Lori Foster

lori foster

RESEÑA BIBLIOGRAFICA

Lori Foster publicó su primera novela en enero de 1996 con el sello romántico Harlequin. Hoy día ha publicado más de 40 libros, y ha recibido el prestigioso reconocimiento de la revista Romantic Times por logros en su carrera. Su rutina actual es de 6 a 10 nuevas novelas cada año. Lori escribe mezclando los sentidos y los sentimientos en romances eróticos; al mismo tiempo que combina valores familiares y un ardiente, pero tierno amor. Aunque Lori disfruta mucho escribiendo y realmente ama su carrera, su prioridad siempre será su familia. Ella vive en una casa de hombres rodeada de su esposo y sus tres hijos, acompañada también por dos traviesos perros..

La vida secreta de Bryan


RESUMEN

Bryan Kelly es un cazador de recompensas que tiene unas cuantas reglas. La primera: las mujeres son para divertirse, no para comprometerse. La segunda: hacer cualquier cosa por su hermano gemelo, incluso suplantarlo para averiguar quién quiere sabotear su centro de beneficencia, aunque tenga que representar el papel de protector de un grupo de prostitutas descaradas y provocativas. Claro que no había contado con Shay Sommers. Aunque intenta conservar la calma, cuando está cerca de ella no consigue evitar tener pensamientos impuros, lo cual nos lleva directamente a la regla número tres: si no puedes evitar la tentación, sucumbe a ella... Shay está decidida a ayudar a esas mujeres desde dentro y logra representar su papel con convicción, hasta el punto de que el atractivo predicador que dirige el centro la confunde con una verdadera prostituta. Aunque más que un pastor parece un lobo, y Shay sospecha que ella podría ser su próxima cena.... 

* * *

Capitulo 1

—¡Hace un tiempo asqueroso! Shay Sommers miró a Dawn, su mejor amiga, con impaciencia. 

Dawn llevaba más de diez minutos haciendo comentarios acerca del tiempo. Lo más probable era que ése fuera su modo sutil de hacerle saber que quería irse. El tiempo era tempestuoso, como el estado de ánimo de Shay. Además, todavía no estaba preparada para irse. ¡De ningún modo! Dawn apartó a un lado la taza de café, algo descascarillada, y fue directa al grano. 

—¡Vamos, Shay! Está oscureciendo y tengo frío. No tiene sentido que nos quedemos más tiempo por aquí. Leigh está camino del hospital y ya sabes que la doctora Martin cuidará bien de ella. 

—¡Claro que lo hará! —¡Shaay...! —repitió Dawn con voz suplicante—. El tipo ya hace rato que se ha ido. 

—Es probable. —Shay tamborileó con los dedos sobre la rayada mesa—. Tú sí que deberías irte. Asegúrate de que Leigh recibe los cuidados adecuados y dile a Eve que me mande la factura. Te llamaré más tarde para averiguar cómo ha ido todo. Dawn entornó los ojos. Eran de un negro profundo. 

—Y mientras, ¿Tú qué harás? ¿Rondar por aquí y asustar a los vecinos con tu cara de pocos amigos? ¿Tramar una venganza? 

El silencio fue una confirmación. Dawn soltó un gruñido y exclamó: 

—¡Joder, Shay! Gracias a ti, Leigh estará bien. Al menos estará mejor que si hubieras decidido cancelar este proyecto. Shay respondió con indignación: —¡Proyecto...! —Siguió tamborileando sobre la mesa y frunció todavía más el ceño—. ¡Esa palabra suena tan ridicula cuando se aplica a personas reales! Dawn le apretó la mano y con mayor suavidad en la voz, le dijo: 

—Ya sé que quieres ayudar, Shay, pero estás haciendo todo lo que puedes. 

—No es suficiente. 

—¡Además, no eres la madre de todo el mundo! 

—He estado pensando... 

—¡Dios nos asista! —exclamó Dawn exhalando un suspiro mientras dejaba caer la frente sobre las manos—. Déjame adivinar, quieres hacer algo más aparte de financiar un centro de acogida, ¡quieres involucrarte de una forma personal! Shay frunció el ceño y repuso: 

—¿Sabes que tienes la desagradable costumbre de hacer que todos mis planes parezcan estúpidos? 

—¿Ah, sí? Me pregunto por qué me resultará tan fácil conseguirlo —respondió Dawn. Shay se quedó boquiabierta y Dawn se apresuró a añadir—: ¡De acuerdo, de acuerdo, olvida lo que he dicho! 

—Dawn juntó las manos en señal de arrepentimiento, pero su gesto no consiguió relajar la expresión severa de Shay—. ¡Enfréntate a la realidad, Shay, tú no perteneces a este mundo! Además, en este momento ya abarcas demasiado. Shay ignoró su comentario. En cierto modo, ya había empezado a elaborar su plan. Tenía que hacerlo. Dawn se inclinó hacia delante y le aconsejó: 

—Contrata a un gerente y deja que sea él o ella quien se encargue de los detalles. 

—De ningún modo —dijo Shay con contundencia; sabía lo difícil que era encontrar un buen gerente, alguien comprensivo y cordial, alguien honrado—. Este asunto es demasiado delicado. Sabía que estas cosas ocurrían, pero... ¡Leigh es tan joven! Incluso con el espeso maquillaje que llevaba puesto y la escasez de ropa, se notaba que era poco más que una niña. 

—Shay exhaló un suspiro sentido y profundo y susurró—: Y a pesar de todo, ya se prostituye. Dawn volvió a cogerle la mano. 

—Como yo. Hasta que tú me salvaste. Shay levantó la mirada hacia el techo. Dawn seguía sintiendo hacia ella una lealtad equivocada. No era ella quien la había salvado, lo había hecho la propia Dawn y, durante el proceso, se había convertido en su mejor amiga. 

—¡Vamos, Dawn! Ya tomaré un taxi para volver a casa, pero más tarde. Quiero quedarme por aquí un rato más. Shay quería averiguar si había más jóvenes como Leigh. De ser así, quizá pudiera ayudarlas antes de que sufrieran algún daño. Dawn dio una ojeada al local: primero a las mesas de alrededor y a continuación a la barra. 

—En mi opinión, no es una buena idea —concluyó.

—¡Es una idea excelente! —exclamó Shay. 

—¡Sí, claro, si estás en el mercado del sexo! Según Shay, aquel local no era un antro de mala vida, sino, simplemente, un lugar oscuro y sencillo. Además, encajaba a la perfección con su estado de ánimo. Había unos cuantos hombres, unas cuantas mujeres y se oía el chirrido de una vieja máquina tocadiscos, pero Shay no detectó en ese ambiente ningún indicio de amenaza. Después de utilizar el teléfono del bar para buscar la ayuda necesaria para Leigh, Shay y Dawn la llevaron al hospital. Eve Martin era una doctora formidable que podía devolverle la salud a cualquiera..., y lo hacía con frecuencia. También era una amiga muy apreciada que había ayudado a Shay en muchas de sus acciones caritativas. Ahora la agitación había terminado, pero Shay se sentía demasiado rabiosa para moverse. Quería comprender y encontrar algún medio para conseguir que las cosas mejoraran, quería comprobar si alguna otra jovencita salía a trabajar a la calle en una noche tan lluviosa y desapacible como aquella noche de septiembre. De modo que se quedó allí bebiendo café a sorbos e intentando dilucidar qué podía hacer. Además, no quería estar en su enorme casa vacía acompañada únicamente de su rabia. En aquel momento, incluso la presencia de unos desconocidos era preferible a la soledad. 

—Estaré bien —le aseguró a Dawn. Entonces sonrió y añadió—: Mi vida es encantadora, ya lo sabes. 

—No vas a ceder, ¿no? Shay sonrió. Formaban una pareja curiosa. Dawn era bajita y tenía la piel tan oscura como sus ojos, mientras que Shay era alta, de piel clara, con una tipología casi nórdica. Y discutían continuamente. Lo cual no era extraño. Shay solía actuar por impulso, guiada por sus emociones, mientras que Dawn era la lógica y la razón personificadas. Shay confiaba en Dawn, lo cual era mucho decir, porque, a excepción de su familia, no solía confiar en los demás con facilidad. Lo cierto era que se equilibraban la una a la otra y Dawn sabía mantener a Shay a raya... la mayor parte del tiempo. Al final, Dawn se rindió. 

—Haz lo posible para no meterte en problemas, ¿de acuerdo? Su expresión severa habría intimidado a cualquiera que no la conociera tan bien como Shay. Ésta, sin embargo, simplemente sonrió.

—Lo digo en serio, Shay. No salgas, pero tampoco te quedes aquí mucho tiempo. Si te metes en problemas, llámame. O, mejor aún, telefonea a la policía. —Mi propia madre no se preocupa tanto por mí. ¿Quieres irte de una vez? Y deja ya de preocuparte. Te llamaré más tarde para saber cómo está Leigh. Dawn lanzó una última mirada desaprobatoria a su alrededor. A continuación, sacudió la cabeza y se marchó. Shay la observó alejarse mientras pensaba que, si todas las mujeres a las que intentaba ayudar fueran la mitad de maravillosas que Dawn, tendría la certeza de que estaba empleando bien el dinero de su marido. Pensar en su marido, que había fallecido hacía algo más de tres años, oprimió todavía más el nudo que tenía en el estómago. Lo echaba de menos; como amigo y como compañero, aunque no como marido. No como debería echarlo de menos. Aquello la condujo a un callejón sin salida, uno que llevaba visitando hacía ya demasiado tiempo, de modo que se obligó a concentrarse de nuevo en los problemas que tendría que resolver en el futuro y en cómo podía mejorar la situación de las prostitutas. Necesitaría suministros y un lugar seguro para alojar a las mujeres. A continuación, elaboró una lista mental de cuáles serían esas necesidades. Al cabo de una hora, se había apaciguado su rabia, pero no su determinación. Shay hurgó en su bolso en busca de algo de dinero, pagó la cuenta y dejó una propina generosa. La batería de su móvil se había agotado hacía rato, de modo que, con el cambio en la mano, se dirigió a la parte trasera del bar para telefonear. Una mujer se le había adelantado y hablaba repantigada en el pequeño banco que estaba situado junto al teléfono. Parecía haberse acomodado para disfrutar de una larga charla. Shay esperó varios minutos sin ocultar su impaciencia. La mujer, sin embargo, la ignoró sin ningún tipo de escrúpulo y, al final, Shay desistió. Ahora que tenía un propósito definido, estaba ansiosa por ponerlo en práctica. Shay abandonó el bar con la idea de buscar otro teléfono. La lluvia caía sin cesar y el viento empujaba a los transeúntes contra las fachadas de los edificios, dejando las estrechas calles casi desiertas. Unas horas antes, cuando había acudido a recoger a Leigh, había visto a otras mujeres que, según le pareció, también trabajaban en la calle. Shay habría querido hablar con ellas, pero, por lo visto, el clima las había ahuyentado. Mientras se protegía bajo la destartalada cornisa del bar, Shay cruzó los brazos sobre su pecho y empezó a reflexionar sobre lo que iba a hacer a continuación. Entonces lo vio. Y, después de verlo, ya no pudo apartar la vista de él. 

Ajeno a la encarnizada tormenta, estaba de pie frente a un bar pequeño y llamativo, situado al otro lado de la calle. Las luces que tenía a la espalda se encendían y se apagaban y despedían un brillo tenue que le proporcionaba el aspecto de un ángel oscuro y excesivamente serio. A pesar de la lluvia, no tenía los hombros encogidos, sino erguidos y abiertos. Su postura desprendía seguridad. Incluso arrogancia. Llevaba unos tejanos ceñidos y gastados, y tenía las piernas largas, separadas y bien afianzadas en el suelo, como si se estuviera preparando para una batalla. Aunque Shay dudaba de que nadie se atreviera a enfrentarse a él. Al menos, ella no lo haría. Lo tenía justo enfrente, y la observaba con una gran concentración. Aunque ella no podía verlo con claridad, sabía que él la estaba mirando con insistencia y que, de algún modo, podía verle los ojos. Aquella sensación le resultó muy extraña, como si experimentara, al mismo tiempo, una familiaridad confortable y la excitación de lo desconocido. La lluvia le golpeaba el rostro, y Shay pensó que si no quería ahogarse, lo mejor sería que cerrara la boca. A continuación, notó que una oleada de calor le recorría el cuerpo. Shay se secó los ojos y las mejillas para ver a aquel hombre con más claridad. Y entonces se acordó de que se había maquillado: lo más probable era que a esas alturas su rostro causara miedo. Fuera como fuera, no pensaba darse la vuelta y salir huyendo por eso. Además, no estaba segura de poder hacerlo. Shay no tenía sensación de peligro o de alarma, pero un estremecimiento se había apoderado de su cuerpo y la había dejado casi sin aliento. Desde que había recibido la llamada de Leigh, sus emociones no habían dejado de atropellarse: ansiedad, impaciencia, y luego rabia y remordimiento. 

Todas habían sido emociones muy intensas, y ahora se transformaban en algo mucho más estimulante. Sin cambiar de expresión, aquel hombre dio un paso lento y calculado hacia ella, y después otro, y otro, hasta que se sumergió por completo en la tormenta. Sus movimientos eran pausados pero decididos, y Shay tuvo la sensación de que no quería asustarla. A Shay se le encogió el estómago y le subió la temperatura, pero no se asustó. Claro que ella casi nunca se asustaba. Ya no. Tiempo atrás, cuando era una niña, sí vivía con miedo, pero con el tiempo logró superarlo y ahora lo mantenía a raya con determinación y una voluntad de hierro. Al menos, eso era lo que decían sus padres. Shay se estremeció de nuevo, se arregló el cabello que el viento le había alborotado y avanzó para encontrarse con aquel hombre a mitad de camino. En cuanto abandonó la protección del edificio de ladrillo, la lluvia la empapó hasta los huesos. Al ver que ella se acercaba, él titubeó, y cuando las luces de neón volvieron a encenderse, Shay por fin pudo verle los ojos. Eran de un marrón tan oscuro que casi parecían negros. Los tenía entornados y la miraba de una forma directa. De hecho, la escudriñaba de arriba abajo de un modo que resultaba perturbador.

Entonces sus miradas se encontraron y una confusión momentánea se apoderó de Shay. Shay se detuvo y miró hacia atrás, indecisa y sin aliento. Una vez más, mientras permanecía en el centro de un haz de luz rojiza y la lluvia la empapaba más y más con cada ráfaga de viento, él recorrió su cuerpo con la mirada, de arriba abajo. Y cuando volvió a levantar la vista parecía casi... enfadado. Pero ¿por qué? ¿Acaso no quería que ella se acercara? Shay frunció el ceño y volvió a avanzar hacia él con la intención de preguntarle qué ocurría. Sin embargo, antes de que consiguiera dar más de dos pasos, un estallido ensordecedor resquebrajó el aire y una explosión de luz eléctrica cegadora atravesó la noche oscura y permaneció flotando y chispeando como una terrible amenaza, hasta que un lado de la calle, el de Shay, se quedó a oscuras por completo. El rayo debía de haber caído sobre un transformador. La oscuridad era total: el halo de luz de las farolas del otro lado de la calle no alcanzaba a iluminar la zona donde se encontraba Shay, así que no conseguía ver nada. Entonces fue más consciente de los sonidos que la rodeaban y más consciente del hombre que se iba acercando a la oscuridad que la protegía. Las voces de los clientes que salían de los bares y el siseo de excitación que crecía a medida que la oscuridad abría la puerta a multitud de posibilidades perversas quedaban casi ahogados por la crudeza de la tormenta. Shay miró por encima del hombro. Ella no podía verlos, pero los murmullos de curiosidad le indicaron que, ahora, los hombres merodeaban por los portales. ¡Oh, oh...! Estar en el interior de un edificio no era lo mismo que estar al aire libre bajo una tormenta endemoniada y durante un apagón. A Shay se le erizó el vello de miedo. Como todavía conservaba su sentido común, sabía que la situación podía ser fatal. Cruzar la calle hacia la zona de luz se convirtió en una prioridad; sin embargo, cuando empezó a moverse y tras dar un único paso, Shay chocó contra un muro sólido de musculatura dura y cálida a la vez. Unas manos grandes y fuertes se cerraron sobre sus brazos y la ayudaron a conservar el equilibrio cuando se tambaleó hacia atrás. Shay apoyó las manos en aquel pecho ancho y al sentir el movimiento de aquellos músculos bajo sus dedos se quedó paralizada. Una voz cercana, tanto que al oírla Shay percibió la calidez de un aliento y el olor fresco de una piel húmeda y masculina, le susurró al oído: 

—Aquí no estás a salvo. Ven conmigo. ¡Ahora! ¡Vaya! Aquello no era una sugerencia, sino una orden. Una orden muy tentadora..., si ella hubiera sido una idiota. El corazón le golpeaba el pecho con una mezcla de inquietud y emoción, y Shay supo, incluso antes de levantar la mirada, que se trataba del hombre que la había estado observando. Al otro lado de la calle, el dueño de uno de los bares encendió unos focos. Probablemente con la esperanza de ahuyentar a los saqueadores. Unos haces de luz recorrieron el pavimento húmedo y se filtraron a través de la oscuridad en dirección a la acera opuesta, donde vertieron un brillo tenue. Shay observó al hombre que la sujetaba y, a pesar de la intensidad de la lluvia, logró distinguir sus facciones por primera vez. Y... ¡Dios, era increíble! A aquella distancia, Shay percibió las manchitas doradas que moteaban sus ojos oscuros y sus pestañas espesas, casi femeninas. Ambas eran características que podrían haber suavizado sus facciones, pero lo cierto es que no lo hacían: tenía un aspecto demasiado imponente para que nada pudiera dulcificarlo. Sus cejas oscuras se juntaron en una expresión de determinación sombría. Tenía los pómulos prominentes y la mandíbula estrecha y con el borde afilado. Era alto, de hombros anchos y de aspecto noble y majestuoso. Además contrastaba, de una forma evidente, con la mayoría de los hombres que Shay había visto en la zona, que solían deambular por las calles, unos con actitud humilde y otros, beligerante. Aquel hombre, sin embargo, podía hacer que una mujer se desvaneciera..., si era el tipo de mujer inclinada a esta clase de reacciones. 

En cualquier caso, Shay no tenía ninguna intención de cerrar los ojos ni por un instante. ¿Y si al volver a abrirlos él ya no estaba allí? Seguía sujetándola por los brazos. Con firmeza, pero sin presión. Se encontraba a escasos centímetros de ella y, en parte, la protegía de la lluvia con su cuerpo. Su proximidad impedía que la habitual espontaneidad de Shay se pusiera de manifiesto. De pronto, se dio cuenta de que otro hombre se les había acercado. Estaba junto a ella y lo oyó declarar con voz quejumbrosa: 

—Eh, Predicador, ¿está seguro de que quiere a ésta? Se la ve la mar de bien ahí, empapada hasta los huesos y tan alta y con este aire esnob... Shay miró horrorizada al hombrecito. Era nervudo, de cerca de un metro sesenta de altura y tenía un aspecto estrambótico, rematado por unas gafas de montura negra, un corte de pelo anticuado con raya al lado y una camisa blanca de manga corta con el botón de arriba desabrochado. Mientras él la observaba y recorría su cuerpo con una mirada lujuriosa y revulsiva, Shay vio que la lluvia le empañaba los cristales de las gafas. Él se los limpió y volvió a mirar a Shay con expresión babeante. 

—Muy mojada —dijo con un jadeo. Había muchas interpretaciones posibles de lo que acababa de decir, de modo que Shay eligió la que mejor le convenía en un intento por negar lo evidente y mostrar algún tipo de control sobre la situación. 

—Puede que sea alta y estoy tan empapada como cualquiera, pero en ningún caso soy una esnob —declaró ella con furia. 

Los dos hombres la miraron. Shay se enorgullecía de ser una persona franca, amigable y asequible. Su carácter abierto constituía un elemento clave para sus actividades y contribuía a que sus esfuerzos tuvieran éxito. Entonces le vino a la cabeza otra de las cosas que había dicho el hombrecito y le chocó. Shay volvió a mirar al desconocido de ojos oscuros. 

—¿Predicador? —preguntó con asombro. Él no respondió a su pregunta y le ordenó al hombrecito: 

—¡Piérdete, Chili! Lleva tu dinero a tu esposa para variar. 

Dio sus órdenes sin apartar ni un momento la mirada de Shay. Sin duda, no necesitaba hacerlo. Chili soltó un gruñido, aceptó la despedida y desapareció en las sombras. 

—Bien... —Shay carraspeó—. Ha sido impresionante. Deduzco que estás acostumbrado a dar órdenes. En lugar de responder, él la examinó con la mirada. —No te he visto por aquí antes. —El tono de su voz era bajo y familiar—. Por lo tanto, es posible que no sepas que trabajar en esta esquina resulta muy peligroso. Shay enarcó una ceja. Pues claro que lo sabía. ¿Acaso no acababa de salvar a Leigh de trabajar en aquella zona? Sin embargo..., probablemente él no quería decir lo que ella creía que había dicho... 

—En noches como ésta —continuó él—, los hombres están más interesados en armar jaleo que en pagaros vuestros servicios. Vamos. Te sacaré de esta maldita lluvia. Shay dejó caer la mandíbula y enarcó las cejas. ¡En efecto, él creía que era una prostituta! Shay sacudió la cabeza, pero no corrigió su error. Aquel monumento de hombre cuya voz le producía escalofríos y cuyos ojos parecían ver a través de su alma creía que ella era una mujer de la calle. Una prostituta. Una buscona. No importaba el término que utilizara: todos sonaban igual. Sin embargo, no creía que él pretendiera insultarla. En realidad, ni siquiera estaba segura de cuáles eran sus intenciones. 

—¿Me estás ofreciendo comprar mis servicios para esta noche? Si le contestaba que sí, le daría un buen puñetazo, por muy bonitos que fueran sus ojos. Pero si contestaba que no, ¿cómo debía tomárselo? Él soltó un gruñido y, mientras dejaba escapar una maldición entre dientes, se quitó la chaqueta. 

—Ponte esto. ¡Dios, aquel hombre no paraba de dar órdenes! 

—¿Por qué? Entonces te mojarás tú. 

Él le lanzó otra mirada rápida de arriba abajo. A continuación, miró a su alrededor y se inclinó hacia ella hasta rozarle el cabello con la nariz. 

—Parece que estés desnuda. —Su voz sonó tensa, enojada, grave y ruda—. Créeme, los hombres que rondan por aquí no esperarán a que les indiques tu precio para tomar lo que desean. Estás perdiendo el tiempo y podrías resultar herida. Coge la maldita chaqueta y ven conmigo. Shay parpadeó con rapidez y agradeció la oscuridad y el hecho de estar de espaldas a todo el mundo, salvo al predicador. Los focos la iluminaban de frente, de modo que él la veía con claridad. La blancura inmaculada de su vestido la convertía en un faro en la oscuridad. Shay se cruzó de brazos y bajó la mirada hacia su cuerpo, pero él la cogió por la barbilla. 

—¡Ponte... la... chaqueta! 

Su expresión era feroz y su tono, brusco. Shay asintió, él le tendió la chaqueta y ella introdujo los brazos en las mangas y volvió a colgarse el bolso del hombro. La chaqueta era de nylon y de algodón y olía a él: el corazón de Shay empezó a palpitar con fuerza, como cuando notó que él la miraba por primera vez. Con los dedos insensibles por la fría humedad de la lluvia y la humillación, Shay cruzó las solapas de la chaqueta por encima de su pecho. A continuación, levantó la mirada hacia el predicador, que estaba ocupado mirando a los hombres que merodeaban por la zona. Desde luego, no actuaba como un cliente. Claro que ella no sabía cómo actuaría un cliente, aunque, en su opinión, un cliente se mostraría más... interesado. 

—¡Vamos! 

—¿Adonde? —preguntó ella. 

—Hay un centro de acogida cerca de aquí. Allí podrás secarte y esperar a que cese la tormenta. Nadie te molestará. 

¡Un centro de acogida! De modo que él quería ayudarla. El predicador acababa de resolver uno de sus problemas y en su mente empezaron a tomar forma múltiples posibilidades: quizá podría trabajar con él; quizá podían unir sus esfuerzos. Ella, desde luego, no pondría ninguna objeción a pasar más tiempo con él. Las explicaciones tendrían que esperar. El predicador recorrió la calle con la mirada en busca de posibles peligros, y la impaciencia se fue adueñando de él. Shay oyó unos pasos acelerados, a continuación, una ventana que se rompía a sus espaldas y, después de que alguien soltara unos tacos a voces, se oyeron unos gritos y unas risas. El predicador acercó a Shay hacia su pecho y giró de modo que ella quedó en la parte más alejada de la multitud mientras él la protegía con su robusto cuerpo. Shay casi le rozó el cuello con el rostro e inhaló su olor. Una vez más, el estómago se le encogió. Aquella sensación le resultó muy agradable. De hecho, no le costaría mucho acostumbrarse a ella. 

—Tenemos que irnos —susurró él junto a la mejilla de Shay. Ella asintió. Más cristales se rompieron a su alrededor. Lo cierto era que no tenía muchas alternativas. 

—Te sigo —dijo ella. El la cogió de la mano. 

—Intenta seguir mi ritmo —ordenó él, y, a continuación, avanzó con rapidez por el centro de la calle. A Shay le escocía la piel a causa de la lluvia y el viento parecía querer arrancarle el cabello. Entonces él se dirigió a la zona de sombras, lejos de las luces, para no llamar la atención. Shay se alegró de haberse puesto unos zapatos de tacón bajo y lo siguió con paso ligero, aunque caminar deprisa le resultaba difícil debido a la estrechez de la falda. Aquella tarde había asistido a un banquete para recaudar fondos y, si hubiera tenido tiempo, se habría cambiado de ropa. Sin embargo, tuvo que correr junto a Leigh como una exhalación, por si cambiaba de opinión. Shay había conocido a Leigh hacía unos meses, en uno de sus centros para mujeres. Allí ya se dio cuenta de que tenía muchos problemas, aunque aún no sabía que era una prostituta. Shay abandonó el banquete a toda prisa y sólo tuvo tiempo de recoger a Dawn por el camino. Cuando alguien se decidía por fin a pedir ayuda, alguien que estaba desesperado,una no le pedía que esperara mientras se ponía algo más cómodo. Un relámpago, seguido de cerca por el estruendo de un trueno, resquebrajó el cielo nocturno justo delante de ellos. El predicador tiró de Shay hacia el portal de un motel pequeño y sórdido. 

—Espera aquí. —Entonces, sin soltarle la mano, echó una ojeada al otro lado de la esquina y añadió—: ¿Alguien te busca? 

—¿Qué quieres decir? Él la miró fijamente y de una forma penetrante. 

—¿Tienes un...? —Entonces sacudió la cabeza—. ¿Alguien que cuide de ti? ¿Un chulo? —preguntó por fin con un gruñido mientras se apoyaba en la pared del edificio. Era evidente que le molestaba tener que pronunciar esa palabra. A Shay le molestaba muchísimo más, sobre todo después de ver lo que un chulo le había hecho a Leigh. Entonces miró con indignación el perfil del predicador y respondió: 

—No. —Puedo aceptarlo —contestó él con un tono que inspiraba confianza—. Sólo que no quiero sorpresas. 

Nadie la había acusado nunca de necesitar a alguien que la cuidara y se sintió tentada de soltarle allí mismo a ese predicador un sermón acerca de los inconvenientes de dar por sentadas demasiadas cosas. Al final, sin embargo, optó por decir: 

—Yo soy capaz de cuidar de mí misma. Él se volvió y fijó en ella su profunda mirada hasta que Shay se sintió avergonzada. 

—No seas susceptible —declaró él. 

No era susceptible, simplemente estaba indignada, y había una gran diferencia entre los dos términos. Aunque él no parecía dispuesto a escuchar sus explicaciones. 

—No te estoy juzgando —añadió él. 

—¿Ah, no? 

Él negó con un movimiento de la cabeza. 

—Yo dejo los juicios y las condenas a las brujas de la sociedad que lo único que quieren es borrar esta zona del mapa. Shay retrocedió un paso. 

—¿Las qué? —Las brujas. ¿No has oído hablar de ellas? Las MDM, o sea, Mujeres Defensoras de la Moralidad o una porquería por el estilo. Como si supieran lo que significa la palabra moralidad. 

Shay las conocía bien. Se trataba de un grupo de viejecitas beatas que habían llamado con insistencia a su oficina para que respaldara su causa. Las viejecitas la consideraban una de ellas: rica, elitista, de clase alta y deseosa de liberar al mundo de los elementos más indeseables, sobre todo, de los elementos humanos. Sin embargo, no tenían en cuenta que Shay había obtenido todo su dinero gracias a su matrimonio con un hombre maravilloso, no por herencia familiar. Ella no había crecido en la abundancia, de modo que no era una esnob de nacimiento. Sus padres eran de clase media y apoyaban cualquier medida que pudiera mejorar la situación de los menos favorecidos. Ella misma constituía una prueba de la voluntad de sus padres de ayudar tanto como pudieran, y eso reforzaba su determinación de continuar con sus buenas intenciones. Cuando Shay tenía seis años, sus padres la adoptaron y le entregaron todo su afecto y aceptación considerándola una más de la familia. Además, le dieron una hermana pequeña y le proporcionaron seguridad y estabilidad. Ahora, aceptaban con cariño su forma de ser, impulsiva y dominante, así como sus métodos poco ortodoxos de corresponder a sus atenciones. Sin embargo, incluso ellos tendrían problemas en aceptar su pretensión de hacerse pasar por una prostituta. Quizá debería contarle a él la verdad, pero, en lugar de hacerlo, dijo: 

—No hablas como ninguno de los predicadores que conozco. 

Ante aquella observación, él volvió a fruncir el ceño y apretó los labios. Sus ojos parecían de acero y su mandíbula, de granito. Shay no se dejó impresionar por aquella demostración de hostilidad. 

—¿Se trata de un apodo o eres un predicador de verdad? —continuó ella. 

Él apoyó la cabeza en la destartalada fachada del edificio, le soltó la mano a Shay y se frotó la nariz. Shay enseguida echó de menos su calor y la fortaleza que le transmitía el contacto de su mano. 

—Sí, soy un predicador —gruñó él después de lo que pareció una eternidad. 

A continuación, guardó silencio unos minutos más mientras escuchaba cómo se acercaba la sirena de un coche de la policía y, cuando ésta se alejo, añadió—: Pero no tienes que preocuparte por la posibilidad de que te sermonee o te dé consejos continuamente en el centro de acogida. Allí recibirás ayuda, no lecciones morales. 

—No estaba preocupada. Intrigada sí, pero no preocupada. 

El modo decidido y competente que ese hombre tenía de desenvolverse encajaba mejor con un el de un pistolero que con el de un hombre de Dios. Shay conocía sus propios orígenes y los motivos que la habían conducido a aquel vecindario en una noche tan desapacible como aquélla. Ella sabía que aquellos motivos se debían a un impulso irrefrenable de ayudar a los demás, del mismo modo que los demás la habían ayudado a ella. Pero ¿qué lo motivaba a él? Shay juntó las manos a la espalda resistiéndose a la tentación de tocarlo. 

—¿De modo que has renunciado a tu religión? 

—Yo no he dicho eso. 

Él parecía tan ofendido que Shay decidió cambiar de tema. 

—¿Cómo te llamas? Él volvió a clavarle la mirada. 

—Todos me llaman Predicador. 

—Entonces, ¿no puedo saber cómo te llamas? 

—No necesitas saberlo. Además, tenemos cosas más importantes en las que pensar esta noche. 

Él empezó a caminar, pero como Shay no se movía, volvió la cabeza y, mirándola por encima del hombro, le ordenó: 

—¡Vamos! 

—Dime cómo te llamas —replicó Shay. 

La impaciencia lo invadió hasta el punto de que su cabello castaño casi se le puso de punta. 

—No es momento para juegos. 

¡Oh, Dios! ¡Y ella que siempre había creído que los predicadores poseían una paciencia infinita e inquebrantable! Aquello resultaba contradictorio, pero Shay no se asustaba con facilidad. 

—Iré contigo..., cuando me digas cómo te llamas. —Y para suavizar su insistencia, añadió—: ¿No pretenderás que me vaya con un desconocido así, sin más? —¿Y saber mi nombre es todo lo que necesitas para tranquilizarte? 

Ante tal suspicacia e incredulidad Shay no pudo evitar sonreír. 

—Sí —admitió. 

Derrotado, él se frotó la mandíbula, se pasó una mano por su cabello húmedo y le tendió la otra a Shay. 

—Bryan Kelly. 

Nada más pronunciar su nombre, pareció arrepentirse de haberlo hecho, como si quisiera darse la vuelta y alejarse de ella o soltar algún taco o golpear la pared de ladrillo con el puño. Sin embargo, se quedó allí, helado y con el brazo extendido. 

—Bryan —repitió Shay saboreando el nombre. Observó cómo la miraba y, tras cogerlo de la mano, añadió—: Me gusta. 

—Quería decir, Bruce. Shay pestañeó un par de veces. 

—¿Cómo? Sin soltarse de la mano de Shay, repitió: 

—Quería decir que me llamo Bruce. Bryan es... mi segundo nombre. 

—¿Bruce Bryan Kelly? —preguntó Shay. ¡

Y ella que creía que su nombre era original! Él volvió a fruncir el ceño, pero esta vez de una forma más acentuada y siniestra. 

—Prefiero que me llames Predicador. 

—¿Porqué? Él rechinó los dientes. 

—Porque todo el mundo me llama así. 

—¿Y qué? 

—No puedo mostrar favoritismos. —Él pareció satisfecho con su explicación, tanto como para extenderse en ella—. ¿Te imaginas lo que parecería, teniendo en cuenta la situación? Resultaba difícil no echarse a reír. 

—¿Teniendo en cuenta que yo soy una prostituta y que tú me ofreces protección? Si las miradas pudieran matar... 

—Exacto. 

—Te llamaré Bryan..., pero sólo cuando estemos solos. 

Él la observó durante unos segundos, probablemente con la intención de intimidarla y preguntó: 

—¿Podemos irnos ahora? Ella le devolvió la mirada. 

—Sí. 

Él entornó más los ojos, frunció los labios y, mientras se daba la vuelta, dijo: 

—Entonces, me alegro de que no vayamos a estar mucho tiempo a solas. 

Todavía la sujetaba por la mano y tiraba de ella mientras avanzaba pegado a los edificios, tan lejos como podía de la lluvia tormentosa. Para pincharlo, ella preguntó con dulzura: 

—¿No quieres saber cómo me llamo yo? 

Después de caminar unos diez metros más, él respondió con aire distraído: 

—¿Qué demonios? Dímelo. 

Su tono ausente quedaba compensado por la forma protectora en que la conducía a lo largo de la calle desierta. Para ser un predicador, su instinto defensivo era muy agudo, estaba siempre alerta y no dejaba de escudriñar la zona ni un instante. ¿Acaso había servido en el ejército antes de seguir su vocación actual? ¿O su actitud tensa y suspicaz formaba parte de su naturaleza? Fuera cual fuera la razón de su forma de actuar, a Shay le gustaba. Él le gustaba. Era la primera vez desde la muerte de su marido que un hombre mostraba interés en ella por una razón que no fuera su dinero. Shay estaba acostumbrada a que los hombres la adularan e intentaran formar parte de su vida. Ella tenía contactos y riqueza, lo cual significaba que tenía poder, y esta combinación constituía un atractivo para la mayoría de los hombres. Sin embargo, Bryan Kelly no sabía nada de sus riquezas. ¡Santo cielo, si creía que era una prostituta de un barrio marginal que estaba tan desesperada como para vender sus favores en una noche como aquélla! Aunque, a decir verdad, ésa no era la presunción más halagadora de la que Shay había sido objeto en su vida. Claro que era mejor que el hecho de que la quisieran por su dinero... Y, de momento, prefería que él continuara creyendo que era una prostituta. Lo cual significaba que no podía darle su verdadero nombre. 

—Puedes llamarme Shay. 

—¿Shay qué más? 

De ningún modo podía decirle cuál era su apellido. Después de los últimos acontecimientos, Shay había sido objeto de una publicidad nefasta y era probable que él se hubiera enterado de lo ocurrido a través de la prensa. Después de saber lo que opinaba sobre las MDM, no resultaba aventurado deducir que la abandonaría en mitad de la calle si averiguaba su identidad. 

—Sólo Shay. 

Él le lanzó una mirada furtiva. —¿Sólo Shay, como el escueto nombre del estadio deportivo Shea? —La diversión iluminó sus ojos—. ¿O sólo Shay, como Cher, que es tan importante que sólo necesita un nombre? 

¿Acaso se estaba burlando de ella? No importaba. La burla siempre era mejor que el desprecio. 

—Sólo Shay, como el diminutivo de Shaina. 

A continuación, le deletreó el nombre. Ningún periodista conocía su nombre de pila real. Nadie la había llamado Shaina desde que la adoptaron. Él sacudió la cabeza. 

—Sin apellido, ¿no? 

—Me gusta proteger mi intimidad. 

Después de lanzarle una mirada asesina, él dejó de lado aquella cuestión, y Shay se alegró. Si no le formulaba más preguntas, ella no se vería obligada a mentirle. Él la guió hasta que llegaron a una zona iluminada, más allá del área afectada por el apagón. Allí, las calles eran estrechas. Algunos edificios tenían un aspecto abandonado, otros estaban más cuidados, pero todos mostraban signos de pobreza. Él le soltó la mano y señaló hacia el frente. 

—¿Ves aquel edificio alto y estrecho que hay al final de la calle? Pues es el centro de acogida. Allí siempre serás bien recibida.

—Gracias, Bryan. 

Él le dedicó una mirada penetrante y le sonrió de medio lado. Aunque no era el buen humor el que puso aquella media sonrisa en su rostro. 

—Eres una tía provocadora, ¿no? 

Como Shay no podía negarlo, se limitó a encogerse de hombros en señal de disculpa. De todos modos, la pregunta de Bryan sólo pretendía ser retórica, porque enseguida dirigió su atención a otro lado. A ella le gustaba ir cogida de su mano y caminar junto a él bajo la lluvia mientras él permanecía alerta a su entorno, y le gustaba escuchar su voz grave y respirar su olor. También le gustaría conocerlo mejor y trabajar con él y, quizás..., incluso intimar con él. De acuerdo, ahora se estaba pasando. El momento no podía ser menos propicio y, si tenía en cuenta que él era un predicador, aquella idea resultaba todavía más inapropiada. Claro que esas cosas no solían presentarse en el momento más adecuado. Hacía mucho tiempo que no experimentaba atracción por un hombre y, ahora que por fin la sentía, lo hacía con una gran intensidad. Shay sentía aquel maravilloso sentimiento en todo su ser. Y cada segundo que pasaba con él, esa sensación se intensificaba. La forma de caminar de Bryan la emocionaba. Escuchar su voz grave y profunda le removía las entrañas. Incluso sus orejas le parecían sexys y, si esto no era deseo, ella no sabía cómo llamarlo. Él le colocó la mano en la espalda y la empujó suavemente para que pasara adelante. Él debía de medir un metro y ochenta centímetros, o sea que debían de tener, más o menos, la misma altura. Aunque este hecho no parecía intimidarlo; ni siquiera parecía haberse dado cuenta. De hecho, su falta de atención hacia ella como mujer podía constituir un problema, pensó Shay. Él extrajo una llave de uno de los bolsillos de sus tejanos húmedos y ajustados, abrió la puerta y esperó a que ella pasara. Las luces de la sala estaban encendidas y, aunque la habitación era sencilla, se veía limpia y cálida. Estaba amueblada con multitud de sofás, sillas y bancos que no hacían juego entre ellos y a Shay le recordó un almacén de muebles de segunda mano. El suelo de linóleo, muy desgastado, tenía desniveles pronunciados y sólo estaba cubierto, aquí y allá, por alguna alfombra muy usada. Los rincones estaban limpios de polvo y no había rastros de barro en el suelo. En cualquier caso, la habitación resultaba cómoda y acogedora.Shay observó a Bryan mientras se quitaba la chaqueta mojada que él le había prestado. 

—¿Tú también vives aquí, Bryan? 

—No. 

Él estaba de espaldas a ella y, después de cerrar la puerta, corrió todos los cerrojos. Gracias a la iluminación de la sala, Shay pudo examinarlo por fin con más detalle. Esos ojos oscuros, de espesas pestañas, estaban hechos para seducir. Su cabello castaño, liso y un poco largo, tenía reflejos claros a causa del sol y contrastaba de una forma interesante con el color de sus ojos. 

—¿Por qué no? —preguntó ella. 

—No resultaría apropiado, ¿no crees? Ya te puedes imaginar la forma tendenciosa en que las MDM lo presentarían. Según su versión, todos estaríamos implicados en una orgía continua de sexo y alcohol o algo peor. Él se pasó las manos por el cabello mojado para apartárselo del rostro y se volvió hacia Shay. Ella le tendió la chaqueta y... él se quedó helado. Con las manos todavía en el aire, Bryan clavó la mirada en el cuerpo de ella y despacio, muy despacio, bajó los brazos. Su atención era casi táctil: a Shay se le aceleró el corazón y la temperatura de su cuerpo se elevó. De una forma tardía, Shay recordó que él le había dicho, que, con la lluvia, su vestido de seda blanca resultaba transparente. ¡Oh, no! Horrorizada, Shay miró hacia abajo y casi se desmayó de vergüenza. La luz que iluminaba la sala era intensa y la lluvia no sólo le había mojado el vestido, sino que le había empapado también las bragas y el sujetador blanco de puntilla, que ahora resultaba transparente. Incluso se veía la aureola rosada de sus pezones y, entre los muslos, la sombra del vello. Shay se cubrió a toda velocidad con las manos, pero siguió teniendo la sensación de desnudez. Él, además, continuó mirándola. La expresión de Bryan no había cambiado, aunque ahora sus ojos se veían negros y escrutadores. Él no parecía cohibido, sino interesado. Era un hombre que miraba a una mujer. Shay se sentía insegura y osada al mismo tiempo. Por alguna razón, quería oírle admitir que la encontraba atractiva. Entonces se volvió con lentitud mientras le tendía de nuevo la chaqueta. 

—Toma. Y gracias. 

A diferencia de ella, él no parecía nervioso ni intimidado. Y, entonces, cogió la chaqueta. 

—En la despensa hay ropa que procede de donaciones. Está al final del pasillo, a la izquierda. Coge lo que necesites. Puedes utilizar el lavabo para lavarte y cambiarte de ropa. 

Shay se humedeció los labios. Tenía treinta años y, durante los últimos veinte, nadie la había acusado de ser tímida. Ahora quería a aquel hombre y el primer paso en este sentido consistía en ser sincera. Shay respiró hondo y se serenó. 

—Siento curiosidad por una cosa, Bryan. 

Él colgó la chaqueta en el perchero que había junto a la puerta. 

—¿De qué se trata? 

—¿Qué pensarías si te confesara que, después de todo, no soy una prostituta?

Capitulo 2

La incredulidad que experimentó Bryan no podría haber resultado más evidente. 

—¿De modo que no eres una prostituta? ¿Entonces, qué haces aquí, en este barrio y vestida de este modo? —preguntó él mientras señalaba sus ropas con la cabeza. 

Shay se puso en tensión. Su vestido era caro, elegante y del todo adecuado..., cuando estaba seco. Claro que en aquel momento... Shay miró de nuevo hacia abajo y tuvo que admitir que él tenía algo de razón. 

—¿Acaso has venido a los barrios bajos de visita? ¿Acaso eres una espía de las viejas ricachonas que quieren privar a estas personas de toda ayuda para fingir que no existen? —Bryan se acercó a ella lentamente, con la intención de intimidarla con su complexión y su fuerza—. ¿Pretendes que me crea que has venido a visitar a algún familiar? ¿O que ibas de compras? Shay negó con la cabeza. 

—No. 

—A mi no me importa, ¿de acuerdo? No necesitas avergonzarte ni mentir. ¡Demonios, mientras no seas una de esas mujeres de la alta sociedad o un miembro de las MDM, nos llevaremos bien! Esta afirmación dejó atónita a Shay. 

—¿Tú crees que todas las mujeres de la alta sociedad son así, mezquinas e impasibles ante las desgracias ajenas? 

—¿Ah, no? ¿Has oído hablar de esa señora rica que no para de organizar actos benéficos, la que la prensa denomina la Princesa Coronada? Ella cree que es muy buena; sin embargo, una muchacha acudió a uno de sus centros en busca de ayuda y la rechazaron. Esta historia ha constituido la comidilla del año y ha aparecido en todos los jodidos periódicos de la ciudad. Shay sintió que un estremecimiento de dolor le subía por la espalda. 

—Los periódicos no suelen contar nunca toda la verdad ni exactamente la verdad —declaró ella con cautela. Bryan resopló. 

—Dos días más tarde, aquella muchacha casi murió. Sola. Si un camionero no la hubiera encontrado, es probable que ahora estuviera muerta; sin embargo, el centro rehusó ayudarla. 

A Shay le costó respirar, tanto debido a la crítica que él expresaba como a su propio sentimiento de culpabilidad. 

—Los periódicos también contaron que el director del centro fue despedido y que la mujer que lo fundó no sabía nada acerca del incidente... 

—¡Sí, ya! —La rudeza de su tono hizo pedazos las excusas de Shay—. Ella creó la fundación para figurar como la diosa de la generosidad delante de todos sus amigos, ella estaba de compras o en alguna fiesta. 

Al percibir su indignación, Shay sintió un escalofrío. ¡Ella no lo sabía!, quería gritar. Las excusas se agolparon en su garganta: la cantidad de centros de los que ella era responsable, la cantidad de proyectos que tenía en marcha... Y todos requerían tiempo y atención. ¡Por Dios, en todas las organizaciones había agujeros! De todos modos, ella sabía que él tenía razón. No tenía ninguna excusa válida y nunca se perdonaría a sí misma. Entonces, ¿cómo podía esperar que los demás la perdonaran? Shay volvió el rostro a un lado y Bryan soltó una maldición. 

—¡Mierda! Te he ofendido y ésa no era mi intención. 

A pesar de sentirse horriblemente mal, Shay no tuvo más remedio que echarse a reír. 

—Tienes una lengua endemoniada para ser un predicador. —Al oír esta observación, él puso cara de consternación—. Y no me has ofendido —mintió ella—. Sólo me sorprende tu... vehemencia. Porque, en realidad, no la conoces personalmente, ¿no? 

—Conozco muy bien a este tipo de personas y sé que la desesperación por salir de la apatía es lo que las mueve a tomar decisiones, sean buenas o malas. 

¡No había sido por apatía!, ni mucho menos, aunque ella no había podido convencer a la prensa de que no era ésta la causa. De todos modos, la opinión de los demás ya no le importaba: le bastaba con su propio sentimiento de culpabilidad. Sin embargo, lo que Bryan opinaba sí le importaba. El era un buen hombre y hacía lo que podía para ayudar a los demás. Por suerte, no le había dicho cuál era su apellido. Shay no quería ni pensar en lo que él habría hecho si hubiera sabido quién era ella en realidad. Ella era Shay Sommers, la mujer que él despreciaba. Ella era la Princesa Coronada, una mujer acusada de vivir una vida de ensueño y de utilizar sus obras benéficas sólo para pagar menos impuestos y destacar en la sociedad. Si Bryan hubiera conocido su verdadera identidad, lo más probable era que la hubiera lanzado a las garras de la muchedumbre descontrolada en lugar de mantenerla a salvo. Además, se enfadaría mucho cuando supiera que ella lo había engañado. 

—Vaya, ¿cómo nos hemos embarcado en este asunto? Mira, lo que yo pienso acerca de la riqueza y de la mezquindad que la acompaña no tiene nada que ver contigo —dijo Bryan esbozando una sonrisa falsa para animarla. 

Shay ya se había dado cuenta de que él no era una persona propensa a las sonrisas. Parecía estar más cómodo gruñendo que sonriendo. 

—No pasa nada. 

—No, sí pasa. Estás temblando. Ve a cambiarte y después hablaremos. Te presentaré a las demás. Su repentino tono desenfadado la animó. 

—¿A las demás? La mayor parte del tiempo, él la miraba a la cara, pero de vez en cuando, le recorría el cuerpo con la mirada y se entretenía en algunas zonas concretas. 

—Barb es la cocinera y el ama de llaves. Además de ella, en la actualidad hay otras tres mujeres en el centro. Aunque podrían venir más... O las que hay podrían irse. —Bryan se encogió de hombros y añadió—: Va cambiando. 

—¿Tres prostitutas más? Aquella pregunta tan directa hizo que él frunciera el ceño. 

—Intentan empezar una nueva vida. Puede hacerse, ¿sabes? 

Él no tenía que convencerla de este hecho, pues ella ya había decidido iniciar un proyecto nuevo encaminado a ayudar a aquel tipo de mujeres a comenzar una nueva vida. Entonces Shay decidió simular que era una prostituta durante algún tiempo más. Bryan la echaría de allí si se enteraba de que no era lo que él creía que era. Y ella quería quedarse. Tenía muchas razones para justificar su engaño, al menos ante sí misma: quería saber cómo mantenía Bryan el centro, de dónde procedían las donaciones, y otros detalles sobre su funcionamiento. Ella utilizaría aquella información para fundar sus propios centros. También quería saberlo todo acerca de él, el pasado que lo había moldeado, el futuro que deseaba y por qué sentía un desprecio tan profundo por la gente rica. Pero, por encima de todo, quería que él la conociera, quería tener la oportunidad de demostrarle que no era la bruja malvada e insensible que describían los periódicos. Quería que él supiera que no tenía nada de Princesa Coronada, que la prensa había tergiversado la verdad. Ella sólo era una mujer que quería, que necesitaba ayudar a los demás. Sin embargo, contárselo a él no serviría de nada: tenía que demostrárselo. Resultaba extraño, pero la característica que la había hecho tan atractiva a los ojos de otros hombres, o sea, su riqueza, era la misma que haría que este hombre la despreciara, probablemente antes de que tuviera tiempo de mostrarle cómo era. Aquel hombre le importaba. Y mucho. Ella conocía al tipo de personas ricas que él detestaba. Ella las exprimía con regularidad por medio de los actos benéficos y las obras de caridad. Ella las conocía y sabía cómo convencerlas para que aportaran donaciones considerables, aunque le desagradaban tanto como a Bryan. Por otro lado, también conocía a personas como ella, personas ricas que querían cambiar las cosas, personas agradables que realmente se preocupaban por los demás. Su cuñado Sebastian era de este tipo de personas, pero Shay no le habló de él a Bryan. Él tenía sus propios prejuicios y debía superarlos. Pensar en su hermana y en su cuñado la condujo a otras cuestiones y, antes de darse cuenta de lo inadecuada que era la pregunta, Shay la formuló: 

—¿Has estado casado alguna vez? ¿Estás casado en la actualidad? 

—Eso no es... —respondió él con asombro. 

—No es de mi incumbencia, lo sé, pero ¿me lo dirás de todos modos? Él se inclinó hacia ella y respondió de forma escueta: 

—No. —Pero... Él le cogió la barbilla con el índice y el pulgar y le aclaró: 

—Escucha, guapa, con esposa o sin ella, no tienes por qué tenerme miedo. Sólo quiero ayudarte. 

Claro y, a continuación, se abalanzaría sobre ella. Shay había percibido la reacción que su cuerpo le había provocado, que ella le había provocado. Incluso en aquel instante, a él le costaba mantener la mirada por encima del cuello de Shay. Quizá no estuviera interesado por ella prácticamente en ningún aspecto, pero era un hombre, y algunas cosas eran inevitables. Ante el silencio de Shay, Bryan suspiró y sacudió la mano. 

—Me ayudaría que me llamaras Predicador, como todos los demás. 

—No —respondió ella con suavidad—. Yo no quiero ser como todos los demás. Él sacudió la cabeza. 

—¡Qué tozuda eres! 

—Y tampoco quiero pensar en ti como si fueras un predicador. —Shay se dio cuenta de que él iba a marcharse, de modo que se apresuró a darle una explicación—. Prefiero considerarte un hombre, un hombre sumamente atractivo. Y cuando dejes de hacer suposiciones, quizás empieces a pensar en mí como en una mujer. 

Para alguien que dedicaba su vida a la compasión, él no parecía desenvolverse muy bien en aquel campo. Era como si se sintiera más cómodo armando trifulcas que fomentando la paz. 

—Créeme, ya sé que eres una mujer. 

Shay se puso a temblar de nuevo, pero esta vez debido al tono sensual de su voz, al elogio masculino que contenía su afirmación. 

—Pero... —prosiguió él. Shay no quería oír sus «peros». Entonces sonrió y lo interrumpió. 

—Me gustas, Bruce Bryan Kelly y, cuando nos conozcamos mejor, quizá yo también te guste un poco. Shay quería quedarse y hablar más con él, pero le dio lástima. Bryan había tenido un día duro: había intentado salvar a una prostituta que no lo era, había tenido que ignorar sus propias inclinaciones naturales y, ahora, tenía que ignorar las de ella. Además, Shay tenía que telefonear a Dawn para averiguar cómo se encontraba Leigh y para asegurarse de que disponía de un alojamiento. Shay no dejaba nada al azar, no desde el horrible desastre con la jovencita embarazada. Shay confiaba en Dawn de una forma tácita, pero, aun así, lo comprobaba todo dos veces para asegurarse de que nunca más volviera a ocurrir algo como aquello. También tenía que contarle a Dawn que se quedaría en el centro de acogida. Shay creía que si las mujeres del centro creían que era una de ellas, le resultaría mucho más fácil conocerlas, ganarse su confianza y conseguir que le proporcionaran información. ¿Y qué mejor forma de conseguirlo que utilizar la solución ideal que, sin pretenderlo, el predicador había puesto a su alcance? Si Dawn ponía en práctica sus ideas en el exterior, y ella, desde dentro, dedicaba tiempo a las mujeres y averiguaba cuáles eran sus necesidades, podrían adelantar mucho trabajo. Además, como allí nadie la conocía, la mancha reciente que había empañado su nombre no dificultaría su trabajo. Si Bryan Kelly quería acoger a una prostituta, ella lo sería. Shay recordó la reacción de Bryan cuando se quedó contemplándola, absorto ante su cuerpo casi desnudo. Ella no le resultaba indiferente. Lo único que tenía que recordar era que, ante todo, era un hombre. Entonces, quizá podría ayudarla a ser una mujer. Y cuando averiguara que era rica, que tenía más dinero del que podían gastar tres mujeres juntas durante toda una vida y que, en realidad, ella era la dama de sociedad que tanto despreciaba, sería demasiado tarde para él. Entonces ya sabría que, aunque era rica, se preocupaba por los demás y, con suerte, la querría tanto como ella lo quería a él, o quizá más. 

Bryan Kelly entró en el estudio de su hermano con ese mal humor apenas contenido que ya era habitual en él y cerró la puerta con cuidado. Aquélla era la única habitación libre en la planta baja de la casa, el único lugar donde Bryan podía ser él mismo durante un rato. Bryan se apoyó en la puerta. Se sentía inquieto, preocupado. Sorprendido. ¡Maldita sea, las prostitutas estaban buenísimas en aquellos tiempos! El plan le había parecido muy sencillo... Hasta entonces. ¿Quién podía adivinar que ocupar el lugar de un predicador resultaría tan duro? ¿Acaso su hermano gemelo se enfrentaba a aquel tipo de situaciones con regularidad? Si era así, se trataba de un auténtico santo. Su hermano Bruce lo había advertido de múltiples situaciones. Pero no de las rubias sexys, estupendas y con un cuerpo de muerte. Shay era un auténtico bombón y hacía que le hirviera la sangre, pero también era un tabú. A Bruce le habría dado un ataque si hubiera conocido los pensamientos de Bryan. Se suponía que los predicadores no debían contemplar a las mujeres con deseo, y mucho menos si eran prostitutas. Bryan se echó a reír. Siempre había admirado lo que hacía su hermano y la vida que llevaba, pero ahora más que nunca. Como cazarrecompensas, las únicas prostitutas que había conocido eran las que ansiaban su dinero. Se trataba de mujeres que habían vivido mucho y que parecían desesperadas y duras al mismo tiempo, y alejarse de ellas no le había supuesto ningún problema. Vaya, que él era selectivo respecto a las mujeres con las que se acostaba. En general, no confiaba en los demás, y mucho menos en las mujeres. Eran listas y manipuladoras y, aunque las prostitutas a las que Bruce ayudaba le inspiraban un sentimiento de lástima, sin lugar a dudas no deseaba acostarse con ellas. Claro que ninguna de las prostitutas a las que había conocido hasta entonces tenía el aspecto de Shay, y tampoco actuaba como ella. Cuando inició su descabellado plan, sabía que el hecho de verse rodeado de mujeres necesitadas, desinhibidas y centradas en el sexo constituiría un choque cultural. Pero ¿Shay? No, aunque lo hubiera intentado, nunca habría imaginado que encontraría a alguien como ella. Aquella noche había salido de patrulla, tal como Bruce hacía con frecuencia: romper la rutina de su hermano los habría delatado. Si hubiera actuado de una forma diferente, las personas de su entorno se habrían dado cuenta de que él no era Bruce, y eso habría arruinado su plan. La noche era tan desapacible que Bryan no esperaba encontrar a ninguna mujer de la calle. Cualquier persona con dos dedos de frente se habría quedado en casa, lejos de aquella horrible tormenta. Pero allí estaba ella: alta, sexy, con esos mechones de cabello rubio y húmedo pegados al rostro. Su vestido, una pieza de ropa diminuta, ceñida y blanca que resultaba por completo inadecuada para aquella zona y para cualquier otro fin que no consistiera en vender su cuerpo, dejaba a la vista sus interminables piernas. La parte superior del vestido, empapada por la lluvia, resultaba transparente y mostraba sus pechos redondos y sus pezones erectos por el frío. Bryan deslizó la mirada a lo largo de su cuerpo y la detuvo en sus zapatos de salón planos: no encajaban con el tipo de zapatos que solían llevar la mayoría de las prostitutas, claro que no solían ser tan altas como ella. Si Shay hubiera llevado puestos unos zapatos con unos tacones de unos diez centímetros de alto, habría parecido más alta que él. Quizás ésta era la razón de que llevara zapatos planos; probablemente no le interesaba parecer más alta que sus clientes. Al principio, Bryan no quería acercarse a ella, porque llevaba escrita la palabra «Problemas», con mayúscula, en el cuerpo. Pero, ¡maldita sea!, su hermano no habría albergado ninguna duda. Bruce habría considerado que era su deber ayudarla y se habría acercado a ella de buen grado, de modo que Bryan hizo lo que tenía que hacer y se esforzó por «salvarla». Bryan soltó un gruñido. ¡Bien, de acuerdo!, Shay era tan chula y segura de sí misma que debía de haberlo seguido con la idea de desplumarlo en cuanto pudiera. Más le valía vigilar de cerca su cartera. ¿Y qué era aquella tontería de que le gustaba? A las prostitutas les gustaba cualquier tío que tuviera dinero y estuviera dispuesto a gastarlo. Por cincuenta pavos, ella se sentiría tan atraída por él como él quisiera. Sin embargo..., por alguna razón Bryan no creía que esto fuera verdad. Hasta el momento, se había desenvuelto bastante bien gracias a su instinto y no podía ignorar lo que ahora le indicaba con intensidad. De algún modo, Shay no encajaba en el molde, y Bryan no estaba pensando en los aspectos más evidentes; se trataba de algo más. Entre otras cosas, Shay despedía una energía intensa, no parecía desilusionada. No parecía quemada. Era esbelta, pero fuerte, y tenía unas facciones casi majestuosas. Sus ojos azules, en cambio, expresaban inocencia y eran tan grandes que podían absorber a un hombre. Pero no a él. Hacía tiempo que Bryan era inmune a las artimañas femeninas. Shay no había salido huyendo como Bryan esperaba. Bruce le había advertido en más de una ocasión que era justamente eso lo que solía ocurrir, y él estaba preparado para perseguirla. Sin embargo, en lugar de salir a la carrera, ella había abandonado la protección del edificio para encontrarse con él. ¡Vaya locura! Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, el lado de la calle en el que ella estaba quedó a oscuras. De repente, Bryan ya no disponía de tiempo para convencerla con amabilidad, como solía hacer su hermano, no disponía de tiempo para explicaciones. El último apagón que se había producido en aquel sórdido barrio había terminado con un balance de dos personas malheridas y varios edificios saqueados. En general, los disturbios se producían de una forma espontánea y un apagón podía dar lugar a todo tipo de crímenes depravados. Bryan conocía la sensación, el olor y el sabor que des-pedía el peligro y, en aquel momento, percibió que empezaba a rodearlos. Por suerte, ella no opuso mucha resistencia. La oportuna aparición de Chili ayudó a convencerla, sin duda porque Chili era un bastardo baboso que sonreía como un cerdo. El peligro despertó los instintos de Bryan, que abandonó temporalmente su representación y actuó como lo haría él mismo, en lugar de como lo habría hecho Bruce. Después, cuando ella le preguntó cómo se llamaba, él la cagó por completo y le dio su propio nombre. Él no cometía errores como aquél. Nunca. Sin embargo, con ella lo había cometido. Y todavía lo complicó más con su estúpida corrección. ¿Bruce Bryan? ¡Mierda, incluso a él mismo le sonaba penoso! Pocas personas conocían el nombre de su hermano, pero a él no le gustaba correr riesgos. Tendría que convencer a Shay... pero ¿en qué estaba pensando? Ella no se quedaría por allí durante mucho tiempo. De todas las mujeres que intentaba «salvar», Bruce sólo tenía éxito con una cuarta parte. El resto se aprovechaban de su hospitalidad, de su generosidad, y volvían al trabajo al cabo de unos días, una semana o un mes. Aunque Shay parecía diferente, al final haría lo mismo. Él sólo tenía que dominar sus impulsos hasta entonces. Bryan recordó el sermón de su hermano en el que le decía que con las mujeres debía comportarse como un médico, mantenerse impertérrito ante su feminidad. Sin embargo, Bryan sólo veía a las mujeres de una forma y era, precisamente, la que Bruce le había prohibido. Bryan llevaba una semana manteniendo esta actitud sin dificultad, pero ahora se había convertido en un reto para él. ¡Mierda!, si no entendía el funcionamiento de la mente de una mujer cualquiera, ¿cómo se suponía que iba a entender el de una mujer de la calle? Bryan cogió con ambas manos el borde inferior de su camiseta, se la sacó por la cabeza, hizo una pelota con ella y la lanzó con rabia a una esquina de la habitación. La camiseta golpeó el desgastado papel de la pared con un ruido sordo. La tensión de Bryan, sin embargo, no disminuyó. En el exterior, los truenos retumbaban y reflejaban el estado de ánimo de Bryan. Al menos, Bruce había hecho arreglar el tejado, de modo que en el piso de arriba no había goteras y no tendría que subir cubos para recoger las filtraciones. No le resultó fácil convencer a Bruce para que aceptara su dinero y lo empleara en reparar la casa. Bruce era un tipo amable y sensible; Bryan, en cambio, era un mal bicho, de modo que se podría decir que forzó a su hermano para que aceptase su dinero. Bryan se sentía muy orgulloso de Bruce y de lo que hacía, aunque no siempre estuviera de acuerdo con él. Además, lo apoyaba en su trabajo de beneficencia, y no iba a permitir que una mujer con un trasero bonito y una actitud desenvuelta lo distrajera; no cuando Bruce necesitaba que estuviera alerta, que fuera un tipo frío, implacable y calculador, como solía describirlo su padre. Alguien pretendía hacer daño a Bruce. Alguien realmente malvado. Las amenazas verbales habían dado paso a las físicas. Como consecuencia del último ataque, Bruce tuvo que ingresar en el hospital y esto había cabreado a Bryan. ¡Y mucho! ¡Nadie hacía daño a su hermano y salía bien parado! Bryan tenía la sensación de que pronto se produciría otro ataque, pero en lugar de encontrarse con Bruce, el maldito bastardo se encontraría con Bryan. Y ése sería su final. Bryan sólo tenía que esperar y, al final, lo atraparía. Eso significaba que tenía que ignorar o, al menos, aguantar las insinuaciones de Shay. Bryan casi se echó a reír ante aquella ironía. ¿Existía acaso algún hombre que fuera menos indicado que él para aquella misión? Desde el fallecimiento de su mujer, lo que Bryan hacía con las mujeres era detenerlas o acostarse con ellas y, en esta ocasión, no podía hacer ni una cosa ni la otra. No, tendría que hacer lo imposible, tendría que implicarse. Implicarse hasta el cuello. El reloj de encima de la mesita que estaba junto al sillón del estudio de Bruce le indicó que el tiempo transcurría de una forma inexorable. Concedería a Shay veinte minutos para que se secara y se cambiara de ropa y, después, le comunicaría las normas del centro de una forma clara y directa. Mientras tanto, conseguiría cierta información. Bryan estaba empapado, de modo que se acercó al armario de Bruce y sacó la primera camisa que encontró. A continuación, introdujo los brazos en las mangas, se abotonó la camisa con rapidez y se arremangó por encima de los codos. Después, se dejó caer en el sillón, sacó su teléfono móvil y pulsó una serie de números. En su campo, Bryan era respetado, tenía contactos en todos los círculos y le debían favores. Averiguaría por su cuenta lo que Shay quería mantener en secreto. Sin embargo, el día parecía estar plagado de frustraciones. El policía al que telefoneó no le proporcionó ninguna información. Según le contó, no constaban antecedentes de ninguna prostituta alta y rubia que se llamara Shay. Tenían a una Shelly, una Sherry, una Scarlet y una Selma, pero ninguna Shay ni ninguna Shaina. Bryan lo comprobó con otros contactos, pero ninguna de las mujeres de la calle encajaba con la descripción de Shay. Quizás había trabajado en otra zona o en otro estado. Fuera lo que fuera, descubriría su secreto. Bruce era un hombre confiado, pero él no era Bruce. De momento, seguiría la rutina y la registraría como residente del centro de acogida. Representaría el papel de su hermano y se portaría bien. Y, tarde o temprano, aquella representación terminaría. Después de un tiempo prudencial, Bryan abandonó la intimidad del estudio. El corto pasillo que conducía a la cocina estaba vacío, pero Bryan encontró allí el bolso empapado de Shay. Shay lo había vaciado encima de la secadora y había dejado extendido su contenido para que se secara: un cepillo para el cabello, un pintalabios, unas gafas de sol, un monedero y otros artículos femeninos. Bryan fisgoneó el contenido del bolso sin titubear. Al fin y al cabo, fisgonear era lo que él hacía normalmente. El monedero contenía unos cuantos billetes, un puñado de monedas, un recibo de Correos y una lista de la compra; ni tarjetas de crédito ni carnet de conducir..., nada que pudiera identificarla. Claro que esto no le sorprendió. En ningún momento había considerado que Shay fuera una estúpida. Sólo una descarada. Y muy sexy. Bryan examinó el recibo de Correos, pero la lluvia había corrido la tinta y ni siquiera pudo averiguar el importe que figuraba en el documento ni el emplazamiento de la oficina. Aquello lo conducía a un callejón sin salida. Entonces dejó el recibo donde lo había encontrado, siguió avanzando por el pasillo y golpeó con suavidad la puerta basculante de la cocina. 

—¿Estás decente? —preguntó y, al oírse, le entraron ganas de propinarse una patada en el trasero. ¡Por Dios, que era una prostituta! Mejor no tocar aquel tema. Shay abrió la puerta y le sonrió. 

—Iba a preparar un té. ¿Quieres? 

Bryan contempló su nuevo aspecto. Todavía tenía el cabello algo húmedo, pero se lo había cepillado, y las puntas, ligeramente curvadas, le rozaban la parte superior de los pechos. Se había lavado la cara, y no había rastro del maquillaje que la lluvia había echado a perder: tenía el aspecto de una mujer joven y feliz. Sus ojos azules brillaban cálidos e insinuantes. Pero él no picó. Los tejanos que había cogido de la caja de las donaciones le quedaban un poco cortos y demasiado ajustados; como una segunda piel. Curiosamente, los había combinado con una camiseta que le iba grande. Bryan dedujo que debía de ser una de las viejas camisetas desechadas de Bruce. O sea, que en aquel momento Shay no estaba anunciando su cuerpo. Quizás ése era su tiempo libre. Al sentir la mirada de Bryan, Shay se agitó con intranquilidad. Él se fijó en que iba descalza y en que llevaba las uñas de los pies pintadas de rosa. Incluso vestida con ropa vieja y sin los adornos de seducción, estaba guapísima. «Soy un predicador», se recordó Bryan. Y no uno cualquiera, sino su hermano. ¿Qué haría él en aquella situación? Sin lugar a dudas, Bruce no le miraría los pechos, que resaltaban bajo su camiseta de una forma muy atrayente. Y tampoco imaginaría lo que sentiría al cogerla de las caderas mientras ella bajaba y subía, bajaba y subía sobre él... ¡Maldita sea! De acuerdo, otra vez había sucumbido. Bruce se habría dado cuenta de que ella estaba para chuparse los dedos, pero también habría percibido su dulzura, su inocencia, su despreocupación. Quizá, tiempo atrás, ella fuera así, pero ya no. Ahora se vendía a cualquier tipo baboso que tuviera suficiente dinero para pagar sus servicios, seguramente por pura desesperación. ¡Exacto! Shay se sentía desesperada y necesitada. Entonces Bryan sintió lástima por ella... Hasta que miró más allá y vio su vestido, su sujetador y sus diminutas braguitas tendidos en las sillas de la cocina. ¡Mierda! ¡Sus bragas no, por favor! Seguro que lo había hecho a propósito. Seguro que había dejado aquella diminuta pieza de encaje a la vista para provocarlo. ¡Y esto significaba que no llevaba ropa interior! Las mujeres sabían cómo seducir a los hombres y las prostitutas eran especialmente buenas en esto. Pero no le funcionaría con él. Él estaba allí por su hermano, y ninguna mujer, por muy atractiva que fuera, o por poca ropa interior que llevara, conseguiría que él lo olvidara. Bryan volvió a dirigir su atención al rostro sonriente de Shay. 

—Claro, guapa. Un té será fantástico. Gracias. 

¡Un té! Sólo pensar en esta bebida le producía náuseas. Él habría preferido una cerveza, pero Bruce no bebía alcohol, de modo que de nada le habría servido arriesgarse a actuar en contra de la costumbre de su hermano: seguro que no habría encontrado ninguna. Bryan se dispuso a entrar en la pequeña cocina, pero Shay no se apartó de la entrada. ¿De modo que quería jugar? Pues bien, él no tenía ningún inconveniente. Bryan pasó junto a ella mirándola fijamente a los ojos y rozándole los senos con el pecho con tal lentitud que Shay contuvo el aliento y no tuvo más remedio que retroceder un paso. Bryan contuvo una sonrisa de triunfo y preguntó: 

—¿Dónde está Barb? 

A Barb podía manejarla. Barb se mostraba huraña la mayor parte del tiempo y, el resto, insolente, pero al menos no lo excitaba. Shay se ruborizó y se apoyó en la encimera. 

—Me dijo que le dolía un poco la cabeza y le he aconsejado que se ponga un paño húmedo en la frente. Espero que esto le alivie el dolor. 

Por lo visto, Shay tomaba las riendas de las situaciones con facilidad. A Bryan no le sorprendió en absoluto. 

—Barb padece migrañas —dijo Bryan mientras dejaba caer los objetos que había cogido del despacho de Bruce encima de la mesa de fórmica. La copia de la llave de la casa produjo un sonido metálico y la libreta y el bolígrafo cayeron justo al lado—. Le han recetado un medicamento, pero no le gusta tomarlo porque le produce somnolencia. Shay dirigió la mirada hacia la mesa y de nuevo al rostro de Bryan. 

—Ya me lo ha contado. También me ha explicado que tenía que mantenerse despierta para prepararte la cena y limpiar la cocina, pero le he dicho que yo me ocuparé de todo. Bryan le dirigió una mirada directa y dura. 

—Tengo treinta y cinco años y todavía no me he muerto de hambre. Sé alimentarme yo sólito. Además, no era masoquista y no deseaba cenar con ella. —Pero Barb me ha contado que te prepara todas las comidas... 

—A Barb le gusta mantenerse ocupada. Forma parte de su naturaleza. 

—También me ha contado que la trajiste aquí cuando no tenía adonde ir. 

Bryan no pudo ocultar su sorpresa. Bruce le había explicado todo lo relacionado con la situación de Barb, pero Barb no era el tipo de persona a quien le gustara compartir confidencias. De momento, de lo único de lo que había hablado era del cuerpo de Bryan y de que era una lástima que él no compartiera su «dulce ser». Y también se quejaba y trataba, con desdén a las demás. Aparte de esto, cocinaba, limpiaba la casa, bromeaba y adulaba a las otras mujeres o se metía con ellas. Pero no hacía confidencias. Bruce le había dicho a Bryan que la actitud de Barb no era más que una fachada y que le costaba intimar con las demás personas. Sin embargo, Shay sólo había estado con ella en la cocina unos minutos y ya había conseguido que Barb hablara de sí misma. Shay le sonrió, como si supiera con exactitud qué estaba pensando, y dijo: 

—Barb lleva contigo poco más de un año y, a diferencia de las demás, le pagas un salario como ama de llaves. 

