camisón, pero ahora...
Ella eludió el tema con habilidad, simplemente aceleró el ritmo de la paja dándome un delicioso apretón sobre el tronco.
Aaaahh - no pude reprimir más un gemido de placer.
¿Te gusta? - dijo ella sonriendo.
Sí, mucho.
Ya lo veo. Pero la verdad es que estás aguantando un montón. Pensé que tardarías menos.
Mamá.
¿Sí?
Estoy seguro de que si me dejas verte las tetas tardaré menos.
Ella se quedó petrificada, la mano inmóvil sobre mi verga. Aquel era el momento clave, el punto sin retorno. Si tragaba, ya estaba todo hecho, si no...
Estás loco - me dijo.
Por favor, mamá. Nunca he visto unas. Por favor, nadie se enterará... Ayúdame.
Ella me soltó y se quedó unos segundos mirándome. Sacó su brazo de detrás de mi espalda, colocando sus dos manos en su regazo, dudando. Por fin, sin mediar palabra, comenzó a desabrochar los botones de su camisón. Yo estaba que reventaba, con los ojos a punto de salírseme de las órbitas.
¡Menudo par de tetas! Eran preciosas, de tamaño mediano, algo caídas y con los pezones muy gordos, en medio de unas areolas sorprendentemente pequeñas. La piel era muy blanca y se notaban bajo ella algunas venillas azules.
Titubeante, me acerqué un poco a ellas, contemplándolas azorado.
¿Puedo? - acerté a decir.
Por toda respuesta, ella me acarició el pelo.
Sin dudar más, hundí el rostro entre sus dos tetas, frotándolo y refregándolo por todos lados. Quería besarlas, morderlas, lamerlas, pero temía que si lo hacía ella notara que ya era todo un experto, así que tenía que conformarme con besarlas y estrujarlas con mis manos.
Chupa - susurró mi madre entonces - Como cuando eras un bebé.
¡Dios! Con eso vi el cielo abierto. Sin perder ni un segundo, mis labios se apoderaron de uno de sus pezones y empezaron a succionar como locos. No pueden ni imaginarse el esfuerzo que me supuso el controlar mi lengua para que no empezara a lamer y estimular aquella maravilla, viéndome obligado a chupar solamente.
Uuummm - un delicioso gemido escapó de la garganta de mi madre.
Justo entonces, su mano volvió a buscar mi entrepierna y asiendo mi polla, reanudó la paja. Su otra mano se perdió en mi cabello, comenzando a acariciarlo, a recorrerlo, mientras yo chupaba de aquel delicioso biberón.
Ya no podía más, estaba a punto, pero aún necesitaba que ella se calentara más, para que después necesitara continuar con la fiesta. Así que me arriesgué con la lengua, empezando a lamer con delicadeza la punta de su pezón.
¡Oh, Dios! - gimió.
Entonces su mano abandonó mi cabeza. Yo no sabía donde estaba, pero segundos después ella comenzó a gemir y jadear. Imaginándome lo que sucedía, me aparté de sus pechos, echando una mirada hacia abajo.
Efectivamente, la mano de mi madre se había perdido bajo su camisón, haciéndose una paja con una mano mientras me hacía lo mismo a mí con la otra. Estaba a punto de caramelo.
¿Qué estás haciendo? - pregunté.
Sin esperar respuesta, me aparté de ella, liberando mi pene de su mano (justo a tiempo, pues no hubiera aguantado ni un segundo más). Ella sorprendida, me miró, pero yo, sin darle tiempo a reaccionar, subí su camisón de un tirón, apareciendo ante mí sus bragas, con una mano hundida en su interior.
¿Qué haces? - insistí.
Ella me miraba asustada, pero sin sacar los dedos de dentro de su coño.
Espera, ya comprendo - dije haciéndome el entendido - Tú también te estás aliviando.
Al ofrecerle una salida tan sencilla, ella sólo atinó a asentir con la cabeza, así que sólo necesité añadir:
Pues déjame que lo haga yo.
¿Cómo?
Tú me alivias a mí, y yo te lo hago a ti. Es lo justo ¿no?
Estoy seguro que de haber estado menos cachonda, mi madre habría encontrado diez mil razones que echaran por tierra mi idea, pero como decía mi abuelo, una mujer en ese estado hará cualquier cosa (y un hombre también, como descubrí con los años cuando ciertas mujeres jugaron conmigo).
¿Qué tengo que hacer? - dije, como si estuviese todo ya decidido.
Sin esperar ni un segundo, llevé mis manos a sus caderas y le bajé las bragas, apareciendo frente a mí su coño chorreante. Volví a tumbarme a su lado, poniendo mi polla a su alcance, y llevé una mano hasta su chocho, lo que le hizo dar un respingo.
¿Cómo se alivia a una mujer? - pregunté.
Bueno, pueees... - dijo dubitativa - No sé si debemos hacer esto.
¿Así? - dije interrumpiéndola mientras clavaba un par de dedos en su interior.
¡AAAAAHHHHH! - suspiró ella, cerrando los ojos.
¿Lo hago bien?
Ella asintió con la cabeza, los ojos bien cerrados, disfrutando mis caricias. Yo movía la mano dulcemente, explorando, sobando, deslizándola entre las humedades que allí había. Por fin, conduje mis dedos hasta su clítoris, lo que la hizo dar un nuevo gemido de placer.
¡AAAAAHHHHH!
¿Qué es esto? - pregunté mientras jugueteaba con su clítoris.
¡Sigue! ¡Sigue por ahí! - siseó mi madre.
Entonces se acordó de mi abandonada polla, y deslizó su mano hasta empuñarla de nuevo. Reanudó entonces la paja, y así seguimos por unos segundos, masturbándonos mutuamente. Pero ella tenía ventaja, pues yo estaba ya al borde del orgasmo, por lo que poco después, me corrí, empapando su mano con mi leche.
¡OOHHHH! ¡Mamá! ¡Mamá! - gemía yo.
El orgasmo fue muy fuerte, la excitación del momento se sumó al placer que sentía, por lo que me corrí con fuerza, pringando por completo la mano de mi madre, que no había parado de acariciar mi verga.
Así, mi niño, así... - susurraba ella.
Había sido como una descarga eléctrica, las fuerzas me abandonaron por completo, y me derrumbé, momentáneamente aturdido, sobre el cuerpo de mi madre. Me quedé allí, jadeante, mientras ella me acariciaba la cabeza con su mano limpia. Yo, por supuesto, había dejado de masturbarla, pues en ese momento me encontraba agotado.
Tras un par de minutos en esa posición, mi madre me besó el pelo, tratando de incorporarme. Yo me hice el remolón, pues estaba muy a gusto, pero ella insistió.
Vamos, Oscar, levanta. Creo que ya es suficiente.
Una luz de alarma se encendió en mi mente. ¿Suficiente? ¡De eso nada!
Pero mamá - dije incorporándome - Tú todavía no te has aliviado...
No te preocupes, mi niño. Eso no es cosa tuya.
Diciendo eso, comenzó a levantarse, pero yo no iba a dejarla escapar de allí de ninguna de las maneras.
¡No, no, de eso nada! - exclamé - ¡Tú déjame a mí!
Y diciendo esto, me coloqué de rodillas a sus pies, y agarrándola de los tobillos, tiré fuertemente hacia mí, obligándola a permanecer tumbada. Sin perder ni un segundo, hundí la cara entre sus muslos, dispuesto a hacerle una demostración de todo lo que había aprendido.
¿Qué haces? - dijo ella con sorpresa - ¿Qué haceeessssss?
Mi boca ya se había apoderado de su clítoris, y tres de mis dedos ya hurgaban en el interior de su coño, resbalando como dentro de un tarro de miel. Yo estaba enloquecido, sólo pensaba en que ella no se había corrido y que eso no podía ser. La masturbé y chupé con furia, arrancándole gemidos y grititos de placer, olvidadas ya las ganas de marcharse o de resistirse.
No fue una de las mejores mamadas que he hecho, no intenté prolongar el placer, ni deleitarme con aquel delicioso coño. Sólo pretendía obtener un orgasmo rápido. Y vaya si lo logré.
De pronto, el cuerpo de mi madre se tensó, tieso como un palo. Sus músculos se endurecieron, se estiraron, su coño se inundó, y de pronto comenzó a gritar.
¡DIOOSSSSSS! ¡SÍIIIII!
Alarmado, me despegué de su chocho como una exhalación y tapé su boca con mis manos. Notaba sobre las palmas cómo su garganta articulaba sonidos, cómo trataba de anunciar a los cuatro vientos el placer que sentía, perdida por completo la razón y la cordura. Allí estábamos, mi cuerpo echado sobre el suyo, su boca tapada por mis manos, mientras espasmos de placer recorrían todo su ser.
Por fin, fue serenándose, su cuerpo fue calmándose. Aparté las manos de su boca, para que pudiera respirar mejor, mirándola expectante. Yo estaba bastante en tensión, esperando que de un momento a otro alguien viniera para averiguar qué habían sido esos gritos, pero afortunadamente, nadie vino.
Cuando estuvo más relajada, me levanté, quedando de rodillas junto a ella, con mi miembro completamente erecto de nuevo. Por fin, mamá abrió los ojos y me vio, allí sonriente a su lado. Se incorporó entonces, quedando sentada en el colchón, su respiración normalizándose poco a poco. Entonces hizo algo absolutamente inesperado. Me abofeteó con fuerza.
Yo caí de costado, sobre el colchón, aturdido y sorprendido por la reacción de mi madre. La miré con ojos llorosos, pues la verdad es que la torta me había dolido bastante.
¿Por qué? - atiné a balbucear.
Así que eras un inexperto ¿eh? No sabías masturbarte, ni habías visto una mujer... ¡Seré estúpida!
Compungido, no sabía qué decir. Ella tenía toda la razón, todo había sido una sarta de mentiras para llevarla al huerto.
Yo... Yo... - dije.
¿Y se puede saber cómo has aprendido estas cosas?
Yo... El abuelo...
Entonces ella se calló. Se quedó mirándome fijamente y sus rasgos se suavizaron un poco.
El abuelo, claro. Ese cabronazo. Debería haber sospechado que él te habría explicado de esos temas y te habría metido esas cosas en la cabeza. ¡Qué tonta soy!
No eres tonta. Yo te engañé.
No, si eso está claro. Pero, ¿cómo se te ocurrió liarme de esa forma?
Es que eres muy bella.
Se sorprendió un poco al oírme decir aquello, pero no pareció molestarle.
Sí, sí, vale. Pero en esta casa si algo sobran son las mujeres atractivas. Tu abuelo se ha ocupado de ello, así que, ¿por qué yo?
¿Cómo decirle que ella no era sino una más en la lista? Decidí darle un pequeño giro al tema.
Bueno, verás... - dije avergonzado - Es que... te vi.
¿Que me viste? ¿Qué quieres decir?
El otro día, cuando entré al despacho del abuelo.
Ella se quedó muy callada, asimilando el alcance de mis palabras.
No sé de qué hablas - dijo no muy convencida.
Ya, seguro - dije yo - Entonces, ¿qué hacías debajo de la mesa del abuelo?
Ella me miró fijamente unos segundos y después sonrió tristemente, vencida.
Vaya, me has descubierto - dijo con un deje de amargura en la voz - Pensarás que tu madre es una zorra.
No - sentencié - Pienso que es una mujer joven, que quiere disfrutar de la vida y que no puede hacerlo con su marido.
Ella me miró alucinada. No se explicaba cómo yo podía hablar así.
¡Oscar! - dijo con espanto.
¿Qué? ¿Es verdad o no? Sé lo que papá piensa del sexo, que es algo sucio y que sólo debe hacerse de vez en cuando, para tener hijos. La abuela le inculcó esas ideas desde pequeño, el abuelo me lo dijo.
Ella sonrió de nuevo.
No te creas todo lo que te diga tu abuelo, Oscar. La verdad es que tu abuela lo pasó muy mal con su marido. Ella lo quería mucho, pero él no paraba de serle infiel con todas las mujeres que se le ponían a tiro.
Y tratándose del abuelo, seguro que fueron muchas.
Sí, seguro que sí - rió ella.
Nos quedamos callados unos segundos, hasta que me decidí a continuar.
Pues eso, mamá, te vi con el abuelo aquel día, y otras veces después. Comprendí que sentías deseos, como me pasa a mí, y día tras día fui obsesionándome más contigo, hasta que decidí que quería hacerte mía. Así que tracé un plan.
Seguro que lo estudiaste todo, las bragas, la charla...
No, no fue así. Bueno, lo de las bragas sí, pues sabía que eso te haría venir a hablar conmigo a solas, pero lo demás... lo improvisé sobre la marcha.
¿En serio?
Sí. Verás, cuando estoy con una mujer... es como si supiera lo que tengo que decir o hacer - dije.
Te pareces mucho a tu abuelo. O a tu padre, cuando le conocí - dijo en tono más bajo.
Me quedé mirándola unos instantes, decidiendo qué hacer. Entonces me di cuenta de que seguíamos medio desnudos, tumbados sobre la cama, yo con la polla en ristre y ella con el camisón subido hasta la cintura, allí, charlando como amigos.
Mamá - dije, aunque ella no me escuchó.
Oye, por cierto, ¿las bragas de quién son? - dijo de sopetón.
De Brigitte - respondí sin dudar - Se las olvidó un día entre los naranjos.
Menuda zorra es la franchute esa - dijo mi madre.
Vamos, no te enfades con ella, fui yo quien la sedujo.
¿Y has seducido a alguna más? Apuesto a que Tomasa, con lo tonta que es, habrá caído en tus redes enseguida.
Pues no, te equivocas - dije con tono alegre.
¿En serio? ¿Entonces sólo ha sido Brigitte? ¡No me lo creo! - exclamó.
Yo no he dicho eso - dije más relajado - Ha habido otras.
¿Sí? ¿Quién?
Pues Vito, Mar, tía Laura...
En cuanto pronuncié el nombre de mi tía, me quedé helado. No sabía cómo iba a reaccionar mi madre ante tan sorprendente revelación.
¿Tía Laura? - dijo sorprendida - ¿Te has acostado con tu tía?
Sólo acerté a asentir con la cabeza.
¡Dios mío! ¡Joder con el niño! - exclamó ella - ¡Se ha tirado a su tía!
Mamá, no te enfades.
¡Ya decía yo que estaba muy contenta últimamente! ¡Claro, se estaba beneficiando a mi niño! ¡Será puta!
¡Mamá! - la interrumpí muy serio - Las cosas no son como crees. Es difícil de explicar, pero lo que pasó con tía Laura fue una especie de liberación para ella. Lo hicimos sólo una vez y acordamos no volver a hacerlo jamás. De esta forma ella aceptó sus deseos y sentimientos, se sintió más mujer y ahora por fin es feliz con su condición. Pero te aseguro que no ha vuelto a pasar nada entre nosotros.
Ella me miró muy seria, tratando de adivinar la sinceridad de mis palabras.
Vaya, en definitiva que te has acostado con tu tía - dijo con voz tranquila.
Y ahora pretendo hacer lo mismo con mi madre - dije atacando a fondo.
Ella se quedó callada, estudiándome. No parecía enfadada ni sorprendida, sólo sopesaba la situación. Por fin, habló:
Lo siento, pero no va a poder ser - sentenció.
¿Por qué?
Porque soy tu madre.
Sí, y el abuelo es tu suegro ¿y qué? Yo te deseo y estoy seguro de que tú sientes lo mismo. ¿Acaso no lo has pasado bien antes? Porque si no es así, desde luego eres una gran actriz...
Ya te he dicho que no...
Mamá, por favor... Una sola vez...
Ella clavó los ojos en mí. Notaba que estaba deseosa de hacerlo, pero necesitaba un último empujón, algo que le hiciera ver cuánto la deseaba.
Olvida por una noche que soy tu hijo. Somos sólo un hombre y una mujer que se desean, que se necesitan. Siempre acudes al abuelo para calmar tus anhelos, pero esta noche, deja que sea yo tu amante.
Tras decir esto, me acerqué a ella y le di un tierno beso en los labios. Durante unos segundos, ella no respondió, permaneciendo completamente quieta, pero por fin, dando un gemido, sus labios se entreabrieron, acogiendo mi lengua en su interior.
Me dejé caer sobre su cuerpo, apretando mi erección contra su vientre, mientras nuestras bocas se devoraban la una a la otra. Ya habían quedado atrás todos los recelos, las mentiras, los prejuicios... éramos sólo dos amantes haciendo el amor.
Sin dejar de besarnos, sus manos se deslizaron entre nuestros cuerpos, buscando mi polla con desespero. La asieron con delicadeza, y poco a poco fue guiándome hacia la entrada de su gruta. Una vez allí, la penetré suavemente, pero sin pausa, hasta que mi falo quedó bien enterrado en el coño materno.
¡Ugggghhhhh! - balbuceó ella en mi boca.
Al ser más bajo que ella, era incómodo seguir besándonos mientras la penetraba, pues me obligaba a mantener el cuello muy estirado, así que, con pesar, abandoné lentamente sus labios, dedicándome a chupar y lamer su esbelto cuello. Ella gemía y gemía, acompañando con esos dulces sonidos los embates de mis caderas en su interior. Voluptuosamente, mi madre cruzó las piernas sobre mi espalda, sujetándome contra ella, estrechándome contra si.
Cada empujón era como un fogonazo de luz en mi mente, el placer nublaba mis sentidos. Era delicioso deslizarse dentro de ella. Yo empujaba y empujaba, pero ella apenas se movía. Se limitaba a abrazarme doblemente, sus piernas rodeando mis caderas y sus brazos anudados tras mi cuello, pero para mí era suficiente, no necesitaba más caricias ni más nada, me bastaba con estar allí, sintiéndola hasta el último centímetro de mi ser, mirándonos el uno al otro a los ojos, con el brillo del deseo refulgiendo en su interior.
Conseguí que mi madre alcanzara el clímax en unos minutos. No fue un orgasmo salvaje, devastador, como el que le había provocado un rato antes. Fue suave, dulce, acorde con el polvo que estábamos echando. Ella cerró los ojos y me estrechó con más fuerza contra su cuerpo, haciéndome enterrar la cara en su cuello. Yo sentí perfectamente su orgasmo. Su vagina inundándose de los líquidos del placer, mi pene resbalando y nadando entre ellos deliciosamente.
En esas circunstancias, mi propio orgasmo no se hizo esperar y sentí cómo estaba a punto de correrme dentro de mi madre.
¡Mamá! ¡Mamá! - balbuceé - ¡Ya! ¡YA!
Con desidia, a regañadientes, mi madre me liberó de su abrazo, permitiéndome salir de su interior. Justo a tiempo, pues en cuanto la saqué, mi polla comenzó a vomitar semen sobre el vientre de mi madre, dejándolo pringoso. Yo no podía más, así que me derrumbé sobre ella, manchando mi propio cuerpo con los pegotes de mi corrida.
Así nos quedamos, abrazados, respirando con dificultad, tratando de serenarnos, acariciándonos el uno al otro. Por fin, reuní fuerzas suficientes para echarme a un lado, quedando tumbado junto a mi madre.
¡Puajj! - exclamé - ¡Estoy pringoso!
Sí, yo también - confirmó mi madre - Y no veas cómo te he puesto el pelo al acariciártelo con esta mano.
Mientras decía esto, agitaba en el aire la mano con la que me había masturbado, que había quedado pringosa al correrme.
¡Jo! ¡Es verdad! - dije pasándome los dedos entre los cabellos.
Ven - dijo mi madre.
Se levantó de la cama y se arregló un poco el camisón. Yo hice lo mismo con mi pijama y la seguí. Salimos al pasillo, tras abrir el pestillo de la puerta y comprobar que no hubiera moros en la costa.
Silenciosamente, nos deslizamos hasta el baño, cerrando el cerrojo tras nosotros. No sé por qué, pero a los dos nos entró una risa floja que a duras penas lográbamos contener. Supongo que sería porque parecíamos ladrones andando a hurtadillas por la casa.
Entonces mi madre pareció recordar algo, y llevándose un dedo a los labios para indicarme que no hiciera ruido, me dijo que esperara allí. Volvió a abrir el cerrojo y salió sigilosamente al pasillo, cerrando la puerta tras de sí. Tuve que esperarla casi cinco minutos, poniéndome más nervioso cada vez, hasta que por fin, la puerta volvió a abrirse y mi madre volvió a entrar, sin olvidarse de echar el cerrojo.
He ido a por ropa limpia - susurró.
Vi que traía un pijama nuevo para mí, de los que estaban en uno de mis cajones. También había pasado por su cuarto, para coger un camisón para ella. Por eso había tardado tanto; moverse por su dormitorio con cuidado para evitar que mi padre despertara debía haberle costado bastante.
En el baño no había luz, pero mi madre abrió la ventana, para que penetrara el resplandor de la luna. Con eso bastaba. Mi madre comenzó entonces a desnudarme, quitándome aquella ropa manchada de sudor y semen.
Mañana te das un baño sin falta - me susurró.
Una vez me tuvo desnudo, echó agua de una jarra en la jofaina, y mojando una toalla, comenzó a asearme el cuerpo.
¡Ay! ¡Está fría! - me quejé.
Pues te aguantas. Haber pensado en ello antes de hacerle eso a tu mamaíta - replicó ella sonriendo.
Mi madre estaba en cuclillas frente a mí, limpiando como mejor podía mi cuerpo con la toalla. Yo la contemplaba desde arriba, echando disimulados vistazos por el escote de su camisón, aunque la falta de luz me impedía verlo todo con detalle. Pero creo que eso lo hacía incluso más erótico.
Mi madre estaba limpiándome las pantorrillas y los pies cuando alzó la vista, topándose de frente con mi pene que estaba comenzando a recobrar el formato extenso.
¡Dios mío! - exclamó - ¿No has tenido suficiente?
...........
¿Qué voy a hacer contigo? - dijo agarrándome la punta del capullo con dos dedos y dándome un cariñoso pellizco, lo que hizo que las rodillas me fallaran.
La verdad es que no sé si hablaba conmigo o con mi polla.
Podrías hacer lo mismo que con el abuelo - sugerí.
Ella me miró a los ojos, pero no había rastro de enfado en su mirada, sólo un brillo pícaro.
Vaya, vaya. Estás hecho todo un sinvergüenza ¿eh?
Sí - me limité a responder.
Supongo que ante tan convincente respuesta, mi madre se quedó sin argumentos, o puede que en realidad siguiera caliente como una perra. Lo cierto es que sin decir nada más, la boca de mi madre engulló una buena porción de rabo, haciéndome soltar una exclamación de placer.
Era buena. Era muy buena. Tuve que agarrarme a un mueble para no caer redondo al suelo, pues la mamada era tan genial que apenas me tenía en pié. Su lengua no paraba de juguetear con mi falo mientras su boca se deslizaba a lo largo de él. Su cabeza iba para atrás, dejando tan sólo el glande atrapado entre sus labios, para a continuación volver hacia delante, enterrando mi verga por completo en su garganta, clavando su nariz en mi ingle.
Llevó entonces una mano hasta mi escroto, y empezó a masajearme las bolas con destreza. Sacó entonces mi polla de su boca, para entretenerse jugando con su lengua en la punta durante unos segundos, para a continuación volver a tragársela entera. Una de las veces, abrió su boca al máximo, tratando de engullírmela por completo, apretando su rostro contra mi ingle. Creo que nunca había llegado tan adentro de la garganta de una mujer. Era genial.
Pero yo no quería acabar así, por lo que con toda la pena de mi alma y mi corazón, me vi forzado a apartarla de aquella polla que devoraba con tanta pasión. Mi rabo quedó reluciente, empapado por la saliva de aquella mujer que tan diestramente era capaz de engullirlo.
¿Qué pasa? - siseó mamá.
Así no - contesté yo, empujándola hasta que quedó sentada en el suelo.
Me arrodillé junto a ella y la besé con pasión, sintiendo mi propio sabor en su boca. Nuestras lenguas se entrelazaron, juguetonas, pero ella no quería esperar más, así que llevó sus manos a mi polla, estrujándola suavemente.
¡Ugghh! - me quejé.
Shissss. Tranquilo.
Ella se tumbó boca arriba y se subió el camisón, separando los muslos, ofreciéndome su coño chorreante. Pero yo tenía otra idea en mente, así que la hice volverse y colocarse a cuatro patas.
Me arrodillé tras ella, amasando sus nalgas con fruición, separándolas para poder ver el agujerito que iba a ser penetrado de un momento a otro. Parecía muuuuuy estrecho.
Sin parar de sobarle el culo, penetré su ano con el dedo pulgar, lo que le hizo dar un respingo de sorpresa.
¿Qué demonios estás haciendo? - exclamó.
Shissssss - relájate, contesté yo continuando con mi masaje.
¡De eso nada! - dijo sentándose en el suelo, poniendo su culo a salvo de mis siniestras intenciones.
Pero, ¿por qué? - dije sorprendido.
¡Estás loco! Nunca he hecho algo así.
¿Nunca?
Nunca. ¡Y nunca lo haré! Eso es demasiado.
Resignado, tuve que aceptar su voluntad. ¿Qué podía hacer yo?
Vale, vale, lo siento - susurré - Perdóname, es que no imaginaba que nunca lo hubieras hecho por ahí.
¡Pues claro que no! ¿Qué clase de mujer te crees que soy?
Mejor no responder a eso.
Dulcemente, me incliné sobre ella y volví a besarla. Me deslicé hacia abajo, abriendo el cuello de su camisón y volviendo a liberar sus pechos de su encierro. Estaban como rocas. Esta vez sí los chupé con habilidad y arte, jugueteando con la lengua en sus pezones, acariciándolos y sobándolos con habilidad, poniendo toda la experiencia adquirida al servicio de las tetas de mi madre. Aquello le gustaba bastante, a juzgar por los gemidos y balbuceos que sus labios proferían.
Ummmm. Asíiiiii. Síiiii - susurraba.
Me separé entonces de ella, y acaricié suavemente mi verga. Estaba a punto, así que decidí no hacerla esperar más. Mi madre permanecía tumbada boca arriba, así que cogí una de sus piernas y la levanté, de forma que girara un poco la cintura. De esta forma, con una sola pierna levantada, podía penetrarle el coño lateralmente, manteniendo su muslo apretado contra mi pecho. Así lo hice, y aunque parezca una tontería, se notaba la diferencia.
Mi polla no podía penetrar tan profundamente como antes, pero la sensación era diferente, parecía otro coño distinto. Estaba bastante bien y a mi madre pareció gustarle mucho el cambio, pues el volumen de su voz fue subiendo progresivamente, a medida que yo empujaba en su chocho.
¡Así! ¡Así, mi vida! ¡Dale! ¡Más fuerte! ¡¡Más fuerte!!
De nuevo alarmado, cogí la toalla mojada que había junto a nosotros y la acerqué a su rostro.
Toma. ¡Ufff! - resoplé - Muerde esto. ¡Ahhh!
Ella entendió mis intenciones y mordió con fuerza la tela, ahogando sus propios gemidos. Más tranquilo sobre el ruido, comencé a bombearla con más fuerza, con más violencia, y pude constatar lo acertado de haberle dado la toalla, pues a pesar de ella, sus gemidos inundaban la habitación.
¡Uhggg! ¡Uhhuuhg! - gorgoteaba.
Sí, mamá. ¡SÍ! - respondía yo.
Sus manos se engarfiaron con fuerza de la toalla, estirándola salvajemente mientras la mordía con saña. Comprendí que se estaba corriendo de nuevo, sus jugos resbalando por la cara interna de sus muslos y empapando el suelo.
Yo empujaba y empujaba, enfebrecido, agotado, pero decidido a acabar antes de derrumbarme exhausto. Empujé y empujé, follé y follé, hundiéndome sin compasión en aquel paraíso del placer. Por fin, no pude más. Me derrumbé sobre ella, saliéndose mi verga de su interior. Pero mi madre no me iba a dejar así; empujándome, me hizo quedar boca arriba y de un golpe, volvió a tragarse mi polla, deslizando sus labios sobre ella a toda velocidad. No tardó más que unos segundos en hacer que me corriera, inundando su boca con mi orgasmo. Ella se apartó sorprendida, escupiendo semen al suelo, que quedaba colgando de su boca en hilos blancuzcos.
No me reprendió ni se quejó, simplemente se tumbó a mi lado, respirando los dos medio asfixiados.
No estoy seguro de cuánto permanecimos así, derrengados, hasta que mi madre reunió la suficiente fuerza de voluntad para moverse.
Vamos, Oscar. No podemos quedarnos así. Vas a coger frío.
Como un zombi, obedecí sus órdenes y logré ponerme en pié. Ella hizo otro tanto y fue hasta el mueble del baño para coger otra toalla. Sin decir palabra por el cansancio, retomó sus labores de limpieza de mi anatomía, concluyéndola lo mejor que pudo en unos minutos.
Ahora vístete - ordenó.
Yo obedecí, mientras contemplaba como ella se desvestía por completo, tirando su camisón empapado en el suelo, sobre mi ropa.
Allí, desnuda como una diosa comenzó a asearse a si misma, usando también una toalla húmeda. Entonces yo me acerqué a ella y sujeté la toalla sin decir nada. Ella me miró y dejó la toalla en mis manos, sin pronunciar palabra tampoco.
Me encargué yo entonces de su limpieza, haciéndola con lentitud, acariciándola con dulzura. Limpié sus senos, llenos de mi propia saliva, su espalda, empapada en sudor, su cuello, su cara, sus brazos. Su pubis fue más complicado, pues en cuanto lo rocé, un estremecimiento sacudió su cuerpo.
Con cuidado - susurró - Está muy irritado.
Me acordé entonces de Dickie y de cómo había quedado de maltrecha tras nuestro encuentro, así que aseé aquella parte con delicadeza. Todo aquello estaba volviendo a ponerme cachondo, pero me contuve, pues sabía que mi madre no podía más. Era consciente de que había sido la primera y la última vez que estaba con ella como amantes, pero no me importaba; había merecido la pena.
Entonces, se me ocurrió algo.
Mamá - dije.
¿Ummm? - contestó ella, disfrutando quedamente de mis caricias.
¿No has pensado en arreglar las cosas con papá?
Ella me miró sorprendida.
¿Arreglar las cosas? No hay nada que arreglar. Yo quiero mucho a tu padre y me consta que él me quiere a mí. Es sólo que no me da todo lo que yo necesito - dijo.
Pues a eso me refiero. ¿No has intentado hablarlo con él?
Sí - dijo ella asintiendo tristemente - Muchas veces, pero él hace oídos sordos. No quiere ni oír hablar de ello. Para él el sexo es una obligación. Una vez por semana, unos empujones y listo, a ver si me quedo embarazada otra vez.
¿Y tú nunca has tratado de llevar la iniciativa?
¿Cómo? - dijo mi madre extrañada.
Ya sabes... Podrías intentar alguna de las cosas que haces con el abuelo...
Sí, y seguro que tu padre me mata.
No creo que haya ningún hombre en el mundo que fuera capaz de resistirse a lo que tú has hecho esta noche.
Mi madre se quedó pensativa, sopesando lo que yo acababa de decir. Yo notaba que había dado en el clavo, y que ella estaba pensando en intentar algo. Me lo confirmó el hecho de que se vistió muy deprisa. Se puso el camisón sin decir nada, dándole vueltas en la cabeza a una idea.
Anda, Oscar - me dijo - Coge esta ropa y llévala abajo, al montón de la ropa sucia.
Vale.
Abrimos la puerta y salimos en silencio. Yo besé entonces en la mejilla a mi madre, que me sonrió en la oscuridad. Ella se dirigió a su cuarto y yo partí como un rayo escaleras abajo, llevando el montón de ropa sucia.
Atravesé la cocina y fui hasta el cuarto de las bañeras, donde solíamos acumular la ropa sucia. Enterré bien los pijamas entre el resto de la ropa y regresé con rapidez. Por desgracia, al ir a oscuras me pegué un buen golpe en la espinilla, lo que me hizo perder un minuto dando saltitos a la pata coja, mientras me cagaba en los muertos de la silla o de lo que Dios quisiera me hubiera golpeado en la oscuridad.
Por fin, regresé frente al cuarto de mis padres y pegué la oreja a la puerta. No se oía nada. Desilusionado, miré por la cerradura, esperando no poder ver nada en la oscuridad, pero afortunadamente, la noche era calurosa, por lo que la ventana estaba abierta de par en par, así que el resplandor lunar iluminaba débilmente la habitación. Suficiente para mis ojos, que ya se iban acostumbrando a las tinieblas.
Entonces pude ver a mi madre, de rodillas sobre su cama, al lado del cuerpo durmiente de mi padre. No podía ver bien, pero me pareció que una de las manos de mi madre descansaba sobre el cuerpo de mi padre. No sabía qué estaba haciendo, pero entonces esa mano levantó el miembro erecto de mi padre. Había estado estimulándolo mientras dormía. Entonces, sin perder un segundo, mi madre acercó su cara al pene paterno y lo engulló de un golpe.
Yo seguía espiando tras la puerta, un tanto excitado por la situación. Mi padre aún tardó un par de minutos en despertarse, y cuando lo hizo se encontró con su mujercita propinándole una soberbia felación.
¿Qué...? - balbuceó.
Mi madre no contestó. Siguió mamando y chupando, dándole placer a papá. Era el momento clave, y mi padre, por fortuna, no lo desaprovechó.
Sus manos se apoyaron en la cabeza de su esposa y acompañaron el ritmo de la mamada, gimiendo y resoplando de placer. Entendí que mamá lo había logrado, papá ya estaba en sus redes, así que decidí concederles intimidad, pues por esa noche, yo ya había tenido suficiente.
Al día siguiente desperté bastante tarde, pero nadie vino a avisarme. Me levanté y me vestí, comprobando después que, contrariamente a lo habitual, mis padres seguían acostados, durmiendo en su dormitorio.
¡Menuda nochecita! - pensé.
Llegó la hora de mis clases y tuve que asistir, pero con la cabeza puesta en los sucesos nocturnos. Por fin, me encontré con mis padres a la hora del almuerzo. Parecían mucho más felices de lo que yo los había visto en mucho tiempo. Mi padre llegó incluso a besar a mi madre delante de todos, lo que nos dejó muy sorprendidos. La sonrisa que mi madre me dirigió después, me hizo comprender todo lo que había pasado.
Ese día me sentí muy feliz de haber aportado algo a la felicidad de mis padres, aunque sin duda habrá quien me tilde de hipócrita, pues lo único que yo intentaba era llevarme al huerto a mamá. No les faltará razón a quienes piensen esto, pero lo cierto es que me sentí muy contento.
Además, jamás volví a acostarme con mi madre, lo que no me importó en absoluto. El que sí se cabreó un poco fue el abuelo, pues él tampoco logró volver a obtener nada de mamá, aunque con el tiempo se le fue pasando, contento de que por fin, su hijo hubiera aceptado la vida como él la veía, aunque fuese con una sola mujer.
LAS
BENÍTEZ:
Los días siguientes pasaron fugaces. Tuve algunos episodios con Marta y alguna criada, y también tuve un par de clases muy instructivas con Dickie, pero nada especialmente interesante, así que no voy a aburrirles con los detalles, no quiero ser repetitivo.
Sin embargo, sucedieron algunas cosas que se salieron de lo común, aunque no fueran en materia sexual, así que se las contaré, pues tienen su importancia en la historia.
Verán, por un lado estuvo el cambio de actitud de Marina hacia mi persona. Estaba más cariñosa y relajada cuando estaba conmigo. Me hablaba sonriente durante las comidas, me ayudaba con los deberes que me mandaba Dickie, en fin, un montón de cosas que sin ser nada especial, sí me resultaban un poco extrañas. Lo cierto es que no hubo ningún nuevo acercamiento entre nosotros. La situación había quedado en suspenso y yo no me atrevía a hacer nada más, pues nuestra relación se había vuelto muy agradable y no quería estropearla.
No es que no estuviera loco por liarme con mi hermana, es sólo que consideraba que yo ya había hecho todo lo posible y que ahora le tocaba a ella dar el siguiente paso, si es que quería. Algo en mi interior me decía que esa era la forma correcta de actuar, pero lo cierto es que yo no estaba muy seguro, pues los días pasaban y Marina no hacía nada. De hecho, parecía que lo sucedido en mi habitación noches antes nunca hubiera pasado, pues ella no tocó el tema en ningún momento y yo no me atrevía a hacerlo.
Pero este repentino acercamiento entre mi hermana y yo tuvo una inesperada consecuencia, y fue que la relación entre Marta y Marina se deterioró notablemente. Apenas se hablaban, a pesar de que siempre habían estado muy unidas, ya no pasaban tiempo juntas, excepto cuando se veían obligadas, ya fuera en clase o durante las comidas. Incluso en un par de ocasiones las vi discutir, pero cuando me acercaba para averiguar qué pasaba, ninguna de las dos soltaba prenda, alegando que era una simple discusión entre primas.
Yo me sentía muy incómodo con la situación, pues de alguna forma sabía que el origen de su distanciamiento era yo. Traté de hablar con ellas por separado, pero no saqué nada en limpio. Bueno, eso no es del todo cierto, pues cuando me acercaba a Marta para interrogarla, ella desviaba la conversación del modo más placentero posible, no sé si me entienden.
Por otro lado estaba el raro comportamiento de Antonio. A éste sí que no le entendía. Siempre habíamos sido buenos amigos, no diré que compañeros de juegos, pues él era unos años mayor que yo y no nos gustaban las mismas cosas, pero sí había sido un compinche muy entretenido. Él me enseñó a cazar insectos, a trepar a los árboles, a limpiar los caballos... Quiero decir que nunca nos habíamos puesto a jugar al escondite ni nada parecido, pero con él había pasado días estupendos, charlando y bromeando; era, en definitiva, un amigo.
Y en cambio ahora se mostraba un tanto... no sé, distante. No es que no hablara conmigo cuando yo me dirigía a él, es sólo que le notaba raro, diría que receloso; y no sabía por qué.
Pues así estaba la cosa, la gente había cambiado una barbaridad en la casa desde el momento en que inicié mis "actividades". Y todo, o casi todo había sido culpa mía. Tía Laura, más feliz que nunca, iba al pueblo con frecuencia, el abuelo pensaba que se había echado un novio. Mis padres, ahora tan cariñosos el uno con el otro. Marta, convertida en un animal en celo, antes tan amiga de Marina y ahora tan unida a mí. La misma Marina, separada de Marta pero muy simpática conmigo. Antonio, las criadas... ya ven, un sinfín de cambios en los que yo había tenido gran parte de culpa (aunque no supiera por qué). De la única de cuyo estado no me sentía responsable era Andrea. Seguía en un estado taciturno, un poco más animada tal vez, pero lejos de ser la Andrea que todos conocíamos. Y yo sabía quién era la causa.
Así estaba la situación en la casa el día en que, durante el almuerzo, mi abuelo anunció que los Benítez iban a devolvernos la visita que mi familia les había hecho semanas atrás. Al oír la noticia, Marta y yo intercambiamos una mirada silenciosa y ambos clavamos los ojos en la misma persona: Andrea.
Mi prima mayor se sorprendió bastante con el anuncio y palideció notablemente. Se disculpó entonces, diciendo que no se encontraba bien y abandonó la mesa, dejándonos a mí y a su hermana bastante preocupados. Nadie más pareció notar nada raro, por lo que siguieron charlando alegremente, pero tanto Marta como yo no pensábamos más que en que el capullo de Ramón iba a tener la oportunidad de volver a echar sus zarpas sobre Andrea.
En cuanto pudimos, nos escabullimos los dos fuera del salón y nos reunimos al pié de la escalera. Subimos al segundo piso y nos sentamos en el último peldaño. Marta fue la primera en hablar.
Vaya, así que Ramón vuelve a escena.
Sí. ¿Has visto la cara que puso Andrea? - respondí yo.
Pues claro. Parecía que hubiese visto un fantasma. ¿Qué le haría ese cabrón?
Si te hubieses quedado mirando más rato...
La mirada furibunda de Marta me indicó que era mejor no seguir por ahí.
Bueno, ¿y qué hacemos? - dije tratando de cambiar de tema.
¿Y qué podemos hacer? No podemos hablar con Andrea y decirle que nos cuente qué pasó, ni podemos contárselo a nadie.
¿Y tu madre? Ella ya sabe lo de Andrea y Ramón...
Sí, pero si mamá se entera de que Ramón le hizo algo malo a Andrea y que ella está así de hecha polvo por ello, es capaz de organizar un escándalo.
¿Y qué? - pregunté yo estúpidamente - ¡Pues que lo organice! ¡Seguro que eso le sirve de escarmiento a ese capullo!
¡Claro, muy listo! - exclamó Marta - ¿Y qué pasa con Andrea? Ella también se vería implicada. ¡Las chicas de bien no andan por ahí acostándose con los hijos de los vecinos! ¡Imagínate el follón!
Claro, tienes razón - asentí avergonzado.
En ese preciso instante nos interrumpieron.
Vaya, vaya. ¿Qué hacéis aquí los dos?
Alcé la vista y me encontré con mi hermana Marina, que estaba al pié de la escalera, mirándonos desde abajo. Comenzó a subir, sonriente y se quedó unos cuantos peldaños por debajo de donde estábamos nosotros, apoyada en el pasamanos.
¿Y a ti qué te importa? - le espetó Marta enfadada.
Los ojos de Marina chispearon, aprestándose para la batalla.
¿Qué pasa? ¿Te molesta que pregunte? - dijo Marina en tono irónico.
¡Sí! ¡Me molesta! - respondió mi prima, airada.
¿Y por qué, si puede saberse?
De hecho, me molesta tu presencia, así que márchate, esto es una conversación privada - dijo Marta.
¿Quieres que me vaya? ¿Para qué, para poder hacer alguna de tus guarradas? ¿Aquí, en medio de la casa?
Marta se puso roja de ira, parecía estar a punto de abalanzarse sobre su prima.
¿De qué estás hablando? - dijo rechinando los dientes.
Marina, viendo el efecto de sus puyas, decidió atacar a fondo.
No sé... Algo como esto.
Y entonces Marina hizo algo increíble. Inclinándose sobre mí, posó sus labios en los míos, dándome un beso que yo no pude disfrutar, pues mi mente estaba repleta de imágenes de los devastadores desastres que mi prima era capaz de organizar si aquello continuaba. Y así fue.
¡Zorra! - exclamó Marta.
Yo no podía ver a mi prima, pues el cuerpo de Marina me lo impedía, pero sí vi los efectos de sus acciones.
De pronto, Marina pareció salir volando, apartándose bruscamente de mí. Cayó de rodillas al suelo, sobre los escalones, sujetando con sus manos la muñeca de Marta, que había engarfiado sus dedos en los cabellos de su prima, tironeando con furia.
¡Ay! ¡Suéltame puta! - chilló Marina.
Mi hermana se incorporó entonces, echando su cuerpo sobre el de su prima, que no soltaba su presa. Marta, sorprendida, dio un paso hacia atrás, pero pisó mal en un escalón y las dos cayeron al suelo, en un confuso montón de brazos y piernas, que se propinaban bofetadas, arañazos y tirones de pelo. Fue una suerte que cayeran hacia atrás, de forma que aterrizaron sobre el segundo piso. Unos centímetros más adelante y las dos se hubieran precipitado escaleras abajo.
Las dos peleaban como gatas enfurecidas, tironeando y golpeando donde podían.
Los vestidos se rasgaban, se enrollaban, no servían para taparlas, por lo que partes de sus espléndidas anatomías se mostraban a mis ojos. En otras circunstancias hubiera resultado de lo más erótico, pero ahora estábamos muy cerca de donde estaban mis padres. Era un milagro que no hubieran acudido aún.
Asustado, me levanté de un salto y me abalancé sobre las dos fieras. Traté desesperadamente de calmarlas, intentando separarlas, pero era inútil. Por fin, actué con más decisión y agarrando a Marina por la cintura (pues en ese momento estaba encima de Marta) la levanté de un tirón separándola de nuestra prima.
Hice que Marina quedara tras de mí, tratando de mantenerla alejada de Marta con mi cuerpo. Mi prima, mientras, se levantó como un rayo del suelo, tratando de alcanzar a mi hermana mientras ésta hacía otro tanto. Bastante enfadado ya, le propiné un buen empujón a Marta, lo que la separó de mí unos instantes. Entonces, hice fuerza hacia atrás con mi cuerpo, aplastando a Marina contra la pared.
Marta chocó contra la pared opuesta con cierta violencia y el impacto la dejó sin resuello. Aproveché los segundos de ventaja para sujetar a mi hermana por las muñecas, pero ella siguió luchando. Forcejé con ella unos instantes, hasta que logré reducirla. Su cuerpo quedó apretado contra el mío, de espaldas a mí, mientras con mis manos mantenía bien sujetas las suyas.
Me apoyé contra la pared, agarrando con fuerza a Marina, que aún no se había rendido. Ella luchaba y luchaba, y al hacerlo, su culito se restregaba contra mi entrepierna. Alcé la vista y vi a Marta, mirándonos enojada. Los botones de su vestido habían sido arrancados, de forma que sus pechos aparecían por el escote, tapados por la combinación. Aquello y los refregones del trasero de Marina me produjeron un puntito de excitación.
Eres un degenerado - pensé - Cómo puedes...
Bastó ese segundo de despiste para que Marta actuara. Como una furia, volvió a lanzarse contra Marina, que seguía sujeta por mí. Yo reaccioné como pude, tratando de apartar a mi hermana de en medio. Por desgracia, yo ocupé su lugar.
Marta lanzó una fuerte tarascada que me alcanzó en pleno rostro. Un fogonazo de dolor estalló en mi mente, e inconscientemente, me llevé las manos a la cara, liberando a Marina. Me miré entonces las palmas de las manos y pude ver sangre en ellas. Marta me había propinado un buen arañazo en la ceja. Un poco más abajo y me deja tuerto.
Por lo menos, aquello tuvo la virtud de hacer que las dos chicas dejaran de pelearse. Las dos se quedaron a mi lado, mirándome preocupadas. Cuando vieron la sangre, ambas palidecieron.
¿Has visto lo que has hecho? - dijo Marina de pronto.
¿Yo? ¡Ha sido culpa tuya! - exclamó Marta.
Reanudaron entonces la discusión, olvidada al parecer mi herida. Aquello fue la gota que colmó el vaso.
¡Callaos ya las dos, maldita sea! - exclamé enfadadísimo.
Las dos se quedaron calladas, contemplándome con estupor.
¡Estoy hasta el gorro de vosotras! Pero, ¿os habéis visto? ¿Se puede saber qué coño os pasa?
Ninguna de las dos me miraba, pues las dos tenían los ojos fijos en el suelo, avergonzadas. Yo las miraba muy enojado, y entonces la sangre comenzó a resbalar sobre mi ojo, nublándome la vista. Con furia, saqué un pañuelo del bolsillo y me lo apoyé en el ojo.
¿Te duele? - balbuceó Marta.
¡Pues claro que me duele! - exclamé.
Las miré a las dos sin que mi enfado remitiera. Se veía que estaban compungidas, de hecho Marta parecía a punto de echarse a llorar, pero yo no iba a dejarme tranquilizar tan fácilmente. Aquella situación no podía continuar.
Espero que estéis contentas. Lo habéis hecho divinamente - dije en tono irónico - Ahora si me disculpáis, me voy, y si queréis, podéis sacaros los ojos la una a la otra. Pero una cosa sí os digo... Mientras sigáis así no quiero saber nada de ninguna de las dos.
Marina pareció ir a decir algo, pero mi mirada airada la hizo desistir. Yo pasé entre las dos chicas, dejándolas allí, con sus vestidos destrozados. Muy enfadado aún y sin mirar atrás me dirigí al baño que había frente a mi cuarto. Me examiné entonces en el espejo la herida. Había bastante sangre, así que llené la palangana con agua de una jarra y me enjuagué. El agua se tiñó de rosa enseguida, pero al menos comprobé que el corte ya casi no sangraba. Era un arañazo profundo, pero nada grave, pero al ser en la ceja había sangrado bastante, ya saben que las heridas en la cabeza son muy escandalosas. Me limpié bien y busqué el yodo en un armario, aplicándome un poco en el arañazo. ¡Perfecto! Así llamaba todavía más la atención, pero qué iba a hacer si no.
Lo que me preocupaba era el tener que explicar a mis padres el origen de la herida. Como no se me ocurría nada, decidí escabullirme e irme a dar una vuelta, para así aclarar un poco las ideas.
Con cuidado, salí del baño. Afortunadamente, no había rastro de las chicas, pues la verdad, en aquel momento no me apetecía demasiado ver a ninguna. Bajé las escaleras y me deslicé hacia la parte trasera de la casa, saliendo por la puerta de atrás.
Rodeé la casa caminando, ya más tranquilo, pues era la hora de la siesta y no creía que fuera a encontrarme a nadie. Pero no fue así. Al doblar la esquina casi choco con Antonio, que estaba ordenado unas cajas. Nos quedamos mirándonos, con un silencio un tanto incómodo. Por fin, él lo rompió.
¿Qué te ha pasado en el ojo? - dijo sin mucho interés, reanudando su tarea.
La pregunta tenía más de cortesía que de auténtica preocupación, o al menos, así me lo pareció a mí. Aún enfadado por el follón con las chicas, decidí que aquello no iba a seguir así.
Pero, ¿se puede saber qué coño le pasa a todo el mundo? - exclamé dejando alucinado a Antonio.
¿Có... cómo? - balbuceó.
Sí, a ti, no me mires así - continué - Últimamente estás de lo más raro, me esquivas, no me hablas... ¡Y no sé por qué! ¡Creía que éramos amigos!
Tras soltar el discursito, me dejé caer sobre una de las cajas que había apilado Antonio. Me quedé allí sentado, mirándolo, esperando una respuesta. Él también me miró, y suspirando, se sentó en una caja cercana.
Perdóname - comenzó, sorprendiéndome un poco – Tienes toda la razón, últimamente he estado un poco raro.
Ya te digo – asentí yo – Pero, ¿por qué?
Antonio calló durante unos segundos, dudando en contestar. Por fin se decidió, y lo que dijo me sobresaltó un poco.
Verás, es que el otro día te vi con la niña esa en el establo.
¿Có... cómo? – acerté a decir.
Sí, ya sabes, no te hagas el tonto. Te vi follando con la pelirroja esa tan guapa de las clases de montar.
Ahora fui yo el que se quedó callado. ¡Joder! ¡Antonio me había visto tirándome a Noelia!
Bueno... – susurré - ¿Y qué pasa?
Nada, hombre, no pasa nada – dijo Antonio esbozando una sonrisa.
Ya, claro, no pasa nada. Y por eso has dejado de hablarme.
Antonio me miró fijamente un instante, después apartó los ojos, un poco avergonzado, y siguió hablando.
Bueno... no sé cómo decírtelo... Es que...
Venga tío – le animé yo – Sabes que puedes contarme lo que quieras.
Jura que no se lo dirás a nadie. Como lo cuentes te vas a enterar.
Te lo juro – respondí sin dudar.
Entonces nos escupimos en la palma de la mano y nos las estrechamos, sellando así el juramento de la forma más sagrada posible. Esto pareció serenar a Antonio, que por fin me dijo lo que le preocupaba.
Bueno, es que yo nunca he estado con una chica – admitió ruborizándose un poco.
Yo me quedé un poco sorprendido, pero por fin le comprendí. Él tenía 16 años y aún no había catado a una hembra y yo, mientras, a mis tiernos 12 añitos, andaba por ahí follándome alumnas de la escuela. Estaba claro que el chico me envidiaba.
¿Y qué pasa? – dije yo.
Pasar... no pasa nada – respondió Antonio – Pero es que... me sentía un poco raro cuando te veía. Me acordaba de ti y de esa chica y me sentía incómodo.
Te comprendo. Estaba buena ¿eh? – pregunté frívolamente, para relajar la tensión.
¡Ya te digo! – exclamó Antonio con un entusiasmo que nos sorprendió a ambos.
Los dos nos echamos a reír, resueltos ya nuestros problemas.
Dime, ¿y qué viste? – pregunté.
Ya sabes... Aquel día estaba con mi tío y los caballos.
Sí, ya os vimos. De hecho, el que el semental cubriera a la yegua sirvió para que la chica se calentara.
¿En serio? – dijo Antonio asombrado - ¿A las chicas les gusta eso? ¡Pero si son dos animales!
Bueno, no es que le excite ver a los caballos follando – traté de explicarle – Es que... verás, ella es una chica de buena familia, sin muchos contactos con el sexo, y el hecho de ver algo así, pues le provoca un puntito de excitación.
Ummm. Comprendo – asintió Antonio – Si lo llego a saber antes, hubiera llevado a alguna chica al corral.
¡Coño! ¡No te creas que basta con eso! – reí.
¡Ya lo supongo! – rió Antonio también.
Cuando nos serenamos, volví a interrogar al chico.
Pero dime. ¿No has hecho nunca nada con una chica?
Hombre, nada, lo que se dice nada... He besado a alguna, y una vez Chelo me dejó que le tocara las tetas.
Chelo era una chica del pueblo, de le edad de Antonio, que a veces venía a trabajar recogiendo naranjas. Yo ya le tenía echado el ojo, pues tenía unas peras impresionantes, pero el saber que era medio novia de Antonio la convirtió en tabú para mí.
Vean si soy raro, estoy dispuesto a follarme a la mujer que sea, incluso a mi madre, pero si es pareja de un amigo... entonces nada.
Ya veo – continué - ¿Y se las viste?
No, no me dejó.
Pues es una pena, porque Chelo tiene un par... – dije haciendo el símbolo internacional de los melones con las manos.
Sí, sí que las tiene – coincidió Antonio – Pero no hubo forma.
Tranquilo, hombre – dije palmeándole la espalda – Ya has dado los primeros pasos, verás como dentro de poco lo consigues.
Eso espero.
Seguimos charlando un buen rato, sobre Chelo y otras chicas (especialmente de las de la casa, que traían malo al pobre chaval, tanta hembra jamona y sin poder catarla), hasta que nos interrumpieron.
Sin darnos cuenta, se nos había pasado la tarde allí sentados y Juan vino a ver si su sobrino había acabado el trabajo.
¡Pero coño! – exclamó Juan al vernos allí sentados- Pero, ¿todavía no has recogido eso? ¡Y seguro que tampoco has ido a descargar el carro del heno, como si lo viera! ¡Apañado voy con el sobrino este!
Para evitar la bronca de Juan (y para continuar con la charla) decidí ayudar a Antonio con sus tareas, pasándoseme el resto del día en un santiamén. Además, aquello me proporcionó la excusa que necesitaba, pues le conté a mi madre que me había dado un golpe con una caja y me había cortado la ceja, lo que evitó engorrosas situaciones. Dando un poco de rienda suelta a mi lado sádico, conté esa mentira durante la cena, con Marina y Marta presentes, para hacerlas sentir así profundamente avergonzadas, cosa que conseguí, pues las dos tenían los ojos clavados en sus platos mientras lo decía.
Bueno, pues los días pasaron con rapidez. Un par de polvetes por aquí, una mamadita por allá, lo cierto es que, en aquellos años, en aquella casa, la vida era de lo más placentera.
Pero eso sí, yo aún tenía mi orgullo, así que, durante esos días, me negué a cualquier tipo de acercamiento con Marta o Marina, y eso que ellas trataron de "acercarse" en numerosas ocasiones; pero yo seguí en mis trece, pues el cabreo aún me duraba, y como si algo no me faltaba allí era carne para saciar mi sed de sexo, pues podía permitirme hacerlas sufrir un poco.
Y por fin, llegó el día de la visita de los Benítez, que al final se convertiría en uno de los más intensos de aquellos años. Ahora verán por qué.
El plan inicial de la familia era que la visita llegara más o menos a mediodía, justo a tiempo de tomar un refrigerio antes de almorzar. Después, por la tarde, mi padre quería llevar al señor Benítez a practicar un poco de tiro, pues aunque papá no compartía la pasión del señor Benítez por la caza, sí que era aficionado a las armas. Luego, por la noche, podrían quedarse a dormir en casa o no, según les pareciera.
Puedo decir con bastante seguridad que la idea de quitar de en medio al señor Benítez había partido de mi abuelo, despejándose así el camino para sus lúbricos planes con Blanquita, o al menos así lo creía yo.
Y en cuanto a mí, la verdad es que no estaba demasiado entusiasmado con la visita, pues suponía tener que encontrarme de nuevo con el imbécil de Ramón, y en cuanto a Blanca, en aquel momento ni se me había pasado por la cabeza intentar nada con ella, pues parecía terreno personal del abuelo.
Así pensaba al menos hasta que la vi.
Los Benítez fueron bastante puntuales. Llegaron poco después de las doce, Blanca y su madre en un carruaje descubierto, mientras que Ramón y su padre venían a caballo. Todos nosotros los esperábamos en el porche de la casa, vestidos con la ropa de los domingos, poniendo caras de alegría para que mi madre no se cabrease. Nos acompañaba Dickie, pues en esas situaciones era como un miembro más de la familia.
Al primero que vi fue a Ramón, que venía un poco por delante de su familia. Maravillosa forma de empezar el día, el estómago me dio un retortijón. Miré a Andrea y vi que estaba bastante pálida, lo que me hizo maldecir de nuevo interiormente a aquel bastardo.
Pero, ¿qué coño le haría? – pensé.
Tras Ramón, apareció el carro con su madre y su hermana, escoltado por su padre que cabalgaba al lado. El carro se detuvo frente a nosotros y mi abuelo, como buen anfitrión, se adelantó para ayudar a bajar a las damas.
Estáis encantadoras – dijo el abuelo.
Tenía razón.
Blanca estaba tan preciosa como siempre. Llevaba un vestido blanco, estampado con flores azules. Llevaba un cinturón también azul, que ceñía su delicada cintura. Con su educación habitual nos saludó a todos besándonos en las mejillas, con una exquisita sonrisa en los labios. Cuando me tocó el turno, nuestros ojos se encontraron y mi mente viajó al momento en que la sorprendí follándose al abuelo, lo que hizo que me ruborizara un poco. Apuesto a que ella tenía el mismo episodio en mente, pues sus mejillas estaban levemente enrojecidas cuando se inclinó para darme mis dos besos. ¡Dios, cómo la deseé en aquel momento!
Y después estaba su mamá, que desde luego no desmerecía en nada a su hijita. La señora Benítez estaba a punto de cumplir los cincuenta, muy bien llevados por cierto. Tenía una figura realmente espléndida y en su rostro apenas se percibían los síntomas de la edad. Era rubia, y se recogía el pelo en un moño. Las tetas se le adivinaban macizas bajo su vestido y su trasero parecía divino también.
Vaya jamona – pensé mientras la señora Benítez me saludaba y comentaba a mi madre que ya estaba hecho todo un hombrecito.
Ramón también saludó a todo el mundo, incluyéndome a mí, aunque nuestras respectivas miradas revelaban lo que pensábamos el uno del otro. Con quien más se detuvo fue con Andrea, a la que se dirigió con voz de corderito, supongo que tratando de sentar las bases para una posterior disculpa. Aquello me soliviantaba, pero ¿qué podía yo hacer? Y lo peor fue que, Andrea, en vez de mandarlo al cuerno, escuchaba sus memeces en silencio, como considerando la posibilidad de perdonarle. Qué estúpida era mi prima.
Por fin, entramos en la casa, dirigiéndonos directamente al salón, donde habían servido un refrigerio. Allí los mayores se dedicaron a charlar entre ellos, y yo, como era el pequeño y además no me hablaba con Marta y Marina, estaba más solo que la una.
Pero me daba igual, así que me dediqué a echar miradas disimuladas a Blanca y a su madre, lo que mortificaba tanto a Marta como a Marina, con lo que el placer era doble.
Fue así, mirando a las invitadas, cuando me di cuenta de que los intereses de mi abuelo aquel día no buscaban a Blanquita, sino más bien a su mamá, lo que me sorprendió un poco. Pero lo cierto es que era así. Mi abuelo había logrado hábilmente separar a la señora Benítez de la conversación de los adultos, llevándola a un rincón de la habitación donde charlaban a solas con sendas copas en las manos. Blanca, por su parte, se veía un poco sorprendida por el giro que había tomado la situación, pues ella desde que había llegado, había estado rondando alrededor de mi abuelo, pero él había pasado olímpicamente de ella, enfrascado como estaba en cortejar a su madre.
La chica estaba un poco abatida y se había sentado sola en un sofá, sin participar, al igual que yo, en las conversaciones. Esto hizo que tenebrosos pensamientos comenzaran a formarse en mi mente, y en vista de que mi abuelo no parecía estar por la labor, decidí realizar una intentona con Blanquita... así, por variar, ya saben.
Ni corto ni perezoso me puse en pié y serví dos vasos de limonada, Con ellos me dirigí al sofá donde estaba Blanca, que se quedó un poco sorprendida al verme allí de pié frente a ella. Sin duda su mente le decía en esos momentos que yo conocía su secreto, así que lo mejor era mandarme al carajo, pero su buena educación (o al menos la fachada que mantenía de cara al público) le impedía hacerlo, así que aceptó la bebida con un simple gracias.
Yo me encogí de hombros y me senté a su lado. Ella hizo como si yo no existiera, manteniendo la mirada fija en otro lado, sin mirarme, lo que me divirtió bastante. Además, vi que Marta había notado el inicio de mis maniobras y me miraba con ojos llameantes, pero yo, lejos de amilanarme, la saludé con la mano, cosa que la enfureció todavía más, por lo que fingió que no le importaba lo que yo hiciera, volviendo a enfrascarse en la conversación, lo que me permitía seguir mis maniobras sin llamar mucho la atención.
Oye – dije entonces - ¿Por qué no me miras?
Déjame en paz – respondió Blanca.
¿Qué te pasa? ¿Es que te he hecho algo malo?
Ella no contestó.
Mira, si estás enfadada porque el otro día te pillé follando con mi abuelo, no te preocupes, no pienso contárselo a nadie – susurré, directo a la yugular.
Blanca pegó un bote en el asiento. Con esto conseguí que me mirara, aunque sus ojos, absolutamente desorbitados, no reflejaban alegría precisamente.
¿Cómo te atreves? – siseó indignada.
Yo me recliné hacia atrás en el sofá, mirándola con expresión satisfecha.
Vamos, vamos, no te enfades – le dije sonriente – No pretenderás que me crea que un simple comentario así basta para ofenderte. Recuerda que te vi gimiendo y gritando de placer.
Al intenso rubor de sus mejillas se unió un brillo peligroso en su mirada. Se estaba cabreando mucho y a mí me divertía enfadarla. Me fijé entonces en la mano que sostenía el vaso de limonada. Los nudillos se veían blancos, por lo fuerte que sujetaba el vaso. Comprendí que me había pasado.
Venga, perdona – continué – Es que te he visto aquí, sola, y no he podido resistirme a burlarme un poco de ti.
¿Cómo? – preguntó algo confusa.
Quiero decir que no lo decía en serio, que sólo quería avergonzarte un poco.
¡Ah! – dijo un poco más tranquila – Pues no le veo la gracia.
Yo sí se la veo. Deberías haber visto tu cara.