Él, mosqueado, puso los brazos en jarras. 

—¿Ella te ha contado todo esto? 

—Sí, se siente en deuda contigo. Permítele que siga trabajando aquí para devolverte el favor, Bryan. Su orgullo se vería herido si creyera que no la necesitas. Mientras Shay hablaba, la tetera se puso a silbar. Ella se volvió de espaldas a Bryan y preparó dos tazas de té. Bryan le miró el trasero. Bruce, Dios, o ambos, le habrían fulminado por eso. Sin embargo..., se trataba de un trasero precioso. Además, él no era un predicador y aquel tipo de cosas no le dejaban impasible, así, sin más. No, él era un cazarrecompensas y siempre había sentido debilidad por los traseros bonitos con forma de corazón. El de Shay, además, tenía un interés especial porque, en el bolsillo trasero, se distinguía el perfil rectangular de unas tarjetas. Sin duda se trataba de las tarjetas de identidad que no estaban con el resto de los objetos de su bolso. No, no había nada que resultara tonto en aquella mujer. 

Después de llevar las tazas a la mesa, Shay se sentó en una silla. O, mejor dicho, se repantigó en ella, y, al estirar sus piernas interminables, su musculatura se relajó como si no tuviera huesos. Y, aun así, no dejaba de parecer elegante y sexy. Bryan no había visto nunca a una mujer que se sintiera tan bien con ella misma y con su entorno, fuera éste cual fuera. Ya se había acostumbrado a la falta de pudor de las prostitutas, que rayaba en la lujuria. La mayoría de ellas casi no eran conscientes de su cuerpo, como si ya no lo consideraran algo suyo o privado. Aquella actitud se le había contagiado a Bryan, que ahora veía sus cuerpos del mismo modo: no como algo sexy, sino como el cuerpo de alguien que está acostumbrado a enseñar mucha piel. Sin embargo, ignorar a Shay le resultaba imposible. Ella no se comportaba como había esperado, ni como Bruce había predicho. Si Bryan no supiera lo que era, creería que ella no tenía ni idea de lo sexy que resultaba. Pero era una prostituta, y resultaba imposible que no fuera consciente de su atractivo. Bryan también se sentó y admitió: 

—Esta casa no funcionaría sin Barb. 

—Espero que se lo digas... con frecuencia. 

El tono de censura de Shay le crispó los nervios. Su hermano hacía lo que podía. A veces, a él mismo no le parecía suficiente, pero Bryan sabía que Bruce era tan honrado y considerado con los demás como se podía ser. En cambio, a él no le gustaba cualquiera, y menos aquel bombón prepotente que juzgaba a su hermano. 

—Shay... 

—¿Bryan? —respondió ella en un susurro y con un tono de burla. 

La bronca que Bryan le iba a soltar no salió de su boca. «Soy un predicador. Soy un predicador.» Si Bruce estuviera en su lugar, la reconfortaría, no le cantaría las cuarenta. Bruce haría lo posible para que se sintiera bien recibida. 

—No eres como el resto de las mujeres del centro —declaró por fin. Ante ese comentario, 

Shay se echó a reír, pero enseguida ahogó su risa. 

—Lo siento. —Y borró la sonrisa de su rostro—. ¿En qué crees que soy distinta? 

Su pregunta sonó como un desafío. Claro que todo lo relacionado con ella, desde su forma de sonreír hasta su desenvoltura, constituían un desafío para él. «No pareces herida, sino muy segura de ti misma y de tus actos, y eres demasiado mandona», pensó él. Pero no podía decírselo, claro. Bruce no lo habría dicho. 

—¿Y bien? —insistió ella. 

Bryan tenía que responderle algo. 

—Se te ve más relajada que a la mayoría de las mujeres que pasan por aquí. — Entonces una idea cruzó su mente y se apresuró a añadir—: Hace poco que trabajas, ¿no? 

—Desde que tenía catorce años. 

Una mano invisible apretó la garganta de Bryan. Él se atragantó, contuvo el aliento y volvió a atragantarse. ¡Catorce años! ¡Santo cielo! Al ver su reacción, Shay enarcó las cejas y contestó medio en broma: 

—¡Ah, quieres decir prostituyéndome! 

Bryan se sintió burlado y consideró la posibilidad de colocarla sobre sus rodillas para darle unos azotes. Se lo merecía. Claro que su hermano se sentiría horrorizado si hiciera algo así. 

—La mayoría de las mujeres prefieren llamarlo «trabajo» —declaró Bryan entre dientes. 

—¿De verdad? Yo prefiero llamarlo por su nombre. 

Su mirada era seria, pero en sus labios seductores todavía se distinguía esa sonrisa burlona. A Bryan le habría gustado borrarla de su rostro. Quizá lo haría cuando aquel maldito intercambio de papeles terminara 

—¿Hace tiempo que te prostituyes? 

—En realidad, soy bastante nueva en esto. 

Bryan no se había dado cuenta de lo tenso que estaba hasta que ella respondió. Él se había enfrentado a mucha porquería a lo largo de su vida. La más reciente había sido cuando ayudó a salvar el trasero de Joe Winston, en Visitation, Carolina del Norte. Una mujer con dos niños lo ablandó y arruinó su plan de utilizar a Winston como cebo para atrapar al fugitivo al que perseguía. Tocaron una vena sensible que Bryan no sabía que poseía y ahora con Shay le estaba ocurriendo lo mismo. No debería haberle importado, pero saber que no hacía mucho tiempo que vendía su cuerpo le proporcionó un gran alivio. La declaración de Shay tenía sentido, porque una mujer como ella no pasaba desapercibida con facilidad. Si hubiera hecho mucho tiempo que estaba por allí, Bruce la habría encontrado y la habría conducido al centro de acogida. Aquella idea lo puso nervioso. Bruce no era como él. Bruce era mucho más amable y, en consecuencia, más sensible a las artimañas femeninas. En un abrir y cerrar de ojos, Shay lo habría tenido a sus pies. 

—Entonces me alegro de haberme tropezado contigo tan pronto —respondió Bryan con una sonrisa irónica. 

—¿Tropezarte conmigo? A mí me dio la sensación de que estabas patrullando la zona. 

—Estoy atento por si surgen problemas —contestó él. 

Y, por primera vez, dijo la pura verdad. Él buscaba a los criminales y los llevaba ante la justicia, aunque en general lo hacía con una nueve milímetros en la mano, no con la Biblia—. Y en este barrio, los encuentro con facilidad. Demonios, la había encontrado a ella, ¿no? 

—¿Qué tipo de problemas? —preguntó Shay. 

Unas cuantas verdades acerca de su nueva profesión no le harían daño, pensó Bryan, incluso podrían ayudarla a volver al buen camino, donde estaría más segura. 

—Algunas veces, las mujeres rechazan la ayuda que les ofrezco porque están manteniendo la drogadicción de su pareja, o a sus hijos, y creen que no conseguirán suficiente dinero con un trabajo convencional. Al menos con su historial. 

—¿A qué te refieres? Él se encogió de hombros. 

—Creen que no conseguirán un empleo porque no tienen experiencia laboral ni educación. 

Bryan esperaba que Shay le revelara sus razones para estar allí, pero sufrió una decepción. 

—Me gusta cómo lo explicas, cómo hablas de estas cuestiones de forma tan poco ofensiva. Te esfuerzas mucho en utilizar las palabras adecuadas, ¿no? 

Bruce si lo hacía, y le había enseñado cómo tenía que hablar y qué tenía que decir. Bryan examinó a Shay con atención. Ella no estaba inquieta ni se la veía forzada, sino que permanecía repantigada en la silla de la cocina, relajada, perfectamente cómoda con la conversación, con la situación, con él y consigo misma. 

—¿Por qué habría de querer ofender o insultar a nadie? 

—No lo sé. —Shay esbozó una sonrisa de medio lado—. Pareces el tipo de persona a quien no le importaría hacerlo. Lo cierto era que, normalmente, no le importaba. 

—Pero eres bueno escogiendo las palabras correctas. —Shay tomó otro sorbo de té y añadió con premura—: Continúa, ¿dices que algunas mujeres rechazan tu ayuda? 

Bryan sintió deseos de zarandearla: no estaba acostumbrado a que lo dirigieran, ni verbalmente ni de ninguna otra forma. No se sentía cómodo cediendo el control a otra persona, ni siquiera en una simple conversación. Y menos a una mujer. Y todavía menos a una prostituta. 

—Regresan a la calle y, a veces, resultan heridas o son víctimas de malos tratos... Bryan guardó silencio. Al menos, en esto, Bruce y él eran iguales. Ninguno de los dos podía soportar que se ejerciera la violencia en contra de las mujeres o los niños. Sin embargo, su método para enfrentarse a esas situaciones no podía ser más diferente. Bryan le contó a Shay el método que utilizaba Bruce. 

—Intento estar alerta y procuro prestarles ayuda cuando la necesitan. Pero no siempre es posible. Algunos de los chulos de esas mujeres causan problemas y, a veces, no estoy ahí donde me necesitan cuando debería. 

Shay evitó su mirada y la clavó en la taza de té. 

—No se puede estar en todas partes al mismo tiempo. —Entonces levantó los párpados y lo cautivó con su mirada inocente—. Creo que te iría bien algo de ayuda. ¡Como si no lo supiera! Lo cierto era que Bruce resultaba vulnerable en demasiadas ocasiones. 

—Eso es pedir lo imposible. La mayor parte de la sociedad quiere borrar del mapa esta zona y fingir que los problemas no existen. Creen que, si los ignoran, desaparecerán, y no están interesados en encontrar soluciones. 

Shay asintió con la cabeza mientras adoptaba una actitud cada vez más introspectiva. Entonces se inclinó hacia delante, apoyó los codos en la mesa y se atrevió a decir: 

—Antes me dijiste que soy diferente de las otras mujeres que vienen por aquí, pero tú eres totalmente distinto a cualquier predicador que haya conocido hasta ahora. 

Aquello no era bueno. «¡Contrólate, Bryan!» 

—¿Porque trabajo sobre el terreno en lugar de hacerlo en una iglesia? 

—«Sobre el terreno...» —repitió ella—. Me gusta esta expresión. Pero no, no me refería a eso, sino a que no sermoneas acerca de los demonios de la carne. —No. 

Su padre sí sermoneaba. Continuamente y acerca de todo. Y era bueno haciéndolo, efectivo y entretenido. Los feligreses que solían adormecerse en los bancos de las iglesias estaban despiertos y atentos cuando su padre hablaba. Sin embargo, él y su hermano no parecían tener el mismo carisma a la hora de hablar. En este sentido, Bruce lo aventajaba con creces, mientras que, según decía su padre, Bryan se comunicaba por medio de gruñidos. Bryan sonrió de oreja a oreja al recordar a su padre y su hermano insistiéndole una y otra vez para que mejorara sus escasas habilidades sociales. Entonces se dio cuenta de que Shay lo miraba y volvió al presente. ¿Qué era lo que Bruce siempre le decía? ¡Ah, sí! 

—Las mujeres de la calle no aceptan palabras, de modo que les ofrezco alternativas y, si puedo, soluciones concretas —declaró Bryan con un tono de suficiencia. 

—¿Qué tipo de soluciones? 

Bryan estaba familiarizado con la forma de trabajar de Bruce, de modo que pudo responder sin titubear. 

—La seguridad y las necesidades físicas básicas tienen que estar resueltas antes de buscar la felicidad espiritual. 

Shay alargó el brazo y le rozó la muñeca con las yemas de los dedos. Ella lo estaba provocando, pero, de momento, él tenía que rechazarla. Bryan apartó el brazo con lentitud. 

—¿Y cuál es tu historia, Bryan? ¿Por qué no estás en una iglesia? 

Si él rondara mucho por una iglesia, lo más probable era que el techo se derrumbara sobre su cabeza. 

—¿Por qué habría de estarlo? —gruñó él. Shay enarcó una ceja, y Bryan se apresuró a decir—: Bueno, todo el mundo merece disponer de un lugar seguro al que poder acudir en busca de guía espiritual, sólo que... —«¡Maldita sea, Bruce, cuando te vea te voy a dar una patada en el culo!», pensó Bryan. Entonces suspiró, apretó la mandíbula y continuó—: yo quiero hacer más. 

Ella lo observó con una expresión embelesada. 

—¿Y por qué aquí? ¿Por qué esta causa? 

Buena pregunta. ¿Por qué Bruce no podía haberse ocupado de los perros abandonados o de los ancianos? ¿Por qué tenía que enredarse con prostitutas exuberantes que querían atormentarlo? ¿Sobre todo ésta? Bryan rememoró el último discurso que Bruce le había pronunciado. 

—Hay mucha miseria en el mundo, pero ésta se encuentra en mi propio barrio. Quiero cambiar las cosas y no puedo hacerlo desde una distancia segura, en una iglesia segura y rodeado de gente segura. Para apagar un fuego, tienes que acercarte a las llamas. 

—Eso no significa que tengas que vivir en ellas. 

¡Maldita sea! Él le había dicho lo mismo a Bruce cientos de veces y siempre había obtenido la misma respuesta.

—Quizá no, pero resulta difícil convivir con los miembros de las comunidades pulcras y ordenadas y al mismo tiempo con los de las decadentes. Los habitantes de ambos mundos acaban teniendo miedo. Miedo a que lleves contigo algo del otro mundo, como si pudieras contagiarles algún tipo de enfermedad de la que no pudieran escapar. 

Shay se mordió el labio inferior y asintió con la cabeza. 

—Supongo que tienes razón. La gente tiene miedo de las cosas que no comprende. Quizá si fueran conscientes de cómo se originan los problemas y se dieran cuenta de que nadie elige nacer pobre, no tendrían tanto miedo. 

La franqueza de su razonamiento desconcertó a Bryan. Shay hablaba igual que Bruce. 

—Es posible —reconoció él—. La verdad es que resulta difícil aprender conceptos abstractos como la moralidad o el orgullo propio cuando no tienes electricidad o comida en la mesa. 

Bryan no recordaba la última vez que había mantenido una conversación larga y profunda con una mujer. Además, sorprendentemente, aquella mujer era consciente de los problemas con los que Bruce se enfrentaba día a día. 

—Cuando hay tantas cosas que hacer, un programa de concienciación ocupa los últimos puestos en la lista de prioridades...

—¿Y cuáles son tus prioridades?—preguntó ella. 

Bryan esbozó una sonrisa fallida y respondió: 

—En estos momentos, tú. 

Los ojos de Shay eran grandes y cálidos y lo devoraban. Entonces ella deslizó la mano por el brazo de Bryan hasta alcanzar sus bíceps. 

—Bien —musitó Shay. 

Una vez más, Bryan evitó su contacto. 

—¡Maldita sea, para de hacer esto! —exclamó. Entonces la señaló con el índice y gruñó—: Tienes que aprender unas cuantas cosas, señorita. 

Ella levantó las manos en el aire. 

—Está bien, me comportaré. No es necesario que cunda el pánico. 

Él esbozó una sonrisa cínica. 

—Las mujeres no me hacen sentir pánico. Ni siquiera las mujeres avasalladoras como tú, pero tengo que hacerte algunas preguntas y vas a respondérmelas ahora mismo. 

—¡Ningún problema! Mientras me interrogas, prepararé algo de comer. Shay se levantó de la silla y Bryan se quedó absorto contemplando su trasero mientras ella deambulaba por la cocina y abría cajones y armarios como si llevara viviendo en la casa una eternidad. 

—No pretendo interrogarte, sólo necesito cierta información. 

Ella se inclinó hacia el interior de la nevera y dijo: 

—Hay pollo frío y ensalada de patata, ¿te va bien? 

Él estaba embobado contemplando su postura, que le parecía de auténtico vicio. 

—Sí, claro, lo que sea. 

—Bien, la cena estará lista en un segundo. —Shay miró a Bryan por encima del hombro—. Bueno, empieza con el interrogatorio. Estoy preparada. 

Lo cierto era que se la veía preparada. Bryan decidió empezar por las preguntas más importantes. 

—¿Cuándo te examinaron por última vez? Shay se ruborizó y se enderezó horrorizada. 

—¿Examinarme? —preguntó con un hilo de voz. 

¿Acaso existía una forma más suave de preguntarlo? Si era así, Bryan no la conocía. Él no estaba hecho para aquellas intimidades estúpidas. 

—Sí, por un médico. 

Ella parpadeó y después apartó la mirada. Bryan insistió. —Ya sabes, para asegurarte de que estás... sana. 

Estuvo a punto de decir limpia, pero se contuvo a tiempo. Shay le dio la espalda. 

—¿Acaso te parezco enferma? 

Era tan alta que no tenía que ponerse de puntillas ni utilizar el taburete de Barb para alcanzar las últimas estanterías de los armarios. Bryan suspiró. 

—Ya sabes que no es eso lo que quiero decir. 

Ella bajó dos platos y carraspeó. 

—No hace mucho, y no tengo nada contagioso —contestó. 

Bryan se sintió como un gilipollas por habérselo preguntado, como si, además de haberla incomodado, la hubiera insultado. ¡Pero, demonios, aquella pregunta estaba en la lista de Bruce! Bryan apretó el bolígrafo con ambas manos e intentó aclararle a Shay por qué le había formulado aquella pregunta. 

—Hay una mujer, una doctora, que colabora con nosotros. Se llama Eve Martin y trabaja en un hospital. Examina a las mujeres del centro gratuitamente. 

Shay se dio la vuelta de repente y, con un interés renovado, preguntó: 

—¿Has dicho la doctora Martin? 

—Exacto. —Bryan frunció el ceño—. ¿La conoces? 

Si la respuesta era afirmativa, querría decir que, después de todo, Shay trabajaba en aquel barrio. Quizás el nombre de Shay fuera un alias, pero ¿por qué? Shay agachó la cabeza y volvió a darle la espalda. Entonces sirvió un par de cucharones de ensalada de patata en cada plato. En lugar de contestar la pregunta de Bryan, le formuló otra. 

—¿Por qué habría de acudir a la consulta de un médico? Lo estaba haciendo más difícil de lo que era. 

—No eres tonta. Ya sabes que hoy en día existen muchos riesgos para la salud. 

—Conmigo no hay ningún problema. Siempre soy... esto... cuidadosa. 

El bolígrafo amenazaba con romperse en las manos de Bryan. 

—De todos modos —insistió él mientras intentaba no soltar un gruñido—, si, según dices, hace algún tiempo que te han examinado, me sentiría mejor si permitieras que la doctora Martin te echara una ojeada. 

—No. 

Él se enderezó en la silla. 

—¡Qué quieres decir con que no! —Pocas personas se atrevían a llevarle la contraria. Además, él, normalmente, no aceptaba una negativa—. ¿Por qué demonios te niegas? 

—Porque no quiero, he ahí el porqué. 

La mano de Bryan se cerró en un puño y en la habitación se respiró una extraña sensación de inquietud e incertidumbre. 

—Si tienes algún problema, puedes contármelo —replicó él suavizando la voz —. No hay nada de qué avergonzarse, y esconderlo no te ayudará. 

Ella se volvió hacia él con los ojos muy abiertos y él le devolvió la mirada sin parpadear. 

—No tengo ningún problema. 

Entonces, ¿por qué no quería un examen médico gratis?, se preguntó él. 

—Puedo conseguirte una cita privada con la doctora Martin. Nadie más lo sabrá. 

Shay apartó la mirada de los ojos de Bryan y la detuvo en su boca: ¡maldición!, él sabía exactamente en qué estaba pensando. Además, sin pretenderlo, provocaba que él también pensara en lo mismo. Shay parpadeó y volvió a fijar la mirada en los ojos de Bryan. 

—Una visita médica es del todo innecesaria. Te aseguro que soy una persona responsable. 

Él realizó un movimiento rotundo y afirmativo con la cabeza. 

—Fantástico, entonces accederás a visitar a la doctora. 

Aquella mirada tan directa y típica de Shay volvió a impresionarlo. Era como si quisiera luchar con la mirada. Pero él no era un incauto como su hermano y no cedería ni un ápice. Al final, ella retiró los ojos con fastidio. 

—¡Bueno, de acuerdo! Pero no necesito que me fijes una cita. Simplemente, acudiré al hospital el sábado. 

La doctora Martin le comunicaría si había algún problema y sólo faltaban tres días para el sábado, pensó Bryan. 

—¿Esto quiere decir que te quedarás conmigo... quiero decir, con nosotros? «¡Cielos, menudo patinazo!», pensó Bryan. 

—Si no constituye un inconveniente para nadie... 

Cuando inició aquella farsa, Bryan no esperaba tener que preocuparse de las cuestiones rutinarias. Sólo pretendía ocupar el lugar de su hermano y charlar con las mujeres cuando fuera necesario hasta que encontrara al hijo de puta que estaba acosando a Bruce. Bryan enseguida estableció una cómoda familiaridad con las mujeres. Ellas no sospechaban que estaba sustituyendo a su hermano y él no las fastidiaba cuando quebrantaban alguna de las normas de menor rango que Bruce había fijado. Sin embargo, aquella mujer... Familiarizarse demasiado con ella constituiría un error. No podía tratarla como a las demás. Era distinta, y probablemente por eso le afectaba como ninguna otra mujer lo había hecho desde la muerte de su esposa. En realidad, la sensación que le producía era incluso superior a la que despertaba en él su esposa. Él amaba a Megan, y el dolor, la culpabilidad y la rabia no habían disminuido mucho con el tiempo. Pero nunca había deseado a su esposa de aquella manera. El deseo que sentía por Megan estaba atenuado por una dulzura y un afecto que fueron creciendo con el tiempo. Por otro lado, Shay le afectaba como un huracán tropical. Lo que sentía por ella era algo urgente, inmediato. Lo cierto era que la profesión de Shay lo coartaba, pero aunque no hubiera sido así, tampoco la habría tocado ni habría traicionado la confianza de su hermano. 

—En la casa hay mucho espacio. Arriba hay seis dormitorios pequeños. Por desgracia, sólo disponemos de dos lavabos, uno en el piso de arriba y otro aquí abajo. 

Shay sólo parecía mostrar interés por el hecho de tener compañía. 

—No me importa compartir. —Shay volvió a morderse el labio inferior y añadió—: ¿Y tú? 

A Bryan no le gustaba que lo mirara de aquel modo. O, quizá, le gustaba demasiado. 

—Y yo, ¿qué? 

—¿Cuándo te veré? 

—Yo suelo estar por aquí. Cuando vengo, utilizo la habitación que hay frente a la cocina como despacho. 

—¡Será divertido!

«Sí, tanto como una lobotomía», pensó Bryan, pero se limitó a decir: 

—¿Eso crees? 

—Seguro. Yo me llevo bien con todo el mundo. Será como estar de acampada con unas amigas. ¿Cuándo conoceré a las otras mujeres? 

¿Cómo demonios podía explicarle que las otras mujeres no eran como ella? Ellas eran sarcásticas, lujuriosas y, con frecuencia, provocadoras y escandalosas... Y eso las más discretas. Bryan sacudió la cabeza. 

—Morganna y tú os llevaréis bien. Es pelirroja. —Aunque lo que quería decir era que tenía el cabello de color rojo, un rojo violento—. Ella es... extravagante. —¿Acaso estás diciendo que yo también soy extravagante? 

—Sí, extravagante en el sentido de que eres avasalladora e irrespetuosa. Shay se echó a reír. 

—A Barb ya la conoces y Patti es bastante agradable. —Aunque un poco sobona. En realidad, lo hacía sentirse como un filete de carne cruda delante de un pit bull hambriento—. Amy es... diferente. 

—¿Diferente en qué sentido? Bryan recordó su reacción cuando conoció a Amy y apartó la mirada. 

—Estará bien, pero todavía se siente un poco herida.

—¿Herida? —preguntó Shay. Su voz se había vuelto de pronto fría como el hielo—. ¿Qué quieres decir? 

Bryan dejó el bolígrafo sobre la mesa para no romperlo. 

—Es joven y está asustada. Su chulo no es un tío amable y la ha dominado durante demasiado tiempo. —Bryan se encogió de hombros para aliviar la tensión que sentía y prosiguió—. Tiene miedo. De todo y de todos. A Bryan le admiraba que Bruce mantuviera la serenidad frente a las situaciones que surgían en aquel trabajo. Cuando vio los moretones de Amy y el extremo abatimiento que reflejaban sus ojos verdes, Bryan sintió deseos de salir en busca del bastardo que la había golpeado para darle una buena paliza. Sin embargo, Bruce había sido muy claro respecto a lo que podía y lo que no podía hacer, y machacar a alguien estaba en la lista de los «no puedo». Además, por alguna razón que no podía comprender, Amy sólo se culpaba a sí misma. Ella creía que aquel individuo la consideraba especial y que se preocupaba más por ella que por las otras, y Bryan dudaba de que hubiera abandonado aquella fantasía. Si fuera su hermana, él... 

Shay soltó un soplido de angustia. Bryan se volvió hacia ella y se dio cuenta de que estaba rígida por la rabia. Al cabo de un segundo, Shay explotó. Después de verla tan tranquila y relajada, su reacción le resultó tan inesperada que Bryan dio un salto de sorpresa. Shay se volvió hacia la encimera y la golpeó con el puño. 

—¡Es tan asquerosamente injusto! —exclamó. 

Seguro que le saldría un moretón en la mano, pensó Bryan mientras se levantaba de la silla. 

En dos zancadas, se colocó junto a ella y la cogió por los hombros con la intención de volverla hacia sí. Podía ser alta, pero lo más probable era que él pesara unos veinte kilos más que ella, de modo que no podía igualarlo en cuanto a fuerza se refería. Aun así, ella intentó desembarazarse de él. Bryan titubeó: no quería lastimarla, pero tampoco quería que ella se lastimara a sí misma. 

—Tranquilízate, Shay. 

—¡No! 

Su aspecto era feroz y peligroso, el de una mujer a la que había que tener en cuenta. Bryan arqueó una ceja y, a su pesar, admiró su temperamento. 

—Estará... —empezó a decir él. Ella se volvió con rabia. 

—¡No te atrevas a decirme que estará bien y que todo se arreglará! —Shay cerró los ojos con fuerza y, con la voz más áspera y maligna que Bryan había oído nunca, soltó—: Espero que el tipo que la hirió lo esté pasando mal, espero que... 

—¿Que se pudra en el infierno? Sí, yo también. Shay abrió unos ojos como platos y lo miró boquiabierta. 

Bryan todavía la sujetaba por los hombros y, sin pretenderlo, la acariciaba con los pulgares y la tranquilizaba. 

—En este caso, la realidad se parece bastante a nuestros deseos —dijo Bryan—. No pudieron atraparlo por lo que le hizo a Amy, porque ella no quiso testificar en su contra, pero lo trincaron por un asunto de drogas. Lo más probable es que pase una buena temporada en la cárcel. 

—¡Estupendo! 

Bryan sonrió con amplitud y dijo con satisfacción: 

—Yo pienso exactamente lo mismo. 

Shay pareció sorprendida y, a continuación, exasperada.

—¡Eres el predicador más raro que he conocido en mi vida! —exclamó. 

Bryan se preguntó si conseguiría sobrevivir a todo aquello. 

—Sí, lo sé. 

Mientras contemplaba a Shay, ella se apartó el cabello del rostro. Le temblaban las manos. 

—Siento haber perdido el control. Ha sido un día muy largo. 

—¿Ah, sí? Antes de que ella pudiera evitarlo, sus pensamientos se reflejaron en su rostro. 

—Esta tarde hirieron a una amiga mía. Desde entonces estoy con los nervios a flor de piel. 

—¿Una amiga con la que trabajas? 

Bryan deseaba con todas sus fuerzas que Shay se confiara un poco a él. Odiaba los misterios y odiaba los secretos. Quería que todo estuviera expuesto frente a él para poder examinarlo. Los labios de Shay temblaron y Bryan tuvo que realizar un verdadero esfuerzo para no acercarla a su pecho. Abrazarla le pareció una buena idea, aunque él sabía que iba a ser un auténtico error. Shay sacudió la cabeza, pero Bryan no sabía si aquel gesto era una respuesta o simplemente un movimiento involuntario. 

—Mi amiga tenía miedo de acudir a la policía. —¡Mal asunto! 

Bryan prefería mil veces su actitud provocativa que aquella demostración emocional. De una forma inesperada, Shay se apoyó en él, se agarró a su camisa y hundió el rostro en su cuello como si lo hubiera hecho un millón de veces. A Bryan lo invadió una sensación de suavidad. La suavidad de su cuerpo, de su olor, de su cabello, de su aliento... de su carácter compasivo. Él se quedó paralizado, rígido y excitado por completo y al mismo tiempo se sintió como un hijo de puta por estar así. 

—Shay... 

Bryan la sujetó por los hombros con la intención de alejarla de él. Los labios de ella le rozaron el cuello y él notó que le temblaban y que su respiración se aceleraba. Entonces ella se derrumbó en sus brazos y rompió a llorar en silencio. 

—Vaya... 

Bryan no aguantaba que las mujeres lloraran. Cuando empezaban a lloriquear, él salía por piernas. No lo soportaba. Pero Shay lo tenía bien agarrado y no lo soltaría así como así. Incluso se acurrucó más en él. 

—Lo... lo siento. 

El cinismo de Bryan se fundió en el acto, pero el resto de su cuerpo estaba duro como una piedra y palpitaba. Shay parecía tan indomable que su vulnerabilidad resultaba todavía más evidente. Bryan dejó de pensar en lo que estaba bien y lo que estaba mal, en su hermano y en lo que resultaba o no apropiado. Entonces la rodeó con los brazos y la apretó contra su cuerpo. No sabía si esto la ayudaría en algo, pero sin duda él se sintió mejor. Bryan deslizó las manos a lo largo de su esbelta espalda para animarla. Pero no era muy bueno animando a las personas y, además, se sentía raro. Entonces le susurró una bobada al oído y sus labios rozaron la oreja de Shay. El inhaló su olor y su pene se estremeció ante la tentación. Bryan apretó su boca contra el cabello de Shay y, después, contra su mejilla para consolarla y, al mismo tiempo, deseó que estuviera desnuda y él también quiso estarlo. Aquello no tenía sentido. Él era un cazarrecompensas muy bueno; entre otras cosas, porque, a pesar de las historias lacrimógenas que le contaban continuamente, permanecía siempre inalterable. Además, tenía un agudo sentido a la hora de detectar lo que estaba bien y lo que estaba mal, y sus propias ideas sobre lo que era justo y no lo era, y nunca confundía dichos términos. Sin embargo, en aquel momento, se sentía confuso por completo. Él sólo conocía una manera de conseguir que las mujeres se sintieran mejor, pero dudaba de que, en aquel caso, un climax de euforia sexual funcionara. Shay volvió el rostro hacia él. Su respiración era lenta y temblorosa, su mirada, suave y húmeda, y tenía los labios entreabiertos. De algún modo, a pesar de las ideas y el cinismo de Bryan, a pesar de su lealtad hacia su hermano y a pesar de todo lo que estaba bien y lo que estaba mal, permitió que ella lo besara. Y, ¡maldita sea!, él le devolvió el beso.

Capitulo 3

Al sentir el cuerpo de Bryan contra el suyo, la fuerza de sus brazos, su calidez y su cariño, toda la prudencia de Shay se vino abajo. Entonces levantó los brazos y enredó sus dedos en el cabello sedoso y todavía húmedo de Bryan, se acercó todavía más a él y le impidió alejarse cuando él intentó hacerlo. Aquello constituía una revelación, una experiencia única a la que no quería renunciar. Un predicador. Un hombre. Un monumento. Shay abrió más los labios, seductoramente, y él introdujo la lengua, cálida y húmeda, en su boca con lentitud. A Shay nada le había parecido tan perfecto hasta entonces. Nada la había hecho sentirse tan viva y cálida y... Bryan dejó escapar un gruñido y se separó de ella. Respiraba aceleradamente y en su rostro se reflejaba la lucha que se estaba librando en su interior. Una lucha que su mente ganó. Entonces Bryan la sujetó por los brazos manteniéndola a cierta distancia y exclamó: 

—¡Maldita sea, no! 

—¡Sí! 

Shay se acercó a él de una forma impulsiva. Él le dio prácticamente un empujón y se alejó de ella con las manos en la cabeza. Tenía los ojos entornados y la mirada, turbia. Aquello no era nada bueno. 

—¿Bryan? 

A pesar de que todavía palpitaba de deseo, Shay percibió la intensidad de su cólera. ¿Hacia ella o hacia sí mismo? Shay tragó saliva y, sin pretenderlo, susurró: —Por favor... 

Ella no había suplicado desde que estuvo con la última familia de acogida, cuando era niña, pero, ¡santo cielo!, en aquellos momentos se sentía totalmente trastornada. Necesitaba a un hombre; a aquel hombre. Él no podía rechazarla. Pero lo hizo. 

—¡Déjalo ya, Shay! —Él tenía la palabra «resistencia» grabada en todas las arrugas de su rostro—. Esto no es lo que tú quieres y, sin lugar a dudas, tampoco es lo que yo quiero. 

—Pero... 

—Ni siquiera me conoces —le reprochó él—. Sólo te sientes confusa. 

Las emociones de Bryan eran intensas, su mirada profunda y caliente, y su voz, grave. El corazón de Shay latía con tanta fuerza que le sacudía todo el cuerpo. —No soy una niña, Bryan —susurró—. Y sé lo que quiero. 

—Hasta un ciego podría ver que no eres una niña. —Sus palabras estaban llenas de rabia. Shay suspiró con lentitud. Se sentía como una estúpida que hubiera cavado un agujero para sí misma y ahora no pudiera salir de él. Él no se acercaría a ella porque creía que era lo que ella le había dejado creer que era, pero la rechazaría si supiera quién era en realidad. Esto le dejaba pocas alternativas y no había ninguna que le gustara. Shay enderezó la columna y lo miró con fijeza.

—No soy una prostituta.

Bryan la miró con incredulidad y ella se sintió dolida. 

—Esto no tiene nada que ver con lo que haces. No tienes por qué mentirme — repuso él. Bryan la rechazaría o la odiaría, pero, de momento, aquella situación no los conducía a ninguna parte. 

—Presta atención, Bryan, ¿de acuerdo? No soy una prostituta. 

Él frunció el ceño. 

—¿Lo dices en serio? 

Aquella parte no sería fácil y tendría que hacer algunos malabarismos verbales, pero tenía que convencerlo. 

—Tú dedujiste que era una prostituta y yo sólo permití que lo creyeras, pero no lo soy —declaró ella mientras se encogía de hombros. 

Él se cruzó de brazos y le escudriñó el rostro. 

—Está bien, de acuerdo. Entonces ¿qué o, mejor dicho, quién eres? ¿Una bioquímica? ¿Un piloto de caza? ¿Qué? 

Shay realizó una mueca. 

—No puedo decírtelo. 

—De acuerdo. —Una sonrisa cínica torció la comisura de los labios de Bryan. 

Resultaba evidente que todavía creía que ella era una prostituta, aunque, de momento, tenía la intención de seguirle la corriente

—. Entonces, ¿por qué me mentiste? 

Ella levantó la mandíbula y esbozó una expresión mordaz. 

—No se puede decir que te mintiera, sólo te dejé creer lo que querías creer. 

—¡Ya, ya! ¿Y por qué? —insistió Bryan. Las palabras de Shay surgieron de su boca con urgencia, con desesperación. 

—Porque, si te contaba la verdad, me odiarías, y eras tan amable conmigo... No quería que me echaras, quería conocerte mejor y... 

Él dio una zancada hacia ella y puso punto final a su enrevesada explicación. La expresión de su rostro era severa y sus ojos casi negros. Shay empezó a retroceder, pero retirarse no iba con su naturaleza, de modo que afianzó sus pies en el suelo y esperó. Aunque eran de una altura similar, él tenía unos buenos músculos, y era ancho de hombros y muy fuerte. Los ojos de ambos estaban al mismo nivel, pero Bryan parecía elevarse por encima de ella. 

—¿De verdad crees que te habría echado? 

Shay parpadeó sorprendida. Él no le reprochaba que le hubiera mentido y no había perdido los estribos. Simplemente se sentía insultado por la falta de confianza que Shay demostraba tener en sus principios.

—Contéstame, Shay. 

Ella dio un brinco ante el apremio de su petición. 

—Sí lo creo. —En cualquier otro momento, el tono de la voz de Bryan la habría enojado. 

A ella nadie le hablaba de aquel modo. Sin embargo, él estaba tan cerca que le resultaba difícil no tocarlo y no podía pensar en nada más—. Creo que me habrías echado a la calle, pero yo no quiero irme. 

—Supongo que esto quiere decir que no me contarás por qué estabas en aquel bar vestida de aquella manera y por qué merodeabas por el exterior en medio de una tormenta. 

—La respuesta es sólo asunto mío —replicó ella y, antes de que él empezara a gruñir, explicó—: Hasta que el vestido se mojó, era de muy buen gusto, pero con la lluvia se volvió transparente. Si no se hubiera mojado, habría sido del todo apropiado. 

Shay creyó que esta explicación lo distraería un poco, pero él no se inmutó lo más mínimo. Simplemente se le tensó ligeramente la mandíbula, un gesto de disgusto que a Shay ya empezaba a resultarle familiar. 

—¿Shay...? 

Bryan pronunció su nombre sin mover los labios, lo cual sin duda debía de ser un mal síntoma. 

—No te lo puedo decir. —Entonces Shay se puso a la defensiva—. ¿Por qué te importa tanto? Me gustaría quedarme. Aquí, en el centro de acogida. —Shay se mordió el labio inferior y, a continuación, presionó a Bryan todavía más—. Y, si no te importa demasiado, preferiría que las otras mujeres creyeran que soy una prostituta. 

—¿No eres una prostituta, pero quieres que todos crean que lo eres? —preguntó él con sarcasmo. 

En realidad, la idea parecía una idiotez, pero ¿qué podía hacer? 

—Sí. A ellas la verdad les gustaría tan poco como a ti. —Parecía que Bryan fuera a quedarse bizco—. Sólo te cuento esto para que no creas que te estás aprovechando de mí. Él la miró tan fijamente y durante tanto rato que Shay se puso nerviosa. 

—¿Puedo quedarme? Por favor... —suplicó. Él pareció tardar una eternidad en tomar una decisión. 

—¡Mierda! —exclamó mientras atravesaba a Shay con la mirada—. Sí, claro que puedes quedarte. —Ella justo empezaba a relajarse cuando él apretó de nuevo la mandíbula y añadió—: Sin embargo, sea cual sea la razón por la que estés aquí, la situación sigue siendo la misma. Esta casa es zona restringida, de modo que mientras estés aquí, procura no tocarme. 

—Pero... 

—No crees ningún problema, ¿de acuerdo? —Sorprendido por sus propias palabras, Bryan se enderezó—. Hablando de problemas, ¿no serás una periodista o algo parecido? 

Shay se sintió ofendida y desconcertada. 

—¡No! 

Él se inclinó hacia ella con una actitud desafiante y una expresión despiadada en la mirada y le advirtió: 

—Si descubro lo contrario... 

Bryan no especificó en qué consistía su amenaza, pero ella sabía que se le ocurriría algo espeluznante. Shay lo empujó fuera de su espacio personal. 

—No soy una periodista, de modo que deja de avasallarme. 

Él soltó un gruñido. 

—Como si alguien pudiera hacerlo. —Lo dijo más para sí mismo que para ella. Entonces regresó a la mesa—. Sean cuales sean tus problemas, aquí no tienen ninguna importancia. Ni para mí ni para nadie que viva en esta casa. Lo que le cuentes a las demás mujeres es cosa tuya, pero lo digo en serio: nada de problemas. Shay hizo la señal de la cruz encima de su corazón y dijo: 

—Palabra de scout. —Se sentía un poco avergonzada por aprovecharse de él, pero no tanto como para cambiar de idea. Todavía lo quería y, cuando él hubiera superado su vena noble, reconocería que también la quería a ella

—. Gracias. —Y, por si acaso, añadió—: Siento haberte engañado antes. 

Él se dejó caer en la silla sin contestar, probablemente porque todavía no la creía. Se quedó mirándola durante un buen rato, y finalmente respondió: 

—Ya que nos estamos disculpando... Siento lo que ha ocurrido. No volverá a suceder. 

—¿Te refieres al beso? Él frunció el ceño. —Me cogiste por sorpresa con tus lágrimas. Shay se sonrojó. 

—Lo siento mucho. No suelo llorar, pero, a veces, me siento tan insatisfecha... —Él arqueó una ceja—. ¡No me refería al aspecto sexual! —aclaró ella—. Bueno, también. —Él gruñó presa de la desesperación—. Me refería a cuando intento hacer algo y no sale como yo querría. 

—¿Esto es lo que ha ocurrido esta noche? —Él tamborileó con el bolígrafo sobre la mesa—. ¿Las cosas no salieron bien, tu amiga resultó herida y te quedaste atrapada en la tormenta durante el apagón? 

Shay no quería ni imaginarse las conclusiones ridiculas a las que él podía llegar. Entonces se encogió de hombros y se preguntó qué podía contarle acerca de Leigh. Había intentado ayudar a aquella muchacha en muchas ocasiones, pero hasta que no resultó herida, Leigh no aceptó su ofrecimiento. 

—¿Te importa que comamos mientras hablamos? —preguntó Shay mientras cogía los dos platos y se sentaba con Bryan a la mesa—. Me muero de hambre. Él le lanzó una mirada penetrante y Shay miró hacia el techo. 

—Sólo se trata de una expresión, Bryan. No me estoy muriendo de hambre, pero no he desayunado demasiado, y a la hora de la comida hubo una crisis, de modo que... 

—¿Te refieres a tu amiga? 

Bueno, ahora no tenía más remedio que contárselo. Sólo esperaba que él supiera algo acerca del entorno de Leigh, algo que ella pudiera utilizar para ayudarla. Shay mordisqueó su ensalada de patata para que Bryan empezara a comer y, así, ganar tiempo mientras reflexionaba sobre qué debía contarle y qué debía ocultar. 

—Ha tenido problemas con... un tío. —Leigh lo llamaba su novio, pero Shay era incapaz de hacerlo. Aquel hombre era un animal sin conciencia que había utilizado a Leigh como moneda de cambio y merecía ser encarcelado—. Él ya la había amenazado en varias ocasiones. La intimidaba y abusaba de ella. De repente, todo empeoró. 

—Me lo imagino. Estaba cabreado por algo y la tomó con ella. 

—Le dijo que, últimamente, no conseguía suficiente dinero, dinero que él necesitaba para mantenerlos a los dos. La acusó de no cumplir con su parte. Hoy, la ha echado de su casa, pero antes... —Las palabras se le atascaron en la garganta y tuvo que sacudir la cabeza un par de veces para poder continuar—. Pero antes le propinó una paliza. 

Los ojos de Bryan se volvieron duros como el acero. 

—¿Quién es ella? 

—Se llama Leigh —respondió Shay con voz suave. 

Él se levantó de la silla, apoyó las palmas de las manos sobre la mesa y se inclinó hacia ella. 

—¿Dónde está? 

Shay se quedó paralizada ante la actitud amenazante de Bryan y ante la evidencia de que conocía a Leigh, y se apresuró a tranquilizarlo. 

—Está a salvo y se pondrá bien. 

—No es eso lo que te he preguntado. Sin duda, estaba acostumbrado a conseguir respuestas inmediatas. Lástima que ella no pudiera complacerlo. 

—¿La conoces? —preguntó ella.

—Sí, y le dije que esto le ocurriría. —Bryan estaba furioso consigo mismo—. Intenté que viniera al centro, pero no quiso. —Bryan se inclinó sobre Shay y repitió 

—: ¿Dónde está? 

Shay se encogió de hombros en señal de disculpa. 

—No puedo decírtelo. —Y, antes de que él insistiera, explicó—: Tiene miedo, Bryan. Por eso no acudió a la policía. Tuve que prometerle que no se lo contaría a nadie. Quizá no se refería a ti, pero no lo sé con seguridad. Lo único que puedo decirte es que ahora está a salvo. Tienes mi palabra. 

Bryan la miró con intensidad durante unos segundos más y después se dejó caer de nuevo en la silla. 

—Si está lejos de él, ya es un comienzo. 

—Un comienzo muy bueno —corroboró Shay y, tras soltar un suspiro, añadió —: Ha sido un día muy ajetreado. Ver a alguien en ese estado me hace sentir impotente, como si no existiera escapatoria frente a la maldad. 

Bryan volvió a inclinarse hacia delante. 

—No sé cuál es tu historia, Shay, no sé qué te une a Leigh o por qué merodeabas por el bar, pero si te quedas aquí, no permitiré que nadie te haga daño. 

Ella había querido decir que se sentía impotente para ayudar a los demás, pero él había interpretado que sentía miedo por lo que le pudiera pasar a sí misma. Y, después de que le ofreciera su protección, no sabía cómo rectificar su interpretación. 

—Gracias. Eres muy... —¿Qué podía decir? ¿Galante, valiente? 

Entonces sacudió la cabeza y simplemente susurró—: Gracias. 

Él se dispuso a volver al trabajo y, cogiendo de nuevo su libreta de notas, dijo: 

—Háblame de ti. Para ser un hombre de aspecto tan duro y masculino, resultaba muy amable y se mostraba siempre deseoso de ayudar. Shay echó una ojeada a la libreta y vio que había una serie de preguntas escritas. 

—Claro, ¿qué quieres saber? —Empecemos por tu familia. 

—De acuerdo. Shay siguió comiendo mientras esperaba que él iniciara el cuestionario, pero al parecer no se acababa de decidir. 

—¿Qué ocurre? —preguntó Shay. 

Bryan se frotó la nuca. Por lo visto, se sentía incómodo con aquella tarea. 

—Si te pregunto sobre alguna cuestión que te resulte dolorosa, me lo dices, ¿de acuerdo? 

—No te preocupes, no soy tímida. 

—Ya me he dado cuenta. —Sus miradas se encontraron y, durante unos instantes, ninguno de los dos la apartó. 

Al final, él volvió a concentrarse en la libreta 

—. ¿Qué hay de tu padre? 

—¿Mi padre biológico o mi padre adoptivo? 

—¿Tienes los dos? —Por desgracia, sí. 

Shay no sabía lo que Bryan estaba pensando, pero no tenía buen aspecto. 

—Empecemos con tu padre biológico. ¿Crees que le interesa saber dónde estás? 

El sonido tosco que realizó Shay fue respuesta suficiente. Su padre biológico era un canalla. Por otro lado, si su padre adoptivo supiera en qué se había metido Shay, lo más probable era que se pasara el resto de su vida soltándole sermones. Claro que no iba a servirle de nada. Él sabía que cuando ella tomaba una decisión, nada podía detenerla, de modo que, al final, siempre acababa ofreciéndole todo su apoyo. 

—¿Shay? —susurró Bryan con cierta preocupación. 

Ella le dedicó una sonrisa tranquilizadora. Su padre biológico y la falta de interés que tenía por ella no la afectaban. 

—Mi padre es un cerdo de campeonato. No lo he visto desde que tenía cinco años, cuando me dejó en una estación de autobuses. 

La expresión de Bryan se endureció. 

—¿Qué quieres decir con que te dejó? 

—Me dijo que iba a comprar algo para beber, pero nunca regresó. Yo lo esperé durante casi todo el día, hasta que tuve que ir al lavabo. Entonces no supe qué hacer y me eché a llorar. Una mujer se ofreció a ayudarme, y lo siguiente que recuerdo es que me convertí en el centro de atención de todos los que estaban por allí. 

Ella no pretendía contarle todo aquello. No había hablado acerca de aquellos días tan lejanos desde que era una niña, pero Bryan le prestaba tanta atención que las palabras le salieron de la boca sin pensar. 

—La policía dedujo que mi padre me había abandonado y, al cabo de unos meses, lo localizaron a tres estados de distancia. Vivía con una mujer y su hermana. —Shay esbozó una sonrisa torcida y añadió—: Él negó ser mi padre. 

La expresión de Bryan no cambió, pero sus ojos castaño oscuro reflejaron un interés que no habían mostrado hasta entonces. 

—¿Y qué hay de tu madre? 

Shay se encogió de hombros. 

—Si estaba con mi padre era porque mi madre no quería que viviera con ella. Según las autoridades, mi madre era una maltratadora emocional. Lo averiguaron después de encontrarme en la estación de autobuses y después de realizar una investigación exhaustiva acerca de mi pasado. 

Bryan tenía la libreta y el bolígrafo encima de la mesa, pero no había escrito ni una palabra. Su mandíbula volvía a parecer de granito. 

—¿Qué ocurrió después de que llevaran a cabo la investigación? 

Shay le explicó ciertas verdades acerca de su pasado, pero evitó contarle los detalles para no meter la pata más tarde. Además, no quería afligirle con su historia, sobre todo porque a ella ya no la afectaba. 

—Pasé cierto tiempo en casas de acogida y también en un orfanato. Shay no le habló de las personas que habían fingido interesarse por ella, pero que finalmente no lo habían hecho. Y tampoco le habló de la niña herida que vivía asustada y presa de la desesperación. 

—¡Santo cielo! —dijo Bryan con un suspiro. 

Parecía tan preocupado por ella que Shay pasó directamente a las etapas más felices. 

—Cuando tenía casi siete años, tuve suerte y me adoptaron. —Al pensar en las primeras semanas que pasó con sus nuevos padres, Shay sonrió—. Mis padres son increíbles. Creían que no podían tener hijos, de modo que me adoptaron y me trataron como si fuera hija suya. Más tarde, tuvieron un bebé, de modo que también tengo una hermana pequeña. 

Él tomó, por fin, unas cuantas notas, aunque su mirada volvía una y otra vez al rostro de Shay, como si no pudiera dejar de observarla. 

—¿Estas personas se preocupan por ti? 

—Saben que puedo cuidar de mí misma. Llevo haciéndolo mucho tiempo. 

—¿Ya saben cómo cuidas de ti misma? Shay no quería mentirle directamente, pero si él decidía seguir haciendo suposiciones, no iba a ser ella quien lo sacara del error. 

—Lo saben. —Shay recordó todas las ocasiones en las que sus padres se habían quejado de su cabezonería y sonrió con amplitud—. Renunciaron a decirme lo que debía hacer cuando tenía cerca de quince años. Él frunció el ceño. 

—¿Has vivido sola desde entonces? 

—No, no me fui de casa hasta que tuve diecisiete años, pero soy casi autosuficiente desde antes de terminar secundaria. 

Shay siempre había necesitado superar retos y fue muy creativa a la hora de ganar dinero. Además, entró en la universidad poco después de cumplir los diecisiete años, con una beca. Incluso de niña, siempre sintió el impulso de hacer cosas, de crear su propia vida, de cumplir promesas que se hacía a sí misma, promesas que nadie más que ella conocía ni entendería. Si hubiera sido posible, sus padres habrían estado encantados de conseguirle la luna, pero sabían que ella no la aceptaría si existía la menor posibilidad de conseguirla por sus propios medios. Después de unos instantes de silencio tenso, Bryan preguntó: 

—¿Y qué hay de tu hermana? 

—Se llama Brandi. 

—¿Estáis unidas? 

—Sí. —Shay recordó las últimas vacaciones que había pasado con su hermana y cómo terminaron, y realizó una mueca—. Al menos, cuando no interfiero demasiado en su vida. 

—¿Qué demonios significa eso? 

Bryan parecía preocuparse por su bienestar, lo cual le resultó extraño, porque en general era ella quien se ocupaba de las demás personas, lo quisieran o no. Por otro lado, Shay solía revelarse cuando alguien se preocupaba por ella. El interés que Bryan demostraba, sin embargo, le gustaba. 

—Significa que puedo ser muy pesada. Brandi no es como yo. Ella es dulce, tímida y tranquila. 

—¿Y tú no? Shay se echó a reír. 

—¿Tú qué crees? 

—Yo creo que ser dulce y tímida no está mal, pero en ti resultaría ridículo. 

—Gracias. —Shay no pudo evitar sonreír al percibir en sus palabras un cumplido encubierto—. Brandi se parece a nuestros padres, que son bajitos y tienen el cabello y los ojos oscuros. Brandi es guapa, no una larguirucha desgarbada como yo. 

—¿Desgarbada? —Bryan sonrió con ironía—. ¿Estás buscando un halago? Shay sonrió. 

—¿Tú me lo darías? 

—No. Ya eres bastante chula en tu estado natural. —Bryan tamborileó con el bolígrafo mientras su impaciencia crecía—. ¿O sea que sois distintas y esto os causa problemas? 

—A veces. Yo soy demasiado franca y descarada para mi gusto, mientras que Brandi siempre se muestra circunspecta y correcta. En ocasiones, intento forzarla para que sea más extrovertida. Se podría decir que somos opuestas, pero es mi hermana y la quiero. 

—Tu hermanastra... —Si quieres ser tan preciso... Pero yo no la considero una hermanastra. 

Shay nunca había puesto en duda el amor y la devoción que su familia sentía por ella. Sus padres la consideraban su primera hija y Brandi era su hermana pequeña en todos los sentidos. 

—Mi vida no es desgraciada, Bryan. Y lo cierto es que soy mucho más afortunada de lo que la mayoría de las personas desearían. 

Él ignoró su comentario y sacudió la cabeza. 

—¿Conoces a alguien que estuviera interesado en ayudarte? «¡Qué cabezota!» 

—No necesito ayuda. 

—¿Ah, no? —preguntó él dedicándole una mirada desafiante—. Entonces, ¿por qué estás aquí? 

¡Vaya, había caído en sus propias redes! No podía contarle que, por el momento, ningún medio de comunicación confiaba en Shay Sommers. Si actuaba con su propio nombre, la prensa acudiría en un abrir y cerrar de ojos y harían picadillo el trabajo que Bryan estaba realizando. Sin embargo, si quería ser justa, tenía que contarle en qué se estaba metiendo. Se lo debía. Shay se puso de pie, rodeó la mesa y se detuvo junto a Bryan. Él también se levantó, como si tenerla por encima lo inquietara. ¡Además de cabezota, prudente! 

—Lo único que puedo contarte es que tengo razones para querer quedarme, aunque no tienen nada que ver con el hecho de que te quiera. 

Él le lanzó una mirada de censura. 

—Eres como un disco rayado, ¿lo sabes? 

—Tengo treinta años y no puedo decir que sea pura e inocente. Ni mucho menos. Soy ambiciosa y estoy decidida a salirme con la mía. Cuando decido hacer algo, nadie logra detenerme, pero no soy una prostituta. 

—Seas lo que seas, eres demasiado avasalladora. 

Ella siempre había sido muy audaz y creía que merecía la pena luchar por lo que quería. Y ahora quería a Bryan. —Lo sé. Shay apoyó las manos en el pecho de Bryan y sintió la potencia de los latidos de su corazón y la solidez de sus músculos. Él la cogió por las muñecas y se dispuso a separarla de él. Entonces una mujer entró como una exhalación en la habitación. Sus ojos, verdes y enormes, captaron la escena que tenía lugar en la cocina, y la mujer se detuvo en seco. A continuación, le dedicó al predicador una mirada lasciva y, con una expresión de placer en el rostro, le dijo: 

—¡Eh, tío guapo! Supongo que no ibas a hacer nada malo, ¿no? 

Shay la observó con detenimiento: parecía tener veintitantos años, llevaba el cabello teñido de rojo, empapado en gel y peinado en mechones puntiagudos que rodeaban su rostro ovalado como un halo. Llevaba los labios pintados de color carmesí y con suficiente brillo para cegar a cualquiera que pasara por allí. Y los mantenía abiertos en una amplia sonrisa. Iba con una camiseta blanca sin mangas debajo de la cual no llevaba sujetador, y los ajustados shorts que se había puesto eran tan cortos, que no cabía duda de que tampoco llevaba bragas. Además, calzaba unas sandalias de suela gruesa y talón en cuña, con lo cual el conjunto resultaba bastante llamativo. 

—¡Morganna! —saludó Bryan con tono ofendido—. Ahora iba a llamarte para que acompañaras a Shay a uno de los dormitorios. Se muda aquí. 

Morganna sacudió una cadera bien redondeada. 

—¡Sí, claro, cariño! —exclamó en tono burlón—. Eso es exactamente lo que parecía. 

Bryan le guiñó un ojo, lo cual pareció sorprenderla. Entonces él soltó las manos de Shay. 

—Me voy. Morganna, ayuda a Shay a instalarse, ¿quieres? 

—¡Ningún problema! 

Shay casi sufrió un ataque de pánico. 

—¿Adonde vas? —preguntó algo angustiada. Morganna soltó un respingo. 

—Tiene miedo de que lo violemos si se queda por aquí de noche. Claro que no lo culpo. —Morganna miró a Bryan de arriba abajo con una mirada lánguida y, a continuación, le lanzó un beso—. ¡Qué desperdicio no utilizar un cuerpo de primera como el suyo! 

—Compórtate, Morganna —le espetó Bryan. 

—¡Si lo hiciera sería un aburrimiento, bomboncito! 

Bryan se dio por vencido y, riendo entre dientes, empezó a decir: 

—Cierra la puerta con llave cuando salga y, recuerda,... 

—No la abras a menos que quien llame tenga que estar aquí... —terminó Morganna. 

—Exacto. 

Shay contempló a Bryan mientras se alejaba, pero él no se volvió ni una sola vez para mirarla. Ella no se dio cuenta de que lo estaba mirando embelesada hasta que Morganna le dio un codazo en las costillas que casi le hizo perder el equilibrio. 

—Estás babeando, cariño, claro que el hombre está de muy buen ver, ¿verdad? 

—Está de miedo. 

—Sí, pero no pierdas el tiempo. Aunque le hemos ofrecido hacérselo gratis, él nunca nos ha tocado; sólo para bromear muy de vez en cuando y para ofrecernos un hombro en el que llorar. Además, este hombre está hecho de hielo. Te lo juro, no importa lo que hagamos con nuestro cuerpo para atraerlo, él sólo nos trata como colegas o como si fuéramos sus hermanas pequeñas. Y, ahora, dime, ¿acaso tengo aspecto de ser la hermana pequeña de alguien? ¡Maldita sea, no! 

Shay se sintió mejor. Bryan había disimulado bien delante de Morganna, pero el beso que le había dado antes había sido apasionado y prometedor; no había tenido nada de amistoso o familiar. Shay, más animada, dirigió su atención hacia Morganna. Aquello era lo que ella había estado esperando, una oportunidad para conocer de cerca a aquellas mujeres. ¿Cómo lo había expresado Bryan? Ah, sí, ahora «trabajaría sobre el terreno». La idea era casi tan excitante como el mismo Bryan. Shay le dedicó a la joven una sonrisa esplendorosa. 

—¿Por qué no preparamos un té y nos conocemos mejor? 

Morganna la miró de arriba abajo y le espetó: 

—Querida, tú eres del tipo encantador, ¿no? 

Shay parpadeó; no estaba segura de lo que Morganna quería decir. 

—Yo... 

Morganna hizo un gesto de disgusto. 

—Mira, cariño, si quieres que me trague un té, tendremos que animarlo un poco. —Entonces utilizó el taburete que había en la cocina para alcanzar el armario que había encima de la nevera, sacó una botella de whisky y la agitó mostrándosela a Shay con una sonrisa de felicidad—. Te garantizo que esto ayuda a dormir a cualquiera en una noche miserable como ésta. —Morganna bajó del taburete y cogió un par de tazas—. Si mezclamos un poco de esto con el té, nos conoceremos a fondo en un abrir y cerrar de ojos. Aquélla era una propuesta que Shay no podía rechazar..

Capitulo 4

El predicador por fin se había ido. Y en esta ocasión ni siquiera la había buscado para despedirse. Pero no estaba dolida. En realidad, estaba contenta. Sí, ¡contenta! Sus constantes atenciones le resultaban molestas, la hacían sentirse culpable y la hacían pensar en... ¡No, ella era más lista que todo eso, maldita sea! ¡Maldito él! Últimamente, la había puesto nerviosa. No era tan... cariñoso como antes. En ocasiones, incluso resultaba glacial. Cuando la miraba era como si pudiera verle el alma, como si supiera lo que ella era, lo que quería y lo que hacía. Presa de un miedo atroz, se echó a temblar. El ambiente de su escondite, situado debajo de las escaleras, estaba cargado. Además, aquel lugar estaba lleno de polvo, de telarañas y olía a su propio miedo. De todos modos, desde allí podía oír la conversación que mantenían la mujer nueva y aquella bruja de Morganna. ¡Estúpida Morganna! ¡Siempre amigable con todo el mundo, siempre flirteando con el predicador! ¡Nunca aprendería! ¿Y quién era la nueva? Desde luego, no era una prostituta. Aunque las escaleras amortiguaban algunos de los sonidos, ella había oído todo lo que habían hablado la nueva y el predicador y no podía creer que él todavía pensara que aquella mujer era una prostituta. Lo que estaba claro era que sus intenciones no eran nada buenas. Sería mejor no perderla de vista. Más tarde, se uniría a ella y a Morganna en la cocina. Quizá le formularía algunas preguntas. Si pudiera descubrir algo, conseguiría cierta ventaja. 

—Enseguida vuelvo, ¿de acuerdo? —Ahora no desaparezcas, Shay. No resulta divertido beber sola. Shay se echó a reír. 

—No me lo perdería por nada del mundo. 

Ella se tapó la boca y se retiró al fondo de su escondite hasta que la pared sin enyesar se le clavó en la espalda. El corazón le latía con fuerza, las piernas le temblaban y los antebrazos se le habían entumecido. ¿Por qué todo la asustaba tanto? El sonido de los pasos de la nueva creció y, después, se detuvo, y ella no se atrevió ni a respirar. Transcurridos unos instantes, consiguió reunir el valor suficiente para escudriñar entre los escalones. Shay se detuvo junto al guardarropa, donde había enchufado su móvil para recargar la batería. Después de mirar a su alrededor para asegurarse de que estaba sola, marcó un número. —¿Dawn? Hola, soy yo. —A continuación, soltó una carcajada—. Estoy mejor que bien. Me voy a quedar en un centro de acogida. —Entonces se calló y sonrió—. ¡En serio! que la apreciarían y la amarían. Aunque sabía que no tenía más remedio que hacerlo, se sintió malvada por escucharla. Sin embargo, la información era lo único con lo que podía contar en aquellos momentos y tenía que conseguirla como pudiera. 

—¿Cómo está Leigh? —Shay escuchó, cerró los ojos unos instantes y suspiró—. ¡Bien, qué alivio! Dile que iré a verla mañana. No sé cuándo, pero seguro que pasaré por ahí. —Shay agachó la cabeza, dio unos pasos por el pasillo y susurró—: ¡Eh!, telefonea de mi parte a mi agente inmobiliario y pídele que busque una propiedad adecuada para albergar un centro de acogida por esta zona. Sí, lo sé, pero yo quiero tener el mío propio. Si está bien que haya uno, estará todavía mejor que haya dos, ¿no crees? —Shay escuchó unos instantes, después levantó los ojos hacia el techo, y dijo

—: No te preocupes tanto y no me telefonees al móvil. De hecho, voy a apagarlo, pero me pondré en contacto contigo todos los días, ¿de acuerdo? Sí, te lo prometo. Cuida del fuerte por mí. Yo también te quiero. Y, Dawn... ¡gracias! —Shay guardó el teléfono en su bolso y se dirigió a la cocina

—. Muy bien, Morganna, ¿dónde está esa bebida? ¡Oh, Dios, había mencionado a Leigh! La vista se le nubló. De miedo, de anticipación..., de júbilo. Si averiguaba adonde había ido Leigh, lo haría feliz. Él no quería perder el control. Y, desde luego, no quería perder a Leigh, a pesar de que la echó de su lado. Continuó escondida un rato largo, respirando el aire pesado de debajo de las escaleras. Estaba contenta por lo que había averiguado y muy asustada ante la posibilidad de que la descubrieran. Pero no tenía otra opción. No salió de su escondite particular hasta mucho más tarde, cuando las otras se unieron a Shay y a Morganna en la cocina. Nadie la vio. Nadie sospechaba nada. 

Sin prisas, Bryan dio la vuelta a la manzana y recorrió cuantas callejuelas oscuras a fin de constituir un blanco fácil ante cualquier ataque. Al final, se dio por vencido. ¡Maldición, aquella noche no podría desahogarse! Necesitaba realizar alguna actividad física, liberar, de alguna forma, la energía que había generado por culpa de Shay y su flirteo estilo kamikaze. Aquella mujer ni siquiera intentaba protegerse. No dejaba de perseguirlo y se exponía, de una forma abierta, a ser herida o rechazada. Sin embargo, era él quien se sentía destrozado. En aquel momento, le iría bien una pelea. La última vez que había propinado unos puñetazos, los recibió Joe Winston, en Visitation, Carolina del Norte, pero aquella pelea no fue muy gratificante porque, en realidad, no quería hacer daño a Joe. Aquello constituyó un terrible malentendido: en realidad los dos pretendían cazar al mismo hombre. Pero ahora la situación era muy clara y él era el único que quería atrapar al gilipollas que había herido a su hermano. Sin embargo, el muy cobarde no se dejaba ver. Todavía. Bryan entró en el apartamento de Bruce, situado en un viejo y destartalado edificio a sólo tres manzanas del centro de acogida. Las paredes eran delgadas y la decoración, lamentable, pero no había bichos y las ventanas cerraban bien. Nada más abrir la puerta del apartamento supo que no estaba solo. Bryan se quedó inmóvil, con la mano junto al interruptor de la luz, invadido por una sensación de peligro que puso todos sus sentidos en estado de alerta. Entonces se relajó. 

—¡Maldita sea, Bruce! Ya no tengo quince años. Podrías resultar herido si continuas acechando de esta manera en la oscuridad. Bruce, que estaba repantigado en el desgastado sillón de la sala, se echó a reír.

—¿Cómo lo haces? 

—¿Cómo hago qué? —preguntó Bryan accionando el interruptor. La habitación se iluminó y, al ver a su hermano, Bryan realizó una mueca: Bruce iba vestido con unos pantalones marrones holgados y una camisa andrajosa de franela, y llevaba el cabello largo y greñudo. Su aspecto era lamentable—. ¡Santo Dios, pareces un ermitaño desquiciado! Bruce se frotó la barba. Era evidente que llevaba días sin arreglársela. 

—Sí, lo sé. ¿Hábil, verdad? —repuso Bruce. 

—¿Hábil? ¿Qué demonios tiene de hábil? Bryan entró en la sala y cerró la puerta. 

—El disfraz me hace irreconocible. —Bruce se puso de pie. 

Ya estaba curado, pero las heridas le habían impedido caminar por su propio pie hasta hacía muy poco 

—. ¿Cómo supiste que era yo? Bryan se quitó la chaqueta mientras se dirigía hacia la cocina para buscar una cerveza. 

—Porque las amenazas reales despiden un olor oscuro, turbio y desagradable. Un olor que se pega a tu piel y te quema la garganta. 

—¿Ah, sí? —Bruce siguió a su hermano—. ¿Y yo a qué huelo? Bryan, deseoso de tomarle el pelo, sonrió para sí mismo. 

—A galletas. A Santa Claus. ¡Mierda, no lo sé, pero a nada malvado! 

Bruce se sintió halagado y se sentó a horcajadas en una silla. 

—Para el trabajo que yo hago, eso es fantástico. —Parecía rebosante de energía, algo que resultaba habitual en él—. ¿Y a ti cómo te ha ido? 

—Si quieres la verdad, como una jodida mierda. —Bryan señaló a Bruce con el cuello de la botella de cerveza—. Estás loco, ¿lo sabes? Sólo un loco se rodearía de unas tías que comen, duermen y beben sexo cuando se supone que no puede tocar a ninguna de ellas. Bruce rió entre dientes y exclamó: 

—¡Como si tú quisieras tocarlas! 

—Pues sí, sí que quería. 

Bryan cogió una silla y se dejó caer en ella mientras soltaba un gruñido. Entonces ignoró el chasquido recriminatorio que realizó Bruce y engulló media cerveza de un solo trago. Si no podía pelear, al menos se emborracharía. 

—¿Tú...? —empezó a preguntar Bruce sin poder concluir aquel horrible pensamiento. 

—Me he portado lo mejor que he podido. 

—¡Lo cual no es decir mucho! 

—Deja de refunfuñar —espetó Bryan con una expresión de amargura en el rostro mientras dejaba la cerveza a un lado. ¡Demonios, ya sabía que no se emborracharía! Nunca lo hacía. Sólo un idiota reducía su capacidad de reacción con el alcohol—. En lo que a mí respecta, todos tus ángeles caídos permanecen impolutos. 

—Nunca creí lo contrario. Bruce se levantó y se dirigió a la nevera. Abrió una lata de Coca-Cola, la dejó junto a Bryan y vació el contenido de la cerveza en el fregadero. Era una rutina, algo que Bruce había empezado a hacer cuando eran casi unos niños y que consistía en asumir la responsabilidad de mantener a Bryan alejado de los problemas: Bruce lo alejaba de las peleas y de las chicas seductoras y lo empujaba a hacer sus deberes. Sus esfuerzos no siempre tenían éxito, pero como tomar decisiones por su hermano parecía producirle una satisfacción enorme, de vez en cuando, Bryan lo dejaba salirse con la suya. Además, resultaba agradable saber que su hermano quería lo mejor para él. Claro que Bryan nunca lo reconocería ante Bruce. Entonces dejaría de resultar divertido. Bruce esparció mayonesa sobre una rebanada de pan, añadió tres lonchas de queso y le tendió el sandwich a Bryan. 

—Ya he cenado —dijo Bryan, pero aun así lo aceptó. 

—¿De verdad? ¿Con las mujeres? —Bruce se preparó un sandwich para él y se sentó a la mesa con su hermano—. ¿Barb ha cocinado para ti? 

—No, ha sido Shay. Bruce, que estaba a punto de darle un mordisco al sandwich, se quedó con la boca abierta y dejó el sandwich sobre la mesa. 

—¿Shay? 

—Es nueva. —Bryan contempló su sandwich, se dio cuenta de que, después de todo, tenía hambre y se lanzó al ataque. Lo cierto era que tener a Shay tan cerca como para percibir su olor le había impedido comer y apenas había podido dar tres bocados a la cena—. La encontré anoche. 

—Comprendo. Bryan se echó a reír. 

—No, dudo de que lo comprendas. Ella no es... como las demás. 

—¿Ah, no? 

—No. 

—¿Es guapa? 

—Una preciosidad. —En realidad, la Coca-Cola tenía mucho mejor sabor que la cerveza. Bruce ejercía en él una buena influencia—. Es alta, un monumento, con unas piernas que le llegan hasta las axilas y un cabello rubio y largo... —Sólo hablar de ella lo excitaba. Entonces se encogió de hombros y concluyó—: Una preciosidad. Bruce asintió con la cabeza. 

—¿De modo que te sientes atraído por ella? La palabra «atraído» ni siquiera se acercaba a lo que él sentía. Él quería hacer el amor con ella, aunque también le había gustado abrazarla y hablar con ella. ¡Mierda! 

—Mira —respondió Bryan mientras miraba con fijeza a su sonriente hermano —, si sólo se tratara de su aspecto, podría ignorarla. 

—¡Hummm! 

¡Dios, odiaba cuando Bruce soltaba aquel «hummm» tan remilgado y característico de él! 

—Ella es... —Bryan titubeó mientras desentrañaba sus propios pensamientos. Al final, se rindió y sacudió la cabeza—. No sé lo que es, ¿de acuerdo? Es pesada, chula e impetuosa. 

—Parece un encanto. Bryan se sintió incómodo, se levantó de la silla y hurgó en los armarios en busca de una bolsa de patatas. 

—Es descarada, pero no de una forma defensiva, sino como si se sintiera muy segura de sí misma. Por otro lado, esconde algo. 

—La mayoría de ellas lo hacen —repuso Bruce. 

—No me refiero a eso. —Entonces encontró unos nachos y los echó en un cuenco—. Por lo que sé, necesita quedarse en el centro, pero... no sé nada más. No me cuenta toda la verdad y no sé distinguir cuándo me está mintiendo. Bryan volvió a sacudir la cabeza. ¡Mierda, odiaba sentirse confuso! Bruce apoyó su barbuda barbilla en una mano. 

—Volvamos a la parte en la que me decías que la querías. Bryan no quería hablar acerca de aquella cuestión. 

—La he cagado del todo, ¿no? 

—Tu lenguaje sí que es una cagada. Si nuestro padre te oyera... —contestó Bruce con el ceño fruncido. Bryan se encogió de hombros. 

—Cuando estoy con él, me controlo. 

—Y crees que yo sí lo puedo soportar... 

—De momento, no te has desmayado. —Bryan empezó a sonreír, pero terminó soltando un gruñido—. Debo admitir que, cuando estoy con Shay, mi lenguaje constituye un problema. No deja de decirme que no soy como ninguno de los predicadores que ha conocido. Aquello dejó a Bruce algo preocupado. —¿Crees que lo ha adivinado? —le preguntó a Bryan. 