Muy gracioso – dijo Blanca enfadada, dando un trago a su vaso.
Decidí avanzar un poco.
La verdad es que aquel episodio me puso bastante caliente – le espeté.
La chica casi se atraganta con la limonada.
¿Có...cómo? – dijo medio ahogada.
Que estás muy buena y que me encantaría hacerte lo mismo que te hizo mi abuelo. Soy mejor que él en la cama ¿sabes?
Se quedó absolutamente alucinada, no acertaba a articular palabra.
Te lo digo en serio, opino que eres preciosa y me encantaría acostarme contigo.
Ella seguía estupefacta, pero por fin, acertó a reaccionar balbuceando débilmente.
Te... te has vuelto loco... Eres un crío...Voy a contárselo a tu madre.
Tras decir esto, hizo ademán de levantarse, pero mis palabras la detuvieron.
De acuerdo, cuéntaselo. Yo les contaré a tus papás lo divertidas que encuentra su hijita las clases de equitación.
Se quedó paralizada, sin moverse del sofá. Me miró entonces muy seria y dijo:
No te atreverás.
¿Qué te apuestas? – pregunté socarrón.
Si lo cuentas, tu abuelo se meterá en un buen lío también.
Ni la mitad que tú – repliqué – Además, no es preciso mencionar a mi abuelo, puedo decir que te vi con un chico cualquiera.
Y yo diré la verdad.
¿En serio? Yo pensé que te limitarías a negarlo todo, no esperaba que lo reconocieras tan fácilmente.
¿Cómo? – preguntó Blanca, confusa.
Que lo lógico sería que dijeras que yo mentía.
Sí, claro. Eso haría... pero tú podrías contarlo todo.
¿Yo? ¡Qué va! ¿Para qué? Con mi insinuación bastaría. Tu papá te vigilaría con cien ojos a partir de entonces y se te acabarían esas aventurillas, porque apuesto que mi abuelo no es el único en catar tus delicias...
Ella no contestó, pero su silencio era lo suficientemente elocuente.
Como ves, te tengo en mis manos. Si hablo, aunque no me crean, te complicaré bastante la vida, pero si hablas tú, y se enteran de lo de mi abuelo, te la arruinarás completamente. Seguro que te meten en un convento. ¡Menuda señorita, follándose hombres de 60 años!
Blanca miraba al suelo, aturdida, completamente sobrepasada por la situación. Tan sólo atinó a insultarme.
Eres un cabrón.
Sí ¿verdad? Pero al menos yo no finjo ser lo que no soy. Tú vas por la vida dándotelas de señorita y en realidad eres una puta de cuidado.
Mientras decía esto miré con disimulo a mi alrededor y viendo que nadie nos miraba posé con delicadeza una mano sobre su muslo, sintiendo su firmeza por encima del vestido. Aquello hizo que ella pegara un respingo, con lo que parte de la limonada se derramó, manchándole el vestido.
¡Mira lo que has hecho! – exclamó.
Se levantó como un resorte, aprovechando la mancha como excusa para escapar de aquella situación. Con presteza, acudió junto a su madre, contándole lo de la mancha. Mi madre intervino entonces, ofreciéndole su ayuda para tratar de limpiarse. Finalmente, salieron del salón mi madre, tía Laura, Blanca y Marina, hablando de con qué saldría la mancha y de cambiarse de ropa. Mientras salía, Blanca me dirigió una última mirada cargada de odio.
Yo me quedé allí, bebiéndome mi limonada, dándole vueltas a lo que acababa de suceder. ¿Por qué me había comportado así? Yo no solía ser tan malo con las mujeres y además, Blanca siempre me había caído bien, no éramos amigos ni nada, pero tampoco la despreciaba, no como a su hermano.
¡Ramón! ¡Claro! Supuse que subconscientemente, había atacado a Blanca como forma de vengarme de Ramón, si es que a semejante capullo podía molestarle lo que le pasara a su hermanita. Lo miré y vi que ni se había dado cuenta de lo que había pasado, pues seguía hablando con Andrea, poniendo cara de niño bueno y lo peor era que mi prima se mostraba mucho más relajada que en las últimas semanas. ¡Señor!
Bueno, la verdad es que debía reconocer que Blanquita tenía un polvazo impresionante, así que no todo había sido por joder a Ramón. ¡Más bien había sido por joderla a ella!
Enfrascado en tan profundas elucubraciones estaba, cuando la tropa de mujeres regresó al salón. Habían limpiado la mancha con no sé qué y por lo visto habían logrado eliminarla por completo. Insistían en que el limón no manchaba pero que el azúcar era un problema, que tal y que cual...
Yo no presté mucha atención a sus palabras, pues estaba muy atento a Blanca. Ella, al regresar al salón ni siquiera me dirigió una mirada, pero yo seguí con los ojos clavados en ella. Notaba que se sentía incómoda, con lo que comprendí que sabía que la estaba mirando. Por mi mente pasó la posibilidad de disculparme con ella, de hecho, lo sopesé seriamente, pero el diablillo de mi interior no me dejó, alegando que ésta podía ser una nueva forma de abordar cuestiones de mujeres.
Blanca, visiblemente incómoda, se unió al grupo más alejado de mí, que era el formado por mi padre y el suyo, que mantenían una animada charla sobre las prácticas de tiro de por la tarde. Ella se quedó allí, junto a los dos hombres, simulando interés por sus palabras y aparentando ser la niñita buena que todos conocían. O casi todos.
Decidí divertirme un poco más.
Dejé el vaso en una mesa y me uní al grupo de Blanca, que se notaba muy nerviosa. Me situé junto a ella, quedando nuestros cuerpos muy próximos. Yo sabía que Blanca no podía marcharse nada más llegar yo, pues sería una grosería, así que aguantaba como podía, temiendo lo que yo pudiera hacer. Y yo no la defraudé.
Aprovechando que tanto ella como yo estábamos de espaldas a una pared y muy cercanos a ella, deslicé una mano por detrás y la planté directamente sobre su culo. Por supuesto, procuré acercarme mucho a ella, para que nuestros padres no notaran nada raro.
Mientras lo hacía, con todo el descaro del mundo, interrogué al señor Benítez sobre el arma que iba a usar, y él, muy amablemente, procedió a darme una exhaustiva explicación sobre su escopeta, una Remington inglesa, creo recordar. Así, mientras yo asentía vigorosamente con la cabeza, simulando el mayor interés por su diatriba, procedí a magrear deliciosamente las prietas nalgas de su dulce hijita, la cual, como corresponde a una señorita bien educada, aguantó el tirón sin decir esta boca es mía.
Ni que decir tiene que me aproveché a conciencia de la situación, apretando y sobando aquel delicioso trasero con deleite, riéndome interiormente del imbécil del padre que tan vigorosamente me alababa por "interesarme en asuntos de hombres desde tan joven". No sabía bien aquel señor cuánta razón tenía, porque lo cierto era que había ciertos asuntos de hombres que me interesaban mucho, pero no los que él creía.
La situación tenía un morbo increíble, el padre, allí tan campante, y la hija sufriendo en silencio mis abusos. Yo notaba lo nerviosa que estaba la chica en su trasero, pues lo tenía muy tenso, sin relajarse con mis caricias, pero su nerviosismo se notaba incluso en su rostro, enrojecido y avergonzado hasta el punto que los mayores le preguntaron si se encontraba bien, ante lo que ella sólo acertó a asentir.
Me hubiera gustado prolongar la situación durante más rato, pero entonces ocurrió lo inevitable. Ante tanto toqueteo de aquel juvenil trasero, mi libido comenzó a despertar (aún más se entiende) con lo que poco a poco mi pene fue adoptando su máximo vigor, con los problemas obvios que eso representaba.
Apesadumbrado, tuve que liberar el culo de Blanca de mi presa, concentrándome en cosas no excitantes para tratar de evitar la erección. No fue difícil, me bastó con prestar atención al discurso del señor Benítez.
Blanca aprovechó mi distracción para huir. Hábilmente, simuló que su madre la había llamado, y disculpándose ante nosotros con exquisita educación, fue a reunirse con las demás mujeres, tomando asiento junto a su madre (que había escapado también de las garras de mi abuelo tras el incidente del vestido) y dejándome con un palmo de narices.
Por desgracia yo me vi obligado a aguantar durante un rato más el discurso del señor Benítez. Así comprendí de dónde le venía la estupidez a Ramón. Todavía hoy me pregunto si mereció la pena aguantar aquel coñazo a cambio de sobarle un poco el trasero a Blanca. Supongo que sí, porque... ¡qué culito!
Blanca logró mantenerse alejada de mí el resto de la mañana, procurando estar en todo momento acompañada de Marta o mi tía Laura. Su madre en cambio, no tardó mucho en volver a caer en las redes del abuelo, que la invitó galantemente a dar un paseo "para abrir el apetito". Sólo puedo especular sobre lo que pasó.
Yo pasé el resto de la mañana charlando con Dickie y mi madre, simulando haber perdido interés en Blanca, lo que la sorprendió un poco (no sé si la defraudó también). Como Marina se unió a nosotros, mi prima Marta no se acercó demasiado, haciéndole compañía a Blanca y a su madre.
Así pasó el resto de la mañana, entre animadas charlas, pero no sucedió nada más de interés. Al menos así fue hasta la hora del almuerzo.
Como a la una y media más o menos despejamos el salón para que las criadas pudieran poner la mesa. Los mayores dijeron de dar un breve paseo, y reunirnos así con la señora Benítez y el abuelo, y tanto insistieron que al final fuimos todos.
Fue una corta caminata hasta la cerca de los caballos, pues la señora Benítez había comentado algo de querer ver el sitio en el que aprendía a montar su hijita. Por suerte para el abuelo yo iba en el grupo de cabeza y procuré montar bastante escándalo para que se notara nuestra presencia.
Debí de lograrlo, pues los encontramos a ambos junto a la cerca, manteniendo en apariencia una animada charla, aunque mi ojo experto detectó que la señora Benítez se veía un tanto sofocada, por el calor supongo (je, je).
Una vez todos juntos, regresamos a la casa, pues el almuerzo estaba proyectado para las dos y cuarto. Fuimos todos a asearnos y poco después, con puntualidad inglesa, nos sentábamos a comer.
Blanca demostró entonces especial habilidad para esquivarme, logrando sentarse bastante alejada de mí, lo que me fastidió un poco, pues yo proyectaba alguna barrabasada de las mías durante la comida.
Quedé situado entre mi madre y Marta, a la que por mi parte seguía ignorando, aunque ya no tanto por el enfado como por hacerla sufrir un poco. Pero mi prima tenía otros planes y no estaba dispuesta a seguir de aquella manera, sino que deseaba hacerse perdonar.
Recuerdo que de primer plato Vito y María nos sirvieron sopa de pescado. A mí no me gustaba mucho, pero aquel día tenía bastante hambre, así que no le hice demasiados ascos. Me disponía a hundir mi cuchara en el plato cuando, repentinamente, sentí una mano posándose en mi muslo.
La verdad es que no me esperaba aquello, me llevé un susto bastante grande y derramé la sopa de la cuchara, aunque por fortuna cayó toda de nuevo en el plato. Asombrado, miré a mi izquierda y me encontré con Martita, que respondía a algo que le había preguntado Dickie que estaba justo frente a ella, mientras su mano derecha se perdía bajo la mesa.
No era la primera vez que jugábamos a aquello, pero en esa situación era bastante peligroso, pero a mi prima no parecía importarle. Lentamente, su mano subió un poco y se posó directamente sobre mi paquete, el cual había comenzado a perdonarla mucho antes que yo.
Pude notar cómo la sonrisa de Marta crecía un poco cuando su mano alcanzó su objetivo y percibió que al menos ciertas partes de mí ya no estaban enfadadas. Por mi parte, estaba muy nervioso y no sabía lo que hacer. Había concentrado todas mis energías en Blanca y ahora, inesperadamente, se producía un ataque por el flanco.
Pero claro, yo no soy idiota, y en vista de que no podía hacer nada para remediarlo decidí disfrutar un poco.
La mano de Marta me acariciaba disimuladamente la entrepierna, mientras su dueña conversaba con pasmosa serenidad con nuestra institutriz. Yo, en cambio, parecía un poco más tenso, cosa lógica por otro lado, e intentaba tomarme la sopa como si nada pasara.
En ese preciso momento, Dickie decidió que sería una buena idea preguntarme si había terminado los deberes que me había mandado el día anterior.
No debes olvidar que aunque hoy no tengamos clase, mañana sí que tenemos... – me dijo.
Sí... sí... claro... no se preocupe – balbuceé.
Mientras le respondía, la miré con expresión de "¿por qué me haces esto?", y al mirarla pude notar en su sonrisa que sabía perfectamente lo que estaba pasando, lo que me puso más nervioso aún.
Y fue ese preciso momento cuando Marta aprovechó para darme un buen apretón en la polla.
Yo, que no me lo esperaba, no pude evitar dar un pequeño bote en mi asiento, cayéndoseme la cuchara dentro del plato. La sopa salpicó el mantel y me manchó la camisa, organizándose un pequeño revuelo en la mesa.
¿Se puede saber qué te pasa? – me amonestó mi madre – Ya eres mayorcito para andar tonteando. ¡Mira cómo te has puesto! ¡Pareces un niño pequeño!
Mientras me regañaba, mamá tomó una servilleta de la mesa, y mojándola en una copa de agua, procedió a limpiarme las manchas de la camisa. Naturalmente, tras organizar el follón, la mano de mi prima se había retirado subrepticiamente de mi entrepierna, pero mi erección seguía allí. Y precisamente eso fue lo que se encontró mi madre mientras limpiaba las manchas de mi ropa.
¡Oh! – exclamó quedamente.
Se quedó momentáneamente paralizada, pero reaccionó enseguida, volviendo a la tarea de limpiarme como si no pasara nada, regañándome por lo torpe que era. Mi madre, que no era tonta, echaba disimuladas miradas a Martita, la cual ahora sí se mostraba avergonzada, consciente de que nos habían pillado. La que se lo pasaba en grande era Dickie, que nos miraba con expresión divertida.
Afortunadamente, mi madre no montó ningún escándalo y poco después reanudábamos el almuerzo sin que se produjese ningún nuevo incidente, sobre todo porque tanto mi madre como tía Laura no nos quitaban ojo de encima. Ni que decir tiene que aquella comida se me hizo eterna, con una dolorosa erección en los pantalones que me costó Dios y ayuda calmar.
Por fin, llegó la hora de los postres y después el café. Los mayores se fueron a una salita anexa, a tomarse un coñac y eso, y los jóvenes nos quedamos por allí. Blanca, para mi decepción, dijo que no se encontraba muy bien y se marchó a hacer la siesta, y Marina, algo enfadada por lo que había pasado durante el almuerzo (no sabía qué había pasado pero sabía que algo había pasado) se ofreció a acompañarla.
Ramón y Andrea se fueron con los mayores, y así se nos despejó el terreno a Martita y a mí, que habíamos procurado ir apartándonos del grupo.
Yo aún intentaba aparentar estar enfadado, pero estaba claro que no iba a resistir mucho más, y Marta era plenamente consciente de ello. Salí del cuarto, dirigiéndome a la calle, aunque mi único deseo era que ella me siguiera para continuar con los juegos de antes, y para mi alegría, ella así lo hizo.
Me alcanzó poco después de salir por la puerta principal, y aligerando el paso, llegó junto a mí y me detuvo.
¿Adónde vas? – dijo Marta.
Me voy a dar un paseo – contesté secamente.
¿Puedo ir contigo?
Yo no respondí, sino que contesté con otra pregunta.
¿Te has vuelto loca? ¿Cómo se te ha ocurrido montar ese numerito en la mesa? ¡Mi madre se ha dado cuenta! ¡Dickie se ha dado cuenta! ¡TODOS SE HAN DADO CUENTA!
Marta, para mi sorpresa, se mostró muy tranquila y serena.
Vaya. Ya me hablas. ¿Se te ha pasado el cabreo?
No. Aún no.
Pues antes no parecías nada enfadado conmigo – dijo con su sonrisilla pícara.
Marta, estás loca. Has podido meternos en un lío de narices. ¡Qué digo! ¡Nos has metido en un lío de narices!
Puede. ¿Y qué? También muchos se han dado cuenta de tus jueguecitos con Blanca en el salón, y entonces no parecía importarte tanto.
Me quedé callado. ¡Vaya! ¡Y yo que creía haber sido tan discreto!
Vale, tienes razón – asentí malhumorado – Pero, ¿a ti qué más te da? No me digas que vas a empezar de nuevo con tus celos.
Aquello le dolió un poco, pero no tardó mucho en responder.
No, no es eso. Pero la verdad es que no me gustaba que estuvieras enfadado conmigo. Te echo de menos.
Mientras decía esto, posó una mano en mi pecho, acariciándome distraídamente. Además, puso carita de niña buena, tratando de darme pena.
Vamos, Oscar, perdóname. Siento mucho lo que pasó, fue sin querer. Yo no pretendía arañarte.
Mientras decía esto, se aproximó a mí y acercó su rostro al mío, simulando examinar la herida que aún se notaba en mi ceja. Su proximidad, el notar su cálido aliento sobre mi cara empezaba a enervarme.
Marta - dije tratando de parecer razonable – La herida no me importa en absoluto, es que no puedo soportar veros así a Marina y a ti. Siempre habéis sido las mejores amigas, y ahora no os habláis por mi culpa.
Marta colocó sus brazos alrededor de mi cuello, y comenzó a acariciarme la nuca dulcemente, haciendo que se me erizara el vello.
Venga – susurró – Olvídate de Marina ahora; ya lo solucionaremos... Ahora estás conmigo.
Suavemente, pegó sus labios a los míos, y todo resto de resistencia desapareció de mi mente, completamente llena de Marta, de su aroma, de su sabor, de su calor...
Nuestras bocas se fundieron en un tórrido beso, mientras nuestros cuerpos se apretaban el uno contra el otro, sintiéndonos mutuamente. Su muslo se pegó a mi entrepierna y ella comenzó a deslizarlo suavemente, frotando su pierna sobre mi incipiente erección.
Afortunadamente, un resquicio de sentido común logró abrirse camino en mi cabeza, y a regañadientes, la detuve.
Para, Marta, para – dije apartándola de mí.
¿Ummmm? – suspiró ella mientras se estiraba para tratar de alcanzarme de nuevo.
Espera – dije reuniendo hasta la última gota de fuerza de voluntad – Aquí van a vernos, estamos en la puerta de casa.
Marta miró a nuestro alrededor, como siendo consciente por fin de la situación. Sonrió haciendo un delicioso mohín y dijo:
¡Toma! Es verdad. No me había dado cuenta.
Yo a esas alturas ya la había perdonado por completo y los engranajes de mi mente giraban en todas direcciones, pensando en dónde podría ir con mi prima para echar un buen polvo. La solución no estaba demasiado lejos.
Ven conmigo – dije tomándola de la mano.
Ella me siguió sin oponer ninguna resistencia y poco a poco, los dos fuimos apretando el paso, hasta que poco después, los dos corríamos decididamente en dirección al establo, riendo como locos.
En cuanto penetramos en la semioscuridad del establo, me abalancé sobre ella, y sujetándola contra una pared con fuerza, comencé a besarla y a acariciarla por todas partes.
Mis manos se deslizaban sobre su soberbio cuerpo, masajeando y palpando por todas partes. No sé muy bien cómo, pero logré abrir los botones delanteros de su ropa, y enseguida mis manos se perdieron en su interior, agarrando y tocándolo todo, mientras mi lengua jugaba con la suya.
Marta, me sujetó brevemente, separando su boca de la mía lo justo para balbucear:
A...aquí no... Ven.
Yo, a regañadientes, la liberé de mi presa y ahora fue ella la que me condujo agarrándome de la mano. Enseguida comprendí sus intenciones, me llevaba hacia la última cuadra, donde habíamos sorprendido a Blanca enrollándose con el abuelo.
Vaya, vaya – dije sonriendo en la oscuridad – Veo que quieres revivir escenas pasadas.
Marta volvió la cabeza hacia mí. Vi que sus ojos brillaban, a pesar de la poca luz que había.
Shhhhs – siseó – He pensado a menudo en lo que vimos. ¡Menuda guarra!
Pues anda que tú – respondí.
Eso la dejó momentáneamente parada.
¡Oye! ¡No te pases! – exclamó molesta.
Perdona – dije, consciente de haber metido la pata.
Que yo sólo hago esto contigo. ¡No voy por ahí acostándome con ancianos y aparentando ser una niña bien!
Sí, sí, tienes razón. Ha sido sólo una broma. Perdóname.
Pero mi prima iba demasiado cachonda para dejar que una frase tonta le estropease el plan.
Vaaaale – concedió para mi infinito alivio.
Cuando alcanzamos la cuadra hizo algo inesperado. Tirando de mi mano, me obligó a adelantarme y darme la vuelta. Entonces, repentinamente, me hizo la zancadilla y me empujó, de forma que caí boca arriba sobre un montón de paja.
¡Ehhhhh! – exclamé sorprendido.
Pero Marta no me dio tiempo ni a quejarme, pues de un salto se encaramó encima de mí, sentándose a horcajadas sobre mi estómago.
¡UFFF! – jadeé, pues su salto me había dejado sin aire en los pulmones.
Lo siento – dijo ella de nuevo con su sonrisilla maliciosa.
Marta se echó hacia delante y sujetándome por las muñecas me obligó a mantener las manos contra el suelo. Yo era más fuerte y podría haberme liberado fácilmente, pero no tenía demasiado interés en ello.
Ahora eres todo mío – susurró.
La ventana que había cerca de esa cuadra estaba entreabierta, por lo que algo de luz penetraba en el recinto y me permitía contemplar a Martita. Una vez más, me sorprendí de lo muchísimo que había cambiado últimamente, estaba más hermosa, más mujer...
¿Qué miras? – me dijo sonriente.
Eres preciosa – respondí.
Ella, riendo dulcemente, se inclinó sobre mí y me besó. Después volvió a incorporarse, separándose de mí, pero manteniendo aún mis manos sujetas.
Vaya – dije – Parece que te gusta estar encima ¿eh?
¿Cómo? – respondió ella algo confusa.
Sí, como el día del río. Ya sabes, tú encima, yo debajo...
Mientras decía esto moví las caderas hacia los lados, frotándome contra el culito de Marta. Ella volvió a reír, notando en su retaguardia mi dureza. Procedió entonces a juntar mis manos, sujetándolas tan sólo con una de las suyas. Mientras, deslizó la otra sobre mi pecho, sobre mi estómago y finalmente la introdujo bajo el borde de su vestido.
Alzó un poco el culo, para dejar vía libre a su mano, que de esta forma, volvió a apoderarse de mi instrumento. Comenzó a deslizar entonces sus caderas de arriba hacia abajo, de forma que su mano frotaba mi polla por encima del pantalón de forma deliciosa.
Súbitamente, me giré en el suelo, haciéndola caer de costado y liberándome de su presa. Marta dio un gritito de sorpresa, que quedó pronto ahogado por mis labios. Usando mi peso, me situé sobre ella pasando a ser el que dominaba la situación; bueno, no del todo, pues la mano de Martita no había liberado a su prisionero, que continuaba siendo acariciado y estrujado maravillosamente.
¿Qué pretendes? – dije apartando mis labios de los suyos y mirándola a los ojos – ¿Que me corra en los pantalones o qué?
Nada más lejos de mi intención – susurró ella sensualmente – Sólo pretendo ponerte a tono...
Pues como sigas así...
¿Quieres que pare? – dijo simulando indecisión.
Bueno...
Ahora se cambiaron las tornas y fue ella la que escapó de debajo de mí. Yo quedé tumbado boca arriba, expectante, y ella de costado junto a mí. Acercó su rostro al mío y volvimos a besarnos. Su mano se deslizó de nuevo a mi entrepierna, pero esta vez se coló por la cinturilla del pantalón, y entrando bajo los calzones, se apoderó de mi polla con la mano desnuda, lo que me provocó un escalofrío de placer.
Vaya, vaya, cómo está esto... - dijo con voz pícara.
Sí – respondí sonriente - ¿Por qué será?
Reanudamos nuestro beso, mientras ella seguía pajeándome dentro del pantalón, aunque esta vez mis manos no permanecieron ociosas. Una se plantó en su culo, que magreó con fruición y la otra se perdió entre sus cabellos, acariciando su cuello y su nuca.
Yo estaba cachondo perdido, la deseaba intensamente, pero entonces se estropeó todo.
De pronto, oímos voces procedentes de la entrada. Alguien había entrado en el establo y estaban a punto de atraparnos con las manos en la masa. Como un ciclón, nos separamos el uno del otro, levantándonos del suelo y tratando infructuosamente de componer nuestras ropas. Era inútil, pues teníamos paja y heno metidos por todos lados, pero qué otra cosa podíamos hacer si no.
Asustados, nos acurrucamos en el interior de la cuadra, tratando de oír a nuestros inoportunos visitantes sin ser vistos. Entonces nos quedamos helados al reconocer las voces. Eran Andrea y Ramón.
Marta y yo intercambiamos una silenciosa mirada en la oscuridad, que bastó para entendernos. Permanecimos los dos allí, en silencio, tratando de escuchar.
Vamos Andrea – decía Ramón – Ya te he dicho mil veces que siento lo que pasó. No sé, perdí la cabeza...
No es excusa – respondió mi prima – No sé si podré volver a confiar en ti. Y además, ¿para qué hemos venido aquí?
Que tonta era mi prima.
Pues... – dijo Ramón zalamero – Para estar más tranquilos, cariño. Es necesario que hablemos, tenemos que aclarar la situación. Porque yo te quiero Andrea, ya lo sabes.
Asomándonos ligeramente, pudimos ver cómo Ramón se inclinaba sobre Andrea y la besaba tibiamente en los labios, iluminados por la tenue luz que penetraba por un ventanuco medio abierto. La mano de Marta buscó la mía y la apretó con fuerza, indignada al igual que yo, de ver lo estúpidamente que se comportaba Andrea.
Seguimos allí agazapados durante un rato, observando impotentes cómo Ramón iba lentamente derribando las defensas de Andreíta, haciéndola caer de nuevo en sus redes. Honestamente, he de reconocer que el tipejo tenía bastante labia, pero aún así...
Entonces sucedió lo que tenía que suceder. Para Marta y para mí estaba muy claro lo que perseguía Ramón, pero Andrea parecía no darse cuenta, así que, limpiamente, tragó el anzuelo.
Desde nuestro escondrijo vimos cómo empezaban a besarse, y ante la permisividad de Andrea, Ramón iba poco a poco envalentonándose. Los dos se había sentado sobre una alpaca de paja, y Ramón aprovechó la postura para, distraídamente, posar su sucia mano sobre el muslamen de mi prima.
Ella al principio se resistió, tratando de apartar la zarpa del tipo, pero él, muy hábilmente, no dejaba de besarla y susurrarle al oído, para que la chica no pudiera pensar y se abandonara por completo.
Ni que decir tiene que lo logró, y en pocos minutos su mano se deslizó por debajo de la falda del vestido de Andrea, comenzando a arrancarle a la chica auténticos gemidos de placer.
¡Cómo le odié en aquel momento! ¡Iba a follársela de nuevo! Os juro que fue la única vez en mi vida en que he presenciado una escenita de estas y no me ha vencido la excitación. Estaba indignado. Y me consta que Marta sentía lo mismo, pues su mano ceñía la mía con una fuerza que me resultaba difícil de imaginar en mi primita.
Pero claro, Ramón era un cerdo; no era culpa suya, estaba en su naturaleza. Y, así, por fortuna, lo estropeó todo.
A medida que iba poniéndose cachondo, se volvía cada vez más brusco, más violento. Y a mi prima no le gustaba eso. Conforme las caricias de Ramón se hacían más fuertes, Andrea iba poco a poco despertando de aquel trance de excitación, tomando conciencia de lo que estaba sucediendo. De esta forma, Ramón fastidió por imbécil aquello que podría haber conseguido con dulzura sin que pudiéramos hacer nada por impedirlo.
Así que Andrea comenzó a resistirse. Muy levemente al principio, pero lo suficiente como para cabrear a aquel bestia. Él, muy cachondo, tomó a mi prima por una muñeca, obligándola a que le sobara el paquete por encima del pantalón, pero Andrea no estaba muy dispuesta a ello, tratando suavemente de liberar su mano.
Ramón se cabreó y la empujó bruscamente, con lo que Andrea se cayó de la alpaca, aterrizando de culo sobre el suelo.
¡Otra vez, zorra! – exclamó Ramón enojado.
Ramón, por favor – dijo Andrea tratando de aparentar tranquilidad.
¡Eres una puta calientapollas! ¡¿Qué coño te crees?! ¡Vas por ahí, luciendo tus encantos, volviéndome loco, y cuando llega la hora de la verdad, ¿te echas atrás?! ¡De eso nada!
Mientras soltaba esa retahíla, Ramón fue abriéndose con violencia los botones del pantalón, y poco después surgía de su interior su enhiesto aparato. Hecho una furia, se abalanzó sobre mi prima, que había empezado a recular, apartándose de él.
¡Me la vas a chupar otra vez, zorra! ¡Vamos, si sé que te gustó mucho la última vez! ¡ESTA VEZ DEJARÉ QUE TE LO TRAGUES TODO!
Tomando a mi prima por el pelo, la obligó a acercar el rostro a su asqueroso instrumento, mientras mi prima lloraba y trataba de resistirse.
Yo había estado a punto de intervenir instantes antes, pero Marta me había sujetado. No sé qué le pasaba, estaba como hipnotizada, supongo que alucinando al pensar que semanas antes ella misma había bebido los vientos por semejante salvaje.
Entonces Ramón abofeteó a Andrea. Y yo estallé. Y Marta me soltó. Creo que jamás había estado tan enfadado, y no sé si lo he estado alguna vez después. Como un ciclón, irrumpí en medio del establo saliendo de mi escondite. Pillé a Ramón por sorpresa, gracias a lo cual pude derribarlo lanzándome contra su cintura, aunque el hecho de que llevara los pantalones por las rodillas ayudó bastante.
Como un poseso, comencé a golpear a Ramón, derribado en el suelo conmigo encima, mientras le insultaba en todos los idiomas que se me ocurrieron, pero claro, yo sólo era un mocoso de 14 años y él era un hombretón hecho y derecho. De un empujón, se libró de mí, aunque por fortuna aterricé sobre un montón de heno. Como pudo, se incorporó y se dirigió hacia mí, con su miembro aún bamboleante apuntando a mi cara.
Te voy a matar, hijo de puta – dijo Ramón con voz ahogada – Vas a maldecir el día en que naciste, pequeño pedazo de mierda.
Yo me vi perdido, pero entonces, de repente, Martita apareció tras de él con una horquilla de cargar heno en las manos (ya saben, un apero de labranza, parecido a un tridente que se usa para aventar el cereal o apilar heno, un instrumento bastante peligroso sin duda). Lo que hizo mi prima fue asestarle un buen pinchazo en el culo, lo que provocó un grito de sorpresa de aquel cabrón, que se volvió en busca de la nueva amenaza mientras llevaba sus manos a su dañado trasero.
De un tirón, arrancó la horquilla de las manos de Marta, y después, poniendo una de sus sucias zarpas en la cara de mi prima, la arrojó al suelo de un empujón.
Yo, enloquecido, me levanté como un resorte y volví a la carga con una interesante idea en mente. Corrí hacia Ramón profiriendo un grito guerrero, con la intención de atraer de nuevo su atención sobre mí. El tipo se dio la vuelta, y lo hizo justo a tiempo, pues en cuanto tuve sus genitales enfilando de nuevo hacia mí, los pateé con absoluto deleite.
No sonó ¡chof!, ni ¡tud!, ni ¡plaf!, puedo jurar que escuché un ¡crack! perfectamente audible. Hasta me dolió a mí.
Supongo que habrá algunas mujeres leyendo este relato. Pues verán señoras, no saben ustedes la suerte que tienen al no poder experimentar el dolor que se siente cuando te golpean las pelotas. Es algo que todos los hombres hemos (por desgracia) experimentado en alguna ocasión. Es como si de pronto te quedaras por completo sin fuerzas, sin ganas de nada; sólo quieres esconderte en un agujero y que esa sensación pase pronto.
Pues bien, multipliquen ese dolor por cinco y así sabrán lo que sintió Ramón. Y digo por cinco no porque yo fuera especialmente fuerte, sino porque tras derrumbarse al suelo tras el primer golpe, le pisoteé los huevos cuatro veces más, hasta que noté que comenzaba a no importarle.
Todas las ideas de violación o asesinato que pudieran haber cruzado por la mente de Ramón antes de eso se fueron con el viento, como dice la canción. El pobre capullo sólo podía sujetarse la tortilla con las manos mientras profería gemidos escalofriantes.
Ugh – consiguió articular.
Cierto – respondí yo.
Ugh – repitió.
Muy cierto – asentí.
Olvidándome de él, corrí hacia Marta, ayudándola a levantarse.
¿Estás bien? – le dije preocupado.
Sí, sí tranquilo – respondió.
¿Seguro que no te ha hecho daño?
Que sí, tranquilo - dijo mi prima besándome en la mejilla - ¡Dios mío, parecías un guerrero vikingo!
Sí, ¿verdad? – dije sonriente – Y aún tenemos que decidir lo que hacemos con mi víctima.
La víctima seguía retorciéndose en el suelo, ajena a todo. Entonces nos acordamos de Andrea.
Fuimos hasta donde estaba ella, sentada en un rincón, con el rostro entre las manos, llorando. Me dieron muchas ganas de volver a donde estaba Ramón y multiplicar su dolor por diez, pero me contuve, pues lo primero era Andrea.
Iba a inclinarme sobre ella cuando Marta me detuvo, negando con la cabeza. Comprendí que era mejor que ella se encargara de atenderla.
Marta se arrodilló junto a su hermana, y comenzó a acariciarle dulcemente la cabeza, apartando sus cabellos de su rostro lloroso. Andrea alzó la vista, mirando a su hermana con desespero. Entonces se arrojó sobre ella, sepultando la cara en su cuello, sin parar de llorar. Las dos hermanas se quedaron allí un rato, llorando abrazadas, mientras yo miraba hacia otro lado, respetando su intimidad.
Estuvieron así un buen rato, hasta que poco a poco, Andrea fue calmándose. Por fin, se pusieron las dos en pié.
¿Cómo estás? – preguntó Marta.
Regular – dijo Andrea tratando de sonreír, con lo ojos anegados de lágrimas.
Ven – dijo Marta – Volvamos a casa.
Así las dos abrazadas, se dirigieron a la puerta del establo. Cuando pasaron junto a mí, Andrea alzó el rostro y me miró.
Gracias – me susurró.
Yo sólo sonreí levemente.
Por fin, se perdieron de vista y yo me volví hacia Ramón. No se había movido mucho, tan sólo se había girado en el suelo, de forma que ahora estaba de espaldas a mí. Entonces tomé conciencia de la situación. ¡Coño! ¡Me había quedado solo con aquel loco! ¿Y si estaba fingiendo? ¿Y si me atrapaba si me acercaba?
Muy sigilosamente, avancé por el establo para recuperar la horquilla, caída en el suelo. Cuando lo hube hecho, me sentí más seguro, al estar yo armado y Ramón no. Sabía lo que tenía que hacer, pero no acababa de atreverme. No voy a mentir, estaba un poco asustado. Yo siempre he sido amante, no guerrero, así que hice lo más lógico en esa situación. Fui en busca de ayuda.
Salí corriendo del establo, dirigiéndome a la casa en busca de mi abuelo, sin duda la persona más apropiada para hacerse cargo de la situación sin que el escándalo salpicara a mi prima, pero quiso la fortuna que me tropezara de pronto con otra persona apropiada: Antonio.
¿Adónde vas tan deprisa? – me dijo cuando me vio.
Yo... – respondí respirando agitadamente – Yo... el abuelo...
¿Y por qué coño llevas la horquilla?
Me di cuenta de que no había soltado el apero en ningún momento, llevándolo en las manos como si fuera un fusil.
Verás...
Oye, tranquilo – dijo Antonio – Acabo de ver a tus primas entrando en la casa con pinta muy rara y ahora tú vas detrás con la horquilla. ¿Es que vas a cargártelas?
Reí la broma y un poco más sereno, sopesé la situación.
No, Antonio – le dije – Tengo que contarte una cosa, pero ven, acompáñame al establo.
Mientras andábamos, le expuse la situación más o menos. Obviamente no le dije que había ido al establo a follarme a mi prima, sino que habíamos escuchado gritos mientras paseábamos por allí, pero lo demás sí se lo conté bastante fielmente.
Noté que el enfado iba poco a poco haciendo presa en mi amigo, pues cada vez apretaba más el paso, precipitándonos de vuelta al establo a bastante velocidad.
¡Maldito hijo de puta! – eso fue lo que gritó Antonio mientras entraba en el establo.
Allí nos encontramos con que Ramón se había puesto en pié y se había subido los pantalones, pero un simple vistazo bastó para comprobar que no estaba en condiciones de ofrecer mucha resistencia, pues las rodillas le temblaban y apenas se aguantaba derecho, aunque esto no le importó demasiado a Antonio, pues de un fuerte derechazo derribó a Ramón de nuevo al suelo.
Ramón era un tipo alto, bien formado, pero Antonio, a pesar de ser más joven, estaba acostumbrado al duro trabajo rural, por lo que era bastante más fuerte, así que lo que siguió no fue una pelea, sino una paliza en toda regla.
De todas formas no se pasó demasiado, pues yo intervine pronto, pero aún así, Ramón se llevó un par de buenos sopapos. Algo más tranquilos, dejamos que aquel pobre diablo respirara un poco. Como quiera que no acababa de despabilar, Antonio fue hasta el depósito de agua y llenó un cubo, que después derramó sin muchos miramientos sobre el derrotado Ramón, consiguiendo despertarlo un poco.
Ramón se incorporó, quedando sentado, mirándonos con odio.
¿Por qué nos miras así? – dijo Antonio – No has recibido nada que no te merecieras, y como sigas mirándome así te voy a dar también lo que no te mereces.
Ramón apartó la mirada.
Bueno, bueno – intervine yo - ¿Cómo estás?
Ramón no respondió.
Antonio – dije yo – Este tío no quiere hablarme, enséñale educación por favor.
Encantado – dijo mi amigo haciendo crujir sus nudillos.
Vale, vale, tranquilo – nos interrumpió Ramón, bastante asustado.
Como ven, ahora yo no tenía nada de miedo y me comportaba como un auténtico cabrón, pero ¡qué gustazo!
Ya me hablas... Entonces respóndeme, ¿cómo estás? – dije.
Hecho una mierda.
Yo sonreí.
Me alegro. Te lo has ganado a pulso.
Ramón alzó los ojos, mirándome de nuevo con odio.
Sí, no te pongas así, hijo de puta, o ¿acaso te crees injustamente tratado después de haber intentado violar a mi prima?
Yo no... – empezó a decir
Cállate. Ahora no vamos a hablar de eso, estúpido cabrón, de hecho no me interesa en absoluto nada de lo que vayas a decir, te vas a limitar a quedarte ahí calladito con las orejas bien abiertas. ¿De acuerdo?
Ramón sólo asintió con la cabeza.
Buen chico. Verás, lo que quiero decirte es lo que vamos a hacer para que nada de esto trascienda. No me malinterpretes, no es que me importe una mierda lo que pueda pasarte, pero sería incómodo para Andrea que esto saliera a la luz y me parece que ella ya lo ha pasado suficientemente mal ¿no te parece?
No me respondió.
Bien, veo que estás de acuerdo – proseguí – Entonces vas a hacer lo siguiente. Te vas a lavar ahí mismo, lo mejor que puedas, pero no es necesario que te esmeres, pues no tienes arreglo. Antonio y yo ensillaremos tu caballo y después iremos todos a la casa anunciando que el caballo te ha tirado en la charca y te has hecho daño. A partir de ahí me da igual lo que hagas, siempre y cuando te largues esta misma tarde de aquí. Di que no te encuentras bien tras la caída, que quieres ir al médico, lo que te parezca, pero te largas. Y por supuesto, no quiero volver a verte por aquí jamás, si tu familia vuelve, tú no podrás venir, si vamos nosotros a tu casa, te irás de viaje. No quiero volver a verte cerca de mis primas.
¿Y si me niego? – dijo Ramón recuperando su aire insolente.
Te mato.
Respondí tan rápida y secamente que hasta Antonio se quedó sorprendido. Ramón me miraba con ojos como platos, bueno, me miraba a mí y a la horquilla con la que ahora le apuntaba directamente.
¿Có... cómo? – acertó a balbucear.
Lo que has oído, si no me das tu palabra aquí y ahora no voy a andarme con rodeos, te clavo esto en el cuello y hasta luego. Estoy seguro que contándoselo todo a mi abuelo él se haría cargo de la situación; él se encargaría de todo y jamás se sabría nada de esto. Él puede hacerlo ¿sabes?, apuesto a que un cabrón como tú habrá hablado muchas veces con su padre de todo el dinero que tiene mi abuelo y la mano que tiene en la región ¿verdad?
Su mirada me reveló que había acertado de pleno. Los envidiosos e hipócritas como él son muy previsibles.
Le miré con los ojos más serios que fui capaz de poner, la verdad es que dudo mucho de que hubiese sido capaz de cumplir mis amenazas, pero lo importante de un farol es saber llevarlo hasta el final, y Ramón se lo tragó por completo. No aguantó mi mirada ni cinco segundos.
De acuerdo, te doy mi palabra – dijo entornando los ojos.
Bien, por ahora me basta. Confiaré en que aún te quede un poco de orgullo y cumplas tu palabra. Pero si se te ocurre no hacerlo, se lo contaré todo al abuelo y estoy seguro de que él sabrá cómo hacerte pagar todo lo que le has hecho a su nieta.
Y eso fue todo. Seguimos mi plan al pié de la letra, y todo salió sorprendentemente bien. En la casa se lió un revuelo considerable, atendiendo al pobre Ramón tras su accidente. Mi padre y el suyo, que estaban a punto de irse a disparar, suspendieron su excursión, preocupados por el estado del capullo. El padre propuso incluso de suspender la visita, pero mi abuelo dijo que no era necesario, que Nicolás podía llevar a Ramón de vuelta a casa en el coche, "ya que el muchacho no quiere ir al médico". Por supuesto, mi abuelo no deseaba que la señora Benítez escapara así de su trampa.
De hecho la señora Benítez no se mostró demasiado dispuesta a marcharse, con lo que comprendí que mi abuelo la tenía ya medio liada, así que, finalmente, el señor Benítez y mi padre decidieron acompañar a Ramón al pueblo, para que le viera Don Tomás, el médico, y después lo llevarían a casa. Mientras, la señora Benítez y Blanca, proseguirían la visita, y el señor Benítez podría regresar después.
Era posible que Blanca hubiera aprovechado la oportunidad para marcharse, escapando de mí, pero aún no se había levantado de su siesta, por lo que no se enteró de lo que había pasado hasta que fue tarde. De hecho, ninguna de las chicas andaba por allí, pues Marina seguía con Blanca y a saber por dónde andaban mis primas.
Precisamente entonces, recordando lo que había pasado, me acordé de Blanca, y tomé una decisión bastante seria. Me la iba a follar esa misma tarde, y sería algo que jamás olvidaría. En parte iba a hacerlo para vengarme de Ramón, pero por otro lado... ¡la chica estaba buenísima!
Así que, en cuanto se fue el coche, puse mis planes en movimiento.
Subí a la planta superior, con cuidado de que no me viera nadie. Así comprobé que mis primas estaban en el cuarto de Andrea, podía oír los murmullos de su conversación a través de la puerta, pero no era mi objetivo espiarlas.
Fui a la puerta de Marina, pero resultó que era ella la que dormía en esa habitación. ¿Dónde coño estaba Blanca?
Pensé un poco, las dos chicas habían subido para hacer la siesta, y, obviamente, no iban a dormir juntas. ¿Adónde habría llevado Marina a Blanca? Podrían haber ido al otro ala, pues iban a preparar unas habitaciones por si los Benítez se quedaban a pasar la noche, pero no era muy normal que mi hermana dejara sola a la chica en la otra punta de la casa. ¿Entonces, adónde? ¡Pues claro! ¡Al cuarto de mis padres!
Me acerqué sigiloso a la puerta y ¡premio! Allí reposaba la preciosa zorrita.
Como un ladrón furtivo, abrí la puerta del dormitorio y penetré en su interior, cerrando tras de mí. Muy despacio, me acerqué a la cama y me senté al borde del colchón. Sobre una silla, Blanquita había depositado su vestido bien doblado, así que pensé que quizás estaba desnuda.
Con cuidado, aparté las sábanas y su tentador cuerpo apareció frente a mí. Por desgracia, llevaba una combinación que me ocultaba sus seductoras curvas, pero me daba igual, todo se andaría.
Con cuidado, puse mi mano sobre su boca, para impedir que gritara al despertar y después la llamé por su nombre. Ella despertó, y al sentir mi mano en la cara, se asustó bastante, zafándose con habilidad de mí. De un salto, se levantó de la cama, quedando de pié junto a ésta, mirándome sobresaltada.
Por fortuna, no gritó, pues yo me había quedado allí sentado, con un palmo de narices, sin que mi presa hubiera servido absolutamente para nada.
¿Qué haces aquí? – siseó enfadada.
Shhhh – dije yo tratando de tranquilizarla un poco – No te asustes, sólo quiero hablar contigo.
Entonces Blanca se dio cuenta de que estaba medio desnuda delante de mí, así que de un brusco tirón, cogió una sábana y se tapó. Aquel comportamiento provocó en mí una sonrisa.
¡Coño! – exclamé - Con todo lo que ha pasado entre nosotros...
¡Vete! – dijo ella enfadada.
Tranquila, espera un poco – dije tumbándome sobre el colchón – Vamos a charlar.
No hay nada de lo que charlar. ¡Márchate o gritaré!
¡Vaya! Qué pronto has olvidado nuestra conversación de antes. Si gritas ya sabes lo que te espera, el escándalo, tu padre vigilándote...
¡No te atreverás...!
Veamos... Por un lado está la posibilidad de echarte un buen polvo... Y por otro lado, podría no atreverme y no poder follarte... La verdad es que creo que sí me atreveré.
Ella me miraba alucinada.
Pero... ¿Cómo...? ¡Si eres sólo un crío!
Sí, es cierto. Entonces, ¿qué te preocupa? Vamos, Blanca, te estás acostando con mi abuelo y Dios sabe con quién más, pues podrías hacerlo también conmigo ¿no? Te aseguro que te iba a gustar.
¡No! – insistía ella.
Decidí cambiar un poco de táctica.
Mira, Blanca, seamos razonables. Yo no quiero fastidiarte la vida, y que pierdas esa imagen de nena de papá que también interpretas, pero piensa en mí, después de verte follando y de palpar tu delicioso trasero... ¡la verdad es que ando muy caliente! Veamos, como hoy es la primera vez y esto es todo muy repentino...yo podría, por ejemplo, conformarme con una pajita.
¿Có...cómo? – dijo ella, perpleja.
Ya sabes, una paja – dije yo agitando el puño en gesto inequívoco – Con la mano. Venga, seguro que lo has hecho más de una vez, es poca cosa.
Ella no respondió.
Mira, te dejo para que te lo pienses un rato. De todas formas aquí no podíamos hacerlo, pues mi madre puede venir en cualquier momento. Voy a ir a merendar algo, estaré en la cocina. Te esperaré quince minutos. Si no vienes con la respuesta, entenderé que te niegas y obraré en consecuencia. Piénsalo, hoy ando muy cachondo, unas cuantas sacudidas con la mano... y problema fuera.
Y me marché, dejándola completamente confusa, allí, envuelta en su sábana.
Salí sonriente del cuarto. Todo había marchado según lo previsto. Algo en mi interior me decía que la chica iba a aceptar, así que sólo necesitaba sacarla de allí, y me la tiraría. Porque, claro, eso de que iba a conformarme con una simple paja no se lo cree nadie, es muy posible que ni Blanca se lo creyera, pero como excusa, no estaba mal.
Me senté en la cocina y Luisa me preparó un vaso de cacao y un bollo. Me lo comí con tranquilidad, esperando, dándole vueltas al plan. Y por fin, la chica apareció.
Se quedó en el umbral de la puerta, muy azorada, entrelazando nerviosa sus dedos. Como no se acercaba, la llamé a voces:
¡Hola, Blanca, preciosa! ¿Qué, te has decidido ya?
Ella entró como una exhalación, con el rostro encendido, y se sentó en una silla.
¡Shiissst! ¡Estás loco! ¿Por qué gritas? – me dijo.
¡Vaya! Lo siento – respondí haciéndome el tonto – No esperaba que te molestara. Y bien, ¿qué has decidido?
Ella se quedó callada unos segundos antes de responder.
Se... será sólo con la mano ¿verdad?
Bueno... Si nos apetece algo más... – respondí juguetón.
¡Oye!
Vaaaaaale. Bueno, y también debes dejar que te toque un poco. Tu culo me ha encantado y quiero probar lo demás.
Hablé deliberadamente alto, para que Luisa se enterara y Blanca se avergonzara todavía más, pues sabía que, con tal de salir del trance, diría que sí a lo que fuera.
Bueno, bueno, pero no alces la voz.
¡Estupendo! – exclamé - ¡Bueno, vámonos!
¿Adónde?
Pueeees... He pensado que podríamos ir al establo. Allí estaríamos más tranquilos, pues nadie va a ir por allí. Además, como ya te lo conoces tan bien...
Blanca enrojeció aún más ante mi insinuación.
Bueno, vale – asintió con un hilo de voz.
Nos levantamos de la mesa y nos dirigimos a la puerta principal, no sin antes darme cuenta de la sonrisilla pícara que esbozó Luisa al vernos salir. Cuando llegamos al recibidor, Blanca se detuvo.
Espera. Tengo que decirle a mi madre que voy a ir a dar un paseo. No tardo nada – me dijo.
De acuerdo. Te espero fuera.
Salí al exterior y me dispuse a esperarla. Mientras estaba allí, apareció Antonio, que aún seguía enfadado con Ramón.
¿Se ha ido ya ese hijo de puta? – me dijo.
Sí, tranquilo. Se lo han llevado hace un rato y no creo que le queden ganas de volver por aquí.
Eso espero, ¡porque te juro que como vuelva a cruzármelo el que se lo carga soy yo! – exclamó Antonio bastante alterado.
Vaya, vaya, no sabía que te importara tanto el bienestar de Andrea – me burlé mientras una ominosa idea iba formándose en mi mente.
¡No digas tonterías! – dijo Antonio ruborizándose un poco – Es sólo que no puedo aguantar que un tipejo como ese...
Sí, sí, te entiendo – le interrumpí – Oye Antonio, se me acaba de ocurrir algo.
¿El qué? – preguntó algo extrañado por el brusco cambio de tema.
Verás... – decidí no andarme con rodeos – En estos precisos instantes me dispongo a tirarme a la hermana de Ramón.
¿CÓMO? – alucinó Antonio.
Shisst, no grites – dije tranquilamente – Te digo que voy a follarme a Blanquita en el establo.
Pe... pero – balbuceaba mi amigo sin saber qué decir.
Pues... me preguntaba si te gustaría participar.
El chico se quedó sin palabras. Me miraba con los ojos como platos, sin atinar a articular palabra. No se podía creer lo que le estaba pasando.
Vamos, chico, no pongas esa cara. El otro día me contaste que nunca has estado con una chica y yo te ofrezco la posibilidad de empezar con una realmente preciosa. ¿Qué te parece?
Yo... No sé... – decía coloradísimo.
Venga, no seas tonto. Mira, tómatelo como una oportunidad de fastidiar a Ramón. ¡Puedes follarte a su hermana!
Pero...
Pero nada. Vete corriendo al establo y ponte a trabajar en algo. Yo iré enseguida con Blanca.
¿Y qué hago? Lo siento, no puedo – dijo muy nervioso – No sabría ni qué hacer. Ve tú y pásatelo bien.
No seas tonto. Yo te indicaré lo que tienes que hacer. Tú simplemente sígueme la corriente y haz todo lo que yo te diga ¿de acuerdo?
Las últimas dudas empezaban a desaparecer de Antonio. La oportunidad de estrenarse por fin con una chica era demasiado tentadora como para dejarla pasar, sobre todo si se presentaba de una forma tan sencilla.
¿Y yo? Pues la verdad es que la idea me seducía bastante, pues sería una ocasión pintiparada para hacer todo lo que me apeteciera con Blanca, a la que cada vez le tenía más ganas.
Como quiera que el chico seguía dudando, decidí actuar autoritariamente.
¡Venga, coño, vete para allá de una vez, que si no se va a estropear todo! ¡Blanca debe estar a punto de salir! ¡Vamos!
Antonio reaccionó de manera confusa, sin saber qué decir ni qué hacer, optó simplemente por obedecer, saliendo disparado hacia el establo. ¡Cómo corría!, se notaba que empezaba a apetecerle el espectáculo.
Pasaron cinco minutos más y Blanca sin aparecer. Empezaba a mosquearme tanto retraso, así que entré en la casa a buscarla. Me costó un poco encontrarla, pues ella deambulaba por todos lados en busca de sus padres.
Espera un poco – me dijo – Es que no encuentro ni a papá ni a mamá.
¡Ah! ¡Se me había olvidado! – exclamé.
¿El qué?
Verás, tu padre y el mío han acompañado a tu hermano al médico, pues ha tenido un pequeño accidente con un caballo.
¿Cómo?
Sí, es que se ha caído mientras montaba. Tranquila, se encontraba bien, sólo un poco magullado, así que le han llevado al médico y después a casa, para que descanse.
¡Ah, bueno!
Me dio la sensación de que no la molestaba demasiado el accidente de su hermano, y es que la encantadora personalidad de Ramón no pasaba desapercibida para nadie.
¿Y mi madre? – preguntó.
No sé. Vamos a ver.
Fuimos al salón, pues Blanca me dijo que había visto a mi madre y a mi tía por allí. Efectivamente, las encontramos allí charlando con Dickie. Les preguntamos que dónde estaba la señora Benítez, y mi madre respondió que había salido a dar un paseo con el abuelo.
¡Ya se la ha follado! – pensé.
Una mirada al rostro de las demás mujeres me confirmó que ellas pensaban lo mismo. Incluso Blanca se imaginó lo que estaba pasando, así que, con aire de resignación, me preguntó:
¿Y ahora?
Tranquila – dije yo – Mira, mamá. Blanca está buscando a su madre para pedirle permiso para dar un paseo. ¿Podrías decirle tú cuando la veas que está conmigo?
Mi madre se quedó mirándome muy fijamente, tratando de adivinar si mis intenciones eran las que ella creía u otras más normales. Pero entonces se dio cuenta de que quien me acompañaba era Blanca, la señorita más distinguida de la región, y se relajó ostensiblemente.
Claro que sí cariño, yo se lo diré. Tened cuidado y no volváis muy tarde, ¿de acuerdo?
Sí, mamá – y le di un beso en la mejilla.
Algunos pensarán que era un poco tonta al confiar en mí de esa manera, pero yo les digo que no era en mí en quien confiaba, sino en Blanca. De hecho, tanto Dickie como tía Laura parecían opinar lo mismo, pues no nos prestaban mucha atención, en lugar de lanzarme miraditas comprometedoras o reírse por lo bajo. Así de buena actriz era Blanca. Para todos era tan intachable que estoy seguro de que a más de uno le habría dado un infarto si se entera de lo zorra que era la niña. Siendo así, no les extrañe que estuviera seguro de poder hacer con Blanca lo que se me antojase, pues su imagen de niña bien era muy importante para ella.
Sin más dilación, la tomé de la mano y la saqué del salón. Blanca no opuso resistencia, resignada al parecer a tener que pasar un rato conmigo, así que enseguida salimos de la casa. Yo no tardé ni un segundo en atacar.
Vaya, vaya con el abuelo. Está hecho un as ¿eh? – le dije.
¿Cómo? – respondió ella haciéndose la tonta.
Ya sabes... el abuelo. Ahora debe estar beneficiándose a tu mamá.
¡Pero qué dices! – exclamó Blanca muy enfadada.
Vamos, no disimules. Sabes perfectamente lo que deben estar haciendo ahora esos dos.
No sé de qué me hables.
¿Ah, no? Pues hablo de que deben estar follando como monos, de eso precisamente.
Blanca se quedó con la boca abierta.
Sí – continué – Y tú lo sabes perfectamente. Y lo único que lamentas es que mi abuelo esté ahora con tu madre y no contigo. ¿Acaso crees que no se notaba cuando le perseguías esta mañana? Por eso estás de tan mal humor, porque no te ha hecho caso ¿eh?
¡Estás loco! ¡Eres un cerdo!
¿Por qué coño todas las mujeres os empeñáis en negar lo evidente? ¡Si no pasa nada! ¡Es muy normal tener deseos y seguirlos! De acuerdo que hay que mantener cierta apariencia, porque hay mucha gente que no entendería ese comportamiento, pero Blanca, ¡si yo te he visto follando con mi abuelo! ¿Por qué insistes en disimular conmigo? Di simplemente: "Es verdad. Hoy venía con la idea de echar un polvo con tu abuelo, pero se me ha fastidiado porque él tenía ganas de variar y ha elegido a mi madre".
Blanca se quedó callada, mirándome intensamente. En su rostro se notaba la lucha entre seguir con aquello o abofetearme antes de largarse. Yo sabía que aquello le molestaba profundamente, pero no me importaba, pues aquel día yo quería ser el amo y señor, el dominador absoluto, preocupado tan sólo de disfrutar, sin importarme ella. Muy distinto de mi manera de ser habitual como ven. Quería humillarla.
Venga, no te pares. Ya estamos llegando – dije al ver que ella no caminaba.
Efectivamente, estábamos ya muy cerca de la puerta del establo. Para animarla a continuar, le di una palmada en el trasero, lo que la hizo dar un respingo, y seguí caminando, sin esperarla. Ella dudó unos segundos, pero finalmente, vencida, me siguió al interior del edificio. Ya era mía.
Al entrar, miré a mi alrededor, en busca de Antonio. Había más luz que un rato antes, pues varias ventanas estaban ahora abiertas, supongo que fue Antonio quien las abrió. El muchacho estaba en un rincón, ordenado un armario de herramientas, o más bien, haciendo como que lo ordenaba. Estaba nerviosísimo.
Blanca entró tras de mí y lo vio, quedándose parada.
Échalo – me susurró.
¿Por qué? – le respondí yo, dejándola anonadada.
¿Cómo dices? Creí que querías que nos quedáramos aquí solos, pero si no te apetece... mejor para mí – dijo Blanca aparentando no haberme entendido.
En ningún momento dije que estaríamos solos.
Ella se quedó mirándome un segundo, sorprendida.
¿Acaso pretendes que...? Yo me voy – concluyó.
De acuerdo – dije yo – Vámonos. Oye, ¿a quién quieres que le cuente primero lo puta que eres?
Blanca se detuvo, mirándome con odio. Estaba en mi poder y lo sabía.
¿Qué es lo que quieres? – dijo por fin.
Verás Blanquita...
No me llames así – me espetó – Lo detesto.
Perdona, Blanca entonces. Mira, tú y yo hemos venido a pasar un buen rato...
Tú vas a pasar un buen rato – me interrumpió – Yo estoy aquí obligada.
Como quieras – continué – Pues resulta que Antonio es mi amigo y tú le gustas mucho.
Blanca desvió la mirada de mí y la posó en Antonio, que seguía atareadísimo con el rostro como la grana.
Así que, he pensado que podrías hacerle un pequeño... favor.
¿A qué te refieres? – dijo Blanca negándose a entender.
Vamos, hija, no seas tonta. Ya sabes. Como vas a ocuparte de la mía – dije desviando mis ojos hacia mi entrepierna – He pensado que te daría igual ocuparte de una segunda...
Ni muerta.
Entonces la miré muy seriamente.
Blanca, no perdamos más el tiempo. Mira, sabes que estás en mi poder, pero tienes una escapatoria sencilla. Márchate. Eso sí, tendrás que atenerte a las consecuencias. O si no, quédate, y en ese caso harás todo lo que yo te mande, así que elige, ¡VETE O NO DISCUTAS MÁS! – dije alzando la voz de repente.
Aquello la asustó un poco, logrando así bajarle un poco los humos. Pero ni aún así se rindió.
Eres un cerdo. No sé cómo puedes hacerme esto. Tentada estoy de marcharme y dejar que lo cuentes, pues si tú hablas, yo contaré lo que me estás haciendo y te verás metido en un buen lío. ¡Apuesto a que mi hermano te parte la cara! ¡Él siempre ha dicho que eras un mal bicho, así que seguro que me creerá!
Ante esto, me eché a reír, sentándome sobre una alpaca de paja. Blanca se quedó callada, muy sorprendida por mi reacción.
Ay, Blanca, Blanca, Blanca... – dije sofocando la risa – Así que tu hermano ¿eh? Déjame contarte algo.
Hice una pequeña pausa dramática.
Tu querido hermanito es un cabrón sin entrañas. Un auténtico hijo de puta, que más valdría quitar de en medio de una vez por todas.
Blanca me miró muy sorprendida, con una expresión rara en el rostro.
Veo por tu cara que no estás en desacuerdo con esto – proseguí – Así que esto no te extrañará demasiado. Verás, dudo mucho que tu hermanito moviera un dedo por nadie si no obtiene algo a cambio, pero aunque así fuera, te aseguro que no se atrevería a intentar nada contra mí.
¿Có... cómo?
Mira, niña. Esta tarde, Ramón ha intentado... digamos que propasarse con mi prima Andrea.
¿QUÉ?
Lo que oyes. Afortunadamente, había gente cerca, y hemos logrado detenerle.
No te creo.
Como quieras. Pero hay más testigos. Marta y Antonio aquí presente.
Blanca, aturdida, alzó la mirada hacia Antonio, que se había aproximado unos metros.
De hecho, aquí mi amigo y yo nos hemos encargado de darle una pequeña lección a tu hermanito, y como consecuencia de la misma, ahora va camino del médico – le solté.
¡Qué chulo era yo de pequeño! Hasta Antonio sonrió un poco.
Así que, en definitiva, no creo que Antonio mueva un dedo para ayudarte.
Ella se calló unos segundos, pero volvió a la carga.
¡Bueno, pues mi madre! ¡O mi padre!
¿Tu madre? ¿La zorra que se está tirando a mi abuelo? Ella también tiene cosas que ocultar. Y tu padre... Bueno, ya sabes, con el respeto que le tiene a mi abuelo (y el miedo) dudo mucho que se atreviera a tocarme, pero en cuanto a ti, zorra, el convento no te lo quita nadie.
Blanca, vencida, me miraba con un resto de orgullo, aunque era consciente de lo que iba a pasar. El que estaba más despistado era Antonio, que parecía querer desaparecer de allí.
Venga, Blanca – dije tratando de parecer conciliador – No nos peleemos. Se trata de pasar un buen rato. ¿No habíamos llegado a un acuerdo?
Ella asintió con la cabeza.