—Imposible. —Al menos, eso esperaba—. Sólo que tiene algo que me hace perder la cabeza. Por completo. Consigue que me olvide de lo que estoy haciendo, me hace perder los estribos... y, ¡mierda!, también deberías saber que he permitido que me besara.

Bruce se atragantó. A cada momento que pasaba parecía más fascinado.

—¿Que has permitido qué...? 

—Ya te he dicho que es muy impetuosa. —Bryan se sintió de nuevo contrariado e intentó explicarse—: Le dije que no lo hiciera. ¡Mierda, se lo dije una y otra vez! Pero, entonces, algo la disgustó, se echó a llorar y lo siguiente que supe era que estaba demasiado cerca de ella y entonces ella... 

—Te besó. 

—Exacto. ¡Y qué beso! Entonces él se dejó llevar y su mente se quedó en blanco mientras todos sus nervios se ponían de punta. Había sido un beso alucinante... y de una prostituta. Bryan le dio otro bocado generoso a su sandwich. 

—Entonces, ¿qué? —preguntó Bruce. Bryan soltó un gruñido. 

—¿Qué quieres decir con «entonces qué»? Se supone que yo soy tú. 

Bruce se quedó estupefacto e incluso empalideció un poco. 

—¿Alguien te vio besarla? 

—No. —Una vez hecho polvo el buen humor de Bruce, Bryan decidió continuar comiendo—. Y fue al revés, fue ella quien me besó. 

—¡Pura semántica! —Bruce se relajó de nuevo—. Insisto, y entonces, ¿qué? Es evidente que te gusta. 

—¿Que me gusta? —Bryan soltó un resoplido—. Pues sí, me gustaría hacer el amor con ella, pero es probable que sea una prostituta, Bruce. Se supone que está bajo tu protección y, si me diera un revolcón con ella, seguro que no beneficiaría la reputación del centro. 

—Eso si alguien lo descubriera, lo cual no tiene por qué suceder. 

—¿Intentas convencerme para que lo haga? —Bryan se arrellanó en su asiento y miró fijamente a su hermano. Según su experiencia, en aquel momento Bruce debería soltarle un sermón, no animarlo—. ¿Por qué lo haces? Bruce se encogió de hombros. 

—Por lo que sé, es la primera vez que una mujer te hace perder la cabeza. 

—Nunca antes había tenido que hacer de predicador. 

—Quizá sea eso. —Bruce deslizó el dedo por la escarcha que cubría la lata de Coca-Cola y añadió—: O quizá sea que es una persona especial. 

—Dios me proteja. —Bryan cruzó los brazos sobre la mesa y miró a su hermano con el ceño fruncido—. ¿Tú crees que una prostituta puede ser especial? Bruce se puso serio de repente y también frunció el ceño. 

—No juzgues a los demás, Bryan, no lo hagas. Ellas son seres humanos como el resto del mundo, con sus flaquezas, sus preocupaciones y... 

—¡De acuerdo, de acuerdo! Este sermón ya me lo has soltado otras veces. No era esto lo que quería decir. Sin embargo, en cierto sentido, sí lo era. Bryan no era un machista y le parecía bien que las mujeres disfrutaran de su sexualidad, pero un hombre tenía que trazar la línea en algún lugar. 

—Si yo conociera a una mujer que me hiciera «perder la cabeza», su pasado no me importaría —declaró Bruce. 

—¿Ah, no? Aunque, en realidad, no le sorprendía, porque Bruce era diferente. Bryan nunca había conocido a otro ser humano que tuviera un corazón tan bueno y compasivo como el de su hermano. Resultaba extraño que dos hermanos gemelos idénticos pudieran ser tan distintos. 

—Además, no se puede decir que tu vida haya sido inmaculada —comentó Bruce. 

—Es cierto. 

El pasado de Bryan estaba plagado de recuerdos oscuros que no eran del todo legales, y algunos de esos recuerdos estaban muy lejos de serlo. Mientras cumplía con lo que consideraba su deber, Bryan había hecho cosas de las que ahora se arrepentía y en su vida personal había cometido errores que habían resultado fatales. Aun así, él sabía que podía volver a cometerlos. 

—¿Y bien? —preguntó Bruce. ¿Qué esperaba que dijera? ¿Que quería tanto a Shay que estaba dispuesto a cambiar de vida y a sentar la cabeza? ¡Menuda idiotez! 

—La verdad es que no estoy interesado en liarme con una mujer en estos momentos. 

—Yo diría que ya estás liado —repuso Bruce sonriend con satisfacción. 

—Será mejor que te equivoques —contestó Bryan—, porque en cuanto atrape al hijo de puta que te atacó, me largaré y serás tú quien tendrá que tratar con ella. 

—Y ella creerá que yo soy tú... —respondió Bruce sorprendido. 

—Exacto. —De acuerdo, de acuerdo. 

—Bruce levantó las manos en señal de rendición—. Entonces aléjate de ella. Pero ahí estaba el mayor de los problemas: en el fondo no quería alejarse de ella. —Es más fácil decirlo que hacerlo. Es muy insistente. 

—Ya lo has dicho varias veces —protestó Bruce—. ¿Intentas decirme que no puedes dominar a una mujercita? A pesar de la seriedad de la conversación, Bryan sonrió. 

—Yo no diría que es una «mujercita». En realidad, es tan alta como yo. 

—¿De verdad? —Bruce se frotó la descuidada pelambrera que apenas podía considerarse una barba—. Podría lavarme, ir al centro y comprobarlo por mí mismo. 

Bryan se levantó de golpe echando la silla hacia atrás e, inclinándose sobre Bruce, exclamó: 

—¡Ni lo sueñes! Bryan sólo reconocería ante sí mismo que su reacción no respondía únicamente al temor a que su hermano resultara herido: lo cierto era que tampoco quería que Shay se restregara contra él, que lo impulsara a besarla o incluso que... Bruce no hizo caso de la reacción de su hermano y levantó una ceja. 

—Has despertado mi curiosidad. 

—¿Tanto como para hacer que te maten? —preguntó Bryan, y entonces decidió sacarse el as de la manga, la única cosa que sabía que haría reaccionar a Bruce—. ¿Tanto como para poner en peligro a las mujeres del centro? 

—No. —Bruce se quedó pensativo unos instantes—. Pero me mantendré alerta. Nadie me reconoce porque creen que tú eres yo y no me prestan atención. Estoy a salvo, pero quiero que también tú estés a salvo. 

—No te preocupes por mí. —Bryan se puso en tensión sólo pensar en encontrarse con el agresor de su hermano—. Cuando por fin me encuentre cara a cara con tu atacante, podré desahogarme. 

—¡Si es que llegas a encontrarte con él alguna vez...! Ahora mismo, podría estar muy lejos. Puede que se tratara de un ataque fortuito, de un intento de robo, aunque no tengo nada de valor. 

—Tú crees en esa posibilidad tan poco como yo. Bryan contempló a Bruce mientras reflexionaba acerca de todo aquello. Ahora que Shay había entrado en escena, sentía más deseos que nunca de que todo terminara. Cuanto menos tiempo pasara junto a ella, mejor para su cordura. Bryan se frotó los ojos con las yemas de los dedos y exclamó: 

—¡Mierda! Quizá debería ponerme en contacto con el maldito fantasma de Jamie Creed para ver si tiene alguna pista. Bruce se inclinó hacia delante con renovado interés. 

—¿El tipo de Visitation? ¿El que me contaste que vivía en las montañas y que sólo se dejaba ver para proporcionar respuestas enigmáticas a los problemas? —Exacto, el mismo. Cuando estuvo en Visitation, mientras perseguía al bastardo de Bruno Caldwell, Bryan conoció a Joe Winston, a Luna, su mujer, y al loco de Jamie Creed. En cierto sentido, los echaba de menos a todos y, sobre todo, echaba de menos Visitation. 

—Pensaba que no creías en los poderes paranormales de Jamie —dijo Bruce. 

—Y no lo hago. Es un bicho raro, pero tiene suerte en todo lo relacionado con la adivinación. 

—Bryan soltó un gruñido y añadió—: Todas las mujeres están prendadas de él. 

—Quizá podrías pedirle consejo. 

Bryan lo miró como si le hubieran crecido dos cabezas. 

—Sólo estaba siendo sarcástico. No tengo ninguna intención de preguntarle nada a ese lunático. La última vez que hablé con Joe, no dejó de criticarlo. La verdad es que Jamie sigue sin bajar prácticamente nunca de la montaña, pero allí está, como una maldita cicatriz que nunca acaba de cerrarse, poniendo de los nervios a todo el mundo. 

—Querrás decir, poniendo de los nervios a los hombres. 

—Exacto. —Bryan tomó un trago largo de Coca-Cola—. Y no te preocupes por tu atacante, yo me haré cargo de él. Y con ganas. Al oírle decir eso, Bruce se alarmó y, señalándole con el índice, le dijo a su hermano: 

—¡Supongo que cumplirás con la ley! 

—Desde luego. —Una vez le hiciera pagar las heridas que le había producido a su hermano. Conseguirlo no resultaría complicado: pocas personas se entregaban sin oponer resistencia. Bryan estiró las extremidades para aliviar la tensión de sus músculos y dijo—: Estoy destrozado. Creo que me voy a dormir. —¿Estás insinuando que me largue? 

—También puedes acostarte en el sofá. No me importa. De hecho, prefería que Bruce se quedara donde él pudiera vigilarlo. 

—No, me iré a casa. O, mejor dicho, a mi casa temporal. La verdad es que disfruto con esta situación de intriga y misterio. Todo este asunto de disfrazarme y mantenerme en las sombras... Entiendo que te atraiga. Bryan levantó la vista hacia el techo y exclamó: 

—¡Dios nos asista! —Siempre lo hace. 

Bruce le dio una palmada en el hombro, se puso la harapienta chaqueta que utilizaba, levantó el cuello de la misma y salió por la puerta. Bryan contó hasta veinte y lo siguió. Bruce no se había dado cuenta de que su hermano lo seguía, porque Bryan era demasiado bueno en esta actividad. Alguien había herido a Bruce una vez y Bryan no pensaba permitir que volviera a suceder. Cuando Bruce llegó al destartalado motel que le servía de residencia temporal, Bryan esperó en las sombras y fijó su atención en una ventana del piso superior hasta que la luz se encendió. Esperó unos minutos más para asegurarse de que todo sucedía con normalidad, y desapareció de nuevo en la oscuridad. Como cazarrecompensas, había perseguido a todo tipo de delincuentes, desde ladrones a violadores y asesinos. Hasta hacía poco, se había sentido satisfecho con su estilo de vida nómada, siempre en movimiento, trasladándose allí donde los delincuentes lo conducían. Sin embargo, su último trabajo, y también el más importante, lo había llevado a Visitation y allí había encontrado su hogar. Algo en aquel lugar hacía que se sintiese mejor de lo que se había sentido en años. El sol parecía llamarlo desde el cielo. A pesar del drama que se había desarrollado en Visitation, a pesar de la presencia amenazadora del loco de Jamie Creed en su montaña, aquel lugar resultaba increíblemente pacífico. Algún día se establecería allí. Quizá, si encontrara algo que supiera hacer bien, incluso abandonaría por completo la profesión de cazarrecompensas. Ya había comprado la finca perfecta, un acre de tierra de primera calidad. Se trataba de un lugar agradable, solitario y salpicado con diversos tipos de árboles, que estaba cerca de un riachuelo de aguas rápidas y claras. El agua era fría, los peces estaban bien alimentados y la vida salvaje campaba por doquier. Bryan había dejado allí una caravana para cuando pudiera realizar una escapada. Joe se la vigilaba. De todos modos, la caravana constituía una solución temporal. Bryan ya había diseñado en su mente una casa perfecta. Sabía el tamaño que tendría y lo cerca que estaría del riachuelo. Sin embargo, hasta que la construyera, la caravana le resultaba útil. Cuando le había dicho a Bruce que estaba destrozado, no le había mentido, pero ahora el aire húmedo de la noche lo había vivificado, de modo que no regresó directamente al apartamento. Bryan deambuló por las oscuras callejuelas durante un rato con la esperanza de que el cobarde que había atacado a su hermano se dejara ver. Pero lo único que encontró fueron adolescentes escandalosos y bares ruidosos y de pronto volvió a sentirse atraído por el centro de acogida Por Shay. La lluvia por fin había cesado, pero las calles asfaltadas estaban todavía brillantes y húmedas y reflejaban los haces de luz de las farolas y de los faros de los coches que pasaban. El goteo constante que procedía de los canalones de los tejados y de las hojas de los árboles resultaba relajante. Los mosquitos zumbaban y las luciérnagas exhibían sus luces intermitentes. Bryan se detuvo a una distancia considerable de la casa, cerca de un roble de gran tamaño, imperceptible bajo el cielo nocturno y sin luna. 

Desde allí, a través de la ventana de la cocina, vio que Shay se movía por la estancia, yendo de una mujer a otra. Ya las había conocido a todas. Y parecía estar organizando algún tipo de reunión. Parecía una... ¿reunión para tomar el té? Nunca había visto a ninguna mujer que se moviera como ella, con tanta fluidez y espontaneidad, con tanta energía, y mostrando, al mismo tiempo, tanta feminidad que incluso le causaba dolor. Morganna estaba de pie y servía una ronda de whisky en las descascarilladas tazas de té. Entonces, todas brindaron. ¡Ajá! O sea que no se trataba de una reunión para tomar el té. Bryan sonrió. ¡Estaban locas! ¿Acaso se estaban emborrachando? ¿Shay también? Bryan sabía que lo que iba a hacer no era sensato, pero se acercó un poco más, hasta que pudo oír el rumor de la conversación. Ésta tenía la cadencia típica de las voces femeninas, pero con comentarios subidos de tono y una buena dosis de palabrotas que la hacían más divertida. Como él estaba en una zona a oscuras y ellas, en una zona iluminada, Bryan podía verlas como si estuvieran en una pantalla de cine. Amy estaba sentada a un lado, tomándose a sorbos su bebida y contemplando, con timidez, lo que hacían las demás. Patti y Morganna estaban bromeando con Shay. Barb sostenía un espejo. Y Shay... Bryan sacudió la cabeza y rió entre dientes. Shay estaba maquillando a Barb. Bryan prestó más atención y se dio cuenta de que también había maquillado a las demás mujeres. Los colores chillones y exagerados que utilizaban normalmente habían desaparecido. El arco acentuado de sus cejas tenía ahora una curvatura natural. Sus labios, habitualmente de color carmesí, eran ahora malva o rosados. Todas estaban guapas. Tenían un aspecto discreto. Casi no parecía que trabajaran en la calle. Bryan puso los brazos en jarras y reflexionó acerca de lo que Shay estaba haciendo y por qué lo estaba haciendo. Él casi nunca había visto a todas las mujeres juntas. A Morganna le gustaba todo el mundo, pero, como hablaba sin parar, a veces, las demás la rehuían. Amy era tímida y reservada y, siempre que podía, se quedaba a solas. Barb las mangoneaba a todas constantemente. Y Patti era una sobona. ¡Y allí estaban! Todas juntas y riendo. Divirtiéndose. Compartiendo charla y bebida. Y maquillándose. Esta era una actividad tan común entre las mujeres... aunque él no las había visto actuar mucho como mujeres corrientes. Casi siempre actuaban de una forma... estrafalaria. Bryan las observó unos minutos más y, después, decidió irse antes de que alguien lo pillara mientras espiaba en su propio centro de acogida. O antes de que hiciera algo estúpido, como unirse a ellas. Cuando entró en el apartamento de su hermano por segunda vez aquella noche, Bryan todavía sonreía. El apartamento estaba silencioso y vacío. Bryan cerró la puerta con llave, se quitó la ropa y se dio una ducha rápida con agua fresca que lo ayudó a relajarse. Después, volvió a acordarse de Visitation e, inconscientemente, se preguntó si a Shay le gustaría aquel lugar. 

¡Maldita sea! No quería pensar en ella.Sin embargo, cuando se echó, desnudo, sobre las arrugadas sábanas, ella volvió a ocupar su mente. Si, como ella afirmaba, no era una prostituta, ¿cómo se ganaba la vida?, ¿por qué necesitaba estar en el centro de acogida? ¿Y por qué aseguraba una y otra vez que lo quería? Pasó mucho tiempo antes de que Bryan consiguiera conciliar el sueño, pero, aun entonces, su subconsciente siguió centrado en ella. De algún modo, un sueño erótico tan vivido que incluso pudo saborearlo, saborearla a ella, se transformó en una pesadilla. Estaba haciendo el amor con ella y ambos respiraban con agitación, jadeaban y se revolcaban juntos y, de pronto, la fuerza intangible que había amenazado a su hermano le arrebataba a Shay de los brazos. Bryan no pudo ver de quién se trataba, no pudo cogerlo, pero sabía que tenía a Shay y que le hacía daño. Bryan intentó encontrarla con el propósito de protegerla, pero entonces se convirtió en Bruce y se puso a rezar... Bryan soltó un grito grave y profundo y se sentó de golpe en la cama. El sudor le empapaba el cuello, el pecho y los hombros, y, mientras estrujaba las sábanas entre las manos, sus músculos se tensaban visiblemente. Bryan luchó contra el instinto que le empujaba a matar. Pero estaba solo en la pequeña habitación, y la única persona con la que podía luchar era él mismo. Soltó un gruñido y se dejó caer de nuevo en la cama. Todavía respiraba con pesadez y se encontraba mal. Tenía un nudo en el estómago y el cerebro le palpitaba. Después de unos instantes, se frotó los ojos con la base de las manos. ¡Dios, que sólo había sido una pesadilla, un sueño estúpido! Pero le había parecido muy real. Miró el reloj y vio que eran las seis y media. Seguro que no conseguiría dormirse de nuevo. Cuando, por fin, su respiración se tranquilizó, se sentó en uno de los lados de la cama. Lo que iba a hacer era una estupidez, lo sabía muy bien, pero, aun así, cogió el auricular del teléfono y marcó el número de Bruce. Después de la primera llamada, se oyó la voz somnolienta y aturdida de su hermano. 

—¿Sí? Bryan titubeó. Entonces se oyó la voz de Bruce bastante más despierta. 

—¿Hola? 

—Lo siento. 

—¿Bryan?

¡Dios, se sentía como un idiota! 

—Sí, soy yo. Vuelve a dormir. 

—¿Qué ocurre? —preguntó Bruce. 

—Nada. 

—Bryan se dirigió hacia la ventana y descorrió las cortinas. El sol era una bola brillante y cegadora de color carmesí que iniciaba su recorrido por el cielo 

—. He tenido un sueño estúpido. Sólo quería... 

—¿Asegurarte de que estaba bien? ¡Qué situación tan patética! 

—Sí, algo parecido. 

—Gracias. Aunque no veía a su hermano, Bryan sabía que una sonrisa amable y comprensiva iluminaba su rostro. 

—No tiene importancia. 

Hasta luego. Bryan colgó el auricular antes de que él o su hermano se pusieran demasiado sentimentales. Siempre habían estado muy unidos y, a veces, Bryan sabía que Bruce lo necesitaba sin que él se lo dijera. Y viceversa. No se trataba de una cuestión mística ni de una conexión especial por ser gemelos. Ocurría, simplemente, porque eran hermanos. Bryan se dirigió al lavabo. Estaba decidido a borrar aquel estúpido sueño de su mente. Naturalmente, no lo consiguió. Ahora sabía que Bruce estaba bien, pero Shay también había aparecido en su sueño y Bryan siempre se guiaba por sus instintos. Y, en aquel momento, sus instintos no lo dejaban tranquilo. Y, cuanto más pensaba en ello, menos tranquilo lo dejaban. Bryan se duchó en un tiempo récord y se afeitó tan deprisa que casi se cortó la garganta. Al final, se rindió a sus instintos, se puso ropa limpia y salió del apartamento a toda prisa. Resultaba ridículo, pero no podía evitarlo, de modo que echó a correr hacia el centro de acogida. Sus dedos se enredaron en el manojo de llaves. Una vez dentro, Bryan se contuvo para no gritar. Lo último que necesitaba aquella mañana era una pandilla de mujeres enfadadas y con resaca dándole la lata. Bryan titubeó al pie de las escaleras, pero, al final, decidió actuar con prudencia y no subió. No tenía ninguna intención de invadir el territorio sagrado formado por los dormitorios de las mujeres. ¡Café! Un café sería un buen comienzo. Bryan entró en la cocina, se detuvo, incapaz de acabárselo de creer, y se quedó mirando fijamente. Primero sonrió, a continuación, rió entre dientes y, al final, soltó una carcajada. Shay se agitó cuando algo interrumpió sus dulces sueños. Entonces empezó a moverse, pero enseguida tuvo la sensación de que se había roto el cuello en algún momento durante la noche. A continuación, notó que le dolía la cabeza y que tenía el estómago revuelto. Entonces soltó un gemido. 

—Esto es lo que se consigue por dormir en una silla. 

Shay se quedó paralizada y su corazón casi se detuvo. Y apenas respiró. Entonces levantó un párpado y vio que Bryan estaba junto a ella y que tenía las manos apoyadas en las caderas. Los ojos le brillaban y su sexy y seductora boca esbozaba una sonrisa. Shay parpadeó, pero él no desapareció. 

—Hola —saludó ella. Él sonrió con más amplitud. 

—¿Necesitas ayuda? Shay intentó moverse y realizó una mueca. 

—Creo que me he roto el cuello —gimió con voz áspera. 

Él colocó la cálida palma de su mano debajo de la nuca de Shay y, con la otra, la cogió del brazo para ayudarla a enderezarse. Pero volvió a soltarla: demasiado pronto para el gusto de Shay. 

—No me extraña—contesto el—. Cuando entre creí que alguien te había matado. ¿Has dormido con la cabeza echada hacia atrás toda la noche? Si tenía en cuenta cómo se sentía, seguro que sí. Estaba entada en una silla de cocina de respaldo recto, con las piernas estiradas y los pies apoyados en la mesa, y los brazos le colgaban casi hasta el suelo. Y su cabeza... su pobre cabeza. Shay gimió a causa del dolor. Se había dormido con la cabeza hacia atrás y el respaldo de la silla clavado en la nuca. Y había pasado así toda la noche. 

—Me muero. 

—Estáte quieta un minuto mientras preparo café. 

Con precaución y lentitud, Shay se echó hacia delante y apoyó la cabeza en ambas manos, pues tenía serias dudas de que su cuello pudiera sostenerla. Y no sólo le dolía la cabeza, sino también la espalda y los hombros. Shay era una bebedora pésima. Tomaba un vaso de vino y caía dormida. Sin embargo, la noche anterior, ella y las otras mujeres, todas ellas un encanto, se bebieron una botella entera de whisky. Whisky del barato. Un whisky muy potente. En realidad, ella bebió menos que las demás: mientras fingía que bebía como ellas, se limitaba a dar pequeños sorbos. Sin embargo, por lo visto había bebido tanto como para considerar que aquella silla podía constituir una buena cama. 

—El café, que sea fuerte, por favor. 

—De acuerdo. Bryan estuvo de vuelta en pocos minutos. Shay oyó el siseo y el chisporroteo de la cafetera y, enseguida, un delicioso olor a café inundó el aire. ¡Aquello era el cielo! 

—No te muevas —le aconsejó Bryan. 

Shay levantó una ceja con lentitud. ¿Acaso parecía capaz de moverse? Incluso le dolía respirar. Con una extraña dulzura, las manos grandes y rudas de Bryan le apartaron el cabello hacia los lados y se lo colocaron por encima de los hombros. El corazón de Shay dio un leve brinco y el resto de las telarañas que nublaban su mente se disiparon. Ahora estaba despierta, muy despierta. Las ásperas yemas de los dedos de Bryan tocaron la sensible nuca de Shay y se deslizaron hasta la parte superior de sus hombros. Sus pulgares presionaron, se movieron, realizaron movimientos circulares... 

—¡Oooh! —gimió ella mientras la tensión y el dolor se desvanecían—. ¡Esto es orgásmico! 

Bryan se detuvo, dejó escapar un sonido que expresaba diversión y al mismo tiempo reprimenda y, después, continuó. 

—Estás acartonada. Ella dejó colgar la cabeza para que él pudiera hacer lo que quisiera. Fue maravilloso. 

—¿Por qué estabas durmiendo en la silla, Shay? 

—Ayer trasnochamos. Las chicas y yo... —Shay se mordió la lengua. El alcohol estaba prohibido, al menos eso le habían dicho ellas—. Nos quedamos charlando hasta tarde. 

—Ya, ya. ¿Algo más? ¿Acaso sabía lo del alcohol? ¡Cielos, las tazas! Estaban en el fregadero. Shay se volvió para comprobarlo, pero no, alguien las había lavado y estaban en el escurridor. ¿Acaso ella olía a alcohol? ¡Qué humillante! Primero, creyó que era una prostituta y ahora creería que era una borracha. —¿Shay? 

Bryan subió las manos hasta la cabeza de Shay y le masajeó las sienes, lo cual proporcionó a Shay un placer extraordinario. 

—¿Mmmm? Si no podía volver a dormir, elegía que él la tocara de aquella manera. 

—¿Qué más hicisteis ayer por la noche? 

—Maquillarnos. 

—¿Maquillaros, eh? 

Ella intentó asentir con la cabeza, pero no pudo, no teniendo en cuenta el modo en que él le estaba masajeando el cuello y el cuero cabelludo. 

—Así es. Las chicas permitieron que las maquillara. Fue divertido. Los dedos largos de Bryan se deslizaban entre los cabellos de Shay mientras le masajeaban el cuero cabelludo y la relajaban. Y la excitaban. 

—¿Y por que las maquillaste? Shay apenas pudo reprimir un gemido. 

—Para enseñarles a hacerlo. 

—¿Y para qué? 

Si respondía a aquella pregunta, era posible que él adivinara la verdad. Sus objetivos eran altruistas, pero si él lo averiguaba, podía empezar a preguntarse quién era ella en realidad. Después, sumaría dos más dos y la echaría a la calle. Pero ella no estaba dispuesta a irse. Shay eligió con cuidado sus palabras. —Quería enseñarles cómo ser más discretas y resultar más atractivas en su trabajo. 

—¿Y aceptaron? 

Shay percibió su asombro y se llenó de satisfacción. Al principio, no le resultó fácil convencerlas, pero las engatusó, y cuando Morganna accedió, las otras siguieron su ejemplo. 

—Pues sí. —Shay lo miró de arriba abajo—. Les conté que las prostitutas mejor pagadas no parecen prostitutas. Él interrumpió unos instantes el masaje y, después, lo reemprendió. 

—¿Como tú? Shay rió entre dientes. 

—¡Vaya, gracias! Me alegro de que por fin hayas decidido que no parezco una prostituta. 

—En realidad, no se trataba de un cumplido. 

—Lo sé. 

Shay no pudo evitar reírse. Él intentaba sonsacarle información, conseguir que le contara cosas. Sin embargo, incluso con resaca y drogada por la magia de sus dedos, ella no pensaba echarlo todo a perder. Él sacudió la cabeza y, justo antes de que volviera a posar en ella la mirada, Shay le vio sonreír. 

—Y cuando terminaste de maquillarlas, ¿ellas decidieron intentarlo contigo? —No, ellas sólo miraban. 

—No te creo —declaró él con un tono malvado de satisfacción. Shay frunció el ceño. 

—¿Qué quieres decir? 

Mientras Shay las maquillaba y les enseñaba cómo hacerlo, ellas hicieron lo posible por emborracharla. Morganna contó unos cuantos chistes muy picantes mientras Patti la animaba. Barb les estuvo gruñendo a todas y Amy fue la que se mostró más reservada. Sin embargo, pareció gustarle su aspecto cuando Shay terminó de maquillarla. Shay tuvo que admitir que, una vez les hubo quitado la espesa capa de maquillaje original, todas le parecieron muy guapas. Bryan la cogió del codo y la ayudó a levantarse. A continuación, la condujo hasta la tostadora de acero inoxidable. 

—¿Por qué no te echas un vistazo mientras sirvo el café? 

Shay titubeó con cierta aprensión, pero, al final, se inclinó y contempló su reflejo en la superficie de la tostadora. ¡Oh, Dios! ¡Santo cielo! Unos ojos manchados y con la raya corrida parpadearon ante su propia imagen. Una boca rojo carmesí se abrió sorprendida. Shay se atragantó, se incorporó de golpe y se cubrió el rostro con las manos. ¡Cielos, ella no era presumida, pero Halloween se había adelantado! Bryan, con una sonrisa amplia y pícara en el rostro, le apartó las manos de la cara y le tendió una taza de café con azúcar. 

—Bébetelo, te ayudará a despejar la mente. 

Ella se tomó casi de un trago el contenido de media taza mientras Bryan se reía de ella. 

—Te han maquillado muy bien —se burló él—. Casi no te reconocí. Podrías ponerte en cualquier esquina y ganarías una fortuna. 

Ella soltó un gruñido. 

—¡Cállate, por favor! Entonces le devolvió la taza a Bryan, inhaló a fondo para reunir valor y se inclinó de nuevo. Llevaba puesto tanto delineador de ojos como Bozo el payaso. Y parecía que le hubieran dado unos buenos bofetones en las mejillas. Y su boca... Debido al pintalabios carmesí, que se había corrido mientras dormía, sus labios parecían demasiado gruesos y su boca demasiado grande. 

—Toma —dijo él mientras le tendía de nuevo la taza. 

Después de beber el resto del contenido de la taza, Shay decidió que el café no la estaba ayudando mucho. Entonces miró a Bryan, se dio cuenta de que él esperaba ver cómo reaccionaba al reflejo de su imagen y decidió que un buen lavado estaba a la orden del día. 

—El café está delicioso, pero, si me disculpas... Shay se inclinó sobre el fregadero, abrió el grifo y se lavó la cara. Bryan se reía a carcajadas a sus espaldas. —Consigúeme algo —pidió ella—. Un trapo, papel de cocina o lo que sea. 

—Si tenemos en cuenta la cantidad de maquillaje que te han aplicado, creo que lo mejor sería que utilizaras la fregona. —La verdad era que no se equivocaba mucho —. Toma. 

La mitad del cabello de Shay estaba mojado debido a la furia con la que se había salpicado la cara. Shay extendió el brazo con los ojos cerrados y, antes de encontrar la toalla que él le tendía, su mano chocó con el abdomen de Bryan y, después, con su pecho. A continuación, puso la toalla debajo del chorro de agua y se frotó el rostro con frenesí. 

—Tranquila —le aconsejó Bryan—, o te quitarás una capa de piel. 

—Eres muy, muy malo por no haberme advertido antes. 

Él le recogió el cabello y lo sostuvo alejado de su rostro. Shay percibió su calor y su olor. 

—No podías moverte, de modo que tampoco podrías haber hecho nada al respecto. 

—Me podría haber muerto y terminar con este mal trago. 

—Esto habría sido una lástima. 

Shay dejó de frotarse. Incluso parecía que había dejado de respirar. ¡Mierda! Él no pretendía decir aquello, no pretendía animar su suposición, pero ver sus enormes esfuerzos por eliminar la pintura de guerra de su rostro le había resultado gracioso. Y la visión de su trasero redondeado sobresaliendo hacia atrás debido a su postura lo encandiló. El maldito sueño había provocado que todas sus emociones estuvieran revueltas y demasiado a flor de piel. Cuando vio que Shay estaba a salvo, con resaca y que había sido el blanco de una broma, Bryan sintió un gran alivio y deseó abrazarla y prometerle que la protegería. ¡Idiota! Ella no necesitaba su maldita protección. Pasara lo que pasara, las mujeres, como los gatos, tenían la habilidad de caer sobre los pies. Él ya debería de haber aprendido esta lección. Desde que había fallecido su esposa, Bryan no había puesto en práctica su pronunciada vena noble que lo empujaba a querer proteger a las mujeres. ¡Además, sólo tenía que darse cuenta de adonde lo había llevado aquella tendencia suya! Megan, que era joven e inocente, lo había herido de la peor manera posible. Y, si ella fue capaz de causarle aquel daño, ¿qué no haría alguien como Shay? Shay quizá no fuera una prostituta, pero tenía importantes secretos, y los secretos siempre constituían algo peligroso. 

Shay se incorporó despacio y, con el rostro goteando, se volvió hacia Bryan. Tenía los labios entreabiertos y respiraba profundamente. Bryan sabía que debía resistirse a la tentación, pero no consiguió moverse. En realidad, las únicas cosas que se movían eran los potentes latidos de su corazón, la pesada respiración de sus pulmones y su pene, que palpitaba con interés. Shay y Bryan se miraron a los ojos. La juerga nocturna le había dejado a Shay los ojos envenjecidos y todavía tenía restos de maquillaje en la piel. El cabello que caía a ambos lados de su rostro estaba empapado. Se notaba que había bebido demasiado, pero, con todo, Bryan la deseaba tanto que no pudo evitar echarse a temblar. 

—Hoy tendré que salir un rato —declaró ella. 

Aquella afirmación lo arrancó de su divagación sensual e hizo aflorar de nuevo su preocupación. 

—¿Salir adonde? 

Shay se encogió de hombros y lo miró a la garganta para evitar su mirada. 

—Tengo cosas que hacer. No tardaré mucho. 

Él se cruzó de brazos y preguntó: 

—¿Qué cosas, Shay? 

Ella sacudió la cabeza. No podía contarle que quería comprobar cómo se encontraba Leigh, que quería hablar con su administrador, recoger algo de ropa y... Tenía tantas cosas que hacer, cosas que ayudarían a Bryan, al centro y a las mujeres. 

—Se trata de un asunto privado. 

Él le cogió la barbilla y levantó su rostro hacia él. Su expresión era decidida e irritada. Shay se humedeció los labios con nerviosismo y él dirigió la mirada hacia su boca. Bryan cogió la toalla que Shay sostenía y utilizó uno de los extremos para limpiarle la comisura de los labios. 

—Todavía te queda un poco de maquillaje aquí—susurró él. 

—¡Vaya! 

El corazón de Shay palpitaba con fuerza, no de miedo, sino de excitación y vitalidad. 

—¿Cuándo te vas? —preguntó Bryan. 

Ella intentó reflexionar, pero notó que no era la toalla, sino el pulgar de él que le rozaba los labios. 

—Creo... creo que me iré ahora para estar de vuelta antes de que las chicas se despierten. 

—Tampoco quieres que ellas te hagan preguntas, ¿no? 

—Preferiría que no. 

Bryan la soltó y dejó caer los brazos a ambos lados de su cuerpo. 

—¿Volverás? No se fiaba de ella en absoluto.

—Sí. —Shay esbozó una sonrisa temblorosa y añadió—: Te lo prometo. 

—De acuerdo. —Él retrocedió un paso—. Yo también tengo cosas que hacer. 

Shay retorció la toalla entre sus manos. 

—¿Como qué? Él enarcó una ceja sorprendido por su descaro. 

—Yo tengo que responderte, pero tú a mí no, ¿no es cierto? Shay se sonrojó. 

—A menos que sea algo privado. 

—No lo es. 

—Bryan se dirigió a la nevera y abrió la puerta del electrodoméstico —. Hoy es día de compras. Tengo que comprar provisiones. —Entonces lanzó una mirada a Shay y agregó

—: De todo, menos whisky. 

¡Uy! Shay se tapó la boca con una mano. De modo que lo sabía. 

—Lo siento. 

—Tú no lo compraste, pero, la próxima vez, intenta no emborracharte hasta el punto de perder el sentido en una silla. Sólo Dios sabe lo que te harían si ocurriera de nuevo. —Bryan examinó los distintos frascos de salsas que había en la nevera y anotó lo que tenía que comprar—. También tengo que buscar posibles empleos. 

—¿Para quién? —Para las mujeres. 

Si les consigo puestos de trabajo, es más probable que se mantengan lejos de las calles. 

—Buena idea. —Los pensamientos de Shay se sucedieron con rapidez. Ella conocía a varias personas que los podían ayudar, personas a las que podía pedir un favor. Y, sin darse cuenta, se puso a pensar en voz alta

—: Necesitas lugares de trabajo en los que estén dispuestos a formarlas. Donde puedan aprender. Lugares cercanos, para que no tengan que desplazarse muy lejos... Entonces se fijó en que Bryan se había quedado mirándola con la puerta de la nevera abierta. Otro «¡uy!». Sin pronunciar una palabra, Bryan cerró la puerta de la nevera y se dirigió al armario que utilizaban de despensa. 

—¿Conoces algún lugar así, Shay? —preguntó mientras sacudía un envase de cereales y contaba las latas de verduras. 

—Es posible. Shay conocía algún lugar parecido, pero no quería proporcionarle a Bryan los nombres. Prefería hablar ella misma con los dueños y, quizás, indicarles que se pusieran en contacto con Bryan sin que la nombraran a ella. Shay consultó su reloj. 

—Bueno, tengo que irme. 

—¿Cómo pretendes llegar a donde te diriges? ( —En autobús. —¿Quieres que te lleve? 

Bryan se cruzó de brazos y se apoyó en la encimera. Llevaba puesta una camiseta negra que se ajustaba a su pecho musculoso y marcaba sus impresionantes bíceps. ¿Cómo era posible que un predicador tuviera el físico de un gorila? Shay suspiró. Los téjanos le quedaban de maravilla y estaban desgastados en los lugares apropiados. Cuando volvió a mirarlo a la cara, Bryan la estaba observando con los ojos entornados y aquella expresión suya tan particular que reflejaba impaciencia y, al mismo tiempo, extrema atención al detalle. Ella no tenía ninguna duda de que le leía el pensamiento, aunque él nunca lo reconocería. —Tengo una ranchera. La utilizo para acompañar a las mujeres al hospital. No es un coche fantástico, pero es de fiar. Si él la acompañaba, dispondrían de más tiempo para hablar en privado, pero entonces él sabría adonde se dirigía y eso ella no podía permitirlo. Sintiéndolo mucho, Shay rechazó la oferta. 

—Lo siento, pero no. Prefiero el autobús. Tú encárgate de tus recados y yo me ocuparé de los míos y... podríamos vernos más tarde. Al menos, eso esperaba. Quería pasar más tiempo con él. Shay se dio cuenta de que a Bryan no le había gustado su evasiva. Él se apartó de la encimera y se limitó a decir: 

—Es posible. 

A continuación, Bryan pasó decidido junto a ella y, unos segundos más tarde, Shay oyó que se cerraba la puerta principal. Ya lo echaba de menos. Shay se sacudió de encima la melancolía. Si deseaba hacerlo todo en el corto espacio de tiempo del que disponía, no podía perder ni un segundo en lloriqueos. Utilizó la pastilla de jabón del baño de la planta baja para quitarse los restos de maquillaje. A continuación, se recogió el cabello en una cola de caballo. En el armario de la ropa blanca había cepillos de dientes sin estrenar y los productos básicos que una mujer podía necesitar. Shay cogió una botella de colonia. No era de la marca cara que ella utilizaba normalmente, pero, de momento, tendría que servirle. Se imaginó a Bryan en un supermercado eligiendo los artículos femeninos que había en el armario y una sonrisa iluminó su rostro. ¡Qué tío! Entonces conectó su teléfono móvil. Cuando estuviera fuera, telefonearía a Dawn. Su amiga solía preocuparse por ella. Shay no se cambió de ropa, entre otras cosas porque no tenía ninguna muda. Se colgó el bolso del brazo y salió dispuesta a enfrentarse al día con alegría y llena de grandes expectativas.

Capitulo 5

Bryan, oculto tras una calada gorra de visera y unas gafas de sol, observó a Shay mientras abandonaba la casa. Se la veía joven, enérgica y decidida. Su instinto le indicaba que la siguiera. No sólo porque desconfiaba de ella, sino porque no podía olvidarse del maldito sueño. Quería saber qué hacía, pero también asegurarse de que no le pasara nada. ¡Menudo idiota! Bryan no dejó de observarla ni un instante, ni siquiera mientras se insultaba a sí mismo. Shay se dirigió a la parada de autobús y atrajo la atención de todo aquel con quien se cruzó. Lo cierto era que se trataba de una mujer que nadie, ni hombre ni mujer, podía ignorar. Chili todavía merodeaba por el exterior del bar, sin duda buscando formas de gastar su dinero. Llevaba la camisa más por fuera que por dentro del pantalón y apenas se mantenía en pie. Cuando Shay pasó junto a él, Chili se quedó contemplándola desde detrás de sus gafas con ojos codiciosos. Bryan tomó nota mentalmente de que debía sostener una charla con aquel pequeño cretino. Sobre todo teniendo en cuenta que, últimamente, merodeaba por allí con mucha más frecuencia. Los hombres que estaban apoyados en los portales con distintos grados de embriaguez siguieron a Shay con sus miradas borrosas. La propietaria de la casa de empeños, una mujer de unos cincuenta años, dejó de barrer la acera para mirarla. Y el quiosquero hizo lo mismo. Shay, ajena a todo el mundo, se puso unas gafas de sol y siguió caminando con una expresión pensativa en el rostro. Aquel día no llevaba un traje transparente, pero, aun así, los cautivaba a todos. La causa no era el vestido, sino la mujer. Bryan soltó un gemido. ¡Mierda, estaba perdido! Entonces esperó hasta que Shay se subió al abarrotado autobús y la siguió en la ranchera. Comprobó en cada parada si ella descendía del transporte público, pero hasta que no llegaron a la periferia, a una zona más elegante de la ciudad, no distinguió su brillante cabellera y sus largos pasos entre la muchedumbre que abandonó el autobús. Shay se alejó de los demás y subió por la calle principal hasta un restaurante italiano de aspecto familiar. Bryan aparcó junto a la acera y dejó el motor en marcha sin dejar de observar a Shay, que entró en el restaurante. No salió hasta casi media hora más tarde. La acompañó hasta la puerta un hombre rollizo y mayor que ella que llevaba un delantal y le rodeaba los hombros con el brazo en señal de afecto. Shay le sonrió, lo besó en la mejilla, le devolvió el abrazo que él le dio y se alejó. El sol ya estaba alto en el cielo y, a pesar de una ligera brisa, el día era bastante caluroso. El estado de ánimo de Bryan, sin embargo, no había mejorado con el buen tiempo. una galería de arte. Shay salió de cada uno de aquellos lugares con una sonrisa en el rostro. Y así transcurrió la mañana. Bryan la siguió de un destino a otro y ella pasó entre veinte y cuarenta minutos en cada uno de los establecimientos. Después de visitar no menos de diez lugares a lo largo de la calle principal, Shay tomó un taxi. ¿Adonde demonios iba? En lo más profundo de la mente de Bryan creció la terrible idea de que podía estar prestando sus servicios a sus clientes habituales para conseguir algo de dinero. Bryan apretó con fuerza el volante y sus tripas se contrajeron. Esa idea le desagradaba hasta tal punto que se convenció de que no era verdad. Después de todo, Shay no iba maquillada y llevaba el cabello recogido en una cola de caballo. Además, vestía la ropa usada que se había puesto la noche anterior. Era evidente que no estaba trabajando. Claro que, incluso vestida con ropa informal, Shay resultaba más atractiva que cualquier mujer que él hubiera conocido hasta entonces. La rabia volvió a crecer en su interior. Sólo había visitado a hombres. Hombres de edades y constituciones distintas y con los que mantenía distintos grados de familiaridad. ¡Demonios, parecía conocer a todo el mundo en aquel barrio! Sólo podía tener que visitarlos a todos aquella misma mañana por negocios, o al menos ésa era la única razón que se le ocurría a Bryan. Pero tarde o temprano averiguaría la verdad. El taxi se alejó de la zona comercial en dirección a las afueras, y Bryan, un experto en realizar seguimientos, redujo la marcha para que Shay no lo descubriera. Al final, el taxi se detuvo en una zona residencial. La calle estaba flanqueada por casas de obra vista prácticamente idénticas entre ellas. Sólo los cuidados colores de las persianas y los canalones proporcionaban variedad a los edificios. Unos árboles enormes crecían por aquí y por allá y hablaban de la antigüedad de la zona, y los coches que había aparcados a lo largo de la calle eran de tipo familiar, la mayoría viejos. Bryan aparcó a varios metros de distancia, detrás de una camioneta que le sirvió para ocultarse. Algunos niños corrían por la calle pateando una pelota y un perro los perseguía. Era el tipo de barrio en el que él había crecido: nada lujoso, pero limpio y saludable. Su padre había realizado un gran trabajo con ellos. Criar solo a dos hijos no debía de ser una tarea fácil, pero Bryan no lo había oído quejarse ni una sola vez. Después de pagar al taxista, Shay recorrió un sendero enladrillado y flanqueado por flores vistosas que conducía a un porche de cemento situado a la sombra de un olmo majestuoso. El patio delantero de la casa era pequeño, pero de vegetación exuberante. A sólo dos metros de distancia, a la derecha, había otra casa. Y a la izquierda, había un edificio vacío y un callejón estrecho que conducía a otra calle donde había más casas. Una joven bajita recibió a Shay en la puerta. Claro que, al lado de Shay, la mayoría de las mujeres parecían bajas. Bryan dedujo que la joven tendría veintitantos años. Su piel era oscura y llevaba el cabello corto. Su rostro mostraba una amplia sonrisa de bienvenida. Sin duda, eran amigas. La joven mantuvo la puerta abierta para que Shay entrara y Bryan entrevió a Leigh, la muchacha de la que Shay y él habían hablado la noche anterior. Estaba cerca del umbral y parecía ansiosa por ver a Shay. Shay le dio un abrazo amigable y caluroso. Bryan las miraba con tanta atención que casi le pasó por alto una sombra que había cerca del porche, en el callejón. A diferencia de la sombra del árbol, que se movía y se balanceaba al ritmo de la brisa, aquella sombra estaba inmóvil, demasiado inmóvil. Bryan se quitó la gorra y las gafas y se inclinó sobre el volante dividiendo su atención entre la puerta de la casa y el patio lateral que daba al callejón. Y esperó con todos los sentidos en estado de alerta. Entonces la sombra se movió y Bryan percibió una cabeza tapada. «¡Bien, bien, bien!», pensó Bryan mientras descendía del coche con una rabia contenida. El sol caliente de septiembre cayó sobre él. Sin embargo, el intruso iba vestido de negro y llevaba puesta una sudadera ancha con capucha. La ropa ocultaba de tal modo su figura que Bryan no pudo distinguir ninguna característica particular. Bryan avanzó con sigilo y se deslizó desde el coche a un árbol y, de éste, a la camioneta, manteniéndose en todo momento fuera del alcance de la vista de las personas que estaban en la casa. Hizo caso omiso de los chillidos de los niños, de los ladridos del perro y de los motores de los coches que pasaban y se concentró en el momento mientras se preparaba para arremeter contra el individuo y tomarlo por sorpresa. Bryan esperó y, de repente... Shay apareció. Shay surgió del extremo de la camioneta con los brazos en jarras. El cabello le brillaba bajo el sol. Bryan se llevó una sorpresa tan descomunal que, al principio se quedó paralizado. Ella lo miró con desdén. 

—¡Lo sabía! ¡Me has seguido! ¡Cómo te atreves! 

«¡Mierda!» Shay debía de haber ahuyentado al intruso. Bryan la cogió y la obligó a colocarse detrás de él. 

—¡Entra en la ranchera y echa el seguro! 

Bryan vio que el intruso corría por el callejón. Era bajo y enjuto y corría como un galgo. Bryan también echó a correr. Oyó que Shay lo llamaba, pero hizo caso omiso de sus gritos y concentró toda su atención en el intruso, que se alejaba a toda velocidad. Si se distraía, lo perdería. Cuando pasó junto al porche de la casa, Bryan le gritó a la amiga de Shay: 

—¡Entra en la casa! 

El intruso llegó al final del callejón y desapareció de la vista, pero Bryan no se detuvo. En su mente, tenía presente el estado en que quedó su hermano después de ser atacado, los moretones, los cortes... Los dos sucesos tenían que estar relacionados de alguna manera. Moriría antes de permitir que una mujer resultara herida de aquel modo. Bryan dobló la esquina a toda velocidad y... se detuvo. En la calle reinaba una gran confusión. Unos chicos jugaban a baloncesto, una mujer descargaba la compra de un coche y dos hombres charlaban en la acera. Pero no vio al intruso. Bryan miró a su alrededor dispuesto a emprender de nuevo la persecución, pero no tenía ni idea de qué dirección tomar. «¡Maldita sea!» Un chico de unos diez u once años se lo quedó mirando. 

—¿Adónde ha ido? —preguntó Bryan. 

El chico señaló hacia el final de la calle, pero no dijo nada. La calle era larga y cada diez casas había una calle lateral. También había numerosos árboles de gran tamaño, vallas y garajes. Bryan se pasó la mano por los cabellos, empapados en sudor, y preguntó: 

—¿Ha doblado por alguna calle lateral? ¿Has visto adonde se dirigía? La mujer se separó del coche con una expresión cada vez más suspicaz. 

—¿Qué ocurre? ¿Es usted policía? 

—No, señora. Vi que un tipo merodeaba por los alrededores de la casa de una vecina suya y, a continuación, echó a correr. —Bryan se encogió de hombros—. Y me puse a perseguirlo. 

—Pues bien, ahora ha desaparecido. Y dudo de que lo encuentre. —La mujer sostuvo la bolsa de la compra debajo de uno de sus brazos y con el otro rodeó a los chicos, como si fueran su pequeño rebaño—. ¡Vamos! ¡Adentro! ¡Todos! Y no volvió a mirar a Bryan. Él apretó los dientes. Se sentía tan frustrado que deseaba gritar. Alguien le tocó el brazo. Incluso antes de volverse, supo que se trataba de Shay. Su mal humor estalló y Bryan se volvió hacia ella. 

—¡Te dije que te quedaras en el coche! Shay abrió los ojos con incredulidad. 

—¡Tú a mí no me das órdenes! 

Su respuesta desafiante fue como la gasolina para el fuego. Bryan la tomó del brazo y volvió sobre sus pasos a lo largo del callejón y en dirección a la casa en la que Leigh y la otra mujer esperaban. Shay intentó liberarse, pero como él no la soltaba, lo dejó correr. 

—¡Estás dando un espectáculo! 

—No me importa. Alguien te estaba espiando. 

—¡Sí, tú! 

Shay dio un traspié mientras intentaba seguir el ritmo de Bryan. Él soltó un respingo. Necesitaba rebajar la cantidad de adrenalina de su sangre, de modo que decidió no responder. Tenía miedo de decir cosas de las que luego fuera a arrepentirse. Sin embargo, Shay no era nada cautelosa. 

—Sabía que me estabas siguiendo, Bryan. 

—No te creo. 

Él era muy bueno en su profesión y resultaba imposible que ella lo hubiera descubierto. ¡Cielos, que se ganaba la vida siguiendo a la gente! Nunca nadie lo había descubierto. Shay asintió con la cabeza. 

—Lo supe desde que salí del centro de acogida, aunque al principio no te vi, sólo noté que me observabas. ¿Cuándo cogiste el coche? Bryan se detuvo y la miró fijamente. Estaban debajo de un roble enorme y unas ardillas parloteaban sobre sus cabezas. Bryan sabía que Leigh estaba en el porche y que escudriñaba a su alrededor para localizarlos. Se oía el zumbido de las abejas y la hierba estaba caliente debido al sol. Bryan apretó la mandíbula e intentó hablar en voz baja. 

—Estuve todo el tiempo en el coche. Shay frunció el ceño. 

—No, al principio me seguiste en un taxi. Después, a pie y, más tarde, en el coche. 

—No, Shay. —Bryan se frotó la nuca. Estaba tan enojado consigo mismo que tenía deseos de abofetearse—. Lo más probable es que notaras que te seguía ese bastardo. Y si yo hubiera estado alerta, también me habría dado cuenta de que te seguía. 

—¿Te refieres al tipo que perseguías? —Shay se quedó perpleja—. ¿Y por qué lo perseguías? Bryan se acercó un poco más a Shay y dijo: 

—Estaba merodeando junto a la casa. Os espiaba e intentaba oír vuestra conversación. Aquí afuera hace un calor de mil demonios, pero él llevaba un jersey con capucha. Quizá para esconderse, pero también es posible que intentara ocultar un arma. Shay se quedó boquiabierta. 

—¿Quieres decir...? —La preocupación reemplazó su indignación—. ¡Oh, Dios mío, entonces sabe dónde está Leigh! Quizás es por esto por lo que... «¡Idiota!», se dijo Bryan a sí mismo: por encima de todo, quería tranquilizarla y prometerle que él la mantendría a salvo, pero la había fastidiado. Bryan volvió a cogerla del codo. 

—No permitiré que nadie os haga daño. Tienes mi palabra. —Entonces reemprendió la marcha y la condujo hacia la casa. Ya había cometido bastantes errores aquel día y no había ninguna razón para tenerla al aire libre—. ¡Mierda, tendría que haberlo visto! 

—¿Por qué? —preguntó Shay acelerando el paso para alcanzar a Bryan y caminar a su lado. Tenía un montón de preguntas y sentía una gran curiosidad—. No es tarea de un predicador descubrir a los fisgones. Empezaron a subir los escalones del porche. 

—Pero tú lo notaste —subrayó él. 

—Sí, pero yo... Shay guardó silencio y se mordió el labio inferior. 

—¿Tienes enemigos de los que no quieres hablarme? —preguntó él. Shay no respondió. 

—Es lo que me imaginaba. —Más secretos. 

Bryan la condujo al interior de la casa mientras Leigh lo miraba con los ojos como platos. La otra mujer se hizo a un lado para que pasaran—. Si no hubiera estado ocupado observando cómo ibas de un lado a otro, me habría percatado de su presencia. Siento una gran curiosidad por saber qué estabas haciendo, pero hablaremos de esto más tarde. 

—¡No! —repuso Shay. Bryan hizo caso omiso de su respuesta y miró a las otras dos mujeres, que no decían ni una palabra. 

—¡Leigh! —declaró él con voz más suave. Leigh era joven, demasiado joven para hacer lo que hacía—. ¿Te encuentras bien, guapa? 

Leigh parpadeó y lo miró con sus enormes ojos azules. Bryan recordó, con retraso, que Bruce nunca se dirigía a las mujeres con palabras cariñosas. ¡Pero Leigh no era más que una niña, ni siquiera tenía veinte años! Debería estar en su casa disfrutando de los mimos y la protección de sus padres. No podía evitar tratarla como a una niña. 

—Ahora estoy bien. Gracias a Shay. Bryan miró a Shay, quien se había sonrojado, y entornó los ojos. 

—Sí, es como la Mujer Maravillas, ¿no? Bryan pretendía ser sarcástico, pero Leigh asintió con la cabeza. 

—Así es —contestó ella. 

La otra mujer avanzó hacia él con una amplia sonrisa en el rostro. 

—Hola, soy Dawn, y supongo que tú eres el Predicador. Bryan estrechó la mano que ella le tendía. 

—El mismo. 

—Es un placer conocerte. Leigh me ha hablado mucho de ti. Bryan le guiñó el ojo a Leigh, que, de nuevo, se sintió confusa. Nunca le cogería el tranquillo a ser un predicador. Una vez realizadas las presentaciones, las mujeres no supieron qué hacer. Shay carraspeó. 

—Dawn, ¿te importaría llevarte a Leigh a la otra habitación para que Bryan y yo podamos hablar? 

—¿Bryan? ¿Es así cómo se llama? —preguntó Leigh. Él puso los ojos en blanco. 

—Sólo las mujeres impetuosas insisten en llamarme así. Tú puedes seguir llamándome Predicador. 

—¡Oh! —Leigh parecía cada vez más confundida—. De acuerdo. Claro —dijo entrelazando las manos con nerviosismo. 

—¿Seguro que estás bien? —le preguntó Bryan. Ella asintió con la cabeza y soltó: 

—Oí que lo habían herido. Por eso no acudí a usted. No quería causarle más problemas. Todo el mundo parecía saber lo de Bruce. Por suerte, nadie se había dado cuenta de que su rápida recuperación se debía a que Bryan lo había reemplazado. 

—Ya estoy bien. Y, por cierto, Leigh, siempre puedes acudir a mí. 

—Pero se rumoreaba que lo habían herido de gravedad que incluso estaba en el hospital... Shay se puso tensa. 

—¿De qué hablas? 

—Como puedes ver, ya estoy bien —contestó Bryan con un tono tranquilizador —. Sólo sufrí una conmoción cerebral. Eso es todo. A Bruce también le rompieron una costilla y le fracturaron el tobillo... El labio inferior de Leigh tembló. 

—Fue culpa mía, ¿verdad? Le pregunté a Freddie si se lo había hecho él, si él le había herido, y me contestó que no, pero se enfureció tanto conmigo la última vez que acudí a usted... Y, después, cuando le pregunté si lo había atacado... Si derramaba aunque sólo fuera una lágrima, Bryan mataría a alguien. A ser posible, al miserable de Freddie. Entonces Shay abrazó a Leigh para tranquilizarla. 

—No fue culpa tuya, Leigh. —Shay miró a Bryan por encima de la cabeza de Leigh—. El predicador es un hombre fuerte. Míralo. Puede cuidar de sí mismo. —¡Desde luego! —exclamó él. A Bryan le sorprendía que Shay tratara a Leigh como a una hermana. Esta forma de actuar la hacía más interesante... y especial. 

—Pero... —insistió Leigh. 

—Nada de peros. —Shay le acarició el cabello y añadió-—: Has actuado de la forma correcta, Leigh. Puede que ahora no te lo parezca, pero cuando endereces tu vida, lo comprenderás. Y Dawn te va a ayudar a hacerlo. 

—No, no lo hará. En cuanto Bryan hubo pronunciado estas palabras, tres pares de ojos se clavaron en su rostro. Bryan sabía que Shay estaba a punto de discutir con él, de modo que suspiró y esquivó el enfrentamiento. 

—Gracias por cuidar de Leigh, Dawn, pero ella tendrá que irse de aquí. Hoy mismo. 

Las tres mujeres empezaron a quejarse al unísono. Bryan se alejó en busca de un teléfono. ¡Mujeres! Nada resultaba fácil con ellas. Y, gracias a su hermano, estaba atrapado en medio del grupo de las mujeres más impetuosas, mucho más de lo que nunca habría podido imaginar. Shay corrió detrás de Bryan. ¡Vaya día llevaba! Despertarse con la cara pintada parecía haber sentenciado todos sus propósitos al fracaso. El hecho de que alguien la siguiera no la había alarmado porque creyó que se trataba de Bryan. Siempre notaba cuándo la seguían. Los periodistas lo hacían con regularidad, pero en esta ocasión no habían sido los periodistas, ni tampoco Bryan, sino alguien que constituía una auténtica amenaza. ¡Y ahora aquello! 

—Bryan, ¿qué crees que estás haciendo? 

—Busco un teléfono —respondió él mirando a su alrededor—. Voy a telefonear a la doctora Martin para preguntarle si puede hacerse cargo de Leigh durante algún tiempo. Hasta que pueda encontrarle una residencia permanente. Shay casi tropezó con sus propios pies. 

—¿Por qué no puede quedarse? —preguntó Dawn—. Me gusta su compañía. 

—Estoy seguro de que así es —repuso Bryan. 

Localizó por fin un teléfono en la pared de la cocina, se dirigió hacia allí y, al descolgar el auricular, agregó—: Pero ahora alguien sabe que está aquí. Leigh se retorció las manos con nerviosismo. 

—Seguramente, sólo se trataba de Freddie. 

—Es posible, pero si era él y sólo albergaba buenas intenciones, ¿por qué se ocultaba? Además, como ha huido, no puedo preguntárselo. 

—Yo podría telefonearlo —ofreció Leigh. 

—¡No! —contestaron Bryan, Dawn y Shay al unísono. Bryan soltó un resoplido de impaciencia. 

—Mira, cariño, no tengo ni idea de si el tipo al que perseguía estaba siguiendo a Shay porque quien le interesaba era ella o si la seguía para encontrarte a ti. ¡Demonios, no sé qué es lo que ocurre! Pero hasta que lo averigüe, todos tendremos que ser muy cuidadosos. Shay sonrió a Dawn. Estaba emocionada por la preocupación que mostraba Bryan. 

—¿Lo ves? Es bondadoso, dulce y protector. Dawn le devolvió la sonrisa y Leigh se humedeció los labios con nerviosismo. 

—¿Dulce? —preguntó Bryan con indignación. El comentario de Shay no le había parecido un cumplido y, al marcar el número al que quería llamar, presionó con rabia las teclas del teléfono—. Con la doctora Martin, por favor. —A continuación, tapó el micrófono y miró a Shay con furia—. No se te ocurra hacerme pasar por un maldito santo. Sólo soy... 

—Entonces destapó el micrófono—. ¡Hola, doctora! Shay contempló cómo sonreía y se preguntó si Eve Martin era tan emocional como el resto de las mujeres. Era probable que así fuera. El hecho de ser una mujer seria y profesional no la convertía en un trozo de hielo. Y, ¿quién podía resistirse a Bryan? Sobre todo cuando exhibía esa sonrisa sexy que se reflejaba en sus hermosos ojos oscuros... Como en aquel preciso momento. Bryan explicó la situación a la doctora Martin, aunque pasó por alto algunos detalles. Después, escuchó con atención y, al final, sus hombros se relajaron. 

—Estupendo. Le agradecemos su ayuda. Y recuerde, no se lo cuente a nadie. 

Bryan colgó el auricular y se volvió hacia Leigh. 

—Ya está. Todo arreglado. La cabellera rubia de Leigh le cubría ligeramente el rostro. 

—Lamento causar tantas molestias. Shay se apresuró a consolarla. 

—¡Pero si no causas ninguna molestia! Estamos todos encantados de poder ayudarte. Leigh se ruborizó. 

—No os traigo más que problemas. Dawn le sonrió. 

—Durante cierto tiempo, yo también me sentí así. 

—A continuación, rodeó a Leigh con el brazo—. Pero no debe avergonzarte aceptar ayuda, sobre todo de las personas que se preocupan por ti. Ven, vamos arriba. Mientras recogemos tus cosas, Shay podrá hablar con tranquilidad con el predicador. Shay observó cómo se marchaban con gran alivio. Había estado nerviosa durante todo el rato por si Leigh decía algo que la delatara. Si Bryan descubría quién era ella, todo se vendría abajo. 

—Ahora lo comprendo —declaró él. 

¡Uy, uy! Quizás había cantado victoria demasiado pronto. Shay evitó aquella mirada penetrante que veía siempre más de la cuenta y se volvió hacia un armario para coger un par de vasos. 

—¿Ahora comprendes el qué? —preguntó con cautela. 

—Por qué estás aquí. —Bryan se sentó en una de las sillas de la cocina y se quedó mirando a Shay. Ella no se volvió para comprobarlo, pero supo que la estaba observando—. Dawn te ayudó a salir de la profesión, ¿no es cierto? Ella es quien te sacó de la calle. 

Shay levantó la cabeza presa de una sorpresa total y absoluta. Él creía que era Dawn quien... ¡Estupendo! Bryan acababa de proporcionarle la excusa perfecta. Lo había entendido todo al revés, pero a Shay no le importaba. Además, Dawn había ayudado a muchas mujeres desde que se hicieron amigas. Shay no quería mentirle directamente, de modo que sonrió con amplitud y le dio unas palmaditas en el hombro. 

—¡Qué inteligente eres! 

—Resulta evidente —dijo Bryan inclinando la cabeza—. ¿Y qué hacías hoy en la ciudad? 

«¡Oh, no!», pensó Shay, que no quería contarle demasiadas cosas. 

—¿Quieres limonada? Él realizó una mueca y preguntó: 

—¿Hay Coca-Cola? Shay se inclinó hacia el interior de la nevera. 

—¿Te va bien una tónica? 

—Sí. Sin vaso, por favor. Me gusta beber directamente de la lata. Shay realizó una mueca, limpió la parte superior de la lata y se la tendió a Bryan al tiempo que le preguntaba: 

—Me alegro de que la doctora Martin accediera a ayudarnos, pero ¿cuánto tiempo podrá alojar a Leigh? 

—No será necesario que la aloje mucho tiempo, sólo hasta que yo pueda encontrar otra solución. 

—Bryan se llevó la lata a la boca y bebió cerca de la mitad del contenido. Shay contempló el movimiento de su cuello musculado y notó que se elevaba la temperatura de su cuerpo—. ¡Joder, qué buena está! —exclamó Bryan. 

Shay sonrió. ¡Era un predicador tan extraño! Ni su forma de hablar ni la de actuar se correspondían con alguien que estuviera dedicado a la religión. 

—Me alegro de que te guste. 

—Bien... —¿Adonde irá Leigh cuando abandone la casa de la doctora Martin? Shay quería distraerlo para que no continuara interrogándola. 

—¡Es tan joven! —Bryan deslizó la yema de uno de sus dedos por el contorno superior de la lata con aire pensativo. Entonces su mirada se clavó en la de Shay y confesó—: Me gustaría convencerla para que volviera al centro de acogida. Si no quiere, quizá consiga que se traslade a otra zona, con un empleo y un pequeño apartamento. Telefonearé a unos amigos para ver si pueden organizado. Mientras tanto, Shay, no quiero que vayas sola por la calle, ¿de acuerdo? Ella se sentó a su lado y se encargó de que sus rodillas se tocaran. 

—No puedes vigilar a todas las mujeres, Bryan. 

—No he dicho todas, sino tú. 

Bryan se movió para que sus rodillas no se tocaran. Shay se levantó de la silla para acercarse más a él y colocó una mano en su hombro. 

—¿Me estás diciendo que soy especial? 

—Aquel tipo te seguía a ti, ¿no?, pues esto te hace ser especial. 

—No me refería a eso. 

Bryan dejó la lata sobre la mesa y se puso de pie. Entonces colocó sus manos en la cintura de Shay y la hizo retroceder un paso. 

—Ya sé a qué te refieres —declaró él. Su voz era grave y la excitó todavía más de lo que ya lo estaba. 

—Lo que dijo Leigh... No sabía que te habían herido. —Shay le tocó el pecho y percibió el sólido latir de su corazón—. ¿Todavía estás en peligro? Los largos dedos de Bryan rodearon la muñeca de Shay. 

—Te aseguro que no necesito que te preocupes por mí. 

—Lo haré de todas formas. 

Shay apoyó la otra mano en el pecho de Bryan, extendió los dedos y disfrutó al notar los músculos fuertes y cálidos que había debajo de su camiseta de algodón. Bryan respiró profundamente y las aletas de su nariz se abrieron, pero no apartó la mano de Shay. 

—Bryan... 

Shay se puso de puntillas y deslizó las manos por los hombros de Bryan hasta alcanzar su cuello. Su piel era tan cálida y su cabello tan suave... Bryan emanaba un poder y una determinación que se mezclaban con su delicioso olor. Él cerró los ojos y apretó la mandíbula. 

—Esto está mal —gruñó. 

—Entonces, seamos malos. 

Shay rozó suavemente los labios de Bryan con los suyos, y este ligero contacto provocó que le temblaran las rodillas y que se le encogiera el estómago. Entonces volvió a besarlo. Esta vez con firmeza y con la boca entreabierta saboreando el labio inferior de Bryan y rozándolo con la lengua... Lo siguiente que supo fue que él la había acorralado contra la encimera y que le cogía el rostro con las manos mientras la devoraba... Y creyó que estaba en el cielo. Shay gimió en voz alta, sorprendida y excitada. Bryan resultaba tan fuerte, seguro y acogedor... Bryan apretó su pecho contra los senos de Shay hasta que ella percibió los latidos firmes de su corazón. Y apoyó sus caderas contra las de Shay, que percibió su sólida erección. Aquélla fue una de las pocas veces en su vida que se sintió pequeña al lado de un hombre. Pero también sintió que él la quería, y esto le gustó. Él separó su boca de la de ella dejando escapar un sonido áspero. Entonces se apretó contra el cuerpo de Shay hasta que ella no pudo moverse, le acarició las mejillas con los pulgares, la miró a los ojos mientras analizaba su expresión y... volvió a besarla. Esta vez de una forma más suave y profunda y, mientras aplastaba sus labios contra los de Shay, le introdujo la lengua en la boca. Shay habría sido feliz sólo con besarlo de aquella manera durante el resto de su vida.Él separó un poco la cara, pero la mantuvo tan cerca que ella percibía el calor de su aliento y el olor de su piel. 

—Me estás volviendo loco, Shay —susurró él junto a los labios de ella. 

—Lo siento. Shay intentó acercarlo de nuevo a ella, pero él no se lo permitió. 

—Cuéntame qué hacías esta mañana. —Él acompañó esta petición con un beso suave, lento y prometedor—. ¿Por qué entraste en todos aquellos negocios? —Yo no... 

La boca de Bryan, cálida, húmeda y deliciosa, acalló sus protestas. Él se separó un poco, pero dejó que su boca siguiera rozando la de ella. 

—Cuéntamelo. Shay gimió. 

—Esto no es justo, Bryan. 

—¡Cuéntamelo! Bryan la inmovilizó con la mirada mientras deslizaba la mano por su hombro hasta alcanzar su pecho. Shay arqueó la espalda y contuvo el aliento. ¡Oh, Dios!, él ni siquiera se movía, sólo mantenía la palma de su mano contra su pecho, y todo, en el interior de Shay, se estremeció y se agitó, y le costó respirar... Bryan contempló su reacción ante aquel simple contacto y empezó a acariciarla. Tenía los ojos muy abiertos y le brillaban con determinación. —¡Cuéntamelo! Cuando se dio cuenta de lo que Bryan estaba haciendo, Shay sintió como si le hubieran echado un cubo de hielo por encima. 

—¡Cerdo! 

Shay empezó a empujarlo, pero él la rodeó con su brazo fuerte y musculoso, la acercó hacia sí con determinación y la besó de nuevo. Ella intentó volver la cabeza, pero él la apretaba de tal forma contra la encimera que no podía moverse. Y su mano no se separó del pecho de Shay ni un momento. No, permaneció allí, firme y provocativa, aunque ahora había empezado a acariciarle el pezón con el pulgar. Hasta que ella sintió deseos de gritar a causa de la excitación y la frustración que aquel contacto le producía. Shay emitió un sonido incoherente de rabia que no afectó a Bryan en lo más mínimo. Entonces él introdujo su muslo entre los de ella y presionó con fuerza. Y Shay se sintió flaquear. Ella había salido con hombres múltiples veces e incluso había estado casada en una ocasión. Sin embargo, nunca se había sentido de aquella manera, tan viva y llena de sensaciones y de deseo. No tenía más remedio que rendirse. —Estaba... estaba buscando un empleo. 

Él se quedó inmóvil y, a continuación, se separó un poco de ella y dejó un espacio reducido entre la parte superior de sus cuerpos. Con esta nueva posición, la parte inferior de su cuerpo se acercó más a la de ella y la presión de su erección se acentuó. 

—¿Un empleo? 

Shay asintió con la cabeza. Sentía un cosquilleo en los labios y los tenía hinchados. Todavía notaba el sabor de Bryan y quería saborearlo otra vez. Todo. Bryan la observaba con atención, pero seguía acariciándole delicadamente el pecho con la mano. Shay se sentía aturdida de placer. Le costaba respirar, y pensar, todavía más. Shay no quería explicarle que los empleos eran para las mujeres del centro de acogida. Como no decía nada, él presionó todavía más con el muslo y la obligó a ponerse de puntillas. Shay jadeó. 

—¿Qué tipo de empleo, querida? —preguntó él con voz suave pero amenazadora. 

Por el tono de su voz, Shay dedujo el tipo de trabajo en el que él estaba pensando. Lo cierto era que parecía tener muy mala opinión sobre sus capacidades. —Un empleo que constituya un punto de partida —susurró ella mientras se esforzaba en mantener los ojos abiertos a pesar del deseo que la embargaba—. De camarera, de cocinera, de mujer de la limpieza, de secretaria... Cualquier trabajo legal que esté bien pagado y ofrezca la posibilidad de mejorar y de obtener beneficios. 

—¿Desde cuándo servir mesas aporta beneficios? 

—En algunos lugares es así. Todas las personas a las que había visitado estaban encantadas de ayudarla, porque ella también podía ayudarlas. A cambio de ofrecer a alguna de las mujeres un buen empleo, ella contrataría sus servicios de catering en sus reuniones para recaudar fondos, o les haría publicidad en los eventos que organizaba, que eran muchos. De hecho, su hermana había conocido a su esposo en una subasta de hombres en la que se recaudó muchísimo dinero para las mujeres maltratadas. Cualquier propietario de cualquier tipo de negocio deseaba figurar en sus actos: les servían de propaganda y les proporcionaban más trabajo. Bryan dio un paso atrás y permitió que Shay tocara de pies al suelo. Y también dejó de acariciarle el pecho. Pero no la soltó, sino que apoyó la cabeza de Shay sobre su hombro y la abrazó con calidez. 

—Lo siento. 

Shay tenía la intuición de que él no se disculpaba con frecuencia, de modo que vivió con placer aquel momento tan especial. El hecho de que él la abrazara también era especial, y reconfortante. 

—¿Por utilizarme? 