¡Pues, vamos! ¿Qué más te da meneársela a uno que a dos? ¡Estoy seguro de que no es la primera vez que estás con dos hombres! – disparé a ciegas, pero algo en su reacción me hizo comprender que no andaba muy desencaminado.
Me acerqué a ella y posé mis manos en sus hombros.
Vamos, Blanca. Lo pasaremos bien.
Resignada, soltó un suspiro.
¿Qué quieres que haga? – dijo.
¡Buena chica! – dije contento – Ven aquí.
La conduje hacia la alpaca donde había estado yo sentado. Para los que no lo sepan, una alpaca no es más que paja compacta, atada para formar un fardo, de forma que es más fácil de transportar.
Antonio, acerca otra alpaca, por favor.
Como un rayo, el asustado chico obedeció, colocando una alpaca a continuación de la otra, formando un asiento largo. Mientras lo hacía, yo busqué en un armario una manta, de las que usábamos bajo la silla de los caballos y la extendí sobre el improvisado banco. Después me senté en un extremo e indiqué a Antonio que se sentara en el otro. Comprendiendo mi idea, Blanca se sentó en el centro.
¿Los dos a la vez? – susurró.
Sí – respondí yo – Mejor para ti, así terminarás antes ¿no?
Blanca sólo se encogió de hombros. Antonio estaba acojonadísimo.
Nos quedamos los tres quietos, mirándonos unos a otros. En vista de que yo dirigía todo el cotarro, comencé a actuar.
Bueno, Antonio, ¿qué te parece?
El pobre chico tuvo que tragar saliva antes de contestar.
Bien – susurró.
¿Bien? – exclamé yo - ¿Sólo bien? ¡Vamos hijo, esfuérzate un poco! ¡Dile algo bonito!
Antonio me miró incómodo, pero atinó a contestar.
Es preciosa – dijo mirándola – Es la chica más bonita que jamás he visto.
Me quedé un poco sorprendido, pues hasta el tono de Antonio había parecido más sereno. Además, noté en la expresión de Blanca que la había halagado, con lo que me sentí un poco celoso.
Sí es verdad – dije yo – Es una chica realmente hermosa. Seguro que se lo dicen mucho, pero es la verdad.
Mientras decía esto, acaricié tenuemente el cuello de Blanca, de forma que mis hábiles dedos le produjeron un pequeño escalofrío. Pero percibí que había preferido las palabras de Antonio, supongo que no estaba demasiado dispuesta a perdonarme. De pronto, Antonio me interrumpió.
Yo.. Lo siento. Creo que es mejor que me vaya. No puedo estar aquí.
Diciendo esto, se incorporó, pero yo fui más rápido y me puse delante, deteniéndolo. Antonio me agarró y nos apartamos un poco de Blanca, para hablar en voz baja.
Vamos, chico, no seas tonto, si ya es nuestra.
No, Oscar, se ve que no quiere estar aquí, y yo tampoco.
Tú confía en mí ¿quieres? ¡Claro que no quiere estar aquí! Mira, yo jamás he actuado así con una mujer, obligándola, pero resulta excitante. Tú haz lo que yo te diga y te juro que ella se lo pasará todavía mejor que nosotros.
No, tío, no. Me voy.
Entonces mi intuición me hizo intentar una jugada desesperada.
Blanca, éste dice que se va – dije dirigiéndome a la chica – Dice que tú no quieres que él esté aquí, así que se va para no molestar.
Blanca nos miró un segundo. Yo sabía que aquello estaba empezando a gustarle, y ella obró en consecuencia.
Pues claro que no quiero que esté aquí. Ni tú tampoco. Ojalá me dejarais en paz – dijo sin mucha convicción – Pero ya que me voy a tener que quedar contigo... No me importa si también está él.
Mientras decía esto, miraba a Antonio por el rabillo del ojo. Otra vez los celos me asaltaron, así que decidí que esa zorra se iba a acordar de aquel día el resto de su vida.
Eso sí, sus palabras tuvieron la virtud de eliminar de la mente de mi amigo la idea de largarse, así que, tímidamente, regresó a su asiento al lado de Blanca.
Yo, por mi parte, hice otro tanto, sentándome en el otro extremo.
Bueno, ¿y ahora? – dijo Blanca tomando la iniciativa.
No sé, podríamos empezar... – pensé unos segundos - ¡Enséñanos las tetas!
Antonio pegó un respingo considerable en su asiento y Blanca se removió inquieta.
No habíamos quedado en eso – susurró.
¿Cómo que no? Te dije que con la mano y un vistacito ¿no? Además, Antonio nunca ha visto a una chica desnuda y podrías hacerle el favor...
Blanca volvió la mirada hacia Antonio.
¿En serio nunca has visto a una chica? – le preguntó.
Antonio, muy colorado, negó con la cabeza.
Vaya, un chico tan guapo como tú...
Menuda zorra era Blanquita. Sin pensárselo más, comenzó a desabotonar el frontal de su vestido. Antonio, con los ojos a punto de salirse de las órbitas, no se perdía detalle, incrédulo ante la suerte que estaba teniendo, aunque la verdad es que yo también estaba con los ojos fijos en el escote de la chica.
Ella, consciente de la admiración que despertaba, comenzó a disfrutar con el jueguecito, desabrochando los botones lentamente, de forma que la curva de sus deliciosos pechos iba apareciendo ante nosotros poco a poco, oculta aún por su combinación.
Por fin, abrió todos los botones hasta la cintura y con un hábil movimiento, se sacó las mangas del vestido, dejándolo caer hacia atrás. Así pues, el torso quedaba cubierto tan sólo por la combinación (pues se adivinaba que debajo no usaba sostén), pero seguía llevando el vestido puesto, pues la falda no se la había quitado.
Entonces Antonio hizo algo curioso; cruzó las piernas, sentándose en un escorzo raro. Tanto Blanca como yo comprendimos lo que le pasaba; se había empalmado y le daba vergüenza mostrar el bulto en el pantalón.
Aquello halagó a Blanca más todavía, que riendo cantarinamente, interrogó de nuevo al chico.
¿Te gusto?
Él, por supuesto, sólo atinó a asentir con la cabeza, con los ojos clavados en la pálida piel de Blanca.
Ella, sin tardar más, deslizó los tirantes de la combinación, que fueron cayendo muy despacio por sus brazos, hasta acabar la prenda enrollada en la cintura. Sin embargo, aún no podíamos disfrutar con la vista de sus senos, pues ella se los tapaba con un brazo.
Miré a Antonio y vi que estaba medio enloquecido, absolutamente hipnotizado por la bella señorita. Blanca sonreía encantada, observando el efecto devastador que ejercía sobre el pobre muchacho. En aquel instante supe que eso era lo que a ella le gustaba, sentirse deseada, ser el centro de atención y desde luego con Antonio lo estaba logrando. Adiviné entonces que aquel no iba a ser el último encuentro de aquella parejita. ¡Pobre Antonio!
Entonces, súbitamente, Blanca apartó el brazo de su pecho, y ante nuestro extasiados ojos aparecieron sus maravillosas tetas. Yo ya las había visto antes, pero no tan de cerca ni tan al alcance de la mano. Mentalmente, les di una nota de ocho sobre diez, pero mirando a Antonio, vi que él les había adjudicado la máxima calificación.
Cierra la boca, que se te van a caer las babas – dijo Blanca divertida.
Aquello sorprendió y avergonzó a Antonio, que cerró la boca de golpe, pues efectivamente la tenía abierta. Se quedó aturrullado un instante, apartando la mirada de aquellas dos obras de arte.
Vamos, no seas crío – le dijo Blanca - ¿Quieres tocar?
Antonio vio el cielo abierto. Incrédulo, volvió a posar la mirada en Blanca, que le observaba risueña.
¿Pu... puedo? – balbuceó.
¡Claro, hombre!
Y ni corta ni perezosa, Blanca tomó la mano de Antonio y la posó directamente sobre su tetamen. Antonio se agitó bruscamente, sacudido por una corriente eléctrica y por un segundo, pensé que se había corrido en los calzoncillos, pero afortunadamente, no había sido así. Entonces, tomé conciencia de la situación, y algo molesto dije:
Oye, ¿y yo?
Blanca se volvió hacia mí, y resignadamente, me dio permiso.
Anda, vamos... Puedes tocar.
Ilusionado, llevé mi mano hasta su teta derecha, comenzando a palparla y amasarla con deseo, mientras que Antonio se encargaba de la izquierda que tocaba y acariciaba cuidadosamente, como si se fuera a romper.
Eran sin duda magníficas, tersas y plenas, era un absoluto deleite magrearlas. Antonio se notaba un tanto verde en estas lides, medio asustado y muy excitado, apenas si se atrevía a agarrarlas como Dios manda. Yo, divertido, decidí enseñarle un poco.
Así, Antonio, mira – le dije.
Ni corto ni perezoso, me incliné un poco hacia el torso de Blanca, y sin dudarlo me apoderé con mis labios del pezón de su teta derecha. Blanca, al notar las insidiosas caricias de mi inquieta lengua, soltó un gemidito que hizo que se me erizara el vello de la nuca.
Poco a poco, su pezón fue adquiriendo volumen dentro de mis labios, que lo chupaban y disfrutaban con lujuria. A Blanca debía gustarle lo que yo hacía, pues poco después comenzó a acariciarme el cuello con una de sus manos, apretándome contra si.
Antonio siguió mi ejemplo poco después, y su boca se apropió del pezón izquierdo de Blanca, que disfrutaba enormemente de tener a dos hombres prendidos de sus excelsos senos.
De pronto, la chica fue un poco más allá. Noté que su mano abandonaba mi nuca e iba a plantarse directamente en el bulto que se había formado en mi pantalón. Yo, sabedor de haber vencido la batalla, esbocé una sonrisa que quedó enterrada en el pecho de Blanca, muy satisfecho por mi triunfo.
Sin despegarme un milímetro de aquella deliciosa teta, dirigí mi mirada hacia Antonio, pudiendo comprobar que la otra mano de Blanca estaba ocupada en estrujar el bulto de mi amigo, olvidadas ya sus ganas de esconderlo. Antonio gemía y murmuraba, pero no se le entendía nada, pues tenía la boca llena de teta.
Noté que se estaba calentando mucho, y si seguíamos así iba a acabar enseguida, por lo que decidí terminar con el juego.
Para, Blanca, para.
¿Ummmm? – inquirió la joven con los ojos cerrados.
Vas a hacer que manchemos los pantalones. Espera un poco.
Blanca pareció despertar de su sueño y comprendió lo que yo le decía.
De acuerdo – contestó.
A regañadientes, la muy puta liberó nuestros penes y se quedó expectante. Antonio, al ver que nos parábamos se separó del pezón con desgana, indeciso. Se veía que si de él dependiera, se habría quedado allí prendido eternamente.
Los dos la mirábamos excitados, esperando que aquello siguiera y entonces Blanca, haciendo un delicioso mohín, hizo como si cediera.
Vale, vale, ya voy – dijo.
Inesperadamente, llevó sus manos hasta mi entrepierna, y hábilmente, comenzó a desabrochar los botones. Cuando terminó, me dijo:
Ponte de pié.
Yo obedecí como un rayo y una vez levantado, Blanca me bajó pantalones y calzoncillos de un tirón hasta los tobillos, apareciendo ante ella mi verga enhiesta.
¡Vaya, vaya! – exclamó - ¡Estás hecho todo un hombrecito!
Delicadamente, posó una mano sobre el endurecido tronco, y la deslizó sobre él, tirando de la piel del capullo hacia atrás, descubriendo el rojo glande por completo. Las rodillas me temblaban.
Está muy bien, de verdad – dijo sin desclavar la mirada de mi pene.
Le dio un par de sensuales sacudidas más y entonces, ante mi profundo desencanto, lo liberó, girándose en el asiento hacia Antonio para repetir el proceso.
Entonces nos llevamos una sorpresa, pues al mirar a Antonio comprobamos que él, sin poder esperar más, se había quitado los pantalones por completo y esperaba de pié, en posición de firmes, detrás de Blanca, enarbolando una tremenda erección. Ni Blanca ni yo habíamos notado los movimientos de Antonio, así que cuando Blanca se volvió y al estar sentada, se encontró frente a frente con la dura polla del chico.
¡Coño! – exclamó Blanca sorprendida – No aguantabas más ¿eh?
Antonio tenía los ojos clavados en el suelo, avergonzado, pero Blanca sonreía, encantada por el efecto que producía en el mozo.
A ver, a ver... – canturreó - ¡Es más grande que la tuya, Oscar!
Mientras decía esto, estiró la mano midiendo la longitud de la verga de Antonio. Más de un palmo le salía. Yo sentí un pinchazo de envidia, que me llevó a contestar.
Claro, pero es que él es mayor que yo.
Blanca me miró sonriente, consciente de ser ella ahora quien controlaba la situación.
Tranquilo, si no pasa nada. La tuya también es magnífica. Vamos sentaos.
Mientras decía esto, palmeó sobre el asiento a su lado. Como dos rayos, nos sentamos cada uno en nuestro sitio, esperando a volver a notar el maravilloso contacto de sus dedos sobre nuestros excitados miembros.
La chica no se hizo mucho de rogar, pues instantes después, sus manos se apoderaron de nuestros instrumentos, apretándolos con fuerza para constatar su dureza.
Uy, uy, uy, ¡cómo estamos! – dijo con voz de zorra.
Miré a Antonio y vi que había echado la cabeza un poco hacia atrás, y que había cerrado los ojos, sintiendo mejor la caricia que Blanca le proporcionaba. Ella, por su parte, comenzó a cumplir su parte del trato, deslizando sus manos de forma fabulosa sobre nuestras pollas, pajeándonos con notable habilidad.
Antonio disfrutaba como un enano, pero para mí aquello no era para tanto. Aunque la chica me la meneaba muy bien, había algo en aquella situación que no acababa de gustarme. Así que, mientras Blanca seguía cascándonosla, yo le daba vueltas al coco buscando la respuesta de mi incomodidad.
¿Sería por Antonio? No, yo no era tan mezquino. ¿Entonces?
¿Te gusta? ¿Eh? ¿Te gusta? – le preguntaba Blanca a Antonio mientras lo masturbaba un poco más deprisa.
Antonio, con los ojos cerrados, asentía vigorosamente, mientras bufaba y resoplaba como un burro.
¡Uf! ¡Uf! ¡Joder! – gemía el pobre chico.
Blanca, con una sonrisa de triunfo imponente, se la machacaba con furia, mientras le decía toda clase de obscenidades.
¿Te gusta, cabrón? ¡Claro que sí! ¡Esta va a ser la mejor paja de tu vida! Apuesto a que jamás te has hecho una como esta ¿eh?
Entonces se volvió hacia mí, aumentando el ritmo de mi cascote.
¿Y tú qué, cerdo? Te crees que lo sabes todo, ¿eh? Y mírate, ahí resoplando. ¿Te gustaría que parase, eh? ¿Qué me dices, paro?
Yo negué con la cabeza. Desde luego no quería que parara, y justo entonces caí en la cuenta. Yo había traído allí a Blanca con el objetivo de probar algo nuevo. Dominar y mandar, pero no sabía muy bien cómo, la chica le había dado la vuelta a la tortilla y se había hecho con el control. Era eso lo que me molestaba.
Tras comprenderlo, decidí que aquello no iba a terminar así.
¡Joder! ¡Joder! ¡JODER! – aullaba Antonio.
Entonces se me ocurrió una idea. Con mis manos, sujeté la de Blanca que agitaba mi instrumento, deteniéndola.
¿Qué haces? – dijo ella sorprendida.
Espera, Blanca, espera. Mira a Antonio, está a punto de reventar.
Ya lo sé, le queda poco.
Entonces, ¿por qué no le haces un favor? Tú podrías hacer que no olvidara esto jamás.
Seguro que no se va a olvidar – respondió ella sonriendo.
Pero, intrigada por mis palabras, no pudo resistirse a preguntar:
¿Qué quieres que haga?
Me acerqué hacia ella y le susurré al oído.
Acábale con la boca.
Tras decírselo me aparté y le guiñé un ojo. Ella se quedó callada, mirándome. Volví a acercarme y le dije:
Vamos, no me dirás que nunca lo has hecho. Venga, mírale, tú le gustas mucho y sería increíble para él.
Blanca lo sopesó un segundo, mirando a Antonio que disfrutaba ajeno de todo. Por fin, se decidió.
Sin decir nada, se levantó, soltando nuestras pollas. Antonio abrió los ojos, muy sorprendido, gimiendo con voz lastimera:
¿A... adónde vas?
Shhhisst. Tranquilo. No me voy a ningún lado.
Mientras decía esto, Blanca se arrodilló delante de Antonio, que la miraba con ojos como platos. Posó entonces sus manos en los muslos del chico, y comenzó a acariciarlos libidinosamente, mirando con fijeza el rostro del aturdido muchacho. Entonces, sin apartar los ojos, hundió su cara entre las piernas de Antonio, engullendo su verga por completo.
¡OH DIOS! – gritó mi amigo.
Antonio me miró con expresión desencajada, con la boca abierta. Su cara parecía preguntarme si yo podía creer lo que estaba pasando, pues desde luego él no se lo creía. Yo le miraba divertido, contento de que lo estuviera pasando tan bien.
Y mejor que se lo va a pasar – pensé.
Aprovechando que me habían dejado de lado, me despojé de la ropa, quedando completamente desnudo, aunque ninguno de los dos se dio cuenta.
Las manos de Blanca, estiradas hacia arriba, acariciaban el pecho de Antonio, para a continuación deslizarse hacia abajo para recorrer sus muslos. Antonio se reclinó un poco hacia atrás, apoyando las manos en la alpaca para no caerse de espaldas. De la polla del chico se ocupaba exclusivamente la boca de Blanca, que subía y bajaba con ritmo enloquecedor sobre ella.
Es estúpido reiterar lo bien que Antonio se lo pasaba, pero lo hago para que se hagan una pequeña idea. Se notaba que estaba a punto de entrar en erupción. No faltaba ni un segundo.
Blanca, experta en esas lides, también lo percibió, y comenzó a retirarse de la polla, para evitar la inminente avenida. Ese fue el instante que yo esperaba. Cuando la chica comenzó a deslizar sus labios sobre la torturada polla de mi amigo para sacársela de la boca, yo me abalancé sobre ella y, sujetándola por la nuca con ambas manos, apreté su rostro contra la ingle del chico, haciendo que el rabo volviera a hundirse hasta el fondo de la garganta de Blanca.
Ella, sorprendida, intentó apartarse, apoyando las manos en los muslos de Antonio y empujando, pero yo era más fuerte y además su postura no la dejaba hacer demasiada fuerza.
¡UUUUMMMMM! – jadeaba Blanca con la verga enterrada hasta el esófago.
¡COÑO! ¡COÑO! ¡COÑO! – aullaba Antonio.
Yo no decía nada, pero estaba cachondo perdido. Me gustaba aquella sensación de poder.
Blanca seguía tratando de apartarse cuando la picha de Antonio comenzó a vomitar su carga. Poderosos lechazos fueron disparados directamente en la garganta de la chica, que luchaba, medio ahogada, por escapar de mi presa.
Antonio era, sin duda, el que mejor se lo pasaba. Disfrutando enormemente con aquello, y bramando como un bisonte, decidió colaborar, y llevó sus manos hasta la cabeza de Blanca, que sujetó ayudando a las mías, con lo que la chica perdió cualquier oportunidad de escapar de allí.
Antonio farfullaba incoherencias mientras se descargaba por completo en la boca de Blanca. Por fin, su cuerpo fue relajándose, señal inequívoca de que había terminado. Sus manos se deslizaron de la cabeza de Blanca, quedando apoyadas en la alpaca. No sé si le dio un mareo o qué, pero lo cierto es que se dejó ir hacia atrás, quedando tumbado en el asiento, con medio cuerpo colgando por el otro lado.
Yo liberé por fin a la cautiva, que se apartó bruscamente de la menguante polla, escupiendo pegotes de semen y dando arcadas. Quedó allí, sobre el suelo, a cuatro patas, con sus exquisitos senos colgando, mientras se esforzaba en expulsar la mayor cantidad posible de esperma.
Alzó los ojos y los clavó en mí, mirándome con odio. Ambos éramos conscientes de que una buena parte de la corrida de Antonio había sido tragada por completo.
Hijo de puta – siseó con un hilo de voz.
Sí, tienes razón – asentí – Pero no irás a decirme que no te ha gustado.
Súbitamente, Blanca se incorporó y se abalanzó contra mí, con las uñas engarfiadas, mientras sus tetas bamboleaban al compás de la arremetida. Yo, que me lo esperaba, simplemente la esquivé, de forma que la chica cayó despatarrada al suelo.
Sin darle tiempo a que se recuperara, me arrojé sobre ella, sentándome sobre su espalda, pues estaba boca abajo. Rápidamente agarré sus manos y las torcí hacia atrás, doblándoselas en la espalda, hasta que en su cara se notó un rictus de dolor.
¡Ay! ¡Suéltame cabrón! – gritó.
Shiissst – siseé – Ahora te vas a estar tranquilita y lo pasarás bien.
¡Que me sueltes!
Yo, por toda respuesta, retorcí un poco más su brazo, arrancándole un nuevo gritito de sorpresa y dolor.
¡Me vas a romper el brazo!
Pierde cuidado, que no lo haré. Pero tampoco voy a dejar que te muevas.
Entonces me di cuenta de que Antonio estaba de pié, a mi lado. Sin darle tiempo a pensar, comencé a darle órdenes.
¡Sujétala Antonio!
El chico, un poco confundido, obedeció. Se arrodilló junto a nosotros y sujetó las manos de Blanca.
¡Soltadme, cabrones! – bufaba ella.
Oye, ¿qué vas a hacer? – preguntó Antonio, anonadado.
Tú tranquilo, confía en mí. Vamos a darle la vuelta.
Aunque éramos dos, nos costó bastante lograrlo, pues Blanca se defendía como gato panza arriba. Se retorcía como loca, mientras nosotros luchábamos por sujetar sus brazos y piernas.
Por fin lo conseguimos, quedando yo de rodillas junto a la cabeza de Blanca, manteniendo sus manos apretadas contra el suelo. Antonio sujetaba sus piernas, que se nos mostraban en todo su esplendor, pues la falda del vestido se le había subido hasta la cintura.
El chico miraba idiotizado la entrepierna de Blanquita, cubierta por unas bragas de color beige.
Vamos, Antonio, espabila – le dije – Siéntate encima y sujétale las manos.
Antonio me obedeció, y al ser su peso mucho mayor que el mío, logró controlar bastante bien a la chica.
Yo me levanté presuroso y fui hasta un armario de donde saqué unas cuerdas. Regresé junto a Antonio, y entre los dos, logramos que Blanca se pusiera de pié.
Ella siguió tironeando, furiosa, aunque, curiosamente, no gritaba pidiendo auxilio, sino que sólo nos insultaba y maldecía como un carretero.
¡Hijos de puta! ¡Os vais a acordar de esto ! ¡Cabrones!
Los guié de regreso a las alpacas, y la tumbamos a lo largo sobre ellas. Antonio, ya más colaborador (pues la situación comenzaba a excitarle), volvió a apoyar su peso sobra Blanca, manteniéndola bien sujeta. Yo, por mi parte, até una de las cuerdas a la puerta de una de las cuadras y después estiré el otro extremo hasta las alpacas.
Antonio, comprendiendo mi intención, me ayudó estirando uno de los brazos de Blanca y entre los dos, comenzamos a atarlo. Pero la otra mano de Blanca había quedado libre, así que empezó a golpear y a arañar a Antonio, que era el que estaba a su alcance; sin embargo, el chico no se inmutó.
Poco después, sujetábamos el otro brazo de la chica, atándolo con otra cuerda, de forma que sus brazos quedaban separados, en un ángulo de 120º.
A pesar de ello, Blanca no paraba de retorcerse y luchar, pero ya no tenía escapatoria posible. Antonio, que seguía sentado sobre ella, perdió un poco el control. Se deslizó un poco hacia abajo y tumbándose sobre la chica, hundió el rostro entre sus tetas, que comenzó a estrujar y chupar como loco.
Yo los miraba, contemplando la escena excitado. Mi cerebro pensaba que todo aquello no era necesario, que lo podría haber logrado por las buenas, pero aquel día estaba poseído, me gustaba aquello, así que, sacudiendo la cabeza, aparté de mi mente aquellos perturbadores pensamientos, decidido solamente a disfrutar.
Entonces, repentinamente, Blanca empezó a gritar.
¡SOCORRO! ¡AYUDA!
Era lógico que lo hiciera, pero aún así nos pilló un poco de sorpresa. Antonio, asustado, acertó a taparle la boca con sus manazas, mientras yo, como un rayo, rebuscaba entre mis ropas en busca de un pañuelo.
Cuando lo encontré, me acerqué a Blanca y apartando las manos de Antonio, se lo introduje en la boca, ahogando sus últimos gritos. Ella tironeó furiosa, mirándome con los ojos inyectados en sangre.
Vamos, vamos, no te enfades – le susurré tiernamente mientras le apartaba el pelo de la cara – Te has metido cosas mucho peores en la boca ¿verdad?
Ella forcejeó furiosa ante mi comentario. Yo me reí.
Bueno ¿y qué hacemos? – la voz de Antonio me sacó de mi ensimismamiento.
¿Cómo que qué hacemos? ¿Tú que crees? – respondí.
No sé... ¿Realmente era necesario todo esto? Las cosas iban muy bien...
Ya lo sé – le interrumpí – Pero así es más divertido ¿verdad?
Antonio me miró en silencio unos segundos. Después miró a Blanca, allí a su merced y decidió que yo tenía razón.
Me dirigí a los pies de Banca y la sujeté por los tobillos.
Ven aquí – le dije a Antonio.
Él obedeció con presteza, descabalgando a Blanca y situándose detrás mío.
Ahora vas a ver la obra más sublime de la madre naturaleza.
Diciendo esto, subí la falda y la combinación de Blanca de un tirón, enrollándoselas en la cintura. Ante nosotros volvieron a aparecer sus monumentales cachas, y arriba del todo, se adivinaba su chochito oculto por la ropa interior. Sin perder ni un segundo, le arranqué las bragas de un tirón, destrozándolas por completo y arrojándolas al suelo.
Los dos clavamos los ojos en el majestuoso coño que acabábamos de descubrir. Blanca pataleó furiosa, tratando de apretar los muslos para esconder su intimidad, pero a sus pies tenía a dos hombres con la mente cegada, así que, sin decirnos nada, cada uno se ocupó de sujetar una pierna, manteniendo así sus muslos separados y su coño bien abierto.
Mira, Antonio – dije – Esto es un pedazo de coño.
Me acordé entonces de las lecciones que me dio mi abuelo, usando como modelo el cuerpo de Loli y decidí hacer lo mismo por Antonio, aunque en versión abreviada.
¿Ves? – continué – Estos son los labios, que como ves se hinchan cuando la hembra está excitada.
Mientras le decía esto, recorrí los labios de la vagina de Blanca con la punta de un dedo. Era verdad que estaban excitados, de hecho todo el coño de la chica estaba húmedo, pues hasta el momento en que me puse violento, Blanca lo había pasado muy bien.
¿Ves los líquidos? Se nota que está muy mojada – proseguí – eso es porque está cachonda, deseosa de ser follada.
Ante mis palabras, Blanca agitó el cuerpo indignada. Por supuesto, ella no quería que las cosas fueran así, pero las reacciones inconscientes de su cuerpo decían otra cosa.
Antonio miraba muy atento, e inesperadamente, alargó un dedo y comenzó a recorrer el coño de Blanca, imitando lo que yo había hecho instantes antes.
Está caliente – susurró.
Mételo dentro, ahí sí que está caliente.
Sin vacilar, Antonio introdujo su dedo dentro de la vagina de Blanca, cuyo cuerpo se tensó al notarse penetrada.
Tienes razón, aquí está mas caliente y más mojado – dijo Antonio.
Te gusta ¿eh? – pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Sí.
A ella también. Muévelo un poco más deprisa. Así muy bien.
Antonio, que era un buen alumno, comenzó a meter y sacar el dedo a mayor velocidad. Yo le dejé disfrutar un rato, con la intención de que también Blanca se pusiera un poco más a tono, pues aunque ella seguía forcejeando débilmente, se notaba que su cuerpo estaba comenzando a sentir placer con las delicadas caricias.
¿Y eso qué es? – preguntó entonces Antonio.
Es el clítoris – respondí.
¿Clítorin?
No, hijo, clítoris, con "s". Mira, acarícialo, verás como le gusta.
Sin perder un segundo, Antonio llevó su mano hasta el clítoris de Blanca y empezó a frotarlo, aunque de manera un tanto brusca. A pesar de todo se notaba que la chica lo disfrutaba, pero aún así le indiqué al chico una manera más correcta de hacerlo.
No, no tan fuerte. Con delicadeza – le dije – Acarícialo con la punta de los dedos.
¿Así?
El instinto de Antonio le servía bien. Mientras con sus dedos estimulaba el sensible clítoris, llevó su otra mano hasta la raja, volviendo a hundir un dedo en su interior, liberando así la pierna de Blanca, pero ella no hizo ademán de volver a cerrarla.
Miré al rostro de Blanquita. Había cerrado los ojos y se notaba que, a su pesar, estaba empezando a pasarlo bien. A través del pañuelo escapaban tenues gemidos de placer que la chica no acertaba a sofocar.
Dejé que Antonio la pajeara un par de minutos más, hasta que mi excitación comenzó a hacer mella en mí.
Espera – le dije – Déjame ahora a mí.
Antonio dudó unos segundos. No quería apartarse de allí, pero finalmente, obedeció incorporándose. Ocupé yo entonces su lugar entre las piernas de la chica.
Voy a enseñarte cómo se hace con la boca – le dije.
¿Con la boca? – preguntó él extrañado.
Sí. Venga, ella te lo ha hecho a ti antes ¿no? Pues ahora nos toca a nosotros.
Sin decir nada más, enterré la cara entre sus muslos, besando aquel coño con lujuria. Ella, sorprendida ante la súbita invasión, no pudo evitar un espasmo, y apretó los muslos contra mis oídos, pero no tan salvajemente como lo hacía Brigitte. Yo, por mi parte, me dediqué con toda mi habilidad a comerle el coño, masturbándola furiosamente con dos dedos.
Mi mano chapoteaba ya en fluidos de hembra, que mi boca degustaba encantada. Mi lengua se movía como una serpiente entre los labios de la chica, lamiendo y probando hasta el último centímetro de aquel chocho. Mi otra mano acariciaba todo el cuerpo de Blanquita, sus piernas, su estómago, su pecho, deslizándose por todas partes.
Los gemidos provenientes de Blanca se acentuaron, haciéndose cada vez más sonoros, mientras la chica comenzaba a retorcerse de nuevo, pero esta vez de placer, no de ira.
Parece que le gusta, ¿eh? – oí la voz de Antonio de repente.
Yo no contesté, pues estaba muy ocupado conduciendo a Blanca hacia su primer orgasmo de la tarde. Cuando llegó, fue fuerte e intenso; Blanca se agitó en estremecedoras oleadas de placer, que tensaron su cuerpo haciendo que despegara el trasero de su asiento, combando la espalda de forma incontrolada.
Yo, satisfecho, aparté la boca de su coño, pero sin dejar de masturbarla, para que Antonio pudiera observar bien los efectos de una corrida femenina. Desde luego, el chico no se perdía detalle.
¡Joder! – exclamó - ¡Cómo se pone!
¿Lo ves? Ya te dije que lo pasaría bien.
Seguimos mirándola durante un par de minutos más, mientras los últimos calambres del orgasmo agitaban el cuerpecito de Blanca. Noté entonces que Antonio, excitadísimo, había llevado una mano hasta su polla, masturbándola cansinamente.
No seas tonto – le amonesté – ¿Te vas a cascar una paja teniendo a esta tía a tu disposición?
Hasta ese instante había pensado en ir yo primero, pues al fin y al cabo Antonio ya se había corrido, pero viendo su lamentable estado, decidí, como buen amigo, cederle el turno.
Anda, ven. Será mejor que acabemos de una vez, porque si no vas a explotar – le dije.
¿Cómo? – preguntó él, confuso.
Ven aquí.
Le guié hasta situarlo de nuevo entre las piernas de Blanca. Ella estaba muy mojada por el orgasmo que acababa de experimentar y desde luego, Antonio estaba listo.
Mira – le dije – Ahora lo que tienes que hacer es colocarla en la entrada del coño, como hiciste antes con el dedo, y después, la vas metiendo poco a poco.
Antonio obedeció medio alelado. Como las alpacas eran bajas, arrodillándose obtenía una buena postura de acceso, así que él así lo hizo. Se agarró entonces la polla por la base, y, con torpeza, empezó a apuntarla a la entrada del chocho de Blanquita.
Así, bien – le guiaba yo – Ahora sepárale un poco los labios, así. Ahí está la entrada, ¿la ves? ¡Ahora! ¡Ahí, empuja!
Como un animal encelo, y demasiado violentamente, la verga de Antonio invadió su primer coño. Blanca, que hasta ese instante había permanecido tumbada, quieta, despertó de repente, tensando el cuerpo enormemente, al sentir cómo la polla la taladraba sin compasión.
¡OH, DIOS MÍO! ¡QUÉ BUENO! – gritó Antonio.
Ughghghhh – gemía Blanca.
¡Tío, no seas bestia, que la vas a partir! ¡Con más cuidado hombre! – le amonesté yo un tanto preocupado.
Antonio me miró sorprendido, algo turbado por el fallo que acababa de cometer. Yo me acerqué al rostro de Blanca y le susurré:
¿Te ha hecho daño?
Ella asintió con los ojos cerrados.
Perdónale, es un poco inexperto. Mira, si me prometes no gritar, te quitaré el pañuelo.
Ella volvió a asentir, así que le saqué la tela de la boca.
Blanca me miró con los ojos llorosos. Pareció ir a decir algo, pero súbitamente, Antonio comenzó a bombearla, sin esperar instrucciones ni nada, atendiendo tan sólo al instinto. De todas formas, parecía que aquello se le daba un poco mejor, pues Blanca no pudo evitar proferir un gemido de placer.
¡AAHHHHH!
Me alegro de que te guste. Lo estás pasando bien ¿eh? – le susurré.
Ella me miró, y en sus ojos ya no leí odio o enfado, sino sólo confusión.
¿Por qué? – dijo - ¿por qué lo has hecho así?
Yo me senté junto a su cara, acariciándole el cabello. Bueno, en realidad mi mano estaba quieta, y era su cabeza la que se movía a consecuencia de los empellones que el resoplante Antonio le propinaba.
Venga, no te enfades. Tú ya sabías que íbamos a acabar así ¿verdad? Yo sólo he querido probar una cosa diferente.
¿El qué? ¿Violarme? ¡AAAAHH! – un buen empujón de Antonio se había producido.
Miré al chico, cuyo culo seguía moviéndose espasmódicamente sobre Blanca. El seguía arrodillado entre sus piernas, bombeando sin descanso, mientras sus manos se habían apoderado de las tetas de la chica, amasándolas con pasión.
Si quieres verlo así – continué – Pero tómatelo como una nueva experiencia. Mira, yo sabía que a esas alturas deseabas que esto pasara. Sólo decidí ahorrarnos un buen rato de tira y afloja y de charla. Pero tranquila, no vamos a hacerte daño. Lo vas a pasar muy bien.
Sin esperar respuesta, la besé profundamente, hundiendo mi lengua en su boca. Sus labios se apretaban contra los míos cada vez que Antonio le propinaba un culetazo, con lo que besarnos era un tanto difícil. Excitado a más no poder, decidí probar una cosa nueva.
Echa la cabeza hacia atrás – le dije a Blanca.
Hice que doblara el cuello hacia atrás, con la cabeza colgando fuera de las alpacas. Me arrodillé entonces entre sus brazos abiertos, de forma que mi erección quedó justo frente a su boca. Ella comprendió mis intenciones y me dijo:
Si lo haces te morderé.
Yo la miré un segundo y respondí.
No creo que lo hagas.
Y sin mas miramientos, hundí mi verga en las profundidades de su garganta. Efectivamente, no me mordió.
Así empezamos a follar los tres. Antonio, empujando y bombeando en el coño de Blanquita, y mientras, su boca era follada por mi propia picha. Y miren bien que digo follada, pues aquello no era una mamada, sino un polvo en toda regla, pues era yo, el que moviendo las caderas, hundía y extraía mi rabo de la boca de la chica.
Antonio – acerté a jadear – Cuando vayas a correrte, no lo hagas dentro, que puede quedarse preñada.
Mi amigo, cada vez más próximo al clímax, asintió mientras apretaba los dientes.
Noté que el cuerpo de Blanca se convulsionaba una vez más, creo que experimentando un nuevo orgasmo. Aquello fue demasiado para Antonio, que de pronto, profiriendo un fuerte bramido, se desprendió del cuerpo de Blanca, cayendo sentado al suelo. Se agarró la polla y, tras un par de sacudidas, comenzó a correrse nuevamente, poniéndose pringado de semen.
Yo, notando también próximo mi clímax, decidí retrasarlo un poco, así que se la saqué de la boca a la extenuada muchacha. Al hacerlo, un hilillo de saliva quedó prendido desde sus labios a la punta de mi cipote, lo que me resultó de lo más erótico.
Como un rayo, rodeé el cuerpo de Blanca y ocupé el puesto de Antonio, clavándosela de un tirón, aunque con mayor delicadeza de la antes exhibida por el caliente chico. Así que retomé la follada, esta vez por una vía más normal, y segundos después, comencé a arrancarle gemidos de placer a la pobre Blanquita.
¡Ah! ¡Umm! ¡AHH! ¡Oh, Dios! – gemía la chica.
Bueno, me alegro de que lo pase bien – pensé.
Y volví a sumergirme en la follada. Estuve tirándomela durante un par de minutos más, hasta que mi orgasmo se precipitó imparable. Me pilló muy de sorpresa, pues apenas lo noté venir. Como pude, la saqué del coño de Blanca y la dejé recostada sobre su ingle, sin parar en ningún momento de frotarla entre sus labios vaginales. Así, cuando llegaron los lechazos, todos fueron a impactar sobre su estómago o a perderse en la mata de pelo que había sobre su raja. Una corrida muy buena, sí señor.
Cuando acabé, me dejé caer de culo al lado de Antonio, quedándonos los tres descansando durante unos segundos.
¿Y bien? ¿Qué te ha parecido? – le pregunté a Antonio.
Ha sido increíble – contestó él, risueño.
¿Verdad que sí? Ya te dije que ibas a pasártelo muy bien.
¿Y ella? – preguntó Antonio.
Ella también ha disfrutado, aunque nunca lo admitirá.
Entonces se oyó la voz de Blanca.
Si habéis terminado, soltadme por favor.
Me puse a cuatro patas y, gateando, me acerqué de nuevo a ella.
¿Y qué te hace pensar que hemos terminado? – le dije.
Vamos – dijo ella tratando de aparentar serenidad – Ya os habéis divertido bastante. Ahora soltadme.
De eso nada, aún vamos a divertirnos un poco más.
Mientras decía esto, llevé una mano hasta las tetas de Blanca, que comencé a estrujar con deseo.
Ya te he dicho antes que tienes unas tetas magníficas ¿verdad? – le dije.
Vamos, suéltame – dijo ella sin hacerme caso – Antonio por favor...
Antonio se había acercado a nosotros y la miraba con lujuria. Su polla, aún no enhiesta, estaba empezando a despertar.
Por favor, señorita Blanca – dijo Antonio – Un poco más.
Bruscamente, se dejó caer de rodillas junto a la chica y atrapó uno de sus pezones con los labios. Sin dudarlo, llevó una mano al coño de la chica y volvió a acariciarlo. Aprendía rápido.
Por favor... ¡AHH! No... Ya no más... ¡AAAAHH! ¡Basta! – gemía Blanca, haciéndose sus gemidos cada vez más profundos.
Decidí seguir el ejemplo de Antonio, y arrodillándome al otro lado de Blanca, me dediqué a chupar su otro pezón, mientras llevaba también una mano al chocho de la chica. Ella, al ser lamida y masturbada por dos hombres a la vez, no pudo aguantar mucho rato sin empezar a jadear y gemir de placer.
Noo... Soltadme... ¡AHHH! ¡Por favor! ¡NOOOO!
Pero ninguno de los dos la creímos, así que seguimos pajeándola un buen rato, hasta que noté que estaba a punto de alcanzar el clímax. Entonces me detuve y paré a Antonio. Él me miró extrañado, y yo, en silencio, le indiqué que mirara a Blanca.
Estaba como poseída, caliente a más no poder. Se retorcía como una culebra, frotaba sus muslos entre si, tratando de estimularse ella sola, ya que nosotros no seguíamos con la tarea. Antonio también estaba muy excitado, diría que incluso embrutecido por la situación, así que, como un autómata, volvió a dirigirse a la entrepierna de la chica, dispuesto a clavársela otra vez.
Entonces fue cuando nos interrumpieron.
Vaya, vaya, menuda fiestecita tenéis montada aquí.
Tanto Antonio como yo nos quedamos lívidos del susto. Miramos ambos en la dirección de la que provenía la voz, y para mi alivio, nos encontramos con mi sonriente abuelo, que había penetrado en el establo sin que ninguno nos diésemos cuenta.
Yo me quedé más tranquilo al comprobar de quién se trataba, pero no así Antonio, que veía que como mínimo le iban a poner de patitas en la calle. Tembloroso, trató de balbucear una estúpida disculpa, pero mi abuelo no prolongó su tortura.
Tranquilo, chico – le dijo – Que no pasa nada, hombre. Mientras estés con mi nieto puedes divertirte tanto como quieras.
Mientras hablaba, tenía los ojos clavados en la chica. Acercándose, la tomó de la barbilla y volvió su rostro. Comprendí que hasta entonces ignoraba la identidad de la mujer, pues el revuelto cabello tapaba su rostro.
¡Coño, Blanca! – exclamó el abuelo - ¡Si eres tú! No me imaginaba que te gustaran estas cosas.
Blanca reaccionó entonces. Hasta ese instante no se había apercibido de que alguien más había llegado, totalmente concentrada en tratar de correrse. Así la había encontrado el abuelo, gimiendo y jadeando como una cerda mientras apretaba las piernas para darse placer. Cachonda perdida, vaya.
Suélteme, por favor – atinó a decir la chica – Estos cerdos me han forzado.
Bueno, bueno – dijo mi abuelo incorporándose un poco – Soltadla, rápido.
Antonio y yo obedecimos con presteza, liberándole cada uno un brazo. Blanca se sentó sobre las alpacas, frotándose las doloridas muñecas con expresión de enfado. Súbitamente, se puso en pié y me abofeteó con fuerza, repitiendo a continuación el proceso con Antonio.
Tratando de aparentar dignidad, comenzó a tratar de componer sus ropas, mientras hablaba con el abuelo.
Gracias a Dios que ha aparecido usted – le dijo – Si no, no sé que habría podido pasar.
Me parece que ya ha pasado de todo ¿no? – respondió el abuelo riendo – además, ¿quién te ha dicho que te vistas?
Blanca lo miró alucinada. Yo, que por un momento había temido ver finalizada la diversión, sentí renacer mis esperanzas.
Sujetadla chicos – nos dijo mi abuelo.
Rápidos como rayos, Antonio y yo la sujetamos cada uno por un brazo, expectantes para ver lo que iba a hacer el abuelo. Blanca, viéndose perdida, comenzó a tratar de zafarse de nosotros tironeando con fuerza, pero la teníamos bien sujeta.
Pero, por Dios, ¿qué hace usted? – gimoteaba Blanca – Creía que iba a ayudarme.
Y a ayudarte voy, hijita – respondió mi abuelo – Mírate, el coño te chorrea, estos dos te han dejado a medias, así que voy a demostrarte de lo que es capaz un auténtico hombre.
Por favor... – insistía ella.
Vamos, nena, vamos. Con la de veces que hemos hecho esto tú y yo. ¿Te vas a echar atrás ahora?
Antonio, al enterarse de lo de Blanca y el abuelo, comprendió por fin de qué clase de zorra nos estábamos encargando. Así que sujetó a la chica con nuevos bríos, decidido por fin a no echarse atrás pasara lo que pasara.
Por favor, no...
Además, Blanca, tu mamá ha resultado ser una experiencia un tanto insatisfactoria. Sólo se ha dejado echar uno rápido, ahí en la arboleda, y no estoy tranquilo del todo. No me negarás que lo justo es que sea su hija la que arregle tan lamentable incidente ¿no?
Blanca aún se resistía, aunque se veía en su mirada que sabía que no le quedaba opción. Antonio y yo pensábamos que el abuelo nos haría tumbarla en el suelo, pero él tenía otra idea en mente.
Sujetadla bien – nos dijo.
Procedió entonces a abrirse el pantalón, desabrochando los botones de la bragueta. Como pudo, extrajo por el hueco su tieso miembro, con el capullo colorado rezumante de líquidos preseminales.
Entonces hizo algo inesperado. Cogió a Blanca por los muslos y la levantó, dejándola tumbada en el aire. Es decir, la chica quedó como si fuese en una camilla, mientras Antonio y yo la sosteníamos por los brazos, mi abuelo hacía lo mismo por los muslos. Y así, en esa extraña postura, la penetró de un tirón.
¡UAAAHHHHH! – aulló Blanca.
¡Joder! ¡Qué bueno! – exclamó el abuelo - ¡Siempre había deseado hacer esto!
Entonces echó el culo para atrás y volvió a empalar a Blanquita con fuerza, comenzando a continuación a horadarla sin compasión.
¡Coño! ¡Es genial! ¡Qué mojada está!
Antonio y yo seguíamos sosteniéndola en alto, mientras contemplábamos la escena hipnotizados. Los pechos de Blanca botaban embravecidos, al ritmo que marcaban los culetazos del abuelo. Él la sostenía por los muslos, de forma que las pantorrillas de la chica colgaban junto a los costados del viejo. Con cada empellón, los pies de ella bailaban, pues pendían laxos a su lado.
El abuelo seguía y seguía, follándola con lujuria. Se veía que estaba disfrutando, pues no paraba de proferir obscenidades.
¡Qué bueno es esto! ¡Follar así es un portento! ¡Esto hay que repetirlo! ¡Nunca me había parecido tu coñito tan bueno, Blanca! ¡Lo único que lamento es no tener cuatro manos para sobarte esas tetazas!
Y venga a follarla, y venga a penetrarla. Mientras, la chica era incapaz de resistir el gustazo que el abuelo le estaba suministrando, así que gemía y jadeaba de manera incontrolada.
¡AAAHHH! ¡DIOS! ¡Me rompes! ¡ME ROMPES!
Sus gritos nos ponían a todos a cien. Ni que decir tiene que las vergas de Antonio y la mía habían recobrado su tamaño óptimo, pero no podíamos hacer nada, pues teníamos ocupadas las manos en evitar que de un empellón, el abuelo estampara a Blanca contra el suelo.
No sé cuantas veces se corrió Blanca en el proceso, pero creo que al menos un par. Al final, ya ni gemía ni nada, sino que solamente respiraba con dificultad, sintiendo hasta el último instante de aquel devastador polvazo.
Tras minutos de intenso folleteo, y cuando pensaba que ya no podría aguantar más a Marta por el intenso dolor que empezaba a sentir en los brazos, mi abuelo comenzó a dar muestras de inminente orgasmo.
Me voy... ¡Me voy! ¡ME VOYYYYYY!
De repente, desclavó a la chica y la soltó bruscamente. Ella aterrizó de culo en el suelo, aunque Antonio y yo seguíamos sosteniéndola. No tuvo ni que tocársela siquiera, pues la polla del abuelo entró en erupción ella solita, disparando tremendos pegotes de leche sobre el torso desnudo de Blanquita, que enseguida quedó pringosa.
Cuando el abuelo acabó, soltamos por fin a la chica, que se derrumbó como un saco de patatas a nuestros pies, totalmente exhausta.
Nosotros nos quedamos allí de pié, jadeantes, con un calentón de narices, esperando acontecimientos.
Joder, ¡qué maravilla! – dijo el abuelo - ¡Tenéis que probarlo chicos!
Pues me parece que con Blanca no va a poder ser – respondí yo.
Y es que la chica permanecía tumbada en el suelo, medio inconsciente, completamente ajena a todo lo que pasaba a su alrededor.
Coño, creo que nos hemos pasado – dijo el abuelo.
Un poco, sí.
Y nos echamos a reír. El único que no tenía ganas de reír era Antonio, que llevaba una empalmada de narices y veía que se iba a quedar con las ganas.
Abuelo, hay que ver cómo eres. Vienes, te la tiras y nos dejas a nosotros a medias – le dije.
Tienes razón. Habrá que hacer algo para remediarlo – dijo enigmáticamente mientras se guardaba su cansada verga en el pantalón.
Se acercó a Blanquita y le acarició cariñosamente la cabeza.
Pobrecita. Ha sido demasiado para ella. ¿Cómo se os ha ocurrido hacerle esto? – dijo el abuelo mirándonos.
Ha sido idea mía – me apresuré a decir – Quería probar algo nuevo, ya sabes. Cómo sería dominar por completo.
¿Y qué tal?
Ha sido muy excitante, pero no muy satisfactoria, pues la chica está reventada y yo aún tengo ganas de marcha.
Ya veo, ya. Bueno, trataré de hacer algo con eso. Quedaos aquí y cuidadla bien.
El abuelo se levantó y se dirigió a la salida, pero Antonio corrió tras de él y le detuvo.
Jefe – le dijo con expresión preocupada - ¿Nos pasará algo por... por todo esto?
Tranquilo muchacho. Esa chica es una auténtica come hombres. Una pequeña lección no le hará ningún mal. Pero no os acostumbréis a tratar así a las mujeres ¿eh?
No, señor no – dijo Antonio.
No, tranquilo – respondí yo.
De acuerdo entonces. Esperadme aquí.
Y se marchó.
Antonio y yo nos quedamos allí con ella, en silencio, repasando mentalmente lo que acababa de suceder y haciendo suposiciones sobre lo que iba a pasar.
¿Adónde crees que ha ido? – preguntó Antonio.
No lo sé. Pero, conociendo al abuelo, seguro que nos gustará – respondí.
Antonio se acercó entonces a la desmadejada Blanca, y con ternura, comenzó a acariciarle el cabello.
Pobrecita – dijo – Nos hemos pasado. Yo no quería que esto fuera así. Nunca imaginé que mi primera vez sería de esta forma.
Mira Antonio – dije acercándome – En el sexo hay miles de maneras de disfrutar. Hoy hemos probado una diferente. Es cierto que hemos forzado a la chica, pero también lo es que ella estaba bien dispuesta a acostarse con nosotros, y en cuanto se recupere, seguro que lo verá así, pues no podrá negar que ha disfrutado.
Pero...
Pero nada. Además, esto no ha sido una violación en toda regla, sino más bien una representación. Ya has oído al abuelo, Blanca está más que harta de follar por ahí, esto sólo ha sido una nueva experiencia. Y nosotros no le hemos hecho daño ni nada.
Pero mírala, ahí en el suelo, agotada...
En eso sí tienes razón, anda, vamos a ayudarla – dije yo.
Entre los dos recogimos del suelo a Blanca, y la llevamos hasta las alpacas, tumbándola boca abajo sobre la manta. Antonio, cansado, se dejó caer junto a ella, sentándose en el suelo mientras yo hacía lo propio un poco más allá.
¿Y bien? ¿Qué te ha parecido? – pregunté entonces.
¿El qué? ¿El follar? – dijo Antonio.
¡Claro, hombre!
Me miró unos segundos antes de responder.
¡Ha sido genial! Te juro que nunca me había sentido así. Sentía la cabeza ida, como si estuviera en otro sitio. Mira, cuando ella me la tocó... Creí que me moría.
¿Ves? Y hasta ese momento no habíamos hecho nada malo. Ya te dije que sólo era cuestión de tiempo.
Bueno, pero esta vez no cuenta, porque todo lo has organizado tú. Yo sigo sin saber cómo tratar a las mujeres, qué decirles y eso...
Eso no es verdad. ¿No notaste cómo le gustaron a Blanca tus piropos? Mira, lo que puedo decirte de las mujeres es que les digas lo que sientes, la verdad. Ella notó que tus palabras eran ciertas, y por eso le gustó.
Antonio calló, sopesando mis palabras.
¿Y qué opinas de ella? – continué.
¿De Blanca? – respondió Antonio volviendo la vista hacia ella – Es preciosa...
Sí que lo es...
Aunque es un poco zorra ¿no?
Cierto.
Es... muy diferente a como me la imaginaba. Siempre pensé en ella como la perfecta señorita. Yo la veía por ahí, montando a caballo en la escuela, y siempre pensé que era absolutamente inalcanzable para mí, por eso, cuando empezó a tocarme... Me volví loco.
Mientras decía esto, Antonio había posado distraídamente una mano sobre una pantorrilla de Blanca, comenzando a acariciarla. A medida que iba hablando, deslizaba su mano en movimientos cada vez más amplios, llegando cada vez más arriba, de forma que, poco a poco, iba subiendo la falda de la chica.
Yo, desde mi posición, noté que Antonio estaba volviendo a excitarse, pues durante nuestra conversación, ambos nos habíamos relajado un poco. Ahora el chico volvía a embravecerse, y en breves instantes, había llevado de nuevo la falda de la chica hasta su cintura, dejando su trasero desnudo al descubierto.
¡Oh, Dios! – gimió Antonio, olvidándose por completo de mí y de la conversación.
Arrodillándose junto a la exánime Blanca, Comenzó a acariciarla por todos lados, hundiendo el rostro entre sus nalgas. Con las manos, separó un poco los muslos de la chica, para poder acceder mejor a su intimidad. Yo los contemplaba divertido.
Blanca se agitaba débilmente, despertando poco a poco de su sueño, encontrándose con que volvían a chuparla y a lamerla, si es que a esas alturas era capaz de discernir esas sensaciones. Antonio, cada vez más embrutecido, resoplaba como un animal en celo, sobando a la chica con rudeza, dispuesto a volver a metérsela en breves instantes. Entonces regresó mi abuelo.
Pase, Inmaculada, pase – escuché la voz del abuelo – Le juro que su hijita está aquí.
Alcé la vista y me encontré con que el abuelo había traído consigo a la mismísima señora Benítez, la mujer que lo había dejado a medias un rato antes. Comprendí entonces sus intenciones.
¿Y qué hace mi hija aquí? - respondió la señora Benítez - ¿Y dónde... ¡Oh!
La buena señora se quedó paralizada cuando nos vio. Se encontró con dos chicos desnudos, uno de los cuales se estaba literalmente comiendo a una mujer.
¡Dios mío! ¿Pero no es ese su nieto? – exclamó señalándome.
¿Ma... mamá? – gimió entonces Blanca, que creía haber escuchado la voz de su madre.
Entonces la señora Benítez descubrió quien era la chica desnuda y la mirada de horror que se dibujó en su rostro me conmovió y divirtió enormemente.
¡OH, POR DIOS! – gritó abalanzándose sobre Antonio.
Agarrándolo con fiereza por el pelo, lo apartó de su hijita de un brusco tirón, arrojando al desprevenido Antonio al suelo. Rápidamente, incorporó a su hija, abrazándola con fuerza, mientras lloraba a lágrima viva.
¡Blanca! ¡Cariño! – aullaba - ¿Qué te han hecho estos desalmados? ¿Estás bien? ¡Háblame! ¡Dime algo!
La pobre Blanca apenas tenía fuerzas para devolverle el abrazo a su madre, así de cansada estaba. Entonces, en un tono sorprendentemente normal, le dijo:
Sí, mamá, estoy bien, no me han hecho daño.
¿Cómo que no te han hecho daño? – gritaba la señora - ¡Mírate! ¿Te han violado? ¡Dime si te han violado! ¿Eres doncella todavía?
Eso fue lo que hizo que mi abuelo se echara a reír a carcajada limpia. Alucinada, la señora Benítez clavó los ojos en mi abuelo, con expresión de infinita sorpresa.
¿Se puede saber de qué se ríe? ¡Vamos! ¡Ayúdeme con mi hija! Y en cuanto a ese bastardo nieto suyo y ese... patán, no descansaré hasta verlos ahorcados, ¡fusilados!
Mi abuelo le respondió en tono conciliador, como si allí no pasase nada.
Vamos, vamos, querida Inmaculada. No se enfade tanto.
¿Có... cómo? – exclamó la pobre mujer, incrédula.
Que no hay razón para ponerse así – continuó el abuelo.
Pero, ¿qué dice? ¿Te has vuelto loco? – respondió la señora, empezando a tutear al abuelo sin darse cuenta.
Digo que su hijita y sus dos amigos simplemente han dedicado la tarde a pasar un rato agradable, nada más. Lo mismo que tú y yo hemos hecho Inmaculada.
Pero, ¡¿cómo te atreves?! – rugió la mujer - ¿Cómo puedes sugerir que mi niñita estaba aquí voluntariamente? ¡Está claro que estos monstruos la han violado! ¡Y por muy nieto tuyo que sea...
¡CÁLLATE! – gritó el abuelo - ¡Tu niñita no es más que una zorra! ¡Te sorprendería saber a cuántos hombres se ha tirado ya!
¡Mientes! – exclamó la madre de Blanca, con el rostro lívido por la ira - ¡Mentira!
Vamos, como si tú no supieras nada. Si quieres te cuento cómo estuvo persiguiéndome hasta que logró que me la follara. Sí, en serio, con ella no tuve que malgastar esfuerzo. Fue ella la que me perseguía. Una amiga suya le contó que yo me la había... ya sabes, y no descansó hasta que obtuvo su ración de rabo.
¡MIENTES!
Como quieras, si no me crees, pregunta a los criados de tu casa. Si quieres puedo presentarte a un par de recolectores de fruta de la fábrica de mi hijo que podrían contarte cosas muy interesantes de Blanquita.
No, no es verdad – gimió la señora Benítez.
¡Qué desgracia! Una hija puta y un hijo violador.
¿Cómo?
Sí, ¿o es que crees que no sé para qué me pidió prestado dinero tu marido hace un año? Esteban Campos era un buen trabajador, un buen labriego, pero dudo mucho que tuviera dinero suficiente de repente para comprar las tierras que tenía arrendadas. Eso sí, su hijita era muy guapa. Tu Ramón estuvo rondándola un tiempo ¿verdad? Pero dejó de hacerlo...
Yo estaba sin habla, contemplando atónito la escena. Me estaba enterando de cosas bastante sorprendentes en aquel establo. La verdad es que aunque mi abuelo tuviera controlada la situación, la llegada de la señora Benítez me había asustado bastante. Y no digamos a Antonio, que seguía tirado en el suelo sin atreverse a mover un músculo, contemplando asombrado la discusión.
Así que menudo par de hijos tienes – proseguía el abuelo – Aunque no me sorprende mucho, teniendo en cuenta a los padres. Tu marido no es más que un calzonazos impotente, y eso no son palabras mías, sino tuyas, y la madre es una zorra frígida, que está tan necesitada de echar un buen polvo que cuando se le presenta la ocasión ni siquiera es capaz de reconocerla. Pero eso tiene fácil solución... ¡Chicos, cogedla!
Antonio y yo, como rayos, nos levantamos y nos lanzamos sobre la señora Benítez, que desde luego no esperaba algo como aquello. Sujetándola por los brazos, la apartamos de su hija, que quedó tumbada en las alpacas, incapaz de mover un músculo.
Es toda vuestra chicos – dijo mi abuelo – Pasadlo bien.
Ella se resistió como una leona, tratando de golpearnos y arañarnos, pero nosotros éramos dos chicos jóvenes en celo, más fuertes y rápidos que ella, así que no tenía escapatoria.
Empujándola, conseguimos derribarla sobre un montón de heno, cayendo nosotros dos junto a ella, en un confuso montón de brazos y piernas. Ella intentaba apartarnos o hacernos daño, pero nosotros estábamos más pendientes de agarrarla por las partes de su magnífica anatomía que nos interesaban más.
Mientras luchábamos, conseguí deslizar una de mis manos por debajo de su falda, y con habilidad, la metí dentro de sus bragas, encontrándome con su poblado coño. Palpando, noté que tenía mucho vello, cosa que no me gusta demasiado, pero a esas alturas qué más daba.
Escuché entonces el sonido de ropa rasgándose, y levantando la vista de aquel confuso montón de gente, vi cómo Antonio había desgarrado la pechera del vestido y la combinación, dejando al descubierto las fenomenales domingas de la señora Benítez. Mi amigo, que se estaba convirtiendo en un fetichista de los pechos femeninos, se abalanzó sobre aquellas tetas como alguien perdido en el desierto sobre una botella de agua, y comenzó a estrujarlas y chuparlas con rudeza.
No sé muy bien cómo, pero la mujer logró apoyar una mano en la frente de Antonio, y haciendo fuerza, consiguió separar la ávida boca del muchacho de su tetamen, para después, con un hábil movimiento, abofetearlo con fuerza.
Antonio se quedó momentáneamente aturdido, y cuando por fin reaccionó, fue para devolver la ostia con violencia. La señora Benítez, que se había incorporado un poco, volvió a caer hacia atrás, enterrándose en el heno, mientras Antonio, decidido a que el incidente no se repitiera, cargó su peso sobre la señora, esto sin dejar de sobar y amasar las ubres.
Yo, viendo la situación controlada, decidí sumergirme bajo la falda de la señora, así que, levantando el borde con las manos, metí la cabeza debajo, buscando con fijeza el ansiado tesoro.
¿Qué haces? ¡Sal de ahí cabrón! – gritaba la señora Benítez.
¡Vamos Inmaculada, no te enfades! – exclamó mi abuelo - ¡Deja que el chico se divierta!
Y yo así lo hice. Deslizándome como una culebra entre las piernas de la buena señora, alcancé por fin mi objetivo. Como pude, ayudándome de manos y dientes, conseguí retirar la prenda íntima de la señora, y enseguida el potente olor de hembra penetró en mis fosas nasales, caldeando aún más mi cabeza si era posible.
Sin perder un segundo, hundí el rostro en aquella frondosa selva, buscando con mis labios y mi lengua la raja de la señora. Cuando la encontré, un espasmo sacudió el cuerpo femenino, que se agitó violentamente tratando de librarse de mi intrusa lengua, aunque le resultó imposible, pues mi boca era una ventosa adherida a aquel jugoso coño.
Chupé y chupé, deleitándome con el fuerte sabor de aquella mujer, mucho más vigoroso y penetrante que los que había probado anteriormente. Además, el comer un coño mientras su dueña no paraba de mover las piernas tratando de apartarse me gustaba, me embrutecía y me hacía chupar con mayor violencia, con mayor lujuria.
¡Cabrón! ¡Sal de ahí! ¡No... no me toques AHÍIIIIIIII! – aullaba Inmaculada.
Yo acababa de meter un par de dedos dentro de su coño, mientras mi lengua había hallada por fin su clítoris, gordo y duro, y lo chupaba con fruición. El chocho se le empapaba por momentos a la buena mujer, pero aún así ella seguía forcejeando.
¡Ay, no cabrón, no me muerdas!
Como quiera que yo no había mordido nada, supuse que Antoñito estaba pasándoselo en grande entre las tetas de la mujer. Yo, mientras, chupaba y bebía de aquel coño, recorriéndolo de arriba a abajo con la boca, mientras mis inquietos dedos chapoteaban en su interior.
Entonces pasó algo curioso y lógico al mismo tiempo. Noté que me faltaba el aire, el potente olor a hembra me sofocaba, y es que al estar debajo de la falda de la señora y completamente tapado por ella, había ido agotando el aire de la zona, por lo que, a mi pesar, tuve que salir de allí debajo jadeando profundamente.
Al salir, me encontré con que, efectivamente, Antonio seguía concentrado en el voluminoso pecho de la señora Benítez, cuya dueña ya no luchaba y forcejeaba con demasiada fuerza, pues las violentas caricias a las que estaba siendo sometida, comenzaban sin duda a gustarle, a juzgar al menos por el grosor de sus pezones y por la humedad entre sus piernas.
¡AHH! ¡CABRÓN! ¡NOOOOO! – gritaba.
Yo, deseoso de continuar mi labor, le subí la falda de un tirón, echándola sobre su torso desnudo. Al hacerlo, tapé parcialmente a Antonio, pero a él no le importó, absolutamente concentrado en comerse aquellas tetas.
Sonriente, miré hacia el abuelo, y lo que vi me sorprendió. No sé cómo, pero había logrado despertar parcialmente a Blanquita, que aunque seguía tumbada sobre las alpacas, se había incorporado lo suficiente como para hundir la cara en la entrepierna del abuelo, propinándole una lánguida mamada. El abuelo acompañaba el ritmo de la felación con una de sus manos, que reposaba sobre la cabeza de la chica. Sus ojos estaban clavados en la muchacha, pero en ese instante alzó la vista y me vio mirándoles, así que me saludó con un guiño y una sonrisa.
Yo decidí retomar mi tarea, así que me zambullí de nuevo entre los muslos de la mujer, los cuales, ante mi sorpresa, se separaron un tanto al notar mi presencia. Volví a pegar el rostro en aquel coño, retomando la comida y la paja, usando boca y manos con extrema habilidad. Poco después, la señora Benítez alcanzaba su primer y devastador orgasmo, pringándome la cara de líquidos de hembra, de olor y sabor mucho más fuertes que los que yo había probado hasta entonces.
¡UAHHHHH! ¡HIJO DE PUTA! ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO? ¿QUÉEEEEE......? – aullaba la mujer.
De pronto, sus gritos se ahogaron en un extraño gorgoteo. Sorprendido, alcé la mirada separándome del rezumante chocho y comprobé que Antonio también le había cogido el truco al sexo oral, pues arrodillándose junto al rostro de Inmaculada, había hundido la verga bien adentro en la boca de la cada vez más cachonda señora.
Por un segundo temí que mi amigo fuera a llevarse un buen mordisco, pero no fue así, y no tardé mucho en constatar que la señora estaba empezando a propinarle al chico una formidable mamada.
Inmaculada llevó entonces una mano al trasero de Antonio, y empezó a marcar el ritmo de la felación; su otra mano se posó en la polla de mi amigo, acariciándola (huevos incluidos) por todas partes a medida que la boca chupaba y chupaba.
Pues vaya – pensé – Ya no se resiste tanto.
Como quiera que Antonio estaba muy ocupado, decidí que esta vez sería yo el primero en empitonar a la hembra, así que, ni corto ni perezoso, me situé entre el muslamen femenino y, apuntando el glande de mi cipote en la entrada del chorreante coño, lo penetré sin ninguna clase de problemas.
Urghrggllglg – gorgoteaba la señora con la polla enterrada hasta el fondo en la boca.
Completamente de acuerdo con ella, comencé a follarme aquel jugoso chocho. Como el cuerpo de la mujer era mayor que el mío, me dejé caer hacia delante, tumbándome sobre ella y sepultando la cara entre sus deliciosas ubres. Pude entonces constatar que eran estupendas, algo fláccidas y caídas, pero magníficas sin duda. Estaban un tanto maltratadas, pues se veían sobre ellas huellas de dientes y arañazos (Antonio se lo había pasado demasiado bien) y un poco mojadas de la saliva de mi amigo, pero a mí me daba lo mismo.
Chupé y chupé, mordí, lamí, estrujé, pero sobre todo, follé y follé, pues mi polla era un poderoso émbolo que martilleaba sin descanso el glorioso coño de la señora.
Se notaba que ella disfrutaba de lo lindo con aquel tratamiento, pues en los breves instantes en que se sacaba el instrumento de mi amigo de la boca, aprovechaba para dirigirme las más excitantes obscenidades que imaginarse pueda.
¡Así cabrón, no te pares! ¡Fóllame! ¡Fóllame! ¡PÁRTEMELO! ¡FÓLLAME HASTA EL FONOOOOOO!
Y claro, yo obedecía. Entonces la señora Benítez demostró que la acusación de frigidez que le había dirigido mi abuelo era infundada, pues durante aquel salvaje polvo se corrió al menos dos veces, bufando y gimiendo como una loca.
Antonio también pudo constatarlo, pues, aunque yo no sé lo que le haría la señora, cada vez que ella se corría, el que aullaba como un cerdo era mi amigo, gritando como un poseso.
¡DIOS! ¡SÍ! ¡ASÍIIIIIIIIIIIIII! – gritaba.
Y a la segunda fue la vencida, pues durante el segundo orgasmo de Inmaculada, también Antonio alcanzó la cima, y comenzó a correrse en la boca de la mujer. Ella, en absoluto sorprendida, se limitó a extraer la vomitante polla de su boca y a dirigir los últimos lechazos contra su propio rostro, aunque una buena parte de la carga hubiera sido ya tragada.
Yo, que estaba hecho un campeón, aún aguanté un poco más, aunque no demasiado. Seguí follándola durante un par de minutos más, antes de que mi polla estallara en un río de esperma, que derramé enfebrecido sobre el estómago de aquella grandísima zorra.
Extenuado, me dejé caer sobre el heno, tratando de recuperar el aliento. Por el rabillo del ojo, observé que mi abuelo seguía disfrutando de la mamada de Blanquita, aunque ahora había llevado una mano hasta el trasero de la chica y, metiéndole los dedos entre los muslos, la masturbaba con dulzura.
Yo estaba muy cansado, pero la señora Benítez quería más guerra. Completamente olvidados sus principios y su educación de señora distinguida, se había inclinado sobre el también exhausto Antonio, y trataba por todos los medios de devolver la vida al menguado instrumento de mi amigo.
Verla allí, tan zorra, a cuatro patas sobre el chico, chupándolo, acariciándolo y diciéndole guarrerías, hizo que un ramalazo de excitación recorriera mi cuerpo y comprendí que aún era capaz de más.
Gateé hacia la pareja, colocándome a la grupa de la señora. Comencé a acariciarle el trasero, lo que hizo que Inmaculada abriera un poco más los muslos. Yo aproveché el hueco para deslizar una mano hacia delante, frotándole y sobándole el chocho desde atrás, lo que provocaba sensuales gemidos de excitación en la mujer.
El tratamiento que le estaba propinando a Antonio era mano de santo, pues el vigor del joven volvía poco a poco, endureciéndole la polla. Cuando la tuvo razonablemente enhiesta, la señora Benítez se situó a horcajadas sobre él, y lentamente, se empaló por completo en el miembro de mi amigo, comenzando a mover las caderas en sensual vaivén.
Yo me había quedado parado, un poco apartado cuando la mujer se apartó de mí para clavarse la polla; pero ella no me había olvidado, así que, sin parar de follarse a Antonio, volvió el torso hacia mí y me indicó que me acercara. Yo obedecí rápidamente y me acerqué hasta ellos. Inmaculada me tomó por la muñeca y me hizo poner en pié, guiándome a continuación hasta quedar frente a ella. Sin mediar palabra, engulló mi picha de golpe, comenzando a proporcionarme una excitante mamada.
Noté entonces que no era muy diestra en esas cuestiones, se percibía que aquello no era algo que practicase muy a menudo, pero eso lo hacía todavía más excitante, así que, apoyando las manos en la cabeza de la mujer, me dediqué a disfrutar.
Ella se follaba cadenciosamente al resoplante Antonio, cuya cara de felicidad era tal que causaba risa. Después me contó que así descubrió una de sus posturas sexuales favoritas, con la mujer cabalgando encima, pues así era ella la que hacía el trabajo y las manos te quedaban libres para sobar su parte favorita de la anatomía femenina: las tetas.
Y de hecho, así lo hacía, mientras gemía y resollaba, las manos de Antonio habían subido por las caderas de Inmaculada hasta apoderarse de sus tetas, que acariciaba, sobaba y estrujaba con infinita pasión. Los pezones de la mujer era muy sensibles, y cada vez que Antonio los pellizcaba o estimulaba, deliciosos gemidos se derramaban sobre mi polla, que seguía bien hundida en la garganta de la guarra.
Volví a mirar al abuelo, y vi que la cosa seguía más o menos igual, aunque la postura había variado un tanto. Blanca, bastante más despierta, seguía tumbada, pero no boca abajo como antes, sino de costado, de forma que mantenía sus piernas bien abiertas, para que el abuelo pudiera pajearla sin obstáculos, ahora por delante. Mientras, la chica seguí chupando la verga del viejo, pero ahora de una forma mucho más activa, usando labios y manos alternativamente, lo que parecía encantar al abuelo.
Viendo que allí no precisaban de mi ayuda, volví a concentrarme en el trabajito que me estaban haciendo a mí, que era tan bueno que iba a llevarme a una nueva corrida en un par de minutos. Pero de eso nada, yo había decidido acabar a lo grande, y desde luego iba a hacerlo.
Súbitamente, me aparté de la mujer, sacándosela de la boca de un tirón. Ella me miró titubeante, preguntándome con la mirada que por qué le quitaba aquel delicioso caramelo.
Me acerqué a ella, y poniendo mis manos en sus hombros, la empujé hacia delante, haciendo que quedara completamente tumbada sobre Antonio. Con rapidez, me situé detrás de ella y metí una mano entre sus piernas, frotado su sobreexcitado coño, y notando que la polla de mi amigo seguía bien enterrada.
Me arrodillé entonces detrás de ella, y agarrándome la polla con una mano, la guié entre sus muslos, con el objetivo de probar un sencillo experimento. Así, que, mientras trataba de abrir bien sus labios vaginales con una mano, aposté mi polla en la entrada, y poco a poco, se la clavé también.
-¡NOOOOOOO! ¡¿QUÉ HACES?! ¡DOS NOOOOOOO! – aullaba.
¡Premio! A aquella puta le cabían perfectamente dos vergas en el coño. Yo notaba perfectamente el miembro de Antonio apretado contra el mío, perdidos ambos en el interior de aquella cueva de las maravillas.
Inmaculada, desencajada, gritaba y golpeaba con el puño contra el suelo, sorprendida y excitada a más no poder.
¡CABRONES! ¡ME LO VAIS A DESGRACIAR! ¡AY! ¡MI COÑO! ¡MI POBRE COÑOOOOOOOO!
¡Joder! Qué bueno era aquello. La verdad es que en aquella postura no podíamos movernos ninguno, pues de haber intentado un mete y saca sin duda mi polla hubiera sido expulsada. De todas formas, decidí prolongar aún aquellos intensos segundos, estrechándome fuertemente contra el cuerpo de la señora.
Fue fantástico. La señora Benítez estalló en un brutal orgasmo, su cuerpo se agitaba como poseído, y por desgracia, en uno de los culetazos que dio me hizo moverme hacia atrás, sacándosela de dentro.
Como loco, lo que hice fue hundir el rostro entre sus nalgas, buscando con mis dedos y mi lengua su salida trasera.
¡No! ¿Qué haces? ¡Ni se te ocurra! ¡ Por ahí no! – gritaba la señora Benítez al notar mis intenciones.
Pero todo esto lo decía mientras se corría como una burra y tras reanudar el vaivén de sus caderas sobre la polla de Antonio, que seguía bien enterrada en su coño.
De todas formas, yo no me habría dejado conmover, así que, cuando juzgué que estaba lista, situé mi capullo en la entrada de su ano y le metí cinco o seis centímetros.
¡UAAAAAAAHHHH! ¡HIJO DE PUTA! ¡MI CULO! ¡MI CULO! – se lamentaba Inmaculada.
Sí, tu culo – respondí yo - ¡Muévelo nena!
Y le palmeé con fuerza el trasero. Y así, en aquel fenomenal sándwich, seguimos follando durante un buen rato.
No sé si Antonio habría aprendido algo o si estaba demasiado cansado para correrse rápido, pero lo cierto es que me sorprendió lo mucho que aguantó el chico. Yo, que empezaba a considerarme algo así como el príncipe de las mujeres (algo que los años demostraron una utopía) no estaba de ninguna manera dispuesto a acabar antes, así que me costó Dios y ayuda aguantar.
Y es que el culito de la señora Benítez, a diferencia de su inmenso coño, era muy estrecho, y ceñía deliciosamente mi excitada verga. Así que tuve que regular el ritmo de mis embestidas para proporcionarle a la mujer el máximo placer posible mientras prolongaba mi propio orgasmo.
Por supuesto, esto hizo que la cachondísima hembra pudiera disfrutar de una follada larga, húmeda y habilidosa, lo que le proporcionó un buen número de orgasmos, aunque de menor intensidad que el anterior descrito.
Así que, cuando Antonio comenzó a farfullar y gritar que se estaba corriendo, experimenté un profundo alivio, pues por fin pude dar rienda suelta a mis instintos, que impelían a follarme aquel culo de la manera más fuerte y rápida posible.
Por la postura en la que estábamos y como yo no me quité de encima, Antonio no tuvo forma de sacarla del coño de la señora, así que se corrió bien adentro, gritando y jurando en arameo que aquello era lo mejor de su vida.
Un par de minutos después, seguí su ejemplo, me descargué bien adentro de aquella mujer, aunque lo hice en una vía mucho menos peligrosa. Mi polla vomitó los últimos restos de leche que quedaban dentro de mis testículos directamente en el culo de la señora, y cuando acabé, me derrumbé extenuado junto a ella.
Los tres nos quedamos allí, reventados, la mujer acostada sobre el pobre Antonio, sin que ninguno tuviera fuerzas para quitarla de allí. Yo respiraba agitado, tratando de despejar mi cabeza, mirando atontado a los lados.
Pude ver cómo del culo de Inmaculada surgían algunos restos de mi corrida, pero yo estaba demasiado cansado como para que aquello me excitase.
Entonces una sombra se cernió sobre mí. Miré y vi a mi abuelo inclinándose sobre mí, supongo que una vez consumada la mamada de Blanquita.
Vaya – me dijo – Esa posturita ya la habíamos practicado antes.
Bueno – jadeé – más o menos. Ya sabes, con tía Laura.
Sí, si me acuerdo. ¿Y qué tal?
Ha sido memorable. ¿Y decías que era frígida? – pregunté.
Bueno, ahora ya no lo es ¿eh?
El abuelo ayudó a la señora Benítez a descabalgar al agotado Antonio, que por fin pudo respirar tranquilo. La condujo entonces junto a su hija, que contemplaba la escena sentada sobre las alpacas, un tanto recuperada.
Ayudada por mi abuelo, condujo a su madre hasta el depósito de agua donde, al igual que yo hiciera con Noelia días atrás, se lavaron ambas mujeres.
Mi abuelo regresó junto a mí y me dijo que esperáramos allí un poco. Salió por la puerta y yo, al seguirlo con la mirada, comprobé que había comenzado a anochecer.
¡Joder! – pensé – ¡Hemos pasado aquí unas cuantas horas!
Como pude, me puse en pié y fui también a asearme. Blanca, al notar que me acercaba, alzó la vista y me miró. Leí todavía enfado en ella, pero ya no existía el odio extremo que vi antes.
Bueno, ya has conseguido lo que querías. Espero que hayas disfrutado – me dijo.
Ya más calmado, sus palabras me avergonzaron. Aparté la vista y contesté titubeante:
Lo siento. Perdí la cabeza.
Sí. Ya lo sé. Esta no es manera de tratar a una mujer.
Lo siento – repetí – Pero no puedes negar que has disfrutado.
No, no lo haré – dijo ella para mi sorpresa – Eres hábil en el sexo y sabes darle placer a una mujer, pero si lo hubiésemos hecho por las buenas habría sido mucho mejor.
Tienes razón – respondí.
Tú y yo podríamos haberlo pasado muy bien a partir de ahora, pero ya no quiero saber nada más de ti. Ya no somos amigos.
Perdóname – susurré.
No. Conténtate en que por cuestiones familiares tenga que callarme todo esto.
Ella, con aires de reina, volvió junto con su madre a sentarse en las alpacas. Yo, una vez recobrado el buen juicio, me sentía bastante avergonzado, así que me levé sin alzar la vista ni una vez hacia las mujeres.
Cuando acabé, regresé junto a Antonio, comprobando que se había quedado dormido. Así que me quedé allí, tumbado entre la paja a esperar el regreso de mi abuelo, sin atreverme a mirar siquiera a mis víctimas.
El abuelo aún tardó un poco en regresar, y cuando lo hizo, venía cargado con ropas de las dos mujeres.
Tomad – les dijo – Estas son las mudas de ropa que habíais traído por si os quedabais a pasar la noche. Ponéoslas.
Las dos mujeres obedecieron, vistiéndose cansinamente. Yo, por mi parte, busqué mi ropa por el suelo, vistiéndome a medida que iba encontrando partes de mi vestuario. Por fin, estuvimos todo mínimamente presentables y decididos regresar a la casa. A Antonio decidimos no despertarle, así que solamente le echamos una manta por encima y le dejamos que pasara la noche allí.
Mientras volvíamos, la señora Benítez, más recuperada, se dirigió al abuelo.
Eres un hijo de puta – le dijo simplemente.
Sí. Y tu hija también. Es hija de una puta.
Y no añadió nada más.
Regresamos todos juntos, y nos deslizamos por la puerta trasera sin que nadie nos viera hasta nuestros respectivos dormitorios, bajando después para cenar, ya limpios y aseados, simulando que nos habíamos cambiado de ropa para la cena. Nos reunimos en el salón con mi madre, tía Laura, Dickie y las chicas, comprobando que Andrea ya se encontraba mejor, pues me dirigió una deliciosa sonrisa al verme llegar.
El abuelo fue el encargado de las explicaciones, contando que Blanca y yo los habíamos encontrado a él y a la señora Benítez mientras paseaban, y que los cuatro juntos habíamos caminado hasta bien lejos. Curiosamente, nos creyeron, pues aunque las chicas nos conocían bien a los dos, no podían imaginarse una orgía entre el abuelo, yo, Blanca y su madre, así que salimos airosos de la situación.
Mientras cenábamos, regresaron el señor Benítez y mi padre, contando que el médico había confirmado que Ramón estaba bien, sólo un poco magullado, así que necesitaba reposo, por lo que lo habían dejado en casa antes de volver. Eso sí, el médico decía que el caballo debía haberlo pateado en salva sea la parte, pues ahí si tenía feos moratones, lo que provocó risas mías y de mis primas, con la consecuente reprimenda de mi madre, que no comprendía que fuésemos tan maleducados.
Y así terminó aquel intenso día, el de la visita de nuestros queridos vecinos, los Benítez. Nuestra relación con ellos cambió un tanto desde entonces.
Blanca, por muy indignada que estuviera, siguió recibiendo clases de equitación con el abuelo; bueno, de equitación y de sexo, claro.
Además y como yo había vaticinado, convirtió a Antonio en su amante y esclavo, sorbiéndole el seso al pobre chico, haciéndole comer en su mano. Se ve que me consideraba a mí único responsable de los sucesos del establo y a Antonio una víctima más de mis manipulaciones.
Años pasaron hasta que logré que la chica me perdonara y recuperáramos el tiempo perdido. Durante ese periodo fue la única mujer inmune a mi don, pero, finalmente, volvió a caer, y esta vez, como Dios manda.
Pero eso sí, la que cambió más radicalmente fue Inmaculada, pues decidió entonces que también deseaba recibir clases de montar, y aunque de vez en cuando se las impartía mi abuelo, normalmente solicitaba que fuera yo el que se las diese.
Nunca aprendió a montar demasiado bien a caballo, pero chupándola mejoró notablemente. Cuestión de práctica.
Casanova
CHANTAJE A MARÍA (1ª parte)
Y pasaron los días. Algunos pensarán que tras las intensas experiencias acontecidas en el establo con las Benítez, debía estar absolutamente agotado, pero la verdad es que no era así, pues, al fin y al cabo, yo no me había corrido más de tres veces y mi juvenil organismo se recuperaba a velocidad pasmosa.
Aún así, pasé un par de días sin relacionarme con el bello sexo (relacionarme sexualmente, se entiende) y cuando por fin volví a las andadas, no fui yo el instigador del hecho, como verán a continuación.
Pues eso, que durante dos días la vida fue bastante rutinaria. Los Benítez se marcharon al día siguiente de la aventura del establo, después de almorzar, y nada, salvo las torvas miradas que Blanca me dirigía de vez en cuando, mostraba que algo malo hubiera sucedido. De hecho, la señora Benítez se veía simplemente radiante. Una sola noche de sueño (y de recordar lo sucedido) había bastado para que la señora comprendiera que en realidad se lo había pasado en grande, y que si su hijita había resultado ser una puta... ¡Pues ella no iba a ser menos!
Así que Inmaculada se mostró simpatiquísima con todo el mundo, especialmente conmigo, pues no paraba de decirle a mi madre lo mayor que yo estaba, que era un auténtico caballero, y le repetía una y otra vez lo amablemente que me había comportado con ella la tarde anterior, durante nuestro paseo.
Mientras hablaba, no paraba de dirigirme miradas cómplices, tan descaradas que creo que se dio cuenta todo el mundo, por lo que mi madre comenzó a observarme con cara rara, como decidiendo si, finalmente, no había sido tan buena idea dejarme salir a pasear la tarde anterior.
Por fin se fueron, en el coche del abuelo esta vez, pues éste había insistido mucho en que el señor Benítez probara el automóvil, "para ver si se decidía a comprarse uno de una vez", aunque yo sabía que esto lo decía para mortificar un poco al vecino, pues, como las palabras del abuelo en el establo habían demostrado, la situación económica de los Benítez no era especialmente boyante.
No bien se hubieron marchado, cuando Dickie indicó que había que recuperar las clases del día anterior y de esa misma mañana, con lo que el mundo se me vino encima. Cualquier posibilidad de convencerla de saltarnos esas clases se veía imposibilitada por la presencia aprobadora de mi madre y tía Laura, que refrendaron vigorosamente la idea de la institutriz.
Pero no iba a ser yo su única víctima, pues las chicas también se vieron obligadas a asistir, sin escape posible, así que aquella tarde se nos fue estudiando, las chicas sentadas en la mesa habitual y yo, empotrado en un sillón algo aparte, con lo que ni siquiera tuve la oportunidad de hacer una de mis jugarretas.
Mientras estudiábamos, de vez en cuando alzaba la mirada para contemplar a las chicas. Estaban tan hermosas como siempre, pero, por una vez, yo no las miraba con ojos lujuriosos, sino que estaba auténticamente preocupado por Andrea.
Parecía encontrarse un poco mejor, más animada, lo que me alegró bastante, pues si se mostraba contenta durante aquellas interminables horas... es que en verdad debía sentirse mejor. En cierto momento ella alzó la vista y me sorprendió espiándola. Entonces me dirigió una encantadora sonrisa, que me derritió por completo.
Tiene que ser mía – pensé.
A partir de ese momento, y durante el resto de la tarde, sí que las miré a las tres con ojos lujuriosos, no irían ustedes a pensar que iba a ser bueno eternamente.
El día siguiente... tres cuartos de lo mismo. Aburridas clases por la mañana y trabajo por la tarde. Y digo trabajo porque decidí ir a charlar un rato con Antonio, y claro, no iba a estar mirando mientras él seguía con sus tareas.
Cuando el chico sintió que me aproximaba, alzó la vista de la valla que estaba reparando y al ver que era yo, una sonrisa cubrió su cara de oreja a oreja.
¡Hola, Oscar! – exclamó con entusiasmo.
Hola Antonio – respondí yo - ¿Cómo andas?
Pues aquí, ya ves, arreglando la cerca.
Espera, que te echo una mano.
Éramos suficientemente amigos como para que Antonio no perdiera el tiempo diciéndome que no era necesario que le ayudara o tonterías similares, simplemente se encogió de hombros y me pasó un par de guantes.
Así que allí se nos fue la tarde, serrando y martillando para arreglar la cerca estropeada. Naturalmente, charlamos, y no pasó mucho antes de que la conversación se desviara hacia los acontecimientos del establo.
¡Ya te digo! ¡Fue la ostia! – decía Antonio – Tío, te debo un favor enorme. Yo no podía imaginar que follar fuera tan... increíble.
Ya te veo, ya – reía yo – Además, estrenarse con una chica tan guapa como Blanca...
Sí, fue la leche. Aunque al principio lo pasé mal.
¿Al principio? ¡Coño, si al principio Blanca colaboraba encantada!
Sí, es verdad, pero me refiero antes de eso. Mientras esperaba que llegarais. Estaba acojonado. Te juro que estuve a punto de largarme de allí un montón de veces. No sabía lo que tenía que hacer, ni qué decir...
Pero mereció la pena ¿eh? – pregunté sonriente.
¡Ya te digo! – exclamó Antonio, usando una vez más su coletilla.
Bueno, al final salió todo bien. He de confesarte que yo también estaba un poco asustado por la forma en que se desarrollaron las cosas, pero, como te dije, las chicas disfrutaron de lo lindo, aunque Blanca se pilló un cabreo que...
¿Blanca? – dijo Antonio sorprendido - ¿En serio?
Sí, Blanca. Su madre iba más feliz que unas castañuelas, pero ella ni siquiera me habla.
Pero si Blanca vino a buscarme ayer por la mañana...
¿Cómo? – exclamé muy sorprendido - ¿Y qué quería?
Antonio enrojeció vivamente, lo que me hizo imaginarme lo que quería la chica.
Bueno... – dijo el chico – Verás... Me dijo que sabía que yo no era culpable de nada, que no estaba enfadada conmigo y que no me preocupara.
Ya.
Y que...
Dime, dime.
Y que el día anterior había hecho una promesa pero que por tu culpa no había podido cumplirla del todo.
Ya veo – dije yo, comprendiendo por donde iban los tiros.
Pues eso, que... Tío, me da vergüenza.
Vamos, Antonio. Hace dos días estábamos los dos desnudos, tirándonos a dos tías ¿y ahora me vienes con remilgos?
Pues... Empezó a pegarse a mí... Y me besó.
¿Y nada más?
En sus ojos leí que había algo más...
Me dijo que yo le gustaba y que si quería, podíamos vernos de vez en cuando.
Y tú dijiste que sí – dije riendo.
¡Ya te digo! –exclamó Antonio - Entonces me dijo que para sellar el pacto, debía cumplir su promesa, así que...
Venga tío, sigue.
Me la cogió y me la meneó – concluyó el chico bruscamente.
¡Joder! Está hecha una puta de cuidado. ¿Y tú no hiciste nada?
Una sonrisilla maliciosa curvó los labios de Antonio. Había creado un monstruo.
Bueno... – continuó – Yo le dije que un pacto debía sellarse entre dos, así que le metí mano en las bragas y también le hice una paja.
¡Jo, jo, jo! – me reía yo, aunque en el fondo algo envidioso - ¡Quién te ha visto y quién te ve! ¡Si ya eres todo un experto!
Antonio enrojeció levemente, frotándose la nuca con una mano, en ademán modesto.
¡Anda ya! – dijo – Sólo vi la oportunidad y...
Pues de eso se trata – dije yo – De aprovechar las oportunidades.
El resto de la tarde pasó en un plis plas, currando duramente en aquella cerca, pero pasándolo divinamente contándonos batallitas.
Y por fin, llegó la mañana del domingo, un día que empezó de manera inmejorable, pero que al final, acabó en desastre. Sigan leyendo.
Absolutamente agotado por el duro trabajo del día anterior, me habría encantado dormir hasta bien tarde aquella mañana, pues el domingo era el único día sin clase, pero no fue así, pues alguien lo impidió.
Bien temprano me desperté, confuso y adormilado por el cansancio. Miré a mi alrededor, con los ojos legañosos y medio cerrados, sin saber qué me había despertado. Y entre las brumas que la somnolencia formaba ante mis ojos, la vi, de pié junto a mi cama, mirándome.
¡Marina! – exclamé.
Ella se movió con gracia felina hacia mí, tapando mi boca con una de sus cálidas manos. El corazón me latía desbocado, la cabeza se me había despejado de golpe y la miraba con los ojos muy abiertos, despierto por completo. Mi instinto me decía por qué mi hermana estaba allí, lo que hizo que mi pene, enhiesto como todas las mañanas, brincara de expectación.
Shisssst –susurró Marina – No hables.
Yo, aún con la boca tapada, asentí con la cabeza, sin poner pegas. ¡Qué coño! Hubiera estado de acuerdo con cualquier cosa que ella me pidiera. De hecho, ni siquiera recordé que, en teoría, aún seguía enfadado con ella, pues aunque ya había hecho las paces con Marta, con mi hermana no había sido así.
Ella, lentamente, retiró su mano de mis labios, deslizándola sobre mi mejilla. Yo la contemplaba extasiado, hermosa más allá de cualquier sueño, vestida con su camisón, el mismo que llevaba la noche en que veló mi enfermedad, con un chal de punto sobre los hombros, pues esa mañana hacía un poco de frío. Llevaba el pelo suelto, sedoso, rodeando su delicado rostro, ligeramente ruborizado.
Échate para allá – susurró.
Mientras decía esto, levantó el borde de las sábanas y se sentó en el colchón, a mi lado. Yo, como un rayo, me desplacé hacia un costado de la cama, dejándole sitio para que se tumbara junto a mí. Ella, después de deshacerse de sus zapatillas y del chal, se metió bajo las sábanas, quedando su caliente cuerpo junto al mío.
Ella quedó boca arriba, tapándose con las sábanas hasta el cuello, mientras que yo, tumbado sobre un costado a su lado, no dejaba de mirarla.
Nuestros ojos se encontraron, y me sorprendí al darme cuenta de que yo estaba tan nervioso como ella. No importaba el número de mujeres con que ya me había acostado; allí, al lado de aquella diosa, volvía a ser el chico inexperto y asustadizo que era antes. Nuestros corazones latían desbocados, el mío retumbaba tan fuerte en mis oídos que no podía escuchar nada a mi alrededor. Sólo tenía ojos para ella.
Marina se movió un poco, sólo un centímetro, tratando simplemente de encontrar una postura más cómoda, pero eso hizo que su cadera rozara involuntariamente mi enfebrecido pene, quedando apoyada contra él.
¡Oh! – exclamó quedamente mi hermana, al notar mi dureza contra su muslo.
Aquel simple gemidito casi desata mi orgasmo. Fue un momento intensamente erótico. Corrientes eléctricas me sacudieron con fuerza, y algo mareado, me vi obligado a cerrar los ojos para serenarme, logrando tan sólo sentirla mejor contra mi paquete.
Entonces ella se movió de nuevo, pero en esta ocasión estoy seguro de que lo hizo solamente para frotarse un poco más contra mí, pues su cadera quedó todavía más apretada sobre mi erección.
Más sereno, abrí los ojos, contemplando el rostro arrebolado de mi hermanita. Sin aguantar más, deslicé una mano bajo las sábanas, recorriendo lentamente su cuerpo. Empecé por su muslo, que acaricié por encima del camisón. No ataqué a fondo, así que, en vez de pasar la mano sobre su entrepierna, la deslicé por su cadera, describiendo su contorno hasta dejarla posada en su estómago, donde me detuve unos segundos.
¡Ah! – un nuevo gemidito escapó de los labios de Marina, encendiéndome todavía más si es que era posible.
Mi mano continuó su viaje hacia el norte, encontrándose con las dos maravillosas colinas con que Dios había provisto a mi hermanita. Allí me detuve de nuevo, explorándolas, ahora un poco más bruscamente, en busca de las delicadas protuberancias que allí debía haber.
Efectivamente, allí estaban, apretándose excitados contra el camisón, mostrando inequívocamente que mi hermana estaba muy caliente. Con la yema de los dedos, acaricié con dulzura la punta de sus pezones, por encima de la ropa, sin querer descubrir todavía sus secretos, pero aquello bastaba para que mi hermana se retorciera de placer.
Un poco más arriba, su cuello de cisne, blanco e inmaculado, hermoso, tentador; lo recorrí con mis dedos, sintiendo su tersura, su delicadeza; su rostro, hermoso, jadeante, la locura para cualquier hombre.
Incapaz de resistir más, me incliné sobre mi hermana, y mis labios se prendieron de los suyos, dándonos un dulce beso. Mi mano seguía jugueteando con el pelo de Marina, buceando y nadando entre sus bucles, acariciando y rozando los sensibles lóbulos de sus orejas.
Me separé de aquellos carnosos labios a disgusto, contemplando el bello rostro de la chica. Todo era amor y poesía, pero entonces, bruscamente, el hechizo se rompió.
Mi hermana, al notar que había dejado de besarla, abrió los ojos y me vio mirándola extasiado, y entonces, con una voz de carretero que me sorprendió, exclamó algo enfadada:
¿Se puede saber qué coño miras, embobado?
Y ni corta ni perezosa se abalanzó sobre mí, empujándome y dejándome tumbado boca arriba sobre el colchón. Echándose sobre mí, pegó con fuerza sus morros a los míos, mientras su juguetona lengua se abría paso entre mis labios buscando la mía. Aquello era del todo inesperado, aquella lujuria, aquella fuerza, no era en absoluto algo propio de mi hermana. Sí que había cambiado.
Con deseo, ahora fueron sus manos las que recorrieron mi cuerpo, desabrochando a la vez los botones de la pechera de mi pijama. Una de sus manos se perdió bajo las sábanas, pero enseguida averigüé donde iba, pues de pronto mi polla fue estrujada con fuerza.
¡Ay! ¡Tranquila! – conseguí balbucear escapando de sus labios.
¿Tranquila? ¿Después de tanto tiempo? ¡Claro! Tú me asaltas por la noche en mi cuarto, me provocas, me metes mano, y ahora... ¿dices que tranquila?
No pude responder pues volvió a besarme con fiereza, mientras que mi polla era masajeada por encima del pijama.
Aún tardé un poco en recuperarme de la sorpresa inicial, pero poco a poco, iba dándome cuenta de que aquello, aunque no era como lo había imaginado, no estaba nada mal. Así que, sin perder más tiempo, posé mis manos en el dulce culito de mi hermanita y empecé a amasarlo con deleite, mientras nuestras lenguas seguían bailando enlazadas.
La habitación se llenó enseguida de jadeos, gemidos y chupetones, que provocaban que nos excitáramos cada vez más, ajenos a todo lo que sucedía a nuestro alrededor.
Entonces, repentinamente, Blanca se separó de mí, dejándome besando al aire.
¿Qué pasa? – farfullé, resoplando excitado.
Creo que voy a devolverte el favorcito que me hiciste en mi dormitorio – dijo ella.
Confuso, tardé unos segundos en recordar a qué se refería. Cuando lo logré, mis ojos se abrieron como platos, provocando la hilaridad en Marina.
Vaya, vaya, veo que ya te acuerdas. Es un milagro, con tantas mujeres como tienes últimamente, que te acuerdes de algo tan nimio...
Mientras decía esto, con su sonrisilla maliciosa dibujada en el rostro, levantó las sábanas y se cubrió la cabeza con ellas. Poco a poco, fue gateando hacia atrás bajo las sábanas, dirigiéndose hacia los pies de la cama, mientras yo, excitadísimo, me incorporaba un poco sobre el colchón, sentándome y quedando mi espalda apoyada contra la cabecera.
Cuando mi hermana alcanzó la postura adecuada, un estremecimiento de excitación recorrió mi cuerpo. No podía creer lo que sucedía, la cabeza me daba vueltas, pero Marina no iba a hacerme esperar más.
Noté cómo sus dedos se prendían de la cinturilla del pantalón del pijama y tiraban hacia abajo. Yo, solícito, levanté el culo del colchón, para facilitarle la tarea, así que, en poco segundos, me vi libre de ropa. La mano de Marina surgió de debajo de las sábanas por un costado de la cama, llevando agarrado el pantalón que fue arrojado al suelo, desapareciendo la mano bajo las sábanas otra vez.
Yo temblaba de excitación, deseoso de que todo empezara ya, pero aún así, cuando la manita de mi hermana se aferró a mi instrumento, yo no podía creérmelo.
Su mano se deslizó delicadamente por encima del tronco un par de veces, arrancándome gemidos de desesperación. Yo recordaba que, la noche a la que había aludido Marina, yo le había comido el coño, así que si iba a devolverme el favor... Pero aún así, seguía sin creérmelo.
Entonces lo noté, su deliciosa lengüita se posó sobre mi enfebrecido pene y lo chupó por completo, recorriéndolo desde la base hasta la punta. Casi me corro. Me costó Dios y ayuda serenarme, resoplando con los ojos cerrados, excitado a más no poder.
¿Te gusta? – la voz de Marina surgió de bajo las sábanas.
¡SÍ! – respondí rápidamente - ¡No te pares!
Vaaaaaaaale – respondió juguetona mi hermana.
Mi polla fue agitada bajo las sábanas, de forma que la punta golpeó un par de veces contra la barbilla de Marina, como hace uno cuando se pone pensativo con un lápiz entre las manos. Aquello era lo máximo.
O eso pensaba yo hasta que por fin, la boquita de mi hermana engulló la punta de mi torturado cipote. Un súbito éxtasis se apoderó de mí, escuché las trompetas celestiales, había alcanzado el culmen del conquistador, después de aquello, cualquier experiencia me sabría a poco. Como ven, mi cerebro desbarraba y alucinaba, pero créanme cuando les digo que aquello era la ostia.
La boquita de Marina fue deslizándose sobre el tronco hasta engullirlo por completo, quedándose quieta unos segundos, con toda la polla enterrada en la garganta. Después volvió a sacarla lentamente, deslizando sus labios de nuevo sobre él, esta vez en sentido contrario. Cuando estuvo casi toda fuera, su lengua jugueteó con la punta, produciéndome deliciosas cosquillas.
¿Qué te parece? ¿Lo hago bien? – escuché su voz.
¡Joder! – respondí con un hilo de voz - ¡Ya lo creo!
Estupendo.
Y volvió a engullir la verga. Yo, sin pensar en que tenía la boca llena, le pregunté jadeando:
¿Dónde has aprendido?
Con desgana, Marina tuvo que volver a separarse de su juguetito, pues, como chica bien educada, respondía siempre que la interrogaban.
Brigitte me explicó cómo se hacía – dijo simplemente.
¿CÓMO? – exclamé alucinado.
Ya sabes – dijo Marina sin dejar de pajear suavemente mi instrumento – Brigitte, la doncella de tía Laura.
No puedo creerlo – dije anonadado.
Verás, después de nuestro... incidente la noche de la gripe, decidí que lo mejor era hacerte caso y pasarlo bien.
Me alegro – dije yo.
No te creas, al principio pensé en buscarme a alguien por ahí, para darte una lección.
Uy, uy, uy – pensé.
Pero entonces escuché una conversación entre Brigitte y Vito, en la que la muy zorra contaba cómo se había acostado contigo en su dormitorio.
¡Ah, ya! – dije - Sigue, sigue, no te pares.
Marina, a la que yo no podía ver porque seguía bajo las sábanas, dijo juguetona.
¿Que siga? ¿Con qué? ¿Con la historia o... con esto?
Mientras hablaba, pajeó violentamente mi polla, arrancándome un fuerte gemido de placer. Durante un segundo, no pude pensar en nada, sintiendo tan sólo cómo mi pene era deliciosamente estrujado.
Co... con la historia – acerté a decir – Lo otro sigue haciéndolo despacito, que ya acabarás luego.
Vaaaale – contestó Marina bajo las sábanas, mientras volvía a propinarle un nuevo lametón a mi pene, lo que hizo que las rodillas me temblaran.
Tra.... tranquila – musité
Bueno, por dónde iba. ¡Ah, sí! Pues eso – continuó Marina – Brigitte decía lo increíble que eras, que nunca se lo habían hecho así...
¿En serio? – exclamé súbitamente orgulloso.
Pues sí. Y además dijo que eras un auténtico caballero, que la habías tratado con dulzura, haciendo que ella lo pasara bien, sin preocuparte sólo de ti y no sé cuantas cosas más.
Madre mía.
Marina alzó entonces las sábanas con una mano. Yo miré bajo ellas y la vi, allí entre mis muslos, con mi polla enarbolada con una mano mientras me miraba con aire de suficiencia.
Sí, a mí también me sorprendió mucho. Con lo mal que me habías tratado a mí... – dijo.
¿Mal? ¿Qué te hice yo de malo?
Su rostro se enfadó ligeramente.
¿Cómo que qué? ¿Te parece poco lo que me hiciste? Primero tú y Marta os burlasteis de mí en el coche, luego en la cocina, me asaltaste en mi cuarto, después en el tuyo... ¡Y estoy segura de que me olvido cosas!
Pero lo pasaste bien... – dije en voz susurrante.
Ella me miró un segundo y por fin, sonrió.
La verdad es que sí – dijo.
Agachó entonces la cabeza, dispuesta a engullir de nuevo mi aparato, pero yo, tontamente, la detuve.
¡Espera! ¡Espera! ¿Y cuándo hablaste con Brigitte?
¡Ah! – dijo mi hermana alzando de nuevo el cuello – Hace dos semanas más o menos. Justo antes del desagradable incidente con Marta en la escalera.
Ya. Ya noté que entonces andabas un poco... alocada.
Bueno sí. ¿Y qué?
No, nada. Que os pasasteis las dos un montón.
¿Yo? – dijo Marina indignada, apretando con fuerza sobre mi polla.
¡Vale! ¡Vale! – exclamé yo – Continúa por favor.
Pues un día me acerqué a Brigitte en el salón y se lo pregunté.
¿Así, de sopetón? Oye, Brigitte – la imité - ¿Podrías decirme cómo se chupa una polla?
No, tonto... - rió mi hermana – Hablamos un rato y yo fui desviando la conversación... hasta que le dije que sabía que se acostaba contigo, y que tenía que explicarme ciertas cosas.
Ya comprendo. ¿Y qué te dijo ella?
Marina me miró un segundo.
¡Ay, hijo! ¿Y qué más da? ¿No prefieres que te demuestre lo que me enseñó?
Y sin tardar un segundo, su boca volvió a tragarse son voracidad mi polla, dejándome con la palabra en la boca. Marina dejó caer la sábana de nuevo, quedando tapada por completo. Parecía haberse molestado porque yo deseara hablar en vez de que me la chupara, pero lo que ella no comprendía aún (por ser tan inexperta) es que el simple hecho de oírla hablar de esos temas ya resultaba excitante para mí, y para la mamada... siempre había tiempo.
En fin, que no había más remedio que dejar que me la chupara. En el fondo yo no quería, pero daba tanta pereza resistirse que... decidí dejar que la chica disfrutara, así que cruzando las manos tras mi cuello, me apoyé en el respaldo de la cama , separando bien las piernas para que la chica jugase cuanto quisiera y cerrando los ojos para notarla bien (espero que hayan notado el tono irónico).
Yo disfrutaba como un enano, se notaba que la chica aún tenía cosas que aprender, pero con aquel entusiasmo y energía, se convertiría en una auténtica maestra en poco tiempo. Sus labios se deslizaban con rapidez sobre mi polla, en un ritmo óptimo, pero yo echaba de menos un poco más de acción por parte de su lengua, pero en fin, en aquel momento yo no la hubiera cambiado ni por la mejor mamadora del mundo.
Abrí los ojos y miré hacia abajo. El observar aquel bulto bajo las sábanas, que se agitaba entre mis piernas chupándome la polla, era de lo más erótico. El no ver, puede superar en muchas ocasiones el ver, os lo aseguro. Cerré de nuevo los ojos, para disfrutar al máximo de la situación.
¡Joder! ¡Qué maravilla! – pensé – Despertarse así es lo mejor de la vida.
Seguimos así unos minutos, sin hablar, escuchando tan sólo el sonido de mis jadeos y los chupetones que Marina me propinaba. Estaba en la gloria. Entonces, no sé muy bien por qué, abrí los ojos y miré hacia un lado. Y se desató el cataclismo. Junto a la cama, mirándome con los ojos en llamas, estaba mi prima Marta.
¡OH, DIOS! – exclamé aterrado.
Te gusta, ¿eh? – contestó Marina bajo las sábanas, sacándose la polla de la boca un segundo.
Marta, enfurecida, agarró las sábanas y las arrancó de un tirón, apareciendo mi hermana, acurrucada entre mis piernas, engullendo mi erección con deleite. Sorprendida, Marina alzó la vista, parpadeando un poco por la súbita luz, pues sus ojos, al permanecer tanto rato bajo las sábanas, se habían acostumbrado a la oscuridad.
¡TÚ! – exclamó al distinguir por fin a Marta.
¡SÍ, YO, PEDAZO DE ZORRA! – gritó mi prima.
¡Ay, Dios mío! – pensé yo.
Consciente de lo que se avecinaba, me interpuse rápidamente entre las dos mujeres, arrodillándome en el colchón frente a Marta. Obviamente, al estar desnudo de cintura para abajo, mi polla bambolante quedó apuntando hacia mi prima, lo que la enfureció todavía más.
¡Aparta eso de mí! – gritó dándole un manotazo a mi instrumento.
A lo largo de mi vida, muchas han sido las mujeres que me han abofeteado, pero os juro que Marta fue la única que se lo hizo a mi miembro. La polla, ante el golpe, se agitó hacia los lados, lo que puso frenética a Martita.
¿Quieres taparte eso? – aulló.
Sí, claro, perdona – contesté aturrullado.
Miré aturdido a mi alrededor, en busca de los pantalones de mi pijama. Estaban en el suelo, donde Marina los había tirado. Bajé de la cama y los cogí, poniéndomelos con torpeza. Obviamente, aquello no ocultaba mi terrible erección, pero al menos, no iba con ella al aire.
Me volví y me encontré con aquellas dos fieras, mirándose furibundas, sin decir nada. Marina se había sentado al borde de la cama, con los pies en el suelo, justo enfrente de su prima. La tensión entre ellas podía palparse, yo estaba muy nervioso por lo que pudiera pasar, hasta que de pronto, Martita dio el primer paso.
Eres una puta – dijo con voz sorprendentemente serena.
¿Yo? – respondió Marina – Pues anda que tú. Yo todavía no he hecho nada, pero tú te lo has follado un montón de veces.
¿Nada? – exclamó Marta con el rostro cada vez más encendido - ¿Llamas nada a chuparle la polla a tu propio hermano?
¿Y qué? Tú también habrás hecho lo mismo, y se trata de tu primo. No hay tanta diferencia.
¡YO JAMÁS HE HECHO ESO! ¡NUNCA HE HECHO NADA CON... CON LA BOCA! –aulló Marta.
Marina miró hacia mí un segundo y añadió:
¿De verdad? ¿Nunca se la has chupado?
¡NO!
Pues tú te lo pierdes. Sabe muy bien y a Oscar le encanta cómo se lo hago. ¿Verdad hermanito?
Tierra trágame – pensé mientras las contemplaba anonadado, sin decir nada.
Las dos chicas me miraban fijamente, una con el rostro contraído por la ira, la otra... con una extraña expresión divertida.
Yo... no... – acerté a balbucear.
¿Ves? – continuó Marina aprovechando mi confusión – No lo niega. Además mira cómo la tiene todavía, se le nota que estaba disfrutando.
Al decir esto, señaló con la cabeza mi tremenda erección, que formaba un notorio bulto en el pijama. Mi mente podía estar preocupada, pero mi libido...
Y ahora vete, por favor, Oscar y yo estábamos pasando un rato muy agradable hasta que viniste a molestar – dijo mi hermana.
¡PUTA! – aulló Marta abalanzándose sobre su prima.
Marina, que se lo esperaba, logró sujetar a Marta por las muñecas, cayendo ambas sobre la cama en un confuso montón.
Aunque suene raro, aquel repentino arranque de violencia sirvió para serenar mi mente. Lo vi todo más claro. Estaba más que harto de aquella situación. Había otras mujeres que no me proporcionarían tantos problemas. Yo era el único culpable de aquella situación. Había destruido una hermosa amistad entre dos chicas y no iba a consentir que aquello siguiera así.
Decidido, me dirigí hacia una mesita de lectura que había junto a la ventana, totalmente ajeno a la pelea entre las dos gatas. Agarré un jarrón con flores que había sobre ella y, con fuerza, lo estampé contra la pared.
El súbito impacto sobresaltó a las dos chicas, que asustadas, alzaron la vista hacia mí, permaneciendo todavía una sobre la otra, en su afán de sacarse los ojos mutuamente. Percibí cómo las dos leyeron en mi mirada que estaba profundamente enfadado, y aquello sirvió para calmarlas. Muy despacio, Marta se quitó de encima de su prima, y las dos se sentaron en el colchón, observándome.
Fuera – dije con voz firme.
¿Cómo? – dijo Marina.
Que os vayáis. No quiero saber nada de ninguna de las dos. Se acabó.
Pe...pero... – intentó decir mi hermana.
Pero nada. Largaos – dije señalando la puerta.
Marta mostraba una expresión anonadada, pero Marina aún pensaba que yo no iba en serio. Zalamera, se puso en pié y caminó contoneándose hacia mi. Puso entonces una mano en mi hombro, mientras apretaba su torso contra mí. Su otra mano se colocó en mi pecho y, lentamente, fue acariciándolo deslizándose hacia abajo.
Vamos, no seas tonto – susurró sensualmente – Espera un segundo y terminaré lo que te estaba haciendo.
Su mera cercanía me enervaba, pero logré controlarme y mantenerme firme. Sujeté su mano y la aparté de mí.
No. Se acabó. He dicho que os marchéis. Fuera de aquí las dos.
En el rostro de mi hermana se dibujó una expresión de profunda sorpresa. Por fin comprendía que yo no bromeaba.
Pe... pero... No puede ser. Después de todo lo que me has hecho, de todo lo que me has hecho hacer – balbuceó.
Me da igual. No soporto veros así. Se acabó – dije apartando la mirada de ella.
¡ERES UN CABRÓN! – aulló Marina.
La miré y vi que había lágrimas en sus ojos. Algo avergonzado, desvié la mirada, sólo para encontrarme con que Marta también lloraba sentada en mi cama. Pero no dejé que me conmovieran. Inflexible, aunque algo afectado, me limité a señalarles la puerta. Marta, sin decir nada, se levantó y caminó con rapidez hasta la salida, dejando la puerta abierta tras de si. Marina aún intentó encandilarme de nuevo, abrazándose a mí con fuerza, pero yo la aparté, decidido.
Por fin, viendo que yo no iba a cambiar de parecer, Marina se marchó. Recogió primero su chal y sus zapatillas, poniéndoselas de nuevo, y después me dirigió una mirada orgullosa y enfadada, pero también dolida, lo que me conmovió mucho. Pero me mantuve en mis trece. Un rato de placer no justificaba la destrucción de la amistad entre aquellas dos chicas. Era consciente de que quizás era tarde para solucionar los problemas entre ellas, pero si al menos se eliminaba la causa de la discordia... Así que decidí borrarme de la ecuación. Nunca más intentaría nada con mi prima ni con mi hermana. Punto y final.
Permanecí de pié en mi cuarto unos minutos más, pensando en lo sucedido y en lo duro que iba a ser apartarme de aquellas dos bellezas. Pero qué se le iba a hacer, era todo culpa mía, así que lo justo era que padeciese algún castigo.
Fue entonces cuando un pinchazo en mi torturado miembro me hizo recordar el estado en que me encontraba. Miré hacia abajo para constatar que mi erección, a pesar de todo lo acontecido, no había disminuido en absoluto. Mi picha se había quedado a medias, y ella no entendía de relaciones de amistad, sólo quería coño.
Pues qué le voy a hacer – dije acariciándome distraídamente el miembro por encima del pijama – Tendré que buscarme a otra.
Y entonces fue como si mis plegarias hubieran sido escuchadas. Alguien llamó a la puerta, y yo, sobresaltado, pregunté:
¿Quién es?
Soy yo, señorito, Tomasa. Venía a ver si ya se había levantado, para hacerle la cama.
Me extrañó mucho su presencia, pues normalmente mi madre se encargaba de enviar a las criadas a nuestros dormitorios, y siempre lo hacía tras comprobar ella misma que nos habíamos levantado. Entonces me acordé. ¡Claro! ¡Era domingo! Mis padres habían estado comentando durante la semana que el domingo iban a bajar al pueblo a hacer una visita, y el abuelo y tía Laura iban a acompañarlos. ¿Cómo había podido olvidarme?
Eso explicaba muchas cosas. La ausencia de los adultos le había brindado a Marina la oportunidad de colarse en mi cuarto, sin riesgo de ser descubierta; seguro que llevaba tiempo pensando en el plan. Y por lo visto, Marta había pensado en lo mismo.
Sacudí la cabeza para aclararme las ideas. Bueno, en aquellos momentos precisaba de una mujer, y tras la puerta disponía de una que estaba bien buena. Además, se trataba de una chica todavía no catada por mí. La cosa mejoraba.
¿Señorito? – la voz de Tomasa volvió a sonar, extrañada de que yo tardara tanto en contestar.
Rápidamente, me acerqué a la puerta y la abrí, encontrándome con Tomasa, que dio un pequeño respingo de sorpresa. Necesitaba un poco de tiempo para pensar, así que le dije:
Sí, claro, Tomasa. Ya estoy levantado. Mira, ve haciendo la cama que yo voy a lavarme.
Sí, señorito.
Me aparté hacia un lado, dejándola pasar, procurando mantenerme ligeramente tapado por la puerta, para que ella no viera mi bulto. Una vez hubo entrado, salí yo al pasillo, precipitándome rápidamente en el baño de enfrente.
Más tranquilo, procedí a lavarme la cara y a asearme un poco, mientras pensaba en la más conveniente estrategia para atacar a Tomasa. Una vez decidido y bien peinado, salí de nuevo al pasillo, todavía en pijama, pues no me había acordado de coger ropa limpia cuando salí de mi dormitorio.
Procurando no hacer ruido, entré en mi habitación, esperando encontrar a Tomasa haciendo la cama. Mi sorpresa fue grande al encontrarme el cuarto totalmente desierto y la cama sin hacer. ¿Dónde coño se había metido aquella muchacha? La respuesta llegó pocos segundos después.
¡Ah! Señorito. Ya está usted aquí – dijo Tomasa desde la puerta, a mis espaldas.
Me di la vuelta y me encontré con que la criada portaba unos trapos y una escoba.
Verá – dijo tímidamente – Es que he visto que se ha roto un jarrón y he ido a por trapos para limpiarlo.
¡Ah! Claro, claro. Sí, lo rompí antes. Choqué con la mesa y se cayó.
No se preocupe. Yo lo recogeré todo.
Me aparté un poco y Tomasa fue hasta los restos del jarrón. Empezó a barrer los cristales, mientras yo la miraba tratando de encontrar el momento adecuado para atacar.
Oye, Tomasa – dije mientras cerraba distraídamente la puerta, echando el cerrojo.
¿Por qué cierra la puerta? – dijo ella extrañada.
¡Oh! Es que voy a cambiarme. Y no estaría bien que alguien pasara por el pasillo y me viera medio desnudo ¿verdad?
Sí, claro. Me marcho. Volveré después entonces.
No, no, Tomasa. No hace falta. No me importa que te quedes.
Pero, eso no puede ser señorito. Será mejor que venga ahora después – dijo dirigiéndose a la puerta.
Aquella mañana no estaba demasiado habilidoso, si no, seguro que se me habría ocurrido alguna manera mejor de retenerla en el cuarto. Pero con todo lo que había pasado con Marta y Marina, andaba un poco despistado. Así que no se me ocurrió otra cosa que usar mis galones.
Espera Tomasa – dije secamente.
Dígame señorito.
Vamos a ver. Yo soy el hijo de tus jefes ¿verdad?
Sí, claro – respondió la chica.
Eso me convierte en tu jefe.
Sí, señorito.
Pues entonces, te ordeno que sigas con lo que estaba haciendo. Ya te he dicho que no me molesta que estés aquí, así que no te vayas.
Pero es que... No está bien...
Lo único que tienes que hacer es no mirarme mientras me cambio, así no estaremos haciendo nada malo.
Muy confundida por lo que acababa de decirle, la pobre Tomasa, que no destacaba por su inteligencia precisamente, no supo ni qué decir. Así que, encogiéndose de hombros, volvió a empuñar la escoba para recoger los cristales, procurando mantenerse de espaldas a mí.
Bueno, ya había dado el primer paso. Ahora debía continuar, pero mi mente no daba para mucho aquella mañana, así que decidí ser muy directo.
Fui hasta mi armario, de donde saqué la ropa que pensaba ponerme aquel día y la dejé sobre la cama. Sentándome sobre el colchón, me quité el pijama, quedando completamente desnudo, mirando pensativo la espalda de la chica.
Ella había terminado de barrer, pero aún tenía que limpiar el suelo, así que, ni corta ni perezosa, se arrodilló sobre el piso con trapos en las manos, para recoger el agua del jarrón y quitar las manchas. Quedó así a cuatro patas, su trasero moviéndose tentador mientras su dueña frotaba y frotaba.
Me acaricié despacio el miembro, pues éste, por fin, había perdido un poco de vigor; pero el simple hecho de pensar en clavarse en Tomasa, bastó para enardecerlo de nuevo.
Tomasa – dije cuando estuve trempado del todo.
¿Sí, señorito? – respondió ella sin volverse.
Ven aquí. Siéntate a mi lado.
Pero... ¿Ya se ha vestido?
Tomasa volvió un poco la cabeza, lo justo para comprobar que yo estaba en pelotas. Rápidamente, volvió a mirar al frente, para evitar ver mi desnudez.
Si... si está usted desnudo – balbuceó la chica.
No seas tonta – la amonesté yo – Ven aquí te digo. Quiero preguntarte una cosa.
No... No está bien, señorito. No puedo.
Venga, Tomasa, por favor – insistía yo – Necesito saber una cosa.
Bueno. Dígamela. Pero no me pida que vaya junto a usted.
¿Y por qué no?
Po... porque está usted desnudo.
¿Y qué?
Pu... pues que no está bien.
Pero Tomasa, si no me miras no podrás contestar a mi pregunta.
¿Por qué?
Mira, Tomasa. Lo que yo quiero saber es si soy... normal.
No... no le entiendo.
Quiero decir que no sé si... si mi pito es normal.
El cuerpo de Tomasa se tensó visiblemente. Estaba muy nerviosa y no sabía cómo escapar de esa situación. El hijo de sus jefes estaba acosándola, pero ella, acostumbrada a ser acosada, no sabía cómo esquivar ese tipo de situaciones.
¿A qué se refiere? – acertó a decir.
Pues eso... Que quiero saber si está bien de grande, de forma y todo eso, ya sabes – dije yo.
Pero yo no sé...
Venga, Tomasa, no me mientas. Una chica tan preciosa como tú habrá visto muchas...
¡Señorito! – exclamó sorprendida – Yo nunca...
¿Cómo que nunca? No me mientas Tomasa... – dije en tono serio.
Bueno...
Vamos, chica, que no te estoy preguntando por tus novios. Eres libre de hacer lo que quieras en tu vida privada. Sólo te estoy pidiendo que me ayudes un poco. Recuerda que yo te ayudé el día del bicho – dije rememorando anteriores experiencias.
Como no se decidía, me levanté y la rodeé para situarme frente a ella. Como seguía de rodillas en el suelo, mi polla iba a quedar justo frente a ella, como yo quería, pero Tomasa lo evitó girándose bruscamente y apartándose de mí. Entonces soltó una exclamación de dolor.
¡Ay! – gritó - ¡Mi rodilla!
Aquello no me lo esperaba. La chica se dejó caer en el suelo, sentándose, mientras sus manos abrazaban su rodilla izquierda.
¿Qué ha pasado? – pregunté alarmado - ¿Estás bien?
Me he clavado algo en la rodilla – dijo Tomasa – Me duele.
Espera. Deja que te ayude.
Tomándola por los brazos, la ayudé a levantarse, dejándola sentada sobre el colchón. Yo estaba auténticamente preocupado por ella, sobre todo cuando vi que su vestido tenía un agujero a la altura de la rodilla y aparecían manchas de sangre sobre él.
Sin pensar, me arrodillé frente a ella y levanté con cuidado el borde de su falda. No piensen mal, sólo unos centímetros, lo justo para descubrir la rodilla herida.
Efectivamente, se había clavado un cristal. Al barrer, un trocito del jarrón, del tamaño de una moneda le había pasado desapercibido, con tan mala fortuna que había ido a clavárselo. El cristal aún permanecía en la herida, pero no parecía nada grave.
Espera un segundo – dije – Voy a ir a por una gasa y yodo para curarte.
Alcé la vista y miré a Tomasa, comprobando sorprendido que evitaba mirarme, con las mejillas completamente arreboladas. Me di cuenta entonces de que aún seguía desnudo, con la polla dando botes a su aire.
Señorito, por favor... – logró decir Tomasa.
¡Oh, perdón! – dije yo avergonzado – Espera aquí un segundo ¿de acuerdo?
Azorado de verdad por ser tan insensible, me puse a toda velocidad el pantalón del pijama. Salí al pasillo y fui al baño, de donde tomé lo necesario para una pequeña cura.
Regresé junto a Tomasa, cerrando la puerta de mi dormitorio, pero esta vez, me olvidé de correr el cerrojo.
Ya estoy aquí - le dije arrodillándome frente a ella – Estira la pierna.
La chica obedeció, y yo coloqué su pie en mi regazo. Volví a levantarle el borde de la falda, descubriendo la herida, y procedí a quitarle el trocito de cristal, con lo que brotó un poco de sangre de la herida, lo que provocó un ligero sollozo en la chica.
Perdona – le dije - ¿Te duele?
Un poco – respondió Tomasa.
Empapé una gasa en alcohol, para desinfectar, y la apliqué directamente en el corte. Aquello le escoció a Tomasa, pues pegó un auténtico salto en el colchón, mientras se quejaba.
Pero aquel saltito tuvo un inesperado y estupendo efecto. Su falda, que yo había recogido por encima de sus rodillas, se le subió todavía más, dejando al descubierto sus piernas hasta medio muslo. Mis ojos quedaron prendados de sus magníficas cachas, haciéndome recordar de nuevo el por qué estábamos allí. Más sereno una vez recobrado mi objetivo, terminé de limpiarle con cuidado el corte.
Lo sequé después con otra gasa, comprobando que era bastante pequeño, un par de centímetros como máximo. Con delicadeza, unté la herida con yodo, usando otra gasa para ello, pero mi atención no estaba en lo que estaba haciendo, sino que mis ojos estaban fijos en el triángulo de oscuridad que el borde de la falda formaba sobre los muslos de la chica, dentro del cual se escondía el tesoro que yo codiciaba.