—Por dudar de ti. —Bryan se separó de ella y esbozó una sonrisa. Le acarició la mejilla con una ternura increíble y al hacerlo los dedos le temblaron ligeramente—. No te estaba utilizando, Shay, sólo luchaba contra mí mismo. Si no estuviéramos aquí, lo más probable es que hubiera seguido adelante, porque detenerme ha sido lo más difícil que he hecho en toda mi vida. El corazón de Shay se hinchó con anhelo al oír aquella impresionante confesión. Sin embargo, en aquel momento, Dawn y Leigh bajaban de la planta superior y Bryan se apresuró a volver a sentarse a la mesa. Justo cuando entraban en la cocina, terminaba de beber su refresco. 

—¿Estáis preparadas? —preguntó él y, si Shay no hubiera sabido la verdad, habría creído que Bryan no se había levantado de esa silla durante todo el rato. Pero Dawn no era tonta. Había estado demasiado tiempo en el negocio de la calle para no percibir las señales, como el cabello alborotado de Shay, sus labios hinchados y su expresión aturdida. Entonces miró a Bryan con suspicacia, Pero Shay sacudió la cabeza para indicarle a su amiga que no dijera nada. Leigh, por alguna razón desconocida, sonreía. En determinado momento, incluso miró a Shay y soltó una risita tonta. A Shay su reacción le resultó agradable. Parecía una muchacha de diecinueve años normal, en lugar de una mujer de la noche cínica y desconfiada. Al cabo de unos pocos minutos ya estaban listos para irse. Bryan le dio las gracias a Dawn, colocó una mano solícita en la espalda de Leigh y la condujo hasta la puerta. 

—Id saliendo. Enseguida voy —declaró Shay. 

Necesitaba hablar un minuto con Dawn en privado. Bryan, a desgana y con una expresión recelosa y oscura en el rostro, escoltó a Leigh al exterior. En cuanto desaparecieron de la vista, Shay se puso a hablar con rapidez. 

—Tengo que darme prisa antes de que Leigh diga algo inconveniente. Dawn sacudió la cabeza. 

—Tranquila, le he contado que el predicador cree que eres una prostituta. Y debo decirte que es la primera vez que he visto a Leigh reírse tanto. Una lucecita se encendió en la mente de Shay. —¿Por eso no dejaba de sonreír? Su amiga asintió con la cabeza. 

—Tienes que admitir que la idea de que seas una buscona resulta de lo más graciosa. Shay estuvo a punto de fruncir el ceño, pero ¿cómo podía ofenderse por algo así? Entonces sacudió la mano en señal de indiferencia por los comentarios burlones de Dawn. 

—Primero, telefonea a Eve y dile que voy para allá con Bryan, pero que finja no conocerme. 

—¡Sí, claro, y lo entenderá todo enseguida! —exclamó Dawn. Shay se echó a reír. —Estoy convencida de que podrás explicárselo. Ella me seguirá el juego. —Al menos, eso esperaba Shay. En el pasado, Eve la había ayudado mucho—. ¿Puedes conseguirme algo de ropa? Shay había aprovechado el viaje en autobús para confeccionar una lista de todo lo que necesitaba. La sacó del bolsillo trasero de su pantalón y se la tendió a Dawn. 

—Sí, desde luego. Pasaré por tu casa hoy mismo. 

—No es para mí; es para las otras mujeres. Bueno, a mí también me iría bien algo de ropa, pero nada elegante. Unos tejanos y algunas camisetas. Y también unas sandalias. Y ropa interior y algo para dormir. Pero lo que necesito de verdad está aquí escrito. —Shay repasó la lista con Dawn esperando haber acertado en las tallas —. ¿Qué ha dicho mi administrador? 

—Puedes ir a ver tres edificios. Uno de ellos está en la misma calle que el centro del predicador. 

—¿De verdad? Dawn se echó a reír. 

—Sí, estaba convencida de que ése te gustaría. —Dawn le entregó un papel con las direcciones para que Shay pudiera ir a visitar los locales y agregó—: No hay prisa. Los tres están a la venta desde hace bastante tiempo. 

—Gracias. 

Shay se guardó el pedazo de papel y abrazó a su amiga. A continuación, ambas miraron hacia la puerta principal y vieron a Bryan de píe, junto a la ranchera. Su impaciencia casi resultaba palpable. Shay ya se imaginaba a sí misma trabajando con él codo con codo. Dirigirían centros de acogida similares, confiarían el uno en el otro y pasarían las noches juntos. Dawn carraspeó. 

—Leigh me ha dicho que el predicador no mantiene relaciones con las mujeres del centro. 

—Algunas de ellas también me lo han comentado —declaró Shay sin dejar de mirar a Bryan. 

—Pues parece que está bastante implicado contigo. 

—Estoy en ello. —Shay se dirigió hacia la puerta y, justo antes de salir, le dijo a su amiga—: Deséame suerte, ¿quieres? 

—Siempre lo hago. Y ten cuidado, ¿de acuerdo? Él es un buen hombre y no le gustará que juegues con él. No quiero que te hagan daño. 

—Pronto se lo contaré todo. Te lo prometo. 

Pero antes, se aseguraría de que le gustaba, de que confiaba en ella y de que quería seguir viéndola. Después del beso apasionado que le había dado y de la ternura con que la había abrazado, Shay sabía que ya había realizado unos progresos considerables. Si pudiera estar a solas con él, podría aumentar su creciente intimidad. Y entonces, cuando por fin él supiera la verdad, quizá no la rechazaría.

capitulo 6

Bryan se dirigió a la entrada trasera del hospital para acceder al despacho de Eve Martin. El hospital estaba situado en una de las zonas más pobres de la ciudad, de modo que siempre estaba lleno. La enfermedad y las desgracias parecían no tener límites entre los menos favorecidos. Bryan lo sabía muy bien, porque su hermano hablaba de su trabajo con frecuencia, pero verlo personalmente era del todo distinto. Bryan sabía que Eve comía justo a esa hora y que era el único descanso del que disponía, y le supo mal llegar en aquel momento. Por otro lado, a la hora de comer nadie los vería entrar, y Eve correría de ese modo menos riesgos. Esta vez Bryan permaneció muy alerta y se aseguró de que nadie los seguía. Eve, una persona inteligente y, por lo tanto, precavida, miró a través de la persiana antes de abrir la puerta. 

—¡Predicador! —exclamó como saludo. 

—Hola, doctora Martin. Gracias por atendernos. 

Ella los condujo al interior y, después de cerrar la puerta, se volvió hacia Leigh. La buena de Leigh estaba pálida y parecía sentirse insegura y avergonzada. Bryan no conocía a Eve Martin tan bien como Bruce, pero su hermano le había asegurado que, aunque parecía seria y dura, tenía un gran corazón. Bryan se dio cuenta de ello enseguida al ver la ternura con la que Eve reaccionaba ante la actitud reservada de Leigh. 

—Tú debes de ser Leigh —declaró Eve con una sonrisa—. Encantada de conocerte. —Leigh la miró con atención—. Sentaos, por favor. 

Shay le ofreció una silla a Leigh con un gesto maternal. Y Bryan le ofreció otra a Shay sin pensar. Eve lo miró arqueando una ceja y él se apartó y se sentó delante de Leigh. Eve se apoyó en el borde del escritorio, se alisó la falda estrecha y oscura que llevaba puesta y entrecruzó los dedos de las manos sobre el regazo. 

—Dispongo de un apartamento encima del garaje que podrías utilizar, Leigh. Es pequeño, pero tendrás intimidad. 

—Gracias —susurró Leigh sin levantar la cabeza. 

¡Pobre chica! A Bryan le habría gustado reconfortarla de alguna manera. Shay colocó una mano encima del hombro de Leigh y le transmitió tranquilidad y confianza sin necesidad de utilizar palabras. Eve continuó: 

—El predicador me ha contado que buscas un empleo y yo necesitaría ayuda aquí, en el despacho. No puedo pagarte mucho, pero el trabajo es sencillo y te lo agradecería mucho. De hecho, no podías haber venido en mejor momento. Tenía pensado entrevistar a algunos aspirantes, pero si deseas aceptar el puesto, me ahorrarás un montón de tiempo y molestias. Bryan se relajó. Eve había planteado las cosas de tal modo que parecía que ... 

—¡Oh, me encantará ayudarla! Y no tiene que pagarme. 

Eve no permitió que Leigh se humillara, lo cual dijo mucho en su favor. 

—No estarás en contacto con los pacientes, porque tu estancia aquí debe guardarse en secreto, pero en mi despacho siempre hay papeles pendientes de archivar, correo que debe organizarse y artículos que deben reponerse... Este tipo de cosas. Tu ayuda me resultará muy valiosa. 

Leigh parecía abrumada debido a la oferta. 

—Yo... Yo nunca he hecho trabajo de oficina. —Leigh dejó caer ligeramente los hombros y, tras tragar saliva, añadió—: En realidad, nunca he tenido un empleo de verdad. Freddie me dijo que no sabría hacerlo. 

—Freddie está equivocado. Todo el mundo empieza alguna vez y yo te enseñaré todo lo que necesitas saber —se apresuró a decir Eve mientras se levantaba del escritorio—. Entonces, asunto resuelto. ¿Hay algo más, Predicador? 

Bryan estaba sorprendido por la rapidez y la facilidad con que todo se había resuelto. Según su experiencia, las personas no solían ser tan generosas y cooperantes; en realidad, casi todas tenían un motivo oculto que las empujaba a actuar con suspicacia y precaución. Bryan percibió la diferencia entre su mundo y el de su hermano con más intensidad que nunca. Bruce también tenía que tratar con unos cuantos desalmados, pero conocía a personas increíbles que tenían un gran corazón. Ahora Bryan también había conocido a algunas de esas personas y, sin pretenderlo, le habían dado una lección de humildad. Bryan estrechó la mano de Eve en señal de agradecimiento. 

—Lo ha resuelto usted todo. Gracias. 

—Ha sido un placer. Shay dio un paso adelante y le dijo a Eve: 

—Me gustaría darle mi número de teléfono por si surge alguna cuestión. Eve enarcó una ceja. 

—¿Y usted es...? —preguntó. 

¡Mierda, había olvidado sus modales!, pensó Bryan. En realidad, hacía diez años que no se acordaba de ellos. Pero si tenía que hacerse pasar por Bruce debía recuperarlos a toda velocidad. 

—Lo siento, doctora Martin. Ésta es Shay. También está viviendo en el centro de acogida. La expresión del rostro de Eve resultó cómica. 

—¿Ella, qué? 

—Vivo en el centro de acogida —repitió Shay—. Es un lugar maravilloso. —A continuación, cogió un bolígrafo del escritorio de Eve y anotó su número de teléfono en un papel. Después se lo tendió a Eve y, mirándola fijamente a los ojos, aclaró—: Leigh y yo somos amigas. A Bryan no se le escapó la elocuencia de sus miradas. Contenía un montón de insinuaciones. ¿De modo que Shay conocía a Eve? Bryan recordó su reacción cuando le pidió que se hiciera un chequeo. ¿Acaso había estado en el hospital con anterioridad? ¿La habían sometido a algún tratamiento? ¿O había conocido a Eve mientras ayudaba a otra persona? ¿Se conocían bien? Y, ¿qué le hacía pensar a Shay que él era tan estúpido como para dejarse tomar así el pelo? Bryan se sentía insultado y presa de una gran curiosidad. Shay le dio un tierno abrazo a Leigh, le susurró algo al oído y se separó de ella. 

—No la entretendremos más —comentó Bryan mientras cogía a Shay por el brazo—. Ya tiene mi número de teléfono. Si surge algún problema, llámeme. Mañana me pondré en contacto con usted para asegurarme de que todo marcha bien. Eve los acompañó a la puerta. 

—Estaremos bien. Cuidaos. 

Shay no abrió la boca durante todo el camino hacia el coche, y Bryan se preocupó. Estaba acostumbrado a que fuera habladora, descarada y segura de sí misma, no reflexiva. Bryan le abrió la puerta del coche y la observó mientras se sentaba en el interior. Entonces se inclinó hacia ella. 

—Está bien, ¿qué ocurre? 

—¿Qué? ¡Ah, nada! —Shay sonrió—. Sólo que... estoy preocupada por Leigh. No me gusta que tenga que ir de un sitio a otro de esta manera. 

Bryan sacudió la cabeza y se dirigió al asiento del conductor. 

—Si quien merodeaba por la casa de tu amiga era su ex, estará más segura aquí. 

—Ya lo sé. 

__¿Qué ocurre, Shay? —insistió él mientras se incorporaba al tráfico. 

Ella volvió la cabeza para mirarlo tanto como se lo permitió el cinturón de seguridad y dijo: 

—Me gustas, me gusta lo que haces y quiero colaborar contigo- El mundo necesita más personas como tú y me atrae mucho el hecho de que seas tan masculino y que, al mismo tiempo, te dediques a ayudar a las mujeres que venden su cuerpo. La mayoría de los hombres no sabrían comportarse o se sentirían incómodos con ellas. Sin embargo, tú... tú eres amable y comprensivo. 

—¡No soy un maldito santo! Bruce quizá lo fuera, pero el hecho de ser gemelos no era razón suficiente para que él tuviera las cualidades de su hermano. —No. Eres sexy, fuerte y muy masculino, y ésta es la causa de que lo que haces resulte mucho mejor. Eres una prueba de que los hombres buenos existen. —¿Sabes mucho acerca de lo que tú llamas «hombres buenos»? Shay sonrió con amplitud. 

—Sí. Mi hermana está casada con un hombre increíble. Es robusto, competente y muy guapo, como tú. —Bryan frunció el ceño. No le gustaba que Shay halagara a otros hombres, ni siquiera al que estaba casado con su hermana—. También es muy consciente de las injusticias que hay en el mundo. Le quiero. Es genial. Bryan apretó con fuerza el volante. 

—¿Y qué siente él por ti? —Se lo pregunté una vez y me contestó que yo era impetuosa, astuta y demasiado franca. —Shay se echó a reír. Luego anadió—: Pero mientras me lo decía, me abrazó. De hecho eramos amigos mucho antes de que se casara con mi hermana. 

La mayor parte de lo que dijo Say sobre aquel hombre no le sentó bien a Bryan. Los insultos, aunque estuvieran suavizados con abrazos, le fastidiaban. Y, además, lo del abrazo lo sacó de sus casillas. Shay era una mujer hermosa y muy sexy y le costaba creer que un hombre pudiera abrazarla y no desearla. Los hombres eran hombres y Shay era muy atractiva Él sabía muy poco acerca de su pasado, sólo los breves detalles que Shay le había contado sobre su niñez. Sabía que otros hombres la habían querido, que no había vivido en una burbuja, pero esto no implicaba que le gustara saberlo. Sin embargo, lo que le molestaba de verdad era una palabra en concreto. 

—¿Astuta? —repitió Bryan. Megan era astuta, más de lo que nadie había sospechado. Pero él creía que Shay era como un libro abierto y, sin embargo, la definición de su cuñado contradecía su percepción. Shay miró por la ventanilla. El sol le iluminaba el rostro y se reflejaba en su cabello rubio. 

—Lo admito —respondió Shay—. Me gusta salirme con la mía. —Shay se volvió hacia él y lo miró con sus increíbles ojos azules—. Soy muy cabezota y siempre consigo lo que quiero. 

Shay ya le había dicho que lo quería... Había llegado el momento de mantener una conversación seria con su conciencia, pensó Bryan. Sólo esperaba que ésta fuera más inteligente que otras partes de su cuerpo. 

Eve cerró la puerta con llave. Todavía seguía intentando hacerse a la idea absurda de que Shay vivía en un centro de acogida. Shay era la propietaria y la directora de tres centros para mujeres maltratadas. Era rica más allá de lo imaginable. Y sus tentáculos filantrópicos se extendían por doquier. Lo último que necesitaba era vivir en un centro de beneficencia. ¿En qué estaba metida ahora? Fuera lo que fuera, seguro que era para ayudar a alguien. Shay era una mujer extraordinaria y Eve la consideraba su amiga. Eve se volvió hacia Leigh y le sonrió. La muchacha permanecía en segundo plano, con los ojos abiertos de par en par y parecía sentirse muy insegura. 

—¿Has comido? —preguntó Eve. 

—Sí señora, en casa de Dawn. 

Conocerse mientras comían habría estado bien, pero lo cierto es que acabarían conociéndose de todos modos. 

—Entonces podemos repasar cuáles serán tus obligaciones mientras yo como. Si se te ocurre alguna pregunta, dímelo Y gracias, Leigh. No tengo palabras para expresarte lo útil que me resultará tu ayuda. 

Eve observó a Leigh, que le sonreía con una combinación de esperanza y gratitud, y se dio cuenta de que era bastante guapa, si se pasaban por alto sus ojeras y la vergüenza que no podía ocultar. Sin embargo, gracias a Shay, ahora tendría la oportunidad de ser una joven feliz. Este parecía ser el principal objetivo de Shay: ayudar a los demás, sobre todo a las mujeres que, sin su ayuda, seguramente tendrían que pasarse la vida luchando y sufriendo. Eve sabía que esto se debía, en parte, a la desgraciada niñez que había vivido Shay, pero sobre todo a su gran corazón y a su capacidad de comprender y empatizar con los demás como pocos sabían hacerlo. Pero ¿qué estaba haciendo Shay con el predicador? Y, aun más, ¿qué hacía el predicador con Shay? Desde que lo conocía, y ya hacía varios años, Eve nunca había visto a Bruce Kelly mirar a una mujer como miraba a Shay. Eve sonrió. Tenía que telefonear a Dawn; cuando dispusiera de más tiempo para hablar. 

Aquella situación parecía muy interesante, y no podía esperar escuchar todos los detalles. Bryan se pasó por última vez la cuchilla por la barbilla y se enjuagó el rostro. Le iría bien cortarse el cabello. ¡Demonios, llevaba casi las mismas greñas que su hermano! Pero ahora no tenía tiempo. Tenía cosas más importantes en la cabeza, como casi siempre. Con un autodominio de hierro, consiguió apartar a Shay de la mayor parte de sus pensamientos. Pero no fue fácil. Durante los últimos cinco días, sólo la había visto de pasada. Había evitado estar a solas con ella, no había permitido que se acercara a menos de un brazo de distancia y había intetado que sus conversaciones, todas ellas breves, giraran torno a cuestiones que no fueran íntimas. Sin embargo, ciertas imágenes sutiles, fragmentos de conversaciones y leves sonrisas lo perseguían de tal manera que, a veces, se descubría a sí mismo sonriendo sin ninguna razón aparente. Shay constituía un enigma para él. Un enigma hermoso y de gran corazón. Podía ignorar su belleza, pero el resto... Una vez afeitado, entró en la cocina para tomar un poco más de café. Quizás un chute de cafeína le ayudaría a alejarla de su alma. Justo cuando acababa de llenar la taza, vio que el pomo de la puerta principal giraba. Bryan se quedó inmóvil, escuchó unos instantes y reconoció los sigilosos movimientos de su hermano. Entonces dejó escapar un suspiro y cogió otra taza. La puerta se abrió y Bruce entró con cautela. Su hermano parecía disfrutar de su papel de furtivo. Bruce se dio la vuelta y vio que Bryan se había dado cuenta de su llegada. Y vio también que Bryan estaba desnudo. ¡Estaba en pelotas en la cocina! Bruce se quedó boquiabierto. Bryan esbozó una sonrisita burlona, hizo caso omiso de la expresión de sorpresa de su hermano y le tendió una taza de café humeante. 

—Toma, tienes cara de necesitarlo. Bruce aceptó la taza sin rechistar, aunque todavía parecía algo aturdido. 

—¿Hay alguna razón para que no estés vestido? 

—Todavía no he tenido tiempo. 

—Pero... si estás en la cocina. 

Bruce parecía escandalizado. Bryan se estaba divirtiendo y, para exasperar un poco más a Bruce, se encogió de hombros con despreocupación, sopló el café para enfriarlo y bebió un sorbo. Si hubiera sabido que venías, me habría puesto los tejanos —dijo con tranquilidad. Entonces se dirigió al dormitorio para vestirse llevándose con él la taza de café. Bruce lo siguió. 

—A mí nunca se me ocurriría salir del dormitorio desnudo —comentó él desconcertado. Y añadió en tono reflexivo—: No me extraña que seas tan popular entre las mujeres. Eres puro músculo. 

Bryan soltó una carcajada, dejó la taza sobre el aparador v abrió un cajón para coger unos calzoncillos. 

__Tengo que mantenerme en forma. 

—Yo estoy en forma. Tú estás hecho una bestia. 

—Conseguirás que me ruborice. 

El comentario era tan ridículo que Bruce soltó una risotada. Bryan no se había ruborizado desde que vio su primera mujer desnuda, en la adolescencia. Él tenía dieciséis años y la muchacha en cuestión, diecinueve. Claro que ella creía que él también tenía diecinueve. Ese no fue el primer ejemplo de que era diferente de su hermano y de su padre, pero fue uno de los más memorables. Bruce se tumbó cómodamente en la cama, todavía sin hacer, cruzó los tobillos y se colocó las manos debajo de la cabeza. 

—Echo de menos la cama —comentó con un gemido de placer—. La del apartamento que utilizo ahora está llena de bultos y despide varios olores sospechosos. 

—Pues ve a dormir con papá. —Bryan hurgó en el interior de un cajón, sacó una camiseta de un blanco inmaculado y se la puso—. No tienes por qué quedarte por aquí y vigilar todos mis movimientos. 

—Ya, seguro que no. Su tono estaba cargado de insinuaciones y Bryan no pudo evitar tomarle el pelo. Mientras sostenía los téjanos en una mano, miró a su hermano con una ceja levantada y preguntó: 

—¿Acaso no confías en mí? 

—Claro que confío en ti. Eres mi hermano. La ingenuidad de Bruce nunca dejaba de sorprenderle 

—¿Entonces lo que ocurre es que crees que no tengo escrúpulos? —repuso Bryan echándose a reír—. ¡Eres más listo que todo eso! 

—Ya. —Bruce suspiró con indiferencia y cerró los ojos—. ¿O sea, que has hecho algo terrible y por eso evitas pasar por el centro de acogida? 

Bryan se quedó helado. Si querer a Shay era algo terrible —lo cual, si se tenía en cuenta que se suponía que era un predicador, era bastante probable—, entonces él era más que culpable. 

—¿Quién dice que evito pasar por allí? —preguntó Bryan mirando a su hermano mientras introducía un cinturón ancho de piel negra por las trabillas del pantalón. Bruce era fuerte, pero un poco más delgado que Bryan. Además, como llevaba el cabello largo y descuidado, y la barba desaliñada, se parecía poco a su hermano, de modo que los vecinos del barrio no sospechaban nada. Aunque se cruzaran con Bruce, no notarían que era el Predicador. Su farsa estaba a salvo. 

—Has pasado tan poco tiempo por allí que no te has dado cuenta de los cambios que se han producido. 

—¿Como qué? Bruce entreabrió un ojo. 

—Como la forma en que se visten las mujeres, su maquillaje o las comidas. Una vez calzado con unos botines, Bryan ya estuvo vestido. Entonces se cruzó de brazos y miró a Bruce con el ceño fruncido. Ya sabía lo del maquillaje, y que usaran ropa nueva parecía la progresión lógica a los cambios que Shay había promovido. Pero... 

—¿Qué ocurre con las comidas? 

—Ahora se han convertido en una actividad formal, con los manteles y las servilletas a juego, los cubiertos colocados de la forma adecuada..., el equipo completo. Se diría que ahora el centro es una escuela para jóvenes de la alta sociedad en lugar de un refugio para prostitutas. 

—¡No jodas! 

Shay era más ambiciosa de lo que Bryan se había imagino pero ¿por qué? A cada minuto que pasaba le resultaba más interesante y misteriosa. Bruce lo fulminó con la mirada debido a su lenguaje y se sentó en la cama. 

—Desde que dejaste a Leigh en el hospital hace cinco días, apenas has pasado por el centro. 

—He estado ocupado patrullando la zona. 

—¿Y has descubierto algo? Bryan se encogió de hombros. 

—No he encontrado a ninguna otra jovencita y tampoco ningún rastro de tu atacante, aunque, vaya donde vaya, siempre me tropiezo con Chili. ¿Este tío duerme alguna vez? 

—No se le suele ver tanto durante el día, porque, lo creas o no, tiene un trabajo. Sin embargo, él y los que son como él consiguen que la zona prospere porque van de putas, beben y hacen apuestas. —Bruce no pudo ocultar su desagrado—. Como ahora hay menos mujeres trabajando en las calles, seguro que bebe más. 

—Como siempre está rondando por aquí, creo que podría suministrarnos información de vez en cuando. Quizá sostenga una pequeña charla con él y compruebe si sabe algo que nos resulte útil. 

—En realidad, yo no quería hablar de Chili. —Bruce se apoyó en un codo—. Cuéntame qué es lo que ocurre. ¿Por qué no has ido al centro? 

—Sí que he ido. 

—Sí, claro, has entrado y, al cabo de unos minutos, has salido, como si te persiguieran los demonios. ¿Acaso Barb te vuelve loco con su mangoneo? Bryan sacudió la cabeza y repuso: 

—Resulta fácil comprender a Barb. 

—¿Eso crees? 

—Desde luego. Es mandona para ocultar su inseguridad. A pesar de que le has proporcionado un empleo y responsabilidades, no se siente segura. No cree que esta situación vaya a durar mucho y esto la asusta. Bruce se sorprendió de que Bryan se hubiera dado cuenta de tantas cosas, como si creyera que no era un hombre sensible. Claro que Bryan tenía que admitir que, en general, no lo era. Sin embargo, lo que le ocurría a Barb era tan evidente que resultaba imposible no darse cuenta. 

—De acuerdo, o sea que Barb y tú os relacionáis en un plano superior. Me alegra saberlo. ¡Bruce era siempre tan melodramático! Bryan se sentó en el borde de la cama. 

—Entonces, ¿lo que te molesta son los chistes ordinarios de Morganna? — continuó Bruce—. Debo admitir que me ha avergonzado un montón de veces y, además, siempre tiene alguno nuevo para contar que suele ser peor que los anteriores. 

—A mí sus chistes me resultan divertidos. Bruce levantó la vista hacia el techo. 

—No me extraña. Entonces, ¿el problema es Patti? ¿Te parece demasiado sobona? —preguntó Bruce con un tono de falsa preocupación—. A veces, parece un pulpo. Resulta difícil creer que sólo tiene dos manos, pero yo creo que lo que le ocurre es que... 

—Necesita atención, sí, lo sé. De modo que se la doy. —Bryan le guiñó un ojo—. Mientras esquivo sus manos. Bruce sonrió con lentitud. 

—¡Vaya! Por lo que veo, las manejas muy bien a todas, ¿no? Bryan se encogió de hombros. A todas no. A Shay no la entendía, aunque quería hacerlo. —Quizás es que Shay te resulta demasiado irresistible —se burló Bruce con una mirada decididamente maliciosa para ser un predicador. A juzgar por su expresión, no tenía sentido negarlo. 

—¡Bingo! Bruce se echó a reír. 

—Es lo que yo creía. 

—No es divertido. Frustrante, desde luego; enloquecedor, también, pero no divertido. 

—Quizá no para ti —dijo Bruce mirando hacia la pared con aire pensativo—. La verdad es que es toda una belleza. Bryan se levantó de la cama. —¡Demonios!, si sólo fuera eso, no sería un gran problema; pero es más que eso. Bruce puso su mejor cara de predicador. 

—¿Quieres hablar de ello? 

—No. —Bryan cogió la taza de café y se dirigió a la cocina. La cama crujió y, un segundo más tarde, Bruce estaba pisándole los talones. Sin pretenderlo, Bryan declaró—: Es distinta a todas las mujeres que he conocido. 

—¿En qué sentido? 

—No lo sé. —Bryan se frotó la nuca con fastidio—. Es más abierta, más sincera. Hermosa por dentro, no sólo por fuera —continuó, avergonzado. 

—¡Ah! —Bruce se sentó en una silla—. Te estás enamorando de ella. 

—¡No! Por Dios, Bruce, apenas la conozco. —Bryan se sentó frente a su hermano—. No digas estupideces. 

—El amor no es estúpido, pero sí inesperado. Estás caminando tranquilamente, ocupándote de tus asuntos y, de repente, ¡bum!, te golpea y te echa para atrás. —¡Vamos, por el amor de...! Bruce se echó a reír de nuevo, se inclinó hacia delante y se frotó las manos. 

—Entonces, has hecho algo que crees que no deberías haber hecho, ¿no? —El silencio de Bryan era suficiente respuesta—. ¿Te has acostado con ella? 

Bryan miró a su hermano. Se sentía culpable y desleal, y respondió: 

—No, no me he acostado con ella. 

—Me alegro. No deberías hacerlo hasta que estés seguro de lo que sientes por ella. —Bruce inclinó la cabeza—. Entonces, ¿qué has hecho con ella? ¿Algo de lo que te arrepientes? Bryan se sintió como un niño otra vez, como cuando su padre lo regañaba y lo miraba con el ceño fruncido y absoluta decepción en los ojos. Sólo su padre y su hermano podían hacerlo sentir de aquella manera. Bryan apartó la mirada. 

—Nada por lo que debas preocuparte. 

—Pero te sientes tentado a hacerlo, ¿no? —Bruce sacudió la cabeza—. Debo decirte que está haciendo grandes progresos con las mujeres del centro. Incluso desde lejos se nota cómo reaccionan ante ella. Nadie sale de la casa sin que Shay la despida desde la puerta, y les da la bienvenida cuando regresan. Y las abraza. —Una sombra de gratitud cubrió el rostro de su hermano—. Las acepta. Más de lo que nadie lo ha hecho nunca. Ni siquiera sus familias. Claro que no tendría que contarte nada de esto si hubieras pasado más de quince minutos seguidos en el centro. 

—Paso por allí todas las mañanas. 

—Ya lo sé. —Bruce torció el gesto—. Cuando todavía están durmiendo. Entras con sigilo, anotas lo que hay que comprar, compruebas que todo está bien y sales a hurtadillas. 

—Yo no salgo a hurtadillas. 

—Sí que lo haces. 

—¡También paso por allí todas las noches! —soltó Bryan exasperado. 

—Sí, entras y sales como un cohete, sin dar pie a que se produzca ningún tipo de contacto personal. —Bruce volvió a sonreír—. Sin dar pie a ningún toqueteo. Bryan entornó los ojos. 

—Quizá deba recordarte nuestra pequeña farsa. Yo ocupo tu lugar, y tú no tocarías a ninguna de las mujeres. 

—Lo haría si estuviera enamorado. La cabeza de Bryan estaba a punto de estallar. 

—¡No estoy enamorado, maldita sea! 

—La verdad ofende... 

—¡Cállate ya, Bruce! 

—De acuerdo, de acuerdo. —Bruce se dio cuenta de que lo había presionado demasiado y levantó las manos en señal de rendición—. Pero no culpes a tu hermano porque se alegre de que vuelves a sentir emociones. Después de lo de Megan, creí que no volverías a interesarte por ninguna mujer. 

Si a Bryan le quedaba algún ápice de tolerancia, se evaporó al oír las últimas palabras de su hermano. Bryan se sentía curtido por fuera y en carne viva por dentro. 

—No la menciones, Bruce. Su hermano no tenía instinto de conservación, al menos, no respecto a Bryan. 

—¿Por qué no? Estuviste casado con ella. La amabas. Y, a pesar de las cosas horribles que sucedieron, ella es una parte importante de... 

Bryan, que no estaba interesado en hablar sobre aquella cuestión, se levantó y salió de la cocina como una exhalación. Bruce, sin embargo, lo siguió firme y decidido como sólo un hermano puede serlo. 

—Lo que le ocurrió no fue culpa tuya. Bryan se volvió hacia él enfurecido. 

—¡Y una mierda no fue culpa mía! Impasible ante la demostración de rabia de Bryan, Bruce le tapó la boca. 

—No sigas, Bryan. Esa mirada asesina tuya no funciona conmigo. Soy tu hermano. —Entonces apoyó la mano en el hombro de Bryan—. Te quiero y sé que tú también me quieres. Aquellas palabras sinceras y solemnes tranquilizaron a Bryan de inmediato. 

—¿Qué mosca te ha picado esta mañana? ¡No dejas de hablar de amor! Bruce extendió los brazos. 

—¡Es un día hermoso! —exclamó con su mejor voz de predicador—. Nos han bendecido con un sol radiante y un cielo azul increíble. Es un buen día para hablar del amor. Bryan se llevó las manos a la cabeza con un gesto teatral. 

—Cada día hablas más como papá. 

—¡Gracias! 

—No era un cumplido. Bruce sonrió con amplitud. 

—Si no quieres oírme, vete al centro; comprueba cómo están las mujeres; anímalas; anima a Shay; habla con ella. Si te hace sentir mejor, te doy permiso para que la beses. A Dios le gustaría que la besaras, te lo prometo. Creo que los dos necesitáis un poco de afecto. La forma en que Bruce dijo todo aquello envió señales de alerta a todo el sistema nervioso de Bryan, que ya estaba bastante sobrecargado. Bryan entornó los ojos. 

—¿Qué sabes de Shay con exactitud? —Probablemente, más cosas que tú. Claro que a mí no me ciega la emoción. Bryan avanzó dos pasos y miró a Bruce directamente a los ojos. 

—¿Qué demonios significa esto, Bruce? 

—Significa que no prestas atención, y esto es inusual en ti. Sobre todo en una situación en la que deberías percibir hasta el mínimo detalle. Ésta es la razón de que insistieras en representar esta ridicula farsa, ¿te acuerdas? Porque tú eres más observador. 

—Y más agresivo.

—Exacto —corroboró Bruce. 

—Y tozudo.. 

—Como una mula —confirmó Bruce. 

Sin duda, su hermano se traia algo entre manos. Quizá sin duda le estaba ocultando algo. 

—¿Has recibido alguna otra amenaza, Bruce? ¿Has sabido algo acerca del bastardo que te atacó? Bruce negó con la cabeza. 

—Sólo que se oculta muy bien, porque no lo he visto. Pero si no hace algo pronto, acabaré con esta farsa. Estoy cansado de esconderme todo el día y de actuar como un cobarde. 

—Tú no eres un cobarde, pero no eres un tipo duro. 

—¡Eh, tú, hombre de poca fe! —se burló Bruce mientras flexionaba el brazo y tensaba los bíceps. 

Bryan no tuvo más remedio que echarse a reír. Su hermano era la persona más sensiblera que conocía, y también la que tenía el corazón más grande. Y aquel día, estaba imparable. 

—De acuerdo, si no tuvieras más remedio, sabrías defenderte. En una pelea cara a cara y de uno contra uno, no lo harías mal, pero no estás acostumbrado a los criminales como yo. No juegan limpio, ¿sabes? 

—Lo sé. Tengo un chichón en la cabeza que lo demuestra. 

—Como si todavía le doliera, Bruce se frotó la parte trasera de la cabeza—. Es difícil luchar contra alguien que te ataca desde atrás y por sorpresa. 

—Desde luego. Sólo dame un poco más de tiempo y descubriré quién lo hizo. 

—¿Cómo lo descubrirás, evitando ir por el centro? —Bruce cogió a Bryan del brazo y lo obligó a sentarse en el sofá—. Sé razonable, Bryan. Es preciso que te vean por allí, no sólo en la calle. Todos los que me conocen, saben cuál es mi rutina. De eso se trataba, ¿recuerdas? 

—De acuerdo, deja de darme la lata. Da la casualidad de que, justo esta mañana, iba a ir al centro. Bruce se mostró sorprendido, retrocedió un paso y preguntó: 

—¿Te quedarás un buen rato? 

—Sí, claro —respondió Bryan como si no tuviera importancia, aunque se le encogió el corazón. Si se quedaba en el centro, vería a Shay, tendría que hablar con ella, olerla, oír su dulce voz... Entonces recordó el beso que se habían dado, el tacto de su pecho y sus gemidos, y le temblaron las manos. Bruce se sentó en una silla frente a Bryan. 

—¿Y volverás allí por la noche y te quedarás a cenar con ellas? Bryan no era un masoquista. 

—Me presionas demasiado. 

—En realidad, te estoy manipulando, pero yo me quedaría, de modo que tú también deberías hacerlo. Bruce parecía muy satisfecho con su conclusión. 

—Está bien, me quedaré a cenar —murmuró Bryan entre dientes—. Pero tú tendrás que responsabilizarte de las consecuencias. 

—Como hombre de Dios, me paso la vida asumiendo consecuencias. Las tuyas no aumentarán mi carga. 

Después de oír aquella tontería, Bryan se levantó del sofá y salió del apartamento a toda velocidad. Cuando ya estaba fuera oyó que Bruce se reía a sus espaldas. Su hermano había desarrollado un sentido del humor muy enrevesado. Sólo esperaba que Bruce no se estuviera volviendo como él. Si así fuera, resultaría imposible tratar con él. Cuando Shay oyó que se abría la puerta principal de la casa, se levantó de un salto de la mesa. Todas las mujeres estaban allí, de modo que tenía que tratarse de Bryan. Aparte de ellas, él era el único que tenía una llave de la casa. El corazón se le aceleró y el estómago se le encogió. ¡Lo había echado tanto de menos! Los encuentros casuales y fugaces de los últimos días habían sido muy insatisfactorios. ¿Acaso lo había asustado? Probablemente, pero nunca sospechó que él evitara pasar por el centro de acogida. 

—¡Vamos, ve! —exclamó Morganna con una sonrisa burlona—. Podemos arreglárnoslas sin ti. 

Shay recuperó el dominio de sí misma. Había estado a punto de salir disparada hacia la puerta como una adolescente, pero correr hacia Bryan habría resultado inapropiado en muchos aspectos. Sutilmente, estaba intentando enseñar a las mujeres educación y decoro. ¿Qué ejemplo les daría si se levantaba de la mesa sin una causa justificada para recibir a un hombre que, por medio de sus ausencias, había dejado claro su desinterés por ella? Entonces 

Bryan apareció en el umbral de la puerta de la cocina y lo llenó con su cuerpo alto y musculoso y su presencia masculina. Tenía las manos apoyadas en sus enjutas caderas y los pies separados en una pose desafiante. Su camiseta estaba tirante debido a su postura y resaltaba sus impresionantes bíceps y su duro y ancho pecho. Bryan emanaba poder y autoridad. ¡Era tan masculino, tan fuerte y seguro de sí mismo! Sus ojos oscuros reflejaban expectación y su cabello, con reflejos claros a causa del sol, le caía, lacio, hasta los hombros. Todo lo que había alrededor de Shay pareció detenerse, el aire se cargó de energía y su cuerpo vibró de emoción. Bryan la miró de arriba abajo y después se concentró en su boca. Shay sintió que ardía bajo el calor de su mirada y, al recordar el beso que le había dado y la forma en que la había tocado, tuvo la sensación de que había sucedido hacía sólo unos instantes. Él la deseaba, pero se sentía obligado a luchar contra aquel deseo. Barb dio un manotazo en la mesa. 

—Ahora que hemos puesto la mesa de una forma tan elegante, ¿vamos a desayunar o nos vamos a comer con los ojos los unos a los otros? Me muero de hambre. Morganna se echó a reír. 

—¡Que mala eres! —Entonces se dirigió a Bryan—. Entra, Predicador. Estamos a punto de desayunar al estilo cursi. Patti, las manos quietas, el predicador no comerá con nosotras si no dejas de sobarlo. Patti realizó una mueca, pero retiró la mano que había alargado hacia el trasero de Bryan. Él apartó por fin los ojos de Shay y miró a su alrededor. Sus ojos se abrieron de par en par y, con una expresión de incredulidad en el rostro, musitó: 

—¿Barb...? Ella ahuecó su nuevo peinado y respondió: 

—Sí, soy yo. Shay acaba de cambiar mi imagen. ¿Te gusta? Bryan carraspeó. 

—Sí. Es... digo, te ves... bien. 

—No te atragantes al decirlo. 

—Lo siento. Barb se levantó y sacó pecho. 

—¿Qué opinas de esta ropa? —Su expresión amargada ponía en evidencia cuál era su opinión—. Shay dice que está muy bien, pero yo me siento como una monja. Ni siquiera se nota que tengo tetas, ¿verdad? 

Bryan abrió la boca un par de veces, pero no consiguió pronunciar ni una palabra. Sus ojos parecían pegados al rostro de Barb, reacios a descender hacia sus tetas. Shay sonrió. Barb tenía una figura exuberante y ningún conjunto elegante podía ocultarla. Sin embargo, con la ropa adecuada, en este caso una blusa suelta y una falda recta azul marino que le llegaba justo hasta las rodillas, se la veía sexy en lugar de sexual. Su largo cabello castaño, gracias a los efectos del secador, formaba una cortina sedosa que le caía por la espalda. 

—¿Y bien? —exigió Barb. Bryan miró hacia el techo, como si pidiera la intervención divina, pero ésta no llegó. 

—De acuerdo, ¿quieres la verdad? Barb se encogió un poco y respondió en voz baja. 

—Sí. 

—Te ves mucho mejor. A los hombres nos gusta adivinar lo que hay detrás de la ropa, no que nos lo restrieguen por la cara. —Bryan se entusiasmó con su discurso y todas las mujeres se enderezaron en sus asientos y prestaron atención—. Tu figura no pasará desapercibida, Barb, pero cualquier hombre que esté interesado en darte una ojeada más de cerca, tendrá que llamar tu atención y ser amable contigo para conseguir tu cooperación. 

—¿Para qué? 

—Para que desees enseñarle lo que tienes para ofrecer. De este modo, tú tienes el control y no los demás. 

Barb reflexionó sobre sus palabras y, al final, asintió con la cabeza. 

—Sí, creo que, para variar, me gustaría tener un poco el control. 

—Yo exijo que me paguen más por esto —se burló Patti y a continuación, empalideció—. Quiero decir que exigía..., cuando lo hacía. Su sonrisa de disculpa los hizo sonreír a todos. Bryan dirigió su atención a Morganna. Shay observó que se fijaba en todos los cambios que ella le había introducido con meticulosidad. El cabello rojo de Morganna tenía ahora un tono más rico y profundo y le caía por la espalda, recogido en una pulcra trenza. En lugar de unos pendientes de aro del tamaño de un plato, llevaba puestas unas bolitas doradas. Sin el estridente maquillaje de antes, sus ojos se veían claros y de un verde brillante. Morganna era alta y de pechos generosos y la blusa de estilo romántico y los pantalones blancos que llevaba enfatizaban su altura y le conferían más sobriedad. 

—Tú también te ves fantástica, Morganna. 

—Lo sé, cariño. No puedo evitarlo. —Morganna le guiñó un ojo—. No son los trapos, sino la percha. 

—Exacto —corroboró Bryan. Morganna sonrió con picardía. 

—Supongo que no debería decirlo, pero es sólo la capa exterior la que ha cambiado, porque no pienso renunciar a mi ropa interior sexy por nadie. No sería yo misma sin un estampado de leopardo, un tejido calado o algo de cuero. Bryan enarcó una ceja. 

—¿De cuero? 

—Sí, tú también crees que el cuero es sexy, ¿verdad? Patti sacudió la mano en dirección a Morganna. 

—¡Es un predicador, idiota! 

—Pero sigue siendo un hombre —contestó Morganna con lentitud. Sin duda, con la intención de ruborizar a Bryan, pensó Shay. 

—De hecho, yo prefiero el algodón. El algodón fino. Claro que cada hombre es distinto. Las mujeres enmudecieron durante un segundo hasta que Morganna exclamó con una carcajada: 

—Así que eres un hombre sencillo, ¿eh? En fin, corno has dicho antes, a cada uno lo que le guste. 

—Debes usar la ropa interior que más te guste, Morganna —la animó él—; la que te haga sentir bien. 

Patti soltó una risita de placer. 

—A mí nada me hace sentir bien, de modo que, debajo de la ropa, estoy tan desnuda como un bebé. 

—Bryan se quedó atónito—. Shay me ha dicho que está bien, siempre que recuerde que no debo inclinarme... 

—En fin, Bryan... —intervino Shay para interrumpir la sorprendente admisión de Patti. Discutir con Bryan acerca de la ropa interior o la falta de ella no entraba en sus planes, de modo que se puso a hablar con la esperanza de reconducir la conversación al buen camino—. Todas han sufrido una transformación. Yo les he dicho que están estupendas, pero necesitaban oírselo decir a alguien más. 

—Tienes razón, están muy guapas. Bryan dio un vistazo a Patti y sonrió. Patti llevaba una blusa de seda negra y unos pantalones beige que hacían juego con su cabello castaño claro y sus ojos. Parecía estar a punto de alargar las manos hacia él, de modo que Bryan se acercó a Amy. Estaba sentada en silencio y tan tensa que casi no podía moverse. 

—Amy, tu ropa nueva también me gusta —declaró Bryan. 

Shay había puesto un cuidado extremo en ella. La muchacha todavía estaba muy nerviosa y su delgadez era tan extrema que su aspecto resultaba algo enfermizo. Los colores oscuros o pálidos sólo habrían acentuado esta condición, así que Shay eligió un vestido sencillo de color tostado y con mangas tres cuartos. La falda tenía vuelo y le llegaba hasta la mitad de las pantorrillas, de modo que dejaba ver sus bonitas sandalias planas. Unos sencillos adornos dorados completaban su imagen. Amy escondió todavía más el rostro, sin responder. Shay comprendió su reserva y la salvó de ser el centro de una atención no deseada. 

—¿Quieres desayunar con nosotras, Predicador? Shay esperaba que él valorara sus esfuerzos. Le había prometido que sólo lo llamaría Bryan en privado y cumplía su promesa. 

—Esto... 

Quería escapar, se le notaba, pero Shay no pensaba permitírselo. 

—Está todo delicioso, te lo aseguro —continuó Shay. Barb echó hacia atrás su silla. 

—Sentaos los dos. Yo lo traeré. Después de todo, yo lo he cocinado. Y claro que está bueno. Con Shay acosándome todo el día, ¿cómo podía salir mal? Morganna se echó a reír. 

—A Barb no le gusta todo este jaleo, pero a mí empieza a gustarme. 

—Entonces dobló un poco el dedo meñique y sacudió la servilleta de algodón en dirección a Bryan—. Me hace sentir especial. 

—¡Eres especial! —le aseguró Shay mientras volvía a sentarse. Patti sonrió y le susurró a Bryan: 

—Shay no para de decirnos que somos especiales. 

—Porque es verdad. —Shay les sonrió a todas—. Y no quiero que vayáis a las entrevistas con el estómago vacío. 

—Yo no quiero ir —murmuró Amy sin levantar la vista. Shay no le hizo caso. Todas se sentían entusiasmadas ante la posibilidad de conseguir un empleo. Salvo Amy. Shay confiaba en que, si le proporcionaba más ánimo y apoyo, Amy conseguiría acomodarse a la nueva situación. Bryan esperó hasta que Barb hubo regresado a su asiento y se unió a ellas a la mesa. 

—¿Qué es eso de las entrevistas? ¿Cuántas de vosotras vais a presentaros? Como de costumbre, Morganna habló antes que las demás. 

—Sólo yo, Amy y Patti. Como Barb ya trabaja para ti, no necesita un curro. Shay se inclinó hacia ella y le susurró algo al oído. A continuación, Morganna rectificó: 

—No necesita un empleo. —Todos empezaron a pasarse las fuentes con huevos revueltos, patatas guisadas, jamón y tostadas, y Morganna continuó—: Yo voy a pedir empleo en un restaurante muy elegante. Si lo consigo, tendré que ponerme un uniforme y, al principio, limpiaré mesas y cosas el estilo. Pero si me aprendo todas esas tonterías acerca del tamaño de los tenedores y cómo se colocan los cubiertos podré ascender a camarera. ¿Y sabes lo que gana una camarera? Bryan se encogió de hombros. Parecía un ratón cauteloso en medio de una habitación llena de gatos hambrientos. —No tanto como lo que yo me saco en una noche, claro. —Morganna guiñó un ojo de una forma exagerada—. Soy buena, de modo que gano mucho. Esto demuestra que la carne siempre es mejor que los tenedores. Sin embargo, cariño seguro que arreglar los tenedores resulta más fácil que arreglarle a uno... Shay la interrumpió con suavidad. —Además, eres tan simpática, Morganna, que conseguirás un montón de propinas. 

—Exacto —intervino Barb con sorna—, y lo mejor que podrías conseguir sería cerrar la boca. Patti acercó su silla a la de Bryan. 

—Yo tengo una entrevista en un lugar en el que fabrican marcos para cuadros. Para empezar, tendré que limpiar y ordenar el material, pero Shay dice que, si aprendo el oficio, podré llegar a ser vendedora. —Patti acercó todavía más su silla a la de Bryan, hasta que ambas chocaron—. Creo que seré una buena vendedora, ¿no crees? 

—En mi opinión, serás buena en todo lo que te propongas. No era más que un simple halago, pero Patti le dedicó una sonrisa radiante. 

—¿De verdad? —Entonces se inclinó hacia Bryan—. Creo que vender debe de ser fácil. Después de todo, es lo que he hecho siempre, venderme a mí misma. Esto sólo consistirá en vender algo distinto. Su mano aterrizó en el muslo de Bryan. Shay se puso de pie, cogió la silla de Patti por el respaldo y la arrastró de nuevo a su sitio. 

—Todos tenemos nuestro sitio en la mesa y debemos quedarnos en él. Es así como funciona, si no, arruinarás la distritribucción. 

—¿La distribución? —preguntó Bryan. 

—Exacto. En todos los banquetes y reuniones elegantes se distribuyen los asientos. De esta forma, los anfitriones se aseguran de que los invitados están situados de la mejor manera posible para evitar conflictos y para conseguir que las conversaciones fluyan. Barb resopló. 

—Entonces Patti tendría que estar sentada lejos de cualquier cosa que lleve pantalones. Bryan pasó por alto su ocurrencia y miró a Shay. 

—¿Cuándo fue la última vez que asististe a un banquete elegante? Shay se quedó paralizada, pero se recuperó con rapidez. 

—Se puede aprender todo en los libros. 

—¡Exacto! —exclamó Morganna—, por eso nos ha conseguido las tarjetas de la biblioteca. Bryan casi se puso bizco. 

—¿Las tarjetas de la biblioteca? 

—Sí, Shay nos llevará a sacar unos libros esta tarde, después de las entrevistas —explicó Morganna mientras se frotaba las manos. 

—Yo no voy —insistió Amy. 

—Sí que vas —respondió Barb—. Vamos a ir todas. 

Bryan clavó su mirada en los ojos de Shay, que estaba sentada al otro lado de la mesa. Ella sabía que él tenía un montón de preguntas para formularle, pero también sabía que todavía no podía contestárselas. Shay esbozó una sonrisa, pero no le resultó fácil: Bryan la miraba como si estuviera impresionado y complacido a la vez. El corazón de Shay latió con más intensidad y su respiración se hizo más profunda. 

—¡Buscad una habitación, por el amor de Dios! —se quejo Barb—. ¿Cómo se supone que vamos a tragarnos este maldito desayuno elegante si no dejáis de jadear el uno por el otro? 

El color del rostro de Shay subió tres tonos, pero Bryan simplemente comentó: 

—Los hombres de verdad no jadean. 

—¿Ah, no? —preguntó Patti—. Entonces, ¿qué hacen? Él se encogió de hombros. 

—Gruñir, gemir... no lo sé. Algo masculino. Morganna soltó una carcajada. 

—Entonces yo he conocido a un montón de hombres poco masculinos. 

—Pues claro —declaró Patti con el ceño fruncido—. Yo diría que hemos conocido a todos los tipos de hombre que existen. 

—Los jadeadores no son tan malos —añadió Morganna—. Terminan antes. Patti levantó el vaso en señal de apoyo. Shay estaba sorprendida por lo cómodo que parecía sentirse Bryan a pesar del tono subido de la conversación. Él levantó un trozo de huevo revuelto con el tenedor. 

—Delicioso. Has descubierto el camino que conduce al corazón de un hombre, Barb. 

—¡Ja! —exclamó Morganna agitando el tenedor en dirección a Bryan—. Shay dice que los auténticos hombres también tienen que saber cocinar. 

—Tiene razón. Yo sé cocinar —comentó Bryan con una sonrisa en los labios. 

—Entonces, ¿para qué me necesitas? 

La pregunta de Barb estaba cargada de amargura, dolor y ansiedad. Bryan alargó el brazo y la cogió de la mano. 

—Tú eres mejor cocinera que yo y mucho más organizada. Sin ti no saldríamos adelante. Barb asintió con la cabeza y retiró la mano. Shay quería fundirse allí mismo. Bryan actuaba con tanta soltura y naturalidad ante las mujeres... Y ellas respondían de una forma tan sorprendente... Él les gustaba y ellas lo respetaban. Confiaban en él. Sin duda se trataba de un hombre excepcional. Amy se levantó de la mesa sin haber casi tocado la comida que tenía en el plato. Shay, sobresaltada, dejó su servilleta sobre la mesa y se dispuso a hablar con ella, pero Amy ya estaba cruzando la puerta. 

—¿Amy? —El desayuno estaba muy bueno —murmuró sin detenerse—. Gracias. Y desapareció.

Capitulo 7

Veinte minutos más tarde sonó una bocina y Patti y Morganna se levantaron de la mesa de un brinco. Bryan observó, sorprendido, que Patti se detenía, realizaba una reverencia absurda y declaraba: 

—Disculpadnos. Es nuestro taxi. Tenemos que salir pitando. A continuación, cruzó la puerta al tiempo que soltaba un grito para llamar a Amy. A Bryan casi se le rompieron los tímpanos. Morganna se inclinó y abrazó a Shay apretujándola contra sus imponentes pechos. 

—Siento irme tan deprisa, cariño, pero no quiero llegar tarde. Barb, te has superado a ti misma. Gracias. 

—Mañana te toca a ti —le recordó Barb. 

Morganna levantó la mano en señal de consentimiento y también desapareció por la puerta. Shay esbozó una sonrisa de disculpa, se levantó y se dirigió a la ventana de la cocina. Bryan la observó mientras ella contemplaba cómo se iban las mujeres. Lo que la motivaba no era la curiosidad, sino la preocupación. Quería comprobar que sus chicas se iban sin ningún percance. ¡Sorprendente! Las mujeres a las que Shay quería proteger estaban más curtidas por la vida de lo que ella estaría nunca. Sin embargo, su sentido maternal era tan intenso que estaría dispuesta a criar a un jabalí si creyera que podía resultarle de ayuda. Bryan sacudió la cabeza, sobrecogido y admirado, y repasó en su mente todo lo que sabía acerca de Shay: era generosa seria, guapa, amable, independiente, con una voluntad de hierro... Sin embargo, no la conocía. No sabía de dónde procedía, por qué necesitaba estar en e1 centro de acogida o por qué estaba tan interesada por unas muieres a las que la mayoría evitaba como si constituyeran una plaga. Tenía que averiguarlo. Bryan se comió el último trozo de huevo que tenía en el plato y se acercó también a la ventana. Morganna se sentó delante, junto al taxista y no dejó de hablar ni un momento, Patti se sentó detrás y Amy la siguió con desgana. Shay sonrió con placer y orgullo. Detrás de ellos, Barb se quejó. 

—Supongo que me toca a mí limpiar los restos de la juerga de lujo. Hemos utilizado diez veces más platos de los que necesitábamos. Si quieres conocer mi opinión, estas fiestecitas son como un grano en el culo. Shay no dejó de sonreír. 

—Tú lo has cocinado todo, así que mereces un descanso. ¿Por qué no te tomas la mañana libre? Yo recogeré la cocina. 

—Pero a mí no me importa concederte un descanso, y estoy segura de que al predicador tampoco le importará. Bryan corroboró la afirmación de Shay. 

—En absoluto. Yo también ayudaré a lavar los platos. 

—¡Es un auténtico hombre! —bromeó Shay. 

Barb todavía titubeó un poco, pero después se encogió de hombros, lanzó el trapo de cocina sobre la mesa y salió de la habitación. Tan pronto se hubo ido, Bryan sintió que la tensión aumentaba a su alrededor. Nunca lo superaría. Cuando todavía estaba mirando hacia la puerta reflexionando sobre qué podía decir, los brazos de Shay lo rodearon por detrás. 

—Te he echado de menos —susurró ella mientras se abrazaba a su espalda. Aquel gesto era tan tierno que Bryan se sintió arder por dentro. Entonces cerró los ojos. 

—¡Shay, no! 

Bryan apartó las manos de Shay y se volvió para mirarla. Gran error. Ella no se había desanimado: lo miraba con una sonrisa de complicidad que abatió las convicciones de Bryan. Su determinación también resultaba adorable, de modo que él no tuvo más remedio que devolverle la sonrisa. Para él constituía algo nuevo rechazar a una mujer a la que deseaba con tanta intensidad, una mujer a la que quería más que a ninguna otra. Bryan le rozó la nariz. 

—Compórtate, mujer. Tenemos que limpiar la cocina, ¿recuerdas? Ella sonrió y se dirigió a la mesa para recoger los platos. 

—¿Qué opinas? ¿No te parece maravilloso verlas esforzarse tanto? Barb es la mejor a la hora de recordar las buenas formas, lo que ocurre es que no las utiliza muy a menudo. Morganna es la que más empeño pone y Patti está tan ocupada con sus coqueteos que, a veces, se olvida de los buenos modales. 

—¿Y qué ocurre con Amy? 

—Estoy trabajando en ella. —Shay adoptó una actitud pensativa—. Es tan tímida e introvertida que no resulta fácil. Las otras me aceptan. Se podría decir que me tratan como si fuera una de ellas. Bryan llevó unos cuantos platos al fregadero y lo llenó con agua caliente. 

—Pero no lo eres... 

—Ya sabes que no lo soy. 

—Me dijiste que no eras una prostituta, pero esto es todo lo que sé de ti. Shay le propinó un golpe con la cadera. 

—¿Qué te ocurre? Ya sabes que me gusta estar aquí y que solo intento ayudar. —Entonces añadió con euforia—: ¿Has visto lo guapas que están con su ropa nueva? Al principio, no les entusiasmaba vestirse con más seriedad. Al fin y al cabo, han ganado la vida exhibiendo sus cuerpos. Pero creo que hay algo en la ropa de calidad que ha podido con ellas. Bryan no era un experto en moda, pero a pesar de su desconocimiento, se había dado cuenta de que la ropa era de calidad. Y Shay acababa de confirmárselo. Pero ¿dónde la había conseguido? Shay cruzó los dedos de una mano y dijo: 

—Espero que consigan los empleos. Morganna se sentirá desolada si no la aceptan. Le he dicho que nada de chistes verdes. —Shay se echó a reír—. ¡Aunque algunos de ellos tienen chispa! 

—¿Cómo les has conseguido las entrevistas con tanta facilidad? 

Bruce había intentado, en muchas ocasiones, que los comerciantes de la zona les dieran una oportunidad a las mujeres del centro, pero pocos de ellos habían accedido a hacerlo. La mayoría les tenían miedo, a ellas y a lo que sus clientes pudieran pensar. 

—Los dueños me conocen. 

—¿De qué? 

Shay se encogió de hombros y empezó a lavar los platos. Bryan cogió los platos limpios uno a uno, los enjuagó y los colocó en el escurridero. Durante un minuto largo, trabajaron en silencio, hasta que ella por fin respondió: 

—Me ayudaron en el pasado. Su explicación resultaba muy ambigua. 

—¿Has trabajado para ellos? Shay frunció el ceño. Bryan prácticamente veía cómo se esforzaba en encontrar una respuesta aceptable, pero no quería que le mintiera, de modo que dijo: 

—No importa. Ella se mordió el labio. 

—Lo siento, pero... Él tampoco quería que lo sintiera. 

—Has realizado muchos cambios en poco tiempo. Resulta sorprendente. La frustración oscureció los ojos de Shay. 

—Sólo se trata de modificaciones superficiales. La ropa y el maquillaje no cambian a una mujer. Claro que tampoco se trata de que cambien quienes son en realidad, sino sólo cómo se sienten respecto a sí mismas. 

—¿Y tú cómo te sientes respecto a ti misma? Shay le dio otro golpe de cadera juguetón. 

—Yo me gusto a mí misma, si es eso a lo que te refieres. 

Su mirada era tan juvenil y despreocupada que despertó en Bryan emociones que nunca antes había experimentado. En ciertos aspectos, su vitalidad natural le recordaba a Megan, su esposa, que había fallecido demasiado joven. Aunque Shay parecía mucho más fuerte de lo que Megan había sido nunca. Además, a pesar de su implicación con las prostitutas, parecía mucho más ética que Megan. 

—A mí también me gustas —confesó Bryan. La respiración de Shay se volvió lenta y entrecortada y se le hinchó el pecho. 

—¿De verdad? Aquello no era más que un simple halago, pero ella actuaba como si Bryan acabara de regalarle unos diamantes. Bryan apartó la mirada de ella y dejó el último vaso en el escurridero. 

—¿Qué es lo que no habría de gustarme? —preguntó él mientras intentaba que su pregunta sonara casual y desinteresada, aunque en realidad no lo era. —¿Me besarás otra vez? —Y, antes de que él pudiera negarse, añadió—: Sabes que lo deseas. 

La mente de Bryan dio vueltas y más vueltas en busca de excusas y razones para no hacerlo, aunque, en realidad, lo único que quería decirle era: «¡Sí, demonios!» Sin embargo, antes de que pudiera llegar a una conclusión, ella se apretujó contra él, su aroma de mujer lo envolvió y su cabello le rozó la mandíbula. Shay era tan alta que sus cuerpos encajaron a la perfección. Bryan titubeó. Shay, en cambio, le rodeó la nuca con sus manos húmedas y jabonosas, y aplastó su boca contra la de él con determinación. Desde luego, no era una prostituta, pensó Bryan sorprendido por lo natural que resultaba su beso. Entonces la cogió por la cintura, pero no intentó apartarla de él. No podía. Él era un hombre, un hombre de necesidades simples y, en aquel momento, la necesitaba a ella. Aquella semana de alejamiento no había servido para nada. Además, Bruce le había dado permiso, de modo que su conciencia ya no lo inquietaba. Bryan la acercó más hacia sí; ella tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás y entonces él pudo asumir el control. Bryan notaba la respiración rápida de Shay en su rostro y la presión de su estómago en su abdomen. Shay era cálida y suave y olía tan bien que Bryan sintió deseos de devorarla. Entonces introdujo la lengua en el calor de su boca y exploró su interior... El teléfono sonó. Shay gimió y se separó sólo un poco de Bryan. Sus ojos brillaban cargados de deseo y el beso le había dejado los labios rosados y húmedos. 

—Ignóralo —susurró ella junto a la boca de Bryan. —Sabes que no puedo. ¡Aunque Dios sabía que quería hacerlo! 

—No es nadie. —Shay rozó el cuello de Bryan con la nariz, entonces inhaló y acurrucó el rostro sobre su hombro—. El teléfono ha estado sonando durante dos días y no responde nadie.

La preocupación sacó a Bryan de su aturdimiento sensual. Entonces frunció el ceño, se separó de Shay y descolgó el teléfono que estaba clavado en la pared de la cocina. 

—¿Diga? Décimas de segundo más tarde, la ventana de la cocina estalló y algo se estrelló contra la pared, justo al lado de la cabeza de Bryan. 

—¡Al suelo! —gritó Bryan dejando caer de golpe el auricular y tirando a Shay contra el suelo. Shay resopló e intentó desembarazarse de él, pero Bryan estaba encima de ella y la aplastaba con su cuerpo para protegerla. Sin embargo, Shay no quería que la protegiera y se revolvió como una loca. 

—¡Maldita sea, Shay, estáte quieta! Bryan la sujetó con fuerza y dejó caer todo su peso sobre ella. Los jadeos de Shay le martillearon los oídos y sus dedos se clavaron en sus hombros. 

—¡Bryan...! —El pánico que reflejaba su voz hizo reaccionar a Bryan, quien permitió que ella separara su rostro del de él y lo explorara con las manos de una forma frenética—. ¡Estás sangrando! —exclamó Shay con voz temblorosa y una mirada de desesperación. 

—Estoy bien —respondió él. Entonces vio que Shay tenía manchas rojas en la mejilla y en el cabello. ¿Qué demonios era aquello? 

—No te muevas. —Bryan tocó una gota que había en la sien de Shay y se frotó las yemas de los dedos—. Es pintura. A continuación, confuso, se pasó la mano por la cara. La tenía empapada, pero no se había dado cuenta hasta aquel preciso momento. Cuando la ventana estalló, su instinto se puso en marcha y su único objetivo fue proteger a Shay. La palma de su mano estaba teñida por completo de un color rojo intenso. Con las prisas por proteger a Shay, ni siquiera se había dado cuenta de todas aquellas manchas. Shay sollozaba y él la zarandeó con suavidad. 

—No es sangre, Shay. Es pintura. Sólo pintura. Shay se quedó quieta y lo miró con los ojos vidriosos. 

—¿Pintura? —Exacto. Seguramente, de una pistola de pintura. Sin duda se trata de una broma de mal gusto. —Bryan se levantó—. No te muevas. —¡Espera! Shay jadeaba y todavía parecía muy angustiada. Bryan miró hacia el teléfono. El auricular todavía colgaba balanceándose como si se tratara de un ahorcado. En la pared había una abolladura alrededor de la cual se extendía una espantosa telaraña de pintura roja, justo al lado de donde se encontraba su cabeza. Si el globo de pintura le hubiera golpeado a él, no le habría hecho ninguna gracia. Bryan miró a Shay. Estaba pálida y respiraba de una forma superficial. Él frunció el ceño y se tumbó junto a ella. 

—Eh, ¿estás bien? Shay, sin preocuparse de las manchas de pintura, rodeó a Bryan con los brazos y lo apretó con fuerza. No lloraba, pero su abrazo fue muy intenso. 

—Creí que... 

—¡Chist...! —susurró Bryan—. Lo sé y lo siento. —Entonces le colocó el cabello por detrás de la oreja. Ansiaba salir a investigar al exterior, pero, con la misma intensidad, ansiaba tranquilizarla—. ¿Te hice daño cuando te tiré al suelo? Shay inspiró profundamente y Bryan se tranquilizó: sin duda se estaba reponiendo. 

—Sólo un poco —respondió ella. Sus manos tocaron de nuevo el rostro de Bryan, como si tuviera que asegurarse, una vez más, de que no estaba herido. Su interés lo relajó, pero él no tenía tiempo de relajarse. Bryan abrazó a Shay y se deslizó con ella hacia la pared, lejos de los cristales rotos y fuera de alcance de la vista desde el exterior. Si alguien disparaba algo más, no quería correr el riesgo de que la hirieran. 

—Quédate aquí mientras investigo lo que ocurre. Cuando apenas se había movido un centímetro, Shay tiró de él otra vez. 

—¿Estás loco? 

—Tranquilízate —contestó él con impaciencia—, sé lo que hago. Shay lo sujetó por la camiseta y acercó su rostro al de él. 

—¡Eres un predicador, Bryan, no un equipo unipersonal de los GEO! Esperemos a que llegue la policía. 

—La policía no vendrá. No se ha producido ningún disparo y nadie ha gritado. 

—Entonces esperemos aquí, a salvo, hasta que llegue alguien. 

—¡Déjalo ya, Shay! —Bryan liberó su camiseta de entre los dedos de Shay—. Estaré bien. Y no te muevas ni un milímetro, lo digo en serio. La indignación sustituyó el miedo que Shay sentía. 

—¡Tú no me mandas! 

—Shay...

El tiempo transcurría, y con él la posibilidad de encontrar alguna pista. Shay entornó los ojos. 

—Tengo muchos defectos, pero la estupidez no es uno de ellos. No me moveré hasta que esté segura de que no hay nadie. Y tú deberías hacer lo mismo. —Pero si no doy una ojeada, no sabremos si hay alguien. Bryan utilizó la encimera como punto de apoyo y se levantó con lentitud. Múltiples trocitos de cristal crujieron bajo sus botas. El fregadero estaba cubierto de cristales y también la encimera. Tenía que tener cuidado si no quería cortarse. Bryan miró al exterior desde una de las esquinas de la ventana. Todo parecía despejado. Lo más probable era que la persona que había disparado ya se hubiera ido. Pero tenía que asegurarse. Bryan regresó junto a Shay, le cogió el rostro con las manos y le levantó la barbilla para que lo mirara. 

—Enseguida vuelvo. No te muevas. 

—¡Eres idiota! 

Aquello lo exasperó y se dispuso a salir, pero Shay volvió a cogerlo. 

—Si te hieren me enfadaré mucho contigo. Esta vez, Bryan casi sonrió. 

—Estaré bien. Tienes mi palabra. —Y un predicador nunca miente... —repuso Shay. Bryan sacudió la cabeza. Él no era un predicador, pero era un cazarrecompensas muy bueno. Salió de la cocina a gatas y entró en el salón. Barb estaba en la parte superior de las escaleras y se sujetaba con fuerza al pasamanos. Cuando lo vio, dio un brinco. 

—¿Qué demonios ha ocurrido? He oído un estallido. 

—Alguien ha disparado a la ventana de la cocina. 

—¿Cómo? 

—Con un globo de pintura, no con balas. Quédate ahí arriba mientras compruebo lo que ocurre. 

—¡Ningún problema! Aposentaré mi trasero en el último escalón y no me moveré. 

Al menos, ella no discutía como Shay. Bryan se parapetó detrás de la cortina y escudriñó el patio delantero. La ventana del salón le proporcionaba una mejor perspectiva de la calle, pero no se veía a nadie. Al parecer, la zona estaba despejada. Con lentitud y de la forma más silenciosa posible, Bryan abrió la puerta y salió, agachado, al exterior. A continuación, se escondió detrás de unos arbustos y, después, cambió de situación para no constituir un blanco fácil en el caso de que finalmente hubiera alguien merodeando por allí. En aquel barrio, la gente se iba a dormir tarde y se levantaba tarde. La mayoría de las casas todavía estaban en silencio y a oscuras. Bryan prestó atención por si se oía el motor de un coche, unos pasos o cualquier otro ruido, pero lo único que percibió fue el canto de unos pájaros y el murmullo lejano del tráfico. Después de escudriñar la zona, salió a la calle. Él era bueno en su trabajo, pero no podía luchar contra un fantasma. Sin embargo, no encontró ninguna pista. Como Bruce le había dicho, el día era soleado y el suelo estaba seco, de modo que no se distinguían huellas. Nada. Bryan estaba exasperado. Sacó el teléfono móvil de su bolsillo y marcó el número de la policía. Como de costumbre, estaban muy ocupados, pero enviarían a alguien pronto. Entonces telefoneó a Bruce. Pero en lugar de responder a su llamada, su hermano surgió del callejón que había junto a la casa. —¿Estás bien? —preguntó Bruce. Bryan dio un salto y exclamó con indignación: 

—¡Joder! ¿Qué haces merodeando por aquí? 

—Pues eso, merodeaba por aquí. 

—No te había visto. 

—Quizás es que tengo algo de ti y soy bueno escondiéndome. 

—Esta idea me aterra. —Bryan cerró el teléfono y se lo introdujo en el bolsillo —. No quiero que te parezcas a mí. —Demasiado tarde. 

—¿Qué demonios estás haciendo aquí? Bruce avanzó unos pasos con la mirada fija en la pintura que Bryan tenía en el rostro y en el cabello. 

—Quería asegurarme de que mantenías tu palabra y venías a ver a las mujeres. Con su aspecto desaliñado y el cuello de la chaqueta vuelto hacia arriba, Bruce parecía un vagabundo más de la zona. 

—No es sangre —dijo Bryan. Bruce asintió con la cabeza. 

—Lo sé. He oído lo que le contabas a la policía. Es curioso que yo estuviera justo aquí, escondido en este edificio abandonado. Sin embargo, en cuanto te vi entrar en la casa, dejé de prestar atención. Bruce parecía enfadado consigo mismo. 

—Si se hubiera acercado un coche lo habrías oído, ¿no? 

—Supongo, porque te oí hablar por teléfono. —Bruce apoyó las manos en las caderas—. ¿Todo el mundo está bien? 

—Me han disparado un maldito globo de pintura, ¿puedes creerlo? Nada de balas. Nada que la policía vaya a tomarse en serio. —Bryan se llevó el puño a la frente sin saber qué hacer a continuación—. Si el jodido globo me hubiera dado a mí, habría una abolladura en mi frente, en lugar de la que hay en la pared. Y se supone que estas armas no son letales... ¡Demonios, si hasta los niños juegan con ellas! 

—¿Crees que se trata de una advertencia? 

—Es posible. —Bryan entornó los ojos—. Una advertencia para ti. Supongo que, como la paliza no dio resultados, está apretando más las clavijas. 

—Si se trata del mismo tipo... Pero tú sabes tan bien como yo que los actos de violencia fortuitos son habituales por aquí. 

—Ha sido el mismo tío, lo presiento. 

—Entonces, debería... La voz preocupada de Shay interrumpió el susurro de su conversación. 

—¿Bryan? 

Bruce retrocedió hacia las sombras, pero sonrió y repitió sin proferir ningún sonido: «¿Bryan?» Bryan se volvió y miró con ira a Shay. 

—Te dije que no te movieras. 