Ya está – dijo entonces Tomasa, rompiendo el encanto.
No, espera – respondí yo – Aún no se ha secado.
Acerqué entonces mi cara a su rodilla, y dulcemente, comencé a soplar sobre ella, para que el yodo secara más rápido. Desde esa postura, mis ojos buscaban con avidez poder ver por debajo de la falda de la criada, pero la ropa no se le había subido lo suficiente, lo que era enloquecedor.
Déjelo – dijo Tomasa, visiblemente nerviosa – Ya se secará solo.
No seas tonta – respondí yo sin dejar de soplar – Si te manchas el vestido de yodo además de sangre te va a costar mucho más limpiarlo.
Sin respuesta, la chica se dejó hacer, aunque se removía inquieta en su asiento. Yo sostenía su pierna con una mano en su tobillo y la otra bajo su rodilla herida. Con habilidad, comencé a acariciarla dulcemente en ambos puntos, de forma muy ligera, para que no pudiera protestar.
¿Te duele? – le pregunté.
No. Pero pica un poco.
Espera. Te daré un masaje y verás como se te quita.
Posé entonces mis manos de forma más decidida en su pantorrilla, y comencé a deslizarlas sobre ella, acariciando su tersa piel.
El zapato me molesta un poco – susurré.
Sin esperar respuesta, descalcé el pié de la chica y comencé a masajearlo. Se notaba que le gustaba, pues sus protestas habían desaparecido. Mis dedos se deslizaban hábiles sobre su pierna, pero yo me mostraba todavía cauto, temeroso de estropearlo, así que, cuando mis manos llegaban a su rodilla, se detenían y volvían a deslizarse hacia abajo, como si aquella fuera la frontera entre lo apropiado y lo prohibido.
Pero claro, yo no iba a aguantar así eternamente, así que tras un par de minutos de casto masaje, comencé a envalentonarme poco a poco. Como quiera que la chica no protestaba, mis dedos comenzaron a rodear la rodilla herida cuando la alcanzaban, pasando a acariciar el delicioso muslo de Tomasa, llegando un poco más arriba cada vez que subía.
En pocos minutos, mis manos amasaban decididamente su cacha, alcanzando por fin el borde de la ropa, empujándolo disimuladamente cada vez un poco más arriba. Tomasa hizo un último intento de resistencia, tratando de evitar que su falda subiera demasiado, pero yo leía en lo agitado de su respiración y en el brillo de su mirada que ya estaba dispuesta a no marcharse de allí sin follar.
Shissssst. Relájate – susurré – Déjame a mí y lo pasarás como nunca.
Ella me miró unos segundos, indecisa, así que yo, acercándome un poco más a ella, la empujé suavemente hacia atrás.
Tranquila. Túmbate y déjame hacer a mí.
Tomasa, rendida, se dejó caer hacia atrás, quedando por completo a mi merced. Sin perder un segundo, le subí la falda hasta la cintura, descubriendo así unas tremendas bragas marrones, última barrera antes de alcanzar mi deseado objetivo.
Ahhhh – gimió Tomasa cuando una de mis manos se posó sobre sus bragas.
Comencé a acariciar sensualmente su entrepierna por encima de la ropa interior, sintiendo cómo ésta se mojaba cada vez más por los fluidos que la hembra comenzaba a derramar. Aún por encima de las bragas, comencé a describir con un dedo el contorno del coño de Tomasa, de forma que su espléndido chocho quedó dibujado sobre la empapada prenda. Mi dedo se deslizaba por su raja, arrancándole gemidos de placer, pero sin tocarla directamente todavía.
El aroma a sudor y a hembra excitada inundó el cuarto, enardeciéndome más. Era un olor fuerte, penetrante, pues Tomasa se ponía realmente al rojo vivo.
Su cuerpo se retorcía excitado, sintiendo y disfrutando mis caricias al máximo. Entonces, noté como la chica estiraba la pierna herida, que aún reposaba sobre mi regazo, y su pié desnudo fue a posarse directamente sobre mi erección, acariciándola por encima del pijama.
Un estremecimiento recorrió mi cuerpo ante la inesperada caricia. La verdad es que me gustaba el modo en que Tomasa me sobaba la polla con el pié, apretando o deslizándolo sobre ella con habilidad. Pensé en cómo de bueno iba a ser aquel polvo, pues si la chica era tan mañosa con un pié, qué sería capaz de hacer con lo demás...
Decidí que ya era hora de contemplar su escondido tesoro, así que agarré el borde de sus bragas con las manos y tiré. La ropa se deslizó lentamente, y pude notar cómo la tela se iba despegando de los hinchados labios de aquel coño, pues al estar tan mojados, las bragas habían quedado adheridas. Esto hizo que Tomasa se retorciera aún más, gimiendo y jadeando cachondísima.
Una vez libre de las bragas, el olor de aquel chocho llegó hasta mí mucho más intenso, más vivo y aquello me puso como loco. Sin perder un segundo, me liberé de la pierna que estrujaba mi erección y me situé de rodillas entre sus muslos. Agarrándola por las caderas, tiré del cuerpo de Tomasa hacia mí, deslizándola sobre el colchón, de forma que su coño quedó justo al borde, con los pies apoyados en el suelo. Y me zambullí.
Mi boca se precipitó contra la raja de la chica, comenzando a comer, a chupar y a tragar con furia inusitada. Estaba buenísimo, el sabor era incluso un poco dulce, la naturaleza había dotado a aquella mujer de un coño realmente delicioso. Y yo me lo comí entero.
Lo hice con fuerza, con intensidad, nada de lentas caricias ni delicados lametoncitos, lo que hice fue devorarlo. Mi lengua se hundía con velocidad en la raja, lamiendo los deliciosos jugos de la hembra, mis dedos, acariciaban y exploraban por todas partes, hundiéndose con violencia en el coño de la criada.
¡AAAAAH! ¡ASÍ, ASÍIIIIII, SEÑORITOOOOOOOO! – aullaba Tomasa.
Entonces se colocó en una postura muy extraña. Recogió las piernas, y doblando muchísimo las rodillas, las atrajo hacia si sujetándolas con las manos y separando al máximo los muslos. De esta forma su coño se abría enormemente, permitiéndome comérmelo hasta el fondo.
Tomasa se corrió, violenta y salvajemente. Su coño derramaba jugos como una fuente, que se deslizaban por su raja y mojaban mi cama. Yo chupaba todo lo que podía, pero era demasiado. Y todo esto lo hizo sin cambiar de postura, abriéndose de piernas al máximo, tan sólo basculando lateralmente sobre la espalda.
Yo ya no sabía cómo sujetarla para poder seguir disfrutando de su jugoso chocho, así que pensé que lo mejor era dejarla a su aire, así que dejé de tratar de mantenerla quieta y la dejé contonearse, mientras mi boca, adherida a su coño, se movía al compás de los espasmos de la chica.
Tres dedos tenía bien hundidos en el coño cuando decidí explorar otra vías, así que hábilmente, llevé mi otra mano hasta su entrada trasera, que fue penetrada por mi dedo índice hasta el fondo. Y Tomasa se corrió de nuevo.
¿QUÉ HACES? ¡NOOOOOOOO! ¡POR AHÍ NOOOOO! ¡SÁCALO, SÁCALOOOOOO!
Y una mierda lo iba a sacar. El orgasmo fue devastador, la chica balbuceaba en arameo mientras su coño vomitaba deliciosos líquidos. Yo podría haber seguido comiendo y chupando hasta el fin del mundo, pero entonces noté el sordo lamento de mis pelotas, deseosas de liberar su carga.
A regañadientes, me separé de aquella maravilla de la naturaleza y me puse en pié, bajándome los pantalones del pijama hasta los tobillos, liberando así mi coloradísimo capullo. Tomasa, al notar que me separaba, abrió los ojos y me buscó ansiosamente con la mirada.
¿Adónde vas? – jadeó – Sigue, vamos ¡SIGUE!
Mientras decía esto, movió las caderas hacia los lados, manteniendo aún sus muslos bien abiertos con sus manos, ofreciéndome su coño en bandeja. Pero yo ya no quería chupar, ahora era el turno de follar, así que me abalancé sobre ella, y allí, justo al borde de mi cama, se la clavé de un buen empujón.
¡UAAAHHHHHH! ¡SEÑORITO! ¡SÍIIIIIIIIIIIII! ¡FÓLLEME! ¡FÓLLEMEEEEEE!
Mi verga suspiró aliviada al hundirse en aquel mar caliente, se deslizaba y chapoteaba de manera increíble, sintiendo cómo aquel coño apretaba sobre él. Tomasa sabía lo que hacía. Los músculos de su vagina estaban bien entrenados, así que era capaz de ceñir enormemente mi polla, aunque yo sabía que allí dentro cabría la de un caballo.
Pero qué mas daba. ¡Me la estaba follando! Hundí el rostro entre sus tetas, aún cubiertas por la ropa, aunque esta situación duró poco tiempo, pues Tomasa, liberando por fin sus piernas, llevó sus manos hasta los botones de su vestido, y de un tirón, los abrió, arrancando un par de ellos. Yo me había incorporado un poco, para dejarla abrirse el vestido, y contemplé atónito cómo las dos formidables montañas de Tomasa aparecían ante mí, enfundadas en un enorme sujetador.
Deseoso de prenderme de aquellas domingas, tironeé inútilmente del sostén, tratando de abrirlo, pero por desgracia, el broche estaba por detrás, y Tomasa no parecía estar muy por la labor de parar de follar para quitárselo. Enfadado, traté ahora simplemente de apartarlo a un lado, para liberar las tetas de su encierro, pero el sostén era de varillas, con alambres y no podía hacerlo.
Medio loco, lo sujeté entonces por el centro, justo en el punto en que las dos copas del sujetador se unen y tiré con fuerza.
Se escuchó el sonido de la tela al rasgarse y las copas del sujetador escaparon de entre mis dedos, liberando por fin a sus cautivas. ¡Qué par de tetas! Impresionantes en verdad, gordas, jugosas, enormes, con dos pezones preciosos, erectos, apetecibles.
¡CABRÓN! – aulló Tomasa - ¡ME HAS ROTO EL SUJETADOR!
Pero sus protestas se apagaron en el momento en que mis labios se apoderaron de uno de sus magníficos pezones y mis caderas redoblaron el esfuerzo entre sus muslos.
¡ASÍ, SEÑORITO, ASÍ! ¡FÓLLEME! ¡FÓLLESE A SU TOMASAAAAAAA!
De acuerdo. Así lo hice. Enloquecido, bombeé y bombeé, empujé y empujé, como un émbolo humano hundido entre los muslos de la chica. ¡Dios, fue fantástico! Uno de los polvos más salvajes que he echado en mi vida. Aquella mujer era increíble, ¡cómo follaba! Sería un poco tonta, pero en la cama ¡era un genio!
A ese ritmo yo no podía aguantar demasiado, así que pronto comencé a notar que me corría. Y cosa increíble, sin yo decir nada, Tomasa también lo notó. Súbitamente, puso las manos en mi pecho y me empujó a un lado, librándose de mí. Como una fiera, hizo que me tumbara esta vez yo al borde del colchón, en la misma postura que ella ocupara minutos antes, con el culo justo al borde y los pies en el suelo.
Se arrodilló entre mis piernas, haciéndome pensar en una mamada, pero ella tenía otra cosa en mente. Agarrándome la polla, la colocó entre sus dos tetas y comenzó a administrarme una espléndida cubana, que yo no fui capaz de soportar ni 15 segundos. Mi polla explotó en una salvaje corrida, disparando leche a través del tubo que formaban sus tetazas sobre ella. El semen surgía de entre sus tetas, manchándole el pecho y el cuello, mientras ella no paraba de agitarlas sobre mi pene. Fue una corrida fantástica.
Por fin, derramé la últimas gotas entre aquellos dos melones, y Tomasa me liberó. Jadeante, me incorporé un sobre los codos, mirando a Tomasa, con el pecho pringoso de mi leche, que se deslizaba lentamente hacia abajo en gruesos goterones, dejando rastros pringosos sobre su piel. ¡Qué zorra!
Deseaba descansar unos segundos antes de volver al ataque, pero ese no era el deseo de la chica. Sin darme ni un segundo de respiro, se abalanzó sobre mi cansado pene y de un tirón, lo engulló por completo, a pesar de que no estaba erecto.
Fue como si me aplicaran un calambrazo. ¡Qué buena era! Sin sacársela ni un milímetro de la boca, era capaz de estimularme y acariciarme, usando tan sólo su lengua y el interior de su boca. Mi polla comenzó rápidamente a recuperar su tamaño, hundida en aquella húmeda cueva, pero antes de que se hubiera empalmado por completo, Tomasa la sacó de su boca, dedicándose entonces a mis huevos.
Repitió el proceso de engullir por entero, pero esta vez con la bolsa de las pelotas. Se metió mi escroto en la boca, jugueteando con la lengua entre mis bolas. Fue la ostia, nunca me lo habían hecho. Mientras los chupaba, me agarró la polla con una mano y empezó a pajearla, con lo que estuve listo en menos de un minuto.
Una vez que estuvo de nuevo bien dura, Tomasa, sin decir nada, me soltó, volviéndose a subir a la cama, con una sonrisa lujuriosa en los labios. Su expresión parecía decir "De aquí no sales vivo chaval. Te voy a follar hasta dejarte seco", y yo no podía estar más de acuerdo.
Se colocó entonces a cuatro patas sobre el colchón, dejando su pecho totalmente pegado a la cama. De esta forma, su culo quedaba en pompa, ofreciéndose descarado. Sin perder un segundo, me arrodillé tras ella, dispuesto a encularla con presteza, pero al notar mis maniobras, Tomasa me detuvo.
No, señorito. Por ahí luego, ahora quiero que me lo haga desde atrás.
Mientras decía esto, agitó graciosamente el trasero hacia los lados, ofreciéndome su chorreante coño. Yo, desde luego no iba a protestar por el cambio de planes, así que me situé en posición y se la clavé en el chocho desde atrás, mientras ambos dábamos un profundo suspiro de placer.
Así, así, muy bien. Ahora despacito, fólleme – dijo Tomasa.
Y así lo hice. Con delicadeza esta vez, eché el culo para atrás y empujé de nuevo, adoptando esta vez un ritmo de follada mucho más relajado. Era espléndido el echar un casquete tranquilito después de tanta lujuria y desenfreno, y en pocos minutos, los dos jadeábamos y resoplábamos encantados por el magnífico polvete del que estábamos disfrutando.
¡Ah! ¡Así! ¡Así! ¡Por ahí! – gemía Tomasa.
Yo, con las manos apoyadas en sus caderas, dirigía los movimientos de su trasero, que no se estaba quieto, mientras mi culo no paraba de bombear, pero a un ritmo descansado, lejos del frenesí de antes. Sé que le provoqué un buen par de orgasmos a la criadita, pero nada tan fuerte ni devastador como los previos.
Pero todo lo bueno se acaba, y aquello, que no era bueno sino fantástico, terminó de la forma más catastrófica.
¡SANTA MARÍA MADRE DE DIOS! – gritó una voz indignada - ¿SE PUEDE SABER QUÉ ESTÁIS HACIENDO?
Sobresaltados, Tomasa y yo alzamos la vista, encontrándonos con María, el ama de llaves, que había entrado inesperadamente en la habitación.
María se abalanzó sobre nosotros como una fiera, con una mano alzada como si fuera a golpearnos. Tomasa, asustadísima, trató de librarse de mí, pero en ese momento yo la tenía bien clavada, así que lo que logró fue que los dos cayéramos de costado sobre la cama, con mi polla aún enterrada en la chica. Y eso no fue lo peor, la súbita interrupción se había producido justo cuando yo estaba a punto de acabar, y aquellos últimos movimientos de Tomasa tratando de liberarse de mí desataron lo inevitable.
Mi polla salió de su funda en el preciso instante en que estallaba mi orgasmo, y un grueso pegote de semen salió disparado, yendo a estrellarse precisamente en la cara de la enojada María, frenándola en seco.
Tomasa y yo estábamos petrificados, contemplando con los ojos cómo platos cómo el goterón chorreaba por la cara de la temible ama de llaves, pero mi polla no entendía de esas cosas, así que aún realizó algunos disparos más, que también fueron a parar sobre la enojada mujer, esta vez sobre su falda.
¡Dios mío! – dijo Tomasa tapándose el rostro con las sábanas.
Yo... Lo... Lo siento – acerté a decir.
María me fulminó con la mirada. Sacó un pañuelo de un bolsillo y limpió los restos de semen de su rostro, olvidándose de las demás manchas. Si las miradas matasen, habría caído fulminado en aquel instante, pero aún así, asustadísimo, no pude dejar de pensar en lo guapa que era María.
El impacto de la corrida parecía haber tenido la virtud de serenar al ama de llaves. Con voz calmada dijo:
Vestíos enseguida. Hay que arreglar este cuarto. Tú vete al cuarto de estudios y espera allí. Y tú – dirigiéndose a Tomasa – Ya puedes recoger tus cosas. Estás despedida.
Ante estas palabras, una Tomasa llorosa surgió de bajo las sábanas. Sollozando suplicó clemencia a una inflexible María.
Por favor, señorita María. No me despida, por favor. Si me echa no sabré qué hacer.
Eso no es asunto mío. ¿Qué crees que debo hacer contigo después de lo que has hecho? ¿Qué pensabas, que podías dedicarte a hacer guarradas con un crío y que no iba a pasarte nada?
Por favor – sollozaba la pobre Tomasa.
Deja de llorar – dijo secamente María – Me molestas. Yo soy la jefa de los criados en esta casa. He querido librarme de ti por incompetente en numerosas ocasiones, pero no me han dejado. Pero esta vez te has pasado de la raya. Vete.
Mientras las dos mujeres hablaban, yo me había ido vistiendo disimuladamente. Me sentía fatal, pues todo aquello era culpa mía. Era una situación nueva para mí; nunca me había parado a pensar en el daño que podía causar mi lujuria a otras personas, pero allí estaba la prueba palpable de que las cosas no eran tan sencillas como yo creía. Una pobre muchacha estaba a punto de perder su empleo por haberse dejado enredar en mis maquiavélicos planes.
María – dije con tono asustado – Por favor, no despidas a Tomasa. Todo ha sido culpa mía. Yo la engañé para hacer esto.
Tomasa me dirigió una mirada de intenso agradecimiento, aunque las lágrimas seguían resbalando por su rostro. Me dio mucha lástima.
¿Y qué? – dijo María insensible – Ella ya debería saber que los hombres pensáis más con la entrepierna que con el cerebro, especialmente los niñatos consentidos como tú. Eso no es excusa. Además, no parecía especialmente molesta por lo que le estabas haciendo.
María, por favor. No la despidas. Si hay que castigar a alguien, que sea a mí – insistí.
¡Ah! Por eso no te preocupes, estoy seguro de que tus padres sabrán encontrarte un castigo adecuado, pero esa no es tarea mía. Pero sí es mi responsabilidad que entre los miembros del servicio no haya putas como esta. ¡Acostándote con un crío! Si tuvieras un mínimo de vergüenza te vestirías ya de una vez y te marcharías de aquí volando.
Tomasa, llorando como una plañidera, había comenzado a vestirse. Se puso como pudo la ropa, aunque el vestido no le cerraba por delante por faltarle algunos botones, y como yo le había roto el sujetador, sus enormes pechos asomaban por el escote, aunque la chica hacía todo lo posible por mantenerlo cerrado.
María, no seas así – dije tratando de parecer razonable – Esto no tiene tanta importancia. Ha sido sólo una tontería. Compréndelo, estoy en la edad en que sólo pienso en mujeres, y me he aprovechado de ella. No dejes que mi comportamiento la perjudique a ella.
Mira niño – dijo María enfadada – Si crees que el hecho de que tú seas un criajo salido justifica que esta zorra te haya dejado hacer lo que quieras, estás muy equivocado. Mientras yo sea el ama de llaves de esta casa, no toleraré semejante comportamiento. Me han contratado para dirigir la buena marcha de esta casa, y eso no incluye que haya zorras tirándose al hijo de los dueños. ¡Y tú deja de gimotear, maldita sea!
Tomasa, seguía llorando desesperada. Tratando de implorar clemencia, cayó de rodillas frente e la insensible María, y juntando sus manos como si rezara, suplicó una vez más. Pero lo que consiguió fue que, al soltar los bordes de su vestido, éste se abriera nuevamente, con lo que sus formidables melones surgieron de nuevo orgullosos.
¡Tápate ya, desvergonzada! – aulló María - ¡Te he dicho que recojas tus cosas! ¡Si no lo haces, te echaré yo misma a la calle y tiraré todas tus porquerías a la basura!
Tomasa aún intentó una última súplica, prendiendo una de sus manos de la falda de María, mientras la otra mantenía cerrado su vestido. Pero el ama de llaves era inconmovible. Con una intensa mirada de furia, apartó la mano de Tomasa de un manotazo y después, abofeteó a la criada con fuerza, cortando de raíz el llanto de la chica.
¡María! – exclamé yo indignado.
¿Qué? – respondió ella con los ojos echando chispas - ¡Ya estoy harta de tanto gimoteo! ¡Esta furcia ni siquiera tiene el suficiente orgullo para aceptar el castigo! Si no estás preparado para la pena, ¡no cometas la falta!
¡Pues tú bien que cometes la misma falta! – aullé yo aludiendo a los conocidos encuentros de María con el abuelo.
En cuanto esas palabras salieron de mi boca, fui consciente de haber metido la pata hasta el fondo.
¿CÓMO? – me gritó María a la cara - ¿De qué demonios estás hablando? ¿Insinúas que yo me comporto como esta... perra?
No, María, perdona – dije aturrullado – No quería decir nada de eso, es sólo que...
Oscar, vete al despacho de tu abuelo – dijo con sequedad - Ahora. Cuando vuelvan tus padres se lo contaré todo y ya veremos lo que opinan ellos de esto. Y tú, márchate. No quiero volverte a ver en esta casa jamás.
Tomasa, algo más calmada y resignada tras el bofetón recibido, se levantó del suelo y salió de la habitación sin decir nada. La marca rojiza en su cara hizo que la sangre me hirviera en las venas. Yo ya sabía que María era una mujer muy dura y antipática, pero aquello superaba todo lo que hubiera imaginado. ¡Era un demonio insensible! Y además, sabiendo yo que ella también se acostaba con mi abuelo, ¿cómo podía hacerle eso a la pobre chica por algo que ella también hacía? Interiormente deseé que mi abuelo regresara pronto, pues pensaba que él lo arreglaría todo, como siempre, pero no fue así.
Un par de horas después, yo todavía esperaba sentado en el despacho del abuelo, dándole vueltas y más vueltas a lo sucedido. Un intenso sentimiento de odio se había despertado en mí, enfadándome cada vez más con María. Yo aún era muy joven, y aunque en el fondo sabía que yo era el culpable, no podía evitar sentir que la responsable de todo era aquella maldita mujer. Y quería venganza.
Cuando por fin se abrió la puerta, yo me puse en pié de un salto, enfrentándome así a mis padres y al abuelo que, acompañados por María, entraron en la habitación. Yo miré ansiosamente al abuelo en busca de apoyo, pero la seria expresión de su rostro me hizo comprender que la cosa no iba bien.
Todos tenían una expresión de reproche en el rostro, menos María que me miraba con ¿triunfo?, ¿desprecio? No estoy muy seguro.
Papá, mamá... Yo... – dije inseguro.
Cállate – me interrumpió mi madre – Será mejor que te calles.
Y yo obedecí, claro, mirando al suelo avergonzado.
María – dijo entonces el abuelo – Déjenos a solas. Tenemos que charlar con mi nieto.
Claro, señor – dijo la mujer – Me marcho.
Y salió, cerrando la puerta tras de si, dirigiéndome una última mirada orgullosa.
Pero, ¿cómo has podido? – dijo mi padre en cuanto se cerró la puerta – Si eres sólo un niño. ¡Con la criada! ¿Es que te has vuelto loco?
Lo siento – dije compungido.
¡Pues claro que lo sientes! ¡Maldito niño! Te juro que jamás he estado tan tentado de darte una buena azotaina.
¡Ernesto! – lo interrumpió mi madre - ¡Ni se te ocurra decir eso!
Vamos, Leonor – respondió papá - Ya sabes que no voy a pegarle. Aunque se lo merezca.
Yo estaba al borde de las lágrimas. Como todo niño, había protagonizado numerosas trastadas a lo largo de mis doce años, cabreando frecuentemente a mis padres. Pero nunca los había visto tan enfadados, especialmente a papá, que habitualmente era el primero en reír mis travesuras. Pero ese día estaba muy enojado, y con razón.
Siguió a esto una larga charla, en la que me vi obligado a explicar lo sucedido. Me costó Dios y ayuda inventar una historia que tuviera pies y cabeza, contando que Tomasa me atraía desde hacía mucho, y que últimamente pensaba continuamente en mujeres, por lo que la había engañado para satisfacer mis deseos, y que como la chica era un poco tonta ("Tomasa, perdóname" – pensé), lo había logrado.
Mi madre y mi abuelo, conocedores de muchas de mis andanzas, no se estaban creyendo ni una sola palabra, pero no podían decir nada. Así pues, toda la actuación estaba destinada a mi padre, el cual ni siquiera se imaginaba lo activo, sexualmente hablando, que era su hijito.
Mi padre estaba muy enojado, y no paraba de repetirme lo estúpido que yo era y lo mucho que lo había decepcionado. Estuvimos así un rato, hasta que recordó que yo no estaba solo en mi dormitorio.
¿Y Tomasa? – dijo entonces - ¿Cómo habrá podido esa maldita puta acostarse con un niño?
Papá yo... – balbuceé – Ya te he dicho que no es culpa de ella...
Ya, claro – respondió él secamente – Ella no tiene culpa de nada. Seguro que ni se dio cuenta de cuando se la metiste, ni de que te la estabas follando. ¡Pobrecita! ¡Está tan despistada!
El oír a mi padre emplear aquel lenguaje soez me asustó más que nada hasta aquel momento. Fue entonces cuando comprendí que nada de lo que yo dijera iba a cambiar la situación, pues si mi padre, el hombre más tranquilo y sosegado del mundo, perdía los papeles de esa manera delante de su hijo, era porque su enfado llegaba a límites absolutamente insospechados.
Ernesto, cálmate – intervino mi madre – No es necesario ser grosero.
Sí, sí, tienes razón – respondió papá – Será mejor que me calme.
Se dirigió entonces a una mesita anexa donde había una jarra de agua y se sirvió un vaso, que bebió sin respirar. Alzó entonces la mirada, posándola sobre mí, y dando un suspiro dijo:
Bueno, María ya se ha encargado de esa golfa, pero ¿qué hacemos con Oscar? – dijo papá dirigiéndose a mi madre.
En ese momento, todos los presentes tenían sus ojos clavados en mí. Yo deseaba hacerme lo más pequeño posible, hasta desaparecer de la vista de mi familia y poder escapar de allí. Me sentía absolutamente derrotado y avergonzado, no sabía ni qué decir.
Bueno... – dijo ella – Está claro que hay que darle un buen escarmiento. Pongamos que tres meses castigado sin salir, con clases dobles todos los días.
¿Tres meses? – aullé aterrado.
Cállate, amiguito – dijo mi madre con tono sereno – No te conviene hablar mucho en este momento.
Exacto – corroboró mi padre – Y a mí tres meses me parece poco tiempo.
¡Dios! ¡Tres meses! Yo había estado castigado en otras ocasiones, pero nunca más de ocho o nueve días seguidos. Pero les aseguro que se convertían en un auténtico tormento, pues el castigo que mamá suministraba consistía básicamente en obligarme a recibir clases durante todo el día, las mías propias por las mañanas y compartiendo las de las chicas por la tarde. Además, se me prohibía salir de la casa para jugar o acompañar a Antonio, o ir a la escuela de equitación. Y compréndanme, en aquellos tiempos, sin televisión, sin ordenadores, sin equipos de música, etc, era muy difícil entretenerse sin poder salir de casa.
Bueno, creo que os estáis pasando un poco – intervino entonces mi abuelo, haciendo aparecer un tímido rayo de esperanza.
¿Cómo dices? – dijo mi padre sorprendido - ¿Que nos estamos pasando? ¡Ah, claro! Conociéndote supongo que para ti no supone nada el acostarse con una criada, pero ¡Oscar es sólo un niño!
Mi abuelo lo miró fijamente unos segundos antes de continuar.
Te entiendo perfectamente Ernesto. Oscar ha cometido una falta grave – dijo mirándome – Pero míralo fríamente, es sólo un chico que está creciendo, y en este momento las chicas ocupan hasta el último rincón de su mente.
Ya, en eso ha salido a ti – respondió mi padre secamente.
Los dos hombres se quedaron mirándose unos segundos y yo pensé que se iban a pelear, lo que me angustió más todavía. ¡Menudo follón había organizado!
Oscar – dijo entonces mi madre – Vete a tu cuarto y quédate allí. De momento estás castigado sin almorzar. Luego pasaré a verte y te diré lo que hemos decidido.
Pero... – dije.
Ahora, Oscar – dijo mi madre, inflexible.
No era conveniente cabrearles todavía más, así que, resignado, me dirigí a la puerta. La abrí y antes de salir dije solamente:
Lo siento.
Salí al pasillo, cerrando la puerta tras de mí, sintiéndome profundamente cansado y abatido. Miré hacia un lado y ¡sorpresa!, me encontré con Marta y Andrea, mis primas, que habían estado inequívocamente espiando lo que sucedía en el salón.
Hola – dije en tono pesaroso.
Hola – respondió Andrea con voz insegura, y Marta no dijo nada.
Mis primas me miraban fijamente. En el rostro de Marta se adivinaba perfectamente el enfado que aún sentía hacia mí, acrecentado por el incidente con Tomasa, pero en el de Andrea lo que se leía era simple sorpresa.
Y es que ella era de las pocas personas de la casa que no tenían conocimiento de mis lúbricas actividades. Así que Andrea acababa de descubrir que su querido primito, el mismo que la había salvado de las garras de Ramón y que tan caballeroso y atento se comportaba últimamente, era en realidad un sátiro que andaba zascandileando por los cuartos con las criadas.
Te lo mereces – dijo repentinamente Marta, y dándose la vuelta, se marchó.
Andrea la miró sorprendida y se volvió de nuevo hacia mí. Se rió entonces un poco, como diciendo "mira tú el crío éste", y sin decir nada, se fue tras los pasos de su hermana.
Yo, deprimido, arrastré los pies hasta mi cuarto, derrumbándome sobre mi cama, que alguien había hecho. Agotado y aturdido por los acontecimientos de la mañana, me quedé dormido sobre la colcha.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que mi madre vino a despertarme. Me incorporé, sentándome en la cama, y mi madre se sentó sobre el colchón, a mi lado. Me miró unos segundos y dijo:
No sé qué voy a hacer contigo.
Nos quedamos callados unos segundos. Yo no sabía qué decir, así que sólo pude pedir perdón.
Lo siento – dije.
No te creo – dijo ella para mi sorpresa.
¿Cómo?
Que no creo que lo sientas.
Yo la miré, confuso. No sabía de qué estaba hablando. Cómo podía decir mi madre que yo no lamentaba lo sucedido, cuando me sentía tan mal que tenía ganas de morirme.
Mamá – dije – Te equivocas. Sí que lo siento. Estoy hecho polvo, de verdad. Haré cualquier cosa para que no despidan a Tomasa.
No me refiero a que no sientas el mal que has causado. Sé que eres un buen chico, y que no pretendías crearle problemas a nadie. Me refiero a que no sientes lo que has hecho. No consideras que esté mal el haberte acostado con Tomasa.
Pero...
¡Por Dios, Oscar! ¡Si hasta te has acostado con tu madre!
Me dejó sin palabras.
¿Entiendes lo que quiero decirte? Te estás haciendo mayor, Oscar, y eso trae consigo un aumento de las responsabilidades. Debes hacerte cargo de lo que haces y de sus consecuencias. Tienes que darte cuenta de que cualquier cosa que hagas en esta vida, produce un efecto que puede afectar a los que te rodean. La vida no se trata tan sólo de satisfacer los deseos de uno mismo, hay que pensar también en los demás. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
Creo que sí – respondí.
Te digo esto porque quiero que comprendas que si estoy enfadada no es porque te hayas acostado con Tomasa, sino porque te has aprovechado de ella, para pasarlo bien, sin pensar en que eso podía perjudicarla. No pensaste en que si os pillaban, a ti no iba a pasarte nada malo, pues no vamos a echarte de casa ni nada de eso, pero ella en cambio...
Ya te entiendo – dije yo; sentía ganas de llorar.
Me alegro de que lo entiendas, cariño. Ya te dije en su momento que el sexo no tiene nada de malo. Pero no puedes dedicarte a acosar a todas las mujeres que te rodean sin pensar en las consecuencias. Hoy te han descubierto acostándote con una, y probablemente, te ha pillado la persona menos oportuna de todas, pero piensa que podrían haberte pasado cosas mucho peores.
¿Como cual?
¡¿Como cual?! – exclamó mi madre - ¡Un embarazo, por ejemplo! Imagina que dejas preñada a una criada. Entonces ¿qué hacemos? Claro, el abuelo tiene dinero y podríamos arreglarlo todo para tapar el escándalo, pero ¿qué sería de la pobre chica?
Ya – dije apesadumbrado.
Es por eso que tu padre se ha enfadado tanto, Oscar. Mira, él también fue joven y comprende que te interesen tanto las mujeres. Pero él opina que la imagen es muy importante, y que manchar el honor de la familia con un suceso como este...
Lo siento...
No aguanté más y me eché a llorar. No olviden que a pesar de todas mis andanzas yo era todavía muy joven y aquel día había sido más de lo que podía soportar. Por mi culpa, una buena chica había perdido su empleo, había enfadado a mis padres, a mi abuelo... La había hecho buena.
Vamos, vamos, no llores – dijo mi madre abrazándome y acariciándome el pelo.
Nos quedamos así unos minutos, mi madre consolándome mientras yo dejaba escapar la tensión acumulada. Me hizo bien el llorar, el liberar las emociones contenidas durante todo el día.
Poco a poco fui calmándome y recobrando la compostura. Me aparté de mi madre y me froté los ojos, limpiándolos de lágrimas.
Toma – dijo mamá alargándome un pañuelo.
Yo lo cogí y me sequé con él.
¿Estás mejor? – preguntó.
Yo sólo asentí con la cabeza, algo avergonzado por haberme portado como un niño.
Bien – continuó ella – Bueno, Oscar, ahora vamos a hablar de tu castigo.
De acuerdo – dije.
Hemos estado hablando tu abuelo, tu padre y yo durante bastante rato, y al final hemos decidido que serán dos meses en lugar de tres.
Me da igual – dije apesadumbrado.
No dirás lo mismo dentro de un mes – dijo mi madre esbozando una sonrisa – Bueno, ahora me marcho. Dentro de un rato te llamaré para cenar, aunque durante el castigo, olvídate del postre.
No tengo hambre.
¿En serio? – dijo ella divertida.
La verdad era que después de no haber comido al mediodía, tenía tanta hambre como un león a régimen de rosquillas.
No – dije con sinceridad – Sí que tengo hambre, pero mamá...
¿Si?
¿Podría comer en mi cuarto?
¿Por qué? – dijo ella.
Es que... no me siento con fuerzas para sentarme en la mesa con todo el mundo.
Te da vergüenza ¿eh?
Sí.
Pues te aguantas. Eso formará parte de tu castigo.
Y se fue.
No voy a aburrirles con los detalles de la cena, las caras largas y los reproches paternos que siguieron, pues al fin y al cabo, éste es un relato de mis andanzas sexuales, pero sí es preciso que les cuente un poco de lo que sucedió durante el periodo del castigo. Sigan leyendo.
Algunos quizás piensen que después de todo el castigo no fue tan grave, y a priori parecería que no les falta razón, pero déjenme que profundice un poco más en el tema.
Verán, al castigarme, mis padres no me impidieron tan sólo salir por ahí a jugar o relajarme; pusieron una barrera insalvable en materia de sexo. Me explico.
Está bastante claro que la vía con Marta y Marina se había estancado por completo. Ellas estaban muy enfadadas conmigo y no querían saber nada de mí, y yo, al menos al principio, opinaba lo mismo de ellas, así que nada de sexo por ese lado.
No había problema. En la casa había un buen grupito de criadas lujuriosas, a las que ya había logrado seducir de un modo u otro, así que, aunque no pudiera salir de casa, diversión no me iba a faltar... Pues de eso nada.
Sucedió que las chicas, tras el desgraciado incidente con Tomasa, sintieron un miedo terrible a que les pasara lo mismo (cosa bastante lógica por cierto). A todas les gustaba hacérselo conmigo, pero no estaban dispuestas a arriesgarse ahora que sabían lo que les podía pasar si las pillaban. Ninguna estaba dispuesta a perder su empleo, por mucho que las atrajera la idea de echar un increíble polvo conmigo.
Y a todo esto se unía el hecho de que al no poder salir de casa, no podía ir ni siquiera a la escuela de equitación a dar clase, con lo que muchas tiernas jovencitas de la zona mantuvieron a salvo su virtud de mis insidiosos manejos.
Imagínense; me había acostumbrado a ser el gallo del gallinero; gracias a mi don, había conseguido seducir a todas las mujeres que se me habían antojado, había logrado satisfacer todos mis deseos y los suyos, mis más locas fantasías, y de pronto, me veía de nuevo abocado a la vida de un niño normal, estudiar, leer, portarse bien... y cascármela como loco.
En toda mi vida no me he hecho más pajas que en esa época. Era enloquecedor estar rodeado de tantísimas bellezas y no poder tirarle los tejos a ninguna, pues aunque yo lo intentaba (vaya si lo intentaba), ellas salían despavoridas en cuanto me acercaba, impidiéndome así desplegar mi encanto.
Y a todo esto se unía que mi madre no me quitaba ojo de encima. Conocedora de lo que yo era capaz, decidió que me convenía recibir una buena lección, así que me mantenía bajo estrecha vigilancia, con lo que las posibilidades con las criadas pasaban de ser pocas a inexistentes.
Las dos primeras semanas las aguanté bastante bien, pero después era como un mono en celo. Bastaba cualquier detalle para desquiciarme, el revuelo de una falda, el aroma de una chica, un botón mal abrochado... y la imaginación se me disparaba, produciéndome dolorosas erecciones que debía esforzarme en ocultar. Me pasaba gran tiempo en el baño, aliviándome como mejor podía, pero nunca me quedaba satisfecho ¿quién podría estarlo? Si tienes a tu alcance el néctar y la ambrosía ¿quién se conforma con un pedazo de pan? Sí, quita el hambre pero...
Los días me parecían eternos. Por las mañanas, clase con Dickie, bastante frecuentadas por mi astuta mamá, para impedirme así recibir lecciones más interesantes. Por la tarde, de nuevo clase, sentado en una mesa aparte, haciendo ejercicios mientras Marina y mis primas atendían a Dickie y me ignoraban por completo.
Yo las observaba a escondidas, cada vez más embrutecido, olvidado ya por completo el enfado hacia ellas. Pero las chicas no me habían perdonado y no me dirigían la palabra. Bueno, algo bueno sí salió de todo esto, y es que, tras haberme peleado con las dos chicas, ellas parecían haber retomado su antigua amistad, y volvía vérselas juntas a todas horas. En muchas ocasiones las sorprendí conversando mientras me miraban, hablando de mí sin duda, pero cuando me acercaba a hablar con ellas, se marchaban enfadadas.
Con la única que podía hablar era con Andrea. Ella siempre parecía divertida en mi presencia, sorprendida aún por haber averiguado lo sinvergüenza que era en realidad su primito. Me miraba como si no creyera que aquel simpático niño, al que siempre había hecho rabiar y que tan frecuentes enfados le había producido, fuera en realidad un obseso sexual semejante. Apuesto a que todo aquel episodio la distrajo de sus preocupaciones, ayudándola así a olvidarse de Ramón.
Tras pasar un mes de castigo yo ya no podía más, estaba que me subía por las paredes. Afortunadamente, mi aspecto triste y apagado logró conmover a Dickie, la cual, muy satisfecha con los tratamientos que yo le había aplicado en el pasado, decidió arriesgarse para aliviarme un poco.
Lo que hacía era, durante las clases matutinas, sentarse a mi lado en la mesa camilla que yo usaba como pupitre, cubriéndonos las piernas a ambos con el paño y hacerme una paja (para el que no lo sepa, una mesa camilla es una mesa redonda normal, tapada con un tapete largo, que llega hasta el suelo; en invierno se coloca bajo ella un brasero y la gente que se sienta junto a ella se cubre con el paño, acercando los pies al brasero, lo que es una manera estupenda de quitarse el frío).
Así que, en cuanto mi madre hacía una de sus visitas a la clase, aprovechábamos el intervalo de tiempo hasta la siguiente. Ella se colocaba a mi lado y liberaba a mi entristecida polla de su encierro, comenzando a cascármela con su habilidad acostumbrada bajo el tapete. No era lo mismo que follar, claro, pero desde luego era muchísimo mejor que aliviarme solo. Las primeras veces no aguanté ni dos minutos en correrme, pero a medida que pasaban los días (y las pajas) comenzaba a aguantar más, logrando disfrutar así de los magníficos pajotes que la institutriz me propinaba.
Además, me permitía que la sobara un poco por encima de la ropa, acariciando sus firmes melones y sus tremendas cachas, pero no me dejaba desnudarla ni meterle mano bajo la falda, pues si mi madre venía, nos pillaría seguro con las manos en la masa (y nunca mejor dicho).
De hecho, esto ocurrió en varias ocasiones; mi madre venía a vigilarnos, pero la formidable sangre fría de Dickie impedía que nos pillaran. Ella simulaba estar explicándome algo en la libreta y, tranquilamente, seguía con sus manejos bajo el mantel. En esas situaciones, el corazón amenazaba con salírseme del pecho, pero Dickie parecía disfrutar bastante con aquello.
Estoy seguro de que mi madre sabía que allí pasaba algo raro, pero nunca dijo nada, no sé si porque apreciaba a Dickie o porque sabía que si no obtenía algo de alivio de vez en cuando, su querido hijito reventaría.
¡Bendita Dickie! Sin ella, el castigo habría sido devastador, pero gracias a su ayuda, lo fui sobrellevando más o menos.
Una vez obtenido un poco de alivio, mi mente se serenó un poco. Dedicaba muchas horas a pensar, y por supuesto, el tema principal era lo sucedido con María y con Tomasa. Me devanaba los sesos tratando de idear un plan que me permitiera devolverle a la pobre chica su empleo, pues me sentía muy culpable (y con razón) por lo sucedido; pero para ello había un obstáculo insalvable: María.
Yo estaba bastante seguro de que, de no ser por esa maldita puta, conseguiría convencer al abuelo de que readmitiera a Tomasa (de hecho, seguro que él también estaba deseándolo). Él podría ocuparse de mi madre y ella a su vez de papá, con lo que Tomasa recuperaría su trabajo y las criadas volverían a confiar en mí.
Porque lo peor de todo era saber que, si no hallaba una solución, cuando el castigo acabara la situación variaría muy poco. Sí, tendría acceso a la escuela de equitación, a Noelia y las demás alumnas, pero las criadas seguirían rehuyéndome, lo que iba a ser bastante duro.
Pero a todo esto se unía algo más. Deseaba VENGANZA. Desde el día en que arruinó mi vida, María se pavoneaba delante de mí como si fuera una reina, mirándome con su sonrisilla de desprecio cada vez que nos cruzábamos, lo que me ponía frenético.
Pero, ¡qué buena estaba! El saber que ella era en realidad una zorra de cuidado, a la que mi abuelo se beneficiaba cada vez que quería, me cabreaba (y excitaba) más todavía. Necesitaba hacer algo, pero no se me ocurría el qué.
Pensé que si conseguía sorprenderla in fraganti con el abuelo, podría amenazarla con contárselo a mis padres, poniendo así la situación de mi lado, pero eso pondría en un aprieto también al abuelo. Decidí que lo mejor era consultarlo con él, a ver qué le parecía, así que fui a verle a su despacho.
Entonces descubrí que él tenía sus propios planes en mente.
O sea, que quieres sorprenderla haciéndoselo conmigo para poder chantajearla - dijo mi abuelo tras escuchar toda mi historia.
Más o menos - asentí yo.
Bueno, bueno – dijo el reclinándose en su sillón – No me parece mala idea darle una pequeña lección a María. Últimamente se da unos aires...
Sí, se cree la reina de la casa. Y en realidad es más puta que todas las demás juntas – dije airadamente.
Sí, eso es verdad – dijo el abuelo con voz enigmática.
Se quedó callado unos segundos, pensando. Encendió entonces su pipa, pues cuando yo entré al despacho estaba cargándola. Dio un par de bocanadas y exhaló una bocanada de humo, volviendo a clavar sus ojos en mí.
Oscar, voy a contarte algunas cosas relativas a María, pero júrame que lo que te cuente no saldrá de entre estas cuatro paredes.
Te doy mi palabra – respondí sin dudar.
Bien. Escúchame. María es una mujer... muy compleja.
No te entiendo.
Calla y escucha – me reprendió – Verás, es la mujer más mujer que jamás he conocido.
¿Cómo?
No sé explicártelo mejor. Mira, es atractiva...
Ya lo creo – asentí.
...Inteligente, astuta, elegante, educada, fría, calculadora, mentirosa, sensual...
¡Jo, abuelo! – le interrumpí – No sé si te gusta o si la odias.
Me gusta, me gusta... – dijo él – Y además la respeto.
Pero te acuestas con ella.
Sí, pero con ella es diferente.
¿Diferente?
Verás, a las demás las seduzco, las engaño, les doy lo que quieren o lo que necesitan, pero con ella... es como si María fuese capaz de leer a través de mis trucos de seducción, como si supiese en cada momento lo que en realidad persigo. Siento que jamás he sido capaz de seducirla, y si me acuesto con ella, es porque ella así lo quiere. Y eso es todo un desafío para mí.
Creo que te entiendo – dije dubitativo.
Mira, Oscar, si tuviese que deshacerme de todas las mujeres menos de una, creo que la elegiría a ella.
¿No estarás enamorado? – pregunté asombrado.
Mi pregunta pareció sorprender al abuelo, pues tardó unos segundos en contestar.
Es curioso, nunca había pensado en ello – dijo – Pero no creo que sea eso, no.
Bueno – dije yo – Pero, ¿adónde quieres llegar?
Lo que quiero decir es que no permitiré de ninguna manera que perjudiques a María. No me importa lo que haga, no pienso permitir que se marche de esta casa. Por eso tuve que dejarla que despidiera a Tomasa, pues amenazó con largarse si se discutía su autoridad como ama de llaves y jefa del servicio.
Comprendo – dije yo – Y es por eso que se siente tan segura últimamente. Abuelo, le otorgaste un poder dentro de la casa que ella no dudará en utilizar.
Lo sé, lo sé – dijo él – Por eso estoy de acuerdo en que es necesario pararle los pies.
Pues no veo cómo.
Escucha atentamente – dijo el abuelo con tono misterioso – María, como ya he dicho, es muy inteligente.
Ya, ya.
Y es por esto que ella ha trazado sus planes.
¿Sus planes? ¿Cuales?
Eso es algo que no te incumbe. Y no debe preocuparte. Sólo debes saber que ella piensa que me tiene engañado, pero no es así. Así que si quieres chantajearla, no debes amenazarla con contarle nada a tus padres, debes hacerle creer que vas a contármelo a mí.
Entiendo – dije yo – Ella quiere obtener algo de ti, pero para lograrlo tú debes creer que es muy buena chica. Así que si la amenazo con contarte que en realidad no es tan buena, lograré tenerla en la palma de mi mano, bajándole así los humos ¿no?
Siempre he dicho que eras muy inteligente – dijo mi abuelo sonriendo.
Pero, ¿con qué la amenazo? Tú mismo has dicho que es muy lista y su comportamiento, si exceptuamos sus aventurillas contigo, es intachable.
Ahí es donde te equivocas, hijo mío. Su comportamiento no es intachable en absoluto.
No te entiendo – dije confuso.
Verás, María tiene un pequeño defecto... un punto débil, por llamarlo de alguna forma.
¿Cuál? – exclamé, súbitamente interesado.
Le encanta follar.
Vale, ¿y qué? Eso ya lo sabía.
No, de eso nada. Tú sabías que se lo hace conmigo.
Las implicaciones de esa frase aparecieron en mi mente, con lo que una sonrisilla maliciosa se fue formando en mis labios.
O sea, que se acuesta con alguien más – sentencié.
Más bien con varios más. La chica aprovecha bien sus días de descanso.
Y ella cree que tú no lo sabes – continué razonando.
Exacto.
O sea, que sólo tengo que sorprenderla con uno de sus amantes y será mía.
Correcto. Ella no querría que yo me enterara de sus escarceos por nada del mundo.
Bueno, pero ¿cómo me las arreglo para seguirla al pueblo? ¡Uf!, además tendré que esperar a que me levanten el castigo.
Eso no será necesario – dijo el abuelo.
¿Cómo? – exclamé sorprendido.
Uno de sus amantes vive en esta misma casa...
¡¿QUÉ?!
Lo que oyes.
Pero, ¿quién?
Nicolás – concluyó el abuelo.
¿NICOLÁS?
Sí.
¡Dios mío! ¡No puedo creerlo! ¡El bueno de Nicolás se beneficia a María! ¡No tenía ni idea!
Y no sólo a ella.
¿CÓMO? – exclamé atónito.
Varias de las otras criadas también han pasado por sus manos.
Pero, ¿cómo? Creía que sólo nosotros teníamos el don. Nicolás no es un hombre demasiado atractivo...
Digamos... que tiene un don diferente al nuestro – dijo el abuelo, riendo.
¿A qué te refieres?
Ya lo descubrirás.
¡Madre mía! ¡Menuda sorpresa! ¿Y tú, cómo es que lo permites?
Y, ¿por qué no habría de permitirlo? Las mujeres que trabajan aquí no son de mi propiedad. Son muy libres de hacer lo que quieran, siempre que guarden las debidas formas, y como verás, Nicolás es bastante discreto.
Desde luego. Yo no sospechaba nada.
Además, Oscar, mantener a tanta hembra lujuriosa en la casa es bastante cansado. Nicolás me descarga de parte del trabajo, manteniendo entre los dos bien satisfechas a las mujeres del servicio. Ya no soy tan joven como antes.
Y ahora te ayudo yo también ¿no? – dije maliciosamente.
¡Exacto! – rió mi abuelo – Pero últimamente, no demasiado ¿eh?
No – dije yo muy serio.
Tranquilo, chico. Ya pronto podrás volver a las andadas.
¡Eso espero!
Y los dos nos echamos a reír.
Todavía no me creo que Nicolás esté hecho todo un Don Juan.
Pues ya ves. Tú lo has conocido ya de mayor, pero cuando éramos jóvenes, nos corrimos buenas juergas juntos. Algún día te contaré algunas historias.
Estupendo – dije yo, aunque mi mente estaba más puesta en otra cosa – Entonces, ¿cómo lo hacemos? Habrá que hablar con Nicolás ¿no?
No. Prefiero que no se entere – dijo el abuelo.
¿Cómo?
Mira, a él no le gusta que se sepan estas cosas. Se moriría de vergüenza si supiera que tú conoces su secreto.
¿Y qué hago?
Mira. No es muy extraño que yo le interrogue sobre si va a recibir alguna visita femenina. Entiéndelo, no me gusta ir por la noche al cuarto de una de las chicas y descubrir que está vacío.
O demasiado lleno – tercié yo.
Exacto – dijo el abuelo sonriendo.
¿Y entonces?
Pues en cuanto me entere de que va a tener faena con María, yo te aviso, y tú te las apañas para sorprenderla in fraganti. Pero que Nicolás no se entere ¿eh?
De acuerdo.
Bastará con que la esperes fuera del cuarto de Nicolás. Como son tan discretos, ella nunca pasa la noche en su cuarto. María siempre actúa igual. La noche en que le apetece marcha, espera a que yo vaya a hacer una de mis visitas nocturnas. Si resulta que no voy a su cuarto, sale sigilosamente y va al de Nicolás, con el que ya ha quedado citada por la tarde.
Para no presentarse en su dormitorio y encontrarse allí con otra de las criadas – concluí yo.
Precisamente. Y como Nicolás es tan discreto, María sabe que no se lo va a contar a nadie, aunque ignora que entre Nico y yo no hay secretos.
Ya veo. Oye, ¿y las demás chicas qué? ¿Saben lo de María?
No. Si así fuera no le tendrían tanto respeto.
Miedo querrás decir – dije yo.
Bueno, sí – admitió el abuelo – De hecho, es posible que ni siquiera sepan que no son las únicas que disfrutan del "don" de Nicolás.
¿En serio? Pues sí que es discreto, pues por lo que he comprobado, en esta casa las criadas se lo cuentan todo.
Es cierto. Pero Nicolás insiste en mantenerlo todo en secreto, y así cada mujer piensa que es la única.
¡Vaya con Nico! ¿Y se las beneficia a todas?
No. En esta casa a Loli y a Luisa. Y puede que a Mar.
Umm. Ya veo.
Pero en el pueblo y alrededores tiene tres o cuatro más disponibles, que esperan deseosas sus visitas.
Por eso va a hacer tantos recados por ahí – dije yo.
Claro.
Bueno, entonces quedamos en que tú me avisas ¿no?
De acuerdo.
¿Y después qué? – dije yo – Una vez que la tenga en mi poder ¿qué hago?
¿Y me lo preguntas? – dijo el abuelo sorprendido - ¿Tú que crees?
Hombre, abuelo – dije yo – La idea sería follármela y hacérselas pasar canutas, pero si tú la "respetas" tanto...
No te preocupes por eso. Ya te he dicho que se merece una lección.
Otra cosa. Si logro chantajearla ¿podrías devolverle el trabajo a Tomasa?
Ya me gustaría, ya. Pero tus padres van a ser complicados de convencer.
Vamos, abuelo – insistí yo – Seguro que tú puedes convencer a mamá. En el fondo ella no está enfadada con la chica, es sólo que quiere darme una lección para que piense las cosas antes de hacerlas. Que mida las consecuencias de mis actos.
Una lección importante...
Y que yo he aprendido muy bien después de este laaaaaargo mes.
Ya, ya – rió el abuelo.
Pues eso. Si tú convences a mi madre, ella sabrá ocuparse de papá. Seguro.
Bueno, ya veremos.
Seguimos hablando un rato más. Le conté un poco de mis aventurillas con Noelia y además me interrogó sobre lo sucedido con Blanca antes de que llegara él y así se nos pasó la siesta hasta que llegó la tarde y tuve que ir a clase con las chicas.
Me sentía bastante más animado, pues veía una solución a mis problemas. Iba a lograr de un plumazo que readmitieran a Tomasa y vengarme de María, ya supondrán cómo. Me pasé la clase dándole vueltas a todas las posibles maneras en que iba a follarme a aquella zorra. Iba a conseguir que me suplicara que me la tirase, iba a humillarla, a encularla, a usarla... Cuando me quise dar cuenta estaba empalmado y por desgracia, tuve que pasarme así el resto de la tarde, mientras rumiaba mi venganza.
En los siguientes días fui yo el que sonreía de forma enigmática cada vez que me cruzaba con María, lo que le causaba cierta extrañeza. Eso me hacía sentir más seguro de mí mismo, aunque lograba a duras penas controlar mi impaciencia y no veía la hora de lograr por fin tirarme a aquella mujer.
Y por fin, unos días después, se presentó la oportunidad. Después de almorzar, el abuelo me llevó aparte y me comunicó la esperada noticia: Esa noche María iba a hacerle una pequeña visita a Nicolás.
Me puse nerviosísimo, las horas se me hicieron eternas. Las clases de la tarde parecían no tener fin, mientras los engranajes de mi mente se movían en todas direcciones imaginando las infinitas posibilidades que se me ofrecían.
El plan del abuelo consistía en que yo esperara en el pasillo, frente a la puerta de Nicolás, a que María regresara a su cuarto; de esta forma la mujer se enteraría de que yo conocía su secreto y Nicolás permanecería ajeno a todo.
Pero yo tenía mis propios planes. Hacía demasiado tiempo que no disfrutaba del sexo y aunque esa ocasión tampoco era propicia para conseguirlo, al menos esperaba obtener un buen espectáculo.
En cuanto salí de clase, me dirigí al cuarto de Nicolás, para inspeccionar un poco el terreno.
Como era el único hombre, su dormitorio estaba un tanto alejado del de las criadas, así que no tendría demasiadas dificultades para espiar por el ojo de la cerradura si así me apetecía.
Para comprobar el campo de visión, decidí echar un vistazo por la cerradura, pero, para mi desencanto, el ángulo no era bueno y no se podía ver la cama completa.
¡Mierda! No podía creer que tuviera tan mala suerte. Desde allí me iba a perder una buena parte del espectáculo, y desde luego, yo no estaba dispuesto a permitirlo.
Así que, armándome de valor, agarré el picaporte de la puerta y la abrí.
Yo había estado en aquel cuarto en un par de ocasiones, cuando había venido en busca de Nico para algún recado, pero no me había fijado demasiado en el mobiliario.
Era una habitación rectangular, bastante amplia (mayor que los cuartos de las criadas), de unos tres metros por cuatro. Tenía una ventana que daba al campo, pero las cortinas estaban cerradas y yo dudaba mucho que, siendo Nicolás tan discreto, decidiera abrirlas por la noche mientras se acostaba con María, así que espiar desde fuera quedaba descartado.
Inspeccioné entonces el armario, bastante grande y amplio, pero por desgracia tenía una puerta rota, colgando ligeramente ladeada de sus bisagras, con lo que el ropero no se podía cerrar. Así que repetir el numerito que hice con tía Laura era imposible.
Desesperado (y bastante nervioso por si Nicolás volvía y me sorprendía en su cuarto), miré a mi alrededor en busca de un escondite. Las cortinas... inviable, pues no llegaban al suelo. La mesa... ni pensarlo, me verían enseguida.
Entonces me fijé en el espejo. Estaba junto al armario, un enorme espejo de cuerpo entero, con un soporte metálico que permitía inclinarlo. El marco era de hierro y parecía muy pesado. Si me colocaba detrás, podría asomarme cuando estuvieran distraídos y espiarles. No era un escondite demasiado bueno, pero ya era algo, y yo andaba tan desesperado que no me pareció tan mala idea.
Rápidamente, salí de allí y cerré la puerta, pensando en cómo podría lograr colarme en el cuarto. Esa parte era bastante peliaguda, pues, aunque sabía que las obligaciones de Nicolás le obligarían a retirarse tarde, yo tenía muy difícil escapar de mi dormitorio, pues mi madre acostumbraba a venir a desearme buenas noches.
Afortunadamente, el abuelo acudió en mi ayuda. Le dije que necesitaba que Nico se acostase tarde, para que así diera tiempo a que mi madre pasara por mi cuarto. Así que esa noche le encargó tareas adicionales a Nicolás, para que se retirase aún más tarde de lo habitual. Yo aproveché para acostarme temprano y una vez que mi madre hubo pasado a arroparme, me levanté de un salto y espié el pasillo a través de mi cerradura, controlando los movimientos de mi familia.
Estuve así más de una hora, pero a mí me parecieron por lo menos seis. Me dolía hasta el ojo de tanto mirar por la cerradura, pero así pude observar cómo mis familiares iban retirándose paulatinamente a sus respectivos cuartos. Cuando todo quedó en silencio, decidí esperar todavía un poco más antes de salir, pero los nervios pudieron conmigo, así que no aguardé demasiado.
Sigilosamente, me deslicé a la planta baja, caminado como un ladrón entre las sombras. Escuché voces provenientes de la cocina, que me helaron el corazón en el pecho; pero, tras escuchar unos segundos, reconocí que una de las voces pertenecía a Nicolás, con lo que comprobé que aún no se había ido a su cuarto.
Con rapidez, me dirigí al dormitorio y me colé dentro. Estaba completamente a oscuras, así que me vi obligado a buscar la mesita de noche palpando en la oscuridad, pues por la tarde había visto allí una vela. La encendí con los fósforos que había allí también y eché un vistazo a mi alrededor para familiarizarme un poco más con el entorno.
Miré en dirección al espejo, y entonces me di cuenta de una cosa. No llegaba por completo al suelo, con lo que, si me escondía detrás, verían mis pies inevitablemente.
Maldiciendo entre dientes por la completa destrucción de mis planes, descargué mi puño con furia contra el colchón de la cama, viéndome reflejado en el espejo. Entonces la idea surgió súbitamente. ¡Claro! ¡Cómo no había pensado en ello!
Con rapidez, me deslicé bajo la cama, con la cabeza apuntando hacia los pies de la misma. Bajo ella, únicamente había un orinal, que, afortunadamente, estaba vacío. Asomándome un poco, podía contemplar el colchón reflejado en el espejo. El ángulo no era bueno, pero eso tenía fácil solución. Salí de debajo de la cama y giré un poco el espejo, enfocándolo mejor hacia la cama. Volví a meterme debajo y ¡bingo!, tenía un área de visión perfecta. Desde mi escondite podría verlo todo con detalle, con muy poco riesgo de ser descubierto (siempre que a ninguno se le ocurriera asomarse bajo la cama).
Volví a salir de mi escondite y apagué la vela, retornando de nuevo a él con rapidez. Entonces me di cuenta de que mi plan tenía un punto débil. La luz.
Si no encendían la vela, no iba a ver ni un carajo. Pero, ¿qué podía yo hacer? Resignado, me dediqué a esperar la llegada de los actores de mi función privada.
Nicolás aún tardó media hora en llegar. Cuando se abrió la puerta, mi cuerpo se tensó con nerviosismo. De repente, todo aquello ya no me parecía tan buena idea. Si me pillaban se iba a liar la de Dios. Pero ¿cómo se me había ocurrido aquella locura? ¡Si con haberle hecho caso al abuelo bastaba! Bueno, ya no podía hacer nada, y además, me bastaba con lograr con que no me pillaran antes de que se metieran en faena, pues después de empezar, si me descubrían, mi silencio compraría el suyo.
Nico encendió la luz en la habitación y yo me quedé muy quieto, sin mover ni un músculo. Desde mi escondrijo, lo oí silbar una antigua canción, cosa que yo le había visto hacer otras veces, pero en esa ocasión sonaba mucho más jovial. No me extraña, teniendo en cuenta las perspectivas de follarse a tamaño pedazo de hembra que se le presentaban al hombre.
Por los sonidos (pues no me atreví a asomarme ni un milímetro) comprendí que Nico estaba usando su jofaina para asearse un poco. Poco después, su ropa caía al suelo, peligrosamente cerca de la cama, en un confuso montón.
De pronto, el colchón se hundió sobre mí, asustándome mucho. Nico debía de haberse dejado caer sobre el colchón, para dedicarse a esperar a María, y, teniendo en cuenta que sus calzones estaban a escasos centímetros de mí, debía hacerlo en pelota picada.