—Y yo te contesté que tú no me mandas. Además, supuse que si tú podías estar en medio de la calle hablando con alguien, debía de ser un lugar seguro. —Shay se protegió los ojos del brillante sol matutino—. Tienes una llamada. Mientras hablaba, Shay dirigió la vista al callejón por el que Bruce había desaparecido. Bryan la vio fruncir el ceño con curiosidad, pero se dirigió con ligereza hacia la casa.

—¿Es la policía? Ya he hablado con ellos. Shay apretó los labios y, sacudiendo la cabeza, respondió: 

—No lo creo. Quien ha llamado ha dicho que volverá a hacerlo, que será mejor que te avise y que no le hagas esperar. Después de asimilar aquella información, Bryan la cogió del brazo y tiró de ella al interior de la casa. 

—¿Cómo ha podido llamar? Yo dejé el auricular descolgado. Barb estaba al pie de la escalera y tenía los brazos apretados sobre el pecho. 

—Yo lo colgué. —Y, con suficiente agresividad para ocultar su temor, añadió—: Hay pintura y cristales por toda la cocina. ¿Cómo se supone que voy a limpiar todo esto? 

—Yo me encargaré de limpiarlo —contestó Bryan. En realidad, no quería que nadie tocara nada hasta que llegara la policía. 

—¿Con quién hablabas ahí afuera? —preguntó Shay 

—Con un transeúnte. No oyó ningún coche, de modo que, quien disparó, debió de venir a pie. Si hubiera salido antes, habría podido atraparlo —declaró Bryan mirando a Shay con furia por haberlo entretenido con su preocupación. El teléfono volvió a sonar y silenció la respuesta de Shay. Bryan entró en la cocina y cogió el auricular mientras se mantenía alejado de la ventana. Ya sabía de quién se trataba. 

—¿Qué pasa? Ante la brusquedad de su tono, quien llamaba realizó una ligera pausa antes de contestar con un gruñido: 

—Podrían ser tus sesos los que estuvieran esparcidos por la pared. 

—Imposible, gilipollas. —Y añadió en tono provocador—: Tu puntería apesta. 

—¡Fallé a propósito! Bryan soltó una carcajada. 

—Todos los que fallan dicen lo mismo. El hombre soltó un bufido y advirtió: 

—Cierra la barraca, Predicador. Lárgate de mi barrio y deja en paz a mis chicas. La comunicación se cortó.

«¿Chicas? ¿Más de una?», pensó Bryan mientras apretaba el auricular con tanta fuerza que le dolieron los nudillos. Entonces se dio la vuelta y se encontró, cara a cara, con Shay y Barb. Las dos mostraban la misma expresión de total y absoluta sorpresa. Shay carraspeó y, a continuación, preguntó: 

—¿Gilipollas? —Le has provocado —añadió Barb—, ¿estás loco? 

—Exacto —asintió Shay—. Es justo lo que le he dicho yo antes. 

No le resultó fácil, pero Bryan se tragó la rabia que sentía. Siempre se olvidaba de que, en aquellos momentos, no era un cazarrecompensas, sino un predicador. Sin embargo, el juego se volvía cada vez más duro. Bryan empezó a elucubrar excusas, pero una nueva idea cruzó por su mente. 

—¡Demonios! ¡Patti, Morganna y Amy están ahí afuera! Shay se puso tensa. 

—¿Crees que están en peligro? 

—Él no puede saber dónde están —razonó Barb. 

—Sin embargo, sabía que yo estaba aquí. Bryan se dirigió al salón y Shay corrió detrás de él. 

—Porque contestaste al teléfono —declaró Shay—. Quizás es lo único que hacía, esperar a que contestaras la llamada. Durante un par de días, hemos recibido llamadas anónimas. 

—¿Por qué no me lo habías contado? 

—No consideré que fuera importante. 

—Podría tratarse de una coincidencia o que el ataque estuviera planeado exclusivamente para mí, pero no voy a arriesgarme. —Bryan abrió la puerta principal de golpe—. Dame las direcciones de los lugares a los que han ido. 

—Yo voy contigo. ¡Y una mierda! No pensaba ponerla en peligro más de lo que lo había hecho al estar cerca de ella. 

—Necesito que te quedes aquí para hablar con la policía. 

—Esto lo puede hacer Barb. Shay se volvió hacia Barb para confirmarlo y ella asintió con la cabeza. 

—Claro que puedo. Podéis iros. 

—Entonces los empujó hacia la salida—. Aseguraos de que las demás están bien. 

Bryan no estaba de acuerdo, pero Shay parecía muy decidida y el tiempo transcurría con rapidez. ¡Mierda, mierda y mierda! 

—De acuerdo, pero tendrás que hacer todo lo que yo te diga. Shay lo saludó al estilo militar. 

—¡Sí, señor! 

Bryan la cogió por el brazo y echaron a correr hacia el apartamento, tres manzanas más abajo, delante del que Bryan había dejado aparcada la ranchera. Cuando llegaron, Bryan no pudo contener su ira y explotó. 

—¡Hijo de puta! 

Shay estaba demasiado ocupada contemplando los neumáticos rajados para sorprenderse por sus palabrotas. 

—¿Cogemos el autobús? 

—No. 

—Bryan se sentía más rígido a cada momento que pasaba. Se rascó la cabeza y concluyó—: Pediré unos cuantos favores. 

—¿Qué tipo de favores debe alguien a un predicador? 

—Los mejores. Bryan marcó un número y se volvió de espaldas a Shay para que ella no pudiera escucharlo. En unos minutos, consiguió que tres hombres de confianza fueran a recoger a las mujeres del centro. Sabía que Shay quería hacerle muchas preguntas, pero la mantuvo ocupada telefoneando a los establecimientos a los que habían acudido las mujeres para explicarles lo que ocurría. Bryan la escuchó mientras hablaba con los propietarios, lo cual le confirmó que los conocía personalmente. Se dirigía a ellos con una familiaridad que sólo podía derivarse de una relación de largo tiempo. Él esperaba que estas relaciones fueran simplemente de amistad. Mientras lo pensaba, Bryan se dijo a sí mismo que eso no era de su incumbencia. Pero lo cierto era que le importaba. Cuando se aseguraron de que las mujeres estaban a salvo, regresaron a la casa. 

—¿Y bien, Bryan? Él no dejaba de mirar a su alrededor por si surgía algún problema. 

—¿Y bien, qué? 

—No te hagas el tonto —pidió ella—. ¿Qué es lo que ocurre? ¿Quién quiere hacerte daño? ¿Y cómo era tu vida antes de ser un predicador? 

—¿Insinúas algo, Shay? —preguntó él sin dejar de mirar a su alrededor. 

—Intento comprender, no juzgar. No, Shay no lo juzgaría. Ella apretó los labios con una actitud reflexiva. 

—Yo diría que, antes de convertirte en predicador, tenías una vida... pintoresca, que sale a la luz cuando te enfadas mucho. 

—¿Cuando me enfado mucho? —Bryan sonrió con amplitud—. Querrás decir cuando me cabreo de verdad, ¿no? —Y antes de que ella continuara analizándolo, añadió—: Si vamos indagar en el pasado, empecemos con el tuyo, ¿de acuerdo? Yo también quiero hacerte un montón de preguntas. Shay frunció el ceño y agachó la cabeza. De su boca no salió ningún sonido. 

—¿Shay? —la instigó él. 

—¡Eh, mira! —exclamó ella con una expresión de falso entusiasmo en el rostro —. La policía acaba de llegar. Deberíamos ir a hablar con ellos. Bryan le cogió la mano y la obligó a detenerse. Y aunque la sujetaba con firmeza, le acarició los nudillos con el pulgar y le habló con suavidad. 

—Tendrás que contármelo tarde o temprano. 

—Lo sé. —Shay hizo una mueca que reflejaba esperanza—. ¿Puede ser más tarde? 

Los agentes de la policía estaban junto a la puerta principal, con Barb, quien señaló hacia Bryan. —De acuerdo —aceptó él—, pero hablaremos más tarde. Y... Shay, sea lo que sea, no tendrá importancia. Al menos eso esperaba. Shay no contestó; se limitó a avanzar con determinación y, como de costumbre, asumió el control de la situación: invitó a entrar a los agentes y les ofreció un café. Barb, que era quien normalmente tomaba la iniciativa, se apartó de su camino. Bryan sabía cómo debía de sentirse Barb. Cuando Shay se lanzaba, nada la detenía. Pronto conseguiría que se lanzara a darle explicaciones.

Capitulo 8

Bruce entró en su pequeño y destartalado apartamento y volvió a cerrar la puerta con llave de inmediato. A diferencia de lo que opinaba su hermano, él no era un estúpido. Tenía que ir con cuidado y estar alerta... por él mismo y también por Bryan. Odiaba aquel apartamento, pero encajaba con su disfraz de vagabundo. Además, estaba cerca del centro de acogida, de modo que podía vigilar a las mujeres y a su hermano. Dios comprendía su preocupación por lo que le pudiera pasar a Bryan. Aunque Bryan no lo entendiera. De todos modos, él no pensaba dejarlo sin protección. Y aunque tenía que reconocer que su atacante le había propinado una paliza, esto podía ocurrirle a cualquiera, y él no era un hombre indefenso, pensara lo que pensara Bryan. Bryan era protector por naturaleza, y sus motivos, tan puros como los de él. Bryan, sin embargo, nunca reconocería sus impulsos heroicos y protectores, pues prefería verse a sí mismo como la oveja negra de una familia de ovejas blancas e inmaculadas. Bruce rió para sus adentros. Su hermano era especial. Especial y maravilloso. Y también Shay. Bruce volvió a sonreír. Shay llevaba a Bryan de cabeza y, cuando finalmente todo saliera a la luz, Bruce estaba convencido de que Bryan se pondría hecho una furia. Sólo esperaba que Shay tuviera suficiente fortaleza y continuara con su misión. 

Sí, él la conocía. No personalmente, pero había seguido su trabajo a través de la prensa y la admiraba. Era una mujer extraordinaria y muy generosa, que había sido víctima de una ación falsa por una cuestión de la que no era responsable, por desgracia, cuando la prensa te colocaba una etiqueta no había forma de volver atrás. No importaba lo que se alegara con posterioridad: la opinión más tendenciosa era la que prevalecía, porque así se vendían más periódicos. Bruce deseaba que tuviera suerte, sobre todo ahora que su nueva misión en la vida parecía consistir en amar a su hermano. Por primera vez, aquella cama apestosa y abultada no le importó. Bruce se echó cuan largo era y se puso a hacer planes. Protegería a Bryan tanto como pudiera, pero también protegería a Shay. Ella no conocía a Bryan como él, y no sabía nada de Megan y del efecto que había producido en una persona tan orgullosa como Bryan. Todo se resolvería bien. La Princesa Coronada tenía una misión que le iba de perlas y, con la ayuda de Dios y de Bruce, al final, Bryan tendría su «final feliz». Bruce se encargaría de que así fuera. comentó que el globo de pintura debía de estar congelado, de lo contrario, no habría llegado tan lejos ni habría golpeado con tanta fuerza la pared. También estuvo de acuerdo en que, si le hubiera dado a Bryan, le habría producido daños graves. Sin embargo, ya tenían una pila de expedientes de gamberros que lanzaban globos de pintura a los transeúntes desde los coches, de modo que no se trataba de un caso aislado, salvo por el hecho de que el globo había atravesado una ventana y había entrado en un domicilio. Los agentes tomaron nota de la denuncia, aunque no albergaban muchas esperanzas de atrapar al responsable a corto plazo. Cuando se fueron, Bryan se dio cuenta de que Barb había permanecido muy callada. Estaba separada de los demás, apoyada en la pared, y su actitud era muy introspectiva, teniendo en cuenta su habitual talante mandón. Bryan frunció el ceño. Como la mayoría de las mujeres del centro, Barb había tenido una vida de incertidumbre y degradación, responsable de su actual baja autoestima. Se suponía que Bryan, en sustitución de Bruce, tenía que protegerla, no exponerla a situaciones violentas. Sin pensárselo dos veces, Bryan le puso la mano en el hombro. Ella se puso tensa, pero no se apartó. 

—¿Estás bien? —preguntó él. Barb gruñó con brusquedad, algo muy típico en ella. 

—¡Claro que lo estoy! —exclamó desembarazándose en esta ocasión de la mano de Bryan. Él sonrió: ¡Barb podía ser tan ruda! 

—Me alegro. Ella señaló la puerta de la cocina con la cabeza. 

—En tu opinión, ¿por qué te han atacado? Como si estuvieran pensando lo mismo, Shay y Bryan se miraron a los ojos y, casi al mismo tiempo, declararon: —Amy. Barb hizo una mueca. 

—¿Amy? ¿Qué tiene que ver ella en todo esto? Amy está con Morganna y Patti. 

—No quiero decir que ella lo haya hecho —explicó Bryan—. Amy no haría daño a nadie de una forma deliberada. —Bryan empezó a pasearse por la habitación mientras pensaba en voz alta—. Pero, de algún modo, lo que ha ocurrido hoy está relacionado con ella. 

—¿Por qué lo dices? 

—Su chulo no quería que lo dejara. Quizá todavía esté enfadado porque vino a vivir aquí. 

—Además, la pegaba. Quizá tenga miedo de que, al final, ella lo denuncie — intervino Shay. 

—Lo dudo. 

—Barb se cruzó de brazos de una forma defensiva—. A la mayoría de nosotras nos han pegado. Forma parte del trabajo. Creedme, la policía no siente mucha simpatía por nosotras. 

Shay se incorporo tan deprisa que pareció mas alta de lo era en realidad, más amenazadora, como una amazona preparada para la lucha. 

—Nadie tiene derecho a pegarte. En ningún caso. Barb la miró directamente a los ojos y repuso: 

—Yo no he dicho que lo acepte. Estoy aquí, ¿recuerdas? 

—Se supone que el tipo que golpeaba a Amy está en la cárcel —explicó Bryan interrumpiendo lo que parecía un enfrentamiento entre féminas—. De todas formas, lo comprobaré. Es posible que ya lo hayan soltado. O quizá tenga amigos o familiares como él. Los de su especie suelen ir en pandilla. Barb puso los ojos en blanco.

—Dicho así parece que hables de un lobo. 

—Esto sería insultar a los lobos —declaró Shay, que todavía estaba furiosa ante la idea de que alguien maltratara a una mujer—. En mi opinión, deberían azotarlo. Encerrarlo para siempre. Es un desecho de la humanidad. 

Al ver a Shay tan alterada, Bryan sintió deseos de abrazarla y tranquilizarla, pero no se atrevió. Sabía que no podría detenerse y ofrecerle sólo consuelo, no a Shay. Como ella era tan voluble, Bryan no dejó de prestarle atención mientras hablaba con Barb. 

—Voy a comprobar todas estas cuestiones, Barb, ¿puedes vigilar de cerca a Amy mientras tanto? Estoy preocupado por ella. 

—Yo también —comentó Shay—. Es más joven que nosotras y, en cierto sentido, más frágil. 

—Desde luego. —Barb se enderezó y se separó de la pared—. Estaré pendiente de ella, pero ya he tenido bastante por hoy. Voy a ver a alguien. Shay, alarmada, avanzó dos pasos hacia ella. 

—¿A alguien? —A una amiga, señorita metomentodo —contestó Barb con desdén—. Con esta ropa que me haces llevar, te aseguro que no podría vender nada. 

—¡Oh, Barb, no pretendía...! 

—Olvídalo. Teniendo en cuenta lo que ha ocurrido hoy, pediré un taxi —dijo Barb, y subió al piso de arriba para utilizar el teléfono de uno de los dormitorios. Shay se encogió bajo el peso de la culpabilidad. 

—La he insultado. 

—No, pero a Barb le gusta refunfuñar. De hecho las otras la llaman Mala Baba Barb. Una sonrisa triste asomó a los labios de Shay. 

—Pero no se lo dirán a la cara, ¿no? 

—No. Shay suspiró y Bryan la vio languidecer de una forma evidente. 

—Ha sido un día muy largo. Y ni siquiera es mediodía. Bryan titubeó. Por si su instinto le fallaba, tenía que pensar en todas las posibilidades y, dado que conocía tan poco a Shay, ella también constituía un posible blanco del atacante. 

—Lo que te dije antes iba en serio, Shay. Quiero conocerte más. Ella lo miró con recelo. 

—¿En qué sentido? «En todos», pensó él. 

—¿Quieres que cenemos juntos esta noche? —preguntó Bryan. La esperanza reemplazó al recelo. 

—¿Dónde? 

Bryan hizo de tripas corazón, se tragó el ansia que sentía y respondió con bastante calma: 

—En mi apartamento. Está sólo a tres manzanas de aquí.

Una sonrisa cegadora borró la tristeza y la preocupación que reflejaba el rostro de Shay e incluso levantó el ánimo de Bryan, algo que justamente no necesitaba. 

—Entonces, ¿es verdad que sabes cocinar? —bromeó ella. 

—Platos sencillos. ¿Qué te parecen unas costillas de cerdo y patatas al horno? 

—Suena de maravilla. ¿A qué hora? Si dependiera de él... 

—Sería mejor que las demás no lo supieran. 

—Lo comprendo. No se lo diré a nadie. 

Shay, ansiosa por tranquilizarlo, lo tomó de la mano. Y aquel acto, aquel simple acto que constituía una sencilla demostración de afecto de alumnos de primaria, tuvo un efecto altamente erótico para la ya excitada libido de Bryan. La palma de la mano de Shay era suave y cálida y no reflejaba la fortaleza que Bryan había percibido en ella hasta entonces. Aquella combinación de fuerza y suavidad le resultaba atractiva. En realidad, ella era atractiva. En demasiados sentidos. Él le soltó la mano con suavidad. 

—A las seis estará bien. Así tendrás tiempo para realizar tu excursión a la biblioteca. 

—Bryan retrocedió en dirección a la puerta—. Ten cuidado, ¿de acuerdo? 

—Desde luego. Tomaremos un taxi y no nos separaremos. Además, la biblioteca está en una zona buena de la ciudad. —Y, con una sonrisa, añadió—: ¿Y qué puede pasar en una biblioteca? ¿Cuando se iba acompañada de varias ex prostitutas?... Cualquier cosa. 

—Pasaré por aquí cuando hayáis regresado. Shay adoptó una actitud tímida. 

—También puedo ir yo a tu casa, ya que no quieres que nadie sepa que vamos a cenar juntos. Bryan rechazó esa idea de inmediato. Después de todo lo que había pasado, no quería que ella caminara sola por las calles. Ni siquiera hasta un lugar tan cercano como el apartamento de su hermano. 

—No te preocupes. De todos modos, quiero pasar por aquí. Tengo que admitir que siento curiosidad por saber qué libros eligen las mujeres. Mientras tanto, hablaría con Chili y averiguaría si aquella rata sabía algo. Ya había intentado ponerse en contacto con él un par de veces, pero ahora que quería verlo, parecía haber desaparecido. Shay le sonrió con amplitud, como si una aureola rodeara su cabeza. 

—Es maravilloso que estés tan volcado en ellas. Él no estaba muy volcado en ellas, pero Bruce lo habría estado, y él tenía que ser Bruce. Además, no le costaría mucho esfuerzo visitarlas: empezaban a caerle bien, incluso Patti y sus manos inquietas. Después de todo lo que había ocurrido aquel día, Shay tenía el cabello revuelto de una forma adorable. Se había lavado el rostro, pero todavía tenía manchas de pintura en la camisa y estaba despeinada. Bryan le colocó un mechón largo y sedoso detrás de la oreja y le advirtió: 

—Sé buena. 

—Cariño, te gustaré más si soy mala —respondió Shay en su mejor imitación de Morganna. 

De eso Bryan no tenía ninguna duda, pero temía que, a la larga, le resultara indiferente cómo fuera. Buena, mala... simplemente, le gustaba. Y la deseaba. Aquella noche haría algo al respecto. Eran todos tan estúpidos. Ni siquiera imaginaban lo que había ocurrido y actuaban como si todo continuara igual... o mejor. ¡Qué estupidez! Se merecían lo que tenían. ¡Se lo merecían! Igual que ella había merecido lo que tuvo. Sin embargo, ahora todo era distinto, sobre todo el predicador. Él no era el mismo desde que ella se hizo notar. Ella no era como las demás. No se asustaba con facilidad y nunca titubeaba. Cuando quería algo, ocurría. Así, sin más. Ella lo conseguía. Entonces sintió celos, pero ¿qué más daba? Ella había sentido celos la mayor parte de su vida. Pero ya no ocurriría más. De ahora en adelante, ella tomaría su parte, ¡y al infierno con los demás! De todos modos, tampoco se preocupaban por ella de verdad. No podían, ¿no? Bryan no sabía con qué disfrutaba más, si con el parloteo y la excitación de las mujeres o con el placer y la satisfacción radiante que reflejaba el rostro de Shay. Morganna no podía dejar de hablar. Claro que sus monólogos interminables no constituían algo nuevo. Sin embargo, en esta ocasión nadie se sentía molesto por esta causa. Tal como decía ella misma, tenía «un empleo auténtico y real». El encargado la había contratado al instante y declaró que su entusiasmo, su facilidad para relacionarse con personas desconocidas y su extraordinaria memoria constituirían un valor inapreciable a la hora de trabajar como camarera. Bryan no se había dado cuenta de que Morganna tenía una memoria fenomenal, hasta que recordó la cantidad de chistes que contaba cada día. El uniforme no era tan espantoso como había temido, declaró Morganna. Entonces sostuvo en el aire el vestido blanco con el delantal azul oscuro que llevaba impreso el logo del restaurante para que Bryan lo viera. Quería saber su opinión. Él sonrió con amplitud y dijo: 

—A los hombres les gustan las mujeres con uniforme. Morganna se echó a reír y dio un manotazo al aire. 

—¡Mentiroso! 

—Pues yo, si consigo el empleo —intervino Patti—, no tendré que llevar uniforme. Shay dice que llevaré ropa informal, sea lo que sea eso. 

—Yo tampoco tengo ni idea de lo que significa —admitió Bryan—, pero seguro que Shay lo sabe. Patti asintió con la cabeza. 

—Ya se ha ofrecido a ayudarme. Creo que le he gustado al encargado. Sabré algo en unos días. Bryan la observó mientras ella sonreía esperanzada. Nadie le había confiado nada importante a Patti en muchos años, pero ahora, gracias a Shay, tendría una segunda oportunidad. Bryan había pensado en Patti varias veces durante el día y se le había ocurrido que su continuo manoseo era una especie de prueba. A la mayoría de los hombres les gustan sus insinuaciones e incluso se aprovecharían de ella a causa de su pasado. Pero él había esquivado sus manos sin esquivarla a ella y había logrado establecer con ella cierto grado de amistad. Ver a las mujeres tan felices le hacía sentir feliz también a él. Incluso Amy, que se había mostrado tan reacia a acudir a la entrevista, no dejaba de sonreír con su habitual timidez. Su trabajo consistiría en confeccionar el inventario en un taller de mecánica. Shay describió al propietario como un hombre mayor y muy amable, y, con cierta dosis de cinismo. Amy comentó que ella había conocido a un montón de hombres mayores. Sin embargo, Shay le aseguró que éste era distinto; de no ser así, ella no le habría propuesto aceptar aquel empleo. Amy confiaba en ella. Todas confiaban en ella y, como eran un grupo de mujeres predispuestas a la desconfianza, esto decía mucho en favor de Shay. 

Bryan la observó mientras le servía a Morganna un poco más de té helado. Actuar como anfitriona resultaba en ella tan natural como para un grupo de ex prostitutas actuar de madres. Bryan había estado ocupado durante toda la tarde. Primero, había ido a cambiar los neumáticos de la ranchera. Cuando supo cuál era el coste de la reparación, se subió por las paredes y deseó con todas sus fuerzas encontrar al responsable de los daños. Por el momento, a quien encontró fue a Chili. Chili estaba sólo medio bebido, pero se esforzaba en ponerle remedio cuando Bryan lo abordó en un callejón. Veinte pavos no fueron suficientes para hacerle hablar, de modo que Bryan le ofreció romperle la mandíbula. Al oír la propuesta, Chili se puso a hablar a toda velocidad y Bryan obtuvo cierta información de interés. Mientras él le sonsacaba información a Chili, Shay limpió las manchas de pintura de la cocina y los cristales rotos, según ella, no quería preocupar a las demás innecesariamente. De todos modos, el golpe en la pared y el cartón en la ventana no podían ocultarse, aunque ellas se mostraron más interesadas en hablar sobre sus empleos potenciales y sobre los libros que habían elegido que sobre la amenaza y se había cernido sobre su casa actual. Entonces a Bryan se le encendió una lucecita. Ellas estaban tan habituadas a las amenazas físicas, a las verbales y a otras menos tangibles que eran capaces de ignorar cualquier cosa que no requiriera su atención inmediata. Bryan sintió un dolor en el pecho, como si un puño se lo apretara y le cortara la respiración. Algo parecido a la empatia, a la ternura y al cariño se expandió en su interior y Bryan miró a aquel grupo de mujeres con otros ojos. 

Como cazarrecompensas, nunca le había gustado ver a nadie herido, a no ser que se tratara un jodido criminal y hubiera sido él quien lo hubiera herido. En este sentido, no había cambiado. Él tenía sus propias ideas sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal, sobre lo que era correcto o incorrecto, y sobre lo que era lícito o ilícito. Había desarrollado estas ideas gracias a su trabajo y a la persecución constante de criminales que eran buscados por la policía. Sin embargo, sus principios siempre habían constituido algo general, no personal. Se trataba de una ética tangencial que dejaba intactos sus sentimientos y, por tanto, no le hacía daño. Pero esas mujeres eran especiales en varios sentidos. Eran mujeres heridas, pero capaces de sonreír; mujeres maltratadas por la vida, pero todavía llenas de energía y esperanza. Ahora, esas mujeres le importaban, y no sólo como algo erróneo que él quisiera rectificar, no sólo como títeres circunstanciales atrapados en la pantomima de su hermano. Eran mujeres que ahora estaban bajo su protección. Casi como si formaran parte de su familia y, desde luego, las consideraba sus amigas. ¡Mierda! Una preocupación excesiva siempre complicaba las cosas, nublaba los procesos mentales, debilitaba los reflejos, y los instintos se confundían con las emociones. Estaba jodido. Y eso sin considerar el efecto que Shay le producía. ¿Qué demonios iba a hacer con ella? Cada vez que ella lo miraba la necesidad de tocarla, de hacerla suya, crecía en su interior hasta convertirse en algo insoportable. No importaba cómo luchara contra ese deseo, ella siempre estaba en sus pensamientos. Por las noches, soñaba que ella estaba desnuda, cálida y abierta a él, aceptándolo. Quería tocárselo todo... su cuerpo seductor y también su mente y su corazón. Deseaba ansiosamente estar entre sus muslos y que ella lo sujetara con fuerza, deseaba oírla gritar de placer... Y deseaba beber más té repulsivo con ella sólo para oírla hablar. ¡Cielos, sería feliz sólo con mirarla y ver sus sonrisas y su forma amorosa de tratar a los que la rodeaban! Se había dicho a sí mismo que quería acostarse con ella para aumentar su intimidad, para que ella le contara quién era en realidad. Por la seguridad de Shay y por la de su hermano, necesitaba saberlo todo sobre ella. Esos pensamientos hacían que sus motivos parecieran más lógicos y menos carnales. Menos emocionales. Sin embargo, Bryan no era un hombre que se mintiera a sí mismo. A los demás sí, cuando era necesario, pero no a sí mismo. Deseaba hablar con Shay desde que había mantenido esa conversación con Chili, deseaba contarle lo que había averiguado y conocer su opinión. Ya se lo había contado a Bruce, pero no era lo mismo. Quería... necesitaba estar a solas con Shay. De repente, Bryan se puso de pie. Todas las mujeres fueron guardando silencio y centrando su atención en él. 

—Tengo que irme. Morganna también se puso de pie. 

—¡Yo quería enseñarte los libros que he elegido! —A continuación, se inclinó y cogió dos novelas—. El bibliotecario me ha dicho que se trata de novelas de misterio con algo de romanticismo. ¿Qué opinas? Resultaba extraño que una mujer como Morganna, atrevida, directa y extrovertida, quisiera su aprobación, pero Bryan lo percibió en sus ojos verdes y en la forma en que jugaba, con nerviosismo, con un mechón largo de su cabello. Bryan no leía mucho, pero asintió con la cabeza. 

—Las tapas se ven muy manoseadas y gastadas, de modo que yo diría que los ha leído mucha gente. Esto quiere decir algo, ¿no? Morganna se relajó de una forma visible. 

—Esto es lo que pensé yo también. Patti agitó un libro de cocina justo debajo de la nariz de Bryan. 

—Yo he pillado éste. Tiene unas cuantas recetas que quiero probar. Bueno, si Shay opina que son buenas. Bryan cogió el libro y lo hojeó. Entonces arqueó una ceja y leyó: 

—Carne estofada... chile... relleno de pollo y salchichas... Estas son algunas de mis favoritas. —Entonces le devolvió el libro—. Cuando las pruebes no te olvides de invitarme. 

—¿De verdad? —Patti tragó saliva de forma ostentosa—. Está bien. De acuerdo. 

—Y miró a Shay—. Si Shay me ayuda, no me importará que pruebes mis experimentos. 

—Me encantará ayudarte. —Shay miró a Bryan con una expresión radiante en el rostro—. Y esas recetas también son mis favoritas. Bryan miró a Amy. —Amy, ¿tú qué has encontrado? Ella apretó un libro contra su pecho. 

—Nada. Barb soltó una carcajada y dijo: —Es una novela romántica. Pura sensiblería. 

—Se supone que las novelas románticas son sensibleras —declaró Shay—. Y ésta es mi favorita. La he leído al menos tres veces. Su afirmación sorprendió a Bryan. 

—¿De qué trata? —preguntó él. 

—De un duque inglés que se enamora de la hija del encargado de las caballerizas. Es maravillosa, como La Cenicienta, pero con precisión histórica. 

—Me gusta la historia —susurró Amy. 

—¿Los duques podían hacer esto? Quiero decir... ¿podían casarse con mujeres de una condición más humilde? Bryan se preguntó si ser rescatada por un hombre rico constituía una fantasía de Shay. Ella, sin duda, encajaba en el papel de Cenicienta, con toda su dulzura y su generosidad. 

—Creo que los duques podían hacer casi todo lo que querían, sobre todo en las novelas románticas. 

—Yo he cogido un libro sobre jardinería. Bryan se volvió hacia Barb. 

—¿De verdad? Barb asintió con sequedad. 

—Este lugar parece un vertedero. He pensado que podría plantar algunas flores en la entrada o por ahí. Bryan exhibió una sonrisa tan amplia que se sintió ridículo. 

—Cuando decidas qué tipo de flores quieres plantar, dímelo y te acompañaré al vivero para comprarlas. 

—Me voy arriba a leer —declaró Amy mientras se disponía a salir de la habitación. Morganna la retuvo. 

—¡Espera! —Amy pareció horrorizada y Morganna sonrió de oreja a oreja—. Mañana es el cumpleaños de Amy. He pensado que podríamos hacer algo especial. 

—Yo puedo preparar un pastel —ofreció Barb. 

—No es necesario... —murmuró Amy. Bryan levantó ambas manos. 

—¿Qué tal si salimos todos a cenar? Podemos probar el restaurante en el que trabajará Morganna. Yo invito. Shay estaba encantada con la idea, pero las otras mujeres se echaron para atrás. Morganna incluso tartamudeó. 

—Yo no puedo comer allí. Shay puso los brazos en jarras. 

—¿Por qué no? La comida es deliciosa. Patti sacudía la cabeza sin parar. 

—Yo no tengo ni idea sobre todos esos cubiertos tan elegantes. No. —Entonces volvió a sacudir la cabeza—. No. Barb esbozó una sonrisa de suficiencia. —¡Cobardes! Yo sí que iré. Amy parecía estar a punto de desmayarse. 

—¡Por favor, no quiero montar ningún número! —exclamó. 

—Es tu cumpleaños —insistió Shay—. Tenemos que celebrarlo. 

—Pero... —Amy se mordió el labio—. Nunca lo he celebrado. 

Bryan sintió como si le hubieran propinado un puñetazo en la barbilla. ¡Santo cielo! ¿Nunca había tenido una fiesta de cumpleaños? ¿Nunca había recibido regalos? Los ojos le ardieron ante la necesidad de cambiar aquella situación. 

—Entonces ya es hora de que lo celebres, ¿no crees? 

—Será divertido —prometió Shay—. Además, nunca deberíais rechazar un gesto amable. Es de mala educación. Amy se encogió de hombros y bajó la mirada. 

—Supongo que estará bien —murmuró. 

Morganna y Patti se acercaron la una a la otra con una mirada de determinación. 

—De acuerdo —corroboró Morganna—. Iremos. 

Patti asintió con la cabeza. Por su forma de actuar, se diría que pensaba llevarlas a la horca. Bryan sacudió la cabeza y se prometió a sí mismo que se lo pasarían bien. Él se encargaría de que así fuera. Entonces se volvió hacia Shay. 

—¿Estás lista? Shay empalideció. 

—Esto... Bryan miró a las demás mujeres. —Shay tiene que comprar algunas cosas y no quiero que salga sola. No quiero que ninguna de vosotras salga sola, ¿de acuerdo? 

—¿Desde cuándo eres tan mandón? —preguntó Patti. 

—Le dieron una paliza, boba, ¿recuerdas? —Barb parecía exasperada—. Y alguien ha disparado a través de la ventana de la cocina. Él siempre se ha sentido responsable por todas nosotras. 

—Es cierto —corroboró Morganna. Y le guiñó un ojo a Shay—. Tened cuidado. Los dos. Cerraremos la puerta cuando salgáis. 

Patti comprendió la situación enseguida. 

—¡Sí, claro! Yo cerraré la puerta. —Mientras los seguía, soltó una risita tonta—. ¡Divertios, chicos! —exclamó mientras ellos se alejaban por la acera. 

Shay hizo una mueca, pero Bryan no mostró ningún tipo de reacción. Quizá no se había mostrado muy sutil, pero le parecía que llevaba siglos esperando. En realidad, había tenido suerte de poder salir del centro de acogida sin haberlo confesado todo. Quería a Shay. Y aquella tarde, sólo unos minutos más tarde, la tendría.

Capitulo 9

La noche empezó a caer sobre la ciudad y trajo consigo una brisa fresca y susurrante. El sol se puso con lentitud y tino el cielo de un violeta espectacular surcado de tonos rojos y rosados. Una a una, las farolas de la calle se encendieron. Shay echó la cabeza hacia atrás e inspiró profundamente varias veces. Se sentía muy bien. La visita a la biblioteca había sido todo un éxito y, cuando telefoneó a Dawn, averiguó que el propietario de la casa que había en aquella misma calle había aceptado su oferta. Las cosas iban bien. 

—De noche este barrio es bonito, ¿no crees? Bryan la miró con incredulidad. 

—Estamos en los barrios bajos, Shay. 

—Yo no lo veo así. 

—¿Ah, no? Shay sacudió la cabeza. 

—Acabamos de estar con unas amigas. —Shay lo miró de reojo—. Porque las consideras amigas tuyas, ¿no? 

—Sí. —Bryan sonrió, como si aquella admisión lo divirtiera—. Las considero amigas mías. 

—Los dos disfrutamos de buena salud. El cielo tiene un aspecto impresionante, los grillos cantan y la compañía actual... —Shay le dio un codazo— es maravillosa. ¿Cómo podría mejorar nuestra situación? 

—Te olvidas del ruido de los bares y del hedor de los callejones. 

Shay caminó en silencio a su lado mientras Bryan escudriñaba la zona en busca de algún movimiento. Él era bueno realizando aquella tarea, permaneciendo alerta y actuando de forma protectora y masculina. 

—De hecho —susurró ella—, hace poco tiempo que he aprendido a concentrarme en los aspectos positivos. Hay cosas horribles en todas partes, no sólo aquí. Personas, lugares, actitudes, malentendidos. Si te centras en ellos, te amargan la vida. Así que ¿por qué no concentrarse en las cosas buenas? 

Bryan no dejaba de vigilar los alrededores, pero Shay notó que cada vez le prestaba más atención. 

—¿Ha habido muchas cosas desagradables en tu vida? 

Últimamente, muchas. La mancha en su nombre, la desacreditación de sus esfuerzos. Shay sacudió la cabeza y dijo: 

—Nada que no pueda manejar. Él la cogió del brazo y la arrastró hacia una callejuela. 

—Claro que tú puedes manejarlo casi todo, ¿no es así? 

Shay no estaba segura, pero le pareció que él lo había dicho en tono burlón. Shay levantó la barbilla y contestó con sinceridad. ninguna otra cosa de las que le habían ocurrido en los últimos tiempos. Bryan le recordaba a Sebastian, el marido de su hermana. Eran igual de buenos, sinceros, amables, corpulentos y masculinos. Sin embargo, por Sebastian sólo sentía amistad, mientras que Bryan despertaba emociones oscuras y profundas en su interior. Bryan se dirigió hacia un edificio y comentó: 

—Espero que no te importara que les soltara a las chicas la mentirijilla de que necesitabas comprar algunas cosas. 

—En mi opinión, estuviste muy bien —reconoció ella. A continuación, lo miró a los ojos—. Necesito ciertas cosas... de ti. —Él parecía más tenso por momentos. Shay sonrió—. ¿Crees que alguna de ellas se lo tragó? 

—No, no son estúpidas. Pero creo que lo aprueban si tenemos en cuenta la forma en que nos echaron de allí. Bryan entrecruzó los dedos de su mano con los de ella y, por primera vez, Shay tuvo la esperanza de que hubiera dejado de luchar contra ella y contra él mismo. 

—Y tú, ¿lo apruebas? —preguntó ella. Bryan tiró de ella hacia una robusta puerta de madera y, en lugar de contestar a su pregunta, explicó: 

—Tuve que insistir, pero al final conseguí que el administrador instalara unos focos. Esta entrada solía estar tan oscura como la boca de un lobo. Shay decidió no presionarlo. Era suficiente que la hubiera invitado a cenar, que la cogiera de la mano y que estuviera charlando con ella. 

—¿Es aquí donde te atacaron? ¿Regresabas a tu apartamento cuando alguien te tendió una emboscada? Bryan soltó un gruñido. 

—¿Qué tal si dejamos la conversación para cuando estemos dentro? 

—De acuerdo. La puerta de la entrada no encajaba bien y Bryan la abrió de un empujón. A continuación, condujo a Shay escaleras arriba hasta la segunda planta. A cada paso que daban, el corazón de Shay latía con más fuerza y a más velocidad. 

—Hoy he hablado con Chili —comentó él rompiendo el silencio—. El muy gusano intentó escabullirse, pero le di caza. 

—¿Te refieres al hombrecito que conocí la primera noche? ¿El hombrecillo de aspecto sospechoso, despeinado y que olía fatal? 

—El mismo. —¿Qué quieres decir con que le diste caza? 

—Lo abordé en un callejón. Calzaba unos zapatos de etiqueta realmente brillantes. 

—Bryan abrió la puerta del apartamento—. Espera aquí —le dijo a Shay. Entonces recorrió en silencio el apartamento mientras encendía las luces y examinaba las habitaciones—. Todo está en orden. Puedes entrar. Shay se quedó donde estaba, atónita. 

—¿Esperabas encontrar a un intruso? —Tengo razones para actuar con precaución, eso es todo. —Una vez más, la cogió de la mano—. No quiero que te hagan daño. Shay no se movió. 

—¿Porqué? Él frunció el ceño y tiró de ella. 

—No quiero hablar en el rellano. Las paredes son delgadas como el papel y alguien podría oírnos. 

—De acuerdo. 

Shay entró y se apoyó en la puerta mientras él echaba los cerrojos. Cuando terminó, Bryan se puso frente a ella y el estómago de Shay se encogió de excitación. Bryan paseó lenta y apasionadamente la mirada por el cuerpo de Shay: desde las sandalias planas que llevaba calzadas, hasta la blusa blanca y abierta que se había puesto sobre una camiseta también blanca, pasando por el largo recorrido de sus ajustados téjanos. Entonces clavó su mirada en la de ella y le preguntó con una voz áspera y profunda: 

—¿Tienes hambre, Shay? La respiración de Shay se aceleró. 

—No... No mucha. ¿Y tú? Bryan apoyó la mano izquierda en la puerta, junto a la cabeza de Shay. Su mano era grande y áspera, tan distinta a las de Shay, finas y suaves. Los bíceps de Bryan se hincharon y se flexionaron mientras él le miraba la boca. 

—No de comida —susurró él. Shay entreabrió los labios y las rodillas se le bloquearon. —Quizá —continuó él mientras Shay notaba su cálido aliento junto a su boca— podríamos comer más tarde. 

—Ah. 

Bryan apoyó la mano derecha también en la puerta y sus antebrazos firmes y velludos rozaron las sienes de Shay. Él era tan buena persona, tan fuerte, tan moral y tan sexy. Tan generoso... y ahora tan dispuesto a poseerla. Como un predador, Bryan la acorraló y la miró con deseo. Y a Shay le pareció bien. Ella también quería devorarlo, pero... ¿debía mantener algún tipo de decoro por el hecho de que él fuera un predicador? ¿Tendría él restricciones que no tenían los demás hombres? Shay no quería incomodarlo ni provocarle rechazo. Shay se humedeció los labios y deslizó las manos por encima de los hombros de Bryan hasta alcanzar su nuca. Y tomó la decisión de actuar con cautela hasta que averiguara cuáles eran sus intenciones. 

—Mucho más tarde, espero. 

El calor estalló. Bryan apretó la mandíbula y sus ojos ardieron. Entonces, como si hubieran abierto un dique, gruñó: 

—¡A la mierda! 

Y su boca se unió a la de ella. Sorprendida por el lenguaje y por el ardor repentino de Bryan, Shay jadeó, lo cual facilitó que él ahondara en su beso. La lengua suave de Bryan rozó la de Shay, la acarició, la saboreó y jugueteó con ella hasta que Shay sintió que se derretía. ¡Oh, Dios, olía tan bien! ¡Y sabía todavía mejor! Los hombros de Bryan eran cálidos y duros como el acero y Shay notó con las palmas de las manos que su fuerte musculatura se movía sobre sus sólidos huesos. Su generoso torso presionó las suaves curvas de Shay, y la evidencia de su fuerza templada la excitó. Bryan aumentó la intensidad del beso hasta que unos puntitos luminosos empezaron a brillar tras los párpados de Shay. Se sentía aturdida, e intentó inhalar más oxígeno, pero se embriagó todavía más con la esencia masculina de Bryan. Sus uñas se clavaron en los hombros de él y Shay gimoteó. Bryan inclinó más la cabeza hacia delante, entreabrió todavía más los labios de Shay y la acercó a él hasta que los latidos de sus corazones se mezclaron. Bryan colocó una de sus grandes manos en la nuca de Shay y hundió los dedos en su cabello, agarrándola de tal modo que ella no podía moverse ni retirar la cabeza. A Shay nunca la habían besado de aquella manera. En realidad, la habían besado otras veces, pero no eran comparables con aquel beso. Resultaba evidente que Shay no tenía que preocuparse de que él tuviera restricciones. Libre de sus reservas, Shay deslizó las manos por el cuerpo de Bryan en busca de un lugar al que sujetarse, al tiempo que satisfacía su curiosidad y disfrutaba del tacto y de las sensaciones que le producía su corpulento cuerpo. Bryan consideró aquel acto como una invitación a que él hiciera lo mismo. Primero, se mostró tierno, le acarició el rostro y siguió el contorno de las orejas de Shay con unos dedos temblorosos. A continuación, la apretó con más fuerza e intentó acercarla hacia sí, aunque ella estaba ya tan próxima que acercarse más resultaba imposible. Bryan deslizó uno de sus muslos entre los de ella y le separó las piernas mientras le acariciaba el sexo con el muslo. Shay separó la boca de la de él e inspiró aire sorprendida por la rapidez con la que estaba perdiendo el control. Entonces dejó caer la cabeza hacia atrás, hacia la puerta, y soltó un gemido. 

—Más... —murmuró él y, con una firmeza implacable, volvió a besar los tersos labios de ella. 

Esta vez fue distinto. Como si la pérdida de control de Shay lo hubiera tranquilizado, Bryan suavizó el beso y le acarició los labios con los suyos mientras los lamía y los mordisqueaba con lentitud. Bryan apuntaló el antebrazo izquierdo al lado de la cabeza de Shay y buscó su pecho con la mano derecha. Al sentir el primer contacto de su mano en aquella zona de la anatomía de Shay, ella se electrificó. Shay abrió los ojos y vio que Bryan la estaba observando: tenía los ojos oscuros como el pecado y dejaba caer sus largas pestañas sensualmente. 

—Bryan... —susurró ella conmovida por la profundidad de su mirada. —Eres tan dulce y suave... —Bryan abrió la mano y su palma frotó el pezón de Shay, el cual ya estaba turgente: de atrás adelante, de atrás adelante—. No puedo esperar a saborearte. Toda. Bryan apretó la pelvis todavía más contra Shay, lo cual aumentó y calmó su dolor al mismo tiempo. Shay dejó caer de nuevo su cabeza hacia atrás. Unos besos suaves recorrieron su garganta y su clavícula dejando un rastro de húmeda calidez. Su sujetador no constituyó ninguna barrera para los fuertes dedos de Bryan. Se trataba de un sujetador fino de encaje que le rozó la piel cuando él le cogió el pezón, lo acarició, tiró de él con suavidad y lo presionó con una delicadeza que hizo que Shay casi perdiera el sentido. 

—¡Oh, Dios!

Las manos de Shay se deslizaron por la espalda de Bryan mientras ella arqueaba el cuerpo, buscaba más presión de su muslo y apretaba el pecho contra la palma de la mano de Bryan. ¡Había tanto en él para disfrutar! Era todo fuerza y musculatura. Shay deslizó las manos por la espalda de Bryan hasta su cintura... Y sus dedos se encontraron con un objeto de acero frío y duro. Alarmada, Shay separó su boca de la de Bryan. 

—¿Bryan? —¿Qué? Él continuó abrazándola con fuerza, le lamió la oreja y le mordisqueó el lóbulo. Una sensualidad embriagadora se mezcló con la alarma que empezaba a experimentar de una forma consciente. Shay cogió la pistola y tiró de ella, pero el arma no salió de la cartuchera. Shay miró a Bryan a los ojos. 

—¿Qué haces con un arma? —preguntó ella. La expresión de Bryan resultó cómica..., durante unos segundos. A continuación, se separó de Shay a tal velocidad que ella estuvo a punto de caer al suelo. Sus miradas se encontraron, la de ella confundida y todavía cargada de deseo, la de él ardiente y... enojada. ¿Con ella? Shay se apoyó en la puerta, estiró sus temblorosas rodillas y se enderezó sin dejar de mirar a Bryan. 

—Llevas encima una pistola. ¿Por qué? Transcurrieron varios segundos durante los que Shay percibió cómo las excusas se sucedían, una tras otra, en las facciones de Bryan. ¡Por el amor de Dios, que era un predicador, no un agente de la ley ni un criminal! 

—¿Estás preparando otra mentira, Bryan? Él fue el primero en retirar la mirada mientras se deslizaba la mano por el cabello y mascullaba con frustración: —No, te contaré la verdad. Pero sólo la que necesitas saber. Entonces volvió a guardar silencio, y Shay soltó un soplido de exasperación. 

—¿Y bien? —Dame un minuto —pidió él, y, con pesadumbre, prosiguió—: todavía estoy un poco trastornado por el hecho de haber olvidado que llevaba encima la maldita pistola. 

—¿Te olvidaste de que llevabas un arma? Él la fulminó con la mirada. 

—Mira, me atacaron por detrás. Alguien ha disparado a través de la ventana de la cocina. Han estado realizando extrañas llamadas al centro y han rajado los neumáticos de la ranchera... 

—¿De modo que has decidido disparar a alguien? Bryan apretó la mandíbula y encogió los hombros. 

—Dispararé a quien intente atacar el centro de acogida o a cualquiera de las mujeres que viven en él. Y esto te incluye a ti. Shay contuvo el aliento. 

—¿Quieres decir que me dispararías también a mí? 

—¡No! —Bryan parecía más destrozado a cada momento que pasaba—. Quiero decir que dispararé a cualquiera que intente hacerte daño a ti. ¡Por Dios, no me malinterpretes! Bryan parecía tan alterado que Shay casi se echó a reír. Pero no lo hizo. 

—Eres un predicador, Bryan —le recordó ella—. ¿Qué tipo de predicador manifiesta su voluntad de disparar a la gente? Él entornó los ojos. 

—Te lo dije desde el principio: soy un predicador diferente. 

—¿Un predicador armado y cargado de furia y de un sentido defensivo que considera moralmente justificados? 

—Si quieres llamarlo así. —Bryan tragó saliva y volvió a pasarse la mano por el cabello—. Mira, Shay, esconderé la pistola, ¿de acuerdo? Bryan cogió la parte inferior trasera de su camiseta y se la sacó por la cabeza. «¡Oh Dios, Dios, Dios...!» Shay contempló el torso de Bryan y sus rodillas flaquearon otra vez. ¡Magnífico! Increíblemente magnífico y excitante. Su cabello rubio contrastaba con el oscuro vello que cubría su amplio y musculoso pecho. El vello se extendía de pezón a pezón, bajaba hasta su ombligo y desaparecía en el interior de los téjanos. A Shay se le secó la boca. La piel de sus hombros y de su garganta tenía un aspecto suave y cálido, y sus huesos y su musculatura parecían sólidos y fuertes. Su abdomen estaba en una forma envidiable y podría haber servido para anunciar un gimnasio. Ningún hombre y, desde luego, ningún predicador debería estar tan bien formado. Él, sin dejar de mirarla, empezó a desabrocharse el cinturón ancho de piel negra. Shay abrió la boca dos veces antes de poder hablar. 

—¿Ahora te vas a desnudar? —Y continuó con aspereza—: ¿Aquí? 

Él le lanzó una mirada iracunda. 

—No. —Con una mano, cogió la cartuchera que tenía a la espalda y, al mismo tiempo, tiró del cinturón. Por lo visto, era lo que sujetaba la cartuchera—. Los dos nos desnudaremos en un minuto. Sólo me estoy quitando la pistola. Bryan enrolló el cinturón y la cartuchera juntos y recorrió el pasillo con pasos rápidos e impacientes. Shay no quiso quedarse atrás y lo siguió sin demora. El apartamento estaba ordenado, aunque había mucho polvo y muy pocos muebles. Era, sin duda, la vivienda de un hombre Shay llegó a la puerta del dormitorio justo a tiempo de ver que Bryan abría el cajón de la cómoda. Bryan quiso meter allí la pistola, pero el cajón estaba abarrotado: en su interior había una Biblia abultada y una caja grande de condones. Bryan contempló el cajón durante unos instantes, volvió la cabeza hacia Shay y la miró con sus ojos oscuros como si la retara a hacer algún comentario. Shay no tenía nada que decir, así que él sacó la caja de condones, la dejó encima de la cómoda e introdujo la pistola en el cajón. A continuación, lo cerró de golpe. 

—¿Mejor así? ¡Oh, Dios! El estómago de Shay se revolvió con una mezcla de excitación e incertidumbre. Aquel hombre era todo un misterio y ella sabía que una mujer inteligente se iría de allí de inmediato. Quizá, después de todo, ella no era tan inteligente, porque no pensaba irse de allí de ninguna manera. Dejando a un lado lo que no sabía acerca de él, todo lo que sí sabía en realidad era bueno. Bryan podía no ser el predicador típico, pero, sin lugar a dudas, era un hombre maravilloso. Trataba a las ex prostitutas con respeto y amabilidad, tenía una vena protectora de un kilómetro de ancho, dedicaba su tiempo a los demás de una forma desinteresada y, a cambio, se había ganado el respeto de muchas personas. Desde luego, era increíble. Poco a poco, sin dejar de mirarle a los ojos, Shay entró en la habitación y cerró la puerta tras ella. 

—Mucho mejor, gracias. 

Y, con gran expectación, se acercó a él. Bryan se sentó en la cama. Estaban por fin donde tanto había deseado y sería un estúpido si dejaba escapar aquella oportunidad. Ella se uniría a él. Justo en aquel instante. Antes de que él explotara. Shay se detuvo delante de él. Bryan la cogió por sus estilizadas caderas y tiró de ella hasta tenerla entre los muslos. 

—Tenemos que hablar de muchas cosas, pero tendrán que esperar hasta después —dijo él. 

—¿Después? —repuso Shay sonriendo con complicidad y de una forma muy femenina. 

—Exacto. 

Bryan le quitó la camisa y la dejó caer al suelo, detrás de ella. Shay respiraba con rapidez y profundidad. Él le quitó la camiseta del interior de los téjanos y se la subió un poco, sólo hasta los pechos. Entonces se inclinó y la besó en el estómago. Shay se echó hacia atrás y él le puso las manos en la parte inferior de la espalda para que no se moviera. Su piel era suave como la seda y despedía una fragancia muy femenina. Bryan frotó su boca y su barbilla contra el cuerpo de ella. Quería comérsela. Y lo haría. Este pensamiento envió una oleada de calor que atravesó todos sus músculos. Bryan se puso de pie sólo el tiempo necesario para quitarle a Shay la camiseta por la cabeza. Era tan alta que no podría haberlo hecho de otro modo. Vestida sólo con el sujetador y los téjanos estaba preciosa. Antes, Bryan había actuado de una forma apresurada, pero ahora quería saborear el momento. Mientras contemplaba sus pechos tapados con aquella fina tela, le preguntó: 

—¿Tus bragas van a juego con el sujetador? —Sí. Justo lo que él había supuesto. 

Shay era el tipo de mujer que llevaría la ropa interior a juego. Bryan se imaginó el trasero y la entrepierna de Shay cubiertos por aquella fina tela de encaje y empezó a desabrocharle los téjanos. Entonces apoyó una rodilla en el suelo, delante de Shay, y le bajó los pantalones a lo largo de sus esbeltos muslos. Después le rodeó la cintura con un brazo. 

—Levanta el pie —le indicó. Con su ayuda, le quitó las sandalias y los pantalones Cuando Shay estuvo sólo en ropa interior, Bryan se enderezó con lentitud y volvió a sentarse en el borde de la cama. Contemplarla lo afectaba de tal manera que, de momento, no se atrevía a tocarla. 

—¡Eres tan hermosa! Shay respiró hondo. 

—Yo... preferiría gustarte como persona a que me encontraras atractiva. 

A veces, lo que Shay decía no tenía sentido para él. Ella le había contado que se llevaba bien con su familia adoptiva, entonces, ¿por qué le preocupaba tanto que la aceptaran? Desde que había suplantado a su hermano, Bryan había aprendido mucho acerca de las inseguridades de las mujeres. ¿Acaso era ésta la inseguridad de Shay? 

—Me gustas mucho como persona —le contestó de corazón. Shay se acercó más a él y deslizó una mano por su cabello. 

—¿Lo dices en serio? —Había tanta ansiedad en su voz que Bryan se quedó paralizado—. ¿O lo dices porque quieres acostarte conmigo? A Bryan no le resultó fácil, pero al final consiguió separar la mirada del cuerpo de Shay y dirigirla a su rostro. 

—¿Algún hombre te ha mentido para acostarse contigo? Su pregunta cogió a Shay desprevenida y la hizo reír. A continuación, lo empujó sobre la cama y se colocó encima de él. 

—Tendrías que haber sido un detective en lugar de un predicador, ¿sabes? Las manos de Bryan se dirigieron sin demora al precioso trasero de Shay. La blanda y exuberante carne de sus nalgas llenó las palmas de las manos de Bryan y el corazón le latió un poco más deprisa. 

—¿Por qué lo dices? —preguntó él. 

—Porque contestas todas las preguntas con otra pregunta. Siempre estás indagando en busca de información y eres extremadamente suspicaz. 

Todo formaba parte de su trabajo, pero Bryan no pensaba decírselo a Shay en aquel momento. Shay se había tumbado encima de él: sus senos descansaban sobre el pecho de Bryan, tenía el estómago aplastado contra su erección y sus largas piernas entrelazadas con las de él. Con un giro hábil, Bryan se colocó encima de ella. 

—No te miento. Me gustas de verdad. —Bryan le cogió la cabeza con ambas manos y le acarició el pómulo con el pulgar—. Pero sigues siendo hermosa. —Esto no me importa. Él sacudió la cabeza en señal de asombro. 

—Es curioso, pero no me extraña. Si fueras otra mujer, quizá no te creería, pero viniendo de ti... Creo que es cierto. 

—Quítate los pantalones. Bryan no tenía un gran sentido del humor, pero Shay lo hacía sonreír con mucha frecuencia. Por lo visto, no quería seguir hablando de su aspecto. 

—¡Sí, señora! 

Bryan se tumbó a un lado de Shay e hizo lo que ella le pedía. Incluso aprovechó para quitarse los calzoncillos. Su pene estaba duro e hinchado y listo para ella. —¿Mejor así? 

Los increíbles ojos azules de Shay brillaron de pasión y miraron a Bryan con fascinación y deseo. Shay se humedeció los labios y Bryan soltó un gemido. Se sentía ansioso por experimentar el contacto de aquella boca cautivadora en su pene. 

—Mucho mejor. 

Antes de que Bryan se moviera, Shay volvió a colocarse encima de él y le besó el cuello y el torso mientras su mano se deslizaba hacia la parte inferior de su cuerpo. Él no estaba seguro de poder soportarlo. 

—Shay... 

—¡Chist! —Shay se desplazó hacia arriba, cogió el rostro de Bryan con ambas manos y lo besó en la boca con suavidad—. Hacía demasiado tiempo que no quería a alguien de esta forma. Él entornó los ojos. 

—¿Desde hace cuánto tiempo? 

Shay curvó la comisura de los labios con exasperación, aunque no podía decirse que estuviera sonriendo. 

—Ya está bien de hablar, ¿de acuerdo? A él también le parecía bien. —Entonces pongámonos manos a la obra —resolvió. 

Bryan deslizó la mano por la espalda de Shay y, con un movimiento hábil de los dedos, le desabrochó el sujetador. Las copas del sostén cayeron hacia delante y dejaron al descubierto sus pechos. 

—¡Vaya, Predicador! ¿Dónde aprendiste este truco? —bromeó ella mientras se quitaba los tirantes. 

Al ver los pechos pálidos y sedosos de Shay y sus pezones sonrosados y fruncidos, Bryan cayó presa del deseo y sintió que se le revolvían las entrañas. La necesitaba con tanta desesperación que le producía dolor. Shay parecía disfrutar con el jugueteo, y a Bryan le habría gustado continuar con él, pero el deseo era superior a sus fuerzas. Bryan la cogió por la cintura, la desplazó hacia arriba y cubrió uno de sus tensos pezones con su boca mientras lo succionaba con suavidad. Y deseó que aquel momento no terminara nunca. Shay inhaló con ímpetu y Bryan notó que sus muslos se apretaban contra los de él. Lo que había imaginado tantas veces se estaba haciendo realidad. Bryan deslizó una mano por la estilizada cintura de Shay, por la curvatura de su cadera y la introdujo en sus bragas de encaje. Todo lo que era masculino en él se aceleró con el contacto de sus nalgas firmes y abultadas que, ahora, eran para él. ¡Perfecto! Mientras el corazón le galopaba y su tensión interior iba en aumento, Bryan exploró la parte trasera de Shay y, con la palma apoyada en una de sus nalgas, introdujo los dedos entre sus piernas. Ella jadeó y se quedó paralizada mientras él le tocaba los labios húmedos e hinchados de la vulva. Los dos soltaron un gruñido. Bryan deslizó la boca al otro pecho de Shay y succionó el pezón con fuerza como reacción a la intensidad creciente del placer que sentía. Shay balanceó las nalgas contra la mano de Bryan mientras él movía sin descanso un dedo en su interior, que estaba caliente y húmedo. 

—Me he imaginado que te hacía esto al menos un centenar de veces —gruñó él junto al pezón de Shay. 

Entonces introdujo el dedo todavía más adentro y lo sacó con lentitud. Los músculos de Shay se pusieron en tensión con la intención de retenerlo en su interior. Bryan presionó el dedo hacia dentro e hizo girar a Shay sobre su espalda para poder verle el rostro. El cabello rubio de Shay se extendió sobre la almohada de la cama, sus vividos ojos azules se cerraron y sus dientes se clavaron en su labio inferior. Bryan contempló todos los matices del placer, la excitación y el deseo que cruzaron por sus facciones. Shay estaba cerca de experimentar un orgasmo, Bryan lo notaba. Entonces introdujo otro dedo en su interior y lo movió con vigor, hacia dentro y hacia fuera, mientras se deleitaba contemplando las reacciones de Shay. Ella arqueó la espalda y estrujó las sábanas entre los dedos. La mano de Bryan estaba mojada y él no pudo esperar ni un segundo más. Entonces besó a Shay en las costillas y deslizó la lengua por su cuerpo hasta su pequeño y delicado ombligo y más abajo, por la superficie extremadamente suave de su vientre. Shay exhaló un suspiro indeciso mientras se estremecía. —Bryan... Él le separó los muslos con suavidad. 

—También he pensado mucho en esto. En comerte hasta que gritaras. 

Shay se quedó muda. Bryan no sabía si su silencio se debía a la vergüenza o a la excitación, pero no le importaba. Mientras le mantenía las piernas separadas, contempló su sexo, que era de un color rosado oscuro y estaba hinchado como su clítoris. Un gruñido creció desde lo más profundo del pecho de Bryan y entonces deslizó la lengua entre los resbaladizos labios de su vulva y hacia arriba, hasta la zona más sensible. 

—¡Oh, Dios! —gritó ella mientras arqueaba la espalda y juntaba las piernas en un acto reflejo. 

—¡No! —exclamó Bryan mientras le sujetaba las piernas y la inmovilizaba—. Me gusta verte. Y saborearte. 

Entonces colocó las manos debajo de las caderas de Shay y empujó hacia arriba. El olor de Shay era fuerte, picante y embriagador. Bryan acercó el rostro a su sexo y respiró hondo mientras introducía la lengua en su interior y le lamía, una y otra vez, los labios de la vulva y el clítoris. Shay jadeó más deprisa y empezó a temblar, lo cual indicaba la proximidad de su climax. Sus músculos se pusieron cada vez más tensos... Bryan colocó los labios sobre su dulce clítoris y succionó. El grito áspero y gutural que profirió ella hizo que Bryan casi perdiera el control. Él apretó el pene contra el colchón y se concentró en no correrse hasta estar en el interior de Shay, hasta sentir la presión de sus contracciones. Shay cogió la almohada y se tapó el rostro para amortiguar sus gritos, aunque Bryan continuó oyendo los sonidos salvajes que emitía. Shay levantó las caderas hacia la boca de Bryan y hundió los talones en el colchón. Una oleada de rubor le cubrió el cuerpo. Cuando volvió a bajar las caderas, sus temblores eran menos intensos y su respiración se había vuelto rápida y superficial. Entonces Bryan se levantó para ir a buscar un condón. Shay permaneció tumbada, con las piernas abiertas y el rostro escondido tras la almohada. Ella era, con mucho, la mujer más guapa que él había conocido nunca y, aun así, se ocultaba. Bryan quiso sonreír, pero no pudo. Después de colocarse el condón, le quitó la almohada a Shay y la tiró al otro extremo de la habitación. 

—Quiero verte. 

Shay abrió unos ojos somnolientos y estiró los brazos hacia él. Bryan mandó su refinamiento al infierno, se tumbó encima de ella, la abrazó con tanta fuerza que los corazones de ambos palpitaron al unísono y la besó en la boca mientras introducía la lengua entre sus labios. Y entonces la penetró con fuerza y profundidad. Shay estaba tan húmeda que el acto se produjo con facilidad y naturalidad, como si hubieran hecho el amor docenas de veces. Shay le clavó las uñas en los hombros, le rodeó la cintura con las piernas y lo acercó más a ella para que pudiera penetrarla de una forma todavía más profunda. Bryan sabía que no aguantaría mucho, pero deseaba con desesperación producirle más placer. Entonces deslizó una mano por debajo del trasero de Shay y lo elevó para penetrarla mejor. Ella gimió junto a su boca y se adaptó a la velocidad que él marcaba. Juntos se agitaron a un ritmo cada vez más frenético, con fuerza, rapidez y profundidad y Shay alcanzó de nuevo el climax, pero esta vez de una forma más intensa y prolongada. Bryan notó que Shay sudaba y saboreó su sudor al deslizar la boca por su hombro. Y entonces también él alcanzó un orgasmo impresionante. El tiempo pareció detenerse. El aire de la habitación estaba cargado con la mezcla del olor de ambos y del olor del sexo, y sus cuerpos estaban unidos desde los hombros hasta las caderas. Las piernas de Shay se desplomaron sobre el colchón, pero él no podía separarse de ella. Todavía no. No quería separarse de ella nunca. Bryan continuó con el rostro pegado al de ella intentando recuperar el dominio de sí mismo. Una vez saciado, agotado y emocionalmente conmocionado, Bryan se puso a acariciar el cabello despeinado de Shay pensando qué demonios podía decir. Shay tragó saliva y flexionó una rodilla para estar más cómoda. 

—Ha sido... increíble —dijo en un suspiro mientras se estremecía y besaba el hombro de Bryan. 

Él sonrió con amplitud. ¡Cómo no!, Shay se encargó de romper la incertidumbre del momento. Rejuvenecido por su alabanza, Bryan volvió el rostro hacia ella. —¡Tú sí que eres increíble! 

Shay tenía los ojos cerrados, pero realizó una mueca de satisfacción. 

—Ayúdame a repetirlo y quizás entonces te crea. Bryan soltó una carcajada, se tumbó sobre la espalda y tiró de Shay para que se pusiera encima de él. Ella se echó sobre él y acurrucó su cara junto al cuello de Bryan. 

—Espero que esto no haya constituido una aventura de una sola vez, Bryan — susurró ella después de unos instantes. 

—No. 

Él deslizó las yemas de los dedos a lo largo de su preciosa columna hasta alcanzar su trasero. Le encantaba tocarla. Le encantaba abrazarla. Le encantaba... ¡Mierda! 

—¿Una vez? —preguntó él con sorna—. Desde luego que no. 

De hecho, si me concedes unos minutos, estaré listo otra vez. Ella le retorció el vello del pecho y después se lo alisó con suavidad. 

—Entonces ¿te importa si doy una cabezadita? Ha sido un día muy ajetreado. Él quería decirle que sí, que le encantaría que se durmiera en sus brazos, pero primero tenían que hablar de ciertas cosas. 

—Lo siento cariño, pero sí que me importa. Ella levantó la cabeza y frunció el ceño. 

—No me digas que peso demasiado para ti. —Shay le dio un golpe en el pecho —. Sé que no soy exactamente una pluma, pero tú eres duro como un ladrillo. Y tan fuerte que... Él le tapó la boca con la mano y la hizo callar. 

—Tenemos que hablar. 

—Vaya... 

Ella se echó para atrás, no físicamente, sino en un sentido emocional, y a Bryan le molestó. Acababan de compartir una sesión de sexo increíble y ella lo había admitido, ¡por el amor de Dios! Sin embargo, todavía quería tener secretos para él. Bryan dedujo que, fueran cuales fueran los problemas que ella tenía, él tardaría tiempo en sonsacárselos, de modo que se tragó su impaciencia y dejó de lado aquella cuestión. 

—¿Recuerdas que te dije que había hablado con Chili? 

—¡Ah, sí! 

Shay se relajó visiblemente y se sentó en el borde de la cama con rapidez. «¡Vaya, esto sí que es entretenido!», pensó Bryan mientras contemplaba de nuevo su cuerpo desnudo. Ella era tan poco consciente de su desnudez que lo excitaba. Otra vez. Al instante. Bryan intentó dominarse. «Primero el trabajo.» Entonces se dirigió al lavabo para deshacerse del condón. 

—¿Quieres beber algo? —le preguntó a Shay. 

Unos segundos más tarde ella estaba allí, en el umbral de la puerta del lavabo, todavía desnuda como un bebé. 

—Me iría bien algo frío. ¿Quieres que vaya a buscar bebidas? Su mirada estaba clavada en las manos de Bryan, quien se estaba quitando el condón. ¿Acaso nada la hacía sentirse incómoda? 

—¿Por qué no nos ponemos algo de ropa y vamos a la cocina? —preguntó él. 

—¿Por qué a la cocina? Buena pregunta. —Si volvemos a la cama, querré hacer el amor contigo otra vez —respondió Bryan contemplando su cuerpo perfecto. Por lo que él sabía, ella no tenía ningún defecto—. De hecho, si no te tapas, ni siquiera llegaremos a la cama. —Bryan dirigió la mirada al rostro de Shay con esfuerzo—. Y es preciso que aclaremos algunas cosas. 

Shay pareció reflexionar y, al final, se encogió de hombros. 

—¿Puedo coger una de tus camisetas? —Como quieras. 

Entonces regresaron al dormitorio y Shay se puso la camiseta que Bryan llevaba puesta antes. Shay era alta y esbelta, de modo que la camiseta le cubría la mayor parte del torso. Sin embargo, mientras caminaba, Bryan echó una cuantas miraditas a su trasero. Él se puso los calzoncillos 

—¿Todavía quieres cenar? 

—Sí, me muero de hambre. —Shay arrugó la nariz—. pero no quiero que pierdas el tiempo cocinando cuando podríamos dedicarlo a otras cosas... ¡Buena idea! 

—De acuerdo. Entonces, en lugar de costillas, puedo preparar unos sandwiches de queso. 

—Suena bien. —Shay salió contoneándose de la habitación y le dijo por encima del hombro—: La verdad es que me ha entrado hambre. Además, no quiero que pienses que soy una mujer que sale barata. 

—¡Eso nunca! 

Bryan frunció el ceño. Él sabía la verdad. ¿Cómo podía considerar que salía barata si le había robado el corazón?

Capitulo 10

Bryan dejó un segundo sandwich de queso delante de Shay. Se había pulido el primero en un tiempo récord. 

—Gracias. Si Morganna y Patti me vieran devorar la comida de esta manera, no volverían a hacerme caso cuando hablara de buenos modales. 

—Ellas más que nadie entenderían por qué tienes hambre —comentó él mientras le guiñaba un ojo. Bryan le resultaba irresistible incluso antes de que mostrara su aspecto más divertido, pero ahora que bromeaba con ella, Shay estaba perdida del todo. ¿Quién podía resistirse a un hombre que era fuerte, competente, que tenía suficiente confianza en sí mismo para cuidarse de una forma abierta de los demás y que, para colmo, era divertido? Ella no. Y no le importaba. Si aquello era amor, ella lo aceptaba encantada. Ningún hombre la había conmovido tanto como él. Algo, su intuición femenina, sus instintos, o la vieja y querida química, le decían que Bryan y ella eran iguales en los aspectos más importantes. Los dos tenían los mismos objetivos. Ella nunca se aburría con su charla y adoraba su físico alto y fuerte. Además, hacer el amor con él era algo tan intenso que la asustaba. Y no había nada más que la asustara. Él podía ser su compañero, el hombre que la hiciera feliz. De una u otra forma, se ganaría su corazón. 

—Entonces, ¿qué te contó Chili? Bryan se sentó delante de ella. 

—Según él, Leigh y Amy tenían el mismo chulo. 

—Pero... ¡si las dos tenían una relación personal con él! —exclamó ella sobresaltada—. Amy cree que es especial y Leigh afirma que era su novio... 

—Exacto. Él las manipulaba a las dos de la misma manera. 

Cuando Shay pensaba en su infancia, lo que más le dolía era el abandono y los malos tratos emocionales. Las heridas de la piel cicatrizaban y eran más fáciles de ignorar que las del corazón. 

—¡Menudo bastardo! —exclamó ella. 

—Así es. 

Shay intentó pensar en otra cosa para tranquilizarse. 

—Sin embargo, él no puede ser el autor de los últimos ataques. Dijiste que lo detuvieron por un asunto de drogas. 

—Esto es lo que me contaron, pero el sistema judicial no siempre funciona correctamente. Es posible que el muy cerdo ya esté libre. 

Shay perdió el apetito por completo. 

—¿Crees que era él quien estaba en las proximidades de la casa de Dawn cuando fui a ver a Leigh? Bryan asintió con la cabeza. de ellas. La sangre de Shay pareció congelarse en sus venas y la dejó fría y aturdida. 

—¡Es increíble! Y da miedo. Bryan estiró las piernas y cubrió con sus grandes pies los de Shay. 

—Leigh me dijo que su chulo se llamaba Freddie y Chili me ha contado que se trata de Freddie Baker. —Bryan deslizó la mirada por el rostro de Shay—. Tengo que hablar con Amy sobre esta cuestión y hacerle algunas preguntas, pero me gustaría que me acompañaras. Amy confía más en ti que en mí. Shay apenas lo escuchó. 

—Tenemos que detenerlo —susurró con determinación. 