Escuché cómo trasteaba en el cajón de su mesita, y tras un par de minutos, sonó el frotar de un fósforo y el inconfundible olor a tabaco llegó hasta mis fosas nasales, con lo que deduje que el hombre había decidido liarse un pitillo mientras esperaba a la moza.
Otra hora esperando sin mover ni un músculo. Me sentía agarrotado e impaciente, pero más tranquilo que antes, pues no pensaba que Nico fuera a mirar ahora bajo la cama. Si no había usado el orinal, probablemente era porque había ido al cuarto de baño antes de venir, así que no había razón para que lo hiciese.
Entonces, inesperadamente, unos tenues golpecitos resonaron en la puerta. Los latidos de mi corazón se desbocaron despavoridos. Estaba nerviosísimo por lo que iba a suceder, y descubrí que también bastante excitado.
Nicolás se levantó como un resorte de la cama y pude ver cómo sus pies desnudos se dirigían a la puerta. La abrió y unas piernas envueltas en una bata penetraron rápidamente en el cuarto, cerrándose inmediatamente la puerta tras ellas. El sonido de la llave en la cerradura retumbó en mis oídos, haciéndome comprender que ya no había marcha atrás.
Veo que me esperabas – dijo la inconfundible voz de María con tono meloso.
Sé que te gusta así – respondió Nicolás.
Sin moverme, podía ver por sus pies que sus cuerpos estaban pegados, y los sonidos que llegaban hasta mí demostraban que se estaban dando un morreo de impresión. La bata de María cayó de repente al suelo, quedando hecha un guiñapo a sus pies, y pronto observé cómo el borde de su camisón subía por sus pantorrillas, señal inequívoca de que se lo estaban quitando.
Ummm. Tranquilo – resolló María – Hoy vas muy lanzado.
Quiero verte – siseó Nico.
De acuerdo.
Y el camisón fue a hacerle compañía a la bata.
Estás buenísima – dijo Nico con admiración.
Ya veo que te gusto, sobre todo por aquí ¿eh?
¡Ugh! – rezongó Nico.
¡Mierda! ¿Qué estaban haciendo? Si se quedaban allí no iba a poder ver nada, pues no me atrevía a asomarme por el costado de la cama, pues al estar tan separada la cama de la puerta, bastaría con que uno de ellos mirase hacia mí para descubrirme de inmediato.
Ummmm. Cómo te pones... – susurró María.
Cómo me pones dirás – contestó Nico.
Esto parece más grande cada vez que lo veo...
Sigue así y llegará al techo... ¡AAHH!
Joder. Ya no aguantaba más. Desde mi posición sólo podía escuchar los besos y chupetones que se propinaban, pero sólo podía ver sus piernas hasta las rodillas. Me constaba que María no se había arrodillado, así que no podía estar mamándosela, entonces ¿qué eran esos ruidos?
Espera – terció Nico – Si sigues así me voy a caer al suelo. Ven.
Los pies de ambos se acercaron a la cama y el colchón volvió a hundirse bajo el peso de Nico. Sus pies seguían apoyados en el suelo, así que comprendí que lo que había hecho era sentarse al borde del colchón.
De repente, María se arrodilló frente a los pies del criado, con lo que el corazón me dio un vuelco. Bastaría con que se inclinara un poco para pillarme, pero eso no había pasado por la imaginación de la mujer.
¡Joder! – exclamó Nico - ¡Tus manos son increíbles! ¡Están tan frías!
Es que las meto en agua fría antes de agarrar este pedazo de hierro – contestó la zorra – Se te pone tan caliente que podría quemarme...
Cómetela, puta.
¿Entera? – dijo María con voz lujuriosa.
Tanta como puedas.
Yo ya no podía más. Tenía que arriesgarme a ver algo o la cabeza iba a estallarme y la polla no digamos. Me moví unos centímetros hacia el costado, acercándome a los pies de la pareja. Miré hacia ellos desde más cerca, con lo que podía ver un poco bajo el borde de la cama.
Y me encontré directamente con el coño de María. Al estar arrodillada en el suelo y asomarme yo por el borde del colchón, me encontré de frente con su precioso coño. Hacía tanto tiempo que no veía uno que me costó horrores no abalanzarme sobre él y devorarlo.
Era precioso. Con no demasiado vello, aunque no me dio la impresión de que su dueña se lo afeitara, así que pensé que debía ser así por naturaleza. Los labios se veían hinchados, entreabiertos, deseosos de recibir una buena polla en su interior. Se notaba el brillo propio de la humedad de hembra entre ellos y el inconfundible y delicioso aroma a coño caliente inundó el espacio bajo la cama. Inspiré profundamente aquel divino olor, sin pensar en que la pareja podía oír mis resoplidos, pero no fue así.
Involuntariamente, estiré una mano hacia aquel maravilloso chocho, que se agitaba adelante y atrás debido al vaivén de las caderas de María, que debía estar administrándole una fantástica mamada a Nicolás, a juzgar por los gemidos de éste y los chupetones y lametones que resonaban. Afortunadamente, conseguí salir de mi trance lo suficiente como para evitar tocarla, pero mis dedos quedaron tan próximos a su gruta que podía sentir en las yemas el calor que de allí surgía.
Más despierto, y convencido ahora de que ellos no notarían mi presencia si no hacía mucho ruido, me arrastré poco a poco hacia los pies de la cama, para asomarme y mirar en el espejo. Tardé un par de minutos en alcanzar la posición adecuada, así de despacio me movía. Miré el reflejo de la escena en el espejo y me quedé atónito. No tenía intención de hablar, claro, pero si hubiera querido hacerlo no me habrían salido las palabras.
Pues bien, en esos momentos María estaba efectivamente propinándole una buena mamada al afortunado Nicolás; bueno, de hecho estaba chupándole los huevos, no la polla. Y digo polla por ponerle algún nombre. Ahora entendía a qué se refería el abuelo al hablar del "don" de Nicolás. Era algo enorme. La verga de aquel hombre debía medir más de treinta centímetros. Me recordó a la de los caballos.
María se esforzaba en lamer y chupar las pelotas y la base de aquel tronco, de forma que la punta quedaba apoyada en su hombro, asomando por detrás de su cabeza, como si ella fuera un soldado con su fusil. Mientras lo lamía, restregaba su mejilla contra el enorme miembro, como acariciándolo.
Nicolás disfrutaba de aquello intensamente. Sus manos estaban apoyadas en el colchón, con el tronco ligeramente echado hacia atrás, mientras contemplaba fijamente las maniobras de María sobre su herramienta.
Así, muy bien – siseó Nico – Trágate la punta ahora...
Obediente, María deslizó su lengua a lo largo de aquella monstruosa verga, hasta llegar al glande, que besó y chupó con delicadeza. Tras unos segundos así, sus labios absorbieron la punta del gigantesco aparato y allí pareció apretar un poco, lo que encantó a Nicolás.
Ughhh. Sí. Asíiiiiii....
Poco después, los labios de María comenzaron a deslizarse sobre el ardiente tronco, subiendo y bajando muy despacio, de forma que cada vez se metía una porción mayor en la garganta. Cuando me quise dar cuenta, la muy zorra había sido capaz de tragarse unas tres cuartas partes de aquel pollón. Yo pensé que aquello debía llegarle casi al estómago; no entendía como era capaz de tragarse tanta cantidad de carne, aunque supuse que la razón era simple: porque le gustaba.
Así siguió durante un rato, chupando y chupando, a una velocidad bastante moderada, creo que para no atragantarse con aquel rabo. Nico se lo pasaba cada vez mejor, jadeando y resoplando de placer. Estiró una mano y la posó sobre la cabeza de María, acompañando con ella el ritmo de la mamada.
Poco a poco, su respiración fue volviéndose más agitada, su cuerpo fue tensándose, con lo que hasta yo comprendí que se aproximaba su orgasmo. María, experta en estas lides, extrajo casi por completo aquel vergajo de su garganta, dejando tan sólo la punta entre sus labios. Poniendo la espalda recta, atrapó el rabo de Nico entre sus tetas, y empezó a administrarle una lenta cubana, de forma que, mientras el tronco se deslizaba estrujado por sus pechos, el glande entraba y salía de sus labios, recibiendo un tratamiento combinado que le llevó a correrse como un animal.
Ya no puedo más... ¡YA NO PUEDO MÁS! – aulló Nico.
Esta fue la señal para que María sacase la polla de su boca, pues teniendo en cuenta el tamaño de la manguera, parecía peligroso recibir su disparo directamente en la garganta. Se apretó aún más las tetas con las manos, ciñendo fuertemente el pollón entre ellas, y continuó administrándole la cubana, pero ahora a ritmo frenético. Sus tetas se movían con rapidez sobre el rabo, deslizándose fácilmente pues éste estaba empapado de su propia saliva.
Entonces Nico estalló. De la punta de su nabo salió disparado un increíble pegote de semen, que resonó como una palmada al impactar en el cuello de María, que no paraba de mover sus tetas sobre el rezumante mástil.
UAAAAAHHHH. ¡ASÍ, ZORRA, ASÍ! – aullaba Nico.
¿TE GUSTA? ¿TE GUSTA, CABRÓN? ¡CÓRRETE! ¡CÓRRETE! – respondía María ahora que tenía la boca libre para hablar.
Ambos eran presa de un intenso frenesí. María movía sus tetas sobre la polla de Nico a velocidad vertiginosa, mientras ésta no paraba de expulsar fluidos que se estrellaban contra el cuello y pecho de la mujer. Reflejados en el espejo, se notaban las manchas de leche sobre la tersa piel femenina, dándole un extraño brillo allí donde incidía la luz.
De repente, María liberó la polla de entre sus tetas y empuñándola con ambas manos, comenzó a pajearla con violencia, a mayor velocidad incluso que antes. Aún así, la polla de Nico no había acabado de correrse, con lo que nuevos disparos de semen salieron de su interior, cayendo esta vez directamente al suelo, a menos de un metro de donde estaba yo, resonando al golpear contra las losas.
Por fin, el monumental nabo expulsó las últimas gotas, lo que relajó notablemente a la pareja. Nico se tumbó de espaldas en el colchón, respirando agitadamente, y María, agotada por el frenesí anterior, se sentó en el suelo y apoyó la cabeza en el muslo de Nico, reposando unos segundos.
Yo no podía creerme lo que había visto. Conocía a aquellas personas desde hacía años y jamás hubiera esperado que fueran capaces de comportarse así. Ni después de que mi abuelo me contase los secretos de ambos había imaginado yo una lujuria semejante.
Me encontraba además increíblemente excitado. Mi pene era una dura barra en el interior de mi pijama. Necesitaba alivio inmediato, pero mientras contemplaba la escena, no se me había pasado por la imaginación, absolutamente concentrado como estaba en no perderme detalle.
De pronto, Nico levantó la cabeza y miró a María. Lentamente, fue incorporándose y agarrando la cabeza de la chica por la barbilla, la alzó para mirarla directamente a los ojos.
Eres una puta – dijo Nico.
María sonrió y contestó melosamente:
A ti te gusta que lo sea.
Nico estiró el brazo y agarró a María, ayudándola a ponerse en pié. Después hizo que se tumbara sobre el colchón, arrodillándose él junto a los pies de la chica.
Me toca – dijo el hombre.
María, sabedora de lo que Nico pretendía, separó los muslos, ofreciéndole el coño bien abierto. Nico se situó entre ellos y sin perder un segundo, sepultó su cara en el chocho de la joven.
Aahhhhh – siseó María.
Ahora no veía tan bien como antes, pues en el espejo lo que veía era un primer plano del trasero de Nico, arrodillado entre las piernas separadas de la mujer. De todas formas, lo que podía ver unido a los excitantes sonidos de lengüetazos, chupetones y gemidos, hacían que me mantuviera enormemente excitado.
Sin esperar más, me bajé el pantalón del pijama y me agarré la picha, dura como el acero. Lentamente, comencé a pajearme, sin apartar ni un instante la mirada del reflejo en el espejo.
La comida de coño duró un rato más, pero yo, instintivamente, sabía que María no disfrutaba en exceso. La experiencia había demostrado que yo era un maestro en el arte del sexo oral, por lo que conocía perfectamente cuándo una mujer lo pasaba realmente bien con eso. No es que María no gimiera y jadeara bajo la comida de Nico, era que no parecía poner el alma en ello.
De repente, y sin haber alcanzado el orgasmo ni una vez, María detuvo a Nico.
- Espera – susurró la mujer.
Nico apartó la cara del coño de la mujer y la miró para ver lo que quería.
Ya no puedo más, la necesito dentro ahora.
Yo instintivamente supe que lo que en realidad pasaba era que María no se lo pasaba suficientemente bien, pero el pollón de Nico podría solucionarlo.
Nicolás no dijo nada. Se arrodilló en la cama de nuevo, quedando entre los muslos de la mujer. Al girar un poco el cuerpo, pude ver que su miembro se erguía de nuevo majestuoso, con la cabezota apuntando al frente.
Dios mío, qué maravilla – susurró María admirada.
Te voy a partir el alma – siseó Nico.
Bruscamente, Nico agarró los tobillos de María y tiró hacia si, arrastrándola sobre el colchón. María dio un gritito de sorpresa, pero en absoluto de miedo o enfado. Nico se situó entonces en posición y agarrándose la polla, la colocó en la entrada del coño.
Tranquilo – rió María – Si eres tan bestia me vas a matar.
Nico contestó con un gruñido.
María separaba muchísimo las piernas, por lo que, por en medio de los muslos de Nico, pude ver su coño bien abierto. La verga de Nico se situó en la entrada, y poco a poco, empezó a entrar.
Oh, Dios, así, despacio... Despacio... Me vas a matar... – gemía María.
Nico gruñía como un animal mientras, lentamente, iba deslizando tu tremenda erección en el interior de la chica. Después de unos segundos de penetración, se detuvo, con un trozo de rabo todavía fuera, pero dada mi posición, no podía saber cuánto.
Así se quedó al menos un minuto, mientras las paredes del coño del ama de llaves se adaptaban para acoger aquel enorme monstruo.
Sí. Muy bien, asíii... – susurraba María.
Inesperadamente, cuando los dos parecían más relajados, Nico empujó bruscamente y clavó el resto de su estaca en el coño de María.
¡UAAAAHHHHH! ¡CABRÓOOOONNN! ¡SABÍA QUE LO HARÍAS! ¡LO SABÍAAAA! – gritaba María.
¡JÓDETE! ¡JÓDETE, PUTAAAAAA! – aullaba Nicolás.
Los gritos y gemidos que prosiguieron me indicaron que María se había corrido como una perra. Eso era lo que la muy puta necesitaba, una polla del calibre 45.
Yo, inconscientemente, había ido acelerando el ritmo de mi paja, sin apenas darme cuenta de ello. No podía creer que le cupiera dentro todo aquello. No podía.
Y no sólo le cabía. La muy zorra quería más. Vi cómo sus manos se engarfiaban en los barrotes de la cabecera de la cama, preparándose para el tratamiento.
Vamos, muévete Nicolás. ¡MUÉVETE! – gritó.
Nicolás, obediente, echó el culo para atrás, desclavándole un buen trozo, y bruscamente, volvió a hincársela por completo, arrancándole a la mujer nuevos gritos y aullidos de placer.
¡SÍIIIIIII! ¡ASÍIIIIII! ¡FÓLLAME, JÓDEME! ¡RÓMPEMELOOOOOO!
Aquello se repitió un montón de veces más. Yo nunca lo había hecho así, supongo que para hacerlo hay que tener una verga de caballo. Aquello no era el típico mete y saca que todos practicamos, sino una sucesión de desclavadas y empujones salvajes.
Después de cada empellón, María aullaba como una posesa y después ambos se quedaban unos segundos aletargados. La pausa podía durar quince segundos o dos minutos, variaba continuamente, pero al final, Nico volvía a sacar y clavar despiadadamente su martillo pilón en el coño de María.
La maldita pécora se corrió varias veces bajo tan salvaje tratamiento, disfrutando de aquel polvo lento enormemente. Supongo que era lógico. Con semejante pollón, si le hubiese echado un polvo rápido, le habría roto el coño de verdad.
Mientras tanto, se había ido aproximando mi propio clímax, hasta que, finalmente, me corrí, tratando de ahogar mis propios gemidos de placer. Procuré atrapar toda la leche con la mano, para después, sacudiéndola, derramar la corrida en el suelo, de forma que se camuflase con los restos del anterior orgasmo de Nicolás.
Para, para por favor- gimió María de repente – Ya no puedo más.
A regañadientes, Nico se retiró de encima de la mujer. Al levantarse, pude ver cómo su enorme miembro iba surgiendo poco a poco del interior del maltratado coño, hasta que finalmente, cimbreó como una lanza, libre de su encierro.
Nicolás se dejó caer pesadamente al lado de la mujer, sin haberse corrido aún. María parecía una muñeca rota, desmadejada sobre el colchón. Ninguno de los dos hablaba, mientras Nicolás permitía que María se recuperaba un poco. Yo tenía la sensación de que aquella escena no era nueva. Sin duda algo así se repetía cada vez que aquellos dos follaban.
Mientras esperaba, Nicolás cogió de su mesita los útiles de fumar y se lió un nuevo cigarro. Lo encendió y se reclinó contra el cabecero de la cama, fumando, mientras se acariciaba distraídamente la enorme erección, en espera de que María rematara la faena. Como ésta no parecía dar señales de vida, Nicolás le dio suavemente con el codo, para que espabilara.
Vamos – dijo el hombre – Termina, que ya estoy casi.
Cansinamente, la mujer se incorporó y se arrodilló junto a Nico. Con confianza, sus manos se apoderaron del gigantesco instrumento y comenzaron a pajearlo.
Date prisa ¿eh? – dijo María – Estoy muy cansada.
Tranquila. Ya queda poco – contestó Nicolás sin dejar de fumar.
Mientras lo masturbaba a dos manos, María chupaba y lamía la punta de la gargantuesca polla, tratando de acelerar el clímax. Se notaba que estaba cansada, pues sus movimientos eran un tanto torpes y envarados.
A pesar de todo, en un par de minutos logró que Nicolás empezara a gemir y resoplar, preludio inequívoco de un nuevo orgasmo.
Cuando llegó, era plenamente esperado por la pareja, pues María apartó sus labios hábilmente de la punta y con sus manos volvió a dirigir la corrida hacia el suelo. Tras unos segundos, María liberó la verga y se tumbó rendida junto a Nico, dejando que la polla se apañara sola para derramar su carga en el piso.
No puedo más – dijo María en voz baja – Esta vez te has pasado.
Sí – contestó Nico – ha estado bien.
Es verdad.
La próxima vez te la meteré por el culo.
¡Sí, claro! – rió cansinamente María - ¿Es que quieres matarme?
Vamos, mujer. Hace años que no cato un buen culo – dijo Nico acariciando la cadera de María – Y el tuyo es estupendo. Apuesto a que ahí dentro cabe un buen pedazo de esto.
Ni lo sueñe caballero – siguió riendo María – No quiero pasarme el resto del año sin poder sentarme. Gracias, pero no gracias.
Venga, si te gustará.
Sí, seguro.
Siguieron hablando y bromeando durante una hora más. Yo me sentía cansado y acalambrado, por estar tanto rato tirado en el suelo. Ahora venía la parte difícil. ¿Cómo iba a salir de allí?
Pero la fortuna estaba de mi lado. Tras un rato de charla, apagaron la luz, pues Nico alegó que estaba cansado. María dijo algo de que ella se iba a marchar pronto a lo que Nico contestó con un gruñido.
Poco después, noté que María se levantaba de la cama, y, a oscuras, se dedicó a buscar su ropa.
Ahora o nunca – pensé.
Con valor, me deslicé de debajo de la cama por los pies, cuidando de no hacer ni un ruido, mientras oía cómo María se vestía. Resonó entonces la llave en la cerradura, abriéndose la puerta y penetrando un poco de claridad nocturna. Mientras la puerta se cerraba, yo me acerqué a ella, y respirando hondo, volví a abrirla y salí del cuarto, apenas unos segundos después de María.
Salí al pasillo y percibí la presencia de la mujer, allí a oscuras.
¿Qué es lo que quieres? – sonó su voz en las tinieblas.
Yo guardé silencio, esperando que ella diera el siguiente paso.
¿Qué te pasa? ¿Por qué no hablas?
Ella pensaba que yo era Nicolás, que la había seguido fuera del cuarto por alguna razón.
Mira, estoy muy cansada. Ya hablaremos por la mañana – dijo.
De acuerdo – respondí yo – Ya hablaremos mañana.
¡Dios mío! – exclamó la mujer.
En la oscuridad, yo sonreía abiertamente. Sabía que ella había reconocido mi voz y dejé que las implicaciones de la situación penetraran poco a poco en su mente. Yo no deseaba que se formara allí ningún escándalo, pues mi objetivo estaba ya conseguido, así que decidí dejarla allí, sorprendida y aturdida.
Buenas noches, señorita María – susurré.
Y me fui a mi cuarto, donde dormí toda la noche de un tirón.
CHANTAJE A MARÍA (2ª parte)
A la mañana siguiente desperté exultante. Abrí los ojos y me sentí completamente despejado, sin sueño y con la cabeza bien centrada. Me sentía feliz, liberado, como hacía semanas que no me encontraba. Y la razón era simple: por fin tenía a María en mis manos.
¡La muy puta! ¡Lo mal que me lo había hecho pasar! Pero todo eso se había acabado, ahora se iba a enterar de quién era yo. Me quedé un rato tumbado en la cama, imaginando mil y una cosas para hacerle a la maldita ama de llaves. Iba a follármela, a encularla, humillarla de todas las maneras posibles… Pensé tanto en ello que me excité terriblemente, así que comencé a masturbarme bajo las sábanas mientras pensaba en los castigos que iba a inflingirle a aquella zorra.
Pero no, aquello no era suficiente. Me las había hecho pasar canutas, así que chantajearla para obligarla a follar conmigo no era bastante. Necesitaba más. Quería vengarme, tenerla de verdad bajo mi control. Quería que fuera ella quien suplicara para hacérselo conmigo. ¡Eso era! ¡Menuda idea! Iba a conseguir que ella pasara por lo mismo que había pasado yo. Iba a impedir que María se acostara con nadie, para que la muy zorra se sintiera como yo tras tanto tiempo de abstinencia. Cuando acabara con ella la tendría de rodillas a mis pies, implorándome que me acostara con ella. ¡Sí!
Con esta idea tan seductora en mente me corrí. Fue la mejor paja de las últimas semanas (de las que me había hecho yo solito se entiende), con lo que me levanté de la cama aliviado y optimista. Pronto todo volvería a la normalidad.
Pero eso sí; necesitaba tiempo para perfilar mi plan, así que decidí que lo mejor aquella mañana era no toparme con María.
Y así lo hice. Desayuné con presteza y me fui al cuarto de Dickie bien temprano, para recibir mis clases matutinas. Ni que decir tiene que esa mañana no presté ninguna atención a las lecciones, enfrascado como estaba en trazar mis planes.
Y los puse en marcha.
La primera vez que me encontré con María fue a la hora del almuerzo, cuando ella ayudó a Mar a servirlo. Estábamos todos a la mesa mientras las dos criadas servían la comida.
En cierto momento alcé la vista y miré descuidadamente a María, sólo un segundo, notando, para mi regocijo, que ella se encogía levemente, nerviosa. Lo que hice entonces fue desviar la mirada, fingiendo una profunda falta de interés.
No necesitaba mirar a María para notar que aquello la había sorprendido. Sin duda esperaba un acoso brutal por mi parte. Seguro que se había pasado la noche dándole vueltas al asunto, decidiendo cómo podía librarse de mí, y ahora, de repente, resultaba que yo la ignoraba por completo.
La chica debió de ponerse aún más nerviosa, pues al servirle la sopa a mi tía derramó un poco sobre el mantel, cosa que a la perfecta María jamás le había pasado.
- Lo... lo siento – balbuceó la chica.
Un silencio sepulcral se apoderó de la mesa, sorprendido todo el mundo de que aquello hubiera pasado. ¡María derramando la sopa! ¡El fin del mundo!
- ¿Te encuentras bien? – preguntó mi madre asombrada.
- Sí, sí, señora… - respondió María – Es sólo que me he distraído.
Y mientras tanto, yo seguía sin prestarle atención. Me sentía muy satisfecho por dentro. ¡Había logrado poner nerviosa a la doncella de hielo! Miré disimuladamente al abuelo y vi que sonreía.
Los siguientes días transcurrieron igual. Mi plan consistía en lograr primero que se fuera poniendo cada vez más nerviosa. Cada vez que me cruzaba con ella, me limitaba a saludarla educadamente, pasando de largo junto a ella sin hacerle alusión alguna a los incidentes en el cuarto de Nicolás. Ella sabía que yo conocía su secreto y sabía también que me aprovecharía de ello, pero sin embargo, nada sucedía, lo que la descolocaba por completo.
En un ejercicio de completo autodominio, fui dejando que pasaran los días, logrando que ella se sintiera cada vez más insegura. Y les juro que no fue nada fácil. Yo sabía que bastaría con una palabra para tirarme a aquel pedazo de hembra, pero seguí resistiendo, pues no me bastaba con aquello.
Sin embargo las cosas no salieron como yo había previsto.
Conforme pasaban los días, fui notando que el nerviosismo de María no aumentaba, sino que iba desapareciendo. Cuando me encontraba con ella y le dirigía una de mis miradas de suficiencia, ella ya no se aturrullaba ni asustaba, sino que poco a poco, iba resurgiendo su orgullo, devolviéndome unas miradas que competían con las mías.
¡Mierda! Había durado poco la diversión. Debí de haberlo previsto, pues me constaba que María era una mujer muy inteligente, así que sin duda había adivinado mis intenciones.
Bueno, daba igual, ella seguía estando en mi poder, así que me decidí a iniciar la segunda fase del plan: hablar con ella.
La oportunidad no tardó en presentarse. Un día, durante la hora de la siesta, estuve ayudando a mi madre a doblar unas sábanas, mientras la mayor parte de la gente en la casa dormía. Tras acabar, mamá me pidió que buscara a María, pues tenía que hacer la lista de la compra para que Nicolás bajara al pueblo por la tarde, y eso siempre lo hacía junto con el ama de llaves.
Así que salí en busca de María, encontrándola poco después quitando el polvo en el salón. La observé subrepticiamente durante unos segundos, desde la puerta, mientras la chica pasaba el plumero por los aparadores junto a la pared.
La verdad es que era muy guapa. Llevaba el pelo recogido en un moño que mantenía su cabellera muy tirante, despejándole la frente, afilando así los rasgos de su rostro. Su tipo era fenomenal, alta, más de 1,70, con unas interminables piernas, que podía vislumbrar de rodilla para abajo, asomando bajo el borde de su falda.
María vestía una blusa blanca, bastante holgada, lo que disimulaba sus formas, pero en cambio, la falda era ajustada, de forma de tubo, cubriendo sus piernas hasta las rodillas, y con una pequeña raja en la parte trasera para permitirle caminar.
- Ehem, ehem – tosí penetrando en la estancia.
María dio un respingo, sorprendida por mi intromisión, y se dio la vuelta para mirarme. Noté cómo su expresión se endurecía al percatarse de que era yo, pero no percibí que estuviera nerviosa ni asustada, lo que me molestó un poco.
- Hola María – la saludé.
Ella ni siquiera contestó, sino que siguió mirándome fijamente.
- Creo que ha llegado el momento de que charlemos un poco – dije acercándome hacia ella mientras deslizaba una mano sobre la mesa.
- Ya me lo esperaba – respondió ella simplemente.
Su directa respuesta me descolocó un poco, pero me rehice bastante bien.
- Bien, me alegro de que comprendas la situación – continué.
Mientras hablaba, me miré los dedos, frotándolos como si me hubiera manchado al pasarlos por la mesa.
- Has dejado manchas en la mesa, te estás volviendo descuidada – dije jactanciosamente.
- No lo creo – respondió ella, muy segura de si misma.
La miré unos segundos, tratando de decidir qué estrategia seguir con ella, pero me di cuenta de que no se me ocurría qué decir. Por primera vez, me bloqueaba frente a una mujer; mi don me fallaba. No sabía qué decir. Tantas ideas, tantos planes y ahora no sabía cómo enfrentarme con ella. ¿Por qué no funcionaba mi don con ella?
- Estás muy callado – dijo ella sonriendo - ¿Qué es lo que querías?
Su aire de suficiencia me enojó. Pero ¿qué me pasaba? Si era lo más fácil del mundo. Ella estaba en mi poder, sólo tenía que tomar lo que quisiera. No importaba cómo dijera las cosas, ella sólo podía obedecer.
Con estos pensamientos, logré serenarme un poco. Decidí dejarme de rodeos y tonterías e ir directo al grano.
- Estoy seguro de que recuerdas la escenita de la otra noche.
Su expresión se endureció, poniéndose seria, lo que me produjo una íntima satisfacción.
- Veo que no dices nada, así que me lo tomaré como un sí – dije.
Ella siguió muda.
- ¿Te acuerdas o no? – dije un poco más seguro de mi mismo.
- Sí – respondió por fin.
- Bien – continué – entonces supongo que sabrás lo que viene ahora ¿no?
- Sí. Querrás follarme como has hecho con todas las demás en la casa.
¡Coño! Eso sí que no me lo esperaba. Su respuesta, directa a la yugular, me dejó pasmado un segundo, así que fue ella la que continuó.
- Hace días que te esperaba, niño. Ahora conoces mi pequeño secreto ¿no? Y sabes que me tienes en tus manos. Y sabiendo lo guarro y salido que eres, seguro que quieres acostarte conmigo ¿verdad?
María había recuperado su expresión orgullosa instantáneamente, pasando a ser ella la que controlara la situación. Seguro que pensó que podría aturrullarme atacando, pero yo me acordé del rostro lloroso de la pobre Tomasa, lo que me permitió tranquilizarme. Además, yo no estaba dispuesto a quedarme sin venganza.
- Pues no, te equivocas – respondí.
Ahora fue ella la que se quedó momentáneamente parada, lo que volvió a regocijarme interiormente.
- No te confundas – seguí – Desde luego que voy a follarte bien follada.
Un brillo de furia vibró en su mirada.
- Pero no voy a conformarme con eso.
- ¿A qué te refieres? – dijo ella.
- Verás, María. Gracias a ti, lo he pasado terriblemente mal.
- Te lo merecías – dijo con dureza.
- Sí, quizás sí – dije sentándome en una silla – Y de hecho, si el único perjudicado hubiera sido yo, probablemente lo dejaría pasar, pero es que por tu culpa una buena chica se quedó sin empleo.
- ¿Una buena chica? ¡No me hagas reír! Era una cerda torpe e incompetente, ¡ y una puta redomada…!
No bien hubo dicho esto, María se percató de haber cometido un error, lo leí en sus ojos.
- ¿Una puta? – dije yo – Vaya, es curioso, yo creía que la mayor puta de todas eras tú, pero parece que me equivocaba.
- Maldito…
- Cállate y escucha. Ahora hablo yo – ella obedeció, lo que restauró mi confianza por completo – Te acuestas con mi abuelo, te follas a Nicolás de la forma más sucia que imaginarse pueda, y encima, te las das de casta y pura ante los demás. Tomasa al menos no fingía ser lo que no es. Le gustaba estar conmigo, así que lo pasábamos bien, pero tú eres la mayor perra del mundo, porque además de zorra, eres una hipócrita, capaz de echar a una pobre chica a la calle por algo que tú estás harta de hacer.
La indignación arrasaba su rostro. Dio un paso hacia mí, con la furia brillando en sus ojos, pero yo no me amilané.
- ¿Qué vas a hacer, pegarme? Hazlo y no tardo ni un minuto en irle con el cuento a mi abuelo. Y tranquila que me creerá.
Se serenó un poco, e intentó razonar conmigo.
- De acuerdo, tienes razón. Mira Oscar – como verán ya no me llamaba niñato, ni crío – Tomasa era realmente mala como criada. Hacía mucho tiempo que quería despedirla y cuando os sorprendí así, vi la oportunidad de librarme de ella…
- Me da igual lo que digas – la interrumpí.
- Pero, escucha – insistió – Si el problema es Tomasa, estoy segura de que puedo convencer a tu abuelo de que la readmita…
- No seas estúpida – la corté nuevamente – El abuelo está deseando volver a contratarla. Según me ha dicho, el coño de Tomasa es uno de los mejores que ha probado… y yo puedo dar fe de ello.
De nuevo el brillo amenazador en su mirada. Aquello la había afectado, pero ¿por qué?
- El problema no es el abuelo, sino mis padres. ¿Crees que serás capaz de convencerlos a ellos?
- No sé – dijo dubitativa – Podría intentarlo…
- Claro, claro, podrías intentarlo, ¿y qué vas a hacer, follarte a mi padre?
La verdad es que lo dije al azar, una simple frase para zaherirla, pero un movimiento fugaz de sus ojos me demostró que no andaba muy desencaminado en mis suposiciones.
- ¿En serio que es eso? – exclamé alucinado - ¿Planeas acostarte con mi padre para convencerlo? Hazlo y le contaré a todo el mundo lo puta que eres. Lo sabrán hasta en la capital.
Ahora que las cosas iban tan bien entre mis padres, no iba a permitir que ella lo estropeara, pues aunque mi padre era un hombre muy recto en cuestión de mujeres, cualquiera sabía qué sucedería si aquella impresionante hembra se proponía seducirle.
- Bien, ¿entonces qué quieres? – dijo ella.
- Bueno, bueno, vayamos con lo que interesa. Siéntate aquí, en esa silla.
Ella obedeció lentamente.
- Bien, veamos, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! Tu castigo. Eres consciente de que estás en mi poder, ¿verdad?
- Sí.
- Estupendo – dije – Me alegra que lo aceptes tan serenamente. Mira, la cuestión es simple, de ahora en adelante, vas a obedecer en todo lo que te ordene, pues si no lo haces, le contaré al abuelo tus aventurillas con Nicolás, y no queremos que se entere ¿verdad?
- No – dijo ella derrotada.
- Genial, pues vamos a...
- Espera – dijo ella – Que quede claro que no voy a obedecerte en todo. Si alguna orden pone en peligro mi empleo, no voy a seguirla, pues para eso te dejo que lo cuentes todo y ya está.
Me seguía sorprendiendo su actitud, fría y calculadora ante la potencialmente peligrosa situación que se le presentaba, pero decidí que si aceptaba seguirme la corriente, bien podía hacerle esa pequeña concesión.
- Tranquila, eso es razonable. No quiero matar a la gallina de los huevos de oro. Pero espero que comprendas que mis órdenes serán en su mayoría… de índole sexual, así que si eso es un problema…
- No, no lo es.
¡Coño! Nuevamente su taxativa respuesta me descolocaba un tanto, pero si estaba tan dispuesta…
- Estupendo. Y ahora esclava, ¿para qué perder más tiempo?
Ella cerró los ojos y suspiró, consciente de lo que se le avecinaba, mentalizándose para afrontar el reto.
- ¿Qué quieres que haga? – dijo.
- Veamos… - dije mirándola de arriba abajo – Quítate las bragas.
Yo esperaba resistencia, un no, una protesta, pero no sucedió nada de eso. Ella simplemente se aprestó a obedecer. Aquello me decepcionó un poco, pues esperaba un poco de lucha.
María dejó el plumero en el suelo y retiró la silla hacia atrás, poniéndose en pié. Inclinándose, agarró los bordes de su falda y poco a poco, fue enrollándolos hacia arriba, pues al ser una prenda ajustada, no podía simplemente meter las manos por debajo.
A medida que la falda subía, sus espectaculares piernas iban revelándose. Enfundadas en unas suaves medias de color beige, su forma y torneado se me antojaban enloquecedoramente perfectos. La falda subía lentamente y cada vez podía contemplar una porción mayor de los dos monumentos que eran sus muslos.
El espectáculo acababa de empezar, pero la larga abstinencia hacía mella en mí, por lo que a esas alturas yo disfrutaba ya de una erección de campeonato, con los ojos clavados en las piernas de aquella zorra.
Ella siguió enrollando la falda, hasta que apareció su liguero, un prenda fina que sujetaba sus medias, pues por supuesto, aquel pedazo de mujer no iba a usar simples ligas.
Madre mía cómo estaba, me iba a correr en los pantalones sólo de mirar aquel improvisado striptease, cuando por fin apareció el borde de su ropa interior, unas delicadas braguitas de color negro.
María subió la falda un poco más, dejándola por completo enrollada en su cintura. Deslizó sus dedos bajo la cinturilla de la prenda, dispuesta a bajárselas, pero yo la detuve.
- Bonita lencería – dije - ¿Es que esperabas a alguien?
- Eso no te incumbe.
- ¿Cómo que no? Olvidas nuestro acuerdo, y no creo que contestarme a eso ponga en peligro tu empleo.
Ella aún tardó un par de segundos en responder.
- Esta tarde voy a acompañar a Nicolás al pueblo – dijo por fin.
- Vaya, vaya. Y allí vais a follar otro poco ¿eh?
- Sí.
- ¿En el pueblo?
- No, en el coche. Conocemos un recodo en el camino donde podemos esconder el coche.
- Ya veo, un polvo campestre…
- Sí – dijo ella riendo un poco.
¡Coño! La situación parecía estar empezando a gustarle, y no era eso lo que yo pretendía.
- De acuerdo, sigue – concluí.
Las bragas se deslizaron seductoramente por los torneados muslos, descubriendo el hermosísimo monte de Venus que tan de cerca vi días atrás. Me quedé sin palabras, pues me pareció mucho más bonito de lo que recordaba. Tuve que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para no abalanzarme sobre él y devorarlo.
- Muy bonito – dije cuando ella terminó de sacarse las bragas de los tobillos - ¿Te lo afeitas?
Ella miró hacia abajo, hacia su coño, lo que provocó un ramalazo de excitación en mi pene.
- No – dijo sacudiendo la cabeza – Es que no me crece mucho vello.
Aquello confirmaba mis sospechas. ¡Joder, qué pedazo de chocho! Tragué saliva, pues la boca se me había secado, y palmeando sobre la mesa, dije:
- Siéntate aquí.
Ella se aproximó a la mesa, mientras mis ojos quedaban prendados de aquel hermoso coño. Podía notar cómo los labios frotaban el uno contra el otro mientras su dueña caminaba. Llegó hasta el borde, que era un poco alto para ella, así que, dando un saltito, se sentó justo al borde.
- Túmbate – acerté a decir.
Ella obedeció sin rechistar, deslizando la espalda por la pulida superficie, hasta que su cuerpo quedó extendido sobre la mesa, de forma que tan sólo sus pies asomaban por el borde. Yo me puse de pié y me coloqué junto a ella. Acerqué mi rostro hacia la entrepierna de la chica, con los ojos fijos en su delicioso tesoro. Pegué la nariz y aspiré el embriagador aroma, dándole mentalmente las gracias a Dios por haber puesto mujeres en la Tierra.
Temblorosamente, tratando de sosegarme para evitar una descarga en mis calzoncillos, posé mi mano en su vagina. Lentamente, palpé la zona, sintiendo el sedoso tacto de su vello en las yemas de mis dedos. Con cuidado, introduje un dedo entre los labios, separándolos un poco, explorando, pero sin llegar a penetrarla.
- Umm – siseó ella.
Bien, le gustaba. Eso era bueno. Pero entonces, ella me interrumpió.
- Oscar, la puerta está abierta.
¡Coño! Tenía razón. A esas horas era poco probable que hubiera nadie despierto, pero mamá esperaba a María y si venía a investigar…
Con rapidez, corrí hacia la puerta, notando cómo mi erecta polla frotaba contra mis pantalones y la cerré, regresando junto a María con presteza.
- Vaya, parece que tienes prisa – dijo ella sonriendo.
Su comentario jocoso me devolvió un poco a la realidad. Pero ¿qué estaba haciendo? ¿Qué me pasaba? ¿Me había olvidado de lo que me había hecho, de Tomasa, de todo? ¿La mera visión de un coño bastaba para hacerme perder la cabeza? ¡ De eso nada!
Bruscamente, hundí cuatro dedos en el coño de María.
- ¡Ay! – exclamó ella sorprendida.
- Shisst. Calla –dije.
Y empecé a masturbarla con rudeza.
Al principio, su coño protestó por la súbita intromisión, y yo percibía que el tratamiento no le gustaba demasiado. Mejor.
Yo metía y sacaba mis dedos con fuerza, engarfiándolos dentro del coño de María, abriéndolo, dilatándolo, para que poco a poco fuese mojándose.
Mi mano se hundía casi entera en el interior de la chica, que lentamente, comenzaba a dar muestras de ir disfrutando de aquello. No importaba lo rudo que yo fuera, aquella zorra lo pasaba bien de todos modos.
- ¿E… es nece… sario que seas tan… tan bestia? – jadeó.
- Cállate – le espeté – no te he dicho que hables.
Aquello era demasiado para mí, precisaba alivio y rápido, pues si me corría en los pantalones, sería una humillación frente a ella.
Sin desclavarle los dedos del coño, trepé como pude encima de la mesa, arrodillándome junto a ella.
- Sácala – dije.
Ella, sin perder un segundo, llevó sus manos a mi entrepierna y forcejeó con los botones de mi pantalón, pues mi polla estaba tan dura que mantenía tensa la tela, dificultando sus maniobras. Además, estaba el hecho de que yo no paraba de pajearla con violencia, llegando incluso a zarandear su cuerpo, lo que no facilitaba su tarea. Pero ella era una chica muy mañosa, así que por fin logró extraer mi pene de su encierro, y empuñándolo, comenzó a pajearme con destreza.
Madre mía, cómo lo hacía de bien. Bastaron unas cuantas sacudidas de su mano para hacerme sentir en el cielo, perdí la cabeza, el ritmo de la paja que le hacía se dulcificó…
Pero no, yo no iba a permitir que ella ganara ese asalto.
- ¿Quién te ha dicho que me lo hagas con la mano? ¡Chúpamela! – dije empujando mis caderas hacia su cara.
Pues ni siquiera aquello alteró a María. Incorporándose sobre un brazo, sujetó con firmeza mi rabo con su otra mano y la engulló de un tirón. El paraíso.
Su boca se deslizaba sobre mi enardecido falo, chupándolo, lamiéndolo, mojándolo… y todo a la vez. Su boca parecía la fuente de todos los placeres, y yo los estaba disfrutando al máximo. Sus labios parecían estar más calientes que el resto de su boca, por lo que era maravilloso sentirlos deslizarse sobre mi tronco, sus dientes se notaban de vez en cuando, jugueteando dulcemente sobre mi glande, su mano acariciaba mi escroto con habilidad, manoseando mis pelotas, jugando con ellas… Era el éxtasis.
Y fue precisamente el éxtasis lo que no tardé ni un minuto en alcanzar. Demasiada excitación, demasiadas emociones, demasiada abstinencia… Y exploté. Sin avisar, sin gritar, sin aullar… Una profunda laxitud se apoderó de mí. Mi intención era de haber sujetado la cabeza de aquella zorra contra mi ingle, para correrme bien dentro de su garganta, pero no tenía fuerzas para ello, y además, no era necesario, pues la muy puta, supongo que deseosa de complacerme para suavizar el castigo, no se despegó ni un milímetro de mi polla, por lo que me corrí directamente en su boca.
Podía notar cómo su garganta iba tragando mi semen, lo que contribuía a excitarme más y a acentuar la fuerza del orgasmo. Me corrí durante casi un minuto, en una de las avenidas más espectaculares de mi vida. Mis cojones se vaciaron por completo, deseosos de obtener alivio tras tanto tiempo de pajas. Sí, aquello era lo mío.
Finalmente, su boca liberó mi menguante pene. Un fino hilillo de semen o de saliva, o de la mezcla de ambos quedó prendido entre su boca y mi polla, lo que envió descargas de placer a mi aturdida mente. La muy puta acercó de nuevo su boca a la base de mi polla y, deslizando su lengua desde abajo hasta la punta, la limpió de los últimos restos de la aventurilla.
- ¿Qué? – dijo sonriente - ¿Te gustó?
- Ha sido increíble – respondí sin pensar.
- Me alegro – respondió ella.
Y entonces lo comprendí. Aquella mujer era una diosa, una máquina de follar y ella lo sabía. Su intención era seducirme, hacerme olvidar lo sucedido, perdonar y santas pascuas. Pero no, yo no iba a permitirlo.
- Eres impresionante – dije siguiéndole el juego – Siento haber terminado tan pronto.
- No te preocupes – dijo ella comprensiva – Es normal, después del mesecito que llevas…
- Sí es cierto. Pero espera – dije pues ella empezaba a incorporarse – Ahora tengo que devolverte el favor.
- No, si no es necesario.
- Vamos María, verás como te gusta – dije empujándola suavemente por un hombro.
Ella no se resistió y permitió que la tumbara de nuevo sobre la mesa. Yo, muy despacio, deslicé mi mano desde su hombro hacia su pecho, donde me detuve unos instantes, amasando y palpando sus senos por encima de la ropa. Magníficos.
Mi mano siguió su viaje hacia el sur, deslizándose sobre su estómago y su pelvis hasta alcanzar de nuevo su destino. Con delicadeza, muy lejos de la brusquedad de antes, mis dedos separaron levemente los labios vaginales de María, y, con dulzura, hundí un par de ellos en su interior.
- Ummmm – siseó la chica.
Esta vez pretendía hacerlo bien. Qué digo bien, mi intención era hacerle la mejor paja de mi vida. Y me apliqué a ello.
Moví mis dedos lentamente, separándolos a la vez para aumentar el frotamiento y el placer. Palpé el interior de las paredes vaginales de María, notando cómo sus músculos se tensaban y se amoldaban para recibir a los intrusos que invadían su intimidad.
La sensación sobre mis apéndices era de calor extremo, su coño se ponía al rojo, y, por supuesto, de humedad cada vez mayor.
Y es que esta vez María sí que estaba disfrutando al máximo de mis habilidades. Ella, confiada en haber logrado convencerme, de haber logrado seducirme, simplemente se abandonó a mis caricias, relajándose y dedicándose a disfrutar del momento. Su cuerpo se retorcía como una culebra, agitándose sobre la mesa, mientras de su garganta comenzaban a surgir lujuriosos gemidos, cada vez más profundos, cada vez más sinceros.
Ya la tenía donde yo quería, disfrutando como la zorra que era. Pues se iba a enterar.
- ¿Lo hago bien? – susurré.
- Uummm. Síiiiii. Dios, si hubiera sabido que eras tan buenoOOOO…
Dio un gritito cuando clavé un tercer dedo, ahora un poquito más fuerte.
- ¿Te ha dolido?
- Nooo. Sigue, sigueeee – dijo llevando las manos a sus pechos y comenzando a estrujarlos.
- ¡Joder, cómo se pone! – pensé.
Aún seguí unos minutos más, aplicándole todo mi arte y habilidad. Acerqué mi otra mano a su cueva, pero ésta la utilicé para estimular su clítoris, duro y palpitante, lo que la llevó a un nivel superior de excitación.
- ¡Dios! ¡Qué bueno! ¡Qué BUENOOOOOO! – gemía la muy puta.
Era el momento.
- María – dije.
- ¿Ummm? – respondió ella.
- Verás, me da la impresión de que piensas que el problemilla entre nosotros ya se ha solucionado.
- ¿Y no es así? -dijo ella sonriendo.
Mientras decía esto, estiró su mano y la llevó hasta mi polla, que aún seguía por fuera del pantalón y que comenzaba a recobrar su postura orgullosa, y comenzó a acariciarla. Yo la dejé obrar.
- Pues no, cariño – dije sin dejar de masturbarla – No ha cambiado en absoluto.
- Per… ¡AAHHHH! – protestó ella, pero ahogué su queja clavándole los dedos un poquito más duro.
- No hables, nena, que no te he dado permiso. Mira, María, me has demostrado que eres una auténtica maravilla en la cama, y mucho más que me vas a demostrar, pero de olvidar todo lo que me has hecho, nada. Aún tienes que pagar.
María me miró con un brillo de furia en la mirada. Se veía que deseaba protestar, levantarse y marcharse, pues su plan había fallado. Pero su cuerpo, recibiendo mis enloquecedoras caricias, disfrutando de un placer tan intenso, no le permitía moverse. Era mía.
- Así que, te daré tus primeras instrucciones – dije sin dejar de masturbarla – Son bastante sencillas. Nada de sexo hasta que yo te dé permiso.
- ¿Qué? – dijo ella sorprendida.
- Que no vas a follar más hasta que yo te diga que puedes hacerlo. No me importa quién te lo pida, mi abuelo, Nico, tus otros amantes… Me da igual. Para empezar, esta tarde no vas a ir con Nico al pueblo. Cuando mi madre le dé la lista de la compra, tú, en vez de decir que tienes recados que hacer, te callarás. Y si te dicen que vayas, dirás que no puedes, que te encuentras mal. ¿De acuerdo? – dije penetrándola bien hondo con mis dedos.
- S…sí – acertó a decir.
- Bien, y estarás así hasta que yo quiera. ¿Vale?
Ella asintió con la cabeza, manteniendo los ojos cerrados. María me odiaba intensamente en ese momento pero ¡qué placer le estaba dando!
- Pero, qué… Uffff. ¿Qué es lo que pretendes? – siseó ella.
- Que ¿qué pretendo? Verás, maldita furcia, quiero que pases por lo mismo que yo, a alguien a quien le gusta tanto el sexo como a ti, quitárselo es el peor castigo. Cuando acabe contigo, me suplicarás que te folle, porque será la única forma de tener una polla enterrada en el coño ¿entiendes?
No respondió, se limitó a mirarme con ojos llameantes.
- Seguro que sí. Anda, relájate y disfruta de esto, pues es tu último orgasmo en mucho tiempo.
Diciendo esto volví a aplicarme en pajearla, poniendo toda mi habilidad en ello. Mientras los dedos de una mano la horadaban con dulzura, los de la otra jugueteaban con su clítoris, estrujándolo y retorciéndolo, provocando espasmos de placer en su dueña.
El momento del clímax se avecinaba, su coño ya era un charco de fluidos que resbalaban manchando la mesa; María alzaba inconscientemente la pelvis, para que mis dedos la penetraran mejor. Estaba a punto de caramelo, así que, súbitamente, paré.
Mis manos abandonaron su presa de pronto, y de un saltito me bajé de la mesa. Con algunas dificultades, logré volver a enfundar mi polla en el pantalón y abrocharlo, dejando a la vista un bulto bien notable.
- Pero, ¿qué haces? – exclamó María.
La miré. Estaba medio incorporada, con la falda enrollada en la cintura y el coño chorreando sobre la mesa. Se había abierto algunos botones de la blusa y por el hueco se veía un apetitoso canalillo. Respiré hondo y tragué saliva, reuniendo fuerzas para no abalanzarme y follármela.
- He pensado que ya está. No me apetece seguir jugando por ahora – dije.
- Pero…
- Pero nada. Me voy, y no olvides lo que te he dicho. Nada de follar.
- ¡Maldito cabrón!
- Sí, sí, lo que tu quieras.
Entonces ella, dando un bufido, se dispuso a hacer lo que yo esperaba. Llevó una mano hasta su coño, dispuesta a terminar el trabajo que yo había empezado.
- ¡Ah, no, preciosa! – exclamé acercándome y sujetando su inquieta mano - ¡Nada de eso!
- ¿Cómo? – dijo ella, incrédula.
- Vamos, María, no pensarás que tu castigo iba a ser duro si te permitiera aliviarte tú solita ¿no?
- Serás…
- Mira, niña, durante una buena temporada, olvídate de orgasmos ¿entiendes? – dije apartando su mano del palpitante coño – Y ahora, vas a ser una buena chica, te vistes y te vas a ver a mi madre, que hace rato que te espera en la cocina para hacer la lista de la compra.
- ¡¿QUÉ?!
El brillo de alarma en su mirada me regocijó intensamente.
- ¡Será una broma! – bufó.
- ¡Oh! Me temo que no, querida. Yo vine a buscarte enviado por mi madre, pero como te vi tan solita…
- ¡Hijo de puta! – aulló María mientras deslizaba su culo por la mesa para bajarse.
Se puso en pié de un saltito, empezando a componer sus ropas a toda velocidad, mientras no paraba de lanzarme improperios. Yo reía.
Se inclinó para recoger sus bragas, pero yo fui más rápido y se las arrebaté.
- ¡Dámelas! – siseó.
- No. He pensado que de ahora en adelante irás siempre sin bragas, y lo mejor es que empieces ahora.
Dirigí mis ojos a su entrepierna, constatando que sus jugos resbalaban por la cara interna de sus muslos. Perfecto.
- María, debes tener en cuenta que comprobaré que vas con el coño al aire muy a menudo, y si descubro que me desobedeces…
- Maldito cabrón – susurró con fuego en la mirada.
- Sí, sí, eso ya lo has dicho. Otra cosa. Te repito que nada de sexo, y eso incluye el tocarte tú solita. Seguro que piensas que podrás hacerlo a escondidas, cuando yo no te pueda ver, y probablemente es verdad, pero no olvides que en esta casa tengo muchas… amigas, las cuales no te aprecian demasiado, o sea que si me entero que desobedeces… - esto último era un farol, pues de momento yo no pensaba contarle a nadie la situación, y menos a las criadas que detestaban a María.
Ella no dijo nada, pero si las miradas matasen…
- Bueno, me voy, que tienes que hablar con mamá. ¡Ah! Por cierto María, no olvides limpiar la mesa, pues has dejado un rastro de jugos al arrastrarte por encima. Parece que ha pasado por ahí un caracol gigante.
Y me fui riendo. El primer paso estaba dado.
Aunque claro, había algunos problemillas, el primero de los cuales era mi estado de excitación. ¡Qué remedio! Una vez hube cerrado la puerta del salón tras de mí, volé hasta el cuarto de baño y allí me casqué una fenomenal paja, con las bragas de María pegadas a la cara. Fue muy decepcionante, pero menos da una piedra.
La verdad es que me hubiera gustado echar un vistazo en la cocina, para ver cómo la temblorosa María explicaba su tardanza a mi madre, pero necesitaba aliviarme y rápido. Además, si mi madre me pillaba por allí, empalmado perdido y con María sofocada… no iba a tardar mucho en sumar dos y dos.
Bueno, ahora venían el segundo paso y el tercero.
Fui en busca del abuelo y le conté con pelos y señales lo sucedido. El hombre no paró de reír ni un momento, felicitándome por haber sabido llevar tan bien la situación, y es que “María es un hueso duro de roer”, me dijo.
Con esto conseguí que el abuelo dejara a María en paz durante un tiempo, porque claro, si él requería sus “servicios”, ella no podría negarse ante el jefe, con lo que mi plan se iba al garete.
Después de esta reunión, tuve que ir a clase, ya saben. Eterna tarde sentado a solas en una silla mientras Dickie instruía a Marina y mis primas. Horrible.
Aún me quedaba alguien con quien hablar. ¿Quién? Las criadas, claro. Esto no era necesario para mi plan, pero yo quería recuperar un poco del terreno perdido con ellas tras el incidente de Tomasa.
Fui encontrándome con ellas una a una, convenciéndolas primero de todo de que sólo quería hablar (más de una huía de mí despavorida, temerosa de que intentara seducirla y terminar así como Tomasa).
Bueno, pues como pude, fui hablando con todas ellas. Básicamente, lo que les dije a todas era que no se preocuparan, que las aguas pronto iban a volver a su cauce. Les prometí que no iba a intentar nada con ellas hasta que la cosa estuviera controlada y no hubiera riesgo de nuevos despidos. Insinué que pronto lograría hacérmelo también con María, así que cuando ella pasara a engrosar la lista de mis conquistas, ya no habría peligro de que denunciara a ninguna de ellas si la pillaban conmigo. Además, les ofrecí una prueba de que la cosa iba mejorando. Les dije que a partir del día siguiente iban a notar cómo la intratable María suavizaba mucho su carácter con ellas. Iba a ser una jefa modelo.
Como quiera que alguna se resistía a creerme, les aseguré además que iba a conseguir que readmitieran a Tomasa, pero que para eso aún quedaba algún tiempo. Loli llegó incluso a susurrarme que si lo lograba “iba a chupármela hasta dejarme seco”. Ni que decir tiene que el escalofrío que recorrió mi espalda casi me hace caerme de culo.
Bueno, pues ya estaba todo dispuesto para la función. El escenario listo, los actores preparados y la actriz principal… encadenada.
No voy a aburrirles contando pormenorizadamente los días que siguieron, pero, si me conocen un poco a través de mis escritos, no les costará mucho imaginarse las órdenes que administré a María a partir de entonces. Piensen en tocamientos a hurtadillas, inspecciones bajo su ropa para comprobar si no llevaba bragas… y todo tipo de barrabasadas. Eso sí, en ningún momento intenté follármela (creo que la inconmensurable fuerza de voluntad que exhibí en ese periodo sirvió para forjar mi carácter, y convertirme así en un hombre de voluntad de acero). Es broma.
Lo que voy a hacer es narrarles algunos episodios concretos, los mejores a mi juicio, los más excitantes o significativos. Sigan leyendo.
Empezaré por ejemplo a la mañana siguiente. Me levanté bien temprano, mucho antes de lo habitual, y tras asearme y vestirme, bajé disparado para tratar de encontrarme con María. Llevé sus bragas conmigo, escondidas en un bolsillo del pantalón.
La hallé en la cocina, hablando con Luisa del menú del día. Al entrar yo en la cocina, Luisa quedaba de espaldas a mí, pero María sí me vio, así que simplemente hice un gesto con la mano, indicándole que me siguiera.
La esperé fuera de la cocina, y poco después María se reunía conmigo con cara de pocos amigos.
- Buenos días María – le dije sonriendo de oreja a oreja.
- Buenos días – respondió ella con sequedad.
- ¿Has dormido bien?
Ella me miró con furia.
- Ya, ya supongo que llevabas un calentón de aquí te espero ¿verdad?
No respondió.
- Contesta – insistí.
- Sí – aceptó ella al fin.
- Pues te jodes – respondí triunfante – A ver si así aprendes.
Pareció ir a decirme algo, un insulto sin duda, pero se lo pensó mejor y calló.
- Bueno, bueno, veamos si has obedecido – continué – Súbete la falda.
Esa mañana llevaba un vestido floreado, de una sola pieza, con la falda por debajo de la rodilla.
- No, aquí pueden vernos – dijo ella simplemente.
Miré a mi alrededor, sorprendido. Ella tenía razón, estábamos en medio del pasillo, cerca de la cocina. Seguro que alguien pasaba en menos de un minuto. La verdad es que la falta de sexo unida al poder que poseía sobre aquella mujer, hacían que la excitación nublase mis sentidos. Y eso era peligroso.
- Tienes razón, ven conmigo – dije.
La guié hasta el cuarto de las bañeras, el mismo donde tan bien lo pasé con Mar y Dickie. Entramos y cerré la puerta.
- Venga, hazlo – ordené.
Ni una queja, ni una protesta. María se volvió hacia mí, se inclinó para agarrar el borde de su vestido e, incorporándose, subió la parte delantera de la falda, dejando su coño al descubierto.
Había obedecido.
Efectivamente, el ama de llaves iba sin bragas. Mis ojos fueron directos al área de conflicto, viendo una vez más aquel maravilloso coño con el que la naturaleza había bendecido a aquella mujer.
Sin pensar, me arrodillé frente a ella, examinándolo a conciencia. Exploré la zona con mis dedos, constatando que los labios externos estaban ligeramente hinchados y enrojecidos. Comprendía que María me había obedecido en todo, y que aún no había obtenido alivio alguno, por lo que aún se notaban restos de la excitación del día anterior. Olía a hembra caliente.
Llevé mi mano a su raja y la recorrí con mis dedos, notando cierta humedad. Mientras lo hacía, María tembló ligeramente, sus rodillas flaquearon, tambaleándose un poco. Sonreí.
- Bueno – dije – veo que sigues caliente.
Ella no respondió.
- María, a partir de ahora quiero que siempre que te pregunte algo respondas al instante ¿de acuerdo? – dije con sequedad.
- Sí, sigo excitada – respondió.
- Buena chica. Y dime ¿te tocaste anoche?
- No.
- Y tampoco fuiste con Nico al pueblo ¿verdad?
- No.
- ¿Le molestó?
- Bastante – dijo María – Me costó convencerle de que no pensaba ir con él.
- Lo siento por “él” – dije remarcando el “él”.
Entonces se me ocurrió una idea sibilina.
- Espera un minuto – dije – No te muevas ni un milímetro.
Con rapidez, abrí la puerta y salí, dejando allí a María con la falda subida. Fui a la cocina, donde por suerte, no me encontré con nadie. Entré a la despensa y… ¡Premio! Encontré un par de pepinos, uno de notables dimensiones y otro más pequeño, que metí en la cinturilla de mi pantalón, a la espalda, tapándolos con el faldón de la camisa. Cogí también una galleta (como desayuno) por si me encontraba con alguien al salir y volví disparado al baño.
Abrí la puerta, y para mi excitación, me encontré con que María seguía allí, con el borde de la falda subido y el coño al aire, esperándome.
- Buena chica – dije cerrando la puerta – Si sigues así de obediente nos llevaremos bien.
Ella me miró enfadada, pero, por un segundo, sus ojos se desviaron un poquito, hacia mi entrepierna. Fue entonces cuando me di cuenta de que me había empalmado. Últimamente y ante la falta de alivio, aquel era mi estado habitual, así que ya ni me enteraba. De todas formas, me gustó que ella lo notara.
- María – le dije – Estoy satisfecho de que me hayas obedecido en todo. Te has portado bien. Y he decidido… bueno, darte un respiro.
Ella me miró un poco confusa.
- Como has sido buena chica, voy a dejar que te alivies un poco la calentura.
- ¿Qué? – preguntó dubitativa.
- Puedes terminar la paja de ayer – concedí, magnánimo.
No respondió.
- María, creo que lo menos que puedes hacer es darme las gracias ¿no?
Sus ojos echaron fuego. Por un segundo temí que me pegara o algo así, echándolo todo a perder, pero se controló, y con expresión dura, logró desgajar un simple…
- Gracias.
- Bien – dije aliviado – Ven conmigo.
La guié hasta el borde de la bañera en que Dickie me hizo mi primera cubana. Rápidamente, despejé el poyete de jabones y esponjas y le indiqué que se sentara. María me había seguido, con la falda aún levantada, pues yo no le había dicho que la bajara. Me gustó que fuera tan obediente.
- Siéntate.
Ella obedeció, sentándose en el poyete. Por el ritmo de su respiración, comprendí que estaba excitada.
- Abre más las piernas – dije.
Así lo hizo, separando los muslos al máximo, abriéndose el coño.
Nos quedamos así unos segundos, mirándola yo embobado. Sacudí la cabeza, aclarando mis ideas y proseguí.
- Vamos, empieza – dije.
De nuevo sin protestas o quejas. María como mujer inteligente, era consciente de que, de momento, lo mejor para ella era seguirme la corriente, así que simplemente lo hizo.
Llevó sus manos a su coño y, separándose los labios con una mano, comenzó a frotárselo con la otra, describiendo lentos círculos con sus dedos sobre su vagina, acariciando lentamente su clítoris, para ir poniéndose a tono. Y a mí también.