Las facciones de Bryan se endurecieron. Se inclinó sobre la mesa, apoyó las palmas de las manos en la superficie, y repuso: 

—Te equivocas. Yo tengo que detenerlo. Y lo haré. Bryan esperó a que ella accediera y Shay se encogió de hombros. 

—No me interpondré en tu camino. Aunque ella podía contratar a más personas para que lo encontraran y para que vigilaran a las mujeres hasta que Freddie estuviera entre rejas otra vez. Bryan la observó unos instantes más y Shay intentó que su expresión fuera lo más inocente posible. Al final, él volvió a aposentarse en su silla. 

—Por desgracia, no sé dónde se encuentra. Se suponía que tenía que presentarse ante su agente de la condicional, pero no lo ha hecho. 

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Shay, pero antes de que Bryan pudiera responder, continuó—: Está bien, más contactos, ¿no? 

—Algo parecido. —Para ser un predicador, tienes muchos amigos influyentes. 

Bryan cambió de posición y acomodó sus anchos hombros en el respaldo. 

—A causa de mi trabajo con las mujeres, estos amigos me resultan muy útiles. 

—¿Tus amigos en la policía? Él se encogió de hombros. 

—Y Joe Winston. 

—¿Quién? Bryan sonrió: le había venido a la mente un recuerdo divertido. 

—El peor hijo de puta de todos. Antes era un cazarrecompensas, y también fue inspector y agente de la policía, pero, en la actualidad, dirige un parque en Visitation, Carolina del Norte. Y hace todo lo que puede para aguantar el ritmo de Luna. 

—¿Luna? «Vaya un nombre más extraño», pensó Shay, aunque Bryan lo pronunció con una sonrisa en la boca. 

—Es su esposa. Y, por si esto fuera poco, sus hijos adoptivos, Willow y Austin, también lo mantienen entretenido. Aunque te aseguro que le encanta. —Y añadió con una risita—: ¡El muy farsante! A Shay le gustaba su risa. Era profunda, auténtica y natural. 

—Si vive en Carolina del Norte, ¿de qué lo conoces? ¿Tú también vivías allí? Bryan la miró con sorna. 

—¿Y tú me acusas de hacer demasiadas preguntas? 

—Las mías sólo se deben a una simple curiosidad. 

—¡Ya! Bryan no la creyó ni por un segundo, pero Shay no se molestó en defender su afirmación. Quería saberlo todo acerca de Bryan y, con el tiempo, se lo contaría todo acerca de ella. Pero no antes de estar segura de que él la quería de verdad y de que la comprendería. 

—Antes de seguir a Luna hasta Carolina de Norte, Joe vivía en Ohio. Y yo... solía visitarlo allí. Bryan cambió de postura y cruzó los brazos encima de la mesa. Resultaba evidente que analizaba todos sus pensamientos antes de decidirse a compartirlos con ella. Shay se preparó para una gran confesión. Quizá le contaría que, en realidad, ni siquiera era un predicador. Sin embargo, él declaró: 

—He comprado un terreno en Visitation. 

—¿De verdad? 

La sorpresa se transformó, de inmediato, en preocupación. ¿Quería esto decir que pensaba mudarse? ¿Y qué sucedería con su trabajo? ¿Qué les ocurriría a las mujeres? Ella acababa de comprar una casa cerca del centro de acogida y había imaginado que trabajarían juntos, unidos tanto por sus convicciones como por el amor. 

—Sí, cerca de donde vive Winston. —Bryan se encogió de hombros—. Se trata sólo de un acre, pero se encuentra en un lugar muy apartado, limitado por los campos de un granjero. Un riachuelo transcurre a lo largo de uno de los extremos y hay muchos árboles que ya dan fruto. Bryan parecía estar enamorado por completo del terreno. Shay, alarmada, soltó: 

—No pensarás trasladarte allí, ¿no? 

—Es posible. Algún día. —Bryan examinó a Shay durante unos instantes—. ¿Te gusta el campo? 

A ella le gustaría vivir en cualquier lugar en el que viviera Bryan. 

—Claro. Desde luego. ¿Por qué no? La rapidez con que respondió hizo sonreír a Bryan. 

—Nada de centros comerciales ni entretenimientos. Sólo montones de árboles y muchos bichos. Aunque el aire está limpio y el riachuelo está muy hermoso a la luz del sol o a la de la luna. Y se ven ciervos, coyotes y pavos salvajes. 

—Se diría que desearías estar allí ahora mismo. Él dudó otra vez y frunció el ceño. 

—Siempre he deseado vivir en el campo, lejos del tráfico y la contaminación. — Entonces agudizó la mirada—. Pero a mi esposa le gustaba la ciudad. Shay casi se cayó del asiento. 

—¿Tu esposa? —repitió. 

—Falleció. Bryan observó a Shay con atención mientras hablaba. ¡Oh, cielos! No podía ser que se alegrara por lo que le acababa de contar, pero... 

—¿Qué le ocurrió? 

—La asesinaron. —Bryan sacudió una mano en el aire—. Una bala que iba dirigida a otra persona la mató. Falleció casi de inmediato. A Shay se le cayó el corazón a los pies. 

—Lo... lo siento —declaró mientras sacudía la cabeza. Sus palabras parecieron afectar a Bryan. 

—¿Has terminado de comer? —le preguntó mientras se ponía de pie de repente. Shay tenía un nudo enorme en la garganta y se habría atragantado si hubiera intentado tragar otro bocado. 

—Sí. —Entonces volvamos a la cama —declaró él mientras le tendía una mano. 

Más que una oferta, se trataba de una orden. Su determinación era tal que el habitual marrón de sus ojos se había teñido de negro, y tenía la mandíbula tensa e inflexible. Shay no titubeó, aceptó su mano y se dejó guiar a lo largo del pasillo. Con cada paso que daban hacia el dormitorio, la urgencia de Bryan crecía, hasta que Shay pudo sentirla. El vibraba con una mezcla de testosterona, deseo salvaje de posesión y determinación de hierro. Nada más cruzar el umbral, él se volvió y la acorraló contra la pared. Bryan la besó en la boca, le cogió el muslo y lo subió hasta apoyarlo en su cadera para que Shay pudiera sentir su erección, fuerte y dura, contra su cuerpo. Shay enseguida estuvo a punto. Bastaba con que le sonriera para que ella se encendiese, pero saber que él la necesitaba, darse cuenta de que pensar en su esposa lo había empujado a buscar un desahogo, le hacía sentir, también a ella, el deseo apremiante de estar con él. Shay quería ser la mujer a la que él acudiera cuando necesitara algo. Cualquier cosa. Ella le devolvió el beso con suavidad y de una forma insinuante mientras le acariciaba el pecho y deslizaba la mano entre sus cuerpos hasta alcanzar la bragueta de sus calzoncillos. Sus dedos rodearon el miembro palpitante de Bryan. Él soltó el aliento, echó la cabeza hacia atrás y permitió que ella hiciera lo que quisiera. Shay notó, en el dorso de sus dedos, el abdomen cálido y duro como una roca de Bryan. Sus calzoncillos eran de algodón suave y se amoldaban a sus genitales. Shay utilizó ambas manos para acariciarlo y excitarlo. La piel morena de su pecho la atrajo y Shay acercó sus labios y lo besó, disfrutó de su sabor mientras deslizaba los labios por encima de sus huesos y de su musculatura flexible. Cuando se disponía a introducir la mano en los calzoncillos de Bryan, él la detuvo. Sus miradas se encontraron. Las aletas de la nariz de Bryan se agitaron con sus respiraciones profundas. Entonces él la cogió por los brazos, le dio la vuelta y la inclinó sobre la cama. 

—Esta vez quería ir más despacio —susurró él con voz grave mientras le quitaba la camiseta, le cogía los pechos y le acariciaba los pezones—. ¡Dios, me siento como si acabara de salir de un año de celibato! Shay jadeó, se dio la vuelta y tiró de él. 

—En mi caso es cierto, aunque, en realidad han sido dos. Él se quedó helado, se enderezó y la miró con incredulidad. A ella, sin embargo, no le importó. —Yo también he estado casada —susurró ella mientras le tocaba el labio inferior—. Y no ha sido fácil desde entonces. —La expresión de Bryan no cambió—. No me importa si no me crees, pero tú eres especial, Bryan Kelly. Especial para mí y, seguramente, para muchas personas. Después de unos segundos, él le apartó el cabello del rostro, la besó en la frente y se dirigió a la cómoda para coger un condón. 

—Despacio —declaró él mientras se colocaba el condón con facilidad—. Iré despacio, aunque sea lo último que haga. Shay sonrió con amplitud. 

—En realidad me gustó cuando lo hiciste deprisa y con fuerza. Él cerró los ojos. 

—A mí también. 

—Entonces, ¿por qué complicarnos en busca de la perfección? 

Él luchó contra sí mismo, pero, al final, perdió. Entonces soltó un gruñido, se volvió hacia ella y, al cabo de un instante, sus manos estaban por todas partes. Bryan le cogió los pechos mientras le atormentaba con suavidad los pezones. Después le acarició la piel hasta llegar al estómago, deslizó los dedos entre su vello púbico, le separó los labios e introdujo un dedo en su interior. Mientras ella gemía junto a su boca, Bryan se colocó entre sus piernas y le separó las rodillas. Entonces Shay sintió cómo su gruesa erección la penetraba. Y fue maravilloso y excitante. Esta vez, también hicieron el amor deprisa, como antes pero de una forma infinitamente más tierna. Shay permanecía acurrucada contra él. Tenía la cabeza apoyada en su hombro y jugueteaba con el vello de su torso. Estaba rendida y adormecida y la envolvía una inmensa dulzura. 

—Me interesas, Bryan. Y mucho. 

Bryan cerró los ojos. Los inesperados comentarios de Shay siempre lo pillaban desprevenido. 

—¿Qué le ocurrió a tu marido? —Falleció hace unos años. 

—¿Cómo? —Nada más preguntarlo, Bryan se dio cuenta de que había sido demasiado brusco—. ¿Sufrió un accidente? Shay sacudió la cabeza. 

—Phillip era un hombre encantador. Amable, cariñoso... Todo el mundo lo quería. 

—¿Tú también? —Yo lo quería por encima de todo. —Shay se acercó más a él—. Era mayor que yo. 

—¿Mucho mayor? Shay titubeó. 

—En realidad, sí. 

Bryan no indagó más sobre aquella cuestión. No quería saberlo. Dada su infancia desgraciada, seguramente, Shay había buscado apoyo en un hombre mayor, en una figura de autoridad. Había buscado amor y aceptación... Aquello no funcionó. Unas imágenes perturbadoras de Shay buscando afecto con desesperación cruzaron su mente y a Bryan se le revolvió el estómago. Entonces la abrazó con más fuerza. No permitiría que volviera a sentirse de aquella manera. Fuera como fuera, se aseguraría de que ella fuera consciente de su propia valía. 

—Estaba débil del corazón y tuvo problemas de salud durante años, hasta que finalmente murió. —Shay levantó el rostro para mirarlo—. ¿Tu esposa también era maravillosa? 

En general, a Bryan no le gustaba hablar de Megan, pero con Shay todo era distinto. Entonces sacudió la cabeza. 

—No, no lo era. Era... egoísta. Y estaba confusa. 

Bryan deslizaba sin cesar los dedos por el cabello largo y claro de Shay: resultaba sedoso y cálido al tacto, como toda ella. Bryan no podía dejar de tocarla y tampoco podía detener la marea de emociones que crecía en su interior y se hacía más potente a cada momento. 

—En muchos aspectos, era demasiado inocente para su propio bien. Esto es lo que me atrajo de ella al principio. —Bryan reflexionó acerca de lo que iba a decir y, a continuación, le contó cosas que no había compartido con nadie, ni siquiera con su padre o su hermano—. Nuestro padre nos crió solo. ¿Te he contado que mi padre también es predicador? 

—No, no me has contado nada de tu familia. 

Ahora, lo había pillado. Por necesidad, él le había sonsacado cosas de su vida, pero había mantenido la suya para sí mismo. Sin embargo, podía compartir con ella algunas cosas. 

—Mi madre odiaba la vida sencilla que llevábamos. Al principio, mi padre trabajaba en el ejército y mi madre creía que viajaríamos mucho y que veríamos mundo. Pero entonces, mi padre recibió la llamada y dejó el ejército para convertirse en predicador. —Bryan, perdido en sus pensamientos, acarició el hombro de Shay—. Mi padre es bueno en lo que hace, pero mi madre odiaba su trabajo. La casa era modesta y el presupuesto, ajustado, y ella quería más, de modo que se marchó. 

—¿Todavía la ves? Él negó con la cabeza y prosiguió: —Con el tiempo, volvió a casarse, pero poco después falleció de cáncer. De todos modos, nunca mantuvo el contacto con nosotros ni tuvo más hijos. Yo no llegué a conocerla de verdad, de modo que no la echo de menos. Pero ya hace tiempo decidí que no me enamoraría de una mujer que no se sintiera bien conmigo y con lo que yo hago. 

—¿Y creíste que tu esposa se sentiría bien contigo? Él se encogió de hombros. 

—Ella era tímida e insegura y necesitaba que alguien la cuidara. Yo creí que podía ser esa persona. 

Shay le dio un cálido beso en el torso, justo encima del corazón. 

—¿Todavía la amas? 

—No. —Bryan pensó en Megan y continuó—: Me siento culpable y creo que siempre me sentiré así. 

—¿Porque crees que podrías haberla salvado? 

—Sí, podría haberla salvado. —Pero no lo hizo. Estaba demasiado cabreado para darse cuenta del peligro que ella corría. Tenía que ir con mucho cuidado con lo que contaba, pero, por alguna razón, quería que Shay lo comprendiera—. Le molestaba que dedicara tanto tiempo a mi trabajo y se sentía abandonada. Entonces se lió con otro hombre. Un criminal que no era más que pura escoria. Lo buscaban. — Incluso él, pero esto no podía contárselo a Shay. Si le contaba que Bruno utilizó a Megan para hacerle daño, le estaría revelando demasiada información—. Ella se vio atrapada en un fuego cruzado.

Shay se colocó un poco más arriba para ver su rostro. 

—Entonces, ¿cómo podrías haberla salvado? 

Por extraño que pareciera, Bryan no quería arruinar la impresión que Shay tenía de él, no quería que supiera que él era el peor de todos los bastardos del mundo. Sin embargo, Bryan sabía que, tal como era Shay, no se daría por vencida y que, al final, averiguaría la verdad acerca de él, de modo que lo mejor era que le contara la verdad poco a poco, para que se fuera preparando. 

—Puedes contármelo, ya lo sabes. —Ella le cogió el rostro con delicadeza, se inclinó y le dio el beso más tierno que nunca le habían dado—. Puedes contármelo. 

Bryan cogió la estrecha cintura de Shay con ambas manos, miró sus inocentes ojos azules y admitió la terrible verdad. 

—Yo sabía dónde estaban. Yo mismo envié a las autoridades tras ellos. Podía haberla avisado con antelación, pero... quería que presenciara el drama de un hombre al ser arrestado por la policía. Quería que ella viera... Bryan se interrumpió y apartó la mirada. 

—¿Querías que viera lo que había escogido en lugar de estar contigo? 

A pesar de su inquietud, Bryan percibió la textura sedosa de la piel de Shay, el calor de su cuerpo y su excitante olor. Sin embargo, en lugar de excitarlo, ahora lo reconfortó. Ella lo reconfortaba. Bryan asintió una vez con la cabeza. 

—Más o menos. No se me ocurrió que pudiera resultar herida. No pensé en otra cosa más que en mi ego, en mi rabia. 

—En tu dolor. —Shay se echó sobre él y lo abrazó con todo su cuerpo—. Eres un hombre duro y masculino, Bryan, pero nadie resulta inmune al dolor. Él quería negarlo, pero sabía que no podía hacerlo. Ya le había contado suficientes mentiras a Shay. 

—¿La policía atrapó a aquel hombre? —preguntó ella con voz más suave. 

—No. Cuando dispararon a Megan, dedicaron todos sus esfuerzos a salvarla y Bruno se escapó. —Bryan entrelazó los dedos en los cabellos de Shay y le hizo levantar la cabeza para que viera su satisfacción—. Yo quería atraparlo. Por Megan y por mí, pero fue Joe Winston quien lo hizo. 

—Me alegro de que no lo atraparas tú. 

—¿Porqué? 

—Porque eres un predicador, no un cazarrecompensas, y podrías haber resultado herido. 

—¡Dios! 

Bryan se tapó los ojos con una mano. ¿Por qué tenía ella que recrearse en sus mentiras y echárselas a la cara? 

—O, al estar emocionalmente implicado, podrías haber sido tú quien hiriera a Bruno —continuó Shay besándole uno a uno todos los dedos hasta que Bryan retiró la mano de su rostro—. Esta posibilidad tampoco habría sido buena. Me alegro de que Joe Winston lo atrapara. 

Bryan la miró a los ojos y sintió que parte de la agobiante culpabilidad que experimentaba se desvanecía. 

—Sí, yo también me alegro. —Y lo dijo de corazón—. Ahora el hijo de puta se está pudriendo en prisión. 

—Donde Freddie Baker debería estar. Él la besó en la boca. 

—No te preocupes por Freddie. Yo me ocuparé de él. 

Shay se disponía a comentar algo cuando el teléfono móvil de Bryan sonó. El hecho de que no sonara el fijo le indicó a Bryan que quien llamaba no era ninguna de las mujeres del centro. Bryan salió de debajo de Shay. 

—¡Maldita sea! ¿Dónde están mis pantalones? Shay los encontró en su lado de la cama y se los tendió. El instinto le indicaba a Bryan que algo iba mal, si no, no le telefonearían. Después de sacar con esfuerzo el teléfono del bolsillo de los téjanos, Bryan contestó la llamada. 

—Kelly al habla. —Esto te encantará, Bryan. 

—¿Joe? —Sorprendido, Bryan miró a Shay. Ella estaba totalmente desnuda, sentada a su lado con las piernas dobladas. Su expresión reflejaba tanta curiosidad como la que él sentía—. ¡Menuda coincidencia! 

—Yo no creo en las coincidencias. 

—Sí, lo sé, pero justo ahora estaba hablando de ti. 

—Seguro que se trataba de una conversación fascinante —masculló Joe—, pero Jamie está aquí y no deja de decir chorradas acerca de ti y de las mujeres en las que no deberías confiar. Está muy nervioso. 

—¿Jamie? ¿Nervioso? Por lo que recuerdo, es impasible. 

—Pues ahora no está nada tranquilo. —Se produjo una pausa, se oyó un sonido de indignación y Joe continuó—: Jamie dice que interrumpimos algo. ¿Es cierto? A Bryan se le escapó la risa. El alcance de las supuestas habilidades de Jamie le maravillaba. 

—En realidad... 

—¡Estupendo! Tenía que acertar, ¿no? —Y luego exclamó—: ¡Vamos, cállate, Jamie! Bryan se dio cuenta de que Joe estaba para pocas fiestas. —Concédeme un segundo. Enseguida estoy contigo —declaró. Entonces tapó el micrófono del teléfono y se volvió hacia Shay—. Quien me ha telefoneado es nada más y nada menos que Joe Winston. Shay lo miró fascinada. 

—¿De verdad? —Tiene que contarme unas cuantas cosas y me imagino que las mujeres del centro se inquietarán si llegas tarde, de modo que ¿por qué no te vas vistiendo mientras hablo? 

—¿Quieres intimidad? ¡Cielos, no! Lo que él deseaba era tumbarla en la cama y amarla otra vez. 

—No, pero ya es hora de que te acompañe de vuelta, de modo que vístete mientras termino de hablar por teléfono, ¿de acuerdo? 

—Desearía poder quedarme. 

¡Maldición! Él también lo deseaba. Bryan la cogió por la nuca y tiró de ella para besarla, pero olvidó tapar el teléfono. 

—Yo también lo deseo, cariño, pero ponte la ropa antes de que olvide mis buenas intenciones. Bryan oyó las risas de Joe a través del auricular. 

—¿Tú, buenas intenciones? Supongo que ella no creerá semejante mentira, ¿no? Bryan se apoyó en la cabecera de la cama y contempló a Shay mientras se dirigía con lentitud hacia el lavabo. 

—Desde luego que lo cree. 

—Entonces no debe de conocerte mucho. 

Si tenía en cuenta que ella creía que él era un predicador Bryan podía decir con seguridad que no lo conocía en absoluto. 

—Supongo que no. 

—Justo lo que yo creía. Bueno, tal como están las cosas creo que debería soltártelo ya. 

—¿Y bien? —Jamie dice que una mujer intenta hacerte daño. A Bryan aquella idiotez le molestó más de lo normal, apretó el teléfono con fuerza y la vista se le nubló. Él no creía en la supuesta habilidad visionaria de Jamie, a pesar de que la había presenciado personalmente y de que, en Visitation, todos, salvo unos cuantos hombres, creían en ella. Sin embargo, el vello de la nuca se le erizó y un escalofrío le recorrió la columna vertebral. 

—¿De qué demonios me hablas? Joe suspiró. 

—Ya me imaginé que te cabrearías. Espera, Jamie te lo explicará. 

—¡No! —Bryan se enderezó de inmediato—. ¡No quiero hablar con ese maldito chiflado! 

—Algo no va bien —explicó Jamie con su voz profunda y suave. Bryan se dejó caer hacia atrás y se golpeó contra la cabecera. 

—¡Ya empezamos...

! A pesar de que había visto a Jamie Creed en escasas ocasiones, sólo durante sus viajes a Visitation, Bryan sabía que cuando empezaba a contar sus predicciones, lo mejor que se podía hacer era escucharlo hasta que terminara. 

—Todavía no lo tengo todo claro —murmuró Jamie con un aire de misterio que pocos podían igualar—, pero confías en una mujer en la que no deberías confiar, una mujer que te traicionará. Como si las palabras de Jamie la hubieran convocado, Shay entró en la habitación en aquel mismo momento. Se había lavado el rostro y todavía lo tenía húmedo, e inclinaba la cabeza mientras se desenredaba el cabello con los dedos. Parecía un ángel, un ángel sexy, fuerte y maravilloso. Al ver que Bryan la miraba, Shay le sonrió. A continuación, se agachó y se puso las bragas. ¡Dios, no podía ser, Jamie no podía estar refiriéndose a Shay! Resultaba evidente que Shay guardaba secretos, pero si lo hacía era por su triste pasado y su infancia desgraciada. 

—¿De quién se trata? —preguntó Bryan. Aunque no creía en todo lo que Jamie decía, quería que le confirmara que no se trataba de Shay. 

—Esto es todo. No sé de quién se trata. Ojalá lo supiera. Pensaba esperar antes de ponerme en contacto contigo, pero, de repente, pareció más... urgente. Como si la situación se hubiera acelerado. Sí, se había acelerado hasta alcanzar un climax descomunal. Y dos veces. Un puño invisible estrujó el corazón de Bryan. Aun así, él manifestó: 

—No creo en tonterías. A Jamie no le afectaban los desprecios. 

—No tienes que creértelo, sólo actúa con cuidado. 

—Siempre lo hago. 

—No es cierto, no eres tan prudente como deberías. De hecho, últimamente has estado dando palos de ciego. Bryan odiaba los desprecios. 

—¡Oye, fantasma...! 

—Olvídalo, se ha ido —contestó Joe—. Ya sabes cómo es Jamie. Suelta su rollo y después desaparece para maquinar más formas de atormentarnos. 

De repente, el estado de ánimo de Bryan se desplomó. 

—Tú crees tan poco en él como yo. Entonces, ¿por qué demonios me has telefoneado? —Luna me obligó a hacerlo. —A Joe parecía divertirle su confesión—. Ella sí cree en Jamie. Y a ti te quiere con locura. Ahora no puedo permitir que esté preocupada, ¿no crees? 

Shay se había puesto el sujetador y estaba introduciendo los brazos en las mangas de la camiseta. Bryan se la comió con los ojos. No pensaba desconfiar de Shay por una extraña advertencia que procedía de un hombre que apenas se relacionaba con los demás. 

—Ahora tengo que colgar —dijo Bryan. 

—Sí, de acuerdo, pero... Bryan... 

—¿Qué? —Por si Jamie tiene razón... Bryan soltó un gruñido alto, prolongado y exagerado. 

—¡No me digas que ahora tú también te tragas esta porquería! 

—No, pero, por si acaso, vigila tu espalda. Y si me necesitas para algo, sea lo que sea... Bueno, te debo una, ¿vale? De modo que házmelo saber. 

Bryan sopesó su oferta. Sabía que se lo decía sinceramente, y también sabía que no podía encontrar mejor respaldo que el que le ofrecía Joe. 

—Te lo agradezco, Joe —afirmó y, para pincharlo, añadió—: Dile a Luna que la quiero. 

—¡Una mierda! 

Joe cortó la comunicación y Bryan sonrió. Cuando resolviera el asunto de su hermano, quizás invitaría a Shay a pasar unas cortas vacaciones en Visitation. Cuando Jamie la conociera, sabría que no suponía una amenaza para nadie. Shay ya estaba vestida y se disponía a calzarse las sandalias sentada en el borde de la cama. 

—¿De qué iba la llamada? Bryan la observó, se preguntó si debería contárselo y, al final, pensó: «¿Por qué no?» Sentía curiosidad por ver la reacción de Shay cuando le hablara de la leyenda viva de Visitation. ¿Creería en él? Era probable que sí. 

—En Visitation hay un tío misterioso y solitario que se llama Jamie Creed. Los habitantes de la ciudad lo idolatran, al menos, las mujeres. Él afirma tener una especie de percepción extrasensorial. Shay abrió los ojos con interés. 

—¿Es un vidente? 

—Algo así. No sé con exactitud cómo lo hace, pero, según las mujeres de la zona, Jamie es un fantasma romántico que sólo baja de su montaña cuando tiene predicciones nefastas que suelen dar en el blanco. Shay estaba fascinada. 

—¿Es guapo? —preguntó. 

—¿Yo qué sé? 

En el exterior, como era habitual en la zona, se oyeron sirenas de la policía. Muchas veces, se oían durante toda la noche. Bryan bajó de la cama y cogió sus pantalones. Ya hacía rato que debería haber acompañado a Shay de vuelta al centro de acogida. 

—Bueno, ¿y qué aspecto tiene? Bryan encogió un hombro. 

—Es alto, moreno, greñudo y con barba. Supongo que parece un ermitaño. Tiene los ojos oscuros, y denotan inteligencia. No hay nada turbio en él, salvo las tonterías que suelta por la boca. Bryan se subió la cremallera de los tejanos y buscó su cinturón. Entonces alguien golpeó con furia la puerta de entrada del apartamento y tanto Shay como Bryan dieron un brinco. Ella se volvió y él frunció el ceño. Entonces oyeron la voz aguda y frenética de Patti. 

—¡Predicador! ¡Predicador! ¡Ven, deprisa! 

—¡Mierda! Descalzo y sin camiseta, Bryan salió a toda prisa de la habitación. Shay lo siguió de cerca. 

—¡Apareció de repente e intentó llevarse a Amy! 

—balbuceó Patti cuando Bryan abrió la puerta. 

—¿Quién? —preguntó Bryan pegado a sus talones mientras Patti bajaba las escaleras como una exhalación. 

—Freddie —respondió ella entre sollozos—. Morganna intentó impedírselo, pero él la golpeó y entonces Barb llamó a la poli y... y ya están allí, pero también hay más gente. Bryan corrió detrás de Patti sin saber lo que iba a encontrar, pero convencido de que no iba a tratarse de nada bueno. Nunca había visto a Patti en aquel estado. ¿Estaría Morganna malherida? Amy debía de estar muy alterada. Al menos, a Barb se le había ocurrido llamar a la policía. Patti atravesó como un rayo la puerta de entrada del edificio y pasó corriendo por delante de los patios delanteros de varias casas mientras Shay y Bryan la seguían. Ya había oscurecido, pero las luces intermitentes de los coches de la policía y los faros de una furgoneta blanca que tenía un logo impreso en el lateral iluminaban la fachada del centro de acogida. 

De momento, Bryan ignoró todo aquel jaleo y, a medida que se iban acercando, fue contando, con ansia, a las mujeres. Barb y Morganna estaban acurrucadas la una contra la otra y ninguna parecía herida de gravedad. Amy, envuelta en una manta, estaba cerca de un agente de la policía y, aunque no dejaba de llorar, parecía ilesa. Gracias a Dios, todas estaban a salvo. Bryan tiró de Shay y se dirigió hacia el grupo de agentes de la policía. Dos de ellos habían tumbado a Freddie en el suelo, le habían separado las piernas y lo estaban esposando. Junto a él había otro agente, con la mano pegada a la porra. Freddie se resistía y soltaba tacos y amenazas a las que nadie prestaba atención. Un hombre con ropa de calle tomaba fotografías de la escena mientras otro sostenía un micrófono, como si esperara su turno. La escena parecía surrealista... y demasiado fácil para ser verdad. A Bryan le costaba aceptar que todo hubiera terminado y que él ni siquiera hubiera participado en la operación. Entonces se volvió hacia Shay para preguntarle su opinión y vio que ella retrocedía. 

—¿Shay? Ella murmuró una débil disculpa mientras le soltaba la mano a Bryan. 

—Yo... tengo que volver a tu apartamento. 

Bryan, desconcertado, vio que Shay había empalidecido y que abría los ojos como platos. Entonces, preocupado, volvió a cogerla de la mano e impidió que se alejara. Tenía los dedos helados. 

—Shay, cariño, todas están bien. La policía ha arrestado a Freddie. Todo ha terminado. Bryan intentó abrazarla, pero ella seguía retrocediendo y temblaba. Shay lo miró fijamente y se mordió el labio. 

—Lo siento. A Bryan se le tensó la columna vertebral. 

—¿Exactamente qué es lo que sientes? El tipo de la cámara empezó a tomarles fotografías y los cegó con el flash. Sin pensarlo ni un instante, Bryan se puso delante de Shay y dijo al de la cámara: 

—¿Qué demonios haces? El otro hombre le puso el micrófono debajo de la nariz. 

—¿Es usted el Predicador? 

Bryan se sintió extraño. Estaba allí, de pie, vestido sólo con los téjanos, mientras la brisa fresca de la tarde se arremolinaba a su alrededor, y, de repente, un montón de ojos se pusieron a observarlo, unos con arrepentimiento, otros con curiosidad y, otros aun, con entusiasmo. Era como actuar en una obra sin conocer su texto. 

—Sí, ¿por qué? 

El reportero miró detrás de Bryan, donde se escondía Shay. Bryan percibió la respiración cálida y acelerada de ella en su nuca y sus dedos clavados en sus hombros desnudos. Entonces recordó la predicción de Jamie y se le encogieron las entrañas mientras un presentimiento terrible se apoderaba de él. Los chasquidos de la cámara fotográfica sonaban como disparos y el flash lo cegó. 

—¿Es cierto que usted, el protector de las prostitutas retiradas, tiene una aventura con la Princesa Coronada? ¡La Princesa Coronada! Aquel título absurdo retumbó en su cabeza y le pareció que la cabeza le iba a estallar. El fotógrafo buscó un ángulo mejor.«¡Chas, chas, chas!», sonó el flash. Bryan se dispuso a negar la acusación, pero de su boca no salió ningún sonido. El micrófono se desplazó hacia su espalda. 

—¿Qué dice usted, señorita Sommers? ¡Sommers! Bryan se volvió con lentitud para mirarla ¡Shay Sommers, la Princesa Coronada!. Una millonaria. Una mujer de vida mundana que organizaba numerosos actos benéficos y que no tenía ninguna necesidad de vivir en un centro de acogida. ...A menos que le resultara útil para sus propios objetivos. El reportero se acercó más a Shay. 

—¿Las prostitutas constituyen su nuevo proyecto o lo es el Predicador? Ella negó con la cabeza. 

—¿La relación que hay entre ustedes es seria? Ella miró a Bryan y, a continuación, apartó la mirada. 

—¿Es ésta otra de sus maniobras para limpiar su mala reputación y compensar la metedura de pata que casi le costó la vida a aquella muchacha? 

Bryan no podía moverse; Shay, en cambio, retrocedió un paso, y otro, y otro, y poco a poco fue distanciándose de él. A Bryan, la razón le indicaba que lo habían engañado, pero su corazón esperaba que Shay lo negara todo, esperaba que ella dijera algo que convirtiera todo aquello en una simple pesadilla. Shay sacudió la cabeza y levantó la barbilla. 

—Estoy aquí porque estas mujeres son amigas mías —declaró con una voz orgullosa y digna del título de Princesa Coronada. 

—¡Ya! 

El reportero no la creía. Y Bryan tampoco. Morganna, Barb y Patti se habían acercado con sigilo y escuchaban la entrevista con horror. El reportero se acercó más a Shay. 

—¿Es usted quien las ha vestido? La expresión de Shay se volvía más fría y distante a cada instante que pasaba. 

—Son mujeres adultas y se visten ellas solas. 

—Pero usted les ha proporcionado la ropa, ¿no? Les ha conseguido un empleo y les ha enseñado buenos modales, ¿no es cierto? 

—¿Quién le ha contado todo esto? Shay miró fijamente al reportero, como si Bryan no existiera. Y, en realidad, era así cómo él se sentía, como si un gran vacío lo hubiera absorbido. ¡Maldito Jamie y maldito él por su estupidez! Debería haber insistido en que ella le contara sus secretos, debería haber llevado a cabo una investigación por su cuenta. Debería... En primer lugar, no debería haberla tocado nunca. Pero esto ya estaba hecho y ahora tenía que ocuparse del momento presente. Las mentiras que Shay le hubiera contado o lo que mereciera era lo de menos, pero las mujeres del centro no tenían nada que ver con todo aquello y su obligación era protegerlas. Y esto era lo que haría. Bryan se colocó entre Shay y el reportero. 

—¡Piérdete! —exclamó. El reportero no se dejó intimidar y preguntó: 

—¿Qué opina del hecho de que Shay Sommers establezca un centro de acogida en la misma calle que el de usted? Bryan apretó la mandíbula. 

—Esto no es cierto. 

—¿No lo sabía? —«¡Chas! ¡Chas!» 

El fotógrafo tomó más fotografías. Demasiadas. Y sin duda todas ellas mostraban su sorpresa, su enojo y su dolor—. Ella ya ha comprado la casa, y ha pagado en efectivo. ¿Le preocupa que su mala reputación empañe su digno trabajo? ¿Actuarán como un equipo? 

—No. —Bryan apartó al reportero de su camino, cogió a Morganna por el brazo, vio su ojo morado y soltó un taco—. ¿Ha sido Freddie? Morganna asintió con un movimiento de la cabeza. Parecía tan afectada por los acontecimientos como él. 

—Yo le devolví el golpe —declaró mientras esbozaba una débil sonrisa. 

—Bien hecho. ¡Vamonos! Vamos, Barb, Patti, todo ha terminado. 

El flash de la cámara rompió la oscuridad de la noche con sus destellos. El reportero los siguió sin dejar de hacer preguntas. Pero Shay no se movió. Bryan intentó ignorar el hecho de que no los siguiera; intentó ignorarla a ella, y se detuvo junto a Amy. 

—¿Estás bien, cariño? Ella asintió con la cabeza, aunque las lágrimas empañaban sus ojos verdes y tenía la nariz enrojecida. 

—Intentó... atraparme. 

Shay debería estar consolándola. Shay era buena consolando a los demás, pero cuando Bryan volvió la vista hacia donde ella se había quedado, vio que el reportero había regresado junto a ella e intentaba sonsacarle respuestas a sus preguntas. Ella permanecía inmóvil, con los brazos caídos a ambos lados y una expresión impertérrita en el rostro. Bryan habría querido pulverizar al reportero por molestarla. No podía soportarlo, de modo que se dio la vuelta y se alejó de allí. Bryan se dirigió a uno de los agentes de la policía. 

—¿Tienen que interrogar a las mujeres en la comisaría? 

—Así es, pero no hay prisa. Ya tenemos sus declaraciones. Pueden tomarse un tiempo para tranquilizarse. 

—Las acompañaré dentro de... ¿digamos una hora? 

—Perfecto. Barb le tocó el hombro a Bryan, una parte de su cuerpo que no había tocado hasta entonces. 

—¿Y qué pasa con Shay? ¡Maldición!, él no tenía ni idea. 

—Cuando vayamos a la comisaría, ella puede venir para recoger sus cosas. Después de lo que ha ocurrido, no tiene por qué estar en el centro. Morganna estaba a punto de echarse a llorar y Bryan sabía que, si lo hacía, todas acabarían lloriqueando sobre su hombro. 

—Todo ha terminado —declaró él en un intento por animar una noche que estaba convirtiéndose en un auténtico desastre—. Freddie no nos acosará más y, de ahora en adelante, no tendremos más que paz. Las mujeres asintieron, pero Bryan sabía que estaban tan poco convencidas de que fuera así como él. ¿Cómo podía tener paz cuando Shay acababa de destrozarlo? ¡Maldita mujer! Bryan acompañó a las mujeres al interior del centro para que se tranquilizaran. Y deseó haber estado con ellas en lugar de estar haciendo el amor con una mujer que les había mentido a todos. Lo último que vio antes de cerrar la puerta fue el coche de la policía que se alejaba con Freddie en su interior y a Shay enfrentándose al reportero. ¡Se la veía tan sola! Justo como se sentía él.

Capitulo 11

—Freddie niega haber disparado el globo de pintura o haber realizado las llamadas anónimas. Además, dice que le importa un bledo lo que haga Leigh, de modo que no tenía ninguna razón para seguirte. Y también dice que él no atacó al Predicador. 

—Amy agachó la cabeza y añadió—: Según él, su único crimen fue intentar conseguir que yo regresara con él. 

Shay interrumpió su trabajo, se pasó el antebrazo por la frente y dejó a un lado el trapo del polvo. Faltaba poco para que el nuevo centro de acogida estuviera preparado, y Amy quería hablar justo en aquel momento. Como el resto de las mujeres, Amy la visitaba con frecuencia. Al menos no habían perdido la confianza que tenían depositada en ella. 

—¿Y tú le crees? 

—No. ¡Bueno, esto ya era algo! 

Shay rezaba a diario para que Amy continuara siendo fuerte y se mantuviera lejos de los Freddies del mundo. Amy se paseó por la habitación con la mirada clavada en sus pies. 

—Me gusta mi nuevo empleo —comentó finalmente. 

—¡Estupendo! Entonces, ¿todo va bien? Amy asintió con la cabeza. 

—También me gusta la ropa nueva. No puedo creer que me hayas comprado tanta. 

—Amy se alisó la falda del vestido mientras admiraba el tacto y el aspecto de la tela. Entonces titubeó, miró a Shay de reojo, y preguntó—: ¿De verdad eres tan rica? Shay arrugó la nariz. 

—Asquerosamente rica. Shay esperó, pero Amy no mostró ninguna reacción a su comentario. 

—¿Naciste rica? 

—No. Mi marido tenía montones de dinero y, cuando falleció, lo heredé todo. Phillip no tenía más familiares. De todos modos, estoy convencida de que se habría sentido muy contento por la forma en que lo gasto. Era un hombre maravilloso. 

—¿Lo amabas? Shay se volvió para mirar por la ventana. No lo había amado como una mujer ama a su marido. Habían sido más bien como dos amigos o dos compañeros. A él no le importaba, de modo que a ella tampoco. 

—Sí, todavía lo amo. Y lo echo de menos. Amy digirió aquella información antes de cambiar de tema. 

—Ahora, la gente me mira de una forma distinta. 

—Eres una jovencita muy guapa y elegante. Estoy convencida de que esto es lo que ven. 

Amy asintió con la cabeza, no porque estuviera de acuerdo, sino simplemente agradable. 

—Amy contuvo una sonrisa tímida y le confió—: Me ha pedido una cita. 

Shay sintió como si el sol volviera a brillar en su miserable vida. A pesar de todos sus problemas, ver a Amy feliz también la hacía feliz a ella. 

—¿Es guapo? Amy se encogió de hombros. 

—Tiene una sonrisa muy bonita... —Y añadió con un suspiro—: Pero todavía no estoy preparada para esto. Él me ha dicho que esperará. 

—Es un muchacho listo. 

Día a día, Amy se estaba convirtiendo en una joven feliz y libre de preocupaciones. Por suerte, Freddie todavía estaba en prisión y era probable que permaneciera allí durante algún tiempo, porque no se podía confiar en que se presentara a su agente de la provisional cuando correspondía. Durante mucho, mucho tiempo, no podría molestar a Amy. Esta tomó a Shay por sorpresa y la rodeó con los brazos. 

—El centro no es lo mismo sin ti. Todas estamos muy bien, pero te echamos de menos. Patti suele estar de mal humor y Barb ya no es tan mandona. El Predicador... Bueno la mayor parte del tiempo no habla mucho..., aunque a veces parece muy distinto. Shay no podía hablar de Bryan sin sentirse melancólica. ¡Ojalá no le hubiera mentido! ¡Ojalá se hubiera arriesgado y hubiera sido sincera desde el principio! ¡Ojalá no se hubiera enamorado de Bryan Kelly! Pero lo había hecho. Y ahora, como siempre, tenía que responsabilizarse de sus acciones. 

—No puedo regresar al centro. 

No importaba cuánto lo deseara. Bryan se había alejado de ella sin siquiera pedirle una explicación. Cuando él supo la verdad, todo lo que que habían pasado juntos, todo el tiempo durante el cual ella creyó que estaban cada vez más cerca el uno del otro dejó de tener importancia. La mayoría de los hombres, al saber que era tan rica, habrían dado saltos de alegría ante la oportunidad de estar con ella. Sin embargo, Bryan la detestaba por ello. Pues bien, ella no pensaba quemar el dinero. O la quería o no la quería. ¡No la quería! Y ella lo superaría... De alguna forma. 

—No, claro que no puedes. —Amy se encogió de hombros—. Quiero decir que eres rica y todo esto... 

—El dinero no tiene nada que ver —declaró Shay, aunque ella sabía que, en realidad, el dinero tenía mucho que ver en que no pudiera regresar al centro. Ella podía comprar todo lo que quisiera. Hasta a un hombre. Pero no al hombre que quería. Shay cogió las manos de Amy y deseó que ella la creyera. 

—Mientras estaba con vosotras, me divertí mucho más de lo que me he divertido en años. 

Dawn entró en la casa. Acababa de llevar otro cargamento de basura al contenedor. 

—La cocina ya está limpia y he pensado que podía echaros una mano aquí. Amy contempló su bonito vestido amarillo y dijo contrariada: 

—Ojalá pudiera ayudaros... 

—Tu vestido es demasiado elegante para este trabajo —declaró Dawn—. Además, si no te vas ahora mismo, perderás el autobús. 

—Entonces será mejor que me vaya. No quiero llegar tarde al trabajo. —Amy se acercó a la puerta—. Mañana tengo el día libre, de modo que me pasaré por aquí. Soy buena limpiando. Quizá venga con Morganna. Creo que entra tarde a trabajar en el restaurante. 

—Pediremos una pizza —prometió Shay—. Será divertido. 

Sin embargo, cuando Amy salió, Shay se apoyó en la pared esforzándose para no llorar. Los echaba de menos a todos. Dawn le dio un golpecito en el trasero con una escoba. 

—Deja de lloriquear por cómo han salido las cosas o haz algo para cambiarlas. Shay consiguió esbozar una sonrisa, pero incluso eso le dolió. Habían transcurrido dos semanas, catorce días sin que Bryan la tocara ni le sonriera. Ella lo veía de vez en cuando, pero no era lo mismo. Él parecía no verla, la evitaba o la miraba con lástima. Shay no lo entendía. A veces, incluso le parecía que se trataba de dos hombres distintos. Y ninguno de ellos quería estar con ella. 

—No estoy lloriqueando —mintió Shay—. Y no puedo cambiar las cosas. 

—Puedes cambiar cualquier cosa —la animó Dawn—. Para empezar, me cambiaste a mí. Y Leigh es más feliz de lo que nunca creí que pudiera serlo. Shay soltó un respingo. 

—Las dos erais personas maravillosas que siguen siendo maravillosas. Yo, lo único que hice, fue ayudaros un poco. 

—Pues mira a Amy. Hace menos de un mes, era la definición personificada de la tristeza. Sin embargo, acaba de salir de aquí con una sonrisa enorme y franca en el rostro. Reconócelo, Shay, nos has cambiado a todas y estoy convencida de que puedes cambiar cualquier cosa o a cualquier persona. Incluido un predicador tozudo. Shay abrazó a su mejor amiga. 

—Gracias, pero esta vez la he fastidiado de verdad. 

—¡Tonterías! Sólo te sientes así porque estás enamorada. Tu corazón impide que tu cerebro vea las cosas con claridad. Si contemplaras esta situación como contemplas todo lo demás, te abrirías paso así, sin más —la animó Dawn mientras chasqueaba los dedos. Shay se echó a reír. 

—Ahora mismo, ni siquiera puedo abrirme paso entre todo este desorden. La casa que había comprado estaba a tres manzanas del centro de acogida de Bryan. Era bastante grande y en ella podían alojarse una docena de mujeres. Cuando terminara de limpiarla, pintarla y enmoquetarla, se vería bien. Aquel día, Dawn y ella estaban sacando la mayoría de los trastos. Después de poner orden en la cocina, Dawn estaba preparada para ayudarla a limpiar una de las habitaciones de la planta baja. Dawn miró a Shay y sacudió la cabeza. 

—¡Mírate! Estás agotada. Deberías haber contratado a alguien para que realizara este trabajo. 

—Necesitaba hacer algo. Algo físico. Necesitaba ocupar su mente para no ponerse a llorar... Shay sacudió una mano en dirección a Dawn. 

—Pero tú sigue, no tienes por qué cuidarme. 

—Alguien tiene que hacerlo, cariño. —Dawn echó otra pila de periódicos viejos en el interior de una caja de cartón—. ¿Sabes qué es lo que creo? Creo que deberías cepillártelo. 

—¿Cepillármelo, eh? Yo diría que no saldría bien. 

—Todo depende de cómo lo hagas. Empieza con la boca. —Dawn frunció exageradamente los labios—. Bésalo primero y habla después. Y con hablar, quiero decir que hables en serio. Dile que lo amas, que lo echas de menos. Y si pretende interrumpirte, bésalo como ninguna mujer lo ha besado antes. Shay cruzó los brazos. Las palabras de Dawn le parecían maravillosas. Ansiaba el contacto con Bryan como si se tratara de una adicta. Un beso de él, por pequeño que fuera, la haría sentirse mucho mejor. 

—¡Hazlo! —la apremió Dawn—. A la primera oportunidad que se te presente. Cuando lo veas, no permitas que se aleje o que te lance una de sus miradas de superioridad. Aplasta tus labios contra los de él y no lo sueltes. —Dawn cogió la caja de cartón y se dirigió hacia la puerta. No conseguía abrirla, de modo que se apoyó la caja en una de las caderas y volvió a intentarlo, pero la puerta no cedió—. ¡Maldita madera vieja! Todo en esta casa está demasiado ajustado. —Incluidas las ventanas —enfatizó Shay—. Antes de que nadie se mude aquí, tendremos que llamar a alguien para que las lije un poco. 

—Lo añadiré a la lista de cosas que tenemos que hacer. —Dawn dejó la caja en el suelo y cogió el pomo de la puerta, pero no logró hacerlo girar. ¿La has cerrado con llave? Shay frunció el ceño y se acercó a la puerta. 

—No, claro que no. Amy acaba de salir y la puerta se le ha abierto. Todas las puertas, incluso las interiores, tenían cerradura y llave. La casa era tan vieja que podía considerarse pintoresca, aunque su antigüedad llevaba aparejadas varias incomodidades. De todos modos, los pomos de cerámica, los techos altos y las molduras intrincadas hacían que la casa constituyera un lugar especial. Incluso después del incidente con el reportero, Shay estaba decidida a establecer allí un centro de acogida. La casa estaba vacía, de modo que pudo entrar de inmediato. Sin embargo, después de que saliera publicado el primer artículo acompañado de las correspondientes fotografías casi se arrepintió de su decisión. El artículo describía a Shay desde el peor punto de vista posible, lo cual no constituía nada nuevo; en esta ocasión, sin embargo, incluían también a Bryan. Los titulares decían: «El predicador Bruce Kelly constituye la nueva conquista de la Princesa Coronada.» ¡Shay se sentía tan culpable! Bryan Bruce Kelly era un predicador extraordinario y un hombre maravilloso. Sin embargo, los periodistas hacían que pareciera un chiflado que había caído en las redes de una mujer malvada. Bryan había trabajado mucho y no merecía que lo salpicaran con su mala prensa. A Shay no le resultó fácil mantenerse firme, pero ella no se rendía así como así. No podía rendirse. De modo que se puso a trabajar para conseguir que la casa resultara habitable. Shay intentó abrir la puerta. 

—La llave no está en la cerradura. De repente, Dawn la cogió del brazo. 

—¡Espera! ¿No hueles algo? Shay olisqueó el aire y se quedó paralizada. 

—¡Humo! —Odiaba hacer conjeturas más allá de la explicación más obvia—. Quizás alguien está quemando algo en el exterior. 

—¿Y lo olemos aquí, con todas las ventanas cerradas? No lo creo. —Dawn se dirigió a la ventana e intentó abrirla, pero, naturalmente, no lo consiguió—. Alguien le ha pegado fuego a la casa. 

—Pero si estamos... 

—Encerradas, lo sé. —Dawn miró a Shay por encima del hombro. Sus ojos negros reflejaban miedo y comprension de la situación en la que se encontraban—. Quizá no era Freddie quien llamaba al centro. Quizá se trataba de otra persona y esa persona no quiere que se abra otro centro de acogida en el barrio. 

—Esto es suponer demasiado —dijo Shay. Entonces vio que el humo empezaba a filtrarse por debajo de la puerta—. ¡Oh, Dios mío! Shay unió sus fuerzas a las de Dawn, pero la madera era muy vieja y estaba tan combada que resultaba imposible abrir la ventana. 

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Dawn. Los ojos le escocían y la garganta le ardía. La habitación se llenó de humo con rapidez y ambas dedujeron que el fuego estaba cerca, probablemente, en el pasillo. Entonces percibieron el ruido de la madera al astillarse y el crujir del fuego. 

—¡Apártate! —exclamó Shay. Dawn se apartó a un lado y Shay lanzó la caja de los periódicos contra la ventana. El cristal se hizo añicos y el aire fresco del exterior entró en la habitación. Dawn, que era la más pequeña de las dos, se encaramó al elevado alféizar de la ventana con la ayuda de Shay. Dawn saltó al exterior con mucha cautela, porque todavía había pedazos de cristal encajados en la madera. Los arbustos que había al pie de la ventana eran tan viejos como la casa y constituían una maraña espesa de ramas que se rompieron bajo el peso de Dawn y le produjeron múltiples arañazos. Dawn soltó un taco y, con los brazos cubiertos de pequeños cortes y rasguños sangrantes, le tendió la mano a Shay. Entonces la puerta de la habitación se derrumbó y las llamas entraron con un rugido amenazador. Dawn gritó. Y Shay se lanzó de cara sobre los punzantes arbustos. 

—Estás siendo cruel y nunca creí que lo fueras —dijo Bruce. 

Bryan hizo lo posible por ignorarle. Su hermano se había convertido en un auténtico fastidio. No dejaba de alabar a Shay y de insultarlo a él con vehemencia. Shay podía gustarle a Bruce todo lo que él quisiera, pero no era a él a quien había mentido y no era con él con quien se había acostado. Aunque ella así lo creía. Bryan resopló. En el fondo, sabía que no era mucho mejor que ella. Él también le había mentido. Claro que sus razones eran más válidas. Aunque, en realidad, él no conocía cuáles eran las razones que tenía Shay para haberle mentido. Ella no se las había contado. Él no se las había preguntado. No quería acercarse tanto a ella como para poder preguntárselo. Si lo hacía, la cogería en sus brazos y la besaría otra vez. Y entonces estaría perdido. 

—¡Lárgate ya, Bruce! 

—¡Ja! Eres tú quien debería irse. Ahora ya estoy de nuevo a cargo del centro, al menos cuando tú no estás vagando por allí como un alma en pena. Y, por cierto, ¿por qué vas todavía por allí? Bryan se frotó la nuca. Su hermano y él habían recuperado de nuevo su propia personalidad. Ahora, Bruce era el predicador y él... él no sabía exactamente qué hacer. Bruce tenía razón: el apartamento lo atraía. Bryan se dirigió con determinación hacia la pequeña cocina del apartamento y cogió un botellín de cerveza de la nevera. 

—Todavía no puedo irme. Tengo el presentimiento de que algo no va bien. Sabía que Freddie era un canalla. Sabía que había intentado llevarse a Amy y que le había propinado un puñetazo a Morganna, pero en cuanto a lo demás... no estaba seguro. Alguien siguió a Shay aquel día, pero ¿fue para saber dónde estaba Leigh? Alguien había disparado un globo contra el centro y había producido bastantes destrozos. Pero esto no le servía de nada a Freddie. Freddie negaba ser el autor de todos aquellos hechos y, por alguna razón, Bryan lo creía. Probablemente se debía a que su instinto le indicaba que aquello no había terminado y, hasta que estuviera convencido de que ya no había ningún peligro, no pensaba moverse de allí. No dejaría solo a Bruce si alguien podía atacarlo de nuevo. No dejaría solas a las mujeres del centro si alguien podía acosarlas. Y, en cuanto a Shay... ¡mierda!, estaba sólo a unas manzanas de allí. Más sola que cualquiera de ellos. 

—¿Bromeas? —Bruce se dejó caer en una de las sillas de la cocina—. ¿Jamie te ha dicho algo que te haga desconfiar? Bryan frunció el ceño. 

—No. No he hablado con él últimamente —mintió Bryan. 

—Quizá deberías hacerlo. Bryan, harto de aquella conversación, bebió un sorbo largo de cerveza. 

—Eres un predicador, Bruce, supongo que no creerás en el vudú. Bruce se encogió de hombros. 

—Los caminos del Señor son insondables. Esto es lo que creo. —Bruce miró a Bryan a los ojos—. ¿Quieres saber qué es, en mi opinión, lo que no va bien? —No. 

—Podría ser la forma en que abandonaste a Shay a los lobos. Bryan odiaba los culebrones melodramáticos. Casi tanto como tener dudas y sentirse culpable. —¿De qué lobos me estás hablando? 

—De los odiosos periodistas que siempre buscan la forma de desacreditarla. Bryan se apoyó en el fregadero. Si se sentaba en una silla, Bruce le quitaría la cerveza. 

—Son viejos amigos de ella. Además, es ella misma la que se desacredita. 

—¿Ah, sí? ¿Y cómo lo hace? Si te refieres a aquel antiguo escándalo, yo estoy al corriente de lo que ocurrió y Shay no era responsable de lo que le pasó a aquella muchacha. 

—Claro que lo es. Ella estaba al mando. 

—¡Ah! ¿Entonces yo soy el responsable de que Freddie haya estado a punto de llevarse a Amy? ¿O de que Morganna tenga un ojo morado? 

—No. 

—Bryan miró hacia la pared y reconoció la verdad—. Soy yo el responsable. 

—Oye Bryan, tú eres demasiado inteligente para considerarte un mártir. Nadie puede estar en todas partes al mismo tiempo. Todos necesitamos delegar en los demás en determinadas ocasiones. Este fue el gran error de Shay, confiar en la persona equivocada. Y, créeme, ya ha pagado por eso. ¿O acaso no te has dado cuenta de la forma en que la prensa la ha crucificado? 

—Sí que me he dado cuenta. —Ahora que conocía a Shay, le dolía pensar en lo mal que debía de sentirse—. Pero esto no explica lo que hizo en el centro de acogida. 

—¿Ah, no? ¿Y qué es lo que hizo? ¿Se portó mal con las mujeres? 

—Bryan intentó ignorar los argumentos de Bruce—. ¿O te refieres al hecho de que les consiguiera unos empleos que ellas adoran? ¿O a que las ayudara a crecer como personas, a mejorar su autoestima y a sentir respeto hacia sí mismas? ¿O a que les ofreciera su amistad? —Bruce soltó una palabrota—. ¡Sí, menuda bruja! 

Bryan levantó la cabeza de pronto. Tanto por la sorpresa que le produjo oír a su hermano diciendo tacos como por la rabia que sintió cuando insultó a Shay. —¡Cállate ya! 

—Tu tono despectivo no no me afecta. Guárdalo para alguna desafortunada mujer como Shay. Seguro que la intimidas. 

—Te estás pasando, Bruce. 

—Tú sí que te pasaste cuando la dejaste plantada como si no existiera. 

—¡Es tan rica que podría comprar toda esta maldita calle! 

—¿Y esto es un crimen? ¡No, espera! Lo que quieres decir es que puede comprar comprensión, ¿no? O simpatía. 

—Bruce arqueó una ceja y clavó la mirada en Bryan —. O un hombre nuevo. 

—Tú no lo comprendes. 

—¡Entonces explícamelo! —Bruce se inclinó hacia delante—. Me muero por comprenderlo. 

Bryan no estaba acostumbrado a abrir su corazón, pero su hermano merecía algún tipo de explicación, por desagradable que fuera. 

—Le hablé de Megan —masculló Bryan con voz grave. Bruce no pudo ocultar su sorpresa, pero enseguida la reemplazó por consideración. 

—Quizá deberías haberle hablado de ti mismo en lugar de hablarle de Megan —declaró con voz menos potente. Bryan se hizo el sueco a propósito. 

—Sabes muy bien que no podía. Se suponía que yo era tú. 

—¿Y qué? Yo quiero que estés con ella. ¡Dios quiere que estés con ella! Bryan tomó otro sorbo largo de cerveza. 

—¿Ah, sí? ¿Y Dios también quería que follara con ella? Porque lo hice, ¿sabes?, cuando, en realidad, sabía que no debía hacerlo. Bruce, indignado, se frotó la frente. 

—¡Tú hiciste el amor con ella, idiota! Son cosas diferentes, ¿sabes? 

—¿Y tú cómo lo sabes? —Bryan se cruzó de brazos e intentó desviar la conversación a otros derroteros—. Tú no has echado un polvo en muchos años. —Esto no tiene nada que ver. —Bruce puso su expresión más seria y solemne—. ¡Vamos, Bryan, te conozco y sé que estás enamorado! ¡Acéptalo! 

Bryan resopló. Como si aquel sonido fuera la gota que colmaba el vaso, Bruce se puso en pie de golpe. 

—¡Fantástico! —dijo casi gritando—. ¡Compórtate como un idiota! Quédate aquí y bebe. En lo que a mí respecta, puedes beberte toda la caja de cerveza. Ahoga tus penas en alcohol, si crees que eso te hará feliz. —Bruce le dio la espalda a Bryan y murmuró—: Yo tengo cosas mejores que hacer. 

—Yo nunca me emborracho y tú lo sabes. 

Sin embargo, Bruce ya no lo escuchaba. Su cariñoso tranquilo y pacífico hermano hervía de rabia mientras salía de la cocina como una exhalación. Bryan lo siguió. 

—¿Adonde vas? —No es de tu incumbencia. Bryan lo siguió hasta la entrada y salió tras él al rellano de las escaleras. 

—¡Los hombres de Dios no deberían cabrearse! Bruce se volvió hacia él cuando estaba en el segundo escalón, le dio un golpe con el dedo índice en el hombro y gruñó: 

—¡Voy a hacer lo que tú deberías haber hecho! ¡Oh, oh! Bryan casi tuvo miedo de formular aquella pregunta. 

—¿Y qué es lo que debería haber hecho? 

—Voy a contarle a Shay toda la verdad. —Entonces miró a Bryan con desdén—. Ya que tú eres demasiado cobarde para contársela. 

La sorpresa paralizó a Bryan. Sus pies se quedaron pegados al suelo. Se quedó mudo. Su mente se quedó en blanco. Sus ojos contemplaron cómo se alejaba su hermano, pero el resto de su cuerpo no logró moverse de donde estaba. No, Bruce no lo haría. ¡No podía hacerlo! Cuando Bryan se dio cuenta de que Bruce no sólo podía, sino que haría con exactitud lo que acababa de decirle, su hermano ya estaba fuera del alcance de su vista. Los predicadores no mentían. ¿Cómo reaccionaría Shay? Tenía que comprobarlo en persona. Bryan entró de nuevo en el apartamento; el tiempo justo para coger la pistola, una gorra y unas gafas de sol de cristales reflectantes. Bryan había insistido en que todavía no le contaran a nadie que eran hermanos. Bruce se había afeitado y se había cortado el cabello, de modo que Bryan también se vio obligado a cortárselo y, por consiguiente, tenían que tener mucho más cuidado. Ahora era Bryan quien tenía que disfrazarse, y él había elegido un clásico: una gorra de béisbol y unas gafas de sol. Estos artículos funcionaban tan bien como cualquier otro siempre que no lo miraran de cerca. Bryan echaba de menos a las mujeres del centro y se preocupaba por ellas, de modo que convenció a Bruce para que le permitiera pasar por el centro de vez en cuando. No siempre había resultado fácil. Sobre todo, con Shay, porque Bruce sentía compasión por ella mientras que él intentaba eludirla. Sin embargo, ahora que su hermano había decidido contárselo todo, no tenía sentido que la evitara. Bruce estaba decidido a darle una lección al cabezota de su hermano. Tanto si le gustaba a Bryan como si no, actuaría en su beneficio. Y ayudarlo a reconciliarse con Shay los beneficiaría a todos. A pesar de su belleza exterior, a Shay se la veía muy triste y esto le rompía el corazón. Ella sonreía cuando estaba con las mujeres del centro y evitaba que sintieran su dolor, pero Bruce veía su interior. ¿Se habría pasado la vida protegiendo a los demás? Era probable que sí. Ella era de ese tipo de mujeres. El tipo de mujer dulce, maravillosa y de gran corazón que su hermano merecía. Bryan le había hablado de Megan. Bruce no salía de su asombro, pues su hermano nunca hablaba de su esposa. Sin embargo, se lo había contado a Shay. Aunque Bryan no quisiera admitirlo, este hecho significaba algo. Algo importante. Significaba que, de una forma instintiva, confiaba en ella. Y, para un hombre que sólo confiaba en un puñado de personas, un hombre que vivía conforme a sus instintos, esto debería haber constituido prueba suficiente. Sin embargo, el amor era extraño, distorsionaba el propio punto de vista y creaba confusión donde antes había lógica. En aquel momento, Bryan necesitaba que alguien más sensato que él tomara las decisiones en su nombre. Y Bruce se había adjudicado a sí mismo aquel papel. La determinación lo empujaba con tal fuerza que casi corrió hacia la casa que Shay había comprado. No tenía que recorrer más que unas manzanas y él estaba en forma, de modo que podía correr a buen ritmo hasta allí. Durante el camino, repasó en su mente todos sus argumentos y revisó, una y otra vez, las explicaciones que pensaba darle a Shay para ejercer en ella el mejor efecto posible. 

Entonces vio una columna de humo en el cielo y el camión de los bomberos aparcado frente a la casa de Shay y se le heló la sangre. ¡Santo cielo, un incendio! Sin pensárselo dos veces, Bruce se lanzó a una carrera loca. El pánico lo empujaba y, después de dar un patinazo, se detuvo en seco en el patio delantero de la casa, justo en medio de todo el jaleo. El olor era asfixiante y había restos de madera carbonizada desparramados por toda la zona. Los bomberos estaban recogiendo las mangueras y un murmullo de agitación flotaba en el aire. Los vecinos estaban por todas partes y cuchicheaban, observaban y curioseaban. Bruce tardó unos instantes en darse cuenta de que el incendio había sido sofocado y que la mayor parte de las personas que ahora trabajaban en la zona realizaban labores de limpieza y se aseguraban de que el lugar fuera seguro. El fuego había causado grandes daños en la fachada de la casa y la madera del porche estaba chamuscada y resquebrajada. El miedo atenazó sus sentidos sólo durante unos segundos. Mientras oraba en silencio, Bruce cogió del brazo al bombero que tenía más cerca. 

—Soy un amigo íntimo. —El corazón le latía con fuerza y casi le producía dolor. Bruce tragó saliva con esfuerzo y preguntó por fin—: ¿Alguien ha resultado herido? El bombero le propinó unas palmaditas en el hombro. 

—Tranquilícese. Había dos mujeres en el interior y las dos están bien. Sólo han sufrido quemaduras leves y tienen la garganta irritada debido al humo. Afortunadamente, lograron salir por una ventana. —Entonces señaló hacia una de las furgonetas de los servicios médicos—. Están recuperándose en la furgoneta que está aparcada junto al bordillo, lejos de la muchedumbre. 

A Bruce le flaquearon las rodillas. Shay se encontraba bien. Bruce dio las gracias al cielo y al bombero y corrió hacia la puerta del copiloto de la furgoneta. Shay estaba sentada junto a una mujer morena y menuda y hablaba con ella en voz baja. Las dos parecían sentirse abrumadas. El motor del vehículo estaba en marcha, seguramente para poder tener en funcionamiento el aire acondicionado: a causa del incendio, resultaba difícil respirar aire fresco por los alrededores. Bruce dio unos golpecitos en la ventana. Shay levantó la cabeza y lo miró con fijeza. Estaba pálida, y algunos mechones de cabello chamuscado colgaban, lacios, a ambos lados de su arañado rostro. Se le había corrido el maquillaje y se había manchado la cara de hollín. Tenía muchos arañazos y era probable que también se hubiera hecho algún moretón. Había llorado, tenía los ojos enrojecidos y, mientras miraba a Bruce, le temblaban los labios. Bruce pensó en lo extraño que resultaba que hubiera llegado en aquel preciso momento. ¡Maldito Bryan!, era él quien debía estar allí. 

—¿Puedo hablar contigo un momento? Impulsada por su pregunta, la mujer que estaba sentada en el asiento del conductor salió de la furgoneta, la rodeó por la parte delantera, se detuvo frente a Bruce, lo cogió por la camiseta y acercó su cabeza a la de ella. 

—Ha tenido un mal día, Predicador, ¿lo comprende? 

—Esto... sí. 

—Si la hace llorar otra vez, yo misma me encargaré de usted. Bruce se enderezó sorprendido. 

—No, claro, yo nunca... 

—Pero resultaba evidente que Bryan sí la había hecho llorar—. Gracias —respondió Bruce tragando saliva con dificultad. Shay bajó el cristal de la ventanilla. Respiraba profundamente y tenía los ojos muy abiertos. 

—¿Adonde vas, Dawn? —Hay por ahí unos bomberos estupendos a quienes les iría bien algo de compañía. —Dawn le guiñó un ojo—. Si me necesitas, toca la bocina. Entonces se alejó con paso lento pero decidido. Shay se mordió el labio inferior presa de la incertidumbre y se desplazó hacia el lado del conductor para dejar espacio a Bruce. Él tomó fuerzas, abrió la portezuela y subió a la furgoneta. Una vez en el interior, cerró la portezuela y subió el cristal de la ventanilla para disponer de mayor intimidad. ¿Por dónde podía empezar? ¿Qué podía decir? El rostro de Shay se veía demacrado debido a la falta de sueño, la infelicidad y los arañazos que le habían producido los arbustos. El corazón de Bruce dio un vuelco. 

—Shay, ¿estás bien? En un abrir y cerrar de ojos, ella se lanzó sobre él, sus brazos le rodearon el cuello y lo apretó con tanta fuerza que él apenas pudo respirar. Desconcertado por su reacción, Bruce le dio unas palmaditas en la espalda como muestra de consuelo, aunque su acción resultó inútil. 

—Shay... Ella le rozó el cuello y la mandíbula con los labios y, a continuación, los aplastó contra los de él. 

Bruce, completamente anonadado, recibió el primer beso con lengua en muchos años. ¡Vaya!, había olvidado lo agradable que resultaba la lengua de una mujer. Era húmeda y cálida... ¡No! ¡Era la mujer de Bryan! Y él era un hombre de elevadas creencias morales. Él no... ¡Cielos, lo que sabía hacer aquella mujer con la lengua. 

—¡No! —Bruce la empujó hacia atrás e intentó mantenerla a la distancia de los brazos. Dos respiraciones profundas y unas cuantas oraciones más tarde, suplicó—: Por favor Shay, permite que me explique, ¿de acuerdo? Tienes que escucharme... 

—Explícamelo más tarde. Shay deslizó sus manos pequeñas y calientes por debajo de la camiseta de Bruce y le acarició la piel del pecho. Avergonzado, Bruce notó que su cuerpo reaccionaba y casi sufrió un ataque de pánico. 

—¡Shay! 

—Te necesito. Por favor, no me rechaces. Otra vez, no. No después de todo lo que he pasado. Le daría una patada a Bryan en el trasero por todo aquello, pensó Bruce. 

—No, no lo haré... Quiero decir que Bryan no lo hará. Pero yo... 

—No juegues conmigo, Bryan. Shay se inclinó de nuevo hacia él para besarlo. Él intentó alejarla de su lado, pero ella le mordió el labio inferior. Aquello le resultó bastante... erótico. ¡Quién sabía! Unos mordisquitos... ¡Um! De repente, la portezuela del conductor se abrió y Bryan entró en la furgoneta. —¡Apártate de ella, Bruce! —Entonces miró a Shay y masculló—: Cariño, suelta a mi hermano antes de que se desmaye. Shay parecía estar a punto de ponerse a gritar. O de desmayarse. O ambas cosas al mismo tiempo. 

Shay los miró a ambos con incredulidad. Primero a uno y después al otro, varias veces consecutivas. Entonces abrió la boca, pero de ella no salió ningún sonido. Bryan se quitó las gafas de sol y esperó a que Shay asimilara lo que veían sus ojos. Shay se tapó la boca. 

—¿Qué...? 

Bruce se sintió tan aliviado al ver a Bryan que casi se derritió en el asiento. 

—Ya era hora de que aparecieras. Lo dejo en tus manos. Shay se volvió con precipitación y lo cogió por la camiseta. 

—¡No, no te vayas! Ahora que Bryan se había dejado ver de una forma tan oportuna, Bruce se sentía mucho mejor. Entonces sujetó a Shay por los hombros y la separó de él. 

—Tú y Bryan tenéis que hablar. Todo se resolverá. Shay se acurrucó contra él y miró a Bryan por encima del hombro. Parecía asustada, lo cual no resultaba extraño debido a la cara de pocos amigos de Bryan. Bryan entornó los ojos todavía más. 

—Él es mi hermano gemelo, Shay. Él no es yo. 

—¿Él no es tú? —repitió ella. Shay volvió a mirarlos a los dos con una expresión confusa en el rostro. Tras una visible lucha interior, Bryan recobró el dominio de sí mismo, acarició el cabello chamuscado de Shay y le rozó los arañazos de la mejilla con el pulgar. 

—Te presento a Bruce, mi hermano gemelo, el verdadero predicador. Shay abrió los ojos como platos. 

—¿El verdadero predicador? ¿Entonces, entonces tú eres...? 

—Un cazarrecompensas. —Bryan vio que uno de los arañazos de la barbilla de Shay tenía mal aspecto y realizó una mueca—. Fingí ser él para poder atrapar al bastardo que lo atacó, el que ha estado merodeando por el centro de acogida. 

—¿A Freddie? Él se encogió de hombros. 

—No lo sé. 

Todavía no estoy convencido. Bryan no dejaba de acariciarla y Bruce sintió deseos de dar saltos de alegría. Por fin todo se aclararía. Shay volvió a mirarlos a ambos. 

—No sé de cuál de los dos estaba... Bryan la cogió por la nuca, la acercó a él y la besó en la boca. No se trató de un beso muy largo, pero sí lo suficiente para que Bruce mirara por la ventanilla, silbara y sonriera con amplitud. Cuando Bryan levantó la cabeza y Shay lo miró a los ojos, lo invadió de nuevo la pasión y Shay suspiró. 

—Eres tú. 

—¡Sí! —Bryan exhaló un suspiro de alivio—. Y ahora que hemos aclarado esta cuestión... 

—Bryan dejó caer la gorra sobre la cabeza de Bruce y le tendió las gafas de sol. A continuación, se inclinó hacia él y abrió la portezuela de la furgoneta de un empujón—. Desaparece, ¿quieres? 

—Será un placer. Sonriendo y muy satisfecho por la forma en que se había resuelto la situación, Bruce se colocó el disfraz y salió de la furgoneta. Nadie le prestó la menor atención..., al menos, nadie que él percibiera.

Capitulo 12

Protegida por una burbuja imaginaria de confort, Shay se reclinó en el asiento. ¡Gemelos! Uno, un predicador, y el otro, un cazarrecompensas. Desde cierto punto de vista, tenía sentido, aunque ella no acababa de hacerse a la idea. Pero aquel beso había sido muy real. Él era el hombre que ella quería, el hombre del que se había enamorado con locura casi desde la primera vez que lo vio. Sentimientos de alivio, felicidad y miedo se mezclaron y se arremolinaron en su interior. Él también le había mentido. ¿Cometería ella el mismo error que Bryan había cometido? ¿Lo condenaría sin comprender sus razones? Bryan se dispuso a hablar, pero Shay levantó una mano. Entonces él alargó el brazo para tocarla, pero ella se acurrucó entre el asiento y la portezuela. Cuando la tocaba, no podía pensar, y aquél era sin duda un momento en el que necesitaba pensar con claridad. Tenía que asimilar el engaño de Bryan y el incendio

. Cientos de preguntas reclamaban su atención, pero una la acuciaba por encima de las demás. Shay observó a Bryan con fijeza. En cierto modo, temía que él se marchara de repente o, peor aún, que la tocara. 

—¿Por qué has venido? —preguntó Shay. Tenía los ojos oscuros, aterciopelados y cautivadores. 

—Te echaba de menos. —Ella quería creerlo con desesperación—. Tenía que disculparme y darte una explicación. Shay reflexionó acerca de las palabras de Bryan. 

—¿No sabías nada del incendio? —No hasta que llegué aquí. —Bryan apretó la mandíbula y volvió a alargar el brazo hacia ella—. ¿Estás...? Ella levantó la mano y lo obligó a pararse en seco. 

—¿De verdad eres un cazarrecompensas? —Sí, pero quería que todos creyeran que era Bruce para poder atrapar al hijo de puta que lo hirió. Al principio, ni siquiera pensé que te estaba mintiendo porque lo hacía con todo el mundo, pero después... —Bryan sacudió la cabeza—. Sin embargo, tú tenías tantos secretos que... 

—¿Que no confiabas en mí? —Aquello tenía sentido. Todo comenzaba a encajar. Para empezar, su lenguaje debería haberle proporcionado una pista. Shay se sentía como una idiota, como la mayor boba del mundo—. Entonces, ¿ya no estás enfadado conmigo? —preguntó con el ceño fruncido. 

—No. 

—Él le cogió la mano, pero ella intentó retirarla—. No tenía derecho a estar enfadado contigo. 

—Entonces, ¿por qué lo estabas? —Estás herida, cariño, ¿por qué no hablamos de eso luego? 

—No, tenemos que hablar ahora. Antes de moverse ni tan solo un milímetro, tenía que saber qué sentían el uno por el otro. Su corazón no soportaría otra ruptura. 

—De acuerdo —aceptó Bryan rozándole los nudillos lenta y suavemente con el pulgar. Necesitaba unos minutos de reflexión antes de contestar—. No he tenido una relación con una mujer desde que falleció Megan. He follado con algunas mujeres y a otras las he arrestado, pero no he mantenido ninguna relación seria. El corazón de Shay se aceleró y la esperanza acrecentó su nerviosismo y su temor. 

—¿Nosotros tenemos una relación? Él endureció la mirada y se inclinó más hacia ella. 

—Desde luego que la tenemos. Los dos nos hemos mentido y yo me sentí traicionado, de modo que tú debes de sentir lo mismo. Sin embargo, estar lejos de ti ha sido un auténtico infierno. 

Shay miró a su alrededor. La casa que había comprado estaba prácticamente destruida. Alguien había querido hacerle daño. Ahora no sólo habían atacado el centro de acogida y a Bryan, bueno, a Bruce, sino también a ella. 

—Todavía no sé lo que siento —confesó Shay. Los dos se miraron a los ojos y, levantando un hombro, añadió—: Siento miedo. 

—Nadie te hará daño. ¡Resultaba fácil decirlo! 

—¿Estás pensando en protegerme? Él se deslizó sobre el asiento y la acorraló contra la portezuela. 

—En realidad no sé muy bien qué estoy haciendo en la actualidad, pero estoy convencido de que todo esto no ha terminado. No ha terminado el peligro y no ha terminado lo que siento por ti. Y no, no me preguntes qué es lo que siento porque Dios es testigo de que no lo sé. —Bryan le apretó más la mano—. Lo único que sé es que estoy aquí. 

Esto era un principio. Ella podía construir algo a partir de aquello. Shay era una experta en construir cosas grandes a partir de cosas muy pequeñas. 

—Está bien. Él frunció el ceño y repuso: 

—¿Está bien, qué? Ella asintió con la cabeza mientras intentaba elaborar una respuesta, pero, al final, simplemente dijo: 

—Alguien nos encerró en la casa. 

—¿Os encerró? ¿A ti y a quién más? —Dawn estaba conmigo. Estábamos limpiando. Yo necesitaba... necesitaba estar ocupada porque me resultaba insoportable pensar en aquel horrible artículo de los periódicos y en cómo te había fallado. 

—¡Chist! —Bryan tiró de ella hacia sí y Shay apoyó la cabeza en su hombro. Su calidez y su delicioso olor la envolvieron como una manta protectora—. Tú no le has fallado a nadie, y mucho menos a mí. El reportero es un gilipollas. —Bryan la alejó para verle el rostro—. ¿Quieres que le dé una paliza? Shay ahogó una carcajada. 

—¡No! 

—Mejor, porque lo más probable es que me arrestaran —Bryan tenía la mano entre los cabellos de Shay y le acariciaba el cuero cabelludo—. Pero desde que lo oí llamarte Princesa Coronada, he querido pegarle, de modo que, si cambias de opinión, sólo házmelo saber. 

—¡Bryan...! —exclamó ella en tono reprobatorio. Él la besó en la frente. 

—¿Dices que os quedasteis encerradas en la casa? 

—No, he dicho que alguien nos encerró en la casa. —Shay inhaló con ansia su olor limpio y fresco, que contrastaba de una forma rotunda con el humo que llevaba pegado a su ropa, a su cabello y a su piel. Shay tembló por dentro. Odiaba expresar en voz alta su terrible presentimiento, pero, al mismo tiempo, necesitaba contarlo—. El incendio fue provocado. 

Bryan la separó de él y miró su cabello, su piel y sus ojos enrojecidos con nuevos ojos. 

—¡Hijo de puta! Su rabia contenida no tranquilizó mucho a Shay. 

—Los bomberos y la policía todavía están investigando, pero dijeron que podía deberse a un cortocircuito. 

—Pero tú no lo crees. Shay no tenía nada concreto en lo que basar su sospecha, pero negó con la cabeza. 

—Bryan... 

—Ante la terrible sospecha, los ojos se le llenaron de lágrimas y el estómago se le encogió. La posibilidad que sopesaba la aterrorizaba—. Amy estaba allí. Estuvimos charlando. Ella mencionó a Freddie y me preguntó acerca de mi dinero. Después, se marchó y, sin que supiéramos cómo, la puerta estaba cerrada con llave y... y el fuego empezó. La mirada de Bryan se volvió glacial. 

—¿Crees que fue ella quien lo inició? Shay se apretujó contra él en busca de su calor y se sintió reconfortada por su fuerza y su proximidad. 

—No quiero pensar en esta posibilidad, me siento muy mal por creerlo, pero... Bryan declaró, casi para sí mismo: 

—Joe Winston no cree en las coincidencias. Y yo tampoco. Nadie con dos dedos de frente cree en ellas, de modo que no te sientas mal por extraer conclusiones razonables. —Bryan la abrazó durante unos instantes, y Shay notó que estaba reflexionando, que analizaba lo que ella le había contado. Al final, él la besó en la sien—. ¿Tú, en quién confías? Ella se enderezó para mirarlo. 

—¿Cómo? 

—Hay personas en las que confías, ¿no? Personas que tú sabes, sin ningún tipo de duda, que nunca te harían daño. ¿Quiénes son esas personas? Shay no comprendía muy bien adonde quería llegar Bryan, pero la intuición le decía que estaba elaborando un plan. 

—Está mi familia y también mi cuñado Sebastian. Y Dawn y la doctora Martin. 

—Una mujer inteligente se habría protegido, habría resguardado su corazón, pero Shay lo amaba demasiado, de modo que añadió, con dulzura—: Y tú. 

Él clavó la mirada en sus ojos. Fueron tantas las emociones que expresaron sus facciones que Shay no pudo descifrar exactamente lo que sentía. Bryan respiró hondo, apretó la mandíbula y la acercó hacia sí mientras la besaba intensamente aprovechándose de su confesión. Al cabo de un largo minuto, Bryan separó labios de los de Shay y le susurró junto a la boca: 

—Creo que ha llegado la hora de que vayamos a Visitation. Shay lo miró con incredulidad. ¿Marcharse ahora, en medio de todo aquel jaleo? 

—Pero... Bryan le presionó los labios con un dedo para hacerla callar. 

—Lo siento, cariño, pero acabas de decir que confías en mí. Ahora tienes que demostrarlo. —Bryan se dio la vuelta y abrió la portezuela de la furgoneta—. Saldremos esta noche. Quería que todo aquello terminara. Quería que todo volviera a la normalidad. Quería... ¡Oh, Dios, quería tantas cosas! Y lo más probable era que muchas de ellas ya no las mereciera, dijera él lo que dijera. Hasta que no le dolió el cuero cabelludo no se dio cuenta de que estaba tirando con ambas manos de sus cabellos. Dejó escapar un sollozo, pero ella lo acalló. No podía arriesgarse a llamar la atención. Era indudable que la habían engañado. Habían engañado a todo el mundo. Pero se había acabado. Ahora lo sabía y no tenía más remedio que contarlo. Si no lo hacía, si guardaba la información para sí misma, él lo descubriría y, entonces, ella estaría, de nuevo, en la nada. Estaba haciendo lo correcto. Tenía que ser así, de lo contrario, ya nunca podría volver a vivir consigo misma. 

El agente todavía no estaba convencido de que el incendio hubiera sido provocado, de modo que no planteó ningún inconveniente cuando Bryan le comunicó que se llevaba a Shay a su apartamento. Si querían hacerle más preguntas, podían ponerse en contacto con ella por medio del teléfono de Bryan. Él no quería que nadie corriera ningún riesgo, de modo que Dawn accedió a quedarse en casa de unos amigos durante unos días y Bruce prometió vigilar de cerca a las mujeres en el centro de acogida. Si Amy estaba involucrada en todo aquel asunto, y parecía bastante probable que así fuera, Bryan necesitaba saber exactamente dónde se encontraba en todo momento. Resultaba indudable que no trabajaba sola. Alguien más estaba implicado. Y no se trataba de Freddie. Entonces, ¿quién? Bryan se volvía loco cada vez que pensaba en lo que podía haber ocurrido. Si Shay se hubiera dejado llevar por el pánico en lugar de romper la ventana..., si hubiera inhalado demasiado humo..., si..., si... Podría haberla perdido y esta idea le resultaba insoportable.  Mientras aplicaba antiséptico en sus arañazos, Bryan le preguntó por enésima vez 

—¿Estás segura de que te encuentras bien, cariño? Ella lo miró contrariada. 

—Puedo hacerlo yo sola. 

—Sí, ya sé que puedes curarte tú sola, pero quiero hacerlo yo, de modo que estáte quieta. Bryan necesitaba tocarla. ¡Demonios, no quería dejar de tocarla nunca! Shay estaba sentada en la tapa del inodoro. Acababa de ducharse y se había puesto la bata de Bryan. Incluso llena de arañazos y con los ojos enrojecidos, resultaba adorable. Sin embargo, por encima de todo, estaba preocupada por Amy: no había duda de que Shay era una mujer extraordinaria. El destartalado apartamento ni siquiera la incomodó. Se adaptaba con facilidad a cualquier lugar, fuera como fuera. Shay siempre lo veía todo de color de rosa y, si no lo era, no tardaba ni un segundo en ir a comprar pintura de ese color. Cuando Bryan terminó de desinfectarle los arañazos, la cogió por las axilas y la levantó del asiento. 

—¿Me besas otra vez? Shay se ruborizó y ocultó el rostro en el pecho de Bryan. 

—No puedo creer que besara a tu hermano. Bryan tampoco podía creerlo. Gracias a Dios, Bruce intentó apartarla de él, de lo contrario, a Bryan le habría costado mucho superarlo. 

—Lo más probable es que fuera bueno para su corazón. Aunque debo decirte que yo casi me caigo de espaldas. Ella le dio un codazo en las costillas. 

—¡Te lo merecías! —A continuación, soltó un gemido—. Me siento tan avergonzada...

—No te sientas mal por aquel beso. Bruce te adora. Además, fue culpa mía, y Bruce me lo recordará con satisfacción cuando todo esto haya terminado. Ella se tranquilizó. 

—No me gusta que alguien quiera hacerme daño. Bueno, estoy acostumbrada a que los reporteros me fotografíen sin mi consentimiento, no sólo a causa de los errores que he cometido, sino también por mi matrimonio, pero esto es diferente. Bryan le acarició su estilizada espalda durante unos instantes, después, la cogió de la mano y la condujo al sofá raído que había en el apartamento. 

—¿Quieres hablarme de tu esposo? —le preguntó una vez se sentaron y ella se hubo acurrucado a su lado. Él no sabía nada acerca de él, salvo que era tan rico como Midas. Ella asintió con la cabeza, pero estuvo varios segundos sin pronunciar una palabra. Bryan, más disgustado consigo mismo por haberse entrometido que con ella por continuar manteniendo secretos, dijo en tono tranquilizador: 

—No tienes por qué hacerlo si no quieres. 

—No importa. Yo lo amaba. Era un hombre maravilloso. —Shay se volvió para ver el rostro de Bryan y lo miro con esa combinación de dulzura y misterio que sólo puede encontrarse en los ojos de una mujer—. Sólo que... Quiero que me comprendas. No quiero que lo juzgues ni a él ni a mi. 

—Entonces no lo haré. Una leve sonrisa iluminó el rostro de Shay, y también el corazón de Bryan. 

—De acuerdo. —Shay volvió a acurrucarse a su lado y le abrió su corazón—: Nos conocimos durante un acto benéfico y nos atrajimos desde el primer momento. Él era veinte años mayor que yo, pero no era viejo. Al menos, no en espíritu. Sin embargo... su corazón estaba en muy mal estado y suponía para él una gran limitación. Incluso las cosas mas sencillas le costaban un gran esfuerzo. Muchas veces, quería asistir a actos, ayudar a otras personas, implicarse, pero tenía que permitir que otros lo representaran. Era el hombre más amable y generoso que he conocido en mi vida. Y merecía ser amado. 

—Pero tú lo amabas. Bryan lo notaba en su manera de hablar de él y, aunque le resultaba extraño, no experimentaba celos. Si no hubiera sido por él, quizá nunca habría conocido a Shay. 

—Sí, pero no como una esposa. Quería cuidarlo y ayudarlo en su trabajo, y me encantaba estar y charlar con él. Nos convertimos en compañeros inseparables, pero no llegamos a tener relaciones íntimas. Él no podía. El esfuerzo habría resultado excesivo para su corazón. Bryan la acercó más a él. Ella siempre lo sorprendía con revelaciones inesperadas. Shay era tan sensual que Bryan no podía imaginarla en un matrimonio sin sexo. Aquella idea le parecía casi delictiva. —Él dormía en un sillón y estaba siempre conectado a una bombona de oxígeno. Su enfermera vivía con nosotros porque, a veces, le costaba mucho respirar. Semana a semana, se fue debilitando. 

Sus estilizados dedos se agarraron a la camiseta de Bryan. La tensión que la embargaba resultaba evidente y Bryan sabía que estaba llorando. Sin embargo, como era de esperar en ella, haría lo posible para no exteriorizarlo. Shay se secó los ojos con disimulo en el hombro de Bryan. —Cuando supo que iba a morir, me reveló que quería dejarme su dinero porque sabía que yo lo emplearía bien. Lo revisamos todo, el dinero que quería ceder a las distintas organizaciones, a los empleados que le habían sido fieles, los actos conmemorativos que quería establecer... Yo cumplí todos sus deseos, pero todavía queda mucho dinero. —Shay sacudió la cabeza y prosiguió—: La casa en la que vivo, su casa, es bonita y enorme, y tan solitaria sin él que no soporto estar en ella. Pero tampoco soportaría venderla porque era de él. 

Bryan deslizó los dedos por el interior de la manga de la bata de Shay para acariciarle la piel. Ella despedía calidez, amor y dulzura, y resultaba imposible no tocarla. 

—¿Te sientes culpable? —preguntó él. —Debería haber tenido una esposa de verdad. Una esposa que lo deseara sexualmente, no una simple compañera. —Pero aun así él tampoco podría haber hecho nada. 

—Al menos, habría sabido que alguien lo deseaba, lo cual es muy importante. ¿Sabía ella lo mucho que él la deseaba? 

—Tengo la sensación de que era una persona muy inteligente. Te tuvo a su lado durante los últimos días de su vida y ahora puede descansar en paz porque sabe que tú seguirás empleando su dinero en su nombre y con generosidad. Shay rió con infelicidad y crudeza. 

—¡Sí, claro! La Princesa Coronada, la mujer que permitió que una joven embarazada casi falleciera. La mujer que puso en peligro el centro de acogida de tu hermano. —La mujer que da tanto de sí misma que apenas queda nada. —Bryan la abrazó con más fuerza y hurgó con la nariz hasta que encontró su cuello. Se sentía como un animal sin ningún tipo de decoro y las lágrimas de Shay, sus confesiones e incluso los arañazos de su rostro hacían que la deseara todavía más. 

La necesidad de consolarla y poseerla se mezclaban—. Fui un auténtico gilipollas por tratarte como lo hice, Shay. Lo siento de verdad. Shay rió con ganas y exclamó: 

—¡Tu lenguaje es vergonzoso! —Sí, Bruce me lo dice a todas horas. Lo siento. —¡Menudo idiota, tenía un montón de cosas por las que disculparse!—. No volveré a decir tacos nunca más. La bata se abrió ligeramente y la nariz de Bryan se acercó al pecho de Shay. 

—En realidad, no me importa. Forma parte de ti. —Shay pasó los dedos entre su cabello—. Te lo has cortado. 

—Sí, porque Bruce se lo cortó. 

—Y tenéis que tener el mismo aspecto. —Shay continuó deslizando los dedos entre su cabello mientras lo seducía con su contacto—. ¿Me contarás cosas acerca de tu vida como cazarrecompensas? 

—Sí. —Aquella simple afirmación, sonó ronca de deseo—. Más tarde. Bryan notó que ella sonreía. 

—Entonces, ¿me harás el amor ahora? —susurró ella con voz vibrante—. Te necesito. Él podía ser un idiota, pero no era un caso perdido del todo. 

—Sí. 

—¡Por Dios, que no cambiara de opinión!—. Ahora mismo. 

Entonces se levantaron del cochambroso sofá y se dirigieron a la cama, igualmente cochambrosa. A cada paso que dieron, Bryan le dio un beso: la besó cuando la tumbó sobre la cama y también la besó cuando le desató el cinturón de la bata y la abrió para poder contemplar hasta el menor detalle de su cuerpo. Y, al verla, se le cortó la respiración. 

—¡Eres tan hermosa! 

—No, yo... Él colocó un dedo sobre sus labios. ; 

—Por dentro y por fuera, Shay. Eres hermosa por dentro y por fuera. Shay suavizó la mirada y tiró de la camiseta de Bryan. Él, ansioso por complacerla, se enderezó y se quitó la camiseta. Cuando ya tenía los dedos en la hebilla del cinturón, Shay suspiró y exclamó: 

—¡Tú sí que eres hermoso! Él se quitó el cinturón de un tirón y se bajó la cremallera del pantalón. 

—Si tú lo dices... 

—Sí que lo digo. Nunca he conocido a un hombre tan masculino como tú y que, al mismo tiempo, sea tan amable, sensible y cariñoso. 

Bryan, que tenía prisa por penetrarla, se quitó los pantalones. El deseo lo envolvía como una neblina rojiza y le impedía pensar con claridad, pero, aun así, quiso recordarle a Shay unos cuantos hechos básicos. 

—Mi hermano es el predicador, cariño. Es él el que ayuda a los demás. Yo les pateo el culo, bueno, el trasero, hasta plantarlos frente a la puerta de la cárcel. Bryan se tumbó encima de Shay, colocó sus caderas entre los muslos sedosos de ella y se apoyó en los codos para poder acariciarle los pechos con sus manos grandes y fuertes. Los pezones de Shay ya estaban tensos y reclamaban su boca. 

—Es posible —suspiró ella mientras echaba la cabeza hacia atrás y se ofrecía a él—, pero encajas en el papel de predicador casi a la perfección. Si nos olvidamos del lenguaje. Shay jadeó mientras él le cubría el pezón con la boca. Bryan se lo lamió, se lo mordisqueó y se lo succionó con suavidad. Shay susurró en un gemido: 

—¡Y eres tan espontáneo! Él desplazó la boca al otro pecho. En su opinión, no había nada de espontáneo en que hubiera cuidado de un grupo de ex prostitutas. Sin embargo, ahora las consideraba amigas suyas y, además, había aprendido muchas cosas. 

—Si tú lo dices... Ella lo cogió por el cabello y lo mantuvo pegado a su cuerpo. 

—Me encanta cuando haces esto, Bryan. 

—¿Esto? Él le mordisqueó con suavidad el pezón y notó que ella se estremecía y se aceleraba. 

—No..., pero esto también me gusta. —Shay lo cogió por las orejas y levantó el rostro de Bryan acercándolo hacia el suyo—. Me encanta cuando infravaloras la influencia y el efecto que ejerces en los demás. Las mujeres del centro, sin excepción, se beneficiaron de tu presencia. Les caes muy bien y te aman. No, no te preocupes. — Shay se echó a reír y lo besó en la barbilla—. No están enamoradas de ti, pero se preocupan mucho por ti. 

—Si lo que sospechamos es cierto, entonces tendríamos que excluir a Amy. 

—No. —Shay sacudió la cabeza—. Ella se preocupa por nosotros, pero se siente confusa y perdida. Su vida no ha sido muy agradable y necesita más orientación. 

—Eres increíble. —Bryan deslizó la mano hasta la cintura de Shay, por encima de su cadera y hacia el interior de su muslo. Los ojos azules de Shay se oscurecieron y sus labios se entreabrieron—. Ahora calla y deja que te haga el amor. Concéntrate en mí y en lo que voy a hacerte. Y no pienses en nadie más. Bryan le tocó el sexo: lo tenía húmedo y caliente. Perfecto. 

—¿Qué me vas a hacer? 

—Todo. Bryan introdujo la punta del dedo en el interior de Shay y la retiró de una forma provocadora hasta que ella se retorció. Sus pequeños jadeos lo excitaban. Su olor, que era más intenso por momentos, también lo excitaba. Y la forma en que lo miraban sus ojos confiados lo volvía loco de deseo. Bryan no quería decir nada más, salvo susurrar las típicas palabras seductoras y, en ocasiones, puramente sexuales. Sin embargo, Shay estaba debajo de él, entregada, toda dulzura, y Bryan no pudo evitar decir lo que pensaba. 

—Nadie volverá a hacerte daño, Shay, te lo prometo. Ella suspiró. 

—Mientras no me hagas daño tú, podré soportar todo lo demás. ¡Oh, Dios!, ¿podría cumplir su promesa? Él seguía siendo un cazarrecompensas, y su profesión implicaba muchos viajes, muchas preocupaciones y todo tipo de peligros. Él había considerado la posibilidad de retirarse a Visitation, pero... ¿con Shay? ¿Sería ella feliz allí? Por lo que él había visto, ella necesitaba ocuparse de los demás para sentirse bien, y él nunca había visto prostitutas en Visitation. Quizá podría dedicarse a normalizar a Jamie Creed. Aquel tipo era tan raro que la labor le llevaría años. A Bryan le quedaban muchas preguntas sin responder y no podía comprometerse, de modo que, en lugar de contestar el comentario de Shay, la cogió por las caderas y la volvió sobre su estómago. Ella se quedó inmóvil un segundo y, después, miró a Bryan por encima del hombro. 

—¿Qué haces? Él se inclinó y le besó la parte inferior de la espalda mientras colocaba la mano entre sus muslos. 

—Abre las piernas. Shay se quedó atónita. 

—¿Qué? 

Bryan no esperó a que ella lo hiciera y le separó las piernas. ¡Cielos, en aquella postura, con su estilizada columna a la vista, el trasero prominente y las piernas abiertas, tenía un aspecto estupendo! 

—¡Me encanta tu culo! Mientras disfrutaba del contraste que formaban su mano oscura y las nalgas claras de Shay, Bryan le acarició el trasero y fue deslizando la mano con lentitud a lo largo del surco oscuro que había entre sus nalgas hasta alcanzar su sexo. Entonces le separó los labios con los dedos, exploró la zona y extendió su humedad. Bryan notó que la respiración de Shay se aceleraba y se volvía rápida y profunda, e introdujo dos dedos en su pequeña y apretada vagina. Shay exhaló un gemido salvaje y Bryan sonrió mientras experimentaba un placer casi doloroso. 

—Relájate y déjame tocarte, Shay. 

Ella apretó el rostro contra el colchón mientras estrujaba las sábanas e intentó cambiar de posición, pero no lo consiguió. ¡Era una mujer tan sensual, tan abierta y entregada! Bryan le resiguió la columna a besos, desde la nuca hasta la parte inferior de la espalda. Después, le mordisqueó su sensual trasero y saboreó los síntomas de su creciente excitación. Justo cuando Shay empezó a tener sacudidas por todo el cuerpo, cuando sus muslos se pusieron en tensión y su respiración se volvió más sonora, Bryan le dio la vuelta. Durante un rato, simplemente la contempló. Su piel estaba sonrosada debido a la excitación, y tenía el sexo hinchado y húmedo, y los pezones, erguidos. Con promesas o sin promesas, ella era de él. Sólo de él. 

—Córrete por mí, Shay. 

Bryan se inclinó y la besó con intensidad. Entonces introdujo de nuevo dos dedos en su interior y, con el dedo pulgar, presionó y frotó su distendido clítoris mientras la excitaba cada vez más. Ella gritó junto a su boca y levantó las caderas contra la mano de Bryan mientras tensaba los dedos que tenía enredados en su cabello. ¡Fue maravilloso! ¡Ella era maravillosa! Bastante tiempo más tarde, cuando Shay se relajó y sequedó tendida y sin fuerzas al lado de Bryan, él dijo, más para sí mismo que para ella: 

—El condón. No debo olvidarme del condón. Aunque resultaba tentador no utilizarlo. Bryan deseaba penetrarla carne contra carne y disfrutar de la fricción natural de su cuerpo en el momento en que acogía el de él. Bryan nunca se había sentido así antes. Nunca había pensado en la posibilidad de tentar a la suerte. Sin embargo, ahora no soportaba que hubiera barreras entre ambos. A Bryan se le cayó el maldito condón dos veces antes de conseguir abrir el envoltorio y ponérselo. Las manos le temblaban. Bryan sabía que estaba tan excitado que tendría suerte si duraba más de dos penetraciones. Entonces levantó las piernas de Shay y las colocó por encima de sus hombros. Cuando se inclinó hacia ella, las rodillas de Shay presionaron sus propios pechos y ella abrió los ojos. —¡Bryan...! —susurró Shay con voz anhelante.

Shay estaba abierta por completo, entregada a él y a lo que él quisiera de ella. Y él lo quería todo. 

—Está bien, cariño, relájate —dijo Bryan suavemente. 

Se quedó unos instantes contemplando su sexo ardiente y sonrosado, colocó luego su pene encima de él y, gracias al orgasmo que Shay había experimentado y que la había dejado caliente y húmeda, Bryan entró en el cielo—. ¡Dios, esto está mejor que bien! —Bryan apretó los dientes—. ¡Jodidamente increíble! Shay afianzó los antebrazos en el pecho de Bryan, pero no consiguió contenerlo. Entonces respiró con intensidad mientras se sentía un poco aturdida. Él notó cómo sus músculos internos se apretaban contra su pene y lo exprimían y le pareció tan fantástico que no quiso parar. 

—Si te hago daño, dímelo. Ella le clavó las uñas en los pectorales y gimió. Él la había penetrado profundamente. Muy profundamente. Bryan se retiró de su interior y volvió a penetrarla. El estilizado cuerpo de Shay se arqueó y ella soltó un grito ahogado. «¡Ahí va una!», pensó él con la mandíbula apretada, la frente húmeda y todos los músculos en tensión. Entonces 1a penetró otra vez, volvió a separarse con lentitud y la penetró de nuevo con fuerza. Shay exhaló un gemido vibrante que lo trastornó por completo. Tres. Tres penetraciones y... ¡a la mierda! Bryan se abandonó a un orgasmo sublime mientras su cuerpo se descargaba de energía, tensión y necesidad. Entonces gimió de placer y penetró a Shay tan a fondo como pudo. Mientras él se desplomaba sobre ella, Shay alcanzó el climax otra vez y experimentó una serie de pequeños espasmos que Bryan notó desde su interior. Habían bastado. Había sido demasiado. La mente de Bryan necesitó un buen rato para empezar poco a poco a recobrarse y su cuerpo había caído en un profundo letargo. 

—¿Bryan? Él gruñó: eso fue lo máximo que consiguió teniendo todavía las rodillas de Shay pegadas a las orejas. Ella deslizó los dedos a lo largo de la espalda de Bryan, presionó los labios contra su hombro sudoroso y susurró con una voz tan dulce que a Bryan le costó identificarla con Shay: 

—Te quiero. Bryan cogió el móvil y marcó un número que conocía de memoria. Joe respondió a la primera llamada. 

—Winston al habla. Bryan se saltó la fórmula de cortesía habitual. 

—¿Estás muy aburrido? —preguntó. Joe se echó a reír. 

—Estoy casado con Luna, ¿recuerdas? Con ella, uno no tiene ni un solo momento de aburrimiento. ¿Por qué? ¿Qué te traes entre manos? Aunque Joe no podía verlo, Bryan se encogió de hombros. 

—Un plan para atrapar a una rata a la que le gusta utilizar y hacer daño a las mujeres. Me iría bien algo de ayuda. Joe bajó la voz, probablemente para que Luna no lo oyera. 

—Suena divertido. Cuenta conmigo. 

—Pero si ni siquiera sabes lo que tienes que hacer. 

—No me importa, aunque tú ya sabías que lo aceptaría incluso antes de llamarme, ¿no es cierto? 

Bryan no había dudado ni por un momento de que Joe accedería a echarle una mano, pero creía que habría tenido que darle más explicaciones. Era una suerte poder ahorrárselas, pues la mayoría de las preguntas de Joe solían ser difíciles de responder. 

—La verdad es que sí —admitió Bryan. 

—Me lo imaginaba. —Bryan casi podía oírle frotarse las manos ante la perspectiva de ponerse en acción—. Entonces, ¿vienes tú o voy yo? 

—Lo primero —respondió Bryan mirando a Shay, que estaba acurrucada a su lado, casi dormida. En muy poco tiempo, se había convertido en alguien muy preciado para él. Sólo mirarla, le proporcionaba placer—. Iré con Shay. —¿Y Shay es...? Esta pregunta era fácil de responder. 

—Mía.

—¡Ah! —La voz grave de Joe denotó diversión—. Comprendo. A Alyx se le romperá el corazón —añadió con cierta dosis de reproche burlón en la voz. Bryan resopló. Alyx Winston, la hermana pequeña de Joe, era una auténtica pesadilla. Siempre coqueteaba con él, aunque lo cierto es que lo hacía con todos los tíos que se le ponían a tiro. Bryan no envidiaba al pobre infeliz que se casara con ella. De todos modos, Alyx no lo dejaría en paz así como así. 

—Alyx sobrevivirá —repuso Bryan. Joe cambió de tema. 

—Entonces, ¿cuándo vienes? 

—Esta noche. Sólo tengo que atar unos cuantos cabos y, cuando lo haya hecho, saldremos. 

—Estupendo. Os esperamos a cenar. Luna insistirá en que os quedéis. Ahora le tocaba a Bryan divertirse. 

—Desde luego. Dile a Luna que la quiero. 

—¡Ni hablar! —En general, llegados a aquel punto, Joe cortaba la comunicación, pero, en esta ocasión añadió—: Ten cuidado. Al menos, hasta que estés aquí y pueda tenerlo yo por ti. 

—Gracias. —Bryan interrumpió la conexión, se volvió hacia Shay y le acarició el cabello—. ¿Estás durmiendo, cariño? 

—Todavía no. 

A Bryan se le encogió el corazón cuando percibió el abatimiento que reflejaba su voz. —Intenta descansar. No tenemos que ponernos en marcha hasta dentro de una hora más o menos. Ella asintió con la cabeza, aunque estaba agotada. Bryan estaba acostumbrado a su euforia, a su energía inagotable. Shay era el tipo de mujer que solía tomar el mando, no era de las que se quedaban echadas mientras otros elaboraban los planes. Al oír su declaración de amor Bryan se había quedado sin palabras, pero Shay se las arregló para acabar con la tirantez del momento. Le dio un golpe en el hombro y declaró: 

—Apártate, pesas una tonelada. 

Entonces gruñó de una forma ostentosa, sonrió, se desperezó y se volvió de lado para dormir. Sin embargo, no dormía; estaba reflexionando... o preocupada. Y Bryan no podía soportarlo. 

—Antes de irnos, nos detendremos en el centro de acogida. Quiero que les cuentes a todas que vas conmigo, o sea, con Bruce, a Visitation y que te quedarás allí hasta que descubramos quién intentó hacerte daño. Bruce vigilará a Amy y nos avisará si se pone en contacto con alguien o intenta seguirnos. 

—¿Crees que actúa con alguien? —preguntó Shay sin abrir los ojos. 

—Sí, quizá con un compinche o un matón a sueldo. No lo sé, pero, en cualquier caso, no quiero que corras más riesgos. Bruce vigilará la situación aquí y Joe me ayudará a mantenernos a salvo en Visitation. Al final, alguien dará un paso y, esta vez, descubriremos de quién se trata. Shay se tumbó sobre la espalda, suspiró y se sentó. 

—No estoy cansada, Bryan —declaró con una mirada grave y una expresión de cansancio en el rostro. Entonces respiró hondo—. ¿Qué tal si terminamos con esto lo antes posible? 

—El viaje hasta Carolina de Norte es largo. Unas cinco o seis horas.

—Entonces salgamos ahora y así llegaremos antes de que oscurezca. —Shay, todavía desnuda, bajó de la cama—. Con suerte, esta noche podremos dormir sin preocupaciones. 

—Sea como sea, dormirás conmigo. Bryan quería que este punto quedara claro. Tanto si tenían problemas como si no los tenían, no pensaba permitir que se alejara de él. Todavía no. Quizá nunca. Shay sonrió con dulzura. 

—Si no lo hubieras dicho tú, lo habría dicho yo. Ahora, muévete, perezoso. Tenemos cosas que hacer. Shay habló con la actitud de mando a la que Bryan estaba acostumbrado, aunque sus ojos no mentían. Habían sucedido demasiadas cosas en muy poco tiempo y ahora estaba agotada. Aunque él la hubiera rechazado unas semanas antes, quería que la Shay de siempre volviera otra vez. Y, fuera como fuera, lo conseguiría.

Capitulo 13

No resultó fácil reunirlas a todas. Amy tuvo que salir del trabajo antes de tiempo y Morganna tendría que empezar más tarde de lo establecido. Todas se agolparon alrededor de Shay y le mostraron la preocupación que sentían por ella. Eran sus amigas, y Shay se negaba a creer que alguna de ellas quisiera causarle daño. Le parecía imposible. Amy, sobre todo, permanecía pegada a su lado y se sentía culpable. 

—Debería haberme quedado contigo. —¿Y cómo podrías haberla ayudado? —preguntó Bryan. Había empleado un tono distraído, pero Shay percibió la intencionalidad en sus ojos. 

—No lo sé. Cuando me fui, la puerta no estaba cerrada con llave, aunque quizá se atrancó cuando la cerré. O la cerré sin darme cuenta. Barb le lanzó una mirada furibunda. 

—¡No seas estúpida! ¡Estaba cerrada con llave! ¿Le diste tú la vuelta a la llave? ¡No! Entonces no fue culpa tuya. 

En general, la falta de paciencia de Barb las sacaba a todas de sus casillas, pero, en esta ocasión, Morganna le dio unas palmaditas en la espalda, como si intentara tranquilizarla. 

—El Predicador tiene razón, Amy. Tú no podrías haber hecho nada. Deberíamos sentirnos agradecidas porque Shay no haya resultado herida. 

—Yo me siento agradecida —dijo Amy casi sin aliento. Parecía asustada. Barb puso los ojos en blanco. 

—Sois realmente patéticas. Voy a preparar café. Enguida vuelvo. 

—Nosotros no tomaremos, Barb —indicó Bryan—. Tenemos que irnos. 

Voy a ocultar a Shay en casa de unos familiares lejanos que tienen una finca en las afueras de Visitation, en Carolina de Norte. Se trata de una ciudad pequeña tranquila y muy agradable. Allí estará segura. 

—Bryan le tendió a Morganna una hoja de papel—. Aquí está la dirección por si la policía tiene que ponerse en contacto con nosotros También he apuntado el número de mi teléfono móvil. Shay sabía que había escrito la dirección de su caravana. Bryan nunca pondría los datos de su amigo al alcance de unos criminales, sobre todo ahora que él y Luna tenían dos niños a los que debían proteger. 

—En el reverso de la hoja, he anotado las indicaciones para poder llegar. — Bryan observó a Amy en busca de algún signo revelador—. Ya sabes, por si la policía las necesita. Amy no les prestaba atención. Estaba demasiado ocupada retorciéndose las manos. Barb arrancó la hoja de papel de las manos de Morganna. 

—La pondré en el cajón de la cocina para que no se pierda. Además, como soy la única que está aquí durante el día, lo más probable es que sea yo quien hable con la policía, si es que llaman. Bryan asintió. 

—De acuerdo. No la pierdas, ¿eh? Barb entornó los ojos y repuso: 

—¿Por qué habría de perderla? Shay sonrió.

—No lo harás. Mira lo organizada que eres y lo ordenado que lo tienes todo por aquí. Morganna volvió a darle unas palmaditas a Barb en la espalda mientras miraba a Shay. 

—Desde que nos enseñaste a cocinar y todo esto, hemos estado colaborando más con Barb. No es justo que ella se encargue de todo. 

—¡Es mi trabajo! —protestó Barb. 

—Pero a nosotras no nos importa ayudarte. Incluso resulta divertido. 

— Morganna arrugó la nariz—. Bueno, limpiar no es divertido, pero incluso en esto la ayudamos. Barb dio media vuelta y salió de la habitación indignada. Shay suspiró y se dio por vencida. Barb siempre sería arisca. Ella había esperado conseguir suavizarla, pero, aunque Barb siempre se había mostrado amigable con ella, seguía gruñendo a todo el que se pusiera a su alcance. Por lo visto, refunfuñar constituía una parte innata de su personalidad. Shay abrazó a Morganna, a Patti y, por último, a Amy. 

—No te preocupes, Amy. Todo saldrá bien. Te lo prometo. Amy sacudió la cabeza.

—No lo sé. Cada vez que las cosas empiezan a ir bien, sucede algo. Me pregunto si siempre será así. —Entonces cogió a Shay de la mano y agregó—: ¡Carolina del Norte está tan lejos! Aunque, por otro lado, allí estarás a salvo. 

—Sí —añadió Patti—. Es mejor tenerte lejos a que estés expuesta a que te hagan daño. 

—No queremos que sufras ningún daño —asintió Morganna—. Nos caes muy bien a todas. Parecían tan sinceras... Sin embargo, alguien la había encerrado en la casa. Alguien había encendido el fuego. Shay deseaba con todas sus fuerzas que aquella persona no fuera Amy. Nada más tomar la carretera, Shay se quedó dormida, y siguió durmiendo durante la mayor parte del camino. A Bryan le pareció bien, en primer lugar porque ella necesitaba descansar y, en segundo lugar, porque así él podía dedicarse a vigilar los coches de los alrededores. Nadie los seguía. Bryan no sabía si sentirse aliviado o decepcionado. Cuando abandonaron la carretera general y tomaron carreteras más antiguas y sinuosas, tuvieron que reducir la marcha. Entonces, Shay se agitó y se despertó. 

—¿Ya hemos llegado? —Casi. Estamos en Welcome County. Pronto llegaremos a Visitation. 

Bryan le cogió la mano y le acarició la palma con el pulgar. Shay se apartó el cabello de delante de los ojos con aire somnoliento y miró por la ventanilla con interés. La luz del sol bañaba su rostro y sólo se veía interrumpida por las sombras de los árboles majestuosos que bordeaban la carretera. Era una carretera estrecha y cubierta de baches desde la que se veía, muy de vez en cuando, alguna casa o alguna caravana. Se podía decir que, en todos los sentidos, estaban lejos del mundo real. 

—Es bonito. 

—¡Sí! —respondió Bryan mientras contemplaba su perfil—. Muy bonito. 

—Shay no dijo nada más, lo cual extrañó a Bryan—. ¿En qué estás pensando? 

—En esto. En nosotros. —Shay dejó de contemplar el paisaje—. Me pregunto... 

—¿Qué? —Si todavía te molesta que sea rica. 

Bryan, sorprendido, se dio cuenta de que no había pensado en la cuestión del dinero con seriedad: había estado concentrado en sentirse traicionado. Sin embargo, el dinero era un aspecto sobre el que tenía que reflexionar. Él era un jodido trabajador que ganaba cuarenta y cinco mil dólares al año más algún dinero extra ocasional. Vivía una existencia frugal y sus gustos eran sencillos. ¿Caviar? Ni pensarlo. ¿Un Mercedes? Sólo en sueños. De todos modos, él tampoco se imaginaba a Shay comiendo huevas de pescado o paseando en un cochazo de lujo. Él la conocía sólo como Shay, la mujer que se sentía como en su propia casa en un centro de acogida, la mujer que celebraba reuniones de té y de maquillaje con prostitutas y la mujer que lo perseguía con una energía increíble. —¿Y bien? —insistió ella. Él se encogió de hombros. 

—No lo sé —respondió Bryan a falta de una respuesta más inteligente—. ¿Eres muy rica? 

—Asquerosamente rica. 

Bryan sonrió. Shay lo había dicho como si estuviera reconociendo la autoría de un asesinato. 

—Pues no lo pareces. Quiero decir que la mayoría de las personas ricas son esnobs. 

—¿De verdad? —Shay arqueó mucho una ceja—. ¿Y a cuántas personas ricas conoces? Él tuvo la decencia de sentirse avergonzado. 

—Esto... no muchas. —En aquel momento, sólo se le ocurrían unas cuantas—. En una ocasión, pillé a un par de desfalcadores que intentaban largarse de la ciudad. Fueron ricos durante, más o menos, dos semanas. Y también conozco a una tía engreída que huyó con su jardinero latino. Tardé semanas en localizar su rastro y, al final, conseguí traerla de vuelta mientras ella daba patadas y gritaba como un alma en pena. 

—¿Ahora es un delito huir con el amante? 

—Sólo cuando vacías las cuentas bancarias y, para colmo, huyes con el coche de tu marido. —Bryan la miró con una sonrisa—. Y también te conozco a ti. —Me parece un porcentaje de personas demasiado reducido para utilizarlo como medidor. Yo conozco a muchas y puedo decirte con toda sinceridad que algunas son esnobs y otras, no. Él le apretó la mano. 

—Tú no lo eres. 

—No. En general, ni siquiera pienso en el dinero, salvo como medio para ayudar a otras personas. Sin embargo, también lo doy por sentado. Como cuando compré la ropa para las mujeres del centro. Resulta fácil actuar con generosidad cuando todo lo que tienes que hacer es realizar una llamada telefónica. —Shay dirigió la mirada a sus manos entrelazadas—. Son las personas que entregan su tiempo y su corazón las que importan. —Entonces levantó la mirada hacia él y añadió—: Las personas como tú. 

—¡Y una mierda! Yo me estaba haciendo pasar por otra persona para atrapar a un delincuente, eso es todo. 

—Quizá fue así al principio —corroboró ella—. Pero a mí no me engañas. Te preocupas por ellas y por los demás en general. 

—Si lo que afirmas es cierto, lo mismo puede aplicarse a ti. Desde el primer momento, comprendiste a las mujeres y lo que necesitaban. Y esto requiere poseer un tipo especial de sensibilidad y empatia. ¡Mierda, ahora que había comprendido que Shay era una persona auténtica y de buen corazón, no quería que minimizara sus valores! Sin embargo, Bryan se quedó sin saber si le había creído, porque Shay cambió de tema. 

—He salido con algún que otro hombre durante los últimos años —declaró ella mientras se volvía hacia él—. Algunos eran buenas personas y otros unos auténticos imbéciles. 

—¿Tengo que escuchar esto? Bryan odiaba imaginarse a Shay con otros hombres. Su esposo era una cosa, pero que hubiera salido con hombres sólo para divertirse le dolía. 

—En realidad, tú eres el primer hombre que ha sentido rechazo por mi dinero. En general, sucede lo contrario. Mi dinero constituye la gran atracción.

—¿Los tíos te perseguían por tu dinero? Bryan no había pensado en aquella posibilidad, pero ahora le resultaba probable. Había mucho vago en el mundo. Ella asintió. 

—Los hombres, cuando me miran, ven el símbolo del dólar. ¡Por el amor de...! Bryan soltó un respingo. 

—Querida, sé que no te gusta oír esto, pero eres terriblemente sexy. Ella le lanzó una mirada escéptica. 

—Sólo soy del montón —declaró ella encogiéndose de hombros. 

—Eres guapísima. Preciosa. —Bryan la miró y bromeó—: Tienes un polvo tremendo y un culo que tumba de espaldas. —Shay se echó a reír—. ¿No crees que al menos algunos de esos hombres iban detrás de ti justamente por eso? Ella puso cara de extrañeza y respondió: 

—Lo dudo, pero esta posibilidad no sería mejor que la otra. Ni el aspecto ni el dinero son importantes. 

—Si tú lo dices... 

—¿A ti te importan? Él arqueó una ceja. 

—Lo que te puedo asegurar es que no pienso quejarme de tu trasero. —Shay frunció el ceño—. ¡De acuerdo, de acuerdo! Ha sido un chiste malo. —Bryan condujo en silencio durante unos segundos mientras ordenaba sus pensamientos—. Reconozco que lo que me atrajo de verdad fue verte bebida. —¡Vamos, estoy hablando en serio! —Lo digo en serio. Estabas preciosa. Te habías entregado por completo a las chicas y, aunque gracias a su intervención parecías un payaso loco, a ti no te molestó. Las veías como personas auténticas con necesidades y esperanzas auténticas. Te preocupabas por ellas y tu actitud hizo que yo las mirara de la misma forma. Halagada, Shay se ruborizó. 

—Me lo paso muy bien con ellas. En realidad, me lo paso mejor con ellas que cuando asisto a los consejos de administración o cuando intento conseguir donaciones de mis conocidos. De hecho, estoy pensando en traspasar esta parte del trabajo a Dawn. Ella es muy diplomática y se mueve con facilidad en esos ambientes. Sería perfecta para este tipo de trabajo. —Dawn me gusta. Dawn era una mujer menuda y decidida que, sin lugar a dudas, se preocupaba mucho por Shay. Además, a Bryan le encantaba la idea de que Shay pudiera pasar más tiempo con él. 

—A ella también le gustas tú..., ahora que se lo he explicado todo. Ella percibió desde el primer momento que eras distinto a los otros hombres que conozco. —¿Porque soy pobre? —Shay se burló de su pregunta pero Bryan prosiguió—: Lo digo en serio, Shay. La cuestión del dinero nos afecta en ambos sentidos. Se podría decir que tú estás en el punto de mira de la sociedad, pero yo soy un inadaptado social. La sonrisa de Shay se convirtió en una mueca. 

—Al menos sé que tú no me quieres por mi dinero. 

—¿Y sólo por eso pasarás por alto todo lo demás? Shay apoyó una mano en el muslo de Bryan y dijo: 

—También está el hecho de que eres un amante increíble. El corazón de Bryan dio un brinco. 

—Me alegro de que te hayas dado cuenta. 

—¡Qué modesto! —Shay dibujó pequeños círculos con el dedo encima del muslo de Bryan—. Sin embargo, tengo una queja... 

—¿Ah, sí? —A Bryan se le encogieron los testículos—. ¿De qué se trata? Shay deslizó la mano un poco más arriba y la colocó peligrosamente cerca del punto clave. 

—¡Cuidado! Bryan la cogió por la muñeca. 

—A esto me refiero, ¿lo ves? 

—Lo que veo es que estoy conduciendo y que tú vas a conseguir que nos salgamos de la carretera. A Bryan le costaba muy poco excitarse cuando Shay estaba cerca. Una mirada. Una sonrisa... Y si colocaba la mano a pocos centímetros de su pene, estaba perdido. Bryan se movió con incomodidad en sus ajustados téjanos. 

—A lo que me refiero es a que tú siempre ejerces el control, Bryan. —Shay intentó soltar su mano—. Pero yo también quiero tocarte. Una oleada de calor sacudió el cuerpo de Bryan, que estuvo a punto de soltar un gemido.

—Perfecto. Puedes tocar todo lo que quieras. 

—«¡Sí!»—. Pero más tarde. Cuando estemos en la cama. O, al menos no en el coche. 

—Esto es lo que dices ahora, pero, al final, siempre eres tú el que me hace cosas. Bryan no se esforzó mucho en retener la mano de Shay y ella la deslizó otro centímetro hacia la parte superior de su muslo. Shay le rozó los testículos con la punta de los dedos y, continuación, le cubrió el pene con la mano. 

—Por Dios, Shay, dame un respiro, ¿quieres? Sin embargo, Bryan no le apartó la mano. Y podría haberlo hecho. ¡Demonios, él estaba duro, ella era suave y a él le gustaba que ella quisiera tocarlo! Shay se acercó a él y el cinturón de seguridad se puso en tensión. Bryan notaba la presión de sus pechos contra los bíceps del brazo derecho. 

—¿Te acuerdas de dónde me besaste? —preguntó ella con un susurro ronco. Él apretó la mandíbula. «No preguntes, no preguntes...» 

—¿Dónde? Ella bajó la cabeza, titubeó y susurró por fin: 

—Entre las piernas. ¡Oh, mierda! Los dedos de Bryan se aferraron al volante y, con voz áspera, grave y profunda, dijo: 

—Me gusta tu sabor, cariño. Sobre todo cuando estás excitada y húmeda, a punto de tener un orgasmo... Ella le tapó los labios con los dedos mientras su aliento cálido y acelerado le calentaba el cuello. 

—No digas nada, Bryan. —Shay parecía tan alterada como Bryan—. Lo que intento decirte es que quiero besarte como tú me besaste a mí. Una oleada de deseo lo invadió. Si hubiera estado de pie, las rodillas le habrían flaqueado. ¿La boca de Shay en su pene, lamiendo y succionando? No lo soportaría. —Quiero proporcionarte placer —susurró ella suavemente, como si no lo estuviera matando poco a poco—. Del mismo modo que tú me lo proporcionaste. —No será igual —gruñó él con voz ronca. 

—Lo sé. Tú vas a correrte de un modo completamente diferente. Necesitaba tumbarse en algún lugar, pensó Bryan. —Sin embargo —prosiguió Shay—, la idea de tener tu pene en mi boca me resulta excitante. No se lo he hecho a nadie hasta ahora. —Sus dedos rodearon la erección de Bryan y casi le cortaron la respiración—. Pero me muero de ganas de hacértelo a ti. 

—¡Joder! —Bryan no podía conducir. ¡Cielos, si apenas podía ver!—. Busquemos un lugar para aparcar. ¡Cualquier lugar! No te importará que se te peguen unos hierbajos, ¿no? Bryan tomó la curva a gran velocidad mientras buscaba con la mirada algún claro en el que dejar el coche. Y entonces Shay vio algo al otro lado del parabrisas que la dejó boquiabierta. 

—¡Bryan! 

Por suerte, él tenía buenos reflejos. Bryan vio al hombre que estaba en medio de la carretera casi al mismo tiempo que Shay. A pesar de sentirse un poco lento de reflejos debido a su estado, Bryan pisó a fondo el freno. Un montón de gravilla salió disparada por los aires y el coche patinó de costado hasta que las ruedas toparon con algo sólido y se detuvieron... A sólo dos metros del idiota que estaba en la carretera. Demasiado cerca, en opinión de Bryan. Sin mostrar la menor preocupación, Jamie Creed, el ermitaño loco, se puso de pie con lentitud. Ni sonreía ni fruncía el ceño y su expresión era tan enigmática como siempre. En realidad, sólo tenía ojos para Shay. Bryan, furioso, paró el motor, se desabrochó el cinturón de seguridad, se lo quitó de un tirón y saltó del vehículo cerrando la portezuela de golpe. 

—¡Maldita sea! —gritó—. ¡Si quieres suicidarte hazlo con el coche de otro! Jamie, que era la serenidad personificada, declaró: 

—Tenía que asegurarme de que te detenías. Bryan se enderezó. Si estrangulaba a Jamie se sentiría mejor, pero tenía que admitirlo, Jamie tenía razón. Si lo hubiera visto en el andén, habría pasado de largo: Jamie le caía mal pero sobre todo estaba la tentadora sugerencia de Shay. Lo único que necesitaban era un poco de intimidad. La rabia no había aplacado su erección. Debería regresar al coche, alejarse de allí, y... Entonces Shay se acercó a él con sigilo. 

—¿Bryan? 

¡Demonios! No quería que conociera a Jamie en aquel momento. Shay estaba en un estado muy apasionado y, en general, las mujeres veían a Jamie como un ser misterioso y romántico. Si Shay empezaba a mirarle con sus largas pestañas a media persiana o adoptaba una actitud acaramelada, Bryan perdería el control. 

—¡Espera en el coche! —exclamó. Shay abrió mucho los ojos, dejó de mirar a Jamie para concentrarse en Bryan, y entornó los ojos con rabia contenida. —¿Que espere en el coche? —El tono de su voz era mortífero—. ¡Ni lo sueñes! Entonces 

Jamie sí sonrió. Se acercó a Shay y, mientras la rodeaba lentamente, la examinó de arriba abajo y por todos los ángulos posibles. A Bryan se le nubló la vista. —Te voy a romper la nariz. Jamie ni siquiera le dedicó una mirada. 

—No lo harás. 

Bryan se desanimó. Lo más probable era que no lo hiciera. Jamie dio otra vuelta alrededor de Shay y, al final, se detuvo delante de ella y se quedó mirándola fijamente con sus ojos de granito y una expresión fría e impertérrita en el rostro. 

—Es ella. Shay tragó saliva de una forma notoria y parpadeó un par de veces. 

—¿Soy yo? —preguntó ella con nerviosismo debido a la atención de la que era objeto. 

—¡Ni hablar! —exclamó Bryan mientras pensaba que después de todo, quizá le rompería la nariz a Jamie. Bryan lo cogió por el cuello de la camiseta y tiró de él. Los dos tenían una altura similar, pero, sin lugar a dudas Bryan lo había intimidado. Tenía los labios tan apretados, que las palabras apenas lograron salir. —No empieces de nuevo con esa porquería enigmática, Jamie. Shay no tuvo nada que ver en todo aquello, ¿me oyes? —exclamó Bryan mientras sacudía a Jamie. Jamie levantó la cabeza y cogió a Bryan por la muñeca. Su fuerza era superior a la que cabría imaginar en un ermitaño. 

—Me estás malinterpretando. 

—¡Y una mierda! —Bryan se esforzó para no hablar a gritos—. Dijiste que una mujer estaba implicada. 

—Y lo está. A Bryan le latieron las sienes. 

—Y no se trata de Shay. 

—No, no es ella. 

Un buen puñetazo sería suficiente... —Entonces, ¿por qué acabas de...? —He dicho que es ella. La mujer con la que te quedarás. La que te corresponde. —Bryan lo miró desconcertado y Jamie suspiró—. Es la mujer perfecta para ti. — Jamie no sonreía, pero Bryan percibía su actitud burlona. Se reflejaba en sus ojos, negros como el tizón—. Es tu alma gemela. 

¡Cielos! Bryan miró a Shay: tenía curiosidad por saber cómo se tomaría ella aquella acertada profecía relacionada con su futuro. Pero Shay estaba demasiado ocupada comiéndose a Jamie con los ojos. A Jamie no parecía afectarle en absoluto su reacción. 

—Eres buena para él —le explicó Jamie a Shay. Entonces se inclinó hacia ella y le susurró en un aparte—: No te rindas. 

—No lo haré —respondió ella, de nuevo con nerviosismo. 

A Bryan le entraron ganas de vomitar. Quería arrastrar el sexy trasero de Shay de vuelta al interior del coche. Quería pulverizar a Jamie. ¿Por qué las mujeres adultas, maduras y razonables actuaban como bobas adolescentes cuando aparecía Jamie? Sin duda no podía deberse a su espesa barba de montañés o a su rebuscada conversación. Y tampoco podía decirse que fuera un esclavo de la moda. En aquel momento, llevaba su negro cabello recogido en una despeinada cola de caballo. Vestía una camiseta lisa de color gris que, con toda seguridad, debía de ser una de las tres únicas que poseía: una blanca, una gris y una negra. Cuando el clima lo requería, se ponía una desgastada camisa de franela encima de la camiseta. Y sus tejanos debían de tener diez años como mínimo, porque sin duda no había pagado una cantidad extra de dinero por uno de aquellos téjanos que se vendían ya desgastados por exigencias de la moda. Sus botas acordonadas de piel de color marrón eran robustas, ideales para subir y bajar de la maldita montaña siempre que le diera la gana de molestar a los hombres de Visitation.

Bryan no quería preguntarlo, pero no tuvo más remedio que hacerlo. 

—Entonces, ¿todavía crees que una mujer está implicada en este asunto? Desde la perspectiva de Jamie, la palabra «creer» no existía. 

—Lo está —respondió categóricamente. —¿Se trata de Amy? Jamie se encogió de hombros y apartó la mano de Bryan de su camiseta. 

—Descríbemela. Shay se apresuró a complacerlo. 

—Es tímida, delgada, rubia, de ojos verdes... 

—No, no se trata de ella. 

—¡Gracias a Dios! —exclamó Shay fascinada—. Entonces, ¿quién es la mujer implicada? Bryan se quedó boquiabierto. 

—¿Crees en sus predicciones? ¿Así, sin más? 

—¿Tú no? ¡Mierda, en cierto sentido, sí que creía en ellas! Jamie los ignoró a ambos y, con la cabeza baja y las manos en los bolsillos traseros de los téjanos, dio unos pasos describiendo un pequeño círculo y declaró: 

—Todavía no lo sé, pero ella vendrá a ti cuando la necesites. 

—¿Cuando la necesite? —Bryan intercambió una mirada socarrona con Shay—. ¿Qué demonios quiere decir esto? Jamie se encogió de hombros otra vez y empezó a decir: 

—No... 

—Ya, ya..., no lo sabes. —Bryan tomó a Shay por el brazo—. ¡Vamos, larguémonos de aquí! Cuando hubo dado dos zancadas llevándose a Shay consigo, Jamie dijo: 

—La verdadera amenaza es un hombre. «Ignóralo, ignóralo, ignóralo...» Entonces Bryan dio media vuelta. 

—¿Qué hombre? —Uno del que no sospechas. Jamie se rascó la cabeza en actitud pensativa. Su expresión resultaba casi inquietante, como si pudieran percibirse las visiones que pasaban ante sus ojos. ¡Menuda idiotez! 

—¿Has terminado? —preguntó Bryan. Jamie asintió con la cabeza y dijo:

—Sí. Todo saldrá bien. Ahora ya no estoy preocupado. 

—¡Vaya, no me digas! ¿Tú no estás preocupado? ¡Qué alivio! —Todas sus palabras rezumaban sarcasmo—. Entonces le pediré a Joe que se olvide de todo el asunto, ¿te parece? 

—No, no lo harás. El sarcasmo nunca afectaba a Jamie. 

—¿Nos llamarás si percibes algo más? —pidió Shay. Jamie se volvió de repente hacia Shay, como si se hubiera olvidado de que estaba allí y, poco a poco, su expresión se suavizó. 

—Imposible, no tengo teléfono. Entonces, se dio la vuelta y se alejó por la carretera mientras la silueta oscura de su cuerpo enjuto se recortaba sobre el rojo brillante del sol poniente. Shay parpadeó con incredulidad, consciente de la insensibilidad de Jamie y le susurró a Bryan al oído: 

—¿No tiene teléfono? 

—No. —Bryan esbozó una media sonrisa—. Y tampoco coche. Vive completamente solo en algún lugar de aquella montaña. Ya te conté que era raro. 

Shay, como no, se puso a la defensiva. 

—Pues a mí me gusta. 

—A ti te gusta todo el mundo. 

—¿Incluido tú? —preguntó Shay con un tono que reclamaba una respuesta. Bryan, sin embargo, no pudo dársela. No tenía ni idea de qué veía ella en él. 

—Lo mínimo que puedes hacer es darle las gracias —comentó Shay enojada. 

—Imposible. Bryan se plantó las manos en las caderas y contempló el cielo despejado, que había adquirido ya un tono gris oscuro. El sudor le goteaba entre los homóplatos y por el centro del pecho. Era una tarde jodidamente calurosa. 

—¿Ah, no? ¿Y por qué no? —espetó Shay. 

—Porque se ha ido —respondió él con satisfacción. Shay se dio la vuelta con rapidez y escudriñó la zona. 

—¿Adonde ha ido? —preguntó sorprendida. 

—¿Quién demonios lo sabe? ¿Y a quién le importa? —Ya había tenido bastante Jamie Creed por el momento. Bryan cogió a Shay por la mano y tiró de ella hacia el coche—. Siempre hace el mismo truco. Un minuto está aquí y, al siguiente, ¡puf!, ha desaparecido. Es un fastidio. ¡Él es un fastidio! Vamonos. Tengo hambre y Joe Winston no es un hombre al que se pueda hacer esperar. Ni para cenar ni para ninguna otra cosa. Y, después de la cena, cuando estuviera a solas con Shay dentro de la caravana, le recordaría lo que quería hacerle. Bryan tenía la sensación de que estaría excitado hasta entonces. 

Joe Winston no se parecía en nada a como ella lo había imaginado, pero Shay lo reconoció nada más enfilar el sendero de grava que conducía a su casa. Siempre que Bryan hablaba de él, a Shay le daba la sensación de que era un hombre terrible. Claro que ella no sabía nada acerca del temperamento de Joe. Sin embargo, allí, de pie, mientras esperaba su llegada, parecía hogareño y amigable y su aspecto no recordaba en absoluto al de un delincuente. Shay había supuesto que tendría cicatrices en el rostro, que miraría de una forma amenazadora o que gruñiría como un perro rabioso, pero aquel hombre sonreía y era muy, pero que muy guapo. Con uno de sus largos y musculosos brazos rodeaba a una mujer que debía de ser su esposa. Detrás de ellos, en el porche, había un chico y una chica. Ella era muy guapa y estaba sentada en la escalera de la entrada y él se balanceaba en el columpio del porche. Los dos tenían el cabello rubio, el rubio más claro que Shay había visto jamás. El de la chica era largo y brillante y el del chico, corto, y lo llevaba todo alborotado. A un lado de la casa, una enredadera plagada de flores cubría un enrejado, y la hierba, verde y exuberante, crecía entre múltiples árboles de aspecto imponente. Los pájaros cantaban y las ardillas jugaban en el bosque. Al fondo, la suave brisa nocturna ondulaba la superficie de un lago de gran tamaño. La casa era enorme y majestuosa y encajaba con la idea que Shay tenía de un hogar. A diferencia de su mansión de Ohio, que bien podía considerarse un mausoleo, ésta despedía calidez. 

—Es un momento Kodak —comentó Shay con cierta envidia. 

—Sí —sonrió Bryan—. Éstos son Joe y Luna, y en el porche están Austin y Willow. Forman una familia estupenda, ¿verdad? 

Shay, más conmovida a cada momento que pasaba asintió con un movimiento de cabeza. Ella también quería algo así. Quería sonreír con la misma satisfacción con la que ellos sonreían, quería sentirse tan feliz como ellos se sentían. 

—Parecen muy felices. —Joe no permitiría que fuera de otra manera. —Bryan apagó el motor, se bajó del coche y se dirigió a la portezuela de Shay—. ¡Vamos! Luna te encantará. 

Shay apenas había descendido del coche cuando Joe y Luna se acercaron a ellos. 

—¡Por fin estáis aquí! Luna alargó los brazos y Bryan le dio un abrazo rápido y afectuoso. Shay se dio cuenta de que Joe no lo perdía de vista: lo observaba con una mirada amenazadora y los ojos entornados. Bryan no se sintió en ningún momento intimidado por su actitud. 

—¿Lo que veo en tu cabello son reflejos azules, Luna? —preguntó Bryan. Ella le dio un manotazo. 

—Se llama color ciruela. —Entonces se dirigió a Shay—. De vez en cuando, me gusta cambiar el aspecto de mi cabello, y todos los hombres de por aquí lo consideran motivo de diversión. 

Shay la miró sobrecogida. En realidad, su cabello tenía unos reflejos de una tonalidad muy azul, pero el efecto resultaba agradable. De hecho, encajaba bien con el esmalte de las uñas de sus manos y de sus pies. 

—Es muy bonito. 

—Gracias, eso creo yo también. Te presento a Joe, mi marido. —Luna, que volvía a tener el potente brazo de Joe alrededor de sus hombros, se dio la vuelta y empujó a Joe hacia delante—. Saluda, Joe. 

—Hola, Joe. Aquella mole de hombre alargó el brazo y le estrechó la mano a Shay. 

—¡Vaya, ahora sé por qué ha caído el imperio! —exclamó mientras miraba a Shay de arriba abajo. A continuación, se dirigió a Bryan—: No me dijiste que era tan guapa. Shay, un poco aturdida por aquel halago tan directo, miró a Luna, que asintió con convicción. 

—Eres realmente preciosa. Bryan frunció el ceño y tiró de Shay hacia él. 

—No le gusta que se lo digan. Shay se ruborizó y repuso: 

—¿Ah, no? Él la miró con extrañeza. 

—Pues a mí no me permites decírtelo. Joe y Luna escuchaban con interés. 

—Bryan... —se quejó ella en voz baja y muy avergonzada—. A ti te lo dije porque quería gustarte como persona y no que te sintieras atraído sólo por mi aspecto. Bryan frunció el ceño. 

—¡Pues claro que me gustas como persona! Joe se echó a reír y le dio una palmada a Bryan en el hombro, y Shay, que estaba pegada a él, estuvo a punto de perder el equilibrio. 

—¿Acaso permitiste que lo dudara? —preguntó Joe—. Sorprendente. No eres tan hábil como yo creía, Bryan. Más tarde hablaremos de esta cuestión y te daré algunos consejos. Otro coche apareció en el sendero que conducía a la casa. Avanzaba lentamente. Silenciosamente. Joe se puso en tensión al instante. En ese momento sí parecía un delincuente. Willow y Austin se unieron a ellos. Luna rodeó a la jovencita con el brazo. 

—Te presento a Willow, nuestra hija. El muchacho sacó pecho. 

—Y yo soy Austin. —Encantada de conoceros —saludó Shay. Austin se volvió hacia Bryan. 

—¿Le has disparado a alguien últimamente? 

—Lo siento, pero no. 

Al ver la expresión desilusionada de Austin, Shay sintió deseos de reír, pero logró contenerse. Entonces se oyó la puerta de un coche que se cerraba 

—Ahí llega Clay —informó Austin—. Es el novio de Willow. 

—Willow sólo tiene quince años —intervino Joe—. Es demasiado joven para tener novio. Willow levantó la vista hacia el cielo, y Luna se puso de su lado. —No empieces. Lo digo en serio, Joe. Si la avergüenzas en público... Willow se cogió del brazo de Joe y dijo: 

—No lo hará. Clay se detuvo delante de ellos. 

—Hola, Luna. Hola, Joe. —Entonces carraspeó—. Gracias por permitir que Willow asista al baile de la escuela conmigo. Luna resplandeció de satisfacción. —Seguro que se lo pasará bien. 

—Será mejor que así sea —advirtió Joe. Luna entornó los ojos y exclamó: 

—¡Joe! Clay sonrió. Por lo visto, estaba acostumbrado a la actitud brusca y protectora de Joe. 

—Haré lo que pueda y la acompañaré de vuelta hacia las nueve. Willow estampó un ruidoso beso en la mejilla de Joe, abrazó a Luna y se volvió hacia Shay. —Encantada de conocerla. —A continuación, se dirigió a Bryan—: ¡Adiós Bryan! 

Y se alejó cogida de la mano de Clay. Shay no creía haber sido nunca tan joven y despreocupada. Por lo que recordaba, siempre se había sentido impulsada a actuar, a modificar su entorno, a justificar su buena suerte. Quizás había llegado el momento de pasarle las riendas a Dawn. Tal vez era el momento de poner su vida en orden. Después de todo, ¿cómo podía ayudar a los demás a ser felices si ella no lo era? Y tenía que admitir que, sin Bryan, no sería feliz. No se había dado cuenta de ello hasta que lo conoció. Ni siquiera sabía que su vida estaba incompleta hasta que Bryan la completó. Sin embargo, ahora lo sabía y, como no era una estúpida, tenía que hacer algo al respecto. Seguiría supervisándolo todo, pero tenía plena confianza en que Dawn invertiría el dinero en acciones caritativas y en que tomaría las decisiones adecuadas. De ese modo Shay podría concentrarse en conseguir que Bryan dejara de vivir en «el momento» y empezara a pensar en el «para siempre». 

—¿Cuándo cenaremos? —preguntó Austin—. Me muero de hambre. Luna le alborotó todavía más el cabello. 

—Eres un saco sin fondo. Ve a lavarte las manos mientras yo pongo la mesa. Austin echó a correr con más energía que una liebre y los demás lo siguieron a un paso más moderado. Shay entendía que Bryan quisiera quedarse a vivir en Visitation, porque ahora ella también deseaba hacerlo. 

Vestido de nuevo con su disfraz de vagabundo, Bruce merodeaba por las sombras de los alrededores del centro de acogida. Llevaba allí varias horas esperando y observando el edificio. En aquellos momentos, Amy era la única que estaba en el interior: Patti y Morganna se habían ido a trabajar y Barb había salido a hacer la compra. Bruce se sentía como un fracasado, un desastre como predicador y una calamidad como protector. Había cometido equivocaciones tremendas. Había acogido a una mujer peligrosa y, en consecuencia, había puesto en peligro a las demás mujeres del centro. ¡Santo Dios, Shay podría haber muerto! Sabía que Amy era más conflictiva que las demás, pero actuó como un estúpido arrogante y creyó que podría suavizarla si se mostraba amigable con ella. Creyó que... Bruce se ruborizó y se sintió molesto consigo mismo... Creyó que podía entrar en la vida de Amy, que, de algún modo, la mejoraría y que entonces ella podría rectificar su pasado. ¡Menudo imbécil! En muy poco tiempo, Shay había hecho más por ellas que él en un año. Quizá todo se arreglara si hablara con Amy..., pero ¡no!, le había prometido a Bryan que le seguiría el juego. Aunque en aquel momento no le parecía correcto. No soportaba la idea de que Amy fuera una embustera. ¿Y si había actuado de aquel modo porque se había sentido amenazada? Tal vez la habían amenazado de verdad. Bryan no creía que actuara sola, pero, si Freddie estaba en prisión, ¿quién podía estar colaborando con ella? En la casa reinaba una tranquilidad absoluta y llevaba así varias horas. ¿Y si Amy había conseguido escabullirse sin que ella viera? Una vez se le ocurrió esta posibilidad, Bruce ya no pudo dejar de darle vueltas. ¡Si al menos Barb regresara! Hacía horas que había salido. Entonces él podría contarle la verdad y pedirle ayuda. Si ella vigilaba desde el interior y él desde el exterior, podrían asegurarse de que Amy no saliera inadvertidamente. Bruce estaba tan inmerso en sus pensamientos que al oír el timbre de su teléfono móvil, se estremeció. Cruzaron por su mente imágenes terribles. Quizá Bryan había resultado herido. O alguna de las mujeres. Bruce extrajo el teléfono de su bolsillo y respondió con celeridad. 

—¿Diga? —¿Predicador? Soy Eve Martin. 

—¡Doctora Martin! —Un miedo nuevo se apoderó de Bruce—. ¿Leigh se encuentra bien? 

—Leigh está bien. Está aquí, a mi lado. —Eve se interrumpió y suspiró hondo —. No quisiera alarmarlo, pero ¿recuerda que le preguntó a Leigh si era una de las chicas de Freddie? O sea, ¿que si trabajaba para él? Bruce nunca había oído a Eve hablar tan deprisa. En general, era una mujer con un gran dominio de sí misma, pero en ese momento parecía tener los nervios de punta. 

—Sí, lo recuerdo. En realidad, quien lo había preguntado había sido Bryan pero siempre se mantuvieron al corriente de todos los detalles mientras Bryan lo sustituyó. Sin embargo, ¿qué importancia tenía aquello? 

—A mí me ha parecido sorprendente y creo que usted también debería saberlo. Por lo visto, Freddie tenía todo un harén. Había todavía otra mujer que trabajaba para él. ¿Otra mujer? Aquel hombre abarcaba mucho. 

—¿Quién...? —empezó a preguntar Bruce. Sin embargo, antes de que pudiera terminar la frase, la puerta delantera de la casa se abrió y Amy salió al exterior a toda prisa. Parecía sobresaltada. Parecía asustada. ¡Otra mujer...! Entonces todo encajó. 