¡Qué mujer! Yo la miraba atontado, luchando contra mis instintos que me gritaban que sólo tenía que cogerla y tomar de ella lo que quisiera, pero mi mente decía que no, que entonces ganaría ella, que yo había prometido que iba a suplicarme que me la follara. Y aguanté.
Estuvo así un par de minutos, estimulándose despacito. Su coño se mojaba poco a poco. Ella gemía enloquecedoramente, porque lo pasaba bien, pero también tratando de excitarme a mí, de llevarme a su terreno, y yo me resistía. Pero no demasiado.
Por fin, no aguantando más, se enterró un par de dedos en el chocho, penetrándose tan profundo como pudo. Era lo que yo esperaba.
- Espera – dije sujetando su mano.
Ella abrió los ojos, sorprendida, y yo detecté un brillo de rabia en ellos, pues pensó que de nuevo planeaba dejarla a medias. Pero no era así.
- He pensado que tus dedos son demasiado pequeños para satisfacerte – dije sonriendo.
- Me bastan – respondió María extrañada, sabedora de que yo planeaba alguna diablura.
- Sí, lo supongo, pero estando acostumbrada a meterte cosas tan enormes como la de Nico, estoy seguro de que esto te sabrá a poco…
Y diciendo esto saqué el pepino grande. Ella comprendió instantáneamente mis intenciones.
- Cabrón – me espetó.
- Sí, sí, eso ya me lo has dicho. Ahora si haces el favor… - dije tendiéndole el pepino.
Ella me lo arrebató de un tirón, enfadada. Se puso en pié y caminó hacia un lado de la habitación. Yo iba a decirle que parara, pero noté que no iba hacia la puerta, sino que se dirigía a la jarra del agua. Vertió un poco en una palangana, y enjuagó el pepino, regresando a su posición original: despatarrada sobre el poyete.
- Vaya, vaya – dije divertido – veo que no es la primera vez que juegas a esto…
- Vete a la mierda – dijo enojada.
- Uy, uy, uy, niña. ¡Qué vocabulario! ¡Y yo que te tenía por una señorita bien educada!
- Cabrón.
- Te repites, querida. Ahora cállate y métete eso en el coño.
Vencida, María no pudo sino obedecer. Separó las piernas al máximo, y abriéndose bien el coño con una mano, apoyó el pepino a la entrada de su gruta… y empujó.
¡Qué pasada! Ver aquel pedazo de hortaliza desaparecer en el espléndido chocho de aquella mujer fue una de las experiencias que marcaron mi juventud. ¡Pero qué puta era!
- ¡Aaahhhhh! – resopló María.
Por mucho autocontrol que tuviera, aquello le había gustado, lo percibí. Lentamente, comenzó a meter y sacar el pepino de su interior, disfrutando hasta el último centímetro. Yo estaba a cien.
Mientras María se masturbaba, yo me acordaba de Marta, y de que me había contado que se rompió el virgo haciendo lo mismo que María (lo que me brindó la idea para aquel numerito). La chica se metía el improvisado consolador cada vez más deprisa, más adentro, gimiendo y jadeando desesperada. Su coño estaba dilatado al máximo, así que ya no era necesario mantener separados los labios con su mano, así que la llevó hasta sus pechos, estrujándoselos por encima de la ropa.
Y claro, yo a punto de reventar. Aunque no era mi intención, todo aquello era demasiado para mí, por lo que no tuve más remedio que sacármela y empezar a masturbarme.
María incrementaba cada vez más el ritmo del pepino, y yo hacía otro tanto con mi mano. Mi deseo era no pedirle nada a ella, mostrarme indiferente a sus encantos, pero era pedir demasiado. Tener a aquella mujer allí…
Dejé de pajearme y agarré la mano que había prendido en sus pechos. Ella me miró mientras yo arrastraba su mano hacia mi erección. Me comprendió perfectamente.
Sin dejar de clavarse el pepino, procedió a pajearme a mí a la vez, masturbándonos a ambos. Yo me dejé hacer, sin pensar, sólo sintiendo placer. Y me corrí. No duré ni un minuto.
Mi polla vomitó su carga, que empapó la mano de María que seguía agitándose sobre mi miembro. La lefa se escurría entre sus dedos, lubricando mi polla, cayendo al suelo. Una buena corrida.
María aún duró un poco más. El frenesí pareció apoderarse de ella, metiéndose el pepino a toda velocidad, sin dejar por ello de acariciarme a mí. Era una máquina.
Por fin, el orgasmo la alcanzó, fuerte, intenso, húmedo.
- ¡AAAAHHHHHHH! ¡DIOSSSSSSS! ¡POR FIN! – gemía.
Poco a poco, la laxitud se apoderó de ella. Se quedó sentada en el poyete, jadeando, y sus manos liberaron a sus prisioneros, una a mi polla, y la otra al pepino.
Mi picha iba poco a poco perdiendo su vigor, aceptablemente satisfecha por primera vez en bastante tiempo. Mientras, el coño de María fue cerrándose un poco, con lo que el pepino fue deslizándose lentamente hacia fuera, empapado por los flujos de María, hasta que su cuerpo lo expulsó por completo, cayendo al suelo con un ruido sordo.
Yo me recobré un poco, dispuesto a dar el siguiente paso en mi plan. Me guardé el miembro en los pantalones, arreglando un poco mi ropa. María seguía tratando de recuperar el ritmo normal de respiración, recuperándose poco a poco. Me agaché frente a ella, apoyando las manos en su regazo, simulando interesarme por su estado.
- ¿Estás bien? – pregunté dulcemente.
- Sí – articuló ella.
- Bien. Oye, ha sido una pasada. Eres increíble.
María esbozó una sonrisilla tonta. Yo, mientras, aprovechaba para acariciarle los muslos con las manos, amasándolos como quien no quiere la cosa.
- Estás buenísima – dije – La más buena de la casa.
- Gracias – dijo ella con sinceridad.
Por primera vez logré conectar con María. Podría haber seguido por ahí, pero no era lo que yo quería.
- Me encanta tu coño – dije plantando una mano sobre él y acariciándolo.
- Gracias – repitió ella, dubitativa.
- Sí, es precioso.
Mientras hablaba, hacía cada vez más intensas mis caricias, más intimas. Seguro que ella pensó que ya me tenía en el bote, pues poco a poco, fue abriendo de nuevo sus muslos, ofreciéndome así su tesoro. Para poner fin así a nuestras hostilidades. Pero de eso nada.
- Oye – le dije – Se me ha ocurrido una idea.
- ¿Cuál?
- Cierra los ojos.
Ella me hizo caso, de nuevo con la sonrisilla tonta. Creía que había ganado.
Rápidamente, saqué el otro pepino y lo acerqué a su vagina. Con delicadeza, estimulándola, separé de nuevo sus labios, sintiendo como su aroma a mujer invadía de nuevo mis fosas nasales. Con destreza, coloqué el pepino a su entrada y se lo clavé.
- ¡AAAAHHH! – gritó ella, sorprendida - ¿Pero, qué haces?
- ¿Yo? Lo que me apetece – sentencié.
Entonces ella comprendió que nada había cambiado. La situación no había variado un ápice. De nuevo sus ojos llamearon.
- Se me ha ocurrido que vas a pasarte el resto del día con esto enterrado en el coño – dije mientras empujaba lo más que podía el pepino en su interior.
- ¡AAAHHH! ¿Qu- Qué? – logró balbucear ella, sorprendida por la súbita intrusión.
- Que te ordeno que pases el día con este amiguito dentro, para ver cómo te lo pasas y eso.
- Eso… eso es imposible… ¡Uff! – resopló ella.
- Bueno, ya lo veremos – dije poniéndome en pié – Y para que veas que no soy tan malo, te permito que durante el día de hoy lleves bragas.
Mientras decía esto saqué sus bragas del bolsillo y se las arrojé a la cara, triunfante.
- Vamos ponte en pié.
Ella obedeció tambaleándose. Yo sujeté el borde de su falda para que no se bajase y me tapara así el espectáculo. Por un instante, su cuerpo pareció ir a expulsar al intruso, pero yo le ordené que se lo colocara bien.
María se metió dos dedos dentro, empujando claramente el émbolo vegetal hacia arriba, todo lo adentro que pudo. Después trató de agacharse para ponerse las bragas, pero claro, con aquello dentro no podía, así que me agaché y fui yo quien se las puso.
- Buena chica – dije acariciándole el rostro – Tú y yo vamos a pasarlo muy bien.
- Hijo de puta – siseó ella.
- Venga, no me digas esas cosas. Con lo bien que te lo he hecho pasar… Y todo lo que nos queda…
- Maldito…
- Y ahora escúchame – la interrumpí – las órdenes no han cambiado. Así que ya sabes lo que tienes que hacer ¿verdad?
- …….
- Te he hecho una pregunta, María – dije severamente.
- Sí, lo sé – acertó a decir.
- Bien. Vamos chica, que tú te has metido cosas mucho mayores. Ese amiguito es minúsculo.
- Sí, pero nunca he andado con una dentro – dijo ella con un resto de orgullo.
- Bueno, pues algo aprenderás.
Dios, era tan excitante ejercer tanto poder sobre una persona.
- Otra cosa María. Quiero que a partir de ahora trates a las empleadas con educación. Emplearás con ellas tus mejores maneras. Te comportarás como una persona y no como una perra sin entrañas ¿de acuerdo?
Ella asintió con la cabeza.
- Bueno, pues nada más, eso es todo lo que tienes que hacer hoy. No ha sido tan duro ¿eh?
Ella alzó la mirada y vi el brillo de las lágrimas en sus ojos. Sentí pena y estuve a punto de dejarlo correr, pero no ¿acaso no había llorado Tomasa también? Aún así, le ofrecí una salida.
- Estás jodida ¿eh? – dije – esto no es lo que habías planeado ¿verdad?
Sin respuesta.
- Pídemelo – sentencié.
- ¿Qué? – dijo ella, confusa.
- Pídemelo. Dime que te folle. Que estás deseando que te la clave, que a partir de ahora vas a ser mi amante, una más, que harás todo lo posible por devolverle el trabajo a Tomasa y te dejaré en paz.
Palabras equivocadas, pues volvieron a encender el fuego de su orgullo. Demasiado pronto.
- Y una mierda – dijo ella apretando los dientes – Niñato de mierda, me tienes bien cogida, no sabes tú cuanto, pero si te crees que vas a poder conmigo…
Se incorporó por completo, arrancando de un tirón su falda de mis manos. Se compuso como pudo el vestido y dijo:
- Si el señorito no ordena nada más…
¡Mierda! Oportunidad fallida. Bueno, habría otras.
- No. Márchate y recuerda lo que te he dicho.
- No te preocupes, seré amable con todas.
Cojeando casi imperceptiblemente, María salió del baño, con aquel pepino bien hundido en sus entrañas. Bien, había sido una mañana bastante productiva y, sin duda, habría otras.
Por desgracia, a continuación venían las clases, así que la mañana se me hizo eterna. Cuando llegó la hora de comer, salí del aula como una exhalación, deseoso de ver el estado en que se encontraba María.
La familia se reunió en torno a la mesa, charlando en espera del almuerzo. Por fin, aparecieron María y Vito, para servir la sopa. Mis ojos fueron directamente hacia el ama de llaves, comprobando su estado. Estaba matadora.
Su rostro, habitualmente serio y sobrio, estaba completamente arrebolado y sudoroso. Su caminar era pesado, lento, aunque ya no cojeaba (su coño se acostumbraba pronto a lo que fuera). Se la veía un poco dubitativa, insegura, hasta el punto de que le preguntaron si se encontraba bien, contestando ella que sí, que simplemente no había dormido bien.
Mi abuelo me miró, interrogador, y yo le respondí con un gesto que se lo contaría más tarde. La conversación se reanudó, y yo aproveché que María se colocaba a mi lado para servirme la sopa, para disimuladamente, deslizar mi mano por detrás de ella, apretando su prieto trasero por encima de la falda. Ella dio un respingo, pero sólo mi abuelo, pendiente de la situación notó lo que pasaba. Se reía.
Ese día no pasó nada más. Tras almorzar la busqué y le dije que podía librarse ya del pepino, que para ser la primera vez ya estaba bien. Creo que lo hice porque sentía un poco de remordimiento, pero no demasiado. Ese día la dejé tranquila, pero ya maquinaba planes para los siguientes.
Pasaron unos días de experiencias similares y humillaciones varias, pero María no daba su brazo a torcer, obedeciéndome en todo, sin perder ni un ápice de orgullo. La verdad, es que aquello ponía muy en jaque mi propia resistencia, pues me costaba muchísimo resistirme a la tentación de tirármela y acabar con todo de una vez. Pero aguanté.
Nuestra relación se volvía por fuerza monótona, porque claro, había un límite en las cosas que podía hacerle, ya que por un lado no estábamos solos en la casa (con el enorme riesgo de que nos pillaran) y por otro yo no quería follármela. Así que ya estaba un poco harto de mandarle más o menos lo mismo siempre. Necesitaba ideas nuevas. Y la solución llegó de fuera.
Una noche, Andrea volvió a enfermar del estómago. Si recuerdan en un capítulo anterior ya mencioné que sufría de dolores de vez en cuando. Pero esta vez fue un poco más intenso de lo habitual, por lo que tía Laura decidió que lo mejor era llamar al médico, Don Tomás, así que, por la mañana, enviaron a Nicolás con el coche en su busca.
Don Tomás era un vejete muy simpático, que desde siempre se había encargado de las enfermedades de la familia, por lo que todos teníamos una gran confianza con él. Era bastante amigo de mi abuelo, e incluso había pasado en casa alguna Nochebuena.
Pues bien, el hombre llegó más o menos a mediodía, traído por Nico. Como hacía calor, el pobre hombre venía todo sudado, así que el abuelo le invitó a tomarse una limonada en el salón.
Yo también andaba por allí, pues por fortuna, Dickie había comentado que también deseaba consultarle unas cosas al doctor, algo acerca de un dolor en el cuello o no sé qué, así que la clase matutina se había interrumpido.
Y precisamente de eso estaban hablando en el salón cuando hice un interesante descubrimiento.
Yo estaba sentado en una silla, sorbiendo mi limonada con desgana y pensando en qué hacer con María, cuando Dickie le comentó a Don Tomás si podría recetarle algo para el dolor muscular. El hombre contestó que por supuesto, pero que lo mejor sería examinarla para descubrir la causa de la molestia.
Entonces me di cuenta. Los ojos del buen doctor brillaban, mientras miraba con expresión extraña a mi institutriz. Ella no lo notó, pero yo capté perfectamente el mensaje. La perspectiva que se le presentaba al viejo de revisar a semejante hembra era sin duda magnífica. ¡Vaya con Don Tomás! Iba a resultar que también era un viejo verde. Pues yo iba a suministrarle suficiente material para una buena temporada.
Con disimulo, dejé mi vaso encima de la mesa y salí del salón, yendo disparado en busca de María. La encontré quitando el polvo de la entrada, hermosa como siempre. Se volvió al oír mis pasos, y pude notar en su expresión que estaba un poquito demacrada. Mi tratamiento iba surtiendo efecto.
- Dime – dijo directamente.
- Buenos días – respondí sonriente.
- Déjate de tonterías – respondió secamente - ¿Qué quieres que haga?
A pesar de la situación en que nos encontrábamos, aún no había logrado que me hablara con el respeto debido. Si se lo ordenaba directamente, ella obedecía, pero enseguida volvía a tratarme con descaro, lo que me molestaba profundamente.
- ¿Llevas bragas? – dije dejándolo pasar.
- Sabes que no.
- A ver, a ver…
Me arrodillé en el suelo y miré por debajo de su falda, constatando que decía la verdad.
- No seas estúpido – dijo ella apartándose – Aquí en medio nos van a ver.
Me levanté de un salto y dije fríamente.
- Mira, puta, estoy harto de que me hables en ese tono. Desde luego, esa actitud no te ayuda en nuestro “problemilla”.
- Lo siento – dijo un poco más calmada.
- Bien. Yo no te pido que me llames amo ni nada por el estilo, pero tengo un nombre.
María asintió con la cabeza.
- De acuerdo, Oscar. ¿Qué quieres que haga?
- Así está mejor.
- Estupendo – dijo cansinamente.
- Hoy vamos a probar una cosa nueva.
En su expresión noté leves signos de preocupación, porque si yo quería hacer algo nuevo… que Dios la pillara confesada.
- ¿El qué? – preguntó por fin.
- Verás, hoy ha venido Don Tomás a ver a mi prima…
- Sí, lo sé.
- Pues bien, he notado que él muestra un profundo interés por su trabajo, curar gente y eso, especialmente a mujeres, y he pensado que podría… curarte a ti.
- Entiendo.
Esa era la ventaja de tratar con una mente tan sucia como la mía; las palabras sobraban.
- Y supongo que tú no te perderás detalle – dijo María.
- Por supuesto – contesté – Llévale a tu cuarto y yo me esconderé en tu armario.
- ¿Y hasta donde debo llegar?
- Ya conoces mis órdenes, nada de follar. Es más, sería interesante ver hasta donde eres capaz de excitar a un hombre sin tocarle.
Ella simplemente sonrió.
Una hora después yo esperaba nerviosamente escondido en el armario de María, sentado sobre un montón de ropa. Por fin, la puerta se abrió, y dos voces conocidas penetraron en la estancia.
- …Y dice usted que tiene sofocos – resonó la voz de Don Tomás.
- Sí, sí, doctor. Últimamente me canso más de lo habitual, y siento unos calores… - dijo María.
Finalmente, penetraron en mi campo de visión, que abarcaba el centro de la habitación y la cama.
- Siéntese, que voy a reconocerla – dijo Don Tomás.
María, hábilmente, se sentó en el lado de la cama más cercano al armario, de forma que ella quedara de frente a mí y el médico de espaldas, mejorando así la visión, y disminuyendo el riesgo de ser atrapado.
El doctor dejó su maletín en la cama, junto a la mujer y lo abrió rebuscando dentro. Poco después sacó un estetoscopio, de esos antiguos.
- Abra la boca – dijo, inclinándose sobre María.
- AAHHHHH.
- Bien, la garganta no está inflamada – concluyó el doctor.
Se enchufó un extremo del estetoscopio en la oreja (los de entonces no eran como los modernos, sino que eran para un único oído) y apoyó el otro extremo en el pecho de María, sobre el esternón más o menos.
- Diga treinta y tres – dijo el médico sin dejar de escuchar por el aparatito.
- Treinta y tres – respondió la chica.
El médico se incorporó y examinó el estetoscopio, dándole unos golpecitos. Después volvió a intentar escuchar el corazón de la mujer. Yo comprendí sus intenciones y María también.
- ¿Pasa algo? – preguntó el ama de llaves con voz inocente.
- No sé, este viejo trasto – respondió Don Tomás, volviendo a golpear el aparato – Suena muy apagado.
- ¿Y qué hacemos? – indagó María poniéndoselo en bandeja.
- Podríamos… Bueno… - balbuceó el buen doctor – Es que con la ropa y eso…
- ¡Ah! Entiendo – dijo ella con su mejor voz de despistada – No se preocupe. Como usted es médico…
Y procedió a desabrochar los botones superiores de su blusa. Enseguida su majestuoso canalillo quedó expuesto, mostrándose por la abertura de su camisa el borde de su negro sostén, que tapaba los pechos hasta la mitad, dejando la parte superior visible.
- ¿Así está bien? – preguntó María separando todavía más los bordes de su camisa.
El médico estaba de espaldas a mí, con lo que no le veía la cara, pero apuesto a que lo ojos se le salían de las órbitas.
- Sí… sí… - balbuceó – Pe… perfecto.
Se inclinó y apoyó de nuevo el aparatito en el pecho de María.
- ¡Ayyy! – se quejó ella.
- ¿Qué sucede? – exclamó el doctor.
- Es que… - gimió María con voz de tonta – Está muy frío…
- ¡Oh! Lo siento.
El buen doctor apartó el estetoscopio del pecho de María, y procedió a echarle el aliento, para calentarlo.
- ¿Así está mejor? – preguntó reanudando el “reconocimiento”.
- Sí – dijo María melosamente – Está calentito…
El médico, siguió, auscultando a la mujer, colocando el estetoscopio en diferentes posiciones, hasta que finalmente, lo colocó directamente sobre la parte desnuda de una teta.
- ¡DOCTOR! – dijo María simulando sorpresa.
- Perdone, pero es que es necesario para el reconocimiento… - dijo él apartándose torpemente.
María lo miró unos instantes, como si fuera una auténtica dama sopesando la verdad en las palabras del médico. Decidió “creerle”.
- Ah, bueno. Si es necesario… Disculpe – dijo la zorra por fin.
Don Tomás no dijo nada, simplemente se inclinó y volvió a apoyar el estetoscopio sobre el pecho izquierdo de la chica, para oír mejor su corazón.
El reconocimiento duró un par de minutos más, moviendo el afortunado aparatito por varios sitios más del seno. Bueno, moviéndolo no, más bien deslizándolo sobre el pecho, recorriéndolo centímetro a centímetro con el estetoscopio.
Yo notaba que el médico temblaba un poco, nervioso por el panorama que se le presentaba; sin embargo, dada mi posición, no noté que el muy ladino había empezado a rozar levemente la teta de María con sus dedos, aprovechando los desplazamientos del estetoscopio. Obviamente, María sí lo notaba, y decidió hacerse la tímida.
- Doctor – dijo de pronto – Tenga usted cuidado, que me está rozando con lo dedos…
Pareció como si le dieran un calambrazo a Don Tomás, que se incorporó de golpe.
- Disculpe… - balbuceó – No me di cuenta. Es que estoy tan torpe…
Ahora temblaba visiblemente.
- No se preocupe, por Dios – dijo María siguiendo con su actuación – Que es usted médico. No pasa nada.
Aquello tranquilizó un poco a Don Tomás, que decidió continuar con la consulta.
- Si no le importa, ahora la auscultaré por la espalda. Vuélvase, por favor… y descúbrase la espalda.
Y María lo hizo. Con un gesto perfectamente estudiado, giró el tronco, deslizando una de sus piernas sobre el colchón, de forma que quedaba medio girada. Así, una de sus piernas quedaba sobre la cama, mientras la otra, estirada, permanecía apoyada en el suelo. Con esto, lo que la muy puta consiguió fue que la falda se le subiera unos centímetros, quedándole a medio muslo. El corazón del doctor (y el mío también), dio un vuelco al contemplar el magnífico muslamen.
Fue entonces cuando me di cuenta de mi propio estado de excitación. La escenita estaba poniéndome terriblemente a tono, así que decidí aliviarme un poco. Me saqué la picha del pantalón y comencé una lenta paja, para no hacer ruido, mientras procuraba no perderme detalle del espectáculo.
Y María siguió destrozando al viejo. Una vez de espaldas, y sin esperar instrucciones, simplemente dejó que su blusa se deslizara hacia atrás, quedando sólo el sostén de cintura para arriba. Castamente, giró el torso por completo, quedando completamente de espaldas al doctor, para que éste “no viera nada” y se cubrió los senos con los brazos. Al quedar completamente de espaldas, tuvo que estirar mucho la pierna, con lo que la falda se le subió todavía más.
- ¿Está bien así? – preguntó “inocentemente” María.
El médico tardó unos segundos antes de contestar con voz ahogada:
- Sí, sí…
Don Tomás se acercó a María y se sentó tras ella, procediendo a auscultarla desde atrás. El médico, obviamente, se sentó más cerca de ella de lo recomendable, pero la verdad es que no se lo reprocho. Estaba buenísima.
- Voy a comprobar si hay algún problema en la columna – dijo tras escuchar los latidos de la chica durante un rato.
- ¿Por qué, doctor? – dijo María – Si no me duele la espalda….
- Es que… - respondió el médico buscando una excusa – Verás María, si tienes un problema de cervicales, puede producirte dolores de cabeza y sofocos.
- ¡Ah!, entiendo.
- Mira al frente.
Buena excusa. El viejo verde dejó a un lado el estetoscopio y apoyó sus deseosas manos en la blanca piel del ama de llaves, comenzando a recorrer su columna.
- Pe… perdone – dijo el muy bribón – Me estorba el…
María ni le dejó acabar.
- No se preocupe, suéltelo.
Al borde del infarto, las temblorosas manos de Don Tomás agarraron el broche del sujetador, forcejeando torpemente por abrirlo. Como quiera que no lo lograba, María intervino.
- Espere, déjeme a mí.
Las manos de la mujer se deslizaron hacia atrás y, hábilmente, abrieron el broche. Con una mano se desprendió del sostén mientras que con el otro brazo se tapaba los pechos. Desde mi posición, logré durante un segundo ver los senos de María completamente desnudos, así que el viejo seguro que obtuvo un mejor panorama.
María le alargó el sujetador a Don Tomás, diciéndole:
- Tome, póngalo por ahí que es muy caro.
Y se volvió de espaldas.
Don Tomás, con medio síncope, cogió la prenda de delicada lencería y tras mirarla tembloroso un segundo, la dejó sobre el colchón, junto a la blusa de la mujer.
Por fin, y con María totalmente desnuda de cintura para arriba, Don Tomás comenzó a examinar cuidadosamente la columna de la chica.
- Ummm – siseó María de pronto – Sus manos son muy ásperas…
- Lo… lo siento – balbuceó el médico.
- No, no… Si me gusta… Es muy agradable…
La voz de la muy puta hubiera derretido hasta las piedras.
- Mi… mira al frente – dijo Don Tomás – La columna debe estar recta…
- ¡Oh! Perdone.
Siguió Don Tomás examinando concienzudamente la columna de María, deteniéndose en cada vértebra, cuando por fin, no pudiendo más, llevó una de sus manos hasta su propia entrepierna, comenzando a frotar su notoria erección por encima del pantalón.
María lo percibió enseguida, pero le dejó jugar un rato más, manteniendo la vista al frente. El médico aprovechaba la coyuntura para echar discretos vistazos al costado de la chica, para ver las partes de su piel que no cubrían los brazos, sin dejar por supuesto de frotar su propia “piel”.
Como quiera que cada vez se inclinaba más para tratar de ver las tetas de la chica y que cada vez se daba restregones más vigorosos, María decidió darle un pequeño susto. Se volvió bruscamente, mientras preguntaba:
- ¿Está usted bien, Don Tomás? Hace unos ruidos muy raros…
Con una agilidad impropia de alguien de su edad, Don Tomás se puso derecho, soltándose el nabo inmediatamente.
- Sí, sí, querida… No me pasa nada – pudo decir.
- ¡Oh!, bien – dijo María volviéndose de espaldas de nuevo.
El susto había sido grande, así que durante un buen rato, el doctor se portó razonablemente bien, dedicándose sólo al examen médico de la chica. Pero claro, eso no era lo que ella deseaba, así que tomó cartas en el asunto.
- Ummm – gimió de pronto María, volviendo a la estrategia anterior – Me gusta mucho el tacto de sus manos.
- ¿E… en serio?
- Sí… - dijo ella melosamente – Oiga, Don Tomás…
- Dime, niña.
- Apuesto a que usted… siendo médico…
- ¿Sí? – preguntó el sudoroso viejo.
- Es que me da un poco de vergüenza…
- Vamos, niña, no seas tonta. Que soy médico… - dijo Don Tomás muy interesado.
- Verá, es que, cuando era pequeña, mi padre me daba unos magníficos masajes en los hombros, y desde que murió… Y sus manos me recuerdan a las suyas…
- Entiendo – dijo el viejo muy contento – Y quieres que yo te dé un masajito ¿no?
- Me da tanta vergüenza – dijo María cubriéndose el rostro con las manos.
Y claro, al hacerlo, sus tetas bambolearon al aire, con lo que el médico casi se parte el cuello de tanto estirarlo para no perderse detalle.
- ¿Lo… lo haría? – preguntó María.
- Claro, niña, claro.
Don Tomás se retrepó sobre la cama, acercándose todavía más a la criada, y posó sus manos en sus hombros, comenzando a masajearla.
- Ummmmm – suspiró la criada – Asíiiiii. Muy Biennnnnn.
El médico, arrodillado tras la chica, le propinaba un nervioso masaje en los hombros, que de seguro no era demasiado disfrutado por ella, aunque nadie lo hubiera dicho por el volumen de sus gemidos.
- ¡OOHHHHH! ¡SÍIIIIII! ¡POR AHÍ, DOCTOR, POR AHÍIIII! – gemía la muy puta.
Con eso, lo que conseguía era poner cada vez más nervioso al doctor y… envalentonarlo un poco.
Lo que hizo el tipejo fue aprovechar que estaba de rodillas sobre el colchón, justo detrás de María, para, simplemente, echar el trasero hacia delante, apoyando así su erección sobre la desnuda espalda de la chica. Estaba en el cielo.
Así siguieron durante un minuto, con el bulto en los pantalones del viejo apretado contra el ama de llaves, y sin dejar de darle el torpe masaje. Ella no se quejaba en absoluto, y de su boca sólo surgían los gemidos y suspiros que, aparentemente, le provocaban las manos del doctor.
Era tan buena actriz, que la verdad es que aún hoy día dudo entre si estaba interpretando o se lo estaba pasando realmente bien. Puede que las dos cosas.
Mientras, el buen doctor enloquecía cada vez más, por lo que dejó de simplemente apoyar su nabo contra la chica, y empezó a deslizarlo contra ella, moviendo la cintura arriba y abajo. Aquello ya era demasiado para María, que no podía seguir fingiendo que no se daba cuenta de nada.
- ¿Qué es esa cosa tan dura doctor? – preguntó con su mejor voz de niña mala.
- Urgllg – balbuceó el viejo – Na… nada, el estetoscopio que se ha enganchado.
Decepcionado, el médico no tuvo más remedio que apartar su pelvis de la chica, continuando con el masaje. Y ella reanudó sus gemidos.
- Así, Don Tomás… Así… - parecía que se la estuvieran follando.
Pero entonces, María decidió que ya era suficiente, así que atacó a fondo.
- ¡Ay, Dios mío, doctor! – exclamó de pronto.
- ¿Qué… qué le pasa María? – preguntó Don Tomás, preocupado.
- Mire, mire cómo estoy. Estoy sudando, ya me vuelven los sofocos.
La muy ladina se dejó caer hacia atrás, como si estuviera mareada, apoyando su espalda contra el pecho del viejo. A la vez llevó el dorso de una de sus manos hasta su frente, como si le hubiera dado un vahído y la otra también dejó de tapar sus senos.
El pobre médico, aturrullado, sólo acertó a sujetarla y ayudarla a tumbarse sobre la cama, quedando arrodillado junto a ella, encontrándose entonces con una mujer medio desnuda, aparentemente desmayada.
- ¡Santa María Madre de Dios! – exclamó Don Tomás.
Y no era para menos. Al echarse para atrás, la falda de María se había subido todavía más, y bastaba un leve vistazo (que el buen doctor no tardó en echar) para comprobar que iba sin bragas. Y su pechuga, allí descubierta, magnífica, con los sonrosados pezones apuntando al techo. Demasiado para cualquier hombre y más para aquel pobre viejo.
Justo en ese instante, alcancé el clímax y me corrí como un burro. Cogí un trapo del armario, un camisón de María creo, y limpié con él la corrida, empapándolo de leche. Por desgracia, no pude reprimir un gemido de placer en el instante cumbre y sin duda, Don Tomás lo oyó, pues miró con expresión de terror hacia el armario.
Pero María acudió al rescate, simulando que volvía en sí tras el desmayo.
- Ay, doctor – gimió - ¿Ve usted lo que me pasa? Estos calores, estos sofocos por qué me pasan?
Y entonces ejecutó una magistral maniobra. Apartó la mano que había sobre su frente, como si fuese a dejarla reposar en el colchón, pero al moverla, se “equivocó” de sitio, y su manita fue a aterrizar directamente sobre el hinchado miembro del despistado viejo. Y fue demasiado.
- ¡Uggg! ¡Oh, Dios! – exclamó Don Tomás.
El cuerpo del pobre hombre se combó, inclinándose hacia delante. Tanto María, que se incorporó asustada, como yo mismo pensamos que al desgraciado le había dado un infarto. Pero no, simplemente se había corrido en los pantalones.
- Dios, Dios – repetía el matasanos.
María, sonriente, miró hacia el armario y guiñó un ojo. Yo sonreí en la oscuridad.
- ¿Está usted bien? – dijo por fin María, ayudando a incorporarse al viejo.
El desafortunado hombre (o quizás afortunado) se puso derecho, quedando de rodillas sobre el colchón, justo para encontrarse de frente con las magníficas tetas de María, que había olvidado taparlas.
- ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! – repetía Don Tomás, que volvió a hundir el rostro en el colchón.
- ¡Don Tomás! – exclamó María escandalizada – ¿Es “eso” lo que le pasa? ¡Oh, Dios mío! ¡Y yo que pensaba…! ¿Cómo se atreve?
María no quería jugar más, y ahora iba a librarse de Don Tomás por la vía rápida.
- ¿Q… qué? – balbuceó el médico levantando un poco la cabeza.
- ¡No me mire! – gritó María cubriéndose los senos con su blusa.
- ¿Qué? – repitió el médico.
- ¡Y pensar que le he dejado reconocerme! ¡QUE ME HA VISTO DESNUDA! Yo confiaba en… y mientras usted… usted… ¡HA MANCHADO LOS PANTALONES! ¡LÁRGUESE DE AQUÍ! ¡SINVERGÜENZA! ¡VIEJO VERDE!
Mientras le gritaba, María azotaba al pobre viejo con lo primero que pilló, que resultó ser su propio sujetador. Don Tomás, anonadado, se bajó como pudo de la cama, recogiendo sus cosas. El pobrecillo no comprendía nada de lo que pasaba.
Azorado, y caminando con las piernas abiertas por la mancha en sus calzoncillos, salió del cuarto.
Segundos después, escuché desde el armario que la puerta volvía a abrirse, y la vocecilla del médico preguntó:
- Disculpe… ¿Podría recoger mi estetoscopio?
- ¡LÁRGUESE! – aulló María.
Y la puerta se cerró.
- Ya puedes salir – dijo María – Ése no vuelve.
Yo obedecí y entré al cuarto, encontrándome con María sentada sobre su cama. Aunque se había bajado la falda, sus tetas seguían desnudas. Para resistir la tentación, dediqué unos segundos a estirar los músculos, atrofiados tras permanecer tanto rato dentro del armario.
- ¿A qué ha venido todo eso? – pregunté.
- ¿El qué? ¿Los gritos?
- Sí.
La tía me hablaba sin ningún pudor, con las tetas al aire, como si fuera lo más normal del mundo. ¡Qué mujer!
- Pues porque iba a pillarte. Yo te oí y creo que él también, así que tenía que hacer que se fuera rápido. ¿Qué hacías que no te podías quedar callado?
- Me estaba haciendo una paja – respondí secamente.
- Lo imaginaba.
- Por cierto, hay un camisón ahí dentro un poco… pegajoso.
- Serás cabrón – dijo ella enfadada.
Yo me encogí de hombros.
- Por cierto, has estado magnífica – le dije.
- ¿Por eso? Vamos, ha sido un juego de niños. Don Tomás es el médico de la familia, y todas sabemos que es un poco viejo verde. Le encanta venir a tratar enfermos a esta casa.
- Le comprendo. Oye, ¿qué vas a hacer con el cacharro ese? – le dije señalando al estetoscopio.
Ella lo cogió y se quedó mirándolo unos instantes.
- Me lo quedo de recuerdo – dijo.
Nos quedamos callados unos instantes. Ése hubiera sido un buen momento para enterrar el hacha de guerra. Hubieran bastado unas pocas palabras amables para haber acabado en la cama con ella y haber hecho las paces. Pero mi orgullo se impuso.
- Bueno – dije – Hoy te has portado muy bien. Ha sido excitante.
Ella no dijo nada.
- Creo que por hoy te dejaré tranquila.
Y me fui. Seguro que muchos pensarán que estaba loco, y no les faltará razón; pero el caso es que fue lo que hice.
Pasé a ver al abuelo, pero resultó que estaba en su despacho con Don Tomás, tomando un coñac y hablando de sus pacientes. Me hubiera gustado espiar un poco, pero como la puerta estaba abierta, sólo pude pasar por delante, captando sólo algunas palabras, que fueron: “Loca” y “una buena polla”. A buen entendedor, pocas palabras bastan.
En los días siguientes dejé bastante tranquila a María, en parte porque me encontraba razonablemente satisfecho y en parte porque era el periodo de exámenes en la clase de Dickie, así que tenía que estudiar.
Pero días después observé (espié más bien) un curioso incidente, que me demostró hasta qué punto me obedecía María.
Fue un día entre semana, después de almorzar, justo en el día que tenían libre tanto Mar como Loli. Como faltaba personal, María tenía que trabajar más de lo habitual, y en ese momento estaba en la cocina, cosiendo unas sábanas creo recordar.
Yo iba en su busca, sabedor de que a esas horas casi todo el mundo hacía la siesta, para reanudar nuestros juegos. Pero al bajar la escalera me encontré con que Nico atravesaba el recibidor en dirección a la cocina. Él no me vio, y su expresión seria me picó la curiosidad. Así que le seguí.
Me escondí en el pasillo, asomándome con cuidado a la cocina. María estaba sentada a la mesa y Nicolás de pié, detrás de ella. Si el hombre alzaba la vista, me vería, pero estaba muy concentrado en el ama de llaves, así que me arriesgué.
- Se puede saber qué te pasa – preguntaba Nico.
- Nada, ya te he dicho que ahora no puede ser.
- Pero, ¿por qué?
- Déjame tranquila.
- Pero, hace más de dos semanas que no vienes por mi cuarto. Me esquivas... ¿Qué sucede?
María seguía cosiendo, sin volverse a mirar a su interlocutor, evitando mirarle.
- No puedo decírtelo.
- ¿Te lo ha ordenado el señor? – preguntó él.
- ¡NO! Él no sabe nada de lo nuestro, y así debe seguir.
- ¡Qué ilusa! – pensé.
- Pues entonces no lo entiendo – dijo Nico, confuso.
Tras decir esto, Nico se abalanzó desde atrás sobre María, agarrándole un seno con una mano y besándola en el cuello con pasión. Pero María se retorció como una gata, zafándose de él y apartándolo de si. Nico estaba muy enfadado.
- Mira, mujer. Sabes que me gustas mucho, eres la más bella de esta casa, al menos de entre las que están a mi alcance, y eso es decir mucho. Te deseo y sé que tú deseas esto – exclamó Nico.
Mientras hablaba, agarró la muñeca de María, y la obligó a volverse hacia él. Tirando, llevó la mano de la mujer hasta su entrepierna, donde se veía un bulto monstruoso. María tironeó, pero el hombre era mucho más fuerte y no soltó su presa, obligándola a mantener la mano apretada contra su erección. Segundos después, comenzó a frotar la mano de María a lo largo del leño, haciéndose una paja sobre la ropa. María, como hipnotizada, no tardó en engarfiar sus dedos sobre la gargantuesca polla, describiendo su monumental contorno, continuando la paja ella solita cuando Nico liberó su mano.
- ¿Lo ves? – dijo Nico sonriente – No puedes vivir sin ella…
Aquello pareció sacar a María de su trance.
- ¡NO! – exclamó.
Y soltó el enorme nabo volviéndose de espaldas al aturdido hombre. En su expresión se veía desesperación. Claro, llevaba ya casi dos semanas sin meterse nada en el coño (si descontamos alguna afortunada hortaliza) y aquello era demasiado para ella.
- ¡Maldita sea! – exclamó Nico golpeando con el puño la pared.
Entonces cambió de táctica. Se apartó de María, yéndose al fondo de la cocina. Ella trató de continuar cosiendo, pero se notaba nerviosa por no saber qué hacía el hombre detrás de ella, por lo que echaba frecuentes miradas de reojo hacia atrás.
Por fin, Nico logró su objetivo, que no era otro que liberar su monumental verga del encierro del pantalón, tarea nada fácil creánme.
Entonces avanzó hacia María, con la polla enarbolada como si fuese una lanza que avanzaba hacia la espalda de la desprevenida joven. María estaba sentada en una silla baja, de forma que cuando Nico acercó su pelvis hacia ella, su rabo apareció justo sobre el hombro de la chica, como si fuera un costalero de Semana Santa. Ella miró hacia el lado, y se encontró de bruces con el más poderoso objeto de sus fantasías.
- ¡DIOS MÍO! – exclamó con los ojos como platos.
- ¿Te gusta? ¿eh? – dijo Nico, triunfante – Ya sabes lo que quiero.
Pero la fuerza de voluntad de María era inmensa. No estaba dispuesta a correr ningún riesgo, así que se levantó de la silla, apartándose del monstruoso trozo.
- ¡NO! ¡Te he dicho que no!
Nico pareció dolido y apesadumbrado.
- Está bien – dijo – Pero que sepas que no quiero volver a tenerte en mi cama. Se acabó.
María se veía triste y compungida.
- Lo siento, Nicolás, no puede ser. Si me metes eso… lo notará – dijo un poco ida.
- ¿Quién? – exclamó él dando un paso hacia ella, con la bamboleante monstruosidad en ristre.
- ¡Aparta eso de mí! – aulló María mirando hacia un lado.
Aquello bastó para Nico. Con tristeza, procedió a la complicadísima tarea de enfundar su espada en los pantalones. No sé ni cómo lo hizo, creo que metiéndola en una pernera junto a una pierna. Tardó un buen rato, pero María no alzó la mirada hacia él ni una vez.
- Adiós – dijo él tras conseguirlo.
María no contestó. Se la veía muy triste, apesadumbrada. Me conmovió. Pensé que aquello era demasiada pena para tratarse de un simple amante ocasional, y pensé (erróneamente, pero esa es otra historia) que quizás María estaba enamorada de Nico. Y me conmoví. Y sentí remordimientos. Y me dije que ya era hora de solucionar el problema.
La pega fue que me paré a pensar demasiado rato, y claro, al salir Nico se encontró conmigo.
Se quedó paralizado, con una expresión de pánico en el rostro al comprender que yo acababa de presenciar toda la escenita. Salió disparado sin decir nada, mientras yo no atinaba a reaccionar. Por fin, me puse en marcha y salí tras él, comprobando antes que María no se había dado cuenta de nuestro encuentro.
Le alcancé en la calle, pero Nico no paraba, así que tuve que correr.
- ¡Nico, coño, para ya! – exclamé poniéndome frente a él.
- No, Oscar déjame, me da mucha vergüenza que me hayas visto.
- ¿Visto el qué? ¿Que te daban calabazas? ¿Que tienes una polla como un caballo?
Era la primera vez desde que nos conocíamos (toda mi vida vaya) que Nico me escuchaba ese lenguaje, por lo que se quedó parado por la sorpresa.
- Vamos, tranquilo – continué – Vamos a hablar.
La charla que siguió tiene una importancia tangencial en la historia, y desde luego no hubo nada de sexo en ella, por lo que les ahorraré los detalles. Básicamente, me disculpé por lo sucedido y le aseguré que nadie sabría nada por mí de aquello. También le dije que ya sabía que se acostaba con alguna criada, “como cualquier hombre”, y que él sabía que yo lo hacía también. Y tan amigos.
Lo que hice fue comprobar si él había notado que yo era ese misterioso “él” que mantenía a María lejos de su verg... digo de sus garras. En su situación, y sabiendo lo que sabía, cualquiera podía sumar dos y dos, pero Nico no era demasiado inteligente, así que constaté que no sabía nada.
Tras hablar con él, fui disparado a buscar al abuelo y se lo conté todo (bueno la escena de Nico en la cocina no). Le dije que ya había torturado a María bastante, y que era hora ya de intentar que Tomasa recuperara su empleo, para quedar de nuevo en paz. Él me dijo que ya había hablado con mi madre, que ella estaba de acuerdo y que estaba intentando convencer a papá.
Un par de días más tarde, el abuelo anunció que había citado a Tomasa por la tarde, para tratar de su vuelta al trabajo. Mi padre no dijo nada, pues tenía una expresión de absoluta felicidad en el rostro, signo evidente del tratamiento que mamá le había aplicado la noche anterior para convencerlo.
Y por fin llegó la tarde. Yo estaba inexplicablemente nervioso, inquieto, aunque a priori no hubiera ninguna razón para ello, pues todo parecía estar arreglado ya. Os juro que en mi mente no había ningún pensamiento de índole sexual, no tenía ningún plan para aquella tarde. Sólo pretendía que Tomasa volviera con nosotros y no se me cruzaba por la imaginación hacer algo que pudiera volver a poner en peligro su empleo. Pero la cosa no salió así.
La muchacha llegó sobre las cinco de la tarde y se reunió con mi abuelo, María y mi madre en el despacho del viejo. Mi padre no estuvo presente, pues alegó que tenía unos asuntillos que resolver en la fábrica, supongo que no sabía muy bien cómo afrontar la situación.
No sé de qué hablaron, pues no tuve oportunidad de espiar, ya que a esa hora tenía mis clases con Dickie y las chicas. Esa tarde noté que ellas me dirigían miradas inquietas, sabedoras de que Tomasa, la chica con la que me habían sorprendido en la cama, volvía a la casa.
Fue una tarde extraña, calurosa y aburrida, allí metido sin posibilidad de saber lo que sucedía fuera y deseando saber qué pasaba.
Por fin, a las siete de la tarde Dickie nos liberó, y yo salí pitando de clase para ver qué había pasado con Tomasa. Me encontré con el abuelo, que me dijo que todo había salido bien y que la muchacha volvía al servicio.
La sensación de alivio que experimenté fue indescriptible. Por fin las aguas volvían a su cauce. Yo sabía todo lo que eso representaba para mí, pues a partir de ahora las criadas, viendo que yo había cumplido mi palabra, volverían a estar a mi alcance. Las puertas del paraíso volvían a abrirse.
El abuelo me dijo que Nicolás había llevado de regreso a Tomasa al pueblo, para que fuera a recoger sus cosas y poder así instalarse en su antiguo cuarto, así que no pude saludar a la chica.
El abuelo me preguntó que qué había decidido hacer con María, y yo le dije que iba a dejarlo correr, que ya había sufrido bastante. Me bastaba con que María se disculpara con Tomasa y santas pascuas.
El abuelo se encogió de hombros, sabiendo que, de haber querido yo, aún podría haberle sacado mucho jugo a la situación con María.
- Es tu decisión – me dijo.
Y es que yo, en esos momentos creía que María sentía algo por Nicolás, y que lo estaban pasando los dos muy mal por mi causa, lo que me producía remordimientos.
El tiempo demostró que yo estaba muy equivocado, pero la verdad es que, en vista a como salió todo, no me arrepiento de nada.
Me fui en busca de María y la encontré precisamente en el dormitorio de Tomasa, adecentándolo un poco para que su antigua ocupante volviera a instalarse.
- Hola – la saludé.
Ella se volvió como un resorte, nerviosa, pues últimamente cada vez que la sorprendía a solas, ella acababa teniendo que montar algún numerito. Pero esa vez no.
- Veo que ya sabes que vuelve Tomasa – dije.
- Sí – respondió ella reanudando sus tareas.
- Bien, pues quiero darte otra orden.
La verdad es que en ese instante no pensé que la elección de mis palabras fuera importante, simplemente hablé a María como lo hacía siempre últimamente.
- Dime.
- Esta noche, tras la cena, nos veremos en el salón, cuando la gente se haya acostado.
- ¿Para qué?
- Quiero que te disculpes debidamente con Tomasa.
- De acuerdo.
- Cuando ella vuelva del pueblo, encárgate tú de citarla en el salón, pues de mí no se fiaría – le dije.
- ¿A las once te va bien? – preguntó ella.
- Perfecto.
Y me fui. Sin decir nada más, sin añadir palabra, con la única intención de que María pidiera perdón a Tomasa por despedirla. Pero claro, en la situación en que María y yo nos encontrábamos, mis palabras eran ambiguas cuando menos, y ella se las tomó por el lado habitual por ese entonces.
El resto de la tarde me la pasé vagando por la casa, pues recuerden que el castigo me impedía salir. Me crucé con varias de las criadas, que me lanzaban miraditas cómplices. Loli llegó incluso a lamerse sensualmente los labios mientras me guiñaba un ojo.
Pero claro, con mi madre y mi tía andando por allí... Nada de nada, que faltaba poco para cumplir el castigo y no iba a cagarla ahora.
Nicolás regresó poco antes de cenar. Sólo logré ver fugazmente a Tomasa, por una ventana, pero no logré reunir suficiente presencia de ánimo para acercarme a saludarla delante de todo el mundo. Si lo hacía, todos estarían pensando en lo que hicimos y eso me cortaba mucho.
Pude notar que la chica debía estar pensando más o menos lo mismo, pues se la veía muy avergonzada y aturrullada (más de lo habitual quiero decir).
Por fin, poco antes de las once, abandoné mi cuarto, vestido con mi ropa normal, ni siquiera me había puesto el pijama. Mi familia se había retirado hacía poco, seguramente estaban aún despiertos, pero a mí me daba igual, pues no pensaba hacer nada “malo”. Craso error.
Me encontré con la puerta del salón cerrada. La abrí y entré. La estancia estaba iluminada por un candelabro y dos quinqués, así que había luz más que suficiente. Y allí, temblorosa y asustada, estaba Tomasa, esperando, sentada en una silla.
- Hola – dije simplemente.
- Buenas noches, señorito – respondió ella, levantándose.
- Siéntate Tomasa, por favor.
Yo acerqué una silla a la suya y nos sentamos los dos.
- Señorito, yo... – empezó ella, muy nerviosa.
- Shssss. Tomasa, tranquila – dije tomando una de sus manos con las mías – Te he citado aquí para pedirte disculpas por lo que pasó.
- ¿Disculpas? – dijo sorprendida - ¿Usted a mí? ¡Por Dios, señorito!
- Tomasa, por favor, llámame Oscar...
- No puedo... ¡Me despedirían!
- Bueno, pues al menos hazlo cuando estemos a solas.
- No sé...
- Hazlo. Es una orden – dije bromeando.
- De acuerdo, señorito... digo Oscar.
- Vale, vale.
Me quedé callado un segundo, mirándola. Estaba preciosa. Llevaba el que sin duda era su mejor vestido, uno blanco, estampado de lirios, un poco viejo ya. Era lógico que lo usara el día en que iba a reunirse con su jefe para tratar de recuperar su empleo.
- Estás muy guapa – le dije.
- No empiece, por favor... – dijo ella apartando la mirada.
- Tienes razón - dije sonriendo – Así fue como empezó la otra vez.
- Sí.
- Tomasa, no sabes cuánto siento lo que pasó. No sé, perdí la cabeza y nos pillaron por mi culpa. No pensé en las consecuencias, que a ti te despedirían...
- No siga, por favor... Usted no tuvo la culpa de nada. Yo soy mayor que usted y debí pararle los pies. Usted es...
Ahí la detuve.
- Espero que no vayas a decir que soy sólo un crío – dije.
- No, no. Usted es MUY HOMBRE.
Aquello me gustó.
- Iba a decir que es demasiado inocente. Usted no sabe las cosas que he hecho. Yo sabía a qué estaba jugando usted y le dejé hacer... Me sentía guapa, deseada...
- Porque lo eres – le dije – Y sabes que tengo razón, la culpa fue mía. Al fin y al cabo, a mí no iba a pasarme nada malo, pero a ti...
- Pero yo era la mayor. Tú estás en una edad que...
- Mira, dejémoslo en que fue culpa de los dos – concluí.
- De acuerdo – dijo ella sonriendo, más tranquila.
Callamos unos segundos, hasta que Tomasa rompió el silencio.
- Señorito, digo Oscar. Lo que quisiera saber es cómo es posible que hayan vuelto a contratarme.
Iba a responder, pero se me adelantaron.
- A eso creo que debo responder yo – resonó la voz de María.
El ama de llaves había entrado al salón sin que ni Tomasa ni yo nos diésemos cuenta. Pude notar que Tomasa se tensaba visiblemente, asustada por la presencia de la mujer que le costó el trabajo. Llevada por el hábito, la pobre chica se puso en pié, haciendo una pequeña reverencia ante su jefa. Después se quedó mirando al suelo, avergonzada.
María cerró la puerta tras de sí y se acercó a nosotros. Estaba tan bella como siempre, con su cabello recogido atrás y vestida con blusa y falda oscuras.
- Bueno, aquí estamos los tres de nuevo – dijo María.
Yo me sentía un poco violento por la situación, aunque sabía que lo tenía todo bajo control. Pero lo mío no era nada al lado de Tomasa, que temblaba como un flan, aturrullada por la imponente presencia del ama de llaves.
María, por supuesto, siempre dueña de si, parecía ser la única cómoda en aquel cuarto, controlando por completo la situación, como si todo lo sucedido hubiera obedecido a un plan de ella.
- Se... señorita María... Bu... buenas noches – balbuceó Tomasa.
- Buenas noches, Tomasa. ¿Cómo estás? – dijo el ama de llaves.
- Bi... bien, señorita. Y quería agradecerle...
- Calla – la interrumpió María – No me des las gracias.
Tomasa se calló, muy cortada. Pensé en intervenir, pero María siguió hablando.
- Nos hemos reunido aquí para que yo pudiera pedirte “disculpas”.
Algo en el tono con que dijo “disculpas” me hizo sospechar que allí no todo era tan normal como parecía.
- ¿Cómo? – dijo Tomasa, alucinada.
- Tomasa, deseo pedirte perdón por la forma en que te traté. Tu comportamiento merecía sin duda un castigo y una reprimenda, pero yo me mostré deliberadamente cruel, y eso no tiene justificación.
Vaya, la cosa iba bien.
- Pe... pero... – articuló Tomasa.
- Sabes que nunca he estado del todo satisfecha con tu trabajo, así que vi en aquel momento la oportunidad de despedirte, pero lo hice por motivos equivocados. Como todos sabemos, esta casa es “especial”, y fue hipócrita por mi parte tratarte de aquel modo.
Hasta yo estaba alucinando. María, por primera vez, me parecía un verdadero ser humano. Estaba ofreciendo una disculpa en toda regla.
- Y últimamente me han hecho comprender – continuó María mirándome de reojo – que mi comportamiento fue inaceptable, así que, como me han ordenado, te ofrezco mis más sinceras y profundas “disculpas”.
Entonces, para mi inmensa sorpresa, María se abalanzó sobre Tomasa y pegó con fuerza sus labios a los de la aturdida chica, que, al igual que yo, no se podía creer lo que estaba sucediendo.
Pude notar cómo María, usaba su lengua con habilidad para separar los labios de la criada e introducirse en su boca, dándole un beso francés de alta escuela. La pobre Tomasa, petrificada, con los brazos colgando a sus costados, no pudo ni reaccionar, dejándose morrear como una muñeca rota.
Yo, por un ínfimo y estúpido instante, estuve a punto de intervenir y pararlo todo, pero afortunadamente mi lascivia acudió en mi ayuda y me detuvo, pues de pronto, el plan de María para esa noche me parecía mucho más interesante que el mío; así que me quedé callado, mirándolas extasiado.
Tomasa por fin reaccionó un poco, tratando de apartarse, pero María colocó una de sus manos tras la nuca de la chica, impidiendo que sus bocas se separaran. Entonces María decidió acentuar sus disculpas y llevó su mano libre a la entrepierna de Tomasa, donde apretó con fuerza, frotando y acariciando los bajos de la criada con notable habilidad.
- Ummmm – gimoteaba Tomasa, no sé si quejándose o disfrutando.
El beso duró más de un minuto, hasta que súbitamente, María liberó a Tomasa. Se quedó mirando un segundo a la aturdida chica, que no acertó más que a mirar con los ojos muy abiertos a la dominante mujer. Entonces María tomó a la criada de una muñeca, atrayéndola suavemente hacia la mesa. Yo, disfrutando por primera vez del amor lésbico, no atinaba a hacer nada, pero mi pene, dura barra en mi pantalón, tenía ideas propias sobre el asunto.
- No, no – balbuceaba Tomasa, tratando de oponerse débilmente.
Bueno, ella diría que no, pero la verdad es que sus pies se dirigían hacia la mesa sin oponer mucha resistencia. Cuando estuvieron junto a ella, María posó sus manos sobe los hombros de la muchacha y la empujó suavemente hacia atrás, haciéndola subirse a la mesa y tumbarse sobre ella, emulando la postura que practicamos ella y yo un par de semanas antes al comienzo de nuestra “relación”.
Tomasa no se oponía demasiado, supongo que aturdida por el devenir de los sucesos, o porque le apetecía una buena enjabonadita. Quedó tumbada sobre el tablero de la mesa desde las rodillas hacia arriba, quedando sus piernas colgando del borde. María, al parecer bastante ducha en estas lides, no tardó ni un segundo en subirle la falda a Tomasa hasta la cintura, descubriendo las prietas carnes de la chica. La pobre llevaba ese día unas braguitas negras bastante elegantes, seguramente por el mismo motivo por el que se había puesto su mejor vestido, porque claro, en una entrevista con mi abuelo...
María metió entonces sus dedos bajo el borde de las bragas de Tomasa, deslizándolas muy despacio por sus piernas, dejando al descubierto el tesoro de la joven. ¡Y qué tesoro! Desde mi posición, se veía ligeramente abierto, brillante, húmedo, apetitoso. Pensé en apartar a María y ponerme yo, pero era mejor esperar.
María me dirigió entonces una mirada enigmática y lentamente se fue volviendo y aproximando el rostro al coño de Tomasa. Supongo que todos han visto películas de vampiros en los que el chupasangre mira a la cámara y abre mucho la boca enseñado los colmillos, y muy lentamente se va volviendo para hundir los dientes en el cuello de su víctima. Pues así fue como lo hizo María, sólo que no tenía colmillos afilados y en vez de morder en el cuello... le comió el coño.
Esto de los vampiros les parecerá una gilipollez, pero lo cierto es que muchos años después, cuando tuve la oportunidad de ir al cine y vi una de estas escenas, me acordé vivamente de la noche con Tomasa y María, y es por eso que las pelis de vampiros siempre me han parecido muy eróticas.
Bueno, volvamos al tema. María hundió lentamente la cara entre los muslos de la criada, que por muy nerviosa que estuviera, los había separado ampliamente para facilitarle la tarea. En cuanto la boca del ama de llaves se posó sobre su coño, la espalda de Tomasa se curvó, señal inequívoca de que un monumental espasmo de placer la había atravesado.
La postura de las dos mujeres no podía ser más erótica, Tomasa, sobre la mesa, despatarrada, dejándose hacer, y María, de pié, con el cuerpo doblado por la cintura como si fuese una L, con el rostro hundido entre sus piernas. ¡Alabado sea Dios!
María procedió a aplicar todo su arte en comerle el coño a Tomasa. Yo podía ver cómo su lengua se deslizaba como una serpiente por la raja de la joven, estimulando hábilmente por todas partes. De vez en cuando subía y describía círculos alrededor del clítoris, que se veía cada vez más duro y erguido, aunque en seguida volvía a deslizarse hacia abajo, para seguir chupando los jugos de la hembra. Colocó María entonces una mano sobre el chocho de Tomasa, y separando los dedos índice y corazón, atrapó el clítoris de la chica en medio, como si fueran unas tijeras, estimulándolo así a la vez que le chupaba el chocho.
La otra mano no tardó en acompañar a la primera, hundiendo un par de dedos en la gruta de Tomasa, en busca de no sé qué secreto.
Los gemidos de Tomasa sonaban ahogados, y es que la chica se había cubierto el rostro con las manos, como si no quisiera ver aquello. Sí, sí, mucha vergüenza le daría, pero se lo estaba pasando en grande.
¿Y yo? Alucinando. Miles de pensamientos pasaban a toda velocidad por mi mente. ¿Me la follo? ¿Miro? ¿Me pajeo? ¿Se la meto en la boca a Tomasa? ¿Me da un infarto?
Respiré hondo, tratando de serenarme, y lo logré un poco. María, levantó entonces su rostro del chocho que se estaba comiendo y se volvió hacia mí, sin parar de estimular a Tomasa con las manos y me miró, con una expresión indescifrable en el rostro. ¿Extrañeza? ¿Invitación?
Entonces lo comprendí todo. Tantos juegos, tanto tira y afloja, tantos chantajes... María había decidido ponerle fin en ese preciso momento, y yo le había dado la clave. Le había dicho que iba a conseguir que ella me suplicara que me la follara, y que todo acabaría cuando eso sucediera; y estaba tratando de provocarme, para que me la tirara por fin y poner así las tablas en nuestra partida.
Pero eso no podía ser, así ganaría ella. Tanto sufrimiento en estos dos meses, tantos planes... ¡Para nada! Si me la follaba... ¡Ganaría ella! Y eso era algo que nunca me había pasado con una mujer. Seguro que todos ustedes dirán que soy gilipollas, y no les falta razón, pero en aquel momento, tras dos duros meses de castigo, aquel pensamiento me paralizaba.
María entretanto, había reanudado sus ejercicios orales, logrando, a juzgar al menos por el volumen de los gemidos de Tomasa, que la chica se corriera de una vez. Pero eso no detuvo al ama de llaves que, dispuesta a follar conmigo, ni siquiera paró para que la criada disfrutara en paz de su orgasmo, sino que redobló sus esfuerzos masturbatorios sobre el torturado coño de la chica, llevándola a inexplorados territorios de placer.
Aquello era demasiado para mí, mi cuerpo, mi instinto, mi ser, mi polla, me arrastraban irremediablemente hacia las dos mujeres, pero mi mente aún se resistía, en franca minoría, pero firme aún. Pero entonces María, como si fuese capaz de leer mis pensamientos, me dio un último empujón.
Llevó una de sus manos hacia atrás, y tirando lentamente, subió su propia falda hasta recogerla sobre su espalda, mostrando la maravilla de la naturaleza que conformaba su cuerpo. Sus piernas iban enfundadas en unas medias negras muy finas, sujetadas por un excitante liguero del mismo color. Y claro, siendo María una chica obediente, iba sin bragas por lo que su magnífico trasero se mostró en todo su esplendor. Para rematar la faena, la muy puta separó levemente los muslos, permitiéndome ver desde atrás los hinchados labios de su coño.
- ¡ A – LA – MIER- DA! – pensé.
Y ya no resistí más. Como un loco, me lancé contra aquellas medias lunas perfectas, agarrándolas como pude con mis manos, besándolas, lamiéndolas, amasándolas. Mis dedos volaban inquietos por todas partes, perdiéndose entre sus muslos y hurgando entre sus labios vaginales, donde encontraron un enloquecedor encharcamiento. Yo chupaba, tocaba, pellizcaba, mordía, pero la dueña de aquel culo no profirió ni una queja, sino que siguió suministrándole placer a la afortunada chica readmitida.
Como loco, logré desabrochar mis pantalones y bajármelos hasta los tobillos, apareciendo mi rezumante picha, erecta al máximo, dolorosamente dura, sabedora al parecer de que por fin, tras dos largos meses, iba a volver a hundirse en una palpitante vagina.
En otras circunstancias me hubiera encantado propinarle a María el mismo tratamiento que ella aplicaba a Tomasa, pero ya no aguantaba más. Me coloqué detrás de María, la apoyé una mano en sus caderas, agarré mi polla con la otra mano... Y me di cuenta de que era demasiado bajito.
Me dieron ganas de gritar. Pero era lógico, María medía como 1,70, y me sacaba casi 30 centímetros. Mi polla no estaba mal, pero me hubiera hecho falta la de Nicolás para meterle un trozo suficiente a aquella puta. Claro que podía hacerlas cambiar de postura, pero aquella posición me tenía excitadísimo, y deseaba tomarla así.
Pero no había problema, acerqué una silla al trasero de María, que había alzado el rostro, mirando curiosa y divertida mis maniobras. Me arrodillé sobre la silla y ahora sí, aunque en equilibrio precario, su chocho quedaba a la altura idónea.
- Buena idea – susurró con voz húmeda María, antes de volver a sumergirse en el charco de Tomasa.
- Estupendo, me alegra que te guste - estuve a punto de decir.
Pero en vez de decir tonterías, afirmé mi glande a la entrada del chocho del ama de llaves y muy suavemente... se la metí.
Los ángeles entonaron un ¡Aleluya!, por fin la vida volvía a tener sentido. Yo había nacido para aquello... Y María también. ¡Madre mía! ¡Cómo apretaba aquel coño! Era increíble que un agujero capaz de meterse algo como lo de Nicolás, fuera capaz de estrecharse lo suficiente como para ceñir mi pene de 12 años (por muy desarrollado que estuviera).
¡Cómo follaba la tía! Os juro que yo no percibía movimientos fuertes de su cuerpo, ella seguía dedicada al sexo oral, pero dentro de su coño... ¡una tormenta! Sus jugos empapaban mi rabo, permitiéndolo deslizarse con facilidad, pero a la vez todos los músculos se movían, apretando y ciñendo hasta derretirme de placer.
Desde esa postura hubiera deseado prenderme de los melones de María, pero dada mi corta estatura, hubiera tenido que inclinarme demasiado, cosa peligrosa allí, encima de la silla, así que tuve que conformarme con sobar sus prietas nalgas, usando sus caderas como asidero para marcar el ritmo de la follada.
Y mientras Tomasa, apartadas las manos ya de su rostro y dedicadas a juguetear con el pelo de María, alcanzó un nuevo orgasmo, que la hizo gritar y gemir desesperada.
- ¡AAAAHHHHH! ¡DIOOOOOSSS! ¡SÍIIIIIIIII! – gritaba.
Desde luego si nos pillaban, nos mataban a los tres, pero eso ni se me pasó por la cabeza, así que seguí bombeando. Llevé una de mis manos por delante de la cintura de María, tocando su coño, palpando mi propia polla y notando cómo se hundía una y otra vez en aquel glorioso coño. El éxtasis.
Y estallé. Me corrí como un animal, creo que nunca antes lo hice de forma tan intensa y abundante. Creo que incluso grité, pero no estoy seguro, pues los oídos me zumbaban y yo no prestaba atención a nada más que a mi esencia que se derramaba por completo dentro de aquella mujer.
Por desgracia, aquella espectacular avenida hizo que moviera un poco el cuerpo, con lo que perdí el equilibrio sobre la silla. Afortunadamente, logré sujetarme (al culo de María) y no me caí, pero mi polla se salió de aquella maravillosa funda, yendo mis últimos lechazos a estrellarse contra la parte trasera de los muslos de María, en vez de derramarse en lo más profundo de su coño como era mi intención.
Nos quedamos así los tres, sin movernos, respirando agitadamente, tratando de recuperarnos. Me di cuenta entonces de que a pesar del formidable polvo que acababa de pegar, mi polla seguía enhiesta, latiendo en busca de hundirse de nuevo en una mujer.
Un poco agarrotado, me bajé de la silla y me senté, aun respirando con dificultad. María, se levantó entonces como un resorte, poniéndose en pié, con lo que la falda se le deslizó cubriendo sus piernas; se la veía sudorosa y cansada.
- Bueno, ya me he “disculpado” – dijo entonces.
Yo la miré, increíblemente hermosa, y respirando hondo, logré responderle.
- María, yo... No esperaba esto.
- ¿No? Me dijiste que me disculpara y lo he hecho.
- Sí, pero yo me refería tan sólo a...
- Bueno, da igual – me interrumpió – Lo hecho, hecho está. Ahora me voy. Podéis continuar la fiesta solos, veo que aún tienes ganas de marcha.
Al decir esto apuntó con su barbilla hacia mi erección.
- María – dije entonces un poco más sereno – Tienes razón. Ya estamos en paz. Se acabó todo.
- Bien.
- Pero te pido, si lo has pasado bien... Que te quedes con nosotros.
- Sí, por favor – resonó la vocecilla de Tomasa, sorprendiéndonos a ambos.
María nos miró, primero a uno y después a otro.
- Creo, que no –dijo.
- Vamos María – continué – Lo de esta noche ha sido increíble, y aún puede mejorar.
Tomasa asentía vigorosamente, aún medio despatarrada sobre la mesa, con el coño rezumando jugos.
- ¿Ves? Tomasa quiere devolverte el favor – dije guiñando un ojo.
María se rió un poco.
- Eres un cabrón – dijo sonriente – Después de como me has tratado...
- Es cierto. Pero también lo es que todo lo empezaste tú. Dime, si hubieras estado en mi lugar, ¿qué habrías hecho?
Se lo pensó unos segundos, antes de encogerse de hombros y contestar:
- No lo sé. Supongo que lo mismo.
- Y no me negarás que lo hemos pasado bien... – dije zalamero.
- No te pases.
- ¡Venga ya! El día con Don Tomás fue divertido ¿o no?
- Bueno... – dijo ella, riéndose.
Entonces sucedió algo inesperado. Tomasa, sin que nos diéramos cuenta, se había deslizado hasta quedar sentada al borde, justo a la espalda de María. Entonces, rodeó a la mujer con sus brazos colocando una de sus manos sobre los pechos del ama de llaves y deslizando la otra hasta su entrepierna, donde apretó con fuerza, repitiendo el proceso que María le había aplicado a ella al comienzo de la velada.
- ¡AAHHH! – gimió María encogiéndose, a medias entre el placer y la sorpresa.
Aquel ataque, totalmente inesperado al provenir de la tímida Tomasa, acabó de vencer la resistencia de María, la cual no olviden llevaba bastante tiempo sin hincarse nada en el coño.
- Vamos señorita María – susurraba Tomasa – Que esto no está aún satisfecho.
Mientras decía esto, Tomasa clavaba con mayor fuerza sus dedos en la entrepierna de María, mientras delicadamente, la besaba en el cuello y en las orejas. María, rendida por fin, volvió el cuello para volver a fundirse en un tórrido beso con la criada.
Tomasa volvió a deslizarse hacia atrás, sentada sobre la mesa, obligando a María, prendida de sus labios, a subirse también sobre el tablero. Así que, finalmente, Tomasa quedó sentada casi al borde opuesto de la mesa, con las piernas separadas, y en medio, María tumbada sobre la mesa, medio vuelta hacia la criada y morreándose con ella.
En esa postura, me subí junto con ellas, subiéndole de paso la falda a María hasta la cintura. Y sin zarandajas, se la volví a clavar.
Dios qué placer. Mi polla aún estaba un tanto escocida por el anterior orgasmo, pero respondió magníficamente. Me hundí en María como un cuchillo en mantequilla, haciéndola gemir de placer contra la boca de Tomasa.
Ésta, muy hábilmente, había llevado su manos hasta el busto de María, y había comenzado a desabotonarle la blusa. Aquella noche, María tampoco usaba sujetador, supongo que era un recurso más dentro de su plan, así que me encontré frente a frente con sus cautivadores senos, en medio de los cuales hundí mi rostro.
Yo follaba y follaba, con las manos apoyadas sobre la mesa para mantener mi torso erguido y poder seguir así paladeando aquellos deliciosos manjares. Mientras, Tomasa seguí prendida a los labios de la otra mujer, intercambiando saliva con pasión. La mano de María se había aferrado a la nuca de la criada, acariciándola, haciendo que sus bocas estuvieran más unidas. Mientras, Tomasa deslizó una mano entre nuestros cuerpos, llevándola hasta el coño de María, acariciando allí tanto mi polla como el chocho de la mujer.
¡Qué maravilla! Por fin, entre Tomasa y yo logramos llevar a María al clímax. Sus muslos apretaron sobre mis caderas y sus ojos se abrieron como platos, mientras la lengua de Tomasa seguía hundida en su garganta, impidiéndole gritar a los cuatro vientos el placer que sentía.
- Urglglglggg – gorgoteaba María contra la boca de la otra.
Y yo redoblaba mis culetazos, dispuesto a que aquella fuera la mejor corrida en la vida de la chica, dispuesto a perdonar y pidiendo perdón, follando como nunca antes.
No puedo asegurarlo, pero María tuvo dos o tres orgasmos encadenados. O quizás fue uno solo, de duración extra larga. Lo cierto es que estuvo al menos cinco minutos completamente tensa, gimiendo y retorciéndose en espasmos de incontrolable placer.
Así hasta que yo alcancé mi propio clímax.
En esta ocasión yo no tenía la cabeza tan ida, controlaba un poco más, así que segundos antes de la avenida, la saqué de dentro del coño, y colocándola en medio de los labios vaginales, la froté repetidas veces hasta que me corrí, empapando la pelvis y la barriga de María. Tomasa por su parte, se dedicó a extender los restos de mi lechada por todo el cuerpo del ama de llaves, deslizando su mano como si estuviese dándole friegas, poniéndola perdida de semen.
Me derrumbé sobre María, agotado pero feliz, después de uno de los mejores polvos de mi vida. María también estaba exhausta, y derrumbada a su vez sobre Tomasa, trataba de recuperar el resuello. Tomasa, por su parte, nos acariciaba a ambos con sus manos, deslizando una por mi pelo en mi caso, y la otra sobre los senos de María.
Permanecimos así un rato, sin hablar, sintiendo el calor de la piel los unos de los otros.
- Levántate un poco, Oscar – dijo María rompiendo la magia – se me está durmiendo una pierna.
Como pude, le hice caso, rodando hacia un lado y quedando casi al borde de la enorme mesa.
- ¡Dios mío! – exclamé – Tantas veces que he comido en esta mesa. ¡Y no me había dado cuenta de que es la puerta del cielo!
Las dos mujeres rieron.
- Tranquilo – dijo María – Yo ya la había probado antes.
- Y yo – añadió Tomasa.
Ahora reímos los tres.
Con torpeza, María se deslizó hacia el lado opuesto y se bajó de la mesa.
- Me habéis puesto perdida – dijo pasándose una mano por el vientre.
- Lo siento – dije echándome hacia el centro, ocupando el espacio liberado por María.
Tomasa gateó sobre la mesa hasta quedar a mi lado, tumbándose con la cabeza en mis pies. Como quien no quiere la cosa, llevó una mano hasta mi entrepierna y comenzó a acariciarme.
- Dígame, señorito – dijo con voz sensual - ¿Cree usted que su amiguito despertará?
- Sigue así y lo comprobarás – respondí yo, que ya empezaba a sentir lo ramalazos de la resurrección de mi pene.
- ¡Cómo sois! – dijo María, sentándose en una silla.
Tomasa no tardó ni un minuto en lograr aumentar el volumen de mi picha unos centímetros. En cuanto estuvo un poco morcillona, se la metió entera en la boca, para terminar el trabajo. Yo, mientras, comencé a juguetear con mis dedos entre el vello del chocho de la chica, dispuesto a practicar un 69 en condiciones.
Pero entonces se acercó María y se prendió de mis labios, metiéndome la lengua hasta el fondo y acariciando mi pecho. Aquello era el paraíso, con aquellos dos monumentos prendidos de mí.
Entonces María separó sus labios de los míos, y de un saltito se subió de nuevo a la mesa, quedando de rodillas junto a mí.
- He escuchado que eres un genio con la boca – dijo con lascivia.
- Bueno... – dije yo.
- Demuéstralo.
- Chup. Chup – decía Tomasa.
Alzó una pierna y la pasó sobre mi rostro, de espaldas a Tomasa. La oscuridad nubló mi vista, pues mi cara quedó bajo su falda, pero yo no necesitaba ver para encontrarle el coño. Y vaya si lo hice.
Hundí deseoso mi cara entre sus muslos, dispuesto a aplicarle todo mi arte. María no se dejó caer por completo, para no aplastarme, pero se mantenía a la distancia justa para ofrecerme su chocho por completo. El poderoso aroma de hembra en celo penetró en mis fosas nasales y contribuyó a facilitar el trabajo de Tomasa, que había obtenido ya una magnífica erección que seguía mamando para mi placer.
El sabor, salado y fuerte, delicioso, turbó mis sentidos por completo. Me daba todo igual, hubiera muerto allí debajo, y no se crean que no había riesgo, pues costaba mucho respirar, pero me daba lo mismo. Chupé, exploré, comí, bebí. Me apliqué al máximo. Y todo con la boca, pues mis manos habían quedado fuera de la falda de María, y sus piernas me impedían meterlas, así que tuve que conformarme con llevarlas a su trasero y estrujarlo por encima de la falda.
Mientras, Tomasa decidió que mi trozo estaba suficientemente duro, y aunque no lo vi, no me costó adivinar lo que estaba haciendo. Se subió a horcajadas sobre mí, y agarrando mi falo, lo apuntó a la entrada de su coño y se clavó, comenzando a cabalgarme lentamente.
La octava maravilla del mundo, sin duda. Yo creí que iba a reventar de placer. No se le puede pedir más a la vida. Las caderas de Tomasa se movían cadenciosamente sobre mi polla, mientras que las de María bailaban sobre mi cara, disfrutando al máximo de los lametones que yo le propinaba.
- ¡OH, DIOS! – gemía María.
- ES bueno, ¿eh? – oí susurrar a Tomasa.
- ¡ES INCREÍBLE!
- Pues por aquí tampoco va nada ¡MAAAAAAAAAL! – aulló Tomasa, incrementando el ritmo de la cabalgada.
María se corrió sobre mi cara, aullando como posesa.
- ¡SÍIIIIIII! ¡OH, MAMÁ! ¡SÍIIIIIIIIIIIIIIIII! ¡SI LO HUBIERA SABIDO ANTEEEES!
Madre mía. Mi boca, mi nariz se inundaron de jugos de aquella hembra. No podía respirar, me ahogaba.
No es broma, tenía la boca completamente llena de coño y de fluidos, cuando me quise dar cuenta me estaba ahogando de de verdad. Como pude, empujé hacia atrás a María, que cayó sentada sobre mi pecho. La mujer, que comprendió lo que pasaba, apartó su falda de mi cara, pudiendo yo por fin respirar.
- Lo siento – dijo divertida.
- No... cof... cof... – tosí – No es nada.
Mientras, Tomasa seguía cabalgando, habiéndose corrido al menos una vez más. Miré hacia arriba y vi que las manos de la criada se habían prendido desde atrás de las tetas de María, que eran amasadas sensualmente. María dijo entonces:
- ¿Te has corrido ya? – dirigiéndose a Tomasa.
La criada asintió vigorosamente con la cabeza.
- Pues vamos a cambiar, que quiero un poco más de polla.
Ambas mujeres intercambiaron sus posiciones, Tomasa sobre mi cara y María sobre mi polla, sólo que esta vez, quedaron frente a frente, teniendo yo un panorama del trasero de Tomasa y su espalda.
- ¿Te ha gustado? – le dije a María.
- Sí, mucho – respondió ella con los ojos brillantes.
- Coma y calle, señorito – dijo Tomasa, apretando de repente su coño contra mi boca.
Y yo obedecí. ¡Ala! ¡Otro coño para comer! Tras dos meses de régimen... ahora un festín. Y debí comérmelo maravillosamente, pues Tomasa se corrió en menos de un minuto.
- Este niño es increíble – gemía Tomasa.
- Sí... ¡AAHH! Sí que lo es – respondía María.
- Señorita... después de esto... Seremos más amigas ¿no?
- Las mejores... ¡OH DIOS! Las mejores amigas del mundo.
Increíble, las mujeres son capaces de ponerse a hablar hasta en los momentos más insospechados.
No sé cómo duré tanto, supongo que estaba un poco cansado, pero todo tiene que llegar, así que cuando noté que me corría, traté de avisar a las chicas.
- UMMFMFMMFFF – farfullé contra el coño de Tomasa.
- Creo que va a correrse – dijo la susodicha.
- Oh – dijo María descabalgándome.
Noté el trasero de María sentándose sobre mis muslos, dejando a mi pobre polla al borde del orgasmo.
- Espera, déjame a mí – dijo entonces Tomasa.
Noté cómo una mano se apoderaba de mi instrumento y lo pajeaba hábilmente, provocando por fin aquello que se avecinaba. Mi corrida. Tomasa descabalgó entonces mi cara, quedando de rodillas junto a mí, sin dejar de pajearme mientras me corría. Alcé la vista y vi que la hacendosa chica no sólo se ocupaba de mí, sino que su otra mano masturbaba a María, acabando por llevarla también al clímax. La ostia.
Esta vez nos pusimos perdidos los tres de semen, aunque la corrida no fue tan espectacular como las anteriores, claro. Por fin, absolutamente derrengados, nos tumbamos los tres sobre la mesa, yo en el centro, con las cabezas de ambas mujeres sobre mi pecho.
Así estuvimos un buen rato, disfrutando del calor de nuestros cuerpos. Nos relajamos tanto que me dormí. Afortunadamente, la siempre responsable María me despertó ya de madrugada, por lo que trabajosamente y tras recoger un poco el salón, regresamos a nuestros cuartos.
Eso sí, antes de irme, propiné a cada chica un lujurioso beso de tornillo, último recuerdo de aquella mágica noche.
Por la mañana desperté derrengado. Me costó Dios y ayuda levantarme y bajar a desayunar. Estaba un poco preocupado por si alguien había notado algo, pero nadie dijo nada. No olvidemos que en aquella casa, los ruidos nocturnos eran habituales.
Pasaron un par de días en los que era yo el que rehuía a las mujeres, temeroso de no ser capaz de dar la talla después de la monumental orgía de aquella noche.
Pero entonces, por fin, se produjo el hecho que yo más esperaba. Mi madre me comunicó que acababan de cumplirse los dos meses de castigo.
Era libre de nuevo.
POR FIN, MI HERMANA...
Había sobrevivido. Había logrado soportar el castigo con notable entereza y determinación, como un hombre (y una mierda, si no llega a ser por Dickie y María, me muero). Bueno, daba igual, lo cierto era que por fin se había acabado mi suplicio, y yo, tras todos los sucesos de esos meses, había salido muy reforzado mentalmente... y sexualmente.
Las cosas volvían a pintar muy bien, pues al lograr que readmitieran a Tomasa, las criadas habían quedado tremendamente impresionadas, por lo que volvían a convertirse en presas fáciles. Si a esto le uníamos que María empezaba a tratarlas con educación y amabilidad, en vez de ser la tirana que siempre había sido, yo me había convertido para las chicas en algo así como un ídolo al que adorar. Y ese ídolo quería de ellas una sola cosa...
Como dije al final del anterior capítulo, pasaron unos días en los que no me acerqué a las chicas para nada, pues tras tanto tiempo sin mojar, la monumental orgía con María y Tomasa me había dejado derrengado, y no me veía capaz de satisfacer por completo a una mujer (lo que hubiera supuesto un mazazo para mi orgullo).
Y no crean que fue fácil resistirse, pues incluso antes del levantamiento del castigo, las criadas decidieron "agradecerme" tanto la readmisión de Tomasa como el cambio de actitud de María, así que se dedicaron a intentar cazarme.
¡Qué días! Imagínense a un grupo de hembras hermosas y lujuriosas persiguiendo a un pobre chico de 12 años, tratando de agradecerle lo que había hecho por ellas. Además, las chicas pensaban que me había pasado dos meses sin follar, así que habían decidido apiadarse de mí y aliviar mi tensión.
Fueron días de achuchones, restregones, frotamientos, camisas mal abrochadas, faldas subidas impúdicamente... por más que me escondiera, siempre aparecía por allí alguna criada con lúbricos pensamientos que intentaba calentarme lo suficiente para que me decidiera a follármela. Cómo había cambiado todo.
Pero yo no me atrevía. Por un lado estaba lo que he dicho antes, que físicamente estaba lejos de mi mejor momento. Pero había una razón más: mi madre.
Aunque las chicas parecían haberlo olvidado, a mí no me ocurría lo mismo, y tenía muy presente que aún seguía castigado, y que, si bien era grave que mi madre me pillara con una mujer en cualquier momento, lo sería todavía más si sucedía justo cuando estaba a punto de cumplir el castigo.
No les pido que entiendan la lógica de mis pensamientos, pero no pierdan de vista que yo aún era muy niño, y le tenía bastante miedo a mi madre, y por nada del mundo estaba dispuesto a volver a pasar por dos meses de castigo.
Así que hice lo único lógico, procurar estar acompañado a todas horas. Hacía horas extra en clase, ayudaba a mamá con las tareas, acompañaba incluso a mi padre a los almacenes de fruta... lo que fuera para mantenerme lejos de las garras de aquellas lobas, las cuales, pobrecitas, no acababan de entender por qué las rehuía ahora.
Dicen que todo lo bueno se acaba, y yo añadiría que todo lo malo también, así que por fin llegó el levantamiento del castigo. No hubo ceremonia, ni reunión familiar ni nada... simplemente, una mañana mi madre me llamó justo antes de ir a clase con Dickie, después del desayuno, y me dio una pequeña charla en mi cuarto.
Bueno – dijo cuando entré al dormitorio tras ella – Sabes qué día es hoy ¿verdad?
Sí, supongo que te refieres a que hoy se termina el castigo – respondí.
Mamá tomó asiento sobre mi cama y me miró un par de segundos antes de continuar.
Y bien, ¿has aprendido la lección?
Sí, la he aprendido – respondí con presteza.
Ella esbozó una sonrisa cansina, se ve que no me creía del todo.
Ay, Oscar, cariño – dijo abrazándome - ¿qué voy a hacer contigo?
Yo estaba allí apretujado contra ella, con mi rostro aplastado contra las dos magníficas mamas maternas. Me excité un poco, pero logré apartar de mi mente los insidiosos pensamientos que pugnaban por entrar en ella.
Afortunadamente, mi madre me apartó de si, y apoyando sus manos en mis hombros, me miró a los ojos.
¿De verdad ha servido todo esto para algo?
Pensé en mentir, era lo más fácil, pero supe que no era lo que mi madre deseaba. Era mejor decir la verdad, aunque fuera más duro.
Mamá, no sé – dije apartándome de ella y sentándome sobre el colchón, a su lado.
Cuéntame – dijo ella dulcemente.
Quiero ser sincero – proseguí – así que te diré la verdad. Mamá, si me estás hablando de si he aprendido que no debo perseguir a las chicas... pues lo siento, pero no es así.
Comprendo – dijo ella.
Pero si te refieres a lo que hablamos hace dos meses... Que debo tener cuidado y no pensar solamente en mí y medir las consecuencias de mis actos... entonces sí, de eso puedes estar segura.
Mi madre sonrió e inclinándose me besó con ternura en la frente.
Es lo que esperaba de ti – dijo.
Estupendo.
Mira Oscar, te conozco bien... "demasiado bien" sería mejor decir – dijo ella aludiendo a nuestro encuentro incestuoso, lo que me hizo enrojecer – Sé que eres clavado a tu abuelo, y no sé cómo eres capaz de liar a cualquier chica para... bueno, para acostarte con ella.
Yo...
No, cállate y escucha. Sé que te gustan las mujeres y que aquí puedes disponer de unas cuantas a tu antojo, así que no seré tan estúpida para prohibirte que lo hagas, pues no me harás ni caso... Pero recuerda lo que te dije ¿de acuerdo?
Sí mamá.
Esta vez fui yo quien la abrazó con fuerza. La quise mucho en aquel momento. No todas las madres serían capaces de ser tan comprensivas con sus hijos en una situación como esa, pero ella lo fue.
Supongo que nuestra propia historia juntos influyó en su comportamiento, pero daba igual; me dio libertad para disfrutar de la vida, no me cortó las alas. Fue hermoso.
Ella se marchó y yo salí un par de minutos después, tras haber recogido mis libros para la clase con Dickie. Pero al salir, me topé de bruces con Marta y Marina que iban hacia el cuarto de mi hermana.
Aquello me devolvió a la realidad. No todo era felicidad en el paraíso terrenal, había luces y sombras. Y la sombra más oscura era mi deteriorada relación con mi prima y mi hermana. Me odiaban.
Hola – dije torpemente.
Hola – dijo Marina, Marta ni habló.
Voy a clase – dije envaradamente.
Y a mí qué – respondió ella.
Bueno, si así están las cosas... – dije y me dirigí al fondo del pasillo.
Pero la voz de Marta me detuvo.
Estarás contento ¿no?
Me volví y miré a las dos chicas.
¿Por qué? – dije, aunque sabía a qué se refería Marta.
Ya no estás castigado... Ahora podrás tirarte a todas las que quieras ¿no? – exclamó mi prima con fuego en la mirada.
Yo callé unos segundos, mirándolas. Se veían dolidas de verdad, decepcionadas, enfadadas. Y tenían razón. Yo las había usado para mis fines, las había perseguido, seducido sin pensar en las consecuencias. Mi madre tenía razón.
Lo siento. Siento haberos hecho daño. Os juro que no fue mi intención – dije.
Aquello las sorprendió. Esperaban una respuesta seca, una de mis habituales salidas de tono y poder así montar una de nuestras peleas. Aquello las desconcertaba.
Lo siento – repetí.
Y me fui a clase.
Entré a la habitación de Dickie tras llamar a la puerta y darme la institutriz permiso para entrar. Iba con la cabeza en otro sitio, pensando en las chicas y en lo mal que me había portado con ellas, así que estaba distraído, en otro mundo.
Eso hizo que no me fijara en algunos detalles reveladores, que me hubieran dado la pista para notar que allí dentro se cocía algo.
Por ejemplo, Dickie estaba arrebatadora; llevaba un vestido azul, con generoso escote, con una hilera de botones por la parte delantera hasta el borde de la falda. Su pelo estaba recogido en un delicioso moño, con algunos bucles sueltos, resbalando por su cuello.
Pero yo entré allí como un burro, con las orejas gachas y mirando al suelo, atravesando su dormitorio con un simple "hola" sin detenerme a contemplar el impresionante monumento de mujer que allí había.
Aquello molestó un poco a la institutriz, sorprendida de que yo, habitualmente tan lascivo, hubiera pasado olímpicamente de ella. Desconcertada, me siguió al cuarto anexo, el que hacía las veces de aula, donde yo ya había tomado asiento y me encontraba disponiendo mis libros, como hacía cada mañana.
Dickie entró al cuarto y cerró la puerta tras de si, mirándome en silencio unos segundos. Por fin, quizás dándose cuenta de que algo raro me ocurría, caminó hasta situarse junto al encerado, procediendo a borrarlo de los restos de las clases del día anterior.
Oscar – dijo entonces – Si eres tan amable de sacudir el borrador.
Aquella era una tarea normal para mí, sacudir el borrador de restos de tiza por la ventana. Con la cabeza en mis cosas, me acerqué a Helen para recoger el borrador, pero ella, simulando torpeza, lo dejó caer al suelo.
¡Oh, qué torpe soy! – dijo con voz aterciopelada.
Lentamente se inclinó para recoger el borrador del suelo, de forma que el escote de su vestido se abrió levemente, revelando a la vista de cualquiera las dos maravillas de la creación de que estaba dotada la maestra, embutidas en delicada lencería.
Pero yo, imbécil redomado, ni siquiera me di cuenta de aquello, sino que me agaché junto con la institutriz y recogí el borrador, sin darme apenas cuenta de que Helen se hubiera inclinado.
La maestra se puso en pié, mirándome desconcertada, mientras yo, pensativo, sacudía el borrador por la ventana abierta. Una vez limpio el artilugio, se lo devolví a la profesora, que se quedó mirándome con él en la mano, mientras yo regresaba a mi asiento.
Oscar, ¿estás bien? – me dijo.
Sí, sí, señorita. Cuando quiera.
Helen, completamente descolocada, no sabía ni qué hacer, no comprendía qué sucedía. Durante los dos últimos meses, ella había sido mi único sustento en materia sexual, cada mañana yo entraba como un lobo a sus clases, deseando al menos obtener el alivio que sus habilidosas manos me procuraban. Ella había arriesgado su trabajo tratando de ayudarme, descargando mis pelotas a base de escondidas pajas, con el miedo perenne en el cuerpo de que mi madre nos pillara y la despidiera; y ahora que no había castigo... ni la miraba.
Desconcertada, decidió comenzar la clase, aritmética si no recuerdo mal, así que ella apuntó una serie de operaciones en la pizarra, para que yo las resolviera en mi cuaderno.
Como un zombi, copié las cuentas y comencé a resolverlas, mientras que la profesora me contemplaba extrañada.
La cosa pudo terminar ahí, pero ella, según me dijo luego, había esperado con ansia aquel día, y además, no estaba dispuesta a permitir que ningún hombre fuera capaz de resistirse a sus encantos.
Por si algún despistado no entiende lo que pasaba, simplemente diré que Helen Dickinson había decidido echarme un buen polvo aquella mañana, para celebrar que mis dos meses de castigo habían concluido, y desde luego, no iba a ser yo quien le impidiese hacer lo que se había propuesto.
Así que la calenturienta profesora se decidió a atacar más a fondo. Lentamente, caminó hasta situarse a mi espalda, para observar cómo resolvía las operaciones mirando por encima de mi hombro. Permaneció allí un par de minutos, hasta que poco a poco, el delicado perfume que la mujer se había puesto esa mañana comenzó a envolverme, enervándome notablemente.
Aunque suene estúpido fue justamente eso lo que me hizo despertar. ¡Coño! ¡Que tenía a miss Dickinson enterita para mí! Con el rabillo del ojo, la contemplé cuidadosamente, echando un disimulado vistazo por el canalillo de su vestido. Aquello bastó para hacerme olvidar mis otros problemas, y poner toda mi atención en el que ahora se me presentaba.
Seguí haciendo cuentas unos minutos, esperando a ver qué hacía la maestra. Pero ella simplemente se mantenía tras de mí, levemente inclinada, revisando con atención mis deberes. Comprendí que quería jugar un poco, así que hice lo que ella estaba esperando... me equivoqué en una operación.
Espera Oscar – dijo mi maestra echándose hacia delante – Ahí has fallado...
Mientras hablaba, se inclinó de forma que su generoso busto quedó apretado contra mi hombro. Yo, por supuesto, me eché un poco para atrás, para apretar aún más contra mí aquellas magníficas mamas. Helen comprendió que yo por fin había despertado, y aunque yo no podía ver su rostro, juro que noté cómo sonreía.
La muy pécora continuó apretando sus senos contra mí mientras corregía la operación, y yo claro, seguí echándome hacia atrás para sentirlos mejor.
Señorita, es que no entiendo bien esto – dije suavemente.
¿El qué? ¿Esto? – dijo Helen - ¡Pero si es muy fácil!
Mientras decía esto, la institutriz se incorporó, despegándose de mí, pero dejó una de sus manos apoyada en mi hombro.
Bueno, lo repasaremos otra vez – dijo.
Se deslizó por detrás mía para sentarse a mi lado (como hacíamos por las mañanas, cuando se dedicaba a pajearme) y deslizó descuidadamente la mano que reposaba en mi hombro por mi cuello, acariciándolo, hasta alcanzar el otro hombro para usarlo como apoyo para sentarse. Fue un movimiento dulce, sensual, que hizo que una corriente eléctrica me recorriera de la cabeza a los pies y provocó que se me erizara el vello de la nuca.
Yo me eché para un lado en el banco amplio en el que estaba, dejándole sitio a Helen para que se sentara a mi lado. Ella así lo hizo, quedando los dos muy juntitos, con su espléndido muslamen bien apretado contra mi pierna.
Dime, ¿qué es lo que no entiendes? – susurró con la vista clavada en el cuaderno.
Comprendí que quería jugar un poco, así que le señalé una operación con el dedo, sin importar cual, pues estaba absolutamente concentrado en mirar de reojo a mi hermosa profesora.
Ella comenzó a explicarme la operación, pero mientras lo hacía, movía suavemente su pierna, frotando muy levemente su muslo contra el mío. Yo la dejaba hacer, consciente de que ella tenía algo en mente y deseoso de averiguar qué era.
Bien, ¿lo has entendido? – dijo de repente.
¿Eh? Sí, sí – contesté sorprendido – Ya lo entiendo.
Estupendo, ahora hazlo tú.
Mientras decía esto, me alargó el lápiz, pero sus "torpes" dedos lo dejaron caer, de forma que fue a parar debajo de la mesa.
Yo lo cogeré – dije rápidamente con ominosos pensamientos en mente.
No, no déjalo – dijo Dickie con ideas similares en la cabeza – Tú coge otro y ve haciendo la cuenta.
Obviamente no protesté. Helen se arrodilló en el suelo, simulando buscar el lápiz, pero claro, no lo encontraba. La situación, que ya de antes me estaba excitando, se volvía cada vez más erótica, pues yo sabía perfectamente lo que iba a pasar, así que mi pene fue levantando su cabeza dentro del pantalón, formando un apreciable bulto, que era lo que mi institutriz deseaba.
¿No lo encuentra? – dije juguetón.
No, debe estar por aquí, pero tú sigue con lo tuyo.
Mientras decía esto Helen había desaparecido bajo la mesa, quedando oculta por el mantel que la cubría. Yo casi temblaba por la expectación, deseoso de que la cosa se pusiera en marcha ya, y Helen no me decepcionó.
¡Ya lo he encontrado! – exclamó desde debajo del mantel.
Estupendo – respondí con un hilo de voz.
Entonces noté las manos de la mujer sobre mis muslos y ella surgió de debajo del mantel justo entre mis piernas, quedando frente a frente con mi masculinidad.
La miré expectante, estaba preciosa, con el pelo un poco revuelto y los ojos brillantes, mirándome desde abajo. Además, llevaba el lápiz en la boca, atrapado entre sus dientes, mordiéndolo con fuerza, y no sé por qué, pero eso me excitó todavía más.
Hoghla – farfulló con el lápiz en la boca.
Hola – respondí yo.
Desvió entonces la mirada y la llevó a la zona de conflicto, encontrándose con que el cohete estaba a punto de despegar. Sonrió entonces, aún con el lápiz atrapado, quedándose mirando mi bulto.
Veo que lo has encontrado – dije por decir algo.
Ella giró la cabeza hacia un lado y escupió el lápiz al suelo, tornando a mirar mi erección de nuevo.
Sí – respondió – pero creo que he encontrado otro más grande.
E incrustó su rostro contra mi entrepierna. Yo, sorprendido, di un respingo y traté de sujetar su cabeza, pero sin mucha convicción.
¿Qué está haciendo? – exclamé - ¡Dios! ¡Me ha mordido!
Efectivamente, Dickie se había lanzado como una leona sobre su presa, y se estaba dedicando a chupar, lamer y sobre todo morder la más delicada zona de mi anatomía pero... ¡por encima de la ropa! Yo notaba cómo sus dientes daban delicados mordisquitos sobre mi miembro, notando cómo las prendas se incrustaban contra él y lo frotaban. Aquello era nuevo para mí, aquel ansia, aquel deseo, aquella lujuria... Helen era la mejor.
Poco a poco fue subiendo por mis caderas, arrancando los faldones de mi camisa, sacándolos del pantalón para desnudar así mi vientre e ir chupándolo y besándolo. Yo poco podía hacer, salvo dejarme devorar y perder mis dedos en los ensortijados cabellos de Dickie.
Ella seguía lamiendo y besando, mi vientre, mi pecho, subiendo poco a poco. Entonces sus manos se posaron sobre mi pene, aún encerrado, y comenzaron a pajearlo por encima del pantalón, estrujándolo con fuerza. Yo seguí acariciando el pelo de Dickie, pero, al igual que ella, cada vez me iba volviendo más violento, más salvaje. Ya no deslizaba mis dedos entre sus bucles, sino que los agarraba y tiraba con violencia, logrando apartar un segundo el rostro de aquella leona de mi cuerpo, para poder mirarla a los ojos. Pero ella no sentía dolor, pues volvía a echarse hacia delante, mordiéndome, devorándome.
Por fin logré atraerla hacia mí, quedando nuestras bocas muy próximas. Nos miramos unos segundos, jadeantes y nos abalanzamos uno contra el otro fundiéndonos en el más libidinoso de los besos. Su lengua se hundió en mi boca, llegándome hasta el fondo, buscando la mía con frenesí, siendo correspondida con creces.
Sus manos apretaron con fuerza mi pene, hasta casi hacerme daño, y finalmente lo soltaron, comenzando a pelearse con los botones del pantalón para liberar al fin al prisionero de su encierro.
Dickie, que estaba de rodillas entre mis muslos, se enderezó todavía más, apretando aún más su cuerpo contra el mío, estrujando mi polla ya libre entre nuestros vientres. Mientras, seguíamos besándonos con furia, hasta que sus manos fueron despojándome de la camisa, dejándome el torso desnudo.
Y claro está, mis manos no permanecieron ociosas. Como estábamos tan pegados era difícil agarrarle las tetas, así que me dediqué a acariciarle la espalda, hasta que llegué a su soberano trasero, que amasé con pasión por encima del vestido.
Ella comenzó entonces a deslizar sus manos por mi espalda, acariciándome, arañándome (menudas marcas me dejó), hasta que en una de las pasadas me hizo auténtico daño, por lo que me quejé.
¡Ay! – exclamé aún con su lengua en mi boca.
¿Qué te pasa?
¡Coño! ¡Que me has hecho daño! – dije llevando una mano a mi espalda para ver si me había hecho algo.
¡Qué delicadito eres! – exclamó Dickie mirándome furibunda.
Me quedé un poco sorprendido por su respuesta, y ella debió leerlo en mis ojos, pues se echó a reír.
¡Ay! Oscar, perdona... – dijo sin para de reír – Me dejé llevar. Es que hace tanto tiempo que esperaba esto...
Vaya, gracias – respondí – Es que no me esperaba que te pusieras tan... cachonda.
Pues anda que tú – dijo ella dándome un pellizquito cariñoso en la punta del capullo, que seguía por allí empalmado.
¡Ay!
¿También te duele eso? – dijo Helen, zalamera.
Bueno...
Pensé que te gustaría...
Me gustan más otras cosas – respondí, aunque aquello me había encantado.
¿Sí? ¿El qué? Pensé que te gustaba todo lo que yo te hacía.
Sí, y así es... Es sólo que llevo tanto tiempo sin follar... – mentí – Que preferiría algo un poco más... dulce.
De acuerdo.
Tras decir esto, Dickie se acercó poco a poco a mi entrepierna y delicadamente, agarró mi falo por la base, comenzando a pajearlo muy despacito.
¿Esto te gusta más? – dijo mirándome.
Bueno... No está mal.
¿Y esto? – preguntó dándome un besito en la punta del capullo.
Uffff... Sí.
¿O prefieres esto? – susurró mientras daba un delicioso lametoncito a lo largo de mi pene.
Ummm... mejor – dije cerrando los ojos.
¿O esto?
Mientras decía esto, Helen engulló mi falo por completo. Pude notar cómo mi picha iba centímetro a centímetro siendo recibida por la golosa boca de mi institutriz, empapándose en el calor, en la humedad de las profundidades de su garganta, hasta que su rostro quedó absolutamente incrustado en mi entrepierna. Se quedó allí casi un minuto, con mi polla enterrada hasta el fondo, juro que hasta noté su campanilla. Fue increíble, casi me corro sólo con eso, pero afortunadamente, ella comenzó a retirarse, deslizando suavemente sus labios por todo el tronco a medida que éste emergía de su boca.
¿Te gustó eso más? – dijo entonces.
Yo sólo acerté a resoplar y asentir con la cabeza.
Bien, pues sigamos.
Y comenzó a mamármela.
Era maravillosa. Su boca era una auténtica artista, en provocar sensaciones, en chupar, en lamer, en humedecer. La cabeza me daba vueltas, mi mente se vio invadida por imágenes de Dickie chupándosela a mi abuelo, al cura de su internado, al amante de la estación... Me sentí feliz, era uno de los elegidos, uno del reducido grupo de hombres (aunque quizás no fuese tan reducido) que habían sido suficientemente afortunados para que los labios de aquella diosa se dignaran a recibir su polla.
Era imposible aguantar aquello durante mucho rato, así que empecé a notar los síntomas de una inminente erupción.
He... Helen - acerté a farfullar.
¿Ummm? – dijo ella con la boca llena de polla.
Me... me... co... – no podía ni hablar.
Pero ella me entendió, así que se la sacó por completo de la boca. Apoyó entonces mi pene contra su mejilla, y comenzó a acariciármela con el rostro, como si fuese una gatita, mientras clavaba su mirada en mi rostro.
Así me gusta – dijo – Que avises antes. Bien, como has sido bueno...
Y tras decir esto volvió a engullir mi polla por completo, pero esta vez, en vez de dejarla deslizarse entre sus carnosos labios, la dejó resbalar entre sus dientes, de forma que yo los sentía perfectamente arañando mi falo. Ya no pude más.
Heleeeeeeeeeen – siseé mientras me corría.
Ella se agarró con firmeza a mis muslos, manteniendo mi polla bien enterrada en su boca, recibiendo así mi tremenda lechada directamente en la garganta, tragándola casi por completo. Pero la corrida fue tan intensa que finalmente no pudo aguantar, así que tuvo que sacársela de la boca, de forma que los últimos disparos fueron a parar a su cara y a su vestido.
Helen sacó entonces un pañuelo, y muy discretamente, escondió el rostro en él para escupir los restos de semen que no había sido capaz de tragar. Finalmente se limpió también la cara, y se volvió hacia mí. Tenía los ojos un tanto enrojecidos, supongo que porque casi se ahoga.
Vaya – dijo – Creí que podría con todo.
Lo... lo siento.
No, si no es culpa tuya. Sé que a los hombres o excita mucho correros dentro, así que pensé en hacerte un regalito, pero ha sido demasiado.
Helen – dije besándola tiernamente – No tienes que hacer cosas como esa para complacerme. ¿Te acuerdas de lo que hablamos? El sexo debe ser placer para ambos, no que uno haga algo que no desea para darle gusto a su pareja. Cualquier cosa que te haga sentir mal a ti, también me hace sentir mal a mí.
Me miró unos instantes, sonriente, antes de volver a besarme.
Me encanta cuando dices cosas como esa. Me hacen sentir especial – me dijo.
Me encanta cuando te refieres a mí como hombre.
Es que eres más hombre que cualquiera que haya conocido.
Y volvimos a besarnos. Ella me echó las manos al cuello y yo puse las mías en su espalda, besándonos y acariciándonos con auténtico cariño. No sé cuánto duró aquel beso, pero lo que estaba claro es que mi picha no iba a durar mucho tiempo dormida, sobre todo con aquel esplendoroso y caliente cuerpo de mujer estrujándose contra ella.
Cuando Dickie notó mi erección se apartó de mí, echando un vistazo hacia abajo.
Vaya, vaya, parece que hemos despertado a nuestro amiguito – dijo.
Sí, es que tiene el sueño muy ligero – respondí.
Helen se rió de mi chiste, y sonriendo dijo:
Pobrecito, habrá que dormirlo otra vez.
Sí, pero primero tú.
Me puse de pié y asiendo a Helen por las manos la ayudé a incorporarse también. Entonces, con un brusco movimiento, despejé la mesa de libros y cuadernos, regando el suelo con ellos y con delicadeza, guié a Dickie para que se sentara sobre ella. Yo, por mi parte, volví a mi asiento, que acerqué a la mesa para quedar justo frente a las rodillas de la mujer.
Bueno, bueno – dijo Helen - ¿Qué tienes en mente?
Como si no lo supieras – respondí, arrancándole una sonrisa.
Sin apartar mi mirada de su rostro, así el borde de su vestido, comenzando a abrir los botones desde abajo, muy despacio. Sus piernas, embutidas en unas finas medias iban apareciendo frente a mí, levemente separadas, para no entorpecer la visión del delicado tesoro que yo buscaba. Yo, con delicadeza, metí mis manos bajo su falda, acariciando sus muslos, hasta encontrar el borde de sus medias y poder deslizarlas lentamente, quitándoselas.
Seguí con los botones...Uno... dos... cada vez me acercaba más a mi codiciado objetivo, hasta que por fin, abrí el que quedaba justo a la altura de su entrepierna, descubriendo al fin lo que buscaba: El coño de mi maestra.
Ahogué un gemido de sorpresa, pues resultó que mi elegante institutriz inglesa iba sin bragas, lo que me calentó todavía más.
Hacía meses que no lo veía, y me pareció aún más hermoso de como lo recordaba. Poblado de rubios cabellos, sin depilar, de labios gruesos, entreabiertos, mojados, la cuna de todos los placeres.
Mi pensamiento inicial era desnudarla por completo, abriendo todos los botones de su vestido, pero aquel formidable chocho me fascinó, hipnotizándome, así que me olvidé del vestido (que quedó abierto hasta la cintura, con los faldones colgando a los lados) y hundí el rostro entre los muslos de la maestra, respirando profundamente el delicioso aroma de mujer.
Helen, ¿te has echado perfume por aquí? – pregunté al notar un olor extraño.
N... no – balbuceó la inglesa, indicando a las claras que sí lo había hecho.
Vaya, chica, pues entonces el coño te huele a rosas – dije riendo.
¡Guarro! – exclamó la institutriz, un tanto molesta.
Pero yo no le di oportunidad de protestar más, pues me zambullí de cabeza entre sus muslos, apoderándome de su coño con labios, lengua y dientes.
¡AAAAHHH! – gimió la mujer.
Yo me apliqué a comérselo, deleitándome con el jugoso coño de la inglesa, empleando todo mi arte en materia de sexo oral. Sujeté sus muslos con mis brazos, manteniéndolos quietos y bien separados, para tener su chocho a mi completa disposición.
Helen, disfrutando como loca, se abandonó al placer, tumbándose por completo sobre la mesa y dejándome hacer, dedicándose exclusivamente a gemir y suspirar.
¡Diosssss! ¡Qué buenooooooo!
Pero entonces, un imprevisto pensamiento asaltó mi mente. ¡Mi madre! Si nos pillaba así me mataba.
Interrumpí mi almuerzo, y alcé la cabeza para mirar a Helen, con los jugos de la inglesa resbalando por mi barbilla. Ella, sorprendida, alzó un poco la cabeza y me preguntó con educación exquisita:
¿Estás gilipollas o qué? ¿Por qué coño te paras?
Verás, Helen – dije titubeante – Estaba pensando... ¿Y si a mi madre le da por pasarse por aquí como suele hacer últimamente?
Helen se quedó callada, mirándome durante un segundo.
Eres un cabrón, cuando te la chupaba yo a ti no tenías tantos melindres – dijo.
Me sentí mal porque tenía razón, no sabía ni qué decir.
Lo siento, es verdad. Es que... no podía pensar... lo hacías tan bien...
Helen se rió un poco antes de tranquilizarme.
Ay, Oscar. No tienes de qué preocuparte.
¿Qué?
Sí, tu madre no va a aparecer por aquí en toda la mañana.
¿Cómo estás tan segura? – pregunté intrigado.
Porque ayer tuve una charla con ella y le dije que hoy iba a follar contigo y que no molestara.
¿QUÉ? – exclamé anonadado.
Al decir esto, traté de incorporarme y sacar mi cabeza de entre las piernas de la mujer, pero ella apretó los muslos impidiéndome escapar.
Alto ahí amiguito, aún no has terminado el trabajo que estabas haciendo. Y yo no te he enseñado a dejar los deberes a medias, ¿verdad? – dijo ella sensualmente.
Pero...
Pero nada, ya te he dicho que está todo arreglado.
Pero... – insistí - ¿Es que mi madre sabe lo que estamos haciendo?
Pues claro, tonto. Y lo que hemos estado haciendo durante el castigo también.
¿QUÉ?
Mira Oscar – dijo Dickie sonriendo – Tu madre es muy consciente de lo increíblemente lujurioso que eres y que dos meses de completa abstinencia eran demasiado para ti, así que me dio permiso para... aliviarte un poco.
No puedo creerlo – dije atónito.
Pues créetelo. Pero eso sí, no podía tener sexo contigo, tenías que cumplir un castigo, así que nos vigilaba discretamente para asegurarse de que no incumplíamos las reglas.
¡Dios mío!
Los pensamientos se arremolinaban como torbellinos en mi mente. ¿Sabría mi madre también lo que le había hecho a María? ¿Y lo del recibimiento a Tomasa? ¿El día del doctor? Les diré, queridos lectores, que nunca supe si así era.
Entonces Dickie, harta de esperar, me metió un poco de prisa.
Venga, chico, tú sigue con lo tuyo – me dijo mientras apretaba con una mano mi cabeza contra su coño.
Y quien era yo para desobedecer a la maestra.
Aún aturdido por la conversación, reanudé mi comida con un poco de torpeza, pero bastaron unos instantes perdido entre los muslos de aquella mujer para devolverme al paraíso terrenal. Contento y más tranquilo, redoblé mis esfuerzos para llevar a Helen a nuevos niveles de placer.
Consciente de que con aquella mujer no valía la dulzura, comencé a darle bien duro, devorándole literalmente el coño, chupando con fuerza su clítoris, que ya había emergido esplendoroso, y por supuesto, hundiendo tres dedos con fuerza en su vagina, recorriendo el interior de la chica con habilidad.
¡Qué comida! Desde luego fue para estar orgulloso. A pesar de las pausas e interrupciones, logré que la inglesita se corriera al menos dos veces hasta que quedé saciado de coño. Me aparté de ella y la miré, excitada, cachonda y sudorosa.
Llevada por el placer, se había literalmente arrancado los botones que quedaban de su vestido, con lo que sus pechos estaban al aire, aún cubiertos por el sujetador de encaje, que estaba ligeramente desplazado, seguramente por el magreo de tetas que la misma institutriz se habría propinado.
¿Te ha gustado? – pregunté poniéndome en pié entre sus muslos.
Helen asintió con la cabeza, incapaz de hablar al parecer. Yo llevé una mano a su entrepierna, que acaricié con fuerza, provocando un nuevo espasmo de placer en el cuerpo de la dama. Deslicé esa mano hacia arriba, hasta llevarla a sus pechos, que amasé firmemente, apartando el sujetador sin quitárselo, liberándolos de su encierro. Se mostraron ante mí, majestuosos, los mejores senos que había yo visto, con los pezones duros, erguidos, deseosos de ser chupados y mordidos.
Por supuesto no me resistí, y sin darle tiempo a la chica de recuperarse, me eché sobre ella, encima de la mesa, apretando mi rezumante polla contra su cálido coño, mientras mi rostro se hundía en medio de sus tetas, deseoso de lamerlo todo. Mis manos se aferraron de aquellas montañas, acariciándolas y estrujándolas con dureza, sabedor de que era así como le gustaba a la chica, absorbí un pezón con los labios, jugueteando con mi lengua en él, probándolo.
Yo ya no podía más, estaba embrutecido, necesitaba metérsela ya, y me dispuse a ello. Eché el trasero un poco para atrás, buscando la entrada de su coño con mi pene, pero el súbito movimiento junto con el peso de dos personas hizo que la mesa se tambaleara, con lo que a punto estuvimos de caernos.
Era lógico, pues aquella era una simple mesa camilla, lejos del imponente mueble de roble del salón, donde yo había celebrado mi última sesión de sexo.
Espera – dijo Dickie apartándome – Aquí vamos a caernos.
Diciendo esto, se bajó de la mesa y se puso en pié. Yo estaba enfebrecido y no comprendía adónde iba; sólo pensaba en meterla ya.
Ven aquí – dije agarrándola y tirando hacia mí.
Espera, tonto, vamos a mi cuarto – dijo ella tratando de zafarse de mis achuchones y caricias.
Pero yo no estaba dispuesto a dejar que se fuera a ningún lado, la quería ya y allí mismo. Me bajé de la mesa y me abracé a su cuerpo, metiéndole mano por todos sitios, tratando de hacer que se inclinara un poco para poder hincársela. Dickie, entre risas, se resistía, tratando de librarse de mis manos, que por momentos parecían los tentáculos de un pulpo. Bastaba con que lograra liberar un pecho o un muslo, para que cuatro manos más la agarraran de otros tantos sitios.
Pero claro, ella era más fuerte, así que, poco a poco, fue logrando arrastrarme hacia el dormitorio, pero yo no me rendía. Parecía un perro en celo, frotando mi erección contra la pierna de la mujer, que, muy divertida, seguía tirando de mí.
Entre risas, Helen tropezó y cayó al suelo, pero lejos de enfadarse, siguió avanzando hacia su cuarto, conmigo prendido como una garrapata. A gatas, como pudo, logró alcanzar el dintel de la puerta que separaba ambas estancias y se agarró a la manija de la puerta, abriéndola. Como yo seguía tirando, se aferró directamente al marco, para hacer más fuerza y evitar que yo la arrastrara de vuelta al aula. Yo, comprendiendo que no iba a lograr vencerla, decidí lanzar un último ataque.
Rápidamente, cogí los faldones de su vestido y los alcé, echándolos sobre su espalda, dejando así su maravilloso trasero al descubierto. Me coloqué tras ella y, hábilmente, situé mi falo en la entrada de su húmeda cueva. Y empujé, clavándosela en el coño desde atrás.
¡AAAAHHH! ¿QUÉ HACES, CABRÓN? ¡ESPERA UN POCOOOOO! – gritó.
Sí, para esperar estaba yo. Sin piedad, comencé a arrearle culetazos, produciéndose un delicioso aplauso entre mi vientre y su trasero. A cada empellón, ella se soltaba un poco más del marco de la puerta, inclinando el torso hacia delante, facilitando mi tarea.
Por fin, claudicando por completo, Helen apoyó la cabeza en el suelo, quedando con el culo en pompa, totalmente abierta a mí. Y yo, como una bestia salvaje, seguí follando y follando, dándole empujones cada vez más vigorosos, disfrutando de aquella hembra tanto como ella de mí.
Uffff, sí, sigue, así... No te pares, ¡MÁS FUERTEEE! – gritaba Dickie.
Toma, zorra, te la voy a meter hasta el fondo – respondía yo.
¡SÍ, HAZLO, SIGUE, FÓLLAMEEEEE!
Pocas mujeres he encontrado en mi vida tan calientes y lujuriosas como Helen Dickinson. Con ella no valían jueguecitos ni tonterías, había que practicar sexo duro y salvaje. Por suerte, para mí eso no era un problema.
Seguí bombeando como loco, resoplando embravecido, follándola con fuerza. Llevé mis manos a su espalda y tironeé del vestido, obligándola a alzar uno de sus brazos para sacarle una manga y repitiendo el proceso con la otra. Arrojé su ropa a un lado y me dediqué a forcejear con el broche del sostén, pues quería desnudarla por completo, todo esto sin disminuir el ritmo de bombeo.
Por fin lo logré y tiré también el sujetador hacia un lado, redoblando entonces mis esfuerzos en aquel coño. Helen aguantaba como podía, con medio cuerpo en cada habitación, resistiendo y disfrutando mis embates.
¡OH
MY GOD! ¡I´M COMIIIIIIIING! – aulló.
Alcanzó un nuevo orgasmo, chillando como loca, hasta que noté que sus gritos quedaban súbitamente amortiguados.
Ummmgmmmmammm – siseaba.
Eché la cabeza a un lado, para poder ver qué pasaba, y vi que la muy zorra había clavado sus dientes en su propio brazo, mordiéndose para ahogar los gritos de placer.
Estaba claro que yo no iba a aguantar mucho más, así que aceleré un poco para precipitar mi propio clímax. Helen lo notó, y liberando su brazo, acertó a balbucear:
N...no te co... rras...
La entendí perfectamente a pesar de lo aturdida que estaba mi cabeza, así que se la desenfundé del coño. Pensé en clavársela en el culo y correrme allí, pero vi que su ano estaba muy apretado por la tensión y el esfuerzo que habíamos realizado y comprendí que si la forzaba iba a hacerle daño. Así que coloqué mi ardiente nabo entre sus nalgas, a modo de sándwich y lo froté repetidas veces hasta que vacié mi carga sobre su espalda.
Ahora era yo el derrengado. Me dejé caer sentado, al lado de la yaciente Dickie, apoyando la espalda contra el marco de la puerta. Ella también se tumbó, de costado, resoplando agotada.
Eres increíble – me regañó - ¿No podías esperar a llegar a la cama?
Es que... en la cama ya lo habíamos hecho – respondí arrancándole una sonrisa.
¿Y qué?
No, nada – dije – Pero no irás a decirme que no te ha gustado.
Cerdo – dijo guiñándome un ojo.
Zorra – respondí acariciándole un pecho.
Helen dio un profundo suspiro y se tumbó boca arriba, mirando al techo.
No sé cómo lo haces – dijo – pero te apañas para sacar a flote mi lado más salvaje.
Será porque ese lado me encanta – respondí.
Ya, ya – dijo ella con media sonrisa.
Aunque, bien mirado... Me encantan todos tus lados.
Dickie sonrió con el piropo, e incorporándose un poco me dio un tenue besito e los labios.
Eres muy galante – dijo satisfecha.
Gracias.
Aunque... eso de que me llames zorra... – siseó.
Y tú a mí cabrón... – respondí en idéntico tono.
Entonces me di cuenta de la marca que sus dientes habían dejado en su brazo y me asusté.
¡Joder, Helen! ¿Pero qué has hecho?
Me arrodillé a su lado sosteniendo su brazo, dispuesto a examinar la herida (pues se había hecho hasta un poquito de sangre).
Tranquilo – me dijo – No es nada.
¿Nada? ¡Pero si hay sangre!
Te digo que no es nada – dijo liberando su brazo.
Estás un poco loca – dije resignado.
Cierto, esto de acostarme con un crío...
Era hábil cambiando de tema, me zahería un poco para dejar de lado lo que la incomodaba.
¿Un crío? Creía que habías dicho que era un hombre – dije algo molesto.
¿Un hombre? ¿Tú? Aún te queda bastante, nene.
¿En serio? ¿Qué me falta?
Cuando tengas la polla así – dijo separando las manos y marcando una distancia de unos 30 centímetros – ven a hablar conmigo.
No creo que nunca la tenga así – dije callándome súbitamente.
Una sorprendente idea acababa de ocurrírseme, por lo que me quedé callado unos segundos.
Oye, ¿estás bien? – dijo Dickie rompiendo el hilo de mis pensamientos - No te habrás molestado, ¿no?
¿Qué? – dije despertando – No, Helen, no, es sólo que me acordé de algo, pero no tiene importancia.
¿El qué?
Nada, nada.
Ella percibió que yo no quería seguir por ahí, así que cambió de tema.
Bueno, y ahora qué hacemos.
Podríamos seguir ¿no? – dije ilusionado.
¿Y las clases? – preguntó juguetona.
Pues en ella estamos. ¡Reconoce que es la mejor clase de anatomía que jamás hemos dado!
Bueno... La verdad es que es la mejor clase de cualquier cosa que jamás hayamos dado – dijo ella.
Ambos reímos con ganas.
Vale, señorito – dijo Helen - ¿Y cómo vamos a seguir si esto se ha muerto?
Mientras decía esto, llevó su mano hasta mi mustio miembro y le dio un cariñoso apretón, que hizo que la sangre se reactivara en mis venas.
¿Muerto? ¡Qué va! Sólo está descansando, y apuesto a que tú serás capaz de despertarle.
Veámoslo.
Dickie se giró, quedando tumbada boca abajo. Reptando, se ubicó entre mis muslos, quedando su cara muy cerca de mi expectante pene. Tímidamente, llevó una mano hasta él, y, estirando un dedo, comenzó a darle delicados golpecitos.
Despierta, pajarito, que mamá ya está de vuelta...
Los golpes no me gustaron mucho, pero sentir su aliento tan cerca hizo que mi polla se enervara levemente.
Lentamente, Dickie acercó aún más su cara y, sacando la lengua, comenzó a lamerla con dulzura, mientras su mano jugueteaba inquieta con mis bolas. Aquello era delicioso, pero a mí me apetecía mucho en aquel momento besar a aquella mujer, agradecerle todo lo que había hecho por mí, así que, apoyando una mano en sus hombros, le indiqué que se incorporara.
Ella se dejó llevar, levantándose hasta quedar sentada junto a mí, mirándonos a los ojos. Y empezamos a besarnos, con lujuria y pasión, pero también con cariño y amor. Su mano no se separó de mi pene, así que, mientras nos besábamos, ella siguió acariciándomela y cuando obtuvo volumen suficiente, comenzó a pajearla con destreza, hasta ir poco a poco devolviéndola a su máxima expresión.
Estuvimos así un buen rato, con nuestros labios pegados, allí sentados bajo el dintel de la puerta, amándonos el uno al otro, hasta que comprendí que si seguíamos así me iba a correr en su mano.
Shhhht, para – dije rompiendo la magia del momento – Vas a hacer que me corra.
Y es muy pronto para eso ¿eh? – dijo dándome un tierno piquito.
Con sensualidad innata, Helen se puso de pié y ofreciéndome la mano, me ayudó a incorporarme también. Mi pene bamboleaba libre, surgiendo exultante entre mis piernas. Helen lo miró divertida y me guiñó un ojo. Después caminó hacia su cama, sin soltarme de la mano.
Una vez junto a ésta, hizo que me sentara sobre el colchón, justo al borde y se colocó frente a mí. En ese momento se entretuvo en quitarme los pantalones, que aún llevaba puestos y me dejó desnudo como ella. Abrió entonces las piernas y se situó a horcajadas sobre mi regazo, con los pies en el suelo, dispuesta a penetrarse con mi falo.
¿Estás listo? – susurró.
Yo asentí con la cabeza.
Mientras yo mantenía en vertical mi polla con mi mano, Helen se abría bien los labios del coño con la suya, de forma que la penetración salió perfecta, hasta que la chica quedó sentada en mi regazo, mi picha bien enterrada en su interior.
El suspiro que dio hizo que me temblaran las rodillas, aunque eso daba igual pues ella misma soportaba su peso con los pies bien firmes en el suelo. Lentamente, comenzó a subir y bajar su cuerpo, empalándose muy despacio con mi hombría, disfrutando del sexo en profundidad, paladeando el momento.
Yo, tras unos momentos de adaptación, le cogí el ritmo a aquello y me dediqué a disfrutar. Como Helen pesaba bastante más que yo, mis manos permanecían a mi espalda, apoyadas en el colchón, actuando como pilares para no caer, así que no disponía de manos para sobar sus prietas carnes, pero mi boca estaba libre, así que estiré el cuello, de forma que cuando la chica bajaba y quedaba sentada sobre mí, nos besábamos con pasión, y cuando subía desclavándose, eran sus pechos los que eran besados y lamidos por mi inquieta boca.
Estaba siendo un polvo alucinante, pero la postura era muy cansada para los dos, así que pronto cambiamos. Yo me eché para atrás quedando sentado en medio del colchón y ella volvió a sentarse so