—¡Joder! —exclamó Bruce. Y ni siquiera le importó haber soltado una palabrota.

Capitulo 14

Siempre que Bryan se quedaba en la caravana, se sentía en paz, como si el peso del mundo y todas sus responsabilidades se hubieran desvanecido. Allí podía relajarse y disfrutar de la vida, y ese sentimiento no lo experimentaba en ningún otro lugar. Salvo cuando estaba con Shay. Sin embargo, ahora que ella estaba allí con él, junto a la caravana, la sensación de paz era la última que le pasaba por la cabeza. Mientras cenaban en casa de Joe y de Luna, el cielo se fue oscureciendo hasta adquirir un tono negro aterciopelado que refulgió con un millón de estrellas resplandecientes. El riachuelo que transcurría en uno de los extremos del terreno borboteaba melodioso, como siempre. Los buhos ululaban en los árboles y los grillos cantaban. Pero Bryan no apreciaba nada de todo eso. Shay estaba allí, con su cabello claro iluminado por la luna, su piel opalescente y su olor personal, que la suave brisa hacía llegar hasta él. Bryan quería llevarla al interior de la caravana sin demora, arrancarle la ropa y continuar la conversación que habían iniciado en el coche. O, mejor aún, nada de conversaciones, sólo acción. Sin embargo, Bryan se daba cuenta de que Shay podía considerar que la caravana era vieja, pequeña y destartalada. Lo más probable era que no hubiera estado en una caravana en toda su vida. ¡Caray, su apartamento de Ohio debía de caber en el vestíbulo de la casa de Shay, pero, al menos, no tenía las paredes de metal! Shay extendió los brazos como si quisiera abrazar la noche. 

—¡Bryan, esto es... increíble! Aquí me siento pequeña. —Shay bajó los brazos y se abrazó a sí misma—. ¡Y el aire huele tan bien! Huele a agua, a árboles y a estiércol fresco. 

—Así es. 

El pene de Bryan palpitó y sus músculos se pusieron en tensión. La necesitaba. La necesitaba con desesperación. Después de cenar, se entretuvieron demasiado tiempo en casa de sus amigos. Joe quería revisar todos los detalles de su plan y Shay parecía disfrutar de la compañía de Luna, de modo que Bryan no quiso privarla de ella. Ahora, sin embargo, se sentía como si hubiera soportado cuatro horas de estimulación erótica. Bruce no lo había telefoneado, de modo que todo debía de ir bien en Ohio. Y ahora tenía a Shay sólo para él. Ella se volvió hacia Bryan. 

—¡Vayamos al riachuelo! Bryan casi gruñó en voz alta. En aquel momento, no le apetecía ir de excursión. 

—¿No quieres ver la caravana? 

—Sí —respondió Shay. Bryan vio que le brillaban los ojos y supo que le sonreía 

—. Más tarde. 

Podrías entrar y traer una manta. Él le cogió la muñeca y tiró de ella. 

—¿Por qué? 

—No he hecho nunca el amor al aire libre, ¿y tú? Él sí lo había hecho, pero como quería complacerla, lo negó con la cabeza. 

—Los bichos te comerán viva. 

—¡Cobarde! ¿Qué son unas cuantas picaduras? 

Bryan sonrió con amplitud. ¡Mierda, la amab...! ¡No! Bryan volvió a negar con la cabeza. Temía incluso pensar en sus emociones, sobre todo cuando estaba tan excitado. Se preocupaba por Shay y la quería. Y esto era suficiente por el momento. «¡Mentiroso!» Él sabía que nada sería suficiente con Shay. Sin embargo, esta idea también lo inquietó, de modo que se acercó más a Shay y la besó. Cuando ella se fundió contra su cuerpo, él levantó la cabeza. 

—Si yo soy un cobarde, tú eres una fresca. ¿Y si alguien nos ve en el riachuelo? 

—¿Quién? ¿Un pez? ¿Un buho? —Entonces abrió más los ojos—. Tu amigo Jamie no aparecerá por aquí, ¿no? Bryan saboreó la piel suave y fragante de Shay, justo en la curvatura que unía su cuello con su hombro. 

—Jamie no es amigo mío, Shay, y no, no aparecerá; si sabe lo que le conviene. 

—Bien, entonces... —Shay fue deslizando la mano hacia la parte inferior del torso de Bryan hasta alcanzar su entrepierna—. Hay un experimento que me gustaría probar, ¿recuerdas? ¡Como si pudiera olvidarlo! 

—Donde quieras y cuando quieras, cariño. —En el riachuelo y ahora mismo. Si es posible. ¡Debía de ser el tipo más afortunado del mundo! 

—Si eso es lo que quieres de verdad, yo me apunto. 

—Sí que quiero. 

Shay le dio un par de empujoncitos para que se diera prisa. Bryan la tomó de la mano y se dirigió hacia la caravana. Se trataba de una de esas viejas caravanas plateadas con forma de bala; fea, pero funcional, y satisfacía sus necesidades. Quedaba justo debajo de unos árboles majestuosos que la mantenían fresca durante el verano. Bryan había construido una escalera de dos peldaños y la había colocado a los pies de la puerta. Bryan subió los peldaños a toda prisa y al alargar la mano que tenía libre para coger el pomo de la puerta, todos sus instintos se pusieron en estado de alerta. Algo iba mal. ¡Muy mal! Lo presentía. Shay le dio unas palmaditas en el trasero. 

—¡Date prisa! 

—¡Chist! 

Bryan empezó a descender los peldaños muy despacio y en silencio mientras le hacía señas a Shay para que también retrocediera. La acompañaría al coche y regresaría para investigar. Entonces, la puerta de la caravana se abrió de golpe. El interior estaba a oscuras y afuera no había más luz que la que proporcionaban la luna y las estrellas. Sin embargo a Bryan le bastó para distinguir las facciones del hombre que estaba de pie en el umbral. Los ojos de Chili brillaron con un placer fanático. Chili se movió y Bryan percibió la Beretta de nueve milímetros que sostenía en la mano derecha y con la que estaba apuntando a Shay. 

—No tan deprisa, Predicador. Sin pensarlo, Bryan se colocó delante de Shay. Miles de explicaciones pasaron entonces por su mente. 

—¡Hijo de puta! —exclamó. 

—¡Mi madre era una santa! —gritó Chili mientras levantaba la pistola hacia el rostro de Bryan. El esbozó una sonrisa. 

—No era un comentario sobre tu linaje, idiota, sino una alusión a tu persona. Chili se quedó atónito y entornó los ojos. 

—¡Aléjate de la bruja! —gritó. 

—Ni lo sueñes. Bryan sintió las manos de Shay agarradas a su espalda y supo que intentaría protegerlo. Bryan tenía la pistola en la parte baja de su espalda. Shay estaba pegada a su cuerpo, de modo que tenía que haberla notado a la fuerza. Sin embargo, Shay nunca había estado en el mundo de Bryan. Ella no manejaba pistolas y lo más probable era que no hubiera disparado ninguna en toda su vida. Si intentaba sacar la pistola de la cartuchera, Chili se daría cuenta y le dispararía. Bryan alargó la mano hacía atrás y cogió a Shay por el brazo. Sus nudillos rozaron la culata de la Smith & Wesson. 

—No hagas nada en absoluto, Shay, ¿me oyes? Ella apretó la frente contra la espalda de Bryan y asintió con la cabeza. Pero él no la creía. 

—¿Qué quieres, Chili? ¿Qué demonios haces aquí? Chili apoyó el peso en una cadera y adoptó una postura despreocupada. 

—No hablas como un predicador. ¡Y todas esas putas que sostienen que eres tan bueno como Dios, tan justo y todo ese rollo...! ¡Pero si no eres mejor que la mayoría de los hombres! 

—Así es —corroboró Bryan—. Pero, aun así, soy muchísimo mejor que tú. Chili volvió a enderezarse. 

—¡Cállate! 

—Utilizas a las mujeres, ¿no es cierto, Chili? ¿Qué hace Freddie, te da una comisión? ¿Por eso estabas observando a Shay aquella primera noche? ¿Para hablarle a Freddie de ella y, de paso, darte un revolcón gratis? 

—¡Cállate de una vez! —Ésa es la única forma de que una mujer te toque, ¿no es cierto? Ni siquiera te admiten las prostitutas más baratas, ¿verdad? ¿Por qué aceptar el dinero de un baboso como tú cuando hay otros hombres, hombres de verdad, a la vuelta de la esquina? 

Bryan soltó a Shay para poder moverse cuando llegara el momento. Con cada segundo que pasaba, Chili perdía más la calma, lo cual significaba que las emociones nublaban cada vez más su entendimiento y que, poco a poco, se iría descuidando. Bryan sabía cómo manejar a los cretinos sin carácter como Chili. Chili perdería el control, actuaría con precipitación y entonces Bryan lo sometería. Y, aunque recibiera un disparo en el proceso, él le daría a Chili primero y Shay estaría a salvo. Bryan no creía que le diera tiempo de sacar la pistola de la cartuchera y propinarle un tiro certero, pero estaba preparado para lanzarse sobre Chili. Y, de repente, justo cuando iba a hacerlo, una luz se encendió en el interior de la caravana. Bryan, momentáneamente cegado, se tapó los ojos. Y allí estaba ella... Barb. Bryan parpadeó un par de veces para asegurarse de que su imaginación no le estaba jugando una mala pasada. Pero no, aquella expresión amargada resultaba inconfundible. Barb estaba apoyada en una pierna con los brazos cruzados por debajo de sus grandes pechos y tenía una expresión despectiva y maligna en el rostro. Entonces miró a Bryan por encima del hombro de Chili y le guiñó un ojo. Bryan se quedó boquiabierto. ¿Qué demonios...? 

—Tranquilízate, Chili —dijo ella. A Barb parecía aburrirle todo aquel melodrama—. Se suponía que ibas a hacerlos entrar en la caravana, ¿recuerdas? Shay se desplazó hacia uno de los lados de Bryan.

—¿Barb? 

Bryan aprovechó aquella distracción para abrir la cartuchera. Si pudiera sacar la pistola... 

—Sí, soy yo, no la simplona de Amy. —Barb soltó un gruñido—. Amy apenas puede hablar sin tartamudear. ¿Cómo demonios pudisteis pensar que era capaz de planear algo? Shay respiró con dificultad. Bryan se dio cuenta de que se sentía herida por la traición de Barb y se enfureció. Claro que Shay no había visto el guiño de Barb... ¿Qué significaba? Desde que conoció a Shay, Bryan no había estado muy avispado. Ella lo trastornaba; de lo contrario, habría tenido en cuenta la posibilidad de que Barb estuviera implicada en los ataques. No porque fuera una sospechosa probable, sino porque, no hacía mucho tiempo, Joe Winston había vivido una experiencia semejante. En aquella ocasión, Joe se mostró tan arrogante como él en sus presunciones y no sospechó que una mujer, sobre todo una mujer que él creía que estaba enamorada de él, pudiera realizar una acción semejante. A veces, los hombres podían ser muy bobos. Entonces se acordó de la predicción de Jamie, de que la mujer implicada en las agresiones los ayudaría cuando lo necesitaran, y Bryan deseó con ansia que Jamie tuviera razón. Quizás, al final, Barb rectificaría, pero, por si acaso, necesitaba la pistola. Bryan cogió la empuñadura del arma... 

—¡Eh, eh! ¡Nada de pistolas, Predicador! —exclamó Chili de repente—. Pon las manos donde pueda verlas. Barb, quítale el arma. Barb hizo una mueca que expresaba una mezcla de disculpa y de fastidio. 

—Date la vuelta, Predicador. Chili estaba apuntando a Shay con su arma, de modo que Bryan no tuvo elección. Barb sacó la pistola de Bryan de la cartuchera y titubeó, pero Chili se la quitó y se la metió en el bolsillo de los pantalones. 

—Ahora, sal de enmedio —le ordenó Chili a Barb. Ella volvió a entrar en la caravana y dijo: 

—Hazlos entrar. 

—¿Por qué? —preguntó Shay tragando saliva sin dejar de mirar a Barb. Y, con voz angustiada, añadió—: Pero ¿yo qué te he hecho, Barb? Barb apartó a Chili a un lado y levantó la barbilla mientras clavaba la mirada en Shay. 

—¡Tú te hiciste cargo de todo! Ese era mi trabajo —dijo Barb señalándose a sí misma con un dedo—, organizar la casa y hacer que fuera un lugar agradable. Todos confiaban en mí y estaban contentos con mi trabajo hasta que tú llegaste y lo criticaste todo. 

—No es cierto —susurró Shay. 

—¡Y tanto que sí! La comida no era buena, nuestros modales no eran buenos, teníamos que vestirnos de una forma distinta y hablar de un modo diferente. Lo cambiaste todo. 

—Creí que los cambios te gustaban. 

—A las demás, sí les gustaban, de modo que les seguí el juego, pero era una pérdida de tiempo. 

—¡Barb! —suplicó Shay—. Yo sólo quería ayudar. 

—¡Sí, claro! Y entonces Morganna llegó a la conclusión de que yo también necesitaba su ayuda. Incluso Patti decidió arrimar el hombro y, al cabo de poco tiempo, yo ya no tenía nada que hacer. —Barb tomó aire. El labio inferior le temblaba —. Aquél era el único trabajo real que he tenido en mi vida, pero el predicador ya no me necesitaba Shay avanzó hacia donde estaba Barb, pero Bryan la detuvo. 

—Él es amigo tuyo, Barb —afirmó Shay. Chili se echó a reír. 

—Ahórrate las palabras, bruja, Barb no es tan estúpida. Barb levantó la barbilla y dijo: 

—Claro que no. —Barb sabía desde el principio que no se abriría camino como ama de llaves. ¡Menuda porquería! Ella se desenvuelve mejor como puta y lo sabe. Esta es la razón de que se mantuviera en contacto conmigo y me contara adonde había ido Leigh. Esa putilla todavía está en deuda conmigo. Cuanto más hablaba Chili, más desolada se veía Barb. Bryan sentía deseos de matarlo. 

—¡Eres un cerdo bastardo! —exclamó Bryan. Chili rodeó a Barb por la cintura y le acarició el trasero. 

—Yo soy listo, no un cerdo bastardo. Yo le enviaba clientes a Freddie, lo ayudaba a encontrar a las chicas adecuadas y, a cambio, él me dejaba probar la mercancía siempre que quería. 

—Y él siempre quería probar la mercancía, y con frecuencia —susurró Barb con una expresión seria en el rostro. 

—Exacto. —Chili le dio una palmada en la cadera—. Cuando trincaron a Freddie por aquella estupidez de las drogas, él me puso a mí, ¡a mí!, al mando de las chicas. Pero, por culpa de vosotros dos, apenas quedaban chicas, sólo las patéticas, y yo no las quería. 

—¿Y qué ocurre con tu esposa? —preguntó Shay. Chili, ofendido, se enderezó. 

—Ella no es una fulana. 

—Comprendo —intervino Bryan—, tu mujer tampoco quiere follar contigo. — Bryan soltó una carcajada—. ¿Le has ofrecido pagarle? Chili tembló visiblemente ante aquel insulto. 

—¡Te voy a matar ahora mismo y así acabaremos de una vez! —susurró Chili con voz áspera. Bryan se preparó para abalanzarse contra él, pero Barb se le adelantó. Le dio un codazo a Chili y le dijo: 

—Creí que, primero, querías divertirte un poco. Poco a poco, la rabia fue desapareciendo del rostro de Chili y al rato volvió a sonreír con un placer malicioso. —Tienes razón. 

—Oíste a Shay cuando me hablaba de Leigh, ¿no es cierto? —preguntó Bryan clavando la mirada en Barb. Durante un instante, la culpabilidad se reflejó en las facciones de Barb. Luego se encogió de hombros y respondió: 

—Entonces fue cuando Chili decidió seguirla, sólo que tú también la seguiste y la ocultasteis en otro lugar... 

—¡Ya hemos estado bastante aquí afuera! —exclamó Chili. 

—Exacto. —Barb, aliviada, realizó un gesto para que Shay y Bryan entraran en la caravana—. ¡Vamos! 

—¡No! —Chili sacudió la pistola para que no se acercaran—. La bruja quería ir hasta el río para follar en plena naturaleza, ¡y eso es lo que haremos! Barb se quedó desconcertada. 

—Pero si lo habías planeado todo... 

—Pues he cambiado los planes —soltó Chili señalando a Bryan—. He oído lo que decíais antes y me parece una idea estupenda. Quiero veros.

—Entonces lanzó una mirada lasciva a Shay y se humedeció los labios—. Y luego me tocará a mí. 

—¡Antes te mato! —replicó Bryan. Y hablaba en serio. Ya no tenía la pistola, pero a menos que Chili lo hiriera de muerte, y, teniendo en cuenta lo patoso que era, Bryan dudaba mucho que lo consiguiera, él lo aventajaba en todos los sentidos. Antes de permitir que tocara a Shay, lo mataría con sus propias manos. Barb, con la boca abierta como un pez moribundo, los miró alternativamente. 

—Pero tú dijiste que... —balbuceó Barb mirando a Chili. 

—¡Cállate! —Después de este arrebato, Chili recuperó el dominio de sí mismo con rapidez, aunque todavía respi-raba con agitación. Entonces se alisó el cabello y se ajustó las gafas—. Ve a buscar una linterna. Barb, abatida, desapareció en el interior de la caravana Bryan había retrocedido varios pasos y ahora se encontraba delante de Shay y un poco a su izquierda. Desde allí, percibía su miedo y su tensión. ¿Debía arriesgarse y abalanzarse sobre Chili? Barb regresó con una linterna grande y pesada. Entonces miró a Chili, sopesó la linterna en su mano y entornó los ojos. 

—Ilumínalos —ordenó Chili. Bryan se desplazó un poco más a la izquierda asegurándose de proteger a Shay con su cuerpo. Entonces tensó los músculos y... su teléfono móvil sonó. Chili se sintió amenazado, retrocedió un paso y apuntó a Bryan con la pistola. 

—¿Quién demonios te llama? ¿Quién sabe que estás aquí aparte de las prostitutas? Bryan se encogió de hombros. 

—La policía, aunque lo más probable es que sea Joe Winston. —Bryan dudaba de que Chili supiera quién era Joe, pero tenía que darle algún nombre que no fuera el de su hermano. Si Chili averiguaba que él no era el predicador, lo más probable era que lo matara allí mismo—. Joe vive cerca de aquí. Si no respondo la llamada, sabrá que algo no va bien. Chili, a punto de sufrir un ataque de rabia, soltó un gruñido, entornó los ojos y soltó: 

—¡Contesta la llamada, maldita sea! Pero sé breve y no intentes alertar a quien te llama o le volaré los sesos a la bruja. —Chili se acercó a Shay y apoyó el cañón de la pistola en su cabeza—. En lugar de con ella, podrías follar con Barb. A ella le encantaría, te lo aseguro. Sin embargo, prefiero ver cómo lo haces con Shay, de modo que no me des una razón para matarla ahora mismo. Desde que llegaron, Barb se había mostrado enojada y malhumorada, pero, ahora, se la veía absolutamente maligna. 

En cuanto Bryan hubo descolgado, Bruce soltó: 

—No es Amy, es Barb. Se marchó hace horas y... 

—No me digas. 

La tranquilidad de la respuesta asustó a Bruce y la preocupación le pesó en el estómago como si se tratara de plomo. 

—¿Está ahí? 

—Sí. «¡Oh, Dios, Dios, Dios!» —¿Con alguien? 

—Desde luego. 

Bruce conducía como un loco. Con una mano sostenía el teléfono y, con la otra, agarraba con fuerza el volante. Amy, después de insistir mucho, había conseguido acompañarlo. Al principio, Bruce no quería contarle que habían sospechado de ella, pero cuando Amy descubrió que la habitación de Barb estaba vacía y que no quedaba ninguna de sus cosas, Bruce no tuvo más remedio que revelarle la verdad. «Piensa, Bruce. No pierdas el tiempo.» 

—Aguanta, Bryan. Ya he telefoneado a Joe. Está de camino. Me ha dicho que él se encarga de los refuerzos, pero yo quería telefonearte por si todavía estábamos a tiempo... 

—No es así, pero no te preocupes, ya se me ocurrirá algo. ¡Bryan estaba siempre tan seguro de sí mismo y tenía tantos recursos! Bruce lo envidiaba y lo respetaba más que a ningún otro hombre. Entonces oyó que alguien susurraba al otro lado de la línea: 

—Ya es suficiente, cuelga. Bruce se puso a rezar. 

—Estaré ahí tan pronto como pueda, Bryan. Ya estamos de camino... 

La comunicación se cortó. Bruce, aturdido y con nauseas, le pasó el teléfono a Amy. —Barb ya está allí. Amy se quedó tan quieta como un conejo asustado y, después, se tranquilizó. 

—Todo saldrá bien —dijo. Entonces miró a Bruce, respiró hondo y añadió—: Barb es... diferente. Más dura, pero también es sensible. No sé cómo lo sé, quizá por la manera en que siempre ha mirado a Shay. Pero Shay me ha ayudado a contemplar las cosas, y también a las personas, de una forma distinta y sé que Barb no le hará daño. No lo hará. Bruce le tomó la mano. 

—Ruego por que tengas razón. 

Barb sostenía la linterna y encabezaba el grupo que se dirigía al riachuelo. A cada paso que daba, se quejaba y refunfuñaba, lo cual era típico en ella. Shay contemplaba su espalda y sentía deseos de llorar. Ella creía que Barb era amiga suya; creía que le gustaba. Bryan caminaba detrás de Shay, y Chili iba en la retaguardia. Shay no podía dejar de pensar en la pistola y en que Chili podía perder con facilidad el frágil control que tenía de la situación y herir o incluso matar a alguien. La vida de Shay había sido muy extraña: satisfactoria gracias al placer de dar y también llena del dolor que le producían los insultos y los malentendidos. Sin embargo, no se había enfrentado a ningún tipo de violencia desde que la adoptaran. Este era el punto fuerte de Bryan y ella esperaba de corazón que él supiera qué hacer, porque ella no tenía ni idea. Como una fila de soldados, caminaron por la hierba húmeda del sotobosque. Los insectos zumbaban a su alrededor y, de vez en cuando, algún murciélago volaba bajo y volvía a remontar el vuelo. El riachuelo, que medía unos dos metros de ancho y serpenteaba a lo largo del terreno, destellaba con el reflejo de la luna llena y los miles de estrellas. 

—Es suficiente —ordenó Chili. La excitación había elevado el tono de su voz y, al oírla, a Shay se le revolvió el estómago—. Date la vuelta. —La impaciencia que sentía se reflejaba en su respiración. Chili se humedeció los labios—. Ahora desnúdate. La amenaza se sintió en el aire. Bryan estaba muy cerca de Shay y casi la ocultaba por completo con sus amplios hombros. 

—¡Ni lo sueñes!—exclamó Bryan. 

—¡No estoy hablando contigo! —Chili, nervioso y muy ansioso, le indicó que se apartara agitando la pistola—. Quiero verla. Llevo planeando esto desde la noche en que apareció, empapada hasta los huesos. Si no hubieras intervenido, habría sido mía aquella misma noche. Shay, con los músculos flaccidos debido al miedo y la garganta seca, soltó una carcajada. 

—¡Imposible!

—¡No habrías tenido elección, bruja! —Chili le miró los pechos—. ¡Quítate la ropa! Shay levantó la barbilla. 

—¡No! 

Barb se acercó a Chili con la linterna en la mano. No los estaba iluminando, pero, teniendo en cuenta que había luna llena y estaban en un claro muy amplio, tampoco hacía ninguna falta. Shay no sabía qué hacer, de modo que adoptó la misma actitud que Bryan. Él tenía un plan, estaba segura, aunque no podía imaginar en qué consistía. Además, se negaba a pensar que el bien pudiera ser derrotado por el mal. Barb la miraba como si quisiera que ella la comprendiera, y su actitud le rompía a Shay el corazón. Sabía que no podría convencer a Chili, pero quizá lograra enternecer a Barb. 

—Yo soy amiga tuya, Barb. Barb negó con la cabeza. 

—Debo admitir que montaste un buen espectáculo, pero, tarde o temprano, te habrías ido. Y las amigas verdaderas no te dejan. 

—Es cierto, no lo hacen —asintió Shay—. Pero las amigas verdaderas tampoco te traicionan ni amenazan con dispararte ni... 

—¡Mierda! —gritó Chili—. ¡Basta de cháchara y quítate la ropa! A Shay la reconfortaba estar cerca de Bryan y saber que él trataba habitualmente con criminales. 

—Prefiero que me dispares a desnudarme. Chili vociferó como si su paciencia hubiera llegado al límite: 

—¡Puta estúpida! 

—¡Que reacción tan patética para un hombre! —exclamó ella. 

Chili prácticamente se tambaleó. No estaba acostumbrado a que las mujeres se enfrentaran a él. Entonces abrió la boca un par de veces, pero no profirió ningún sonido. Barb miró a Shay con desespero e inquietud. Cuando las miradas de ambas se encontraron, Barb sacudió ligera y rápidamente la cabeza, pero Shay no tenía tiempo de descifrar su silencioso mensaje. 

—¿No quieres desnudarte por las buenas? —susurró Chili—. Entonces mataré al predicador. Chili apuntó a Bryan con la pistola y Shay percibió la determinación de su mirada. 

—¡No, espera! Shay supuso que Chili no la mataría hasta que consiguiera lo que quería. Al menos esto esperaba ella, porque no quería morir de aquella manera. No ahora que había encontrado a Bryan. Shay se colocó delante de Bryan sin dejar de mirar a Chili, por si éste apretaba el gatillo. En realidad, ¿tenía alguna importancia que la viera desnuda? Si se desnudaba, Bryan dispondría de más tiempo para trazar un plan y sacarlos de aquel apuro. Bryan tiró de ella y la empujó hacia atrás. 

—¡Maldita sea, Shay, no lo hagas! Shay se enfrentó a él para aplazar lo inevitable, o sea, desnudarse. 

—¡Deja de darme órdenes! ¡Siempre lo haces y ya estoy harta! Bryan la miró, primero con incredulidad, y, después, con furia. 

—Haz lo que te digo —gruñó entre dientes. 

—Haré lo que crea que es correcto. Chili quiere que me desnude, ¿no es cierto, Chili? —Shay lo miró, vio que Chili estaba excitado por la discusión y continuó—: Es cierto, ¿lo ves? —Entonces dirigió la mano al botón superior de su blusa. Quizá pudiera desnudarse muy, muy despacio. Quizá pudiera tardar... una eternidad—. Si me desnudo, no me matará, de modo que me parece razonable... Bryan volvió a tirar de ella y la colocó detrás de él. Shay nunca lo había visto tan pálido. Sus ojos tenían un brillo amenazador y la rabia le había oscurecido el rostro. 

—No... —Bryan apretó la mandíbula—. No lo hagas. —A continuación, la zarandeó con tanta fuerza que los dientes casi le castañetearon—. ¡Confía en mí, maldita sea! 

—¡Eh! —se quejó Chili—. No la veo. Muévete. Bryan acercó su rostro al de Shay. 

—Todo saldrá bien. —Entonces respiró hondo y sus labios casi se tocaron—. Cuando me dé la vuelta, echa a correr. Es oscuro y no te verán. 

—No te oigo —volvió a quejarse Chili—. ¡Deja ya de susurrar! Shay, horrorizada, se dio cuenta de que Bryan pensaba sacrificarse por ella. ¡El muy imbécil! —No, no echaré a correr. No pienso dejarte atrás. —Y, con un tono de voz todavía más susurrante, agregó—: Te quiero, ¿recuerdas? 

Chili avanzó dos pasos hacia ellos. 

—¡Ya está bien de esta mierda! ¡Estoy harto de esperar! Bryan cerró los ojos consternado y empezó a decir: —Shay, cuando salgamos de este embrollo... —Será mejor que te apartes, Predicador, si no quieres verla salpicada con tu sangre. ¡Vamos! Bryan abrió los ojos despacio y Shay percibió en su mirada que tenía un plan, pero ¿cuál era?, ¿sacrificarse para que ella pudiera huir como una cobarde? Bryan, con la mirada decidida y los músculos tensos, empezó a darse la vuelta dispuesto a arremeter contra Chili. Chili se echó a reír, sujetó la pistola con ambas manos para estabilizarla y se dispuso a apretar el gatillo. 

Entonces varias cosas sucedieron al mismo tiempo. Barb gritó tan fuerte y de una forma tan estridente que los pájaros y los murciélagos emprendieron el vuelo hacia el cielo nocturno, y las copas de los árboles parecieron cobrar vida. Joe Winston surgió de los arbustos como una sombra mortífera y gigantesca y, tras realizar un movimiento casi imperceptible, un cuchillo salió disparado de su mano, voló por el aire y se hundió en el brazo de Chili. La pistola de Chili se disparó y el eco de la detonación se oyó por toda la zona mientras él soltaba un alarido y la dejaba caer. Entonces, en el mismo instante, Bryan se abalanzó con ímpetu sobre Shay y ambos cayeron al suelo. Cuando sus cuerpos chocaron contra el suelo, Bryan se colocó encima de Shay y puso los brazos a ambos lados de su cabeza hasta cubrirla por completo. La nariz de Shay quedó aplastada contra el acerado pecho de Bryan mientras las ramitas y las piedras del terreno se clavaban en su espalda. Pero no por mucho tiempo. 

—No te muevas de aquí —ordenó Bryan. Entonces, se levantó y se alejó a la velocidad de un rayo. La sirena de un coche de la policía que se aproximaba rompió el silencio de la noche y se oyeron unos gritos. Chili, sigiloso y resuelto como la muerte, estaba erguido, de rodillas. Tenía las gafas ladeadas y Shay no le veía los ojos; su boca torcida y la rigidez de sus rasgos, sin embargo, eran la expresión del odio. La herida de cuchillo que tenía en el brazo izquierdo le sangraba a borbotones, pero, aun así, Chili se había sacado la nueve milímetros de Bryan del bolsillo y lo apuntaba a la cabeza. Los atronadores pasos de Bryan sacudieron la tierra cuando éste corrió a toda velocidad hacia Chili. Shay sabía que no llegaría a tiempo e intentó levantarse. En aquel momento, un grito salvaje atravesó la noche y Barb intentó golpear a Chili en la cabeza con la pesada linterna. La luz recorrió el claro del bosque con un movimiento caótico. Chili agachó la cabeza y recibió el golpe en el hombro. Entonces, soltó un alarido y la linterna se apagó. A la luz de la luna, todo parecía más macabro. Bryan se abalanzó sobre Chili, lo tiró al suelo de espaldas y la pistola salió volando. Shay ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Bryan cerró el puño y lo lanzó con una fuerza demoledora contra Chili una y otra vez. 

—¡Ya está bien, Bryan! —gritó Joe—. Deja algo para la prisión. Barb se desplomó en el suelo y rompió a llorar desconsoladamente. 

—¡Lo siento! ¡Lo siento! Lo tenía todo planeado. Cuando os hiciera entrar en la caravana, pensaba golpearlo con una sartén, pero como no entrabais, no supe qué hacer. ¡No sabía qué hacer! Creí que sólo quería asustaros, pero cuando averigüé que su intención era asesinaros, vine con él. —Barb tragó saliva mientras balbuceaba y lloriqueaba—. Vine para ayudaros. Os lo juro. ¡Lo siento! ¡Lo siento! Joe pasó junto a Chili y Bryan, cogió a Barb por los hombros y la echó en el suelo. 

—¡Mierda! —le oyó exclamar Shay.

Barb seguía balbuceando y dando explicaciones mientras Joe la sujetaba. Chili había perdido el sentido y Bryan aprovechó el momento para recuperar su pistola. A continuación, le tomó el pulso a Chili. 

—¡El muy bastardo sobrevivirá! Shay no le dedicó a Chili el menor pensamiento. ¡Bryan podía haber muerto! Si Barb no lo hubiera golpeado con la linterna... Bryan regresó junto a ella y la rodeó con los brazos. 

—Todo ha terminado, Shay. Todos estamos bien. Ella se agarró a él con fuerza. Sentía deseos de llorar, pero las lágrimas no acudían a sus ojos. 

—Bryan... —Shay deslizó las manos por el cuerpo de Bryan, por su pecho, su garganta, su hermoso rostro—. ¡Oh, Dios, Bryan...! 

—¡Chist! Estoy aquí y estoy bien, te lo juro. Barb soltó un gemido largo. 

—¡Oh, no! —exclamó Shay mientras su inquietud volvía a aumentar. Como Jamie Creed había predicho, Barb los había ayudado. Sin embargo, Joe no lo sabía y podía hacerle daño. Shay intentó separarse de Bryan, pero él no se lo permitió. 

—Joe sabe lo que hace —la tranquilizó Bryan mientras la abrazaba con fuerza. 

—¡Le está haciendo daño! 

—No, cariño. —Bryan cogió el rostro de Shay entre las manos y la miró fijamente con sus ojos oscuros intentando que comprendiera lo que ocurría—. Sólo intenta contener la hemorragia. 

—¿La hemorragia? Pero... —El corazón de Shay se detuvo y, a continuación, volvió a latir con frenesí. ¡Chili había disparado la pistola!—. ¡Barb! Bryan no la soltó. —Lo único que harás será entorpecer la labor de Joe, Shay. ¿Oyes la sirena? Debe de ser Scott, el sheriff. Ellos la llevarán al hospital. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Shay. 

—¡Tenemos que acompañarla! —Claro que la acompañaremos. Bryan le acarició los brazos y, a continuación, la besó en la sien y en la mejilla. A Shay le temblaba todo el cuerpo y no podía hacer nada para evitarlo. ¡Chili había estado a punto de dispararles! ¡Y Barb podía morir! Joe desabotonó la blusa a Barb. —¡Creo que le ha atravesado el hombro! —gritó. A continuación, se sacó la camisa en un tiempo récord y la dobló para taponar la herida. Entonces el coche del ayudante del sheriff se detuvo junto al claro y sus faros los iluminaron. ¡Y, gracias a Dios, apagaron la sirena! De repente, se produjo una explosión de actividad. El ayudante del sheriff pidió una ambulancia, Joe empezó a dar órdenes y Chili recobró el sentido. Cuando vio el caos que reinaba a su alrededor, intentó escabullirse, pero, cuando todavía no se había arrastrado un par de metros, Bryan besó a Shay en la mejilla y le indicó: 

—Espera aquí, querida, enseguida regreso. Chili estaba de rodillas, sujetándose el brazo herido, y casi había llegado a la línea de arbustos que bordeaba el riachuelo. Había perdido las gafas y la sangre que le goteaba de la nariz le había manchado la mitad del rostro. Bryan se acercó a él y se acuclilló a su lado. —¡Dame una razón, bastardo! ¡Sea la que sea! 

Chili se encogió de miedo. Bryan lo cogió por la camisa y lo obligó a incorporarse. Chili pateó y se retorció, pero su fuerza no podía compararse con la de Bryan. Entonces realizó un último esfuerzo para liberarse de Bryan y huir. 

—Gracias —declaró Bryan. Bryan lo golpeó con fuerza en el estómago. Chili resopló y se derrumbó, pero Bryan lo sostuvo de pie. Joe los observaba. —Quizá no era necesario que lo golpearas así. 

—Es probable. —Yo habría estado encantado de hacerlo por ti. 

—Lo sé. 

Los dos actuaban como si no hubiera sucedido nada fuera de lo común, pero Shay sentía nauseas, frío y temblaba hasta la médula de los huesos. Nunca en su vida se había sentido tan inútil. Las rodillas le flaqueaban de tal modo que tuvo que arrodillarse para no caerse. Bryan la miró con preocupación, dejó que Chili se derrumbara y se colocó junto a Shay en dos zancadas. 

—¡Eh! —exclamó mientras se acuclillaba a su lado—. ¿Estás bien, cariño? Barb había dejado de lloriquear y contemplaba a Joe con los ojos muy abiertos, llena de admiración. Joe la arrulló y la tranquilizó sin dejar de apretarle la herida y Shay habría jurado que oyó suspirar a Barb. Shay no se dio cuenta de que las lágrimas surcaban sus mejillas hasta que Bryan la acurrucó en su regazo y se las secó. 

—¡Dile que te encuentras bien, Barb! —exclamó Bryan. 

—¡Estoy... bien! —indicó Barb con un estremecimiento—. De verdad. 

—¿Lo ves, Shay? —Entonces se dirigió otra vez a Barb—. Aguanta, guapa, la ambulancia está de camino. Barb asintió con la cabeza sin apartar, ni por un momento, la mirada de Joe. O, mejor dicho, del torso de Joe. Shay, maravillada, sacudió la cabeza. Incluso heridas, las mujeres se quedaban boquiabiertas al ver a Joe Winston. 

—Nos ha ayudado, tal como Jamie había predicho —declaró Shay. 

—Así es. —Bryan apretó el rostro contra el cuello de Shay y la acunó con suavidad—. ¡Dios, no había estado tan asustado en toda mi vida! 

—¿Cómo? —preguntó Shay sorprendida. Él no podía haberse asustado; enfurecido, sí, pero no asustado. De repente, Bryan la cogió por los hombros y la miró con indignación. 

—¡Maldita sea! No vuelvas a hacer una heroicidad como ésta nunca más, ¿me oyes? Shay parpadeó varias veces seguidas. Bryan hablaba tan alto que cualquiera que se hallara a menos de un kilómetro lo habría oído. —¡Podrías haber sido tú quien recibiera el disparo! —gritó mientras la zarandeaba—. ¡La próxima vez que te diga que eches a correr, será mejor que lo hagas! Curiosamente, su pérdida de autodominio le resultó útil a Shay: el estado de shock que sufría empezó a desvanecerse y poco a poco le resultó más fácil respirar. 

—No habrá una próxima vez —afirmó ella. Sin duda, aquello no volvería a repetirse. Ahora merecían disfrutar de paz y tranquilidad y ser felices para siempre —. Además, no podía dejarte solo con él... 

—No estaba solo, yo sabía que Joe estaba aquí. 

—¿De verdad? ¿Cómo podía saberlo? Shay no había oído ni visto nada. Sin duda, Joe sabía escabullirse con una gran efectividad. 

—¿Tú no lo sabías? —preguntó Bryan con incredulidad. Shay negó con la cabeza. 

—Pues yo sí. Lo vi. Y lo oí. Claro que eso es lo que hago habitualmente, Shay. Y soy bueno en mi trabajo. —Bryan la acercó hacia sí y la besó intensamente—. Confía en mí el resto de tu vida, bueno, el resto de nuestras vidas. Shay sintió frío y se acurrucó junto al pecho de Bryan en busca del calor y el bienestar que él siempre le proporcionaba, al tiempo que ella también le proporcionaba bienestar a él. —Te lo prometo. Los brazos de Bryan la rodearon como si fueran unas bandas de acero. 

—Maldita sea, Shay, ¿qué voy a hacer contigo? A ella se le ocurrían unas cuantas ideas: amarla, quizá casarse con ella, ser el padre de sus hijos... La ambulancia paró en seco junto a la linde del claro. Un hombre corrió hacia donde estaba Barb y la colocó en una camilla con la ayuda de Joe. Ella, con la voz debilitada por el dolor, pero al más puro estilo de Barb, empezó a quejarse. Las protestas de Chili fueron más ruidosas y desagradables. El ayudante del sheriff se arrodilló junto a él y le leyó sus derechos, pues Joe ya lo había puesto al corriente del caso cuando había hablado con él por teléfono. Joe, sin camisa y con su poderoso torso perfilado por la luz de la luna, se acercó a Shay y a Bryan. 

—¿Y, ahora, qué? Bryan, de una forma asombrosa, se incorporó sin dejar de sostener a Shay en sus brazos. No se podía decir que Shay fuera una pluma y la fuerza de Bryan nunca dejaba de sorprenderla. 

—Iremos al hospital con Barb. Joe dirigió la mirada hacia la luna. 

—Yo me quedaré por aquí hasta que todo el mundo se haya ido. Así, le echaré un ojo a tu amiguito. Shay recordó la expresión del rostro de Chili y el estómago se le revolvió. 

—¡Está loco! —exclamó Shay. 

—Lo encerrarán en cuanto se le cure la herida del brazo —le prometió Bryan. 

—Aunque es probable que ahora también tengan que esperar a que se le cure la herida de la nariz —añadió Joe sonriendo con amplitud. 

Una vez Barb estuvo en el interior de la ambulancia y Chili, en la parte trasera del coche policial, esposado, el ayudante del sheriff se acercó a Bryan y a los demás. Cuando alargó el brazo para estrecharle la mano, vio que Bryan tenía los brazos ocupados y, frunciendo el ceño, se limitó a decir como saludo: —Bryan... Bryan lo saludó, a su vez, con un gesto de cabeza. 

—Scott, te presento a Shay Sommers. Shay, Scott es el representante de la ley en esta localidad. 

—Señora —saludó él acercándose la mano al ala de su sombrero. Shay se sintió encantada con su gesto y se fijó en que era guapo. Tenía el cabello castaño oscuro y unos amables ojos azules, y además el uniforme le sentaba muy bien—. Siento no haber llegado antes, pero a Joe le gusta actuar primero y llamarme después. 

—Pero te he llamado, ¿no? —le recordó Joe con sentido del humor. Scott parecía sentirse agraviado. 

—La verdad, Bryan, ya tengo bastante con que este capullo nos traiga todos sus problemas —declaró mientras señalaba a Joe con la cabeza—. Ahora no empieces tú también a traernos los tuyos. Joe se echó a reír. 

—¡Eh, que ahora soy un hombre hogareño y felizmente casado! Todos mis problemas han acabado. 

—Ya. —El sheriff le dedicó una larga mirada—. ¿Esto significa que tu hermana no va a volver por aquí? 

—¡Ah!, ¿te refieres a ese problema? —Joe rió entre dientes—. ¡Pues creo que Alyx dijo que vendría a vernos la semana próxima! Scott puso los brazos en jarras, bajó la cabeza y gimió: 

—¡Dios me ayude! Shay miró a Bryan. 

—¿Su hermana? 

—En realidad, se trata de un Joe femenino. 

—¡Eh! ¡Que estás hablando de mi hermana pequeña! —exclamó Joe con una sonrisa en los labios. 

Los enfermeros estaban preparados para marcharse. Joe le dio una palmada a Bryan en la espalda. 

—Yo me voy a casa. Luna me estará esperando. Joe se alejó. Era un hombre sin preocupaciones. ¡Increíble! Scott se fijó en la actitud protectora de Bryan al sostener a Shay y preguntó: 

—¿Necesita atención médica? Shay negó con la cabeza. 

—Estoy bien. Le aseguro que Bryan ya puede soltarme. Pero él no la soltó. No hasta que llegaron al coche, donde, depués de dejarla bien acomodada en su asiento, la besó en la frente. Bryan la trataba como si ella fuera de porcelana y, por el momento, a Shay le parecía bien. Su actitud demostraba que se preocupaba por ella, aunque Shay todavía no sabía hasta qué punto lo hacía. Sin embargo, él había hablado del resto de sus vidas. Y esto le pareció a Shay un buen comienzo.

Capitulo 15

Scott los escoltó hasta el hospital. Como llevaba las luces del coche y la sirena encendidas, llegaron en un tiempo récord. Durante el recorrido, Shay utilizó el móvil de Bryan para telefonear a Bruce y contarle que se encontraban bien. Lo primero que dijo fue: 

—¡Gracias a Dios! —Luego, aliviado, añadió con ironía—: Supongo que ahora puedo conducir a una velocidad razonable. La verdad, nunca he comprendido la emoción que ciertas personas encuentran en las carreras. 

—Sí, no es necesario que corras —corroboró Shay—. Sin embargo, tengo una mala noticia que darte. Shay odiaba hablar de aquello, pero Bruce y Amy también tenían derecho a saber lo que le había sucedido a Barb. Shay les contó lo que había ocurrido, que Barb había recibido un disparo y que, por lo visto, se recuperaría. Bruce sintió lo mismo que Shay: quería ver a Barb en persona, quería estar a su lado y quería decirle que todavía tenía amigos. El alcance de su generosidad no conocía límites. Amy manifestó que podía comprender a Barb. De todos modos, todavía tardarían unas horas en llegar. 

Bryan y Shay llegaron al hospital poco después de que lo hiciera la ambulancia. Barb no podía mirar a Shay a los ojos, y no fue hasta varias horas más tarde, después de que el doctor le curara la herida y gestionaran su admisión en el centro para mantenerla en observación durante la noche, cuando Shay pudo hablar con ella. Shay se sentó en el borde de la cama de Barb y le cogió la mano. Como solía ocurrirle cuando alguien la tocaba, Barb se sintió incómoda, pero no retiró la mano. 

—Todo irá bien —dijo Shay. Barb miró hacia la pared que tenía enfrente. 

—Siempre dices lo mismo, incluso cuando no sabes de qué estás hablando. 

Resultaba tan agradable que Mala Baba Barb estuviera de vuelta y en plena forma que Shay rió entre dientes. Al principio, Barb se molestó, pero enseguida sonrió ella también y se serenó. 

—Lo siento, lo siento de verdad. Fui una estúpida. Chili no dejaba de decirme que... —Barb apretó la mano de Shay y sacudió la cabeza—. No importa. Ahora ya no tiene importancia. Sin embargo, Shay no quiso dejarlo correr. 

—¿Te hizo creer que no merecías tener amigos? Barb ocultó su rubor tras una expresión adusta. 

—Y no lo merezco. Lo ayudé a asustarte y a alejarte de allí porque tenía miedo de que ocuparas mi lugar. Traicioné a Leigh para que él se sintiera feliz. Soy... soy una persona miserable. Bryan había permanecido en todo momento cerca de la puerta, en silencio, pero ahora se acercó a la cama de Barb y la miró con simpatía. 

—No, no lo eres —le dijo—. Hiciste una elección equivocada, pero esto es todo, ¿de acuerdo? 

—Mmm... De acuerdo. 

—Además, te sentías insegura, pero ahora sabes que te necesitamos en el centro de acogida y que nos preocupamos por ti, ¿de acuerdo? —continuó Bryan. Barb asintió con un leve movimiento de cabeza—. Bruce no aceptaría que fuera de otro modo. 

—¿Bruce? —preguntó Barb confundida. Bryan dejó escapar un suspiro y confesó: 

—Ninguno de nosotros ha sido sincero últimamente. 

—Es cierto —corroboró Shay—. Yo os mentí a todos. 

—Por una buena razón. —Barb intentó alisar la horrible bata del hospital que llevaba puesta, pero la inyección intravenosa se lo impidió. Además, no parecía dispuesta a soltar la mano de Shay—. Estabas llevando a cabo una especie de misión secreta. 

—Es posible. —Shay se encogió de hombros—. Pero tú mentiste por miedo y, créeme, el miedo es un motivo tan válido como cualquier otro, o incluso más. —Yo también estaba llevando a cabo una misión secreta —explicó Bryan—. Yo mentí para ayudar a mi hermano. 

—¿Tu hermano? —Sí, Bruce, el verdadero Predicador. —Para sorpresa de Shay, Bryan le contó a Barb todo lo relacionado con el engaño que él y Bruce habían llevado a cabo. Mientras hablaba, Barb empalideció y faltó poco para que se le salieron los ojos de las órbitas—. Pronto llegará. Tanto él como Amy están muy preocupados por ti. Barb contempló a Bryan con incredulidad. 

—¿Sois dos? ¡No jodas! 

—Sí jodo —confirmó Bryan. Shay se echó a reír. 

—Resulta divertido, ¿verdad? —comentó Shay. 

—¡Son dos! —Barb se había quedado atónita—. ¡Un predicador y un cazarrecompensas! —Entonces sacudió la cabeza con lentitud—. Esto es... Bueno, no sé qué pensar... —Barb frunció el ceño y agregó—: La verdad es que actuabas de una forma muy extraña. Al menos, parte del tiempo. Lo cierto es que el Predicador nunca habría hablado de ropa interior con nosotras. Bryan se echó a reír. 

—Sí, aquél era yo. La verdad es que tenéis unas conversaciones muy chispeantes. —Bryan le guiñó un ojo—. En una o dos ocasiones me habría encantado estrangular a Bruce. Shay le dio un manotazo en el brazo mientras reía. De repente, Barb se puso seria otra vez.

—No puedo creer que estéis aquí y que todavía me habléis, después de lo que he hecho. 

—Nos has salvado la vida —le recordó Shay—. Esto es lo que has hecho. 

—Y tenemos que hablar contigo —añadió Bryan—. Si no, ¿cómo podríamos invitarte a la boda? Shay casi se desplomó. 

Entonces se quedó paralizada y ni siquiera respiró, aunque, en el interior, se tambaleaba. ¡Casarse! ¿Bryan quería casarse con ella? Barb, algo somnolienta debido a la medicación que le habían administrado contra el dolor, sonrió y musitó: 

—¿De modo que así estamos? —Exacto, así estamos. —Bryan le acarició el cabello con verdadero afecto y le dijo—: ¡Mira que eres loca! La jodiste, pero no volverás a hacerlo, ¿verdad? A Barb se le llenaron los ojos de lágrimas. 

—No. Lo juro. —Barb bostezó—. Por favor, dile al predicador que puede contar conmigo..., si está dispuesto a darme otra oportunidad. 

—Tú misma se lo podrás preguntar. —Bryan consultó su reloj—. Llegará en cualquier momento. Shay estaba a punto de llorar otra vez. 

—¿Vamos a casarnos? En lugar de contestar, Bryan la rodeó con su robusto brazo y se dirigió a Barb. 

—Nos vemos mañana por la mañana. Sé buena y no asustes a los médicos. — Barb resopló—. Y sé amable con Bruce. Es un buen tío e inocente. No está hecho de la misma pasta que yo. Barb se echó a reír. 

—Sí, lo recordaré, pero tú procura no pasar mucho por el centro, porque cuando Patti sepa que no eres un predicador, no habrá quien la pare. Antes de que Shay pudiera recuperar el habla, ya estaban en el coche. Bryan empezó a preocuparse: ella le había dicho que lo quería, pero esto no implicaba necesariamente que quisiera estar con él para siempre. Shay lo único que hizo fue bostezar. 

—¡Estoy tan cansada! ¡Qué día tan increíble! Bryan, excitado y nervioso, intentó dominarse. Se sentía como un perro callejero y hambriento que estuviera a punto de lanzarse sobre un hueso suculento. Shay personificaba todas las cosas buenas que él quería en su vida. Y su dinero ya no lo inquietaba, pues ella no alardeaba de poseerlo. Shay debía de sentirse muy alterada después de todo lo que había ocurrido. Al fin y al cabo, no era como él, no era de ese mundo en el que todas las personas con las que te ponías en contacto tenían un arma y estaban deseando utilizarla. Cada vez que se acordaba de Chili y de cómo había apuntado a Shay con la pistola, Bryan deseaba gritar y exteriorizar su rabia. Sin embargo, Shay necesitaba que estuviera tranquilo, no furioso. 

—Esta noche podemos quedarnos en casa de Luna y de Joe si te molesta volver a... 

—No. Todavía no he visto el interior de la caravana. Bryan tragó saliva un par de veces. Quería estar a solas con Shay, pero no quería que ella sufriera ni un solo segundo más de ansiedad. 

—Lo que tú quieras, cariño. 

—¿Esto es una promesa? Bryan sujetó el volante del coche con fuerza. 

—¡Sí, claro! —Entonces dime que me amas. 

Bryan casi se salió de la carretera. Gracias a Dios, ya habían llegado al lugar en el que estaba aparcada la caravana. Bryan aparcó el coche debajo de un nogal de gran tamaño, miró a Shay a través de la oscuridad y percibió su actitud atenta. 

—Te amo —declaró Bryan con voz ronca. 

A continuación, bajó del coche y se dirigió a la portezuela de Shay. Ella descendió del vehículo y le sonrió. 

—Me gusta cómo suena. Bryan estaba a punto de explotar. 

—Ven, vamos adentro. Por segunda vez aquella noche, Bryan condujo a Shay hasta la caravana. Una vez dentro, encendió las luces y cerró la puerta con llave. Ambos se quedaron de pie, el uno inevitablemente pegado al otro. La caravana estaba llena hasta los topes: había un sofá mullido, un sillón, un televisor y un equipo de música. 

—La caravana es algo temporal —se sintió obligado a explicar Bryan—. Con el tiempo, construiré una casa. 

—¿Puede ser un rancho? —Shay pasó por su lado y se dirigió al otro extremo de la caravana. Echó una ojeada al lavabo, a la cama doble y, después, se dirigió a la diminuta cocina—. Con un porche circundante para que podamos ver los hermosos bosques desde cualquier punto. Él la miró sorprendido. Shay estaba planificando el futuro que él había dudado que aceptara. 

—¿Un rancho? —Me has prometido que me darías lo que quisiera. ¡Shay estaba tan hermosa! Tenía arañazos y moretones por todo el cuerpo, el cabello alborotado, el maquillaje corrido y unas ojeras negras debajo de los ojos, pero estaba hermosa. 

—Sí, claro, tendremos un rancho. 

—Y una glorieta junto al riachuelo también sería fantástico. Quiero tener una glorieta. 

—De acuerdo. ¡Demonios, si eso la hacía feliz, él le construiría veinte glorietas a lo largo del riachuelo! Una esplendorosa sonrisa iluminó el rostro de Shay. Entonces cerró uno de sus puños, lo levantó en el aire y gritó: 

—¡Vamos a casarnos! ¡Vaya, por fin lo había dicho! ¿Significaba esto que accedía a casarse con él? —Quiero que estés conmigo para siempre, Shay. —Y, para asegurarse de que ella lo comprendía, volvió a decirlo—: Te amo. Shay le rodeó la cintura con los brazos. 

—Me alegro de saberlo. Viviremos aquí, ¿de acuerdo? Le pediré a Dawn que se encargue de todo en Ohio. A ella le encantará. ¿Tú puedes trabajar desde aquí? Era típico de Shay desplazarse a la velocidad de la luz. Bryan apenas podía seguirla. 

—No lo sé. Es probable —respondió para no decepcionarla. Shay le sacó la camiseta del interior de los téjanos, tiró de ella hacia arriba y se la quitó por la cabeza. El levantó los brazos con complacencia. 

—Podría dejar mi profesión y dedicarme a algo distinto. Los inquietos dedos de Shay se dirigieron a los pantalones de Bryan. 

—¿Crees que cabremos los dos en tu minúscula ducha? Bryan le cogió el rostro con ambas manos. ¿Shay quería ducharse con él? ¿En aquel instante? 

—¿Qué estás haciendo, Shay? La sonrisa de Shay se desvaneció de su rostro. 

—Te necesito. Necesito saber que estamos bien, que estamos sanos y que me quieres de verdad. 

—Te quiero más que a mi propia vida —prometió él. Shay apoyó las manos en el pecho de Bryan y, poco a poco, concentrándose en sentir cada centímetro de su piel, fue desplazándolas suavemente hacia arriba hasta alcanzar los hombros. 

—Y también necesito demostrarte lo mucho que te quiero. Bryan se quedó sin aliento y el corazón se le hinchó en el pecho. 

—¡Desde luego que cabremos en la ducha! Ser amado por Shay tenía que constituir la experiencia más alucinante del mundo. Necesitaría toda una vida para acostumbrarse a aquella sensación tan agradable.

Epilogo

La boda, que, en un principio, y teniendo en cuenta que debía organizarse en menos de un mes, tenía que ser una celebración sencilla, terminó siendo una fiesta descomunal. Todos los amigos, los familiares y los vecinos de los novios asistieron a la ceremonia. El padre de Bryan los casó, Bruce fue el padrino del novio y Joe y Scott fueron los encargados de recibir y acomodar a los asistentes en la iglesia. Los invitados de la novia superaron en número a los del novio, pero no le importó a nadie. Dawn fue la madrina de Shay, y Barb, Amy, Leigh, Morganna y Patti, sus deslumbrantes damas de honor. Brandi, la hermana de Shay, también asistió a la boda. Estaba embarazada de casi nueve meses, de modo que permaneció toda la ceremonia sentada junto a su marido. La madre de Shay lloró, su padre estaba radiante de orgullo y Bryan les cayó bien a todos desde el primer momento. Después de todo, había conseguido lo imposible, o sea, cazar a Shay, una mujer de una energía incontenible. El nuevo novio de Amy la acompañó al evento, pero el resto de las mujeres del centro acudieron solas. Por desgracia, la doctora Martin no pudo asistir, pero les envió sus más sinceras disculpas y un regalo enorme. Shay sabía que abandonaba su consulta en raras ocasiones: vivía dedicada a su trabajo. Shay escogió unos bonitos vestidos para las mujeres del centro. Eran sencillos y elegantes y una modista se los ajustó a la medida. Ellas, sin embargo, no se sintieron muy cómodas con los escotes y la longitud de las prendas y realizaron ciertas modificaciones por su cuenta. Como resultado, Shay tuvo las damas de honor más sexys de la historia de Visitation. A decir verdad, las mujeres se portaron muy bien. Alguien, según Bryan, Joe, echó alcohol en el ponche. Austin, quien tenía casi diez años, estaba pendiente de todo lo que se decía en la fiesta, de modo que el lenguaje ordinario y las insinuaciones sexuales se mantuvieron al mínimo. A Barb todavía le dolía el hombro y tenía que moverse con cuidado, pero realizó con devoción los servicios a la comunidad que le encomendaron por haber participado en los ataques al centro de acogida. Se estaba esforzando mucho en rectificar los errores que había cometido y por fin parecía feliz. Sus amigas seguían apodándola Mala Baba Barb, pero sólo porque le encantaba dar órdenes a todos los que estaban a su alrededor. Scott permaneció un buen rato junto a Joe. Ambos iban vestidos con traje, ambos tiraban continuamente de sus corbatas, y ambos contemplaban la fiesta con un interés variable. 

—Visitation nunca volverá a ser la misma. Joe enarcó una ceja y observó: 

—Ahora está más animada. Scott bebió un trago de cerveza, eructó con discreción y entornó los ojos. 

—Tu hermana parece llevarse muy bien con las mujeres de Bruce. Joe se atragantó y cambió de tema. 

—No logro acostumbrarme a que el predicador se refiera a ellas como a «sus mujeres», como si tuviera un harén o algo así. 

—Yo creo que actúa, más bien, como si fuera un padre orgulloso de sus hijas. — Scott sacudió la cabeza—. No es que tenga nada en contra de estas mujeres. Todas son muy agradables, aunque la que se llama Patti me ha cogido el trasero unas diez veces en lo que llevamos de noche. Creo que tu hermana la ha incitado a que lo haga. Joe lo miró de reojo. 

—¿Sólo te ha tocado el trasero? ¡Qué suerte tienes! Scott se echó a reír y repuso: 

—Por lo visto, soy más rápido que tú. 

—¡O quizá se ha dado cuenta de que yo tengo más que ofrecer! Luna se colocó entre los dos hombres y dijo con reproche: 

—No puedo creerlo, ¿estáis discutiendo sobre quién de los dos es más irresistible? 

—¡No! —¡Claro que no! 

—¡Ya, ya! —contestó ella mientras los dos hombres refunfuñaban con aire de culpabilidad—. Pues bien, si miráis a vuestro alrededor, os daréis cuenta de que Jamie es la estrella de la noche. —Luna los rodeó con los brazos—. Todas las mujeres están pendientes de él. Joe lanzó una mirada en dirección a Jamie y sonrió con amplitud. Jamie, sin su habitual cara de póquer, retrocedía para alejarse de un pequeño grupo de mujeres. No iba vestido con traje, pero, teniendo en cuenta cómo vestía habitualmente, los tejanos negros y la camisa blanca que llevaba ya eran un comienzo. Sin embargo, en aquel momento, acosado por varias mujeres, se le veía más sombrío que nunca. 

—Parece aterrorizado —declaró Scott con el ceño fruncido—, pero no da la impresión de que vaya a desaparecer, ¿no crees? 

—No. Quizá disfruta siendo el centro de atención. Los tres se echaron a reír al pensar en esta posibilidad. 

—¡Qué malos sois! —exclamó Luna, y, demostrando que ella también podía ser malvada, añadió—: ¿Os habéis dado cuenta de que Alyx está muy interesada en la prostitución? Morganna le ha contado todo tipo de historias relacionadas con ese mundo y Alyx no se pierde ni una palabra. Se diría que quiere escribir un libro sobre este tema o que está investigando para dedicarse a eso en el futuro. 

—¡Maldita sea! Scott dejó su cerveza en la mano libre de Joe y se alejó con determinación para ir a buscar a Alyx mientras murmuraba algo acerca de que deberían pagarle horas extras cada vez que Alyx Winston acudiera a Visitation. Joe abrazó a su esposa. 

—Has estado perversa. 

—Sólo intentaba ayudar a Alyx a conseguir su propósito. 

—¿Y en qué consiste ese propósito? ¿En volver loco a Scott? —Joe deslizó la mano por la espalda de Luna y le acarició distraídamente el trasero—. Lo que te digo, has estado perversa. Bryan se acercó a ellos con Shay pegada a su lado y estrechó la mano de Joe. 

—Gracias de nuevo por permitirnos utilizar el lago para la recepción. 

—Es precioso —comentó Shay—. No me puedo imaginar un paisaje más bonito. 

—Sois bienvenidos siempre que queráis —declaró Joe—. Y, para vuestra información: la caseta de los botes es un lugar íntimo y agradable para encuentros románticos cuando los niños están por la casa. Bryan carraspeó. 

—Por cierto, hace pocos minutos he visto que Willow se dirigía hacia allí con Clay. Joe soltó su bebida y, cuando el vaso cayó sobre la hierba mullida que cubría el suelo, se oyó un ruido sordo. Con los ojos entornados y una mirada asesina, Joe se dio la vuelta dispuesto a correr hacia la caseta, pero, antes de que pudiera dar un solo paso, Luna lo sujetó por el cinturón y le recordó: 

—Clay es un joven muy agradable, Joe. Joe la miró con incredulidad. 

—¡Exacto! Es un hombre y es joven. Una combinación terrorífica. Bryan se frotó la nuca. 

—Debo decir que yo estoy de acuerdo. Shay le propinó un codazo y le aconsejó: 

—Aunque sea un joven típico, tienes que confiar en que Willow tomará las decisiones adecuadas. Justo entonces, Willow y Clay aparecieron. Estaban en un bote de remos y se dirigían al centro del lago para aprovechar aquel hermoso día de otoño. Luna enarcó una ceja mientras miraba a Joe. 

—¿Lo ves? —Lo que veo es que, de momento, Clay puede quedarse. —Joe se enderezó la corbata—. De todos modos, me daré un paseo hasta allí para que sepa que lo tengo en el punto de mira. 

—Como si Clay tuviera alguna duda al respecto —le comentó Luna a Shay. Entonces cogió a Joe de la mano—. Será mejor que lo acompañe, el pobre Clay todavía se siente un poco intimidado por Joe. Shay los miró mientras se alejaban y se apoyó en Bryan. 

—Su relación me llega al corazón. Bryan se inclinó hacia ella y le rozó la oreja con los labios. 

—¿Qué quieres decir? ¿Debería sentirme celoso? 

—No. ¡Nunca! —Shay suspiró—. ¡Pero son tan felices! 

—¿Y nosotros qué somos? Shay se dio la vuelta hacia él y le rodeó el cuello con los brazos. 

—Nosotros estamos eufóricos, locos de alegría... 

—Exacto. —Bryan deslizó la mano hasta la parte inferior de la espalda de Shay —. ¿Y ahora podemos irnos? 

—Todavía no —declaró Jamie Creed, de pie justo detrás de Bryan. Bryan, angustiado, se volvió despacio para mirar a Jamie. 

—¿Todavía estás aquí? 

—No podía irme, tenía que decirle a Shay que ha tomado las decisiones correctas. No lo dudes en ningún momento. Las decisiones de Bruce no tienen nada que ver con las tuyas. A Bryan no le gustaron sus palabras. 

—¿Qué demonios quiere decir eso? Jamie se volvió hacia Bryan. 

—Todas las personas que vienen a Visitation quieren quedarse. —Sus ojos se oscurecieron hasta que sus pupilas desaparecieron: se volvieron negros, misteriosos y tan profundos que uno se sentía perdido al mirarlos—. Me ocurrió a mí, luego a ti y, ahora, también a tu hermano Bruce. 

—¿Esto te lo ha contado Bruce? 

—No. —La expresión de Jamie se suavizó cuando miró a Shay—. Pero ella lo tiene todo controlado, de modo que ahora tu hermano se siente libre para... explorar. 

—¿Explorar el qué? Los ojos negros de Jamie se deslizaron por el rostro de Bryan y, a continuación, desvió la vista y, encogiéndose de hombros, declaró: —A las mujeres. 

—¿Qué demonios dices? Bryan no sabía si debía reírse o sentirse insultado en nombre de Bruce. Shay sonrió y comentó: 

—Pero si él siempre ha tratado con mujeres. 

—No. —Jamie miró hacia el cielo, como si estuviera analizando el tiempo—. Ahora se siente libre para ser un hombre y no sólo un predicador. Bryan y Shay se miraron, y ella se cubrió la boca con una mano. 

—Quizás el hecho de que tú te hayas casado ha provocado que él también piense en esta posibilidad —dijo Shay. Bryan frunció el ceño. 

—O quizá fue aquel maldito beso que le diste. —Y añadió en voz baja—: ¡Ningún hombre puede sentirse indiferente ante tus encantos! Shay ignoró su comentario y se volvió hacia Jamie para pedirle una explicación, pero él ya no estaba. 

—¡Oh, cielos, ha desaparecido de verdad! 

—Olvídalo —comentó Bryan—. No es más que un truco casero. Pero ¿a qué se refería? ¿Qué decisiones has tomado? Ella se mordió el labio. 

—Sé que tienes unos cuantos casos pendientes, pero, de todas maneras, podríamos empezar a construir la casa. Y como Dawn está encantada y deseosa de sustituirme en Ohio, he creído que podía iniciar algunos proyectos aquí, en la zona. Por ejemplo, Scott me ha comentado que necesitan nuevos equipos en la oficina del sheriff. En su opinión, ahora que Joe y tú viviréis en la localidad, podrían necesitar unos chalecos antibalas. 

—¡Será cabrón! —exclamó Bryan mientras sonreía. 

—Además, la estación de bomberos más próxima está demasiado lejos, de modo que, si consigo un edificio y el equipo adecuado, podríamos formar un grupo de bomberos voluntarios o, mejor aún, de bomberos titulados. Esto implicaría más puestos de trabajo para la zona. A Bryan siempre le divertía ver cómo se entusiasmaba Shay con los proyectos. No hacía nada a medias y eso era bueno, porque amaba con la misma intensidad con que hacía todo lo demás, y, ahora, lo amaba a él. Shay tomó aliento antes de continuar. 

—También he conocido a Julie Rose, una profesora encantadora a quien le gustaría iniciar un programa educativo en la localidad. Ella trabaja en una zona más adinerada, pero ha estado ayudando en la escuela de verano de Visitation y creo que le atrae la idea de mudarse a esta localidad. Como decía Jamie, todas las personas que vienen por aquí... Bryan le puso un dedo en los labios. 

—Está bien, podemos mudarnos aquí enseguida, siempre que no te importe vivir en la caravana hasta que construyamos una casa más apropiada. Bryan esperó: quería saber si ella insistiría en utilizar su dinero para comprar una vivienda más confortable. Pero Shay nunca pensaba usar su dinero para su propia comodidad. 

—Estaremos muy a gusto en la caravana —murmuró ella con una sonrisa—. No oirás ninguna queja de mis labios. ¡Qué mujer! ¡Y era toda para él! 

—He decidido establecer mi propio negocio —empezó a contarle Bryan—. Lo he estado meditando durante algún tiempo. El trabajo de cazarrecompensas requiere que viaje mucho y estoy cansado de estar siempre por ahí, por no hablar de que quiero pasar más tiempo con mi esposa. 

—Y no te olvides del terrible peligro que entraña tu trabajo. —Shay se estremeció, pero el entusiasmo iluminó de inmediato su mirada—. ¿Y qué tipo de negocio has decidido emprender?

—Un negocio de equipos de seguridad. Debido a mi trabajo, yo poseo un buen número de aparatos y, últimamente, he estado pensando en vender este material. Yo lo he utilizado personalmente, de modo que sé qué aparatos valen la pena y cuáles no. Sebastian, tu cuñado, me ha ofrecido unos cuantos consejos para establecer una tienda. No sabía que él también se dedicaba al negocio de la seguridad. 

—No te lo había contado porque nunca salió a colación, pero sí, posee un negocio de sistemas de seguridad y tiene mucho éxito. Además, Sebastian era un hombre honrado y amigable y, en caso necesario, Bryan estaba seguro de que lo ayudaría. 

—Tus padres y tu hermana me gustan. —Bryan se echó a reír—. Ahora sé que cuando te referías a ella como tu «hermanita» no bromeabas. 

—Brandi es pequeña, como el resto de la familia. 

—Las dos sois muy guapas, pero con estilos diferentes. 

A Bryan le había sorprendido lo alto que era Sebastian en comparación con su esposa, aunque a ella no parecía importarle. Brandi parecía ser muy diferente de Shay, pero saltaba a la vista que tenía tanto coraje como ella. Shay seguía reflexionando acerca de la decisión de Bryan. 

—Recuerdo que Luna comentó que tuvieron que conducir dos horas para conseguir los sistemas de seguridad para el lago —dijo ella. 

—Así es. Hay un almacén hacia el sur, pero yo me estableceré a una hora de distancia, hacia el norte, de modo que la competencia no será demasiado dura. Ofreceré los mejores sistemas del mercado, así atraeré clientes de una zona muy amplia. También he pensado editar un catálogo para recibir pedidos por correo y anunciarme en internet. Shay lo miró con una sonrisa resplandeciente en el rostro. 

—¡Es una idea maravillosa! —Pensé que a ti también te gustaría. —Bryan la condujo al porche trasero de la casa y sacó un rollo de papeles atados con una cinta—. Quiero enseñarte algo. 

—¿De qué se trata? —preguntó Shay. 

—Es mi regalo de boda. —Bryan extendió los papeles sobre la mesa del porche —. Son los planos de la casa. No es tan fantástica como la que tienes ahora, pero se ajusta a lo que tú me pediste. Shay abrió unos ojos como platos y, cuando empezó a examinar los planos, el labio inferior le tembló. Bryan se puso nervioso. No sería una casa pequeña, pero, comparada con lo que su primer esposo le había dejado en herencia... No, Shay no se fijaría en este aspecto. 

—El encargo todavía no es firme, de modo que puedes cambiar lo que quieras. —Shay no abrió la boca—. ¿No te gusta? Shay se secó las lágrimas y murmuró: 

—Nunca había llorado hasta que te conocí. ¡Mierda! Bryan apartó los planos y abrazó a Shay. 

—No quiero que llores nunca, cariño. Shay tomó aire, rió y abrazó a Bryan con fuerza. 

—¿No lo entiendes? Siempre he tenido una vida plena. Me he mantenido ocupada y he sido feliz. Sin embargo, nunca experimenté sentimientos tan intensos como los que vengo sintiendo desde que te conocí. Antes, para mí, ser feliz consistía simplemente en esto, en ser feliz, no en ser feliz de una forma total y arrebatadora. La tristeza no era más que un sentimiento por el que tenía que pasar, no una experiencia desgarradora. Y el amor era lo que sentía por mi familia y mi trabajo. Pero contigo es mucho más. Ahora, para mí, el amor es un sentimiento tan intenso que hace que me tiemblen las rodillas y me entren ganas de gritar, de llorar y de reír. 

—Quedémonos con el reír y el gritar, pero nada de lágrimas, ¿de acuerdo? Shay se echó a reír, aunque su voz sonó temblorosa.

—Consigues que lo sienta todo más intensamente y esto me llena. Ahora estoy contigo y ya no me siento perdida.

—Y te quedarás conmigo. Para siempre... 

—Sí. —Shay lo miró a los ojos—. Regresemos a la caravana, cojamos una manta y vayamos al riachuelo.

Al sentirse deseado por Shay, Bryan sintió que le temblaban las rodillas a él también. 

—¡Desde luego! —exclamó mientras la conducía a través del jardín para despedirse de los demás—. ¡No sabes cómo me alegro de no ser un predicador! Shay no pudo evitar echarse a reír. 

—Predicador, cazarrecompensas, hombre de negocios... Lo que seas no me importa, siempre que seas mío. 

Bruce estaba en las sombras, un lugar al que se había acostumbrado desde que cambió de papel con su hermano. Una sonrisa melancólica y bobalicona iluminaba su rostro. ¿De modo que a Shay no le importaba el trabajo que Bryan realizara siempre que estuviera a su lado? Cuando él encontrara una mujer de la que se enamorara, Bruce esperaba que esa mujer sintiera lo mismo que Shay. Él siempre sería un predicador, una profesión por la que muchas mujeres podían rechazarlo, como le había ocurrido a su padre. Sin embargo, ahora él conocía la verdad: como su hermano, tenía un lado salvaje y, por primera vez en su vida, se sentía libre para explorarlo. ¿Y qué mejor lugar para hacerlo que Visitation? * * *

FIN